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MIGNON G.

EBERHART

LANCE O’LEARY
INVESTIGA
Mignon G. Eberhart Lance O’Leary investiga

Hecho el depósito que previene


la Ley Nº 11723

Título original
(The Mystery of Hunting's End - 1930)

PRIMERA EDICIÓN
NOVIEMBRE 1941
SEGUNDA EDICIÓN
MAYO 1944

IMPRESO EN LA ARGENTINA
PRINTED IN ARGENTINE

Las características gráficas


de esta Colección han sido
registradas en la Oficina
de Patentes y Marcas
de la Nación.

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Mignon G. Eberhart Lance O’Leary investiga

LANCE O’LEARY INVESTIGA

CAPÍTULO PRIMERO
EL MISTERIO DE HUNTING’S END

Por cierto que era el sitio más extraordinariamente desolado que jamás
había visto en mi vida. Parecía imposible que a doce horas de Barrington, de la
medianoche al mediodía, para hablar con exactitud, hubiese podido alejarme
hasta ese punto de las regiones frecuentadas por el hombre, venir a parar, de
una ciudad populosa, macadamizada, rugiente de vida, a aquel sitio tan salvaje,
extraño y hostil, con sus desiertos de arena, sus colinas sembradas de pinos y su
desolación.
Dos cartas me habían conducido allí. La primera, de una escritura singular,
estaba firmada por Matil Kingery, nombre que reconocí desde el primer
instante, pues, al igual que muchas otras enfermeras, sigo con algún interés
todos los acontecimientos de la “sociedad” de Barrington, y el apellido Kingery
figura con frecuencia en la crónica social de los diarios locales, y en muy buen
lugar.
Aquella breve esquela, trazada con tinta muy negra sobre una hoja de
papel grueso, decía:

Señorita:
Mi tía, la señorita Lucy Kingery, necesita de sus cuidados. Por recomendación del
señor Lance O’Leary me permito recurrir a su experiencia. Mi tía es inválida, hace
varios años ya. Conserva, sin embargo, un buen estado de salud, y las atenciones
requeridas consisten, sobre todo, en masajes. Su enfermera acaba de abandonarla
bruscamente, esta mañana. Hoy a la tarde, a las seis, tomamos el tren para Hunting's
End, con algunos invitados. Si le conviene, como son mis deseos, podría reunírsenos en
la Estación Central. Pero si no le es posible concluir en tan corto tiempo sus
preparativos, síganos por el tren de medianoche. Saque entonces pasaje para Nettleson,
que es la estación más próxima a Hunting’s End; un coche la esperará. Le agradeceré
que me conteste. Gracias.
MATIL KINGERY.

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A la primera ojeada, el nombre de Lance O’Leary atrajo mi atención. Las


líneas que seguían estaban demás. Si Lance O’Leary, aquel joven y audaz
detective que tan bien conocía yo, había propuesto mi colaboración, es que se
trataba evidentemente de un caso particular, que exigía otra cosa que simples
cuidados. Me resolví a aceptar, y me disponía a despachar mi respuesta, cuando
una segunda carta me llegó. Comenzaba con “Mi querida Sarah”, y provenía de
Lance O’Leary en persona, que suele mostrarse más expansivo en sus cartas que
en sus actos o palabras. Particularidad que hubiera podido crearle ciertas
dificultades con quien no fuese yo, Sarah Keate, solterona de edad incierta, muy
poco romántica, de ojo crítico y excelente estómago. Si menciono este hecho, lo
hago en razón de su indiscutible importancia: un buen estómago y el sentido
común van generalmente unidos en la vida.

Mi querida Sarah (decía la carta).


Estas pocas líneas llegan hasta usted para inducirla a aceptar el ofrecimiento de la
señorita Kingery. De veras que tengo necesidad de usted. Por otra parte, y a menos que
mucho haya cambiado desde el año pasado, la proposición ha de complacer a su corazón
aventurero. Tráteme, haga el favor, como a un antiguo enfermo, lo que realmente soy.
Ninguno de los invitados, a excepción de la señorita Kingery, conoce mi misión ni mi
profesión.
Su cómplice: LANCE O’LEARY.

Más tarde, he recordado a menudo la treta de Lance O’Leary, y supe


después que no creía en la realidad de la historia tal como le fuera contada por
la señorita Kingery. En fin, ignoraba entonces en absoluto lo que aquellos
terribles días de Hunting’s End nos reservaban.
No pude tomar el tren de las seis, de modo que partí por el de medianoche.
Como dije antes, el viaje duró exactamente doce horas, y nunca desplazamiento
de tan escasa duración habría de producirme semejante impresión de cambio,
salvo, quizá, la primera noche de un viaje por mar, cuando se acuesta uno entre
las luces y el tumulto de un gran puerto para despertar luego en medio de una
inmensa planicie líquida de horizontes infinitos. Y en verdad que aquella
región, a la que llaman, creo, el distrito de las Colinas Arenosas, y que abunda
en patos salvajes, se parece no poco al océano y a sus soledades sin vida. Sólo
que aquí las olas del mar son reemplazadas por cerrillos de arena que van
rodando sin fin, sin ruido, y que exhalan una impresión de potencia y de fuerza
que nos oprimían, tanto a mí como al conductor del pequeño automóvil venido
en mi busca a Nettleson, al hacer de nosotros insignificantes, despreciables
partículas de humanidad. El cielo había perdido sus azules tonalidades para
adquirir un gris plomizo que se confundía a lo lejos con la arena misma. Por
toda carretera, una simple pista, sobre la que el cochecito avanzaba
incesantemente cabeceando.

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El chófer me había informado con indiferencia que sólo teníamos unas


veintitantas millas a cubrir. Mas, si he de juzgar por el número de barquinazos
y sacudidas que hube de sufrir, me sentiría inclinada a calcular que fueron a lo
menos ciento veinte. Acurrucada en el fondo del carruaje, con el sombrero sobre
los ojos, me empeñaba en esperar que mi valija no hubiese saltado del porta
equipajes. No me atrevía, empero, a volverme para asegurarme de ello, torcido
como estaba mi cuello por una noche pasada sin dormir. Pensaba en las dos
cartas recibidas la víspera y que había destruido, y, confusamente, me
asombraba del extraño nombre del pabellón de caza, término de mi viaje.
¿Hunting’s End? ¿El fin de la cacería? ¿O bien la muerte de Hunting? ¿Un
hombre habría vivido, quizá, allí? ¿Suicidio o asesinato? La idea de una muerte
natural no acudía a mi espíritu; la extrema desolación del lugar, la atmósfera, el
tiempo, todo me impulsaba a imaginar un fin siniestro. Más adelante, me enteré
que el difunto Huber Kingery había bautizado de aquel modo su pabellón de
caza sencillamente porque los cazadores tenían la costumbre de volver allí al
concluir la jornada, razón muy natural. No era sino que el ambiente había
influido sobre mis nervios.
La nieve comenzó a caer una media hora antes de que llegáramos a nuestro
destino, una nieve finísima, un polvo que helaba el rostro, pero que no parecía
justificar, sin embargo, las ansiosas miradas que el hombre, a mi lado, arrojaba
con frecuencia al cielo gris y a la prolongada línea de dunas que se alzaban al
oeste, y menos aun, por supuesto, la prisa, a mi entender exagerada, que ponía
en seguir la senda que nos sacudía con creciente violencia. Se me antojaba que
el coche iba a partirse de un momento a otro. En cuanto a mí, me sentía
deshecha.
—Con que ya la nieve... —grité al oído del conductor, para dominar el
estrépito del vehículo.
—Siempre tenemos nieve en noviembre.
Tomó un viraje muy cerrado, escaló una loma y añadió, sin otra
explicación, entrecortada la palabra por las violentas sacudidas de la máquina:
—Todo lo que espero, es que no será... lo que temo.
Dicho lo cual, frenó, y tan brutalmente nos detuvimos, que fui lanzada
hacia adelante y hubiera ido a golpear contra el parabrisas si otra sacudida tan
violenta como la primera, pero en sentido contrario, no me hubiese arrojado de
nuevo para atrás.
—Al fin del camino encontrará el pabellón —dijo el hombre—. ¿Puede
llevarse su valija?
Había descendido, mi valija estaba en tierra, y yo misma me hallé de pie en
un estrecho sendero bordeado de piedras.
—Tengo que apurarme.
De un salto estuvo otra vez en el volante. Yo buscaba mi portamonedas.
—La señorita Kingery me pagará cuando vuelva de Nettleson con las
provisiones, mañana.

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Añadió algo que no comprendí más que a medias, algo así como: “Si
consigo llegar hasta aquí”, y arrancó.
La nieve caía ahora más tupida y comenzaba a cubrir de un manto gris el
suelo. Únicamente distinguía yo una sombría masa, próxima a una gran loma,
al extremo del camino. Algunas luces taladraban la naciente oscuridad. Al
acercarme comprobé, con gran sorpresa que no se trataba de un simple
pabellón de caza, fantasía de un hombre rico, sino de una hermosísima
construcción.
La nieve me punzaba los ojos y el aire me helaba los pulmones cuando
alcancé la rústica escalinata, franqueada por una especie de mirador guarnecido
en toda su longitud de asientos y de bancos en desorden. Bruscamente, la
pesada puerta, hecha de troncos de árboles unidos, se abrió, vertiendo al
exterior una oleada de luz y de calor, el ruido de voces, los sones de un piano.
Una joven apareció en el umbral.
A sus espaldas, percibí una amplia chimenea en la que danzaba un fuego
vivaz; aquí y allá, gente; en el fondo, dos grandes divanes provistos de
almohadones. Pero bien pronto volvieron mis miradas a Matil Kingery, de pie
en la puerta, mientras la nieve cubría todo lo demás con su blanco velo. Un
bosquecillo de achaparrados pinos erguía sus rígidas agujas en el frío, y el aire
tranquilo y helado acariciaba sus cálidas mejillas. Sus ojos azules parecían tan
calmos como la naturaleza circundante. Había oído yo hablar de su belleza,
mas, no obstante, quedé sorprendida ante la arrogancia de su actitud, ante
aquella elegante sencillez que se oponía al orgullo y a la voluntad expresada en
sus facciones. Era verdaderamente bellísima. La línea pura de sus cejas negras,
de sus largas pestañas, su mirada recta, su cabeza, más bien pequeña, coronada
de finos cabellos oscuros, todo, contribuía a su expresiva hermosura. Sus
colores parecían provenir mucho menos de la animación que del fuego; su
mirada era triste, apretada su boca, y aun en sus rasgos delicados asomaba un
poco la mandíbula de los Kingery, voluntariosos y obstinados. A despecho de
esto último, aparentaba poseer, en su femenina atracción, mayor encanto aun
que su padre Huber Kingery, de cuya reputación al respecto, nada queda por
decir.
—¿Es usted la señorita Keate? —preguntó, interrumpiendo el curso de mis
pensamientos. Y me agradó advertir que también su voz era gratísima: lenta,
grave, imperceptiblemente quebrada. En respuesta a mi señal de asentimiento,
añadió: “Soy Matil Kingery. Me alegro que haya usted venido. Mi tía está a
medias paralítica y no puede pasarlo sin ayuda. La espera con impaciencia”.
Hablaba con claridad, y tan distintamente, que por un instante me asaltó la
impresión de que deseaba ser oída por los que se encontraban en el interior.
Se produjo un movimiento detrás de ella, y un gran perro ovejero escocés,
blanco y leonado, se volvió lentamente, me miró sin mucho interés y apoyó su
sedosa cabeza en la falda del traje de lana que la vestía joven. Se inclinó ésta,
sonrió ligeramente y posó la mano en el largo hocico del animal. La chorrera de

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seda blanca de que emergía su fina muñeca no era más nívea que la espléndida
piel del animal.
—Pobre Jericó —dijo—. Odia el tren, y anda tristísimo desde anoche.
El perro se apartó y vino lentamente con la cola gacha, hasta la escalinata,
miró, apesadumbrado, la nieve, gimió bajito y regresó junto a Matil. A no
mediar su espesa pelambre, hubiese jurado que temblaba; y no pude menos de
reflexionar que si el tren le desagradaba, su actual morada no parecía ponerlo
de mejor humor.
La joven me miró de nuevo y volvió a sonreír. Ninguna alegría había en
aquella mirada, ni en aquella sonrisa; tristeza, pesar, y al mismo tiempo
resignación, se leían en ellas. Y debo confesar aquí que fue a partir de ese
instante que amé a Matil Kingery.
—Hace frío. Entre. ¿Puedo ayudarla?
En el instante en que empuñaba ella el asa de mi valija, un sirviente de
elevada estatura, de andar pesado y torpe, surgió a nuestro lado. Tenía una cara
chata y rubicunda, el cabello claro, y la compleja ausencia de cejas y de pestañas
le otorgaban una mirada singular —en cierto modo incompleta— subrayando el
anormal tamaño de sus pupilas. Tomó mi valija y nos siguió a la vasta sala. Nos
envolvieron la luz, el calor, las conversaciones. A pesar de todo, vi al criado
colocar mi valija sobre un amontonamiento de equipajes, cerca de la puerta. Por
un momento me sorprendí de que no la llevase a la habitación que me estaba
destinada. El rostro de O’Leary se me apareció. Me echó una ojeada distraída,
me miró después con mayor atención, dando muestras de reconocer a una
amistad ya antigua, se permitió una expresión amistosa, se levantó y avanzó a
mi encuentro.
—¿La señorita Keate, si no me equivoco? —dijo cortésmente.
—¿Se conocían? —preguntó Matil en alta voz.
El ruido de las conversaciones había cesado. Sentía yo todas las miradas
dirigidas hacia mí con una intensidad quizá anormal. Un hombre se adelantó,
siguiendo a O’Leary, para colocarse junto a Matil. Era de su altura, acaso un
poco más, de anchas y pesadas espaldas. En su rostro, muy moreno, brillaban
un par de grandes ojos gris verdoso, de mirada pueril y falsa. Sonreía,
descubriendo unos dientes deslumbradores.
—¿Es la enfermera? —preguntó a Matil, en el tono de quien tiene derecho a
saberlo. Y, a un signo afirmativo, se volvió a O’Leary:
—¿Se conocen ustedes?
Matil murmuró muy de prisa una especie de presentación, de la que sólo
percibí las palabras: “Signor Paggi”, y O’Leary dijo:
—Nos conocemos muy bien. La señorita Keate fue mi enfermera durante
un doloroso período de mi vida.
—¡Ah! —prosiguió el signor Paggi, observándome con curiosidad—. ¿Un
período muy doloroso? ¿La enfermedad más frecuente en América: la
apendicitis?

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O’Leary asintió: “La señorita Keate me cuidó cuando mi permanencia en el


hospital.”
—Jo —exclamó una voz de mujer, imperiosa, al otro extremo de la pieza—.
Terice dice que desea ensayar ese dúo. ¿Quieres cantar con ella?
El moreno rostro de Paggi se hizo aún más sombrío. Por un instante, su
mirada perdió la expresión juvenil. Luego, con prontitud, giró sobre sus talones
y atravesó con flexible paso la sala.
—Encantado —afirmó.
—Espere, Jo —dijo Matil—. Tenemos que elegir ahora nuestros cuartos.
Estamos acá desde la mañana y ya hubiéramos debido hacerlo. —Esta última
frase me fue dirigida con una sonrisa, pero la voz era tan nítida, que estoy
segura que las ocho o diez personas dispersas en la habitación no perdieron una
sílaba.
Bruscamente se hizo el silencio. Un joven, sentado al piano, dejó caer sus
manos.
—El plano, por favor, Brunker —dijo Matil, sin abandonar su sonrisa—. Yo
ocuparé mi antiguo cuarto, el de la esquina—. E indicaba por encima del
hombro la puerta que se abría al fondo, muy próxima a la entrada.
A lo largo de la pared, a la izquierda, se alineaban numerosas puertas,
hechas de troncos unidos; siete, en total. Entre ellas, muy bonitas escenas de
caza decoraban los muros. En cada extremo de la larga pieza se alzaba una
chimenea de piedra sin labrar. En el lado opuesto, a la derecha de la chimenea,
se abría, coronada por un par de esquíes sujetos en la pared, una puerta que
conducía a la cocina. A la izquierda, por último, una escalera muy estrecha daba
acceso a una galería que ocupaba tres lados de la habitación. Desde abajo se
veían más puertas, y juzgué que arriba habría otros dormitorios. La pared de la
izquierda estaba desprovista de galería. Hacia la mitad de la de la derecha, se
dibujaba una especie de balcón, en el sitio en que se abría la escalera. El
antepecho era de ramas lisas, al igual que la baranda del mirador.
A decir verdad, cuando Matil se inclinó sobre el plano que le trajera el
criado, y pude considerar los lugares, tuve la impresión de que había procurado
obtener un conjunto rústico que no era del mejor gusto. Mesas de abedul sin
barnizar, de pies asimétricos, sillas y bancos de madera al natural no me
parecieron muy en lugar, y al notar que el piano de cola que se hallaba en el
balcón del centro aparecía chapado en cortezas de abedul, sufrí una sensación
casi dolorosa. Jamás he podido comprender cómo Huber Kingery, que pasaba
por tener buen gusto, llegó a permitir tales atrocidades en lo que de otro modo
hubiera sido una hermosísima estancia.
Pues sus proporciones eran nobles. Las alfombras, los divanes guarnecidos
de almohadones, las chaises longues, eran bellísimos. Las tapicerías que pendían
del techo o de la galería, realzadas de trecho en trecho con madera indiana,
rebosaban de opulento colorido. En ambas chimeneas crepitaba el fuego,
arrojando vivos destellos, y múltiples candelabros, de variadas formas,

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colocados en los más inesperados sitios, iluminaban gloriosamente la inmensa


pieza.
—Candelabros de estaño —dijo O’Leary, que aparentemente, había seguido
mi pensamiento—. Háblele algún día de ellos a Matil. Es muy interesante.
Matil Kingery parecía haber terminado sus cálculos. Se acercó lentamente
al grupo que se mantenía próximo al piano, en tanto me interrogaba por
cortesía acerca de mi viaje. De manera que la seguí con O’Leary.

Dando pruebas de una gentileza que es rara en las hijas de familia, a lo


menos con respecto a una enfermera, me presentó a los demás. Mis impresiones
del momento fueron varias; la mujer delgada del cochecito, de largo rostro

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pálido, era la señorita Lucy Kingery; la joven que apenas perdía de vista al
signor Paggi, su mujer Elena; el joven de elegante línea, bigotillo negro, aire de
indiferencia y ojos gris oscuro, que permanecía al piano, era Lal Killian; la
damita de un rubio agresivo, Terice, baronesa de Turcum; después venían
Gerald Frawley, moreno, delgado y pálido; Newell Morse, rubio de larga cara;
un tal señor Barre, al que Matil llamaba Julián, y que parecía de un poco más de
edad que los otros, con los cabellos estriados ya de gris, aire de hastío y un
aspecto de gran distinción que imponía. Noté, también, que todos llevaban
trajes de viaje, que la pila de valijas, cerca de la puerta, había permanecido
intacta, que abrigos y sombreros seguían colgados aquí y allá.
Sin embargo, habían llegado a la mañana, y la noche se venía encima.
Siguió una confusa conversación, a la que pronto dominó la voz penetrante
de Elena Paggi:
—Me parece, Matil, que Terice y yo podríamos tomar los dos cuartos del
balcón, al norte, ya que debemos compartir los cuartos de baño. Teníamos esos
dos cuartos del norte cuando... es decir...
Se embrolló sin razón aparente. Gerald Frawley tomó a su turno la palabra,
con calma:
—Muy justo. ¿No hay un cuarto de baño para cada par de piezas?
Al confirmarlo Matil, Lal Killian ejecutó algunos acordes en el piano.
—Perfectamente —dijo—. Todo lo que pido es un vecino que no se olvide
de descorrer el cerrojo de mi puerta al salir del cuarto de baño. —Tecleó al azar
una melodía popular y añadió—: Y que no emplee más de una hora para
afeitarse.
—Hable por usted, Lal —dijo el joven Morse. Su fresco rostro denunciaba la
salud y el vigor—. Puede usted ubicarnos, Matil. Pónganos a Lal y a mí en los
dos primeros cuartos. —E indicaba con la cabeza las piezas más próximas a la
cocina—. ¿Tiramos a cara o cruz, Lal? El que gane hará el primero su “toilette”.
—Está bien —dijo Matil—. Tía Lucy, ¿tú desearás probablemente el cuarto
cercano al mío? En ese caso, la señorita Keate tomará la pieza contigua a tu
cuarto de baño. —Hizo una señal en el plano que tenía en las manos—. Faltan
todavía las dos piezas del medio y las de la galería.
—Matil. —La voz de la tía era fuerte, dura y como estudiada. Todos se
volvieron hacia ella—. Matil —continuó—, ¿quieres decir con eso que alguien
tendrá que ocupar la pieza de Huber?
Aquella voz dura dejó al grupo entero mudo y con la respiración en
suspenso. Las manos de Killian se habían inmovilizado bruscamente sobre las
teclas. Un tronco de abeto crepitó en el fuego y despidió una llama azulada. El
viento, fuera, se había alzado de súbito. Se le oía azotar los vidrios y silbar en
los pinos. El rostro de Elena había palidecido, la baronesa crispaba sus dedos
nerviosos y descuidados sobre una partitura de música. La atmósfera parecía
haberse vuelto misteriosa. Había miedo en la atmósfera.

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Algo cayó, con gran ruido, en la cocina, y la tensión se disipó. Julián Barre
se inclinó sobre el plano que Matil continuaba sosteniendo. Los cabellos negros
estriados de gris se alzaban en cortos rizos sobre su frente; su boca,
habitualmente dura, se había suavizado, y sus finos rasgos respiraban la
piedad.
—Mi querida niña —dijo—. Mi querida...
—Estoy muy disgustada, tía Lucy —comenzó Matil, el cuello altivamente
erguido y sus negros ojos clavados en el pálido semblante—. Annette duerme
en su cuarto, cerca de la cocina. Brunker se acuesta arriba, en el cuarto oeste. De
modo que restan once cuartos, y somos exactamente once. Lo lamento. No
pensé en esto. No tuve intención de disgustar a...
Sentí que no lamentaba nada, que todo lo había previsto.
—Mi querida niña —prosiguió Barre, interrumpiéndola—, no se preocupe.
Uno de nosotros tomará el cuarto de Huber. ¿Qué importa, después de todo?
Uno de nosotros lo ocupará.
—Lo lamento mucho —dijo Matil, una vez más—. Pero, ¿quién...?
Le faltó la voz, y Lucy Kingery continuó en voz alta, áspera, mirando
fijamente el fuego:
—¿Quién? ¡Eso digo yo! ¿Quién lo tomará? ¡Tomar el cuarto en que murió
Huber! ¡En que Huber murió! Hace cinco años. Este mes. No se ha abierto el
pabellón desde entonces. Fue la última vez que vinimos.
Apartó del fuego la sombría mirada, y sus ojos cavernosos fueron
clavándose sucesivamente en todos los asistentes. Uno por uno, obligó a cada
cual a cruzar sus miradas con la suya. Luego, pasando la lengua por sus
carnosos y rojos labios:
—Murió de un ataque cardíaco —dijo con fuerza—, de un ataque cardíaco.
Un nuevo y profundo silencio sobrevino. Después algo espantoso se
produjo. El ovejero escocés, que había seguido a Matil, se dirigió lentamente y
en línea recta hacia una de las puertas que daban a la sala. Puso el hocico a ras
del suelo y husmeó. Cosa curiosa, nadie parecía tener siquiera ánimo para
respirar. Luego, de pronto, gimió, husmeó y tornó a gemir.
Un grito violento se oyó:
—¡Terice!
Dirigí vivamente mis miradas al grupo. Terice von Turcum estaba de pie,
las manos oprimiendo la boca, como para retener un grito, dilatados los ojos
por el terror.
—¡Terice! —repitió la voz con autoridad.
Era Frawley. Su rostro se había endurecido. Sus ojos ordenaban.
Todos comenzaron a hablar con volubilidad. Killian estaba ahora al lado de
Matil. Elena aseguraba con cierta incoherencia que había escogido su habitación
a causa del cuarto de baño. Killian, Barre y Frawley se ofrecían
simultáneamente a tomar la habitación de Huber. Paggi tecleaba, nerviosos los
dedos, diciendo en voz muy alta “que su salud... que tenía el cuarto del norte...

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pero que si Matil lo deseaba, no vacilaría”, en tanto que Brunker, a sus espaldas,
de pie, parecía ver un fantasma, las facciones descompuestas, la faz de una
palidez cadavérica y sus anchos ojos casi sin pestañas escapándose de las
órbitas. Me vio observarlo, y sus pesados párpados descendieron. Sus rasgos
recobraron a simple vista su expresión ordinaria.
Todo había concluido. La conversación mundana reasumía sus derechos.
Voces mesuradas, sonrisas corteses reaparecían. La vida normal seguía de
nuevo su curso, un instante interrumpido. Brunker se atareaba con los
equipajes. Se habló de ir a descansar, de “toilettes” de noche. Tía Lucy hizo
rodar su cochecito en medio de la enorme pieza, y desapareció por la puerta
vecina a la del cuarto de Matil. Oí a ésta hablar a Julián Barre de vinos para la
comida, y pasó él a la cocina, seguido de Brunker. Los altos tacones de la
baronesa de Turcum golpearon los peldaños de la escalera. Pude ver todavía a
Elena apoyada en el balcón, diciendo no sé qué a Paggi, que le prestaba una
atención distraída, ocupado como se hallaba en contemplar la negra cabellera
de Matil.
En aquel movimiento general, yo me interesaba únicamente por el que iba a
entrar en la pieza a cuya puerta el perro había gemido: Gerald Frawley.
Matil, O’Leary y yo permanecimos un instante inmóviles. Yo había hecho
ademán de seguir a la tía Lucy; pero una mirada de O’Leary me clavó en el
sitio. Esperaba, pues, con cierta complacencia, por lo demás. No he de negar
que mi curiosidad estaba picada en su más alto grado.
—La sala es tan grande —dijo O’Leary, cuando la puerta del cuarto de
Elena volvió a cerrarse—, la sala es tan grande, que podemos hablar, creo, sin
temor a ser oídos. El diván del medio me parece muy confortable. Olvidaba
decirle, señorita Matil, que la señorita Keate está muy interesada por su
colección de candelabros. Cuéntele la historia, uno de estos días. No creía esa
colección tan importante. Debió costar cara. Siéntese, señorita Keate. ¿Está usted
bien así, señorita Kingery? Por otra parte, si alguna de ustedes se siente
fatigada, podemos dejar esta pequeña conversación para mañana. ¿No? ¡Muy
bien! ¿Quiere usted ser tan amable, señorita Matil, de repetir y explicar lo que
me dijo anoche en la oficina? Es preciso que todo eso esté muy presente en mi
espíritu. En cuanto a la señorita Keate, le aseguro que será una ayuda
inestimable.
Y como la señorita Matil pareciera vacilar, se inclinó hacia adelante.
—Respóndame, señorita Matil. ¿Sus invitados de esta noche son
efectivamente los mismos, y en su totalidad, que asistieron a la muerte de su
padre?
—Exactamente —dijo Matil Kingery—, exceptuándolos a usted y a la
señorita Keate.
—¿Y los sirvientes?
—Los mismos. Jericó también estuvo entonces. Pertenecía a mi padre.

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O’Leary se echó atrás en su silla. Sus ojos grises eran muy claros. Como de
ordinario, estaba admirablemente vestido: su camisa aparecía inmaculada, su
saco le caía perfecto, sus cabellos mostraban un cuidadoso peinado. Matil
Kingery se hallaba a su frente. Había perdido sus colores. Estaba pálida, con la
mirada sombría. Jericó se había echado a su vera, alzando a intervalos su largo
hocico para alcanzar su mano. Nos miraba con sus ojos pardos, a los que faltaba
esa chispa de alegría y de confianza que suele brillar en las pupilas de los
ovejeros escoceses.
—Los mismos sirvientes —repitió suavemente O’Leary—. ¡Sí! ¡Bueno! No
me agradaría importunarla, señorita Matil, ¿pero quisiera tener la bondad de
repetir a la señorita Keate lo que ya me ha dicho?
—No me importuna usted en absoluto —replicó Matil Kingery—. Lo que le
dije lo sé hace cinco años. Lo mismo que todos los que están aquí. Hace cinco
años, en aquel cuarto, allí, mi padre fue asesinado.
Ya lo había yo presentido, mas no por ello sufrí menos sobresalto.
—Fue asesinado —repitió la joven con calma—. El asesino está aquí. Esta
noche. Detrás de una de esas puertas.

CAPÍTULO II
TODO ES POSIBLE

De nuevo, en el silencio, pude oír el viento azotar los muros y la nieve


latiguear en los vidrios. Pensé. “Ha de haber aumentado el frío. La nieve se
endurece.” Mientras una voz repetía en mi interior: “El asesino está aquí. Esta
noche. Ahora. Detrás de una de esas puertas.” Matil había hablado con
impasibilidad, fría siniestra. Una fuerza misteriosa me tironeaba de la nuca,
como queriendo obligarme a volver la cabeza y mirar aquellas puertas. Hube de
hacer un violento esfuerzo para no ceder a aquella casi irresistible compulsión.
O’Leary observaba a la joven, con gran calma. Veía su palidez, sus manos
convulsivamente aferradas a los brazos del sillón, y aquella azulada vena que
latía, precipitada, en su marfileña sien.
Jericó se agitó, puso luego su cabeza sobre las rodillas de su dueña y la
miró tristemente.
—La noche será mala —dijo O’Leary—. ¿Nieva a menudo en esta región?
Lo miró ella lentamente y sus párpados se agitaron.
—Creo que sí. Los antiguos habitantes del país dicen que todo es posible en
las arenas.
Se calló. Después, como en un soplo, añadió:

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—Tienen razón.
A despecho de lo bien caldeado de la pieza, me acometió un violento
escalofrío.
—Si no me equivoco —dijo O’Leary—, la situación es la siguiente: su padre
y sus amigos habían venido aquí a pasar una semana de caza. Una noche, su
padre fue muerto de un balazo. Estaba en su cuarto, aparentemente en
disposición de acostarse. La ventana de la pieza se hallaba cerrada por el
interior, las puertas del pabellón cerradas y con el cerrojo echado igualmente
por el interior. La detonación fue clara y nítidamente oída.
Se interrumpió, y las manos de la joven se crisparon.
—¡Oh! ¡Muy nítidamente! —suspiró:
Sus labios parecían secos, y se leía en sus ojos un inexpresable horror.
—Sí —concluyó O’Leary, con aquel tono tranquilo que distendía mis
nervios—. Exactamente. Lo oyeron con nitidez. Todos ustedes se precipitaron
entonces en la sala, y encontraron a Huber Kingery detrás de su puerta, en su
habitación, agonizando. Murió sin proferir una palabra. Lamento, señorita
Matil, haberme visto obligado a recordar todo eso.
Se recobró ella y echó una rápida ojeada hacia la galería, como si temiese
que la espiaran.
—Sería preferible que sonriéramos un poco, que hasta nos riéramos. Tal
vez nos observen. Yo le pedí que viniese, tomé la iniciativa. Es doloroso, pero
debo concluir.
O’Leary aprobó en silencio. Buscó un corto instante en sus bolsillos y sacó
un trocito de lápiz rojo, que, con gran enervamiento de mi parte, se puso a
hacer girar entre sus manos, en los dos sentidos alternativamente. No era más
que un tic por demás inofensivo, pero que siempre tuvo la virtud de irritarme.
—Después, enviaron ustedes a buscar al “coroner”, e hicieron de modo que
dictaminase una muerte natural, por ruptura de aneurisma, creo, ¿no?
—Sí. Yo tenía entonces diecisiete años. Tía Lucy estaba enferma como
consecuencia del choque que experimentara. Hablaron toda la noche. Todavía
me parece verlos en derredor del fuego. Mi padre, muerto en su pieza, y, entre
ellos, el asesino. Yo estaba ahí, sobre ese banco, en el rincón.
Consideré la inmensa chimenea, y me los representé, hablando horas
enteras, toda la noche, sin fin, el cadáver en el cuarto, sobre su lecho, y la
desdichada niña de diecisiete años, abrumada por el dolor, en su banco,
escuchando.
—Tía Lucy no podía tomar una decisión. Era para ella una terrible prueba.
Adoraba a mi padre. Nunca llegó a reponerse, por lo demás. Julián, quiero decir
el señor Barre, me aconsejaba influir sobre el “coroner”. Me dijo al fin que lo
intentaría, con objeto de que el crimen permaneciese en secreto para todos; que
más valía que así fuera. “Es preciso considerar nuestro rango social —decía—;
piense en la publicidad que los diarios darán a esta desgracia.” Y me hizo
comprender, con mucha dulzura y delicadeza, que la vida privada de mi padre

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Mignon G. Eberhart Lance O’Leary investiga

no estaba al abrigo de toda crítica; que la investigación que infaliblemente


seguiría al crimen, no bien fuese conocido, podría ser perjudicial a mi buen
nombre y al de tía Lucy. Me dijo, todavía, que el público no conocía de mi
padre más que las virtudes, que la opinión sería favorable, que ya no tenía
remedio lo que había pasado, y... es muy duro de decir.
Se humedeció los labios, y, de nuevo, crispó las manos sobre los brazos de
su sillón. El perro se estrechó contra ella, cual si participase de su sufrimiento.
—Es muy penoso, pero... insinuó que quizá el crimen se explicara, se
justificara en un sentido, que tal vez mi padre hubiera causado daño a alguien.
No sé cómo hice para comprender todo eso... Era yo tan joven. Sin embargo...
Luego, explicó que inmediatamente pondrían en duda la solvencia de la
“Kingery Trust Company”, que poco importaba que todo estuviera en regla y
por encima de la crítica, que la compañía tardaría, a no dudarlo, largos años en
restaurar su crédito y recuperar la confianza del público. Me aseguró que
simples rumores, sin fundamento alguno, habían ya causado en más de una
oportunidad quiebras injustificadas. Y, usted sabe, toda la fortuna de mi padre
estaba en la compañía.
—¿Los otros tenían dinero en la “Kingery Trust”?
—Sí, Julián, desde luego. Los Paggi, también, Lal Killian, Newell Morse,
Gerald Frawley; vea usted, me parece que Gerald es vicepresidente. Lo era
entonces. Newell y Lal tenían situaciones menos visibles, pero creo que eran
importantes accionistas. Residía en el interés de todos callar el crimen.
—¿No podría tratarse de un suicidio? —preguntó dulcemente O’Leary.
—No. No había arma en el cuarto.
—¿Está segura?
—En absoluto. Miré, busqué yo misma.
A los diecisiete años, frente a la muerte, probablemente por primera vez en
su vida, y bajo su más horrible forma, el asesinato, y frente al deshonor, a la
posible ruina, había buscado el revólver. Era evidente que, hubiera sido Huber
Kingery lo que fuese, su hija se mostraba de acero.
—¿Y después? —insistió O’Leary con suavidad.
—Vino el “coroner”. Alguien, creo que Newell Morse, había ido a buscarlo.
Nunca he conocido los detalles. Di mi consentimiento, nada más. ¿Qué podía
hacer?
—¿Cuándo abandonaron el pabellón?
—El mismo día. Un empresario de pompas fúnebres acudió de Nettleson.
—¿Podríamos oírlo?
La joven meneó la cabeza.
—Murió hace poco tiempo. Los diarios dieron la noticia.
—Al “coroner”, en todo caso —propuso O’Leary.
—Quizá. Pero, ¿se figura usted que hablará? Tanto más, cuanto que estoy
segura que nadie, aquí, quiere hablar. Si les dijera quién es usted, y que le he
dicho la verdad, negarán todos y todo. Le explicarán que yo era entonces una

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niña, que el choque fue demasiado rudo para mí; en fin, cualquier cosa. Y no
olvide, señor O’Leary, que el asesino está entre ellos. He oído decir que cuando
el primer crimen ha sido cometido —y su voz se hizo baja y vacilante—, el
segundo es más fácil.
Mis cabellos se erizaron. A fin de cuentas, no pasamos todos de ser seres
asaz primitivos. Mi corazón latió con fuerza y un sudor frío me cubrió, mientras
mi espíritu procuraba convencerme de que no corría yo ningún peligro serio.
—Sí —dijo O’Leary—. Es muy cierto. Entonces, ¿cree usted que se cierne
sobre nosotros un peligro bien definido?
—¡Si su identidad de usted fuese conocida, sí!
—¿Y espera usted que observando a todas esas personas aquí, en este lugar,
o en el sitio en que uno de ellos mató a su padre, podré descubrir al asesino?
—Lo espero, sí.
—Ya le dije ayer, en mi oficina, que eso era imposible.
—Lo ha dicho usted. Yo insistí, no obstante, para que viniese usted. Para
que ensaye.
O’Leary la miró, se levantó bruscamente, se llegó hasta una mesa vecina,
revolvió, sin objeto, una pila de diarios, y regresó.
—Lo lamento, señorita Matil, pero es imposible.
—No diga eso. Usted no puede comprenderlo. Necesito saber.
O’Leary mostró repentina atención.
—Debe usted tener, en efecto, serias razones para recurrir a mí y romper un
silencio de cinco años. ¿Los motivos que le asistían entonces para guardar
secreto acerca de este crimen no continúan todavía existiendo?
—Por entero.
—¿Su fortuna sigue siempre en la “Kingery Trust”?
—Toda.
—Supongo que no tiene usted ninguna razón —y O’Leary vaciló, como si la
pregunta fuese un poco osada— para dudar de la solvencia o de la corrección
de su personal dirigente.
—Ninguna.
—¿Su respeto por su padre es tan profundo como lo era entonces?
—Más profundo —respondió Matil con calma, mirándolo a los ojos.
—En ese caso, sea franca conmigo, señorita Matil; ¿qué la impulsa?
La joven estuvo un largo instante sin responder.
—Es difícil de decir —confesó por último—. Entre esos hombres que se
hallan aquí, hay uno que debo saber si es inocente o culpable —añadió en un
soplo.
—¿Y por qué, señorita Matil?
Se levantó de súbito. Rectos los hombros, la cabeza erguida, sus ojos
brillaban cual dos violetas cubiertas por el rocío, cual un trozo de cielo de una
noche veraniega a través del ramaje.
—Porque lo amo.

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O’Leary escuchó con gravedad. Semejante mujer no debía amar a la ligera.


—¿Puede decirme su nombre?
—¿Es del todo necesario?
Un largo silencio se produjo. Se oían los pasos de Annette en la cocina, el
choque de los platos. Los troncos de las dos chimeneas habían emprendido un
ligero tiroteo.
—Está bien, señorita Matil, ensayaré. Pero no le prometo éxito. Es un
problema sumamente difícil.
—Le agradezco. No puede usted imaginarse lo que esto significa para mí.
Debo saber, debo poseer, en fin, la certidumbre. Y comprendo que para probar
que alguien no es culpable, se precisa conocer al que lo es.
La miraba O’Leary sin verla.
—¿Y dice usted, señorita Matil, que el pabellón no ha sido abierto desde
entonces?
—Sí.
—Parece que Brunker y su cocinera no han empleado mucho tiempo en
limpiar y ponerlo todo en orden, desde su llegada esta mañana. Era cosa de
pensar que en cinco años todo estaría cubierto de polvo, de herrumbre, de telas
de araña.
—La casa está sólidamente construida, señor O’Leary, y hay muy poco
polvo y nada de arena. El aire es muy seco: el piano mismo apenas ha sufrido, y
Annette me ha dicho que no encontró herrumbre en la cocina. No obstante,
habría que limpiar aquí.
—¿Persuadieron ustedes al “coroner”, e hizo conducir directamente el
cuerpo de su padre a Barrington?
—Sí —se estremeció—. En el mismo tren. Partimos todos juntos. Yo misma
cerré el pabellón y jamás me he separado de las llaves.
—¿Quién le habló al “coroner”?
—Julián, según creo. Y Gerald.
—¿Gerald? ¡Oh! ¡Gerald Frawley! Es ese mozo de tez pálida y cabellos
negros, ¿no? ¿Que parece, a la vez, preciso y prudente? ¿Fue difícil?
Lo joven sonrió amargamente.
—Ya le he dicho: todo es posible en estas colinas.
O’Leary la miró con curiosidad.
—Lo creo.
—Otra cosa, señor O’Leary. Tengo la prueba de que el pabellón no ha sido
visitado durante estos últimos cinco años.
—¿Cómo?
—Yo contaba solamente diecisiete años; era una chiquilla dominada por las
personas mayores. Pero los niños poseen a menudo un agudo sentido de la
justicia. Dispuse de doce horas para pensar mientras los otros hablaban. Sabía, y
ellos también, que dejaríamos toda clase de huellas en el pabellón. Reflexioné
que acaso llegara día que las necesitara. ¡Oh! El mérito no me pertenece. Mi

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Mignon G. Eberhart Lance O’Leary investiga

padre me había dirigido muy bien. Pensaba con claridad. Los hechos eran
hechos para él. De cualquier modo, salí la última del pabellón. En tanto que los
demás cargaban sus equipajes en los automóviles, regresé aquí. Tía Lucy
lloraba; se ocupaban de ella y no notaron mi ausencia. Y yo espolvoreé con
harina, que tomé en la cocina, los rebordes de las ventanas y el umbral de las
puertas. Esta mañana llegué aquí con el chófer que la condujo, señorita Keate.
No tenía más que una plaza en su coche y yo llevaba a los otros un cuarto de
hora de adelanto. No habían tocado la harina. Todo estaba como antes.
Evidentemente, habría sido posible, en rigor, penetrar aquí sin dejar señales,
pero no lo creo. Los habitantes de Nettleson siempre detestaron este lugar y
toda la ciudad hubiera sabido que alguien había estado.
—Habría usted podido obrar peor —sentenció O’Leary—. Como usted
misma lo declara, la prueba no es concluyente, pero me inclino a creer que
nadie se presentó en este sitio durante su ausencia.
Matil no tenía más que diecisiete años cuando se le ocurrió adoptar
aquellas precauciones. Bien podía Huber Kingery, de ver a su hija, sentirse
orgulloso.
—¿Me dijo usted que su tía se resintió de la muerte de su hermano?
—Sí, duramente. Ella fue quien primero vio el cadáver.
—¿La primera? ¿Su cuarto era vecino?
—No, señor O’Leary. Ahora ocupamos los cuartos que teníamos entonces.
Recuerdo perfectamente. Por eso fue por lo que procedí hace poco a una tan
minuciosa distribución de mis invitados. La única diferencia consiste en que
usted ocupará el cuarto que tenía entonces Gerald Frawley, y que la pieza
vecina a la habitación de mi tía, o más exactamente, a su cuarto de baño, estaba
vacía.
Esta vez O’Leary dejó aparecer su admiración.
—Soberbio —dijo—. ¿La señorita Lucy no estaba aún paralítica, entonces?
—No. Corrió al oír el ruido, a lo largo de las puertas, hasta alcanzar el
cuarto de mi padre. Dijo más tarde que la puerta estaba abierta, y que mi padre
yacía acostado en el suelo. En seguida advirtió que agonizaba. La miró. Estaba
en pijama, descalzo. La cama aparecía abierta, el candelabro se hallaba
encendido, un libro descansaba sobre la mesa. Encontraron a mi tía de pie,
temblando toda. Estuvo mucho tiempo enferma, y nunca volvió después a
caminar.
—¿Tiene, disculpe la pregunta, tiene fortuna?
—No. —Y la respuesta pareció turbarla—. La tuvo. Pero cuando mi padre
murió, todo me tocó a mí.
—¿Qué se hizo, en ese caso, de su fortuna personal?
—No lo sé. Ahora no cuenta con nada, pero ignoro lo que ha hecho de su
dinero. He tratado de sonsacarle algo al respecto, pero no responde. Ha
conservado sus alhajas.
—¿Es posible que disponga de medios que desconoce usted?

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Mignon G. Eberhart Lance O’Leary investiga

—Es posible, sí, pero mucho lo dudo. Los impuestos, los cheques a cobrar,
los estados de cuenta... todo eso no se me escaparía. No sale sin mí. Jamás recibe
correspondencia.
—¿Cuáles son sus ocupaciones?
—A fe mía, que la vida de Barrington. Actúa mucho. Recibe a menudo. Por
más que nunca salga, conserva una gran influencia social. Eso le agrada,
supongo.
—¿Es piadosa?
Matil pareció sorprendida.
—Sí.
—¿Cómo lo entiende usted?
—Es piadosa en un sentido.
—Explíqueme su pensamiento.
—No practica. Es decir, no llena sus deberes religiosos. Pero cree. Una
creencia oscura.
—Bueno, señorita Matil, ¿quiere hacer de modo que la señorita Keate reciba
la revista que me mostró usted? Eso podría informarnos de algo.
—Lo haré.
—Desearía, también, ver el cuarto de su padre, señorita Matil, bien que
luego de haber pasado por allí el “coroner” y ustedes todos, nada de interesante
debe quedar. Hubiera querido ofrecerme a tomarlo para mi uso personal, pero
preferí ver quién insistía en hacerlo. Y quién...
Se interrumpió bruscamente y volvió a su bolsillo, cual si se tratase de un
objeto precioso, su lapicito; después consultó su reloj.
—¿Dice usted que cenaremos temprano esta noche?
—A las siete.
—Todavía tenemos tiempo para descansar. Le aconsejo que lo haga,
señorita Matil, y usted también, señorita Keate. Nuestra conversación ha sido
muy larga. Hemos de separarnos. A propósito, ¿qué les dijo usted de mí? Deben
saber que no soy un íntimo.
—Dije solamente que era usted una nueva relación, y que esperaba que les
agradaría. No insistí demasiado.
—De modo que no desea usted que lo reconozcan —dije a O’Leary,
rompiendo el silencio que observara hasta ese instante.
—No. Por el momento, al menos.
—Pero es usted demasiado conocido. Y con seguridad que concluirán por
identificarlo.
—No lo creo —respondió O’Leary evasivamente—. Soy conocido, sobre
todo, en los tribunales y en los juzgados, pero no en las comidillas sociales de
que esta clase de gente suele hacer su lectura ordinaria.
Lo miré, llena de duda. Pensé entonces, y sigo pensándolo, que estaba en
un error. Sus equivocaciones podían contarse con los dedos de una mano, pero
era hombre, al fin, y, por consiguiente, falible. Y aquel error había de costarnos

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muy caro. Mejor hubiera sido que hubiese obrado con más franqueza... pero,
¿qué importa eso, ahora? Lo que está escrito, así ha de ser. —Veamos, pues —
dijo lentamente—, dónde estamos. —Parecía dirigirse a sí mismo—. Las gentes
de aquí tienen los nervios tensos. Como la señorita Matil lo ha dicho, todos
temían no venir, y no se trata, empero, de una partida de placer. El asesino
tratará de convencerse a sí mismo de que no ha dejado rastros. Es lógico y
natural. Todos están muy nerviosos. El recuerdo de los acontecimientos
pretéritos permanece siempre presente en sus espíritus. Va a ser muy difícil, por
no decir imposible, lograr algo positivo. Pero, por otra parte, si me reconociesen
como detective, el problema que hemos de resolver sería más complicado aún.
Déjeme observarlos, primero. Hay que tentar la suerte. —Suspiró—. Hay un
peligro. Las intenciones de la señorita Matil van en contra de sus intereses.
Usted es valiente, señorita; de manera que he de advertirle que el peligro es
para usted, pues usted ha sido testigo del asesinato.
—No tengo miedo —declaró ella—. Debo saber. Es todo.
—Espero que sabrá, entonces.
—Mi temor es otro —dijo la joven.
Y después de un silencio, fruncidas las cejas, añadió:
—Cuando luego de meses de vacilaciones, organicé esta recepción y me
dirigí a usted, estaba persuadida de obrar como debía. Me liberaba de esta duda
sin fin, y me sentía más dichosa. Después, después que he abierto estas puertas,
que los he visto a todos reunidos aquí, a todos los que hace cinco años... —Su
voz se quebró. Se interrumpió para mirar ansiosamente a O’Leary—. No sé —
dijo por último, atropellando las palabras—, temo haber cometido un gran
error. Quizá no hubiera debido romper este silencio de cinco largos años.
—Es posible también que ese sentimiento sea provocado por los recuerdos
que la asaltan desde su llegada. Simple reacción.
Sacudió Matil gravemente la cabeza.
—¡No! ¡No! Hay algo más que eso. Siento que pongo en acción fuerzas
que... —respiró con esfuerzo, y el perro, a sus pies, gimió bajito— fuerzas
maléficas, diabólicas, ingobernables.
Reinó el silencio.
—Son los nervios —dijo O’Leary.
Le lanzó ella una mirada en que se leía un reproche, y él sonrió. Su sonrisa
era seductora: todo su semblante se iluminaba entonces, y bien que rara y
breve, muy pocas veces dejaba de surtir su efecto.
—Llamémosle nervios, señorita Matil. Evidentemente, nuestra tarea será
desagradable, pero la cumpliremos lo mejor posible.
—Volviendo a tía Lucy —prosiguió la señorita Matil, distendidas de nuevo
sus facciones—, le diré que se halla en uno de sus buenos días. Temía que su
venida la molestase. Pero me equivoqué.
No pude menos que decirme en mi interior que, en tal caso, los malos días
de la tía Lucy debían serlo en extremo; hasta entonces, en efecto, sólo había oído

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Mignon G. Eberhart Lance O’Leary investiga

palabras por demás desagradables brotar de la boca de la vieja dama. Por


supuesto que reservé para mí sola semejantes reflexiones, y que fue en silencio
como me dirigí con la señorita Matil hacia el cuarto de su parienta.
La señorita Kingery se mostró, a decir verdad, muy afable; me rogó que me
tomase todo el tiempo que estimase necesario para refrescarme y reposar
después de mi viaje, y se entretuvo muy normalmente con la señorita Matil.
—Dile a Annette que hay veneno en un cajón del “office”, y que lo esparza
por el suelo esta noche. No tengo ningún deseo que me visiten las ratas, esos
repugnantes bichos que andan por todo. ¿Cómo sigue Jericó?
—Muy bien, me parece, tía Lucy. Siempre queda un poco triste después del
tren.
La anciana dama sorbió con ruido. Tenía una gran nariz, labios gruesos, sus
ojos aparecían profundamente hundidos bajo el arco de espesas cejas, su piel
era terrosa y arrugada. Se destacaba su poderosa mandíbula, rasgo de los
Kingery. Sus cabellos, grisáceos, eran espesos, y los tenía recogidos en lo alto de
la cabeza, descubriendo dos largas orejas de lóbulos curiosamente distendidos,
a los que adornaban pendientes de amatista de antigua factura. No recuerdo
haber visto a la tía Lucy sin colgantes en las orejas.
—¡Triste, ese perro! ¿A causa del viaje en ferrocarril? ¡Quia! Bien recordarás
que Huber lo llevaba por todas partes con él. ¿Eso lo incomodaba al animal?
Otra cosa es la que lo inquieta. Rara vez lo he visto en este estado.
—Envejece, tía Lucy.
—¡Oh! ¡Qué error! ¡Es muy joven todavía!
Se mantenía erguida y rígida en su silla, y hablaba con una voz estridente y
chillona. Matil, fastidiada, la escuchaba de pie. Gané mi pieza pasando por el
cuarto de baño. Mientras desplegaba algunos vestidos que había traído
conmigo, oía a la anciana señora recordar a Matil los tiempos pasados. Hablaba
con complacencia, y para su exclusivo placer, de una época en la que no era
raro soportar, en aquel mismo pabellón, nevadas que duraban sus tres días
enteritos. A despecho del viento, y a través de la puerta, cerrada, del cuarto de
baño, oía yo distintamente su palabra lenta y mesurada. El cuarto de baño
estaba bien instalado. No había duda que esta vez Huber Kingery había hecho
abstracción, en obsequio de su comodidad personal, de toda rusticidad. Mi
habitación, según me aseguré después de ello, era igual a todas las otras.
Reducida, albergaba un lecho de madera de abedul, una mesilla de tocador de
madera sin cepillar coronada por un espejo, dos sillas y una mesa rústica. Sus
dos puertas eran muy anchas, construidas de troncos unidos, y hubiesen sido
incómodas a no estar muy bien hechas y ajustar tan bien en sus huecos; no
chocaban a la vista. La ventana era pequeña, y, al abrirla, vi que los vidrios
estaban protegidos por pesadas persianas, las que, cerradas, podían resistir —y
así lo habían hecho durante cinco años —al viento, a la arena y a la nieve. Los
copos de nieve entraron en la pieza y tal oleada de aire frío llegó hasta mí, que
me apresuré a cerrar de nuevo, más de prisa de lo que abrí. No parecía existir

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Mignon G. Eberhart Lance O’Leary investiga

medio alguno de calefacción, y entreví escalofriantes mañanas. Una vieja


lámpara, que a mis inexpertos ojos pareció de estaño americano, de líneas
sencillas y agradables, se hallaba suspendida sobre el lecho, y una palmatoria
colocada encima de la mesilla de tocador.
Mientras me ponía un fresco uniforme, Matil golpeó a la puerta y, tras de
mi respuesta, entró. Traía bajo el brazo, negligentemente, una revista.
—¿Trajo usted vestido de noche, señorita Keats? ¡Oh! No importa. Puede
usar su uniforme. Quería solamente asegurarle que su condición de enfermera
no me impide considerarla como huésped. —Puso la revista sobre la mesa—.
Aquí está la publicación en cuestión. ¿Necesita algo?
La puerta volvió a cerrarse, tomé la revista con cierta curiosidad y saqué de
ella una imagen que me pareció bastante tosca. Apenas le había echado la
primera ojeada, cuando golpearon a mi puerta. Cerré vivamente la revista. Era
Brunker, que tenía en la mano una especie de estufilla a petróleo.
—¿Su cuarto está bastante caldeado, señorita? Esta estufa podrá serle de
utilidad.
—Gracias, no tengo frío —respondí, haciendo ademán de cerrar la puerta.
—¿No tiene usted frío? —repitió el criado.
Sus pálidos ojos estaban clavados en la mesa, y en la revista, a lo que me
pareció.
—Ya se lo he dicho —repetí con un asomo de aspereza.
Brunker murmuró: “Sí, señorita”, y cerró la puerta tras sí. Esta vez coloqué
el sencillo trozo de madera que servía muy eficazmente de cerrojo, y lo fijé en el
gancho de hierro que salía de la puerta. Hice otro tanto del lado del cuarto de
baño, a fin de prevenir toda visita inesperada de la tía Lucy, terminé mi arreglo,
me senté y puse el dibujo en mis rodillas.
Lo habían recortado de un diario de Barrington. Se leía debajo: “Partida de
Hunting’s End. Huber Kingery y sus huéspedes a punto de abandonar el
famoso pabellón de caza de los Kingery, en los Nettles. Se reconoce, de
izquierda a derecha...”
Me incliné con interés. El estudio a que me entregué me permitió formarme
una idea exacta de las personas que acababa solamente de encontrar a mi
llegada. Uno después de otro, identifiqué a todos los invitados. Y, en primer
término, mi mirada se detuvo sobre el hombre elegante, de nariz y barbilla
dominadoras, que ocupaba el centro del grupo: Huber Kingery, sonriente,
seguro de sí mismo. ¿No tenía, entonces, presentimiento alguno de su próxima
muerte? Junto a él, Lucy Kingery. Debí consultar el nombre, para asegurarme;
alta, como su hermano, de ningún modo bonita (su tez plomiza no se lo
permitía), pero sonriente, elegantemente vestida, el aire un tanto altanero,
agradaba. Imaginé que sus amigas debían temerla un poco, pidiéndole parecer,
procurándose su apoyo. Más lejos se encontraba la baronesita rubia, pero muy
distinta de la mujer que viera yo unas horas antes: sonriente, vestida con
exquisito cuidado, su rostro era suave como el de una muchacha, y en nada

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anticipaba la mirada calculadora y fría que al presente mostraba. Era muy


difícil comparar a la graciosa joven colgada del brazo de Huber Kingery con la
mujer pintarrajeada y artificiosa que respondía al nombre de Terice, de rasgos
ahora endurecidos, de ojos falsos, de manos sin belleza. ¿Qué había cambiado
en ella? ¿Había amado a Huber Kingery? ¿Había perdido, con él, su última
esperanza de alcanzar la riqueza? ¿Las preocupaciones monetarias la habían
afeado? ¿No sería, más bien, aquel terrible secreto de cinco años ya de
antigüedad?
Todos habían cambiado mucho. Un joven reidor, apoyado en su fusil,
gracioso, despreocupado, los ojos clavados en el objetivo... era Lawrence
Killian. A su lado una joven, casi una niña, alta, delgada, de miembros un poco
débiles todavía, de mirada seria, cuello redondo: Matil. Una cara ancha, muy
joven, de cabellos enmarañados, con un “sweater” de vivos colores, el abrigo al
brazo, anteojos de carey, franca la mirada, fija en Jericó, al que sostenía por la
traílla: Newell Morse. Elena también había cambiado; había engrosado mucho;
estaba mucho mejor en imagen. Sostenía su sombrero en la mano. Sus cabellos,
divididos por una raya en el medio, sin un rizo, aparecían muy elegantemente
recogidos hacia atrás. Sus cejas se prolongaban por encima de unos inmensos
ojos que miraban expresivamente hacia Huber Kingery. Un elegante traje la
vestía. Julián Barre se hallaba a su vera, con algunos libros bajo el brazo,
distinguido el aire aun en medio de aquel grupo selecto. Sus facciones
reflejaban calma, su boca sonreía: los ojos, quizá, revelaban cierta prudencia,
pero sin falsedad; sus ondulados cabellos, jaspeados de gris, destacaban la
frente. Se sentía que Huber Kingery y él estaban hechos para la misma vida, que
sus gustos y sus maneras eran idénticos, y por más que fuesen distintos sus
rasgos, existía entre ellos una semejanza de casta. Julián Barre había cambiado
poco desde entonces, hasta donde me fue posible juzgar. En cuanto al que era
de la misma talla que Huber Kingery, pero más delgado, y que respondía al
nombre de Gerald Frawley, no había cambiado en absoluto. En la fotografía
parecía tan calmo, tan frío, tan preciso, tan negro de cabellos, tan pálido como
cuando había, pocos momentos antes, vuelto a Terice a su sangre fría. Su
mirada conservaba la misma vivacidad, y la misma dureza su boca. José Paggi
se había modificado poco: ancho, fornido, el pecho combado, parecía no haber
perdido una partícula de vitalidad y de juventud. En imagen, reía
probablemente de la expresión del perro; sus blancos dientes brillaban, su
rostro era alegre y cándido. No se veía a Brunker en la fotografía, ni tampoco a
Annette, la cocinera, que yo no conocía aún.
Contemplé largamente aquel grupo, en el que todos, con excepción de
Matil, reían, ardientes ante la perspectiva del placer. Iban al encuentro de la
tragedia. ¿No adivinaban, unos y otros, que el “asesinato” estaba próximo a
ellos, invisible? Uno de aquellos rostros debía ocultar un secreto desde hacía
cinco largos años. ¿Impunemente? ¿Cuál había cambiado, envejecido? ¿En qué
facciones el crimen había impreso su huella?

