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DIÁLOGO DE PLOTINO Y PORFIRIO

Una vez, habiendo yo, Por,/irio, pensado quitarme la vida, Plotino


se apercibió de ello, y compareció inesperadamente estando yo en
casa; y habiéndome dicho no proceder tal pensamiento de racio­
cinio de mente sana, sino de alguna indisposición melancólica, me
compelió a que yo mudase de país. Porfirio en la Vida de Plotino.
Lo mismo en la de Porfirio escrita por Eunapio, quien añade que
Plotino expone en un libro las conversaciones tenidas con Porfirio
en aquella ocasión.
Plotino: Porfirio, sabes que soy amigo tuyo; y sabes cuánto: y
no tienes que maravillarte si vengo observando tus acciones y tus
palabras y tu estado con una cierta curiosidad; porque nace de esto:
que estás en mí corazón. Hace ya bastantes días que te veo triste y
muy pensativo; tienes una cierta mirada, y dejas escapar ciertas
palabras: en fin, sin más preámbulos y sin rodeos, creo que llevas
en la cabeza una mala intención.
Porfirio: ¿Cómo? ¿Qué quieres decir?
Plotino: Una mala intención contra ti mismo. La acción es tenida
de mal augurio al nombrarla. Reflexiona, Porfirio mío, no me_ 'nie­
gues la verdad, no inflijas esta injuria a tanto mutuo amor como nos
tenemos desde hace tanto tiempo. Sé bien que te causo pesar al
entablar esta conversación; y entiendo que hubieses deseado el
mantener celado tu propósito: pero en cosa de tanta importancia yo
no podía callar; y tú no tendrías que tomarte a mal el hablarla con
una persona que te ama tanto como a sí misma. Discutamos juntos
tranquilamente, y vayamos pensando las razones: tú desahoga­
rás tu ánimo conmigo, te dolerás, llorarás; que yo lo merezco de ti:
y al fin y al cabo yo no he de impedüte de ninguna manera que tú ha­
gas aqueUo que nosotros encontremos que sea razonable y de tu uti­
lidad.
Porfirio: No te he negado nunca nada que tú me pidieses, Plotino
mío. Y ahora te confieso aquello que hubiese querido mantener
secreto, y que no confesaría a otro por nada del mundo; digo que

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lo que tú imaginas de mi intención es la verdad. Si te place que nos
pongamos a conversar sobre esta materia, aunque mi ánimo lo re­
chaza fuertemente, porque estas tales deliberaciones parece que se
complazcan en un silencio altísimo, y que la mente en tales pensa­
mientos guste de estar solitaria y cerrada en sí misma más que nun­
ca, sin embargo, estoy dispuesto a hacer también en esto como tú
dices. Incluso comenzaré yo mismo, y te diré que esta inclinación
mía no procede de ninguna calamidad que me haya sucedido, o bien
que espere que me alcance, sino de un cansancio de la vida; de un
tedio que experimento, tan vehemente, que se parece al dolor y al
espasmo; de un cierto no solamente conocer, sino ver, gustar, tocar
la vanidad de toda cosa que me ocurre durante la jornada. De ma­
nera que no sólo mi intelecto, sino todos mis sentimientos, aun los
del cuerpo, están (por decirlo de una manera extraña, pero ajustada
al caso) llenos de esta vanidad. Y ahí, primeramente, no me podrás
decir que esta disposición mía no sea razonable, aunque concederé
fácilmente que ella, en buena parte, provenga de algún malestar
corporal. S in embargo, es razonabil ísima; más bien todas las demás
disposiciones de los hombres, excepto ésta, por las que, de alguna
manera, se vive y se· estima que la vida y las cosas humanas tengan
alguna sustancia, están, cuál más cuál menos, alej adas de la razón,
y se fundan en algún engaño y en alguna imaginación falsa. Y nada
es más razonable que el aburrimiento. Los placeres son todos vanos.
El mismo dolor, hablo de aquel del ánimo, por lo general es vano:
pm;que si miras a su causa y a su materia, considerándolas bien, son
de poca realidad o de ninguna. Lo mismo digo del temor; lo mis­
mo de la esperanza. Sólo el aburrimiento, que nace siempre de la
vanidad de las cosas, no es nunca vanidad, ni engaño; nunca está
fundado sobre lo falsó. Y se puede decir que, siendo todo lo demás
vano, al aburrimiento redúcese, y en él consiste, cuanto la vida de
los hombres tiene de sustancial y de real.
Plotino: Sea así. No quiero por el momento contradecirte sobre
esta parte. Pero ahora tenemos que considerar el hecho que vas
describiendo; quiero decir, considerarlo más estrechamente, en sí
mismo. No te voy a decir que es sentencia de Platón, como sabes,
el que al hombre no le sea lícito, a guisa de siervo fugitivo, sus­
traerse por su propia autoridad de aquella casi cárcel en la que se
encuentra por voluntad de los dioses, es decir, privarse de la vida
espontáneamente.

