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FEMINIZACIÓN DE LAS MIGRACIONES INTERNAS EN AMÉRICA LATINA1

Amapola Povedano Díaz*, Mª Carmen Monreal Gimeno*


y Teresa Isabel Jiménez Gutiérrez**

Povedano Díaz, A., Monreal Gimeno, M. C. y Jiménez Gutiérrez, T. I. (2011). Feminización de las
migraciones internas en América Latina. En F. J. García Castaño y N. Kressova. (Coords.). Actas del I
Congreso Internacional sobre Migraciones en Andalucía (pp. 1981-1990). Granada: Instituto de
*Universidad Pablo de Olavide de Sevilla y **Universidad de Zaragoza

El interés de la presente investigación radica en que los estudios realizados en relación con los procesos de
feminización de las migraciones internas son aún muy incipientes. El objetivo del presente trabajo es analizar
las implicaciones, las causas y consecuencias de los procesos migratorios internos llevados en cabo por muje-
res indígenas en América Latina, más concretamente en los países de Bolivia y México y en el marco de las
culturas Aymara y Náhuatl. El estudio llevado a cabo es de carácter etnográfico en el que se ha trabajado a
través de entrevistas en profundidad con mujeres de ambas culturas. Estas entrevistas se han aplicado en los
lugares de destino de las mujeres migrantes. Se concluye que la población más vulnerable y en la que mayor
efecto tiene el proceso migratorio interno son las mujeres y los niños. Se constata que las mujeres migran por
motivos de pobreza y exclusión social como principales responsables de la provisión tanto económica, como
emocional, social y educativa de las familias, siendo cada vez mayor el número de mujeres que migran de
forma autónoma, mientras que disminuye su presencia como migrantes que siguen a sus maridos en el viaje
migratorio.

Migraciones. ISBN: 978-84-921390-3-3.


1. FEMINIZACIÓN DE LAS MIGRACIONES Y SUS CARACTERÍSTICAS 
El número total de migrantes internacionales ha aumentado en los últimos diez años de forma progresiva y ha
pasando de 150 millones en el año 2000 a 214 millones en la actualidad (OIM, 2010). Además, las migracio-
nes internas, menos investigadas, parecen seguir los mismos patrones de crecimiento que las internacionales.
Una de las características más relevantes del fenómeno de la migración de los últimos años ha sido el rápido
crecimiento de la participación femenina o feminización de la migración.
En 1960 las mujeres conformaban el 46.6% del número total de personas migrantes y esta proporción ha
crecido de forma constante en los últimos años, hasta alcanzar el 48% en 1990, 48,9% en 2000 y 49% en
2010 (IOM, 2010). A pesar de que, como indican las estadísticas, no ha habido un cambio sustancial en el
porcentaje de mujeres que han migrado en las últimas décadas, sí que podemos constatar un cambio esencial
en los patrones de migración de las mujeres; es decir, tradicionalmente, la mayor parte de las mujeres inicia-
ban sus viajes migratorios con la motivación de reunirse con hombres de su familia (maridos, hermanos o
padres) en una posición de dependencia que marcaba las relaciones establecidas con los miembros de la
familia y con la sociedad de acogida y que limitaba los cambios en las relaciones desiguales de género.
Sin embargo, esta tendencia parece haber cambiado radicalmente ya que cada vez es mayor el número de
mujeres que migran de forma autónoma, como principales proveedoras y cabezas del hogar, mientras dismi-
nuye su presencia como migrantes “dependientes de”. Así, las mujeres asumen un nuevo papel económico 1981
durante la migración que tiene repercusiones en la vida de las migrantes y en las relaciones de género en el
seno de las familias y en sus comunidades, tanto de origen como de destino (Martín, 2005).
Específicamente, la migración interna hace referencia a los movimientos de personas que se desplazan desde
áreas rurales a las grandes urbes o zonas urbanas, fruto de un proceso de industrialización. También se con-
sidera migración interna cuando las personas se desplazan desde zonas rurales empobrecidas o en conflicto
a otras zonas rurales más prósperas y/o fuera de conflicto. A pesar de ser menos estudiada, la migración
interna muestra la tendencia a la feminización o cambios en los patrones femeninos de migración.
Tabla 1. MIGRACIÓN INTERNA: HECHOS Y CIFRAS 
 El número total de desplazamientos internos en el mundo en 2009 se estimó en 27,1 millones.
 En la mayor parte de América Latina, las mujeres migran dentro de sus países en cantidades mayores que los hombres (Davis,
2003).
OIM (2010)

