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“SER DE IZQUIERDAS”: entre el mito y la realidad”

Concepció n Ortega Cruz


Universidad de La Laguna. 14 de noviembre de 2014.

Estoy aquí con un objetivo muy concreto: mostrar mi agradecimiento y rendir mi


humilde homenaje a un filó sofo, compañ ero y amigo: a Carlos Valtuille quien,
como todos ustedes saben, durante muchos añ os manifestó su compromiso
político y social, implicá ndose de lleno en la organizació n de este Seminario.

En una de las numerosas ocasiones en las que Carlos me ofreció la


interesante oportunidad de aprender de su experiencia, me comentó : si tuviera
que resumir mis inquietudes políticas fundamentales, éstas serían dos: la primera,
có mo motivar políticamente a la gente joven y, en segundo lugar, la necesidad
imperiosa de establecer, de una vez por todas, una correlació n adecuada entre
teoría y praxis. Ante estas declaraciones, no tuve má s alternativa que coincidir en
un gesto de silencioso asentimiento.

Voy a hacer uso de este espacio y del tiempo que tan amablemente me han
ofrecido, para exponer algunas reflexiones (que no pretenden ser má s que eso,
meras excusas para suscitar un posible debate) sobre las inquietudes expresadas
por mi amigo. Voy a pensar en voz alta, reflejando mis muchas dudas e
insuficientes convicciones en una especie de carta abierta cuyo objetivo es retomar
un diá logo que ha quedado suspendido por el doloroso desenlace que impide que
Carlos se encuentre hoy aquí, entre nosotros.

Se me ocurre Carlos, que, una de las causas por la que no somos capaces de
motivar a la gente joven es porque no hemos hecho el esfuerzo de conocerlos, de
entender sus có digos, de indagar en sus motivaciones y necesidades, no nos hemos
interesado en analizar los mecanismos que los vincularían a la acció n política y
social. Seguimos empeñ ados y empeñ adas en utilizar un lenguaje antiguo que no es
capaz de reflejar las complejidades psicoló gicas y socioló gicas de los nuevos
tiempos. Pero lo peor del caso, y creo que tú estarías de acuerdo conmigo en esto,

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es que, en realidad, no tenemos ganas de hacer ningú n esfuerzo. Creemos que a
nuestros discursos elevados y crípticos les basta con el aval de nuestra experiencia
como militantes de izquierdas, les basta con la exposició n de las medallas que
portamos gracias a los añ os invertidos en manifestaciones, huelgas de hambre o
corriendo delante de los “grises” en aquellos tiempos tenebrosos donde el poder
denotaba a un inequívoco dictador… Estas, sin duda, han sido acciones necesarias e
importantes, pero si no somos capaces de elaborar una autocrítica con el objetivo
de detectar nuestras deficiencias y errores, nos quedaremos atrapados en esa
retó rica nostá lgica que no nos permitirá librarnos nunca de la creencia paralizante
de que “cualquier tiempo pasado fue mejor”.

Esta falta de voluntad, de ganas de realizar el esfuerzo o, probablemente


esta falta de convicció n, nos impide dar el paso necesario que traduces en tu
segunda inquietud: establecer una correlació n adecuada entre teoría y praxis. Con
la finalidad de evitar esta evidencia somos capaces de inventar cualquier excusa:
como aquella que afirma que la teoría se elabora en un marco académico que es
ajeno a la realidad convirtiéndose, por tanto, es una tarea estéril; o como aquella
otra que insiste en que la militancia (es decir, la praxis política) es la ú nica que
puede definir el contorno de una teoría que termina convirtiéndose en un
referente de límites borrosos.

En el fondo, estoy convencida de que las excusas no logran ocultar el


verdadero motivo: y es que no sabemos o no queremos hacer el esfuerzo de
teorizar, de estudiar, de analizar las causas reales de lo que ocurre (lo que en los
tiempos bá rbaros en los que vivimos, só lo puede interpretarse como una
manifestació n de deslealtad a lo que debería ser un imperativo moral). Nos resulta
má s fá cil y tranquilizador invocar una prá ctica militante que, sin orientació n
teó rica, queda a expensas del encuentro casual de emociones individuales que se
asocian puntualmente para constituir una frá gil alianza; fragilidad que nos obliga a
censurar cualquier consigna, bandera o mensaje que pueda “herir la sensibilidad”
de la exigida neutralidad.

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En términos generales, nos da pereza el esfuerzo y también, por qué no
decirlo, nos da miedo tener que testar nuestro grado de coherencia. Evitamos
constantemente el riesgo de tener que someter a juicio nuestras creencias y
comportamientos, estrategia con la que pretendemos conjurar nuestro miedo al
descrédito. Pero ya no resultamos demasiado creíbles; hemos participado tanto de
la ceremonia de la confusió n que nos resulta muy difícil discernir si el hecho de
“ser de izquierdas” forma parte del mito o puede llegar a convertirse, algú n día, en
una nueva realidad.

