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Anselm Grün

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El arte de envejecer

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Prólogo

1. Cómo pasa el tiempo

2. La vida es cambio, ya desde el principio

3. Cuerpo y salud

4. Las relaciones cambian y requieren cuidados

Padres e hijos, abuelos y nietos

Hombres y mujeres

Vida en común: redescubrir el amor

Relaciones sociales: intervenir en la vida de la comunidad

5. Encontrarse a sí mismo

6. Abrirse a la propia alma

7. El tiempo es oro

8. «Por fin» vivir

Conclusión

Bibliografía

Índice general

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EL envejecer es un fenómeno que se produce por sí mismo. Otra cosa es el acierto en la
manera de vivir ese fenómeno y cómo dar con ella. «Conocer la manera de envejecer es
la máxima sapiencia y uno de los capítulos más difíciles del arte de vivir», opina
Fréderic Amiel. La palabra alemana Kunst, «arte», viene de Kónnen, «poder». Ese
«arte» no es, por lo tanto, una cosa que se supone por sí misma. Necesitamos aprenderla,
aprender el arte de avanzar en edad de manera saludable. «Poder» se relaciona con
comprender, con saber y con una manera determinada de hacer algo. Para aprender el
arte de envejecer es necesario comprender lo que sucede en nosotros y con nosotros en
ese proceso. Por otra parte, la palabra Kunst, «arte», se relaciona también con la palabra
kund, «conocido». El que aprende el arte de envejecer no envejecerá de manera
saludable para sí solo. El arte de envejecer no se aprende solamente para sí, sino siempre
también para los otros. Con nuestra vida les enseñamos algo enriquecedor de la suya.

Para el filósofo griego Platón, el «arte» es imitación. Piensa el filósofo en la naturaleza,


que debe servir al artista de modelo para su obra. La naturaleza nos enseña también a
comprender cómo envejecer de manera saludable. El otoño es símbolo de la edad
madura. El otoño es el tiempo de la cosecha. También la edad madura indica el tiempo
de la cosecha de una vida. Podemos contemplar agradecidos los frutos producidos por la
vida. Los colores son en otoño más variados que en el resto del año. Son colores suaves.
Es una enseñanza que nos imparte la naturaleza: envejece de manera saludable el que se
hace más suave no solo en sus juicios, sino en la totalidad de su ser. Y descubrirá al
mismo tiempo que su vida se enriquece, se hace más variada interiormente, a veces tan
esplendorosa como el dorado octubre. La mirada a la naturaleza enseña además otra
cosa: al arte de envejecer pertenece también el desprendimiento, de la misma manera que
los árboles se desprenden de sus hojas, las dejan caer a tierra, para que se transformen en
humus de nueva vida.

En la palabra «envejecer» se describe otra cosa importante y positiva: envejecer no es


una cosa estática, algo que se consuma claramente de una vez para siempre. Es un
movimiento. Todavía se mueve algo en el ser humano. Todavía hay algo que crece.

El hecho de ser mayor en edad significa dos cosas. Por una parte quiere decir que un
individuo ha cumplido ya cierta edad. Se le nota en la falta de fuerzas. Pero esto no es
más que un aspecto. El otro aspecto es este: él es viejo, él es su edad. Ya no tiene que
rendir más. Ahora disfruta el puro ser. Hay aquí un individuo presente, es totalmente él
mismo.

Las palabras evolucionan incorporando constantemente nuevos significados.


Etimológicamente, el adjetivo alemán alt, «viejo», viene de un verbo que significa

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«crecer, levantar, alimentar». También se relaciona con la palabra latina altus, «alto»,
que procede de alere, «alimentar, desarrollar». El árbol que se ha desarrollado es alto.
Por tanto, originariamente la palabra «viejo» tiene un significado positivo. Pero en
ciertos giros idiomáticos, como «Si tú pierdes, pareces viejo», se añade a esta palabra
una connotación negativa. La desvalorización de la edad en una época en la que solo se
valora lo joven y juvenil, ha repercutido incluso en nuestro lenguaje. Por eso es
importante hablar de ser viejo y de envejecer entendiendo estas realidades en la acepción
propia del significado positivo que tenían en su origen.

El arte de envejecer no se limita a la edad. Lo dijo san Agustín: «El día de nuestro
nacimiento empezamos ya a envejecer». El día mismo del nacimiento empiezan a
disminuir los días asignados a nuestra vida, empezamos a envejecer. No debe entenderse
como un fenómeno estático o programado con normas fijas para un determinado tiempo,
sino como un proceso a lo largo de la vida. No es un proceso de desprendimiento, sino
de maduración. Avanzar en edad, como ya hemos dicho, expresa exactamente este
movimiento positivo: algo se está produciendo.

También aquí nos precede la naturaleza. Cada fase de nuestra vida tiene su peculiar
significado. La primavera es aparición de la vida, nueva vitalidad. El verano es la
plenitud de la vida; el otoño es el colorido y las cosechas; el invierno es la paz y el
descanso que hacen posible la aparición de otra nueva vida.

Si cada estación del año está llena de significado, también cada etapa de la vida del
ser humano tiene su peculiar sentido. Y es bueno vivir en cada fase de la vida lo que esa
fase tiene de específico. Un joven debe acentuar un tipo de valores distintos de los del
anciano. Ciertamente, se dice que la juventud es un don, y el envejecer una tarea. Pero
también es verdad que el joven debe cumplir la tarea que la juventud le presenta. Esa
tarea consiste en luchar, en conquistar la vida y en descubrir la propia identidad. Una
persona de edad avanzada que se empeñara en seguir luchando por un puesto en la vida
nos parecería ridícula. Todo individuo necesita una especial sensibilidad para detectar lo
peculiarmente individual que desea ver realizado en cada etapa actual de su vida.

Hemos dicho ya que el otoño es el tiempo de las cosechas. Eso mismo sucede en la
edad madura del hombre con la cosecha de unos frutos en sazón que podemos
contemplar con agrado, gustar con placer, y que pueden, además, fecundar la vida de
otros. Siguiendo la comparación, el fruto que llega a su sazón en la vejez quiere endulzar
también la vida de otros. Hablar de envejecimiento no es aludir solo a unas fuerzas que
se debilitan, a un decaimiento físico o a una salud delicada, sino al contrario: hasta la
edad más avanzada pueden existir posibilidades y medios positivos de crecimiento, de
maduración y de desarrollo de la perfección.

Al conocido investigador sobre la edad Paul Baltes le gustaba contar una anécdota sobre
Arthur Rubinstein. Decía que se preguntó en cierta ocasión al ya octogenario músico

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cómo podía, a su avanzada edad, seguir siendo un magistral concertista de piano. En su
respuesta, el artista expuso tres principios que le permitían seguir to cando el piano como
un gran maestro: seleccionar, optimizar, compensar. Mediante una técnica selectiva
había reducido el repertorio de las piezas más importantes para él: una selección. Con
esta selección podía también ensayar más veces y con mayor intensidad que antes, y así
mejoraba su técnica: una optimización. Y como ya no podía ejecutar las piezas
seleccionadas con la rapidez de antes, recurrió a un truco artístico: cuando se encontraba
ante un pasaje especialmente rápido, ralentizaba el tempo. El contraste producía la
impresión de que el pasaje avanzaba otra vez a su propio ritmo. Esta es una eficacísima
manera de compensación y parte de una estrategia positiva. Refuta además el prejuicio
de quienes no quieren ver en el proceso de envejecimiento más que una señal de
disminución y mengua de las facultades. El verdadero arte de ir envejeciendo consiste en
reducir a unos pocos el número de objetivos, en poner todo el empeño en conseguirlos y
en buscar los adecuados recursos internos y externos de compensación.

La descripción hecha por Arthur Rubinstein como el secreto de su arte de envejecer es


aplicable no solo a los artistas, sino a todo el que empieza a sentir el peso de los años.
Quizá ese sujeto no puede ser ya tan creativo como antes. Debe, por tanto, elegir lo que
considera más importante para él y movilizar todas sus energías para conseguirlo. Debe
vivir conscientemente y entregarse de lleno al objetivo que para él es el más importante.
Naturalmente, necesita ciertos métodos para compensar ciertos déficits. Necesita llenar
con experiencias las lagunas en sus conocimientos y compensar las lagunas en su
fortaleza corporal con la habilidad de lograr resultados con menor consumo de energía.

«Solo se vive una vez», suele decirse. Esto significa que la vida de cada individuo es
única. Cada ser humano es irrepetible. Romano Guardini cree que Dios ha pronunciado
una palabra de contraseña sobre cada ser humano y que esa palabra corresponde única y
exclusivamente a ese individuo. La tarea en cada fase de nuestra vida consiste en dejar
que se haga notoria en el mundo esa palabra pronunciada por Dios sobre cada uno de
nosotros. Solamente vivimos en armonía con nuestra vida cuando llegamos a ser
conscientes de nuestra unicidad y a interiorizar el hecho de que solo vivimos una vez.
Jesús llamó insistentemente nuestra atención en sus predicaciones sobre la necesidad de
vivir en estado de vigilancia la realidad de la vida, no en un tiempo indeterminado, sino
ahora. Porque no tenemos más que una vida. Y no podemos vivirla durmiendo. La vida
es siempre el ahora presente. No podemos vivir simplemente en un allá, en alguna parte,
sino caminando con los ojos bien abiertos por el mundo y sabiendo que debemos dejar
marcadas en él las huellas de nuestra existencia.

Hay quienes se angustian pensando que solo se vive una vez. Y se dedican a gozar
de la vida acumulando todo lo que promete un placer inmediato. Para ellos, el hecho de
envejecer es una catástrofe, porque al que se hace viejo todo lo demás puede llegarle
demasiado tarde. Pero así se incapacitan para disfrutar verdaderamente de su vida en
cada momento. Fijan la mirada en la brevedad de la vida y piensan que deben

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aprovecharla disfrutando hasta agotar todas sus posibilidades. Y como nunca lo
consiguen porque los deseos son ilimitados, pronto empiezan a vivir cada vez más
nerviosos y más insatisfechos.

Quizá pretenda alguien salirse del camino de la unicidad irrevocable de su vida por
la creencia en una nue va futura aparición sobre la tierra, en la reencarnación. Para mí,
eso no es más que una escapatoria ante el hecho de la unicidad de la vida. En lugar de
vivir la vida consciente e intensamente, me consuelo con la idea de una nueva
oportunidad de hacerlo mejor. Pero entonces no se considera la cara opuesta de la
doctrina de la reencarnación, a saber, que una vida no vivida aquí y ahora arrastra
consigo un karma negativo que ha de influir negativamente y complicar más esa
hipotética vida futura.

Para mí existe otra alternativa más atractiva: la de quienes entienden la unicidad de su


existencia como una invitación a aprender a vivir y a disfrutar esa vida irrepetible, a
considerarla en todas sus facetas y a darle forma aquí y ahora en cada una de sus etapas.
Yo vivo una sola vez. Esta certeza es también un reto para organizar esta vida única de la
manera más perfecta posible. El arte de saber vivir intensamente la vida única no
empieza en el vestíbulo de la vejez. A partir del día del nacimiento nos vamos haciendo
cada día un poco más viejos. Por eso, el arte de vivir consiste precisamente en el arte de
saber ir envejeciendo: en la adaptación al proceso interior de transformación vital. El
objetivo de la transformación es hacernos crecer más y más en la figura única y peculiar
que Dios ha ideado sobre cada uno de nosotros.

El arte de envejecer es un esfuerzo en la búsqueda de la propia melodía en todos los


acontecimientos de la vida, incluso en todas sus disonancias. Esa melodía relajará las
tensiones posibles dentro de nosotros. Y es posible ejercitarse en el arte de envejecer
todos los días de la vida sin necesidad de esperar a la fecha de jubilación. Ante la
perspectiva de la vejez se repiten con más acritud las pre guntas del resto de la vida. En
definitiva, no se vive para permanecer siempre joven, sino para llegar a viejo.

Erich Fromm compara nuestra misión en la vida con un nacimiento. Nuestra misión es
esta: llegar a nacer totalmente. Leonardo Boff recoge esta imagen en un texto escrito al
cumplir 70 años: «La vejez es la última etapa del desarrollo humano. Nacemos
totalmente, pero nunca estamos totalmente terminados. Necesitamos completar nuestro
nacimiento realizando nuestra existencia, abriendo caminos, superando dificultades y
dando forma determinada al camino de nuestra vida. Siempre estamos en proceso de
hacernos. Comenzamos al nacer. A lo largo de la vida seguimos naciendo en etapas
sucesivas hasta completar nuestro nacimiento. Entonces entramos en el silencio. Y
morimos. La vejez es la última oportunidad que ofrece la vida para completar el proceso
de crecer, de madurar y finalmente de nacer». Envejecer es una parte dentro de la
totalidad de ese proceso de la vida.

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Este libro no es un libro sobre la vejez. En las páginas que siguen no pretendo dar
diagnósticos desde el punto de vista la medicina, ni tampoco una descripción sistemática
del proceso de envejecimiento. Prefiero entrar en las preguntas que se nos plantean en
ese proceso. Son preguntas que me han impresionado mucho en conversaciones con mis
clientes y que hemos de abordar al envejecer. Por supuesto, yo no puedo dar respuestas
definitivas. Intentaré solo responder de tal manera que vosotros, querida lectora y
querido lector, descubráis al envejecer el camino que os lleva, a través de todas las
etapas de vuestra vida, a la vida verdadera, a esa vida que no puede ser destruida ni
siquiera por la muerte.

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EL tiempo es vida. Nuestro proceso de envejecimiento está determinado por la
convicción de que nos damos cuenta de cómo pasa el tiempo. Lo percibimos como el
paso de los granos en el reloj de arena. Al avanzar en edad, percibimos el ritmo de su
paso a velocidad acelerada por sí misma. «El tiempo va sentado al volante del coche»,
poetizó Erich K stner. Cuando nos encontramos de repente con antiguos compañeros de
infancia o juventud, y vemos el cambio que han pegado, cómo el tiempo ha ido dejando
marcadas sus huellas en sus rostros, caemos en la cuenta y vemos - en el espejo de los
otros - que tampoco han pasado los años por nosotros sin dejar sus huellas. Hugo von
Hofmannstahl, autor del libreto de la ópera El caballero de la rosa, dedicó mucho tiempo
a reflexionar sobre el tema del paso del tiempo. «El tiempo», dice la Mariscala en El
caballero de la rosa, «es una cosa extraña. Cuando se vive en él no es absolutamente
nada. Pero luego, de repente, empiezas a no sentir ya nada más que el tiempo; nos
envuelve por todas partes, está dentro de nosotros. Gotea en los rostros, gotea en el es
pejo, pasa fluyendo entre tú y yo como un reloj de arena, silencioso. A veces lo oigo
pasar, imparable; yo me levanto, en medio de la noche, y paro todos los relojes». Se
pueden parar los relojes, pero el tiempo sigue pasando.

El proceso de envejecimiento tiene mucho que ver con esta experiencia


extraordinaria. Nos parece que el tiempo se derrite en nuestras manos, que «transcurre»,
que cada vez nos queda menos tiempo para vivir. Esta experiencia de la limitación y
finitud del tiempo es para muchos una fuente de angustia. Unos reaccionan con pánico y
prefieren no mirar a la realidad. Procuran encubrir las huellas del tiempo con cremas
para disimular las arrugas o para tensar su piel marchita. Otros se zambullen en el trajín
y el bullicio. Desearían aprovechar con toda intensidad el tiempo que les queda
llenándolo con toda clase de ocupaciones. Sin embargo, tienen la impresión de que el
tiempo se les escapa cada vez más rápido e imparable. No es esta la manera de entender
el tiempo según el consejo de Jesús, ni según la invitación de la filosofía griega.

Los griegos resumieron sus experiencias sobre el tiempo en un mito. Por medio del
relato ilustran un angustioso aspecto del tiempo, misterioso para todos y que es una
experiencia verificable hasta hoy en la vida de cada individuo: el tiempo es una fuerza
devoradora. Este antiguo mito habla de Chrónos, el dios originario que devoró a sus
propios hijos por miedo a que estos pudieran disputarle su señorío. Pero su esposa Rea le
engañó con astucia. Cuando dio a luz a Zeus, envolvió una gran piedra dejándola oculta
en los pañales. Chrónos tragó esa piedra y Zeus pudo entonces dominarle. Hoy seguimos
hablando del cronómetro, el medidor del tiempo. Es la medición cuantitativa del tiempo,

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siempre demasiado corto, el tiempo que nos devora y vivenciamos como adversario.

Pero no se resume en esto toda la sabiduría de los griegos en su experiencia del


tiempo. Los griegos tienen otra palabra para hablar del tiempo: kairós, el tiempo
favorable, la oportunidad, la ocasión propicia. Siguiendo la tradición de la mentalidad
griega, Jesús habla siempre de kairós, del tiempo favorable, del tiempo cumplido. Es el
tiempo que se nos da con posibilidad de aprovecharlo. Vivir el tiempo como chrónos o
como kairós es cosa nuestra, depende únicamente de nosotros y de nuestro punto de vista
respecto al tiempo. Si vivimos con intensidad en el momento presente, en el ahora,
vivimos el tiempo como kairós, como tiempo favorable que se nos regala.
Experimentamos algo del misterio del tiempo que no podemos retener, pero que en el
momento presente es nuestro. Respiramos en el tiempo, sentimos en el tiempo,
recibimos una cierta sensibilidad para el tiempo.

El proceso de envejecimiento solamente nos resultará favorable si sabemos vivir el


tiempo en el sentido de kairós y si reflexionamos sobre nuestras relaciones con el
tiempo.

La vida... ¿un largo futuro o un breve pasado?

El niño ve la vida como un futuro interminable, el anciano la ve como un pasado breve.


La verdad es esta: la manera de percibir el tiempo cambia a lo largo de la vida. Los niños
esperan impacientes la llegada de Navidad. El tiempo se les hace muy largo. Si piensan
en su próximo cumpleaños o en el fin de las clases, el tiempo les parece infinitamente
largo. Muchas veces no se lo pueden ni imaginar. Los mayores tienen otros sentimientos
sobre el tiempo. Dicen: «¡Otro año que pasó! Pasan los años a una velocidad
inimaginable». ¿En qué se funda la distinta percepción del tiempo entre niños y
mayores? Voy a especular un poco sobre la respuesta. Los niños tienen todo el tiempo
por delante. Quieren vivir su vida. Están orientados completamente hacia el futuro. Los
niños pequeños están con todo cuanto son en el momento presente. Pero tan pronto como
empiezan a darse cuenta del paso del tiempo, viven con la mirada puesta en el futuro, en
las próximas vacaciones o en una determinada fiesta. Esperan de los acontecimientos del
futuro un aumento de vida. Las expectativas de estos acontecimientos están en relación
con sus vivencias y dependen de ellas: por ejemplo, del hecho de haber pasado
estupendamente el cumpleaños o la fiesta de Navidad. Por eso esperan impacientes su
próxima repetición. Este tiempo de espera se les suele hace excesivamente largo.

Las personas ancianas tienen a sus espaldas un largo pasado cargado de vivencias. Con
mucha frecuencia viven con el pensamiento fijo en su pasado. Especialmente cuando
muere el cónyuge, o cuando la vida ordinaria no les ofrece ninguna novedad estimulante,
viven solo de recuerdos. El anclaje mental en el pasado hace que el tiempo pase más
rápido. Los ancianos esperan menos del futuro. Procuran organizar bien su vida

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ordinaria. Para conseguirlo, trasladan la fuerza de sus recuerdos a unos tiempos en que
todavía les resultaba fácil organizar su vida. Y como viven del pasado, pasa más rápido
el presente. Al futuro ya no le dan importancia. El pensamiento del futuro los confronta
con su muerte. Y prefieren vivir en el pasado. Es la fuente de la que beben.

Hay también personas muy mayores que se quejan cuando pasa un día sin que en él haya
sucedido nada extraordinario. Pasan el tiempo sentadas tranquilamente en espera de otras
que vengan a renovar sus debilitadas fuerzas vitales y a llenar sus vacíos. Por lo tanto, la
manera que tiene un anciano de vivir el tiempo depende siempre de su filosofía de la
vida. Al que vive en completa dependencia de otros o únicamente se da cuenta de que
vive cuando otros le visitan y le hablan, se le tiene que hacer el tiempo demasiado largo,
vacío y aburrido. Pero al que llena su presente con gratos recuerdos del pasado, el
tiempo se le pasa sin darse cuenta. Y se admira cada vez que pasa otro año y, por
consiguiente, es un año más viejo.

Hay otra clase de ancianos que viven totalmente en el presente. Su única preocupación
es cómo pasar bien el día. Tienen sus hábitos invariables con los que programan el día
siguiendo un cierto ritmo. Así se suceden los días uno tras otro. Se sienten en la vida
como en su propia casa, aunque la vida no tenga siempre algo nuevo que ofrecerles. O
tal vez precisamente por eso. También para esta clase de personas corre el tiempo más
rápido que para los niños. Estos desearían saltar por encima del presente y por esa
impaciencia se les hace el tiempo más largo.

A quien vive consciente no se le hace largo el tiempo

Nuestra relación con el tiempo va cambiando a lo largo de la vida. Los niños y los
jubilados tienen también una relación con el tiempo distinta de los que trabajan
ejerciendo una profesión. Estos viven su tiempo fuertemente estructurado. La profesión
los obliga a levantarse todos los días a la misma hora para ir al trabajo, si trabajan
regularmente a horarios fijos. Aunque trabajen alternativamente a turnos de mañana y de
tarde, aun así está su tiempo determinado por el trabajo. Su vivencia del tiempo depende
del grado de sincronización del ritmo del trabajo con el propio ritmo interior. Sea cual
sea el grado de adaptación al ritmo previamente asignado, su tiempo está en todo caso
determinado desde fuera. A veces se pasan los días laborables suspirando por el fin de
semana para tomarlo como día de descanso o para hacer en él lo que les dé la gana. Su
percepción del tiempo está caracterizada por la alternancia entre trabajo y tiempo libre.

A los niños y a los ancianos no se les programa el tiempo desde fuera. Pero los niños
tienen en todo su ritmo propio. En los primeros años procura la madre dar de mamar al
niño y llevarle a la cama siempre a la misma hora. Ella sabe escuchar el ritmo interior
del niño y procura acostumbrarle a un ritmo que considera bueno para él. Más adelante
serán la guardería, y después el colegio, los que le marquen el ritmo. Sin embargo, no se

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entregan los niños tan de lleno a un ritmo marcado previamente. Disfrutan mucho más
con lo sorpresivo, con las fiestas, con los cumpleaños y las vivencias de carácter
extraordinario.

Las personas mayores tienen menos compromisos con su mundo exterior. Pueden
prolongar el tiempo en la cama por las mañanas y vivir sencillamente cada día. Pero
algunos ancianos han interiorizado tan profundamente su ritmo que lo siguen viviendo
en la vejez. Se levantan todos los días a la misma hora. Programan el día como mejor les
conviene. El que no marca ningún ritmo a su día suele vivirlo con sensación de
aburrimiento y de vacío. Por el contrario, el que ha sabido encontrar un ritmo
acomodado, vive todos los días igual: igualmente llenos pero no igualmente aburridos.
Disfruta con su paseo diario o con su hobby preferido para el que reserva unas horas fijas
e intocables. Ya no vive presionado por el tiempo. En consecuencia, puede libremente
seguir su ritmo interior.

Mientras una persona mayor tiene todavía buena salud, está también en condiciones de
seguir disfrutando de la vida y de su ritmo de vida. Pero si cae enferma y cada día se le
convierte en una carga, empieza desde ese momento a vivir de otra manera la realidad
del tiempo. Empieza a desear que pase el tiempo y llegue pronto a su fin. Es cierto que
hay también ancianos enfermos que, a pesar de su enfermedad, siguen todavía
pendientes de la vida y del tiempo. El papa Juan XXIII cuenta que, en una visita a una
barriada obrera de Roma, se encontró una vez con una señora anciana y enferma de
muerte. Él deseaba consolarla diciendo que este mundo que ella iba a abandonar no es
más que un valle de lágrimas. Entonces se incorporó la moribunda en su lecho y replicó:
«Pero, señor párroco, ¡es tan bonito llorar en este valle de lágrimas!». Incluso en su
enfermedad vivía esta anciana pendiente de la vida: mejor seguir viviendo en el tiempo
que tener que abandonarlo.

Existen diferencias en la manera de experimentar el tiempo según sea el ciclo de la vida


en el que uno se encuentra. Pero la experiencia del tiempo no depende únicamente del
ciclo de la vida, sino también de la manera de entenderla y de vivirla. Al que se siente
engañado acerca de la vida, el tiempo le resulta siempre una carga. Para él no puede
pasar nunca el tiempo suficientemente deprisa. El que vive agradecido, vive en el
tiempo, disfruta del momento presente. Pero también para él pasa el tiempo demasiado
deprisa. Como vive consciente, no le es posible el aburrimiento. Disfruta del tiempo
sabiendo bien que el tiempo tiene límites. Precisamente por saber que su tiempo es
limitado, lo vive con todos los sentidos, con todo agradecimiento e intensidad.

La persona inteligente tiene todo el tiempo del mundo

La juventud pone todo su afán en acumular en su tiempo el máximo número de


vivencias. Hay una tendencia a confundir el tiempo con las vivencias que uno tiene en el

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tiempo. A medida que vamos envejeciendo, adquirimos también un mayor instinto sobre
el momento presente y su misterio. El que vive en el momento presente no necesita
vivencias de fuera para sentir su propia vitalidad. Se siente él a sí mismo. Y se da
plenamente cuenta de su entorno. Basta un simple paseo por el bosque para sentirse
sumergido en el momento presente y disfrutarlo. Basta la charla animada con un amigo
para olvidarse del tiempo. O sumergirse en el silencio. El tiempo se para en el silencio de
la meditación. Y en medio del tiempo se presiente algo de la eternidad que irrumpe en el
tiempo.

Cuanto más se avanza en edad, tanto más se va cayendo en la cuenta de la fugacidad del
tiempo. Algunos intentan suplir la limitación de su tiempo con un activismo febril.
Tienen miedo de dejar escapar algo. Lo que en definitiva significa este activismo es un
cierto miedo a una vida no vivida, y este miedo empuja a llenar el tiempo con el mayor
número posible de actividades. Pero resulta que cuanto más empeño pone uno en
acumular vivencias, tanto menos las vive de hecho. Porque el individuo se incapacita
para situarse en el presente y percibir con todos los sentidos las realidades de ese
momento.

Otros toman ocasión de la limitación de su tiempo para meterse de lleno en el momento


presente. Piensan qué huellas desearían dejar grabadas en este mundo, qué deberían decir
a la persona con la que están hablando y qué filosofía de la vida práctica les gustaría
transmitir. ¿Qué es lo esencial en mi vida para dejarlo como una herencia? A esta clase
de seres humanos se les puede llamar sabios: manejan cautelosamente su tiempo, se
permiten disfrutarlo, no hay para ellos nada más importante que el momento presente,
viven totalmente en él. Dan la impresión de disponer de todo el tiempo del mundo, viven
tranquilos, dejan que el tiempo sea lo que en realidad es: un regalo de Dios a los
hombres.

La primera y la segunda mitad de la vida

El moralista francés Jean de La Bruyére dijo en cierta ocasión: «La mayor parte de la
gente vive de tal manera la primera parte de su vida que hace más difícil la segunda». Es
una afirmación densa en contenido. La manera de vivir la vejez depende de la manera en
que se haya vivido hasta ese momento. El que en la primera parte de su vida no se ha
preocupado más que de lo exterior, de ganar dinero, trabajar y construir una casa,
encontrará muy difícil la segunda cuando se derrumbe lo que hasta entonces ha
mantenido en pie el ideal de su vida. De viejo ya no se puede pensar en construir una
casa. Tampoco puede uno definir se por su trabajo. Es entonces cuando queda patente el
fundamento sobre el que he levantado el edificio de mi vida.

C.G.Jung señala un segundo aspecto con el que los seres humanos dificultan más la
segunda parte de una vida. El que en la primera parte no ha logrado aprender a luchar, a

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trabajar en la remodelación de sí mismo, a meterse en las aventuras de la vida,
encontrará muy difícil llevar una vida tranquila en la segunda parte. El que no ha vivido
la realidad de la vida tampoco puede desprenderse de sí mismo ni de su vida. No tiene
nada de lo que desprenderse. El desprendimiento le produce angustia. Porque en ese
momento se sorprende al ver que no tiene nada en sus manos. Solo le queda lo exterior.
No se ha preocupado nunca por acumular riquezas interiores. Si se le desposee de lo
exterior, queda completamente pobre. Esto es lo que les produce pavor a muchos. Por
eso pasan la segunda mitad de la vida agarrados desesperadamente a lo que tienen,
llenando febrilmente el tiempo que les queda para hacer notorio al mundo el significado
de su persona. Viven siempre bajo presión para exhibirse y demostrar su vitalidad e
importancia. Como no viven la realidad de la vida, necesitan ostentar algo como prueba
de que aún viven y todavía hay que contar con ellos.

Quien vive a tono con su edad sigue lleno de vida

Nadie es adulto por disfrazarse de adulto. Ni disfrazarse de joven hace joven a nadie. Es
evidente que a muchas personas se les hace cuesta arriba aceptar las etapas de su vida
con sus realidades concretas. Hoy podemos constatar una cierta juventudmanía. Hasta
las personas ancianas sucumben ante esta alucinación. Organizan todos los detalles de su
vida según las expectativas de otros. Creen que solo serán aceptadas por la sociedad si se
presentan con caretas de juventud y dinamismo. C.G.Jung define este fenómeno como
una perversión del mismo ser humano. Se olvida el valor de la edad y se desearía
permanecer siempre joven. Pero entonces no hay madurez, no se llega a la sapiencia. Se
vive de manera permanente contra la propia naturaleza. Porque se quiera o no se quiera,
uno envejece necesariamente.

En un periódico se podía leer recientemente que las operaciones de estética han


aumentado en Estados Unidos en un 450 por ciento en la última década. En el año 2007
se practicaron en este país 11,7 millones de tratamientos médico-estéticos. También los
varones se someten cada vez más a este tipo de operaciones. Explicación de esta
tendencia: las arrugas y las bolsas de los párpados son inaceptables en el ejercicio de la
profesión. Solo los jóvenes y guapos tienen perspectivas de éxito. Los valores de éxito y
juventud son considerados como valores absolutos. Los auténticos valores del ser
humano, como su dignidad, sabiduría y humanismo, son valores que ya no cuentan. Pero
el que se doblega al dictado de lo juvenil encorva su propio espinazo. Su vida se parece a
la de un cazador al acecho permanentemente de su imagen juvenil que ni con tantos
maquillajes es capaz de retener. Alguien dijo una vez a propósito de tantos viejos
maquillados, que esto es una «guerra de maquillajes», porque en la vejez no ven más que
a su enemigo.

Nadie se hace joven por disfrazarse de joven. Al contrario, eso es someterse a los
dictados de la juventud. Pero seguirá envejeciendo un poco cada día. No está en su mano

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retener la juventud. Podría hacerlo si aceptara el proceso de envejecimiento. Pero
prefiere correr detrás de la juventud porque no se resigna a la vejez. El que vive a tono
con su edad sigue dinámico. Y la vitalidad es el auténtico signo de juventud. El salmista
elogia a un anciano así cuando dice que no se marchitan las hojas de su árbol y da fruto
en su sazón. Pero para el sabio del Antiguo Testamento no se trata de un anciano
empeñado en copiar la juventud, sino del que medita la ley del Señor, se entrega, por lo
tanto, a las tareas propias de su edad y se toma su tiempo para la meditación en silencio.
El que vive así llega con vitalidad hasta el final. Sigue atento a los signos de los tiempos
y tiene siempre algo que decir. No necesita exhibirse. Exactamente en su libertad interior
permanece, contra toda esperanza, interiormente joven y lleno de dinamismo.

Juventud interior: una cuestión de actitud

Hay gente joven con mentalidad inmutable. Hay gente anciana llena de esperanzas, de
entusiasmo y de impulsos de vida interior. Existe una juventud interior que consiste en la
actitud de las personas. Se deja sentir en la movilidad interior, en su vitalidad, en la
apertura vigilante del espíritu. La capacidad de entusiasmo es otro componente de la
juventud. El joven que es incapaz de entusiasmarse, que solo vive la rutina diaria y ha
sucumbido a las exigencias del consumo, no vive la vida real ni se le puede caracterizar
como joven aunque tenga solo 18 años. Porque la juventud va unida a la frescura y la
vitalidad. Todos vamos envejeciendo. Cada uno siente y vive ese proceso de distinta
manera. Uno se complace en verse ya mayor. Otro, por el contrario, se cuida mucho de
ocultar su edad. También en este asunto es importante aceptar nuestro proceso de
envejecer y de ir creciendo en paralelo con los años. Llevo 18 años trabajando en una
casa de ejercicios espirituales a la que vienen sacerdotes y miembros de las comunidades
religiosas que se sienten quemados o desean sencillamente hacer algo por su
regeneración interior. En las conversaciones previas tengo muchas veces esta impresión:
esta religiosa tiene 70 años, pero está llena de vitalidad y juventud interior. Viene luego
un sacerdote de 58 años recién cumplidos, pero tiene comportamientos de viejo. Cuando
nos juntamos en equipo e intercambiamos impresiones sobre los próximos huéspedes,
desempeñan un papel importante la edad interior y la edad cronológica. Concedemos a
toda persona, de cualquier edad, posibilidades de cambio. Pero si nos encontramos con
alguien que da la impresión de ser interiormente viejo e incapaz de movimiento,
entonces nos resulta más difícil confiar en que pueda volver a la vida. Nos causa muchas
veces tristeza ver envejecer a alguien tan prematuramente. Quizá esa persona ha
renunciado ya a toda esperanza, carece ya de ilusiones. Ya no tiene capacidad de
entusiasmo. Ya no queda en sus cenizas ninguna brasa viva capaz de arder y calentar a
otros. Lo único que irradia esta clase de personas es un contagio deprimente.

Se suele decir que «uno es tan viejo como se siente». Se trata de la juventud interior.
Si todo me parece difícil, si tengo miedo a todo lo nuevo, soy viejo sea cual sea la etapa
cronológica de mi vida. Pero el dicho no debe deslumbrarnos tanto que nos impida ver la

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edad concreta. A los 70 años no puedo comportarme como si solo tuviera 30, pero con
70 años puedo todavía sentirme interiormente en plena forma y joven. Estoy abierto a
todo lo que la vida pueda ofrecerme. Me interesa. Leo mucho y me agrada conversar con
la gente porque siento interés por la vida de los demás. Debemos esforzarnos mucho por
conservar esta apertura de espíritu en todas las etapas de la vida. Albert Schweitzer
escribió siendo anciano: «Mientras los mensajes de belleza, de alegría, de audacia y de
grandeza puedan tener acceso a tu corazón, sigues siendo todavía joven».

Envejecer significa también comenzar de nuevo

«Uno necesita cambiar constantemente, renovarse, rejuvenecer, si no quiere


anquilosarse». Lo dijo Goethe a sus 80 años. Evidentemente, Goethe no se había
anquilosado interiormente. Seguía activo en su vida, pero de otra manera distinta a la de
los años de su juventud. En la palabra «rejuvenecer» no incluye Goethe una necesidad de
adaptación a los jóvenes. Entiende más exactamente la atención permanente a la fuente
que fluye y cada uno debe sentir fluir en su interior. Esa fuente interior es, en definitiva,
la fuente del Espíritu Santo que mana a torrentes en nosotros. Ella nos renueva en todo.
Necesitamos dentro de nosotros la presencia del Espíritu de Dios para permanecer llenos
de vida. El que no rejuvenece se anquilosa. Queda interiormente congelado, tieso como
un palo. Ha huido de él toda vitalidad y capacidad de movimiento. Esto es una
falsificación de la vida.

