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LA FICCION

Un caso de sonambulismo teórico

Roberto Ferro

Editorial Biblos

A la memoria y a la presencia de mis padres


fingere; fingo, finxi, fictum, 3, TR: formar, dar forma, hacer,
modelar (ceram, la cera); Herculem f., hacer la estatua de
Hércules; ars fingendi, la escultura; versus f., componer versos,
[fig.] a mente vultus fingitur, el rostro es una expresión del alma;
ad alicuius arbitrium se f., adaptarse, conformarse a la opinión
de uno ! [esp.] formar cambiando o disfrazando, transformar,
arreglar, componer (crinem f., arreglarse el cabello), disfrazar
(vultum f.,tomar una expresión fingida) ! formar, educar (fingi
ad rectum, ser educado en el buen gusto), adiestrar (equum, un
caballo) ! concebir, representarse, imaginarse, suponer (ex sua
natura ceteros f., formarse una idea de los demás según uno
mismo; es quoe finguntur, los productos de nuestra imaginación)
! representar, imaginar, describir (summum oratorem f., hacer
el retrato del orador ideal; res ficta, ficción) ! fingir, inventar
con mala intención, fraguar (crimina in aliquem, acusaciones
contra uno; fictus testis, testigo falso).
fictio -onis f.: formación, creación; ficción, simulación !
suposición, hipótesis.
Prolegómenos

La reflexión acerca de la especificidad, los límites, la pertinencia de la ficción se ha instalado


en los últimos años como una preocupación dominante de los estudios teóricos. Todo ello no
supone que los debates y asedios a la cuestión se desplieguen en torno de tópicos e
interrogantes compartidos; por el contrario, discursos que pertenecen a espacios teóricos
heterogéneos intervienen en ellos desde perspectivas diversas y la variedad de sus
configuraciones abren un amplio abanico de posibilidades.
Situado en este campo, me interesa señalar dos aspectos que considero fundamentales a
los efectos del desarrollo de mi exposición: en primer lugar, toda reflexión teórica que tiene a la
ficción como objeto de estudio, más allá de la diversidad mencionada, implica una toma de
posición, de modo más o menos explícito, por alguna de las posturas enfrentadas en la polémica
que tiene a las relaciones entre lenguaje y mundo como problemática central; y luego, intentando
conjurar el malentendido de que la teoría aborda cuestiones intemporales, pretendo imbricar mi
planteo en las circunstancias históricas y culturales en que se produce, así como dar cuenta de la
genealogía, a veces indefinida y difusa, por la que la ficcionalidad como objeto de indagación
aparece planteada en los términos en que se la presenta.
La ficción exige un tratamiento que exceda los acotamientos reduccionistas que limitan
su especificidad a una caracterización que la define como un discurso carente de verdad y/o sin
capacidad denotativa.
Las tipologías que acotan la ficción como una especie defectiva aparecen como
esfuerzos más o menos afortunados que se proponen un tabicamiento sedante; sus intentos por
hallar un envoltorio adecuado para lo que es la ficción, en términos de variedad lingüística bien
delimitada, se agotan en la búsqueda de lo que tiene de menos con respecto a los usos rectos,
serios, naturales, comunicativos, pragmáticos, o como convenga que se designen en cada caso,
del lenguaje.
Todo esto aparece en un espacio en el que la indagación teórica acerca de cuestiones
como autor, texto, referencia, sentido, verdad, hacen de la ficcionalidad un punto nodal de
convergencia y divergencia, que exige desconfiar de las seguridades derivadas de una
diferenciación tan firme como las que se imponía hasta hace poco tiempo para distinguir ficción
de no ficción.
Es posible ordenar los abordajes a la problemática de la ficción en torno de tres ejes: la
referencia, la enunciación y la narración; en todos los casos con un nivel de complejidad que
exhibe la densidad de las cuestiones puestas en juego, haciendo evidente que los parámetros
dominantes en la cartografía teórica que relevaba esos temas, han perdido su firmeza y
capacidad para establecer un orden categorial adecuado para la investigación.
Esta preocupación por detallar el estado actual del tema no se agota en la pretensión de
hacer un inventario crítico más o menos preciso, sino que implica una necesidad que permita
articular una propuesta definida al respecto, con el objetivo de contribuir al señalamiento de una
apertura teórica que supere muchos de los presupuestos en los que se apoya la reflexión acerca
de la ficcionalidad.
Capítulo I
De la referencia
Una de las vías más aceptadas para caracterizar la especificidad ficcional es la de definirla por la
falta de referencia o, al menos, de referencia verdadera o real; lo que se imbrica en la antigua
tradición retórica que
desde la Rhetorica ad Herennium (I, viii, 12-13) y Sexto Empírico ( Ad math., I, 218 y ss.),
continuada luego por Macrobio y San Isidoro, llega hasta la oposición de narratio authentica y
narratio ficta de las artes semocinandi medievales.
Tradición que en nuestro siglo, es retomada por variantes deudoras de las tesis de
Frege, exponentes de la concepción de que las ocurrencias discursivas ficcionales carecen de
referencia (Bedeutung), es decir se sigue explicando la especificidad de las ficciones a través de
la falta de consistencia empírica de los objetos a los que refiere.
La línea de pensamiento que más ha profundizado en esa dirección es el positivismo
lógico o el neopositivismo, que postula la necesidad de superar las trampas que el lenguaje le
tiende a todo saber presumiblemente riguroso y metódico; se propone por este camino
"aclarar" (nunca se hacen cargo de los usos metafóricos de sus precisiones) las interferencias
que perturban con sus equívocos el proceso de la investigación científica. Algunas de sus
operaciones distintivas pueden sintetizarse así:
—otorgar prioridad al principio de verificabilidad como criterio legitimador para distinguir las
proposiciones con sentido de las que no lo tienen;
—determinar las condiciones posibles del significado conforme a la verificación empírica de las
proposiciones;
—elaborar la construcción de la matemática y de la lógica a partir de un sistema de tautologías;
—homologar la filosofía con el análisis sintáctico de las estructuras formales del discurso
científico y el estudio semántico de sus significados proposicionales;
—establecer una delimitación precisa entre enunciados propios del saber científico y las
fantasmagorías metafísicas, que son asimiladas a simples ficciones, es decir entre las
proposiciones pasibles de verificación de las pseudoproposiciones.
El criterio de verificación empírica implica que el significado de una proposición
solamente puede determinarse describiendo el hecho que debería existir en el caso de que dicha
proposición fuese cierta. De lo que se desprende que el significado de un enunciado depende
del estado de cosas que supuestamente expresa, es decir, su verdad o falsedad se relacionan
directamente con la existencia o inexistencia de la realidad a la que se refiere el contenido
proposicional. Ante la dificultad que supone la explicación del sentido de un enunciado por otro
enunciado-definición —lo que traería aparejado nuevos términos de significado que exigirían
un encadenamiento infinito—, el criterio de verificabilidad contempla la necesidad de especificar
el significado de una proposición a través de un eslabón empírico que dé cuenta del estado de
cosas denotado simbólicamente. En otros términos, la transcripción de un sentido proposicional
exige la transformación del enunciado mediante sucesivas definiciones hasta el momento en que
esas palabras no puedan ser definidas ya más que ostensivamente. La definición ostensiva, que
según Bertrand Russell es el proceso por el cual se enseña a una persona a comprender una
palabra por medios diferentes del uso de otras palabras, tiene sus limitaciones pues sólo
puede aplicarse en el caso en que el referente sea fáctico; a pesar de ello sigue siendo el
fundamento del criterio a partir del cual se discriminan los términos ficción-no ficción. En
definitiva es más de lo mismo, se impone la definición de verdad como adaequatio intelectus
rem, afirmándola en un plano empírico incuestionable como última instancia de remisión en el
análisis proposicional.
Este presupuesto otorga legitimación epistémica para una delimitación precisa de los
ámbitos discursivos ficcional y no ficcional, estableciendo el carácter anómalo del primero de
ellos. Pero esta seguridad, apoyada en una discriminación que pone afuera todo aquello que se
aparta de un molde rígido, queda socavada cuando se la confronta con las transformaciones que
el llamado "giro lingüístico" ha operado sobre una tradición en la que la noción de
verificabilidad como criterio de verdad estaba tan arraigada.
La crítica a la concepción tradicional del lenguaje como un "instrumento" para la
designación de entidades independientes del lenguaje o para la comunicación de pensamientos
prelingüísticos, aparece como el común denominador del "giro lingüístico", lo que implica el
reconocimiento de que el lenguaje tiene un papel constitutivo en nuestra relación con el mundo.
Tras el "giro lingüístico", entonces, la identidad de los significados se transforma en la
clave de la explicación de la intersubjetividad de la comunicación y, por lo tanto, también de la
objetividad de la experiencia.
Ya no hay posibilidad de garantizar tal objetividad de la experiencia, puesto que no hay
argumento suficiente que legitime la unidad del mundo objetivo al que los usuarios del lenguaje
se refieren. La inconmensurabilidad de las aperturas lingüísticas del mundo convierten a la
referencia y a la verdad en magnitudes relativas, dependientes de una constitución del sentido
previa que las haga posibles en cada caso.
La concepción de la preeminencia del sentido sobre la referencia subyace no solamente
al "giro lingüístico", que podemos filiar genealógicamente en la tradición filosófica alemana,
sino también a una línea que se remonta hasta Frege y la filosofía analítica del lenguaje. Ambas
tradiciones comparten el supuesto de la diferencia entre sentido y referencia, y la consiguiente
epistemologización de esa diferencia por la que se considera dicho sentido como el único acceso
posible al referente. Todo ello supone sustituir la percepción por la comprensión, circunstancia
que trae consigo que dicho acceso al referente se vea mediado por el sentido desde el cual es
comprendido.
Así, el lenguaje se constituye en la condición de posibilidad del modo en que nos
aparecen los referentes y, por lo tanto, la instancia constitutiva del marco categorial fundante de
todo lo que se enuncia acerca de un mundo abierto lingüísticamente.
Concebir el lenguaje como responsable de la apertura del mundo implica el presupuesto
de que la designación de un objeto no se lleva a cabo mediante un nombre —según planteaba la
concepción del lenguaje como instrumento, propia de la filosofía de la concienciaConcepción
que atribuye al lenguaje el carácter de mediador entre dos polos definidos: las cosas externas,
por una parte, y las impresiones del alma, por otra. Línea de pensamiento que llega hasta Kant y
que explica el funcionamiento del lenguaje en orden al modelo de la designación de objetos por
medio de palabras. Se reduce de este modo el lenguaje a su función designativa, es decir el
lenguaje es pensado como un instrumento intramundano representante de objetos existentes con
independencia de él. —, sino como atribución de una propiedad a un objeto por la que éste es
interpretado como algo. De acuerdo con Heidegger la asignación de un nombre a un ente es
una atribución indirecta de aquello que dicho ente "es".
En Frege, uno de los iniciadores de la línea de pensamiento que desemboca en la
preeminencia del sentido sobre la referencia, se exhiben las paradojas de la filosofía analítica
que, partiendo de una profunda desconfianza hacia el lenguaje como instrumento de
conocimiento científico, ha derivado, después de una insistente búsqueda de lenguajes formales
alternativos, en la inevitable necesidad de reflexionar sobre el lenguaje común y de revelar
aquellas características que excedían las limitaciones de la transparencia y del uso serio, hasta
llegar a exhibir explícitamente el carácter opaco del lenguaje en cuanto supuesto reflejo del
mundo exterior o como vehículo confiable del pensamiento puro. Su itinerario expone el
conflicto de todo lenguaje reducido exclusivamente a su función deíctica u ostensiva, de la que
depende su capacidad de hacer referencia al mundo de conceptos y cosas, que se contradice
flagrantemente con los valores semióticos, retóricos y tropológicos de ese mismo lenguaje y, tal
como lo señala Frege, de la incontenible tendencia metafórica del lenguaje mismo.
La insistencia en la posibilidad de disciplinar al lenguaje aparece expuesta de modo muy
preciso en la pretensión de establecer compartimientos que delimitaran los usos correctos o
serios de los usos anómalos, mediante las posibilidades que otorgaba la distinción entre Sinn y
Bedeutung, tratando de fijar, finalmente, las condiciones únicas según las cuales un enunciado
puede ser literalmente significativo. Operación que se fundaba en la necesidad de segregar fuera
de los usos correctos todos los enunciados que tuvieran anomalías referenciales, tales como los
tropos y, por supuesto, los enunciados ficcionales, para asegurar la transparencia unívoca del
lenguaje, para constituirlo, como acertadamente señaló Rorty "en espejo de la mente" y, por su
intermedio, de la naturaleza. Sólo a partir de una concepción positivista, que se refugia en un
dogmatismo lógico, es posible instaurar una verdad unívoca por la vía exclusiva de la
requisitoria veritativa referencialista, excluyendo y condenando toda otra instancia de relativizar
esos términos.
Desde la postura de Rorty el "giro lingüístico":

...hace una contribución específica a la filosofía, creo que en absoluto es metafilosófico.


Su mayor aporte fue, por el contrario, haber contribuido a sustituir la referencia a la
experiencia como medio de representación de la referencia al lenguaje como tal medio
—un cambio que, en la medida en que ocurrió, hizo más fácil el prescindir de la noción
misma de representación—.El término "experiencia", tal como es usado por filósofos
como Kant y Dewey, fue, como el término "idea" de Locke, ambiguo entre "impresión
sensorial" y "creencia". El término "enunciado" utilizado por filósofos de la tradición de
Frege, carece de tal ambigüedad. Una vez que la filosofía del lenguaje se vio liberada de
lo que Quine y Davidson llamaron " los dogmas del empirismo" en los que la habían
enzarzado Russell, Carnap y Ayer (aunque no Frege), los enunciados ya no fueron
considerados como expresiones de la experiencia ni como representaciones de una
realidad extraexperimental. Más bien, fueron vistos como sartas de marcas y sonidos
usados por los seres humanos en el desarrollo y prosecución de las prácticas sociales —
prácticas que capacitan a la gente para lograr sus fines, entre los que no está incluido
"representar la realidad como es en sí misma".

Si confrontamos el propósito inicial de Frege, de otorgar transparencia a las


aseveraciones, con los planteos de Quine, para quien la capacidad de aserción depende
enteramente del contexto y, por lo tanto, el significado de un enunciado entendido como
correspondencia con las cosas, sólo tiene sentido en tanto que es atenuado por la
relativización que supone pensarlo como una determinada interpretación; queda
delineado el itinerario recorrido por un pensamiento que se propuso acotar todos
aquellos aspectos del lenguaje que opacaban la transparencia referencial y que derivó en
el desplazamiento de su atención a fenómenos que anteriormente había considerado
marginales y perturbadores.
Mientras que en Frege podemos situar el inicio de una genealogía de las
aproximaciones analíticas del lenguaje y la ficción, en Saussure se imbrica otra
orientación que reflexiona sobre el sentido y la referencia, en especial a partir de sus
tesis sobre la naturaleza arbitraria del signo y el carácter diferencial de éste, las que se
constituyen en el punto de partida de un pensamiento que bordea y transgrede los
márgenes de la teoría literaria contemporánea y de la filosofía hasta hacer indecidibles
sus territorios.
Jacques Derrida en La voz y el fenómeno fundamenta en la estructura iterativa
del signo la afirmación de que éste está originariamente trabajado por la ficción. A lo
que agrega luego: Es porque el signo es extraño a la presencia así del presente viviente,
por lo que se le puede llamar extraño a la presencia en general. De acuerdo con ello,
no hay posibilidad de representación de nada ajeno al discurso mismo, de lo que se
deduce una doble consecuencia: por una parte, el discurso es la representación de sí y,
por otra, la ficción es la condición de posibilidad de todo discursoAhora bien si se
admite, como hemos intentado mostrar, que todo signo en general es de estructura
originariamente repetitiva, la distinción general entre uso ficticio y uso efectivo de un
signo se ve amenazada. El signo está originariamente trabajado por la ficción. Desde
este momento, sea a propósito de comunicación indicativa o de expresión, no hay
criterio seguro para distinguir entre un lenguaje exterior y un lenguaje interior, ni en la
hipótesis concedida de un lenguaje interior, entre un lenguaje efectivo y un lenguaje
ficticio. Una tal distinción es, sin embargo, indispensable a Husserl para probar la
exterioridad de la indicación a la expresión, con todo lo que aquella impone. Al declarar
ilegítima esta distinción, se prevé toda una cadena de consecuencias temibles para la
fenomenología..
En La diseminación, Derrida, en estrecha correspondencia con lo anterior,
interviene desde una lectura desconstructiva sobre la noción de mímesis platónica, en
primer término en "La farmacia de Platón" y luego en "La doble sesión". En este
apartado relaciona mimesis y literatura, a la que Derrida considera como el discurso
rector de todos los demás discursos; para lo que primero despliega la lógica de la
mimesis en términos de dominio del imitado sobre el imitante, dominio configurado en
la preeminencia ontológica del primero sobre el segundo, en la anterioridad temporal de
aquél sobre éste y en la discernibilidad absoluta de ambos. Y sobre esta lógica
sobrepone, en un segundo movimiento, que llama "desplazamiento mallarmeano", el
mantenimiento de la estructura diferencial de la mímica o la mímesis, pero sin la
interpretación platónica o metafísica. Pero no hay nada de ello. Hay una mímica.
Mallarmé está en ello, como en el simulacro[...]Estamos ante una mímica que no imita a
nada, ante, si se puede decir un doble que no redobla a ningún simple, que nada
previene, nada que no sea ya en todo caso un doble. Ninguna referencia simple. Por eso
es por lo que la operación del mimo hace alusión pero alusión a nada, alusión sin
romper la luna del espejo, sin más allá del espejo. "Tal opera el Mimo, cuyo juego se
limita a una alusión perpetua sin romper luna." Ese speculum no refleja ninguna
realidad, produce únicamente "efectos de realidad". Para ese doble que a menudo hace
pensar en Hoffman (citado por Beissier en su Prefacio), la realidad es la muerte. Que se
revelará inaccesible, a no ser por simulacro, como la simplicidad soñada del espasmo
soñado o del himen. En ese speculum sin realidad, en ese espejo de espejo, hay
ciertamente una diferencia, una díada, puesto que hay mimo y fantasma. Pero es una
diferencia sin referencia, o más bien una referencia sin referente, sin unidad primera o
última, fantasma que no es el fantasma de ninguna carne, errante, sin pasado, sin
muerte, sin nacimiento ni presencia". Derrida, Jacques. La diseminación, Madrid,
Espiral, 1975.
Como hemos visto, la especificidad ficcional no puede ser establecida a partir de
una distinción entre referentes verdaderos o imaginarios; ese postulado no tiene entidad.
Ya sea que se lo revise por vía del pensamiento analítico, el cual culmina por desechar
los propios puntos de partida desbaratando de manera absoluta el presupuesto
adaequatio intelectus ad rem —que si en el plano de la investigación teórica ha dejado
hace tiempo de tener valor, sigue funcionando como una cláusula jurídica en muchos
discursos contemporáneos, una especie de lugar común de buena parte de la doxa
científica, y una de las piedras fundamentales sobre la que se apoyan y articulan vastos
encadenamientos de sentido de los imaginarios sociales—; ya sea que se lo someta a
un intenso escudriñamiento por vía del pensamiento que hemos filiado desde Saussure
y que en Derrida ya no aparece como el término defectivo de una jerarquía, sino que,
tras una lectura desconstructiva se desplaza hasta convertirse en el elemento capaz de
cuestionar cualquier ordenamiento que distribuya rangos dentro del ámbito
omniabarcador de los discursos.

Nombrar la identidad
El cuestionamiento de los presupuestos a partir de los cuales se establece la
discriminación entre discursos ficcionales y discursos que son portadores de
información "cierta y verídica" acerca del mundo, puede traer aparejada la sensación de
que se entra en una oscuridad retórica en la que todos los gatos son pardos. La
situación, creo, es otra, la luz que pretende iluminar la diferencia, por el contrario,
extiende una vasta opacidad que garantiza la labilidad de los límites y, por lo tanto, la
sanción inestable de los bordes discursivos que se deben considerar en cada margen; sin
que ello suponga que las determinaciones no varíen y que las taxonomías no sean tan
flexibles como variadas, pero todas, en algún punto, imponen un baremo, un modo de
separar los discursos a los que se les asigna la potestad intransferible de producir
verdad de aquellos que la simulan o se despliegan a partir de la imaginación. Uno de los
objetivos buscados en este trabajo es el de dar cuenta de las relaciones que pueden
establecerse entre la construcción de identidad que surge a propósito del acto de
nombrar y de la verdad que emerge como consecuencia de la concomitancia entre ese
acto y lo nombrado por él. En el nombrar se desvelan las relaciones entre lenguaje, lo
nombrado y los sujetos que nombran. Cada palabra que nombra nunca se profiere en
soledad sino que es parte de un texto en el que se inscribe.
El texto es la dimensión en la que acontece el nombrar, la reflexión sobre las
condiciones de posibilidad del nombrar puede ser pensado como una mirada inquisitiva
sobre la genealogía de la construcción de las identidades y de la verdad que se instaura
en cada instancia de correlación. Lo que es perturbador de este intento, no es tanto la
pretensión de redistribución genérica entre diversas especies discursivas, sino que
implica la relativización de los restos sacrales que algunos textos poseen como
portadores de la verdad. Hay textos que junto con el discurso acompañan una serie de
mandatos de lectura que exigen ser leídos exclusivamente de una determinada manera
para revelar el sentido; estas textualidades ejercen no sólo la acción de nombrar sino que
requieren, imponen una lectura, tal es la univocidad de los textos sagrados. En ellos la
identidad es una equivalencia tautológica. El texto impone una lectura y esa lectura acata
la letra, el sentido es lo inscrito literalmente. Sobre los restos sacrales de estas
textualidades discursivas se edifica parte de la certeza que articulan los imaginarios
sociales hegemónicos. En el arco que se tiende entre el nombre y lo nombrado, que, por
lo tanto, determina la identidad, se abren dos instancias: el referir y el significar. La
pregunta que inquiere por la identidad, o en todo caso por la estabilidad de la identidad
entre el nombrar y lo nombrado, está en la base de la construcción social de la verdad.
Este tipo de preguntas se pueden pensar, en principio, como la búsqueda de una
referencia que fije una identidad y que no deje indeterminado a ese alguien. Dichas
preguntas apuntan, pues, a demandar una especificación que pertenece al orden del
“quién” y esas preguntas dirigidas en relación con diferentes individuos deberían
especificar un conjunto de referencias: “a”, “b”...“z”, que son los nombres de cada una
de las personas señaladas, o de un término colectivo o genérico que los abarque a todas.
Nombrar es, consiguientemente, establecer una vinculación que une un término
identificador con un individuo o un grupo de individuos.
¿Qué significa un nombrar? ¿Cómo se puede especificar, describir la acción de
nombrar? La pregunta por el nombrar tiene un valor paradigmático cuando la respuesta
es un nombre propio, que es la variante más usual y la que de modo más preciso otorga
ubicación gregaria y, acaso, dentro de un inventario ilimitado, la que tiene prioridad
desde una perspectiva social para decirnos y decir a otros quienes somos.
Entonces, retomando la argumentación, la pregunta podría expresarse ¿cómo
podemos caracterizar la acción de responder con un nombre, a la pregunta quién es?
Este parece ser un punto de partida suficientemente preciso para pensar las relaciones
entre nombrar e identidad, por una parte, y referir y significar por otra. Un nombre que
fija una identidad "es Z" puede ser pensado como el acto de indicar con un nombre "Z"
a alguien y nuestra pregunta "¿en qué consiste el interrogante quién es?" se podría
contestar como la búsqueda de la referencia que fije una identidad y que determina a ese
alguien. La acción de nombrar, entonces, designa en este caso la relación que se
establece entre un término identificador "Z" con un individuo: nombrar es establecer la
vinculación semántica de esa palabra que es un nombre. Pero como decíamos
anteriormente, no hay palabra que se profiera en soledad y por lo tanto que pueda
significar autónomamente. Toda palabra que nombra pertenece a un lenguaje; la
indagación por las relaciones entre ese nombre y su referencia conlleva una reflexión
sobre el conjunto del lenguaje, es decir, al conjunto de lo que con ese lenguaje puede
decirse y también al universo de todas las entidades que pueden ser nombradas por él.
La cuestión entonces de la respuesta a la pregunta, ¿quién es? requiere que esas
relaciones de identidad no sean separadas del espacio de significación de la lengua en
que es proferido. La respuesta, aunque sea sólo el nombre "Z", supone decir en qué
punto me sitúo dentro de las prácticas, códigos y significados en los que acontece la
interrogación que desencadena el nombre, que es el modo más elemental de exponer la
identidad. Estas dos instancias: la que responde por el nombre y la que implica instalar
la palabra que nombra en un entramado de significados, se pueden precisar como
"identidad-referencia", la que indica a "Z" e "identidad-sentido", la que corresponde a su
ubicación en la red significativa. La primera abre la reflexión a la dimensión semántica
del nombre, la segunda a la pragmática del texto.
Tal como he planteado la problemática de la identidad entre el nombrar y lo
nombrado instala la cuestión en una genealogía indudablemente fregeana que forma
parte de una de las polémicas contemporáneas de la filosofía del lenguaje de mayor
complejidad. Genealogía a la que es necesario apelar para especificar los términos de la
relación que nos preocupa. Se impone señalar que son las discusiones medievales
respecto de la referencia de los nombres las que abren el debate; contemporáneamente es
posible, y por supuesto sintetizando hasta cierto riesgo de reduccionismo, establecer una
distinción fundamental entre la postura de John Stuart Mill, por una parte, y las de
Gottlob Frege y Bertrand Russell por otra, las que devienen en dos direcciones
opuestas: los seguidores de Mill señalan que los nombres propios sólo tienen referencia
(Bedeutung), o denotación, es decir que entre el nombrar y lo nombrado se establece la
identidad en términos de nombre igual referencia; los fregeanos en cambio, consideran
que los nombres propios poseen también sentido (Sinn) o connotación y que es por
medio de su sentido como alcanzan la referencia.
La postura de Mill consiste en la negación de sentido de connotación de los
nombres propios a los que sólo atribuye referencia, todo ello apoyado en el presupuesto
de que esos nombres no tienen las mismas características de las descripciones y que por
lo tanto no poseen connotación.
Desde una perspectiva fregeana, en cambio, se señala que cuando los nombres
propios forman parte de proposiciones de existencia (por ejemplo "existe Z") tienen
también contenido conceptual o descriptivo, ya que esa proposición no se despliega en
la suma de un nombre más la afirmación de su existencia, sino que expone un concepto
y afirma que es el caso de tal concepto. Esto aparece de modo más preciso si instalamos
el enunciado entre proposiciones de inexistencia (por ejemplo “no existe Z”) en las que
a partir de la lógica extensional no se da la posibilidad de pensar una referencia de “Z”
no vinculada a una descripción, o en otros términos, a contenido conceptual no
ostensivo.
Sintetizando la oposición, —que insisto esquematizo en sus términos
fundamentales, lo que supone no atender a una serie de gradaciones y matices—,
tenemos que según Mill los nombres propios sólo tienen referencia, es decir, define la
relación como identidad-referencia; en cambio, los fregeanos como identidad-sentido,
los nombres propios refieren porque connotan, y, entre ambos polos opuestos y
contradictorios, se dan algunos intentos que apuntan a construir una alternativa
sincrética.
Se pueden considerar dos líneas fuertes que retoman la polémica y se proponen
avanzar sobre la oposición. La primera tiene su punto de partida en el Wittgenstein de
las Investigaciones Filosóficas, continuada por John Searle. En ella se señala que los
nombres propios tienen una cierta laxitud y, que por lo tanto, poseen una cierta
imprecisión. La otra, tiene a Saúl Kripke, Hillary Putman y Keith Donellan como sus
principales exponentes, quienes insisten en la importancia de la función designativa del
lenguaje, que como consecuencia del "giro lingüístico", ha sido desplazada de la
atención.
Para Bertrand Russell, los nombres propios son como abreviaturas de
descripciones definidas. John Serle apunta a reelaborar la cuestión, siguiendo las ideas
del segundo Wittgenstein, de modo tal que le permita superar las dificultades de la
postura de Russell. Plantea que los nombres representan el conglomerado de las
características, concebidas como convergencias de descripciones, que están vinculadas
de modo necesario a un nombre. Es posible que en algún momento se demostrase que
ninguna de las características que se atribuyen a Aristóteles es cierta y que este nombre
corresponde a otra persona, conjeturemos por ejemplo un comediante que vivía en las
afueras de Atenas un siglo antes. Dada esta circunstancia, resulta difícil conjeturar que
el Aristóteles que ahora aparece sea aquel Aristóteles en quien pensábamos cuando
leíamos La ética nicomaquea. El Aristóteles comediante no es el que se adecua a la
imagen construida a partir de la tradición clásica, es decir aquél a quien nos referíamos
al emplear su nombre. De esta manera entonces, el nombre es un conjunto de
características centrales que son las que se refieren a aquél que es nombrado.
Resulta utópico establecer un inventario cerrado de todas esas características y la
postura teórica de Searle, la de un conglomerado de características referido por el
nombre, se vincula con la concepción que define a los nombres propios con un grado
de imprecisión respecto de la determinación de las características que constituyen la
referencia del nombre a lo nombrado. Así plantea Searle la cuestión:

Además, ahora vemos cómo satisface el principio de identificación la emisión de


un nombre propio: si tanto el hablante como el oyente asocian alguna
descripción identificadora con el nombre, entonces la emisión del nombre no es
suficiente para satisfacer el principio de identificación, pues tanto el hablante
como el oyente son capaces de sustituirlo por una descripción identificadora. La
emisión del nombre comunica al oyente una proposición. No es necesario que
ambos proporcionen la misma descripción identificadora, suponiendo solamente
que sus descripciones son de hecho verdaderas del mismo objeto.
Hemos visto que, en la medida en que pueda decirse que los nombres propios
tienen sentido, se trata de un sentido impreciso. Debemos explorar ahora las
razones de esta imprecisión. ¿La imprecisión por lo que respecta a qué
características constituyen las condiciones necesarias y suficientes para aplicar
un nombre propio es un mero accidente, un producto de la carencia lingüística?
¿O deriva de las funciones que nos realizan los nombres propios? Preguntar por
criterios de aplicación del nombre "Aristóteles" es preguntar de modo formal
qué es Aristóteles; es preguntar por un conjunto de criterios, de identidad para el
objeto Aristóteles. "¿Qué es Aristóteles?" y "¿Cuáles son los criterios para
aplicar el nombre "Aristóteles?" Plantean la misma pregunta, la primera en el
modo material de habla y la segunda en modo formal. De esta manera si, antes
de usar el nombre llegásemos a un acuerdo sobre las características precisas que
constituían la identidad de Aristóteles, entonces nuestras reglas para usar el
nombre serían precisas. Pero esta precisión solamente se lograría a costa de que
cualquier uso del nombre entrañase algunas descripciones específicas. De
hecho, el nombre mismo sería lógicamente equivalente a este conjunto de
descripciones. Pero si esto fuese el caso solamente estaríamos en posición de
poder referirnos a un objeto describiéndolo, mientras que esto es efectivamente
lo que nos permite evitar la institución de los nombres propios y lo que
distingue los nombres propios de las descripciones definidas. Si los criterios
para los nombres propios fuesen en todos los casos completamente rígidos y
específicos, entonces un nombre propio no sería nada más que una abreviatura
para esos criterios funcionaría exactamente igual que una descripción definida
elaborada. Pero la singularidad y la inmensa conveniencia pragmática de los
nombres propios de nuestro lenguaje reside precisamente en el hecho de que nos
capacitan para referirnos públicamente a objetos sin forzarnos a plantear
disputas y llegar a un acuerdo respecto a qué características descriptivas
constituyen exactamente la identidad del objeto. Los nombres propios funcionan
no como descripciones sino como ganchos de los que cuelgan las descripciones.
Así pues, la laxitud de los criterios para los nombres propios es una condición
necesaria para aislar la función referencial de la función descriptiva del lenguaje.