Desde la Revolució n Francesa se ha venido utilizando el concepto de


derecha e izquierda, como nociones antitéticas, que representan los polos opuestos
del pensamiento político, econó mico y social. Bajo el ró tulo “ser de derechas” nos
representamos una postura ideoló gica que incide en la permanencia de valores
ligados a la tradició n, una postura ideoló gica que se concilia con la estructura del
sistema establecido. Sin embargo, ofrecer una definició n mínimamente
consensuada de lo que implica “ser de izquierdas” resulta una tarea má s compleja
en la medida en que dicho concepto ha sido sometido a constantes mutaciones que
han dado como resultado una inmanejable polisemia.

Así, podemos utilizar dicho concepto para referirnos a los planteamientos


que defienden la ruptura con el sistema establecido, sea por vía de la revolució n
violenta o no (el punto comú n, en este caso, sería la reivindicació n anticapitalista);
podemos utilizarlo también para aludir a aquellas posturas o movimientos que
exigen ciertos cambios estructurales sin poner en entredicho el sistema como tal
(me refiero a determinadas perspectivas del ecologismo o del feminismo, por
ejemplo); o podemos recurrir a la noció n de “izquierdas” para hacer referencias a
aquellos partidos o planteamientos que, aceptando el capitalismo como el ú nico
sistema posible, denotan una actitud má s o menos sensible con las cuestiones
sociales. Siguiendo la ló gica de este razonamiento, los partidos socialdemó cratas
serían de izquierdas porque, aú n defendiendo la estructura de libre mercado,
divulgan ideas “progresistas” en torno a cuestiones como el aborto, el matrimonio
homosexual, o las medidas de protecció n social.

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Esta desorientació n de la izquierda se acentú a con el final de la política de
bloques; es decir, con el derrumbe de un proyecto y realizació n histó rica que
servía para dar contenido a todos aquellos planteamientos y acciones que
abogaban por un sistema político alternativo. Esta situació n provoca un
sentimiento “cuasi-apocalíptico” que se sustenta en el lema: “Proletarios del
mundo, perded toda esperanza”.

Para incidir, aú n má s si cabe, en este contexto de confusió n terminoló gica,


va adquiriendo fuerza la convicció n de que ya no es operativo seguir utilizando los
criterios de “derecha” e “izquierda”, puesto que son conceptos obsoletos propios
de una tradició n ya caduca que no refleja la realidad presente; en este contexto
só lo tendría sentido, en todo caso, reivindicar una especie de “tercera vía”, como se
la denomina, que, a propuesta de Giddens, constituye un planteamiento ideoló gico
que media entre la socialdemocracia y el neoliberalismo intentando maquillar, a
través de instrumentos meramente formalistas, los excesos de la economía
financiera.
Só lo se nos ofrecen, por tanto, dos alternativas: o rechazamos el uso de la
dicotomía establecida entre derechas e izquierdas (con lo cual, la ideología que se
declara ganadora en este combate dialéctico es la conservadora; es decir, la de
derechas); o bien, ampliamos ad infinitum los posibles significados del concepto
“izquierdas” hasta el punto de convertirlo en un concepto vacío, es decir, incapaz
de describir ninguna realidad concreta (con lo cual, utilizando en este caso la
estrategia de la confusió n, vuelve a ganarnos la batalla, al menos la batalla
dialéctica, los planteamientos conservadores). En ambos casos, el objetivo
perseguido es muy claro: hay que impedir cualquier conceptualizació n de la
realidad que pueda poner en riego al capitalismo bajo la amenaza de que, de
hacerlo, estaríamos poniendo en peligro, ni má s ni menos, que a la propia
democracia. El bipartidismo operado en el Estado Españ ol ha contribuido a la
confusió n intencionada que proclama que las diferencias existentes entre derecha
e izquierda quedan reducidas a la nada.

Del ahora denominado Partido Popular, no hay mucho que decir.


Sustentá ndose en la coyuntura favorable de la crisis neoliberal ha transitado, sin

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demasiado disimulo, de una postura supuestamente “centrista” (etiqueta só lo
utilizada para dificultar la identificació n con un pasado político demasiado reciente
y de triste memoria) a una proclamació n orgullosa de la sensatez que encierra ser
de derechas. En este sentido, no podemos afirmar que el Partido Popular nos haya
engañ ado incumpliendo, por ejemplo, su programa de las ú ltimas elecciones
generales. El PP, como todo partido político que desea ganar votos disimulando la
verdadera ló gica que subyace al capitalismo, debe utilizar la mentira como
herramienta recurrente para generar un estado constante de confusió n y
aturdimiento, dando, así, debido cumplimiento a las exigencias de la denominada
doctrina del schock.

Tal y como se expone en la obra de la canadiense Naomi Klein, la premisa de


esta doctrina del schock, que fue ideada por el economista Milton Friedman, es que
cualquier hecho que pueda provocar conmoció n en la població n (població n que
ademá s está dominada por el miedo), va a definir una situació n de crisis –real o
percibida- que neutraliza la posibilidad de acció n de la gente. Esta situació n es
aprovechada por las estructuras del capitalismo para conseguir que lo que hasta
ese momento se consideraba políticamente imposible se vuelva políticamente
inevitable. Esto es lo que ha ocurrido, por ejemplo, con la configuració n de la actual
crisis econó mica, que al provocar un estado de conmoció n, consigue que la
població n se predisponga aturdida y resignadamente a aceptar todas las medidas
de ajustes impuestas, asumiendo que éstas son necesarias.