Por una parte, la vejez pone fin a la etapa de nuestra vida activa. Pero ese fin solamente
lo ven claro los que se han visto desvinculados de su trabajo por el cobro de una pensión.
Para otros muchos es un paso lento y deslizante desde una existencia activa a otra más
contemplativa. La vejez no es solo el fin de la situación en la etapa anterior. Siempre es
también un nuevo comienzo. Quedan muchas cosas por probar y vivenciar, cosas nuevas
que aprender y descubrir en uno mismo, en las personas del entorno y en el mundo
entero. Pero ese comienzo nuevo y consciente únicamente puede establecerlo el que está
dispuesto a decir adiós a todo lo vivido anteriormente. Cuando el pensionista no hace
más que añorar con lágrimas su trabajo y el prestigio que le daba, termina por
anquilosarse y quedar seco. Solo si se libera del pensamiento del trabajo podrá
entregarse con impulso a la nueva tarea que le espera. Esta puede ser también
completamente una nueva ocupación. Pero es sobre todo el proceso de maduración el
que adopta una nueva forma en la vejez. Precisamente porque el viejo sabe que su vida
tiene un fin debe aceptar la tarea de vivir activo hasta el final, tomar parte activa en la
vida y estar siempre interiormente abierto a todas las oportunidades que se le ofrezcan a
diario. Si es verdad que cada comienzo tiene en sí algo de mágico, como dice Hesse en
su poema «Los peldaños», eso mismo es aplicable a toda vida hasta el final.

Madurez humana: hacerse adulto conservando alma de niño

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El papa Gregorio Magno cuenta en su libro sobre la vida de san Benito una cosa a
primera vista chocante. Dice que Benito tuvo ya, desde su primera juventud, un corazón
de hombre maduro: un «cor senile», un corazón de viejo. Con esta peculiar expresión no
quiere el papa Gregorio dar a entender que Benito fuera senil ya en su juventud, es decir,
petrificado interiormente. Solo podemos comprender bien esta expresión si tenemos en
cuenta la gran estima en que tenían los romanos la vejez. Dice, por ejemplo, Cicerón en
su Tratado sobre la vejez: «Los grandes estados se tambalearon cuando eran gobernados
por jóvenes y fueron los ancianos quienes los sostuvieron y volvieron a levantar». Por lo
tanto, tener de joven un corazón de anciano quiere decir que Benito estaba ya de niño
lleno de sabiduría, que poseía sabiduría interior, que a través de las apariencias exteriores
había llegado a la comprensión de la auténtica esencia de las cosas.

Niñez y ancianidad deben por tanto entenderse no solo como dos polos de la vida o
como dos realidades opuestas. Estas dos fases de la vida encarnan aspectos del ser
humano o representan algo inherente a él. Jesús nos pide a todos, también y
particularmente a los que van envejeciendo, que nos hagamos como niños. Porque solo
el que recibe el reino de los cielos como un niño logrará entrar en él (cf. Mc 10,15). La
actitud propia del niño es la apertura. Dios es el siempre nuevo, el que desea renovar
nuestra vida. El reino de los cielos significa que Dios reina en nosotros en lugar del
poder y del dinero. Si Dios reina en nosotros, somos interiormente libres, estamos
curados y completos. Y llegamos a ponernos en contacto con la imagen original de Dios
en nosotros. Pero el reino de Dios no se puede comprar ni adquirir con logros personales.
Se necesita la actitud del niño que acepta los dones como un regalo, se hace receptivo a
lo nuevo y está abierto en todo a Dios.

El viejo Picasso dice algo igualmente paradójico sobre la relación interior entre infancia
y ancianidad: «Se necesita mucho tiempo para llegar a ser joven». Con esta frase da a
entender claramente Picasso la necesidad de saber crecer en la actitud del niño o del
joven. Este proceso es largo. Esto significa que perdemos pronto la actitud del niño y la
tapamos con otras actitudes. Por eso necesitamos adquirir otra vez la vitalidad y apertura
del niño. No podemos permanecer infantiles, porque entonces no avanzaríamos en el
proceso de nuestro desarrollo. El arte de vivir consiste por una parte en hacernos
progresivamente más maduros y más adultos, pero por otra parte en conservar vivo en
nosotros el niño interior. La psicología habla de la necesidad de contactar con nuestro
niño interior como fuente de inspiración y de vitalidad. Y el niño interior percibe por
instinto su peculiaridad: «Yo soy yo. Yo soy el que yo soy». En la medida en que una
persona conserva un alma infantil está dando señales de madurez. Entonces sigue viva
interiormente y abierta al misterio de su vida. En cualquier edad.

Deberíamos permitirnos ciertas islas de tranquilidad

En nuestra sociedad actual se valora con preferencia lo que procede con rapidez y

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produce resultados inmediatos. El mundo en su conjunto se mueve cada vez más deprisa.
Ser joven se suele identificar principalmente con la rapidez, la flexibilidad, la movilidad.
Sin embargo, nuestro proceso de envejecimiento no debería someterse a estos criterios.
También el niño es lento, en definitiva. Le gusta proceder con calma. Si sus padres le
urgen a que se dé prisa en vestirse, él reacciona manifestando su com placencia en
hacerlo con lentitud. No le gusta que le metan prisas. Necesita tiempo para fantasear y
jugar. También la persona que va envejeciendo irá descubriendo progresivamente un
nuevo sentido en el proceder con calma. No en vano se ha convertido el libro de Sten
Nadolny El descubrimiento de la lentitud en un libro venerado. La lentitud es además un
signo de espiritualidad. La persona mayor puede permitirse otra vez una mayor lentitud
en sus movimientos. En la plenitud de la vida no podemos permitirnos trabajar sin prisa,
porque pronto perderíamos el puesto de trabajo. Pero incluso en el ejercicio del deber
profesional se necesita el contrapeso de la calma. Hay personas que llevan a su familia
todo el estrés acumulado en el trabajo, y no son una bendición para los suyos. A los hijos
no les hace ninguna gracia el estrés que el padre o la madre traen de su trabajo. Lo que
desean y necesitan es su presencia. Desean que sus padres les dediquen tiempo. Por eso,
el arte de vivir consiste en trabajar con rapidez y efectividad para llenar las exigencias
profesionales, pero al mismo tiempo en buscar siempre momentos de calma en los que se
pueda disponer de tiempo y estar sencillamente disponible, o en los que se pueda
disfrutar de la lentitud de movimientos. El tiempo de la oración o de las celebraciones
litúrgicas ha servido siempre de ayuda para la ralentización del ritmo de nuestra vida.
Por eso deberíamos buscarnos ciertas islas de tranquilidad en medio del trajín acelerado
que impone el ritmo de la vida, y ello sin esperar a la vejez.

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TODA vida cambia. C.G.Jung piensa que quien se resiste a cambiar se fosiliza
interiormente. Solo conserva la vitalidad interior quien está dispuesto a cambiar. La
misma vida nos transforma si nos metemos en ella. Y cada etapa de la vida nos pone
delante sus peculiares tareas. El joven tiene que conquistarse su situación en la vida.
C.G. Jung previene contra la excesiva aspiración en la juventud a valores espirituales.
Cree que es una manera frecuente de eludir los retos propios de la juventud. Y que la
tarea de una edad más madura consiste en desarrollar los valores de la personalidad.
Escribe Jung: «Por el contrario, la excesiva mirada desde la edad madura al pasado y a
los valores de la sexualidad en la juventud es una manera miope, frecuentemente cobarde
y cómoda, de esquivar la obligación cultural de reconocer los valores de la personalidad
y la obligación que esta impone de someterse a la jerarquía de los valores de la cultura.
El joven neurótico se angustia ante la ampliación de sus compromisos con la vida, el
anciano lo hace ante la disminución y limitación de los bienes vitales conseguidos».

No quedarse de pie quieto en el camino de la vida; no dejarse anquilosar, sino empezar


constantemente de nuevo; seguir las llamadas de la vida en la alternancia entre el adiós y
el nuevo comienzo, para así abrirse nuevos horizontes..., es esencial en el arte del
cambio. Hermann Hesse lo describió en su famoso poema «Los peldaños»:

Quien está dispuesto a aceptar en sí esta transformación, conservará su vitalidad juvenil


aunque siga envejeciendo en años. Se trata de que el joven se enfrente con los
compromisos de la vida como el anciano debe hacerlo con los retos de la vejez.

Albert Schweitzer escribe también sobre la necesidad que tiene el anciano de proteger su
juventud interior: «Protege tu vejez, la juventud no es solo un trozo de la vida. La
juventud es un estado del espíritu, es impulso de la voluntad, paso de la fantasía,
fortaleza de los sentimientos, victoria del valor sobre la cobardía, triunfo del gusto por la
aventura sobre la indolencia. Nadie se hace viejo por ir dejando atrás un número de años.

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Solo se envejece diciendo adiós a los ideales. Con los años se arruga la piel, con la
renuncia al entusiasmo se arruga el alma. Eres tan joven como tu confianza, eres tan
viejo como tu duda. Eres tan joven como la seguridad en ti mis mo, eres tan viejo como
tu miedo. Eres tan joven como tus esperanzas, eres tan viejo como tu desesperación».

Por lo tanto, el fenómeno del envejecimiento no es parálisis sino transformación


permanente. El fin de esa transformación es hacer brillar lo auténtico a través de lo
inauténtico, hacer que aparezca lo esencial en su origen y que desaparezca todo lo
accidental sedimentado sobre la imagen primitiva creada por Dios. La transformación se
produce necesariamente, querámoslo nosotros o no. Por eso se trata también de aceptar
ese proceso interior de transformación. De lo contrario malgastamos demasiadas
energías para mantener en pie el primitivo estado. Y notamos cómo nos falta esa energía
para vivir. Solo el que está decidido a dejarse transformar constantemente puede
permanecer siempre con juventud y vitalidad interior, aunque exteriormente vaya
haciéndose viejo y se note que lo es. El que rechaza la transformación se petrifica y,
aunque sea joven en edad, será, sin embargo, interiormente viejo.

¿Quién no desearía volver a tener veinte años?

Los niños tienen diferentes actitudes ante la juventud. Por una parte, quieren ser mayores
y fuertes como los jóvenes, por los que sienten una gran fascinación. A las niñas les hace
mucha ilusión parecer tan atractivas como las chicas jóvenes. Por otra parte, desean
seguir siendo niños. Si se sienten bien en su condición de niños, consideran a los jóvenes
como ya demasiado mayores. Y hacen bromas despectivas sobre ellos para reafirmarse
en su propia identidad de niños.

«A mí no me gustaría volver a tener veinte años», dicen algunos a la vista de las


dificultades por las que pasan los jóvenes. Otros añoran con nostalgia los años de la
juventud. El que dice que no le gustaría volver a tener veinte años está reconociendo la
satisfacción que siente con su edad actual. Se siente feliz de haber dejado atrás algunas
cosas inmaduras. Ya no necesita imponerse a nadie. Le gusta tener exactamente la edad
que tiene. Conoce las ventajas de su edad: su tranquilidad, su madurez, su experiencia.
Ya no siente la necesidad de hacerse notar. Ya ha demostrado ante el mundo y ante sí
mismo que es capaz de algo, que tiene sus propios valores. Ahora se siente libre.

Por el contrario, el que lamenta su juventud perdida está dando a entender que se define
a sí mismo exactamente por su juventud. Resume todos sus valores únicamente en
aparecer joven, en sentirse cortejado y admirado por otros. En definitiva, lo único que
demuestra con sus nostalgias es falta de madurez. En su interior se ha quedado quieto.
No ha crecido en paralelo con la edad cronológica. No ha desarrollado su crecimiento
psíquico. Por eso vive la tensión entre lo que es y lo que desearía ser.

El que vive satisfecho en la situación biográfica en la que en realidad se encuentra, vive

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dichoso también el segmento de su vida en el momento presente. Es en definitiva un
artista de su vida, mientras que el que llora los años pasados de su juventud no ha
entendido en realidad en qué consiste vivir.

Aceptar la edad significa vivir de acuerdo con ella

¿Cómo se distingue si uno se va haciendo viejo y cómo si ya ha llegado a serlo? Un dato


exterior determinante de mi edad es, por supuesto, la fecha de nacimiento. No debo
olvidarlo. Otra cosa distinta es si yo me siento viejo tal como soy y con los años que
tengo. Reconozco que ya no estoy en los cincuenta. El primer paso es reconocer mi edad.
Entonces acuden a mi memoria espontáneos recuerdos y comparaciones. ¿Qué hacía mi
padre cuando todavía tenía 65 y qué impresión me producía a mí? O cuando veo a mis
hermanos en religión que tienen 70 y 80, ¿cómo vivían ellos cuando tenían mi edad? Y
enseguida me doy cuenta de que a mi edad vivían activos y dinámicos, y todavía ahora
siguen relativamente igual.

Un segundo paso consiste en reconocer que voy envejeciendo y que ya nunca tendré
la vitalidad que tenía antes. Puedo todavía conducir mi coche cuando voy a dar una
conferencia. Me gusta seguir escribiendo libros. Incluso a veces me parece que trabajo
más que antes. Pero con el paso de los años debo aceptar también que ahora percibo unas
señales que me manda el cuerpo y que no las sentía antes. Cuando al regresar a casa de
noche me siento cansado del volante, o cuando me da miedo un viaje largo en invierno,
me doy perfectamente cuenta de que debo tomar en serio los impulsos de mi cuerpo y de
mi alma. Tengo que reconocer que muchas cosas ya no marchan como antes, que la edad
me pone ciertos límites y tengo que aceptarlos. No interpreto ciertamente el miedo a los
viajes largos como una dificultad que deba superar, sino como una advertencia de mi
alma sobre mis posibilidades reales.

Pero la aceptación de mi edad no significa negación de sus posibilidades, ni que ya no


pueda hacer nada y deba en consecuencia retirarme. Lo que significa es que debo vivir
en consonancia con mi edad reconociendo que para mí las cosas ya no son ahora como lo
eran antes. Me falta fuerza para cierto tipo de ocupaciones. En cambio, tengo más
serenidad, más experiencia y ya no me pongo nervioso cuando tengo que dar una
conferencia. La edad ofrece ciertas compensaciones. Lo que ahora necesito es solamente
un sexto sentido para trabajar, vivir y sentirme a tono con mi edad. No necesito imitar al
anciano. Tampoco puedo copiar al joven. Soy tan viejo como soy y si lo acepto, sigo
viviendo con vitalidad interior. Pero mi sentido de la existencia real ha cambiado. Hoy
me siento distinto de como me sentía hace diez años. Y no sé todavía cómo me sentiré
dentro de otros diez. Me propongo no solo tomar en serio las señales enviadas por mi
cuerpo, sino prestar además mucha atención a las voces de mi interior y vivir en sintonía
conmigo mismo. Entonces, estoy plenamente convencido, seguiré con vitalidad y
auténtico.

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Dejar morir lo viejo para que nazca lo nuevo

Toda vida tiene dos fases: un pasado y un futuro. Tengo que aceptar que muchas cosas
han pasado y no vuelven. Mi juventud pasó. Nunca más podré repetir el senderismo de
mi juventud. Me doy cuenta de que no soy ya capaz de repetir las mismas cosas que
hacía solamente cinco años antes. Es una dolorosa despedida del pasado. Tengo que
lamentar que muchas cosas han pasado. Pero al mismo tiempo que siento el dolor de no
poderme permitir ciertas cosas, descubro en mí el potencial dado por Dios, siempre
dispuesto en el fondo de mi alma.

Nunca es demasiado tarde para empezar de nuevo. En cada momento estamos siempre
comenzando algo nuevo. Por una parte, tengo que aceptar que en mi alma han sucedido
cosas sin retorno posible. Yo he llegado a ser el que soy. Ahora depende solo de mí la
manera de reaccionar ante lo que he llegado a ser y ante lo que pueda hacer con lo que
soy. Es un reto permanente. Comenzar es tomar ahora en mis manos las riendas de mi
vida, recibir y dar forma a lo que me ha sido dado.

El papa León Magno explicaba el misterio de la fiesta de Navidad diciendo que Dios
celebra un nuevo comienzo con nosotros, y empleaba el término latino initium, que
significa comienzo (Anfang) en el sentido de «ir hacia dentro». En la lengua alemana,
anfangen alude a la acción de las manos que toman algo para hacer con ello una forma o
figura determinada. Los latinos se fijaban en la idea de «ir»: vamos constantemente por
nuevos caminos. Si Dios nace en nosotros, nace también una nueva vida, entramos en
una nueva zona. El pasado no nos retiene anclados. Podemos ir por nuevos caminos.
Nuestra vida brilla con nuevo resplandor.

La vida es un continuo morir y renacer. Tiene que morir lo viejo para que nazca lo
nuevo. Lo viejo tiene que extinguirse para que comience a brillar la nueva vida. Por eso
no podemos renunciar nunca a la esperanza de ver nuestra vida revestida de la forma
original que Dios le ha dado. Nunca es demasiado tarde para empezar de nuevo. Pero el
nuevo comienzo no elimina lo pasado. únicamente le da una nueva forma capaz de
reflejar en nosotros y en toda su pureza la imagen de Dios. No solo nosotros podemos
siempre empezar de nuevo. Dios co mienza con nosotros. Nos comunica su vida divina
incombustible para renovar la nuestra.

Muchas veces escucho la voz de personas ancianas que se quejan y lamentan el


derrumbe de los sueños de su vida. Siempre sobrevino algún contratiempo que impidió
realizarlos. Sus relatos tienen con frecuencia tonos de resignación. Su vida no siguió los
derroteros previamente marcados y esperados. Yo les respondo siempre: es verdad,
vuestros sueños primeros no se han cumplido, pero la esencia oculta en esos sueños
permanece viva en vosotros. Vuestra tarea ahora, en este momento de vuestra vida,
consiste en vivir la esencia de vuestros sueños y vincularla con todas las experiencias del
pasado. Nada de lo que habéis vivido ha sido en vano, todo ha servido para enriquecer

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vuestras experiencias. Lo importante ahora es conectar con los primeros sueños y
preguntarse: ¿cómo puede ser mi vida ahora? No puedo anular mi vida y empezar otra
vez desde el principio. Pero sí puedo conectar mis experiencias con lo que dormita
dentro de mí y no ha hecho todavía su aparición a la vida en la forma en que yo lo había
imaginado.

Es importante vivir conscientemente la crisis de la mitad de la vida

La etapa de la mitad de la vida tiene un papel importante en la toma de conciencia sobre


el proceso de envejecimiento. Puede suponer una nueva experiencia. Para unos es una
parada de horror, llena de angustia, mensajera del propio fin y de la limitación del
tiempo. Para otros es una parada positiva que ilumina el sentido de la totalidad en una
especie de mirada retrospectiva y prospectiva.

C.G.Jung ve en la etapa media de la vida una fase absolutamente decisiva en la


existencia humana. La línea biológica de nuestra vida es como un semicírculo. En la
mitad de la vida llega a su punto más alto. Si uno no quiere ver la línea psicológica de su
vida, hará una inflexión hacia abajo. Solo el que con sinceridad reconoce que la línea de
su vida se acorta crecerá en madurez psicológica, y la línea psicológica de su vida
seguirá alargándose hacia arriba. En la mitad de la vida comienza un cambio de
paradigma. No se trata ya de conseguir más logros de cara al exterior. El alma se anuncia
por medio de sueños o también a través de molestias psicosomáticas y llama la atención
sobre la necesidad de estar atentos a lo que pasa en nuestro mundo interior. El que se
niega a seguir el camino hacia el interior se sentirá cada vez más inquieto. Si se ocupa
totalmente de su trabajo o se hace conservador y da valor absoluto a las normas externas,
desplaza las mociones del alma. El comportamiento según las normas establecidas
suplanta la transformación espiritual.

En la fase de la mitad de la vida deberíamos plantearnos un debate con las sombras de la


vida marginadas hasta entonces. Lo que está sucediendo en el alma reclama nuestra
atención. El camino va cada vez más en dirección interior y no solo hacia fuera. El que
se salta este cambio de dirección en la mitad de la vida queda interiormente inmóvil,
cada vez más paralizado. Él mismo se complica más el proceso de envejecimiento.
Desearía agarrarse a su juventud y permanece interiormente inmóvil. Ya no crece más en
él. Por eso, la crisis de la mitad de la vida, vivida conscientemente, es una condición para
poder avanzar en edad de manera favorable y para encarar con franqueza los temas que
trae consigo el envejecimiento.

La jubilación laboral, un corte significativo

Cuando un individuo advierte que de repente, de la noche a la mañana, ya no significan


nada su profesión, empresa, carrera, éxitos ni responsabilidades sociales... puede suceder

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muy bien que se encuentre a las puertas de una grave crisis en su vida. La jubilación
profesional es un corte radical en el proceso de envejecimiento. Este corte sorprende a
muchos sin estar preparados. Hasta entonces se habían definido y valorado en función de
su profesión. Ahora, sin profesión, no se valoran en nada. Y brotan los sentimientos de
inseguridad personal. Algunos no se atreven ni a decir en alto que están jubilados. No se
encuentran a gusto en la nueva «profesión», les resulta extraña. Otros orientan la vida en
diversas direcciones. Han perdido el ritmo y el sentido de su vida. Unos empiezan a
beber porque no saben cómo matar el tiempo. Necesitamos prepararnos bien para encajar
este corte. Una buena preparación es empezar ya desde ahora a no definimos únicamente
en función de la profesión, a no dejarnos absorber por la actividad profesional: la de
profesor, médico, policía, jefe de departamento. El que se define en función de una
determinada profesión se pierde cuando se desmonta este andamiaje. Mientras estaba
levantado, nos proporcionaba una cierta seguridad. Deberíamos empezar a crear una
cierta distancia interior cuando todavía estamos en el ejercicio activo de la profesión. No
debemos dejarnos absorber por ella. En el ámbito familiar desempeñamos otro papel
muy distinto. Incluso el tiempo libre puede reservamos nuevas tareas. El que se ha
acostumbrado a vivir no mirando solamente en una dirección, sino atento e interesado
por otros múltiples aspectos de la vida, lo tiene todo más fácil cuando cesa en la
profesión o en un determinado oficio.

Otra clase de preparación podría consistir en completar con algunas aficiones la


ocupación profesional mientras se vive en activo: la lectura, la música, el paseo o la
jardinería, por ejemplo. Entonces estaremos deseando tener tiempo para nuestras
aficiones. También podemos pensar cómo podríamos comprometernos con alguna
actividad útil en organizaciones benéficas: colaboración en la parroquia, en una
asociación, en diversos proyectos dentro de la localidad donde vivo, o en otros proyectos
más universales como la protección de la naturaleza, atención a los refugiados o
inmigrantes.

Finalmente, la preparación para la vida de jubilado es también un reto espiritual. Me


pregunto qué deseo hacer exactamente con mi vida y qué sentido quiero darle. Y se
precipitan las preguntas fundamentales como: ¿quién soy yo exactamente? ¿En qué me
ocupo? ¿Adónde voy? ¿Cómo me caracterizo? Todas estas preguntas terminan por
llevarme al verdadero fundamento de mi vida, que permanece inconmovible aunque se
haya desmoronado el fundamento del trabajo y de la profesión.

Quien lo desee debería poder trabajar hasta una edad avanzada

La periodista suiza Klara Obermüller ha escrito un instructivo libro sobre el cese de la


jubilación. Sus experiencias personales son útiles para todos. Aunque estaba convencida
de haberse preparado bien para la etapa de jubilación, este corte en la trayectoria de su
vida la sorprendió porque en realidad estaba poco preparada. Cayó en una depresión y su

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reacción fue tratar de llenar con ocupaciones el nuevo vacío abierto por la jubilación. La
experiencia más dura para la pensionista fue la de estar siempre ausente de los lugares
donde se tomaban las decisiones. Ya no podía decidir ni sugerir nada.

¿Cómo reaccionar ante una experiencia así? Klara Obermüller aboga por la continuación
en el trabajo mientras se encuentre gusto en ello. Pero piensa que se debe prestar mucha
atención y respetar las propias limitaciones. Se debería desarrollar un especial instinto
para saber cuándo ha llegado el momento de poner fin a la actividad laboral. Y se
pregunta con escepticismo: «¿Cuándo acepto definitivamente que estoy disminuido, que
mi trabajo ya no está a la altura que yo quisiera y los demás esperan de mí? ¿Y quién
puede decírmelo? Este es mi problema permanente».

Es cierto que hoy deberíamos fijar delimitaciones más flexibles entre la actividad
laboral y la etapa de jubilación. En nuestro convento permitimos a nuestros compañeros
trabajar mientras quieran. Sin embargo, llega un momento en que les resulta muy duro
reconocer que ya no pueden seguir trabajando, porque les falla la vista o porque las
manos ya no se mueven con destreza. Si en esta situación hay alguno que se valoraba
solamente en función de su trabajo, le cuesta mucho aceptar la nueva realidad y, por otro
lado, los compañeros experimentan notables dificultades para responder correctamente a
las nuevas circunstancias.

Cada etapa de la vida tiene sus propios retos

La infancia es el tiempo de apertura a la vida, de ganar confianza en el padre, en la


madre y, a través de ellos, en la vida y en las personas en general. La tarea de la ju
ventud consiste en desarrollar la propia identidad y en aspirar a algo superior a uno
mismo. De jóvenes necesitamos modelos e ideales para dinamizar las propias energías y
encontrar nuestro sitio en la vida. Lo propio del adulto es dar fruto, primero en la familia
que funda y en los hijos que procrea, después en el trabajo que realiza. En la mitad de la
vida aparece una nueva orientación. El camino de la vida comienza lentamente a
orientarse de fuera hacia dentro. Necesito un nuevo sentido en mi vida. El nuevo sentido
ya no puede consistir únicamente en edificar hacia fuera. Desde la mitad de la vida hay
que establecer un debate con el envejecimiento, con la muerte, y buscar la puerta de
acceso al interior de sí mismo. La cuestión planteada en la vejez es el desprendimiento
de la obra anteriormente construida, de las relaciones creadas, de las propias energías,
del poder y del influjo que se ejercía, para hacer así posible el desarrollo de lo nuevo y
característico de esta edad. La novedad de la vejez es la sabiduría, la mansedumbre, la
serenidad y la libertad.

Por lo demás, la ancianidad se desarrolla en varias fases. La primera es la de la


jubilación. Su problema consiste en el desprendimiento del trabajo y del prestigio
adquirido en el trabajo para poder edificar algo nuevo. Muchos pensionistas conservan

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con frecuencia todavía un relativo vigor. Necesitan buscarse ocupaciones a las que poder
dedicarse. La segunda fase empieza en distinta edad según los casos: en unos a los 70, en
otros a los 75 o a los 80. En esta fase se llega a la convicción de que es necesario
desprenderse de las nuevas ocupaciones, porque ya no se es capaz de realizarlas de
manera satisfactoria o porque se hacen necesarios nuevos pasos: los pasos hacia el
interior, hacia la quietud, hacia la existencia pura. Viene finalmente la tercera fase, que
es posiblemente la fase de la aceptación de la enfermedad dolorosa hasta el momento de
la muerte. También esta fase es vista de distinta manera por unos y por otros. A unos se
les acorta la enfermedad: pasan en breve tiempo de la actividad a la pasividad y a la
muerte. A otros se les prolonga una fase intermedia de extrema debilidad corporal y
espiritual. Superar estas fases de manera conveniente es tarea personal. En algunos casos
viene a añadirse la incapacidad de valerse, la incapacidad de decisión, la pérdida de
conocimiento, para llegar sin señales exteriores a las profundidades del alma, aislados de
todo lo que todavía podemos contactar.

Cada etapa de la vida se caracteriza por sus propios miedos y esperanzas

Cada etapa en la vida del ser humano está caracterizada por sus peculiares retos. Tiene
también sus peculiares temores y esperanzas. Los niños sienten miedo ante todo lo que
les parece una amenaza. Se sienten angustiados ante lo desconocido que se les aparece
en sueños. Se asustan cuando se les habla a gritos o con amenazas. Pero los niños viven
también en la esperanza de que su vida será plena, de que viven protegidos por Dios, que
tiene además un proyecto personal de vida sobre ellos. Los jóvenes tienen con frecuencia
miedo al futuro: a no poder quizá realizar su vida, a no concluir una brillante carrera, a
no encontrar un trabajo satisfactorio. Los jóvenes viven confiando en que pueden ser
dueños de su vida y realizar sus sueños, y en que su vida tiene sentido.

Las personas que viven en la mitad de la vida temen que la vida se les haya pasado ya.
Se preguntan si eso es todo, si todo consiste en lo ya vivido. Y tienen miedo de ser
arrojadas a la cuneta del camino de la vida por las inquietudes que van naciendo y
creciendo en su alma. Al mismo tiempo, esperan dar un nuevo sentido a su vida que les
estimule a seguir luchando y trabajando. La vejez siente angustia ante la realidad de las
propias limitaciones, ante el desamparo, ante el hecho de no significar nada, ante la
soledad, ante la enfermedad que les hace necesaria una especial asistencia. Las personas
mayores sienten horror ante la idea de poder convertirse en una cruz para alguien. Pero a
pesar de todo confían en poder redondear su vida de manera digna, en conservar la
cabeza clara hasta el final, en convertirse a su edad en bendición para su familia y en que
Dios les conceda una buena muerte.

Solo quien se sitúa frente a su verdad permanece sano e íntegro

«Espera la vejez, / ese tiempo saludable, / suficientemente duro / para darte tus nuevas

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medidas», dice un poema de Wilhelm G issmann. Sí, la vejez puede ser un tiempo
saludable, pero no lo es a primera vista. Lo que vemos a primera vista en la vejez es ante
todo su dureza, la disminución de las fuerzas con su cortejo de enfermedades y molestias
que se hacen cada vez más frecuentes. Pero Wilhelm Gússmann entiende por dureza de
la vejez cierto tipo de unidades de medida con las que podemos medirnos de nuevo.
Cuando la vejez pone límites a las posibilidades de nuestra vida, nos proporciona en esas
limi taciones una medida nueva. Podemos tomar las medidas exactas de lo que somos y
ver con claridad cuáles son exactamente nuestras posibilidades reales. Se hace patente
nuestra verdad. El encuentro con la propia verdad resulta a menudo bastante doloroso.
Pero es también saludable. Solo el que se pone frente a su verdad está sano e íntegro en
cualquier edad.

Una de las limitaciones de la vejez es la propia soledad. También ella es otra manera de
situarnos ante nuestra verdad. En lugar de distraernos, lo que debemos hacer en la
soledad es reconocernos y presentarnos ante Dios para ver a su luz claramente lo que hay
en nosotros. Los monjes antiguos relacionan la propia verdad con la humildad. Humildad
significa el valor necesario para descender a las profundidades de mi alma con el fin de
descubrir su verdad. Al bajar hasta los abismos de mi alma, reconozco todo lo que hay
en mí. Aprendo a conocerme en todas las dimensiones de mi ser. En esto consiste la
nueva medida que completa en nosotros la saludable etapa de la vejez a condición de
saber esperarla y de aceptar conscientemente que nos hacemos viejos.

Dejar que se transparente cada vez más el brillo de nuestra alma

¿Cuál es la meta de nuestro avanzar por el camino de la vida? El fin de nuestro


crecimiento y nuestra maduración es el acercamiento progresivo a la imagen original y
auténtica que Dios se ha forjado de cada uno de nosotros. Es una transformación y
descubrimiento progresivo de sí mismo, un vivir más y más de tal manera que haga bro
tar lo auténtico a través de lo inauténtico, lo verdadero a través de lo aparente, llegando
por este medio a la plena vitalidad y autenticidad interior... esto es lo que quiero decir
cuando hablo de la imagen original. Esa imagen queda con frecuencia empañada por las
expectativas sobre nosotros por parte de los padres, profesores o educadores; o por las
imágenes que nosotros mismos nos formamos inspirados por la ambición y los sueños de
grandeza o, por el contrario, por nuestra falta de autoestima. Es de todo punto necesario
despojarse progresivamente de esas imágenes impuestas desde fuera mientras vamos
avanzando por el camino de la vida hasta que aparezca inconfundible en primer plano la
imagen original.

Es completamente normal que esta imagen original se mezcle con otras imágenes
superpuestas a lo largo de la vida. Pero es deber nuestro afinar la mirada y distinguir
cada vez con mayor precisión qué es realmente lo más coherente para nosotros, en qué
cedemos a las expectativas de otros y en qué somos fieles a lo que Dios nos pide

30
exactamente. Nuestra verdadera esencia tiene que ir apareciendo cada vez más diáfana a
lo largo de nuestra vida. Si desaparecen los roles y las máscaras impuestos desde fuera,
puede resplandecer nuestra alma en su primitivo esplendor. A medida que vamos
envejeciendo, tanto más transparentes debemos hacernos al resplandor de nuestra alma.

La transformación se produce en nosotros

La transformación que se experimenta en el proceso de envejecimiento es muy distinta


de la disposición siempre necesaria para el cambio, la movilidad y la flexibilidad
mientras ejercíamos una profesión. En la vida profesional se imponía el cambio como
exigencia constante de la adaptación a nuevas circunstancias exteriores. Había que
adaptarse a los nuevos colegas, a las sucesivas reorganizaciones en la empresa, a la
introducción de la informática, de nuevas técnicas y nuevos programas. Encontrábamos
en la familia nuevos estímulos para ello. Se nos pedía movilidad interior y exterior.
Indudablemente, esa flexibilidad hizo cambiar nuestra vida. Pero la transformación
propia de la vejez tiene aspectos diferentes. Ahora es necesario adaptarse también y
enteramente a las nuevas situaciones que nos depara la edad. Ya no se trata solo de
cambios exteriores, sino de un proceso de transformación interior. El objetivo de esa
transformación es siempre hacer aparecer en primer plano lo más característico. En la
vejez se borran muchos rasgos exteriores. Es la gran ocasión para que brille la esencia
interior.

El fenómeno de la transformación no se identifica simplemente con el del cambio. A lo


largo de nuestra vida hemos tenido que ir cambiando sucesivamente. Tuvimos que
modificar nuestras formas de conducta y acomodarnos a las exigencias de nuevas
circunstancias. La transformación sucede cuando permitimos que suceda. La vida nos
transforma. La vejez también, porque hace desaparecer lo exterior para que aparezca lo
interior. La transformación se produce en nosotros. Lo que tenemos que hacer es dejar
que se produzca, dejarnos llevar por el proceso de transformación para que
progresivamente aparezcan más y más en primer plano el núcleo y la esencia de nuestra
vida.

Lo que uno ha de aprender mientras se hace viejo

Mi padre aprendió la lengua rusa siendo ya muy mayor. No llegó a dominarla como para
poder mantener una conversación con un ruso, pero el esfuerzo de aprender le mantuvo
con vitalidad. Permaneció muy atento e interesado por Rusia y por la idiosincrasia de los
rusos. Evidentemente, es bueno para los mayores aprender algo exterior como, por
ejemplo, una lengua, viajar y conocer otras culturas y hasta quizá informarse bien sobre
ellas con la lectura de un libro. Personas muy mayores aprenden el manejo del
ordenador. Todas son oportunidades razonables de aprender algo y mantienen al sujeto
con vitalidad interior.

