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Sal Terrae

Colección «PASTORAL»
106

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PABLO GUERRERO RODRÍGUEZ, SJ

Convertirse
es ser atraído
Una propuesta para ocho días
de ejercicios ignacianos

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ÍNDICE

Introducción

Primera Noche: Entrada en Ejercicios


¿Adónde voy y a qué?

Primer día: Principio y Fundamento:


¡Abre los ojos!
Puntos de la mañana:
Soy la historia de una fidelidad a Dios
Puntos de la tarde:
«Hacer lo que Dios quiere y querer lo que Dios hace»

Segundo día: Primera Semana:


Descubrir mi pecado
Puntos de la mañana:
El pecado en el mundo
Puntos de la tarde:
Soy un pecador salvado por la fidelidad de Dios

Tercer día: Segunda Semana:


Meditación del Reino
Puntos de la mañana:
Del agradecimiento al seguimiento
Puntos de la tarde:
Enséñanos tu «modo» para que sea «nuestro modo»

Cuarto día: Segunda Semana:


Bautismo de Jesús y jornada ignaciana
Puntos de la mañana:
Esta mañana te invito a ir con Jesús al Jordán
Puntos de la tarde («Jornada ignaciana»)
Banderas, Binarios, maneras de Humildad

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Quinto día: Segunda Semana:
Cómo es el Dios de Jesús
Puntos de la mañana:
Cómo nos aparece Dios en Jesús
Puntos de la tarde:
¡Que Dios te llene el corazón!

Sexto día: Tercera Semana:


Si el grano de trigo no muere...
Puntos de la mañana:
Entrada a la tercera semana
Puntos de la tarde:
«Verdaderamente, este hombre era el hijo de Dios»

Séptimo día: Cuarta Semana:


¡Era verdad!
Puntos de la mañana:
Soy la historia de una fidelidad de Dios
Puntos de la tarde:
«Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos»

Octavo día: La quinta semana ignaciana:


¡Abre los ojos!
Puntos de la mañana:
Contemplación para Alcanzar Amor
Puntos de la tarde:
Orar con mi cuaderno

Epílogo y despedida
Esquema para ocho días de Ejercicios

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Imprimatur:
Manuel Sánchez Monge
Obispo de Santander
23-11-2018

Diseño de cubierta:
Laura de la Iglesia Sanzo

ISBN: 978-84-293-2818-9

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Cada «día» de este libro comienza con un poema de José Luis Blanco Vega[1].
Como decía Luis Alonso Schökel, «suyos son los himnos litúrgicos en
castellano que nadie sabe de quién son». A él, a «Blanquiño», quiero dedicar
estas páginas en las que está tan presente. Él ahora ya está en las mejores
manos... Ahora ya sabe lo verdaderos que eran sus versos:

«Mirad que es dulce la espera


cuando los signos son ciertos.
Tened los ojos abiertos
y el corazón desvelado:
si Cristo ha resucitado,
resucitarán los muertos».

1. Todas las poesías (excepto el «Vals del camino») están tomadas de J. L. BLANCO
VEGA, ...Y tengo amor a lo visible, Sal Terrae, Santander 1997.

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Introducción
«Esta es nuestra tarea a través de los Ejercicios Espirituales:
trabajar por una verdadera conversión».
PEDRO ARRUPE

Convertirse es ser atraído: esta es la frase que da «nombre» a este libro y que pretende
ser su hilo conductor...
Mis alumnos de Teología Pastoral me han oído, en más de una ocasión, hablar de
Christian de Chergé, prior de los monjes trapenses asesinados en Tibhirine (Argelia) en
1996. Lo que puede que no me hayan oído es que, en 1990, el Hno. Christian acompañó
a las Hermanitas de Jesús de Marruecos en un retiro sobre «El Cantar de los Cantares».
Dicho retiro, afortunadamente, está publicado[2], y podemos disfrutar de la experiencia
espiritual de este mártir contemporáneo.
Hace ya unos años, en unos ejercicios espirituales, escuché a José Antonio García
(Toño) una frase atribuida a dicho retiro que me ha ido acompañando desde entonces:
«Convertirse a alguien es ser atraído por él»[3]. Me llegó profundamente dicha frase,
porque yo, al igual que no pocas personas, pensaba que la conversión consistía
primariamente en un apartarse de... Sin embargo, uno ya va cumpliendo años, y cada día
me convenzo más de que la conversión tiene que ver, inicial y principalmente, con un
dirigirse hacia... por haber sido seducido por... En palabras de Dolores Aleixandre y
José Antonio García, «conversión y atracción son, por tanto, dos realidades que lindan
entre sí, solo que con una particularidad: el primado de ambas lo ostenta la atracción.
Porque alguien nos atrae, nos convertimos a él, no al revés»[4].

Convertirse es ser atraído. He querido titularlo así por dos motivos. En primer lugar, la
espiritualidad ignaciana, tal como la encontramos en los Ejercicios Espirituales, rezuma
lo que algunos han dado en llamar la «pasiva ignaciana». El ejercitante no pide «ir y
ponerse», sino que pide «ser puesto», «ser recibido». El ejercitante es consciente de que
es antes amor recibido que amor devuelto («para que yo, enteramente reconociendo,
pueda en todo amar y servir»). El ejercitante sabe que solo podrá hacer su ofrecimiento
(oblación) con la ayuda de Dios («con vuestro favor y ayuda»). Y esa ofrenda siempre ha

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de estar bajo la cláusula expresada por el mismo Ignacio en el número 98 de los
Ejercicios: «queriéndome vuestra santísima majestad elegir y recibir en tal vida y
estado» (Pasiva ignaciana).
El segundo motivo es la invitación, tan repetida a lo largo del pontificado de
Francisco, a la conversión. Una conversión que, si es cristiana, nace de la atracción que
Jesús y su Evangelio ejercen en nosotros. ¡Cuántas veces y de qué diferentes formas nos
anima el papa Francisco a la conversión! Una conversión que busca recuperar la fuerza
del primer anuncio y que puede resumirse en la vuelta a Jesús (Mística del seguimiento y
la identificación).
El libro que tienes entre tus manos es una obra que comencé a escribir a finales de
los 90, cuando «dirigí» la primera tanda de ejercicios de ocho días. Se trataba de un
grupo de jesuitas estudiantes de teología en una casa de la sierra de Madrid. Aquel
primer esquema fue corrigiéndose, ampliándose, simplificándose, personalizándose...
hasta llegar a las páginas que tienes ante ti. Se trata de una serie de sugerencias para
realizar ocho días de Ejercicios según el esquema de San Ignacio[5].
La Compañía de Jesús no es la «propietaria» de la espiritualidad ignaciana, pero
mentiría si no dijera que, en mi opinión y en la de muchos, sí es una expresión
privilegiada de la misma. Como decía el P. Arrupe, «la Compañía es una versión
institucional de los Ejercicios Espirituales». Quiero decir con esto que no hace falta, ni
mucho menos, ser jesuita para dirigir «dignamente» los ejercicios ignacianos; pero, a la
vez, confieso que me hacen esbozar una sonrisa (espero que humilde y no soberbia)
algunos anuncios de retiros de día y medio que se presentan como los «auténticos
ejercicios siguiendo el auténtico espíritu y método ignacianos» (me sorprende que solo
digan «auténtico» dos veces). Si me permiten ser un poco «malo», a ciertos anuncios
solo les faltaría terminar con una coletilla: «y no como los que «dan» los jesuitas de
ahora».
A mi modo de ver, cinco son los rasgos principales de esta tradición espiritual que ha
quedado plasmada en los Ejercicios Espirituales (en adelante, EE):

a) En primer lugar, la pasión por buscar y hallar a Dios en todas las cosas. La pasión
por encontrar la voluntad de Dios y seguir sus caminos. Esta característica de la
espiritualidad ignaciana constituye la entraña del discernimiento. Y es que la
voluntad de Dios puede ser conocida, porque el Creador se comunica con su
criatura...
b) En segundo lugar, la personalización de la gracia de Dios. En el libro de los EE
es llamativa la cantidad de veces que Ignacio le pide al ejercitante que
personalice la gracia, que la haga «sólida» en su propia historia personal. POR
MÍ, se repite una y otra vez a los largo de los EE: «conocimiento interno del
Señor, que por mí se ha hecho hombre»; «mirar y considerar [...] tantos trabajos,
de hambre, de sed, de calor y de frío, de injurias y afrentas, para morir en cruz; y
todo esto por mí»; «pena interna de tanta pena que Cristo pasó por mí»;

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«ponderando con mucho afecto cuánto ha hecho Dios nuestro Señor por mí»...
c) Es propio de la espiritualidad ignaciana suscitar nuestro agradecimiento. Ignacio
sabía, como sabemos nosotros, que hay muchas fuerzas que nos movilizan: las
ideologías, la indignación, los deseos de medrar, el «qué dirán»... Ahora bien,
Ignacio ha experimentado que la fuerza que nos hace mejores, que nos hace darlo
todo, que nos hace comprometernos... es el agradecimiento. Hay quien dice que
los EE no son ni más (ni menos) que una escuela de los afectos para que nos
inunde el agradecimiento. Es desde ese «agradecimiento admirado» desde el que
brota en nosotros la oración: Tomad, Señor, y recibid... Porque quien se siente
agradecido lo da todo. Podríamos decir que Ignacio de Loyola busca ayudarnos a
convertir nuestro agradecimiento en seguimiento.

d) La pasión por el mayor servicio, por el bien más universal, por servir más a «su
divina magestad». El magis ignaciano «no es simplemente una más en la lista de
características del jesuita. Las impregna todas. La vida entera de Ignacio fue la
búsqueda de un peregrino hacia el magis, la siempre mayor gloria de Dios, el
siempre más cabal servicio de nuestro prójimo, el bien más universal, los medios
apostólicos más efectivos. La mediocridad no tenía cabida en la cosmovisión de
Ignacio»[6]. Es ese deseo que brota desde lo más profundo en aquel que ofrece
su vida atraído por Cristo. Como escribía Ignacio al obispo de Palencia en agosto
de 1548: «desearía, si Dios fuese servido, poder más de lo que puedo»[7].
e) Finalmente, forma parte sustantiva en la espiritualidad ignaciana la centralidad de
Cristo. Ahora bien, no se puede olvidar que el Cristo que sedujo a Ignacio, el
Cristo que acoge a Ignacio, que le recibe a su servicio, el Cristo de los EE, es el
Cristo pobre y humillado. Y este es el Christus Receptus para la Compañía de
Jesús y la espiritualidad ignaciana... Es el Cristo al que deseamos presentar
oblaciones de «mayor estima y momento». Es el Cristo que da nombre a su
mínima Compañía (como le gustaba llamarla a Ignacio). Es el Cristo que nos
convoca, que nos une y que nos da misión. Es el Cristo que nos atrae y, así,
cambia nuestra vida, nos convierte.

Si tuviéramos que estilizar al máximo el esquema de los Ejercicios Espirituales de


Ignacio, podríamos decir que comienzan con una oferta de amor por parte del Creador
(Principio y Fundamento) y terminan con una respuesta libre de la creatura a Dios
(Contemplación para alcanzar amor). Entre ambas, Ignacio nos propone un itinerario de
identificación con Cristo.
Como verás, adapto el recorrido del mes de Ejercicios al esquema de ocho días.
Evidentemente, lo que aporto son «acentos» diversos, «rutas complementarias»,
agrupación de material y comentarios que responden a mi camino vital, a mis
experiencias, a mis aprendizajes... Confieso que soy deudor agradecido de no pocos
compañeros jesuitas que me han guiado, acompañado y dirigido ejercicios a lo largo de

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estos últimos 35 años. Por citar solo algunos: José Antonio García, Florencio Segura,
William Wood, Isidro González. Modroño, José Ramón Busto... Pese a ello, el lector
puede estar tranquilo: este libro no constituye ni un plagio ni una mera «casa de citas»
(en gráfica expresión de Julián Marías). Bien es verdad que quienes conozcan a los
compañeros citados podrán reconocer fácilmente referencias, lugares comunes,
enfoques, expresiones, etc.
Este libro nace del agradecimiento. Es la ignaciana mi tradición espiritual, en la que
he crecido y en la que he ido acercándome a ese misterio insondable que es Dios. Desde
el mes de Ejercicios de mi noviciado, ha sido esta espiritualidad la que me ha ayudado a
mirar al mundo, a mirarme a mí mismo y a desear vivir en auténtica libertad. Mi gratitud
a la espiritualidad ignaciana, como es lógico, se encarna en la gratitud a la Compañía de
Jesús, a ese grupo de «amigos en el Señor» que, atraídos por Jesús, día a día intenta
servir al Señor y a su Iglesia. Le pido prestadas a Karl Rahner unas palabras que leo y
rezo con frecuencia y que no dejan de conmoverme, por mucho que las repita: «Bajo
mucha ceniza, todavía hoy arde en la Compañía el amor a la incomprensibilidad de Jesús
y a su destino. Por eso la Compañía sirve a la Iglesia y puede ser muy crítica frente a ella
y frente a sí misma, experimentar una historia muy previsible y salir al encuentro de la
vida, del éxito y el fracaso, del prestigio y el olvido, e incluso de su misma muerte (si así
hubiera de suceder), consolada con la participación en el destino de Aquel cuyo nombre
lleva, ciertamente con un poco de inmodestia, pero también con impresionante
esperanza».
Este libro es también una acción de gracias a muchas personas concretas (jesuitas y
laicos, sacerdotes y hermanos, mujeres y varones, jóvenes y viejos, conservadores y
progresistas, ateos y creyentes...) que han sido para mí, a lo largo de estos años,
transparencia de Cristo. En ellos y a través de ellos, el Dios de la vida se muestra y sigue
provocando esa atracción que solo puede producir el Resucitado. En ellos y gracias a
ellos, voy comprendiendo la verdad profunda que encerraban las palabras de Pedro
Arrupe en ese excelente escrito titulado El modo nuestro de proceder: «Cristo interpela
desde toda la creación, desde todos los hombres. Desde ellos ama y en ellos desea ser
amado y servido»[8].
El libro está estructurado en ocho unidades (días). Principio y fundamento (1),
primera semana (1), segunda semana (3), tercera semana (1), cuarta semana (1) y
Contemplación para alcanzar amor (1). Cada uno de los días estará dividido en dos
secciones (mañana y tarde). En cada una de esas secciones señalaré varias rutas
posibles...
El hecho de que ofrezca varias rutas no debe entenderse como un conjunto de
caminos «obligatorios» que hay que recorrer. Ignacio de Loyola es muy claro desde el
comienzo: «no el mucho saber harta y satisface el ánima, mas el sentir y gustar de las
cosas internamente» [n. 2]. No se trata de «agotar» la materia de los puntos de la
oración, ni se trata tampoco de suscitar una experiencia espiritual que sea una fotocopia
de la de este autor. Lo que te ofrezco en este libro no son más que ayudas para que te
puedas acercar al Señor y escucharlo. No transformes lo que es medio en fin. Con

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honestidad, en presencia de Dios, pregúntate qué necesitas que te sea dado; qué
«lugares» precisas visitar (o revisitar); qué partes de tu vida necesitan recibir el
Evangelio del Señor, con su belleza tan antigua y tan nueva...
Te invito a mantener los ojos y el corazón abiertos para descubrir (o redescubrir) qué
te ayuda a acercarte al Dios de la vida, qué te atrae de Cristo. Y cuando, en la oración,
sientas en tu interior esa atracción que sabes que solo puede venir del Señor y de su
Buen Espíritu; cuando descubras que crecen en ti la fe, la esperanza y el amor; cuando
hayas encontrado al Dios del consuelo (y no el consuelo de Dios, que eso es otra cosa);
cuando sientas que nacen en ti hambre y sed de justicia; cuando experimentes que, al
mirar a Jesús, surgen en ti las palabras: «quiero estar contigo y ser como tú»..., entonces
olvídate de libros, de unidades, de secciones y de rutas...
Si sientes esa atracción, lamento decirte que «estás perdido», porque has tenido la
experiencia que ha cambiado a tantos varones y a tantas mujeres:
– la experiencia de Agustín: «gusté de ti, y ahora siento hambre y sed de ti; me
tocaste, y deseo con ansia la paz que procede de ti»,
– la experiencia de Ignacio: «siguiéndoos mi Señor no me podré perder»,
– la experiencia de Teresa: «quien a Dios tiene, nada le falta. Sólo Dios basta»,
– la experiencia de Carlos de Foucauld: «desde el momento en que entendí cómo
era Dios para mí, supe que solo podía vivir para él»,
– la experiencia de Romero de América: «el cristianismo es una persona, que me
amó tanto, que me reclama mi amor. El cristianismo es Cristo»...
Convertirse es ser atraído. Que está frase y la experiencia a la que está poniendo
palabra sean la lente a través de la cual te acerques a este libro, a esta «propuesta de
ejercicios». Ojalá te sea de ayuda en tu camino, ojalá te ayude a descubrir que en Cristo
«termina la noche y comienza el día»...

En las iglesias orientales...

El maestro preguntó un día a sus discípulos:


– ¿Cuándo termina la noche y comienza el día?
Uno de los discípulos, el que pasaba por ser el más inteligente, respondió:
– Termina la noche y comienza el día cuando, mirando desde lejos, puedes distinguir
entre un caballo y un buey.

El maestro le dijo que no era la respuesta correcta. Animados al ver que el «más»
listo se había equivocado, los demás alumnos fueron contestando a la pregunta del
maestro.
– Cuando miras a un árbol y puedes saber si es un manzano o un peral.
– Cuando puedes leer un libro sin tener que encender una vela.

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– Cuando puedes andar por un camino que no conoces sin tropezar.
– ... ... ...

Todos los alumnos dieron su respuesta pero ninguna satisfizo al Maestro. Al final,
cuando ya la clase estaba a punto de terminar, les dijo:
– Termina la noche y comienza el día cuando, al mirar el rostro de un extraño,
reconoces en él a un hermano.

2. Ch. DE CHERGÉ, Retraite sur le Cantique des cantiques, Nouvelle Cité, Bruyères-le-
Châtel 2013. (Versión en castellano: Retiro sobre el Cantar de los cantares, Agape
Libros, Buenos Aires 2016).
3. D. ALEIXANDRE – J. A. GARCÍA, Seis imperativos, un aviso y un deseo. Releer el
Cantar de los Cantares desde la Vida Religiosa, Cuadernos CONFER, n. 17, Madrid
20002, 40.
4. Ibid.
5. El lector verá que este esquema de ocho días puede adaptarse, sin mucha dificultad,
al formato de ejercicios en la vida corriente (en torno a unas 24-28 semanas), según
la anotación 19, mediante la cual desea Ignacio invitar a la experiencia de Ejercicios
también «al que estubiere embarazado en cosas públicas o negocios convenientes».
6. Congregación General XXXIV, Decr. 26, n. 26.
7. Epp. II, 411 (p. 178).
8. P. ARRUPE, La identidad del jesuita en nuestros tiempos, Sal Terrae, Santander 1981,
62.

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Primera Noche

ENTRADA EN EJERCICIOS
¿Adónde voy y a qué?[9]

«...no me levantes paredes


ni pongas muro a tu casa...»

ANUNCIADA

«¿Y cómo diría yo


lo que un ángel desbarata?
Fue como tener seguras
las paredes de la casa
y en un vendaval sin ruido
ver que el techo se levanta
y entra Dios hasta la alcoba,
diciendo:
– “Llena de gracia,
no me levantes paredes
ni pongas muro a tu casa
que por entrar en tu historia
me salto yo las murallas.
Si Virgen vas a ser madre,
si esposa, mi enamorada;
si libre, por libre quiero
que digas: ‘He aquí la esclava’”.
– “He aquí la esclava”, le dije

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Y se quedó mi palabra
Sencilla, sencillamente
En el aire arrodillada»
José Luis Blanco Vega, SJ

La primera noche, después de la cena, es conveniente una «pequeña» introducción a los


EE. Debería ser breve, ya que, con frecuencia, hemos estado trabajando (con prisas, con
la cabeza en cientos de cosas...) hasta pocas horas antes de llegar al lugar en el que
vamos a hacer los EE.
Podemos sugerir varias rutas que ayuden, a quien comienza la experiencia, a ser
consciente de dónde está y para qué ha venido. Las motivaciones para hacer EE pueden
ser muy variadas: «porque toca»; «porque me han hablado muy bien de ellos»; «porque
nunca he hecho ejercicios ignacianos»; «porque siento que los necesito»; «porque tengo
un problema serio»; «porque me han mandado»; «porque llevo un tiempo desinflado»;
«porque necesito tomar una decisión importante»... Evidentemente, no todas las razones
para «hacer» EE son las adecuadas. Pero es necesario caer en la cuenta de cuáles son las
que me han traído hasta aquí.
Peter Hans Kolvenbach, quien fuera General de la Compañía de Jesús entre 1983 y
2008, señalaba que el propósito de los EE para Ignacio es triple:

(1) iluminar nuestro entendimiento;


(2) inspirar nuestro deseo;
(3) provocar nuestra libertad.

Aceptando este triple propósito, hazte estas preguntas en presencia de Dios: ¿qué hay
en tu entendimiento que necesita ser iluminado?; ¿qué hay en tu deseo que necesita ser
inspirado?; ¿qué hay en tu libertad que necesita ser provocado?
Estos días son un tiempo para buscar y hallar el sueño de Dios en tu vida. Estas
invitado a ser contemplativo en la acción y activo en la contemplación. De una u otra
forma, cada ejercitante necesita hacerse con honestidad delante de Dios[10] una serie de
preguntas:

¿A dónde voy y a qué?


¿Desde dónde comienzo? ¿Cuál es mi estado de ánimo?
¿Qué expectativas traigo conmigo?
¿Existe algún miedo en este momento concreto?
¿Qué necesito revisar/descartar/mirar a los ojos?
¿Qué me llena de alegría/preocupación/ilusión...?

¿Cuál es «mi tema» para estos EE?

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misión / comunidad / situación personal / situación familiar / situación laboral /
vocación / salud / compromiso / disponibilidad / vida de fe / oración /
dependencias / esperanza / necesidad de relación / sentirme querido / algún
cambio importante en mi vida /...

¿Qué puede ayudarme a centrar mi vida este año?


¿Hay algo en mí que esté disperso, que necesite centrarse?
Todos traemos heridas, y si hacemos caso a Miguel Hernández, estas son «la de la
vida, la del amor y la de la muerte». Y tú, ¿qué heridas traes?
¿Qué necesitas que te sea dado en estos EE?
¿Qué necesitas como don y como gracia?
¿Qué necesitas de Dios?
Señalo brevemente tres recorridos posibles para esta «entrada» en EE:

RUTA 1ª. MI ÁLBUM DE FOTOS

Toma un período significativamente largo (unos cuantos meses, desde la última vez que
hiciste EE...) y recorre ese tiempo trayendo imágenes a tu memoria... Ve llenando las
páginas de un imaginario álbum con «fotografías». Pasa ese álbum de fotos por tu
corazón (momentos, personas, sentimientos, sensaciones, pensamientos...).
Recuerda, es decir, vuelve a pasar por tu corazón lo que representan esas
imágenes[11]. Y que ese recuerdo te sirva para acariciar el tesoro que llevas dentro y el
barro del que estás hecho. Esto último es más difícil, pero solo es cristiana la actitud que
acaricia las dos cosas: nuestro tesoro y nuestro barro. Y en esto podemos pecar por
exceso y por defecto: a) podemos ignorar el tesoro que Dios ha puesto dentro de
nosotros y tratarnos como una baratija; o, por el contrario, b) podemos empeñarnos en
disimular el barro de que estamos formados usando una amplia gama de purpurinas
posibles... Cada uno sabe cómo «aparenta»...
Acaricia tu tesoro y tu barro y hazte las que son, a mi juicio, las dos preguntas más
importantes de la espiritualidad ignaciana, aquellas que cada día recordamos en el
examen de la noche:

• ¿Dios mío, cómo estás en mi vida?


• ¿Señor, qué más quieres de mí?

Déjate sorprender por ese Dios siempre mayor, siempre nuevo... Así es el Dios Padre
de Jesús, el que sedujo a Ignacio de Loyola...

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RUTA 2ª. MI CURRICICULUM VITAE

¡Cuántas veces hemos tenido que redactar un currículo! Normalmente nos centramos en
los estudios, en la experiencia laboral, en los idiomas que hablamos, en nuestros
conocimientos de informática, etc. Y suele ser bastante frecuente que, sin mentir
exactamente, presentemos las cosas quizás un poco «infladas» (el «nivel medio de
inglés» es ya un clásico)... Queremos quedar bien y que nos tengan en cuenta...
Te invito a que comiences estos EE haciendo una oración con tu curriculum vitae
(CV). Pero te pediría que te centraras en los elementos verdaderamente importantes de tu
CV, el que te gustaría presentarle al Señor:
– lo que has ido aprendiendo sobre Dios;
– cómo ha ido creciendo en ti la capacidad de servir;
– qué es lo que te hace levantarte por las mañanas;
– qué te hace «perder el sentío»;
– qué personas te han hecho quién eres ahora;
– qué experiencias te han hecho más humilde, más humano;
– hacia qué personas sientes agradecimiento;
– a quién amas más que a ti mismo;
– a quién has dado de comer, de beber, a quién has vestido;
– a quién has visitado, a quién has acogido;
– ¿qué has hecho con los talentos que te han sido dados?
– ...
Puede ayudarte hacerlo por escrito... Sin duda, será un CV diferente de los que estás
acostumbrado a redactar.

RUTA 3ª. ENTRAR EN EE DE LA MANO DE TEXTOS DE LA ESCRITURA

Ponte en presencia de Dios y entra en contacto con tu situación vital; pídele a Dios que
te tome de la mano para entrar en estos EE. Comiénzalos con un acto básico y radical de
confianza en Dios. Que tu oración sea expresión radical de tu deseo y que este no sea
otro que el deseo de Dios.
Al entrar en EE estás «en casa»... Tu verdadera identidad, tu verdad más profunda, la
descubres ante Dios. Pregúntate: ¿Cómo te toma Dios de la mano en el día de hoy?
¿Cómo te ha ido tomando de la mano en estos últimos tiempos? ¿Qué regalos te ha ido
dando Dios a lo largo de tu vida?[12]

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Esta noche desea y pide que Dios te enseñe a verte como él te ve, que te enseñe a
soñarte como él te sueña.

Textos que pueden ayudarte si has escogido esta ruta


Isaías 43,1-7. «No temas, que yo te he rescatado y te he llamado por tu nombre. [...]
Eres precioso a mis ojos, y yo te amo [...] yo estoy contigo».

Deja que Dios te diga esto. Escúchalo. Cada uno de nosotros, desde la opción de vida
que hayamos elegido, estamos consagrados y, con nuestras cosas (también con nuestro
pecado), le hemos dado un sí generoso a Dios. Quizá lo hemos hecho «con sordina»;
puede que en ocasiones se trate de un «sí» cicatero, a medias... Pero lo importante es que
quiere ser un «sí» generoso y cada vez más radical y más auténtico. Nuestra respuesta
está llamada a ser cada vez más libre, porque estará basada en un amor cada vez más
fuerte.

Isaias 40,1-4: «Consolad a mi pueblo, habladle al corazón de Jerusalén».

Deja que Dios te hable al corazón... Entra en el desierto... El desierto es lugar de


prueba, de éxodo, pero también es lugar de gratuidad y de seducción. Entra en el
misterio insondable de la voluntad de Dios. Déjate pronunciar por él, déjate consolar,
animar, seducir por él...
Que tu deseo sea el de Dios en tu vida. Recupera tu historia como historia de
Salvación. ¿Cómo te sueña Dios? ¿Cómo sientes que te ha ido soñando a lo largo de tu
vida?

Salmo 139: «Tú me sondeas y me conoces...».

Salmo 27: «Yo busco tu rostro Señor, no me ocultes tu rostro. [...] Indícame, Señor,
tu camino: guíame por un sendero llano».

Al comenzar estos EE, siente tu vida como vida recibida, como vida regalada. Esto es lo
que buscamos en los EE.

Para cerrar esta primera sección (esta primera noche) no quisiera dejar pasar la
oportunidad de recordarte las palabras finales de la anotación 2ª:

«...porque no el mucho saber harta y satisface al ánima, mas el sentir y


gustar de las cosas internamente».

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Te acabo de ofrecer tres rutas para esta «primera meditación» de EE, pero ello no
significa que «tengas» que recorrer las tres... Te aconsejo (y esto ya te animo a que lo
apliques en el resto de tus EE) que reelabores tú los puntos para la oración que te iré
proponiendo a lo largo de las páginas de este libro.
Solo me queda desearte, ahora que comienzas estos EE, que te pongas «a tiro», que
te pongas a la escucha[13] y que seas consciente de que el Señor de la vida, por entrar en
tu historia, es capaz de saltarse las murallas... por muy altas que las hayas construido.

Unas consideraciones
para recordar al comienzo...

1. Es importante «quitar impedimentos». La gracia es gratuita, pero, como diría D.


Bonhoeffer, no es barata. En EE quitar los impedimentos es el «precio» que
tenemos que pagar por la gracia. Cuanto más se apartare de amigos, conocidos,
negocios... Quizás hoy podríamos traducirlo como: cuanto menos se use la wifi, el
teléfono, la «tablet», etc. ¿De qué sería bueno prescindir estos días? ¿Qué sería
bueno mantener a distancia?
2. Es bueno que releas sapiencialmente las anotaciones [nn.1-20] y las reglas de
discernimiento de la primera semana [nn. 313-327]. Hazlas deseo profundo para
estos EE (Señor, quiero encontrar tu voluntad... Señor, ayúdame a ser generoso...
Señor, ayúdame a centrarme en lo importante).
3. Elabora un plan personal. ¿Qué ciertas fidelidades serán importantes en estos
días? ¿Qué horario? ¿Qué ambiente? ¿Qué lugares? Se trata de buscar siempre
aquello que más te ayude a centrarte.
4. Cuida el silencio; pero un silencio fecundo, no un silencio neurótico (ni toda
palabra rompe el silencio ni todo lo que llamamos «silencio» lo es verdaderamente).
El silencio tiene que ver con preparar espacios y tiempos para Dios; es algo más
profundo que el mero hecho de «no hablar». Tiene que ver con tus ruidos de fondo,
con los ecos que tienes por dentro...
5. Cuida el descanso. Algo de deporte, paseos, lecturas apropiadas... Cuida los
momentos de no oración explícita, que son también muy importantes.
6. La oración ignaciana es oración sometida a examen (no a sospecha, sino a
discernimiento). Al final de cada rato de oración es bueno volver sobre la oración:
consolaciones/desolaciones, qué dificultades he experimentado, cómo ha estado
Dios presente en la oración...
7. El ritmo no lo marca el director de EE, y mucho menos un libro. La tarea del
director de EE (y de este libro) es «dar modo y orden». Pero es tarea de cada

20
ejercitante buscar los temas que más le ayuden y encajen en su momento vital. Por
ese motivo, prepara los puntos, adáptalos, recorre tus propias rutas... Y, sobre todo,
¡abre los ojos del corazón!

EN SUMA: HAZ UN PLAN PERSONAL

9. «Al que recibe los ejercicios mucho aprovecha entrar en ellos con grande ánimo y
liberalidad con su Criador y Señor, ofreciéndole todo su querer y libertad, para que
su divina majestad, así de su persona como de todo lo que tiene, se sirva conforme a
su sanctísima voluntad» [EE, Anotación 5ª].
10. Se atribuye a Karl Rahner la siguiente frase: «Si te pones con honestidad delante de
Dios, siempre va a pasar algo bueno, aunque no lo notes a las inmediatas».
11. En realidad, recordar significa volver a pasar las cosas por el corazón (re-cordare).
Demasiado a menudo, lo que verdaderamente hacemos no es recordar, sino
rememorar, es decir, volver a pasar las cosas por la memoria.
12. Una nota de atención: no identifiques demasiado pronto «bienes recibidos» con
aquello que te «ha salido bien»; a veces la gracia de Dios se presenta en forma de
fracaso, conmoción o inseguridad. Lo que está claro es que la gracia de Dios se
presenta siempre... a poco que sepamos mirar.
13. Ponerse en disposición de escucha no es algo tan evidente. Existen, al menos, cuatro
talantes de escucha, cuatro maneras de escuchar. Aunque, en mi opinión, solo la
última merece tal nombre:
a) Escucha fundamentalista: es una escucha blindada; es la del que tiene la respuesta
a todas las preguntas. Su esquema mental está cerrado y es el único válido. Lo
diferente es peligroso, malo, inútil, falso... No hay lugar para el cambio. «Ya sé lo
que Dios me va a decir». b) Escucha acrítica: es la del discípulo hacia su gurú, o la
del «pelota» que quiere medrar. Se «disuelve» la personalidad del que escucha en la
del que habla. Se acata... La única actividad es incorporar el pensamiento de otro:
«Ya me dirá el director de ejercicios lo que Dios dice». c) Escucha ideológica:
escuchamos para responder, no para comprender; no estamos realmente
interesados en la opinión del otro, sino en lo que le vamos a contestar; no recibimos
verdaderamente lo que está diciendo; no dejamos «terminar». Ya tenemos la
respuesta antes del final de la pregunta... d) Escucha vulnerable: es dejarse «afectar»
por lo que la otra persona dice... No es tanto una comunicación de «cabeza a
cabeza», sino más bien de «corazón a corazón». Intento ponerme en su piel. Dejo
que «me llegue». Así es la escucha en la oración, porque la comunicación de Dios es
interpersonal. Es de corazón a corazón.

21
Primer día

PRINCIPIO Y FUNDAMENTO

¡ABRE LOS OJOS!

¡Deja que crezca en ti tal pasión


que te haga verdaderamente libre!

SEÑOR DEL CIELO Y DEL SUELO

«Señor del cielo y del suelo


que por dejarlas más claras
las grandes aguas separas,
pones su límite al cielo.

Tú que das cauce al riachuelo


y alzas la nube a la altura,
Tú que en cristal de frescura
sueltas las aguas del río
sobre las tierras de estío
sanando su quemadura,

danos tu gracia, piadoso,


para que el viejo pecado
no lleve al hombre engañado
a sucumbir a su acoso.

Hazle en la fe luminoso,
alegre en la austeridad

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y hágale tu caridad
salir de sus vanidades.
Dale, Verdad de verdades,
el amor a tu Verdad.
José Luis Blanco Vega, SJ

23
Puntos de la mañana
Soy la historia de una fidelidad de Dios
«El hombre es criado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro
Señor y, mediante esto, salvar su ánima; y las otras cosas sobre la haz de la
tierra son criadas para el hombre, y para que le ayuden en la prosecución del
fin para el que es criado...»
[EE 23]

Desde las primeras líneas del libro de los Ejercicios, Ignacio nos sitúa ante una verdad
«como una casa»: Dios me ha creado, Dios me ha llamado y ha estado de muchas
maneras en mi vida... La creación toda procede de Dios. Ignacio parece querer decirnos
que no podremos amar y servir a Dios sin amarlo y servirlo en la creación.
Disponte a experimentarlo, es decir, a experimentar a un Dios que te ama y ha
elegido darse a ti. Él te amó primero. Por eso es importante comenzar los EE recordando
su amor y su gracia en tu «prehistoria» y en tu historia. El Principio y Fundamento (en
adelante, PyF) es una invitación a dejar que Dios te siga amando nuevamente; a
descubrir cómo te ha ido amando de maneras que no entendías o que ni siquiera
sospechabas. El Deus semper maior que sedujo a Ignacio de Loyola, es «mayor», sobre
todo, en el amor. Dios te ama de manera siempre nueva, no es nada aburrido; puede que
seas tú, que seamos nosotros, los aburridos.
Pide a Dios que te conceda una experiencia más profunda de su amor, un
conocimiento interno (íntimo) de la experiencia de ese amor y de cómo puedes
responder a él. Pide también que provoque en ti una generosa y apasionada libertad,
fruto del agradecimiento (en eso consiste lo que llamamos indiferencia ignaciana).
El primer día de EE es un día para dejarse querer, para dejarse amar. No es un día
para enorgullecerse... En «lenguaje ignaciano», tiene que ver con «desear y ofrecer». De
ahí vendrá el MAGIS, el querer servir más y mejor. Hoy es un día para caer en la cuenta
de que lo has recibido TODO. Hoy es un día para recapitular en acción de gracias las
experiencias fundantes de tu vida: aquellas en las que has amado y te has sentido amado.
Es un día para sentir en profundidad que eres un don de Dios para el mundo...
Pide gracia para verte como Dios te ve y soñarte como Dios te sueña (ni a partir de
tus poderes ni a partir de tus fracasos). Antes que amor ofrecido, eres amor recibido (no
tengas tanta prisa en ofrecerte, no vaya a ser que te dirijas a fronteras adonde nadie te ha

24
enviado). Antes que respuesta, eres amor de Dios. En palabras de José Antonio García,
«estamos llamados a construirnos desde la recepción», porque la realidad es que «nos
recibimos mucho más de lo que nos hacemos a nosotros mismos».
Te propongo dos puntos... dos momentos para la oración.