Esta teoría del conglomerado, también conocida por teoría de la percha, mantiene el
núcleo de la alusión a un conjunto de características como manera más apropiada de entender
qué cosa sea la referencia, evitando asimismo hacerse cargo de la descripción de esas
características; pero esta argumentación tiene la vulnerabilidad de arrastrar las críticas que se
formulan a Russell, y ello porque en definitiva, afloja y relativiza algunos de sus puntos
centrales con el objeto de hacerlas más viables, quedando a medio camino y agregando las que
corresponden a su propia imprecisión. La pregunta por la existencia de Aristóteles no puede
quedar reducida a la cuestión de la verdad de un conglomerado de características, es decir de
descripciones que usualmente son asociadas de manera laxa a ese nombre. Dado que no exhibe
criterios de suficiente validez para explicar cuáles de esas características son pertinentes para
determinar cuándo ese nombre propio corresponde a la identidad mencionada y que tampoco
expone cómo determinar por qué ésas y no otras. En definitiva, la teoría searleana de los
nombres propios no precisa los criterios de identificación entre el nombre y lo nombrado.
Los intentos de corrección de la teoría tradicional desarrollada por Frege y Russell, ya
sea en la línea de Searle o en la línea crítica de Strawson, es decir, la "cluster-theory" (que
postula que no es necesario que coincidan todas las descripciones asociadas con la expresión
referencial sino la mayor parte de ellas) no parece trastornar en gran medida el presupuesto
implicado en la base de estas direcciones teóricas, es decir, que "referir" quiere decir
"identificar" unívocamente; por lo tanto el intento de superar esta dificultad que es producto de
la imposibilidad de establecer una identidad de significados aceptada y compartida por todos los
usuarios de una lengua, postulando entonces un supuesto acuerdo en torno a una coincidencia
aproximada, complica la situación en la medida en que se mantiene de todas maneras el objetivo
de la identificación unívoca.
Frente a la perspectiva que plantea la explicación del "referir" como dependiente de
significados referenciales compartidos que nos permiten identificar lo designado, desde los
años sesenta algunos pensadores inscritos en la tradición anglosajona han elaborado una
versión alternativa, que podemos designar como la teoría de la referencia directa. En esta teoría
ya no se articulan referir e identificar sino que se intenta explicar el referir como una
designación directa o rígida en términos de Kripke.
Donnellan establece una distinción en la que pone de manifiesto algunos de los
principales problemas de la teoría indirecta de la referencia, la misma distingue el uso atributivo
y el uso referencial de las descripciones definidas:

Voy a llamar a los dos usos de las descripciones definidas a los que aludo el uso
atributivo y el uso referencial. Un hablante que usa una descripción definida
atributivamente en una aserción afirma algo sobre quienquiera o lo que quiera
que sea el así-y-asá. Un hablante que usa una descripción definida
referencialmente en una aserción, usa la descripción para permitir a su audiencia
discernir de quién o de qué es de lo que está hablando y afirma algo sobre esa
persona o cosa. En el primer caso la descripción definida se puede decir que
ocurre esencialmente, pues el hablante desea afirmar algo sobre aquello que
cumple con esa descripción, sea lo que sea; pero en el uso referencial la
descripción definida es meramente un instrumento para hacer un determinado
trabajo —llamar la atención sobre una persona o cosa—y, en general, cualquier
otro recurso elegido para hacer el mismo trabajo, otra descripción o un nombre,
podría hacerlo igualmente bien. En el uso atributivo el atributo ‘ser el así-y-asá’
es lo más importante mientras que no lo es en el uso referencial.

El uso referencial de los enunciados designativos supone que su significado no siempre


es constitutivo para nuestro acceso al referente sino un instrumento entre otros para referirnos a
éste, sin que ello suponga que ese uso tenga carácter de inmodificable. Tal como lo señala
Donnellan:

Hemos visto que cuando una descripción definida es usada referencialmente se


puede decir de un hablante que ha dicho algo sobre algo. Y, al indicar qué es
aquello de lo que éste ha dicho algo, no nos hemos de restringir a utilizar la
descripción usada por él o los sinónimos de la misma; podemos referirnos a ello
usando cualquier descripción, nombre, etc. que pueda hacer ese trabajo. Ahora
bien, de esto parece resultar un sentido en el que tenemos que ver con la cosa
misma y no con la cosa bajo cierta descripción cuando reproducimos el acto
lingüístico de un hablante usando una descripción definida referencialmente.

El referir "a la cosa misma" y no a la cosa "en tanto que cumple con una determinada
descripción" no implica afirmar un acceso inmediato a "la cosa en sí", en ningún momento se
abandona el presupuesto inamovible de que sin el uso de signos lingüísticos o nombres no es
posible ninguna referencia, lo que no significa que el significado de las expresiones tenga que
ser constitutivo de aquello a que nos referimos mediante ellas.
Putman desarrolla esta perspectiva centrado en la formación de conceptos en las teorías
científicas, a la manera de un modelo privilegiado en el que la preeminencia del significado
sobre la referencia aparece con alto grado de plausibilidad. Los conceptos científicos se
introducen discursivamente mediante definiciones más o menos precisas —esto a diferencia de
los conceptos que se manejan en el habla cotidiana— por lo tanto, resulta evidente que esas
definiciones, que constituyen el significado de los términos, son la vía de acceso al referente en
cuanto tal. Putman señala que los términos científicos son introducidos en el contexto de una
teoría que los define, precisamente lo que está cuestionando es que esa operación pueda
suponer asimismo las condiciones necesarias y suficientes que tiene que cumplir aquello que se
especifique bajo ese contexto:
Está fuera de discusión que los científicos usan los términos como si los
criterios asociados no fueran condiciones necesarias y suficientes sino más bien
caracterizaciones aproximadamente correctas sobre el mundo de entidades
independientes de la teoría.

Putman apunta desde una perspectiva pragmática a establecer qué es lo que se pretende
hacer cuando se utilizan conceptos científicos. Esos conceptos designan entidades de las que se
supone una existencia independiente de la teoría, es decir perteneciente al mundo:

Podemos dar una “definición operativa” o un grupo (cluster) de propiedades o


lo que sea, pero la intención nunca es “hacer al nombre sinónimo de la
descripción”.Más bien “usamos el nombre rígidamente” para referirnos a
cualquier cosa que comparta la naturaleza que poseen normalmente las cosas que
satisfacen la descripción..

El funcionamiento del lenguaje está básicamente asentado en la predicación; en algunos


de sus usos específicos se le otorga preeminencia a la designación, cuya función es la de
remitir a entidades de las que se supone una existencia extradiscursiva y que han de ser
designadas directamente o rígidamente. La designación rígida no implica una pretensión de
alcanzar la cosa en sí de modo inmediato o salirse del ámbito del lenguaje, sino, antes bien,
caracteriza un uso específico que exige la restricción del sentido para desplegar sus
argumentaciones.
La postura de Saul Kripke es una vuelta a las posiciones de Mill, plantea que la
identificación de alguien no es producida por el sentido contextual del nombre, ni por la laxitud
de su sentido, sino, por el contrario, por la estabilidad que mantiene todo nombre propio en el
universo de variaciones que pueden trastornar los contextos en los que se profiere. Kripke
sostiene que los nombres propios carecen de sentido y que refieren y designan rígidamente al
referente en todo mundo posible; esa es su condición de posibilidad: ser nombres propios y no
descripciones sometidas a cambios u operación de falsación. Su concepción es que dada la
ambigüedad e incertidumbre que provoca la identidad-sentido debemos retornar a la seguridad
de una identidad-referencia fija e invariable que permanece igual a sí misma a lo largo de todos
los posibles cambios de sentido que pudieran ocurrir. Al desvincular la referencia del sentido,
Kripke se coloca más allá de las dificultades que en este aspecto plantean las teorías de Russell
y Searle; pero así como esta perspectiva teórica da seguridad acerca de quién estamos
hablando, es perturbada por el interrogante de cómo y en razón de qué un nombre le es
asignado a alguien en particular.
Es decir, si los nombres propios son designadores rígidos, y por lo tanto desvinculados
de descripciones finitas que los caracterizan en diferentes contextos o mundos posibles cuál es
la instancia de asignación de un nombre a un objeto o a una persona. Según Kripke, el empleo
de un nombre implica acudir a la referencia histórico-causal que ha trasmitido esa referencia de
modo no flácido ni evanescente.
Pero si en esta instancia de nuestra elaboración retomamos la postura de Russell o
Wittgenstein, asumiendo todas las críticas a que han sido sometidas y, a pesar de que no se
identifique el nombre con un conjunto de descripciones de forma definida, debemos aceptar que
algún nexo ha de tener ese conjunto de características para que ese nombre propio, por ejemplo
Aristóteles, no tenga el mismo rango que un demostrativo o un deíctico empleado en la
designación de tal persona como aquél que está ahí. Planteo éste que nos obliga a remontarnos a
la situación original, la primera de las designaciones que posibilitó la repetición. La situación del
nombrar primero adquiere una importancia fundamental porque en ella entran en correlación. El
personaje referido, el nombre y el acto en el que se impone la designación.
Esta situación primigenia necesariamente remite al contexto de significación, de códigos,
de creencias, en el que aconteció el nombrar. De algún modo cuando nombramos a alguien, si
como afirma Kripke acudimos a una referencia lógico causal, la estamos actualizando, aunque
no la conozcamos específicamente.
El Wittgenstein de las Investigaciones Filosóficas señala que nombrar a alguien y
preguntarse sobre la verdad de ese enunciado que a él se refiera es investigar la entidad y el
valor de las creencias que compartimos con la persona designada. Lo que de algún modo
equivale a decir, y ésto teniendo en vista la concepción kripkeana del acto original de nombrar,
en el que el nombre refiere el contexto de situación en el que ocurría y aún ocurre (recuperando
códigos y creencias históricas pasadas y a la manera de un complejo palimpsesto, hacerlas
presentes al referirnos a ellas) implicando la actualización de los criterios de significación que se
pusieron en juego en los sucesivos actos de nombrar. Entonces, lo que hacemos cuando damos
y empleamos un nombre es inscribirlo en un contexto de significaciones que están siempre
sujetas a modificación o rechazo, pero que inevitablemente deben tener el estatuto de
presupuestas referidas o relatadas para que la correlación entre el nombre y lo nombrado pueda
constituirse en una designación. Esto último supone que cuando la pregunta está referida a la
identidad, debe no sólo ubicarse desde una instancia semántica sino que también desde la
instancia de la pragmática del texto en el cual ocurre ese nombre.
Arribamos así a un punto de la cuestión en el que el problema consiste en establecer las
condiciones de posibilidad discursivas a partir de las cuales en algunas ocurrencias un nombre
apunta a una identidad-referencia y en otras sólo a una identidad-sentido. Para establecer el
modo en que se articulan esas dos instancias en la acción de nombrar, lo que implica
preguntarnos de qué manera podemos entender las relaciones que se tienden entre el nombre, su
contexto y lo nombrado no recurriendo a las situaciones originales o arquetípicas, teniendo
como horizonte inmediato esa tensión entre estos dos polos, es posible señalar que en el acto
de proferir un nombre propio se relacionan ambas formas de la identidad y que su distinción
emerge en el entramado discursivo a partir de las diversas articulaciones de las diversas formas
textuales.
En otros términos, y a modo de síntesis, apuntamos a reflexionar acerca de las
relaciones entre el nombre, su contexto y lo nombrado, superando la exigencia de tener que
recurrir a genealogías originales o arquetípicas, lo que no implica dejar de suponer un contexto
de significación. La dirección en la que nos estamos colocando considera que en el acto de
nombrar se relacionan ambas formas de especificar la identidad y que su distinción emerge de
las diversas articulaciones textuales que construyen reflexivamente la identidad del sujeto
nombrado, y que no necesita, por lo tanto, de la referencia inmediata. Pero aunque este modo
de considerar el nombrar no apele a esa forma de equivalencia exige algún contexto de
significación, una textualidad, es decir, que la significación producida por la identidad-sentido
ejerza funciones de indicación, para no quedar suspendida en el vacío.
El interrogante por la identidad encuentra su respuesta, entonces, en el espacio del texto.
Un texto dice algo, sin duda, pero también hace algo. Un acontecimiento de escritura nunca se
reduce a un querer-decir. Y, con independencia de lo que diga, debe hacer gestos. Estos gestos
tienen por función producir determinado efecto. La significación de esa gestualidad deja leer o
interpretar a través del contenido mismo de lo que el texto dice o pretende decir respecto de los
enunciados. Los efectos producidos son estructuralmente independientes de la retórica
discursiva que actúa para persuadir al lector de esto o aquello.
Pretendo situar la divisoria de aguas, que nunca puede ser definida de una vez para
siempre, que nunca es definitiva: hay textos que exhiben desaforadamente una gestualidad que
consiste en presentar, exponer, legalizar y, por supuesto, al hacerlo imponen, autorizan,
confieren fuerza de ley a una determinada correspondencia: esto es lo que se quiere decir, o sea
correlativamente, es lo que se debe leer, lo que hay que leer y estas son las instrucciones; hay
textualidades que previenen que anuncian junto a la enunciación una clausura de la semiosis,
imponen una relación de identidad-referencia que implica un cierre de la semiosis infinita.
Por supuesto que todo ello no implica que consideremos estas textualidades como
formas anómalas, ni pseudotextualidades. No estoy estableciendo una valoración, el punto que
me interesa establecer pasa por señalar que estos discursos construyen su sentido a partir de
una restricción que ellos mismos legislan en orden a sus necesidades funcionales. Lo que no
significa que sean formas degradadas, sino una modalidad de construcción de saber sobre el
mundo; esto último es un modo indirecto, un eufemismo acaso, que señala su incapacidad para
ser pensadas como modelo privilegiado de designación de la verdad.
Mundos posibles
Entre las aproximaciones teóricas que se proponen establecer la especificidad distintiva
de las ficciones literarias tomando como eje privilegiado el estatuto de la referencia, la
perspectiva de los mundos posibles ha generado una vasta y compleja ramificación de sus
aspectos relevantes, así como ha sido objeto de fuertes controversias y del consiguiente
rechazo. Este marcado interés acaso pueda explicarse porque la idea de mundos posibles se
conecta con la intuición compartida por los modos de lectura más difundidos, articulados en
torno de la idea de que los textos literarios tienen como referencia mundos específicos con una
coherencia propia. La distinción, que contrapone la realidad como elemento dado, estable y
uniforme, por una parte, al mundo narrativo ficcional, por otra, no es más que una variante del
paradigma que concibe a la ficción como un discurso anómalo o incompleto.
El linaje de la noción de mundo posible tiene su punto de partida en la filosofía de
Leibniz y ha tenido una profusa descendencia en la teoría literaria y en la estética. Es necesario
señalar que el interés despertado por las teorías ficcionales de los mundos posibles definidos
por su posibilidad respecto del “real” está íntimamente ligado con la crisis de la poética realista
y el resquebrajamientro del paradigma rector de la imitación de la naturaleza.
La atención que reciben actualmente las teorías de los mundos posibles es consecuencia
de su uso por parte de la semántica lógica en el tratamiento de los problemas del valor de verdad
de los diversos tipos de proposiciones. En la década del sesenta, Kripke esboza una dirección
teórica en la que intenta formular las condiciones de posibilidad de los valores de verdad para
los operadores modales de necesidad y posibilidad, en las que el punto de convergencia eran las
relaciones de accesibilidad entre el mundo actual y los otros mundos posibles. Esta
problemática no está escindida de los intentos de explicación de la ficcionalidad desde la
semántica lógica o formal, en esta perspectiva los mundos posibles aparecen como una vía
adecuada para el tratamiento de las condiciones de verdad de las proposiciones ficticias.
La cuestión clave de todos estos desarrollos teóricos está ya en la filosofía de Leibniz: la
concepción de realidad o mundo actual, en su caracterización definida y aproblemática, sigue
siendo el elemento regulador de modo más o menos manifiesto según sea el caso, pero siempre
imponiéndose como el modelo desde el cual se explicita todo diseño de los mundos posibles.
Esto último también alcanza a Lubomír Dolezel, a pesar de que se considera a sí mismo
como contrario a toda semántica mimética; en su reflexión los mundos posibles ficcionales son
concebidos como construcciones de la actividad textual con total autonomía en relación con el
mundo real. Pero, a pesar de ello, cuando postula la distinción entre dos grandes clases de
textos radicalmente diferentes entre sí: la de los textos descriptivos y la de los textos
constructivos, emerge de modo manifiesto la jerarquía que le otorga al mundo actual en relación
con los mundos posibles ficcionales.

Los textos descriptivos son representaciones del mundo actual, de un mundo existente
que es anterior a toda actividad textual; por el contrario los textos constructivos
son anteriores a sus mundos; los mundos ficcionales son dependientes y están
determinados por textos constructivos.

La prioridad jerárquica de la realidad efectiva del mundo actual como un a priori


necesario con coherencia y estructurado en sí mismo es todavía más evidente en el caso de los
tres modelos de mundo, —verdadero, ficcional verosímil, ficcional no verosímil—
considerados por Tomás Albaladejo. La diferencia entre ellos reside en que el texto tenga como
modelo de mundo la realidad efectiva o, por el contrario, que el texto genere uno propio, que
será verosímil si respeta las leyes de estructuración y funcionamiento de la realidad fáctica:

Los modelos de mundo de lo verdadero están formados por instrucciones que


pertenecen al mundo real efectivo, por lo que los referentes que a partir de ellos
se obtienen son reales. Los modelos de mundo de lo ficcional verosímil, por su
parte, contienen instrucciones que no pertenecen al mundo real efectivo, pero
están construidas de acuerdo con éste; por último, los modelos de mundo de lo
ficcional no verosímil los componen instrucciones que no corresponden al
mundo real efectivo ni están establecidas de acuerdo con dicho mundo.

El criterio de distinción que permite establecer esta tipología radica en el modo en que el
texto exhibe la configuración de su modelo de mundo; si es el de la realidad actual, esa premisa
permite asignarle la categoría de verdadero, en cambio, si el texto produce una configuración no
verificable en términos de espacio tiempo será ficcional, pudiendo ser verosímil o no, de
acuerdo con el grado de acatamiento que tenga esa configuración de las leyes de estructuración
y funcionamiento del mundo real.
Con el objeto de establecer el estatuto ontológico de los objetos ficcionales, Alexander
von Meinong distingue entre ser y ser tal. El fundamento de esta diferencia reside en el
presupuesto de que la existencia de un objeto no depende de la asignación de una serie de
características. Es posible, por lo tanto, enunciar proposiciones verdaderas o falsas sobre
objetos que no existen. Como por ejemplo Pegaso tiene alas. Este enunciado es falso, puesto
que es sabido que el objeto Pegaso tiene entre sus características la de ser alado, aunque no
exista. Esta línea de pensamiento habilita la posibilidad de conformar predicados denotativos
para objetos inexistentes en el mundo actual, pero que sí tienen sentido en un mundo definido
por la referencia.
Meinong plantea que cuando algo puede ser pensado es un objeto y lo es en
condiciones de descripción: “A” es un objeto si compatibiliza las condiciones de su descripción
en un enunciado gramaticalmente correcto con valor de verdad. Entonces toda descripción
aceptable gramaticalmente y definida por sus términos designa un objeto.
De todos modos, el deslizamiento a la teoría literaria de la noción de mundos posibles,
más allá de la cuestión de la dependencia jerárquica con el mundo actual, trae aparejado el riesgo
de la confusión sustancialista. Por la puerta, o mejor digamos por la ventana de la teoría de los
mundos posibles, ingresan las discusiones sobre las propiedades o adecuaciones de tal o cual
descripción de Erdosain o sobre el futuro de Juan Dalman después del fin del duelo. Ficción y
mundos posibles no pueden ser identificados, ya que hacer depender la especificidad de la
ficción del modelo de mundos posibles es equivalente a creer que los mundos ficcionales
existen independientemente del texto, son un inventario abierto dentro del cual el texto elige una
posibilidad para desplegarse. Esto no sería ni más ni menos que una recaída en la dicotomía
fondo y forma y en la concepción de ésta como un recipiente donde se vierten las variantes de
contenido.
La ficción no es el resultado de un encadenamiento de series de proposiciones, es un
modo de acción textual cuya verosimilitud y credibilidad no está referida al mundo actual, una
puesta en escena, una esceno-grafía, que instaura su propio juego. La cuestión de la referencia
de la ficción no parece poder resolverse constituyendo a la metafísica o a la lógica modal como
una especie de metalenguajes rectores, sino apuntando a los diversos regímenes de producción
de sentido.
Capítulo II
De la enunciación
La teoría de los actos de habla de Austin ha servido como punto de partida de una
perspectiva pragmática de definición de la ficción.
Para Austin las normas del sistema lingüístico son la condición de posibilidad del acto
locutivo; el fin del acto de habla es dar cuenta del significado del acto ilocutivo, es decir de la
fuerza ilocutiva de una emisión.
Explicar la fuerza ilocutiva supone especificar las convenciones que posibilitan la
realización de los actos ilocutivos, lo que se hace para prometer, jurar, ordenar. De acuerdo con
Austin, además de la emisión de las palabras de un enunciado aseverativo, si se pretende
afirmar que el performativo se ha realizado con éxito, tienen que ser llevadas a cabo
correctamente una serie de otras operaciones, de acuerdo con reglas socialmente establecidas.
Austin impone una condición fundamental para esa realización:

Claro está que las palabras deben ser dichas "con seriedad" y tomadas de la
misma manera. ¿No es así? Esto, aunque vago, en general es verdadero:
constituye un importante lugar común en toda discusión acerca del sentido de
una expresión cualquiera. Es menester que no esté bromeando ni escribiendo un
poema. Nos sentimos inclinados a pensar que la seriedad de la expresión
consiste en que ella sea formulada —ya por conveniencia, ya para fines de
información— como (un mero) signo externo y visible de un acto espiritual
interno.

Richard Ohmann parte de la postura de Austin para revisar la situación de los


enunciados literarios desde la teoría de los actos de habla. Las definiciones locutivas,
formalistas, toman como eje el texto; las definiciones perlocutivas, sociológicas, los efectos del
texto; Ohmann, en cambio, apunta a establecer una definición ilocutiva, es decir qué acto
cumple el hacer literario. El primer movimiento de su argumentación consiste en considerar la
obra literaria como un discurso abstraído o separado de sus circunstancias y condiciones que
hacen posible los actos ilocutivos; es un discurso, por tanto, que carece de fuerza ilocutiva. Este
presupuesto le permite definir el acto del enunciador ficticio como un quasi-acto, es decir un
acto ilocutivo sin fuerza de tal:

El acto del escritor es un acto de citar o relatar un discurso[...]El escritor finge


relatar un discurso y el lector acepta el fingimiento. De modo específico el lector
construye (imagina) a un hablante y un conjunto de circunstancias que
acompañan al "quasi acto de habla" y lo hacen apropiado[...]Su fuerza ilocutiva
es mimética. Por "mimética quiero decir intencionadamente imitativa, de un
modo específico una obra literaria imita intencionadamente (o relata) una serie
de actos de habla que carecen de otro tipo de existencia.