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Pero el peculiar aprendizaje en la vejez abarca nuevos campos. El anciano tiene que
aprender a aceptarse a sí mismo y a reconciliarse con la historia de su vida. Tiene que
aprender a desligarse de sí mismo y de todos los roles que haya podido desempeñar a lo
largo de su existencia. Y tiene que aprender a retirarse a tiempo para dejar paso a otros.
Son procesos de aprendizaje que pasan necesariamente por una dolorosa despedida de
todo oficio y ocupación en una vida que queda ya atrás. El duelo por todo lo que nos
retira la ancianidad nos pone en contacto con todo lo que ella misma nos regala, con
nueva serenidad y prudencia.

El que aun siendo mayor está, sin embargo, dispuesto a seguir aprendiendo, o disfruta
charlando con otros para aprender de ellos qué es lo que les preocupa, o les hace
preguntas sobre cosas que él no sabe, conserva su vitali dad. A los jóvenes les encanta
hablar con ancianos así. Porque en las preguntas de los ancianos encuentran alicientes
para formularse con más claridad cuáles son exactamente los motivos por los que se
mueven. Las preguntas mantienen la vitalidad de los mayores y también la de los
jóvenes. El que deja de hacer preguntas pensando que lo sabe todo se anquilosa. El que
ya no pregunta nada y solo cuenta historias encadenadas de su propia vida se hace
insoportable y pone los nervios de punta. El aprendizaje de los ancianos tiene otra
calidad distinta del aprendizaje de los jóvenes. Es una búsqueda permanente de la
verdad, de lo que verdaderamente nos sostiene y da sentido a nuestra vida. Pero es
también interés por el misterio de la vida y de los vivientes.

Envejecer con éxito: toda vida auténtica es modélica

Los modelos tienen especial importancia para los jóvenes. Despiertan en ellos la energía
dormida para que la desarrollen y la concentren en dirección a un fin. Pero también el
anciano necesita modelos. Precisamente cuando se siente inmerso en un nuevo proceso
que todavía no sabe controlar, necesita modelos en los que poder leer cómo lograron
ellos aceptar su edad y desprenderse de los antiguos roles. Necesita modelos que le
pongan constantemente ante los ojos el valor de la edad y le permitan ver cómo es una
ancianidad con éxito. Quizá sea esta la razón por la que a muchas personas mayores les
gusta tanto leer biografías. Les interesa saber cómo han realizado otros su vida de
mayores. Lo que les interesa no son solo las grandes hazañas de los biografiados, sino
también y especialmente cómo vivieron sus últimos años, cómo se las arreglaron con la
vejez y con la muerte.

Yo no puedo presentarme como anciano ni mucho menos como modelo. Sería una
desagradable exhibición de orgullo. Todo anciano que lleva una vida auténtica, en
sintonía consigo mismo, se convierte automáticamente en modelo de vida para otros. No
quiere esto decir que necesite exhibir una conducta exteriormente intachable. Pero la
aspiración a convertirse en modelo puede ponernos en el camino de nuestra propia
reconstrucción. Despierta en nosotros el sentido de responsabilidad. No nos podemos

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permitir excesos. Nuestra vida en la vejez no debe aspirar solamente a ser una vida
realizada. Si la vivimos de manera coherente, automáticamente nos convertimos también
en bendición para otros. Al contrario, si nos hacemos unos viejos avinagrados e
insatisfechos, siempre protestando contra Dios y contra los hombres, el influjo en
nuestro entorno se hace necesariamente negativo. Hasta el final de nuestra vida nos
queda una misión que cumplir. No consiste en grandes realizaciones, sino en vivir una
vida auténtica. Toda vida auténtica se hace modélica para otros. Esta aspiración a servir
de modelo para otros puede en ciertas ocasiones estimularnos a no darnos nunca por
satisfechos con lo ya conseguido y consiguientemente cruzarnos de brazos, sino a
continuar retocando nuestra figura interior y a crecer en perfección. Nunca vivimos solo
para nosotros, ni siquiera en la vejez. Vivimos siempre solidarios y responsables ante los
demás. Todo cuanto hacemos por nuestro desarrollo y madurez lo hacemos siempre
también por otros. De esta manera conseguimos crear un clima en el que también otros
recobran el gusto por mejorar interiormente y seguir adelante.

El mérito no depende de los resultados

Mientras se ejerce una profesión, son muchos los que encuentran sentido a su trabajo y a
su profesión. Luego surge y se hace cada vez más insistente la pregunta: ¿se puede
seguir siendo productivo también hasta el fin de la vida? ¿Es el trabajo también un
componente natural de la ancianidad? ¿Qué posibilidades le quedan al jubilado de crear
algo nuevo y de expresarse a través de esa creación? ¿Tiene alguna importancia seguir
trabajando y conseguir algún logro una vez llegados a cierta edad avanzada?

Hace algún tiempo visité a Jórg Zink para hablar sobre un proyecto en común. Quedé
profundamente impresionado ante la capacidad creativa que mantenía a su edad. A sus
86 años se levanta todos los días a las 4 de la mañana y se sienta a su mesa de trabajo
para escribir. Emplea las primeras cuatro horas en un trabajo creativo. Por supuesto, no
toda persona mayor es capaz de hacer lo mismo. Pero muchas personas ocupadas en
trabajos de intelectuales han dado muestras de una increíble fuerza creativa hasta muy
entradas en años. Ya no sufren bajo la presión de tener que escribir algo, pero la
posibilidad de formular todavía sus pensamientos y ocuparse con los temas que mueven
hoy el mundo las mantiene llenas de vida.

Antiguamente, los campesinos seguían trabajando en las faenas del campo mientras las
fuerzas se lo permitían. Su trabajo les transformaba. La abuela cuidaba la casa para que
la joven labradora pudiera trabajar en el establo o en el campo. El abuelo ayudaba en la
granja, la mantenía en orden y continuaba trabajando según la medida de sus fuerzas. Era
una bendición para él y para la granja. Ahora bien, el trabajo se acomodaba a sus fuerzas.
En la ancianidad ya nadie puede rendir lo mismo que a los 50. En esa proporción debe
cambiar también el trabajo. Lo más importante no es ya el rendimiento, sino tener una
ocupación razonable, que es mucho más que un simple matar el tiempo. Mejor aún si esa

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actividad reporta además algún beneficio también a otros.

Hay personas que no descubren sus aptitudes creativas hasta llegar la vejez. A esa edad
empiezan algunas mujeres a interesarse por la pintura. O un varón se prepara un pequeño
taller de carpintería para hacer algún mueble útil para la casa. Una abuela se sienta a
tricotar calcetines o jerséis para sus nietos. Todas son ocupaciones muy razonables. Son
una bendición para los ancianos, para los beneficiarios de su trabajo y para satisfacción
personal de quien se gloría todo el resto de su vida de unos sencillos calcetines, pero que
son la expresión de un amor que nunca muere.

No hay normas para la vejez. No a todos les es dado permanecer creativos en los últimos
años de su vida. Tampoco podemos desalentar a los mayores en sus proyectos y
ocupaciones. Si encuentran una actividad que les gusta y entretiene, los demás deben
apoyarles. Pero también hay mayores convencidos de que ya han trabajado bastante en
su vida. Ahora les gustaría dedicarse a otras cosas: a la lectura, a oír música, a viajar, al
silencio. Todo es legítimo. No podemos valorar a una persona mayor por el fruto de su
trabajo. Lo importante es que siga activa. Este dinamismo es para unos una actividad
orientada hacia fuera; para otros es el interés por la vida. Por eso siguen instruyéndose,
observando vigilantes y filosofando sobre los tiempos.

Ocuparse en cosas que tengan verdadero valor

«El que se para se oxida». Lo dicen muchos pensionistas afectados por el «estrés de la
jubilación» casi sin haberse despedido todavía de sus obligaciones y compromisos
profesionales. Por eso se cargan en su jubilación con mayor número de actividades y
más intenso nerviosismo que antes.

En todo refrán, incluido el citado, se oculta un granito de verdad. El que no hace


absolutamente nada más que vegetar para descansar bien del pasado, puede fácilmente
oxidarse como un metal atacado por el orín. Cuando los pensionistas se dejan afectar por
el estrés - a veces incluso lo buscan-, han llegado a una situación en la que hay algo que
ya no funciona. Quieren demostrarse a sí mismos que todavía valen para algo; sus
actividades llevan excesivamente marcada la impronta de su ego. Y los demás tenemos
la impresión de que no quieren cortar con el pasado y tienen miedo a no ser ya
considerados para nada. Todo el que se autodefine en función de su trabajo se niega a
dar los pasos de madurez propios de su edad.

Carece absolutamente de sentido trabajar de jubilado incluso más que antes. A veces
presumen los pensionistas de que todavía lo siguen haciendo todo, de que no les queda
tiempo libre para nada. Pero este orgullo no es más que un signo de un mundo
pervertido. C.G.Jung dice que esta clase de personas no prestan atención a lo más
esencial de la ancianidad, es decir, a escuchar el susurro de los arroyos y a estar atentos a
los tenues impulsos del alma. El viejo que se enorgullece del rendimiento en el trabajo

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está demostrando que es una persona narcisista, so lo ocupada en girar en torno a sí
misma, preocupada por hacer ver a todo el mundo que todavía existe.

En cierta ocasión contaba un septuagenario con orgullo a Karl Graf Dürckheim, maestro
de zen, su hazaña de haber escalado una cima peligrosa en cuyo intento habían fracasado
muchos jóvenes. Le respondió el maestro de meditación: «Esto es una locura. ¿Qué
sentido tiene para usted estimularse con unos éxitos que muy pronto se los va a prohibir
la edad, en lugar de ocuparse con otras actividades de valor permanente?».

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EN nuestro propio cuerpo experimentamos de cerca el paso del tiempo y el proceso de
avanzar progresivamente en edad. Este proceso comienza en unos antes que en otros.
Hay mujeres que se avergüenzan cuando, a sus cuarenta años, detectan la primera cana
en su tupida mata de pelo oscuro. O se asustan cuando aparecen las arrugas en su cara.
Hoy intentan muchas encubrir las marcas corporales de envejecimiento con operaciones
de estética. Pero no quedan muy satisfechas. Y es que tenemos frecuentemente un ideal
de belleza corporal contrario a nuestra naturaleza. Todo cuerpo tiene su belleza propia
cuando a través de él se transparenta el interior. Hay una belleza propia en la juventud,
otra en la mitad de la vida y otra en la vejez. A veces tiene una persona mayor un rostro
más bello que en su juventud, porque se ha ido haciendo más transparente para el
espíritu y no raras veces también para el amor y la bondad. A todo el mundo le agrada un
rostro radiante de amor y de bondad, porque es entonces cuando se manifiesta en su
propia belleza.

Pero no es solo cuestión de belleza. La vejez nos hacer también caer en la cuenta de
que algunas piezas de nuestro cuerpo ya están gastadas. Para algunos, el punto débil es la
espalda. Otros tienen problemas con las rodillas y al andar. En ciertos días aumentan los
dolores y los médicos nos dicen que ya no hay remedio. Viene la sordera o la falta de
vista. Hay que resignarse a vivir soportando el lastre de estas molestias corporales. Es
inútil pretender ignorarlas. Tampoco debemos vivir dando vueltas al tema con lamentos
permanentes. Hay que reconciliarse con ello y reconocer las propias limitaciones.

Hay, sin embargo, muchas personas mayores con salud envidiable. Pueden estar
agradecidas. Pero el buen estado de salud no debe inducirlas al error de ignorar sus
propias limitaciones y a pretender superar a los jóvenes en resultados deportivos. El que
agradece su buena salud y disfruta de ella sabe también que eso es un regalo que puede
serle retirado de un momento a otro. Por eso le resulta más fácil soportar con resignación
las limitaciones que el mismo cuerpo puede señalarle.

Cuando a cierta edad empieza el cuerpo a mandar sus mensajes, ha llegado también
la ocasión de darle una respuesta más comprensiva y adecuada. Un señor me contaba
que había entrenado su cuerpo, pero que en definitiva le había tratado como a una
máquina necesitada de aceite y de cuidados. No había sabido comportarse bien con su
cuerpo ni interpretar los callados impulsos que le enviaba. Solo cuando se hizo mayor y
empezó a anunciarse la vejez, desarrolló él una especial sensibilidad hacia su cuerpo y
hacia todos sus mensajes. Por eso puede ser también la vejez una buena oportunidad para

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aprender a comportarse mejor con el propio cuerpo y atender a sus señales.

La belleza proviene de dentro

A los que sufren cuando el tiempo, su vida, se hace notar por sus marcas en el rostro
solamente se les puede aconsejar esto: tienen que convencerse de que están
envejeciendo. La edad madura tiene su belleza propia. Es sencillamente contradictorio
tratar de hacer resaltar artificialmente la belleza natural. Da verdadera pena ver a una
persona anciana presentarse con la tersura de un rostro bien calafateado con afeites. Es
una máscara. No es difícil adivinar un enorme vacío detrás de ella. Es mucho más
natural presentarse con la edad real de la vejez. Mi rostro tiene siempre una belleza si no
la desfiguro, si me presento en lo que soy sin complejos. Por eso es importante
aceptarme en lo que soy y dar gracias por la vida. Este comportamiento interior reflejará
exteriormente su belleza. Mi rostro reflejará un algo beneficioso para los demás. Lo
vemos cuando contemplamos a una persona amargada, insatisfecha, decepcionada de sí
misma y del mundo que ya no le sonríe como antes.

Envejecer es un auténtico reto del espíritu. Si alguna vez llego a descubrir la interior
belleza de mi alma, el verdadero tesoro escondido en el interior, como dice Jesús,
empezaré también a difundir luz hacia fuera. Entonces ya no importan nada las arrugas
de mi rostro. Lo único importante es saber si mi rostro irradia gratitud, paz y serenidad o,
por el contrario, resentimiento, insatisfacción y quejas amargas. Esto no debe hacernos
olvidar que un componente de la edad mayor son las atenciones debidas al cuidado del
cuerpo. Algunos ancianos las descuidan. Dan la impresión de vivir ausentes. No caen en
la cuenta de que despiden olores desagradables, lo que nos obliga a evitarlos. Los
cuidados del cuerpo deben ser una señal de amor a sí mismo. Si uno se irrita contra su
propio cuerpo y quiere rejuvenecerlo por la fuerza, el mismo cuerpo se encargará de
corregir sus planes y pasarle la debida cuenta. Por el contrario, el que presta a su cuerpo
las debidas atenciones porque habita a gusto en él, hace brillar hacia fuera toda su
hermosura.

No se puede retener la salud

Los avances de la medicina han ampliado también las posibilidades de salud en la vejez.
Es una realidad estadística la de muchas personas mayores que gozan de buena salud.
Pueden dar largos paseos e incluso escalar montañas. El que tiene buena salud y fuerzas
tiene también motivos para vivir agradecido. Hoy son muchos los mayores que no se
sienten afectados por las epidemias comunes de otros tiempos, como resfriados y gripes.
Han encontrado su estilo de vida y la viven en perfecta armonía. No viven bajo la
presión del estrés y, por eso, tampoco sufren sus típicas consecuencias.

La persona que goza de buena salud hasta una edad avanzada debe dar gracias a Dios por

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el incomparable don de una vejez sin sufrimientos. Pero nadie tiene derecho a pensar que
ese estado se va a prolongar hasta el final. Llegará un día en que hagan su aparición las
molestias propias de la edad. Entonces nadie debe prescindir de este hecho. Por más que
se viva agradecido por la buena salud, no por eso desaparecen los años. Esto lo piensa
únicamente quien no quiere darse cuenta de las señales pre ventivas que le envía el
cuerpo. El agradecimiento por la buena salud nos hace también caer en la cuenta de que
ese estado de buena salud es un regalo que no podemos retener. Un día u otro puede
sernos arrebatado de las manos. No debemos angustiamos ante esta realidad y quedar
inactivos; sencillamente, debemos contar con ella.

Una privilegiada señora me contaba que nunca antes se había sentido con tanto
equilibrio psíquico como a sus 80 años. Pero cuando cumplió los 82, le llegaron las
dolencias físicas. Y ya no le resultaba tan fácil aceptarlas. Nadie puede elegir la fecha del
comienzo de sus dolencias corporales. Pero sí podemos todos vivir agradecidos mientras
no aparezcan, a condición de considerarlo como un don y nunca como algo que podemos
retener indefinidamente. Llegará un tiempo en que todo cambie. Nadie puede elegir el
cuándo ni el cómo de la aparición de la decrepitud, y esta puede ser repentina o
progresiva, desarrollarse en una cadena de achaques o desembocar repentinamente en la
muerte. Lo único importante es estar preparados para las sorpresas de la vida y para lo
que Dios nos pida.

Es importante que las personas mayores se reconcilien con sus enfermedades. Llegará un
día en que la enfermedad ya no tendrá cura. Entonces unos se resignan a convivir con
ella; otros intentan prescindir y vivir hacia fuera muy preocupados por dar una impresión
de salud y fortaleza. La enfermedad hace añicos la imagen que yo tenía de mí mismo.
Pero yo no soy solamente ese tipo que parece fuerte y sano. Mi auténtico yo está más
allá de la salud y la enfermedad. Por eso viene la enfermedad a invitarme a romper mi
imagen conservada hasta ahora y a abrirme a la realidad de mi verdadero yo, a ese
núcleo interior inmunizado contra toda clase de infecciones. La enfermedad, por su
parte, es una invitación urgente a abrirme a Dios. Ya no es mi fortaleza la que aparece a
través de mi rostro, sino la bondad y la misericordia de Dios.

Esta es la meta. Pero el camino hacia ella no es llano. Si los dolores no desaparecen, no
resulta nada fácil vivir en paz con ellos. Y, sin embargo, no existe un posible camino de
circunvalación. Si no consigo vivir en paz con mis dolores, tendré siempre la sensación
de ser un perdedor porque no hay medicina ni métodos terapéuticos capaces de hacerlos
desaparecer. No hacer caso de ellos no sirve tampoco para nada. Convivir en paz con
mis sufrimientos significa para mí en concreto un sentirme inmerso en ellos. Es
doloroso. Pero me esfuerzo por seguir avanzando a través del dolor. Y presiento que la
paz reposa en el fondo de ese dolor. Él me lleva entonces al interior de mi ser, a ese
espacio en el que Dios vive en mí, y donde yo me siento seguro y total, libre de
sufrimientos, lleno del amor y la bondad de Dios. El sufrimiento me fuerza a permanecer
en mí y a entrar en mi interior en los espacios más allá de todo dolor. El dolor me

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recuerda de manera permanente la necesidad que tengo de cruzar sus límites hasta llegar
al lugar sin dolor en el fondo de mi alma. No es tarea fácil. Tampoco debemos dejarnos
superar por los padecimientos, sino que más bien hemos de reclamar las ayudas que nos
ofrece la actual terapia del dolor.

Las personas mayores tienen unas aptitudes peculiares

El envejecimiento no es sinónimo de decadencia corporal o disminución de las


cualidades mentales. Al contrario, con frecuencia tienen algunas personas mayores unas
aptitudes mentales que no tienen los más jóvenes. Las investigaciones sobre el cerebro
prueban que el cerebro humano sigue desarrollándose, produce nuevas células, abre
nuevos caminos al pensamiento. Las personas ancianas tienen otra manera distinta de
pensar. No piensan más rápido pero sí más conceptualmente. De ese hecho puede surgir
una nueva clase de responsabilidad, lo mismo que una nueva forma de reflexionar sobre
el «cómo» y el «porqué» de la vida.

No en vano se ha reconocido siempre una especial sabiduría a los viejos. Esa sabiduría
no es solo experiencia de la vida sino también una nueva manera de pensar. La palabra
griega sophía se aplica al hombre dotado de una especial habilidad, una larga experiencia
en el arte de vivir y una actitud de prudencia ante la vida. La palabra latina sapientia
procede del verbo sapere, «saborear». Para los romanos, un sabio es el hombre capaz de
saborearse a sí mismo, un hombre que vive reconciliado consigo en perfecta armonía
interior y que por eso difunde buen sabor. La palabra alemana Weisheit, «sabiduría»,
procede del verbo wissen, «saber», el cual a su vez proviene de una raíz que significa
«ver, contemplar, reconocer». «Sabio» es, por lo tanto, el hombre que ha visto mucho,
sabe mirar con mirada penetrante hasta ver el fundamento de las cosas. El sabio ha
desarrollado una peculiar sabiduría para conocer las cosas en su misma esencia.

Ya dijo Cicerón: «Las grandes cosas no se consiguen por la fuerza de los músculos, ni
por la velocidad o por las aptitudes para obtener grandes resultados físicos, sino por la
reflexión, la tenacidad de carácter y la seguridad de criterios». Una persona anciana tiene
menos fuerza muscular que un joven, procede con más lentitud y sus logros físicos
disminuyen. Pero está dotada de otras aptitudes. Piensa con más serenidad, tiene un
carácter más firme y a través de sus largas experiencias ha desarrollado un gran vigor de
criterios. Por eso puede en ciertas circunstancias presentar mejores resultados que los
jóvenes, no porque trabaje más, sino porque aplica sus peculiares aptitudes y porque se
acerca a las realidades con mayor sagacidad y prudencia.

Muchas empresas creen que deben prejubilar a los empleados mayores de 55 años por la
sencilla razón de que resultan muy caros. Pero con esta decisión desperdician el alto
potencial de los trabajadores experimentados. Ya no pueden trabajar al mismo ritmo de
antes; no pueden ya captar a la primera cierta clase de problemas. Pero en contrapartida

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tienen más desarrolladas otras cualidades. Saben ver lo esencial del asunto en cuestión,
tienen larga experiencia y pueden encajar mejor ciertos detalles concretos dentro de la
complejidad del conjunto. Ven su interrelación con más claridad. La sociedad no debería
minusvalorar estas cualidades de los mayores. Claro que también hay personas de edad
que no pueden dejar sus ocupaciones y puestos actuales de trabajo porque nunca
aprendieron a hacer otra cosa. En la Iglesia son principalmente hombres de edad los que
tiene la palabra decisoria. Es algo peligroso en sí mismo. Pero casi siempre elige la
Iglesia a un hombre de edad avanzada para que la presida como papa. Y no raras veces
desarrollan estos hombres unas cualidades sorprendentes. El papa Juan XXIII, tenido por
sus críticos por un viejo inofensivo y bondadoso, transformó la Iglesia y el mundo por la
convocación del concilio y por la llamada al aggiornamento. El viejo abrió las ventanas
de la Iglesia para dejar que penetrara viento fresco. No tenía nada que perder. No
necesitó pasos previos diplomáticos. Los viejos son con frecuencia más libres para llevar
a la práctica sus decisiones. Y tienen con frecuencia un instinto más fino para saber lo
que se encierra dentro.

En la década de 1980 habló el publicista católico Walter Dirks de «los viejos


encolerizados» que levantaron su voz más que los teólogos jóvenes pidiendo la
renovación de la sociedad y de la Iglesia, y en defensa de la justicia y de la paz. Entre
ellos figuraban, juntamente con Walter Dirks, los teólogos Karl Rahner y Heinrich Fries.
Todos estos levantaron su voz como personas de edad y sin miedo pidiendo la
renovación de la Iglesia y unas estructuras más justas en el mundo. No tenían nada que
perder. También la poesía ha cantado las especiales cualidades de los mayores. Bertolt
Brecht escribió en sus Historias de almanaque sobre la «indigna anciana», una mujer de
edad que se salta las normas sociales habituales y, a la muerte de su marido, cambia
súbitamente de conducta. Vive la vida frecuentando cines y mesones donde hace nuevas
amistades. El mensaje de Brecht es este: para una vida libre y autodeterminada nunca es
demasiado tarde. En el mismo sentido se expresa Martin Walser cuando habla de los
«viejos locos», es decir, de los hombres que sin sumisión a los convencionalismos
sociales y sin dejarse impresionar por los poderosos, actúan con libertad y llaman a la
verdad por su nombre. Quizá es Mark Twain el que mejor ha resumido lo que todos
estos ejemplos tienen en común: «Los viejos son tan peligrosos porque ya no tienen
miedo a nada».

Aceptar las propias limitaciones

El que va envejeciendo lo comprueba no solo cuando un joven atento se levanta y le


cede el asiento en el autobús, sino también en el hecho de que cada vez camina con
pasos más cortos, se multiplican los achaques y molestias, se complican los problemas
de salud... Hay que acostumbrarse a las limitaciones físicas y a las flaquezas del cuerpo.
Es un doloroso proceso hasta llegar a asumir los propios límites corporales. Es natural
que a los 60 años no se camine a la misma velocidad de los 30. Llega un momento en el

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que el médico desalienta cuando declara que los dolores de espalda no tienen remedio,
que el problema de las rodillas es insoluble y que el caminar se hará cada vez más
pesado. No son doradas perspectivas. Ahí se detiene también la medicina ante sus
propias fronteras. A cierta edad avanzada hay cosas que ya no tienen reparo, solo
admiten afortunadamente todavía un cierto alivio. Pero quedan claras las limitaciones y
la progresiva disminución de las reservas del cuerpo. Algunos no hacen más que
lamentar esta situación ante todo el que se les hace encontradizo. No tienen otro tema de
conversación. Solo hablan de sus dolores corporales con las inevitables molestias en su
entorno. Otros intentan disimular esas molestias obligándose a repetir los mismos paseos
de antes aunque el cuerpo ya no esté en situación de aguantarlos.

Pero ni los lamentos ni el disimulo son las reacciones adecuadas ante las molestias del
cuerpo. Lo que en estos casos procede es, ante todo, una aceptación silenciosa y natural
de las propias limitaciones. El que ha aceptado sus molestias no necesita convertirlas en
tema permanente de sus conversaciones. Pero cuando necesita hacer algo que está por
encima de sus fuerzas, comprende bien hasta dónde llega. Se da cuenta de que necesita
el ascensor porque el corazón no le permite usar las escaleras. Comprende también que
necesita movimientos más lentos para levantarse y para meterse en el coche. Pero no
hace de ello ningún punto final. No se disculpa, sino que lo acepta sencillamente así y
procede también así ante los otros. Esta manera de comportarse solo resulta bien cuando
se ha dicho ya elegantemente adiós a ciertas cualidades. Despedirse es siempre doloroso.
Tengo que lamentar el no poder escalar más esa o aquella cumbre, el no poder hacer
viajes largos, el no poder tampoco pasar el día cuidando a los nietos porque me agoto.
únicamente haciendo duelo por todo lo que ya no puedo realizar lograré descubrir cosas
nuevas que están en mí y quieren crecer en mí. Y me sentiré sumamente agradecido por
lo que todavía puedo hacer.

Las limitaciones físicas, un reto también para el espíritu

Las limitaciones físicas son siempre una buena oportunidad para descubrir algo nuevo
dentro de uno. Esa novedad puede ser la capacidad de amar la quietud, de sentarse
sencillamente y contemplar por la ventana la belleza de un paisaje. Un individuo
acostumbrado únicamente a una actividad hacia fuera descubre de repente su aptitud
para hacer cositas en el cuidado de la casa. Quizá descubre que vale para cocinero. La
señora siempre activa en la parroquia, acostumbrada a encargarse de la organización de
todas las fiestas, empieza a tejer algunas cosas para sus nietos o a escribirles
tranquilamente cartas.

Las limitaciones exteriores son siempre al mismo tiempo un reto para el espíritu. Cuando
muchas cosas materiales han dejado de ser posibles, puedo enderezar mi camino hacia
dentro. Allí aprendo a vivir el silencio, a prestar atención a los mensajes de los sueños y
a escuchar los suaves impulsos que ascienden desde el alma cuando sencillamente me

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siento en silencio. Puedo aprender a vivir mi soledad y entonces me siento unido de una
manera nueva conmigo y con los otros. También me siento unido a los que me han
precedido en la muerte y espero que estén con Dios. Me siento especialmente vinculado
a todo lo que existe. Esto crea en mí una nueva relación con todos los que me rodean. Al
fin me convierto en un polo de descanso al que acuden también otros a curarse de sus
desgarrones interiores y a reanudar sus relaciones rotas. El que logra asumir en paz la
realidad de sus limitaciones en lo exterior e inicia el camino espiritual de la
reconciliación consigo y con su historia, notará en sí mismo la aptitud para ser autor de
reconciliación también en su entorno. Ha renunciado a hacer valoraciones y condenas.
Por eso acuden gustosos los hombres para desahogarse franca y confiadamente con él,
porque tienen la impresión de que allí hay alguien dispuesto a escuchar, que no hace
valoraciones sobre mí sino que me acepta como soy.

Nada está en nuestras manos

Cuando empiezan a hacerse más frecuentes los fallos de memoria, los nombres no
acuden al tratar de recordarlos, no se recuerda dónde se dejaron las gafas y uno nota que
se hace cada vez más olvidadizo, no sucede nada particularmente extraño en la persona
que envejece. Caben entonces dos posibilidades: se pueden aceptar las cosas así o se
pueden practicar ejercicios de recuperación de la memoria. Pero lo que sobreviene en
muchos casos es una verdadera angustia ante la posibilidad de degenerar en un estado de
demencia, es decir, de perder la capacidad de pensar y sobre todo el sentido de
orientación. Todo el mundo ha conocido de cerca ancianos en estado de demencia. Y se
aterrorizan ante el pensamiento de que les pueda suceder eso mismo a ellos. Yo también
los conozco. Cuando me encuentro con compañeros dementes siento yo también miedo
ante la posibilidad de que esa demencia me pueda sobrevenir también a mí. ¿Cómo
arreglárselas en esa situación? Considero importantes dos diferentes caminos. El primero
es el camino de las obras: ¿qué puedo hacer para evitar un estado de demencia? La
medicina aconseja ciertos medios de dieta alimenticia y ejercicio físico. Los psicólogos y
médicos piensan que el que permanece espiritualmente activo hasta el final tiene menos
riesgo de degenerar en demencia. Todo esto sin garantía. Un hombre tan espiritualmente
activo como Walter Jens padeció demencia a los 84 años. Lo único que puedo hacer yo
es poner todos los medios a mi alcance para no llegar al estado demencial. Debo confiar
también en Dios que puede librarme de caer en ese estado. Pero ni siquiera esto es una
garantía. Por eso es igualmente importante el segundo camino: me imagi no lo que para
mí significaría caer en estado de demencia, perder mis facultades de pensar y de escribir.
Esta posibilidad es para mí un verdadero reto espiritual. Entonces me pregunto: ¿cuál es
el punto de referencia para definirme a mí mismo? ¿Debo definirme solamente en
función de mis facultades y mi vigilancia espiritual o también desde Dios? Si tomo a
Dios y mis relaciones con él como clave de mi autodefinición, entonces no hay demencia
alguna capaz de despojarme de mi auténtica dignidad. Lo único que me quita es el ego.
Quedará destruido mi ego, que desearía seguir disponiendo de todo, produciendo buena

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impresión a todos. Y espero que, a través de la destrucción del ego, se abra toda mi
personalidad completamente a Dios para que, a través de mi demencia, siga todavía
brillando en el mundo algo que no es de este mundo.

Me impresionó mucho lo que sobre este tema dijo Karl Rahner en una conferencia sobre
el envejecimiento pronunciada poco antes de su muerte. Con anterioridad había tratado
ya con profundidad en su teología el tema de la muerte, pero cuando le llegó a él la hora
de enfrentarse con su propia muerte sintió mucho miedo a pesar de su teología. Y escribe
que a veces se desea uno la muerte «en un estado de paz y claridad de espíritu». A ese
estado debe cada uno añadir su aportación personal. Pero luego llega Rahner a afirmar
que puede suceder lo contrario. Se puede caer en un estado en el que sencillamente ya no
es posible proceder - hipotéticamente - como se debería. Entonces ha quitado Dios dulce
y amorosamente toda responsabilidad sobre la propia vida. Esto quiere decir que todos
debemos prepararnos para una buena muerte. Pero no está en nuestras manos determinar
la manera en que la ancianidad y la muerte pueden llegarnos. No está en nuestra mano
determinar si debemos pasar previamente por un estado de demencia en el que ya no
somos dueños de nuestras acciones. Rahner escribe sobre esta situación: «A las tareas
propias de la vejez pertenece la aceptación previa de las circunstancias desconocidas en
que la vejez y la muerte puedan visitarnos y saber que todo puede ser gracia incluso en el
caso de ser nosotros los inevitablemente vencidos». En el estado de demencia estamos
inevitablemente vencidos. Pero hasta esto puede ser gracia. Dios toma amorosamente
sobre sí nuestra responsabilidad. Nos acepta en el misterio de su amor, en el que estamos
a salvo con nuestra demencia y con todas las fases de nuestra vida, incomprensibles y a
veces furiosas.

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ANTES de abordar en las siguientes páginas el tema de las relaciones, que van
cambiando a lo largo de la vida, relaciones entre hijos y padres, de los padres entre sí y
entre abuelos y nietos, voy a narrar un cuento que nos han transmitido los hermanos
Grimm:

EL ANCIANO ABUELO Y EL NIETO

Érase un hombre muy viejo que apenas podía ver, estaba sordo y le temblaban las
rodillas. Cuando se sentaba a la mesa, apenas podía sostener la cuchara, derramaba la
sopa sobre el mantel de la mesa y hasta se le caía también algo de la boca. El hijo y
su mujer hacían muchos ascos, y al fin tuvo que ir el viejo abuelo a sentarse a comer
en un rincón detrás de la estufa. Le daban su comida en un platito de loza sin llenarlo
del todo; el viejo miraba tristemente a la mesa, y se le humedecían los ojos. Una vez,
no pudo sostener el platito de loza en sus temblorosas manos, se le cayó al suelo y se
hizo añicos. La joven señora le regañó, pero él no dijo nada, limitándose a suspirar.
Entonces ella compró para él un platito de madera por cuatro reales, y en adelante el
abuelo tenía que comer en él. Estando una vez todos sentados, empieza el nietecito
de cuatro años a colocar juntas sobre el suelo unas pequeñas tablas: «¿Qué estás
haciendo ahí?», le preguntó su padre. «Voy a hacer una pequeña artesa», respondió
el niño, «para que coman papá y mamá cuando yo sea mayor». El marido y la mujer
se miraron un momento, rompieron a llorar, hicieron venir inmediatamente al viejo
abuelo a la mesa y en adelante comieron siempre todos juntos con él, sin que jamás
volvieran a decir una palabra aunque el viejo derramara algo.

Cuando los padres ancianos ya no son capaces de hacer lo que han enseñado antes a sus
hijos porque les tiembla todo, porque ya no pueden sostener la cuchara y babean, sus
hijos adultos sufren una grave decepción. A veces no pueden ni soportarlo, como en el
caso del cuento. Entonces aíslan al anciano abuelo, no porque él se entrometa en su
educación ni porque haga algo incorrecto, sino únicamente porque es viejo y sus
modales ya no resultan agradables. No tienen en cuenta para nada el sufrimiento que esto
produce en el abuelo. El nieto les pone un espejo ante los ojos. Los padres miran y
reconocen en el espejo su conducta lacerante.

El cuento muestra también que las relaciones de los hijos con sus padres ancianos no
están exentas de problemas. El cuidado de los padres es con frecuencia una pesada carga

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para los hijos. Puede suceder también que el comportamiento llegue a ser tal que los
hijos no puedan o no quieran respetarlo. Inconscientemente, ellos esperan de sus padres
un control total y en todo hasta el fin, lo mismo que lo hacían antes. No se resignan a
aceptar la necesidad de ayuda que van teniendo sus padres. El cuento muestra que
solamente el abuelo nos pone ante los ojos la realidad de lo que puede ser un día nuestra
propia vida. Nadie puede garantizar que va a poder vivir en orden y controlar su vida
hasta el final. Nos gustaría no preocuparnos de nuestros últimos días. No nos hacemos a
la idea de vernos un día necesitados de ayuda. Por eso es la vejez un verdadero reto para
todos y consiste en la necesidad que tenemos de enfrentarnos con nuestra propia verdad,
de imaginarnos un posible proceso en dependencia absoluta de ayuda y apoyo de otros.
Así aprenderemos a tratar con cariño a los mayores y a nosotros mismos.