Punto 1º. El Hombre es creado para...

Eres criatura amada por Dios, eres más que tu psicología, más que tus genes, más que la
cultura en la que has nacido, más que tu tradición y tu familia... Eres palabra
pronunciada por Dios. Una palabra que «le ha salido cara» a Dios, pues ha pagado un
elevado precio por ti. No eres una baratija. Nuestro PyF lo constituye el hecho de que
somos criaturas que surgimos del amor de Dios. Somos seres recibidos del Amor.

Textos que te pueden ayudar


Sab 11,24 ss: «Amas a todos los seres y no aborreces nada de lo que has hecho. Si no lo
amaras, no lo hubieras creado».
1 Jn 3,1-3: «Somos hijos de Dios creados por amor».
Lc 12,22-32. Somos criaturas y surgimos de una providencia que nos protege y nos
cuida. «No temas, rebañito menudo, que Dios ha decidido daros el Reino».
Hch 17,28: «En Él vivimos, nos movemos y existimos». Toda la realidad se constituye
en un medio divino (Teilhard de Chardin). Toda la realidad es transparencia de Dios.
La invitación de Ignacio es a descubrir que nos recibimos de Dios. Es una invitación
a irnos descubriendo «en pasiva». Si somos capaces de amar, es porque hemos sido
capaces de descubrir esa pasiva: «soy amado». Soy amado, luego existo. Dios ha
hecho una alianza contigo para siempre.
Dt. 6,6ss: «Queden en tu corazón estas palabras...» Cuando establece una alianza, Dios
la establece de verdad. No es un juego... Se entrega por entero a ti. ¿A qué te invita
este Dios que se te está dando continuamente? Nosotros podemos dar cosas sin
entregarnos nosotros mismos: lo hacemos todos los días; damos cosas sin darnos.
Dios no es así. Dios no puede hacerlo así. Él se nos entrega siempre en aquello que
nos da. De igual manera te invita a ti a ofrecerte en aquello que das. No se trata de
«dar cosas», sino de «darte»; no se trata de «conceder unas horas
(diarias/semanales)», sino de «entregarte».

Punto 2º. ¿Qué surgirá de una visión así?

¿Qué puede pasar en tu vida si crees de verdad lo que Ignacio presenta en el PyF; si

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crees en la «personalización» de la gracia de Dios, en la que tanto insiste Ignacio: «POR
TI». Cristo se encarna por ti, va a la cruz por ti, resucita por ti...?
Cuando nos dejamos llevar de esta visión, surge una confianza radical, entrañable
(desde las entrañas). Ignacio quiere que, ya desde el comienzo, se vaya suscitando en
nosotros el agradecimiento, que es la clave. Los EE buscan que surja el agradecimiento
ante Dios. Ignacio sabe –tú mismo sabes– que, cuando nos sentimos agradecidos, somos
capaces casi de cualquier cosa. Pocas cosas tienen la capacidad de movilizarnos que
tiene el agradecimiento. Deja que surja en ti. Dios te ha creado, Dios te sigue creando,
Dios se ha fiado de ti...

Textos que te pueden ayudar


Rut 1,16: «...adonde tú vayas, yo iré; donde vivas tú, viviré yo. Tu pueblo será mi
pueblo, y tu Dios será mi Dios». De la fidelidad de Rut surgirá la estirpe de David...
¿Qué podrá surgir de tu fidelidad?
Rom 8,31-39: «¿Quién nos separará del Amor de Dios?». En nuestra vida estamos
sostenidos por el amor de Dios. Dios no deja a la creación, sino que sigue presente en
ella. ¿Crees de veras que nada ni nadie podrá separarte del amor de Dios?
Isaías 49,14-16: «¿Es que puede una madre olvidarse de su criatura, no conmoverse por
el hijo de sus entrañas? Pues, aunque ella se olvide, yo no te olvidaré. Mira, yo te
llevo grabado en la palma de mis manos». Tu nombre está tatuado en las manos de
Dios.
Salmo 23: «El Señor es mi pastor, nada me falta. En prados de hierba fresca me hace
reposar, me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas...» Haz una lectura
pausada, agradecida, sapiencial de este salmo. Descansa y reposa en el Señor.

Hoy es un día para sentir que estás inmerso en una historia de amor, para recapitular
en acción de gracias tus experiencias de amar y ser amado. Es un día para sentirte
recibido. Para sentir ese amor del que procedes y en el que estás inmerso.
Eres la historia de una fidelidad de Dios

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Puntos de la tarde
«Hacer lo que Dios quiere y querer lo que Dios
hace»
Es bueno que el último ejercicio de cada día sea de repetición. Volver sobre aquello que
ha provocado en nosotros consolación, invitación, paz... Pero no solo. También es
fecundo volver a visitar aquellos «lugares» en los que hemos encontrado resistencia,
desolación, desánimo...
Asimismo, es fundamental que recuerdes la importancia del cuidado de los
momentos de examen de la oración: qué pasa por ti (y en ti) en el tiempo de la oración.
La experiencia de la vida nos enseña que «más importante que lo que nos pasa es qué
hacemos con lo que nos pasa» (A. Tornos).
En la oración, como en otros ámbitos de la vida, más importante que hablar es
escuchar. No es mejor oración la que se nos llena de palabras... No se han de llenar
nuestros EE de palabra «nuestra», sino de escucha de la palabra de OTRO. Escucha que
busca entender, comprender, ser consciente, entablar relación y, también, elegir.
Hoy es un día de alabanza, hecho para el canto. Es momento para caer en la cuenta
de lo que Dios ha hecho por ti, para ti y en ti. Y comenzando con un acto de fe: Dios mío
sé que estás aquí, conmigo...

Petición para esta tarde:


Dios mío, ensánchame el alma para descubrir cómo eres conmigo.
Te invito a dedicar esta tarde a continuar recapitulando las experiencias de amar y ser
amado, como hemos hecho esta mañana... Pero también, a la vez, a enriquecer este
ejercicio recapitulando también las heridas, el dolor que nos ha hecho crecer. La vida, el
crecimiento, nuestra madurez... no transcurren de éxito en éxito... Hay un tipo de
experiencia humana (y por ello espiritual) que necesitamos procesar: la experiencia del
fracaso y la limitación[14]. Solo así podemos dirigir nuestra libertad hacia el misterio de
Dios. Las cicatrices son muy importantes en nuestra vida. Nos señalan lo que fue herida
y ya está curado y forma parte de nosotros. De la misma manera que, si miramos nuestro
cuerpo, al ver las cicatrices en nuestra piel, podemos recordar momentos de nuestra
vida[15] (este es un ejercicio que puede resultar interesante), al contemplar las cicatrices
de nuestra psicología y de nuestra alma, también se nos vienen a la memoria momentos
significativos de nuestra vida.

27
Desde la certeza de que Dios ha estado siempre ahí, acompañándote, descubre que el
mundo, tu vida, tu historia... se transforman en «lugares» en los que puedes ser amado y
amar. Nuestra vida es el lugar donde podemos servir a Dios. Es la creación el lugar en el
que somos amados por Dios y en el que estamos llamados a servirle.
¿A qué das importancia en tu vida? ¿Hacia qué sientes atracción? ¿Qué consideras la
gloria de tu «yo»: tus títulos académicos, tu personalidad, tus éxitos, la atracción que
puedas despertar en otros, tu físico...? ¿De qué te glorías en tu vida?
En el PyF, Ignacio nos recuerda que estamos llamados a elegir un yo cuya gloria es
haber sido amados y llamados por Dios.

«No hay nada más práctico que encontrar a Dios. Es decir, enamorarse
rotundamente y sin ver atrás. Aquello de lo que te enamores, lo que arrebate tu
imaginación, afectará todo. Determinará lo que te haga levantar por la mañana, lo
que harás con tus atardeceres, cómo pases tus fines de semana, lo que leas, a
quién conozcas, lo que te rompa el corazón y lo que te llene de asombro con
alegría y agradecimiento. Enamórate, permanece enamorado, y esto lo decidirá
todo»
(PEDRO ARRUPE).

Pero esta forma de vivir y entregarse está amenazada: no es algo que viene sin que lo
hayamos llamado; es algo que hemos de educar y pedir... Esta forma de vida está hecha
de voluntad, que, como bien sabía el de Loyola, es una potencia del alma profundamente
importante en la vida espiritual. Voluntad (no voluntarismo) que está indisolublemente
asociada con la libertad.
«...es menester hacernos indiferentes a todas las cosas criadas, en todo lo que
es concedido a la libertad de nuestro libre albedrío, y no le está prohibido; en tal
manera, que no queramos de nuestra parte más salud que enfermedad, riqueza
que pobreza, honor que deshonor, vida larga que corta, y por consiguiente en
todo lo demás; solamente deseando y eligiendo lo que más nos conduce para el
fin que somos criados» [EE, 23].
No pocas veces, la palabra «indiferencia» la tenemos asociada a indolencia, apatía,
despreocupación, frialdad... Por eso puede resultar confuso que una de las palabras clave
de la espiritualidad ignaciana sea, precisamente, «indiferencia». Pues bien, la
indiferencia constituye el «do de pecho» de la espiritualidad ignaciana. No es apatía
existencial, sino pasión por Dios y sus cosas. La indiferencia es fruto de la atracción que
ejerce el Dios de la vida en nosotros... La indiferencia consiste, en formulación de San
José María Rubio, en «hacer lo que Dios quiere y querer lo que Dios hace».
«Hacerte indiferente» consiste en vivir una pobreza tal que es capaz de romper hasta
tu auto-imagen. La indiferencia supone ser libre incluso, de tu auto-imagen, de tu
«imaginario». ¿Está tu autoestima, tu autorrealización, en el vértice de la escala? ¿Está el
mundo girando en torno a tu ombligo? ¿Te tomas demasiado en serio a ti mismo? ¿Te

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das demasiada importancia?
Si la respuesta a alguna de estas preguntas te hace sospechar que quizá te pones
demasiado en el centro, tal vez te ayude, como a mí, escuchar unas palabras de Pedro
Arrupe tituladas A un joven que quisiera ser jesuita yo le diría... (y que creo que pueden
aplicarse a la vida de muchas otras personas):
«Quédate en tu casa si esta idea te pone inquieto y nervioso. No vengas a
nosotros si es que amas a la Iglesia como a una madrastra y no como a una
madre; no vengas si piensas que con ello vas a hacer un favor a la Compañía de
Jesús. Ven si para ti el servicio a Cristo es el centro de tu vida. Ven si tienes unas
espaldas suficientemente fuertes, un espíritu abierto, una mente razonablemente
abierta y un corazón más grande que el mundo. Ven si sabes ser bromista y reírte
con otros y... en ocasiones, reírte de ti mismo».
Ignacio quiere que sepamos vivir con pasión los años que vayamos a tener por
delante. Vivir apoyados en el PyF, no en nuestros «poderes». Pregúntate: ¿en qué apoyas
tu vida?, ¿de qué te enorgulleces? El verdadero amor a uno mismo surge de no tomarte
demasiado en serio, de no ponerte en el centro ni a ti mismo ni tus cosas, sino a Dios y
las suyas. La clave está en apasionarte por Dios para lograr la indiferencia. Y para
«lograr» la indiferencia, lo que hay que pedir es la pasión... Porque, cuanto más grande
sea esa pasión por Dios, tanto mayor va a ser tu libertad.

Tres rutas posibles para esta tarde


1. Continuar recapitulando las experiencias de amar y ser amado; y las heridas, el dolor
que nos ha hecho crecer.

2. Orar tu «pasión» por Dios. ¿Cómo está tu pasión por Dios?


Mt 13, 44-46. El tesoro escondido y la perla escondida: «por la alegría que le da,
va, vende todo lo que tiene y compra el campo aquel».
Son dos parábolas muy parecidas, pero nos presentan dos tipos de personas que se
encuentran con «lo valioso». Uno, el tratante en perlas, estaba en búsqueda; el otro se
encuentra con el tesoro «sin comerlo ni beberlo». Así nos ocurre en la vida: unas veces
encontramos sin buscar, y otras lo encontramos después de llevar tiempo buscando. Pero
ambos van y venden todo lo que tienen. Les ha «tocado el gordo». En ambos casos, el
«quicio» de la parábola es la alegría.

¿Cómo va tu pasión por Dios?


¿Qué acude a ti sin llamarlo?
¿Qué dinamismos positivos y negativos influyen en tu pasión por Dios?
¿Cuál es tu tesoro? Porque ahí va a estar tu corazón.
¿Qué llena de alegría tu vida como para venderlo todo?

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Salmo 16. «Tú eres mi Señor, mi bien, nada hay fuera de ti».

3. Oración de reconocimiento y adoración de la soberanía de Dios. Él es mi Absoluto.

Job 38 y 39. El primer discurso de Yahveh a Job. Léelo despacio, sapiencialmente,


saboreando lo que lees. Escucha al Dios Padre de Jesús decírtelo a ti:
«¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra...?»
«¿Quién fijó sus medidas...?»
«Quién abre un canal al aguacero...?»
«¿Por orden tuya se remonta el águila y pone su nido en las alturas?»

Judith 9,11ss.
«No está en el número tu fuerza,
ni tu poder en los valientes...
sino que eres el Dios de los humildes,
el defensor de los pequeños,
apoyo de los débiles,
refugio de los desvalidos,
salvador de los desesperados».

Judith. 8,11-17
«¿Cómo vais a escrutar a Dios, que hizo todas las cosas...?».

¡Deja que crezca en ti tal pasión


que te haga verdaderamente libre!

14. Como ya he dicho, identificar los «regalos» de Dios con lo que me ha ido bien es una
identificación muy peligrosa.
15. Aquella cicatriz que te recuerda la «burrada» que hiciste con la bicicleta; aquella
cicatriz que te trae a la memoria aquel codazo al ir a por un rebote; aquella cicatriz
que te puede recordar un verano, una persona, una mala decisión, un susto...

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Segundo día

PRIMERA SEMANA:
DESCUBRIR MI PECADO

¡ABRE LOS OJOS!

¡Deja que crezca en ti tal pasión


que te haga verdaderamente libre!

ALFARERO DEL HOMBRE

Alfarero del hombre, mano trabajadora


que de los hondos limos iniciales
convocas a los pájaros a la primera aurora,
al pasto los primeros animales.

De mañana te busco hecho de luz concreta,


de espacio puro y tierra amanecida.
De mañana te encuentro, Vigor, Origen, Meta
de los sonoros ríos de la vida.

El árbol toma cuerpo y el agua melodía,


tus manos son recientes en la rosa,
se espesa la abundancia del mundo a mediodía
y estás de corazón en cada cosa.

No hay brisa si no alientas, monte si no estás dentro,

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ni soledad en que no te hagas fuerte.
Todo es presencia y gracia. Vivir es este encuentro:
tú por la luz, el hombre por la muerte.

¡Que se acabe el pecado! Mira que es desdecirte


dejar tanta hermosura en tanta guerra.
Que el hombre no te obligue, Señor, a arrepentirte
de haberle dado un día las llaves de la tierra.
José Luis Blanco Vega, SJ

Tan real como la misericordia de Dios lo es, en muchas ocasiones,


nuestra deficiente y distorsionada respuesta. El Principio y
Fundamento no es siempre nuestro plan real de vida. En nos-otros
existen dinamismos de vida, pero también de muerte... Soy víctima y
verdugo de una situación que me hiere a mí y a mis semejantes. La
cara del pecado es algo serio: no se debe bromear con esto... El
pecado es tóxico y puede llegar a ser mortal. Pero el pecado no tiene
la última palabra...

32
Puntos de la mañana
El pecado en el mundo

Hablar del pecado hoy no es fácil... Del «todo es pecado» puede que no pocos hayan
pasado al «nada es pecado». No siempre somos conscientes de que lo que hacemos tiene
consecuencias tanto para nosotros como para los demás. Y, además, siempre vemos
mejor el pecado cuando ocurre fuera de nosotros y es otro quien lo comete...
Sin embargo, es importante que consideremos, que nos detengamos a re-caer en la
cuenta de lo que es el pecado y, más importante aún, dónde está el pecado en la vida de
las personas. Se trata de ir aprendiendo a acercarnos al pecado. Pero acercarnos de una
manera nueva, esperanzada, de una manera cristiana. Porque no siempre nos acercamos
al pecado cómo Jesús nos enseñó. Ignacio nos propone entrar a considerar el pecado
desde el amor de Dios. Esta es la forma cristiana de acceder al pecado. Solo quien tiene
la experiencia de haber sido amado y sostenido por Dios entiende la gravedad del
pecado. Entiende que este no es la transgresión de una ley, sino algo más grave: la
ruptura de una alianza.
La idea de pecado la hemos recubierto de conceptos que no ayudan: impureza,
mancha, transgresión, equivocación, problemas psicológicos, meteduras de pata..., todos
ellos insuficientes y, en el mejor de los casos, equívocos. Esto hace que no siempre nos
encontremos con una conciencia cristiana de pecado, sino con otras cosas, como pueden
ser: perfeccionismo, narcisismo, heteronomía, culpabilización cercana a la patología...
El pecado no es la estación termini, pero sí es una meta volante. Es una puerta que
tenemos que atravesar. La conciencia cristiana del pecado es una gracia, y por eso la
tenemos que pedir.
Una tentación en la que podemos caer al considerar el tema del pecado consiste en
centrarnos demasiado pronto en nuestro pecado personal. Ignacio, en sus EE, no
comienza por el pecado personal. Propone primero considerar el pecado, por decirlo de
alguna manera, en «estado puro». Contemplar primero el pecado del mundo, el pecado
estructural... Sería algo así como considerar el pecado proyectado fuera de nosotros
(donde puede ser más sencillo reconocerlo), para a continuación, como David tras la
visita de Natán, tener la experiencia de escuchar en nuestro corazón: «tú eres ese
hombre».
Así pues, no corras hacia el pecado personal, hacia tu pecado. Contempla primero el
pecado en el mundo, el pecado estructural, del que, evidentemente, eres también

33
cómplice y víctima. Y para ello te propongo unas...

Notas previas para acercarte al pecado

Por supuesto, no me las invento. En los EE de san Ignacio, el ejercitante dedica la


primera semana a ponerse en presencia de Dios desde su propia realidad de pecado.
Porque la persona que desea seguir al Señor precisa ser consciente no solo del tesoro que
lleva en su interior, sino también del barro de que está hecho. Y esto no debemos
olvidarlo nunca: no nos acercamos a nuestro pecado para flagelarnos o culpabilizarnos.
En cristiano, nos acercamos al pecado para caer en la cuenta de forma más nítida, del
amor de Dios. Nos acercamos al pecado para aprender a amar más y mejor...
Probablemente, desde nuestra realidad de pecado podemos descubrir más y mejor la
Alianza que Dios ha sellado con nosotros. Porque el pecado, y por aquí empiezo, no es la
transgresión de unas normas ni es una multa de tráfico; el pecado es ruptura de una
Alianza.
Vayamos, pues, con esas notas para acercarnos al pecado.

[Primera nota]
Si «hiciéramos» la historia de las personas que se han acercado a la realidad de su
pecado, nos encontraríamos, por lo menos, con dos tipos de «relatos»:

a) Narraciones de historias de conversión. Personas cuyo horizonte de vida cambia,


cuyo imaginario «queda (felizmente) tocado». Personas que han sido
«alcanzadas» por el Señor, que han sido «atraídas» por él...:
– «de oídas Te conocía...» (Job 42,5);
– «juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo
Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas, y las tengo por basura para
ganar a Cristo» (Flp 3,8);
– «daré, Señor, la mitad de mis bienes a los pobres; y si en algo defraudé a
alguien, le devolveré el cuádruplo» (Lc.19,8).

b) Narraciones de historias de «tortura». De miedo. De personas que se han


«triturado» pensando que su pecado era tan grave que «ni siquiera Dios podía
perdonarlo». Personas des-esperadas. Duras consigo mismas y duras con los
demás. Personas que se sienten fuera del perdón...

Lo que separa a unas historias de otras es «de la mano de quién vamos»; es si hemos
descubierto que Dios es Amor, [en lenguaje ignaciano podría decirse: si hemos hecho o
no el Principio y Fundamento], puesto que la conciencia cristiana de pecado solo puede

34
brotar de una relación personal con Dios. No debemos confundir la conciencia madura
de pecado con la culpabilidad narcisista... No hablo de evitar «toda culpabilidad», sino
«aquella culpabilidad patológica que es, en muchos casos, fruto de un perfeccionismo
narcisista, de una imagen falsa de Dios y de la religión, de un infantilismo moral». La
culpa madura, la culpa que debemos procesar en nuestro corazón (y que así entendida
nos hace mejores personas), es la que tiene que ver con nuestra responsabilidad, con la
verdad de lo que somos y lo que hacemos. Quien hace daño a los demás y no se siente
culpable, quien no tiene necesidad de reconciliación, no es alguien sano; es,
probablemente, un psicópata.

[Segunda nota]
Ante el pecado podemos adoptar varias «estrategias», pero una sola es la cristiana y la
que nos hace crecer:

a) Olvido: «esto lo hice yo, dice la memoria; esto no he podido hacerlo, dice mi
orgullo; al final cede la memoria» (F. Nietzsche). Esto no resuelve el problema,
porque el olvido no es buena terapia. En el fondo, el olvido, es negación.
b) Búsqueda de «chivos expiatorios»: Trump, Putin, el gobierno, el capitalismo, los
curas, mi suegra, «el otro»... En definitiva, no soy responsable. Este es uno de los
primeros pecados que narra la Biblia: «no fui yo, fue la mujer que me diste». No
pocos de nosotros utilizamos también como chivos expiatorios la psicología, la
sociología, el ambiente, la familia... En el fondo, se trata de escudarnos en el
hecho de que «yo soy pecador, porque el mundo me ha hecho así..., y no es culpa
mía».
c) Referir la experiencia de culpa a mi «yo psicológico», a mi autoimagen.
Trituración psicológica interior sin más referente que mi propia autoimagen
(«contra mí, contra mí solo pequé»). En el fondo, es dar poder a ese «duende
narcisista», a ese «duende fariseo» que llevamos dentro.
d) No ocultarme que soy un pecador, como el publicano de la parábola («ten piedad
de mí, que soy un pecador»: Lc 18,9-14), pero un pecador incondicionalmente
amado por Dios. Es descubrir y aceptar que Dios siempre es bueno, sea yo bueno
o sea malo (parábola de los jornaleros de la viña: Mt 20,1-16). ¡La de tiempo que
perdemos intentando hacer a Dios bueno! Lo que necesitas entender
entrañablemente es que Dios ya es incondicionalmente bueno. Ese Dios, padre y
madre, está continuamente pronunciando sobre ti una palabra de amor
incondicional, auténticamente incondicional. Demasiado a menudo, en nuestras
relaciones no vivimos esta incondicionalidad. Pasamos facturas... Manipulamos...
Nos servimos del otro, no le servimos... Sin embargo, somos criaturas
incondicionalmente amadas por Dios: se trata tan solo de creérnoslo.

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[Tercera nota]
En la oración, a veces sin querer, podemos ponernos en el centro. Al considerar el tema
del pecado, es importante que salgas de tu «circuito de conciencia». Intenta que tu
mirada se desvíe y se centre en el Crucificado, porque es ante él donde el pecado muestra
su verdadero rostro. Cristo en cruz es icono de la gravedad del pecado, de hasta dónde
puede llegar tu pecado, nuestro pecado. Pero la cruz es algo más... También es icono de
hasta dónde llega el amor de Dios.

¿Qué ven nuestros ojos cuando se fijan en el Crucificado?


Verán injusticia, fealdad, incomprensión, tortura, sufrimiento...; verán a un inocente.
Pero como creyentes veremos un «algo» más en ese crucificado, porque estamos
invitados a tener una mirada teologal. «Ante el Crucificado, una lectura simplemente
sociológica o política no puede hablar más que de confrontación, juicio sumarísimo,
condena a muerte... Una lectura ética puede añadir más. Puede hablar de injusticia,
calidad moral de Jesús, juicio guiado por intereses... Una lectura teológica afirma, sin
negar nada de lo anterior, que “En Jesús que muere, el Hijo de Dios muere”.
Desteologizar la cruz es destruirla como recuerdo “peligroso”. Porque una cosa es
interpretar sociológicamente un hecho; otra, calificarlo ética o políticamente; y otra muy
distinta –distinta porque convierte las dos anteriores en literalmente aterradoras-, narrar
que, en un hombre que muere, muere un hijo de Dios»[16]. ¡Qué falta tenemos de
personas con esta mirada teologal...!

¿Qué nos revela esta mirada teologal?


a) Dios mismo queda «alcanzado» por nuestro pecado. El pecado no es simplemente
algo «mundano» que no afecte a Dios.
b) Si desviamos nuestra mirada hacia el crucificado, puede que lleguemos a ser capaces
de pronunciar dos verdades:
– «¡Dios mío, qué grave es el pecado, que mata al Hijo de Dios!»
– «¡Dios mío, qué grave es el pecado, que continúa matando a hijos e hijas de
Dios!»
c) Y también se nos revela que la respuesta del Crucificado es de misericordia,
envolvente y definitiva.

Hazte ahora, con cariño, dos preguntas:


– Dios mío ¿cómo estás tú en la oscuridad del mundo y en mi propia oscuridad?
– ¿Cómo estás en el pecado del mundo en el que yo participo?

El objetivo de estas preguntas no es simplemente descubrir el pecado. El gran fin es


descubrir la misericordia de un Dios que te/nos ama por encima de todo, incluso por

36
encima del pecado. Pese a todo, NADA puede separarte/nos del amor de Dios.

[Cuarta nota]
El pecado no es problema interior de tu conciencia. Es un problema de libertad mal
elegida. Es un hacer «contra tanta bondad» (contra el agradecimiento). Y es que a veces
elegimos y servimos mal. Es necesario salir de nuestra conciencia y ver la realidad... Mi
pecado no es mi problema; mi pecado es nuestro problema. Mi pecado me hace daño,
pero también mi pecado NOS hace daño. Mi pecado tiene también una dimensión social,
comunitaria...
No se trata de ver «lo malo que eres»; se trata de sentir «cómo el pecado se opone al
sueño de Dios».

[Quinta nota]
Necesitamos de la revelación de Dios para conocer nuestro pecado; es una gracia.
Nuestra labor es necesaria, pero también es un don gratuito de Dios que hay que pedir.
Necesitamos contemplar, considerar y ponderar; lo emotivo es importante, pero
demasiada emoción puede ser como «humo que se esfuma». Cuando Ignacio habla del
pecado, anima a utilizar las tres potencias del alma: memoria, entendimiento y
voluntad... Utilizar todo nuestro ser (cabeza y corazón). Es un error acercarnos al pecado
de una forma meramente intelectual, pero también lo es acercarnos solo desde nuestras
emociones...

[Sexta nota]
Y, finalmente, no olvidemos nunca que partimos de una historia de amor, de una
Historia de Liberación, de una Historia de Salvación: «...cuando Israel era niño, yo le
amé...»; «¿cómo voy a dejarte, Efraín; como entregarte, Israel?» (Os. 11,1-9).

En resumen:
El acercamiento al pecado debe hacerse desde la fe, desde la confianza, teniendo como
fondo la cruz de Cristo y desde la experiencia profunda de ser persona pecadora pero
salvada por Jesucristo. Lo central no es el pecado, sino el amor salvador de Dios
manifestado en Cristo Jesús. Así, la meditación del pecado no será una tortura
deprimente y, por tanto, infecunda; sino la concienciación profunda, re confortante y
renovadora del amor de Dios, que provoca en ti el deseo de conversión.
¡No entres solo en la experiencia de tu pecado!
Y si entras bien acompañado, el Resucitado estará allí repitiéndote esa frase tan
querida para Él: ¡No tengas miedo!

37
EL TEXTO IGNACIANO

No es mi intención transcribir el libro de los EE, pero sí lo haré en algunos momentos,


como en este caso del «primer ejercicio de la primera semana», porque puede ser de
ayuda para que el lector menos familiarizado con la oración ignaciana pueda entender
mejor la «dinámica y las partes de la misma».

[45] PRIMER EXERCICIO ES MEDITACIÓN CON LAS TRES POTENCIAS SOBRE EL 1º, 2º Y 3º PECADO;
CONTIENE EN SÍ, DESPUES DE UNA ORACIÓN PREPARATORIA Y DOS PREÁMBULOS, TRES PUNTOS
PRINCIPALES Y UN COLOQUIO

[46] Oración. La oración preparatoria es pedir gracia a Dios nuestro Señor, para que
todas mis intenciones, acciones y operaciones sean puramente ordenadas en
servicio y alabanza de su divina majestad.

[47] 1º preámbulo. El primer preámbulo es composición viendo el lugar. Aquí es de


notar que en la contemplación o meditación visible, así como contemplar a
Cristo nuestro Señor, el cual es visible, la composición será ver con la vista de la
imaginación el lugar corpóreo donde se halla la cosa que quiero contemplar.
Digo el lugar corpóreo así como un templo o monte donde se halla Jesu Cristo o
nuestra Señora, según lo que quiero contemplar. En la invisible, como es aquí de
los pecados, la composición será ver con la vista imaginativa y considerar mi
ánima ser encarcerada en este cuerpo corruptible, y todo el compósito en este
valle como desterrado entre brutos animales. Digo todo el compósito de ánima
y cuerpo.

[48] 2º preámbulo. El segundo es demandar a Dios nuestro Señor lo que quiero y


deseo. La demanda ha de ser según subiecta materia, es a saber, si la
contemplación es de resurrección, demandar gozo con Cristo gozoso; si es de
pasión, demandar pena, lágrimas y tormento con Cristo atormentado. Aquí será
demandar vergüenza y confussión de mí mismo, viendo quántos han sido
dañados por un solo pecado mortal y quántas veces yo merescía ser condenado
para siempre por mis tantos peccados.

[49] Nota. Ante todas contemplaciones o meditaciones, se deben hacer siempre la


oración preparatoria sin mudarse y los dos preámbulos ya dichos, algunas veces
mudándose, según subyecta materia.

[50] 1º puncto. El primer puncto será...

38
[51] 2º puncto. El segundo...

[52] 3º puncto. El tercero...

[53] Coloquio. Imaginando a Cristo nuestro Señor delante y puesto en cruz, hacer un
coloquio; cómo de Criador es venido a hacerse hombre, y de vida eterna a
muerte temporal, y así a morir por mis pecados. Otro tanto, mirando a mí
mismo, lo que he hecho por Cristo, lo que hago por Cristo, lo que debo hacer
por Cristo; y así viéndole tal, y así colgado en la cruz, discurrir por lo que se
offresciere.

[54] El coloquio se hace propiamente hablando, así como un amigo habla a otro, o
un siervo a su Señor; quándo pidiendo alguna gracia, quándo culpándose por
algún mal hecho, quándo comunicando sus cosas, y queriendo consejo en ellas;
y decir un Pater noster.

Al entrar en la primera semana, Ignacio empieza a estructurar la oración.

* Oración preparatoria:
«Que todas mis intenciones, acciones y operaciones...».
Aparece por primera vez la oración preparatoria, que estará presente, de aquí en
adelante, en todas y cada una de las oraciones de EE. Quizá la expresión ignaciana pueda
sonarnos algo «difícil» de entender; creo que no sería falsear la intención ignaciana si la
traducimos por: «Señor, quiero articular mi libertad en tu libertad». Que lo que hago en
la vida y lo que la vida hace en mí quede ordenado.

* Composición de lugar:
«considerar mi ánima ser encarcerada en este cuerpo corruptible, y todo el
compósito en este valle como desterrado; entre brutos animales. Digo todo el
compósito de ánima y cuerpo...»
Ignacio busca, con la composición de lugar, hacer que la imaginación entre en la
oración para que también esté ordenada. En este ejercicio nos presenta la imagen de
cárcel/destierro (imaginarme encarcelado y desterrado). Puede ser de ayuda la lectura de
«La oración de los desterrados» (Baruc 1,15 – 3,8)

* Petición:
«demandar vergüenza y confussión de mí mismo»[17].
Podríamos decir que la petición cumple en los EE un doble objetivo. Por un lado,
constituye el objetivo de nuestra oración. Por otro, nos sitúa en una relación profunda

39
con Dios, en la que nos reconocemos necesitados de su ayuda; nos ubica en una actitud
de humildad[18].
En la contemplación del pecado esa vergüenza y confusión de la que habla Ignacio
no son principalmente algo psicológico, sino una realidad teologal. Se trata de tener
conciencia de nuestra verdad ante Dios. Ante el pecado, no puedes sentir otra cosa. Ante
la maravilla de la obra del amor de Dios y ante el agradecimiento que sientes, si
contemplas la realidad del pecado solo puedes sentir vergüenza, dolor y pena... Pero no
lo pedimos para que nos centremos solo en nuestros sentimientos o «posos»; en el fondo,
lo que Ignacio busca es que, al final de esta segunda semana, te preguntes: ¿Señor qué
quieres que haga?
Esta mañana, en el ritmo de EE que te sugiero, vas a considerar el pecado estructural.
Como ya te dije más arriba, no tengas prisa por llegar a tu pecado personal.

Puede ayudar también a lo largo del día, bien en algunos de los ratos de oración,
bien en otros momentos:

1) Contemplar el pecado del mundo en la historia de la Humanidad, en la sociedad


(detenernos en la situación actual del mundo). Cómo el hombre mata al hombre:
por idolatría al manipular a Dios, ponerle otros nombres y hacer un Dios a
nuestra imagen y semejanza, por infidelidad, por frivolidad, por desidia en el
compromiso con Dios, por injusticia al olvidar al pobre, por fariseísmo, al
preocuparnos más por la apariencia que por el fondo de las cosas, por prestar
más atención a las categorías que a las personas.
2) Contemplar los efectos del pecado. El pecado de unos ha influido e influye en
otros. Los egoísmos, las envidias, la opresión y explotación de unos hombres
por otros, las mafias, la indiferencia ante el dolor ajeno, los miles y miles de
vidas cercenadas, el racismo, la homofobia, la violencia machista... El pecado
produce muerte, guerras, vidas frustradas... En tu mundo, en nuestro mundo,
sigue habiendo crucificados, varones y mujeres concretos...

* Puntos para la oración.


