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MANCO INCA 61
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Los peor para · Quisu Yupanqui era que carecía totalmente de
flecheros. Lo cuzcos hicieron lo que sus posibilidades permitieron,
pero al fin cedieron ante la impetuosidad de los jinetes y superioridad
efectiva del enemigo. Combatiendo los españoles y sus aliados "los cer
caron por todas partes". Aun así, rodeados, soportaron con arrojo las
cargas de la caballería, hasta que alcanzaron unos cerros vecinos para
guarecerse.
Cuenta el cronista Alonso de Borregán que, confiado, adelantóse un
sobrino de Juan de Panes, vecino de Panamá que iba en buen caballo
y los indios "le ataron las manos y los pies y le tomaron de la silla y
se lo llevaron. Socorrió Pedro de Lerma el capitán con gente, para lo
defender, y con él un Diego de Agüero, como los indios fuesen muchos
y tiraban tantas piedras con las hondas y las manos desde arriba de lo
alto ... dieron a Pedro de Lerma capitán una pedrada en los dientes que
le quebraron los dientes y la boca ... y a Juan de Panes y a su caballo
delante de todos los hicieron pedazos".
Asimismo, el capitán Per Alvarez Holguín fue enganchado con garfios
y casi muere; lo salvaron cortando las cuerdas en medio del combate.
Benzoni describe así tal choque: "Encontrados los enemigos, encar
nizadamente se combatió tanto de una como de otra parte, hasta que
los indios, no pudiendo resistir el ímpetu de los cristianos, volvieron
las espaldas y se retrajeron a una colina que está cerca de Lima. Murieron
en este encuentro muchos indios y de los españoles sólo dos, pero
muchos quedaron heridos".
Pizarra salió de Lima tras Lerma dice otro cronista y lo hizo con
ánimo de reforzarlo; pero a lo que se sabe no llegó.
Lerma salvó ese día a Lima. Entre otros testimonios está el de su hijo:
"si el dicho, mi padre no actuara los indios tuvieran lugar de entrar en
la dicha ciudad y matar todos los españoles". Pero el campo de batalla
quedó en manos de Quisu Yupanqui y por esto puede considerárselo
vencedor.
"Esa noche se hizo mucha guarda, rondando la gente de a caballo
la ciudad" ... "guardias y centinelas".
EL CERCO DE LIMA

Vencedores en Puruchuco, Quisu Yupanqui y Cusí Rímac optaron


por iniciar el cerco de la capital, a fin de lograr el anhelo de matar o
capturar a Pizarra, con lo cual se cumpliría plenamente la orden de
Manco de exterminar a la guarnición extranjera.
El desplazamiento hacia la ciudad de Lima se había iniciado almo
mento de perseguirse a las huestes de Pedro de Lerma, quien, herido
y todo, no perdió el control de la situación y se retiró en buen orden.
Es nuevamente Diego de Silva y Guzmán quien en su Relación
nos proporciona las mejores informaciones en tomo a este momento
decisivo e inicia su descripción anotando que viendo el gobernador
Pizarra (seguramente desde algún cerro) 11 como venían tan
grande cantidad de indios a dar en la ciudad ... salió gente de refresco a
dar en ellos y marcharon muchos".
Los lanceros de a caballo hicieron esa vez bastante daño entre los in
caicos, por darse el encuentro en tierra llana, hacia lo que ahora se llama
Yerbateros; asimismo, las fuerzas incasy de sus aliados pagaron caro
el no contar con flechas, única arma que podría contener la caballería
española. Quizá los dos máximos jefes indios, Cusí Rímac, el imperial
y Quisu Yupanqui, el semicuzco, debatieron en lo tocante a lo que co
rrespondía hacer en tal contingencia, acordándose en todo caso pose
sionarse de los cerros aledaños a la capital.
La situación fue tomándose difícil para los españoles porque los jefes
cuzcos recurrieron a la táctica de 11 quitar el agua del río y la
echaron por junto al cerro de San Cristóbal y para ir por agua era
menester gente de guerra". Lo cual no resultaba siempre fácil porque,
siendo el sitio del río pedregoso, "los caballos se mancaban muchos",
como lo recor daría fray Vicente de Valverde en su famosa carta de
1539.
La Relación de Silva nos indica que luego "los indios se pusieron en
unos cerros; en lo más alto de ellos se puso Quisu Yupanqui, con la
gente principal, que venía por capitán general de toda esta gente. Los
españoles arremetieron al cerro más bajo, adonde cayeron dos de caballo,
y al uno dellos mataron y el otro se salvó por gran milagro más que por
su posibilidad. El Gobernador, viendo tanta multitud de gente, creía sin
duda ninguna que ya lo de acá era todo despachado; los españoles
anduvieron escaramuzando con ellos, matando muchos, especialmen
te una vez que los enemigos se determinaron de acercarse a la ciudad,
poniéndose en unos edificios caídos. La gente de a caballo estuvo en
celada, y habiendo tiempo, salieron matando y alanceando mucho
número de ellos hasta que se subieron en unos cerros. Al Gobernador
jamás este día le dejaron salir a pelear, pero estaba con veinte de a
caballo a punto para socorrer a donde hubiese necesidad. Esa noche se
hizo mucha guarda, rondando la gente de caballo la ciudad".
"Otro día amanecieron los indios más cerca, en una sierra grande,
que estaba dellos cubierta que cosa della al parecer no se divisaba, de
donde quitaron e hicieron pedazos una cruz grande de madera que
estaba puesta en lo alto, a la parte delcamino que van a la mar y al
puerto; y en otro cerro algo más lejos pareció muy gran cantidad de
gente, toda de la provincia de los Atavillos".
"En estos cerros los enemigos peleaban muy a su salvo, abajando
a lo llano a pelear un escuadrón y aquel retirado bajaba otro; en la
ciudad había algunos indios amigos, los cuales, haciéndoles espaldas
los españoles, peleaban muy bien y era causa de reservarse de gran
dísimo trabajo los caballos, porque de otra manera no lo pudiera
sufrir".
"Algunos de los indios que se tomaban a vida se atormentabancruel
mente, para saber nuevas desta ciudad (el Cuzco); unos decían uno y
otros decían otro, y jamás concordaban, porque así estaban prevenidos
de sus capitanes".
"Viendo el Gobernador que los contrarios estaban tan cerca de la ciu
dad y que no les podía hacer ofensa ninguna, trataba cercarlos y para
esto hallaba poca posibilidad. Otras veces decían que sería bien subir
de noche y tomalles lo alto; también esto les pareció muy dificultoso,
así por ser pocos y el número de los indios tan grande, como por la
fragosidad del cerro en que estaban: Pero al fin acordóse ser esto lo
mejor ... En esto pasaron cinco días, y acordaron de hacer un reparo de
tablas para resistir las piedras; pero después de hecho les pareció
imposible poderlo llevar".
Así transcurrieron seis días de incesantes combates, con muertos en
ambos bandos. Quisu Yupanqui aguardaría el auxilio de una parte de
los contingentes de los curacas de los huancas, para ejecutar el ataque
final, que se presumía muy caro en vidas; merced, sobre todo, a la fuerte
potencialidad de fuego de los numerosos arcabuces de los españoles.
Pero los caciques huancas jamás llegaron, pese a las órdenes de los
jefes incas que los buscaron. Estos seguramente acabaron asesinados.
No obstante la enemistad de los caciques huancas y de otras naciones
aborígenes, los incaicos habían entrado a la lucha con excepcional vigor.
De allí la cantidad de heridos graves en esos días, a pesar de que fueron
rarísimos los flecheros, si es que hubo alguno.
Por aquellos días, Diego de Aliaga "estuvo a punto de morir por
haberle aprisionado el equipo sus enemigos con boleadoras, pero
auxiliado por sus compañeros logró encaramarse en la grupa de otra
cabalgadura y regresar salvo a Lima", según registra José Antonio del
Busto.
Quisu Yupanqui proyectaría un asedio largo, que rindiese por hambre
a Pizarro y los suyos. Pero la situación de los cuzcos pronto se deterioró a
causa de las noticias de que Alonso de Alvarado avanzaba a marchas
forzadas desde la costa norte a fin de auxiliar Lima cercada; con los es
pañoles bajo su mando venían según se decía varios miles de chacha
poyas, sus aliados, entre ellos numerosos yanaguerreros, enemigos
tenaces del Cuzco.
Convenía pues tomar la ciudad antes que a su defensa concurrieran
aquellos contingentes. Pero fue aun peor lo sucedido con los batallones
huancas. Sencillamente los caciques de esta comarca traicionaron a Qui
su Yupanqui y fueron a dar apoyo a Pizarro. Veamos los hechos.

LA TRAICION DE LOS CACIQUES HUANCAS

Como habíamos dicho, el ala izquierda del ejército incaico había sido
encargada al jefe cuzco Puyu Huillca. Estas fuerzas, a lo que se deduce,
no partieron completas. Quienes lo hicieron habían venido comandados
por sus propios caciques, Guacrapáucar y Paullo Runa y tal vez Apoa
laya, como lo registra Waldemar Espinoza en "Los Huancas aliados de
la Conquista".
A la hora del ataque no sólo no concurrieron los grupos que fal
taban llegar como Martín de Murúa menciona sino que, subrepticia
mente, Guacrapáucar fugó de los campamentos incaicos, deslizándo se
con los suyos hacia las líneas españolas, donde proclamó su adhesión al
"apu machu" (señor viejo), nombre con el que conocían a Pizarro.
En total serían unos mil trescientos huancas. Muchos murieron y nu
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rnerosos testigos declararon que en Lima vieron a Guacrapáucar sir


viendo esos días "con su persona y con otros muchos naturales que
consigo tenía".

EL ATAQUE A LIMA

Acabada la esperanza de romper las alianzas indoespañolas, y tras


varios encuentros menores en los alrededores de Lima, Quisu Yupan
qui dispuso el ataque a la ciudad. Para entonces todos los cerros cir
cundantes estaban ocupados y la cruz del San Cristóbal seguía derri
bada.
El gobernador Pizarra contaba para defender la joven capital con
unos "quinientos hombres de caballo y de a pie", según informe al
Consejo de Indias de un español que alcanzó a salir de Lima, en agosto
de 1536, poco antes de iniciarse el asedio; pero según el cronista Benzoni,
Pizarra sólo contaba con unos cuatrocientos españoles "y un poco más
de doscientos caballos".
A sus castellanos, Pizarro sumaba "varios miles" de guerreros nati
vos aliados y buen número de "negros de guerra", así como de moriscos
experimentados en artes bélicas.
Los sitiadores fueron unos cien mil según gran parte de las relacio
nes considerando a toda la gente de servicio; los guerreros probable
mente no pasaban de veinte mil, como se haría constar años más tarde,
en un juicio protagonizado por Hemando Pizarra. Y solamente una
parte de ellos era de la nación cuzco. ·
En esta etapa, los incas del Cuzco iban reestructurando su imperio
en los Andes Centrales, reincorporando mediante su ejército a varias
naciones indígenas que vacilaban en luchar a favor de los reyes incas
o se habían unido ingenuamente al español.
Es digno de mencionarse que por esos días habían llegado a Lima
algunos refuerzos.
Dice la crónica de Diego de Silva y Guzmán que Quisu Yupanqui
determinó entrar a Lima y tomarla por fuerza o morir en la demanda
y habló primero a todas sus gentes, diciéndoles: "Yo quiero entrar hoy
en el pueblo y matar todos los españoles que están en él ytomaremos
sus mujeres, con quienes nosotros nos casaremos y haremos generación
fuerte para la guerra". Lo juró ante el Sol.
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Fue entonces cuando enardecidos por las palabras del adalid Inca,
"los capitanes y personas principales respondieron que lo prometían
de hacerlo así y con esto movieron todo el ejército con grandísimo
número de banderas, por donde los españoles conocieron la determi
nación y voluntad con que venían". Descendieron entonces de los
cerros circundantes de la ciudad. Abajo, en batallones cerrados los
aguardaban españoles, yungas, huailas, cañaris, huancas, chimúes, así
como "negros de guerra" y algunos grupos de guerreros nicaraguas y
guatemalas.
La principal fuerza de choque la formaban los cañaris, ansiosos de
medirse otra vez con los cuzqueños. Muy especial empeño pondrían en
aquella jornada los cuatro mil hombres de Huaylas, enviados por la
citada "suegra india de Pizarro", Contarguacho.
Una línea de arcabuceros y unos cuantos cañoncillos protegían con
su fuego a los defensores de la plaza.
Con gran estruendo, al son de pututos y trompetas, y alentados por
los huáncares, esos grandes tambores de guerra, los cuzqueños empe
zaron a acercarse a la ciudad. Los jefes, en sus andas se aproximaron al
río, animando a sus huestes, que respondían con estruendoso vocerío. Ya
se oían en Lima los alaridos de triunfo de los soldados incaicos
cuando "el gobernador mandó que con toda la gente de a caballo se
hiciesen dos escuadrones: el se puso con uno en celada en una calle y
un capitán con él y otros en otra".
Llegó el momento en que según un paje de Pizarro que se lo narró al
cronista Fernando de Montesinos varios de la vanguardia inca
avanzaron por los paredones que están hacia el camino que sale a
Huarochirí; y salió el Gobernador hasta media legua pero "los enemigos
ya venían por el llano del río, muy lucida gente, porque toda era
escogida, el general venía adelante, con una lanza, el cual pasó en sus
andas ambos los dos brazos del río". Sus gritos se escuchaban claramen te
y los indios aliados traducían a los españoles una inquietante ame
naza: "A la mar, barbudos, a la mar, barbudos". Diego de Silva y
Juan de Betanzos, precisan que les gritaban: "a enfardelar, a enfar
delar".
Todos, entonces, castellanos, nativos, "indios amigos" y negros
esclavos se aprestaron a recibir la carga definitiva de los cuzcos atacan
tes y de sus aliados indígenas. Corrían mediadosde agosto. Quisu Yu
panqui y Cusí Rírnac, aunque careciendo totalmente de flecheros,
lograron tomar parte de la ciudad, con sus avanzadas, pero cuando se
desplegaban en lo llano junto al río, ambos cayeron bajo el efecto del
armamento occidental; el gran Quisu Yupanqui, por el hierro de un
lanzazo, durante una carga de jinetes; Cusí Rímac; de un disparo de
arcabuz. Al lado de esos grandes capitanes perecieron también otros
jefes incaicos. ·
Cuatro mil cuzcos y aliados sucumbieron esos días. De los españo
les, treintidós, según Garcilaso y ocho de sus caballos. Muchísimos,
varios centenares, quizás más de mil indios amigos murieron también
defendiendo Lima de los cuzcos.
Entre esas tropas militaba el contingente huanca dirigido por Guacra
Páucar; y sin duda yungas de Taulichusco y Guachinamo, curacas de
Lima; y diversos sectores más. Otros jefes indios costeños en quienes
no se tenía confianza permanecieron encerrados durante aquellas jor
nadas.
El 26 de agosto ya se encontraba suspendido el ataque a la urbe;
aunque los sitiadores siguieron dueños de los cerros circundantes.
Setiembre y octubre habrían de ser, para Pizarro, meses de diversas
expediciones a provincias limeñas a fin de obtener alimentos; múltiples ·
refriegas y escaramuzas se libraron entonces.
Hasta que llegó Alonso de Alvarado, de Chachapoyas y Trujillo, con
setenta españoles y cantidad· de "indios amigos"; Sandoval arribaría
con gente hispánica y unos cinco mil cañaris.

LA CAMPAÑA DE ALONSO DE ALV ARADO

El asedio a Lima aún se mantenía cuando llegaron unos chasquis a


Vitcos noticiando a Manco que con los gruesos refuerzos recibidos por
Pizarro en octubre, éste había decidido enviar nuevas expediciones a
la sierra; la más importante había sido confiada al capitán Alonso de
Alvarado, hombre con fama de cruel.
Partió Alvarado el 8 de noviembre del mismo 1536, nucleando unos
trescientos españoles, los miles de guerreros chachapoyas que había
traído, así como centenares de soldados huancas conducidos por Guacra
Páucar y unos cien "negros de guerra".
En Pachacámac se quemó vivos a varios sacerdotes. En el combate
de Olleros los conquistadores y sus aliados triunfaron con dificultad,
pues los incaicos "peleaban como vencedores", por lo cual murieron
once de los españoles y numerosos de los "indios amigos". Pero las ba
jas de los indígenas "proespañoles" se cubrían fácilmente porque
hombres como el caciquillo Martín el tallán, siempre conseguían refuer
zos para lo cual iban en la vanguardia con gente escogida.
En cuanto a los prisioneros incaicos, se los mutilaba, castraba o
mataba, no faltando ocasión en que hasta los cañonearon. Por Cierto que
en todos estos actos punitivos antiincas destacaban los caciques huan
cas, que se enorgullecían de quemar vivos a los orejones cuzcos cap
turados.
Ante el avance alvaradista Manco recomendó a Illa Túpac reforzar
al máximo las alianzas con las naciones de la comarca andina limeña;
pero fue inútil. Los huarochiris se comportaron bien, pero algunos
caciques de los yauyos abandonaron el bando incaico y con ellos otros.
De todos modos, superando adversidades, el jefe cuzqueño Allin Sonco
luchó con bravura en el Ayaviri de las nieves limeñas, tras lo cualcomo
lo supo el Inca en Vitcos Illa Túpac se replegó hacia la región de Chin
chaycocha una vez que Páucar Huaman se hizo cargo del área central
andina.
Pronto Pedro de Lerma, capitán a órdenes de Alvarado, cruzó las
cumbres de Pariajaja, recapturando Jauja a sangre y fuego. Una vez
reunidos allí todos los españoles, se acordó "pacificar" los alrededo
res mientras se aguardaba a las columnas de refuerzo que ya habían
partido de Lima, consistentes en unos doscientos cincuenta españoles.
Aquella "pacificación", según supo Manco, empezó por el oriente,
por donde se decía que podrían arribar refuerzos incaicos desde Vilca
bamba. Hacia allí marcharon los caciques Guacra Páucar y Cusichaca,
librándose entonces el combate de Comas, que perdió el incaico Páucar
Poma, quien fue llevado a Jauja y ejecutado allí.
Con perfiles menos claros aparece la batalla de Yuracmayo. Según
muchas fuentes, perecieron en este encuentro unos cincuenta españoles,
acorralados por Páucar Huaman y Yunco Cayo, quienes contaban con
flecheros pilcosunis.
El combate de Angoyacu fue luego ganado por Garcilaso de la Vega,
un lugarteniente de Alvarado, bien al sur; después quemó a varios de
los sobrevivientes. Pero hacia el norte las cosas no resultaron fáciles
para los españoles merced a la infatigable labor de Illa Túpac, a quien
Manco le ordenara reagrupar a los orejones dispersos y promover la
resistencia mediante alianzas con chupachos, yaros y pombos. Consi
guió cercar a los españoles del capitán Diego de los Ríos, matándole
gente, hasta que llegaron refuerzos de Gómez de Tordoya y el propio
Alvarado tuvo luego que marchar a la región con sus aliados huancas
y yauyos.
En el valle mantarino los españoles, sus aliados ylos negros, come
tieron tropelías sin cuento, entre saqueos y asesinatos y violaciones. Es
clavizaron a unos tres mil de los campesinos plebeyos, mientras los
caciques huancas, felones, indiferentes al dolor de su pueblo, mantenían
como tantos otros su adhesión a los conquistadores, a fin de afianzar
sus antiguos privilegios.
Seguían entre tanto las escaramuzas de los españoles con grupos cuz
queños aislados en las cercanías del valle.
Al fin, cuatro meses después de permanecer en Jauja, Alvarado se
animó a avanzar hacia el Cuzco. Los del Inca lo aguardaban en Rumi
chaca, en la actual Tayacaja. Allí Páucar Huaman los cercó, utilizando
un buen paso donde la caballería no podía actuar, correspondiendo, en
tonces, a los arcabuceros el ataque principal. De todas maneras, vein
tiocho españoles y nueve caballos quedaron tendidos para siempre, al
igual que un número incierto de "negros de guerra" y seguramente
miles de "indios amigos".
Manco tuvo que saber que aquel día Páucar Huaman estuvo a punto
de ganar la batalla; mas, al parecer, fue a costa de su vida.
El escarmiento en Rumichaca fue terrible .. mataron sin distinción de
edad ni sexo, con la colaboración de caciques anearas enemigos de los
reyes Incas. Luego Alvarado asoló Guamanga, vasta provincia en la
margen izquierda del río Apurímac, ayudado por los curacas de los
pocras. Mayor fue aun el apoyo brindado por la aristocracia chanca al
momento del avance español por Chincheros, la cual proseguiría en
Oripa y Andahuilas.
De todo esta avance fue informado Manco y de cómo los guerreros
incas combatían, resistiendo la desestructuración del Imperio. Supo
también el rey Inca que su enemigo, el cacique Guaseo de los chancas,
había sido afianzado por Alvarado y que fue con la ayuda que aquel
le brindó que el jefe español había partido, cautelosamente, hacia el sur,
por el camino del Cuzco. Pero el empeño de ingresar como a
la capital imperial habría de verse frustrado en Abancay a
un acontecimiento impensado: la reaparición de Almagro, a
suponía perdido en los hielos de Chile, o muerto a consecuencia
gran rebelión incaica:
Pero hagamos aquí un alto para retomar al Cuzco, al cual dejamos
a mediados de 1536.

