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Carta de Darío Gómez… mi profe de semiología…

Mar 09/05/2006 5:51

Darío en Río.

La bahía de Guanabara custodiada por los cerros de Pão de açucar y Corcovado,


entre otros muchos, y atravesada por el monumental puente de Niteroi; en el
centro, las impresionantes construcciones del imperio de Don Pedro II, cuando
esta colonia era llamada el “París de los trópicos”; al sur, la atrayente ensenada
de Botafogo poblada de serenos veleros y las turísticas playas de Copacabana e
Ipanema; a lo largo y ancho la frecuente presencia de gigantescos barrios
populares y de las célebres fabelas: todo eso hace de Rio de Janeiro una ciudad
de una inigualable topografía.
Pero a esa imagen de postal también hay que agregar los graves problemas de
contaminación ambiental (aguas negras que llegan a la bahía) y visual (grandes
vallas con los omnipresentes futbolistas), la falta de una cultura ciudadana
evidente en la desconsideración del espacio público (las aceras son
parqueaderos), y una atmósfera de abandono que (excepto en la zona sur)
impregna muchos espacios de la ciudad; además de los consabidos problemas de
indigencia, tráfico e inseguridad.

Yo habito en el extremo noroccidental del área metropolitana, en la ilha do


Governador: un islote semirural unido al centro por largos puentes y amplias
avenidas y adyacente a la ilha de Fundão: un islote más pequeño donde se
encuentra la Universidad Federal. Comparando con Bogotá: es como si viviera en
Chía y estudiara en la Universidad de la Sabana; una situación privilegiada por la
exclusividad del sector y la facilidad del transporte; pero demasiado tranquila
para quien como yo gusta de cines y teatros dispuestos, parques y calles
atiborradas, rostros y miradas anónimas y todo lo que hace parte de la vida
urbana.
Mi portugués va mejorando – no tan rápido como quisiera – y el calor ya me
entró a los huesos, por lo que me empieza a gustar – no a broncear - . Pero el
mayor problema de adaptación ha sido con el “ritmo carioca”. Ejemplos: en la
fila para obtener un certificado federal, el empleado le solicita a la primera
persona una fotocopia que ella debe ir a sacar, pero mientras tanto no atiende a
los demás, se dedica a tomar agüita hasta que la fotocopia llegue. La mujer que
cada quince días hace el aseo del apartamento llega a las 9 a.m. y se queda hasta
las 8 p.m; en Bogotá un oficio muy similar lo hacía otra mujer de 10 a.m. a 2
p.m. Las oficinas abren a las 10 a.m. y cierran a las 4 p.m., y hay que descontar la
‘hora’ de almuerzo, que puede durar más. En el mercado, usted puede tardarse
media hora comprando, pero una hora pagando. Cuando voy de la universidad al
centro debo tomar un transporte que me lleva hasta el metro, y noto que cuando
bajo del bus soy el que más rápido camina para llegar al tren, los demás van
despacio, con toda tranquilidad. Excepto los ‘yuppies’ de las multinacionales y
uno que otro extranjero ansioso, aquí parece que nadie tiene afán; lo que podría
ser agradable, pero en tal exceso llega exasperar.
Y es que el carioca no gusta de rigurosidad ni de compromisos, de temas serios ni
de horarios fijos; adora la playa y las actividades al aire libre, la fiesta y la
música, la cerveza y la pizza, las revistas pero no los libros; es descomplicado en
el trato y en el vestir, conversador, carismático y un poco frívolo; su presencia es
notable, trivial su personalidad.
Varias paisanas me han preguntado quiénes son más bonitas; yo creo que las
colombianas son en verdad muy bellas, pero de espíritu conservador: recatadas
en el vestir, precavidas en el decir, temerosas de la carcajada y en el amor pocas
veces toman la iniciativa; mientras que las brasileras son descubiertas y
descontraídas, tienen el sol en la piel y la sonrisa pronta, gustan de la coquetería,
y eso no las hace más bonitas pero sí más sensuales. Los colombianos, en
cambio, llevamos todas las de perder ante la presencia de los brasileros: cuerpos
atléticos, cabellos finos, ojos grandes; sobre todo que muchos hacen del deporte
una práctica frecuente y evidencian una notable preocupación por su apariencia
física... Aquí los hombres son más vanidosos que las mujeres, lo que les resta
belleza a ellos y a ellas las hace más bellas. (Debo aclarar que yo me muevo en
un ámbito burgués de Río de Janeiro, donde la mayoría son hijos y nietos de
inmigrantes europeos y con todas las necesidades básicas satisfechas,
seguramente otra sería mi percepción en Minas Gerais o las fabelas, donde
predominan los rasgos tupí y las carencias, pues lo que llamamos belleza también
está configurado por la cultura y la economía). Que también todo depende del
