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EL PAPEL DE LA SISTEMÁTICA EN LA CONSERVACIÓN DE PLANTAS

Laima Delmar Fonseca Castellanos


Universidad Distrital Francisco José de Caldas
Facultad Ciencias y Educación
Proyecto Curricular Licenciatura en Biología

Poco a poco hemos visto la destrucción masiva de la naturaleza a manos de políticas de


desarrollo que creen que la selva de cemento alguna vez les dará frutos que comer y agua que beber,
que el verde de los billetes purificará el aire para respirar y que la vida misma podría llegar a ser
un subproducto del petróleo. Esta situación crítica se reconoce como la "sexta extinción masiva”,
es decir, el sexto período en la historia de la vida en el que más de tres cuartas partes de las especies
vivas se pierden en un corto intervalo geológico (Barnosky et al. 2011), la particularidad de este
periodo de extinción es que es causado únicamente por el modo de vida de los humanos.
Tradicionalmente, la conservación de la biodiversidad se basaba en los recuentos de especies,
valorando los sitios en términos de riqueza de especies, número de especies endémicas y número
de especies amenazadas (Pellens y Grandcolas. 2016), esta visión permisiva y conciliadora de la
biodiversidad, aunque a primera vista parece atractiva, es problemática como una guía para la
conservación. La medición de la diversidad filogenética puede ayudarnos a distinguir estas fuerzas,
por ejemplo, si todo lo demás es igual, esperamos que las especies que están estrechamente
relacionadas sean morfológicamente similares y similares en los roles funcionales que desempeñan
en los ecosistemas en los que se encuentran (Lean y Macaurin. 2016). La filogenia determina en
gran medida las interacciones entre las especies, por lo que podría ayudar a predecir la cascada de
extinciones a través de redes ecológicas y, por lo tanto, la forma en que esas extinciones impactan
la función del ecosistema. (Srivastava et al. 2012)
La especiación y la extinción son parte de la historia natural de la vida, y para alcanzar el
equilibrio en la diversidad permanente, la especiación debe ser igual a la extinción, sin embargo,
hoy este equilibrio está cada vez más sesgado hacia la extinción (Millennium Ecosystem
Assessment. 2005), y corremos el riesgo de avanzar hacia un nuevo estado de baja diversidad, ya
que no es posible manipular las tasas de especiación para igualar las pérdidas actuales (Barraclough
y Davies. 2005). El valor de conservación del enfoque filogenético reside en su capacidad para
orientar las acciones preventivas hacia la identificación y priorización de las especies de mayor
riesgo. Por ejemplo, identificando especies con rasgos o en regiones que las predisponen a un alto
riesgo de extinción, podemos identificar especies que aún no están en riesgo de extinción pero que
podrían verse amenazadas en un futuro próximo si aumentan los actuales impulsores de extinción
en la intensidad o extensión geográfica (Yessoufou y Davies. 2016). Trabajos recientes indican un
conservatismo filogenético significativo en la fenología de la flora (Davies et al. 2013), lo que
sugiere que podría haber algunas restricciones evolutivas a las respuestas adaptativas de las