Por eso me gustaría abordar a continuación el tema de las relaciones: el papel propio de
las personas mayores en la sociedad, sus mutuas relaciones entre sí, las relaciones entre
adultos y sus padres ancianos y las de los nietos con sus abuelos. Las relaciones entre las
personas están siempre en proceso de cambio. Es provechoso reflexionar sobre ese
proceso. Muchos acusan a su cónyuge de haber cambiado mucho a lo largo de los años.
Evidentemente, esperábamos que permaneciera siempre tal como era cuando le
conocimos. Sin embargo, se trataría en ese caso de una relación estática. Pero nuestras
relaciones se encuentran siempre en proceso de cambio y de transformación.

Las relaciones entre jóvenes y mayores están expuestas en la actualidad a dos clases de
peligros. Se da el caso de personas mayores que glorifican la juventud como reacción y
rechazo de su condición de ancianos. Otra clase de frustración en la aceptación del
estado de persona mayor es la sistemática condena de los jóvenes. Todo cuanto hacen los
jóvenes les parece mal. Piensan que en los años de su juventud todo era mejor. Ya no se
acuerdan de las malas jugadas hechas por ellos a los mayores de entonces. Han olvidado
también los quebraderos de cabeza que ocasionaron a sus padres. Lo que en realidad
hacen al chillar contra la juventud es desviar la atención de su realidad de ancianos y, en
definitiva, de su incapacidad para aceptar la edad y para estimar los valores de la vejez.
En nuestra manera de hablar sobre la juventud podemos conocer nuestra postura ante el
proceso de envejecimiento. En la manera de hablar los ancianos sobre la juventud se ve
su aceptación o rechazo de sí mismos. Por el contrario, la manera de hablar de los
jóvenes sobre los ancianos manifiesta su postura ante la vida. De esa postura podemos
deducir si saben posicionarse ante la realidad de su propio proceso de envejecimiento o
si lo aparcan y proyectan exclusivamente sobre los ancianos todo lo que con él se
relaciona.

Padres e hijos, abuelos y nietos

Los padres ya mayores pueden establecer un nuevo tipo de relaciones con sus hijos

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Las relaciones de los hijos con sus padres no se hacen necesariamente mejores cuando
unos y otros llegan a mayores. Hay hijos que han formado ya hace mucho tiempo una
familia y están ya en la mitad de la vida. Los compromisos familiares les acaparan
tiempo y energías, y los contactos con los padres disminuyen progresivamente. Los
padres ansían la visita de los hijos y los nietos para interesarse por su vida. Pero esto
sucede con poca frecuencia. Otros hijos e hijas han roto por completo el contacto con los
padres. Yo conozco la desesperación de muchos padres a quienes sus hijos les vedan
todo contacto. Es muy doloroso. Los padres desearían saber qué han hecho mal cuando,
por ejemplo, la hija evita todo contacto. Desearían hacerlo mejor. Pero la hija no les da
ninguna oportunidad. Lo único que todavía pueden esperar y pedir los padres es que la
hija deponga algún día su terquedad y reanude otra vez el contacto con sus padres. Si la
interrupción de las relaciones es definitiva, la hija se ha cortado sus propias raíces. Eso
no la favorece en nada.

El cuarto mandamiento dice: «Honra a tu padre y a tu madre». Muchos piensan que eso
es pedir demasiado. Los padres han sido tan duros con ellos que la única salida que les
queda es la de poner distancias por medio para quedar de una vez para siempre libres de
tantas reglamentaciones y de las constantes desvalorizaciones por parte de sus padres.
Los padres mayores piensan que deben continuar dictando e imponiendo su parecer
sobre lo bueno y lo malo, lo verdadero y lo falso. Sin embargo, aunque yo haya sufrido
tantas vejaciones de mis padres, tiene el mandamiento también para mí una virtud
curativa. Un equipo de autores holandeses ha valorado positivamente este mandamiento:
«Yo honro mi origen». Si desprecio a mis padres, desprecio una parte de mí mismo.
Desprecio mi historia. Y eso no me hace ningún bien. Honrar a los padres no quiere
decir tener que dar por bueno todo lo que ellos han hecho. Pero debo pensar que me han
dado lo que podían. Quizá fue demasiado poco. Quizá algunas cosas no me han
favorecido nada. En ese caso hago bien en tomar mis distancias.

Hay otros que ciertamente visitan a sus padres, pero no encuentran fácil acceso a ellos.
Les parece que viven en otro mundo. Padres e hijos sufren por esta falta de relaciones sin
poder remediarlo. Otros tienen miedo de ser acaparados por los padres ancianos y ser
otra vez tratados como niños si permanecen cierto tiempo con ellos. Por eso procuran
reducir al mínimo los contactos. Lo que en definitiva esperan de sus padres es un cambio
de comportamiento. Pero los padres no cambiarán. Mi deber entonces es distanciarme
interiormente de ellos y no dejarme manipular. Si no reacciono ante sus preguntas
indiscretas o ante sus pretensiones posesivas, estas desaparecerán espontáneamente por
sí mismas. Yo me veré libre de esa carga, que será cosa de los padres.

¿Cómo se pueden normalizar las buenas relaciones entre hijos adultos y padres
ancianos? Ante todo es importante que los hijos dejen a los padres ser como son. Tienen
que renunciar a la esperanza de ver cambiar a sus padres. Una mujer de sesenta años me
contaba sus problemas con su anciana madre. Después de un tratamiento terapéutico
había concebido la esperanza de poder inaugurar una nueva etapa en las relaciones con

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su madre y la invitó a pasar unas vacaciones juntas. Pero aquellos días fueron una
catástrofe para ella. Había creído que la madre iba a decirle: «Tú eres mi amantísima
hija, tú me comprendes, te desvives por mí». Yo le dije: «Jamás oirá usted tales palabras
de su madre. Renuncie a esa esperanza. Debe usted comportarse maternalmente consigo
misma, pero nunca esperar de su madre una conducta maternal». Al llegar a adultos,
esperamos que los padres se sientan orgullosos de nosotros. Y nos ponemos enfermos
cuando comprobamos que nuestros padres únicamente se preocupan de sí mismos. Es
importante dejarles ser como son. Yo doy muchas veces este consejo: «Si usted va a
visitar a sus padres ancianos, imagínese que va al teatro. Usted ve, pero no actúa. De este
modo no se irritará con ellos. Usted deja que ellos sean como son, pero no acepta que le
impongan un papel. Sigue siendo usted mismo». Con esto no desvalorizo a los padres.
Les está permitido ser así. No evalúo su conducta. Sencillamente la veo sin dejarme
influir por ella.

Los padres ancianos necesitan aprender a reprimir sus juicios. No les resulta fácil
entregar el cuaderno de sus planes confiando en que los hijos van por su camino propio,
aunque este les parezca distinto del que ellos se habían imaginado. Los padres mayores
no deberían ni disculparse por sus errores en la educación ni tenerse por infalibles. Han
hecho lo que podían hacer. Dieron lo que podían dar. Quizá pensaron los hijos alguna
vez que no era suficiente. Pero ahora tienen ellos mismos la responsabilidad de hacer
algo con lo que han recibido. Los padres ancianos deben confiar en que han dado a los
hijos lo suficiente para que gobiernen su vida. Entonces los encuentros de padres e hijos
llevarán siempre la marca de la serenidad y la confianza, pero nunca la de las
instrucciones o los reproches.

Nietos y abuelos: una relación peculiar

Según los sociólogos, los abuelos de principios del siglo XXI pertenecen a un reducido
grupo de modelos de edad positivamente valorados. Hoy el tiempo de convivencia de
abuelos y nietos es más amplio que antes debido a la prolongación de la duración media
de la vida. Nunca ha habido tantos nietos con abuelos como ahora. Es un dato positivo
que marca las diferencias entre las relaciones de los nietos con sus abuelos y las de los
hijos con sus padres. Los hijos tienen frecuentes roces con los padres. Los hijos crecen
aprendiendo de los padres y también distanciándose de ellos. Van madurando teniendo
siempre a los padres como referentes. Pero todo proceso de maduración pasa por ciertas
crisis inevitables. También las relaciones de los hijos con sus padres son ambivalentes.
Los padres se sienten responsables de sus hijos. Necesitan por tanto establecer fronteras,
corregir, criticar, educar. Esto provoca una reacción de oposición por parte de los hijos.
Pero a través de esta mutua competencia es como el hijo crece y llega a su madurez.

Las relaciones entre nietos y abuelos suelen ser mejores y tienen cierta peculiaridad
por estar limpias de elementos incómodos. Los abuelos no tienen responsabilidad

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inmediata ante sus nietos. Pueden escuchar sencillamente todo cuanto estos les cuenten.
Y desde la altura de su experiencia de la vida pueden hacerlo con mayor serenidad. Así
crean en los nietos una sensación de seguridad y tranquilidad. Los nietos se sienten
cómodos con sus abuelos, comprendidos y aceptados por ellos. Por otra parte, suelen ser
los abuelos muy generosos en satisfacer los caprichos de los nietos. Estos, por ejemplo,
se sientan cariñosos cerca de la abuela mientras prepara la comida. O para escucharla
cuando les cuenta encantadoras historias de antes.

A los nietos les encanta escuchar a los abuelos cuando les hablan de cosas del
pasado. Son los abuelos como la personificación de los recuerdos, que transmiten
experiencias y valores de su vida pasada. Es muy distinto de un cerrar los ojos al
presente para vivir solamente del pasado. A través de estos relatos transmiten los abuelos
la historia real. Los nietos se dan cuenta de que viven de una gloriosa tradición y unidos
a ella a través de la historia de la propia familia. Sus horizontes se ensanchan. Y van
ampliando los conocimientos de las relaciones e interdependencias en su propia vida.

El nuevo papel en la vida es para muchos abuelos también una nueva primavera. Se
entienden estupendamente con los niños. Dan gracias porque sus hijos recurren a ellos,
porque los nietos acuden encantados a ellos y dependen de ellos. Mi hermano se siente
orgulloso de su nietecita que continuamente suspira por él. Acepa solamente dormir la
siesta si es cerca de su abuelito. Mi hermana me contaba la dependencia que sus nietos
en Estados Unidos tienen de ella y de su marido cuando ocasionalmente pasan con ellos
unas semanas de visita. La hija mayor de 8 años tiene que ir un momento a la cama de
los abuelos antes de salir para el colegio. ¿Qué razón hay para que la nieta busque esta
sensación de bienestar con los abuelos cuando se la ofrecen de manera ejemplar sus
propios padres? Evidentemente, los abuelos ofrecen con su edad otra sensación y forma
de seguridad y bienestar que no pueden ofrecer los padres más jóvenes. Las personas
ancianas irradian seguridad: «Tú vas a conseguir eso ya en el colegio». La nieta necesita
primero sentir algo de este bienestar en sí misma antes de poder ir a sentirlo en la
incomodidad del colegio. Los niños detectan por instinto algo especial en los abuelos:
generosidad, dulzura, comprensión, confianza en la vida, experiencia. Todo esto infunde
en los niños un sentimiento de seguridad y firmeza. Y palpan cómo en el contacto con
los abuelos tocan sus propias raíces. Hacen suyas las experiencias y la fuerza de los
abuelos para gobernar la vida.

Otra razón por la que con frecuencia se abren los nietos con mayor confianza a los
abuelos es porque no se sienten enjuiciados. Pueden abiertamente contarles sus miedos,
sus experiencias dolorosas, sus sentimientos y sus deseos. Pueden desahogarse hablando
de sus problemas también con los padres sin ser juzgados por estos. Pero saben que las
confidencias con los abuelos quedan en secreto. Esto les abre el corazón y se lo llena de
confianza.

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Los abuelos transmiten algo especial

El tiempo de la vejez, escribió alguien, es un tiempo de desarrollo y educación religiosa.


Los abuelos deberían comprometerse a llenar las lagunas en la instrucción religiosa y en
la transmisión de la fe a sus nietos. Yo no lo formularía en estos términos. Porque
formularlo así es como imponer a los abuelos una carga que no les favorece nada. No
son ellos los que deben educar a los nietos. Tampoco son los encargados de compensar
los déficits religiosos de los padres. En este sentido no tienen los abuelos responsabilidad
alguna sobre la educación de los nietos. Necesitan libertad interior respecto a sus nietos.
Esa libertad les permite tratar con los nietos también sobre temas de fe. La nieta de mi
hermano desearía ir a la iglesia siempre con él. Los niños son por naturaleza
generalmente curiosos y deberían encontrar siempre en los abuelos una disposición de
escucha y de respuesta. Deben contarles cómo la fe les ha servido de apoyo en la vida,
pero cuidando siempre de no imponerles nada. Basta con hablarles de cosas de fe y
transmitirles experiencias personales. Nunca deben ejercer ningún tipo de presión
intentando convencerles ni obligarles a cumplir determinadas prácticas religiosas. Pero sí
deben proceder seguros de que todo lo que nace de sus experiencias religiosas se
convierta en los nietos en semillas que darán sus brotes y producirán sus frutos a su
debido tiempo. En mis conversaciones con jóvenes he podido observar con frecuencia
que la principal transmisora de su fe ha sido la abuela. Esta fe ha marcado a muchos para
toda la vida. Algunos se han sentido como arrastrados por la fe del abuelo o de la abuela.
Han aprendido también de sus abuelos el amor a la oración. Muchos agradecen su
vocación religiosa o sacerdotal a la piedad de los abuelos. Pero estos trabajan en vano
cuando falsifican los verdaderos ideales en la educación religiosa o buscan a toda costa
determinados objetivos. Lo único que en este caso consiguen es la oposición de sus
nietos.

Puede suceder también que la educación se produzca en dirección contraria. Los abuelos
transmiten algo especial. Pero también lo transmiten los nietos. Por medio de los nietos
pueden encontrar los abuelos una puerta de acceso a su propia infancia, a las enterradas
posibilidades del juego, a la vida sencilla y a volver «a ser como niños» de manera
natural. Quizá el trato con los nietos les abra los ojos a una nueva y esperanzadora visión
de un futuro más allá de los horizontes de una vida limitada por el tiempo.

Hombres y mujeres

Las mujeres y los hombres viven de distinta manera la tercera edad

Naturalmente, no hay reglas generales que permitan describir cómo viven las mujeres el
proceso de envejecimiento. Pero son muchos los que creen que las mujeres se enfrentan
a retos muy peculiares. El «reloj biológico», la menopausia, y con ella el adiós a la
fecundidad, tiene para las mujeres una importancia especial. Otras viven el «síndrome

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del nido vacío» con especial intensidad cuando los hijos abandonan la casa paterna. Los
ideales de belleza desempeñan un papel específico pregonado por los medios de
comunicación y la propaganda. El paso de los años puede provocar también un cambio
en las relaciones matrimoniales que con frecuencia desemboca en una crisis con la
posible consecuencia de un especial interés del varón por otra mujer más joven. El tema
del cuidado de los padres ancianos afecta de manera especial a las mujeres.

Muchas mujeres obsesivamente preocupadas por su aspecto exterior, cuya principal


ocupación es buscar maneras de dar ante la sociedad la impresión de jóvenes y bellas, se
encuentran con especiales problemas cuando ven que ya no pueden disimular el paso de
los años. La aparición de surcos en el rostro o de canas en el pelo les produce verdadera
angustia. Envejecer se convierte para ellas en algo pavoroso, al convencerse de que
tienen que renunciar irremediablemente al ardiente deseo de ser contempladas. El miedo
a envejecer se convierte para ellas en un reto con invitación a reflexionar sobre los
verdaderos valores. El valor más radical de una persona no consiste en ser contemplada
por otros, ni en ser apreciada o tenida por una belleza. Yo debo permanecer siendo yo
misma. Debo caer en la cuenta y valorar la riqueza de mi alma. Así se disipan todos los
temores.

Con frecuencia es solo la primera fase de la tercera edad la que les causa los grandes
problemas. Cuando logran reconocer y aceptar su edad, suelen también desarrollar otra
clase de nuevos valores. El movimiento feminista ha prestado nueva atención a los
arquetipos de las imágenes de las ancianas mujeres prudentes y ha redescubierto también
la imagen de la bruja, no en el sentido negativo de «bruja», sino entendido como la
encarnación de la sabiduría de la naturaleza, de la libertad interior y de la aptitud para
hechizar y saber guiar a los hombres.

La situación de las mujeres ancianas varía en función de varios factores: si han tenido
hijos o no, o si han estado casadas, han enviudado o han permanecido solteras. Mi madre
tenía 61 años cuando perdió a su marido. Vivió todavía 30 años más. Había amado
apasionadamente a su marido. Pero después de su muerte hizo otras muchas cosas
además de llorarle. Descubrió que poseía algunas facultades antes ocultas. Se desarrolló
interiormente y fue descubriendo más y más su propia identidad. Hay, por lo tanto,
mujeres mayores que aceptan su suerte - sea la muerte del marido, la de un hijo, la falta
de hijos - y desarrollan su peculiar fortaleza. Pero hay también mujeres deshechas al ver
cómo su marido las abandona para irse con otra más joven. Una mujer ha hecho todo lo
posible por su marido. Le ha guardado mucho tiempo las espaldas para que pudiera
cumplir plenamente todos sus compromisos profesionales. Y ahora, al llegar la
jubilación, la deja y se une a otra mujer más joven. Es una herida demasiado profunda.
La mujer no puede soportarlo. Es comprensible que esta clase de heridas deje deshecho a
cualquiera. Algunas mujeres reaccionan con amargura y escepticismo ante la vida. Se
hacen a sí mismas miles de reproches y lamentan con amargura haberse impuesto
inútilmente tantos sacrificios. O se sienten devoradas interiormente por el rencor contra

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el hombre que las aban donó. Sin embargo, es también posible recuperarse de semejantes
golpes. La mujer en estos casos no debe definirse únicamente por relación a su marido.
Lo que debe hacer es tratar de descubrir su propia identidad y dignidad. Ha vivido para
el marido. Eso es ya un mérito. Ahora puede preocuparse de sí misma y vivir para sí
misma. Viviendo su destino puede madurar y quizá llegar a ser una mujer sabia gracias a
sus propios sufrimientos.

Las mujeres que viven solas suelen sentir angustia cuando piensan qué va a ser de ellas
en la vejez. No tendrán a nadie que se preocupe de ellas. Tampoco las satisface siempre
la idea de una residencia de ancianas. Por eso piensan en la posibilidad de seguir en su
propia casa hasta el final disponiendo libremente de su vida. Pero a medida que ven
cómo van desapareciendo sus amigas y amigos, les resulta cada vez más difícil soportar
su soledad. Algunas se adelantan a buscar una plaza en una residencia de ancianas o en
una vivienda tutelada para mayores. En la actualidad hay numerosos modelos que
facilitan a las mujeres solas un buen crepúsculo de su vida. Lo verdaderamente
importante no son las condiciones materiales de la vivienda y las atenciones, sino la
disposición de ánimo para aceptar el nuevo género de vida. Se dan fases en las que les
resulta imposible sobreponerse a la añoranza de todo lo que ya no es posible disfrutar.
Quizá tuvieron un día el sueño de fundar una familia. Pero ese sueño se desvaneció. Sin
embargo, la vida sigue mereciendo ser vivida. Lo importante entonces es no rendirse
renunciando a la vitalidad interior, ni al interés por las cosas de la vida, permaneciendo
abiertas a los demás y a Dios. Así se convertirán en una bendición para los demás. Hay
muchas mujeres prudentes que llegaron a serlo gracias al matrimonio. Otras lo
consiguieron en el estado de solteras.

El cambio en los hombres también es diferente

Los hombres no viven los años de la tercera edad como las mujeres. En muchos casos
viven bajo la presión de demostrar lo que valen. Y al llegar a cierta edad dirigen esa
presión contra sí mismos llegando incluso a trabajar en ciertos casos más de lo ordinario.
Se cargan de ocupaciones, andan continuamente inquietos, necesitan estar siempre
haciendo algo para convencerse a sí mismos y hacer ver a los demás que todavía son
capaces de todo. A veces les sobrecoge un pánico final. Ya no les queda apenas tiempo
para completar todo lo que consideran importante dejando cada cosa en su punto.
Algunos ancianos se ponen nerviosos y no tienen paciencia para nada. Puede observarse,
por ejemplo, cuando no aciertan a orientarse en un supermercado ni encontrar fácilmente
lo que buscan.

Este nerviosismo suele ser señal de miedo a no ser considerados ni utilizados para
nada. Con esta sobrecarga de ocupaciones pretenden demostrar que todavía pueden hacer
cosas. Otros tienen pánico al vacío ocupacional cuando tienen que abandonar sus
antiguas ocupaciones. Por eso quieren demostrarse a sí mismos y a los demás que

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pueden continuar en su trabajo. En ciertos casos se trata de un nerviosismo irracional.
Tienen la impresión de que necesitan realizar esto o aquello. Lo que pretenden con su
activismo es disimular su angustia ante la muerte.

En su proceso de envejecimiento deben también los hombres desarrollar en sí un nuevo


valor: la sabiduría y la madurez propias de la edad. Se da también aquí el arquetipo de
hombre sabio, el ermitaño a quien acuden las gentes en busca de consejo. El que ha
logrado superar el activismo suele llegar a un estado de gran serenidad de espíritu. Desde
su interior irradia algo especial. Ha llegado al estado de hombre sabio a quien se acude
gustoso en busca de orientación para la propia vida.

La jubilación suele ser para los hombres un corte más violento que para las mujeres.
Durante muchos años se habían definido en función de su profesión. Ahora ya nadie les
consulta. Han perdido el papel de profesionales que desempeñaban cuando eran jefes de
departamento o modelos de iniciativas. No eran un cualquiera. Se habían identificado
con su rol. Se les consultaba para aprender de sus experiencias de la vida y sobre todo de
su carácter. Ahora tiene que aparecer qué clase de persona se ocultaba detrás del cargo
que desempeñaban.

Los hombres soportan mal el debilitamiento de las fuerzas corporales. Cuando empiezan
a ver cómo las manos les tiemblan y van perdiendo destreza para los trabajos manuales,
que ya no tienen resistencia para escalar montañas o practicar el esquí por superficies
empinadas, les resulta frecuentemente muy duro aceptar estas limitaciones. Si caen
enfermos, se resisten a veces a reconocerlo. O tal vez se hacen quejumbrosos y no saben
hablar más que de sus achaques. Con frecuencia se deprimen y ya no ven sentido a su
vida. No es tarea fácil para un varón reconocer su enfermedad sin volverse quejumbroso
y sin convertirla en tema habitual de sus conversaciones. Otros, en cambio, maduran con
la enfermedad.

Algunos tienen problemas cuando se debilita la potencia sexual. La industria


farmacéutica ha venido en ayuda de los hombres con píldoras específicas que hacen
recuperar la potencia sexual cuando esta se halla debilitada. Sin embargo, los hombres
que hacían consistir todo su valor en la potencia sexual sin reconocer que a cierta edad
hay que desarrollar otra clase de valores y energías, se quedan interiormente paralizados.
Ya no avanzan más en su desarrollo humano.

A veces me encuentro con hombres mayores abandonados por sus mujeres al llegar a la
jubilación. La esposa no puede soportar la nueva situación porque para ella el
matrimonio carece ya de sentido. Esta decisión de la mujer causa un grave trauma en el
varón. Siempre se había tenido por un buen marido. Se había empeñado con todas sus
fuerzas en garantizar a su mujer una buena situación económica. Pero quizá descuidó un
poco las relaciones personales. Ahora las relaciones no existen. El varón se paraliza
interiormente mientras que ella sigue moviéndose y creciendo. Muchos hombres no

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consiguen arreglárselas por sí solos. Otros, por el contrario, se sienten estimulados por
esta situación. Son excelentes «amos de casa», mantienen la casa limpia, se hacen la
comida. Se abren un nuevo camino. Empiezan a leer libros, a asistir a cursos. Reconocen
que tienen déficits humanos y se deciden a ponerse en camino en busca de las huellas del
misterio de la condición humana. El camino que tienen que seguir es siempre un proceso
de duelo. Tanto que algunos saltan por encima de este proceso y se lanzan enseguida a
buscar otra mujer: no pueden soportar la soledad. Primero debo hacer duelo por el
fracaso de mi matrimonio y por el hecho de que mi vida afectiva como varón no se ha
desarrollado suficientemente. Entonces empezaré a descubrir en el fondo de mi alma
nuevas aptitudes y posibilidades.

Vida en común: redescubrir el amor

Cuando uno es mayor, siente el amor de otra manera Experiencias como las que describe
a continuación una mujer de 60 años no son infrecuentes: «Mi marido se ha enamorado
de una mujer joven. Piensa que es la mujer de su vida. Hemos vividos 35 años casados y
felices. Ahora nuestro matrimonio está amenazado de ruina».

Sucede lamentablemente con frecuencia que hombres mayores se enamoran de mujeres


mucho más jóvenes. Hay muchas razones para ello. Es natural que un varón casado se
sienta atraído por otras mujeres. Pero frecuentemente se enamora de una joven como
compensación de su edad avanzada. Cree que con una mujer joven se va a hacer él
también más joven. Pero no sucede así. Solamente se lo imagina él. Es probable que
dentro de diez años ya no tenga atractivo para la joven. Y se agotará en inútiles esfuerzos
cuando vea que no puede sintonizar con la juventud de su mujer.

No está en la mano de un varón evitar enamorarse de otra mujer. Pero sí tiene


responsabilidad en la manera de comportarse. Yo me enamoro de una mujer que tiene
cosas comunes conmigo pero que yo he descuidado. Mi deber de enamorado sería cuidar
y poner en práctica eso que he descuidado. El enamoramiento me pone en contacto con
mi capacidad de amar. Quizá el amor a mi mujer se ha desgastado en los 35 años de
matrimonio. Ya no siento vivo su hormigueo en el corazón. La fuerza erótica ha
desaparecido. En ese caso, el nuevo enamoramiento sería la ocasión de conectar el
primer matrimonio con el primitivo amor. El amor no puede ser ya como era ha ce 35
años, es evidente. Pero a pesar de todo es bueno recordar aquel amor. Porque nos hace
caer en la cuenta de la fascinación primera ejercida por el otro. Los motivos de esa
fascinación permanecen todavía en él. Lo único necesario es contemplarlos de nuevo.

¿Y qué podría hacer en ese caso la mujer? El primer paso debería ser tratar de
comprender a su marido sin hacerle ningún género de reproches. Al mismo tiempo,
debería recordarle los compromisos asumidos por ambos respecto a sí mismos y sobre
los hijos, hacerle comprender que el amor no consiste solo en un sentimiento, porque es

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también fidelidad, delicadeza y seguridad. Debería reflexionar con su marido sobre las
maneras de reavivar otra vez el matrimonio. Podría servirles de ayuda la práctica
conjunta de una terapia o podrían recurrir a la orientación matrimonial. Allí pueden los
dos ver lo que significan todavía el uno para el otro, cuáles son las causas por las que se
han distanciado, en qué se han quedado cortos durante tantos años, y qué heridas y
decepciones se han ocultado para no perder una paz mal entendida. Una contemplación
del matrimonio en estos términos resulta con frecuencia dolorosa. Pero puede ser
también una buena oportunidad de cambio en muchas cosas. La contemplación del
propio matrimonio es al mismo tiempo una invitación a reflexionar sobre el sentido del
amor, de la fidelidad y de la vida en común. ¿Qué clase de valores nos mueven hoy? De
mayor se siente el amor de otra manera. Ya no es solo el enamoramiento, es saber estar
con el otro, aceptar al otro tal como es. Entonces nos liberaremos de ciertos
romanticismos ilusorios que arrastramos sin darnos cuenta. Ilusión es, por ejemplo, creer
que necesitamos sentir siempre ardientes esos sentimien tos profundos del amor que tan
felices nos hacen. Los sentimientos del amor evolucionan. Pero lo decisivo en el amor es
la aceptación incondicional del otro. El amor abre un espacio libre donde el otro puede
ser él mismo y crecer progresivamente hacia la figura que corresponde a su esencia.

Si en la terapia de pareja o en la orientación matrimonial se ve que el matrimonio ya no


tiene remedio porque las experiencias negativas son demasiado fuertes, o porque se
sienten irremediablemente destrozados, o completamente distanciados uno de otro, sería
importante llorar la ruptura del matrimonio. Resulta muy doloroso llegar a ver cómo se
derrumba el proyecto de vida al que uno se había agarrado con todas las fuerzas durante
35 años. Pero con el duelo por esa realidad podemos descubrir en nosotros nuevas
posibilidades dormidas en silencio en el fondo de nuestra alma. Quizá allí podamos
comprender que la definición de lo que somos no depende únicamente del matrimonio,
porque nuestro fundamento radical está en Dios, porque somos individuos únicos e
irrepetibles y nuestro auténtico valor no se mide solo en función de nuestra pareja.

Por supuesto, no solo se dan casos de matrimonios fracasados tras muchos años de vida
en común; hay también matrimonios plenamente realizados. Es bonito ver parejas que
llevan casadas 30, 40, 50 y hasta 60 años, y han hecho muy felices el largo recorrido de
la vida. Han vivido completamente compenetradas. Cada uno conoce al otro y lo acepta
como es. Su amor ya no tiene la marca de la pasión, pero es un amor fiel y lleno de
ternura. Se ayudan mutuamente. Jamás se reprochan la edad con sus limitaciones y han
llegado a soportarse en todo. En su vida en común se refleja la calidad del gran amor que
les anima, un amor que ha ido evolucionando con los años y se ha convertido en
aceptación mutua y sin condiciones. Comparten los recuerdos de los muchos años
vividos juntos, de las crisis y etapas sombrías juntamente superadas, del nacimiento de
los hijos y su crecimiento, de todo cuanto han visto y de las bendiciones que su amor
compartido ha derramado sobre este mundo. Estos matrimonios ancianos que han
compartido en amor mutuo una vida larga son un signo de esperanza para los

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matrimonios jóvenes, temerosos a veces ante la idea de que su amor no llegue hasta el
fin de la vida o no permanezca siempre vivo. Existe un amor capaz de fidelidad al otro
hasta el fin y de acompañarle incluso más allá del umbral de la muerte.

Conservar la vitalidad es responsabilidad nuestra

Algunas parejas ancianas viven mutuamente decepcionadas. Dicen: «Nuestra vida en


común es aburrida. Apenas tenemos ya nada de que hablar. Conocemos nuestras vidas
de memoria. Ya ha quedado atrás aquella fascinación producida por la presencia del
otro». El problema ahora es cómo, a pesar de todo, puede seguir adelante la vida de
pareja con atenciones mutuas de finura y bondad.

Es útil empezar por reconocer llanamente que la vida en común resulta aburrida porque
ya no queda nada nuevo que decir. Los dos cónyuges deben deplorarlo. Porque resulta
doloroso reconocer esta situación. Pero luego deben reflexionar juntos y preguntarse si
esta situación tiene que seguir necesariamente así. ¿No queda ya ningún te ma o
actividad donde puedan tener intereses comunes? ¿O quizá no tienen nada que decirse
por la sencilla razón de que ya saben exactamente cómo va a reaccionar el otro y la
mujer, por ejemplo, no aguanta que su marido la esté intentando siempre enseñar algo
nuevo y se empeñe en demostrarle que no comprende las cosas? Ayuda mucho en estos
casos reflexionar y tomar conciencia de este tipo de reacciones. De nada sirve limitarse a
inculpar al otro su manía de estar siempre dando lecciones, porque quizá lo hace sin
darse cuenta. Pero si se deciden a dialogar, puede aclararse todo sin necesidad de
reproches ni juicios de valor. Les basta sencillamente analizar las causas que dificultan la
vida en común. Luego podrán discutir sobre los cambios posibles. Nunca podrán
arreglarlo todo. Se impone la necesidad de tener que aguantar cosas cada uno en sí
mismo, en el otro y en las relaciones entre los dos. Pero si se acepta todo como una
consecuencia de las limitaciones humanas, ya no existirán razones para sentirse
amargado.

El segundo paso sería reconocer que tanto mi pareja como yo conservamos algo del
atractivo que tuvimos antes. Nos conocemos corporal y espiritualmente, pero esto no
puede ser razón de aburrimiento. Al contrario, debe llevamos a una relación de
confianza. Un día nos entregamos mutuamente, ahora nos conocemos y debemos
aceptarnos como somos. Esto supone cierta serenidad y humildad. Si renunciamos a ver
faltas en todo lo que hace el otro, se abrirán entre los dos unos espacios donde cada uno
puede vivir siendo como es. No necesitamos estar constantemente demostrándonos
nuestro atractivo, aunque con esto no se excluye la conveniencia de cuidamos. Es
necesaria la tensión propia de todo lo que vive y que solamente permanece vivo en la
disposición de crecimiento y progresivo desarrollo.

El tercer paso consistiría en desprenderse de la dependencia de pareja interpretando la

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situación actual como una invitación a hacer cada uno algo también para sí mismo. Cada
uno tiene sus propios intereses. Si los tenemos en cuenta, si seguimos en proceso de
formación permanente, tendremos también otra vez algo nuevo que contar. En el campo
de la propia competencia pueden encontrarse temas de información. Lo único importante
es la disposición de escucha para saber qué es lo que ocupa y mueve al otro.

Cuando se ha llegado a una edad avanzada, hay que saber agradecer la fidelidad del
consorte. Pero no tenemos derecho a esperarlo todo de él. Conozco ancianos que han
puesto excesivas esperanzas en su cónyuge. Cuanto menos vive uno su propia vida, tanto
más espera recibirlo de la vida del otro. Cuando las posibilidades de la vida se han ido
reduciendo con la edad y ya no se encuentra refugio en las aficiones ni en el trabajo,
sucede con frecuencia que esperamos que vengan otros a llenar con su vida las
exigencias de la nuestra. Pensamos que es cosa de otro mantener nuestra vitalidad. Sin
embargo, y a pesar de toda la fidelidad que tengamos derecho a exigir de los demás,
somos cada uno responsables de nuestra propia vitalidad interior. De mayores viviremos
esta doble experiencia: el agradecimiento con que podemos confiarnos a la fidelidad de
otros y la convicción de que, en definitiva, cada uno vive su vida, y debe ser también
preocupación suya cuidar de la propia vitalidad. Poner toda la esperanza en vivir la
propia vida a expensas de otros es exigirles demasiado. Algunos hombres mayores son
incapaces de aceptar la enfermedad y la consiguiente dependencia de otros. Y lo que
hacen entonces es proyectar sobre su mujer la propia falta de aceptación de esa realidad
y criticar a la mujer en todo. La mujer no debe hacerse responsable de esto. Debe confiar
en que su marido reconozca y acepte sus limitaciones. La vejez, por lo tanto, llega
trayendo nuevos retos para la vida de la pareja. Uno y otro siguen madurando hasta el
final. Uno y otro deben estar aprendiendo hasta el fin de su vida a desprenderse de sus
fantasías y a aceptar la realidad de su propia vida y la de su pareja.