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CAPÍTULO III
NO HAY BUENA CAZA QUE NO TENGA
FIN

Al cabo de un momento, me levanté bruscamente. Había olvidado mis


deberes. Volví a poner la fotografía en la revista. Pasando a la vasta sala, advertí
que la noche había cerrado por completo. Brunker alimentaba los hogares. Una
larga mesa estrecha aparecía colocada en un rincón, cerca de la puerta de la
cocina. La cristalería chispeaba, brillaba la plata y los altos candelabros
aguardaban sus bujías. Los inflamados leños despedían dorado fulgor, las
lámparas esparcían una suave claridad. Y, no obstante, aquella mesa era triste,
el ambiente pesado.
No hallé dificultad en dar con el cuarto de Matil. Se alzaba en una esquina
de la sala, y la puerta formaba ángulo recto con las otras. Torné a mi enferma.
La señorita Kingery continuaba en buena disposición. Habló de sus alhajas.
No quería que la ayudasen en su tocado, dijo, pero me pidió que fuese a la
cocina a echar una cucharada de sal de Vichy en un vaso de agua tibia y que se
lo trajera. Me hizo recomendaciones muy minuciosas, y contuve mis deseos de
responderle que había preparado yo probablemente más vasos de agua gaseosa
que pelos tenía ella en la cabeza.
La cocina, una amplia pieza sombría, a pesar de las dos lámparas que la
iluminaban, estaba en el fondo del pabellón. Una gran chimenea hacía juego
con la de la sala, y de un enorme horno se escapaban apetitosos olores. Brunker,
ocioso, apoyaba la frente en el vidrio, y, cerca de la mesa, se hallaba una
mujerona vestida con un traje de tela azul bastante ordinario, al que cubría un
delantal. Revolvía una ensalada, mientras entonaba una curiosa melodía,
punteada de “tralalá” al término de cada palabra aguda, infantil. “Es Annette”,
pensé, y, al ruido de mis pasos, se volvió de golpe, dura la mirada, como con
miedo.
—¿Quién es? —dijo con no poca insolencia.
Tartajeaba, y empleaba un inglés asaz vulgar, entrecortado, no obstante,
por un dialecto muy particular, que participaba, a la vez, de lo primitivo y de
un francés acriollado. Normalmente, su inglés debía ser correcto. Sólo que la
emoción la hacía emplear el francés. Era ancha y gruesa, tenía la cara
rubicunda, la boca floja, falsa la mirada, y sus cabellos grises, en desorden,
estaban recogidos hacia atrás por algunos alfilerones de perla.
—Desearía un poco de sal de Vichy —dije con dignidad. No se movió,
estudiándome.
—Es usted la enfermera, ¿eh? —dijo, ceceando ligeramente.

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Se llevó la mano a la boca y me miró de arriba abajo sin apresurarse.


Brunker se había vuelto y contemplaba la escena. Después la mujer echó atrás la
cabeza y lanzó una alegre carcajada, por lo menos desconcertante.
—Es la enfermera —repitió, encarándose con Brunker—, la enfermera de la
señorita Lucy.
Cesó de reír, y aproximándose a mí, alargó el cuello. Apestaba a alcohol.
—¡Sea prudente, “nurse”, sea prudente, que de lo contrario la señorita Lucy
podría morderla! ¡Toc! Como hace la araña con la mosca.
Chasqueó los dedos bajo mis narices e insistió:
—Como la araña con la mosca. Escuche, voy a confiarle un secreto. Tiene
dientes de acero.
—Usted ha bebido —repliqué fríamente—. Deme la sal de Vichy.
—¡Ah! ¡Sí, he bebido! ¿Y qué? Óigame. ¡Bebo! ¡Sí! ¿Por qué? Pues, porque
en esta casa hay que beber. Eso calienta, eso da firmeza a la mano que tiembla,
aparta las visiones, los fantasmas. ¿Se atreve usted a mirarme así? Es que usted
no sabe nada...
Se me acercó más aun, y debí retroceder para evitar su aliento. La cólera la
invadía: en su adiposo rostro, sus ojos se achicaban como los de un gorrino.
—¡Yo, Annette, yo, lo sé! Hay alguna cosa en esta casa, que espera, espera.
Desde hace cinco años. Esta noche...
Y, sin transición, muy calma, llena de fatalismo, alzó las cejas y encogió sus
amplios hombros.
—¡Ah! ¡Ya verá, esta noche!
—Vamos, Annette —se interpuso Brunker, para apaciguarla.
Sus gruesos párpados ocultaban su mirada.
—No haga caso, señorita. Es que a Annette nunca le gustó Hunting’s End.
—¿Y por qué habría de gustarme? ¡Lo odio! ¡Le tengo horror! ¡Le escupiría
encima!
Y lo hizo en el fuego.
—¿Sal de Vichy? ¡Muy bien!
Se dirigió con paso incierto hacia el “office”, y registró su absurda canción
de nuevo en los labios. No me miró ni siquiera para recibir el frasco,
aparentemente absorta en la preparación de su ensalada, olvidándome por
completo, de lo cual me felicité. Brunker había tornado a su ventana.
Al regresar al “hall”, tropecé con Julián Barre. Estaba cerca de la puerta de
Gerald Frawley, la del cuarto en que había fallecido Huber Kingery, y en el
momento en que se cerraba detrás de mis pasos la puerta de la cocina, oí:
—... de ningún modo. Usted tomará mi pieza, y yo tomaré ésta. Matil no
tiene necesidad de saber que cambiamos de plaza.
Y Gerald Frawley, con un traje de franela marrón que acentuaba su palidez,
su boca firme y sus duras facciones, apareció.
—¡Oh! No le hace, Julián. La sombra de ese pobre Huber no me molesta lo
más mínimo.

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Se calló un instante, y prosiguió, con la voz alterada:


—Evidentemente, no les ocurrirá lo mismo a todos, ¡pero yo, Julián, nada
temo!
Dejó escapar una risa desagradable. Ambos me vieron y se apartaron. Sólo
se oyó el ruido de mis vestidos cuando pasé, y mientras continuaba mi camino,
sentí sus miradas intensamente clavadas en mí.
A las siete, la señorita Lucy se declaró pronta para la comida. Se había
ataviado de una manera ridícula con una especie de traje oscuro lleno de
moños, adornado de pasamanerías, que le daba verdaderamente aspecto de una
gruesa araña esperando su presa, comparación que se presentó a mi espíritu,
debido, sin duda, a la sugestión de la irrespetuosísima Annette.
De entre la cantidad de anticuadas alhajas que había traído consigo, la tía
Lucy escogió un aderezo particularmente feo, de sardónice, piedra que no es de
mi agrado. Rodeó su descarnado cuello con un pesado collar, con brazaletes sus
macizos brazos, y colgó de sus orejas largos pendientes, que vi fijar a sus
lóbulos distendidos con una sensación que llegaba a las náuseas. Las piedras
pardas arrojaban sombríos destellos que recordaban un cierto tipo de arañas
sumamente agresivas y venenosas.
Un intenso fuego crepitaba en la chimenea, del lado de la entrada. Sillas y
divanes aparecían dispuestos en círculo. Al otro extremo del “hall”, Brunker se
atareaba; platos y cubiertos de plata brillaban en sus manos. Seguí a la tía Lucy
junto al fuego. En aquel momento, Newell Morse salía de la pieza de Gerald
Frawley y volvía a entrar en la suya, próxima a la cocina. Elena Paggi
permanecía en una ventana y miraba la oscuridad. Debajo del balcón circular,
Lal Killian estaba sentado al piano, y acariciaba las teclas con sus ágiles dedos.
O’Leary, con el cabello alisado, cuidadoso, como siempre, en el vestir, parecía
muy a sus anchas, de “jaquette”. Fumaba un cigarrillo, y sentado daba la cara a
la galería. Al cabo de un instante, Newell Morse regresó al hall y se aproximó a
nosotros; su pesado cuerpo hizo gemir la silla que ocupó al lado de O’Leary. Su
curtido rostro dejaba asomar la fatiga. Sus anteojos brillaron cuando volvió la
cabeza en la dirección de O’Leary. Aceptó un cigarrillo. Lo vi ocasionalmente
encenderlo, y quedé sorprendida del temblor de su mano.
Elena se apartó vivamente de la ventana.
—Nieve. Todavía. Siempre —dijo, al acercarse.
Ocupó un sitio en el diván, cerca del fuego. Vestía de rosa, muy descotada,
y su tez, hermosísima, apenas permitía distinguir la carne del tejido. La cintura
era estrecha; la tela caía hacia abajo en anchos y amplios pliegues. Cinco años
antes debió ser notablemente bonita, y aun ahora producía cierta impresión.
—Nos bastaba haber declinado la invitación —dijo O’Leary en tono ligero.
Tomó el cigarrillo que éste le ofreció. La tía Lucy rehusó severamente, y
Elena se inclinó para tomar el fuego que Newell Morse le tendía, chupando de
su cigarrillo con la impaciencia que habitualmente mostraba.
O’Leary volvió a su asiento.

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—Sí, podíamos declinar —repitió con indolencia.


—Pues ahí tiene —dijo Elena—, que no podíamos negarnos.
Newell Morse le echó una mirada de desaprobación, pero parecía ella de
muy mal humor.
—Eso, precisamente, es lo que no podíamos hacer —repitió con despecho,
desafiando a Morse con la mirada.
Se calló este último, y O’Leary rio, despreocupado.
—¡Oh, signora Paggi! ¡El hombre es libre!
Sus verdes ojos se velaron.
—No siempre —replicó.
Lal Killian abandonó el piano y pasó cerca de nosotros para ir a plantarse
delante del fuego. La luz iluminaba su blanquísima pechera y jugueteaba en sus
ojos. Era muy elegante y bien formado, y daba esa impresión de frescura que
tanto agrada a las mujeres.
Procuraba descifrar algunas letras grabadas en una piedra de la chimenea,
siguiéndolas con el dedo.
—No hay buena cacería —dijo lentamente—, que no tenga fin.
Se detuvo de súbito, como si le hubiese faltado el aliento, y repitió, de
corrido esta vez:
—No hay buena cacería que no tenga fin.
Se volvió hacia nosotros con un poco de impaciencia.
—Qué rara idea esta de Huber...
De nuevo se detuvo, y Elena rompió a reír, irónicamente.
—¿Por qué Huber escribió eso? ¡Yo no le he olvidado! —exclamó.
Sacudió la ceniza de su cigarrillo en el fuego y pasó suavemente su mano
por una de las cintas de terciopelo de su traje. Sus ojos miraban sin ver, y se
dilataron cuando añadió:
—¡No lo he olvidado! ¡Nada he olvidado!
—¡Elena! —dijo Newell Morse en tono de reproche.
Y Lal Killian, arrojando su cigarrillo al fuego, comenzó a entonar un aire,
como para aligerar el extraño silencio que se había producido. En los días que
siguieron oí muchas veces aquel aire. Nunca pude sorprender las palabras, sino
únicamente: “y vuestros esqueletos danzarán esta noche”, lo que me pareció
bastante mal escogido para la circunstancia.
Una puerta golpeó. Elena alzó la cabeza y Jo Paggi vino a nosotros, con su
paso ligero, frotándose las manos y husmeando el olor de la comida. Se inclinó
para depositar un beso en la mejilla de Elena, lo que la hizo sonreír, y se irguió
para saludar a Matil con una reverencia más profunda de lo que su traje
rigurosamente abotonado parecía hubiera de permitirle. Sus ojos se animaban
cuando veía a Matil. Lal Killian dijo:
—¡Hola, Matil! —bastante fríamente.
Newell Morse se incorporó una vez más; la sonrisa abandonó los labios de
Matil, y advertí en la mirada de O’Leary una desacostumbrada dulzura.

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Miré a Matil. Era una de esas personas que no podrían pasar inadvertidas.
Existen seres cuya presencia se acepta pasivamente. Matil pertenecía a esta
clase. Su llegada no cambia el ambiente. Otras, por el contrario, ejercen una
especie de influjo magnético sobre aquellos o aquellas que encuentran. A su
proximidad, los rostros se iluminan o se tienden, expresando la admiración o el
odio, poco importa; lo cierto es que tales seres influyen.
Matil era hermosa. Hubiera podido carecer de atractivos; más aun, ser fea;
pero, aun así, habría emitido del mismo modo aquella suerte de irradiación,
creado aquel irresistible campo magnético. Permanecía de pie, esbelta y erguida
en su traje laminado de plata que ceñía suavemente sus nobles líneas. Un gran
abanico de plumas de avestruz pendía de su muñeca, poniendo una mancha
carmesí sobre la plata del vestido... Sus ojos resplandecían cual zafiros; sus
labios eran como claveles; sus negras cejas se fruncían imperceptiblemente.
—¿Eres tú, tía? —dijo, en el momento en que una ancha mano se alargaba
hacia ella, emergiendo de aquel nido de arañas que pareció ser la señorita Lucy.
—Lindo traje, Matil —gruñó la vieja dama—. “Un Hanet”. Debió costarte
saladito, ¿eh?
—Bastante caro, sí —respondió Matil, mientras un fulgor de regocijo
atravesaba por los ojos de Lal Killian.
—¿Soy la última?
Terice entraba, toda bucles rubios, brillantes los ojos bajo las largas cejas
negras, exageradamente pintadas. Ampliamente descotada, muy arreglada,
llevaba en los cabellos una pluma negra que hubiera podido tomarse por un
cepillo de peluquero.
Detrás de ella venían Frawley, calmo, severo, meticulosamente vestido, y
Julián Barre, muy elegante. Hombres hay a los que el traje negro realza, y Julián
Barre era de éstos. Todo, hasta la cinta de su monóculo, era del más correcto
gusto. Nada chocaba. En su solapa se veía una cintilla roja, que pensé debía ser
una decoración. No podría decir más. Después de todo, he pasado mi vida entre
los termómetros y las bolsas de agua caliente.
Rechacé con un gesto el “cocktail” que Brunker me presentaba sobre una
bandeja. No es cosa de envejecer a mi edad con el estómago en malas
condiciones. Vi con desaprobación a la tía Lucy vaciar tres vasos, uno tras otro,
y pronto me hallé a la mesa entre Morse y la señorita Lucy.
La cena estuvo excelente. Por otra parte, fue la única comida aceptable que
nos sirvieron durante aquella horrible permanencia en Hunting’s End. La carne
era verdaderamente exquisita, al punto de conducirme a olvidar mis principios
dietéticos; y me sorprendí en disposición de disculpar los intemperantes hábitos
de Annette, en homenaje a su habilidad culinaria.
Brunker iba y venía, sin ruido. Las llamas de las bujías se inclinaban y
temblaban, a veces, bajo las bocanadas de aire que nos llegaban de las
chimeneas. Las piñas crujían lanzando chorros de chispas. Todo estaba bien, y
la cena hubiera sido agradabilísima, a no mediar cierta puerta que todos

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evitaban mirar. Y no fue un alivio para nadie ver a Jericó dirigirse lentamente
en su dirección, con la cabeza baja, husmear ruidosamente por lo bajo de la
puerta y acostarse, el hocico entre las patas, clavados los ojos en nosotros.
Julián Barre, Matil y O’Leary se esforzaban en sostener una conversación
animada, cosa difícil; la tía Lucy, después de haber bebido sus “cocktails”, había
caído en un sombrío silencio. Rígida en su silla, los ojos fijos delante de sí, sin
ver, rehusaba todo. Terice hablaba nerviosamente, tonteaba, posaba su
manecita seca y sin gracia en el hombro de Julián Barre, sus dedos sobre la
muñeca de Lal Killian, lo que traía una sonrisa a los labios de Barre, mientras
Killian comía sin mirarla una sola vez. Sus manos eran de una dudosa limpieza
y cargadas de anillos que despedían múltiples reflejos. Llevaba una ancha
sortija en cada índice, sitio bastante poco conveniente, a mi humilde parecer,
para aquel uso.
—... Hay que añadir todo eso —decía Terice, cuando comencé a prestar
atención a sus palabras.
Y continuó:
—¿Tiene usted mucha sangre fría en los casos graves?
Paggi rió con sorna.
—¿En un caso grave? Lo malo es la sorpresa. ¿Se acuerdan de “Juggler”, la
temporada pasada?
El asentimiento fue general.
—¿Saben que Novello cantó toda la ópera en mi lugar?
—¡Oh, Joe! ¡No exageres! —dijo Elena, dirigiendo una mirada de reproche a
su marido—. ¿Qué importa, por lo demás?
—Quería solamente...
—Todo eso no significa nada —cortó Elena con severidad—. Jo se había
caído en la escalera, en casa, y creía haberse roto el tobillo. Rimini Novello, su
doble, cantó en su lugar —tuvo una sonrisa forzada—; fue un sábado, en la
“matinée”. Había uno o dos críticos que no habían ido más que para...
—Dijeron que yo no estuve en mi día, esa tarde —dijo Paggi, echando
escandalosamente sal a su ensalada.
—Al contrario, escribieron que estuviste perfecto.
El signor Paggi arrojó una mirada feroz a su mujer, a la verdad que
demasiado franca, y Terice dejó escapar una risilla seca.
—Y su tobillo, a fin de cuentas, no estaba roto —dijo Lal Killian, cuyo tono
significaba con claridad que la pérdida en todo caso no hubiera sido muy
grande.
—Pues no, querido, no tenía nada. Quería únicamente mostrarles cómo se
puede obrar en caso de urgencia.
—Y no siempre con sensatez —observó Terice, muy irónica—. Vea, Jo, si lo
hubiese usted pensado dos veces, y no una sola, seguramente se habría dado
cuenta que no tenía nada roto.
Un relámpago cruzó por los verdes ojos de Elena.

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—Es usted un modelo, Terice. Siempre calmosa, imperturbable, no se


equivoca usted nunca.
Terice mostró un regocijo que no era fingido.
—Mi pobre querida, me equivoco como todos. Pero hay entre nosotros una
diferencia capital: jamás lamento nada.
—Es muy difícil prejuzgar las reacciones de un individuo —dijo Julián
Barre, suavemente—. El caso grave, el accidente... y el accidente no tiene en
cuenta el tiempo, ni la marea, ni los pobres negocios humanos.
—Y sin embargo... —dijo Gerard Frawley—. (No, gracias. No quiero más
asado.) Sin embargo, puede uno precaverse contra el accidente.
—¿Qué quiere usted decir? —preguntó Morse—. Un poco de sal, señorita
Keate.
Tomemos mi caso particular. En mi situación, los acontecimientos de mi
vida privada tienen cierta importancia, y...
Se detuvo, bebió un gran vaso de agua y continuó:
—Contra el accidente...
—El accidente —inquirió Matil, inclinándose hacia adelante—. ¿Qué quiere
usted decir, Gerald? No tiene usted motivos para temer un accidente más que
—vaciló una fracción de segundo—, más que cualquiera de nosotros.
Alzó él la cabeza; sus fríos ojos se hundieron en los de su interlocutor.
—¿Debo precisar?
—Pues... claro.
—Es para adelantarme a todo, para evitar toda enojosa consecuencia del
accidente que puede, en cualquier instante, hacerme, ¡ejem!, hacerme
desaparecer, que he dispuesto en lugar seguro un informe detallado y completo
de todas mis transacciones, tanto personales como de negocios.
Y repitió:
—En lugar seguro.
—Probablemente tan seguro que nadie lo encontrará jamás —dijo O’Leary
con volubilidad—. Mala solución.
—¡Oh, no! —replicó Gerald Frawley con convicción—. Lo encontrarán.
Fue en ese momento, creo, cuando Brunker dejó caer la ensaladera. Se
estrelló sobre las baldosas, y Brunker enrojeció al agacharse.
—¿Era una pieza de Spode? —preguntó Elena, interesada, sin cuidarse del
mohín de Matil.
—Más valiosa todavía —murmuró ésta—. Una porcelana irlandesa. La
habíamos dejado aquí. Estaba desde...
Se detuvo repentinamente. Morse carraspeó.
—Esa exposición de sus actividades debe ser importante —dijo Morse
lentamente.
Se hallaba sentado frente a Frawley, y los dos hombres cambiaron una larga
mirada.
—Muy importante —respondió Frawley con intención.

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Sus dedos, que no temblaban, sostenían el pie de su vaso. Sus facciones


regulares, un poco duras, mostraban gran calma. La raya que dividía sus
espesos cabellos era tan nítida que parecía capaz de desafiar un ventarrón.
El vendaval gimió en la chimenea.
—Qué mala noche —dijo Elena, estremeciéndose, no sin razón—. ¿Por qué
elegiste esta estación para reunirnos aquí, Matil? Si esto dura, desde mañana
estaremos bloqueados por la nieve. Es horrible.
Sufrió un nuevo escalofrío. Su carne regordeta, parecía blanca y fofa como
una pasta. Sentí que mis dedos habrían dejado señales en su brazo.
—¿Por qué te vistes tan ligeramente? —dijo con crueldad José Paggi,
clavados sus ojos verde oliva en el generoso escote.
Un lento y profundo rubor invadió las mejillas, el cuello de Elena; sus ojos
se entornaron, y algunas finísimas arrugas se dibujaron en la comisura de sus
delgados labios.
—Vamos, Jo —se apresuró a intervenir Morse—. Tiene usted, un bonito
vestido, Elena. Me agrada mucho.
Por un instante, vaciló ella entre la ira y la vanidad satisfecha. Se produjo
un corto silencio, matizado de inquietud; después se decidió a sonreír. Recobró
sus colores naturales. Matil agradeció a Morse con la mirada, mientras Terice
parecía decepcionada.
—¿Café, señora? —dijo Brunker, a mi izquierda.
—¿Cantará usted después de la comida, Elena? —preguntó Barre, mientras
Killian inclinaba con aire descontento la nariz sobre su taza. Después de lo cual,
Elena, con aire tímido, rogó a Jo que le diese parecer.
—¡Brunker! —llamó la tía Lucy, rompiendo con tal decisión el silencio que
obstinadamente había guardado, que todos quedaron en suspenso.
El criado, sorprendido, detuvo la fuente que estuvo a punto de escapársele.
—¡Veneno!
Alrededor de la mesa, las cabezas se alzaron con un mismo movimiento.
—¿Ve... veneno, señora? —musitó Brunker, desmesuradamente abiertos los
ojos.
Terice lanzó un leve grito, y el propio Lal Killian pareció desconcertado.
—Veneno —repitió la tía Lucy, con sombría expresión.
Sus ojos, profundamente hundidos en las órbitas, pasearon en derredor de
la mesa. Los platos se habían sucedido y habían pasado por delante de la vieja
dama sin que ésta los tocase. Parecía percatarse súbitamente de ello.
—¿Dónde está la comida? —preguntó todavía—. ¡Hum!
Se enderezó en su silla, guiñando los ojos con rapidez.
—Sí, por cierto —continuó con voz estridente—, ¡veneno!
Se calló. En su derredor, la ansiedad crecía. Luego, con la gracia y la
dulzura de un maestro de armas, espetó:
—¡Las ratas! En el “office”.

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—¡Dígale a Annette que ponga el veneno para las ratas en los cajones del
“office”, Brunker! —ordenó Matil con calma, los dedos quizá un poco crispados
sobre su taza—. Tía Lucy cree que hay ratas en la casa.
—Sí, señorita —murmuró Brunker, que partió hacia la cocina con mucha
más rapidez de lo que la orden recibida exigía.
—Siempre hay ratas —observó la tía Lucy—. El polvo está en el último
cajón del “office”. ¿Se lo dijiste, Matil? No he conocido un pabellón de caza sin
ratas. La comida ha concluido. ¿Por qué seguimos a la mesa?
Rechazó su silla. Jo Paggi, que era su vecino, la miró con un desagrado que
no intentó disimular, se levantó y la ayudó a separar aquella silla de ruedas. La
dirigió ella hacia la chimenea. Entre la baraúnda de los asientos removidos, lo oí
murmurar:
—¡Qué horrible vieja!
Sus ojos encontraron los de Matil, y se encendieron de súbito.

CAPÍTULO IV
CUATRO QUE NO DUERMEN

Entre tanto, Brunker había traído dos mesas de juego, hacia las cuales se
encaminaba ya un grupo en orden disperso. Elena y Lal Killian se habían
sentado al piano y buscaban entre las partituras polvorientas. Oí a Elena
protestar con volubilidad que no podía cantar al salir de la mesa. Creí asimismo
notar que aquella declaración provocaba un ligero alivio. Nadie insistió, en todo
caso.
La tía Lucy había ocupado sitio junto al fuego. Con el rostro sumido en la
sombra, y vueltos a nosotros los ojos, en que se reflejaban los resplandores del
hogar, hacía pensar en una voluminosa araña negra. Barre se puso a barajar las
cartas y a distribuirlas con gesto mecánico. Frawley y Morse tomaron las
manos. O’Leary respondió con un signo de cabeza a la muda pregunta que le
dirigió Barre, y Terice se sentó, recogiendo febrilmente sus naipes y mirándolos
con una especie de avidez antes de colocarlos en orden. Matil, envuelta en su
túnica de plata, se había sentado sobre un taburete. Con su abanico carmesí
protegía su rostro de los ardores del fuego. Inconscientemente, había adoptado
una actitud plena de gracia. Paggi, que se había retardado al lado de la mesa,
dejó rápidamente su vaso de licor, vino a acodarse detrás de Matil y comenzó a
hablar de bridge.
O’Leary, en su papel de observador, estaba sentado no lejos de Matil.
Fumaba tranquilamente. Sus grises ojos debían verlo todo a través del humo

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azulado. Yo me senté cómodamente al lado de la señorita Lucy. No demasiado


cerca, sin embargo. Había tenido extraños enfermos a mi cuidado, en mi carrera
de “nurse”, desde el hombre que se tragaba cucharas y al que era menester
poner cabeza abajo y sacudirlo, hasta el niño que vino al mundo en el asiento
frontero del mío, en el metropolitano, a la hora de afluencia. Jamás, empero,
hube de atender a una persona tan curiosa como la señorita Lucy Kingery, lo
que agradezco al cielo.
Desde el piano nos llegaban retazos de la conversación que sostenían Elena
y Killian, algunas notas en ocasiones, y la voz de Elena tarareando; se oía el
deslizarse de las cartas, y las escasas palabras que cambiaban los jugadores. Las
observaciones de Paggi a Matil se hacían ahora en voz baja, y como su mano,
por inadvertencia, tocara la de la joven, me pareció ver a ésta enrojecer y brillar
sus ojos febrilmente.
¿Qué significaría Paggi para Matil? ¿Habría decidido ésta, después de cinco
largos años, hacer revivir el horrible secreto por amor hacia él?
No hubiera sido yo humana, no hubiese sido mujer, de no haber tratado de
identificar al varón a quien ella amaba. La dificultad estaba en que cada uno de
aquellos hombres podía ser el elegido: todos eran jóvenes, a excepción de Julián
Barre, y aun éste se hallaba todavía en una edad que muchas mujeres
encuentran interesante. Killian, Morse, Frawley, podían, hasta donde yo los
conocía, ser amados. A decir verdad, y en lo que a mí respecta, lo hubiera
apartado a Frawley, cuya excesiva prudencia, visible en cada una de sus
palabras, en cada uno de sus gestos, me era antipática. Por lo demás, allí sólo se
trataba del gusto de Matil. En cuanto a Paggi, bien que estuviera casado, se
interesaba a ojos vistas por Matil.
De la propia actitud de la joven, nada me era posible deducir: trataba a
todos de igual manera. No ignoraba yo sus preocupaciones, pero, aun así, no
tenía entonces clara idea de la tristeza y de los amargos pensamientos que se
ocultaban tras de aquella tersa frente.
En el curso de la cena, y asimismo durante la velada, estudié los rostros,
comparándolos mentalmente con la fotografía del grupo, de cinco años antes.
¿Quiénes habían cambiado? ¿En qué forma? Elena había engrosado mucho;
¿sería esa la razón de que me pareciera más enérgica, menos lánguida? La
baronesita debió soportar cinco años de dificultades financieras. ¿Era por eso
por lo que se pintaba, se teñía los cabellos, y parecían garras sus secas manos?
¿Únicamente aquellos años habían hecho los ojos de Julián Barre más
inexpresivos aun, más discretos, o bien, el peso del secreto? ¿Dónde había
perdido Lal Killian la despreocupación de una juventud triunfante, por qué se
había vuelto cínico? ¿Qué es lo que había convertido a un muchachón de
redondas mejillas, a Newell Morse, en un hombre fatigado, de acentuados
rasgos, de mirada prudente, calculadora, detrás del monóculo? ¿Qué le había
otorgado, a despecho de sus apariencias de salud, aquella mano temblorosa,
aquellos intranquilos gestos? ¿Era sólo el tiempo, o un sombrío recuerdo, un

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remordimiento? ¿Qué sabría Newell Morse, qué habría adivinado, qué podía
temer?
La tía Lucy, una mujer de mundo, tranquila, elegante, un poco
presuntuosa, quizá, pero sonriente, autoritaria y arrogante, se había vuelto,
como lo decía Paggi, una horrible vieja, barbada. Huber Kingery, que sonreía en
aquel entonces, vivaz, ardoroso, positivo, no era a la fecha más que polvo.
Mis miradas cayeron sobre el perro, pobre animal gemebundo ante una
puerta cerrada, y me estremecí.
—Dos piques —dijo Barre con la voz neutra y prudente de un jugador
inveterado.
Terice consultó de nuevo sus cartas con angustia, arrojó una mirada oblicua
en derredor, y dijo con voz ahogada:
—¡Tres corazones!
Tras de lo cual, Morse, compañero de Barre, pasó con una desenvoltura que
le valió una rencorosa mirada. Frawley pasó igualmente. Barre, con una rapidez
que no excluía la prudencia, subió a tres piques. Terice replicó con cuatro
corazones, luego de una ávida mirada a la diestra de Frawley, cual si hubiese
querido leer a través del cartón el juego de su adversario. Morse parecía
esforzarse en estudiar su mano; Terice se mordía sin interrupción el labio
inferior. Después de Frawley, pasaron Barre y Terice. Frawley miró fríamente a
Terice con sus negros y penetrantes ojos y se agitó en su silla. Aquélla jugaba
ahora rápidamente, pero a la desesperada echando a derecha y a izquierda
rápidas ojeadas, atormentándose sin cesar el labio, recogiendo las bazas como si
hubiera querido apropiarse de las cartas, hacerlas definitivamente suyas. Hizo
su oferta y el robre. Jugaron a “cien” el punto, y en el curso de la partida Terice
se enervó visiblemente. Su rostro, pálido bajo los afeites, se crispaba, revelando
fatiga. Perdía. Al cabo de una hora aproximadamente, cuando Elena y Killian se
habían reunido al grupo de espectadores, arrojó sus cartas, bromeó con ligereza
acerca de la suerte que se obstinaba en serle adversa, y prometió pagar sus
deudas al día siguiente: “¡No valía la pena subir ahora a su cuarto para eso!”,
declaró y abandonó la mesa. Frawley, con la fría mirada que parecía serle
habitual, pagó tanto las pérdidas de Terice como las de él, y el juego cesó.
—¿Quiere jugar, Lal? —dijo Frawley.
—¿No tendremos un poco de música? —sugirió Lal Killian—. ¿Qué dice
usted, Jo?
Paggi se encogió de hombros.
—Cantaré, si mi mujer me acompaña —declaró—. No necesito de usted,
Lal.
—¿Y cómo sabe que le ofrecería yo mis servicios? —preguntó con
indolencia Lal Killian, de pie detrás de la silla de Matil, absorto en la
contemplación del abanico de plumas, que, descansando en el brazo de la joven,
destacaba la blancura de la piel.

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—De veras, no tenía esa intención. Por lo demás, bien podía usted haber
elegido peor.
—Desde luego; pero lo que es mejor, también —replicó Paggi, de mal modo
—. Transforma usted todo lo que toca en aire de danza, Lal. ¡Siempre me hace
pensar en un organillo que ejecutara el Trovador!
—Una ópera, a fe mía —murmuró Lal, lo bastante alto para ser oído de
Paggi—, que un tocador de órgano, con ayuda de un bonito mono, puede
ejecutar a las maravillas.
—La América no respeta nada —dijo Elena, por encima del hombro,
sentándose al piano y dejando correr sus flexibles dedos sobre las teclas.
Recuerdo con una precisión asombrosa los más insignificantes hechos de
aquella velada: cómo cantó Paggi al principio un aire de ópera, para seguir
después con canciones sentimentales, sin apartar de Matil la mirada, con qué
precisión lo acompañaba Elena, y cómo parecía de pesada y sin elegancia en el
piano.
—Tiene una espalda de campesino —murmuró la tía Lucy, mucho más alto
de lo que hubiera debido.
—Jamás he podido comprender lo que atrajo a Huber en esa mujer. Nunca
he podido saber, en definitiva, por qué todas estas mujeres le interesaban —
continuó, dirigiéndose, en medio de mi mayor confusión, a mí—. Esa Terice, sin
mucha dificultad se ve que es una canallita, dispuesta a todos los enjuagues,
zalamera, mentirosa, presumida. Nada de bueno hay en ella. Únicamente la
atrae el dinero, y no pensaba más que en la billetera de Huber. Concluyó por
calarla, y se negó a casarse con ella.
Se calló, con gran alivio de mi parte, pues Terice estaba sentada en el diván,
no lejos de nosotros, y hubiera oído sin mucha dificultad, de haber cesado
bruscamente la música, como a ratos ocurría. Julián Barre nos lanzó una mirada
inquieta; sin duda escuchó el monólogo de la anciana señorita.
Los cantos de Paggi se sumían progresivamente en el sentimentalismo. Al
comenzar una canción en que se hablaba de pálidas manos que daban la muerte
—o algo parecido— Gerald Frawley se aproximó despacito a Matil y le habló en
voz baja. A los ojos de Lal Killian asomó una curiosa expresión. Creo que él
también había notado el particular aire de posesión con que Gerald Frawley se
dirigía a la joven. Recuerdo que Frawley tomó en su mano el abanico y se
entretuvo con las plumas, alisándolas con su fina mano, acariciándolas como un
propietario satisfecho. ¿Sería Gerald Frawley el hombre a quien ella amaba?
En aquel instante, Paggi cesó de cantar.
—Basta por esta noche —dijo bruscamente, en mitad de una frase, mientras
Elena continuaba tocando y lo miraba, sorprendida.
—Pero, Jo... —comenzó Terice.
—No, no —repitió Paggi—. Basta por hoy. Basta de música. Ha sido hasta
demasiado.
Mostraba una visible contrariedad.

37
Mignon G. Eberhart Lance O’Leary investiga

—Pero, ¿y nosotros no podemos entendernos, Elena? preguntó Killian, los


ojos entornados e irónica la expresión.
—Vamos, Elena —dijo Morse, saliendo de su largo silencio—. Cante para
nosotros.
—No —dijo Jo Paggi—. He dicho: ¡basta!
—Tú no estás obligado a acompañarme. Lal puede perfectamente...
—No, no y no. ¡He dicho basta!
Su tono era decidido, más aun, desagradable.
Elena amontonó violentamente las partituras y las arrojó sobre el piano.
—¡Bien! —dijo en voz muy alta, un poco temblorosa—. Ya que no quieres
oírme...
—¡Oh! —dijo Morse, molesto—. ¡Elena!
Paggi se encogió de hombros, se acercó a la chimenea y allí se plantó, de
espaldas al fuego.
—Este sitio es horrible. ¿Por qué se le ocurrió traernos aquí, Matil? Esta
casa está helada. Seguramente atraparé un catarro y perderé mi voz para toda la
temporada. ¡Con esta tempestad de nieve!
Elena, ya calmada, se le juntó. Parecía tener frío también ella. Sus dedos
estaban rojos.
—No pueden ustedes imaginarse qué frío hace debajo de ese balcón. Debe
haber una corriente de aire.
Terice alejó las manos del fuego.
—Detesto esta casa —dijo con pasión.
Barre hizo un movimiento.
—Con seguridad que O’Leary va a tomarnos por unos huéspedes ingratos.
Terice arrojó una rápida mirada a O’Leary, una mirada inquisitiva.
Evidentemente, le intrigaba.
La tía Lucy se levantó.
—Sin embargo, bien que le gustaba a usted —dijo a Terice, con
desagradable voz.
La aludida pestañeó, y le echó una mirada venenosa; abría la boca para
responder, cuando Elena alzó la mano.
—¡Escuchen!
Por espacio de algunos instantes, no se oyó más que el tumulto del viento y
el gemir de las llamas en la chimenea. Luego, débil, como lejano, se alzó un
lamento, que fue disminuyendo hasta extinguirse. Todos se pusieron de pie,
excepto la tía Lucy, que oprimía el brazo de su sillón. Estaba lívida.
—¿Qué es eso?
Esperamos un rato. Jericó se levantó, vino hasta nosotros y se detuvo con
las orejas tiesas.
El lamento se repitió, entre dos bramidos del viento. Lance O’Leary hizo un
movimiento brusco y dejó oír una risa que sonaba un poco a falso.
—Es un gato —dijo.

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Mignon G. Eberhart Lance O’Leary investiga

Continuamos inmóviles. Nuestra incredulidad sólo cesó cuando se dirigió a


la puerta y la abrió, luchando contra el viento y la nieve. Un gatito saltó al
umbral. Estaba muy flacucho. Su piel jaspeada de gris aparecía toda mojada y
brillaba a la luz. Nos miraba con sus ojos ávidos, hambrientos.
O’Leary volvió a cerrar la puerta con esfuerzo y corrió los cerrojos.
—¡Qué fea noche! —exclamó. Y tornando cerca del fuego, achuchado,
añadió—: Comprendo que el animalito haya querido entrar. Aquí, chiquito.
Ven y caliéntate.
Pero el gato no quiso acercarse. Se sentó y comenzó a pasarse su larga
lengua escarlata. Jericó miró al intruso sin mucho interés, con gran sorpresa
mía. En lugar de acometerlo, se acostó y suspiró tristemente. Permanecíamos al
calor del fuego hacía una buena hora ya. Una o dos veces, Brunker había venido
con pasos silenciosos a alimentar la chimenea. La conversación languidecía.
Furtivas miradas eran lanzadas hacia las cerradas puertas, hacia la galería
perdida en la sombra, hacia los oscuros rincones. En cierto momento, Matil
observó que era tarde, pero nadie pareció oír, ni se movió. La actitud del perro
me desconcertaba. No hay duda que los ovejeros son muy sensibles e
inteligentes; una sonrisa los llena de júbilo, un fruncimiento de cejas los apena;
pero me costaba admitir, sin embargo, que la muerte de su patrón, sobrevenida
cinco años antes, hubiera podido abatirlo tan largo tiempo. Estaba inquieto, se
acostaba, se levantaba, miraba a un lado y a otro, atiesaba las orejas a cada
soplo del viento, iba y venía sin prestar la menor atención al gato, husmeaba en
las puertas, para regresar a los pies de Matil y contemplarla con aire
implorante. Me sentía nerviosa.
—¡Oh, qué noche! —dijo Lal Killian, estremeciéndose, en el instante en que
una corriente de aire pasaba por la chimenea e inclinaba en nuestra dirección
las danzarinas llamas, para aspirarlas con creciente violencia, segundos más
tarde—. Todos los demonios se han desencadenado esta nochecita. —Miró al
gato—. Ese animal ha debido caer de la escoba de una bruja.
Todos los ojos se clavaron en el gato.
Una desdichada casualidad quiso que en aquel preciso momento la
bestezuela cesara de lamerse con su pastosa lengua para levantarse, tomar el
portante y dirigirse hacia la cocina. Al llegar frente al cuarto de Gerald Frawley
se detuvo, luego dio una vuelta lentamente, como para contornear una cosa invisible,
y, sin prisa, ganó la puerta del “office”.
Un grito agudo, un grito de locura, nos heló hasta la médula de los huesos.
Un indescriptible tumulto siguió. Nos dirigimos en desorden. Una silla cayó. La
puerta de la cocina se abrió con violencia y apareció la ancha cara de Brunker.
Terice había gritado. Fue al escuchar aquel grito, lo supe más tarde, cuando
Annette había cerrado con llave la puerta de su cuarto y procedió a descorchar
su segunda botella de Burdeos.

39
Mignon G. Eberhart Lance O’Leary investiga

Terice continuaba gritando. Elena castañeteaba los dientes sin interrupción.


Era un puro temblor. La tía Lucy, en voz muy alta, monótona, cual si el alarido
de Terice hubiera soltado en ella algún resorte, repetía:
—¡Es Huber! ¡Está aquí! ¡Es Huber! ¡Está aquí! ¡Huber! ¡Huber!
Los hombres, aturdidos como suelen mostrarse ante las lágrimas y los
nervios, se agitaban en confusión, ofreciendo agua a Terice, “brandy”, una silla,
y las tenazas del fuego. Jamás he sabido el uso que podía hacer de estas últimas,
y abrigo la sospecha de que Morse, que se las ofreció, lo ignoraba como yo
misma.
Conseguí al fin llegar hasta Terice, así sus hombros crispados y le puse la
mano en la boca. Luchó, pugnó por desasirse, quiso morder mi mano. Sus ojos
brillaban con resplandores de demencia. Su piel estaba sudorosa y daba la
impresión de una tibia masilla. Poco a poco se calmó. Pareció sofocada, y abrí
mis brazos. Su tenaz perfume había impregnado mi uniforme.
Matil, blanca como un papel, se erguía ahora, voluntariosa, decidida.
—Estamos muy fatigados —dijo con voz tranquila—; debemos retirarnos a
descansar.
Después de un silencio, agregó:
—Tía Lucy, ¿le pido a Brunker que prepare su “sandwich”?
La vieja señorita, que había recaído en un sombrío mutismo, apartó los ojos
de la puerta del cuarto de Huber Kingery, y, en el tono más dulce que le oyera
yo hasta entonces, respondió:
—Hazme el favor, Matil.
Lanzó luego una mirada salvaje sobre el grupo que la rodeaba y se puso a
mirar a Terice con ojos dilatados, fijamente.
—¡Usted!... ¡Usted condujo a Huber a la muerte! —exclamó, de modo
brutal. Su amplia boca se crispó en un rictus, mientras el odio resplandecía en
sus pupilas—. ¡Es por causa de usted por lo que... que tuvo que morir! ¡Por
usted y sus amenazas! ¡Por usted y sus esperanzas! ¡Nunca se hubiera casado él
con usted!
Elena dejó escapar un grito inarticulado que participaba de la risa y del
sollozo a la vez. La vieja dama se volvió hacia ella.
—¡Y usted también! Ustedes dos intrigaron. Pero no eran más que
pasatiempos para él. ¡Estaban ustedes celosas la una de la otra! ¡Muñecas de
adorno! ¡Bah!
Su cólera y su odio eran tan violentos, que durante un buen rato ninguno
de nosotros se atrevió a moverse. Después O’Leary tomó la campanilla de
cobre. Su límpido tintineo contrastó violentamente con los roncos acentos de la
tía Lucy. Brunker respondió con tal prontitud al llamado, que mucho me temo
que estuviera escuchando a la puerta.
—El “sandwich” de la señorita Lucy, haga el favor —dijo Matil, moviendo
apenas los labios.

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Mignon G. Eberhart Lance O’Leary investiga

—¿Has decidido que me acueste, eh? —dijo la tía Lucy—. Está bien. Iré. Soy
una vieja mujer fatigada, y todo cuanto necesito es una cama.
Movió su silla y se puso a rodar en dirección a su cuarto. Retrocedimos
para darle paso. Al llegar a la puerta se detuvo, y, siniestra, amenazante, dijo:
—¡Soy más fuerte que cualquiera de ustedes! —Y añadió, lo que no
olvidaré jamás—: Por lo que toca a Huber, óiganme bien: merecía la muerte... la
merecía.
Sacudió su cabeza gris, con aire de sombrío triunfo, y desapareció.
No recuerdo muy bien cómo nos separamos. Creo que todos estábamos
medio enloquecidos de miedo y de espanto, al punto de que nuestras buenas
noches, nuestros hasta mañana —todas esas fórmulas y exclamaciones que
exige la cortesía— fueron extrañas, irreales. Sólo ofrecían verismo, para
nosotros, el viento que rugía, el perro que se movía de acá para allá, gimiendo,
y las odiosas palabras que acabábamos de oír. Me acuerdo, únicamente, de
haber visto al gato reaparecer, saliendo de la cocina, atiborrado de comida, al
extremo de parecer un globo su vientre, y sentarse sobre las piedras, delante del
fuego, contemplando con aire de comprensión los sombríos vidrios de la
ventana.
Cuando me reuní a mi paciente, la hallé cómodamente sentada, con un
plato en las rodillas. Ahora se explicaba su abstinencia durante la comida.
Aquel “sandwich” no era un mito. La vieja devoraba literalmente enormes
zoquetes de pan, acompañados de gruesas rebanadas de carne y de queso. Su
pesada mandíbula funcionaba con regularidad, mientras sus ojos se clavaban en
una generosa porción de “pudding” destinada a sufrir la misma suerte.
—Golpearé con mi bastón en la pared, si la necesito —dijo, cuando me
separé de ella. Y con la barbilla señalaba un pesado bastón negro apoyado
contra la cabecera de su lecho.
Verifiqué el cierre de la ventana, y, al cerrar de nuevo la puerta del cuarto
de baño, eché sobre la tía Lucy una última mirada. Más que nunca se parecía a
una araña. La piel terrosa formaba una mancha sobre la blancura de la
almohada, y en el camisón de franela que se había puesto para la noche, gris
con rayas blancas, muy feo por lo demás, hacía pensar en los hilos de una tela
de araña. Miraba hacia el vacío.
—Cierre su puerta con llave, señorita Keate —dijo todavía—. Es —y bajó la
voz hasta el murmullo—, es éste un mal sitio, un sitio maldito. Esta casa... El
diablo anda suelto.
Cerré las dos puertas del cuarto de baño con cierta precipitación. Las
últimas palabras de la inválida anciana me perseguían obstinadamente.
Por espacio de una hora larga me revolví en la cama, incapaz de dormir.
Los huéspedes de Hunting’s End pasaban y volvían a pasar delante mío. Los
torpes esfuerzos de la tía Lucy para alimentar la conversación tornaban a mi
memoria, los febriles ojos de Matil me miraban sin cesar.

41
Mignon G. Eberhart Lance O’Leary investiga

Luché contra el insomnio hasta que mi cuerpo ardió de fiebre y de


exasperación. Desesperada, al fin, salté del lecho, estremeciéndome al contacto
del suelo helado, me puse las pantuflas y mi traje verde, el más abrigado. No
soy nerviosa, de ordinario; y, sin embargo, había conservado luz en mi
habitación: una linterna a la que bajé la mecha, por supuesto. Alzando el
picaporte, abrí la puerta y gané el salón. Creía que un poco de leche caliente me
ayudaría a encontrar el sueño que se empeñaba en huir de mis párpados.
Ignoraba en esos momentos que estaba yo destinada a no dormir aquella noche.
Dos lámparas, una en la escalera, otra en medio del salón, ardían con corta
llama. Los fuegos se extinguían. Las cenizas desprendían rojizos destellos en las
chimeneas. El gato soñaba. Sus paletillas y sus puntiagudas orejas recortaban
fantásticas sombras contra la pared. Jericó no estaba allí. La vasta pieza aparecía
vacía, inmensa. Me pregunté dónde guardaría Annette su leche; en el “office”,
probablemente, puesto que debieron traerla en botellas.
En el momento en que pasaba delante de la puerta de Gerald Frawley,
acudió a mí la esperanza de hallar un tirabuzón... y me detuve bruscamente. A
través de la puerta, me llegaba un murmullo de voces.
No sabría con certeza qué intento me impulsó a postergar mi visita a la
cocina y permanecer en el salón, para ver quién saldría de aquella pieza. No
había, en todo caso, nada de extraordinario en que uno cualquiera de nosotros
hubiera deseado sostener una conversación privada con Gerald Frawley. En fin,
sea lo que fuere: impulsión irrazonada, la curiosidad, tal vez; falta de tacto, mi
inquietud, mi deseo de saber... lo cierto es que retrocedí hasta la chimenea del
norte, cuyas cenizas eran más rojas.
Al aproximarme al fuego, noté con asombro que no estaba sola. El signor
Paggi se incorporó de súbito, luego volvió a caer en su silla, murmurando
algunas palabras ininteligibles. Envuelto en su “robe de chambre” de vivos
colores, parecía adiposo, gordinflón; la parte alta de su camisa brillaba en la
sombra.
—¡Oh! Es usted —dijo—. ¿Tampoco podía dormir?
—No —respondí con brevedad. Coloqué mi lámpara sobre la mesa, marché
hacia la lumbre y me senté no lejos de Paggi. Estábamos en la sombra, pero la
puerta de Gerald Frawley permanecía en el cono de luz de una de las lámparas.
La larga pieza era fría; grandes manchones de sombra ocupaban los rincones, la
galería y la parte inferior de la escalera.
Un cuarto de hora transcurrió. Nadie salía de la pieza. José Paggi miró su
reloj, cuyo vidrio brilló un instante en su muñeca. Como yo permanecía
silenciosa, y los minutos se deslizaban lentos y monótonos, Paggi se enervó. Se
agitó en su silla, haciendo girar un cigarrillo entre sus dedos, se alzó el cuello de
la bata, luego lo bajó. Pensé que esperaba algo, o a alguien; su visible fastidio, al
menos, así me lo dejaba suponer.
Entonces un débil rumor llegó a mis oídos. Me enderecé en mi silla. Paggi
se había quedado inmóvil.

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Mignon G. Eberhart Lance O’Leary investiga

A mi pregunta muda, masculló:


—Creía... he oído a alguien.
Yo también, estaba segura. Un curioso escalofrío me sobrecogió. ¿No eran
pasos ligeros por encima de nuestras cabezas? ¿En la galería?
Una fracción de segundo todavía y hubiera vuelto la cabeza para ver. En
aquel preciso instante estalló una detonación.
El silencio que ahogaba a Hunting’s End se desvaneció. Todo se animó. Y
entre los ecos de la detonación se oyó un ruido sordo: el ruido de un cuerpo
pesado, inerte, que cae.
Nos pusimos de pie, Paggi y yo. Nos contemplamos, aterrados. Le vi
pasarse la lengua por los labios. Temblaba. Luego, en un mismo impulso, nos
precipitamos hacia los cuartos.
La puerta de Gerald Frawley estaba abierta. Corrimos.
De cara contra el suelo, los brazos en cruz, yacía Gerald Frawley, sin
movimiento. Largo cuerpo vestido con un pijama a grandes rayas amarillas. Sus
pies estaban desnudos. La lámpara brillaba por encima de su cabeza.
Paggi se acuclilló, dio vuelta el cuerpo. Los labios del moribundo se
agitaron, se abrieron. En un suspiro, creí oír: “Kil...” Había muerto de un balazo
en el corazón. No cabía duda que era Gerald Frawley: fácil resultaba
reconocerlo. Pero su cabeza, caída hacia atrás, sobre el brazo de Paggi, aparecía
toda blanca. El cráneo relucía. Una peluca negra, tupida, estaba sobre la mesa.

CAPÍTULO V
EN LA GALERÍA

Era un cuadro horrible, tan horrible que no hallo palabras con que
describirlo, por vívidos que permanezcan los detalles en mi memoria. Ya había
hecho yo mis primeras armas, y la vista de la sangre me era familiar; llevaba
sirviendo en las salas de operaciones más años de los que hubieran sido
necesarios para aguerrirme. Y, sin embargo, aquella escena me horrorizó. Me
apoyé en la mesa, cerrando los ojos.
Mis dedos —que cerré en mi turbación— estrujaron un papel. Miré,
maquinalmente. Leí: “Matil, querida mía...” Una carta.
En los instantes de crisis, el espíritu obra de un modo singular. Si aquella
carta era para Matil —pensé—, sería preferible que pasara por mis manos, antes
que por las —numerosas— de otros. Voces asustadas, gritos, se alzaban ya de
los otros cuartos, del salón, de la galería; pasos presurosos resonaban. Cerré mi
mano sobre los papeles —había dos— y los deslicé en mi bolsillo, en el

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Mignon G. Eberhart Lance O’Leary investiga

momento en que Barre entraba precipitadamente en la habitación. Estaba


segura de que nadie pudo ver mi gesto.
Barre había echado sobre sus hombros una salida de baño. Morse, que lo
seguía, aparecía envuelto en una frazada; ambos se habían arrodillado junto a
Paggi, clavados los ojos en el cuerpo, que aquél continuaba sosteniendo, cuando
O’Leary apareció. También él había echado una frazada encima de su pijama;
en medio del desorden general, se mostraba frío y calmoso. Concediendo
apenas una mirada al cadáver, a Paggi, a Barre, a Morse, y a mí misma, se
introdujo suavemente en la pieza y se inclinó sobre la ventana. Permaneció
algunos segundos, y después se acercó a la puerta del cuarto de baño. Estaba
cerrada y con cerrojo del interior.
—¿Qué hay? ¿Cómo ha ocurrido?
Dos figuras femeninas, que el espanto crispaba, aparecieron en el umbral.
Se oyó un ruido sordo. Brunker, sujetándose el pantalón con una mano, miraba
por encima del hombro de Elena.
Llegó Matil; se desprendió de las manos de Terice, rechazó a Elena.
Aparecía alta y delgada en su bata de satén blanco; vio el cadáver, que Paggi
seguía teniendo, como si no pudiera separarse.
El ruido sordo recomenzó, más distinto.
—¿Qué pasó? —Era Killian, que se abría paso hacia la puerta.
—Mataron a Frawley —dijo O’Leary. Su voz clara detuvo el desorden. La
confusión cesó. Vieron súbitamente con mayor claridad.
—Mataron a Frawley —repitió O’Leary—. Y alguien en esta casa es el
asesino.
Terice abrió la boca como para gritar, pero ningún sonido salió de su
garganta. En el silencio que había descendido, un perro aulló. Un largo aullido
tembloroso, sin fin, horrible.
Mis rodillas se entrechocaban; me apoyé con más fuerza en la mesa. ¡Si al
menos hubiese podido cubrir aquel reluciente cráneo con su peluca negra! Creo
que me habría sentido mejor... o menos mal. Luego comprendí que el ruido
sordo provenía de la tía Lucy, que golpeaba en la pared con su bastón, y que el
aullido había sido lanzado por Jericó.
—La señorita Lucy —balbuceé, y los otros se apartaron en desorden, como
si no supieran lo que hacían, para dejarme pasar.
—Póngame en mi silla —ordenó la tía Lucy, con voz breve y dura.
Parecía adivinar lo ocurrido. Obedecí, y tuve bastante presencia de ánimo
para tomar una de las frazadas de su lecho y envolver los pies de la enferma.
Estaban helados.
—Deme ese chal. ¿Quién es?
—Frawley. Gerald Frawley.
—¿Muerto?
—Sí.
—Oí el disparo. ¿Quién lo hizo?

