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FACULTADES DE TEOLOGÍA Y FILOSOFÍA DEL COLEGIO MÁXIMO S. I.

DE OÑA (BURGOS)
ESTUDIOS ONIENSES
SERIE II - VOL.I

JESÚS ITURRIOZ, S. I.
PROFESOR EN LA FACULTAD DE_FILOSOFÍA
DEL COLEGIO MÁXIMO S. I. DE OÑA (BURGOS)

ESTUDIOS SOBRE LA METAFÍSICA


DE FRANCISCO SUÁREZ, S. I.

MADRID
1949
ESTUDIOS SOBRE LA METAFÍSICA
DE FRAN CISCO SUÁREZ, S. I.
OTRAS PUBLICACIONES DEL MISMO AUTOR

Existencia trágica (A . D elp , S. I .). Introducción, traducción y no­


tas. Madrid (Apartado 8001), 1942.

El hombre y su metafísica. Ensayo escolástico de antropología me­


tafísica. Madrid (Apartado 8001), 1943. (Obra agotada.)

La sociedad y su reconstrucción. Bilbao (Apartado 7 3 ). 1946.

Hombre e Histerism o. Comillas (Universidad Pontificia), 1947.

Bibliografía suareziana. Barcelona (Congreso Internacional de Fi­


losofía), 1948. ,
FACULTADES DE TEOLOGÍA Y FILOSOFÍA DEL COLEGIO MÁXIMO S. I. DE OÑA (BURGOS)
ESTUDIOS ONIENSES
SERIE II - VOL. i

JESÚS ITURRIOZ, S. I.
PROFESOR EN LA FACULTAD DE FILOSOFÍA
DEL COLEGIO MÁXIMO S. I. DE OÑA (BURGOS)

ESTUDIOS SOBRE LA METAFISICA


DE FRANCISCO SUAREZ, S. I.

MADRI D
194 9
Imprimi potest: Oniae, 1 aprilis 1948. F erdinandus A rellano, S. I.
Xihil obstat: D r . A ngel T bmiño , Canónigo.
Imprímase: Burgos, 9 abvil 1948. ^ L u cian o , A rzobispo de B urgos .

Imprenta d* Aldacoa - Burgos


A D . Domingo Alberdi
en su jubileo sacerdotal
INTRODUCCIÓN
Suárez no es discípulo, sino maestro. No hay
en toda la escolástica española nombre más
glorioso que el de Suárez, ni más admirable
libro que sus Disputationes Metaphysicae, en
que la profundidad del análisis ontologico liega
casi hasta el último límite que puede alcanzar
el entendimiento humano.
M . M h n é n m z y F hlayo

Suárez es acaso, después de Santo Tomás,


el filósofo más escolástico de los escolásticos,
el representante más genuino d'e la Filosofía
escolástica, como evolución intelectual concre­
ta. del espíritu humano. Su concepción filosó­
fica es la más completa, la más universal y só­
lida, si se exceptúa la de Santo Tomás, que le
sirve de punto de partida, de base y de norma.
C aed . Z . G onzález
... Carácter es éste muy de Suárez, por lo
que ha sido llamado el oceánico, la resonancia
inmensa de las edades, la voz de la escolástica.
Receptiva y reactivamente magno.
J. I riartb, S. 1/

Hemos entrado en el año centenario del nacimiento de Fran­


cisco Suárez (5 de enero de 1548, en Granada). Un hecho que
ocurrió con la sencillez de un parto normal, en el seno íntimo de
una fámilia noblemente honrada y cristiana, sin más trans­
cendencia que los comentarios de la vecindad y las felicita­
ciones y enhorabuenas de las amistades, adquiere al cabo de
cuatro siglos categoría nacional— y aun casi mundial— , cuan­
do una comisión, integrada por las más altas jerarquías de
España, se apresta a organizar y patrocinar un homenaje na­
cional al niño que vino al mundo sin saber a dónde ni a qué.
La Historia— digamos, deshaciendo el confusionismo la­
tente en la expresión, la Providencia—tiene sus secretos y su
política cuando a unos encumbra y a otros sepulta. A Fran­
cisco Suárez le ha exaltado sobre un elevado-pedestal, a cuyas
8 INTRODUCCIÓN ■

alturas suben ya las oleadas de incienso lanzadas desde el


perfumado pebetero nacional.
De prever es que durante el año centenario han de prodi­
garse como tópicos ciertos dichos, en los que, a lo largo de
estos cuatro siglos, ha ido cuajando la espesa lluvia de alaban­
zas deSuárez, Le oiremos llamar, con Paulo V y Benedicto XIV,
“Doctor eximio y piadoso” ; con Alejandro VII, “ el príncipe
de los teólogos de su época, teólogo de una categoría aparte” ;
con Redrigo de Cünha, Primado de Portugal, “ lumbre, antor­
cha y ornamento de toda España” ; con Alfonso de Castello-
branco, Obispo de Coimbra, en la aprobación del De Legibus,
“maestro universal de éstos últimos siglos, un nuevo Agus­
tín” ; con Alonso Venero, dominico, “ Padre de la teología en
nuestros tiempos” ; con Grocio, “ filósofo y teólogo de penetra­
ción que apenas tiene igual” ; cón Herebord, “ papa y príncipe
de todos los metafísicos” ; con Leibniz, “ alteza y profundi­
dad” ; con Bossuet, “la voz de la teología de su tiempo” ; con
Mackinsoth, “ la más dara y accesible filosofía teológica bajo
su última forma” ; con Schopenhauer, “ corona y cifra de toda
la escolástica” ; con Lorimer, “ él tratadista magno de la re­
gla jurídica” ; con Vorländer, “el más significado, con mucho,
entre los filósofos católicos renovadores del tomismo” ; con
Gaydou, “uno de los más grandes genios de la Escuela” ; con
A. Franck, “ el primer filósofo de su tiempo” ; con C. Werner,
“uno de esos autores clásicos al que hay que volverse siempre
que se quiera llegar a una más profunda penetración del es­
píritu e intdigeneia de la ciencia cristiana” ; con Scheeben,
“el más fecundo de todos los nuevos escolásticos, se distingue
por la claridad, sensatez y profundidad” ; con Scorraile, “ el
representante más autorizado y el más rico depositario de sus
doctrinas [de Sto. Tomás]” ; con Laverde, “el príncipe de los
modernos escolásticos” ; con Bonilla San Martín, “ gloria pu­
rísima de España, ... que por sí solo vale por una generación
de filósofos” ; con Janet, “ el último de los escolásticos” ; con
Sortais, “ sus tratados resumen la historia de la Escolástica
anterior, filósofo representativo de una época” ; con Zaragüe-
ta, en nuestros mismos días, “el portador más autorizado de
la 'filosofía perenne’” ; con Solana, “entre todos los Maestros
y filósofos, el Doctor Eximio y excelente por universal acla­
mación del mundo todo” ; y con Marías, el más reciente de
INTRODUCCIÓN 9

nuestros historiadores de la Filosofía, “la síntesis más depu­


rada y perspicaz de la Escolástica; el primer gran filósofo
español en sentido riguroso, un filósofo incluido en la historia
de la filosofía, un filósofo con realidad y eficacia, que ha mo­
vido el pensamiento europeo de la época moderna” . Y otras
muchas más cosas hemos de oír pronunciar para prez y loor
del Doctor Eximio.
No tenemos ni voz ni voto para intervenir en tan grandio­
so ©oro de alabanzas. Pero tampoco podemos pasar de largo
el colosal monumento de la ciencia ibérica—expresión de
M. Menéndez— erigido por Suárez. Lo masivo de su enorme
construcción espanta y retrae. Algo así como El Escorial.
Quien se contente con rodear esta obra de Felipe II una y más
veces, pegado junto a sus muros, palpando sus enormes blo­
ques, o con mirarlo a distancia desde el marco montañoso
que lo rodea, sin adentrarse en sus claustros y salones, ni res­
pirar el aire denso de la cámara mortuoria del Rey Prudente,
y, sobre todo, sin bajar hasta el panteón de los Reyes, ése
nunca entenderá lo que es El Escorial, ni percibirá el sentido
espiritual que vivifica y anima con alientos eternos su gigan­
tesca mole granítica.
Espanta, a su vez, la amplitud de las 54 Disputas M etafí­
sicas. Y es fácil hojearlas— digamos rodearlas—una y más
veces, sin jamás decidirse a penetrar en ellas a medir per-
sonalmentye su largura, anchura y profundidad, retraído jus­
tamente por la vastedad de la construcción y lo ciclópeo de
sus muros. No queda entonces otra posibilidad que la de va­
lorar lo masivo ponderándolo en cuanto ta l: no se habrá po­
dido pulsar la vida vivificante, ni medir la presión del aliento
encerrados en paredes tan grandiosas. Quien no penetre en lo
visceral de lá Metafísica de Suárez para ver allí latir el alma
gigantesca de un genio, y sentirse inundado por las luces que
se encienden al contacto con aquella lumbrera metafísica que
todo lo pone al descubierto y lo penetra y lo enciende, nunca
habrá percibido el resonar abismático de profundidades soca­
vadas en esos dos tomos que salieron de las prensas de Sala­
manca en 1597; ni sabrá nada del verdadero Francisco Suá­
rez, por más que cite Disputas, cuente secciones, copie núme­
ros y confronte referencias.
Con nuestro paso corto y vista turbia hemos recorrido al­
10 INTRODUCCIÓN

gunas estancias de la Metafísica de Suárez. Algo hemos que­


rido entrever de su alma, y hasta hemos llegado a sospechar
que si estará todavía por descubrir lo verdaderamente meta-
físico de la Metafísica de Süárez. Aquí presentamos nuestras
observaciones, con la sencillez con que un ajeno a las espe-
cialickides artísticas cuenta su experiencia personal después
de visitar las estancias de Rafael.
Los dos primeros capítulos ofrecen dos estudios sobre las
fuentes suarezianas para sus Disputas M etafísicas. Inciden-
talmente, en lecturas del De Incarm tione, según el texto de la
prime’ra edición, dimos con alusiones a un opúsculo cuya men­
ción nunca en otra parte habíamos hallado. Pudimos descu­
brir en dicho opúsculo el embrión de las Disputas Metafísicas.
Este hecho nos puso de manifiesto la actitud espiritual de
que nació en Suárez el propósito de una obra filosófica: ahí
teníamos la fuente psicológica, que matizó luego toda la co­
rriente abundosa que de sus senos manara. El segundo estudio
es una mera iniciación en las fuentes de la Metafísica suare-
ziana. Se ponderaba la riqueza de sus conocimientos positi­
vos, hasta situarle— al decir de Ramiére—por encima del mis­
mo Pétau en cuanto a lo positivo de la Teología. Una investi­
gación— de valor forzosamente provisional, dados los medios
de que hemos echado mano— sobre las citas de la Metafísica
nos ha llevado a conclusiones que, estimadas como de inte­
rés, van relatadas en el mismo capítulo. ,
Siguen luego otros cuatro capítulos de carácter doctrinal
y alcance vario. La fórmula del principio de contradicción ha
suscitado discusiones en los últimos lustros, de relativa impor­
tancia desde que con Kant y otros se complicó tanto el tema
de los primeros principios. En Suárez habíamos encontrado
insinuaciones que parecían prever los momentos difíciles
—previsión ésta característica en Suárez, a imitación de Santo
Tomás, según lo afirma el cardenal González— , y recogidas
cuidadosamente p o» nosotros, y adobadas con las orientacio­
nes aristotélico-tomistas, han cuajado en una fórmula, en que
se modifica, con todo, ligeramente, y aun eso de acuerdo con
el pensamiento del Eximio, la propuesta por Suárez. Un libro
reciente nos dió ocasión para proponer sistemáticamente las
líneas básicas de la concepción del ser en Suárez, y decidir
así, siquiera en ese punto, sobre la ascendencia ockamística
INTRODUCCIÓN 11

con que algunos quieren mancillar su limpio linaje aristotéli-


co-tomista. En otro capítulo hemos iniciado el estudio de no­
ciones que nos parecen decisivas para algunos aspectos de la
problemática suscitada en torno a la personalidad filosófica
del Doctor Eximio. Damos este capítulo como avance, o como
roturación de un estudio más amplio y profundo que nos pro­
ponemos realizar en torno precisamente de las nociones que
constituían el objetivo—formulado en el título— del primer
opúsculo de Suárez. El último capítulo tiene en cuenta los mo­
dos y pensares de la filosofía extraescolástica de nuestros días.
Más que por defender a Suárez, nos ha interesado ei enfren­
tarle con esas tendencias por tener ocasión de poner en claro
un punto doctrinal, estrictamente metafísico, que puede ofre­
cer singular momento para mejor conocer la interna estruc­
tura de la concepción suareziana, haciendo de paso manifiesta
la falta de conocimiento de la Escolástica en que se basan
algunos ataques contra ella.
En todas estas investigaciones nos ha importado mucho
más el revelar el pensamiento auténtico suareziano, que su
apologética o glorificación; por eso hemos rehuido el plantear
polémicas ya tradicionales, persuadidos de que la luz se hace
luz a sí misma, y de que la grandeza de Suárez está en él
mismo. No nos ha dolido el reconocerla, donde fuere el caso,
por temor a resentimientos de parte de la gloriosa aureola
que circunda a Santo Tomás. Si Suárez ha llegado a ser Maes­
tro, y Maestro de la excepcional categoría que le atribuyen
propios y extraños, todo ello redunda en gloria de su propio
Maestro. No le hay gránde que tema mengua propia en las
grandezas de su discípulo. Y Suárez era discípulo de Santo
Tomás, discípulo de personalidad destacadísima, que por el
esfuerzo y valor del genio propio llevó a cauces nuevos las
aguas tomistas—tomistas, repetimos— , haciéndolas avanzar
a donde jamás llegaran, y fecundar terrenos inexplorados, se­
cos y áridos hasta entonces. No era posible a una personali­
dad como la de Suárez repetir lo dicho, o contentarse quizás
con reestructurarlo en nueva forma sin poner nada propio y
.personal. Él estudió las cosas por sí mismo desde sus mismas
raíces. Tenía talento suficiente— ¿quién se atreverá a negar­
lo?— para seguir adelante los caminos iniciados y descubrir
abismos ignorados, peligros ocultos, y también panoramas su-
12 INTRODUCCIÓN

bliines por ningún mortal visitados. A este respecto es de inte­


rés transcribir unas líneas redactadas por Suárez en carta al
P. Everardo Mércuriano (Valladolid, 2 de julio de 1579), en
orden a explicar el origen de la acusación de novedad lanzada
contra sus lecciones:
“ El segundo punto es que aunque se pueden imaginar mu­
elas ocasiones que puede haber habido para poner en mí esta
- nota, una principal es el modo de leer que yo tengo, que es di­
ferente de lo que los más usan por acá, porque hay costumbre
de leer por cartapacios, leyendo las cosas más ■por tradición de
unos a otros que por 'mirallas hondamente y sacallas de sus fuen­
tes, que son la autoridad sacra y la humana y la razón, cada
cosa en su grado. Y o he procurado salir deste camino y mirar
las cosas más de raíz, de lo cual nace que ordinariamente pare­
ce llevan mis cosas algo de novedad, quier en la traza, quier
en el modo de deelarallas, quier en las razones, quier en
las soluciones de las dificultades, quier en levantar algunas
dudas que otros no tratan de propósito, quier en otras cosas
que siempre se ofrecen : y de aquí pienso que resulta que, aun­
que las verdades que se leen no sean nuevas, se hagan nuevas
por el modo, o porque salen algo de la vereda de los cartapacios.'”
( Tomado de la fotocopia publicada por Scorraille, págs. 156-157,
de la edición española de su biografía de Suárez.)

Éste es el influjo de la personalidad suareziana en su obra:


es un hombre que repiensa por sí lo transmitido por la tra­
dición, suscitando- nuevos problemas, renovando soluciones,-
reestructurando doctrinas... en conformidad con las exigen­
cias de su propio genio.
Tal es nuestra modesta colaboración ál cuarto centenario
del nacimiento del Doctor Eximio. Nos conformaríamos con
saber que este nuestro relato de la visita a las estancias sua-
rezianas ha animado a algún otro a recorrerlas por sí mismo.
Nada hay como el contacto vital con las grandes personalida­
des. Cuando éstas lo son auténticas, han dejado su aliento en
sus obras, retrato el mejor de sus espíritus. El de Suárez está
en su obra: y en ésta la pieza más suareziána es precisamente
su Metafísica.

Oña, 23 de febrero de 1948.


BIBLIOGRAFÍA

[R os limitamos a reseñar en esta Bibliografía unas pocas obras indis­


pensables para un estudio de la filosofía de Suárez, tanto por la parte a
él opuesta, como por la de él depéndiente. Para el resto nos contentamos
con hacer desde aquí una referencia a la amplísima que publicamos en
la revista Pensamiento (1948), número extraordinario dedicado a Suárez.]

I. FUENTES

1. Gommentariorum ac Disputationum in tertiam partem Divi Tho-


mae, tomus primus, autore P. F rancisco S u á r e z , Societatis Iesu, in A ca­
demia Complutensi Sacrae Theologiae professore. Compiuti, in Collegio
Societatis Iesu, ex officina Typographyca Petri Madrigalis. Anno M.D.XC.
[Esta primera edición tiene singular importancia para conocer el primer
estadio de algunas concepciones metafísicas de Suárez.]
2. Commentariorum ac Disputationum in tertiam partem Divi Tho­
mas, tomus primus. Priorum viginti séx quaestionum eius partís exposi-
tionem compleetens. Autore P. F rancisco S uárez , e Societate Iesu, in
eiusdem Salmanticensi Collegio Sacrae Theologiae professore. Editio ter-
tia. In qua liber est ab eodem autore recognitus et in omnibus fere gravio-
ribus disputationibus auetus et locupletata. Salmanticae, apud Ioannem
et Andream Renaut fratres. M .D.XCV. [Esta edición, en realidad ya la
«jarta, es la definitiva, y la que ha sido reproducida en ediciones ulte­
riores.] /
3. Metaphysiearum Disputationum, R. P. F rancisci S uárez, Socie­
tatis Iesu, tomus prior, tomus posterior. Salmanticae, apud Ioannem et
Andream Renaut, fratres. M .D .X C V II. [Reproducimos los textos con­
forme a esta primera edición, aun cuando la numeración marginal que se­
ñalamos es la de la edición de Vives, pues esta primera está no pocas
veces equivocadá, o no es conforme con la de París ; siendo, por otra parte,
para la confrontación de citas más útil esta segunda por estar más a mano.]
14 BIBLIOGRAFÍA

II. OBRAS DE CONSULTA

1. P. D escoqs, Institutiones Metaphysicae Generalis. Éléments d’ On-


tologie. Tomus primus. Introduetío et Metaphysica de ente in communi.
París, 1925. [E l P. Deseoqs es uno de los mejores conocedores de la sis­
temática de Suárez, y sus obras son particularmente recomendables para
el estudio del Doctor Exim io.]
2. j L. F uetscher, A ht und Potenz (Philosophie und Grenzwis-
senschaften IV ). Tnnsbruck, 1933. [Magnífica exposición sistemática del
sistema suareziano. Es respuesta a la obra de Manser, que luego indi­
camos.]
3. G ómez A rboleya, Francisco Suárez. Granada, 1947. [E s un resu­
men de la Metafísica de Suárez, encuadrada en amplios prolegómenos cul­
turales e históricos.]
4. M. B rabmann, Die Disputationes metaphysicae des Franz Suarez
in ihrer methodischen Eigenart und Fortwirkung. Innsbruck, 1917. (Reedi­
tado con ampliaciones en Mittelalterliches Geistesleben.) [Magnífico estu­
dio de la metodología y de la novedad histórica que trajeron las Disputas
de Suárez. Grabmann pone de manifiesto la proyeción histórica de la obra
de Suárez.]
5. J. H ellín , La analogía del ser y el conocimiento de Dios en Suá­
rez. Madrid, 1947. [O bra acabada en su género, basada en un conocimien­
to preciso y exacto de toda la ideología suareziana. Puntualiza espléndi­
damente las posiciones suarezianas. en todos los temas referentes al es­
tudio.]
6. L. M a h ieu , François Suarez. Sa Philosophie et les rapports qu’ elle
a avec sa Théologie. Paris, 1921. [O bra que ha influido en sostener y con­
cretar la oposición a las doctrinas de Suárez, y que es base, en general,
en que se inspira quien quiera atacar a Suárez.]
7. G. M. Manser, O. P., Das W esen des Thomisnvus. 2. erweiterte
Auflage. Freibuxg (Schweiz), 1935. [Conjunto sistemático del tomismo,
que representa el punto a que ha llegado en nuestros días el tomismo más
rígido. Es citado con frecuencia Suárez como enemigo del tomismo.] (Hay
traducción española.)
8. N . del P rado, D e vertíate fundamentan philosophiae christianae.
Friburgi Helvetiorum, 1911. [Representa el tomismo rígido de principios
de siglo, y la obra es sustaneialmente un ataque a la Metafísica de Suárez.]
9. R. de S corraille, François Suarez de la Compagnie de Jésus,
d’apprès ses lettres, ses autres écrits inédits et un grand nombre de do­
cuments noveaux. Paris, 1912. [B iografía la mejor de Suárez, en que,
BIBLIOGRAFÍA 15

rebasando el mareo biográfico, da el autor no pocos datos históricos y doc­


trinales sobre la ideología de Suárez: todo basado en abundantísimos co­
nocimientos directos ddcumentales recogidos en los archivos de Europa.
Obra, aunque hoy ya no insuperable, sí del todo indispensable.] (H ay tra­
ducción española.)

N o t a . — AI corregir las pruebas de este libro, expira ya


el año centenario (exactamente es hoy el 5 de enero de 1949).
Durante él se han publicado numerosas trabajos sobre Suárez
que no me es posible recoger aqui en su numerosa integridad:
Me limito a señalar los números extraordinarios publicados
por Pensamiento (Madrid), Estudios Eclesiásticos (Madrid),
Miscellanea Comillas (Comillas, Santander), Razón y F e (Ma­
drid), Revista portuguesa de Filosofía (Braga), Ciencia y Fe
(Buenos Aires). Las Universidades de Salamanca, Valladolid
y Santiago han celebrado semanas suarezianas, en que se han
leído trabajos valiosos que están en vías de publicación. Otro
tanto hemos de decir del Congreso Filosófico de Barcelona, y
del que se ha celebrado partiendo de Granada y terminando en
Coimbra a través de Madrid, Segovia, Valladolid y Salamanca.

Lo vaina, 5 de enero de 1949.


CAPITULO PRIMERO

ORIGEN HISTÓRICO DE LA METAFÍSICA DE SUAREZ

1. P RO M ESA Y R E A L IZA C IÓ N DE UN OPÚSCULO TITULADO :


D E ESSENTTA, E X IS TEN T I A ET SU B SISTEN T! A.

2. TIEM PO DE SU COMPOSICIÓN.

3. H IS T O R IA P O ST E R IO R DEL OPÚSCULO Y SU T R A N SF O R ­
MACIÓN EN LAS D ISPU TA S M E TA F ÍSIC A S .

4. CONSIGUIENTES C A R A C TE R ÍST IC A S DE LA OBRA M E TA ­


F ÍS IC A DE SUÁREZ.

5. LA PE R SO N A L ID A D M E T A F ÍS IC A DE SUÁREZ.
Siempre ofrecen peculiar interés los procesos genéticos de
las grandes obras, y el espíritu moderno que las contempla
gusta de transcender su superficie, para admirar en la pro­
fundidad al personaje que para producirlos tantea y forcejea.
La historia de la filosofía ha proclamado como obra de sin­
gular mérito, y como punto de arranque de una nueva era en
la especulación filosófica, las Disputationes Metaphysicae de
Francisco Suárez, ilustre y renombrado entre tantos alumnos
tan gloriosos que frecuentaron las aulas de la insigne Uni­
versidad de Salamanca. En él llegó a plena madurez la ubérri­
ma y exquisita floración que, al lúcido calor del Maestro Fran­
cisco de Vitoria, brotara pujante a principios del siglo xvi.
Suárez es un eslabón de la cadena de personajes iniciada por
Vitoria: Soto, Cano, Medina, Báñez, Luis de León... Imbuido
en el ambiente y en los métodos salmantinos, en un humanis­
mo cristiano ponderado y equilibrado, en un sano sentido de
realismo y objetividad, animado por el espíritu positivo y crí­
tico allí fomentado, para aprovechar debidamente depurados
los tesoros de ciencia transmitidos por la antigüedad, logró
en la filosofía y en los métodos de ella una honda metamor­
fosis, que la llevó a plena sazón. Las Disputationes Metaphysi­
cae marcan la madurez de la filosofía escolástica.
Ésta, en un principio, se había desenvuelto en el seno de
la teología, sirviéndola incidental y ocasionalmente para am­
pliar o confirmar sus conclusiones, pero sin constituir todavía
un organismo autóctono e independiente, por más que forma­
ra un como tejido invisible, si bien espeso y continuo, de ideas
y principios filosóficos acoplables en sistema. Al ir, más tar­
de, progresando las fases de su proceso evolutivo, vivió un
período todavía infantil: se había separado, sí, de 1á teología
y alentaba con vida propia; pero, niña aún y débil, era condu­
20 CAP. I. ORIGEN HISTÓRICO

cida de la mano por Aristóteles, pues las grandes exposiciones


filosóficas de entonces se reducían a comentarios del Estagi-
rita; hubo, es verdad, algunas raras excepciones de esta ley,
y entre ellas debemos señalar como la principal el opúsculo
De ente et essentia de Santo Tomás, de tanta tradición en la
Escolástica.
Con Suárez llega la metafísica a la virilidad madura: Ya
su vida no depende orgánicamente de la teología, ni necesita
de pedagogos o manuductores. Vive de su propia sángrense
sostiene y desenvuelve de por sí, organizándose en un conte­
nido científico, metódico y armónico. Con registrar esta ma­
yoridad y emancipación de la metafísica, queda afirmada no
menos la del conjunto de la filosofía escolástica, siendo aqué­
lla cabeza y cerebro de ésta.
Claro es que estos procesos evolutivos llevan un ritmo len­
to, y que no pudo la filosofía alcanzar su plenitud repentina­
mente por solas las aportaciones suarezianas. La evolución
fué prolongada, sus fases se extendieron por decenios y si-
. glos. Suárez encontró un organismo ya desenvuelto, pero él
fué quien de la Historia recibió el cometido de transformar
aquella adolescencia viril en madurez definitiva.
Entrando ya en nuestro tema, podemos partir de una supo­
sición inicial evidente: ni siquiera en Suárez adquirió la me­
tafísica su perfección de improviso. Las ideas, aun las conce­
bidas en momentos de intuición genial, requieren su tiempo
de gestación, a las veces laboriosa y difícil, a las veces rápida
y fácil; para cuando se ha logrado su unidad orgánica y cons­
tituido un sistema, se han requerido grandes esfuerzos men­
tales y profundas meditaciones. Y todavía, para cuando esas
concepciones plasman en una forma concreta de redacción, y
se logra efectivamente ésta, y el libro, por fin, sale a la luz pú­
blica, transcurren años y años de trabajo constante, que nos
dejan, como monumento de un gran genio, un volumen impre­
so, estático; nosotros lo leemos ávidamente, lo utilizamos
para formación propia, quizás lo reprendemos y criticamos,
y no nos detenemos a reflexionar y considerar a través de
aquellas hojas al hombre que, en esfuerzo dinámico, las creó
y redactó, al que las maduró en su mente requiriendo de ella
un trabajo intenso, denodado, y no siempre coronado del éxito
al primer conato.
PROMESA DE UN OPÚSCULO 21

Trataremos de fijar los primeros pasos dados para la for­


mación de las 54 Disputas que integran la gran creación filo­
sófica de Suárez.

I
La primera obra publicada por Suárez es su comentario a
la tercera parte de la..Suma de Santo Tomás. El primer volu-
meh lleva este título: Commentariorum ac disputationum in
tertíam parterri Divi Thomae tomus primus, y contiene los
comentarios de las primeras 26 cuestiones, que integran el
tratado sobre la Encarnación del Verbo. Está editado en Al­
calá en 1590, a expensas del Colegio de la Compañía, al cual
Suárez había venido desde Roma, forzado, por su mala salud,
a dejar la cátedra del Colegio Romano. Estos Comentarios
contenían el fruto de las explicaciones de Suárez durante el
curso de 1584 a 1585. De hecho, se conservan en varios archi­
vos las notas tomadas por algunos al escuchar sus preleccio­
nes. Esta primera edición es de proporciones notablemente
más reducidas que la tercera de Salamanca, considerada por
Suárez como obra nueva. Esta refundición de 1595 es la que
en sucesivas ediciones se ha conservado, y nada de extraño
tiene que algunas modalidades exclusivas de la primera hayan
pasado inadvertidas a la crítica. Nosotros, cuando preten­
díamos investigar con algún detenimiento las doctrinas de
Suárez acerca de la subsistencia y de las nociones, con ella
íntimamente unidas, de esencia y existencia, al mismo tiempo
que las evoluciones que en torno a ellas hubiese tal vez expe­
rimentado Suárez, hubimos de examinar forzosamente la pri­
mera edición de la obra De Jncarnatione. Encontramos más
de lo que esperábamos: Suárez había consagrado al punto
preciso de nuestro estudio una atención especializada.
El método de esta primera publicación de Suárez es el tra­
dicional : copiado el texto de la Summa de Santo Tomás, hace,
primero, un comentario literal de él, artículo por artículo.
A continuación, en numeración única, se suceden las Disputas
a que da lugar la doctrina de Santo Tomás. Pues bien; en el
comentario literal al artículo segundo de la cuestión segunda,
sale al paso la debatida cuestión de la supositalidad; sobre
ella dice Suárez :
22 CAP. I . ORIGEN HISTÓRICO

“ Bástanos indicar que, según la mente de Santo Tomás, es


menester señalar una distinción real entre el supósito creado y
la naturaleza: Cuál sea esa distinción, y qué lo añadido por el
* supósito a la naturaleza, no sólo en los seres corporales, sino
también en los espirituales, es asunto que Se h,a de explicar en
una disputa propia y especial que añadiremos al fin de esta obra,
para que al explicar los misterios teológicos no nos estorbe la
discusión metafísica.”

Y luego, al tratar en la subsiguiente disp. VII, sección III,


sobre lo que constituye el término propio de la Encamación,
y preguntarse, si tal es, precisamente, la personalidad, era
imprescindible un estudio de la tradición católica, tanto pa­
trística como conciliar, para establecer según ella el sentido
de los términos usuales de subsistencia e hipóstasis. En este
punto encontramos confirmada la promesa anterior:
“ Donde en latín se dice subsistencia, en griego está hipós-
tasis. De este término y de su etimología se dirá más en la dis­
puta acerca de la esencia, existencia y subsistencia de la cria­
tura” (1).

Es decir, que sobre el tema de nuestra investigación íba­


mos a encontrar una disputa completa, que, a no dudar, se
desarrollaría con la plenitud y profundidad que a Suárez ca­
racterizó ya desde su primera obra.
Llegamos a la disp. VIH no sin ansiedad, pues entraba ya
Suárez en él estudio propio y directo de la Encarnación en
sí, para el cual necesitaría perfilar las nociones que nos inte­
resaban. La sección I de esa disputa pregunta si la Encarna­
ción es una unión substancial de naturaleza humana y per-

(1) “Sufficit enim nobis ex mente D. Thom. aliquam distinctionem ex


natura rei esse constituendam inter suppositum creatimi eiusque naturam,
qualis vero sit haec distinctio, et quid suppositum supra naturam addat, non
solum in corporalitui.s naturis, sed etiam in spiritual ibus, in propria quadam
disputatione sunt explicanda, quam in fine huius operis adiiciemus, ne dispu­
tations Metaphysica inter explicandum Theologica mysteria impediamur.”
Comm. ac Disp. in tertiam p. D. Thtmae, tomus I, q. II, art. H , comment.
Primera edición, pâg. 130. El texto de la disputa es el siguiente : “Ubi enim
Latine est vox Subsistentla, graece habetur Hypostasis. De qua voce et ety-
mologia eius plura tradentur in disputatione de essentia, existentia et sub-
aistentla creaturae.” De Inc., D. V i l, S; III, pâg. 149 b. Con esta cita De
Inc. nos referimos a la obra indicada.
PROMESA DE UN OPÚSCULO 23

sona del Verbo. Una vez demostrada la substancialidad, nece­


sita ¡Suárez especificarla para ultimar su estudio. De entre
las cuatro uniones substanciales que darse pueden, es la ter­
cera la de esencia y existencia. Nota Suárez que tal unión,
según los tomistas, es real de dos entidades realmente distin­
tas : en este lugar, por primera vez, a lo que creemos, adopta su
posición tan combatida posteriormente. Esa unión no es de
dos cosas distintas. Aquí habríamos de esperar una exposi­
ción amplia de esta doctrina, pero Suárez se expresa con ex­
traño laconismo, remitiéndose a otro tratado:
“ Uno de los extremos, a saber, la esencia, sólo puede ser
concebida como un ser potencial en potencia objetiva, y el otro,
a saber, la existencia, a manera de acto, o como modo que cons­
tituye el ser en acto en la naturaleza de las cosas, todo lo cual
ha sido ampliamente tratado en aquel opúsculo de esencia, exis­
tencia y subsistencia” (2).

Y pocas líneas después, al enunciar la cuarta composición,


se lee lo siguiente: .
“ La cuarta composición substancial es de naturaleza y sub­
sistencia o supósito, de la cual, en cuanto que se da en reali­
dad en las criaturas, se ha dicho bastante en dicho opúsculo” (3).

Lo que antes era promesa, y promesa de una disputa incor­


porada como apéndice a la obra misma, aquí, en estos dos
textos, se ha transformado en un opúsculo ya realizado, y no
de reducidas dimensiones, sino de alguna amplitud, manifesta­
da por las palabras “ late tractata” , “ multa dicta sunt” .
Podemos ya desde ahora asegurar la existencia del opúscu­
lo y fijar su título: De essentia, existentia et subsistentia.
Con este título y con las referencias que al opúsculo encon­
tramos hechas a lo largo de la edición complutense nos es

(2) “Solum potest unum extremum., scilicet essentia, eoncipi quasi ens
potentiale in potentia obiectiva, et aliud scilicet existentia per modum actus,
seu tamquam modus constituens ens actu in rerum natura, quae omnia in
ìlio opusculo de essentia, existentia et subsistentia late tractata sunt.” De
Inc., disp. V III, s. I, pég. 161 b.
(3) “Quarta ergo compositio substantialis. est ex natura et subsistentia
seu supposito, de qua prout in creaturis ex natura rei reperitur, satis in
dieto opusculo multa dicta sunt.” Ih., pàg. 161 b.
24 CAP. I. ORIGEN HISTÓRICO

dado también delimitar y esquematizar', al menos en parte,


su contenido. Suárez habrá expuesto en él la famosa cuestión
de si la esencia de la criatura y su existencia se distinguen o
no en el orden real; y habrá definido que no, explicando sis­
temáticamente su concepción. Para Suárez la esencia es un
ser potencial, con potencialidad objetiva o mental, no física o
real; la existencia es'un acto o un como modo, cuya función es
constituir un ser poniéndolo entre las cosas reales. Otra cues­
tión, íambién debatidísima, habrá sido objeto de estudio en
ese opúsculo: la relación entre naturaleza y subsistencia. No
nos consta aún de la posición tomada por Suárez, si bien nos
dice él que se ha detenido a explicar detalladamente, según las
etimologías y los usos de la tradición, los términos subsisten­
cia e hipóstasis, sin duda, por cuanto la opinión sustentada
por Suárez, fuere cual fuere, habrá tenido que ser contrastada
con la tradición católica. Creemos que estas deducciones son
ciertas, y que tenemos probada la existencia de un opúsculo
de Suárez desconocido hasta ahora.
Pero no lo hemos dicho todo. Todavía en esa misma
Disp. VIH, en la sección III, vuelve a referirse Suárez al mis­
mo opúsculo. En dicha sección trata de solucionar algunas di­
ficultades que en el misterio de la Encarnación ocurren. De
ellas, la primera proviene de la naturaleza humana asumida
por el Verbo, pues no parece posible que pueda ella subsistir
con la subsistencia del Verbo. Expuestas las razones que in­
clinan a esta imposibilidad, al tratar ya de solucionar la ob­
jeción, dice Suárez:
“ La exposición exacta de esta duda depende de tres cues­
tiones metafísicas, de que he disputado una por una en dicho
opúsculo” (4).

Y concisamente apunta, a continuación, las tres cuestio­


nes. La primera es: cómo se distingue en las criaturas la esen­
cia de la existencia: y de nuevo encontramos afirmada cate­
góricamente la posición suareziana: si se trata de la esencia
en cuanto es entidad actual que sea algo fuera de sus cau-

(4) "Exacta huius dubii expositio pendet ex tribus metaphysicis quaestio-


nibus, quas singillatim in dìcto opucuslo disputavi.” De Ine., disp. "VTH,
s. I li, pàg. 167 b.
PROMESA DE ÜN OPÚSCULO 25

sas (5), entonces la distinción no es real, porque la esencia


viene a quedar constituida en ese estado precisa y formal­
mente por la existencia. Segunda cuestión: qué añade la su-
positalidad a la naturaleza tratándose de personas creadas.
Suárez aquí supone, sin detenerse a explicarlo, lo ya expuesto
en el opúsculo, a saber, que la supositalidad añade un modo
con el que dicha naturaleza queda ya ultimada para que sea
en sí y por sí, sin necesidad de otro en quien subsistir. Ese
modo sé distingue realmente de la naturaleza, como la inhe-
sión actual del accidente es distinta de la entidad esencial
de la forma accidental (6). Finalmente, se pregunta cómo se
distinguen la existencia* de la naturaleza substancial, en
cuanto tal, y la subsistencia creada. De acuerdo con lo re­
suelto en las dos cuestiones anteriores, hay que decir, y dice
Suárez, que la subsistencia es un modo de la. naturaleza exis­
tente en cuanto existente, y, por lo tanto, también de la exis­
tencia misma. En virtud de la existencia, a la naturaleza subs­
tancial tan sólo se le da el estar fuera desús causas, con apti­
tud para ser en sí y por sí; la subsistencia la termina y com­
pleta actualmente, haciéndola ya existir por sí y en sí. Algo
de esto, con la debida proporción, ocurre con el accidente,
también el cual se constituye por la existencia fuera de sus
causas con aptitud o necesidad de ser en otro; pero el ser de
hecho y actualmente en otro se lo da la modalidad de la inhe­
rencia (7).

(5) “Et suppono in re non distinguí, si sumatur essentia, quatenus en-


titas aetualis est, habens aliquod esse extra causas suas, quia in eo statu
intelligitur constituí formaliter per ipsam existentiam.” Ib., págs. 167 b
y 168 et
(61 “Et suppono addere positivum modum, quo perfecte terminatur
tails natura, ut in se, et per se sit, ñeque indigeat alio substentante. Qui
modus ex natura rei distinguitur ab ipsa ereata natura ad eum modum, quo
inhaerentia actualis distinguitur ab ipsa entitate formae accidentalis.”
Ib., 168 a.
(7) “Dicendum est... subsistentiam esse modum naturae existentis,' ut
existons est, atque adeo existentiae ipsius. Nam ex vi existentiae salun s
inteiligitur natura esse extra causas suas, et apta, ut in se, et per se sit;
per subsistentiam vero actu terminatur, et quasi formaliter constituitur in
modo per se essendi, sicut proportione servata intelligitur in exemplo dato
de inhaerentia accidentia, quae est modus existentiae accidentalis, Nam ex
vi illius solum constituitur forma accidentalis extra causas suas apta ad
existendum in alio ; per modum autem inhaerentiae terminatur, ut actualiter
in alio existât.” Ib.
26 CAP. I. ORIGEN HISTÓRICO

Tenemos ya con esto el esquema fundamental del opúscu­


lo. Lo podemos todavía complementar en algunos detalles más.
Por ejemplo, al tratar de las relaciones entre naturaleza y sub­
sistencia, se estudia, a la vez, si puede en absoluto una na­
turaleza substancial existir sin subsistencia alguna ni pro­
pia ni ajena: Suárez se inclina a que no, pero, sin tratarlo, re­
mite al lector al opúsculo (8). También se trató en él de las
nociones de subsistencia y existencia (9); sobre esta última,
con amplitud, pues indicados y probados sus elementos prin­
cipales, dice:
“ Que tal sea el concepto propio y preciso de existencia, am­
pliamente se ha explicado en una disputa metafísica propia
de esta materia” (10).

Así y todo, en este comentario a la tercera parte de la


Summa se detiene de nuevo a explicar y comprobar esta no­
ción, que debía ser fundamental en la construcción siste­
mática de la metafísica de Suárez.
Finalmente: al tratarse de la relación entre la naturaleza
y la subsistencia, se estudió en particular el caso de las natu­
ralezas compuestas de materia y forma: la subsistencia ¿es
de la materia sólo, de modo que el compuesto reciba de ella
su denominación, o más bien es la naturaleza completa la que
recibe la subsistencia? Remitiéndose de nuevo al opúsculo de
que tratamos, Suárez indica aquí su inclinación al último
miembro de la disyuntiva, y con esa base discurre sobre la po­
sibilidad e imposibilidad de la asunción de una naturaleza
irracional por parte del "Verbo (11).
Reuniendo ya cuanto hemos hallado, deducimos que este
opúsculo de Suárez, el primero de los suyos de que tenemos
(8) “ Sed hoe dúbium traetavi sufficienter in dicto opúsculo de. subsisten-
tía." De Inc.i d¡isp. VIII, s. III, pág. 169 b, B.
(9) “Supponimus in primis ex iis, quae in disputatione metaphysica de
existentia et subsistentia creaturarum diximus...” De Inc., disp. X I, prooe-
mium, pág. 209 b, A. En realidad, es la página 211; la numeración está errada.
(10) ,. “Quod autem iste sit proprius et praecisus conceptúa existentiae,
late Qstensum est in propria disputatione metaphysica de hac re.; De Inc.,
disp. X X X V I, s. I, pág. 566 b.
. , (11) “Haec dubitatio pendet ex Metaphysica quaestione de modo sub-
sistentiae harum naturarum, quae ex .materia et forma material! constant...
De qua re diximus in disputatione metaphysica de natura et suppoeito, et
infra in quaestione 6, iterum occurret.” De Inc., disp. X IV , s. H , pág. 273 a, A,
TIEMPO DE SU COMPOSICIÓN 27

noticia directa, titulado De essentia, existencia et subsisten-


tia, hace un análisis filológico y filosófico, y, respecto a sub­
sistencia, también histórico-crítico, de cada una de esas no­
ciones titulares. Además, estudia las relaciones mutuas de las
realidades por ellas designadas, deduciendo que esencia y exis­
tencia en la realidad se identifican; que naturaleza y subsis­
tencia en realidad se distinguen, siendo ésta un modo de
aquélla. Respecto a la relación de existencia y subsistencia,
se deducé que, por la existencia identificada con la naturaleza,
ésta, cuando es substancial, se constituye fuera de sus cau­
sas y apta para ser en s í; la subsistencia da a la naturaleza
esa plenitud y totalidad, 'y es, por lo tanto, el complemento de
la existencia. Dentro de este esquema general, particularmen­
te ha estudiado Suárez, si es o no posible que una naturaleza
substancial exista sin subsistencia alguna ni propia ni ajena,
y cómo subsisten las substancias compuestas de materia y
forma. «
Comprobada la existencia del opúsculo y definido en gene­
ral su contenido, pasemos a examinar dos cuestiones obvias:
cuándo se compuso este opúsculo, y si se conserva o no.

II

Sobre el tiempo de la composición nos iluminan suficiente­


mente algunas indicaciones hechas de paso en la primera edi­
ción que estamos manejando. Por de pronto, en acuella pri­
mera alusión que arriba mencionamos, sólo teníamos una mera
promesa de tratado que más tarde se debía desarrollar: “ Son
cosas que se han de explicar en una disputa propia que añadi­
remos al fin de esta obra” (12). Estas palabras vienen a in-’
dicarnos evidentemente que, al redactarlas, no estaba toda­
vía compuesto el tratado, ni siquiera se intentaba darle el
carácter de opúsculo independiente, ya que aquí sólo se pro­
mete una mera disputa a modo de apéndice. En cambio, desde
la disputa siguiente en adelante, las referencias son, no a un
tratado que dentro de la obra haya de seguirse, sino a un
opúsculo independiente y ya redactado y terminado. Por lo

(12) Cfr. nota 1.


28 CAP. I. ORIGEN HISTÓRICO

tanto, es entre estas dos disputas cuando se compuso el


opúsculo, con el intento de dejar así expedito el camino para
tratar desembarazadamente sobre la Encarnación. Suárez mis­
mo es quien nos explica en términos expresos la razón por que
se decidió a esta interrupción de sus trabajos cómentarísticos.
a saber: que la discusión metafísica no cortara el proceso ex­
plicativo de los misterios teológicos. Así lo anunciaba ya la
primera vez que consignaba su intención. Y lo confirma luego,
cuando, según hemos ya indicado, necesitando dilucidar tres
cuestiones metafísicas previas a la solución de algunas difi­
cultades contra la Encarnación, incluye este inciso:
“ ... tres cuestiones metafísicas, de que he disputado una a
una en dicho opúsculo, no fuera que impidieran la marcha de
esta materia; y aquí, por lo tanto, sólo las he de suponer” (13).
*
Suárez, pues, para no interrumpir con disquisiciones pro­
lijas sobre metafísica sus estudios teológicos, optó por escri­
bir aparte de ellos cuanto de metafísica se requería como
base de su tratado sobre el misterio de la Encarnación.
Así no cabe pensar que este primer opúsculo fuera redac­
tado por Suárez durante sus años de teología en esta Universi­
dad, durante los cuales, perfeccionando su formación filosófi­
ca, harto rápida y estéril algún tiempo, se entregó a profun­
dizar en los problemas metafísicos y aun debió de redactar
algunas páginas de filosofía (14). Ni siquiera data este opúscu­
lo del tiempo de profesorado de filosofía en Segovia o Ávila,
en el cual redactó para sus clases algunos comentarios de
Aristóteles, y su tratado D e Anima> que fué publicado postu­
mo sin recibir los retoques y complementos con que el ancia-
•no Suárez pensaba prepararlo para la imprenta. Aun dada la
existencia de estos comentarios, no fueron ellos destinados
a la publicidad, y, por lo tanto, no quitan la primacía crono­
lógica que. al opúsculo nuestro queremos conceder (15).

(13) ex tribus metaphysicis quaestionibus, quas singillatim in citato


opúsculo disputavi, ne huius materia« cursum impedirent, ideoque hic solum
supponam.” De Inc., disp. V i li , s. III, pâg. 167 b.
(14) Cfr. R. de Scorraiile, François Suárez de la Compagnie de Jésus,
Paris, 1912. Tomo I, pág. 96. Como fuente de estas datos cita a Dbscamps,
Vida del Venerable Padre Francisco Suárez.,., Perpiñán, 1617. Parte I,
cap. X IV .
(15) A este tiempo debe de pertenecer la redacción del siguiente ma-
TIEMPO DE SU COMPOSICIÓN 29

Tenemos particular gusto en detenernos aquí un momento


para notar una coincidencia interesante, aunque extrínseca,
de Suárez con su Maestro Santo Tomás. La primera gran obra
del Santo Doctor, como lo exigían los usos de la época, fueron
sus comentarios a las Sentencias de Pedro Lombardo. Santo
Tomás estaba ya orientado desde Colonia por su Maestro Al­
berto Magno hacia la filosofía aristotélica, y en ella basaba
sus comentarios hablados y escritos al texto. Dicha filosofía
no estaba generalizada entre los estudiantes de París, sino
más bien era mirada con recelo y odiosidad, tanto más que la
autoridad eclesiástica local y pontificia se había pronunciado
en contra de ella; por esto las explicaciones de Santo Tomás,
como Licenciado antes de llegar al Magisterio, difícilmente
podían ser entendidas por sus alumnos, y rogado, sin dufla,
por ellos, interrumpió la redacción del comentario a las Sen­
tencias, cuando estudiaba la Distinción X X V del primer li­
bro, para resumir, en un librito manual, los puntos principa­
les de la metafísica aristotélica, necesarios para comprender
la construcción teológica del Aquinate. Tal es el origen del
celebérrimo opúsculo de Santo Tomás titulado De ente et
essentia, ad fratres et socios (16).
El paralelismo entre Santo Tomás y Suárez en este punto
histórico es innegable. Ambos trabajan en su primera gran
obra, interpretando, según las medidas de sus talentos, a los
grandes maestros de sus épocas respectivas; ambos la inte­
rrumpen para escribir un opúsculo filosófico; y ambos coinci­
den no poco aun en los títulos de él y en la materia tratada.
Es éste un homenaje que, inconscientemente sin duda, rindió
Suárez, el discípulo, a Tomás, el Maestro, de quien tan devoto
se mostró ya en el prólogo mismo de esta su primera obra.

nuscrito anotado por el P. R ivière, M etaph ysica A ristotélica Iesu itica a/L
meriterà D ris. A n gelici in terp rete V. P. Fran, Suárez, de 180 folios en 4.*.
Según comunicación hecha por e¡1 P. Eugenio de Uri arte, se hallaba este m a­
nuscrito en la biblioteca de los jesuítas de Tarragona el siglo x v m . R ïvièrb-
Scorraile, Suárez e t son oeu vre a Vocca sion du troisièm e cen ten aire d e sa
mort., 1617-25 septembre-1917, Barcelona, 1918. I. L a B ibliographie, n. 501,
pág. SS. \
(16) AJ señalar la ênoeà de la comparición de oste opúsculo de Santo
Tomás, seguimos la opinión ponderaíjary bien razonada en argumentos in­
trínsecos de R olajvd-G o s s e l in , O. P.,/Z)e 11D e en te e t essen tia ” de S. Thom as
d'Aquhi, Kain, 1926, Introduction, riágs. X X V I -X X Y III.
30 CAP. I. ORIGEN HISTÓRICO

m
¿ Y qué fué de este opúsculo? Si examinamos las noticias
biográficas que de Suárez se conservan, en ninguna de ellas
encontraremos referencias sobre este punto. Scorraile, al fin
de su magnífico estudio biográfico de Suárez, ha dedicado un
capítulo de verdadero especialista a las obras suarezianas,
tanto impresas como inéditas, entre las cuales no se hace
mención del opúsculo De essentia, eañstentia et subsisten-
tía (17). Posteriormente a Scorraile, y como fruto de inves­
tigaciones diligentísimas en archivos y bibliotecas, publicó
el P. Rivière un opúsculo destinado a conmemorar en 1917 el.
tercer centenario de la muerte de Suárez. La primera parte
del folleto es una bibliografía, la más completa publicada
hasta hoy, de todas las obras de Suárez impresas e inéditas,
señalando de aquéllas todas las ediciones, aun cuando no han
podido menos de escapar algunas secundarias. El trabajo de
Rivière, que tiene en cuenta aun los manuscritos de los alum­
nos de Suárez, con las notas tomadas en sus explicaciones,
ninguna alusión hace al opúsculo que nos ocupa. Podemos de
ello deducir que nada se conserva de este opúsculo ni impreso
ni inédito, haciendo las salvedades que siempre aconseja la
prudencia cuando de archivos se trata, pues bien sabido es
que en el rincón menos esperado puede aparecer de pronto
un manuscrito buscado quizás largos años en otros archivos
que parecían más indicados para poseerlo.
¿Hemos de contentamos, por lo tanto, con las noticias es­
quemáticas que del opúsculo nos ha dado la edición complu­
tense del De Incarnntione ?
Examinemos lo que en ulteriores ediciones ha dicho Suá­
rez de su prometido opúsculo. Nos referimos concretamente
a la edición de 1595.
Al hacer la rebusca de los lugares paralelos, debe tenerse
en cuenta el carácter peculiar de la edición salmantina, de­
nominada por Suárez tercera, aunque en realidad se trataba
ya de la cuarta, pues— no sabiéndolo su autor— además de la
edición de Lyón en 1592, se había impreso otra en Veneeia

(17) S corraile, loe. cit. Tomo II, livre V I , jámp. I.


HISTORIA Y TRANSFORMACIÓN DEL OPÚSCULO 31

en 1593. En Alcalá había tenido que reprimir y podar Suárez


la abundancia exuberante de su sabiduría, temeroso, por una
parte, de que fuese excesiva la mole del volumen, y por otra,
dominado por su modestia, vencida al fin únicamente por
fuerza de quien tenía autoridad sobre él. Pero la experiencia
decía que, dada la gravedad de las cuestiones tratadas y su
dificultad, resultaba el escrito primitivo excesivamente con­
ciso y convenía ampliarlo, tanto más que ya las opiniones en
él sustentadas habían sido atacadas y se imponía la necesi­
dad de defenderlas y corroborarlas. Por ello resultó el volu­
men de la nueva edición notablemente mayor y apenas que­
daba ya disputa que no hubiera sido retocada, y ampliada,
como para poderse afirmar que se trataba de una obra nue­
va (18). Por esta causa, no siempre coinciden los pasajes de
la primera edición con los de la tercera, pues no raras veces
ha sufrido cambios la numeración de las secciones, bien por
la añadidura de otras nuevas, bien por el nuevo orden en que
las antiguas han sido encuadradas.
Así advertidos, veamos qué se ha hecho de aquella prime- ■
ra promesa que de un apéndice sobre esencia, existencia y sub­
sistencia habíamos hallado. Ahora leemos:
se lian de explicar en ana disputa propia, que dejamos
para tratarla en otro sitio, para que, al explicar los misterios
teológicos, no nos estorbe la discusión metafísica.”

Y el lugar correspondiente a la disputa que luego sigue,


queda ahora redactado de este m odo:
“ Donde en latín se dice subsistencia, en griego está hipós-
tasis. De este término y de su etimología se dirá más en las

(18) Coimnentariorwm cee disputatiommi in tertiam partem Divi Thomae,


tomus primus... Editio tertia. Salman ti cae, M DXCV. “Ad eundem pium lecto-
rem de hac posteriori editions adraonitio. In huiu<s operis editione priori
veri tus sum ne longum id nimis, prolixumque videretur; postea vero a muí-
tis, quibus credere par erat, plane intellexi, multa potius in eo concisiora
visa fuisse, quam exigebat argument! et gravitas et difficultas. Ptraeterea
post librum hunc in lucem editum alii prodierunt, qui doctis lilis quidem,
acutisque contran os tram doctrinara obiectionibus, excitañunt, impuleruntque
nos, ut,^qlíae prius scripseramus, vel explicanemus amplius, vel confirma-
remus/ac defenderemus. Quod utrumque in causa fuit ut liber non parum
excreverit: vix enim in eo ulla disputatio reperietur, non multo, quam edita
primum fuerat, locupletior, ut non inmérito novum, aliudque opus posa it et
appelari, et existim ar!.”
32 CAP. I. ORIGEN HISTÓRICO

disputas metafísicas, que dentro dé poco daremos a la luz pú­


blica” (19).

Y las primeras alusiones que al opúsculo se hacían en 1590,


ahora se han reformado del modo siguiente. Con las mismas
palabras de antes vuelve a exponerse la concepción suarezia-
na sobre la esencia y la existencia; y luego continúa':
“ De todo esto ha de tratarse ampliamente en las disputas
metafísicas que están a punto de ser entregadas a la pren­
sa” (20).

Y de modo semejante, pocas líneas después vuelve a de­


cirse :
“ De ella [de la cuarta composición substancial], tal como
se da en las criaturas, se ha dicho bástante en la Metafísica” (21).

La sustitución es evidente: lo que de primera intención se


iba a reducir a una disputa filosófica adicionada a una obra
teológica, subió a ser un opúsculo independiente y completo;
y el simple opúsculo, conglobando en torno suyo otras varias
cuestiones, quedó incorporado en una obra amplísima, de la
que ya en 1595 se nos da razón, dos años antes de que apare­
ciera al público. Pues donde antes se decía que algunas cues­
tiones metafísicas habían sido relegadas a un opúsculo para
que no impidieran el curso de la exposición teológica, ahora
se dice:
“ La exposición exacta de esta duda depende de tres cues­
tiones metafísicas, que hemos juzgado deber relegar a una obra
propia sobre la ciencia metafísica, la cual, según espero, publi-

(19) “ ..._ in propria ijiiadam disputatione sunt explicanda, quam alio loco
^ractandam relinquim us.” \ e In c., 3.» ed„ q. II, art. I I com ., pag. 210 b, A ,
/E ste es el otro te x to : "U bi eijim Latino ¡est vox Subsistentia, Graeee habetur
hypostasis. De qua voce et etyrnologia eius plura tradentur in disputatio-
nibus metaphysicis, quas prope diem in lucem dabim us.” Ibid., disp. V II ,
s. I II, pág. 228 b ; an ia edición de V ives, t. X V I I , pág. 311 a.
(20) “Quae omnia in disputationibus metaphysicis, iam praelo m an-
•datis. late tractanda su n t.” D e In c., 3.» ed., disp. V II I , s. II, pág. 252 a ;
Vives, t. X V I I , pág. 342 b.
(21) “Quarta ergo compositio... de qua, prout in creaturis ex natura
rei reperitur, siatis in M etaphysica m ulta dicta sunt.” Ib ., pág. 252 b ;
Vives, ib.
HISTORIA Y TRANSFORMACIÓN DEL’ OPÚSCULO 33

caremos en breve; en ella intentaremos declarar,y persuadir to­


dos los principios metafísicos que tanto en éste como en otros
libros teológicos suponemos” (22).

No tenemos por qué seguir confrontando citas, pues, por


una parte, está ya suficientemente dilucidada la suerte del
opúsculo en cuestión, absorbido por otra obra de mayores di­
mensiones y pujos científicos, reduciéndose con ello nuestra
tarea a identificarlo dentro de la Metafísica, y por otra, el
último texto nos pone a las claras la razón de ser de las famo­
sas Disputas Metafísicas de Suárez.
Éstas aparecieron divididas en dos volúmenes impresos
en casa de los hermanos Juan y Andrés Renaut, de Salamanca,
que también debió de ser el lugar de su redacción, pues en
esta ciudad residió Suárez desde octubre de 1593 hasta abril
de 1597. La obra salió hacia fines de 1597; todavía el 22 de
octubre de ese año hablaba Suárez de ella, en carta de Coim-
bra al P. Aquaviva, como de libro que debía estar ya termi­
nándose, si no terminado. La división de la obra en dos tomos
obedecía a razones puramente materiales, y no por eso había
de creerse menguada la unidad de la obra completa. Tan bre-
■ve iba a ser el intervalo de la publicación de los dos tomos,
que, según expresión de Suárez en el prólogo del primero, no
llegaría el lector a estudiarlo antes de que saliera el segun­
do (23), y en el prólogo de éste podía ufanarse legítimamente
de haber sido fiel en cumplir lo prometido (24).

(22) “E xacta huius dubii expositio penctet ex tribus,m etaphysicis quaesV


tionibus, quas, ne huius materiae cursum im pedir««/, in proprium M eta-
physieae Seientiae opus remittendas duximus, quod brevi, ut spero, ili lucem
edemus, in eoque omnia metaphysica principia, quae tam in hoc, quam ii^
aliis theologicis libris supponimus, declarare et persuadere conabimur.” De
Ine., 3.“ ed., disp. V i l i , s. I V , pàg. 265 b ; V ivès, jt. X V I I , pàg. 361 a-
(23) Metapysicarum disputationum R. P. Francisco Suarez Socie tatix
lesu, tom us primus. Salm anticae, M D X C V II. A l fin del prologo dice: "D e -
mum benignimi lectorem admonendum duxim us, unum quidem opus hoc
esse, nec eius disputationes fuisse ab uno volumine seiungendas, nisi aliqua
noe ratio coegisset. Nam , in primis ne mole sua nonnihil afferret molestiae,
in duo volumina illud divisimus : deinde vero, ut, quoad fieri posset, hostro-
rum laborum studiosis debitum officium praestanemus, hoc prius emisimus
statim ac e praelo prodiit, quanvis aliud eo iam processerà, ut existimem,
non prius hanc partem perlectam fore, quam illà fuerit in lucem edita,"
(24) “A d pium lectorem brevis admonitio. Ecce, benigne lector, sine
cunctatione ulla, quae tibi m olesta esse potuerit, promissa impleo. E t quo-
34 CAP. I . ORIGEN HISTÓRICO

El primer tomo, además de los prolegómenos usuales entre


los clásicos en obras de este género, contiene el estudio de la
noción del ser, de sus propiedades y de sus causas, explanan­
do con particular ahinco el tratado de las causas, dada su im­
portancia, su dificultad y su transcendencia, tanto en filoso­
fía como en teología. El segundo volumen comienza por divi­
dir el ser en dos miembros, ser increado y ser creado; al pri­
mero se dedican las disputas 29 y 30; desde la 31 hasta la 54
va haciéndose gradualmente el estudio del creado en cuanto
tal y en cuanto dividido en todos y cada uno de los predica-
mento,s (25).
La 'disputa 31 lleva el siguiente título: De essentia entis
finiti ut tale est, et ülius esse eorumque distinctione. Esta­
mos, pues, ya de lleno en materias que debieron ser tratadas ’
en el opúsculo primordial. Y si en él, según Suárez mismo,
se había expuesto con amplitud lo referente a las nociones de
esencia y existencia, y a sus mutuas relaciones, sea en el or­
den absoluto o lógico, sea en el real, no debió de ser .podado
el tratado para su incorporación a la Metafísica. La disputa
tiene una extensión de 14 secciones, superada en cuanto a
esto por otras dos solamente, e igualada nada más que por
una. Ni ha de juzgarse desproporcionada esta amplitud, pueá'
con el problema de las relaciones entre esencia y existencia
dél ser creado quiérese desde un principio declarar la razón"
propia de todo ser creado en cuanto tal (26). La primerársee-

niam nunc novum opus non damus, sed coepto iam fìnem, et quasi fasti-
gium imponimus, ideo illa omnia quasi praeam bula...”
(25) “Illud vero obiectum (huius scientiae) quodnam sit, explanat pri­
m a huius operis disputatio, simuìque in ea praefam ur dignitatem, utüitatem,
et caetera, quae in prooemiis scientiarum scriptores praemittere consueve-
runt. Deinde in priori Tomo eiusdem obiecti amplissima, et universalissima
ratio, qua videlicet appellatur ens, eiusque proprietates, et causae diligenter
expenduntur. E t in hac causarum contemplatione ìatius, quam fieri soleat,
immoratus sum, quod et perdifficilem illam, et ad omnem Philosophiam, et
Theologiam utilissimam esse existimaverim. In Tomo autem altero inferio-
res eiusdem obiecti rationes prosecuti sumus, initio sumpto ab illa Entis
divisione in c r e a t u m e t crea torem 9 utpote quae prior est, et entis quidditati
vicinior, et ad huius doctrinae decursum aptior: qui subinde procedit per
contentas sub his partitiones, ad usque genera omnia, et gradus entis, qui
intra huius scientiae terminos, seu limites continentur.” Disp. M et., Ratio
et discursus totius operis.
(26) “Prius declarandum est in quò posita sit communis ratio entis
creati seu finiti, quod in hac disputatione propositum est.” . Disp. M et., t. II,
disp. X X X I prooemium. pag. 161 a b ; V ivès, t. X X V I , pag. 224 b.
HISTORIA Y TRANSFORMACIÓN DEL OPÚSCULO 35

ción plantea directamente la cuestión fundamental, si la esen­


cia y existencia del ser creado se distinguen o no en realidad;
expuestas las opiniones concernientes al tema e indicada la
propia del autor, comiénzase en la n a explanar amplia y
gradualmente cada uno de los puntos que constituyen la so­
lución sistemática de Suárez. Por de pronto, la esencia de la,
criatura antes de ser producida por Dios nada tiene de real
físico.
La III sección da un paso más fijando otro principio bá­
sico : cuál sea, si de criaturas se trata, la distinción entre ser
en potencia y ser en acto, y qué es lo que propiamente ser en
acto añade a ser en potencia; con esta ocasión, se explica la
noción de potencia objetiva. Un paso ulterior examina cómo
formalmente tal ser en potencia se hace ser en acto. La res­
puesta viene dada en la sección I V : la esencia se constituye
en acto intrínsecamente real, y fuera de sus causas, por algo
real y actual, del todo identificado coi>ellaxen realidad: ese
algo es con toda verdad existenciafy nada inás se requiere
para que formal y actualmente/áe exista, aun cuando en ca­
sos se requerirá todavía un complemento subsistencia!. Fijado
este punto en la sección‘V, se dilucida con carácter definitivo
en la VI el tema general áp la disputa: la distinción entre la
esencia actual y la existencia no puede ser real ni modal, sino
solamente de razón con fundamento real; esto basta para que
podamos decir en absoluto que a la criatura no es esencial
el existir actualmente. Ahora, por fin, establece Suárez un
punto al que en el opúsculo se había concedido peculiar inte­
rés: la definición exacta de lo que es existencia.
Las secciones VIH, IX y X tratan de las causas y de los
efectos de la existencia; la XI habla de los diversos seres que
pueden tener existencia; la XII, de la separabilidad de la
esencia y de su existencia; la XIII, del sentido en que puede
hablarse de composición de esencia con la existencia,, y, final­
mente, la sección XTV, para ultimar la noción de ser creado,
investiga la necesidad con que la criatura depende del ser
increado.
El desarrollo de estos puntos, de los que no pocos habían
sido indicados con exactitud en las referencias al opúsculo,
ha absorbido la extensión de las páginas en folio comprendi­
das entre la 161 y la 223. Indudablemente, todas ellas, o al
36 CAP. I. ORIGEN HISTÓRICO

menos las que contienen las ocho primeras secciones, forma-


han parte del opúsculo.
La disputa XXXII establece temáticamente la primera
gran división del ser creado en substancia y accidente, y, por
lo tanto, no parece formara parte del opúsculo; ni tampoco
la XXXIII, que trata de la substancia en general. En cam­
bio, la XXXIV entraba de lleno en el opúsculo, y ella, con la
XX XI, son lo que en las Disputas M etafísicas corresponde a
él. Su título e s : De prima substantia, seu supposito eiusque a
natura distinctions. El tema se desarrolla en ocho secciones.
En el proemio de la disputa, después de eliminar cuestio­
nes accesorias, y más bien dialécticas, incluidas por Aristóte­
les en su tratado sobre la substancia, delimita Suárez con las
palabras siguientes los puntos que se propone tratar, para así
conseguir fijeza concentrada de atención en un-asunto^más
grave y necesario para varios misterios teológicos: \
“ Explicaremos primero los términos,/luego la razón propia '
de supósito y su distinción de la naturaleza; aplicaremos des­
pués esta doctrina a las segundas substancias, para concluir
con la razón común y coordinación del predicamento de subs­
tancia” (27). ■

Este programa nos pone ante „ precisamente los


temas requeridos para rellenar y completar el esquema del
opúsculo.
Lo primero que Suárez se propone dilucidar es si los tér­
minos substancia primera, supósito, persona e hipóstasis di­
cen o no lo mismo; cuestión ésta íntimamente relacionada con
la teología, lo cual exige un examen previo del uso teológico
de dichos términos, para luego aplicarlos en filosofía, a las
criaturas. Con esto tenemos ya tratado uno de los puntos com­
prendidos en el opúsculo. Otro de los puntos es objeto de la
sección II, a saber: si esta supositalidad añade o no algo po-

(27) “Omissis ergo his omnibus, gravior nobis hoc loco suscipitur dispu-
tatio,. et m axim e propria huius doctrinae, et .ad plura Theologian mysteria
imprimis necessaria. In qua primo explicabimus terminos, deinde propriam
suppositi rationem, et distinctionem eius a natura declarabimus ; ac tandem
ad secundas substantias doctrinam applicabimus, •communemque rationem
ac coordinationem praedicamenti substantiae concludemus.” Disp. M et., t. II,
disp. X X X I V prooemium, pàg. 250 6 ; V ivès, t. X X V I , pàg, 348 a.
HISTORIA Y TRANSFORMACIÓN DEL OPÚSCULO 37

sitivo y real a la naturaleza creada. Indicadas las diversas opi­


niones sobre el asunto, y, en último lugar, la suya propia, que
se decide por la solución afirmativa, queda por determinar la
naturaleza de esa entidad positiva y real: esa entidad no pue­
de reducirse a simples notas individuantes ni a meros acci­
dentes, y debe ser algo distinto de la naturaleza substancial
(sección III). ¿ Qué es ello en definitiva ? En la sección IV tie­
ne lugar una amplia discusión de las diversas soluciones pro­
puestas en la Escolástica sobre este punto: Suárez enuncia y
defiende como propia la siguiente: La subsistencia tiene como
función propia terminar y completar la existencia para que
subsista por sí y en sí. Es, pues, la subsistencia una entidad
modal y distinta de la naturaleza, a que termina y comple­
ta, sobreañadida como algo modalmente distinto; la unión
de ambas entidades constituye^maTverdadera y real compo­
sición. X J
Se apuntó en el opúsculo un caso „particular dentro de la
doctrina general sobre la subsistencia: el de las substancias
materiales. Trátale» Suárez ampliamente en la sección V al
investigar la divisibilidad o indivisibilidad de la subsistencia.
Nos alargaríamos con exceso si quisiéramos seguir todo el
proceso de esta investigación esmeradísima. A continuación
expone Suárez la incomunicabilidad de la subsistencia: punto
éste de interés en su teoría general y de consecuencias fuer­
temente controvertidas en teología. Según Suárez, la noción
metafísica de subsistencia, como>tal, no incluye incomunica­
bilidad absoluta y perfecta: admite comunicación por identi­
dad, y, de hecho, tal se tiene en la esencia divina, subsistente
en sí con subsistencia absoluta, según Suárez, e idénticamen­
te comunicada a las tres divinas Personas. Esta comunicabi­
lidad puede darse únicamente en una entidad absoluta de per­
fección infinita, no en las relativas, aun divinas, pues la na­
turaleza relativa impide esa comunicación, ni en las entida­
des creadas, por su limitación esencial. La incomunicabilidad
metafísica perfecta y total es propia de la supositalidad: y
así, consiguientemente, la subsistencia creada, en cuanto tal,
es en realidad y en concepto verdadero supósito absolutamen­
te incomunicable.
Como complemento sistemático de estas doctrinas, estu­
dia Suárez en las dos secciones siguientes lo referente a las
38 CAP. I. ORIGEN HISTÓRICO

causas y a la causalidad de la subsistencia, para hacer, final­


mente, en una última sección, consideraciones de orden lógico
con miras a hacer luz sobre expresiones aristotélicas.
Así hemos logrado identificar dentro de las Disputas Me­
tafísicas el opúsculo original de Suárez sobre la esencia, exis­
tencia y subsistencia, dado que tenemos ya todos los elemen­
tos que buscábamos y que las disputas siguientes no tratan
materias insinuadas en dicho opúsculo. Nos falta por exami­
nar el conjunto de las Disputas Metafísicas a la luz de un
texto arriba citado, y que proyecta perspectivas de importan­
cia sobre esta gran obra de Suárez. Este último aspecto jus­
tificará el que hayamos examinado tan al detalle todo lo re­
lativo al opúsculo investigado, pues de no tener en cuenta
todas estas perspectivas, pudiera juzgarse nuestro estudio
como desproporcionado.

IV

Decía Suárez, refiriéndose a la Metafísica, a punto ya de


ser publicada, que sería intento de ella el declarar y persua­
dir cuantos principios metafísicos admitía en aquel y en otros
libros teológicos para base de sus concepciones. Aquí tene­
mos indicado el origen de la Metafísica de Suárez. Interrum­
pió la publicación de su obra teológica de comentarios a la
Summa de Santo Tomás, porque al redactar sus escritos se
veía frecuentemente necesitado de principios filosóficos, cuyo
valor no podía admitir fiado sólo de aforismos tradicionales
sin someterlo a rígido examen. Para no verse precisado a in­
tercalarlos dentro de la teología, rompiendo así la continui­
dad de la exposición, optó por escribir él mismo una obra de
metafísica a que referirse luego siempre que fuese menester.
Esta insinuación hecha en De Incarnatione está entera­
mente ajustada a las declaraciones de Suárez en el prólogo
de su Metafísica. Comienza en él dando por sabido, y afirmán­
dolo categóricamente, que nadie llegará a la perfección en
teología como no se haya previamente cimentado con toda
firmeza en la metafísica.
CARACTERÍSTICAS DE LA METAFÍSICA 39

“ No puede ser que llegue a teólogo perfecto quien antes no


liaya echado firmes cimientos de metafísica” (28).