En este contexto, que podemos definir como “democracia del simulacro”, el


significado de las palabras se manipulan hasta quedar vacíos de contenido y, por
tanto, inutilizados para garantizar el cumplimiento de los compromisos adquiridos
ante una població n anestesiada. Esta maniobra simbó lica consiguió , por ejemplo,
dar mayoría absoluta a un partido como el PP, que siendo los apologetas del
neoliberalismo, hicieron creer a muchos miles de votantes que iban a mejorar sus
condiciones de vida; lo que olvidaron comunicarles es que para llevar a cabo tal
compromiso tenían que incurrir en la inadmisible contradicció n de enfrentarse a
los intereses que ellos mismos representan. Y ya es bien sabido que “nadie muerde
la mano que le da de comer”. Ahora bien, ante esta situació n, también tenemos que

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tener la suficiente madurez política para reconocer nuestro grado de
responsabilidad. Tenemos que elevar el mea culpa al convertirnos en có mplices de
una mentira, pecando, al menos, de excesiva ingenuidad!

Otra muestra de que vivimos unos tiempos en los que la mejor forma de
paralizar a la població n es generando confusió n en el uso de las palabras, es que se
pueda definir al PSOE como un partido de izquierdas. ¿Se puede considerar de
izquierdas los planteamientos y decisiones políticas de un partido que defendiendo
las bondades de la globalizació n capitalista termina plegá ndose a la voluntad de los
poderes fá cticos? Tendríamos que recordar, sin ir má s lejos, la modificació n del
artículo 135 de la Constitució n españ ola que, contando con el apoyo inestimable
del Partido Popular, prioriza el equilibrio presupuestario de las administraciones
pú blicas y el pago de la deuda, por encima de cualquier necesidad o servicio social.

Muestra de que la política del PSOE no se debe a imperativos coyunturales


sino a convicciones ideoló gicas y programá ticas, es su reincidencia en el error.
Segú n declaraciones de su recientemente elegido Secretario General, uno de sus
propó sitos es democratizar la economía tomando medidas tales como una mayor
intervenció n estatal en el mercado o impidiendo la concentració n del poder. No
siendo despreciables, en el actual contexto, ninguna de estas medidas propuestas,
no dejan de ser meros parches o revisionismos de tintes socialdemó cratas.
Ninguna de estas medidas pueden resultar eficaces, hasta el punto de evitar el
sufrimiento de la mayor parte de la població n, si no se critica explícitamente el
marco que lo sustenta; es decir, el capitalismo. Aquí vuelve a ponerse de manifiesto
la eficacia de esa vieja maniobra basada en la creencia de que “estamos obligados a
cambiar algo si queremos que todo siga igual”.

Ante este tremendo galimatías, en la que los conceptos se convierten en


categorías vacías y donde resulta muy complicado definir, con cierta unanimidad,
las estrategias políticas que puedan ser consideradas de izquierdas, las
alternativas ofrecidas han sido fundamentalmente tres: 1) la primera, aceptar la
vía institucional o electoralista –opció n que nos hace pagar el peaje de asumir el
capitalismo o recurrir a la ambigü edad o a la mentira; 2) la segunda alternativa es

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renunciar a nuestra participació n en el á mbito de la política, entendida en
términos má s globales, integrá ndonos en movimientos sociales o ONGs que, en
muchas ocasiones, hacen gala de aplicar perspectivas má s localistas e incluso
apolíticas; y 3) la tercera alternativa es desistir de cualquier participació n
colectiva, replegá ndonos a nuestro á mbito personal.

Ante esta coyuntura, coincido plenamente con Carlos París cuando afirma,
“la izquierda, tras su derrota está presa del síndrome de Estocolmo. Y, sin embargo,
nunca sus ideales y su proyecto han sido tan necesarios. Como afirmaba Rosa
Luxemburgo, "socialismo o barbarie". Y hoy nos invade la barbarie”.

Aunque siempre he reivindicado la importancia de las palabras, no quiero


extenderme en un debate sobre la terminología más precisa a utilizar: si lo consideramos
oportuno podemos seguir hablando de una ideología de izquierdas; si lo preferimos
podemos evitar las connotaciones confusas que ha ido asumiendo históricamente este
concepto, sustituyéndolo por otro más preciso. Por una cuestión de economía
lingüística, y puesto que no podemos desarrollar hoy aquí este debate, voy a seguir
utilizando el término “izquierda”, insistiendo en el hecho de que no me importa tanto el
concepto que se utilice, como la realidad que describe. Realidad que, desde mi punto de
vista, tiene que asumir un compromiso emancipatorio que se traduzca, como mínimo, en
una reivindicación antipatriarcal, anticapitalista, ecologista e igualitaria. En
consecuencia, no podría denominarse de izquierdas, ningún partido, movimiento social
o individuo que no actuara de forma coherente con las cuatro premisas señaladas.