Para Searle, en la misma dirección, el ser o no ficcional no depende de propiedades


discursivas o textuales sino de la intencionalidad del autor, es decir de la posición del locutor
respecto de su discurso. Desde la perspectiva pragmático-intencional, Searle pretende delinear
la diferencia entre los enunciados ficticios y enunciados serios, para lo que retoma, en el marco
de la teoría de los actos de habla, la distinción de Austin llamando serios a aquellos enunciados
que cumplen una serie de reglas para la realización de un acto ilocutivo. Los enunciados
ficcionales no cumplen en su realización con esas reglas; según Searle, el emisor de enunciados
ficcionales hace "como si" hiciera una aserción: imitando el acto de hacer aserciones, finge que
declara, que afirma.
En "Firma, acontecimiento, contexto", Derrida desconstruye la oposición de Austin
entre enunciados serios y enunciados no serios, que éste había llamado parasitarios:
Un enunciado performativo ¿podría ser un éxito si su formulación no repitiera un
enunciado "codificado" o iterable?, en otras palabras, si la fórmula que pronuncia para abrir una
sesión, botar un barco o un matrimonio no fuera identificable de alguna manera como "cita".
Searle responde a ese artículo para hacer una reafirmación del planteo de Austin,
señalando que la existencia de la forma fingida del acto de habla es dependiente lícitamente de la
posibilidad del acto de habla no fingido, del mismo modo que cualquier forma fingida de
comportamiento depende de formas no fingidas de comportamiento, y en este sentido las
formas fingidas son parasitarias de las no fingidas.
Searle, para establecer las razones por las que un acto fingido es dependiente de un acto
no fingido, afirma que no podría haber promesas hechas por actores en una obra si no existiera
la posibilidad de hacer promesas en la vida real. Pero es evidente que se puede plantear la
relación de dependencia también en otro sentido, invirtiendo la jerarquía. Si no fuera posible
para un personaje de una obra hacer una promesa, no habría promesas en la vida real, ya que lo
que hace posible el acto de prometer, como lo señala Austin, es la existencia de un
procedimiento convencional, de fórmulas que se repiten. Para que se pueda prometer en la vida
real, de acuerdo a ello, tiene que haber procedimientos repetibles, como los usados en el
escenario. Los enunciados serios son una variante de esa condición de posibilidad y no la
norma canónica. Es decir, el caso canónico de prometer debe ser reconocible como repetición de
un procedimiento convencional, y la interpretación de un actor en el escenario es un modelo
acabado de esa repetición. La posibilidad de enunciados performativos serios depende de la
posibilidad de las actuaciones, porque las performativas dependen de la repetitividad que se
manifiesta de modo explícito en las actuaciones. Un enunciado puede ser una secuencia
significativa sólo si es repetible, sólo si se puede repetir en varios contextos serios y no serios,
es decir, citados y/o parodiados. La imitación no es una contingencia que depende de un
original sino, antes bien, su condición de posibilidad. Lo que reconocemos como el estilo
original de Borges es tal porque se lo puede citar, imitar y parodiar; para que ese estilo exista
tiene que haber características reconocibles que lo distingan y produzcan sus efectos distintivos,
para que sean reconocibles, a su vez, debe ser posible aislarlas en elementos repetibles,
entonces esa posibilidad repetible que se manifiesta en la copia, en lo derivado, en lo imitativo
es lo que posibilita el original. Habida cuenta de que cualquier performativa seria se puede
reproducir de varias maneras y es en sí misma una repetición de un procedimiento
convencional, la posibilidad de repetición no es algo externo que pueda afectar negativamente a
las performativas serias.
Derrida insiste en que la performativa se estructura desde el principio por su
plausibilidad:

Esta plausibilidad forma parte del así llamado caso "regularizado". Es la parte
esencial, interna y permanente, y excluir de la propia descripción lo que el
mismo Austin admite que es una posibilidad constante equivale a describir algo
distinto del así llamado caso desregularizado.

La discusión de fondo que emerge en la lectura que Derrida hace de Austin y en su


polémica posterior con Searle, atañe a la exigencia a la que se ven obligados los teóricos de los
actos de habla: hacer depender el sentido de un enunciado de la presencia significativa en la
conciencia del emisor, en definitiva todo depende de la intención del hablante.
Es posible extender esta problemática a la distinción entre enunciados serios y
enunciados ficcionales, que como hemos visto, Ohmann y Searle hacen depender de un simular
o fingir del enunciador el sentido último. En la lectura de Derrida la categoría de intención no
desaparece, tiene su lugar pero, desde ese lugar, no puede gobernar toda la escena y todo el
sistema de enunciación. Además, la oposición entre enunciados citacionales y enunciados-
acontecimientos singulares y originales, deja de ser pertinente, dada la estructura de iteración, la
repetición de marcas o cadenas de marcas es la condición de posibilidad de sentido. De igual
modo, la especificación de todas las características de un contexto que afecta el éxito o fracaso
de los actos de habla queda cuestionada, si bien no se puede especificar ningún significado
fuera de su contexto, no hay ningún contexto que permita su saturación.
De lo anterior se desprende que el criterio de diferenciación construido a partir de la
teoría de los actos de habla, la noción de simulación o fingimiento, no es pertinente, puesto que
sólo funciona como una forma de restricción. Esto último también alcanza a las correcciones a
la tesis de Searle que Genette, sin apartarse de la perspectiva de una lógica de cuño pragmático,
ha marcado en Ficción y dicción, para establecer el estatuto de la ficción. Genette parte del
presupuesto de que los actos ilocutivos de los personajes de ficción son verdaderos en toda su
fuerza ilocutiva, se plantea, entonces, la cuestión acerca de qué ocurre con los actos
constitutivos del contexto en que se producen, es decir con los actos de habla del autor. Genette
para cumplir con su propósito debe llevar a cabo un recorte, deja de lado la ficción en primera
persona o los relatos homodiegéticos cuyos actos ilocutivos son los del narrador-personaje. En
la narración heterodiegética, en cambio, no hay marcas que permitan establecer el origen del
acto ilocutorio. Para Genette afirmar que los enunciados de ficción son aseveraciones fingidas,
de acuerdo con Searle, no excluye que ellos sean al mismo tiempo actos de habla indirectos que
tienen por función producir una ficción; los considera como formas de ofrecimiento a participar
en un mundo ficcional: Imaginen conmigo que había una vez un hombre escribiendo un
artículo para una revista literaria que... ésta sería una descripción más o menos adecuada del
acto de ficción declarado; pero también es habitual que este ofrecimiento pueda estar implícito y
no ser declarado, se da culturalmente por adquirido y el acto de ficción toma la forma de una
declaración. Las declaraciones son actos de habla por los que el enunciador, que se haya
investido de un poder, ejerce esa acción sobre la realidad. Este poder tiene carácter institucional
como cuando un sacerdote dice "os declaro marido y mujer". Según Genette, hay en el autor de
ficción un acto ilocucionario declarativo del tipo "hágase", en virtud de un poder creativo demi-
diúrgico. La convención literaria permite al autor poner en acto las secuencias discursivas
ficcionales sin solicitar acuerdo del lector precisamente por este a priori: el derecho al hacer, al
producir, al hágase.
De lo anterior es posible deducir las dificultades y condicionamientos que supone la
teoría de los actos de habla como paradigma para especificar la ficcionalidad; sus limitaciones se
ponen de manifiesto especialmente porque las reglas y convenciones de aserción que sirven
para distinguir los usos serios de los no serios suponen un reduccionismo del concepto mismo
de lo verdadero. En toda comunicación, los participantes no se adscriben de modo radical a la
verdad o no verdad de un enunciado; aparecen los matices de la opinión, la creencia, la
convicción, la adhesión.
Además, y vinculado estrechamente con lo anterior, el concepto mismo de
comunicación y situación comunicativa es muy distinto en la pragmática conversacional que en
las narraciones ficcionales. La concepción que esa corriente teórica tiene del sujeto hablante y de
la situación actual "en presencia" del discurso que concibe, se adapta con dificultad a la
narración ficcional, que es estructuralmente una experiencia en ausencia. En la narrativa
ficcional participan la distancia, la parodia, la ironía y el intertexto de modo tal que interfieren
hasta hacer imposible la determinación unívoca de la performatividad.
Del mismo modo, en relación con la capacidad figurativa del lenguaje ficcional, la teoría
de los actos de habla sobreimpone restricciones y mandatos que reducen la actividad a una
mascarada evidente y burda, sin contemplar que las narraciones ficcionales, en particular las
literarias, han tematizado la problematización de los roles que se intenta circunscribir
quirúrgicamente.
La teoría de los actos de habla pretende definir la especificidad de la ficción como
dependiente de actos pragmáticos que son pensados como un fenómeno de estatuto lógico-
lingüístico, es decir la ficción aparece como una secundariedad lógica.
Landwehr establece una distinción entre "ficticio" y "ficcional". "Ficticios" son todos
aquellos objetos y hechos cuya entidad es modificada intencionalmente, es decir, alguien le
atribuye una modalidad distinta de la que tiene vigencia en un determinado ámbito cultural.
"Ficcionalidad" refiere la relación del enunciado con los elementos constitutivos de la situación
comunicativa: enunciador, enunciatarios y ámbitos de referencia, a condición de que al menos
uno de estos elementos sea ficticio, es decir intencionalmente modificado en su entidad normal.
Los enunciados ficcionales, reconoce Landwehr, no tienen marcas semánticas o
sintácticas que permitan distinguirlos como tales. Cualquier enunciado y cualquier forma de
actualización puede ficcionalizarse si uno de los componentes de la situación comunicativa es
ficticio. La ficcionalidad es para Landwehr una magnitud relacional ligada a la actualización de
enunciados en una situación comunicativa en la que uno de los constituyentes ha sido
intencionalmente modificado por el enunciador. La ficcionalidad es, pues, una categoría que se
constituye pragmáticamente. Para Landwehr, igual que en Searle y en Ohmann, la especificidad
de la ficción depende de la intencionalidad de un sujeto que la configura en una actitud
consciente y voluntaria.
Sin salir del marco de la teoría de los actos de habla, la revisión de algunas variantes
discursivas permiten dar cuenta de las limitaciones de su propuesta de caracterización de la
ficcionalidad. Austin señala que para que un acto de habla sea serio se deben cumplir las
siguientes condiciones:
A.1) Tiene que haber un procedimiento convencional aceptado que posea cierto efecto
convencional, dicho procedimiento debe incluir la emisión de ciertas palabras por parte
de ciertas personas en ciertas circunstancias. Además,
A.2) en un caso dado, las personas y circunstancias particulares deben ser las
apropiadas para recurrir al procedimiento particular que se emplea.
B.1) El procedimiento debe llevarse a cabo por todos los participantes en forma correcta
y
B.2) en todos sus pasos.
T.1) En aquellos casos en que, como sucede a menudo, el procedimiento requiere que
quienes lo usan tengan ciertos pensamientos o sentimientos, o está dirigido a que
sobrevenga cierta conducta correspondiente de algún participante, entonces quien
participa en él y recurre así al procedimiento debe tener en los hechos tales pensamientos
o sentimientos, o los participantes deben estar animados por el propósito de conducirse
de la manera adecuada, y, además,
T.2) los participantes tienen que comportarse efectivamente así en su oportunidad.

Pero estas afirmaciones se tornan paradójicas frente a algunas situaciones. Desde su


asunción como presidente de la República Argentina, Carlos Saúl Menem, de acuerdo con la
Constitución vigente, todos los 1º de mayo se ha hecho presente en el Congreso de la Nación,
en su carácter de Jefe del Poder Ejecutivo, para leer ante la Asamblea Legislativa, —en la que
participan ambas cámaras, la de senadores y la de diputados nacionales—, su mensaje de
apertura de las sesiones ordinarias. Tras la lectura del mensaje del 1° de mayo de 1996, el
diputado opositor Carlos Álvarez hizo una serie de críticas al discurso del primer mandatario,
en la que señalaba las contradicciones entre su exposición y los problemas de la realidad social
del país. Preguntado, en esa oportunidad, por si había alguna cuestión que consideraba positiva,
dijo, no sin ironía, que desde que Gustavo Béliz no redactaba los discursos presidenciales,
éstos eran considerablemente más breves.
No cabe ninguna duda que de acuerdo a los requerimientos de Austin, el discurso del
presidente Menem cumple con todas las exigencias para ser tomado como un acto de habla
serio, tanto por el marco institucional como por su calidad de emisor; así lo entiende el receptor
Carlos Álvarez, que somete sus dichos a una minuciosa crítica, pero ese mismo receptor que ha
tomado el discurso con toda seriedad, no ignora que el autor de los anteriores mensajes ha sido
Gustavo Béliz, sustituido esta vez por otro amanuense. Entonces: ¿quién está fingiendo?, ¿lo
que ha hecho Carlos Menem es realmente imitar miméticamente a Gustavo Béliz antes y ahora a
otro escriba?, en cuyo caso está llevando a cabo una actuación no seria y por lo tanto parasitaria
y ficcional. La circunstancia de que sea de público conocimiento que la redacción de los
discursos presidenciales sea obra de otra persona, no le ha quitado en absoluto a su acto
efectividad institucional. De todos modos, la separación aséptica entre actos de habla fingidos y
no serios queda seriamente cuestionada en el ejemplo citado, que es extensible a todos los casos
de escritores fantasma, un sujeto fácticamente escribe y otro se hace cargo de la autoría, y todo
ello no como parte de una actuación teatral.
Tampoco la teoría de los actos de habla parece poder dar cuenta de la escritura en
colaboración, que por sus características distintivas problematiza el dogma del autor único.
En los últimos años, motivado por el cruce de diversos discursos, el periodístico, el
antropológico, el histórico, entre otros, ha surgido un género discursivo, el testimonio, que se
presenta como garantía de verdad de los sucesos y procesos sociales que expone. La sola cita
de un párrafo de la "Introducción" de Biografía de un cimarrón de Miguel Barnet , texto
canónico del género, da cuenta de las aporías de la pragmática de los actos de habla en torno de
la cuestión de la ficcionalidad:

La historia aparece porque es la vida de un hombre que pasa por ella. En todo el
relato se podrá apreciar que hemos tenido que parafrasear mucho de lo que él
nos contaba. De haber copiado fielmente los giros de su lenguaje, el libro se
habría hecho difícil de comprender y en exceso reiterante, sin embargo,
influimos cuidadosos en extremo al conservar la sintaxis cuando no se repetía en
cada página. Sabemos que poner a hablar a un informante es, en cierta medida,
hacer literatura. Pero no intentamos nosotros crear un documento literario, una
novela.

El imperativo de corregir la voz del entrevistado, el ex-esclavo cimarrón Esteban


Montejo, para que su discurso tenga mayor comprensión y fluidez, lo lleva a cabo Miguel
Barnet, el entrevistador, "copiando fielmente los giros de su lenguaje". Es decir: fingiendo
miméticamente, procedimiento propio de la poética realista. La constancia explícita de esa
intervención apunta a legalizar el artificio confesándolo. Acaso Searle consideraría serio el
procedimiento, puesto que Barnet no finge que finge, a pesar de que es un artificio literario el
que le otorga a la narración la validez de su literalidad, de su verdad designativa. (Ver apéndice
“La verdad (co)rregida del testimonio”)
De los cuestionamientos que se desprenden al revisar las propuestas de la pragmática de
los actos de habla acerca de la ficción, a modo de corolario, señalaré dos que considero
incontrastables: en primer lugar, el que surge de la lectura derridiana, lo cual produce un
desplazamiento de la jerarquía impuesta de actos serios y no serios, por la consideración de la
estructura iterativa de marcas como la condición de posibilidad de todos los enunciados y,
luego, que la instauración del discurso en el que se engendra el sujeto de la enunciación, es
consubstancial a la ficción y, por ende, ésta se inscribe como dato primario y no como forma
posterior a la existencia de la realidad.
La escisión constitutiva que se da entre el sujeto de la enunciación —agente de un acto
situado e irrepetible que se produce por la puesta en juego de una estructura de marcas iterativas
— y, el sujeto del enunciado, —en el caso de la escritura instancia de la letra, por lo tanto re-
enunciable en contextos intrínsecamente diferentes en cada oportunidad—, que en ningún caso,
afirmación absoluta, se recubren ni pueden ser considerados idénticos ni tampoco co-
referenciales, obliga a descartar la vía pragmática para distinguir, o segregar, enunciados
considerados no serios o ficcionales como variante parasitaria.
Por una parte, dada la estructura de iteración, la intención que anima toda enunciación
no estará nunca presente totalmente a sí misma y a su contenido; y, por otra, la diferencia y la
brecha entre los sujetos de la enunciación y del enunciado, el recurso de apelar a la teleología de
una conciencia que controle los efectos sistemáticos del lenguaje y asegure la literalidad
ostensiva, revela una exigencia dogmática de discriminación que tiene por objeto
institucionalizar la clausura de sentido como requisito para enunciar la verdad.
Capítulo III
De la narración
La narratividad se caracteriza, más allá de la multiplicidad, acaso inabarcable de sus
manifestaciones, por su rasgo distintivo de universalidad; no hay cultura alguna, ni sociedad ni
pueblo, por distante que sea su localización geográfica y por excéntricas que parezcan sus
tradiciones, que no disponga de un corpus de narraciones para constituir y difundir los saberes
tanto acerca de sí mismos como del mundo conocido o desconocido.
La capacidad narrativa puede ser pensada, a partir de ello, como una modalidad
privilegiada de la referencia. Pero mientras que la función designativa del lenguaje refiere a
objetos o sujetos en un determinado estado, la narración refiere el cambio de un estado a otro, la
mutación, el devenir, la transformación. La única lógica posible para dar cuenta de ese
desplazamiento de la función designativa, instancia estática, a la función narrativa, que refiere el
tránsito, es una lógica fundada en la figuración, es decir una tropología.
Toda narrativa es la articulación de dos dimensiones, por una parte, la que constituye la
referencia de los objetos y personas involucrados, y, por otra, la dimensión configurativa, de
acuerdo a la cual construye la referencia al devenir. El tiempo figurado en una narración es un
intervalo, que, para constituirse como tal, exige la instauración de un comienzo que no es nada,
y que no tiene más objeto que el de ser un límite. El gesto narrativo tiene un primer movimiento
que es el de referir el devenir temporal como configuración, ese referir implica a su vez el
segundo movimiento, el de diferir. La narración es un artificio por el que el tiempo narrado de
un aquí y ahora, se desplaza a un allá, desde un punto cero repetible infinitamente. Esa
versatilidad de la narración que puede repetir su comienzo interminablemente implica una
relación tácita con algo que no tiene lugar en el tiempo representado. La escritura narrativa
impone en la esceno-grafía temporal figurada una referencia a algo no-dicho y que está más allá,
un postulado cero, que permite marcar la posibilidad del retorno de un pasado; el cero es la
incisión que se abre a la multiplicidad del injerto, sin ese cero la configuración de todas las
transformaciones que se dicen como devenir no se desplegaría. Por lo tanto, la primera
imposición convencional del discurso narrativo es prescribir como comienzo lo que es punto de
llegada; el final de los sucesos narrados coincide con el principio de la narración y en la
clausura que impone la finitud del acto de narrar, se abre la instancia de repetición infinita.
Ese no-lugar, esa nada inicial anuncia perpetuamente el retorno insistente de un pasado
del devenir que le es radicalmente ajeno. Ese eterno retorno trastorna el mito en postulado de la
cronología narrada, que de modo indecidible ha desaparecido del relato para ser un supuesto
inevitable. Esta relación necesaria con el otro, con ese no-lugar mítico, permanece inscrito en la
representación del devenir temporal junto con todas las transformaciones textuales de la
genealogía. Para que la narración se haga presente es preciso que ese cero no-representado pero
insoslayable y constitutivo autorice el sentido. Una cita de La Odisea “Nadie sabe por sí mismo
quien es el padre”, puede ser leída como una cifra emblemática que registra alegóricamente ese
dispositivo, que como un advenedizo, siempre es exiliado del saber que determina y posibilita
su organización; aquello que no se dice es lo que permite que la escritura narrativa repita
indefinidamente su comienzo, siempre imposible de datar porque es móvil, protocolo del
despliegue sin que se lo pueda pensar siquiera como pliegue.
Esa ausencia que es la que da comienzo a toda narración, instaura y revela que la
construcción temporal se basa en su contrario, no re-significa el paso del tiempo al volverlo
presente, sino que oblitera el no-lugar para construir el sentido.
La narración articula la representación temporal como un intervalo en el que el tiempo
es figurado como si tuviera un comienzo, un medio y un final, lo que implica otorgarle una
determinada dirección y un orden específico, además de aceptar, sea cual fuese la tipología
genérica y la pertenencia discursiva, la figuración de una concepción lineal del tiempo. La
afirmación de que el tiempo es lineal está en íntima relación con la insoslayable sucesión del
lenguaje, con el encadenamiento sintagmático de los enunciados, que no tiene otra alternativa
más que la linealidad.
El discurso narrativo que como un marco transporta la representación del devenir
temporal, necesita escindirse del tiempo que pasa y olvidar su transcurso para imponer los
modelos de entramado del tiempo pasado. La narratividad implica la elección de un vector de
dirección tal que trastorne el sentido temporal que pretende representar, invirtiendo su
orientación e imponiéndole una doble clausura. La ambivalencia del tiempo narrativo reside en
la trama que no se puede concebir como una designación denotativa sin apelar a la coacción de
algún decreto reglamentario, sino que expone en toda su amplitud los dispositivos de la
semiosis infinita propia de la construcción figurativa. Toda narración es una figura que alude a
la instancia de re-comienzo, instancia que no es reconocible en términos de ostensión.
Frank Kermode caracteriza como ficciones a esos cortes que otorgan sentido al devenir
temporal en tanto que intervalos y propone una micronarración como ejemplo. Para representar
el ritmo constante del mecanismo del reloj, nos servimos de una onomatopeya: "tic-tac" . La
diferencia entre los dos términos encierra un intervalo, una secuencia rítmica. Las palabras
designan la diferencia entre los dos hitos de esa estructura rítmica. El "tic-tac" nombra el medio
encerrado entre los extremos, que constituye una unidad significativa que, repetida varias veces,
reproduce una cadena de segmentos discretos, designa lo que mide el reloj.
Kermode señala:

Se puede demostrar experimentalmente que los sujetos que escuchan estructuras


rítmicas del tipo del "tic-tac" repetidas en forma idéntica, pueden reproducir los
intervalos dentro de la estructura con exactitud, pero no pueden captar
espontáneamente los intervalos entre los grupos rítmicos, aún cuando éstos
permanezcan constantes. El primer intervalo está organizado y limitado, el
segundo no.
La diferencia reside en que el primer intervalo está configurado por una trama que le
otorga sentido al devenir temporal y el segundo, cada "tac-tic", no es aprendido como tal por no
estar configurado, en tanto tal es pura duración sin significado. El "tic-tac" es una trama, una
ficción que le otorga sentido al paso del tiempo, que sólo puede ser percibido significativamente
si es figurado como intervalo. Para Kermode, no hay diferencia entre la trama del tiempo que
corta el intervalo significativo y discreto del "tic-tac" y la trama de una gran ficción narrativa,
salvo la de la extensión, esa condición abarca a cualquier clase de narración, ya sea considerada
ficcional o no.
En la concepción de Paul Ricoeur, la temporalidad no se deja decir en el discurso
directo de una fenomenología, sino que requiere necesariamente un discurso indirecto. Su
pensamiento, sintetizado en términos amplios y generales, considera a la narración como el
guardián del tiempo en la medida en que no existiría tiempo pensado sino fuera tiempo narrado.
La tesis central de Tiempo y narración expone que la temporalidad es la estructura de la
existencia que alcanza el lenguaje en la narratividad y que la narratividad es la estructura del
lenguaje que tiene a la temporalidad como referente último. En su artículo “Tiempo narrativo”
plantea que el tiempo tiene naturaleza narrativa; la lógica o la poética en torno de la cual se
integran las diversas partes que constituyen una narración, producen un sentido que no puede
ser deducido de la simple suma de ellas. Una narración no se deja analizar por el significado
parcial de las oraciones que la componen. Un análisis de ese tipo no tendría en cuenta la
estructura más amplia del sentido, de carácter figurativo, que la narración produce como un
todo.
Ricoeur no anula la distinción entre ficción y narrativa histórica, pero atenúa la
separación entre ellas al insistir que ambas pertenecen a la categoría de discursos figurativos y
que comparten un referente último, que no se establece a partir de un simple deslinde, sino que
alcanza su pertenencia en el entrecruzamiento de los objetivos referenciales de la historia y de la
ficción. Esto último significa un considerable avance sobre las imposiciones que pretenden
legislar la diferencia basándose en la entidad de sus referencias para construir la oposición
entre un discurso fáctico y un discurso imaginativo.
Precisamente, dada su disposición narrativa, el discurso histórico se asemeja a las
ficciones literarias, tales como la épica y la novela, pero en vez de entender ésto como una
debilidad, Ricoeur lo piensa como una necesidad compartida, puesto que la historia y la
narrativa literaria señalan figurativamente el mismo referente último, lo cual es una afirmación
de la entidad figurativa de todos los discursos que tienen a la temporalidad como principio
organizativo; por lo tanto, que no reflejan ni registran pasivamente un mundo terminado y
completo, sino que elaboran los materiales dados por la percepción y la reflexión moldeándolos
y produciendo algo nuevo.Borges, Jorge Luis. Obras Completas, Buenos Aires, Emecé, 1989.
En Tiempo y narración Ricoeur desarrolla la teoría de que el tiempo deviene humano en
la medida en que está articulado sobre un modo narrativo, y que la narración alcanza su plena
significación cuando deviene una condición de la experiencia temporal. Es decir, el único modo
de significar el paso del tiempo es a través de la narración. Pero el tiempo no es una entidad que
existe con independencia del hombre, ni que consienta en dejarse aprehender desde afuera; no
es una realidad dada que se ofrezca a la contemplación de un sujeto. La idea corriente del tiempo
está fundada en el pasar, en el fluir, en el tránsito concebido como inseparable de lo temporal. Y
si el avanzar es el rasgo esencial del tiempo, ha de pensarse como un venir que está condenado
a irse, un venir que apenas llega debe desaparecer. Lo venidero del tiempo nunca viene para
quedarse, sino para irse ...el tiempo subsiste pasando, afirma Martín Heidegger. Por lo tanto,
toda construcción discursiva que tenga a la representación temporal como referencia participa de
alguna formulación tropológica, no existe posibilidad alguna de denotar el tiempo, el que,
llamativamente, siempre es concebido y mencionado en singular cuando designa, en cambio,
una noción inseparable del tiempo colectivo, que es la con-fabulación de varios registros
imaginarios del devenir.
Resumiendo, todo discurso narrativo se despliega sobre dos redes de referentes, uno
que comparte con todos los demás discursos, el de la designación de sujetos u objetos, ya sea
concretos o abstractos, ya sea fácticos o imaginarios; y, otro, las diversas configuraciones que
traman la sucesión de los episodios en los que se involucran los primeros; a diferencia de lo que
ocurre con éstos, no hay posibilidad alguna de distinción, las tramas son siempre imaginarias.
La trama narrativa es una construcción tropológica, una figura, que depende para su despliegue
de la característica esencial del lenguaje, su linealidad sucesiva.“Por lo demás el problema
central es irresoluble: la enumeración siquiera parcial, de un conjunto infinito. En ese instante
gigantesco, he visto millones de actos deleitables o atroces; ninguno me asombró como el hecho
de que todos ocuparan el mismo punto, sin superposición y sin transparencia. Lo que vieron
mis ojos fue simultáneo: lo que transcribiré sucesivo, porque el lenguaje lo es. Algo, sin
embargo, recogeré.” Obras completas, Buenos Aires, Emecé, 1974. Su mayor grado de
artificio reside en la posibilidad de desplazar ese intervalo significativo e insertarlo infinitamente
en otros contextos.
Para Paul de Man la mayor parte de los problemas que se presentan al intentar
especificar estas cuestiones surgen por la herencia deformada del conjunto disciplinario del
trivium, la lógica, la gramática y la retórica. La tradición occidental ha privilegiado de tal modo
las relaciones entre la lógica y la gramática que se ha establecido una jerarquía violenta en las
relaciones globales entre los tres elementos, de forma tal que la retórica ha quedado relegada a
un espacio suplementario. Este lugar dominante que se otorga a las relaciones entre la lógica y
la gramática provoca una doble derivación: ante todo, y desde la perspectiva de la gramática, la
única vía de comprensión de la estructura del lenguaje será aquella que dependa exclusivamente
de los modelos proposicionales y, por lo tanto, las gramáticas de matriz racionalista
comprenden como significación lingüística sólo la que depende del campo de posibilidad
circunscripto por esos modelos; y luego, como consecuencia de ello, el predominio de la lógica
exhibe su impronta en las ideas de significado y de verdad que se disponen para operar, son la
consecuencia de la gramática conformada como una serie de proposiciones. En la cuestión del
tiempo figurado por la narrativa, la corolario más fuerte de tal situación emerge del
enmascaramiento de la serie antecedente-consecuente como dispositivo de representación
temporal en términos de un antes y un después lineal, que se pliega a las exigencias de la
linealidad discursiva fundada en la lógica proposicional.
La noción de causalidad, sea cual fuere la interpretación que se le asigne en una teoría
del conocimiento, siempre se refiere a una conexión necesaria en el tiempo. Pensadas en
términos corrientes, las acciones humanas corresponden a una fecha o, al menos, es posible
otorgarles una precisa localización temporal, es decir, se instalan en una brecha que está limitada
entre un antes y un después, tienen su principio en un ahora que ha sido precedido, e
implícitamente preparado por lo sucedido en ahoras pasados, extendiéndose luego hasta
alcanzar su término dejando lugar a ahoras futuros, y por lo tanto, cada una de estas fases
consiente en ser inscrita a un momento determinado del tiempo. Pero esa separación de los
ahoras en sucesivos momentos y su ordenamiento relativo como series continuas no proviene
de los entes del mundo, sino del trato del hombre con ellos. El tiempo no se encuentra en las
cosas, sino que la propia índole de la temporalidad humana traza, diseña la trayectoria temporal
de las acciones y procesos. El tiempo fragmentado por las fechas que puntúan y escanden las
acciones y los procesos, no pertenece a las cosas mismas, no puede ser aprehendido como una
exterioridad, ya que es la consecuencia de las acciones humanas que se vuelven hacia los
objetos del mundo. De este modo, el tiempo no es una entidad que esté aguardando nuestra
llegada para imponer un ritmo determinado a priori. Ese tiempo, así pautado, siempre depende
de la conjunción de creencias que lo impongan como un modelo dominante.
No sería muy arriesgado afirmar que el paradigma dominante de las creencias, que la
mayoría de los discursos sociales toman para construir sus criterios en torno a la representación
temporal, sigue anclado en los postulados de la dinámica de Galileo Galilei y en los desarrollos
de la física de Isaac Newton. El eje en torno del cual se organiza este pensamiento es la relación
causa-efecto, la cual se expresa matemáticamente por medio de una ecuación lineal. En una
ecuación de estas características, si están determinados los valores iniciales de un fenómeno, se
pueden especificar completamente los valores intermedios o finales.
Para esta concepción, el tiempo es absoluto y universal, no se modifica por la movilidad
o los cambios de estado del observador, es una suerte de telón de fondo o marco en relación
con el cual se miden y puntúan los acontecimientos. Albert Einstein demostró que la causalidad
es una ilusión, puesto que el espacio y el tiempo no están dados de modo idéntico y absoluto
para todos los observadores.
Desde la teoría de la relatividad resulta imposible concebir un ahora universal, ya que
del mismo modo que hay un aquí en constante variación, hay un ahora que cambia constituido
por cada observador.
De acuerdo con esto, la creencia tan arraigada de que ciertos acontecimientos ocurren de
manera objetiva queda trastrocada; la ocurrencia de los acontecimientos es producto de la forma
en que se los observa. No hay tiempo universal, ya que no hay un ahora universal. La relación
de un acontecimiento con otros acontecimientos es problemática, la formulación causa-efecto
deja de ser obvia. En la teoría de la relatividad, la definición del instante presente como lo que se
extiende entre dos puntos separados pierde todo su estatuto de seguridad, siempre hay un
margen de ambigüedad.
El modelo de un universo exterior en el que hay hechos autónomos que nosotros
observamos, deja de ser pertinente, no existe el acontecimiento por una parte y su observador
por la otra, ambos forman una unidad marcada por la inestabilidad del principio de
incertidumbre.
La teoría de la relatividad expone la dificultad de definir el momento presente entre dos
puntos separados, el principio de incertidumbre establece que el momento presente no puede
determinarse con absoluta certeza.
Kurt Gödel plantea que hay limitaciones inevitables para el conocimiento, puesto que
más allá de un cierto nivel de complejidad existen límites intrínsecos a un sistema lógico, si este
es un sistema coherente. Inevitablemente, habrá afirmaciones ciertas que no tendrán posibilidad
alguna de demostración, o afirmaciones que no puedan verificarse, ya sea en su verdad o en su
falsedad, dentro de dicho sistema por medio de sus reglas y axiomas con el objetivo de
contemplar situaciones no previstas sólo posterga el problema que volverá a aparecer en otros
casos.
El teorema de la incertidumbre de Werner Karl Heisenberg y el teorema de Gödel han
demostrado, en primer término, que en el mundo físico la causalidad es problemática; luego,
que la formalización nunca puede ser considerada completa y, finalmente, que toda observación
es modelada por los supuestos a partir de los cuales se lleva a cabo. Si el futuro de un
acontecimiento solamente puede estar determinado en un espacio definido de incertidumbre,
entonces, la idea que rige el orden de la ciencia moderna es la de la posibilidad. Una
consecuencia es que la historia no puede ser pensada en términos de necesidad ni de azar sino
que cada presente avanza por terrenos cuya forma general se conoce, pero cuyos márgenes son
inciertos y de difícil trazado. De esta manera, el determinismo, en el sentido de que el presente
determina el futuro y contiene el pasado, es una propiedad de la realidad considerada en su
conjunto. Pero la operación de asilar fenómenos para observar y describir, está sometida al
riesgo de no advertir su aleatoriedad.
Resumiendo, sólo el universo total contiene la información necesaria para la aplicación
rigurosa de leyes o axiomas físicos, pero ese universo es inescrutable al conocimiento del
hombre; por lo tanto, la noción de efecto inalterable debe ser sustituida por la noción de efecto
probable.
René Thom en su teoría de las catástrofes da un lugar privilegiado a la metáfora.
Reivindica en su reflexión la capacidad de intuir en términos globales una situación a la que el
pensamiento tradicional dependiente de un inventario restringido difícilmente tuviera acceso.
Concibe el mundo de la naturaleza como un gran catálogo de posibilidades que nacen, entran en
conflicto entre sí y mueren, sucediéndose en continuo devenir; tales cambios aparecen marcados
por la discontinuidad, aunque provocados, paradójicamente, por modificaciones no previstas:
las catástrofes. Esa teoría, que el propio Thom define como una teoría de la analogía, se
configura en torno a una apelación al campo de las entidades imaginarias, virtuales, que podrían
existir pero que no existen fácticamente. El problema, pues, no radica en describir la realidad,
sino en otorgarle sentido a lo que nos sorprende de un conjunto de hechos, partiendo del
presupuesto de que para lo sorprendente a menudo no hay designación denotativa, pues su
emergencia pone en conflicto los cuadros conceptuales establecidos y los sistemas de valores
que lo sostienen.
A partir de lo anterior, las modalidades de construcción de la verdad fundada en la
representación del devenir temporal por discursos que se proclaman como legitimadores de la
trasmisión de saber serio, aparecen, cuanto menos, cuestionados en sus postulados, en
particular en su pretensión de denotar literalmente los objetos y procesos sobre los que
producen conocimiento, que exponen en series argumentativas que tienen en la causalidad su
fundamento último. La linealidad del tiempo que se construye a partir de esos protocolos y que
se despliega en la inevitable sucesión del lenguaje como principio constructivo, es sólo un
modelo, entre otros posibles, que se funda en el acoplamiento privilegiado de la articulación
causa-efecto. En otros términos, esa perspectiva es dependiente de una filosofía de la conciencia
que tiene como matriz la relación sujeto-objeto, es decir, la de un observador situado frente al
mundo; la perspectiva en la que pretendo situarme implica la descentralización de todo recurso a
una instancia extramundana, por lo tanto de un sujeto transcendental, pienso en un sujeto
participante en la constitución de sentido inherente a dicho mundo.
La degradación de la retórica como un saber que se apoya sobre el lugar central de las
figuras y los tropos y que no admite diferenciaciones entre las formas de validez racionales y
las metafóricas, es el eje fundamental de una tipología de los discursos que apunta a controlar la
constitución de los valores de verdad y certeza en torno a algunos discursos en detrimento de
otros. Los discursos que aparecen legitimados para producir saber en términos de verdad son
aquellos que pueden controlar efectivamente la semiosis infinita de las figuras retóricas,
aquéllos a los que se les impone un tope, un límite al proceso de significación.
Cuando se confrontan las narraciones que pertenecen a la historia —que son el
paradigma de las narraciones con pretensión de verdad, que conllevan la imposición subyacente
de lo real y, asimismo, fundamentadas en los principios de la exposición racional del los
acontecimientos— con las narraciones imaginarias, de las que las literarias son a su vez el
paradigma, no es posible señalar ningún rasgo específico, ninguna característica
indudablemente distintiva, salvo las que derivan de la referencia fáctica y de la enunciación
fingida, que ya hemos desconstruido.“La primera es que si la materia de que se trata la historia
reside por fuerza en el pasado y ese ser en el pasado de los hechos le confiere un carácter
obviamente temporal —en cierto modo la historia es la ciencia del tiempo, algo así como una
física de la sociedad— la novela histórica, a causa del carácter espacializante que tiene la
escritura (ordenar las imágenes, situarlas en un aquí, en un allá, antes unas que otras, más arriba
o más abajo, sin contar, incluso, con el hecho básico de que las palabras ocupan espacio y,
sobre todo, porque lo que las palabras entrañan, implican y significan también se organiza
espacialmente, en ocupaciones virtuales o reales, simbólicas o alusivas), podría ser un intento
por espacializar el tiempo: tomar un tiempo concluido y darle una organización en un espacio
pertinente y particular. Por supuesto es una ilusión, como toda voluntad de espacializar el
tiempo, pero esa ilusión —y en eso consiste la respuesta— crea un objeto reconocible,
identificable. Pero hay algo más en lo ilusorio: la historia misma, como recinto del tiempo
pasado, porque lo hace con palabras que refieren, también espacializa, los hechos temporales
vienen ya espacializados.”
Toda narración, en sentido amplio todo texto, puede ser incluida en uno o varios
géneros, lo que no significa que esa asignación imponga una pertenencia. Una tipología
genérica de las narraciones fundadas en la entidad de una referencia y que no considere a su vez
la entidad de la trama que figura el decurso temporal, la cual nunca está dada sino que pertenece
al orden de la imaginación, implica que la marca genérica, el efecto del código, sea una
imposición jurídica. La marca genérica discrimina el corpus de las narraciones, pero nunca
forma parte constitutiva de los ejemplares de ese corpus; la inclusión o exclusión de las
narraciones en un orden u otro dependen de una cláusula que desde afuera impone la legalidad
del sentido. Lo que administra esa topología es un cierre, una clausura, algunas narraciones para
producir efectos de verdad deben necesariamente cancelar la semiosis. Las narraciones
históricas, las que narran una verdad cierta y precisa, portan una marca genérica, un
cerramiento, son identificadas con un tipo de nominación que excluye la tropología o que la
acepta moderadamente; están sometidas a la ley del código que a su vez participa de la jerarquía
que la gramática y la lógica tienen sobre la retórica. Lo que la narrativa histórica literalmente
informa sobre los acontecimientos es que estos acaecieron fácticamente, pero al disponerlos en
una serie sucesiva, al ordenarlos en secuencia debe apelar necesariamente a una figuración
temporal otorgándoles un orden y una significación producidos por ese proceso tropológico.
Tanto la narrativa histórica, que tiene la pretensión referencial de la verdad, como la
narrativa de imaginación, tienen un referente común: el carácter temporal de la existencia. El
dispositivo retórico compartido por ambos es la trama, a partir de la cual los acontecimientos
singulares y dispersos alcanzan unidad e inteligibilidad a través de lo que Ricoeur llama la
síntesis de lo heterogéneo. En tal sentido Paul Veyne señala lo siguiente:

Tales especulaciones pueden suscitar experiencias estéticas gratificantes que para


el historiador significan el descubrimiento de un límite. Este límite es el
siguiente: lo que los historiadores denominan acontecimiento no es aprehendido
en ningún caso directa y plenamente; se percibe siempre de forma incompleta y
lateral, gracias a documentos y testimonios, digamos que a través de la tekmeria,
de vestigios [...]. Los hechos no existen aisladamente en el sentido de que el
tejido de la historia es lo que llamaremos una trama, una mezcla muy humana y
muy poco “científica” de azar, de causas materiales y de fines. En suma, la
trama, es un fragmento de la vida real que el historiador desgaja a su antojo y en
el que los hechos mantienen relaciones objetivas y poseen también una
importancia relativa: la génesis de la sociedad feudal, la política mediterránea de
Felipe II, o nada más que un aspecto de esta política, la revolución de Galileo. La
palabra trama tiene la ventaja de recordar que lo que estudia el historiador es tan
humano como un drama o una novela, Guerra y Paz o Antonio y Cleopatra.

No hay posibilidad alguna de considerar un acontecimiento si no es integrándolo en una


trama. El postulado de verdad del discurso histórico y por extensión de todos aquellos que se
proponen narrar acontecimientos que “realmente ocurrieron”, debe desplazar la atención, obviar
la configuración de los mismos en relato, es decir, no atender prioritariamente las estructuras de
las tramas de los diversos tipos de narraciones producidas en un determinado espacio cultural.
La producción de significación debe considerarse íntimamente ligada al entramado de la
narración, ya que cualquier conjunto dado de acontecimientos puede ser dispuesto de diversos
modos, puede ser contado desde diferentes estructuras de relato. Los acontecimientos de que se
trata no tienen sentido si no son reunidos, articulados en torno a una unidad que le otorgue
inteligibilidad y sentido de devenir temporal, es la elección de la modalidad de relato y su
imposición a los acontecimientos lo que le otorga significación temporal. Es posible plantear
que las tramas tienen una función dominante en la producción de sentido y que la organización
discursiva de las narraciones no depende tanto de leyes causales como de argumentaciones
derivadas de tramas cuyos modelos distintivos provienen de la literatura.
La distinción entre historia y ficción sólo se sostiene si no se replantea el problema de la
referencia, si no se admite que la narración produce sentido temporal en orden a la competencia
de los lectores para reconocer un relato como una disposición que tiene un principio y un fin y
que esa disposición significa el devenir temporal y que, además, ese entramado remite
perpetuamente a un no lugar como instancia de la repetición; la trama es una figuración retórica
y el dispositivo dominante de esa figura es la iterabilidad infinita.
Al arribar a este punto, no resulta muy arriesgado concluir que la narración es una
exhibición desaforada de que el sentido constituye la referencia; la narración aparece, entonces,
como un ejemplo paradigmático de que la condición de posibilidad de producción de sentido del
lenguaje sólo es concebible sobre el presupuesto de un mundo, cuya inteligibilidad está siempre
dada y es compartida por aquéllos, que sobre ese presupuesto, se comunican. La aperturas
lingüísticas al mundo son inconmensurables, lo que convierte a la verdad en una magnitud
relativa, dependiente de una configuración de sentido previa que las hace posibles en cada
ocurrencia.
La tan difundida fórmula “no-ficción”, que pretende establecer una categoría genérica
para aquellas narraciones que apelan a procedimientos literarios para relatar sucesos reales,
acaso pueda ser leída como un fallido epistemológico, habida cuenta de que la negación del
prefijo no es una indicación de que lo supuesto para la comprensión de la fórmula es el sentido
de la ficción y que desde un punto de vista genético, ficción es la noción comprensiva a partir
del cual se deriva la restricción impuesta. Digo fallido epistemológico, puesto que la insistencia
en el uso de esa denominación afirma lo que pretende negar.

Capítulo IV
Más allá de la ficción
La revisión de las líneas teóricas que se proponen constituir de manera más o menos precisa la
especificidad de la ficción, más que alcanzar ese objetivo parecen perseguir una noción
indeterminada y preteórica y, por lo tanto, desprovista de toda pertinencia, salvo la que consiste
en componer un ghetto con todo aquello que obstruye la clausura de la semiosis figurativa.
La endeblez teórica manifiesta de la referencia directa, o de la posibilidad de una
denotación transparente, impide construir sobre ese eje una distinción estable entre dos espacios
discursivos bien diferenciados a partir de la pertenencia o no del rango ficcional.
Los intentos de distinción que tienen como matriz a la teoría pragmática de los actos de
habla resuelven las aporías que la ficcionalidad les presenta recurriendo a la intención del
enunciador, es decir sus desarrollos implican una regresión que explica el sentido en términos
de conciencia volitiva del sujeto emisor.
En el primer caso, la extensión referencial en la que se fundan se vuelve inaceptable por
la pérdida del privilegio que tenía la realidad como exterioridad objetiva, que determinaba la
garantía última del estatuto epistemológico y ontológico del texto. En el segundo, la fragilidad
teórica que supone tomar como principio ordenador la intención, se manifiesta en la rigidez e
inadecuación de la tipología de cada uno de los planteos, más allá de la sofisticación con que a
menudo se presentan.
En cuanto a la narración, que es el espacio discursivo sobre el que las prescripciones
imponen un mayor rigor de control, la tipología distintiva sólo puede ser impuesta por
mandatos institucionales o por posturas doctrinales, que a menudo recurren a planteos morales
con el objetivo de salvar la verdad.
Esta imposibilidad de fijar límites precisos que establezcan la diferencia entre los
discursos ficcionales y no ficcionales, implica la exigencia de superar el "a priori" que sanciona
a las ficciones como manifestaciones anómalas o desvíos de los demás discursos serios o con
valor de verdad.
La notable preocupación que la cuestión trae consigo, —revelada en la multiplicidad y
diversidad de los asedios que se manifiesta en el considerable aumento, especialmente en los
últimos años, de la bibliografía sobre el asunto—, hace que su tratamiento afecte a gran parte de
los discursos teóricos contemporáneos, instalando la ficcionalidad como un tema clave.
Mi trabajo se inscribe en el cruce de un doble propósito por una parte, exponer la
debilidad de criterios en extremos reductivos que pretenden someter a control a un concepto con
una genealogía tan compleja como es la de la ficción, y, por otra, promover un desplazamiento,
que abomine de banalizaciones y rigideces, a los efectos de contribuir a la apertura de una
reflexión teórica que supere el dogmatismo y los componentes doxáticos de los principios que
aparecen como puntos de partida obligados.
Sobre el lugar reservado a la ficción como término anómalo de una jerarquía violenta
que le impone restricciones y límites, es posible provocar el desplazamiento antes mencionado
para pensar a los discursos ficcionales no como una variedad parasitaria o desviada, sino como
la condición de posibilidad de cualquier discurso, lo que implica desestabilizar asimismo los
parámetros que constituyen las bases de la discriminación.
La genealogía de ese desplazamiento puede filiarse en el prefacio a Un coup des dés, en
el que Stephan Mallarmé establece la relación entre ficción y poesía, con rechazo a la
concepción de la ficcionalidad pensada a partir de la dupla imitación/representación, que es
endeble por la exigencia de una presencia pura o esencialidad . Como señalamos más arriba,
esto implica el desmontaje del dominio del imitado sobre el imitante, dominio fundado en la
preeminencia del primero sobre el segundo, en la anterioridad temporal de aquél sobre éste y la
posibilidad de discernir de manera absoluta entre cada uno de ellos. El gesto mallarmeano
reconoce la entidad de la ficción como concepto relevante, pero desvinculándolo de sus
servidumbres con la enunciación y con la representación.
Calle-Gruber, retomando el intento mallarmeano de entender la ficción al margen de la
representación, reivindica la exclusiva textualidad de la ficción, estableciendo la tensión entre
dos polos de verosimilitud, el verosímil referencial —que consiste en las diversas modalidades
de adecuación al referente extratextual— y el verosímil lingüístico. La hegemonía de uno u otro
polo establece el registro diferencial del texto, pero es preciso señalar que la tensión entre
ambos se establece sobre el presupuesto de la inadecuación del lenguaje como expresión.
Michael Riffaterre, en una línea muy cercana, define la ficción como el triunfo de la
semiosis sobre la mímesis. En su planteo considera la referencialidad exterior como una
ilusión, por cuanto no hay posibilidad de representación que no remita a figuraciones verbales
presentes en el texto.
El desplazamiento que estoy proponiendo, del que hemos esbozado una breve alusión
genealógica, implica el reconocimiento de que en el actual estado de los estudios teóricos la
ficción como tal, es un concepto sonámbulo. Por lo tanto, la propuesta de pensarlo como la
condición de posibilidad de todos los discursos puede agotar su impulso si queda enredada en
un debate en el que la ficción aparece como una noción indeterminada y restrictiva. Se impone,
entonces, desde mi perspectiva la necesidad de abrir un espacio teórico superador de los
reduccionismos sedantes, un más allá de la ficción.
La red de imposiciones que los debates han tejido en torno a la cuestión de la
ficcionalidad exhibe de manera velada en algunos casos, de manera manifiesta en otros, que
toda vez que se aborda la problemática acerca de la ficción como telón de fondo confrontan
concepciones de la relación lenguaje-mundo diferentes y a menudo antagónicas. La apertura a
un más allá de la ficción implica el reconocimiento de que la ficcionalidad es un punto nodal en
torno al cual convergen problemáticas diversas elaboradas desde una pluralidad de discursos; lo
que está en juego compromete una dimensión fundamental del lenguaje, la que tiene que ver con
la configuración del mundo y del sujeto. En toda tipología, que reserva para la ficcionalidad una
posición degradada, es posible advertir un modo de ejercer un límite a la capacidad de semiosis
de lenguaje. La ficción es el término a subsumir puesto que los discursos ficcionales aparecen
como la exhibición desaforada de las posibilidades figurativas del lenguaje. Es este aspecto el
que no se debe perder de vista, la asignación de anomalías o los diagnósticos de parasitarismo
segregan a los discursos ficcionales para controlarlos, lo que implica de modo simétrico
asegurar la designación de la verdad como clausura de la semiosis infinita.
Un desplazamiento que nos coloque más allá de la ficción no produce la igualación de
los discursos, la pérdida de la diferencia, la imposibilidad de toda designación que no sea
imaginaria, las hace más viables, puesto que superados los mandatos institucionales que
implicaban un sofocamiento de la ficción —exigencia obligada para controlar los puntos de
fuga de la figuración del lenguaje— pensar los rasgos constitutivos de la ficcionalidad como
condición de posibilidad de todos los discursos, entonces, habilita una reflexión libre de
dogmatismo reduccionista.
Sitúo el punto de partida en las condiciones a partir de las cuales algunos discursos
restringen la semiosis y articulan una designación rígida, en esta perspectiva ya no hay una
asimilación entre referir e identificar, sino que se apunta a explicar la referencia como una
designación rígida, es decir una designación que desde el propio discurso establece las
restricciones significativas.
Para introducir este importante cambio de perspectiva, que esta teoría de la referencia
trae consigo en relación con la teoría tradicional, es necesario distinguir entre el uso atributivo y
el uso referencial de los enunciados.
En esta misma dirección, Putnam señala que el uso de términos en algunos discursos
científicos ocurre como si los criterios asociados no fueran condiciones necesarias y suficientes
sino más bien caracterizaciones aproximadamente concretas sobre un mundo de entidades
independientes de la teoría. Con esta distinción, Putnam no está discutiendo la exactitud o
grado de aproximación que empíricamente tienen los términos cuando son introducidos, sino
que apela a una distinción entre el uso que de ellos se hace en determinados discursos. Por lo
tanto, no se trata de que una definición o una aseveración se constituya como un sinónimo de la
descripción, el enunciado es usado rígidamente para referir a cualquier cosa que comparta el
significado literal, el mismo discurso construye las condiciones de ese uso rígido, lo que
implica un recorte de la configuración atributiva, es decir de la puesta en juego de la semiosis
interminable. Esto supone la consideración de dichos usos como casos particulares y no como
el canon modélico, asegurando así la posibilidad de establecer los rangos de diferencia
epistemológica para el saber producido por los discursos.
El modo en que participa este gesto en la articulación de los enunciados, las marcas que
indiquen su inserción pragmática y su pertenencia a formaciones discursivas, están en la base
de una tipología que habilita la distinción significativa.
En el caso de las narraciones, que son las variantes discursivas sobre las que han
recaído con más fuerza las imposiciones doctrinarias, esta distinción aparece como superadora
de la dicotomía ficción-no ficción, en la que, paradójicamente, no hay otro modo de designación
de los usos rectos o serios que la negativa del término degradado .
Un desplazamiento en el orden teórico que nos ponga en un más allá de la ficción,
supone el abandono de una noción indeterminada, cuyos rasgos distintivos sólo pueden ser
señalados como mandato jurídico o ético, que discrimina y segrega variantes discursivas
atribuyéndole características que son propias de todos los discursos.

Epílogo provisorio
En el curso de mi exposición me he referido a la ficcionalidad en sentido amplio y, en la medida
que me ha sido posible, he limitado mis menciones a la literatura, ello motivado por la necesidad
de evitar el recurrente lugar común que señala la no coincidencia de los dos espacios, junto con
la mezcla y confusión que los contamina, lo que me llevó a dejar para el final las
consideraciones acerca de la "ficcionalidad literaria".
Es evidente que las "ficciones" que se hacen pertenecer al espacio literario tienen una
dimensión particular. Desde Cervantes, la escritura literaria despliega su capacidad para la
contemplación de los discursos que se proponen un conocimiento cierto de la realidad y que
legalizan el estatuto de los regímenes de verdad. En la literatura contemporánea, la tematización
acerca de las aporías de los acotamientos construidos en torno al sentido ficcional son un leit-
motiv diseminado en la textualidad de escritores como Jorge Luis Borges, Italo Calvino, José
Saramago, Augusto Monterroso o Antonio Tabucchi, mención ésta que tiene por objeto dar
cuenta de una cifra emblemática más que de un inventario siquiera cualitativo.
Los textos literarios son esceno-grafías de sentido, en los que la escritura despliega una
dimensión del componente semántico abierto en todo su espesor a las travesías de la
ambigüedad puestas en juego por la paradoja pragmática que los constituye: una cinta de
Möebius en la que la escisión enunciativa mostrada se desliza en la insistencia inestable de la
repetición.
Pensar las escrituras literarias a partir de un más allá de la ficción, permite, creo,
otorgar a la investigación teórica acerca de los discursos y, por ende, a la reflexión acerca de las
relaciones entre lenguaje y mundo, una apertura libre de sujeciones y condicionamientos.
Tópicos importantes como los géneros autobiográficos, o la traducción, entre otros,
fueron apenas aludidos mencionados en mi trabajo, esas y otras cuestiones me obligan a señalar
que el planteo de ir más allá de la ficción en la reflexión teórica pretende, junto a la propuesta
misma, tener el carácter de una provocación a la discusión y al diálogo en los que la
problematización de los planteos asegure el avance de la investigación.
En una época en que las cláusulas: "mundo globalizado" o "aldea global" aparecen
confirmadas por la vertiginosa circulación de los discursos, el riesgo de uniformidad, de
monocódigos o de jerarquías tipológicas, que aseguren la atribución de verdad para algunas
formaciones discursivas en detrimento de otras, exige la revisión y el debate en torno a esos
presupuestos.
Apéndice I