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Porfirio : Te lo mego, Plotino mío; dejemos ahora aparte a Platón,
y sus doctrinas, y sus fantasías. Una cosa es alabar, comentar, de­
fender ciertas opiniones en las escuelas y en los libros; y otra seguir­
las en el uso diario. En la escuela y en los libros me ha sido lícito
aprobar los sentimientos de Platón y seguirlos, puesto que tal es la
costumbre hoy; en la vida, no es que no los apruebe, más bien los
abomino. Sé que se dice que Platón divulgó en sus escritos aquellas
doctrinas de la vida futura, a fin de que los hombres, dudando y re­
celando acerca de su estado después de la muerte, por aquella incer­
tidumbre, y por temor a penas y calamidades futuras, se refrenasen
en la vida de cometer injusticias y de las demás malas obras. Que
si yo estimase que Platón hubiese sido autor de estas dudas, y de
estas creencias, y que fuesen invenciones suyas, diría: ya vez, Pla­
tón, cuánto la naturaleza o el destino o la necesidad, o cualquier po­
tencia autora y señora del universo, ha sido y es perpetuamente
enemiga de nuestra especie. A la que muchas, más bien innumera­
bles razones podrán negar aquella superioridad que nosotros, con
otros títulos, nos arrogamos de poseer entre los animales; pero
ninguna razón se encontrará que le quite aquel principado que el
antiquísimo Homero le atribuía ; quiero decir el principado de la
infelicidad. Sin embargo, la naturaleza nos destinó como medicina
de todos los males la muerte : que por aquellos que no usasen mucho
el razonamiento del intelecto, sería temida; por los demás, deseada.
Y sería un alivio dulcísimo en nuestra vida, llena de tantos dolores,
la esperanza y el pensamiento de nuestro final. Tú, con esta duda
terrible, suscitada por tí en las mentes de los hombres, has quitado
a este pensamiento toda dulzura, y lo has hecho más amargo que
todos los demás. Tú eres causa de que se vean los infelicísimos
mortales temiendo más al puerto que a la tempestad, y huyendo con
el ánimo de aquel solo remedio y reposo suyo a las angustias pre­
sentes y a las congojas de la vida. Tú has sido para los hombres más
cruel que el destino o la necesidad o la naturaleza. Y no pudiéndose
disolver esta duda de ninguna manera, ni nuestras mentes quedar
nunca libres de ella, tú has llevado para siempre a tus semejantes a
esta condición: que tendrán la muerte llena de aflicción, y más mí­
sera que la vida. Ya que por obra tuya, mientras que todos los demás
animales mueren sin temor alguno, la calma y la seguridad del
ánimo están excluidos perpetuamente de la última hora del hombre.
Esto faltaba, oh Platón, a tanta infelicidad de la especie humana.