No podemos entender una ideología de izquierdas sin asumir plenamente la


lucha antipatriarcal; es decir, las reivindicaciones de un feminismo radical que
representa la lucha contra un sistema que justifica, promueve y consolida el predominio
del hombre, conminando a las mujeres a la inferioridad. Aunque muchas organizaciones
o individuos que se autodenominan de “izquierdas” suelen asumir entre sus
reivindicaciones la lucha antipatriarcal, en la mayor parte de las ocasiones sólo se hace
para cubrir el expediente de lo “políticamente correcto”. En realidad, se consideran las
demandas feministas como actuaciones políticas de rango inferior, generando una
reacción de enfado o miedo preventivo que suele traducirse en lo que yo denomino las

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“excusas del perismo”: “lo del feminismo está muy bien pero no podemos olvidarnos
de la lucha de clases”; “estoy de acuerdo con las reivindicaciones feministas pero
muchas veces exageran”; “tenemos que incluir en nuestras agendas las demandas
feministas pero integrándolas en una perspectiva política más amplia”… Este tipo de
expresiones, como mucho de los comentarios que las personas feministas tenemos que
soportar en los contextos supuestamente de izquierdas, ponen de manifiesto dos cosas:
1) un vergonzoso sentimiento misógino y 2) una enorme ignorancia de los mecanismos
de dominio y colonización utilizados por el patriarcado.

Asumir, coherentemente, las reivindicaciones feministas es una de las tareas


políticas más urgentes que debe emprender la “izquierda”. Si nos remitimos a los
hechos cotidianos, tenemos que concluir que ese indecente sentimiento misógino y ese
nivel de ignorancia al que acabo de referirme, son características que definen a muchas
de las personas que se autodenominan progresistas o de izquierdas. Por lo tanto, sólo
nos quedan dos opciones: o reconocemos nuestra incoherencia y nos resistimos a la
colonización del patriarcado, aunque esto implique renunciar a algunos privilegios, o
sólo nos restaría parafrasear al conocido filósofo afirmando: “para hablar sobre lo que
no se es, lo mejor es guardar silencio”.

En la medida en que el capitalismo es un sistema basado en la explotación, creo


que no cabe demasiadas dudas sobre el hecho de que tenemos la obligación moral de
combatirlo. La economía de mercado se promociona gracias a la defensa de la
discriminación de género, de la propiedad privada, del enriquecimiento ilimitado, de la
destrucción del medioambiente y del elitismo. Y a pesar de estas características, la
imagen proyectada proclama la omnipresencia de un sistema que ha sabido venderse
como el único posible, configurando una gran ficción democrática que encubre a un
sistema gansteril basado en la mentira, en la extorsión y en la muerte. Por tanto, resulta
claramente contradictorio e imposible de asumir, aún disciplinándonos en el más
complejo y sofisticado de los experimentos mentales, definir como democráticas las
reglas de un juego que emanan de un sistema necesariamente no democrático.

Como muy bien expone Norberto Bobbio en su libro “El futuro de la


democracia” : Cuando se plantea el problema del “nuevo modo de hacer política” (…)
se debe considerar, ante todo, las reglas del juego entre las cuales se desarrolla la
lucha política en un determinado contexto histórico. (…) Lo absurdo, o mejor dicho,

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inconducente e inútil, es anhelar una forma distinta de hacer política, con actores y
movimientos distintos, sin tener en cuenta que para hacerlo es necesario cambiar las
reglas del juego que previeron y crearon aquellos actores (…). Este razonamiento
puede gustar o no, pero es el único realista que una nueva izquierda –si es que aún
existe- puede hacer”.

A nadie se nos escapa tampoco que no es posible conciliar, de forma coherente,


el capitalismo y las reivindicaciones ecologistas puesto que el modelo de producción
capitalista se basa en la explotación medioambiental. Se ha multiplicado por 10.000 el
ritmo natural de extinción de la biodiversidad, la tierra y el agua se convierten en
elementos privatizables para que multinacionales como Monsanto aumente su tasa de
beneficios… Ante esta situación, es necesario oponerse a la perspectiva productivista
del capitalismo (que amenaza claramente la supervivencia del planeta), reivindicando
una configuración ecológica de la economía y promocionando la reflexión sobre la
cultura de la sostenibilidad. Aceptando los criterios ecosocialistas, tendremos que
oponernos a la expansión biocida del capitalismo generando un debate que ponga en
duda las nociones de expansión, crecimiento y desarrollo defendidos en el contexto de
libre mercado.