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Mignon G. Eberhart Lance O’Leary investiga

Sacudí la cabeza. Sus largas manos temblaban. Sus labios se agitaban,


formando palabras sin ruido.
Dirigió su coche hacia el salón. Le hice transponer la puerta, empujándola.
Empuñó después los manubrios, como de costumbre, y condujo lentamente su
silla en dirección a las sombras agrupadas a la puerta de Frawley.
El perro tornó a aullar, un aullido nítido y prolongado que me hizo
estremecer. Debía hallarse muy cerca, probablemente en el cuarto de Matil. Abrí
la puerta y lo obligué a entrar en el salón, a pesar de su resistencia. Me siguió
con la cabeza baja, mientras la nieve penetraba en la pieza. Atravesé el cuarto,
empujé el postigo y lo aseguré. Los zapatos plateados que Matil había llevado
esa noche estaban mojados.
Jericó continuó siguiendo mis pasos. La tía Lucy había empujado
completamente su silla contra la puerta. Todos parecían haber recobrado la voz
y hablaban en confusión. Al acercarme, oí la tranquila voz de O’Leary:
—Ya que usted me lo pide, señorita Matil, le responderé. No es un suicidio.
Evidentemente. No está el revólver. Alguien ha hecho esto, y deseo, como
usted, que se trate de un extraño a esta casa.
—Ésa es la cuestión a resolver —dijo Killian—. Usted es un extraño. El
único extraño aquí. Y su conducta...
—Por favor, Lal —interrumpió Matil en tono de súplica. Killian le devolvió
fríamente su mirada, como si no se hubiera dirigido a él, y en ese preciso
momento, Paggi estornudó una, dos veces. Fue horrible. El cadáver, sacudido,
se deslizó, y Terice dejó escapar un grito ahogado.
—Pongámoslo en el suelo —dijo O’Leary—; aquí, Paggi. Permítame
ayudarlo. Con suavidad. Está bien.
Paggi se incorporó, rígido, sin apartar del cadáver las miradas.
—En tierra —protestó Morse—, es brutal. Pongamos por lo menos al pobre
muchacho en la cama.
Parecía muy afectado; en su prisa, había olvidado su monóculo, y una
expresión de azoramiento se leía en su rostro.
—Si quieren darme una toalla... —dije. O’Leary —creo, al menos, que era él
— me la tendió, y con mis dedos temblorosos envolví en ella la cabeza del
muerto, anudándola en la coronilla. Algunos cabellos negros brotaban por
encima de las orejas y en la parte posterior del desnudo cráneo.
—Señorita Matil —dijo de pronto O’Leary—, decía usted con mucho acierto
que alguno debe tomar este asunto entre manos hasta que las autoridades
regulares puedan venir aquí. Me pidió usted que lo hiciese. ¿Es su deseo
expreso?
—Sí —respondió firmemente Matil, sin quitar los ojos del semblante de
O’Leary.
—Bien. Escúcheme.
O’Leary se encaminó a la ventana. En el silencio, podíamos oír la nieve y el
viento descargar su furia en el exterior.

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Mignon G. Eberhart Lance O’Leary investiga

—Un ser humano no podría resistir diez minutos esta tempestad. Nos es
imposible ir en busca de socorros antes de que amanezca. Debe usted
concederme autoridad y permiso para obrar como lo crea conveniente, al menos
hasta el momento en que nos llegue ayuda de afuera.
—¡Matil! —exclamó Killian.
—Matil, mi querida niña —comenzó Barre.
Les impuso ella silencio con la mano. La tía Lucy apretaba los labios.
—Prefiero decirles ahora —dijo Matil lentamente—, que el señor O’Leary
es... un detective.
No sé si aquella declaración fue del agrado de O’Leary. Sus ojos
permanecieron enigmáticos. Pero lo que no era dudoso es que una violenta
oposición se manifestó al instante.
—¿Qué dice? —exclamó Killian.
—¿Un detective? ¿Y por qué, si puede saberse? —arrojó duramente Elena,
cuyos ojos eran apenas dos rayitas verdes en una cara pálida.
Todos miraron a O’Leary y a Matil, sucesivamente: la cólera, el temor, la
sospecha, y por encima de todo eso, el miedo, ponían tensión en los semblantes.
—Mi querida Matil —comenzó Barre—, hubieras debido hablarme. Debiste
pedirme consejo.
Hablaba dificultosamente, con la boca apretada. Yo estaba junto a él; lo
miré con atención; le faltaban los dientes; habitualmente debía llevar eso que se
llama un paladar, y, en su precipitación, olvidó ponérselo. Sólo un Julián Barre
podía guardar su corrección y su dignidad aun privado de sus dientes. O’Leary
reganó la puerta, y de nuevo me invadió el horror.
—¿Por qué ha hecho usted venir un detective? —gritó Terice con voz aguda
—. Matil Kingery, ¿por qué trajo un detective aquí?
—Huber —masculló la tía Lucy—. Huber. Fue asesinado aquí, él también.
En esta misma pieza. Estaba en pijama. Tenía los pies desnudos. Lo encontré yo.
Yacía en tierra, en ese mismo sitio.
Nos amenazaba el pánico, el aire vibraba.
Matil señaló con el dedo el cadáver de Frawley.
—¿Por qué hice venir a un detective? —dijo con una voz fría y cortante—.
¿Esto no es una razón suficiente?
Con un esfuerzo, se irguió, se volvió y salió. La seguimos. Debíamos formar
una extraña procesión. O’Leary iba el último. Cerró cuidadosamente la puerta.
Nos apresuramos cerca de la chimenea, cuyos asientos permanecieran en
semicírculo.
Brunker atizaba el fuego, deteniéndose a intervalos para subirse el
pantalón, y nosotros lo observábamos, temblando de frío y de nerviosidad.
Yo misma me sorprendí ocupada en releer las palabras escritas en la piedra:
“No hay buena caza que no tenga fin”. El fin había llegado también para
Frawley. ¿Habría pensado que pudiese ser tan inminente, tan próximo?

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Mignon G. Eberhart Lance O’Leary investiga

Algunas horas atrás estaba allí, sentado, fumando, hablando, jugando a las
cartas. ¿Ningún presentimiento, ningún temor había sentido?
—¡Llame a Annette! —dijo O’Leary con voz tranquila a Brunker—.
Inmediatamente. Quédense aquí todos, que en seguida vuelvo.
Desapareció en la cocina, y no tardó en regresar, pasó por todos los cuartos,
ganó la galería y se reunió al fin a nuestro grupo, siempre silencioso. Se había
detenido algún tiempo en su pieza para vestir algunas prendas; se colocó un
pantalón y un saco encima del pijama. Ninguna palabra había sido
pronunciada. Me sorprendí, hasta caer al fin en la cuenta de que el espectro del
primer crimen, aquel secreto tan bien guardado durante cinco años, debía
obsesionar todas las memorias.
El perro se había acurrucado en el rincón más distante del salón, y
contemplaba fijamente la puerta que O’Leary cerrara de nuevo detrás de
nuestros pasos. Después, se abrió la de la cocina, y Annette, seguida de
Brunker, apareció. Venía grotescamente vestida: un quimono de un azul
desvaído ocultaba a duras penas sus abundantes formas. Su adiposidad
aparecía acentuada por el cubrepiés con que se había envuelto, y que arrastraba
tras de sí. Sus cabellos colgaban en crenchas grises sobre sus mejillas, que
estaban rojas e hinchadas. Sus ojos aparecían saltones; una espesa legaña los
cubría, y sus párpados ofrecían un tinte encarnado. Constituía un espectáculo
muy poco agradable. Pero, ¿y nosotros mismos?... Brunker debió haberla
informado. No hizo pregunta alguna.
Encendieron algunas lámparas. El salón quedó menos sombrío. En el hogar
culebreaban aún débiles llamitas.
—Fijaré un punto que nos evitará muchas indagaciones e incertidumbres —
comenzó O’Leary, con su voz clara y tranquila—. Tal como dije hace un
momento, un hombre no podría resistir a la tempestad, esta noche. Mañana,
quizá, alguno de nosotros pueda alcanzar Nettleson. Aquel —o aquella —que
ha asesinado a Gerald Frawley se encuentra aquí, entre nosotros. Ningún
extraño se halla oculto en el pabellón. Las puertas, las ventanas, los postigos,
están cerrados y asegurados con cerrojo. Repito, además, que la tempestad
impediría a cualquiera llegarse hasta el pabellón o abandonarlo. ¡El asesino se
encuentra aquí!
Se calló, y paseó lentamente la mirada por los presentes. Sus ojos claros,
brillantes, parecían traspasar a aquel en quien se clavaban.
—¡Me dirijo a ti, asesino de Gerald Frawley! ¿Confiesas?
Mi corazón saltó en mi pecho, luego se detuvo unos segundos. ¿Se atrevería
el criminal? ¿Hablaría? ¿Alguna de aquellas pálidas caras iría a articular, a
pronunciar las palabras definitivas? Lance O’Leary sacó su reloj.
—Te concedo tres minutos —dijo con lentitud—. Reflexiónalo bien. Y no
olvides que no escaparás... a ti mismo, a tu conciencia.
En la vida de todos nosotros, existen períodos de angustia, de insoportable
ansiedad. Yo había tenido ya mi parte. Pero jamás hube de sufrir —y espero

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Mignon G. Eberhart Lance O’Leary investiga

que el caso no se repita—, lo que sufrí en aquellos tres minutos. El asesino


estaba en nuestro reducido grupo. Uno de aquellos semblantes cuya vista
horrorizaba, crispados como se mostraban por el miedo, ocultaba, enmascaraba
una conciencia criminal. ¡Cada segundo que transcurría podía traer aparejada la
confesión! Y sabiéndolo, se hacía espantoso vivir aquellos instantes, tan cortos
en realidad, escuchar aquel silencio, más pavoroso que todo cuanto la
imaginación más perversa o más extraviada pudiera concebir. Aquellos tres
minutos debieron dejar en cada uno indeleble huella.
Cuando la tensión había llegado a su punto máximo, cuanto sentía yo que
mis nervios iban a ceder, que prorrumpiría en gritos, a despecho de todos mis
esfuerzos —y era inocente— O’Leary alzó la cabeza y sepultó su reloj en el
bolsillo. Una vez, todavía, sus ojos fueron de uno a otro. Los veo a todos: los
hombres, desesperadamente rígidos, las facciones tensas, descompuestas. Matil,
blanca y fría; Terice mordiéndose las uñas, sus blondos cabellos sobre los ojos;
Elena, un montón de amarillenta grasa, envuelta en seda negra; la tía Lucy,
negra y fea en su silla.
Annette abandonaba su expresión abatida; sus ojos se hacían más vivos. Y
todos, tan diferentes los unos de los otros, parecían asemejarse bajo las garras
de un mismo indescriptible miedo.
—Bien. Veremos.
Los ojos de O’Leary eran duros y grises, cual el agua de un mar nórdico.
—¿Quién fue el primero en llegar a esta pieza?
Miré a Paggi, que posó sus ojos sobre mí; respondimos simultáneamente:
—¿Estaban ustedes junto al fuego? ¿Aquí? —continuó O’Leary.
—Sí —respondió Paggi—. Yo tenía frío en mi cuarto, y no podía dormir.
Descendí entonces para calentarme. Me encontraba en ese sillón cuando la
señorita Keate salió de su pieza, se dirigió hacia la cocina, llegó a la altura del
cuarto de Frawley, se detuvo repentinamente, volvió sobre sus pasos y se sentó
en esta silla.
O’Leary se volvió hacia mí con aire interrogativo.
—Abrigaba la intención de ir a buscar leche a la cocina. Al rozar la puerta
de la pieza de Frawley, oí voces.
—¡Voces! —gritó la tía Lucy, inclinándose hacia adelante.
—¿Voces? —repitió a su turno O’Leary, muy calmoso siempre—. En ese
caso... ¿quién salió de la habitación?
—Nadie.
—No comprendo, señorita Keate —dijo O’Leary, después de una pausa.
—Refiero los hechos tal como han pasado. Oí voces. Resolví quedarme
cerca del fuego algunos instantes. Sentía frío. Este señor —el señor Paggi— ya
estaba al lado de la chimenea, sentado. Pero nadie salió del cuarto, ya sea antes
o después del disparo de revólver.
O’Leary me miró, pensativo.

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Mignon G. Eberhart Lance O’Leary investiga

—¿Cómo estaba usted sentada? Disponga los asientos tal como se


encontraban entonces, hágame el favor.
—Yo me hallaba frente al fuego. No en absoluto. Guardando un cierto
ángulo; así.
Elena abandonó el asiento que yo había ocupado y se sentó más lejos.
O’Leary se colocó en el sentido que yo indicaba.
—Podía usted ver las puertas de los cuartos, desde la de la señorita Matil
hasta la del señor Barre, sin volver la cabeza. De modo que percibía la de
Frawley, hacia el costado. ¿Es así?
—S... sí —respondí, vacilando—. Como dice usted, veía de costado la
puerta del cuarto del señor Frawley, pero estoy segura que ningún movimiento
que se hubiera producido en su vecindad se me habría escapado.
—¿Se arriesgaría usted a jurarlo, señorita Keate? —preguntó suavemente
O’Leary.
—No —dije, un poco corrida—, no me atrevería. Lo que sí aseguro es que
estábamos los dos sentados cuando partió el tiro. Nos levantamos a toda prisa.
Un segundo, o dos más tarde, miré la puerta. Y estoy segura que no había
nadie.
O’Leary reflexionó un momento.
—¿La puerta del cuarto de Frawley se hallaba cerrada, por supuesto?
—No —intervino Paggi—; abierta.
Hice un gesto de asentimiento.
—Estaba abierta. Supongo que fue por esta razón por la que corrimos sin
vacilar.
—¿Podrían decirme de qué lado vino la detonación?
Me miraba, y respondí:
—No. Parecía venir de todos lados al mismo tiempo.
—Y el cuarto estaba abierto —repitió lentamente O’Leary.
—Sí.
—¿Y nadie más en el salón que usted y Paggi?
—Nadie —dije con fuerza.
—¿Cuánto tiempo medió entre la detonación y su ojeada a la puerta? Indicó
usted que no se había vuelto inmediatamente.
Recordé aquel instante de sorpresa y de espera durante el cual Paggi y yo
nos habíamos contemplado uno al otro, y lancé una mirada a Paggi.
—No más de uno o dos segundos —contestó éste con impaciencia—. Puede
afirmarse que nos volvimos al punto. Y estoy seguro que no había nadie.
—¿Y usted, señorita Keate?
—No... no sabría decirlo. Estalló el disparo, fortísima detonación,
inesperada. Nos enderezamos y nos miramos. Creo que nos quedamos
inmóviles un corto instante; después nos volvimos. El cuarto estaba vacío y la
puerta abierta.

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Mignon G. Eberhart Lance O’Leary investiga

—¿No habría podido salir alguien del cuarto y desaparecer antes que
ustedes mirasen?
Hice un gesto de viva denegación.
—Estoy segura de no haber advertido ningún movimiento. Tengo la
convicción.
—¿El salón se hallaba bien iluminado?
—Ardían tres lámparas, creo. Una había sido colocada por mí sobre la
mesa, otra estaba en medio de la sala, y la tercera al pie de la escalera. No había
mucha luz de este lado, cerca de la chimenea, pero la puerta de Frawley
quedaba en plena claridad.
O’Leary miró meditabundo de aquel costado.
—Su pieza es vecina de la de Frawley, ¿no, Barre? ¿Lo mismo que la suya, a
la izquierda, Killian? Esta última es la más cercana. Ahora, señorita Keate, ¿no
habrían podido llegar antes que usted a la puerta de Killian?
—¿Qué quiere usted decir? —exclamó Killian.
—Quise decir, ¿antes de que usted se volviese? —concluyó O’Leary, sin
preocuparse de la interrupción.
—Yo estaba solo en mi pieza —dijo Killian.
—No lo pongo en duda —replicó O’Leary—. ¿Qué le parece, señorita
Keate?
No entraba en los procedimientos de O’Leary forzar un testimonio. Por eso
me sorprendió un poco su insistencia; ignoraba yo entonces lo que él sabía.
Sacudí una vez más la cabeza, enervada. Bien sabe Dios que no habían sido
mis deseos encontrarme a la vista de aquella siniestra puerta en el momento en
que el crimen era cometido a su amparo; maldije interiormente la casualidad
que me mezclaba a aquel triste caso.
—No había nadie en el salón, excepto yo y el señor Paggi —declaré con
obstinación.
—No hubo ningún movimiento, ningún ruido...
Me callé bruscamente. Un breve instante antes del disparo, ¿no había
percibido, acaso, un ligero frufrú, una especie de susurro, tal como podían
producirlo telas de seda frotadas la una contra la otra, y pasos leves en la
galería?
—¿Qué hay, señorita Keate? —preguntó O’Leary con dulzura, relucientes
los ojos, como si comprendiese que iba a dársele un indicio.
Me volví hacia Paggi.
—¡Aquel ruido en la galería! —exclamé—. Había alguien arriba.
Paggi me arrojó una inquieta ojeada. Creí ver brillar algo sobre su frente;
eran gotitas de sudor. A pesar del frío.
No respondió.
—¿No se acuerda? —repetí, irritada por la atonía de sus miradas—. Justo
antes del disparo de revólver, dijo usted haber oído algo. Los dos nos pusimos a
escuchar y oímos caminar con precaución en la galería...

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Mignon G. Eberhart Lance O’Leary investiga

Instintivamente miré a Elena y a Terice; una de las dos iba probablemente a


admitir que había salido de su pieza. Terice, cuyo rostro seguía mostrando
ceñuda expresión, diez años envejecida, se roía el índice. Elena yacía
desplomada en un sillón, masa de carne blanca y amarillenta, y me clavaba una
mirada estúpida.
Paggi desvió los ojos y se encaró con O’Leary.
—No sé qué quiere decir la señorita —manifestó—. No he oído ningún
ruido.
Por desgracia para él, ignoraba que O’Leary me conocía bien. Tengo mis
defectos, pero no me asusta la verdad. Inútil, por lo demás, seguir adoptando
precauciones, en presencia de tan flagrante mentira.
—Lo sabe usted perfectamente —le dije con lentitud—. Ignoro los motivos
que lo inducen a ocultar la verdad. Pero mi memoria es excelente, se lo
prevengo. Dijo usted: “Oigo algo”, y los dos escuchamos. Con mucha claridad
percibimos pasos encima de nosotros. Iba yo a mirar cuando partió el disparo.
La tía Lucy abrió la boca como si se dispusiera a morder y volvió a cerrarla,
mientras parecía aprobarme.
O’Leary buscó en sus bolsillos, con aire de ausencia; comprendí que su
“tic” reaparecía. Era la única singularidad que se permitía O’Leary. Apenas
había tenido yo tiempo de desear —in petto— que hubiese perdido su famoso
trocito de lápiz, cuando Paggi volvió a sorprenderle. Miró bien de frente a
O’Leary, y con la más suave de las voces le aseguró su completa ignorancia
acerca del hecho por mí afirmado.
O’Leary no separaba los ojos del trozo de lápiz rojo que hacía girar entre
sus dedos.
—¿Cree usted que era una mujer? —me preguntó con tranquilidad,
desentendiéndose en absoluto de las negativas de Paggi.
Enrojeció dicho “gentleman” violentamente, y Terice se agitó en su silla.
Con toda evidencia, mi involuntaria ojeada a Elena y Terice no había escapado
a O’Leary. Y ellas eran las únicas mujeres que tenían cuartos que dieran sobre la
galería.
—Pues... sí. Era una especie de crujido... de sedas.
Vacilé, experimentando dificultades en describir, en precisar aquel ruido,
fugitivo, tan brutalmente ahogado en la terrible detonación que lo había
seguido, ¡que lo había seguido! Yo estaba ya de pie y miraba la galería; el
balconcito se extendía por la pared opuesta a la de la puerta de Frawley, le
hacía frente, y la puerta había sido abierta.
Lance O’Leary, de una ojeada, me previno. Retuve las palabras que se
agolpaban a mis labios, y volví a caer sentada; mis rodillas comenzaron de
nuevo a temblar. ¿Era Terice? ¿Se había asomado al balcón? ¿Estaba lo bastante
cerca del cuarto de Frawley para apuntar y alcanzar el blanco con tan mortal
precisión? ¿No sería Elena? ¿Qué significaba, de cualquier modo, aquel roce de
vestidos femeninos?

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Mignon G. Eberhart Lance O’Leary investiga

O’Leary parecía leer en mí.


—Dice usted que el ruido parecía de pasos ligeros, y de un crujido de sedas
—continuó lentamente—. ¿Puede usted decirme cuándo se abrió la puerta de
Frawley?
La pregunta me fue dirigida con voz suave, pero con tanta calma
voluntaria, que comprendí que era importante.
—Sé únicamente que estaba abierta cuando giré el picaporte —respondí en
el mismo tono—. Pero no sé cuándo lo hicieron. Sé, asimismo, que no oí a nadie
abandonar la pieza, y que, de darse el caso, lo hubiera oído, tanto más...
Me detuve indecisa.
—¿Tanto más cuanto que lo estaba esperando? —concluyó la tía Lucy
severamente, mientras me aprobaba con la mirada.
—Pero, señorita Keate —dijo todavía O’Leary—, si usted oyó hablar en ese
cuarto, y únicamente hallaron al muerto al entrar, es que alguien salió.
—¿Por la ventana, quizá? —emití tímidamente.
—Estaba cerrada con los postigos y con el cerrojo echado cuando entré —
replicó O’Leary—. Y presumo que ni usted ni Paggi la han cerrado después de
encontrar el cadáver.
—No tocamos nada —aseguré—. Pero, ¿y el cuarto de baño vecino? Se abre
sobre otro dormitorio, ¿no?
—Sobre el mío —dijo Julián Barre sin titubear, pero visiblemente molesto.
—La puerta de Frawley tenía puesto el cerrojo de su lado —dijo O’Leary—.
Por fortuna para su propio reposo, Barre.
Pareció éste aliviado de un gran peso, y no lo censuro por ello. ¿No
experimentaba yo misma, siendo, como era, perfectamente inocente, una
impresión de inseguridad al pensar que José Paggi me había tenido todo el
tiempo bajo sus ojos, hasta el momento en que el tiro fue descerrajado, lo cual
constituía una irrefutable coartada? Menos mal que conservara yo, a lo largo de
aquellas pesadas horas trágicas, el suficiente sentido común para estar segura
de que era insospechable. Así lo esperaba, al menos.
Me puse a escuchar a O’Leary, que hablaba. Paggi se desconcertaba a ojos
vistas ante sus secas y repetidas preguntas. A cada instante se enjugaba la frente
con su pañuelo de vivos colores, y concluyó admitiendo que pudieron entrar y
salir de la pieza sin que nosotros lo hubiésemos advertido.
Por mi parte, mantuve mi opinión, bien que me sintiera asaz perpleja, y
obligada hasta cierto punto a dudar del testimonio de mis propios ojos.
—Vamos, señorita Keate —concluyó O’Leary—. Dice usted haber oído
hablar en el cuarto de Frawley. Añade que nadie salió, y que el muerto estaba
solo cuando entró usted en la pieza. Y, sin embargo, un crimen ha sido
cometido, y la única salida posible aparece cerrada y con el cerrojo puesto.
¡Bonitas contradicciones!

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CAPÍTULO VI
EL ASESINO ESTÁ EN EL PABELLÓN

—No puedo hacer más —respondí secamente—. A usted incumbe


solucionar todo esto. Sólo sé lo que he visto y oído. Pero lo sé bien.
O’Leary me arrojó una mirada de impaciencia, pero se decidió a postergar
sus preguntas para más tarde; comenzó a interrogar a los otros, uno por uno,
con mucha minuciosidad. No omitió ningún detalle: ¿De dónde parecía venir el
ruido? ¿Dónde habían estado en ese momento? ¿Cómo llegaron a la pieza del
muerto? ¿Qué vieron al dirigirse a ésta? Insistió, sobre todo, en el último punto,
a despecho de la imprecisión de las respuestas que obtuvo. Elena recordaba
únicamente haberse encontrado con Terice en la galería, delante de su puerta, y
haber estado algunos pasos detrás de O’Leary, cuando descendía éste la
escalera. Morse refirió que había tropezado con Barre en el salón, y que
mutuamente se formularon la misma pregunta: “¿Qué había pasado?”, antes de
vernos en el cuarto de Frawley, al que Barre fuera el primero en entrar. Brunker
explicó, con voz opaca y desagradable, que estaba durmiendo, que la
detonación lo había despertado, que oyó el tumulto y que había seguido a los
demás a la pieza de Frawley. Lal Killian machacó en el hecho de que dormía
profundamente, y que, si bien el ruido lo había despertado, no comprendió
inmediatamente lo que ocurría. Y todos, salvo Paggi, aseguraban que el disparo
de revólver los arrancó de un profundo sueño. ¡Ni una víctima del insomnio,
entre ellos!
O’Leary pareció conceder un interés especial al testimonio de Killian, y lo
interrogó largamente. Yo misma encontraba raro que Killian, al que una simple
pared separaba de Frawley, hubiese llegado el último al sitio del crimen. No
había oído ningún murmullo de voces —al menos después del disparo—
añadió el joven con energía. Lo repitió, echándome una mirada de desafío. Fue
entonces cuando Paggi se agitó en su silla y tosió para aclararse la voz.
—Ahora me acuerdo —dijo con aire de humildad que no parecía del todo
natural—. ¡Oh! Poca cosa, evidentemente, pero ustedes saben que Gerald
Frawley murió en mis brazos... Llegamos un poco antes de su último suspiro. —
Su palabra vaciló, para hacerse luego más firme, y creí percibir en su tono una
secreta satisfacción—. En el momento de morir, murmuró algo...
De nuevo se calló. Killian lo miraba, con una indiferencia quizá un poco
forzada, y O’Leary apremió:
—Sí. ¿Y qué?
—Fue una sola sílaba. La muerte cortó la palabra. Pronunció... “Kill...” y
murió.

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Mignon G. Eberhart Lance O’Leary investiga

Paggi ajustó sobre su robusto pecho su “robe de chambre”, se palmeó las


solapas y agregó:
—Probablemente, el pobre muchacho quería decirnos quién lo mató.
El rostro de Killian enrojeció violentamente. Saltó sobre sus pies, dio un
paso hacia Paggi y se enredó en las puntas de la frazada, que había arrollado en
derredor de su cuerpo. Al decir O’Leary rápidamente: “¿Oye usted eso, señorita
Keate?”, Killian volvió a sentarse más a prisa de lo que hubiera deseado, me
parece, y lanzó una mirada de cólera a la frazada.
—¿Lo ha oído usted, señorita Keate? —repitió O’Leary.
—Sí —dije.
Habría querido yo refutar el testimonio de Paggi, como hiciera él con el
mío, pero no era posible. Y la ligera sonrisa, rebosante de suficiencia, que
vagaba por los labios de aquel hombre, no contribuyó a calmar mi irritación.
—¿Qué pensó usted?
—No me hallaba en estado de formarme una impresión muy definida —
dije con cierta acritud—. Estaba aturdida.
—Y, sin embargo, nada escapó a su atención —murmuró Paggi con
malevolencia—, en particular ciertos papeles de encima de la mesa.
Y se puso a contemplar sus uñas con mucha aplicación, mientras sonreía
mostrando aire satisfecho.
No soy de humor sanguinario; creo, no obstante, que hubiera matado con
gran placer a aquel individuo. La mano me cosquilleó. Sus palabras fueron
seguidas de un profundo silencio. Todos me miraban, excepto Paggi y Annette,
que tenía los ojos clavados en el fuego. Y bruscamente, me asaltó la impresión
de que entre aquellos ojos que convergían hacia mí, existía un secreto vínculo;
sabían. ¿Habéis asentado alguna vez el pie en un suelo que parecía resistente, y
sentido esas ondulaciones, esa especie de invisibles olas que semejan nacer bajo
vuestra suela para extenderse después, como si la movediza arena viviese a
vuestro contacto? Yo sentí en aquellos momentos algo análogo.
—Papeles —dijo Morse lentamente, fijos sus turbados ojos en los míos—.
Usted los... En fin, ¿dónde estaban?...
Se volvió hacia Paggi.
—¿Qué quiere usted decir, Jo?
—Pregúnteselo a la “nurse” —respondió Paggi, encogiéndose de hombros.
Las secas manitas de Terice se abrían y se cerraban.
Matil se inclinaba hacia adelante, en tanto que sus ojos azules parecían
querer traspasarme. Killian desvió su mirada y la posó sobre Morse, ansioso. La
tía Lucy alargó un brazo desmesurado, recubierto de franela, en mi dirección —
por suerte estaba yo fuera de su alcance— y dijo brutalmente:
—¿Dónde están esos papeles? ¿Qué son? ¿Dónde están?
Lancé a O’Leary una mirada de indecisión. ¿Debía entregarle sin demora la
carta, y responder a las preguntas?
—¿Vio usted algunos papeles? —dijo con calma.

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Mignon G. Eberhart Lance O’Leary investiga

—Sí. Había una carta sobre la mesa. Aquí está.


Busqué en mi bolsillo, retiré el papel y se lo tendí. Al alargar el brazo,
advertí que no le daba más que uno de los dos papeles que había yo tomado. Ya
lo estaba él leyendo. Lo observé atentamente. Con suavidad, en el ínterin, palpé
mi bolsillo, para asegurarme de que el segundo papel continuaba allí. El crujido
del pliego me tranquilizó, y resolví dárselo a O’Leary más tarde. Excesiva
atención delataban aquellos ojos y aquellos huraños semblantes, para que fuera
sorprendido mi gesto.
Nadie hizo un movimiento mientras O’Leary leyó la nota. Oía yo a la tía
Lucy respirar ruidosamente, y Paggi, a despecho de toda su circunspección,
vigilaba a O’Leary con el rabillo del ojo. Morse se levantó y dio uno o dos pasos
en dirección a O’Leary.
—¿Qué es? —preguntó con voz ansiosa—. ¿Es... es para mí?
—Sí —replicó O’Leary tranquilamente—. Esta nota parece relacionarse con
una conversación que sostuvo usted con Frawley antes de la comida, anoche.
—¡Démela, entonces! —Y continuó, más suave, pero con idéntica ansiedad
—: ¿Puedo verla?
—Pues, está claro.
O’Leary le tendió la hoja. La nota debía ser breve. Morse la recorrió de una
ojeada. Sus ojos se detuvieron un instante en la última línea y sus labios se
agitaron inconscientemente, como si procurara grabar una cifra o un nombre en
su memoria.
Después, deliberadamente, se acercó con rapidez a la chimenea y arrojó el
papel en las llamas. Volviéndose a continuación hacia nosotros, se inclinó para
adelante, las manos semicerradas, como si esperase un ataque, y nos desafió con
la mirada. Pero la única reacción —asaz sorprendente, por lo demás— provino
de la tía Lucy, que impulsó violentamente su coche en su dirección.
—¡Newell! ¿Qué ha hecho? ¡Deme eso! ¡Pronto! ¡Se quema! —gritó con
violencia.
Oí la exclamación de Terice, y Matil se levantó, torciéndose las manos y
mirando a O’Leary como para pedirle ayuda.
—No, señorita Lucy —dijo Morse con firmeza—, ese papel es mío y yo...
—¡Déjeme pasar! ¡Usted está loco! ¡Pronto, que se quema!
Una llamita clara partió del papel, lo retorció y pareció llevar la cólera de la
señorita Lucy a su paroxismo. Sus anchas manos aferraron a Morse y lo
sacudieron con fiereza.
—¿Ha perdido usted la cabeza? —gritó de una manera salvaje—. ¿No
comprende, entonces? ¡Debo saber la verdad! ¡Huber! ¡La verdad acerca de él!
¡Alguien la sabe! Quizá... quizá...
Sus palabras se hicieron incoherentes, y Newell Morse resistía con
dificultad al tremendo apretujón. La escena era penosa, tan penosa, que no me
pude contener. Así la barra que había en el respaldo de la silla y tiré

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Mignon G. Eberhart Lance O’Leary investiga

vigorosamente hacia mí. La tía Lucy arrastró a Morse consigo, luego lo soltó. Se
enderezó éste con una mirada de agradecimiento en mi dirección.
El papel no era ya más que un cucurucho de ceniza. O’Leary lo aplastó con
la punta de su pantufla y lo mezcló a las cenizas del hogar. Un olor a cuero
quemado se difundió por la pieza.
La tía Lucy estiró su largo cuello, me lanzó una mirada venenosa, gruñó:
—¡Ah! ¡Era usted!
Y O’Leary dijo muy de prisa:
—Siéntese, señorita Matil.
Volví a alzar los ojos. Todas las miradas permanecían fijas en el sitio en que
se quemara el papel; me esforcé por leer en aquellos ojos, en aquellos rostros
crispados. Pero eran demasiado herméticos, demasiado secretos, para que yo
pudiese ver.
Terice suspiró ruidosamente, se echó contra el respaldo de su sillón y cruzó
las piernas. Sus tobillos desnudos, que salían de su bata de satén —asaz raída—
no eran bonitos; hizo danzar algunos instantes su gastada chinela sobre la
punta de su pie, que tenía pequeño, pero regordete y plano. Sin duda no se
había lavado la cara antes de irse a acostar. La piel relucía en partes por la
crema blanca, y el “rouge” seguía aún adherido a sus mejillas.
—¡En fin! —dijo en un tono al que pretendía dar indiferencia—. Qué hemos
de hacerle... Newell no nos dirá seguramente lo que contenía su precioso papel.
¿Y usted, señor O’Leary? Usted lo leyó, y creo que es su deber enterarse de lo
que escribió Gerald Frawley. ¿Piensa decírmelo?
O’Leary estaba absorto en la contemplación de su lapicito rojo. ¿Les diría?
No dudé un instante que recordaría cada palabra de la nota; de otro modo no la
hubiera dejado quemar.
—No traía nada de importancia —respondió con soltura—. Todo lo más
una referencia a alguna conversación entre Frawley y Morse, y un número.
¿Cuál era el número, Morse? Ya no me acuerdo.
El silencio era sofocante; ávida, la espera.
¡Si al menos hubiéramos sabido lo que sólo más tarde llegó a nuestro
conocimiento!
Morse se compuso la garganta.
—No era más que un encargo, un encargo que debía efectuar para Gerald
Frawley en el caso que... —Se detuvo, sin aliento, volvió a componerse la
garganta y prosiguió—: Un encargo. Me pidió que no hablase a nadie de ello. A
nadie.
Le faltó la voz.
Los ojos claros de O’Leary tornaron al lapicito, que proseguía haciendo
girar entre sus dedos. Hubiera querido enterarme de los pensamientos que
bullían detrás de aquella frente.
Pero, sin detenerse por más tiempo en aquel punto, O’Leary comenzó de
nuevo a interrogarnos acerca de nuestras exactas ubicaciones en el momento del

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Mignon G. Eberhart Lance O’Leary investiga

disparo. Fue así, creo, que Matil pidió a Brunker que le trajera el plano del
pabellón, que puso en manos de O’Leary, que lo consultó de vez en cuando,
bien que estuviese yo persuadida de que conocía él cada cuarto, cada puerta de
Hunting’s End como si hubiese vivido allí desde años.
Nos preguntaba sin tregua, con tanta insistencia, que todos comenzaron a
enervarse; brillaban los ojos de Elena, y sus largos dedos se agitaban; Killian
fumaba un cigarrillo tras otro; Julián Barre se pasaba continuamente la mano
por los cabellos, su pañuelo por la boca, cambiaba de lugar, encendía y arrojaba
casi en seguida innumerables cigarrillos, y vigilaba a Matil como si temiese que
diera muestras de debilidad. Y por cierto que palidecía ésta a ojos vistas.
Parecía una estatua de mármol. Creo que todos nosotros estábamos al cabo de
nuestra resistencia; conocía a O’Leary de antiguo, pero jamás lo había visto
obrar con tan voluntaria crueldad. Luego, de pronto, comprendí que esperaba
obtener por ese procedimiento una confesión, un eventual desliz de parte de
alguno de nosotros. La misma Annette iba perdiendo su sangre fría, y se
enervaba visiblemente, hasta el punto de hablar un francés cerrado, a fuerza de
repetir una y otra vez que se encaminara a su cuarto luego que Brunker la
ayudó a fregar la vajilla. Acorralada, concluyó por confesar que se había bebido
dos botellas, pero insistió en el hecho de que su puerta estuvo todo el tiempo
cerrada, y que nada supo hasta que la despertó la detonación. Entonces sintió
miedo, dijo, y murmuró, con una oblicua ojeada hacia la tía Lucy, que había ya
previsto todo aquello.
—¿Qué dice usted? —preguntó O’Leary fríamente—. ¿Quiere dar a
entender que esperaba usted un asesinato? ¿Y por qué? ¿Qué es lo que sabe
usted?
—Nada. Nada en absoluto. No sé nada —gritó Annette, cuyos pálidos ojos
deambulaban de aquí para allá, para tornar siempre a O’Leary.
—Entonces, ¿por qué lo esperaba?
—Yo... yo —tuvo un gesto de impaciencia—. No sé...
—Debe saberlo. Decía usted que esperaba alguna cosa. Explíqueme su
pensamiento. ¿O no eran más que charlas?
Annette se irguió, enorme y altiva en su adiposidad que el cubrepiés
envolvía, lanzó a O’Leary una mirada de desafío, otra menos acerada a la tía
Lucy, retrocedió un paso, encogió el cuello y comenzó a temblar sin
interrupción.
—Sabía lo que iba a venir. Lo sabía. Lo sabía porque aquí... —procuró dar
firmeza a su voz, y las palabras acudieron lentamente a sus labios, revestidas de
un curioso énfasis—, porque el crimen está en esta casa. Esperó cinco años. El
crimen está aquí.
Fue en aquel momento cuando se produjo lo inevitable. Los nervios de
Terice cedieron. Emitió un extraño sonido, que no llegaba a ser una risa, ni un
grito o tos, y que participaba, no obstante, de los tres; cayó presa de una crisis
de lágrimas que parecían sinceras, y contribuyó con ello a afectar nuestros

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Mignon G. Eberhart Lance O’Leary investiga

nervios, muy alterados ya. La tía Lucy oprimió el brazo de su silla,


murmurando palabras incoherentes, los ojos clavados en la puerta del cuarto
donde Gerald Frawley dormía ahora el sueño eterno. Elena comenzó a sollozar
alto. Matil y yo, con las manos temblorosas, procuramos calmar a Terice.
Brunker se mostraba descompuesto, y exhibía el blanco de los ojos, bajo sus
párpados desprovistos de pestañas. Barre, Killian y Morse hablaban muy de
prisa, con gestos violentos; en el tumulto, no distinguí las palabras.
La voz de O’Leary, calmosa y firme, dio cuenta de la general confusión.
—¡Miren!
Y avanzando hacia una de las ventanas, la abrió y desprendió los postigos.
Terice se calmaba. Elena retenía al presente sus sollozos. La grisácea luz del alba
entró en la pieza, con la nieve.
—La nieve no se detiene —dijo O’Leary—. El viento la empuja. Un hombre
no podría vivir diez minutos en medio de esa tempestad. Será imposible ganar
Nettleson.
Se había hecho, el silencio. Poco a poco, comprendimos.
—¿Quiere usted decir que... que nos veremos obligados a permanecer aquí?
—jadeó Elena.
—Más aun —declaró O’Leary, siniestro.
Creo que Morse fue el primero en comprender las intenciones de O’Leary.
Su cara se puso cenicienta. Dio un paso en dirección a la ventana.
—Pero entonces... si Frawley...
Se calló.
—¿Sus palabras significan que no podemos hacer nada? —terció Barre con
voz trémula.
—Tan sólo esperar —replicó O’Leary, pausadamente.
Lal Killian, ajustándose su frazada sobre los hombros, los cabellos en
desorden, se acercó y miró un instante los copos de nieve que rodaban por el
suelo, y se estremeció. Descendía un aire helado.
—Esto puede durar tres o cuatro días —dijo Killian, con aire atontado—.
Aquí, en las dunas, todo es posible.
—Tres o cuatro días —repitió la tía Lucy, cuyas amplias orejas recogían
todos los sonidos—. Tres o cuatro días —repitió.
Un horrible cálculo se hacía, sin duda, en aquel viejo cerebro. Sus ojos
seguían sin apartarse de la puerta de Gerald Frawley. Añadió.
—Es una verdadera suerte que esa pieza sea tan fría.
El horror nos paralizó.
Después gritó Matil:
—¡Tía Lucy!
Y Terice dejó escapar un chillido, precursor de una nueva crisis.
—¡Cállese! —ordenó O’Leary con dureza.
Y como Terice, la boca todavía abierta, lo mirase, y Elena ahogara un
sollozo, agregó:

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Mignon G. Eberhart Lance O’Leary investiga

—Nos hallamos en una terrible situación. Nada podemos hacer. Debemos


arreglarnos lo mejor posible. Bien pudiera ser, como lo ha dicho Killian, que
esta tormenta dure dos o tres días, o más. De cualquier modo, necesitaremos
algún tiempo para alcanzar Nettleson, comunicarnos con el “coroner” —tomó
aliento— y efectuar todo lo que sea necesario. La espera será horrible.
Elena comenzó de nuevo a llorar.
—Las lágrimas y las crisis de nervios no harán más que empeorar la
situación. Debemos dar pruebas de sangre fría y desplegar todas nuestras
energías. No será ni fácil ni agradable, pero, ¿qué hemos de hacerle?
—Lo que no se puede impedir debe soportarse —lanzó la tía Lucy en un
tono sentencioso que me crispó los nervios—. En todo caso, dispondrá usted de
todo el tiempo que se le antoje para interrogarnos, señor detective.
—¡Así lo espero! —continuó O’Leary, imperturbable—. Mas, por el
momento, les aconsejaría a todos volverse a sus cuartos, abrigarse y descansar.
—¡Que descansemos! —dijo Elena con un gemido—. ¡Que descansemos!
Con... eso... en esa pieza, y alguien que...
—¡Cálmese! —Los ojos de O’Leary despedían chispas—. Brunker, ¿puede
usted, ayudado por Annette, prepararnos café? Descansaremos mejor —añadió,
al levantarse Annette y dirigirse a la cocina con un paso casi ligero, a despecho
de su masa. Brunker la siguió, torpe, pesado.
O’Leary se disculpó con Matil con la mirada.
—Ha hecho usted muy bien, señor O’Leary —aprobó ésta con una débil
sonrisa—. Obre como le parezca.
Morse, que lanzaba a O’Leary ojeadas hostiles, se volvió hacia Matil:
—Matil, ¿por qué hizo usted venir a un detective? Yo creía que íbamos a
reunirnos aquí en familia. ¿Alguno de nosotros tenía deseos de cazar? Pensé
que nos invitaba porque temía abrir el pabellón y era su propósito disponer a su
lado de sus mejores amigos. ¿Le asistía, entonces, otra razón?
—Si son ustedes realmente mis verdaderos amigos... —comenzó Matil con
voz desfallecida, en la que se percibían las lágrimas.
Bajando los ojos, respiró profundamente y continuó con súbita energía:
—No puedo responderle, Newell.
—¡No puede! No entiendo... ¿Qué quiere usted decir?
Julián Barre estudiaba el rostro de la joven.
—Está muy fatigada —dijo bruscamente, dirigiéndose a Newell Morse—.
Haga el favor de no seguir molestándola. No se preocupe, Matil. Todo irá bien.
Miró a O’Leary.
—Me parece, en efecto, que lo mejor es que nos procuremos un poco de
descanso —declaró en tono ligeramente imperativo, que su ceceo suavizaba un
poco.
Pareció notar en aquel instante que había olvidado su paladar. Se llevó su
mano a la boca, dijo algunas palabras que no comprendí y se levantó. Sin
perder un ápice de su aplomo, se dirigió hacia su habitación, cuya puerta se

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Mignon G. Eberhart Lance O’Leary investiga

hallaba abierta. Vecina, separada únicamente por el ancho del cuarto de baño y
un panel de madera, estaba la puerta cerrada de la pieza de Frawley. En
seguida volvió Barre, llenas las mejillas, los dientes blancos, impecables.
Recuerdo haber pensado entonces que sólo un Barre era capaz de no
desconcertarse por el descubrimiento aquel de la ausencia de su dentadura, que
hubiera colmado de confusión a un hombre menos dueño de sí. Aun cuando la
verdad es que el horror de nuestra situación alejaba todo cuanto pudiera
calificarse de trivialidad.
—Soy de su opinión —dijo O’Leary a Barre, así que se reunió éste al grupo
—. Vamos a beber un poco de café caliente y nos volveremos a la cama, para
dormir, de lo que no hay duda que todos tenemos urgente necesidad.
En un silencio total, aguardamos. No tardó Brunker en aparecer trayendo
una bandeja que esparcía un delicioso perfume. Tomé mi taza. El café estaba
caliente, buenísimo.
Creo que la vista de Brunker cargado con su bandeja provocó en el espíritu
de la tía Lucy una asociación de ideas. Entre dos sorbos, dijo:
—El veneno, Brunker. ¿Sacó el veneno para las ratas?
El hombre sufrió un violento sobresalto. Cayeron algunas gotas de café.
—No sé, señora. Voy a preguntarle a Annette.
—Eso es —dijo la tía Lucy con impaciencia—. Tome su café, Julián, y déjelo
partir.
Julián Barre tomó su taza y Brunker salió. Oí a la vieja tragar su café con
ruido. O’Leary miraba, pensativo, el fondo de su taza.
Brunker tardó algún tiempo en volver, y cuando transpuso la puerta,
advertí los ojos azules de Annette que nos observaban con atención. El gato, que
habíamos olvidado, se deslizó cual una sombra detrás de Brunker y vino a
sentarse a los pies de la tía Lucy.
Como el sirviente guardara silencio, alcé los ojos. Estaba pálido como la
cera, y los músculos de sus mandíbulas se agitaban curiosamente.
—¡Ea! —gritó la tía Lucy—. ¿Qué le pasa? ¿Ahora no puede hablar?
—Perdone, señora —comenzó Brunker con esfuerzo—. Pero...
Se calló.
—Bien, ¿y? —insistió la tía Lucy. Vació su taza de un trago y la tendió al
criado—. Deme otro café. Pero, ¿qué tiene, al fin?
—Es el veneno, señora. ¡El matarratas! No... ¡no está más allí!
La tía Lucy consideró un instante al hombre, sin comprender. Alguien
volvió a dejar una taza de café en el platillo, haciéndola tintinear.
—¿Y qué?
Brunker parecía loco de miedo, más de lo que lo había estado en cualquier
otro momento, en el curso de la noche.
—Pues —deglutió con esfuerzo—, pues... Abrí los sacos de provisiones
ayer. Estaba allí. El veneno. Usted misma lo puso en el “office”, señora. Y ahora

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Mignon G. Eberhart Lance O’Leary investiga

ya no está. Y únicamente querría saber —continuó el hombre, que recobraba


ánimo—, únicamente querría saber, ¿dónde se encuentra ahora?
Un silencio de muerte reinó en la sala.
Después la ancha mano de la tía Lucy, aun extendida, sosteniendo la taza,
comenzó a temblar. La taza danzó sobre el platillo. La anciana bajó los ojos ante
la mirada de Brunker, los posó sobre la taza que sostenía, cual si por primera
vez la viese, y la depositó por último suavemente en el brazo de su silla.
—No... no tomaré más café —murmuró.

CAPÍTULO VII
LA PELUCA NEGRA

Lo trágico y lo risible pueden mezclarse de modo extraño. Un siniestro


regocijo me sobrecogió mientras volvía a poner mi taza, con cierto
apresuramiento, debo confesarlo.
Elena se puso en pie de un salto. Se limitó a dejar caer su taza, que se
rompió en el suelo, vertiendo el café.
—No soporto más —gimió—. Es espantoso. ¿Por qué habré venido? ¿Por
qué habernos hecho venir, Matil? Todo esto es culpa suya. Ya sé por qué ha
llamado a este detective. Quería saber cómo murió su padre, quién lo mató.
¡Bueno! Pues no lo sabrá. ¡Jamás! ¡Jamás!
—¡Cállate, Elena! —le gritó su marido, con ojos coléricos.
—¡Jamás! ¡Jamás! —repetía la mujer, con expresión de maldad satisfecha,
los delgados labios descubriendo los dientes apretados, sus ojos destilando hiel,
crispadas las manos—. Me voy. No puedo seguir aquí. ¡Es horrible! ¡Esa... esa
cosa, en el cuarto, durante días y días! ¡Me voy!
—Por desgracia es imposible —dijo O’Leary, en tono ligero.
Elena se volvió hacia él. Su espalda plana parecía enorme bajo la flotante
seda de su bata. Al inclinarse hacia adelante en un movimiento brusco, un
pliegue del cuello se desplazó, y percibí, por debajo de una cinta blanca, una
tela verde; aun vestía la ropa que llevara la víspera, en la comida. El detalle, en
aquel momento, me pareció sin importancia.
—¡Quiero y puedo partir! —gritó furiosamente—. Usted no tiene derecho a
retenerme aquí.
—Pero la tempestad concluiría con usted —replicó O’Leary fríamente, con
una especie de ironía—. Se extraviaría usted al cabo de dos minutos. Y no
podríamos salvarla. Mas, si se empeña...

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Encontró ella su mirada, la sostuvo un instante, y bajó los ojos. Se dirigió


lentamente hacia la puerta. Sus mejillas enrojecieron, y algo así como un sollozo
se le escapó.
—Vamos —dijo O’Leary, conciliador—. Debemos descansar. Estoy
absolutamente seguro que el café era inofensivo. No nos alarmemos. El veneno
se habrá extraviado, sencillamente. No fue un tóxico lo que mató a Frawley,
sino un revólver. Evidentemente, esperar no es muy divertido que digamos,
pero no se puede hacer nada más. Una cosa es segura: el asesino no está en
condiciones de escapársenos.
Elena lloró más fuerte. Me enervaba. Me levanté a mi vez.
—¡Cállese! —grité—. La situación ya es de por sí bastante desagradable
para que nos ocupemos en hacerla imposible. Si alguno de nosotros cede, lo
mismo ocurrirá con todos. Basta ya con una pesadilla. ¡No convirtamos esta
casa en un asilo de alienados!
Matil me lanzó una mirada de reconocimiento, y la signora Elena, confusa,
cesó de llorar, volvió hacia mí sus ojos verdes y se pasó la manga por su cara
abotargada por las lágrimas.
—La “nurse” tiene razón —dijo Terice, a quien, años de vida precaria
debieron conceder cierto sentido común—. Yo voy a acostarme. Cerraré mi
puerta con llave, y si —oprimió con sus manitas el respaldo de su silla—, si me
atacan, gritaré con todas mis fuerzas.
Aquella declaración estaba visiblemente dirigida al asesino. Pues éste se
encontraba allí, entre nosotros... quizá fuese la propia Terice. Se hubiera dicho
una Jezabel. Sus brillantes ojos, el viejo satén descolorido que la envolvía, su
maquillaje agrietado por todas partes, acentuaban la ilusión.
Me alcé de hombros, como para librarlos del fardo con que el drama
parecía haberlos cargado.
—¿Me necesita? —le pregunté a la tía Lucy.
No me respondió; ni me oyó siquiera. Sus grandes ojos, profundamente
hundidos en sus órbitas, circuidos de blanco, contemplaban el vacío.
Permanecía sentada muy derecha en su silla, y ni aun se volvió cuando apoyé la
mano en el respaldo del coche.
Conseguí, no obstante, meterla en la cama. Acumulé las frazadas sobre ella
y le puse una botella de agua caliente a los pies helados. Al ir a la cocina, a
buscar el agua, noté que el atemorizado grupo se había dispersado. Solo Barre,
Morse y Killian quedaban delante del fuego, conversando en voz baja.
Brunker, con gestos de autómata, volvía a ponerlo todo en orden. Annette
preparaba el desayuno, según me dijo en tono áspero. En realidad, parecía
ocupada en otra cosa; registraba los armarios, las alacenas, de las que emergía
con el rostro carmesí, ansiosa la mirada. Su boca había perdido su flojedad de
líneas. Por sus ojos, que semejaban haber adquirido sombrías tonalidades,
pasaba una expresión de desafío.

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Mignon G. Eberhart Lance O’Leary investiga

No fue en verdad lo menos desagradable para mí, durante aquellos


espantosos días de Hunting’s End, eso de encontrarme, cada vez que entraba en
la cocina, con aquel rostro en último grado repulsivo. Continuamente me
asaltaba la impresión de que la puerta iba a abrirse, y que una sombra, no sé
cuál, saldría en silencio. Sensación absurda, irracional, mas lo cierto es que no
me faltaban ganas de contornear las puertas, como lo hiciera el gato al penetrar
en el pabellón. Hasta el mismo gato me impresionaba de un modo fastidioso.
Sabía yo, sin que pudiera caberme de ello la menor duda, que el pobre animal
no era más que una desdichada gata medio muerta de hambre y de frío, que
sólo ambicionaba calor y alimentos. Pero sus ojos me empavorecían: tenían
aspecto de saber. No me gustaba la manera cómo se sentaba junto al fuego, no
lejos del sitio en que Elena había volcado su café, y lamía su abultado vientre
con su fina y roja lengua, en tanto miraba desconfiada a Jericó. Parecía darse
cuenta de que el perro estaba melancólico... y saber por qué. El diabólico origen
que Killian atribuía a aquel bicho probaba lo absurdo de mis impresiones. Pero
yo no simpatizaba con ese gato.
Jericó me siguió cuando abrí la puerta del cuarto de la tía Lucy. Restregó su
hocico cálido y seco contra mi mano. Sus ojos estaban tristes.
—¡Pobre animal! —exclamé.
Agachó las orejas, bajó la cola, y, volviéndose, arrojó una ojeada al gato y se
puso a dar vueltas gimiendo sobre la alfombra. Noté que se acostaba frente a la
pieza de Gerald Frawley, cuya puerta no perdía de vista.
La tía Lucy se adormiló no bien le traje el botellón. Salí. Mi cuarto estaba
sombrío y helado. Abrí los postigos para dar paso a la grisácea luz del día. Las
frazadas, sobre mi cama, seguían exactamente como las dejara cuando salté del
lecho, para... ¿para hacer qué, pues?... ¡Ah!, para beber un poco de leche
caliente.
Y hete aquí que había encontrado un cadáver.
Confieso sin rubor que miré debajo de mi cama y eché cuidadosamente el
cerrojo a mi puerta antes de sentarme pesadamente en el lecho, apartar los
cabellos de mi rostro fatigado y restregarme los ojos enrojecidos por el
insomnio.
El horror que me atontara comenzó a disiparse. Hasta ese momento me
habían conducido los acontecimientos; me había dejado llevar, sin fuerza, sin
energía. Ahora, aquella noche que acabara de transcurrir asumía un significado,
se hacía real. Era como si hubiese abierto los ojos, después de un sueño agitado,
para encontrar una realidad más terrible aun que el ensueño.
A algunos pasos de mí reposaba un cadáver, un hombre muerto por uno de
sus amigos. El asesino estaba, debía estar entre nosotros, entre aquellos, que
horas antes, rieran, comieran, hablaran, jugaran a las cartas, hicieran música,
sonrieran... y aquel monstruo había hecho como los demás, había sonreído,
bromeado invisible, insospechado.

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Mignon G. Eberhart Lance O’Leary investiga

Y, de pronto, volví a ver el cráneo reluciente y desnudo de Gerald Frawley;


hubiera querido cubrirlo de nuevo con la peluca que estaba sobre la mesa.
Mis dedos impacientes hicieron crujir alguna cosa: el papel que había
sepultado en mi bolsillo. Lo retiré, y la calma tornó a mí. No hubiera debido
leerlo, pero las palabras que se ofrecieron a mis ojos estaban con tanta claridad
escritas, que no pude menos de tomar conocimiento de aquellas líneas.
Matil, queridita (una hermosa letra); permíteme hacer público nuestro
compromiso, mientras nos hallamos en Hunting’s End. A pesar de todo cuanto me has
dicho ya al respecto, quiero suplicarte una vez más.
Estaba firmado: Gerald F.
Permanecí largo tiempo inmóvil, el papel entre las manos; Gerald Frawley
era, pues, el hombre con quien Matil quería casarse. A él fue a quien quiso
disculpar. Ahora estaba muerto, asesinado.
Nada de asombroso que hubiera parecido helada de horror,
desesperadamente calma y silenciosa. Mas, ¿había sido realmente la
desesperación lo que ensombreciera sus miradas?
Continué un buen rato todavía pensativa. Después, comencé a
preguntarme dónde estaba mi deber.
Mi primer impulso fue, naturalmente, entregar la carta a Matil Kingery.
Luego, otras consideraciones me hicieron vacilar, como suele ocurrir cada vez
que una catástrofe nos arroja fuera de las convenciones.
Ante todo, después que fueran trazadas estas líneas, la situación se había
modificado profundamente. En puridad de justicia, debía dárselas a O’Leary,
que, por supuesto, las haría pasar a poder de Matil. No obstante, Matil no había
querido confiar a O’Leary el nombre del varón a quien amaba.
Y, de súbito, recordé los zapatos de “lamé” que Matil llevara la víspera;
estaban mojados, traspasados. La ventana del cuarto de Frawley apareció bien
cerrada por dentro; evidentemente, Matil no había asesinado a Gerald. Se había
comprometido con él, y Matil no era mujer de ligar su vida a la de un hombre a
quien no amara. Tras de madura reflexión, me decidí a guardar el papel, por lo
menos hasta el instante en que mi deber no se me apareciera con claridad.
Volví a ponerme la esquela en el bolsillo del uniforme; que vestí de nuevo,
luego de algunas abluciones demasiado frías para ser agradables. ¡Si a lo menos
hubiera sido posible atribuir aquel crimen a un extraño que hubiese penetrado,
de noche, en el pabellón! Todo habría resultado más sencillo, y el horror de la
interminable espera que por fuerza tendríamos que soportar habría quedado
muy disminuido. ¡Pero saber, abrigar la seguridad de que el asesino era uno de
nosotros, que iba y venía en nuestro grupo, que comía y dormía cerca de uno!
Más insoportable aun era aquella duda, aquella suspicacia general, recíproca,
aquella sensación de inseguridad, de ignorancia del mañana.
En razón de la tempestad, no quedaba otra alternativa. Confusamente, pasé
revista a los huéspedes de Hunting’s End: no eran numerosos.