Proponemos dos rutas diferentes:

1ª. Recorrer tres momentos en la «historia» del pecado:


a) Gn 3 (Adán y Eva).
El pecado va «escalando» posiciones... El pecado «comienza» cuando el ser humano
se enfrenta a Dios. Surge del hecho de no estar contento ni reconciliado con el don de
Dios, de no aceptar quién soy, de no aceptar ser creatura. El Génesis nos presenta a un
Adán que no se acepta a sí mismo. Vive queriendo ser una cosa que cree que es más. En
el fondo, no es capaz de vivir en acción de gracias, no ha entendido que la gloria de Dios

40
es que su verdad se realice. Es importantísimo estar contento con el don que nos ha sido
dado, con nuestra realidad de creaturas. Necesitas/necesitamos aceptar que «no
eres/somos Dios».
b) Gn 4, 1-16 (Caín y Abel).
El pecado continúa su escalada. Ahora el ser humano se vuelve contra otro ser
humano, contra su hermano. El pecado de Caín nace de la comparación y de la
envidia. Con la envidia, el pecado se hace más duro, porque la envidia es
potencialmente homicida. El Génesis nos presenta un Caín en quien se genera una
humillación asesina. En Caín sabemos que el pecado puede llegar a matar al ser
humano. El pecado es letal, afectiva y efectivamente letal.
c) Gn 11,1-9 (Torre de Babel).
Ya no es el hombre contra Dios, o contra su hermano. La escalada llega a «todos
contra todos y contra Dios». Es el caos que se produce en un mundo que estaba
ordenado. Si el Espíritu de Dios es cosmos (orden), el pecado es caos (desorden). El
relato de Pentecostés está escrito en contraste con Babel. El Espíritu es el que nos
ayuda a entendernos de nuevo. Si en Babel «ya no se entienden», en Pentecostés
«cada uno les escucha en su propia lengua».
En el fondo, el pecado en la Biblia «comienza» cuando la humanidad niega lo
que es para pretender ser lo que no es.

2ª. Contemplar en la Escritura cómo está Dios en el pecado del mundo:


a) Ez 16. La parábola de la humanidad.
Así está Dios en el pecado del mundo: «yo pasé junto a ti y te vi agitándote en tu
sangre y te hice crecer como la hierba de los campos...» Al final nos encontramos
con un Dios/esposo que vuelve a pasar por el arroyo y dice: «yo me acordaré de la
alianza que hice contigo cuando eras moza». En el pecado del mundo Dios está
renovando su alianza. Perdonando.
Cuenta Jon Sobrino que aprendió de los campesinos salvadoreños lo que era el
perdón. En cierta ocasión, preguntó a una persona cómo podía perdonar a los
militares que habían matado a su hijo. Y esa persona le contestó: «Porque tenemos
que dar futuro a la gente». Es una definición hermosa. Perdonar es dar futuro a la
gente. Es decirle a alguien que tiene futuro.
Así está Dios en el pecado del mundo, dándonos futuro.
b) Las tres parábolas de Lc 15.
En estas tres parábolas nos dice Jesús cómo está Dios en el pecado del mundo. ¡Ojo!
No las leas como si te las conocieras de memoria; intenta abrir los ojos y el corazón
para recibir como algo nuevo la buena noticia que nos está anunciando Jesús.
«Todos los publicanos y los pecadores se acercaban a él para oírle, y los

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fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: “Este acoge a los pecadores y
come con ellos”».

Ante lo que los fariseos decían de Jesús, él habla de la oveja perdida, de la


moneda extraviada y del padre misericordioso. La clave está en la alegría del pastor,
de la mujer y del padre que recuperan lo que habían perdido. Después de leer
despacio los textos... ¿crees de verdad que Dios es así?; ¿eres consciente de las
consecuencias que tiene creer en un Dios semejante?

Lee despacio estas tres parábolas. Así está Dios en el pecado del mundo:
– Como el pastor que deja a sus otras ovejas y va a buscar a la que se fue, a la que
se perdió, a la que está en peligro...; y, por si no has caído en la cuenta, no se nos
dice ni hasta dónde se alejó la oveja ni cuántos días tardó el pastor en encontrarla.
– Como la mujer que pone la casa «patas arriba» hasta que encuentra la moneda
que había perdido; y tampoco, en esta parábola se nos dice el tiempo que tardó,
ni el trabajo que le dio, ni el tiempo que le llevó volver a poner en orden su casa.
– Como ese «pedazo de padre» que, al ver venir a su hijo desde lejos (porque, sin
duda, estaba siempre mirando en esa dirección), lo recibe, lo reconstituye, lo
reconstruye: «ponedle un vestido» (lo reconoce como ser humano); «calzadlo»
(le devuelve la libertad); poned un anillo en su dedo (lo reconoce como hijo).

Ojalá lleguemos a entender a ese pastor, a esa mujer y, sobre todo, a ese Padre.

Siempre que contemples una escena del Evangelio «métete» en ella, escucha, mira,
lee despacio el texto, deja que te toque el corazón... y la cabeza.
Y después, como diría san Ignacio, «reflectir (reflexionar) para sacar algún
provecho».

*  Terminar la oración con un coloquio[19] ante el gran icono de esta primera semana:
el Crucificado (recordemos que en el Crucificado la misericordia de Dios y el amor
humano en plenitud aparecen asumiendo nuestro pecado). Es un coloquio desde la
vergüenza y confusión, que es lo que hemos pedido, pero también desde el
agradecimiento: ¡Gracias, Señor, porque he pecado, y me perdonas!

En palabras de Ignacio:

«Imaginando a Cristo nuestro Señor delante y puesto en cruz, hacer un


coloquio; cómo de Criador es venido a hacerse hombre, y de vida eterna a
muerte temporal, y así a morir por mis pecados. Otro tanto, mirando a mí

42
mismo, lo que he hecho por Cristo, lo que hago por Cristo, lo que debo hacer por
Cristo; y así viéndole tal, y así colgado en la cruz, discurrir por lo que se
offresciere» [EE. 53].

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Puntos de la tarde
Soy un pecador salvado
por la fidelidad de Dios

«Tú eres ese hombre»


(2 Sam 12,7)

Puede ser de ayuda releer las notas previas para acercarme a mi pecado personal. Tras
«contemplar» esta mañana el pecado del mundo, te invito a prestar oído a las palabras
que David escuchó de boca de Natán: «tú eres ese hombre».

* Petición para esta tarde:

[55] «será aquí pedir crescido y intenso dolor y lágrimas de mis pecados».

Esta tarde la petición es de dolor y lágrimas por mis pecados. Buscamos, de alguna
manera, que se conmuevan nuestras entrañas al caer en la cuenta de lo que hemos hecho.
Se trata de pedir la conciencia de pecado, de experimentar lo que a Pedro le hizo decir:
«apártate de mí, que soy un pobre pecador» (Lc 5,8).

* Terminaremos la oración con un coloquio, que en esta ocasión será un TRIPLE


COLOQUIO:

[63] 1º coloquio. El primer coloquio a nuestra Señora, para que me alcance gracia de
su Hijo y Señor para tres cosas: la primera, para que sienta interno
conoscimiento de mis peccados y aborrescimiento[20] dellos; la 2ª, para que
sienta el dessorden de mis operaciones, para que, aborresciendo, me enmiende
y me ordene; la 3ª, pedir conoscimiento del mundo, para que, aborresciendo,
aparte de mí las cosas mundanas y vanas; y con esto un Ave María. 2º coloquio.
El segundo, otro tanto al Hijo, para que me alcance del Padre; y con esto el
Anima Christi. 3º coloquio. El tercero, otro tanto al Padre, para que el mismo
Señor eterno me lo conceda; y con esto un Pater noster.
En este triple coloquio estás pidiendo alcanzar gracia para tres cosas:

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– interno conocimiento de tus pecados (hechos);
– sentir el desorden de tus operaciones (posos que deja la vida);
– conocimiento del mundo (contexto en el que vivo).

Una ruta posible para rezar sobre tu pecado es a través de las categorías de pecado
que Israel fue encontrando en su historia. Cómo va descubriendo Israel lo que le aparta
de Yahveh, lo que le hace romper la alianza:

«Descubrir tu pecado personal en las categorías del pecado de Israel».

1. Idolatría
El culto a los dioses de los pueblos vecinos constituyó una tentación recurrente para el
pueblo de Israel. Entonces, como ahora, los «dioses cananeos» se presentan como dioses
atractivos y cómodos: los vemos, podemos manipularlos, podemos regatear con ellos...
Nos volvemos hacia un dios palpable, maleable, hecho a nuestra medida:

«Ídolos de oro y plata, obra de manos de los hombres que tiene boca y no hablan,
ojos y no ven» (Sal 135).

Una historia comparada de las religiones nos permitiría ver que las religiones
idolátricas, muy a menudo, acaban derivando hacia sacrificios humanos. Sabemos por
experiencia (aunque sea metafórica) que, si adoramos ídolos, antes o después nos van a
exigir sacrificios humanos. El dinero, el poder, mi YO narciso, ideologías inhumanas o
el afán de prestigio (por citar solo algunos), cuando los transformamos en dioses, más
pronto que tarde acaban solicitando sacrificios humanos.
¿Quién es Dios para ti?
¿A quién llamas Dios en tu vida?
¿A qué Dios ofreces sacrificios y holocaustos?
¿En qué Dios crees y contra qué ídolos combates?
«Caigo» en la idolatría cuando adoro algo hecho por manos de hombre, cuando soy
incapaz de estar con la Vida y estoy con algo inerte, a quien llamo «dios» y a quien
adoro.
Dt 29,15-16: «Vosotros sabéis cómo vivíamos en Egipto...»
Ex 32,1: «...haznos un dios que vaya delante de nosotros...»
Ex 32,1,4: «...fundieron un becerro y exclamaron: este es tu dios, Israel, el que te sacó de
Egipto».

2. Adulterio: Ez. 16, Os 1-4.

45
La imagen del adulterio es utilizada para describir la infidelidad del pueblo de Israel. Y
es una imagen que también puede plasmar nuestra infidelidad al verdadero amor. El
adulterio no es ni más ni menos que dejar de lado a mi verdadero amor e ir detrás de
amores que no son tales. «Caemos» en el adulterio cuando confundimos el amor con los
amoríos. Cuando abandonamos la verdad por el engaño y la mentira...

¿Cuáles son tus «amoríos»?


¿Qué te hace separarte del amor de tu vida?
¿Cómo vives la fidelidad en tu vida?
¿A qué eres fiel?
¿A quién eres fiel?

«Pues así dice el Señor Yahveh: “Yo haré contigo como has hecho tú, que
menospreciaste el juramento, rompiendo la alianza. Pero yo me acordaré de mi
alianza contigo en los días de tu juventud, y estableceré en tu favor una alianza
eterna. Y tú te acordarás de tu conducta y te avergonzarás de ella cuando acojas a
tus hermanas, las mayores y las menores, y yo te las dé como hijas, si bien no en
virtud de tu alianza. Yo mismo restableceré mi alianza contigo, y sabrás que yo
soy Yahveh, para que te acuerdes y te avergüences y no oses más abrir la boca de
vergüenza, cuando yo te haya perdonado todo lo que has hecho, oráculo del
Señor Yahveh”» (Ez 16,59-63).

«Descubriré su infamia ante sus amantes, y nadie la librará de mi mano; pondré


fin a sus alegrías, sus fiestas, sus novilunios, sus sábados y todas sus
solemnidades» (Os 2,12-13).
«Le tomaré cuentas de cuando ofrecía incienso a los baales y se endomingaba
con aretes y gargantillas para ir con sus amantes, olvidándose de mí –oráculo del
Señor–. Por tanto, mira, voy a seducirla, llevándomela al desierto y hablándole al
corazón. Allí le daré sus viñas, y el Valle de Acor será Paso de la Esperanza. Allí
me responderá como en su juventud, como cuando salió de Egipto. Aquel día –
oráculo del Señor– me llamarás “Esposo mío”, ya no me llamarás “Ídolo mío”.
Le apartaré de la boca los nombres de los baales, y sus nombres no serán
invocados» (Os 2,15-19).

3. Injusticia: Am 1-4.
Cuando el pueblo de Israel «prospera», se olvida de su hermano. La injusticia comienza
cuando, al mirar al prójimo, no vemos en él a un hermano. Injusticia es mirar al prójimo
y no verlo, usar y ab-usar de él. La injusticia social, entonces como ahora, se basaba en
que unos tenían casi todo y otros no tenían casi nada. Entonces, como ahora, la riqueza
de unos podía basarse en la pobreza de otros. La ruptura de la alianza es también ruptura
social, ruptura económica...

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¿Qué hay en tu vida de colaboración con la injusticia?
¿Injusticia hacia ti mismo? ¿hacia tu familia? ¿hacia tu comunidad? ¿hacia el pobre
que está a tu puerta?
¿Qué hay en tu vida de injusticia hacia Dios y su creación?

«Así dice Yahveh: ¡por tres crímenes de Israel y por cuatro, seré inflexible!
Porque venden al justo por dinero, y al pobre por un par de sandalias; pisan
contra el polvo de la tierra la cabeza de los débiles, y el camino de los humildes
tuercen; hijo y padre acuden a la misma moza, para profanar mi santo nombre;
sobre ropas empeñadas se acuestan junto a cualquier altar, y el vino de los que
han multado beben en la casa de su dios...» (Am 2,6-8)

«Oprimís a los débiles y maltratáis a los pobres» (Am 4,1-6).

4. El miedo como pecado


El miedo cuando nos inmoviliza y nos aparta de la experiencia de Dios, de su voluntad.
Hay dos figuras que podemos considerar iconos del miedo en el Antiguo Testamento:
Jonás y Saúl. Si el agradecimiento es la fuerza que más nos moviliza, el miedo es la
fuerza que más nos detiene.
¿Tienes algún miedo que te esclavice?
– a la muerte
– al dolor
– a manifestarte como eres
– al qué dirán
– al futuro
– a la soledad
– a la falta de sentido
– a la vejez
– ...

¿Es el miedo pecado en tu vida?

«Vio Saúl el campamento de los filisteos y tuvo miedo, temblando sobremanera


su corazón»
(1 Sam 28,5).

«Saúl dijo a Samuel: “He pecado traspasando la orden de Yahveh y tus


mandatos, porque tuve miedo al pueblo y le escuché» (1 Sam 15,24).

«La palabra de Yahveh fue dirigida a Jonás, hijo de Amittay, en estos términos:

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“Levántate, vete a Nínive, la gran ciudad, y proclama contra ella que su maldad
ha subido hasta mí”. Jonás se levantó para huir a Tarsis, lejos de Yahveh, y bajó
a Joppe, donde encontró un barco que salía para Tarsis: pagó su pasaje y se
embarcó para ir con ellos a Tarsis, lejos de Yahveh» (Jon 1,1-3).

Si el miedo se enseñorea de nuestra vida, nos «puede»...


Pero no solo Jonás o Saúl pueden servirnos como imagen del miedo. También en el
Evangelio podemos encontrar iconos del «miedo como pecado»:

«Y descendió Pedro de la barca y anduvo sobre las aguas para ir a Jesús. Pero al
ver el viento fuerte, tuvo miedo y, comenzando a hundirse, dio voces, diciendo:
“¡Señor, sálvame!”» (Mt 14,30).

«Señor, aquí tienes tu moneda. La he guardado envuelta en un pañuelo porque


tuve miedo de ti» (Lc 19,20).

Déjate mirar por el Señor en tu pecado y escúchale decir:


«Yo te perdono».
«Pero yo me acordaré de mi alianza contigo
en los días de tu juventud,
y estableceré contigo una alianza eterna»
(Ez 16,60)

Otra ruta posible para esta tarde consiste en contemplar los respectivos encuentros con
Jesús de dos personas, tal como se nos presentan en los capítulos 7 y 19 de Lucas.

1. La pecadora (Lc 7,36-50)


Una mujer se postra a los pies de Jesús. Se trata de una mujer que «se ha
desaprovechado». Ha desaprovechado su afectividad, ha desperdigado su afectividad.
Esta mujer, probablemente, ha amado mucho y, probablemente, mal... Pero recibió la
mirada de Jesús, se dejó «centrar» por Él. ¿Qué hace frente a Jesús? Pues esta mujer,
recoge todo lo que había de auténtico amor en ella y deja que se exprese en lágrimas y
caricias. Esta mujer encuentra en Jesús lo que es el amor verdadero; y, en el fondo, el
perdón que viene de Dios. Algo había visto e intuido esta mujer sobre Jesús. Esta mujer
sí que ha comprendido que «convertirse es ser atraído».
Puede que en ocasiones tú también ames con un amor desperdigado y amargo. Puede
que a veces no ames de verdad, limpiamente. ¿Amas bien? ¿Amas creando
dependencias? ¿Amas para ver si así te quieren...?
«A esta mujer mucho se le perdonará, porque ha amado mucho». ¿Puede Jesús decir

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esto de ti? ¿O tienes, al menos, deseo que lo diga? ¿Cómo quieres a las personas? ¿Dejas
que el Señor recoja todo lo que hay en ti de auténtico amor?
Esta es una de las escenas del Evangelio que más me han impactado desde siempre.
La misma persona es «mirada» por el anfitrión y por Jesús. El fariseo ve a una prostituta,
una pecadora, una oveja negra, una escoria... Jesús ve a una persona (ve a una hija y a
una hermana). El fariseo la ve «haciendo cosas». Jesús la ve «amando». El fariseo la
había condenado antes de que ella hubiera entrado siquiera en su casa. Jesús la libera de
su pecado. Ella es la misma; lo que cambia es la mirada[21].
¿Qué ves cuando miras? ¿Cómo miras a tu alrededor, a nuestro mundo? ¿Haces algo
para aprender a mirar? ¿Cómo miras al diferente? ¿Cómo te miras a ti mismo? ¿Cómo
miras al que consideras superior? ¿Y al que consideras inferior?
Jesús miró a esa mujer con misericordia. Y tú, ¿qué llevas en tu mirada?

2. Zaqueo (Lc 19,1-10)


Lee despacio el texto evangélico e intenta ver lo que ocurre, escuchar lo que dicen,
«como si presente me hallase»...
– un hombre llamado Zaqueo, jefe de recaudadores y muy rico, tenía curiosidad
por ver a Jesús; pero a causa del gentío, no podía, porque era bajo de estatura;
– se subió a un árbol para verlo; Jesús llegó a donde él estaba, lo vio y le dijo:
«Zaqueo, baja deprisa, pues hoy tengo que hospedarme en tu casa»;
– muy contento, recibió en su casa a Jesús;
– murmuraban sobre Jesús, porque había entrado a hospedarse en casa de un
pecador.
– Palabras de Zaqueo: «Mira, Señor, la mitad de mis bienes se la daré a los pobres,
y a quien haya defraudado le devolveré cuatro veces más».
– Palabras de Jesús: «Hoy ha llegado la salvación a esta casa, pues también él es
hijo de Abraham. Porque este Hijo del Hombre vino a buscar y salvar lo
perdido».

En el icono de Zaqueo descubrimos cómo, si nos dejamos, Jesús puede cambiar


nuestra vida. No tengas duda que Dios está queriendo decir de ti: «Hoy ha llegado la
salvación a esta casa». Déjate mirar por Jesús como Zaqueo y escúchale decir «quiero
hospedarme en tu casa». Recibe al Señor con alegría, como Zaqueo lo recibió en su casa.
Deja que el encuentro con Jesús te conmueva y te convierta.
Deja que crezca en ti la conciencia profunda de que eres una criatura amada y un
pecador salvado.

16. J. A. GARCÍA, Hogar y Taller. Seguimiento de Jesús y comunidad religiosa, Sal

49
Terrae, Santander 1985, 76.
17. A lo largo de esta segunda semana, no le pedimos a Dios temor, desesperación o
culpabilidad. Le pedimos vergüenza, dolor, lágrimas, y lucidez para descubrir la
fuerza del pecado.
18. Evidentemente, Dios ya sabe lo que necesitamos antes que nosotros mismos.
Formulamos las peticiones no para que Dios «se entere» y «nos haga el trabajo»... La
oración de petición, y concretamente la petición en los EE, es un ejercicio de abrirse
al don gratuito, de hacer consciente un deseo... Es un ejercicio de confianza, de
humildad y de entrega.
Karl Rahner nos recuerda que la oración de petición de Jesucristo «es nuestra
enseñanza. Al hablar de «enseñanza» nos estamos refiriendo a tres palabras de su
oración de petición: la palabra de la petición realista, la palabra de la confianza
celestial, la palabra de la entrega incondicional. Jesús pronuncia la palabra de la
petición realista: «Aparta de mí este cáliz». Lo pide con todo el fervor del hombre
acosado por la angustia y el horror; suplica sudando sangre por la angustia; implora
bajo los estertores de un tormento de muerte. No pide cosas sublimes, celestiales;
pide lo más miserable, que para nosotros, seres terrenos, es lo más valioso: pide la
vida, pide que pasen de él el tormento y la vergüenza de la ejecución. Su oración de
petición es de una confianza celestial: «Yo bien sabía que me escuchas siempre» (Jn
11,42). Su oración de petición es una oración de entrega incondicional –«No se haga
mi voluntad, sino la tuya»– y, en esa medida, es una entrega incondicional que el
abandonado de Dios, el fracasado, el martirizado en la cruz, coloca todavía con
entrega y confianza su alma en manos del Padre»: K. RAHNER, Acudir a Dios en la
angustia, Herder, Barcelona 2016, 43.
19. «El coloquio se hace propiamente hablando, así como un amigo habla a otro, o un
siervo a su Señor; quándo pidiendo alguna gracia, quándo culpándose por algún mal
hecho, quándo comunicando sus cosas, y queriendo consejo en ellas; y decir un Pater
noster» [54].
20. «Aborrecer» aparece 3 veces en 8 líneas. Se trata de un verbo de sensibilidad, no de
entendimiento... Hay quien dice, y a mi juicio no le falta razón, que Ignacio no
solamente tiene un concepto ético y teológico del pecado, sino también una
concepción «estética» del mismo (el pecado no solo es «malo», también es «feo»).
Por ambos motivos hay que aborrecerlo.
21. Miedo, ira, vergüenza, indignación, complejos, ideología, tristeza, prisas, cariño,
respeto, ternura, curiosidad, solidaridad, justicia... Tantas cosas puedes llevar en la
mirada, tantas cosas.

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Tercer día

SEGUNDA SEMANA:
MEDITACIÓN DEL REINO
DÉJAME, SEÑOR, PONER...!

¡Deja que crezca en ti tal pasión


que te haga verdaderamente libre!

DÉJAME, SEÑOR, PONER


(Vals del camino)

«Déjame, Señor, poner sobre tus huellas mis pies,


porque del camino yo me voy cansando,
y hacerlo cantando alivia mi afán
a tu mismo paso, con el mismo vaso,
de tu mismo vino, con el mismo pan.

Porque si voy hambriento, Señor, comeré de tu pan,


de tu vino, Señor, beberé.

Y si al fin yo me canso, Señor, y te nombro,


tú arrimas el hombro y me llevas sobre él.

Tú soportas mi carga ligera,


mi cruz de madera, mi vaso de hiel».

José Luis Blanco Vega, SJ

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Puntos de la mañana
Del agradecimiento al seguimiento

El texto ignaciano

[91] EL LLAMAMIENTO DEL REY TEMPORAL AYUDA A CONTEMPLAR LA VIDA DEL REY ETERNAL.

Oración. La oración preparatoria sea la sólita.


1º preámbulo. El primer preámbulo es composición viendo el lugar; será aquí
ver con la vista imaginativa sinagogas, villas y castillos por donde Cristo nuestro
Señor predicaba.
2º preámbulo. El segundo, demandar la gracia que quiero; será aquí pedir gracia
a nuestro Señor para que no sea sordo a su llamamiento, mas presto y diligente
para cumplir su sanctísima voluntad.

[92] 1º puncto. El primer puncto es poner delante de mí un rey humano, eligido de


mano de Dios nuestro Señor, a quien hacen reverencia y obedescen todos los
príncipes y todos hombres christianos.

[93] 2º puncto. El segundo, mirar cómo este rey habla a todos los suyos, diciendo:
«Mi voluntad es de conquistar toda la tierra de infieles; por tanto, quien
quisiere venir comigo, ha de ser contento de comer como yo, y así de beber y
vestir, etc.; asimismo ha de trabajar comigo en el día y vigilar en la noche,
etcétera; porque así después tenga parte comigo en la victoria, como la ha
tenido en los trabajos».

[94] 3º puncto. El tercero, considerar qué deben responder los buenos súbditos a rey
tan liberal y tan humano: y, por consiguiente, si alguno no acceptase la petición
de tal rey, quánto sería digno de ser vituperado por todo el mundo y tenido por
perverso caballero.

[95] En la 2ª parte. La segunda parte deste exercicio consiste en aplicar el


sobredicho exemplo del rey temporal a Cristo nuestro Señor, conforme a los

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tres punctos dichos.
1º puncto. Y cuanto al primer puncto, si tal vocación consideramos del rey
temporal a sus súbditos, quánto es cosa más digna de consideración ver a Cristo
nuestro Señor, rey eterno, y delante dél todo el universo mundo, al qual y a
cada uno en particular llama y dice: «Mi voluntad es de conquistar todo el
mundo y todos los enemigos, y así entrar en la gloria de mi Padre; por tanto,
quien quisiere venir comigo, ha de trabajar comigo, porque siguiéndome en la
pena, también me siga en la gloria».

[96] 2º puncto. El segundo, considerar que todos los que tuvieren juicio y razón,
offrescerán todas sus personas al trabajo.

[97] 3º puncto. El tercero, los que más se querrán affectar y señalar en todo servicio
de su rey eterno y Señor vniversal, no solamente offrescerán sus personas al
trabajo, mas aun haciendo contra su propia sensualidad y contra su amor carnal
y mundano, harán oblaciones de mayor estima y mayor momento, diciendo:

[98] «Eterno Señor de todas las cosas, yo hago mi oblación, con vuestro favor y
ayuda, delante vuestra infinita bondad, y delante vuestra Madre gloriosa, y de
todos los sanctos y sanctas de la corte celestial, que yo quiero y deseo y es mi
determinación deliberada, sólo que sea vuestro mayor servicio y alabanza, de
imitaros en pasar todas injurias y todo vituperio y toda pobreza, así actual como
spiritual, queriéndome vuestra sanctísima majestad elegir y rescibir en tal vida y
estado».

El primer día de la segunda semana del mes de EE (en nuestro esquema de ocho
jornadas se trata del tercer día) Ignacio pone frente al ejercitante a Cristo Salvador del
Mundo. La parte de los EE que busca contemplar la vida de Cristo no comienza por el
«principio». En vez de un niño en una cuna, te encuentras a Cristo, Rey eternal,
diciéndote: «ven y sígueme».
Como ya ocurrió en el coloquio ante Cristo crucificado, a partir de ahora, en el
camino de EE, tendremos siempre ante nosotros a Jesús. Ignacio no busca que sigas una
doctrina, sino que conozcas íntimamente a Jesucristo. Por eso, en adelante, será la
contemplación el modo «habitual» de oración. La contemplación te ayudará a empaparte
del «hacer» de Jesús, de su comportamiento, palabras, obras, sentimientos, etc. Es la
aparición de la persona de Jesús en tu vida la que provoca afectos, atracción, y te lleva a
adherirte con todas tus fuerzas a Él y a su causa.
Tu «tarea» será dejar que nazca en ti el deseo/pasión por ese conocimiento interno
del Señor para que te conformes con él (contigo, como tú). Esa es la clave del día de hoy.
En el Rey Eternal, Ignacio recapitula la experiencia profunda de ser criatura amada y de
ser pecador salvado y llamado a transmitir la misericordia de Dios. Quien se siente

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amado y salvado descubre que la manera de alabar a Dios es servirle en la historia.

Y TENGO AMOR A LO VISIBLE...


«Porque sé que nací para salvarme
y tengo que morir – es infalible –,
porque dejar de verte y condenarme
solo con otro dios será posible,
por eso río, duermo, quiero holgarme,
Señor, y tengo amor a lo visible...
Y solo me pregunto en qué me encanto
cuando huyo de la vida por ser santo».
José Luis Blanco Vega, SJ

1º Punto. Quién es el que llama (Mt 9,35-38)


Pedimos no ser sordos a su llamada... pero ¿a la llamada de quién? ¿Quién es el que me
llama? El que llama es Jesús de Nazaret constituido Señor y Cristo (Hch. 2,36). Amigo
cercano, pero también Dios libre.
* Jesús es un hombre libre que nos transmite libertad: frente a sí mismo, a su
familia, a la Ley, al Templo, a las instituciones, a la sociedad, al qué dirán...
* Jesús es libre para un proyecto al que se orienta y se dedica totalmente: el Reino
de Dios.
* Jesús es un hombre que, desde Dios, me enseña a ser hijo. Me enseña que la
fuente de la auténtica libertad es el corazón del Padre.
* Jesús es Rey, Maestro y Señor siendo siervo.

En este rato de oración pregúntate: ¿Qué rasgos de Cristo tienen especial importancia
para ti? Empápate de ellos.
– Escúchale decir a sus discípulos: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» (Mt. 16,
15).
– Escúchale decirte: y tú, ¿quién dices que soy yo?

Cuando le llamas «Señor», ¿qué quieres decir? ¿Cómo le confiesas?


– ¿Qué rasgos de Cristo tienen para ti especial importancia?
– ¿Cuál es tu evangelio subrayado? ¿Qué textos sobre Jesús te «llaman la
atención» especialmente?

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¿Quién es para ti Jesús, al que quieres llamar «compañero»?
– ¿El que daba gracias al Padre por «haber escondido estas cosas a los sabios y
entendidos y habérselas revelado a los sencillos»? (Lc 10,21).
– ¿El que dijo «venid a mí los que estáis cansados y agobiados, que yo os
aliviaré»? (Mt 11,28).
– ¿El que miró con cariño al joven rico? (Mc 10,19).
– ¿El que se conmovió ante la viuda de Naín? (Lc 7,13).
– ¿El que lloró al enterarse de que su amigo Lázaro había muerto? (Jn 11,35).
– ¿El que enseñaba como quien tiene autoridad? (Mt 7,28-29).
– ¿El que «sintió compasión de ellos y curó a sus enfermos»? (Mt 14,13).
– ¿Aquel a quien «hasta el viento y el mar obedecen»? (Mt 8,23-27).
– ¿El que «recorría Jesús todas las ciudades y aldeas, enseñando en las sinagogas y
predicando el evangelio del Reino, sanando toda enfermedad y toda dolencia en
el pueblo»? (Mt 9,35).
– ¿El que, «al ver a las multitudes, tuvo compasión de ellas, porque estaban
desamparadas y dispersas como ovejas que no tienen pastor»? (Mt 9,36).
– ...

Repasa, en tu evangelio subrayado, aquellos rasgos que te atraen de Jesús y hazlos


«materia» de tu oración. Contémplalo y déjate empapar por aquello que admiras de la
persona que hoy te está llamando y diciéndote: «Ven y sígueme».

2º Punto. Para qué llama


«El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido para anunciar la
buena nueva a los pobres... Hoy se cumple esta escritura».
(Lc 4,18.21)

Cristo nos llama para recibir el Reino de Dios y para unir nuestra libertad con la suya,
para colaborar en la construcción de un mundo donde haya cada vez más hijos y más
hermanos. En definitiva, Cristo nos llama para hacer historia, para hacer futuro y para
hacer justicia. Cristo hoy nos llama para curar el corazón humano, empezando por el
nuestro.

¿A qué eres más sensible de la Misión de Jesús?


Te puede ayudar hacer una contemplación del pasaje de Jesús en la sinagoga de Nazaret
(Lc 4,16-21). Sitúate en esa escena, mira a Jesús, escucha lo que dice... Te está diciendo
cuál es su misión y para qué te llama:
– para anunciar a los pobres la Buena Nueva,

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– para proclamar la liberación a los cautivos,
– para devolver la vista a los ciegos,
– para dar la libertad a los oprimidos,
– para proclamar un año de gracia del Señor...

Te llama para ser su compañero...

3º Punto. Dos tipos de respuesta

Ante la llamada del Rey eternal, Ignacio nos hace ver que hay dos tipos de respuesta:
a) «Considerar que todos los que tuvieran juicio y razón ofrecerán todas sus
personas al trabajo» [96]. Se trata de la respuesta lógica... ¿Qué menos podemos
hacer por un rey tan liberal y humano que nos ofrece esta misión? Una respuesta
es: servirlo. La primera respuesta es lógica, es de altruismo, propia de un ser
humano bueno, decente, compasivo. Una respuesta es estar con él y con su causa.
b) Pero hay otra respuesta. Ignacio nos deja caer, de nuevo, la «octava alta» de la
Espiritualidad Ignaciana:
«Los que más se querrán afectar... harán oblaciones de mayor estima y
momento...» [97]. La primera respuesta es servirlo; la segunda es servirlo
e imitarlo. No sólo contigo y con tu causa, también como tú. Es la «locura
de la identificación». «Dadme vuestro amor y gracia, que esta me basta».

Se trata no solo de sentir una llamada, sino de identificarse con Jesús. Compartir el
impulso originante de Jesús; tener los mismos sentimientos que tuvo Cristo.
«Tened entre vosotros los mismos sentimientos que Cristo. El cual, siendo de
condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó
de sí mismo tomando condición de siervo, haciéndose semejante a los hombres y
apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo
hasta la muerte, y una muerte de cruz...» (Flp. 2,5 ss).

No es extraño que esta segunda manera de responder nos dé miedo, nos parezca
excesivamente difícil, cuando no irrealizable... Sin embargo, no deberías dejarte vencer
por un cierto pesimismo (más o menos cínico, más o menos derrotista, más o menos
inmovilizador). Quien te llama, está también ofreciéndose para formar parte de tu
respuesta. Quien te llama no solo provoca tu deseo; también, si le dejas, te va a ayudar a
estructurar ese deseo. Así termina Ignacio la oración del Rey eternal, invitándote a
ofrecerte a ese Rey con la confianza de que Él mismo te va a ayudar a realizar aquello
que le ofreces:

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[98] «Eterno Señor de todas las cosas, yo hago mi oblación, con vuestro favor y
ayuda, delante vuestra infinita bondad, y delante vuestra Madre gloriosa, y de
todos los sanctos y sanctas de la corte celestial, que yo quiero y deseo y es mi
determinación deliberada, sólo que sea vuestro mayor servicio y alabanza, de
imitaros en pasar todas injurias y todo vituperio y toda pobreza, así actual como
spiritual, queriéndome vuestra sanctísima majestad elegir y rescibir en tal vida y
estado».
Pídele al Señor tener sus mismos sentimientos, su mismo apasionamiento, su misma
confianza en el Padre; y, a la vez, deja que Él te elija y te reciba (otra vez la pasiva
ignaciana).

Unas preguntas que pueden ser de ayuda en tu oración de este día:


a) En este momento, al contemplar la llamada de Cristo, ¿qué te moviliza?; ¿qué te
conmueve?; ¿hacia dónde te empuja?
b) Tu respuesta cordial y diaria ¿es fruto de tu pasión por Jesús y su Reino? ¿Es tu
respuesta fruto del discernimiento al interno de una necesidad de Amor?
c) ¿Qué obstáculos (miedos, fantasmas, etc.) descubres en ti que impiden la entrega
total de tu vida a Jesús de Nazaret?
d) ¿Qué deseos y esperanzas de superación de esos obstáculos tienes?

Y, como siempre, terminar con un coloquio. «Como un amigo habla con otro
amigo».

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Puntos de la tarde
Enséñanos tu «modo» para que sea «nuestro
modo»

Te recuerdo que «no el mucho saber harta y satisface el ánima, mas el sentir y gustar de
las cosas internamente». De tal manera que, si crees que te puede ser de ayuda, no hay
ningún problema en que repitas la oración de esta mañana...
Para esta tarde voy a ofrecerte tres posibles rutas. La primera será contemplar un
texto de llamada (Mc 3,13-19); la segunda, una lectura «sapiencial» y oracional de un
texto de Pedro Arrupe titulado «Invocación a Jesucristo modelo»; la tercera ruta,
contemplar la Encarnación y el Nacimiento...

RUTA 1ª. MC 3,13-19


«Subió al monte y llamó a los que él quiso; y vinieron donde él. Instituyó Doce,
para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar con poder de expulsar los
demonios. Instituyó a los Doce y puso a Simón el nombre de Pedro; a Santiago el
de Zebedeo, y a Juan, el hermano de Santiago, a quienes puso por nombre
Boanerges, es decir, hijos del trueno; a Andrés, Felipe, Bartolomé, Mateo,
Tomás, Santiago el de Alfeo, Tadeo, Simón el Cananeo y Judas Iscariote, el
mismo que le entregó».