Siempre había abrigado Suárez esta convicción, que mar­


ca un rasgo importantísimo de su personalidad científica in­
tegral, y al disponerse a dar a luz sus comentarios teológicos
a la tercera parte de la Summa, había estimado conveniente
escribir de antemano con todo esmero su Metafísica. Justos
respetos, entre los cuales estaría la voluntad del General de
la Compañía (29), le movieron a publicar desde luego sus lu­
cubraciones sobre Santo Tomás; pero cuanto más avanzaba
en su, obra, con tanta mayor clarividencia veía lo necesaria
que la filosofía humana y natural se le hacía para construir
sólidamente la teología sobrenatural y divina, y explicar, en
lo posible, razonablemente los misterios. La lucha de estas
convicciones personales, robustecidas por la experiencia, y de
los apremios que de fuera venían incitándole /a continuar la
teología, se decidió al fin en favor de la filosofía. Suárez de­
cididamente interrumpió la tarea emprendida, para restituir
a la Metafísica el puesto que le correspondía. El nuevo em­
peño consumió más tiempo del previsto; ello acrecentó las
impaciencias y los apremios de cuantos esperaban con ansia
ver coronado el comentario a la tercera parte y aun a la
Summa toda de Santo Tomás. Suárez, con todo, nunca se arre­
pintió de la decisión tomada, y abrigó le esperanza de que
también sus lectores acabarían por darle la razón y aprobar,
juzgándola muy acertada, la interrupción de la obra teológi­
ca (30). Ciertamente, la Historia no ha defraudado las espe­
ranzas del Doctor Eximio.
(28) "F ieri nequit, ut quis Theologus perfectus evadat, nisi firma prius
Metaphysicae iecerit fundam enta.” Disp. M et,, t. X, Ratio et discursus to-
tius operis ad iectorem.
(29) E l P . A quaviva hacía tiempo que estaba urgiendo la realización de
un deseo y un proyecto suyo, a saber, que la Compañía de Jesús tuviese un
comentario propio de toda la Summa de Santo Tom ás. Paira lograrlo, urgía
al Provincial de Castilla que viese el modo de realizarlo. N o pudo menos de
acoger con entusiasmo los esfuerzos del P. Suárez, en quien reconocía sin­
gular competencia, cuando le vió poner manos a obra tan importante. Cfr.
S c o r r a il e , op. cit.j t. X, 1. II, ch. IV , n . 3, p á g . 248 s s .
(30) “Intellexi semper, operae pretium fuisse, ut antequam Theologica
scriberem commentaria (quae partim iam in lucem prodiere, partim colla-
boro, ut quam primum, Deo favente* compl'eantur) opus hoc, quod nunc,
Christiane Lector, tibi offero, diligenter elaboratum praemitterem. Verum
40 CAP. I. ORIGEN HISTÓRICO

Esta circunstancia genética de la Metafísica de Suárez


afecta a toda la obra, cargándola de un complejo de caracte­
res hereditarios por los que explica el autor el apelativo de
cristiana para su filosofía, y de filósofo cristiano para sí mis-
njo. Sobre este concepto, tan traído y llevado en nuestros
tiempos, hace Suárez indicaciones que no satisfarán, sin duda,
a los críticos de hoy, pero que a nosotros nos harán penetrar
más y más, según nos lo hemos propuesto, en el alma de la
obra de Suárez a través de su personalidad.
Para él, filosofía cristiana dice tanto como filosofía sier-
va o ancilla de la teología. Este criterio de servicio no sólo
ha regido la selección de los problemas por desarrollar en
las disputas, sino que también ha influido, y mucho, en la so-/
lución dada a los problemas, inclinando positivamente al filó/
sofo cristiano en favor de la que mayores servicios prestara
a la piedad y a las doctrinas reveladas, pero siempre tjlesde
fuera, sin inmiscuirse en los métodos propios y perfectas de la
filosofía. Por esta misma razón se permite Suárex ínterrum-
pir el proceso del pensamiento filosófico para intercalar, aun­
que sin detenerse con exceso, cuestiones teológicas, que con
el dedo fuesen señalando al filósofo cómo han de adaptarse
los principios metafísicos para corroborar las verdades teo­
lógicas (31).
iustas ob causas lucubrationes in tertiam D. Thom ae partem differre non
potui, easque primum omnium praelo mandare oportuit. In dies tamen luce
clarius intuebar, quam illa divina ac supernaturalis Theologia hanc huma­
nan! et natural em desideraret, ac requireret: ade o ut non dubitaverim iílud
inehoatum opus paulisper intermitiere, quo huic doctrinae metaphysicae suum
quasi locum, ac sedean daré,m, vel potius restituereni. E t quamvis in eo
opere elaborando diutius immoratus fuerim, quam initio putaverim et quam
multorum expostulatio, qui Commentaria illa in tertiam partem, vel (si spe-
rari potest) in universam. D, Thomae Sum m am perfecta d esiderant: ta ­
men sus-cepti laboris nunquam me paenitere ‘potuit, confidoq'ue, lectorem
sententiam meam, vel ipso adductum experimento, comprobaturum,.” Disp.
M et., ib.
(31) “Ita vero in hoc opere Philosophum ago, ut semper tamen prae
oculis habeam, nostram pliilosoiphiam debeire Christianam esse, ac divinae
Theologiae ministram. Quem mihi scopum praefixi, non solum in quaestio-
nibus pertractandis, sed multo m agis in sententiis, seu opinionibus seli-
gendis, in eas propendens, quae pietati, ac doctrinae revelatae subservire
m agis viderantur. Eam que ob causam, philosophico cursu nonunquam in-
termisso, ad quaedam Theologica diverto, non tam ut in lilis examinandis,
aut accurate explicandás immorer (quod esset abs re, de qua nunc ago) quam
ut veluti digito indicem lectori, quanam ratione principia Metaphysicae, sint
ad Theologicas v e r ita t^ confirman das referenida, et accommodanda.” Ib .
CARACTERÍSTICAS DE LA METAFÍSICA 41

Bajo este aspecto podrán los críticos apreciar como daño­


so, o menos beneficioso, respecto de la pura especulación, el
proceso original de estas disputas. Pero bajo otro, ha deter­
minado él uno de sus valores más preciosos y de mayor trans­
cendencia en la historia de la filosofía. En este punto fué Suá-
rez plenamente consciente del paso que daba y de la innova­
ción que introducía, consignándola y razonándola desde el
prólogo mismo del primer tomo.
Asegura Suárez que siempre había concedido importancia
singular, para comprender y penetrar las cuestiones, al mé­
todo que se empleara en investigarlas y exponerlas. Teniendo
que trazar una construcción .filosófica con un fin específico, el
de fundamentar, coordinándolos sistemáticamente, los prin­
cipios metafísicos necesarios para su producción teológica
fecundísima, parecíale que, metido en los carriles tradiciona­
les de los expositores aristotélicos, no habían de tener logro
sus aspiraciones. Be atarse al texto Áe Aristóteles para, irlo
comentando como tantos otros, sólpdncidentalmente y al azar
encontraría huecos aptóS'-parar'Colocar allí los temas que ne­
cesitaba, a cambio de mil menudencias y cuestiones sin im­
portancia que consumirían su ^tención, robándosela a la teo­
logía. Suárez necesitaba doctrina filosófica coordinada en uni­
dad sistemática, desarrollada con método apto, lo suficiente­
mente amplia y profunda para que esclareciera y pusiera ante
los ojos del lector, como en vasto panorama, pero de lumino­
sa armonía, cuanto fuere menester investigar y conocer acer­
ca del objeto de esta ciencia metafísica (32).
Estas apremiantes intenciones metódicas determinaron la
característica individual y original de las disputas: Suárez
las organizó en un cuerpo de doctrina compacto y único, y
prescindió de una vez de los andadores aristotélicos, si bien,
por consideración a los posibles deseos de los lectores, acos­
tumbrados a estudiar la filosofía según los libros aristotéli­
cos, y por respeto a la autoridad del Estagirita, creyó todavía

(32) “E t quoniam iudicavi semper m agnam , ad ros intelligendas ac pe-


netrandas, in methodo convenienti inquirendis, et indicandis vim positam
esse, quam observare, vix, aut ne vix quidem possem, si, Expositorum more,
quaestion-es omnes, prout obitér, et veluti casu circa textum Philosophi occur-
runt, pertractarem': idcireo exp&ditius et utilius fore ce-nsui, servato doctri-
nae ordine, ea omnia inquirere, et ante oculos Lectoris proponere, quae de
toto huius sapientiae obiecto investigará, et desiderari poterant.” Ib.
42 CAP. X. ORIGEN HISTÓRICO

útil redactar un sucinto compendio de la Metafísica, que, a


manera de índice, reuniera en torno a los libros aristotélicos
las doctrinas expuestas en las disputas. La unidad lograda
por el Eximio Doctor fué magnífica y ejemplar para la pos­
teridad, capaz de acreditar por sí sola, acuñada como estaba
con el sello de la originalidad, de gigantesco al talento que la
concibió y realizó. Suárez aúna en un proceso continuado y
ordenado toda la metafísica, sin parcelarla en general y es-,
pecial, en teorética y práctica, en ontplogía y teodicea, en
psicológica y cosmológica, aunque no incluyó dentro de/ella
el estudio del alma espiritual, reservándolo para la filosofía
natural, de la que era propiedad y corona^esejtratáao.
El proemio puesto por Suárez a su Metafísica es un resu­
men característico de todo este conjunto de elementos que
constituyen el complejo psicológico del Eximio Doctor al ini­
ciar su magna obra. Comienza reconociendo que la teología,
divina y sobrenatural, se apoya en luces y principios revela­
dos por D ios; pero como de hecho se construye con el discur­
so y el raciocinio humanos, ha de servirse también de las ver­
dades conocidas con luz natural, echando mano de ellas como
de siervos y de instrumentos con que desarrollar esos discur­
sos e iluminar las verdades divinas. Ahora bien; según Suá­
rez, de entre todas las ciencias naturales, es la considerada
primera de todas, y llamada Primera Filosofía, la que sobre
todas sirve para la Sagrada Teología sobrenatural. Las razo­
nes son dos: es, por de pronto, la ciencia más cercana al co­
nocimiento de las cosas divinas; y, luego, éxplica y funda­
menta aquellos principios naturales que abarcan a todas las
cosas, y son, hasta cierto punto, base y sostén en toda ense­
ñanza.
Por esta razón, Suárez, ocupado en desarrollar y editar
importantes comentarios y discusiones de teología se ha vis­
to obligado a interrumpir, o dejar un poco, ese trabajo, para
repasar y completar, de forma que pudiese publicarse con uti­
lidad de todos, lo que hacía años, siendo joven, había traba­
jado sobre esta ciencia y dictado públicamente. Su misma ex­
periencia le había obligado a ello: ocurríale que, al tratar de
los misterios divinos, le salían al paso doctrinas metafísicas,
sin cuyo conocimiento y comprensión, apenas, y sin apenas,
es posible estudiar dignamente aquellos tan altos misterios;
CARACTERÍSTICAS DE LA METAFÍSICA 43

por ello, no tenía otra solución que entremezclar con temas


divinos y sobrenaturales cuestiones de orden inferior, con la
consiguiente molestia de los lectores, o proponer sobre temas
semejantes brevemente su opinión, exigiendo de sus lectores
fe desnuda en sus proposiciones; y esto, con razón, era para
él desagradable, y para ellos poco procedente. Estos princi­
pios. y verdades de la metafísica están en unión tan estrecha
con la teología, que, fallando la,ciencia y el conocimiento per­
fecto de ellos,( queda por fuerza\demasiado en suspenso tam­
bién el conocimiento de lo teológico. /
Por todas estas razones, a las que se juntó el ruego de
muchos, se decidió a escribir está obra, que abrazase todas
las disputas metafísicas con el método de-e¿posición que fue­
re más apto para comprender brevemente las cosas mismas
con la máxima utilidad para la ciencia revelada. Juzga por
ello Suárez que no será conveniente dividir la obra en varios
libros; pues puede reunirse en unas pocas disputas cuanto es
propio de esta ciencia o conveniente para su objeto cual aquí
se considera. Para ello, habrá que quitar de aquí, como cosa
ajena de esta ciencia, cuanto pertenece a la pura filosofía,
es decir, a 1a, dialéctica, aunque sea tanto lo que en esto se
detienen otros autores de metafísica (33).

(33) “Divina et sup'ernaturalis Theologia, quanquam divino lumine prin-


cipiisque a Deo revelatis niiatur, quia vero humano discursu et ratiocina-
tione perficitur, veritatibus etiam naturae lumine notis iuvàtur, eisque ad
suos discursus perficiendos, et divinas veritates illustrandas, tanquam m i­
nis tris, et quasi in stru m en ts utitur. Inter cannes aute-m Maturates scien-
tias, ea quae prima omnium est, et nomen primae Philosòphiae obtinuit, sa-
erae ac supernaturali Th-eologiae praecipue ministrat. Turn quia ad divina-
rum rerum cognitionem in ter omnes proxime accediti tum etiam quia ea
n a tu ra ta principia explicat atque confirmât, quae res universas comprehen-
dunt, omnemque doctrinam quodam modo fulciunt atque sustentant. H anc
igitur ob causam , quamvis gravioribus Sacrae Theologiae eommentationibus,
ac disputationibus pertractandis, et in lucem emittendis sim distentus, earum
cursum paululuni intermittere, vel potius remittere sum coactus, ut quae de
hae naturali sapientia ante plures annos iuvenis elaboraveram, et publice
dictaveram, saltern succisivis temporibus recognoscerem et locupletarem, ut
in publicam utilitatem omnibus communicari possent. Cum enim inter dispu-
tandum de divinis mysteriis haec M etaphysica dogm ata occurrerent, sine
quorum cognìtione et intelligentia vix, aut ne vix quidem, possunt altiora
illa m ysteria pro dignitate tractari, cogebar saepe, aut divinis et superna-
turalibus rebus inferìores quaestiones admiscere, quod legentibus ingratum
est et parum utile: aut certe, ut hoc incommodum vitarem , in huiusmodi
rebus sententiam meam breviter proponere, et quasi nudam fidem in eis a
legentibus postulare. Quod et mihi quidem molestum, et illis etiam impor-
44 CAP. I. ORIGEN HISTÓRICO

El peso formidable de esta magnífica construcción, sólida,,


armónica y distinguida, pronto se impuso a la tradición esco­
lástica. Su aparición implica la desaparición casi total y radi­
cal de los comentarios aristotélicos, aunque todavía se ilu­
mina el espacio de la historia de la filosofía con los fulgores
casi crepusculares de los Gónimbrieenses, de los Compluten­
ses, tanto dominicos como carmelitas, de los colégios de San
Cirilo y Santo Tomás, Irespectivamente, de mr Araujo y de
un Silvestre Mauro. Surge, en cambio, de la nada la era fecun­
dísima de los cursos filosóficos, exposicipríes sistemáticas y
ordenadas, autónomas e independientes; en cuanto a la forma
externa, de Aristóteles, que desenvuelven metódicamente las
doctrinas escolásticas según todas sus partes. Puede afirmar­
se que, iniciado este estilo poco después de Suárez y por in­
flujo suyo, ha dominado plenamente los siglos que corren des­
de el xvn. Son legión los filósofos así dirigidos por Suárez-:
lo mismo de la Compañía de Jesús, que de la Orden de los
Predicadores, que de 1a. Descalcez y otros, sean de escuelas-’
sistemáticas, sean independientes.
Si Suárez ha logrado dominar así, en cuanto a la forma
externa, sobre la filosofía escolástica posterior a él, debe re­
conocerse también en esa unidad la razón fundamental del
singular aprecio que por él muestran filósofos no católicos,
como un Arturo Schopenhauer, que a las Disputas suarezia-
nas las califica de compendio auténtico de la sabiduría esco­
lástica, en el que es dado reconocerla mucho mejor que en

tunum videri merito potuisset. Ita enim haec principia et veritates M etaphy-
sicae cum Theologicis conclusionibus ac discursibus cohaerent, ut si illorum
scientia ac. perfecta cognitio auferatur. horum etiam scientiam nimium labe-
factari necesse sit. H is igitur rationìbus et multorum rogatu inductus hoc
opus praescribere decrevi, in quod Metaphysicas omnes disputationes ea
doctrinae methodo complecterer, quae ad rerum ipsarum comprehensionem
et ad brevitatem aptior sit: revelataeque sapientiae inserviat m agis. Qua-
propter necessarium non erit in plures libros opus hoc distribuere seu par-
tiri, nam brevi disputationum numero, ea omnia, quae nuius doctrinae sunt
propria, quaeve subiecto eius sub ea ratione, qua in ipsa consideratur, con-
veniunt, comprehendi et exhauriri possunt: quae vero ad puram Philoso-
phìarn aut Dialecticam pertinent (in quibus alii Metaphysici scriptores pro-
Iixe immoranturl ut aliena a praesenti doctrina, quoad fieri possit, resecabi-
mus. Prius vero quam de m ateria hide doctrinae subiecta dicere incipiam,
de ipsamet sapientia seu Metaphysica, eiusque obiecto, utilitate, necessitate,
attributisque illius atque muneribus, Deo auspice, disserere aggrediar." D isp.
M ei., prooemium.
CARACTERÍSTICAS DE LA METAFÍSICA 45

las difusas charlas de profesores alemanes, quintaesencia, se­


gún la expresión del mismo Schopenhauer,. de toda necedad
y aburrimiento (34).
La gran obra, que, como incidentalmente, nació del dimi­
nuto germen de un opúsculo sobre cuestiones abstractísimas,
puramente metafísicas; y que luego adquirió cuerpo y se des­
arrolló en 54 disputas que llenaban dos grandes volúmenes
de 698 y 728 páginas, respectivamente, destinados a provo­
car una madurez filosófica fecundísima en ubérrimos frutos,
cosechados a través de estos tres siglos (35), era, al parecer
del gigante que la engendró, una obra todavía incompleta.
En sus últimos años sentíase Suárez agotado, y solicitaba de
los Generales Aquaviva y Vitelleschi la ayuda del P. Perlín,

(34) Respecto a los últimos aspectos, bástenos con referirnos al m ag­


nífico estudio, eil m ejor de los de conjunto, sobre la M etafísica de Suárez,
hecho por M . G rabm ann , capacitado como pocos o ninguno para apreciar todo
el valor de esta obra: D ie Disputation.es M eta p h ysica e des F ranz Suarez in
ihrer m ethod ischen E igen art und F ortw irk u n g, publicado en P . F ranz Sua­
rez, S. I., G ed enkblätter zu seinem d reihundertjährigen T odestag. Innsbruck,
1917, págs. 29-31, (Perm ítasenos aludir aqui al magnífico estudio realizado
sobre este tenrn p o r J. I r ia r t e , en el número extraordinario dedicado a
Suárez por la revista R azón y F e, 1948.)
(35) Un caso típico de la capacidad prodigiosa de Suárez para llevar
hasta el último cabo sus disquisiciones agotando las materias, es lo que le
ocurrió con su obra D e ReHgione. Precisamente cuando estaría rehaciendo
sus notas de m etafísica para publicarlas, recibió encargo del Padre General
para que, a la vez que el P. Mollina, se preocupase de defender en sus
escritos a la Compañía de Jesús. E sto era en carta de 31 de agosto de 1592.
Un año después, el 25 de octubre de 1593, volvía a insistir el P. Aquaviva
en el mismo encargo. (Cfr, S corraile, François Suárez, pág. 129 ss.) Suárez
contestó el 28 de diciembre del .mismo año : “L a de V . P. recibí con el orden
de escribir en la ocasión que se me ofreciere en declaración, apoyo y de­
fensa de nuestra religión, lo cual, ultra de ser muy conforme a mi obliga­
ción y afición'por ser orden de V . P ., la tomaré con todas las veras y caudal
que el Señor me diere, y a lo menos no perdonaré a diligencia ni trabajo:
pero todo ello es corto, y será poco para lo que la obra pide.” (Carta Inédita
que sei publicará en la colección de cartas de Suárez.) De las veras con que
tomó Suárez el encargo, y del caudal con que contaba para cumplirlo, es prue­
ba el resultado. Suárez se tomó su tiempo. Pero al cabo de él pasmó al mundo
con una obra enorme. El primer volumen se publicó en 1608, es decir, dieciséis
años después de recibido el primer encargo, y tenia 1070 grandes páginas a dos
columnas ; un año después salió el segundo, con 1224 páginas ; el tercero y cuar­
to salieron después de muerto Suárez, a saber, en 1624 y 1625, respectivamente ;
el tercero, con 97S páginas, y el cuarto, con 1257. Uji total de 4529 páginas es
para acreditar a un hombre : pero éste es uno de los varios casos en que
el poderoso talento de Suárez supo abarcar exhaustivamente los problemas,
dándoles una amplitud y profundidad que sólo talentos como el suyo son
•capaces de concebir.
46 CAP. I. ORIGEN HISTÓRICO

que por entonces trabajaba en el Perú. Meses antes de morir,


en enero de 1617, escribía al P. Vitelleschi rogándole de nue­
vo le concediera la ayuda de dicho Padre, ya que se sentía
demasiado avanzado en edad para terminar todos los traba­
jos que tenía iniciados, y para dejar una filosofía que corres­
pondiera a su teología (36). Así puede llegar a desarrollarse
una semilla insignificante arrojada en un surco fecundo al ca­
lor de un sol genial.

Antes de terminar, séanos lícito resumir como en conclu­


siones los puntos salientes de nuestro estudio y sus conse­
cuencias.
Por de pronto, hemos podido comprobar la existencia de
un opúsculo suareziano enteramente desconocido hasta aho­
ra (36 bis). Hemos averiguado su título, hemos reconstruido
su esquema, y hasta hemos logrado llenarlo con las dispu­
tas X X XI y XXXIV de las Metafísicas, a las que Suárez
mismo nos remitió desde la edición salmantina de su pri­
mer tomo de comentarios a la tercera parte de la Surmna de
Santo Tomás.
Este hecho, a nuestro parecer, es enteramente cierto. De
él se desprenden a las inmediatas dos consecuencias de rela­
tiva importancia, que justifican el que hayamos consagrado
todo este estudio a un punto por lo demás secundario. El he­
cho de que Suárez, desde el primer momento de su producción
científica, se viera forzado a tratar como cuestión básica las
nociones de esencia, existencia y subsistencia, las realidades
que a ellas en el orden físico corresponden y su mutua corre­
lación, nos incita a pensar que en su concepción metafísica
no las consideraba como doctrinas accesorias, discutibles con
indiferencia, y encuadrables dentro de cualquier opinión. Suá­
rez veía implicadas en esas cuestiones problemas metafísieos

(36) Cfr. S corraile , op. cit., t. II, 1. IV , ch. V , págis. 226-6, y 1. VT,
ch. I, pág. 413.
(36 bis) H em os visto, mucho después de terminado este estudio, alguna
alu sió n al o p ú sc u lo en M onnot , Suárez, a r tic u lo en el DTC.
PERSONALIDAD DE SUÁREZ 47

centrales; tal era, por ejemplo, delimitar exactamente y en


sus últimos elementos el ser de la criatura, señalando concre­
to y definido el punto mismo divisorio del ser increado y del
ser creado; punto éste de tanta mayor transcendencia, cuanto
que la primera principal dimembración y fundamental del ser
común es, en la metafísica de Suárez, el de ser increado y
ser creado.
Además: dentro de la constitución metafísica perfecta del
ser, adquiere en Suárez relieve singular. su teoría sobre la
subsistencia; no podrá estudiarse a fondo la doctrina de Suá­
rez sobre la esencia y existencia, ni será posible establecer
un parangón de ella con la explicación de la escuela tomista,
si antes no se ha descubierto toda la amplitud y profundidad
de la trama metafísica que la subsistencia suareziana impli­
ca ; trabajo éste que, a nuestro humilde parecer, no se ha rea­
lizado todavía hoy, después de siglos de enconadas discusio­
nes. Y si observamos que la subsistencia, en su perfección
de personalidad, es el punto de arranque y convergencia del
mundo moral, y que por ella se consuma en el hombre su ma­
yor dignidad y valor, a saber, su semejanza con Dios hasta el
grado de ser su verdadera, aunque imperfecta, imagen, se­
mejanza ésta que implica relaciones peculiarísimas con Dios
y con los hombres, de las que emana dentro del mundo moral
el mundo social, entonces habrá que confesar que tuvo razón
Suárez al detenerse, desde el primer momento, a explicar y
razonar su mente en lo que iba a ser cielo de su mundo me-
tafísico.
Otro fruto inmediato del hecho comprobado ha sido el de
fijar con exactitud los primeros pasos dados por Suárez para
alcanzar la cumbre de su producción filosófica. Aun cuando en
principio fuese él partidario de comenzar asentando una base
filosófica, y principalmente metafísica, antes de lanzarse a la
producción teológica, el hecho fué que, compelido por circuns­
tancias extrínsecas, hubo de comenzar por esta última, pro­
poniéndose entreverar con las disputas teológicas las cues­
tiones filosóficas necesarias según los casos, esperando salir
así airoso en los problemas que se le presentaran. La expe­
riencia le disuadió de su empeño. A las pocas disputas, vió la
imposibilidad de continuar con tal método, y hubo de redac­
tar un opúsculo filosófico; y a los poquísimos años, lo que
48 CAP. I. ORIGEN HISTÓRICO

inicialmente fué intercalar un opusculito en la redacción de


una serie de disputas, vino a parar en. toda una obra volumi­
nosísima, dentro de una serie de volúmenes teológicos, cuya
cuantía iba aumentando con pasmo de cuantos examinaban su
contenido. Hemos podido también comprobar con certeza las
fases de este proceso.
Y éste es el punto en que pisamos terreno aptísimo para
sondear en las profundidades de la personalidad del Doctor
Eximio; hasta ahora habíamos recorrido sólo la superficie
de sus obras.
Tal como hemos visto obrar a Suárez en los albores mis­
mos del alumbramiento de su gran obra filosófica y teológica,
tenemos que decir que su mente, desde un principio, había
tenido claramente dibujado, en su conjunto, un caudal de
ideas filosóficas básicas coordinadas en sistema compacto de
perfecta unidad; y que no pudo menos de ajustarse fielmente
a esos principios fundamentales en toda su producción cien­
tífica, apelando a ellos como a decisivos, razonándolos a con­
ciencia cuando 'lo demandaba la ocasión, y siempre presentán­
dolos perfectamente armonizados entre sí, y entrelazados en
apretada malla que aprisionaba toda su construcción cien­
tífica.
De no ser así, y suponiendo a un Suárez que, sin principios
fijos coherentes y universales, se lanzara al azar a la Summa
de Santo Tomás, para,’ a propósito de cualquier frase suya,
mal comprendida y desencajada de su unidad orgánica, ir de­
rramando y sembrando a voleo ideas inconexas, y deduciendo
sin saber cómo ni para qué conclusiones más o menos funda­
das, entonces, no se explica, por una parte, su conducta ini­
cial ; a saber, no se explica que, a cada momento, tuviera que
estar interrumpiendo el discurso teológico para dar cabida,
como a justificantes, a explicaciones filosóficas; no se expli­
ca que, consagrará, desde un principio, un opúsculo a una
cuestión-puramente metafísica, y se atuviera luego inflexible­
mente a las doctrinas en él expuestas; ni que optara, en fin,
por dejarlo todo y dedicarse totalmente a la filosofía, y que,
en tiempo relativamente brevísimo, produjera esa obra ingen­
te, ante la que han quedado asombrados tantos sabios, y de
la que un crítico de la talla y ponderación de Grabmann ha
PERSONALIDAD DE SUÁREZ 49

afirmado que es una exposición sistemática de la Metafísica,


la más completa que existe (37).
No se explica, por otra parte, y esto es mucho más gra­
ve,, toda la obra teológica de Suárez. No es posible separar
en él al filósofo y al teólogo, ni permitirse toda clase de
alabanzas en favor del teólogo para así podérselas escati­
mar, y aun negar, con tanto mayores visos de imparciali­
dad al filósofo. En Suárez no hubo más que un hombre, y
todo el hombre produjo su gran obra: si fué un gran teó­
logo, necesariamente fué un gran filósofo, y particularmen­
te metafísico; y si no fué filósofo, si no pudo su talento
concebir una unidad metafísica del mundo natural y del so­
brenatural, tampoco fué un gran teólogo, dada la concepción
que de las relaciones mutuas entre filosofía y teología le hemos
visto exponer. Suárez, como todo hombre, tuvo sus deficien­
cias, y tendría sus vacilaciones en detalles de aplicación, como
las tuvieron Santo Tomás y San Agustín, y nadie podrá me­
nos de llamar a boca llena gigantescas las figuras de estos
dos colosos de la ciencia cristiana. Pero, a pesar de ello, la
mole de la construcción sistemática suareziana está firme y en
pie por su propio peso y por lo compacto y completo de su
trabazón ideológica.
Con este aspecto de la personalidad de Suárez va íntima­
mente compenetrado otro, el de su eclecticismo. Nadie niega
amplitud vastísima a la especulación suareziana, sea teológi­
ca, sea filosófica; y todos se sienten agobiados ante las propor­
ciones que en Suárez toman las cuestiones, y, tal vez, no todos
se sienten con ánimos para arremeter a fondo con su lectura
profunda, y pretenden justificarse de su propia insuficiencia
achacando difusión a Suárez. Dada la formación crítica y po­
sitiva recibida por Suárez en Salamanca, y su lealtad cientí­
fica y humana para con los hombres que antes que él estu­
diaron los puntos que él se proponía; dado el respeto que a
las opiniones de ellos le infundía su educación noble y cris­
tianamente humana, este hombre del barroco tuvo que estu­
diar, proponer y considerar con detención la historia de los
problemas, examinándola y proponiéndola con minuciosidad
(37) “Die Disputátiones Metaphysicae des Suárez sind wohl die aus-
führlichste system atische D arstellung der Metaphysilc, die es überhaupt
g ib t.” L o e . d i ., pág. i2.
50 CAP. I. ORIGEN HISTÓRICO

en el detalle y con grandiosidad en el conjunto. Suárez, con


todo, no es ecléctico, si por tal se entiende al hombre que en
cada momento científico adopta una postura la más cómoda
para salir del paso y escabullirse de las angustias intelectua­
les sin tener en cuenta principios inmutables o posiciones ya
adoptadas. Electicismo, en Suárez— y de nuevo nos inspira­
mos en Grabmann— , vale tanto como personalidad, indepen­
dencia y originalidad; es progreso de construcción y formación
con materiales procedentes tal vez de canteras varias; es inno­
vación y a la vez conservación tradicional, un vetera novis
augere, sometiéndose, sí, de corazón y de mente al magisterio
de Santo Tomás, pero con la misma noble independencia y
dignidad con que el Aquinate se sometió a sus maestros, a San
Agustín, en teología, a Aristóteles, en filosofía (38).
Con esto damos, si no por logrado, al menos por termina­
do nuestro empeño: el de iluminar un poco más el fondo de
una gran personalidad científica, que debió su crecimiento a
la tierra maternal fecundísima de la nobilísima Universidad
de Salamanca.

(38) “A us dieser kurzen Gegenüberstellung-... lässt sich ersehen..., dass


dieser Eklektizism us vielmehr ein W eiterbauen und W eiterausbilden, ein
V etera novis augere anstrebt. M an wird sagen dürfen, dass das Verhalten
des Suarez zu der vorangehenden Spekulation methodisch der Stellungnahme
des H l. Thom as zu seinen V orlagen gleicht, nur dass die aristotelisch-
augustinische Synthese des Doctor Angalicus noch geschlossener und ein­
heitlicher erscheint und die Verschiedenheit der Baumaterialien dank eines
unvergleichlichen architektonischen Talentes weniger hervortreten lässt.
D em Eklektizism us des Suarez ist eine weiterstrebende Selbständigkeit,
aber zugleich ein konservativer Zug eigen.” h oc. d t., pägs, 64-65.
CAPÍTULO SEGUNDO

FUENTES DE LA METAFISICA DE SI7ÁREZ

1. AUTORES CITADOS EN LA M E TA F ÍSIC A .

2. LOS AUTORES GRIEGOS. A R ISTÓ TE LE S Y SUS COM ENTA­


R IS T A S .— PLATÓN.

3. SANTO TO M A S: LAS DOS SUMAS. LOS OPÚSCULOS.

4. LOS COM EN TARISTAS DE SANTO TO M Á S: C AYETAN O, EL


FE R R A R IE N SE .

5. LOS N O M IN A L IS T A S : OCKAM Y BIEL.

(i. LOS CONTEMPORÁNEOS.

7. CONCLUSIÓN.
Esta pequeña historia del folleto que no llegó a nacer ha
valido para revelar el fondo psicológico de que se originó his­
tóricamente el parto genial de las 54 Disputas Metafísicas de
Suárez. Lo que iba a ser apéndice se transformó en un opúscu­
lo, y él opúsculo, durante su gestación, evolucionó hasta for­
mar los dos gruesos tomos salidos en 1597 de la imprenta de
los hermanos Juan y Andrés Renaut en Salamanca. Por el
proemio de la Metafísica más arriba extractado y copiado (1),
sabemos que la Metafísica de Suárez no fué obra improvisada
repentinamente, y redactada en el corto tiempo que pudiera
quedarle desde la redacción del primer tomo del comentario
de la Summa mientras publicaba los otros tres tomos siguien­
tes. Se trataba de una asignatura trabajada por Suárez hacía
años y explicada en su juventud. Los años siguientes había
reconocido y completado sus notas para tenerlas dispuestas
en forma que sirvieran para utilidad general. Si la obra cre­
ció grandemente, se advierte en el prólogo que su división en
dos tomos no publicados simultáneamente en nada dañaba a
su unidad interna: se trataba en verdad de una sola y misma
obra. La obra se imprimió en marzo de 1597, pero estaba ter­
minada, al menos, en 1595, puesto que la aprobación del Pro­
vincial es de febrero de 1596, y la censura de Alcalá data del
19 de diciembre de 1595.
Esta fuente histórico-psicológica de la Metafísica suarezia-
na determina no pocas de sus características internas. Es
natural que acuse siempre en sus rasgos fundamentales su
procedencia y su teleología teológicas, y que, por lo mismo, en
las cuestiones elegidas para exponerlas más o menos amplia­
mente, influya su mayor o menor distancia de los problemas
teológicos; los cuales, a su vez, crearán en Suárez una espon-

(1) V éase el texto completo en la nota 33 del capítulo primero.


54 CAP. II. FUENTES

tánea tendencia hacia aquellas opiniones que parecieren más


en armonía con la verdad revelada y con el pius credulitatis
affectm que debe integrar y matizar la actitud científica de
un teólogo. Por elló, aún llegará a animarse Suárez, de vez en
cuando, a proponer ciertas cuestiones teológicas, aunque, cla­
ro está, no con aquella prolija y minuciosa morosidad que ca­
racteriza sus comentarios de la Summa; pero sí la suficiente
para que, indicándoselas al estudioso, las tenga éste presentes
como objetivo al que mirar para confirmarlo y esclarecerlo
con las reducidas posibilidades— aunque importantes—con
que cuenta la Metafísica (2).
Alumbrada esta fuente histórico-psicológica de la Meta­
física de Suárez, quedan todavía otras fuentes que explorar
como base de un estudio exhaustivo y perf ecto de dicha obra.
Desde luego, la primera fuente para estudiar a fondo la
concepción de Suárez en la Metafísica es el texto mismo de
las Disputas Metafísicas críticamente establecido. Aun pare­
ciendo una vulgaridad esto que ahora decimos, no deja de
tener importancia el destacarlo en primer término: la misma
amplitud de las Disputas retrae a algunos de ellas, incitán­
dolos a buscar atajos u otras soluciones más expeditivas para
ahorrarse la lectura de tantas columnas, contentándose con
apreciar las opiniones de Suárez según están expuestas en
manuales o tratados semejantes, que a su vez están inspira­
dos en fuentes secundarias o en resúmenes como el tan cono­
cido de Iturria (3): así soslayan la lectura directa y reposada

(2 ). “Ita vero in hoc opere Philosophum ago, ut semper tarnen prae


oculis habeam, nostram philosophiam debere Chrietianam esse, a.c divinae
Theologiae min ist.ram, Quem mihi scopum praeilxi, non solum in qua.estion.i-
bus pertractandis, sed m ulto magis in sentenths, seu opinionibus sdigendis,
in eas propendere, quae pietati ac doctrinae revelata© subservire m agis vi-
derentur. Eam que ob causam, philosophico cunsu nomnumquam intermisso,
ad quaedam Theologica diverto, non tam ut illis examinandis. aut accurate
explicandis im m o r « (quod asset abs re, de qua nunc, ago) quam ut voluti
digito indicem lectori, quaimrn ratiome principia M etaphysieae eint ad Theo-
logicas veritates oonfirmandas referenda, et accommodanda. Fa,teer me in
divinis penfeotionibus, quae attributa vocant, contemplandis immoratum
fuisse dilli i us, quam alicui fortasso praesens insititutum ' exigere videretur:
at compulit me reirum in primis dignitas, et altitudo, deinde quod mihi num-
quam visus sum himinis naturali», atque adeo nec Metaphysicae, Limites
transilire.” Disp. Met. Ratio et discursus totius operis. Aid lectorem.
(S) Com pendium M etaph ysicae E xim ii D octoris P. Framcisci Suarez, S. J.,
a P, G regorio I t i ir r ia , eiusdem Societatis confectum, Madrid, 1900.
INTRODUCCIÓN 55

del texto suareziano. Será posible realizar dicho estudio textual'


con mayores garantías de seguridad y autenticidad cuando po­
seamos una edición crítica de é l: labor ésta dificultosa, costo­
sa y llena de obstáculos, pero que está ya en vías de realiza­
ción (4).
Las exigencias que la metodología científica de nuestros
días impone no son cumplidas con sola la lectura, aunque aten­
ta y meditada, del texto suareziano: un estudio tal resultaría
demasiado raquítico y escueto para medir la luminosa pro­
yección de la obra hecha por Suárez. El alcance de su pensa­
miento ha podido conocerse sólo más tarde, con mucha his­
toria, cuando a lo largo de ella sus doctrinas han sido conve­
nientemente desarrolladas, explicadas, y han suscitado en su
torno corrientes y reacciones, favorables o desfavorables, que
explicitaran signos de tendencias, desarrollaran gérmenes,
completaran insinuaciones. Es claro que circunstancias his­
tóricas muy posteriores a la vida de un pensador pueden dar
al pensamiento de éste una valoración oculta e insospechada.
Todo esto requiere historia más o menos prolongada.
Este estudio de la vida postsuareziana del pensamiento de
Suárez, de dimensiones ciertamente europeas, y aun podría
decirse que mundiales, al menos bajo algunos aspectos, toda­
vía está apenas esbozado. Se han hecho algunas investigacio­
nes en el terreno de lo impreso. Pero para lograr resultados
definitivos sería menester utilizar también el tesoro esplén­
dido formado por los abundantes manuscritos que permane­
cen escondidos y desconocidos en varios archivos de España
y de fuera de España, allí donde la Compañía de Jesús hubie­
ra tenido sus Universidades, o sus cátedras de filosofía y teo-

(4) Bs conocido el propósito de hacer una edición crítica de toda la


obra de Suárez. E n este Colegio M áxim o de Oña se ha constituido una co­
misión, al frente de la cual se halla el conocido investigador R. P . Eleuterio
Elorduy. Para el presente trabajo utilizo el magnífico y riquísimo fichero
que la comisión ha creado para la confrontación y verificación de citas, tra­
bajo éste arduo y difícil, que está siendo realizado sistem áticam ente. El
fichero que empleo está todavía sujeto a revisión y a confrontación; por d io
mi trabajo no pueáe tener valor absoluto y definitivo, sino tan sólo provi­
sional. Sus datos habrán de ser reajustados cuando estén ultimados los pre­
parativos de la1edición critica de los volúmenes de la M etafísica. Conste aqui
expresamente, como testimonio de reconocimiento justo, lo mucho que debe
este modesto trabajo a dicha comisión, particularmente al R. P. Plácido
M újica, S. 'J .; Manuel Lauberio, S, J., y Juan Bonachía, S. J.
56 CAP. II. FUENTES

logia. Esos manuscritos constituyen el cuerpo de enseñanzas


filosóficas transmitidas por los discípulos de Suárez, y repre­
sentan, por lo tanto, la tradición oral suareziana conservada
como en depósito entre los sucesores de los que le escucharon.
Este terreno está del todo inexplorado. En su tanto, sería equi­
valente esta investigación al trabajo que Grabmann y otros
medievalistas están realizando estos últimos lustros con la
publicación de manuscritos, incluso secundarios, de la escue­
la tomista primitiva, a través de los cuales es dado conocer
la tradición oral auténtica formada en torno a la cátedra de
Santo Tomás, y la evolución de la llamada escuela tomista
hasta cuajar en las grandes obras del Ferrariense y de Ca­
yetano.
El estudio metódico de tales manuscritos postsuarezianos,
junto con el del movimiento filosófico consignado en los im­
presos, ha de fijar con exacta plenitud y garantía todo el al­
cance intrínseco de la doctrina suareziana.
Y todavía quedarán otras fuentes por estudiar: a saber,
aquellas en que se inspiró Suárez para formarse su propia
ideología.
Este ulterior estudio abarcaría, en primer lugar, las fuen­
tes citadas en la Metafísica misma. Luego, aquellas otras que
sólo implícitamente aparecen en el texto. En tercer lugar ven­
drá la exploración de todo aquel complejo de elementos pon-,
derables e imponderables que contribuyen a la formación de
una personalidad filosófica tan destacada cual fué, sin duda,
la de Suárez.
Esta última exploración equivale a escribir una biografía
interna y genética de Suárez, enmarcada en un estudio de toda
su época: una de esas profundas biografías psicológicas que.
va realizando magistralmente la historiografía moderna.
Scorraile ha adelantado mucho en este terreno, pero su obra
no es definitiva ni completa (5). Una vez que se conozca pun­
tualmente la complicada maraña de la época histórica vivida
por Suárez, una época de intensísimo juego político-religioso,

(5) Para .estimar el valor de la obra de Scorraile, véase J. I riarte , E s ­


tudios sob re la filo so fía española. Sw con cep to y su valor . Tom o I I : M enéndeg
y P ela yo y la filosofea española . Madrid, 1947. Capítulo X : “E l tricentenario
de Suárez”., Especialmente páginas' 366-371.
INTRODUCCIÓN 57

que planteó problemas jurídicos del todo rfuevos y trazó orien­


taciones sociales y estatales que dirigieron hacia nuevos polos
las naciones; una época dominada por la exuberancia de un
magnífico siglo xvi español, que culminaba en gloria, riqueza,
progreso, cultura, tanto literaria, humanística y filosófica,
como científica, jurídica y teológica, difundida hasta estratos
muy hondos del alma popular; arte, cuya máxima expresión
iba ya siendo el barroco; poder, prosperidad de todos los ór­
denes, pero que a la vez incubaba ya los primeros gérmenes
económicos y demográficos que iban a llevar al eclipse aquella
espléndida luminosidad dorada; y todo esto considerado como
clima espiritual en que se desarrolla el carácter psicológico,
ascético y científico que forma la personalidad concreta que
fué Francisco Suárez; entonces será el momento de conocer
el complejo de influjos más o menos lejanos en que se vió me­
cida la ideología de Suárez en sus primeros orígenes. Toda
esa atmósfera envuelve y alimenta a Suárez, y dentro de ella
hay que situarlo para apreciar desde la lejanía histórica en
su auténtica perspectiva la magnitud de la obra de Suárez.
Suárez, para unos,, es la ascensión a la cumbre de la madurez
filosófica; para otros, es el comienzo de la bajada. En todo
caso, se reconocen sus pasos en las alturas supremas, y según
que sea uno partidario o enemigo suyo determinó en qué ver­
tiente están los caminos por él hallados.
La segunda fuente sólo podrá ser sacada a flor de tierra
por un experto en estilos filosóficos, por quj^n domine plena­
mente los autores, las corrientes, doctrinas y tradiciones de
toda la filosofía anterior a Suárez. Trabajo éste difícil por lo
sutil del hilo con que se realizan las suturas de lo implícito
en un texto clásico, y que, por consiguiente, reclamará todo
el esfuerzo de un cuerpo de editores que estudien críticamente
el subsuelo del texto suareziano.
La primera fuente es la que va a quedar sujeta a una ex­
ploración sumaria en las páginas que siguen. Nuestro estudio
es, por fuerza, de carácter provisional, con el único objeto de
poner al descubierto una posibilidad de investigación de in­
terés y quizá no sin importancia, para mejor conocer todo el
alcance y valor del esfuerzo de Suárez. No es posible que con­
signemos aquí todos las fuentes citadas por él; habremos de
valernos de amplios paradigmas, que en su mutismo dirán,
58 CAP. II. FUENTES

con todo, mucho a ’quien comprenda el valor de las series de


citas anotadas.
Pasma, en verdad, el amplísimo conocimiento de la Esco­
lástica que supone en Suárez la redacción de estas Disputas,
Por algo la tradición posterior le designó con el nombre de
Papa de los Metafisicos y estimó esta obra como una antolo­
gía sistemática de toda la filosofía tradicional. No es el solo
número de las citas. No se trata de un conglomerado indi­
gesto de erudición barata y fácil. Lo que impresiona es el do­
minio de los grandes autores, la facilidad con que se acumu­
lan sus referencias, la seguridad con que se fijan sus posicio­
nes, la seria profundidad con que se discuten sus opiniones y
la madurez con que se toma una actitud ante ellas, para, en
definitiva, sostener una solución conforme con una u otra ten­
dencia, o quizás superior a todas ellas, rarísima vez opuesta
a todas.

' ■ I

Comencemos con una simple enumeración de los autores


— nominal o comúnmente designados— cuyas referencias figu­
ran a lo largo de las secciones de la Metafísica. Para apreciar
en su punto su significado, y no exagerar su valor, conviene
tener en cuenta la manera de citar que los clásicos tenían,
que no responderá la acribia y depuración que requiere la me­
todología moderna. Ellos se contentaban con referencias más
imprecisas, menos confrontadas con ediciones o textos, fián­
dose, por consiguiente, de residuos memorísticos, de referen­
cias encontradas en otros autores, etc. Con frecuencia, no es
el texto literal lo aducido, sino un resumen de su sentido en
líneas esenciales.
Pero ello no quita el correspondiente valor a esta larga
enumeración de 247 nombres registrados orgánicamente por
Suárez en sus Disputas. No están los nombres amontonados,
sino que son catalogados oportuna, discreta y sobriamente,
clasificados en una u otra tendencia respecto de cada uno de
los problemas; con frecuencia son discutidos algunos de ellos,
aduciendo sus palabras textuales, o al menos sintetizando el
proceso de sus ideas.
AUTORES CITADOS 59

Anotamos por orden alfabético los nombres, registrando,


a continuación, en la primera columna, el número de citas del
autor correspondiente contadas en el tomo X X V de la edición
Vivés (disputas I-XXVII) ; en la segunda columna las del
tomo XXVI (disputas X X V I-L IV ), y en la tercera el total de
citas de cada autor.

Nú ME R O D E C I T A S
>
A UT OR
Tomo XXV Tomo XXVI Total

1. Abaelardus ................. 2 2
2. Abulensis ........ .......... 5 • 1 6
3. A cadem iei................... 1 1
4. A ch illiim s.................. 1 1
1 2 O
5. Adamus ...................... ë*
■6. Adrianus ..................... 3 3
7. Aegidius ..................... . 52 26 78
8. Aesculapius .......... '.. 1 1
9. Agatho P a p a .......... . 1 1
10. Albertus M .................. 46 50 96
11. Alcinous ..................... 1 3 4
12. A le n sis ........................ 35 36 71
13. Alexander Aphr......... 34 18 52
14. Algazel ....................... 1 3 ' 4
15. Aliacensis .’................. 3 2 5
16. Almainus .................. 4 6 10
17. A lm e ricu s................... 1 ■ 1
18. Alpharabius ............... 1 1
19. Altisidorus ................. 4 4
20. A m brosiu s.................. 11 6 17
21. Ammonius (Herrn.) . . 3. 6 9
22. Anaxagoras .............. 7 7
23. A naxim ander'............ 1 1
24. Anaximenes .............. 1 1
25. A n g e lu s....................... 1 1
26. A nselm us................ . . 12 24 36
27. Antonius And............ 22 18 40
28. Appolinaris ............... 1 1
29. Apuleius ..................... 1 1
30. A rb o re u s..................... l 1
211. Archytas Tarentinus . 1 1
60 CAP. II. FUENTES.

N Ú M E R O DE CI TAS
AUTOR
Tom o X X V Tom o X X V I Total

32. A r g e n t i n a ...................... 8 5 13 ,
33. A r g y r o p o lita n u s . . . . . O 3
34. A risto te le s ............ 1111 624 1735
35. A r n o b i u s ........................ 1 1
36. A s tu d illo . . . ............ * ' 0 1 6
37. A th a n a siu s ................. i 7 7 14
38. A u g u s t in u s ................... 176 158 334
39. A u re o lu s ........................ 17 29 46
40. A v e m p a c e ..................... 2 2 '
41. A v e r r o e s ........................ 98 81 , 179
42. A v ie e b ro n ...................... ± 4
43. A v i c e n n a ....................... 54 30 84
44. Bänez; ............................... ■ 4 4
45. B a r d e s a n u s ................... 1 1
,4 6 . B a s i l i u s .......................... 16 . ■ 16
47. B a s s o l i s .......................... 5 2 7'
48. B ed a ........................ 4 . ■ , i 5
49. B ellarm in u s ................. i r
50. B e r g o m e n s is ................. i i
51. B e m a r d u s ..................... 4 9 13
52. B essa rion ..................... O 1 /)_
53. B oetiu s . . . . . . . . . ;.. 17 16 33
54. B o n a v e n t u r a ................. 15 23 38
55. B u r id a n u s ...................... 3 2 5
56. B u rlaeu s ........................ 2 2
57. C aietanus ..................... 139 160 299 •
58. C a lepin u s ..................... 1 1 2
59. C a n o ................................. 1 1
60. C a p reolu s ...................... 98 17 115
61. C ardanus -...................... 1 1
62. Carthusianus .............. 2 •2
63. C a stro ............................. 1 1
64. C lir y s o s t o m u s .............. 7 4 ‘ 11
65. C icero ............................. 12 8 20
66. C lavius .......................... 1 1
67. Clem ens (R e e o g n .) .. 2 2
68., » A le xa n d rin u s 4 5 9
69. » R om a n u s . . . 1 ' 1
70. » V ..................... 1 ■ i 2
AUTORES CITADOS 61

N Ú M E R O DE CI TAS
AUTOR , ’ 1
Tom o X X V ¡ Tom o X X V I Total

71. C on cil. A n cy ra n u m . . i 1
72. » B rach aren se . i i 2
73. » C onstantin. I V i * i
74. » F lo re n tin ern . 2 2
o
75. » Lateranen.se . i 2 ■ f.)
76. » N icaen u m .. . . 1 1
77. » R h em en se . .. ■ 1 ■ 1
78. » T oleta n n m . . i 2 3
79. » T rid en tin u m . 7 7
80. » V ie n n en se . . . 1
'
81. » W o rm a tie n se . i 1
82. C on im bricen ses .......... 10 3 13
8 3 * C on radu s ...................... 4 4
Q
84. C ord u b a ........................ .3 O
A_ 4
85. C y p r ia n u s .....................
8 6 .' C y r i l l u s .......................... 5 12 17
87. D ám ascenus ................. 33 38 71 .
8 8 . D e m o c r it u s ............ .. 3 1 4
89. D e z a ................................. 3 2 5
90. D i o d o r u s ........................ 1 . i
91. D iogen es L aertiu s ... . 3 i 4
92.. » A p o lld n ia d es 1 i
93. D io n ysiu s ..................... 24 32 , 56
94. (D o cto re s ) ...................... 1 1
95. D r i e d o ............................. 1 1
96. D u ran du s . . ................. 82 71 153
97. E m p e d o c le s ................... 4 1 5
98. E p i c u r u s .............. ■. . . . 2 2
99. E p ip lia n iu s ................. ¿i 4 - 8
100. E u elid es ........................ 1 1 •
101. E n g u b in u s ................... 5 - 8 13 -
102. E u sebiu s ........................ 8 8 16
103. E u s t r a t iu s ..................... 1 1
104. E u rip id e s ..................... . 1 1
105. E v o d in s .......................... 1 1
106. F e rra rien sis ................. 04 60 j 124
107. F la n d ria ........................ I 8 ■ 3 11
108. F o n s e c a .......................... •77 37 114
109. F ra n c. Georg-................ 1 1
62 CAP. II. FUENTES

N Ú M E R O DE C I T A S
A U T O R
Tomo XXV Tomo XXVI Total
,
.
110. F ulgentius.................. i. 2 3
111. Gabriel B i e l .............. 41 45 • 86
112. G alen u s....................... 10 2 12
113. Ganaeo B. de .......... 1 1
114. Gandavensis Henr. .. 53 42 95
115. Garvo Th. d e ............ 1 1
116. G audens...................... 1 . 1
117. Genebrardus.............. . 1 1
118. Gerardus ............ 1 1
119. G ilbertus............ ........ 12 12
120. Glossa ......................... 2 .2
121. G od ofred u s................ 2 2'
122. G o fre d u s..................... . 3 3 *'
123. Gregorius a Rimini . . 48 42 90
124. . » Magnus . . . 5 12 17
125. ■ » Naziancenus 8 12 20
126. » Nyssenus .. 9 4 13
127. Helias Cretensis . . . . 1 1
128. H eraclitu s................... 3 3
129. Hervaeus ................... 41 36 77
130. H esiod u s..................... 1 1
131. Hieronymus ............... 7 14' 21
132. H ila riu s....................... 1 7 8
133. Hippasus ................... 1 1
134. H ip p o cra te s.......... .... 5 5
135. H isp alen sis................ @ 10 10
136. H o l c o t ......................... 1 1
137. H om eru s..................... 2 2
138. Hugo Y ict.................... 2 1 3
139. Jamblicus .................. 1 1
140. Jandunus ........ .......... 14 9 23
141. -Jansenius ................... 2 2
142. Javellus ...................... 56 41 97
143. Ignatius A nt............... ' 1 1
144. Incognitas ................. 1 1
145. Ioannes A le n s is ........ 1 . 1
146, » Yincentius .. 3 3
■147. Irenaeus .............. .. 3 3 6
148. Isid oru s.......... '........... 1 6 7
AUTORES CITADOS 63

NÚMERO DE CITAS
AUTOR f .i i --------
Tomo X X V 1 Tomo X X V I I Total
___________________ i ___________________ ___________ -

149. Iustinus Mart............ 5 10 15


150. Laetantius ................. 5 5 10
151. Ledesma ..................... 3 3
152. Leo P a p a ................... . 3 9 12
153. L e u cip p u s.................. 1 1
154. Lichetus ..................... 2 8 ■ 10
155. L ip p om an u s............... 2 2
156. Lovanienses ............... 2 2
157. L yeoniensis................. 1 1
158. Magister S e n t ........... 7 4 11
159. M acrobiu s................... 1 1
160. M a io r ........................... 9 11 20
161. M a iro n ........................ 5 8 13
162. Marsilius Ficinus . . . 1 4 5
163. Marsilius de Inghen . 19 18 37
164. Medina ........ ............. 4 4
165. Menander ................... 1 1
166. M eth od iu s.................. 1 1
167. M etrodoru s................. 1 1
168. M ilesius....................... 1 1
169. M irandula................... 2 2 4
170. Monlerius ................... 2 2
171. Neapoli (Iohannes de) 1 1
172. N em esius................ 2 1 3
173. N icep h oros................. 1 1
174. N ip h u s........................ 9 15 24
175. N om inales................... 9 12 21
176. O ck a m ......................... 30 37 67
177. Origenes ..................... 2 4 6
178. O rph eu s...................... 1 1 2
179. Palacios .................... 1 3 4
180. Paludanus................... 6 4 10
181. Pereira ........ ;............. 1 1
182. P e re rio ........................ 2 2
183. Pherecides ........ . 1 1
184. Philastrius ................. 1 1
185. Philo ........................... 2 2
186. P h ilo p o n u s................. 11 4 15
187. Plato ..................... ' 60 32 92
64 CAP. II. PUENTES

N ú M ERO DE CITAS
AUTOR
Tom o X X V Tom o X X V I T otal

188. P lin iu s S e c ..................... 6 . i 7


189. P l o t i n u s ..................... .... 6 i ' 7
190. P lu ta reh u s ................... 9 9
191. P o r p h y r i u s ................... 10 . 9 19
192. P r is e i llia n u s ................. 1 . 1
193. P ro clu s .......................... 2 2
194. P ro sp e ru s .............. . 2 1 3
195. P toiom a eu s ................... 1 1
196. P v th a g o re i ................... 1 1 ■ 2
197. R a b b i M oyses ............ 2 2
198. R h o d ig in u s Coelius . . 1 1
199. R ieh a rdu s a M ed. V illa 15 19 ‘ 34
200. R ieh a rd u s V ie t............. 1 1
201. R o ffe n s is ..................... 1 1
202. R u b io (G u lielm u s) . . 1 1
203. S a xo n ............ .. 1 1
204. S c a l i g e r .......................... . 1 1
205. S ch ola stici ................... d 1 5
906. S c o t i s t a e ................... 8 .
207. Seotus ............................. 193 170. 363
208.. Sebast. O x o n .................. 1 1
209. Seneca . . ........................ 13 d. 17
210. S i m o n i d e s ..................... 1 ; 1'
211. S i m p l i c i u s ..................... 16 . . 25 ' 41
212. S o cra tes .......................... 4 ■ 2 6
2 1 3 . S on cin a s . . .................... 96 96 192
214. S o p h o cle s .................... 1 1
215. S o p h r o n i u s ................... 5 5
216. S o to .......... 38 * . . . 37 . 75 :
217. S t o i e i ............................... 1 1 2
218. S tra b o ............................. 1 1
219. Su arez ................ ........... 589 382 971
220. S u i d a s ............................. 1 1
221. S ylvester .................. .. . . 2 • •2 “
222. T ertu llia nu s ............ 6 5 ii
223. Them istius ................... 12 9 ' 21
224. T h eod oretu s ................. 3 . 5 8
29 5. T h e o lo g i ........... ............ 12 7 19
226.' T h eoph rastu s .............. 1 i ' ,. 2
AUTORES CITADOS 65

NÚME R O DE C I T A S
AUTOR
Tomo XXV Tomo XXVI Total

‘227. Theophylaetus .......... 1 1 3


228. ■St. T h om a s................. 548 460 1008-
229. (Thomistae) ............... 22 25 47
230. T oletu s........................ 10 6 16
231. Trism egistus.............. 6 3 9
232. T rom beta.................... 4 1 5
233. Turrecrem ata............ 2 2
234. T u rria n u s................... 1 1
235. Vallesius .................... 1 1
236. Varro .......................- 1 1
237. V e g a .......................... . 1 1
238. V en etu s....................... 10 3 13
239. V ieom ercatu s............ 1 1
240. V ic t o r ia .................. ... 1 2 3

241. Vigilius Papa .......... 1 1
242. V i v e s ........................... 3 3 6
243. W ald en ses.......... . 1 2 3
244. W a lr ic u s ..................... 1 1
245. W icleffus ................... 1 2 3
246. Xenophanes .............. 2 2
247. Zimara ....................... 23 23

Esta larga serie de 247 autores (6) envuelve el enorme


número de 7.718 citas; mejor que citas, diríamos series de ci-

(6 ) E s te número e stá en función de la crítica que los editores hagan


deü texto suareziano. Es> conocido que no siempre distinguió e identificó Suá-
rez los autores, últim am ente se ha denunciado la confusión hecha por el
Exim io de A lejandro A lep se con Alejandro Boninii Con todo, no creemos que
esta confusión, denunciada por C. Fabro, tenga el alcance que le da este
autor, ni que se deriven de este hecho consecuencias tan graves y radicales
sobre el valor de la obra de Suárez. Cfr. C. F abro , C. F . S ., Una fo n te a n a ­
tomista, d ella m eta física Suareziama,. E l autor d a el siguiente sumario de
su artículo: “Alexander quem Suar-ez antesignanum vocat in. propria refu-
tatione doctrimae thomisticae, non e st Aleñáis, ut Doctor EXimius putave-
rat, sed M agister Alexander Bonini (ab Alexandria Pedem ontana), qui totius
Ordinis Minorum Gemeralis exstitit et ineunte saac. x iv obiit.” En D ivas
Thom as (P iac.), X X I V (1IÍM7), 57-68. V a se d eja entender que no es el
objeto de nuestro trabajo descender a estos detalles. Por lo demás, no es
ninguna novedad la que trae Fabro. Otros habían y a dado cuenta de la
confusión. A sí, por ejemplo, Gnabmann en 1917 había dicho que los varias
66 CAP. II. FUENTES

tas, pues es frecuente en Suárez acumular de una vez varias


referencias a un mismo autor; cada una de tales acumulacio­
nes han sido contadas por nosotros como una única cita.
Si ordenamos ahora a los autores según el orden de mayor'
número de citas, obtenemos la siguiente lista, en la cual sólo
han sido tomados en consideración aquellos que son citados
más de treinta veces:
1. A r i s t o t e l e s ..................... . 1735 19. A v ice n n a . . . . . . . . . . . . . 84
2. S. T h om as .'................. . 1008 20 78
3. S u a r e z .......................... ’. . 971 21. H e r v a e u s ..........•................ 77
4. S cotu s ............................. . 363 22. S o t o ...................................... 75
5. S . A u g u stin u s . . . . . . 334 23 71
6. Caietaiius ...................... . 299 24. D am aseenus ...................... 71
7. S on cin as ................... .... . 192 25. O c k a m .................................. 67
8. A v e rro e s ........................ . 179 26. D ion ysiu s .......................... 56
9. D u ran du s . . . ' . ............ . 153 27. A le x . A p h r o d i s i u s .......... 52
10. F e rra rien sis ............ ...... . ' 124 28. À u reoìu s ............................. 46
11. C a p reolu s ..................... . 115 29. S i m p li c i u s ..........'............... 41
12. F o n s e c a ............................. . 114 30. A n t. A n d r e a s ................... 40
13. Ia ve llu s ............................. 97 31. S. B o n a v e n t u r a .............. 38
14. S. Albertus M ............... 96 32 Marsilius de Inghen . .. 37
15. H e n ricu s G a n d ................ 95 33. S. A n selm u s ...................... 36
16. P la to ................................. 92 34. R ich a rd u s a M ed. V illa . 34
17. G re g o riu s a R im in i . . 90 35. Boetius ........ ■................. 33
18. B i e l ...................................... 86

Llamará quizás la atención lo muchas veces que viene ci-


tado Suárez mismo; y más sabiendo que cuando se publicó
la Metafísica eran aún muy pocas las obras de él salidas a la
luz pública. En 1590 había sido editado en Alcalá el tomo
primero del comentario a la tercera parte de la Smnma de
Santo Tomás; de este tomo se hizo una nueva edición en Lyón
en 1592, y otra en Venecia en 1593. Suárez, por su parte, pu­
blicó en 1595, en Salamanca, la denominada por él tercera edi­
ción de esta obra De Verbo Incarnato, que en realidad era ya
la cuarta, aun cuando él lo ignoraba. La segunda obra publi-
veces citados comentarios aristotélicos de Alejandro de A lés, no eran de
éste, sino de Alejandro de Alejandría. G rabm an n , D ie Disp. M et..., pág, 3 5 .
E sta confusión no fué de Suárez solo, sino de otros muchos también, pues
la® obras de este A lejandro salieron bajo el nombre del de A lés. Cfr, Uetoer-
w e g , Hurter, etc. V éa se un estudio completo de R . C eñ al en Penaamiiento
(1918), número extraordinario dedicado a Suárez.
AUTORES CITADOS 67

cada fué el segundo tomo del mismo comentario, De mysteriis


vitae Christi, publicado en 1592, también en Alcalá; de este
tomo se hicieron, a los dos años, otras dos ediciones, una en
Lyón y otra en Venecia. En Salamanca salió en 1594 una cues­
tión teológica, a la que allí mismo siguió en 1595 otro tomo,
el De Sacramentis in genere, tercero del comentario a la
Summa. Éstas eran las obras que precedían a la Metafísica
cuando ésta se publicó en 1597 en Salamanca. Por las mate­
rias tratadas, no parecían poder dar pie a tan numerosas citas
en una obra de metafísica. Pero la mayoría de ellas se refie­
ren a las disputas mismas metafísicas; son referencias a pun­
tos ya desarrollados anteriormente, o para los que más tarde
habrá cabida propia en alguna sección posterior. Con todo,
es menester notar que son de importancia varias referencias
al De Verbo Incamato (tercera edición), por aludirse a posi­
ciones típicas en las doctrinas metafísicas suarezianas, cuya
evolución debiera ser estudiada por sus pasos a través de la
edición primera y de la tercera del De Verbo Incamato y de las
Disputas Metafísicas. Tal debiera hacerse, por ejemplo, res­
pecto a la doctrina de la subsistencia y de la existencia, de
indudable importancia en Suárez, como lo comprueba el hecho
de que ese tema fuera precisamente el que Suárez destacara
en un opúsculo aparte porque frecuentemente tenía que echar
mano de su solución y, por lo mismo, le era un estorbo en el
desarrollo de los problemas teológicos.
Tenemos también información suficiente de lo que Suárez
se proponía sobre la manera de tratar a estos autores. En las
advertencias que al principio de la primera edición del De
Verbo Incamato hace al pío y benévolo lector, explica su mé­
todo de aducir los diversos testimonios. Por de pronto, en
cuanto a Santo Tomás, había de esforzarse, omni opera, stu-
dio ac diligentia, en explicar sus opiniones de forma que to­
dos las entendieran con entera luz y claridad. Por ello traba­
jaría en aducir ampliamente, aun a costa de prolongar a ve­
ces las discusiones, los testimonios escriturísticos, patrísti-
cos, conciliares y otros qué eran como las fuentes en que bebía
Santo Tomás. La suma modestia de este mismo Santo Doctor
había de ser su modelo en citar, confirmar o rechazar las opi­
niones de otros. Se proponía, pues, aducir a los autores mis­
mos en forma que a todos se les hiciese el honor correspon­
68 CAP. II. FUENTES

diente; expondría las sentencias de ellos, aun las que hubiera


de rechazar, de modo que, lejos de vituperarlas o injuriarlas,
pudiera el lector caer en la cuenta fácilmente de su importan­
cia y valor, pues juzgaba Suárez que tan lejos debía estar
de un religioso la propia alabanza, como la dureza en la re­
prensión de otros. Para casos en que cupiera diversidad de
opiniones, adoptaba como norma, imitando también la pru­
dencia y ejemplo del Doctor Angélico, preferir sobre las de­
más las que fuesen pías, graves y antiguas <7j .
Es tan delicado Suárez con los autores que cita en sus
obras, que, temiendo la posible mala impresión que a algunos
lectores pudiera causar el observar en ellos tantas divergen­
cias, se creyó obligado a hacer en la tercera edición del De
Yerbo Incanato esta advertencia:
‘ ■Esto sí que p o d ré afirm ar constantem ente, qu e lia sid o siem ­
p r e m i án im o descu b rir y esta b lecer la v erda d, sin p erd on a r
p a ra e llo a e sfu e rz o n i tr a b a jo n in g u n o ; y que, p o r lo ta nto,
n ada determ iné antes n i lie v u elto a con firm a r p o r esp íritu d e
co n te n ción sino p o r am or a la v erda d. N o qu isiera, cristia n o
lector, que te ex tra ñ a ra s de v er a au tores c a tó lico s y p ío s in cli-

(7) “Quarum [difficultatum] illa fuit certe non. parva, qua omni opera,
eludió, ac diligentia conatus sum D. Thom ae sententias sic explicare, ut
aperte et dilluciide intelligantur, quo in genere dedi operam, ut saeraruim
litteinairum testimonia, canciliorum decreta, ©t sanctorum Patrum monumen-
ta diligentius evolverem, e t quasi tontea ipsos, e q-uit>us D . Tilomas hausit,
commonstrarem. E x quo factum eat, ut nonnumquam disputaciones nostrae
prolixiores forte videantur, quod non tam ieiune, quam in scholis fit, tracten-
tur, sed allatis in médium sanctorum Patrum sententdls eonftrmentur, .ac
/lisserantur. Nullam tamen (ni fallar) aliemam quaestioneim, e t (ut ita di-
cam ) peregrinara e suis tanquam sedibus convulsam in meas hasc© com -
mentationes quasi in alienas sedes invitam, ac repugnan,tem transtuli. nullam
r.edundanti, ac inani verborum capia exornavi, s-ed quod perspicue multa
pauciis vix dicii possunt, et otasequeniduim fu it desilderio iplurimorum, ipsa
suscepti laboras ratio nos fecit longiores. In aliorum opinionibus, vel conlir-
m andis, vel refutandis D . Thom ae m odestiam (quae sum m a est) imitari stu-
«dui. Itaque sic auctores ipsos profero, ut laus sua cuique tribuatur: sic sen­
tentias, eorum etiam, quas non probo, expono, ut quantum momenti, atque
auctoritatis habeat cuiusque sententia lector facillime diiudicare possit citira
cuiusque vituperationem, atque iniuriam. N am sicut a vino Religioso, ac
modesta m áxim e tabesse debet sui laudatio, sic etiam aliorum acerba re-
prehensio, ac vituperatio. In quibus rebus opinioni lócus est, ipsius etiam
Angelici doctorisi prudentiam, atque exemplum sequutus, eum dedectum habui,
u t quae pía, quae giravía, quae antiqua su n t anteponerem iis quae a pieta-
te, gTavitate, antiquitate videntur abhorrere. H aec habui, de quibus te admo-
uerem , optime lector." Com. ac^Disp. in tertiam pwrtem D. Thom ae tormos
primws. Compluti, 1590. Pió ac benévolo lectori S.
AUTORES CITADOS 69

narse con frecuencia a opiniones contrapuestas y defenderlas.


Es ya sabido y tradicional que, en lo que no esté determinado
ciertamente por la fe, siempre lia. habido diversidad de opinión
aun entre hombres santísimos: Siendo uno mismo el intento de
todos, buscar y hallar la verdad, no puede pensarse que tal di­
versidad ii oposición de opiniones sea falta de caridad cristiana,
o nazca de división de ánimos” (8).

Nadie podrá negar la nobleza, seriedad y prudencia de la


actitud suareziana ante los diversos autores. Como tampoco
se podrá echar en cara a Suárez que su conducta real a lo
largo de sus numerosas obras, y en tiempos difíciles para su
prestigio y fama, no conservara la altitud de miras a que lle­
garan sus propósitos iniciales.
Estamos ya en disposición de destacar algunos nombres
o grupos de nombres de ese gran cuadro de autores citados
por Suárez. Nos ceñiremos concretamente a unos pocos para,
a través de ellos, medir el uso que de estas fuentes hiciera
Suárez.
Por lo que puede ilustrarnos sobre la manera de citar de
Suárez, vamos a examinar un único caso que ofrece alguna
particularidad, en el que nos hemos fijado porque nos ha sa­
lido incidentalmente al paso, sin rebuscarlo. La cita es la si­
guiente :
“ Quod autem omnis perfeetio huic divino esse debita sit.
atque adeo quod non possit Dons omnino carere etiam negative
a.liqua perfeetione, probat nr primo quia hoc indic.at divina
Seriptura... Sic etiam de Deo docent Sancti Patres... Sic deni-
que (quod ad nos nunc specie t) senserunt philosophi,- ut de

(8 ) E n la tercera edición añadió para el lector otro breve prólogo, del


que son las siguientes palabras : “Id unum eonstanter afftrmare poterò, eum
mihi a¡,niimn.m semper fuisse, eaque de causa nulli operi, nullique labori pe-
percisse me, ut veritas ipsa cerneretur atque stabiliretur, nihilque oonten-
tionis ergo aut oüim statuisse, au t denuo confirmasse, sed solius am ore veri-
tatis ; qua eadem mente hos ab omnibus optanrus legi libros1. Ñeque vero
mirari te veilem, Christiane Lector, cum autores et Catholicos et pios, di­
versas saepeque repugnantes sequi, tuerique sententias videris: in his enim
quae certa fide non sunt stata, inter viras etiam sainetissimos earn fuisse
opinionum varietatem et accepimus et legimus. Cumque idem omnium scopus
sit, in v estig a te videlicet, inventioque veritatis, earn opinionum sive diver-
sitatem, sive contrarietatem. aut Christianae charitati officere, aut ex ani-
morrnn disiunctione provenire, putandum non est. Y a le .” Ib. Tertia editio.
Salmanticae, 1595.
70 CAP. II. FUENTES

Hermete, seu Mercurio Trismeg. refert Cyril. lib. 1 contea lui.


sub fine et Suidas in Mercurio, et Aesculap. ad Amnionem re­
gem, qui sic ait. Deum omnium dominum, factorem, Palrem, ac
semptum imploro, ac omnia, unum existentia, et unum omnia
existentem, nani omnium plenitudo unum est, et in uno. Multa-
que alia leguntur ex Trismeg. in Pimandro praesertim in fine
eap. 5 et 15, ubi haben tur fere omnia verba, quae Cyrillus refert.
Ubi ex Platone etiam et Porphyrio adducit non dissimilia” (9).

Nos fijamos sólo en esta parte de los filósofos, pues como


dice Suárez, aunque a su propósito, sólo ésta nos interesa. Sin
duda ninguna, Suárez considera a Hermes Trismegistos, o
Mercurio Termaximus, como a un auténtico filósofo. Las fuen­
tes que aquí cita así se lo decían: Cirilo Alejandrino le pre­
senta como a sacerdote egipcio dedicado ai culto de los dio­
ses, y 'llamado Termaximus por el culto que se le dió, si bien
sus ideas habían sido coleccionadas mucho más tarde en A te­
nas (10); según Suidas, era un sabio egipcio anterior a Fa­
raón, y llamado Termaximus porque habló de la Trinidad.
Otro tanto habría encontrado, más o menos, por ejemplo, en
San Agustín, en Clemente Alejandrino, en Tertuliano o en
Lactancio.
Como se dice en Suárez, muchos son los textos que San
Cirilo, aduce en el libro referido, como también en el siguien­
te; Suárez ha tenido el cuidado de verificarlos por sí mismti,
hallándolos en el libro primero del Trismegistos, llamado co­
múnmente Poimander. A la vez hace notar que en ese mismo
lugar se refieren otros testimonios semejantes tomados de
Platón y de Porfirio.
Esa misma idea se encuentra en Suidas, como podrá veri­
ficar quien quiera ver el famoso diccionario.
Pero el texto citado por Suárez no se encuentra ni en San
Cirilo ni en Suidas. Lo ha tomado directamente del libro lla­
mado Definitiones, que Suárez parece atribuir a Asclepio, cual
si éste fuera su autor, distinto, por lo tanto, del Trismegistos:
ese libro, perteneciente también a la Hermética, está dirigido
al rey Ammón. Las palabras de Suárez probablemente están
tomadas de la traducción de Ficino, aunque no podemos veri-

(9) Disp. M et.j 30, s. 1, n. 3.


(10) S an C ir il o de A le j ., Contra lu i., I , 30. M G 76, 547 ss.
AUTORES GRIEGOS 71

í icarias; pero responden exactamente al texto griego publica­


do por R. Reitzenstein i(ll).
Es éste un caso que demuestra en Suárez amplia informa­
ción, principalmente indirecta, al mismo tiempo que espíritu de
crítica que gusta de confrontar las referencias que- halla da­
das por otros; y con esto, falta de crítica, de la que no es cul­
pable por cierto, al no conocer exactamente.la contextura de
la colección Hermética, particularmente al considerar a As-
clepio como autor distinto del Hermes.