EL LARGO ASEDIO DEL CUZCO

El relato de los pormenores del ataque a Lima por Quisu Yupanqui


y luego la trayectoria lenta de la campaña andina de Alonso de Alva
rado nos apartaron de los sucesos del cerco del Cuzco, que Manco
mantuvo en pie a lo largo de todos aquellos meses. Es hora, pues, de
ver lo que allí sucedía al iniciarse una nueva ofensiva al amparo del
plenilunio de setiembre de 1536.
Conviene señalar que para entonces se había atenuado la presión
cuzqueña, a causa de la merma de yanaguerreros enviados a los
antedichos sucesos; pero la agresividad se mantuvo. Por esta razón no
decayó tampoco la acción represiva española, en especial cuando se
empezó a anotar, conforme lo habían predicho "indios amigos" como
Pascac, que la escasez de subsistencias haría que el ejército inca dismi
nuyese en número.
En esos mismos días Manco, a fin de humillar a los españoles sitia
dos, hizo arrojar seis cabezas con barbas y varias cartas rasgadas. Esto
lo dispuso porque uno de sus prisioneros españoles, mañosamente, le
sugirió que romper esos mensajes era una forma de humillar en España.
Así, a través de las epístolas, aunque rotas, algo llegaron a saber los
sitiados sobre Lima y las expediciones de socorro; y hasta de triunfos
hispánicos en Africa.
Otro día se produjo un reto, batiéndose un guerrero inca contra un
cañari, venciendo este último.
Corriendo el tiempo, otra vez faltó alimento en el Cuzco, donde se
apiñaban muchos miles de hombres, especialmente indios aliados y
yanas. Se organizó entonces una expedición al sur, hacia Pomacanchis,
poniéndose al frente de ella al capitán Gabriel de Rojas. Fueron setenta
jinetes y gran cantidad de los amigos, por lo cual Manco remitió parte
MANCO INCA

selecta de sus huestes para tratar de impedir que los expedicionarios


regresasen.
Confiaba en el uso de armas tomadas como botín por Quisu Yupan
qui, aunque aún sin suficiente entrenamiento. Fue lo más señalable de
las escaramuzas que Rojas tuviese que enfrentar a "muchos indios con
espadas y rodelas y alabardas y algunos a caballo con sus lanzas,
haciendo grandes demostraciones y bravezas y algunos embistiendo
con los castellanos hicieron hechos con que mostraron ánimo más que
de bárbaros y la industria aprendida de los nuestros".
Pero esto no fue todo. Los guerreros cuzcos más avanzados también
lograron dominar en parte los secretos de la pólvora y así se vio "mos
quetes encabalgados que se dispararon cuatro o cinco veces en esta
facción".
Sin dejar de combatir un momento, Rojas cumplió su cometido, re
tomando al Cuzco con bastante maíz y llamas.
Sin embargo, lo más negativo para la causa incaica fue el brote de
nuevas alianzas aborígenes, lo cual volvía a romper el equilibrio de
fuerzas, en detrimento de los Hanancuzco y de la nación cuzqueña.
En efecto, en ese diciembre, quizás al tiempo delsolsticio, se produjo
la deserción de un nutrido grupo de la aristocracia que había venido
respaldando aUnca. Gualpa Roca, Cayo Túpac, Pácac Inga y Cari Topa
fueron los principales conductores de la felonía que culminó con el pase
al Cuzco de varios miles de los vasallos directos de los tránsfugas, de
guerreros cuzcos y de yanas, obedientes todos del mandato de sus
respectivos caudillos aborígenes. Estos condujeron también una masiva
cantidad de maíz, miles de llamas y otros abastecimientos.
Gualpa Roca era el señor de los alcahuisas, antiguos pobladores de
una parte del valle del Huatanay cuzqueño, vencidos por los Hermanos
Ayar en tiempos míticos, siglos atrás, hombres que habían ocultado sus
rencores generación tras generación; pasiones que en la incertidumbre
del asedio se sumaron al temor que infundían las armas hispánicas,
cuya efectividad veían y sufrían. Así se iba desmoronando el cerco del
Cuzco.
Fue esta defección, posiblemente, el factor que forzó el traslado de
Manco de Calca a la fortaleza de Ollantaytambo, algo más al norte y
bien guarnecida. Pero a la presión de las mencionadas alianzas se
sumaban los informes en tomo al avance simultáneo aunque lento, de
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dos numerosos ejércitos españoles, el de Alvarado desde el norte que
iba por Guamangay el de Almagro, que por el sur regresaba desde
Chile en pos del Cuzco y que a la sazón cruzaba por Tarapacá. Con
Almagro retomaba Paullo Topa.
Hemando Pizarra, que sitiado en el Cuzco nada sabía del avance de
Almagro y Alvarado, decidió por esos días una solución desesperada:
Un ataque sorpresivo a Ollantaytambo.

BATALLA DE OLLANTAYTAMBO

Este choque bélico es relevante por constituir una de las victorias per
sonales de Manco, siendo señalable que en esta ocasiónenero de 1537 se
le vio a caballo por primera vez.
Hemando Pizarra se animó a lanzar la ofensiva sobre el principal
centro militar de Manco a raíz de la ya citada rendición de poderosos
elementos de la nobleza incaica, seguidos de sus vasallos. Pero Manco
por su lado había conseguido mejorar sus lazos con mitimaes de diversas
naciones asentadas en toda la enorme provincia de Vilcabamba, con los
chachapoyas en especial. Asimismo, había aprendido algunas técnicas
occidentales, no sólo a montar a caballo, sino también a disparar arca
buz, sin duda por la enseñanza brindada voluntariamente por Santilla
na, el español que fugó del Cuzco, y por otros prisioneros que guardaba
consigo.
Manco informado por sus espías de cuanto pasaba habría de aguar
dar a los españoles listo, a punto de guerra.
Sabiendo que quizá se jugaba el todo por el todo con esa audaz
incursión sobre Ollantaytambo, Hemando Pizarra ordenó que se alis
tase lo más graneado de las huestes indoespañolas acantonadas en el
Cuzco.
Los indios aliados a los españoles ya sumaban treinta mil en aquel
período; se escogería a los mejores yanaguerreros para la expedición.
Habrían de partir bajo las capitanías de Hemando y Gonzalo Pizarra,
11 dejando a Gabriel de Rojas con la gente más flaca" en la
capital. Esos dos caudillos marcharon 11escogiendo la mejor gente y
caballos que había en la ciudad, que fueron hasta sesenta, y obra de
treinta peones".
Con los noventa expedicionarios españoles fue también el núcleo
principal de las fuerzas auxiliares indígenas, constituidas fundamental
mente por los bravos soldados y cargueros cañaris, chachapoyas
y huancas, así como no pocos elementos de la nobleza incaica. Por eso
dicen las crónicas que Hernando Pizarro se dirigió sobre Ollantaytambo
"levando cantidad de indios amigos". Una relación escrita por un actor
de estos hechos precisa con claridad que el capitán español llevó consigo
"sesenta de a caballo y treinta mil indios amigos y algunos peones
españoles".
El objetivo de los castellanos era tomar de sorpresa a Manco Inca;
y, por ello, Hernando Pizarra ordenó a su hermano Gonzalo que
se adelantase con veinte jinetes para liquidar los puestos de centinelas
antes de que pudiesen dar aviso a los guardas de la fortaleza. Pronto
este destacamento tuvo que enfrentarse con un batallón de arqueros
incaicos, a los cuales obligaron a replegarse en las partes altas,
desde donde otros contraatacaron a los jinetes con armas arroja
dizas.
Confiados "los peones fueron a escaramuzar con ellos", cruzando
por un vado ... pero "como los indios tenían en poco a la gente de a pie,
cerraron con ellos con tanta presteza que, como eran pocos, fueron
desbaratados, volviendo las espaldas. Los indios los siguieron de manera
que mataron uno de ellos".
Al día siguiente los españoles partieron, siguiendo el rumbo del
camino imperial. Pero llegando "Hernando Pizarra al amanecer sobre
Tambo halló las cosas muy diferentemente de lo que pensaba, porque
había puestas muchas centinelas en el campo y por los muros, y muchos
cuerpos de guardas, y tocando el arma, con upa grita, como los indios
suelen, y con estruendo de sus bocinas y atambores, se juntaron más
de treinta mil hombres, sin desmandarse, aguardando ocasión para
ofender a los castellanos, y estando muy recatados para no ser alancea
dos ni atropellados ... ".
"Era cosa notable ver salir algunos ferozmente con espadas castella
nas, rodelas y morriones, y tal indio hubo que, armado de esta manera,
se atrevió a embestir con un caballo, estimando en mucho la suerte de
la lanza, por ganar nombre de valiente ... ".
"Aparecía el Inca a caballo entre su gente, con su lanza en la mano,
teniendo el ejército recogido, y arrimado al lugar que estaba muy
bien fortificado de muralla, y de un. río, con buenas trincheras y
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fuertes terraplenados a trechos, y por buena orden".


Pero "queriendo acometer la entrada fueron tantas las galgas que nos
echaron y piedras que tiraron y flechas, que aunque fueran muchos
españoles más de los que éramos, a todos nos mataran"; cuenta un
cronista que participó en el asalto. Once andenes escalonados permitían
a Manco Inca una defensa cerrada. En todos ellos "había gente de
guerra, flecheros".
Manco, en efecto, había conseguido refuerzos "chunchos" y mucho
temían los españoles a las flechas para avanzar sin precauciones.
Hubo orden de tomar la plaza fuerte, pero "los españoles con temor
de las flechas no osaban llegar a las murallas".' Cundió el desaliento
entre la mesnada conquistadora y desconcertados se hallaban también
los indios cañaris y chachapoyas que combatían contra los incaicos.
Manco los quiso atraer a los andenes (donde los caballos no podían
galopar), pero Hemando Pizarro no cayó en la trampa. Mas algunos
chachapoyas proincas avanzaron temerariamente y con grandes pie
dras tiradas a mano rompieron las patas a un caballo que, en su dolor
y corcoveo, causó gran desorden.
Fue el principio de la derrota en las filas castallenas. Bajo una lluvia
de flechas y de piedras, amagados por tres puntos, los indios auxiliares
en desbande y aterrorizados los esclavos negros, los españoles "aquel
día pensaron ser muertos".
En medio del caos producido por el caballo medio enloquecido de
dolor cargaron los soldados de Manco; retrocediendo las huestes de
Hemando Pizarro, sumidas en el desorden, al llano que se encontraba
al pie del fuerte y luego saltaron el río fuera del lecho "lo cual visto por
los indios que retraímos rehácese tanta gente sobre nosotros que
pensamos aquel día ser desbaratados y perdidos, porque nos echaron
en el río llamado el Yucay".
En algunas partes, precisa nuestro informante, "los caballos hasta
las cinchas, y era tanta la gente que venía sobre nosotros que no ha
bían en las sierras ni campos y dárannos las batallas con artillería de
versos ( cañoncillos) y arcabuces". Confirmase así lo que otras crónicas
apuntan: el uso de armas de fuego por parte de algunos contin
gentes pequeños de Manco, esta vez en la pluma de Diego de Silva
(1539).
Mientras los mosquetes se disparaban, Manco Inca, en su afán de
MANCO INCA

capturar a Hemando Pizarra, ordenó la carga definitiva. "De improviso


apareció tanta gente por todas partes que no se divisaba cosa en aquel
circuito que no estuviese cubierta de indios. Viendo Hernando Pizarro
el atrevimiento de los contrarios que, por ser la tierra mala, era grande,
traba con ellos una escaramuza tan reñida que nunca se vio por ambas
partes". Se reanudó el combate cuerpo a cuerpo. Los pechos de los
caballos detuvieron la audacia cuzqueña. Lancearon y acuchillaron los
españoles a diestra y siniestra, mas el campo de batalla les fue que
dando estrecho y a los corceles les era cada vez más difícil galopar en
las cargas. Luego formaron cuadros colocando en el centro los batallo
nes de indios auxiliares que combatían con tanto denuedo contra los
cuzqueños.
En todo aquel día se batieron ejemplarmente "los indios caribes",
esto es los chunchos del Antisuyu y así hubo "gran mortandad entre
ellos y los amigos" (los indios proespañoles). Ellos completaron el
apremio sobre Hemando Pizarro y entonces no tuvo más que disponer
la retirada, aprovechando la noche. Cuando a la mañana siguiente los
incaicos "no hallaron ninguno de los españoles les dio gran risa, dicien
do que habían huido de miedo", según el relato de Titu Cusi Yu
panqui.
Manco había ganado. Pero con sus más linajudos capitanes no dejaría
de reflexionar otra vez sobre las excelencias del hierro. Esas armas de
fensivas españolas habían salvado, nuevamente, a sus enemigos por
que, de los españoles, todos regresaron menos uno. Vencidos y con heri
das, pero vivos. Los más diestros flecheros no lograron sino clavar uno
que otro proyectil en las partes descubiertas de los cuerpos españoles.
Los "indios amigos" fueron los que, como resultaba usual en estas
lizas, pagaron una enorme cuota de sangre.
Pero era una victoria. Un gran triunfo. Manco entonces siendo "tan
animoso" como era, pasó a la ofensiva.

NUEVO ASEDIO AL CUZCO

La victoria de Manco en Ollantaytambo fue seguida de un nuevo


asedio pasado el novilunio; Gabriel de Rojas con sus jinetes contuvo a
multitud de guerreros incas, por lo cual se le envió todo el socorro
posible, que si no "este día entraran los indios a la ciudad".
JUAN JOSE VEGA

En este cerco mataron varios caballos. Por entonces, cuando Manco


había logrado reclutar, otra vez, huestes de cierta consideración, reapa
reció Almagro. Este quería quitar el Cuzco a los Pizarro; recuperar lo
que creía que le pertenecía. Se iniciaron comunicaciones entre los valles
de Arequipa y Ollantaytambo. Subió luego ese jefe español a las cor
dilleras de Kanas con su gran ejército (cerca de quinientos españoles,
cien negros, miles de "indios amigos" y cargueros). Se produjo durante
aquellas jornadas un acercamiento MancoAlmagro, con intercambio
de embajadores entre los dos caudillos; gestiones que estuvieron a
punto de culminar en una alianza antipizarrista. Esta se frustró en su
desarrollo a raíz de un mensaje en que Hernando Pizarra, doblemente
cercado en el Cuzco, denunció con falsía ante el monarca indio que
Almagro jugaba doble y que no se confiase en él, porque en un descuido
lo apresaría para remitirlo a España. Lo real era que los Pizarro del
Cuzco se habían enterado, poco antes, del regreso del temido rival
español e intrigaron de aquel modo ante el Inca para salvar sus vidas.
Temían que el pacto se consumase.
Manco dudaría, pero supo apreciar que los españoles, mediando una
insurrección indígena, no pelearían entre sí, aun siendo de distintos
bandos. Por ello, a pesar de la oferta de Almagro, desencantado, atacó
a todos los almagristas en Yucay los empujó sobre el río Urubamba,
donde pudo haber ahogado a muchos de no mediar una buena can
tidad de balsas que allí estaban; por este descuido o traición Manco
mató en el acto asu yanaGeneral Rampa Yupanqui.
Luego Almagro y Rodrigo Orgóñez, su lugarteniente, lograron rea
grupar huestes y se fueron a cercar el Cuzco pizarrista, cuya rendición
exigieron inútilmente al Cabildo. Fue entonces que atacaron la ciudad
durante la noche que corrió entre el 17 y el 18 de abril de aquel 1537
. y la tomaron sin que la mayoría de los atacados la defendiera, porque
había sido ganada previamente por secretas ofertas de Almagro: oro,
cargos y encomiendas.
Este resultado fue una desilución para Manco, puesto que creía
posible la guerra civil española para luego atacar al debilitado vencedor
de una contienda que parecía inevitable.
Después de reconquistar el Cuzco, Almagro volvió sus armas contra
el ejército de Alonso de Alvarado, que había venido avanzando desde
Lima en campaña sanguinaria contra el ejército de Manco. El mariscal
MANCO INCA 7
7
Orgóñez lo aplastó en el encuentro de Cochacaxas, junto a Abancay,
entre el 12 y 13 de julio de ese mismo año. Y más que batalla fue un
desbande.
De inmediato, gracias a la descomunal energía de Orgóñez, el alma
grismo se aprestó a abrir campaña contra Manco, quien se hallaba acan
tonado en Vitcos, que quizá sea la hoy llamada ciudadela de Machu
Picchu.
VITCOS

A mediados de 1537, Almagro contaba en el Cuzco con más de mil


españoles adictos, cientos de fieles esclavos negros de guerra y unos
quince mil guerreros y auxiliares indígenas aliados; acaudillados estos
últimos por Paullo Topa, el príncipe traidor.
Fue con estas huestes (españolas, indias y negras) que el mariscal
Orgóñez el mejor soldado de su tiempo en el Perú emprendió cam
paña sobre Manco, quien se hallaba muy seguro de sí mismo, a causa
de numerosas victorías alcanzadas sobre las tropas españolas.
En su corte Manco tenía esclavos españoles, concubinas negras y mo
riscas, "doscientas cabezas de cristianos y ciento cincuenta cueros de
caballos"; mucho vino; sedas y ropajes europeos. Y contaba con una
pequeña caballería. En fin, era un rey vencedor de numerosos combates,
y, si bien había sufrido más contrastes que triunfos, la suerte de las
armas también le había sonreído. Pero Manco no contó con que Almagro
haciendo gala de artes muy políticas agigantara su poderío al unir
bajo su mando a casi todos los españoles del sur del Perú, hasta esa
fecha enconadamente divididos.
Fue entonces cuando el Inca, tras abandonar Ollantaytambo forta
leza al alcance de Almagro pasó a ocupar su red de ciudadelas de Vil
cabamba. Tras cruzar el Urubamba, Manco se sintió absolutamente
seguro en Amaybamba y más todavía trepando los escarpados senderos
hacia Vitcos.
El puente sobre el caudaloso Urubamba quedaba roto y asimismo "
Manco debió pensar que para Orgóñez sería difícil hallar guía en tan
intrincados caminos. Creyó que varios días serían necesarios para re
parar el puente, y muchos más para avanzar hacia el reducto de Vitcos.
Al camino le salieron caciques de los Antis, que con razón tenían a
honor que el Inca se aposentara en sus comarcas: y decidieron preparar
78

una gran fiesta, la cual Manco en su mala hora aceptó gustoso.