También los mayores necesitan cercanía y distancia

Los hombres y las mujeres de hoy, a diferencia quizá de lo que ocurría aún en la
generación anterior, han vivido generalmente una relación de pareja con resultados
positivos incluso después de entrar en la edad de la jubilación, cuando aún es tiempo de
configurar la vida en común. También se da el caso contrario: el de mujeres que reciben
con cierta preocupación y miedo la jubilación de sus maridos al abandonar la actividad
laboral. No raras veces se oyen quejas de este tipo: «Desde que mi marido jubilado se
pasa el día entero en casa, vivimos una guerra de nervios y nos complicamos
tremendamente la vida». Cuando ya no funciona el anterior reparto de roles y no queda
más remedio que pasar todo el día juntos, no resulta, de hecho, siempre fácil encontrar
una nueva forma de convivencia. La jubilación puede y debería ser la ocasión de
establecer una nueva y justa relación entre cercanía y distancia. Probablemente es la
mujer la que mejor nota cómo durante los años en los que su marido iba al trabajo, y tal
vez ella misma trabajaba también, creaban en su vida una buena relación entre cercanía y

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distancia, lo cual beneficiaba mucho a los dos. El marido tenía su trabajo. La mujer tenía
el suyo. Normalmente se encargaba también de la educación de los hijos. Cada uno
podía organizarse y disponer a capricho. Añoraban las tardes o los fines de semana y
disfrutaban mucho juntos. Había comunicación. El marido contaba cosas de su trabajo,
ella hablaba de los hijos y de sus experiencias profesionales. Si ahora se ven obligados a
pasar todo el día juntos, tiene que hacer también su aparición la primera crisis. Tal vez
antes disfrutaban cuando tenían la dicha de tener mucho tiempo abundante para pasarlo
juntos. Ahora lo tienen, pero no les parece bueno tanto tiempo y todos los días. Es muy
normal. Un matrimonio feliz vive el justo equilibrio entre cercanía y distancia.

Marido y mujer tienen que intentar exactamente ahora encontrar la nueva forma de
superar esa tensión. Si el marido se pasa todo el día en casa mirando cómo su mujer hace
sus labores y prepara la comida, tiene que ponerla inevitablemente nerviosa. Porque las
miradas del marido la hacen sentirse solo observada y controlada. Ya no puede trabajar
con la libertad que desearía y a la que estaba acostumbrada. No deben, por tanto,
permanecer siempre juntos. Cada uno necesita un tiempo para sí solo.

Un matrimonio me contaba la crisis en que los había sumergido la jubilación del marido,
director de un colegio. Cuando comprendieron que aquello no podía seguir así, se
pusieron a reflexionar juntos sobre las normas y la clase de ritmo que podrían ayudarlos
a recuperar sus buenas relaciones mutuas. Y llegaron a este común acuerdo: en adelante,
a partir del desayuno, cada uno tendría toda la mañana libre para sí. La mujer se ocupaba
de las faenas de la casa. El marido iba a su despacho y allí leía o escribía algo. Se iba a
dar un paseo o se dedicaba a practicar sus pasatiempos preferidos. ¡Cómo disfrutaban
luego al encontrarse de nuevo a la hora de comer y de la siesta! Organizaban las tardes
de diversas maneras. A veces programaban algo juntos: un paseo o una visita. Otras
veces lo hacía cada uno solo y por su cuenta. Desde entonces todo marcha sobre ruedas.

Es muy importante, por lo tanto, que la pareja, ya antes de que llegue el tiempo de una
nueva adaptación de sus relaciones, impuesta por el paso de la vida profesional a la vida
de jubilación, piense mucho en los medios de encontrar el justo equilibrio entre cercanía
y distancia. Nunca deberán hacerse mutuos reproches, ni acusarse de ser cada uno
incentivo de nerviosismos para el otro. Pasar demasiado tiempo juntos no es bueno para
nadie. Todos necesitamos siempre alternativamente dos cosas: vida en común y vida
privada, cercanía y distancia, trabajo conjunto en cosas comunes y ocupación solitaria en
cosas de agrado personal, en las que uno puede olvidarse de sí mismo sin ser observado
por nadie.

En sus «Pensamientos desde la orilla», el libro con que deseaba Jórg Zink despedirse de
sus lectores, viene él a hablar de su matrimonio con la señora Heidi desde hace casi
sesenta años. Y enumera siete razones para una feliz vida de casados también en la edad
avanzada. Solo voy a citar las dos primeras razones que interpretan de manera original la
tensión entre cercanía y distancia. «Quizá lo primero que puede ayudar es un saber

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congratularse: de que el otro vaya por sus caminos, use su propio tiempo, siga su propio
ritmo de vida, tome sus propias decisiones, realice sus propios deseos, tenga sus propias
amistades. Y sobre todo que sea una persona singular que ve su vida con sus propios
ojos. Quizá lo segundo es un dejar hacer. Un respeto a la libertad de pensar del otro,
cuyos pensamientos no siempre es necesario conocer. Respeto a sus vivencias íntimas,
que no está obligado a manifestar ni a comprender él mismo. Un saber comprender que
un varón y una mujer apenas podrán sentir lo mismo ante una misma realidad. Respeto
también por la oración oculta en el interior del otro, sin necesidad de que se manifieste al
exterior, y por su comprensión de la fe de manera personal. Y sobre todo no exigir nunca
que uno se haga imitador del otro».

Una dolorosa angustia

Muchas personas felices en su matrimonio se angustian ante la posibilidad de que el


cónyuge desaparezca primero. Es una angustia perfectamente comprensible. En cierta
ocasión dije a una señora cuyo marido tenía cáncer: «Se va a sentir usted muy sola si su
marido muere antes que usted. Y no va usted a saber organizar su vida a solas. Su
marido es el que se ha preocupado siempre de la economía y de la casa. Usted va a
sentirse desbordada con estos problemas. Le va a resultar muy doloroso no poder ya
pasar el tiempo con él, no poder abrazarle y besarle. Sentirá intensamente a su lado el
vacío dejado por él. Si tiene usted momentos de dicha, ya no podrá disfrutar
contándoselo a él. Y si se encuentra ante dificultades, ya no tendrá a quien consultar.
Desaparecerá el apoyo y amor que les ha mantenido juntos todos estos años. Esto duele
mucho. Pero debe también confiar en que va a desarrollar en usted nuevas cualidades y,
con la bendición de Dios, va a poder seguir adelante en su camino siendo usted misma
una bendición para sus hijos».

Nadie puede verse libre de sentimientos de angustia ante el pensamiento de la muerte de


su consorte. Pero todos podemos presentar esos sentimientos al Señor y pedirle que
extienda su misericordiosa mano sobre nosotros y que todo lo que suceda sea para bien
de ambos. Si la mujer es la primera en morir, siempre dejará a su marido en una difícil
situación. Nadie puede aventurar de antemano quién de los dos lo pasará peor con la
muerte del otro. Solo podemos confiárselo todo a Dios y pedirle confianza para
enfrentarnos con la nueva situación dolorosa por la pérdida y saber organizar nuestra
nueva vida. Al que sobrevive le quedan todavía los hijos y las amistades. Nos queda
sobre todo Dios, en quien podemos buscar confiadamente apoyo y consuelo. Aun en la
muerte de nuestro cónyuge queda Dios para protegernos amorosamente desde el cielo. Él
se encargará de robustecer nuestras espaldas y nos sugerirá la clave de solución de los
problemas concretos con que podamos enfrentarnos en la vida. Y podemos estar también
seguros de que veremos desarrollarse entonces en nosotros nuevas facultades, de que
sentiremos nuevas fuerzas, nuevas posibilidades, nuevo dinamismo. Marido y mujer
deben confiar en que, sea quien sea el que muera primero, volverán a encontrarse en la

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eternidad porque su amor no desaparece con la muerte. El amor es más fuerte que la
muerte. Nada podrá apartarnos del amor de Dios ni del amor de nuestro consorte.

También los viudos pueden mirar al presente y al futuro

Un hombre de 65 años, cuya mujer había muerto de cáncer un año antes, me escribía:
«Es como si hubiera muerto una parte de mí mismo y ahora noto esa falta. ¿No puedo
intentar con mis 65 años buscar una nueva compañera?». Muchas personas mayores se
hacen la misma pregunta.

Hay que dar un tiempo conveniente a la elaboración del duelo. La desaparición del
cónyuge es muy dolorosa. Nadie debe permitir que sea otro el que le fije la duración del
luto. Cada duelo exige su propia duración y debe ser vivido como una peculiar
experiencia. Pero, en general, el luto pasa por diversas fases. Durante el tiempo del luto
suben de tono diversos sentimientos. El duelo lleva consigo siempre inseparablemente
unida una cierta actividad interior. Un paso importante durante el tiempo del luto
consiste en preguntarse qué mensaje me envía mi compañera a través de su vida y de su
muerte. ¿Quién era verdaderamente mi mujer? ¿Qué es lo que la movía para emprender
sus acciones? ¿Qué es lo que la mantenía en ellas? ¿Para qué ideales vivió? El recuerdo
de la compañera produce dolor, pero al mismo tiempo ayuda a profundizar más y más en
su secreto. Entonces podemos preguntarle: ¿qué deseas tú ahora de mí? ¿Cómo debo
disponer ahora de mi vida cuando me parece que ya no tengo ganas de seguir viviendo?
Se puede escribir una carta a la compañera fallecida en la que se le agradece todo lo que
ha significado ella para mí, o se le puede pedir perdón por todo lo que no estuvo del todo
bien. Luego se puede tratar de escribir una carta que ella misma me dirige a mí. Quizá
entonces se valora algo de manera especial. Se puede objetar que, en ese caso, lo que
único que hacemos es escribir nuestros propios pensamientos. Pero eso no importa.
Aunque no sean más que los propios pensamientos, pero son pensamientos que brotan de
lo íntimo del corazón, donde se mezclan los propios pensamientos con los de la
compañera. Y notaremos que eso nos hace mucho bien. Cuando escribimos la carta de la
compañera a nosotros mismos, no debemos pensarlo mucho. No debemos estrujarnos
mucho la cabeza, sino fijar la intención sobre todo en la mano, que irá escribiendo
espontáneamente lo que ella desearía decirnos.

Un segundo paso durante el tiempo del duelo sería este: ¿cómo desearía yo responder a
la vida y a la persona de mi mujer? Y puesto que estoy solo, ¿cómo puedo yo ahora, a
pesar de todo, seguir unido a ella y dar con mi vida y con toda mi persona una respuesta
a todo lo que sentí y viví con ella y por medio de ella? Mientras pensamos en nuestra
respuesta, no andaremos dando vueltas en el pasado, sino que nuestra mirada se dirigirá
lentamente al presente y al futuro. Entonces surgirá probablemente esta pregunta: ¿debo
permanecer solo o me conviene casarme otra vez? No hay una respuesta general a esta
pregunta. Hay hombres que dicen: «La relación con mi mujer fue totalmente única. No

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puedo repetirla. Sería traicionarla». Otros tienen el sentimiento de que su mujer se lo
permite, es más, que incluso les impulsa a no permanecer solos. Es muy importante
prestar mucha atención a la voz de los sentimientos. Puede suceder que convenga dejar
pasar los primeros años del luto hasta sentirse preparado para dar respuesta a esta
pregunta. Entonces la cuestión no consiste simplemente en responder a esta pregunta, ni
simplemente buscar una nueva compañera. Lo único necesario es estar plenamente
abierto a esta pre gunta. Y si entonces encuentro a una persona y brotan sentimientos de
que una relación con ella o con él sería lo que más me conviene, puedo entonces
decidirme a ello con entera libertad.

Relaciones sociales: intervenir en la vida de la comunidad

La necesidad de ser útil

«Ser un miembro de algo» es una necesidad primigenia en el ser humano. Sentirse


necesitados por alguien es también para muchos una manera de encontrar sentido a la
vida. Respecto a la tercera edad son muchos los que se angustian ante la idea de no ser
necesarios para nada, y quizá también de que pueda llegar un día en que desaparezcan
del todo. Antes los necesitaban sus hijos en cuanto padre y madre. Formaron una familia
y quizá la dirigieron. Ahora los hijos van por sus propios caminos. Ya no necesitan a los
padres ni sus consejos. La madre cree que debe ayudar a la hija en el mantenimiento de
la casa. Pero la hija no quiere. Prefiere llevar ella la casa a su manera. El que tenía un
puesto relevante en la empresa comprueba dolorosamente ahora que ya nadie le pide
consejo, que su experiencia y sus conocimientos no se tienen en cuenta para nada. La
angustia producida al comprobar que no se cuenta con ellos empieza en la mujer con
frecuencia antes que en el hombre. Los hijos que han fundado su familia ya no
consideran a su madre como madre. El hombre se angustia ante la idea de no ser
considerado necesario a partir del día en que cese su ejercicio profesional. En la empresa
tomaba decisiones, no se hacía nada sin él, se consideraba insustituible. Ahora es so
lamente un hombre privado, lo más a que puede aspirar es a colaborar en el cuidado de la
casa.

Es insoslayable la angustia en nuestra vida. Pero también la angustia tiene siempre algún
sentido. Porque me hace ver los fundamentos desde los que me he definido hasta este
momento. Yo cifraba todo mi valor personal en ser tenido por importante en la opinión
de los demás, en considerarme necesario para ellos, en comprobar que necesitaban mi
consejo o al menos mi dinero. Si ahora ya no necesitan mi dinero ni mis cualidades,
tengo que tratar de buscar otro fundamento en mí mismo sobre el que edificar el nuevo
edificio de mi vida. La angustia me invita a pensar qué va a suceder cuando ya nadie me
necesite. ¿Seré entonces una persona en la que ya no queda ninguna rastro de valor? ¿En
función de qué valores podré entonces definirme? ¿Qué será entonces lo que fundamenta
el valor de mi vida? Por eso, la angustia me obliga a buscar el fundamento de mi vida en

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mí mismo o en Dios, pero ya no en el valor utilitario que otros puedan ver en mí. Y si
quiero sentirme necesario a toda costa, lo que con ello pretendo es ser aceptado por los
demás sin que tal vez consiga más que rechazo tras rechazo. En cambio, si vivo de mí
mismo, serán cada vez más los que acudan a mí en busca de consejo. Entonces sí que
seré útil, aunque no sea más que ocasionalmente. Pero ya no será ese el fundamento de
mi definición.

Aceptar la responsabilidad de hacer que nuestro mundo sea más humano

Un señor de 68 años, jefe de departamento en su empresa antes de jubilarse y


responsable de su familia en cuanto padre, no solo en lo económico sino también en la
for mación y la cohesión familiar, me decía que hasta entonces había encontrado el
sentido de su vida en el desempeño de ese rol, y ahora se preguntaba: «¿Tengo que
desentenderme de todo y dejar toda la responsabilidad a otros, a mis 68 años?».

Desagraciadamente, hay en la actualidad muchas personas que se niegan a asumir


cualquier clase de responsabilidad. Todo lo esperan de los demás. Siempre son otros los
responsables si su vida no marcha bien. Sin embargo, la parte oscura de la
responsabilidad consiste en que, sintiéndonos responsables de otros, nos hagamos
también conscientes de nuestras posibilidades. Todos somos importantes. Sin nosotros
no puede funcionar bien la vida de los demás. Esto debe fortalecer nuestra autoestima.
Por eso nos resulta tan difícil renunciar a toda responsabilidad. El concepto de verdadera
responsabilidad incluye dos cosas: disposición para aceptarla y capacidad de dejarla.
Solo puede dejarla el que está convencido de que ahora es otro el que se responsabiliza,
los hijos se hacen responsables de sí mismos y Dios es providente para todos. Ahora
puedo convertir yo la responsabilidad ante mis hijos en oración por ellos.

Pero cada uno ve con distintos ojos la liberación de toda responsabilidad en la empresa o
en la familia. En la empresa debemos confiar en que el sucesor se responsabiliza y la
empresa va a seguir adelante. Nunca deberíamos dar consejos al sucesor ni someterle a
control para ver si se mueve por el bien de la empresa. La responsabilidad sobre la
familia es otra cosa distinta de la que difícilmente podremos desentendernos. Pero
cambia continuamente. Los padres ya no deben preocuparse por la aten ción de sus hijos.
Ya no deben darles ulterior formación. Pero en cuanto personas experimentadas,
conservan la responsabilidad de procurar que la familia no se rompa y permanezca
unida. Los ancianos de hoy no entienden la responsabilidad como los de ayer y la ponen
mucho menos en el hacer y mucho más en el ser. Se prestan gustosos a responder a los
hijos si acuden a ellos con preguntas o problemas. Pero los hijos no admiten fácilmente a
nadie que venga a decirles lo que tienen que hacer.

Con todo, la mayor responsabilidad de los mayores es la que tienen sobre sí mismos. Yo
soy responsable de la luz que debo proyectar sobre los otros. Por eso, mi deber empieza

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por establecer la paz dentro de mí. No consiste en una especie de placer privado. Se
relaciona siempre con todo nuestro entorno. Nuestra pacificación interior arrastra
consigo un algo medicinal y reconciliador para el mundo. Ejercemos cierto influjo para
que nuestro mundo se haga más humano.

Hay muchas maneras de aceptar responsabilidades sobre los demás. Nunca deberíamos
limitarnos a echar una simple mirada atrás. Debemos preguntarnos con sentido más
amplio dónde se necesita nuestra responsabilidad y cómo puede convertirse en una
bendición.

Comprometerse: tender puentes en la sociedad

Las personas mayores, lejos de ser puro lastre para la sociedad, pueden convertirse para
ella en una gran bendición. Porque pueden tender puentes entre generaciones y entre
distanciamientos por conflictos de partido. No sin razón son viejos políticos, sobre todo
hombres o mujeres ya maduros, los que deciden como árbitros cuando las negociaciones
colectivas llegan a un punto tal de conflicto en el que ya parece imposible hallar una
salida. Las personas ancianas pueden evidentemente transmitir mayor libertad y
serenidad, actuando como sedante sobre el nerviosismo de nuestro tiempo. Ellos son los
que acercan los exactos criterios al justo punto medio cuando estos amenazan con
desplomarse. En los apasionados debates donde todo se cuestiona, pueden ellos crear
equilibrio llamando la atención sobre lo esencial. No pierden tan fácilmente el sentido
del equilibrio en medio de las crisis porque han superado ya muchas.

Pero también pueden mostrarse activos en la vida social por otros motivos y desempeñar
en ella una función importante. En la etapa de su vida post-profesional disponen de un
gran «capital»: un tiempo libre en abundancia que no tenían antes. Ahora pueden poner
ese tiempo a disposición de todos los que lo necesiten: niños, enfermos, otros ancianos.

Esto es sencillamente un hecho y es bueno que sea así: la mayor parte de los voluntarios
que dedican su tiempo a la atención de los enfermos, de los sin techo, de los pobres y
abandonados son personas de edad. Visitan a los enfermos en los hospitales. Atienden a
los que andan con graves dificultades económicas. Colaboran en diversas asociaciones,
hacen de reposteros en las fiestas comunitarias y prestan su ayuda dondequiera que se los
necesite. Algunos se comprometen a prestar sus servicios en residencias de la tercera
edad y lo hacen de manera egregia. Ven en la asistencia a los moribundos una ocupación
llena de sentido. Esto les confronta a ellos mismos tam bién con su propia muerte y con
su propia vida. Unos se ofrecen como voluntarios dispuestos a realizar tareas prácticas
poniendo ahora a disposición de otros sus anteriores experiencias profesionales. Otros
organizan un servicio de visita a los enfermos y a los que viven en su casa privados de
toda clase de contactos humanos. Están dispuestos a hacer las compras para los ancianos
imposibilitados. Algunos van a las guarderías y leen cuentos a los niños Otros cuidan los

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hijos de padres jóvenes que tienen su tiempo ocupado por la profesión. Todas estas
ofertas de colaboración y ayuda necesitan ser organizadas. En algunas ciudades hay un
servicio de asistencia en las tareas del hogar, en las del aprovisionamiento diario, el
cuidado del jardín y de los niños, etcétera, organizado todo por jubilados. Las
posibilidades de comprometerse en alguna de estas actividades no tienen límite. Nuestra
sociedad sería muy pobre sin la ayuda de tantos colaboradores voluntarios. Lo que ellos
hacen es auténtica solidaridad vivida. Asumen responsabilidades respecto a otros y
ofrecen algún remedio al aislamiento y la soledad dentro de una sociedad masificada. Es
mucho lo que dan. Pero es también algo lo que reciben en la ayuda prestada a otros:
agradecimiento, alegría, satisfacción, sentido de la vida.

Transmitir paz y confianza en la vida

La paz y la confianza son dos actitudes muy características en las personas mayores, a
las que transforman en una verdadera bendición. La paz y la serenidad se relacionan con
el concepto de liberación. Yo me libero de mis ocupaciones y de mi ego, y esto me
permite respetar y dejar que las personas sean como son. Trato con ellas con serenidad,
sin ejercer sobre ellas ningún tipo de presión para intentar que cambien. Si me libero de
las excesivas expectativas sobre mí mismo, puedo también dejarme como soy. Entonces
crece en mí la confianza en que la vida es buena tal como es. Me soporto a mí y a los
demás. Y pongo mi confianza en Dios que sostiene mi vida. La confianza me da
estabilidad. Y como me apoyo en un fundamento sólido puedo ser como soy y dejar que
los demás sean como son.

Las personas mayores no deben compararse ni permitir que otros las comparen con los
jóvenes. De mayores debemos dejar a otros el trabajo de hacer comparaciones, nosotros
debemos limitarnos a cumplir nuestro rol peculiar en la aceptación de nuestra edad. No
tenemos por qué pedir disculpas a nadie por haber llegado a viejos. Al contrario,
debemos mostrarnos agradecidos por haber alcanzado nuestra edad, confiando en que
con nuestra edad somos una bendición para el mundo. Las personas mayores están con
frecuencia más capacitadas que los jóvenes para escuchar. Pueden discernir mejor lo que
es realmente importante en la vida. Pueden contemplar y tratar muchas cosas con más
serenidad debido a las ricas experiencias adquiridas. Sus perspectivas son más amplias
que las de los jóvenes.

La experiencia y la capacidad de ver las cosas en una perspectiva de conjunto dan a las
personas mayores no solo serenidad sino también confianza en la vida y en el futuro.
Deberían transmitir esa serenidad también a la sociedad. Lamentablemente, ella lo
necesita. Las personas mayores deberían ser en la sociedad testigos de los valores que
fueron importantes en su vida, lo siguen siendo hoy y podrían también hacer rica en
valores la sociedad actual. Sin esos valores se desmorona una sociedad sin posibilidad de
subsistencia.

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Reconciliarse con la soledad y abrirse a nuevas relaciones

La soledad no es una experiencia reservada a la vejez. La soledad es siempre dolorosa.


Sin embargo, es evidente que el tema se hace más candente en los últimos años: cuando
los hijos ya no viven en casa, cuando van desapareciendo los viejos amigos o se
trasladan a vivir lejos. Si a todo esto se añade la llegada de una enfermedad, ya no le
queda a un anciano la suficiente capacidad de movimiento como para ir él mismo a
visitar a otros. Imposible entonces soslayar el dolor de la soledad.

Nos vemos obligados a hacer duelo por no vernos ya rodeados de nuestros admiradores.
Es doloroso tener que soportarlo. Cuando lamentamos esta situación, estamos tocando
fondo en lo profundo del alma, donde reposan disponibles nuevas posibilidades de vida y
nuevas capacidades. El que se hace insensible al dolor de su soledad, se puede lamentar
de esto o de aquello, pero siempre estará acusando a otros de dejarle solo. No es capaz
de atravesar el dolor; lo que hace es detenerse ante él tomando baños de autocompasión.
Puede nadar y remar en la autocompasión, pero no logrará dar un solo paso hacia
adelante. El llanto sobre la propia soledad me permite vivir mi situación de solitario con
nuevas vivencias. La palabra alemana einsam, «solitario», tiene dos componentes: ein
expresa la unidad del ser humano en sí mismo; sam viene de sammeln, «reunir», y
significa «en armonía con algo, de la misma condición». Por tanto, la palabra solitario es
en realidad un concepto positivo. Significa que el ser hu mano está de acuerdo consigo
mismo, que ha llegado a ser «uno» consigo y ha aceptado interiormente esa unidad. En
el mismo sentido positivo puede entenderse la palabra alemana allein, «solo». Peter
Schellenbaum afirmó en cierta ocasión que es maravilloso ser all-eins («todo uno»), ser
uno con todo. A la edad avanzada pertenece el «estar solo», el haber llegado a ser un
hombre juntamente con todo, el haberse fundido en unidad con toda la creación. En la
vejez ha experimentado todas las posibilidades que reposan en el fondo de su alma. Y en
consecuencia intenta hacerse uno, llegar a un acuerdo total consigo.

La soledad, que nos hace sufrir, quiere recordarnos que todavía no hemos llegado al
estado de unidad con nosotros. Si la vejez nos resulta dolorosa, no debemos tratar de huir
de ella, sino aguantarla. Si soportamos la soledad, podemos llegar a ponernos en
contacto con nosotros mismos. Entonces intuimos que no estamos totalmente solos,
porque nos sentimos envueltos en la presencia amorosa y salvífica de Dios. Es verdad
que no siempre es posible soportar la soledad. Para no ahogarnos en ella debemos
discernir cuándo es mejor permanecer dentro de nosotros y cuándo es preferible realizar
alguna actividad hacia fuera. Podemos llamar por teléfono a los amigos, buscar la
compañía de otros, pasar un tiempo con un grupo, hacer algún curso, comprometernos en
actividades benéficas. Se necesita lograr un saludable equilibrio entre soledad y
compañía.

El primer paso en el camino hacia un saludable equilibrio es la aceptación de la propia


soledad, el propio estar solo en su sentido positivo para poder disfrutar la unidad consigo

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y con todo lo que existe. Pero el segundo paso es abrirse a las relaciones con los demás.

La amistad sigue siendo un gran valor

El que puede sentirse bien a solas consigo puede también establecer relaciones y crear
amistades cuando se ha avanzado ya en edad. No depende de los amigos. Si se busca
amigos, no lo hace para combatir la soledad. Si fuera así, intentaría servirse de los
amigos únicamente con la finalidad de no sentirse solo. Se abre y se relaciona con
nuevas amistades y se muestra agradecido si resultan bien. Pero no corre detrás de ellas a
cualquier precio. Se entrega a la amistad donde esta surja. En último término, la amistad
es siempre un regalo. Pero conozco a muchas personas que, siendo ya mayores, han
encontrado excelentes amigos con los que han llegado a comprenderse perfectamente.
Estas amistades también se mueven siempre en una atmósfera de libertad. Nadie intenta
aprovecharse de su amigo, sino respetar en todo su libertad. Las personas mayores se
sienten agradecidas por la amistad y por la vinculación interior posible también en la
vejez. El que en la vejez ha hecho nuevos amigos debe disfrutar agradecido esa suerte,
porque es una verdadera bendición para su vida.

Las amistades vividas desde antiguo revisten en la vejez un significado nuevo. Son
expresión de una fidelidad vivida. Conozco muchas personas muy mayores que de
repente se acuerdan de los antiguos amigos y restablecen con ellos el contacto perdido.
Y hasta pasan más tiempo con ellos que antes. Notan que les hace bien el evocar
recuerdos, intercambiar sentimientos sobre las experiencias de la edad y cómo responde
cada uno en el presente a los retos de la vida. Resulta maravilloso cuando los viejos
amigos se cuentan mutuamente con toda franqueza cómo les va la vida. En esa edad se
hacen los amigos más abiertos y más sinceros. Ya no necesitan tratar de fingir nada para
dar buena impresión de sí mismos. Pueden contar toda su vida sin ambages, aceptándola
en su realidad y reconciliándose con ella. La amistad es en la vejez un extraordinario
valor.

Nadie está de sobra, todo el mundo es valioso

Personas mayores preguntan con frecuencia: «¿Cómo podría yo ser todavía útil?». O
formulan esta queja: «Ya no valgo para nada». Al expresarse así, no se refieren al
concepto exacto de utilidad. La pregunta se refiere al concepto de pertenencia a algo y a
la estima por parte de los que han sido importantes para nosotros a lo largo de todas las
fases de nuestra vida. Nadie tiene derecho a sentirse inútil. Porque ese sentimiento le
deprimiría en su interior y traicionaría su propia dignidad personal. No debemos
valorarnos en cuanto personas en función de la utilidad, es decir, en función del
rendimiento que todavía podemos ofrecer. El que es todavía capaz de echar una mano en
algo debe hacerlo donde lo encuentre conveniente, como en la parroquia, en su club, en
el servicio a los vecinos necesitados. Y debe estar agradecido porque puede prestar

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ayuda. Esto produce el grato sentimiento de poder ser útil y hacer algo por los demás. Y
si uno, por motivos de salud o de situación personal, ya no puede hacer casi nada en
favor de otros, siempre está, sin embargo, en situación de poder orar por ellos. Mi madre
había perdido casi por completo la vista, pero rezaba por todos: primero por sus hijos y
nietos, y luego por todos aquellos de cuyas necesidades se enteraba por la radio o la
televisión. Y se sentía muy útil de poder hacerlo. Sabía bien que podía colaborar en algo
en bien de los demás a pesar de estar enferma. Nuestros hermanos de religión, ancianos
y retirados en la enfermería, se reúnen espontáneamente cada tarde, rezan juntos el
rosario unas veces por las intenciones de nuestra comunidad, pero también por todas las
necesidades del mundo. Al hacerlo así, estos compañeros ancianos se siguen
considerando sumamente valiosos. Siguen desempeñando una ocupación. No pueden
realizar nada hacia fuera, pero pueden orar por otros. Y están seguros de que su oración
es una bendición.

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UN proverbio de la sabiduría jasídica dice: «Solo para los simples es la ancianidad un
invierno. Para los sabios es el tiempo de la cosecha». Todo depende de la manera en que
se mire. Si miro a la ancianidad como a mi invierno, empiezo ya a quedarme frío cada
vez que pienso en el tiempo que me espera. Pero si veo en ella el tiempo de la cosecha,
me lleno de alegría pensando en los frutos. Tiempo de cosecha quiere decir que desde la
ancianidad puedo echar una mirada retrospectiva sobre mi vida para contemplar mis
logros, mis éxitos profesionales, los proyectos que puse en marcha, la familia que fundé
y de la que puedo sentirme orgulloso viendo cómo se hace cada vez más numerosa. Pero
la palabra cosecha significa ante todo que yo mismo me he transformado en fruto, que
me he encontrado en mi verdadera esencia. Desde tiempo inmemorial se celebran las
fiestas de la cosecha degustando en ellas los nuevos frutos. De manera parecida puede
convertirse la ancianidad en el tiempo de saborear los frutos de todo lo que ha madurado
en nosotros.

La finalidad del proceso de envejecimiento es hacerme llegar al estado de perfecta


sintonía con mi verdadera esencia, con la imagen primitiva que Dios ha creado para mí.
En la ancianidad ya no se trata de conseguir algo sino de ser algo. Yo no soy algo por
gozar de prestigio ni por oír elogios. Yo soy algo, existo sencillamente, cuando soy yo
mismo, sin segundas intenciones, sin necesidad de exponerme en primer plano. No
necesito hacer nada fuera de mí, me basta encontrarme a mí mismo. Ahora soy yo,
sencillamente, yo.

El camino hasta llegar a mí mismo es largo. Ni siquiera en la ancianidad he llegado


todavía a la meta. Cruzaré la meta únicamente cuando haya completado mi historia en el
momento preciso de la muerte. Y, sin embargo, la ancianidad es ya una cierta manera de
concluir mi historia. Por esa historia he llegado a ser el que soy ahora. Toda mi historia
me pertenece, también sus fracasos. A eso se deben las horas en que me he sentido roto y
extraño a mí mismo. Todo ha contribuido a crear en mí el individuo que ahora soy. La
imagen que Dios creó en mí se ha ido perfilando progresivamente a través de todos los
acontecimientos ocultos de mi vida. A ello han contribuido también muchos
acontecimientos exteriores. Con todo ello se ha encarnado esa imagen en la historia de
mi vida y a través de ella se ha hecho, en mí, visible al exterior.

Lo más importante en la vejez es llegar a descubrir mi propia individualidad a través de


la historia de mi vida y de los sueños de mi infancia: eso que constituye mi verdadera
esencia y mi auténtico yo. Cuanto más amplío los descubrimientos sobre mi
individualidad, tanto más me siento en la necesidad de dar gracias por mi vida, con tan ta

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mayor intensidad vivo mi vejez como el tiempo de la siega, tiempo de recolección del
fruto de mi vida, un fruto que puede endulzar también la vida de otros.

Asumir la propia historia y desasirse del pasado

Asumir y desasirse son los dos rasgos fundamentales de la vida. Son los condicionantes
para una vida realizada. Una ley fundamental de la vida del alma es esta: solamente
puedes desasirte de lo que has asumido. Asumir quiere decir: acepto mi pasado tal como
ha sido. No necesito estar continuamente preguntándome qué hubiera sucedido si...,
cómo hubiera sido mi vida si no hubiera intervenido esto o aquello. Esta clase de
preguntas no son más que un inútil gasto de energías. No conducen a nada. Mi vida ha
transcurrido exactamente como ha transcurrido. Es un hecho que he de aceptar. Pero
aceptar no significa asumir el pasado a regañadientes, sino intentar darme interiormente
un sí a mí y a toda mi historia. Sea cual sea mi pasado, a través de mi historia he llegado
a ser el que ahora soy. Y me acepto así. Renuncio a estar continuamente reprochándome
ser como soy y a criticarme con preguntas sobre si ha habido en mi vida mucho que
debió ser mejor.

Si se logra dar bien este primer paso, puede intentarse el segundo: prescindir de lo que
fue. Prescindir no significa olvidar, sino dejar de una vez para siempre de dar vueltas al
pasado, dejar las cavilaciones sobre si yo hubiera o no hubiera podido actuar de otra
manera. Aceptar y desasirse son normalmente dos pasos consecutivos. Pero también son
dos pasos de encuentro. Al dejar de reprocharme, aprendo a aceptarme. Y al contrario: al
aceptarme, dejo de vivir obsesionado con el pasado. Ahora vivo en el presente. Estoy
abierto a todas las ofertas del presente y a la novedad de sus exigencias.

Queda todavía otra manera de desprenderse. Muchos ancianos siguen viviendo


únicamente en el pasado. Cuentan siempre las mismas historias de antes. C.G.Jung dice
de este tipo de personas: «¿Quién no conoce a esos conmovedores ancianos que
necesitan estar siempre desenterrando sus tiempos de estudiantes y solo pueden avivar la
llama de su vida evocando los tiempos de sus heroísmos homéricos, pero en lo demás
viven acartonados en un aburguesamiento sin remedio?». Esta clase de individuos no
vive en el presente. Al relatar sus hazañas juveniles, desearían poder ser eternamente
jóvenes. Sin embargo, para Jung esto no es más que «una quejumbrosa sustitución de la
iluminación del sí mismo» que desearía embellecer al hombre viejo. Por eso es
importante liberarse de la evocación obsesiva de los antiguos heroísmos y vivir la
realidad del momento presente.

Vivir mirando al futuro y comprendiendo el pasado

Es muy importante preguntarse cuáles deben ser los parámetros que nos permitan hacer
la valoración de nuestra vida. El que se limita a preguntar: «¿Cuánto he ganado, cuánto

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dinero dejo a mis herederos?», se tendrá por un pobre fracasado si no puede dejar una
fortuna. Pero ese no es el verdadero parámetro. Tampoco se trata de com probar si todo
ha marchado sobre ruedas. La pregunta pertinente debería formularse de esta manera:
¿he sido yo una bendición para alguien? ¿Dónde he dejado bendiciones a mi paso? ¿A
quiénes he prestado mi ayuda? ¿He sido causa de que alguien se llenara de nuevas
esperanzas? ¿A quién he tratado amablemente? ¿A quién he ayudado a controlar mejor
su vida? Y uno puede hacerse estas preguntas: ¿me mostré auténtico? ¿Qué clase de
valores he preferido en mi vida? ¿Qué he irradiado con mi existencia?