Del testimonio
La simple mención del término “testimonio” provoca una serie de encadenamientos de sentido
que exhiben la complejidad de su significación y el modo en que se estratifican y vinculan sus
diversas acepciones.
En primer lugar, testimonio designa la acción de testimoniar, es decir, de reponer con el
relato acontecimientos vistos u oídos. El testigo es quien trae a la escena presente con sus
palabras lo que ha visto u oído con anterioridad; por lo tanto, transforma lo percibido en
narración: todo testimonio consiste en el pasaje de lo percibido a lo dicho. En tanto narración
que repone sucesos acaecidos, configura una correspondencia dialógica, implica a quien narra
y a quien escucha lo narrado. Por su especificidad discursiva, se despliega en la tensión entre
el relato del testigo y la confianza asumida por su escucha acerca de la certeza de sus dichos.
Todo ello es consecuencia de un complejo juego de deslizamientos desde la escena
original del testimonio, que es el proceso judicial, al discurso corriente. Y, lo que distingue el
acto de testimoniar de cualquier transmisión de conocimiento, de información, de la simple
constancia o de la exposición de una cuestión teórica, es que alguien se compromete a relatar
para otro un suceso que presenta como testigo, por lo tanto como único e irremplazable; esta
característica singular lo hace intransferible. De lo que se infiere una cuestión insoslayable: su
resistencia a la traducción. El testimonio, que por principio constitutivo debe estar unido a una
singularidad y a la marca intransferible de una memoria idiomática, corre el riesgo de perder su
peculiaridad frente a la traducción, aún en la circunstancia misma de entregar su sentido. Un
testimonio maleable a las operaciones de traslado propias de la traducción ¿puede ser todavía
testimonio?
Asimismo, no hay otra opción para quien lo recibe de creer o no creer, puesto que la
verificación o la transformación en prueba forman parte de un espacio distinto, heterogéneo al
de la instancia testimonial propiamente dicha. La acción de testimoniar supone, además, una
relación necesaria con la justicia como institución, con el tribunal como escenario privilegiado,
con los abogados y el juez como partícipes y, fundamentalmente, una acción que los involucra a
todos, la de litigar, es decir, la confrontación entre demandantes en un proceso. En otros
términos: un proceso es la pugna entre dos historias de “verdad”; así, el testimonio es la
instancia que interviene en una acción de justicia que apunta a dirimir una discrepancia entre
partes. Por lo tanto, testimoniar es atestiguar que se vio u oyó un acontecimiento y para ello el
testigo debe comprometerse con un juramento ante el tribunal que recibe su relato con el
objetivo último de administrar justicia.
Estos rasgos, que hemos especificado a partir de una acepción restringida del término
“testimonio”, son susceptibles de una generalización promovida por los desplazamientos
analógicos que configuran el sentido de las palabras testigo y testimonio en el discurso
corriente; en efecto, el proceso judicial como situación del discurso se constituye en modelo de
relaciones codificadas de manera más laxa y flexible por los hábitos sociales, en las cuales
aparecen implicados los componentes distintivos de ese proceso.
Así, es posible advertir que la idea de testimonio trae aparejadas las de discrepancia y
parte: puesto que sólo se hace necesario atestiguar cuando hay disputa entre partes que
confrontan una contra la otra, todo testimonio puede ser inevitablemente visto desde una doble
perspectiva: testimoniar a favor de una parte es, correlativamente, testimoniar en contra de la
otra. Asimismo, esto exige reflexionar sobre la instancia constitutiva de quien oficia como
testigo, puesto que nadie puede remplazar a otro como testigo, si no se puede testimoniar por el
testimonio de otro sin quitarle a este último su valor de testimonio; la cuestión que se plantea es
la exigencia de que el testimonio sea en primera persona, forma que no es sólo gramatical, sino
fundamentalmente discursiva.
Finalmente, hay aún otro aspecto que especificar: testimoniar por alguien supone no
sólo en favor de alguien sino básicamente ante un tercero que se convierte en el destinatario.
Esto remite a otra de sus características distintivas: aquellos que reciben la palabra del testigo, el
juez o el tribunal, supuestamente neutros y objetivos, están habilitados solamente para ese
papel, por lo tanto las relaciones entre testimoniante y escucha son irreversibles. De todo esto,
podemos inferir que la capacidad del proceso judicial para constituirse en modelo de situaciones
sociales de variado orden, reside principalmente en que los conflictos humanos no pueden
decidirse en torno de un absoluto necesario que no ofrezca lugar a dudas y, por lo tanto, de
certeza inconmovible sino que se dirimen por lo probable, que solamente se puede alcanzar en
la confrontación de opiniones.
En suma, el testimonio adquiere todo su valor en el espacio de un debate entre
posiciones adversas. Es así que toma su sentido más amplio y corriente no como categoría
específica del discurso jurídico sino como una trasposición analógica puesto que sus
características constitutivas le otorgan su poder de generalización.
Uno de los componentes primordiales del proceso judicial, que se desplaza a otros
espacios discursivos, es que el objetivo final de la confrontación debe desembocar en una
decisión de justicia. Por eso, todo testimonio es un acto que se produce en una escena en la que
se dirimen posiciones encontradas que pretenden un veredicto. El desplazamiento traslada
asimismo un rasgo específico: en su condición de enunciación jurídica, el testimonio puede ser
rebatido tanto por la negación de los hechos alegados como por otras circunstancias que
debiliten o atenúen las certezas que promete. Este rasgo, de poder ser invalidado, es
generalmente sometido a olvidos y tergiversaciones, puesto que se tiende a homologar
testimonio y verdad, cuando el testimonio es tan sólo una instancia de la prueba pero, por
fuerza, no la verdad establecida. De esto es posible desprender que todo testimonio se inscribe
en una etapa intermedia que tiene como punto de partida una discrepancia y como objetivo final
un dictamen autorizado.
Aristóteles lo consideraba como un elemento de la teoría de la argumentación; por esta
razón en la primera parte de El Arte de la Retórica al referirse a las pruebas, las considera como
medios de persuasión propios del género deliberador, del género judicial y del género
epidíctico. En relación con ello Paul Ricoeur señala:

La lógica del testimonio está así enmarcada por la retórica considerada como
“réplica” de la dialéctica (1534 A,1 a 7); ahora bien, la dialéctica es la lógica de
los razonamientos solamente probables, es decir, en los que la premisa mayor
contiene verdades de opinión recibidas por la mayoría de los hombres, y la
mayoría de las veces; el género “persuasivo” como tal definido por la técnica
retórica, es pues correlativo del género solamente probable de los razonamientos
dialécticos. Así se reconoce el nivel epistemológico propio al cual puede aspirar
la prueba judiciaria: no lo necesario sino lo probable. Aristóteles vincula a este
carácter de probable un rasgo que ya hemos encontrado anteriormente: la
retórica, dice, capacita para “persuadir a los contrarios”; no que el orador deba
alegar indiferentemente el pro o el contra, pero si intenta persuadir al auditorio o
al juez de una sola cosa, le será necesario prever el argumento del adversario
para que esté en condiciones de refutarlo.
Pero la retórica no se confunde con la dialéctica; las técnicas de la persuasión, en
efecto, no se reducen al arte de la prueba; ellas toman en cuenta las
disposiciones de la audiencia y el carácter del orador; al mismo tiempo mezclan
las pruebas morales con las pruebas lógicas. Este rasgo es ineluctable e
irreductible, si se considera que en las tres situaciones de discurso consideradas
—acusar y defenderse ante un tribunal, aconsejar una asamblea, alabar y
censurar— la argumentación toma en cuenta una audiencia y conduce a un
juicio.[...] Con la participación de la audiencia y del juez las pasiones se desatan
y suscitan disposiciones. El testimonio es así cogido en la red de la prueba y de
la persuasión, características del nivel propiamente retórico del discurso.

De la especificidad narrativa de todo testimonio se infiere la pertinencia de las


consideraciones que recibió la narratio como tópico teórico en el que aparecen las marcas
fundamentales de la narración. Aristóteles en El Arte de la Retórica establece un punto de
convergencia entre la argumentación retórica con el pensamiento poético en torno de la
verosimilitud como un tema común a ambos. En El Arte de la Retórica, Aristóteles define el
discurso oratorio como un arte que tiene por objeto no lo verdadero sino lo verosímil. El énfasis
con que Aristóteles señala que el discurso “parezca apropiado” y su concepción de que el arte
retórico está relacionado no con la verdad sino con la apariencia de verdad, permite pensar El
Arte de la Retórica no como un tratado que estudia las relaciones del discurso con los referentes
sino de las modalidades a partir de las cuales el orador persuade al tribunal acerca de la validez
de esa relación .
Aristóteles considera a la narratio como función retórica de lo verosímil en la que el
orador selecciona, ordena, dispone las acciones de acuerdo con el fin propuesto:

En los discursos del género demostrativo la narración no es continua sino por


partes, porque es necesario exponer las acciones sobre las cuales versa el
discurso. En efecto, el discurso consta, por una parte, de algo ajeno al arte
(porque el orador no es la causa de las acciones), y por otra, de lo que es propio
del arte. Esto consiste, o bien en demostrar que existe, si se trata de algo
increíble, o que es de tal naturaleza, o de tal importancia; o bien todo ello junto.
Por este motivo, algunas veces no es conveniente exponerlo todo en forma
continuada, porque una demostración semejante es difícil de recordar. Se dirá,
por tanto, que por estas acciones se mostró valiente, y por aquéllas, sabio o
justo. Este tipo de discurso es el más sencillo; el otro, en cambio, es variado y
complejo[...] Al presente ridículamente afirman que la narración debe ser breve.
En verdad qué es esto como se le dijo al panadero que preguntaba si haría la
masa dura o blanda. “¿Cómo?”, se le respondió “¿es imposible hacerla bien?”.
Aquí ocurre lo mismo. Porque no conviene narrar extensamente, así como
tampoco hacer un exordio o presentar las pruebas con excesiva prolijidad.
Porque el que esté bien hecha no reside en lo breve o en lo conciso, sino en la
justa medida.

Aristóteles piensa la narratio como una configuración en la que es fundamental la


relación proporcionada de las acciones y su distribución en un orden y ritmo orientados a
producir el sentido deseado en el auditorio. De ahí que su criterio dominante sea el de la
conveniencia o proporción. Es especialmente en este punto en el que aparece la convergencia
entre la cita de El Arte de la Retórica y la concepción central de La Poética: el ordenamiento
apropiado a un fin de las acciones que son neutras en sí mismas.
Quintiliano en su Institutio Oratoria coincide con Aristóteles en la finalidad poética de
la narratio retórica, pues privilegia el componente persuasivo emotivo sobre la finalidad
expositiva:

Porque no mira únicamente la narración a enterar al juez sino mucho más a que
se sienta como queremos y así aunque no haya que informarle sino sólo mover
en él algún efecto, contaremos la cosa para prepararle...

Aparece entonces el rasgo de verosimilitud como el punto de pasaje entre lenguaje y


mundo en el que no está en juego la adecuación sino, antes bien, la configuración de la
referencia provocada por el discurso para persuadir, conmover. La tradición retórica ha
reflexionado sobre la verosimilitud como un concepto complejo en el que participan tanto la
cuestión de la historicidad o de la verdad de los hechos narrados, como un conjunto de rasgos
distintivos de la composición artística del discurso. Dice Cicerón acerca de la verosimilitud en
De Inventione I, XXI:

Verosímil será la narración si en ella aparecen cosas que suelen aparecer en la


realidad, si se guarda la dignidad de las personas, si se dicen las causas de los
hechos y la ocasión y el tiempo y el espacio y el modo; si se ajusta la cosa
narrada a la índole de los que se suponen autores o al rumor del vulgo o a la
opinión de los que oyen.

Quintiliano es aún más preciso al definir la amplitud del concepto:

Será verosímil la narración si primero consultamos nuestro ánimo para no decir


cosa que se oponga a la naturaleza, si insinuaremos de antemano los motivos
que hubo para suceder las cosas que contamos, no de todos, sino de aquellos
que se pretende averiguar. Si pintamos las personas con aquellas propiedades
que hagan creíble el hecho, v.gr. al reo del hurto, codicioso; al adúltero,
deshonesto y temerario al homicida y al revés si defendemos. Las circunstancias
de lugar y tiempo han de cuadrar igualmente.
Hay también cierta serie y enlace de los sucesos que los hace creíbles como
sucede en las comedias y mimos. Pues hay ciertas cosas que naturalmente son
consecuencias unas de otras, como, por ejemplo, si hubiéramos contado lo
primero con verosimilitud el juez esperará lo que sigue después.

Nuestra exposición ha seguido un hilo que en primera instancia apunta a dar cuenta de
aquellos elementos del testimonio que se desplazan desde su modelo primero, la escena del
proceso judicial, a las generalizaciones que por contaminación u homología se constituyen en
las diferentes configuraciones discursivas del ámbito social, tomado éste en su más amplia
acepción, y, entonces, desde ese presupuesto, trata de señalar que desde su formulación clásica
el testimonio estuvo íntimamente ligado a la problemática de la verosimilitud como punto de
pasaje entre discurso y mundo, es decir a las modalidades de representación del mundo por el
discurso.
En el testimonio, en su acepción más general, como en todos los géneros discursivos en
los que se pretende construir certeza acerca de la referencia, aparecen confrontadas dos
dimensiones: la del discurso y la del mundo, cuyas especificidades son inconmensurables y,
por lo tanto, irreductibles a una medida de intercambio que las haga equivalentes. Se plantea,
entonces, el problema de la representación del mundo por el discurso. De lo que se trata es de
un emparejamiento de lógicas que, en el despliegue de los dispositivos que les son propios,
expone las asimetrías y las imposibilidades, como así también las imposiciones y las
coerciones. En definitiva, las dificultades de la transacción, del traslado.
No hay una clave que resuelva de una vez por todas el enigma del encuentro entre dos
órdenes cuyas lógicas son disímiles. Esta aseveración no clausura el debate, sino que participa
de él, ya que la insistencia acerca de los procedimientos discursivos que garantizan una
fidelidad al mundo constituye una postura extendida en el tiempo y en la variedad de
perspectivas que la sostiene.
Los discursos y el mundo, dos redes de relaciones lógicas que no se recubren;
justamente porque no se recubren se plantea una tensión que emerge en cada tentativa de
transfiguración y que se torna eje dominante de reflexión en el testimonio.
Es decir, el primer presupuesto del cual parto es que la lógica de los discursos y la
lógica de lo que llamamos mundo, o realidad, son inconciliables. La diferencia entre estas dos
redes es la diferencia de sus regulaciones y configuraciones, que no pueden desplegarse una
sobre la otra, que no pueden recubrirse, el mapa no es el territorio, dice Borges. A partir de esta
dificultad se han establecido los ejes de las polémicas, que tienen en la pregunta por la forma de
representación su punto de inflexión.
Enfrentamos, pues, un dilema con dos caras que podemos denominar verdad y
verosimilitud. La verdad representada termina por exhibir sus ineficiencias al no poder
imponerse como una plenitud. Por otra parte, la verosimilitud no garantiza la verdad porque la
finge. Entonces, de alguna manera, cuando abordamos los discursos que constituyen el
testimonio, un núcleo del debate se constituye en torno del modo en que uno de sus agentes
asume cierta autoridad de trasmisión de un saber sobre el mundo y una cierta confianza en la
representación discursiva que los expone. Pero como discurso y mundo no se dejan implicar
por los mismos presupuestos, es que surge, entonces, el problema de la representación del
mundo en el discurso y, correlativamente, los siguientes interrogantes: ¿a partir de qué
materiales?, ¿a partir de qué disposición?, ¿con qué procedimientos se representa?
La teoría, el conjunto de discursos que constituyen la epistemología, la gnoseología,
problematizan la cuestión de la verdad del mundo y la verdad del discurso que pretende
representarla. Me interesa plantear que en el caso del testimonio, del testimonio pensado en
términos canónicos (o más bien de las tentativas de institucionalizar un canon) se tiende una
tríada en torno al texto: el entrevistador, el entrevistado y el lector, si, por supuesto, nos
ceñimos al modelo del testimonio escrito.
La posición del lector está comprometida en una red de creencias. De ello es posible
afirmar que los lectores nunca enfrentan los textos diáfanamente y de modo transparente.
Cuando pensamos en un lector, estamos suponiendo una posición que, de alguna manera,
exhibe la complejidad de un campo de legibilidad. Es decir, el lector enfrenta al texto desde las
condiciones de posibilidad que ese campo de legibilidad le permite para producir sentido con el
texto que está leyendo.
Las modalidades del testimonio que se pretende canonizar privilegian una relación de
proximidad con el acontecimiento y avalan su modo de autorizar el saber, que transmiten con el
prestigio que tiene la experiencia directa.
Esta obligación está en el origen mismo de la tentativa de institucionalizar el género: en
todo testimonio se dan a leer criterios de valoración y de identificación, se postula un orden
deseable y ejemplificador; el testimonio exhibe entre sus componentes una fuerte voluntad
modelizadora. Esto lleva del testimonio a la problemática de la identidad.
Hablar de la identidad de un individuo o de una comunidad es contestar a la pregunta
acerca de quién ha realizado tal acción, quién es el agente, quién es el autor. En primer lugar, se
responde a esta pregunta nombrando a alguien, esto es, designándolo con un nombre propio.
Pero ¿cuál es el soporte de la permanencia de un nombre propio? ¿qué es lo que justifica que se
mantenga el sujeto de la acción designado por un nombre que es el mismo a lo largo de toda
una vida o de una serie de sucesos? La respuesta no puede ser más que una trama narrativa. La
narrativa es lo que garantiza esta posibilidad. La historia narrada constituye “el quién” de la
acción. La identidad de ese “quién” no es más que una identidad narrativa. La identidad es una
construcción que se relata.
Ahora bien, si el texto es el espacio donde acontece el nombrar, la historia del nombrar
puede ser pensada como la historia de las construcciones textuales de la identidad, lo que lleva a
tres consecuencias:
— en primer término, la circularidad entre identidad y textos narrativos es la condición de
posibilidad del sentido que se va produciendo en la interacción entre ellos. La identidad que se
reconoce por los textos es, a su vez, la que reinventa sin cesar nuevos textos. Esto implica que
para producir nuevos textos se recurre a la historia y a la tradición a través de una constante
reescritura;
— luego, los textos no son éticamente neutros; todo relato, en efecto, introduce una evaluación
del mundo e incita a un modo de intervención en él;
— y, finalmente, la identidad narrativa no es estable, por eso siempre es posible la revisión de la
historia.
“Testimonio” pertenece a una clase de términos que, convirtiéndose en signos
determinantes de un segmento temporal concreto, definen y caracterizan una época de manera
específica y, al mismo tiempo, exhiben cierta consolidación dentro de un momento histórico.
Esos términos son los que organizan los datos de un período dentro de una categoría
que los hace materiales y comprensibles.
Cuando asediamos el concepto de testimonio estamos frente a una palabra que, de algún
modo, funciona emblemáticamente en un paradigma y produce un doble movimiento; por una
parte aparece como un instrumento facilitador del discurso cultural, ya que permite la
clasificación y el ordenamiento de fenómenos complejos y heterogéneos a veces de ardua
dilucidación. Por otra, el término testimonio fija reductivamente el devenir cultural y limita su
expansión, porque está obligándonos a pensar la definición en términos globales y abarcativos
cuando es una definición que está situada en un marco sociohistórico específico.
Intentar trazar los límites de un género no supone más que la posibilidad de una relativa
especificidad. Prueba de ello es que en esa tríada que planteábamos más arriba —entrevistador,
entrevistado, lector— este último está siempre enfrentado al texto en una instancia de travesía
azarosa, de modo que los testimonios quedan finalmente instalados en campos de legibilidad
que trastornan su pretendida neutralidad discursiva.
La lectura, en el testimonio, es el punto de convergencia de las expectativas del género;
por lo tanto, una aproximación problemática al testimonio exige pensarlo en tanto cruce de
actividades discursivas complejamente tramadas, que tejen redes de intersubjetividad, crean
obligaciones, ejercen persuasión, control y distribuyen roles.
En el plano estrictamente textual, los modos en que dialogan los diversos discursos, las
huellas de unos textos sobre otros, las filiaciones, las deudas, los préstamos, constituyen la
dimensión intertextual. En este magma que siempre es la textualidad podemos distinguir dos
aspectos: en primer lugar, hay una heterogeneidad constitutiva del discurso que no está
mostrada y, luego, hay una heterogeneidad mostrada, una referencia explícita a otros discursos,
citas, el discurso referido, la atribución de autoría.
Ahora bien, hay una nota constitutiva de las modalidades del testimonio que nos permite
formular esta afirmación: todas las formas testimoniales comparten la narratividad. Pero, a su
vez, la narración no es tan sólo una mera representación de lo ocurrido, sino una forma de
hacerlo inteligible, una construcción que postula relaciones que no existían en otro lugar,
causalidades, interpretaciones. Como sucede con la historia, es la forma de la narración lo que
da sentido a los hechos que, de otro modo, quedarían como señales sueltas, dependiendo de la
referencialidad.

Del género y sus prólogos


Bajo el género testimonio se suele incluir una gran variedad de textos, no sólo de
diferentes grados de elaboración, sino caracterizados según muchas variedades discursivas,
desde las historias de vida, las historias orales que procuran dar voz a los que no tienen voz,
hasta textos literarios como las novelas-testimonio de Miguel Barnet, o investigaciones de
enorme complejidad, como las de Vicente Leñero. Estos textos exhiben las limitaciones de
tipologías críticas que se fundan en dicotomías cerradas que intentan ocultar, es decir disimulan
dificultosamente, imposiciones jerárquicas. Vacilando entre la biografía y la autobiografía,
participando de investigaciones documentales antropológicas, históricas y/o periodísticas, el
testimonio aparece como una textualidad en la que la categoría de “ficción”, como término
opuesto ya sea a verdad, ya a historia o a realidad, demuestra su extrema debilidad teórica. Lo
que se ha legislado, instaurado, impuesto como verdad histórica, termina revelando, desde otra
perspectiva, su carácter convencional, de aproximación conjetural, o directamente de error
cuando no de fraude cuando su construcción aparece asediada por perspectivas
complementarias u opuestas. La dinámica de los procesos sociales de este siglo ha contribuido a
condenar a la caducidad a numerosos constructos ideológicos que se arrogaban la posesión
legitimada de la verdad.“Lo real no es describible ‘tal cual es’ porque el lenguaje es otra realidad
e impone sus leyes a lo fáctico; de algún modo lo recorta, organiza y ficcionaliza”. De lo que se
desprende que para pensar la ficción es necesario reducir lo real a lo fáctico.
La extraordinaria difusión de diversas textualidades que han puesto en circulación voces
alternativas, antes silenciadas y censuradas por poderes opresores, no implica, correlativamente,
que haya que otorgar a esos discursos una legitimación automática de portadores de verdad,
cuando lo que está emergiendo es la posibilidad de la confrontación, del debate, el deseo de
desconstruir una única voz hegemónica que investía a su versión de un carácter universal y
absoluto; parece, al menos, paradójico que formaciones discursivas que se proponen dar voz a
los que no tienen voz, hagan suya la lógica de los discursos dominantes, cuyo núcleo central es
la autovalidación excluyente de todo disenso.
El proceso de legitimación institucional del testimonio como práctica discursiva con
rasgos distintivos y diferenciales se produce en Latinoamérica a partir de la revolución cubana,
contemporánea del ascenso de modalidades discursivas tales como el “nuevo periodismo” y de
la expansión de los medios de comunicación audiovisual con los que comparte, más allá de
todas las diferencias imaginables, la lógica de los discursos productores de una verdad
acreditada por el contacto directo con el referente.
Fue Miguel Barnet el primero en caracterizar como testimonio a su novelización
etnográfica sobre la vida de Esteban Montejo, ex-esclavo cimarrón y mambí, producida en los
años sesenta. Para Barnet, el objetivo básico del escritor de testimonios era dar la voz al
oprimido, inculto e iletrado, haciendo circular historias obliteradas por los discursos oficiales.
Luego, en 1970, la junta editorial de Casa de las Américas decide incorporar un nuevo
premio bajo el rubro de testimonio para todos aquellos textos que no podían ser encuadrados
dentro de las categorías vigentes. La fecha inscribe la decisión editorial en el marco de un
intenso y complejo debate en torno de la función del intelectual latinoamericano.
En muy pocos años, y en torno de algunos textos testimoniales se ha ido construyendo
un canon: Hasta no verte Jesús mío (1969) y La noche de Tlatelolco (1971) de Elena
Poniatowska; Biografía de un cimarrón (1966), La canción de Rachel (1969) y Gallego
(1981) de Miguel Barnet; Me llamo Rigoberta Menchú y así me nació la conciencia (1983) de
Elizabeth Burgos Debray; Si me permiten hablar....Testimonio de Domitila una mujer de las
minas de Bolivia (1977), de Moema Viezzer, entre otros, conforman el modelo dominante del
campo testimonial. Pero la sola enumeración de este reducido corpus ya genera contradicciones
y diferencias de tal magnitud que cuestionan la pertenencia común con que se los pretende
englobar.
La notoria dificultad que se presenta a la hora de caracterizar el género se manifiesta en
la definición del Diccionario de la Literatura Cubana:
TESTIMONIO: A mediados de la década del 60 y por influencia de numerosos
trabajos orientados según los nuevos campos de la antropología y la sociología
—Levi-Strauss, Ricardo Pozas, Oscar Lewis— comienza a aparecer entre
nosotros un tipo de literatura cuya imbricación con los distintos géneros
literarios establecidos hacía difícil su clasificación. Dada la creciente importancia
adquirida por estos trabajos, la Casa de las Américas, al realizar en 1970 la
convocatoria de su premio anual de literatura, decidió darles cabida dentro de él
con la creación de un nuevo género -Testimonio-, cuya obra representativa
reuniría las siguientes características:
1ª Tiene de reportaje, pero excede las dimensiones de éste, en cuanto se trata de
un libro y no de un trabajo destinado a alguna publicación periódica (diario,
revista); obra que vive por sí misma donde la temática está tratada con amplitud
y profundidad, destinada a perdurar más allá de la existencia efímera de los
trabajos puramente periodísticos y que, por eso mismo, exige una superior
calidad literaria.
2ª Aunque el objeto es relatar hechos, protagonizados por personajes literarios
construidos y animados, dada la estricta objetividad y fidelidad respecto a la
realidad que el testimonio enfoca, descarta la ficción, que constituye uno de los
elementos de creación en la narrativa, como en la novela y el cuento.
3ª El necesario contacto del autor con el objeto de indagación (el protagonista o
los protagonistas y su medio ambiente) exige que aquel objeto esté constituido
por hechos o personas vivos, es decir, que, no se trata de una investigación
sobre acontecimientos pasados o ausentes en el espacio, respecto al investigador.
Una excepción a esta característica es el testimonio retrospectivo, sobre hechos
pasados o personajes desaparecidos o ausentes cuando el autor estuvo en
contacto con ellos o cuando indaga, sobre los mismos, con testigos que tuvieron
aquel contacto.
4ª Si el testimonio es biográfico, no debe ser sólo el recuento de una vida por su
interés puramente personal, individual, por sus valores subjetivos y estéticos. En
el testimonio lo biográfico de uno o varios sujetos de indagación debe ubicarse
dentro de un contexto social, estar íntimamente ligado a él, tipificar un fenómeno
colectivo una clase, una época, un proceso (una dinámica) o un no proceso (un
estancamiento, un atraso) de la sociedad o de un grupo o capa característicos,
siempre que, por otra parte, sea actual, vigente, dentro de la problemática
latinoamericana. Esto no sólo no elimina sino que incluye, el posible testimonio
autobiográfico.

La voluntad de legitimación del género aparece confirmada en el Diccionario, espacio


institucional por antonomasia para codificar saberes establecidos, que posibilitan y promueven
la construcción de un canon acorde a la definición, la que en toda su desarrollo no oculta, antes
bien manifiesta desaforadamente, su pretensión de preceptiva.
Los nombres de Ricardo Pozas, Oscar Lewis, Lévi-Strauss que pertenecen al campo de
la antropología y de la sociología, son los que aparecen promoviendo el espacio en el que se
produce el testimonio,;por lo tanto, en el principio de esta novedad se reconoce su relación
paradigmática con las ciencias sociales. Llama la atención que habiendo sido Rodolfo Walsh
uno de los jurados de la primera vez que se otorgó el premio al rubro testimonio, y habiendo
publicado ya en 1957 Operación Masacre, en 1958 Caso Satanowsky y en 1969 ¿Quién mató
a Rosendo ?, no sea tenido en cuenta entre los antecedentes del género.
La entrada forma parte de un diccionario de la literatura, a pesar de ello son menciones a
autores de otros ámbitos disciplinarios los que están garantizando un modelo de relación entre
discurso y mundo que apunta a validar otro registro más afín con la posibilidad de otorgar
certezas acerca de las referencias, acaso porque, por el contrario, los textos literarios
desestabilizan cualquier fórmula que pretenda expresar univocidad. Esto es correlativo con otra
jerarquía que se deja leer entre líneas, lo científico por encima de la imaginación, el primero
como espacio demostrativo de verdades confrontado con formaciones discursivas que
privilegian la proliferación significativa. Hay, asimismo, en la mención de “imbricación”,
proveniente del vocabulario específico de la botánica y la zoología, la marca de la aparición de
lo nuevo como producto del hibridaje de formas anteriores, pero pensado en términos de
naturalización, como si la emergencia o proliferación discursiva fuera consecuencia de un
proceso natural y no de la convergencia de complejos entramados histórico-sociales, lo que es
contradictorio con la instauración de un premio que se propone promover y alentar esa
producción; además de privilegiar implícitamente una perspectiva, puesto que el premio
instaurado conlleva inevitablemente un gesto de valoración para con aquellos textos que
compartan la política institucional.
El objeto explícito que se legisla para el género testimonio es el de relatar hechos, es
decir se coloca al testimonio en el terreno de lo fáctico, se borran los procesos discursivos, se
hace tan tenue la mención a las tramas narrativas que se las supone transparentes. De este modo
se conjura a la ficción, colocándola en el lugar de un anatema que se condena al cuarto
restringido de la imaginación, fuera del ámbito específico del testimonio al que no debe
contaminar. Por otra parte, la reivindicación del lugar del autor frente a la voz del otro como
objeto manipulable, caracteriza la definición del Diccionario de la Literatura Cubana como un
excipiente degradado del más crudo positivismo. Finalmente, la definición exhibe toda su
coherencia cuando declara uno de los objetivos privilegiados para el género: su efecto
ejemplificador.
La entrada del Diccionario de Literatura Cubana, que le otorga carácter institucional a
una definición, no es más que una de las posturas posibles dentro de un vasto debate crítico en
el que confrontan diversas perspectivas. Las cuestiones que constituyen el eje de los debates
que asedian la posibilidad de conceptualizar la especificidad propia del testimonio: su relación
con su pertenencia al espacio discursivo de la oralidad como manifestación más genuina de la
otredad, la consideración de su carácter documental, su inclusión o no dentro del espacio
institucional de la literatura —temas éstos que no pretenden agotar el inventario de los aspectos
en los que se producen las divergencias, sino ser tan solo una muestra significativa—, implican
una reflexión privilegiada acerca de la representación y la representatividad y, exigen,
necesariamente una indagación acerca de los modos de constitución de los sujetos y del mundo
en la diversidad de los discursos.
En “Qué es, y cómo se hace un testimonio?” Margaret Randall pone el énfasis en el
carácter instrumental. Al examinar sus características constitutivas señala:

[...]el testimonio como género distinto a los demás géneros, debe basarse en los
siguientes elementos:
—El uso de las fuentes directas;
—La entrega de una historia, no a través de las generalizaciones que
caracterizaban a los textos convencionales, sino a través de las particularidades
de la voz o las voces del pueblo protagonizador de un hecho;
—La inmediatez (un informante relata un hecho que ha vivido, un sobreviviente
nos entrega una experiencia que nadie más nos puede ofrecer, etc.);
—El uso de material secundario (una introducción, otras entrevistas de apoyo,
documentos, material gráfico, cronologías y materiales adicionales que ayudan a
conformar un cuadro vivo);
—Una alta calidad estética [..].
Generalmente la técnica de entrevista figura con prominencia dentro del
testimonio.