cristal con que se mira.
Los estudios de Doctorado en Literatura prometen, en especial por algunos
profesores que han elaborado o sentido algún discurso (otros no hacen más que
mal-repetir) y por la oferta de asignaturas que es muy diversa, pues son seis áreas
de estudio; además, la experiencia de ser estudiante después de haber sido
profesor (¡diez años!) es muy interesante: permite detectar ciertas limitaciones
del oficio e incluso los propios aciertos. Pero los compañeros y la universidad me
han decepcionado un poco. La sede principal de la Universidad Federal de Rio de
Janeiro es un islote gigantesco con inmensas zonas verdes que más parecen
potreros, pues por el calor nadie las frecuenta; y las sedes de las facultades son
predios que exhiben un notable abandono y están muy distantes unos de otros (se
dice que así lo planeo la dictadura para evitar la integración entre los
estudiantes); además, la biblioteca y otras dependencias cierran desde las 4 p.m.
(ritmo carioca), todo lo cual hace que la vida intrauniversitaria no sea muy
intensa. Hay que agregar que la UFRJ es la universidad pública más grande de
latinoamérica y proporcionales son sus problemas.
En cuanto a los demás estudiantes, casi todos son profesores de cátedra en
universidades privadas, por lo que llegan y salen de clase apurados; salvo pocas
excepciones no tienen mayores inquietudes académicas y, en general, es difícil
establecer comunicación con ellos. Sobre el papel, la beca que yo tengo
representa un privilegio, pues puedo dedicarme a los estudios de tiempo
completo (algunos estudiantes brasileros también tienen beca por excelencia
académica, e incluso es mejor que la de los extranjeros); pero la realidad es que
el dinero sólo alcanzará para lo justo: transporte, comida y arriendo; pero no para
libros, cinema ni ‘cafezinho’ en Flamengo, por lo que sería ideal encontrar un
complemento. Y es que Rio no es una ciudad cara, pero es costosa. Para dar una
idea (cada real equivale a un poco más de mil cien pesos nuestros): el tiquete en
metro cuesta R$2,25; una fotocopia R$0,20 y una hora de internet R$5; el
almuerzo más barato que he conseguido es de R$ 7 y no incluye el refresco, que
cuesta R$ 1.50; y la entrada a cine oscila entre $R 10 y 20, pero afortunadamente,
por ley federal, con un maravilloso descuento para estudiantes del 50%. Así que
cuando vengan, o traen ‘grana’o en cine nos la pasaremos.
Por otra parte, ser colombiano en Rio es algo gracioso, en particular porque casi
nadie sabe algo del país y frecuentemente terminan confundiéndolo: hace unos
días le dije a alguien que yo era colombiano y me contó su viaje por Ecuador,
otro me preguntó si en mi país aún estaba presente la influencia inca y una
profesora de la universidad me habló de Chavez como si para mi fuera el tema.
Pero la confusión más frecuente es con Bolivia: yo no sé si por la paronimia del
nombre o por mi rostro indígena, pero usted les dice Colombia y casi siempre,
después, le preguntan por Bolivia. Y es que el nivel cultural de los cariocas es
muy básico en todos los aspectos y con respecto a Colombia -los más enterados-
apenas si saben de Cartagena o han oido hablar de un presidente que tiene
vínculos con el narcotráfico (el problema para mí es saber a cual de ellos se están
refirierendo); muchos la relacionan con una guerra y con Pablo Escobar, a quien
habrá que ‘agradecer’ eternamente haberle dado a Medellín fama internacional.
Pero seguramente todas estas son generalizaciones apresuradas, percepciones
iniciales que variarán con los días, pues al cumplir dos meses debo decir que aún
estoy llegando. Disfruto la novedad y, especialmente, la presencia constante del
azul en mar y cielo; leo cuentistas brasileros (J. Veiga y Murillo Rubião) y
pensadores franceses (Sartre y Benjamin), tomo agua y miro más de lo que debo,
camino lugares, sé que no soy de aquí y no quiero serlo. Confirmo cada día que
el espacio es una construcción mental, no creo que lo sea el tiempo.
Hace unos días, unos estudiantes del programa de lenguas me grabaron una
entrevista para detectar algunas particularidades del español de Colombia. Una de
las preguntas fue: “qué extrana de su país?”.... me dí cuenta de entre los
traumatismos del cambio y la sorpresa de lo nuevo no ha sido tanto el tiempo
para la saudade. Pero sé que extrano la luz del atardecer en los cerros orientales a
las 5:30 de la tarde, una voz en mi contestador, los rituales de yagé, la plazoleta
del ciprés, el factor X, la relación de amor-odio con mis estudiantes, algunos
colegas, mi dieta básica de aguapanela con arepa, el parque Lourdes y la
séptima... y los afectos, que son la patria.