Al formularnos la pregunta sobre el sentido de la vida, no debemos contentarnos con


mirar al pasado, porque la vida sigue adelante: «La vida se vive hacia adelante y se
comprende hacia atrás», afirmó Victor E.Frankl, fundador de la logoterapia. Con el
cambio de dirección de las preguntas cambia la dirección de la mirada y también la
perspectiva del sentido: ¿qué sentido tiene mi vida en la hora actual? O: ¿qué sentido me
gustaría dar a mi vida ahora? Mi vida tiene sentido siempre que soy totalmente el que ha
sido pensado por Dios, siempre que vivo una vida auténtica y dejo grabadas en este
mundo las marcas de mis huellas personales. Pero mi vida no solo tiene sentido en sí
misma. Yo puedo añadirle un nuevo sentido. Yo puedo hacerme consciente de estar
viviendo lo que vivo. Y puedo pensar que no vivo solamente para mí, sino también
siempre en comunidad con otros y para otros. Si doy la impresión de vivir en paz y
satisfecho, con ello irradio también paz sobre mi entorno. Entonces tiene mi vida
también un sentido para otros y recibe nuevas perspectivas hacia delante.

La palabra alemana Sinn, «sentido», se relaciona con la palabra Sendung, «misión»:


enviar de viaje, enviar a al guien a cumplir un encargo. Y puedo preguntarme: ¿qué
encargo tengo yo hoy? Siento en mi interior el encargo de preocuparme por los demás,
de aceptar algo por ellos? Incluso en el caso de quien se encuentra enfermo y apenas
puede realizar nada hacia fuera, tiene su vida aquí y ahora un sentido siempre y cuando
la viva conscientemente en solidaridad con otros y si hacemos también de manera
consciente lo que podemos hacer por su bien, como estar satisfechos, agradecer y orar.

No se puede cambiar el pasado, pero sí la manera de verlo

Tiene pleno sentido hacer revisión de vida y contemplar qué ha sido, y preguntarse cómo
ha sucedido todo en nuestra existencia. Es además una señal de madurez. Porque
corremos continuamente el peligro de pasar bordeando nuestra existencia y vivir
sencillamente al día. Por eso es bueno cuestionarse con frecuencia: ¿es mi vida coherente
y auténtica, está en consonancia con mi verdadera esencia? Pero las preguntas sobre las
motivaciones tienen también sus propios límites. Hay personas que lo cuestionan todo,
no dejan nada como es. Esta insistencia en buscar explicaciones en todo puede ser la
compensación de una vida no vivida. Así se tiene una evasiva para no meterse de lleno
realmente en la vida.

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Cuestionar el pasado ya no sirva para nada, porque no podemos cambiarlo. Cuestionarse
a sí mismo en el presente sí está lleno de sentido. Pero este cuestionarse no debe ser solo
una actividad cerebral. Porque la cabeza se guirá adelante en su análisis sin llegar nunca
a una respuesta. En lugar de esto, es muy útil sencillamente sentarse en silencio y
escuchar las voces del interior. En mi cuerpo siento si mi vida, tal como la vivo, es una
vida coherente. Mi cuerpo me señala las partes de mí mismo que bordeo. Si escucho las
indicaciones de mi cuerpo, desearé ser sincero conmigo. Pero renuncio a juzgarme y a
desvalorizarme. La escucha de los mensajes de mi cuerpo me pone en contacto conmigo
mismo. Percibo si me encuentro bien en mi cuerpo o, por el contrario si mi cuerpo me
hace ver que vivo en desacuerdo con mi ser interior. Así encuentro un camino para ser y
vivir de manera más consciente, más intensiva y más auténtica.

Ya no podemos cambiar el pasado. Solo podemos cambiar la manera de verlo. Entonces


se nos presentará bañado en una nueva luz. Pero somos nosotros los que ciertamente
podemos cambiar hoy mismo. Quizá no todo, pero algo. Podemos cambiar toda conducta
propia de la que no nos sentimos satisfechos. Podemos aprender a pensar de otra manera
cuando una determinada manera de pensar nos ha dejado insatisfechos. Podemos
transformar algo allí donde nuestras relaciones con los demás humanos no son correctas.
Lo que nos es todavía posible hoy, deberíamos hacerlo hoy. Nunca es demasiado tarde
para cambiar. Jesús nos invita insistentemente a comenzar de nuevo: «¡Convertíos!
¡Cambiad la manera de pensar! ¡Permaneced vigilantes! ¡Vivid conscientemente!». Jesús
está convencido de que podemos vigilar, convertirnos y cambiar nuestra manera de
pensar. No algún día, sino hoy. En todo momento.

Darle vueltas a los errores y heridas del pasado no conduce a nada

A lo largo de su vida han recibido los hombres muchos golpes de otros. También ellos
han producido heridas y han dejado sin hacer muchas cosas que deberían haber
realizado. ¿Qué hacer ahora, al recordar las heridas que otros me produjeron y en las que
yo mismo causé?

Lo primero debería ser poner fin a toda clase de inculpaciones y lamentos. Eso ya no
sirve para nada. En el proceso de envejecimiento se va cargando de sentido la pregunta
sobre el perdón y sobre la posibilidad de perdonar después de tanto tiempo. Si echamos
una mirada a una etapa significativa en la historia de nuestra vida, observaremos muchas
cosas que ya no tienen remedio y deben ser contempladas bajo una nueva luz. A un
hombre fallecido ya no es posible pedirle perdón, aunque nos gustaría hacerlo y volver a
tratar normalmente con él. Lo único posible ahora es contemplar nuestra vida tal como
ha sido, con las ofensas recibidas y las heridas causadas, con todo lo que desde el actual
punto de vista reconocemos que estuvo mal hecho. No debemos ni acusarnos ni
excusarnos. Es mucho mejor tomar toda nuestra vida con todo lo que tuvo y tiene, y
presentarla ante el amor de Dios confiando en que su perdón nos libre de todo

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sentimiento de culpabilidad, y en que su amor lo transforme y purifique todo. Es muy
importante perdonar a los que nos han ofendido, pero también es fundamental
perdonarse a sí mismo. El perdón necesita tiempo. El perdón significa desprenderse de
todo lo que fue. Alguna vez significa: dejárselo todo al otro sin darlo más vueltas. Pero
también quiere decir: ponerlo todo en las manos misericordiosas de Dios, pasárselo a él
confiando en que tanto nosotros como aquellos a quienes hemos ofendido, somos
aceptados por él. El perdón es un acto liberador. Necesitamos librarnos de la energía
negativa que ha dejado en nosotros la ofensa. En lugar de esa energía negativa que se
exteriorizaba en amarguras, rencores y resentimientos, debemos dejar fluir por nuestro
corazón los torrentes de energía positiva del amor de Dios.

Si no somos capaces de perdonar a otros, les damos con ello una cierta autoridad sobre
nosotros. Interiormente seguimos dependiendo de ellos y esto va contra nuestra
dignidad. Debemos, por lo tanto, liberarnos dejando las ofensas en quienes nos han
ofendido. Mucho más difícil es perdonarse a sí mismo. Esto se consigue solo si
renunciamos a la ilusión de pensar que todo lo hacemos bien, que somos perfectos, que
podemos caminar toda la vida vestidos de blanco. Resulta costoso desprenderse de una
autoimagen de pura fantasía y reconocer que somos humanos y pecadores. Si
reconocemos nuestra debilidad y ceguera, nos resultará fácil renunciar a todos nuestros
errores pasados. Dejaremos de hacernos reproches. Y desistiremos de tomar los errores
del pasado como pretexto para atenuar las exigencias del presente. Algunos encuentran
más gusto en dar vueltas a los errores pasados que en enfrentarse a las realidades
actuales. Tendrían que preguntarse qué sacan con reprocharse constantemente sus
errores. Ciertamente, Dios no se lo echa en cara. Quizá se lo reprochan para tener la
ventaja de eludir ahora las responsabilidades de su vida. Nadie se hace un favor si pasa
el tiempo haciéndose reproches. Hay que dejar todo eso y presentarnos ante la
misericordia de Dios con nuestras mediocridades y flaquezas. Y encontraremos la paz.

También el descontento nos pone en contacto con nuestros anhelos

Las personas insatisfechas de su vida - no les gustó el pasado ni les gusta el presente - no
comprenden a quien les dice que deberían contemplar su vida agradecidos y sentirse
satisfechos para tener también una ancianidad más bella. El que se siente insatisfecho de
su vida no puede tomar repentinamente la decisión de empezar a vivir satisfecho a partir
de hoy. Lo primero que debería hacer es preguntarse por qué está descontento. El que se
hace esta pregunta chocará con los criterios que le han servido de norma y guía: yo
solamente estoy satisfecho cuando lo hago todo bien, cuando todo me sale bien, cuando
me siento querido, cuando me acompaña el éxito. Al enumerar estos criterios de
satisfacción, caerá pronto en la cuenta de que se ha guiado por unos principios falsos. Lo
primero que debe hacer es cambiar de principios. Pero nuestros principios llevan al
mismo tiempo a nuestras necesidades. Para algunos es una necesidad sentirse queridos
por todos y obtener en todo óptimos resultados. No debemos censurarnos por nuestras

71
necesidades. Pero el hecho de reconocerlas evita que nos dominen. Quedarán
relativizadas.

Entonces podemos tratar de ponerles límite. Si todo me sale bien, si todos me quieren,
¿me sentiré por eso realmente satisfecho? Todas nuestras necesidades desembocan en
definitiva en el deseo de dicha y seguridad. Y no hay ser humano capaz de saciar este
deseo; únicamente Dios puede hacerlo. Es necesario, por tanto, contemplar nuestra vida
a la luz de Dios. Así iremos encontrando poco a poco los exactos criterios que debemos
seguir en nuestra vida. Veremos con claridad qué es exactamente lo que nos mueve y
adónde desearía llevarnos nuestro camino. Nuestra insatisfacción nos pone en contacto
con nuestro deseo, que solo un infinito amor puede saciar. Este deseo nos mantiene
activos. Y transforma poco a poco el descontento en satisfacción. Empezamos a
agradecer a Dios el don de la vida. El diálogo con él nos capacita para decir sí a nuestra
vida y a nosotros mismos, y para mostrarnos agradecidos por lo que fuimos y lo que
somos. Y miraremos seguros al futuro.

Huellas que permanecen

Los seres humanos sienten un vivo deseo de permanencia. En medio de la fugacidad de


todo lo que nos rodea son muchos los que se preguntan: ¿qué va a quedar detrás de mí el
día en que ya no exista? ¿Qué puedo dejar al mundo que me sobreviva? ¿Qué huellas
puedo dejar marcadas en el mundo?

No es absolutamente imprescindible legar a la humanidad una gran obra, por ejemplo,


escribir un libro, fundar una asociación, crear una fundación. Para muchos son estas
cosas algo que les produce necesariamente el sentimiento de que con ello dejarían al
mundo una buena o importante herencia. Pero no todos tienen el dinero necesario para
crear una fundación. No todos están capacitados para escribir un libro. Nadie puede
seguir brillando en el futuro con el resplandor de sus éxitos presentes. Porque es ahora
cuando vivimos, es ahora cuando irradiamos algo, es ahora cuando tratamos con otros.
Es en este momento cuando los contemplamos con mirada de amistad o de recelo.
Podemos estar atentos para tratar de irradiar sobre el mundo, con nuestras palabras,
nuestro proceder y nuestra voz, «un algo» saludable, estimulante, alegre, impregnado de
amor y dulzura. Después de nuestra muerte serán otros los que se encarguen de recordar
con qué ojos los hemos visto, cómo hemos reaccionado ante sus necesidades, con qué
palabras nos hemos dirigido a ellos. Nuestros pensamientos sobre ellos, las palabras
dichas, las obras realizadas ya no tienen vuelta posible. Todo sigue operante en el
mundo, al menos en los seres que hemos conocido. Por eso podemos todos dejar
marcada una huella cada día, la huella que facilite a los venideros una vida algo mejor.

La vida demanda siempre desarrollo

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Muchos de los que en la tercera edad piensan en lo que han hecho en su vida y en qué
han empleado sus fuerzas, se preguntan: «¿Ha valido la pena tanto esfuerzo? ¡Qué he
conseguido con ello? ¿En qué se han convertido todos mis sueños?». Este balance crítico
tiene su sentido. Reflexionar es bueno. Pero lo principal es lo que pretendemos con estas
preguntas y la respuesta que les damos. En la pregunta sobre si ha valido la pena todo mi
esfuerzo no debo fijarme demasiado en los resultados. Si me he comprometido en la
causa de los demás, ya hay un valor en ese compromiso. Los resultados tienen menor
importancia. La profesora que en la escuela se ha entregado al bien de sus alumnos no
debería preguntarse qué es lo que queda de todo ello. Si los alumnos han visto que la
profesora estaba en todo pendiente de su bien, la mera en trega es ya algo que ha valido
la pena. Tampoco los padres deben formularse la pregunta en estos términos. Quizá los
hijos se han desarrollado en otras dimensiones distintas de las que ellos se habían
imaginado. Y deben tener confianza también los padres en que la semilla que ellos han
sembrado crece en los hijos, cualquiera que sea el fruto aparente.

En la pregunta sobre lo que he conseguido, no deberíamos fijarnos en los resultados


exteriores y visibles. A través de lo que he hecho y de lo que he vivido, he llegado a ser
el que ahora soy. Esto es lo que he conseguido. He llegado a mí mismo. Me he dado
alcance, he descubierto mi auténtico ser. Y debo contemplar agradecido lo que ahora
soy.

Al llegar a la vejez, algunos tienen la impresión de no haber hecho realidad en su


juventud los sueños de la infancia y de haber vivido al margen de ellos. Quizá soñaron
con formar una gran familia. Y, sin embargo, no funcionó la vida de pareja o resultó un
matrimonio sin hijos. Lo que en este caso se hizo añicos no fue el ideal del sueño sobre
mi vida en sí mismo, sino solamente la manera concreta de realizarlo tal como había
imaginado. Pero la esencia del sueño sobre mi vida permanece. La esencia del sueño
sobre una gran familia podría consistir en que yo, a través de mis contactos, de mis
amistades, de mi trabajo profesional como profesora, he logrado formar otra familia: una
familia de los simpatizantes. Cierto, yo no tuve hijos. Pero de mí aprendieron muchos el
arte de vivir. Esa es la fecundidad de mi vida. Cuando nos asalta el sentimiento de no
haber vivido el sueño sobre nuestra vida, deberíamos preguntarnos en concreto cuál es
en definitiva la verdadera esencia oculta detrás de los sueños. Todavía es posible vivir
esa esencia ahora.

Cualquiera que haya sido el sueño sobre nuestra vida, deberíamos intentar soñarlo
otra vez ahora. Ese sueño no debe sacarnos de la vida real. Debe hacer que nos
preguntemos, con pleno sentido de la realidad, cómo podemos relacionar hoy la esencia
de ese sueño con todas las experiencias vividas. Lo que yo he vivido es un valor. Ese
valor me ha hecho ser el que ahora soy. Pero también debo tratar de ver en mí qué
maneras tengo de relacionar lo que soy ahora y lo que ahora puede desear florecer en mí
con el ideal de los sueños de mi vida.

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También tras la depresión puede ocultarse una sabiduría

Casi todos los hombres han vivido etapas en las que se han sentido incapaces de alegría,
tristes o sin ganas de nada, totalmente derribados. En los últimos años de la vida se
acumulan los sentimientos de pérdida de algo querido. Vamos perdiendo parientes y
amigos. Tenemos que dejar la profesión. La salud ya no es como antes. Perturbaciones
de carácter depresivo, fases de decaimiento y tristeza pueden perjudicar fuertemente la
calidad de vida. Exponentes de este estado anímico son el sentimiento de inutilidad, la
pérdida de interés o la incapacidad de reflejar alegría.

«Eres tan joven como tu confianza»: no se puede invertir esta afirmación de Albert
Schweitzer. Porque no es cierto que la depresión, la tristeza, las fases oscuras sean
exclusivas de la vejez aunque se den en ella con más frecuencia. Tienen diferentes
causas y colores. Con inde pendencia de la investigación sobre las causas psíquicas o del
diagnóstico clínico, puede tener una depresión en la edad avanzada también aspectos o
elementos positivos: se puede ver en ella una invitación a despedirse de todas las
fantasías que sobre la vida nos habíamos formado. Por ejemplo, la vana ilusión de que
los jóvenes iban a respetarnos y atendernos. O de que hasta el fin de la vida íbamos a
tener algo importante que decir y que se nos iba a pedir nuestra opinión. Es muy
doloroso tener que decir adiós a todo lo que ha ido perfilando nuestra personalidad a lo
largo de la vida. Si no se tiene acierto en esta despedida, el alma reacciona en forma de
depresión. Es necesario entonces situarnos ante nuestra triste realidad. La depresión en la
vejez no es una simple enfermedad. Con frecuencia es una invitación a aceptar la edad y
a desprenderse de todo lo que en mi vida anterior consideraba importante y de lo que me
privan ahora los años. Es una invitación a lamentar todo lo que se quita y a través de ese
lamento llegar al fondo de mi alma para descubrir allí las nuevas posibilidades ocultas en
la vejez.

No podemos usar las palabras de Albert Schweitzer como un reproche contra los
ancianos afectados de depresiones con mal humor. A mí me recuerdan mucho más, que
todavía puedo mirar confiado al futuro, a pesar de todas las tristezas. Dios va a seguir
acompañándome. También en la ancianidad voy descubrir cosas nuevas. Para C.G.Jung,
la depresión de la ancianidad es algo absolutamente positivo. Porque me hace ver cómo
mi alma empieza a despedirse un poco de este mundo. Por eso, este mundo ya no es
capaz de satisfacerla. Pero esto no es más que un aspecto de la vejez. Si no cedo a la
oscuridad dentro de mí, puedo entonces disfrutar nuevamente de la luz. La depresión me
enseña la caducidad de todo cuanto existe, y que debo decir adiós a todas las realidades
de las que todavía dependo.

Amar a los jóvenes y respetar a los mayores

San Benito establece la norma para la convivencia fraternal en sus comunidades

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conventuales: «Los jóvenes deben honrar a los ancianos, los ancianos deben amar a los
jóvenes» (RB 63,10). Benito pide algo de ambas partes, de los jóvenes y de los mayores.
Los mayores deben amar a los jóvenes. Amar quiere decir aceptar a los otros como son,
de buena gana. Amor es lo contrario de envidia. Si los mayores sienten envidia de los
jóvenes por su juventud, serán fácilmente duros en sus opiniones sobre la juventud. La
dureza de este juicio solo quiere evitar pasar por alto una realidad: que los mayores no se
sienten satisfechos de sí mismos, que no se aprecian ni respetan.

Los jóvenes deben honrar a los mayores. Honrar no es ponerse de rodillas ni dar por
bueno todo lo que hacen. Pero sí respetarlos. Detrás de una fachada enferma se oculta un
ser humano único, con dignidad divina. Honrar a los mayores significa para mí que debo
inclinarme ante ellos y ante el misterio de su vida. Yo respeto su vida aunque no esté de
acuerdo con todo lo que han hecho. Pero no los juzgo. Prefiero dejar su vida en su
misterio. Honrar a los mayores equivale también a respetarse a sí mismo. El que mira
con aire despectivo a los ancianos desprecia al mismo tiempo una parte de sí mismo,
porque una parte suya es también vieja y llegará a serlo en su to talidad. Con su
desprecio de los ancianos manifiesta su miedo a llegar él también a serlo y no se está
respetando a sí mismo.

Honrar a los mayores significa también respetar el propio origen. Yo me fijo en lo


que he recibido de los mayores. No tengo por qué aceptarlo todo. Pero debo tratar de dar
respuesta con mi vida a todo lo que ellos han vivido antes de mí. Honrar tiene estos
significados: yo respeto los éxitos de su vida, su intento de hacer siempre lo mejor con
todos los condicionamientos heredados. Yo no los copio, pero sí los respeto. Y con la
mirada en ellos me esfuerzo por encontrar mi propia identidad y por descubrir lo que da
valor a mi vida.

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C.G.JUNG cree que el objetivo de todo el proceso de envejecer consiste en llegar a
establecer un contacto cada vez mayor con el alma. Por «alma» debe entenderse todo el
espacio interior del hombre, ese espacio en el que habita el mismo Dios. El camino
espiritual puede facilitar una buena ayuda para llegar a establecer contacto con la propia
alma a lo largo de todo el proceso de envejecimiento. Quien consigue sintonizar
afectivamente con su alma conseguirá vivir independiente de todos los juicios humanos.
Tampoco sentirá miedo a envejecer. Porque no se define a sí mismo en función de las
realidades exteriores, sino en función de la riqueza de su alma.

Cada persona ha encontrado su camino propio para llegar al alma. Para unos son las
prácticas religiosas como la oración diaria, la asistencia a la iglesia los domingos, la
meditación y lectura de la Biblia. Otros van al interior por el camino de la música. La
música les abre las puertas del alma, pone alas al alma. Para otros es el arte. En la
contemplación de las obras de los grandes artistas experi mentan la riqueza del alma
propia. Su alma no es solo devota. Pero en la contemplación de las obras de arte
descubren que en su alma existe, junto con el abismo de las tinieblas y del mal, también
la sed de Dios. A otros les ayuda mucho la contemplación de la naturaleza para ponerse
en contacto con el alma. Allí comienza ella a respirar.

Pero muchas veces no necesitamos buscar ningún camino para llegar hasta el alma. La
vida por sí misma nos empuja hacia dentro. Los empujones de la vida rompen todos los
blindajes con que nos hemos atrincherado para protegernos contra la propia alma.
Cuando nos viene un fracaso profesional o la salud nos plantea graves problemas,
cuando se rompe una relación, cuando muere nuestro cónyuge, todos los sistemas
exteriores de protección se tornan quebradizos. En todas esas experiencias vitales
sentimos exactamente la presencia de nuestra alma. La fragilidad de las cosas exteriores
nos hace reconocer nuestra impotencia para subsistir si intentamos edificar nuestro
edificio vital sobre esas realidades. Necesitamos el alma que es la que da la verdadera
estabilidad a nuestra vida, nos hace comprender nuestra propia individualidad y
descubrir nuestro propio yo. Y si encontramos nuestro auténtico yo en el fondo del alma
y nos identificamos con él, entonces hemos encontrado la estabilidad interior en medio
de las turbulencias exteriores.

La religión puede ser una escuela para la vejez

La religión tiene un significado peculiar en cada etapa de la vida. Proporciona en la

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infancia una seguridad que va más allá de la que pueden proporcionar los padres. En la
juventud se presenta como un reto en la formación de la personalidad y en la puesta en
práctica de los comportamientos que propone. A los adultos les encomienda la tarea de
relativizar las obras para no dejarse absorber por el trabajo y el éxito. La religión me abre
las ventanas de otro mundo por encima del mundo actual. Pero al mismo tiempo me da
la fuerza de configurar este mundo desde la perspectiva religiosa. En la ancianidad puede
la religión volver a convertirse en punto de apoyo que ofrece seguridad, lo mismo que en
la infancia consiste en el sentimiento de ser llevado por Dios incluso en la enfermedad,
en toda situación de dependencia y desamparo. La religión, según C.G.Jung, ha sido
desde siempre la escuela donde se aprende a mantener el control sobre la segunda mitad
de la vida. Nos enseña a desprendernos de las cosas terrenales y a asimilar actitudes
como la serenidad, el agradecimiento, la paz y el amor. Y la religión que nos promete
una vida sin fin nos enseña a aceptar la muerte entendida como una invitación a vivir
ahora una vida consciente e intensa. Fortalece nuestra certeza de que nuestra vida,
limitada en el tiempo, no termina total y definitivamente con la muerte, sino que nos
espera la plena satisfacción de nuestros deseos en un amor infinito. En la vejez se
transforman la fe y la religión. Ya no tienen tanta importancia los ritos exteriores.
Muchas personas mayores no pueden ir a la iglesia. En ese caso reviste la actitud interior
una especial importancia. Lo importante en la ancianidad es abrir el corazón en el
silencio a Dios y ofrecerse uno mismo a su amor con todo lo que nos espera. Esta
disposición interior de entrega a Dios llena el corazón de paz interior, de serenidad y de
confianza.

Encontrar el propio camino espiritual - Profundizar en la confianza

El octogenario escritor y crítico musical Joachim Kaiser dijo no hace mucho: «A mí no


me ha hecho la edad más piadoso». Ciertamente, no es el único en hacer esta afirmación
de sí mismo. Es un hecho: la edad no hace a nadie automáticamente más piadoso. No
existen normas determinantes sobre la manera de comportarse en la tercera edad, ni ha
definido nadie si en esa etapa de la vida se debe ser más o menos piadoso. Las cosas son
como suceden. Muchos encuentran en la vejez motivos de seguridad en una fe
largamente arraigada. Otros se enfrentan con nuevas dificultades en su fe tradicional. Y
surgen nuevas dudas: ¿es cierto todo lo que he venido creyendo toda mi vida? ¿Puedo
creer en una vida eterna? ¿Qué es lo que en realidad me espera? En esas circunstancias
es bueno abrir la entrada a las dudas. Porque las dudas nos obligan a distinguir entre la
verdadera fe y las fantasías añadidas al concepto de religión.

Al alcanzar cierta edad todo individuo se encuentra ante la nueva tarea personal de
desarrollar en sí una espiritualidad sana y a tono con su persona. Nadie puede definir
desde fuera el género de espiritualidad que corresponde a otro. La espiritualidad es un
camino hacia el propio mundo interior. Podemos seguir el camino señalado en algún
manual si con serenidad nos sumergimos en él y prestamos atención a la voz de nuestro

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interior: ¿qué pensamientos y sentimientos nos llegan? ¿Solo recuerdos del pasado?
¿Solo autorreproches? ¿Deseos insatisfechos? Estos pensamientos y sentimientos están
sobradamente justificados. Hay que tratar de llegar por ellos hasta el fondo del alma. Allí
nos encontramos con la imagen primigenia que Dios se ha formado sobre nosotros. No
percibiremos esta imagen con perfiles concretos, pero sí llegaremos a conjeturar lo que
somos desde el principio. Todos somos únicos e irrepetibles. La espiritualidad tiene
mucho que ver con esta individualidad. En el fondo del alma presentimos algo de nuestra
individualidad y también de Dios que habita allí como un misterio que nos sobrepasa.

Una segunda posibilidad de dar con el camino de una espiritualidad totalmente propia
consiste en sentirse interpelado por preguntas como estas: ¿qué deseo hacer de mi vida?
¿Cuál es su sentido? ¿Consiste mi vida únicamente en las prestaciones que pueda
presentar ante los hombres? ¿O es algo muy distinto lo que entraña su auténtico valor?
Vivir una espiritualidad es hacerse permeable al Espíritu de Dios, al Espíritu de
Jesucristo, a su acción en nosotros para irradiar en este mundo algo del Espíritu de Jesús.
Esto supone y postula una pregunta permanente: ¿quién es Jesucristo para mí? ¿Cómo
pensaba y cómo hablaba él de Dios? ¿Qué irradiaba él? ¿Cuál es la esencia de su vida?
¿Cómo pueden su persona y su vida transformar mi vida, mi manera de pensar y de
hablar? Si me dejo penetrar por el sentido de estas preguntas, podré llegar a adivinar que
en ellas se trata de mi permeabilidad ante Dios y, en definitiva, de mi permeabilidad al
amor que supera todos nuestros sentimientos.

La tercera vía para encontrar la propia espiritualidad consiste en la configuración


concreta de la vida. La espiritualidad se nutre con frecuencia de rituales concretos. Los
rituales, o manuales, me ponen en contacto con mi propio ser. Me hacen participar en la
fe de los que me han precedido y han expresado en ellos su propia espiritualidad. A cada
uno toca preguntarse cuáles podrían ser los rituales más convenientes para contactar con
la fe que dio a sus antecesores la fuerza necesaria para controlar su vida en medio de sus
peligros y dificultades. La vida espiritual necesita una forma concreta y determinada, una
cultura de la vida. En ella se incluyen los rituales comunitarios utilizados en las
celebraciones litúrgicas. Si yo no piso una iglesia en todo el año, tampoco puedo
pretender convertirme de repente en un fervoroso creyente. Pero si alguna vez hago la
experiencia de asistir a misa, y si estando allí prescindo de todas las posibles
experiencias negativas de la Iglesia, tal vez me sienta tocado interiormente por esta o por
aquella palabra, por una canción o por un rito litúrgico.

El que en su camino espiritual se siente envuelto siempre y en todo por la presencia


amorosa y salvífica de Dios, puede afrontar también fácilmente las adversidades de los
tiempos en las situaciones concretas de enfermedad, de soledad y sufrimiento. Pierde el
miedo a la soledad, a la impotencia y a las flaquezas de la edad. Vive confiando en que
está en manos de Dios en toda circunstancia y es objeto de sus bendiciones. Podría
decirse que la espiritualidad en la edad avanzada significa: sentir que me encuentro en un
espacio de paz interior donde Dios mismo habita en mí. Esta morada de Dios en mí no se

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destruye con la muerte, únicamente se transforma en la morada eterna donde puedo estar
para siempre con Dios como en mi propio hogar.

«Cuando la visión exterior se embota, se agudiza la visión interior»

La capacidad de visión interior no se aguza automáticamente con los años. Al contrario,


muchas personas mayores endurecen sus oídos pasando el día entero ante el televisor
con el objeto de sentirse más al día. O pretenden disimular su gran vacío interior con un
desmesurado activismo. La edad les pone delante el nuevo reto de intentar una marcha
por el camino hacia dentro. C.G.Jung ve aquí la tarea más auténtica de la tercera edad: ir
camino adentro, seguir el camino hacia las profundidades del alma. También Hermann
Hesse escribió sobre este tema. Decía que buscaba tranquilidad en la vejez para ver
mejor en lo profundo, porque las superficialidades no le dejaban satisfecho. Cuando ya
no queda apenas nada en el exterior capaz de dejarme satisfecho, me queda, sin embargo,
abierto el camino de la riqueza interior, la riqueza del alma, los tesoros del recuerdo
encerrados en mí y, en definitiva, también el camino hacia el tesoro de mi yo auténtico,
el tesoro de la presencia de Dios dentro de mí.

«Cuando la visión exterior se embota, se agudiza más la visión interior». Esta afirmación
de Platón obliga tal vez a los que no lo sienten así a preguntarse: ¿estoy haciendo algo
mal? ¿Cómo puedo encontrar acceso al interior de mi alma? Klaus Renn, psicoterapeuta
especializado en focusing, recomienda a sus clientes un ejercicio de apoyo para descubrir
el camino hacia el interior de sí mismos. Si nos sentamos cómodamente y prestamos
atención a las indicaciones de nuestro cuerpo, podemos preguntarnos: ¿cuál es la parte
agradable de mi cuerpo donde me siento perfectamente bien? Luego puedo penetrar con
mi suave aliento en este lugar apacible y permanecer allí un poco. ¿Qué clase de
presentimientos o deseos surgen y prevalecen en mí? Quizá este: por fin me siento en mi
cuerpo como en mi propio hogar, estoy totalmente en mí. Ya no me apetece salir de
paseo, no necesito lamentarme de no tener a nadie aquí y ahora con quien poder hablar.
Estoy conmigo mismo. Es muy agradable estar en mí, en mi cuerpo. Estoy en mí como
en mi hogar porque intuyo que en mi vida hay mucho más que mi historia. En mí habita
un misterio que me supera. Es Dios. Pero ese espacio donde él mora en mí soy también
yo. Allí me siento libre de las expectativas de los hombres, de sus juicios y condenas.
Allí estoy sano e íntegro. Nadie puede hacerme daño. Allí tengo mi origen. El que logra
vivir esta experiencia ha llegado ya a su interior, ha tocado su verdadero ser. Allí se
siente uno como en su propio hogar.

No hay contradicción entre fidelidad a la tradición y libertad interior

Muchas personas mayores tienen mentalidad conservadora y desearían ver celebradas las
antiguas usanzas. Otros se sienten más libres en la vejez que en la juventud. Es siempre
aconsejable no mirar con angustia solo a los escaparates de la calle, sino confiar en la

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libertad interior y en el propio instinto. Yo pude observar cómo mi madre era cada vez
más libre a medida que crecía en edad. Fue siempre creyente católica. La fidelidad al
Papa y a la Iglesia era para ella algo incuestionable. Pero en sus últimos años solía decir
cuando leía en el periódico algo referente al Papa: «Ni siquiera el Papa tiene razón en
todo». Se fiaba sencillamente de su instinto y de su ex periencia de la vida, que ya no
coincidían con ciertas direcciones dogmáticas rigurosas. La experiencia en las cosas
humanas a lo largo de su vida ensanchó sus horizontes. Esa amplitud es una
consecuencia de la experiencia de la vida y una fuerza del corazón que da libertad
interior y proyecta al mismo tiempo luz sobre los otros. Es signo de vitalidad.

Pero mi madre se entusiasmaba al mismo tiempo con las costumbres y usos


tradicionales. Iba cada día a misa y cantaba entusiasmada las viejas canciones litúrgicas.
Conservaba muchos devocionarios con los que ocupaba el día. No había, por lo tanto,
contradicción alguna entre su libertad interior y los antiguos devocionarios. Los
escrúpulos estrechan el espíritu. Pero cuando veo que los antiguos devocionarios me
hacen bien y me facilitan la participación en la fuerza de la fe de mis antepasados,
entonces se trata de una saludable tradición que me hace sentir la profundidad de las
raíces que fecundan mi fe. Los devocionarios producen bienestar en mí y me dan el
criterio para enjuiciar las cosas con libertad de espíritu. El que permanece aferrado a
criterios estrictos teme cambiar de opinión para no arruinar el edificio de su vida. Pero el
que se siente en Dios como en su hogar participa también de su libertad. Puede pensar
con libertad sobre su vida, sobre los hombres e incluso también sobre la fe.

En la tercera edad puede crecer la confianza en uno mismo

Hay naturalmente personas que fueron tímidas en su infancia y cuando se hacen adultas,
no tienen audacia suficiente para confiar en los demás. La falta de confianza en la
infancia condiciona negativamente la confianza en la vejez. Viven con frecuencia en un
estado de angustia ante cualquier acontecimiento con visos de novedad. Y se mantienen
en su comportamiento desconfiado respecto a los demás. Sin embargo, la infancia no nos
condiciona y marca definitivamente para siempre. También de adultos se puede aprender
algo. Llegados a la tercera edad, no necesitamos ya hacernos notorios ante los demás. Ya
no sentimos la necesidad de atraer la atención sobre nosotros. La edad tiende a
introducirnos en la libertad y la paz interior. En este estado de ánimo resulta más fácil la
confianza. Yo he tenido muchos contactos con personas mayores que fueron tímidas en
su juventud. Llegadas a mayores, parecían incapacitadas para una vida plena y
normalmente social. Pero ganaron confianza en sí mismas y desde entonces ya no les
importaban nada los detalles exteriores al presentarse y alternar en conversación con
otros.