Paradójicamente estas precisiones de Margaret Randall podrían servir para incluir a


Relato de un náufrago de Gabriel García Márquez como un buen ejemplo para su manual, lo
que al parecer sería contradictorio, pues difícilmente se acepte a este texto en un canon del
género testimonio que se constituya a partir de esas prescripciones, a pesar de las coincidencias
evidentes que surgen de la lectura del prólogo:

En 20 sesiones de seis horas diarias, durante las cuales yo tomaba notas y soltaba
preguntas tramposas para detectar sus contradicciones, logramos reconstruir
el relato compacto y verídico de sus diez días en el mar. Por “el uso de fuentes
directas” y a “la inmediatez”, los requisitos están cumplidos. El 28 de febrero de
1955 se conoció la noticia de que ocho miembros de la tripulación del
destructor “Caldas”, de la marina de guerra de Colombia, habían caído al
agua y desaparecido a causa de una tormenta en el mar Caribe[...]Al cabo de
cuatro días se desistió de la búsqueda, y los marineros perdidos fueron
declarados oficialmente muertos. Una semana más tarde, sin embargo, uno de
ellos apareció moribundo en una playa desierta del norte de Colombia,
después de permanecer diez días sin comer ni beber en una balsa a la deriva.
La historia nos llega, entonces, a través de las particularidades de una voz de un
protagonista del hecho. Una semana después de publicado en episodios,
apareció el relato completo en un suplemento especial, ilustrado con las fotos
compradas a los marineros. Hay una introducción, con las iniciales al pie del
entrevistador y, asimismo, se avalan los dichos de Luis Alejandro Velasco, el
entrevistado, con la referencia a “materiales secundarios” tales como fotografías.
El libro es producto de entrevistas y acerca de su “calidad estética” parece no
haber dudas.
La concepción de que el registro oral, en su inmediatez, es una garantía de fidelidad,
podría ser cuestionada por sus prejuicios fonocéntricos, sino fuera porque en el mismo Manual
de Randall estos prejuicios quedan desconstruidos por el tratamiento que debe recibir la voz
para llegar a los lectores:

Las primeras preguntas serán ¿por qué hacemos este testimonio, y a quién va
dirigido? Las respuestas nos servirán como guía de gran importancia a la hora
del montaje. El montaje que comprende la selección que haremos de todos los
materiales que tenemos hasta el momento, y la edición final: corrección de estilo,
pulimento y el orden que tendrá cada elemento dentro del producto final. Es un
momento de gran riqueza creativa, de mucha inventiva. Es clave aquí la palabra
comunicación. Queremos comunicarnos con los lectores. Queremos trasmitirles
no sólo un información con sus múltiples facetas, sino que esperamos además
que se emocionen al recibirla[...]

Cita que puede ser leída como una auténtica confesión de fidelidad para la
tradición clásica de la verosimilitud según Aristóteles y Quintiliano. Finalmente, lo que resulta
sorprendente es la insistencia acerca del valor estético de la obra. Sobre la importancia de la
calidad literaria de un texto de testimonio, todo lo que se diga es poco”, como si fuera
perfectamente compatible el proyecto de hacer hablar a la voz de la otredad sin que sufra
trastorno alguno al trasformarla en una escritura que porte altos valores estéticos, asumiéndolos
como universales y de este modo compartidos tanto por el dador del testimonio como por los
lectores que se emocionan y el entrevistador que “tiene la obligación de transmitir la voz del
pueblo”.
Toda la propuesta del Manual de Margaret Randall, que pretende ser didáctica y clara
entra en su zona de ambigüedad puesto que se propone transmitir la experiencia vivida del
modo más fiel en un género que se distingue de todos los demás géneros, pero recurriendo a
una simplificación reduccionista, acaso sin saberlo, de la poética de Ernest Hemingway, para
quién la obra literaria es como un “iceberg”: una gigantesca mole de hielo que vemos flotar
porque debajo del agua la sostienen los siete octavos de su volumen.
Por último, la equiparación entre imagen y palabra la fotografía también puede ser un
testimonio por sí misma, manifiesta una concepción marcada por todos los presupuestos del
realismo, sin advertir que esos presupuestos son procedimientos de representación y no una
trasmisión genuina de la realidad representada.
Es cuanto menos ingenuo establecer una homología simétrica entre los sucesos y el
texto. Considerar la narración del testigo como un reflejo de su experiencia, supone no atender
a los procesos de interferencia que en su discurso operan la distancia temporal con los hechos
relatados y, por lo tanto, las transacciones entre memoria y olvido, su imaginario, su
competencia, los modelos discursivos y genéricos sobre los que se vierte su voz. Del mismo
modo, las marcas de la transcripción del autor no sólo aparecen en las declaraciones explícitas
de los prólogos que casi sin excepción acompañan los textos de testimonio, sino que se
manifiestan en la configuración narrativa del relato, en el diseño de la trama, en los juegos de
diferimiento y suspenso, en la separación en capítulos.
Un prólogo, junto con lo que dice la letra, entrega un repertorio más o menos preciso de
gestos. Esta afirmación es tan amplia que alcanza a cualquier tipo de texto; pero en el caso
específico del prólogo el desajuste entre el significado del discurso y su efectividad es tan
marcado que permite señalarlo como una característica peculiar. Es más, la gestualidad del
prólogo es tan ostensible que aparece como estructuralmente independiente de la instancia
discursiva retórica desplegada a fin de persuadir al lector en un sentido o en otro. Esa
gestualidad apunta a introducir, presentar, recopilar, todo lo que implica, en suma, al hacerlo,
conferir legalidad, imponer, aconsejar, hasta sutilmente ordenar: “esto es lo que ustedes deben
leer”, “estas son las instrucciones adecuadas para poder leer lo que hay que leer”.
Un prólogo siempre enuncia y anuncia “van a leer esto”, lo que supone presentar por
anticipado el sentido, inscribir de antemano al lector en una red conceptual compactada y
controlada de lo que ya ha sido escrito; todo lo que es posible, dado que lo escrito que se
presenta ya ha sido leído a fin de ser reducido al componente semántico prescrito y así entonces
adelantado.
Para todo prólogo la escritura es un pasado, que en el presente alguien autorizado/tario,
dispone con pleno dominio de su sentido, con el objetivo de atenuar la ambigüedad, construir al
menos una versión de “la verdad”, establecer lazos firmes y claros entre la palabra y el mundo;
una vez que se ha asegurado el límite, la clausura de la deriva infinita de los sentidos, se define
la condición de posibilidad fundante de construcción de la referencia, se naturaliza el lazo entre
discurso y realidad.
La gestualidad del prólogo está, asimismo, marcada por el espacio liminar que ocupa,
una especie de muro de contención de todo desborde de lectura y también una grieta por la que
se cuela la inadecuación entre la dispositio y el sentido del discurso: desde el momento en que
se propone reducir el volumen de la significancia a una sola superficie, el lugar del prólogo ya
no es cualquier lugar. Si la cuestión debe ingresar por el camino de una topología, ésta resulta
irreductible a la dimensión semántica del discurso, es un suplemento.
Ahora bien, los prólogos, que acompañan obligadamente al testimonio, permiten ser
agrupados en una suerte de sub-género, puesto que formulan las mismas cláusulas
contractuales. Los protocolos de lectura que pretenden imponer —esto vale para los textos que
aparecen como el núcleo ejemplar del canon genérico— giran en torno de las necesarias
explicaciones de los procedimientos utilizados para efectivizar el pasaje de la voz del
testimoniante a la escritura del transcriptor. La tensión que se produce en el espacio de
enunciación exhibe que el pasaje nunca es un simple trabajo de transcodificación sino una
negociación desigual, en la que el dador del testimonio y quien lo recibe con el objetivo de
transmitirlo no ocupan posiciones equivalentes.
De este modo, el prólogo es el espacio en el que los sujetos de la escritura, los
transcriptores, exponen las modalidades de su intervención sobre la oralidad de los
testimoniantes, a los efectos de asegurar la adecuación más fiel de un registro a otro.
Para Hugo Achugar:

El llamado “efecto de oralidad” es central al testimonio por otra razón: su contribución al


llamado “efecto de realidad”, o “efecto documental” según otros, o como preferimos
llamarlo “efecto de oralidad/verdad”. Y aquí es donde el análisis del nivel del enunciado
y del nivel pragmático se hace uno pues lo que ocurre supone una interacción de ambos
niveles. La permanencia o huella de la oralidad permite generar en el lector la confianza
de que se trata de un testimonio auténtico, reafirmando de este modo la ilusión o la
convención del propio género, o sea que está frente a un texto donde la ficción no existe
o existe en un grado casi cero que no afecta la verdad de lo narrado.

En principio, la confianza depositada por Achugar en la huella de la oralidad como legitimador


de verdad parece fundarse en un criterio algo estrecho de la noción de huella, asimilándola
prácticamente a un simple correlato de lo que en lingüística se denomina rasgo distintivo.
Porque las huellas no son tan sólo marcas de autenticidad de una voz ausente que ha proferido
un relato, que no está ausente en el sentido de presente en otro lugar, sino que también está
formada ella misma de huellas. La oposición oralidad/escritura planteada en términos de huellas
designa inevitablemente el encabalgamiento del otro, oralidad, en el mismo, escritura.
La concepción de que las huellas de la oralidad garantizan “la verdad” entra en flagrante
contradicción con la idea de la diferencia como condición de posibilidad del sentido, tal como
ya aparece en Saussure, puesto que no podríamos identificar nunca un mismo signo a través de
sus repeticiones si nos atuviéramos tan sólo a la materialidad de su significante. La competencia
para reconocer un signo más allá de sus repeticiones implica que lo que otorga la mismidad a
través de las repeticiones es una idealidad. Por lo tanto, el significante no puede ser reducido a
una instancia sensible. Por otra parte, esa idealidad no constituye por sí la identidad del signo,
se amalgama con la diferencia entre las repeticiones dentro de un sistema sin términos
positivos, tal como lo postula Saussure.
La identidad del signo sólo está garantizada por su diferencia con otras idealidades, la
diferencia que se establece entre entidades aparentemente sensibles, no puede, por principio, ser
a su vez sensible. De lo cual se deduce que la materia o el tejido en los que están recortados los
significantes no sea pertinente para la definición de signo. Esto es lo que invalida toda
pretensión de dar más importancia a la substancia de la expresión, la voz, sobre la escritura.
De la puesta en discurso de la lengua no se infiere un sentido previo que los signos no
tienen otra alternativa que expresar, sino una cierta continuidad sin límites de la diferencia. Lo
cual hace que, al remitir a una instancia de presencia propia del sujeto, asegurada en este caso
por las huellas de la oralidad, no remite a una instancia originaria en relación con la cual se
puedan prever sin dificultad las posibles ambigüedades que surjan, sino a otra red de huellas.
Esta continuidad (que en definitiva no está configurada más que en infinitas tramas sin principio
ni fin de diferencias y cesuras) no permite dar crédito a la idea de un abismo entre lenguaje y
experiencia o mundo, es decir, por lo tanto, entre el espacio de lo legible y el espacio de lo
visible. Lo que no implica la borradura de todo tipo de diferencias entre esas instancias, sino,
por el contrario, otorgar a la huella una función más compleja que la de un simple indicio.
De lo que está advirtiéndonos Achugar con su señalamiento de las huellas de la oralidad
como índices indubitables de la verdad es de la necesidad de remitir a un origen fuera del texto,
ya que ese origen ha de preservar el discurso contra la diseminación de sentidos que deshace
toda protección de la univocidad. Sin este origen —que ya no es simplemente una causa
primera, sino todo un dispositivo teleológico que controla la finalidad del sentido, es decir, la
clausura del sentido—, no es posible distinguir “el testimonio auténtico” de la ficción.
Todo signo, para ser considerado como tal, supone la posibilidad de repetición infinita,
es por esa condición que la presentación actual del sentido a través de una expresión está
habilitada por su repetición. El signo, y por extensión el lenguaje todo, se constituye en ese
retorno infinito en el que la distinción que conjetura Achugar, entre una verdadera
comunicación y una comunicación imaginaria, no puede establecerse; desde el momento en que
existe el signo, la diferencia entre primera vez y repetición, entre presentación y representación,
es decir, entre la presencia y la no presencia, ya no tiene límites que no sean puras
imposiciones. El signo es indefinidamente, sin principio ni fin, su propia representación.
Al afirmar que:
La permanencia o huella de la oralidad permite generar en el lector la confianza de que se
trata de un testimonio auténtico, reafirmando de este modo la ilusión o la convención del
propio género, o sea que está frente a un texto donde la ficción no existe o existe en un
grado casi cero que no afecta la verdad de lo narrado.

Achugar se coloca, por una parte, en la misma perspectiva que la retórica clásica al hacer
depender la verdad de los enunciados de los procedimientos de persuasión y, por otra, se
instala en el tipo de verosimilitud que Roland Barthes caracteriza como realista, es decir, un
discurso que acepta enunciaciones sólo acreditadas por su referente.
Toda palabra, en tanto signo, remite a dos instancias: el referente y el sentido. Sin esta
distinción, el lenguaje sería tan sólo un inventario de nombres propios de cosas y no sería,
entonces, un lenguaje. La diferencia entre la palabra y lo que la palabra designa, es decir, la
cosa, instancia del sentido, del significado, de la idea o del concepto es la que posibilita que
podamos llamar a un perro perro en lugar de Fido. La palabra remite al concepto que remite al
mundo y lo constituye de un modo que no sea borroso e ininteligible. La función básica de la
palabra es representar la cosa referida en su ausencia. Pero para que esta descripción sea
posible, lo que debe estar ausente es el referente, no el significado, sin el cual el signo perdería
entidad. En términos amplios y generales se puede afirmar que si el referente diera acceso
directo al sentido, no habría necesidad de signo ni de lenguaje.
En cambio, la mencionada “huella de la oralidad/verdad” está configurada por el enlace
directo y sin interferencias de un significante y su referente.
Cuando Achugar luego agrega:

El testimonio también exige una convención aunque operando de otro modo. Se trata de
una voluntaria aceptación de la verdad, de una suerte de “natural confianza” del receptor
en el discurso recibido o escuchado que no permite ni siquiera la sospecha ni el
descreimiento.

Se instala en el marco de la poética realista que pretende desmontar la conformación tripartita


del signo para hacer de la oralidad un encuentro efectivo entre el referente y la palabra. Esta
desintegración del signo es el rasgo más relevante de la escritura realista, que pretende
garantizar la plenitud referencial a costa de la desaparición de toda opacidad del signo, lo que
sitúa a la escritura testimonial como una versión más, acaso explícitamente simplificada, del
proyecto de representación que alcanza su mayor grado de elaboración con la novela europea
del siglo XIX.
Pero, por otra parte, la enunciación testimonial supone un proceso en el que hay etapas
bien diferenciadas: en primer término, se debe considerar la situación inicial, la entrevista, en la
que los narradores-informantes —Esteban Montejo, Rigoberta Menchú— relatan sus vidas a
sus interlocutores —Miguel Barnet, Elizabeth Burgos-Debray—, quienes conservan el registro
de esa oralidad en dispositivos de grabación; luego se vuelcan los materiales en bruto a la
escritura y, por último, se lleva a cabo la transcripción testimonial que es precedida por la
lectura crítica de esos materiales; el sujeto de la escritura enfrenta el relato del otro, lo transcribe,
por lo tanto el pasaje de la oralidad a la escritura es la inscripción de la lectura crítica llevada a
cabo por el entrevistador; esta instancia comprende también la organización narrativa del relato
y el trabajo con la lengua, operaciones en las que emerge la participación implícitamente aludida
del lector, destinatario final del testimonio, sobre el que converge la disposición de la versión
última.
El proceso de la enunciación testimonial —que aquí he resumido en tres etapas sólo a
los efectos de mi exposición, aunque es de una complejidad mayor, por la superposición y
reiteración de algunas de las operaciones que aquí he considerado sucesivas— las divisiones
usuales entre emisión y recepción, entre envío y llegada, dejan de ser compartimientos estancos.
El transcriptor del testimonio, que es el destinador en el momento de escribir, ha sido el
destinatario del relato oral. El acto de escribir queda, así, escindido por la complicidad intrínseca
que se establece entre la revisión de los materiales transcriptos y su versión final, es decir, entre
lectura y escritura, lo cual impide de forma inmediata que se pueda considerar tan fácilmente
una instancia como diversa de la otra, y liquida, al mismo tiempo, la oposición emisor/activo,
receptor/pasivo que organiza la comprensión habitual de la escritura. Dicho sea de paso, una
función, entre otras, de los prólogos es asegurar la pasividad del lector para que acepte las
convenciones impuestas. En efecto, en general se soslaya esta complicidad fundante entre
escritura y lectura, para imponer la prioridad absoluta de una escritura que debe leerse como
manifestación inequívoca de la plenitud referencial, anclada en las huellas de la oralidad/verdad.
El prólogo le sopla al lector lo que debe leer, en otras palabras restringe sus posibilidades de
nombrar los sentidos, paraliza la escritura.
Hay que tener en cuenta que en el proceso de enunciación testimonial el trabajo de
escribir y de leer aparecen escindidos, la separación entre las instancias de enviar y recibir, que
se deslizan a la escena de lectura del testimonio, implican la exigencia de aceptar que la
intención y la expresión del testimoniante, aseguradas por la oralidad, se mantienen sin
perturbación en el pasaje a la escritura y, luego, son custodiados por los protocolos del prólogo
al lector.
Todo ello implica que se pretende desconocer que la escritura no garantiza jamás el
pasaje unívoco del sentido a un destino prefijado. La supuesta unidad del texto, marcado, en
principio, por el nombre de un autor, permanece en espera del refrendo de cada lector, lo que
hace, por consiguiente, que los refrendos se reiteren en forma indefinida; la escritura anticipa,
en el prólogo, que la lectura no tiene fin, que está siempre por venir y que un texto escrito, que
por lo tanto permanece, no encuentra nunca su reposo en la unidad de la intención del
enunciado considerado original. No hay convención que limite la proliferación de sentido de la
escritura, que mantiene perpetuamente su capacidad de repetición en la alteridad hasta el infinito.
Cuando Achugar sostiene que:

Todo el sistema de autorización del testimonio es, en definitiva, el que posibilita el


funcionamiento de la convención. Autorización y convención van de la mano pues la
posibilidad de aceptar el testimonio como verdad, natural y espontáneamente, es factible
si la institución (sea cual sea) juega su poder y autoridad a la legitimidad del testimonio.

Expone de manera acabada toda una concepción de la clausura del sentido como garantía de la
verdad, es decir de la relación unívoca entre texto y referente. Dicho “sistema de autorización”
debe garantizar la enunciación del texto al unirlo de forma definitiva a una instancia unificada de
emisión, y afirmar, además, la originalidad de la escritura portadora de las huellas de la oralidad
que, como se dijo, es vista como garantía de verdad. Sin ir más allá, esta autorización de la
escritura ocupa el lugar de la enunciación oral, de la que toma todo su prestigio de experiencia
original.

La verdad (co)rregida
En los prólogos, el nombre del autor del testimonio, en términos de Achugar “el letrado
solidario”, simula reunir todos los momentos de la enunciación en ese único momento de
metaenunciación, que en lugar de abrir el libro lo cierra. El proceso de autorización tiene el
prólogo como epílogo; en principio asume la propiedad de lo que ha quedado escrito en el
intervalo y esta sinécdoque le permite, lo autoriza a apropiarse de todo el testimonio. Este gesto,
además, es paradójico, se trata de impedir toda lectura que se aparte de lo prescrito de antemano,
o sea de lo afirmado por el firmante del prólogo, se propone una lectura respetuosa de un texto,
que por principio se presenta como un no-texto.
Esa firma que, como la Miguel Barnet, el letrado solidario canónico, aparece en la tapa
de Biografía de un cimarrón como la del autor, significa, por una parte, una borradura de la voz
del otro, Esteban Montejo, a la que se jacta de develar pero que desplaza a partir de una serie de
operaciones de desaparición de su nombre; y, por otra, la instauración, desde el título inscripto
en la tapa, de un travestismo genérico, la biografía es una historia de vida contada por otro. Pero
en la portada misma del libro quedan desvirtuadas todas las pretensiones declamadas de
preservar la voz del otro, que el lector recibe a través de una versión final en forma de
“traducción técnica”, la cual enmascara los procedimientos de puesta en escritura, legalizándolos
con la garantía de las huellas de la oralidad; todo eso no es más que apelar a procedimientos de
verosimilitud que en la escritura realista han tenido otra relevancia.
En el caso de la traducción por parte de alguien de un texto de otro, de una lengua a otra,
tenemos una relación clara, muy simple entre dos textos y dos firmas. Se puede decir lo mismo
de la lectura en general de la que la traducción no es más que un caso particular. Pero cuando en
el testimonio se recurre a la idea de “traducción técnica” para justificar las intervenciones sobre
el “texto oral original” se reponen situaciones ya parodiadas en Don Quijote de la Mancha por
Miguel de Cervantes Saavedra.
Así cuando Miguel Barnet, en el prólogo a Biografía de un cimarrón, afirma que:

Una vez obtenido el panorama de su vida, decidimos contemplar los aspectos


más sobresalientes, cuya riqueza nos hizo pensar en la posibilidad de
confeccionar un libro donde fueran apareciendo en el orden cronológico en que
ocurrieron en la vida del informante. Preferimos que el libro fuese un relato en
primera persona, de manera que no perdiera su espontaneidad, pudiendo así
insertar vocablos y giros idiomáticos propios del habla de Esteban[...]En todo el
relato se podrá apreciar que hemos tenido que parafrasear mucho de lo que él
nos contaba. De haber copiado fielmente lo giros de su lenguaje, el libro se
habría hecho difícil de comprender y en exceso reiterante. Sin embargo, fuimos
cuidadosos en extremo al conservar la sintaxis cuando no se repetía en cada
página.

Asoma en estos propósitos una resonancia de la tarea del traductor en la novela de


Cervantes. Respecto de ese personaje en Don Quijote de la Mancha, se trata de un yo que
traduce los cartapacios escritos por Cide Hamete Benengeli, en ese ejercicio se constituye como
un tú que lee al autor arábigo, lo refiere y le contesta: en el Capítulo V de la Segunda Parte se
dice:

(Llegando a escribir el traductor desta historia este quinto capítulo, dice que le
tiene por apócrifo, porque en él habla Sancho Panza con otro estilo del que se
podía prometer de su corto ingenio, y dice cosas tan sutiles que no tiene por
posible que él las supiese; pero que no quiso dejar de traducirlo, por cumplir con
lo que a su oficio debía, y así, prosiguió diciendo:[...])

Cuando Elizabeth Burgos Debray, en el prólogo de Me llamo Rigoberta Menchú y así


me nació la conciencia, afirma:

Para efectuar el paso de la forma oral a la escrita, procedí de la siguiente manera:


Primero descifré por completo las cintas grabadas (veinticinco horas en total). Y
con ello quiero decir que no deseché nada, no cambié ni una palabra, aunque
estuviese mal empleada. No toqué ni el estilo, ni la construcción de las frases. El
material original, en español, ocupa casi quinientas páginas dactilografiadas.
Leí atentamente este material una primera vez. A lo largo de una segunda lectura,
establecí un fichero por temas: primero apunté los principales (padre, madre,
educación e infancia); y después los que se repetían más a menudo (trabajo,
relaciones con los ladinos y problemas de orden lingüístico). Todo ello con la
intención de separarlos más tarde en capítulos. Muy pronto decidí dar al
manuscrito forma de monólogo, ya que así volvía a sonar en mis oídos al
releerlo. Resolví, pues, suprimir todas mis preguntas. Situarme en el lugar que
me correspondía: primero escuchando y dejando hablar a Rigoberta, y luego
convirtiéndome en una especie de doble suyo, en el instrumento que operaría el
paso de lo oral a lo escrito.

Parece evocar al capítulo XVIII de la segunda parte de Don Quijote:

Aquí pinta el autor todas las circunstancias de la casa de don Diego, pintándonos
en ella lo que contiene una casa de un caballero labrador y rico; pero al traductor
desta historia le pareció pasar estas y otras semejantes menudencias en silencio,
porque no venían bien con el propósito principal de la historia; la cual más tiene
su fuerza en la verdad que las frías digresiones.