II

Aristóteles es la fuente más citada por Suárez en la


Metafísica, con una proporción desmedida, no sólo sobre los
demás griegos, sino aun sobre Santo Tomás, cuyas 1.008 refe­
rencias son rebasadas en un tercio por las 1.735 citas de Aris­
tóteles.
Este solo hecho decide ya de por sí una tendencia funda­
mental en la Metafísica. Junto a Aristóteles desaparece Pla­
tón con sus 88 referencias, y todavía es muy inferior el con­
junto de los otros platónicos. Con lo cual puede ya afirmarse
que la orientación metafísica de Suárez entra por los cauces
del aristotelismo, abandonando lo~ caminos, antiguamente los
más frecuentados, del platonismo o del neoplatonismo.
Este mérito no es de Suárez. Lo ha heredado de su Maes­
tro. Del cual, a la vez ha heredado también la solución dog­
mática de la mayor parte de las dificultades que a un pensador
cristiano, como tal, pudiera presentar la teoría aristotélica.
A este respecto podemos afirmar que la problemática cristia­
na de Suárez en torno a Aristóteles estaba ya fundamental­
mente resuelta en lo dogmático. Bajo este aspecto, no es com­
parable, con mucho, el mérito de Suárez con el de Santo To­
más. A éste tocó luchar en un ambiente difícil y hosco: tenía
que luchar contra todas las tendencias platónico-agustinianas
preponderantes hasta entonces; ya esto solo suponía una di­
ficultad gravísima, porque traía consigo como factor insepa­
rable la oposición de la Universidad medieval y la de la teo-

(11) R . R eutzíenstein , Poim andres, pág. 349 [3].


72 CAP. II. PUENTES

logia entonces dueña absoluta del terreno. Pero, además, San­


to Tomás hubo de luchar contra el aristotelismo que. de he­
cho comenzaba a invadir las Universidades europeas proce­
dente por la vía de Sicilia o por la de Toledo. Estas vías
estaban contaminadas; el Aristóteles que se presentaba en
Europa venía de la mano de los intérpretes arábigo-judíos,
y no en su pureza original, sino con fuerte escoria de doctri­
nas imposibles de cristianizar. Tal es el momento gravísimo
de la segunda mitad universitaria del siglo xm. Santo Tomás
estuvo expuesto a sucumbir junto con el averroísmo, condena­
do por la Iglesia; la labor delicada y difícil de despegar al
Estagirita de sus adherencias averroísticas pudo costar la
vida al tomismo. Sólo una mente genial como la de Santo To­
más pudo en aquellas circunstancias entrever todas las posi­
bilidades de las nuevas orientaciones, y sólo un corazón va­
liente y fuerte, consagrado del todo al servicio de la Iglesia,
pudo aventurarse a realizar una revolución profunda y deci­
siva en la teología católica.
Esta madeja difícil y revuelta de condiciones contrapues­
tas estaba ya desenredada cuando Suárez la recibiera de ma­
nos de Santo Tomás. Pero un imperativo emanado de la época
cenital de fines del siglo xvr, y de la personalidad misma de
Suárez, impuso a éste un quehacer superior. Grabmann, en su
famoso estudio de las Disputas Metafísicas, interpreta la ac­
ción filosófica de éste como un “ Weiterbauen und Weiteraus-
bilden, ein Vetera novis augere” (12) : un construir y formar
ulterior, superior, una verdadera superación. La época de
Suárez, con menos propaganda que hoy, era una época de
auténticas superaciones: lo era El Escorial en la arquitectu­
ra, y Velázquez en la pintura, y Cervantes con Lope en la lite­
ratura, y Felipe II en el gobierno de los pueblos, y Salamanca
en los métodos universitarios, y España toda en la coloniza­
ción de nuevos mundos. Desde 1500 se habían producido en'
la vida cultural de que nació Suárez y en que se ambientó su

(12) M. G rabm ann , D ie D isputationes M etapH ysicae des Fromm Suárez in


ihrer m ethodischen E igen art und F ortw irhw ng . E;n P . F ranz Snarez, Ge­
denkblätter su seinem drei minderjährigen Todes tag. Beiträge zur Philoso­
phie des P. Suarez. Innsbruck, 1917. E ste magnífico estudio del tan autori­
zado en estas materias Monseñor M. Grabm ann sigue teniendo1, después de-
treinta años, todo su valor. Sobre su valoración actual, véase la y a citaida
o b r a de J. Tr ia r t e .
AUTORES GRIEGOS 73

espíritu obras de titanes: con eso, el siglo xvi se había vuelto


muy exigente. A Suárez le exigió una superación en la filoso­
fía, particularmente en la metafísica.
Fué su misión la de establecer el plano estrictamente me-
tafísico, elevando así la filosofía del Estagirita, excesivamen­
te física por demasiado condicionada por los métodos empí­
ricos de directa observación; absolutizando lo excesivamente
lógico y abstracto de la escuela tomista, y dando valor siste­
mático y arquitectónico a los magníficos bloques metafísicos
que, sobre todo en la Summa Theologica de Santo Tomás, es­
taban aún sin explorar. Suárez, con ello, tuvo que realizar una
elaboración difícil, por lo grandiosa, a la vez que delicada y.
transcendente en la filosofía aristotélica. Quizás se trataba,
en lo recóndito de su mente, de una profunda reacción, para
poner en su lugar lo que tan enconadamente había deshecho
Aristóteles al destruir el mundo de las ideas de Platón. Tuyo
el Estagirita en ello razón: destruyó las ideas de Platón, pero
nada repuso en su lugar, donde quedó, en lo más sublime de
la filosofía, un enorme vacío. Suárez rehizo el mundo platóni­
co, pero deshipostasiando aquellas ideas, para dejarlas sólo
como puras esencias sin otro ser que el objetivo en la mente
divina. Pero ese plano supremo y absoluto iba a ser el gran
nivel que la metafísica tenía que alcanzar en la mente pode­
rosa de Suárez.
Si lo realizó o no, lo ha dicho la Historia posterior. Suá­
rez forma una verdadera escuela filosófica, y es, según expre­
sión heredada del siglo pasado, no discípulo, sino maestro.
Éste es el punto en que debe ser centrado el guarismo para
poder valorar su aportación a la Historia de la Filosofía. Más
que sus teorías particulares en uno u otro problema, mucho
más que la manera exterior de organizar la exposición impre­
sa, y aun quizás más que la misma sistemática suya, si de ella
puede separarse, es esta auténtica visión con que la proble­
mática última de la filosofía primera queda trasportada al
verdadero tono metafísico, la verdadera superación que la
historia exigió a Suárez: por ella su nombre debe figurar en
la Filosofía como hito crucial.
Con todo, Suárez introdujo una reforma importante en el
estudio de la filosofía aristotélica. Rompió el molde tradicio­
nal de comentar a Aristóteles. Ya no sigue el método de to­
74 CAP. II. FUENTES

mar como base el texto de los libros metafísicos, para exponer


las cuestiones correspondientes según salieran al paso al
hacer el comentario. Por este camino no hubiese podido tra­
tar las cuestiones que le interesaban con la amplitud y ten­
dencias que deseaba. Hubiérase constreñido a tratar innume­
rables cuestiones que a nada venían dentro de los fines de
Suárez, y, en cambio, hubiera sido difícil incorporar cuestio­
nes de primario valor. Por ello, optó por el sistema de seguir
también en la exposición las líneas ideológicas de un cuerpo
de doctrina, y así, en una serie de disputas ordenada, tratar
todas aquellas cuestiones referentes al objeto propio de esta
sabiduría (13). No olvidó, con todo, el interés que no pocos
pudieran tener en que la doctrina de Suárez estuviera apli­
cada a los libros aristotélicos, para así mejor ver el funda­
mento de ella en estos libros, y valerse del cuerpo doctrinal
de Suárez para interpretar y comentar la metafísica de Aris­
tóteles. .Para ello antepuso a su obra un amplio índice, en
que, recorriendo libro por libro y capítulo por capítulo la
metafísica aristotélica, se señalaban las secciones de las dis­
putas en que se tocase el correspondiente punto de doctrina.
Si tal vez algún detalle no hubiera sido tocado en las dispu­
tas, sería brevísímamente declarado en el índice (14).

(13) “E t quondam indicavi semper raagnam, ad r.es intelligendas a c pe­


ne t ran das, in m ethods convenienti inquirendis, e t iudicandis vim positam
esse , quam observare, v ix aut ne vix quidiem possem, si, Expositorum more,
quaesti ones omn.es, prout obiter, e t veduti ca sa circa textutm Philosoph!
occurrunt, pertractarem : idcirco expeditius e t utilius fore censui, servato
doctrinae ondine, ea omnia inquirere, et ante oculos Ijectoris proponere,
ouae de toto huius sapientiae obiecto invest ignari, et desideraci poterant.”
Disp. M et. Ratio e t discursus totius operis,
(14) “Quia tarnen ©rant permulti, qui doctrinam hanc universam Aristo-
telis libris applicatane habere cupiant, turn ut melius percipiant, qui bus
tanti Philosoph! principiis nitatur, turn ut eius usus ad ipsuan A ris totalem
inteiligendum faci li or sit, ac utilior: hac etiiam in re lectori inservire stu­
dili, indice, quem ioti operi praescripsimus, a nobis elaborato, quo, si atten­
te legatur,. faciliim e (ni fallor) poter unt omnia, quae Aristoteles in libris
M etaphysìcis pertractavit, ©t comprehend!, et memoria retineri : rursusque
prae manibus haberi quaestiones omnes, quae inter illos libro« exponendos
excìtari soilent.” Ih . 'Mas arriba he.moa transcrito el proemio de la M etafisica,
en que también hace Suarez observaciotnes sobr© su ©studio de la M etafisica.
E l indice a que se reüere Suarez lleva este amplio tftu lo : “Index locuple-
tissimus in M etaphysieam A ristoteli«. In quo ord© ,et ratio librorum ac ca­
pi tum eius aperitur, omniumque brevis sum m a proponitur, e t Quaestiones
omnes qua© in eis mover! solent aut possunt, designantur, cum locis in qui-
bus in sequenti opere disseruntur. Quod si quae breviores ad textus intelli-
AUTORES GRIEGOS 75

En el proemio a la Disputa Metafísica II es donde ex pro-


fesso propone Suárez las razones que le han movido a estruc­
turar de modo nuevo el cuerpo doctrinal metafísico. Por bus­
car un método compendiado y breve, juzgó conveniente apar­
tarse del largo camino del comentario aristotélico. Largo por
estas razones: 1.*, en el texto de Aristóteles hay partes que
ofrecen poca utilidad; 2.‘ , se proponen a veces en él cuestio­
nes y dudas que luego quedan sin solución, como sucede en el
libro tercero; 3.", con frecuencia se detiene Aristóteles en re­
ferir y refutar opiniones antiguas, tal, por ejemplo, en el pri­
mero y en la mayoría de Los demás libros; finalmente, 4.*, lo
ya antes explicado vuelve a repetirse, o a resumirse, como su­
cede en el libro undécimo y en otros. Por otra parte, lo que
hay de útil, digno y necesario en Aristóteles está ya suficien­
temente aclarado, en lo que hace a la letra, por comentaristas
griegos, árabes y latinos. Por ello, en las siguientes disputas
Suárez se va a dedicar al examen de las cosas mismas, decla­
rando a la vez la mente de Aristóteles y aduciendo sus pasa­
jes, en los cuales suelen fundamentarse casi todas las cues­
tiones. Y de nuevo se refiere Suárez al Indice Aristotélico con
que satisfará a los aficionados de Aristóteles, y llenará, de
paso, las lagunas que tal vez quedaran en las Disputas i(15).
Con este método introdujo Suárez una profunda innova­
ción en la tradición escolástica, innovación cuyo acierto ha

gentiam pertinentes in ipso opere oiriissae sunt, i»n hoc Indice pro cui usque
rei difficili tate et utili tate brevi-ter expediuntur.”
- (15) “U t enim malori compendio ac brevitate utamur, et conveniente
methodo universa tractemus, a textus Aristotelici prolixa explicatione absti-
jiendum duximus, resque ipsas, in quibus haec sapientia versatur, eo doctri-
nae ordine ac dicendi ratione, quae ipsis magis consentanea sit, cointempla­
ri. N am , quod spectat Philosophi textum , in his M etaphysicae libris, non-
nullae partes eius parum habént utilitatis, vel quod vari as quaesti ones ac
dubitationes proponat. easque insolutas relinquat, ut in tato tertio libro,
vel quad antiquorum placitis referendis et refutandis im m oretur : ut ex primo
fere libro, et ex magma parte aliorum constare facile potest : vel denique
quod eadem, quae in prioribus libris dieta fuerant, vel repetat, vel in sura-
m am redigat, ut patet ex libro undecimo, e t aliis. Quae vero utilia suht,
sci tuque digna et necessaria, insudarunt satis in eis èxplicandis, prout in
littera Aristotelis continentur, varii expositores Graeci, Arabes et Latini, ex
quibus nos praecipue utemur Alexan. Aphrodisaed, -A verrois, et m axim e
omnium 3>. Thomae expositione. Rerum vero ipsarum examdnationem in se-
quentibus disputationibus trademus, simulque curabimus A rist. mentem ac
sensum, et singula testimonia,. in quibus fere quaesti ones amnes fundari
solent, accuratius declarare...” Disp. M et., II, prooemium.
76 CAP. II. FUENTES

avalado la historia posterior incorporándola definitivamen­


te, y desterrando a la vez los métodos de glosas o simples co­
mentarios amplificados con cuestiones incidentales. Es indu­
dable que el método suareziano responde mucho mejor a las
concepciones orgánicas y unitarias propias de una inteligen­
cia filosófica: la exposición por comentarios difícilmente pue­
de ser orgánica, aun suponiendo un texto básico concebido con
perfecta unidad, a no ser que el comentarista renuncie a todo
pensamiento propio despersonalizándose en su filosofía. Pero
esto no lo consiente un temperamento filosófico que tenga
algún empaque personal y responda a problemáticas repensa­
das y solucionadas con alguna originalidad.
M. Grabmann, en el estudio que acabamos de citar, ha des­
tacado con verdadero relieve toda la transcendencia metódica
de ¡Suárez en la exposición de la Metafísica, recorriendo la
historia posterior de los cursos filosóficos y de los tratados
más o menos monográficos de las diversas partes de la Filo­
sofía.
No nos será necesario presentar en paradigmas la serie
orgánica de citas aristotélicaá en Suárez. Basta con el Index
locupletissimus antes dicho. El aristotelismo de Suárez es in­
dudable, y nadie lo ha discutido. Por lo demás, un simple re­
corrido de las secciones metafísicas de Suárez hará patente a
quien quiera observarle la asiduidad con que el Doctor Eximio
recurre a las enseñanzas del Estagirita, para, según ella, de­
terminar su propia posición ante los problemas propuestos.
Por lo que hace a los comentaristas del filósofo usados por
Suárez, sabemos cuáles son los por él preferidos. Un griego,
Alejandro de Afrodisia; un árabe, Averroes; un latino, y éste
sobre todos los demás, Santo Tomás (18). No es raro encon­
trar juntos estos tres nombres, a veces solos, a veces con
. otros más. Cierto es que la interpretación del Doctor Angélico
puede adolecer de inexactitudes filológicas; nada extraño en
quien desconocía, o, al menos, no dominaba el griego y tenía
que valerse de traducciones hechas, es verdad, con esmero

(16) Hablando del texto de Aristóteles, d ice: “Quae vero utilia sunt,
scituque .digna, et neeeissa¡rja, insudarunt satis in eis explicandis, p-rout in
litterá A ristotelis cantinea tur, varii expositores Gnaeci, Arabes et Latini,
ex quibus nos pra.ecipue utemur A lex, Aprodisaei, Averrois, et m axim e
omnium D. Thomae expositione.” Disp. M et., II, prooemium.
AUTORES GRIEGOS 77

especial por encargo suyo. Pero el valor filosófico de la inter­


pretación de Santo Tomás es indiscutible; va en esto quizás
a la cabeza de todos los comentaristas. Bien lo sabía Suárez:
el Aristóteles de éste es, en casi todos los casos, un Aristó­
teles pasado por el tamiz de Santo Tomás. Ello ofrecía venta­
jas muy apreciables, que Suárez no despreció ni pudo en modo
alguno desaprovechar.
Vienen citados, como acaba de indicárnoslo Suárez mis­
mo, los comentarios de Alejandro de Afrodisia; pero su im­
portancia para Suárez no está suficientemente representada
por la materialidad de 52 citas (de hecho, resultan 53) en la
Metafísica. La antigüedad lo había consagrado como el exe-
geta por antonomasia de Aristóteles, y como tal era estimado
también por Suárez.
Presentamos aquí en forma de paradigma las citas de
Alejandro contenidas en la Metafísica, indicando, primero, la
obra de que se trata; luego, el pasaje de ella citado por Suárez,
y, por otra parte, el lugar de la Metafísica en que se le cita,
con la correspondencia paginal en la edición de Vives (17):

Obra citada Pasaje citado Lugar en que se cita Ed. Vivés

i
fí o m . in M e ta p h . 1 . L I, e 1 In d e x arist. 19 X X V III
2. cm 18 D M 18 s 8 n 2 » 651
3. II, c 1 ' In d e x arist. 1 » IV
4. c 1 » » 6 V
5. c 1 DM 9 s 3 n 4 » 325
6. em 4 20 1 25 752
7. tt 12 36 2 2 XXVI 48 2
8. IV , in p rin c. 1 1 '2 6 X X V 11
9. c 2 et 4 32 2 3 XXVI 320
10. c 5 20 1 .4 X X V 325
11. V, c 2 17 1 4 » 58 2
12. VI 54 p roem . 2 XXVI 1015
13. V II, c 2, q 2 Index arist. X X V X X V III
14. c 12 » » » >

(17) P ara facilitar la esquematización de las citas, adoptamos los si­


guientes signos convencíanales, correspondientes a las varias divisiones que
idel texto aristotélico y de sus comentarios suelen encontrarse en los clá­
sicos : c — ca p u tj t t — textfbs; c m ~ commientariivnv; It — lectio ; q ~ quaés-
t i o j a = articulus ,
78 CAP. II. FUENTES

Obra citada Pasaje citado Pugar en que se cita Ed. Vtvès

<1
Com. in Metuph. 15. L Y II DM 5 s 3 n 38 160

X
16. V II 5 3 38 > 161
17. Y II, c 1 38 1 8 XXVI 501
18. e 2 et 3, 7 Index arisi. 4 X X V X X X I
19. c 4, tt 15 DM 2 s 2 n 27 » 79
20. tt 29 15 2 8 » 508
21. tt 35 37 2 16 X X V I 497
22. V i l i « 1, tt 3 Index arisi. 5 X X V X L II
23. c 3 » » 1 » X L I II
24. e 6, tt 16 DM 2 s 2 n 27 ' » 79
25. X I, em 24 17 2 21 ' 591
26. X II, cm 12 15 1 4 » 498
27. cm 15 15 7 6 » 523
28. tt 6 29 1 3 XXVI 22
29. c 7 .35 1 14 » 430
30. cm 44 20 1 25 X X V 752
De fato ........... 31 Indeterm. 19 11 7 » 739
32. Inde;term. 30 16 55 X X V I 202
33. e 2 19 11 10 X X V 740
34. c 3 19 11- 12 » 742
In Phys............ 35. L I , tt 16 36 3 6 XXVI 487
36. n, cm 8 49 2 10 » 903
1 37. c 7 19 12 2 XXV 742
38. V, e3 17 1 4 » 582
39. tt 9 49 2 4 XXVI 901
40. V II, tt 1 18 . 8 10 X X V 653
41. tt 2 18 . 7 38 » 642
42. c 3 42 ' 5 21 X X V I 621
De a n im a ........ 43. L III, c 6, tt 26 Index arisi,. X X V X X V III
44.. e 7 DM 30 s 12. n 4 X X V I 159
|45. c 7 35 2 1 » 436
QQ. natur......... 46. L I, c 12 45 4 13 » 752
47. II, c 3 18 8 ' 34 X X V 664
De générât. . . . 48. L I 15 10 51 > 551
49. I, c 7 18 2 9 » 601
Problem............. 50. L II, in 50 18 8 4 » 651
Anal, p r.......... . 51. L I, c 28 2 2 27 » 79
Topic.................. 52. L V II, e 1 7 2 2 » ' 261
Ethic.................. 53. L I, c 6 •32 2. 3 XXVI 320
AUTORES GRIEGOS 79

Suárez denomina a Alejandro de Afrodisia unas veces con


el nombre completo; otras, con sólo Aphrodisaeus; otras, con
sólo Alex.; por ello, posiblemente, algunas de las citas aquí
recogidas de la Metafísica corresponden a Alejandro Alense,
siendo imposible distinguir por el momento la paternidad de
las citas mientras no estemos en posesión de una edición crí­
tica que determine las referencias exactamente. Tampoco ga­
rantizamos, y valga esto también para las referencias que
más tarde hayamos de presentar en lista, que los lugares cita­
dos estén conformes con la edición de la obra correspondiente,
quedando también esto dependiente de la edición crítica.
Además de los comentarios de Alejandro de Afrodisia se
citan otros varios de entre los griegos, más o menos influidos
ya por el neoplatonismo, como son los de Porfirio y Simplicio,
los de Temistio y Filopón; éstos habían sufrido, a través de
Ammonio, notable influjo de Plotino. También los nombres de
estos dos encuentran su cita en Suárez.
De entre los árabes, son varios los aducidos por Suárez:
así el teólogo ortodoxo Al-Gazali, el místico panteísta Al-Fa-
rábi, el filósofo místico Ibn-Badja (el Avempace de los lati­
nos), Ibn-Sina (Avicena), que había tratado de depurar el
aristotelismo de sus mezclas neoplatónicas, y sobre todos vie­
ne citado Ibn-Roschid (Averroes), que, en general, entre los
escolásticos gozó de singular fama como intérprete de Aris­
tóteles, que quedó consagrada también con el calificativo de
’’Commentator” con que se le designaba, como en la antigüe­
dad a Alejandro de Afrodisia'
Junto a las interpretaciones de Santo Tomás aparece con
mucha frecuencia la opinión de Averroes. El número de veces
que se le cita llega a 179, número éste con el que se coloca en
octavo lugar entre todas las autoridades aducidas por Suárez.
El siguiente paradigma recoge las citas del comentario de
Averroes a la Metafísica de Aristóteles:

Obra citada Pasaje citado P agar en que se cita E d. de Vives

I n M eta p h tfs . . 1. L I, tt 17 D M 13 s 3 n 13 X X V 406


2. II, c 1 In d e x axist. 6 » V
3. <■ 1 DM 3 s 3 n 6 113
4. cm 4 20 1 25 » 752
CAP. II. FUENTES

P asaje citado Lugar en que se cita

5. L I I , tt 4 D M 29 s 3 n 23 55
6. III, c 5 31 6 1 242
7. c m 14 1 1 26 11
8. IV , in p rin e. 1 1 26 11
9. in p rin c. 37 2 8 495
10. cm 2 37 2 8 494
11. c 2 32 2 3 320
12. cm 3 2 . 4 1 88
13. cm 3 4 1 6 117
14. cm 3 4 9 2 IH
15. c 3, tt 17 5 3 . 38 161
16. tt 27 45 4 14 75 2
17. V ' 31 7 1 250
18. V 40 9 5 581
19. V In d e x a rist. V II
20. V, cm 2 D M 41 s 2 .n 4 594
21. cm 4 15 10 54 552
22. c 7 In d e x arigt. 4 \ Xl
23. c 7 » » 10 XX
24. c 7 D M 31 s 6 n 1 242
25. tt 14 39 2 22 516
26. tt 14 39 1 12 508
27. cm 18 41 4 3 596
28. V I, c 2 In d e x a rist. mi
29. cm 3 D M 54 s 1 n 6 L016
30. V II 35 6 8 47 0
31. V II, c 2 32 2 3 320
32. c 3 13 4 6 41 1
33. cm 4 38 1 3 499
34. cm 4 38 1 4 499
35. cm 4 in f . 38 1 4 499
36. c 4 '32 2 3 320
37. c 4, tt 15 2 2 28 79
38. c 6 - In d e x arist. [III
39. tt 27 D M 36 s 2 n 3 482
40. c m 21 36 2 2 48 2
41. cm 21 35 6 5 469
42: tt 29 . 15 2 8 508
43. tt 31 18 2 33 611
44. cm 31 26. 5 2 935
45. cm 34 ■ 36 2 2 482
AUTORES GRIEGOS 81

Obra citada P asaje citado litigar en que se cita E d . de V ivé» .

I n M e t a p h y s . . 46. L V I I I , tt 3 D M 13 s 4 n 6 XXV ' 411


47. cm 12 13 10 2 » 434
48. cm 1 2 - 13 11 7 » 440
49. c 6 , tt 16 2 2 27 » 79
50. c ult. tt 16 2 3 7 » 83
51. IX , tt 16 48 2 6 XXVI 875
52. cm 7 18 1 1 XXV .593
53. c 9 48 4 6 XXVI 890
54. X, cm 1 40 5 59 » 567
55. e 4 31 6 1 » 242
56. tt 7 45 4 14 » 752
57. tt 8 2 2 26 X X V 79
58. e 4 In d e x arist. » LV
59. cm 8 DM 4 s 1 n 6 » 117
60. cm 8 2 4 1 » 88
61. cm 26 6 11 2 » 247
62. cm 26 6 11 3 » 248
63. XI 35 6 14 X X V I 472
64. X I, e 2 13 4 6 XXV 41 1
65. cm 24 17 2 21 » 591
66. X II 14 2 13 » 469
67. X II . 14 2 14 » 469
68. X II 35 3 6 XXVI 441
69. X II, cm 1 1 1 26 X X V 11
70. cm 3 37 2 8 XXVI 495
71. cm 4 6 5 1 XXV 222
72. tt 5 29 1 2 XXVI 22
73. c 7 30 15 4 » 171
74. cm 12 15 4 4 XXV 516
75. cm 14 13 11 10 » 442
76. tt 13 14 1 2 » 461
77. cm 17 30 11 11 X X V I 144
78. cm 18. 15 4 4 XXV 516
79. cm 18 . 18 1 1 » 593
80. cm 18 23 10 5 » 887
81. cm 19 47 P roem . X X V I 781
82. cm 19 47 1 8 » 784
83. cm 20 13 10 2 XXV 434
84. tt 20 13 14 5 » 456
85. tt 26 14 2 2 » 465
86. tt 26 35 3 ■ 34 X X V I 450
82 CAP. II. FUENTES

Obra citada P asaje citado L ugar en. que se cita E d . de V ives

Tn M eta p h ifs . . 87. I. X I I , cm 27 DM 6 s 5 n 1 XXV 222


88. cm 36 23 8 5 880
89. cm 36 48 4 5 XXVI 889
90. em 3 6 et3 7 35 1 21 » 433
91. cm 30-39 35 4 3 » 459
92. tt 41 30 4 21 » 81
93. cm 44 20 1 25 X X V 752
94. cm 44 35 1 23 X X V I 43 4
95. tt 51 ' 35 1 20 » 182
96. cm 94 30 15 41 » 433

Conocidos son los puntos en que la opinión de Averroes


f ué más controvertida, y por lo mismo más citada en la tradi­
ción escolástica. También Suárez los estudia como corres­
ponde.
Juntamente con estos árabes se cita algunas veces a Avi-
cebrón, Salomón Ibn Gebirol, que, siendo judio, era tenido por
árabe por los escolásticos.
El tercer nombre señalado como intérprete de Aristóteles
era Santo Tomás. Hemos insinuado ya su importancia. Bás­
tenos ahora con presentar las citas de sus comentarios a la
Metafísica de Aristóteles aducidas por Suárez:

Obra citada P asaje citado Lugar en que se cita Ed. de Vivés

In M e ta p h y s . 1 . P r o l. DM 1 3 2 n 14 X X V 17
2 . P rin c. M et. 1 4 5 » 27
3. L I, c 1 1 .4 13 » 29
4. c 1 et 2 1 6 8 » 55
5. c 2 1 2 23 » 20
6. c 2, lt 2 1 5 17 41
7. II 51 1 4 XXVI 973
8. II, c 1 31 8 2 » 254
9. c 1 9 3 4 XXV 325
10. c 2 - 22 2 7 » 81 2

11. III, tt 15 13 3 4 » 403
12. iv , in p rin c. 1 1 26 » 11
13. in p rin c. 1 2 23 » ‘ 20
14. cm 3 2 4 1 » 88
AUTORES GRIEGOS 83

Obra citada P asaje citado I,ligar eñ que se cita E d. de Vlvés

15. L I V , tt 2 ' DM 1 s 2 n 23 X X V 20
16. lt 3 4 9 10 » 143
17. e 2 32 2 3 XXVI 320
18. c 2 54 3 4 » 1027
19. lt 4 6 5 5 XXV 225
20. c 5 9 3 4 » 325
21 . tt 7 2 2 8 » 72-
22. lt 8 4 9 7 » 14 2
23. tt 20 1 1 25 » 11
24. V 15 10 55 » 552
25. V 40 8 3 XXVI 578
26. V 41 3 2 » 596
27. V 42 3 7 » 612
28. ' V, c 2 18 10 5 XXV 681
29. e 2 26 4 17 » 934
30. c 2 27 2' 7 » 954
31. lt 4 15 10 54 » 552
32. c 6 ■28 3 17 X X V I 19
33. tt 7 4 3 12 X X V 129
34. lt 9 39 2 13 X X V I 513
35. lt 9 39 2 . 22 » 516
36, tt 14 39 1 12 » . 508
37. c 13 41 5 9 » 602
38. tt 15 . 5 8 5 XXV 191
39. lt 16 42 5 11 X X V I 625
40. lt 17 47 11 4 > 826
41. tt 33 6 11 6 XXV 250
42. VI 2 2 28 » 79
43. VI 54 1 2 XXVI 1015
44. V I, tt 1 .1 5 38 X X V 48
45. lt 4 1 1 5 » 3
46. V II, tt 2 et 15 32 2 19 X X V I 324
47. c 2 et 4 32 2 3 » 320
48. lt 9 6 9 22 XXV . 243
49. lt 12 6 9 23 >> 243
50. lt 12 ■ 15 11 12 » 561
51. e 4, tt 15 2 2 33 80
52. lt 17 41 1 17 X X V I 592
53. tt 35 37 2 16 » 49 7
54. tt 43 15 11 23 X X V 565
55. V III tt 10 41 4 12 X X V I 599
84 CAP. II. FUENTES

O bra «litada L u ga r citado I.ugar en que se cita Bd. de Vives

Jn M e t a p h y s . 56. L V I I I , lt 13 . D M 41 s 2 n 17 X X V I 592
57. tt 16 2 2 ...27XXV 79
58. tt 16 2 2 28 » 79
59. tt 16 2 3 7 » 83
60. IX , tt 16 48 2 6 XXVI 875
61. X 35 3 37 » 451
62. X, lt 2 4 9 7 XXV 142
63. cm 8 2 4 1 » 88
64. c 9 41 1 4 XXVI 588
65. X I, lt 9 49 1 8 » 900
66. lt 9 in f. 39 2 22 » ' 516
67. X II, tt 38 et 43 35 1 18 ■» 432
68. tt 38 et 43 35 1 20 » 433
69. tt 41-43 35 3 24 » 447
70. tt 41-43 35 3 32 » 449

Lo que la opinión de Santo Tomás representa en la obra


metafísica de Suárez no ha de medirse sólo por las interpre­
taciones referentes al texto metafísico del Estagirita. Los
libros físicos, los referentes a la lógica, los cosmológicos de
diversos géneros, todos tienen su lugar en las citas de Suárez.
Pero donde Suárez más bebe de entre toda la producción del
Aquinate, es, como luego se verá documentalmente y a sim­
ple vista, en la Suruma Theologica, muy especialmente en su
primera parte. Pero dejemos que sea tiempo oportuno de tra­
tar sobre esto.
De entre estos tres comentaristas, parece Santo Tomás el
de más autoridad para Suárez. Es indudable que el Aquinate
representa un valor decisivo por su cristianismo filosófico, en
virtud del cual Suárez, según lo indicado más arriba, encon­
traba resueltos los problemas fundamentales que al pensa­
miento cristiano pudieran salir al paso en un estudio del texto
pagano de Aristóteles.
Al lado del grupo aristotélico, el resto de filósofos griegos
tiene relativa poca importancia cómo fuente de inspiración de
Suárez. Aparece, sí, el nombre de Platón, con relativa fre­
cuencia. Aparecen las dos escuelas jónicas con sus represen­
tantes principales: Anaximenes, Anaximandro, Apoloníades,
de la antigua; Empédocles y Anaxágoras, de la reciente. Apa­
AUTORES GRIEGOS 85

recen los atomistas Heráclito el Llorón y Demócrito el Rien-


te. Aparecen los pitagóricos en general; Epicuro, con sus se­
guidores pitagoreizantes Apuleyo y Plutarco. Está represen­
tado el neoplatonismo con Plotino, Proclo, Porfirio, Aleinous,
Simplicio y Temistio. El panorama griego se completa con los
nombres de Sócrates, los Estoicos, Diógenes Laercio y algu­
nos otros más.
Una rápida exploración sobre estos nombres griegos en
las Disputas Metafísicas nos ha hecho formar una lista de
autores griegos citados, sí, por Suárez, pero con un conoci­
miento indirecto de ellos. Anotamos a la vez el autor o auto­
res a través de los cuales Suárez ha llegado a tener la noticia
referida:
A n a x à g o ra s tom a d o ,de A ristóteles ( ? ) .
A n a x im en es » » A ristóteles ( ? ) .
A n a x im a n d ro » - » A ris tóteles ( ? ) .
A r ch y ta T aren t. » . » S im p licio.
D e m ó crito » » A ristóteles y V ives.
D io d o r o » » L ip om a n o.
D io g e n e s A p o i. » » A ristóteles.
E m p e d o cle s » » A ristóteles y V iv es .
E p ic u r o » » A ristóteles.
E u rip id e s » » J u stin o M .
E u stracio » » S a n to T om ás.
H e ra e lito » » C icerón , F on se ca y V ives.
H ip a s o » » C icerón.
H om ero » » C irilo A le j.
J à m b lico » » F erra rien se.
L e u e ip o
M en a n d ro » » C lem ente A le j.
M e tro d o ro -
M ile sio T ales » » A ris tó te le s y E u seb io.
O rfe o 1 » » C lem ente A le j.
P h erecides » » T eod oreto.
S ó fo c le s » » J u stin o M .
S tra b ón
T rism egisto » » C irilo A le j. y T ertu lia n o.
X e n ó fa n e s » » C icerón.

Esta lista¡ sin pretender darle un valor definitivo, vale


para hacerse alguna idea de las referencias de Suárez, al me­
nos en lo que toca a la filosofía griega. Por lo que hace a los
86 CAP. II. FUENTES

grandes comentaristas de Aristóteles, entonces la impresión


que se percibe es la de una lectura asidua y considerada, que
se refleja en la diligencia con que son precisadas y clasifica­
das sus opiniones.
Platón merece ser estudiado aparte. Cierto es, en todo
caso, que la filosofía de Suárez es esencialmente aristotélica
en su conjunto sistemático. Pero, de confirmarse la hipótesis
que más arriba hemos perfilado acerca del sentido histórico
de Ja Metafísica de Suárez como revaloración de las ideas pla­
tónicas, aunque deshipostasiadas, échase de ver al punto que
un estudio completo de lo platónico en las Disputas Metafísicas
suarezianas había de arrojar gruesos e intensos manojos de
luz con que iluminar los fondos últimos de la poderosa mente
del Eximio. Quede aquí siluetado el panorama que con tales
luces pudiera descubrirse en la Metafísica de Suárez: quizás
se toca ahí el nervio— prescindiendo ahora de calificar su es­
tado— de su concepción metafísica.
Un examen de las citas platónicas en la obra de Suárez re­
gistra repetidos signos de interrogación sobre el alcance de
las lecturas directas que de Platón hubiese tenido Suárez.
Señalemos primeramente aquellos pasajes en que Platón
es aducido con más verosimilitud de conocimiento directo.

Obra' citada Pasaje citado L ugar en que se cita E d. de V ivé»

i ........................ DM 1 P rol. XXV 2


2 ................ ............... D M 3 5 s 1 n 24 X X V I 435
Epim enides . . . 3............................. 30 17 52 » 224
4 .................. In d e x arist. 4 X X V 1
» ............. D M 19 s 2 n 12 » 696
H yp p ia s ma. . . 6. ............ ................. 12 3 4 389
D e Legibus . . . . 7. Dial. 4 ............. 24 1 9 892
» ____ 8. Dial. 1 0 ........... 18 ' 7 28 » 639
» ■ .... 9. » . : . . . . 30 15 44 XXVI 183
» .... 10. » ........... 35 1 24 435
11. ............................ 18 1 9 XXV 596
Parmenides . . . 12.................. ............. 4 5 3 » 13 2
P h a e d o ............. 13................................ 23 1 7 » 845
14. ........... ................. 39 2 12 XXVI 513
Politious . . . . . . ' 15 Ultra médium 29 ■2 25 > 43
Praedie. . . . . . . 16! ....................... . . 18 - 7 28 XXV 639
autores g r ie g o s 87

Obra citada P asaje citado L u ga r en que se cita E d. de Vivé»

17. L ib . 7 .............. DM .1 s 5 n 35 XXV 47


» 18. » .............. 1 5 46 > 51
» ... 19. L ib . u lt............... 19 2 12 > 696
» 20. . » ............ 19 11 3 » 739
S o p h i s t a ............ 2 1 .................................. 1 5 35 » 47
29 ........................ .. . 13 2 1 > 399
» ............ 23 ............................. 28 3 15 XXVI 18
» ............ 24 .................................. 39 2 12 » 513
» . .. . 25 ............................ .. 41 1 9 590
26 ............................. 13 2 1 XXV 399
» .......... 27 .............. •._____ 30 14 12 XXVI 168
28 ............................. 13 4 2 XXV 410
» ............ 2 9 .................................. 13 4 6 > 411
» ............ 30.................................. 13 5 13 » 418
31 ............................. 13 6 1 » 420
32 ........................ 14 3 11 » 474
» ...... 33 .................................. 15 1 5 499
>> 34.................................. 18 9 31 677
» . . . . 35 .................................. 21 1 15 » 789
36 .............. .............. 24 1 9 892
37 ............................ 25 1 1 899
38 ............................. 35 6 18 XXVI 473
» .. . . 39.................................. 42 Proem. 3 » 605
» . .. . 40.................................. ■ 50 3 11 » 925
» ............ 41. ............................... 50 10 9 » . 960

En esta serie de referencias no deja Suárez hilo alguno


que nos lleve a la persuasión de que están basadas en lecturas
directas.de Platón. Más aún: a veces se refieren palabras tex­
tuales— aunque reducidas a un par de líneas— de alguna de
las obras de Platón; pero aun en este caso observamos la
ausencia de citaciones concretas. Fuera de los diálogos De
Legilms y De República, los demás son señalados vagamente
con la indicación genérica del título del libro. Entre tales citas
vagas ha de numerarse también aquel ultra médium con
que se especifica la única referencia al Político.
Las citas que de los libros platónicos De Legibus y De Re­
pública se encuentran en la magna obra suareziana De Legi­
bus nos inducen a pensar que Suárez, al menos cuando com­
puso su gran obra jurídica, tuvo un conocimiento más minu­
88 CAP. n . FUENTES

cioso de esos diálogos (18). ¡En la Metafísica encontramos


varias citas de Marsilio Ficino (19), y ello nos hace ver que
manejó sus traducciones. Pero una vez (20) se refiere a los
resúmenes que del pensamiento platónico hizo el célebre hu­
manista del Renacimiento. Estos indicios en su conjunto— ate­
nuados por el posible uso de los índices de Ficino— no bastan
para quitarnos la impresión general, que la manera de citar
a Platón nos produce, de que Suárez no tuvo de Platón sino
un conocimiento indirecto.
No pocas veces es Suárez mismo quien señala las fuentes
de que ha bebido sus noticias platónicas. Indicamos a conti­
nuación estas citas indirectas, señalando en la segunda co­
lumna el autor de que ha sido tomada, y en la primera, la obra
platónica citada cuando la indica Suárez:

Obra citada Autor de que se cita (Lugar en que se cita Ed. de Vivé»

i. Alcinous . D M 12 s 4 n 15 X X V 413
2. Aristóteles Index arist. 9 » X
3. » >> » 10 » X
4. » » » » X IV
5. » » » » X X X III
6. » » » 1 » X X X V II
7. » » » 3 » X L iir
8. » » » 3 » XLI
9. » DM 5 s 2 n 2 > 148
10. » 6 2 3 » 207
11. » 6 8 7 » 230
12. » 6 9, 15 » 236
13. » 33 2 19 X X V I 345
14. » 34 8 11 » 423
15. » 35 3 38 » 451

(18) Con todo, aun en D e L egib u s Suárez depende no solam ente do la


traducción de Marsilio Ficino, sino tam bién de sus argum entos y resúmenes.
Todas las citas están tomadas de este humanista, aunque sólo en un pasaje
es citado. (De L eg., I, 7, 2 .)
(19) En total son cuatro las citas que encontramos de este hum anista:
D e inm ortal, amimae, lib. 18, c. 4 <DM 18, s. 8 , n. 4 ); ib., lib. 2, c. 6 (D M 30,
s. 7, n. 30); Ora-tio 6 in conv. P lat. (DM 35, s. 1, n. 25); Dial. G ñ tia s (ib.,
ni 24).
(20) E p la últim a cita que acabamos de hacer: “Eam que fuisse sen-
tentlam Platonis constat ex Dialogo 10 D e le g i b u s , e t ex Dial. O ritias, et
ex Marsilio Ficino in argumento eius.”
AUTORES GRIEGOS 89

Obra citada Autor de que se cita Lugar en que se cita E d. de Vlvés



16. A ristoteles . .. D M 35 s 6 n 2 XXVI 468
17. » ... 44 8 3 » 681
18. » 47 1 10 » 784
19. A u g u stin u s . . . 25 •1 3 XXV 900
20. » 35 1 26 » 906
21. » 28 3 L5 XXVI 18
22. 35 1 14 » 430
P h a ed o .............. 23. Clem ens A l e x . . 25 1 3 XXV 900
24. C y r i l l u s ............ 30 1 3 XXVI 61
25. C y p ria n u s ... 35 5 7 » 467
26. D am ascenus . . 17 2 15 XXV 589
27. » 18 ' 1 5 » 594
28. » 22 1 13 » 805
P a r m e n id e s . . . 29. E u gu b in u s ..- « 2 3 » 207
T i m a e u s ............ 30. » 6 2 3 » 207
31. » 35
O
O 9 XXVI 44 2
T i m a e u s .......... 32. » 35 6 18 » 473
L. 10 de L eg. . . 33. T in sftb iu s .......... 35 5 7 » 467
34. G reg. N azianz. 30 13 1 » 162
35. 30 4 15 » 78
36. P lu ta reh u s . . . 19 11 h XXV 741
T im a eu s ............ 37. S e n e c a .............. 11 3 18 » 394
P h a e d o ............... 38. » .... 11 3 18 394
T im a eu s ............ 39. S im p liciu s .i. 13 6 3 » 421
40. » 14 3 10 » 474
41. » 22 I 13 » ‘ 805
42. S oto ................... 47 1 9 XXVI 784
43. T ertu llia nu s . . 20 1 17 XXV 749
44. S. Thomas . . . In d e x aristot. » X L I II
45. » ... D M 13 s il n 1 » 438
46. » 35 1 15 XXVI 431
47. V iv e s ................. 19 11 9 XXV 740

Para completar el cuadro de citas platónicas habría que


añadir algunas más en que se aduce genéricamente a Platón,
sin señalar ni punto concreto de sus diálogos ni autor de que
se toma la referencia. Pero, dada su imprecisión y su poco
número, no vale la pena de reseñar en listas estas citas.
Desde luego, una lectura un poco atenta de los pasajes
platónicos en Suárez, pronto causa la sensación de que el Exi­
90 CAP. II. FUENTES

mió tiende a simpatizar con Platón, ya atenuando el alcance


de sus concepciones, ya corrigiéndolas suavemente, ya acen­
tuando cuanto de cierto y elevado pueda encontrar en ellas.
En esto Suárez se deja inspirar por Ja tendencia general de
los Padres de la Iglesia, quienes, por influjo, sobre todo, de San
Agustín, quieren a veces ver en Platón casi un predecesor del
pensamiento cristiano. Junto con este influjo patrístico en
Suárez, es observable en él una reacción, más o menos tácita
y vehemente, contra el marcado antiplatonismo de Aristó­
teles.
Esta impresión general puede confrontarse en particular
examinando la crítica de Suárez a las ideas platónicas; punto
éste por demás interesante para decidir sobre el valor de la
hipótesis que hemos pergeñado más arriba. Sin pretender ago­
tar esta materia, sino justo introduciéndonos en ella, quere­
mos señalar ciertos puntos que nos sirvan de hitos para fijar
la trayectoria suareziana hacia una toma de posición ante el
problema platónico.
Por de pronto, no quiere Suárez plantear, como Aristóte­
les, temáticamente como de frente el problema de las ideas:
le parece sencillamente una discusión inútil:
“ Aquí discute [Aristóteles] las demás cuestiones indicadas
anteriormente, y casi siempre se vuelve a la inútil discusión de
las ideas con Platón. P or ello, nada nuevo suele disputarse
aquí” (21).

Suárez no acepta como auténtica de Platón la explicación


que de sus ideas o formas propone Aristóteles. Por eso, de or­
dinario no se la atribuye a Platón de modo categórico y ab­
soluto, sino haciendo notar que es interpretación de Aristó­
teles, como quien quiere cargar sobre éste la responsabilidad
de ella: es éste un hecho frecuentemente observable:
"... porque Platón (según él se lo atribuye) separaba las
ideas y las esencias de las cosas sensibles no solamente de- la
materia signada, sino en absoluto de la materia” (22).

<21) “Hie disputat caeteras quaestiones supra praem issas: et semper


fer.e revertitur ad inutilem dlsputaitionem de i-deis cum Plat one. Quare nihil
novi so le ! hie etiam dispiitari.” In d ex locupl., 1. I l l , c. AH.
(22) “Unde nihil etiam hoc loco distinxit Philosophus inter materiasn
communiter sumptam et materiam signatam seu indiviiduam, quia Plato (ut
AUTORES GRIEGOS 91

“ Porque Platón puso de este modo ideas que son formas


eternas e inmutables, como refiere Aristóteles” (23).
“ Este aserto es contra Platón, quien afirmó que estas subs­
tancias inferiores las hacen las ideas, si es que lo afirmó en el
sentido con que le carga [quem Aristóteles illi imponit] Aristó­
teles, a saber, que las ideas son ciertas substancias distintas de
Dios, y en realidad do verdad separadas de la materia” (24).

Aun a veces parece Suárez insinuar cierta intención pe­


culiar en Aristóteles contra Platón, como cuando dice que
incoa Aristóteles sus disputas contra Platón (25), o que toma
una actitud con la intención de combatir la opinión de Pla­
tón (26).
En cambio, hace constar que esta interpretación de las
doctrinas platónicas a muchos se les hace increíble, no ya en
sí, sino aun que de hecho fuera tal teoría propia de Platón:
“ Es esto tan manifiesto, y tan claro de suyo, que a muchos
les parece increíble que Platón enseñara lo contrarió en el sen­
tido que Aristóteles le atribuye en los libros I y V I I de la
Metafísica y en otros sitios rebatiéndole amplísimamente.”

De este parecer son, según cita Suárez, Eustracio y Sim­


plicio, como lo refieren Santo Tomás, San Agustín y Séneca;

ipse ei tribuit) non solum a materia signata, sed. absolute a materia separa­
ba t ideas e t essentias rerum siensibilium.” In d ex locv/pt., 1. V II I , c. 3, q. 3.
En este m ismo lugar s e hace otra dascripción de la teoría platónica, siempre
cargándosete, a A ristóteles: “Aristoteles ergo praeter form am partis. quae
est proprius actus materiae, per form as intelligit frequenter in 7 et in hoc
8 Iiblro, illas Platónicas, quae (iuxta sensum in quo A ristoteles illam sen-
tentiam tractat) ponendae erant separatae et distinctae non solum a materia,
sed etiam a formis singular i bus actuantibus m ateria m ...” Ibid.
(23) "P lato enim ha ratione posuit ideas quae suni form as aetem&e et
immutabiles, ut Aristoteles refert.” DM 6, s. 7, n. 7.
(24) “Haec assertio est contra Platonem, qui posuit substantias has
inferiores fieri ab ideis, si tarnen id asseruit in eo sensu quem Aristoteles
illi imponit, nimirum, ideas esse quasdam substantiae dißtinctas a Deo, et
in re ipsa separatas a m ateria et induce,ntes im materiajm fonmas, eft perfi­
cientes generationem substantialem .” DM 35, s. 6, n. 2.
(25) “E t tacite inohoat disputationem contra Platonem, ut ostendat for­
mas separatas seu ideas non esse necessaries, nec propter definí,tiones, nec
propter esse individuorum, nec propter rerum generationes.” In d ex locu.pl.,
,1, V II , c . 4.
(26) “Videturque id sufficere intentioni Aristotelis, qui inde deducit,
Platonem non recte posilisse ideas rerum corruptibilium separatas et incor-
ruptibiles...” DM 35, s. 3, n. 38. Suárez llam a la atención con nedativa fre­
cuencia sobre este antagonismo de Aristóteles para con su maestro.
92 C AP. I I . F U E N T E S

más aún, parece indicarlo Platón mismo en su Parménides y


Timeo, según los trae Eugubino (27). En otro sitio trae la
autoridad de San Clemente Alejandrino para señalar la men­
te como el lugar propio de las ideas, refiriéndose a Platón (28).
Y apoyado en estas autoridades doctrinales, Suárez inter­
preta. ya positivamente la opinión de Platón:

“ De ser esto así [se refiere a la interpretación que acabamos


de indicar como dada por varios], hay que afirmar en conse­
cuencia que Platón no puso las ideas por nuestro modo de con­
cebir, definir o saber las cosas en universal... Sino que se afir­
man tales ideas para que sean ejemplares primeros de estos se­
res inferiores, e influyan en ellos como primer principio inmu­
table en su género” (29).

Varias veces, con ligeras variantes, expone Suárez como


propia una interpretación parecida de las ideas platónicas. Así,
hablando de la posibilidad de que una forma aun a distancia
pueda influir en la producción de otra, dice que tal explica­
ción tiene sabor platónico, entendiendo que Platón haya sos­
tenido que las formas substanciales son inducidas por las
ideas separadas. Este sabor platónico de la explicación in­
dicada lo prueba Suárez con esta razón:

(27) “Quod adeo m anifestum ac per se notum est, ut m ulti» incredibile


videatur, Platonem docuisse contrarilim .eo sensu, quo 1. et 7. metaph. et
alita ìocis Aristoteles illi attribuii, et latissime im pugnai. Ita sensisse
illustratium et Simplicium... et in partieulari agems de ideis A ugustinus...
dacia)'at, Platonem fuisse loeutum de ideis, quae su nt in mente divina, quod
etiam sentit Seneca....” DM 5, s. 2, n. 3.
(28) “E x his autem facile intelligere licet, in communi sequendo, ubi
sit, et quid sit exenjplar. E st entai in mente seu in intallectu, ideo enim
interdum exem plar appellatur. Plato entai ob eamdem causano, exemplar
mundi intelligibilem mundum appellavit, ut Augustinus supra notavit. Ideo
denique Clemens Alexand. supra M en tem , dixit, esse locum ideatrwn, et
lib. 5 Strom ., non longe a principio, dixit, Platonem in Phmedone ob hanc
causant déclarasse veritatem esse ideam. Id ea autem (ait) est D ei intelU-
gent-ia, seu quod a m en te divina intelMgitur" D M 25, s. 1, n, 3.
129) “Quod si ita est, conséquentes dicendum est, Platonem non posuis-
se ideas propter modum nostrum concipiendi, definiendi, aut scieindi res in
universali, ad hoc enim uihil conférant ideae prout in mente Dei : quia, nec
nos illas concipimus, aut defintaius ; et si per impossibile non assent tales
ideae, possent eodem modo univensalia a nobis concipi, ad definir!. Seri po-
nuntur huiusmodi ideae, ut sint prima . exemplaria horum inferiorum ; et
in ea influant tamquam primum, et immutabile principium in suo genere.”
DM 5. s. 2, n 3.
AUTORES GRIEGOS 93

“ porque si es verdad que Platón no afirmó las ideas fuera de


la mente divina, equivalió a decir que las formas substanciales
son producidas por la causa primera” (30).

Otra vez, hablando de las causas ejemplares, pone este


aserto: que el ejemplar, o idea ejemplar, tiene su sede en la
inteligencia como concepto formal de ella. Dice de esta con­
clusión que es muy de la manera de hablar de Santo Tomás
y de los Santos:
“ Porque al decir ellos que la mente es la sede de las ideas,
y que. las ideas divinas son las razones inmutables y eternas de
las cosas, y formas inteligibles, indican bastantemente, tanto que
son cosas en verdad existentes desde la eternidad, como que es­
tán intrínsecamente en Dios, y también formalmente en Él en
cuanto inteligente y en cuanto que •intelectualmente representa
todas las eosas; lo cual se dice de Él p or razón de su concepto
o acto de entender. Que Platón pensó de la misma manera lo
han enseñado muchos, y lo señala principalmente San Agustín
en los pasajes citados. Y lo explicó muy bien Celio Rhodigino...
De igual manera, Eugubino...” (31),

con lo que una vez más expone Suárez una interpretación ra­
zonable de las ideas platónicas, muy en consonancia con su
propia metafísica situada en un plano metafísico, donde las
grandes decisiones metafísicas se toman considerando sólo
las puras esencias metafísicas: estas puras esencias, indepen­
dientes de todo estado mental o lógico’ en que se conjuga ade­
más su estado de abstracción y universalidad, o del estado
físico en que se conjuga su singularidad intransferible, tienen,
al parecer, un evidente parentesco con este mundo platónico
de ideas, pero debidamente concebidas: no a la manera aris-

(30) “Posterior vero pars sapit opinionem Flatonis, qui dicit formas
substantiates induci ab ideis separatisi nam si veruna est Platonem non
posuisse ideas nisi in mente divina, perinde fu it ac dicere formas substan­
tiates effìci a prima cau sa.” DM 18, s. 2, n. 13.
(31) “Dum enim aiunt mentem esse sedem idearum, et ideas divinas
ess.e ratdon.es rerum incommuta biles et aeternas, et form as intelligi biles,
satis significant, e t esse veras res existentes ex aeterni tate, et aeternitate,
et esse in Deo intrinsece, et esse in eo formaliter, quatenus intelligens est,
et intellectualiter repraesentans omnia, quod convenit illi' ration© sui con­
cept ixs seu actus intelligendi. Eodem modo sensisse Platonem de ideis, do-
cuerunt multi, et praesertim indicat Augustinus citatis locis. Explicuitque
opt'ime Coelius Rhodiginus... Similiter E ugubinus...” DM 25, s. 1, n. 26.
94 CAP. II. FUENTES

totélica, que las entendió dotadas de una realidad propia y


separada de toda otra, sino a la manera de tantos intérpretes
cristianos, que entendieron esas ideas como puestas en la men­
te divina, e identificadas con la misma inteligencia y realidad
de Dios.
Como conclusión de todo este apartado de las fuentes grie­
gas de la filosofía de Suárez, en cuanto las vemos manar de
sus Disputas Metafísicas, es justo reconocer en Suárez un co­
nocimiento del mundo filosófico griego superior, y quizás muy
superior al que consiguió el nivel ordinario de los escolásticos
anteriores a él. Suárez fué hijo de su época al seguir su modo
ordinario de usar las fuentes con leyes no tan rigurosas en
cuanto a la depuración y a la fijación del texto. Pero también
lo fué al incorporar 'a su mente el conocimiento y estudio
del mundo Clásico, que entonces hacía reflorecer el humanismo
renacentista.

III

Pocas veces los grandes discípulos de Santo Tomás habrán


pronunciado profesiones de fe tomista tan recias y consagra­
das como la que Suárez antepone a toda su producción teo­
lógica.
Está impresa al frente de su primera obra, al comentar
el prólogo de Santo Tomás a la tercera parte de la Summa.
La tomamos de la primera edición del De Verbo Incanato;
primicia de los volúmenes suarezianos. Con frases de rotundi­
dad ciceroniana, un poco cargadas de retoricismo, pondera
Suárez la dificultad de tratar los profundos misterios teológi­
cos revelados en la Encarnación del Verbo. Pero, en fin, de la
mano de los Santos Padres y de los Doctores de la Iglesia,
contando con la ayuda de Dios y de su Santísima Madre, Suá­
rez se dispone a tratar de misterios tan elevados, tan superio­
res a todo sentido y razón y capacidad nuestra. En este mo­
mento escribe Suárez las siguientes líneas:
“ Y con tanta mayor facilidad y seguridad espero conseguir­
lo en esta mi obra, cnanto tengo mi espíritu más decidido a
atarme a los pareceres y sentencias del Doctor Angélico y se­
guir sus inclinaciones con toda industria y suma diligencia. Pues
SAN TO T O M Á S 95

puede conmigo tanto su autoridad, que mientras siga sus hue­


llas, no temo yo equivocaciones de camino, ni nudos de dificul­
tad, ni lazos inextricables de argumentos” (32).

Cierto es que esta profesión se refiere en el contexto a


solas las especulaciones teológicas. Pero no menos cierto que,
en realidad, tanto para la filosofía como para la teología de
Suárez fué Santo Tomás verdadera luz y antorcha con que
ilumina los caminos de la razón y de la fe (33).
Una prueba de ello tenemos precisamente en la Metafísica
cuyas fuentes estamos explorando. Tan consciente era Suárez
de la abundancia de su comentario a las enseñanzas de Santo
Tomás a lo largo de las Disputas Metafísicas, que lo que no
hiciera en el De Incarnato, hizo aquí: añadir como apéndice, en
contraposición a un índice filosófico concerniente a Aristóte­
les, uno teológico, en que se recogieran ordenadamente las
doctrinas de la primera parte de la Summa comentadas en la
Metafísica, donde, como ya antes advertimos, sólo lugar inci­
dental se reservaba a las cuestiones propiamente teológicas.

(32) “Quod ©o facilius atque s.ecurius in hoc opere assecuturum eonfldo,


quo m agis Angelici Doctoria placitis ac sententiis inhaerere, eiusque sensa
omni industria, summaque diligientia rimari in animo est. Quippe e a est ín
me eius auetoritas, ut vestdgiis illius insistons, nullos aut itineris errores,
aut difíieultatum nodos, vel demum inextrleabiles argumentorum laqueos per-
tim escam .” Com. ac. Disp. in tertiam P a rtem ..., tomus primue. Compluti,
1590. Praefatio. L a tercera, edición reproduce esto m ism o exactamente.
(33) Dos olases de argumentos se han movido contra la fidelidad tom ista
de Suárez. E l primero, tomado de su correspondencia epistolar con los supe­
riores de la Compañía, de la cual deducen que Suárez fu é reprendido por
sus superiores, y que él m ismo reconoció su falta. Véase, por e j., N . del
P rado, D e v erita te fun dam en tan philosophiae C hristianae, pag. 208. Efeas
cartas las había publicado el P .'T acchi-VENtur -t, S toria della Compapnia■..., I,
pp. 485-7. E l P. Scorraile dió cumplida respuesta a la acusación en la revista
É tu des: F rançois Suarez a-t-il é té blâmé par ses Supérieurs?, tomo 131 (1912),
pp. (154-666. Y de nuevo más cumplidamente trató el asunto' en -su obna sobre
Suárez: F ran çois Suárez..., tomo I, pág. 139 ss., en las cuales se presenta
fotocopiada la carta autógrafa de Suárez, y en las págs. 211 y ss. E l segun­
do argumento se tom a de las diferencias doctrinales. A este respecto se pre­
sentan listas largas do diferencias ; las empezó en esta' nuestra época, ya
antes de las fam osas 24 tesis, un artículo de R egiton, Suarez m étap h ysicien ,
com m en tateu r de S. Thom as, en L a S cien ce Catholique, julio y agosto de 1898.
L a lista de errores la trae también N . del Prado en ei lugar arriba citado.
E n general, en el fondo de esa larga serie de diferencias entre Santo Tomás
y Suárez en filosofía, no hay más que dos cuestiones: la del principio de
individuación y la de la distinción de esencia y existencia. De lias dos dire­
mos algo en las páginas que siguen.
96 CAP. II. FUENTES

Nosotros por nuestra parte hemos hecho una búsqueda


sistemática de todos los lugares de la Summa de Santo Tomás
que se hallan expresamente citados a lo largo de las 54 dis­
putas metafísicas. Los hemos reunido ordenadamente en los
siguientes paradigmas, en que se registra la cuestión y ar­
tículos de cada una de las partes de la Summa, anotando a
continuación la disputa, sección y número que en Suárez le'
corresponde, y el tomo y página en que se halla en la edic’ón
de Vivés. He aquí la larga serie de citas de la primera parte
de la Summa:

Obra citada Pasaje citado Lugar en que se cita Ed. de Vivès

S um m a Theol. 1. 1 p, q 1, a 1, ad 1 DM 2 S 1 n 28 X X V 260
2. a3 44 11 04 X X V I 713
3. a5 30 4 30 » 84
4. a 5, ad 1 1 5 32 X X V 46
5. q 2, a 1 29 3’ 33 X X V I 60
6, a 1 , c et
ad 4 6 5 5 XXV 225
7. a1 29 2 3 XXVI 35
8. a 2, ad 2 29 3 2 » 472
9. a4 44 12 51 » 737
10. a 3, rat. 4 in Met 2 1 2 q 6 X X V V
11. q 3, a 3 DM 5 s 2 n 6 » 149
12. a3 34 3 4 XXVI 359
13. a3 41 3 4 » 594
14. a 3, ad 3 5 3 3 XXV 162
15. a 3 et 4 34 2 6 XXVI 354
10. a4 30 4 2 » 75
17. a. 4 31 .1 3 » 225
18. a4 2 5 16 X X V 98
19. a 4 et 5 2 4 -2 » 88
20. a 6, ad 2 10 2 21 » 341
21. a8 12 4 15 » 413
22. q 4, a 1, ad 3 13 5 16 » 419
23. ad 3 31 1 9 XXVI 227
24. ad 3 31 13 21 » 305
25. a2 30 1 6 » 62
26. a2 30 2 20 » 70
27. a 2, ad 3 1 2 30 X X V 12
j 28. ad 3 26 1 6 » 918
S A N TO T O M Á S 97

Obra citada Pasaje citado X-ligar en que se cita Ed. de Vìvès

Stimma Theol. 29. l p , q 4, a 3, ad 1 DM 2 s 6 ai 16 X X V 98


30. ad 4 ■ 47 12 18 X X V I 830
31. q5 7 1 17 X X V 256
32. q 5, a 1 2 6 16 » 98
33. a1 10 2 18 » 334
34. a1 10 3 25 » 354
35. al 10 2 19 » 334
36. a l , ad 1 10 2 16 » . 339
37. a 1, 3 et 5 10 2 10 331
38. a2 23 7 19 » 874
39. a 2, ad 1 10 2 21 » 335
40. a 3 „ad 1 2 2 8 » 72
.41. ad 1 " 11- 1 15 » 360
42. ' ad 2 . 11 1 15 » 360
43. ad 3 ■ 10 3 24 » 354
43’. ad 3 13 8 3 » 425
44. ad 4 10 3 19 » 352
45. a 4, ad 1 10 2 19 » 339
46. a5 10 1 3 » . 329
47. a5 10 2 19 » 334
'48. ■ a5 10 3 3 » 347
49. a 5, ad 4 11 1 1 13 » 359
50. a6 10 2 3 » ' 336
» 51. a6 10 2 19 » 340
52. a6 10 2 19 » 341
53. a6 23 6 6 » 870
54. a6 . . 23 6 * 16 ». 873
55. a 6, ad 2 10 2 23 » 342
56. ' 11 et 16 3 1 ■4 » 104
57. 11 et 16 3 2 4 » 108
58. q 6, a 3 4 3 7 » 127
59.. a 3, ad 1 4 2 2 » 123
60. a6 23 6 • 16 » 868
61. q 7, a 1 , 30 2 18 X X V I 70
.62. a 1, ad 3 30 2 25 » 72
62’. a3 41 5 15 » 604
63. a 3, ad 2 41 4 5 » 597
64. a 3 et 4 30 17 18 » 212
65. q 8, a 1 21 1 6 » 787
66. a1 30 7 3 » ■ 95
67. a 1 et 3 18 8 10 X X V 654
98 CAP. II. FUENTES

Obra citada Pasaje citado Lugar en que se cita Ed. do Vivé»

Summa Theol. 68. 1 P» q'8, a 2, ad 1 DM 30 s- 7 n 52 X X V I 112


69. q9 ■ 35 3 53 » 457
70. a 1 et 2 23 •7 8 XXV 876
71. a2 28 1 12 X X V I 4
72. a2 31 3 3 » 233
73. a2 51 3 lé » 986
74. q 10, a l 50 é 2 » 926
75. a2 " 50 1 2 » 913
76. a 2, ad 3 50 é 2 » 926
77. a3 31 2 2 » 229
78. a3 50 é 2 926
79. a 3, ad 3 31 2 8 » 231
80. a 3, ad 3 31 12 éO 294
81. a4 50 11 11 » 964
82. a 4, ad 3 50 7 1 » 945
83. a 4 et 5 50 5 8 » 932
84. a5 50 3 6 > 924
85. a5 50 11 6 962
¡ 86. a 5, ad 1 50 7 » 944
87. a 5, ad 1 50 7 9 » 948
88. a 5 et 6 50 6 O » 941
89. a6 50 7 16 » 945
90. a 6, ad 2 50 7 11 » 943
91. q ll é é 2 XXV 131
92. q ll, a l 4 1 6 117
93. a1 é 1 23 » 122
94. a1 é 3 7 » 127
95. al é 9 2 » 141
96. a l , ad 2 é 5 . 2 » 133
97. a 1 et 2‘ é é 3 » 132
98. a 1 et 2 XXVI 586
99. a2 é 6 1 XXV 135
100. a2 4 7 3 » 136
101. a2 é 9 5 » 142
102. a 2, ad 2 é 1 27 » . 122
103. ad 2 36 3 6 XXVI 487
104. ■ad 4 3 2 8 XXV 109
105. ad4 . .é 1 14 » 119
106. adé é 6 3 » 135
107. adé é 8 2 » 137
108. adé é 7 3 » 137
SANTO TOMÁS 99

Obra citada Pasaje citado Aligar en que se cita Ed. de Vivé*

' umma Iheot. 109. 1 p, q 11, a3 DM 30 s 10 n 5 XXVI 138


110. q 12, a2 30 11 27 » 149
111. a4 30 11 13 » 145
112. a7 47 3 2 » 794
113. a 12 30 12 7 » ’ 160
114. a 12 35 2 3 » * 436
115. q l3 , al 30 . 14 8 » 164
116. a 2, ad 2
et 3 30 14 9 » 164
117. a4 30 6 2 > 89
118. a5 2 2 4 XXV 71
119. a5 28 3 5 XXVI 14
120. a 5 et 6 28 3 11 » 16
121. a6 12 1 14 X X V 379
« 121’. a6 15 11 15 » 559
122. a6 28 3 14 X X V I 17
123. a7 47 2 10 X 784
124. a7 47 4 19 » 804
125. a7 47 8 4 » 815
126. ,a 7 47 10 12 » 824
127. a7 47 15 8 » 841
128. a7 47 15 17 » 844
129. a 8 et 9 30 13 9 » 165
130. q l4 , a l 30 15 27 » 178
131. al , 35 3 18 » 445
132. a l, a d l 30 15 ’ 8 » 172
133. adl 30 15 14 » 174
134. a 1, ad 3 30 15 36 » 180
135. a 4 et seqq. 30 15 14 » 174
136. a5 30 15 24 » 177
137. a6 2 1 6 XXV 66
138. a 6, ad 1 30 15 25 X X V I 177
139. a 7, 14 et
15 ' 30 15 35 » 180
140. a9 31 2 7 » 231
141. a ll 30 15 42 » 183
142. a 11, ad 3 12 4 12 X X V 412
143. a 15 30 15 18 X X V I 175
144. a 15, ad 1 30 9 47 » 131
145. adl 30 9' 52 » 132
146. ad 3 8 2 10 X X V 280
100 CAP. II. FUENTES .