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"Dejo que aquel efecto que te habías propuesto, de impedir a los
hombres las violencias y las injusticias, no ha sido conseguido por
ti. Ya que aquellas dudas y aquellas creencias espantan a todos los
hombres sobre las horas extremas, cuando no son aptos para causar
daños : durante el curso de la vida, espantan frecuentemente a los
buenos, que tienen voluntad no de perjudicar, sino de ayudar; es­
pantan a las personas tímidas, y a las débiles de cuerpo, que a las
violencias y a las iniquidades no tienen ni su naturaleza inclinada,
ni suficientes el corazón y la mano. Pero a los osados, y a los va­
lientes, y a aquellos que poco sienten el poder de la imaginativa; en
fin, aquellos para los que en general se requeriría otro freno que el
de la sola ley; no los espantan ni les detienen del mal obrar, como
lo vemos por los ejemplos cotidianos, y tal como la experiencia de
todos los siglos, desde tus días hasta hoy, pone de manifiesto. Las
buenas leyes, y más la buena educación, y la cultura de las costum­
bres y de las mentes, conservan en la sociedad de los hombres la
justicia y la mansedumbre; ya que los ánimos desbastados y ablan­
dados por un poco de civilización, y acostumbrados a considerar
un poco las cosas, y a emplear algún poco el entendimiento, casi
por necesidad y casi siempre aborrecen el poner la mano en las per­
sonas y en la sangre de sus iguales ; son por lo general ajenos a
causar a los demás daño en cualquier modo; y raras veces y con di­
ficultad se inducen a correr aquellos peligros que lleva consigo el
contravenir a las leyes. S in embargo, no tienen este buen efecto las
imaginaciones amenazadoras y las opiniones nefastas de cosas fie­
ras y espantosas, al contrario, como suele producir la multitud y la
crueldad de los suplicios que usan los estados, así también aquéllas
acrecientan, por un lado la vileza del ánimo, por otro la ferocidad,
principales enemigas y pestes del consorcio humano.
"Pero tú también has puesto en evidencia y prometido recom­
pensa a los buenos. ¿Qué recompensa? Un estado que nos resul­
ta lleno de aburrimiento y aún menos tolerable que esta vida. Para
todos es patente la acerbidad de aquellos suplicios tuyos; pero la
dulzura de tus premios es oculta y arcana, y no se puede compren­
der por mente humana. De donde ninguna eficacia pueden tener
tales premios para atraemos a la rectitud y a la virtud. Y en verdad,
si muy pocos ribaldos, por temor a aquel espantoso Tártaro tuyo se
abstienen de alguna mala acción, yo me atrevo a afirmar que nunca
ningún bueno, en un mínimo acto suyo, se movió a bien obrar por

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deseo de aquel Eliso tuyo. Pues no puede él en nuestra imaginación
tener apariencia de cosa deseable. Y además de que muy leve con­
suelo sería también la expectación cierta de este bien, ¿qué espe­
ranza has dejado tú que la puedan tener también los virtuosos y los
justos, si aquel Minos tuyo, y aquel Eaco y Radamanto, jueces rigi­
dísimos e inexorables, no tienen que perdonar ni la más mínima
sombra o vestigio de culpa? ¿ Y qué hombre hay que se pueda sentir
o creer tan limpio y puro como tú lo exiges? De manera que la con­
secución de aquella felicidad, sea la que sea,viene a ser casi ímpo­
síble: y no bastará la conciencia de la más recta y de la más trabaj osa
vida.para asegurar al hombre, llegado el último instante, de la incer­
teza de su estado futuro y del espanto de los castigos. Así por tus
doctrinas el temor, superada a infinita distancia la esperanza, se ha
hecho dueño del hombre; y el fruto de esas doctrinas �ltimamente
es éste : que el género humano, ejemplo admirable en infelicidad en
esta vida, espera, no que la muerte sea el final de sus· miserias, sino
llegar a ser, después .de ella, mucho más infeliz. Con lo que tú has
superado en crueldad, no sólo a la naturaleza y al destino, sino al
más fiero de los tiranos y al más despiadado de los verdugos que
haya existido en el mundo. ¿Pero con qué barbarie se puede paran­
gonar aquel decreto tuyo de que al hombre no le sea lícito poner fin a
sus sufrimientos, a los dolores, a las angustias, venciendo el horror
a la muerte y voluntariamente privándose del espíritu? Ciertamente
no tiene lugar en los demás animales el deseo de terminar la vida,
porque sus infelicidades tienen más estrechos límites que las infe­
licidades del hombre; ni tendría tampoco lugar el valor para extin­
guirla espontáneamente. Pero, si en cambio tales disposiciones ca­
yesen en la naturaleza de los brutos, ningún impedimento tendrían
ellos al poder morir; ninguna prohibición, ninguna duda les quitaría
la facultad de sustraerse de sus males . He aquí que tú nos pones
también en esto inferiores a las bestías; y aquella libertad que ten­
drían los brutos si les aconteciese usarla, aquella que la naturaleza
misma, tan avara para con nosotros, no nos ha negado, resulta faltar
por tu causa en el hombre. De manera que aquel único género de
vivientes que resulta ser capaz del deseo de la muerte, aquel solo
no tiene en su mano el morir. La naturaleza, el destino y la fortuna
nos flagelan de continuo sangrientamente, con pena nuestra y dolor
inestimable: tú acudes, y nos atas estrechamente los brazos, y en­
cadenas los pies; de manera que no nos sea posible ni defendernos