Se trata de una oración sencilla. Pídele al Señor «no ser sordo a su llamada».
Imagínate que estas en el monte viendo la escena, escuchando a Jesús llamando a los que
Él quiso, por su nombre, con sus cosas, tal y como eran, con sus talentos, sus miserias y
sus defectos... Igual que hace contigo: te llama por tu nombre, con tus cosas, tal como
eres, con tus talentos, con tus miserias y con tus defectos...
Jesús les llama (te llama) para:
(a) estar con él,
(b) enviarlos a predicar
(c) expulsar demonios.

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Estas son las misiones que Jesús nos encomienda desde siempre. Lo demás son
misiones que nos «inventamos». Toda misión que no se caracterice por una de estas tres
cosas (o las tres) no es misión de Cristo.
Jesús te invita a estar con Él... en la oración, en la celebración litúrgica, por
supuesto, pero no solo. Él también te invita a estar con Él en todos aquellos lugares en
los que está: en el centro y en las periferias, en los templos y en las calles, donde la gente
goza y donde la gente sufre, donde un hijo de Dios nace, donde un hijo de Dios muere...
Jesús te envía a predicar. Es decir, te envía a hablar bien de Dios. A llevar una
palabra de esperanza, de consuelo, de compromiso, de honradez, de justicia, de verdad...
Te envía a anunciar que el Reino de Dios está cerca. Y para hablar bien de Dios no hacen
falta muchas palabras. Cuentan que, cuando San Francisco de Asís enviaba en misión a
sus frailes, les decía algo así como: «anunciad siempre la buena noticia y, si fuera
necesario, utilizad también las palabras».
Jesús te invita a expulsar demonios. A todos los demonios... Y, créeme, hay muchos
demonios que destruyen al ser humano, que se oponen al Reino de Dios: egoísmo,
injusticia, cobardía, indiferencia, violencia, mentira, odio, prepotencia, narcisismo,
clasismo, sexismo, racismo, homofobia, hipocresía, avaricia, explotación...
– ¿A qué obras de justicia (y de vida) te invita Jesús?
– ¿Qué demonios estás llamado a expulsar?
– ¿Qué palabra estás comprometido a anunciar?
– ¿Qué proclama tu alma, en qué se alegra tu espíritu?
– ¿A qué tipo de oración, de relación con Jesús, estás convocado? (porque Jesús no
te llama a ti solo: tu vocación es una con-vocación).
Sin ánimo de ser inoportuno, sería bueno que te hicieras una pregunta: ¿qué
entiendes por una buena oración? ¿Cuáles serían los indicadores de calidad de la
oración? Si me permites una formulación más burda, ¿cuándo piensas que «te» ha salido
bien la oración?
Te hago la pregunta porque a menudo tenemos una concepción de la oración un tanto
adolescente, pensando que es algo que «me» sale a mí, que depende solo de mí. Así, no
pocos piensan que una oración ha sido «buena» si se me ha hecho el tiempo corto, si he
«sentido» mucho...
Pero ¿no te parece que debería haber otro tipo de indicadores? Por ejemplo, ¿me hace
la oración más generoso, más entregado, menos narcisista, más comprensivo?; ¿hace que
juzgue menos a los demás?; ¿me hace más respetuoso con quienes no piensan como
yo?...
En el Memorial del P. Câmara [n. 195] se recoge una frase que muestra con claridad,
a mi juicio, la opinión de Ignacio de Loyola sobre los «indicadores» de calidad de la
oración:

«Cuando el Padre [Ignacio] habla de la oración, parece que siempre presupone

59
que las pasiones están muy dominadas y mortificadas, y es esto lo que él más
estima. Me acuerdo de una vez que, hablando de un buen religioso que él conoce,
al decir yo que era un hombre de mucha oración, el Padre corrigió y dijo: “Es
hombre de mucha mortificación”. Y así parece que todo esto se ve claramente en
el modo de proceder del Padre».

RUTA 2ª. «INVOCACIÓN A JESUCRISTO MODELO»[22] (Pedro Arrupe)

Otra ruta posible consistiría en leer despacio y en clima de oración el siguiente texto.
Cuando el padre Arrupe lo escribió, estaba pensando en destinatarios jesuitas; pero,
como verás, puede ser leído y recibido por cualquier persona que busque seguir a Jesús,
identificarse con el Señor.

«Señor: meditando el modo nuestro de proceder, he descubierto que el ideal de


nuestro modo de proceder es el modo de proceder tuyo. Por eso fijo mis ojos en
Ti, los ojos de la fe, para contemplar tu iluminada figura tal como aparece en el
Evangelio. Yo soy uno de aquellos de quienes dice san Pedro: “a quien amáis sin
haberle visto, en quien creéis, aunque de momento no le veáis, rebosando de
alegría inefable y gloriosa”.
Señor, Tú mismo nos dijiste: “os he dado ejemplo para que me imitéis”.
Quiero imitarte hasta el punto de poder decir a los demás: “sed imitadores míos,
como yo lo he sido de Cristo”. Ya que no pueda decirlo físicamente como san
Juan, al menos quisiera poder proclamar, con el ardor y sabiduría que me
concedas, “lo que he oído, lo que he visto con mis ojos, lo que he tocado con mis
manos acerca de la Palabra de Vida; pues la Vida se manifestó y yo lo he visto y
doy testimonio”.
Dame, sobre todo, el sensus Christi que Pablo poseía: que yo pueda sentir
con tus sentimientos los sentimientos de tu Corazón con que amabas al Padre y a
los hombres. Jamás nadie ha tenido mayor caridad que Tú, que diste la vida por
tus amigos, culminando con tu muerte en cruz el total abatimiento, la kénosis, de
tu encarnación. Quiero imitarte en esa interna y suprema disposición y también
en tu vida de cada día, actuando, en lo posible, como Tú procediste.
Enséñame tu modo de tratar con los discípulos, con los pecadores, con los
niños, con los fariseos, o con Pilatos y Herodes; también con Juan Bautista aun
antes de nacer y después en el Jordán. Como trataste con tus discípulos, sobre
todo los más íntimos: con Pedro, con Juan... y también con el traidor Judas.
Comunícame la delicadeza con que les trataste en el lago de Tiberíades
preparándoles de comer, o cuando les lavaste los pies.
Que aprenda de Ti, como lo hizo san Ignacio, tu modo de comer y beber;
cómo tomabas parte en los banquetes; cómo te portabas cuando tenías hambre y
sed, cuando sentías cansancio tras las caminatas apostólicas, cuando tenías que

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reposar y dar tiempo al sueño.
Enséñame a ser compasivo con los que sufren: con los pobres, con los
leprosos, con los ciegos, con los paralíticos; muéstrame cómo manifestabas tus
emociones profundísimas hasta derramar lágrimas; o como cuando sentiste
aquella mortal angustia que te hizo sudar sangre e hizo necesario el consuelo del
ángel. Y, sobre todo, quiero aprender el modo en que manifestaste aquel dolor
máximo en la cruz, sintiéndote abandonado del Padre.
Esa es la imagen tuya que contemplo en el Evangelio: ser noble, sublime,
amable, ejemplar; que gozaba de la perfecta armonía entre vida y doctrina; que
hizo exclamar a tus enemigos “eres sincero, enseñas el camino de Dios con
franqueza, no te importa de nadie, no tienes acepción de personas”; aquella
manera varonil, dura para contigo mismo, con privaciones y trabajos; pero para
con los demás lleno de bondad y amor y de deseo de servirles.
Eras duro, cierto, para quienes tenían malas intenciones; pero también es
cierto que con tu amabilidad atraías a las multitudes, hasta el punto de que se
olvidaban de comer; que los enfermos estaban seguros de tu piedad para con
ellos; que tu conocimiento de la vida humana te permitía hablar en parábolas al
alcance de los humildes y sencillos; que ibas sembrando amistad con todos,
especialmente con tus amigos predilectos, como Juan, o aquella familia de
Lázaro, Marta y María; que sabías llenar de serena alegría una fiesta familiar,
como en Caná.
Tu constante contacto con tu Padre en la oración, antes del alba o mientras
los demás dormían, era consuelo y aliento para predicar el Reino.
Enséñame tu modo de mirar como miraste a Pedro para llamarlo o para
levantarlo; o como miraste al joven rico que no se decidió a seguirte; o como
miraste bondadoso a las multitudes agolpadas en torno a Ti; o con ira cuando tus
ojos se fijaban en los insinceros.
Quisiera conocerte como eres: tu imagen sobre mí bastará para cambiarme. El
Bautista quedó subyugado en su primer encuentro contigo; el centurión de
Cafarnaún se siente abrumado por tu bondad; y un sentimiento de estupor y
maravilla invade a quienes son testigos de la grandeza de tus prodigios. El mismo
pasmo sobrecoge a tus discípulos; y los esbirros del Huerto caen atemorizados.
Pilatos se siente inseguro, y su mujer se asusta. El centurión que te ve morir
descubre tu divinidad en tu muerte.
Desearía verte como Pedro cuando, sobrecogido de asombro tras la pesca
milagrosa, toma conciencia de su condición de pecador en tu presencia. Querría
oír tu voz en la sinagoga de Cafarnaún, o en el Monte, o cuando te dirigías a la
muchedumbre «enseñando con autoridad, una autoridad que solo del Padre te
podía venir.
Haz que nosotros aprendamos de Ti en las cosas grandes y en las pequeñas,
siguiendo tu ejemplo de total entrega al amor al Padre y a los hombres, hermanos

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nuestros, sintiéndonos muy cerca de Ti, pues te abajaste hasta nosotros, al mismo
tiempo que tan distantes de Ti, Dios infinito.
Danos esa gracia, danos el sensus Christi que vivifique nuestra vida toda y
nos enseñe, incluso en las cosas exteriores, a proceder conforme a tu espíritu.
Enséñanos tu “modo” para que sea “nuestro modo” en el día de hoy y
podamos realizar el ideal de Ignacio: ser compañeros tuyos, “alter Christus”,
colaboradores tuyos en la obra de la redención.
Pido a María, tu Madre Santísima, de quien naciste, con quien conviviste 33
años y que tanto contribuyó a plasmar y formar tu modo de ser y de proceder,
que forme en mí y en todos los hijos de la Compañía otros tantos Jesús como
Tú».

RUTA 3ª. COMPARTIR, IGUALARSE, SERVIR...


Las dos contemplaciones que Ignacio propone tras la del Rey Eternal son la de la
Encarnación y la del Nacimiento. Ambas son muy importantes para el de Loyola. Tanto
una como otra parecen sugerirnos los tres verbos que aparecen en el comienzo de esta
sección: compartir, igualarse y servir. Seguiremos en ambas contemplaciones el texto
ignaciano.
Cristo se hace hombre por ti. Cristo se encarna, se hace uno de nosotros por ti. En
ambas contemplaciones la petición es la misma:
«Conocimiento interno (íntimo) del Señor, que por mí se ha hecho hombre, para
que más le ame y le siga».
El Dios que se nos presenta en la meditación de la encarnación es un Dios que mira
al mundo, se despoja, sale de sí mismo, y se entrega al mundo. Si alguien sabe mirar al
mundo como el mundo necesita, ese es Dios; si alguien conoce el corazón del mundo,
ese es Dios. Y las palabras que pronuncia Dios, cuando mira al mundo, son: «hagamos
redención del género humano».
El Dios que se nos presenta en Belén es Emmanuel, «Dios con nosotros». Es el Dios
que se revela en la fragilidad de un niño, nacido en la periferia de un mundo necesitado
de liberación.

«Todo niño quiere ser hombre. Todo hombre quiere ser rey. Todo rey quiere ser
Dios. Sólo Dios quiso ser niño».
(Leonardo Boff)

* Encarnación [EE 101-109]

Oración. La sólita oración preparatoria.

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[102] 1º preámbulo. El primer preámbulo es traer la historia de la cosa que tengo de
contemplar; que es aquí cómo las tres personas divinas miraban toda la planicia
o redondez de todo el mundo llena de hombres, y cómo viendo que todos
descendían al infierno, se determina en la su eternidad que la segunda persona
se haga hombre, para salvar el género humano, y así, venida la plenitud de los
tiempos, enviando al ángel san Gabriel a nuestra Señora.

[103] 2º preámbulo. El segundo, composición viendo el lugar: aquí será ver la grande
capacidad y redondez del mundo, en la qual están tantas y tan diversas gentes;
asimismo, después, particularmente la casa y aposentos de nuestra Señora, en
la ciudad de Nazaret, en la provincia de Galilea.

[104] 3º preámbulo. El tercero, demandar lo que quiero: será aquí demandar


conoscimiento interno del Señor, que por mí se ha hecho hombre, para que más
le ame y le siga.

[105] Nota. Conviene aquí notar que esta misma oración preparatoria sin mudarla,
como está dicha en el principio, y los mismos tres preámbulos se han de hacer
en esta semana y en las otras siguientes, mudando la forma según la subiecta
materia.

[106] 1º puncto. El primer puncto es ver las personas, las unas y las otras; y primero
las de la haz de la tierra, en tanta diversidad, así en trajes como en gestos: unos
blancos y otros negros, unos en paz y otros en guerra, unos llorando y otros
riendo, unos sanos y otros enfermos, unos nasciendo y otros muriendo,
etcétera. 2º: ver y considerar las tres personas divinas como en el su solio real o
throno de la su divina majestad, cómo miran toda la haz y redondez de la tierra
y todas las gentes en tanta ceguedad, y cómo mueren y descienden al infierno.
3º: ver a nuestra Señora y al ángel que la saluda, y reflitir para sacar provecho
de la tal vista.

[107] 2º puncto. El 2º: oír lo que hablan las personas sobre la haz de la tierra, es a
saber, cómo hablan unos con otros, cómo juran y blasfemian, etc.; asimismo lo
que dicen las personas divinas, es a saber: «Hagamos redempción del género
humano», etc.; y después lo que hablan el ángel y nuestra Señora; y reflitir
después, para sacar provecho de sus palabras.

[108] 3º puncto. El 3º: después mirar lo que hacen las personas sobre la haz de la
tierra, así como herir, matar, ir al infierno, etc.; asimismo lo que hacen las
personas divinas, es a saber, obrando la sanctísima incarnación, etc.; y asimismo
lo que hacen el ángel y nuestra Señora, es a saber, el ángel haciendo su officio

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de legado, y nuestra Señora humiliándose y haciendo gracias a la divina
majestad, y después reflectir para sacar algún provecho de cada cosa destas.

[109] Coloquio. En fin, hase de hacer un coloquio, pensando lo que debo hablar a las
tres personas divinas o al Verbo eterno encarnado o a la Madre y Señora
nuestra pidiendo según que en sí sintiere, para más seguir e imitar al Señor
nuestro, ansí nuevamente encarnado, diciendo un Pater noster.

Lc 1,26-38 – Ponte en la escena y contempla. En la respuesta de María, que estás


contemplando, se está jugando mucho. ¿No será qué nuestro «sí» está llamado a tener un
componente mariano, es decir, a ser un «sí» radical y maternal? No caigas en la
tentación de ver el «sí» de María como algo ajeno a ti. Ese «sí» te está invitando a que tú
también pronuncies un «sí». En María la humanidad ha dicho «sí» a Dios. Contempla,
maravíllate y mira a ver qué te dicen tu cabeza y tu corazón (Ignacio nos invita, como ya
sabes, a «reflectir para sacar algún provecho»)

* Nacimiento [EE 110-117]


Oración. La sólita oración preparatoria.

[111] 1º preámbulo. El primer preámbulo es la historia: y será aquí cómo desde


Nazaret salieron nuestra Señora grávida quasi de nueve meses, como se puede
meditar píamente asentada en una asna, y Joseph y una ancila, levando un
buey, para ir a Bethlém, a pagar el tributo que César echó en todas aquellas
tierras.

[112] 2º preámbulo. El 2º: composición viendo el lugar; será aquí con la vista
imaginativa ver el camino desde Nazaret a Bethlém, considerando la longura, la
anchura, y si llano o si por valles o cuestas sea el tal camino; asimismo mirando
el lugar o espelunca del nacimiento, quán grande, quán pequeño, quán baxo,
quán alto, y cómo estaba aparejado.

[113] 3º preámbulo. El 3º será el mismo y por la misma forma que fue en la


precedente contemplación.

[114] 1º puncto. El primer puncto es ver las personas, es a saber, ver a nuestra Señora
y a Joseph y a la ancila y al niño Jesú después de ser nascido, haciéndome yo un
pobrecito y esclavito indigno, mirándolos, contemplándolos y sirviéndolos en
sus neccessidades, como si presente me hallase, con todo acatamiento y
reverencia possible; y después reflectir en mí mismo para sacar algún provecho.

64
[115] 2º puncto. El 2º: mirar, advertir y contemplar lo que hablan; y reflitiendo en mí
mismo, sacar algún provecho.

[116] 3º puncto. El 3º: mirar y considerar lo que hacen, así como es el caminar y
trabajar, para que el Señor sea nascido en summa pobreza, y a cabo de tantos
trabajos, de hambre, de sed, de calor y de frío, de injurias y afrentas, para morir
en cruz; y todo esto por mí; después reflitiendo sacar algún provecho spiritual.

[117] Coloquio. Acabar con un coloquio, así como en la precedente contemplación, y


con un Pater noster.

Lc 2,1-20 – Nacimiento y adoración de los pastores. Ver las personas, mirar, considerar
lo que hacen, escuchar lo que dicen. Y todo esto por ti. Aclamamos a Cristo como Rey,
pero en toda la Escritura solo aparece «sentado» en dos tronos: un pesebre y una cruz.
Ese es el rey al que hacemos «oblaciones de mayor estima y momento».
Nos dice el texto que los pastores volvieron del encuentro con Jesús alabando y
glorificando a Dios... No es mala manera de volver.

22. P. ARRUPE, La identidad del jesuita en nuestros tiempos, Sal Terrae, Santander 1981,
80-82.

65
Cuarto día

SEGUNDA SEMANA:
BAUTISMO DE JESÚS Y JORNADA
IGNACIANA

DESDE QUE MI VOLUNTAD

Desde que mi voluntad


está a la vuestra rendida,
conozco yo la medida
de la mejor libertad.
Venid, Señor, y tomad
las riendas de mi albedrío;
de vuestra mano me fío
y a vuestra mano me entrego,
que es poco lo que me niego
si yo soy vuestro y vos mío.

A fuerza de amor humano


me abraso en amor divino.
La santidad es camino
que va de mí hacia mi hermano.
Me di sin tender la mano
para cobrar el favor;
me di en salud y en dolor
a todos, y de tal suerte
que me ha encontrado la muerte
sin nada más que el amor.

66
José Luis Blanco Vega, SJ

En este punto de tu camino de EE, puede ser de ayuda la lectura y reflexión de las
Reglas de discernimiento[23]. Ignacio nos habla de dos «tipos» de Reglas de
discernimiento, y el criterio básico para usar unas u otras nos lo apunta en la Anotación
novena:

«Cuando el que se exercita anda en los espirituales de la primera semana, si es


persona que en cosas espirituales no haya sido versado, y si es tentado grosera
y abiertamente, así como mostrando impedimentos para ir adelante en servicio
de Dios nuestro Señor, como son trabajos, vergüenza y temor por la honra del
mundo, etc.; el que da los espirituales no le platique las reglas de varios spíritus
de la 2ª semana; porque cuanto le aprovecharán las de la primera semana, le
dañarán las de la 2ª, por ser materia más subtil y más subida que podrá
entender» [EE 9].

En la primera semana «bastaría» con caer en la cuenta de si estamos consolados o


desolados, para descubrir en nosotros la acción del buen espíritu o del mal espíritu. En la
segunda semana, cuando el mal espíritu tienta generalmente «bajo apariencia de bien»,
ya no basta distinguir «consolación» y «desolación»; ahora la clave radicará en distinguir
la verdadera de la falsa consolación.
Como hemos contemplado en el «Rey eternal», Jesús nos dice: «ven y sígueme»,
conociendo el fondo de nuestro ser (el barro del que estás hecho, pero también el tesoro
que llevas dentro). En este cuarto día de EE es necesario ser conscientes de que quienes
decidimos seguir a Jesús y su causa podemos ser engañados (y, de hecho, lo somos).
Ante esta realidad, que tu actitud y tu petición sea: «Señor, no quiero dejar pasar la
ocasión de ser honesto contigo como tú lo eres conmigo».

67
Puntos de la mañana
Esta mañana te invito a ir con Jesús al Jordán
«Y sucedió que por aquellos días vino Jesús de Galilea y fue bautizado por Juan
en el Jordán [...] Se oyó una voz que decía: “tú eres mi hijo amado, en quien me
complazco”».
(Mc 1,10-11)

Composición de lugar: sentado cerca del Jordán y viendo cómo se acerca Jesús.
Petición: conocimiento interno de Jesús para entender su propia lucha, su proceso
interno, para comprender por qué está aquí, cómo ha llegado a este punto.

Jesús se acerca al Jordán a recibir un bautismo de conversión, de radical apertura a su


Padre. La Escritura nos presenta el momento como una experiencia profunda del Reino y
de filiación por parte de Jesús. Cuando Jesús es tentado, el mal espíritu siempre
comienza diciendo: «Si eres el hijo de Dios...» En el Jordán, en cambio, lo que
escuchamos nos-otros y escucha el propio Jesús es: «este es mi Hijo amado».

1º Punto. ¿Quién eres? ¿De dónde vienes?


Contempla a ese Jesús que se acerca al río y pregúntale: ¿Quién eres? ¿De dónde vienes?
– Viene de 30 años transcurridos en Nazaret. De 30 años de vida cotidiana, de vida
ordinaria, puede que insignificante... Han sido 30 años en los que Jesús ha esperado
su hora. Jesús no se inventa con 30 años: él es fruto de Nazaret. Sabemos poco de
esos 30 años... Podemos perdernos en «teología-ficción» o en meras consideraciones
piadosas. Procura no despistarte ni con la una ni con las otras.
¿Hay algo que podamos decir de esos 30 años? Sin duda, Jesús ha tenido nuestras
mismas presiones, nuestro mismo desarrollo, nuestras mismas luces y sombras en el
camino del crecimiento y la madurez. No caigas en lo que K. Rahner llama la
«cripto-herejía». En ocasiones, queremos subrayar de tal manera que Jesús es Dios
que fácilmente olvidamos que Jesús fue auténticamente hombre, como tú y como
yo... Cuando Dios se hace historia humana, no se «disfraza» de hombre. No
conviertas la Encarnación en un «baile de máscaras». Ese Jesús que ves acercándose
al Jordán, ese Jesús que va a escuchar: «Este es mi Hijo amado...», ese Jesús es un
ser humano «con todas las de la ley». Como dice Toño García, Pilato dijo más de lo

68
que sabía al presentar a Jesús diciendo: «Ecce Homo».
En esos 30 años, puede que Jesús haya tenido la experiencia de que no se puede
ser grande en lo grande sin ser grande en lo pequeño. Puede que haya descubierto
que al mundo no se le salva siempre a base de heroicidades, sino también mediante la
vida cotidiana.
Puede que en esos 30 años Jesús haya aprendido la importancia de ver y
escuchar...
– Viene de Nazaret, es decir, viene de José y de María. Ese Jesús que se acerca al
Jordán sabe lo que es trabajar... Es hijo de José, el carpintero[24].
Suelo decir que José es una de las figuras más «maltratadas» en la historia de la
Iglesia. Se ha presentado, en muchas ocasiones, como un padre de relleno. Se le ha
representado a menudo como un anciano... Pero José es el varón que acompaña la
ternura de María. Sabemos poco de él, pero de lo poco que sabemos es que «era justo
y bueno». Hablamos, con toda razón, del «sí», del fiat de María; pero ¡qué poco
hablamos del fiat de José...! José también dijo «sí». A su manera, también él
pronunció algo parecido a «he aquí el esclavo del Señor, hágase en mí según tu
palabra». El padre «cultural» de Jesús es alguien que, ante un conflicto serio, es
capaz de confiar y de orar. José transmitirá a Jesús su fe y las costumbres de su
pueblo; será él quién lleve a Jesús a la Sinagoga; quien le enseñe la Ley y de quién
escuche por vez primera el «Shemá Israel».
Pero Jesús también viene de María, de una experiencia profunda de humanidad,
de un «sí» de la humanidad a Dios. Viene de María, forjadora de esperanza, aquella
muchacha que entonó el Magnificat. No tendría acceso a la cultura por ser mujer (es
muy probable que ni siquiera supiera leer). Pero podemos imaginar que Jesús
escuchó de boca de María las grandes historias del pueblo de Israel... David y
Goliath, Judith, Ester... Esas historias en las que Jesús fue descubriendo cómo Dios
se sirve de lo débil para salvar al pueblo.

Ese Jesús que aparece en el Jordán viene de María. El Hijo de Dios nace en
María y de María.
– Jesús viene de Nazaret, de José y de María, pero también de un desbordamiento del
amor de Dios a su pueblo.
Ese Jesús que comienza su vida activa tiene un deseo que podríamos formular
así: «quiero dar a Dios, mi padre, a este pueblo...» Hay experiencias profundas que
Jesús expresa en su vida y que no se pueden improvisar así como así: han hecho falta
años. Y la principal de esas experiencias es la compasión por su pueblo.
Jesús lleva una noticia en su corazón, lleva algo tan precioso que tiene que
anunciarlo.
Es muy probable que Jesús fuera seguidor de Juan durante un tiempo; pero luego
rompe con él. Y es fácil de imaginar tal ruptura se produce por la imagen de Dios
que transmite Juan. Habla de un Dios de los finales, que viene a juzgar... Para Juan,

69
Dios llega como juicio al pecador, como apocalipsis final. Jesús, en cambio, habla de
un Dios de inicios, de novedad, esperanzador y misericordioso. Para Jesús, Dios
llega perdonando, anunciando comienzos, no finales.
Así pues, esta mañana, en un primer momento de oración, contempla a ese Jesús que
se acerca al río (como si presente te hallases) y pregúntale: ¿Quién eres? ¿De dónde
vienes?

2º Punto. La hilera de los pecadores


En un segundo momento te propongo que continúes con la contemplación del bautismo
de Jesús. Variando solo un poco la composición de lugar y la petición.
Composición de lugar: sentado al borde del Jordán, mira la hilera que se va formando en
el bautismo, cómo las personas van entrando en el río y cómo Jesús se integra en
dicha hilera.
Petición: conocimiento interno del Señor, que POR MÍ se une a la hilera de los pecadores,
para que más le ame y le siga.

En esa hilera de los pecadores, donde Jesús tiene conciencia profunda de su filiación
divina, escucha: «Este es mi Hijo amado...» Precisamente en el lugar donde
probablemente nunca buscaríamos al Mesías... Pero ¡cuántas veces nos hemos
encontrado a Jesús donde menos lo esperábamos! Dios es capaz de bajar incluso a
nuestro pecado para rescatarnos de él. Si por el pecado nos alejamos de Dios, en el
pecado podemos encontrar a Dios invitándonos a la conversión.
Jesús sabía que no podía salvar a quienes estaban en esa hilera si no formaba parte de
ella. Nadie que no se integre en esa hilera podrá salvar a nadie. Dicho de otra forma: solo
entrando en esa hilera, reconociendo lo que somos y cómo somos, seremos conscientes
de lo necesitados que estamos de la salvación de Dios. Solo integrándonos en esa hilera
podremos liberar a otros. No lo haremos ni desde fuera ni creyéndonos mejor que otros.
Podremos liberar a otros desde la experiencia profunda de ser visitados y salvados por el
Señor.

Hace ya más de cuarenta años, en la Congregación General 32, la Compañía de Jesús se


preguntó qué significaba ser jesuita; su respuesta fue: «reconocer que uno es pecador y,
sin embargo, llamado a ser compañero de Jesús»[25]. Es en esa hilera, en la que nos
hacemos compañeros de Jesús.

Preguntas que pueden ayudarte en tu oración de esta tarde:


– ¿Deseo «esperar mi turno» con la humanidad?
– ¿Voy a la misión como el Padre envía a su Hijo o, por el contrario, pretendo

70
«colarme»?
¡Señor, que tu modo de proceder sea nuestro modo! Contigo, COMO TÚ.

71
Puntos de la tarde
«Jornada Ignaciana»
Dos Banderas
Tres Binarios
Tres maneras de Humildad

«La Verdad os hará libres»

Sufrimos engaños... Es posible que, sin dejar aparentemente de seguir a Jesús, dejemos
de seguirlo.
Los jesuitas franceses han denominado «jornada ignaciana» las tres meditaciones a
las que dedicaremos esta tarde («Dos banderas», «Tres binarios» y «Tres maneras de
Humildad»). Para seguir a Jesús hace falta generosidad (Reino), pero no solo... Al
agradecimiento y la generosidad hay que sumarle lucidez (Banderas). Pero tampoco
basta, porque podemos tener nuestra afectividad apegada a algo que nos impide el
seguimiento (Binarios). Y es posible que todo esto no dure si no existe, además, una
unilateralidad, una parcialidad clara por Jesucristo (Humildad): «por nada, como tú». No
podemos perder de vista que no se trata «simplemente» de sentir una llamada, sino de
identificarse con Jesús.
Encontrarás en las páginas siguientes algunas ayudas, algunas glosas, algunos
comentarios, pero lo importante es el texto ignaciano. Por eso lo transcribo. A mi modo
de ver, es una redacción tan precisa y sugerente que, la verdad, poco comentario
necesita. Cuando doy EE, suelo animar a los ejercitantes a hacer estas meditaciones «por
el libro».
Tras el texto ignaciano te propongo algunos puntos, por si pueden ayudar; pero no te
olvides de dos cosas: a) que el ritmo lo pone el Espíritu en ti, y b) que «no el mucho
saber...».
No quiero adelantarme a tu experiencia espiritual, pero sí debo decirte que el
coloquio de Banderas [EE 147] es una de las expresiones más nítidas de la espiritualidad
ignaciana y es uno de los elementos clave del mes de Ejercicios.

72
DOS BANDERAS [EE 136-147]

El texto ignaciano:

[136] El quarto día, meditación de dos banderas: la una de Cristo, summo capitán y
Señor nuestro; la otra de Lucifer, mortal enemigo de nuestra humana natura. La
sólita oración preparatoria.
[137] 1º preámbulo. El primer preámbulo es la historia: será aquí cómo Cristo llama y
quiere a todos debaxo de su bandera, y Lucifer, al contrario, debaxo de la suya.
[138] 2º preámbulo. El 2º: composición viendo el lugar; será aquí ver un gran campo
de toda aquella región de Hierusalén, adonde el summo capitán general de los
buenos es Cristo nuestro Señor; otro campo en región de Babilonia, donde el
caudillo de los enemigos es Lucifer.
[139] 3º preámbulo. El 3º: demandar lo que quiero; y será aquí pedir conoscimiento
de los engaños del mal caudillo y ayuda para dellos me guardar, y conoscimiento
de la vida verdadera que muestra el summo y verdadero capitán, y gracia para
le imitar.
[140] 1º puncto. El primer puncto es imaginar, así como si se asentase el caudillo de
todos los enemigos en aquel gran campo de Babilonia, como en una grande
cáthedra de fuego y humo, en figura horrible y espantosa.
[141] 2º puncto. El 2º: considerar cómo hace llamamiento de innumerables demonios
y cómo los esparce a los unos en tal ciudad y a los otros en otra, y así por todo el
mundo, no dexando provincias, lugares, estados, ni personas algunas en
particular.
[142] 3º puncto. El 3º: considerar el sermón que les hace, y cómo los amonesta para
echar redes y cadenas; que primero hayan de tentar de cobdicia de riquezas,
como suele, ut in pluribus, para que más fácilmente vengan a vano honor del
mundo, y después a crescida soberuia; de manera que el primer escalón sea de
riquezas, el 2º de honor, el 3º de soberuia, y destos tres escalones induce a
todos los otros vicios.
[143] Assí por el contrario se ha de imaginar del summo y verdadero capitán, que es
Cristo nuestro Señor.
[144] 1º puncto. El primer puncto es considerar cómo Cristo nuestro Señor se pone en
un gran campo de aquella región de Hierusalén en lugar humilde, hermoso y
gracioso.

73
2º puncto. El 2º: considerar cómo el Señor de todo el mundo escoge tantas
[145] personas, apóstoles, discípulos, etc., y los envía por todo el mundo, esparciendo
su sagrada doctrina por todos estados y condiciones de personas.
[146] 3º puncto. El 3º: considerar el sermón que Cristo nuestro Señor hace a todos sus
siervos y amigos, que a tal jornada envía, encomendándoles que a todos quieran
ayudar en traerlos, primero a summa pobreza spiritual, y si su divina majestad
fuere servida y los quisiere elegir, no menos a la pobreza actual; 2º, a deseo de
oprobrios y menosprecios, porque destas dos cosas se sigue la humildad; de
manera que sean tres escalones: el primero, pobreza contra riqueza; el 2º,
oprobrio o menosprecio contra el honor mundano; el 3º, humildad contra la
soberuia; y destos tres escalones induzgan a todas las otras virtudes.
[147] Coloquio. Un coloquio a nuestra Señora, porque me alcance gracia de su hijo y
Señor, para que yo sea recibido debaxo de su bandera, y primero en summa
pobreza espiritual, y si su divina majestad fuere servido y me quisiere elegir y
rescibir, no menos en la pobreza actual; 2º, en pasar oprobrios y injurias por
más en ellas le imitar, sólo que las pueda pasar sin peccado de ninguna persona
ni displacer de su divina majestad, y con esto una Ave María. 2º coloquio. Pedir
otro tanto al Hijo, para que me alcance del Padre, y con esto decir: Anima
Christi. 3º coloquio. Pedir otro tanto al Padre, para que él me lo conceda, y decir
un Pater noster.

En el Evangelio se nos dice que, tras el bautismo, Jesús se va al desierto para ser
tentado. Y te recuerdo que el discípulo no es más que su maestro. Tú también eres
tentado. Tal vez, sin dejar aparentemente de seguir a Jesús, puedas, de hecho, dejar de
seguirle. Sufrimos una serie de ataques semi-inconscientes que, en lenguaje coloquial,
podríamos designar como nuestros intentos de «nadar y guardar la ropa»; lo que Ignacio
llama «engaños de segunda semana». Nos vienen «bajo capa de bien» o, como se dice en
los EE, «sub angelo lucis».
¿Qué pretende san Ignacio con la meditación de las Dos Banderas? Como te he dicho
más arriba, busca que te des cuenta de que, para seguir a Jesús, hace falta generosidad
(Meditación del Rey Eternal), por supuesto; pero esto no es suficiente... Al
agradecimiento y la generosidad tienes que sumarle lucidez.
– En la Meditación de las Dos Banderas hay que prestar mucha atención a la petición
[139]...
Pedimos dos cosas: a) conocimiento de los engaños del «mal caudillo» y ayuda para
ser consciente y defenderme de ellos; y b) conocimiento de la vida verdadera que
muestra el «sumo y verdadero capitán» y ayuda para imitarle. En las Dos Banderas se da
una contradicción que puede aparecer en nuestra vida: Jesús presenta la vida verdadera,
pero nos aparece como «muerte»; y el mal caudillo presenta engaño, pero aparece como

74
verdadero. Por eso pedimos gracia para imitar a Cristo y lucidez para descubrir los
engaños del mal espíritu.
– ...y a los coloquios [147].
De nuevo aparece la pasiva ignaciana. En el coloquio de Banderas pedimos ser
recibidos bajo la bandera de Jesús: «y si me quisiese elegir y recibir». No puedes ir, sino
ser puesto, ser recibido. Solo puedes ser colocado, tú no te puedes poner. Si me aceptas
un consejo: no vayas más allá de lo que el Espíritu hace posible en ti; no vayas más de
aquella frontera a la que eres enviado. No te envías a ti mismo; es Otro el que te invita.
«Solo desde el amor a Dios podemos amar a su pueblo».