Incidiendo en su lógica de perversión, el capitalismo sustituye el criterio de


igualdad por el de legalidad, convirtiéndolo en una generalización formal de derechos.
El capitalismo es un sistema que promociona el elitismo; por lo tanto, cuando utiliza el
concepto de igualdad lo hace aplicando una perspectiva jerárquica que impone límites
claros a la promoción social. Por otro lado, al combatir la distribución igualitaria de la
riqueza, el sistema capitalista genera una expansión de la desigualdad basada en la
discriminación económica. Por último, imponiendo la aplicación de una normativa
heteropatriarcal y basada en los valores occidentales, sustenta una desigualdad que
transciende las clases sociales generando discriminaciones por razón de género, opción
sexual, color de la piel… etc. Es necesario, por tanto, asumir la necesidad de eliminar
estos sesgos discriminatorios incidiendo en procedimientos de generación y distribución
de la riqueza y en mecanismos de socialización que garanticen la igualdad de todas las
diferencias.

Puede que algunos y algunas sigamos anclados en viejas nostalgias o, incluso,


que sigamos abrigando un fuerte grado de insensatez que no nos permite vislumbrar los

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efectos perversos que puede acarrear la “conspiración obstinada” contra el capitalismo.
Pero lo cierto es que preferimos aferrarnos a esa supuesta insensatez, o a eso que
denominan postura utópica, antes que admitir los derrotismos o las actitudes cómplices.

Una vez aclarada las premisas reivindicativas que conforman nuestra agenda de
trabajo tenemos que enfrentarnos a un debate nada baladí: cómo puede acceder al poder
una izquierda definida en los términos anteriormente indicados; es decir, antipatriarcal,
anticapitalista, ecologista e igualitaria.

Tomando en consideración las referencias históricas, una primera alternativa que


puede plantearse es la de acceder al poder utilizando el recurso de lo que podríamos
denominar una revolución violenta. Sin embargo, atendiendo también a la propia
experiencia histórica como lo ocurrido, por ejemplo, en países como Cuba o la Unión
Soviética, debemos concluir que el éxito de dicho proceso revolucionario depende de la
capacidad para constituir una población psicológicamente adaptada a las exigencias de
dicha transformación social, y aún no contamos con los recursos para dicha
constitución.

La izquierda, entendida de forma tradicional, suele confiar sus deseos de cambio


a la capacidad de convencimiento de las palabras, es decir, a la capacidad de
convencimiento del discurso. Ha creído que, en la medida en que dicho discurso refleje
las condiciones objetivas de una realidad que nos explota y discrimina, éste sería capaz
de crear una conciencia de lucha que tendría como objetivo la transformación social. En
este sentido, coincido con el trasfondo teórico que Daniel Innerarity expone en su
artículo titulado “¿La realidad es de derechas?”, pero no coincido con el optimismo de
su propuesta. Según este autor, la izquierda no debe manifestar su oposición a través de
ensoñaciones, sino ofreciendo una descripción mejor de la realidad. Estoy, repito, de
acuerdo con el planteamiento pero me surge una duda: ¿qué podemos hacer cuando le
describimos la naturaleza siniestra del capitalismo a la población que es víctima de
dicho sistema y ésta se niega a la acción política o, lo que quizás es peor, vota a la
derecha o a la extrema derecha?; ¿qué alternativas nos cabe cuando le explicamos a la
población víctima del capitalismo las bondades de un sistema alternativo que podría
mejorar significamente su calidad de vida y se opone a esta oferta?

La descripción de la realidad, por muy cruel y objetiva que ésta pueda ser, no

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garantiza la activación de una especie de racionalidad subyacente que nos abocaría en
masa a la toma de conciencia y a la acción política transformadora. No debemos olvidar
que el gran éxito del poder consiste en que la gente admita el dominio y la sumisión
como si esto fuera efecto de su propia voluntad; por lo tanto, resulta bastante
complicado que aceptemos contradecir creencias que consideramos resultado de un acto
voluntario por mucho que éstas se den de bruces ante un discurso riguroso y,
supuestamente, objetivo.

Si tal y como comenté en otra ocasión, el sujeto neoliberal se caracteriza por ser
un sujeto fragmentado en el plano histórico, social y mental, existen muchas
posibilidades de que dicha población se oponga a una transformación social, aunque
ésta pueda beneficiarle; ¿cómo podemos hacer depender dicho cambio emancipatorio de
unos sujetos motivados por una deficiente capacidad cognitiva, por el narcisismo o por
el miedo? Tal y como afirmaría Chomsky, “esto resume la esencia de la “democracia”
en su versión orwelliana”, y la izquierda, esto ya lo afirmaría yo, no cuenta con
instrumentos eficaces para enfrentarla. Si no contamos con la población adecuada capaz
de sustentar los ideales de esa nueva estructura social, la única alternativa es imponer
por la fuerza, aunque sea en nombre del bien común, las promesas de una vida mejor.
Obviamente, esto implicaría, también a la luz de las experiencias históricas vividas, un
arduo debate sobre la pertinencia ética y pragmática de dicha decisión.