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ni echarnos atrás ante sus golpes . Es verdad, cuando consídero la
grandeza de la infelicidad humana, pienso que de ella se deban in­
culpar, más que a ninguna otra cosa, a tus doctrinas ; y que convenga
a los hombres mucho más el dolerse de tí que de la naturaleza. Que
sí bien, a decir verdad, no nos destinó otra vida que infelicísima,
sin embargo, por otro lado, nos concedió el poder terminarla cada
vez que nos placiese. Y primeramente no se puede nunca decír que
sea muy grande aquella miseria que, sólo con que yo quiera, puede
en duración ser brevísima; pues, aunque la persona efectivamente
no se resolviese a dej ar la vida, el solo pensamiento de poder a su
completa voluntad sustraerse a la miseria, sería tal confortación y
tal aligeramiento de cualquier calamidad, que por su virtud, todas
resultarían Jáciles de soportar. De manera que la pesantez intolera­
ble de nuestra infelicidad, no por otra cosa principalmente se debe
reconocer, que por esta incertidumbre de poder por acaso, truncan­
do voluntariamente la propia vida, incurrir en miseria mayor que la
presente. Y no sólo mayor, sino de tan inefable atrocidad y duración
que, supuesto que- el presente sea cierto, y aquellas penas inciertas,
razonablemente deba el temor a aquéllas, sin proporción o compa­
ración alguna, prevalecer a la aflicción de cualquiera de todos los
males de esta vida. Incertidumbre que, oh Platón, te fue bien fácil
de suscitar; pero antes se desvanecerá la esti rp e de los hombres, que
aquélla sea resuelta. En efecto, ninguna cosa nace, ninguna está por
nacer en ningún tiempo, tan calamitosa y funesta para la especie
humana, como tu ingenio.
"Estas cosas diría , si creyese que Platón hubiese sido autor o
inventor de aquellas doctrinas ; que yo sé muy bien que no lo fue.
Pero de todas maneras, sobre esta materia ya se ha hablado sufi­
cientemente, y quisiera que la dejásemos de lado. "
Plotino : Porfirio, verdaderamente yo amo a Platón, como tú sa­
bes. Pero ya no es por esto que quiera discutir por autoridad; máxi­
mamente, además, contigo y de una tal cuestión: sino que yo quiero
discutir por razón. Y sí he tocado así, de refilón, aquella tal sentencia
platónica, lo he hecho más para usar corno una especie de proemio
que por otra cosa. Y volviendo al razonamiento que tenía en mente,
digo que no Platón o algún otro filósofo solamente, sino la natura­
leza misma parece que nos enseñe que el quitamos del mundo por
mera voluntad nuestra no es cosa lícita. No es necesario que me ex­
tienda acerca de este punto : porque sí piensas un poco, no puede

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ser que no conozcas por ti mismo que el matarse por propia mano
sin necesidad es contra natura. Más bien, por decirlo mejor, es el
acto más contrario a la naturaleza que se pueda cometer. Porque to­
do el orden de las cosas sería subvertido si éstas se destruyesen por
sí mismas. Y parece que repugne que uno se valga de la vida para
extinguir la vida misma, que el ser se emplee para no ser. Además,
si es que cosa alguna nos está mandada y ordenada por la naturaleza,
ciertamente nos manda puntualísimarnente y sobre todo, y no sólo
a los hombres, sino semejantemente a cualquier criatura del uni­
verso, atender a la conservación propia, y procurarla de todas las
maneras; que es precisamente lo contrario del matarse. Y sin más
argumentos, ¿no sentirnos que nuestra inclinación por sí misma nos
tira, y nos hace odiar a la muerte, y temerla, y tenerle horror, aun a
despecho nuestro? Ahora bien, por lo tanto, ya que este acto de ma­
tarse es contrario a la naturaleza, y tan contrario como lo podemos
ver, yo no podría decidir que sea lícito.
Porfirio: Ya he considerado toda esta parte, que, tal como has
dicho, es imposible que el ánimo no la advierta, a poco que uno se
detenga a pensar sobre este asúnto . Me parece que a tus razones se
podría responder con muchas otras, y de muchas maneras: pero in­
tentaré ser breve. Tú dudas de que sea lícito el morir sin necesidad:
yo te pregunto si nos es lícito el ser infelices. La naturaleza veda el
matarse. Extraño me resultaría que no teniendo ella la voluntad o
. el poder de hacerme ni infeliz ni libre de miseria, tuviese la facultad
de obligarme a vivir. Ciertamente si la naturaleza nos ha engendra­
do amor a la propia conservación y odio a la muerte, no nos ha dado
menos odio a la infelicidad y amor a nuestra mej ora; al contrario,
tanto mayores y tanto más principales estas últimas inclinaciones
que aquéllas, cuanto que la felicidad es el fin de todo acto nuestro
y de todo amor y odio nuestro, y que no se evita a ]a muerte ni la
vida se ama por sí misma, sino por consideración y amor a nuestro
mejoramiento y odio a nuestro mal y daño. ¿Cómo, así, puede ser
contrario a la naturaleza que yo escape a la infelicidad de aquella
única manera que tienen los hombres para escapar a ella?, que es
aquella de quitarme del mundo: porque mientras estoy vivo, no la
puedo evitar. ¿Y cómo puede ser verdad que la naturaleza me vede
el acogerme a la muerte, que sin duda alguna es mi mej or medio,
y el repudiar a l a vida, que manifiestamente me viene a ser dañosa