La aceptó porque bien convenía honrar a esa gente del Antisuyu, que
con tanta lealtad lo seguía. Había allí indios 'pilcosunis, machigüengas
y manaríes, con sus vistosos plumajes, armados siempre con certeras
flechas y rudas macanas de chonta.
Lo que el rey quechua ignoraba era que mientras se hacían los pre
parativos para el convite, Orgóñez, "cuya virtud era no descansar"; re
paraba de prisa el puente del Urubamba, en Chaullay, gracias al aporte
brindado por los indios de Paullo Inca y los mitimaes chachapoyas
rebeldes.
Mientras en Vitcos de Vilcabamba las momias más veneradas del
Incairo salían en procesión para el festín, Orgóñez, con lo mejor de su
gente, espoleaba a la cabalgadura para subir las empinadas cuestas; lo
seguían lo más graneado de sus huestes: españoles, indios y negros. Los
mitimaes chachapoyas le mostrarían los más convenientes atajos, tras
degollar a los vigías incaicos capturados. Avanzaba Orgóñez "no pa
rando de correr ... ya tan cansados los caballos que no podían pasar
adelante". No cesaba de repetir aquel joven aventurero que si había cap
turado a Francisco I de Francia en Pavia, bien podía coger al Inca del
Perú.
Guerrero fogueado en las campañas de Italia, sabía que no existían
sitios inexpugnables, por más que así se lo dijeron; habíale entusiasma
do además la noticia de la fiesta que le harían al Inca. Conocía por ex
periencia que ningún momento mejor para atacar a los indios que en
medio del delirio de sus festividades. Relajado todo control, aun más
suponemos por el apetecido vino español cogido en botín de guerra, en
medio de las alegrías, factible sería penetrar de sorpresa en los bas tiones
incaicos.
Quizá le disgustaba atacar en esa forma, pero Almagro le había
ordenado que a Manco "le hiciere la más cruel guerra que pudiere,
porque así convenía a Su Majestad, por los grandes daños que en los
españoles había hecho".
Acordado el ataque, se planeó que fuese en la noche, sabiendo que
los incas no acostumbraban combatir a oscuras. Orgóñez, "muy vale
roso y diestro soldado y de gran experiencia, como prudente capitán,
trasnochó y dio de sobresalto una madrugada en los enemigos y rompió
tres escuadrones". Esta pequeña guardia de vigilancia fue arrasada por
7 MANCO INCA JUAN JOSE VEGA79

el número de atacantes y Ia sorpresa.


El propio hijo de Manco un niño en aquellos tiempos habría de
contar más tarde esa noche funesta de Vitcos. "Mi padre estaba quieto
y sosegado, descuidado de que nadie habría de entrar en esta tierra,
quiso hacer una fiesta muy solemne convidado por los Antis y al mejor
tiempo que estaban en ella, desacordados de lo que sucedió, halláronse
cercados de españoles, y como estaban pesados los indios por lo mucho
que habían bebido tenían las armas en sus casas, no tuvieron lugar de
poderse defender,. porque los tomaron de sobresalto".
Era una fiesta con los excesos usuales en los pueblos clásicos; una de
aquellas festividades incas en que se entremezclaban las momias y las
favoritas; los brindis y los himnos triunfales; las danzas y las loas.
Lo que siguió al asalto fue una masacre de incaicos y de antis de la
selva, pues se cuenta que los españoles "pelearon bravamente, matán
dole muchos indios" y "a Manco Inca le desbarataron".
En la sorpresa las venerables momias fueron derribadas de andas y
altares, varios sitios incendiados, las mujeres huían a desbandadas,
mientras algunos hacían lo imposible tratando de reunira los disper
sos.
El mariscal Orgóñez, a gritos, precipitando su corcel de un extremo
a otro del campo, daba vivas voces de buscar a Manco/ a cualquier
precio; irrumpía en todos los recintos buscándolo; se revolvía de aquí
a allá, degollando al paso con su toledana a quienes se le cruzaban. Pero
fue en vano; el Inca parecía haberse esfumado.
Venturosamente Manco, en medio de la batalla, logró deslizarse,
arrastrando de una mano a Cura Ocllo, su esposa principal, que en ese
momento lo acompañaba. Con él estuvo también el Sumo Sacerdote
Villa Orna. Escoltados por un puñado de leales, alcanzaron a huir por
un apartado sendero: cargueros veloces, fieles hasta la muerte, se pre
sentaron para llevarlos raudamente en tan precarias circunstancias, a
vuela pié.
No hubo tiempo de pensar en nada; luego, en la azarosa retirada,
atrás quedarían las esperanzas de restaurar pronto su imperio destro
zado. Por mucho tiempo se acordaría el Inca del desastre de "Vitcos
donde fueron presos, heridos y muertos muchos caciques y principales
e indios".
Aun cuando exagerando la situación, bastante de cierto hubo en la
declaración de Jerónimo Costilla, capitán español en Vitcos, sobre que
allí Orgóñez y los alma gris tas "desbarataron al dicho Manco Inca y le
tomaron todos sus capitanes y señores y principales que consigo tenía,
le dieron tan recio alcance que él se escapó con sola su persona y su
mujer escondido".
Y en aquel día trágico para el Cuzco cayó la noche con el Inca
perseguido, sin tregua, por lo mejor de la caballería almagrista, coman
dada por el propio mariscal Rodrigo Orgóñez, ansioso de capturar al
principal enemigo de España en todas las Indias. En efecto, mientras
los indígenas aliados masacraban a los cuzqueños, Orgóñez, entre ju
ramentos y maldiciones, buscaba a Manco Inca sin hallarlo. Negros
esclavos le llevarían arrastrando a varios nobles jóvenes, ricamente
ataviados, en quienes ellos creerían reconocer al Inca. En medio de esa
confusión, una vez enterado de la ruta de evasión, se lanzó tras el
fugitivo.
Para ello, sabiendo que Manco era conducido por gente muy ágil,
formó un grupo ligero para perseguirlo: Cuatro jinetes de los más
veloces, esclavos negros muy prontos y yanaconas fieles que a todo
cerro trepaban.
Todo el día avanzó Orgóñez tras Manco, olvidando las fatigas del
combate y tantas marchas; pero el Inca conocía mejor esos tortuosos
senderos entre las malezas, que tenían muchos atajos en medio de los
abismos; además, lo portaban los mejores cargueros del Imperio, los
indios Lucanas, que tras buscar a su rey en medio de la hecatombe lo
habían sacado más que de prisa para luego llevarlo ágilmente a la
carrera como sabían hacerlo en emergencias.
Manco sentía que se jugaba la vida si era cogido; y Orgóñez, que
alcanzaría el mayor de los lauros si capturaba al Inca. Así, aguijando
a los suyos, Orgóñez siguió al joven rey rumbo a la cordillera más alta,
hasta "al pie de un puerto (paso) muy alto y de mucha nieve". Allí
Manco, a fin de retirarse con mayor celeridad, había dejado "las andas
y llevaba consigo no más de veinte indios Lucanas, que es la más suelta
gente que hay en estas partes, los cuales a ratos le llevaban del brazo,
porque de cortado y cansado no se podía valer; Villa Orna iba allí
esforzándole todo lo que podía".
Iba así el joven rey, a pie, en las más empinadas laderas "fatiga
do, desamparado de los suyos", pero sin flaquear en semejante adver
81

sidad; e iba el mariscal pisándole los talones y cuando llegó al]?ie


de ese paso nevado "con cuatro de a caballo, mandó los dos que
subiesen porque tenían los caballos mejores y él se quedó esperando
gente; a medianoche, poco más se juntaron hasta veinte de a caballo
y con ellos subió al puerto y caminó toda la noche y otro día anduvo".
Pero Manco logró eludir a su rival; éste sin detenerse llegó "hasta un
pueblo donde, estaban los indios tan descuidados que conocieron cla
ramente haber errado el camino que el Inca llevaba; desde allí se volvieron
(a Vitcos) porque no podían pasar adelante".
Despechado, lanzando improperios, regresaría el mariscal a Vitcos,
y no era para menos: había galopado "veinte leguas" y hada una
semana que casi ni dormía; sus últimas fatigas habían sido inútiles;
habían vencido; pero, en'vano, había trepado luego desde la selva hasta
las nieves. Manco había logrado fugar; más tarde se reconoció que "por
la aspereza de la tierra no se lo pudo seguir". _/
En efecto, en algún lugar de esas inmensas soledades, "sólo con
el Villa Orna... ambos se escondieron en unas sierras donde no los
pudieron hallar"; haría allí un alto con esos fieles seguidores, miserable
resto de sobrevivientes de lo que había sido la espléndida corte de
Vitcos.
Gran pesadumbre lo abrumó; parece que intentó matarse. Debió
sentirse abandonado de todos los dioses, hasta de su "padre el sol".
Nada quedaba de su ejército. Se había convertido en un fugitivo dentro
de su propio reino arrebatado.
Aún no sabía de la muerte de varias de sus más queridas mujeres.
Regresando a Vitcos, el mariscal Orgóñez se enteró en efecto de un
hecho que parecía increíble: Las principales mujeres de Manco se habían
arrojado por el abismo; otras se habían ahorcado y precisamente se
mataron "las principales, a quien él más quería, sin que se pudiese
excusar ni remediar".

UNA GRAVE RUPTURA

A los pocos días de la debacle de Vitcos, ocurrió algo inesperado: la


ruptura entre el rey Inca y el Sumo Pontífice Solar. En efecto, ambos
personajes prófugos se distanciaron, movidos por divergencias aún no
precisadas, pero profundas sin duda. No fue un altercado, sino una
8 JUAN JOSE VEGA
MANCO INCA 82
separación para siempre, lo cual implica la existencia de causas nada
pasajeras. Ambos habían venido actuando de consuno desde los finales
de 1533.
La separación hubo de revestir consecuencias para la monarquía
inca, porque el pontífice había actuado, a menudo, como consejero del
joven monarca, a quien duplicaba en edad. El rompimiento dejó así un
vacío que al parecer nunca se llenó.
Pero esto se verá después. Señalemos por el momento que pertene
ce al terreno de las conjeturas la causa de tan honda escisión incaica.
¿Qué pudo llevar a separarse a los dos hombres más importantes del
todavía vivo Imperio de los Incas? No lo sabemos, pero algo ayudará
contemplar antecedentes. Ateniéndonos a lo que ambos eran o habían
sido y hecho hasta el desastre de Vitcos, diremos que Manco, el Inca,
era un aristócrata cuzco de limpia sangre nobiliaria, no así Villa Orna,
el Sumo Sacerdote, que aun siendo su hermano era hijo de Huaina
Cápac en una princesa provinciana, quizá norteña: en suma, fue un
semicuzco. Al respecto, convendría recordar que, como tal, Villa Orna
fue de quienes apoyaron decididamente la revolución antipanacas de
Atao Huallpa, quien era hermano paterno de ambos. Eso fue como
sabemos en 1529, posición que Villa Orna dejó sólo en los finales de
1533, ejecutado ya en Cajamarca quien había sido su caudillo; y lo hizo
a fin de apoyar a Manco en el Cuzco.
Quizá el fragor de la lucha contra España atizó rescoldos de estas
diferencias de los dos estamentos nobiliarios; pugnas aparentemente
superadas. Porque, de todos modos, el alejamiento de Villa Orna
fue en la práctica un desacato, dada la estructura verticalísima del
In cario.
También las diferencias pudieron ser agravadas por recriminaciones
del Inca al Sumo Pontífice en torno a los inconvenientes de celebrar en
Vitcos una fiesta religiosa de semejante magnitud, con tantas libaciones,
en plena guerra, a lo cual el sacerdote bien pudo responder opinando
que tales festejos eran lo usual en el Incario y hasta sustento de las
victorias, porque con ellos se obtenía la gracia de los dioses; y hasta
pudo deslizar alguna crítica por. la carencia de eficaz vigilancia en los
alrededores de esa ciudad. Pero tal vez la desavenencia principal surgió
de cuando el monarca se empeñó en marchar a baluartes lejanos donde
organizar· la brega con pequeñas unidades.
El pontífice podría haber propuesto defender a cualquier costo los
lugares sacrosantos del destrozado Imperio. Porque tras la discordia,
se dirigió a la región de Pacaritambo, cuna de los Hermanos Ayar, con
duciendo desde entonces y desde allí la lucha en todo el Condesuyu,
de donde jamás saldría hasta su captura por los españoles.
En todo caso, Manco y Villa Orna nunca más se volverían a ver. Cada
uno siguió su propia trayectoria heroica hasta la muerte; pero en forma
separada y de algún modo opuesta.
El nevado del Salcantay fue testigo de la más grave desavenencia
entre los principales protagonistas de la guerra de los cuzcos contra
España.
Manco optó por replegarse hacia las tierras de Andahuaylas, por sen
deros apartados, esquivando a los caciques chancas, sempiternos e:r~e
migos del Cuzco.
LA GUERRA HUANCA