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Mignon G. Eberhart Lance O’Leary investiga

O’Leary y yo quedábamos fuera de cuestión; sabía, por mi parte, que yo no


había hecho fuego sobre Frawley, y análoga seguridad tenía en lo que se refiere
a O’Leary. También estaba segura de Paggi, puesto que lo había mantenido bajo
mi mirada en el momento preciso en que estallara la detonación. Pero más allá
de eso, lo ignoraba todo; Lucy Kingery, una inválida, casi impotente; Annette,
ebria; Terice, presuntuosa y brutal; Julián Barre, ansioso y privado de su
paladar; Morse, turbado, fuera de sí, quemando la nota de Frawley. En mi
espíritu, lentamente, fui pasando de uno a otro. Elena Paggi, ¿no se habría
inclinado sobre la balaustrada de la galería, no habría disparado? Y, en ese caso,
¿por qué? Los indolentes, enigmáticos ojos de Killian, ¿podían reflejar el crimen,
la sangre? Y, ¿por qué motivo? Brunker, cuya serenidad lo abandonara a causa
del extravío del veneno de matar ratas, no obedeció, a mi parecer, más que al
instinto de conservación. Sólo era un autómata. Y de incluirlo en la lista de los
sospechosos, ¿qué razón pudo asistirle para cometer el asesinato?
El enigma proseguía en pie. Empecé a comprender que lo fundamental era
el motivo, y que sólo éste importaba elucidar.
Y un pensamiento asaz mezquino acudió entonces a mi mente: me
sorprendí deseando que el propósito, fuera cual fuese, del criminal, hubiera
sido alcanzado... para no correr riesgos en lo sucesivo...
El crujido de mi blusa almidonada me reintegró a las ideas normales.
Consulté mi reloj y sufrí una especie de conmoción al comprobar que dieciocho
horas apenas habían pasado desde que transpusiera, por primera vez, el umbral
de Hunting’s End; me puse una nueva blusa y arreglé mis cabellos de modo de
disimular la mecha gris que ofrecía mi pelo rubio. Estaba pálida. Tenía
violáceas ojeras, pero la energía no me había abandonado.
Y de paso reflexioné que, si por desgracia, hubiera habido veneno en el
café, ya habría sido tiempo de que comenzara a producir su efecto. Experimenté
un cierto alivio, lo cual no significa que me sintiese alegre.
Regresé al salón, para comprobar que algunos de nosotros se habían
tomado muy poco descanso. Matil, O’Leary y Paggi se hallaban de pie, cerca de
la chimenea, y hablaban. Matil llevaba un traje de lana azul, adornado con un
cuello blanco, del que emergía, plena de gracia, su altiva nuca. Elena y Terice
estaban en un diván, las dos vestidas, y fumaban nerviosamente, a cortas
pitadas, sin pronunciar una palabra. Killian, Morse y Barre permanecían junto a
una ventana, contemplando los remolinos de nieve que el viento empujaba a
ráfagas.
La luz del día, las “toilettes”, las idas y venidas de Brunker, que ponía la
mesa para el desayuno, despojaban al salón de parte de su siniestro aspecto.
Los convencionalismos sociales recobraban sus fueros, mas, sólo en apariencia,
pues sentía yo que no era aquello más que un leve barniz que podía
resquebrajarse en cualquier momento. Tenía absoluta seguridad, en presencia
de aquellas miradas tensas, de aquellos ojos escudriñadores, de aquellas frases,

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Mignon G. Eberhart Lance O’Leary investiga

de aquellas voces estudiadas. Todos pensaban sin cesar en aquella puerta


cerrada y en aquel que yacía acostado detrás.
El desayuno fue horrible. En primer lugar, el sitio vacío de Gerald Frawley
atraía invenciblemente las miradas; yo misma hube de desviar, cien veces a lo
menos, los ojos. Además, sentía mucho apetito, y no me era posible, sin
embargo, pasar los alimentos. Me contenté con jugo de naranjas y un racimo de
uvas, algunos buñuelos y “porridge”; bebí un poco de café y comí una tostada.
Brunker pasaba en aquel instante con un plato de huevos pasados por agua y
creo que me serví tres, cuando de ordinario no puedo tolerar los huevos
pasados por agua, en particular a la mañana.
Cosa curiosa, los demás parecían tener los mismos gustos que yo. Nadie
tocó de los otros platos. Los huevos, en cambio, disminuían con una rapidez
desconcertante.
Miré discretamente a O’Leary, y sólo cuando él hubo vaciado con un placer
evidente hasta la última gota de su café y pedido que le llenasen de nuevo la
taza, me resolví a beber el mío.
No hablaban. Elena miraba la mesa, fijamente. Sus facciones proclamaban
el miedo. Terice fumaba con ardor febril, parpadeantes los ojos bajo sus
pintadas cejas, y su traje de sport a rayas anaranjadas y negras formaba violento
contraste con la severa sencillez del vestido de Matil. Se mostraban todos
huraños, pálidos, sin animación. El menor ruido los hacía sobresaltar, o
volverse, dirigirse los unos a los otros furtivas miradas o clavar en la nieve sus
ojos circuidos de anchas ojeras Los hombres fumaban con exceso, como si no
pudieran contenerse, excepto, sin embargo, Paggi, cuya voz parecía ser su
principal preocupación, y cuya tez, a la claridad diurna, era verdosa. Y todos
comían huevos.
El día que de aquella manera comenzara, fue sin historia, pero larguísimo,
interminable, y desesperante por su monotonía. Nada se produjo, bien que
O’Leary diera muestras de una constante actividad. Durante toda la jornada vi
su larga silueta gris pasar y volver a pasar aquí y allá, y varias veces sostuvo
conversaciones en voz baja, ya con uno o con otro. La tía Lucy guardó cama
todo el día, y pocas fueron las veces que me separé de ella. Los otros
deambularon por el salón, hojeando diarios, revistas, fumando con nerviosidad.
Se habló poco.
Jamás he visto tanta nieve en mi vida. No era una de esas tempestades
ordinarias, que duran algunas horas. Algo de siniestro había en aquella caída
incesante, implacable, en los aullidos del viento, en el terrible frío. Los
elementos nos asaltaban, amenazantes. La noche caía ya, desvaneciendo
nuestras postreras esperanzas. Vivir no era para nosotros ahora más que
esperar, esperar sin término, en medio de un blanco desierto de nieve y de
bruma.
Mientras tanto, me oprimía una angustia semejante a esa desazón que nos
acomete cuando se ha comido alguna cosa que “no pasa”. Era una angustia

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Mignon G. Eberhart Lance O’Leary investiga

física. Me había refugiado en el salón, donde descansaba del aire confinado del
cuarto de la tía Lucy; Brunker trajo una estufilla a petróleo, que apestaba. Me
levanté y tomé mi tejido de punto —ocupación harto desagradable en sí misma
— a fin de luchar contra el enervamiento que iba haciendo presa de mí. Cuando
volví junto al fuego, el entrechocar de las largas agujas de acero contrastó
alegremente con los otros ruidos, los cuchicheos, el chasquido de las cerillas que
frotaba Terice, los ligeros suspiros de Elena.
Brunker se presentó muy temprano con las lámparas. Nadie se lo había
pedido. Comenzamos ya a echar miradas inquietas hacia los sombríos rincones.
Creo que Matil sostuvo un leve altercado con Annette: la vi salir de la cocina
con el ceño fruncido, las mejillas hechas un fuego y la mandíbula —aquella
prominente mandíbula de los Kingery—, apretada, ir a su pieza y volver a salir
en seguida, sosteniendo en la mano un llavero. Ignoro si guardó el vino bajo
llave, pero, de cualquier modo, no me cabe duda que Annette se le había
adelantado, porque cuando a mi turno fui a la cocina para preparar el agua de
la tía Lucy, hallé a Annette carmesí, la boca floja, que canturreaba y daba
vueltas sin cesar en derredor de sus hornallas. Debió compartir su ración con
Brunker, que, a su vez, había tomado colores, parecía menos frío, menos
maquinal, y evitaba mi mirada.
Después del té, la tía Lucy se levantó, y con mi ayuda, se puso otra vez su
traje gris. Bebió de un trago su agua gaseosa, escogió algunas pesadas alhajas e
hizo rodar su silla junto a la chimenea. Desde su sitio se puso a mirar a los
otros, que tomaban su té, una sombra de té, casi frío, acompañado de delgados
“sandwiches”.
Su rostro aparecía sombrío, enflaquecidas sus facciones, hundidos sus ojos,
mas, aun así, no se descubría en ella rastros de la noche precedente.
Poco a poco el salón fue vaciándose. Cada cual se retiró para ir a vestirse, y
todos observaban, con extraña minuciosidad, las pequeñas costumbres de la
vida cotidiana. La nieve, el frío, el temor, nos estrechaban de cerca. Estábamos
allí, ligados a aquella cosa imposible de nombrar, que reposaba muy cerca,
sobre el lecho; y, sin embargo, los hombres se afeitaban, se metían dentro de las
pecheras cuidadosamente rígidas a fuerza de almidón y se enfundaban los
smokings; las esencias humedecían los cabellos, la seda cubría las carnes
temblonas por el espanto, el “rouge” coloreaba las mejillas pálidas de terror.
Las cremas ocultaban las ojeras que orlaban los ojos. Se sonreía, se bebía, o se
afectaba comer. Las apariencias, en fin, estaban todas salvaguardadas, sin
excepción. Empero, no debo olvidarme de referir aquí el curioso incidente que
por ese entonces se produjo.
La noche había cerrado. El salón estaba desierto. Sólo la tía Lucy
permanecía al lado del fuego. Yo me encontraba sentada junto a ella. De vez en
cuando entraba Brunker para retirarse casi en seguida. Las lámparas
proyectaban la suficiente luz como para permitir que se viera, a través de los
vidrios, los copos de nieve arremolinarse y caer.

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Mignon G. Eberhart Lance O’Leary investiga

O’Leary, que apenas había cambiado algunas palabras conmigo en el curso


de la jornada, se aproximó repentinamente, diciéndome:
—¿Está muy ocupada, señorita Keate? —y añadió, para ser oído de la
señorita Lucy, supongo—: ¿Quiere venir conmigo al cuarto del señor Frawley,
un instante? Tengo necesidad de usted.
Arrojé mi labor sobre el diván y lo acompañé. Mi corazón latía con
violencia mientras abría él la puerta del cuarto. Al punto la volvió a cerrar
detrás de nosotros. Los postigos habían sido abiertos durante el día y la pieza
estaba glacial. Esperé ver un cadáver en tierra, pero habían colocado el cuerpo
sobre el lecho, cubriéndolo con mucha delicadeza. Algunos trazos de tiza
señalaban en el piso el lugar en que cayera.
—Quería hablar a solas con usted, señorita Keate —dijo muy de prisa
O’Leary, que debía adivinar mi turbación—, y no se me ha presentado hoy la
oportunidad. ¡Hasta ahora nada he obtenido, por lo demás! Es un caso muy
difícil; si pudiese sonsacar a algunos, aquí, iría más rápido; pero imposible. Se
muestran mudos como estatuas. Lo cual no ofrece nada de sorprendente: la
muerte de Huber Kingery pesa sobre ellos. Evidentemente, temen ser
implicados no solamente en el asesinato de anoche, sino, encima, en el crimen
perpetrado cinco años atrás. Todos se odian mutuamente.
—Los lazos que los unen no son a buen seguro los de la amistad —dije con
aire sombrío—. Eso se nota. La consigna es muy sencilla: “Sé discreto y yo, por
mi parte, no hablaré.”
—Muy cierto —aprobó O’Leary—. Acaba usted, con su acostumbrada
sagacidad, de definir exactamente la situación.
—¿Y usted no encontró nada? —dije con decepción.
—Poca cosa. Nada de útil o de importante. A menos que no juzgue usted
así el hecho de que... no hay otro revólver en la casa que éste que ve. —Y sacó
un arma reluciente de su bolsillo—. ¡Es el mío! Podría pensarse que para una
partida de caza cada uno se trajo una panoplia, pero la señorita Matil me ha
asegurado que ninguno de sus huéspedes proyectaba cazar. Curioso, ¿no es
cierto? En realidad, esta partida de caza viene a ser más bien una partida donde
no se caza.
Se calló, mirando su automática, que hacía saltar en el hueco de la mano.
—No hay sino un revólver en este pabellón, y no fui yo quien mató a
Gerald Frawley.
—Pero —mis ojos se dirigieron hacia el lecho y bajé la voz—, ese disparo,
¿quién lo descerrajó? ¿Y quién es el asesino?
O’Leary se encogió de hombros.
—Sólo Dios lo sabe. En cuanto al revólver, probablemente lo arrojaron lejos
en la nieve. ¡Ah! Otra cosa... sus nervios son firmes, ¿sí? Será bastante... bastante
desagradable.
—Respondo de mí —contesté con vivacidad, y, en el mismo instante, mi
corazón sufrió un vuelco doloroso—. ¿Qué he de saber?

68
Mignon G. Eberhart Lance O’Leary investiga

Me observó un momento, sin responderme. Luego, muy lentamente,


declaró:
—Se trata de... de aquella peluca. Se encontraba ahí, sobre esa mesa. Ha
desaparecido, hace diez minutos, quizá.
Al volverme hacia la mesa, me vi en el espejo. Estaba tan blanca como mi
cuello, y apenas me reconocí. Mi corazón latía descompasado. El viento azotaba
los vidrios, acometía gimiendo las esquinas de la casa. Respiré con fuerza. La
peluca ya no se hallaba encima de la mesa. Hecho insignificante en sí, me afectó
profundamente, no sé por qué.
—Acabo de registrar el cadáver —continuó O’Leary—. Nada interesante.
Miré también la peluca, que no presentaba ninguna particularidad. La
circunstancia de que Frawley no la llevase cuando lo mataron, suscita una
pregunta muy interesante, señorita Keate: es indudable que el número de
personas ante las cuales aceptaba presentarse sin ese postizo, era limitadísimo.
Aquel que vino a su cuarto, fue evidentemente un íntimo. Y sin embargo —
vaciló, frunció las cejas—, todo esto no encaja. Una peluca, o su ausencia,
modifica completamente la apariencia de un hombre. Y usted a duras penas lo
habría reconocido si... discúlpeme, señorita Keate...
—No oí el final de la frase. Miraba por encima de su hombro. Una sombra
se desplazaba sobre el vidrio, luego una forma blanca contra el fondo negro se
alzó lentamente...
Era una mano, que se tendía hacia el contramarco de la ventana.
Sin pensar, con un gesto absolutamente automático, me apoderé del
revólver de O’Leary —que conservaba éste al alcance de la diestra— apunté y
apreté el gatillo.
Se produjo una fuerte detonación, a la que siguió un ruido de vidrios rotos
y un grito de sorpresa de O’Leary. La mano había desaparecido. Nieve y viento
entraban ahora por el roto cristal.
O’Leary se volvió, sin alcanzar a ver nada, pues encarándose otra vez
conmigo, retiró suavemente el arma de mis manos y la volvió a su bolsillo,
diciendo con exasperante tono de calma:
—¿No le parece que debiera irse a descansar?
Agité los labios y procuré, en vano, articular algunas palabras; mi temor y
mi cólera eran tales, que debí contentarme con lanzarle una mirada furiosa, en
tanto me esforzaba en aligerar mi pecho del peso que lo oprimía.
—¿Había alguien en la ventana? —dijo él con voz cambiada.
—Claro —balbuceé—, una mano que trataba de alcanzar el contramarco,
muy próxima.
O’Leary ya se hallaba en la ventana.
—¡Nada!... la nieve, la tempestad... está demasiado oscuro para ver. Voy
allá...
En la puerta, se detuvo, arrojándome una mirada a la vez admirativa y
ansiosa.

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Mignon G. Eberhart Lance O’Leary investiga

—Obra usted pronto y con una sangre fría notable —dijo. Y desapareció.
Lo seguí al instante, sin querer permanecer un momento más, sola, en
aquella pieza en que dos hombres habían encontrado ya la muerte. Volví a
cerrar cuidadosamente la puerta.
Cuando atravesaba el salón y, lentamente, me dirigía hacia la tía Lucy, que
continuaba sentada junto al fuego, un hecho curioso se produjo, o, más bien —y
esto fue lo extraño— no se produjo.
Ninguna pregunta se me formuló respecto a aquel disparo.
Ni una puerta se abrió. Ni un grito, ni un ruido se hizo oír. La casa estaba
absolutamente silenciosa. En vez de las interrogaciones que imaginé irían a
asaltarme; de todas partes, un silencio total, completo, se había establecido.
Pero aquellos llamados, aquellas angustiosas preguntas que previera yo,
flotaban en el aire, en el silencio mismo. Se hubiera dicho que la casa toda
entera inquiría, silenciosa, palpitante y temerosa de la respuesta. Por último, la
tía Lucy, alargando su grueso cuello, las manos sobre los brazos de su silla,
clavados los ojos en O’Leary, dura la boca, agitado su cuerpo por un convulsivo
estremecimiento, habló:
—¿Qué hay?
O’Leary, por encima del hombro, en alta voz, pues estaba ya cerca de la
puerta de la cocina, respondió:
—¡Nada, un accidente! Nadie está herido.
Y desapareció.
Caí pesadamente en el diván, mientras que la tía Lucy se echaba hacia
atrás. La angustia que parecía haberse abatido sobre la casa, se disipaba. Pasos
presurosos resonaron en la galería, una puerta tornó a cerrarse sin
apresuramiento, una bañera se vació. La vida renacía.
La tía Lucy no dijo nada. Me miraba. Para ocultar mi emoción, clavé los
ojos en el fuego y me di a pensar en aquella mano. No había podido
equivocarme: mi vista era muy buena, y, en general, no soy nerviosa. Pero, ¿y
aquella mano? ¿A quién pertenecería? ¿Quién habría estado fuera, en la nieve?
¿Con qué objeto?
O’Leary regresó, muy tranquilo, y, con gran impaciencia de mi parte, no
pronunció una palabra. Los otros volvieron a ocupar sus respectivos sitios; la tía
Lucy bebió con glotonería sus tres “cocktails” y cayó “ipso facto” en la más
sombría de las melancolías. Sirvieron. La comida fue horrible. Toda
conversación, aun de simple cortesía, quedó desterrada. Nadie probaba bocado.
Ni siquiera se tocó la sopa, que olía muy bien. En cambio, todos repitieron la
ensalada de legumbres. Lo peor es que teníamos mucho apetito. Paggi miraba
las setas con envidia; sin embargo, rehusó categóricamente servirse. O’Leary era
el único en comer normalmente, y estuve tentada de creer que lo hacía por pura
afectación. Durante toda la cena me sentí muy inquieta; jamás había oprimido
antes el disparador de un revólver y tirado sobre un blanco viviente, y debo
confesar que me quedaba de mi gesto una muy desagradable impresión.

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Mignon G. Eberhart Lance O’Leary investiga

Observé las manos de los comensales. ¿Habría alguna de ellas herida? ¿Las veía
todas? Las conté. Todas estaban intactas. Vigilé a Brunker, discretamente.
Después de la comida, con un pretexto cualquiera, fui a la cocina y regresé,
perpleja. Las toscas manos de Annette aparecían también intactas. No
comprendía.
Pero algunos momentos antes de separarnos para irnos a acostar —
temprano, pues el temor y la fatiga demacraban los rostros— un incidente se
produjo que me hizo olvidar mis preocupaciones.
Encontré la peluca. Sí.
Estaba detrás de los almohadones del gran sillón de alto respaldo en que yo
había permanecido sentada. Dejé allí mis agujas de tejer. Cuando quise
retirarlas... bajo mis dedos, ¡la sentí!
Me asombra aún no haber gritado y atraído así la atención. Pero conseguí
retirar aquella horrible cosa del almohadón y ocultarla bajo el tejido en que
trabajaba. Y la llevé a mi cuarto.
Luego de asistir a la tía Lucy en su antihigiénica colación, de haberla
metido en cama y haber cerrado cuidadosamente mi puerta, estudié la peluca
con minuciosidad.
Experimenté, a su contacto, una violenta repugnancia. No obstante, por vía
de precaución, la puse, antes de acostarme, bajo mi almohada, en compañía del
billete que escribiera Frawley a Matil. Hubiera preferido con mucho alejarla de
mí, pero ningún otro sitio me pareció seguro.
Luché largo tiempo por conciliar el sueño. Al fin, después de contar varias
veces hasta mil, me adormecí.
No sé lo que me despertó.
Quizá una corriente de aire vino a herir mi rostro, quizá algún rozamiento
se dejó oír. El hecho es que me desperté bruscamente, con el corazón palpitante.
Alguien estaba en el cuarto, cerca del lecho; algo se agitaba bajo mi almohada.
Me quedé helada. No podía hacer un movimiento. Ni un sonido hubiera
podido escapar de mi garganta.
La mano sobre la que yo había hecho fuego estaba debajo de mi almohada.
Lo sabía. Estaba segura. Rozó la mía. La sentí tibia, viscosa, mojada.

CAPÍTULO VIII
UN TROZO DE ENCAJE

Ya no estaba allí.

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Mignon G. Eberhart Lance O’Leary investiga

Por algunos instantes, todavía, permanecí inerte, inmovilizada por el


miedo. Recuerdo únicamente haber pensado: “Es un sueño —debe ser un sueño
—, tengo que levantarme”. Cuando sabía, sin que me quedara la menor duda,
que todo era real. No podía hacer un movimiento ni gritar. Por último, me
obligué a obrar.
Resistiendo a un violento deseo de sepultarme entre las cobijas y esperar,
rogando con todas mis fuerzas que el desconocido que se encontraba en mi
cuarto me respetase, volví despaciosamente la cabeza y escuché.
Ni un ruido. Ni un movimiento. La oscuridad era profunda.
Evidentemente, habían soplado la lámpara que dejara yo encendida. Poco a
poco me fui convenciendo que el visitante había partido de nuevo,
silenciosamente, como había venido.
No obstante, cuando me atreví a enderezarme lo hice con infinitas
precauciones, el corazón latiéndome a saltos, la piel húmeda.
Nada se movió; no hubo mano alguna que se cerrara sobre mi garganta.
Ninguna detonación desgarró el aire. Hice una profunda inspiración, saqué las
piernas y como nada se produjese, salí del lecho y anduve tanteando un buen
rato —temiendo a cada instante que aquella mano mojada me aferrase— hasta
encontrar las cerillas que buscaba. La llamita brotó.
No había nadie en la pieza. Pero la puerta que daba al salón —que cerrara
yo cuidadosamente antes de acostarme— aparecía de par en par abierta.
La vasta sala estaba a oscuras. Las lámparas que Brunker seguramente
había dejado encendidas, debieron extinguirse. Nada se movía.
¿No habría yo soñado, después de todo?
Fui a mi cama, levanté la almohada y busqué.
La peluca ya no se encontraba allí. El billete tampoco. Nada más que la
sábana blanca se veía.
Hubiera debido entregar aquel billete —en seguida— a Matil o a O’Leary;
ahora lo comprendía. En todo caso, era mi obligación poner en seguida al
corriente a O’Leary de todo el asunto.
Encendí mi lámpara —mi mano temblaba— y me puse rápidamente un
vestido.
El salón no era más que un agujero negro y sonoro; mi lámpara trazaba un
vago círculo de luz, originando sombras que tan pronto me parecían marchar
como para ejecutar grotesca danza. Una vez en lo alto de la escalera, que crujía
a cada peldaño, no hallé dificultades en dar con la puerta de O’Leary, que
estaba en medio de la hilera. Tanteé primero el pestillo; después golpeé
suavemente.
O’Leary no debía dormir o— su sueño era muy ligero—, porque antes de
que tuviese yo tiempo de golpear de nuevo, ya estaba en la puerta. Le oí
descorrer el cerrojo. Ya la puerta se entreabría.
—¿Qué hay?
—Yo... ha ocurrido...

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Mignon G. Eberhart Lance O’Leary investiga

—Entre.
Me atrajo al cuarto y volvió a cerrar la puerta.
—Deje su lámpara. Hable. No tiemble así.
Mi relato fue breve.
—La misiva... para Matil... —comencé, esforzándome por reprimir el
convulsivo movimiento de mi mandíbula.
En pocas palabras logré, en efecto, enterarlo de la situación. Expliqué por
qué había guardado el mensaje un día entero, sin dárselo, razón que le pareció
poco convincente, según lo advertí en la aguda mirada que me lanzó antes de
envolverse en una frazada y decirme:
—Pensaba que me conocía usted mejor, señorita Keate. ¡Dios, qué frío hace
aquí! Continúe. De modo que Matil estaba comprometida con Frawley. Y
sacaron el billete de debajo de su almohada.
—Y la peluca.
Me miró profundamente, con aire de reproche.
—¡La peluca! ¿No querrá usted decir que la encontró?
—Pues sí —repliqué—. Y le aseguro que no fue un agradable
descubrimiento. Pero también voló.
—¿No gritó usted?
—No pude —confesé con ingenuidad.
—Es usted una mujer asombrosa —manifestó O’Leary—. Dígame, ¿tiene
ganas de dormir?
—¡Dormir! —exclamé, indignada—. ¿Lo cree?
Consultó él su reloj.
—La una de la mañana. —Buscó y sacó del bolsillo de su “robe de
chambre” un paquetito envuelto en un pañuelo—. Una hora muy conveniente
para buscar bajo las almohadas. Vea, necesito hablarle unos minutos, sin correr
riesgo de que nos molesten. Ayer fuimos interrumpidos. Bajemos; podremos
charlar tranquilamente y hará más calor que aquí.
Cuando pienso en Hunting’s End, torno a ver aquel instante, aquella hora,
en medio de la noche, en el misterioso silencio de aquella casa, apenas
interrumpido a intervalos por el crujir de una viga o el silbido del viento.
Ganamos la cocina. O’Leary me murmuró que podían fácilmente vernos o
escucharnos si permanecíamos en el salón, mientras que en la cocina nos
bastaba con vigilar la puerta del cuarto de Annette. “No es que el hecho revista
una gran importancia —añadió bajito—, pero no conviene dar a conocer nuestra
asociación.”
—Mientras nadie sospeche sus notables facultades de... de observación,
vale más ocultarlas —concluyó con bondad.
Trajo una silla junto al fuego, del lado que aun quedaban brasas.
—Voy a agregar un leño, o dos —continuó—. ¿Quiere café o té? Está
pálida...

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Mignon G. Eberhart Lance O’Leary investiga

—¡Cómo para no estarlo! —interrumpí con amargura—. No he venido aquí,


señor O’Leary, para... para ser testigo de un asesinato, para guardar pelucas que
huyen por sus propios medios, ni para hacer fuego sobre manos y sentirlas
después hurgar bajo mi almohada. He venido para cuidar a una señora anciana.
O’Leary depositó tranquilamente un leño en el hogar y tomó las tenazas.
Sonreía. Sus cabellos estaban enmarañados, y era la primera vez que lo veía yo
así. Su amplia bata tenía el cuello alzado, lo que le daba un aspecto juvenil.
—¡Oh! —exclamó—. Sabe usted muy bien que no está aquí solamente para
cuidar a una enferma. Hasta me atreveré a decir que esperaba, sobre todo, un
caso interesante.
—Pero no un asesinato —argüí con ardor.
Se puso repentinamente serio.
—No, evidentemente. Yo tampoco.
—Sillas confortables —prosiguió, atrayendo otra a sí—. ¿Cree usted que las
sillas de las cocinas sean duras ex profeso para obligar a los sirvientes a no
sentarse con demasiada frecuencia? En fin, de cualquier modo, hace aquí más
calor. ¿Su puerta estaba asegurada con cerrojo?
—Pero... sí.
—Hay un cuarto de baño entre su pieza y la de la señorita Lucy Kingery.
¿La puerta también estaba cerrada del mismo modo?
—No. La enferma podía tener necesidad de mis cuidados.
—¿Y la ventana?
—Los postigos estaban cerrados, pero la ventana entreabierta. Muy poco,
porque a pesar de los postigos, hacía bastante frío.
—Lo creo —declaró O’Leary, estremeciéndose—. ¿Le parece que ese leño
llegará alguna vez a encenderse?
Se volvió hacia las tenazas, y, por encima del hombro, me dijo:
—¿No se diría que su enferma necesitó de esa peluca?
—¡La señorita Lucy! Olvida usted que es paralítica.
—¡Ah, sí! —replicó en tono ligero, recostándose en su silla, clavados sus
ojos grises en el hogar—. ¿Está usted bien segura, señorita Keate?
—Sí. ¿Qué quiere usted decir?
—Nada. ¿La puerta se hallaba cerrada?
—Sí... creo. Seguramente.
—¿No recuerda haberla cerrado usted misma?
Vacilé.
—No. No recuerdo. Pero seguramente la cerró ella en persona después que
la ayudé a salir de su silla.
—¿Es difícil de cuidar?
—¡Bah! He tenido enfermos más fastidiosos y otros más agradables.
—Mire, señorita Keate —dijo O’Leary, cambiando bruscamente de tema—.
Me he enfrentado con problemas difíciles de resolver, y no me gusta confesar
cuántas veces hube de renunciar a encontrar la solución, pero jamás me hallé

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Mignon G. Eberhart Lance O’Leary investiga

ante un caso semejante a éste. Creo que me he acostumbrado demasiado a la


ayuda de la policía regular, que cumple, no cabe duda, una multitud de tareas
auxiliares muy útiles al detective mismo. Y no hablo de la técnica, de los medios
de laboratorio que están a su disposición. He perdido toda mi jornada en
operaciones sin interés, en estudios preparatorios acerca de ciertos huéspedes
de Hunting’s End. Busqué un revólver que no he encontrado, un paquete de
veneno que, según todas las apariencias, ha desaparecido de la superficie de la
tierra. —Se pasó con aire de fatiga la mano por la frente, luego la sepultó en el
fondo de su bolsillo—. Me agradaría muchísimo tener conmigo alguno de esos
hombres vestidos de azul. Y ahí está. Pasó un día, y ya he perdido mucha
confianza en mí mismo.
—Jamás ha estado usted... —comencé, y me detuve de súbito. Nunca he
dirigido cumplidos a un hombre, y espero no comenzar a mi edad.
—No se preocupe —continuó O’Leary—. Creo poder ahora clasificar las
circunstancias del asesinato en su orden lógico; quiero decir, aquéllas en las que
el cadáver ha sido encontrado. Es lo más difícil, generalmente. Sé que Paggi y
usted fueron los primeros en entrar en el cuarto de Frawley. Barre y Morse
salieron en el mismo instante de sus habitaciones, y, en su prisa, se chocaron
violentamente a la puerta de la pieza de Frawley. Después entraron. Yo mismo
he visto a la señora de Paggi y a la baronesita abandonar la galería. La señorita
Matil llegó entre los últimos, y, por su parte, vio a Brunker salir de su cuarto, al
lado del mío. Al fin acudió Killian. Fue usted entonces en busca de la señorita
Lucy, y, un poco más tarde, mandaron ustedes a buscar a Annette. Todo está
bien claro, y nada de esto explica cómo ha sido posible esconder un revólver.
Naturalmente, todos hicieron alboroto y nadie tenía un arma consigo. —Mostró
un gesto de impaciencia—. Esta maldita nieve lo cubre todo —dijo—. Me parece
que el revólver está en alguna parte, fuera. Lo más sencillo era, evidentemente,
ir a la ventana y arrojarlo lejos. Pero quien ha hecho eso sabe perfectamente que
lo encontrarán, así que empiece el deshielo. A propósito, señorita Keate, cuando
dijimos que todas las puertas, postigos y ventanas estaban bien cerradas en el
momento del crimen, tuvo usted una mirada que... que... Bueno, quería saber
qué pensó usted entonces. ¿Era de opinión diferente?
—Sí —dije—. En seguida del crimen, cuando fui en busca de la enferma, el
perro aullaba. Estaba en el cuarto de Matil, y abrí la puerta para hacerlo salir...
Los postigos se hallaban abiertos, y también la ventana. Pero no veo la
importancia del hecho —proseguí, calentándome un poco, y recordando que
Matil había sido una de las últimas en llegar a la pieza de Frawley—, puesto
que nadie hubiera podido, sin que ella lo supiese, atravesar su habitación.
—Muy bien, pero... quizá ella viera —observó O’Leary con voz dulce. Y
como yo protestase violentamente, sonrió—. Sí, señorita Keate, estoy, como
usted, convencido de que existe en eso una fastidiosa casualidad. Y he aquí, en
ese sentido, un nuevo argumento. Recuerde usted que el último en venir a
preguntar lo que ocurría fue ese joven Killian. Pero la señora Paggi lo vio salir

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Mignon G. Eberhart Lance O’Leary investiga

de su cuarto, lo cual lo pone fuera de cuestión. En todo caso, es interesante. El


busilis reside en que las ventanas y los postigos de la pieza de Frawley estaban
bien cerrados. Es absolutamente imposible que el asesino haya salido por ahí.
No, el tiro vino del interior.
Registró en su bolsillo, hizo ademán de buscar un chaleco bajo su bata y no
encontrando, supongo, más que su pijama, lanzó una exclamación.
—¿Busca usted su antipático trocito de lápiz? —dije secamente—. Si es así,
señor O’Leary, permítame decirle que me causaría usted un gran placer
desembarazándose de tan deplorable costumbre.
Me miró sorprendido; me sentía nerviosa.
—Comprendo que al expresarme de este modo no me muestro muy
correcta —seguía—, pero la verdad es que me enerva usted atrozmente cuando
hace girar ese lápiz entre los dedos. Prefiero regalarle una estilográfica.
—¡Vamos, señorita Keate! —Sus duros ojos se suavizaron repentinamente,
e inclinándose, puso su mano en la mía—. Créame que lamento en extremo
mezclarla en todo esto, pero es usted tan resuelta, tan firme...
En aquel momento se abrió la puerta de Annette.
Los franceses son burlones. De ello tuve la prueba. Annette se mantuvo en
el umbral de su cuarto, una sonrisa en los labios, sus cabellos grises separados
en dos trenzas, maliciosa la mirada.
O’Leary estuvo perfecto; dejando la mano sobre la mía, dijo en tono seco:
—Haga el favor de prepararnos café —y continuando, en mi dirección la
frase que había interrumpido—... tan superior.
Después, soltando mi mano, se echó atrás en su silla y clavó en el fuego sus
ojos claros, que reían, estoy segura. Por mi parte, vacilaba entre dos violentos
deseos: cachetear a O’Leary y poner a Annette en su lugar, con algunas palabras
oportunas, decirle lo que pensaba de ella, de su gastado quimono azul y de su
pueblo en general. Al mismo tiempo, un ligero calor me cosquilleaba en la boca
del estómago; no estoy acostumbrada a la lisonja.
Annette empleó muy poco tiempo en hacer un excelente café. Acrecentó mi
confusión yendo a su pieza para regresar con un frasco chato lleno de un
líquido incoloro, pero no sin fuerza, que depositó sobre la mesa con el aire de
quien dispensa un señalado favor. O’Leary no dejó por eso de despedirla más
pronto y más secamente, pero sus ojos seguían riendo. La mujer volvió
definitivamente a su cuarto, donde se quedó, supongo, un largo rato con el oído
pegado a la puerta. Fue, en todo caso, para su mayor despecho, porque la
cocina era inmensa y hablábamos muy bajo.
Después de eso, la conversación se animó.
—Y, señorita Keate, puesto que sabemos que el disparo fue descerrajado
desde el interior, y que afirma usted, por su parte, que nadie salió de la pieza de
Frawley, henos en una difícil situación. Ocupémonos de la galería. Usted está
segura de haber oído a alguien. Ahora bien: habrá usted seguramente notado
que el balcón que se encuentra en el sitio en que desemboca la escalera, está

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Mignon G. Eberhart Lance O’Leary investiga

bastante lejos por encima del salón. Ese balcón queda enfrente del cuarto de
Frawley.
—Sí. Ya lo he pensado. Pero, ¿puede decirme a qué distancia
aproximadamente fue disparado el tiro?
—Aproximadamente... —murmuró O’Leary, reflexionando—. Por otra
parte, tal vez le interese saber que había alguien en el balcón.
Echó una ojeada a la puerta de Annette y retiró de su bolsillo el paquetito
que pusiera en él. Lo abrió. Contenía dos pequeños objetos; la punta de un
encaje, color carne, y un trozo de pluma de avestruz, manchado, endurecido, de
un rojo sombrío: sangre.
—¡Un trozo del abanico de Matil!
O’Leary hizo una señal con la cabeza.
—¿Dónde lo encontró?
Debajo del cadáver de Frawley —dijo lentamente—. Sí, es sangre. Sangre
de Frawley. Pero no me pregunte cómo fue a parar ahí. El encaje estaba en la
balaustrada de la galería. Parece haber sido arrancado de ese traje que usa la
signora Paggi. Estoy seguro; di con el sitio en que falta, en la cintura, a la
derecha. —Se detuvo un instante y continuó—: No sé nada, sino que en el
desorden ella no lo advirtió. De lo contrario, no se hubiera puesto ese vestido
esta noche. ¿Tengo razón, señorita Keate?
Me acordé bruscamente.
—Llevaba ese traje bajo su “negligé” en el momento en que se cometió el
crimen —dije—. Estoy segura porque se lo he visto durante la noche. No hay
duda, pues, que no se había acostado.
—Muy cierto, señorita Keate. Eso no prueba nada, por otra parte, ya que
ignoramos cuándo se hizo el desgarrón. Aun admitiendo que alguien se hubiera
apostado en la galería —y no éramos más que cuatro: Brunker, la signora de
Paggi, la baronesa y yo— y haya muerto a Frawley de un disparo de revólver,
¿es posible que éste hubiese abierto la puerta en el preciso momento en que lo
acechaban, que ofreciera su pecho a las balas? Y si admite usted que nadie
transpuso la puerta, ¿cómo es que no sabe cuándo se abrió?
Me miraba con fijeza, los ojos brillantes.
—No sé, en verdad... —confesé, vacilando— cuándo fue abierta la puerta.
Tengo la impresión de que eso se produjo en el momento justo en que partió el
disparo. Pero, al contrario, estoy segura de que si alguien hubiese salido de
aquel cuarto, y hubiera ido al piso superior, al extremo del salón, a la cocina, o a
una de las piezas, yo lo habría visto.
—Sin embargo, usted oyó ruido de voces en la habitación de Frawley, y
una detonación. Salieron de ese cuarto. La puerta de Killian es la más próxima.
Del otro lado, más allá del cuarto de baño, está la de Barre. ¿Abriga completa
seguridad de que ni Killian, ni Barre, pudieron saltar de una pieza a la otra? La
distancia es corta, no lo olvide.
—Estoy segura —afirmé—. Es imposible.

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Mignon G. Eberhart Lance O’Leary investiga

Sin decir palabra, se pasó la mano por los cabellos, registró en su bolsillo,
volvió a sacar inmediatamente la mano y dijo lentamente:
—Barre es sospechoso. No obstante, la puerta que pone en comunicación la
pieza de Frawley con el cuarto de baño estaba cerrada. Es muy curioso —
continuó después de una pausa—; nada más que un pequeño picaporte de
metal de un costado, y un cerrojo; una tranca de madera, del otro. Ni siquiera se
puede cerrar la puerta de Frawley desde afuera.
—¿Por qué le preocupa ese detalle? —le pregunté con cierta acritud—.
Demás está que le diga que el sitio no es muy frecuentado. Ninguno de
nosotros ha de visitarlo por placer. Hasta el perro lo evita.
—Pero vigila —dijo O’Leary en voz baja—. Ese perro me causa escalofríos,
señorita Keate, y le aseguro que no me tengo por impresionable. No... no es
natural, o bien, demasiado natural. Sabe demasiado.
—Es un perro —dije—. Los “pastores” son sumamente inteligentes, e
intuyen inclusive más lejos de lo que alcanza su comprensión.
O’Leary sacudió los hombros con impaciencia.
—Pero no, pero no, señorita Keate. ¡No saben mucho más que los otros!
Volvamos a nuestros mansos corderos. Nos hallamos, pues, familiarizados con
las circunstancias generales del crimen: la puerta está abierta, nadie abandona el
cuarto, los postigos y la puerta del cuarto de baño están cerrados, alguien se
encuentra en el balcón, no hay revólver —contaba con los dedos—, todos, salvo
Paggi y usted, declaran dormir, hemos hallado un trozo de pluma de avestruz,
Matil estaba comprometida con el que mataron, alguno trata de robar la peluca
y encuentra la nota que usted... ¡ejem!... ocultaba; la signora Paggi deja un
pedazo de encaje en el sitio en que pudo apostarse el asesino, y es todo, excepto
que el moribundo pronuncia en su agonía una sílaba que puede significar
muchas cosas. ¿Qué piensa usted de esto, señorita Keate? ¿Qué oyó usted?
—Murmuró: “¡Kill...!” No sé lo que querría decir. —Sentí un escalofrío y me
acerqué de nuevo al fuego—. Tal vez quiso nombrar a Killian, como lo insinuó
Paggi. O acaso otra cosa completamente diferente. Lo único que puedo afirmar
es que pronunció distintamente la sílaba.
—Probablemente no quiso significar nada concreto —opinó O’Leary—.
Nunca lo sabremos. Pero...
Se calló, y permaneció enfrascado en sus meditaciones.
Durante algunos minutos reinó el silencio; en mi espíritu revivía aquella
muerte brutal, espantosa. O’Leary parecía preocupado.
—A propósito —dije, recordando súbitamente—, oí algunos retazos de
conversación entre Frawley y Julián Barre, justo antes de la comida. ¡Oh! Sin
importancia —añadí al advertir que O’Leary me miraba con ojos brillantes de
esperanza—. Sencillamente, que Barre ofrecía a Frawley cambiar de pieza—. Y
le repetí las dos o tres frases cambiadas, de las que me acordaba con bastante
exactitud.
O’Leary miraba con fijeza los morrillos de la chimenea.

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Mignon G. Eberhart Lance O’Leary investiga

—Le agradezco, señorita Keate —dijo al cabo de un momento.


—Me sorprende que Killian mienta y niegue haber oído esas voces en la
pieza de Frawley. Estoy seguro de lo contrario; un simple tabique lo separaba
de la pieza.
—Dormía, quizá.
O’Leary me lanzó una rápida mirada.
—¿Qué piensa de ese Killian?
—Lo creo un muchacho muy bueno —dije—. Si he de serle franca, no siento
por ninguna de esa gente una simpatía particular. Killian tiene muy buen porte.
Parece ser bastante discreto, bastante firme también. No es un absolutista. Pero
no me ha hablado usted del billete que Morse leyó y destruyó. —Y enrojecí
ligeramente.
—¿Quiere saber lo que contenía?
—Si no encuentra usted inconveniente... —respondí, esforzándome en
disimular mi curiosidad.
—Decía, sencillamente: Morse, éste es el número que no debe usted olvidar: 30 A
594. Recuerde lo que le pedí esta tarde.
—¡A juzgar por eso, sería de suponerse que Frawley se suicidó!
O’Leary sacudió la cabeza.
—No. Ese billete no prueba sino que Frawley se sabía en peligro. Morse no
quiere decir nada. Evidentemente, es el número de una caja de caudales o de un
armario de depósito. ¿Se acuerda lo que dijo Frawley en la comida? ¿La
seriedad, la gravedad con que hablaba? Desafiaba a alguien en aquellos
momentos. Y su provocación le costó la vida al pobre mozo.
—¿El motivo? ¿El objeto?
—El motivo es muy claro, señorita Keate. Con toda evidencia, Frawley
conocía un secreto, disponía de papeles confidenciales. Lo mataron para evitar
la divulgación. Morse debe estar en una posición sumamente peligrosa. Yo
igual, por lo demás, a menos que el que nos acecha esté convencido de que
olvidé el número, y aun el propio texto del billete, que no hice otra cosa que
recorrer con la vista. En realidad, como acaba usted de verlo, me acuerdo
perfectamente, y si pudiéramos trasladarnos a la ciudad, haría uso de ese
conocimiento. Por el momento, la negativa de Morse a repetirme lo que le ha
dicho Frawley me impide asimismo obrar.
—¿Por qué dice usted que Morse debe estar en una posición peligrosa? ¿No
le ha prevenido usted?
—Sí, pero rehúsa participar de mi opinión. Por otra parte, digo que debe
estar, porque bien pudiera ser él, como cualquiera de los demás, el asesino.
Conversó largamente con Frawley, hasta una hora avanzada; estaba en su
pieza, antes de la comida. Por la noche estaba turbado, nervioso; rara vez he
visto jugar a las cartas con tan poca atención. No se cree en peligro. ¿Es
empecinamiento, o bien, tiene una razón plausible para no temer?
—¿Cuál podría ser ese secreto que poseía Frawley?

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Mignon G. Eberhart Lance O’Leary investiga

O’Leary se agitó en su silla, se levantó, atizó el fuego y permaneció junto a


la chimenea.
—No lo sé. Acaso consista en la verdad acerca de la muerte de Huber
Kingery. Todos temen ese asunto. Quizá fuese otra cosa. Si supiéramos salir de
aquí, en seguida nos informaríamos, a condición de que nadie se nos
adelantara. ¡Si al menos esta nieve infernal pudiera cesar!
—Me pregunto si existe una relación entre el último crimen y el que fue
cometido cinco años atrás. En todo el día no he tenido otra cosa que hacer más
que masajear a la tía Lucy y mirar caer la nieve, de modo que no me faltó
tiempo para reflexionar —dije a manera de excusa.
—¡Qué sé yo! —respondió O’Leary, meditabundo—. Me inclino a creer que
cuando hayamos resuelto uno de estos puntos, el otro no ofrecerá dificultades.
Mi primera obligación, la más apremiante, concierne al hombre que yace en una
cama, al lado. Pero estoy casi seguro de que los dos asesinatos se hallan
vinculados. Una situación interesante, ¿no es cierto, señorita Keate?
—La palabra me parece mal elegida —manifesté con cierta tiesura—.
Preferiría ocuparme de otra cosa.
—Lo comprendo muy bien —replicó O’Leary, conciliador—. Lo mismo me
pasa a mí, le diré. A propósito... ¡las voces que oyó usted en la pieza de
Frawley! ¿Está bien segura de que eran dos voces?
—Sí. Tuve la impresión clarísima.
—¿Voces de hombre?
—No puedo asegurarle. Cuchicheaban, más bien que hablar. Pero era una
conversación animada.
—No se hablaba, pues, a sí mismo —dijo O’Leary, con algún cansancio—.
Está usted muy fatigada, señorita Keate, y yo le impido reposar.
—He de confesarle que no me puedo tener ya en pie.
—¿Cree usted que conseguirá dormir?
—Por supuesto —repliqué con dignidad—. No estoy nerviosa en absoluto.
—Muy bien —dijo en el mismo tono tranquilo que si no hubiese sabido que
tenía yo un miedo atroz—. Me aseguraré solamente de que vuelve usted a su
cuarto sin impedimentos.
Tomó mi lámpara, bajó la mecha y abandonamos el calor de la cocina.
—¡Ah, me olvidaba! —dijo en voz muy queda—. ¿Sabe usted estenografiar?
—Sí. Se refiere usted, supongo, a esos pequeños signos incomprensibles...
—Sí, eso, eso. ¡Bueno! Admitiremos...
Se interrumpió bruscamente.
—¿Por qué gime así ese perro?
Me faltó la respiración, y creo que el mismo O’Leary no las tenía todas
consigo.
El “pastor”, iluminado de lleno por la lámpara, estaba parado a la puerta
de Frawley. Permanecía inmóvil, la cabeza gacha, las orejas enhiestas, el pelo
erizado. No pareció advertir nuestra presencia. Luego, en un solo movimiento,

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dio media vuelta, casi pegado a tierra, y huyó. Huyó, es el término justo. Y, sin
embargo, un perro ovejero no teme al hombre.
Yo temblaba. O’Leary saltó hacia la puerta y la abrió.
Alzó la lámpara por encima de su cabeza y miró a derecha e izquierda. La
pieza estaba glacial. Habían aplicado un trapo al vidrio roto y el frío lo heló, de
modo que aparecía todo endurecido.
Sobre el lecho, bajo una sábana, descansaba el cadáver.
O’Leary dio dos pasos rápidos y levantó el sudario.
Eché una ojeada, me incliné, y apliqué mi mano a mi boca para contener un
grito.
La peluca negra cubría de nuevo el cráneo del difunto. El lienzo había sido
anudado otra vez cuidadosamente por encima del postizo.
Sobrevino un prolongado silencio. Oía yo los sordos latidos de mi corazón
y la respiración irregular de O’Leary. Luego dejó caer la sábana y suspiró.
—¡Demonios! —exclamó—. ¡Si esto continúa, será preciso que me instale en
una silla junto a esta puerta!

CAPÍTULO IX
DE NUEVO EL VENENO

El resto de la noche fue largo. Dos veces me levanté para escuchar


ansiosamente. Estoy segura de haber oído al perro gruñir en el salón. Al fin
llegó el día. La nieve seguía cayendo sin cesar. Estábamos todos deprimidos. Mi
paciente no se sentía bien, y guardó cama; con los ojos hundidos, clavados en la
ventana blanca de nieve, me describió los males que la aquejaban: dolor de
cabeza, neuralgias, punzadas en el brazo derecho, sofocaciones. La rodeé de
botellones de agua caliente, callé para mis adentros la relación que a mi juicio
existía entre la opresión de que se lamentaba y su nocturna colación de carne y
queso, y envié a Brunker a buscar su desayuno.
Ignoro si O’Leary cumplió su proyecto de instalarse ante la puerta de
Frawley. Me inclino a creer que no, por más que ya estuviese allí cuando entré
en el salón para desayunar. Sus ojos aparecían serenos. Estaba impecable, como
de costumbre. En cuanto a mí, tenía la vista enrojecida, y me ardían los
párpados.
Cosa extraña: de todas aquellas personas que se estrechaban junto al fuego,
huraña la expresión, cavernosos los ojos, que miraban con vaguedad hacia las
ventanas, evitándose unas a otras, ningún comentario partió acerca del estado
del tiempo. Nadie se refirió a la tempestad que rugía fuera, nadie expresó el

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deseo de que cesase. Y, sin embargo, estoy convencida de que ni uno solo
dejaba de pensar en eso, y nada más que en eso. Era siniestro ver aquellas
miradas dirigirse a hurtadillas hacia cierta puerta, y velarse al punto.
El apetito era bueno, sin embargo. El hambre que nos atenazara nos
ayudaba a vencer nuestros escrúpulos, y cuando los huevos faltaron, los
panecillos, los pasteles y el “porridge” no hubieron de desdeñarse. A lo sumo,
algunas vacilaciones se traicionaron en tímidas miradas.
Matil pidió a Brunker un segundo plato de huevos. Inclinó aquél la cabeza
y vino a decir al oído de su patrona algunas palabras, que oí vagamente, acerca
de las provisiones y del hombre de Nettleson. Después del desayuno se dirigió
la joven a la cocina, de la que regresó visiblemente preocupada. Le oí confiar a
Elena Paggi que el “office” estaba casi vacío.
—Apenas hay para un día o dos, siempre que no nos mostremos
demasiados exigentes —añadió.
—Matil, ¿quiere usted decir que nos ha hecho venir aquí sin provisiones?
—gritó Elena con indignación.
—Ya ve usted cuánto es mi fastidio —replicó Matil—. Había pedido frutas,
legumbres y otras cosas más. Debían enviarlas de Barrington a Nettleson, de
donde un hombre habría de transportarlas hasta aquí. No preví una tempestad
semejante, tan súbita, tan violenta.
—Pues hubiera debido preverla —insistió Elena, que, según pude apreciar,
concedía mayor importancia a su estómago que a las buenas maneras.
—Jo —prosiguió con voz plañidera, volviéndose hacia su marido—, dice
Matil que pronto no tendremos qué comer. Esta horrible tempestad puede
bloquearnos todavía días enteros. Realmente, bastante era ya estar encerrada
aquí a solas con un muerto para que viniera a añadirse el peligro de morir de
hambre.
—¡Elena! —dijo Paggi en tono seco. Sus ojos aceitunados adquirieron una
expresión innoble—. No hagas la tonta. Lo que ocurre no es culpa de Matil.
—Sí, es culpa suya —estalló la mujer, colérica—. No tenía ningún motivo
para traernos aquí. Debía saber que eso nos acarrearía desgracia. Esta casa es
funesta. —Se arrojó con desesperación en un sillón y comenzó a verter cálidas
lágrimas—. Un espíritu maléfico ronda en torno nuestro. No me mires así, Jo,
que no me asustas. Diré todo lo que se me antoje. Repito que aquí hay un genio
maligno. ¿Qué irá a ocurrirnos todavía?
—¡Elena!
Paggi avanzó un paso hacia ella. Estaba rojo, congestionado, y si era cierto
que había un demonio en el pabellón, no cabía duda que asomaba a los ojos de
aquel hombre. Asió tan brutalmente el brazo de su mujer, que se detuvo ésta de
improviso en mitad de un sollozo, y se calló, como fascinada.
—Le ruego que disculpe la actitud de Elena, Matil —dijo Paggi,
repentinamente amable y sonriente. Sus blancos dientes brillaron—. Excúsela.
Está nerviosa; ha sido un arrebato momentáneo.

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Killian se había aproximado, y permanecía de pie, esbelto, elegante. Sus


entornados ojos dejaron escapar un relámpago, velado al punto.
—No arreglará usted nada con palabrerías, Jo. Matil —dijo—, ¿quiere que
vaya a la ciudad?
—¡Oh! —Perdió ella el dominio de sí misma, y una increíble expresión de
falsedad apareció en el rostro de Paggi.
—Lal, es imposible —declaró la joven, y después de un corto silencio,
añadió con fuerza—: Nadie podría salir. Esta tempestad...
Killian la miró profundamente; la sonrisa de Paggi se había inmovilizado
en sus facciones.
—Se puede intentar —dijo al fin.
Morse se nos reunió.
—¿Intentar qué? —preguntó.
—Alcanzar la ciudad —respondió Killian con voz incolora.
—Es imposible —aseguró Matil—. Sería... la muerte. Una muerte horrible...
lenta.
Sus manos se crisparon. Killian las miró y tendió a medias la suya, que
retiró precipitadamente para introducirla en su bolsillo, de donde sacó la
pitillera. Su encendedor funcionaba mal. Murmuró algunas palabras de
impaciencia, sin que su rostro perdiera la impasibilidad.
—Bueno —dijo en tono ligero—, ninguno de nosotros tiene necesidad de
ofrecerse a morir voluntariamente por el frío. Esta nieve habrá desaparecido
dentro de uno o dos días; no durará. En cuanto a Elena —la miró de pies a
cabeza, y sólo entonces percibí que estaba furioso bajo su aparente indiferencia
—, la verdad es que Elena se ha puesto demasiado gruesa —dijo cruelmente, y
girando sobre sus talones, se alejó con la cabeza erguida.
—¡Grosero! —gritó Elena con voz aguda—. ¡Mal educado! Jo, ¿oíste a ese
bruto?
—Tú te lo has merecido —replicó Jo agriamente.
Morse se quitó sus anteojos de carey y se puso a limpiarlos con
nerviosismo. Matil miró un instante a Killian, muy pálida, las manos aun
crispadas.
—Deje, Matil —dijo Morse torpemente—. Cálmese. No es culpa suya. No
tiene usted de qué reprocharse.
Matil se volvió hacia él y lo miró bien de frente. —Sostuvo él su mirada;
veo todavía su cuerpo fornido, sus cabellos rubios, un poco raleados, la mirada
con señales de fatiga. En dos noches y un día había perdido atractivos su
semblante. Estaba muy pálido (¿no lo estábamos todos?), y arrugas de ansiedad
se dibujaban en la comisura de los ojos y de la boca.
—Tiene usted razón, Newell —dijo Matil con calma—. No merezco
censura. Y quizá soy la única aquí que puede decirlo con toda sinceridad.
—Vamos, Matil —dijo Morse, sorprendido, a justo título, aunque no
humillado—. No piensa usted realmente lo que está diciendo.

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Mignon G. Eberhart Lance O’Leary investiga

Se encogió ella de hombros.


—Quizá. Ya ni sé qué pensar.
Parecía abrumada de fatiga, y en un acceso de súbita cólera, exclamó:
—Después de todo, Elena, ¿qué me importa que se muera usted de
hambre? Me tiene muy sin cuidado.
Hablaba aún cuando oí el bastón de la tía Lucy golpear la pared. Corrí.
En la puerta, me volví. O’Leary hacía girar su inseparable lapicito rojo entre
sus dedos; Elena, la cara teñida de rojo, agitada, sostenía un cigarrillo entre sus
largos dedos temblorosos. Killian se apoyaba en el asiento del piano,
acariciando las orejas de Jericó, que se había tendido a sus pies; Paggi había
hecho ademán de reunirse a Matil, y se había detenido; Morse parecía sumido
en sus reflexiones; Terice hacía un solitario en un ángulo de la mesa, y despedía
el humo de su cigarrillo con una sonrisa de despecho flotando en sus labios.
Aquella segunda jornada, que transcurrió como la primera, y que tampoco
tuvo historia, pareció sacarnos del entorpecimiento que nos agobiaba. Nos
esforzamos en vivir. El horror de estar encerrado con el cadáver de un hombre
asesinado, y con el matador mismo, continuaba en toda su intensidad, se hacía
por momentos insoportable, y, no obstante, la vida afluía a nosotros. No por
ello experimentamos algún alivio; al contrario: nos volvíamos impacientes,
irritables, y, sin cesar, aquel primitivo temor de la muerte y del muerto, nos
atenazaba, nos penetraba como aguda flecha cada vez que el viento ululaba en
la ventana, que una viga crujía, que uno de nosotros hacía un gesto rápido. Vi al
grupo entero de invitados, inclusive O’Leary, sobresaltarse porque una silla
había chirriado sobre el piso, enderezarse, la mirada inquieta, los nervios
tensos, para refugiarse en seguida en la conversación o en interminables idas y
venidas a través de la amplia sala. Y todos vigilaban la nieve, que continuaba
cayendo. Era aún muy temprano cuando O’Leary golpeó a la puerta de la tía
Lucy y recibió permiso de entrar.
—Quédese, señorita Keate —dijo, como esbozara yo un movimiento de
retirada—. Su paciente podría necesitar de usted.
No pedía yo otra cosa, y me ubiqué al pie del lecho con mi tejido en la
mano.
—Siéntese —dijo la tía Lucy—. Tiene usted muy buen semblante esta
mañana, joven. ¿De modo que es usted un detective? Bien, ¿quién mató,
entonces, a Frawley?
—Lo ignoro, señorita Kingery —respondió tranquilamente O’Leary—.
¿Cómo se siente hoy?
—Así, así —contestó la anciana, que se puso a detallar sus males.
O’Leary la escuchó con una atención sostenida, y cuando se calló por
último, le sugirió que aquellos inconvenientes fuesen quizá provocados por el
insuficiente apetito de que daba muestras en la cena. Ante lo cual, la tía Lucy,
con disimulo, me echó una ojeada, rechazó la parte superior de su frazada gris y
enmudeció, enfurruñada.

