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autor : Miguel Dalmaroni

Los nombres del horror


Ni muerto has perdido tu nombre, de Luis Gusmán, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, Colección “Nouvelles”; 157 págs.

El título de esta novela y la cita de Shakespeare que la encabeza como epígrafe (“Nada de lengua; todo ojos; guarda silencio”) la anuncian como una historia sobre la imposibilidad
del silencio y, a la vez, sobre cuán forzoso puede resultar seguir callando los vínculos silenciados entre la identidad presente y un pasado de horror, de culpa y de vergüenza.

Si se tiene en cuenta la estrecha familiaridad de Luis Gusmán* con el psicoanálisis, no resulta inadecuado decir que “Ni muerto has perdido tu nombre” narra la reincidencia
inevitable de lo reprimido: tras la muerte de sus abuelos, que han callado y quemado fotos y recuerdos, Federico Santoro inicia la búsqueda de los restos de la memoria de sus
padres desaparecidos; su abuela le ha dejado apenas un vaticinio con un nombre (“Un día va a venir Ana Botero y te va a contar lo que pasó”), y el título de propiedad de una
chacra en Tala, de la que Ana Botero se lo llevó casi recién nacido, antes de que los exterminadores dieran con sus padres, refugiados allí junto con Íñigo, un ex marido de Ana.
Mientras, la mujer comienza a ser extorsionada por Varelita, el torturador que hace veinte años la secuestró y que antes de empujarla al exilio pudo hacerle creer que, narcotizada,
era ella quien había cantado el dato del lugar donde se escondían Iñigo y los padres de Santoro. Varelita tiene ahora una carta, pronuncia un nombre y miente un lugar donde ese
tercer desaparecido, dice, está vivo, internado con otro nombre en un manicomio. Sabe que el miedo y la culpa de Ana le impedirán denunciarlo y la obligarán a pagar lo que pida y
a imponerse la esperanza de que lo imposible pueda ser cierto. Ana Botero –que no se llama así pero, como sabe Varelita, es el nombre de guerra que Iñigo le inventó por unos días
y que ningún olvido ha podido enterrar- emprende la busca inútil de Pablo Díaz, el nombre de sobrevida que el extorsionador inventa para Íñigo. Tras confirmar la macabra estafa,
Ana ha recobrado la necesidad de saber todo lo callado y va al reencuentro de Federico. Tala los verá juntos, buscando nombres y rastros del pasado, y provocando el reencuentro
forzado y fatal de Varelita con su ex socio en el exterminio, Varela (que ahora se llama Aguirre y que vive en la chacra de los Santoro, apropiada como botín de guerra).