Punto 1º.
Presta atención a la propuesta del mal caudillo
Nuestro yo tiene muchísimas cosas buenas; es bendecido, es pleno y llamado a la
plenitud...; pero tiene agujeros, porque no somos perfectos, porque no somos Dios. En
ocasiones pensamos que podemos tapar esos agujeros con cosas (posesiones, títulos
académicos...; en definitiva, «tener»). Es lo que Ignacio llama codicia de riquezas. Otra
tentación que podemos tener es la de intentar tapar estos agujeros con riqueza
«espiritual» (cualidades, carácter, dotes apostólicas...); es lo que Ignacio llama vano
honor del mundo (aparentar, tener una buena imagen social, ser admirado...). Esto es
falso. Esos huecos interiores no los puedes tapar ni con tus «riquezas» ni con tu «honor».
Nuestros complejos de inferioridad y nuestras envidias no se curan ni teniendo cosas ni
acumulando títulos...; pero el engaño del «mal caudillo» (llámalo como tú quieras)
consiste en que te hace creer que es verdadero lo que en realidad es falso. Pero no
termina aquí la cosa. Si acumulas cosas y si vives esclavo de tu imagen social, acabas
creyendo que eres mejor que los demás. Y ahí has llegado al tercer escalón del que nos
habla Ignacio: la «crescida soberbia». Ignacio sabe que, una vez recorridos estos tres
escalones, has abierto la puerta «a todos los otros vicios».
No escarmentamos. Seguimos sin creernos que el complejo de superioridad no es
más que el de inferioridad llevado a sus últimas consecuencias. Aún no hemos caído en
la cuenta de que un pavo real no es más que un pollo grande... con plumas de colores.
Esto no significa que no se pueda servir al Señor con medios poderosos, ni que no
debas invertir todas tus cualidades personales en el anuncio del Reino. Todo lo contrario:
tienes que amar y servir en todo, dándolo todo por Cristo, haciendo aquello que tengas
que hacer del mejor modo que puedas. ¿Qué ocurre, entonces? El engaño consiste en
equiparar tus «poderes» con tu yo. La mentira es pensar que Dios te da talentos para
tapar tus imperfecciones. Esos talentos te los ha dado el buen Dios para servir a su
pueblo, no para tapar tus agujeros ni disfrazar tus complejos.
A quien ha hecho el ofrecimiento en el «Rey Eternal» con honestidad se le puede
engañar, ¡y de qué manera...!

75
Punto 2º.
Frente a esto: la propuesta de Cristo
No se trata de matar tus poderes o cualidades, sino de reconvertirlos hacia Cristo, de
hacer de ellos herramientas del Reino. Todo poder siente hacia los demás una tentación
perversa que solo se puede contrarrestar con un amor intenso a Cristo y a su causa.
¿Cuál es la invitación, el camino al que invita el buen caudillo? Pues, en el fondo, no
es tan difícil. Si tienes agujeros, lo que tienes que hacer es: (1) sentirte recibido y dar
gracias por ser quien eres y como eres (pobreza espiritual y real): todo lo has recibido.
(2) Desear oprobios y menosprecios, no porque seas masoquista, sino porque quieres
imitar a Jesús, ser como Él, ser capaz de salir de ti mismo y no darte demasiada
importancia. (3) Y quien se siente recibido y pone su horizonte en Cristo es quien puede
decir cosas verdaderas sobre sí mismo, ¿qué otra cosa es la humildad? Y, llegados a este
«otro» tercer escalón, Ignacio pretende que «destos tres escalones induzgan a todas las
otras virtudes».

Textos que pueden ayudar.


Mt 10,5-15: Exhortación de Cristo a los Doce: Sanad enfermos, resucitad muertos, dad
gratis...
Lc 10,1-9: No llevéis bolsa, ni alforjas ni sandalias...
Jn 10,1-18: Yo soy el buen pastor.
1 Tim 6,3-19: Nosotros no hemos traído nada al mundo y nada podemos llevarnos de él.

Muy importante: capta el mensaje, pero pasa rápido a la petición y al coloquio.


– Escucha a Jesús decirte: «¡No tengas miedo, yo he vencido al mundo!» (Jn 17,33).
– Y escucha su oración de Jesús: «¡No te pido que los apartes del mundo, sino que los
libres del mal!» (Jn 17,15).

«No cabalgues a marchas forzadas». Si no puedes ir más adelante, quédate pidiendo


a la Virgen ser puesto con el Hijo (pero no olvides nunca que el Hijo con el que es
puesto Ignacio de Loyola lleva la cruz sobre sí).

TRES BINARIOS [149-156]


«Nadie puede servir a dos señores» (Mt 6,24).
EL TEXTO IGNACIANO:

76
[149] Cuarto día. El mismo quarto día se haga meditación de tres binarios de
hombres, para abrazar el mejor. Oración. La sólita oración preparatoria.
[150] 1º preámbulo. El primer preámbulo es la historia, la qual es de tres binarios de
hombres, y cada uno dellos ha adquirido diez mil ducados, no pura o
débitamente por amor de Dios, y quieren todos salvarse y hallar en paz a Dios
nuestro Señor, quitando de sí la gravedad e impedimento que tienen para ello
en la affectión de la cosa acquisita.
[151] 2º preámbulo. El 2º: composición viendo el lugar: será aquí ver a mí mismo,
cómo estoy delante de Dios nuestro Señor y de todos sus sanctos, para desear y
conoscer lo que sea más grato a la su divina bondad.
[152] 3º preámbulo. El 3º: demandar lo que quiero: aquí será pedir gracia para elegir
lo que más a gloria de su divina majestad y salud de mi ánima sea.
[153] 1º binario. El primer binario querría quitar el affecto que a la cosa acquisita
tiene, para hallar en paz a Dios nuestro Señor y saberse salvar, y no pone los
medios hasta la hora de la muerte.
[154] 2º binario. El 2º quiere quitar el affecto, mas ansí le quiere quitar que quede
con la cosa acquisita, de manera que allí venga Dios donde él quiere, y no
determina de dexarla para ir a Dios, aunque fuesse el mejor estado para él.
[155] 3º binario. El 3º quiere quitar el affecto, mas ansí le quiere quitar que también
no le tiene affección a tener la cosa acquisita o no la tener, sino quiere
solamente quererla o no quererla, según que Dios nuestro Señor le pondrá en
voluntad, y a la tal persona le parescerá mejor para servicio y alabanza de su
divina majestad; y, entretanto, quiere hacer cuenta que todo lo dexa en affecto,
poniendo fuerza de no querer aquello ni otra cosa ninguna, si no le moviere solo
el servicio de Dios nuestro Señor, de manera que el deseo de mejor poder servir
a Dios nuestro Señor le mueva a tomar la cosa o dexarla.
[156] 3 coloquios. Hacer los mismos tres coloquios que se hicieron en la
contemplación precedente de las dos banderas [147].
La historia es muy «sencilla»: tres hombres han adquirido diez mil ducados, no
precisamente por amor de Dios, y los tres quieren salvarse y «estar en paz» con Dios.
En esta meditación resuena el texto en el que Jesús dice a sus discípulos que «nadie
puede servir a dos señores; porque aborrecerá a uno y amará al otro; o bien se
entregará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al Dinero» (Mt 6,24).
¿A qué intenta responder la meditación de los Binarios? Ya hemos visto que para
seguir a Jesús hace falta generosidad (Meditación del Rey Eternal); y a la generosidad y
agradecimiento hay que añadirles lucidez (Dos Banderas). Pero Ignacio considera que

77
esto tampoco basta. Es necesario «detectar» si tu afectividad está apegada a algo que te
impide el seguimiento. Esta es la finalidad de esta meditación: ayudarte a cimentar tu
libertad y generosidad al hacer una elección de acuerdo con la llamada de Dios.
Como en el caso de las Dos Banderas, para meditar sobre los Tres Binarios hay que
prestar mucha atención tanto a la petición [152] como a los coloquios [147][26]. Ignacio
nos invita a que nuestra petición sea «elegir lo que más a gloria de su Divina Majestad y
salud de mi ánima sea»; es decir, pide ser lo suficientemente libre para escoger lo que la
gracia de Dios te indique como su voluntad para ti. Al terminar la oración, vuelve a
hacer los tres coloquios de la meditación de Dos Banderas.
Estos tres hombres nos presentan tres modos de abordar una decisión que es binaria
(o una u otra cosa). No pretende ser una oración de «autodiagnóstico». Ignacio pretende,
más bien, mover tu corazón para que sientas el deseo de estar en el tercero. Para que
sientas deseos de ser puesto en el tercero. Se trata de sentir la llamada a vivir una
radicalidad que es conflictiva, pero que es bienaventurada. Como Jesús, tendremos que
enfrentarnos al hecho de que la fidelidad al Reino relativiza otras «lealtades».
¿Dónde tienes anclada tu afectividad?
Como ya señalé al hablar de las Dos Banderas, la meditación de los Tres Binarios
puede hacerse sin dificultad siguiendo el texto ignaciano tal cual. A continuación, te
señalo algunos textos bíblicos que pueden servirte de ayuda y unos brevísimos
comentarios a cada uno de los «tipos de respuesta».

Primer binario
«El primer binario querría quitar el affecto que a la cosa acquisita tiene, para hallar
en paz a Dios nuestro Señor y saberse salvar, y no pone los medios hasta la hora de
la muerte».
Este hombre se da cuenta de que está atado, pero no hace nada. Es un afecto vivido
con un condicional delante. Eres como este hombre cuando quieres servir a Dios sin
moverte de donde estás cómodo. No dejamos ni el afecto... ni los «ducados».
Iconos bíblicos de este binario: Lc 14,15-24, en la parábola de los invitados al
banquete; o también en Mt 22,1-14, la parábola de las bodas del rey.

Segundo binario
«El 2º binario quiere quitar el affecto, mas ansí le quiere quitar que quede con la
cosa acquisita, de manera que allí venga Dios donde él quiere, y no determina de
dexarla para ir a Dios, aunque fuesse el mejor estado para él».
Este hombre está dispuesto, aparentemente, a todo. En realidad, quiere quitar el
afecto, pero no la cosa. Eres como este hombre cuando intentas acercarte a la voluntad
de Dios «por la tangente». En realidad, no cuestionas el apego: reprimes el afecto, pero
sigues quedándote con la cosa.

78
Iconos bíblicos de este binario: Lc 18,17-22 (El joven rico); Jn 18,38ss (Pilato).

Tercer binario
«El tercer binario quiere quitar el affecto, mas ansí le quiere quitar que también no
le tiene affección a tener la cosa acquisita o no la tener, sino quiere solamente
quererla o no quererla, según que Dios nuestro Señor le pondrá en voluntad, y a la
tal persona le parescerá mejor para servicio y alabanza de su divina majestad; y,
entretanto, quiere hacer cuenta que todo lo dexa en affecto, poniendo fuerza de no
querer aquello ni otra cosa ninguna, si no le moviere solo el servicio de Dios nuestro
Señor, de manera que el deseo de mejor poder servir a Dios nuestro Señor le mueva
a tomar la cosa o a dexarla».

Este hombre deja la cosa, deja el afecto y se pone en presencia de Dios ofreciéndole
todo. Eres como este hombre cuando te colocas en una situación de libertad. Cuando
aceptas que, «si nadas, no puedes guardar la ropa»; cuando eres consciente de que «no
puedes descubrir nuevas tierras si no tienes el coraje suficiente para perder de vista tu
costa».
Sin duda, ha habido en tu vida momentos de tercer binario. Recuérdalos, vuelve a
pasarlos por tu corazón. ¿En qué momentos de tu vida has sido capaz de «cortar las
amarras» y fiarte de Dios? ¿Cuándo has sido verdaderamente libre?

Iconos bíblicos de este binario:

Lc 19,1-10 (Zaqueo): «Daré, Señor, la mitad de mis bienes a los pobres; y si en


algo defraudé a alguien, le devolveré el cuádruplo».

Lc 1,38 (María): «He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra»

Lc 22,42 (Jesús): «Padre, si quieres, aparta de mí esta copa; pero no se haga mi


voluntad, sino la tuya»

Y tú, ¿dónde pones tu corazón?

TRES MANERAS DE HUMILDAD [164-168]


«Pero lo que era para mí ganancia lo he juzgado una pérdida a causa de Cristo.
Y más aún: juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de
Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas, y las tengo por basura
para ganar a Cristo» (Flp 3,7-8).

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EL TEXTO IGNACIANO:

[164] Antes de entrar en las elecciones, para hombre affectarse a la vera doctrina de
Cristo nuestro Señor, aprovecha mucho considerar y advertir en las siguientes
tres maneras de humildad, y en ellas considerando a ratos por todo el día, y
asimismo haciendo los coloquios según que adelante se dirá.
[165] 1ª humildad. La primera manera de humildad es necessaria para la salud eterna,
es a saber, que así me baxe y así me humille cuanto en mí sea possible, para que
en todo obedesca a la ley de Dios nuestro Señor, de tal suerte que aunque me
hiciesen Señor de todas las cosas criadas en este mundo, ni por la propia vida
temporal, no sea en deliberar de quebrantar un mandamiento, quier divino,
quier humano, que me obligue a peccado mortal.
[166] 2ª humildad. La 2ª es más perfecta humildad que la primera, es a saber, si yo
me hallo en tal puncto que no quiero ni me afecto más a tener riqueza que
pobreza, a querer honor que deshonor, a desear vida larga que corta, siendo
igual servicio de Dios nuestro Señor y salud de mi ánima; y, con esto, que por
todo lo criado ni porque la vida me quitasen, no sea en deliberar de hacer un
peccado venial.
[167] 3ª humildad. La 3ª es humildad perfectíssima, es a saber, cuando incluyendo la
primera y segunda, siendo igual alabanza y gloria de la divina majestad, por
imitar y parescer más actualmente a Cristo nuestro Señor, quiero y elijo más
pobreza con Cristo pobre que riqueza; oprobrios con Cristo lleno dellos que
honores; y desear más de ser estimado por vano y loco por Cristo, que primero
fue tenido por tal, que por sabio ni prudente en este mundo.
[168] Nota. Assí, para quien desea alcanzar esta tercera humildad mucho aprovecha
hacer los tres coloquios de los binarios ya dichos, pidiendo que el Señor nuestro
le quiera elegir en esta tercera mayor y mejor humildad, para más le imitar y
servir, si igual o mayor servicio y alabanza fuere a la su divina majestad.

Aunque Ignacio no concibió las Tres Maneras de Humildad como una meditación o
una contemplación propiamente dichas, creo que sí podemos desarrollarla como una
meditación «clásica», y eso es lo que vas a encontrar en las líneas que siguen.
Evidentemente, si crees que te va a ser de más ayuda, puedes seguir el consejo de
Ignacio y «considerarlas a ratos por todo el día».
De nuevo te diría que cuides especialmente la estructura «coordinada» entre la
petición y el triple coloquio (que será el mismo que en Banderas y Binarios). Como
petición, te invito a que le pidas a Dios un amor tan grande a Jesucristo y su causa que
ello te haga querer y elegir aquello que te haga parecerte más a Jesús. Estás
«demandando» un amor de identificación: ¡Señor, quiero estar contigo y ser como tú!

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«... por imitar y parescer más actualmente a Cristo nuestro Señor, quiero y elijo más
pobreza con Cristo pobre que riqueza; oprobrios con Cristo lleno dellos que
honores; y desear más de ser estimado por vano y loco por Cristo, que primero fue
tenido por tal, que por sabio ni prudente en este mundo».
Recorre la descripción de cada una de las tres maneras de humildad y deja que tu
deseo de Dios te guíe[27].
De nuevo, recuerda la pasiva ignaciana: no vas, «eres puesto»...
Textos que pueden ayudar:

– Flp 2,5-8
– Gal 2,19-20
– 1 Cor 1,18-25

23. «Reglas para en alguna manera sentir y cognoscer las varias mociones que en la
ánima se causan: las buenas para rescibir y las malas para lanzar; y son más propias
para la primera semana» [nn. 313-327]. «Reglas para el mismo efecto con mayor
discreción de spíritus, y conducen más para la segunda semana» [328-336].
Decía Federico Arvesú, SJ, que la alegría (consolación) de la primera semana es
la alegría de cuando te toca la lotería. En ese contexto, el mal espíritu nos ataca por
el egoísmo. La alegría de la segunda semana la podemos comparar con la que sientes
cuando te toca la lotería y eres capaz de dárselo todo a los pobres. Es más profunda
porque rebosa paz. En este contexto, el mal espíritu nos ataca a través del altruismo,
bajo capa de bien.
24. La palabra usada en el Evangelio es «tekton» (de ahí proviene la palabra
«arquitecto»). En realidad, esa palabra se refiere, en general, al profesional que
trabajaba artesanalmente la madera y la piedra, especialmente en la construcción. Por
eso, al imaginarnos el oficio de José y de Jesús, hemos de pensar más bien en una
«mezcla» de albañil y artesano («constructor») y no tanto en un carpintero tal como
lo conocemos hoy. Jesús y José trabajarían con madera, adobe, ladrillo; también
fabricarían y arreglarían aperos de labranza, utensilios, etc.
25. CG 32, Decr. 2, nº 1.
26. A la hora de presentar el coloquio de esta meditación [EE 156], Ignacio nos señala
que debemos realizar el mismo triple coloquio que se hizo en las «Dos Banderas»
[EE 147].
27. El deseo es muy importante en nuestra vida... Ignacio busca en sus EE provocar
nuestro deseo. Puede serte de ayuda, si no lo conoces, leer el siguiente texto de las
Constituciones de la Compañía de Jesús, que pertenecen al Examen para aquellos
que quieren entrar en la Compañía. Ignacio pone claramente el ideal, el horizonte...

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Pero no busca a gente «perfecta y acabada»; busca personas con «deseos
encendidos», pero también busca a personas con «deseos de tener deseos»:
«Asimesmo es mucho de advertir a los que se examinan (encareciendo
ponderándolo delante de nuestro Criador y Señor), en quánto grado ayuda y
aprovecha en la vida spiritual, aborrecer en todo y no en parte, quanto el mundo
ama y abraza, y admitir y desear con todas las fuerzas possibles quanto Cristo
nuestro Señor ha amado y abrazado. Como los mundanos que siguen al mundo,
aman y buscan con tanta diligencia honores, fama y estimación de mucho nombre en
la tierra, como el mundo les enseña, así los que van en spíritu y siguen de veras a
Cristo nuestro Señor, aman y desean intensamente todo el contrario, es a saber,
vestirse de la misma vestidura y librea de su Señor por su debido amor y reverencia,
tanto que donde a la su divina Magestad no le fuese offensa alguna, ni al próximo
imputado a peccado, desean passar injurias, falsos testimonios, afrentas y ser
tenidos y estimados por locos (no dando ellos occasión alguna dello), por desear
parecer y imitar en alguna manera a nuestro Criador y Señor Jesu Cristo,
vistiéndose de su vestidura y librea, pues la vistió Él por nuestro mayor provecho
spiritual, dándonos exemplo que en todas cosas a nosotros posibles mediante su
divina gratia, le queramos imitar y seguir como sea la vía que lleva los hombres a la
vida. Por tanto, sea interrogado si se halla en los tales desseos tanto saludables y
fructíferos para la perfección de su ánima [Const. 101]. Donde por la nuestra
flaqueza humana y propria miseria no se hallase en los tales desseos assí encendidos
en el Señor nuestro, sea demandado si se halla con desseos algunos de hallarse en
ellos» [Const. 102].

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Quinto día

SEGUNDA SEMANA:
CÓMO ES EL DIOS DE JESÚS

¡TE DAMOS GRACIAS, SEÑOR!

Te damos gracias, Señor,


porque has depuesto la ira
y has detenido ante el pueblo
la mano que lo castiga.

Tú eres el Dios que nos salva,


la luz que nos ilumina,
la mano que nos sostiene
y el techo que nos cobija.

Y sacaremos con gozo


del manantial de la Vida
las aguas que dan al hombre
la fuerza que resucita.

Entonces proclamaremos:
«¡Cantadle con alegría!
¡El nombre de Dios es grande!
¡Su caridad infinita!

¡Que alabe al Señor la tierra!


Cantemos sus maravillas.
¡Qué grande, en medio del pueblo,

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el Dios que nos justifica!». Amén.
José Luis Blanco Vega, SJ

Llegas a este quinto día de EE tras recorrer un camino en el que has sido invitado a
(re)descubrir que:
– Eres una criatura fruto del amor de Dios, fruto de su sueño...
– Estás llamado a vivir su vida, a sentirte criatura profundamente amada, porque lo
eres. Y esa es tu verdad más profunda.
– Tu vida no termina en tu pecado, porque no es tu realidad más auténtica: eres
criatura amada llamada a amar.
– El Señor te llama a seguirle (a estar con él, a predicar y a expulsar demonios).

Desde este llamamiento que el Señor te hace y del amor que Dios te tiene, necesitas
recordar dos cosas (y, a la vez, preguntarte):
– La impresionante capacidad que se te ha dado de hacer el bien, de repartir
felicidad a tu alrededor, de amar, de llevar esperanza al mundo... ¿Qué has hecho
con esa capacidad?
– La impresionante cantidad de oportunidades, de beneficios, de posibilidades que
se te han dado, que te han casi abrumado, de dones, de gracia, de amor... ¿Cómo
has correspondido y cómo estás correspondiendo, a tanto bien recibido, a tanto
amor?

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Puntos de la mañana
En este camino de conocimiento interno del Señor que son los EE, te propongo que
dediques un tiempo a contemplar al Dios que Jesús llama Padre, al Dios que se revela en
Cristo. O, dicho de otro modo, a contemplar...

...Cómo nos aparece Dios en Jesús

Una invitación recorre toda la espiritualidad ignaciana: «buscar en todas cosas a Dios
nuestro Señor [...] a él en todas amando y a todas en él» [Const. 288]. Esta invitación
responde a la convicción profunda que tiene Ignacio de Loyola: la realidad toda nos
habla de Dios, y en todas las cosas desea Dios ser amado[28].
Te propongo dedicar el día de hoy a aprender de Jesús como realizar esta búsqueda
(y este hallazgo). ¿Cómo es el Dios de Jesús? ¿Qué rostros tiene?
Dice Jon Sobrino que Jesús recibe 4 rostros de Dios (de su familia, de la sinagoga, de
la tradición de su pueblo, de su propia experiencia)[29]:
1.–Recibe un rostro de la tradición sapiencial: alguien bueno, providente, alguien en
quien se puede confiar.
2.–Recibe un rostro de la tradición profética: un Dios que fulmina, que taladra la
realidad, es un Dios apasionado por los pobres, por los oprimidos.
3.–Recibe un rostro de la tradición apocalíptica: un Dios que va a arrasarlo todo y a crear
una situación nueva... «Yo construiré unos cielos nuevos y una tierra nueva».
4.–Finalmente, recibe el rostro del Dios del abandono y del silencio: el Dios de Job, el
Dios del Salmo 13: «¿hasta cuándo, Señor, seguirás olvidándome?; ¿hasta cuándo
me ocultarás tu rostro?». O el Dios del Salmo 22: «¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué
me has abandonado?»; «¡Dios mío, de día clamo y no respondes!».
Jesús vive conjuntamente estos cuatro rostros de Dios de una manera integrada,
completa, fecunda... Nosotros no podemos. Nos quedamos con un «rostro de Dios», lo
«simplificamos» (inclusos, a veces, intentamos domesticarlo y hacerlo a nuestra medida)
y nos polarizamos. ¡Cuántos fundamentalismos provienen, precisamente, de intentar
domesticar a Dios y hacerle decir lo que nosotros queremos que diga...!
Por eso es muy importante descubrir al Dios de Jesús. Para ello te propongo que, en
tu oración, reflexiones (con cabeza y corazón) sobre las imágenes que tienes de Dios,
sobre tu experiencia personal de Dios. ¡Quién sabe si, en ocasiones, estás llamando
«dios» a imágenes creadas por ti mismo!

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Para esta mañana te propongo dos caminos a seguir (caminos que son compatibles).
En un primer momento, con la ayuda de un material de Carlos Cabarrús, SJ, te invito a
que tu materia de oración sea «revisar» las imágenes idolátricas de «dios» que puedas
tener y las notas principales del Dios Padre de Jesús tal y como se nos presenta en el
Evangelio.
Una segunda ruta que te propondré será la de la contemplación de tres momentos de
la vida del Jesús del Evangelio, para conocer cómo es su Padre Dios.

1ª Ruta
Verdaderas y falsas imágenes de Dios:
nuestros dioses y el Dios de Jesús[30]
1) Algunos ídolos a los que puedes estar adorando sin saberlo:
– El dios perfeccionista, un dios que quiere el perfeccionismo de sus creyentes, que
se vuelve implacable con quienes no alcanzan la perfección. Es un dios tirano y
exigente. Responde a un carácter obsesivo y angustiado, que no comprende la
propia imperfección y le angustia la posibilidad de caer una y otra vez en los
mismos pecados.
– El dios sádico, que exige sangre, cosas que nos duelan. Un dios que nos hace
sentir que la virtud es difícil y exige mucho sacrificio. Es el dios de la expiación.
El dios que refleja a veces el Antiguo Testamento, pero que también ha sido
transmitido en la catequesis y se refleja en algunos aspectos de la piedad popular.
Se presenta como un dios que nos entrega a su hijo para que lo matemos y, de ese
modo, aplacar su ira (¿qué tipo de padre puede querer el sufrimiento de su hijo?).
Adoramos a este ídolo cuando creemos que el dolor es bueno e incluso lo
pedimos. Pero no debemos olvidar que el masoquismo es una disfunción sexual,
no una virtud cristiana. La actitud cristiana no es la de pedir a Dios
sufrimientos... Debería, más bien, tomar una forma semejante a esta: Señor, que
cuando llegue el sufrimiento (que llegará, sin duda) no huya; ayúdame a vivirlo
como tú lo hiciste.
– El dios negociante, con el que se puede comerciar. Adoramos a este ídolo cuando
prometemos una misa, un regalo, una donación, un sacrificio... si me concede lo
que le pido (una curación, un beneficio económico, un trabajo, etc.). En el fondo,
es un dios manipulable que «obedece» a las oraciones, a los ritos o a los
conocimientos más o menos esotéricos.
– El dios personalista e intimista, dios de mi propiedad, al que manejo a mi gusto,
hecho a mi imagen y semejanza («mi diosito»), que defiendo frente a la
posibilidad de que me lo ataquen, y así tenga que cambiarlo. Con este tipo de
ídolo podemos llegar a mantener la misma relación que Gollum tenía con el

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anillo de poder («mi tesoro»).
– El dios juez implacable, siempre dispuesto a juzgarnos y castigarnos, sobre todo
en lo que respecta a cuanto que tiene que ver con la sexualidad. Es el dios que
mira solo las categorías, nunca a las personas. Es el dios que nos «etiqueta» y
para quien la ley es antes que el ser humano.
– El dios placentero y «facilón», que es, en realidad, una proyección infantil de
nuestras imágenes y miedos, que excluye el dolor y se lo ahorra a sus fieles
devotos... El dios «creado» por nuestro principio del placer. Adoramos a este
ídolo cuando prestamos oídos sordos a palabras de Jesús tales como: «niégate a ti
mismo», «carga con tu cruz», «si el grano de trigo no muere...» Un dios de la
falsa conciliación y la falsa paz, un dios de paz sin justicia, de bienestar sin
conflicto, de ideología sin compromiso, de religión sin sacrificio. Un dios que no
quiere ver la realidad.
– El dios «todopoderoso», frente al cual no logramos entender que no actúe para
acabar con el mal en el mundo y en la historia humana. Un dios frecuentemente
alimentado en la predicación y en la catequesis, pero que entra en crisis frente al
dolor y el mal en el mundo. Si pensamos que Dios puede hacerlo todo, siempre, y
en cualquier momento..., mucho me temo que, si un niño de África muere de
hambre, o una persona muere de cáncer..., «ese dios es un malvado». Adoramos a
este ídolo cuando olvidamos que Dios es todopoderoso en el amor; es
todopoderoso porque nos quiere más allá de lo que podemos pensar, porque nos
quiere tanto que nos da la libertad.

2. Frente a estos ídolos, Jesús te invita a conocer y dejarte iluminar por el Dios del que
nos habla, por el Dios que nos revela con su vida y con su palabra.
– El Dios de Jesús es el Dios de la misericordia, como tantas veces nos recuerda el
papa Francisco. Es el Dios que encontramos en las parábolas del capítulo 15 de
Lucas. Es el padre del Hijo Pródigo, a cuyo encuentro sale al verle llegar desde
lejos. Es el pastor que va a buscar a la oveja perdida (que está en peligro), y no
descansa hasta que la encuentra. Es la mujer que pone la casa «patas arriba»
hasta que encuentra la moneda y exulta de alegría con las vecinas. Y sería bueno
que no olvides que tú eres esa oveja, esa moneda y ese hijo. Es el Dios que
rompe todos los esquemas de justicia humana. Es el Dios que pone su corazón al
lado de nuestras miserias. Es el Dios de la compasión, al que se le conmueven las
entrañas por sus hijos.
– El Dios de Jesús es el Dios del amor incondicional, que nos quiere por lo que
somos y no por lo que hacemos. Como nos recuerda san Pablo, es quien nos ha
querido cuando aún éramos pecadores (Rom 5,8). Jesús nos hace patente, una y
otra vez, ese amor incondicional de Dios, puesto que «no necesitan médico los
que están sanos, sino los enfermos; no he venido a llamar a justos, sino a

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pecadores» (Mc 2,17).
– El Dios de Jesús es el Dios de la gratuidad. Todo en Él es gratuito. Todo en Él
(todo Él) es regalo: «No vine a ser servido, sino a servir y dar la vida en rescate
por muchos» (Mc 10,45). No acabamos de entenderlo del todo... Ni se le compra
ni se le vende. ¿Crees que puedes hacer algo para comprar a Dios? Es un Dios
que se nos entrega gratis y que nos invita a entregarnos del mismo modo.
– El Dios de Jesús es el Dios del Reino, es decir, de un proyecto histórico, de un
Reino que implica paz, justicia, concordia, solidaridad, igualdad, respeto entre
todas las personas, reconciliación con la naturaleza... Es un proyecto que
comienza ahora (ya sí) y termina en la plenitud de Dios (todavía no). El Dios de
Jesús tiene una causa, y esta es su Reino. «Tuve hambre y me distéis de comer...»
(Mt 25,31-46).
– El Dios de Jesús es el Dios que se experimenta, es decir, se le conoce y se le
comprende desde la experiencia y el encuentro con Jesús, y no tanto desde el
conocimiento (Jn 14,8-9). Conociendo a Jesús, conocemos a Dios. Sin Jesús
sabríamos mucho menos acerca de cómo es Dios. «Te doy gracias, Padre, Señor
de cielo y tierra, porque has ocultado estas cosas a los entendidos y se las has
revelado a los ignorantes» (Mt 11,25).
– El Dios de Jesús es el Dios de la Libertad. Es un Dios que pone el amor por
encima de la ley, a las personas por encima de las categorías, la misericordia por
encima de la justicia. Es un Dios que nos invita a confiar en Él y a dejarnos llevar
por Él. «Habéis sido llamados a la libertad; solo que no toméis de esa libertad
pretexto para la carne; antes, al contrario, servíos por amor los unos a los otros»
(Gal. 5,13).
– El Dios de Jesús es el Dios Pascual, que nos enseña algo radicalmente nuevo:
que «si el grano de trigo no muere, no da fruto» (Jn 12,23-24). El Dios que se nos
revela en Cristo, que da sentido al saber entregarse hasta el fondo y que nos
muestra que la muerte puede generar vida (Jn 12,25-26). Es un Dios que nos
invita a entregarnos hasta el final, porque así es Él.
– El Dios de Jesús es el dios encarnado, «metido» en la tierra. El Dios que se
manifiesta en la Encarnación escoge lo débil, lo pobre, lo pequeño... como cauce
para revelarse (Jn 1,14).
– El Dios de Jesús es el Dios de la esperanza, que provoca en nosotros la
capacidad de creer y de esperar, que hace posible que colaboremos en la
transformación de la historia...

«[...] en un mundo de víctimas, poco se conoce de un ser humano por el mero


hecho de que éste se proclame creyente o increyente, mientras no se añada en qué

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Dios no cree y contra qué ídolos combate. Y si en verdad es idólatra, poco
importa, a la postre, que afirme aceptar la existencia de un ser trascendente o
negarla. Y eso no es nada nuevo: ya lo afirmó Jesús en la parábola del juicio
final». Por eso, “para decir toda la verdad siempre hay que decir dos cosas: en
qué Dios se cree y en qué ídolo no se cree. Sin esa formulación dialéctica, la fe
permanece muy abstracta, puede ser vacía y, lo que es peor, puede ser muy
peligrosa, pues permite que coexistan creencia e idolatría”»[31].

2ª Ruta
¿Cómo nos aparece Dios en Jesús?
Tres iconos de cómo es Dios para Jesús

Petición:
Conocimiento interno del Señor para comprender su apasionamiento por Dios, para
descubrir cómo es su Padre.
Contempla a Jesús en tres momentos de su vida, de su ministerio, y descubre y
agradece al Dios que se revela en ellos.

1. Curación en sábado
«Entró de nuevo en la sinagoga, y había allí un hombre que tenía la mano
paralizada. Estaban al acecho a ver si le curaba en sábado para poder acusarle...»
(Mc 3,1-6).

En el relato de la curación del hombre con la mano paralizada se nos hace


transparente un Dios que «no entiende de sábados». Para Jesús, Dios no es el obstáculo
de la curación, sino su condición de posibilidad. Para poder curar en nombre de su Padre,
primero Jesús ha interiorizado el dolor del mundo como dolor de Dios.
Dios nos aparece en Jesús como quien se compadece e invita a curar. Y, así,
podemos intuir que el modo de alabar, servir y hacer reverencia a Dios no es la Ley, sino
la curación.
Te invito a hacerte dos preguntas «inocentes»:
– ¿entiendes la Ley como lo hacía Jesús o la entiendes de otra manera?;
– en tu vida concreta, ¿el hombre es para el sábado o el sábado es para el hombre?

2. El Dios del consuelo


«Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas
a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te
ha parecido mejor. Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo

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más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se
lo quiera revelar. Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os
aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de
corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi
carga ligera» (Mt 11,25-30).
El contexto de esta acción de gracias de Jesús es, con bastante probabilidad, el
momento en que se da cuenta de que los grandes de Israel no aceptan su mensaje. Son
palabras que Jesús pronuncia cuando ve que su mensaje no «cala» en los poderosos de
Israel, y comienza entonces a vislumbrar el horizonte de la Cruz.
En medio de este futuro, que se manifiesta incierto, Dios emerge como Padre. Dios
aparece como quien consuela. Dios es quien consuela nuestro presente y nuestro futuro.
– Y tú, ¿qué ves cuando miras hacia el futuro?
– ¿Qué palabras pronuncias ante el futuro incierto?
– ¿Te puedes imaginar un futuro que no esté habitado por Dios?
Puede que tengas miedo al futuro porque te lo imaginas «deshabitado» por Dios.
Pues para ti, como para Jesús, Dios se manifiesta como quien consuela. Si toda nuestra
historia está llamada a ser memoria agradecida de su presencia, ¿cómo puedes imaginar
siquiera un futuro en el que Dios no esté sosteniéndote y acompañándote?

3. Si eres el Hijo de Dios...


Contempla el Dios que Jesús confiesa en medio de las tentaciones[32].
Está escrito:
• «No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de
Dios».
• «No tentarás al Señor tu Dios».
• «Al Señor tu Dios adorarás, y sólo a él darás culto».
(Mt 4,1-11)

En las tentaciones, Dios emerge para Jesús como aquel a quien no se puede
manipular. Jesús acepta a ese Dios como es, no como su «principio placer» desearía que
fuera. Jesús experimenta así a Dios: es un padre accesible, pero es un Dios libre.
Cada una de las tentaciones versa sobre un aspecto importante del ser, del hacer y del
querer de Jesús... Jesús es tentado en cómo ser Mesías:

1ª Tentación, sobre las dificultades de la vida:


• lo que pretende el tentador: ¡ahórratelas!
• a lo que Dios invita: no des un rodeo, atraviésalas.