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Mignon G. Eberhart Lance O’Leary investiga

O’Leary, que no debía sospechar hasta qué punto había puesto el dedo en
la llaga, prosiguió:
—La supuse demasiado asustada ayer para importunarla. ¿Está dispuesta a
prestarme su concurso?
—¿En qué forma? —inquirió la dama, recelosa.
—Respondiendo a algunas preguntas.
—¿Qué preguntas?
—Pues... ante todo... —O’Leary llevó la mano al bolsillo y la retiró
bruscamente, sin lápiz—. Ante todo, ¿quién es, exactamente, esa damisela rubia
que se llama “baronesa” de Turcum?
—No se llama... es baronesa de Turcum —dijo la tía Lucy con prontitud,
atajándose. Luego, bajando la voz, y con mirada maliciosa, añadió—: Es una
muñequita pintada, nada más.
O’Leary tosió antes de responder.
—Y, ¿cuánto hace que la conoce?
—Mucho tiempo ya —dijo la tía Lucy con un fruncimiento de cejas—. Va
para seis años que llegó a Barrington. Era muy amiga de Elena Paggi, hasta el
instante que riñeron. No dejan de besarse cada vez que se encuentran, pero
gustosas preferirían morderse, a lo que creo. ¡Oh! Conozco bien a Terice von
Turcum. En el momento en que Huber... cuando Huber vivía... —agregó
lentamente.
—Huber... ¿se refiere a su hermano?
—Evidentemente. Bien lo sabe usted.
—¿Murió aquí?
—Claro. No disimule. Es por eso por lo que Matil lo ha hecho venir, ¿no?
¿Para averiguar cómo había muerto Huber?
Se inclinó hacia adelante y volvió a echarse en su almohada, el pálido
semblante recortándose sobre el blanco lienzo.
—No lo conseguirá usted jamás —afirmó.
—Es posible —convino O’Leary, sin abandonar su calma.
Miró la ventana un largo instante, y prosiguió:
—¿Qué piensa usted, señorita Kingery? ¿Cuál es su opinión al respecto? ¿Se
explica esa muerte?
Lo miró ella con prudencia, como pronta a subirse otra vez las cobijas y
ocultarse.
—No sé nada de todo eso, joven. No lo olvide. No sé nada. —Se irritó, cual
si temiera decir más, y, de súbito, añadió—: Quien vive como lo hizo Huber,
debe estar preparado a un fin brutal.
He de confesar que me sentí extrañada por el modo con que la hermana
hablaba de su hermano, una hermana cuyo amor había sido tan profundo que
la muerte del uno trajera aparejada la invalidez de la otra. El disgusto, pensé, y
la intoxicación por la carne.

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Mignon G. Eberhart Lance O’Leary investiga

—¿No aprobaba usted la manera de vivir de su hermano? —preguntó


O’Leary, tranquilo y amable.
—¡Aprobar!
La dama dejó escapar una risilla, una risilla muy expresiva, y muy vulgar,
de ésas que sólo la aristocracia puede permitirse. No agregó más, juzgando, sin
duda, que aquella respuesta bastaba. Y no carecía de razón.
—Me dijo usted que la signora Paggi y la baronesa de Turcum ya no eran
amigas. ¿Por qué?
La tía Lucy sacudió con energía la cabeza de arriba abajo, varias veces, y no
pronunció una palabra.
—Paggi debió ser la causa, supongo —dijo O’Leary.
Los anchos ojos de la tía Lucy brillaron.
—¡Paggi nada tiene que ver! ¡Huber, ahí está! Terice creía que podría
triunfar en sus maniobras, cuando intervino Elena. Ésta era entonces mucho
más atractiva que ahora, y Huber enloqueció por ella. Claro que
momentáneamente. Eso no podía durar. No —añadió la horrible vieja, con una
especie de complacencia—. Huber siempre tuvo buen gusto. Acostumbraba
decir que la belleza nunca corre pareja con la inteligencia, y que él prefería la
belleza. Más fácil de conducir —agregó, con una risotada diabólica.
—¿Y en qué estaba el interés del señor Kingery por la señora de Paggi,
cuando él murió?
—En su punto culminante —respondió Lucy Kingery con una candidez de
mal tono—. Sí, Elena tenía por esa época mucha seducción. Terice ha sido
siempre muy reticente, y creo que por ese motivo Huber se cansó tan pronto de
ella. Buscaba el matrimonio; ya tenía bastante de viudez, y de pasárselas sin
dinero. Pero Huber no sentía ningún deseo de casarse; estaba Matil. ¡Ah, la
madre de Matil! Si hubiese vivido, las cosas hubieran sido muy diferentes. —
Una dolorosa expresión pasó por sus marchitos rasgos, y continuó—: Sí, todo
hubiera sido diferente. Si ella hubiese estado allí, él no habría condenado su
alma. —Su rostro se ensombreció, y prosiguió con energía—: ¡No lo olvide!
Huber era lo que se llama un mal hombre.
—Pero un buen hermano —replicó O’Leary, audazmente.
Lo miró la anciana con fijeza.
—No. No ha sido un buen hermano. Lo creí mucho tiempo, hasta que...
Se interrumpió bruscamente, como si hubiera estado a punto de írsele la
lengua, y cerró con ruido su poderosa mandíbula.
—¿Paggi era celoso? —preguntó O’Leary, después de haber aguardado un
momento.
La tía Lucy se echó a reír.
—¿Paggi? ¡Tendrá que haber cambiado mucho!
—¿Cómo?

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Mignon G. Eberhart Lance O’Leary investiga

Me parece que la anciana sentía que hablaba demasiado. A su pasajera


locuacidad seguiría un mutismo prolongado, ya sabía yo. Mas, no pudo dejar
de responder.
—Está muy claro —dijo con una voz desagradable—. Elena comprende que
envejece y que ha perdido mucho de su belleza. Ve que las mujeres buscan a su
marido. Gana éste el dinero en abundancia, pero se fatiga de ella. Situación
difícil. Elena teme perderlo.
—¿Y el signor Paggi estaba celoso de su mujer y de su hermano?
La tía Lucy meneó repetidamente la cabeza sin responder. Pero la
expresión de sus ojos no se prestaba a equívocos.
—Y... la señorita Matil... ¡ejem!... ¿ve con buenos ojos al señor Paggi?
Su interlocutora echó a O’Leary una mirada acerada.
—Un poco de tacto en sus preguntas no sería de desdeñar, joven. No veo
inconveniente en decirle que Matil... —Se calló, para continuar al punto—:
Pregúntele a Matil. Paggi es un lindo mozo, muy admirado. Canta muy bien, es
muy conocido, recibe con frecuencia. Se disputan sus invitaciones.
—Señorita Lucy —inquirió súbitamente O’Leary, inclinándose sobre ella—.
¿Por qué quería usted tener la peluca de Frawley?
Si creyó tomar así a la vieja por sorpresa, ésta se encargó de desengañarlo.
Lo miró fríamente.
—¿La peluca de Frawley? —repitió—. No la necesito para nada. ¿Qué iría a
hacer con ella? ¿Cuál es su idea?
—Me parece —dijo O’Leary con mucha flema—, que la peluca de Frawley
ha desaparecido. Alguien la tomó.
—¿Y ha pensado usted que era yo? —Su rostro palideció de cólera—.
Permítame decirle, joven, que, a Dios gracias, aun tengo bastante cabellos en mi
cabeza para tomar la peluca de otro, sobre todo si se trata de un muerto. Por lo
demás —concluyó, echándose sobre la almohada, y en tono más suave—, estoy
impedida. No puedo caminar.
—Es cierto —convino O’Leary—. ¿Hace mucho tiempo que se encuentra
condenada a la inmovilidad?
La vieja hizo un signo con la cabeza.
—Estoy en este estado desde la muerte de Huber. Todos lo saben. La
sacudida me quebrantó. Pocas mujeres hay que hayan amado a su hermano
como yo lo he hecho. Muy escasas son las que han tenido que guardar
definitivamente cama a raíz de su muerte. Sí, a partir de entonces no soy más
que la sombra de mí misma.
O’Leary la observaba, muy calmo. Por mi parte, reflexioné. Jamás había
amado ella a su hermano; sus palabras encerraban una falsedad. Lo había
odiado, o era yo incapaz de comprender.
O’Leary se levantó.
—¿Me permite volver, señorita Lucy? —rogó, dejando aparecer en sus
labios aquella sonrisa que le conquistaba todos los corazones.

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Mignon G. Eberhart Lance O’Leary investiga

—Como no —respondió ella—; me agradan mucho los jóvenes. Pero si cree


usted que descubrirá la verdad acerca de la muerte de Huber, está muy lejos de
acertar. Muy lejos. Nunca lo conseguirá.
—Pero, he oído hablar de crisis cardíaca —replicó O’Leary.
—¿Eh? Vaya, que no me engaña usted. Sé muy bien por qué se halla aquí.
Señorita Keate, estoy fatigada. Arrégleme estos almohadones, ¿quiere?
—¡Ah!, señorita Keate —dijo O’Leary, tomando definitivamente el portante
—. ¿Estenografía usted, creo?
Y mientras hacía yo un movimiento de sorpresa, añadió, volviéndose a la
señorita Lucy:
—¿Podría permitirme utilizar, llegada la ocasión, los talentos de su
enfermera, señorita Kingery?
—Desde luego. Ahora voy a dormir un poco. Puede retirarse, señorita
Keate. Golpearé con mi bastón, si la necesito.
Sin pesar dejé mi tejido sobre el sillón, acomodé las almohadas de la
anciana, coloqué un vaso al alcance de su mano y seguí a O’Leary al salón.
—Estoy seguro que ella se apoderó de la peluca —me dijo O’Leary—.
También tomó el billete de Matil. Estuvo a dos dedos de decirnos que Matil
estaba comprometida con Frawley. ¿No le ha chocado a usted su empeño en
afirmar que la muerte de su hermano la conmovió cruelmente? Ya veremos. Ahí
está Julián Barre en la ventana. ¿Si le habláramos un poco? Aquí tiene papel,
señorita Keate, y un lápiz.
Instantes más tarde, me hallaba aparentemente ocupada en trazar, sobre la
hoja que me diera O’Leary, una serie de rayas y de círculos cuya paternidad no
se hubiera atrevido a reivindicar un niño de pocos años, ni un loco, siquiera. Me
veo aún en aquella enorme pieza brutalmente iluminada por la nieve. Me
acuerdo del fuego que chisporroteaba en la chimenea de la inmensa sala, de su
silencio, de aquellas pálidas caras que nos rodeaban, de sus inquietos ojos de
furtiva mirada, de mí misma, en fin, enfundada en mi blusa blanca, e inclinada
sobre la revista que me servía de apoyo, escuchando con mis cinco sentidos las
respuestas a las preguntas que formulaba O’Leary, en tanto hacía ademán de
estenografiar. Nadie había protestado contra mis nuevas funciones. Julián Barre
se había limitado a considerarme con atención, mientras declaraba que O’Leary,
librado a sí mismo, podía obrar como mejor le pareciera, y que otra cosa sería
en Barrington. Lo cual era absolutamente cierto, pero no en el sentido que lo
entendía Barre.
No porque formulase aquella observación dejó aquél de responder de buen
grado a todas las preguntas de O’Leary, de preferencia, me pareció, a las que se
referían a los acontecimientos actuales. Me puse a estudiar al hombre de cerca,
y en dos oportunidades fui llamada al orden por una mirada de O’Leary.
Julián Barre admitió en seguida y sin dificultad que Huber Kingery no
había muerto de un ataque al corazón.

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Mignon G. Eberhart Lance O’Leary investiga

—Sí, murió de un balazo. Ahí, en ese mismo cuarto, en la misma forma que
Gerald Frawley. Es inútil ocultarle lo que debe usted saber por la misma Matil
—dijo, medio interrogando.
O’Leary no pareció apercibirse.
—Veamos, señor Barre —dijo con aquella franqueza que le proporcionaba
tantos amigos, y que a menudo encubría recónditos pensamientos—, usted
estaba aquí cuando asesinaron a Kingery, ¿no es cierto?
Los párpados de Julián Barre se agitaron. Poseía, indudablemente, unos
hermosos ojos, pero su expresión única y calculadora me impedía creer en su
absoluta sinceridad.
—Sí —respondió.
—¿Qué piensa de ese asunto?
—Seré muy franco con usted, señor O’Leary. Yo era el mejor amigo de
Huber, me parece; su trágico fin me ha sido muy doloroso. Pero considero, y
consideraré siempre, que más vale dejar en la sombra las circunstancias de esa
muerte. Huber gozaba de una excelente reputación en Barrington, y —seré
brutal— un profundo examen de su situación arrojaría una claridad muy
enojosa sobre su vida. Digo y mantengo: muy enojosa.
—¿Pero, con toda seguridad, tendrá usted el deseo de vengar la muerte de
su amigo? —preguntó O’Leary, el rostro vuelto hacia las ventanas encuadradas
de blanco—. ¿De encontrar al asesino y castigarlo?
—No —contestó Barre con tranquilidad—, no he tenido ese gesto, ni ese
pensamiento. He preferido proteger su memoria y salvar a su hija del posible
escándalo.
—¿En ese caso, la muerte de Huber Kingery le ha parecido... ¡ejem!...
justificada?
—Es horrible decirlo, O’Leary, y hasta pensarlo, pero... pero es posible que
haya merecido semejante fin.
—Entonces, si cree usted eso, señor Barre, el problema es muy sencillo.
¿Quién, de entre los huéspedes de Hunting’s End, tenía agravios de
importancia que hacer valer contra Kingery?
Un prolongado silencio se produjo. Los finos y cuidados rasgos de Barre
aparecían muy calmos. Se pasó su mano ancha y blanca por sus cabellos,
cambió de posición, tomó su pitillera, me ofreció un cigarrillo, que rehusé,
educada, como lo había sido, en una época en que las medias de seda eran
apenas toleradas, proscrito el “rouge” y absolutamente prohibido el fumar.
O’Leary utilizó el encendedor que le tendieron, y volvió a sentarse.
—Pregunta es ésa a la que me resulta imposible responder —contestó por
último Barre, guiñando un ojo para protegerlo de una bocanada de humo—.
Todos los que están aquí son mis amigos. No puedo sospechar de uno u otro.
Debe usted comprenderme. Y, como le dije, a pesar de toda mi amistad por
Huber, persisto en pensar que quizá existiesen motivos para su muerte.

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Mignon G. Eberhart Lance O’Leary investiga

—¿Pero entonces sabe usted algo? Demuestra usted tener sospechas;


impresiones, al menos.
—No, no, no puedo decir nada.
—¿Admite usted, sin embargo, que todos tenían aquí razones para matar?
Julián Barre lanzó una sombría mirada a O’Leary.
—A todo trance quiere hacerme responder, ¿eh? Bueno, delo por dicho.
Personalmente, no me asistía ningún motivo para desear la muerte de Huber.
Sé igualmente que Matil estaba en el mismo caso que yo. Ignoro si los criados
podían querer esa muerte. Y ahí está.
—¿Supone usted que Paggi, que su mujer, que la baronesa de Turcum, que
todos, tenían buenas razones para asesinar a Huber Kingery? ¿Qué esos tres
jóvenes: Morse, Killian y... sí, y Frawley, que cualquiera de ellos, podía odiar?
En fin, que la señorita Lucy Kingery misma, su propia hermana...
—No —dijo Barre, un poco secamente—. No supongo nada de todo eso.
¿Cree usted que la muerte de Gerald Frawley esté relacionada de un modo
cualquiera con la de Kingery, producida cinco años antes? —preguntó de
improviso.
—¿Y usted?
—Yo... yo no sé —replicó Barre gravemente—. No veo la relación. Si
estuviera seguro de esto... Escúcheme, O’Leary, usted es un caballero. ¿Por qué
agitar otra vez esa vieja historia? Únicamente nos traerá usted fastidios. Huber
está muerto, enterrado. Sus faltas han sido olvidadas y su memoria permanece
intacta. Y su hija...
Se calló, y O’Leary dijo con suavidad:
—Su hija no es feliz, Barre.
—Es posible —concedió Barre—. Pero más feliz, sin embargo, que si el caso
hubiera aparecido en los estrados de la justicia y en la tribuna de la prensa.
—Para usted también eso habría sido desagradable —observó O’Leary con
mucha dulzura.
Barre hizo un gesto de impaciencia.
—Bien, sí. Tampoco a mí me hubiera gustado la publicidad, la
investigación, todo ese lento aparato de la ley, tan ciego. Creo que ninguno de
nosotros habría salido de esa prueba tal como había entrado. Esas cosas dejan
una marca, una desgarradura, una especie de cicatriz.
—¿Piensa usted solamente en la señorita Matil, al decir esto?
Barre enrojeció profundamente.
—No, pienso también en mí: en mi posición en Barrington, en el banco de
ahorros del que soy presidente, en la responsabilidad que me incumbe. No soy
el único en temer. Otros más tienen situaciones que salvaguardar. Hay
negocios. Paggi, por ejemplo, quedaría arruinado por un escándalo. Y él lo sabe.
—Creía toda publicidad buena para un artista —declaró O’Leary
cándidamente.
—No para Paggi —afirmó Barre con decisión.

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—Tenía, sin embargo, la impresión de que los Paggi eran gente bien... bien
acomodada. El signor Paggi no debe depender de su público. ¿No posee un
voluminoso paquete de acciones de la Kingery Trust Company?
Barre estudió un momento su cigarrillo antes de contestar.
—Sí, evidentemente. Es accionista, y por otra parte, los títulos le fueron
entregados por el difunto Huber Kingery.
O’Leary no reaccionó. Después, con su voz sin expresión, dijo:
—¿Quiere usted darme a entender que ese regalo fue a título de
indemnización?
Barre se encogió de hombros.
—En absoluto. Me he ido un poco lejos. No sé nada, después de todo. Pero
debe usted hacerse cargo de que ninguno de nosotros desea una investigación
acerca de la muerte de Huber.
—¿Es usted entonces de opinión que la muerte de Gerald Frawley ha sido
la consecuencia, el corolario del asesinato de Huber Kingery, y que estudiar el
uno sería evocar el otro?
—No he dicho eso —manifestó Barre—, pero lo considero muy posible.
—¿Ve algún inconveniente en desarrollar su pensamiento?
—La verdad, no. Por lo demás, usted mismo debe comprender la situación.
Frawley se enteró, sin duda, de algo que era peligroso saber.
—¡Hum! Muy peligroso, en efecto. Frawley era vicepresidente del Kingery
Trust, ¿no?
—Sí, el primer vicepresidente.
—¿Killian y More pertenecen también a la empresa?
—Sí. Desde hace algún tiempo.
—¿Y ocupan puestos importantes?
—Sí. Los dos están en la sección de los depósitos. Dos jóvenes de mérito.
—¿En qué estado se encuentran las finanzas de la compañía?
—¿Qué quiere decir? ¡Va usted un poco lejos, O’Leary! No hay banco más
sólido que la Kingery Trust Company. He invertido en ella toda mi fortuna, y
siempre he cuidado que las operaciones fueran prudentemente conducidas. De
veras que si orienta usted las pesquisas por ese lado, irá a un fracaso. Los
asesinatos, a mi parecer, han sido perpetrados por razones de orden puramente
personal.
Brunker surgió al lado de O’Leary. Su aproximación había sido tan
silenciosa, que me sobresalté, sorprendida. Se dirigió a mí.
—¡El perro! —dijo—. ¡El perro! ¿Quizá la señorita enfermera quiera venir a
verlo?
—¿Qué ha pasado? —dijo Barre—. ¿Qué hay? ¿Está enfermo?
—El perro... ha sido envenenado, creo —declaró Brunker.

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CAPÍTULO X
ENTRO EN LA PIEZA

Brunker tenía razón. El perro estaba envenenado, y enfermísimo. Lo


hallamos extendido sobre el piso de la leñera que daba al extremo de la cocina.
Mostraba unos ojos opacos, vidriosos. Aparecía ya medio paralizado. Matil,
avisada, se nos reunió, y Jericó hizo un esfuerzo para levantarse e ir hasta ella,
pero rodó por tierra y cerró los ojos.
—Estricnina —murmuré—. ¿Hay tocino? Caliéntelo.
Nos pusimos animosamente a la tarea. A cada instante, alguno abandonaba
el salón para venir a ofrecernos ayuda o consejos. Hasta la tía Lucy rodó su silla
hasta nosotros. Atiborrado de tocino caliente, el perro pareció mejorar. A
mediodía tuvimos la impresión de que se había salvado. Habíamos intervenido
a tiempo. Sin detenernos a conjeturar la probable cantidad de veneno ingerida,
le vertíamos el tocino caliente en pleno gaznate, y lo dejamos al fin, en el
momento en que Brunker anunció la comida, cubierto de grasa, pero con la
mirada vivaz.
Concluido el almuerzo, regresamos junto a él. Las fuerzas le volvían a ojos
vistas.
—¿Está segura que fue estricnina? —me preguntó O’Leary en voz baja, en
un instante en que estábamos los dos agachados sobre el ovejero. Y como yo
inclinase la cabeza, se volvió hacia Annette.
Debía ésta esperar las preguntas. Se preparó, visiblemente; sus ojos azules
se hicieron penetrantes.
—¿Sabe usted cómo ocurrió el accidente?
Brunker, que limpiaba la platería, alzó unos ojos inquietos, y Matil, que nos
había seguido, se sentó en una de las sillas de la cocina, mirándonos
alternativamente.
—En absoluto —respondió Annette—. Lo ignoré todo hasta que Brunker
dijo: “El perro está enfermo.”
—Bien —dijo O’Leary—. ¿Cuándo le dio usted su comida?
—Hoy —murmuró la criada, con el aire de quien hace un esfuerzo de
memoria—. Creo que hoy no ha comido mucho. Pero esta mañana había
desaparecido un grueso bistec. Me imagino que le administraron el veneno con
la carne.
—¿Cree usted, entonces, que lo envenenaron anoche? ¿Qué le parece,
señorita Keate? ¿El veneno no debía obrar con mayor rapidez?
—Es posible que le hayan dado el veneno esta mañana muy temprano. En
todo caso es difícil fijar el plazo de la acción; depende de la fuerza física del

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Mignon G. Eberhart Lance O’Leary investiga

animal y de la dosis. La estricnina obra pronto. Pero si el veneno ha sido


mezclado a otra substancia inerte... Quizá se trata... —y me callé bruscamente.
O’Leary concluyó mi frase.
—Se trata del matarratas. No hay más.
—Por otra parte —intervino Brunker—, anoche vinieron a la cocina. —Y
dirigiéndose a O’Leary, añadió—: Anduvieron con el fuego esta mañana, muy
temprano. Además, había sobre la mesa dos tazas que parecían haber contenido
café.
—¿De veras? —dijo O’Leary, muy tranquilo, y Annette me lanzó una
ojeada de burla y de complicidad que me hizo enrojecer. Me levanté.
—Creo que el perro está fuera de peligro —dije, alejándome con una
dignidad un poco forzada.
Me reuní a mi paciente, a la que hube de dar las más circunstanciadas
explicaciones. Tras de lo cual, recayó en un mutismo completo.
Creo que O’Leary permaneció mucho rato en la cocina, interrogando ya a
Brunker, ya a Annette, sin conseguir gran cosa. Después me confesó haber
recogido la impresión de que los dos criados sabían bastante acerca de sus
patrones y de las historias del pabellón. Encontraba eso, por otra parte, muy
natural.
—La dificultad está en que me es imposible echarle mano a ese veneno. Lo
he registrado todo. ¿Se halla ocupada actualmente, señorita Keate? Hace usted
grandes progresos en estenografía. ¿Cuál es su opinión acerca de Barre?
—No tengo opinión muy precisa —respondí con lentitud—. Lógicamente,
es sospechoso, puesto que era el vecino de Frawley.
—Como también lo era de Huber Kingery, y su sucesor, además, en la
dirección de la banca —agregó O’Leary.
—¿No se puede correr un cerrojo desde el exterior? —pregunté.
O’Leary sonrió.
—¿Quiere usted acusar a Barre de haber asesinado dos veces? —dijo, sin
cesar de sonreír—. A fe, que lo lamento. Puede ser culpable; todos pueden serlo.
Pero en cuanto al cerrojo, de ningún modo pudo maniobrarse a distancia, a
través del panel. Desde luego, el hecho de ocupar el cuarto vecino... pero
Frawley había atrancado la puerta de comunicación.
Hice un gesto vago, dejando flotar la mirada sobre mis compañeros.
O’Leary echó un leño al fuego y lo acomodó a golpes de tenacilla, haciendo
brotar grandes chispas. La tía Lucy dormía. Barre, Matil, Elena y Morse habían
comenzado una partida de bridge, que parecía languidecer. Terice estaba
sentada en el brazo del sillón de Barre, y apoyándose en su hombro. Paggi
había tomado asiento cerca de Matil, y seguía los movimientos de sus ojos
verdes. Killian, en una silla, junto a la ventana, leía una revista cuya carátula, al
menos, aparecía al revés. Los jugadores no parecían interesarse mucho en la
partida. Se hallaban literalmente absortos. Sus sonrisas apenas eran crispaciones
de pálidos labios. Morse tamborileaba sin cesar sobre la mesa, y miraba sus

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Mignon G. Eberhart Lance O’Leary investiga

cartas sin verlas. Barre observaba con intensidad a Matil y a Paggi. Elena volvía
con frecuencia la cabeza a derecha y a izquierda, nerviosamente. Los párpados
de Terice estaban bajos. Una especie de tic le fruncía los labios a intervalos
regulares.
—Buena oportunidad para ver si Killian se ha hecho más amigo de la
conversación —murmuró O’Leary, y cuando nos dirigíamos hacia él, añadió
bajito—: disto de ser un manojo de nervios; pero creo que si tuviera que vigilar
por mucho tiempo ese bridge, concluiría mis días en la celda de un manicomio.
¿No lo molesto, Killian? La señorita Keate estenografía; ¿halla usted
inconveniente en que ejercite su habilidad?
Lal Killian me lanzó una mirada hostil.
—Ya puede ir anotando todo lo que tengo que decir. Le he dicho, O’Leary,
que no sé absolutamente nada de cuanto se refiere a este asunto.
—Quizá sepa usted algo que supone sin relación con el caso —replicó
obstinadamente O’Leary—. ¿Lo que está leyendo es apasionante?
Maquinalmente, Killian echó los ojos sobre la revista que sostenía en la
mano, y advirtiendo que la tenía al revés, la arrojó al suelo con violencia.
—Bueno, ¿qué me quiere? —dijo brutalmente.
—Ese billete que Frawley escribió a Morse, que abrigaba evidentemente la
intención de entregarle, ¿no tiene usted idea de su contenido?
—No más que la última vez que hemos hablado —replicó Killian—.
Supongo que se trataría de algún número de caja fuerte, probablemente. A
juzgar por las observaciones de Frawley respecto a sus negocios y al estado en
que los dejaría si le ocurriese alguna desgracia, pienso que allí estarán
guardados sus papeles. Pero si Morse sabe exactamente de lo que se trata, no ha
creído al menos conveniente hacerme sus confidencias.
—¿Cree usted que Frawley haya presentido su próximo fin?
Por un instante los ojos de Killian se tomaron agudos, para bajarse después.
—En todo caso, tomaba sus precauciones.
—Es curioso, sin embargo, que haya hablado de ello ese día mismo,
algunas horas antes de su muerte.
—Muy curioso —asintió Killian, impasible.
—Forma usted parte, creo, del personal de la Kingery Trust Company.
Killian hizo un breve signo con la cabeza.
—¿Y cuál es su empleo?
—Me llaman tercero o cuarto vicepresidente, que no quiere decir nada. De
hecho, me ocupo de los depósitos.
—¿Espero que me responderá usted francamente, Killian, si le pido
informes acerca del estado de los negocios del Kingery Trust?
Killian abrió la boca, la cerró, y lentamente:
—Que yo sepa, los resultados son excelentes.
—¿Estaría usted al corriente, si sobrevinieran dificultades?

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Mignon G. Eberhart Lance O’Leary investiga

—Claro. Todo mi dinero se halla en la compañía. Y vigilo. Pero Morse


podrá decirle más que yo acerca de esto. O bien, Frawley... —se interrumpió
bruscamente y enrojeció, cual si de pronto hubiera recordado la muerte de este
último—. ¿Por qué esa pregunta?
O’Leary se encogió de hombros.
—¡Oh! No me he formado una opinión concreta —dijo—, pero todos
ustedes pertenecen a la misma empresa, tienen en ella todos sus fondos
comprometidos, y motivos de esta naturaleza no serían imposibles. A
propósito, Killian, me sorprende que no haya usted oído hablar en el cuarto de
Frawley, siendo así que la señorita Keate percibió distintamente el murmullo.
¿Está bien seguro de no haber escuchado ninguna conversación?
—Absolutamente seguro —mantuvo Killian, muy calmo, enigmática la
mirada.
—Sin embargo, hubiera usted debido oír el ruido a través de un tabique de
madera. Si el rumor llegó a los oídos de la señorita Keate, ha llegado a los
suyos.
Me sentí enrojecer.
—Ha oído usted —apoyé—, quiéralo o no. Y me agradaría mucho saber por
qué razón se niega a admitirlo. A menos que haya estado usted mismo en el
cuarto del señor Frawley.
Sus negros ojos se clavaron en los míos con expresión desafiante.
—Quizá lo estaba —dijo con soltura—. Pero aunque se sienta usted seguro
de ello, O’Leary, no le queda más remedio que eliminarme de la lista de
sospechosos, puesto que me hubiera sido imposible llegar hasta Frawley,
después que aseguró su puerta con cerrojo.
—¿Qué dice, Lal? —interrogó de súbito Matil, con su voz dulce y grave, de
tan acentuado encanto, aproximándose a nosotros.
—Siéntese, Matil —respondió Killian—. Les hacía notar que habría podido
hallarme efectivamente en la pieza de Frawley en el momento en que su
“nurse” oyó murmullos de conversación, algunos instantes antes del disparo.
Matil apoyó las manos en el respaldo de la silla. Sus ojos se posaron
largamente en las de Killian, sin que alcanzase yo a adivinar el sentido de
aquella mirada. La vi muy pálida y turbada. Anchas ojeras se extendían bajo
sus ojos, la boca aparecía crispada, pero la nuca conservaba su altivez y sus
hombros se mantenían rectos.
—No comprendo, Lal —dijo por último.
Esbozó él un movimiento de impaciencia, introdujo las manos en los
bolsillos y la desafió con la mirada.
—Aun en ese caso, déjeme fuera del juego, haga el favor. Es por demás
evidente que la puerta de Frawley se había cerrado tras de mí, cuando fue
asesinado.
Aquellas palabras, aquellas frases de inocente apariencia, debían ocultar un
secreto. Miré a ambos, y luego volví a trazar algunos garabatos sobre mi papel.

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Mignon G. Eberhart Lance O’Leary investiga

Killian dejó escapar una risa súbita. Una risa seca, de la que todo regocijo
estaba desterrado. Y, bruscamente, se levantó y se alejó—. Curiosa cosa —arrojó
a Matil, por encima del hombro—. Con que usted también...
—Vamos, Lal —dijo Matil, conciliadora.
Sin dar muestras de oírla, se dirigió él hacia la mesa de bridge, tomó cartas
y se absorbió, aparentemente, en el juego.
Matil, profundamente alterada, lo había seguido con los ojos.
—Señorita Matil —dijo O’Leary con suavidad—, ¿por qué fue usted al
cuarto de Frawley? Sé muy bien que estuvo allí —continuó, mientras se llevaba
la joven su mano a la garganta—. Lo sé. Caminó usted por la nieve, tan grande
era su deseo de hablarle sin testigos. La ayudó él a transponer la ventana. La
conversación duró poco, y regresó usted a su pieza por el mismo camino, en la
nieve que traspasaba sus zapatos. Se sentía usted tan agitada en esos instantes,
que no cerró de nuevo los postigos, y bajó solamente a medias la ventana. Sé,
también, que cediendo a un impulso súbito efectuó usted esa visita; hasta
conservó su abanico sujeto a la muñeca...
La joven lo miraba, dilatados sus ojos, los labios entreabiertos, la cara de
una blancura de cera.
—... y una de sus plumas se rompió. Se desprendió una parte, sin que usted
lo advirtiera. No me mire de ese modo, señorita Matil. Hable —y los rasgos de
O’Leary se endulzaron—, trate de tener confianza en mí.
Hizo Matil algunas tentativas antes de que pudiese recobrar la palabra.
—No sé cómo ha podido enterarse usted de todo eso —dijo al fin con voz
sorda—. Todo es exacto. Permanecí en su pieza cinco minutos, a lo sumo.
Necesitaba verlo. Era... era muy importante. Le rogué que... —Su voz se quebró,
y el terror reapareció en sus ojos—. ¿Qué quería usted pedirle?... —apremió
O’Leary.
—Que... que hiciera una cosa por mí. Pero yo no lo maté —un sollozo la
convulsionó. Se puso rígida, apretó los labios.
—Ya sé —dijo O’Leary—, ya sé que usted no lo mató.
Hacía ahora ella esfuerzos desesperados para guardar una calma aparente.
Sabía, como todos nosotros durante aquellos días pasados en Hunting’s End,
que los otros la observaban, que oídos atentos procuraban sorprender sus
menores palabras, que agudos ojos la vigilaban sin cesar; maquinalmente echó
una mirada a la mesa de bridge, y se inclinó hacia O’Leary.
—¿Quién lo mató? —murmuró con ardor—. Debo saberlo, señor O’Leary.
Es preciso que lo sepa.
O’Leary sacudió lentamente la cabeza.
—Lamento, pero aun no lo sé. Sé, sin embargo, que no ha sido usted. El
asesino, quienquiera que sea, se ha visto obligado a salir por la puerta del salón;
usted no habría podido volver a su pieza de esa manera, después de la
detonación, sin que la descubrieran la señorita Keate o Paggi.
Matil se dejó caer en una silla, visiblemente agotada.

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Mignon G. Eberhart Lance O’Leary investiga

—Yo tengo la culpa, señor O’Leary. Hubiera debido dejarlo todo como
estaba. No despertar todos estos espectros —y añadió, estremeciéndose—:
¡cómo quisiera poder volver cuatro días atrás! Jamás regresaría a Hunting’s
End, jamás —sus inquietos ojos se volvían irresistiblemente hacia la puerta de
Frawley—. Soy responsable de esa muerte —concluyó con lentitud.
—¡Error! El compromiso de ustedes nada tiene que ver con su muerte.
—¿Nuestro compromiso? ¿Cómo sabe eso?
—Frawley dejó una carta para usted, escrita, probablemente, algunos
instantes después de su partida. Le recordaba los vínculos que los unían,
insistiendo en que le fuese permitido anunciar el próximo matrimonio. Me
sorprendió únicamente el tono perentorio que usaba en esa nota, que por una
desdichada circunstancia ha desaparecido.
Bajé la cabeza y garrapateé febrilmente mi papel.
—He de pedirle, ahora, señorita Matil, la impresión que tuvo usted de su
prometido cuando lo dejó. ¿Parecía sombrío, preocupado? ¿Cree usted que lo
asaltara el menor presentimiento de lo que iba a ocurrirle?
—No —dijo la joven—, me parece que no.
—¿Recuerda si llevaba o no su peluca al separarse ustedes?
La señorita Matil enrojeció violentamente, pero no bajó los ojos.
—Sí —dijo—, la llevaba. Hasta el último momento he ignorado que usara
postizo. Leía cuando golpeé a su ventana. Me abrió y me ayudó a escalarla.
Hacía mucho frío. Tenía puesto todavía su smoking y fumaba... Ese billete,
señor O’Leary, ¿dónde está? ¿Por qué no me lo ha dado?
En aquel preciso momento, con gran alivio de mi parte, oí que el bastón de
la señorita Lucy descargaba fuertes golpes en el piso. Me levanté, muy de prisa,
mientras O’Leary explicaba en términos velados la suerte que corriera la nota.
Lo cual prueba que el chocar de un bastón contra el suelo puede ser, en
determinadas circunstancias, un ruido muy agradable.
La anciana me retuvo a su lado la mayor parte de la tarde; me hizo leer
algunos pasajes del Nuevo Testamento, masajear y traer los últimos informes
acerca de la tempestad. Rezongó muchísimo, respecto de la nieve, sobre todo, y
me envió asimismo a la cocina para que me asegurase del estado de salud del
perro. Ante la respuesta que le di a mi regreso de que el animal estaba lo
bastante bien como para tomar un poco de sopa, murmuró algunas frases
incomprensibles, me aseguró, distintamente, que si el ovejero no había muerto
del veneno, nada lo mataría ahora, y recayó en un triste silencio. Volví a tomar
mi tejido, mas, percibiendo que faltaba una aguja, y que numerosos puntos
habían saltado, me quedé mirando ociosa por la ventana, estremeciéndome y
evocando con pesar mi bonito departamento de Barrington, donde no había
nieve, ni barricadas, ni un cadáver, ya frío, esperando su venganza.
Brunker trajo el té, que estaba muy cargado. Los bizcochos, en cambio, eran
escasos, húmedos y blandos. La tía Lucy arrojó una desdeñosa mirada sobre la
bandeja que le presentaran, y pidió queso, que se puso a engullir con voracidad,

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Mignon G. Eberhart Lance O’Leary investiga

sin apartar los ojos de la nieve que no cesaba de caer, interrumpiendo


únicamente su masticación para sorber con ruido varias tazas de té, masticando
y volviendo a masticar, como si cada trozo fuese el último que debiera recibir.
Quizá no estuviera, después de todo, fuera de razón. Las provisiones
tocaban a su fin. La nieve caía sin tregua, y no ignoraba yo que aun después que
hubiera cesado, nos veríamos obligados a aguardar un poco antes de poder
llegar a Nettleson. El envenenamiento del perro habría debido hacernos
reflexionar, pero la madre naturaleza hacía sentir su imperio: devoré hasta la
última migaja los bizcochos que me había traído Brunker.
Después del té, la tía Lucy se adormiló, y me deslicé fuera de su cuarto para
cambiar de aire. Aparentemente, todos habían ido a vestirse. La vasta pieza
estaba desierta; bajos los fuegos, algunas lámparas proyectaban una mancha
luminosa aquí y allá, y grandes sombras negras, debajo de la escalera, y cerca
del piano, parecían agitarse, siniestras.
Del lado de la cocina, una puerta se abrió. Morse salió sin mirarme, golpeó
a la puerta de Killian y el ocupante le abrió. Por un instante percibí su elevada
silueta. Después Morse entró y la puerta volvió a cerrarse. Juzgué que la
conversación debía ser de importancia, y, de pronto, se me ocurrió la idea de
utilizar las propiedades acústicas de la pared que separaba la pieza de Killian
de la del muerto.
Fue un impulso irresistible. No había empujado aún la puerta de Frawley,
cuando ya lamentaba mi gesto. El aire helado me dio en la cara y me produjo un
violento escalofrío. La oscuridad era profunda, y muy vagamente distinguí las
líneas del lecho y del cuerpo extendido. El cuerpo extendido...
Me fascinaba. Harto bien lo conocía. Sí, era el cuerpo. Y, sin embargo, había
perdido su rigidez, su rigidez cadavérica.
Avancé maquinalmente. Así la sábana y la hice deslizarse.
Dos almohadas amontonadas sobre la cama imitaban una forma humana. A
la cabecera se veía una masa, una bola negra.
Era el gato que recogiéramos en el pabellón, que dormía. Se despertó, alzó
la cabeza, me asestó sus ojos verdes, abrió las fauces y bostezó.
Estaba acostado exactamente en el sitio que ocupara la cabeza de Frawley.
El cuerpo ya no se encontraba allí.

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Mignon G. Eberhart Lance O’Leary investiga

CAPÍTULO XI
MUERTOS QUE ANDAN

Lancé un grito. Debí lanzar un grito y retroceder en la pieza, sin poder


separar mi mirada de aquel lecho en el que ya no estaban sino las almohadas, el
gato y nada más. Y eso era lo que causaba mi espanto: que no había más nada.
Acudieron los otros, gritando, atropellándose, acosándome a preguntas
angustiadas. Luego, ellos también miraron el lecho... Creo que O’Leary empleó
a lo menos veinte minutos para restablecer la calma, una apariencia de calma.
Mis recuerdos son confusos, elásticos. Me acuerdo únicamente que un gran
silencio se hizo al fin; los gritos de estupefacción y de horror habían cesado: un
mudo espanto los reemplazaba.
Me acuclillé sobre uno de los banquillos rústicos, junto al fuego, y tendí
hacia la llama mis manos temblorosas. Estaba helada. En vano procuraba
recobrar mi serenidad. Aparecen en mi memoria el rostro de Matil, que se
hubiera dicho de mármol blanco, la frazada con que se había envuelto la tía
Lucy, después de pasar, sin ayuda, de su lecho a su silla. Veo de nuevo los
labios mascullantes, las incrédulas, horrorizadas caras de los demás.
Me represento todavía a O’Leary arrojando al gato de la pieza de Frawley,
el animal, muy poco satisfecho de que lo expulsaran de su cama calentita, a
Barre y a Killian viniendo hacia nosotros, a Morse levantándose para seguirlos.
O’Leary había cerrado la puerta de Frawley, y se dirigía a reunírsenos, los
labios apretados, blancos de rabia.
—Es una cuestión de decencia —dijo con una voz hueca que pareció
desgarrar el silencio general—. Esperaba hallar aquí una cierta corrección, una
pizca de respeto por la muerte. Uno de ustedes es un criminal. Todos, aquí, lo
saben. Supongo que un hombre, o que una mujer, que ha matado, es capaz de
todo. Desde luego. Pero, aun asimismo, creí habérmelas con un crimen liso y
llano, y no con la bestialidad, con el crimen crapuloso. Podíais dejar los restos
de esta víctima en paz. Podíais, ya que matasteis al vivo, guardar un poco de
respeto por el muerto. Uno de vosotros ha cometido ese supremo ultraje, fría,
silenciosamente. No sé quién lo hizo, pero daré con él. Hasta ahora, había
esperado encontrar de parte de alguno de vosotros una ayuda, un apoyo. No
ignoro que, con excepción de la señorita Matil, que me pidió venir, nadie aquí
está deseoso de que se descubra la verdad. Mas, contaba con vuestra corrección,
con vuestra educación. Me he equivocado. No hay peores cobardes que
aquellos que han sabido ponerse al abrigo. A partir de este instante, habrá
guerra. Vosotros lo habéis querido. El cadáver ha sido robado por alguno de
vosotros.
—¿Qué sabe usted? ¿Qué sabe usted? —gritó Annette con voz penetrante.

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Mignon G. Eberhart Lance O’Leary investiga

Estaba de pie, enorme en su delantal de cocina, cerca de nuestro grupo. Sus


ojos parecían dos bolitas azules asomadas en una bola de grasa amarillenta. Sus
amorcillados dedos se crispaban sobre un largo cuchillo de trinchar. Pronunció
algunas frases incomprensibles en un francés precipitado. Escuchamos
maquinalmente. Repitió en inglés: Los muertos andan. Bien lo sabía yo. Lo he
visto.
—¡Oh! ¡Oh! ¡Oh!
Un largo sollozo convulsivo se escapó de los labios de Elena.
—Los muertos andan cuando usted está borracha, hija —dijo Paggi
duramente, congestionada de cólera la faz—. ¿Cuántos tragos se ha echado al
coleto?
—Annette —ordenó Matil—, entrégueme ese cuchillo.
Barre dio un paso, aferró al vuelo el brazo de la cocinera, se lo torció, le
arrancó el cuchillo y volvió a su sitio, conservando el arma en la mano.
Annette se calmó súbitamente. Sus redondos ojillos desaparecieron entre la
grasa, cual si los hubiese cerrado. Hizo un gesto vago.
—Es el diablo —continuó con voz opaca—. El diablo se cierne sobre
nosotros. ¡El diablo! Escúchenme bien: son ustedes americanos; poseen ustedes
sangre fría. Pues bien: el crimen está muy próximo. ¡El crimen! Uno de ustedes
morirá antes que llegue la mañana.
—¡Annette! —gritó Matil con voz trémula. Y sentí erizárseme el cabello.
O’Leary observaba atentamente a la cocinera. Parecía, también él, más
calmo, pero se hallaba lejos de haber recuperado su acostumbrada
impasibilidad.
—Hace usted mal en decirlo, Annette —dijo fríamente—. Hace usted mal.
Pero, en rigor, su predicción debe ser exacta.
Las palabras cayeron en el silencio como una gruesa piedra en el agua. Una
ráfaga de terror pasó sobre el pequeño grupo.
—Pero... pero... O’Leary —balbuceó Morse.
—¡Sangre! ¡Sangre, todavía! —gimió Terice, clavados en O’Leary sus ojos
de horror.
—Seguramente no lo piensa usted así, O’Leary —comenzó Barre—. Mas, si
en realidad lo cree, debemos precavernos. Cada uno debe precaverse. Contra...
—¿Contra quién? —lanzó O’Leary.
En la mirada de todos se veía la duda, la angustia, el miedo.
¿Precaverse contra quién?
—Es inútil buscar el cuerpo —continuó O’Leary—. Puede evidentemente
estar oculto en el interior de la casa, pero me inclino a creer que ha sido
depositado fuera, en la nieve. Lo encontraré cuando venga el deshielo, les
prometo encontrarlo.
Miré a Matil. En sus ojos azules sólo se leía el horror; no asomaba aún en
ellos el pesar del amor perdido.

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Mignon G. Eberhart Lance O’Leary investiga

—En lo que se refiere al modo como desapareció el cadáver —continuó


O’Leary—, no nos preocupemos. No es de suponer que se haya ido por sus
propios medios. Nunca se ha visto nada parecido. ¿Cree usted que los muertos
anden, señorita Keate?
—Yo... yo no sé —respondí, aun aturdida.
—¿Cómo? —exclamó O’Leary.
—Quise decir... claro que no. Jamás.
Mi acento careció de convicción, y Annette me dirigió un signo aprobatorio
con su cabeza gris.
—En efecto, los muertos no caminan. Les aseguro. A las diez de la mañana,
el cadáver estaba en esa pieza. Entraron, se apoderaron del cuerpo de Frawley,
se lo llevaron. Supongo que... que ese gato se deslizó en el cuarto, inadvertido, y
se encontró encerrado. He inspeccionado el lecho, los ángulos y los recovecos
después de que se fueron ustedes. Todo se hallaba en orden, y cerrado. No han
podido entrar en el cuarto más que por la puerta que da al “hall”. No creo que
este salón haya permanecido un solo instante desierto y todas las puertas
cerradas de modo que... —Se detuvo bruscamente—. ¡Sí, hubo un instante!...
Mientras estábamos en la despensa, junto al perro. Y puedo indagar vuestras
idas y venidas, reconstruirlas de suerte que... pero así perdería un tiempo
precioso. Más sencillo es...
—Escúcheme —cortó Terice—. Yo, estaba aquí. Hace poco. Me hallaba
sentada en una silla. Leía. En mi pieza hacía mucho frío. Una verdadera
heladera. No podía permanecer. Y cuando ustedes fueron a ver el perro, me
quedé, sólita —se encogió ligeramente de hombros—. No puedo soportar la
vista de un animal enfermo. En ese momento el salón estuvo desierto, un corto
instante. Y puedo asegurarle, señor O’Leary, que nadie entró en el cuarto del
muerto. ¡Nadie! ¡Nadie!
Se echó hacia atrás en su sillón, y clavó sus brillantes ojos en O’Leary,
temblorosa de miedo la boca, a despecho de sus labios apretados.
Su actitud era extraña. ¿Quería dar a entender a O’Leary que ella misma
había secuestrado el cuerpo? ¿Se burlaba? ¿Qué juego se traía entre manos?
¿Por qué aquella expresión de desafío, aquella boca crispada, aquella
mandíbula contraída?
O’Leary parecía sorprendido. Estudió un buen rato a Terice, con
intensidad. Sostuvo ella su mirada. Añadió:
—Y puedo jurar que digo la verdad, si la necesidad se presenta.
—No tendrá ocasión, puesto que ya no hay más cadáver —murmuró Julián
Barre, que estornudó y se acercó al fuego—. Si el cuerpo ha desaparecido,
¿quién probará entonces que hubo asesinato? —dijo todavía con voz calma, casi
de indiferencia.
O’Leary se volvió hacia él.
—¿Qué quiere decir? —inquirió duramente—. Eso no me gusta, Barre.
¡Explíquese!

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Mignon G. Eberhart Lance O’Leary investiga

—Repito —insistió Julián Barre—, que sin el cuerpo, ¿cómo probará usted
el asesinato?
—¿Y está usted dispuesto a aprovechar de esa situación? —preguntó
O’Leary con sequedad.
Barre inclinó lleno de dignidad su hermosa cabeza.
—Efectivamente —replicó con frialdad—. Usted no es aquí más que un
intruso, O’Leary. Matil, al hacerlo venir aquí con las mejores intenciones —
escúcheme hasta el fin, se lo ruego, querida niña—, ha estado muy mal
inspirada. Su presencia de usted ya ha causado una muerte. ¿Qué ocurrirá si
persistimos en sondear este misterio? No podemos volver a Gerald Frawley a la
vida. No es posible que por obstinación causemos graves perjuicios a los que
quedan.
—Comprendo —dijo O’Leary—. Se dispone usted, simplemente, a guardar
silencio. Pero, ¿cómo piensa componérselas con mis declaraciones?
Barre miró a O’Leary en los ojos.
—Lo que se ha hecho, puede rehacerse —dijo con precaución.
—¿Se refiere a mi testimonio oponiéndose al de ustedes?
—Sí —dijo Barre muy calmo.
—Y tendré un buen regalo si acepto...
Barre no pareció apercibirse del tono amenazante de su interlocutor.
—Estoy a su entera disposición, O’Leary. Lamento, aquí, delante de todos,
deploro la muerte... ¡ejem!... el asesinato de Frawley. Pero aun sintiéndola tanto,
no veo ningún interés en hacerla pública, lo mismo que la de Huber.
O’Leary había recobrado su calma; sus ojos aparecían enigmáticos.
—¿Y la enfermera? —dijo—. También ella es una extraña. ¿Cómo le
impondrá silencio?
Barre me lanzó una ojeada de indiferencia.
—Eso puede arreglarse —dijo con soltura.
—¿Cómo?... —comencé. Un gesto de O’Leary me interrumpió.
—¿Y las ropas de Frawley, sus equipajes, el hecho de que la mitad por lo
menos de los empleados de la banca saben con certeza que vino a Hunting’s
End, y con quiénes vino?...
Barre hizo un ademán evasivo. Paggi lo observaba por entre sus párpados
bajos, Killian se mostraba absorto en el manejo de un encendedor que no quería
funcionar, Morse tamborileaba sobre el brazo de su sillón y miraba el fuego.
—Pues... todos los que están aquí saben que se empeñó en salir con la nieve
y que se perdió... sí, que se perdió.
—¡Ah! ¡Ah! ¡Conque ése era el plan! La vez pasada persuadió usted al
“coroner”, e intenta recomenzar —dijo O’Leary después de un corto silencio—.
Muy bonito. Es usted un oportunista, señor Barre. ¿No habrá sido usted mismo
quién ha creado esta ocasión?
—¡Cómo! ¿Qué quiere usted decir?

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—¡Oh! Está muy claro —cortó O’Leary—. ¿No fue usted quién pasó ese
cadáver por la ventana y dio algunos pasos en la nieve, arrastrándolo, hasta que
halló un agujero conveniente, un escondrijo satisfactorio?
—Oh... —dejó escapar Matil, refugiando su semblante en sus finas manos.
O’Leary la miró.
—Discúlpeme, señorita Matil.
Barre sacudió la cabeza.
—No —declaró con calma—. No he hecho eso. Y aunque lo hubiese hecho,
no tendría, tampoco, por qué confesarlo. Y ahora lo desafío, O’Leary, a que
pruebe el asesinato sin el cadáver, y a ir contra nuestros propios testimonios.
—¿La ley no existe, entonces, para usted, Barre? ¿No siente algún respeto
por ella?
—Tanto como otro cualquiera. Pero antes coloco otras cosas. Y todos aquí
piensan así. No resucitaremos a Huber ni a Gerald Frawley. Asistí... asistí en
una oportunidad a un proceso criminal. Vi sus repercusiones sobre la vida de
aquellos que aparecían complicados en el juicio... las consecuencias. ¡Y no hablo
de posiciones sociales, de negocios, de la reputación comercial! No, no me
refiero a eso—. Sus ojos se posaron con expresión de indecible tristeza en Matil,
y concluyó—: No, no quiero que aquellos a quienes... amo, sufran tamaña
degradación—. Se calló, visiblemente emocionado.
Killian se agitó, hizo ademán de hablar, abrió la boca, volvió a cerrarla; y
arrojó su cigarrillo en el fuego. Cayó entre las llamas del hogar, mezclando a
ellas su humo.
Morse se puso de pie.
—Tiene usted razón, Julián —dijo amargamente—. Es un verdadero
atolladero.
—¿Y usted, Paggi? —preguntó O’Leary con una voz neutra.
El interpelado se encogió de hombros.
—Conozco la ley —dijo—. Pero... necesito ganarme la vida, como cualquier
otro. Y perdería mi sustento si apareciera ante la justicia —añadió con temor—:
Tal vez dijesen que soy yo el asesino.
—Es muy posible —apoyó O’Leary—. Lo mismo podría decirse de cada
uno de ustedes. Pero podría descubrirse también al verdadero culpable. No lo
olvide.
—¿Es posible? —exclamó Matil, súbitamente. Dio un paso hacia O’Leary, y,
haciendo frente a los otros, alta la cabeza, los ojos brillantes, les gritó—: ¿Cómo
pueden, cómo se atreven, a hablar así? ¿Qué son ustedes, entonces?
¿Mentirosos, egoístas inconscientes? ¡Ustedes han emponzoñado mi juventud!
¡Arrojaron sobre mis hombros una carga abrumadora! ¡Son ustedes unos viles!
¡Yo los desprecio! ¡Creen que el dinero lo puede todo! ¡No piensan sino en eso!
—le faltó la voz; su respiración era silbante—. Escúchenme, todos. ¡Les juro que
si sus planes tienen éxito, yo misma me presentaré a la policía y lo diré todo! No

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podrán ustedes impedírmelo. Sus razonamientos, sus amenazas, no me llegan.