En la novela de Cervantes se exhiben los procesos de interpretaciones e


intermediaciones por los que atraviesa la historia de Don Quijote. El texto narra su propia
historia como el producto de diferentes ejercicios de lectura; hasta el capítulo VIII de la primera
parte por el relato de un autor-compilador de diversas fuentes; de allí en más aparecen el
cartapacio de Cide Hamete Benengeli, el traductor y un segundo autor. Si bien podemos
conjeturar que la versión arábiga —desconocida para los lectores— era homogénea, no es lo
que la novela da a leer. No estamos frente a ese relato original, ese ur-texto ha desaparecido,
estamos frente a otro texto. Su entidad original ha sido trastornada por los intermediarios, que
no sólo lo han referido sino también omitido, censurado y criticado. Don Quijote se presenta
como una historia producto de varias derivaciones, proferido por diversos enunciadores y en la
que operan interferencias y entropías propias del pasaje de una versión a otra.
En ese juego múltiple, la novela de Cervantes desecha la posibilidad de configurarse en
torno de la unidad, es decir emitido por una voz única, desde una única instancia, para preferir
la puesta en escena de múltiples lecturas/escrituras de las que cada una no es más que una
cristalización momentánea. En Don Quijote hay un diálogo abierto en el que se asegura la
coexistencia de los diferentes discursos entre sí, incluso de aquellos que sofocan a los otros, los
someten a silencio, los borran.
Esta breve relación de varios de los tópicos más transitados de la estructuración de la
novela de Cervantes, tiene como propósito, acaso por el señalamiento del absurdo, poner en
evidencia que alguna de las operaciones de corrección sobre los textos de los entrevistados,
explicados de modo puntual en los prólogos, parecen contradecir flagrantemente el propósito
más declamado del testimonio que es conservar la voz del otro.
La pretensión es establecer el carácter referencial del testimonio, apoyándola en la
negación absoluta de la invención, y en la borradura, no siempre negada pero ejercida casi sin
excepción, de que la escena de la entrevista es el encuentro de dos universos narrativos, de los
cuales uno terminará imponiendo su versión, puesto que los destinatarios finales del testimonio
pertenecen al imaginario cultural del transcriptor y comparten su competencia para construir
sentidos.
La coartada de hacer legible la versión oral, de la que todo autor de testimonios se hace
cargo de una manera u otra, es la instancia en la que se impone a la versión del testimoniante,
situada en el ámbito de la experiencia, los modelos de quien lo ha entrevistado, que es quien
aparece poseyendo las estrategias de narración adecuadas para que su voz sea difundida. Estas
últimas no son universales, las intervenciones del autor del testimonio que apuntan a mejorar su
inteligibilidad, tampoco.
Si, como decíamos más arriba, la reflexión sobre las condiciones de posibilidad del
nombrar aparecen como la mirada inquisitiva sobre la genealogía de la construcción de
identidades, la intervención del autor del testimonio en la rescritura de la versión del otro, no es
más que la apropiación de su identidad y, por ende, de la imposición de un imaginario y de un
universo de sentidos que le son ajenos, pero que se presentan como los más aptos para dar a
conocer su mundo.
En la novela de Cervantes, se hace de la complejidad de los pasajes entre las
intervenciones que dialogan, un procedimiento constitutivo de su configuración, en el que la
ambivalencia, la ambigüedad, los vacíos se abren en el encuentro de una versión a otra; en los
testimonios canónicos, por el contrario, hay una pretensión manifiesta de asimilar la verdad a la
versión del autor del testimonio presentándola como la más apta para ser leída, doble
imposición entonces.
He preferido denominar “autor del testimonio” antes que “transcriptor” a quien lleva a
cabo las entrevistas, tomando como modelo a Miguel Barnet; puesto que su versión no sólo se
apropia de la versión del otro, sino que también la hace circular como suya, borrando el nombre
de Montejo del título, en todo caso haciéndolo desaparecer en la tipicidad de la generalización
de “cimarrón”. Además de las cuestiones legales en las que se dirimió la propiedad de la
autoría, el título muestra paradigmáticamente un desplazamiento del nombre del individuo que
testimonia a una designación genérica que diluye su identidad en una característica que interesa
resaltar, instalando así la voz del que narra en una tipicidad generalizadora. Asimismo, el
subtítulo que estuvo diez días a la deriva en una balsa sin comer ni beber, que fue proclamado
héroe de la patria, besado por las reinas de la belleza y hecho rico por la publicidad, y luego
aborrecido por el gobierno y olvidado para siempre, funciona como un resumen de la
narración e incluye explícitamente un “luego” que da a leer un efecto del propio texto del
testimonio y, por lo tanto, posterior a la escritura, y que tiene el valor de emblema de la
cronología de inscripción de las lecturas/escrituras del género.
Resulta llamativo al extremo la borradura de ese nombre, ya que es justamente el
nombre propio como tal, lo que estaría garantizando una cierta conexión entre lenguaje y mundo
puesto que podría designar a un individuo concreto sin ambigüedades, sorteando todas las
remisiones constitutivas de los circuitos de significación. Aun si aceptamos que la lengua está
configurada como una red de diferencias y, por lo tanto, de huellas, parecerá que el nombre
propio, a pesar de que forma parte de la lengua, puede señalar directamente al individuo al que
le da el nombre. Esta capacidad de designación del nombre propio aparece como un auténtico
prototipo del lenguaje y, en tal sentido, puede ser erigido en una instancia modélica de
determinación de la teleología del lenguaje, es decir, un ideal regulador que es, en definitiva, la
posibilidad cierta de designar la verdad. El desafío que plantea el nombre propio es importante,
siempre y cuando se considere que tenga existencia.
Lo que se denomina bajo el nombre común genérico de nombre propio, sólo puede
funcionar por su pertenencia a una lengua, a un sistema de diferencias: este y no aquel nombre
propio designa a este o a aquel individuo, y no a otro, y se encuentra, de este modo, marcado
por la huella de los demás en una articulación de por lo menos dos términos. Si aceptáramos la
posibilidad de la existencia de un nombre auténticamente propio, se impondría la exigencia de
que no hubiese más que un único nombre propio, que por lo tanto no sería un nombre, sino una
suerte de índice puro que indicaría la referencia pura, un vocativo absoluto que ni siquiera
llamaría, puesto que de toda llamada se infiere la distancia y la diferencia. Lo que designamos
como “nombre propio” no es una propiedad absoluta y cerrada sino, antes bien, la puesta en
escena de un acto de enunciación, el nombrar, que se pretende instituir como origen y prototipo
del lenguaje. Todo acto de nombrar disemina la presunta unidad que se supone debe respetar; el
nombre propio tacha la propiedad que anuncia destruida por la imposibilidad de tener
autonomía de la lengua. El nombre propio desnombra, deshace al nombrar toda posibilidad de
designar lo único. Pero no se puede negar que el nombre llamado propio está inmerso en un
sistema de diferencias y que, por lo tanto, el nombre propio y por extensión el sentido propio
no se distinguen más que por una formulación reglamentaria de la densa trama de impropiedad
lingüística.
Para evitar la imposibilidad de designar la verdad, hay que reconocer que los nombres
propios y los deícticos aparecen como sujetando el tejido del lenguaje a una otredad, sin reducir
esa otredad al lenguaje. Pero es posible demostrar que, como cualquier otro término, Roberto
Ferro debe poder funcionar en ausencia de su objeto, y como cualquier otro enunciado debe
poder ser comprendido en mi ausencia y después de mi muerte. De todo ello se infiere que su
capacidad de hacer inteligible un sentido, depende de la posibilidad de su repetición y, en
consecuencia, de la posibilidad de una idealidad y, por lo tanto, también de diferencias y
huellas. Todo ello cuestiona la escena en la que entrevistador y entrevistado son capaces de
designar el mismo sentido a partir de la siguiente pregunta del entrevistador: “¿cómo llama
usted a eso?”. Pregunta fundamental en la escena fundante del testimonio.
El nombre propio sobrevive al referente que designa, es decir su posibilidad de
designación alcanza a esa ausencia absoluta que denominamos muerte. Todo nombre propio de
persona tiene, como la escritura, un rasgo testamentario. La señal que identifica a una persona
que la hace ser esa y no otra, la desapropia inmediatamente al anunciar junto con la designación
la muerte y separándose así radicalmente del referente que constituye o garantiza. La firma se
distingue del nombre propio en general porque intenta recuperar lo propio que se pierde en el
nombre. No es usual que aparezca la firma manuscrita de un autor en un libro impreso que se le
atribuye, pero se supone, y toda la legislación de derecho de autor con su borgeana complejidad
se funda en ello, es decir que en alguna parte, —en el contrato del editor—, hay una verdadera
firma manuscrita, que garantiza de manera continua el nombre del autor impreso en la tapa del
libro.
Esa firma, por lo tanto, tiene por función garantizar la instancia de enunciación del texto
y asegurar, asimismo su originalidad; la firma es en la escritura lo que en el habla es la
enunciación. Miguel Barnet firma sobre la enunciación de Esteban Montejo con trazo tan
grueso que la tapa hasta hacerla desaparecer. En su prólogo a Biografía de un cimarrón esa
firma, que es una contra-firma, simula reunir todas las instancias de la enunciación del texto en
esa única instancia de metaenunciación que antes de abrir cierra el libro. Miguel Barnet ha
firmado como propio el relato de otro, en el prólogo promete a los lectores que su tarea ha sido
hacer inteligible la palabra de Montejo, y por todo ello asume como propiedad, aquí y ahora, lo
que ha sido escrito en el intervalo además de borrar al otro al negar la dimensión dialógica.
No es casual que el nombre del otro no aparezca en la portada del libro; el deseo de
apropiación de Miguel Barnet es solidario con la concepción del lenguaje y de la verdad que
expone el testimonio canónico. Pretendiendo que el texto le pertenezca de manera absoluta,
unifica la enunciación, que funciona como causa u origen y como clausura del sentido, esa
clausura se impone como designación de la referencia y la compatibilidad entre referencia y
palabra. Esa convicción acerca de la capacidad para designar la referencia que se le atribuye al
nombre propio, que de algún modo aparece en la resistencia a la traducción, hace que sea el
prototipo ejemplar de una concepción del lenguaje que se arroga la capacidad de designar la
referencia en términos de verdad. Cuando Miguel Barnet borra el nombre de Esteban Montejo
exhibe desaforadamente el respeto a esa posibilidad.
Las versiones corregidas del testimonio son solidarias con los discursos que se
autovalidan como políticamente correctos, comparten con ellos una misma concepción de las
relaciones entre lenguaje y realidad, a partir de la cual es posible señalar unívocamente la
verdad. Lo que aparece como contradictorio es que se presentan como modalidades discursivas
que otorgan voz o razón a aquéllos que son oprimidos, discriminados o sofocados por los
discursos hegemónicos y, para alcanzar sus objetivos imponen dispositivos de construcción de
la verdad correcta que son idénticos a los de los opresores; la corrección controla la
proliferación de sentido, establece relaciones unívocas entre palabra y mundo, somete el disenso
al exilio de los réprobos.
Apéndice II
Discurso político y referencia especulativa
El cuento "El tema del traidor y del héroe" de Jorge Luis Borges, publicado en
Ficciones de 1944, da a leer un probable argumento en el que la acción transcurre en Irlanda en
1824, pero también podría ser posible en cualquier país oprimido y tenaz: Polonia, la
república de Venecia, algún estado sudamericano o balcánico, y el final de la historia de su
protagonista, Fergus Kilpatrick, es una construcción que se realiza teniendo como modelo el
asesinato de Julio César. Los dos fueron héroes de sus pueblos: Kilpatrick del irlandés y César
del romano, ambos mueren asesinados por sus seguidores. Las coincidencias y simetrías no se
agotan en esas situaciones, como Julio César, Kilpatrik recibió una carta que no leyó, —
circunstancia similar a la de César que no tuvo tiempo de leer el memorial que le habían
enviado con antelación— en ella se le advertía el riesgo de concurrir al teatro, esa noche,
donde fue asesinado. Al igual que en el sueño de Calpurnia respecto a la muerte de César, la
muerte de Kilpatrick es anunciada por el incendio de la torre circular de Kilgarvan. Esos
paralelismos (y otros) de la historia de César y de la historia de un conspirador irlandés
inducen a Ryan, el biógrafo del irlandés, a suponer una secreta forma de tiempo, un dibujo de
líneas que se repiten. La trama del cuento de Borges no trata tan solo de un ciclo del asesinato
de Julio César que se repite en Irlanda el 2 de agosto de 1824, la repetición rebasa el marco de
la Historia e inscribe en su desarrollo incidentes tomados de la obra de Shakespeare: Ryan
comprueba que ciertas palabras de un mendigo que conversó con Fergus Kilpatrick el día de
su muerte, fueron prefiguradas por Shakespeare, en la tragedia de Macbeth. En el final del
cuento, Ryan descifra el enigma: entre los conspiradores que Kilpatrick dirige hay un traidor,
ese traidor es Kilpatrick, la rebelión estaría en peligro si él es ajusticiado; James Nolan, quien
desvela la traición, propone un plan que hace de la ejecución del traidor el instrumento para la
emancipación de Irlanda, ese plan está construido siguiendo los dramas de Shakespeare
Macbeth y Julio César.
"El tema del traidor y del héroe" es un texto paradigmático del constante deslizamiento e
interferencia entre las especificidades que los discursos hegemónicos, con pretencioso
voluntarismo, diferencian como la realidad y la ficción, y que la escritura borgiana trastorna
hasta hacer indecidibles sus bordes. En el comienzo de la narración se señala que la historia es
un argumento imaginado bajo el influjo de Chesterton; luego la ficción es comparada con un
hecho histórico y se detallan lugares, fechas, nombres, datos precisos que dan al personaje un
perfil de autenticidad; a mitad del relato ya se menciona a Kilpatrick como partícipe de un hecho
histórico. Cuando lo ficticio es convertido en realidad histórica, lo histórico, el asesinato de
César, se trastorna en ficción; la historia del asesinato del héroe irlandés no repite los detalles
del asesinato del César histórico, sino del César de Shakespeare. Ryan, el biógrafo del héroe
irlandés, se convierte en el final en un elemento más de la trama de Nolan. Toda la realidad en
la historia del asesinato de Kilpatrick está construida como una gigantesca representación: de
teatro hizo la ciudad entera, y los actores fueron legión, y el drama abarcó muchos días y
muchas noches; este teatro y este drama prefiguran otro, ahora de carácter histórico, el de
Lincoln. Todo el cuento es un exhibición desaforada de movimiento pendular constante que
trama lo real y lo ficticio, lo histórico y lo imaginario, hasta deshacer las certezas de los límites
precisos que pretenden distinguirlos.
En el cuento de Borges se confabulan una serie de instancias diversas referidas al
discurso político en relación con el orden de la temporalidad, hay por lo menos dos aspectos
diversos que considero pertinente para esta exposición; por una parte, el que tiene que ver con
la construcción del acontecimiento propiamente dicho, es decir los materiales que intervienen en
su articulación y los modelos que configuran su entramado y, por otra, el relacionado con la
inscripción del acontecimiento en una reconstrucción narrativa del pasado, en su evocación
como huella determinante en el presente y potencialmente en el futuro. En el primer caso, la
puesta en escena de un drama (la acción fundamental se desarrolla en un teatro) es el marco
genérico; en el segundo, la configuración de su puesta en relato (hay un lector/escritor que
retoma la versión).
Es pertinente señalar que las acciones narradas en el cuento están situadas en una época
en la que aún la prensa no tenía una participación decisiva en la difusión de los sucesos, es decir
que el modo dominante para propagarlo era la versión boca a boca, a partir de los participantes
y testigos, y luego la escritura en términos de relato histórico.
El significado de la palabra “política” está íntimamente ligado a la genealogía de la
cultura occidental: política: discurso y práctica de la polis. En esta acepción, lo primero que
emerge como referencia es el espacio, tanto teórico como fáctico, de ese discurso y de esa
práctica, la ciudad como su escenario, con toda la carga que supone el desplazamiento
metafórico de un término propio del lenguaje teatral al discurso sociohistórico. Y como
emblema de la escena pública, el ágora en el que los acontecimientos políticos contaban con la
participación de los ciudadanos como actores o testigos. En el mundo contemporáneo se han
producido tanto la fragmentación extrema del espacio público y, por ende, de la escena política
como su ampliación hasta el grado de asimilarla a una dimensión global, a la vez que ha sido
uniformada por las modalidades de mediatización del lenguaje privilegiado que la difunde, la
televisión.
Desde la más remota antigüedad hasta el presente, pasando por la época que evoca
Borges en su cuento, es posible señalar que el discurso político registra dos modos
privilegiados de inscripción de la temporalidad: la dramaturgia que supone la construcción del
acontecimiento, y la narración que implicó desde siempre a la historiografía y, en la
modernidad, también la crónica de las noticias. En la última etapa, en la actualidad, se impone
señalar que la modelización televisiva implica en algunos casos la contaminación de las retóricas
dramática y narrativa.
El espectáculo configurado en la comunicación de los discursos políticos construye y
reconstruye las problemáticas sociales involucradas en la difusión. Este aspecto a menudo
aparece velado, en particular cuando prevalece el supuesto positivista de que los ciudadanos,
periodistas y estudiosos son observadores y/o testigos de hechos cuyo sentido puede ser
determinado por aquellos que tengan una competencia adecuada. Por el contrario, pienso que
los testigos/espectadores (sea cual fuere la distancia espacio-temporal puesta en juego) y los
protagonistas se elaboran recíprocamente, que los acontecimientos políticos son
intrínsecamente ambiguos, que su sentido es una configuración íntimamente vinculada a la
perspectiva comprometida y, finalmente, que los papeles jugados y conceptos de los testigos/
espectadores mismos son construcciones sociales.
Los discursos políticos, entonces, pueden ser pensados no como relatos de hechos y/o
escenas sino como configuraciones construidas a partir de públicos comprometidos con ellas.
La percepción de los acontecimientos políticos y su significación depende de la perspectiva de
los espectadores/testigos y del lenguaje que transmite e interpreta esos acontecimientos. Las
realidades experimentadas, entonces, no son las mismas para todas las personas o en todas las
situaciones sociohistóricas. Afirmar que las realidades son construcciones múltiples, no implica
de ninguna manera que toda construcción sea igual a cualquier otra, los criterios de valoración
no quedan abolidos.
Los sujetos participantes no son considerados como el origen del sentido de las
acciones, las interpretaciones dependen de la situación social, del orden simbólico y del tejido
imaginario en que se originan, lo que presupone al lenguaje como mediador, intérprete y
configurador de los objetos, de las acciones y de los sujetos.
Las crónicas, los discursos, los debates, las entrevistas políticas se convierten en
dispositivos para constituir diversos supuestos y creencias sobre realidades construidas y no
constituyen enunciados fácticos. El concepto de hecho, pensado en términos de discurso
político, pasa a perder toda pertinencia, porque todo acontecimiento, protagonista u objeto de su
ámbito es una interpretación que se inscribe en un marco ideológico. El valor del discurso
político no reside en su capacidad para describir un mundo actual sino en sus reconstrucciones
del pasado, sea cual fuere la distancia comprometida, en su agudeza para configurar certezas
sobre las condiciones de posibilidad de sentido de los acontecimientos presentes y en su carga
potencial de predicción del futuro.
Los referentes del discurso político han exigido siempre una poética hiperrealista para
su representación, no soportan la simple reproducción mimética del mundo sino que imponen
una sobrecarga detallada al registro de lo representado, con el objetivo de argumentar a favor
de la concepción expuesta y en detrimento de las opciones opositoras. El mandato retórico de la
persuasión parece imponer una sobrecarga discursiva, que se va acentuando con el predominio
de los medios audiovisuales.
Pienso que en la configuración de los acontecimientos, objetos y protagonistas puestos
en juego por el discurso político, aparece como un componente decisivo la construcción
deliberada de referente marcado por un gesto de persuasión que se propone como la réplica
unívoca del mundo; quisiera ser redundante en un aspecto, pienso en la referencialidad
especulativa como un componente del discurso político, es decir, una instancia que se combina
con otras y que de acuerdo a las circunstancias y las interpretaciones puede ocupar una función
dominante y , esto último, pensado en términos de posibilidad.
Concibo el término especulativo en el cruce de la acepción marcada por el paradigma de
la filosofía que relaciona especulación y contemplación con la acepción que, a su vez, remite a
espejo o imagen.
La especulación desde la perspectiva filosófica está íntimamente relacionada con la idea
de contemplación, a tal punto que especulación y contemplación fueron consideradas desde la
antigüedad como modos de la teoría. En los filósofos medievales, la idea de especulación se
relacionó con speculum, lo que permitía interpretar lo especulativo como el producto de un
reflejar contemplativo. En muchos filósofos modernos, la idea de lo especulativo es considerada
como algo infundado y sin alcance teórico. Kant, en su teoría del conocimiento, establece una
diferencia entre el conocimiento de la naturaleza y el conocimiento teórico, el que es pensado
como especulativo puesto que no puede ser alcanzado mediante la experiencia. El conocimiento
fundado en principios especulativos de la razón, debe ser pues sometido a crítica. Pero
indudablemente, además de estos dos modos principales de concebir lo especulativo, hay en mi
planteo una connotación que atrae, acaso en menor grado, otros dos sentidos que tienen que ver
con los significados de comerciar y traficar por una parte, y procurar provecho o ganancia fuera
del orden comercial, por otra.
Me refiero aquí a referencialidad especulativa en términos de una configuración
relacional ligada a los enunciados o a otras formas de actualización de códigos. La
referencialidad especulativa es una función que depende del intérprete; se constituye
pragmáticamente, puesto que la especulación abre un vacío entre el discurso y el mundo al que
hace referencia; en este proceso, la persuasión ocupa un lugar preponderante en la asignación de
sentidos.
Los discursos políticos especulativos no poseen, en efecto ninguna propiedad semántica
o sintáctica que permita caracterizarlos como tales. Ahora bien, si por especulación entendemos
la relación de un texto con sus referentes, en sentido estricto la adjudicación de especulativo se
aplica al texto mismo en una interpretación que lo actualiza de acuerdo a ese juego de lenguaje,
que no difiere de la construcción referencial propia del discurso político contemporáneo.
Entre las notas distintivas de una teoría de la referencialidad especulativa del discurso
político, se pueden destacar dos que permiten caracterizar su especificidad:
—En el componente narrativo, la no co-referencialidad deliberada entre sujeto de la
enunciación, y el sujeto del enunciado escrito; en la dramaturgia, la escisión referencial entre el
actor y el personaje, cuestión insoslayable al momento de analizar toda la parafernalia actual
acerca de la imagen de los políticos y para revisar la noción de doble discurso.
—En la referencialidad especulativa, los conceptos son usados como si mantuvieran su normal
relación referencial, remiten a ellos mismos mientras parecen remitir a entidades extratextuales.
La utilización pseudorreferencial de la lengua, propia de los textos especulativos y, en
particular, de las narrativas imaginativas, se diferencia, por tanto de la simple utilización
referencial, en el hecho de que las condiciones de referencia no son asumidas como elementos
extratextuales ya dados, sino son producidas por el texto mismo.
Indice éste que participa de modo decisivo en la construcción de problemáticas sociales,
a las que los discursos políticos toman como referencia y que no deberían ser asumidas como
series fácticas, a pesar de que a menudo confunden sus aseveraciones argumentales con los
hechos concretos. En este aspecto, la cuestión de la verosimilitud juega un papel importante.
De este modo, la construcción de personajes narrativos o dramáticos está en estrecha
relación con las tramas en las que están incluidos, de las que no pueden ser separados; uno de
los procedimientos más frecuentes en la construcción de personajes es la subjetivación, en la
que se hace converger sobre un individuo el curso histórico, social o político de toda una
época, otorgándole así una competencia que comprende un espectro inabarcable de situaciones
para un único sujeto. El relato que construye a los líderes políticos despliega una trama que
racionaliza la serie temporal a posteriori, asignándole previsiones que justifican actitudes,
haciéndolo partícipe de enemistades, conspiraciones y solidaridades que sólo pueden ser
prefiguradas en el momento de la construcción de la trama, es decir cuando las variables se han
justificado en efectos. Quizás sea redundante indicar la indudable raigambre literaria de este
procedimiento.
Sin duda, la comprensión de la problemática planteada ofrecerá una mejor perspectiva
para el debate al inscribirla en un recorrido histórico preciso.
En 1913, Leopoldo Lugones dictó una serie de conferencias sobre el Martín Fierro en
el teatro Odeón. Esa situación aparece como un hito de valor paradigmático, que permite
acceder al orden simbólico y al universo imaginario que van a constituir la configuración de una
instancia privilegiada de las relaciones sociales en la Argentina de este siglo: la puesta en escena
de los diferentes actores sociales en un acontecimiento en el que se desplaza el eje dominante de
la acción política a su representación.
Leopoldo Lugones dictó sus conferencias en un teatro, lo que supone, junto con la carga
alegórica propia del recinto, un espacio doblemente dividido: escenario y platea por una parte,
adentro y afuera por la otra. En el escenario, el conferenciante con el atributo institucional que le
confiere el estrado, poseedor de un saber que expone: los vínculos entre la raza, la lengua y las
obras fundamentales de la literatura, establece un firme entramado entre el tema de la patria y el
tema del poeta. Su discurso despliega una retórica en la que el lugar del enunciador es
inseparable de los tópicos del discurso. En la platea, la élite dirigente encabezada por el
presidente Roque Sáenz Peña y sus ministros son lo interlocutores, en tanto, afuera quedaba:
La plebe ultramarina que a semejanza de los mendigos ingratos, nos armaba escándalo en el
zaguán, desató contra mí al instante sus cómplices mulatos y sus sectarios mestizos.
La eficacia de las palabras está en íntima relación con la competencia que los
interlocutores le asignan al enunciador; lo que le otorga la posibilidad de configurar una
representación colectivamente reconocible, diseñando, asimismo, su lugar como el del que está
investido de poder.
Lugones se propone demostrar en sus conferencias que la existencia de un poema épico
nacional, el Martín Fierro, es garantía suficiente para afirmar la existencia de la nación y de la
raza. La elección del Martín Fierro, más allá de las exigencias de su demostración, multiplica y
repite la escena de las conferencias: la voz poética que metonimiza al gaucho en cantor,
constituye un público a quien contar su vida y penurias; entonces la puesta en escena llevada a
cabo en el teatro Odeón aparece como una representación de la representación.
El género gauchesco constituye su referencia desplazando su especificidad a las
exigencias de un procedimiento literario. Lugones institucionaliza el gesto, antes ha celebrado la
desaparición del gaucho y ahora lo reemplaza por el mito que lee en el texto de José Hernández;
en la escena del Odeón tapa los procesos históricos y propone al personaje Fierro como
emblema de la libertad para los asistentes a sus conferencias, a los que coloca en el lugar de los
señores, de los fuertes, auténticos depositarios y poseedores de ese rasgo que rescata.
Asimismo, estigmatiza y expulsa de la representación a los de afuera, la plebe, herederos
concretos del personaje.
Años después, el 17 de octubre de 1945, esa plebe participa en un adentro de una
escena distinta jugada en otro espacio, también señalado por fuertes marcas simbólicas: la Plaza
de Mayo con su linaje de lugar patrio fundacional. Los actores son otros, el conjunto de
relaciones sociales ha sido trastornado por múltiples transformaciones, pero la matriz
inaugurada por Lugones se repite: un espacio escénico divido en un arriba, el balcón ocupado
por el líder, y un abajo, la plaza con miles de sus partidarios; entre los dos lugares se tiende una
malla de trama muy fina que los une y los separa irremediablemente, más allá de las estrategias
retóricas del orador que provocan efectos ilusorios de diálogo y cercanía.
Los sectores populares que se han movilizado exigiendo la libertad de Juan Perón, que
han asumido un rol activo, son transformados en espectadores de un discurso cuya
recomendación final es la de retirarse en orden, se trastorna la acción en representación y como
en el teatro griego se enlazan mímesis y catarsis.
La Plaza de Mayo seguirá siendo el lugar de concentración de las masas peronistas,
pero ya no serán acontecimientos históricos sino rituales en los que la escena inicial reitera su
eficacia.
Juegos de alquimia de la representación, con marcados desvíos hacia la especulación,
por los que el enunciador constituye al grupo que a su vez lo constituye en portavoz dotado del
poder de hablar y de actuar por todos ellos.
Una vez derrocado Perón, la reiteración por parte de sus sucesores de ese ritual exhibe
las configuraciones imaginarias y simbólicas que permiten comprender la insistencia, así como
informan los mecanismos significantes que otorgan sentido a los comportamientos sociales.
Los facciosos del 55, con Lonardi y Rojas en el balcón, repiten la ceremonia, no la invierten, la
repiten, tanto en setiembre, ya en el poder, como cuando en junio del mismo año, iniciando la
preceptiva del genocidio como práctica política, con su intento de destituir al gobierno
bombardeando, con un salvajismo y una cobardía dignas del mayor de los encomios, el
escenario que luego iban a ocupar.
Presidentes electos en comicios restringidos, militares golpistas, nuevamente Perón en
el 73 —su último acto político será un discurso en la plaza— un general trastrocado de
genocida en libertador de islas irredentas; una y otra vez volverán a repetir el ritual
representado, más allá de cada acontecimiento.
Uno de los momentos más patéticos y grotescos de esta serie le ha tocado actuarlo a
Raúl Alfonsín, quien seducido por la escena, ahora multiplicada y segmentada por la televisión,
pretendió erigirse en héroe de un capítulo emblemático del coraje civil, confundiendo la
temporalidad de la épica y de la historia —acaso traicionado, por un imaginario nostálgico de
héroes que había admirado en algún cine de provincia muchos años atrás, los que en apenas una
hora y pico lograban superar todos los obstáculos aviesamente interpuestos en su camino para,
finalmente, alcanzar la gloria—, anuncia desde el balcón al pueblo reunido en la Plaza, que iba a
Campo de Mayo a resolver la crisis, a enfrentar personalmente a los insurrectos carapintadas.
Lo esperaron y cuando volvió apenas pudo decir que los héroes eran los otros, que la casa
estaba en orden y...felices pascuas, en una amarga parodia que marcó de modo inconfundible su
claudicación y deterioro.
La posibilidad de considerar la referencialidad especulativa como un componente del
discurso político —insisto en señalar que no necesariamente ocupa una función dominante—
implica la exigencia de puntualizar que su especificación recubre en gran medida algunas de las
definiciones más generalizadas de la ficción, salvo que se pretenda que las constantes
transformaciones que se operan a partir de los discursos políticos en los ámbitos sociales sean
ilusorios; Emerge, por lo tanto, como una consecuencia obligada la revisión de los alcances
epistemológicos de la ficcionalidad. La construcción social de verdad no es necesariamente lo
contrario de la ficción.
Mi exposición se abrió con un comentario descriptivo acerca de un cuento de Jorge Luis
Borges, se impone, por lo tanto reconocer que, si bien lo ficcional y lo literario no se implican
necesariamente, —no todo texto considerado literario es ficcional, ni toda ficción es literaria—,
las ficciones creadas y recepcionadas como literarias poseen una densidad modélica particular
en el espacio de la producción social de sentido.
En relación con la imposición jerárquica entre verdad y ficción, según la cual la primera
posee una indudable superioridad en la constitución del saber sobre el mundo, es desde luego,
en el plano que estamos analizando, una mera fantasía moral.
Apéndice III