2ª Tentación, sobre la misión:

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• lo que pretende el tentador: ¡busca un atajo!
• a lo que Dios invita: camina en mitad de mi pueblo.

3ª Tentación, sobre el poder:


• lo que pretende el tentador: ¡adquiere y usa el poder!
• a lo que Dios invita: confía en que yo escojo lo débil.

Ante este Dios que se revela en las tentaciones, Jesús solo puede decir: «confío en ti,
sé que no te puedo manipular»...

En algún momento «de descanso» de este día o, también, como alternativa a alguna
de las rutas que te propongo, puedes hacer una lectura lenta, sapiencial, en clima de
oración, del escrito titulado «Perdonen, pero no creo», de Mons. Romulo Emiliani. Y, al
terminar, puedes escribir con tus propias palabras en qué Dios crees y en qué «dioses»
no crees...

PERDONEN, PERO NO CREO

«No creo en un Dios que se complace y adormece con ceremonias de incienso y


cánticos casi angélicos, pero hechos sin devoción. Tampoco creo en un Dios
pendiente de un culto hecho sin pasión y amor y que bendice copiosamente al que
más «limosna da al templo», si la intención es solo brillar ante los demás, porque
“ya recibió su paga”; así como no creo en el Dios que calmaba su ira con sacrificios
humanos en los antiguos templos o que perdonaba pecados por la ofrenda sacrificial
de animales.
No creo en un Dios que manda matar a los otros por demostrar la auténtica fe o
para rescatar lugares santos, o que ahora decide destruir antiguas esculturas de otras
religiones para preservar la pureza de una tradición.
No creo en un Dios que te dice que solo está en una religión o que se encuentra
exclusivamente en un santo lugar.
No creo en un Dios que declara “guerra santa” y hace llamar “infieles” a
quienes no lo adoran como supuestamente él quiere. No creo tampoco en un Dios
que mandaba a los negros ir a un templo, y a los blancos a otro; ni tampoco en un
Dios que “se siente mejor” en la iglesia lujosa e incómodo en la ermita.
No creo en un Dios “de bolsillo” que me sirve cuando estoy en crisis o que
ampara mis pecados si rezo o hago una donación. Perdonen, pero no creo en el Dios
“tragamonedas” que funciona cuando hago una novena o enciendo una vela, si es
“mágica” la intención. No creo en un Dios ingenuo que, porque “no mato ni robo”
disimula mi terrible pecado de omisión. Tampoco creo en dioses nuevos y viejos a

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los que se adora por su temporal y efímero poder: dinero, personas, ideologías y
placer. Como tampoco creo en los que se arrodillan ante estos ídolos de barro y
adulan y hacen trampas y lo que sea para alcanzar su “bendición”. No creo. Todos
esos dioses pagan a sus aduladores con su perdición.
Creo en el Dios que es más grande que el universo y no necesita nuestras
ceremonias para saber que “ÉL ES EL QUE ES”.
Creo en un Dios que se complace contemplando la belleza de un niño dormido
encima de un cartón sobre el piso de tierra de una casa de techo de paja y que le
recuerda a su Jesús nacido en Belén.
Creo en un Dios que se encuentra a gusto en la celebración de misa en la capilla
pobre de un barrio cualquiera, donde el viejo sacerdote y cuatro mujeres, quizá más
ancianas que él, balbucean las sagradas fórmulas y rezan por el hijo perdido en el
licor o el marido muerto.
Creo en el Dios que se goza con la fe sencilla de los sufridos de siempre y
camina con ellos todos los días buscando el empleo que nunca llega. Creo en un
Dios de ternura y consuelo que busca al pecador y no descansa hasta tenerlo de
vuelta en su casa. Creo en un Dios Compasión que recibe al que lo ofendió y lo
acurruca en su corazón y manda hacer fiesta en el cielo por su conversión.
Creo en un Dios que nos prepara una morada celestial y que nos tendrá con Él
para siempre.
Creo en un Dios que nos invita a seguir nuestra religión y ser fieles a nuestra fe,
pero sin despreciar la de otros. Creo en un Dios que quiere que conozcamos y
amemos a su Hijo Jesucristo y que lo adoremos en la Palabra y en los Sacramentos,
en nosotros, en los demás, sobre todo en los pobres, y cuyo Espíritu está presente en
todas las culturas y en la naturaleza.
Creo en un Dios que nos dice que el universo es su templo y que todo es
sagrado, porque proviene de Él. Creo en un Dios que nos invita a despertarnos de
nuestro sueño y ver la vida con sus ojos y a trabajar con pasión por un mundo
mejor, y que quiere que desarrollemos nuestros carismas y que pensemos en los
demás. Creo en un Dios que se torna brillante, todo luz, en la anciana de serena
mirada que en su mecedora desgastada recuerda los años que se fueron y a los seres
queridos que ya no están.
Creo en un Dios que vive y reina en los desposeídos y que sitúa su reino en los
hombres y mujeres de buena voluntad. Creo en un Dios que “se pasea por el jardín”
de nuestros corazones y se complace viendo las flores de la humildad, generosidad,
gratitud y compasión. El Dios en quien creo sufre de manera misteriosa, pero real,
mientras sigue la pasión del mundo y está actuando en la historia para liberarnos de
todo mal. Creo en el Dios Crucificado que agoniza con los moribundos de nuestros
hospitales y que está en las cárceles esperando la visita que nunca llega.
Creo en un Dios que está aquí y en muchas partes donde no nos osamos
acercarnos, por miedo o por asco. Creo en el Dios que vio la Madre Teresa tirado en

92
las calles como un perro sarnoso y al que recogió, limpió y asistió hasta morir
dignamente en una cama, allá en Calcuta. Creo en el Dios del Calvario y de la
Resurrección.
En ese Dios yo creo».
Mons. Rómulo Emiliani, CMF

93
Puntos de la tarde
¡Que Dios te llene el corazón!
Yo creo que Ignacio, a lo largo de los EE, intenta abrir progresivamente nuestro corazón
para ayudarnos a descubrir que hay una voluntad amorosa que cristaliza en nosotros, en
ti. El deseo para esta tarde es que Dios te llene el corazón. Te invito a que pidas sentirte
con Cristo, arraigado en su Padre y en un amor al prójimo sin excusas y de todas las
maneras posibles.

Tres contemplaciones,
tres posibles itinerarios para esta tarde
Te vuelvo a recordar que la dinámica de la contemplación ignaciana consiste en ver a las
personas, escuchar lo que dicen, mirar lo que hacen, como si presente te hallases.
Contemplas, no para quedarte en la propia contemplación, sino para ir viendo, sintiendo,
conociendo, intuyendo qué relación tiene eso que estás contemplando con tu vida. Una
coletilla de Ignacio presente en las contemplaciones es la invitación a «reflectir para
sacar algún provecho».

RUTA 1ª
«Echarnos al monte» (Mt, caps. 5-7)
Como composición de lugar, te propongo que te sitúes en el Monte de las
bienaventuranzas, tratando de ponerte en el lugar de la gente que escucha. E imagina que
Jesús te lo está diciendo a ti
Pide en el monte la capacidad de conocer personalmente a Jesús. Haz una lectura
contemplativa de estos tres capítulos. (Una sugerencia: escucha el discurso del monte,
pero deja las Bienaventuranzas para el final. Como en las bodas de Caná, deja el mejor
vino para el final).
Que sea tu deseo no tanto admirar la doctrina (que es preciosa) con la mente... Pídele
al Señor que llene tu corazón, escucha a Jesús: lo importante es Él, su persona... No
olvides que «convertirse es ser atraído».
Tú eres uno de esos discípulos suyos que se acercan a Jesús en el monte. El Padre
nos ha dicho: «este es mi hijo amado, escuchadle»; pues esa es la invitación para esta
tarde, para toda tu vida: ¡escúchale! Deja que sus palabras vayan calando en tu corazón.

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«Viendo a la muchedumbre, subió al monte, se sentó, y sus discípulos se le
acercaron. Y tomando la palabra les enseñaba...:
“Vosotros sois la sal de la tierra... la luz del mundo...”
“...si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa vais a tener?”
“Vuestro Padre sabe lo que necesitáis antes de pedírselo”.
“No amontonéis tesoros en la tierra...”
“Donde está tu tesoro, allí está tu corazón”.
(...)»

(Y, como te decía, deja las Bienaventuranzas para el final de tu oración).


Las Bienaventuranzas no son un «discurso doctrinal». Están dichas por Jesús «en
primera persona». Jesús se descubre así, tal como lo expresa en esas palabras. Podríamos
decir que las Bienaventuranzas son «autobiográficas». Jesús predica lo que ha
experimentado y descubierto en sí. No habla de oídas: Jesús, que es pobre, se siente
bienaventurado; Jesús, que es limpio de corazón, siente que es bienaventurado; que
trabaja por la paz, que es manso, que es humilde, que tiene hambre y sed de justicia, que
ha llorado... Se sabe, se siente, bienaventurado.
Después de saberte escogido por el Señor, «mírate» en el espejo de las
Bienaventuranzas. Ve al monte de las Bienaventuranzas, donde se formula el programa
de Cristo.
Un problema que puedes tener es que te sepas de memoria las Bienaventuranzas.
Quizá no deberías olvidar que no son obvias y que, si no te «extrañan» al menos un
poco, puede ser que no las hayas entendido del todo. Para entenderlas de verdad
necesitas que te sean reveladas, necesitas la gracia de Dios, necesitas que el mismo Jesús
te enseñe y te muestre que estás llamado a ser bienaventurado, es decir, pobre de
espíritu, manso, misericordioso, limpio de corazón, pacífico, perseguido por causa de la
justicia... Dale un voto de confianza a Dios.

RUTA 2ª
Salir al camino (Lc 10,25-37)
Te invito a contemplar la parábola del buen samaritano. Lee despacio esta narración, en
la que Jesús contesta a la pregunta «¿Quién es mi prójimo?» Sal a ese camino y mira lo
que hacen las personas de este relato...

«Un doctor de la ley le preguntó para ponerle a prueba: “Maestro, qué debo hacer
para heredar la vida eterna” (...) Él, queriendo justificarse, preguntó: “¿Y quién es
mi prójimo?”
Y Jesús contestó: “un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó (...), pasaron un
sacerdote (...) y un levita (...lo vieron y pasaron de largo...). Al samaritano se le

95
conmovieron las entrañas (...) ¿Quién se portó como prójimo?” (...) “El que lo
trató con misericordia” (...) “Ve y haz tú lo mismo”».

Ante toda realidad doliente podemos hacernos dos tipos de pregunta. Podemos
formular la pregunta narcisista: ¿qué me va a pasar a mí si me detengo a ayudar a este
hombre? Pero también podemos formular la pregunta cristiana: ¿qué le va a pasar a este
hermano si yo no me detengo?
Probablemente, tanto el sacerdote como el levita se dirigían al Templo, y es que
deberías preguntarte si, por querer dar gloria a Dios, dejas al hermano herido en los
bordes de los caminos, en las cunetas de la historia... Y puede que no tengas que recorrer
mucho terreno para encontrar cunetas; puede que no tengas que salir de tu familia, de tu
centro laboral, de tu comunidad religiosa o de tu parroquia para encontrarlas.
Al contemplar esta parábola, al dejar que penetre en tu corazón, escucha la invitación
a salir a los caminos que recorres todos los días (y también a caminos nuevos) y buscar
al malherido...
Y pide ser consciente de que a quien se encuentra herido en el borde del camino solo
le levanta el que sabe curar... porque curar es amar.

RUTA 3ª
Comenzar a «entrever» ya la tercera semana
con el capítulo 11 de Juan.

La resurrección de Lázaro
Te invito a leer esta narración como quien la lee por primera vez. No pierdas de vista que
la finalidad del relato es «para que creáis». Para que creas que Él es la resurrección y la
vida («El que cree en mí vivirá para siempre»).
Lee despacio y fíjate en las personas, sobre todo en Jesús: lo que dice, lo que hace, lo
que siente... Lee este pasaje como escrito para ti hoy. Y deja que te llegue como una
oferta. Porque Jesús te está diciendo también: «Sal fuera». Sal fuera de las tumbas en las
que estás, deja que Jesús desate tus manos y te invite a andar. Acércate a Cristo, que
vence a la muerte y a las muertes.
Una petición para esta oración podría ser: a las puertas de tu pasión quiero
conocerte, Señor; ayúdame a acompañarte en estos momentos.
Contempla a Jesús, el que se conmovió al ver tanto dolor y tanta pena.

Punto 1º.
«Señor, tu amigo está enfermo».
Jesús no se mueve al enterarse de la enfermedad de su amigo; y cuando llega, Lázaro ya
ha muerto. Es un Cristo que se nos presenta paradójico: «Si crees, verás la gloria de
Dios». Nos pide la entrega confiada en los momentos de muerte y decepción. Y es que,
para que Dios actúe, antes hemos de confiar en Él. Pídele a Dios un corazón confiado,

96
que no permita que las dudas se apoderen de tu corazón. Desde lo hondo de la muerte
hay que entregarle la confianza (que es la forma básica de la fe).
La verdad solo terminamos entendiéndola si confiamos en Jesús. Sólo así
entendemos lo que es la vida verdadera. La verdad solo se ve si entras en Él. Si entras en
el camino de Jesús, verás qué es vida verdadera. Sabemos que «solo el que hace la
experiencia de dar sabe que hay más gozo en dar que en recibir».
Vivimos en un mundo que, de alguna manera, nos ha educado en el sentido de que es
preciso entender para después creer. Pero, en las cosas verdaderamente importantes de la
vida, ¿no sucede la contrario?: «cree, y entonces entenderás».

Punto 2º.
«Yo soy la resurrección y la vida...
se conmovió y se puso a llorar».
Solo salvaremos al mundo si conocemos su dolor. El icono de nuestras vidas es Marta,
que se mueve entre la fe y las lágrimas. Tu vida se mueve entre las lágrimas y la fe.
Recibe a Jesús, pide que entre en tus aflicciones y tristezas y déjale poner vida en tus
pequeñas (y no tan pequeñas) muertes diarias. «Creo, Señor, que tú eres el hijo de Dios»
(Marta).
Pregúntate en qué necesitas resucitar. Porque estás/estamos llamado/s a dar Vida y, a
veces, a tu/nuestro alrededor creas/creamos un erial.

Señor,
tú haces las obras de Dios
que pone ser en la nada,
que pone vida en la muerte,
yo creo en ti,
que pones futuro en la desesperanza.

Punto 3º.
«¡Lázaro sal fuera!»
Jesús se enfrenta a la muerte, a los sepulcros, a todo lo que quita vida. Considera el
sepulcro de Lázaro como icono de esa muerte que se da en plena vida... Experimenta a
Jesús diciéndote: «sal fuera». Y pregúntate de qué sepulcros tienes que salir; en qué
sepulcros te has metido; qué desesperanzas te aprisionan... Puede que hayas descubierto
muchas de tus sepulcros en la oración de la Jornada Ignaciana (banderas, binarios,
humildad), ¿verdad?
Jesús amaba a estos tres hermanos. Mira a las personas, escucha lo que dicen...
Marta, que sale corriendo al encuentro de Jesús, es la atenta, la discípula; María, que se
queda con los que han ido a llorar, se «encierra», ante lo horrible del mundo, en
nostalgias interiores...; y Lázaro, que no dice nada, la dureza del mal le ha dejado sin

97
palabras, pero recibe la gratuidad del don de Jesús.
Marta, María y Lázaro son los tres amigos de Betania... Recuerda tus Betanias. ¡Qué
importante son esos amigos que Dios pone en tu vida, que te quieren en profundidad!
Recuerda en oración los lugares donde puedes reposar, las personas que te quieren
incondicionalmente. Tráelas a la oración y da gracias a Dios por ellas. Pide al Señor
tener amigos, amigos buenos, y pídele ser capaz de amarlos. Porque amar y ser amado
es sentirte vivo.

Termina tu oración viendo las reacciones de las personas ante Jesús, que es el camino, la
verdad y la vida:
«Muchos de los judíos que habían venido a casa de María, viendo lo que había
hecho, creyeron en él» (v. 45)
Pero otros...
«Desde este día, decidieron darle muerte» (v. 53)

28. Se trata de no pasar como ateos por la vida (o como humanistas buenos), sino de ser
conscientes de que Dios habita toda realidad.
29. «Sin ánimo de ser exhaustivos, podemos ir delineando las diversas tradiciones sobre
Dios, propias de Israel, que influyen en Jesús. En primer lugar, la tradición profética
con su Dios de la parcialidad ante el pobre y que está contra el pecado histórico que
crea una situación de injusticia, el Dios que busca la conversión personal, que suscita
la vocación del profeta, exigiéndole todo, incluso la propia vida. El Dios del
conflicto, precisamente por su parcialidad hacia los oprimidos. La tradición
apocalíptica sobre Dios, con el énfasis en la renovación de la realidad como obra de
los últimos tiempos, renovación gratuita, llevada a cabo por su poder, y a la que
precederá un cataclismo universal. La tradición sapiencial del Dios creador-
providente, que permite que en la historia crezcan juntos justos y pecadores, el Dios
bondadoso en quien se puede confiar. La tradición sobre el Dios, del cual solo se
escucha su silencio –como en el huerto y en la cruz–, con antecedentes en algunos
salmos, el Qohélet y Jeremías»: J. SOBRINO, «La oración de Jesús y del cristiano»:
Selecciones de Teología 71 (1979) 197; cf. artículo original: J. SOBRINO, «La oración
de Jesús y del cristiano»: Christus 500 (1977) 25-48.
30. Resumido y adaptado de: C. R. CABARRÚS, Cuaderno de bitácora, para acompañar
caminantes. Guía psico-histórico-espiritual, Desclée de Brouwer, Bilbao 2000, 171-
175.
31. J. SOBRINO, El principio-misericordia. Bajar de la cruz a los pueblos crucificados,
Sal Terrae, Santander 1992, 24-25.

98
32. «Las tentaciones que sufrió Jesús se pueden ver desde dos ángulos distintos que se
complementan y explican el uno al otro. El primer ángulo es el moral, que se refiere
al correcto proceder de la gente. Desde este ángulo queda claro que lo que se
propone a Jesús y Jesús rechaza es la vida entendida como manera de tener cosas
(primera tentación); lo que también rechaza Jesús es la vida entendida como forma
de ganar el aplauso y la valoración de los demás (segunda tentación); y lo que Jesús
rechaza, finalmente, es la vida como una posibilidad de poder y dominio sobre
cuanto más y cuantos más, mejor (tercera tentación).
Otro ángulo, el segundo, es el de las convicciones religiosas, es decir, el ángulo
que nos dice cómo Jesús quería y no quería entender y vivir a Dios en su vida. En
este caso, la primera tentación presenta a Dios como alguien que me interesa porque
me da de comer, me da cosas [...]. La segunda tentación presenta a Dios como
alguien que nos va cubriendo las espaldas en la vida, el Dios tapa-agujeros [...]. La
tercera tentación presenta el poder camuflado de Dios; o también nos habla de
muchas cosas que las personas podemos convertir en dioses para satisfacer nuestro
tiempo, nuestro corazón, nuestras vidas»: M. REGAL, Jesús, aquel hombre de pueblo.
Materiales para la iniciación en el conocimiento de Jesús, PPC, Madrid 2016, 22.

99
Sexto día

TERCERA SEMANA:
SI EL GRANO DE TRIGO
NO MUERE...

«No hay amor más grande


que dar la vida por los amigos» (Jn 15,13)

LIBRA MIS OJOS DE LA MUERTE

Libra mis ojos de la muerte;


dales la luz, que es su destino.
Yo, como el ciego del camino,
pido un milagro para verte.

Haz de esta piedra de mis manos


una herramienta constructiva,
cura su fiebre posesiva
y ábrela al bien de mis hermanos.

Que yo comprenda, Señor mío,


al que se queja y retrocede;
que el corazón no se me quede
desentendidamente frío.

Guarda mi fe del enemigo.


(¡tantos me dicen que estás muerto!)

100
Tú que conoces el desierto
dame tu mano y ven conmigo.
José Luis Blanco Vega, SJ

101
Puntos de la mañana
Entrada a la tercera semana
«Nuestra generación es muy realista, pues, después de todo, hemos llegado a
conocer al hombre en estado puro: el hombre es ese ser capaz de inventar las
cámaras de gas de Auschwitz, pero también es el ser que ha entrado en esas
mismas cámaras de gas con la cabeza erguida y el Padrenuestro o el Shemá Israel
en los labios»[33].

La experiencia nos muestra que del ser humano puede salir lo mejor... y lo peor; puede
ser crucificado... y también crucificar a otros. Esto forma parte del misterio de nuestra
vida. Como diría san Pablo, es el misterio con el que todo ser humano se encuentra; «no
hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero» (Rom 7,19).
Ignacio quiere que seas consciente de las tres experiencias fundantes con las que
llegas a este momento de los EE: a) eres criatura amada; b) eres pecador acogido; y c)
eres compañero llamado. Pues bien, Ignacio es consciente de que existe una cuarta
experiencia fundante que es preciso evangelizar: «amar es dar vida a los demás», y solo
podemos dar vida «dando de la propia vida». Más aún, solo podremos dar vida si
«entregamos totalmente nuestra vida». Pues bien, la experiencia nos dice que, si no
evangelizas este nivel, en algún momento vas a salir corriendo «como alma que lleva el
diablo».
Esta es la finalidad de la tercera semana de EE: exponerte «en directo» a la Pasión de
Cristo o, mejor dicho, Ignacio de Loyola te invita a contemplar a Cristo en su pasión.
Dicen los maestros del espíritu que esta tercera semana puede ser de profundas
frustraciones, porque, cuando más queremos compadecer (con Cristo), es como si se nos
secara la fuente de la compasión. La oración de la tercera semana no admite
protagonismo alguno por parte del que contempla[34]. El centro solo puede ocuparlo
Cristo en su pasión. Si toda la Espiritualidad Ignaciana es marcadamente cristocéntrica,
la tercera semana lo es más profundamente aún. Tu tarea es acercarte a los misterios de
la pasión de Cristo y contemplar a esa humanidad tan querida en un momento en que las
tinieblas parecen triunfar. Pide al Señor que Él sea el centro de tus contemplaciones.
Pídele tener sus mismos sentimientos... y pídele paciencia. No corras, no vayas más allá
de dónde te lleva el Espíritu: «Si sucede, cuando tú quieras Señor».
Una tentación con la que puedes encontrarte hace referencia a que, en ocasiones,
cuando consideramos la Pasión del Señor, prestamos atención al dolor, al sufrimiento, y

102
solo nos fijamos en las torturas que padece el Señor, como si esto fuera lo importante de
aquella Semana Santa; como si la vida anterior de Jesús fuera una mera anécdota, un
añadido, algo que tiene poco o nada que ver con lo que ocurre en la Pascua del Señor.
Sin embargo, la muerte del Señor, la muerte de Jesús, no puede entenderse sin lo que
hizo y lo que dijo hasta entonces. Porque la cruz revela con todas sus fuerzas que Jesús
trató de vivir «como Dios manda»; la cruz revela cómo vivió Cristo. El modo en que
murió Jesús revela su modo de vivir.
Sin duda, has oído muchas veces que una prueba de amor consiste en ser capaz de
dar la vida por otra persona, en ser capaz de morir por otra persona. Pero nunca debes
olvidar que también es una prueba de amor el ser capaz de vivir por otra persona. No es
solo importante tener motivos por los que dar la vida, sino que también es muy
importante tener motivos por los que vivir. Jesús fue capaz de vivir y de morir POR TI.
Ante la cruz hemos de preguntarnos no solo si tenemos razones para dar la vida, sino
si tenemos razones para vivir. Sólo podemos entregar la vida viviendo.

Hace unos años, el obispo Gordon Bennett recordaba a unos jesuitas en el día de su
ordenación diaconal que «un sacerdote que no haya experimentado su propio
Getsemaní, o su propio calvario, o que busque refugios que no sean la sombra de la cruz
del Señor, no merece el pan que come». A muchos, sacerdotes y laicos, «se nos llena la
boca» diciendo que queremos seguir al Señor. Ahora bien, se trata de seguirle adonde va.
El problema es que el Señor tiene la «mala costumbre» de dirigirse hacia la cruz, y el
seguimiento que lleva en esa dirección no es un camino tan gratificante[35].
Al acercarte a Jesús en su pasión puede ser de ayuda que te hagas algunas preguntas:
– ¿a qué se te invita desde la cruz?;
– ¿qué te enseña la cruz del Señor?;
– ¿a qué vida se te invita desde la cruz?;
– ¿qué «poder» se te revela en la cruz?;
– ¿a qué «poder» se te invita desde la cruz?

Creo, en primer lugar, que descubrir el «poder de la cruz» nos revela que el amor
autentico es pasión. La cruz nos ofrece un lugar desde donde mirar apasionadamente a la
realidad. Es muy importante (¿qué duda cabe?) contemplar la cruz (más importante aún
es contemplar al Crucificado); pero es imprescindible contemplar el mundo desde la cruz
y mirar en la misma dirección afectiva y efectiva que el Crucificado. Primer poder de la
cruz: el poder de la mirada.
En segundo lugar, creo que descubrir el poder de la cruz lleva a esforzarse
seriamente para que no haya cruces en este mundo. Esa es la auténtica compasión. A
veces pensamos que compadecerse es, simplemente, «padecer con». Pero, en realidad,

103
esa es tan solo la mitad de la compasión. La compasión tiene un segundo momento, y es
el de luchar para terminar con las causas del dolor. Si no, no es compasión cristiana. La
compasión cristiana es padecer con el que sufre y trabajar para que quien sufre ya no
sufra más. La compasión cristiana evoca no solo ternura, sino también la voluntad de
enderezar lo torcido, de trabajar por la justicia. Dicho de otra manera, ahondar en el
misterio de la cruz nos hace considerar la entrega de la vida para que no haya cruces, es
decir, dar la vida por los crucificados de este mundo. Es experiencia recibida y
transmitida por la Iglesia que difícilmente podremos dar vida sin entregar la propia vida.
Segundo poder de la cruz: el poder de la compasión.

En tercer lugar, creo que descubrir el poder de la cruz nos desvela lo inhumanas que
pueden llegar a ser determinadas maneras de entender la vida, la religión, la política y la
sociedad. «Los sumos sacerdotes decidieron dar muerte también a Lázaro, porque a
causa de él muchos judíos se les iban y creían en Jesús» (Jn 12,10-11); «sin embargo,
aun entre los magistrados, muchos creyeron en él; pero por los fariseos, no lo
confesaban, para no ser excluidos de la sinagoga» (Jn 12 42); «... convenía que muriera
un solo hombre por el pueblo» (Jn 18 14); «pequé entregando sangre inocente [...] A
nosotros, ¿que? Tú verás...» (Mt 27,4); «inocente soy de la sangre de este justo, vosotros
veréis. Y todo el pueblo respondió: ¡Su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos!»
(Mt 27,24-25). La cruz nos desenmascara que las ideologías (también las religiosas)
pueden, y de hecho lo hacen, matar al justo. La cruz nos revela que no toda práctica, no
toda creencia religiosa es, automáticamente, humana y humanizadora. Tercer poder de la
cruz: el poder reconocer lo humanizador.

Mirar como Cristo, compadecer como Cristo, humanizar como Cristo. Pregúntate si
es posible una existencia cristiana auténtica (es decir, real, fecunda, plena) sin
identificarse con Aquel que nos envía y en el que estamos enraizados. En esto consiste la
cuarta experiencia fundante a la que me refería más arriba.

Acercarse a la pasión y a la cruz no es fácil. Puede que en ocasiones nos situemos al pie
de la cruz, como María y Juan; puede que nos acerquemos a Jesús obligados, como el
Cireneo; puede que, como la Verónica, busquemos aliviar su sufrimiento y su pasión; y
es posible que solo podamos acercarnos a la cruz del Señor como lo hizo José de
Arimatea, es decir, con algo de miedo, al final y cuando Cristo ya está muerto.
Y si no es fácil acercarse a la cruz, ¿cómo piensa Ignacio que lo vas a conseguir?
Pues acercándote a Jesús sin intermediarios... Y para ello te propone una serie de ayudas
para esta Tercera Semana, un conjunto de:

ELEMENTOS DE
PEDAGOGÍA
104
IGNACIANA

A lo largo de la tercera semana, nos encontramos con dos peticiones.


[193] Dolor, sentimiento y confusión porque por mis pecados va el Señor a la Pasión.
[203] Pena interna de tanta pena que Cristo pasó por mí.
Ambas peticiones se dirigen a un conocimiento íntimo del Señor que implica
acompañarle también en estos momentos.
Ignacio te invita a considerar lo que Cristo padece o quiere padecer [195]. Cristo va
a la pasión, no huye de ella. Va libremente. Una pasión que, tenemos que ser
conscientes, va a ser la nuestra, porque «el discípulo no es más que su maestro».
Considerar cómo la divinidad se esconde [196]. Todo parece transcurrir como si la
divinidad no estuviera... Como si el Padre se hubiera «retirado».
Qué debo yo hacer y padecer por él [197]. Pregúntate qué debes hacer y padecer
contemplando a Cristo en cruz. A Dios normalmente le ofrecemos la acción, pero nos
cuesta más ofrecer la pasión.
Acabar con un coloquio [198-199]. Ante el Señor en su pasión... habla pero, sobre
todo, escucha.

En el día de hoy contempla a Cristo y renuncia a tu «imaginario personal». Como te


decía antes, no se trata de contemplar la pasión, sino a Cristo en la pasión. No nos salvó
una tragedia, un mito, un conocimiento o una idea; nos salvó una persona que venía de
Dios. Así pues, no conviertas la pasión en una ideología, una «estética» o una doctrina...
Nos salvó una humanidad entregada como solo Dios podía entregarse. «Sólo un gran
amor recibido y devuelto es capaz de transformar nuestro corazón en las zonas
reticentes» (J. A. García); y si alguna zona es reticente, es la del sufrimiento, el dolor y el
mal, que tienen una entraña atea en sí mismos y que hacen que en nosotros surja la duda.
Cristo en su pasión parece mostrarnos que nadie es discípulo sin renunciar a su propio
cuadro de interpretación de lo que es vida verdadera.
Hay circunstancias en nuestra vida en las que quedamos «retratados»: cuando nos
toca escoger entre lo bueno y lo cómodo; en el modo de tratar a las personas que
nosotros consideramos superiores y a las personas que consideramos inferiores... Pues
bien, una situación vital en la que aparece claramente cómo somos es el sufrimiento, es
el dolor. Cuando nosotros padecemos dolor y sufrimiento, quedamos «retratados».
Contemplar a Cristo en su pasión nos muestra cómo es de verdad. El dolor no genera en
él desesperación ni odio, sino perdón. El dolor de Jesús nos transparenta un Dios que es
amor radical, incondicional..., pero es un amor que también puede ser amor abandonado.
El que pronunciaba las bienaventuranzas en primera persona las ha llevado hasta el

105
final.

Aquel primer Jueves Santo, Jesús nos deja su herencia. Y es que hablar de la Pasión del
Señor es hablar de cuerpo entregado, de sangre derramada, de pies lavados, de servicio al
pueblo... Y, desde luego, hablar de la Pasión, es hablar de amor.
Te pediría que te pusieras, con la imaginación, en la siguiente composición de lugar:
imagínate que estás al final de tu vida, que sabes que estás muriendo. Y entonces piensa
en lo siguiente:
– ¿a quién te gustaría tener a tu lado?;
– ¿qué te gustaría decirle?;
– ¿con qué gesto resumirías tu vida?;
– ¿cómo querrías ser acompañado?;
– ¿cómo te gustaría que compartieran tu dolor?;
– ¿qué palabras te habrían quedado sin decir?;
– ¿qué te gustaría dejar tras de ti?
Es posible que sentimientos parecidos a los que has sentido fueran los que
recorrieron el corazón de Jesús en aquella Última Cena, en aquel Jueves Santo.
Probablemente, Jesús sabía que nos tenía que dar lo mejor, como dejó el mejor vino para
el final en aquellas bodas en Caná de Galilea. Se ciñó una toalla y se puso a lavarles los
pies a sus amigos. Nos entregó su cuerpo y su sangre... Nos dijo que el amor es lo más
importante... Y también nos pidió que le acompañáramos en un tiempo de pavor y
angustia...

Te ofrezco tres textos para «contemplar» en esta mañana... (Y recuerda: ni tú ni tus


cosas sois el centro, sino solo Cristo)

* JN 13,1-15: LAVATORIO DE LOS PIES. En el relato de la última cena del evangelio de


Juan no se narra la institución de la eucaristía. En su lugar, se recoge un gesto de Jesús
que, sin duda, le quedó marcado para siempre: el lavatorio de los pies.
Ponte en torno a esa mesa aquel primer Jueves Santo. Siéntete invitado a celebrar la
pascua con el Señor y lee despacio, con calma, como quien lo escucha por primera vez,
el relato de Juan. Mira a las personas, escucha lo que dicen, contempla lo que hacen...
como si presente te hallases.
– «sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre».
– «habiendo amado a los suyos... los amó hasta el extremo».

106
– «...si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis
lavaros los pies unos a otros».
– «os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he hecho con
vosotros».
Escucha a Jesús, mira sus gestos... pide tener los mismos sentimientos que tuvo
Jesús.

* LC 22,14-20: LA INSTITUCIÓN DE LA EUCARISTÍA. Escucha a Jesús decirte que ha


deseado ardientemente celebrar esta pascua contigo. Maravíllate ante un Dios que no nos
da simplemente cosas, sino que se entrega a sí mismo, su cuerpo y su sangre...
Maravíllate ante ese Jesús que no se reserva nada para Él; te lo ha entregado todo.
«Tomad esto y repartidlo entre vosotros... Este es mi cuerpo, que es entregado
por vosotros... Esta copa es la Nueva Alianza en mi sangre, que es derramada
por vosotros... haced esto en recuerdo mío».
Imagina a Jesús diciéndote, como un amigo habla con otro amigo: «haz esto para
recordarme»; «yo estaré contigo todos los días hasta el final de los tiempos»; «cuando
dos o más estéis reunidos en mi nombre allí estoy yo...».
Y contéstale, como recitamos en una de las «Aclamaciones al Memorial» en la
liturgia latina:
«Cada vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz, anunciamos tu
muerte, Señor, hasta que vuelvas».
Ante el milagro de la última cena, del Pan partido, repartido y compartido,
pregúntale a Jesús: ¿cómo puedo yo partirme, repartirme y compartirme?

* MC 14,32-42: Getsemaní. Contempla a esa humanidad tan querida, también en la hora


del poder de las tinieblas. Jesús manifiesta su deseo instintivo de no querer morir. El
objeto de su oración se va transformando en aceptación, gratitud, fidelidad al Padre.
Aceptación que no es mera resignación, sino libertad entregada: «Hágase tu voluntad».

(v. 33) «Tomó consigo a tres Pedro Santiago y Juan».


Son los tres del Tabor, los que han visto a Cristo glorioso son llevados a Getsemaní,
porque no se trata de dos personas distintas: este es aquel...
«Comenzó a sentir pavor y angustia». No es «como si...», sino que Jesús siente
pavor y angustia, porque no es ajeno al hijo de Dios el pavor y la angustia. Dios no se ha
disfrazado de ser humano, sino que se hace uno de nosotros. Lo que ocurre es que Jesús
no permite que el pavor y la angustia se hagan los «señores» de su vida; solo Dios es el
Señor.
(v. 35) «Suplicaba que, a ser posible, pasara de él aquella hora».