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y mala, cuando no me puede valer para más que para sufrir, y a esto
por necesidad me vale y me conduce en efecto?
P lotino : De todas maneras, estas cosas no me persuaden de que
el matarse por sí mismo no sea contra natura: porque nuestro sentido
tiene demasiada manifiesta contrariedad y aborrecimiento a la muer­
te; y vemos que los animales, que (mientras no sean forzados por
los hombres o extraviados) obran en todo naturalmente, no sólo no
llegan a este acto, sino aun por muy infelices y míseros que sean,
se muestran alejadísimos de él . Y finalmente, no se encuentra, sino
sólo entre los hombres; alguno que lo comete; y no de ningún modo
entre aquellas gentes que poseen una manera de vivir natural, que
de éstas no se encóntrará ni uno que no lo abomine, si es que tie­
nen de ello noticia o imaginación alguna; sino sólo entre estas nues­
tras alteradas y corrompidas, que no viven según la naturaleza.
Porfirio: Muy bien, te voy a conceder también que esta acción
sea contraria a la naturaleza, como tú quieres. ¿Pero qué vale es­
to, si nosotros no somos criaturas naturales, por decirlo así? Hablo
de los hombres civilizados. Parangónanos, no digo a los vivientes de
cualquier otra especie que tú quieras, pero sí a aquellas naciones
por allá de las partes de la India y de Etiopía, que, como se dice,
aún conservan aquellas costumbres primitivas y silvestres, y difi­
cilmente te parecerá que se pueda decir que estos hombres y aqué­
llos sean criaturas de una misma especie. Y esta, corno si dijésemos,
transformación nuestra, y esta mutación de vida, y más aún de áni­
mo, yo, para mí, he tenido siempre por seguro que no ha sido sin
infinito acrecimiento de infelicidad. Cierto que aquellas gentes
salvajes no sienten nunca deseo de acabar la vida, ni tampoco les
anda por la fantasía el que la muerte se pueda desear: de donde que
los hombres acostumbrados a esta manera nuestra y, como decimos,
civilizados, la desean muchísimas veces, y algunas se la procuran.
Ahora bien, si le es licito al hombre civilizado el vivir contra natura,
y contra natura ser tan mísero, ¿por qué no le será lícito el morir
contra natura? siendo así que de esta infelicidad nueva, que nos
resulta de la alteración de nuestro estado, no nos podemos tampoco
librar de otra manera que con la muerte. Que en cuanto a volvernos
a aquel estado primitivo, y a la vida designada para nosotros por la
naturaleza, esto no se podría apenas, y quizá de ninguna de las ma­
neras, en cuanto a lo extrínseco; y p or lo que res p ecta a lo intrínseco,