El antiguo abad Bonifaz, en nuestro convento de Münsterschwarzach, me pidió en 1981


preparar y dirigir una vez al mes un oficio de vísperas con jóvenes. En una reunión de

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abades le habían hablado de experiencias muy positivas en la celebración de vísperas
con jóvenes. Yo le invité a él a encargarse alguna vez de la predicación en esta
celebración juvenil. Pero él declinó siempre mi invitación. Ocho años más tarde, con
ocasión de la centésima celebración de vísperas con jóvenes, renové mi invitación. Ya
para entonces había cesado en su cargo de abad. Y pronunció una homilía conmovedora
ante los jóvenes. Dijo que el Padre Anselm le había invitado ya antes varias veces, pero
que siempre se había sentido temeroso. En ese momento, a sus 77 años, se atrevía a
dirigir la palabra a los jóvenes como tantas veces se le había solici tado. Como persona
mayor, podía hablar con tranquilidad sobre sí y sobre su timidez. Esto impresionó
vivamente a los jóvenes, que se sintieron estimulados para vivir su vida. Cuando una
persona mayor se reconcilia consigo y con la falta de confianza en sí misma desde su
infancia, algo muy importante ha cambiado en ella. Ya no andará preguntándose si ahora
tiene suficiente confianza o no. Está sencillamente ahí. Si alguno acude a ella, está bien.
Si no acude nadie, ella queda a solas consigo.

Naturalmente, esto supone un cierto grado de madurez. Y no todas las personas


mayores lo consiguen. Siempre hay mayores que viven en la obsesión permanente de si
son aceptados y estimados o no. Deben situarse en el punto medio para estar
absolutamente seguros de ser considerados. Solo se dan cuenta de que existen cuando se
sienten considerados. Pero estas son formas inmaduras de ser mayor. El objetivo de la
edad consistiría en descansar en sí mismos. A mi juicio, descansar en sí mismos significa
siempre: descansar en Dios, buscar en Dios el fundamento del edificio de mi vida y de
mi valoración personal. Por eso, la tarea consiste, en definitiva, en poner toda la
confianza en Dios, pero no en las propias fuerzas ni solamente en los hombres. Si pongo
en Dios mi confianza, crece también la confianza en los hombres, pero sin que mi
confianza dependa de ellos. Con esta independencia interior puedo ganar seguridad y
confiar de nuevo.

Muchos aseguran que en la tercera edad aparece claramente en primer plano todo lo que
éramos en la infancia y juventud. Hay también casos de mayores en los que la falta de
confianza aumenta con los años. Ya no confían en nada. Miran angustiados al futuro. Y
se muestran radi calmente desconfiados de todos: de los parientes, los vecinos, los
amigos, los médicos y los asistentes. Un viejo compañero me contaba que con el paso de
los años se iba haciendo cada vez más susceptible. Y me explicaba cuál era el origen.
Había perdido muy pronto a su padre y de mayor sentía la pérdida, el no haber tenido
nunca un padre donde apoyar y sentir protegida su espalda. Cuando se ha llegado a
mayor, ya no es posible resarcir esa pérdida. Pero si la acepto y siento otra vez el dolor
vinculado con esa pérdida, puede cicatrizar lentamente la herida. Sigo siendo vulnerable,
pero me reconcilio con mi vulnerabilidad. Y me haré más sensible a los demás.
Hildegarda de Bingen escribió que de este modo la herida se va transformando
lentamente en una perla, y que este es el objetivo de nuestra humanización.

No estamos simplemente entregados a lo que en otro tiempo fuimos. Podemos crecer en

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tranquilidad, en confianza en nosotros, en los demás y en Dios. Al fin y al cabo, el
aprendizaje de la confianza es una tarea espiritual. Aprendo a comprender que soy
amado por Dios incondicionalmente. Intento poner mi confianza en Dios. Pero si creo en
Dios, debo creer también en los hombres. Creo que todos los seres humanos son hijos de
Dios, que en cada uno está Cristo y en cada uno hay una buena semilla, al menos la
semilla del deseo de ser buenos.

Los temores traen también una invitación

Si uno reflexiona atentamente, tal vez descubra en sí una larga lista de temores cuando
piensa en la tercera edad: ¿quién me va a cuidar?; ¿cómo voy a arreglármelas cuan do
lleguen los achaques del cuerpo y del espíritu?; ¿cómo voy a vivir si me quedo viudo?;
¿tendré que depender continuamente de otros?; ¿quién se preocupará de mí?; ¿me
alcanzará el dinero?; ¿cómo podré evitar que me lleven a una residencia?...

Todos estos temores son reales. Pero no debemos obsesionarnos con la idea de que hay
que estar constantemente mirando y fomentando la confianza en el futuro. Los temores
son una realidad. Lo mejor es analizarlos por separado uno por uno y preguntarse:
¿cómo puedo reaccionar ante el miedo? El miedo al futuro puede ser también una
invitación a prevenir lo necesario para la economía de mañana. Esta previsión puede
quitar el miedo al fantasma de la pobreza. Pero a pesar de todas estas medidas no es
posible disipar totalmente el miedo. Conozco personas que están haciendo todo lo
posible por asegurar sus últimos años y, a pesar de todo, viven en permanente estado de
angustia ante la ida de lo que pueda suceder entonces. Por eso es conveniente pensar
también en la preparación subjetiva del futuro. Debo mirar de frente al miedo y tratar de
imaginarme todo lo que puede suceder. Puedo tomar ciertas medidas de prevención
contra algunas eventualidades. Contra otras que puedan presentarse la única ayuda
posible es ponerse y poner todos los temores en las manos providenciales de Dios en la
seguridad de que él no nos abandona tampoco en los últimos días.

Hay detalles exteriores que pueden disponerse. Podemos prevenir y asegurar que haya
alguien encargado de atendemos. Podemos hablar con los hijos para saber si están
dispuestos a asumir los cuidados necesarios. En cuanto al miedo a tener que ir a parar a
una residencia de la tercera edad, lo mejor es ir observando y adquirir información sobre
algunas de ellas. Es probable que no sea difícil encontrar alguna con garantía para pasar
bien en ella los últimos años. Si uno prefiere acogerse al cuidado de sus hijos, deberá
previamente dialogar con ellos y dejar claro cómo va a ser todo en concreto. Debe al
mismo tiempo confiar en que quizá va a poder valerse por sí mismo sin necesidad de
cuidados especiales, excepto al final.

El temor a la falta de recursos económicos aconseja asegurar algunas reservas para


entonces. También hay que confiar en que los medios del Estado velarán por nosotros en

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el caso de vernos desasistidos. La edad no excluye a nadie de la asistencia social.

Podemos también imaginarnos un estado de viudez. Nada hay capaz de cambiarlo. Pero
también en este caso hay que confiar en que Dios nos irá abriendo nuevos caminos por
los que podamos controlar nuestra vida aun sin la ayuda y compañía del cónyuge. Este
temor es también una invitación a reflexionar sobre el sentido de la vida. ¿Vivo
solamente de mi compañero/a? ¿No soy yo un individuo único? Nadie es únicamente un
compañero de vida. Todos tenemos identidad propia. La muerte del compañero produce
inevitablemente dolor. Pero el recuerdo de su muerte nos invita a buscar el gusto y el
gozo de vivir. Podemos dar gracias por los años de vida en común y confiar en que lo
que creció en la vida común no se destruye con la muerte.

La vejez es también un regalo... y un tiempo de gracia

Los últimos años de una larga vida suelen ser también una carga. Nadie puede evitarlo.
Es bueno, sin embargo, observar las cosas alguna vez desde otro punto de vista. Yo no
tengo que contemplar mi edad avanzada como un regalo. Pero alguna vez podría tratar
de considerarla bajo el símbolo del regalo y preguntarme: ¿en qué es realmente mi larga
vida un regalo? ¿Dónde la vivo yo así? Y quizá presiento entonces que mi larga vida es
además un privilegio: el de no tener que luchar más en la escuela, en los exámenes, el de
no necesitar ya exponerme cada día a las luchas del trabajo, el de poder contemplar
muchas cosas con mayor serenidad. Ahora tengo más tiempo para mí. Ya no necesito
éxitos. Lo único que necesito es estar y disfrutar con mi existencia. Ahora tengo más
espacios libres para hacer lo que me pide el corazón. Puedo mirar hacia atrás agradecido
por todo lo que he realizado, por mi familia, por mis hijos y nietos, por mis éxitos
profesionales. Ciertamente, todo esto me llena de satisfacción. De esta manera podemos
vivir en la ancianidad el sentimiento de que toda la vida ha sido un regalo.

La pregunta es cómo se pueden vivir los últimos años de una larga vida como un regalo
cuando el cuerpo ya no puede aportar nada porque estamos enfermos o limitados en
nuestra capacidad de movimientos. No es nada fácil responder a esta pregunta. Se trata
de un proceso de duelo en el que no se puede menos de lamentar todo lo que ya no es
posible. Pero este duelo nos hace descubrir nuevas oportunidades en nuestra alma: la
posibilidad de iniciar el camino hacia dentro, bajar el tono en nuestras apreciaciones, leer
y meditar en el silencio, escuchar mú sica, entregarse a la charla con los hijos y nietos,
percibir conscientemente el aire que respiramos. Hay siempre en cada situación algo que
agradecer. El que se detiene a pensar en todas las cosas por las que debe mostrarse
agradecido empezará a comprender por qué los últimos años de una vida larga no son
solo una carga, sino realmente también un regalo.

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GENERALMENTE, lo que abunda mucho y está a libre disposición de todos no suele
ser muy apreciado. Se valora más lo que escasea. La edad avanzada enseña a reaccionar
de otra manera ante la realidad del tiempo. A lo largo del proceso de envejecimiento se
va comprobando que el tiempo es demasiado precioso para llenarlo, lamentablemente, de
pequeñeces. Este pensamiento impresiona a muchos hasta el punto de ponerlos nerviosos
o empujarlos al activismo. Pero de lo que se trata es de la necesidad de hacerse
conscientes de la realidad del tiempo, de aprovecharlo y vivirlo como un gran valor.

El filósofo Ernst Bloch hizo el elogio de la ancianidad como un tiempo precioso. En


este tiempo aumenta concretamente tanto el deseo como la aptitud para «fijarse en lo
importante y olvidarse de lo trivial: así es la vida auténtica en la vejez». Muchos piensan
que la vida en la edad avanzada tiene menos valor porque nos hacemos olvidadizos. Pero
Bloch acentúa el hecho de que se trata de olvidarse de lo trivial y de abrirse a lo
auténtico, a lo que es realmente importante en nuestra vida. Si nos abrimos a lo que
verdaderamente cuenta, nuestro tiempo se hace también valioso. Entonces, en el tiempo
de vida que nos queda llegaremos a ser conscientes de nuestro propio valor. Somos
únicos como único es también el tiempo que se nos concede.

Si en la edad avanzada logramos ser capaces de disfrutar del tiempo, de vivir


totalmente en el presente, no tendrá el tiempo para nosotros menor valor ni se nos
escurrirá de entre los dedos. Será algo que se nos da en cada momento. El tiempo se
transforma en eternidad si logramos estar en el momento presente. Entonces hay con
frecuencia momentos en los que se mezclan eternidad y tiempo, en los que el tiempo
parece detenerse. No es una quietud de aburrimiento sino de intensidad. En el tiempo
tocamos ya la eternidad, la plenitud de la vida.

El arte de envejecer consiste, por lo tanto, en vivir el tiempo de manera nueva, en no


ver en él un adversario sino un amigo. «Para mí es cada gota de tiempo un tesoro»,
escribió san Agustín en sus reflexiones sobre el tiempo. Y Qohélet, el sabio del Antiguo
Testamento, reconoció: «Todo tiene su hora. Para cada acontecimiento hay un tiempo
preciso» (Ecl 3,1). En el proceso de envejecimiento debemos intuir el misterio del
tiempo. Así reconoceremos que nuestro tiempo desemboca en la eternidad de Dios. Solo
Dios está fuera del tiempo. Nosotros, mientras vivimos, vivimos en el tiempo. Pero ya en
el tiempo resplandece siempre la eternidad de Dios.

El tiempo también puede estar lleno sin necesidad de agenda

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Con frecuencia se oye decir a personas que han cesado ya en su actividad profesional:
«Antes vivía solamente pendiente de la agenda. Tenía que disponer con precisión mis
citas. A veces resultaba pesado. Pero ahora tampoco resulta tan fácil vivir sin agenda».
Muchos de los que viven esta experiencia se preguntan qué pueden hacer para que su
edad de ahora no se convierta en un tiempo desaprovechado y perdido. ¿Cómo se puede
vivir de una manera nueva el tiempo de la tercera edad?

Nuestras agendas tienen la finalidad de ayudarnos a aprovechar bien el tiempo.


Estructuramos nuestro día de manera que podamos realizar todas las tareas importantes
en el tiempo disponible. Las personas mayores no necesitan planificar su tiempo hasta
los mínimos detalles porque posiblemente ya no necesitan conseguir grandes
prestaciones. Sin embargo, conviene que organicen bien su tiempo. Debería cada uno
marcarse un ritmo conveniente para su día. Las variaciones que introducimos en el ritmo
del día nos favorecen mucho. Sería perder el tiempo si se intentara llenarlo con naderías,
con permanentes chismorreos, con enfados y peleas. De mayores ya no se necesita
ofrecer prestaciones, pero es muy importante vivir el tiempo de manera consciente. Es
un arte que se debe aprender ahora, de mayores: estar por entero en el momento presente,
meternos de lleno en nuestras conversaciones, gozar de los encuentros con otros y
reservarnos algún tiempo para los demás. Es también un tiempo bien empleado el
dedicado a una lectura que interesa, a oír música o a dar un deleitoso paseo. Si vivimos
de verdad, nuestro tiempo es siempre un tiempo pleno.

La primera palabra de Jesús que nos transmite el evangelista san Marcos es: «El tiempo
se ha cumplido, el Reino de Dios está cerca» (Mc 1,15). El tiempo, así lo entiende Jesús,
se ha cumplido cuando Dios reina en mí en lugar del nerviosismo o de los compromisos
o de las expecta tivas de los hombres. En la tercera edad ya no tengo que satisfacer las
expectativas de nadie. Puedo vivir yo mismo. Por Reino de Dios se podría entender el
espacio en el que puedo ser totalmente yo mismo, vivir yo mismo en lugar de que sean
otros los que viven por mí. El que se concentra totalmente en el momento presente,
consciente de vivir ese único momento, vive el tiempo como un tiempo cumplido. No es
tiempo perdido, no es tiempo inútil, pero tampoco es un tiempo vivido bajo la presión de
tener que llenarlo de todo lo posible. Es un tiempo regalado, tiempo grato, tiempo de
gracia en palabras del apóstol Pablo.

No dejarse paralizar por el pasado

A las personas mayores les encanta hablar de los tiempos pasados. Puede resultar muy
instructivo para las nuevas generaciones. Es un placer escuchar a algunos ancianos
contar anécdotas de su pasado. Ante otros hay que taparse los oídos para no tener que
soportar siempre las mismas historias. Hay maneras diferentes de hablar del pasado. Una
cosa es ocupar el centro de la conversación para hablar siempre de sí mismo y de sus
hazañas heroicas, y otra cosa muy distinta es hablar de las propias experiencias en el

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trato con los hombres, o también recopilar experiencias reflexionando sobre ellas para
sacar conclusiones y hacer aplicaciones prácticas a la vida.

Es muy importante transmitir a las nuevas generaciones las experiencias y los valores del
pasado, porque de ellos se pueden aprovechar también otros. Pero no es aceptable que
una persona mayor se deje paralizar por el pasa do. También las personas mayores
necesitan mirar a su futuro. Nadie puede saber los años de vida que Dios le va a dar.
Pero sí debemos todos planificar nuestro futuro, nuestros viajes, nuestras vacaciones.
Todos deberíamos reflexionar sobre la manera en que nos gustaría pasar los próximos
años, sobre lo que todavía nos gustaría iniciar y presentar hacia fuera. Pero por encima
de todos los planes hay que poner esta condición: «Si Dios quiere». De mayores
debemos planificar nuestro tiempo como si tuviéramos todavía muchos años por delante.
Pero hay que contar también con la posibilidad de que una enfermedad o la misma
muerte vengan a tachar todos nuestros planes.

A lo largo de la historia ha habido siempre personas ancianas con una visión profética
del futuro. En la Biblia encontramos algunos ejemplos, como el de Simeón y Ana en el
relato de la infancia de Jesús, según Lucas. Su ejemplo nos enseña que los ancianos no
tienen solo obligación de preocuparse y de planificar su propio futuro. Generalmente
tienen además una especial responsabilidad sobre el futuro de toda la comunidad
humana. Los dos ancianos, Simeón y Ana, reconocen y saben quién es este niño Jesús y
qué va a traer al mundo. Las personas mayores tienen con frecuencia un especial instinto
y mirada sobre el mundo para detectar sus necesidades y sus posibles remedios de modo
que entre con pie seguro en un futuro mejor. Esta especial sensibilidad para el futuro del
mundo no deben retenerla como propiedad exclusivamente privada. Deberían
comunicarla a todos, cada uno a su manera. Una abuelita llena a su nieto de confianza en
el futuro sin necesidad de hacer análisis profundos. Otro quizá tuvo durante mucho
tiempo responsabilidades en una empresa y conoció bien todos los mecanismos de
gestión. Ahora, a cierta distancia y con cierta perspectiva, puede dar excelentes consejos
no solo para su antigua empresa, sino en general para un estilo de gerencia empresarial
que puede convertirse en bendición y riqueza para todo el mundo. Otro puede tener una
sensibilidad especial para detectar las necesidades del mundo. Sus palabras tienen mucho
peso. Por eso tiene él también, a pesar de su edad, una responsabilidad ante el mundo, no
tanto por sus obras cuanto por sus orientadoras palabras y puntos de vista.

Quizá también y precisamente por sus obras. Anthony de Mello cuenta una encantadora
anécdota a este propósito. Se acercaba ya el tiempo de las lluvias del monzón. Alguien
observó cómo su vecino, un hombre muy anciano, cavaba hoyos profundos en su jardín.
«¿Qué haces ahí?», le preguntó. «Estoy plantando frutales de mango», respondió el otro.
«¿Esperas comer los frutos de esos árboles?». «No», respondió el viejo, «no espero vivir
tanto. Pero otros estarán aquí en mi lugar. Hace poco se me ocurrió pensar que me he
pasado la vida comiendo mangos de los árboles plantados por otros. Así quiero
mostrarles mi agradecimiento».

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La felicidad consiste en ser consciente de uno mismo

La contemplación serena del propio pasado puede equivaler a una tarea difícil e
incómoda. No hace mucho tiempo, me hablaba una señora de su hermana y me decía:
«Ya no quiere saber nada de los primeros años de la posguerra, en los que tuvo que pasar
por experiencias traumatizantes». Se puede preguntar: ¿hay que interpretar esta conducta
como un desplazamiento temporal del problema o como un legítimo enterramiento del
pasado? Y dilatando más el horizonte de la pregunta: ¿cómo debo reaccionar frente a mi
pasado cuando me asalta día y noche el recuerdo de mis errores y omisiones? ¿Es
razonable estar dando vueltas constantemente al recuerdo de mis oportunidades perdidas
y mis opciones equivocadas? ¿Me lleva ese recuerdo a adquirir sabiduría o a
autocondenarme?

A veces puede ser saludable conservar las experiencias traumatizantes en alguna


habitación bien cerrada del alma. Y si esas experiencias se exteriorizan en forma de
síntomas neuróticos o de enfermedades, es conveniente contemplarlas y acudir a un
terapeuta o a una acompañante espiritual. Pero lo mejor es ir a las fuentes que quedan en
la vida de cada uno y tratar de establecer contacto directo con esas fuentes.

El pasado no puede hacerse presente. Tampoco ayudan a vivir los autorreproches por no
haber sabido aprovechar ciertas oportunidades. Al contrario, muchas veces no son estos
autorreproches más que un pretexto para evadirse de las realidades presentes, para no dar
la cara a la vida ni a los retos que hoy nos plantea. La vida pasada fue lo que fue. El reto
de ahora es la reconciliación con ella. Y conviene reconocer que la vida no siempre es un
relato de éxitos. Si en ese relato se habla de errores, se trata de errores míos. Y mis
errores me han enseñado algo. He crecido en ello. Si lo reconocemos, podemos
despedirnos del ideal de que todo tiene que ser perfecto. Si el recuerdo de las
oportunidades perdidas se convierte en pesadilla, hay que contemplarlo y lamentarlo,
pero urge volver pronto la mirada a nosotros y al momento actual. ¿Cómo deseo vivir
hoy? ¿Qué me enseña mi pasado? El pasado podría muy bien dejamos tranquilos y
hacernos prudentes si logramos hacer las paces con él y verlo como un «espacio de
aprendizaje» en el que podemos aprender a conocernos con todos nuestros altibajos. El
que se conoce bien y está en paz consigo, es un sabio. Walter Benjamín acuñó esta bella
expresión: «La dicha consiste en darse cuenta de sí mismo sin asustarse». Si puedo
recordar todos los acontecimientos de mi vida sin asustarme, eso significa que me
aceptado y me he puesto en perfecta sintonía conmigo mismo: que soy feliz.

No tengo que hacer más; puedo limitarme a ser

El concepto de libertad no incluye la capacidad de poder hacerlo todo para que se me


abran todas las puertas. La libertad es más bien una actitud interior. Soy libre del
dominio de otros sobre mí, de las expectativas y juicios humanos. Soy libre de la

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violencia que a veces yo mismo ejerzo sobre mí. Me siento libre para seguir mi
conciencia y vivir en armonía conmigo. Esto es la verdadera libertad. Nadie me puede
quitar la libertad de pensamiento, aun cuando no pueda realizar muchas cosas hacia
fuera. Entonces esta libertad se manifiesta en mi valor para decir francamente lo que
pienso. Las personas mayores son libres de la presión de tener que venderse bien hacia
fuera. Son libres para ser exactamente lo que son. Esta es la verdadera libertad y aumenta
con los años.

La libertad exterior disminuye con la edad. Son cada vez menos las posibilidades
que me quedan disponibles. Dar un sí a esta situación es una decisión que solo brota tras
un proceso doloroso. Pero si logro penetrar por el ca mino del duelo en los espacios
interiores de mi alma, encontraré allí la verdadera libertad. Es la libertad de la que dice
Jesús: «Los hijos son libres» (Mt 17,26). Ya no soy esclavo de mis necesidades. Ya no
estoy bajo la presión de tener que satisfacer las expectativas de otros. No tengo que hacer
nada más, puedo sencillamente ser.

Nuestro tiempo es limitado: debemos aprovecharlo... y disfrutarlo

Hace poco me contaba una persona cómo se irritó su anciano padre por un día que había
transcurrido sin proporcionarle ninguna satisfacción. «A mi edad ya no tiene uno nada
que regalar», decía él. Depende de cómo se entiendan estas palabras. Si con ellas quiere
decir él que le quedan todavía muchas cosas que arreglar en su vida y que hoy no ha
podido hacer apenas nada, su afirmación podría interpretarse como un signo de la
pobreza interior de una persona que se define con exceso en función de sus prestaciones
exteriores. Pero estas palabras pueden entenderse también de otra manera. El padre
anciano estaba insatisfecho de aquel día quizá porque había tenido altercados con otros,
los había insultado y en todo ello no había encontrado más que malentendidos. Habría
aquí una recta comprensión de sí mismo. Dado que mi tiempo es limitado, no quiero
pasar mis días en parloteos vacíos o en inútiles discusiones. Quiero vivir dándome
cuenta. Todo día es precioso aunque nada notorio suceda en él. Pero únicamente de mí
depende la actitud interior con que lo vivo. Y quizá en esto demuestra una persona
mayor una fina percepción de que desea vivir consciente e intensamente los días que se
le dan, manifestarse activa en sus conversaciones, receptiva ante todas las personas con
quienes se encuentra y ante todo lo que sucede en el mundo. Ella no desearía vivir solo
por vivir. Comprende por instinto que toda vida humana es preciosa. Desea dejar bien
marcadas sus huellas a su paso por el mundo. Por eso se irrita al darse cuenta de que las
huellas de un día determinado han quedado atrás sin apenas distinguirse. Nuestros días
no son para regalarlos en el sentido de dejarlos pasar vacíos. Pero debemos regalarnos a
nosotros mismos en el tiempo. Así será cada día un regalo pero no un día regalado.

El hecho de la finitud y la limitación de nuestra vida puede infundir sentimientos de


angustia. Nadie sabe los días de vida que le quedan. Pero la limitación de la vida podría

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ser también una oportunidad ofrecida para reflexionar y hacer una evaluación de las
medidas y los valores de la propia vida. ¿Qué es para mí lo verdaderamente importante?
¿Qué valores quisiera que caracterizaran mi vida? ¿En qué actitud y disposición interior
deseo vivir el tiempo que se me da? Hay que aprovechar el tiempo para vivir una vida
consciente e intensa.

También debemos disfrutar del tiempo. Este gozo no es egoísmo. Disfrutar el tiempo es
darle buen sabor. Entonces nuestro tiempo es también un tiempo valioso para las
personas de nuestro entorno. Si paso el tiempo como un tiempo muerto, o si lo lleno
únicamente de activismo febril, no hago con ello ningún favor a nadie. Si mi tiempo es
aburrido, no habrá nadie interesado en compartirlo. Si lo único que difundo en torno a mí
no es más que nerviosismo, huyen de mi presencia los demás para evitar el contagio.
Pero si disfruto con mi tempo, también disfru tarán conmigo todos los demás con
quienes vivo. Desearán aprender algo de mi estilo de vida, ponerse a tono conmigo y con
la vida, con el arte de disfrutar de lo poco que me queda. El tiempo es siempre el mismo.
Si logramos disfrutar el tiempo, nuestra vida se reviste de una nueva calidad para
nosotros y para los que nos rodean.

No solo desasirse, sino además llegar

La tarea en el proceso de envejecer es el desprendimiento. Pero el objetivo es llegar. Si


nos aceptamos como somos, si nos desasimos de todo lo que nos turba, si nos
desprendemos del propio ego, entonces llegamos a nosotros mismos. El que no logra
desasirse del propio ego no llega nunca. El ego desplaza la llegada real. Únicamente
desasiéndonos del propio ego llegamos a nuestro propio centro. Y allí llegamos a nuestro
auténtico yo. Y llegamos en un instante. El ego pretende siempre algo. Quiere
justificarse y afianzarse. Siempre está ocupado en sí mismo. Por eso no seremos nunca
libres, no llegaremos realmente a nosotros mismos y en este momento que estamos
viviendo ahora. C.G.Jung dijo una vez que nadie puede encontrar su yo sin encontrarse
con Dios en sí mismo. Y Dios es siempre el que es, el que sencillamente existe, el que es
pura presencia. Si yo mismo, desasiéndome de mi ego, me convierto en puro ser,
entonces he llegado a Dios y Dios ha llegado también a mí. Naturalmente, Dios está ya
siempre ahí. Pero como yo no estoy en mí, le presiento como al que va a venir. En el
tiempo de Adviento y siguiendo el curso del año litúrgico, nos situamos conscientes ante
el tema de la venida. Esperamos la venida de Jesucristo aun a sabiendas de que vino hace
ya mucho tiempo. Pero esperamos sentir su venida en cada instante. Y si Cristo llega a
nosotros, llegamos también nosotros a nosotros mismos.

En la edad avanzada recibe la llegada una nueva dimensión. Porque en esa edad estamos
ya pisando los umbrales de la muerte, la cual nos introduce en el puro ser, en el puro
presente. Hemos llegado a la meta de nuestra vida. A veces tenemos la impresión de que
hace mucho tiempo que no hemos llegado a nosotros mismos. Seguimos en dependencia

89
constante de nuestro ego, de nuestros sufrimientos pasados, de nuestras posesiones, de
los hombres. Muchos tienen miedo de no llegar nunca a sí mismos. Pero tenemos un
mensaje de confianza: que por nosotros mismos nunca podremos consumar plenamente
la llegada. No necesitamos andar preguntándonos de continuo si hemos llegado ya a
nuestro destino, a nuestro auténtico yo. Podemos confiar en llegar para siempre a
nosotros mismos y a Dios si Dios viene a nosotros en la muerte. Entonces todo en
nosotros llega a su plenitud. Hemos llegado para siempre a nuestro hogar.

Cuando logro desasirme, puede acontecer lo nuevo

Fue el poeta inglés E.M.Forster el que dijo: «Tenemos que desprendemos de la vida que
hemos planificado. Solo haciéndolo así recibimos la vida que nos espera». La pregunta
en realidad es ciertamente esta: ¿qué clase de vida me espera? Cada uno se imagina de
manera distinta cómo va a discurrir su vida. Con mucha frecuencia tenemos bien
planificada nuestra vida a detalle. Tenemos el proyecto de aprender una profesión,
fundar una fami lia, edificar una casa y ganar lo necesario para poder pagarla a plazos.
Luego hemos planificado el tiempo de la jubilación incluyendo en él muchos viajes y
otros caprichos insatisfechos. Pero entonces sucede de repente algo inesperado. Una
enfermedad da al traste con mis proyectos de viajes. O me quedo prematuramente sin
trabajo y ya no puedo pagar el crédito para la casa. Muere mi esposa antes de mi
jubilación o poco después. Tengo que arrojar todos mis planes a la basura. Puedo
entonces tener el sentimiento de encontrarme ante los escombros de mi propia vida. Y
puedo tirar a la basura también todos mis proyectos. Estaban bien concebidos. Me
habían estimulado a configurar bien mi vida. Ahora ya no hay planes posibles. Prescindo
de ellos, de todos mis sueños para dar garantía de solidez al curso de mi vida. Pero me
sucede algo nuevo. Entonces viene a mi encuentro la vida que me espera. No soy yo el
que esperaba esa vida, sino que es ella la que me está esperando a mí. Algo nuevo llega
hasta mí en forma de regalo. Si confío en ello, aunque no lo haya incluido en mis planes,
recibiré como regalo una vida completamente distinta de la que yo me había imaginado.
Pero es la vida verdadera, una vida regalada. Y penetro en cierto modo en un espacio
donde está la vida preparada para mí.

90
NUESTRA vida es limitada. La verdadera sabiduría consiste en la toma de conciencia de
nuestra limitación. La muerte es una realidad para todos, lo mismo jóvenes que viejos. Y
puede llegar de improviso, hoy mismo o mañana. Pero la conciencia de esta certeza no
debe paralizar a nadie, sino capacitar a todos, jóvenes o viejos, para meternos de lleno en
la vida que estamos viviendo exactamente aquí y ahora. Tras la muerte de la madre del
gran teólogo Karl Rahner, más que centenaria, manifestó él con frecuencia en sus visitas
a la editorial en Friburgo su deseo de que lo llevaran a recordar los lugares de su
juventud. En varias ocasiones lo acompañaron hasta el hotel Halden, en la montaña de
Schauinsland. Y se cuenta que una vez se puso a hablar con la dueña del Halden, que
conocía a algunos familiares suyos, dado que estos habían tenido también un hotel en
Günterstal, cerca de Friburgo. La dueña del hotel pasaba ya de los 80, era mayor que
Karl Rahner. Hablaron de la necesidad de restaurar el viejo hotel, de poner un telesquí y
otras cosas necesarias. Pero de pronto derivó la conversación al tema de la muerte. La
dueña, muy activa todavía en los asuntos del hotel, aseguró estar preparada para todo y
naturalmente también dispuesta a aceptar la voluntad de Dios; y dijo que en adelante iba
a rezar todos los días así: «¡Querido Dios! Cuando tú quieras, pero no hoy». Rahner
rompió a reír ante una manera tan confiada, en la religiosidad popular, de pedir el
aplazamiento de la muerte. Para la hotelera no suponía el pensamiento de la muerte
impedimento alguno para entregarse de lleno a las ocupaciones diarias. La idea de la
muerte le daba libertad interior para ello.

C.G.Jung cree que las religiones son «un intrincado sistema de preparación para la
muerte». Todo lo que las religiones enseñan sobre la muerte coincide con la sabiduría
del alma «si de verdad consideramos la muerte como la llegada a la plenitud del sentido
de la vida y a su verdadera meta, lejos de considerarla como un simple terminar carente
de sentido». Para C.G.Jung, por lo tanto, ponerse de acuerdo con la muerte y prepararse
para morir está en perfecta consonancia con las exigencias del alma humana. «El hombre
que va sumando días en una edad avanzada se está preparando, quiéralo o no, para la
muerte. Por eso me parece a mí que la naturaleza misma se preocupa de prepararnos para
el final... Es además una actitud neurótica el no presentarse ante la muerte como ante un
objetivo final, lo mismo que el reprimir en la juventud toda representación o
pensamiento relacionado con el futuro». De lo que verdaderamente se trata al pensar en
la muerte es de dar gracias cada día por el tiempo que se nos concede y de vivir cada
nuevo día como un regalo que Dios nos hace, pero también como una oportunidad de ser
también nosotros un regalo para los demás. Hoy.

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Todos quieren llegar a viejos, pero nadie quiere morir

El miedo general a la vejez carece de fundamento. Al fin y al cabo, todos vivimos para
llegar a viejos. Pero normalmente la ancianidad se relaciona directamente con la muerte,
como la última parte de la vida. Es verdad que la muerte visita también a niños, jóvenes
y adultos en la plenitud de su vida. Pero la idea de la propia muerte es para los ancianos
con mucha frecuencia particularmente preocupante. Querámoslo o no, todos hemos de
morir. Pero también estamos agarrados a la vida. Y esta es una buena actitud ante la
existencia. Porque muestra el amor a la vida a pesar de sus luchas y problemas. Mientras
vivimos, debemos vivir con alegría y aprovechar bien el tiempo que se nos da de vida. Y
deberíamos vivir la vida cultivando la sensibilidad hacia su limitación. Así estamos
dispuestos a morir, pero mientras tanto vivimos alegres.

Cuando una persona mayor nos dice «me quiero morir», significa que ha cerrado la
puerta de su vida. Ya no vive a gusto porque su vida está llena de molestias. Quizá se
siente demasiado dependiente de la ayuda de otros y no querría ser una carga para nadie.
Mientras estamos vivos, no deberíamos querer morir. Pero cuando se hace insistente el
deseo de morir, es lícito darle acogida. Porque es una invitación a prepararse mejor para
la muerte y a despedirse lenta y conscientemente de todo aquello con lo que todavía
estamos relacionados. Ante todo deberíamos despedirnos de las personas más queridas.
Es lícito desear la muerte, pero no causarla de manera activa poniéndole fin. Es mucho
mejor confiar en que el deseo de morir sea el anuncio de la muerte. Cuánto tiempo nos
queda de vida todavía no depende únicamente de noso tros. Al dejar paso al deseo de
morir, viviremos con mayor intensidad el tiempo que nos quede. Nunca debe convertirse
el deseo de morir en un puro lamento con repeticiones de los errores de la propia vida y
sus respectivos pesares. En los libros del Antiguo Testamento se dice ocasionalmente
sobre la muerte de patriarcas que estaban hartos de vivir. Habían vivido la vida. Llegaron
a estar saciados de vida. Por eso podían irse en paz.

«Vivir hasta el final»

«Vivir hasta el último instante» es la consigna de un movimiento de residencias de la


tercera edad. Este movimiento pretende facilitar una vida real hasta el último instante a
todos los que se encuentran en la última fase de su vida. Bajo este concepto entiende el
acompañamiento de los agonizantes. Uno vive realmente mientras no se siente solo,
mientras es capaz de hablar de su vida, de hacer balance una vez más antes de llegar al
final y de expresar sus sentimientos presentes y sus recuerdos del pasado. No solo
vegeta. No solo está ausente en el crepúsculo de su vida. Vive consciente sus últimas
semanas porque hay alguien que se ocupa de él respetando el misterio de su persona y de
su vida. Este respeto por sí solo reconoce en el moribundo una dignidad que hace que su
vida sea digna de ser vivida.