¡Lo haré!
—¡Es estúpido! —refunfuñó Lucy Kingery, bruscamente. Sus largos
pendientes brillaron—. ¡Eres la digna hija de tu madre!
—¡Matil, Matil! —Barre corría hacia ella—. Querida, queridísima amiga, no
puedo creer. ¿De veras es usted quien habla de ese modo? Haremos lo que
usted desee. Era su padre, tiene usted todos los derechos. Proponía yo
únicamente la mejor solución, la que nos evitaría males mayores. Perdóneme,
Matil. La obedeceré estrictamente. Si es usted de parecer que debamos
someternos a la prisión, a las audiencias, a los interrogatorios, a todos esos
horrores... —se interrumpió—. No, no quiero influir más en usted. Sólo
anhelaba ahorrarle lágrimas. No podía suponer que tanto le pesara el secreto.
Créame, Matil, haré todo lo que sea de su agrado.
Fue entonces, creo, cuando la joven comenzó a llorar; sus largos sollozos la
estremecían. Barre la tomó en sus brazos. Se soltó, ignoró las manos que Paggi
le tendía, y ganó lentamente su cuarto. Nadie habló hasta que no volvió a
cerrarse la puerta. Luego la tía Lucy pareció recobrar vida.
—La comida —dijo—. La comida. Es la hora de comer. ¿Qué hace usted
plantada ahí, Annette? Vaya a trabajar, hija. Usted también, Brunker. No,
espere, tráigame un poco de whisky. Tengo... tengo frío.
Bebió. Por la coloración del líquido, por la manera cómo vació su vaso
hasta la última gota, comprendí que ingería alcohol puro. Brunker, que parecía
conocer sus gustos, no le había preguntado nada. Paggi acompañó a Brunker a
la mesa y regresó con los ojos más vivos, húmedos los labios. Los otros debieron
experimentar a su vez la necesidad de un estimulante, porque cuando volví,
después de haber metido en cama a la tía Lucy, a ella y a sus pendientes, una
cierta animación reinaba en el “hall”. Ya no era cuestión de compostura, o de
moral. La naturaleza tornaba al galope, y con ella, la indelicadeza, la fealdad.
Terice y Elena se hacían belicosas; Elena mostraba en creciente grado una
marcada tendencia al sentimentalismo tonto; procuraba atraer la atención de su
marido. Terice estaba abiertamente despreciativa, y ovillada en el ángulo de un
diván, acechaba a su rival con los ojos brillantes y falsos del gato que se dispone
a dar un salto y arañar. Paggi rechazaba las insinuaciones de Elena, Barre
permanecía silencioso, y Morse, inquieta la mirada, no apartaba su vista de los
leños que se consumían en el hogar. Brunker, impasible y frío, iba y venía, y, en
el silencio, oía yo a Annette canturrear su eterno estribillo. O’Leary, después de
haber pasado unos instantes en el cuarto de Frawley, había registrado todos los
ángulos y recovecos del pabellón, antes de que Brunker anunciase la comida.
Traía un aire muy cansado cuando descendió la escalera, en el pesado silencio
que siguió al sordo ruido del “gong”.
La comida fue una dura prueba, un suplicio. Nadie se había hecho la
“toilette”. Creo que todos tenían miedo de entrar en sus piezas heladas y
sombrías. Matil se nos reunió, secos los ojos, muy pálida, desdeñando hablar,

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pero siempre digna en su papel de anfitrión. Sirvieron legumbres con crema,


croquetas de pescado. A los postres, tuvimos una mezcla de frutas confitadas y
de café. No hubo pan. Poco se curó Elena de ocultar el desagrado que semejante
menú le inspiraba.
No olvidaré la velada que siguió. O’Leary había aislado a Terice en un
rincón, cerca del piano, donde se puso ella a manosear una tapicería turca con
ojos de rata caída en la trampa. La conversación duró largo rato; yo buscaba
entretanto, sin descanso, mi aguja de tejer, y, fatigada, al fin, me entretuve
mirando los vidrios negros y brillantes, el fuego, los paneles de las paredes. Los
otros, sentados aquí y allá, guardaban un grávido silencio, miraban a
hurtadillas por encima del hombro y se vigilaban estrechamente. La tía Lucy se
negó a quedarse en su pieza, y no la censuro; no había más petróleo; a lo sumo,
restaba un poco en el fondo de las lámparas. La estufilla estaba fría, y el cuarto
hecho una heladera. Regresó al salón, envuelta en un amplio chal de largos
flecos, y permaneció en su silla, tiesa, humedeciéndose a intervalos sus gruesos
labios, y mirándonos a unos después de otros con no disimulada animosidad.
Recuerdo que Killian, durante un largo paseo pendular, tropezó con un
aparato de radio, arrojado debajo de una mesa, en uno de los rincones del salón.
Era un anticuado receptor, a batería y con alto parlante magnético. Manipuló
algún tiempo. Paggi fue a juntársele, y los dos parecieron un instante querer
poner el aparato en estado de funcionar. Anhelé, por mi parte, que no lo
consiguieran; el hecho de oír voces, música, y todos esos menudos detalles de
un programa de radio, el hecho de que aquellos ruidos familiares pudieran caer
en medio del horrible y profundo silencio, no habría logrado más que hacernos
sentir con mayor intensidad la soledad, que redoblar nuestro desesperado
deseo de contacto con los hombres. ¡Si hubiésemos podido al menos hablar en
el espacio, establecer relaciones con la civilización, con el mundo del que
permanecíamos separados! Pero era imposible. No quedaba otro remedio que
esperar, esperar sin término, a que se detuviese aquella nieve y nos liberara de
la atmósfera de horror en que nos debatíamos. Matil debía compartir mis
sentimientos, pues, agitándose repentinamente, retiró su pie, sobre el cual había
apoyado el perro su cabeza, y exclamó:
—¡No puedo más! ¡No puedo más! ¡Hay que obrar!
Se calló con tanta brusquedad como comenzara. Su rostro volvió a ponerse
tenso; sus rasgos, rígidos. Habría podido creerse que no había sido ella quien
lanzara aquel grito, a no mediar la crispación de sus manos sobre el vestido de
lana azul.
Morse se agitó a su vez.
—No podemos hacer nada, Matil —dijo con una voz ronca, estriados los
ojos de sangre.
—No hay modo de sacarle partido a este aparato —dijo bruscamente
Killian, rechazando con la mano el receptor—. ¡Julián! Usted, que es perito en la
materia, venga aquí y hágalo funcionar.

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Pero Morse debía experimentar por el ruido idéntica repugnancia que yo.
Ni siquiera le contestó a Killian.
Paggi se entretuvo todavía algunos instantes en maniobrar con los botones,
en desenredar los hilos del aparato. Yo veía su ancha espalda inclinada. Hallé
singular que un hombre tan pesado y sin elegancia pudiera poseer tanto poder
magnético. Sabía mostrarse cortés, gracioso, vivaz. ¿Se debía a la llama de sus
ojos verdes o a aquellos golosos labios rojos?
Cada vez que aquella mirada oscura, negra casi, caía sobre Matil, toda
blancura, cada vez que se deslizaba sobre aquel cuello delicado, velloso, hasta
alcanzar la nívea garganta, que acariciaba las elegantes líneas de sus piernas,
cual si atesorara el poder de hacer caer los géneros que las cubrían, no podía yo
menos de estremecerme. No era gazmoñería de mi parte, no; verdad que no
paso de ser una solterona, pero, aun así, no soy una melindrosa. Aquellas
miradas me hacían pensar, sobre todo, en la Mitología griega y en Perséfone 1.
Elena fue quien primero habló de irse a acostar, pero no aceptó subir la
estrecha escalera sino flanqueada de un lado por Jo Paggi, que continuaba
sombrío y reservado, y por Morse del otro. Killian, con ojos burlones, los
seguía. Y el modo cómo nos separamos vino a ser la cosa más extraña.
Sabíamos, en efecto, que ningún asesino podía hallarse oculto en los cuartos,
puesto que estábamos todos reunidos. ¿No habíamos visto a Brunker subir la
escalera y ganar su cuarto en la galería? ¿No sabíamos que Annette había
cerrado su puerta con doble llave, después de haberse refugiado, en compañía
de una botella, en su pieza, detrás de la cocina? El matador, quienquiera que
fuese, era uno de nosotros. Me asombraba a cada paso que pudiéramos vivir,
comer, dormir, por poco que fuese, sin saber cuándo nuestras manos tocaban
las del que había vertido sangre, sin reconocer la mirada del culpable.
Mientras permanecimos en el salón, el miedo resultó soportable. Fue más
tarde cuando nos invadió el terror. Terice murmuró que había esperado pasar la
noche en el salón, con todos los demás. La tía Lucy replicó que así no
podríamos pegar ojo. Nos separamos sin una palabra. Eché el cerrojo a mi
puerta, apenas la volví a cerrar, y no dudo que los otros hicieron lo mismo. Eché
también cerrojo a las ventanas. Y así que la tía Lucy me devolvió su bandeja —
las provisiones de queso no parecían próximas a terminarse, a juzgar por el
espesor de las rodajas—, así que hubo mascado y triturado la pasta blanca
moteada de verde de un Roquefort, así, digo, que me entregó su bandeja y se
dejó poner el camisón e introducir en la cama, atranqué la puerta del cuarto de
baño. Por primera vez en mi vida me ponía deliberadamente fuera del alcance
de un enfermo, pero las palabras de O’Leary habían disminuido la confianza
que me inspirara la anciana. Y no me gustaban sus anchas manos huesudas, que
parecían singularmente vigorosas.

1
Diosa griega, hija de Deméter (Ceres) y de Zeus (Júpiter), que fue raptada y desposada por
Hades (Plutón), rey de los infiernos. (N. del T.)

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La noche se me antojó larga. Las horas fueron desgranándose lentamente.


La nieve y el viento azotaban sin descanso las paredes de nuestro abrigo, o de
nuestra prisión, más bien. Todo crujido, todo ruido, parecía una amenaza. No
obstante, dormí un poco. Y no estoy segura de no haber oído algo sospechoso,
fuera de un breve y ahogado aullido de Jericó.
Pero a menudo me he representado en espíritu la escena. He visto, con el
pensamiento, los acontecimientos de aquella noche: una puerta se abre,
lentamente; una elevada silueta se perfila un momento, en la noche, contra las
cenizas aun rojas del hogar. O’Leary, se acerca a la silueta; pero otra puerta se
abre, pulgada a pulgada, con infinitas precauciones, una tercera sombra se
desliza. Está detrás de O’Leary. Tiene... ¿qué tiene en la mano? Un gesto rápido,
el sordo ruido de un golpe, después el combate silencioso, las jadeantes
respiraciones... Luego, nada más. Nada más que el silencio, la oscuridad, el
viento silbando en la chimenea, desplazando los carbones rojos aún, hasta
arrancar de ellos algunas chispas, vagas claridades que dejan ver, en el suelo,
un cuerpo del que asciende un estertor.
Cuando Brunker, en la grisácea luz de la mañana, golpeó frenético a mi
puerta, debió arrancarme a un profundo sueño. Recuerdo aún sus repetidos
gritos:
—¡“Nurse”! ¡Está muerto! ¡“Nurse”, “nurse”; está muerto! ¡Mataron al
señor O’Leary!

CAPÍTULO XII
LOS BOTINES PARA LA NIEVE

No estaba muerto, pero, durante algunos terribles momentos, hube de


buscar un pulso desfalleciente, abrir los pálidos labios, los dientes apretados,
para administrarle un cordial. Brunker y Killian lo colocaron sobre un diván.
Los otros se apiñaban en desorden a nuestro alrededor.
Por fortuna, O’Leary tenía la cabeza dura, lo que, contrariamente a la
opinión general, es excelente cosa para un detective; el golpe, que hubiera
podido ser mortal, no le había causado más que una herida bastante fea y
sangrante, a la verdad, pero no peligrosa. Tomé mi maletín y le apliqué algunos
puntos de sutura, esforzándome en no temblar. Y sólo respiré con libertad
cuando el color volvió a sus labios, y lo vi que entreabría los ojos. En seguida
pronunció algunas palabras incoherentes y quiso enderezarse en su lecho. Tuve
que mantenerlo a la fuerza.
—Quédese donde está y cállese —le dije con cierta brusquedad.

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Tan intenso era mi alivio, que por reacción me sentía invadida de cólera.
—Vaya usted también a acostarse —me replicó, tornando a cerrar los ojos
—. Está usted muy pálida. —Luego, bruscamente, articuló—: ¡Los botines para
la nieve! De nuevo abrió los ojos y pasó revista a las ansiosas caras que lo
rodeaban. Algunas de ellas dejaban traslucir una especie de decepción. Y en
verdad que la definitiva desaparición de O’Leary hubiera simplificado ciertos
problemas. Todos... ¿Estaban todos allí?
Killian pareció haber tenido el mismo pensamiento. Sus vivos ojos fueron
de uno a otro, y, bruscamente, se dirigió a pasos rápidos hacia la pieza de
Morse.
¡Newell Morse! ¡No estaba con nosotros!
—¡Newell! ¡Newell! —llamó Killian a través de la puerta.
Golpeó varias veces; después abrió. Desde mi lugar vi el lecho vacío. Killian
entró, tomó un papel de encima de la mesa y regresó lentamente hacia nosotros.
—Un billete. Para usted, Matil.
La miró tímidamente y le entregó la hoja. La desplegó ella, le arrojó un
vistazo y luego, en alta voz, leyó:
No puedo soportarlo más. El crimen se halla por todas partes. Voy a desafiar la
suerte. Tomo las raquetas; la nieve está bastante dura. Creo que conseguiré mis
propósitos. Llegaré hasta la caja de caudales de Frawley y determinaré quién lo ha
matado, y por qué. No puedo seguir así. Me voy. Frawley lo dejó todo arreglado: basta
con el número. Puedo, sin embargo, fracasar. He aquí...
Matil se calló, como si hubiera leído una o dos palabras más de las que
había deseado, dio un paso y con un gesto rápido lanzó el billete al fuego,
donde al punto quedó reducido a cenizas.
Después se volvió hacia nosotros.
No se pronunció una palabra. Morse nos había dejado para ir en busca de
socorro y para saber quién asesinara a Frawley.
¿Había partido? Miré maquinalmente la pared de la chimenea. Las raquetas
ya no se encontraban allí. Morse las llevaba ahora en los pies. ¿Estaría la nieve
lo bastante sólida para soportar su peso? ¿Resistiría al terrible frío, al viento
glacial, a las frías ráfagas que ciegan? ¿Encontraría su camino en aquellas
alturas, con aquellos barrancos anegados, donde toda pista había desaparecido?
—¿Sabía usted que se ausentó, O’Leary? —preguntó bruscamente Paggi—.
¿Trató usted de retenerlo? ¿De ese modo es como resultó usted herido?
Los ojos de O’Leary mostraron una extraña expresión, antes de cerrarse, y
con voz débil, tan débil que lo miré atentamente, respondió:
—¡Sí! Me la “dio”. Había decidido yo pasar la noche en el diván, y mejor
hubiera hecho en no dormirme. —Volvió a tomar aliento—. Morse salió de su
cuarto. Lo seguí. Vi lo que hacía; me oyó.
Se calló de nuevo, y comprendí que mentía.
—... Se volvió hacia mí, y... ¡ay!, me duele, señorita Keate. ¿No puede hacer
nada para aliviarme?

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Tras de decir lo cual, se alzó y tornó a caer inerte sobre el diván.


Killian trajo “brandy”, y Matil compresas frías. Pronto reabrió O’Leary los
ojos, comprendió su debilidad y pareció confuso.
—Va usted a quedarse todo el día en la cama —le dije severamente—. Si
continúa agitándose, eso lo perjudicará, y le vendrá fiebre. Ha estado usted a
dos dedos de la muerte.
—En otros términos, no desafíe usted al diablo, O’Leary —dijo Killian—.
De todos modos, el asunto ya no está en sus manos ni en las nuestras. Morse, si
llega a la ciudad, conocerá al culpable.
—¿Cree usted que lo consiga, Lal? —preguntó Matil en voz baja.
Killian se encogió de hombros.
—Es posible —miró las ventanas, todas blancas—. Sí, creo que sí. Es muy
buen patinador, ya sabe usted. Ganó el concurso de Effestone, hace seis años. Se
siente a sus anchas con raquetas en los pies. Realmente, debe triunfar. Y nos
ayudará a salir de aquí.
—A menos que —los ojos de Elena se achicaron y su voz descendió hasta el
murmullo—, a menos que no se haya puesto en salvo.
Elena no tenía mucho de sutil. Creo que la palabra me hirió tanto como el
hecho mismo. ¿Morse se habría puesto en salvo? ¿Sería, pues, el asesino?
¿Había resuelto librar su último combate, una lucha sin cuartel, contra los
elementos desencadenados?
Las ideas acudieron en tropel a mi espíritu, para apoyar esa tesis: su
flagrante torpeza, el billete que Frawley le había dejado, el hecho de que sólo él
entre todos conocía dónde se hallaban los papeles, aquel cofre, la gran delantera
que acababa de sacarnos, el ininterrumpido temblor de sus curtidas manos. Así,
pues, ¡habría huido! ¿Por qué no?
—¡Oh, no! —gritó Matil violentamente—. No es Newell. No es él.
Paggi se encogió de hombros.
—Querida Matil, puede serlo Newell, como cualquiera de nosotros. ¿A
quién escogería usted? ¿De quién sospecha?
Matil no respondió, bien que sus ojos, al posarse ya en Elena, ya en Terice,
fuesen terriblemente elocuentes.
—Newell... —dijo Barre con lentitud—. No, eso me asombraría. No puedo
creer. Y sin embargo... no habló a nadie de su plan. Trató de partir sin
prevenirnos. Al menos hubiera debido avisarle a Matil, o a Killian, y aun a mí,
que somos sus asociados —se detuvo repentinamente—. No puedo creer,
empero, que haya matado a Frawley.
Killian se encogió otra vez de hombros.
—Bueno, ¿a quién de nosotros elegiría usted? —y con un gesto desganado
nos señaló a todos, sin exceptuar a la obesa Annette y a Brunker, lívido.
Sólo un largo silencio le respondió. ¿Qué decir?
A menudo he notado que es raro, en la vida, que las cosas ocurran como
era lógico suponerlo. Hubiera creído que, en caso semejante al nuestro, la

109
Mignon G. Eberhart Lance O’Leary investiga

partida de Morse no habría hecho más que exacerbar los nervios, acrecer el
miedo, multiplicar el espanto que nos atenazaba; que aguardaríamos, en medio
de la mayor ansiedad, la llegada de Morse a la ciudad, o su desaparición en la
nieve, la intervención de la policía y la pesquisa que infaliblemente efectuaría
ésta, en la caja de caudales.
Creía, también, que experimentaríamos cierta inquietud acerca de la suerte
de nuestro compañero, jadeante sobre la larga pista de nieve y de hielo, en
medio del viento furioso, de la tormenta de nieve, empeñándose
desesperadamente en reconocer el camino perdido, tendiéndose con
desesperación hacia el lejano destino, hacia la tibia ciudad, rebosante de luces,
Nettleson.
Pues nada de todo eso ocurrió. Nos sentíamos, por el contrario, más a
gusto. El aire parecía haberse aligerado. General y manifiesto era el alivio. Se
advertía en el cambio que sufrieran las miradas, más vivas ahora, en las
palabras pronunciadas con mayor libertad, en la despreocupación con que
Killian silbaba su tonadilla preferida: “Poneos hermosas, que vuestros
esqueletos danzarán esta noche.” Ganó la puerta, la abrió, luchó un instante
contra el viento y los remolinos de nieve, luego tornó a cerrar con cierta
dificultad, mas no antes de que hubiéramos visto los innumerables copos
amontonarse ante la puerta, amenazando bloquearla.
—Aparte después esa nieve, Brunker —ordenó Matil con negligencia.
Y su voz me pareció más clara, más alegre de lo que nunca la había oído
durante aquellos dos días de espanto.
—Haga el favor de servir el desayuno. Traiga también café muy caliente
para el señor O’Leary, en seguida. Le hará bien —añadió, volviéndose hacia el
herido.
—Morse ha partido —murmuró Paggi hablándose a sí mismo—. ¡Oiga,
Julián! ¿No cree usted que su situación se hacía insostenible aquí?
—Si es así —cortó Terice duramente—, podemos respirar. Una cosa es
segura: o bien nos traerá socorros y pondrá fin a esta horrible espera, o bien, si
es el asesino hemos quedado libres de él, y ya no tendremos que asustarnos de
nuestros propias sombras en la pared.
Elena se dejó caer en un sillón y lanzó un suspiro. Sus rasgos se
distendieron.
—¡Uf! ¡Qué alivio! Me parece que desayunaré mejor—, declaró, y
dirigiéndose a mí, añadió con indolencia—. ¿Esperamos a que la señorita Keate
vaya a vestirse?
Al admitir lo descuidado de mi atavío, rogué a Brunker y a Killian que se
llevasen a O’Leary a su cuarto, sin prestar atención a las protestas del detective,
con el hábito que me daban mis años dedicados al cuidado de enfermos más o
menos recalcitrantes. Después me trasladé a mi habitación. Luego de darme
una ducha y de hacer mi “toilette”, me sentí más fuerte. Cuando volví a la sala,

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habían comenzado a desayunarse. Vi a Brunker que se dirigía hacia la pieza de


O’Leary, con una bandeja en sus manazas.
La tía Lucy se mostraba excepcionalmente conversadora, y hubimos de
escuchar el largo relato de una cacería de patos efectuada por Huber Kingery
cuando su última permanencia en Hunting’s End. Se volvía con frecuencia
hacia Matil para tomarla por testigo, tan a menudo a lo último, que ésta, con un
leve suspiro de fatiga, concluyó por decirle que había un diario de aquella
partida de caza, y que su tía podía consultarlo si le parecía necesario. La
anciana no pareció muy dispuesta a ello, añadiendo asaz secamente que
conceptuaba sus recuerdos y los de Matil bastante precisos, sin que fuera
indispensable recurrir a las relaciones escritas.
—No se trataba de patos sino de cercetas, me acuerdo muy bien —continuó
la tía Lucy, triturando entre sus fuertes mandíbulas algunas legumbres—. Las
tiramos. La cerceta no es interesante. La cacería es divertida, no hay duda, pero
uno se fatiga pronto. Sólo cuando comienzan los vuelos de los patos se puede
verdaderamente cazar. Yo prefiero los “patos rojos”. ¿Recuerdas, Matil, cuántos
“patos rojos” había en la última lista? Deberías acordarte Matil. Lo habíamos
acompañado todos. Elena, ¿cuántos “patos rojos” había? Era un récord.
¿Recuerdan cómo jaraneamos esa noche? La noche en que Huber fue...
asesinado.
Elena se estremeció.
—De veras, Matil —dijo plañideramente—, eso no está bien. Comenzaba a
sentirme mejor. ¿Su tía no podría hablar de otra cosa? ¿Por qué nos conduce
siempre a esa siniestra historia?
—¿Vieron ustedes alguna vez tanta nieve? —dijo precipitadamente Killian,
mientras la tía Lucy, con el tenedor en alto, el plato de legumbres en la mano,
fulminaba a Elena con la mirada, en tanto sus largos pendientes se balanceaban
de derecha a izquierda.
—¿Qué significa esto? —bramó la tía Lucy, con la delicadeza de una
máquina de clavetear—. ¡Pero si es asombroso! ¡Vea, Elena Paggi! La historia no
es divertida, lo reconozco, pero mucho más desagradable todavía es contar un
asesino —y sus ojos pasearon en derredor de la mesa antes de tornar a asestarse
en Elena—, contar un asesino entre sus invitados.
Elena enrojeció violentamente. Se puso en pie de un salto.
—¿Qué quiere usted decir? —gritó a su turno—. Si esa insinuación se
refiere a mí, le contestaré del mismo modo. ¿Y usted? Cómo...
—¡Oh! ¡Elena! Siéntese, por favor —dijo Barre, empujándola sin ceremonia
—. Por amor de Dios, déjenos en paz.
—¡Ah! ¡Ah! Elena tiene sus pequeñas ideas, a lo que parece —murmuró
Terice, acodándose en la mesa—. Continúe, Elena, que me interesa.
Paggi rechazó violentamente su silla. Su tez, generalmente amarillenta por
la mañana, se oscureció de ira.

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—¡Pero es que no podemos disfrutar de una comida tranquila! —gritó,


furioso—. ¡Tengo hambre! ¡Tengo hambre! ¡Quiero comer! Mi salud no resistirá
pruebas semejantes. Soy un artista: deberían evitárseme estas emociones. Mis
nervios están enfermos. Yo...
—¡Oh, Señor! —exclamó a su vez Killian, exasperado—. No solamente los
suyos, ¡los nervios de todos, están aquí enfermos! ¡Basta, Paggi! ¡Me aturde
usted!
—Usted, Killian, no es más que un bruto. Tiene tantos nervios como un
asno. No es capaz de nada. Apenas si puede considerársele un pisaverde. Sí, un
pisaverde...
—¡Señores!... Lal...
—Me parece que están perdiendo ustedes toda compostura —intervine,
pensando que al punto a que habían llegado las cosas, yo también podía
mezclarme—. Ignoro si hay aquí brutos, asnos o pisaverdes, pero sí estoy
segura que se conduce usted como un chiquillo, señor Paggi —y, ante su
mueca, añadí—: Le digo lo que pienso, señor Paggi. Hagan ustedes dos el favor
de callarse, coman en paz y guarden todas esas amenidades para mejor
ocasión... Y a usted, ahora, ¿qué le pasa?
Killian, de pie, muy tieso, pálido como un cirio, hablaba ya.
—Espero que el signor Paggi se excusará —dijo, con la dignidad de un
colegial ofendido.
Los verdes ojos de Paggi relucieron.
—¿Excusarse Jo? —gritó Elena—. ¡Quisiera saber por qué razón! Sabe él
muy bien que...
—Elena, ¿quieres callarte? —cortó Paggi, en el paroxismo de la rabia. Y
bruscamente agregó—. De veras, Killian, que mis palabras sobrepasaron mi
pensamiento. Nos hallamos todos muy nerviosos, muy fatigados.
—Si eso son excusas, las acepto —replicó Killian, siempre con tiesura—.
Pero tenemos una dueña de casa, no lo olvide.
—¡Matil! —Paggi ya estaba de pie, vibrante; afectuoso—. Le ruego que me
perdone. Soy... soy muy impresionable. Lo admito. Me dejo arrastrar por mis
sentimientos. Soy un artista, y más sensible que cualquier otro, más sensible que
la masa, que tiene sangre fría y epidermis espesa. Perdóneme, se lo suplico.
Le tomó la mano entre las suyas y se la estrechó. Terice dirigió una mirada
en dirección a Elena, que pareció súbitamente envejecida.
—Discúlpeme, Matil —dijo Killian brevemente.
Volvió a su sitio, se colocó de nuevo la servilleta, y se volvió hacia mí.
—La verdad, que nos condujimos como criaturas —dijo, con la sonrisa en
los labios, pero dura la expresión de sus ojos.
Matil retiró su mano de la de Paggi.
—Concluya su desayuno —dijo fríamente—. Encuentro horrible que
podamos reñir así cuando el pobre Newell está... —le faltó la voz.

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—No, Matil —intervino Barre con bondad—, no se inquiete por eso. Si


Newell se vio impulsado al crimen por motivos que ignoramos, ¿no vale más
que haya desaparecido así, por su propia voluntad?
—¡Oh! No es ésa mi opinión —replicó Killian—. Y es muy capaz de pasar...
—En tal caso, no lo volveremos a ver —dijo Terice con dureza, inclinada
sobre su plato y pintada hasta los cabellos—. Habrá tomado todo el dinero de
que pueda tener necesidad y abandonará el país antes que esta nieve se haya
fundido. A fe —se encogió de hombros, y sus sortijas brillaron en sus manecitas
ganchudas—, que me alegro mucho de que haya partido.
—¿Por qué está usted convencida de su crimen? —inquirió Elena.
Terice hizo un gesto de supremo desdén.
—Vamos, Elena, ¿no comprende usted? ¿Qué otro motivo hubiera podido
ser lo bastante poderoso para inducirlo a correr esos mortales peligros, en plena
tempestad? Es su única probabilidad de escapar, a lo que yo veo.
—Me parece usted muy ansiosa por acusar a Newell, señora —observó
Paggi, alzando los ojos y bajándolos tan de prisa que no alcancé a distinguir el
blanco.
—¿Qué quiere usted decir? —preguntó violentamente Terice—. ¿Cree que
soy culpable? ¡Cuídese usted, mi querido amigo!
Matil esbozó un gesto, pero Terice prosiguió:
—Aquél que mató a Frawley ha robado también su cuerpo; yo no he hecho
lo uno ni lo otro. ¿Acaso lo hubiera podido? Soy demasiado débil —dejó
escapar una risita burlona, y mirando los brazos de Elena, dijo—: Elena sí que
habría podido.
Matil se levantó.
—No sea incorrecta, Terice —dijo con firmeza.
—¡Oh! Ya sé que siempre me ha despreciado usted, Matil. Yo tampoco
siento simpatía por usted. Y por lo que toca a la incorrección —añadió, casi
regocijadamente—, sí, sé ser incorrecta, ¡lo que puede servir algunas veces!
La tía Lucy profirió una exclamación.
—Es usted una pequeña...
—¡Tía Lucy! —gritó Matil, cubriendo el insulto que iba a brotar de los
labios de la vieja.
—Un poco de café, Brunker, si hace el favor —dijo Killian. Dejó oír una
risilla, puestos los ojos en Matil—. Siéntese, Matil, y cálmese —rogó—.
Aborrezco desayunar de pie. Tengo la impresión de que ya no se sienten
ustedes tan dispuestos a acusar al pobre Newell de todas las fechorías. Me
permitiría aconsejarles que reposaran hoy lo más que les fuera posible.
Nuestros nervios no podrán menos que agradecérnoslo, en particular los del
signor Paggi. —El tono era agradable. Sólo la llamita de burla que apareció en
sus ojos hizo fruncir el ceño al interpelado—. Por otra parte, la nieve cesará
seguramente hoy, y podremos partir.

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Mignon G. Eberhart Lance O’Leary investiga

—¿Puede prescindir de mi ayuda durante una parte del día, señorita


Kingery? —dije—. Me parece que el señor O’Leary tendrá alguna necesidad de
asistencia y de cuidados.
—Seguramente —respondió la anciana con brusquedad, y su ancha mano
asió mi muñeca—. ¿Cree usted que muera?
—No —dije con fuerza.
Subí la escalerita. Nadie hablaba. Desde la galería, miré hacia abajo. Julián
Barre encendía un cigarro; estaba resfriado, y parecía no haber conciliado el
sueño durante la noche. Elena se entretenía con su plato y su cubierto de plata.
Paggi volvía a poner con cuidado su taza en el platillo.
—Me parece —dijo en voz bastante baja, aunque sin sospechar que tuviera
yo oído fino—, que nuestra enfermera de los cabellos de oro siente un violento
interés por O’Leary. ¿Serán amigos?
Ninguna respuesta se oyó. Luego, Terice se echó a reír.
—Jo, es usted todo un biólogo.
—Se conocen —dijo Matil fríamente—. El señor O’Leary me ha dicho que lo
cuidó ella cuando su última enfermedad, la apendicitis, creo.
—¡Ejem! —hizo Paggi. Estornudó varias veces y arrojó una mirada a la
chimenea—. Atrapé un buen resfrío —dijo—. ¡Oh! No la reprocho en absoluto,
Matil. Pero no deja de ser fastidioso. ¿Ve algún inconveniente en que haga mis
ejercicios por la mañana? —preguntó.
Y como Killian suspirase, Elena apoyó vigorosamente.
—Yo te acompañaré, Jo —ofreció—. Pero no debes cantar mucho, estando
resfriado.
—Todos estamos enfermos —dijo Julián Barre, tosiendo—. Me duele
muchísimo la garganta. A propósito, Jo, no quisiera mostrarme demasiado
crítico, pero me parece que tiene usted en la voz un temblor que considero
bastante poco natural...
Cerré la puerta de O’Leary.
Una bandeja estaba puesta sobre la mesa. Los ojos del herido parecían
animados.
—Bueno —dije severamente—. ¿Qué pasó anoche?
—Un verdadero granadero —murmuró—. Un verdadero granadero con
faldas. —Luego, se puso otra vez serio, pareció palidecer—. No sé, señorita
Keate —dijo con esfuerzo—. Y de veras que mucho daría por saberlo. Le diré
únicamente —añadió después de un silencio—, que me encuentra usted ahora
en plena crisis. No sé nada, y sin embargo... sé algo muy sencillo que... —se
interrumpió—. ¿Su subconsciente se halla en buen estado, señorita Keate? El
mío está muy enfermo, lo temo. Y, no obstante, se esfuerza en ponerme sobre
una vía... algo tan simple, que al principio no le presté atención... —y, con el
ceño fruncido, añadió—: Ese aparato de radio: es muy curioso. ¿Por qué
ninguno de esos hombres lo puso en estado de funcionar? La reparación no es

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Mignon G. Eberhart Lance O’Leary investiga

difícil. Bastaría rehacer el reóstato. Podría hacerlo yo mismo. Un niño lo


conseguiría, a poco que tuviera alguna práctica en radiotelefonía.
—¿Qué relación encuentra usted con el crimen?
—Ninguna, ninguna —se apresuró a asegurar O’Leary—. Es que eso no es
natural, nada más. El subconsciente recoge todo lo que sale de la norma...
—Hábleme más bien de anoche —continué—. ¿Y esa herida? ¿Sabe usted
que estuvo muy cerca de...? —Me estremecí. La pieza estaba helada.
—Es usted una mujer de carácter —dijo O’Leary, tendiéndome la mano—.
La mujer fuerte de las Escrituras. Preferiría tenerla a usted sola a mi lado, antes
que a un ejército con sus pendones.
—No bromee —le dije bruscamente. La nariz me cosquilleaba—. Atrapé
frío —proseguí—. ¿Tiene usted... puede prestarme un pañuelo?
—En esa valija —respondió O’Leary, que no me quitó ojo mientras buscaba
yo en su bolso de viaje para extraer al punto un pañuelo blanco, que en seguida
usé.
—¿Quién lo hirió? —proseguí.
—¡Notable! —murmuró de nuevo O’Leary—. ¡Qué nitidez, qué precisión!
A fe —continuó más alto—, que apenas sé quién me aplicó el golpe. Vea, todo
pasó del modo más sencillo —se apresuró a añadir en el momento en que
bosquejaba yo un gesto de impaciencia—. Pasé la noche sobre el diván. Las
noches, en este delicioso pabellón, son tan agitadas, que había resuelto
permanecer en el sitio, de manera de poder observar, a mi entero placer, los
nuevos fenómenos que no dejarían de producirse, dicho sea esto sin hablar de
la responsabilidad que me incumbe.
—Tonterías —repliqué—. ¿No es usted, acaso, un policía? Únicamente
desearía que se casase usted con una buena muchacha, que supiera impedirle el
arriesgar su vida en todo instante, por puro placer.
—Y que me daría un chico cada año —completó O’Leary, con ojos burlones
—. No sé por qué, me parece que se interesa usted en alguna joven, señorita
Keate. Verdaderamente, bien pudiera ser que sintiese usted alguna compasión
por mí. Por otra parte, ¿qué doncella digna de este nombre querría a un
detective por marido?
—Pero —dije con una ligera vacilación—, ¿qué piensa usted de Matil
Kingery?
Estalló en una risa tan violenta, que me dio miedo. Rápidamente le tanteé
su vendaje, rogándole que se callara.
—Es usted asombrosa, señorita Keate —dijo al fin, efectuando serios
esfuerzos para recobrar el aliento—. ¡Asombrosa y única! Quiera el cielo que
jamás encuentre usted una joven que me convenga; me hallaría casado antes de
haber podido siquiera reconocerme. —Tornó a ponerse serio, y se inclinó hacia
mí con una mirada ansiosa—. Entiéndame bien, señorita Keate. No trate de
casarme. No me casaré. No quiero.
—Si insiste, que sea para su bien —repuse—. Y Matil Kingery...

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Me interrumpió esta vez con cierta rudeza.


—Matil Kingery ama. ¿No tiene usted ojos? —Y mientras lo miraba yo con
estupefacción, continuó—: ¿No quiere saber lo que pasó anoche?
—Pero sí. ¡Vaya, pues! —Y olvide por un tiempo a Matil y a mis proyectos.
—Pasé la noche en el diván de la izquierda. Estaba en la sombra, y el
enorme respaldo del mueble me disimulaba enteramente. Los dos hogares
esparcían alguna claridad rojiza, y cuando mis ojos se fueron acostumbrando a
la oscuridad, vi asaz distintamente. A eso de las cuatro de la mañana (creo que
quería partir con el alba), Morse salió sigilosamente de su cuarto. Lo vigilé, muy
interesado. Levantándome sin ruido y escurriéndome detrás de los muebles, me
aproximé para ver qué descolgaba de la pared. Y en el preciso momento en que
asía él las raquetas para la nieve, recibí un golpe en la cabeza. Esto es todo lo
que sé. Veo todavía a Morse alcanzando las raquetas, después... nada más.
—¿Y no sabe usted quién lo golpeó?
—Lo ignoro.
—Parecía usted, sin embargo, tener una opinión.
—Toda hipótesis es arriesgada; cualquiera pudo haberme atacado. Como le
he dicho, yo estaba muy ocupado en vigilar los movimientos de Morse.
Estúpidamente, no recelé nada. Me había confiado en mi sexto sentido, que esta
vez falló.
—Lástima.
—Sí —confesó O’Leary.
—Es muy probable —dije pensativa—, que Morse haya puesto en el secreto
a alguien, que lo atacó a usted.
—¿Porque Morse ha partido es por lo que sospecha usted una complicidad,
una ayuda que quiso ponerme en la imposibilidad de impedir esa fuga? Sí, es
posible.
—Se trata de Barre o de Killian —proseguí—. No me represento a Paggi
arriesgando su piel por el prójimo.
—¿Y las mujeres, señorita Keate? ¿Las olvida? Lucy Kingery podría matar a
un buey, con su silla, si le diera el capricho. Elena Paggi tiene brazos de mozo
de cordel, para hablar con franqueza. En cuanto a la baronesita... —se calló,
sacudió la cabeza con un gesto de dolor— no, es tipo puñal. Si resolviera
deshacerse de un hombre, lo haría limpia y definitivamente.
—¿Por qué les dijo a los otros que Morse lo había golpeado?
—¡Oh! Tenía mis razones. Es una buena táctica dejar creer a las gentes que
no se las sospecha, y sé muy bien que el que me golpeó estaba a mi lado, no
hace mucho.
—¡Señor O’Leary! ¿Quién mató a Frawley?
Hizo un gesto de cansancio.
—Bien quisiera saberlo. Paggi dispone de una coartada indiscutible, pero,
que yo sepa, cualquiera de los otros pudo disparar sobre Frawley, por la misma
razón que mataron a Huber Kingery. Y, en cuanto a eso, todos son mudos.

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Mignon G. Eberhart Lance O’Leary investiga

Psicológicamente, es decir, en potencia, todos podrían ser culpables de un


crimen. Aun la misma señorita Matil es bastante resuelta para ello. Mi cabeza
está muy dolorida, señorita Keate. ¿Puede hacer alguna cosa? ¿No iré a
quedarme acostado? Sería absurdo.
—Lo lamento, pero tendrá que quedarse. Intente levantarse, y me llevo sus
ropas abajo, fuera de su alcance.
—¡Oh, señorita Keate! No lo hará usted... Bien sabe que debo levantarme.
—Lo sé perfectamente. —Lo miré con severidad y añadí—: Es de ese modo
como he obligado a más de un tífico a guardar cama.
Me contempló O’Leary con fingido terror.
—Le otorgué mi confianza —gimió—, y se revela usted ahora un tirano. —
Lanzó una mirada de desesperación a las prendas que colgaban en el
guardarropa, y a su bata—. La mujer que obra así es capaz de todo.
—Ésa es mi opinión —dije con firmeza—. Está demás que me mire con esos
ojos. ¿Cree usted que deseo verlo caer enfermo en este sitio perdido, con
toneladas de nieve entre el médico y yo? —Y, por asociación de ideas, exclamé
—: ¿Cuándo se detendrá esta nieve? Cae sin descanso desde hace dos días y tres
noches, y nada indica que vaya a cesar.
—¡Oh! Se detendrá —dijo O’Leary—, y entonces, ¡qué Dios me ampare!
Sólo Él podrá.
Un breve escalofrío me sobrecogió.
—Cómo... ¿Qué quiere decir?
—Debe usted comprenderme. Con el deshielo, el cuerpo de Frawley
reaparecerá. Habrá una desesperada carrera hacia Barrington, para alcanzar esa
maldita caja de hierro. Harán desaparecer todo rastro, toda pista. —Me miró
muy grave—. Y mucho temo, señorita Keate, que eso no concluya con una
nueva fechoría, si es que no se ha perpetrado ya.
Me incorporé, aterrada.
—Si no se ha perpetrado ya. Quiere usted decir... —La continuación se
ahogó en mi garganta.
Hizo O’Leary un ligero signo de cabeza.
—Dudo grandemente, señorita Keate, que hayan permitido a Newell Morse
abandonar el pabellón.

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CAPÍTULO XIII
EN EL “OFFICE”

Quedé muda de horror. O’Leary se calló. La nieve azotaba, incansable, los


vidrios. En el salón, el piano vibró bajo unos dedos expertos; se oyeron algunos
preludios, luego los primeros compases del Jardín campestre, de Grainger. Las
notas se desgranaban, vivaces y saltarinas, destacando, por contraste, el horror
que me agitaba.
—Están alegres esta mañana —comentó O’Leary.
—Sí. Parecen hallarse convencidos que Newell Morse es el asesino. Se ha
ido, el cuerpo de Frawley ya no se encuentra aquí, y respiran más a sus anchas
—dije maquinalmente, con el pensamiento en otra parte—. ¿Cree usted
verdaderamente que Newell Morse haya sido asesinado?
—Es mi impresión —respondió O’Leary con mucha calma. Y después de
sufrir un movimiento de impaciencia, agregó—: ¡Si tan sólo pudiera salir de
aquí, ir a Barrington! Sabría lo que ignoro. Podría detener esta matanza. ¡Pero
estoy atado de pies y manos en esta casa, con los otros, mientras el crimen se
desencadena! —Sonrió tristemente—. Rara vez me ocurre esto de hacer
melodramas, ¿no, señorita Keate?
—Si pudiera usted trasladarse a Barrington, ¿sabría quién es el asesino?
—Estoy persuadido. Evidentemente, la solución se halla aquí, en esta casa;
pero si pudiera disponer de la caja de caudales y de su contenido, mi tarea sería
más fácil. Hay algo... muy sencillo... tan sencillo que no había caído en eso.
Siento que no tardaré en comprender.
Monologaba. Sin gran confianza en los presentimientos (yo tengo sentido
común, pero no soy intuitiva), interrumpí el curso de sus reflexiones.
—Pero si Newell Morse no mató a Gerald Frawley, ¿quién lo hizo?
Y tomando un abrigo, lo eché sobre mis hombros. Newell Morse, fornido,
rudo, ardiente, pero poseedor de un pesado secreto, ¿podía él también haber
sucumbido? ¿La nieve, al fundirse, revelaría su poderoso cuerpo privado de
vida? Si Morse vivía aún —y había, sin duda, probabilidades de que así fuese
(interrogué con la mirada a O’Leary, que esbozó un débil gesto de
asentimiento)— ¿cuándo llegaría a Nettleson? ¿Cuándo podíamos esperar
socorro?
—Suponiendo que haya escapado a la doble amenaza de asesinato y de
muerte por el frío, podemos esperar el socorro en el curso del día de mañana.
Pero no me forjo ninguna ilusión.
Hubo un largo silencio. Los grises ojos de O’Leary permanecieron clavados
en los remolinos de nieve que desfilaban con rapidez ante los vidrios. Por mi

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Mignon G. Eberhart Lance O’Leary investiga

parte, asaltada por múltiples pensamientos, miraba con fijeza el edredón de


seda azul.
—¿Aceptará usted, señor O’Leary, responder a mis preguntas? —Y a un
gesto suyo de asentimiento, continué—: Antes que nada, ¿Elena Paggi estaba en
el balcón la noche de la muerte de Frawley? ¿Ha explicado lo del trozo de
encaje arrancado de su vestido? ¿Mató ella?
—Sí, estaba en el balcón por más que lo niegue —respondió O’Leary—.
Terice de Turcum la vio. La señora de Paggi salió de su cuarto, de puntillas,
después dejó atrás la puerta de Terice y se detuvo en el balcón. Terice cree que
acechaba a su marido, temiendo algún flirteo. Pero eludió la respuesta cuando
le pregunté si Elena podía haber matado a Frawley. Por otra parte, eso no tiene
importancia. He examinado el cuerpo muy cuidadosamente antes de que
desapareciera. Y, aunque esto la sorprenda, el tiro fue descerrajado desde muy
corta distancia. No lo hicieron en el balcón.
—¡Pero es imposible! Nadie salió del cuarto mientras yo estuve sentada
junto al fuego.
—Sin embargo, es como le digo.
—No lo admitiré jamás —declaré con convicción—. En todo caso, si Terice
dice la verdad, dispone, en virtud de este hecho, de una coartada, lo mismo que
Elena. Y si Morse no asesinó a Frawley, como parece usted admitirlo...
—¿Yo lo dije?
—No, pero me lo ha dejado usted comprender.
—Siga —dijo O’Leary, cerrando los ojos.
—Si Morse, entonces, no tiró, al igual que Paggi, si Elena no es culpable, lo
mismo que Terice —contaba con mis dedos—, como sé que Matil no ha
cometido este crimen, que la tía Lucy está al abrigo de toda sospecha, puesto
que hubiera tenido que atravesar el salón, ¡pues bien!, en tal caso, no quedan
más que Julián Barre y Killian. No creo que Killian haya podido descargar el
arma. No más que Barre.
O’Leary sonrió.
—¿Admite usted, no obstante, que Frawley está muerto?
—No admito nada —repliqué con ímpetu.
—¿Y por qué se siente tan segura de que ni Barre ni Killian han tirado?
—Porque... porque Killian parece un joven muy correcto.
—Está locamente enamorado de Matil. ¿Por qué no habría eliminado a su
prometido, sin reparar en el medio?
—¡Oh, no! —exclamé—. No así. No es... ¡no!
—La pasión es cosa peligrosa —repuso O’Leary—. Y esos ojos dulces, tan
tranquilos, de Killian, revelan en ciertos momentos un carácter impetuoso. En
fin, el hecho es que hubo un asesinato, señorita Keate.
—No —dije con firmeza—. Es imposible. Sería estúpido, por otra parte. Y
ese muchacho es demasiado inteligente para haber obrado de este modo.
—Vaya, pues, señorita Keate. ¿Y por qué defiende usted a Julián Barre?

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Mignon G. Eberhart Lance O’Leary investiga

—También me agrada ese hombre. No tanto como el joven Killian, quizá.


Sin embargo, pertenece al mismo tipo, bien educado, satisfecho de la vida,
deseoso de no correr riesgos. Además, no me imagino a un asesino dirigiéndose
a cometer su crimen sin sus dientes postizos. Y Julián Barre, en camisón en su
cuarto, no tenía su paladar cuando salió, inmediatamente después del asesinato.
Puedo imaginarme al asesino apareciendo en pijama, enmarañándose los
cabellos para simular el sueño bruscamente interrumpido, bien que quienquiera
que haya disparado sobre Frawley dispuso de muy poco tiempo para preparar
su entrada. ¡Pero si usara yo dientes postizos y hubiera llegado al extremo de
matar a alguien, no comenzaría, ciertamente, por quitarme mi paladar! Sobre
todo, de tener el innegable atildamiento de Barre.
O’Leary sonrió de nuevo.
—¿Hace depender usted la inocencia o la culpabilidad de un hombre del
hecho de que llevase o no sus dientes postizos en el momento del crimen? —
preguntó fríamente.
—En absoluto —respondí con cierta acritud—. Usted mismo dice que los
cerrojos de la puerta de Frawley que daba al cuarto de baño, y, por
consiguiente, del lado de la pieza de Barre, no podían descorrerse desde el
exterior. Puesto que la ventana estaba cerrada y que yo aseguro que nadie salió
de la habitación de Frawley para entrar en la de Barre, ¿cómo hubiera podido
éste obrar?
Los ojos de O’Leary se oscurecieron repentinamente.
—¿Y Annette? ¿Qué piensa usted, señorita Keate? —dijo suavemente—. No
dispone de sombra de coartada, y había bebido. El vino parece impulsarla a la
acción. Quizá tenía una razón para odiar a Huber Kingery: no olvide que esa
mujer sirve en la casa desde su juventud, y que la reputación de Huber Kingery
por lo que se refiere a las damas es bastante mala. Pudo haber oído lo que decía
Frawley en la mesa esa noche, acerca de guardar un secreto, del que ignoramos
la naturaleza, el objeto. ¿No le parece verosímil todo esto?
—En teoría, es posible. Pero yo sé que nadie salió por aquella puerta.
—¡Oh, señorita Keate! ¿Puede usted jurar que una sombra furtiva no se
deslizó rápida, silenciosa, ante sus propios ojos y los de Paggi, cuando ustedes
dos miraban sorprendidos y alarmados? ¿No pudieron salir muy de prisa y
ocultarse... qué sé yo... tal vez en el salón mismo, bajo el balcón, en la sombra, o
detrás del piano, o aun alcanzar la puerta para juntarse a los otros, un instante
después? No confío en el testimonio de nadie en situaciones semejantes.
Maquinalmente busqué mi tejido sobre mis rodillas, recordé que no lo
había traído, e hice un esfuerzo sobre mí misma.
—Ya ni sé qué pensar. Usted me ha confundido, voluntariamente, creo. Al
venir aquí mis ideas eran firmes, claras. Estaba segura de mí. Quisiera tejer;
pero he perdido una aguja, no sé dónde. No, le aseguro que nadie pasó por esa
puerta. Y nada me hará cambiar de opinión.
—Se olvida usted de Brunker. Es enojoso, señorita Keate.

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—¡Bah! Brunker no es más que... Brunker.


O’Leary se agitó en su lecho.
—Todo esto no impide que Frawley haya sido muerto, de un balazo en el
corazón, por alguien. Pronto intentará usted probarme que nadie lo ha hecho.
—¡Si pudiésemos admitir el suicidio! —exclamé.
—Sería muy cómodo, en efecto. ¿Tiene otras preguntas que hacerme? Me
pareció hace un momento que se disponía usted a formularme toda una serie.
—¿A quién pertenecen las manos que se nos aparecieron en la ventana, la
noche del crimen? ¿Sobre quién tiré yo? ¿Quién robó la peluca? ¿Por qué?
¿Quién la dejó debajo del almohadón, donde la encontré? ¿De quién era la
mano que anduvo buscando bajo mi almohada? ¿Quién llevó la peluca y tuvo
el... el...
—¿El estómago? —aventuró O’Leary.
—... el coraje —dije precipitadamente— de ponerla de nuevo en la cabeza
del muerto, y de tomarse el trabajo de anudar otra vez el pañuelo? ¿Quién
envenenó al perro? ¿Por qué? ¿Cuándo? Y...
—Espere, espere, señorita Keate. Una pregunta por vez, haga el favor. No
sé quién tomó la peluca. Pienso, únicamente, que aquel que la robó tenía
vivísimo deseo de conocer el número de la caja de hierro, y esperaba, a falta de
otro recurso, que Frawley lo hubiera ocultado en su postizo. La probabilidad
era débil, pero valía la pena ensayar. No concedo mucha importancia a ese
incidente. Lo mismo que a la desaparición de la peluca de debajo de su
almohada. Estoy convencido de que fue su enferma quien se apoderó del
objeto, decidiendo después muy lógicamente que lo mejor era ponerla otra vez
en el lugar para el que primitivamente había sido destinada, vale decir, en la
cabeza del que fuera su propietario. Bien capaz es de haberlo hecho, pues no
carece de... (abrió una pausa exasperante) de coraje. Fíjese bien, señorita Keate.
Vigílela. Se desplaza con una facilidad notable. No tenga gran confianza en ella.
—¿Acecharla? ¿Y cómo?
—Dios mío, lo ignoro. Pero usted posee imaginación. Arrégleselas, y
póngame al corriente del resultado. No me pregunte por qué pienso que fue ella
quien introdujo la mano debajo de su almohada. ¿Quién pudo fatigarse con tan
sencilla acción como la de penetrar subrepticiamente en su pieza —y ella
permanece hace cinco años en su silla o en su lecho sin moverse— al punto de
ponérsele la mano húmeda de sudor? He ahí por qué esa mano estaba a la vez
tibia y mojada.
—¡Oh! —exclamé en voz baja, y añadí en seguida—: ¡Sí, sí! ¡Eso es! Lo que
yo pensaba (orgullo profesional: ¡qué de mentiras nos obligas a cometer!)
—Esto por lo que toca a la peluca. Pasemos ahora al perro. Fue envenenado
alrededor de una hora después de nuestra pequeña conferencia en la cocina.
¿Recuerda usted que el animal se había quedado en el “hall”, esa noche? El que
quiso matarlo, estimó que el momento era propicio para desembarazarse del
ovejero. Un perro que puede ladrar o gruñir en cualquier instante, debe

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Mignon G. Eberhart Lance O’Leary investiga

importunar considerablemente a un asesino. Es posible que ese pobre animal


haya molestado al culpable en sus movimientos, en una primera tentativa de
hacer desaparecer el cuerpo, por ejemplo. Es imposible, por otra parte, saber
quién robó el veneno en el “office”. Todos, el que más o el que menos,
anduvieron por ese lado, el día de nuestra llegada. ¿Tiene usted otra pregunta
que dirigirme?
—Varias. Toda clase de...
—¡Chito! ¡Chito!
O’Leary había alzado la mano, y con los ojos clavados en la puerta que
daba al cuarto de baño que separaba su pieza de la de Paggi, escuchaba con
extrema atención. Y, en el silencio, la puerta se movió, yo lo hubiera jurado,
imperceptiblemente. A una señal, me levanté suavemente, hice girar sin ruido
el picaporte y empujé la puerta con violencia. El cuarto de baño estaba vacío. La
puerta que comunicaba con la habitación de Paggi se cerraba en el mismo
instante.
O’Leary se había sentado en su lecho. También alcanzó a ver.
Volví a cerrar.
Frunció ligeramente el ceño.
—El señor Paggi es curioso —dijo con dulzura—. Me pregunto si...
Un golpe aplicado a la puerta que se abría sobre la galería lo interrumpió.
Fui a abrir. Era Brunker, en su librea, con sábanas y servilletas bajo el brazo.
—¿Puedo llevarme la bandeja, señor? —preguntó con su voz sin expresión.
—Sí —dijo O’Leary, con una sequedad que no era habitual en él cuando le
hablaba a un sirviente—. ¿No estaba usted hace un momento en la pieza del
signor Paggi?
—¡Oh! No, señor. Vengo directamente de abajo. ¿Puedo cambiar sus
sábanas, señor? El señor podría sentarse en el sillón mientras hago la cama.
—Por cierto que no —dije con rigidez—. Vuelva a acostarse, O’Leary.
¡Asusta su palidez!
Y asiéndolo por los hombros, en el momento que se caía hacia adelante, lo
eché suavemente sobre la almohada. Mi valijín estaba encima de la mesa, donde
Brunker, creo, lo había puesto, después de haber ayudado a Killian a
transportar a O’Leary hasta su lecho. Tomé un frasquito de sales amoniacales y
lo pasé bajo las narices del herido, que me rechazó débilmente, asegurando que
no era él una mujercilla, y que las sales nunca habían hecho bien a nadie.
Brunker, de pie junto al lecho, miraba a un lado y a otro, y parecía
inspeccionarlo todo en detalle, con una cierta impertinencia, a lo que pude
juzgar.
—Brunker —dije, así que O’Leary comenzó a recobrar sus facultades—,
ayúdeme y cambie estas sábanas en un abrir y cerrar de ojos, sin molestar en lo
más mínimo al señor O’Leary.
—Sí, señorita.

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Mignon G. Eberhart Lance O’Leary investiga

Sin cuidarnos de los conatos de resistencia del herido, procedimos a dicha


operación. O’Leary emitió algunas apreciaciones poco halagadoras acerca de las
enfermeras en general, pero se hallaba demasiado débil para rebelarse
abiertamente.
—¿Le gusta a usted Hunting’s End? —le preguntó finalmente a Brunker.
Brunker ganó el lado del lecho opuesto al mío y sacudió con lentitud la
cabeza. Sus rasgos permanecieron sin expresión, inmóviles.
—No, señor. No me gusta.
—¿Y por qué?
—¡Oh! Porque no, señor. Porque no. ¿Meto las frazadas debajo, señorita?
—¿Por qué? —insistió O’Leary, en el momento en que respondía yo con un
signo de cabeza a Brunker.
—No es muy alegre, señor.
—¿Siempre acompañó usted a sus patrones, con Annette, cuando venían
acá?
—Sí, señor.
—Me dijo usted el otro día, creo, que está al servicio de los Kingery hace
bastante tiempo ya. ¿Quince años, verdad?
—Más o menos, señor.
—¿Cómo entró usted al servicio del difunto Huber Kingery?
—El señor Kingery había puesto un anuncio pidiendo un lacayo. Me
presenté, le parecí bien y me tomó. Desde entonces seguí en la casa. Como ya le
dije, señor.
—¿El señor Kingery era un buen patrón?
—Sí, señor. Ciertamente.
—¿Y le pagaba bien?
—Sí, señor.
—Debe usted contar a la fecha con sus buenos ahorrillos, ¿eh? ¡Cuidado!
¡Despacio! Me duele mucho la cabeza.
—Yo voy a colocar la almohada —dije—. Deme.
—Decía que debe usted poseer sólidas economías, Brunker —prosiguió
O’Leary.
—Pues no las tengo, señor —respondió Brunker, tristemente. Luego,
recobrando su impasibilidad, inquirió—: ¿Desea el señor alguna otra cosa?
—Por el momento, no.
Con un signo, O’Leary despidió al hombre, y en el instante en que la puerta
se cerraba suavemente, tuvo una sonrisa.
—Este mozo sabe sujetar su lengua, a falta de otras habilidades. Ayer, para
sacarle algunos informes acerca de la última cacería de los Kingery, empleé más
tiempo del que perdí con todos los otros, y nada me dijo que yo no supiera ya.
¡Así me lleve el diablo si Annette, y él mismo, no saben diez veces más de lo
que dicen!