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que es lo que más releva, sin duda alguna sería enteramente impo­
sible. ¿ Qué cosa es menos natural que la medicina, tanto aquella
que se ejerce con la mano como aquella que obra por vía de fár­
macos? Que una y otra, tanto en las operaciones que efectúan como
en las materias, en los instrumentos y en las maneras que usan, están
alejadísimas de la naturaleza: y los brutos y los hombres salvajes
no las conocen. No obstante, ya que los males que pretenden curar
aún están fuera de la naturaleza, y no tienen lugar sino a causa de
la civilización, es decir de la corruptela de nuestro estado; por esta
razón ambas artes, a pesar de que no sean naturales, son y se estiman
oportunas, e incluso necesarias. Así este acto de matarse, que nos
libra de la infelicidad causada a nosotros por la corrupción, porque
sea contrario a la naturaleza no se sigue que sea reprensible: siendo
necesario a males no naturales remedio no natural. Y sería igual­
mente riguroso e inicuo que la razón, que para hacemos más mí­
seros de lo que naturalmente somos suele contrariar a la naturaleza
en las demás cosas, en ésta se confederase con ella para quitarnos
aquel extremo refugio que nos queda, aquel solo que la misma razón
enseña, y constreñirno� a perseverar en la miseria.
"La verdad es ésta, Plotino. Aquella naturaleza primitiva de los
hombres antiguos, y de las gentes salvajes e incultas, ya no es nues­
tra naturaleza, sino que la costumbre y la razón han hecho en noso­
tros otra fortaleza, que tenemos, y tendremos siempre, en lugar de
aquella primera. No era natural al hombre en el principio el procu­
rarse la muerte voluntariamente: y ni tan sólo era natural el desearla.
Hoy tanto esto como aquello son cosas naturales; esto es, conformes
a nuestra naturaleza nueva, que tendiendo ella aún y moviéndose
necesariamente como la antigua, hacia lo que parece ser lo mej or
para nosotros, hace que muchas veces deseemos y busquemos aque­
llo que verdaderamente es el mayor bien del hombre, es decir la
muerte. Y no es maravilla, ya que esta segunda naturaleza es go­
bernada y dirigida en su mayor parte por la razón. Que afirma, como
certísimo, que la muerte no es que sea un mal, como dicta la im­
presión primitiva, al contrario, es el único remedio válido para
nuestros males, la cosa más deseable para los hombres, y la mejor.
Por consiguiente, yo pregunto: ¿miden los hombres civilizados sus
demás acciones por la naturaleza primitiva? ¿Cuándo, y qué accio­
nes no? No por la naturaleza primitiva, sino por esta otra nuestra o,
también queremos decir, por la razón. ¿Por qué este solo acto de

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quitarse la vida se tendrá que medir no por la naturaleza nueva o
por la razón, sino por la naturaleza primitiva? ¿Por qué la primitiva
naturaleza que no da más leyes a nuestra vida tendrá que dar leyes
a la muerte? ¿Por qué no tiene la razón que gobernar a la muerte,
puesto que rige a la vida? Y vemos que, de hecho, tanto la razón
como la infelicidad de nuestro estado presente, no sólo extinguen,
máxime en los infortunados y afligidos, aquella aversión innata a
la muerte que tú decías, sino que la cambian en deseo y amor, como
he dicho antes. Nacido este deseo y amor, que según la naturaleza
no hubiesen podido nacer, y siendo la infelicidad generada por la
alteración nuestra, y no querida por la naturaleza, sería manifiesta
repugnancia y contradicción que aún tuviese lugar la prohibición
natural de matarse. Esto me parece que basta, en cuanto a saber si
el matarse a sí mismo es lícito. Queda si es útil."
Plotino: De esto no conviene que me hables, Porfirio mío: que
cuando esta acción sea lícita (porque una que no sea justa ni rec­
ta no admito que pueda ser de utilidad), no tengo ninguna duda de
que no sea utilísima. Porque la cuestión, en smpa, se reduce a esto:
cuál de ambas cosas es la mejor, el no sufrir o el sufrir. Bien sé yo
que el gozar juntado al sufrir verosími lmente sería elegido por casi
todos los hombres, antes que el no sufrir e incluso que el no gozar:
tanto es el deseo, y por así decirlo, la sed, que el ánimo tiene del
goce. Pero la decisión no cae entre estos términos; porque el goce
y el placer, hablando con propiedad y razón, es tan imposible corno
el sµfrimiento es inevitable. Y hablo de un sufrimiento tan continuo
corno continuo es el deseo y la necesidad que tenemos del goce y
de la felicidad, que no se real iza nunca: dej ando aparte aún los su­
frimientos particulares y accidentales que sobrevienen a cada uno
de los hombres, y que son igualmente ciertos, quiero decir que es
cierto que deben acaecer (más o menos, y de una u otra calidad), tam­
bién en la más venturosa vida del mundo. Y en verdad, un sufrimien­
to único y breve, que la persona estuviese segura de que, si ella
continuaba viviendo, le tuviese que suceder, sería suficiente para
hacer que, con arreglo a la razón, la muerte fuese preferible a la
vida: porque este tal sufrimiento no tendría compensación alguna,
no pudiendo acontecer en nuestra vida un bien o un deleite verda­
dero.
Porfirio: A mí me parece que el tedio mismo y el encontrarse
p rivado de toda esperanza de estado y de fortuna mejores sean cau-