Deambulando por las breñas de Vilcabamba, Manco pasó pobreza


con los suyos y hasta hambre por días enteros. Se desplazaba continua
mente a fin de evitar un cerco español, o ser vendido a ellos por traición
de algún cacique enemigo o de un yana felón. Desde luego, semejante
emergencia no le hizo perder de vista los objetivos que como rey
tenía; y se preocupó de ir reuniedo a los sobrevivientes de la ma
tanza de Vitcos. Recorrió así algunas áreas muy abruptas del Chin
chaysuyu.
Logró restaurar una parte de sus huestes, gracias a que los Pizarro
y los Almagro se vieron enfrentados, durante aquel segundo semestre
de 1537, en una pugna que iba a terminar en guerra civil.
Por entonces Manco amagó Andahuaylas, sede de sus enemigos
chancas; de allí pasó a Viñaca, lo que ahora son las ruinas de Huari
(junto al actual Ayacucho), donde parece que acampó un tiempo reto
mando enlaces.
El mejor apoyo que recibió como Inca en aquellas jornadas fue el del
jefe militar Chirimanchi, de quien no sabemos si era noble o plebeyo.
Con él y con otros se debatiría el futuro de la guerra. Parece que la
mayoría coincidió en trasladarse al norte, a un lugar ubicado a medio
camino entre Cuzco y Quito. Se trataba de la vasta comarca de los
chachapoyas, donde había una pequeña ciudad inca, pero lo que atraía
a todos era la existencia de dos antiguas y enorme urbes bien fortifi
cadas: Ravantu o Llavantu y Kuélap, las que le darían acceso, inclusive,
a las selvas de moyos, cholones y mayos, donde podría conseguir los
arcos que tanto necesitaba para matar caballos.
Mientras instalaba provisionalmente algunas fuerzas sobre el Apu
rímac medio, Manco recibió dos noticias. Una de ellas era el resurgi
miento de su capitán Illa Túpac en tierras andinas centrales, donde se
enfrentaba con relativo éxito a la expedición limeña de Remando de
Montenegro. La otra fue la del reconocimiento de su hermano Paullo
como rey por Almagro; tras su actuación en Abancay y Vitcos. Fue
le dijeron una fastuosa ceremonia con la cual se habría pretendido
apagar la incapacidad legal de ese traidor para el cargo de Inca puesto
que sólo era un semicuzco. Pero el rival de Manco había contado con
el apoyo de muchos príncipes semicuzcos como él, dispuestos todos a
batirse por España a cambio de conservar algunos restos del antiguo
señorío incaico. Lo que, por cierto, Almagro concedió.
Manco se instaló luego en Acostambo, quizás a finales de 1537. Desde
aquí habría de conducir sus ofensivas sobre el valle del Mantaro (lla
mado de Jauja en el siglo XVI) en pos de víveres, mujeres y yanas.
Alternó esta residencia con otros sitios cercanos, como Azángaro (el de
Huanta) y Roa.guiri, mientras seguía reuniendo a los dispersos de la
campaña sobre Lima y pedía a sus capitanes fe en la victoria final, o,
llegado el caso, obediencia plena conforme a las leyes incaicas. Invoca
ciones y exigencias que tenían que ser compatibles, eso sí, con un sostén
alimenticio mínimo para las mermadas huestes con que contaba, lo cual
le resultaba complicado.
Precisamente, el proyecto de realizar incursiones en el Mantaro derivó
de esta necesidad logística. El bien sabía que desde tiempo atrás aquel
enorme valle era la despensa de varias regiones cercanas. La presa más
propicia para sus fogueados capitanes.
Pero la nobleza huanca estaba dispuesta a sostener sus fueros y
mantener la alianza con Pizarra. Esa aristocracia muy cruel con sus
vasallos, los pobres campesinos huancas estaba lista a defender lo que
consideraban su patria. Y a vengar a sus abuelos vencidos por Túpac
Inca Yupanqui, quien además había arrasado su capital Siquillapucara.
El primer ataque a los huancas lo ejecutó Llanqui Yupanqui, partien
do de Viñaca. Iba en pos de bastimentos. La lucha lo llevó hasta la aldea
de Huancayo, donde cayó peleando contra las huestes de los caciques
Guacra Páucar y Surichaqui. Pero los del Cuzco alcanzaron a llevarse
más de cien mujeres y buen número de varones para servicio, aparte
de botín abundante.
Desde Acostambo, mientras tanto, en esos mismos días, el Inca
ampliaba lazos con los mitimaes cuzcos en distintos lugares, marcada
mente en el Collasuyu, siempre a través de aristócratas de alta estirpe.
Escaseando nuevamente los víveres, Manco despachó a otros capi
tanes, entre ellos Aneo y Colla Túpac. Avanzaron hasta Sicaya, pero en
Pututo fueron contenidos, cayendo en la refriega los jefes señalados, a
quienes los vencedores ultimaron rodeados. Dejando trescientos huan
cas muertos e infinidad de heridos, los demás capitanes procedieron a
llevarse el botín que era, esencialmente, "mucha cantidad de ganado",
así como harto maíz; todo lo cual fue distribuido por el monarca incaico
entre sus famélicas guarniciones de punas y cordilleras peladas.
Satisfecho con el resultado de estas incursiones, Manco dispuso que
desde el norte avanzara sobre el Mantaro el famoso general Illa Túpac,
que también pasaba penurias por los abastecimientos. Este destacado
guerrero, al invadir el valle, venció al huanca Cusichaca, pero se coli
garon contra él todos los demás caciques lugareños; la batalla final se
dio en Huaripampa, perdiéndola el capitán cuzco, pero después que
hubo quemado unas mil casas en Jauja y retirado cuantioso botín,
destruyendo sembríos y las cosechas que no pudo cargar rumbo a las
alturas de Huánuco.
Por entonces Manco supo que un cacique huanca se plegaba a la
guerra contra los invasores: Carhualaya. Era un curaca menor y como
tal probablemente un enemigo de los reyezuelos del valle mantarino.
Aquel líder indio regional supo sopesar la situación y saber quién era
el enemigo principal. Con sus fuerzas puramente huancas se sostuvo
en pie de lucha por varios años, en la cordillera, actuando también en
Cajatambo.
Variando su estrategia, Manco dispuso por este tiempo un ataque al
Man taro desde la ceja de selva, el cual encomendó a Puyu Huillca. Pero
sus huestes sufrieron excesivamente en el trópico y tras asolar Paria
huanca acabaron vencidas en Comas por Quiquin Canchaya.
Aprovechando la experiencia, Manco reunió entonces un pequeño
ejército de jefes cuzcos y soldados "chunchos", posiblemente pilcosu
nis, y con todos ellos atacó Andamarca, donde, al decir de los caciques
huancas, "robó la tierra, quemó los pueblos y mató muchos indios, los
más valientes de dicho valle"; llevándose finalmente mujeres del lugar
y rebaños de las cercanías.
Alentado por el relativo éxito de las incursiones, Manco volvió a
pensar en el plan de meses atrás: Marchar a las grandes fortalezas cha
chapoyanas. Su principal delegado de aquella región, Cayo Túpac,
había informado recientemente del deterioro local de la causa incaica,
motivado por la presión de los caciques del lugar, pero esto pudo haber
encendido su ira y empujado la decisión, que significaba cruzar el valle
mantarino de Sur a Norte. Terminaría la campaña entre los mismos
chachapoyas castigando al traidor cacique Guamán, que tan proclive a
los· Pizarro continuaba mostrándose.
Una vez aprestadas sus fuerzas en Acostambo y Huanta, Manco Inca
dio orden de avanzar sobre Jauja. Los caciques huancas se habían
negado a todo entendimiento y, por el contrario, demandaron ayuda
española a Lima; bien merecían una severa sanción ejemplarizadora.
Para escarmentarlos, Manco arrolló cuanto hallaba a su paso, matan
do a diestra y siniestra, quemando, talando, pues había "determinado
hacerles un castigo, el cual fuese sonado por toda aquella tierra, dicien
do que los había de quemar a ellos y a sus casas, sin dejar ninguno a
vida y esto porque habían dado la obediencia a los españoles sujetán
dose a ellos".
Las huestes cuzqueñas pasaron por sobre las cenizas de pueblos des
truidos en campañas anteriores, como Huancayo y Sicaya, arremetien
do hasta el extremo norte, en pos de la gran Jauja.
Alertados los huancas, incluso los vacilantes debieron ver en la unión
bajo el comando de Guacra Páucar la única opción de sobrevivir; el
pánico empujó a todos los caciques lugareños a un frente contra Manco.
Además, era sólo cuestión de resistir un poco más, pues andaban cerca
los refuerzos españoles; se decía que unos cien soldados castellanos
marchaban a Jauja. Sabiéndolo, Manco apresuró los ataques, contando
de seguro con el apoyo de algunos pocos caciques menores como
Carhua Alaya opuestos a la alta aristocracia huanca proespañola.
Gracias al empuje de las tropas incas marchó Manco triunfalmente
de extremo a extremo del valle: había entrado por Sapallanga y sólo se
detuvo junto al destruido ushnu o gran estrado imperial de Jauja.
MANCO INCA

Tanto avanzó Manco al aplastar la resistencia local


raron al cacique Cusichaca y otros llegó a levantar su campamento
"junto a los tambos reales"; lo cual implica que el rey cuzqueño quedó
dueño del valle, pues lo cruzó y se instaló en el sitio principal: los
palacetes de la antigua ciudad inca de Jauja. Los huancas se retiraron
en desorden por el camino de Tarma. La batalla principal iba a librarse
en Aixiuvilca.
Las huestes huancas debieron acantonarse en los cerros, aguardan do
la oportunidad, por Acolla y Yanamarca. Luego, "juntándose todos los
caciques del dicho valle con la gente que pudieron recoger le dieron
batalla en el cerro que llaman Aixiuvilca, junto a los dichos tambos, la
cual fue la más reñida y porfiada que los indios de Xauxa tuvieron con ·
los dichos Incas".
Este encuentro (que tal vez fueron dos o tres sucesivosjes conocido
también como la cuarta batalla de Jauja: fue una neta victoria de Manco
y de sus cuzcos. Luego de ella Manco sentíase dueño total del valle,
como Inca. Su padre y su abuelo había señoreado en el Mantaro, aplas
tando sin contemplaciones las revueltas que promovió la nobleza local.
Esta convicción de superioridad y su desagrado por la actitud de los
caciques más ricos dificultó, como en otros sitios, que pudiera enten
derse siquiera con niveles menores de la nobleza local, en el seno de la
cual pudo haber hallado más hombres como Carhualaya, que le era fiel.
Avanzando Manco contra otros huancas, es probable que la caballe
ría española de refuerzo llegase durante estos días en que se libraban
nuevas escaramuzas y combates en todo el valle.
Las ·versiones más antiguas son confusas: la crónica del hijo de
Manco, Titu Cusí Yupanqui, relata que "tuvo una gran refriega con los
españoles": "La refriega duró dos días y al fin por la mucha gente que
mi padre llevaba y por darse buena maña los venció y mataron cincuen
ta españoles y los demás escaparon a uña de caballo; y algunos de los
nuestros siguieron el alcance algún rato, y como vieron que se daban
tanta prisa se volvieron a donde mi padre estaba encima de su caballo
blandiendo su lanza, sobre el cual había peleado fuertemente con los
españoles".
Victoria la hubo, pero lo grave para Manco era el fracaso de la cons
piración en Chachapoyas. Supo que las cosas no acontecieron allí como
Manco esperaba. Cayo Túpac su emisario no logró vencer la coali
88

ción anticuzqueña del poderoso cacique Guamán. Este, en dos comba


tes, venció a los jefes locales que apoyaban a Manco, entre ellos al héroe
Guayamulus. Cayo Túpac acabó en la hoguera: Los chachapoyas habían
sido capitaneados en estas campañas por un jinete español que subió
desde Trujillo.
La estrategia incaica estaba, pues, rota. Ir hacia el norte carecía ya de
sentido. No había más que retornar a los reductos de Vilcabamba,
cruzando medio país, puesto que resultaba imposible permanecer mucho
tiempo más en el Mantaro, daba la hostilidad de sus caciques, que
siempre habían sido enemigos.
La crónica cuzqueña de Titu Cusi nos dice que los combatientes
cuzcos empezaron a marchar hacia el sur, seguidos o no, de lejos,
por la caballería española que por allí estaba con Illán Suárez de
Carbajal; hombre para quien muy poco tiempo después se pediría
premio en vista de que 11estuvo en la defensa de los caciques d e
Jauja", que enviaron a pedir socorro contra el Inca, y los amparó
muy bien''.
Luego siempre sin prisa, Manco, a caballo, dirigió sus huestes
hacia el sur, llevándose un cuantioso botín de cosechas, rebaños y
mujeres de los huancas.
Marcharía no sin congoja. Aunque victorioso, había ganado un triun
fo pírrico, sufriendo severas pérdidas; y para colmo se veía obligado a
retomar, arrasando el valle en venganza.
El propio Guacra Páucar, escudo de los caciques huancas, reconocía
·que todo cuanto hallaban se lo llevaron "los incas", desde Sapallanga
hasta Xauxa "no dejando cosa que no mataban de hombres y de mujeres
el cual dicho Inca robó mucha suma de ganado". No sólo se llevó
ganado, sino, a la par, hombres sobrevivientes para esclavos yanas y
nada menos que ciento cuarenta y tres mujeres. Corrían ya los inicios
de 1538.
En efecto, arreando prisioneros, y con los cargueros que portaban el
botín, Manco prosiguió su marcha precedido de su pequeño ejército.
Pasando por Huayucachi entró a Huarivilca donde, tras derribar los
muros del templo, arrancó de su altar el principal ídolo de los huancas,
extrajo los tesoros y mató a cuanto servidor de la deidad pudo hallar.
Luego "echándole una soga al pescuezo lo trajeron arrastrando por todo
gran denuesto". El hijo de Manco, el cronista quechua
MANCO INCA 89

Titu Cusí Yupanqui, habría de contar todos estos sucesos, en obra que
concuerda con otras fuentes.
El Inca pasó a Paucarbamba y de allí a Cocha, cerca de Huanta y,
luego, a un sitio que por entonces se llamaba Ruaguíri, donde dio
muerte a un cacique de los angaraes y a un orejón cuzco, seguramen te
por complicidad con los españoles. Luego ejecutó a un señor de
Acostambo. Finalmente, arrojó al Mantaro al ídolo Huarivilca.
Esta política punitiva quizá le enajenó simpatías en la comarca. Al
volver a Paucarbamba habría de ser batido por una coalición de huancas
y otras naciones vecinas auxiliados todos por un morisco y un negro,
jinetes ambos, que Pizarra había enviado desde Lima. Con todo, logró
salvar unos dos mil hombres y usando los senderos perdidos que muy
bien conocían sus yanaguerreros se replegó a Vitcos, su sede prefe
rida, a la cual retomaba después de medio año.
Al mismo Vitcos habían marchado también varios capitanes cuzcos
vencidos en distintos lugares; eran los sobrevivientes del gran ejército
imperial.
Entre tanto, los españoles que proseguían en guerra civil se apres
taban para librar batalla definitiva. Pizarristas y almagristas en pugna
abierta desde mediados del año anterior, alistaban sus armas para
decidir el destino del sistema que habían erigido. El encuentro español
final sería la culminación de numerosos incidentes y de los combates
de Cuzco, Abancay y Huaytará. Se preveía muy sangriento. Uno y otro
bando ibérico reservaba fuerzas para ese momento decisivo, razón
por la cual ni Pizarro ni Almagro había podido combatir eficazmente
a Manco desde el desastre de Vitcos, hacia medio año; ni enviar mucha
ayuda a los caciques enemigos de los Incas. Por su lado, Manco no
dejaba de alentar esperanzas de que como resultado de ese choque
el poderío hispánico quedase tan deteriorado que él pudiera sacar
ventaja. No solamente porque se derramaría abundante sangre españo
la, sino también la de sus enemigos indígenas, que combatían en
uno u otro bando de los conquistadores. Paullo Topa, convertido en
Paullo Inca, era figura visible del bando almagrista donde conducía
miles de cuzcos y gente de otras etnias. En el campo de los Pizarra, los
belicosos chachapoyas hacían la principal figura de los colaboradores
aborígenes.
90 JUAN JOSE VEGA

l LA GUERRA A MUERTE

Ya de regreso en Vitcos, Manco proyectó un avance hacia el sur, a


la tierra de los chuis del Collasuyo, a fin de atrincherarse en una
fortaleza llamada Urocoto; pero tal proyecto fracasó.
Reanudó entonces las acciones entre el río Pampas y las cercanías del
Cuzco; la. guerra se tomó más sanguinaria, especialmente. contra
los yanas, así como contra caciques proespañoles. Desde la selva
alta, Manco dirigía incursiones sobre diversas áreas surandinas del
Perú.
Cieza de León narra que como "los contratantes de Los Reyes (Lima)
é de otras partes iban con sus mercaderías al Cuzco, salían a ellos, é
después de haber robado su hacienda los mataban, llevando vivos á

algunos si les parecía, é hechas las cabalgadas se volvían á Viticos,


principal asiento, é los cristianos que llevaban vivos, en presencia de
á

sus mujeres les daban grandes tormentos, vengando en ellos su injuria


como si su fortuna pudiera ser mayor, é los mandaba empalar metién
doles por las partes inferiores agudas estacas que les salían por las
bocas; é causó tanto miedo saber estas nuevas, que muchos que tenían
negocios privados é aún que tocaban á la gobernación no osaban ir al
Cuzco, si no fuesen acompañados y bien armados".
El mismo informante nos habría de proporcionar la mejor relación
sobre el final del enfrentamiento entre pizarristas y almagristas en la
batalla de Las Salinas, el 6 de abril de 1538; perdedor Almagro sería
ejecutado ilegalmente un tiempo después.

GUAMANGA Y ORONGOY

Corría el segundo semestre de 1538. Mientras Tísoc Inca se batía en


el Collasuyo, Manco decidió dirigir personalmente una ofensiva en las
cordilleras centrales del siempre disputado Chinchaysuyo. Fue así como
partió con unas pocas unidades hacia el norte, amagando el valle del
Chumbao. Desde allí se trasladó atacando caravanas a la zona desde la
cual había dirigido las incursiones contra los huancas el año anterior.
Pero esta vez, con más recursos, prefirió atacar a los españoles, aunque
no dejaba de hostilizar a los caciques de los anearas y de los pocras que
poblaban aquellas comarcas. No había así seguridad ni para los con
91MANCO INCA
JUAN JOSE VEGA
9

quistadores cuando iban en grupos pequeños ni para sus "indios amigos"


y menos para los mercaderes. Muchos españoles murieron; caravanas
íntegras fueron tomadas. ·
Lo más grave para Pizarra era que el Inca solía aparecer a caballo
y con él un grupo de sus guerreros cuzcos.
La situación llegó a tal extremo que el propio gobernador Pizarra
pasó a comandar una expedición. Pero Manco, apelando a tácticas que
hoy denominaríamos guerrilleras, siempre lograba escabullirse cuando
la relación de fuerzas l~ era adversa. La última vez, el rastro del Inca
fue perdido adentro de Oripa. Fatigado, Pizarra optó por retornar al
Cuzco, encargando a Illán Suárez de. Carbajal la prosecución de la
campaña.
Este jefe español fracasó igualmente y lo peor para la causa que re
presentaban fue que delegó el mando. Un capitán llamado Villadiego
pasó entonces a cercar al Inca, tal vez conociendo que había acondicio
nado una antigua ciudadela inca en Orongoy, cerca de la confluencia
de los ríos Pampas y Apurímac.
Guiado por los infaltables "indios amigos" y dejando atrás el Pampas,
el capitán español empezó a subir las laderas que conducían a los altos
de Orongoy. Y tal vez habría cogido de sorpresa al Inca pues se victimó a
los centinelaspero su mujer principal, Cura Ocllo, alcanzó, de modo
casual, a darse cuenta de lo que sucedía y dio la voz de alarma en el
campamento rebelde. Manco, que bien cebado estaba en españoles, vio
una ocasión más para cobrar una nueva victoria.
Como no tenía allí muchos guerreros, envió por delante, a lugar
seguro, pequeñas fuerzas de infantería, quedándose él en la retaguar
dia, preparando el ataque. Menos de doscientos hombres lo acompa
ñaban, entre ellos varios de los más arrojados orejones y yanaguerreros
de mérito.
Divisó el avance de las tropas hispanoindias, muy superiores en nú
mero, pero no se arredró por eso. La escolta montada que lo acompa
ñaba era de toda su confianza: Se trataba de veteranos probados. Desde
lo alto el Inca contempló cómo seguían ascendiendo las laderas las
huestes atacantes; y reparó en un factor de suma importancia: "venían
sin caballos". Fue entonces cuando según cuenta Cieza de León, entre
otros, "cabalgando en uno de cuatro que allí tenía, teniendo en la mano
lanza jineta, dijo a los bárbaros que con él estaban que se animasen
y aderezasen. Y diciendo esto, mandó a tres principales de su linaje que
cabalgasen en los otros caballos que dijo tenían y se apercibiesen para
ir contra los españoles".
Mientras el Inca ultimaba sigilosamente los preparativos para una
sorpresiva carga, Villadiego, exhausto por la ascensión, hizo un alto en
la cuesta para descansar. Allí empezó la catástrofe de los conquistado
res. Dice la crónica: "ya que habían andado un poco de trecho, oyeron
el ruido que Manco Inca traía con los caballos e indios con que ya venían
a dar en ellos y como los vieron volvieron las espaldas sin sentir
ninguna sed ni cansancio, a dar aviso a sus compañeros". Para colmo,
el haylli triunfal de guerra de los cuzqueños atemorizó a esa vanguar
dia hispánica que por ser "gente recién venida de Castilla y no acos
tumbrada a oir gritos de indios, luego huyeron".
El pánico se contagió y Villadiego apenas sí pudo contener la fuga
de los suyos, pero mostrando gran serenidad en tan adversas circuns
tancias y "oyendo que los indios estaban tan cerca, a gran prisa, con el
pedernal sacó lumbre que bastó a encender las mechas y mostrando
buen ánimo cargó el arcabuz".
Manco vio entonces cómo alineaban los arcabuceros, bala en boca,
mientras los indios seguramente huancas y chancas lanzaban honda zos;
pero no fue suficiente esta vez el apoyo nativo. El desaliento cundió en
los de España: "no les pareció que eran poderosos a defenderse y
decían que por tener Villadiego poca experiencia de la guerra habían
de ser todos muertos; mas, aunque esto platicaban no dejó de haber en
ellos algún ser y denuedo del que suelen tener y mostrar los españoles,
porque luego tomaron sus armas".
Para esto, el pelotón cuzqueño de caballería ya estaba encima. "Manco
Inca venía ya junto a ellos y echó un ala de sus indios para con ella cercar
a los cristianos, teniéndolos en muy poco por verlos sin caballos y por
traerles gran ventaja por estar en lo alto desde donde luego comenzaron
a arrojarles muchos tiros de dardos y flechas".
Los castellanos confiaban en la pólvora. Por ello, sin inmutarse, el
capitán buen tirador dando ejemplo a los suyos, encaró el arma y
"soltó el arcabuz y con la pelota mató a un indio". Pero "aunque los
cristianos con los otros arcabuces y ballestas mataron algunos, no pu
dieron hacer huir a los demás, antes con súbito arremetimiento y con
gran grita arremetieron a Villadiego".
93