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Mignon G. Eberhart Lance O’Leary investiga

Concluyó con un suspiro que más parecía un gemido, e hice entonces lo


que, ahora lo reconozco, no debí permitirme. El resultado final no varió por
ello, y sin embargo... Volví a tomar mi estuche, retiré un frasco conteniendo
sales de bromo muy poderosas, y le administré una dosis bastante fuerte,
diciéndole que era aspirina. No tuvo tiempo de notar la coloración azulada que
las pildoritas blancas dieron al agua del vaso; es que temía yo por ese entonces
que la herida de su cabeza fuera más grave de lo que suponía. Antes de
abandonar la pieza, experimenté la satisfacción de verlo adormecerse a
despecho de sus esfuerzos.
Fue entonces solamente cuando fijé la ventana en una posición tal que el
aire del cuarto pudiera renovarse sin que el ocupante corriera riesgo de helarse
hasta morir, eché el cerrojo a la puerta del cuarto de baño, me esforcé en cerrar
con llave, sin lograrlo, el de la galería, y que, finalmente, partí. Hallé a los otros
diseminados por el hall. Paggi y Elena estaban en el piano, Elena ejecutando
con mano ligera unos ejercicios variados que su marido seguía con la voz,
cerrada la boca, pero con una precisión sorprendente. Era singular comprobar
que el único caso en que Elena y Paggi parecían verdaderamente unidos, era
cuando ambos estaban juntos en el piano; Elena acompañaba con un arte
consumado y Jo revelaba entonces confianza en ella, semejando, en esos cortos
instantes, experimentar esa necesidad de abandono que es la dote, en exceso
rara, por desgracia, del matrimonio. Se los sentía entonces profundamente
unidos. Me pregunté en aquellos instantes, y me he vuelto a preguntar después,
si Jo Paggi abandonaría a Elena. Lo dudo, y, en caso de hacerlo, estoy
convencida que tornaría a ella para cantar. ¿No residía en esto último su vida
entera, después de todo? Lo demás, todo lo que, en apariencia, le interesaba, no
era sino un accesorio, y él lo ignoraba. ¡Cuán difícil es conocerse a sí mismo!
Cuando se lo consigue, generalmente es demasiado tarde. En fin, Elena y Paggi
se hallaban al piano; Lal Killian miraba la nieve, con dura expresión. Matil y
Annette conversaban en voz baja a la puerta de la cocina. La tía Lucy, en su
silla, se calentaba junto a una de las chimeneas, los ojos perdidos en las llamas.
Terice y Julián Barre jugaban al póker, a lo que creo. Sostenían algunas cartas en
sus manos, y lanzaban miradas ansiosas. Sobre la mesa, entre ambos, un
montoncito de monedas iba aumentando. Terice parecía de nuevo invadida por
la fiebre del juego, y chupaba nerviosamente el cigarrillo, que apretaba entre
sus labios. Matil despidió a Annette en el momento en que descendía yo la
escalera.
—No sé qué tendremos para el almuerzo —me dijo con una sonrisa forzada
—. La dificultad... Nos será preciso ponernos a “porridge” y agua antes del fin
de esta nieve.
—Y suerte todavía que dispongamos de agua a discreción. ¿Cómo se
explica su abundancia?
—Un depósito subterráneo ha sido construido en lo alto de la loma. Es una
suerte. Mi padre acostumbraba decir que un hombre podía hacerlo todo con

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Mignon G. Eberhart Lance O’Leary investiga

sopa y agua. —Una nube cruzó por su frente a aquel recuerdo, pero continuó al
punto—: La sopa no falta; sólo temo que no sea muy substanciosa. Bien quisiera
—bajó la voz y echó en derredor una mirada furtiva, como para asegurarse de
que no podían oírla— que dispusiésemos de un suplemento de leña, para el
fuego.
Mi corazón se oprimió. La situación se tornaba inquietante. Si la tempestad
continuaba... no, eso era imposible... pero si el tiempo, en todo caso, se mantenía
frío, de modo que la nieve no pudiera fundirse, pasarían largos días antes que
estuviéramos en condiciones de alcanzar la ciudad.
—Le he dicho a Brunker que economice. Elena ya se ha quejado del frío,
pero no le he dado ninguna explicación. Evidentemente, no hace calor aquí,
pero la provisión de leña es tan reducida ya...
—No se preocupe —le dije con una animación un poco forzada—. Esta
nieve no durará mucho más. Ha de cesar esta noche, o mañana temprano.
Estamos en noviembre, y el deshielo sobrevendrá en seguida. Nos iremos a la
ciudad. Por otra parte, el señor Morse ya debe encontrarse allí. Quizá haya
enviado ya socorros.
La joven hizo un gesto de desesperación.
—Es imposible. —Sus labios mostraron una conmovedora crispación—. Es
imposible, señorita Keate —repitió.
—¿No tiene usted, entonces, ninguna esperanza por ese lado?
—Ninguna. —Sus ojos estaban rojos, hinchados los párpados por las
lágrimas, pensé. Y, no obstante, no era de esas que lloran fácilmente.
Terice dejó escapar una carcajada. Paggi le lanzó una mirada hostil, y Barre
se levantó empujando hacia ella el montoncito de dinero. Vino hacia nosotros, y
me pareció más viejo a la despiadada luz de la mañana. Estaba, como siempre,
impecablemente vestido, y peinado con arte, pero sus ojos aparecían
profundamente hundidos. Su agotamiento era visible. Un temblor agitaba con
frecuencia la comisura de su boca. Procuraba vanamente disimularlo. Aquella
evidente prueba de fatiga nerviosa parecía embarazarlo mucho. Estaba
resfriado. Su enronquecida voz, su tos cavernosa y frecuente lo atestiguaban.
—Matil —dijo—, diez minutos bastaron a la tía Lucy para abrir brecha en
mis finanzas, y Terice me ha dejado definitivamente a secas. Hubiera querido
hablarle. ¿Qué pasa con Terice? ¿Carece verdaderamente de dinero? —Sacó de
su bolsillo un pañuelo bordado con un ancho monograma y se lo pasó
ligeramente por su frente, luego por los labios.
—Es terrible. ¿No puede usted, o uno de nosotros, prestarle una cierta
suma? Para ella, cada “cien” parece tener una importancia capital. Después de
todo, Terice ha sido... —Se detuvo bruscamente, como si hubiese estado a punto
de revelar un secreto de importancia.
—¿Quiere usted decir que le debo mi apoyo? —preguntó Matil, sin
preámbulos.

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Mignon G. Eberhart Lance O’Leary investiga

—No —replicó Barre con dureza—. Sea razonable, Matil. Jamás he pensado
en eso. No hay duda que todos le hemos prestado dinero, pero estimo que tiene
ella su orgullo. Prefiere jugar y arriesgarse, antes que mendigar. —Me arrojó
una mirada—. Curioso orgullo, chuscamente empleado —continuó en el tono
de quien desea cortar una discusión que no hubiera debido empezar.
Killian deambulaba ahora por el “hall”. Su cólera parecía calmada. Había
recobrado su expresión aburrida e indiferente. Los dejé.
Annette atizaba el fuego, cuando entré.
Se volvió hacia mí, hostil.
—¿Todavía usted? —dijo—. ¿Qué tienen todos ustedes hoy, para venir a
cada momento a la cocina? No dispongo de un instante de tranquilidad. ¿Por
qué no se quedan ustedes en su sitio? Es mi cocina, entiéndanlo, y no la de
ustedes. Dígaselo, si quiere, que me da lo mismo.
Desdeñé responderle, bebí un vaso de agua fresca y abandoné el lugar.
No volví a la cocina antes de las cinco de la tarde. Las horas se habían
deslizado lentas y monótonas. El almuerzo fue malo, compuesto en su mayor
parte de espárragos en conserva, plato que siempre he detestado. O’Leary
dormía. Apenas tenía fiebre, con gran alivio de mi parte. Los otros pasaron el
día en derredor del fuego, harto magro, aguardando. Pensándolo bien, el horror
de aquella estada en Hunting’s End consistió en eso: la espera, la espera sin fin,
sin objeto.
Tan pronto las sombras invadieron el balcón y los rincones del “hall”,
aquella ligera, ligerísima impresión, no de alegría, pero sí de alivio, que
habíamos experimentado por la mañana, desapareció súbitamente. Angustiosos
vacíos se habían producido en nuestras filas, vacíos que adquirían trágico
sentido a favor del frío y la penumbra. Frawley estaba muerto. Sus restos
lamentables yacían enterrados ahora en la nieve. Morse, ¿dónde se hallaría?
Arriba, O’Leary permanecía extendido sobre su lecho de dolor, escapando poco
a poco a la muerte. No, era decididamente imposible pensar en otra cosa, rehuir
aquel horror. A la mañana, nos habíamos dejado mecer por la esperanza,
habíamos creído en un próximo socorro. Pero comprendíamos ahora nuestra
presuntuosidad. Los helados soplos que nos hacían temblar, la nieve que seguía
cayendo —implacable—, los aullidos de la tempestad que azotaba los vidrios,
que se filtraban por todos los intersticios de la madera, el silbido del escaso
fuego, el silencio que todos observábamos, aquella espera angustiosa, punzante,
todo concurría a probar que no recibiríamos ayuda, que nadie acudiría en
nuestro socorro. El crimen estaba allí, siempre, amenazante. Fue entonces
cuando tuve la impresión clarísima, violenta, brutal, de que el cadáver de
Frawley había vuelto a la pieza, a nuestro lado. Mi boca se llenó de un sabor a
tierra, asqueante, espantoso. Sentí la muerte. La gusté.
El choque resultó tan violento, que me incorporé repentinamente,
temblando toda. Con pasos inseguros, fui a la puerta del cuarto del muerto, la
abrí sirviéndome de la mano y luego del pie, y miré. El lecho, por supuesto,

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Mignon G. Eberhart Lance O’Leary investiga

estaba vacío, y volví a mi sitio, sintiendo pesar sobre mí las asombradas


miradas de todos, que se volvieron con precipitación —salvo las de Matil—
cuando alcé la cabeza.
No me agrada permanecer inactiva, sobre todo cuando estoy inquieta o
preocupada. La tía Lucy había pronunciado apenas algunas palabras desde la
mañana, y no había reclamado mis servicios; se mantenía sumida en el más
completo mutismo, petrificada, tiesa en su silla, observando con obstinación los
vuelos de los patos que decoraban los paneles de las paredes.
La tensión general crecía, se hacía intolerable; cada cual parecía esperar
sabe Dios qué nuevo horror, —Dios o más bien, los genios maléficos—. Tenía yo
mucho apetito. No sirvieron té, olvido que motivó una palabra hiriente de
Elena, recogida por Paggi, y abrió una de aquellas tantas discusiones a las que
comenzaba a habituarme, y a las que no concedía ya más que una mediana
atención.
Cuando oí a Annette moverse en su cocina, abandoné mi sillón. Poseo un
don: sé preparar excelentes pastelillos secos, muy blancos por dentro, morenos
y apetitosos por fuera. Annette evitaba a todas luces preparar platos calientes,
y, por mi parte, comenzaba a apreciar la pureza de los alimentos, que me eran
ofrecidos. El matarratas continuaba sin encontrarse, y el perro, muy débil aun,
constituía la prueba viva, por fortuna, de su virulencia.
Annette, puesta al corriente, desaprobó con energía mi proyecto, y me
significó en términos precisos la orden de alejarme. Cuando esbocé ademán de
penetrar en el “office” se hizo casi belicosa.
—¡No entrará usted ahí! —Y con una vivacidad de que no hubiera creído
yo capaz a su enorme volumen, cruzados los brazos, me cerró el paso, el desafío
en la mirada, en la boca la injuria. Sus ojos azules, relucientes de cólera, se
achicharon hasta ser apenas dos finas rayitas. Estaba toda roja; apestaba a vino
—. ¡Cochina! —gritó.
La miré con repugnancia. Su delantal blanco parecía agitarse a la danzante
claridad del hogar.
Muy próxima al “office” se abría otra puerta, la de un amplio armario de
provisiones; pensé que tenía allí tantas probabilidades de encontrar harina
como en el “office”. Enderecé suavemente en aquella dirección. Annette dio un
paso y me aferró por la muñeca; la rechacé, libertándome. Trastabilló y fue a
dar contra la pared. Yo tenía la mano en el picaporte. La mujerona tornó a la
carga, y sentí en la cara su nauseabundo aliento. Tiré hacia mí de la puerta.
Las raquetas para la nieve salieron las primeras, y cayeron con estrépito.
Después una pesada masa se deslizó, se apoyó pesadamente en la puerta y
luego sobre mí, para desplomarse al fin en el suelo, inerte, con un ruido sordo.
La cabeza resonó al chocar contra las baldosas.
Annette lanzó un chillido. La llama de la bujía, sobre la mesa, crepitó, y
estuvo a punto de extinguirse.

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Mignon G. Eberhart Lance O’Leary investiga

Era Newell Morse. La luz lo iluminaba de lleno. Su cara estaba roja, casi
parduzca, los faldones de su abrigo, arremangados. El extremo embotado de mi
larga aguja de tejer brillaba sobre una oscura mancha, todavía húmeda, que
maculaba su pechera, encarnada al resplandor de las llamas.

CAPÍTULO XIV
UN TRONCO DE ÁRBOL

No recuerdo con mucha exactitud los instantes que siguieron a aquel


horrible descubrimiento. A menudo he intentado, sin éxito, hacer un llamado a
mi memoria. Debí en cierto modo perder el conocimiento. Tengo una vaga
reminiscencia de que Annette se puso a gritar, a lanzar gritos incoherentes de
los que nada comprendí. Voces y luces se mezclaron. Me veo únicamente muy
tiesa, helada de horror, rígida en mi blusa blanca, con el cadáver a mis pies.
Vuelvo a ver también a O’Leary, en su “robe de chambre”, gris y roja,
transponiendo la puerta.
Me hallé luego sentada junto al fuego, oyendo voces confusas,
exclamaciones cuyo sentido continuaba escapándoseme. Todos hablaban a la
vez, Terice, Elena, Paggi, Barre, Killian; Brunker mismo ponía una palabra aquí
y allá. Annette, siempre con delantal blanco, permanecía pegada a la puerta,
tartajeante. Matil estaba sentada muy derecha, la cara blanca como una cera y se
torcía las manos. La tía Lucy mascullaba fragmentos de frases, en tanto no se
apartaban sus ojos de aquella puerta, por la que había pasado Huber Kingery
muerto; después Gerald Frawley, muerto... y me acordé bruscamente que
Brunker y Lal Killian acababan de transportar el cadáver de Morse a aquella
habitación silenciosa y fría, para colocarlo sobre la cama.
Y en el instante en que Lal Killian decía con voz ahogada: “Esto fue hecho
cuando Newell iba a partir”, Lance O’Leary apareció, saliendo de la cocina; alta
sombra gris, la cabeza rodeada por una venda blanca, y se acercó a nosotros.
Estaba tan pálido como el lienzo que ceñía su frente. Se sentó con precaución,
apoyó sus codos en las rodillas y puso la cabeza entre las manos.
Nos callamos repentinamente. Sólo la vieja tía Lucy continuó:
—... en el cuarto de Huber —mascullaba—. En el cuarto de Huber. Es el
tercero, el cuarto cadáver en la pieza de Huber. Huber en primer lugar, luego
Gerald Frawley, y ahora Newell Morse.
Matil le hacía signos de callarse, pero la tía Lucy no pareció advertir el
suplicante gesto. Julián Barre, de pie detrás de Matil, parecía increíblemente
viejo y gastado; su diestra oprimía el respaldo de la silla de Matil, y un temblor

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Mignon G. Eberhart Lance O’Leary investiga

nervioso estremecía el ángulo de su boca. Jo Paggi, hundido en un profundo


sillón, las manos en los bolsillos, la cara congestionada, miraba a derecha e
izquierda sin cesar, muy de prisa. Elena, inclinada sobre uno de los brazos de su
asiento, respiraba con dificultad. Su pecho se alzaba y descendía
convulsivamente. Sus ojos aparecían extraviados. Con sus largos dedos
desgarraba un pañuelo de color. Estaba verde, del matiz de sus ojos; seguí con
la mirada un jirón que caía a tierra. Detrás de la silla de ruedas, Lal Killian, de
pie, estaba inmóvil, pálido y silencioso. Brunker, cuyas impasibles facciones no
revelaban miedo ni angustia, bajaba los párpados.
—En el mismo cuarto. Ahí fue donde lo encontré —murmuraba la tía Lucy
—. En el mismo sitio, en pijama, los pies desnudos; preparado para acostarse.
Yacía extendido cuan largo era sobre el piso...
—Tía, se lo suplico, cállese —sollozó Matil.
Los hundidos ojos de Lucy Kingery permanecieron fijos. Visiblemente, no
había oído las palabras que acababan de serle dirigidas. Julián Barre dio un
paso, pero Matil extendió la mano y él se detuvo.
—... exactamente en el mismo sitio, en pijama, con los pies desnudos,
preparado para acostarse. Una detonación, y lo encontramos moribundo,
atravesado el corazón de una bala.
O’Leary se levantó bruscamente. Ya no tenía aquel aire de atontamiento, de
turbación. Sus ojos brillaban, claros.
—¿Puede usted ayudarme un momento señorita Keate? —dijo—.
Desearía... Una enfermera está mejor preparada que nadie para...
Se interrumpió. Los otros se apartaron, abriéndonos paso. Al pasar
rozándola por su lado, noté que Annette me miraba desesperadamente con sus
ojos enrojecidos.
O’Leary cerraba ya detrás de nosotros la puerta de la habitación del
muerto. Una vez más, una sábana blanca cubría una forma rígida extendida
sobre el lecho. Pero O’Leary no siguió avanzando.
—Siéntese —me dijo—. Siéntese. No, sobre una silla no. Sobre el encerado.
Había perdido su arrebol, sus ojos eran límpidos; mas, aun así, por un
instante, me sentí tentada de tomarle la temperatura. Pero concluí obedeciendo
instintivamente su orden. Me senté en el suelo, que estaba helado. Una violenta
corriente de aire se deslizaba por debajo de la puerta.
—Pero, ¿por qué...? —comencé, mientras O’Leary, sin responder, volvía a
la puerta, se arrodillaba y tanteaba los troncos de árbol de que aquélla estaba
hecha.
—¡Chito!
Envuelto en su bata, calzado con pantuflas, su vendaje de través, ofrecía un
grotesco conjunto, del que hubiera yo reído en cualquier otra ocasión.
—¿Qué está haciendo? —le pregunté.
—¡Se callará usted! —me lanzó en voz baja. Se pasó la mano por los ojos—.
Escúcheme. Un hombre ha sido muerto aquí, de un balazo, disparado a quema

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Mignon G. Eberhart Lance O’Leary investiga

ropa, o poco menos. Nadie salió de este cuarto. Y, sin embargo, hubo un
asesinato. Señorita Keate, ¿qué solemos hacer en el momento de acostarnos?
Abrir la ventana, apagar la luz...
—... cerrar la puerta con llave o con cerrojo. Aquí se trata de un cerrojo.
¡Bueno, empújelo!
Se volvió hacia la puerta, construida de troncos, de clavos y de piezas de
ensambladura.
—Veamos, el cuerpo se hallaba acostado aquí mismo. Bajemos la cabeza,
señorita Keate.
Se apartó y corrió la tranca de madera con infinitas precauciones, milímetro
a milímetro.
Contuve la respiración. Miraba. A despecho de mi atención, no había
observado aquel agujero circular practicado en medio del tronco, y que el
cerrojo, al alzarse, iba descubriendo poco a poco, cuando O’Leary prosiguió con
voz contenida:
—¡Hola! ¡Aquí está! Un revólver se encuentra oculto en esta puerta. Si alzo
la tranca lo bastante alto para hacerla recaer en el sostén... ¡Espere!
Se inclinó, sosteniendo con un dedo que no temblaba el cerrojo a medias
levantado, y cuidando de mantenerse fuera del campo del arma. La excavación
tenía a lo sumo una media pulgada de ancho, y había sido tan hábilmente
practicada en una grieta de la madera, que nadie podía, levantando sin
precaución la tranca, advertirla y hacerse cargo del mortífero uso a que se la
destinara, antes que fuese demasiado tarde.
Comprendí todo eso más adelante. De momento, sólo me fue posible mirar
a O’Leary, aquella puerta, el cerrojo. Creía soñar. No hallaba nada qué decir, ni
qué preguntar; esperaba, estupefacta...
—El hilo del reóstato —murmuró O’Leary, con acento de triunfo—. He
aquí el uso lógico. Es bastante fino, y resistente a la vez. Está evidentemente
enrollado en el disparador, y cuando el cerrojo se eleva, acciona.
—Se calló un largo instante. Luego, con suavidad, dejó caer de nuevo la
tranca.
—¿Piensa usted —le dije recobrando al mismo tiempo el aliento y la voz—
que un revólver se encuentre disimulado en la puerta?
—Sí.
—¿En esta puerta?
—Sí.
Miré alternativamente a O’Leary y luego a los troncos de tan inofensivo
aspecto.
—¿Entre los leños?
—Sí.
Deglutí con esfuerzo mi saliva.
—¿Debajo... debajo de esa tranca?
—Claro. Pero, ¿qué tiene usted, señorita Keate? ¿A dónde va?

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Mignon G. Eberhart Lance O’Leary investiga

—Salgo de esta pieza —dije con toda la dignidad que me era posible
mostrar, avanzando, como lo hacía, en cuatro pies.
—Sí, pero espere un poco. No puede salir en esa postura. ¡Van a tomarla
por loca!
—Y quizá lo esté —declaré, turbada—. No me siento bien. Por otra parte,
también usted está sobre sus rodillas.
—Pues no veo inconveniente en incorporarme. —Se puso de pie, no sin
echar una inquieta mirada a la puerta—. La cosa consiste en no ponerse al
alcance del arma.
Por mi parte, me senté.
—¿Cómo conoce usted la orientación del revólver? Pudo deslizarse.
—Por eso no quiero cerrar la puerta. Es el único peligro. Tal vez debiera
retirar el revólver antes que haga una nueva víctima. No, voy a dejarlo. Me será
útil.
—Pero, ¿cómo está usted seguro de todo esto? ¿Cómo pudieron colocar ese
revólver? No veo más que un agujero redondo, minúsculo. ¿Cómo un revólver
cargado pudo entrar y...?
—¿Dónde tiene los ojos, señorita Keate? Voy a mostrarle...
—No —dije con energía—. ¡No toque ese cerrojo!
—¡Si no hay peligro! No haré más que levantarlo. Mire. ¿Observa que esta
sección de la madera fue cortada y reemplazada luego con cuidado? El tronco
continúa pareciendo a primera vista de una sola pieza. Espere... mi cuchillo está
en mi bolsillo, arriba. —Buscó con los ojos—. Revise en la valija de Frawley;
quizá encuentre unas tijeras para uñas.
Se las tendí, después de buscar un poco, a O’Leary. Experimentaba una
violenta repugnancia en tocar los objetos que contenía aquel bolsón; contenía
cepillos, una navaja de hoja plana, pasta dentífrica, y aquel que los había
colocado, que se disponía a usarlos... sentí un violento escalofrío, y
apartándome con cuidado, vigilé a O’Leary, ocupado en quitar la masilla que
cubría una imperceptible grieta.
—Retiro el hilo, ve usted, señorita Keate; fíjese el cuidado con que lo fijaron
a la cara posterior de la tranca. Ya está. Necesitaría un destornillador, o algún
objeto que hiciera las veces... —Le tendí la navaja de Frawley, que tomó tras
una corta vacilación—. Ahora, nos encontramos en perfecta seguridad. No
tengo más que levantar la tranca, desprendida del hilo, para poder hace que se
deslice la pieza de madera unida al tronco... ¡Vea!
Un agujero apareció ahora, practicado en la madera, suficiente para
contener un revólver de pequeño modelo: el acero despedía un brillo azulado;
el arma estaba sujeta normalmente a la puerta, en la dirección del que hubiera
de accionar el cerrojo. Me acerqué. Un delgado hilo envolvía el gatillo; el otro
extremo, desprendido por los cuidados de O’Leary, pendía, libre.
—¡Qué inteligencia! —murmuró O’Leary—. Si no hubieran atraído mi
atención ese aparato de radio fuera de uso y las repeticiones de la tía Lucy,

131
Mignon G. Eberhart Lance O’Leary investiga

insistiendo en la identidad de los dos crímenes... Ya no me queda más que


volver todo a su sitio. —Se calló, y después de un largo silencio sacó el revólver
de su escondrijo.
—Vea todavía, señorita Keate, las iniciales: es el arma de Huber Kingery.
Querían probablemente hacer creer en un suicidio... No, imposible, ése no es el
verdadero motivo; en caso de descubrirse el arma, las investigaciones hubieran
conducido a Huber Kingery, y no al asesino. Y he ahí por qué todo permaneció
en el sitio, cinco largos años. El matador corría más riesgo tornando a Hunting’s
End a buscar el arma, que dejándola aquí. Y comprendo también por qué la
puerta se abrió después de los disparos. Gira fácilmente sobre sus goznes. La
mano de Frawley, que caía herido en el corazón, dio a la puerta suficiente
impulso para que se abriese. Sí, no hay duda que todo ocurrió de este modo.
Estudiaba con cuidado el revólver, particularmente el almacén (lo llaman
tambor, creo). “¡Cuatro cartuchos aun!”, murmuró. Después de una corta
vacilación, hizo deslizar en la palma de la mano los largos cartuchos y se los
puso en el bolsillo. Volviendo luego a colocarlo, volvió a atar rápidamente, pero
con cuidado, el hilo al cerrojo, ajustó de nuevo la pieza de madera, y puso otra
vez con sorprendente habilidad la tranca en su sitio.
—Sencillo, muy sencillo —dijo—, y eficaz. He aquí algo que choca con la
uniformidad cotidiana.
—Muy bien —repliqué con cierta aspereza—. Pero, ¿quién lo hizo?
—No lo sé todavía —confesó lentamente O’Leary—. Sé, sin embargo,
cuándo fue hecho. El mismo día de la muerte de Huber Kingery.
—¿Cómo lo sabe? —repuse, escéptica.
—Esto no ha sido tocado desde que estamos aquí. Tampoco lo realizaron en
el curso de los últimos cinco años, pues, ¿con qué objeto? Nadie podía saber que
tras tan largo tiempo Matil invitaría a las mismas personas a Hunting’s End, ni
que Gerald Frawley, poseedor de un peligroso secreto, ocuparía esta pieza.
Afirmo, en fin, que fue preparado el día mismo de la muerte de Huber Kingery,
simplemente porque la trampa debió funcionar necesariamente desde que fue
instalada. La primera vez que Huber Kingery cerró su puerta con cerrojo, cayó
muerto. Aquel que preparó esta puerta ha debido hallarse a solas varias horas.
Habría que saber únicamente...
—Matil tenía un diario.
—¿Qué dice usted?
—Que tenía un diario de las cacerías de Hunting’s End.
—Es más de lo que yo esperaba. Si... Dígame, señorita Keate, ¿dijo ella eso
públicamente?
—Sí, en la mesa.
El rostro de O’Leary se ensombreció visiblemente, y repuso con gravedad:
—Me desagrada enterarme de eso. Debemos... debemos protegerla, señorita
Keate. Temo que se halle en peligro. ¿Ese diario está aquí? —continuó con
vivacidad.

132
Mignon G. Eberhart Lance O’Leary investiga

—No lo sé. Sencillamente, en el transcurso de una conversación, aseguró


haber tenido una relación de la última partida de caza. Pero no parecía siquiera
recordar dónde la había guardado.
—Formulemos votos por que pueda disponer yo de esos papeles aquí
mismo. Si se encuentran en Barrington, temo que no nos sean de ninguna
utilidad. ¿Podría rogarle a Matil que venga aquí mismo, unos minutos? Dígale
que quiero hablarle, dele una razón cualquiera, pero tráigamela.
No tuve necesidad de explicarme. Matil acudió al punto, y entramos en la
pieza del muerto, seguidas de las inquisitivas miradas de todos.
O’Leary no se perdió en circunloquios. Y yendo derecho al grano, habló en
estos términos:
—La señorita Keate me ha dicho que había redactado usted una relación de
su última reunión en Hunting’s End, y que habló de ello aquí mismo, en la
mesa. —Y como la joven asintiera, añadí—: ¿Tiene usted ese diario aquí, en
Hunting’s End?
Yo apenas me atrevía a respirar. O’Leary estaba emocionado.
—Sí —respondió Matil sin vacilación—. No es más que el diario de un
niño, lo que era yo entonces; una consignación cronológica de los
acontecimientos. Lo he traído aquí, porque, en mi pensamiento, no separo esa
última cacería de los últimos días de mi padre. ¿Desea verlo?
—Sí. Pero escúcheme bien; nadie debe verla que me lo da. ¿Es un libro
abultado?
—De ningún modo. Una simple libretilla, no mayor que mi mano. Yo tenía
entonces la edad de las “memorias”. Pero, tal como le he dicho, no se trata sino
de breves anotaciones, redactadas una a continuación de otra. “Elena y el signor
Paggi han cantado toda la velada. Mi padre y la baronesa hicieron un paseo.
Nos hemos levantado a las cuatro para cazar al despuntar el día.” Nada más.
—Es todo lo que deseo —dijo O’Leary, con los ojos brillantes y el vendaje
inclinado sobre la oreja—. ¿Puedo tenerlo inmediatamente? Escóndalo bien, en
todo caso. Que nadie la vea traerlo. Todos saben que posee usted ese diario, y
por más que soy yo el único que lleva aquí revólver, hay otras armas...
—¿Quiere usted decir que corro peligro? —inquirió Matil, irguiéndose,
relampagueantes los ojos.
—¡Mucho lo temo! Le aconsejaría, en verdad, que me lo entregue
públicamente, de manera que nadie ignore que ha salido de sus manos; por otra
parte, no deseo que el asesino pueda sospechar que está descubierto, o, más
bien, que sepa lo que he descubierto. Además, mientras simule usted no
atribuir la menor importancia a ese diario, estará en seguridad. Así que démelo
en secreto. Ocúltelo bajo sus ropas. ¿Se halla segura de tenerlo?
—Está en un bolsillo de mi bolso de “toilette”. Lo puse debajo del espejo.
Voy a traérselo.
Así que partió Matil, se volvió O’Leary hacia mí:

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—A usted debo el ir y venir por esta casa en tan incorrecta vestimenta.


Dormí la mayor parte del día con un sueño tan profundo, que mucho me
inclino a creer que me ha administrado usted una droga. Pero no importa.
Pronto hemos de saber quién mató a Huber Kingery y a Gerald Frawley.
—Esperémoslo —dije con un aire que quería mostrar indiferencia, cuando
el corazón me latía en realidad con gran violencia—. Pero... —agregué,
señalando la cama con el índice.
—¡Pobre Newell Morse! —dijo O’Leary contristado—. Marchó al encuentro
de la muerte por lealtad, por cumplir la última voluntad de Frawley. El canalla
que lo mató ha juzgado que tenía no pocas probabilidades de alcanzar
Nettleson, y de ahí, Barrington —y enterarse de lo que no debía saber— el
nombre del asesino. Sabía asimismo, que no estaría en seguridad mientras
viviera Morse. Espió, veló; vio a Morse tomar las raquetas para nieve, me quitó
de su camino golpeándome probablemente con un atizador, tomó la aguja suya
de tejer, tan peligrosa como una daga, y mató a Morse, seguramente por
sorpresa. Es evidente.
—Pero, ¿por qué no lo mató a usted también, cuando lo tuvo a su merced?
—¡Creyó haberlo hecho, sin duda!
—Habla usted siempre del “matador”. ¿Está seguro de que era un hombre?
—No, no estoy seguro de nada. ¡Ah!, aquí viene.
Era Matil. Sus mejillas ardían, su respiración era jadeante.
Traía las manos vacías.
—Se lo llevaron, ¿no es cierto? —preguntó O’Leary, sin dar a Matil tiempo
de pronunciar una palabra.
—Sí. Y sé quién me lo ha robado. Es Elena Paggi.
—¿Cómo lo sabe?
La joven alzó la mano, y con voz entrecortada dijo:
—Ignora usted probablemente que hemos pasado el día junto al fuego, en
el hall. Es el único sitio de la casa que está convenientemente caldeado. Desde
ahí se ven las idas y venidas de cada uno. Elena deseaba leer una revista que se
encontraba en mi pieza. Sin pedirme permiso, fue a tomarla. Volvió casi en
seguida con la revista en la mano. No se me ocurrió por entonces nada más.
—Elena Paggi —repitió lentamente O’Leary, como si el hecho tuviera una
importancia capital— que, por mi parte —no veía—, Elena Paggi. Y piensa
usted que ella tiene su diario.
—Así lo creo.
—Y fuera de esa señora, ¿nadie entró en su cuarto?
—No. Estoy segura. Hubo gente todo el día en el salón. Y nos vigilábamos
tan estrechamente unos a otros...
—¿Cuándo vio usted por última vez su diario?
—Estoy convencida que ha sido Elena quien lo tomó, señor O’Leary. Hablé
de él al mediodía, en el almuerzo. En seguida después fui a asegurarme de que
lo había traído efectivamente conmigo. Estaba en su sitio con el espejo.

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Realmente, señor O’Leary, no querría decepcionarlo. Soy de opinión que no


hallará usted nada que pueda servirle en ese diario, de estilo infantil. Muchas
jóvenes hay de diecisiete años, me parece, que hubieran escrito cosas lindísimas,
en vez de una seca enumeración. No es mi caso.
—¿Recuerda usted los hechos principales de sus “memorias”? ¿Podría, en
particular, informarme acerca del último día de su padre en Hunting’s End?
—¿El día... en que... lo mataron? Creo que salimos de cacería...
—¿Quiénes de ustedes? —inquirió severamente O’Leary.
—Casi todo el mundo. No me acuerdo exactamente. Mi padre, desde luego,
los invitados.
—¿Alguien se quedó en el pabellón?
—Me parece —dijo Matil lentamente.
—¿Quién?
—¡Oh! Lo he olvidado, señor O’Leary. Comprenderá que los detalles han
podido huir de mi memoria.
—¿Cree usted que sólo Elena Paggi, con excepción de toda otra persona,
haya entrado esta mañana en su pieza? —dijo O’Leary despaciosamente.
—Estoy segura. ¡Ah! Brunker trajo la ropa limpia. Pero, señor O’Leary, ¿qué
hacer por Newell Morse? He estado muy mal inspirada al venir a Hunting’s
End. Jamás hubiera debido remover este horrible asunto. Me parece como si el
crimen hubiese entrado aquí con nosotros, como si nos aguardara —su voz se
quebró, la agitó un temblor nervioso; pasé mi brazo en derredor de su cintura, y
permaneció ella un instante contra mí, la cabeza sobre mi hombro. Después se
enderezó y se atiesó—. Me vuelvo al lado del fuego —dijo—. Tengo frío. ¿Desea
hacerme alguna otra pregunta?
—No —dijo O’Leary, con aire extrañamente satisfecho—. Le agradezco,
señorita Matil. Pobre Morse —agregó, cuando la puerta se hubo cerrado—. Se lo
había prevenido. Si me hubiese escuchado, a la fecha estaría aún vivo. Me
esforcé por salvarlo. ¿Recuerda usted, señorita Keate, dónde perdió su aguja de
tejer?
—No tengo la menor idea. ¡Cuántas veces me había desollado los dedos y
las manos, y deseado agujas de marfil o de carey!
—No importa. Cualquiera pudo hallarla, aquí o allí.
—Se sirvieron de ella con verdadera maestría. ¡Qué bonito golpe! ¿Qué le
pasa, señorita Keate?
—¡Cállese! —suspiré—. Era mi aguja de tejer, compréndalo. He visto a
menudo la sangre, he asistido a muchas operaciones, pero... esto es muy
diferente. Creo —añadí—, creo que voy a sentirme mal —dije rápidamente,
castañeteando los dientes.
—No, no. Tiene usted frío. Eso es todo. Vamos a volver junto al fuego.
Pero... ¿se da cuenta que esta vez nadie dispone de coartada, ni siquiera usted?
Abrió la puerta y lo seguí.

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Era rigurosamente exacto. Nadie disponía de coartada. Nadie. Ni yo


misma.

CAPÍTULO XV
LA ARAÑA CAE EN SUS REDES

Todos estaban sentados en círculo al lado del débil fuego. Annette había
cesado de chapurrear el francés. Julián Barre se hallaba en la ventana, sus ojos
malhumorados puestos en la oscuridad. Lal Killian se había sentado. Nadie
hacía un movimiento. Terice fumaba con rabia. Brunker continuaba en el fondo
del salón, inmóvil como una estatua. Elena debió llorar: sus párpados, su nariz,
estaban rojos. Se apoyaba pesadamente sobre Paggi, que parecía no haberse
movido desde hacía horas. La tía Lucy seguía siempre tan tiesa en su silla.
A decir verdad, experimenté cierta sorpresa cuando O’Leary comenzó a
interrogar acerca de las circunstancias de la muerte de Newell Morse como lo
hiciera en el caso de Gerald Frawley... y con menos éxito. Me parecía evidente
que Morse había recibido la muerte de la mano que asesinara a Frawley, y quizá
a Huber Kingery, y por los mismos motivos. La solución de cualquiera de
aquellos crímenes aparejaría, en mi sentir, la de los restantes. En fin, sea como
fuese, el hecho es que nos interrogó largamente, por más que, en mi opinión,
supiese mucho más que nosotros al respecto. Lo horrible, lo espantoso, era que
el asesino se ocultaba en nuestro mismo grupo. A la verdad que nadie podía
considerarse seguro, y que nadie sabía de qué modo protegerse.
La actitud de Annette, negándose a dejarme abrir el “office”, y luego el
armario, me había chocado, y no lo oculté así que me llegó mi turno. Era penoso
revivir, describir aquellos pavorosos momentos pasados en la vasta cocina llena
de sombra, hablar de aquella puerta, de los zapatos para la nieve, de aquella
masa rodando por tierra. Lo conseguí, sin embargo. Annette masculló sin
descanso todo el tiempo que hablé. Cuando me detuve, O’Leary se volvió
bruscamente hacia ella.
—¿Por qué razón quiso usted impedir a la señorita Keate que abriese la
puerta de la alacena?
—La detesto, a esa “nurse” —respondió gesticulando—. No tenía nada que
hacer en mi cocina.
—¿Desde cuándo sabía usted que el cadáver del señor Morse estaba en el
armario?
Annette extendió violentamente las manos hacia adelante y enarcó las cejas
por encima de sus redondos ojillos.

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Mignon G. Eberhart Lance O’Leary investiga

—Jamás lo supe. ¡Jamás! ¡Sólo quería que la “nurse” me dejara tranquila!


—¿Pretende usted hacerme creer que no ha abierto ese armario en todo el
día?
—Sí, eso es. ¿Por qué habría de abrirlo? No hay nada dentro, salvo caviar,
avena, un poco de harina, quizá. No se puede preparar una comida con eso.
Se empecinó en sus negativas. No sabía nada del muerto alojado en aquella
alacena, nada había oído la noche precedente; era inocente como un chiquillo
recién nacido. Observó solamente —mirando de mi lado— que el señor Morse
había sido muerto con una aguja de tejer. ¿Quién había poseído agujas de tejer?
Y todos eran inocentes; lo más curioso venía a ser que todos por igual
negaban su relación con el suceso, y protestaban con tan aparente sinceridad,
que no pude menos de impresionarme. Sin embargo, alguien había asesinado a
Newell Morse. Y yo pensaba que el asesino era igualmente el agresor de
O’Leary. Fue entonces, me parece, cuando O’Leary comenzó a estudiar el
estado en que fuera él mismo hallado por Brunker. Trajo éste un atizador
recogido junto al herido. Julián Barre y Lal Killian confirmaron las
declaraciones de Brunker. O’Leary miró con curiosidad aquel hierro que
estuviera a punto de partirle la cabeza, antes de ordenarle al criado que lo
pusiera otra vez cerca del fuego. Brunker había encontrado a O’Leary, y
llamado al punto a Julián Barre, y, por indicación de este último, a la “nurse”.
Ahí se detenía la deposición.
—Vea, O’Leary —dijo al fin Julián Barre—, Annette y Brunker podrían
prepararnos una ligera colación, y avivar el fuego. Estaremos menos nerviosos
cuando hayamos bebido y comido. Esta nueva prueba...
—Tiene usted razón, Julián —apoyó la tía Lucy de manera tan repentina y
violenta que nos hizo sobresaltar—. Tiene usted razón, como siempre. ¡Annette!
¡La comida!
—¡La comida! —estalló Annette—. ¡No hay comida, señora!
—Vamos, vamos, Annette —intervino Matil con lasitud—. Prepare lo que
pueda. No nos moriremos mientras tengamos caviar, puré de avena y harina. —
Así diciendo, sonrió, y Elena se incorporó furibunda.
—No poseemos su energía, Matil —dijo—. Nos ha obligado usted a
seguirla aquí para después matarnos de hambre. Yo —y su cólera cedió sitio al
fastidio—, tengo hambre —y se puso a llorar.
—Elena, eres una estúpida —dijo con la mayor sangre fría Jo Paggi—.
¡Cállate! ¡Acaba con tus lamentos!
Y Terice sonrió maliciosamente.
—Careces de valor, Elena —dijo—. Aquí tienes una buena ocasión para
recuperar tu línea.
Se esperó la comida en el más profundo silencio. O’Leary ganó su cuarto y
reapareció, con su traje gris, predilecto, el vendaje rehecho.
Era normal, supongo, que, aquel último crimen hiciese desaparecer,
definitivamente, los últimos convencionalismos mundanos. Jamás había visto

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Mignon G. Eberhart Lance O’Leary investiga

antes, y tampoco he vuelto a ver después, hombres y mujeres en el estado


primitivo, en el estado natural, toda educación abolida, y confesaré que espero
no verlo. La hipocresía social, las pequeñas costumbres, la buena apariencia,
todo, había desaparecido, y el espectáculo no era grato.
La comida se resintió. Hacía un frío horrible. Las mujeres se habían
envuelto en mantas. Yo eché mi abrigo azul sobre mis hombros. La tía Lucy se
atavió, si cabe el término, con un chal gris, feísimo. Matil, Terice y Elena
llevaban pieles. Elena ofrecía el aspecto de un oso pardo. El abrigo de Terice,
gastado, acusaba la miseria. Todo era malo. Cada plato venía acompañado de
una humeante sopera de “porridge” que detesto. La más extraña fantasía
reinaba. Las aceitunas, los encurtidos y el queso se hacían compañía; no parecía
sino que Annette hubiera registrado el fondo de todos los cajones, mezclado
todos los restos. Bajo la influencia de semejantes manjares, la tía Lucy se volvió
tan insoportable, que ante los implorantes ojos de Matil, me levanté, empuñé el
respaldo de la silla de ruedas y la alejé con su ocupante, hasta situarla a
distancia de la mesa, cerca del fuego. La anciana, tras un acceso de muda cólera,
recobró su buen humor, cuando O’Leary se nos reunió, con el café en la mano.
Aquella atención la conmovió en grado tal, que probó la bebida ruidosamente,
antes que hubiese tenido yo tiempo de dar las gracias a O’Leary y rogarle que
se sentara.
Pero si éste había esperado hablar con la tía Lucy aprovechando que se
hallaba de un humor comunicativo, debió sufrir una decepción, pues no
tardaron los otros en venir a juntársenos.
Y los minutos, las horas, transcurrieron en un profundo silencio, un silencio
extraño, voluntario, meditado, en el que cada soplo, cada suspiro, cada
movimiento, cada gesto, habría de cobrar desmesurada significación. Me parece
que pasamos una eternidad al lado de aquel fuego. La nieve martillaba sin
término los vidrios, el viento rugía en la chimenea, el perro iba y venía,
inquieto, con pasos cautelosos. Sobre la piedra del hogar aparecían aquellas
inexorables palabras: “No hay buena cacería que no tenga fin.”
O’Leary miraba el fuego, sin verlo. Paggi se doblaba en su silla. Su pechera
se arqueaba, tocando casi su cuidado mentón. Toda animación parecía haberlo
abandonado. Sus ojos giraban con inquietud. Jericó, lento y débil siempre,
acababa, creo que por tercera vez, de dar la vuelta a la mesa, cuando la tía Lucy
se volvió súbitamente hacia mí y me lanzó un: “¡Soda!”, con su dulzura
ordinaria. Me levanté y gané la cocina. Annette y Brunker debían encontrarse
allí, por más que no se oyese ningún ruido, ningún choque de vajilla. Bajo la
presión de mi mano, la puerta se abrió silenciosamente, sin chirriar. La cocina
aparecía sumida en una semi oscuridad. El fuego despedía roja claridad.
Annette y Brunker estaban sentados a la mesa y comían. Pude distinguir las
toscas facciones de Brunker, la ancha espalda de Annette y sus cabellos grises.
Entre dos bocados, murmuró algunas palabras, que no comprendí. Sólo la
respuesta de Brunker, me llegó, distinta.

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Mignon G. Eberhart Lance O’Leary investiga

—Hizo usted una tontería —dijo— cuando quiso impedirle a la “nurse”


que fuera al “office”. Si le hubiera dejado abrir esa puerta, no habría abierto la
del armario. Me serviré más habas.
Había percibido yo el aroma, que flotaba. Miré por encima del hombro de
Annette. Vi una cazuela de habas, bañadas en salsa de tomate. Annette debió
abrir alguna provisión, que guardara para sí y para su comensal. Detesto
habitualmente las habas, por haberlas tenido que consumir a menudo durante
los sombríos días de 1918. Pero se me hizo agua la boca.
—¡No me salga con ésas! —replicó Annette, desapacible. Su fornida mano
se abatió sobre una botella, de la que se sirvió un vaso repleto, y que volvió a
depositar con ruido encima de la mesa—. Usted tiene sus cosas. No soy ciega,
señor Brunker. Sé mucho más de lo que usted cree.
Los párpados de Brunker guiñaron con una rapidez increíble.
—¿Y qué sabe usted? —inquirió con bastante suavidad. Comió un enorme
bocado de habas y repitió con la boca llena—: ¿Qué sabe, a fin de cuentas?
Annette dejó oír una risilla burlona.
—Más de lo que se imagina —repuso. E inclinando sus robustos hombros
hacia Brunker, cuyos ojos sin pestañear la observaban con atención, añadió—:
Sé, por ejemplo, por qué se ha quedado usted al servicio de los Kingery; por qué
no ha partido. ¡Sí, lo sé!
A mis espaldas, la puerta se abrió de nuevo, con ruido esta vez. Jo Paggi
estaba a mi lado. Brunker se incorporó a medias y Annette torció el cuerpo para
mirar por encima de su hombro. Debieron pensar que yo había entrado con
Paggi, porque no mostraron ninguna confusión.
Paggi avanzó hacia la mesa, tendida la nariz, husmeando. Sus ojos
brillaron, clavados en el plato de habas.
—Lo sospechaba —dijo—. Había olido las habas y la salsa de tomate.
Adelantó una silla. Brunker se levantó y se halló Paggi con un plato en una
mano y un tenedor en la otra. No separaba los ojos de las habas.
—Salsa de tomate —murmuró, casi con ternura—. Annette, sé que tiene
usted aquí ajo. ¿No es cierto? ¡Muy bien! Vamos, hija, corte un diente en
rebanadas, en rebanadas finas, vea, así —indicaba la punta de la uña—. Hágalas
freír en manteca. ¡Apúrese! Me muero de hambre.
Annette no estaba más que otra cualquiera al abrigo del magnetismo de
Paggi. Obedeció, se dio prisa, cuchillo primero, después sartén en mano. En
menos tiempo del que cuesta referirlo, vertía una odorífica pasta en la salsa de
tomates. Me acerqué a la mesa. El plato era apetitoso. Di otro paso.
—Venga, señorita Keate —dijo Paggi, volviéndose con una risa.
Sus blancos dientes relucían; me ayudó con una vivacidad inaudita. Me
encontré, sin saber cómo, sentada entre Annette y Brunker, frente a Paggi,
comiendo habas con avidez.
Aquel plato debió hipnotizarme. Fue, ciertamente, la situación más extraña
en que me haya visto en el curso de aquellos días en Hunting’s End. Vuelvo a

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Mignon G. Eberhart Lance O’Leary investiga

contemplarme en aquella mesa de cocina, sentada al lado de la cocinera.


Annette estaba carmesí, y su labio inferior pendía; por momentos, canturreaba.
A mi derecha, Brunker, frío, silencioso, miraba obstinadamente su plato. A mi
frente, José Paggi, vivaz, alegre, brillantes los ojos, bromeaba.
La lámpara iluminaba mi uniforme blanco almidonado, el gato que dormía
hecho un ovillo en el suelo, los negros cabellos de Paggi, el vaso de vino
colocado delante de Annette, la puerta de troncos que se abría sobre la
despensa.
Así que hube tragado el último bocado, y comprobé con pesar que la
cazuela estaba vacía, me eché hacia atrás contra el respaldo de mi silla. Un
silencio descendió, y sentí la incorrección cometida. Y fue también en ese
instante cuando volvieron a mi memoria las palabras de O’Leary: “Nadie puede
invocar una coartada.”
Nadie. Ni Paggi, ni Brunker, ni Annette. Ni aun la tía Lucy, que continuaría
esperando su “soda”.
Paggi se echó a su turno hacia atrás, con un suspiro de satisfacción. Annette
le sonrió, vertió vino en los vasos. Brunker se levantó y comenzó a alzar la
mesa.
—Si Elena se enterase de esto me mataría, creo —observó Jo Paggi. Me
dirigió una sonrisa, dio las gracias a Annette, y tomó su vaso en su ancha mano
morena—. A su salud, señora —dijo, sonriendo, a la cocinera, que inclinó
coquetamente un vasto hombro y se echó atrás con la mano algunos cabellos
grises, gestos sorprendentes de su parte, mas, que, cosa extraña, no parecieron
ridículos. Una mirada de inteligencia se cambió entre ella y Paggi. Depositó él
su vaso vacío, lanzó un nuevo suspiro y repitió—: Sí, si Elena supiese esto me
mataría. Grita de hambre. ¡Que no tenga tan fino olfato como yo! —Arrojó una
mirada de pesadumbre al plato vacío, rebañó un resto de salsa, se lamió el dedo
y me miró.
—¿Qué le pasa, señorita Keate?
—Me preguntaba solamente por qué mintió usted acerca de los ruidos de
pasos en la galería, la noche de la muerte de Frawley —le arrojé bruscamente.
Frunció el ceño.
—¿Mentir? ¡Me acusa usted de mentir! ¡Yo, José Paggi! —Luego,
calmándose en seguida, hizo un gestillo de indiferencia, esbozó una mueca
burlona y rio—. A fe, sí, he mentido, señorita Keate. Agradézcale al cielo el que
no pueda afligirla una mujer celosa. —Vació su vaso, que Annette acababa de
llenar, y tornó a ponerlo sobre la mesa, con un ruido seco—. ¡Elena es una gata!
Una gata gorda y fea —y tendió su vaso a Annette.
—Pero, ¿y lo de la galería? —insistí.
—¡Ah!, sí, la galería... Elena estaba allí. Me espiaba. Me vigila, ¿sabe usted?
Es bastante humillante, ¿no? ¿Debía decirlo y cubrirme de ridículo? ¡Jamás!

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Mignon G. Eberhart Lance O’Leary investiga

Brunker se llevó el plato de Paggi. Annette cantó: La, la, la, la, la, y se
balanceaba al compás de sus pesadas caderas. Jo Paggi volvió a alzar
bruscamente la cabeza.
—No, así no —dijo—. Se equivoca; mire.
Y con voz de tenor, continuó la canción durante algunos compases, hasta
que Annette se unió a él. Me levanté.
Cuando se callaron, proseguí:
—¿Qué hacía usted en el salón esa noche?
—Hablaba con usted —rio y agregó—: Y le daba un poco de trabajo a Elena
—un vaso todavía, Annette.
—Pero, ¿por qué estaba usted incómodo, tan nervioso, cuando se hallaba
junto al fuego? —insistí, sin parar mientes en los dictados de la corrección.
Se encogió de hombros.
—¿Quién no se habría puesto nervioso? Me miraba usted como un gato a
un ratón.
Salí, dejándolos que cantasen.
Mas, olvidaba la “soda” de la tía Lucy, y tuve que volver sobre mis pasos.
Brunker me miró mientras revolvía el agua. En la mesa, la conversación
continuaba en voz alta ahora.
—¡Annette!
Matil estaba en el umbral, severa la mirada.
Paggi se volvió, interrumpiendo la canción que había comenzado. Dio
algunos pasos.
—Matil, tiene usted una cocinera extraordinaria. Cuando nos casemos,
consérvela; en el mismo Paraíso...
—¡Jo!
Elena empujaba a Matil, el brazo extendido, crispados los dedos hacia
Paggi, que retrocedió. Antes que pudiera alcanzarlo, Killian surgió a su lado y
la inmovilizó. Luchó ella algunos segundos, fulgurantes los ojos de cólera, pero
se entregó a los brazos que la sujetaban y comenzó a llorar ruidosamente,
profiriendo palabras entrecortadas a las que su marido no concedía ninguna
atención. Se enjugaba éste la frente, dirigiendo ansiosas miradas a Matil y a
Annette, que reculó lentamente, tomó al gato en sus brazos y se puso a
acariciarlo. El animalejo arqueó el lomo y comenzó a ronronear. Elena
continuaba llorando. Matil la observaba abandonada a los brazos de Killian,
medía a Annette, roja de despecho, y a Paggi, sudoroso y avergonzado.
Después se volvió bruscamente y la puerta golpeó tras ella. La seguí. Tengo la
impresión de que Killian quiso hacer otro tanto, pero Elena se colgó a él.
En el momento en que entraba yo en el salón, Lance O’Leary descendía la
escalera. Me retuvo. La tía Lucy parecía haber olvidado su “soda”, y miraba,
con aire atontado, el ángulo opuesto del hall. Nadie podía oírnos.
—He buscado el “diario” de Matil —me sopló—. En todos los cuartos de
arriba. Elena ha debido esconderlo. Le he preguntado, y me ha jurado que no lo

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Mignon G. Eberhart Lance O’Leary investiga

tomó. Pero se asustó. Sin duda lo lleva consigo, y le ruego que me ayude,
señorita. A propósito, ¿hasta qué punto estima usted que se halle bajo el
dominio de Paggi?
Puse mi taza sobre una mesilla rústica.
—Está loca por él —respondí—. Padece unos celos absurdos. Acaba él de
confesarme que estaba ella en la galería, la noche del asesinato de Frawley, para
espiarlo a Paggi. Me ha dicho que era “una gata gorda y celosa”.
—Muy elegante —comentó O’Leary.
—Me parece que haría todo cuanto su marido le ordenase.
—¿Todo? —insistió O’Leary con voz suave.
Vacilé antes de contestar.
—Tiene un miedo enfermizo de perderlo —declaré por último—. En cuanto
a Paggi, es innegable que posee mucho atractivo.
O’Leary me arrojó una mirada ansiosa.
—Querida Sarah —dijo—, creo mi deber prevenirla de que corre usted al
encuentro de una grave desilusión. Paggi no es...
—Paggi me deja indiferente —repliqué con calor—. Me limito a decirle a
usted que es un hombre que agrada a las mujeres. ¡No hablo de mí! Creo estar
en una edad... —La mirada de O’Leary se hizo burlona—. Supongo que tendrá
usted objetos de preocupación más graves —corté.
—Así es. Pero admita al menos que Paggi y usted formarían una pareja
irresistible —sonrió de nuevo y echó una ojeada en derredor—. ¿Dónde está
Matil? —inquirió bruscamente—. Está... ¡Ah! ¡Hela ahí! Todo va bien. Tengo
que trabajar —pareció escuchar y miró por la ventana—: No creo aventurarme
demasiado afirmando que la nieve va a cesar durante la noche, o mañana
temprano. Tengo mucho que hacer antes de eso.
—Mucho que hacer —repetí sin comprender.
—Sí —dijo gravemente—. Cuando la nieve haya cesado, será el momento
de partir, de ir a la ciudad en busca de socorro. Como le decía esta mañana,
señorita Keate, sólo Dios puede ayudarnos, si no llego a tiempo. Hasta ahora la
nieve nos ha protegido, en cierto modo. En primer lugar, he de enterarme, por
medio de Terice, quién robó el cuerpo de Gerald Frawley. Después...
—¿Lo sabe ella? Dijo que nadie había entrado en el cuarto.
O’Leary mostró un gesto de exasperación.
—¡Naturalmente! Lo dijo. Inclusive lo declaró sin que yo se lo hubiese
preguntado. ¿Y por qué habría de adelantarse, si no hubiese sabido nada? Tiene
miedo de hablar, o es cómplice, una de dos. Tengo también que averiguar de
Matil por qué se comprometió en matrimonio con Frawley; es para mí un
enigma. Le suplico, señorita Keate, que no pierda de vista a Matil. Ya la he
prevenido, todo lo bien, lo explícitamente, que he podido. Porque... temo que se
halle en un grave peligro, y no me es posible andar siempre pegado a sus
talones.