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sas bastantes para engendrar deseo de terminar la vida, incluso para
quien se encuentre en estado y en fortuna no solamente no mala,
sino próspera. Y muchas veces me he maravi llado de que en ningún
lugar se vea mención hecha de príncipes que hayan querido morir
por tedio solamente, y por saciedad de su propio estado, como de
gentes privadas se lee y se oye todos los días. De éstos eran los que,
oído a Hegesías, filósofo cirenaico, recitar aquellas lecciones suyas
sobre la miseria de la vida, saliendo de la escuela, iban y se mataban:
de donde Hegesías fue llamado por sobrenombre el persuasor de
morir; y se dice, como me imagino que sabes, que finalmente el rey
Tolomeo le prohibió que discutiese nunca más sobre aquella mate­
ria. Que sí bien se encuentra de algunos, como del rey Mitrídates,
de Cleopatra, de Otón el romano, y quizá de algunos otros prínci­
pes, que se mataron por sí mismos; estos tales se movieron por
encontrarse entonces en adversidad y miseria, y para evitar males
mayores. Pero a mí me habría parecido creíble que los príncipes
más fácilmente que los demás concibiesen odio hacia su estado, y
fastidio hacia todas las cosas, y que deseasen morir. Porque, estando
sobre la cima de la que se llama felicidad humana, teniendo poco
más que esperar, o ninguno quizá, de los llamados bienes de la vida
(puesto que los poseen todos), no se pueden prometer mejor el ma­
ñana que el día de hoy. Y siempre el presente, por afortunado que
sea, es triste e ínamable: sólo el futuro puede gustar. Pero lo que sea
de esto, finalmente, podemos reconocer que ( excepto el temor a las
cosas de otro mundo) lo que retiene a los hombres para que no
abandonen la vida espontáneamente, y lo que les induce a amarla
y a preferirla a la muerte no es más que un simple y un manifiestí­
simo error, por decirlo así, de cálculo y de medida: es decir, un error
que se comete al calcular, al medir y al parangonar entre sí los pro­
vechos y los daños. Error que tiene lugar, se podría decir, otras tan­
tas veces cuantos son los momentos en que cada cual abraza a la
vida, o bien consciente en vivir y se contenta, sea con el juicio y la vo­
luntad o sea con el mero hecho.
Plotino: Así es verdaderamente, Porfirio mío. Pero con todo esto,
deja que te aconseje, y también soporta que te ruegue, que prestes
oídos, con respecto a este designio tuyo, antes a la naturaleza que
a la razón. Y quiero decir a aquella naturaleza primitiva, a aquella
madre nuestra y del universo, que si bien no ha demostrado amar­
nos, y si bien nos ha hecho infelices, sin embargo, nos ha sido mu-

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cho menos enemiga y maléfica de lo que nosotros lo hemos si­
do con el ingenio propio, con la curiosidad incesable y desmesurada,
con las especulaciones, con los razonamientos, con los sueños, con
las opiniones y doctrinas míseras: y particularmente se ha esforzado
en medicar nuestra infelicidad con ocultarnos o con transfiguramos
la mayor parte de ella. Y por grande que sea nuestra alteración, y
disminuido en nosotros el poder de la naturaleza, ésta no está re­
ducida a la nada, ni hemos mudado e innovado tanto que no reste
en cada uno gran parte del hombre antiguo. Lo cual, por mucho que
le pese a nuestra estulticia, nunca podrá ser de otra manera. He aquí
esto que tú llamas error de cálculo; verdaderamente error, y no me­
nos grande que palpable; sin embargo, se comete continuamente; y
no tan sólo por los estúpidos y por los idiotas, sino por los ingenio­
sos, por los doctos, por los sabios; y se cometerá eternamente si la
naturaleza, que ha producido este género nuestro, ella misma, y no
ya el raciocinio y la propia mano de los hombres, no lo extingue.
Y créeme que no hay fastidio de la vida, ni desesperación, ni sentido
de la nulidad de las cosas, de la vanidad de los cuidados, de la sole­
dad del hombre, ni odio al mundo y a sí mismo, que pueda durar
mucho: a pesar de que estas disposiciones del ánimo sean razona­
bilísimas, y sus contrarias irrazonables. Pero con todo esto, pasado
un poco de tiempo, mudada ligeramente la disposición del cuerpo,
poco a poco, y muchas veces de repente, por causas minimísímas
y apenas posibles de notar, recóbrase el gusto a la vida, nace ora
ésta ora aquella esperanza nueva, y las cosas humanas recobran
aquella apariencia suya, y muéstranse no indignas de cualquier cui­
dado, no de veras al intelecto, pero sí, por decirlo de alguna manera,
al sentido del ánimo. Y esto basta a efecto de hacer que la persona,
aunque conocedora y persuadida de la verdad, sin embargo, a pesar
de la razón, persevere en la vida y proceda en ella como hacen los
demás: porque aquel tal sentido (se puede decir), y no el intelecto,
es lo que nos gobierna.
"Sea razonable el matarse, sea en contra de la razón el acomodar
el ánimo a la vida: ciertamente aquello es un acto feroz e inhuma­
no. Y no debe placer más, ni quererse elegir antes ser según la razón
un monstruo, que según la naturaleza un hombre. ¿Y por qué no
querremos también tener alguna consideración a los amigos, a los
parientes sanguíneos, a los hijos, a los hermanos, a los padres, a la
mujer, a las personas familiares y domésticas, con las que hemos