1
El trabajo se ha llevado a cabo entre las Universidades Pablo de Olavide de Sevilla, Universidad de Zaragoza, Universidad Católica
Boliviana, Universidad Autónoma del Estado de Morelos-México y ha sido financiado por el proyecto “El rol de la mujer en los procesos
migratorios de las comunidades indígenas de Bolivia y México” de la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla y el proyecto “Los procesos
migratorios indígenas en Bolivia y México: sus implicaciones en mujeres y niños” de la AECID (A/024237/09).
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Las estadísticas sobre la migración interna son escasas y no suelen estar desagregadas por género; sin em-
bargo, existen ciertas evidencias de una creciente migración interna en general y en particular por parte de las
mujeres (Deshingkar, 2005).
Podemos observar la feminización en la migración interna por ejemplo en los cambios de las mujeres indíge-
nas de México que tradicionalmente seguían a sus maridos migrantes a las grandes urbes para la reunifica-
ción familiar y que se encapsulaban en el ámbito doméstico como recurso y como espacio de interacción. Este
patrón de comportamiento limitaba los cambios en las definiciones de las relaciones de género en los nuevos
espacios de migración. No obstante, muchas mujeres indígenas hoy migran de forma autónoma y utilizan, en
muchas ocasiones, elementos externos de identidad para afianzar un determinado espacio o actividad. Por
ejemplo, las Marías vendedoras en las calles de México D.F. utilizan un atuendo específico para ganar ese
espacio, poder negociar ante las autoridades y ser identificadas como mujeres autónomas ante la sociedad,
sus familias y sus comunidades (Oehmichen, 2000).
De esta forma, las mujeres migrantes crean nuevas identidades que desafían los roles y estereotipos tradicio-
nales asociados al género. Es decir, la migración femenina ayuda a poner en cuestión y redefinir muchos de
los estereotipos tradicionales de género adquiridos durante el proceso de socialización.
2. LA SOCIALIZACIÓN DE GÉNERO 
En las últimas décadas se ha hecho más evidente que la dualidad sexual, por sí sola, no explica el conjunto de
roles, valores, funciones y expectativas, que se vinculan a hombres y mujeres. La existencia de un imaginario
colectivo sobre los estereotipos de género, que difiere a través de las culturas, ha demostrado que el senti-
miento de pertenencia a uno u otro sexo va acompañado de las creencias sobre aquello que se considera
masculino y femenino. El género prescribe en los individuos determinadas conductas, atributos personales,
actitudes e, incluso, elecciones vocacionales o actividades de ocio. Concebir el género como una construcción
social implica entenderlo como el resultado de un conjunto de prácticas, actividades y experiencias organiza-
das en torno a un sistema social determinado, que presenta ideales distintos para hombres y mujeres.
A su vez, esta perspectiva nos permite conocer y estudiar las diferencias en la construcción del género que se
hacen desde distintas culturas. Además, la consideración de que el individuo no es un mero receptor pasivo
de esas normas o expectativas sociales (concepto más actual del proceso de socialización), nos lleva a pensar
que la persona interviene de forma activa en su desarrollo psicosocial. Por lo tanto, mediante la socialización el
ser humano adquiere, al interaccionar con otras personas, los valores, creencias, normas y formas de conduc-
ta necesarios para participar eficazmente en la sociedad a la que pertenecen (Navarro, Musitu y Herrero,
2007). Estas pautas sociales están ligadas estrechamente al desarrollo de su propio género.
En consecuencia, podemos referirnos al género como la construcción social de las características personales y
de las conductas que hacen que hombres y mujeres sean diferentes, más allá de sus características genéticas
(cromosomas sexuales) y biológicas (órganos reproductivos internos y genitales externos). De este modo, se
considera que el individuo siempre participa en el proceso de adscripción a uno u otro género. Por tanto, aun-
que no podemos negar la posible influencia de la naturaleza sobre nuestro comportamiento, queremos hacer
hincapié en este apartado en el papel que desempeñan la cultura, la educación y las interacciones sociales en
la construcción del género.
1982
2.1 Estereotipos de género 
Cada sociedad posee un conocimiento esquemático acerca de la realidad y de los grupos o categorías que la
componen. Desde tiempos inmemoriales, hombres y mujeres se han considerado como grupos diferentes y
opuestos. Por tanto, existe un conjunto de conocimientos que, bajo la forma de esquema, nos indican cómo
son o cómo deben ser los hombres y las mujeres, sencillamente por el hecho de adscribirse a una categoría
(masculina o femenina).
El género es un constructo que hace referencia a las características psicosociales (rasgos, roles, motivaciones y
conductas) asignados diferencialmente a hombres y mujeres dentro de cada cultura, de ahí que con el térmi-
no estereotipo de género aludamos a las creencias culturalmente compartidas sobre las particularidades psi-
cosociales consideradas prototípicas de estas dos categorías excluyentes -hombres y mujeres-. La tendencia
sociocultural a definir hombres y mujeres como grupos mutuamente excluyentes se ha replicado en el ámbito
de la investigación en Psicología Social.
Durante un largo periodo de tiempo, la mayor parte de los trabajos en torno al contenido de los estereotipos
de género coinciden en mantener dos dimensiones u orientaciones:
 Una femenina, caracterizada por rasgos y roles expresivo-comunales, asociados a la expresividad, la ter-