Otra alternativa para acceder al poder, justificada no sólo por los problemas
expuestos anteriormente sino también por la coyuntura que impone un capitalismo
globalizado, es recurrir a la vía electoralista defendiendo que la única forma de cambiar
el sistema es “desde dentro”. Sin embargo, los partidarios y partidarias de esta opción
tienen que enfrentarse también, aunque su estrategia de actuación sea pacífica, a las
características psicológicas de una población que está constituida para defender los
intereses de un sistema que les explota. Por tal motivo, para extender las propuestas
transformadoras, quizá ya no tengan que hacer uso de la fuerza en la medida en que
utilizan el recurso de las urnas, pero sí tendrían que adaptar el discurso a lo que dicha
población fragmentada necesita escuchar o está disputa a admitir, teniendo que lidiar
con la amenaza de que cualquier error cometido en la elaboración de su discurso o de su
programa pueden restarles votos en su carrera electoral. En esta situación se encuentra,
por ejemplo, el partido político PODEMOS.

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Quiero aclarar, en primer lugar, que no tengo ninguna intenció n de incidir
en las críticas formuladas a PODEMOS. Cuentan con todo mi respeto por constituir
un grupo de personas que se han tomado la molestia de actuar, de implicarse en la
tarea de transformar una realidad donde la estafa, el lucro y las injusticias se
convierten en la normalidad. Cuentan con todo mi respeto, ademá s, porque han
sido capaces de provocar el miedo a todos aquellos y aquellas que daban por hecho
que la política só lo iba a definirse segú n las reglas impuestas por su propio juego; a
todos aquellos que defienden un concepto de democracia que reduce la posibilidad
de alternancia a aquellos partidos políticos que nunca pondrían en duda el poder
supremo del mercado. PODEMOS les ha dado miedo porque “no son uno de los
nuestros”; porque los conciben como un partido intruso que, al no pertenecer a su
clan, no les permite tener bajo control su nivel de lealtad convirtiéndose, por ello,
en una presencia incó moda.

Ante esta situació n, el sistema y los partidos que lo representan, han


actuado utilizando el arma que má s eficaz les resulta: han puesto en juego toda su
maquinaria simbó lica para intentar confundir a la gente manipulando el
significado de las cosas. De esta forma, han intentado “desprestigiar” la imagen de
PODEMOS tachá ndolos de radicales, de populistas, de antisistemas… Al hacerlo
obvian el hecho de que estas supuestas acusaciones, de ser ciertas, no convertirían
a PODEMOS en un partido indeseable sino todo lo contrario: lo convertirían en la
opció n política má s pró xima a la justicia y la democracia.

Cuando el sistema enarbola el ser radicales como un insulto, soslayan la


connotació n positiva de este término: ser radicales puede hacer referencia a una
actitud política que pretende indagar en el conocimiento fundamental u originario
de la realidad; que intenta indagar en las causas de las cosas, requisito necesario si
pretendemos llevar a cabo cambios efectivos y bien orientados. Por otro lado, ser
populista también tiene la connotació n positiva de aquella actitud política que
pertenece o es relativa al pueblo. Se me ocurre, por tanto, que el sistema puede
insistir en atribuirle una connotació n negativa a este término (asociá ndolo, por
ejemplo, a la demagogia) motivados por la idea de que la política es asunto de las
élite; es decir, es asunto de “los nuestros”. Por ú ltimo, cuando el poder utiliza la

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noció n de antisistema en términos negativos (considerá ndolo sinó nimo de
delincuencia o boicoteadores de cualquier forma de convivencia pacífica) está
cometiendo un error fundamental: dar por hecho que el ú nico sistema posible es el
capitalismo (de tal forma que defender el anticapitalismo te convierte en un
antisistema per se, en sentido absoluto y negativo).

Si el sistema capitalista permite que en el Estado españ ol existan má s de dos


millones de niñ os y niñ as viviendo bajo el umbral de la pobreza; si se fundamenta
en la actuació n de poderes fá cticos como el BM, el FMI, la UNICE, el Banco Central
Europeo, la OMC… que aplican políticas de extorsió n y lucro hasta el límite de
generar la muerte por hambre o el suicidio por desesperació n; si la hipocresía del
capitalismo llega hasta el punto de que só lo ha mostrado interés por una
enfermedad como el ébola, que lleva muchísimo tiempo generando muertos,
cuando se ha convertido en un problema para el denominado primer mundo… yo
estoy dispuesta a defender que ser antisistema (es decir, anticapitalista) no puede
plantearse como una opció n: es una responsabilidad moral. Y ademá s, en este
punto reto a los apologetas del sistema a que intenten rebatir el argumento
acusá ndome de demagogia.

Creo que en esta situació n no tenemos má s alternativa que atender la


propuesta queer cuando reclama la necesidad de reapropiarnos de las palabras
para no dejarnos engañ ar por la manipulació n de sus significados. En
consecuencia, la ú nica alternativa coherente con todo lo expuesto hasta ahora es
contradecir la estrategia de la confusió n pretendida por el capitalismo
reivindicando la necesidad de ser radicales, populistas y antisistemas como la
ú nica forma de poder llegar a establecer un nuevo modelo social.

