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La globalización empezó a partir del siglo XVI, Esto comenzó con la circunnavegación alrededor del globo y

la conquista de las Américas. Este proceso no solo fue de depredación, esclavitud, sino también de
planetarización microbiana: los microbios de América pasaron a Europa y Asia y los europeos pasaron a
América. Todo esto con la famosa motivación de un desarrollo.

¿PODEMOS CAMBIAR DE SENDA?

Esta pregunta nace efectivamente, a raíz de que el desarrollo o la palabra desarrollo no ha


producido en la humanidad lo que realmente significa esta expresión, de allí que los
hombres de conciencia local y global, preocupados por el sistema universal, como Edgar
Morín y Nicolás Hulot, entre otros, han analizado este fenómeno del llamado desarrollo
de occidente, y ponen el dedo en la llaga sobre este espejismo que nos incita a la
comodidad y aculturación, a cuestas de una bien vendida propaganda que es el
desarrollo y que quienes no lo alcanzan entonces es “mojón de perro”, pero toda esta
propaganda mundial en vías al desarrollo no es más que un sofisma de distracción.

Por ello surge en este contexto esta pregunta ¿podemos cambiar de senda? Es decir
busquemos juntos los caminos que conducen a lo que realmente es sublime, loable,
honesto y sobre todo que enriquezca la raza humana, que tenga a los animales como
seres cohabitantes en este pequeño globo gravitacional, y que mire con admiración y
devoción a las plantas a los árboles, que sea capaz de entrar en un dialogo con lo
trascendente, con lo divino, con el mundo y con los demás así; podemos entonces
empezar a trajinar por las sendas del progreso y por ende de un desarrollo universal.
Pero para llegar a tal grado que es algo no muy fácil, hay que establecer unas políticas de
salvación ecológicas que comporta prescripciones valiosas para todos:

La lucha contra las contaminaciones urbanas e industriales.


La fabricación de automóviles no contaminantes
La instalación de las energías renovables debe intensificarse en todas las regiones
El desarrollo de la agricultura biológica en todas las regiones del globo

Ante estas y otras prescripciones universales y en conjunto con la integración o el


reconocimiento de aquellos no bien llamados pueblos subdesarrollados y sus lógicas,
podemos entonces acercarnos a una senda que nos podría llevar al desarrollo global.
Es por ello que, los antídotos potenciales para el malestar de la civilización, según Edgar
Morín, “se encuentran ya en las culturas que todavía no están totalmente desintegradas”
o embrujadas por el espejismo del desarrollo, estas lógicas como:

Solidaridades tradicionales
Sabiduría
Artes de vivir.

No se pueden dejar de opacar y obnubilar por el Rankin de la ola occidentalizada del


llamado progreso o desarrollo tecnócrata. Así, la idea de desarrollo debe alcanzar su
máximo grado; este nivel debe redundar en unas políticas de humanidad y unas políticas
de civilización.

Así, una política de la humanidad puede y debe hacerse cargo de los problemas más
neurálgicos de la humanidad a saber:

El hambre endémica
Las hambrunas
Problemas universales de salubridad
La pobreza excesiva

Es entonces que la política de la humanidad, es ante todo una política humanitaria a


escala planetaria que debería movilizar no solo recursos económicos, sino y
fundamentalmente recursos humanos en solidaridad y ayuda que se tradujera en un
ejército de juventudes al estilo de los ejércitos militantes y bélicos.

Por otra parte una Política de la civilización también haría su aporte a las situaciones de
corte global para que nos embarquemos en el desarrollo planetario; por eso una política
de la civilización comprendería la simbiosis entre lo mejor que tiene la civilización
occidental y las lógicas sorprendentes y ricas de las demás civilizaciones.

Por consiguiente, una política de la humanidad y una política de la civilización, inducirían


una política de paz, que sería la solución efectivamente de un conflicto que perjudica
gravemente a todo el planeta. Para el logro de estas políticas, se necesitaría la
instauración de instancias de regulación y de control económico y de poder decisivo, para
todo el globo. Comportaría asimismo una protección de las culturas amenazadas por la
mercantilización y el lucro.

Este ejercicio, que se ha descrito anteriormente no es con el deseo de poder, al estilo de


instituir un gobierno mundial, sino instancias que representen a todas las naciones, y que
sea capaz de actuar sobre las situaciones vitales y sentidas del planeta.
Es urgente reflexionar y experimentar la idea de instaurar instancias capaces de actuar
con decidido poder y tesón universal, por que asistimos al progresivo desencadenamiento
de fuerzas de fanatismo, de repliegues étnicos y religiosos. Esto torna incomprensible la
comprensión del otro, de la otra religión, de la otra cultura. Ni siquiera logramos
comprendernos los unos a los otros. Así pues, inmadurez de los estados, inmadurez de las
naciones. Nos encaminamos a la catástrofe, porque la “la casa arde”, la tierra se marchita,
los suelos se desecan, la diversidad de las especies y de los espacios están amenazados, el
clima alterado, los ríos envenenados, la vida sobre la tierra banalizada.

Pero ante este concierto desconcertante, no podemos llegar a un estado de fatalismo


universal que nos impulsa más a la catástrofe. Hemos de llegar por supuesto a lo que
plantea también Nicolás Hulot. “Un pacto ecológico”; que es un replanteamiento de
nuestro modelo de civilización individual y colectivo. Así mismo, Edgar Morin, desde 1972
“El año I de la era ecológica”, ha apoyado la iniciativa, ha visto en el pacto ecológico una
manera de “resucitar la esperanza”.

POR:

NILSON ANDRES CUERO


Presbítero.