"Manco Inca con el caballo abajó a los cristianos y anduvieron pe


leando unos con otros dos horas y por estar los cristianos tan cansados
y calurosos no pelearon como en otros tiempos semejantes". El combate
se generalizó. Los indios aliados se batieron con brío contra los cuzque
ños. No se quedó atrás el jefe español, pero le salió al frente un orejón
y le quebró un brazo de un macanazo.
De los conquistadores "muy cruelmente fueron por los indios vein
ticuatro muertos ... y entre ellos Villadiego". Fue rotunda la victoria de
Manco. Sólo dos españoles consiguieron escapar, gracias al sacrificado
auxilio que les prestaron los indígenas aliados, quienes protegieron la
retirada hacia tierras de Oripa. Entre tanto el Inca, inflexible con los
indígenas rivales, exterminó a la mayor parte de los "indios de Nica
ragua y yanaconas", aliados de los cristianos. También "mató muchos
negros", esclavos fogueados en campañas. Luego pasó a las represalias
de rigor en esa guerra a muerte, puesto que conforme a los usos incaicos
"a muchos de los indios amigos que andaban con ellos mandaban cortar
las manos y a otros las narices y por consiguiente a otros hizo sacar los
ojos".
Decían los de España que "se había vuelto muy cruel" y que ya no
estaba con él Villa Orna para moderarlo.
Sea como fuere, satisfecho con la venganza, "con las cabezas de los
cristianos se retiró a su asiento de Vitcos", las cuales, como trofeos de
guerra así lo meditaría debían pasar a ornar las murallas de la for
taleza que le servía de cuartel general. Debió pensar que si doscientas
calaveras españolas habían ornado la fortaleza de Ollantaytambo en
1537, ahora adornaría Vitcos con las que llevaba, que se sumarían a otras
más que ya tenía.
Los dos sobrevivientes españoles no demoraron en llegar donde el
factor Illán ~uárez de Carbajal, a quien Pizarra había encomendado la
pacificación de Guamanga; enfurecido, maldiciendo por la derrota que
tan mal parado lo dejaba, "quiso ahorcar a los que quedaron".
Una vez calmado, perdonó a sus dos compatriotas y pidió urgentes
refuerzos a fin de enfrentar la emergencia creada por el desastre y
muerte de su lugarteniente Villadiego. Pero mientras los españoles
desplegaban una nueva ofensiva r Manco se replegaría por la ruta de
Guamanga, "porque supo que ya el factor Illán Suárez, por la otra parte,
le tenía ganado lo alto".
9 JUAN JOSE VEGA

Tras burlarlos, iba radiante el Inca con el nuevo triunfo: "le acudían
muchos indios, orgullosos por la victoria". Y proclamaba a todos que
"pues sus dioses le habían comenzado a favorecer, esperaba que lo
habían de continuar".
De. esta victoria cuzqueña también se tiene descripción inca en la
crónica de Titu Cusi Yupanqui:
"Mandó que le echasen la silla al caballo porque estaban ya cerca los
enemigos, a la vista de los cuales puso en un cerro muchas mujeres en
renglera, todas con lanza en las manos para que pensasen que. eran
hombres; y hecho esto, con gran ligereza salió encima de su caballo con
su lanza en la mano; cercaba él solo toda la gente, porque no pudiesen
ser empecida de sus enemigos ... " "dieron de tropel sobre ellos con sus
lanzas y adargas, de tal arte que les hicieron retirar la cuesta abajo más
que de paso; los desbarataron y desbarrancaron por unas barrancas y
peñas abajo sin poder ser señores de sí más antes ellos mismos se
desbarataron a sí mimos, por no ser señores de sí en cuesta tan áspera
por la mucha fatiga que las armas les daban y el gran calor que les
ahogaba que todo junto le causó la muerte a todos ellos sin escapar
caballo ni hombre vivo, sino fueron dos, los cuales el uno pasó el río
y el otro se salvó por una crisneja de la puente".
Manco habría de perderse en los caminos de las montañas selváti
cas huamanguinas (Viscatán), rumbo a Vilcabamba, por las vías del
Apurímac. La campaña había fracasado; Pizarro no se resignó a una
derrota completa y procedió a fundar una villa en ese paraje, entonces
tan apartado, a medio camino entre el Cuzco y Lima:
"E mirando la mucha distancia que había desde la gran ciudad del
Cuzco hasta Los Reyes, como la contratación de aquellas dos ciudades
era mucha, é que estando el Inga rebelado del imperial servicio, é
habiéndose apartado de la amistad de los cristianos, que á los caminan
tes españoles haría gran daño y muchos serían á sus manos muertos,
como lo habían sido, é que para tirar aquel inconveniente el remedio
más cierto era fundar una ciudad en el comedio de las dos que decimos,
tomando sobre esto su parecer con el Fator é con el padre García Díaz
é con otros, determinó de fundarla en las provincias de Guamanga, é
darle por términos desde Xauxa hasta pasada la puente de Vilcas, con
más las provincias que se extienden á entrambos lados de esta región:
Todo lo cual estaba repartido á vecinos del Cuzco é de Los Reyes".
MANCO INCA 95

Le puso como nombre San Juan de la Frontera, "frontera" con el


Inca, por cierto. La asentó "porque así convenía a la tierra, por el alza
miento del cacique Mango Inga· Yupangui señor natural de los
yndios destos Reynos", tal como se lee en el documento hallado por
Guillermo Lohmann Villena, donde por primera vez consta con cer
teza la fecha del surgimiento del nuevo núcleo urbano: 29 de enero de
1539.
Quedó como lugarteniente de Pizarro el capitán Francisco de Cár
denas, quien al poco tiempo trasladó la villa a un sitio próximo.

LAS LUCHAS EN EL COLLASUYO

La más importante campaña dispuesta por Manco en 1538 fue la del


Collasuyo. Gracias a lugartenientes cuzcos de enorme valía, como Tísoc
Inca, las luchas allí libradas se convirtieron en una guerra defensiva de
características verdaderamente épicas.
Para entender bien sus alcances debemos señalar que, hacia el año
en cuestión, los españoles sólamente controlaban el Chinchaysuyo. Las
otras tres grandes provincias del incario seguían inconquistadas, a
pesar de seis años de lucha. Cierto que Almagro había entrado al
Collasuyo a mediados de 1535, pero sólo para retirarse en los finales
del año siguiente, decepcionado de Chile, extremo sur de aquella inmensa
comarca sureña del Imperio Incaico.
Manco deducía, sin embargo, que toda ofensiva pizarrista estaría fre
nada mientras Hemando Pizarro no matase a Almagro; en efecto, eje
cutado el viejo líder el 8 de julio, el paso quedó libre para la sujeción
del Collasuyo.
Pero no iba a ser asunto sencillo. Conociendo Manco la voluntad de
Hemando Pizarra, había dispuesto que su tío Tísoc Inca se trasladara
al Collasuyo. Era hombre con fama de" grandísimo enemigo de los cris
tianos". Debía iniciar la tarea de unir y sublevar, con la jerarquía de
"segunda persona del Inca".
La ofensiva incaica la inició Cari A paza, curaca de los lupacas, quien
atacó a los jefes indígenas proespañoles desde Chucuito.
Entre tanto, Hemando Pizarro se vio obligado a adelantar la conquis
ta que, entre otras metas tenía el saqueo de las huacas ocultas del lago
Titijaja. Partió con ochenta jinetes, más de cien peones y miles de indios
9 JUAN JOSE VEGA

aliados proporcionados por Paullo Topa, que se había cambiado al


pizarrismo. El primer combate lo libró su hermano Gonzalo Pizarra,
arrollando a los incaicos con la caballería.
Pero los de Tísoc hicieron sus sacrificios al Sol, victimando a un
español que habían capturado, con lo cual se sintieron protegidos.
Hernando Pizarra, no obstante, siguió avanzando, produciéndose en
tonces la batalla de Desaguadero o Kasaraca al querer cruzar ese río
donde Quinti Raura había cortado el puente flotante de totora. Con
ayuda de Paullo Topa y de sus cinco mil hombres se hizo balsas, pero
a hondazos y flechazos fueron rechazados desde la otra orilla, murien
do doce españoles y numerosos "indios amigos",
Vencidos los indohispanos, alistaron un nuevo ataque, antes del
alba. Fue encuentro muy reñido este que se libró por segunda vez en
el Desaguadero. Hernando Pizarra combatió por un momento con el
agua al pecho, pero el resultado final quizá lo decidió el siempre amigo
de los españoles, Paullo Topa al "echar al río tantas balsas que repar
tidos los enemigos a defender por todas partes la tierra, no pudieron
resistir que ganasen la ribera", llegando allí Gonzalo Pizarra con los
jinetes, sobre las balsas mayores.
Pero Quinti Raura era hombre de mucho coraje y se posesionó de un
paso, desde donde dio nueva batalla, acabando preso tras gran mortan
dad entre sus huestes.
Se inició luego la campaña sobre Charcas, que tuvo como protago
nista principal al propio Tísoc Inca. Reunió fuerzas de los charcas,
de los chuis, de los caracaras y de otras naciones del Collasuyo;
pero los demás caciques dieron respaldo a los invasores. Con todo,
el jefe incaico decidió dar batalla en Tapacari, donde tal vez la ma
yoría numérica estuvo del lado indohispánico. Sin embargo, la
guerra se encendió aún más, librándose entonces la batalla de Cocha
bamba, que habría de ser dura a causa de que el sitio era de mitimaes
cuzcos, deseosos de matar. Pareció que llegaba el fin de la cam
paña.
Pero no era así. Aun más, Manco dio orden a Tísoc de que apresara
y matara a Chalco Yupanqui, que era el principal colaborador de los
españoles en el Collasuyo. Por esos días entró en acción Tiori Nasco,
quien pidió la cabeza de Gonzalo Pizarra. Como caudillo de los chichas
quería forrar en oro ese cráneo y convertirlo en vaso.
97

La ciudad fue entonces completamente cercada y se libró la segunda


batalla por el control de Cochabamba. Allí destacó Garcilaso, el padre
del futuro cronista, pero más que nadie Paullo Topa y sus guerreros in
dígenas, como lo reconoció hasta el propio Gonzalo Pizarra. Murieron
esta vez cuatro españoles, ochocientos "indios amigos" y, sin duda,
algunos esclavos negros.
Al término de la batalla todos elogiaron el raro coraje de Paullo Topa,
que ese largo día peleó con espada a caballo. Pero· a ratos a pie, con
ballesta y hasta con escopeta.
La derrota no desmoralizó a Tísoc Inca. Hizo un nuevo esfuerzo,
manteniendo el asedio pero a la distancia, dándose entonces varias es
caramuzas. Más tarde se libraría el combate de Pocona, terrible derrota
donde perecieron la mitad de los incaicos.
Entre tanto, Hemando Pizarro llegó a la zona con una nueva expe
dición de cerca de cincuenta jinetes y hombres de infantería.
Fue por esta época que Manco obtuvo su resonante victoria en Oron
goy, en la lejana Guamanga. Pero el brillo de este triunfo no bastó para
compensar lo que sucedía en el Collasuyo, donde la dispersión amena
zaba a las fuerzas federadas de los cuzcos y naciones collavinas. Coi
sara, el importantísimo curaca de los charcas, había decidido retirarse
de la coalición antiespañola, así como otros curacas. Decisiones en las
que jugó no escaso rol la dificultad para enfrentar los refuerzos conti
nuos que los Pizarra recibían y la. carencia otra vez de arcos y de
flechas para contener a los caballos.
Pronto se produjo la rendición del poderoso Coisara, en Auquimar
ca; fue negociada por Paullo Topa. La entrega de los principales caci
ques dio origen al fabuloso botín de Chuquisaca, que se calculó en un
mi1lón de pesos de oro, cantidad que hacía recordar la del.rescate de
Atao Huallpa.
Tísoc Inca, entre tanto, resistía con tenacidad más al sur, en Huma
huaca (actual Argentina), pero ya no contaba casi con gente de guerra
y poco podía hacer dado que en aquella región la influencia inca era
escasa. Sería marzo de 1539 cuando, cercado, Tísoc Inca, fue tomado
preso por las avanzadas españolas; luego, en las negociaciones, volvió
a jugar un papel destacado el infaltable Paullo Topa. Pero la guerra
seguía en diversas zonas del desangrado Imperio y habría de reiniciarse
a las pocas semanas en comarcas vecinas al. Cuzco.
9 JUAN JOSE VEGA

VILCABAMBA

La campaña de Vilcabamba (15391540) fue una de las más impor


tantes en las guerras destinadas a la sujeción del Imperio de los
Incas.
Pizarra, que la iba a conducir personalmente, declinó para encomen
dársela a su hermano Gonzalo, pidiéndole, en su grueso lenguaje "fuese
sobre Manco Inca y le prendiese si pudiese y deshiciese aquella ladro
nera que estaba allí".
Para cumplir con la tarea, Gonzalo Pizarra tenía la incontrastable
ventaja de ser el hermano del Gobernador y, sin duda, juventud. Debía
andar por los treinta años, edad ideal para ser un eximio lancero de a
caballo. El propio Garcilaso aseguraba de él que fue "la mejor lanza que
pasó a las Indias".
Como la campaña se presentaba riesgosa, alistó una bien pertrecha
da expedición, integrada por unos quinientos españoles, dando orden
a Paullo Topa su aliado indio para que recogiese toda la gente
aborigen que pudiese. Este reunió con rapidez cerca de seis mil gue
rreros y auxiliares, y cumplió con el encargo tan a satisfacción que hasta
consiguió la adhesión de varios orejones enemigos del monarca alzado.
Claro que se llevaría también los infaltables esclavos negros: cerca de
cien, pero el esfuerzo principal recaería, como siempre, en los aboríge
nes aliados.
Por estas y otras causas Gonzalo Pizarra aseguró la concurrencia de
Paullo, a quien quiso también llevar el gobernador Pizarra en su pro
yectada visita al recién pacificado Collasuyo.

"GRAN PILAR DEL REINO"

Razones abundaban para atraer a Paullo, ese príncipe medio incaico,


a quien muchos se empeñaban todavía en seguir llamando Paullo Inca,
recordando cómo Almagro lo había reconocido así. En realidad ¿quién
no lo había visto combatiendo como el mejor español contra los indios
alzados? Además, todos sabían los hábiles esfuerzos que desplegaba
continuamente para atraer a los curacas que insistían en seguir gue
rreando a favor de Manco. Harto conocidos eran los pactos que arregló
tantas veces con caudillos indígenas enemigos.
Era Paullo un príncipe semicuzco, hijo de Huaina Cápac en la prin
cesa Añas Colqui de los poderosos huailas. Como tal, pertenecía a
un sector aristocrático sometido a los orejones de las panacas, por
entonces casi completamente desechas. Lo que en él más atraía a
los cristianos era que hacía gala de indudables habilidades militares:
"alancea indios como si él fuera cristiano", afirmaban unos. "Es habi
lidoso en la guerra", sostenían otros. Los auxiliares indios "le tienen en
mucho", precisaban quienes lo conocían de cerca. "Entiende en las cosas
de la guerra", recalcaban los más. Y era un gran organizador, a pesar
de su juventud.
Sin duda, aquel personaje venía siendo el hombre decisivo en la
guerra contra Manco; múltiples testimonios lo acreditaban fehaciente
mente.
Y Paullo no sólo era ardoroso en matar adversarios, también sabía
cómo manejar a los dudosos: "Obligaba a pelear a los indios, hiriendo
a los que huían". Forzaba, pues, a entrar en combate a sus subor
dinados cuando éstos vacilaban ante las huestes de Manco. Su presencia
resultaba imprescindible en cualquier guerra puesto que era "muy
brioso", tanto como su hermano el Inca sublevado, de quien era su
sombra.
Ya lo había reconocido el propio Vicente Valverde, obispo del Cuzco:
"tenemos mucha necesidad de un hijo de Huaina Cápac, que se dice
Paullo, con el cual se acaudillan los indios de esta tierra que están a
nuestro favor". Hecho que era de trascendencia si se consideraba, como
lo hacía Valverde, que "como la tierra es tan áspera, no basta toda la
gente española del mundo para tomar al indio alzado". Por ello, el
flamante Obispo aconsejaba estrechar la unión con aquel "Inca" que, si
bien había sido coronado por Diego de Almagro, servía con toda decisión
y sin escrúpulos a los nuevos dueños del Perú, a todos los Pizarro.
Ese Paullo llevaba y organizaba a los príncipes semicuzcos aliados,
auquis de la talla de Inguill y Guáipar, traidores ambos a Manco;
también concatenaba la colaboración de los caciques de etnias enemigas
del Cuzco y organizaba a los yanas y mitayos de servicio y de carga,
empezando por los eficaces yanaguerreros. Por último, conduciría en
la inminente campaña a catorce valiosos prisioneros de guerra, como
Villa Orna y Tísoc Inca, que servirían como medio de presión sobre el
Inca, bajo amenaza de darles muerte.
10 JUAN JOSE VEGA
0
LAS FUERZAS DE MANCO

Partida la expedición de Pizarro y Paullo {Topa) Inca, los chasquis


rebeldes volaron con la noticia. Enterado Manco de la aproximación del
ejército enemigo, se adelantó algunas leguas a fin de preparar una
emboscada. Podía pensar en un triunfo puesto que había logrado
reconstituir unidades de flecheros, con vasallos de la selva alta, machi
güengas y campas en su mayoría. Pero no contaba ni con tres mil
soldados y sus enemigos indios Paullo, Inguill y Guáipar venían con
seis mil yanaguerreros nativos y cargueros, al lado de unos quinientos
castellanos y bastantes negros. Tendría de este 'modo que batirse en
notoria inferioridad numérica.