Obra citada Pasaje citado Lugar en que se cita Ed. de Vivé»

Sumiría Ih eol. 147. 1 p, q 14, a 16 D M 44 s 13 n 35 X X V I 732


148. q 15 6 2 3 XXV 207
149. q 15 25 1 28 » 907
150. q 15 30 15 27 X X V I 178
151. q l5 , a l 25 1 30 X X V 907
152. a 2, ad 2 25 1 17 » 904
153. ad 2 25 1 34 . » 908
154. a 3, ad 3 13 . 1 1 » 420
155. q 16, a l 8 5 1 » 292
156. al 8 7 28 '» 305
157. al 19 12 5 743
158. a 1, ad 1 8 7 26 » 304
159. a l, ad3 8 3 13 287
■ 159’. ad 3 8 2 3 » 276
160. a 1, 2 et 8 8 1 3 » _ 276
161. a 1 et 3 10. 2 19 » 334
162. a 1, 3 et 6 8 8 2 » 308
163. a 1 et 3 ■ 8 . 7 3 » 296
164. •a 2 8 3 12 » 286
165. a 2 et seqq. 8 3 7 » 285
166. a 3, ad 2 6 5 ■ 4 » . 224
167. a 3, ad 2 54 1 6 X X V I 1016
168. a 3, ad 3 8 7 7 XXV, 297
169. a4 > 110
170. a5 8 ■ 7 7 » 304
171. a 5, ad 1 8 3 6 » 285
172. a 5, ad 2 8 8 ' 4 309
173. a6 ' 8 7 3 » 296
174. .a7 30 15 27 X X V I 178
175. a7 31 • 12 46 » 297
176. a 7, ad 1 31 12 40 ,» 294
177. a 7, ad 2 6 7 7 XXV 231
178. q 17 9 1 2 313
179. q 17, a 1, ad 1 9 1 12 » 316
180. a 1 et 3 9 1 16 » 318
181. a4 9 1 22 > 1520
182. q 18, a 1 18 7 21 » 636
183. a3 30 14 8 XXVI 167
184. a3 30 14 9 » 167
185. q 19, a 1, ad 4 30 16 13 187
186. a2 30 16 2 190
SANTO TOMÁS 101

Obra catada Pasaje citado Lugar en que se citai Kci. de Vivés

Summa Theol. 187. l p , q l9 , a 2, ad 2


í et 3 D M 54 s 2 n 19 X X V I 1024
188. a 2, ad 2
et 5 30 16 19 » 189
189. a 2, ad 4 30 9 37 » 128
190. a 3, ad 4, 5
et 6 30 16 43 » ■ 197
191. a 3, ad 5 30 16 51 » 201
192. a 3, ad 6 30 16 19 » 189
193. a 4, ad 4 30 17 45 » 221
194. a5 23 9 J 3 XXV 882
195. a 5, a d ì 30 17 . 45 X X V I 221
196.' a 6, ad 2 30 16 19 » 189
197. a7 30 9 2 » 116'
198. a7 30 9 . 57 » 134
199. a 8, ad 2 22 4 13 X X V 832
200. a 9, ad 3 22 4 30 » 836
201. .9 20, a 2, ad 2 30 15 25 X X V I 177
201’ . a6 50 11 11 » 961
202. q 22 23 10 11 X X V 889
203. q 23, a 1, ad 1 22 . 4 33 » 837
204. q 25, a 1 48 3 18 X X V I 886
205. a 1, ad 1 43 5 6 » 654
206. a 1, ad 3 20 4 5 XXV 770
207. a 1, ad 4 30 17 45 X X V I 221
208. a 2, ad 3 30 40 22 » 81
209. a3 30 17 • 10 » 209
210. a 5, ad 1 30 17 32 » 216
211. a 5, a d ì 30 17 45 » 221
211’ . a5 30 17 19 212
212. a6 30 17 19 » 212
213. q 26, a 1, ad 2 47 11 16 » 830
214. 9 28, a l 47 3 11 » 798
215.-, a1 47 11 12 » 824
216. a1 54 4 5 » • 1029
217. a 1, ad 2 .4 7 7 5 » 812
218. a l , ad 2 47 8 4 » 815
219. a 1 et 2 47 1 10 » 784
220. a 1 et 2 47 3 2 » 794
221. a 1 et 2 47 4 19 » 804
222. a 2, ad 2 47 7 3 » ' 811
102 CAP. H . FUENTES

Obra «Atada Pasaje citado Lugar en que se cita Ed. de Vlvés

Summa Theol. 223. 1 p, q 29, a 1 DM 5 s 2 n l 7 X X V 153


224. a1 5 7 2 188
225. a l , ad 1 34 3 2 XXVI 360
226. a l , ad 1 34 5 ■ 54 397
227. a 1 et 2 34 1 13 » 352
228. a 2, ad 4 33 2 17 344
229. q 30, a l , ad 1 34 1 . 6 » 349
230. a3 41 1 6 -» 589
231. a 3 41 1 13 590
232. a 3, ad 3 4 1 22 X X V 121
233. a 4, ad 3 6 8 13 » 236
234. q 32, a 2 47 17 15 X X VI 862
235. a2 47 17 ’ ' 25 865
236. q 33, a l 12 1 12 X X V 377
237. . a 1, ad 1 12 1 2 » 373
238. a l , ad 1 12 1 25 » 382
239. a 1, ad 2 12 1 32 383
240: a 1, ad 4 12 1 17 » 379
241. a3 5 8 2 » 188
242. a3 12 1 17 379
243. q 35, a 5, ad 1 34 7 10 X X V I 415
244. q. 40, a 2 5 2 8 XXV 150
245. a4 12 1 10 » 376
246. q 41, a 2 19 -8 5 » 727
247. a2 30 9 22 X X V I 122
248. a 4, ad 3 30 16 11 » 187
249. a-5 12 1 23 X X V 381
250. q 42, a 4 47 11 5 XXVI 827
251. a 4, ad 2 10 3 11 X X V 350
¡252. ad 3 47 9 3 XXVI 819
253. q44 20 1 25 X X V 752
254. q44 22 1 28 » 808
255. q 44, a 1 in 2 Met., c 1, q 6 V
256. * ; al D M 20 s 1 n 7 » 747
257. á2 12 4 12 » 412
258. a 2, ad 3 12 4 6 » 410
;259. a3 25 2 3 » . 911
■ 260. a4 23 10 8 » 884
261. a4 24 1 9 892
262. a4 29 3 3 XXVI 58
263. q 45 per totam 34 6 . 10 » 404
SANTO TOMÁS 103
»

Obra hitada Pasaje citado litigar e 13 que se cita Ed. de Vivès

Summa Theoí .264. 1 p, q 45, a 1 DM 20 s 1 n 1 XXV 745


265. al 48 3 18 X X V I 886
¡266. a 1, ad 1 13 5 10 X X V 417
1267. a3 20 4 2 » 770
268. ’ a 3, ad 2 20 4 31 » 778
269. a4 13 4 6 410
270. a4 34 5 32 X X V I 389
¡271. a4 34 6 3 » 401
272. a 4, ad 1 34 6 10 » ■404
273. a 4 et 8 15 4 4 XXV 516
274. a5 20 2 11 » 756
275. a5 20 3 2 » 767
276. a5 31 9 4 XXVI 259
277. a5 31 9 5 » 259
278, a 5, ad 1 26 5 15 X X V 939
279. a6 12 1 21 » 380
280. a8 15 2 13 » 510
281. a 8, ad 2
et 3 18 2. 9 » 601
232. q 46, a 1 XXVI 229
233. a2 20 5 4 XXV 780
284. q 48 11 1 3 » 356
285. q 48, a 1 31 8 6 XXVI 255
286. a 1, ad 2
et 3 11 1 6 XXV 357
287. a2 54 ' 3 3 XXVI 1027
288. 3 1 7 XXV 105
239. ad 2 11 3 8 » 366
290. a3 11 3 6 » 365
291. a5 10 1 3 » 329
e 292. a 5 et 6 11 2 3 » 362
293. q 48 et 49 10. 3 4 » 348
294. q 49, a 1, ad 1 11 1 2 » 355
295. . a 1, ad 3 34 7 10 X X V I .415
296. a2 11 4 22 X X V 370
297. a3 11 3 . 1 » 364
298. q 50 35 1 5 XXVI 426
299. q 50, a l 35 3 54 » 457
300. a2 35 3 35 » 450
301. a2 13 14 2 XXV 455
302. .a 2 13 14 3 » 456
104 CAP. II. FUENTES

Obra citada Pasaje citado Lugar en que se cita Ed. de Vivé»

Summa Theol. 303. I p , q 50, a 2 DM 13 s 14 n 8 X X Y 457


304. a 2, ad 1 6 '
11 5 249
305. a3 33 1 24 X X V I 435
306. a 4. . 5 2 23 X X V 155
307. a4 5 3 3 162
308. a4 35 1 9 XXVI 429
309. a4 35 3 43 * 453
310. a 4, ad 1 6 9 8 XXV 238
311. q. 51, a 5 31 12 1 XXVI 283
312. al 35 3 12 » 443
313. a 3, ad 3 51 3 16 » 986
314. q 52, a l 51 3 3 » 983
315. a1 51 4 25 » 995
316. a1 51 4 32 998
317. a3 26 4. 3 XXV 930
318. q 52 et 53 18 8 41 666
319. q 53, a l 51 3 14 X X V I 986
320. q 54, a l et 2 46 1 37 » 764
321. a2 43 2 9 640
322. a3 18 3 15 X X V 620
323. a3 35 4 16 X X V I 463
324. q 55, per totam 35 4 22 » 465
325. q55, a 2, ad 3 ■18 8 41 X X V 666
326. q 56, a 1 35 4 18 X X V I 464
327. aS 30 ' 11 27 » 149
328. a3 30 11 39 » 154'
329. a3 50 7 9 948
330. q 56 et 57 35 4 9 » 461
331. q 58, a 1, 2, 3 ,4 ' 35 4 22 465
332. a3 50 11 6 » 962
333. q 59, a 2 et 4 35 5 4 » „ 466
334. . a3 23 7 10 X X V 877
334’. q 60, a 2 24 2 15 » 898
335. q 62, a 1 30 11 39 X X V I 154
336. q 63, a-1 35 5 ■ 7 » 467
337. q 65, a 4 15 4 4 XXV 516
338. q 66, a 1 15 8 2 XXVI 525
339. a 1, ad 1 4 1 25 » 122
340. a2 13 10' 5 » 436
341. a2 13 11 ' 7 ■ » 440
342. a2 13 11 10 » 442,
SANTO TOMÁS

saje citado Lugar en que se cita vés

342. 0 66, a 4, ad 3 DM50 s i i n ll 961


543: ad 4 46 2 7 767
¡44. q 67, a>2 18 9 33 678
¡45. q 70, a 3 30 16 14 188
¡46. a3 35 1 15 431
¡47. a 3' 35 3 12 443
¡48. q 75, a 2, ad 1 34 5 59 399
549. a 2, ad 1
et 2 34 5 34 390
¡50. a 2, ad 1
et 2 34 5 40 392
¡51. a 2, ad 1
et 2 34 5 42 392
¡32. a3 34 5 43 392
¡53. a 4z 36 2 - 3 482
¡54. a4 36 2 13 485
¡55. a4 36 3 6 487
¡56. q 76, a 1, ad 4 31 11 11 275
¡57. a 2, ad 2 5 3 12 166
¡58. a 3, ad 4 6 9 8 238
359. a 3 et 4 13 3 13 406
¡60. a4 15 10 61 554
¡61. a4 31 8 8 256
¡62. a 4, ad 4 15 10 45 549
¡63. ad 4 15 10 51 551
¡64. ad 4 46 4 14 752
565.. a6 14 3 6 472
¡66. q 77, a 1 14 2 3 465
567. a1 18 3 15 620
¡68 . a 1, ad 2 13 8 3 425
369. ad 2 et
3 18 3 5 616
370. ad 3 et
4 : 18 2 9 601
571. ad 5 14 4 6 495
372. ad 3 .48 3 5 882
373. a6 18 3 4 616
¡74. a7 18 3 14 619
375. a8 18 7 ' 9 633
376. q 78, a 4 10 2 27 343
377. a4 23 10 14 889
106 CAP. II. FUENTES

Obra citada Pasaje citado • Lugar en que se cita Ed. de Vivé»

Summa ,Hheol 378. 1 p, q 78, a 4, ad 3 D M 10 s 2 n 28 X X V 343


379. q79, a l l 44 13 47 X X V I 735
380. q 80, a l et 2 23 8 1 XXV 879
381. q 81, a 2 10 2 27 » 343
382. q 82, a 2 19 8 8 » 729
383. a2 22 4 11 » 832
384. . a 2, ad 2 26 4 3 930
385. a3 10 1 26 354
386. a3 10 1 26 » 355
387. a3 • 23 8 5 » 879
388. a3 30 16 40 X X V I 196
389. a4 23 7 ' 4 XXV 875
390. q 83, a 1 19 5 21 > 718
391. a3 19 5 13 » 715
392. q84, a l 21 "3 11 » 796
393. q 85, a 1 et ad 4 6 5 2 224
394. a1 5 8 2 > 190
395. a 'l, ad 2 37 2 16 X X V I 497
396. a 3, ad 4 6 5 2 XXV 234
397. a 8, ad 2 41 , 4 7 XXVI 598
398. q 88, a 2 et 3 30 12 5 160
399. a2 30 12 7 160
400. q 89, a 2 35 2 6 438
401. a 7 et 8 18 8 7 XXV 625
402. q 90, a 2 15 2 13 * 510
403. a2 ■ 15 2 14 » • 510
404. q 93, a 1, ad ult. 47 12 18 X X V I 830
405. q 103, a 1 ■ 23 10 5 XXV 887
406. a2 24 1 9 » 892
407. a3 29 7 29 X X V I .44
408. a 7, ad 2 19 12 4 XXV 743
409. q 104, a 1 21 *1 6 » 787
410. a1 31 9 5 XXVI 259
411. a l, ad4 21 2 2 XXV 791
412. 1 dub.ult. 21 3 17 » 798
413. a l et 2 )
ad 1 21 3 - 2 794
414. a 3 et 4 22 4 ' 11 832
415. q 105 23 10 11 889
416. q 105, a 1 22 1 20 » 806
417. a 1, ad 1 18 2 38 » 613
SANTO TOMÁS 107

'
Obra citada Pasaje citado Lugar en que se cita Ed. de Vivès

S ü m m a T h eol. 418. l p , q l0 5 , ad 3 DM 19 s 4 n 1 XXV 706


419. ad 3 22 2 10 » 812
420. ad 3 22 2 30 » 818
421. a4 22 4 11 » 832
422. a 4 et 5 19 4 1 > 706
423. . a5 18 1 1 » 593
424. a5 22 . 1 . 6 » 803
425. a5 22 2 16 » 814
420. a5 30 17 34 X X V I 217
427. a 5 e et
ad 3 22 2 8 XXV 812
428. a 5, ad 2 22 2 49 » 823
- 429. ad 2 22 3 . 2 -» 826
430. q llO 35 . 6 17 X X V I 473
431. q 110, a l 35 1 19 » 434
432. a 1, ad 2 35 1 23 » 434
433. a 2. 35 6 4 » 469
434. a3 51 1 4 » 973
435. q 113 35 6 17 » 473
436. q 113, a 6, ad 3 18 8 41 X X V 666
437. q 115. a l 18 9 33 » 678
438. a2 18 1 5 » 594
439. a 2, et 4 31 14 8 XXVI 310
440. d>3j Etcì 3 18 *2 38 X X V 613
441. q 116, a l 19 il 11 » 741
442. a l , ad2 19 12 4 » 743
443. a 2, ad 3 19 11 10 » 740
444. q 117, a 3, ad 2 18 8 26 » 660
445. q 118, a 1, ad 1 18 6 5 » ' 629
446. a 1, ad 4 18 2 33 » 611
447. q 119, a l 36 2 16 X X V I 486

La sola presencia muda de estas largas y austeras series


de citas, en que Suárez, como fiel discípulo, va siguiendo paso
a paso las enseñanzas de su gran maestro, es bastante elo­
cuente para asegurar en iSuárez su absoluta adhesión a Santo
Tomás. Es indiscutible su tomismo. En la Metafísica, obra
filosófica por naturaleza, donde la mera autoridad tiene menos
peso por tenerlo entero la razón. Suárez, sin pretenderlo, rea­
108 CAP. II. FUENTES

liza un verdadero comentario de gran parte de las cuestiones


propuestas por Santo Tomás en su teología.
Pero vivifiquemos las yertas filas de las páginas prece­
dentes. Observemos, por ejemplo, la cuestión V de Santo To­
más. En Suárez halla una correspondencia amplia en la dis­
puta X. Santo Tomás titula su cuestión : De bono in communi.
Suárez, su disputa: De bono sen bonitatetranscendentali. A los
seis artículos de Santo Tomás corresponden en Suárez tres
secciones. He aquí la lista de los artículos de Santo Tomás :
I. Utrum bonum différât secundum rem ab ente.
II. TJtrum bonum secundum rationem sit prims
quam ens.
HI. Utrum omne ens sit bonum.
IV. Utrum bonum habeat rationem causas finolis.
V.‘ Utrum ratio boni consistât in modo, specie et
ordine.
VI. Utrum convenienter dimdatur bonum per hones-
tum, utile et delectabüe.

Las secciones de Suárez van tituladas de la siguiente ma­


nera :
. I. Quid bonum seu bonitas sit.
H. Quomodo se habeat bonum ad rationem finis.
III. Quodnam bonum sit quod cum ente convertitur
tanquam passio eius.

Antes de pasar adelante tenemos que aclarar el título de


la sección II. El que nosotros ponemos está tomado de la edi­
ción primera publicada por Suárez en Salamanca. En cambió,
la edición de Vivés le da este otro título : Qúotuplex sit bonum.
Pero una comparación de los dos textos dilucida en seguida
esta duda. Efectivamente, lo que en la primera edición es
título de sección, en la de Vivés encabeza él último número
de la primera sección. Y el título de la segunda sección de
Vivés es el primer subtítulo de la primera edición, correspon­
diente al número primero de la sección H.
La correspondencia entre artículos y secciones es por de­
más clara: Los artículos I y V de Santo Tomás están amplia­
mente tratados en la sección I de Suárez. Los artículos II y IEL
SANTO TOMÁS 109

son la materia de la sección III de Suárez. Y los artículos IV


y VI están envueltos en la sección II de Suárez. De haber que­
rido el Exim io hacer un comentario según el módulo tradi­
cional, no hubiera podido tratar de otro modo en esta disputa
décima la cuestión quinta de la primera parte de la Summa.
Algo parecido ocurre en la cuestión décima de Santo To­
más. En gran parte está tratada en la disputa 50 de Suárez.
La cuestión undécima, De unitate Dei, está ampliamente ex­
puesta en la disputa cuarta, De unitate transcendentcdi in com-
muni. La cuestión dieciséis, De vertíate, es recorrida a través
de todos sus artículos en la disputa octava, De vertíate seu
vero, quod est passio entis. Otro tanto sucede con la cuestión
diecinueve y con la cuarenta y cinco y con la ciento cinco y
con cuantas encierren materia de especulación metafísica. Es
natural que las primeras cuestiones tomistas sean, en general,
más frecuentemente citadas y más ampliamente tratadas, á
causa de los problemas mismos que en ellas se resuelven.
Pero comparemos también partiendo del otro extremo.
Tenemos la disputa V : De unitate individúan, propuesta por
Suárez en dependencia de la cuestión cuarta, ya citada, acer­
ca de la unidad transcendental. iSi nos fijamos en el paradigma
antes desarrollado, nos encontraremos con que en la columna
referente a la disputa metafísica no encontramos el número 5
sino disperso a lo largo de las cuestiones tomistas. Señal de
que Suárez no ha encontrado en la Summa una cuestión que
tratara ex professo el tema del principio de la individuación.
Tocamos un punto neurálgico, y detallemos la observación.
La primera sección de Suárez: Utrum omnes res quae existunt
vel existere possunt, singulares sint, et individuae, va cons­
truida sobre Aristóteles y no ofrece dificultad. La segunda sec­
ción trata: Utrum in ómnibus naturis res individua et singu-
laris, ut talis est, addat aMquid supra communem seu specifi-
cam naturam. Entre una primera sentencia simplemente afir­
mativa, y una segunda simplemente negativa, propone Suárez
una tercera que responde de modo distinto según se pregunte
sobre sores espirituales o sobre materiales, respondiendo afir­
mativamente para éstos y negativamente respecto a aquéllos.
Puestos los fundamentos de esta tercera solución en Aristó­
teles, y las interpretaciones que de sus textos dan Santo To­
más, Averroes y Filopón, concluye Suárez:
110 CAP. II. FUENTES

“ Unde hane sententiam videtur docere Ídem D. Thomas


1.* p., q. 3, a. 3 et de ente et essentia eapit. 5 quibus loéis Ca-
ieta. et 3.* p., q. 4, artie. 4 ídem sentit, et videtur esse recepta
sententia in schola D. Thom. ut ex his quae referemus seet. 4
magis eonstabit” (34).

Puntualizada exactamente la dificultad'del problema, que


consiste en el fundamento de esa negación que la unidad in­
dividual, en cuanto tal, envuelve, Suárez enumera los puntos
que señalan su propia actitud.
Entramos, pues, en la discusión del asunto, no olvidando
que Santo Tomás se inclina (nótese el videtur de Suárez) ha­
cia una parte en la cual se sitúa decididamente la escuela to­
mista.
El primer punto que establece Suárez: Individwum aliquid
reale addit praeter naturam communem, ratione cuius tale in-
diviéimm est (35), está tomado de Santo Tomás, 1.* p., q. 40,
a. 2, y de 1 C. Geni., c. 42, rat. 7. Hasta aquí están de acuerdo
también los tomistas.
El segundo punto es éste: Individuum ut sic non addit ali­
quid ex natura rei distinctum a natura specifica, ita ut in ipso
individuo (36). Suárez cree tener que estar en esto de acuerdo
a priori con cuantos se oponen a la escuela eseotista, incluso
con el mismo Cayetano y con toda la escuela tomista.
El tercer punto establecido es el siguiente: Individuum
addere supra naturam communem aliquid ratione distinctum
ab illa, ad ídem praedicamentum pertinens, et individuum com -
ponens metaphysice, tamquam differentia individualis con-
trahens speciem et individuum constituens (37). La primera
parte de esta conclusión es consecuencia de los dos puntos an­
teriores, y la segunda está tomada de Santo Tomás, 1.* p.,
q. 29, a. ,1, y De pot., q. 10, a. 3. La tercera parte no ofrece
dificultad.
El punto cuarto tiene este enunciado: Individuum, non so -
twm in rebus materialibus, et accidentibus, sed etiam in sub-
stantiis immateriaübus creatis et finitis addit aliquid ratione

(34) DM 5, s, 2, n. 6.
(35) Ibid. n. &
(36) Ibid. n. 9.
(37) Ibid. n. 16.
SANTO TOMÁS 111

distmctum supra speciem (38) . En esta conclusión no. está


incluida la naturaleza divina, y ésta es la primera razón que
la prueba. Pero aquí encuentra Suárez la oposición de una
sentencia según la cual no es posible en absoluto que existan
varios ángeles dentro de una misma especie; sentencia ésta
fundada en Santo Tomás, 1.* p., q. 50, a. 4, y en el artículo 8
de la cuestión De spiritualibus creaturis, y en el c. 95 del se­
gundo libro Contra Gentes, y en el quinto del De ente el
essentia.
Suárez no está de acuerdo con esta sentencia. Le hace
fuerza la razón antes apuntada, y en el mismo Santo Tomás
encuentra fundamento para no admitir esa limitación del po­
der divino que lleva consigo esta opinión (cfr. cap. último del
opúsculo 16).
Resueltas algunas dificultades, llega Suárez a la sección
tercera, donde se enfrenta ya en sus propios términos con la
magna cuestión del principio de la individuación: Utrwm'ma­
teria signada sit individuationis principmm insubstantiis ma-
tericüibus. Y explicado el sentido de la cuestión, propone Suá­
rez la sentencia afirmativa: de ella dice:

“ Haec est sententia D. Thom. 1.* p. 3, a. 3 ad 3, et q. 50,


a. 4, 3." p., q. 77, a. 2 et in 4. dist. 12, q, 1, a. 1 quaestiuneula 2,
et opuse. 29 de ente et essentia, c. 2” (39).

Luego vienen citados los textos de Aristóteles, según los


cuales también el Estagirita es partidario de la misma sen­
tencia.
Pero viniendo Suárez a consignar los fundamentos filosó­
ficos de esta posición, afirma que casi ninguno se le presenta
que no esté tomado de Aristóteles. Pero no se le hace difícil
responder a estas razones tomadas en sí, prescindiendo del
valor que de las autoridades se derive. Ahora que Suárez,
por su parte, tiene muchos reparos que hacer contra esta
opinión.
Nótese la salvedad con que inicia Suárez el análisis de
las dificultades qüe en él se suscitan:

(38) DM, n. 21. •


(39) Ibid. 5. s. 3. n. 3.
112 CAP. II. FUENTES •

“ Sed videndum est, quànvis sententia haee ratione convinci


non possit, an valeat convenienter defendi ae sustineri, nam hoc
satis nobis e rit/n t saltern propter Arist. et D. Thomae anetori-
tatem illam defendamus” (40).

Es decir, la dificultad más seria con que tropieza Suárez


al rechazar la solución que está discutiendo, es la autoridad
de sus dos grandes maestros: que, de no mediar ésta, la recha­
zaría con menos contemplaciones. Su posición provisional es
la siguiente, que denota un esfuerzo por seguir la solución de
Aristóteles y Santo Tom ás: los argumentos positivos con que
se quiere probar esta solución no tienen valor; pero, median­
do la autoridad de Aristóteles y Santo Tomás, veamos si, al
menos, es posible sostener esta opinión y defenderla frente a
las dificultades que se suscitan contra ella. De ser posible esta
defensa, entonces la autoridad antedicha bastará para que
Suárez se incline a esta opinión. Y así entra a discutir las di­
versas explicaciones que se dan acerca de la materia signata,
que es donde reside toda la .dificultad de la solución.
Detenidamente estudia las tres explicaciones que suelen pro­
ponerse; una tras otra, rechaza las tres. Y entonces ya Suárez
no tiene más remedio que enfrentarse directamente con la au­
toridad de Santo Tomás. Da con dos pasajes en que el Angélico
interpreta la materia como principio de individuación en or­
den a nuestro conocimiento, en cuanto que nos manifiesta
dónde hay individuo. Estos dos pasajes están, el uno, en el
opúsculo 32, De natura materiae et dimensionibus intermínar
tis, cap..3, y el otro, en el 29, De principio mdividuationis. So­
bre esta base lanza Suárez la hipótesis de interpretar los de- -
más sitios de Santo Tomás de modo parecido, siempre en or­
den a nuestro conocim iento; con ello la materia signata sería
principio manifestativo, no constitutivo, de la individuación;
los accidentes serían sólo ocasión de producción de nuevos
individuos.
Esta solución, en sí, le parece probable a Suárez, y algún
tiempo fue de su agrado. Pero, propuesta como -interpreta­
ción de Santo Tomás y de Aristóteles, le parece que resulta­
ría muy pobre la aportación de estos dos grandes autores al
problema propuesto; su lenguaje resultaría demasiado ambi-
(40) DM, n. 8.
SANTO TOMÁS 113

guo al darnos un principio de individuación meramente cog­


noscitivo, no constitutivo, de la individuación misma. En de­
finitiva termina así:
“ Sea. lo que fuere de la mente de estos autores, consta que,
explicada así esta sentencia, no nos ha dado lo que es el prin­
cipio propio e interno de la diferencia individual aun en los
seres materiales. Los argumentos hechos contra esta sentencia
entendida de los otros modos, concluyen claramente que la
materia signata no puede ser tal principio” (41)

A continuación, en la sección cuarta, desarrolla Suárez,


paso a paso, su propia solución, para cuyós fundamentos re­
curre de continuo a la autoridad de Santo Tomás.
Aquí tenemos un caso en que Suárez tiene que luchar con
la autoridad de Santo Tomás, base de una opinión que, por lo
demás, se le hace insostenible. De no haberle parecido de tanto
peso la opinión de Santo Tomás, Suárez desde un principio
hubiera tomado actitud definitiva y resuelta- Sin embargo,
todavía antes de rendirse busca una evasiva para salvar la
autoridad de Santo Tomás, interpretándole en sentido mani­
festativo. Pero entonce^ queda mermada la dignidad del Doc­
tor Communis, que propone una solución tan superficial a un
problema de tanto interés metafísico. Aun así y todo, Suá-
rez cierra la discusión sin romper del todo con Santo Tomás
ni declararse abiertamente opuesto a sus enseñanzas.
Creemos que esto, que podrá llamarse rebeldía de un dis­
cípulo contra su maestro, prueba suficientemente la firme

(41) “Haee tota opinio in se quidem probabiüs est et ttlihi aiiquando


placuit: vereor tamen an iusta illam satis explicetur mens Arist, et D. Th.
turn quia, alioqui valde diminute, et cum magna aequivoeatione tradidls-
sont nobis individuationis principium, si omisso eo, quod vere et in s e est
principium constitutivum individu!, solum nobis tradidissent, vel signa a poste­
riori, vel oecasiones dlstinguendi, aut producendi individual turn maxime
quia ex hoc principio videcntur intulisse in separatis a materia non dari plura
ïndividua, quia non datur huiusmodd principium individuationis... De alio
vero pertinente ad mentem Arist. et D. Thom. Quod ad D. Thom', pertinet con­
stat expositionem illam fundatam ess© in allis loois et verbis eius, quae ali-
ter conciliari non possunt... Quidquid vero sit de mante horum auctorum
constat ex hac sententia sic declarata non esse nobis traditum proprium et
internum principium differentiae individualis etiam in rebus materialibus.
Nam argumenta facta contra hanc semtemtiam alils modis expositam, plane
■concludunt non posse materiam signatam esse eiusmadi principium.” DM 5,
-K, 3, n, 34.
114 CAP. H . FUENTES

adhesión de aquél a las opiniones de éste, cuando tan dificul­


toso se le hace separarse de él en un punto en que su racioci­
nio le evidencia la falsedad de una actitud garantizada con el
nombre de su maestro.
♦ Y con esto, propongamos las citas de la primera parte de
la segunda de la Summa de Santo Tom ás:

Obra citada Pasaje citado I¿ugar en que se cita Ed. de Vivés

•Summa T h eol. i . 1. 2 p, q 1, a 1 D M 19 S 5 n ll X X V 715


2. a1 23 3 9 » 853
3. a1 23 4 4 » 859
4. a1 23 4 2 » 864
5. a l, ad 2 30 15 20 X X Y I 176
6. ad 3 23 7 10 X X Y 877
7. a3 48 3 3 XXYI 881
8. a3 49 2 4 » 901
9. a5 24 1 11 X X V 892
10. a6 24 2 15 898
11. a8 23 2 12 » 850
12. q 2 , a 2, ad 2 1 5 29 » 45
13. a 6, a d l 23 5 16 » 868
14. q 3, a l 43 2 9 XXVI 640
15. a 4, ad 4 23 7 4 XXV 875
16. a7 23 2 12 > 850
17. q 6, a l 19 2 8 » 695
18. a l, ad 3 ' 22 2 11 » 813
19. a3 19 4 8 » 708
20. a4 19 3 8 » 702
21. q 8, a l 23 5 4 864
22. al 23 5 12 » 867
23. a l, ad3 54 1 6 X X V I 1016
24. q9 22 4 11 X X V 832
25. q 9, a l 23 4 8 > 861
26. al 23 7 4 > 875
27. a1 23 7 9 > 877
28. , a l et 3 19 6 7 » 721
29. a4 19 8 9 > 729
30. a 6, ad 3 22 4 24 » 835
31. qlO, a l 19 8 17 » 731
32. a2 19 6 9 » 722
33. a 3, ad 3 19 4 1 » 706
34. ad3 19 8 17 > 731
SANTO TOMÁS 115

Obra citada Pasaje citado X-ugar en que se cita Ed. de Yivès

Summa Theol. 35. 1. 2 p, q 10, a 4 D M 19 s 8 n 34 X X V 835


36. a 4, ad 3 19 5 31 » 832
37. ad 3 22 4 36 » 837
38. a6 35 4 23 X X V I 465
39. q 11, a 3, ad 3 ' 23 2 12 X X V 850
40. q 13, a l et 6 19 5 13 » 715
41. q 17, a 3 19 7 13 » 726
42. a5 19 6 8 » 722
43. q 19, a l , ad 3 10 2 13 » 339
44. q 22, a l 49 i Pro X X V I 897
45. q 23, a 4 23 3 14 X X V 855
46. q 26, a 2 23 3 14 » 855
47. a4 10 1 13 » 332
48. a4 23 2 3 » 847
49. q 30, a 3, ad 2 23 8 2 » 879
50. q 31, a 1 et
seqq. 10 2 18 » 340
51. a1 10 2 22 » 341
52. a 3, ad 1 . 23 8 1 » . 878
53. q 32, a 1 10 2 22 » 341
54. a1 42 3 14 X XV I 614
55. a l , ad 3 10 2 X XV 340
56. q 36, a 2 18 7 24 » 637
57. q 47, a 2 et 5 44 13 23 XXVI 728
58. q 49 13 11 7 XXV 440
59. q 49, a 1, ad 3 42 3 7 XXVI 612
.60. a2 7 1 17 XXV 256
61. a2 42 1 3 XXVI 606
62. a2 42 5 5 » 623
.63. a 2, ad 1
et 2 42 4 2 » 616
64. a3 44 5 6 » 674
65. a 3, ad 1 44 5 6 » 674
66. q 50, a 1 . 44 3 4 » 668
67. a3 44 1 13 » 666
68. a 3, ad 3 44 2 3 » 668
69. a 4, ad ì 44 2 14 » 667
70. q 51, a l 1 4 18 X X V 31
71. a2 44 8 6 XXVI 682
72. a 2, ad 3 44 5 6 » 674
73. ad 3 44 8 17 » 685
CAP. II. FUENTES

Kje citado Lugar en que se cita

74. q 51, ad 3 D M 44 s 8 n 21 686


75. a 2 et 3 ' 44 4 3 671
76. a3 42 6 18 631
77. a3 44 9 4 687
78. a 4, ad 1 11 1 12 359
79. q 52, a 1 41 4 5 597
80. a1 46 2 7 767
81. a l , ad 3 44 8 11 683
82. a l et 2 1 3 4 23
83. a l et 2 44 11 2 694
84. a 1 et 2 44 11 12 697
85. a l et 2 46 1 3 754
86 . a2 46 3 5 770
87. a 2, ad 1 41 5 7 601
88. a3 44 10 7 691
89. q 53, a 3 44 12 4 717
90. a3 44 12 6 717
91. q 54 44 13 3 723
92. q 54, a 2 48 2 18 879
93. a2 48 3 2 881
94. a3 11 1 3 356
95. a 3, ad 1 21 3 26 801
96. a4 44 4 3 671
97. a 4, ad 1
e t2 44 11 12 697
98. a 4, ad 2 44 11 56 711
99. ' a 4, ad 3 44 11 63 713
100. a 13 42 6 18 631
101. q 55, a 1, ad 1 44 13 13 726
102. a4 44 13 15 727
103. a4 46 1 3 754
104. a 4, ¿ d i 10 1 13 332
105. £ 56, a 2 1 1 10 5
106. a4 44 2 13 666'
107. q 57, a l , ad 1 44 13 21 728
108. ad 2 44 11 50 709
109. . a2 1 3 9 24
110. a2 1 5 15 41
111 . a2 1 4 27 34
112. a 2, ad 1 1 5 53 53
113. a 2, ad 1 42 6 18 631
SANTO TOMÁS 117

Obra citada Pasaje citado Lugar en que se cita Ed. de Vlvès

Sv/mma ' Theol. 114. 1. 2 p, q 63, a 2 D M 44 s 8 n 6 XXVI 682


115. a 2, ad 3 44 8 17 » 685
116. q 71, a 1 11 1 3XXV 356
117. a2 43 4 24 X X V I 652
118. a3 44 8 18 » 685
119. a 6, ad 1 11 4 20 X X V 370
120. adl 54 5 25 X X V I 1038
121. q 72; a l . 11 1 3 XXV 356
122. q 78, a 1, ad 1 19 7 11 » 726
123. q 82, a 4 19 7 26 » 725
124. a4 7 ‘ 1 17 > ’ 256
125. a 4, ad 3 44 4 3 XXVI 671
126. q 85, a 4.. 7 1 ' 17 X X V 256
127. q 87, a 2 11 2 3 » 362
128. q94, a 2 3 3 11 » 115
129. q l0 9 . 22 1 6 » 803
130. q 109 22 2 20 » 815
131. q 109 22 2 49 » 823
132. q !0 9 , a l et 3 22 2 20 » 815
133. a 6, ad 3 22 4 li » 832
134. q ll3 , a l 43 4 16 X X V I 649

Puede observarse a simple vista que, en general, el uso


de esta parte de la Summa es menor que el de la primera.
Y no es dificultoso explicarlo. En el precioso prólogo de Santo
Tomás a la Prima secundao, preñado de sentido profundo, in­
dica el Angélico la materia de que va a tratar: “Del hombre,
imagen de Dios, en cuanto que es principio de sus obras, por
tener libre albedrío y poder sobre sus obras” (42). Así se com­
prende que ofrezca menos ,materia a un tratado m etafísico,
y que normalmente sólo por frases, eventuales deberá entrar
en los tratados de Suárez.
Con todo, es posible hallar algunas excepciones. Así, por
ejemplo, la primera cuestión está bien representada, sobre
todo por lo que hace al primer artículo. La cuestión trata De

(42) "... res tat ut eons idereimie de eius imagine, idest de hominei: se­
cundum quod et ipse est suorum operum principium, quasi liberum arbi-
trium habens, et suorum operum poteatatem.” Summa Theol., I-II, prologue.
118 CAP. II. FUENTES

ultimo fine hominis in communi. Hè aquí los títulos de los


artículos citados de entre los de esta cuestión :
I. Utrum hominis sit agere propter finem .
DI. Utrwn actus hominis redpiant spedem a fine.
V. Utrum unvus hominis possint esse plures fines
ultimi.
VT. Utrum homo ordinet omnia in ultimum finem.
V in . Utrum in ilio ultimo fine omnes áLiae creatura¡e.
conveniant.

Las disputas 23 y 24 de Suárez son las que envuelven la


mayor parte de las citas relativas a estos artículos. Efectiva­
mente, la disputa 23 tiene por tema : De causa finali in com­
muni; y la 24 : De ultima finali causa, seu ultimo fine. La co­
rrespondencia de materias explica que Suárez se refiriera con
frecuencia a esta primera cuestión de Santo Tomás.
La cuestión diez de Santo Tomás está bien referida en el
cuadro de citas. Su título es éste : De modo quo voluntas mo-
vetur. El lugar en que se comenta por Suárez esta cuestión es
lá disputa 19 : De causis necessario et libere seu contingenter
agentibus: ubi etiam de fato, fortuna et casu. Las secciones
cuarta y octava son las que más aluden a esta cuestión de
Santo Tomás. Son dos secciones de materia discutidísima, en
cuyo estudio Suárez no podía prescindir en modo alguno de
las enseñanzas de iSanto Tomás, para interpretarlas con la
máxima exactitud. La cuarta es ésta : Quomodo stet libertas
vel contingentia in actione causae secundas non obstante con-
cursu primae: e t consequenter quo sensu verum sit causam
liberam esse, quae positis omnibus requisitis ad agendum po-
test agere et non agere. La sección octava contiene esta mate­
ria : Ad quos actus sii indifferentia in causa libera.
Llama la atención el gran número de citas que va envuelto
en la disputa 44, y en las próximas a ella, sobre todo a partir
de la cuestión 47.
Esta disputa, titulada De habitibus, está desarrollada en
las siguientes secciones:
I. An sit, et quid sit, et in quo subiecto sit habitus.
II. A n in potentia secwndum locum motiva acquira-
tur habitus. * ,
SANTO TOMÁS 119

III. An in brutis sint habitus.


IV. An in intellectu sint proprii habitus.
V. TJtrum habitus sit propter efficiendum actum.
VI. Quid efficiat habitus in actu.
VIL Quos actus efficiat habitus.
VIH. Utrum actus sint per se causa effioiens habitus.
IX. An fiat habitus uno vel pluribus actibus.
X. Utrum habitus per actus perficiatur et quo-
modo.
XI. Quale sit augmentum extensivum habitus: et
quae unites illi correspondent.
XII. An et quomodo habitus minuantur et corrum-
pantur.
XIII. Quot sint genera et species hdbituum et prae-
sertim de distinctions habitus in practicum
et speculativum.

Un núcleo de cuestiones citadas por Suárez al ir desarro­


llando estas secciones, lleva los siguientes títulos:
49. De habitibus i/n generaU quantum ad substantiam
■ eorum.
50. De subiecto hdbituum.
51. De causa haMtuum quantum ad generationem
ipsorum.
52. De causa hdbituum quantum ad augmentum.
53. De corruptions et diminutione hdbituum.
54. De distinctions hdbituum.
55. De virtute quantum ad suas essentias.
Ya esta sola enumeración,, de por sí, hace comprender que
una véz más Suárez sigue siendo el discípulo, el comentarista
de Santo Tomás.
La seeimda secundas de la Summa tiene el siguiente limi­
tado número de citas:

Obra citada Pasaje citado IiUgar en que se cita Ed. de Vivés

Summa Theol. 1. 2. 2 p, q 2, a 1, ad 3 D M 19 s 5 n 20 X X V 717


2. q 23, a 6, ad 2 44 . 9 12 X X V I 689
3. q24, a5 46 1 3 » 754
4. a 5, ad 1 41 5 7 » 601
120 CAP. XI. FUENTES

Obra citada Pasaje citado Lugar en que se cita Ed. de Vivés.

Summa. Theol. 5. 2. 2 p, q 2, a 5, ad 3 DM 46 s 1 n 14 X X V I 75r


6. q 24, a 5 et 6 44 10 7 691
7. a7 43 4 17 650
8. q 26, al 10 3 6 XXV 348
9. q 15, a l 5 5 . 7 » 30
10. , q 48, a 2, ad 2 44 13 23 X X V I 729
■11. q 72, a 1, ad 3 23 10 14 X X V 889
¡12. q 95 35 6 , 19 X X V I 474
13. q96, a 2, ad 2 18 4 8 XXV 626'
i1 4 q 134, a 4, ad 1 30 16 62 X X V I 204
15. q 145, a l 10 2 11 X X V 338
16. a3 10 2 3 » 336
17. q 179, a 2 44 13 21 X X V I •728
18. a 2, ad 2 . 44 13 51 » 736

El carácter moral de toda esta secunda secundae apenas


ofrecía materia para una Metafísica. Así, por una parte, las
cuestiones de Santo Tomás están flojamente citadas, y las
disputas que a ella se refieren están esporádicamente disemi­
nadas por toda la obra de Suárez, aunque de nuevo se nota,
alguna mayor preponderancia de la disputa 44, a causa de su
materia.
Tampoco es amplia la representación de la tercera parte.
Aquí recurre otra circunstancia además de la indicada para
las partes anteriores. Suárez tenía ya en vías de publicación*
y en gran parte realizado, un amplísimo estudio de esta ter­
cera: llevaba ya publicados varios tomos, como hemos indica­
do antes.

Obra citada Pasaje citado Lugar en que se cita Ed. de Vivés

Summa Theol. i . 3 P, q 1, a l D M 30 s l6 n 7 XXVI 185-


2. q2 20 4 24 X X V 776
3. q4, a l, a d 3 34 3 9 XXVI 362
4. ad 3 34 4 32 » 377
5. a2 34 3 16 365
6. a 2, ad 3 34 4 32 > 377
7. a 2, ad 3 34 5 16 » 384-
8. a 2 et 3 31 11 7 » 274
SANTO TOMÁS 121

Obra d tada Pasaje citado buffar en que se cita Ed. de Vivé»


..
f
Summa Theol. 9. 3 p , q l, a 3 D M 34 s 8 n 3 (X X V I 420
10. a4 5 1 7; X X V 147
11. q5 34 5 2 1 1X X V I 385
12. q 6, a 4, ad 3 31 11 7 » 274.
13. q 10, a 3 15 10 69 X X V 557
14. q l l , a 5, ad 2 11 1 12 » 359
15. q l3 , a 2 20 • 3 6 » 768
16. . a2 21 3 4 » 795
17. q l7 , a 2 31 11 24 X X V I 279
18. a 2, et ad 1 34 4 9 » 369
19. q l 9 , a 1, ad 3
et 4 34 7 10 » 415
20. q 35, a 5 5 8 5 XXV 191
21. a5 47 16 29 » 855
22. a5 47 17 15 » 862
23. a 5, ad 3 47 17 28 . » 866
24. a8 20 3 8 » 768
25. q52, a l 51 6 8 XXVI 1005
26. q 53, a l ■ 51 6 8 > 1005
27. q 62 17 2 21 XXV 592
28. q 67, 2 40 2 7 XXVI 534
29. q 75, a 8 48 4 11 » 891
30. q77, a 2 42 1 2 » 606
31. a 2, ad 2 14 4 5 XXV 494
32. a3 34 7 16 XXVI 417
33. 3/3, äd 3 17 2 12 XXV 588
34. q78, a 2 25 2 12 » 914
35. q84, a 9, ad 2 45, 4 13 XXVI 752

Las cuestiones más atendidas son la 4 y la 35. La cuarta


lleva este títu lo: D e modo unionis ex parte naturae hv/manae
assumptae. Y la 35: D e natimtate Salvatoris, de la cual se
cita sobre todo el artículo 5: Utrum Christus secundum duas
füiationes sit filius Dei P atris,^t Vvrginis matris.
La cuestión cuarta está citada en la disputa 34. Esta dis­
puta pertenecía al primitivo opúsculo, del que, como hemos
indicado, nació la gran obra de la M etafísica de Suárez. Sería
de interés realizar un estudio a fondo de las fuentes en que
se inspiran algunos aspectos tratados por Suárez a lo largo
de esa disputa. Pero sobrepasa los límites de este nuestro
122 CAP. II. PUENTES

estudio, y habrá de ser dejado para otro lugar y tiempo. La


disputa 47, a la que cita la aludida cuestión 35, trata De Re­
lacione.
Aunque con menos profusión, también es citada frecuen­
temente otra obra de Santo Tom as: la Svrnrna contra Gentes.
He aquí la tabla de cita s:

Obra citada Pasaje citado iLugar en que se cita Ed. de Vivés

Contra Gentes. 1. L 1, o2 DM 30 s 10 n 5 XXXVI 138


2. c 4, rat. 3 10 1 19 XXV 334
3. c 11 et 12 29 2 2 XXVI 35
4. o 13 29 2 7 » 36
5. o 13 29 1 5 » 22
6. c 13 35 1 20 » 433
7. c 15 50 4 2 926
8. o 17 12 4 15 XXV 413
9. c 18 54 2 19 XXVI 1024
10. c 20 30 2 9 » 66
11. c 21 30 .4 15 » 78
12. c 21 36 2 3 » 482
13. c 23 30 5 1 » 85
14. e 25 2 5 16 XXV 97
15. c 25 30 4 30 XXVI 84
16. c 25 30 4 30 » 84
17. e 25 30 17 10 » 209
18. c 2 5 et 26 2 4 2 XXV 88
19. c 26, rat. 4 2 3 7 » 83
20. e 30 30 15 24 XXVI 177
21. e 32, rat. 3 39 3 2 » 523
22. c 32 seqq. 28 3 5 » 14
23. ' c 34 28 3 11 » 16
24. e 34 31 2 13 » 323
25. ó 38 10 3 25 XXV 354
26. c 38, rat. 3 10 1 21 » 335
27. c 40 30 15 8 XXVI 172
28. c 42 5 2 8 XXV 150
29. c 42, rat. 3 30 9 59 XXVI 135
30. rat. 7 29 3 8 » 50
31. rat. 10 29 3 9 » 50
■ 32. e 43, rat. 3 30 10 4 » 137
33. c 48 et 49 30 15 25 177
34. c 50 30 15 42 » 183
SANTO TOMÁS

Pasaje citado Lugar en que se cita rès

35. L 1, c 56 D M 44 s 4 n 3 671
36. c 59 8 1 2 275
37. c 59 8 3 1 283
38. c 59 8 3 6 285
39. c 59 8 3 7 285
40. c 59, rat. 1 8 3 15 287
41. rat. 1 8 4 1 289
42. c 59 et 60 8 1 3 276,
43. e 59 et 60 9 1 2 313
44. c 60 8 7 27 304
45. c 60, rat. ult. 8 7 21 302
46. e 64 30 16 66 205
47. e 66 31 2 7 231
48. e 66, rat. 5 22 2 30 818
49. e 67 30 15 18 175
50. e 67, rat. 3 19 10 5 736
51. c 75, ad 1 5 6 '5 18
52. c 75, rat. 5 23 4 8 861
53. c 81 5 6 5 182
54. c 82 30 16 51 201
55. e 82, ad 4 30 16 44 198
56. c 86 et 87 23 9 3 882
57. c 97 18 7 21 636
58. c 97 ■ 18 7 26 638
59. L 2, c 9 48 4 3 889
60. e9 49 . 1 9 900
61. clO 30 15 9 172
62. e 10 30 16 11 187
63. clO 30 16 13 187
64. c 11 et 12 47 10 12 824
65. c 12 47 15 17 844
66. c 12, rat. 3 47 8 4 815
67. c 12, rat. 3 47 9 1 818
68. c 13 47 .11 5 829
69. c 13 47 12 8 833
70. c 13 47 15 10 842
71. c 13 51 1 4 973
72. e 15 28 1 13 4
73. c 15 29 3 3 48
74. e 15, rat. 3,
4, 6 ,7 29 3 26 56
124 CAP. II. FUENTES

Obra citada Pasaje citado !Lligar en que se cita Ed. de Vivé»

Contra Gentes. 75. L 2, c l 6 DM 13 s i l n 7 XXV 440


76. c 21 22 2 11 » 813
77. c 2 2 seqq. 30 17 25 XXVI 214
78. e 25 1 4 6 XXV 27
79. c 30 35 3 53 XXVI 457
80. c 46 seqq. 35 1 5 .» 426
81. c 50. et 51 13 14 8 XXV 457
82. e 52 31 1 3 XXVI 225
83. c 54 et 51 31 8 6 » 255
84. c 55 35 3 53 457
85. e 58 13 3 13 XXV 406
86. ■ e 68 34 5 18 XXVI 384
87. c 70 . 15 6 2 XXV 518
88. c 92 35. 1. 24 XXVI 435
89. c 93 5 2 30 XXV 157
90. c 95 5 2 23 155
i 91. e 95 6 11 2 » 246
92. e 95 6 11 4 248
93. L 3, c 2 23 (j 4 » 869
' 94. e 2, rat. 5 23 3 10 .» 854
95. . e 2 et 3 23 5 2 864
96. e 7 et 8 10 3 4 » 347
97. c9 11 1 6 357
98. c9 45 2 6 XXVI 742
99. <313 31 9 5 » 259
100. e 17, rat. 6 24 3 12 XXV 898
101. e 17 et 18 24 1 14 » 893
102. c 18 23 3 13 » 850
103. e 18,19, 20,
21 24 2 6 » 896
104. c 19 25 2 2 » 911
105. c l9 48 ■4 5 XXVI 889
106. c 23 18 7 26 XXV 638
107. e 23 35 1 17 XXVI 432
108. c 23, rat. 4 18 7 36 XXV 642
109. c 25 23 10 5 » 887
110. e 30 et 35 28 1 12 XXVI 4
111. c 66 31 9 4 259
112. e 68 18 8 10 XXV 654
113. c 69 18 1 1 593
114. e 70 22 1 6 » 803
SANTO TOMÁS 125

Obra citada Pasaje citado litigaren que se cita Ed. de Vivé»

' ontrct Gentes. 115. L 3, c 70 DM 22 s 1 n 21 X X V 807


116. c 70 22 2 11 » 813
117. o 70 22 2 16 » 814
118. c 70 22 2 5 » 824
119. o 70 22 . 3 2 » 826
' 120. c 103 18 8 26 » 660
121. L 4, c 9 11 1 22 » 362
122. c 14 ■ 31 11 24 X X V I 279
123. c 14 32 1 22 » 319
124. c 14, fine 47 7 3 » 811
125. o 55, ad 4 34 3 I1T •» 361
126. c ult. 35 1 17 » 432

Como se ve, no es muy grande el uso de esta Summa. La


mayor parte de las citas se las lleva el libro primero, y ape­
nas es citado el libro cuarto. Aun los mismos capítulos son
rápidamente tratados. Encontramos alguna que otra excep­
ción! Por ejemplo, el capítulo 25, que, a primera vista, no pa­
recería ofrecer gran interés, Quod Deus non sit in aliquo ge­
nere, está varias veces citado: dos en la disputa segunda y
tres en la treinta. Puede, efectivamente, ser de interés tanto
en la form ación del concepto del ser, como en las divisiones
deél.
El capítulo 59 encuentra amplia resonancia en la dispu­
ta octava. Esta disputa, llevada a lo largo de ocho secciones,
trata de la verdad, tocando los problemas fundamentales en
esta materia. Con todo, el capítulo 59, Quod a Deo non exclu-
ditur veritas enuntiábüium, de extensión brevísima, no es la
fuente principal de esta disputa, pues se apoya, sobre todo, en
la cuestión dieciséis de la primera parte, dedicando una ver­
dadera monografía al estudio' de las ideas de Santo Tomás en
este lugar.
En el libro tercero hay algunas correspondencias entre el
capítulo 70 y la disputa 22. El capítulo 70 explica Quomodo
ídem, effectus sit a Deo et natwrali agente. Ya se ve la impor­
tancia de este capítulo para el tema de la disputa 22: De pri­
ma causa e t alia eius actione, quae est cooperatio, sen, con-
cursus cum causis secundis, y de modo particular para el de
126 CAP. II. FUENTES

la sección segunda: Utrum concursus causae prirpae cura se­


cunda sit cdiqmd per madura principii vel actionis. \
' De entre las Quaestiones disputatae sólo nos vamos a fijar
en dos, que son las más frecuentemente citadas^ y las que
también ofrecen mayor interés para un metafísico. A saber:
De potentia y De vertíate.

■ Obra citada Pasaje citado i Lugar en que se cita Ed. de Vivés


I

De Potentia . . 1. q2, a 5 DM 47 s 3 n 2 XXYI 794


2. q 3, a 1 31 9 4 » 259
3. a 3, ad 6’ 21 2 2 XXV 791
4. a5 31 8 2 XXYI . 254
5. a 5, ad 2 2 3 » 230
31
6. a 6, ad 11 11 1 22 X X V 362
7. ■ad 12 11 1 15 » 360
8. a7 17 2 15 589
9. a7 22 2 7 » 812
10. a7 22 2 52 824
11. a 14, ad 10 20 5 20 » 784
12. a 15, ad 14 24 1 15 » 894
13. q5, a 1 23 4' 5 » 860
14. a 1, ad 2 21 2 2 » 791
15. a3 28 1 12 X X V I 4
16. a3 35 3 53 > 457
17. a 3, ad 4 11 3 11 X X V 367
18. a 4, ad 3 31 7 3 XXVI 251
19. a5 35 1 17 » 432
20. q 6, a 3 35 6 8 » 470
21. a3 51 1 4 » 973
22. a5 35 6 19 » 474
23. a 5, ad 6 35 6 19 » 474
24. a 7, ad 12 18 8 42 X X V 666
25. ad 12 18 8 43 » 666
26. ad 12 35 6 23 X X V I 475
27. a8 48' 3 4 » 882
28. q 7, a 1 6 5 5 XXV 225
29. a2 31 9 5 XXVI 259
30. a 5 :et 6 2 1 9 XXV 68
31. a6 47 11 18 X X V I ’ 830
32. a7 28 3 1 » 13
33. a7 28 3 5 14
34. a7 28 3 11 » 16
SANTO TOMAS 127

Obra citada Pasaje citado Lugar en que se cita Ed. de Vivès


ì
De Potentia . . 35. q 7, a 8, ad 4 DM 45 s 1 n 11 X X V I 740
36. ad 4 47 16 40 » 859
37. a 9, ad 4 47 7 6 » 812
38. ad 7 48 4 3 » 889
39. a 10, ad 1 48 4 5 » 889
40. ad 4 47 16 30 » 856
41. a ll 47 11 5 » 827
42. q 8, a l 47 2 2 .» 785
43. a 2, ad 1 47 7 ' 3 » 811
44. q 9, a l 34 2 14 » 352
45. a 1, ad 2 34 2 14 » 352
46. ad 4 34 1 5 » 349
47. ad 4 et 5 33 2 18 » 345
48. a2 41 1 13 » 590
49. a 5, ad 13 34 1 4 » 349
50. a7 4 1 2 XXV 116
51. a7 4 2 3 » 123
52. a7 41 3 4 XXVI 594
53. a 7, ad 5 10 2 32 X X V 345
54. ad 10,14
et. 15 4 6 3 » 135
55. q 10, a 1, ad 9 12 1 25 » 382
56. a 2, ad 5 19 8 3 » 727
57. a3 5 2 17 » 153

De Ventate . . 1. q 1, a 1 DM 2 s 1 n 9 XXV * 68
2. a1 2 2 8 » 72
3. al 2 6 8 » 101
4. a1 3 1 3 » 104
5. a1 . 3 1 4 » 104
6. a1 3 2 4 » 108
7. al 3 2 6 » •109
8. a1 8 7 29 ' » 305
9. a1 10 1 2 » 328
10. a1 44 7 2 XXVI 680
11. a 1, ad 6 8 7 24 X X V 303
12; a3 8 8 2 » 308
13. a 6, ad 4 31 12 43 X X V I 296
14. a8 8 7 5 XXV 296
15. a8 8 7 24 » . 303
16. q2 30 15 24 X X V I 177
128 CAP. H. PUENTES

4
Obra citada Pasaje citado Lugar en que se cita Ed. de Vivès

De V en ta te . . 17. q2, a 1 D M 25 s 1 n 3 XXV 900


18. a1 30 15 2 XXVI 170
19. a 4, ad 6 30 15 25 » .177
20. a 6, ad 1 5 3 9 XXV 164
21. a ll 2 ' 2 4 » 71
22. a ll 28 3 10 XXVI 16
23. a 11, ad 5 54 . 1 10 » 1018
24. a 13, ad 7 30 15 18 •» 175
25. a 14, ad 5 19 3 3 XXV 701
26. q3 25 1 28 » 907
27. q 3, a 1 25 1 4 » 900
28. a2 25 1 6 » 907
29. a 5, ad 1 12 4 12 » 412
30. q 5 , a 9, ad 7 31 9 4 XXVI 259
31. ad 10 19 . 3 3 XXV 701
32. a 10, ad 5 18 8 37 » 664
33. q 8) a 14 5 8 7 » 191
34. q io, a 12 29 2 ' 2 XXVI 35
35. q 14, a 4 44 12 52 » 737
36. q 20, a 2, ad 5 31 13 23 » 306
37. q 2i, a 1 2 1 9 XXV 68
38. a1 2 2 8 » 72
39. a1 3 1 4 » . 104
40. a1 3 1 4 » 108
41. al 10 1 2 » 328
42. a1 10 1 6 » 330
43. a1 . 54 3 1 XXVI 1026
44. a2 10 3 3 XXV 347
45. a 2, ad 3 10 3 24 »■ 354
46. a 2, .ad 4 10 3 19 » 352
47. a7 ' 3 2 7 » 109
48. q 22, a 2 23 4 5 » 860
49. a3 18 7 13 » 634
50. a 11, ad 5 19 7 6 > 725
51. a 12 19 7 6 » 725
52. q 24, a 1, ad 4 et 5 22 2 54 » 824
53. ad 13 19 4 16 » 711
54. a 4, ad 9 44 4 2 XXVI 671
55. ad 9 44 4 7 » 672
56. q 26, a 6, ad 11 . 18 8 25 X X V 660
57. q 28 , a 2, ad 10 40 5 9 XXVI .553
SANTO TOMÁS 129

Obra citada Pasaje citad« Lugar en que se cita Ed. de Vivés »

D e V e n ta te . . 58. q 28, a 2, ad 10 D M 40 s 5 n 13 X X V I 555


59. q29, a 3, ad 3 43 4 26 » 649
. 60. ad 3 43 4 17 » 650
61. q 31, a l 2 5 16 » 97

Estos dos paradigmas, al mismo tiempo que denotan en


Suárez dominio de ambas Quaestkmes Disputatae, indican
también que su uso no es como el de la Summa, sobre todo en
la primera parte de ella. Allí no era raro encontrarse con una
cuestión correspondida por Suárez con una disputa paralela,
cuya base fuese la cuestión de Santo Tomás y se desarrollara
a manera de comentario. No así respecto de estas dos cuestio­
nes. Las conoce Suárez y las maneja, pero no las comenta,
sino que las cita recurriendo a ellas como incidentalmente.
Así vemos, por ejemplo, que la cuestión tercera De P ot.:
D f efeatione, está varias veces citada por Suárez, pero nin­
guna en la disputa 20, que parecería a priori el lugar apto
para un amplio estudio de la cuestión citada. La disputa 20
lleva este título: De prima causa eficiente, primaque eius
actione, quae est creatio.
He aquí los títulos de las secciones de la disputa suare-
ziana:

I. An possit ratione naturali cognosci, creationem


aMquorum entiurn esse possibilem an etiam
esse necessariam; vel (quod idem est) an
unum ens in quantum ens possit essentialiter
dependeré effective ab alio ente.
II. Utrum ad creandum requiratur infinita vis agen-
di; et ideo ita sit ei propria, ut creaturae
communÁcari non possit.
ni.- An possit dari instrumentum creationis.
IV. An creatio sit aliquid in creatura distinctum ex
natura rei ab ipsa.
V. Utrum de ratione creationis sit novitas essendi.

Copiamos a continuación los títulos de algunos artículos


de dicha cuestión 3, con cuya materia tiene evidente e íntima
130 CAP. H. FUENTES

relación la de las secciones cuyos títulos acabamos de trans­


cribir.

1. Utrum Deus possit cdiqu/id creare ex nihüo (cfr.


s. I).
2. Utrum creatio sit mutatio (cfr. s. V ) .
3. Utrum creatio sit aliquid recditer in creatura, et si
est quid sit (cfr. s. XV).
4. Utrum potentia creandi sit alicui creatwrae com-
municábilis, vel etiam actus creationis (cfr.
s.II).

Y todavía se hace más de notar por lo siguiente. En la sec­


ción II, que Suárez resuelve en conformidad con Santo Tomás
y con su escuela, se discute ampliamente la razón dada por
Santo Tomás para afirmar la exclusiva del poder creador para
Dios. Pero toda la discusión, que ocupa los números 23-29, se
basa en la primera parte de la Summa, q. 45, a. 5, sin men­
cionar el correspondiente artículo de la De Potentia.
Algo parecido ocurre con la cuestión 5. Lleva ésta en San­
to Tomás el siguiente título: De conservatione rerum in esse
a Deo. Suárez trata exactamente la misma materia en su dis­
puta 21 : De prima causa efficiente, et altera eius actione, quae
est conservatio. El paralelismo es evidente. Sin embargo, de
los diez artículos de la cuestión tomista sólo una cita se en­
cuentra en las tres secciones de la disputa suareziana. Encon­
tramos, sí, correspondencia entre las secciones de Suárez y
algunos artículos de Santo Tomás. He aquí los títulos de
Suárez:

I. An possit ratione naturali demonstran entia crear


ta m suo esse semper dependerá áb actuali in-
. fluxu primae causae..
II. Quaenam actio sit conservatio, et quomodo a
creatione differat.
III. Utrum res omnes a solo Deo pendeant in conser­
van.

■Con estas secciones tienen mutua correspondencia los dos


primeros artículos de Santo Tomás: ; :\ ¿ •
SANTO TOMÁS 131

1. •Utrurn res conserventur in esse a Deo.


2. Utrum Deus possit alicui creaturae comrmmicate
quod per se in esse conservetur ábsque Deo.

Esa única cita, antes notada, es la de la respuesta a la ter­


cera dificultad del artículo 1, y se hace escuetamente en el
n." 2 de la sección segunda entre otras varias referencias, sin
comentario ninguno.
Tampoco en la disputa 30 se cita la cuestión séptima De
P ot.; ésta trata de la simplicidad divina; aquélla, de Dios,
y en sus secciones III-V se estudia directamente la simplici­
dad de Dios.
En la cuestión De Vertíate encontramos un fenómeno si­
milar.
Así, el artículo primero de la cuestión primera está varias
veces registrado en las disputas 2 y 3 de Suárez; pero las
citas tienen un carácter eventual, y no orgánico ni construc­
tivo ; con todo, algo influyen en la estructura de la disputa 3.
En cambio, en la disputa 8, que justamente trata de la ver­
dad, sólo una vez es citada esta cuestión.
Un punto sintomático de comparación es la cuestión 21,
De Bono, dividida en seis artículos. A esta cuestión correspon­
de la disputa 10 de Suárez: De bono seu bonitate transcenden-
taM. La cuestión y la disputa tienen estructura muy distin­
ta. Efectivamente, más arriba hemos analizado la dependen­
cia que esta disputa tiene de la cuestión 16 de la primera
parte de la Summa. Por eso, poco significan las pocas citas
que de De V erit., q. 21, se hacen en dicha disputa.
Estas observaciones nos llevan claramente a la conclu­
sión de que estas Quaestiones Disputatae son sólo una fuente
subsidiaria para Ja Metafísica de Suárez, aunque empleadas
con relativa asiduidad como aclaratorias de detalles o pun­
tos en estudio.
Pasemos con esto, finalmente, a los opúsculos de Santo To­
más. Son varios los citados, pero vamos a concentrar núes-,
tra atención en uno que por su título, su materia y su alta
valoración en la tradición parece que ha de merecer singular
estima en un tratado metafísico de un discípulo de Santo To­
más. Tal es el De ente et essentia.
He aquí el paradigma de citas:
132 CAP. II. FUENTES

O bra citada P a sa je citado L n g a r en que se cita Ed. de Vivés

D e ente et ess. . i. c 2 DM 2 s 4 n 6 XXY 89


2. e 2 5 3 3 » 162
3. e 2 36 2 3 XXVI 482
4. c 3 et 4 6 10 2 XXV 245
5. e 3 ad finem 34 8 3 XXVI 420
6. <34 6 1 12 XXV 204
7. c 4 6 2 8 » 208
' .8. c 4 6 3 3 » 212
2. c 4 6 5 2 » 224
10. c 4, 5 et 6 6 11 2 247
11. c 4, 5 et 6 . 6 11 4 » 248
12. c 4 seqq. 6 9 .8 238
13. c 5. 5 2 6 » 149
14. G 5 5 '2 23 155
15. c 5 31 1 3 XXVI 225
16. c 5 31 11 11 »' 275
17. <3 5 34 3' 7 361
18. c 5 in fine 31 8 8 » • 256
19. o 5 et 6 6 11 5 XXV 249
20. c 6 35 2 3 XXVI 436
21. c 6 ■ 35 3 35 > 450

Son varias las observaciones que a primera vista saltan


de este paradigma.
Por de pronto, es exiguo el número de citas. Cierto que el
opúsculo es breve, y que en la mente de Santo Tomás no tuvo
pretensiones de gran obra, sino el carácter de unas notas que
ayudasen a sus discípulos para seguir las lecciones del Aqui-
nate, las cuales ya desde el primer momento llevaban la im­
pronta aristotélica, un poco desconcertante para quienes has­
ta entonces sólo se inspiraban en la mentalidad y terminolo­
gía neoplatónicas conservadas en el agustinismo platónico.
Pero, con todo, el De ente et essentia había sido considera­
do por la tradición tomista como un resumen genial de la
Metafísica de Santo Tomás. Por ello había sido objeto de va­
rios comentarios sistemáticos; poco a poco nos los van descu­
briendo los investigadores de la primitiva escolástica, fuera
de los conocidos en todo tiempo.
Pero hay más. Nótese que, de las veinte citas, nueve están
SANTO TOMÁS 133

en la disputa 6, cuyo título es De unitate formdli et universáli.


Las citas están en secciones de estricto carácter lógico, por
estudiarse en ellas el tema de los universales o de los predica­
bles. De las tres citas halladas en la cuestión 5, pertenecen
dos a la sección II, que también trata de la naturaleza espe­
cífica o común. Una de las dos citas halladas en la disputa 34
también está en una sección de carácter lógico, la 8, que tra­
ta de las substancias segundas. La cita de la disputa 35 se
refiere a la composición de género y diferencia en los ánge­
les. Las dos citas que se hallan en un mismo número de la
sección IV de la disputa 2 se refieren a denominaciones.
Las tres veces que ¡Suárez cita el opúsculo en la disputa 31,
las tres viene aducido como referencias de que los adversa­
rios echan mano.
Esta simple observación extrínseca nos endereza a la con­
clusión de que el opúsculo, en la estima de Suárez, tiene un
carácter preponderantemente lógico o dialéctico, quizás en
conformidad con el primitivo intento de ¡Santo Tomás, pero
del todo en oposición a como lo ha interpretado y valorado
la tradición. '
De ser esto así, entonces era clara la explicación del poco
uso hecho por Suárez de este opúsculo de Santo Tomás. Des­
de el comienzo mismo de la Metafísica nos había advertido
que consideraba como ajeno a la presente doctrina, y en con­
secuencia lo cortaría de ella, cuanto pertenece a la pura filo­
sofía o dialéctica, en la cual, con todo, otros metafísicos tanto
se detienen. Este último inciso conserva todo su valor aun en
nuestros días, cuando para no pocos todo el ámbito de la Me­
tafísica se encierra dentro de la Crítica, reduciéndose así a
formalismos críticos, que, en suma, nada dan de las cosas
mismas. Suárez quería una Metafísica de cosas (43). De va­
lorarse, pues, el De ente et essentia como un manual, si no
exclusivamente, al menos preponderantemente lógico, es fácil
comprender que Suárez recurriera pocas veces a él.
Aquí, inesperadamente, surge un problema de indudable
gravedad, tal como sigue planteada hoy la'secular cuestión
Santo Tomás - Suárez. Uno de los puntos más álgidos y
(43) “. . . ’ rerum ipsarum com,preh«nsionem”, DM prooemium; “rasque
¡jasas... contemplari...” ; “rerum vero ipsarum examinationem... trademus”,
DM 2, prooemium.
134 . CAP. II. FUENTES

en que más ásperamente se friccionan los partidarios de una


u otra actitud ante esa cuestión,, es la doctrina de la distinción
entre esencia y existencia. Para unos, es esencial a la doctri­
na de Santo Tomás admitir la distinción real; para otros, tal
distinción es falsa; y, sin embargo, continúan »unos y otros
creyéndose auténticos discípulos de Santo Tomás, reconocien­
do que entre ambas escuelas media una diversidad de inter­
pretación, no de actitud, respecto del Doctor Communis. Para
unos y otros es el Angélico el verdadero^ maestro.
En el desarrollo sistemático de esa teoría se observa gran
paralelismo entre las dos escuelas, sólo que van en diverso
plano: real,- físico, el de los tomistas; metafísico y de razón,
el de los suaristas. Cada cual en su plano admite la aplicación
de la doctrina de acto y potencia, la correspondiente distin­
ción, y las más graves consecuencias para establecer el punto
en que formalmente se hace 1a, discriminación esencial entre
el ser increado y la criatura.
Pues bien; dado que todo el problema esencia-existencia
se reduce en definitiva a una cuestión de planos, a determi­
nar si ese problema ha de ser situado en el plano físico o
traspuesto al metafísico, nos preguntamos si no dependerá
todo ello de una diversidad en la interpretación del De ente
et essentia. Los tomistas, qué valoran grandísimamente el
opúsculo y recurren a él en el tema que tratamos, darían a
su capítulo quinto, sobre todo, un alcance real; Suárfiz y los
suaristas interpretarían todo en un sentido lógico.
No es nuestro intento resolver en este estudio tales proble­
mas, pero sí nos parece útil echar una mirada a la disputa 31
de Suárez y recoger una primera impresión. El título de la
disputa es: De essentia entis finiti ut tale est, et de illius ess&
eorumque distinctkme. Abarca catorce secciones; no hace fal­
ta recorrerlas todas, ni tan siquiera citarlas. De las catorce
interesarían las siguientes:

I. An esse et essentia entis creatidistinguantur re.


II. Quid sit essentia creaturae priusquam a Deo
producatur.
n i. Quomodo et, in quo differant in creaturis ens in
potentid et in actu, seu essentia in poten-
tia et in actu.
SANTO TOMÁS 135

IV. An essentia creaturae constituatur in actualita-


te essentiae per átiquod esse reále indistin-
ctum áb ipsa, quod nomen hábeat et ratio-
nem existentiae.
V. Utrum praeter esse reale actualis essentiae sit
aliud esse necessarium, quo res form aliter
et actuáliter existât.
VI. Qum âistinctio possit inter essentiam e t existen-
tiam creatam intervenue, aut intelligi.
XIII. Quális sit compositio ex esse et essentia, quar
lisve compositio sit de ratione entis creati.

Ya en el enunciado de las secciones aparece la interroga­


ción sobre el plano en que ha de moverse y resolverse la pro­
blemática.
A la pregunta propuesta en la primera sección se han
dado varias soluciones. La primera es afirmativa.

“ Ésta se cree que es la opinión de Santo Tomás, y en este


sentido la han seguido casi todos los antiguos tomistas. Los tex­
tos principales de Santo Tomás son 1 p., q. 3, a. 4 ; 2 Contra
Gentes, cap. 52; De ente et essentia, cap. 5 ; 4 Met., lec­
ción 2” (44).

Indicadas varias autoridades más, desarrolla Suárez las


razones en que se apoya esta solución. Luego se enuncia la
segunda sentencia, la de la escuela eseotista, y, Analmente,
la tercera, que admite distinción sólo de razón. A favor de
esta opinión se pone la autoridad de Alejandro Ales (en rea­
lidad, Alejandro de Alejandría) y de varios más, aun nomi­
nalistas y eseotistas. Suárez puntualiza y razona brevemente
esta opinión, a la que se adhiere, y advirtiendo el gran peli­
gro de equivocación de términos en esta materia, entra a la
discusión del tema en diversas secciones.
La sección II no ofrece interés. Es claro que la esencia
de la criatura es nada antes de ser producida poi* Dios. Los
intérpretes de Santo Tomás no pueden disentir en este punto.
Tampoco la sección III ofrece peculiar punto de rozamiento.

(44) D M 31, s. 1, n. 3.
136 CAP. II. FUENTES

La IV, todavía tampoco, aunque va ya acercándose al punto


de la controversia que queda planteado en la sección V.
El punto controvertido es el siguiente, tal como lo propo-.
ne Suárez: La esencia constituida como actual por su propio
ser real ¿necesita ulteriormente de algo para que pueda exis­
tir? Suárez responde que hace falta el modo de subsisten­
cia, pero fuera de eso no hay otra realidad existencial que sea
necesaria.
Aquí se enfrenta, y es materia de la sección VI, con la
primera solución dada eñ la primera sección. El primer punto
que sostiene Suárez excluye la distinción real de esencia y
existencia como de dos seres o entidades distintos. Esta pri­
mera conclusión se apoya en Aristóteles, pero mucho más en
la fuerza de la razón (45). En la segunda conclusión rechaza
de igual manera una distinción modal; de nuevo la base son
razonamientos (46). Luego, ya en la tercera conclusión, expo­
ne la distinción que media entre esencia y existencia, que es
de razón (47).
En la sección VII, de acuerdo con los tomistas y apoya­
do en Santo Tomás De Pot., q. 5, a. 4 ad 3, fija el contenido
de existencia en las criaturas. Llegando ya a la sección XIV,
Suárez en ella explica la composición de razón, y atiende a
examinar las razones en que se apoyaba la primera sentencia
propuesta en la primera sección. Todo el tema está desarro­
llado sin citar para nada a Santo Tomás, cuyo nombre sólo
viene cuando se pregunta cuál es más perfecta, si la esencia
o la existencia.
La impresión que recibimos de este somero examen es que
aquí no entra en juego, como al tratar del principio de indi­
viduación, la autoridad de Santo Tomás. Suárez discute aho­
ra con la escuela tomista; a una interpretación de ésta, propo­
ne él otra, discutiendo razones. Suárez no es consciente de
que aquí se enfrente con una opinión de Santo Tomás. Y mu­
cho menos entra en juego el opúsculo De ente ei essentia, al
que nunca recurre Suárez a lo largo de la discusión.
Con esto terminamos ya la exposición de las fuentes to­
mistas de la Metafísica de Suárez. Podemos con los paradig-
(45) DM 31, s, 6, im. 1-8.
(46) Ibi<3. nn. 9-12.
<47) Ibid. nn. 13-24.
COMENTARISTAS DE SANTO TOMÁS 137

mas propuestos respaldar, sin género de duda, la afirmación


de que Suárez, en su Metafísica, es un auténtico discípulo de
Santo Tomás, a quien profesa verdadera devoción y consa­
gración. De la producción propiamente tomista, sin referir­
nos a los comentarios de Aristóteles, es sin disputa la Summcr
Theologica, sobre todo en su primera parte, la que alcanza ca­
tegoría de fuente primaria de las célebres Disputas M etafísi­
cas del gran filósofo tomista Francisco Suárez.