nura, una alta emocionalidad y a la necesidad de afiliación.
 Otra masculina, caracterizada por roles y rasgos instrumentales-agentes, asociados a rasgos como la
racionalidad, competencia, baja emocionalidad y la necesidad de realizaciones y logros personales.
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Paralelamente al enfoque teórico centrado en el análisis de contenido de los estereotipos de género, otra de
las cuestiones planteadas fue el análisis de las relaciones de entre los géneros. Estas relaciones han dado
lugar a dos modelos diferentes de representación de masculinidad y feminidad:
 El modelo de congruencia que concibe el género como una única dimensión con dos polos opuestos: mas-
culino y femenino. Es decir, se consideran polaridades opuestas.
 El modelo andrógino o bidimensional, que por el contrario, asume una relación de independencia entre los
contenidos de masculino y femenino. Esto supone que si una característica (por ejemplo, la actividad) se
considera masculina, la característica contraria (por ejemplo, la pasividad) no tiene por qué considerarse
femenina, como ocurría en el otro modelo.
La aportación del modelo andrógino no afecta al contenido de los rasgos que configuran el género masculino
y femenino sino al tipo de relación entre ambos conceptos. Masculino y femenino pasan de ser polos opues-
tos de una dimensión a dimensiones independientes entre sí. Este cambio de visión y la conceptualización del
constructo “androginia psicológica”, entendido como la acumulación de rasgos individuales (agen-
te/instrumentales) y grupales (comunal/expresivos) en un individuo, propició la popularización de este modelo.
Incluso, el hecho de ser andrógino se convirtió en deseable para hombres y mujeres, debido a que significaba
un alto desarrollo de características positivas para cualquier persona que le permitirían afrontar los retos socia-
les y organizacionales del momento.
2.2 Adquisición y funciones de los estereotipos de género 
La representación esquemática siempre conlleva per se un proceso de simplificación y pérdida de matices que
supone una aproximación incompleta a la realidad. Se pueden destacar dos reglas que organizan el conoci-
miento en un estereotipo: la distorsión y la acomodación familiar. A través de estas reglas ajustamos la per-
cepción de la realidad a nuestros esquemas. Los estereotipos de género, al igual que el resto de esquemas
cognitivos con los que operamos, tienen una función adaptativa clara: facilitar información del entorno y pre-
pararnos para afrontarlo pese a que, como hemos indicado, el esquema sea inexacto por su propia simplifi-
cación.
Además, los esquemas de género influyen en la construcción de la identidad de niños y niñas y, en conse-
cuencia, en comportamientos, roles, decisiones vocacionales, etc. Estos esquemas tienen como base creencias
estereotipadas sobre el género, es decir, estereotipos de género que contribuyen a la pervivencia de las
diferencias sociales entre hombres y mujeres.
Sin embargo, los atributos configuradores de lo masculino y lo femenino no tienen por qué hacer referencia a
características opuestas, aunque existe una tendencia generalizada a representar estas dos dimensiones
como polaridades enfrentadas. Esta bipolarización de lo masculino y lo femenino es reforzada por dos aspec-
tos clave: por un lado, el hecho de que en su origen masculino y femenino se estructuran alrededor de dos
grupos excluyentes - hombres y mujeres-, y por otro, el dominio de la tradición dualista en nuestra cultura
occidental, por sus raíces grecorromanas, que define los conceptos por oposición (cuerpo/alma, emoción/razón
o naturaleza/cultura). También el dualismo ha favorecido la relación jerarquizada entre los pares, de modo
que uno de los polos se impone sobre el otro.
Desde la mayor parte de las sociedades y culturas en todo el mundo se ha considerado que la sociedad 1983
patriarcal respondía al orden natural. Lo masculino se consideraba dominante sobre femenino, del mismo
modo que racional se imponía sobre emocional. El reconocimiento de la autoridad del varón en las diversas
sociedades, ha favorecido la creencia de que él mismo puede administrar su propia justicia, porque está
hecha a su medida, constante que se ha repetido en las diversas culturas, que ha sufrido la mujer y de la que
ha tratado de emanciparse poco a poco.
En la actualidad, en algunos contextos, las actividades de ambos grupos se acercan, confundiéndose y
mezclándose las características de masculinidad y feminidad. Pese a estos cambios, los estereotipos, poco
acordes con la realidad, siguen ejerciendo su hegemonía de modo silencioso, a través de una socialización
diferente para chicos y chicas, que interioriza estos estereotipos. Así, se mantienen algunas diferencias entre
los géneros que impiden la igualdad real de oportunidades entre hombres y mujeres en la esfera pública y
privada.
Sin embargo, la migración de las mujeres es una ocasión para desafiar los roles y estereotipos de género
tradicionales ya que pueden suponer la inclusión de la mujer en la esfera pública, el trasvase de poder en las
relaciones desiguales de género e implicar procesos de desarrollo personal en las mujeres y en algunos hom-
bres, así como promover un cambio social (Martínez, Moreno y Musitu, 2009).
No obstante, la investigación sobre migración interna y género que aborde estas cuestiones es aun incipiente.
Así, incluir a las mujeres en los estudios de migración permite una mayor comprensión del proceso de femini-
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zación y la elaboración de un mapa certero que refleje todos los matices de las causas y las consecuencias de
la migración femenina.