VICTORIA DE CHUQUILLUSHCA

En esas condiciones, sólo una sorpresa estratégica podía restablecer


un equilibrio. Manco se ubicó entonces en un paso muy angosto, el de
Chuquillushca, sobre el río Vilcabamba, que en corto trecho desciende
de la nieve a la jungla. Allí aguardó la llegada de los indoespañoles.
Colocó galgas muy bien puestas en las cumbres. Hileras de honderos
y flecheros se ocultaron entre rocas y arbustos. Pronto su paciencia se
vio recompensada, al hacer señas los vigías de la proximidad de las co
lumnas indoespañolas, Es el soldado cronista Pedro Pizarro quien
mejor informa del suceso:
"Iba delante de las huestes el capitán Pedro del Barco: Pues yendo
el Pedro del Barco y toda la gente tras él, hallaron dos puentes hechas
nuevas para pasar dos ríos pequeños que atravesaban el camino, y no
recatándose de que estaban hechas aposta para que pasasen los espa
ñoles y entrasen en una emboscada que los indios tenían hecha. El Pedro
del Barco y toda la más gente que con él pasó y luego adelante dieron
en una media ladera rasa sin monte que bajaba de una sierra muy alta:
sería este raso sin monte como hasta cien pasos, y luego al fin de esto
tomaba el monte a hacerse muy espeso; y por él un camino muy angosto
que no cabía más de un solo hombre, y junto a este monte y barranca
iban estos dos puentes. Pues caminando como digo el Pedro del Barco
con la gente, no viendo ningún indio porque todos estaban emboscados
y escondidos, en empezando a entrar que entraron por esta ladera rasa
MANCO INCA

que digo para entrar por el camino angosto del monte, ya que había
pasado como veinte españoles, echaron por esta ladera abajo desde lo
alto de la sierra muchas galgas los indios que estaban encubiertos. Son
estas galgas unas piedras grandes que arrojan de lo alto que vienen
rodando con gran furia. Pues echadas como digo estas galgas, arreba
taron tres españoles y los hicieron pedazos echándolos en el río. Pu.es
los españoles que habían pasado adelante y entrando en el monte,
hallaron muchos indios flecheros que los empezaron a flechar y á herir;
y si no hallaran una senda angosta por donde se echaron al río; los mata
a todos, porque no podían aprovecharse de los indios por estar metidos
en el monte".
Lo más peligroso para los españoles fue que en el ataque Manco
había logrado dividir a los expedicionarios. Como se ignoraba el ver
dadero volumen de las huestes de los rebeldes, Gonzalo Pizarro, con
fuso, dio orden de emprender retirada. Sin duda con la huida sacrifi
caba a la vanguardia, pero podría cubrir a los de atrás y salvarse él
mismo.
Paullo Inca se opuso a esa decisión, con serenidad. Arguyó que no
era tanto el peligro en el desfiladero. En medio del desconcierto, se
discutió con ardor la solución más adecuada.
El capitán Villegas, exaltándose, llegó a acusar de traidor a Paullo
Inca, diciendo que era cómplice de su hermano y que en realidad lo que
quería era retener allí a los españoles para que Manco los matase a
todos. Paullo repuso invocando que él también se estaba jugando la
vida y recordó asimismo la alianza pactada por él con "indios amigos
e incas de paz".
Los españoles siguieron vacilando. Paullo Inca, finalmente, para con
vencer a los temerosos, pidió cadenas y guardia. Así, con grillos debió
pensar por lo menos le creerían. Y en efecto, la oferta terminó de
convencer a Gonzalo Pizarro y se aprestaron todos a respaldar la van
guardia.
Entre tanto, el grupo de avanzada luchaba contra los de Manco, en
espera del refuerzo de los que venían con Gonzalo Pizarro. Se batieron
bien los indios aliados contra sus enemigos cuzqueños, pero no era
suficiente ese respaldo para contener a los rebeldes. Cuando llegó la
retaguardia, con Paullo y Gonzalo Pizarro, descubrieron treinta y seis
cadáveres de españoles y gran cantidad de indios amigos muertos. Doce
casteuanos estacan malheridos. Seis caballos yacían destrozados sobre
,..,..,.,m....,.,..,. de batalla.
El triunfo de Chuquillushca había sido total. Doble mérito de Manco
el haberlo conseguido sobre tan poderoso ejército indoespañol.
En vista de las circunstancias, habiéndose acobardado la gente, Gon
zalo Pizarro decidió esperar refuerzos. Una vez conseguidos, que no
fueron muchos, inició una ofensiva hacia el interior, más adentro de
Vilcabamba todavía. Sin embargo, prefirió delegar el mando de esta
avanzada y quedarse en la retaguardia. Habría de ser el capitán Fran
cisco de Villacastín quien tomase la conducción en aquella oportunidad.
Para avanzar en la abrupta y semitropical comarca escogió la gente más
joven y ligera, que tendría que afrontar a un enemigo adaptado a la
región.

OTRA VICTORIA

Dirigía la expedición el mentado capitán Villacastín, "con mucho nú


mero de soldados españoles y también llevó consigo gran cantidad de
indios, cuyos capitanes era Inguill Inca y Huaipar Inca" ... "Manco Inca,
juntando la gente que pudo, dio de repente sobre los indios y matolos
a todos y prendió a Huaipar que lo hubo a las manos e Inguill yendo
huyendo que se había escapado se despeñó".
Logró así Manco una de sus más caras ambiciones: vengarse de dos
de sus hermanos que lo habían traicionado: Inguill Inca y Guáipar Inca.
Gente amiga de los cristianos casi desde la iniciación del levantamiento;
hombres que venían luchando por España, hermanos suyos, hijos como
él del gran Huaina Cápac; pero hermanos que prefirieron cultivar el
rencor hacia el Cuzco inculcado por madres "extranjeras", antes que
identificarse con el aliento del Cuzco Imperial.
Mientras Manco festejaba la captura de Guáipar Inca, el capitán Vi
llacastín, viéndose sin auxiliares, emprendió la retirada a fin de juntarse
con Gonzalo Pizarro, quien se había quedado cerca de Chuquillushca,
reorganizando las tropas.
En esa campaña, todavía Manco Inca se anotó una victoria más sobre
sus enemigos, pues en algún punto de esas montañas "los desbarató y
mató dos cristianos y hirieron catorce, los cuales todos venían huyen
do".
MANCO INCA 103

Cuenta un sobreviviente que también murieron algunos de los incai


cos, cuando rehaciéndose el grupo conquistador, contraatacó a los em
boscados.
Para esta victoria contamos también con algunos datos indígenas.
Nos referimos a los recuerdos infantiles de Titu Cusi Yupanqui, el hijo
de Manco. A tres leguas de esta ciudad inca se hallaba "una fortaleza
que allí tenía". El marco geográfico era de "montes espesos", una forma
de pintar a la selva alta. Precisa el reycronista que allí su padre "peleó
fuertemente· con ellos los españoles a la orilla de un río, unos de una
parte otros de otra". Y la lucha fue larga porque "en diez días no se
acabó la pelea, porque peleaban a remuda los españoles y siempre les
iba mal por el fuerte que teníamos".

LA JUSTICIA DEL INCA

Entre tanto los españoles se retiraban, el mea dispuso inmediata eje


cución de los capturados.
No los salvaron ni los ruegos de Cura Ocllo, esposa principal de
Manco Inca, dolida de la inminente muerte de su hermano Guáipar
Inca.
Ajeno a tales súplicas, Manco ordenó la decapitación, diciendo: "Más
justo es que corte yo sus cabezas que no lleven ellos la mía". Se decapitó
entonces el cadáver de Inguill, en una época su mayor lugarteniente
cuando el ataque al Cuzco en abril y mayo de 1536. Luego se procedió
a degollar a Guáipar, el otro hermano desleal.
Y mientras corría la sangre de Guáipar, capitanes quechuas vocea
ban desde los cerros a los españoles que Manco "pensaba matarlos a
todos y quedarse con la tierra que había sido suya y lo había sido de
sus abuelos".
Gonzalo Pizarra y Paullo Inca debieron escuchar no sin temor esas
proclamas que revelaban la disposición de ánimo del Inca, mientras
buscaban inútilmente a los incaicos en las tupidas malezas.

LA RETIRADA ESPAÑOLA

La lucha continuó por varios días. El Inca optó por la defensiva frente
a los indoespañoles.
10 JUANJOSEVEGA
4
La furia de Manco se cebaba en los indígenas aliados de los caste
llanos: "Acaeció muchas veces matar cantidades de indios con pura ira
que tomaba" .. "temíanle los indios más a él que a los españoles". No
perdonaba traición ni deserciones. Algunos decían que era "muy cruel",
pero estas críticas no reparaban en las adversas condiciones en que
estaba obligado a defenderse en Vilcabamba. Impuso una rigurosa
disciplina a sus mermadas huestes. ·
Manco insistía en la pena capital para todos los nativos que hubieran
colaborado con los conquistadores. Política equivocada, pero que sos
tuvo hasta sus últimas consecuencias. La animadversión de Manco fue
particularmente dura contra los yanaguerreros chachapoyas, cañaris y
huancas, que emanaban de naciones muy enemigas del Cuzco Imperial.
Por otro lado, en esas regiones de Vilcabamba los indios seguían res
petando al Inca como "universal señor". Eran áreas quechuas en sus
partes altas, donde siempre sus jefes otorgaron respaldo a una insurrec
ción que buscaba la reconquista del reino perdido y la restauración del
Tahuantinsuyu. En las zonas bajas vivían varias tribus selváticas que
mostraron singular lealtad.
Por ello, a pesar de lo exiguo de sus efectivos, el rey rebelde consiguió
la retirada del enemigo tras varios días de combate. Cuenta uno de los
conquistadores que Gonzalo Pizarra "acordó retirarse porque había
muchos heridos y muchos acobardados, y también porque entendiendo
que pues los indios allí aguardaban estaban seguros; y marcando esta
tierra y pasos malos por donde se podían desechar y pasar, aguardo
aquí hasta la media noche, y echando todos los heridos por delante que
dándose Gonzalo Pizarro a la postre, mandó a Pedro Pizarro fuese a sus
espaldas; y así nos fuimos retirando. y volvimos a donde habíamos
dejado el Real y los caballos, y donde aquí hizo mensajero al Marqués
D. Francisco Pizarra dándole relación de lo sucedido, y que le enviase
más gente". ·

LA ARCABUCERIA DE VILCABAMBA

Pasó un tiempo, durante el cual Gonzalo Pizarro pidió auxilios a su


hermano el Gobernador. Paullo Inca, por su parte, lo hizo a los prin
cipales indígenas renegados. Ambos socorros llegaron.
Apoyado en las nuevas columnas, Gonzalo Pizarra "tomó sobre
MANCO INCA 105

aquel paso donde el Manco Inca estaba como hombre muy seguro". Este
ataque cogió de sorpresa a los cuzcos, quienes no obstante resistieron.
Además, allí aguardaba una novedad a los indoespañoles: Manco
utilizaba un conjunto de arcabuces, al igual que en 1536.
"Había hecho una albarrada de piedra con unas troneras por donde
tiraba con cuatro o cinco arcabuces que tenía, que había tomado a
españoles"; eran pues botín de guerra de los tiempos de los triunfos
masivos de Quisu Yupanqui. Estas armas de fuego, sin embargo,
carecían de efectividad, dado que los cuzcos no sabían colocar los
proyectiles en el fondo del cañón. De todos modos, atemorizaron a
muchos de los contricantes, en especial a los indios que seguían a
Paullo.
Por otra parte, los guerreros incas, aunque de escaso número, lucha
ban mejor porque ya tenían experiencia frente a las armas europeas;
a los españoíes, en cambio, en esas escaramuzas "siempre les iba
mal por el fuerte" que Manco tenía en buen sitio, alto, rodeado de
maleza.
Sin embargo los españoles se dieron cuenta de la explicable falta de
pericia de los guerreros cuzcos. en el manejo de las armas de pólvora,
lo cual los aliviaría bastante.

TRIUNFO ESPAÑOL

Viendo esto, y que Manco tenía pocos yanaguerreros, Gonzalo Pi


zarro decidió rodearlo; y así, mientras él se le enfrentaba, mandó a la
mitad del ejército que con Villacastín subiera al fuerte por la parte
posterior. La trampa casi surtió efectos, pues Manco salvó ajustadamen
te. Rodeado el fortín sobrevino una encarnizada lucha en la cual se
lucieron los incaicos que no eran muchos. Desbaratados los defensores,
a Manco "tomáronle tres por los brazos y a vuelapié le pasaron el río ...
y lo llevaron por el río abajo un trecho y lo metieron en los montes y
los demás indios que allí estaban se desaparecieron".
A quienes trataron de seguirlo, les gritó desafiante mientras se
hundía en la espesura: "Yo soy Manco Inca". En el desorden, sin em
bargo, Cura Ocllo se quedó retrasada, en medio del desbande, que fue
completo. Muchos de los mejores capitanes incaicos cayeron en el
combate. Asimismo, cogieron a varios de los guerreros incas. También
10 JUANJOSEVEGA
6
fue capturado o muerto Cusi Rímac, capitán general del pequeño
ejército incaico. Algunos otros deudos del Inca fueron también apresa
dos.
Manco tuvo todavía aliento para resistir a salto de mata y prosiguió
por un tiempo la guerra por lo cual "el capitán don Gonzalo Pizarro le
dio grandes alcances y le deshizo muchas albarradas, ganándole algu
nos puentes"; aunque en vano. Dos meses más pasó todavía este hermano
del Gobernador buscándolo. Fue inútil. Con todo, fueron bajando las
aguas nacientes del río Cosireni y del Pampaconas.
Pero Manco no se dejó amilanar. Se mantuvo en la brega con ejem
plar tenacidad. A gritos estentóreos lanzados ·por su gente desde
un cerro, el monarca aborigen hizo escuchar a los españoles "que
había muerto a dos mil cristianos y pensaba matarlos a todos y que
darse con su tierra". Así lo recordaría después el conquistador Mando
Serra en las informaciones de Servicios de Francisco Pizarro. Era la
misma cifra de bajas que reconocían otras fuentes almagristas y piza
rristas.

LA PENA DE MANCO

Cuando Pizarro organizaba la expedición a Vilcabamba en 1539, afir


maba que con ella el Inca saldría "muerto o preso". Pero no fue así.
Aun más, Manco armó una treta para capturar y matar al Goberna
dor. La cual falló, pero abrió en el pecho del jefe español el anhelo de
la venganza. Porque decidió matar a Cura Ocllo, "la mujer que el Inca
más quería".
Como vimos, había sido capturada por Gonzalo Pizarra en uno de
los últimos encuentros de la reciente campaña. Estaba encinta; a pesar
de eso, fue violada por varios españoles, o lo intentaron, porque ella se
defendió. Uno de ellos fue Gonzalo Pizarro. En Ollantaytambo, y_a de
retomo, la expedición se juntó con el gobernador Pizarro; éste dispuso
allí que indios cañaris matasen a garrotazos y flechazos a esa empera
triz. La Coya supo morir con ejemplar valor: "¿En una mujer vengáis
vuestros enojos?", apostrofó a los conquistadores allí presentes. Un
último deseo transitido a sus mamaconas fue que colocaran su cuerpo
en una balsilla sobre el río Urubamba, a fin de que las aguas la llevasen
hacia la comarca donde Manco estaba.
107

En Yucay luego se procedió al exterminio de todos los prisioneros,


empezando por Villa Orna y Tísoc Inca, dos de los héroes máximos de
la resistencia; una decena más de adalides fueron ajusticiados en esas
siniestras jornadas. Todos fueron quemados vivos. Corría la cuaresma
de 1540.
Manco lloró mucho la muerte de Cura Ocllo; la joven y hermosa Coya
lo había acompañado durante los cuatroaños de sublevación, compor
tándose varias veces como una luchadora, tal como sucedió en la victoria
de Orongoy.
Debió de sufrir tremendamente con la muerte de tantos próceres de
la resistencia. Al inicio de la campaña de Vilcabamba había tenido
también que lamentar la inevitable ejecución de Chuquillásac; era éste
el curaca de los mitimaes chachapoyas de la región, quien sorpresiva
mente decidiera dar respaldo a los españoles. A pesar de su valerosa
colaboración a lo largo de varios años, Manco no tuvo otro remedio que
degollarlo y arrojar su cabeza a las aguas del río desde el puente de
Chuquichaca.

AREQUIPA

Un plan de los rebeldes incaicos para capturar a Pizarro frustró la


fundación de la Villa Hermosa por el propio Gobernador, pues lo alejó
de los valles arequipeños. Según Pedro Pizarro partió aquél hacia el
Cuzco al frente de doce jinetes. Quienes se quedaron siguieron la
cabalgata hasta ubicarse en el asiento de Camaná, donde se estableció
la proyectada Villa, junto al océano. Es Cieza de León quien mejor lo
cuenta: "Pues como el Marqués don Francisco Pizarro determinase
volver a la ciudad del Cuzco, mandó al bachiller García Díaz Arias,
Obispo que es agora del Quito que mirase en el entretanto que iba al
Cuzco el sitio más convenible que hubiese en aquella comarca, para que
se pudiese fundar la ciudad que se había de situar en ella y acompañado
de algunas personas (Pizarro) se partió parael valle de Yucay, desde
donde envió sus mensajeros al rey Manco Inca Yupanqui".
No eran mensajes cordiales los remitidos; en uno dijo Pizarro que si
no salía de Vilcabamba a tratar la paz no cejaría "la guerra hasta tomarlo
o echarlo del mundo". Pero Manco se burlaba siempre de las bravatas
españolasy se dispuso a ejecutar el audaz proyecto, que fracasó. Mas
10 JUAN JOSE VEGA

Pizarro casi cayó en la trampa. En venganza, tras sumarse a la expedi


ción de su hermano Gonzalo, hizo dar muerte a Cura Ocllo en Ollan
taytambo, como vimos.