LA NARRATIVA DE MANUEL SCORZA


¿Historia o Ficción?
La violencia en el orden del referente y en el proceso de la escritura — Las novelas de La
Guerra Silenciosa
El título de este apéndice tiene la forma de una pregunta retórica que apunta a enfatizar desde el
principio mismo de la exposición los componentes de una disyunción exclusiva: esto o lo otro
pero no ambos a la vez; ¿historia o ficción? no implica un interrogante que se pueda resolver
por una elección entre opciones portadoras de rangos de valores equilibrados en su diversidad;
la respuesta o el condicionamiento a responder pone en escena una jerarquía violenta, puesto
que la distinción entre los componentes de la disyunción, no remite a un ordenamiento
taxonómico, sino, antes bien, a una discriminación discursiva.
El punto de partida puede exponerse en los términos del subtítulo: “La violencia en el
orden del referente y en el proceso de la escritura - Las novelas de La Guerra Silenciosa de
Manuel Scorza”; y su desarrollo consiste en reflexionar en las novelas del escritor peruano —
Redoble por Rancas (1970), Garabombo, el invisible (1972), El jinete insomne (1976), Cantar
de Agapito Robles (1976) y La tumba del relámpago (1978)—, la problemática planteada por
la correlación de los componentes del proceso de producción narrativa y de su referente.
Ese núcleo está marcado por tres características que le otorgan un carácter distintivo:
1)El estudio del referente en las novelas de Manuel Scorza —los levantamientos de las
comunidades de los Andes peruanos ocurridos entre 1958 y 1962—, conlleva la necesidad de
señalar que el escritor fue, en alguna medida, participante activo y/o testigo durante los mismos
e investigador posteriormente.
2) Manuel Scorza comienza su trayectoria de escritor como poeta: Las Imprecaciones (1955),
Los Adioses (1960), Réquiem para un Gentilhombre (1962) y El Vals de los Reptiles (1970),
previamente había publicado algunos textos poéticos en diarios y revistas. Desde el inicio de la
aparición de su obra narrativa deja de publicar poesía.
3) En los procedimientos de puesta en relato de Scorza se reconocen las poéticas de la novela
indigenista y de la narrativa del llamado "boom" de la literatura latinoamericana como
intertextos dominantes; y dentro de ese recorte hay marcada acentuación de las modalidades
retóricas del realismo maravilloso, teorizadas principalmente por Alejo Carpentier y de modo
más difuso por Gabriel García Márquez.
Considero necesario exponer sucintamente algunas notas que exhiban la postura
epistemológica que articulan estas reflexiones:
—La posibilidad de producción de sentido con el lenguaje radica en que ésta sólo es posible
sobre el trasfondo de un mundo, cuya inteligibilidad está siempre dada y es compartida por
aquellos, que sobre ese presupuesto, producen sentido. Lo que supone la preeminencia del
sentido sobre la referencia.
—El concepto de mundo que estoy manejando, marcado por la impronta de la filosofía
heideggeriana, no es de "conjunto de todos los entes"; cuando digo "mundo" me refiero a un
todo simbólicamente estructurado cuya significatividad hace posible la experiencia
intramundana del trato con los entes.
—De esto se deriva un giro fundamental: mientras que la perspectiva paradigmática de la
filosofía de la conciencia tiene como matriz el modelo de relación sujeto-objeto, es decir la de un
observador situado frente al mundo; la perspectiva en la que me sitúo implica la
descentralización de todo recurso a una instancia extramundana, en otros términos, de un sujeto
transcendental que constituye el mundo; pienso, en cambio, en torno de un sujeto participante
en la constitución de sentido inherente a dicho mundo.
Por lo tanto, en el título de mi trabajo hay un doble cruce, en primer lugar la violencia de
los acontecimientos: la narración de apropiaciones, enfrentamientos armados, artilugios legales,
es el objeto novelable y, luego, el registro de programas narrativos que imponen
procedimientos en los que la violencia se desvela en la pretensión de legitimar la verdad de los
acontecimientos.
La noticia insertada en el principio de Redoble por Rancas a modo de prólogo, expone
las cuestiones que configuran los rasgos dominantes de la concepción escritura-referente, que
Scorza mantiene inalterable a lo largo de toda La Guerra Silenciosa:

Este libro es la crónica exasperadamente real de una lucha solitaria: la que en los Andes
Centrales libraron, entre 1950 y 1962 los hombres de algunas aldeas sólo visibles en las
cartas militares de los destacamentos que las arrasaron. Los protagonistas, los crímenes,
la traición y la grandeza, casi tienen aquí sus nombres verdaderos.
Héctor Chacón, el Nictálope, se extingue desde hace quince años en el presidio del
Sepa, en la selva amazónica. Los puestos de la Guardia Civil rastrean aún el poncho
multicolor de Agapito Robles. En Yanacocha busqué, inútilmente, una tarde lívida, la
tumba de Niño Remigio. Sobre Fermín Espinoza informará mejor la bala que lo
desmoronó sobre un puente del Huallaga.
El doctor Montenegro, Juez de Primera Instancia desde hace treinta años, sigue
paseándose por la plaza de Yanauanca. El Coronel Marroquín recibió sus estrellas de
General. La "Cerro de Pasco Corporation", por cuyos intereses se fundaron tres nuevos
cementerios, arrojó, en su último balance, veinticinco millones de dólares de utilidad.
Más que un novelista, el autor es un testigo. Las fotografías que se publicarán en un
volumen aparte y las grabaciones magnetofónicas donde constan estas atrocidades,
demuestran que los excesos de este libro son desvaídas descripciones de la realidad.
Ciertos hechos y su ubicación cronológica, ciertos nombres, han sido excepcionalmente
modificados para proteger a los justos de la justicia. M.S.

Este prólogo, que se titula noticia, lo que anuncia es un protocolo de lectura futura, "van
a leer esto" como anticipo del sentido y los contenidos conceptuales de lo que ya ha sido escrito
antes; escritura que se deja sintetizar y adelantar en su tenor semántico.
En esta noticia, que supone al texto que antecede como un escrito pretérito, se anticipa
que en una ilusoria apariencia de presente, un autor que avala su legitimidad por haber sido
testigo más que novelista, inscribe a su lector como su futuro, entre líneas se afirma: Esto que
sigue es lo que he escrito, puedo condensarlo a los efectos de legislar las condiciones de
posibilidad de sentido, evitando así fugas inesperadas, de controlar, en fin, la correlación
adecuada entre escritura y referente.
En este protocolo de lectura se disponen roles tanto para el sujeto de la escritura como
para los lectores; se instaura un registro de exhortación que atraviesa toda la saga: los lectores
van a entrar en posesión del saber que los textos propalan, un saber sobre los sucesos narrados
que demanda una intervención en el extratexto, en el mundo real.
La noticia se funda en un principio: la realidad es una dimensión de la que el texto no
puede dar cuenta:

...los excesos de este libro son desvaídas descripciones de la realidad..."

principio solidario con una concepción arraigada en ciertos escritores latinoamericanos,


Carpentier, García Márquez, para los que la realidad americana es mucho más fantástica,
excesiva que cualquier escritura que intente representarla.

Más que un novelista, el autor es un testigo.


Hace explícito que el anunciador de la noticia, —Manuel Scorza no sólo por la coincidencia de
las iniciales M.S. insertadas al final sino también por el cúmulo de informaciones que han
rodeado su obra— privilegia su valor de observador como garante suficiente de verdad, más
allá de su propia escritura. Esa observación directa es producto de una tarea de investigación,
pues ha viajado, compilado documentación, fotografías y grabaciones que respaldan su relato.

Las fotografías que se publicarán en un volumen aparte y las grabaciones


magnetofónicas donde constan estas atrocidades. Demuestran que los excesos de este
libro son desvaídas descripciones de la realidad.

Este aviso, amenaza o promesa, que en la primera edición de Redoble por Rancas podía
ser leído como la voluntad de cumplir con una etapa de un proyecto más vasto de denuncia,
luego nunca cumplido, hoy se lee, entonces, como una marca de verosimilización por una
parte, y, por otra, como una insistencia acerca del valor legitimante que los testimonios directos
tienen sobre la escritura.
La noticia es tanto una breve, concisa y necesaria exposición de propósitos como un
componente de una retórica ficcional, es decir la palabra de un portavoz que cumple la función
de suplemento extratextual, agregado a posteriori; inscrito en el territorio marginal del paratexto,
abre el relato a la lectura fingiendo fingir que no finge. Paradoja ésta sobre la que se despliega la
escritura de Redoble por Rancas, el último narrador y legislador de sentido —en particular por
su insistencia en la validez documental que avala la escritura— define el texto que sigue como
una crónica exasperadamente real, cuando es un fragmento de una novela. De este modo en
un espacio convencional en el que se declaran (o declaman) objetivos, no se expone acerca de
las relaciones entre escritura y referente, sino, de modo diagonal, de las relaciones del texto
consigo mismo, es decir del metatexto.
En relación con el gesto testimonial o de crónica que Scorza exhibe en su escritura es
posible señalar que ello supone una tríada que se tiende en torno del texto: el testigo, la escritura
y el lector.
La posición del lector siempre está comprometida en una red de creencias; los lectores
nunca enfrentan a los textos diáfanamente y de modo transparente. Cuando pensamos en un
lector estamos suponiendo una posición que, de alguna manera, manifiesta y hace emerger un
campo de legibilidad. Es decir, el lector no enfrenta a un texto sin el corcé desde el cual está
leyendo.
Para Scorza, la escritura es una instancia en la que lo representado ejerce dominio sobre
la representación, dominio fundado en la preeminencia del primero sobre la segunda, en la
anterioridad temporal de aquél sobre ésta y en la potestad de discernir de manera absoluta entre
cada uno de ellos. Este escritor peruano, como muchos cultores de la literatura con mensaje,
tiene en su genealogía la impronta de Platón, para quien la mímesis, la representación, produce
el doble de la cosa. Si es el doble es fiel y perfectamente parecido, ninguna diferencia cualitativa
lo separa del modelo. De lo que se puede inferir que el doble, el imitante no es nada, es decir no
vale nada por sí mismo. Por lo tanto, no valiendo el imitante más que por su modelo, es bueno
cuando el modelo es bueno, y es malo cuando el modelo es malo. En definitiva, es neutro y
transparente en sí mismo.
Postura que es una afirmación de que lo real, lo imitado, el mundo, tiene autonomía y
autosuficiencia, de que su puesta en discurso no perturba su dimensión de certeza, la
enunciación queda validada porque el haber estado ahí del emisor es un principio suficiente para
garantizar la palabra. El escritor realista se apoya en una concepción que lo constituye como
ausente de su obra. Solamente en cuanto observador, el novelista admite su presencia, a la que
agrega un plus de informante o educador.
En la página siguiente a la noticia, en el lugar de los epígrafes, se da a leer un cable de
agencia noticiosa fechado en Nueva York con algunos datos de los balances de la Cerro Pasco
Corporation, publicado por el diario Expreso de Lima. Esta noticia impone la verdad de los
datos objetivos, refuerza los lazos del protocolo de lectura de la otra noticia, exige una postura
al lector, que debe distinguir la documentación sobre el mundo de los desvaídos excesos de la
escritura. Este procedimiento no es ajeno a la poética de la novela indigenista en la que el tiempo
de los sucesos es contemporáneo de la escritura; la verosimilización, entonces, no se produce
por conexión analógica con el discurso histórico, sino por la contigüidad entre el tiempo de la
escritura y el del referente, lo que permite al lector compartir la enciclopedia sobre el mundo de
los acontecimientos narrados.
Un procedimiento de la poética realista sostiene toda la argumentación expuesta, el valor
de verdad se inscribe en la ausencia de todo indicio sobre la circunstancia de que estamos
leyendo una novela, en este caso se anticipa la necesidad de estar atentos a los excesos, son
desviaciones a controlar. Pero ese mismo lector atento debe avanzar en una textualidad plagada
de lugares comunes como la aldea, la explotación extranjera, los juegos de mitologización, que
atraen a la escena de lectura los fantasmas de García Márquez, en un momento en que su
escritura aparece como la canónicamente americana. Asimismo, La Guerra Silenciosa se
inscribe en el espacio reconocido como literatura indigenista —digo nombres como emblemas:
Jorge Icaza, Ciro Alegría, José María Arguedas—, espacio con el que Scorza comparte
estrategias, dispositivos, configuraciones tales como la explotación de la masa campesina
indígena en cuanto tópico de alegato social y emblema de denuncia; la aldea y la hacienda como
los dos polos de un enfrentamiento inconciliable; el indio presentado a través de dos posturas
antitéticas: el sometimiento o la rebeldía; el villano como tipo. Es decir, el desarrollo de la
narración avanza como el cerco de la Cerro Pasco Corporation asentándose firmemente en los
pilares que le proporciona la novela social, en sus diversas variantes: novela agraria, novela
antiimperialista, novela política y, principalmente, en la novela indigenista.
Los sucesos narrados y sus marcos explicativos se interpenetran en Redoble por
Rancas, constituyendo de ese modo una lectura del mundo en la que se pueden distinguir dos
instancias diversas: en primer lugar, los acontecimientos referidos y analizados pertenecen a la
Historia, ingresan a la novela, a la crónica exasperadamente real, porque ella expone los
factores sociales que impiden su difusión e interpretación; y luego, la apropiación que lleva a
cabo La Cerro Pasco Corporation se trasforma en un proceso de acciones antropomorfizadas y
puestas en escritura por la vía privilegiada de la alegoría:

[...] el cerco engullía Cafepampa. Así nació el cabrón, un día lluvioso, a las siete de la
mañana. A las seis de la tarde tenía una edad de cinco kilómetros. Pernoctó en el puquial
Trinidad. Al día siguiente corrió hasta Piscapuquio: allí celebró sus diez kilómetros.
[...]Al día siguiente el Cerco derrotó a los pájaros.
Esta doble lectura estrábica se repite en otros episodios de la novela, pero alcanza un
énfasis particular cuando se relatan los modos en que las otras poblaciones cercanas a Rancas
van interpretando lo que avanza como entidad simbólica que altera la naturaleza y parece
escindir el mundo:

En Villa de Pasco, al abrir un carnero, saltó un ratón. Signos hubo, pero nadie quiso
verlos. Aun en la víspera hubieran podido sospecharse de la nerviosidad de los perros.
Alguien les comunicaría que se clausuraba el mundo. Huyan antes que sea tarde.
Alguien les notificaría. Y los árboles también se asustaron.

Scorza, desde la noticia que abre la primera novela de La Guerra Silenciosa pretende
asumir la posición de testigo más que de novelista, se instala en la tradición del sujeto de
conocimiento objetivo, que adquiere su saber en contacto directo con el referente. Lo que
supone, por una parte, atenuar la condición de literaria de su escritura, es decir la literatura es
sólo un incierto reflejo del mundo, pero, por otra parte, lo habilita a articular en su narración los
procedimiento de alegoría, hiperbolización, ironía, puesto que los acontecimientos narrados
implican situaciones tan complejas que acudir a los juegos literarios es el recurso adecuado para
dar cuenta de la realidad.
Cómo pensar entonces esa "realidad" separada, escindida de los tópicos configuradores
de la red de tramas con las que la escritura literaria ha expuesto el conflicto de propiedad que es
el núcleo a revelar a los lectores. El ordenamiento de los elementos que participan de lugares
comunes genéricos fácilmente reconocibles: criollos explotadores, jueces corruptos, comuneros
despojados, compañías multinacionales todopoderosas, ejércitos custodios del orden injusto,
hacendados perversos y venales, héroes campesinos que se sacrifican a menudo en soledad,
que cuentan con la ayuda de elementos sobrenaturales para lograr su cometido, como la
invisibilidad, o el compartir el lenguaje de los animales, se articulan en intrigas narrativas de
marcado cuño literario.
El interrogante abierto gira en torno de la imposibilidad para hacer inteligible el contexto
fuera de esta red de marcas intertextuales que lo configuran y que lo diseñan antes como una
trama de motivos trabajados por la serie literaria que como una crónica exasperadamente real.
La noticia que abre la lectura de Redoble por Rancas exhibe una concepción sobre la
poética de la escritura novelística y correlativamente de las exigencias para recortar la díada
acontecimiento real-interpretación; mientras que los relatos que constituyen las cinco novelas de
la saga se traman de manera solidaria con los códigos narrativos y la red de connotaciones
metafóricas establecidas en el canon literario latinoamericano contemporáneo a la aparición de
las novelas, lo que lleva a considerar que la instancia discursiva que pretende acercarse al
informe histórico-político de denuncia, a la apelación a los lectores, es inseparable del espesor
de la escritura de los textos. Esta es una de las marcas insistentes de las novelas de Scorza, lo
que configura la imposición de una determinada función para el lector.
La noticia se lee, entonces, como un artificio de la poética realista, un ocultamiento de
las condiciones de posibilidad de la escritura. Una explicitación de convenciones de la
narración, que son condiciones de posibilidad de producir sentido, instancia de naturalización
del texto y de conferirle un valor que se articula con el conjunto de la cultura al que se lo hace
pertenecer. El sentido que se propone al lector está en estricta dependencia de modelos
establecidos de verosimilitud que otorgan significado y coherencia a sus itinerarios de lectura.
Las novelas de Scorza construyen esas condiciones de legibilidad a partir de la
convergencia de dos registros, en primer lugar, el que lo instala en la serie literaria de una
tradición antecedente como es la novela indigenista contaminada con las preocupaciones de la
narrativa social; luego, y en contradicción con el anterior, el conjunto de procedimientos
propios de la nueva narrativa latinoamericana de los años 60, que los escritores del boom
instalaron en un caudal hasta entonces inédito de lectores. Pero es la poética de la novela
indigenista la que funciona como marco regulador del contrato de lectura, es decir, el programa
que consiste en narrar los acontecimientos desde la perspectiva de los indígenas oprimidos y de
representar el mundo andino a partir de su versión del imaginario constitutivo del referente.
Condición que no se cumple ya que el conjunto de fabulaciones que se despliega en el ciclo de
Scorza no pertenecen, salvo el mito del Inkarri, a los pueblos quechuas del centro del Perú.
Manuel Scorza no rescribe mitos existentes, recopilados por antropólogos o por él
mismo que tuvieran por función manifestar la identidad de los personajes involucrados en sus
historias. Me refiero a fabulaciones, puesto que no es exacto referirse a mitos en las novelas de
Scorza, son construcciones que antes de apuntar a testimoniar el imaginario mítico de los
pueblos quechuas, apela a los supuestos de los lectores.
Así, por ejemplo, la invención de la invisibilidad de Garabombo reconoce antecedentes
literarios en El licenciado vidriera de Miguel de Cervantes Saavedra, en la novela de H.G.
Wells, El hombre invisible, a la que en 1952 Ralph Waldo Ellison le había dado un sesgo social
al vincularla a la situación de los negros en Estados Unidos y, además, hay que considerar la
amplia difusión del tema en el cine y en los comics en la época de aparición de las novelas de
Scorza. Las metamorfosis del Niño Remigio que muta milagrosamente de enano jorobado en
joven apuesto, para luego sufrir una regresión también milagrosa, o de la Maco Albornoz que
pasa de bandolero a prostituta, de violento matón a mujer fatal, es una variante de los tópicos
clásicos de la literatura occidental desde Homero y Ovidio hasta Kakfa y Virginia Woolf y, por
supuesto, el tratamiento que reciben en la novelas de Scorza está tan alejado del imaginario de
los pueblos quechuas como los diálogos del Ladrón de Caballos que se entiende con los
animales, que revela su descendencia de las peripecias del Gulliver de Jonathan Swift. En la
historia de la vieja ciega que teje ponchos en los que quedan grabadas profecías, Scorza instala
el tópico del sueño adivinatorio que articula pasado con futuro, digamos que no sería demasiado
arriesgado mostrar la relación con los interrogantes freudianos sobre los contenidos oníricos,
del mismo modo que el motivo de la ilustración de los sucesos futuros en imágenes también
remite a una genealogía que se remonta por lo menos hasta La Eneida de Virgilio.
Las novelas de Scorza representan, por un proceso de trasposición hiperbólica y de
metaforización, cada uno de los elementos presentes en la historia de los enfrentamientos
campesinos de los pueblos andinos del centro de Perú, apelando no a su perspectiva sino a
tópicos literarios de larga tradición en la literatura occidental.
La inscripción de marcas históricas en el discurso narrativo supone algo más que un
inventario de datos garantizados por un registro diferente; significa la interferencia de una
perspectiva determinada que interpreta trastorna, monta y selecciona diversas versiones sobre
hechos reales para constituirlos en materia novelesca.
Planteada la cuestión en estos términos, la dilucidación del carácter distintivo de la
configuración de esas versiones, que se presentan al lector como crónicas de sucesos
efectivamente acaecidos, implica la exigencia de producir una inversión en la dirección
dominante que Scorza anuncia para su narrativa. Puesto que la constituye explícitamente a partir
del privilegio otorgado por el conocimiento directo del referente y advirtiendo que las
exageraciones de la escritura son más el producto de la imposibilidad de representar ese
referente de modo adecuado que de una postura estética o literaria; cuando, por el contrario, es
posible señalar que los procedimientos de registro y testimonio de los sucesos que exceden las
limitaciones de la crónica, género discursivo pretendidamente objetivo y sujeto a la fidelidad de
los acontecimientos históricos, están apuntando a campos de legibilidad de los lectores que han
aceptado las exitosas poéticas de las novelas del boom de la literatura latinoamericana.
Aquellos componentes narrativos que aparecen como expresión del imaginario de los
pueblos oprimidos o, al menos, como la modalidad más adecuada para llevarlo a cabo, pueden
ser leídos como guiños y señales dirigidos a los lectores. La supuesta configuración mítica de
los relatos y los elementos sobrenaturales incluidos en las tramas novelescas tienen como
función la sistematización de creencias, es decir apuntan a explicar la realidad pero no en los
términos de los protagonistas sino de acuerdo con el universo de representaciones de quienes
son los destinatarios. Las fabulaciones que se le atribuyen a los personajes y que, en gran
medida, dan preeminencia al irracionalismo de sus imaginarios no son más que un conjunto de
motivos de la literatura occidental trastornados en algunos casos por los procedimientos del
llamado “realismo maravilloso”.
Las primeras cuatro novelas de la saga responden a una misma estructuración: se narra
un levantamiento campesino que se enfrenta ya sea a la empresa minera norteamericana Cerro
de Pasco Corporation o a los terratenientes del lugar. Cada una de ellas termina con una
masacre de los comuneros indígenas a la que sigue un resurgir de una conciencia
pretendidamente mítica que alienta la esperanza de volver a luchar y a recuperar las tierras.
Esta estructuración se mantiene en la última de las novelas de la Guerra silenciosa, La
tumba del relámpago, en la que además de la perspectiva de los comuneros se agregan otros
componentes como el abogado Genaro Ledesma, el seminarista y el propio escritor que tienen
un marcado protagonismo apoyando estos levantamientos campesinos.
La conciencia política de Genaro Ledesma incorpora en La tumba del relámpago una
interpretación crítica que tiene una función metanarrativa de la concepción mítica que se le ha
atribuido a los comuneros. Todo ello avalado por frecuentes citas a Valcárcel y Mariátegui, a
Elías Tacunán, dirigente y fundador del movimiento comunal del Perú, hay asimismo
numerosas referencias a la Revolución Cubana y a las fragmentaciones y conflictos de la
izquierda peruana.
La tumba del relámpago ha sido interpretada como una variación del proyecto implícito
sobre el que se funda el ciclo de las cinco novelas de Scorza. En esta narración se atenúa el
dominante de los procedimientos del “realismo maravilloso” y al incorporar otras voces,
propias de la novela social, se amplía el panorama desde el que se habían presentado los
acontecimientos e interpretado las acciones y los imaginarios de las comunidades indígenas.
Pero si estos cambios efectivamente incorporan nuevos elementos, ello no supone una variación
sino una afirmación de la propuesta implícita ya en la noticia de Redoble por Rancas.
La contraposición de los dos imaginarios uno marcado por los procedimientos de
hipérbole y por la inscripción de elementos sobrenaturales y el otro que elabora un discurso
político que interpreta el problema de la rebelión indígena en términos racionales, retoma la
estructura dicotómica de las novelas anteriores para otorgar a la palabra literaria la función de
vehículo de un discurso político, cercano a la novela de tesis, que pretende explicar a los
lectores la problemática planteada. La inclusión de Manuel Scorza como personaje de la novela
tiende a reforzar el lazo entre las iniciales de la primera noticia con el discurso total de la saga en
el que además emerge una concepción del intelectual como intérprete privilegiado de la historia
que se presenta en una postura legitimada por su participación activa en el conflicto, su postura
moral y por sobre todas las cosas por su capacidad cultural que le permite ser el portavoz de
todos los demás protagonistas.
Las novelas de La Guerra Silenciosa instalan al zahorí lector en un lugar privilegiado,
circunstancia que ya aparece en el título del primer capítulo de Redoble por Rancas. Una
cantidad considerable de los títulos de los capítulos exhiben la insistencia en la transmisión de
saber al lector.
Uno de los gestos característicos de la novela indigenista es la voluntad de promover
una transformación en el mundo a que hace referencia, la temporalidad de los sucesos que
narra, por lo general, es contemporánea del momento de la enunciación. Por ello, los procesos
de verosimilización no se producen por asociación con el discurso histórico, sino más bien por
la cercanía entre el tiempo de lo narrado y el de la narración, que como señalaba más arriba le
permite al lector, tener acceso al conocimiento del mundo referido en los relatos.
De lo que se desprende que el cambio propugnado por la poética indigenista debe
producirse no en el ámbito de los personajes literarios, sino en el de los seres que habitan el
mundo de la referencia. Los procesos de transformación se deberán generar en una instancia
diferente a la textual, no se trata tan solo de transmitir saber que genere otros textos, sino
acciones en el ámbito del mundo de referencia. Esta concepción, rigurosamente cumplida por
Scorza, implica la exigencia de pensar los discursos como meras copias, más o menos exactas,
del mundo, al que se considera constituido con anterioridad.
La saga de Scorza generó desde el momento mismo de la aparición de Redoble por
Rancas un áspero debate acerca del grado de verdad histórica que las novelas exponían.
Wilfredo Kapsoli, uno de los historiadores que más ha trabajado sobre los acontecimientos
narrados señala al principio de uno de sus trabajos sobre el tema:

Varios años atrás, cuando ya terminábamos la tesis sobre "Los Movimientos


Campesinos en Cerro de Pasco", apareció Redoble por Rancas, primera balada de
Manuel Scorza. Desde entonces pensamos hacer un cotejo entre la novela y la historia,
entre ficción y realidad.

Concepción que establece esquemáticamente dos parejas y sus correspondencias, según el


modelo de una proporción se puede exponer así: la novela es a la historia lo que la ficción es a
la realidad.
La disyunción exclusiva que aparece en el título de este apéndice exige para su
desmontaje una reflexión acerca de la narratividad que permita asediar asimismo el tema de la
violencia de la escritura.
Creo que las novelas de Scorza dan a leer en su gestualidad de borradura y exceso los
límites de los discursos que se postulan como dadores de verdad objetiva sobre los referentes.
La saga La Guerra Silenciosa es una esceno-grafía de la imposibilidad de configuración del
referente como una entidad previa, escindida de los imaginarios de sentido que lo constituyen,
confiriéndole un estatuto de plena autonomía en relación con las redes de simbolización social.
La pregunta retórica del título, que ahora recuerdo: "La narrativa de Manuel Scorza
¿historia o ficción?", no puede ser separada del otro, el del subtítulo de este apéndice: "La
violencia en el orden del referente y en el proceso de escritura - Las novelas de La Guerra
Silenciosa de Manuel Scorza", un título atrae al otro y es imposible reflexionar sobre la
violencia sin animarse a cuestionar la coacción de las taxonomías.