2. OBJETIVO DE LA INVESTIGACIÓN 
El objetivo general del presente trabajo es analizar las implicaciones, las causas y consecuencias de los proce-
sos migratorios internos llevados en cabo por mujeres indígenas en los países de Bolivia y México y en el mar-
co de las culturas Aymara y Náhuatl.

3. METODO 
El presente estudio se llevó a cabo en los países de Bolivia y México con población indígena de los grupos
Aymara y Náhuatl. A continuación se describe la muestra, instrumento y procedimiento en ambos países.
3.1 Participantes 
La parte del estudio realizado en Bolivia se llevó a cabo en la ciudad de El Alto, Departamento de La Paz, en
el contexto del Centro Comunitario de Desarrollo del Niño, Niña y Adolescente Tawantinsuyo, dependiente de
la Fundación La Paz. Participaron diez mujeres cuya edad promedio es de 42 años. Todas ellas son migrantes
que se desplazaron desde diferentes ámbitos rurales (desde la zona del altiplano paceño) con una antigüe-
dad de al menos 20 años. La antigüedad de la migración era suficiente como para que las entrevistadas
hayan completado el proceso de traslado (todas tenían residencia permanente y definitiva en El Alto) y acu-
mulado una completa experiencia acerca de las vicisitudes de la migración. Todas las mujeres entrevistadas
son de origen indígena y hablantes de lengua aymara y estaban relacionadas con el Centro Comunitario de
Desarrollo del Niño, Niña y Adolescente Tawantinsuyo.
En México, el estudio se realizó en una colonia denominada “Los Patios de la Estación” de la ciudad de Cuer-
navaca (estado de Morelos) a través del contacto con la coordinadora encargada de un proyecto comunitario
dirigido a la mejora del bienestar de mujeres y niños. La muestra se integró por diez mujeres cuya edad pro-
medio es de 49 años de edad. El total de las mujeres son migrantes de origen indígena y hablantes de len-
gua náhuatl, todas en situación de exclusión social, provenientes del estado de Guerrero y con más de 20
años viviendo en Los Patios de Estación. Todas ellas dejaron sus comunidades de origen para asentarse en la
ciudad de Cuernavaca con el propósito de mejorar sus condiciones de existencia. Todas las participantes se
dedican a actividades de la economía informal y tienen contacto con el proyecto comunitario de atención a
mujeres y niños.
3.2 Entrevista 
Para obtener la información se realizó una entrevista en profundidad elaborada colectivamente entre todos
los miembros del equipo investigador. Se realizó un estudio piloto con el objeto de adaptar las preguntas a
los dos contextos del estudio. La entrevista se compone de una batería de preguntas abiertas que se clasifi-
can en las siguientes dimensiones o categorías: datos sociodemográficos, causas y consecuencias de la mi-
gración. En estas dimensiones se exploran de manera transversal los siguientes ámbitos: individual, familiar,
laboral y socio-comunitario.
3.3 Procedimiento   1984
El procedimiento seguido para obtener la información de las mujeres migrantes durante las entrevistas fue el
siguiente:
1. Las entrevistas se llevaron a cabo durante varios días consecutivos. Para ello se coordinaba con la adminis-
tración del Centro Tawantinsuyo el día y la hora de la entrevista, en Bolivia2, y con la coordinadora del pro-
grama comunitario, en México3, dependiendo de la disponibilidad de las mujeres participantes.
2. Las entrevistas se llevaron a cabo en un ambiente adecuado, sin interrupciones, preservando la privacidad
para el tratamiento de la información. La duración de cada entrevista fue de entre 60 y 120 minutos, pro-
curando en todo momento respetar el tiempo de las entrevistadas y sus informaciones, en ocasiones car-
gadas de emociones muy diversas.
3. Se intentó evitar una entrevista tipo interrogatorio y se fomentó un diálogo abierto y sincero. Para lograrlo,
muchas veces se tuvo que iniciar el contacto aludiendo a temas de conversación no relacionados con el es-
tudio, con la finalidad de relajar una situación que por su novedad podría generar barreras de comunica-
ción.