IV

Suárez no abrigó la pretensión de ser él el único discípulo


o el único intérprete auténtico de Santo Tomás: nunca se
creyó en poder del monopolio respecto al pensamiento del An­
gélico. Existía una tradición tomista amparada en nombres
de gran categoría. El Doctor Eximio no podía desconocerlos,
ni despreciar sus interpretaciones. Él, que, con pasmo de nues­
tros tiempos, tanto interés tuvo en aprovechar cuidadosamen­
te las aportaciones de la antigüedad dando amplia cabida a
los elementos histórico-positivos, para lograr así una construc­
ción válida cimentada en la verdad, estudió muy a fondo los
comentarios que de Santo Tomás habían dejado grandes dis­
cípulos del Doctor Cormnunis.
No se ciñe Suárez a uno u otro de entre ellos para tomarle
como guía a quien siempre seguir. A nadie siguió Suárez cie­
gamente.'Su guía era Santo Tomás; aun Aristóteles, como
hemos ya indicado, era entendido, sobre todo, a través del
Aquinate. Como tuvo respecto al Estagirita un trío destacado
de intérpretes, así respecto a Santo Tomás tuvo también un
grupo de varios comentaristas a quienes acudir sistemática­
mente.
Para la Summa Theologica el comentarista consagrado es
Cayetano. Suárez tuvo de él grandísima estima, mostrada de
hecho en la gran frecuencia con que utilizó sús comentarios.
Sólo Aristóteles, Santo Tomás, San Agustín y Escoto supe­
ran el número de citas de Cayetano. Pero ante él Suárez adop­
tó una actitud muy distinta de la adoptada ante Santo To­
más. Éste es el maestro, aquél es el condiscípulo. Mucho, pesa
la autoridad del Angélico, y sólo razones muy graves podrán
138 CAP. H. FUENTES

nivelar y superar ese peso para que Suárez se atreva a sepa­


rarse alguna vez del lado de su maestro. En Cayetano no pe­
san sino las razones. Suárez las pondera sin miramientos, y
si las encuentra vacías, no vacila ni le duele el orientarse en
otra dirección, para dar directamente con el pensamiento de
Santo Tomás, aunque fuese necesario oponerse y contradecir
a Cayetano.
Así aparece Suárez enfrentado con la escuela tomista, es
decir, con el conjunto sistemático de ideas que, como inter­
pretación auténtica de la doctrina de Santo Tomás, se iba
transmitiendo como herencia a la posteridad bajo la garan­
tía y aval de grandes comentaristas.
No siéndonos posible ampliar más este nuestro estudio,
nos limitamos a presentar, sin comentario, primero, la tabla
sistemática de citas de Cayetano en su interpretación a la
primera parte de la Summa de Santo Tomás:

Obra citada P a sa je citado I/u g ar en que se cita E d. de Vivés

Comm.in Sum.
Theol........... i. l p , q l , a .l DM 43 s 4 n l 6 X X V I 469
2. a3 44 11 64 » 713
3. q 2, a3 1 4 14 X X V 29
4. a 3, rat. 4 in Met. 2 ,1 6 > V
• 5. q 3, a3 5 2 6 » 149
6. a3 5 2 21 » 155
7. a3 5 . 16 18 > ' 187
8. a4 31 1 3 » 225
9. a 4, rat. 2 31 11 .22 X X V I 278
10. q 4, a 3, ad 4 47 12 18 > 830
11. ad 4 47 15 24 » 846
12. . q 5, a 3, fine 10 3 26 X X V 354
13. a4 23 1 9 845
14. a5 10 1 19 334
15. a6 5 2. 9 > 150
16.. q 6, a 3, fine 25 2 - 7 » 912
17. q7, a 3, a d 2 41 5 . 17 X X V I 604
18. q 8, al 18 8 10 X X V 654
I 19. al 21 1 6 > 787
i 20. q lO , a2 50 4 9 XXVI 928
1 21. a3 23 ' 7 8 XXV 876
; 22. a 4 et 5 50 5 8 XXVI 932
COMENTARISTAS DE SANTO TOMÁS 139

Obra citada P a sa je citado L u ga r en que se cita E d. de Vives

i 'omm. in Sum.
T h e o í ............. 23. 1 p, q 10, a 5 DM 50 s i l n 6 XXVI 962
24. a 5, ad 1 50 6 14 » 944
25. a 5 et 6 50 6 2 941
26. a 5 et 6 50 6 9 » 943
27. a6 50 10 11 961
28. q 11, princ. 4 9. 10 X X V 140
29. á1 4 1 6 » 117
30. a l , ad 1 5 2 14 152
31. ad 2 4 2 2 » 123
32. ad 2 4 5 .2 » 133
33. a 2, ad 4 ■4 7 2 136
34. a 4 fine 4 1 18 > 120
35. q 12, a l 43 4 16 X X VI 649
36. aé : 30 11 13 » 145
37. a. 12 30 12 7 160
■38. a 12 35 2 3 » 436
39. q 13, a 5 2 2 18 X X V 76
40. a5 28 3 5 XXVI 14
41. a-6 28 3 14 » 17
42. a7 47 5 3 » 806
43. a7 . 47 ■8. 4 » 815
'44. a7 47 10 12 » 824
45. a7 47 15 9 841
46. a7 47 15 17 » 844
47. a7 47 16 3 848
48. a 7, ad 2 43 6 26 » 663
49. q 14, a 5 30 15 14 » 174
50. a 5 et 6 30 15 27 » 178
51. a 13 22 2 20 X X V 815
52. a 13 22 3 10 » 828
53. a 13, ad 1 19 3 3 > 701
54. a 16 44 13 35 X X V I 732
55. q 15, a 3, ad 3 13 4 1 XXV 420
56. q 16, a 1 et 6 8' 8 2 » 308
57. a2 8 1 3 > 276
58. a2 8 3 1 » 283
59. a2 25 1 7 » 901
60. a 3, ad 3 8 8 14 » 312
61. q 16, a 6 fine 8 7 19 > 301
j 62. a8 22 2 20 » 815
CAP. II. FUENTES

P a sa je citado Ungar en que se cita ré s

63. 1 p, q 17, a5 DM 31 s 2 n 1 229


64. 'q l 8 , a1 18 7 21 636
65. q l9 , a 2 et 3 30 9 7 117
66. a8 19 3 ' 3 701
67. a8 30 16 : 43 197
68. q 25 48 4 2 888-
69. 9 25, a1 20 4 10 771
70. a1 • 30 17 44 220
71. q 27, a 1, dub.
1 48 2 5 874
72. q 28 6 5 5 226
73: q 28, a1 54 4 5 [029
74. a1 47 10 12 824
75. a2 ' 31 11 3 282
76. a2 47 2 2 785
77. ' q 29, al 5 3 18 168
78. q 34, a3 30 15 ■ 27 178
79. a3 30 16 42 197
80. q40, a4 12 1 10 376
81. q 42, a1 47 11 ' 7 827
82. q 44, a1 in Met. 2, c 1 6 V
83. a2 20 1 29 753
84. a2 20 2 28 761
85. a3 25 2 7 912
86. a4 23 10 10 885
87. q45, a3 20 4 2 770
88. a3 47 7 6 812
89. a5 17 2 12 588
90. q46, a2 20 5 4 780
91. q48, a2 54 3 3 .027
92. a 1, ad 2
et 3 11 1 6 357
93. a 2, ad 2 11 3 8 366
94. q 50, a4 5 6 18 187
95. q 52, a3 26 4 6 931
96. q 53, al 51 3 13 985
97. a3 18 2 6 600
98. a3 18 2 14 603
99. q 54, a2 3 1 4 104
LOO. a2 7 1 9 252
COMENTARISTAS DE SANTO TOMÁS

L u gar citado L u gar en que se cita res

.01 l p , q 54, a 3 D M 14 s 2 n 6 466


L02. a3 15 1 9 500
D3. a3 18 2 16 603
[04. a3 18 3 5 616
.os: a3 18 3 15 620
.06. a 3 fine 18 3 7 617
.07. q 56, al 35 4 . 18 464
.08. q 58, a3 '5 0 11 6 962
.09. q 59, a3 35 5 7 467
. 10 . q 66, a2 13 11- 9 441
a3 4 1 25 122
. q76, al 13 4 6 410
a 1, ad 4 31 11 11 275
a 1, ad 5 34 5 '28 387
a 3 et 4 13 13 13 406
a 3 fine 15 10 50 550
1/ .
. a4 • 15 10 15 '540
a4 15 10 61 554
q77, ai 14 2 6 466
al , 18 2 6 600
a l 18 3 15 620
a 1, ad 2,
3 18 3 5 616
23. q 79, a5 54 12 9 718
24. q 82, a2 19 8 8 729
q 83, a3 19 5 13 715
q 85, a4 5 8 3 190
.27. q 88, a2 30 12 7 160
28. a2 35 2 3 436
29. q 90, a2 34 5 28 387
.30. q 93, al 35 5 7 467
31. q 95, a4 5 8 7 191
.32. q 104, a1 21 7 6 787
.33. a1 31 9 5 259
.34. a 1 ult. 21 3 17 798
.35. q 105, a5 22 1 6 803

s todavía una página de citas. El u uá-


Comentario de Cayetano al De ente e \es
pie se hizo del opúsculo directamei ita-
142 CAP. II. FUENTES

mos allí explicar el hecho. Pero, al ver que Suárez tiene muy
presentes las cuestiones de Cayetano propuestas al margen
•del opúsculo, puede ya desvanecerse toda duda, si tal vez que­
dara, de si Suárez no cayó en la cuenta del valor del opúsculo.
Conoció el opúsculo en sí y en sus comentarios. Si de él no
tuvo la misma estima que otros, especialmente los de la es­
cuela tomista, debióse a una actitud personal basada en sufi­
ciente información.
Por lo demás, incluyendo Cayetano en su Comentario nu­
merosas cuestiones que rebasan en no poco el alcance de la
letra de Santo Tomás, es lógico que Suárez echara mano del
Comentario, no precisamente para interpretación del texto
tomista, sino como fuente de doctrinas de la escuela tomista,
explanación tal vez e interpretación dé puntos indicados en
otras obras del Angélico.

Obra citada P a sa je citado L u gar en que se cita E d. de V ivés

Com. in De en-
te et essentia. 1. el DM 2 s 2 n 2 XXV ■ 77
2. el 2 6 16 » 98
3. e3 54 1 6 XXVI 1016
4. e l, q2 2 1 9 XXV 68
5. q2 2 3 7 » 83
6. q2 28 3 5 XXVI 14
7. e2 30 1 8 > 63
8. c 2 , med. 10 3 * 11 x x v 350
9. e2 30 3 3 XXVI 73
10. e 2, q 3 28 3 10 16
11. q3 32 2 7 321
12. q4 5 2 35 x x v 150
13. q4 36 2 ' 3 XXVI 482
14. q5 5 .2 9 xxv 150
15. q5 5 2 14 » 152
16. q5 1 5 3 3 162
17. q5 5 3 18 > 168
18. q5 5 3 30 » 173
19. c4 5 2 8 » 150
20. c4 ' 6 2 8 » 208
21. c4 6 10 2 » 245
22. c 4 ante q 6 2 4 2 » . 88
23. ante q 6 31 7 3 XXVI 25Í
COMENTARISTAS DE SANTO TOMÁS 143

Obra citada P a sa je citado L u ga r en que se cita E d. de Vives

* /
Com. iri De en-
te et essentia. 24. c'4 ante q 6 DM 31 s 8 n 8 XXVI 255
25. q6 5 9 '1 0 XXV 201
26. » q6 31 2 10 X X V I' 232
27. q7 47. 10 5 » 821
28. c 5 5 2 6 XXV 149
29. c 5 31 1 3 XXVI 225
30. c 5 31 11 11 275
31. c 5 34 3 16 » 365
32. q8 13 . 4 6 XXV 410
33. q9 5 2 23 » .155
34. q9 15 • .8 2 525
35. e 5 post q 9 31 13 1 XXVI 298
36. q 10 29 7 32 » 45
37. q 10~ 31 7 10 251
38. q 10 31 8 8 » 255
39. q 11 34 4 19 » 373
40. c 5 fine 31 8 8 » 256
41. e 6 31 13 19 > 304
42. c 6 35 3 28 » 448
43. c 6, q 14 30 12 5 160
44. q 14 ■35 2 3 > 436
45. e 7, q 15 37 2 . 6 494
46. q 15 47 3 12 » 798
47. q 15 47 4 9 » 801
48. q 15, ad 4 39 3 2 » 523
49. q 16 14 3 6 XXV 472
50. e 7 post q 16 31 11 24 XXVI 279
51. e 7, q !7 14 3 38 XXV 484

Junto al Cardenal de Gaeta tiene su propio lugar el Férra-


riense: aquél es el comentarista clásico de lajSumma Theo-
logica; éste lo es de la Summa contra G entes; no llega a tener
la importancia que el primero, como es natural; dada la gran
preferencia.de Suárez por la primera Summa, como ha podi­
do notarse con evidencia en los paradigmas anteriormente
propuestos, también los comentaristas respectivos están sub­
ordinados por necesidad a la categoría de sus mismos comen­
tarios, Fuera de esto, nos atreveríamos a decir que Suárez
simpatiza más con el Ferrariense que con Cayetano: aparece
144 CAP. II. FUENTES

en las Disputas M etafísicas aquél como representante más


directo de las corrientes dé la escuela tomista, en lo que esta
escuela, al parecer de Suárez, tiene de menos tomista. Por lo
mismo, se le observa ál Doctor Eximio en pugna más veces
con Cayetano que con el Ferrariense: éste goza ante Suárez
de tanta fama como Cayetano; al menos, parece tratar a Ca­
yetano con más familiaridad y con menos indulgencia que ál
de Ferrara, aunque, en el fondo, a ambos con la misma liber­
tad e independencia crítica.
Presentamos a continuación el paradigma de las citas del
de Ferrara, haciendo notar una -vez más el valor provisional
de estas listas:
Obra citada P a sa je citado L u g a r en que se cita Kd. de V ïvès

Com. in Sum-
ma e. Gentes. . i. L I , c 3 DM 10 s 1 ,n 19 XXV ' 335
2. 13 Index aristot. » V
3. 15 D M 50 ■s 4 ' n 2 XXVI 926
4. 17 54 5 5 » 1032
5. 20, á 3
ad 4 30 2 9 » 67
6. 21 5 3 3 XXV 162
7. - 21 5 3 9 » 164
8. 21 5 6 18 » 187
9. 21 34 3 16 XXVI 365
10. 23 18 7 5 XXV 632
11. 23 19 8 11 » 729
12. 23 30 16 52 XXVI 201
13. 24 6 9 6 XXV 238
14. 32 28 3 5 XXVI 14
15. 32 39 3 6 » 524
16. 32 39 3 9 » 525
17- 34 2 1 3 XXV 65
I 18.' 34 ■ 28 3 10 XXVI 16
! 19. 38 10 3 25 XXV 354
20. • 42 6 9 6 » 238
21.- 43 30 2 18 XXVI 70
22. ,4 4 23 8 5 XXV 879
23. 50, rat. 3 30 15 14 XXVI 174
24. 53 48 2 5 » 874
25. 54 25 1 7 XXV 901
26. 56 44 4 3 XXVI 671
COMENTARISTAS DE SANTO -TOMÁS 145

O bra citada P a sa je citado X¿ugar en que se cita Ed. de Vivés

Com. in Sum- 27. L I, c 56 D M 44 s i l n 12 XXVI 697


mu e. Gentes. 28. 59 8 3 7 XXV . . 285
29. 59 8 3 16 »- 287
30. 59 8 4 1 289
31. 59 9 1 5 » 313
32. 59 et 60 8 1 3 » 276
33. . 59 et 60 8. 3 5 » 284
34. 60 8 7 ti » 298
35. 67, rat. 3 19 10 5 » 736
36. .67 et 70 30 16 43 XXVI 197
37. 68 34 5 28 » 387
38. 75 23 3 8 XXV 853
39. 75 30 9 11 XXVI 119
40. 75 et 76 30 9 30 » 125
41. 82 30 16 44 » 198
42. 83 30 9 50 » 132
43. 87 23 9 3 XXV 882
44. 97 18 7 21 » 636
45. 97 18 7 27 . 638
46. 98 35 4 18 XXVI 464
47. L II, e 1 30 17 44 » 220
48. i '4 8 4 . 6 » 890
49. n ■ 47 16 4 » 848
50. n 47 17 24 »■ 865
51. 11 et 12 47 10 12 » 824
52. 12 47 15 17 » 844
53. 12, rat. 3 47 8 4 815
54. 16 48 4 6 890
55. 17 18 2 20 xxv 605
56. ■ 2i 17 2 12 » 588
57. 21 17 .2 14 » 589
58. - 21 20 2 23 » 759
59. 2l 31 9 4 XXVI 258
60. 48 19 7 13 xxv 726
61. 52 31 1• 3 XXVI 225
26. 52 31 12 41 » 295
63. 58 13 3 13 xxv 406
64. 58 . 15 10 61 xxv 554
65. 63 31 11 11 XXVI 275
66. 66 13 4 6 xxv 410
67. 67 19 3 3 » 701
CAP. II. FUENTES

P a sa je citado L u ga r en que se cita

68. L II, c 70 D M 22 s '2 n. 7 811


69. 76 18 4 8 626
70. ■82 42 5 13 626
71. 93 5 2 30 157
72. 95 6 11 1 247
73. 95 . 35 3 35 450
74. L III, <5 4 15 8 2 525
75. 9 45 2 . 6 742
76. 13 31 9 5 259
77. 19 23 6 19 874
78. 19 r.í 3 3 .027
79. 20 44 13 35 732
80. 45 30 12 5 160
81. 45 30 12 7 160
82. 45 35 2 3 436
83. 62 19 8 8 729
84. 65 21 2 2 791
85. 68 18 8 10 654
86. 68 26 4' 3 930
87. 68 30 7 11 98
88. 68 35 6 15 472
89. 68 51 3 3 982
90. 70 22 1 6 803
91. 70 22 1 16 805
92. 70 22 2 17 814
93. 84 22 5 14 839
94. 89 .. 18 7 50 647
95. 89 19 8 . 11 729
96. 102 43 4 16 649
97. 102 51 3 13 985
98. 105 18 4 8 626
99. L IV , c l l 47 11 5 827
100. 14 47 2 2 785
101. 14 ' 47 3 2 794'
102. 14 47 7 6 812
103. 43 34 4 17 812
104. 55 34 4 9 362
105. 66 .18 2 9 601
106. 81 14 3 6 472
107. 81 36 3 2 486
108. 97 22 5 7 840
LOS NOMINALISTAS ' 147

Para el comentario de Santo Tomás en los libros de Las


Sentencias, el intérprete consagrado esCapréolo. Y juntamen­
te con Soncinas como intérprete de la Metafísica, forman es­
tos cuatro ilustres dominicos el grupo típico de comentaristas
ie Santo Tomás en las Disputas M etafísicas de Suárez. A es­
tos nombres pueden todavía asociarse los de Hervaeus Nata-
lis y Dominicus a Flandria.
Siempre restará el problema crítico de puntualizar exacta­
mente la posición de Suárez ante Santo Tomás y ante los co­
mentaristas de éste. Puede afirmarse que Suárez no pertene-
:-e al conjunto de comentaristas típicos de la escuela tomista.
Si por tomismo se entiende precisamente el complejo doctri­
nario formado por la tradición hermenéutica de un grupo de
comentaristas, entonces puede afirmarse que Suárez está fuera
del tomismo. Si por tomismo, en cambio, se entiende el gru­
po doctrinal del propio Santo Tomás, entonces Suárez entra
muy dentro del tomismo, y dentro de él habrá de ser cotiza­
do como un comentarista de Santo Tomás, mejor, como un
discípulo de Santo Tomás, que, dotado de enorme persona­
lidad, ha formado dentro del tomismo auténtico una nueva
escuela tomista, distinta de la tradicionalmente así llamada,
porque ambas encarnan una interpretación distinta del úni­
co Santo Tomás legado directamente en las obras mismas
del Aquinate; el cual por su mismo texto se basta para for­
mar una escuela filosófico-teológica, pero es susceptible de
interpretaciones, y aun de Sistematizaciones, distintas; más
todavía, susceptible de una ulterior evolución de doctrinas
sólo germinalmente por él expuestas, o sólo incompletamente
y en esbozo.

En un orden cronológico, correspondería a los nomina­


listas un puesto anterior al que en esta relación de fuentes
les concedemos; son ellos anteriores al grupo clásico de co­
mentaristas de Santo Tomás. Sin embargo, parecía lógica­
mente preferible dar a éstos la precedencia para presentar­
los en cadena unidos con Santo Tomás.
Un estudio detallado de las fuentes nominalistas de las
148 CAP. II. PUENTES

Disputas M etafísicas de Suárez tiene una importancia clara,


que no es posible desconocer. En efecto, contra Suárez se
dice que debe clasificársele dentro de la escuela nominalista.
Y para comprobarlo se citan varias tesis en que coincide
con la actitud de los nominales. No va a ser nuestro obje­
to decidir la controversia. En otro capítulo dedicaremos un
estudio detallado a uno de los puntos fundamentales, que
recientemente más es destacado. Aquí hemos de contentar­
nos con consideraciones generales, y con ordenar los mate­
riales recogidos, según el método ya indicado.
Y por lo mismo, tampoco hemos de dar la lista completa
de todos los nominalistas. Siguiendo el criterio de selección
hasta ahora aplicado, hemos de fijarnos tan sólo en el céle­
bre franciscano Guillermo Ockam, y luego en Gabriel Biel,
el denominado “ último escolástico” , representante fiel del
ockamismo de última hora.
Pero merecen atención los nominalistas bajo otro aspec­
to. No pocas veces se refiere Suárez a las opiniones de ellos,
sin citar a ninguno distintamente, sino englobándolos a to­
dos en la denominación común de nominales, para así de­
signar aquellas doctrinas fundamentales que, sin ser de éste
o de aquél, eran el fondo general del nuevo doctrinario. La
actitud que tome Suárez frente a estos nominales puede ser
índice de lo que, en general, pensaba Suárez de esta escuela,
y del valor que dió a esta tendencia en la Metafísica. -
Vamos a reseñar en lista las citas de estos nominales;
de los cuales, por lo mismo que son citados genéricamente,
no podemos dar referencia concreta en cuanto a la obra cita­
da. Sólo indicaremos el lugar, de la Metafísica en que son ci­
tados, con su correspondencia en Vives, añadiendo una breve
indicación de la opinión de Suárez sobre la respectiva doc­
trina :

L a g a r en que se cita E d. de V ivés Calificación de Suárez

PM 5 s 6 n 15 XXY 186 ’ In re non dissentiunt.


5 9 7 » 199 Valde probabilis (antea
reiecta).
6 2 1 » 206 Reiieitur.
-6 2 6 » 208 Reiicitur.
LOS NOMINALISTAS 149

Lu gar en que se cita E d. de V ivés C alificación de Suárez

DM 6 s 9 n 7 XXY 238 Reiicitur.


14 4 4 » 494 Reiieitur.
19 7 2 i» 724 Reiicitur.
20 4 6 » 770 Reiicitur.
22 2 31 » 818 Probabile (non vero ad­
mi ttitur).
’ 30 3 1 XXVI 72 Reiicitur.
30 9 27 » 124 Partim admittitur, partim
reiicitur.
31 1 12 » 228 Admittitur.
32 2 2 » 320 Reiieitur.
34 7 5 » 413 Reiieitur.
40 2 ' 2 » 533 Reiicitur.
44 12. 16 » 720 Reiicitur.
44 13 17 » 727 Reiicitur.
,47 2 12 (22) » 789 (792) Admittitur si recte expli-
eatur.
50 2 13 » 920 Parum differì.

Esta enorme preponderancia de oposición de Suárez con­


tra las posiciones generales del nominalismo, con el cual
sólo una vez se concuerda franca y simplemente {en la dis­
tinción de razón entre la esencia y existencia; y aun enton­
ces, en conformidad con otros no nominalistas), no parece
dar pie a poner en discusión el nominalismo de Suárez: al
contrario, hay que hablar terminantemente de un evidente
antinominalismo.
Más tarde hemos de examinar la posición de Suárez ante
el problema del ser, comparándolo con Ockam, para poner
en claro una acusación reciente. Aquí queremos añadir al­
guna consideración, también de carácter general, acerca de
la doctrina de los universales,, punto éste—-todos lo han de
conceder— esencial y céntrico de toda la concepción nomina­
lista.
Por suerte, un solo lugar nos ha de bastar para poner en
claro lo que Suárez piensa de la teoría nominalista acerca
de los universales. La disputa sexta de la Metafísica está de­
dicada al estudio de la unidad formal y universal. De ella,
la segunda sección plantea este problema: An unitas uwiver-
150 CAP. II. FUENTES

saUs natura'& distinota a formali sit in rebus actu ante men­


tís operationem.
La discusión del tema la inicia Suárez señalando ciertos
puntos fundamentales básicos en que se ha de convenir. El
primero de todos es el siguiente, que proponemos con sus
mismas palabras:
“ Principio statuendum est naturas illas quas nos universal!«
et communes denominamus, reales esse, et in rebus ipsis vere
existere: non enim eas mente fmgimus, sed apprehendimus po-
tius, easque in rebus esse intelligimus, et de illis sic conceptis
definitionem tradimus, demonstrationes efficimus, et scientiam
inquirimus. Sic Aristóteles... E i in hoc omnes Philosophi et
Aristotelis interpretes conveniunt, Nominalibus exeeptis, qui
voces solum aiunt esse universales in significando: et conceptas
universales in repraesentando ; et circa hos proxime versari de-
finitiones, et seientias ut videre est in Occam... Gabriel.'.. Et
mérito reprehendendi sunt quoad aliquos loquendi modos, nam
in re fortasse non dissident a vera sententia: nam eorum ra-
tiones huc solum tendunt, ut probent universalitatem non esse
in rebus, sed convenire illis prout sunt obiective in intellecta seu
per denominationem ab aliquo opere intellectus; quod verum est,
ut infra dieam. E t ideo in refere¡ndis, et solvendis eorum argu­
mentas non est quod immoremur: nam ea'nihil omnino obstant,
quominus verum sint naturas, quae denominantur universales,
in singularibus esse, ipsaque singularia habere Ínter se aliquid
in quo conveniant, vel similia sint, et aliquid, in quo differant,
seu distinguantur. Unde falso negant, demonstrationes, aut defi-
p nitiones dari de rebus, quia scientiar non sunt de nominibus, et
eonceptibus formalibus nostris, sed directe de rebus, quia scien-
tiae non sunt de nominibus, et eonceptibus formalibus nostris,
sed directe de rebus, seu eonceptibus obiectivis: quapropter,
licet denominatio universalitatis rebus proveniat ex concepti-
bus, tamen res sic denominatae reales sunt, et in rebus exis-
tant” (48).

Quizás puede alguno observar en este texto cierta debili­


dad en la actitud de Suárez ante los nominalistas, cuando
en el problema de los universales llega a conceder la posi­
bilidad de que los nominalistas estén en la verdad, aunque
sus expresiones sean a veces equivocadas y descaminadas.
Nada más lejos de la verdádera actitud suareziana: su posi­
(48) DM 6, s. 2, n. 1.
LOS NOMINALISTAS 151

ción realista es segura, indudable y definitiva. Sólo que le


parece tan absurda la posición nominalista, en el caso de in­
terpretarla como se hace de ordinario y dan a ello pie sus
expresiones, que Suárez llega a pensar en la posibilidad de
que aun los nominalistas mismos hayan pensado en sentido
realista, aun cuando hayan dado a las expresiones un alcan­
ce exorbitado por el deseo de excluir de la realidad la uni­
versalidad como tal. Que sea éste el pensamiento de Suárez
lo pone de manifiesto el siguiente fragmento redactado por
él poco después. Preguntado, efectivamente, cómo se distin­
guen en la realidad la unidad genérica y las diferencias, ya
entre sí, ya de la unidad específica, señala como tercera opi­
nión la siguiente :
“ Tertia sententia extreme contraria esse potest, haee ñeque
re ñeque etiam ratioue distingui, sed esse omnino idem, etsi di-
versis vocibus signifieentur.”

No indica autor alguno que haya sostenido concretamen­


te esta opinión, pero insinúa que tal manera de solucionar
la cuestión pudiera ser atribuida a los nominalistas; véase
lo que opina Suárez de esta atribución presumida:
“ Quae opinio attribuì potest Nominalibus, quatenus omnino
negant, haec universalia in rebus reperiri: vix autem credibile
est, opinionem hane in mentem alieuius philosophi venisse, ut
argumenta in principio faeta ad minimum coneludunt” (49).

Antinominalismo más radical qué el de creer que ni si­


quiera los mismos nominalistas pudieron ser nominalistas
en serio, creemos que no puede darse. Por lo demás, habla­
rán suficientemente los estudios que más tarde hemos de
hacer sobre la univocación, la analogía y los conceptos diná­
micos en Suárez. No parece posible que por coincidencias
esporádicas con el nominalismo, en puntos en que el nomi­
nalismo como tal no tiene influjo, cuando además se encuen­
tra Suárez acompañado de autores en nada sospechosos de
nominalistas, y aun creyendo de buena fe, y probada, estar de
acuerdo con Santo Tomás, no parece posible, decimos, que
se elimine a Suárez del grupo realista, para clasificarlo en­
tre los nominales.
(49) DM 6, s. 9, n. 7.
152 CAP. II. FUENTES

Enmarcado así, podremos apreciar el cuadro de citas refe­


rentes a Ockam. Es bastante frecuente su nombre, que, adu­
cido no pocas veces en compañía de Santo Tomás y otros
filósofos del todo ortodoxos, encuentra la aprobación de Suá-
rez, por hallarle conforme con el bloque de la tradición esco­
lástica. Otras, en cambio, cuando su actitud es auténtica­
mente nominalista, no puede menos de ser rechazado por
quien tan radicalmente se opone a tal ideología. Relaciona­
mos aquí sólo las citas referentes a las obras filosóficas :

Obra citada P a sa je citado L u ga r en. que se cita E d. de Vives-

In Libros Sen-
tentiarum .. 1. Prol, q l et 9 D M 44 s il n 18 X X V I -699
2. q 3, club 8 44 11 60 712
3. q 4, a 1 44 13 25 » 729
4. q 4, a 2 44 13 36 - » 732
5. L I, dist 1, q 3 7 2 2 XXV 262
6. 1, dub 4 26 4 8 » 931
j 7. 2, q 3 30 6 2 XXVI 89
8. q 3 7 1 9 XXV 252
í 9- q 4 et 6 5 2 5i » 149
;i0 . q4 6 2 1 » ■ 206
¡11. 8 30 4 30 X X V I 84
12. 17, q 7 5 9 24 X X V 197
.13. 19, q l 10 3 15 » 351
[14. 22 30 13 7 XXVI 164
'15.- 24, q 1, ad 1 39 2 22 *» 516
|16. q2 41 1 7 » 589
17. q 2, ad 3 41 2 2 » 593
18. 30 47 15 16 » 844
19. 31, q 1 47 2 12 » 789
20. 35 30 15 28 » 178
21. 35, q 5 25 1 6 XXV 901
22. 37 18 8 2 » 650
23. 37 18 8 7 » 652
24. 37 30 7 4 XXVI 96
25. 38 19 . 9 2 XXV 733
26. 38 19 9 5 » 734
27. 43 30 16 52 X X V I 201
28. 43, q 1 20 4 10 X X V 771
29. L I I , q l et 9 44 11 2 XXVI 694
LOS NOMINALISTAS

P a sa je citado L u ga r en que se cita

30. L II, q3 DM 20 s 5 n 4 780


31. 3 23 6 9 869
32. 3, a l 23 2 3 847
33. a2 23 8 5 880
34. 6 46 1 30 762
35. 7 20 2 11 756
36. 7 20 2 22 759
37. 9 20 4 6 770
50 1 5 914
00

10
co

39. 10 50 1 6 915
40. 10 50 2 2 916
41. 13 50 4 3 927
42. 20 50 5 8 932
43. 22 13 10 6 436
44. 23 18 2 5 580
45. 23 18 2 7 600
46. 46 30 9 30 125
47. L I I I ,q l 34 2 8 355
48. ■' 2 29 3 34 59
49. 3 39 2 22 516
50. ■13, dub 3 20 5 3 ■864
51. L IY , q 4 40 2 2 533
52. 4 40 2 6 534
53. 25, ad 7 et 15 23 7 7 876
54. i, q 4 . 51 4 32 998
55. II, q 10 15 10 18 541
56. 10 et 11 15 10 23 542
57. III, q 1 30 2 3 64
58. 17 44 2 2 668
59. 20 44 5 6 674
60. IV , q 4 40 . 2 2 533
61. 29-33 40 2 2 533.
62. 29-33 40 2 6 534
63. 37 40 4 11 546
64. Y, q l 2 et 13 6 2 1 206
65. 22 39 2 17 514
66. V II, q 22-3 30 2 3 64
67. 25 40 2 .2 533
68. 25 40 2 6 534
154 CAP. II. FUENTES

Fuera de estas citas, queda otra más, de carácter filosó­


fico, a saber, tomada de la Lógica, del capítulo De Qum ti-
tate (50), y algunas indefinidas; en las que es citado sin ma­
yor concreción el nombre de Ockam.
Con Ockam, el más citado de entre los nominalistas es
Gabriel Biel, el cual, siendo ya de la decadencia nominalista,
por más que tendiera a conservar pura la tradición de
Ockam, no siempre está dentro de los criterios de la escue­
la, y, por lo tanto, se le encuentra no tan alejado de 'la ideo­
logía de Suárez. Las citas están tomadas de su comentario
clásico al Libro de las Sentencias del maestro Pedro Lom­
bardo.

Obra citada P a sa je citado I/u gar en que se cita Ed. de V ivé»

In Libros Sen-
tentiarum . . 1. Prol, q 4 D M 44 s 18 n52 X X V I 737
2. q8 44 11 2 » 694
3. qs 44 11 60 » 712
4. q9 44 11 18 » 699
5. q 10 44 13 25 729
6. q ii 44 13 36 732
7. I , dist 1, q 3 7 2 2XXV 262
8. q4 . 20 2 10 » 756
9. 2, q 2 30 6 2 XXVI 89
10. • q4 32 2 2 »• 320
11. q 6, 7, 8 5 2 5 XXV 149
12. 3 ,q 4 29 3 34 X X V I 59
13. 7, q 7 et 8 6 2 1 XXV 206
14. 8 30 4 28 X X V I 83
15. 9, q 3 12 1 10 X X V 376
16. 12, q l 15 9 3 » 533
17. 17, q 6 46 1 30 X X V I 762
18. 19,.q l 10 3 15 > 351
19. 22 30 13 7 > 164
20. 24, q 1, a 3, d 3 4 1 6 XXV 117
21. q 1, a 3, d 3 4 1 14 » 119
22. q 2, a 3 41 2 2 XXVI 593
23. 27, q 2 48 2 7 875
24. 30, q 5 47 15 16 > 844

(SO) E n DM 40, s. 2, n. 2 ; y D M 4ft s. 5, n. 8.


LOS NOMINALISTAS

P a sa je citado L u ga r en que se cita Ivés

25. I, dist 35 D M 30 s 15 n 28 178


26. 35, q l 30 14 10 168
27. q i 35 3 20 445
28. q2 30 15 41 182
29. q 5, a 2 25 1 6 901
30. a2 25 1 8 901
31. 37 18 ' 8 2 650
32. 37 18 8 7 652
33. 38 19 9 2 733
34. 38 q un a 1 19 10 5 736
35. al 23 6 3 869
36. a1p 2 19 3 3 701
37. 38 et 39 30 16 43 197
38. 42 30 17 24 214
39. 43 30 16 52 201
40. II, dist 1 20 5 4 780
41. 1 35 6 2 468
42. 1, q 1, a 3 23 8 5 880
43. q2, a 2 20 1 6 746
44. a2 22 4 26 835
45. q 5 23 10 8 884
46. q 5 23 2 3 847
47. q 5, a 1 23 6 4 869
48. 2, q 1 50- 5 8 932
49. q l, a l 50 1 5 914
50. al 50 2 2 916
51. a3dl 50 4 3 927
52. 2, q 1, a 3
ad 1 50 ■4 7 928
53. q2 51 3 7 984
54. q 5 30 7 '4 96
55. 3, q i . 5 2 30 157
56. q 2 44 11 2 694
57. 6 23 7 10 877
58. 10 40 2 2 533
59. 12 13 10 2 434
60. 12, q 1 et 2 12 4 13 413
61. q 1 et 2 15 8 6 526
62. 15 10 50 550
15 *
63. 25, q 1, a 3, d 3 23 7 6 876
156 CAP. II. FUENTES

O bra cita da P a sa je citado L u g a r en que se cita E d. de V ives

In Libros S e n -
tentiarm n . . 64. II, dist 37, a 3, d 2 D M 22 s 2 n 20 X X V 815
65. 38, not 2 23 3 8 » 853
, 66. 46 30 9 30 X X V I 125
67. III, dist 2, q 2 44 11 18 699
68. . 6 31 1 12 228
69. 8 5 8 11 X X V 192
70. 23 44 5 6 XXVI 674
71. 23, q 1, d 1 44 2 2 » 668
72. d4 44 9 3 » 686
73. d4 44 10 4 » 691
74. a 3, d 6 44 12 19 » 722
75. d6 44 12 5 » 717
76. d6 44 12 21 » 722
77. 36 19 7 2 XXV 724
78. IV , dist 1, q 1 40 4 11 X X V I 546
79. q 1, a 3, d 3 ¡ 18 1 1 XXV 593
80. d3 20 3 8 » 768

Más citado que Ockam y Gabriel Biel es Gregorio de Rí-


mini, que murió en 1358 siendo General de la Orden de los
Agustinos Eremitas. Los comentarios de él a los dos prime­
ros libros de las Sentencias son manejados frecuentemente
por Suárez. Y más todavía que cualquiera de estos tres es
citado Durando: dominico él, se distinguió en sus doctrinas
por su fuerte antagonismo a Santo Tomás; más que por in­
flujo directo de Ockam sobre él, pues Ockam le era crono­
lógicamente posterior, hay que explicar el nominalismo de
Durando como reacción espontánea de su propio espíritu.
No puede negarse que ante Suárez pesa no poco la opi­
nión nominalista, pues tanta atención tiene a ella. La expli­
cación no es difícil: es claro que el nominalismo había deja­
do huellas profundas en la tradición escolástica; y, efectiva­
mente, Suárez mismo era consciente del gran significado de
la Universidad de Salamanca en la victoria de la filosofía
realista— por obra, sobre todo, de Soto— sobre la nominalis­
ta. Recogía aquí Suárez las aguas más puras de la tradición
salmantina para depositarlas eji sus Disputas Metafísicas.
LOS CONTEMPORÁNEOS 157

VI

Nadie discutirá la utilidad e interés de un estudio dete­


nido de las fuentes suarezianas en la antigua escolástica, la
que, arrancando en San Anselmo, culmina en Santo Tomás
y continúa fluyendo a través de siglos hasta alcanzar los
nuevos esplendores del reflorecimiento del siglo xvi. Muy
particular atención merecería San Buenaventura, con Esco­
to y toda su escuela, de tanta transcendencia en la forma­
ción de la gran teología que quedó plasmada en el Concilio
Tridentino. Redundaría, sin duda, en gloria de Suárez una
referencia puntualizada de sus relaciones con la Patrística,
incluso en filosofía, particularmente con San Agustín. Pero
no es posible. Cada estudio se mueve dentro de ciertos límites
si ha de plasmar en algo objetivo, y el nuestro está ya tocan­
do a ellos, si ya no los ha rebasado.
Por lo que de humano puede revelar en la personalidad
científica de Suárez, vamos a indicar sucintamente y recoger
las referencias de Suárez a los grandes maestros de Salaman­
ca. Manifestará ello lo humano, porque es indudable que Súá-
rez se debe a la Universidad de Salamanca, donde se formó
y donde se entonó su espíritu para empresas de gran aliento;
al citar los maestros de ella, da testimonio del afecto conser­
vado a aquella alma mater, y da paso, quizás, a un noble sen­
timiento de orgullo por sentirse educado junto a figuras señe­
ras en la historia de las ciencias sagradas. Aun científicamen­
te quedará caracterizado Suárez con estas referencias, que
nos mostrarán en él a un hombre que está a la altura de su
tiempo, que recoge y acusa las oscilaciones del movimiento
científico, en sus progresos y en sus errores.
El gran maestro de Salamanca fué Vitoria. Aunque sus
obras no guardan relación con la filosofía, al menos las que
hasta el tiempo de Suárez se habían publicado— las Releccio­
nes— , todavía encuentra tres ocasiones para citar al maes­
tro. Una vez se cita la relección De augmento charitatis; otra
yez es la relección De arte magica la citada, y a esta misma se
refiere, finalmente, poco después.
158 CAP. I I .’ FUENTES

Soto es citado con frecuencia: setenta y cinco veces. Es el


más tratado de los salmantinos en la obra de Suárez. Nada
extraño, pues su influjo en aquella Universidad fué extraor­
dinario, sobre todo en filosofía, porque con sus enseñanzas y
sus obras fijó y dio cuerpo a las corrientes realistas, suscita­
das por influjo de Vitoria, corregidos ya los resabios nomi­
nalistas de la época complutense de Soto. Encontramos en
Suárez citas de la Lógica, de los Predicamentos, de los Ante­
predicamentos, de los comentarios a la Física, concretamente
en los libros 1, 2, 3, 4, 8. Menos que estas obras, es también
citado el comentario al Maestro de las Sentencias, y alguna
vez De natura et gratia.
Báñez es citado cuatro veces en su comentario a la Summa
Theologica, y una vez Melchor Cano en su De Loéis. Cuatro
veces encontramos el nombre de Medina: tres veces citando
el comentario a la prima secundae, y una el de la tertia de la
Summa de Santo Tomás.
El maestro Toledo, de recia estirpe salmantina en su for­
mación y en el comienzo de su profesorado, y que luego con­
tinuó sus enseñanzas en el Colegio Romano, es citado dieci­
séis veces. Se citan su De anima, seis veces; De generatiene,
tres; los libros de Física, cinco, y una la Lógica.
Sitial distinguido corresponde junto a los salmantinos a
los maestros de otra célebre Universidad contemporánea, a
los de Coimbra. Los conimbricenses son mencionados trece
veces. Son citados únicamente los libros de Física; varias, ve­
ces el 1, 2 y 7; una sola el 3 y el 8.
Recordemos también aquí entre los contemporáneos a Bel-
larmino, citado una sola vez, ampliamente resumido de su
libro 2 De gratia et libero arbitrio. Finalmente, a Vives. Es
sabido que en la gran edición de San Agustín, preparada por
Erasmo, fué Vivés quien anotó y publicó los libros De Givitate.
A estas anotaciones de Vivés se refiere Suárez en sus seis
citas de este autor, y siempre para aducir filósofos griegos a
tradiciones griegas.
CONCLUSIÓN 159

VII

Creemos haber realizado, siquiera discretamente, nuestro


»m etido: una exploración sumaria de las fuentes explícita­
mente citadas por Suárez mismo en la superficie textual de
sus Disputaciones M etafísicas; una exploración dé carácter
provisional, cuyos resultados, por consiguiente, no podían
arrojar nada definitivo y concluido. Más bien tratábamos de
sugerir un camino de investigación, que de recorrerlo; de sus­
citar interés por el conocimiento total, exhaustivo—valga la
palabra, tratándose de fuentes— de todo el fondo filosófico de
Suárez, que de descubrirlo y ponerlo a la vista de todos.
Por lo mismo, no puede nuestro trabajo dar base segura
para unas conclusiones, y mucho menos para formularlas.
Nos contentaremos con recoger al fin las impresiones perci­
bidas durante la investigación.
Y la primera es la de confirmar el acierto pleno de Grab-
mann en su famoso estudio, ya citado, sobre la Metafísica de
Suárez, redactado en el otro centenario, en el de la muerte
ie Suárez, el año 1917. Grabmann, capacitado para ello de
modo excepcional, trazó ante el mundo filosófico el verdade­
ro cuadro de las Disputas M etafísicas con todos sus fondos,
sus perspectivas, sus luces y sombras y hasta con su marco
adecuado. Hemos vuelto a experimentar la misma sensación
pue él, según nuestra capacidad, de encontramos ante una
construcción grandiosa y sólida, de innumerables bloques de
mármol de diversos colores unidos arquitectónicamente en
una unidad orgánica, flexible como lo vital, y matizada como
'.o estético; a la vez que rígida como lo sistemático y defini-
ia como lo verdadero su estructura fundamental.
Con Grabmann, particularmente, hemos admirado el pas­
moso conocimiento de los filósofos y el absoluto dominio de
ellos que supone la gran obra de Suárez. Podrá achacarse al
Eximio que no siempre se basa en lecturas directas de los
autores citados; que es impreciso a veces en las referencias,
por fiarse de su memoria; que se vale de referencias de se­
cunda mano; que, por ejemplo, no conoce a Platón sino a tra­
vés de las traducciones de Ficino, o mejor, de los índices de
Ficino; que a los griegos se acerca en las páginas dé San
160 CAP. II. FUENTES

Agustín en sus libros De Civitate, o por las noticias de Eugu-


bino; que confunde o desdobla autores sin identificarlos ni valo­
rarlos con precisión... Cierto. Aun así, ha de reconocerse a Suá-
rez una exuberante riqueza de conocimientos histérico-positi­
vos como base de su construcción ideológica, desde luego taiuy
superior a la ordinaria entre los escolásticos, y sólo acostum­
brada, en su género, entre los humanistas del Renacimiento. En
esto es fiel heredero y representante de las tendencias de la
escuela salmantina, iniciadas por Vitoria, definidas'y estabi­
lizadas por Soto, formuladas, para lo teológico, por Cano.
Grabmann pondera la novedad del método de Suárez, y
con razón. Novedad, por la forma externa de presentar las
Disputas M etafísicas desligadas del texto aristotélico y es­
tructuradas según una línea más sistemática. Novedad ma­
yor, por la forma interna del pensamiento metafísico, organi­
zado ya en una unidad armónica, que por los caminos de la
deducción va abarcando progresivamente— diríamos, según los
modos modernos, vitalmente—todos los campos de 1á Metafí­
sica, roturando no pocas veces terrenos no conocidos, cultiván­
dolo todo, fertilizándolo..., ensayando quizás nuevas semillas
para solución de nuevas necesidades.
Nos atrevemos, por fin, superando quizás el alcance del
estudio de Grabmann, y respondiendo a los que de un inves­
tigador de fuentes postulan mapa de aportaciones nuevas y
originales, a señalar lo que, según nuestra impresión, es la
mayor y la más profunda novedad de Suárez, y a. la yez su
mayor contribución al progreso de la filosofía. Acentuamos
en este momento el carácter provisional de nuestro trabajo,
que transciende especialmente a esta nuestra impresión de
conjunto.
Con ocasión del De ente et essentia hemos tocado lo que
a nosotros nos parece el alma del suarismo y constituye un
avance importante, quizás esencial, en el aristotelismo to-
místico. Suárez no aprecia como otros aquel opúsculo... Eso
parecía arrojar el cuadro de citas, observado un poco inter­
namente. Ese opúsculo es de tipo predominantemente lógico
en la apreciación de Suárez; éste, por su parte, construía su
filosofía en otro plano. Hasta él, parecía la filosofía moverse
—-al menos, en su lenguaje pronunciado— en dos planos: en
el lógico y en el físico; no reconociendo, por lo tanto, sino
CONCLUSIÓN 161

dos realidades: lógica y abstracta, la una; real, física y con­


creta, la otra.
Sola la Física no podía constituir la Metafísica; casi im­
plicaría una contradicción manifiesta ya en los términos.
Pero ni el plano lógico, como tal, es el de la Metafísica, al
menos no el de la metafísica que Suárez construía. Incorpo­
rando y vivificando una herencia salmantina, donde, aban­
donado el nominalismo, se dió un sentido realista a la filo­
sofía, Suárez quiso imprimir este mismo sentido, en toda su
intensidad auténtica, a la Metafísica, haciendo una metafí­
sica de cosas^-rerum ipsatrwm— . Por ello, sobre la realidad
física, y sobre la realidad lógica, Suárez descubrió, indepen­
diente de ambas, aunque indiferente a ellas y asimilable por
cualquiera de ellas, la realidad absoluta, sin adjetivos ni con­
diciones de estados concretos, fueran éstos físicos o lógicos;
una realidad pura y real, la realidad metafísica, la más ver­
dadera de todas; y alcanzó en su busca una elevación supre­
ma que le situaba en el plano auténticamente metafísico. Ahí
planteó y solucionó los problemas substanciales. Los que no
le comprendieron, o le entendieron mal, le acusaron y conde­
naron por nominalista, porque no lo veían .tan arraigado en
el plano físico y real. Los que abusaron más tarde de su ele­
vación perdieron contacto con el mundo real y se perdieron
en la estratosfera del idealismo subjetivista. Y, sin embar­
go, nada más metafísicamente real que le realidad metafísi­
ca de Suárez. Y nada más filosófico que una filosofía situada
en ese plano supremo y absoluto donde se forman y eternizan
las esencias.
Éste era para .nosotros el mérito supremo de Suárez: el
de haber hecho una Metafísica metafísica.
CAPITULO TERCERO

f o r m u l a d e l p r im e r p r in c ip io d e l a
METAFISIOA DE SUAREZ
( d m m , s. H i)

1. LA FÓRMULA ARISTOTÉLICA EN LA TRADICIÓN ESCO­


LÁSTICA.

2. LA FÓRMULA ARISTOTÉLICA ENTRE LOS CLÁSICOS DE


LA FILOSOFÍA MODERNA.

3. DISCUSIÓN DE LA FÓRMULA EN LA NEOESCOLÁSTICA.

4. DISCUSIÓN Y ENUNCIACIÓN M ETAFÍSICAS. DE LA FÓR­


MULA DEL PRINCIPIO DE CONTRADICCIÓN.

5. COMPARACIÓN CON LA FÓRMULA DE NO-IDENTIDAD DE


ERDMA.NN.

6. CONCLUSIÓN.
A r is t ó t e l e s fué quien, para siglos y aun milenios, enunció
y fijó la fórmula del principio de contradicción. El hecho de
que antes de él no lo encontremos formulado en sus términos
formales y expresos, nos hace deducir, o que en realidad no
fué enunciado como tal, cosa harto difícil, o que, al menos,
no se le dió la valoración definitiva y absoluta que en la con­
cepción aristotélica había de lograr. Las enunciaciones del
gran metafísico eleata Parménides, tan fecundo en fórmulas
ontológicas de admirable precisión y rigor conciso, no salen
del marco del principio de identidad si no es para pasar al
principio de tercio excluso (1). Algo parecido vale decir de las
fórmulas platónicas, todavía menos caracterizadas en este as­
pecto que las de Parménides (2).
La fórmula clásica de Aristóteles es la contenida en el
libro tercero (o cuarto, según otra numeración) de la Meta­
física. Tratando del objeto de la metafísica, que es el ser en
cuanto tal, viene también a buscar Aristóteles los principios
primeros, es decir, los más ciertos e indemostrables propios
de esta, ciencia. Expuestas las características de talés princi­
pios, enuncia el siguiente: “ Que lo mismo, a la vez, a una mis­
ma cosa y en lo mismo le convenga y no le convenga, imposi­
ble” (3). Es conveniente, con todo, hacer notar ya desde aquí
que no se trata de una fórmula anquilosada repetida por Aris-

(1) Suelen c ita r s e testos tom ados de D iel s , Die Fragm ente der Vorso-
kratiker, 118, o ta m b ié n d e MüLLAflHitrs, Fragm., v. 72.
(2) Suele cita rse P h a e d r 113 C. T tam bién s e citan com o fuen tes' en
que s e inspiró A ristóteles para su fórm ula, Sophistes, cap. 17, p, 230; Ren-pu-
blica, c. 4, p. 436.
(3) Met. p 3, 1005 b 19. E n latín se enuncia frecuentlsdmiamAite entre
los clásicos en la siguiente fo rm a : Impossibiie est Ídem simul vnesse et non
messe eidem secundum ídem.
166 CAP. III. FÓRMULA DEL PRIMER PRINCIPIO

tételes invariablemente: este principio viene enunciado con


flexibilidad, en fórmulas variadísimas, unas veces más pre­
cisas y expresivas que otras; unas veces en el orden ontológi-
co, otras en el lógico. Por la importancia que en la evolución
ulterior de la fórmula puede tener esta variedad de enuncia­
dos aristotélicos, recogemos aquí un catálogo de las formas
más salientes, notando para cada una de ellas el lugar exacto
que en el texto griego de la edición bekkeriana le corres­
ponde :

Met. B
2, 996 b 29-30: N eccesse est omne aut affirmare
wut negare, et quod impossi­
bile est simul esse et non esse.

Met. T
3.1005 b 19 : Idem enim simul inesse et non
inesse eidem et. secundum
idem impossibile est.
3.1005 b 24-5 : Impossibile namque est quem-
piam putarè esse et non esse.
3.1005 b 29-30 : Impossibile est simul eundem
idem arbitrari esse et non
èsse.
4.1006 a 3-4 : Impossibile' sit de eodem simul
esse et non esse.
4.1006 b 19 : Non erit esse et non esse idem.
4.1006 b 34-5 : Non contingit ergo simul verum
esse idem dicere hominem
esse et non esse.
4,1008 a 36 1008 b 1 : Non est idem simul affirm are et
negare vere.
6.1011 b 13-4 : Quod igitur omnium certissima
opitnio est, non esse simul ve­
ras oppositas dictiones.
6.1011 b 15 6 : Cum vero impossibile sit contra-
dictvonem simul de eodem ve­
rificavi.
FÓRMULA ARISTOTÉLICA 167

6.1011 b 20-1 : Si itaque impossibile est simul


affirmare et negare, vere im-
possible est etiam . ..
7.1011 b 27 : Ens autem esse et non ens non
esse verum est.

Met. I
5,1061 b 36-1062 a 1 : Non contingit idem secundum
unum et idem tempus esse e t
non esse.
5,1062 a 7-8: Non contingit secundum unum
et idem tempus esse et non
. esse.

Anal. pr. B
2,53 b 14-6: Alioqui accidet ut idem svmul sit
et non sit. Quod est impossi­
bile.

Anal. post. A
11, 77 a 10-11 : Fieri autem non posse ut idem
simul affirm etur et negetur.

He aquí una lista variada de fórmulas. Son tres las va­


riaciones fundamentales. Unas fórmulas están enunciadas en
un plano auténticamente ontològico metafisico, las que di­
rectamente se refieren al ser y al no ser en sí. Otras, en cam­
bio, están referidas al orden lógico, las que expresan la in­
compatibilidad de afirmar y negar simultáneamente lo con­
tradictorio. Otras, finalmente, se refieren a un orden psico­
lógico que enuncia la imposibilidad de que en una misma in­
teligencia coincidan dos enunciados contradictorios.
No siempre en la crítica se tiene en cuenta esta exuberan­
cia de fórmulas en Aristóteles. Ellas pueden inspirar ulte­
riores evoluciones o elaboraciones de la fórmula, según que
se pretenda una formulación de tipo dialéctico— Aristóteles
mismo tenía en cuenta las exigencias dialécticas para la ex­
plicación de ciertas condiciones— , o más bien se intente una
fórmula-cifra preñada y tensa de sentido metafisico.
168- CAP. ni. FÓRMULA DEL PRIMER PRINCIPIO

El más insigne comentador de Aristóteles, y con él prin­


cipal inspirador de la tradición escolástica más vigorosa,
Santo T om ás , coincide exactamente con el Estagirita en el
enunciado del principio de contradicción. Pero también Santo
Tomás es flexible y rico en la formulación. Vamos a recoger,
igualmente, en lista algunas de sus expresiones más corrien­
tes, tomadas de su comentario a la Metafísica de Aristóteles :

Met. DI, lectio V


í. Impossibile est idem simul esse et non esse.
2. Impossibile est idem esse et non esse.

Met. IV, lectio VI


9

3. Est impossibile eidem simul inesse et non inesse


idem; sed addendum est, et secundum idem.
4. Impossibile est quemcumque opinavi quod idem
sit simul et non sit.
5. Non contingit quod opinetur aliquis simul idem
esse et non esse.
6. Impossibile est esse et non esse simul.
7. Impossibile sit idem esse et non esse.
8. Impossibile est esse et non esse.

Ib., lectio VII


9. Patet quod esse, et non esse non erunt idem ratie­
ne et re.
10. Patet quod esse hominem et non esse hominem
non sunt unum secundum rationem.
11. Non contingit utrumque verum esse affirm atio-
nem et negationem.
12. Affirm atio et negatio non verificantur de eodem...
13. Contradictio non verificatur de eodem.

Ib., lectio V ili


14. Si affirm atio et negatio verificantur simul de
eodem ...
15. Si contradictiones simul verificantur de eodem ...
16. De quolibet est affirm atio et negatio vera (absur-
dum).
17. Non contingit vere idem affirmare et 'negare.
FÓRMULA ARISTOTÉLICA 16®

Ib., lectio IX
18. Nullus homo sic disponitur ut credat affirm atio-
nem et negationem simul verificari.
19. Oportet quod non eodstimet idem esse quodlibet
et non esse. •
20. Omnes opinantur se habere veritatem vel in affer­
mativa tantum vel in negativa et non utra-
, que simul.

Met. XI, lectio V


21. Non contingit idem simul esse et non esse.
22. Non contingit idem esse et non esse secundum
. unum e t idem tempus, et aMs conditionibus
servatis quae consueverunt in contradictione
apponi, secundum idem, sim plidter, e t alia
hmusmodi.
23. Non contingere idem esse et non esse secundum
idem tempus.
24. Impossibile est contradictionem verificari de
eodem.
25. Oppositae proposìtiones non verificantur de
eodem.

Ib., lectio VI
26. Stultum est opinali quod contradictoria verifican-
tur de eodem.
27. Non oportebit quod contradictio verificetur de
eodem.
28. Oppositae proposìtiones non verificantur de eodem
secundum unum et idem tempus.
29. Ñeque contraria possunt simul verificari de
eodem.

También aquí podemos observar la misma o parecida ex­


uberancia aristotélica en fórmulas clasificables también en el
triple orden lógico, ontològico y psicológico. En cuanto a di­
ferencias de mayor o menor explicitación, compárense las
fórmulas 8 y 22, y podrá observarse la gama de variantes
que entre las mismas cabe.
170 CAP. III. FÓRMULA DEL PRIMER PRINCIPIO

Merece citarse con particular atención un texto tomista


tomado de la Summa Theologica. Tratando de si son varios o
. no los preceptos incluidos en la ley natural, establece Santo
Tomás paralelismo entre log principios del orden práctico y
los del especulativo. Y, dentro de éste, viene a tratar de los que
son conocidos de por sí para quienes conozcan sus términos,
aunque para algunos ignorantes de ellos puedan no ser tales;
pero aun entre estos principios hay cierto orden, “ pues lo pri­
mero que cae bajo la aprehensión es el ser, cuya inteligencia
se incluye en todo cuanto alguien aprehende; y así, el primer
principio indemostrable es, que no es posible afirmar y ne­
gar a la vez, el cual está fundado en la naturaleza del ser y
del no ser; y sobre este principio se fundan los demás, como
dice el Filósofo” (4). A este respecto conviene añadir aquí una
reflexión o fundamentación parecida expresada por Santo To­
más al comentar a Aristóteles. Los principios de demostra­
ción, dice con el Filósofo, deben reducirse a algún principio
que sea el que más principalmente deba atenderse en la me­
tafísica, así como todos los seres se reducen a un ser primero.
Tal principio es quod non contingit idem simul esa? et non
esse. Y que éste sea el primero, lo demuestra Santo Tomás
por la sola razón de que sus términos son ens et non ens,
los cuales, a su vez, son los que primariamente están bajo la
consideración de la inteligencia (5).
Dada esta concordia absoluta entre estos dos príncipes de
la Escolástica, es natural, y puede asegurarse ya a priori, que
toda la filosofía tradicional haya heredado con unánime fide­
lidad sus posiciones. Efectivamente, el acuerdo entre los es­
colásticos es perfecto, ál menos si nos limitamos al tema de
(4) ilumina Theologica, I-II, 94, 2 c. H e aquí el tex to orig in a l: “ Quae-
dam vero propositionas sun t per se notae solis sapientibus, qui términos
propositiofium intelligúnt quid signiflcent... In his autem quae in apprehen-
sione liom inum cadunt, quídam ordo in v en itu r: nam illud quod prim o cadit
in apprehensione. est ens, cvuus intellectus ineluditur in óm nibus, qunecum -
que quia apprehendit; et ideo prim um principtum indem onstrabile est, quod
non est simul affirmatre et negare, quod fun datu r supra rationem entis et
non entis ; et super h o c principio om nia a lia fun dantur.”
(5) In X I M et., lectio V : “N ecease est enim quod sicu t om nia entia re-
ducuntur ad aliquod primum, ita oportet quod principia dem onstrationis re-
ducantur ad aliquod principium , quod principalius ca dit in consideratione
huiua philosophiae. H oc autem est, quod non contingit idem simul esse et
non esse. Quod quidem ea ratione prim um est, quia term ini eius sun t ens
et non ens, qui prim o in conslderatione intellectus cadunt."
FÓRMULA ARISTOTÉLICA 171

este estudio restringido a sola la fórmula del principio; pues.


sobre otros aspectos ha habido críticas, algunas de las cua-
les^hemos de recoger más adelante.
Por citar algún caso concreto de tal acuerdo, acudimos a
la filosofía escolástica en su etapa más difícil e inarmónica.
D urando, que en su prólogo al comentario de las Senten­
cias alardea de independencia y autonomía en sus opiniones,
apuntando con esto sin duda a Santo Tomás (6), con todo, es
fiel a él y a Aristóteles en la fórmula del principio de contra­
dicción. Encontramos, entre otras, las siguientes fórmulas:

1. Impossibile est contradictoria simal esse vera (In


prol. Sent., q. 1, n. 21).
2. Aestim are enim contradictoria simal esse vera, non
potest esse in mente hominis (ibid.).
3. Impossibüe idem simal esse et non esse ( I Dist. 1$,
q. 2, n. 9).
4. Nullus inteUectus potest concipere contradictoria
simal esse (ibid., n. 16).
5. In eodem instanti fluenti non possunt contradicto­
ria verificari de eodem (II Dist. 2, q. 3 ad 3,
n. 12).
6. In eodem instanti fluenti non possunt eidem con­
tradictoria coexistere (ibid.).

También Durando ha formulado el principio en su triple


orden antes clasificado.
F rancisco May ron, de tipo enteramente platónico, aun
cuando se dedicó a estudios y reflexiones complicadas sobre

(6) Este es ed fam oso tex to: “Omttis hom o dim ittens rationem propter
axictoritatem humanara, incidit in insipientiam bestialem ... Quis enim , nisi
tem erarius existens, audeat dicere, quod m agis sit acquiesoendum au ctori-
tati cuiuscum que D octoris, quam au ctoritate sanctorum D octorum sacrae
Scripturae, Augustina, G regorii, A m brosii e t H ieronym i...? E x quibus patet,
quod com pellere seu inducere aliquem , ne doceat vel scribat disson a ab iis
quae determ inatus D octor scripsil, et tadem D octorem prajefenre sacris D octo-
ribus, praecludere viam inquisitioni veritatis, et praestare im pedim entum
sciendi, et lumen rationis, non solum occu lta re sub m odlo, sed com prim ere
' violentar. N os igitur plus rationi, quam cu icum que auctorita/ti h um an a« con ­
sentí entes, nullius puri hominis a uctoritatem rationi praeferim us, atiéndan­
le s , quod ómnibus existentibus am icis sanctum e s t praeh ooora re veritatem ,
q uam omnis térra in voca t...” P raef . in U Libros Sent., in fine.
172 CAP. III. FÓRMULA DEL PRIMER PRINCIPIO

lo que él llama primum principium complexum, sin embar­


go, retuvo la formulación aristotélica, en lo sustancial, en el
orden lógico:
*

1. De quolibet dicitur affirm atio vel negatio et de


nutlo ambo simul (Prol. in D ist., q. I ) .
2. De nullo ente sive subiecto affirm atio et negatio
■simul praedicantur (ibid.).
3. De quocumque ente affirm atio vel negatio vera
(ibid.).
4. Impossibiie est contradictoria simul verifican de
eodem (ibid.).

Aun cuando en estas fórmulas siempre se mantiene el or­


den lógico, con todo, el mismo Mayron tiene cuidado de ad­
vertir que la afirmación y negación, siendo segundas inten­
ciones, no son términos del primer principio sino en cuanto
que suponen por las primeras, a saber, ser y no ser (7).
Todavía queremos citar un autor muerto en la segunda mi­
tad del s. x iv , J u a n B u r i d a n u s , de relaciones íntimas "con el
ockamismo. En su comentario a la Metafísica de Aristóteles,
se pregunta si el principio formulado por éste: Idem inesse
et non inesse simal eidem secundum ídem ... est impossibiie,
es, usando la misma terminología que Mayron, el primum
principium ineomplexum. Al tratar de resolver la cuestión,
Buridan establece con admirable exactitud toda la gama de
proposiciones por las cuales, desde la más simple, ens est, se
llega a la fórmula aristotélica:
1. Ens est.
2. Non ens non est.
3. Ens est ens.
4. Non ens non est ens.
5. Ens potest esse.
6. Non ens non potest esse.
7. N ecesse est, omne ens esse.

(7) “A 4 quartum dico, quod secundae inteutiones aliquando su p pon im i


pro prim is, sicu t quando dicim us quod deffinitio praedicatu r de definito.
A ffirm a tio e r g o e t n egatio non sun t praedicatum prim i principii nisi inquan­
tum siupponunt prò prim is, scilicet, p ro esse e t non esse.” C fr. D e promo
principio, f. 27 ss.
FÓRMULA ARISTOTÉLICA 173

8. N ecesse est, non ens non esse.


9. Impossìbile est, non ens esse.
10. Ens potest esse ens.
11. Quodlibet est vel non est.
12. Nihil est et non esi.
13. Quodlibet est ens vel non est ens. *
14. Nihil est ens et non est ens.
15. Quodlibet potest esse vel non esse.
-16. Quodlibet esse vél non esse, est necesse. .
17. Idem esse et non esse, est impossibile.
18. Quodlibet cuilibet inest vél non inest.
19. Nihil eidem inest et non inest.
20. Quodlibet cuilibet possibile est inesse vél non
inesse.
21. N ecesse est quodlibet cuilibet m esse vel non
inesse.
22. Idem eidem inesse et non inesse, est impossibile.

Si se observan las variantes que de fórmula a fórmula se


producen, pronto se echa de ver que Buridan, para lograrlas,-
emplea un mecanismo dialéctico: no se trata en el desarrollo
de ellas de un desenvolvimiento progresivo de la riqueza com­
primida que en las primeras fórmulas se encierra; sino, más
bien, casi sin fijarse en el alcance metafisico que el contenido
de las nuevas fórmulas puede tener, Buridan las va obte­
niendo mecánicamente con aplicar ah extrínseco las normas
dialécticas para la conversión y transformación de las propo­
siciones. Es de interés el haber observado este punto,.
Establecidas así en toda su sucesiva complicación lógica
toda la serie dfe fórmulas, y comparadas luego entre sí, ter­
mina Buridan por decidir que el primer principio debe ser esta
proposición: Quodlibet vél est vél non e s t; o esta otra: Nihil
idem est et non e s t; aceptando así, por fin, el principio de con­
tradicción, aunque en forma reducida, como primero, forma
que no niega la aristotélico-tomística (8).

(8) Transcribim os el tex to íntegro, pues es con venien te con ocerlo para
apreciar las m aneras dia léctica s d e Burida/n: "Q uaeritur, u trum is la p ro-
positio *Idem inesee e t non. inesse sim ul eidem secundum idem ... est im pos-
sibile*, s it prim um principium com plexum ... (v. A 1). A liqu l m a g is accedentes
ad prioritatem secundum sim plicitatem , quam secundum evidentiam et oer-
174 CAP. III. FÓRMULA DEL PRIMER PRINCIPIO

Citemos, finalmente, a S u á r e z , tan amante recogedor de


toda la tradición escolástica hasta su tiempo, y trasmisor de
‘ ella a los tiempos posteriores. La sección tercera de su tercera
disputa metafísica está encabezada con este tema: Quibits
principiis demonstran possm t passkmes de ente, et an ínter
ea hoc sit pHmum, 'Impossibüe est ídem sirmil esse et non
esse\ Ante todo, se encuentra con la afirmación aristotélica
que ve en ese principio el primero y casi único a que deben
venir a parar todas las demostraciones de esta ciencia me­
tafísica; más aún, también las de las demás, al menos vir­
tualmente. Pero esto tiene sus dificultades: primera, que los
principios propios e intrínsecos de cada ciencia deben fundar­
se en la causa o razón por la que el predicado pertenece al
sujeto; y así, el primer principio de cada ciencia será el que
predique del sujeto su primera propiedad, o del definido su

titudinem dieunt, quad ca te g o rica » sunt priores hypotheticis, et illae de


inesse m odalibus, et affirm a tiva e priores negativds, e t illae de inesse m o-
dalibus, et affirm ativae priores negativis, e t illae d e h oc v erb o 'e s t’ Ulis
de ilio verbo 'in est’ e t illae d e h oc verb o 'e s t’ secun do adia cen te illis de
hoc verbo 'e s t’ tertio adiacente. E t secundum h o c illi ponunt unum m agnum
ordinem principiorum indem onstrabilium . Prtm um enim principium secun-
dum praed icta est 'ens e s t’ , deinde sequitur 'n on ens non e s t’ , postea
'E ns est ens’ , deinde 'N on ens n on potest esse’. ‘ N ecesse est, om n e ena
esse’ , 'N ecesse est, non ens non esse’ , 'Im possib ile est, n on ens esse’ ; postea
sequuntur m odales in sim ili ondine de 'e st’ tertio adiacen te, u t 'en s potest
esse en s’ , etc. ; postea propositiones de extrem o h ypothetico, u t 'Q uodlibet
est ve! non est’ , 'N ih il est et non est’ ; sim iliter de tertio adiacente, 'Q u odli­
bet e s t ens vei non est ens’ , 'N iliil est ens et non est ens’ ; postea de m od a­
libus 'Q u odlibet potest esse vel non esse’ , 'Q u odlibet esse vei non esse, est
necesse’ , 'Id e m .e s s e et non esse, est im possibile’ ; p ostea sequuntur consi-
miles d e 'e st’ tertio a dia cen te; p ostea propositiones d e v erb o 'in est’ , vid e-
licet 'Q u odlibet cu ilib et in est vel n on in est’ , 'N ih il eidem ines t et non inest’ ;
postea sequuntur m odales 'Q uodlibet cuilibet possibile est inesse vel non
inesse’ , 'N ecesse est, quodlibet cuilibet inesse vel n on inesse’ ; ultim o sequi-
tur 'Id e m eidem inesse et non inesse, est im possibile’ ... V idendum est... quae
sint priores quantum ad flrm itatem e t evidentiaim... : N ega tiva est finmioris
evidesitiae, quam a f firm ati va... (B ). P ropositio d e 'e s t’ e s t evidentior et fir-.
m ior, quam propositio d e 'in est’ ... M odali» affirm a tiva die possibili est fir­
m ier et evidentior, quam a ffirm ativa de inesse.;. P ropositio de hypothetico
extrem o est evidentior sim plici ca teg orica ... (f. X X I I I , r. A ). H ypothetica
de inesse est evidentior et firmior, quam h ypothetica m odella... P ropositio
de 'e s t’ secundo adiacente est evidentior et. firm ior, quam propositio de 'e s t’
tertio adiacente... E g o credo, quod sim pliciter prim um principium debet poni
lata propositio 'Q u odlibet est vel non est’ vel iista universialis 'N ih il idem est
e t non est’ .” In IV M et., q. 13, f. X X I I . Tornado de P rantl, Geschichte der
Logik, IV , pp. 18-19.
FÓRMULA ARISTOTÉLICA 175

propia definición; según esto, en este caso sería primer prin­


cipio uno de estos dos enunciados: Omne quod est, tmum est;
o, si n o : Omne ens est habens essentiam. Además, la fórmula
aristotélica se reduce a esta otra: Omne ens est unum. Final­
mente, el principio aristotélico es negativo.
Al entrar en la discusión, Suárez señala dos puntos bási­
cos que no deben olvidarse. Por de pronto, debe subsistir el
acuerdo de todos en que la metafísica debe tener sus princi­
pios últimos evidentes de por sí. Luego será menester conce­
der desde un principio, que no es suficiente un principio úni­
co tal, sino deben darse varios, al menos dos, para que pue­
dan obtenerse verdaderas deducciones. De lo que se trata y
discute es de cuál es el primer principio, bien sea en su evi­
dencia, bien en su causalidad y universalidad, o bien en su in­
demostrabilidad. Este último punto es el de mayor interés:
Antonio Andreas propuso como primer principio el de
identidad: Omne ens est ens. A Suárez no satisface esta fór­
mula por ser idéntica et nugatoria, y porque en cada ciencia se
formaría el primer principio afirmando de sí mismo el sujeto
de ella. Todavía le parecería más tolerable esta fórmula si al
menos se predicara del sujeto su propia definición. Para otros
es éste el primer principio: Necesse est quódlibet esse vel non
ese. Aquí tenemos una fórmula positiva, distinta en su con­
tenido de la de Aristóteles, pues mientras la de éste expresa
la mutua repugnancia de dos contradictorias, la fórmula aquí
propuesta afirma su inmediación. Suárez, con todo, da prefe­
rencia a la de Aristóteles sobre ésta, por la naturaleza misma
de las proposiciones.
Y así, viene a concluir que el primer principio buscado es
el propuesto por Aristóteles. Para ello ha señalado, antes dos
géneros de demostración: el primero, ostensivo o manifes­
tativo ; el segundo, por deducción de imposibilidad. El prime­
ro es el propio de las ciencias a priori; el segundo es auxiliar,
y tiene su propio valor en puntos primerizos, en los que no
cabe una argumentación a priori. Pues bien; cuando se trata
de demostrar los atributos mismos dél ser, entonces habrá
de fundarse la argumentación en la naturaleza misma del ser,
y el primer principio predicará del ser en general su propia
esencia distintamente concebida. En cambio, cuando se de­
muestre con argumentación de imposibilidad, entonces el pri­
176 CAP. III. FÓRMULA DEL PRIMER PRINCIPIO

mer principio es el dé contradicción señalado por Aristóteles.


Por consiguiente, y hablando en general, el principio aristo­
télico es el primero en toda ciencia humana y, sobre todo, en
■metafísica, porque da firmeza y consistencia no solamente a
las primeras conclusiones, sino también a los principios mis­
mos. Éste es, pues, el primer principio, el fundamento univer­
sal que da vigor y consistencia a todas las demostraciones.
De algunas dificultades que suelen proponerse contra la fór­
mula aristotélica hemos de tratar más tarde.
Bástenos con esto para sumar el testimonio del Doctor
Eximio al de tantos otros que han aceptado decididamente la
fórmula aristotélica como principio primero y básico (9).
Sería inútil espigar más en la tradición escolástica. Bás­
tenos afirmar que ella generalmente, diríamos que unánime­
mente, se ha mantenido fiel a las fórmulas de Aristóteles y
Santo Tomás. Lo que en estos últimos lustros ha ocurrido
hemos de estudiarlo más adelante.