OTRAS LUCHAS

Reponiéndose del dolor causado por la muerte de Cura Ocllo y del


desgaste de la prolongada campaña de Vilcabamba contra los Pizarro,
el Inca reinició sus ofensivas, apoyado en etnias de la selva y gente
escogida de los cuzcos. Atacó tierras de Guamanga, tan exitosamente
que el Cabildo tuvo que ponerse en pie de guerra y llamar 11 dos
mil amigos indios para resistir al Inca". Hubo por entonces acciones
en Acostambo y en Andahuaylas. Los "fieles caciques de Jauja"
estaban otra vez alarmados.

ALMAGRO EL JOVEN

En 1541 la recuperación de Manco era de tal magnitud que Pizarro


dispuso una virtual cruzada para acabar con el monarca autóctono y
solicitó cuotas especiales a los cabildos para emprender una guerra
definitiva. Pero no llegó a ver ejecutado tal proyecto pues fue víctima
de la conspiración ahnagrista de Lima el 26 de junio del año mencio
nado.
La sublevación almagrista contra Pizarro se extendió rápidamente a
causa de existir centenares de antiguos partidarios del difunto Alma
gro, a quien se conoce en la Historia como "el Viejo", ejecutado por
Hernando Pizarro en 1538. Y por supuesto había también unos dos mil
españoles descontentos, sin mayor oficio ni beneficio. Sin embargo, lo
más interesante, desde una perspectiva cuzqueña, fue que el nuevo
caudillo, el mestizo Almagro el joven abrió relaciones con Manco Inca,
las que llegaron al extremo que ambos personajes intercambiaron
embajadores y promesas de mutuo auxilio. En el caso de Manco, éste
proporcionó abundantes armas y equipos europeos producto de sus
triunfos en 1536.
Pero Manco recelaba del vínculo vigoroso que existía entre el alma
grismo y Paullo Inca, su hermano, el ambicioso semicuzco. Por otra
parte, Almagro el joven jamás se animó a liquidar el sistema de
MANCO INCA 109

encomiendas (ni podía hacerlo), ni a garantizar al Inca siquiera una


relativa restitución de una parte de su antiguo Imperio. Más bien, al
final, en Vilcashuamán, el líder mestizo reiteró la vigencia de las enco
miendas, pero en manos claro está de los almagristas que triunfasen en
la definitiva contienda que se avecinaba contra el pizarrismo.
Este choque se libró el 16 de setiembre de 1542 en Chupas y cons
tituyó una sangrienta victoria de Vaca de Castro, a quien respaldaban
casi todos los pizarristas. Almagro el Mozo habría de ser ejecutado algo
después.
Poco antes gente de Illa Túpac se había enfrentado a los realistas
de Per Alvarez Holguín en Taco. Luego, posiblemente en Pillcosuni,
tras la debacle de Chupas, fue liquidada la gruesa columna de Juan
Balsa, en circunstancias aún no esclarecidas, al replegarse. Días más
tarde, el arrojado capitán Diego Méndez y otros almagristas llegaron
a Vitcos a demandar asilo y refugio, que el Inca les concedió genero
samente.
Para entonces Manco ya había conseguido rescatar a su amado hijo
Titu Cusi Yupanqui, niño que había pasado largo cautiverio en el
Cuzco.

OTRAS REBELIONES

El año de 1541 vio también la sublevación de la gran isla de La Puná.


Tan feroz que esos isleños tropicales acabaron comiéndose al obispo
Val verde. Pero los lapunaeños jamás acataron a Manco. En general, fue
una constante de todo aquel período histórico que numerosas naciones
indígenas se sublevasen autónomamente sin buscar un restablecimien to
del Incario. Querían independencia tanto de los españoles como de los
cuzcos. Así fue como se enfrentaron a España por su cuenta y riesgo.
Naturalmente, esas etnias, aunque actuaron con heroísmo, terminaron
vencidas con relativa facilidad. Entre las que se levantaron en esta
forma de 1536 a 1544, tendríamos que mencionar a los conchucos, que
llegaron a doblegar por un tiempo a Gonzalo Pizarro; a los chimúes, re
cuperados de su pasividad inicial; al sector de los tallanes que rompió
anteriores alianzas hispánicas; a los chupanos; a los chachapoyas que
pelearon por años, al igual que los moyobambas; a los huarcos y yauyos,
varias veces levantados; entre otros.
11 JUANJOSEVEGA
0
Los más destacados fueron los "chunchos" de diversas zonas de la
selva. Ellos aniquilaron, contuvieron o vencieron a una veintena de ex
pediciones españolas, apoyados en sus flechas y en los bosques tropi
cales. En verdad, las entradas hispánicas a la selva rara vez tuvieron
éxito, siquiera relativo. Y estos hombres de las junglas fueron los más
activos defensores del trono de Manco en las horas tardías de su reinado
en Vitcos y Vilcabamba.

MANCO Y VACA DE CASTRO

Lograda así la "pacificación" con la derrota del almagrismo y las eje


cuciones que siguieron, Cristóbal Vaca de Castro procedió a efectuar un
nuevo reparto del Perú, recogiendo los mejores beneficios para sí mismo,
pues pronto se hizo comentario general de que el juez "robaba la tierra
y la cohechaba". Imposibilitado de premiar con encomiendas a todos
sus seguidores, otorgó el licenciado permisos para nuevas conquistas,
volviendo a ser los nativos objeto de explotación y exterminio. Escudán
dose, el propio conductor de la maquinaria destructiva escribiría que
andaban soldados por todo el país "hechos vagabundos y rancheando
los indios y tomándoles lo que tienen".
Buscó luego la sumisión de los incas. Con Paullo y su grupo no tuvo
problemas, porque el líder de los renegados, mostrando una vez más
cortesanía y absoluta sumisión, hasta consintió ser bautizado con el
nombre del nuevo amo del Perú, llamándose desde entonces Cristóbal
Paullo Inca.
Por entonces un grupo de quipucamayos, encabezados por Supno,
dictaron las ·bases de una Relación que se haría famosa; es de sumo
interés porque, destinada a ensalzar la vida de Paullo, sin quererlo
exaltan las proezas de Manco, cuyo nombre aunque atacado aparece
en numerosas páginas de la obra.
La negociación con Manco fue difícil; Vaca de Castro le comunicó que
era portador de cartas del emperador español, que prometía al rebelde
un trato conforme a su alta calidad a cambio de que se sometiera. El
24 de noviembre de 1542, el juez daba cuenta de estos afanes: "Los tratos
que ... traigo con el Inca andan con mucho calor, aunque él me envía
papagayos y yo a él brocados"; con esta comparación quizá quería
significar que el Inca manifestaba poco caso a las promesas de perdón
MANCO INCA

y consideraciones. Finalmente, cesaron bruscamente las conversacio


nes.
Todavía varios capitanes (como Illa Túpac en Huánuco) proseguían
peleando en pequeñas zonas; no obstante representaban resistencias
inconexas y sin mando central.
Manco, por otro lado, se dio cuenta de que a nada podía aspirar
con Vaca de Castro. Principalmente porque éste jamás perdonaría
haber refugiado a varios almagristas. Entre esos refugiados, no lo
olvidemos, se hallaba nada menos que Diego Méndez, capitán que
además de victimario de Pizarra, era hermano del mariscal Orgóñez,
difunto jefe militar máximo de Almagro el Viejo, y quien fuera asesi
nado traición en Las Salinas; pese a todo lo cual Méndez militaba bajo
las banderas de Manco, como un distinguido yanacapitán en Vilca
bamba, al igual que otros guerreros de naciones nocuzqueñas, indíge
nas para el caso.
Asimismo, el Inca, que ya carecía de mayores tesoros, debió reparar
en que ninguna negociación podría prosperar con Vaca de Castro por
ser éste un personaje corrupto y de dobleces. Se asombraría más bien
de la venalidad del gobernante español, de su indisimulada forma de
enriquecerse en el ejercicio de un cargo público, algo absolutamente
desconocido en la sociedad incásica.
Por último, el acercamiento de este Gobernador al pizarrismo (aunque
no a Gonzalo Pizarro) cancelaba cualquier opción de trato; por todo esto
quizá fue en 1543 que Manco empezó a pensar en crear un reino
separado en la región de Vilcabamba, dejando de lado la esperanza de
recuperar su perdido Imperio.

EL FRACASO

Tal vez Manco trató de entender las causas del fracaso de la suble
vación, hablándolo con personas de su máxima confianza. Si tal ocurrió,
llegarían a la conclusión de que el debilitamiento· del Imperio y sobre
todo de la cúspide directriz a consecuencia de la guerra civil era un
factor inicial y quizá el más vigoroso, porque Cusi Yupanqui, en nombre
de Atao Huallpa, había sido en la práctica, y sin que ambos se lo pro
pusieran, una verdadera vanguardia de Pizarra y de Almagro, al ex
terminar a la enorme mayoría de los integrantes de las panacas Hanan
112 JUANJOSEVEGA.

y Hurin del Cuzco en diciembre de 1532. Ese vado en la dirección


central jamás se llenó.
Luego, cabía señalar que los yanas se habían sublevado en casi todo
el Imperio, pasando a dar sus servicios a los españoles, en una mala
entendida reivindicación social que llegó a convertirlos no sólo en
verdugos de sus antiguos amos, los nobles, sino en cuchillo de su propio
pueblo, al cual robaban y masacraban con igual codicia y crueldad.
Paralelamente, estuvo el factor del alzamiento de los caciques de las
etnias conquistadas por los Incas en medio siglo de constante ba
tallar; eran unas trescientas y los jefes nativos de esas colectividades
pasaron con frecuencia a respaldar a los conquistadores, estimando
ilusamente que los habrían de retornar a su antigua autonomía preinca.
Aunque más tarde actuaron ya abiertamente a cambio de prebendas
hispánicas y hasta rastreramente a fin de mantener sus mermados
privilegios.
Más grave pudo ser la inercia del campesinado. La gente de los ayllus
(dividida además en cientos de naciones o etnias) como masas media
tizadas e inermes, prohibidas por los reyes Incas de usar armas, poco
pudieron hacer. Nunca habían visto con beneplácito a los orejones
incaicos y no tuvieron interés en defender el Estado Inca que se susten
taba de mitas y tributos. Fue un error por lo que advendría luego, pero
la prolongada verticalidad de las sociedades andinas (perceptible desde
Sechín, precisaríamos hoy) volvía imposible una actitud de rebeldía
contra el nuevo sistema que los españoles iban imponiendo a sangre y
fuego.
La aristocracia imperial carecía de respuestas para estas realidades.
No la tenía ni para los yanas. Ni para los caciques étnicos. Ni para los
mitimaes. Ni para los campesinos comunitarios. Efectuar concesiones
habrían significado el derrumbe de su propio poder social menguado
ya por la agresión externa y el avance de las contradicciones que esta
llaban doquiera. El Imperio se hundía más si cedía. Por eso apenas si
tuvo respuesta y entendimiento con los aristócratas semicuzqueños, re
belados con A tao Huallpa en 1528, con los cuales se hizo, frecuentemen
te, frente común contra el invasor español.
Por supuesto que todo lo dicho no constituye sino un análisis desde
las perspectivas de la Corte de Vikabamba. Porque la guerra estaba
perdida de antemano por otra razón fundamental, superior a las otras:
La disparidad en la evolución tecnológica. Era el enfrentamiento de una
sociedad que, aunque brillante, pertenecía al calcolítico (piedra y cobre)
frente a otra del Renacimiento europeo, dueña del hierro desde dos
milenios atrás (quipu contra alfabeto; balsa contra carabela; etc.), y
con avances decisivos en tecnología bélica (honda contra arcabuz;
venablo contra ballesta y sobre todo el caballo con el perro bravo
amaestrado).
Manco podía ganar victorias, como las obtuvo, pero los invasores
siempre podrían traer más y más gente con más y mejores armas. Los
Incas estaban limitados por toda clase de factores, que los españoles
utilizaban a la perfección. Por otro lado, una mentalidad casi comple
tamente lógica tenía las de ganar frente a otra mágicoreligiosa, dentro
de lo cual un jefe militar hasta podía suspender una batalla, aun con
posibilidades de victoria, si los vaticinios de las entrañas de las llamas
o del vuelo de los cóndores no eran favorables.
Obviamente, las contradicciones y limitaciones del estadio histórico
propio de los Incas no atenúa el heroico esfuerzo de sus defensores; al
contrario, lo amerita, porque también tratando de vencerlas lucharon
hasta el fin.
Pero retomemos a los sucesos mismos de esa Vilcabamba, porque en
el nuevo Perú se produjeron acontecimientos que permitieron un des
tello de esperanza para el tenaz monarca andino.

MANCO Y EL PRIMER VIRREY

En los principio? de 1544,Manco, al igual que todo el Perú, supo que


llegaba un mandatario nombrado por Carlos V. Desde luego, el sobe
rano cuzqueño pediría a los almagristas de Vitcos algunas explicaciones
sobre lo que aquel hecho significaba; Diego Méndez, que poseía alguna
experiencia política, se las daría. Aun más, le comunicaría que lo que
se sospechaba era que el nuevo gobernante, un virrey, trataría de aplicar
las Nuevas Leyes, unos dispositivos que favorecían a las poblaciones
indígenas de todo el continente. De todo el Perú, para el caso.
Pronto reparó Manco que las intenciones de Blasco Núñez Vela no
eran otras que las de refrenar los abusos cometidos por los conquista
dores del Perú y de modo particular las tropelías de los encomenderos,
señores de la guerra. Las propias encomiendas serían abolidas, poco a
114 JUAN JOSE VEGA

poco; y el servicio personal disminuiría. Concretamente, el virrey venía


contra los hombres vinculados al poderoso clan Pizarro, quienes se
resistían a aceptar las leyes de Carlos V.
Gente ligada al dos veces vencido almagrismo integraba, en parte,
el séquito de Núñez Vela. El virrey resultaba así un aliado natural del
Inca, pues ambos se hallaban en contra de los señores neofeudales
pizarristas del Perú. Tanto Carlos V como Manco compartían intereses
en tal punto tan crucial. Por otro lado, el virrey había demostrado un
gran espíritu humanitario hacia los indios peruanos, desde que liberó
a varios cientos de ellos, esclavos en Panamá. Luego, a lo largo de sus
viajes por la costa se había mostrado favorable a los aborígenes del país
y deseoso de un entendimiento con los rebeldes cuzqueños. Aun más,
en las reuniones de Manco con sus capitanes se discutía sobre si sería
cierto que el emperador Carlos V había aconsejado a su representante
en el Perú, anciano de coraje indiscutido, que buscase la paz con Manco
y castigara a los causantes de los abusos contra los indios plebeyos
peruanos y los despojos y vejámenes inferidos a la realeza imperial del
Cuzco.
Esto era cierto, pero los alzados incaicos no tenían seguridad. De
todas maneras, las condiciones eran muy favorables para un acerca
miento. Corrían ya rumores de que Gonzalo Pizarro, el último de los
hermanos, podría alistar fuerzas de los señores neofeudales para luchar
a muerte contra el representante de Carlos V. La elección era clara: los
de Vitcos que constituían el rezago de las panacas imperiales debían
estar a favor de aquel hombre venido desde España para aplicar las
Nuevas Leyes, un código inspirado por Bartolomé de Las Casas, per
sonaje del cual, quizás, habían oído hablar alguna vez, años atrás, en
el Cuzco.
Los rumores que llegaban a través de indios amigos indicaban además
que el virrey veía con malos ojos a toda la gente que militó bajo las
banderas del difunto gobernador Pizarro y que hasta sentía recelos del
ex gobernador Vaca de Castro.
También alegre con las noticias, Méndez trató el caso con el Inca,
proponiendo un acuerdo con el virrey. Manco aceptó, pero oponiéndo
se a que ese Méndez, su yanacapitán español, partiese con tal misión, a
causa de sus antecedentes de victimario del gobernador Pizarro. Y
ordenó que Gómez Pérez, que había sido hombre muy cercano a Al
115

magro el Joven partiese en pos del virrey.


Usando caminos desviados, que aconsejó su comitiva incaica, Cómez
Pérez alcanzó al virrey en la provincia de los huauras, antes de que
entrase a Lima. Cedemos sitio al cronista mestizo Pedro Gutiérrez de
Santa Clara, hombre de esos tiempos, para que nos relate el suceso:
"Estando en este pueblo de la Barranca vino a él por mensajero
Gómez Pérez, criado que había sido de don Diego de Almagro el Mozo,
a besalle las manos de parte del rey Mango Inga Yupangue, señor de
todas estas provincias y reinos del Perú. Este Magno Inga Yupangue
estaba apartado y fuera del camino real, en unas sierras muy ásperas
y confragosas, con el capitán Diego Ménciez de Sotomayor y seis hombres
que habían seguido siempre la opinión de don Diego de Almagro el
Mozo, los cuales escaparon de la batalla de Chupas y se metieron en
las sierras de los Andes. A lo que este mensajero vino fue que el rey
Magno Inga Yupangue y el capitán Diego Méndez de Sotomayor, con
los demás españoles, le enviaban a pedir licencia y salvoconducto para
parecer ante su señoría y salir de la sierra a servir a Su Majestad con
el rey Inga y con muchísimos indios vasallos suyos, y que el virrey los
asegurase de Vaca de Castro y de los pizarristas, que los querían mal
y eran perseguidos dellos. El virrey se holgó con esta embajada y tuvo
entendido que estando este poderoso rey de paz, que también lo esta
rían luego los demás caciques y principales indios que también estaban
alzados con él, que se abajarían a poblar la tierra de los llanos, porque
en ello se haría gran servicio a Dios y a su Majestad, y por tanto los envió
a llamar, dándoles todas las seguridades que pidieron por escrito y
firmadas de su nombre Gómez Pérez se fue y llevó los recaudos que
pidió, muy a su voluntad, de lo cual se holgaron mucho Mango Ynga
y Diego Méndez y sus compañeros".
Como se ve, el emisario español de Manco y su comitiva cuzqueña
fueron muy bien recibidos por Núñez Vela. En realidad, la Corona
había expedido una Real Cédula donde se expresaba que "conviene al
servicio de Dios Nuestro Señor e nuestro e bien de aquella tierra, que
se preocupe de traer de paz (al Inca)", porque "estando el Inga de paz,
será gran parte para que toda aquella tierra esté en quietud". El virrey,
a no dudarlo, sabía que así ganaba posiciones frente a los hoscos
encomenderos pizarristas, que ya habían empezado a hostilizarlo.
Atrayendo a Manco "se sosegaría la tierra", por lo menos en lo L...,,.._ ...... ,,u...
11 JUAN JOSE VEGA
6
a la sublevación incaica, que tenía ya ocho años; y también podría mirar
al Inca como un futuro aliado contra los pizarristas, si llegaba a abrirse
conflicto, ·
Además de ser los indios útiles para todo, conocíase que siempre se
había contado en el Perú con miles de auxiliares de carga y de batalla
(para empezar, los miles que portaban a lomo humano la artillería). Por
otra parte, Vaca de Castro, enemigo potencial, tenía gente aborigen
adicta, "indios armados", entre los chacha poyas y, por último, que cada
encomendero pizarrista de importancia acostumbraba a poseer gente
propia para diversos usos, sin excluir la guerra, principal actividad
española en el país. ·
En suma, Gómez Pérez había emprendido el camino de regreso
llevando a Manco ofrecimientos de que si salía de su reductos vilcabam
binos alcanzaría los privilegios sociales propios a sus condición de rey
y, seguramente, los honores que le incumbían. En cuanto a los que
habían militado bajo los estandartes de los Almagro, un perdón parecía
asegurado de labios del propio representante del "Emperador del
Universo Mundo".
No podían, por tanto, ser mejores los frutos de la entrevista de
Barranca. En Vitcos, el monarca indio, al escuchar a su yanaemba
jador Gómez Pérez, reiteraría su criterio de que "Núñez Vela venía
favorable a los caciques indios", tal cual sus espías se lo habían comu
nicado desde un inicio. Así como lo sostiene Garcilaso, tomaría Manco
una línea de acercamiento al virrey "persuadido de ellos, que le decían
que se abría camino para restituirle todo su Imperio o muy buena parte
de él" en lo cual los yanas almagristas mentían en parte, pero en algo
f