En Bolivia, las entrevistas fueron llevadas a cabo por Adriana Machicado, trabajadora del Instituto de Investigaciones en Ciencias del
2

Comportamiento, de la Universidad Católica Boliviana.


En México, las entrevistas fueron realizadas por Sinay del Carmen Valentín Guevara, tesista de la Facultad de Psicología en la
3

Universidad Autónoma del Estado de Morelos.


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4. Se respetó siempre aquella información que la mujer no quiso compartir, evitando ser excesivamente insis-
tente. En todo caso se buscó retomar el tema en otro momento, modificándose el contexto de la conversa-
ción o reenfocándolo de diferente manera.

4. RESULTADOS 
4.1 Causas de la migración interna femenina 
En la mayor parte de las ocasiones la decisión de migrar se toma en respuesta a una combinación de razones
de carácter económico, social y/o cultural. Así, la conexión entre género y migración es el resultado de una
interacción entre comunidades, familias y personas migrantes, que están insertos en contextos políticos,
económicos y sociales específicos, tanto en las zonas de origen como en las de destino y en relación con los
procesos económicos globales que han favorecido las migraciones contemporáneas.
La austeridad impuesta por el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial (BM) a los países de
origen migratorio desde finales del siglo XX es uno de los principales motores de acción de la maquinaria
migratoria internacional e interna y contribuyen a la tendencia de un mayor desplazamiento de mujeres hacia
otras zonas geográficas. Las políticas asfixiantes de ajuste estructural impuestas como precondiciones de
préstamo de dinero por parte del FMI y del BM dan como resultado la implementación en estos países de
recortes del gasto social, la quiebra de pequeñas y medianas empresas, el aumento del desempleo y una
deuda externa insostenible. Por una parte, la actual tendencia de feminización de las migraciones puede ser
el resultado de una estrategia de supervivencia de las familias ante estas políticas de ajuste estructural im-
puestas en muchos países y que afectan a las condiciones de vida de los grupos más vulnerables, como son
las mujeres, los niños y las comunidades indígenas, como vemos reflejada en la respuesta de esta mujer
náhuatl a sus motivaciones para la migración.
Pues yo me empecé a trabajar con 12 años, porque mis papás eran muy pobres. Iba a la escuela, de hecho cuando yo empecé
a ir a la escuela no tenía yo nada, me mandaban descalza, a veces mi mamá andaba buscando qué comer en las casas y yo
pues la verdad sí me sentía mal, le decía a mi mamá “oyes mamá por qué no comes, dice, no hija yo ya comí, no pues pero co-
ma”, y yo veía pues que no comía porque nos quería dar de comer a nosotros, esto me motivó mucho a mi para venirme a tra-
bajar y ya no ver a mi mamá sufriendo. (Mujer náhuatl).