II

Pasemos a los clásicos de la filosofía moderna en un reco­


rrido sucinto y breve.
Descartes, en sus Principia Philosophiae, viene a tratar
de las verdades eternas; no es posible enumerarlas, ni nece­
sario, dice, pero entre ellas cita primero el principio: E x ni-
hüo nihü fit, y a continuación cita esta otra: Impossibile est
ídem simul esse et non esse. No es fácil ignorar estos princi­
pios si ocurre ocasión de pensar en ellos, a no ser que nos cie­
guen algünos prejuicios (10).
L oche no admite principios innatos, ni especulativos, ni
prácticos; su valor provendrá, a lo más, del consentimiento
universal. Entre los de orden especulativo vienen enumera­
dos el de identidad: L o que es, es; y el de contradicción: Es
imposible que una cosa sea y no sea a la vez. A estos princi­
pios no quiere Locke reconocerles su universalidad; al con-

(9) D M I II, s. 3.
(10) Princ. Phil., Pars I, n. 49. Ed. Tannery, tom o V III, pp. 23-4.
FÓRMULA ARISTOTÉLICA 177

trario, sostiene que a una gran parte de la humanidad le son


enteramente desconocidos (11).
Según L eibntz, “ es preciso considerar que nuestros razo­
namientos tienen dos grandes principios: el uno, el de contra­
dicción, que hace ver que de dos proposiciones contradictorias,
la una es verdadera y la otra falsa...” (12). En otra parte lla­
ma "“el primero y más grande principio de las verdades de
razón” a éste: “ que toda enunciación es verdadera o falsa” ,
deduciendo este principio del anterior (13). En la Monadología
vuelve a fijar los dos grandes principios de nuestro razona­
miento; el primero es el de contradicción, que ahora es enun­
ciado en una forma un poco complicada, pero sustancialmente
conforme con la tradicional traspuesta al orden lógico-: “juz­
gamos falso lo que la envuelve [la contradicción], y verdade­
ro lo que es opuesto a lo contradictorio o falso” (14).
W o l f , de tanto influjo en las tradiciones posteriores, en
su Ontólogía emplea estas fórmulas: Eam experimur mentís
nostrae naturam, ut, dum ea iudicat aliquM esse, sirnul indi­
care nequeat, Ídem non esse, expresándose con esto Wolf en
el orden psicológico. He aquí una fórmula de orden estricta­
mente metafísico: Fieri non potest ut ídem simvl sit et non
sit (15). También en la Lógica contiene formulaciones de este
mismo principio. Al explicar cómo son axiomáticas las pro­
posiciones que niegan que una misma cosa sea diversa de sí,
formula así el principio, en tonos muy próximos a los del prin­
cipio de identidad: Idem non potest esse diversum quid a se
ipso (16). También señala esta otra fórmula: Duae propositio-
nes contrariae non possunt simul esse verae. En el desarrollo
de tal proposición llega a esta expresión, redondeada hasta
el extremo para cerrar el paso a todo efugio: Quare cum fie­
ri non possit, “ut ídem praedicatum eidem subiecto sub eadem
determinatione una conveniat et non conveniat, immo repu-
gnet” ... (17).

(11) A n Essai concerning Human’ Unci era t andvrig, B ook X, chap. II. n. 4:
Et is impossible for the same Thing to be and not to be.
(12) Theol., I. 44.
(13) Ibid., II, 169.
(14) Monadol., n. 31
(15) Ontol., 27, 28.
(16) Log., 271.
(17) Ibid., 529.

12
178 CAP. III. FÓRMULA DEL PRIMER PRINCIPIO

K ant fué quien formalmente atacó la fórmula aristotéli­


ca. No nos interesan aquí sus consideraciones sobre el valor
del principio y las posibilidades de su uso. Nos limitamos a
sus objeciones contra la fórmula clásica. “ Hay, sin embargo
— dice— , una fórmula de este principio famoso, aunque des­
provisto de todo contenido y puramente formal, la cual con­
tiene una síntesis que se ha entremezclado por descuido y del
todo innecesaria. Se formula así: es imposible que algo al
mismo tiempo sea y no sea. Además de que es una superflui­
dad el hacer notar aquí con la palabra 'imposible’ la apodícti-
ca certeza, pues debe dejarse entender por la fórmula mis­
ma, este principio está además afectado por la condición de
tiempo, y viene a decir: Un ser = A — que es un ser = B = , no
puede al mismo tiempo no ser = B = ; pero puede sucesiva­
mente ser ambas cosas (B lo mismo que no B ). Un hombre,
por ejemplo, que sea joven, no puede al mismo tiempo ser an­
ciano, pero, ese mismo, bien puede en un tiempo ser joven y
en otro no joven, esto es, anciano. Ahora bien; el principio
de contradicción, como principio puramente lógico, no debe
limitar sus expresiones a las relaciones de tiempo; de donde
la tal fórmula es del todo opuesta a su intención. La equivo­
cación proviene simplemente de que, primero, del concepto de
un ser se separa un predicado del mismo, y luego se enlaza
con este predicado su contrapuesto, lo que nunca da una con­
tradicción con el sujeto, sino sólo con su predicado, que le
había sido unido sintéticamente, y aun esto sólo cuando el
primer predicado y el segundo sean conjugados en un mis­
mo tiempo. Si digo: un hombre que sea ignorante no es ins­
truido, tengo que intercalar la condición 'al mismo tiempo’,
porque quien en un tiempo es ignorante muy bien puede en
otro ser instruido. Pero si digo: ningún hombre ignorante es
instruido, entonces la proposición es analítica, porque la ca­
racterística de la ignorancia conforma el concepto mismo del
sujeto, y por eso esta, proposición negativa queda manifiesta
inmediatamente por el principio de contradicción, sin que sea
necesario introducir la condición 'al mismo tiempo’. Ésta es
la razón por la que yo antes he mudado su fórmula, pues así
queda clara su naturaleza de principio analítico” (18).
(18) Kritik der rem en Verntmft. Elem entarlchr©, I I T., I Afot,, 2. Buch, 2.
H auptst., 1. A b sch . E dición Cassirer, tom o 3, pp. 1S0-1.
DISCUSIÓN EN LA NEOESCOLÁSTICA 179

Efectivamente, poco antes había formulado Kant así el


principio de contradicción: A ningún ser le conviene un predi­
cado que lo contradice (19).
Terminemos esta sección reseñando la posición de H egel
respecto del principio de contradicción. También en él debe
distinguirse bien la fórmula del principio y su valor o rea­
lidad. En cuanto a la fórmula, claramente coincide con la tra­
dición, pues la -enuncia de la siguiente manera: A no puede
al mismo tiem po ser A y no A (20). Por lo demás, es conocido
que el sentido del método dialéctico es precisamente la supe­
ración de la contradicción: toda realidad lleva en sí la solu- *

ción de la contradicción verificándola y realizándola.

III

Si miramos un momento la marcha de la filosofía poste­


rior, podremos observar, por una parte, en la llamada filoso­
fía moderna, una anarquía casi absoluta en la actitud ante el
principio de contradicción. Ni podían traer otra consecuencia
los movimientos iniciados por Kant y Hegel. Por otra parte,
no podrá negarse que alguna impresión han causado entre los
neoescolásticos las críticas de Kant, y que se observa en ellos
una tendencia hacia la simplificación de la fórmula, en forma
que se llegue a su puridad absoluta, tal que con sola su enun­
ciación haga nulas y desprovistas de sentido las críticas kan­
tianas.
Cierto es que parte de las observaciones de Kant estaban
incorporadas a la tradición escolástica. Lag había ya hecho
A ntonius A ndreas. Este franciscano, discípulo inmediato de
Scoto, al comentar el libro IV de la Metafísica de Aristóte­
les, concedía, como lo hemos indicado más arriba, en la cues­
tión cuarta, que el principio de contradicción, formulado por
el Estagirita, era, sí, el más firme y el más conocido de todos;
pero en la cuestión siguiente negaba que fuese absolutamen­
te el primero, aunque sí lo era entre aquellos que suelen pro-

<19) lind, Cassirer, tom o 3, p. 149. El tex to del faanoso principio kaso-
tiano es: Keinem Dinge kommt ein Prädikat eu, welches ihm widerspricht.
(20) Wissenschaft der Logik: I. D ie ob jek tive L ogik , I. B., II A b sch .,
II Kap. E dieiön K ron er IV , pp. 505 y 514.
180 CAP. HI. FÓRMULA DEL PRIMER PRINCIPIO

nunciarse como generales y universalísimos. El principio sim­


ple y absolutamente primero entre todos sería este o tro: ens
est ens; y lo probaba con esta razón: el principio primero
"debe constar de términos los más primitivos de todos, para
que aun los términos sean proporcionados al principio mismo.
Ahora bien; aquel principio: impossibile est ídem simul esse
et non esse, no consta de términos absolutamente primeros e
irresolubles. Incluye un ídem que es resoluble, dice Andreas,
en ulteriores conceptos; esse et non esse es un concepto resul­
tante de un afirmativo y un negativo. En cambio, cuando se
dice: ens est ens, los términos son absolutamente primeros,
pues' nada puede darse más simple que el ente. Además, nin­
guna proposición modal es 'primo prima1, por ser resoluble
en otra de 'inesse’ , y el principio impossibile est, etc., es una
proposición modal, y, por lo tanto, no es 'primo prima’ (21).
P ediro F onseca catalogó las dificultades de este francisca­
no en la sección I de la cuestión que sobre el primer princi­
pio se propuso comentando el libro IV de la Metafísica de
Aristóteles. Fonseca es partidario de la opinión de éste, cuya
fórm ula: Impossibile, etc., admite como primer' principio.
A la objeción de Andreas de que no pueda ser tal una propo­
sición modal, responde en la sección cuarta que ello poco im­
porta, pues puede ese mismo principio redactarse en esta otra
forma más sencilla: Nulla res simul est et non est. La simpli­
cidad requerida por el primer principio se reduce a que no
sea demostrable por otros principios. Por esta misma razón,
nada importa que se trate de una proposición negativa, aun
cuando ésta, como tal, presuponga una afirmativa que genéti­
ca y constitutivamente sea anterior, con tal que conserve su
primitiva indemostrabilidad. Más aún: Fonseca no admite
que la fórmula ens est ens sea más clara que la de no-contra­
dicción. No menos clara es la falsedad de esta proposición:
ens non est ens, que la verdad de ésta: ens est ens. Ahora
bien; la fórmula del principio de contradicción, al afirmar fieri
non posse ut idem simul sit et non sit, no hace sino oponerse
a la proposición falsa ens non est ens; luego tan clara es como
ésta y como su opuesta ens est ens (22).

(21) Tomado de M a s t r i u s , In M et., disp. I li , q. 4, n. 48.


(22) . In IV Met., cap. I li , q. I, s. I et IV .
DISCUSIÓN EN LA NEOESCOLÁSTICA 181

También Suárez recoge las observaciones de Andreas, aña­


diendo además esta otra: que la fórmula aristotélica corista
de términos no tan conocidos como son simul e idem, que son
relativos (23).
Y Suárez también propone la solución a estas objeciones,
no. admitiendo su valor, ya que no se trata de averiguar la
proposición primera a que puede llegar el entendimiento, sirio
de encontrar el primer principio; para serlo, puede no ser la
proposición primitiva, con tal de que de él en cierto modo de­
penda la ciencia de todas las verdades, siendo él, por su parte,
independiente de todo otro en cuanto a la. verdad, a la clarn
dad y a la indemostrabilidad.
Pero en este punto Suárez continua un movimiento inicia­
do por su maestro Fonseca, y que los neoescolásticos de nues­
tros días han de fomentar después de Kant. No trata de esca­
parse de las objeciones suscitadas, porque, por de pronto, se
ha enfrentado con ellas para darles solución satisfactoria-
Pero, una vez esto logrado, siguiendo adelante, trata de redu­
cir el principio de contradicción a términos más sencillos aún
que los de Fonseca, pues elimina aun la partícula simul. Él
propone esta fórmula: Nullum ens est et non est, fórmula in­
tegrada con términos simplicísimos, universalísimos y primi­
tivos, como es necesario que sean los del primer principio
para que pueda ser común a todas las ciencias, como lo notó,
observa Suárez, ya Santo Tomás en el lugar de la Summa que
más arriba hemos aducido nosotros (24).
Una encuesta completa entre los modernos neoescolásti­
cos nos llevaría también demasiado lejos, y, por consiguiente,
también aquí hemos de contentarnos con un recorrido sucinto
y sumario. Demos por descontado que son muchos los que
siguen fieles enteramente a las tradiciones aristotélico-tomis-
tas. Recapitulemos tan sólo a aquellos que se inclinan a una
fórmula más concisa, contra la cual no puedan suscitarse las
críticas kantianas.
B almes, en su Filosofía fundamentad, dedica amplios ca­
pítulos al primer principio, y, en concreto, estudia muy dete­
nidamente las objeciones de Kant, resolviéndolas una por una.

(23) DM III, s. ?, n. 11.


(24) Ibifl.
182 CAP. III. FÓRMULA DEL PRIMER PRINCIPIO

Concluye, en fin, su capítulo dando como resultado “ que la


fórmula del principio de contradicción debe ser conservada
‘tal como está y que no debe suprimirse la condición deí tiem­
po, porque, de otro modo, se inutilizaría la fórmula para mu­
chísimos casos” (25). Sin embargo, poco antes había hecho
esta advertencia: “ Lo esencial en el principio de contradic­
ción es la exclusión del ser por el no ser, y del no ser por el
ser. Lá fórmula debe expresar este hecho.. ( 2 6 ) . Esta mis­
ma orientación fundamental se conserva más tarde al adver­
tir: “El principio de contradicción no afirma ni niega nada
positivo; esto es, no dice que algo exista o no exista; sólo ex­
presa la repugnancia del ser al no ser, y del no ser al ser,
prescindiendo de que el verbo ser se tome substantiva o copu­
lativamente” (27). Podemos así recoger en Balmes una ten­
dencia, al menos, a entablar ,la discusión sobre el principio
de contradicción tomándolo en sus elementos estrictamente
esenciales, sin tanto atender a los que se le añaden para perfi­
lar su sentido y cerrarlo del todo a las evasivas dialécticas.
P a l m i e r i e s tu d ia le n ta m e n te to d o e l p r o c e so d e la o b te n ­
ció n del p rin c ip io a p a r tir de la s p r im e r a s n o c io n e s d e ens,
non ens. L a s p r im e r a s fó r m u la s a qu e lle g a s o n :

ens excludit non ens,


impossibile est Ídem simul esse et non esse,

sien d o é s ta la m á s a m p lia y la ú lt im a ; y lo s p a so s in te rm e d io s
son é s t o s :

ens neqmt esse non ens,


aliquid non potest esse et non esse,
ens si est non potest non esse,
ens prout est non potest non esse, .
ens nequit esse non ens,
ens prout est ens, nequit esse non ens,
nihil potest simul esse et non esse, (h oc e s t),

(25) FU. fund., libro I, cap. X X , n. 203. Obras completas, tomo 18,
p. 207.
(26) Ibíd., n. 198. Obras completáis, tomo 16, p. 202.
(27) Ibíd., cap. X X I, sexta proposición, n, 211. Obras completas, tomo 16,
p. 214.
DISCUSIÓN EN LA NEOESCOLÁSTICA 183

nïhil prout est potest non esse et prout non est potest
esse.

Es decir, Palmieri admite la conveniencia de introducir la


partícula simui para indicar la'sensus compositus’ del princi­
pio ; pero, en definitiva, la simultaneidad implica metafísica-
mente una réduplicación más bien que una relación de tiem­
po. Como dice él mismo, “ se afirma que ens, si est, nequit non
esse; a saber : éum est, nequit non esse” (28).
Schiffeni, partiendo también del concepto de ens, y vista
su oposición al non ens, enuncia primariamente la fórmula
ens excludit non ens; es decir: Nullum ens est et non est;
cuyo sentido es: Quidquid est, sub ea ratkme, sub qua est, ex­
cluent non esse, que, resumidamente, suele decirse: Idem non
et est et non est. Aquí hace notar que se trata de que el ser dum
est, incluyendo ese estado, excluye el non ens, y para indicarlo
se incluye la partícula simul, diciendo : Idem non simul est et
non est, rechazando así las interpretaciones de Kant. Todo
este sentido puede quedar manifiesto en las acostumbradas
fórmulas modales : Nequit idem simul esse et non esse; o lo
que es lo mismo: Non contingit idem simul esse et non
esse (29).
D elmas, del concepto ens deduce primero el principio de
identidad; conocido el concepto non-ens, y su imposible acuer­
do con el ens, formula el entendimiento este principio : Im-
possibile est ens esse non-ens. Con todo, Delmas es partidario
de la fórmula aristotélica, interpretando debidamente el idem
y el simul (30 ).
El Gard. M ercier emplea las siguientes fórmulas : L’être
n’est pas ce qui n’est pas lui; Vêtre exclut le non-être. Tout
être est distinct de ce qu’il n’est pas, agregando después la
formula clásica de Aristóteles. Sobre esta formula sostiene
terminantemente que en ella no está incluida la relación de
tiempo, pues la simultaneidad aristotélica no es temporal, sólo
quiere decir a la vez, conjuntamente (à la fois, ensemble ) (31).

(2S) Ontologia, thesis IV.


(29) Princ. phil., phil. prima, n. 441 ss.
(30) Ontologia, n. 75.
(31) ' Mét. gên., nn. 132-135.
184 CAP. III. FÓRMULA DEL PRIMER PRINCIPIO

P e s c h , en su edición de la Metafísica preparada y arregla­


da por Frick, trae estas fórmulas :

ens non est non-ens,


non-ens non est ens,'
esse excludit non-esse,
impossibile est esse et non-esse inter se non excludere,
idem non potest simul esse et non esse (32).

Pero vengamos a algunos neoescolásticos de nuestros mis­


mos días. G redt enuncia así el principio : Ens non est non-ens;
y a continuación, sin ninguna advertencia, pone esta otra fór­
mula : Idem sub eodem respectu non potest simul esse et non
esse (33).
W oestVne enumera las siguientes formulaciones :

ens excludit non-ens,


quidquid est, sub ea ratione qua est excludit non-esse,
impossibile est idem simul esse et non-esse,
ens excludit simultaenitatem entis et non-entis,
ens non esse aliud quam seipsum,
rem esse non-identicam ei quod non est.

Según Woestyne, la partícula simul incluye tanto la iden­


tidad de tiempo como la de respecto bajo el cual se establece
la contradicción (34).
Maquart admite la fórmula aristotélico-tomista : Quod est
impossibile idem simul inesse et non inesse idem ejt secundum
idem; pero al tratar las objeciones kantianas, resuelve que
simul significa sub uno et eodem respectu (35).
C. Nink se ha esforzado singularmente por obtener la fór­
mula depurada y rigurosa del principio de contradicción y
desarrollarla hasta explicitar toda su interna tensión. Expuso
por primera vez sus fórmulas en un artículo de 1928 (36).

(32) Ontologidj n. 93.


(33) Metaph. gener ,} c . I l i , n. 550.
(34) O ntologia, para II, 1, III, e. IV , a. I.
(35) Elenventa phil.} III, p. 228 ss.
(30) Nstudios EclesidsticoSj V II (1928). pp. 24-41: De principUs contra-
dictìonAs rationis s'ufficìentis, ccvwschlitcbtis eorumque inter se conneaione.
DISCUSIÓN EN LA NEOESCOLÁSTICA 185

Según va desenvolviendo los razonamientos en que se funda


el principio, obtiene estas fórmulas:

Actus, quando existit, non potest non existere.


Si quid, quocumque modo est ens, ea ratione, qua est,
non potest non esse.
•Quidquid est non potest simul non esse.
Ens non potest esse non ens.

Hechos estos razonamientos, se pregunta cómo se enuncia


el tal principio; he aquí la respuesta por sus pasos sucesivos.
La primera fórmula que recogemos es la que considera Nink
como la primera lógicamente:

Ens necessario est m s.


Ens, in quantum est ens, non potest esse non ens.
Id quod est, in quantum est, non potest non esse.

Poniéndolos en forma negativa se obtienen los siguientes


enunciados:

Impossibñe est esse et non esse simul.


Idem non potest simul esse et non esse.
Aliquid in quantum est non potest non esse.
Ens, in quantum est ens, non potest esse non ens.

Este mismo tema volvió a tratarlo pocos años más tarde


ein un capítulo de una obra (37). Pero creemos que en las fór­
mulas de este trabajo no se avanza sobre las fórmulas de
1928. Poco después de salida la obra, hizo sobre ella unas ob­
servaciones Straubinger, que provocaron una respuesta de
Nink. Manteniendo Nink ahora sustancialmente sus anterio­
res posiciones, enuncia de diverso modo la fórmula. Según la
nueva redacción, la forma primitiva del principio de contradic­
ción es: El ser no puede ser su propia negación. (Sein kann
nicht seine Vemeinung sein.) De esta fórmula se sigue esta
otra: Lo que siempre es un ser (algo), es inasociable con su ne-

(37) Kommentar zu Kants Kritik der remen Vernwnft, Frankfurt, 1930.


Las indicaciones que Nink hace en esta obra las repite con mayor amplitud
en esta otra: Grundlegung der Erlcenntnistheorie, Frankfurt, 1932. Nos re­
ferimos a esta segunda obra en su primer capítulo.
186 CAP. HI. FÓRMULA DEL PRIMER PRINCIPIO

gaeión. (W as immer ein Sein (etw as) ist, ist mit seiner Ver­
neinung unvereinbar.) Para justificar esta insociabilidad,
Nink emplea esta fórmula : Con ( por) el ser (y no por la ne­
gación del ser) está dado, su insociabilidad con su negación.
(M it dem (durch das) Sein (und' nicht durch die Negation
des Seins) ist die Unvereinbarkeit mit seiner Verneinung ge­
geben.) Esto mismo, dicho de otro modo : M ser puede sólo
por el ser ( y no por la negación del ser) ser inasociable con su
negación. (Sein kann nur. durch Sein (und nicht durch die
Negation des Seins) mit seiner Verneinung unvereinbar sein.)
Ya una vez aquí, Nink está a un paso del principio de razón
suficiente (38).
G e y s e r , que en otra parte había discutido las fórmulas
lógicas, enuncia así la ontològica : Es imposible que una mis­
ma cosa en él mismo sentido sea y no sea. Para poner en cla­
ro esta fórmula, establece esta otra de más amplia expresión :
Si cierta cosa, sea cual fuere, existe en cierto sentido, o si
está cualificada de esta o de esta manera, entonces por esta
realidad queda absolutamente excluido qué esa cierta cosa
precisaniente en ese sentido no exista, o no esté cualificada
de esta manera. Hace notar luego que en el principio de con­
tradicción es necesario que en ambos extremos se mantenga
todo estrictamente idéntico (39).
M a r i t a i n , sin expresar si se trata de un principio distinto
del de identidad, enuncia así : El ser no es él no ser, ha cien­
do notar que tal fórmula, lejos de ser tautológica, está plena
de sentido. Y A. B r u n n e r expresa lo mismo en forma simbó­
lica : A n o es no-A (40).
P. Descoqs propone, para el orden ontològico, esta fór­
mula, bajo las siguientes modalidades: Ens non est non-ens,
o Non-ens non est ens, añadiendo a continuación la fórmula
aristotélica tradicional (41).
D o n a t , de m o d o s e m e ja n te , e m p le a e s t a s d o s fó r m u la s o n -

(38) Esta controversia se publicó en Philosophisches Jahrbuch, 45 (1932),


Straubinger, pp. 256-260; N ink, pp. 392-396; Straubinger, pp. 528-534; Nink l
en el tomo del año siguiente, pp. 139-144.
(89) Warheit rmd Evideng, pp. 90-91.
(40) M a r ita u x , Sept, leçons sm- l’ être, pp. 90*91; A . B runner , Die Grund­
fragen der Philosophie, p. 31.
(41) Instit. Metaph. gen., p. 444.
DISCUSIÓN EN LA NEOESCOLÁSTICA 187

tológicas: Ens non potest esse non-ens; y también: Quod


est, non potest non esse (42).
De V ries pone én primer término la fórmula aristotélica,
pero, al explicarla, teniendo presentes las advertencias de
Kant, reduce el simuT y el 'secuhdum ídem’ de aquélla a esta
otra expresión 'inquantum est’ , resultando así esta formula
brevior: Quod est, inquantum est, non potest non esse (43).
Hemos hecho, con esto, un esporádico sondeo entre diver­
sos autores neoescolásticos más o menos contemporáneos
nuestros. La inducción, si así puede llamarse, no ha sido com­
pleta. Ni menos puede considerarse como justa la impresión
que la lista escueta de estas actitudes puede causar en el
lector, pues volvemos a observar que sólo hemos incluido aquí
aquellos autores que, aun admitiendo las fórmulas tradicio­
nales aristotélico-tomistas, tienden todavía, tal vez por evi­
tar las objeciones kantianas, tal vez por buscar una fórmula
metafísicamente más depurada y precisa, a reducir los térmi­
nos del principio de contradicción hasta formularlo en las
líneas puras de la más patente contradicción e irreductibilidad
insuperable de ella.
Pero es importante observar el tono y plano en que se
han desenvuelto los neoescolásticos en el desarrollo de sus
fórmulas. Si se compara, por ejemplo, a Nink con Buridanus,
se echará de ver a las inmediatas la diferencia de actitud.
Buridanus actúa en dialéctico, como lo observamos en su lu­
gar. Nink, en cambio, actúa en metafísico, que desenvuelve,
no la fórmula material en su aspecto formar dialéctico, sino
su contenido intrínseco, llevando a la depuración expresiva
toda la plenitud de pensamiento metafísico encerrada en la
primitiva y genuina tensión real entre el ser y su negación.
Puede decirse general entre los neoescolásticos la actitud me­
tafísica de Nink.
Quizá valga resumir la posición neoescolástica con pala­
bras de L. Faulhaber: tratando del problema causal, y estu­
diando las posiciones tomadas ante los principios de identi­
dad y contradicción, dice así: “ La terminología neoescolás­
tica ha concebido la combinación de estos dos principios bási-

(42) Ontologidj n. 55.


(43) Lógica3 n. 63. Cfr. 'Pensar y ser} nn. 53 y 55.
188 CAP. III. FÓRMULA DEL PRIMER PRINCIPIO

eos en la siguiente forma : ens necessario est ens, o ens, in-


qucmtum est ens, non potest esse non ens” (44).

IV

Vistas las diversas tendencias, y teniendo presentes las


especulaciones en que se han basado unas u otras conclusio-
nes, tratemos de establecer ima reflexión sistemática que dé
como resultado una fórmula primigenia del principio de con­
tradicción.
Hemos de ponernos, por de pronto, en un plano metafisico ;
es decir, el plano de nuestros movimientos especulativos ño
va a ser precisamente aquel en que se establecen los parango­
nes entre la afirmación y la negación. Es punto logrado, por
nadie hoy discutido, que no es en el terreno lógico donde origi­
nariamente debe investigarse el principio de contradicción:
la oposición entre afirmar y negar supone previamente otra
oposición de orden ontològico, que es la que debemos descu­
brir y sacar a luz en la fórmula.
Pero el ponernos en un plano metafisico lleva consigo, ade­
más, una actitud distinta de la del dialéctico. Quiero decir que
el metafisico no pretende precisamente llegar a formular pro­
posiciones en que se trate de satisfacer a cuantas exigencias
imponga un dialéctico, el cual ya en la redacción de la fórmu­
la ha de atender a cerrar todos los posibles pasos en caso de
entablarse una polémica. Por ello el dialéctico acumula con­
diciones y reduplicaciones, limitaciones, determinaciones, etc.,
que dan como resultado fórmulas complicadas, revueltas so­
bre sí, las cuales, por lo mismo, pierden en diafanidad y pre­
ñez lo que ganan en redondez y amplitud. El metafisico, en
cambio, busca la fórmula pletòrica, llena de sentido, pero ab­
solutamente concisa y simple, reducida a la mínima expre­
sión, sin dar a luz en adjetivos, adverbios y modalidades de
carácter parafrástico todo el sentido profundo de que se en­
cuentra preñada su palabra. -
Esta diferencia de actitud es ya observable en Aristóteles
y Santo Tomás, quienes más de una vez, enunciada la fórmula

(44) Zv/m .aiugenbUcklichen Statnd des K c m s a lp róbleme. E n Philosophia


Perenms, I, p. 415.
DISCUSIÓN METAFÍSICA 189

en forma simplificada, hacen alusión a ulteriores determina­


ciones y aclaraciones necesarias para satisfacer a los dialéc­
ticos.
Partamos del concepto del ser, tomado en su valor absoluto
y universalísimo. Este ser de que partimos no es éste ni aquél
concretamente, no es determinado por una contracción gené­
rica ni especificado en una naturaleza: es éste a la vez que
aquél, todo el ser, desde su expresión más imperfecta hasta
su consumación infinita. El ser o todo ser. Obrando en virtud
de modos de concebir a que todos, aun los más rudos, llegan,
como hábitos primarios que son de nuestra misma inteligen­
cia, originados y puestos en ejercicio por necesidad en el mo­
mento en que se establece el contacto con la realidad, encon­
tramos que todo ser lleva en su misma esencia su propia afir­
mación, una afirmación enteramente conformada al ser mis­
mo, de su mismo perfil y de su misma perfección, porque todo
ser es precisamente lo que es, ni más ni menos, ni más extenso
ni más restringido, ni más profundo ni más superficial. Es
decir, que el ser mismo pone consigo el principio llamado de
identidad: el ser es lo que e s ; ser es ser.
Pero, a la vez, junto a este mundo del ser, aparece simul­
táneamente otro mundo enteramente paralelo, simétrico, del
todo proporcionado en extensión y profundidad al mundo del
’«er. Todo ser, por lo mismo que es, y en el grado mismo en
que es, y con la misma intensidad y perfección con que se en­
cuentra en el ser, se distingue, con oposición absoluta, de su
no ser.
Perfilemos este pensamiento. Suele definirse la esencia
eomo algo que constituye un ser en sí y lo distingue de cuanto
él no es. La primera parte es la que da base al principio de
identidad. La segunda implicá— obsérvese con precisa exacti­
tud—una simple negación de identidad y además una absoluta
exclusión. Negación de identidad con cuanto se encuentra te­
niendo una realidad en su contorno, con los seres que a su vez
tienen ya su propia realidad. Y exclusión absoluta respecto
precisamente del punto paralelo y simétrico, y exactamente
de sus mismas proporciones, aunque de signo contrario, que
le corresponde en el mundo del no ser. Si el ser, por su mismo
ser, se distingue de cuanto tiene otra realidad que él, de este
otro no ser que se le contrapone en el mundo de la nada se
190 CAP. III, FÓRMULA DEL PRIMER’ PRINCIPIO

distingue con incomparable mayor violencia, con una violen­


cia del todo y en todo proporcionada al grado de perfección en
que, dentro del mundo del ser, se sitúa el ser. Aquí no se tra­
ta ya de una simple no identidad; se trata de una absoluta y
esencial incompatibilidad que rechaza de sí, con todo el dina­
mismo intrínseco correspondiente a su grado de ser, el no ser
que se le contrapone y trata de invadirlo.
Porque estos dos mundos, ser y no ser, son dos mundos en
perpetua y esencial lucha. No hemos de entrar aquí al pro­
blema que tanto preocupa a la filosofía existencial moderna
en sus mismos pródromos: por qué hay ser en vez de nada.
Hay ser, y el ser es una victoria sobre el mundo del no ser;
pero, el no ser, de continuo está tratando de recobrar su presa
perdida, así como, por su parte, el mundo del ser, de continuo
lucha por mantenerse en su victoria. La lucha es directa e
inmediata, sin que medie entre ambos mundos una zona de
nadie; es decir, entre el ser y el no ser no hay medio; donde
el ser termine, comienza, sin más, el mundo del no ser. Sólo
un ser está absolutamente seguro de su propia victoria infi­
nita. Él es, en definitiva, la solución del problema: por qué ser
más bien que nada.
Esta infinita contraposición de infinito o indefinido dina­
mismo es precisamente la que debe ser enunciada en la fór­
mula de contradicción. Junto al serse abre un abismo. Juntcf
al mundo del ser está el mundo del no ser. El uno no es el
otro; donde el 'no es’ implica en sí todo el valor dinámico del
ser, con que éste se opone contra el no ser. El ser está en con­
tinuo esfuerzo alejando de sí el no ser. El ser no es el no ser.
Ens non est non ens.
El metafísico comprende como en cifra todo el valor de
esta fórmula. Sabe que el ser rechaza precisa y directamente
a su mismo no ser, y que en tanto lo rechaza en cuánto se
conserva en el mundo del ser; donde ese en tanto en cuanto’
tiene un valor rigurosamente óntico que se refiere al grado
de perfección que ha obtenido y conserva el ser dentro del
mundo del ser. Y sabe también que ese 'no es’ implica una ac­
titud dinámica, derecha y determinadamente dirigida y con­
centrada en su “ antípoda” , permítase la expresión, del oscuro
mundo de la nada.
Del dialéctico será el recoger en una fórmula más amplia
DISCUSIÓN METAFÍSICA 191

y más expresiva toda esta recóndita tensión y precisión, que


el metafísico prefiere conservar en su misteriosa concisión
original. El dialéctico explicitará esa interna tensión dinámi­
ca con que el ser empunta el no ser, en una paráfrasis modal,
anteponiendo una expresión de imposibilidad. Y aquella direc­
ción precisa con que el ser lanza toda su virtualidad contra
su correspondiente no ser, con la fuerza y, perseverancia co­
rrespondiente a su permanencia y grado dentro del ser, que­
dará formulada en ,una fórmula reduplicativa, el ser, en cuan­
to es; fórmula que a las veces todavía se explicitará más po­
niendo a las manifiestas las dos dimensiones dél ser en el mun­
do del ser: su dimensión cualitativa, expresada en un térmi­
no relativo: iáem eidem, para hacer ver que el ser se opone
precisamente a su opuesto cualitativo, y una partícula tem ­
poral, ’simuT, para denotar que esa interna lucha dura cuanto
el ser persevera en el mundo del ser.
Para el metafísico, todo esto estaba ya dicho como en ci­
fra de absoluta precisión técnica, en una comq fórmula alge­
braica a la que se ha llegado después de complicadas opera­
ciones, pero desde la cual es posible simplicísimamente llegar
a comprender o solucionar innúmeros otros casos y pro­
blemas.
Hemos puesto la tensión contradictoria exactamente en el
punto en que lo indicaban los grandes maestros de la tradi­
ción escolástica. Aristóteles contrapone siempre el esse et non
esse, en fórmulas a veces simplicísimas, como las expresadas
r
en Met. 4, 1006 b 19; 7,1011 b 27. Santo Tomás, por su par­
te, había dicho que el primer principio indemostrable es
non est simul affirm are et negare, pero que él está fundado
sobre la naturaleza del ser y del no ser ( supra rationem entis
et non entis) (45), y antes, comentando a Aristóteles, había
asentado que el principio: non cóntingit idem simul esse et
non esse es primer principio porque sus términos son ser y
no ser (quia termini eius sunt ens et non en s), haciendo notar
en ambos textos que el ens es lo que primariamente está al
alcance del entendimiento (46). Así hemos encontrado en él
fórmulas metafísicamente impecables, de fina y concisa con-

(45) Sumirna Theologica, I-I I , 94. 2 c,


(44) In X I M et., lectio V .
192 CAP. III. FÓRMULA DHL PRIMER PRINCIPIO

textura, como las anotadas en los números 2 y 8; junto a las


cuales se construyen otras de redundancia dialéctica más ba­
rroca, como lá del número 22.
AI mismo tiempo hemos seguido puntualmente la doctri­
na de Santo Tomás en su opúsculo De quaituor oppositis. Se­
gún la naturaleza propia de la contradicción, los dos extremos
entre los cuales ha de versar ella son ens ¡y non ens (47), los
cuales en la contradicción absoluta, precisamente la que bus­
cábamos, deben tomarse universalmente, como lo hemos indi­
cado (48). Al ser absoluto es al que primariamente y de suyo
se opone el no ser en la contradicción (49), quedando así como
segundo término de la contradicción la nada (50). Así resul­
tará una fórmula cuyos dos términos estarán fuera de todo
género (51). Por esta radical oposición que hemos señalado,
tenemos que la de la contradicción es la primera y mayor en­
tre todas (52), porque no hay medio alguno en que lleguen a
encontrarse los dos extremos. Por de pronto, no hay un térmi­
no intermedio entre ens y non ens; ni hay un sujeto que les
sea común, pues el non ens no lo puede tener, y el ens no siem­
pre lo tiene, como, por ejemplo, si es sustancia, que es donde se
salva perfectamente la razón de ser; ni hay relación alguna
entre los dos, pues el ens no pone su opuesto non ens como
pone el padre a su hijo. Por lo tanto, la contradicción, de suyo
y como tal, no tiene medio alguno (53), como tampoco lo tiene
el que hemos enunciado en nuestra fórmula.

(47) De quattuor oppositis, cap. I I : “Verumtamen quidquid oppositionis


in ca est, totum e.st per naturar» eontradictionis, secundum videlicet quod
aiterum extremum pertinet ad ens, alter urn vero ad non e n s: album enim
et nigrum sunt album et non album sicut videne et caecus sunt videns et
non videns, et in contradiotione ens. et non ens.”
(48) Ibid,: “In contradiotione absoluta ens et non ens accipiuntur uni­
versaliter.”
(48) Ibid., c. I : “Esse absoliitum eat cui opponitur non iesse primo et
per se in contradiotione. Sicut ergo non esse, quod est aiterum extremum
eontradictionis, opponitur ipsi esse absolute primo et per s e ...”
(50) Ibid., c. I I : “In ipsa enim oppoeitione eontradictionis aiterum ex­
tremum est nihil simpliciter.
(51) Ibid.: “In contradictoriis vero absolute neutrum extremum eat in
genere: huiusmodi enim sunt esse et non esse.”
(52) Ibid., c. I : “Considemndum est quod oppositio eontradictionis pri­
ma est et maior inter alias.”
(53) Ibid.: “In contradictoriis vero nihil horum reperitur: non enim
habent medium sui generis, cum aiterum extremum sit non ens simpliciter
extra omne genus ; nec in subiecto convenire possunt, cum non ens sub-
DISCUSIÓN METAFÍSICA 193

Es importante insistir en que en las contradictorias pro­


piamente tales no hay sujeto alguno común a los dos extre­
mos, como con repetida insistencia observa Santo Tomás (54).
Es decir, explica él mismo, que cuando se dice Sócrates est
albus y Sócrates non est albus, la contradicción no es ab­
soluta, sino que participa un poco de la oposición propia de
los contrarios, porque subsiste en ambos extremos un sujeto
común (55). Esta observación es de capital importancia. En
conformidad con ella, tenemos que decir que la fórmula aris­
totélica que suele aducirse como típica: Idem enim simul ines-
se et non inesse eidem et secundum ídem impossibile est, no
enuncia en sí la contradicción absoluta. Efectivamente, se su­
pone en el eidem algo permanente en el cual otro ídem no pue­
de a la vez estar y no estar. A esta fórmula así considerada es
a la que es menester añadir de alguna manera la relación de
tiempo para evitar una solución de la contradicción en la su­
cesión, como argüía Kant. Efectivamente, un Sócrates que
ahora es blanco, puede luego el mismo Sócrates ser no blanco;
y vale lo mismo de cualquier otro predicado. Pero no es ésa
la contradicción absoluta. Lo sería si se toma en sí la blan­
cura misma, y se dice que la blancura no es la no blancura:
esto vale en absoluto y fuera de todo tiempo.
Quedamos, pues, definitivamente con la fórmula: ens non
est non ens, como con fórmula metafísicamente perfecta, aun­
que dialécticamente sea posible, y quizás conveniente, desen­
trañar su riqueza íntima; y además, como fórmula trazada se­
gún los principios fundamentales que sobre la contradicción
enseña Santo Tomás.

iectum habere non possat, nec etiam illud in quo salvatur perfecta ratio
entis, quod est substantia: ne.c conveniunt secundum dependentiam suorum
intellectuum sicut relativa, ens enim non ponit suum opipositum scilicet non
ens, sicut pater ponit filium. E t ideo contradictio simpllciter est secundum
ae non ■habens m edium : unde minim® conveniunt contradictions opposita,
et maxime opponuntur.”
(54) Ibid., c. V : “In controdictoriis autean absolute non praiesupponi-
tur aliquid tamquam subiectum, cum non habeant medium, ut dictum est.”
(55) Ibid.., c. I l l : “Et ideo cum dicitur: Socrates est albus, Socrates
non est albus, non est contradictio absolute; sod contradictio participata in
•ontrariis, in albo scilicet et nigro.”
194: CAP. m . FÓRMULA DEL PRIMER PRINCIPIO

Pero con esta fórmula ¿hemos superado el principio de


identidad? Recojamos concretamente una objeción tal come
la ha expresado E r d m a n n en su Lógica. Erdmann formula así
el principio de contradicción: No es posible pensar que una
misma cosa, a ella misma en los mismos presupuestos, le con­
venga y también no le convenga. Erdmann reconoce la confor­
midad de este principio con el primitivamente formulado por
Aristóteles. Y continúa: “El principio de contradicción, por
consiguiente, no coincide con el principio de no identidad.
Toda contradicción presupone la distinción de lo contradicto­
rio, primariamente una distinción determinada, secundaria­
mente indeterminada. Pero lo distinto, como tal, no es contra­
dictorio. Puede más bien concordar con el contenido de un
objeto. Llega a ser contradicción si, a pesar de su distinción,
pretende en iguales condiciones ser predicado del mismo su­
jeto o consecuencia del mismo fundamento. Será también in­
tolerable cuando la relación de predicado que el uno tiene a
un sujeto excluye la del otro al mismo sujeto; finalmente, si
lo mismo en iguales condiciones es concedido y negado del
mismo sujeto. La contradicción, por lo tanto, presupone, en el
.caso más simple, el intento de predicar lo mismo de diferente
modo, o lo distinto de igual modo, acerca del mismo sujeto en
las mismas condiciones” (56).
Prescindamos de que Erdmann no llega en su fórmula a la
contradicción absoluta, según la. expresión de ¡Santo Tomás,
dado que está presuponiendo un sujeto común a los dos extre­
mos. Nos interesa mucho más ver la posibilidad de que nues­
tro principio de contradicción haya quedado reducido a una
simple no-identidad.
De la no-identidad había tratado Erdmann más atrás. Pa­
ra formular el principio de identidad, parte del supuesto de
que se da una pluralidad de objetos. Cada uno de ellos es idén­
tico consigo mismo y distinto de los demás. Esta distinción,
en su sentido más amplio, es indefinida, porque no se deter­
mina el peculiar contenido de cada uno de los objetos distin-

• (56) E rdmann , Logik , I , e ; 57, n . 404, p . 516.


LA NO-IDENTIDAD 195

tos, contentándose con sólo afirmar la distinción. Llamando


a cada uno de los objetos A, B, C, D .. puédese, para expresar
esta distinción, emplear la siguiente fórmula: A es distinto
de B, C, D. Cada uno de los objetos B, C, D..., puede ser de­
signado abreviadamente Non-A, y tendremos entonces: A es
distinto de Non-A; o más brevemente: A no es Non-A. En
conformidad con estas consideraciones, puede formularse de
la siguiente manera el principio de la no identidad. Cada ob­
jeto, en cuanto es idéntico a sí mismo, es distinto ide todo otro.
Erdmann reconoce que este principio no es precisamente el
de identidad, aunque está en íntima dependencia de él (57).
Si a la fórmula de ño identidad deducida por Erdmann:
A no es Non-A, aplicamos nosotros nuestros términos, ten­
dremos exactamente: Ens non est non-ens. Con lo cual no ha­
bremos llegado al principio de contradicción, al menos, tal
como lo concibe Erdmann.
Efectivamente, si en nuestras consideraciones para lograr
la fórmula de contradicción, ál decir que el ser es una afirma­
ción de sí mismo, y una negación de lo que él no es, hubiéra­
mos ya formulado el principio, pudiera valer la reflexión de
Erdmann. Pero Erdmann se ha contentado con sólo conside­
rar en bloque los seres distintos de A. Los objetos B, C, D ...
tienen ya en sí una realidad, están a este lado del abismo que
se abre entre el ser y el no ser, y, por lo tanto, no es a ellos
a quien se dirige toda la interna tensión que se desarrolla, se­
gún el principio de contradicción, entre el ser y el no ser, ya
que A, B, C, D... al fin y al cabo todos son ser. Si Non-A re­
presentara, no el bloque de seres distintos de A dentro de una
pluralidad real, sino directa y plenamente la negación total
de A, entonces cambiaría radicalmente él valor de la fórmula
de Erdmann: A n o es Nón-A, y llegaría a tener la interna ten­
sión del principio de contradicción. De ser esa fórmula nues­
tro principio de contradicción, non A no sería representación
de seres positivos distintos de A, sino que diría justamente
la negación total de A mismo en toda su realidad; sería el
punto del todo paralelo correspondiente a A en el mundo ne­
gativo del no-ser.
Podemos, pues, concluir que la fórmula de no-identidad

(57) Logik, I, c. 33, nn. 215-0, <pp. 247-8.


196 CAP. III. FÓRMULA DEL PRIMER PRINCIPIO

propuesta por Erdmann y la fórmula del principio de contra­


dicción propuesta por nosotros son esencialmente distintas.
Tampoco debe confundirse nuestra fórmula con el princi­
pio de identidad negativa. Este principio es y continúa siendo
de identidad, pero entre elementos negativos; a saber: el no
ser es el no ser (N on ens est ñon en s), fórmula a las claras
muy distante de la otra : él ser no es él no ser, en la que se
propone la contraposición irreductible del mundo del ser al
mundo del no iser, mientras que en la fórmula de identidad ne­
gativa se afirma la permanencia del no ser dentro del mundo
del no ser.
Una observación final para mantener el valor exacto de
nuestra fórmula. F uetscher , en un magnífico estudio sobre
los principios del ser y del pensar, explicando la fórmula del
principio de contradicción, viene a afirmar de él que es estáti­
co (58). En cambio, nuestra exposición da al principio un valor
esencialmente dinámico. Pero Fuetscher habla de otra estati-
cidad: principios dinámicos son, para él, los que de una u otra
manera explican el origen del ser precisamente en su proceso
original, cuales son, por ejemplo, el de causalidad y el de fina­
lidad. Estáticos, en cambio, son los que se refieren al ser ya en
sí constituido. Tal es, evidentemente, el principio de contra­
dicción. Para nosotros, en cambio, el dinamismo del principio
de contradicción está encerrado dentro del ser constituido ya
en cualquier grado dentro del infinito ámbito del ser: desde
ese grado y con la intensidad a él proporcionada, el ser arroja
de sí el correspondiente no ser. Esa es la interna tensión con­
tenida en el principio de contradicción.

CONCLUSIÓN

.Sobre bases aristotélico-tomistas, entonándonos en el espí­


ritu metafísico de los dos Príncipes de la Escuela, siguiendo
sus orientaciones y aun sus mismas fórmulas, especialmente
las instrucciones de Santo Tomás sobre la contradicción; en
conformidad con la tradición escolástica, y particularmente

(58) F u ettscrbr, Die ersten Seins-tmd tDenhprinMpien, I. T., I. Kap.


2 y 4.
CONCLUSIÓN 197

neoescolástica, aceptando la formulación lograda por algunos


más recientes, proponemos la proposición ens non est non ens
como fórmula del principio de contradicción. A nuestro en­
tender, es una fórmula metafísicamente perfecta. A los dia­
lécticos puede ahora quedar la incumbencia de desentrañar
con ulteriores determinaciones todo el valor de la fórmula, el
cual, para un metáfísico que la examine a fondo, quedará pa­
tente en su plenitud con la enunciación propuesta, tan simple
como preñada de sentido hondo y tenso.
Una observación incidental de Suárez, bullente de alien­
tos metafísicos, nos ha sido el hilo conductor a través de la
Historia filosófica, para venir a decantar la tensión metafí­
sica de la contradicción en una fórmula simple y pura. El
nullum ens est et non ens ha evolucionado en un riguroso pro­
ceso metáfísico hasta cristalizar en la fórmula que acabamos
de enunciar.
CAPÍTULO CUARTO

CONCEPTO ANTIOCKAMISTA DEL SEE EN LA


METAFISICA DE SUABEZ
(DM II, m . I-II)

I. Doctrina‘de Ockam
1. ACUSACIÓN CONTRA SUÁREZ. TENDENCIA GENERAL DE
OüKAM.
2. “ QUID SIT UNIYOCÜM” . .
3. “ QUOMODO UNIYOCÜM SE HABEAT AD SÜA ÜNIVQGATA” .
4. “ QUOD DEO ÉT CREATURAE EST ALIQUID UNIYOCÜM”,
i, “ QITIBUSCÜMQUÉ EST ALlQÜID COMMUNE ÜNIVOCUM".

II. Doctrina de Snárez


1. TENDENCIA GENERAL DE S Ü iR E Z.
2. EL CONCEPTO DEL SER.
3. UNIDAD DE LOS CONCEPTOS FORMAL Y OBJETIVO DEL
■ SER. *
4. LA ANALOGÍA DEL SER,

ID. Conclusiones
Una voluminosa obra, con pujos de investigación exhaus­
tiva, ha sido dedicada por C a r l o s G ia c o n (S. I.) a la histórica
ñgurá de Guillermo Ockam (1). No se trata de una biografía
del famoso nominalista, ni siquiera de compendiar los puntos
culminantes de su ideología. Giacon ha querido trazar la his­
toria del nominalismo en su conjunto, personalizándolo en el
célebre franciscano.
La crítica, aunque muy parca, ha reconocido los méritos
del investigador italiano en presentar una obra histérico-crí­
tica sobre la formación y decadencia de la Escolástica. No han
sido las circunstancias extrínsecas y ambientales las más
oportunas para que esta obra tuviese todo el eco que se mere­
cía, ni siquiera para que los críticos de las diversas zonas de
estudio interesadas manifestaran con amplitud su opinión.
Entre las escasas recensiones que hemos podido ver, a vuelta
de otros reparos fáciles siempre de objetar a obras de este
género, se ha notado entre los que se interesan por las doctri­
nas suarezianas coincidencia marcada al registrar un desen­
foque de importancia en la. figura del Doctor Eximio esboza­
da por Giacon.
Se trata del capítulo 'final de la obra, mirada sintética de
conjunto, sobre el rastro dejado por Ockam en la historia de
'a filosofía y sobre sus influjos en el pensamiento moderno. El
capítulo está redactado conforme a este guión: Valor de la
-bra ockamística, fallos y deficiencias. Proscripciones, conde-

(1) C arlos G iacon , Guglielmo di Occann. Saggio storico-critico stilla for-


naaione e sulla decadensa della scolastica. (Pubblicazioni dell’ Università
lei S. Cuore. Serie primera: Scienze filo so fic h e, volumen X X X I V .) Milano,
1941. La obra está dividida en dosi tomos de XXT-444 págs. el primero; el
segundo contiene las páginas 445-764, además de V III págs. que repiten los
«apítulos dei sumario correspondiente a este segundo tomo. En realidad, s e
'.rata de un único volumen, dividido en' dos por razones meramente extrín­
secas, que no afectan a la coinstrucción orgánica de la obra. El mismo autor
-a publicado más tarde un llbrito sobre Suárez, mucho mejor enfocado y
más acertado que el capitulo ai que áqui nos referimos.
202 C A P . IV . EL C O N C E P T O D E L SER

ñas y victorias. Camisas del triunfo. Lutero: doctrinas y méto­


do. Suárez: algunas tesis gnoseológicas y metafísicas. Humar
msmo. Renacimiento y filosofía moderna. El nominalismo y
el materialismo de Hobbes. Loche: la cámara oscura y la ma­
teria pensante. Berkeley. El escepticism o de Hume. Descar­
tes: más allá del nominalismo ockamístico. Malebranche. Spi-
noza y el monismo de la sustancia. Leibniz: del nominalismo
al monadologismo. Kant: las form as “a priori” , la existencia
t de Dios y el problema del mal. En la construcción arquitectó­
nica de este capítulo, que revela en su autor gran visión de
perspectiva, hay una columna que parece colocada fuera de
lugar: ha llamado la atención que en la línea Lutero-Kant, que
atraviesa los nombres de Hobbes, Locke, Berkeley, Hume,
Descartes, Malebranche, Spinoza y Leibniz, quedase incluido
el nombre de Suárez, con lo que el sentido histórico de Suárez
en el campo de la filosofía parece injustamente falsificado y
aun positivamente calumniado (2).

(2) J. I r i a r t i , al hacer recensión de la obra en la revista R azón y F e,


t. 126 (1942). págs. 1135-6, advierte: ‘‘En lo que diserta sobre las derivaciones
de Ockam en la filosofía moderna, alabando, y mucho, la investigación, por
lo acertada y oportuna en sus líneas generales, hay algo que anotar. Lutero,
Suárez, ©1 grupo renacentista, Hobbes, Locke, Berkeley, Hume, Descartes,
Spinoza, Malebranche, Leibniz, Kant es una enumeración que está, así en
el libro, seguramente con gran sorpresa y casi escándalo de propios y ex­
traños. Y más cuando se lea que Suárez “intentó la dificilísima síntesis de
las tres grandes corrientes escolásticas de su tiempo: el escotismo, el to­
mismo y el occamismo” (p. 679). El Suárez qúe dominó con su metafísica y
fué llamado ed “Papa de los metafíisicos" no es, desde luego, uno más en la
lista arriba señalada; y, como superación que fué, implica muchos de los
escolásticos anteriores a él, pero en fuerza de un principio intrínseco y na­
tural a toda labor que tiene en cuenta lo pasado, no por propósitos de Ir
a una conciliación o eclexis más o menos artificiales, de las que sólo caben
•en to ta s de escaso vigor mental."
R amón C eñal juzga en la revista E studios Eclesiásticos, t. 16 (1942), pá­
gina 566: “Cierra la obra un interesante eascw sus histórico, que nos pone
de manifiesto el funesto influjo del occamismo en el pensamiento moderno...
Pero no podemos disimular nuestro disgusto al ve,r entre los autores aquí
citados al Doctor Eximio, P. Francisco Suárez, y en serie nada menos que
abre Lutero... Y a antes (p. 276) insinuaba el P. Giaeon que la filosofía es­
pañola, en su época de mayor esplendor, dejóse contagiar no poco del nomi­
nalismo, entonces de moda, y que Suárez en especial “aeettó non pocchi
punti di vista del nominalismo, e li trasmise alia successiva speculazione...".
El P. Giaeon se complace en mostrar las coincidencias entre Suárez y
Ockam; pero en ©sos puntos tanto derecho hay a decir que el jesuíta espa­
ñol sigue a Ockam como a una tradición escolástica digna de todo respeto.
Giacom mismo nos dice que el nominalismo no es tanto un conjunto de
tesis cuanto una mentalidad, un espiritu; yo no dudo en afirmar que en es-
IN T R O D U C C IÓ N 203

Concretamente, Giacon ve en Suárez a un pensador que no


miso contentarse con ser simple comentador de doctrinas aje­
nas, sino que aspiró a domeñar la especulación escolástica
para exponerla de modo propio y según las necesidades de los
nuevos tiempos. Es verdad, reconoce Giacon, que se declaró
discípulo de Santo Tomás, y que de hecho puede llamarse su
•bra, en sentido muy amplio, un comentario de Santo Tomáis.
Pero a la vez intentó la 'dificultosísima síntesis de las tres
zrancjes corrientes que en su tiempo atravesaban el campo de
la escolástica: tomismo, escotismo y nominalismo. Muestra
palpable de estos intentos de Suárez es para Giacon la fre­
cuencia con que en sus escritos cita los nombres de Santo To­
más, Escoto y Ockam, sea para defenderlos, sea para refutar­
les. Juntos con Ockam vienen no pocas veces Auréolo, Duran­
do, Pedro d’Ailly y Gabriel Biel. Giacon reconoce en esta ac­
titud suareziana un noble fin apologético: el de hacer ver a los
■rotestantes que las discordias de los teólogos católicos no
llegaban a lo profundo.
Valorando Giacon el resultado de estos esfuerzos de Suá­
rez, particularmente en la gnoseología y la metafísica, halla
que Suárez no logró hacer suya la parte más íntima de las
ioctrinas de Santo Tomás, sino que en las tesis más caracte-
ríctieas y significativas resultó el punto de vista por él adop­
tado escotístico-ockamístico, y ello porque Suárez no supo
basar sus especulaciones filosóficas en el conocimiento del uni-
■tersal y en la teoría de acto y potencia (3).
Este enfoque fundamental de la actitud suareziana ante
las corrientes doctrinales de su tiempo y de los resultados de
ella originados, no es nuevo. Antes que Giacon había dado
el mismo sentido a la posición suareziana L . M a h ie u en su
qbra sobre la filosofía de Suárez (4); y aparte de que también
Mahieu incluye en el influjo nominalista ejercido por Suárez

-íritu y mentalidad entre Ockam y Suárez la distancia es verdaderamente


colar..."
(3) G iacon , loe. eit., pág, 6T9.
(4) L. Ma h ie u , François Suárez. Sa Philosophie et les rapports qu’ elle
s avec sa T héologie. XVII-531 pâgs., Paris, 1921. La obra está dividida en
los partes, histórica la primera, filosófica y teológica la segunda. Como
ronclusión de la obra presenta un estudio de conjunto sobre el auanezianls-
ro , que indudablemente ha influido en la orientación de Giacon al hacer
su estudio de Suárez.
204 C A P . IV . EL C O N C E PTO D E L SER

en su posteridad filosófica, a Descartes y a Leibniz, y aun a


Locke (5), coinciden estos dos críticos de Suárez al determi­
nar la posición fundamental de éste ante las corrientes filosó­
ficas. Mahieu ve aproximarse en mutua oposición al tomismo
y al escotismo, con los cuales juega como reacción el nomi­
nalismo (6). ¿Cuál es la actitud de Suárez ante los tres gran­
des sistemas? Según Mahieu, Suárez quiere valerse y apro­
vecharse de las* críticas que los tres sistemas mutuamente se
hacen, añadiendo por su parte los puntos de vista personales;
es Suárez minucioso y metódico en exponer los argumentos
de los sistemas, y de ordinario logra establecer de manera
clara y completa el estado de la cuestión. Pero esta misma es­
crupulosidad parece dañar a la firmeza de juicio, y vemos, en
consecuencia, a Suárez vacilar ante las opiniones sin fijar una
propia, dándose el caso de manifestar soluciones divergentes
en una misma obra y aun en una misma discusión.
Con todo, enjuiciando en su conjunto la actitud de Suárez,
cede ella, sigue afirmando Mahieu, a la tendencia escotista o a
la ockamista, por más que su obra teológica se presente como
un comentario a la Swmma de Santo Tomás siguiendo su or­
den con regularidad (7). Mahieu, al fin de su obra, reconoce
que el suarezianismo fuera una tentativa de mitigar las doc­
trinas de Ockam y llegar así a conciliarias con las de Santo
Tomás y su mayor intérprete, Cayetano; esta tendencia fué
un factor histórico que explica el éxito logrado, pero también
determinó un influjo maléfico en la posteridad, por situarse
Suárez casi constantemente en oposición, no ya con la escuela
tomista, sino con Santo Tomás directamente (8).

(5 )L . M a h ib u , loe. rit., p á g s . 517, 518, 519, 522.


(6) Muchas discusiones ha h a b id o en torno al verdadero sentido his­
tórico d e l nominalismo. Mientras para unos es una simple reacción contra
el tomismo y una consecuencia d e l escotismo, para otros su aparición es
independiente de estas sistemas, y procede de las mismas fuentes de qu*
provino el nominalismo en la é p o c a anterior.
(7) Ib., págs. 498-9.
(8) Ib., pág. 522. Mahieu aplica a Suárez las frases que Morhlus, editor
de Domingo de Flandes, escribía en 1621 acerca de algunos intérpretes con­
temporáneos de Santo Tomás: “Quídam D. Thomae expositores se vocant
ut hoc specioso titulo libros suos exoment, quorum aliqui aperto Marte
contra S. Thomatn pugnant. Aut enim impugnant eius conclusionem, aut
rationem quae illam probat improbant, aut infirmitatis eam arguunt, aut
exemplum ab eo allatum tamquam rem futilem et nulllus momenti explo-
dunt, aut denique... modum eius loquendi condemnant.” Afirma, efectivamen-
A C U S A C IÓ N C O N T R A S U Á R E Z 205

Es evidente la coincidencia de Mahieu y Giacon al enjui­


ciar el conjunto de la actitud de Suárez ante las corrientes
sistemáticas de su tiempo. Ciñéndonos de nuevo a Giacon
hemos de examinar con detenimiento algunos aspectos de sus
acusaciones particulares. Por lo que hace a la Psicología, Gia­
con encuentra una coincidencia fundamental entre Ockam y
Suárez en admitir el conocimiento directo del singular, con­
cepción que influye luego en la teoría del entendimiento agen­
te. Peto no es nuestro intento examinar aquí las observacio­
nes psicológicas de Giacon, sino las metafísicas, ni aun éstas
todas, sino las que se refieren a la idea dél ser, prescindiendo
de las que van en tom o a la doctrina sobre acto y potencia.

DOCTRINA DE OCKAM

1
Según Giacon, llevado Suárez de su afán conciliador de di­
versas tendencias, adoptó también en la Metafísica las tesis
propias de la especulación nominalista. Suárez admite, sí, que
el concepto de ente sea análogo, pero es un concepto con ver­
dadera y propia unidad. Giacon apoya esa su afirmación en
sólo un texto de Suárez: “ His ergo distinctionibus praeter-
missis, dicendum est conceptum formalem proprium et adae-
quatum entis ut sic esse unum, re et ratione praecisum ab
aliis conceptibus formalibus aliarum rerum et obiectorum”
(Disp. M etv 2, 1, 9). De esta posición de Suárez deduce a las
inmediatas Giacon consecuencias amplísimas. A saber: el con­
cepto de ente resulta en Suárez verdadero y propio universal,
que prescinde de las diferencias particulares contractivas, y
es aplicable unívocamente a los inferiores contenidos y repre­
sentados en él (9).
te, Mahieu que cuando Suárez se aparta de Santo Tomás, más de una vez
lo hace en compañía de algún, tomista más o menos mitigado, Cayetano
(tomista mitigado?), Herveo, Vitoria, Soto, Medina; con la diferencia de
que estos autores tienen divergencias de detalle, mientras que Suárez re­
sulta una suma de todas las divergencias.
(9 ) G iacon , loe. cit., p á g . 682: .“In q u e sto m o d o ii c o n c e t t o d i en te d i-
206 C A P . IV . EL C O N C E P T O DEL S E R . - L D O C T R IN A DE O C K A M

La trascendencia metafísica de estas acusaciones suma­


riadas por Giacon contra Suárez es manifiesta. No son nue­
vas, pues más o menos han sido repetidas con mayor o me­
nor relieve por quienes siguen la escuela tomista. Giacon
aporta una novedad al referirlas: su dependencia de Ockam.
Este punto merece un examen detenido. Es necesaria una
comparación de las posiciones tomadas por Suárez en la On-
tología' propiamente tal con las del franciscano inglés. De
"las de éste ha hablado Giacon en su obra al exponer en la
sección segunda la Metafísica de Ockam; el capítulo prime­
ro de ella resume la Ontología. Habremos de examinar, con
todo, directamente al mismo Ockam, pues las referencias
de Giacon resultan insuficientes (10).
. Con muy buen acierto inicia Giacon su exposición de las
doctrinas ontológicas de Ockam con observaciones generales
sobre la actitud fundamental de éste. Por de pronto, nos qui­
ta Giacon toda esperanza de encontrar en Ockam una visión
comprensiva de toda la realidad en general, o teorías gene­
ralísimas que ilustren los aspectos íntimos de la realidad en
toda manifestación suya. Los presupuestos gnoseológicos del
nominalista juegan papel decisivo cuando se sitúa ante el
mundo de las realidades. Ockam no conoce sino el singular
concreto; por ello, tacha de simples construcciones concep­
tuales abstractas esos aspectos generales, comunes y univer­
sales de los seres: fijarse en ellos, para así llegar a penetrar

veniva un vero e proprio universal®, che prescindeva dalla particolari diífe-


renze contraenti, unívocamente applieabile agli inferiori, in esso contenuti
e rappresehtati.” Posteriormente a Giacon, también Dezka ,ha atribuido a
Suárez la univoeación del ser, fundándola en la praecisio non mutua,, de la
que ' resulta el concepto del ser sim p üciter wnws. M etaph ysica Generadis,
pp. 56-7; cfr. ibid., pp. 33-34.
(10) Nuestro estudio se basa principalmente en el Comentario al libro
de ¡as Sentencias. Gtni,HHLM i de O c k a m , anglici super quatuor libros senten-
tiarum subtilissim ae quaestiones eamumque decisiones. 111 explicit dice a sí:
“Haec sunt qúae M. Guilhelmus de Ockam super quattuor eententiarum
libros scripta reliquit, Inter qu¡ae si qua offendantur discrepantia, danda
est venia auctori, qui (veluti prolltetur) In diversis loicis diversas: nunc reci-
tat nunc insequitur opiniones. Porro impressori étiam gratiae sunt referen­
cias qui ea tam fideliter et tam terse ad optimi maximi salvatoris nostri
laudem et studiosorum corrimoditateim multiplicavit. Impressus est autem
hoc opus Lugduni per M. Johannem Trechsed alemannum, virum huius artis
solertíssimum. Anuo- Domini nostri MCCCCXCV, Die vero declina ménsis
novembrls.” También usaremos los Quodlibet, cuya referencia daremos opor­
tunamente.
A C U S A C IÓ N CONTRA SU Á R EZ 207

en el núcleo mismo del ser, es ilusión, es entretenimiento con


simples conceptos. El concepto de ser es uno de tantos con­
ceptos universales, el cual, por consiguiente, deberá ser estu­
diado con la misma indiferencia y con el mismo método que
se emplee para el análisis de otros conceptos (11).
El primer punto que concretamente estudia Giacon en la
Ontología de Ockam es la cuestión de la univocidad del con­
cepto de ser con las consecuencias monísticas que de su ne­
gación resultan.
El estudio de Giacon se apoya paso a paso en la cuestión
nona de la distinción segunda del libro I de las Sentencias.
Vamos a situar esta cuestión en el contexto de Ockam.
La distinción segunda del Maestro de las' Sentencias tra­
ta de la unidad de la divina esencia y de la trinidad de per­
sonas. Las dos primeras cuestiones que se propone el maes­
tro franciscano indagan la mayor o menor identidad entre la
esencia divina y sus atributos. Con esta ocasión plantea una
cuestión puramente filosófica, a saber, la tercera: utrum ali-
quid reale possit distinguí secwndum ratianem db aliquo rea-
íi, donde trata de los fundamentos de la distinción de razón.
Con estas tres cuestiones concluye el primer tema que al ex­
plicar la distinción segunda quería exponer: Quaeram prima
de unitate divinae essentiae ad perfectiones attributales. El
segundo tema propuesto envuelve ya lo que a nosotros nos
interesa: Secunda de identitate e t diversítate divinae essen­
tiae ad ereaturas. Este tema ha de ser desarrollado también
paulatinamente; y así, la cuestión cuarta pregunta: An Deo
et creaturae sit cdiquid commune univoce praedicabile essen-
tidliter de utroque. Ockam reconoce que para tomar una de­
cisión en este punto y en otros muchos que se han dé tratar,
es menester fijar de antemano con precisión la naturaleza
del unívoco y del universal. Así, pues, estudiando ya el uni­
versal, pregunta en esta cuarta cuestión: Utrum illud quod
immediate et proxim e denominatur db intentiane universaMs
et univoci sit dLiqua vera res extra animam intrínseca et
essentialis quibus est communis et univoca distincta realiter
db illis. El desarrollo de este punto llena doce páginas del in­
cunable. La siguiente pregunta, cuestión quinta, es ésta:

(11) G iacon , loe. cit., págs. 446-7.


208 C A P . IV . E L C O N C E P T O DEL S E R . — I . D O C T R IN A DE O C K A M

Utrum universále et univocum sit vera res extra animam rea-


liter distincta ab individuo, in eo tomen realiter existens,
realiter multiplicata et variata. La tercera pregunta es la
siguiente (cuestión sexta): Utrum, aliquid quod est univer­
sále et univocum sit realiter extra animam e x natura rei dis-
tinctum ab individuo quamvis non realiter. Las treinta co­
lumnas dedicadas a este punto no son para Ockam prepara­
ción suficiente para entrar por fin en materia. Todavía nece­
sita aclarar dos dudas más: Utrum ülud quod universále et
commune univocum sit quodcumque realiter a parte rei ex­
tra animam (q. VII), y Utrum universále univocum sit ali­
quid reale existens álicubi subiective.
Ahora, finalmente, es cuando Ockam plantea el segundo
punto del comentario a la distinción segunda : Utrum aliquod
universále sit univocum Deo et creaturae. Para terminar todo
el comentario le basta con añadir todavía una cuestión que
determine Utrum tamen sit unum Deus (q. X ).
Este marco en que se encuadra la cuestión nona, en la
cual rebusca Giacon la solución al problema de la univocidad
del ser en Ockam, nos revela ya mucho. Es una orientación
típicamente nominalista la que se imprime al problema, el
cual, en consecuencia, resulta un problema propiamente dia­
léctico, más que un problema metafísico. Ockam no analiza­
rá lo que es el ser en sí mismo y lo que su esencia implica,
lo que el ser dice en Dios y en la criatura, sino que ai con­
cepto de ser aplicará, como a otro concepto cualquiera, la dia­
léctica del concepto unívoco, equívoco, denominativo..., y con
esas bases, sin más, quedará resuelto el problema propuesto.
No nos hemos detenido a estudiar las soluciones de Ockam
a las cuestiones propuestas, pues dadas sus tendencias gene­
rales, no caben sirio respuestas radicalmente nominalistas,
conocidas ya por los lectores.
Y entremos ya en la cuestión nona, en que directamente
se pregunta si puede darse un unívoco universal respecto de
Dios y de la creatura. Verdad es que el enunciado de la cues­
tión no toca explícitamente al concepto dél ser, pero a lo lar­
go del desarrollo Ockam fijará su atención en este punto, y
podremos determinar su posición respecto del problemá que
nos interesa.
A C U S A C IÓ N C O N T R A S U Á R E Z 209

Comenzada la discusión, refiere Ockam las dos opiniones


fundamentales en esta manera:
“ I n ista qu aestion e resp on d etu r a m u ltis qu od nullus c o n ­
c e p ta s nee a liq u od u n iversale est com m u n e u n iv ocu m D e o et
crea tu ra e. A liq u i autem ten en t q u od est aliq u is eon cep tu s u n i-
vo cu s D e o et crea tu ra e, p u ta co n c e p ta s en tis” (1 2 ).

Queda así enunciada la diferenciación fundamental de las


posiciones ante estos problemas, la posición de Santo Tomás
y la de Escoto.
Antes de proponer Ockam la doctrina propia hace un es­
tudio de la de Escoto, con la cual está de acuerdo en lo fun­
damental, es decir, en admitir la univocación del concepto
del ser, pero no en tod o:
“ Q uam vis ista o p in io qu an tu m ad con clu sion em p rin cip a le m
qu a m ten et sit vera , v id etu r tam en in du obu s deficere. P rim o
q u ia illa e ra tion es illo m od o q u o n u n c fiunt n on v id en ta r c o n -
elu dere, saltem earum aliqu ae. S ecu n d o est fa lsu m q u od d icit,
q u o d ens aliqu ib u s est com m une u n iv ocu m et n on óm n ib u s exis-
ten tibu s a p a rte r e i” (1 3 ),

refutando así en esta segunda parte la opinión escotista, la


cual niega que las diferencias últimas y las pasiones del
ser sean ens.
Ahora ya al Vener abilis Inceptor corresponde exponer su
propia doctrina. Realizará su propósito ordenadamente con­
forme al siguiente programa:
“ A d q u aestion em ergo d ico, q u od D eo et crea tu ra e est ali-
q u id com m u n e u nivocum . 'C irca q u od sic p roced a m . P r im o v i-
d en du m est d e u n iv o co q u id sit u n iv ocu m , q u ia q u id s it u n iv er­
sale d ic ta m est. S ecu n d o q u o m o d o u n iv ocu m se habet ad sua
u nivoeata. T e rtio q u o d D eo et crea tu ra e est a liq u id u nivocum .
Q u a rto q u o d qu ib uscu m q ue existentibu s q u om od oeu m qu e extra
anim am est aliqu id com m u n e u n iv o cu m ” (14).

(12) O c k a m , I D-ist., I I , q. I I A . E n e sta p rim e r a e d ic ió n qu e m a n e ja ­


m o s n o v a n n u m e ra d o s los fo lio s , p e r o s í h a y le tra s m a r g in a le s, p o r m ed io
d e la s cu a le s r e s u lta f á c i l id e n tifica r las c ita s.
(13) O c k a m , ib., C.
(14) O c k am , ib ., J. S o b r e la d o c t r in a de lo s u n iv e rsa le s t r a ta G iaoon
en la s p á g in a s 313 y sig u ie n te s.
210 C A P . IV . E L C O N C E P T O D EL, S E R . — I . D O C T R IN A DE O C K A M

Estos mismos pasos hemos de seguir nosotros en la ex­


posición de la doctrina ockamística, aunque alguno de los
puntos indicados hemos de completarlo con elementos toma­
dos de otras exposiciones de Ockam acerca de la misma ma­
teria.

2
Ockam, con buena lógica, quiere fijar ante todo lo que
entiende él por concepto unívoco. Con toda lealtad había
hecho esto mismo respecto de Escoto al desarrollar el punto
de vista de éste, para no discutir sobre términos diversamen­
te entendidos. Según él, Escoto entiende de la siguiente ma­
nera el concepto unívoco :
“ P r im o ergo dicu n t q u od est aliqu is con eep tu s u n ivoeu s D e o
et crea ta ra e, et ne fiat con ten tio de n om in e u n iv oca tion is, c o n ­
ce p tu a l u n iv ocu m dieu n t qui ita est unus q u od eius u n itas s u f­
ficit ad con tra d iction em a ffirm a n d o et n eg a n d o ip su m de eodem .
S u ffic it e d a m p r o m ed io sy llog istieo, u t extrem a u n ita in m ed io
sic u n o sine fa lla c ia a eq u ivoca tion is con clu d a n tu r in ter se uniri.
E t u n ivoea tion em sic accep ta m p r o b a n t tr ip licite r ...” (1 5 ).