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Hay fases en las que el moribundo desearía quedarse solo porque quiere mirar a solas a
los ojos del misterio de la muerte. Hay que respetar ese deseo. Es también una forma de
vida intensa. C.G.Jung habla de esas fases en las que el enfermo se encuentra ya en otro
mundo, donde le resulta muy difícil hacerse presente a las realidades diarias de este. Pero
tiene, sin embargo, necesidad de hablar de ellas o de escribir una carta. Y se aísla de todo
para meditar sobre el misterio de la muerte. Pero al mismo tiempo quiere hablar de esas
realidades. Los moribundos que se dan cuenta de que los presentes solo están esperando
su desenlace final para no tener que estar pendientes por más tiempo, dejan ya de vivir
realmente. La vida se les hace un tormento. Ellos piden disculpas por vivir todavía. Y así
pierden su dignidad. Pero si el moribundo se da cuenta de que hay alguien interesado por
él, entones vive realmente hasta el final. Se da cuenta de que el proceso de morir está
lleno de un misterio ante el que los demás se inclinan humildemente porque ven en ello
algo muy valioso. Esto llena de dignidad sus últimos días. Algunos enfermos establecen
contacto en esta fase con sus más profundos deseos y con su verdadera personalidad,
oculta durante mucho tiempo bajo las ocupaciones en las que se han empleado.

Tener que depender de la ayuda de otros no les resulta fácil a muchos. Cuando los
moribundos se dan cuenta de que quienes los acompañan en esos momentos están
dispuestos y gustosos de ir con ellos en los últimos pasos de la vida, perciben también
que viven realmente hasta el fin, aunque no puedan expresarlo. Saben que alguien está a
su lado porque estima su vida y su muerte como un tesoro.

Las múltiples despedidas y el último adiós

A lo largo de nuestra vida estamos constantemente despidiéndonos. Nos despedimos de


la infancia, de la juventud, de la profesión, de las buenas amistades que ahora no pueden
estar presentes por la distancia o porque ya han muerto. Tenemos que despedirnos de
todos los sueños que tuvimos sobre nuestra vida, de las ilusiones tras las que corrimos.
Ahora tenemos que aceptar la dura realidad. La muerte es la mayor despedida. En ella se
encuentran y resumen todas las despedidas de la vida. Sin embargo, todas las despedidas
de nuestra existencia eran solo un ensayo para la gran despedida de la muerte. El que en
su vida aprendió la manera exacta de despedirse, encontrará más fácil la despedida a la
hora de la muerte.

Si esta despedida es o no es correcta, depende también de las experiencias de nuestras


soledades. Si cuando era niño quedé alguna vez abandonado por mi padre, por mi madre,
por un amigo o amiga, me complico las despedidas. Porque toda despedida me recuerda
las experiencias traumáticas de mi infancia. También la muerte me traerá el recuerdo de
la situación en mis soledades. Y tengo miedo a la muerte, miedo a quedarme
completamente solo, a tener que cruzar a solas la oscura puerta de la muerte. Por eso es
buen ensayo de la muerte ponerse a recordar y a comprender todas las experiencias de
soledad. Tengo que dirigirme al niño abandonado que fui y tomarlo en mis brazos

93
maternales o paternales. Así puedo también imaginarme que Dios me toma en sus brazos
amorosos a la hora de la muerte. Así pierde la muerte todo aspecto de terror. Será una
despedida para siempre, pero al mismo tiempo un comienzo nuevo y una llegada a la
patria eterna. Allí ya no hay despedidas. Allí estoy para siempre en mi propio hogar.

«Ahora comienza el resto de tu vida»

El proverbio «ahora comienza el resto de tu vida» es una expresión aplicable a cada


momento de mi vida. Ya los antiguos monjes veían en este proverbio la expresión de una
peculiar espiritualidad: empezar de nuevo en cada instante. Por eso ruega un monje a su
abad mientras hablan de su vida espiritual con estas palabras: «Padre, pide por mí, para
que yo comience». Y un viejo monje habla de la voz de Dios, «que exhorta a los
hombres hasta su último aliento: "¡Conviértete hoy!"». Hasta en el mismo momento de
la muerte podemos comenzar de nuevo. Por eso es cada instante el comienzo del resto de
nuestra vida. Esta metáfora debe animarnos a dejar el pasado. Muchas personas mayores
se pasan días y noches dando vueltas a los recuerdos de sus errores y faltas del pasado.
No son capaces de perdonarse por no haber vivido correctamente o por no haber
disfrutado de la vida. Todo esto son pensamientos inútiles que nos amargan los últimos
años de la vida. Decirse: «Ahora comienza el resto de tu vida» es una invitación a mirar
hacia delante. En lugar de condenarme o de lamentarme del pasado, lo que hago es
levantar los ojos y mirar hacia delante. Ahora, en este instante, comienzo de nuevo, y
Dios comienza conmigo. Entonces el pasado ya no cuenta nada. Lo único que cuenta es
este instante. Y esto significa que cada instante de nuestra vida es precioso. Porque la
conversión es posible en cada instante. Nunca es demasiado tarde para comenzar de
nuevo y volverse totalmente a Dios. Además de ser una palabra de esperanza para
nosotros, lo es también para las personas que nos acompañan. Aunque nos parezca que
soslayan la idea de la muerte o que se cierran frente a Dios, hay que confiar en que su
último momento puede transformarse en el comienzo de una vida nueva.

Hermann Hesse formuló esta esperanza en su conocido poema «Los peldaños». Describe
una concepción de la vida que cambia peldaño tras peldaño y en la que el cambio de los
ciclos de la vida es al mismo tiempo y siempre el perfeccionamiento en un nuevo
principio:

«Tal vez aun es posible que la hora de la muerte se acerque a nuestro encuentro
con mundos en promesa, donde la vida grita, nos llama y nunca cesa... ¡Ánimo,
corazón: despídete, vive tu nueva suerte!».

La última realidad de la vida

Según mis experiencias, nadie se hace un favor a sí mismo cuando se niega a pensar en
la muerte. Toda filosofía comienza en la reflexión sobre la muerte. El que esquiva la

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muerte no vive en el presente, sino que solo se agarra al presente porque excluye algo
connatural en su vida. La muerte me enseña que mi vida tiene un fin. Y la finitud cambia
mi vida. C.G.Jung dijo en cierta ocasión que, a partir de la mitad de la vida, solamente
conserva plena vitalidad el hombre que está dispuesto a morir. El que excluye la muerte,
excluye una ley de la vida, y familiarizarse con la muerte es el arte más excelso de vivir.
Porque la reflexión sobre la muerte hace la vida más intensa. Ya Mozart escribió una
carta a su padre enfermo en la que le confiaba que él contemplaba la muerte como a un
amigo del que se acordaba todos los días y que este pen samiento era para él la clave de
su felicidad. En su música se advierte que había logrado sobreponerse a la muerte. Su
música une el cielo con la tierra, la vida con la muerte. Precisamente por eso suena con
esos tonos alegres en medio de la melancolía que también está presente siempre en él.

Nuestra vida acaba en la muerte. Si excluyo este pensamiento, procedo como si


estuviera seguro de que voy a vivir siempre. En la época del barroco se ocupaba la gente
intensamente con la meditación sobre la muerte. Con frecuencia se exponía en la iglesia
una figura de la muerte. En las cantatas de Johann Sebastian Bach abundan las arias que
cantan la victoria sobre la muerte. Así canta la contralto en la Cantata de Navidad BWV
64: «Nada pido del mundo con tal de heredar el cielo». Y en la cantata «Yo no me aparto
de mi Jesús» (BWV 124) cantan la contralto y la soprano en un dueto: «Sal deprisa del
mundo, corazón mío. Tu verdadero placer lo hallarás en el cielo». Estas canciones no
son expresión de una huida del mundo. El barroco era ambas cosas: un tiempo
enamorado de las cosas de aquí y, al mismo tiempo, una visión de la muerte presente en
todas partes. La tensión entre la sensualidad de este mundo y la conciencia de la
majestad de la muerte produjo esta floreciente cultura.

Los antiguos monjes aconsejaban tener constantemente la muerte ante los ojos. Se
preguntó una vez a un abad por qué no tenía miedo a nada. Respondió que porque
meditaba a diario sobre la muerte. Según eso, el pensamiento de la muerte disipa todo
miedo. Nos permite vivir sosegados y agradecidos por los días que Dios nos concede.
También san Benito nos aconseja a sus monjes tener todos los días la muerte ante los
ojos. Según él, este consejo pertenece al camino espiritual. Es una invita ción a sacar
gusto a la vida y disfrutar de su sabor. Vida y muerte están íntimamente unidas. Hay
cuentos que explican cómo, a la larga, nadie puede burlarse de la muerte. En el cuento
«La madrina muerte», la muerte convierte en médico famoso a un niño a cuyo bautismo
asiste como madrina. Pero cuando el médico quiere vencer en astucia a la muerte, tiene
que morir él mismo. El cuento «Los mensajeros de la muerte» enseña cómo la muerte no
cesa de enviarnos mensajeros con el fin de hacernos pensar en nuestro fin ya cercano:
esos mensajeros son la enfermedad, la fiebre, el mareo. Y finalmente nombra la muerte
al sueño mientras dice: «¿No te ha hecho pensar en mí cada noche mi hermano carnal, el
sueño?».

En la edad avanzada menudean las visitas a domicilio de los mensajeros de la muerte


para recordarnos la limitación de la vida. Debemos aceptar su invitación a vivir de una

95
manera más consciente, dándonos cuenta de que vivimos. La muerte pretende
intensificar el sentido de la vida. No tiene por objeto retirarnos del mundo para meditar
mejor solamente sobre la muerte. Al contrario, la reflexión sobre la muerte tiene la
finalidad de iniciarnos en el arte de vivir. Únicamente lleva una vida coherente quien
vive consciente de la limitación de su vida, quien se da cuenta de que esta vida es única e
irrepetible. La muerte da a la vida toda su dignidad. No es tarea fácil vivir esa grandeza.
Si yo no vivo más que una sola vez y únicamente en este tiempo que me queda hasta la
muerte, quiero vivir totalmente, intensamente, y saborear la vida hasta agotar su sabor.
Soy consciente y trato de vivir con tal responsabilidad este tiempo limitado, que los
demás se sienten impresionados por el amor con que me doy a ellos y a la vida.

Convertirse en bendición para otros: «bendecir el tiempo»

La lengua alemana tiene una bella expresión para hablar del morir: «bendecir el tiempo».
Quien ha logrado vivir sus últimos días reconciliado consigo, se hace bendición para
todos cuantos le sobreviven en el tiempo. Después de visitar y conversar con una
persona anciana, decimos a veces: «Me sentía bendecido al despedirme de ella. Su
conversación fue una bendición para mí». A veces no es posible precisar en detalle en
qué consiste esa bendición. Pero en muchas conversaciones con personas ancianas
tenemos la sensación de ser bendecidos por ellas. La palabra latina benedicere,
«bendecir», significa exactamente «hablar bien, decir cosas buenas a otro». Si el anciano
habla bien conmigo y me dice buenas palabras, yo las recibo como una bendición. Si un
anciano desea hacerse bendición para otro, necesita prestar atención a sus palabras para
comprobar si son de verdad buenas, palabras de ánimo, constructivas, que difunden
bondad en su entorno.

Una segunda acepción de la palabra bendición es la expresión de los dones de Dios, la


fecundidad. Cuando decimos que algo aporta bendición, estamos refiriéndonos a algo
que florece y da fruto; queremos decir que de lo que estamos haciendo van a brotar
bendiciones en forma de bienes sobre los hombres. Ellos lo perciben como una
bendición. Además, la bendición se relaciona con la protección. Quien ha recibido una
bendición se siente protegido y amparado por Dios. Por eso debemos tratar de ser un don
de Dios para los hombres; que de nosotros salga una bendición, algo que les dé
fecundidad y les transmita el sentimiento de estar siempre protegidos en todo. Nos
hacemos bendición para otros cuando de nosotros emana paz, esperanza y seguridad.
Pero no podemos irradiar paz sin tenerla nosotros. Todo cuanto hagamos para gozar de
una tercera edad feliz redundará de alguna manera en bendición para otros. Ellos notarán
en el contacto con nosotros que merece la pena llegar a viejo y que esa etapa de la vida
tiene una calidad peculiar que nos hace bien.

La expresión idiomática «bendecir el tiempo» no es ningún paliativo de la muerte, sino


la expresión del aspecto que puede revestir una muerte ejemplar. Es probable que esta

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expresión se derive de la costumbre según la cual el moribundo bendecía a todos los
familiares y amigos presentes en torno al lecho de muerte. Bendecía a sus hijos y
prometía una bendición a todos los presentes. Pero esta expresión puede entenderse
también de otra manera: el moribundo se convierte en bendición para nosotros porque
nos lega su espíritu. Nos deja su arte de vivir. Poco antes de su muerte, dijo Jesús a sus
discípulos: «Os conviene que yo me vaya. Porque si no me voy, no vendrá a vosotros el
Defensor; pero si yo me voy, os lo enviaré» (Jn 16,7). Lo que dice Jesús de sí mismo se
puede aplicar también a cada uno de nosotros. Al morir, transmitimos el espíritu del que
hemos vivido a los hombres que quedan en el tiempo. No es, por tanto, solamente
nuestro espíritu, sino el Espíritu de Dios, del que nos esforzábamos por vivir. Durante
nuestra vida hemos encarnado en una forma concreta visible y hemos dado sabor al
Espíritu de Dios invisible; ahora transmitimos ese mismo Espíritu a los hermanos que
quedan en el tiempo. De este modo bendecimos a la hora de nuestra muerte lo temporal,
el tiempo y a todos los que viven en el tiempo. Con nuestro espíritu les dejamos en
herencia algo que está por encima de todo tiempo.

Es propio del ser humano pensar en el más allá de la muerte

Es connatural en el ser humano la reflexión sobre lo que le espera en la muerte y después


de morir. Nos gustaría saber cómo es posible imaginar la vida después de la muerte. La
Biblia misma habla solo a través de muchos símbolos sobre lo que nos espera después de
la muerte. «Dios nos invita a un banquete de bodas. Jesús nos ha preparado una morada
en la que estaremos para siempre en nuestro hogar. Estaremos con el Señor y nuestra sed
de amor quedará saciada». Sabemos naturalmente que solo podemos hablar en símbolos
sobre lo que nos espera en la muerte. Pero no podemos imaginar la realidad objetiva.
Tenemos que ser sumamente cautos y guardarnos de describirlo todo en detalle. Porque
no tenemos conceptos propios de lo que sucede en la muerte al vaciarse de contenido
nuestros conceptos de espacio y tiempo. Por otra parte, podemos fiarnos de los símbolos
usados en la Biblia y transmitidos por la tradición espiritual. Son reconfortantes
símbolos de consuelo que sacian nuestros más íntimos deseos de vida y de amor. Todo lo
que anhelamos ardientemente aquí sin poder verlo nunca realizado, quedará manifestado
en el cielo. Allí seremos definitivamente uno con nosotros mismos, uno con los seres que
hemos amado, uno con Dios. El amor será más fuerte que la muerte. Este es el mensaje
de la resurrección de Jesús, que se hará realidad en la muerte. Morir será un sumergirnos
en el amor de Dios. Entregarse a ese amor es entrar en el cielo. Solamente si rechazamos
ese amor, quedaríamos excluidos de él. No es Dios el que nos excluye, seríamos
nosotros mismos los causantes activos de esa exclusión. Sin embargo, podemos confiar
en que, a la vista del incomprensible e infinito amor de Dios, nos abriremos a él y nos
dejaremos sumergir en él.

La reflexión sobre la muerte y sobre todo lo que en ella nos espera no debe entenderse en
el sentido de una huida ante los retos que la vida nos presenta aquí. En algún tiempo se

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reprochó a los cristianos que recurrieran al más allá cuando la vida de aquí carecía de
atractivo y no parecía digna de vivirse. Es cierto que a veces sucede así. Por otra parte,
es connatural al espíritu humano dar un salto mental por encima de todo lo empírico y
sondear el misterio de lo que supera todo lo que podemos imaginar. El espíritu humano
no conoce las fronteras de la muerte. Por eso tiene derecho a traspasar también esos
límites. C.G.Jung cree que la sapiencia del alma intuye una vida después de la muerte. Y
que tiene también un cierto presentimiento de lo que nos espera. Por eso podemos
fiarnos de la sabiduría de nuestra alma. Ella sabe que nos hace bien imaginar lo que nos
espera en la muerte.

Jórg Zink ha reflexionado mucho en los últimos años sobre la muerte y sobre lo que le
espera. Recuerda cómo siendo joven soldado vio morir a muchos de sus compañeros.
Ahora mira a la muerte como a un amigo: «Por lo que a mí respecta, me preocupé de la
muerte en mis años jóvenes más de lo conveniente en un joven de 20 años. Luego se me
ha ido transformando en amigo confidencial. Nunca significó para mí el gran se acabó, el
punto final; nunca he sabido ver en la muerte otra cosa que la orientadora de mis pasos
hacia los otros y hacia una realidad superior. Siempre fue para mí algo así como una
salida, o mejor, como el soltar amarras de un barco hacia alta mar rumbo a otras orillas.
Yo me encontraba allí junto a la pasarela de embarque repitiendo gestos de despedida y
veía: la mar viene muy fuerte. ¡Pero navegamos! Navegamos rumbo a una tierra más allá
de toda distancia y lejanía. A un país nuevo, nunca pisado. ¿Por qué voy a sentir miedo
sabiendo quién me recibe allí?».

Transformar en vida lo no vivido, propiciar la reconciliación

La reflexión sobre la muerte nos confronta con nuestra propia verdad, con todo lo que no
se ha reconciliado en mí. Pensar en la muerte me produce miedo cuando me parece tener
el sentimiento de no haber vivido realmente. Pero es precisamente entonces cuando la
idea de la muerte se me transforma en invitación a vivir ahora con plena conciencia.
Nunca es demasiado tarde para comenzar a vivir de nuevo. No necesito recuperarlo todo.
Ya no puedo recuperar la vida no vivida. Pero si vivo realmente ahora, todo lo no vivido
antes se diluye. Todo se transforma en vida. Nunca es demasiado tarde para
reconciliarme con la historia de mi vida. Más difícil resulta la reconciliación con las
personas que me evitan. En este caso, lo único posible es la reconciliación conmigo
mismo y la disposición a la reconciliación con todos. Si nuestros parientes se niegan a
reconciliarse, nada podemos hacer. Sin embargo, yo puedo quedar reconciliado en mi
corazón. Puedo escribir una carta ofreciendo la reconciliación por mi parte. En ese caso
hay que tratar de evitar cuida dosamente toda clase de reproche. No hay por qué tratar de
reconstruir todo el pasado. Porque muchos tienen miedo a precisar cuáles fueron en
concreto las causas de los conflictos. Prefieren justificarse y echar toda la culpa a los
otros. Mientras nos sentimos dominados por estos mecanismos, no hay reconciliación
posible. Yo puedo sencillamente escribir que, a la vista de mi edad y de la proximidad de

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mi inminente muerte, deseo morir en paz reconciliado con todos. Es una oferta. Si los
parientes la aceptan o no, eso es cosa suya.

Otro caso distinto es cuando los hijos se llevan bien con sus padres pero no se tratan
entre sí y los padres abusan entonces de esta circunstancia para censurar la conducta de
estos o de aquellos. Deben situarse al margen y desde allí contemplar la situación con
absoluta neutralidad. Pueden escribir una carta a sus hijos expresando su deseo de morir
viéndoles antes reconciliados y en paz. Deben expresar su deseo sin añadir más. A veces
una prolongada agonía del padre o de la madre logra reunir otra vez a los hijos
distanciados entre sí. Nunca deben los padres renunciar a la esperanza. Quizá y
precisamente a la hora de la muerte se conviertan en bendición para su familia cuando
los hijos se reúnen en torno al lecho de muerte. Y aunque la reconciliación no tenga
lugar antes de la muerte, esta puede convertirse quizá en una bendición que dispone el
camino para la reconciliación más tarde.

Me he encontrado con personas dispuestas a morir sin experimentar temor ninguno. La


única angustia era la soledad en que iban a dejar a su cónyuge. Una mujer con cáncer
decía estar segura de que su marido no iba a poder vivir sin ella. Temía que pudiera
incluso llegar a su¡ cidarse al verse solo. En su situación de moribunda, ella no podía
resolver los problemas del marido. Únicamente podía confiar en no ser solo ella el único
apoyo, sino que su marido buscara el apoyo de los hijos, se ocupara de su alma y se
sintiera sostenido por Dios. Lo único que ella podía hacer era transformar sus temores en
amor, en un amor que quería demostrarle hasta el final en el tiempo que le quedara de
vida y en la oración, pidiendo a Dios que cuidara de él. Prometió a su marido seguir
acompañándole desde el cielo; que dondequiera que se encontrara iba a estar siempre a
su lado, en su corazón. Así empezará él otra vez a conocerse a sí mismo, a sentir en su
corazón el amor que es más fuerte que la muerte y que no iba a quedar destruido por su
muerte, sino únicamente transformado.

Otros moribundos piensan cómo va a seguir la vida tras su desaparición. ¿Cómo van a
seguir viviendo los hijos? ¿Serán capaces de gobernar su vida? ¿Qué va a ser de mi hijo
discapacitado cuando le falte mi apoyo? ¿Quién dirigirá la empresa de mis hijos? ¿Serán
capaces de llevarla a través de estos tiempos tan difíciles? Esta clase de pensamientos
preocupan no solo a los moribundos sino en general a las personas ancianas que piensan
en un desenlace no lejano. No podemos dar respuesta precisa a esta clase de preguntas y
de dudas. Solo podemos presentárselas constantemente Dios y pedirle que sea él quien se
ocupe de los hijos, de la empresa, de la familia y de todas las personas que llevamos en
el corazón.

Lo principal ante mi muerte es profundizar en la confianza en la vida. Únicamente puedo


morir en paz si confío en la vida, en los hombres y sobre todo en Dios, que puede llevar
todas las cosas adelante sin necesidad de mí. Mi muerte relativiza mi responsabilidad.
Ya no puedo ocuparme de todo. Mi deber es confiar en que las personas que yo dejo

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están en manos de Dios y que Dios puede encontrar otros caminos completamente
distintos de los míos para acompañarlas y bendecir su vida.

¿Y cuando, al final, no quiere pasar el tiempo?

Una persona anciana y enferma me confió: «Querría morir, pero no puedo. Pido a Dios
que venga pronto a llevárseme. La vida ya no me satisface en absoluto. ¿Puedo aceptar
estos pensamientos? ¿Son expresión de ingratitud a Dios? ¿Qué debo hacer cuando me
asaltan estos pensamientos? ¿Debo rechazarlos o puedo permitirlos?».

Los pensamientos vienen espontáneamente, lo queramos o no, y es lícito darles paso.


Pero la verdadera pregunta es cómo debemos reaccionar cuando vienen. No debemos
complacemos en ellos. Y, sobre todo, no podemos hacer que se conviertan en una
acusación. A veces se lamentan los ancianos de que su vida ya no vale para nada y que
lo mejor sería morir. Lo que con estos lamentos consiguen es producir en sus hijos
remordimientos de conciencia. Equivalen a una acusación: vosotros sois los culpables de
que la vida ya no me sepa a nada. Nadie debería reaccionar así ante esta clase de
pensamientos.

Pero a quien confiesa que está dispuesto a morir, que desea ir a reunirse con los suyos
que le han precedido en la muerte, le es lícito expresarlo. Porque sus palabras son
expresión de un acto de libertad: «Estoy dispuesto a vivir todo el tiempo que Dios
quiera, y estoy también dispuesto a irme. No tengo miedo a morir. Me voy con gusto,
porque en mi ida veo la llegada a una meta, porque lo que me espera es mejor que lo que
dejo». Estos pensamientos son absolutamente cristianos. Son como decir de otra manera
lo que canta el anciano Simeón en la cantata de Bach «Ya tengo bastante» (BWV 82):
«Ah, ojalá tuviera aquí lugar mi despedida, te lo digo gozoso a ti, mundo: ya no necesito
más». La cantata termina con el aria: «Me gozo con mi muerte. Ah, ojalá hubiera venido
antes. Ahora quedo libre de toda indigencia que me retiene unido al mundo».

Nada sucedió en vano

La última etapa del camino tiene que hacerla cada uno a solas. Son muchos los que se
angustian especialmente al pensar que a la hora de la muerte quizá ya no tengan ninguna
persona de confianza que los asista y acompañe en la última etapa del camino de su vida.
Algunos tienen sencillamente miedo a quedarse quizá completamente solos en su hora
final. No es fácil disipar estos miedos. Es cierto: la soledad es la «compañía inevitable»
en el momento de morir. Todos pasamos inevitablemente solos por la puerta de la
muerte, aunque en ese momento haya quienes nos asistan y sostengan nuestras manos.
Pero la tradición cristiana nos enseña también que no quedamos solos en ese momento
aun en el caso de no estar acompañados de parientes o amigos. Tenemos siempre un
ángel a nuestro lado que nos acompaña al cruzar el umbral de la muerte y nos presenta

100
ante Dios. Debemos tener esta confianza: nuestro ángel está a nuestro lado. No que
daremos solos ni siquiera al morir. Naturalmente es doloroso pensar que tal vez nadie se
interesa por mi muerte y que yo no soy nada para nadie. Aun así, debemos confiar en
que, a pesar de todo, a lo largo de nuestra vida hemos sido bendición para otros y que en
el cielo vamos a poder contemplar los frutos producidos en nuestra vida para otros.
Aunque en ese momento nadie nos diga «gracias» por lo bueno que le hicimos, nuestra
vida no ha sido un vivir en vano. Dios la acepta. En Dios tiene esa vida un valor
ilimitado. Nada importa lo que piensen de nosotros los demás; lo único importante es lo
que piensa Dios. Por eso podemos aceptar serenamente esta última soledad y
presentarnos solos ante Dios tal como somos. Puede suceder también que una persona
que es anciana y vive sola tenga a su lado a la hora de la muerte a una enfermera que
queda impresionada ante su manera de morir. Entonces, por muy solo que esté y por
muy insignificante que se considere, está marcando una buena huella de su paso por este
mundo. Hemos de confiar en que no hemos vivido en vano y podemos saciar en Dios,
tras la muerte, todos los deseos insatisfechos en la vida.

101
EL proceso de envejecimiento comienza en el nacimiento. Vivir es envejecer. Vivimos
para llegar a ancianos y morir algún día una sola vez. Eso es lo que a todos
inevitablemente nos espera. Y, sin embargo, malgastamos muchas energías intentando
disimular la realidad de que vamos envejeciendo. Queremos permanecer siempre
jóvenes. Pero solo es verdaderamente sabio el que reconoce que está envejeciendo y que
un día ha de morir. Con los años aprendemos a estimar más el valor de la vida. Toda
nuestra existencia con su peculiar historia es única e irrepetible. De ahí la licitud de
aceptar esa historia y reconciliarse con ella. Si nos lamentamos de nosotros mismos y de
la manera en que ha pasado nuestra vida, lo único que hacemos es desvalorizarla. Pero si
la consideramos como única, se hará valiosa para nosotros y para los demás, porque
también otros pueden tener parte en ella.

Hay mucho que aprender en el camino de la vida. Y es exactamente en el proceso de


envejecimiento donde se nos presentan nuevas tareas humanas y espirituales. Nos
encontramos ante el reto de madurar y de volvernos con atención creciente a nuestro
mundo interior. Pero la an cianidad nos invita también a comportarnos de manera
apacible y comprensiva, a ejercitar nuevas formas de conducta con nosotros y con los
demás. Por eso quiero concluir este libro sobre el proceso de envejecimiento con una
oración atribuida a Teresa de Jesús, pero que tiene origen inglés. Sea cual sea su origen,
en ella se hace un bello resumen de lo que se contiene en dicho proceso de
envejecimiento y en la vejez.

ORACIÓN DEL HOMBRE QUE ENVEJECE

102
103
GRÜN, Anselm, Die hohe Kunst des Álterwerdens, Münsterschwarzach 2007.

JUNG, Carl Gustav, «Die Lebenswende; Seele und Tod», en Gesammelte Werke, Band
8, Stuttgart 1967.

RAHNER, Karl, «Zum theologischen und anthropologischen Grundverst ndnis des


Alters», en Schriften zur Theologie 15, Einsiedeln 1983, pp. 315-325.

TOURNIER, Paul, Die Chance des Alters, Freiburg 1978.

104
Prólogo

1. Cómo pasa el tiempo

La vida... ¿un largo futuro o un breve pasado?

A quien vive consciente no se le hace largo el tiempo

La persona inteligente tiene todo el tiempo del mundo

La primera y la segunda mitad de la vida

Quien vive a tono con su edad sigue lleno de vida

Juventud interior: una cuestión de actitud

Envejecer significa también comenzar de nuevo

Madurez humana: hacerse adulto conservando alma de niño

Deberíamos permitirnos ciertas islas de tranquilidad

2. La vida es cambio desde su comienzo

¿Quién no desearía volver a tener veinte años?

Aceptar la edad significa vivir de acuerdo con ella

Dejar morir lo viejo para que nazca lo nuevo

Es importante vivir conscientemente la crisis de la mitad de la vida

La jubilación laboral, un corte significativo

Quien lo desee debería poder trabajar hasta una edad avanzada

Cada etapa de la vida tiene sus propios retos

Cada etapa de la vida se caracteriza por sus propios miedos y esperanzas

105
Solo quien se sitúa frente a su verdad permanece sano e íntegro

Dejar que se transparente cada vez más el brillo de nuestra alma

La transformación se produce en nosotros

Lo que uno ha de aprender mientras se hace viejo

Envejecer con éxito: toda vida auténtica es modélica

El mérito no depende de los resultados

Ocuparse en cosas que tengan verdadero valor

3. Cuerpo y salud

La belleza proviene de dentro

No se puede retener la salud

Las personas mayores tienen unas aptitudes peculiares

Aceptar las propias limitaciones

Las limitaciones físicas, un reto también para el espíritu

Nada está en nuestras manos

4. Las relaciones cambian y requieren cuidados

EL ANCIANO ABUELO Y EL NIETO

Padres e hijos, abuelos y nietos

Los padres ya mayores pueden establecer un nuevo tipo de relaciones con sus hijos
/ Nietos y abuelos: una relación peculiar / Los abuelos transmiten algo especial

Hombres y mujeres

Las mujeres y los hombres viven de diferente manera la tercera edad / El cambio
en los hombres también es diferente

Vida en común: redescubrir el amor

106
Cuando uno es mayor, siente el amor de otra manera / Conservar la vitalidad es
responsabilidad nuestra / También los mayores necesitan cercanía y distancia /
Una dolorosa angustia / También los viudos pueden mirar al presente y al futuro

Relaciones sociales: intervenir en la vida de la comunidad

La necesidad de ser útil / Aceptar la responsabilidad de hacer que nuestro mundo


sea más humano / Comprometerse: tender puentes en la sociedad / Transmitir paz
y confianza en la vida / Reconciliarse con la soledad y abrirse a nuevas relaciones
/La amistad sigue siendo un gran valor / Nadie está de sobra, todo el mundo es
valioso

5. Encontrarse a sí mismo

Asumir la propia historia y desasirse del pasado

Vivir mirando al futuro y comprendiendo el pasado

No se puede cambiar el pasado, pero sí la manera de verlo

Darle vueltas a los errores y heridas del pasado no conduce a nada

También el descontento nos pone en contacto con nuestros anhelos

Huellas que permanecen

La vida demanda siempre desarrollo

También tras la depresión puede ocultarse una sabiduría

Amar a los jóvenes y respetar a los mayores

6. Abrirse a la propia alma

La religión puede ser una escuela para la vejez

Encontrar el camino espiritual propio - Profundizar en la confianza

«Cuando la visión exterior se embota, se agudiza la visión interior»

No hay contradicción entre fidelidad a la tradición y libertad interior

En la tercera edad puede crecer la confianza en uno mismo

107
Los temores traen también una invitación

La vejez es también un regalo... y un tiempo de gracia

7. El tiempo es oro

El tiempo también puede estar lleno sin necesidad de agenda

No dejarse paralizar por el pasado

La felicidad consiste en ser consciente de uno mismo

No tengo que hacer más; puedo limitarme a ser

Nuestro tiempo es limitado: debemos aprovecharlo... y disfrutarlo

No solo desasirse, sino además llegar

Cuando logro desasirme, puede acontecer lo nuevo

8. «Por fn»..., vivir

Todos quieren llegar a viejos, pero nadie quiere morir

«Vivir hasta el final»

Las múltiples despedidas y el último adiós

«Ahora comienza el resto de tu vida»

La última realidad de la vida

Convertirse en bendición para otros: «bendecir el tiempo»

Es propio del ser humano pensar en el más allá de la muerte

Transformar en vida lo no vivido, propiciar la reconciliación

¿Y cuando, al final, no quiere pasar el tiempo?

Nada sucedió en vano

Conclusión

108
Bibliografía

Índice general

109
Índice
Prólogo 6
1. Cómo pasa el tiempo 11
2. La vida es cambio, ya desde el principio 21
3. Cuerpo y salud 35
4. Las relaciones cambian y requieren cuidados 43
Padres e hijos, abuelos y nietos 45
Hombres y mujeres 49
Vida en común: redescubrir el amor 53
Relaciones sociales: intervenir en la vida de la comunidad 60
5. Encontrarse a sí mismo 66
6. Abrirse a la propia alma 75
7. El tiempo es oro 83
8. «Por fin» vivir 90
Conclusión 101
Bibliografía 103
Índice general 104
La vida... ¿un largo futuro o un breve pasado? 13
A quien vive consciente no se le hace largo el tiempo 14
La persona inteligente tiene todo el tiempo del mundo 15
La primera y la segunda mitad de la vida 16
Quien vive a tono con su edad sigue lleno de vida 16
Juventud interior: una cuestión de actitud 18
Envejecer significa también comenzar de nuevo 19
Madurez humana: hacerse adulto conservando alma de niño 19
Deberíamos permitirnos ciertas islas de tranquilidad 20
¿Quién no desearía volver a tener veinte años? 23
Aceptar la edad significa vivir de acuerdo con ella 24
Dejar morir lo viejo para que nazca lo nuevo 24
Es importante vivir conscientemente la crisis de la mitad de la vida
110
Es importante vivir conscientemente la crisis de la mitad de la vida
La jubilación laboral, un corte significativo 26
Quien lo desee debería poder trabajar hasta una edad avanzada 27
Cada etapa de la vida tiene sus propios retos 28
Cada etapa de la vida se caracteriza por sus propios miedos y
29
esperanzas
Solo quien se sitúa frente a su verdad permanece sano e íntegro 29
Dejar que se transparente cada vez más el brillo de nuestra alma 30
La transformación se produce en nosotros 30
Lo que uno ha de aprender mientras se hace viejo 31
Envejecer con éxito: toda vida auténtica es modélica 32
El mérito no depende de los resultados 33
Ocuparse en cosas que tengan verdadero valor 34
La belleza proviene de dentro 37
No se puede retener la salud 37
Las personas mayores tienen unas aptitudes peculiares 39
Aceptar las propias limitaciones 40
Las limitaciones físicas, un reto también para el espíritu 41
Nada está en nuestras manos 42
Asumir la propia historia y desasirse del pasado 68
Vivir mirando al futuro y comprendiendo el pasado 68
No se puede cambiar el pasado, pero sí la manera de verlo 69
Darle vueltas a los errores y heridas del pasado no conduce a nada 70

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