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acostumbrado a vivir desde mucho tiempo atrás, a las que murien­
do es necesario dejar para siempre?, ¿no sentiremos en nuestro co­
razón dolor alguno por esta separación; ni tendremos en cuenta lo
que sentirán ellos, tanto por la pérdida de una persona amada y
habitual, como por la atrocidad del caso? Bíen sé yo que no debe
el ánimo del sapiente ser demasiado blando, ni dejarse vencer por
la piedad y por la congoja de manera que resulte perturbado, que
caiga al suelo, que ceda y que vaya a menos como despreciable,
que transcurra su tiempo en lágrimas inmoderadas, en actos no
dignos de la estabilidad de aquel que tiene pleno y claro conoci­
miento de la condición humana. Pero esta fortaleza de ánimo se de­
be usar en aquellos accidentes tristes que sobrevienen por la for­
tuna, y que no se pueden evitar; no abusar de ella en privamos
espontáneamente, para siempre, de la vista, de la conversación, de
la consuetud de nuestros casos. Tener en nada el dolor de la sepa­
ración y de la pérdida de los parientes, de los intrínsecos, de los
compañeros; o no se.r apto para sentir con tal cosa dolor alguno; no
es de sapiente, sino de bárbaro. No tener en ninguna consideración
el afligir con la muerte propia a los amigos y a los familiares; es de
no cuidante de lo ajeno, y de demasiado cui dante de sí mismo. Y
en verdad, aquel que se mata por s í mismo, no tiene cuidado ni pen­
samiento alguno hacia los demás; no busca sino la utilidad propia;
se echa, por así decirlo , a las espaldas a sus próximos y a todo el
género humano: tanto, que en esta acción del privarse de la vida
aparece el más escueto, el más sórdido, o sin duda el menos bello
y menos liberal amor a sí mismo que exista en el mundo.
"Por último, Porfirio mío, las molestias y los males de la vida,
aunque muchos y continuos, cuando, como en ti hoy se verifica, no
tienen lugar infortunios y calamidades extraordinarios, o dolores
acerbos del cuerpo, no son dificultosos de tolerar; máxime a un
hombre prudente y fuerte, como. tú eres. Y la vida es cosa de tan
pequeño relieve, que el hombre, en cuanto a sí, no debería ser muy
solícito ni en retenerla ni en dejarla. Por este motivo, sin querer pon­
derar la cosa demasiado curiosamente, por cualquier leve causa que
se le ofreciese para seguir antes aquella primera parte que ésta, no
debería rehusar el hacerlo. Y siendo ello rogado por un amigo, ¿por
qué no tendrías que complacerle? Ahora yo te ruego encarecida­
mente, Porfirio mío, por la memoria de los años que hasta ahora ha
durado nuestra amistad, deja este pensamiento; no quieras ser causa

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de este gran dolor a los amigos tuyos buenos, que te aman con toda
el alma; a mí, que no tengo persona más cara, ni compañía más dul­
ce. Quiere más bien ayudarnos a sufrir la vida, que así, sin má; pen­
samiento por nosotros, dejarnos abandonados. Vivamos, Porfirio
mío, y confortémonos juntos : no rehusemos el llevar aquella parte
que el · destino nos ha establecido de los males de nuestra · especie.
Más bien cuidemos de damos compañía el uno al otro; y vayamos
alentándonos y prestándonos ayuda y socorro mutuamente; para
cumplir de la mejor manera este. trabajo de la vida. Que sin ninguna
duda será breve . Y cuando la muerte venga, entonces no nos afli­
giremos: y también en aquel último momento los amigos y los com­
pañeros nos reconfortarán y nos alegrará el pensamiento de que,
después de que estaremos extinguidos, ellos nos recordarán muchas
veces, y nos amarán aún. "

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