Guillermo Ockam procede por su parte con mucho mayor


esmero. Por de pronto, le parece poco exacto, en rigor dia­
léctico, hablar de concepto unívoco: univocaeión y equivo­
cación se dice propiamente de las voces, no de los concep­
tos, y si de éstos, sólo impropiamente :
“ C irca p rim u m d ico q u od u n iv ocu m p r o p r ie a ceip itu r p r o
voce u n iv oca , q u ia a ce ip itu r secu ndu m q u od d istin g u itu r con tra
a eq u ivocu m del den om in ativum , et is to m od o n iliil est qu aerere
an ens d ica t c-oneeptum u n iv ocu m D e o et c re a ta r a e ; sed d eb et •
qu a eri an sit a liq u is unus con eep tu s a licu iu s p ra e d ica b ilis in
q u id de D eo et ereaturis. E t ita ex ten d en d o n om en u n iv o ci p o -
test im p r o p r ie d ici q u od aliqu is con eep tu s est u n ivoeu s, q u ia
aliq u is con eep tu s est unus, et nee p r o p r ie n ec im p r o p r ie debet
d ici q u o d a liq u is co n c e p ta s est aequivoeus. P r im o ergo vid en -
d u m est de u n iv o co secu ndu m q u od im p r o p r ie d icitu r de c o n ­

t is i O c k a m , ib., A .
QUID S IT U N IV O C U M 211

cep tu . S ecu n d o secu ndu m qu od p r o p r ie d icitu r de v o ce vel de


sign o q u ocu m qu e a d 'p la ’eitnm in stitu to” (1 6 ).

Para el objeto que estamos buscando' a saber, una com­


paración de la posición de Ockam en esta materia con la de
Suárez, es sin duda de gran interés este estado de la cues­
tión tal como lo propone aquí Ockam, dado que directamen­
te relaciona la. univocación, cuando de conceptos se trata,
con <la unidad del concepto.
El concepto. unívoco puede entenderse de dos maneras,
según que se oponga al concepto propio o al concepto deno­
minativo.
“ P r im o m od o n ullu s c o n ce p ta s u nu s p ra e d ica b ilis d e p lu r i-
bu s sive p e r se p r im o m od o, sive secundo- m od o, sive p e r aeci-
dens, sive n ecessario, sive eon tin gen ter est co n c e p ta s u nivocus,
q u ia n ullu s con cep tu s p ra e d ica b ilis d e p lu rib u s est co n c e p ta s
p r o p r iu s uni rei de illa p ra e d ica b ilis et n o n de a lio ” (1 7 ).

La explicación de este principio tiene observaciones inte­


resantes para mejor comprender la mentalidad nominalista,
pues según Ockam, en alguna de las opiniones que en esta-
materia pueden darse, y él mismo parece ser de ella, ningún
concepto abstracto puede ser propio de una cosa, porque
nada hay tal que en absoluto no sea posible otro del todo se­
mejante, y entonces aquel concepto abstracto será ya común
para ambas cosas, y no propio.
Pero, de todos modos, no es en este punto donde mayor in­
terés pone el maestro nominalista, sino en el unívoco que se
opone al denominativo.
“ A lio m o d o con cep tu s u n iv ocu s d istin g u itu r c o n tra den om i-
n ativu m , et tune om n is con ce p tu s ab stra cta s ab illis q u ib us est
com m u n is n on eon notan s a b q u id est eis u n iv ocu s, et con cep tu s
in stitu tu s a d sign ifiea ndu m a b q u id et a d aliu d eon signifiean du m
p o te st esse den om in a tiva s vel con n ota tiv u s p os itiv e, v e l con n ota -
tiyu s n ega tive, et id e o in illa p r o p o s itio n e qu ae est in m ente
n on in v e n itu r aliqua. ta lis p r a e d ica tio an a loga q u an d o co n c e p ta s
abstraetu s a b illis q u ib u s est com m u n is p ra e d ie a tu r” (1 8 ).

(16) Oc k a m , ib., K .
(17) . I dem , ib., L .
(18) I dem, ib.
212 C A P . IV . EL C O N C E P T O DEL S E R . — I . D O C T R IN A DE O C K A M

Es decir, todo concepto abstracto es unívoco respecto a


aquellos de los que se ha abstraído. En este punto la actitud
es firme y constantemente sostenida.
Sin detenerse a desarrollarlo más, pasa Ockam a tratar
del unívoco propiamente tal, es decir, del unívoco que se en­
cuentra en los signos convencionales, cuales son, primeramen­
te, la voz, y luego, la escritura o cualquier otra señal. Pero
al explicar este unívoco, hace Ockam referencias al concepto-
uno, y debemos recogerlas cuidadosamente.
Este unívoco propiamente tal puede entenderse a su vez
de dos modos. Tendrá que aguzar el lector su atención para
no perderse en tantas divisiones y subdivisiones: el método
dialéctico del Venerabüis Inceptor, sutilísimo por una parte
como discípulo de la escuela escotista, nominalista él por
otra, y por tanto, atado por necesidad a conceptos, términos
y nombres, lleva consigo esta intrincada trama de oposicio­
nes y distinciones, de las cuales, como por ensalmo, ha de
salir al fin la solución del problema propuesto, sin jamás en­
trar en sus intimidades intrínsecas y objetivas.
El uníyoco puede entenderse, primero, en cuanto opuesto
al equívoco como tal, es decir, sin distinguir uno u otro equí­
voco. Bajo esta modalidad:
"o m n o sign u m institntum una im p osition e ad sign ifican du m
p lu ra p r o p te r uñara concc.ptum com m u n em p ra ed ica b ilem de
p lu rib u s ita q u o d con cep tu é ta lis et illu d sign u m sin t quasi
sign a ord in a ta , est sign u m u n ivocu m , et isto m o d o anim al est
u n iv oeu m ad hom inem et asinum , et an im al p ra ed ica tu r u n ivoce
de h om in e et d e asin ó et si.c de a liis” (1 9 ).

Aun el unívoco propio supone unidad de concepto, y por


él ha sido impuesto el nombre unívoco a varios con una sola
imposición.
Pero entendido el unívoco como opuesto al denominativo,
entonces hay que tener en cuenta que cabe dar dos sentidos
al denominativo, según que se lo tome más o menos amplia­
mente. En su sentido más amplio, es denominativo todo tér­
mino que se predique de otro, con tal de que al verificar con
dos proposiciones la primera, resulte el término denominati­

( 19) Oc k a m , ib ., M .
QUID SIT U N IV O C U M 213

vo significado por una predicación en oblicuo. Otro modo de


entender la predicación denominativa es la predicación hecha
simplemente en oblicuo. Va a permitirnos el lector qué trans­
cribamos el discurso que traza ahora el maestro nominalis­
ta, no por la importancia que en sí tiene, sino porque es un
buen modelo de su método de raciocinar:
“ A c c ip it u r a u te m ' u n iv ocu m a p h ilo s o p h o secu n du m q u od •
d istin g u itu r c o n tra a eq u ivocu m et d en om in ativu m qu ocum qu e
m o d o p ra ed ictoru m sit den om in ativum . E t is to m o d o a ccip itu r
d is tin ctio q u ia om n e p ra ed ica tu m de a lio aut s u p p o n it p r o r e de
qua p ra ed ica tu r nihil á liu d con sign ifiea n d o sib i a ttrib u i seeun-
dum aliqu am determ inatam attribu tion em aut n on . S i n on tune
est p ra e d ica tio den om in ativa, q u ia in p ra e d ica tio n e d en o m ín a te
va au t term inu s subieetus et p ra ed iea tu s n o n su p p o n m it p r o
■ eodem sicn t q u a n d o a lter eoru m sumitur. in o b liq u o et altor in
recto... a u t si sn p p o n a t p r o eodem tam en p e r illa m p r o p o s itio -
nem sign a tu r aliqu a p r o p o s itio esse vera , in qua term in i n on
s u p p o n u n t p r o eodem ... Si s u p p o n it p r o eodem n ec a liqu a ta lis
p r o p o s itio ip o b liq u o req u ira tu r a d verita tem illiu s p r o p o s itio -
nis tune uterque term inu s im p o n itu r a d sign ifican d u m p lu ra
p r o p te r aliqu em con cep tu m com m u n em illis p lu r ib u s ab filis
abstraliibilem et tune est p ra e d ica tio sim p liciter u n iv o c a ; a u t
n on sie u terqu e term inu s una im p osition e im p o n itu r et tune est,
p ra e d ica tio u n iv o c a ” (2 0 ).

Menos mal que Ockam mismo nos da al fin de este pri­


mer artículo un resumen de las tres maneras de que puede
entenderse la univocación: así obtendremos, al menos por
ahora, una base para pasar al segundo artículo. Entiéndase
el unívoco impropiamente, a saber, concepto unívoco, o pro­
piamente voz u otra señal cualquiera convencional, puede
ser interpretado de tres maneras:
“ U n o m o d o secundum q u o d p raeeise p ra e d ica tu r de p lu r i­
bu s re a lite r distin ctis, q u a e n o n sunt u n a res rea liter sed sunt
sim ilia .”

Tal univocación no puede darse sino en la especie espe-


cialísima, pues solos los individuos de ella son entre sí de
tanta semejanza como aquí se requiere.

(20) O c k a m , ib .
214 C A P . I V . EL C O N C E P T O DEL S E R . — I . D O C T R IN A DE O C K A M

“ S ecu n d o m o d o d icitu r u n iv ocu m om ne p ra e d ica b ile d e p lu -


ribu s d iffe r e n tib u s rea liter quae n o n sunt una res n ec etiam
sunt sim illim a , ita qu od con ce p tu s unus in q u id p ra ed icetu r
* d e eis.”

Esta univocidad la tiene el término genérico, que se pre­


dica esencialmente de varios que en la realidad no son una
misma cosa.
, “ T e rtio m od o d icitu r u n iv ocu m p ra ed ica b ile de p lu rib u s quae
turnen sunt una r e s ” (2 1 ).

Tal univocación se da en la relación respecto de las rela­


ciones divinas identificadas con una misma esencia.
Como en todo unívoco se supone unidad de concepto, la
cual se obtiene por abstracción, distingue Ockam los.grados
de univocación según la mayor o menor semejanza: mayor
en la especie, menor en el género. Fuera de especie y género,
no admite en este resumen otra univocidad.
Con esta síntesis de los diversos grados de univocación
termina Ockam el primer artículo, y pasa a exponer el se­
gundo.
Habrá observado el lector que nada se ha dicho hasta
ahora de la analogía, concepto éste que para nosotros sería
de máximo interés.
No es él desconocido a Ockam, y hemos de analizarlo se­
gún algunas indicaciones que al fin de esta cuestión IX se en­
cuentran, las cuales nosotros completaremos con otra ex­
posición contemporánea a ellas. La cuestión XVI del Quod-
libétum IV pregunta: Utrurn praedicatio análoga distingua-
tur a praedicatione univoca, aeqmvoca et denominativa (22).
Sabido es que fué el Comentario al Libro de las Sentencias
la primera obra publicada por Ockam, y que después de ella,
con poco intervalo de tiempo, hizo sacar a luz las siete cues­
tiones quodlibetales. Por lo tanto, la cuestión que en el pri­
mer libro estamos analizando, y esta otra quodlibetal a que

(21) O c k a m , ib., N.
(22) Quodlibeta septem una cuan tractatu de Sacramento altaris V en e­
rabais inceptoris fratris G uílhielmi db O c k am anglici, 'sacrae theologiae m a-
gistri, d e ordine fratrum minorwm. M anejamos la edición siguiente: Im pres­
s a Axgentinae, anno Domini M.CCCCXCI. E sta edición no lleva numerados
los folios, ni letras marginales.
QU ID S IT U N IV O C U M 215

ahora recurrimos como complemento, representan una mis­


ma época de la mentalidad del Venerabüis Inceptor, y son,
por lo tanto, mutuo comentario (23).
‘ Expuesto, pues, el tema propio de la cuestión que veni­
mos estudiando, propone Ockam algunas dudas sobre los pun­
tos de vista desarrollados a lo largo de ella. La primera ver­
sa precisamente sobre la analogía, pues no habiéndola men­
cionado, parece desacertado todo el discurso hecho, ya que
puede aún darse otra predicación, la analógica, que no es ni
equívoca, ni unívoca, ni denominativa.
Poco se inquieta Ockam con la duda: para él, no hay pre­
dicación alguna analógica que sea distinta de la unívoca,
equívoca y denominativa, tomadas éstas amplísimamente.
Y si se detiene a explicarla ahora, es por respeto a otros.
Tanto en el Comentario a Lombardo como en el Quocüi-
~bet IV, comienza Ockam distinguiendo dos clases de equívo­
cos : a co nsilio y a casu.
“ A e q u iv oeu m a casu est q u o d sign ifieat p lu ra aeque p rim o
p lu rib u s im p o sitio n ib u s et m ed ian tib us p lu rib u s con eep tib u s, et
ita im p o n itu r uni ae si n on im p o n e re tu r a lte ri” (2 4 ).

Dos elementos, pues, convergen en el equívoco a casu:


su referencia a muchos con un concepto particular de cada
(33) H ofer h abla intentado separar del libro I los otros tres libros,
los cuales ciertamente difieren del anterior en la amplitud de los tratados.
Creía H ofer que estos tres libros procedían de la estancia de Ockam en
Munich, Posteriormente, P elzbr h a sostenido que los cuatro libros proceden
d¡e Oxford y fueron escritos sucesivam ente sin interrupción, fundando este
su parecer en un m anuscrito descubierta por él en el Vaticano, el cual con-'
tiene los 51 artículos de Ockam condenados en Avignon en 1326. Parece que
ha prevalecido la opinión, de P elzen Con todo, y a para esa m ism a época
estaban escritos los Q uodlioet; por lo 'tanto, bien podemos considerar como
contemporáneos estos escritos', y de no serlo, demostrarían la continuidad
de Ockam en sostener sta opiniones. C fr. A ugust® P eles « , L es 51 articles de
Guillaume O ccam cen su rés, en A vign on , en 1326. Publicado en R em ee d’H is-
toire E cclésia stiq u e, X V I I I (1922), 240-270. H o fer apoyaba positivamente su
opinión e n el exp licit de los QuodUbeta,, que dice a s i : “Expliciunt quodlibeta
septeni venerabilis inceptoris m agistri W ilholm i de Ockam anglici, veritatum
spectatoris acerrimi, fratría ordinis minonum post eius lecturam oxoniensem
(super sententias) edita.” Si, según la opinión d e H ofer , los libros I I -I V
de las S entencias procedían de Mlunich, entonces había que situar los Quod­
libeta después del Com entario al libro I.
(24) Quodl,, IV , q. X V I . V éa se este texto paralelo: “Aequivoeum a casu
est illud nomen quod imponitur m ultis et cuilibet primo et ita uni ae si
non imponeretur alteri.” I L is t., II, q. I X , E E .
216 C A P . IV . EL C O N C E P T O DEL S E R . — I . D O C T R IN A DE O C K A M

uno, y además la imposición del nombre, independiente en


cada uno de la de los demás.
“ A e q u iv o cu m a eon silio est q u od im p o n itu r p lu rib u s im p o s i-
tion ib u s ad sign ifioandu m p lu ra m ed ian tib us p lu rib u s c o n c e p ti-
bus, e t im p o n itu r u n i q u ia p riu s im p o n itu r alteri, et hoé p r o p te r
aliqu am sim ilitu din em cau san tem p r o p o rtio n e m ” (2 5 ).

Aquí se requieren varias imposiciones como en el equí­


voco anterior, e intervienen también otros tantos conceptos,
pero las imposiciones no se han hecho con entera indepen­
dencia mutua, sino que a unos se les impone tal nombre por­
que ya antes se le había impuesto a otro con el que guarda
alguna proporción. Observadas estas conveniencias y las co­
rrespondientes divergencias, tendremos como elemento pro­
pio de la equivocación simplemente tal, el que haya imposi­
ción de nombre en cada caso sin que haya uhidad de concep­
to; siendo, por lo tanto, múltiple la imposición; según que
ésta sea con dependencia de alguno o sin ella, será el equí­
voco a eonsilio o a casu, respectivamente. Y como hay dos
equívocos, hay, por la misma manera, dos predicaciones equí­
vocas.
Puestas estas nociones, puede ya compararse con ellas la
idea de analogía:
“ H o e su p p o s ito d ieo ad q u aestion em q u od a ccip ie n d o p r a e -
dieation em a eq u ivoca m gen era liter u t est com m n n e ad p r a e d i-
ca tio n e m a eq u ivoca m a casu et a eon silio, sic p ra e d ica tio a n a -
log a n on est m edia in ter p ra ed ica tion em u n iv oca m , a eq u ivoca m
e t den om in ativam . H o c p a tet q u ia om n is p ra e d ica tio v el est in
> eon e e p tu vél in v oee v el in scrip to . S e d in c o n ce p tu n o n est
p ra e d ica tio a liqu a a n a loga , q u ia a u t p ra e d ica tu r u nu s con cep tú a
d e u n o co n c e p tu v el plu ros c o n c e p ta s de u n o c o n c e p ta , v e l p lu -
res co n c e p ta s de p lu rib u s con eep tib u s. Si p ra e d ice tu r u nu s c o n ­
c e p ta s d e u n o co n cep tu , si u terqu e sit c o n ce p ta s s im p licite r p r o -
p riu s alicui sin gu lari tune est p ra e d ica tio discreta, n ec a e q u iv o -

(25) OCKAM, ib. Cfr. : “Aequivocum a consilio dupliciter posset accipi,


uno modo quando propter aliquam similitudinem vel proportionem diverso-
rum inter se vel propter aliquam talem eonvenientiam idem nomen diversis
imponitur sine unitate couceptus. A2io modo quando sola voluntate idem
nomen diversis impositionibus non propter identitatem conceptus diversis
imponitur.” I D isi., loc. cit.
QUID S IT U N IV O C U M . 217

c-a nec denominativa nec univoca proprie loquendo... Si autem


uterque conceptas et saltem praedicatum sit conceptas commu-
nis, tune est praedicatio univoca, quia omnem talem praediea-
. tionem vocant univoeam. Si autem praedicentur plures conceptas
de uno, tune conceptas a parte praedicati aut natas est deter­
minare reliquum aut snni conceptas repugnantes vel imperti­
nentes. Si primo modo, ut íiic: Sócrates est homo albns, sic
est composita praedicatio ex univoca et denominativa, quia
homo praedicatur univoco, albus denominative. Si secundo modo
*. vel tertio, propositio est non intelligibilis, ut hic: Sócrates est-
iiomo asinns, vel erunt propositiones plures, ut hic: Sócrates
est. grammaticus albus homo animal, et onmes isti conceptas
praedicantur univoco vel determinative” (26).

Después de esta explicación venimos a deducir que sim­


plemente no hay analogía de conceptos porque habrá uni­
dad de conceptos, y entonces tendremos univocación o de­
nominación; o no la habrá, y entonces será algún equívoco.
Consiguientemente, otro tanto vale decir de la predicación,
y lo dice en seguida Ockam, siguiendo el mismo método de
exclusión por dilemas,, al que nos va teniendo acostumbrados.
Para responder luego a objeciones que contra su posición
pudieran suscitarse, comienza de nuevo Ockam a distinguir
diversas maneras de unívoco. Unas veces puede considerár­
selo estrictamente,
“ quando seilieet, subiectum et.' praedicatum signifieant illa
jiro quibus supponunt única impositione et uno concepta et
uno modo signifieandi logicali et grammatieali. Et sie omnis
praedicatio univoca est in quid” .

Tal univocación se da respecto del hombre y del asno


cuando de ellos se dice que son animal, pues animal signifi­
ca a ambos con una única imposición y por igual, no al uno

(26) Ockam , ib. O ír .: "EX de análogo potest distinguí. Uno modo acci-
pitur secundum quod est commune no men iimpositum multis propter consi-
milem proportionem quam habent diversa ad illa...' A lio modo secundum in-
tentionem multorum loquentium dicitur analogum quando aliquid denomina-
tur eodem nomine non propter unitatem corieeptus communis eis sed propter
identitatem alicuius alterius quod primo significatur isto nomine, ad quod
ipsa habent aliqualem attributionem ; et hoc secundum difflnitionem expri-
mentem quid nominas. Secundum quod dicitur de illis ponitur illud primum
signifleatum in oblicuo et aliquid altad in recto." / D tet., loc. cit.
218 C A P . I V . E L C O N C E P T O DEL S E R . — I . D O C T R IN A DE O C K A M

en recto y al otro en oblicuo, ni principalmente al uno y


secundariamente al otro.
“ Aliquando accipitur univocara large, quando scilicet sub-
ieetum et praedicatum significant illa pro quibus supponunt
única impositione mediante uno conceptu et indifferenter un,o
modo significandi vel diverso, et sic praedicatio univoca non est
praedicatio in quid sed denominativa” (27).

De esta manera es unívoco blanco dicho del hombre y


del asno.
Resumamos ya en pocas palabras cuanto hasta aquí he­
mos recogido, para saber en definitiva lo que del unívoco
opina Ockam. .
Por de pronto, hablando con propiedad dialéctica, no hay
univocación en los conceptos, sino más bien en las voces; la
de los conceptos es impropia. La univocación del concepto
implica siempre unidad de concepto. Esta univocación pue­
de entenderse por oposición al concepto propio (texto de la
nota 17), o al denominativo (texto 18). Además, el unívoco
propio se opone al equívoco como tal y al denominativo, en­
tendido bien sea en sentido estricto, bien en lato (textos
19,20).
Comparando los elementos que en estas comparaciones
se señalan como propios del unívoco, tendremos que la uni­
vocación implica unidad de concepto y unidad de imposición
a cuantos son incluidos en tal concepto. Si además ese tér­
mino significa a sus univocados con un mismo modo lógico
y gramático, tendremos unívoco estrictamente tal; será, en
cambio, unívoco en sentido amplio cuando el modo lógico y
gramatical no es exactamente igual; en este caso la predi­
cación no será in quid, sino denominativa (texto 27).

Expuesto ya el concepto de unívoco, prosigue Ockam en


el segundo artículo de la cuestión IX desarrollando la rela­
ción del unívoco con sus univocados.

(2 7 ) O c k a m , ¡6 .
L O S U N IV O C A D O S 219

La base de toda la argumentación es que el unívoco es


un universal. Al universal ha dedicado, como hemos indica­
do, varias de las cuestiones precedentes. En este momento
recoge lo antes dicho en una expresión brevísima:
“ Declaratum est in quaestionibus praeeedentibus quod nullum
universale est de essentia vel quidditate suorum inferiorum nec
facit eompositionem cum aliquo singulari nec aliquo existente
in singulari” (28).

Ahora bien; el unívoco es un universal, o al menos es un


predicable común, aplicable a aquellos de quienes se predi­
ca, tomados en número plural (29). Por consiguiente, se de­
duce con todo rigor:
“ Nullum univoeum est de essentia univocatorum suorum nec
ponit in eis aliquid realiter nec faeit eompositionem c'um eis nec
cum aliquo quod est in eis” (30).

Pero, obsérvese, esta negativa de Ockam ha de enten­


derse contra el realismo exagerado: Ockam niega aquí que
el unívoco a parte rei sea una entidad propia que con su pro­
pia realidad entra a constituir esencialmente los singulares
univocados. Esto se deduce de cuanto ha sido expuesto en
las cuestiones precedentes, y de la razón aquí aducida, a
saber, que el unívoco es un universal, y, por lo tanto, ha de
afirmarse de él y excluirse cuanto de los universales se afir­
ma o excluye.
Observemos de paso que Giacon cita este último texto
por nosotros aducido como en el que Ockam expone su no­
ción de unívoco. Nos parecería que todo el discurso hecho
por Giacon en torno al concepto de unívoco peca de-alguna
ligereza, dado que Ockam ha explicado en el artículo pri­
mero lo que es unívoco, y en este segundo no hace sino dedu­
cir conclusiones. Evidentemente, al decir Giacon, como defi­
niendo el unívoco de Ockam: “la conclusione é che il con-
cetto univoco é il concetto commune e universale” , no ha

(28) O c k a m , I D ist., II, q. I X , O.


(29) O c k a m , i b .: “Quia imftc univoeum est universal« vel saltean com­
mune piraedicabile de lilis do .quibus praedicatur comunetim aeeeptis in nu­
mero plurali."
(30) Oc k a m , ib.
220 C A P . IV . EL C O N C E P T O DEL S E R . — I . D O C T R IN A DE O C K A M

recogido los elementos que a lo largo de los razonamientos


del artículo primero ha ido exponiendo Ockam como consti­
tutivos del unívoco, razonamientos que por Giacon han sido
resumidos con esta expresión vaga y poco científica : “Dopo
molte distinzioni e dichiarazioni, la conclusione è ...” (31).

El Venerabüis Inceptor se propone demostrar en este ar­


tículo :
“ Quod Deo et creaturae ést conceptus unus conrmunis, prae-
dicabilis de eis in quid et peí' se primo modo.”
* , '
El camino que para llegar a esta conclusión emprende'
Ockam es un poco largo. Pues por de pronto empieza por de­
mostrar que Dios es incognoscible en sí de manera que la
esencia misma de Dios sea término inmediato del acto cog­
noscitivo. Un segundo paso declara que en el estado actual
nuestro no nos es dado concebir la esencia divina con con­
cepto alguno simple y propio. El tercero ya indaga un punto
que nos interesa: si bien no podemos conocer la esencia di­
vina con concepto propio, lo podemos con un concepto co­
mún, predicable de Dios y de otros. El cuarto paso precisará
lo dicho, añadiendo que ese concepto- común le es quidita-
tivo. Un último paso recogerá la conclusión definitiva.
Los dos primeros pasos no requieren atención por parte
nuestra. Desarrollemos los otros dos. De nuevo, cuando hu­
biéramos esperado un estudio metafísico que se adentrara
en Dios y en las criaturas, para comparar sus razones últi­
mas y buscar en ellas algo de común, nos encontramos con
una exposición mecánicamente dialéctica, que de Dios y de
la criatura nada intrínseco nos dice:
* f
“ Tertiam ostendo quia omne cognoseibile a nobis aut cognos-
citur in se aut in eonceptu simplici sibi proprio, aut concepta
composito proprio, aut in concepta communi sibi et aliis. Sed
Deus aliquo.modo cognoscitur a nobis, et non primis duobus mo-

(31) O:ACON, op. cit -, p. « 9 .


D IO S Y L A C R IA T U R A 221

dis, ergo tertio vel quarto modo. Quia conceptas compositus pro-
prius, ex quo non potest componi ex conceptibus simplicibus
propriis, oportet quod eomponatur ex simplicibus et pro-
priis” (32).

Eso es todo. Pero sigamos adelante, pues tal vez al ex­


plicarnos el cuarto paso se expresará Ockam en forma más
metafísica. Para hacer ver que un concepto así, común y
predicable de Dios y de otros, le tiene que ser quiditativo,
encuentra el expositor argumento satisfactorio en el Doctor
Sutil. Véalo el lector, y vaya observando los métodos y la
mentalidad del maestro nominalista, porque habremos de te­
nerlos en cuenta para más tarde, cuando tratemos de dilu­
cidar por fin el ockamismo de Suárez. Dice así Ockam:
“ Quartum ostendam per unam rationem quam facit doctor
iste snbtilis quae niihi coneludit, et argu’o sic. Si Deus cognosca-
tur in aliquo concepto conimuni sibi et aliis, quaero aut ille
conceptas est quidditativus ant denominativus. Si quidditativus,
habetur propositum. Si denominativos, tune quaero de illo eui
attribuis istum conceptum denominativum, aut est denominati­
vas et sic ost processus in infinitara, aut quidditativus, et habe-
tur propositum. Et ideo oportet praebabere unum conceptum cui
istum attribuo” (33).'

Por su parte confirma el razonamiento de Scoto con otro


enteramente similar, basado en la definición de concepto de­
nominativo.
Lo dicho hasta ahora basta para deducir, sin más, el quin­
to y último paso, a saber, que hay un concepto que sea uno
y predicable de Dios y de las criaturas in quid per se primo
modo. Pero puesto ello, ha de seguirse adelante, y deducir
que la voz correspondiente a ese concepto es simplemente
unívoca. Y más todavía, que no por haber univocidad entre
Dios y Ja criatura ha de ponerse composición en Dios.' Pre­
cisamente el que todo unívoco sea al mismo tiempo universal
excluye esta composición, porque aun tratándose de indivi­
duos de una especie especialísima no hace el unívoco com­
posición con ellos, ni con individuos algunos que existan. La

f32) O c k a m , I D iM ., II, q. I X , S.
133) .,
Oc k a m , i b T.
222 C A P . IV . EL C O N C E PTO DEL SER . — I. D O C T R IN A DE O C K A M

razón es que, en general, nada de lo que en realidad existe,


es unívoco con otros.
Pero aquí Ockam hace una advertencia de la mayor im­
portancia:
“ Dico tamen qnod nihil est. univocum Deo et creaturae acci-
piendo univocum stricte, quia niliil est in creatura nec essentia-
le nec accidentale quod habónt perfeetam similitudinem cum ali-
quo quod realiter est in Deo, et istam univocationem sancii et
auetores negant respectu Dei et creaturae et nullam aliarn” (34).

Esta declaración tiene alcances gravísimos. Con esta o b ­


servación hecha lealmente, Ockam salvadas grandes distan­
cias metafísicas que separan infinitamente de las criaturas
a Dios. Por ello nos extraña que Giacon no haya considera­
do este punto dándole toda la importancia que se merece.
No parece justificable el título que a su exposición de la
analogía de Ockam antepone: “La negazione dell’ analogia
e le conseguenze monistiche” , ni tampoco este párrafo de
tonos oratorios, cuyas acusaciones gravísimas hubieran de­
bido ser apoyadas en textos explícitos del maestro francis­
cano, ya, aun sin esto, sobradamente recargado de acusacio­
nes y condenas: “Ma si poteva logicamente ammettere la
pluralità delle cose se tutte le cose erano enti in modo uni­
voco? Che cosa poteva produrre negli enti la diversità, la
distinzione, la pluralità? Se anche alle differenze conveniva
il concetto di ente, e in modo univoco, non si doveva conchiu­
dere al monismo ? Se l’ esperienza dava evidentemente la plu­
ralità delle cose, bisognava sciogliere le difficoltà che la men­
te opponeva ad esse in nome del concetto di ente. Era stato
tutto il problema della speculazione greca nel suo primo ma­
turarsi. Occam non ha più la sensazione, di cui critica le ulti­
me conseguenze, dopo le deformazioni già causate tanto in­
cautamente da alcuni predecesori e contemporanei” (35).

(34) O c k a m , ib., U.
(35) G iacon, op. cit., p. 451.
U N IV Q .CA C IÓ N DE T O D A R EALIDAD 223

Este cuarto artículo tiene presente principalmente la po­


sición escotista referida al principio de la cuestión que ana­
lizamos. Según los escotistas, las diferencias y pasiones del
ser no son propiamente ser. Ya antes había indicado Ockam
su disconformidad con esta doctrina. Ahora es el momento
oportuno para tomar una posición positiva en que se afirme
que toda realidad es ser.
Definidamente se pronuncia así Ockam:

“ Cérea quavtum principal*! clico, quod quibuseumque existen-


tibus extra animam ens est eommune univocum et praedicabile
de; eis in quid et per se primo modo” (36).

No se necesitan para demostrarlo grandes argumentacio­


nes. Todo cuanto tiene realidad fuera de la mente, al menos
tratándose de seres creados, si de algún modo tienen realidad
propia y distinta, son distintamente cosas reales, y de todas
las cosas se dice unívocamente ser, de la misma manera que
se dice unívocamente de Dios y de las criaturas. Respondidas
las dificultades que, respecto de las diferencias y pasiones
del ser, pudieran objetarse en este punto, resuelve Ockam tres
ludas que afectan en general a la doctrina expuesta en la
cuestión. La primera de ellas ha sido ya aducida, con su solu­
ción, más arriba, al tratar del concepto de analogía. ¡Y saltan­
do la segunda, formulemos la tercera, que puede tener inte­
rés precisamente para la materia estudiada en el artículo
cuarto, y, por lo tanto, para el tema general de este nuestro
estudio.
La tercera duda es la siguiente:

“ Tertium dubium est de principali conclusione, quia non vi-


detur quod Deo et ereaturae sit aliquid eommune univocum nee
etiam ómnibus ereaturis” (37).

(36) Ockam , ib., X .


(37) I dem, ib., DD.
224 C A P . IV . EL C O N C E P T O DEL S E R . — I . D O C T R IN A DE O C K A M

De entre los diversos argumentos que para probar esta po­


sición suelen aducirse por los que la defienden, Ockam esco­
ge diez. No todos ellos nos interesan, ,y así vamos a conten­
tarnos con resumir los puntos de mayor relieve en las res­
puestas dadas por Ockam.
Las dificultades en lo fundamental se basan en exigir ex­
cesiva realidad para el unívoco, en la forma en que los rea­
listas exagerados la exigían para el universal. Sobre este
asunto la posición ockamística es neta y precisa. En modo
alguno se requiere que al unívoco corresponda en el orden real
algo uno además de los seres particulares; ni por falta de tal
correspondencia resultaría el unívoco una cosa ficticia, por­
que de hecho al tal unívoco corresponderían muchas cosas
reales, de las cuales se predica in quid. Por ejemplo, al con­
cepto de hombre no corresponde aliquid unum, pero le corres­
ponden todos los hombres, y en consecuencia nada tiene de
ficticio (38).
Desde el argumento séptimo, la respuesta es única y co­
mún para todos los restantes. Vamos a reproducir algunos
momentos de 'esta respuesta; nos ilustrará no poco para que
acabemos de entender la actitud no poco complicada, de
Ockam ante el problema de la analogía del ser, tal cual en
nuestros días suele proponerse:
“ Ad septimum et ad omnes auctoritates dico quod non est
aliquid univoeum sic quod aliquid essentiale vel accidéntale crea-
turae habeat perfeetam similitudinem cuín aliquo quod est iea-
liter in Deo, et talem univocationem negant omnes sancti respectu
Dei et croaturao, non tamen negant univocationem conceptus
praedieaMlis de Deo et creatura in quid per se, primo modo.”

(38) O c k a m , ib., GG : “A d p rim u m a r g o m e n tim i d ic o qu od u n iv ersa li ter


nulli u n iv o c o c o rr e s p o n d e t a liq u id u n u m a p a r te rei ilio m o d o q u o isti im a -
g in a n tu r, qu od s c ilic e t p r a e te r p a r tic u la r ia sit a liq u id u n u m q u a c u m q u e u n i-
ta te r e a li ta li u n iv o c o co rr e sp o n d e n s . E t s i d ic a tu r q u o d tu n e illu d u n iv o e u m
esse t fictitiu m , d ic o q u o d n o n se q u itu r, q u ia q u a m v is illu d u n u m n o n sibi
correispoindeat p rim o ta m e n m u lta r e a lia sib i c o rr e s p o n d e n t de q u ib u s p ra e-
d ic a tu r in qu id . lin d e c o n c e p tu i h o m in is n o n c o r r e s p o n d e t aliq u id un um ,
se d o m n e s h o m in e s sibà c o r r e s p o n d e n t e t id e o n o n e s t fìc t it iu s .” E s ta s f r a ­
ses p u d ie ra n se r su scritas- p o r c u a lq u ie r r e a lis t a m o d e r a d o , p u es p a recen
in d ic a r co n su fic ie n te n itid e z q u e los c o n c e p to s u n iv e rsa le s tien en fu n d a ­
m e n to a -p a r t e rei. C on e sto q u e d a rla r e b a tid a p o r su s m is m o s d e fe n s o re s la
te o r ía n o m in a lista .
U N IV O C A C IÓ N DE T O D A R EALIDAD 225

Si alguien urgiera ahora que, según él filósofo, unívocos


son los que tienen un mismo nombre y una misma razón su s-.
tancial, de la cual el ens carece por no tener definición, res­
póndele Ockam que razón sustancial, para el filósofo, en ese
punto es él concepto uno abstraíble de todos aquellos de quie­
nes se predica; y así entendida, vuelve a aseverar que ens se
predica con esa identidad de razón sustancial de todos (39).
Y termina:
9

“ Ad argumentum prineipale patet quod quantumcumque'


Deus et creatura sint realiter distincta, tamen possunt habere
aliquem conceptual univoeum praedicabilem de eis” (40).

Para completar esta materia, vamos a referir sucintamen­


te otra exposición d.e Ockam sobre tema similar. Nos ayuda­
rá para que acabemos de entender exactamente esta predica-
bilidad universal y esta univocidad del ser. Ya antes nos
hemos referido a la cuestión XVI del Quodl. IV, y hemos es­
tudiado en ella con algún detenimiento el concepto de analogía
en cuanto contrapuesto o no con los de unívoco, equívoco y
denominativo. Pero de intento hemos reservado para este lu­
gar la aplicación que de los conceptos expuestos hace preci­
samente al concepto del ser.
Aquí ya no acabamos de ver exactamente el pensamiento
de Ockam. Unas veces habla de univocidad en sentido amplio,
otras veces en sentido estricto; unas veces en nombre de
Aristóteles, otras en nombre propio. Expuesta, pues, la dis­
tinción de unívoco en estricto y amplio, continúa:
“ Sic etiam ens praedicatur univoce large loqueado de íioini-
ne et animali, quia lieet ens et homo significent omn.ia sua signi-
fleata eodem modo signiñcandi grammaticaliter et logicaliter non
tamen álbum.”

(39) O c k a m , ib.: “ E t si d ic a tu r se c u n d u m p h ilo so p h u m in. p ra e d ie a m e n -


t i s : u n iv o c a su n t q u o ru m noimem c o m m u n e e st e t r a tio s u b s ta n tia lis ead em ,
e t e n s n o n h a b e t a liq u a m r a tio n e jn s u b s ta n tia le m e a n d e m q u ia n o n h a b e t
d iffin itio n e m , e r g o n o n e s t u n iv o e u m , R c s p o n d e o q u o d p h ü o s o p h u s ' ibid em
a c c ip it r a t io n e m su b s ta n tia le m p r o c o n c e p t a u n o ab strah i,bilj a b om n ib u s
lilis d e q u ib u s d icitu r illu d n o m e n n o n a u te m p r o d iffin itio n e p r o p r ie d icta ,
e t c o n c e d o q u o d se c u n d u m ta le m r a tio n e m su bstian tialem e a n d e m d icitu r
e n s d e o m n ib u s d e q u ib u s p r a e d ic a t u r .” /,
(40) O c k a m , ib. C o n esitas paüabras te r m in a e s t a c u e s tió n I X .

15
226 C A P . IV. E L C O N C E P T O DEL S E R . — I. D O C T R IN A DE O C K A M

Es decir, que ens y homo, respecto de lo que ellos directa­


mente significan, tienen entera paridad en la predicación; pero
hay otras cosas, por ejemplo, álbum, respecto de las cuales
no se da tal paridad. Razonando ahora Ockam este modo de
pensar, se basa en Aristóteles, para el cual la predicación ana­
lógica es equívoca a consilio; y así, unas veces dice que ens
es análogo, otras que equívoco respecto de los diez predica­
mentos, porque, según él, ni es unívoco propio, ni equívoco a
casu, sino algo intermedio, es decir, equívoco a consilio. Ra­
zonando todavía más esto mismo, continúa:
“ quia ens significa! substantiam et alia praedieamenta pluri-
bus impositionibus et mediantibus pluribus conceptibus, et pri­
mo significabat substantiam et recundario accidentia, ita quod
si prius non significasset substantiam posterius non significasset
accidentia... Et seeundum usum ilbtm loquendi debet dici quod
substantia est proprie loquendo, ■et accidentia non sunt entia
sed dispositiones sive effectus entis quod est proprie substantia” .

Extrañará al lector el tono metafísico de este razonamien­


to. Es que Ockam refiere el pensamiento de Aristóteles. Aho­
ra es cuando va a contraponer el “ usus loquendi” propio al
de Aristóteles. Según el lenguaje de Aristóteles, ens será equí­
voco a consilio respecto de Dios y criatura, de substancia y
accidente, pero no según el de Ockam. Para Ockam,
“ ut nos utimur hoe nomine, ens significat onmia sua signifi-
cata una impositione et mediante uno conceptu et uno modo
signifieandi quia omnia entia significat in recto” .

Lo que a continuación dice viene a corroborar esta posi­


ción, admitiendo tan sólo que habría univocación en sentido
amplio si ens significara algo en oblicuo, pero entonces no se
predicaría in quid (41).
La fórmula empleada en el Comentario al Libro de las
Sentencias, según la cual hay univocación entre Dios y la
criatura sólo en sentido amplio y no en sentido estricto, nos
dejaba satisfechos hasta cierto punto; ahora parece invalida­
da aquella fórmula, y afirmada la univocación estricta, fórmu­
la espinosa y difícil aun en la terminología de Ockam. Habrá

(41) O c k a m , Quodl. IV , q. XVT.


U N IV O C A C IÓ N DE TO D A R EA LID A D 227

que decir que cuando el maestro franciscano reflexiona sobre


lo que los autores y santos dicen respecto de Dios y de la
criatura, atenúa sus expresiones, hacia las cuales tiende
cuándo sólo se deja llevar del mecanicismo dialéctico de sus
razonamientos. Pero también en todo caso tiene suficiente cla­
rividencia para afirmar que nada hay en la realidad dentro
del orden creado que sea enteramente semejante a algo que
haya en Dios. Estas aseveraciones terminantes devuelven la
tranquilidad al Venerable, aun cuando no acierte a incorpo­
rar siempre a sus fórmulas filosóficas estas últimas diferen­
cias fundamentales entre Dios y la criatura. Dejemos en paz
al franciscano, aun cuando no admitamos sus fórmulas: él
sabrá entenderse con los conflictos entre su dialéctica y sus
reflexiones de vuelos más amplios que abarcan todo el depó­
sito de la tradición filosófica de los autores y de los santos.
No sabemos cuánto de lo dicho habrá llegado a interesar
al lector. Terminada la lectura de, estas páginas, habrá que­
dado con la impresión de que aún nada hemos expuesto sobre
la analogía del ser. Atribúyalo a los métodos del maestro
franciscano, que, desde fuera y sin internarse en el conteni­
do dramático de los problemas, en cuyo desenvolvimiento sue-
-le centrarse nuestro interés, resuelve las cuestiones con me­
ros artificios terminísticos a manera de andamios construi­
dos en torno a un magnífico palacio cuyo interior queda ce­
rrado a nuestra vista.
Hemos tocado los puntos que, según la exposición de Gia-
con a que nos hemos referido al principio, nos parecía ne­
cesario aclarar, para hacer un parangón de Ockam y Suárez,
y deducir luego, fundados en la objetividad del estudio di­
recto, el influjo de aquél sobre éste, tantas veces enumerado,
tan pocas veces precisado y menos probado.

II

DOCTRINA DE SUÁREZ

Suficientemente informados, a lo que nos parece, sobre la


mentalidad y los puntos de vista de Ockam en el punto pro­
blemático que pretendíamos esclarecer, como base para cons­
228 C A P . IV . E L C O N C E P T O DEL S E R . — I I . D O C T R IN A DE S U Á R E Z

truir un proceso comparativo con algunos elementos metafí-


sicos de. Suárez, hora es ya de que emprendamos la lectura
del Doctor Eximio, proyectando a sus escritos atención es­
meradísima, porque matices levísimos pueden determinar
orientaciones fundamentales en la especulación.

Suponemos ya roturado el terreno que vamos'a cultivar,


una vez que en el capítulo II hemos examinado las fuentes
nominalistas de las Disputas Metafísicas. Allí ha podido ob­
servarse la actitud fundamental de Suárez respecto al nomi­
nalismo en general. Aquí tocamos monográficamente un pun­
to concreto doctrinal para confrontar a Ockam y a Suárez
en la exposición de él. El laboreo del tema, con sus resultados,
ha de darnos pie para subir a conclusiones más generales acer­
ca de la actitud suarCziana ante el complejo doctrinal y espí­
ritu ockamísticos.
Hechos ya a las maneras de la llamada vía moderna^ inau­
gurada por Ockam, sentimos al adentrarnos en las Disputas
M etafísicas de Suárez vivísimo choque mental. Es del todo
distinta la expresión suareziana. Ockam no fué simple reac­
ción ante el tomismo y escotismo; sus tendencias radicaban
más lejos, y su inspiración filosófica manaba de fuentes ante­
riores al realismo aristotélico tal como desde fines del siglo x i i
comenzó a ser conocido entre los europeos. Ockam volvía a
las tendencias lógicas y dialécticas antiguas, y marcó a toda
su especulación profundo carácter dialéctico, como hemos po­
dido ya observar en lo que de él llevamos transcrito.
Esta tendencia dialéctica hemos de considerarla como una
degeneración filosófica, si se sobrestima su función, a saber, '
si en lugar de hacerla consiguiente a la especulación propia­
mente metafísica o filosófica, en cuanto que la dialéctica de­
termina con maravillosa exactitud la expresión correspondien­
te a la concepción profunda, la convertimos en norma del con­
tenido metafísico ; y tal sucede cuando a los problemas pro­
pia y estrictamente metafísicos se busca úna solución basada
puramente en reglamentación dialéctica de términos y expre­
siones. Entonces la función dialéctica, de secundaria se con­
T E N D E N C IA G E N E R A L DE S U Á R E Z 229

vierte en primaria y universal, con válor resolutivo en proble­


mas especulativos de todos los órdenes.
No por esto hemos de despreciar el sentido cultural y las
aportaciones de la dialéctica. Ciertamente, la filosofía deca-,
dente de los siglos últimos medievales dió al lenguaje y a la
gramática estimabilísima precisión en el decir. Aquellos filó­
sofos—y bajo este aspecto merecen honorífica mención parti­
cularmente los nominales— hicieron análisis minuciosísimos de
todas las formas gramaticales, del alcance pleno de cada una
de las dicciones usuales en el lenguaje ordinario, y lograron
con ello dotar a la palabra, además de flexibilidad, de gran ca­
pacidad de expresión.
Suárez, talento metafísieo de primer orden, supo decidirse
desde el primer momento por una especulación objetiva, que
se internara en los problemas mismos y en su contenido para
solucionarlos desde dentro, a base de su mismo contenido y
de los presupuestos necesarios establecidos al plantearlos, no
ya desde el exterior en virtud tan sólo de las expresiones más
o menos convencionales consagradas por la tradición. Quié­
rase o no reconocer en esta actitud mérito alguno particular,
al menos debe tenérsela muy en cuenta cuando se trata de es­
tablecer una comparación entre Ockam y Suárez y deducir
los influjos que aquél ejerciera sobre éste. Es éste un hecho
diferencial fundamental que desde el primer momento impri­
me a los dos especuladores direcciones del todo divergentes.
Olvidarlo, es olvidar lo principal en toda comparación, a saber,
la personalidad misma del sujeto en estudio. Si Giacon hubie­
ra atendido, al referirse a Suárez, a esta orientación básica
de la actitud suareziana, mucho hubiera vacilado antes de
optar por incluirle en la lista de los que han padecido influen­
cia ockamística, aun cuando hubiera hallado ciertas coinci­
dencias entre ambos pensadores.
Este aspecto de la manera suareziana es tanto más digno
de ser tenido en cuenta cuanto que Suárez es plenamente cons­
ciente de ella. Desde el primer momento formuló con energía
esta base fundamental de su proceso. En el proemio mismo
de la Metafísica, antes ya de redactar su magnífica disputa
primera sobre la naturaleza, objeto y prevalencias de la me­
tafísica, expuesta la razón de emprender esta tarea, dice taxa­
tivamente sobre sus métodos:
230 C A P . IV . EL C O N C E PTO . DEL S E R . — I I . D O C T R IN A DE S U Á R E Z

“ His igitur rationibus et multorum rogatu inductus, hoc opus


praeseribere decrevi, in quo metaphysicas omnes disputationes
ea doetrinae methodo complecterer, quac ad rerum ipsarum com-
prehensionem et ad brevitatem aptior sit, revelataequó sapien-
tiae inserviat magis. Quapropter neeessarium non erit in plurcs
libros opus hoc distribuere seu partiri; nam brevi disputatio-
num numero, ea omnia, quae huius doetrinae sunt propria, quae-
ve subiecto eius sub ea ratione, qua in ipsa consideratur, conve- '
( . niunt,. eomprehendi et exhauriri possumt; quae vero ad purarn
philosophiam aut dialecticam pertinent (in quibus alii metaphy-
sioi seriptores prolixe immorantur), ut aliena a praesenti doctri­
na, quoad fieri possit, reseeabimus” (42).

Terminada la disputa introductoria, al comenzar la reali­


dad de las discusiones metafísicas, vuelve Suárez a acentuar
esta tendencia realista de su filosofía. A la disputa segunda
se antepone también una introducción, que no lo es para ella
sola, antes para todas las subsiguientes, dado que en ella se
perfilan algunos aspectos metodológicos generales. Advierte
que no ha de seguir el texto de Aristóteles para explicarlo
prolijamente, para así mejor adaptarse al objeto propio; a
saber:
“ rosque ipsas in quibus haee sapientia versatur, eo doctrinas
ordine ac dicendi ratione, quae ipsis magis consentanea sit, con­
templan” (43).

La metafísica es de cosas, de realidades, y ellas son las


que han de marcar la pauta, señalar el método o camino que
en su contemplación ha de seguirse, dejando por ello el con­
vencionalismo de un comentario a un texto ya hecho. Líneas
más abajo vuelve Suárez a la misma idea. Ha de tener en
cuenta él a los comentaristas de Aristóteles; pero dado que
ellos han explicado suficientemente el texto, ha de ser otra la
función de la Metafísica de Suárez:
“ Rerum vero ipsarum examinationem in sequentibus dispu-
tationibus trademus” (44).

(42) Prooemium. C fr., también, D e anima, IV , cap. III, n. 21. „


(43) DM 2, prooemium.
(44) IbidT
TE N D E N C IA G E N E R A L DE S U Á R E Z 231

Baste esto para dar por cierta, en general, la tendencia


realista de Suárez en su especulación metafísica.
Pero aparece ello con más relieve cuando, por el contra­
rio, se le ve menospreciar no poco la dialéctica. También esto
queda en claro desde el principio de 'la Metafísica. Estudian­
do en la Introducción general las diversas funciones propias
de esta ciencia filosófica, se pregunta Suárez si será propio
de la' metafísica el proporcionar los instrumentos del saber.
No nos interesa el desarrollo de todo el tema. A lo largo de
él viene a establecer una comparación entre metafísica y dia­
léctica que puede indicarnos mejor el carácter propiamente
realista de la metafísica. La conclusión fundamental a la cues­
tión es negativa, a saber, que es propio de la dialéctica, y no
de la metafísica, el proporcionar tales instrumentos del saber.
Pero :
‘‘ Addendum vero est, quatenus haec instrumenta sciendi in
rebus ipsis fundantur, eorum seientiam et eognitionem pluri-
mum perfiei per seientiam Metapliysieae, ita ut quod circa onmes
seientias et principia earum Metapliysicam praestare diximus,
peculiari quadam ratione circa Dialecticam eiusque muñera lo-
eum habeat. H oc probat ratio dubitandi in principio posita, et
declaratur in hunc modum. Nam peculiariter pertinet ad Me-
taphysicam cognitio essentiae, et quidditatis ut sic: definido
autem, euius rationem ac formam Dialéctica tradit, si sit per­
fecta, explieat rei essentiam et quidditatem, et ideo dum Meta-
physica tradit quid sit uniuscuiusqumque rei essentia et quiddi-
tas, plurimum eonfert ad perfectum definiendi modum. Praeser-
tim quia non solum tradit Metaphysiea rationem essentiae in
communi, sed etiam intra suam abstractionem varios essentia-
rum gradas ac modos declarat : ex quibus maxime pendet eognos-
cere quibus partibus. definitiones rerum constare debeant, aut
quem‘modum definiendi in distinctis rebus (verbi grada, in sub­
stantia, vel accidenti, et in re simplici aut composita) tenere
oporteat. Sic igitur Metaphysiea plurimum perficit definiendi
artem, quamvis directe et ex instituto illam non tradat. Simili
modo contingit circa aliud instrumentum sciendi, quod est divi-
sio, cuius leges et conditiones tradit dialéctica: illae vero omnes
fundantur in rerum distinctione seu oppositione : agere vero
de variis distinctionibus rerum ad Metaphysicam pertinet : nam
idem et diversum ad proprietates entis reducuntur, sieut unum
et multa : et ideo dum Metaphysiea distinctiones varias rerum
232 C A P . IV . E L C O N C E P T O DEL S E R . -----I I . D O C T R IN A D E S U Á R E Z

, exacte déclarât, artem etiam dividendi illustrât. De argummta-


tione autem seu demonstratione non videtur similis ratio...” (45).

Líneas después, volviendo a las objeciones puestas al prin­


cipio de la cuestión establecida, continúa todavía la compara­
ción entre ambas ciencias :

“ Ad primam de definitone respondetur Metaphysicum qui-


dem declarare in communi, quid sii essentia, et qualis etiam sitr
simplexne an composita, intra sui obieeti latitudinem, suamque
abstractionem : Dialecticum autem tractare de modo quo a n o-
bis eoncipienda est et declaranda distincte per definitionem, rei
essentia et natura, seu ex quibus conceptibus aut vocibus com­
ponenda sit definito, quasve proprietates babere debeat ut apta
sit: haec autem muñera distincta sunt, quamvis sese mutuo iu -
vent : nam Dialéctica iuvat Metaphysicam, sicut modus sciendi
scientiam: Metaphysiea autem iuvat dialecticam tamquam ge-
' neralis scientia, quae proxime et exacte de rebus dissent, quas
Dialéctica, vel supponit, vel solum remote attingit. Atque eadem
fere responsio applicanda est ad alterala partem de divisione,
nam Metaphysiea t.ractat de distinctionibus rerum, prout in re­
bus ipsis sunt: dialecttca vero de modo concipiendi et explicandi
partitiones rerum. Similiter ad tertium membrum de argomen­
tatone dieendum est...” (46).

Reconoce,.pues, iSuárez la función propia de la dialéctica ;


pero aun entonces, dado que los instrumentos que debe sumi­
nistrar la dialéctica deben por su parte radicar en la natu­
raleza misma de las cosas, aun cuando formalmente estén en.
la inteligencia, y se expresen por medio de voces mentales,
orales o escritas, la metafísica contribuye no poco a la dia­
léctica, siendo, como es, ciencia de las cosas mismas. Y no tan.
sólo como contribuye a cualquier otra ciencia, sino de modo
peculiar, precisamente porque la metafísica estudia las esen­
cias de las cosas, a base de las cuales han de formularse las:
definiciones dialécticas, y estudia también los diversos gra­
dos... que dentro de una misma esencia darse pueden, grados
que la dialéctica formula en las divisiones y subdivisiones de
las esencias.

(45) DM 1, s. 4, n. 28.
(46) Tb., n. 29.
TE N D E N C IA G E N E R A L D E S U Á R E Z 233

Suárez es luego consecuente oon esta actitud inicial... Las


cuestiones propiamente dialécticas que le salen al paso las eli­
mina, como ajenas de lá ciencia metafísica, que ha de versar
en las cosas mismas. Yaya un par de ejemplos, tomados del
sumario comentario trazado por Suárez a modo de índice a
la Metafísica de Aristóteles. Tratando de las definiciones, ad­
vierte lo siguiente:
* “ Ilae ergo ratione in his capitibus agit de definitíone, in
quorum tractatione nos ea omnia quae mere dialéctica sunt, bre-
viter attingemus” (47).

Y poco antes, en tema semejante, había dicho:


“ Et hac oecasione multa praefatur de ordine doetrinae in
procedendo a notioribus ad minus nota; circa quae immorari
aut movere quaestionem su^er vacaneum est, cum ea methodus
passim ab Aristotele repetatur, sitque proprium dialectici de­
clarare illam” (48).

Esta actitud realista de Suárez tiene una repercusión in­


mediata en cuanto establecemos una contraposición concreta
y peculiar de los problemas que nos proponemos analizar.
Ockam buscaba la univocación... en las voces, fueran éstas
dichas, fueran escritas, y, en general, en los signos convencio­
nales. No así Suárez, sino más bien lo contrario. Suárez en­
tiende que antes del término ens está el concepto ens, del cual
procede la voz correspondiente. Por consiguiente, los concep­
tos son de la cosa misma, y no depende su valor meramente
de la significación de la voz con que se expresa. Tanto más,
que el concepto es ya, por su naturaleza, una como imagen y
expresión de la realidad representada, mientras que la voz es
convencional ad placitum. El concepto no es propiamente sim­
ple quid nommis, mero contenido del término, aunque de al­
gún modo puede también admitirse esto; el concepto es de
la cosa misma expresada por la voz (49). Hablando .de la ana-

(47) DM, Index locupl. in 1. V II, c. 10, q. 1.


(48) Ib id ., c. 4.
(49) Mfts ta r d e h e m o s de in s is tir d e nueve» e n e s t e p u n to. C ita re m o s, al
m e n o s, e s t e t e x t o : “ Q u a r to é o llig itu r e x dictas, f a l s o voicari h u n c conceptúan
ta n tu m nom inas, e t n o n re i s ig n ific a ta e n o m in e e n tis, e t se c u n d n m e a m r a -
tio n e m q u a p e r illaid sign iflc& tu r. P r im o , q u ia , u t d ix i, h ic c o n c e p tu s p rio r
234 C A P . IV . EL C O N C E P T O DEL SEK . — I I . D O C T R IN A DE S U Á R E Z

logia, vuelve a decir expresamente que ella es de las cosas


mismas, y que de ellas se deriva a las voces: en tanto el nom­
bre es análogo en cuanto que lo es el concepto (50).
A este respecto, es de interés notar que Suárez es mucho
menos nominalista que los mismos tomistas que tan insisten­
temente le acusan en este punto. Para Suárez toda la univo-
cación, la analogía con sus diversas divisiones y grados, reza
siempre en torno al concepto mismo, y sólo en cuanto que el
concepto es directa y natural representación del orden real,
tal cual en sí mismo es. Quien haya leído atentamente los au­
tores tomistas cuando de univocación y analogía tratan, ha­
brá podido observar que para ellos la analogía y la univoca­
ción son de los nombres mismos. Muestra evidente de esto es
el título que Cayetano impuso a su famosísimo opúsculo so­
bre estas materias: De nominWm analogía. Este hecho, cuya
razón hemos de procurar ilustrar más tarde, evidentemente,
a nadie dará pie para mencionar influjos ockamísticos en el
tomismo, aun cuando es evidente la coincidencia.
Fijada la actitud fundamental de Suárez en la metafísi­
ca, en lo que pudiera ella rozarse con la actitud de Ockam,
entremos a estudiar detenidamente el concepto de ens, con su
unidad y analogía, en Suárez, para ver si siquiera se da una
coincidencia material con Ockam en estas tesis fundamenta­
les, para así juzgar de la afirmación rotunda de Giacon y de
las conclusiones amplísimas que en contadas palabras enuncia.

est voce, et impositions eins ad res tali modo signiiicandas. N am licet quoad
nos conceptus saepe forznentur medito vocibus, tarnen secundum se, et sim ­
pliciter, prior est conceptus, qui ex se parit vocem qua exprimitur, et est
origo impositionis eiue; ergo talis conceptus est simpliciter e t absolute con­
ceptus rei secundum se, et non tantum in ordine ad significationem vocis,
ut hac ratione dicatur conceptus nominis, aeu quid nominisi” D M II, s. 1,
n. 13. Cfr. ib., n. 9 ; s. 2, nn. 23-4; s. 3, n. 12.
(50) "E x quo etiam intelligimus, baue analogiam esse diversam ab alito,
quia in re ipsa exsistit, et ex vi eius derivatur ad nomen absque ulto, nego­
tiation« intellectus nostri, sed sola impositione talis nominis ad significan-
dam talem rationem form alem , quae ex se non respicit plura nisi cum ,habi-
tudine et ordine inter s e ; unde nomen ideo e st analogum, quia significai
rationem analogam , seu non perfecte im am , ñeque aeque indefferentem .”
D M X X X I I , s. 2, n, 16. E ste punto hemos, de destacarlo más en el último
capítulo. '
CON CEPTO DEL SER 235

En cuanto emprendemos un estudio detallado y sistemá­


tico de puntos de vista suarezianos referentes a su Metafísi­
ca, palpamos de seguido las ventajas de su exposición orgá­
nica, gracias a la cual nos es dado hallar reunidas sus ideas
sobre cualquier problema metafísico o en un único pasaje, o
si en varios, facilísimos de encontrar por la analogía corre­
lativa de las cuestiones debatidas. Concretamente, cuanto de­
seamos fijar en este estudio, lo encontramos reunido en po­
cas páginas, en las que comprende principalmente la disputa
segunda, dedicada al estudio del concepto del ser, en alguna
sección de la disputa primera al precisar cuál sea el objeto
de la metafísica, y, finalmente, en breves pasajes de la segun­
da parte que estudian el carácter analógico de las divisiones
primeras del ser.
Dada la importancia que las cuestiones fundamentales de
la metafísica implican, por iniciarse en ellas los grandes án­
gulos visuales que han de abarcar todo el orden real en toda
su amplitud, es de absoluta necesidad hablar con toda preci­
sión, perfilando con la acribia posible cualquiera de los tér­
minos básicos que se empleen. No puede negarse que una lec­
tura reposada de los textos suarezianos pone en juego ante
el lector una serie de conceptos afines, no del todo fáciles de
deslindar. Tales son particularmente los siguientes: vox ens,
vatio entis, vatio fovmális entis, ens ut sic, ens in quantum
ens, conceptus entis, conceptus fovmális éntis, conceptus oí>-
iectivus entis, vatio ohiectiva entis.
Es indudable que una lectura precipitada puede dar lugar
a confusionismos, que es menester desvanecer desde el comien­
zo, si ha de lograrse distinción de ideas suficiente y necesaria
para poder establecer con seguridad una comparación seria
de Suárez con el Venerable Iniciador de la Via modevna.
De hecho, no todos los autores han entendido de la mis­
ma manera la expresión de Suárez. Es conocida la divergen­
cia de los escolásticos modernos al querer interpretar y pre­
cisar los conceptos objetivo y subjetivo. Para mencionar si­
quiera un caso, veamos a P. D esgoqs , profundo conocedor de
la mentalidad suareziana. Tratando de adentrarse en la natu­
236 C A P . IV . E L C O N C E P T O DEL S E R . — I I . D O C T R IN A DÉ S U Á R E Z

raleza de la noción de ente ut sic, tiene que explicar los tér­


minos que emplea: ens se entiende nominaliter, dice, y se tra­
ta del concepto directo y vulgar. Y añade:
“ Notio vero intelligitur conceptas non tantum subiectivus,
ut patet, sed obieetivus. Porro secundum nos CONCEPTÜS 0 B -
IE C T IV U S est ipse actus subiecti cognoscentis prout obiectum
materiale attingit vel repraesentat, et opponitur CONCEPTUI
SU BIECTIVO , qui est actas ipse eognitionis vitaliter produc-
tas et, qua' talis, subieetiva mentis affectio. Sed haec aliqua ex-
plicatione indigent” (51).

Las explicaciones de Descoqs son amplias, y al cabo de ellas


añade:
“ Conceptum obieetivum et subiectivum cum compluribus
hodiemis scholastieis modo defiríivimus; sed apud inultos alios
deflnitio utriusque est paululum diversa. Dicunt enim conceptum
subiectivum esse t e r m i n u m p r o d u c t u m i n s u b i e c t o q u i s i t r e p r a e -
s e n t a t i v u s e t i m a g o i n t e n t i o n a l i s o b i e c t i , dum conceptas obiecti-
vus est vel s i m p l i d t e r o b i e c t u m (en nota se cita a Juan de Santo
Tomás), vel o b i e c t u m u t r e p r a e s e n t a t u m , vel r a t i o qu -ae p r o p r i e
p e r c o n c e p t u m s u b i e c t i v u m r e p r a e s e n t a t u r (citado Frick), ita
ut res ipsa voeetur c o n c e p t ú e p e r d e n o m i n a t i o n e m e x t r i n s e c a m
a c o n c e p t a f o r m a l i (citado Suárez).”

Y observe ahora el lector esta advertencia de Descoqs:


“ Unde secjuitar illud quod vocamus conceptum obieetivum
idem esse ac illud quod hi auctores conceptum subiectivum ve!
fonnalein defmiunt; dum illud quod potius vocabimus obiectum
fórmale idem esse ac eorum conceptum obieetivum.”

Y todavía ha de volver Descoqs ampliamente a este mis­


mo tema después de expuesta la analogía del ser (52).
Si estas divergencias pueden desconcertar a quien se di­
rija a estos autores para aprender de ellos la. verdadera con­
cepción del ser y la solución de los problemas implicados, to-
(51) D escoqs, Instituciones M etaphysicae Generalis. E lém ents d’ Ontoio-
gie, t. I, par, I, s. I , c. I, a. II, thesis II, pág. 143. Dado el carácter de este
nuestro estudio, no nos es posible ir señalando elementos bibliográficos. L a
obra que citarnos aquí es un arsenal bibliográfico, en que encontrará m a­
terial abundante quien quiera dedicarse a estudiar estos puntos.
(52) D escoqs, ib., p á g . 147. ' ' • s
C O N C E P T O D E L SER 237

davía la nota puesta por Descoqs en este punto ha de causar


mayor desorientación, sobre todo a quien haya recurrido a las
páginas del filósofo francés, reconocido como buen intérprete
de Suárez, para iniciarse con él en la filosofía del Doctor.Exi-
mio. Dice así:
“ Quo iíi loco, Eximius fuse exponit discrimen quod admittit
ínter conceptum formalem .et conceptum obiectivum. Atiente le-
, genti patebit eum non loqui de concepta subiectivo sensu mere
psyehologieo quem deseripsimns, et conceptum eius formalem
idem esse omnino ac conceptum nostrum obiectivum, conceptum
vero eius obiectivum non esse nisi obiectum materiale prout re-
praesentatum, ergo obiectum fórmale, prout infra dicemus.
Addit tamen, et quidem recte, conceptum obiectivum non seni-
per esse veram rem positivam... Ex quo colligi posset conceptum
obiectivum secundum Suarezium identificari cum ratione obiecti-
va sen esse •obiectivo mere intentionali quod determinat cogni-
tionem et in quo attingitur subieetam. Tune optime intelligitur
cur Suarezius ad unitatem conceptus obiectivi entis probandam.
profieiscatur ab unitate conceptas formalis entis ut videbimus
infra. Sed fatendum est hanc exegesim non concordare cum
ómnibus loéis” (53).
*

Si tales divergencias existen entre quienes tratan las cues­


tiones, fácil es de ver que difícilmente será posible un plan­
teamiento del problema concordante entre los diversos auto­
res, aun cuando al enunciarlo empleen materialmente los mis­
mos términos: más, no será posible creerse en posesión de la
verdadera teoría suareziana mientras no se tenga pleno co­
nocimiento de la terminología por él empleada, cosa, por lo
visto, no tan fácil, cuando serios conocedores de Suárez tie­
nen que reconocer no haber dado con la verdadera interpreta­
ción de sus términos, pues no hallan una exégesis que con-
cuerde con todos los textos.
Impongámonos un esfuerzo. Examinemos detenidamente
y con minuciosidad las expresiones de Suárez, aun las inci­
dentales, las cuales, al estar combinadas con otras expresio­
nes e ideas conocidas, nos obligarán a perfilar nuestras ideas
para que puedan encajar perfectamente con las conjugaciones
de los términos hechas por Suárez.

(53) D bscoqs, ib ., nota 3.


238 C A P . IV . E L C O N C E P T O DEL S E R . — U . D O C T R IN A DE S U Á R E Z

a) Ratio formalis entis. — No se moleste el lector al ad­


vertirle que observe que no encabezamos esta parte con el tí­
tulo de “conceptas formalis entis” , sino sencillamente con el de
“ratio formalis entis” . Es de importancia esta nota. Tanto más,
que Suárez mismo hace notar que estos tres elementos : con­
ceptas formalis, obiectivus, vox ( ens) están en mutua corre­
lación y coordinados, y tan íntimamente, que reconoce Suárez
que con frecuencia pasa él mismo del uno al otro en la argu-
t mentación, eludiendo, con todo, la -circulación viciosa al to­
mar de cada cual lo más conocido o lo menos controvertido en
cada caso (54).
Esta expresión de ratio formalis entis sale con alguna fre­
cuencia en estas secciones que vamos a examinar (55). Pero
hay también otras equivalentes. Así, Suárez mismo dice: “ Ra­
tio seu conceptas entis” (56) ; alguna vez se refiere con esta
otra expresión : “ Ultimo sequitur ex dictis, ens non solum di-
cere conceptum unum et praecisum, prout absolute abstractum
consideratur” (57), con la cual tiene íntima semejanza esta
otra: “ Cum illa ratio sit abstractissima et simplicissi-
m a...” (58). Con todo ello viene a decir que esta razón for­
mal del ser lo mismo es que su razón esencial, como dice ex­
presamente cuando, después de tratar del concepto objetivo
del ser, indaga ya brevemente en qué consista el ser como
tal : “ Oportet in quo eius formalis seu essentialis ratio con­
sistât...” (59), a lo que equivale también indagar la formal
significación del ser (60).
Pero, viniendo ya a explicar esta razón formal, no da Suá­
rez desde un comienzo su contenido, sino que inicia la expo­
sición distinguiendo dos sentidos o dos acepciones del térmi-

(54) DM II, s. 2, 24.: "H a e c enim tria, _con-ceptus form alis, obiectivu s et
v o x , proportionem inter se servant, et irleo ab uno ad aliud saepe argumen-
tamur, non quidem vitiosum cireulum committendo, sed de unoquoque sumen-
do quod nobis notdus, aut ab aliis facilius concessum videtur.”
(55) Pair e j . : “Formalis sen essentialis ratio” , D M II, s. 4, n. 1. “Expli-
cata form al! ratione obiecti adaequati huius sciantiae...” , D M I I I , prooem.
“Conceiptum entis... secundum rationein form alem su a m ...”, D M I, ß. 1,
n. 11, etc.
. (56) “Utrum ratio seu conceptus en tis...” DM II, s. 3, titulo.
(57) D M II, s. 2, n. 34.
(58) D M II, s. 4, n. 1.
(5©) Ib.
(60) “Formalis signiflcatio entis est esse” , D M II, s. 2, n. 24.
C O N C E P T O D E L SER 239

no ens, el participial y el nominal. En sentido participial, ens


dice un ser que de hecho y actualmente es o existe, porque
expresa la relación temporal. Mientras que en sentido nomi­
nal,-no siendo ya participio, ni diciendo, por consiguiente,
tiempo (61), se ha de entender así:

“ Si ens suniatur prout est signifieatum huius voeis in vi no-


minis sumptae, eius ratio consistit in hoc, quod sit habens essen-
tiam realem, id est, non fietam, nee ehymericam, sed veram et
• aptam ad realiter existendum” (62).

Queda por precisar lo que entiende Suárez por esencia


real. Suárez procede con calma; primero expone qué es esen­
cia y luego verá lo que añade el que sea real. Lo que es esen­
cia tiene su dificultad para explicarlo. Hácelo Suárez, bien
por sus efectos (63), bien en orden a nuestro conocimiento.
Este segundo modo es de algún interés para ulteriores racio­
cinios :
“ Secundo autem modo dicimus essentiam rei esse, quae per
definitionem explieatur... et sic otiam dici solet, illud esse essen­
tiam rei, quod primo eoncipitur de re; primo (inquam) non or­
dine originis... sed ordine nobilitatis potius et primitatis obiecti ;
nam id est de essentia rei, quod concipimus primo illi convenire,
et primo constituí intrinseco in esse rei, vel talis rei, et hoc
modo etiam voeatur essentia quidditas in ordine ad loeutiones
nostras, quia est id, per quod respondemus ad quaestionem, quid
sit res. A c denique appellatur essentia, quia est id quod per
aetum essendi primo esse intelligitur in unaquaque re” (64).