decían verdad. ·
Los almagristas resolverían convencer al Inca de que no había tiempo
que perder, lo que se consiguió; y así "acordaron de salir (de la comarca
de Vilcabamba) y dijéronlo a Mango Inga y el Mango Inga mandó a sus
capitanes que le proveyesen de lo que hubiesen menester y que se
saliesen con ellos". Allí mismo encargó "al Diego Méndez que de su
parte hablase al visorrey y que para ello fuesen con él ciertos orejones
suyos para que volviesen con el recaudo y respuesta de lo que el viso
rrey proveyese y él con él negociase y esto así proveído tomaron los del
Inga al Diego Méndez y a los demás en ciertas hamacas y lleváronlos".
Entre los varios caminospara salir de Vitcos escogieron el de Gua
MANCO INCA

manga, por ser más corto y bien conocido por los soldados de Manco
que varias veces habían incursionado por esa vía; la ruta satisfaría a
Méndez también, que vería en ella una oportunidad para retomar a esa
ciudad como triunfador, tras la catástrofe almagrista en la vecina Chupas
dos años antes. Pero ni él ni Manco supusieron que en Guamanga las
posiciones pizarristas se habían fortalecido durante las últimas sema
nas, a raíz de la gradual insurgencia de Gonzalo Pizarro en Charcas y
el Callao; aun más, es probable que, para aquel momento, los españoles
de la ciudad tuviesen ya conocimiento del exitoso ingreso gonzalista al
Cuzco (la cronología no esta clara). Por todo lo cual, la oposición a todo
trato con los del Inca y con los almagristas de suyo siempre vigorosa
se endureció al máximo; mucho más si probablemente conocían lo
ofrecido por el virrey a Manco en el tambo de Barranca, el mes anterior,
en torno al buen tratamiento que debía darse a los indios.
Algunas columnas del ejército imperial cuzqueño, y los yanaguerre
ros españoles capitaneados todos por Méndez, avanzaron así sobre una
Guamanga a la que no sabían tan hostil; en ataque sorpresivo. Pero
caciques pizarristas, como el fiel Huasco de los chancas de Andahuay
las, alertarían a los de la ciudad. Quizá luego llegaron informes más
precisos, obligando al Cabildo a tratar el asunto del avance incaico el
26 de mayo. El caso aparecía tanto más riesgoso oyendo que un indio
mejor informado apuntaba que gente con barbas y buenas armas aparecía
codo a codo con las huestes del Inca. "Preguntado qué españoles son"
aquel mensajero respondía que era gente que había luchado por Almagro
el Joven "y traen caballos y arcabuces". ·
Por su lado, Manco, con diligencia, había levado una mita con el fin
de construir un puente en Laco, lugar donde un curaca pizarrista
resistía el avance de los incahispanos. Por todo esto decíase en Gua
manga que" el Inca trae mucha gente de indios", pero las versiones eran
confusas en tomo al número de mílites cuzcos y antis.
Resultó así que la ofensiva se suspendió por razones desconocidas;
quizá por informes sobre el avance de Gonzalo Pizarro desde la
lejana Charcas sobre el Cuzco, avance que habría alarmado a los yana
guer~eros almagristas; o tal vez porque se sopesó la situación, conside
rándose que la campaña podía hacer daño a la causa del virrey, que
las pasaba mal en Lima. O quizá se trató sólo de una marcha que tenía
como finalidad doblegar pacíficamente al Cabildo de Guarnanga con
11 JUAN JOSE VEGA
8
los salvoconductos virreinales y luego pasar de allí a la capital a fin
de perfeccionar un acuerdo entre la Corte de Vilcabamba y la Corte de
Lima.
Pero la situación política del flamante virreinato se descompuso ve
lozmente; y no por culpa del Inca ni de los impacientes refugiados al
magristas. Sucedía que desde que ingresó Nuñez Vela a Lima (15 de
mayo de 1544) fueron aumentando las tensiones del nuevo gobernante
con los poderosos encomenderos y hasta con los españoles pobres, que
con ellos se solidarizaron. Los mismos oidores de la Audiencia y otros
funcionarios ligados ya el gran poderío de los encomenderos distaron de
otorgar al virrey el apoyo enérgico que le debían. Nada de esto fue un
secreto, al contrario, y por tanto debió trascender hasta la misma
comarca de Vilcabamba. Junio, julio y agosto fueron así meses de dudas
y vacilaciones en la Corte Incaica de Vitcos, donde Manco seguía
rondando el proyecto de vengarse de los Pizarro con la colaboración del
atrabiliario virrey, venido allende los mares.
Los que vacilaban respecto al plan de algunos meses atrás eran pre . .
cisamente los que lo habían urdido, los almagristas, que sopesaban el
poder creciente de Gonzalo Pizarro y conocían cuán difícil les sería
alcanzar perdón si llegaba a tomar el poder en el Perú; y esto lo suponían
porque mientras se deterioraba la autoridad virreinal, a ojos vistas
crecía la fuerza de aquel hermano del difunto gobernador Pizarro.
Como se había pronunciado en contra de las Nuevas Leyes y, por tanto,
a favor de las encomiendas, el Cuzco español lo había acogido con
alborozo en junio y allí estaba el nuevo caudillo levando gente y refor
zando los pertrechos de sus huestes. Ante estos acontecimientos, los
almagristas refugiados en Vitcos habrían preferido permanecer "a la
mira", mientras se resolvía el conflicto.
Tres meses más tarde llegarían presurosos chasquis a tierras vilca
bambinas. Quizá hasta trayendo cartas para los almagristas, indicando
que el 17 de setiembre el virrey había sido capturado por la Audiencia
de Lima.
Era un golpe de· Estado de los encomenderos.
Pero aquel mismo 17 de setiembre se producía otro acontecimiento:
el Cabildo de Guamanga reconocía a Gonzalo Pizarro como su procu
rador. El suceso no tendría mayor importancia para nuestra narración
si no fuese porque en esos mismos días el yanacapitán Diego M1mc1e2:
MANCO INCA 119

avanzaba otra vez por regiones guamanguinas al frente de sus segui


dores españoles y de un batallón de cuzcos, probablemente para pro
ceder a un ataque a la mencionada ciudad.
¿Qué había sucedido? Pues, que pasando los días en la incertidum
bre, el yanaguerrero Diego Méndez había decidido tomar la iniciativa.
Era temible como soldado. El que aceptase su condición de yana
guerrero de lujo a órdenes de Manco debió sentirlo siempre como una
situación temporal, hasta el día en que se le abriera una opción de
retomo al mundo hispánico. Con el ascenso del gonzalismo, aquella
opción se le estaba cerrando. Al igual que a Manco la factibilidad de
negociar con el virrey, que era todo un solo asunto, se bloqueaba.
Quizás ambos creyeron, en especial el capitán español, que podrían
contribuir decisivamente en lo militar a la lucha que se venía, ayudando
al antipizarrismo en cualquiera de sus formas, porque en Vitcos se
conocía el aumento de fuerzas de Gonzalo Pizarro en el Cuzco. La
Audiencia de Lima urgía de guerreros eficientes.
Por estas causas Manco había organizado, al mando de Méndez,
esta nueva expedición sobre Guamanga, ciudad en donde predomina
ban abiertamente los pizarristas; también debió ver con buenos ojos
la campaña porque su pequeño. ejército sufría escasez, agotado el
botín de anteriores incursiones. Vilcabamba, provincia pobre,
siempre lo había empujado a la guerra. Era la hora de un nuevo
raid.
Méndez, pues, había partido a tomar Guamanga, teniendo a Lima
como eventual destino para fortalecer a la Audiencia frente al gonza
lismo. Lo hizo con los demás yanaguerreros españoles y la gente
cuzqueña escogida, comandada al parecer por Pumasupa. Pero lo que
Méndez ignoraba del todo es que casi simultáneamente partía Gonzalo
Pizarro del Cuzco hacia el mismo objetivo: Guamanga. Separados por
nevados y selvas marcharon paralelamente por caminos distintos, usando
Méndez los senderos de la selva alta. Cruzaría luego el caudal del río
Apurímac y el río Pampas. Por cierto, los pizarristas de la ciudad no
se hallaban desprevenidos y alertados por "indios amigos" decidieron
la defensa de la plaza frente a los incaicos. El Cabildo así lo acordó el
23 de setiembre, tomando nuevo capitán "encargándole tenga especial
cuidado de que si Manco Inca a esta ciudad viniese pueda acaudillar
gentes para la defensa de ella".
Pero el yanaguerrero español y los jefes incas se llevaron la gran
sorpresa: 11 como llegaron a las cabezadas de G_uamanga tuvieron
noticia que allí estaba Gonzalo Pizarro, que venía con los del Cuzco
contra el virrey".
Semejante novedad cambiaba totalmente lo proyectado en Vitcos.
Por ello" el Diego Méndez y los demás según cuenta Juan de Betanzos
acordaron de se volver de allí, hasta ver en que paraba aquello". Apro
vecharon sin embargo la ocasión para proceder a recoger el botín que
Manco había ordenado que se tomase en todos los pueblos enemigos
(chancas, pocras, asháninkas, españoles, etc.). Y así los del Inca asalta
ron 11 todos aquellos pueblos como ellos 1o solían hacer y llevaron de
allí todo lo que pudieron así indios y indias como llamas, ropa y todo
lo demás que pudieron haber, en la cual vuelta el Diego Méndez
adoleció y volvió doliente".
Manco los recibió a todos con alegría, mirando los trofeos que traían
de la campaña. Y olvidando los problemas surgidos en Guamanga y
Lima, procedió al reparto de bienes conforme las tradiciones bélicas del
Imperio, otorgando preferencia a sus yanas más destacados, en este
caso los del grupo español, que tan briosamente lo servían. En efecto,
"como llegaron donde Mango Ynga y llevasen aquella presa el Ynga
mandó que todo lo que ansí traían de aquel asalto que habían hecho
que lo pusiesen en la plaza y mandó a los cristianos que escogiesen lo
que de allí les pareciese bien y así lo hicieron y lo demás que restó
mandó que lo guardasen en las casas que para ello tenían señaladas y
mandó curar al Diego Méndez",
Hubo fiesta en Vitcos, en la gran explanada. Manco se hallaba feliz
porque percibía que con el creciente deterioro de la situación política
española, aumentaban las posibilidades de reabrir hostilidades en
gran escala; quizás creía que con la exterminadora explotación de todos
sus vasallos reflexionarían los caciques de diversas naciones indígenas
rivales y se animarían a volcarse a su favor.
Una vez repuesto con las medicinas de los hampicamayocs lugare
ños, esperaba a Méndez una sorpresa mayor. Siempre los yanas espa
ñoles habían gozado, como los demás, de alta jerarquía, de una o más
concubinas plebeyas o de nobleza secundaria. Pero esta vez el Inc~
quiso distinguir a su yanacapitán con "dos mozas doncellas de su
nación, pallas", esto es aristócratas cuzqueñas, privilegio que pocos
121

alcanzaban en el Imperio.
"Y a los demás españoles les mandó que les hiciesen todo servicio
y ansí se hacía siempre con mucho cuidado. Y después holgábase el
Manco Ynga con el Diego Méndez y los demás y ellos con él. .. ",
Mas no todo fue fiestas y entrega de trofeos. Recuperado del todo
de sus males tal vez una fiebre tropical Méndez conversaría con
sus compatriotas en tomo a la gravedad que para e,llos revestían los
nuevos sucesos. Méndez, especiahnente, sabía que el pizarrismo
jamás lo perdonaría. Parecían condenados a lo que quizá mirarían
como una prisión en los enormes y desiertos parajes vilcabambi
nos.
Fue en esta coyuntura que llegó a Méndez un mensaje aleve de
Alonso de Toro, hombre de Gonzalo Pizarra en el Cuzco. Lo llevó un
mestizo hasta la misma Vitcos, visita a la cual el Inca no concedió mayor
importancia porque no era la primera vez que se producían contactos
similares; además, sus huéspedes engañaron al monarca sobre las ra
zones de la llegada del nuevo personaje a tan remoto lugar; porque
hasta ropa española fin a acabó obsequiándole.
Por entonces Gonzalo Pizarra ingresaba triunfalmente a Lima (28 de
octubre de 1544). Mientras el virrey preso y desterrado navegaba lejos,
rumbo a la distante Panamá.
En medio año la situación había variado completamente.

EL CRIMEN

Lo que Toro y otros gonzalistas del Cuzco propoponían a Méndez


era que los almagristas refugiados buscasen la reconciliación con el
grupo Pizarra, mediante la muerte de Manco. El crimen fue urdido sin
escrúpulos. Cierta negra, esclava de uno de los almagristas, alcanzó a
reparar en algo de lo que sucedía y denunció discretamente el asunto,
pero Manco no creyó en la advertencia. Hasta que un buen día, jugando
a los bolos, se ejecutó lo tan arteramente' urdido; y fue victimado a
traición en una forma alrededor de la cual existen varias versiones; pero
en la cual, sabemos con certeza, mediaron puñaladas.
Los asesinos emprendieron la huida, pero fueron alcanzados por la
escolta del Inca, que los exterminó. Manco, agónico, gozó por lo menos
la satisfacción de alcanzar a conocer el fin que tuvieron. Corrían los
122 JUAN JOSE VEGA

postreros de 1544. El monarca tenía a la sazón unos veintinueve años


de edad. Fue, mientras vivió, el americano más importante de su tiem
po. Testimonios indígenas y españoles recogieron la epopeya. "Toda la
tierra, desde Pasto hasta Chile, estaba alzada", podemos leer en la
información de servicios de Francisco Pizarro. Por su lado los quipu
camayos Collapiña y Supño, en la Relación que empezaron a componer
en 1542 habrían de expresar que a causa de la insurrección "hubo que
conquistar toda la tierra de nuevo, como se conquistó, a fuerza de
sangre que denuevo se derramó, así como de indios, infinitos indios".
Manco merece la celebridad no sólo gracias a la prolongada resisten
cia que dirigió; también brilla con particular fulgor, porque fue el
primero en el continente en montar caballo de guerra, blandir espada
y disparar armas de fuego. La prole de aquel Inca asentó la dinastía
de Vilcabamba, que a su muerte habría de reinar entre 1545 y 1572,
dirigiendo el Estado que más resistió a España en América. Uno
de sus descendientes, Túpac Amaru el Grande, habría de conducir en
1780la más vasta insurrección anticolonial de América. Llamó para ello
a todos los nacidos en el Perú y también a los americanos de otras
tierras, sin distingos étnicos, en pos de la independencia y de la justicia
social.
INDICE
INDICE

Manco Inca 5
La juventud 8
Los dioses y las catástrofes 13
Manco y la. ~obl~zª·····:··:······························································· 33
La aprobación aristocrátíca 34
La delación de los Yanas .. . . . .. . . . . . . . .. . . . .. . . .. . . . . .. . . . . .
34
Plan de evasión . . .. . . . .. .. . . . . .. . . .. . . . . . . . . . .. . . . . . . . .
35
Una segunda evasión .,....................................... 37
Los problemas políticos . . . .. .. . . . . . . . .. . . . . .. . . . .. . . .. ..
40
Logística . . .. . . .. .. . . .. .. . . . . .. . .. . .. . . . .. . .. . . . . . .. . . . .. . . . .. .. .. .. . .
. . 42
El ataque al Cuzco......................................................................... 44
En Lima............................................................................................ 49
Victoria de Pampas........................................................................ 51
Victoria en Parcos.......................................................................... 52
Victoria de Angoyacu 53
Fiesta y arias . . .. . . . . . . . . . . . .. . . . . . . . . . . .. .. .. . . . . . . .. . . .. . . . . .. . . ..
.. . . . . 55
Coronación de Cusi Rimac 57
Victoria de Jauja 57
Pariajaja 58
Combate de Puruchuco 60
El
El largo
cerco asedio
de Limadel Cuzco............................................................. .,............ 70
62
Batalla de Ollantaytambo 72
La traición
Nuevo de los caciques Huancas ·······················~·················· 64
El ataqueasedio
a Limaal Cuzco 75
65
La campaña de Alonso de Al varado.......................................... 67
Vitcos , .
Una grave ruptura......................................................................... 81
La guerra Huanca 83
La guerra a muerte . .. .. .. . .. . . .. . . . . . . . .. . . . .. .
90
Guamanga y Orongoy : ................................ 90
Las luchas en el Collasuyo
Vilcabamba..... .. . .. .. . ,..................................................
.. . .. 9598
"Gran Pilar del Reino".................................................................. 98
Las fuerzas de Manco . 100
Victoria de Chuquillushca.. .. .. . . 100
Otra victoria .: 102
La justicia de Lima ,.................... 103
La retirada española .. 103
La arcabucería de Vilcabamba... .. .. . .. .. .. . .. . . .. . .. .. . . . .. . . .. .. . 104
.. .
Triunfo español ~........................ 105
La pena de Manco . .. . . . 106
Arequipa . . . . .. .. .. .. .. . 107
Otras luchas . .. 108
Almagro el joven............................................................................ 108
Otras rebeliones ,............... 109
Manco y Vaca de Castro............................................................... 110
El fracaso "°...... 111
Manco y el primer virrey .. : .. .. . .. .. . . . .. . . .. . .. .. .. . . .. .. . 113
..El. crimen.......................................................................................... 121
Indice................................................................................................ 123
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