En este sentido, creo que el partido PODEMOS tiene una importante tarea
pendiente. Se ven obligados a utilizar el recurso de la ambigü edad, del rodeo o de
la imprecisió n cuando tienen que utilizar determinados términos para definir la
realidad a la que aspiran. Así, por ejemplo, cuando se les pregunta por los límites
de su actuació n contra el sistema tienden a utilizar este concepto en sentido literal
para salirse por la tangente y no verse implicados en respuestas comprometidas.

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Por otro lado, ya no somos de derechas o de izquierdas, ahora pertenecemos a los
de arriba (a la casta) o a los de abajo; de esta forma, sustituimos conceptos que
tienen sesgos má s políticos, ideoló gicos y que implican una cierta racionalizació n,
por otros má s sencillos de asimilar en la medida en que, haciendo uso de los
significados emocionales, nos sitú an e identifican en un determinado espacio social
(o somos castas o somos víctimas de dicha casta). Tal como indiqué anteriormente,
no tengo ningú n apego especial a los conceptos, no pareciéndome, por tanto,
arriesgada su sustitució n sino las causas que la motivan.

Como ha explicitado su portavoz, Pablo Iglesias, PODEMOS está definiendo


una estrategia política cuyo objetivo es ganar las elecciones. Hasta aquí perfecto. El
problema, desde mi punto de vista, radica en el hecho que describí cuando hacía
referencia a la alternativa no electoralista: tenemos que dirigirnos a una població n
configurada psicoló gicamente de tal forma que es capaz de contradecir sus propios
intereses; en consecuencia, para conseguir los votos necesarios que nos permitan
ganar las elecciones, necesitamos utilizar los términos con sumo cuidado puesto
que, al tener que aglutinar a una mayoría psicoló gicamente heterogénea, no
podemos permitirnos el lujo de cometer deslices lingü ísticos ni programá ticos que
puedan hacernos perder votos. La necesidad del éxito electoral nos aboca, por
tanto, a la ambigü edad o a las medias verdades.

Pero esto no se plantea como un problema meramente lingü ístico, creo que
debemos tener presente que la configuració n psicoló gica de esa població n que nos
pone límites a la hora de utilizar las palabras, también nos pondrá n límites a la
hora de desarrollar las acciones políticas. Es decir, plantear una alternativa política
como la que pretende PODEMOS no só lo debe enfrentarse a los obstá culos
impuestos por los poderes fá cticos o las reglas de juego establecidas por el
capitalismo neoliberal, también debe considerar los obstá culos impuestos por ese
sector de la població n que, aú n siendo sus votantes potenciales, exigirá n un
rendimiento de cuentas acorde con las ambigü edades o limitaciones que han
conformado el contrato electoral. Creo que debemos ser conscientes de esta
circunstancia y reflexionar sobre ella para que los avatares de un futuro político

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cercano no deformen demasiado nuestros criterios mínimos de coherencia y
credibilidad.

La situación descrita sólo puede enfrentarse admitiendo la necesidad de teorizar


la sociedad a través del análisis del sujeto empírico y atendiendo a todas las
peculiaridades de su proceso socializador. Tal y como indiqué al inicio de esta
intervención, debemos superar los viejos prejuicios que intentan enfrentar los ámbitos
de la teoría y la práctica política con el único objetivo de paralizar una actuación eficaz.

El rendimiento de las estrategias comunicativas que inciden en los aspectos


emocionales de los significados está ampliamente confirmada. Justamente en ella se
basa el sistema para, utilizando por ejemplo los medios de comunicación, la escuela o la
Universidad, implementar una violencia simbólica que actúa de forma continua y latente
con la finalidad de configurar y mantener el orden social; gracias a la aplicación de esta
violencia simbólica el poder consigue nuestra sumisión sin tener que recurrir
constantemente a los mecanismos explícitos de represión o castigo.

Los integrantes de PODEMOS son perfectamente conscientes de la importancia


que tienen los aspectos emocionales de los significados, puesto que ellos mismos han
manifestado su relevancia a la hora, por ejemplo, de configurar las estrategias de su
campaña electoral. Me parece loable que reconozcan esta importancia y que utilicen
dicho potencial para movilizar a una población que, a través de su voto, puede cambiar
el tono de la vida política. Pero al mismo tiempo, son conscientes, porque así lo han
reconocido públicamente, de la importancia que tiene la teoría y es en este aspecto en el
que me gustaría insistir: debemos integrar el análisis del lenguaje, del potencial político
del lenguaje y de los significados, en el marco de un proyecto teórico capaz de orientar
la praxis política y que, al mismo tiempo, se someta a la evaluación de dicha praxis.
Desde una perspectiva materialista, debemos apoyar un proyecto político que defienda
sin complejos el hecho de que teorizar también es una forma de actuar. Tal y como
afirma Fernando Broncano: “si todas las teorías de la democracia hasta el momento han
sido doxáticas, es decir, que suponen que basta con la opinión. Necesitamos también
una teoría de la democracia epistémica”. Y a esta democracia creo que es a la que
tenemos que aspirar.