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Mignon G. Eberhart Lance O’Leary investiga

Arrojé una mirada a Matil. Estaba de pie junto a la silla de Barre. Había
apoyado su mano en el hombro de éste, y le sonreía dulcemente. Julián Barre
nos vio. Se levantó con la elasticidad de un joven, aproximó una silla a la suya,
y tomó suavemente a la joven por los hombros. Por un instante la pesada
cabellera negra se recortó contra su pecho. Inclinó él la cabeza. La pareja se
recostó hacia el rojizo fuego; lanzó después Terice una estridente carcajada y
pronunció algunas palabras que no comprendí. Un rumor llegó de la cocina,
cuya puerta se abrió. Elena y Lal Killian entraron. Paggi los seguía. Matil se
desasió y se sentó. Julián Barre sufrió un acceso de tos que hizo alzar la cabeza a
la tía Lucy, que paseó en derredor una mirada de asombro, guiñando los ojos.
Cuando volvía yo a asir el vaso de agua gaseosa, O’Leary me deslizó:
—No se olvide, señorita Keate; vigile bien.
Me dirigí hacia mi paciente.
No debía acordarse que me pidió de beber, lo cual no fue óbice para que se
arrojara sobre el vaso y lo vaciase de un trago, e hipara después pidiéndome un
sandwich.
—Voy a acostarme, si no les parece mal. Soy una mujer de edad y necesito
reposo. Me meteré en la cama, cerraré mis puertas y nadie vendrá a asesinarme.
No podrán ustedes llegar hasta mí.
Repitió la frase lentamente, mirándonos uno después de otro, con bastante
insolencia. Brunker, que acudiera al timbre de la campanilla, recibió las órdenes
de Matil con su acostumbrada impasibilidad y la anciana comenzó a
distanciarse del fuego. En aquel momento, O’Leary me lanzó una elocuente
mirada. ¡El sandwich! ¿Qué mejor razón para alejar aquella gruesa araña de su
tela?
Me censuré in petto mi irrespetuosidad, y seguí a la silla, que rodaba
silenciosamente sobre sus ruedas. Bruscamente, en el instante de transponer la
puerta de su pieza, que yo había abierto, la vieja me echó una mirada oblicua, y
con los ojos contó a los asistentes.
—Están todos ahí —dijo con una macabra ironía—. ¿Podemos entrar sin
peligro en mi cuarto, señorita Keate?
Habló muy alto, con intención. Matil se encogió de hombros y Terice lanzó
una venenosa mirada. Dirigí un vistazo a mi propia pieza y miré bajo las camas,
sintiendo pesar sobre mí la irónica mirada de Lucy Kingery. No había nadie,
naturalmente. Cerré herméticamente los postigos de las dos habitaciones.
—Todo eso es bien inútil —hizo notar la anciana con una risilla burlona—:
Matil, Julián, Paggi, Killian, Elena, están en el salón. Brunker y Annette en la
cocina. Frawley y el joven Morse, muertos. No hay nadie debajo del lecho.
—Prefiero asegurarme —repliqué—. Ya tengo suficiente de esta historia.
—Y sin embargo, no se encontraba usted cuando asesinaron a Huber —
observó Lucy Kingery—. Entonces sí que se hubiera podido poner nerviosa.
Pero él merecía la muerte. Ha robado a todo el mundo. Me ha robado. Por
testamento, dejó todo a su hija. Vea, tome mi collar. No, los pendientes no; nada

143
Mignon G. Eberhart Lance O’Leary investiga

más que el collar. No se olvide de envolverlo en un algodón antes de ponerlo en


el cofrecillo. Una piedra rayada pierde todo su valor. Únicamente el diamante
no se raya, y yo ya no los poseo —añadió con cierta sequedad—. No en la
actualidad.
Se calló con la misma brusquedad con que comenzara a hablar. La ayudaba
yo a entrar en el lecho cuando la cabeza de Brunker apareció en la puerta.
Recogí la bandeja de sus manos y la deposité sobre la mesa. Annette había
reservado algunas costras de queso, bizcochos y un viejo trozo de “pudding”.
Los ojos de la tía Lucy brillaron a la vista de la bandeja.
—Deme eso. Póngalo sobre la cama.
—Primero voy a llenarle sus porrones —dije con suavidad—. Este lecho es
una heladera.
Y tomando las dos bolsas de caucho, me escapé, volviendo a cerrar la
puerta en medio de las protestas de la vieja.
Una silla rústica estaba colocada junto a la pared. Me senté teniendo las
botellas sobre mis rodillas. Del otro lado de la puerta, la tía Lucy continuaba
rezongando. Su bastón negro estaba apoyado contra mi silla. Nadie me prestaba
atención. Killian miraba por la ventana. Terice y O’Leary se hallaban inclinados
sobre el receptor de radio, detrás del piano. Se alumbraban con una lámpara de
estaño. Los dorados rizos de Terice y el vendaje de O’Leary brillaban a su
claridad. Paggi, Elena, Barre y Killian contemplaban el danzar de las llamas, y
no decían nada. Elena tenía los ojos enrojecidos; profundos suspiros escapaban
de su pecho. Jo Paggi se mostraba taciturno. Toda su vivacidad había
desaparecido. Pero que uno de nosotros le hablase con jovialidad, y su boca
sonreía, sus blancos dientes resplandecían, sus verdes ojos recobraban su
movilidad, su magnetismo.
Sin pensar en nada, contemplaba yo a O’Leary y a Terice, que conversaban
en voz baja. Oía el murmullo de su conversación, que rompía el silencio
general. No debían ocuparse del aparato, pues vi de pronto que Terice se
llevaba a la garganta su mano cargada de anillos y desafiaba a O’Leary con la
mirada; se hacía éste más premioso; se encogió ella de hombros, echó una
ojeada en derredor, pareció vacilar y sacudió por último negativamente la
cabeza con determinación. O’Leary se callaba ahora, esperando. Su
interlocutora se ajustó su piel y se volvió.
Matil tuvo un brusco sobresalto, se pasó su manecita por los ojos, percibió a
Terice y a O’Leary, se levantó a medias, y tras de considerarlos un instante, se
dejó caer otra vez en su asiento y tornó a su silenciosa abstracción. La expresión
de sus ojos había cambiado. Parecía recordar súbitamente. Pero, ¿qué? ¡El
último día... quizá! Un ruido proveniente de la pieza de la tía Lucy me arrancó a
mis meditaciones. Consulté mi reloj. Veinte minutos habían transcurrido desde
que dejara a la enferma a solas con la ansiada bandeja.
Me levanté, puse las botellas sobre la silla y abrí la puerta. La vieja estaba
echada sobre las almohadas, con rostro satisfecho.

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Mignon G. Eberhart Lance O’Leary investiga

La bandeja continuaba encima de la mesa. Estaba vacía.


—Matil vino a darme mi comida —me dijo—. No debió usted dejarme tan
repentinamente, señorita Keate. No olvide que estoy impedida. ¿Tiene los
porrones?
—En seguida se los traigo —respondí—. ¿Se siente bien?
—Muy bien. Cierre mi puerta, haga el favor, y no olvide la suya antes de ir
a acostarse. No me agradaría que alguien se introdujese en estos dos cuartos. Yo
también tengo suficiente de todas estas historias —lanzó, con una mirada de
desafío—. Tanto como otra cualquiera.
Cerré la puerta, atravesé el cuarto de baño, y de mi pieza salí al salón.
—Lo creo —iba pensando—: ¡Y muy bien podrías ser tú quien ha matado!

CAPÍTULO XVI
LA NIEVE HA CESADO

O’Leary, al cual, sin tardanza, di cuenta de mi descubrimiento, no pareció


muy emocionado. Había concluido su conversación con Terice, y, sentado en la
esquina de una mesa, construía castillos con naipes, mostrando un aire de
soberano aburrimiento. Pero estoy segura que, en realidad, ningún gesto,
ninguna expresión, ni un parpadeo, se le escapaba.
—No he sacado nada en limpio de Terice —me dijo en voz baja, mirando a
Killian encender un cigarrillo—. Estuvo empecinada. Mucho me gustaría saber
por qué razón.
Colocó una nueva carta sobre el oscilante andamiaje. Killian se levantó
súbitamente y se dirigió hacia la ventana. Todos los ojos lo siguieron.
O’Leary tomó su último naipe. Un silencio absoluto se hizo. Contuvimos la
respiración. Luego un tronco silbó, y despidió una burbuja de savia hirviente.
Killian alcanzó la ventana. Se inclinó y después, sin prisa, alzó el vidrio y
empujó los postigos. En la sala ni un movimiento se producía.
La luna brillaba, alta. Su fría luz penetraba por la ventana y dibujaba un
rectángulo sobre el encerado.
—Tal vez les interese saber que la nieve ya no cae —dijo Killian con calma.
Ninguna respuesta partió de nuestro grupo. Killian miraba por la ventana.
O’Leary apoyó con demasiada pesadez la mano en el castillo de naipes, que
se desplomó. Las cartas se deslizaron y cayeron sobre la mesa, con suavísimo
rumor.
Se levantó y fue a la ventana. Lo seguí, maquinalmente. El aire helado nos
dio en la cara; había perdido su fuerza. Apenas se distinguían las colinas de las

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nubes. Aquello no era más que una confusa masa, todo blancura y brillo bajo la
luna.
Sombras escasas, pero crudas. Ni un copo en el aire.
—Cuando la nieve se detenga —había dicho O’Leary—, que Dios nos
proteja, pues los hombres no lo podrán.
De aquel fin de la tempestad que tan desesperadamente aguardábamos,
que tenía para nosotros tan grande significación, nadie hablaba. Aquel
mutismo, aquella atonía, no me sorprendieron ya por entonces; los acepté, en
toda su singularidad, como una de las anomalías, de las monstruosidades que
nos traían aquellos espantosos días de Hunting’s End.
Brunker volvió a cerrar la puerta. Killian empujó los postigos. O’Leary se
ajustó su vendaje, haciendo una pequeña mueca cuando su dedo pasó sobre la
herida. Los otros se volvieron hacia el fuego, sin pronunciar palabra.
Matil se levantó, y en un solo impulso los hombres se pusieron de pie.
—Buenas noches —dijo brevemente.
O’Leary giró sobre sus talones y dio un rápido paso hacia ella.
—¡Señorita Matil! ¡El perro! Llévese el perro a su cuarto, hágame el favor.
Obedeció ella pasivamente, como si la cosa no tuviera importancia. O’Leary
la acompañó hasta la puerta. El perro, triste y miserable en su soberbia piel
blanca y dorada, los seguía. Noté que O’Leary entró el primero en el cuarto;
salió casi en seguida, cambió algunas palabras en voz baja con la joven y esperó
a que ésta hubiera cerrado la puerta y corrido el cerrojo de madera. Luego
volvió hacia nosotros a pasos lentos. La expresión de su rostro nada ofrecía de
tranquilizador. Un amargo pliegue surcaba sus mejillas. Todos habían seguido
con la mirada a Matil, pero bajaron los ojos ante O’Leary. Las llamas, las cenizas
rojas aun, tienen el poder de atraer las miradas. Me he convencido en Hunting’s
End, donde, horas, días enteros, permanecimos sin movernos, contemplando el
fuego.
—Señorita Keate —dijo al punto O’Leary, con voz clara—, ¿cree usted que
pueda hablar con su paciente? Quizá no duerma todavía...
La encontré con los ojos muy abiertos, clavados en la ventana.
—Abra los postigos, señorita Keate —me dijo apenas hube aparecido en la
entrada, aun sin darme tiempo de subir la llama de la lámpara—. Abra los
postigos. Ya no nieva.
Aceptó recibir a O’Leary; parecía experimentar esa noche placer de charlar.
Cuando le abría yo la puerta, O’Leary me deslizó algunas palabras.
—Ocupe la silla que se encuentra junto a la puerta. Podrá usted oír, y, al
mismo tiempo, vigilar la puerta de Matil. Quienquiera que se acerque,
quienquiera, ¿me entiende usted?, avíseme en seguida. No vacile un segundo.
Obedecí. Mi corazón latía con fuerza al dirigir mis miradas hacia la
chimenea para asegurarme de que nadie se había movido. La silla que a la
sazón ocupaba yo era una de las numerosas faltas de gusto que abundaban en
el pabellón. Y a la vez muy incómoda. Me instalé lo mejor que pude y me puse

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Mignon G. Eberhart Lance O’Leary investiga

a escuchar, mientras vigilaba con el rabillo del ojo al grupo reunido al lado del
fuego, y la puerta de la pieza de Matil.
Al principio sólo oí un confuso murmullo. Cuando comencé a comprender
lo que decían al otro lado de la puerta, fue para comprobar que la tía Lucy
había iniciado el proceso de su hermano Huber. Y pensé que si algo era
susceptible de atraer a un espíritu desde el reino de los muertos, ese algo sería
la violencia de un ataque como el que pronunciaba la tía Lucy contra la
memoria de su propio hermano. Carezco de imaginación, pero, aun así, a punto
estuve de admitir que bien pudiera tomar al muerto para vengarse.
Seguí contemplando la pesada puerta de troncos unidos, la entrada del
cuarto de Matil, y recobré mi sangre fría.
—... robó a todo el mundo —aseguraba la anciana con su voz gutural.
Yo oí muy bien. Los que rodeaban la chimenea debían escuchar a lo sumo
un murmullo.
—... me ha robado, ha robado a los sirvientes, robó a sus amigos. Sí, era mi
hermano. Yo dirigía su casa. Le consagré mi vida. Si estoy paralítica, a su
muerte lo debo, que me hirió cruelmente. Pero no puedo menos de decir que
era un bandido.
—¿De modo que robó a todo el mundo, dice usted, señorita Kingery, hasta
a los criados? ¿Y qué podía arrebatarles?
—Está usted muy mal informado —replicó la voz cascada. Oí crujir el
lecho.
—Los criados... —insistió O’Leary—. Es raro oír de un hombre de la
posición de Huber Kingery que haya despojado a sus servidores.
—Sabe usted muy poco —repuso la vieja.
—¿Qué pudo poseer Brunker, por ejemplo, que Huber Kingery codiciara?
—Diez años de economías —dijo la tía Lucy—. Las economías de diez años.
Diez años de su vida. Huber las tomó, y le dio en cambio acciones de ese
“trust”, que el diablo se lleve. Brunker se quedó con nosotros; a veces espera
recobrar su dinero. Pero el dinero fue a parar a esa sociedad y muy poco es lo
que volvió. Por lo que hace a Annette... —Se calló un instante—. Annette era
una muchacha joven cuando entró a servir en nuestra casa, algún tiempo
después de la muerte de Matil, la esposa de Huber, la madre de mi sobrina.
Annette era bonita. Se pueden robar cosas que no son dinero...
Hubo un nuevo silencio.
—Pero Annette, la cocinera, ¿qué podía tener de común con Huber
Kingery? —preguntó dulcemente O’Leary.
—No conoció usted a Huber. Quizá se asombre usted de que yo no haya
podido detener todo eso, pero ¿por qué habría de hacerlo? La muerte ha venido
como una cosa absolutamente natural. Sus placeres eran siempre breves. En fin,
Annette era una buena cocinera... —Y después de un corto silencio, la vieja
prosiguió—: ¡Qué mujeres estas francesas! Saben manejar a los hombres.
¡Creerá usted que hubo un tiempo en que Huber habría aceptado desposarse

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con Annette! ¡Imagínese! ¡Casarse con su cocinera! Yo intervine, por suerte. Que
no se dijera que había sido suplantada por una cocinera que yo misma
empleara, yo, Lucy Kingery. A fe que hice comprender a Huber la estupidez de
semejante matrimonio. No volvió a las andadas.
—Pero Annette, su resentimiento, su cólera...
—¿Annette? —El tono indicaba sorpresa—. ¿Y qué importa? Era una buena
cocinera. Excelente, aunque bebía demasiado.
—¿Pero Terice y Elena no tenían ninguna probabilidad de casarse con
Huber?
En aquel momento, Terice, levantándose, dijo algunas palabras a Elena, que
se incorporó a su vez. Se detuvieron un instante junto al fuego. Paggi besó la
mano de Elena y volvió a su silla, y las dos mujeres se dirigieron hacia la
escalera. Terice marchaba delante. Sus altos tacones golpeaban el piso; seguía
Elena, pesadamente. Subieron. Terice sacudía la ceniza de su cigarrillo contra la
balaustrada; Elena, vuelta hacia Paggi, parecía sentir pena en dejar a su marido.
Miré cómo seguían por la galería. Sus siluetas se destacaban con nitidez sobre
las paredes de madera sin pulir, ennegrecidas por el humo. Después oí pasos en
sus cuartos, el chirrido de una ventana, el ruido de barras de madera que se
fijan en los ganchos de hierro.
—Yo sé que usted lo hizo. No lo niegue, señorita Kingery —decía O’Leary
con suavidad, detrás de la puerta—. Le es muy difícil caminar, pero no
imposible. Dígame la verdad, ¿desde cuándo puede usted caminar?
Sobrevino un prolongado silencio. Después la tía Lucy lanzó una carcajada.
—Pues bien... sí. Pero no se lo diga antes que lo autorice, antes que esté
preparada. Hará usted venir a un especialista en enfermedades, un
psicoanalista, que diagnosticará que el choque de la muerte de Gerald Frawley,
de la identidad de su muerte con la de mi hermano, me ha curado. ¡Oh! ¡He
leído acerca de estas cosas! ¡Conozco el asunto! Me convenía permanecer
impotente en mi silla durante cinco años. Qué quiere usted, querido, yo estaba
habituada a salir mucho y me agradaba el contacto del mundo. Durante esos
cinco años, toda clase de rumores me fueron traídos. Conozco todos los
escándalos, todas las intrigas, las ambiciones, las decepciones. Desde mi silla,
fiscalizo la sociedad de Barrington.
—Pero eso no es más que una pequeña ciudad, que un agujero —observó
O’Leary.
—¡Qué me importa! Soy un pez grande en una reducida charca, ¡eso es
todo!
Y después de un largo intervalo dijo:
—Matil cree que soy muy religiosa. —Y con la voz cambiada, súbitamente
desafiante, añadió—: Es exacto.
—No lo dudo —repuso O’Leary y me imaginé a la tía Lucy oyendo la
respuesta—. Jamás lo he dudado, señorita Kingery. Pero... pero ¿por qué
deseaba usted apoderarse de la peluca de Frawley?

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Mignon G. Eberhart Lance O’Leary investiga

Un nuevo silencio se produjo. ¿Iría a contestar?


—No la necesitaba. Lo que quería era el papel que la “nurse” había
guardado en su bolsillo. ¿Cómo, dice usted? ¿Cómo lo sabía? Tengo buenos
ojos, sencillamente. Pocas cosas hay que se me escapen. Cuando le entregó a
usted el billete destinado a Newell Morse, comprendí por sus ojos que no había
tenido intención de dárselo. Conozco el alma humana, y supe que lo había leído.
Después se llevó la mano al bolsillo. Cinco años de inmovilidad me han hecho
observadora.
Pero, ¿por qué quería usted ese billete? ¿Cómo sabía dónde lo había
guardado la señorita Keate?
—Las mujeres ponen todo bajo sus almohadas —dijo la tía Lucy. —Su voz
se enronquecía—. Quería... quería saber, simplemente. Pura curiosidad. Me
gusta hallarme al corriente de todo. Entré en su cuarto, busqué bajo la
almohada y tomé lo que encontré. Dejé la puerta abierta, porque no quería que
sospechase de mí. —Luego, sin dar más explicaciones, lanzó un profundo
suspiro y añadió—: Todo eso me fatigó muchísimo. Doy algunos pasos, de vez
en cuando, pero nunca me ha ocurrido estar tanto tiempo de pie. Estaba
empapada en sudor...
—No quiero seguir molestándola, señorita Kingery —dijo O’Leary—.
Dígame, solamente, le ruego, qué sabe usted de la promesa de matrimonio de
Matil Kingery a Gerald Frawley.
—Absolutamente nada —repuso la anciana, con un nuevo suspiro—. Sé
únicamente que su padre había insistido mucho al respecto. Ha sido él quien
provocó ese compromiso.
—¡Su padre! —exclamó O’Leary—. ¡Pero si está muerto!
—Ya lo sé —respondió la tía Lucy con impaciencia—. Fue antes de que él
muriese. Matil tenía diecisiete o dieciocho años. Gerald Frawley comprendió, o
adivinó, la mujer en que se convertiría aquella niña de flacos brazos y manos
rojas. En fin, lo concreto es que se comprometió ella con Frawley hace cinco
años. —Rio en son de burla—. Una tontería. Nunca se mostró tierna con él. Y
después de todo, ¿a qué hablar tanto de eso? No sirve de nada. Nos pasamos la
vida en esto. Hablamos, hablamos; para nada. Váyase —añadió con su
acostumbrada rudeza—. Quiero dormir.
—Deseo que así sea, pero temo que no lo conseguirá usted —concluyó
O’Leary—. Muchas gracias, señorita Kingery.
Volvió a cerrar la puerta, tras de sí. Sus ojos se dirigieron al punto hacia la
puerta de Matil, luego al pequeño grupo reunido junto al fuego.
—¿Dónde están la señora de Paggi y Terice?
—En la cama. ¿De modo que fue ella quien tomó la peluca?
O’Leary hizo un gesto distraído.
—Ese diario, me refiero al de Matil, está en esta casa. No lo han quemado.
Lo sé. Quizá lo ocultaron bajo la nieve, pero no lo creo. Ya está el cadáver. No,
estoy seguro que se halla aquí. Registré los cuartos de arriba, todos, incluso el

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Mignon G. Eberhart Lance O’Leary investiga

mío. No espero que dé usted con el objeto, pero le agradeceré que lo intente, sin
embargo. ¡Si al menos Matil pudiera acordarse de ese último día de caza! Hola,
¿qué ocurre?
En la galería, una puerta acababa de abrirse violentamente. Se oyeron
rápidos pasos... era Terice, que seguía envuelta en sus pieles. Descendió la
escalera. O’Leary marchó a su encuentro. Lo seguí.
Terice von Turcum se detuvo en el último peldaño, la mano crispada sobre
la barandilla. La lámpara iluminaba su rostro, endureciéndole los rasgos.
Jadeaba.
—Tengo miedo —dijo, en un soplo. Saltó la barandilla para asir la solapa de
O’Leary. Tuvo una mirada para los tres hombres que permanecían junto al
fuego, y de los que sólo percibíamos, por encima de los sillones, las cabezas.
Killian fumaba.
—Tengo miedo. No... no puedo quedarme sola. No puedo más...
Era sincera. Su cara gesticulaba de espanto. Sus manitas sucias y ganchudas
oprimían la barandilla con frenesí.
—¿Por qué? —preguntó O’Leary.
Paggi volvió el rostro en nuestra dirección. Si esperó oír lo que decíamos,
debió quedar decepcionado. La distancia no lo permitía.
Terice mostró una mirada de terror.
—No lo sé —dijo, crispada la boca, pálidos los labios bajo el “rouge”.
De una ventana venía ahora un ruido regular, monótono. Comprendí. Era
el deshielo, el agua, el agua que caía del techo, gota a gota. Hacía menos frío.
O’Leary se colocó de frente, de modo de poder mantener, bajo su mirada,
los hombres y la puerta de Matil. Ya no observaba a Terice. Sus ojos se clavaban
ahora en un ángulo de la pieza. Lo imité. Y mi corazón dio un brinco cuando
sólo vi dos cabezas más allá de los sillones. No, la tercera continuaba allí. Paggi
se había encorvado en su silla. Nadie se había aproximado al cuarto de Matil.
—¿Consiente ahora en decirme lo que quiero saber? —prosiguió O’Leary—.
Contribuirá usted así a su propia seguridad, ya lo sabe.
Terice vaciló.
—También tengo miedo de eso —dijo—. Vivo en un miedo perpetuo.
O’Leary esperaba. Miró ella en derredor con inquietud.
—Tengo miedo. ¿Cómo sabe usted que el peligro será menor si hablo?
¿Qué quiere decir?
—Quiero decir que hay en esta casa un asesino. Dos hombres acaban de
hallar una muerte horrible. El culpable corre grave riesgo de que lo descubran,
y lo sabe. Sabe que debe obrar antes que abandonemos esta casa. Matará, esta
noche. Si no me dice usted todo, no podré impedir un nuevo crimen.
Retrocedió la mujer, las facciones crispadas, torcida la boca, extraviados los
ojos.
—Eso... eso no le servirá —dijo con voz casi ininteligible—. Quizá... los
hombres que entraron en el cuarto de Frawley, cuando el cuerpo desapareció,

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Mignon G. Eberhart Lance O’Leary investiga

no tienen... no tienen... —Se calló, sin aliento, envolviéndose más estrechamente


en sus pieles con un gesto irreflexivo.
—Vamos, hable. Apúrese.
Fascinaba ahora a la baronesita con la mirada, la penetraba con su
voluntad. Se llevó ella la mano a la garganta, y la crispó, como para arrancar lo
que le impedía hablar.
—Dos hombres... Eran dos. Uno entró en el cuarto. El otro salió.
—¿Qué significa esto? Despache.
—Estaba sentada en esa silla. —Parecía resuelta a una confesión completa
—. No me vieron. Yo me encontraba sola en el salón. Julián Barre, Julián Barre
salió de la pieza de Frawley. Lo vi, lo vi, señor O’Leary. Por su parte, él no
advirtió mi presencia. Yo me hallaba sentada en la sombra. Creía él que todos
habían ido a la cocina para cuidar al perro. Salió de la pieza. Lo vi. —Sus
palabras se precipitaban, se hacían entrecortadas.
—¿Salió de ese cuarto? —dijo O’Leary severamente—. ¿Qué dice usted?
—Otro había entrado antes que Julián Barre saliese. Era —se inclinó hacia
adelante, al punto que el olor de “rouge” llegó hasta nosotros—, era Killian.
Entró en el cuarto de Frawley. Venía de la galería, y tampoco él me vio. No
volvió a salir. Julián Barre sí, salió. Todo lo vi. Después regresaron los otros de
la cocina. —Hablaba ahora con tal rapidez que apenas la comprendíamos. Algo
me impulsaba a mirar en la dirección del cuarto de Matil. Resistí a aquel deseo,
a aquella extraña acucia, y no separé los ojos de Terice—. Los otros llegaron, y
de pronto Killian apareció ante nosotros. Subió. Pero júreme que no les dirá
nada. Tengo miedo, siento...
Un grito penetrante desgarró el silencio de la vasta pieza, un grito agudo,
horrible, que resonó en toda la casa. Luego se oyó el aullido de un perro
atemorizado. Nos petrificó de angustia y cesó repentinamente.
Era un grito de mujer. Provenía con seguridad del cuarto de Matil.

CAPÍTULO XVII
EL DIARIO

Lal Killian llegó el primero. Paggi y Barre detrás suyo. Golpeaban a la


puerta, llamando a Matil, cuando O’Leary se les reunió. Yo los seguía. Terice
corría a nuestro lado, codo con codo.
—¿Por qué la dejó usted sola? —lanzó Killian a O’Leary.
—¡La puerta está cerrada con cerrojo! ¡Jo! ¡Aquí!

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Mignon G. Eberhart Lance O’Leary investiga

Killian y Jo Paggi descargaban violentos porrazos con el hombro, sin


resultado.
—¡Escuchen! —Killian había alzado la mano y estaba lívido.
—¡Esperen! —dijo la voz temblorosa pero reconocible de Matil—. ¡Esperen!
Voy a abrir.
Killian se enjugaba la frente con el dorso de la mano. Jo Paggi estaba pálido.
Barre se mordía los labios hasta hacerse sangre; sus manos crispadas contra los
bordes de la puerta parecían querer aplastarlos.
En el interior, un ligero ruido se dejó oír, luego chirrió la tranca y se abrió la
puerta. Matil estaba de pie, próxima a caer. Sus blancas ropas le infundían el
aspecto de un fantasma.
—¿Qué hay? ¿Dónde? ¿Qué ha ocurrido? —Killian la había tomado en sus
brazos—. ¿Está herida? ¡Hable!
—Se precipitó después hacia la ventana, seguido de Paggi y de O’Leary, y
Barre quedó sosteniendo a Matil, medio desvanecida.
En el instante de entrar en la habitación, yo había mirado alrededor. No
había allí nadie más que Matil. Mis miradas se dirigieron a la ventana. A
despecho de las recomendaciones de O’Leary, aparecía abierta, al igual que los
postigos. La claridad lunar, intensificada por la nieve, entraba, y entreví sobre el
blanco fondo nevado una sombra indecisa, que se borró al momento.
Después las espaldas de los hombres ocultaron la ventana a mis ojos. Hubo
un rumor confuso. Comprendí que había alguien fuera, que O’Leary y Killian
hacían pasar un voluminoso cuerpo por la ventana y lo atraían hacia el cuarto.
No había luz. Fui a descolgar la lámpara más cercana y regresé corriendo.
Elena estaba en el “hall” envuelta en su piel, desnudos los pies, los cabellos en
desorden, con ojos de loca. Intentó aferrarse a mí, pero la evité. Me siguió.
Annette permanecía entre Killian y O’Leary. La nieve se fundía sobre sus
hombros y corría hasta el suelo en parduscos arroyuelos. Sus zapatos estaban
mojados. Tenía la cara roja, sus cabellos grises pendían.
No pudimos comprender lo que murmuraba, y las precipitadas
interrogaciones de O’Leary quedaron sin respuesta.
—Está borracha perdida, o loca —dijo Killian.
—Está ebria, creo, señor —intervino Brunker, desde el umbral—. Puede
volverse peligrosa, cuando bebe —continuó a modo de excusa—. Podría
ayudarlo, señor. Tengo costumbre.
—¡Annette! —La voz de Matil iba recobrando firmeza. Se desprendió de los
brazos de Barre y se aproximó—. ¿Por qué estaba usted afuera, entre la nieve,
en la ventana? ¿Por qué esos gestos, esas muecas? ¿Por qué hizo eso? —Se calló,
y luego, duramente, apremió—: ¡Responda!
Annette se calmaba. Clavó en Matil sus ojos inyectados de sangre.
—Perdóneme, señorita —dijo Brunker—, pero usted ya conoce a Annette.
Se acordó de... de lo que ella llama sus agravios. Es por error que fue a su
ventana. Era con la señorita Lucy con quien quería habérselas.

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Mignon G. Eberhart Lance O’Leary investiga

—Y por qué... —comenzó Matil, cuando la tía Lucy en persona apareció a la


puerta, en su silla, hizo callar a Matilde con un gesto de su largo brazo y miró
de hito en hito a Annette.
—Annette, hija mía, vuélvase a su pieza y métase en la cama. Debiera tener
vergüenza de obrar así, a su edad. —Lanzó con voz chillona—: ¡Vaya! ¿Me oye?
¿Cree que me da miedo? Váyase a su pieza. Me enojaré seriamente uno de estos
días, hija, y no volverá usted a disfrutar de comodidades como las que ha
tenido aquí desde hace veinte años. —La tía Lucy se echó atrás en su silla y
concluyó en un alarde final de energía—: ¡Lárguese! ¡Salga! ¡Obedezca!
La obesa mujer dio un paso, vacilante; Killian y O’Leary la soltaron; rozó a
Matil, sin concederle una mirada, se detuvo luego ante la inválida, esperó. De
un brusco movimiento la tía Lucy hizo rodar su silla hacia atrás para dejarle
paso.
—¡Salga! —gritó por última vez.
Brunker se agitó.
—Voy a conducirla, señora —dijo.
—La tía Lucy inclinó la cabeza, vigiló algunos instantes la retirada de los
dos sirvientes, y volviéndose después hacia Matil, le dijo con una dulzura
desacostumbrada:
—Me desagrada mucho, querida, que te hayas asustado tanto. Annette cree
tener motivos de queja contra los Kingery. No te preocupes. —A continuación,
asestando sus anchos ojos sobre nosotros, nos observó, y como advirtiera los
desnudos pies de Elena, añadió brutalmente—: En cuanto a usted, le aconsejo
que se vuelva a la cama.
Todos parecieron al instante experimentar el más vivo deseo de abandonar
el cuarto helado.
Killian, que había cerrado los postigos, golpeó la ventana, arrojó una larga
mirada a Matil y tomó un abrigo echado sobre una silla.
—Póngase esto, Matil, que se morirá de frío. —La envolvió, y de súbito la
tomó en sus brazos, la estrechó, y apartando con la mano los cabellos que
ocultaban su frente pura, la cubrió de rápidos besos, como si no pudiera creer
que estuviese sana y salva, junto a él—. ¿Está bien segura de no hallarse herida?
—dijo al fin, alejándose de ella para contemplarla mejor—. Dígame lo que
Frawley era para usted. No, dígalo. Sé que fue usted a su pieza, algunos
momentos antes de su muerte, que le habló. Me da lo mismo. No quiero saber si
lo mató usted o no. Poco importa. Nada me importa mientras la tengo a usted.
Pero dígame lo que quiero saber.
Resonaron pasos en el “hall”, cerca de la puerta de Matil. La cerré
suavemente. Iba a enterarme.
—Pero, Lal, ¿cómo decirle eso?
—No llore, por favor.
—Estaba prometida, Lal, antes de que mi padre muriese. Desde aquella
última partida de caza. Era la voluntad de mi padre, debía obedecer, pero,

153
Mignon G. Eberhart Lance O’Leary investiga

después, usted... le supliqué a mi futuro que me devolviese mi palabra, Lal. Le


rogué. —Su voz se quebró—. ¡No! ¡No! Déjeme continuar. Ahora debo hablar.
Se negó. Me dijo que yo cambiaría de opinión después del matrimonio.
Entonces le confesé que... que lo amaba a usted, que perdería toda mi vida, toda
mi felicidad junto a él. Después me ayudó a salir, a pasar otra vez por la
ventana, y regresé a mi cuarto, a través de la nieve. La tempestad era terrible.
Me costó encontrar de nuevo la ventana. Pero yo no quería que se enteraran,
tenía esperanza de que me devolviera él mi palabra, y que nadie llegaría a saber
de ese compromiso roto. Quería obrar lealmente con usted, con todos. No...
¡espere! No he concluido. Estaba quebrantada, extenuada, cuando volví a entrar
en mi pieza. El viento y la nieve me habían sofocado. Me desplomé en una silla
para recobrar aliento, para pensar. Estaba desesperada, Lal. No sabía qué hacer.
—No tiemble así, mi querida. No podía obligarla a casarse.
—Pero olvida usted mi promesa, la palabra dada a mi padre. Un
compromiso así no puede romperse. En fin, el caso es que me eché a llorar;
después me quité mis zapatos, traspasados por el agua y la nieve y quise cerrar
la puerta. Y el disparo estalló en el silencio. En ese momento preciso. Se hubiera
dicho, se hubiera dicho... que mi deseo se cumplía... yo... yo... Lal... ¡Yo sabía que
acababa de ser muerto!
—¡Qué locura!
—Antes de salir, de reunirme a los otros que se precipitaban, yo sabía que lo
habían matado. Y sin embargo, era preciso que me quitara la ropa, que
pretendiera haber saltado del lecho. Era espantoso, Lal. Obré como si hubiese
sido culpable, como si hubiese asesinado. ¡Y no era yo! ¡Jamás! ¡No! Déjeme.
Quería decírselo todo... y usted se ha mostrado tan frío, tan distante...
—No diga más nada, Matil —dijo Killian con un ronco suspiro,
abrazándola.
—Me puse mi “robe de chambre” y salí. ¡Estaba muerto, y yo me sentí
dichosa! ¡Sí! ¡Dichosa!
Exhaló su llanto en profundos sollozos.
O’Leary tosió. Killian se enderezó, sorprendido. Parecía habernos olvidado,
como a todo cuanto lo rodeaba, salvo Matil.
—¿Cuánto tiempo permaneció usted en su habitación, reflexionando? —
preguntó O’Leary a Matil, más tranquila ya—. ¿Diez, quince minutos?
—No sé —respondió la joven—. Aquello me pareció muy largo.
—Venga, Matil. Atrapará un resfrío en esta pieza. Váyase al lado del fuego.
Caliéntese. Quiero decirle algunas palabras a O’Leary.
Matil salió. Killian se acercó, y luego de un silencio, dijo:
—Creo haber cometido un error, querido amigo. Si puedo serle útil... —Se
interrumpió, se enjugó la frente y continuó—: Cuando oí el grito de Matil... —Se
calló de nuevo—. Esta enfermera es su auxiliar, ¿no?
O’Leary sonrió sacudiendo la cabeza.

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—No, se trata de una enfermera de verdad. Pero es mi confidente. Puede


usted hablar.
Killian miró, visiblemente irresoluto.
—Debe tener usted razón. Pero lo que he de decirle traería terribles
consecuencias para Matil si se divulgase. El Trust Kingery, toda su fortuna... En
fin, no poseo ninguna certidumbre; nada más que sospechas.
O’Leary miraba fijamente a Killian; yo hubiera querido saber qué se agitaba
detrás de aquellos ojos gris acero.
—¿Puede usted quedarse en la puerta, señorita Keate? No, deje, iré yo
mismo. No quiero separar los ojos de la señorita Matil —dijo O’Leary.
Killian apretó los puños y dio un paso hacia adelante.
—¡Grandes dioses! ¿Cree usted... —se sofocaba— que esté en peligro?
O’Leary asintió en silencio.
—Hable ahora, refiéranos su historia, sus sospechas; llámele como quiera. Y
sea breve.
Killian hizo una profunda aspiración y comenzó:
—Tengo sospechas, O’Leary. La marcha de la banca no me satisface. Y
pienso que Frawley estaba enterado de la situación. Y Newell Morse... también
debió adivinar. Una casualidad, quizá. El manejo de los títulos y de los fondos
es una cosa bastante poco complicada cuando los hombres que intervienen son
íntegros. Tengo la impresión que Frawley había... que sabía lo que no habría
debido saber. Practicó averiguaciones, su posición era peligrosa. Por eso indicó
a Morse dónde podría hallar los papeles confidenciales. Esos papeles debían
acusar, gravemente, convencer de la indignidad de uno de nosotros.
—¿Se refiere usted a Julián Barre? —dijo O’Leary con calma.
Killian enrojeció.
—¡No! ¡No! —replicó con vivacidad—. Podría usted creer que estoy celoso
de él. Es falso. Renuncié a Matil cuando supe que estaba prometida a Frawley,
pero jamás... Barre no es solo en el “trust”. ¿Ignora usted probablemente que
Paggi era el íntimo de Huber Kingery?
—En ese caso, ¿es a Huber Kingery a quien sospecha usted de
indelicadeza?
Killian enrojeció aún más profundamente.
—Eso parece extraño, ¿no?, cinco años después de su muerte... Y es de
suponer que no habrá retornado de ultratumba para matar a Frawley... No, no
sospecho de nadie, pero pienso que Morse descubrió algo. Puedo equivocarme,
sin embargo. No sé nada concreto. Bien veo que usted no me cree. No está
obligado a ello. Solamente...
—¿Cuál es exactamente su situación en la compañía Kingery? —preguntó
fríamente O’Leary.
—¿Mi situación? Pertenezco al servicio de depósitos. Viajo continuamente.
Compro, vendo títulos para nuestros clientes o para la banca. Poseemos

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hipotecas sobre numerosos bienes, sabe usted. Y tengo a mi cargo un cierto


número de empresas, de propiedades a administrar.
—¿Tiene usted alguna otra cosa que decirme? —inquirió O’Leary con
marcada impaciencia.
Killian bajó la cabeza.
—No me ha creído usted. Bien lo veo. Yo...
Se interrumpió e hizo ademán de partir.
—Un momento —dijo O’Leary, muy rápido—. El cuerpo de Frawley...
Pero Killian salía ya. En ese instante, mis miradas cayeron sobre Elena, de
pie junto al fuego. Su piel se había entreabierto y pude ver que llevaba su
vestido de noche. Sus desnudos pies parecían helados.
—Impídale a Elena que me siga —murmuré a O’Leary, y olvidando el
incoherente relato de Killian y el problema, todavía sin solución, de la
desaparición del cadáver de Frawley, atravesé rápidamente la enorme sala,
trepé la escalera y seguí por la galería. Sentía pesar sobre mí las miradas de
todos. Tengo la impresión de que Elena no se dio cuenta de mis intenciones
hasta que no abrí la puerta de su cuarto y penetré deliberadamente. Si intentó
seguirme, no hay duda que O’Leary le cerró el paso.
Una lámpara, colocada encima de la mesa, ardía. De una ojeada inventarié
las valijas abiertas, los tarros de crema, los vestidos esparcidos por las sillas,
sobre la mesa. Y de pronto, vi lo que buscaba, a medias oculto por una camisa
de seda. Un cuadernillo oscuro.
Era, efectivamente, el diario de Matil. Me aseguré de ello y lo guardé en mi
bolsillo.
O’Leary me esperaba al pie de la escalera. Los otros nos vigilaban
discretamente. Comprendió por la expresión de mi rostro lo afortunado de la
pesquisa, y no me formuló ninguna pregunta.
Por debajo de mi abrigo le deslicé el librito, y avancé hacia la chimenea. Me
siguió. En medio de la pieza, se separó de mi lado y se dirigió hacia la puerta
del cuarto que fuera de Huber Kingery, en el que dos cadáveres habían
reposado, y en el que un tercero pronto se les reuniría sobre el lecho helado. La
puerta volvió a cerrarse tras sus pasos. Al mismo tiempo, todos los ojos se
clavaron en el fuego. Nadie pareció advertir que yo ocupaba un sitio entre ellos.
Miré a Elena. No cabe duda que sabía lo que había hallado en su pieza. ¿Habría
sentido tentaciones de seguirme? La cara de Paggi aparecía
extraordinariamente amarilla, sus ojos verde aceituna giraban en sus órbitas. Se
levantó, hizo ademán de apartarse, y después, bruscamente, tomó a ocupar su
silla.
El deshielo continuaba. El crepitar de las gotas de agua era incesante.

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CAPÍTULO XVIII
FIN DE LA CACERÍA

Cuando O’Leary abrió con brusquedad la puerta de la pieza, sus rasgos se


crisparon. Una especie de soplo, de viento, pasó sobre nuestro enmudecido
grupo. O’Leary fue a la cocina. Ahora regresaba, con Brunker a sus espaldas.
—Señorita Keate —dijo, la mano en el pestillo de la puerta y tan clara la voz
que despertó ecos en la sala—, ¿puedo solicitar su ayuda?
Me encaminé hacia él, las piernas pesadas, arrastrando el paso. Y aquellas
miradas, aquellas miradas que pesaban sobre mí como un plomo...
Abrió la puerta, me hizo señas de entrar. Estaba blanco como el vendaje
que envolvía su cabeza. ¿Qué buscaba en su bolsillo? ¡Su revólver,
seguramente! ¿Pensaría que iba a necesitarlo?
—La última experiencia —me deslizó en un soplo—. Hay que adivinar,
adivinar justo. Sin lo cual todo se derrumbará. Si he dado con el clavo...
Póngase del lado de la ventana, señorita Keate.
Obedecí. Creía soñar. ¡Cómo el muerto parecía de grande sobre el lecho
blanco! Aquella rigidez... ¡Pobre Newell Morse!
Brunker entró, y Paggi, Barre y Killian se detuvieron en el umbral,
indecisos.
—Vengan a ayudarme un poco —dijo O’Leary con calma—. Pero antes
permítanme preguntarles, usted, Barre, y usted, Killian, ¿por qué secuestraron
el cuerpo de Frawley? ¿Qué esperaban? Sé que son ustedes. En realidad, eso no
tiene importancia, porque el deshielo ha comenzado, pronto llegarán socorros,
y se encontrará el cadáver. Pero, ¿por qué han obrado así?
Barre y Killian se miraron. Se hizo un gran silencio.
—¿Por qué seguir ocultando, Julián? —dijo al fin Killian, que prosiguió
mascullando—. Esperaba salvar a Matil, y ella... en fin, era inútil. Ahora lo sé.
Había perdido la cabeza.
Barre tosió.
—Sabe usted probablemente a qué atenerse. Queríamos sobornarlo,
comprarlo, O’Leary. Habrían encontrado el cuerpo de Frawley en alguna
garganta, en primavera. Se encogió de hombros. Confieso. Resolvimos correr el
riesgo. Killian penetró en el cuarto cuando no había nadie en el salón. Yo me
encontraba en mi propia pieza, al otro lado del cuarto de baño. Killian abrió la
puerta de comunicación. Entré. —Se detuvo, y añadió después pausadamente
—: ¿Comprende usted? Pensábamos: sin cadáver, no hay asesinato. Era
importante para nosotros no vernos mezclados en un caso criminal y... y con
ello no le hacíamos ningún daño a Frawley. Fue bastante duro aquello de
pasarlo por la ventana. Estábamos helados. —Tuvo un escalofrío y lo sacudió

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un penoso acceso de tos—. En fin, quedó concluido. Era preciso que uno de
nosotros saliese por el salón. Yo me arriesgué. No había nadie. Killian salió por
mi cuarto. Volví a cerrar la puerta de comunicación detrás de él. Más tarde se
las compuso para regresar al salón sin ser visto, a lo que suponíamos, al menos.
Nos equivocamos. Alguien debió verlo. Pero, como dice usted, ¿qué
importancia tiene esto? Usted está a cargo del asunto. Tome sus precauciones,
señor O’Leary. Es muy peligroso.
—Han obrado ustedes, por lo menos, con ligereza —dijo O’Leary—, pero lo
admiten abiertamente. Brunker, ¿quiere tomar la esquina de esta sábana?
Killian tomará la otra. Tengan bien, no suelten. —Se hallaba cerca del lecho con
su fúnebre despojo. Lo miré, sorprendida. Creo que los otros estaban tan
sorprendidos como yo, pues obedecieron estúpidamente sus órdenes—. Yo
mismo tomaré una esquina, y Paggi la restante. Quiero mostrarles algo. Es
horrible. Sujete bien, Killian. Más vale que las mujeres no vean esto. ¡Cierre la
puerta, Barre! Apúrese.
¿Qué significaba aquello? Qué... Y súbitamente, comprendí. ¡Cierre la puerta!
Los tres hombres, en derredor del lecho, miraban, atontados, a O’Leary. Se
había éste inmovilizado, como si esperara alguna cosa. Noté que introdujo una
mano en el bolsillo de su saco.
—Apúrese, pues, Barre. Cierre la puerta —repitió con impaciencia.
Barre fue hacia la puerta. Creí por un momento que los latidos de mi
corazón iban a ahogarme. Asió la tranca con mano insegura, y... se echó a un
lado. Los ojos de O’Leary relampaguearon.
Dejó caer la punta de la sábana que sostenía, y se dirigió a su vez hacia la
puerta.
—¡Bueno! ¿No sabe usted cerrar? —Aplicó a Barre un leve empujón que
tornó a enfrentarlo con la puerta, y, en el mismo instante, alzó la tranca.
Con la rapidez del rayo, Julián Barre saltó y cayó de rodillas.
Movimiento involuntario, instintivo.
O’Leary soltó el cerrojo. Empuñó el revólver.
—Levántese —dijo—. Acabe usted de confesar.
Los hombres parecían petrificados junto al lecho.
—Sí —dijo Julián Barre con una expresión de infinita fatiga—. Sí, soy yo.
¡Qué importa! ¡Qué más puede importar! ¡Qué cansancio! Me alegro de haber
concluido. —Su voz era la de un viejo. Un temblor continuo agitaba la comisura
de su boca.
Lance O’Leary consideraba en silencio a aquel hombre, que estaba ahora de
pie. Uno de nosotros, Killian, creo, dejó caer la esquina de la sábana que
sostuviera, dio un paso y se detuvo, las facciones ligeramente contraídas.
—Hubiera podido esperar a que llegáramos a Barrington, pero temí un
nuevo crimen —dijo O’Leary—. Se habría producido una carrera entre nosotros
para llegar el primero a la caja de caudales de Frawley. En fin, estaba Matil. En
el billete que le dejó, Morse le daba el número del cofre, poniéndola así en

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situación de ser la única en condiciones de llegar hasta él. Tenía, además, su


diario, en el que relataba los acontecimientos que se desarrollaron en Hunting’s
End el día en que... en que usted preparó esto, Barre. —Y mostró la puerta con
el dedo. Paggi abrió la boca y tornó a cerrarla. O’Leary prosiguió—: Matil sabía
demasiado; su vida corría peligro.
Un temblor convulsivo agitaba los hombros de Barre. Merced a un esfuerzo
desesperado, consiguió enderezarse y asumir una actitud rígida.
—Si el espíritu de Huber Kingery estuviese aquí... —dijo amargamente. Se
calló y se volvió hacia Killian. Le dio entonces la luz en pleno rostro, y pudo
apreciarse que sus rasgos estaban tensos; ofrecía el arrugado semblante de un
anciano. Tenía los ojos vidriosos, y las mejillas teñidas de rojo, febriles—. Deme
un cigarrillo, Lal. Usted explicará... ¿no, O’Leary?
—Una palabra todavía —dijo O’Leary con calma—. ¿Era usted quien estaba
en la ventana la noche que la señorita Keate vio su mano y tiró?
Barre hizo un signo de asentimiento.
—Quería poner otra vez la peluca de Frawley en el cuarto. La había tomado
para buscar ese número de la caja de hierro, pues necesitaba saber lo que
contenían esos papeles. ¡Qué hombre original era Frawley! Sabía yo que había
revisado usted por todas partes, pero bien podía ser que hubiese ocultado él un
papel en su peluca. ¡Oh! Muy pocas eran mis probabilidades de hallar lo que
buscaba, y estaba decidido a no dejar nada librado al azar. Así es como atrapé
este... este resfrío en la nieve. —Un acceso de tos lo sacudió con violencia—. No
sabía que se encontraran ustedes en la pieza. La bala de la señorita Keate me
erró por poco. Regresé a mi habitación por la ventana. Más tarde abandoné el
postizo en un sillón, debajo de un almohadón.
—¿También envenenó usted al perro? —preguntó O’Leary con dulzura.
Barre inclinó la cabeza, entre dos accesos de tos.
—Era necesario. El animal me odiaba. Me incomodaba. El veneno está en la
nieve, cerca de la puerta de la cocina... Lo siento por Morse, lo siento por todo,
pero debía hacerlo. Newell Morse... lo sorprendí y me serví de la primera arma
que me vino a las manos. También debí concluir con usted, O’Leary.
Lal Killian se adelantó.
—¿No sería posible, O’Leary, que... que dejásemos esto hasta que... que
nos...? —Su rostro juvenil estaba lívido. A decir verdad, la escena era
estremecedora, repugnante.
—Por lo que toca a Morse —continuó Barre con voz debilitada por la tos—,
vacilé; tenía... tenía horror de obrar. Pero era preciso. Tenía grandes
probabilidades de llegar a Barrington y entrar en posesión del depósito de
Frawley antes que yo. Ignoraba que hubiese dejado un mensaje.
—¿Sabía que había usted matado a Huber Kingery?
—Sabía únicamente que tenía yo las mayores razones para matar —
respondió Barre con voz más amarga. E hizo un gesto de fatiga—. Todo lo
tendrá usted en sus manos cuando llegue a Barrington. Estoy... horriblemente

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fatigado. ¿No podemos... esperar hasta entonces? No puedo escaparme, aunque


lo intentase —concluyó con una sonrisa enigmática—. Tal como le dije, nada me
importa ahora.
Fue nuestra última noche en Hunting’s End. Poco recuerdo de ella, como
no sea que nos reunimos todos en derredor del fuego para sentir menos frío.
Nadie tenía deseos de dormir. A eso de las tres o cuatro de la mañana, Brunker
hizo un poco de café, que trajo algo de vida a nuestros huraños, pálidos
semblantes. Los hombres hablaban en voz baja y fumaban, sin cesar. Elena
lloraba. Matil parecía una estatua de mármol, inmensos y tristes los ojos en su
descolorido rostro.
Terice y la tía Lucy no decían nada. Pregunté a Elena, con una voz que a mí
misma me sorprendió, y que reconocí apenas, por qué se había apoderado del
diario de Matil. Miró ansiosamente del lado de Paggi, fuera de alcance,
balbuceó, y, finalmente, confesó que había temido que Matil hubiese anotado
apreciaciones enojosas a su respecto —supuse que se trataba de sus relaciones
con Huber Kingery—, susceptibles de turbar la paz de su hogar. No insistí, por
decencia.
Era cerca de las seis cuando pude cambiar algunas palabras con O’Leary.
Nos tropezamos en la cocina, adonde había ido yo a buscar café caliente para
Lucy Kingery. A través de la puerta de troncos que daba a la pieza de Annette,
podíamos oír sus sonoros ronquidos.
—¿Cuánto tiempo hacía que sospechaba usted de Barre? —le pregunté
bruscamente—. ¿Y por qué razones? ¿Fue únicamente al leer el “diario” de
Matil?
O’Leary consultó el reloj.
—A decir verdad, sospeché vagamente de él desde la muerte de Frawley.
Más exactamente, cuando supe la parte activa que había tomado en el
ocultamiento del asesinato de Huber Kingery. Pero no disponía de ninguna
prueba concerniente al asesinato de Newell Morse; sólo podía esperar una
confesión.
—Dígame, ¿por qué no escondió el cuerpo de Morse en la nieve, como hizo
con Frawley?
—Tenía demasiada prisa por volver inadvertido a su cuarto —respondió
lacónicamente O’Leary—. Pero, había además otras razones para que yo
sospechara de Barre. En primer lugar, ese fragmento de conversación entre
Frawley y Barre, que me refirió usted, ¿recuerda? Barre ofrecía a Frawley
cambiar de pieza, y éste, abiertamente, insinuó que Barre debía conocer ciertos
detalles referentes a la muerte de Huber Kingery. Creo ante todo que nuestro
hombre tenía la intención de quitar el revólver de la puerta antes que nadie
fuese herido. Luego, ante las respuestas de Frawley, y sus declaraciones hechas
en la mesa, Barre se sintió adivinado. Estaba seguro de que Frawley conocía su
participación en enjuagues cometidos en la Kingery Company. ¿De dónde sé

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esto? Lo ignoro, pero estoy pronto a apostar que fue así como comenzó la lucha
entre Huber Kingery y Julián Barre.
(Y los sucesos posteriores probaron que tenía razón.)
—Estaban todos en el mismo negocio, y todos comprometidos,
probablemente —continuó O’Leary—. Pero Julián Barre era el más cercano a
Huber Kingery. ¡Recuerde usted las declaraciones de la señorita Lucy,
asegurando que su hermano había “robado a todo el mundo”! ¿Y por qué no a
su mejor amigo? Me parece asaz sorprendente que Frawley haya echado el
cerrojo a la puerta del cuarto de baño. ¿Temía, pues, un ataque de un hombre
que, oficialmente, era su asociado, en el que había depositado toda su
confianza? ¿Y Barre olvidando sus dientes postizos? Mal cálculo. Un hombre
como Julián Barre es capaz de buscar su paladar hasta en una hoguera; el
exterior, la corrección, son el todo para él. A buen seguro que el detalle no es
concluyente, pero, sin embargo, debió bastar para atraer mi atención y mi
desconfianza. Cuando hallé el revólver en la puerta, la acusación se precisó.
Barre es un apasionado de la radiotelefonía, ¿y se servía, acaso del aparato que
yacía bajo una mesa? ¿Se esforzó, por ventura, en ponerlo en uso, en hacerlo
funcionar? Y en cuanto al hilo eléctrico que unía el gatillo del revólver con la
tranca de la puerta, ¿quién sino él, entre todos, conocía lo bastante bien el
interior de un receptor para pensar en utilizarlo? ¿Y cómo es que nadie parecía
saber que ese hilo había sido cortado en el aparato, que nadie sabía lo que le
hacía falta para funcionar? En fin, el diario de Matil disipó mis últimas dudas, y
más aun, el salto de costado que dio Barre al levantar la tranca.
Buscó en su bolsillo y extrajo el cuadernillo pardo que tan bien conocía yo.
Lo abrió y me lo tendió. Leí:

... y nos levantamos a las cuatro de la mañana para ganar nuestros


emplazamientos. Brunker y Annette llevaron provisiones. Pasamos el día fuera. Todos
vinieron, pero durante la mañana el tío Julián se hizo una ampolla y tuvo que volverse.
Mi padre se burló mucho de él, mas el tío Julián cojeaba, y no regresó. Papá hizo una
buenísima cacería, sobre todo a la tarde. No me agrada Elena; es demasiado obsequiosa
conmigo...

Torné a alzar los ojos.


O’Leary contemplaba el fuego, grave la mirada. A través de la puerta, los
ronquidos de Annette se precipitaban.
Todo había concluido, o poco menos. Cuando llegamos a Barrington,
O’Leary abrió la caja de hierro de Frawley. Sus hipótesis hallaron confirmación.
Me enteré, así, que varios años antes de su muerte, Huber Kingery y Julián
Barre habían hecho de su propia sociedad un antro de tahúres, especulando con
las existencias disponibles, escamoteando patrimonios, propiedades, y habían
llegado a ser los únicos en conocer las sumas que poseían ilegalmente. Frawley
había descubierto aquellas irregularidades, y exigido de Huber Kingery la

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mano de su hija y una parte de las ganancias, como precio de su silencio.


Después Julián Barre alcanzó a descubrir (y era ésta, creo, su única excusa) que
Huber Kingery había embarullado de tal modo las operaciones que él, Barre,
aparecía el único culpable. Para frustrar una eventual denuncia de parte de
Frawley, Kingery tenía la intención de huir, dejando a Barre cargar con todo el
peso de la falta. Así lo reconoció descaradamente Huber Kingery, en el curso de
una violenta explicación con Barre, y había desafiado a éste a publicar los
hechos. Nada podía hacer Barre, en efecto. Desesperado, mató a Kingery y tomó
la dirección del negocio. De esta suerte, se vio unido a Frawley en una especie
de asociación, cuyo objeto era consumar la ruina de la clientela de la banca.
Fueron después necesarios, a lo que creo, mucho tiempo y no pocos esfuerzos
para salvar la desesperada situación de la “Kingery Trust Company”.
Pero volvamos a las últimas horas pasadas en Hunting’s End.
A eso del mediodía, dos camiones cargados de provisiones llegaron, dando
barquinazos y cubiertos de lodo. Me acuerdo solamente de la energía que
pusimos en convencer a los conductores para que cargasen con nosotros y con
nuestros equipajes. Veo aún a Annette, con el gato en brazos; a Jericó, todavía
enfermo, hecho un rosquete a nuestros pies; a la tía Lucy, envuelta en un gran
chal gris, sentada al lado del chófer, mirando la nieve que se fundía con
rapidez. Todo aquello no era más que el fin de una pesadilla, vaga, imprecisa.
Me hallaba al cabo de mis fuerzas, y me dormía de pie; los otros no estaban
mucho mejor que yo.
O’Leary permaneció algunas horas en Nettleson, para tomar ciertas
disposiciones.
En Barrington me quedé unos días con los Kingery. Me encontraba aún en
su compañía cuando O’Leary vino a verme. Me refirió su visita a la caja de
caudales de Frawley. Estaba grave. Barre había hecho una confesión completa.
Triste cosa, por lo demás.
—No hay buena cacería que no tenga fin —me dijo al retirarse—. ¿Sabe que
Barre tiene una pulmonía doble? No ha de durar mucho tiempo.
Se calló, perdido en sombrías reflexiones. Hizo luego un movimiento con
los hombros, como si hubiera querido librarse de un peso abrumador.
—Hasta pronto, señorita Keate.
Matil y Killian estaban en el “hall”. Matil aparecía aún pálida, pero el
espanto que a menudo leyera yo en sus ojos, había desaparecido.
—Mis felicitaciones, Killian —dijo O’Leary—. Y usted, señorita Matil,
sírvase aceptar mis más sinceros votos de felicidad.
—A usted se la deberé —respondió ella dulcemente.
Los tres en la ventana, miramos la delgada silueta de O’Leary perderse en
la bruma.

FIN

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Dig nov 2018

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