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Función de la intertextualidad en Viacrucis de Clarice Lispector

En el cuento Viacrucis desde el momento inicial la autora propone un juego de


intertextualidad que irá incrementando y potenciando la construcción de
sentido del cuento en diferentes niveles. Si seguimos el texto de cerca es posible
encontrarnos con rastros que nos indican una construcción temática
consciente, incluso en el campo semántico usado. El título mismo, “Viacrucis”, es
la invitación para comenzar a construir uno de los ejes temáticos. Es fácil asociar
el término a la tradición religiosa cristiana, más directamente a la historia del
padecimiento de Jesús (La pasión). Si continuamos con la lectura, la primera
palabra usada es “María”, el nombre de nuestra protagonista, y a la vez es una
sugerencia adicional para nuestro intertexto. El campo semántico parece claro
ahora y continuará construyéndose durante toda la narración.

El efecto y poder de la intertextualidad de la pasión de Jesús en este texto es de


gran importancia para la construcción no solo del sentido sino también del tono
e incluso de las claves sociales, metatextuales y poéticas del texto. Al inicio
habíamos notamos fácilmente la relación semántica del texto referencia, un
poco más adelante encontramos a nuestra protagonista dando información
sobre sí misma, construyéndose con frases como “Sí, pero soy virgen”, palabras
cuya incursión en su voz comienzan a sugerir una doble significación que
cobrará más fuerza a medida que el texto continúa avanzando. Sabemos que
estas palabras en la narración están enmarcadas en una conversación cotidiana
con su ginecóloga, aquí significan solamente el hecho de que ella nunca a estado
con un hombre, pero el cuento ya ha comenzado a sugerir un nuevo significado
para “Soy virgen”, nos ha dicho también “soy María”, tal vez ya nos ha dicho soy
La Virgen María. La doble construcción narrativa es el pivote del funcionamiento
intertextual. El texto entonces propone dos tipos de verosimilitud, para efecto
de diferenciación llamaremos a una “verosimilitud real” y la otra la “verosimilitud
mítica”. La verosimilitud real se constituye de todos los elementos de la
narración que dan cuenta del mundo contemporáneo y físico en el cual están
inscritos los personajes de la narración: la protagonista, tras ver que está
embarazada de manera sorpresiva, ingresa en un restaurante, toma un café,
reflexiona, y compra ropa para bebé. Entendemos estas acciones como parte de
la construcción del sentido “real” en la cotidianidad de la protagonista. El
narrador luego comienza a jugar con el poder del campo semántico y el
intertexto: “Sólo podía darle un nombre: Jesús”, y “...encontro la marido leyendo el
periódico en sandalias.” Este tipo de incisiones proponen elementos para la
“verosimilitud mítica”. De ahora en adelante nos vamos a ir encontrando con
distintos intercambios en las propuestas de verosimilitud.

En un siguiente momento del texto, la verosimilitud mítica comienza a


influenciar a la real, las creencias empiezan a insertarse en la vida de los
protagonistas, en su comportamiento y acciones, los personajes transforman su
entorno real, siendo influenciados por los imaginarios textuales del viacrucis.
Nosotros, los espectadores, notamos cómo el narrador nos presenta está
incursión de la verosimilitud mítica en la historia, cada vez más se nos propone
comparar y contrastar el intertexto con la cotidianidad de los personajes. El
dominio de la verosimilitud mítica sobre la real es un proceso progresivo en el
cual la autora sabe cuidar sus límites para respetar el ritmo creciente de la
narración. Recordemos que al inicio vimos el intertexto entrar como un campo
semántico en donde coinciden los nombres de los personajes y algunas
características con la verosimilitud mítica, ahora la autora cuida el lenguaje para
mantener el límite entre las dos verosimilitudes. Narra por ejemplo que la
protagonista “creyó” ver a su lado a la Virgen María, no lo presenta como un
hecho objetivo, y aún así, un instante después, abre la posibilidad de un milagro
realizado por la ella.
Pronto, al acercarse el nacimiento del niño, los personajes mismos ven la
necesidad de transformar su realidad y acercarla más al intertexto tácito que los
ha acompañado. En este punto la realidad física comienza de manera sistemática
a cambiar, con la necesidad de parecerse al mito: es necesario un establo, unas
vacas, un trabajo de ebanistería e incluso una transformación física en el
protagonista: “elaborar un cayado”, “usar túnica de estopa”, “dejar crecer la
barba grisácea y sus largos cabellos”.

Acercándose al clímax del cuento las dos realidades son una sola en la mente de
los personajes, más la conclusión de la narración se construye como una
ambigüedad, como un final abierto en la convergencia de las dos historias. Si
prestamo atención a la última frase del texto: “No se sabe si ese niño tuvo que
poner el viacrucis. Todos lo padecen.” encontramos que esta afirmación del
narrador sugiere ambigüedad en lo presentado como real en la historia y el
material del mito. No sabemos si en realidad presenciamos una recreación en la
vida moderna de la historia de Jesús. En ningún momento el narrador reafirmó
las palabras de la protagonista sobre su embarazo especial, el solo sirvió como
indicador de los paralelos con el mito, fueron los personajes quienes se dejaron
guiar por imaginarios literarios, implicando en su contexto las acciones y
detalles, convirtiendo al mito en su realidad.

Todos podemos vivir un viacrucis, afirmación final que difumina el sentido de la


verosimilitud mítica que se ha construido, la acerca a la real, tal vez propone un
una catarsis, una apropiación de historias de nuestros imaginarios. Por un gran
sufrimiento, por un camino de dificultades, podría pasar cualquier vida humana.

Danilo Panche