107
(v. 36) «Abbà Padre, todo es posible para ti: aparta de mi este cáliz; pero no sea lo que
yo quiero, sino lo que quieres tu».
Nos encontramos con un hombre, un Hijo que, al final, entrega su sueño (al) en el
sueño de Dios. «Tan humano solo podría ser Dios» nos dice con acierto Leonardo Boff;
«Dios humanísimo», lo llamará Edward Schillebeeckx. En Getsemaní, Jesús ha
articulado ya por completo su libertad en la libertad del Padre.
Contempla cómo Jesús responde siempre a la tentación con oración, no con
ideologización. Un peligro que puedes (podemos) tener ante la cruz, es que te dediques
(nos dediquemos) al mundo de las racionalizaciones. Pero así no se puede integrar la
cruz, porque no hay racionalización que integre la cruz y el sufrimiento de manera
convincente. Solo el amor puede «integrar» la cruz.
Se nos presenta un Jesús que no quiere la cruz ni el sufrimiento, sino dar vida en
abundancia. Pero ese mismo Jesús sabe bien que no hay amor más grande que dar la vida
por los amigos. Y ese Jesús es el que se pone en las manos del Padre.
(v. 37) «Los encontró dormidos». Jesús también busca a sus discípulos en esa noche (te
busca a ti); es la humanidad buscando apoyo y consuelo. Es bueno buscar «ángeles» para
que nos consuelen y no encerrarnos en el propio dolor. Pero en Getsemaní se hace
patente que, en algunos momentos, «solo Dios podrá ser tu ángel», puesto que hay
niveles en nuestra vida que solo visita Dios.

(v. 38) «Velad y orad para no caer en la tentación». Escucha a Jesús, que, incluso en la
hora del poder de las tinieblas, es capaz de seguir siendo maestro... «No caigas en la
tentación», no escapes de la realidad que está viviendo Jesús para pactar con otras
realidades...
En el huerto de los olivos se nos presenta un Jesús que no quiere la cruz ni el
sufrimiento. Vuelvo a recordarte que el masoquismo no es una virtud cristiana, sino una
disfunción sexual. El dolor no es bueno: no es cristiano pedir el dolor. Pero tampoco lo
es huir de él «como alma que lleva el diablo».
En el huerto de los olivos se nos presenta un Jesús fiel a su Padre, que entrega su
vida para darnos la Vida. Con ese Jesús, y no con otro, haz un coloquio, mira y
escucha...

Como oración, en algún momento del día sería bueno recitar alguno de los cánticos del
siervo del profeta Isaías. Léelos despacio y con cariño, porque ayudaron a los primeros
cristianos a entender lo que había pasado: Is 42,1-7; 49,1-6; 50,4-9; 52,13 – 53,12.

108
Puntos de la tarde
«Verdaderamente, este hombre
era el hijo de Dios»
(Mc 15,39)

En la historia, muchos seres humanos bienintencionados han tratado de seguir el camino


de la cruz sin haber sido invitados por la gracia (sin ser llamados por el Espíritu), sin
haberse dejado primero «ser puestos con el Hijo». El resultado, en muchos casos, ha sido
la desolación de mente, cuerpo y espíritu. El punto no es «ir adonde queremos», la gracia
es «ser enviados», «ser recibidos», «dejarnos conducir». La clave es «ser llamado», «ser
puesto»... Nosotros no tenemos la iniciativa.
Recuerda que un primer peligro, y más en la tercera semana, es ir allí a donde no
somos enviados. No nos ponemos al pie de la cruz nosotros; sino que somos puestos con
el Hijo. Un segundo peligro es intentar encontrar lo que Gandhi llamaba «religión sin
sacrificio, riqueza sin trabajo, placer sin conciencia...»
Son dos peligros a considerar en nuestra vida:
– ¿Voy o soy enviado? ¿Me pongo o soy puesto?
– ¿Quiero en mi vida una mañana de resurrección sin la tarde del Gólgota? ¿Quiero
resucitar sin haber muerto?

Una palabra sobre la cruz,


para no «espiritualizarla»
ni demasiado
ni demasiado pronto...

– Para los romanos la cruz era «la más vergonzosa de las penas». El mismo
Cicerón, en uno de sus discursos de defensa en un proceso judicial, decía:
«...todo lo que tenga que ver con la cruz debe mantenerse lejos de los
ciudadanos romanos, no solo de sus cuerpos sino hasta de sus pensamientos,
ojos y oídos». (Cicerón, Pro Rubirio, 63 a.C.)

109
– En unas excavaciones en Roma, en el Palatino, se encontró un grabado.
Representaba a un crucificado con cabeza de burro, y debajo esta inscripción:
«Alexameno adora a su Dios».
– La cruz en la que muere Jesús, no era todavía el símbolo en que se triunfa, no
era un símbolo de victoria en las iglesias, ni un adorno de los tronos imperiales,
ni una valiosa condecoración.
– La cruz en la que muere Jesús es un signo de contradicción y de escándalo; algo
que nos habla de ignominia, rechazo y muerte.
– Conviene no olvidar las palabras de Pablo de Tarso: «Nosotros predicamos a un
Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles» (1
Cor 1,23)

Al contemplar a Cristo en su pasión vamos a conocerle mejor. Hemos pedido a lo


largo de los EE «conocimiento interno del Señor, que por mí se ha hecho hombre, para
que más le ame y le siga». Pues bien, ahora queremos que ese conocimiento sea más
profundo. Estamos pidiendo ser y sentirnos hermanos de Cristo, tener sus mismos
sentimientos; que en nuestro interior nazca una profunda solidaridad con el Crucificado
y, también, con la historia de liberación que queda resumida en esa cruz. Pon tu corazón
a resonar con el crucificado que muere por ti. No está ahí por casualidad; está ahí POR
TI.
Mirando al Gólgota, puede que entiendas mejor que la fuerza se manifiesta en la
debilidad. Una oración fecunda en esta tarde (en este día) consiste en recorrer la pasión,
hacer una lectura de ella pausada, sapiencial, de adoración... Para ello te ofrezco tres
posibilidades...
a) Puedes hacer una lectio continua de la pasión. Viendo las diferentes escenas,
contemplando a Jesús, escuchando sus palabras y sus silencios...
b) En esa lectio continua, en esa lectura sapiencial, puedes fijarte en los diferentes
personajes que van apareciendo y cómo se relacionan con Jesús: Pedro, Judas, los
guardias, Anás, Caifás, el Sanedrín, Pilato, Herodes, los soldados, «el pueblo»,
Simón de Cirene, las «mujeres que se dolían y se lamentaban por él», María
Magdalena, María, Juan, los «dos ladrones», el centurión, José de Arimatea,
Nicodemo...
c) Puedes «rastrear» en contemplación las siete palabras que Jesús pronuncia en la cruz:
– «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34).
– «Hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lc 23,43).
– «He aquí a tu Hijo: he ahí a tu madre» (Jn 19,26).
– «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mt 27,46).
– «Tengo sed...» (Jn 19,28).
– «Todo está cumplido» (Jn 19,30).

110
– «En tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc 23,46).
Otra posibilidad para esta tarde es dedicar un tiempo de oración a:

Contemplar el relato de la muerte del Señor:


Mc 15,29-39

a) Un hombre muere en la cruz, muere de verdad, absolutamente. No es «como si


muriera». Lo proclamamos en el Credo de la Iglesia: fue crucificado, muerto y
sepultado.
Ese Hombre, ese Hijo, no puede ni mentirse ni mentir a Dios. Su amor es dar la vida,
entregarse por entero... Muere sintiendo que su vida se va, que su causa se acaba. Pero
no muere desesperado, sino que muere rezando, muere perdonando, muere entregado en
los brazos de su Padre. Muere excluido, fuera de la ciudad, como había nacido (no había
sitio para él en la posada). El Dios que se manifiesta en Cristo manifiesta su gloria en
quien está excluido.
Y muere con un grito que se hace oración: ¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has
abandonado? Así muere el Justo. Así muere el Rey de reyes. Solamente el centurión es
quien se da cuenta: «verdaderamente, este hombre era el Hijo de Dios». Solo él ha
percibido que no se puede vivir ni morir así si no eres el Hijo de Dios.

b) La cruz es donde la verdad de Dios se hace patente: así es el amor de Dios... Nadie,
sino el mismo Dios, nos puede amar de esa manera. En esa cruz, en todas las cruces de
este mundo, se revela un Dios que no puede no ser amor. Muere el justo, el que hizo el
bien. Muere el Hijo de Dios.

c) Al contemplar a Jesús en su pasión, puedes y debes preguntarte: ¿De dónde te van a


venir los dolores? ¿Por dónde te vendrá la cruz? No hay que pedir la cruz: ya nos viene
sola. Nuestra petición ha de ser vivirla como Jesús. Pide al Crucificado que te dé fuerza
para no salir corriendo cuando llegue tu cruz. Acércate, mira, escucha y sitúa la cruz en
el centro afectivo de tu oración, la cruz en la que está clavada la salvación del mundo.

«No nos gusta el recuerdo del Dios crucificado. Y por eso falseamos su cruz
convirtiéndola de buena gana en un ídolo de nuestro optimismo práctico y de
nuestras cruzadas. Douglas Hall dijo una vez: «Sería una gran desgracia que los
cristianos emplearan la teología de la esperanza como otra ayuda religiosa para
evitar la experiencia de la cruz que se hace inevitable a tantos hombres en nuestro
campo de batalla». De hecho, no hay ninguna verdadera teología de la esperanza
que no sea ante todo una teología de la cruz. «No habrá ninguna esperanza en un
hombre humano, como no brote de la destrucción del hombre “duro” de la

111
acción, a través de la experiencia del dolor que lo trabaja y lo conduce a la
existencia “patética” de la apertura al otro, de la receptividad y del amor. No
habrá teología cristiana y, por tanto, liberadora sin el recuerdo vivificador del
dolor de Dios en la cruz»[36].

«Después de Auschwitz es imposible una teología, si no fuese porque en el


mismo Auschwitz fueron rezados el Shemá (la plegaria) de Israel y el
Padrenuestro. Es imposible si el mismo Dios no estuvo en Auschwitz y sufrió
con todos los mártires y asesinados. Toda otra respuesta sería una blasfemia. Un
Dios absoluto nos haría indiferentes. El Dios de la acción y del éxito nos haría
olvidar a los muertos, que no pueden ser olvidados. Dios como “la nada”
convertiría todo el mundo en un campo de concentración universal»[37].

No olvides que la cruz es una realidad que nunca debemos devaluar, por muy
tentados que nos sintamos a hacerlo.
Te invito a leer, en algún momento del día, estas palabras de Mons. Rómulo
Emiliani. Y pregúntate qué es para ti la cruz...

No jueguen con la Cruz

«No jueguen con la Cruz, porque fue hecha de tosca madera y la llevó alguien que
nos quiso de verdad y dejó la vida en ella. No jueguen con la Cruz y no la cuelguen
como un adorno entre pechos casi descubiertos, ni la usen como una prenda colgada
en las orejas, porque el que fue colgado en ella no tuvo adorno alguno y murió
abandonado y desposeído de todo. Fue un día tenebroso, y en la cruz estaba escrito
con ironía: “este es el Rey de los Judíos”. Terrible fue la agonía de aquel Viernes
Santo en que el sol se apagó, temblando la tierra de espanto, manchando y
bendiciendo la sangre el rudo madero y la tierra. Era una cruz de tosca madera, y su
cenizo color empezó a tornarse rojo vivo, brillando la sangre del Varón de dolores
que corría por su cuerpo y teñía el burdo tronco extraído de los bosques de Judea.
Era una muerte ocurrida fuera de las murallas de la Ciudad Santa, con la aprobación
de líderes religiosos que gozaban del espectáculo, porque lo hacían “en nombre de
Dios”. Era una muerte entre ladrones y asesinos, porque el que la padecía era visto
como un loco, blasfemo, embaucador y político que quería ser rey.
No jueguen con la Cruz, porque ella fue testigo de la más grande injusticia y
mentira, del más grande crimen; y en el silencio de las fibras que se tuercen y
abrasan desde las raíces hasta las ramas, ese tronco también fue arrancado de
madre, mal cortado entre hachazos y puesto como cómplice del deicidio. Pero el
madero, al sentir el cuerpo inmaculado de Jesús y oír su entrecortada respiración y
sus frases tan llenas de amor, empezó a llorar, porque el árbol también siente a su
manera, y suspiró clamando al Cielo perdón y justicia. Algo así como cuando los

112
inmensos árboles de nuestras selvas son cortados para luego ser convertidos en
dólares que se añaden a las fortunas de los insaciables de siempre.
No jueguen con la Cruz y no la transformen en cruces de oro fino colgada de
asesinos de niños abortados en clínicas de lujo, ni la usen para ponerlas en salas
donde se murmura y calumnia a cualquiera en tardes de ocio. Que la lengua se
convierte en filoso puñal o en venenosa flecha que acaba con la fama y el buen
nombre de otros, como pasó con Jesús. ¡Cuidado con poner la cruz en las paredes
de oficinas donde se trama el negocio vil de la droga y su tráfico, porque por él
mueren o quedan locos miles de jóvenes que hicieron lo imposible por tener plata y
comprar ese veneno! Ese dinero les quemará las manos, las conciencias y las vidas
a esos malvados, si no se arrepienten y renuncian a ese comercio.
No jueguen con la Cruz, porque es señal de amor puro y verdadero y es el
recuerdo sagrado del más grande gesto y acción de entrega total en la historia. No
jueguen con la cruz, que ya lo hicieron en el pasado, cuando el oro recién sacado de
nuestras minas por los indios maltratados y luego por los sufridos negros esclavos
fue fundido, y parte de él convertido en lindas cruces con las que gentes del Imperio
engañaron a altos Prelados.
No usen la Cruz en maniáticos ritos de brujería o para extorsionar a los
desesperados que acuden a los adivinos que dicen anunciar el futuro y hacen
oraciones, venden amuletos y viven del negocio. No, no usemos la cruz tampoco los
que brindamos servicios religiosos, si es para esconder nuestra desidia y el pecado
de omisión o para aparentar santidad y tapar nuestra mediocridad.
Usemos todos la Cruz, honrémosla y pongámosla en lo más alto del templo, en
el lugar más hermoso de la casa, o colgada al cuello, no importa el metal o madera
que sea, si al mismo tiempo la llevamos con dignidad en nuestra vida y
agradecemos al Señor de Señores, Varón de Dolores, el haber muerto en ella por
nosotros y por nuestra Salvación.
No juguemos con la Cruz, ¡de ninguna manera!
Mons. Rómulo Emiliani, CMF

Fue crucificado, muerto y sepultado... La muerte no es un muro contra el que se


estrella la vida de Jesús, sino un umbral que debe atravesar...

33. Con estas palabras finaliza Viktor E. FRANKL su obra El hombre en busca de sentido.
34. Ya no hay distancia entre el contemplante y el contemplado. Solo tienes delante una
humanidad que sufre. No hagas de ti ni de tus pecados ni de tu dolor el centro de la
escena. El centro, el único centro, es Cristo.
35. Antonio MACHADO sabía muy bien lo que decía al escribir La Saeta: «¡No puedo

113
cantar, ni quiero, / a ese Jesús del madero, / sino al que anduvo en el mar!»
36. J. MOLTMANN, «El Dios crucificado»: Selecciones de Teología 45 (1973) 5.
37. Ibid. 6.

114
Séptimo día

CUARTA SEMANA:
¡ERA VERDAD!

¿QUÉ VES EN LA NOCHE?

¿Qué ves en la noche, dinos, centinela?

Dios, como un almendro,


con la flor despierta.
Dios, que nunca duerme,
busca quien no duerma.
Y entre las diez vírgenes
solo hay cinco en vela.

Gallos vigilantes
que la noche alertan.
Quien negó tres veces
otras tres confiesa,
y pregona el llanto
lo que el miedo niega.

Muerto lo bajaban
a la tumba nueva.
Nunca tan adentro
tuvo al sol la tierra.
Daba el monte gritos,
piedra contra piedra.

115
Vi los cielos nuevos
y la tierra nueva.
Cristo entre los vivos,
y la muerte muerta.
Dios en las criaturas,
y eran todas buenas.

¿Qué ves en la noche, dinos, centinela?


José Luis Blanco Vega, SJ

116
Puntos de la mañana
Soy la historia de una fidelidad de Dios

Aquel «primer día de la semana»


Todavía hay otra zona que necesita «ser alcanzada», «ser evangelizada»; en caso
contrario, el seguimiento puede «hacer agua»:
¿Florece o no florece el hecho de dar vida?
¿Tienen futuro los crucificados? (Jon Sobrino).
La primera pregunta de la angustia cristiana no debería ser por uno mismo, sino por
las víctimas; es el interrogante de la compasión. Gabriel Marcel decía que podía llegar a
aceptar la muerte como final para él, pero no para las personas que amaba, porque «amar
a un ser es decir: tú no morirás nunca»[38].
Si algo descubrimos en la mañana de la resurrección, es que la vida no termina; lo
que termina es la muerte. La cuarta semana consiste en contemplar la respuesta que da
Dios a la cruz de su Hijo. Ignacio de Loyola busca que la alegría de la resurrección se
convierta en misión, que seas consciente de que tienes futuro, de que Dios te/nos da
futuro. Ignacio intenta sumir al ejercitante en la alegría de que tiene futuro.
Al igual que hizo en la Tercera Semana, Ignacio nos ofrece una serie de Elementos
de la Pedagogía Ignaciana para este día:

[221] Petición: que la alegría del Señor se apodere de ti: «gracia para alegrarme y gozar
intensamente de tanta gloria y gozo de Cristo Nuestro Señor». No es tanto
alegrarme por mí, sino por Cristo. Se trata de alegrarnos por Cristo resucitado.
Por su Vida... Alegrarnos porque la resurrección del Hijo es la respuesta de Dios
a la muerte del Siervo. Permite que la alegría del Señor se apodere de ti. Déjate
llamar y atraer por el Resucitado. «La alegría del Señor es vuestra fortaleza»
(Neh. 8,10).

¡Gracias, Señor, porque has muerto,


pero no estás muerto!

[223] «Considerar cómo la Divinidad, que parecía esconderse en la pasión, aparece y se


muestra ahora tan milagrosamente en la santísima resurrección, por los
verdaderos y santísimos efectos de ella». A Dios le conocemos por los efectos

117
que produce.

[224] «Mirar el oficio de consolar, que Cristo nuestro Señor trae, y comparando cómo
unos amigos suelen consolar a otros». Es una certeza que nos transmite el
Evangelio, todo discípulo que ve al Señor resucitado es consolado y siente su
alegría. El mismo Ignacio advierte que «propio del mal Espíritu es militar contra
la verdadera alegría» [329]. Esta es la última parcela de ataque que le queda al
mal espíritu: militar contra la verdadera alegría.

Contemplar la resurrección del Señor: en eso consiste la Cuarta Semana de EE, la cual
tiene dos enemigos:
a) interno: alegrarse por la alegría del Resucitado no está en tus manos; es un don
que hay que pedir.
b) externo: se va acercando el final de los EE, y pueden surgir imágenes de que esto
se está acabando (es el séptimo día; mañana terminamos...). Pero no olvides que
aún te faltan dos días: puede que el «mejor vino» esté aún por llegar.

Si nos situamos en aquel «primer día de la semana», podemos apreciar que,


existencialmente (también narrativamente), toda la comunidad de Jesús ha salido «de
estampida», ha huido, está dispersa. Y esta dispersión se da de muchas formas:
dispersión afectiva (María Magdalena), dispersión geográfica (los discípulos de Emaús),
dispersión ideológica (los «once», encerrados por miedo a los judíos)... En este clima de
desesperanza y de diáspora, Cristo irrumpe en medio de aquellos hombres y mujeres y
les «cambia» la dirección... Aquel «día primero de la semana» son convertidos al ver al
Resucitado.

Ignacio busca en esta cuarta semana que tengas la experiencia de exponerte al


resucitado. De nuevo, ni tú ni tu experiencia sois el centro de la oración. La clave no es
la alegría que tú puedas sentir, sino Cristo resucitado.
Hoy, al contemplar a Cristo resucitado, pregúntate con cariño delante de Él:
– ¿Qué espero en la mañana de la resurrección? ¿Qué buena noticia?
– ¿Qué esperanzas necesito reconstruir en mi vida?

Pídele ayuda para descubrir qué fidelidades necesitan ser revisitadas en tu vida, qué
esperanzas necesitas reconstruir... ¿Qué proceso necesita de ayuda, de empuje en tu
vida? ¿Hay algún cambio en tu vida que tengas que hacer? ¿Hay algo en tu vida que

118
necesite resurrección? Quizá no tengas que pensar mucho, porque, en el fondo, ya
sabemos lo que tenemos que cambiar.
Alégrate con Jesús y por Jesús. Lo que Él decía ¡era verdad! Jesús muere porque le
consideran un hereje; su condena es la negación del Dios que predicaba, del Dios del que
hablaba. El grito de aquellos que piden su condena toma la forma de: «¡Crucifícalo,
porque nos está transmitiendo una imagen falsa de Dios!» Pero...
... la resurrección de Jesucristo es el gran «Sí» del Padre a su Hijo. ¡Era verdad! El
Dios que anunciaba Jesús es el Dios verdadero... Es verdad que Dios es como el padre
del hijo pródigo; es verdad que es el buen pastor que va a buscar a la oveja que está en
peligro; es verdad que los pobres son bienaventurados; es verdad que los que trabajan
por la paz se llamarán los hijos de Dios... Jesús nos ha mostrado el rostro verdadero de
Dios.
Sentimientos a conseguir en esta cuarta semana:
a) Recibe afectiva y efectivamente a este Cristo resucitado que tiene el oficio de
consolar.
b) Participa en su victoria sobre la muerte; participa en su alegría.
c) Déjale resucitar en tu historia personal: seguro que te hace falta.

Dos itinerarios posibles para esta mañana

RUTA 1ª.
APARICIÓN DE JESÚS A MARÍA [218ss].

Una ruta entrañable para Ignacio y para la Compañía de Jesús es hacer una
contemplación de la aparición de Jesús resucitado a María, del encuentro del hijo con su
madre.

El texto ignaciano:
[218] La primera contemplación cómo Cristo Nuestro Señor aparesció a Nuestra
Señora [299].
[299] De la resurrección de Cristo Nuestro Señor. De la primera aparición suya.
Primero. Apareció a la Virgen María, lo cual, aunque no se diga en la Escritura,
se tiene por dicho en decir que apareció a tantos otros; porque la Escritura
supone que tenemos entendimiento, como está escrito: «¿También vosotros
estáis sin entendimiento?».
¿Cómo viviría María de Nazaret la experiencia de la Resurrección? Contempla ese
encuentro, mira a las personas, escucha lo que dicen... Imagina lo que sentiría María al

119
encontrarse con el hijo de sus entrañas, con el hijo al que acababa de ver morir
humillado, solo, repudiado por todos... ¡Ese hijo está vivo!
¿Quién sabe? Puede que recordara las palabras del Ángel: «No temas, María, porque
has encontrado gracia delante de Dios». Puede que recordara su oración: «Proclama mi
alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador». Esa madre que
había guardado «muchas cosas en su corazón», que había sentido en toda su crueldad
cómo «una espada le había traspasado el alma»..., esa madre está ahora con su hijo.
Contempla ese encuentro y, como te indica Ignacio, intenta «reflectir para sacar
algún provecho».

RUTA 2ª.
LOS DONES DEL RESUCITADO

Te propongo acompañar a los primeros discípulos en la mañana de «aquel domingo», y


que la materia de la oración sean los efectos que la resurrección provoca en la primera
iglesia. Considerar y contemplar los dones que el Resucitado concede a los discípulos en
la mañana del «primer día de la semana».
Yo creo que la primera gran consolación que reciben aquellos varones y aquellas
mujeres es que Jesús no cambia de discípulos... Así es el Cristo en quien creemos. Es fiel
de tal manera que es capaz de querernos, amarnos e invitarnos a la conversión, incluso
cuando le traicionamos. ¡Qué gratitud sentirían aquellos varones y aquellas mujeres
cuando vieron que Jesús volvía a apostar por ellos...! Cristo «no hace limpieza», sino que
limpia nuestro corazón y vuelve a llamarnos...
Te invito a contemplar tres escenas donde podemos ver los efectos de la muerte y de
la resurrección en aquella primera comunidad; te invito a contemplar cómo el
Resucitado nos concede el regalo de la alegría, la esperanza y la paz.
¿Qué queda en los discípulos cuando descubren que el Señor ha muerto? ¿Qué queda
en los discípulos cuando descubren que el Señor se les ha muerto?
¿Qué efectos produce en la comunidad de seguidores del Señor?
Lo que encontramos en la comunidad de seguidores de Jesús es una desolación tal
que les aboca a la dispersión: dispersión afectiva, dispersión geográfica y dispersión
ideológica.
– Dispersión afectiva: MARÍA MAGDALENA... «Se han llevado a mi Señor, no sé dónde
lo han puesto...» En la mañana del día de la resurrección, María Magdalena va al
sepulcro buscando un cadáver...
– Dispersión geográfica: LOS DISCÍPULOS DE EMAÚS... Son los que, desesperanzados, se
vuelven a su pueblo, al lugar donde vivían antes de conocer a Jesús.
– Dispersión ideológica: LOS ONCE DEL CENÁCULO, que no se atrevían a salir por si les
crucificaban, por si les hacían lo que le habían hecho a Jesús.

120
✓ Juan 20,11-18. María Magdalena
Primer efecto de la muerte de Jesús en sus discípulos: el dolor. Es la descripción de la
situación de María Magdalena. De aquel Jesús que amó en vida, solo le queda el dolor y
el desconsuelo. Es una mujer desarbolada, y en ella los discípulos encuentran también su
icono. Es una mujer que ha perdido el horizonte, que ha perdido a aquel que era la razón
de su vida. Y es «prisionera» del pasado: Se lo han llevado... no sé dónde lo han puesto...
A esta mujer no le queda más que el dolor. Es una mujer cuya experiencia del pasado no
la proyecta hacia el futuro; está bloqueada en ese pretérito. Fue bonito mientras duró...
Si uno de los posos que deja la muerte en los discípulos es el dolor, uno de los posos
que deja la resurrección en los discípulos es la alegría. La alegría de verdad...
Acércate con María al sepulcro. María, como nosotros a veces, era una mujer en
búsqueda... pero de un cadáver. Ella iba buscando un cadáver, y la tristeza la había
dejado bloqueada de tal modo que le impedía ver al Resucitado. Pero lo que no
descubren los ojos lo descubre el oído: «¡María!».
Déjate llamar también tú por el Señor; deja que el Señor pronuncie tu nombre y
pídele que te ayude a reconocerlo, porque está siempre saliendo a tu encuentro.
Al reconocer a Cristo resucitado, María se transforma en apóstol[39]. La condición
de apóstol se adquiere al haber visto al Señor, y esa primera persona que anuncia la
resurrección, esa primera «apóstola», es una mujer, es María.
Pide al Señor «ser puesto con él». De la misma manera que habías pedido «ser
puesto al pie de la cruz», pide «ser puesto al lado de Cristo resucitado». Pide que te
alcance –que seas alcanzado por él– y que te «altere», te cambie, te convierta... Como
sabes, «conversión» viene de una palabra griega (metánoia) que significa «cambiar de
opinión», «cambiar de meta», «arrepentirse». Conversión es caer en la cuenta de que vas
por mal camino, que no es por ahí, que te has equivocado de dirección... ¿Hay algo de lo
que necesites convertirte en tu vida?
Escucha tu nombre, lee el texto en primera persona... «Ponte en la piel» de María
Magdalena y escucha adónde la envía el Señor: «Vete donde mis hermanos y diles...» La
alegría de la resurrección, el agradecimiento, se transforma en seguimiento; si no, ese
agradecimiento es falso.
Hazte, en algún momento a lo largo de esta mañana, unas preguntas serenas junto al
icono de María Magdalena:
– ¿En qué te refleja ese icono?
– ¿En qué te pareces a María Magdalena?
– ¿Qué necesitas como don y como gracia de Jesús resucitado?

✓ Lucas 24,13-35. Los discípulos de Emaús


El segundo efecto, el segundo poso que deja la muerte de Jesús en sus discípulos, es la
desesperanza. Los de Emaús ven lo que ha sucedido y regresan adonde estaban, al lugar

121
en que se encontraban antes de conocer a Jesús. «Nos ilusionó, pero nos falló; estábamos
equivocados... ¿Cómo iba a ser verdad lo que decía Jesús...?».
Pero Cristo resucitado, en su oficio de consolar, va a dejar en esos «desencantados de
Emaús» un corazón lleno de esperanza. No pierdas de vista que el relato de Emaús es un
canto de esperanza.
Conoces la historia. Estas dos personas están «derrotadas». También tú eres uno de
esos discípulos de Emaús cuando piensas que «fue bonito mientras duró», en lugar de
pronunciar la afirmación auténticamente cristiana: «es hermoso porque dura». Así eres
tú, así somos nosotros... Los de Emaús (como tú / como nosotros) esperaban que Jesús
iba a salvar a Israel; ya tenían su propio esquema, su imagen de lo que es la vida
verdadera, de lo que es ser humano... ya lo tenían todo bien calculado... Y resulta que, en
mitad de ese éxodo, de esa huida, el Señor se aparece, se hace presente y, «empezando
por Moisés y continuando por los Profetas, les explicó (nos explica) todo lo que se decía
sobre Él en la Escritura».
Permite que Jesús sea tu compañero de viaje y que te indique cómo ha formado parte
de tu historia y de tu prehistoria... El Señor siempre ha estado ahí, en tu vida... Desde
Cristo resucitado, desde la experiencia de la resurrección, se nos permite leer nuestra
historia como Historia de Salvación. Dios siempre ha estado ahí; nunca nos ha dejado
solos... Y ante esa enseñanza del Señor, «se les abren los ojos y le reconocen»; y desde
ese reconocimiento retornan a la comunidad.
Podríamos decir que el relato de Emaús tiene una «estructura eucarística». En el
relato vemos que, como ocurre en la celebración de nuestras Eucaristías, Cristo nos
reúne en nuestra vida, en nuestra realidad concreta; se escucha la Palabra de Dios; se
confiesa (se reconoce) a Jesús en la fracción del pan; se hace el Memorial de la Pasión y,
al final, somos enviados a la viña. Celebrar la Eucaristía, entonces y ahora, es también
celebrar una experiencia de encuentro con Cristo resucitado como la que vivieron los de
Emaús. La Eucaristía es el Memorial de la muerte del Señor, pero también es el
Memorial de la resurrección del Señor.

Contempla este pasaje de los discípulos de Emaús


– Primero léelo despacio; contempla, escucha lo que dicen, mira lo que hacen. Te
puede ayudar leer el texto en primera persona: aparece solo el nombre de uno de los
discípulos, pero no el del otro... Pon tu nombre ahí, porque en ese discípulo o
discípula cuyo nombre no se recuerda estás tú; tú eres esa persona; esta es una
verdad «teologal», no simplemente una consideración piadosa.
– Intenta entrar dentro de lo que están sintiendo estas dos personas; entra en su
desánimo, en sus ideologías, en su situación vital...; entra en su depresión, en su
miedo... Y desde ahí, escucha y mira qué les ocurre conforme el Señor les va
hablando y entrando de nuevo en su vida. ¿Qué les comunica el Señor? ¿Qué te
comunica el Señor resucitado a ti? ¿Qué te dice?

122
Y desde ahí, solo desde ahí, desde el sentirte acompañado y «evangelizado» por el
– Señor, hazte una serie de preguntas sencillas, pensando en tu vida diaria, en tu
Jerusalén y en tu Emaús diario: ¿Cómo te encuentras a nivel personal? ¿Cómo te
encuentras en los grupos de pertenencia o de referencia en los que participas? ¿Qué
desánimos sientes que hay en tu vida que te hacen huir? ¿Qué desánimos sientes que
necesitan ser consolados por el Señor? ¿Qué cosas buenas de ti «brillan por su
ausencia»...?
– Hazte también las dos preguntas siguientes en este día en que estamos celebrando la
resurrección:
* ¿Qué esperanzas necesitas reconstruir en tu vida?
* ¿A qué fidelidades, deseos, sueños... necesitas prestar atención?

En los discípulos de Emaús vemos lo que produce en el creyente la presencia de


Jesús resucitado. De dos cobardes hace Jesús dos testigos; de dos escépticos, dos
creyentes; de dos decepcionados, dos personas esperanzadas; de dos individuos
separados del grupo, Cristo resucitado hace comunidad.
Pensamos muchas veces que es una pena que en el mundo de hoy haya poca fe, poca
caridad... Por supuesto que todo eso es verdad, pero el gran pecado del siglo XXI es la
falta de esperanza. Falta de esperanza en todos los niveles, también dentro de la Iglesia.
Hay quien denomina «herejía emocional» ese sentimiento derrotista que tenemos en los
diversos planos (individual, grupal, eclesial, social...) y que nos lleva a decir que todo es
un desastre y que esto no hay quien lo arregle.
– En la mañana de resurrección, pide al Señor que te desvele cuál es tu herejía
emocional, tu desesperanza.
– Que te desvele de qué cosas «estás de vuelta» (y pregúntate también si «estás de
vuelta» sin haber ido...).
– Que te desvele dónde están tus miedos, dónde están tus comodidades, tus tópicos,
tus «lugares comunes»...
– Y, sobre todo, que te revele dónde necesitas recibir la esperanza.

✓ Juan 20,19-23. Los discípulos encerrados...


El tercer poso que deja la muerte del Señor en sus discípulos, es el miedo. El miedo es la
fuerza que más nos paraliza. Si el agradecimiento nos moviliza, el miedo nos «congela».
Tenemos a los discípulos completamente bloqueados, no solo en el plano afectivo, sino
también en el plano ideológico. Están paralizados por el miedo a que les ocurra lo
mismo, por el miedo a que les hagan daño, por el miedo a la cruz.
Ante estos discípulos, en cuyo corazón había anidado el miedo, el poso que deja
Jesús resucitado es la paz. Ya tenemos los tres dones del Resucitado que te invito a

123
contemplar: alegría frente al dolor; esperanza frente a la desesperanza; paz frente al
miedo.
¿Qué sentirían aquellos discípulos, aquellos once que estaban cerrados a cal y canto,
al descubrir que Jesús aparece en medio de ellos? Mira lo que hacen, escucha lo que
dicen, lo que hablan... ¿Qué sentimientos les invadirían? ¿Qué sentirían por dentro...?
Una forma de oración simple y sencilla –buena, por tanto– consiste en contemplar y
unirse a ese grupo de discípulos para recibir la paz que Cristo viene a traer. Estas son sus
palabras: ¡PAZ A VOSOTROS! Cristo entra dentro de la Semana Santa de aquellos
discípulos para llevar la paz.
Cree firmemente que Cristo puede entrar en mitad de tu miedo, en medio de tu vida,
en el centro mismo de esa habitación que mantienes cerrada dentro de tu ser... Y ahí,
justo donde más lo necesitas, escucha: ¡PAZ! ¡NO TENGAS MIEDO!
Si lees despacio ese texto, notarás que Cristo resucitado da tres cosas a estos
discípulos. Les da la paz: Paz a vos-otros. Les da la misión: Como el Padre me ha
enviado, así también os envío yo. Les da el Espíritu: Recibid el Espíritu Santo.
– En primer lugar: Paz a vosotros. La paz como don del Resucitado. La paz que es
terapia contra el miedo. Una paz que necesita ser recibida en el centro de tu corazón.
Una paz que necesitas recibir personalmente. No basta con que tus ideas, tus afectos,
tu sensibilidad... estén pacificados. Es todo tu ser el que necesita la paz del Señor.
Recibe la paz del Señor; recíbela, y ya verás cómo esa paz sale hacia fuera.
– En segundo lugar: Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. Cristo
resucitado les da (te da) misión. Si la paz es terapia contra el miedo, la misión es
terapia contra el ensimismamiento y el egoísmo, puesto que nos saca de nosotros
mismos. La misión, regalo de Cristo resucitado, es también terapia contra la apatía...
Ponte delante de Cristo resucitado y desea de verdad que haya misión en tu vida. No
que haya meramente trabajos, tareas... ¡Que haya misión!
Pero no vamos a la misión de cualquier manera. Vamos a la misión como el
Padre envía al Hijo. Porque los hombres y las mujeres, las situaciones, el mundo
adonde somos enviados... no son nuestros, sino de Dios. Y a ese mundo, a esos
hombres y a esas mujeres necesitamos ir «como Dios envía a su Hijo». Por eso es tan
importante que nos empapemos del estilo del Señor. No vas a la misión de cualquier
manera; vas a la misión con Jesús y como Jesús. Trabajas en una viña que no es tuya;
la viña es del Señor, y las personas a las que Él nos envía a servir son personas libres.