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La carta de Darío de Jesús Gómez Sanchez nunca la respondí… entonces años después escribí
esto, un poco arrepentida.

Diciembre de 2019.

Querido Darío…
Estaba tan pequeña… no sé por qué nunca te respondí… creo que me asustó la idea de pensar en
materializar un ‘amor’ a distancia que nunca fuimos capaces de proferir… no lo sé. Después de
tantos años (13, para ser exactos) me re-encontré con esta carta y me pregunté qué habría pasado
si la hubiese respondido… había hacia ti una admiración tal que –me suele pasar- termino
idealizando a las personas y por tanto alejándome de ellas por no sentirme su igual… es una
estupidez, lo sé… pero eso a menudo es lo que me pasa… me pasó también con mi profe de
Historia del Arte, Adriana Tobón. Ahora muuuuuchos años después te escribo… Es más… no tengo
ni idea si estás en Bogotá, o en Río… si vives… uff que fuerte. Y escribo ahora porque creo que el
no responderte fue una gran estupidez… ni modo… El tiempo ha pasado y ya no sé si tan siquiera
me recuerdes. Pero igual siento que debo escribir esta respuesta… para… estar un poco más
tranquila conmigo misma.
Tus palabras me hacen pensar en muchas cosas… por ejemplo, cuando hablas de los ritmos de la
vida de allá, siento que yo debería vivir en ese lugar… así es mi ritmo, tranquilo. De hecho, mi
pareja actual me llama ‘la mujer que no conoce el afán’. ¡¡Y el aire libre… ahhh qué cosa
maravillosa!!

Al hablar de las chicas cariocas me haces pensar en mi morronguería y en todos esos miedos y
vergüenzas que le he impuesto a mi cuerpo… ahhh en cuánto placer me he negado también…
fíjate que hasta hace muy poco he comenzado a disfrutar de puntos de mi cuerpo que me hacen
producir mucho placer… ahora me siento más libre en muchos aspectos y más sensual, a pesar de
la edad, pero ¡Cuánto tiempo perdí! Por fortuna tengo mucha energía aún y bueno… se puede
recuperar un poco ese tiempo… <espero>. Sabes, me da alegría poder escribir esto y no
sonrojarme.

Bien, me gustaría saber cómo terminó ese proceso de adaptación o si definitivamente no


aguantaste y te devolviste a Bogotá… hace un par de años me pareció verte por la calle 14,
mientras pasaba de los sótanos de la Jiménez a la ASAB, me detuve y juraría que eras tú y hasta te
hice un gesto pero pasaste por mi lado y no me viste… o al menos eso pensé en ese momento. Un
suspiro y adiós. Luego me encuentro esta carta correo y pensé en ese momento… y dije ¡Claro,
Darío no me quizo saludar porque nunca respondí a su hermosa carta! Jajajajajajajajjajajaja
Con ese asunto de la patria… ¡ahhhh! ¡Es tan contradictorio! Es una noción que cada día tiende a
alejarse de lo placentero. Esta patria causa dolor, mucho dolor… esta patria es en realidad como
una extraña madre: La amas, pero también la odias. Crees que lo que pasa aquí ya no podrá
sorprenderte y sin embargo, cada día hay un nuevo golpe… uff es muy fuerte. Siento que Colombia
es una gran mesa de sacrificio… y eso no me gusta. Me pone mal. Así que no diré más sobre ello.

Tu carta también me hizo pensar en el Extrañar… en la añoralgia (como alguien me dijo hace un
tiempo) que en portugués es SAUDADE. ¿Qué extrañaría yo si me fuera a vivir a otro país? Mmm
difícil suponerlo. ¡¡¡Hay que vivirlo… pues solo he estado en otros países por muy poco tiempo!!!
Quizás extrañe el mundo de contradicciones que tiene este lugar… mis gatos… mi compañero
-pues llevamos una vida muy amena-, mis compañeros de tablas… la familia… las clases…
¡¡¡Seguro!!! A mis estudiantes… oh siii es que no te he contado aún que soy profe… y que estoy de
profe en el Alma Mater… Ay Darío la vida es una espiral. Y aquí vamos… a veces cantando alto, a
veces cantando bajo… pero sobre todo aprendiendo. Pero para no desviarme del tema creo, como
tú, que extrañaría los afectos. Mucho, Muchísimo.

Aquí los atardeceres siguen siendo hermosos me gusta mucho ver el sol de las 5:30 p.m. bañando
las montañas y los edificios… es como si Bogotá se volviera de cerámica. También ver el sol
ocultarse al occidente es bello, ¡sobre todo cuando hay esos soles rojos y gigantescos!
Espero todo vaya bien Darío… no sé nada de vos… y bueno… el tiempo… el tiempo nos hace
olvidar… por fortuna guardaba en mi correo esta carta.

Sinceramente,

SMS