“Ni muerto has perdido tu nombre” es una novela de intriga, con un dibujo de trama próximo al género policial, y en la que lo olvidado y lo callado de la historia del terror
dictatorial forman parte de lo que se narra –de las condiciones de los personajes y sus biografías, digamos- pero parece casi completamente ausente de los modos de narrar: éstos,
en cambio, explicitan las situaciones más atroces con una economía de la nominación y la descripción que Gusmán ha presentado en una entrevista reciente como la “escritura sin
estilo” de “un narrador casi neutro”. María Teresa Gramuglio ha recordado en el número 74 de “Punto de vista” que algunas de las más significativas novelas argentinas escritas
más o menos durante el “Proceso” fueron leídas como poéticas que se hacían cargo de semejante experiencia histórica mediante formas “oblicuas, alusivas, fragmentarias” que
“propusieron verdaderos ejercicios de desciframiento, de lectura entre líneas”. No parece aventurado suponer que hacia mediados de los años noventa, en cambio, surgen en la
literatura argentina otros modos de narrar el pasado del terrorismo de Estado y sus efectos. Seguramente, esas nuevas modalidades narrativas mantienen algún vínculo, que no
podemos explorar aquí en detalle, con las discursividades sobre el exterminio militar que abrieron los movimientos de Derechos Humanos, el Juicio a las Juntas de ex comandantes
y el informe “Nunca más” de la CONADEP; pero sobre todo y más específicamente, es probable que estas nuevas formas de ficción sobre el horror se vinculen, por una parte, con
los cambios más recientes del discurso social sobre los 70 que solemos identificar en los efectos de los indultos menemistas, las confesiones públicas de ex represores como
Scilingo y las incalificables “autocríticas” castrenses como aquella del general Balza, y por otra, con la profusión editorial de testimonios y relatos de ex militantes guerrilleros. Esta
hipótesis podría examinarse a partir de la constatación de, precisamente, cierta novedad que afecta el punto de vista y las voces del relato: en “Villa” del mismo Gusmán (que
probablemente abre la serie que conjeturamos, justo en 1995), en “Dos veces junio” de Martín Kohan (también de 2002, reseñada hace poco en este sitio, y explícitamente tributaria
de “Villa”), y en “Ni muerto has perdido tu nombre”, la novela argentina imagina, con una intensidad y una focalización antes no ensayada, las voces de los represores o de sus
cómplices directos en contextos de enunciación endógenos, distintos de los que se les conocían públicamente hacia los ochenta (es decir los del discurso propagandístico de la
dictadura primero, los de sus defensores en juicio o sus apologistas mediáticos luego): las hablas privadas de los torturadores, asesinos y apropiadores en la rutina horrenda de los
chupaderos, en las metódicas sesiones de tormento, en las miserias y vericuetos cotidianos del cuartel, en la sórdida sociabilidad militar o la vida familiar. Esta novela (que según el
autor es la segunda de una trilogía iniciada con “Villa”) lleva la exploración ficcional de ese universo al contexto posterior, culturalmente marcado por la presencia social de los
HIJOS de detenidos-desaparecidos; en ese marco, el libro propone a la vez una representación de los efectos presentes de la impunidad (el detalle del “modus operandi” del escalón
más bajo de la llamada “mano de obra desocupada”) y, tal vez lo más relevante, de cómo la inevitable búsqueda de la identidad por parte de los sobrevivientes podría volverse más
que una mera amenaza para los victimarios: la novela no tiene nada de resolución consolatoria de una demanda incumplida de justicia; pero la posibilidad de que los ex genocidas,
dedicados ahora a la extorsión de algunos sobrevivientes, terminen matándose entre ellos en el empeño por controlar las consecuencias imprevistas de sus actos, resulta involuntaria
pero directamente provocada por el viaje de Ana y Federico hacia ese pasado que procuran reconstruir para devolverse la identidad robada. El libro de Gusmán, así, hace hablar los
silencios del pasado que definen condiciones principales del presente, la forma literal de los nombres que nadie, ni los muertos, podría perder.

Hay que señalar, a la vez, que esa literalidad se vincula con una condición que este tipo de narrativa no podría evitar, como efecto justamente de las voces a las que, según
señalábamos, se propone dar la palabra: la exclusión programática de cierta idea de literaturidad identificada con la subjetividad del yo que escribe, como si en ella acechara
indefectiblemente un riesgo de embellecimiento inmoral del horror o bien su contracara, la novela de tesis, gobernada por la ideología del escritor. Gramuglio señaló que la forma
de la novela de Kohan “consiste en una serie de restricciones voluntarias”. Aunque no siempre lo logre en “Ni muerto has perdido tu nombre”, Gusmán ha declarado con nitidez
que ese “narrador casi neutro” que buscó para la novela venía `exigido´ por “la temática”: había que “evitar la moraleja”, “ser muy cuidadoso con los adjetivos”, “evitar el estilo
propio”, componer “una novela de pura trama”, como el único modo aceptable de “contar la historia del presente desde el punto de vista de este personaje de la dictadura, tan
miserable”. Ya lejos de la oblicuidad o del fragmento que en novelas como “Respiración artificial” de Piglia o “Nadie nada nunca” de Saer (por mencionar algunas de las
principales) parecían expandir las posibilidades de la `figuración´, relatos como éste de Gusmán se propondrían en cambio narrar por completo, sin silencios ni `indirectas´ , sucesos
y acciones que fue posible imaginar `inenarrables´. En los límites que parece obligada a construir e imponerse para lograrlo está el interés de una narrativa como la de esta novela,
tanto quizás como su horizonte de posibilidades respecto de las expectativas que alentemos para la literatura argentina contemporánea.

*Luis Gusmán es una firma insoslayable en la narrativa argentina contemporánea desde la aparición de “El frasquito” (1973) , al que siguieron, además de las dos novelas aquí
comentadas, “Brillos” (1975), “Cuerpo velado” (1978), “En el corazón de junio” (1983), “Lo más oscuro del río” (1990), “La música de Frankie” (1993), “Tennessee” (1997) y
“Hotel Edén” (1999), además de volúmenes de cuentos y ensayos.

(Actualización diciembre 2002 - enero febrero marzo 2003/ BazarAmericano)