– En tercer lugar: Recibid el Espíritu Santo. El tercer regalo del Resucitado es el


Espíritu, que es a la vez terapia contra tres cosas:
a) Primero, contra el caos interno, contra el desorden. El Espíritu Santo es cosmos,
es orden, es lo contrario de la confusión y del caos.
b) También es terapia contra la indefensión. Uno de los títulos más antiguos del
Espíritu es el de «Paráclito», que significa «defensor». El Espíritu es el que

124
defiende al siervo.
c) También es terapia contra el derrumbamiento. El Espíritu Santo es el que
sostiene al siervo para que no se quiebre; es quien te sostiene. Es nuestro
defensor, no porque se enfrente a nuestros enemigos, sino porque nos sostiene
para que no nos derrumbemos. Es quien acompaña al siervo.

Lo que les ha ocurrido a estos discípulos, que se habían encerrado por miedo, es que
se ha apoderado de ellos la paz del Señor; han recibido la misión; han recibido el
Espíritu Santo.
Del mismo modo, el Resucitado nos trae a nosotros la paz, la misión y el Espíritu...
del Señor. No es cualquier paz, no es cualquier misión, no es cualquier espíritu. Es «la
PAZ del Señor», es «la MISIÓN del Señor» y es «el ESPÍRITU del Señor».

– Sintiéndote heredero, hermano de estas personas, exponte al Resucitado; ponte a


tiro... y expón aquellas áreas de tu vida, de tu carácter, de tu trabajo, de tu
personalidad –tú sabrás cuáles son–... que tú intuyes o sabes perfectamente que están
expuestas a perder la paz..., porque el don que te trae es PAZ.
– Sabiendo que la misión estás recibiéndola del Señor, expón dicha misión delante de
Cristo resucitado. ¿Cómo vas a la misión: como el Hijo que es enviado por el Padre o
como el fariseo que reza en el templo?
– Y, finalmente, sabiendo que el Espíritu es regalo del crucificado, expón al Señor esas
áreas de tu ser, de tu personalidad, de tu trabajo, de tu compromiso... que son
propensas a la indefensión, al derrumbamiento, al caos... ¿Qué hay en tu vida que
tienda al caos? ¿Qué hay en tu vida que te haga derrumbarte? ¿Qué hay en tu vida
que sea proclive a la indefensión?

Siéntete heredero y hermano de estos discípulos y exponte al Resucitado. Expón tu


misión y esas áreas de tu vida que sientes propensas a hacerte perder la paz, a sumirte en
la desesperanza, el derrumbamiento y el desorden... Contempla a María Magdalena;
contempla a los discípulos en el Cenáculo; viaja, recorre el camino de vuelta con los
discípulos de Emaús... Escucha lo que dicen, mira lo que hacen, palpa lo que sienten... e
intenta reflectir para sacar algún provecho:
– ¿Cuáles son tus bloqueos?
– ¿Cuáles son tus dolores?
– ¿Cuáles son tus miedos?
– ¿Qué ocasiona en ti desesperanza?
Como ves, esta mañana tienes mucha materia para contemplar... No tengas prisa: ya
sabes que «no el mucho saber...» Puedes dedicar también esta tarde a contemplar las
apariciones...

125
¿Cómo hablar de la resurrección?
Es decir, ¿cómo hablar de lo más importante de nuestra fe? La muerte y la resurrección
de Jesús, la experiencia pascual, constituye el corazón de nuestra fe. La Iglesia es
fundada en el anuncio del Señor Resucitado. Y esta experiencia se renueva día a día,
cada vez que la Iglesia celebra la Eucaristía. Hablar de la resurrección es, en definitiva,
hablar de cómo, en Jesús, el Padre Dios, nos muestra que la Vida no termina... Lo que
termina es la muerte.
¿Cómo se vivió aquella mañana del día primero de la semana? ¿Cómo vivirían las
personas que seguían a Jesús el hecho de volver a verle vivo? ¿Cómo viviría María su
primer encuentro con su hijo resucitado? ¿Cómo se mirarían? ¿Qué se dirían?
Sabemos algo de cómo lo vivieron María Magdalena, Pedro, Juan... Y también
sabemos algo que todos escucharon (y sintieron) de Jesús Resucitado: «paz a vosotros»,
«no tengáis miedo», «id y haced discípulos...» Paz, ánimo, misión...
¡Jesús ha resucitado!
En la resurrección del Hijo, el Padre nos muestra que Jesús tenía razón, que lo que él
hacía y decía era verdad. Era verdad que los pobres, los que sufren, los que trabajan por
la paz, los mansos, los limpios de corazón, los misericordiosos... son bienaventurados.
Era verdad que hay más alegría en el cielo por un pecador que se convierte que por
noventa y nueve justos que no necesitan conversión.
¡Era verdad!
Era verdad que Jesús es el camino, la verdad y la vida. Era verdad que los últimos
serán los primeros. Era verdad que las prostitutas y los publicanos entrarán antes en el
Reino de los cielos. Era verdad que estamos llamados a servir y no a ser servidos. Era
verdad que Dios nos quiere entrañablemente, como sólo un buen padre o una buena
madre pueden querer.
¡Era verdad!
Era verdad que el Reino de Dios estaba cerca. Era verdad que no hay amor más
grande que dar la vida por los amigos. Era verdad que, si el grano de trigo no muere, no
da fruto. Y era verdad que Jesús es «Dios con nosotros».
¡Era verdad!
El saludo pascual en las iglesias orientales es un diálogo en el que uno de los
interlocutores aclama: «¡Cristo ha resucitado!», y el otro le responde: «¡Verdaderamente
ha resucitado!» Es proclamación, es asentimiento y es profesión de fe. Pero, ante todo, es
alegría compartida tras haber contemplado la vida y la muerte de Jesús y haber recibido
el regalo de la resurrección del Señor. Es la alegría de quien ha descubierto que la vida
no termina, que lo que termina es la muerte. Es el júbilo que grita: «gracias Señor porque
has muerto, pero no estás muerto», el júbilo de quien vive, en primera persona, que
Cristo resucitado viene con el oficio de consolar (Ignacio de Loyola). Como les ocurrió a

126
los apóstoles aquel primer día de la semana (ellos reciben la consolación y son enviados
a consolar y a curar), también nosotros recibimos la consolación y somos enviados a
consolar y a curar.
¿Cómo hablar de la resurrección? Pues, como en las cosas más importantes de la
vida, son los poetas los que encuentran el modo de decir con palabras lo que es más
sublime... lo que es la verdadera realidad.

Amor es...
Dulce María Loynaz

Amar la gracia delicada


del cisne azul y de la rosa rosa;
amar la luz del alba
y la de las estrellas que se abren
y la de las sonrisas que se alargan...
Amar la plenitud del árbol,
amar la música del agua
y la dulzura de la fruta
y la dulzura de las almas dulces...
Amar lo amable, no es amor:
Amor es ponerse de almohada
para el cansancio de cada día;
es ponerse de sol vivo
en el ansia de la semilla ciega
que perdió el rumbo de la luz,
aprisionada por su tierra,
vencida por su misma tierra...
Amor es desenredar marañas
de caminos en la tiniebla:
¡Amor es ser camino y ser escala!
Amor es este amar lo que nos duele,
lo que nos sangra bien adentro...
Es entrarse en la entraña de la noche
y adivinarle la estrella en germen...
¡La esperanza de la estrella!...
Amor es amar desde la raíz negra.
Amor es perdonar
y, lo que es más que perdonar,
es comprender...

127
Amor es apretarse a la cruz,
y clavarse a la cruz,
y morir y resucitar...
¡Amor es resucitar!

128
Puntos de la tarde
«Yo estoy con vosotros todos los días
hasta el final de los tiempos»
(Mc 28,20)

SECUENCIA DE PENTECOSTÉS

Ven, Espíritu divino,


manda tu luz desde el cielo.
Padre amoroso del pobre;
don, en tus dones espléndido;
luz que penetra las almas;
fuente del mayor consuelo.
Ven, dulce huésped del alma,
descanso de nuestro esfuerzo,
tregua en el duro trabajo,
brisa en las horas de fuego,
gozo que enjuga las lágrimas
y reconforta en los duelos.
Entra hasta el fondo del alma,
divina luz, y enriquécenos.
Mira el vacío del hombre,
si tú le faltas por dentro;
mira el poder del pecado,
cuando no envías tu aliento.
Riega la tierra en sequía,
sana el corazón enfermo,
lava las manchas,
infunde calor de vida en el hielo,
doma el espíritu indómito,
guía al que tuerce el sendero.
Reparte tus siete dones,
según la fe de tus siervos;

129
por tu bondad y tu gracia,
dale al esfuerzo su mérito;
salva al que busca salvarse
y danos tu gozo eterno.
José Luis Blanco Vega, SJ

Queremos que en nuestro corazón surja un profundo sentimiento de solidaridad con el


Resucitado. Y queremos también que esa solidaridad se haga efectiva y se transforme en
Misión y en vida en nosotros.
El Padre continúa enviando su Espíritu entre las mujeres y varones de nuestro
tiempo. Nos envía a consolar a todos cuantos buscan la buena nueva de Dios. Únete a los
discípulos en el envío a la Misión. Que haya misión en tu vida, misión bendecida; que no
entendamos nuestra misión de otra manera que como una bendición para los demás.
Mt 28,20: «Sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el final de los
tiempos».
Mc 16,20: «Salieron a predicar por todas partes, colaborando el Señor con ellos y
confirmando la palabra con las señales que la acompañaban».
Lc 24,53: «Estaban siempre en el Templo, bendiciendo a Dios».
Si quieres continuar con los puntos de esta mañana, no dejes de hacerlo. No camines
«a marchas forzadas», no olvides que el ritmo no lo pone este libro; el ritmo lo pone el
Espíritu en ti.

Una ruta posible para esta tarde es la de contemplar lo que sucedió en Pentecostés...
Jesús nos regala su Espíritu.

* Hch 2,1-36. Pentecostés es la otra cara de la moneda de Babel. En el relato de Babel


no se entienden unos con otros, la humanidad se divide y se dispersa; en Pentecostés, en
cambio, se hace patente la comunicación como don de Dios. El Espíritu obra la
comunión entre los diferentes. Pentecostés nos recuerda que, si nos acercamos con
ternura y honestidad a la vida de otra persona, la vamos a entender. Ese es el milagro del
Espíritu.
Lee despacio el relato de los Hechos de los Apóstoles en que se narra la experiencia
de Pentecostés

«Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en un mismo lugar. De


repente vino del cielo un ruido como de una ráfaga de viento impetuoso, que
llenó toda la casa en la que se encontraban. Se les aparecieron unas lenguas como
de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos; quedaron todos
llenos del Espíritu Santo y se pusieron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu

130
les concedía expresarse. [...] ¿Cómo cada uno de nos-otros les oímos en nuestra
propia lengua nativa?
[...] Todos estaban estupefactos y perplejos y se decían unos a otros: “¿Qué
significa esto?”. Otros, en cambio, decían riéndose: “¡Están llenos de mosto!”
[...] Derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y profetizarán vuestros hijos y
vuestras hijas; vuestros jóvenes verán visiones, y vuestros ancianos soñarán
sueños. Y yo sobre mis siervos y sobre mis siervas derramaré mi Espíritu. Haré
prodigios arriba en el cielo y señales abajo en la tierra. El sol se convertirá en
tinieblas, y la luna en sangre, antes de que llegue el Día grande del Señor. Y todo
el que invoque el nombre del Señor se salvará.
[...] Sepa, pues, con certeza toda la casa de Israel que Dios ha constituido
Señor y Cristo a este Jesús a quien vosotros habéis crucificado”».

Textos que te pueden ayudar

– Jn 16,5-15
– 1 Cor 12,1-11

Otra ruta que puedes recorrer esta tarde consiste en fijar tu mirada en... LA ORACIÓN DE
JESÚS.
Se trata de volver nuestro corazón hacia la oración de Jesús y caer en la cuenta de
que somos «materia» de la misma.
No olvides que personalizar la gracia es algo profundamente ignaciano. A veces no
estamos preparados para ello, pero se trata de TENER LA OSADÍA de escuchar a Jesús
rezando POR TI, «porque eres valioso»: bien sabe Dios el precio que ha tenido que pagar
por ti.
Cristo resucitado, reza por ti... Jesús de Nazaret, constituido Señor y Cristo, reza por
ti. El conocimiento más íntimo del corazón de Jesús es descubrir que Cristo resucitado
nos lleva en su corazón y pronuncia nuestro nombre en una oración continua al Padre.
Un texto que te puede ayudar es del capítulo 17 del evangelio según san Juan. Te
propongo que hagas una «escucha» contemplativa de estas palabras de Jesús:

(v.9) «ruego por los que tú me has dado, porque son tuyos».
(v.11) «cuida en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno como nosotros».
(v.15) «no te pido que los retires del mundo, sino que los apartes del mal».
(v.20) «no te pido solo por estos, sino por aquellos que por medio de su palabra
creerán en mí, para que todos sean uno».
(v.23) «Tú los has amado a ellos como me has amado a mí».

131
Escucha en primera persona; escucha cómo Cristo se dirige al Padre, poniendo tu
nombre ahí. Y al escuchar la oración del Señor, es bueno compararla con la que hace
cada uno de nosotros:
– ¿Qué pides en tu oración?
– ¿Pides al Señor que no te aparte del mundo, sino que te ayude a encarnarte en el
mundo?
– ¿Pides eso de verdad o pides que te quite problemas de encima?

38. G. MARCEL, Homo viator, Salamanca 2005, 159. Cf. J. URABAYEN, «El ser humano
ante la muerte: Orfeo a la búsqueda de su amada. Una reflexión acerca del
pensamiento de G. Marcel»: Anuario Filosófico 34 (2001), 701-744.
39. En la primera Iglesia, a María Magdalena se la llamaba apostola apostolorum
(«apóstola» de los apóstoles).

132
Octavo día

LA QUINTA SEMANA IGNACIANA


¡ABRE LOS OJOS!

A estas alturas de la experiencia de EE, Ignacio de Loyola intenta que el ejercitante sea
consciente de que «no podrá amar y servir a Dios sin amar y servir al mundo».
NO SE TRATA DE AMAR Y SERVIR A TRAVÉS DE LAS COSAS; SE TRATA DE AMAR Y SERVIR
EN LAS COSAS, porque la devoción ignaciana consiste en encontrar a Dios en la vida.
La espiritualidad ignaciana es una invitación a insertarnos en la Historia para
«devolvérsela» a Dios. Nos sentimos inclinados a pensar que el lugar de Dios es
únicamente la oración; pero Dios está en la vida: el mundo es también lugar del
encuentro. La oración ignaciana nos des-centra, porque nos descubre que nuestro interior
no es el único lugar de presencia de Dios.
Quien se sabe habitado por el Espíritu y pronunciado por Jesús en su oración al
Padre descubre que la creación es transparencia de Dios. NO ESTAMOS LLAMADOS A
APARTARNOS DEL MUNDO, SINO A SUMERGIRNOS EN ÉL.
Dios está en la Historia, está en la realidad. Tú, que has llegado hasta aquí..., ¡abre
los ojos! y descubre cómo está Dios en la realidad. En esto consiste la Contemplación
Ignaciana para alcanzar Amor. Así es como Ignacio quiere que vuelvas a tu vida
diaria. En esto consiste la «quinta semana ignaciana».

133
Puntos de la mañana
Contemplación para Alcanzar Amor
EL TEXTO IGNACIANO

[230] contemplacion para alcanzar amor


Nota. Primero conviene advertir en dos cosas.
La primera es que el amor se debe poner más en las obras que en las palabras.
[231] La segunda, el amor consiste en comunicación de las dos partes, es a saber, en
dar y comunicar el amante al amado lo que tiene o de lo que tiene o puede, y
así, por el contrario, el amado al amante; de manera que si el uno tiene sciencia,
dar al que no la tiene, si honores, si riquezas, y así el otro al otro.
Oración sólita.
[232] 1º preámbulo. Primer preámbulo es composición, que es aquí ver cómo estoy
delante de Dios nuestro Señor, de los ángeles, de los sanctos interpelantes por
mí.
[233] 2º preámbulo. El segundo, pedir lo que quiero: será aquí pedir cognoscimiento
interno de tanto bien recibido, para que yo, enteramente reconosciendo, pueda
en todo amar y servir a su divina majestad.
[234] 1º puncto. El primer puncto es traer a la memoria los beneficios rescibidos de
creación, redempción y dones particulares, ponderando con mucho afecto
quánto ha hecho Dios nuestro Señor por mí y quánto me ha dado de lo que
tiene y consequenter el mismo Señor desea dárseme en cuanto puede según su
ordenación divina. Y con esto reflectir en mí mismo, considerando con mucha
razón y justicia lo que yo debo de mi parte offrescer y dar a la su divina
majestad, es a saber, todas mis cosas y a mí mismo con ellas, así como quien
offresce affectándose mucho: Tomad, Señor, y recibid toda mi libertad, mi
memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad, todo mi haber y mi poseer; Vos
me lo disteis, a Vos, Señor, lo torno; todo es vuestro, disponed a toda vuestra
voluntad; dadme vuestro amor y gracia, que esta me basta.
[235] El segundo, mirar cómo Dios habita en las criaturas, en los elementos dando ser,

134
en las plantas vegetando, en los animales sensando, en los hombres dando
entender; y así en mí dándome ser, animando, sensando, y haciéndome
entender; asimismo haciendo templo de mí seyendo criado a la similitud y
imagen de su divina majestad; otro tanto reflitiendo en mí mismo, por el modo
que está dicho en el primer puncto o por otro que sintiere mejor. De la misma
manera se hará sobre cada puncto que se sigue.
[236] El tercero, considerar cómo Dios trabaja y labora por mí en todas cosas criadas
sobre la haz de la tierra, id est, habet se ad modum laborantis. Así como en los
cielos, elementos, plantas, fructos, ganados, etc., dando ser, conservando,
vejetando y sensando, etc. Después reflectir en mí mismo.
[237] El quarto; mirar cómo todos los bienes y dones descienden de arriba, así como
la mi medida potencia de la summa y infinita de arriba, y así justicia, bondad,
piedad, misericordia, etc., así como del sol descienden los rayos, de la fuente las
aguas, etc. Después acabar reflictiendo en mí mismo según está dicho. Acabar
con un coloquio y un Pater noster.

¿De qué amor se habla en esta contemplación? Ignacio nos señala que es un amor que:

[230-231] (a) Procede de Dios, desciende de arriba; (b) es un amor afectivo pero que se
concreta en obras; y (c) conlleva reciprocidad: del amante al amado, y viceversa.

Petición: conocimiento interno de tanto bien recibido para que yo enteramente


reconociendo pueda en todo amar y servir a la su divina majestad.

Como en otras ocasiones, transcribo el texto ignaciano porque puede ser de ayuda hacer
la oración tal cual nos la propone Ignacio. Lo que tienes a continuación no son más que
glosas, ayudas para entrar en esta contemplación. Y estas ayudas que te propongo
comienzan por un consejo:
¡Abre los ojos... y descubre cómo está Dios en la realidad!
Ignacio se centra en cuatro maneras[40] en las que él reconoce a Dios en la realidad:

1. Dios está dando y dándose


Nosotros podemos dar cosas sin darnos pero Dios no puede dar cosas sin darse a sí
mismo. Así, lo importante no son las cosas, sino Dios dándose. Dios nos invita a estar en
los dones que damos; a que lo que hacemos por los demás esté habitado.
– ¿Cuánto te ha dado Dios?
– ¿Cómo te das en las cosas que das?

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– ¿Cómo te das en tu forma de vivir tu libertad?

2. Dios está habitando las cosas (Dios habita en su creación)


Dios está invitando a hacer las cosas habitando en ellas, no «marchándose» de ellas. No
es «el que crea y desaparece». Nuestro Dios es providente. Dios habita en la creación, en
sus creaturas, y cuida de ellas.
Yo, que me siento habitado por Dios, le reconozco habitando toda realidad. Si tú te
has sentido profundamente habitado por Dios, reconócele habitando toda realidad.

3. Dios está trabajando por mí en la creación


Dando ser, conservando... Es decir, también cuidando y sufriendo.

¿A QUÉ ME ESTARÁ INVITANDO UN DIOS


QUE TRABAJA EN LA CREACIÓN?

4. Dios está descendiendo


«Todos los bienes descienden de arriba».
Contempla a Dios mismo como fuente y origen de sus dones. Dios se pone a tu altura
para hablar contigo. Como esa maestra de educación infantil que sabe que se ha de poner
en cuclillas para poder hablar con los niños. Para ser uno de nosotros, para estar a
nuestra altura, se encarnó.

MIRAR Y REFLECTIR CÓMO ESTÁ DIOS


DANDO Y DÁNDOSE
HABITANDO LAS COSAS
TRABAJANDO POR MÍ
DESCENDIENDO

La tentación en este momento, ya a punto de terminar, suele ser la de sentirse cansados y


tener ya la mirada «fuera» de los EE. Tampoco es infrecuente que aparezca una
«vocecita» que busca la manera de negar que lo vivido en los EE sea real. Podría
formularse algo así como: «Los EE no son la verdadera realidad; aquí es muy fácil rezar,
pero este mundo no es real. El mundo real es el de la prisa, con el que me voy a
encontrar mañana». Frente a esto, yo te diría que esta es precisamente tu verdadera
realidad: lo que has vivido en estos EE es tu verdadera realidad, tu auténtica, plena y
verdadera realidad.

Y la «Contemplación para alcanzar amor» y los EE finalizan con una oración


compuesta por San Ignacio, una oración en la que le ofrecemos TODO al Señor:

136
«Tomad, Señor, y recibid toda mi libertad,
mi memoria, mi entendimiento
y toda mi voluntad,
todo mi haber y mi poseer;
Vos me lo disteis; a Vos, Señor, lo torno;
todo es vuestro,
disponed a toda vuestra voluntad;
dadme vuestro amor y gracia,
que esta me basta».

Por si te ayuda, te invito a leer el mensaje que el P. Pedro Arrupe dirigió a la


Compañía de Jesús al presentar su renuncia en 1983. Es un ejemplo de cómo una
persona puede rezar la oración de san Ignacio hasta sus últimas consecuencias:

«¡Cómo me habría gustado hallarme en mejores condiciones al encontrarme


ahora ante Ustedes...!. Ya ven, ni siquiera puedo hablarles directamente. Los
Asistentes Generales han entendido lo que quiero decir a todos ustedes.
Yo me siento, más que nunca, en las manos de Dios. Eso es lo que he
deseado toda mi vida, desde joven. Y eso es también lo único que sigo queriendo
ahora. Pero con una diferencia: hoy toda la iniciativa la tiene el Señor. Les
aseguro que saberme y sentirme totalmente en sus manos es una profunda
experiencia.
Al final de estos dieciocho años como General de la Compañía, quiero, ante
todo y sobre todo, dar gracias al Señor. Él ha sido infinitamente generoso
conmigo. Yo he procurado corresponderle sabiendo que todo me lo daba para la
Compañía, para comunicarlo con todos y cada uno de los jesuitas. Lo he
intentado con todo empeño.
Durante estos dieciocho años, mi única ilusión ha sido servir al Señor y a su
Iglesia con todo mi corazón. Desde el primer momento hasta el último. Doy
gracias al Señor por los grandes progresos que he visto en la Compañía.
Ciertamente, también habrá habido deficiencias –las mías en primer lugar–; pero
el hecho es que ha habido grandes progresos en la conversión personal, en el
apostolado, en la atención a los pobres, a los refugiados... Mención especial
merece la actitud de lealtad y de filial obediencia mostrada hacia la Iglesia y el
Santo Padre particularmente en estos últimos años. Por todo ello, sean dadas
gracias al Señor.
Doy gracias de una manera especial a mis colaboradores más cercanos, mis
Asistentes y Consejeros –empezando por el P O’Keefe–, a los Asistentes
Regionales, a toda la Curia, a los Provinciales. Y agradezco muchísimo al Padre
Dezza y al P. Pittau su respuesta de amor hacia la Iglesia y la Compañía en el
encargo excepcional recibido del Santo Padre.

137
Pero, sobre todo, es a la Compañía, a cada uno de mis hermanos jesuitas, a
quienes quiero hacer llegar mi agradecimiento. Sin su obediencia en la fe a este
pobre Superior General, no se habría conseguido nada.
Mi mensaje hoy es que estén a la disposición del Señor. Que Dios sea
siempre el centro, que le escuchemos, que busquemos constantemente qué
podemos hacer en su mayor servicio, y lo realicemos lo mejor posible, con amor,
desprendidos de todo. Que tengamos un sentido muy personal de Dios.
A cada uno en particular querría decir tantas cosas...
A los jóvenes les digo: busquen la presencia de Dios, la propia santificación,
que es la mejor preparación para el futuro. Que se entreguen a la voluntad de
Dios en su extraordinaria grandeza y simplicidad a la vez.
A los que están en la plenitud de su actividad les pido que no se gasten y que
pongan el centro del equilibrio de sus vidas no en el trabajo, sino en Dios.
Manténganse atentos a tantas necesidades del mundo. Piensen en los millones de
hombres que ignoran a Dios o se portan como si no le conociesen. Todos están
llamados a conocer y servir a Dios. ¡Qué grande es nuestra misión: llevarles a
todos al conocimiento y amor de Cristo...!
A los de mi edad les recomiendo apertura: aprender qué es lo que hay que
hacer ahora, y hacerlo bien.
A los muy queridos Hermanos querría decirles también muchas cosas y con
enorme afecto. Quiero recordar a toda la Compañía la gran importancia de los
Hermanos. Ellos nos ayudan enormemente a centrar nuestra vocación en Dios.
Estoy lleno de esperanza viendo cómo la Compañía sirve a Cristo, único
Señor, y a la Iglesia, bajo el Romano Pontífice, Vicario de Cristo en la tierra.
Para que siga así, y para que el Señor bendiga con muchas y excelentes
vocaciones de sacerdotes y hermanos, ofrezco al Señor, y en lo que me quede de
vida, mis oraciones y los padecimientos anejos a mi enfermedad. Personalmente,
lo único que deseo es repetir desde el fondo de mi alma:

«Tomad, Señor, y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi


entendimiento, toda mi voluntad, todo mi haber y mi poseer. Vos me lo
disteis; a vos, Señor, lo torno. Todo es vuestro, disponed a toda vuestra
voluntad. Dadme vuestro amor y gracia, que esta me basta».

138
Puntos de la tarde
Orar con mi cuaderno
Repasa despacio las oraciones de estos días. Vuelve a leer lo que hayas ido anotando en
tu libreta (o en tu tableta) a lo largo de tus EE. Se trata de ver y recordar los momentos
más luminosos, tus consolaciones. Pero no solo; también se trata de ver las dificultades
interesantes con las que te has encontrado, tus sequedades, tus desolaciones. Qué te
llevas en la maleta al terminar...
– ¿Qué esperanzas necesitas reconstruir en tu vida?
– ¿Hay alguna fidelidad nueva a la que tengas que prestar atención?
– ¿Hay alguna fidelidad antigua que tengas que recordar?

Este ejercicio de «repaso» es muy importante. Si no echas la vista atrás, muy


probablemente saldrás de los EE solamente con las últimas impresiones... Recordar es
importante. La vida espiritual es un proceso, es un camino, no una mera serie de puntos.
Y, después de pasar por la cabeza y por el corazón lo que has vivido en estos ocho
días, te invito a terminar estos EE leyendo el primer capítulo del libro de Rut.
Concretamente, el versículo 16:

«...no insistas en que te deje volviéndome a mi pueblo: donde tu vayas, yo iré;


donde tu vivas, yo viviré; tu pueblo será mi pueblo; tu Dios será mi Dios».

Y pregúntate: si de la fidelidad de Ruth nace la estirpe de David, ¿qué podrá nacer de


tu fidelidad?
Y, puestos a pedir, no dejes de volver a formularte las preguntas que te hiciste en la
primera noche de estos EE:
• Dios mío, ¿cómo estás en mi vida?
• ¿Señor, qué más quieres de mí?

40. Puede ser de ayuda para esta Contemplación «visitar» el libro de los Salmos: Sal 105
«Recordad las maravillas que ha hecho el Señor». Sal. 127: «Si el Señor no
construye la casa, en vano se cansan los albañiles...». Sal 111: «Grandes son las

139
obras del Señor, verdad y justicia son las obras de tus manos».
Una excelente versión actualizada del libro de los Salmos puede encontrarse en:
M. REGAL, Los Salmos hoy. Versión oracional a la luz del evangelio, Bilbao 2013.

140
Epílogo y despedida

Para terminar me gustaría hacerte un regalo, unas palabras de Karl Rahner. Espero que te
ayuden a descubrir, cada día un poco más profundamente, cómo está Dios presente en tu
vida... te des cuenta de ello o no.

LA GRACIA[41]

«¿Nos hemos callado alguna vez, a pesar de las ganas de defendernos, aunque se nos
haya tratado injustamente? ¿Hemos perdonado alguna vez, a pesar de no obtener por ello
ninguna recompensa y cuando el silencioso perdón era aceptado como evidente? Hemos
obedecido alguna vez, no por necesidad o porque, de no obedecer, habríamos tenido
algún disgusto, sino solo por esa realidad misteriosa, callada, inefable... que llamamos
“Dios y su voluntad”? ¿Hemos hecho algún sacrificio sin agradecimiento ni
reconocimiento, incluso sin sentir satisfacción interior alguna? ¿Hemos estado alguna
vez totalmente solos? ¿Nos hemos decidido alguna vez basándonos únicamente en el
dictado más íntimo de nuestra conciencia, cuando no se lo podemos decir ni aclarar a
nadie, cuando estamos totalmente solos y sabemos que estamos tomando una decisión de
la que nadie nos eximirá y de la que habremos de responder para siempre y eternamente?
¿Hemos intentado alguna vez amar a Dios cuando no nos movía una oleada de
entusiasmo sentimental; cuando no podíamos confundirnos con Dios ni confundir con
Dios el propio impulso vital; cuando parecía que íbamos a morir de ese amor; cuando
ese amor se asemejaba a la muerte y a la absoluta negación; cuando parecía que se
gritaba en el vacío y en lo totalmente inaudito, como un salto terrible hacia lo sin fondo;
cuando todo parecía resultar inasible y aparentemente absurdo? ¿Hemos cumplido un
deber alguna vez, cuando aparentemente solo se podía cumplir con el sentimiento
abrasador de negarse y aniquilarse a sí mismo; cuando aparentemente solo se podía
cumplir haciendo una tontería que nadie le agradece a uno? ¿Hemos sido alguna vez
buenos para con un hombre cuando no había de su parte ningún eco de agradecimiento
ni de comprensión, y sin que fuéramos recompensados tampoco con el sentimiento de
haber sido “desinteresados”, decentes, etc.?

141
Busquemos nosotros mismos en esas experiencias de nuestra vida, indaguemos las
propias experiencias en que nos ha ocurrido algo así. Si las encontramos, es que hemos
tenido la experiencia del espíritu a que nos referimos».

¡Qué tengas una buena quinta semana!


¡Qué tengas un buen camino!

41. K. RAHNER, «Sobre la experiencia de la Gracia»: Escritos de Teología III, 103-107.

142
Esquema para ocho días de Ejercicios

Primera noche:
ENTRADA EN EJERCICIOS
Tu álbum de fotos. Tu curriculum vitae
Entrar en los Ejercicios con textos de la Escritura

Primer día:
PRINCIPIO Y FUNDAMENTO
Puntos de la mañana:
Soy la historia de una fidelidad de Dios
Puntos de la tarde:
«Hacer lo que Dios quiere y querer lo que Dios hace»

Segundo día.
PRIMERA SEMANA. DESCRUBIR MI PECADO
Puntos de la mañana:
El pecado en el mundo
Puntos de la tarde:
Soy un pecador salvado por la fidelidad de Dios

Tercer día.
SEGUNDA SEMANA: EL REINO
Puntos de la mañana:
Del agradecimiento al seguimiento
Puntos de la tarde:

143
Enséñanos tu «modo» para que sea «nuestro modo»

Cuarto día.
SEGUNDA SEMANA:
BAUTISMO DE JESÚS Y «JORNADA IGNACIANA»
Puntos de la mañana
Jesús en el Jordán
Puntos de la tarde
Banderas, Binarios, Humildad

Quinto día.
SEGUNDA SEMANA: CÓMO ES EL DIOS DE JESÚS
Puntos de la mañana:
Cómo nos aparece Dios en Jesús
Puntos de la tarde:
¡Qué Dios te llene el corazón!

Sexto día.
TERCERA SEMANA: SI EL GRANO DE TRIGO NO MUERE
Puntos de la mañana:
Entrada a la tercera semana
Puntos de la tarde:
«Verdaderamente, este hombre era el hijo de Dios»

Séptimo día.
CUARTA SEMANA: ¡ERA VERDAD!
Puntos de la mañana:
Aquel «primer día de la semana»
Puntos de la tarde:
«Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos»

Octavo día.
LA «QUINTA» SEMANA IGNACIANA

144
Puntos de la mañana:
Contemplación para Alcanzar Amor
Puntos de la tarde:
Orar con mi Cuaderno

145
Índice
Portada 3
Créditos 7
Índice 4
Introducción 9
Primera Noche: Entrada en Ejercicios 15
¿Adónde voy y a qué? 15
Primer día: Principio y Fundamento: 22
¡Abre los ojos! 22
Puntos de la mañana: 24
Soy la historia de una fidelidad a Dios 24
Puntos de la tarde: 27
«Hacer lo que Dios quiere y querer lo que Dios hace» 27
Segundo día: Primera Semana: 31
Descubrir mi pecado 31
Puntos de la mañana: 33
El pecado en el mundo 33
Puntos de la tarde: 44
Soy un pecador salvado por la fidelidad de Dios 44
Tercer día: Segunda Semana: 51
Meditación del Reino 51
Puntos de la mañana: 52
Del agradecimiento al seguimiento 52
Puntos de la tarde: 58
Enséñanos tu «modo» para que sea «nuestro modo» 58
Cuarto día: Segunda Semana: 66
Bautismo de Jesús y jornada ignaciana 66
Puntos de la mañana: 68
Esta mañana te invito a ir con Jesús al Jordán 68
Puntos de la tarde («Jornada ignaciana») 72
Banderas, Binarios, maneras de Humildad 72
Quinto día: Segunda Semana: 83
Cómo es el Dios de Jesús 83

146
Puntos de la mañana: 85
Cómo nos aparece Dios en Jesús 85
Puntos de la tarde: 94
¡Que Dios te llene el corazón! 94
Sexto día: Tercera Semana: 100
Si el grano de trigo no muere... 100
Puntos de la mañana: 102
Entrada a la tercera semana 102
Puntos de la tarde: 109
«Verdaderamente, este hombre era el hijo de Dios» 109
Séptimo día: Cuarta Semana: 115
¡Era verdad! 115
Puntos de la mañana: 117
Soy la historia de una fidelidad de Dios 117
Puntos de la tarde: 129
«Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos» 129
Octavo día: La quinta semana ignaciana: 133
¡Abre los ojos! 133
Puntos de la mañana: 134
Contemplación para Alcanzar Amor 134
Puntos de la tarde: 139
Orar con mi cuaderno 139
Epílogo y despedida 141
Esquema para ocho días de Ejercicios 143

147