Esto es esencia. Y ¿esencia real? Puédelo explicar Suá­


rez por vía o negativa o afirmativa. Por vía negativa, es real
la esencia que no envuelva en sí repugnancia alguna; por
la afirmativa, caben todavía dos maneras de explicarla: a
posteriori, será real la esencia que sea principio o raíz dé ope­
raciones reales ; a priori. por parte de la causa extrínseca, será

(61) D I II, s, 4, n. 3.
(62) Ib., n,. 5.
(63) Ib ., n, 6: '“Primo modo dicimus essentiam rei esse id, quod est pri-
mian et radicale ac intimum principium omnium actionum ac propietatum,
quae rei conveniunt, et sub hac ratione dicitur natu ra uniucuiusque rei.”
(64) Ib.
240 C A P . IV . EL C O N C E PTO DEL S E R . — I I . D O C T R IN A DE S U Á R E Z

real la esencia que pueda ser producida al menos por Dios;


y por parte dé la causa intrínseca, explícalo así Suárez:
“ Per intrinsecam auteiri eausam non potest proprie haec
ratio essentiae explican/ quia est prima causa vel ratio intrín­
seca entis, et simplicissima, ut hoc communissimo concepta essen­
tiae eoncipitur; unde solum dicere possumus, essentiam realem
eam esse quae ex se apta est esse, seu realiter existere” (65);

Tal es el contenido de la razón del ser, lo que ens dice en


su sentido nominal, a saber, algo que tiene esencia real, no
fingida ni quimérica, sino verdadera y apta para existir en
realidad de verdad. Por consiguiente, ens no es precisamente
un ser potencial, que excluya o niegue al ser que en realidad
exista, sino que, prescindiendo de todo estado particular de
cada uno de los seres, expresa la realidad de la esencia en
cualquiera de los órdenes, bien sea el posible, bien el real,
bien el abstracto (66). De aquí se colige que esta razón for­
mal y comunísima del ser, significada por el término ens en
su sentido nominal, es esencial y quiditativa respecto de to­
dos sus inferiores y se encuentra en todos ellos (67). Este
punto hemos de aclararlo más tarde.
Este ens, en cuanto ser real, es el objeto propio de la me­
tafísica (68), pero no en esta absoluta precisión correspon­
diente a la ratio formalis que acabamos de explicar, sino en
cuanto que de algún modo contiene a sus inferiores y dice
relación a ellos, porque así este objeto sea universalísimo del
mismo modo que la ciencia que sobre y en torno a éf se cons­
truye (69).
6) Conceptas formalis. — La disputa segunda de la Me­
tafísica lleva por título De ratione essentiáli seu concepta en­
tis. La primera sección trata de la unidad del concepto for-

(65) D M II, s. 4, n. 7.
(66) Ib., n. 1 1: "E x quo ulterius intelligitur, ens sumptum in v i nomi-
nis non significare ens in potentia, quatenus privative vel negative opponi-
tur enti in actu, sed significare solum ens u t praecise dicit essentiam rea­
lem, quod valde diversum e s t ; sicut enim abstractio praecisiva diversa est
a negativa, ita ens nominaliter sumptum, licet praecise dicat ens habeos
essentiam realem, non vero addit negationem, aeílioet carendi existentia
actuali, quam negationem seu privationem addit eos in potentia.’’
(67) Ib., n. 13; DM X X X I , a. 2, n. 14.
(68) DM I, s. 1, n. 26.
(69) V . g r „ D M I, s . 2, nn. 12-4, etc.
C O N C E PTO D E L SER 241

mal del ser, y en ella encontraremos elementos suficientemen­


te claros para delimitar lo que entiende Suárez por concepto
formal.
•Es de notar que la división del concepto propuesta por
Suárez no es la que no pocos autores modernos suelen dar, y
liemos visto proponer a Descoqs, a saber, concepto subjetivo
y concepto objetivo. Suárez contrapone concepto form al y con­
cepto objetivo. No creemos que corresponda exactamente al
formal de Suárez el subjetivo de esos otros autores, y quizás
de ésta mala inteligencia provienen las discrepancias y oscu­
ridades qué en esté punto se originan.
Suárez define con toda exactitud lo que entiende por con­
cepto form al:
“ Supponenda imprimís est vulgaris distinetio conceptús t'or-
malis et obiectivi: conceptús formalis dicitur actus ipse, seu
(quod idem est) verbum quo intellectus rem aliquam seu eom-
munem rationem eoncipit; qui dicitur conceptús, quia est veluti
proles mentis; formalis autem appellatur, vel quia est ultima
forma mentis, vel quia formaliter repraesentat mentí rem cogni-
tam, vel quia revera est intrinsecus et formalis terminus con-
eeptionis mentalis, in quo differt a eonceptu obieetivo” (70).

Obsérvese bien todo el alcance que en la concepción sua-


reziana tiene la identificación de concepto formal con el ver­
tió mismo. Por lo tanto, no se trata aqúí solamente del acto
subjetivo vital espiritual producido por la inteligencia al co­
nocer, prescindiendo del contenido intencional de tal acto, n o:
el concepto formal suareziano implica todo lo vital y espiri­
tual, además de todo lo intencional requerido para que la in­
teligencia sea actualmente en conocimiento de un objeto. Hay
otras expresiones suarezianas además de esta definitoria que
dicen terminantemente lo mismo. Por ejemplo:
“ Secundo, quia sicut mens riostra, praescindendo ea quae in
re non distinguuntur, in seipsa realiter distinguit conceptús fo r ­
males suos, ita e converso, eonfundendo et coniungendo ea quae
in re distinguuntur, quateuus in se similia sunt, unit eonceptum
suum, formando illum re et ratione formali unum; hoe autem
modo eoneipiuntur entia hoc eonceptu formali entis; sumit enim

(70) D M II, s. 1, n. 1.


242 C A P . IV. E L C O N C E P T O DEL S É R . — II. D O C T R IN A DE S U Á R E Z

mcns illa omnia solum ut ínter se similia in ratione essendi, et


ut sic, format unam imaginem única repraesentatione formali
repraesentantem id quod'est, quae imago cst ipse conceptúa for-
malis” (71).

Y poco más adelante, explicando la relación de este con­


cepto con el nombre y con la cosa concebida, insiste en que
es falso llamar a este concepto formal quid nominis y no quid
rei. La segunda razón es ésta:
“ Secundo, quia hic conceptos est per modum cuiusdam sim-'
plicis imaginis nataraliter repraesentantis id, quod per voeem
ad placitum significatar; sed in hoc tantom consistit, quod sit
conceptos rei” (72).

Parécenos, pues, indudable que Suárez no incluye en el


concepto formal solamente los elementos estrictamente subje­
tivos y vitales, sino también los intencionales, es decir, cuan­
to es menester para que la mente formalmente se constituya
en posesión del conocimiento formal de su objeto.
• El concepto formal siempre es una realidad verdadera y
positiva, y, tratándose de criaturas, es concretamente una cua­
lidad que se adhiere a la mente. Es además una realidad sin­
gular y concreta, precisamente por lo mismo, porque ninguna
realidad existente puede ser abstracta y universal.
Además, cuando se habla de que el concepto de ente se
contrae a los inferiores, no ha de entenderse tal contracción
respecto del concepto formal, porque éste ni es determinado
ni contraído (73).
Más tarde se ha de poner en claro cómo se forme en el
caso concreto de ens su concepto formal, cuál sea su conteni­
do y hasta qué punto tenga unidad.
La cuestión primordial que acerca de este concepto plan­
tea Suárez es la de su .unidad. Pero está ella íntimamente re­
lacionada con la del concepto objetivo, y mejor será que acla­
remos primero lo que este segundo concepto es, y podremos
luego explicar simultáneamente la unidad de ambos.

(71) DM II. s. 1. n» 11.


(72) Ib., n. 13.
(73) D M II, s. 2, n. 8.
, CON CEPTO DEL SER 243
------- i----------------------------------------------------------------------------------- ----------------------------. -----------------------------

c) Conceptus obiectivus. —- No hemos de negar impor­


tancia a la exacta comprensión de esta expresión aplicada al
ser,' ya que prácticamente ella incluye el objeto propio de la
metafísica, según Suárez, y en torno suyo giran no pocas de
las grandes controversias suscitadas contra el Doctor Exi­
mio. Pongamos, pues, toda solercia en aprehender con exac­
titud la fórmula de Suárez.
Tenemos ya anotada la división del concepto en formal y
objetivo y reseñada la exposición del formal. Paralelamente
viene definido el objetivo:
“ Conceptus obiectivus dicitur res illa, vel ratio, quae proprie
et immediate per conceptum formalem cognoscitur seu reprae-'
sentatur; ut verbi gratia, cum hominem concipimus... homo...
eognitus et repraesentatus illo aetu dicitur conceptus obiectivus.”

E inmediatamente sigue el análisis del término denomina­


tivo complejo:
“ Conceptus quidem per denominationem extrinsecam a con­
cepta formali, per quem obiectum eius concipi dicitur, et ideo
recte dicitur obiectivus, quia non est conceptus ut form a intrin-
seee terminans conceptionem, sed ut obiectum et materia cirea
quam vcrsatur formalis conceptio, et ad quam mentís acies di-
recte tendit” (74).

Una definición similar viene dada incidentalmente un poco


más adelante, en la sección siguiente, en que trata de la uni­
dad del concepto objetivo del ser:
• “ Conceptus obiectivus nihil aliud est quam obiectum ipsum
ut eogmitum vel aprehensum per talem conceptum forma­
lem” (75).

Y también, aunque en forma menos directa:


“ ... hie solum agimus de eo coneeptu obiectivo qui immediate
et ádaequate respondet illi conceptui form ali” (76).

(74) DM II, s. 1, n. 1.
(75) DM II, s. 2, n. 3.
(76) Ib., n. 7.
244 C A P . IV . EL C O N C E P T O DEL S E R . — I I . D O C T R IN A DE S U Á R E Z

Obsérvese una modalidad algo distinta en estas expresio­


nes que vamos a transcribir; también ellas giran en tom o al
concepto objetivo, aun cuando la fórmula afecta más bien al
objeto del conocimiento form al: .
“ ... voces... immediate significant obiecta quae per huiusmo-
di conce.ptus formales immediate repraesentantur... ergo illud
ipsum, quod est immediatam obieetum formalis conceptas, est
immediatum significatum vocis adaequatae illi coneeptui” (77).

Una comparación entre el concepto formal y el objetivo


.contribuirá a aclarar las modalidades de cada uno de ellos:
“ Unde colligitur differentia Ínter conceptum formalem et
obieetivum, quod formalis semper est vera ac positiva res et in
creaturis qualitas mentí inhaerens, obiectivus vero non semper
est vera res positiva, concipimus enim interdum privationes, et
alia, quae vocantur entia rationis, quia solum habent esse obiecti-
ve in intellectu. Item conceptas formalis semper est res singu-
laris, et individua, quia est res producía per intellectum, eique
inhaerens: conceptas autem obiectivus interdum quidem esse po-
test res singularis, et individua, quatenus mentí objici potest,
et per actum form alem eoneipi, saepe vero est res universalis,
vel confusa et coinmunis, ut est homo, substantia et similia” (78).

Según estas expresiones y definiciones, podemos estable­


cer analíticamente los elementos constitutivos del concepto
objetivo. Por de pronto, puesto que es c o n c ito , siquiera ex­
trínsecamente, dice algo de orden intelectivo; pero advierte
Suárez que es concepto por denominación extrínseca; por lo
tanto, su naturaleza entitativa no es intrínsecamente con­
ceptual; tiene tal nombre recibido del concepto formal, en
cuanto que es término hacia el que se dirige con intención
aprehensiva, o materia sobre la cual obra el entendimiento
en su actividad formalmente intelectiva. Con esto tenemos
un primer elemento constitutivo del concepto objetivo.
Por ser objetivo, envuelve la idea de objeto sobre el que
realizar un acto. Envuelve, por lo tanto, un contenido inte­
ligible. Pero no todo contenido inteligible és concepto obje­
tivo : ha de ser un contenido inmediatamente inteligible, y de
(77) D M II, s. 2, n. 23.
(78) Ib., n. 1.
CON CEPTO DEL SER 245

esto inmediato que al entendimiento se le propone para su


conocimiento, sólo se constituye concepto objetivo aquella
parte o aspecto o formalidad que propiamente se pone a la
luz intelectual. Es decir, que lo objetivo del concepto objeti­
vo es lo mismo que llamamos objeto formal. Este objeto for­
mal, o este elemento objetivo del concepto objetivo, al que
se dirige el acto intelectual, puede ser de cualquier orden:
concreto, físico, abstracto, mental; podrá ser rico en facetas
y aspectos diversos; puede ser un todo en cuanto tal, o una
de sus partes; singular o universal; positivo o negativo: sen­
cillamente, todo aquello que cae bajo la denominación de ern
— o al menos es concebido como tal— . En el momento en que
la mente se interese por ese objeto en orden a conocerlo, será
ya concepto objetivo constituido por aquel aspecto propio y
formal bajo el cual se interese la mente: concepto, por deno­
minación extrínseca, y objetivo, por ser el objeto formal del
acto intelectual. Todo este alcance tienen, a nuestro ver, las
expresiones de Suárez, cuando dice que el concepto objetivo
es “res illa vel ratio” , “ obiectum ut cognitum vel repraesen-
tatum” , “ qui immediate et adaequate respondet conceptui for-
mali” .
Este análisis ha dado, consiguientemente, dos elementos
como constitutivos del concepto objetivo. Tratemos de en­
contrarlos formulados y distinguidos en expresiones suare-
zianas. Diríamos, empleando modos de hablar propios de la
escolástica, que el concepto objetivo viene constituido por un
elemento material y por un elemento formal. El elemento ma­
terial sería el contenido de ese concepto prescindiendo de toda
' relación y considerado en sí tal cual, independientemente del
elemento formal, se da; el formal será un estado o modo pe-
•culiar por el que ese contenido es concepto objetivo.
Tratando de si dos conceptos objetivos, el de substancia
y el de ser, en condiciones peculiares, llegarían a identificar­
se, está-Suárez por la afirmativa, pues razona:

“ Ratio concepta est eadom, ct modas eoneipiendi illam est


idem... conceptas ergo obiectivus... erit ídem” (79).

(79) D M II, s. 2, n. 13.


246 C A P . IV . E L C O N C E P T O DEL S E R . -----I I . D O C T R IN A DE S U Á R E Z

En ese texto van explicitados los dos elementos integran­


tes del concepto objetivo, ratio concepta y el modus concipien-
di. En este otro que copiamos, en cambio, insiste tan sólo en
el primero, cuando para hacer ver dé dónde ha de provenir
la unidad del. concepto objetivo, dice: >
“ Quod deelaratur et conflrmatur, quia ut ens habeat unum
eonceptum obiectivum,. necesse est ut omnia entia eonveniant
in una ratione formali entis, quae per nomem ens requirit uni-
tatem rei, vel saltem rationis formalis; si autem omnia entia
eonveniunt in una rationo formali, ergo ut sic habent unam et
eamdem deflnitionem, sicut unum eonceptum obiectivum” (80).

Un caso concreto, formalmente definido por Suárez, resu­


mirá y a la vez confirmará y aclarará cuanto tenemos dicho.
Trátase de comparar los conceptos objetivos de ens y substan­
cio.i. El de ésta descríbelo así:
“ Conceptas obiectívus substantiae nihil aliud est quam ratio
substantiae determínate et secundum proprium modum ab in-
telleetu conceptae” (SI).

Ejemplo en que expresamente se nos pone el elemento ma­


terial. ( ratio substantiae) y el elemento formal ( secundum pro­
prium modum ab intellectu concepta). El concepto objetivó
no es sola la razón de substancia, porque entonces no llega
a ser concepto, ni es sola la modalidad cognoscitiva, porque
entonces no sería objetivo, sino que la unión de ambos cons­
tituye el concepto objetivo.
Recordemos la tesis suareziana, que afirma para nuestro
entendimiento la posibilidad de conocer directa e inmediata­
mente el singular, doctrina ésta que tanto escandaliza a Gia-
con, pues la pone como fuente de los grandes errores de
Ockam, y consiguientemente de los de Suárez (nos referire­
mos más tarde a este punto). Entonces tenemos que no sola­
mente lo abstracto e inmaterial puede constituir un concepto
objetivo, sino también lo concreto real y físico. Puede, pues,
decirse que todo cuanto existe es potencialmente concepto
objetivo, y que actualmente lo será en cuanto se le aproxime

(80) DM II, s. 2, n. 1.
(81) Ib., n. 13.
C O N C E PTO D E L SER 247

una inteligencia que se interese por ello. Por eso Suárez es


tan -cuidadoso en distinguir los diversos estados en que puede
hallarse el concepto objetivo por parte de su elemento ma­
terial, y lo que por la predicación corresponde en la realidad
al concepto objetivo, ya que es este concepto, y no el formal, lo
que se predica, como hemos ya dejado advertido. Este punto
ha de quedar mucho mejor aclarado cuando tratemos de la
unidad y analogía de dicho concepto: de momento, diremos
que lo que en la realidad corresponde al concepto objetivo es
el elemento material de éste, no tan sólo cuando se trata del
conocimiento de un objeto singular, sino también cuando de
un abstracto, porque en la predicación se transfiere al orden
real el elemento material del concepto, sea él una cosa singu­
lar, sea una ratio formalis (la cual es independiente de todo
estado mental y únicamente incluye la esencia real que se
halla en las cosas, según hemos estudiado antes), y no se
predica el elemento formal, o sea, la peculiar modalidad co­
municada por la operación mental.
El siguiente texto de Suárez ha de arrojar profusa luz
para acabar de aclarar las mutuas relaciones entre estos tres
órdenes en que se nos muestra la realidad: en sí misma, en
el concepto objetivo y en el acto formal intelectivo. Además
contribuirá no poco al esclarecimiento del problema general
que estamos estudiando: la postura antiockamista de Suá­
rez, que aquí y allí va dando muestras de sí según las diver­
sas ocasiones: no se cita aquí a Ockam, pero es evidente que
el modo de filosofar de Suárez en este punto es radicalmente
opuesto a las maneras ockamistas. Respondiendo a dificulta­
des puestas anteriormente, explica Suárez:

“ Ad argumenta ergo in principio posita respondetur, pri-


mum in genere, in illis ómnibus esse magnam aequivocationem
argumentando a ratione obieetiva ut praocisa ab intellectu, ad
illam prout est in re, et attribuendo rebus ipsis, quod solum per
denominationem extrinsecam convenit rationibus coneeptis ae
praecisis, ut sunt sub tali eonsideratione ac praecisione - intel-
lectus. Et hoc est máxime eonsiderandum in bis ómnibus argu-
mentationibus, quae solum in modo loquendi, et concipiendi fun-
dantur. Nos enim, sieut coneipimus, ita loquimur: unde sicut
conceptus nostri, etiam si veri, et non falsi sint, non tamen sem-
per sunt adaequati rebus ipsis, ita etiam voces sunt commensu-
248 CAP. IV. EL CONCEPTO DEL- SER. — II. DOCTRINA DE SUÁREZ

ratae coru;eptibus nostris, et ideo cavendum est, ne modum con-


cipiendi nostrum transferamus ad res ipsas, et propter diver-
sum loquendi modum existimemos, esse distinctionem in rebus,
ubi vere non est” (82).

La posición de Suárez es neta por de pronto por lo que


hace a la correspondencia entre el concepto objetivo y el or­
den real; pero a la vez sabe mantener fija su posición realis­
ta, sin declinar ni al ockamismo ni al ultrarrealismo. Esto se
ve todavía mejor en el siguiente párrafo, en que responde
ya a la primera objeción que se le había propuesto:
“ Ad primum ergo respondetur, negando primam consequen-
tiam, nam ratio entis dicitur esse eadem iñ re, quae est in mente,
quia re vera omnia entia habent in re eam similitudinem et con-
venientiam, sub qua intellectus illa eoncipit, eum concipit ens,
et quia hic modus concipiendi ens est inadaequatus respecta
entium, prout sunt, in re, ideo dicitur ratio entis sic concepta
non includere determinatos modos entium, in qna loeutione iam
non est sermo de ratione entis absoluto et nt in se est, sed ut
est sub denominatiqne intellectus: nnde perinde est, ae si dice-
retur, per illum coneeptum non consideran ens sub expressis
rátionibus inferiorum entium, sed solum communi, et inadae-
quato concepta, et ideo non reete infertur, quod etiam in se-
ipsa ratio entis prout est in singulis entibus non includat pro-
prias rationes seu modos eorum...” (83).

Pero alguno de estos puntos aquí indicados ha de quedar


más en claro cuando luego tratemos de la unidad del concep­
to objetivo de ens.
Por consiguiente, tratándose del ser, la voz ens significa
inmediatamente el concepto objetivo, el que inmediata y pro­
piamente corresponde al concepto formal del ser. El orden
real, siendo normativo del concepto objetivo, lo es por con­
secuencia del orden conceptual y nominal (84).
Tal vez un texto de Suárez resuma brevemente nuestra
exposición del concepto objetivo y nos dé seguridad de que
realmente la interpretación que damos es exacta y se ajusta
a la variedad de textos que en estas secciones se encuentra.

(82) DM II, s. 3, n, 12,


(S3) Ib., n. 13..
(84) C ír. DM II, s. 2. a. 7; cfr. ib., nn. 22, 23; D M X X X I , s. 2.
CONCEPTO DEL SER 249

Este pasaje se refiere únicamente al caso en que el elemento


que hemos llamado material sea abstracto.
“ Quo fit ut ad eonceptum obieetivum praecisum secundum
rationem ab aliis rebus, seu conceptibus, non sit necessaria prae-
cisio rerum secundum se, sed sufñciat denominatio quaedam a
conceptu formali repraesentante illum obieetivum, quia, seilicet,
, per illum non repraesentatur obieetum illud secundum id totum
'quod est in re, sed solum secundum talem rationem convenien-
tiae, ut patet in conceptu obieetivo hominis ut sic, qui secundum
rationem praecisus dicitur a Petro, Paulo, et aliis singulari-
bus, a quibus in re non differt. Illa autem praecisio secundum
rationem est denominatio a conceptu formali; quia nimirum
homo, ut obiieitur tali conceptui non est repraesentatus seeun-
dum omnem modum quo in re existit sed secundum convenien-
tiam quam plures homines habent, qui per modum unius sub ea
ratione eoncipiuntur” (85).

Finalmente, así acaban de comprenderse en toda su pro­


fundidad las diferencias que Suárez señala entre el concepto
objetivo y el formal, que más arriba han quedado recensio-
nadas textualmente. Indicadas antes las cualidades del for­
mal, por contraposición a ellas se han señalado estas otras
del concepto objetivo. No siempre el concepto objetivo es
cosa verdadera y positiva, porque también concebimos las pri­
vaciones y lo que llamamos entes de razón, cuyo ser objetivo
sólo tiene lugar en el entendimiento. Además, el concepto ob­
jetivo puede a las veces ser una cosa singular e individual,
pues aun esas cosas pueden presentarse al entendimiento, pero
con frecuencia es universal, confusa y común (86).
Hemos pretendido con todo esto aclarar conceptos que
con frecuencia se entremezclan en la lectura de Suárez, los
cuales, de no sintonizar perfectamente, desconciertan y son
causa de oscuridad y falsas interpretaciones; en cambio, per­
cibidos en toda su nitidez y precisión, se conciertan y con-
cuerdan perfectamente, dando a la expresión exactitud y con­
cisión. La vatio formalis dice simplemente esencia real, inde­
pendientemente de todo estado físico y mental; es un concep­
to absoluto y metafísico. El conceptus formalis es el acto mén-

(85) D M II. s. 2, n. 16.


(86) Ib ., s. 1. n. 1.
250 CAP. IV. EL CONCEPTO DEL SER. — II. DOCTRINA DE SUÁREZ

tal que formalmente hace al entendimiento conocer un objeto.


Y el concepto objetivo es el objeto inmediato y adecuado de
’ese concepto formal, pero precisamente en cuanto tratado
por ese acto mental. En el caso del ens, el concepto formal de
ens será aquel concepto o acto intelectivo que formalmente
hace a la mente entender lo que es el ens. Y el concepto obje­
tivo de ens será la razón formal de ens que se encuentra en
los objetos, en cuanto presentada al entendimiento. Cómo
llega el entendimiento a percibir esa razón formal de ens, y
si ésta es o no una aun cuando se refiera a diversidad de se­
res, es el problema que en el párrafo siguiente queremos re­
solver.

Entramos en un punto muy delicado. De resolver el pro­


blema de la unidad de los conceptos formal y objetivo del
ser en un sentido u otro dependen esencialmente tesis im­
portantísimas dentro de la metafísica, y aun diríamos la
orientación fundamental de la filosofía toda, sea por lo que
una u otra solución suponen como bases de ella, sea por las
consecuencias que se seguirían. Ello reclama de nosotros es­
mero peculiar. ✓ ' ,
Además, dentro de nuestras intenciones al redactar este
estudio sobre el influjo del ockamismo en Suárez, ha de tener
valor decisivo el objeto propio de este apartado.
■Una recta inteligencia de la teoría de Suárez acerca de
esta unidad aclarará cuanto en el apartado anterior hemos
descrito. Esos conceptos expuestos antes en forma estática y
común, como algo ya dado, hemos de verlos ahora genética­
mente, como algo que se hace y está viniendo a ser, en forma
dinámica.
Suárez dice claramente que lo que atrae su interés .es la
unidad del concepto objetivo del ser en- cuanto tal, en toda
sú abstracción, según la cual constituye el objeto propio de
la metafísica. Pero es un tema muy difícil—lo reconoce expre­
samente—y al mismo tiempo en muy íntima dependencia dé
nuestro modo de concebir; opta, consiguientemente, por co­
UNIDAD DEL CONCEPTO DEL SER 251

menzar su estudio por el concepto formal del ser, más fácil


y conocido que no el objetivo (87).
, ¿Qué unidad es ésta del concepto formal del ser? Se tra­
ta simplemente de si con un acto único de nuestra mente po­
demos nosotros llegar a conocer el ser, pero el ser en cuanto
que de algún modo encierra en sí todos los seres; que, de tra­
tarse solamente de la razón formal del ser en sí mismo, nin­
guna dificultad habría en la cuestión. ¿Bastará un solo acto
mental nuestro para así conocer el ser, o serán menester mu­
chos actos mentales, al menos tantos cuantos son los géne­
ros supremos, por no podérnoslos representar de una vez y
en un solo acto ?
Concretamente insiste Suárez en excluir una falsa inter­
pretación del planteamiento del problema: no se trata de si
es posible representarnos, cuando conocemos el ser, cuanto
se puede conocer y saber de todas las cosas que caen bajo la
denominación del ser. Esto no sería tratar del concepto for­
mal del ser en cuanto ser, sino del concepto de' todos los se­
res existentes y posibles en cuanto tales y distintos unos de
otros. Y es evidente que nadie, fuera de Dios, tiene posibilidad
de conocer con un solo acto de conocimiento formal todas las
cosas plenamente cuales son en sí. No se trata de esto: se
han de entender todas las cosas sólo en cuanto que reciben la
denominación de em y en lo que esta denominación desig­
na (88).
Planteada así la cuestión, no se encuentra dificultad en
darle una solución de hecho. Para Suárez, es claro, dado por
la experiencia, y, además, según él, apenas por nadie puesto
en duda, “fere nullus est qui dubitet” , que realmente se da
en nosotros el conocimiento del ser, así entendido, en un solo
acto (89). '

(87) DM II, s. 1, n. 1: “In hac ergo disputatione, praecipue intendim us e x ­


plicare conceptum obieictivum entis ut sic, secundum toitam abBtractionem
suam , seeundum quam diximus, ess¡e m etaph yslcae obiectum ; quia vero eat
valde difñcilis, m ultum que pendens e x conceiptione nostra, initlum sum im us a
coneeptu form ali, qui, u t nobfe viidetur, n o tio r e s s e p otest." O bsérvese que,
según dejarnos y a expuesto, el en s y,t sic, en cuanto que con stitu ye el objeto
de la m etafísica, n o h a d e entenderse en su a b stra cción absoluta, en la cual1
sólo com prende la razón form al del ser, sino en cuanto de algún m odo in­
clu ye 3. sus inferiores..
(88) Ib., n. 15.
(89) Ib., n. 9. '
252 CAP. IV. EL CONCEPTO DEL S E R .---- II. DOCTRINA DE SUÁREZ

La dificultad está en explicar este hecho, aclarando toda


la trama de un proceso abstractivo, peculiar, que implica nu­
merosos análisis psicológico-objetivos, descubriendo así la uni­
dad del concepto formal del ser en sus fases genética y ter­
minal.
La explicación hay que buscarla en la unidad del objeto.
Es decir, que aun siendo más conocido el concepto formal del
ser y más fácil el probar su unidad, con todo, en queriendo
estudiar más a fondo su interna contextura, no hay más re­
medio que arremeter con su concepto objetivo, por difícil que
sea. Toda la unidad y el carácter peculiar de este concepto
formal depende de su objeto; si ha de ser uno, es necesario
que tienda a un objeto que de algún modo tenga unidad; y
precisamente el concepto objetivo es dicho objeto en cuanto
conocido o aprehendido por el concepto formal (90). Por lo
tanto,- aun siendo de suyo y experimentalmente más conoci­
do el concepto formal del ser qué el objetivo, sin embargo, el
exacto conocimiento de la unidad de aquél mucho depende
de la unidad de su objeto (91). Se impone, pues, un estudio
simultáneo, al menos, de ambos conceptos del ser: del for­
mal, en cuanto que de él depende la formación del concepto
objetivo; del objetivo, en cuanto que de su unidad depende la
unidad del concepto formal.
Así viene forzosamente impuesto el método que al expo>-
ner la unidad de estos dos conceptos hemos de seguir.
Ante todo, y es este punto de los que más han de contri­
buir al mejor conocimiento de la teoría de Suárez, hagamos
notar una nota peculiar del conocimiento abstractivo. Por ser
abstractivo o predsivo, es un conocimiento que implica, de
una forma o de otra, conocimiento de algo sin que otro algo
que estaba con ello sea conocido; y puede tener lugar, bien

(90) I>M' II, s. 2, d . 3 : “ QuLa conceptus form alis habet toi:a.m SUam ra -
tionem e t uinitatem a b ob iecto; ergo, u t s it unus, n ecesse est u t tendat in
oblectum aliquo m od o u nu m ; sed conceptus obiectivus nihil aliud e s t quam
oblectum ips'um, u t cogn ltu m vel aprehensum per talem coneeptum form a ­
lem ; ergo, si conceptus form alis e s t unus, necesse est u t obiectivus etiam
unus s it.”
(91) D M II, s. 1, n. 9 : “N a m licet form alis, quatenue a noble et in
nobis flt, videatu r esse posse experientia notior, tarnen ex&cta cogn itio uni-
tatis eius, m uitum pendpt ex unitate obiecti, a quo solent actu s suam Mit­
tätern et distinctiou em sum ere.”
UNIDAD DEL CONCEPTO DEL SER 253

separando formas o notas que no se suponen mutuamente,


bien separando alguna que genéricamente o de otro modo con­
tiene a la otra que es separada. Son éstos modos distintos de
la abstracción. Pero Suárez insiste en una modalidad peculiar.
Él habla de una abstracción por confusión, que podemos lla­
mar nosotros confusiva.
Suárez mismo nos dirá en qué consiste esta abstracción
por ■confusión:
“ ... Nfihilominus possit ab eis abstrahi conceptas... per so-
lam praecisionem intellectas, quae non consistât quasi in sepa-
ratione unius ab alio, scilicet, formalis a materiali, vel mate-
rialis a formali, ut in abstractione generis a differeptiis ; sed
quac consistât in cognitione aliquo modo confusa, qua considera-
tur obieetam, non distincte et determinate prout est in re, sed se-
cundum aliquam similitudinem, vel eonvenientiam quam cum aliis
habet... et ideo eonfusio seu praeeisio talis conceptas non est
per separationem praecisivam unius gradus ab alio, sed soluta
per eognitionem praecisivam conceptas confusi a distincte et
determínate” (92).

Es decir, recordando que, según los dialécticos, aquella


es idea distinta que dice al menos algunas notas esenciales
de la cosa, y confusa la que no las dice, tendremos que esta
abstracción confusiva tiende precisamente a borrar los con­
tornos distintivos del objeto de que se trata, difuminando las
notas esenciales peculiares para que no quede sino una nota
confusa, o sea, común a aquel objeto al mismo tiempo que a
otros. Esta confusión abstractiva viene a “ despersonalizar” a
los objetos, reteniendo en ellos lo que es menos de ellos y más
de otros a la vez.
Para concretar los caracteres propios de esta precisión por
confusión, es' de traer aquí una observación importante de
Suárez. Menester es notar bien el respecto según el cual re­
sulta la confusión como término de la operación confusiva.
Bien puede ocurrir que la nota o idea abstraída, en sí misma
no sea confusa, sino bien precisa y distinta, en cuanto que
ella en sí dice su propia realidad nítidamente, como para po-

(92) DM II, s. 6, n. 10. E l no atender suficientem ente a las peculiarida­


des de e sta abstractio confusiva d a lugar a falsa s interpretaciones de la
a ctitu d m etafísica inicial d e Suárez.
254 CAP. IV. EL CONCEPTO DEL SER. — n . DOCTRINA DE SUÁREZ

derla distinguir de cualquier otra; pero sea, en. cambio, con­


fusa en cuanto representativa de aquellos objetos de los que
ha sido abstraída, puesto que de ellos no dice nota alguna pe­
culiar, característica y distintiva, sino tan sólo una confusa
y común. En esto insiste Suárez:
“ Dico autem respecta particularium entium ut talia sunt,
semper esse confusran, quia respecta eius obiecti, quod imme-
diate et proprie repraesentat (quodcumque illud sit), diei potest
et re vera est proprius et distinctas conceptas, sicut idem con-
ceptus animalis, qui respecta hominis est eonfusus, respecta aní-,
malis ut sic, est proprius et distinctas, quamvis sub hac éompa-
ratione ídem conceptas simplex soleat dici eonfusus, respecta
•illius conceptas compositi, quo animal per suam definitionem
eoneipitur” (93).

Finalmente, en todo este proceso abstractivo se trata del


inverso ál que luego se ha de tener en el contractivo, el cual
no se hace por adición de nuevos elementos, sino diciendo
expresamente con mayor distinción lo que ya confusa e in­
distintamente estaba en el concepto contraíble.
Para realizar este proceso abstractivo en el caso concreto
que nos preocupa, parte Suárez de un hecho que admite él
como fundamental e indiscutible. Y es que realmente hay algo,
siquiera muy indeterminado y mínimo, eq que todos los se­
res que tengan alguna realidad de algún orden convienen y
son semejantes; Sin implicar todavía formalmente el poble-
ma de la trascendencia del ser, ya desde ahora sostiene Suá­
rez que todas las cosas tienen semejanza precisamente en la
razón de ser:
“ Necesse est ergo ut quod est ens reale, sit tale realiter ac
formaliter per suam intrinseeam enütatem, quae est idem cum
ipso, et inseparabilis ab ipso, etiam si reliqua omina ab eo
praescindi vel separari intelligantur... Hiñe autem neeessario
sequitar, ut illa habeánt ínter se aliquam realem eonvenientiam,
■ seeundum suam intrinseeam rationem entis” (94),

sin que por ahora se preocupe Suárez de analizar hasta qué


punto llega esa mutua conveniencia y semejanza de todos los

(93) r>M II, s. 1, n. 8.


(94) Ib., s. 2, n. 18.
UNIDAD DEL CONCEPTO DEL SER 255

seres. Ciertamente, más semejanza hay entre sustancia y acci­


dente que entre sustancia y no ser; la criatura también par­
ticipa de algún modo del ser de Dios, y así, se la llama vestigio
o huella de Él por esa ¿lguna conveniencia y semejanza, en el
ser. Y a;l ser, bien de la sustancia o del accidente, bien de Dios
o de la criatura, atribuimos algunas propiedades comunes.
Hay que admitir, por lo tanto, que entre los seres del orden
real (en cuanto que por .este orden se excluye el quimérico y
enteramente ficticio) hay en realidad de verdad alguna se­
mejanza (95).
Dadas las capacidades del entendimiento, será posible con­
cebir todas esas realidades per modum unius, a saber, en
cuanto de alguna manera son entre sí semejantes y coinciden
en el ser (96), aunque con unidad que supone precisión del en­
tendimiento.
Puesto, pues, este fundamento, Suárez encuentra razona­
ble todo él proceso abstractivo del que se ha de obtener un
concepto objetivo uno del ser, y consiguientemente todas las
realidades podrán ser conocidas, aunque confusamente; con
un único acto formal.
Vamos a transcribir textualmente la argumentación con
la que deduce Suárez la unidad del concepto objetivo del ser
y en la cual, además, simultáneamente se nos describe el pro­
ceso abstractivo por confusión:
“ Ultimo, ex se ipsa, et quasi a priori probatur nostra sen-
tentia contra omnes praedictas, quia omnia entia realia vere
habent. aliquam similitudinem et convenientiam in ratione essen-
di; ergo possunt concipi et repraesentari sub ea praecisa ratio­
ne qua Ínter se conveniunt; ergo possunt sub ea ratione unum
tonceptum obiectivum constituere; ergo ille est conceptus ob-
iectivus entis. Antecedens per se notum videtur... Prima eonse-
quentia est per se satis clara, tum quia omnia entía sub illa
ratione et convenientia sunt cognoscibilia; tuto etiam quia hac
ratione aliae res, quae habent Ínter se convenientiam aliquam,
. sub ea concipiuntur unite et coniunctim, magis autem vel minus
pro ratione maioris vel minoris conveni entiae; tum denique quia
in re est fundamentum sufficiens ad hunc modum eoneipiendi,

(95) DM II, s. 2, n. 14.


(96) Ib., n. 8.
256 CAP. IV. EL CONCEPTO DEL SER. — l í . DOCTRINA DE SUÁREZ

et in intellectu non deest virtas et effieaeia ad huiusmodi eon-


oeptionis modum, nam est summe abstractivus, et praecisiyus
rationum. omniuin. Et hiñe etiam facilis est secunda consequen-
tia, quia, ut diximus, unitas conceptas obiectivi non consistit
in unitate reali et numerali, sed in unitate formali seu.funda-
mentali, quae nihil aliud est quam praedicta convenientia et si-
militado. Ultima vero eonsequentia evidens est, praesuppositis
aliis, quia si talis conceptas obieetivus est possibilis, ille est
transcendens, simplicissimus, et hbe modo primus omnium, quae .
sunt attributa conceptas entis. Item illa convenientia fundatar
in acta essendi qui est veluti fórmale in concepta entis, un.de
etiam sumitur argumentum, quod, sicut conceptas obieetivus
ipsius esse seu existentiae unus est, ita etiam conceptas en­
tis” (97).

Es éste un texto rico en observaciones metafísicas funda­


mentales que orientan definitivamente y resuelven el proble­
ma de la unidad dél concepto objetivo del ser. Suárez en este
punto no vacila, tiene absoluta seguridad y certeza.
La unidad del concepto formal se deduce de manera tan
semejante, que apenas se distingue de este proceso sino en el
modo de concebirlo, dado que en todo él necesariamente ha
intervenido la inteligencia viendo esa semejanza universal y
prescindiéndola y entendiéndola. Como Súárez entiende el con­
cepto formal, no en el sentido puramente psicológico y vital,
en el que no pocos modernos entienden el concepto subjetivo,
en contraposición del objetivo, sino en un sentido integral, a
saber, comprendiendo dentro del formal todo cuanto en tí
orden real psicológico e intencional es necesario para que se
dé formalmente el conocimiento, al hablar, de la unidad dtí
concepto formal del ser, tiene que probar, no solamente que
el acto con que formalmente conocemos el ser es en realidad
distinto de los actos con que conocemos otros objetos, sino
además que el contenido o razón formal de ese acto es distin­
to del contenido de otros actos. Este último elemento,^al
como lo demuestra Suárez, aclarará no poco la unidad dtí
concepto objetivo del ser que acabamos de probar, y además
nos hará ver la muy íntima trabazón que existe entre ambos
conceptos:

(97) D M II, s. 2, n. 14; cfr. Ib., nn, 1S, 16.


UNIDAD DEL CONCEPTO DEL SEE 257

“ Secundo colligitur ex dictis, huno formalem conceptum en-


tis, sieut in se est upus secundum rem, ita etiam secundum ra-
tionem formalem suam, et secundum eam etiam esse ratione
praecisum a conceptibus formalibus particularium rationum.
Patet primo, quia hic conceptas in se est simplieissimus, sieut
obiective ita etiam formaliter; ergo in se babet unam simpli-
cem rationem formalem adaequatam; ergo secundum eam praes-
cinditar ab aliis conceptibus formalibus. Secundo, quia, sieut
mens nostra, praeseindendo ea quae in re non distinguuntur, in
seipsa realiter distinguit conceptas formales suos, ita e conver­
so, confundendo et coniungendo ea quae in re distinguuntur
quatenus in se similia sunt, unit conceptum suum, formando
illum re et ratione formali unum; hoc autem modo eoneipiuntur
entia hoc formali concepta entis; sumit enim mens illa omnia
solum ut Ínter se similia in ratione essendi, et ut sic, format
unam imaginem única repraesentatione formali repraesentan-
tem id quod est, quae imago est ipse conceptas formalis; est
ergo ille conceptas simpliciter unus re et ratione formali, et se­
cundum eam práecisus ab bis conceptibus, qui dinstinctius re-
praesentant particulada entia, seu rationes eorum” (98).

En estas últimas palabras vemos evidentemente enuncia­


das la unidad del concepto formal integral del ser, es decir,
no solamente en cuanto al acto psicológico ( secundum, rem ),
sino también en cuanto a la razón formal contenida en ese
acto, la cual es. una imagen representativa de la realidad. El
contenido de esta imagen es la razón formal del ser conocida
terminalmente con el concepto formal; también esa razón
formal es una en virtud de la fuerza abstractiva del entendi­
miento. Pero esa razón formal, en cuanto que es imagen de la
realidad, no tendrá unidad si ya no la tiene el objeto de esa
representación, y tal objeto es en este caso el concepto obje­
tivo del ser, el cual, por consiguiente, a la fuerza tendrá que
haber tenido unidad.
He aquí ya explicado aquel hecho simple y terminante­
mente admitido por Suárez al comienzo mismo de la disputa
segunda. El concepto formal tiene unidad. La explicación está
basada precisamente en la naturaleza misma del entendimien­
to y en la realidad de las cosas: éstas convienen todas en que
al menos son ser. Este ser que objetivamente se da en todos

(98) D M II, s>. 2, n. 11.

17
258 CAP. IV. EL CONCEPTO DEL SER. — ■II. DOCTRINA DE SUÁREZ

los seres, es ya desde ahora objeto de nuestro conocimiento;


es, pues, concepto objetivo: objetivo, por ser del orden objeti­
vo conocible; concepto, por denominación extrínseca prove­
niente de un acto intelectual que, al referirse al mundo real,
lo aprehende, no en toda su realidad, sino simplemente en
cuanto sus componentes se asemejan en dicha nota objetiva.
Este acto intelectual podrá sin multiplicarse concebir simul­
táneamente todos los objetos, no en todas sus peculiaridades
‘distintas, pero sí en esa su semejanza universal; y la imagen
que se dé como término intrínseco y formal de ese acto cog­
noscitivo será también una, porque la razón formal entendida
tendrá intrínseca unidad, dependiente de la unidad de seme­
janza en todos los seres reales,
Puesta esta explicación, se hacen evidentes muchas propo­
siciones de Suárez acerca de estos conceptos, su unidad y su
relación con el orden real. Por de pronto, como para la pre­
cisión por confusión no fué necesaria distinción alguna real,
pues bastó que la inteligencia distinguiera aspectos diversifi-
cativos o confusivos de la realidad, así ahora la unidad resul­
tante en el concepto objetivo del ser no es unidad real o nu­
mérica (99), sino de orden intencional, y tanta cuanta fué la
semejanza o conveniencia dé los diversos seres entre sí (100),
indicación esta última de suma importancia para coordinar
todos los puntos de la teoría suareziana.
Es, pues, una unidad de razón, unidad formal en cuanto
que contiene una sola razón formal o fundamental, en cuan­
to que está enraizada en la semejanza objetiva de los seres,
base y fundamento para la abstracción (101).
Tampoco es ya difícil averiguar el contenido del concepto
objetivo del ser. En cuanto tal concepto tan sólo incluye lo
que se representa por el concepto formal (102), y en este caso
concreto será ello la razón formal del ser. Expresamente in-

(99) Cfr., v. gr., DM II, s. 2, n. 8; ib., n. 14, etc.


(100) C fr. D M II, a. 2, n. 18; ib., n. 8.
(101) “IJnitas conceptúa ob iettiv i non consistit in uni tate reali et nu­
merali, sed in uni tate form ali seu fundam ental!, quae nihil aliud est quam
praedicta con venien tia et aim ilitudo.” Ib., n. 14.
(102) "D oquendo autem de con ceptu entìs p raeciso in alio sensu, qui
magia e s t ad rem, faJsum est includere a ctu m odos oppositos inferiorum
generarci, quia, ut sic, solum inciudit id. quod, repmaesentatur per coneepturci
form alem elu s.” Ib., n. 21. '
UNIDAD DEL CONCEPTO DEL SER 259

siste Suárez en que no están incluidos en el contenido del con­


cepto objetivo del ser los modos supremos del ser en cuanto
tales, sino tan sólo en cuanto que todos ellos son también ser
y dan así fundamento para abstraer de ellos un concepto con­
fuso común a todos ellos (103).
Un texto de Suárez nos resumirá estos aspectos y nos dará
pie para enunciar otros, que son de importancia precisamen­
te para establecer luego una comparación entre Suárez y
Ockarfi:
“ Ad primum ergo respondetur negando primam consequen-
tiam, nam ratio entís dicitur eadem esse in re, quae est in men­
te, quia revera omnia entia babent in re eam similitudinem et
convenientiam, sub qua intellectus illa eoncipit, enm eoncipit
ens, et quia hic modus coneipiendi ens est inadaequatus respeetu
entium, prout sunt in re, ideo dieitur ratio entis sie concepta,
non includere determinatos modos entium, in qua locutione iam
non est sermo de ratione entis absolute, et ut in se est, sed ut
est sub denominatione intellectus; unde perinde est ae si dice-
retur, per illum conceptum non eonsiderari ens sub expressis
> rationibus inferiorum entium, sed solum eommuni et inadae-
quato conceptu, et ideo non recte infertur, quod etiam in re
ipsa ratio entis prout est in singulis entibus non ineludat pro-
prias rationes seu modos eorum” (104).

Este texto nos habla expresamente de tres estados en que


podemos encontrar la razón del ser, Uno es el estado real y
singular, tal cual de hecho, independiente de toda interven­
ción intelectual, y anterior a ella, se da en el orden real. Otro
estado es el que tiene dependientemente de una actividad in­
telectual. Y otro tercer estado es independiente de ambos, de­
nominado por Suárez ratio entis absoluto, prout in se est. De
este tercer estado, que es el fundamental y propiamente me-'
tafísico, hemos ya hablado antes, cuando Suárez lo llamaba
“ absolute abstracta ratio” , y contiene tan sólo la razón for­
mal del ser (habens essentiam redLem). Esta razón formal del
ser puede encontrarse en los otros dos estados, que son el

(103) “ P er illum autem eouoeptum forrnalcm non rapraesentantur hi m o ­


di expresse a c distincte secundum proprias rationes eorum , quia intellectus
ut s ic concipiens, nihil horum percipit, ut e x dictis et e x ipsa etiaim expe-
rientia notum est, et e x aliis sim ilibus...” Ib.
(104) D M I I , s. 3, n. 13.
260 CAP. IV. EL CONCEPTO DEL SER. — ■II. DOCTRINA DE SUÁREZ

real y el mental. Cuando Suárez la entiende en uno de estos


dos, suele notarlo por medio de una reduplicación.
En cuanto a esa razón formal del ser se la toma en el es-
’tado mental, admite todavía como dos fases o dos estadios, a
saber, en cuanto que es concepto objetivo y en cuanto que es
concepto formal. En ambos se da a la razón formal <en cuanto
mental una modalidad peculiar de precisión o abstracción, la
cual, al emplearse la reduplicación queda sumada insepara­
blemente a la razón formal. Estudiada la razón formal del ser
en cuanto mental incluida en esos dos estadios, la mutua co­
rrespondencia es perfecta, sólo que en el estadio de concepto
objetivo es objeto acerca del cual va a trabajar el entendi­
miento (si bien en este caso del ser, por suponer ya una pre­
cisión, ha precedido un acto intelectual, que, a nuestro pare­
cer, no es distinto del concepto formal, el cual puede ser con­
siderado, no como un acto instantáneo, sino como un proceso
abstractivo-intelectivo). En el estadio de concepto formal es
ya la imagen terminal'o verbo, es decir, la intelección for­
mal. Por consiguiente, la borrosidad, imprecisión y confusión
propias del concepto objetivo del ser en virtud de la abstrac­
ción confusiva, todas ellas han pasado exactamente al concep­
to formal, el cual necesariamente será también confuso, en
la forma ya antes explicada. Del mismo modo que el concepto
objetivo del ser no representaba los modos peculiares de Dios,
substancia, accidente, tampoco los representa ya su concepto
formal (105).
La razón formal del ser se encuentra en todos los seres
reales, y de todos ellos puede y debe ser predicada, pues a
todos ellos conviene. Pero al hacer esta predicación e s menes­
ter proceder con entera exactitud. De no advertir el valor y
alcance de las reduplicaciones “ prout in mente, prout praeci-
sa” , por una parte, y “ prout realiter existens, prout realis” ,
o parecidas, por otra, se corre el riesgo de graves equivoca­
ciones, que con palabras de Suárez hemos relacionado más
arriba (106).
Ahora. aplicará con exactitud a la realidad nuestro con­
cepto del ser:

<105) DM II, s. 1, n. 6; s. 2, an. 17, 21.


(108) Ib., s. 3, n. 12; ofr. paga. 247-8.
UNIDAD DEL CONCEPTO DEL SER 261

“ In rigore ergo negatur sequela, quia, licet conceptas entis,


qui a nobis praeseinditur seeundum rationem, sit in inferiori-
bus, tamen ut est praécisus, formaliter loquendo, non est in in-
ferioribus, id est, non habet in illis ilium statam, seu modum
essendi quem habet per denominationem extrinseeam ex prae-
cisione intellectas. Quando autem dicitur hic conceptas, etiam
ut praeeisus,- comparari ad inferiora, eisque attribuì, non est sen-
sus, quod seeundum eam praecisionem seu denominationem attri-
buatur inferiqribus, sed solum quod illa ratio sic concepta ad
inferiores comparata in omnibus illis inclusa inveniatur. Quod-
cirea, si non fiat illa reduplicatio de ratione entis ut praecisa, sed
simpliciter sit sermo de ratione entis praecise concepta, verum
est rationem Ulani esse in inferioribus, et in eis omnino et inti­
me includi, et nihilominus ratione praescindi, quamvis in re non
sit praecisa” (107).

A continuación podría estudiarse ahora la forma en que


este concepto confuso recupera aquella distinción y concre­
ción con que se encuentra contraído en sus inferiores. La fór­
mula suareziana recurre a la fórmula empleada también por
los tomistas, aunque respaldada con una explicación objeti­
vamente distinta. He aquí la de Suárez :
“ Quarta igitur opinio, et quae mihi probatur, est, hane con-
tractionem seu determination^m conceptas obiectivi entis ad in­
feriora non esse intelligendam per modum compositionis, sed
solum per modum expressions eonceptionis alicuius entis conten­
ti sub ente : ita ut uterque conceptas, tam entis quam substan­
tiae, v. g., simplex sit, et irresolubilis in duos conceptas, solum-
que differant, quia unus est magis determinatas quam alius.
Quod in ordine ad conceptas formales reete explicatur: diffe:
runt enim solum quia per unum expressius concipitar res prout
est in se, quam per alium, quo solum confuse eoneipitar, et prae-
eise seeundum aliquam eonvenientiam eum aliis rebus : hoc autem
totum fieri potest sine propria compositione per solam cogni-
tionem eonfusam vel distinctam, praecisam vel determinatam.
Sic igitur his conceptibus formalibus intelliguntur corresponde-
re duo obiectivi simpliees, et irresolubiles in plures conceptas,
quorum unus dicitur superior, vel abstractior alio, solum quia
respondet confusioni conceptui formali, per quem non concipi-
tur res seeundum determinatam modum quo est in se: sed con-

(107) D M II, s. 2, n. 35; cfr. ib., n. 21.


262 CAP. IV. EL CONCEPTO DEL SER. — II. DOCTRINA DE SUÁREZ

fuse et praecise. Potest etiam intelligi ille conceptas superior


includi in inferiori sine propria eompositione inferioris: quia
totam id, quod contase cpncipitur in illo coneeptu praeciso, re-
peritur in alio obiecto expressius concepto, et in toto illo, qua-
cumque ratione eonsideretur. Ac denique intelligitar determina-
tio superioris ad inferius, ,et additio inferioris ad superius non
quasi per additionem partis ad partem, sed per solam maiorem
determinationem, vel expressionem, aut confusionem eiusdem rei
in ordine ad diversos conceptus mentis” (108).

En este punto pudiera plantearse otro problema distinto


para mejor determinar las relaciones entre el concepto for­
mal y objetivo. Es claro, según todas las explicaciones dadas
por Suárez,' que, tratándose de un concepto objetivo abstrac­
to, cual es, v. gr., el de ens, no tiene, tomado redüplicativa-
mente en cuanto concepto abstracto, realidad extraipental. E s,.
pues, una realidad de orden mental. Con esto surge el proble­
ma psicológico relativo al concepto objetivo: ¿qué realidad
mental le corresponde? (109).
Sin entrar a razonar detenidamente nuestra posición, in­
dicamos la solución que mejor nos parece. El concepto obje­
tivo, en los casos de abstracción confusiva, es fruto de una
operación mental. Esta operación mental cognoscitiva tien­
de a percibir su objeto material, no en su determinación sin­
gular, sino en su nota común con todos los demás seres: en­
tonces termina la operación mental cuando llega a constituir
su objeto formal, es decir, esa nota común, confusa en cuanto
representativa de la comunidad de seres semejantes en ella.
Pero esa terminación mental tiene lugar cuando adquiere co­
nocimiento de su objeto formal. Es decir, que el concepto for­
mal al tratar de conocer su propio objeto formal se forma su
concepto objetivo, y, por consiguiente, la realidad psicológica
de éste es la realidad psicológica del concepto formal, en
cuanto contenido intencional de él. Ahora bien, en el concep­
to formal el elemento físico-psicológico y su propio conteni­
do son una misma realidad. Por lo tanto, en realidad de v er-.
dad no hay en el proceso psicológico cognoscitivo de un con-

(108) UM II, 6, n. 7.
(109) E s te a sp ecto p sicológ ico lo estu dia peculiarm ente E. E lormjy, El
concepto objetivo en Suárez. Pensamiento, extraordin ario d ed ica d o a Suá­
rez (1948).
ANALOGÍA DEL SER 263

cepto objetivo abstracto más realidad psicológica que la re­


querida por el proceso normal de todo conocimiento, no re­
quiriendo el concepto objetivo, ni aun cuando es abstracto,
una entidad propia que aumente las entidades de especies im­
presas y expresas de que trata la psicología racional clásica.
Con añadir, finalmente, que cuanto ocurre acerca de los
conceptos objetivo y formal del ser cuando se dicen de la rea­
lidad, otro tanto exactamente se ha de decir del término ens,
puesto que éste responde a aquéllos (110), estamos ya en dis­
posición de tocar el último punto en las doctrinas de Suá-
dez: el de la analogía, ciertamente en íntima conexión con
cuanto venimos diciendo.
Con todo, adviértase ya desde ahora la inexactitud de
Giacon cuando a Suárez atribuye la misma actitud que a
Ockam respecto del conocimiento del singular. Suárez, como
Ockam, admite que es posible conocer directamente el sin­
gular. Pero Suárez disiente de él radical y esencialmente cuan­
do, además del conocimiento del singular, admite el conoci­
miento del universal y reconoce a éste valor objetivo con la
misma objetividad y con el mismo realismo que Santo Tomás
y que todos los tomistas. La diferencia no puede ser mayor.

Suárez vió con toda precisión la amenaza que de la uni­


dad del concepto del ser partía contra su analogía.
Ya al tratar de la unidad del concepto formal del ser ha­
bía propuesto como fundamento de la primera sentencia
opuesta la dificultad en conciliar dicha unidad con la analo­
gía, si bien no pocos tropezaban sólo en la unidad de su con­
cepto objetivo. De momento, se contentó Suárez con afirmar
que, tratándose de una analogía extrínseca, existe la incom­
patibilidad, pero no tratándose de una analogía intrínseca,
cual era la del caso (111). Las primeras líneas de la sección
que estudia la unidad del concepto objetivo del ser están de-

(110) DM II, s. 2, nn. 23-26.


(111) DM n , s. 1, n. 14. Loe diversos aspectos que en vuelve la analogia
de Suárez los h a estudiado recientem ente J. H hllin , S.. J., en su ob ra La
analogia del ser y el conocimiento de Dioe en Suárez, M adrid, 1047.
264 CAP. IV. EL CONCEPTO DEL SER. —•II. DOCTRINA DE SUÁREZ

dicadas a proponer esta misma dificultad de conciliaria con


la analogía. Pues esa unidad será o de univocación, y queda
destruida la analogía, o análoga, que será decir, con otras pa­
labras, que no se da tal unidad, o implicará una contradic­
ción (112).
Donde más agudamente propone Suárez la dificultad es
al cerrar la sección segunda de la disputa segunda. Ha pro­
bado con todo lujo de argumentos y de consideraciones la uni­
dad del concepto objetivo del ser. Abora propone sin disimu­
los una grave dificultad. La actitud del Doctor Eximio ante
ella ha escandalizado a no pocos, y si bien alguna de sus fra­
ses ofrece dificultad, el conjunto de su posición está plena­
mente justificado, dado qué Suárez logra luego perfecta ar­
monía entre la unidad del concepto objetivo del ser y su ana­
logía:
' “ Sed statim urget difñeultas, quia iuxta haec nihil videtur
deesse conceptui entís ad rationem proprii universalis, nam erit
unum in multis, et de multis. Sed haec difñeultas pendet ex
duabus rationibus dubitandi in principio sectionis positis. Una
est de univocatione entis, quia si ens non est univoeum, illa ra­
tio sufficit ut non sit proprie universale; quomodo autem ex
dietis non sequatur esse univocum, et quid illi ad univoeatio-
nem desit, infra in proprio loco est tractandum, agendo de divi-
sionibus entis; nunc solum assero, omnia quae diximus de uni-
tate conceptus entis, longe clariora et certiora videri, quam quod
ens sit analogum, et ideo non recte propter defendendam ana-
logiam negari unitatem conceptus, sed si alteram negandum esset,
potius analogia, quae incerta est, quam unitas eoneeptus, quae
certis rationibus videtur demonstrari, esset neganda. Re tamen
vera neutram negari neeesse est, quia ad univocationem non suf­
ficit quod conceptus in se sit aliquo modo unus, sed neeesse est
ut aequali habitudine et ordine respiciat multa, quod non habet
conceptus entis, ut latius citato loco exponemus (113).

Recordará el lector el raciocinio de Ockam, para quien


iban simultáneamente la unidad de un. concepto y su univer­
salidad. Suárez no reconoce esa paridad. Y, por lo tanto, la
argumentación de Giacon en su acusación sumaria contra Suá-

(112) D M I I , s. 2, n . 1.
(113) I b ., n. 36. C fr . H ellln , obra citada, p á g s. 330-332.
ANALOGÍA DEL SER . 265

rez, cuando del simple hecho de aceptarse la unidad del con­


cepto formal del ser deducía su universalidad y su univoca­
ción,. cae, al modo de entender de Suárez, por su misma base.
Estos aspectos deben ser aclarados con minuciosidad y exac­
titud si hemos de poder resolver satisfactoriamente el pro­
blema entrañado en este punto.
Para llevar a perfecta armonía la unidad y la analogía,
Suárez se basa del todo en su teoría de la unidad del concep­
to objétivo del ente.
Por de pronto, es menester precisar lo que entiende él por
univocación. Según Suárez, no basta para que se dé univoca-
ción propiamente tal el que pueda darse unidad de concepto
formal y objetivo; es necesario además que dicho concepto,
en relación con aquellos a quienes se quiere aplicar, sea del
todo indiferente y perfectamente uno. (114), es decir, que des­
cienda a sus inferiores con entera igualdad y sin que entre
ellos se dé orden o relación de uno a otro (115).
Aunque se dé un único concepto que con una sola imposi­
ción y con mutua independencia en cuanto a dicha imposición
se aplique a varios, todavía, según Suárez, en contra de Es­
coto y de Ockam, no basta para que haya univocidad : es me­
nester que la unidad sea perfecta, es decir, que represente
ese concepto a sus inferiores del todo por igual, sin que en el
concepto mismo se advierta mayor tendencia a realizarse en
un modo u otro de los inferiores, porque en ellos se haya de
hallar con mayor perfección en su misma razón formal,que
en los otros.
Este elemento dinámico decisivo de la univocación es típi­
co en Suárez, y lo aplica innumerables veces para dilucidar si
la razón formal de ens se aplica unívocamente o no a sus in­
feriores. En el momento en que sea advertida la falta de di­
cha entera independencia comienza a advertirse la analogía,

(114) “ E t ita solvitu r fundam entum Scoti. R ecte enim probat, ene sign i­
ficare subetantiam et accidens m edio eodem con ceptu form a li et obiectívo,
n egam os tam en id satis esse u t s it u nivoeum proprie, nisi s lt étiam p erfecto
unum in habitudine e t in differen tia a d in feriora.” DM X X X H , s. 2, n. 15.
(115) “ N am univoeum ita efct in differen s, ut aequaliter, e t sine u llo o r ­
din e vel habitudine unius a d alterim i ad in feriora descem dat.” E>M X X V I I I ,
s. 3, n. 17. E ste pu nto ofre ce peculiar interés pa ra e l tem a d d ca p itu lo sesto,
y allí hem os de estu diarlo m ás al deta lle y con m ás riqu eza docum ental.
Cfr. págs. 359 y sig., 363 y sig-, y 375 y sig.
266 CAP. IV. EL CONCEPTO DEL S E R .---- II. DOCTRINA DE SÜÁREZ

que será mayor o menor, es decir, más o menos distante de


la perfecta univocación, según que sea mayor o menor esa
falta de indiferencia.
Con esto se echa de ver que toda la teoría de la analogía
está en función precisamente con toda la teoría de la unidad
de los conceptos. Por lo mismo, Suárez comienza ya a dife­
renciarse de los tomistas en el planteamiento mismo del pro­
blema analógico respecto de ens. Los tomistas inician sus es­
peculaciones inmediatamente por el problema de la analogía,
actitud perfectamente inteligible en la psicología e idiosin­
crasia metafísica de los tomistas, preocupados con mantener
siempre claros los límites entre Dios y las criaturas. Afirma­
da la analogía, rechazan ellos la unidad de conceptos del ser
por el presupuesto general de que son inconciliables. Faltán­
doles la unidad de concepto, no han podido ellos plantear la
cuestión de la analogía en torno a los conceptos, sino en tor­
no a los nombres, que es lo verdaderamente común a muchos.
No admitiendo unidad de concepto, se lesj hace además impo­
sible entender respecto de los nombres una analogía intrín­
seca de atribución : si el nombre es atribuido y no algo que
intrínsecamente nace del objeto mismo, entonces la atribu­
ción tiene qüe ser extrínseca, y no intrínseca. Es esto último
uno de los puntos en que más firmemente se apoyan para com­
batir la posición de Suárez (116).
La posición de Suárez es radicalmente distinta y tanto
más alejada del nominalismo. Antes de prejuzgar nada, él
estudia si es posible abstraer de todos los seres un concepto
único objetivo y formal. Evidentemente, es posible esa abs-

(116) P o r cita r u n ca so concretam ente, véase este razonam iento que


Da B ä c k e r h ace pa ra rech azar la n oción de an alogía d e a tribu ción intrín­
s e c a : “Normen e¡nim eatenus analogum e s t anagogia attributionis, quatenus
a nalogata secundaria, propter reüationem quam h aben t ad analogatum prin­
ceps, huius analogati nomen reeipiunt. Sed si. form a nom ine a n a log o sign i­
fica ta in est analogatis secundariis, iam vi sua, et no.n propter relationem
quam h aben t ad aliud, haec analogata vin dican t sibi nom en com m une. Con­
trad ictoria e rg o statui videntur, si ponitur nom en analogum , u t e s t analo­
gum an alogia attributionis, praedicari. intrinsecus de om nibus suis amalo-
ga tis. Reiieim us e a de ca u sa analogiam attributionis internam , e t pro certo
tenem us, in omni analogia attributionis intentionem nom ìnis extrinsecus
applicari analogatis secundariis, a c prolude h aec analogata, cu m a nom ine
appellentur, quod intrinsecus e t proprie soli a n a log a to principi conveniat.
iintelligi non posse, nisi ab eo qui iam scia t quid sit a n alogatum princeps.”
Disput, metaph. de ente communi, disp. II, c. 1.
ANALOGÍA DEL SER 267

tracción. Por lo tanto, si, a la inversa, ese concepto así abs­


traído vuelve a contraerse a los inferiores, les convendrá in­
trínsecamente; y si, además, ese descenso contractivo está in­
ternamente regulado por una prioridad y posterioridad, y la
conveniencia consiguiente no es perfectamente igual en to­
dos, será analógica, y habráse descubierto una analogía in­
trínseca. Si además esa razón formal está en unos seres con
dependencia objetiva y real de otros, Subordinada en unos
respecto de los otros, y todo ello en el orden mismo objetivo
real, esa analogía será de atribución, sin que obste a ello el que
la analogía sea perfectamente intrínseca, ya que lo que está
en atribución y en dependencia no es una denominación ex­
trínseca, sino una forma perfecta y esencialmente intrínseca.
He aquí cómo define Suárez la atribución intrínseca:
“ Deinde ohservandum est, duobus modis, generatin loquen-
do, posse aliquam rem denominaxi per attributionem ad aliam.
Unus ást... Alter est, quando forma denominaos intrinseee est
in utroque membro, quamvis in uno absolute, in abo vero per
habitudinem ad aliud.”

Y desarrollando las diferencias que entre ambos modos,


atribución extrínseca e intrínseca, se dan, pone, además de
otras y la primera, la siguiente :
“Una est, quod in priori attributione, nomen attribuitur se­
cundario signifieato solum improprie et per metaphoram, vel
figuram aliquam; in secunda vero est propriissima, imo et po-
test esse essentialis denominatio, quia sumitur ab intrínseca for­
ma, vel a propria natura” (117).

En estas descripciones ha hablado Suárez de una forma


denominan». Cómo se haya de entender esta form a denomi­
nans acabará de aclararse con esta otra descripción. Trata
también de distinguir exactamente la atribución intrínseca
de la extrínseca: expuesta esta segunda, dice de la primera:
“ Altera, quae dicit forman, vel rationem formalem intrinseee
inventam in ómnibus analogatis cum aliquo ordine vel habitudi-
ne eorum Ínter se” (118).

(117) DM X X V III, s. 3, n. 14.


(liS) Ib. X X X I I , s. 2, n. 14.
268 CAP. IV. EL CONCEPTO DEL SER. — II, DOCTRINA DE SUÁREZ

Concretémonos definitivamente en el concepto de ens. En


cuanto queramos aplicar estos principios generales a este
caso concreto, aparecerá con evidencia cómo precisamente la
unidad de los conceptos objetivo y formal del ens—tal como
la entiende Suárez, claro está— es el mejor bastión para ex­
plicar perfectamente/ con- pleno vigor ■metafísico y absoluto
arraigue objetivo y real, sin concesiones algunas de nomina­
lismo, la analogía metafísica del ser.
Recordemos lo que más arriba hemos dicho acerca de los
tres estados en que hallamos la razón formal del ser: abso­
luto, mental (doble) y físico o singular. Recordemos, asimis­
mo, lo allí expuesto acerca de la predicación del concepto
objetivo del ser: al afirmarlo de los singulares, no entra en
juego lo que el estado mental añade a su razón formal, sino
que en el orden real es afirmada simplemente la razón for­
mal misma.
Sigamos adelante y observemos cómo se encuentra esa
razón formal en los inferiores del ens realizada en ellos. Esta
observación será el fundamento para decidir de la univoca-
ción o analogía del ser.
Por de pronto, sabemos que esa razón formal se encuentra
en realidad en todos los seres. Sabemos además que para la
posibilidad de una precisión mental no era necesaria una dis­
tinción real de los conceptos que hubieren de ser separados
mutuamente: una única realidad puede dar fundamento a
varios conceptos. Además, al hacer la abstracción de la razón
formal de ser, nada hemos podido dejar sin tomarlo, porque
todo era ens, sólo que en la abstracción todo pierde el colori­
do del singular y propio, para confundirse y difuminarse en la
confusión de lo universalmente común. Esto quiere decir que
no hay en la realidad una parte en que se realiza el concepto
objetivo del ser y otras partes en que no se realice: en toda
realidad, cualquiera que fuere su grado entitativo, se realiza
la razón formal del ser concebida en el concepto formal. Po­
demos, por lo tanto, deducir que, si bien la razón formal de
ens se realiza en todos sus inferiores y es la misma, al menos
hasta cierto punto, en todos ellos; con todo, al mismo tiempo
esa razón'formal se halla diferenciada en todos los inferiores
tomados como tales y en cualquier orden; por eso, justamen­
te, el concepto de ser tiende a su realización con orden de prio­
ANALOGÍA DEL SER 269

ridad y posterioridad, primero a las formas más perfectas, y


luego, y a través de ellas, a las imperfectas.
He aquí algunas expresiones suarezianas que implican to­
do el raciocinio que acabamos de hacer:
“Ad -secundum recte ibi responsum est, rationem entis in
substantia non esse separabilem a substantia, et similiter in acci­
dente.' Unde ad replieam respondetur, rationem entis quae in
t substantia reperitur, non reperiri eandem secundum rem in acei-
. dente, ñeque e converso,- sed solum eamdem secundum ratio­
nem, id est, secundum convenientiam et similitudinem quam po­
test ratio per modum unius praecise concipere, et ad boc satis
est, quod huiusmodi ratio quae hoc modo ut communis concipi-
tur, secundum rationem distincta sit a propriis rationibus sub­
stantiae et aceidentis” (119).

Bien advierte Suarez que no ha de ser fundamento para


negar la identidad real de la razón formal del ser con los mo­
dos, o la inclusión de fellos' en sí, el que se distinga de ellos
por operación intelectual y no los incluya en ese estado men­
tal (120).
De todo esto parece resultar algo paradójico; a saber: que
la razón formal del ser, que es fundamento de identidad de
todos los seres, es a la vez fundamento de diversificación.
Para Suárez no existe tal paradoja, sino que es ello perfecta­
mente razonable:
“ Quibusdam videtur impossibile, ut idem secundum rem-
absque ulla distinctione ex natura rei, quam in se habeat, pos-
sit esse principium seu fundamentum convenien,tiae et distinctio-
ms ab alio propter argumentum factum. Alii vero putant hoc
, quidem repugnare in convenientia univoca, non vero in analoga,
quod nobis satis esset. Ego vero existimo, etiam in convenientia
univoca,' id non repugnare, ut patet exemplis turn in divinis,
turn in creatis” .

Se refiere aquí a que en la Santísima Trinidad el Padre y


el Hijo convienen unívocamente en la razón de Persona, y, sin
embargo, la distinción se hace en la Persona misma. Respecto
de las criaturas se aduce el ejemplo de la cuantidad y la cua-

(119) DM III, s. 3, n. 14.


(120) Ib., n. 13.
270 CAP. IV. EL CONCEPTO DEL SE R .----II. DOCTRINA DE SUÁREZ

lidad, que son accidentes unívocamente. Y la razón es la si­


guiente:
“Batió vero est, quia si distinctio et eonvenientia sint diver-
sorum ordihum, non repngnat in eodeni fundari, sie enim una
non involvit negationem alterius, imo quodam modo illam re-
quirit.”

Y ahora viene la aplicación al caso presente de ens:


“ Ita vero est in easu praese-nti: nam distinctio est realis,,
eonvenientia autem secundum rationem tantum, et ideo non re-
pugnat, ut dúo'Simplicia quae secundum rem sunt realiter pri­
mo diversa, secundum rationem habeant unitatem fundatam in
reali similitudine, vel eonvenientia, quam Ínter se habent. Ea
enim quae in re diversa sunt, in eo ipso in quo distinguuntur,
possunt esse similia: quin potius similitudo intrinsece postulat
distinetionem secundum rem cum aliqua unitate rationis, seu
formali, aut fundamental!, nam ideo proprie non est sibi ipsi
simile.”

Sigue luego una reflexión de suma importancia para acla­


rar la naturaleza de da unidad de los conceptos del ser: esa
unidad no es perfecta, sino imperfecta, precisamente, porque
esa razón formal del ser ¡que se da en la realidad de todos los
seres no es en todos exactamente la misma, sino tan sólo se­
mejante, y, como ya arriba habíamos dicho con palabras de
Suárez, en tanto podrá haber unidad en cuanto de parte de
lo real haya semejanza mutua:
“ Quod si haec eonvenientia vel similitudo sit imperfecta,
qualis est in analogía entis, et similibus, facilius intelligitur
quomodo possint res ínter se quantumvis primo diversae, habere
nihilomiñus aliquam imperfeetam convenientiam: non enim di-
cuntur primo diversae quia nullo modo ínter se símiles sint:
hoc enim in nullis rebus vel rationibus realibus reperiri neeesse
est, sed quia se ipsis primo distinguuntur: cum qua distinctione
stat praedieta imperfecta eonvenientia” (121).

(121) lb., IH. Véase también este texto: “Secundo dicitur, si non loqua-
mur secundum rem, sed secundum rationem praescindentem, sic aubstan-
tiam non ex eodem esse substantiam, ex quo est ens, ex eodem (inquam)
secundum rationem : ex hoc vero senisu solum potest concludi, rationem en­
tis et substantiae distingui ratione in ipsa substantia, et rationem simili-
ANALOGÍA DEL SER 271

Así se explica perfectamente como la razón formal de ens


no es una razón genérica. La razón genérica en sus inferio­
res es'perfectamente la misma en todos ellos: la distinción
de ellos no proviene de la razón genérica, sino de las diferen­
cias específicas, las cuales para nada afectan intrínsecamente
y en sí la razón genérica. No así en el caso de la razón formal
de ens: esa misma razón formal es la que hace la distinción
de los ipferiores, porque las diferencias de éstos afectan in­
trínsecamente a aquélla, tan intrínsecamente, que son en la
realidad una misma razón, sólo que ya no tan confusa, sino
más expresa y distinta (112).
Resumamos los datos que tenemos. La razón formal de
ens se encuentra en todos los inferiores, aun si los tomamos
metafísicamente, es decir, en sus razones formales correspon­
dientes (ens a se, ens áb alio, etc.). Esa razón formal no se
encuentra en todos los inferiores del mismo modo, porque en
ellos ya no abstrae de las diferencias, sino que se halla iden­
tificado con ellas; consiguientemente, esa misma razón for­
mal que en realidad es punto de semejanza de todos los seres,
es al mismo tiempo punto de distinción de todos ellos.
Pero observemos ahora que ese descenso a los inferiores
no se ha hecho con entera indiferencia e igualdad:
«
“ Tándem ratione declaratur, quia ipstun ens quantumvis
abstráete et eonfuse eoneeptum ex vi sua postulat hunc ordi-
nem, ut primo ac per se et qnasi complete eompetat Deo, et per
illnd deseendat ad rciiqua quibus non insit nisi eum habitudine
et dependentia a Deo, ergo in hoe déficit a ratione univoei” (123).

Esto que se dice respecto de Dios y de la criatura' vale


de igual modo respecto del accidente y de la substancia. Ob­
sérvese en la afirmación suarezia