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especies. Las especies podrían rastrear climas adecuados, por ejemplo, cambiando su distribución
hacia el norte o hacia elevaciones más altas (Sandel et al. 2011). Las especies que ya están
restringidas a los biomas de alta elevación podrían ser particularmente vulnerables, ya que el
aumento del calentamiento puede resultar en la reducción de hábitats adecuados. Las especies que
no pueden adaptar su fenología o rastrear el clima a través del espacio serán las más vulnerables a
la extinción (Yessoufou & Davies. 2016). Las poblaciones con mayor diversidad genética tienen
más posibilidades de hacer frente a los cambios ambientales, tanto los de origen natural (e.g.
cambio climático) como humano (e.g. sobrepastoreo). Una reducida diversidad genética está
relacionada con un decaimiento de las poblaciones a largo y mediano plazo, e incluso graves
problemas en su reproducción y subsiguiente extinción. (Vargas. 2016)
En muchos casos, los sistematistas proporcionan parte de la primera información biológica sobre
las comunidades y los ecosistemas de áreas poco exploradas. La importancia de los datos de
colecciones ha sido cada vez más reconocida por los museos y los herbarios, ya que han intentado
maximizar la accesibilidad y el uso de esta información (Funk et al. 2002). En un estudio para
evaluar áreas con los niveles más altos de diversidad filogenética de Sarcolaenaceae y evaluar el
grado en que esa diversidad se captura en las áreas protegidas existentes en Madagascar se usaron
las colecciones en los herbarios del Museo de París y el Jardín Botánico de Missouri, con lo cual
se estimaron que más de 2000 ejemplares disponibles para la familia, con un promedio de 30
ocurrencias geográficas por especie y un número total de colecciones que van desde más de 300
para especies comunes, mostrando que ambas medidas de diversidad son más altas en áreas con
bosque húmedo y más bajas en bosques secos y matorrales subáridos. (Soulebeau et al. 2016)
Las regiones del mundo con una riqueza de especies excepcionalmente alta y evidencias de
amenazas se registran como puntos calientes de biodiversidad, y los recursos de extra conservación
se centran en la conservación en esas áreas (Myers et al. 2000) Sin lugar a dudas, las especies deben
ser nombradas e identificadas formalmente si se van a beneficiar con los conjuntos de herramientas
legislativas y de planificación de los conservacionistas. Desafortunadamente, todas las listas de
especies, y la riqueza de especies en general, son extremadamente vulnerables a los cambios en las
definiciones de las especies (Mace. 2004), la filogenia basada en secuencias de ADN de variación
neutral nos proporciona una herramienta idónea para comprobar las hipótesis evolutivas planteadas
por la taxonomía y el reconocimiento de grupos evolutivos de poblaciones permite sacudirse, al
menos en parte, las consideraciones subjetivas del uso de especies en conservación. (Vargas. 2016)
Por ejemplo, los estudios florísticos pueden revelar la existencia de una población rara, aislada,
morfológica o genéticamente distinta dentro del rango de una especie común, extendida de otra
manera, partiendo de ahí se procede con estudios sistemáticos para evaluar esta rara población y
decidir si debe clasificarse como una especie distinta o infraespecie, los cuales pueden o no
justificar su nombramiento como una nueva especie y así reconocerla como una población
genéticamente única, para ser considerada en un listado ambiental. (Simpson. 2009)
Se podría decir que la sistemática tiene ciertos objetivos por cumplir para hacer de su labor una
herramienta para la conservación. Debido a que el conocimiento de la biota del planeta permanece

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inevitablemente incompleto es necesario que el conocimiento que ya se tiene pase por un análisis
sistemático riguroso que le permita predecir las situaciones previamente mencionadas (Vane-
Wright. 1995). Cuando se cometen errores en los nombres, específicamente en los sinónimos,
ocurre un fenómeno denominado extinciones nominales, donde las especies se eliminan de las listas
de conservación y por consiguiente cesa el monitoreo y los esfuerzos de las políticas para su
protección (Leme. 2003), a la inversa, puede haber resurrecciones nominales cuando las especies
consideradas extintas renacen a través de la investigación taxonómica (Morrison et al. 2009), es
decir, el valor de la sistemática en la conservación es tan grande que si no se hace de manera
correcta puede acabar con una población. A través de la investigación taxonómica, nuestra
comprensión de la biodiversidad y las clasificaciones de los organismos vivos continuarán
progresando (Thomson et al. 2018) y la preservación de propágulos (en, por ejemplo, bancos de
semillas) y depósitos de ADN permitirá algún estudio futuro de estas plantas y al menos la
posibilidad de su reintroducción en hábitats en el futuro (Simpson. 2009). La información de la
sistemática por sí sola no puede revertir la crisis de la disminución de la biodiversidad, pero
estudios integrados de sistemática, genética de poblaciones, ecología y comportamiento, entre
otros, sin duda, proporcionarán una base más fuerte para establecer prioridades y estrategias de
conservación. (Soltis y Gitzendanner. 2001)

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