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Por supuesto, no quiero que se entienda esta crítica bien intencionada, o
esta humilde aportació n si se me permite utilizar este término, como una especie
de “enmienda a la totalidad”. Vuelvo a repetir que me alegra la existencia de
PODEMOS, puesto que viviendo en los tiempos bá rbaros, no nos viene nada mal
contar con estrategias políticas planteadas a corto plazo que nos proporcionen
algú n motivo para la esperanza.

Pero no só lo es necesario enumerar las premisas bá sicas que permitan


definir a una futura izquierda; tampoco es suficiente con elaborar su agenda de
trabajo y reflexionar sobre los mecanismos para acceder al poder. Una parte
importante del descrédito de la izquierda no radica en las deficiencias de su
ideario como organizació n, sino en las incoherencias de las que solemos hacer gala
los individuos, las personas concretas, que se proclaman de izquierdas. Dichas
incoherencias han influido muchísimo en este descrédito porque, en definitiva, por
muy elaborados y convincentes que puedan parecer nuestros discursos, son las
interacciones cotidianas, la contemplació n diaria de nuestros comportamientos, lo
que sirven como reflejo de lo que realmente somos; y esto, obviamente, tiene un
mayor valor empírico y capacidad de convencimiento que lo que decimos ser. En
este sentido, aprecio que tenemos que hacer frente, principalmente, a tres
características psicoló gicas.

En primer lugar, creo que nos solemos permitir un grado de incoherencia


mayor de lo deseable. Obviamente, las personas de izquierdas no se constituyen al
margen de las estrategias de socializació n; también son víctimas de los prejuicios,
creencias y pautas de comportamientos impuestos por el sistema que,
supuestamente, critican. Nadie está a salvo de las contradicciones ni del riesgo de
reincidir en ellas pero, también es cierto, que si decidimos definirnos de una cierta
manera (en esta caso, de izquierdas) tenemos que hacer un esfuerzo constante
para que dicha definició n se aproxime, lo má s posible, a lo que demuestro ser. Para
conseguirlo tenemos que formarnos, tenemos que evitar la contaminació n
psicoló gica realizando un trabajo constante, e incluso doloroso, de revisió n y
descolonizació n mental; es decir, tenemos que adquirir el sano há bito de la

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autocrítica. Y, por supuesto, deberemos estar dispuestos y dispuestas a perder
privilegios.

Otra de las características psicoló gicas que debemos superar es la de la


egolatría. Malo es que alguien esté en política porque se considere imprescindible
o porque es un requisito para sustentar su autoestima. Los personalismos suelen
ser una fisura que terminan por desmontar la estructura colectiva. Los cargos
deben ser rotatorios: todos y todas podemos aprender a hacer cosas si nos dan la
oportunidad de hacerlas; me resultan bastante peligrosas las especializaciones
funcionales dentro de una organizació n puesto que, a la larga, éstas suelen dar
lugar a la jerarquizació n y a los protagonismos. Otro duro golpe a la egolatría es
desarrollar la capacidad de escucha y exponer siempre los argumentos a la crítica;
lo que constituye, por otra parte, competencias bá sicas de una actuació n política
que nunca debe llegar a profesionalizarse.

La tercera deficiencia, y probablemente la má s importante, que suele poner


de manifiesto el sujeto de izquierdas es la falta de empatía. Este déficit suele
traducirse en una incapacidad manifiesta para atender, sobre todo, las necesidades
emocionales de las personas que nos rodean. Resulta paradó jico que las proclamas
de una sociedad mejor las sustenten personas que son incapaces de ponerse en el
“lugar de los otros”; que no tienen la sutileza para captar y atender las necesidades
afectivas (entendidas éstas en un sentido amplio). Resulta llamativo que personas
que dicen esforzarse por un proyecto de vida mejor sean incapaces de descender
del á mbito de las ideas para atender los pequeñ os detalles del acogimiento, del
interés o de la preocupació n. Si la ú nica motivació n legítima del compromiso
político es la empatía, carecer de ella convierte todos nuestros argumentos en
explicaciones espurias. Por ello, no me cabe la menor duda de que una tarea
prioritaria y urgente de nuestra agenda formativa es la educació n sentimental.

Llegados a este punto del discurso me doy cuenta, Carlos, de que nos ha vuelto a
pasar lo de siempre. No necesitamos ninguna excusa para tirar del hilo dialéctico y

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perder completamente la noción del tiempo inmersos en nuestros debates, en nuestras
reflexiones . Sí, nos ha vuelto a pasar lo de siempre.
Como escuché hace mucho tiempo: “la vida debería ser generosa y concedernos
una segunda oportunidad para despedirnos mejor”. Pero yo hoy me propongo conjurar
las despedidas y, por tanto, decididamente, seguiremos hablando, amigo. Necesitamos
seguir aprendiendo de tus recomendaciones, de tus reflexiones, de la motivación con la
que te aferrabas a la vida. En estos tiempos bárbaros no nos podemos permitir el lujo de
prescindir de los buenos testimonios… Así que Carlos, simplemente, gracias y hasta
muy pronto, amigo.

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