Las mujeres comienzan a trabajar en la economía informal, fruto de este empobrecimiento extremo que las
empuja al comercio callejero, costura, artesanía, venta de comida cocinada o los cultivos de subsistencia. Ta-
reas de supervivencia que por otra parte que no tienen reconocimiento, ni económico ni social, sin ningún pres-
tigio y por las que se reciben menos ingresos que en la economía formal. Además, si sus comunidades de
origen no ofrecen posibilidades para el “mercadeo”, muchas de ellas toman la decisión de migrar a zonas
más prósperas que den posibilidades de subsistencia. En la siguiente respuesta de una mujer náhualt a su
ocupación en el origen podemos ver un ejemplo de estas situaciones.
Pues trabajar, me acostumbré a trabajar, lo que para mi cambió fue que por allá trabajaba en el campo y es como te digo allá
no ganaba y aquí pues yo trabajo pero aquí saco pesos. (Mujer náhuatl).

Por otra parte, las políticas de ajuste estructural inciden directamente en el aumento del desempleo masculino,
erosionando el papel del hombre como principal proveedor económico de la familia. Sin embargo, a pesar de
esta crisis del modelo productivo, no se pone en cuestión la división sexual del trabajo. Más bien, muchos
hombres ante la imposibilidad de mantener su rol de principal proveedor del hogar adoptan estrategias indi- 1985
vidualistas y de huida, desentendiéndose de las responsabilidades de la familia (Juliano, 1999). Como po-
demos apreciar en la siguiente respuesta de una mujer aymara, el hombre se marcha del hogar porque no
tiene trabajo y ante esta situación cae en el alcoholismo. La mujer aymara prefiere ser cabeza de familia,
trabajar y afrontar las responsabilidades de los hijos a seguir viviendo con este hombre que es percibido co-
mo una carga.
Mal, nos llevábamos mal porque mucho tomaba mucho, a veces no traía plata y cuando traía no alcanzaba. Yo seguía trabajan-
do, hasta de embarazada seguía trabajando. Otra carga más, no, mejor ándate porque me vas a llenar con más bebés, ya me
has llenado con dos. (Mujer aymara).

En consecuencia, ante estas circunstancias de abandono de los hombres del hogar, muchas mujeres asumen
la jefatura de sus hogares, implicándose en tareas productivas, sin desatender las reproductivas de cuidado
de los hijos, de los mayores y de las labores de la casa. En este contexto, una de las estrategias de supervi-
vencia que adoptan las mujeres es tomar la decisión de migrar hacia otro país o hacia zonas geográficas más
prósperas ante la falta de opciones laborales en sus comunidades. Además, algunas mujeres migran en bus-
ca de un futuro mejor, que les permita a ellas y a sus hijos ganar independencia económica, fruto de su ingre-
so en la fuerza laboral, como primer paso hacia una mayor autonomía en la toma de decisiones sobre sus
vidas y las de sus hijos, como podemos apreciar en la siguiente respuesta de una mujer náhuatl.
Por allá no hay tantas cosas como acá, o sea vender algo por ejemplo, yo aquí vendo quesadillas, gorditas, el día que no tengo
me pongo a vender algo y ya hay dinero y allá en Guerrero es muy difícil no podría darle a tus hijos. (Mujer náhuatl).
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Sin embargo, las motivaciones económicas son apenas uno de los numerosos factores que influyen en la deci-
sión de migrar; la motivación de las mujeres puede ser también reunirse con su cónyuge que migró (reunifica-
ción familiar) o bien escapar de la exclusión social provocada por una cultura marcada por relaciones entre-
géneros ampliamente desiguales o normas de género restrictivas.
Tabla 2. PRINCIPALES CAUSAS DE LA MIGRACIÓN FEMENINA 
 Estrategia de supervivencia familiar
 Ganar independencia económica
 Reunificación familiar
 Escapar del rapto y la violencia física o sexual
 Evitar el estigma social
 Escapar de algunas restricciones de su libertad
 Tener acceso a espacios exclusivamente masculinos
 Escapar de situaciones de conflicto, desastres y persecución
Las mujeres predominan en la migración bajo la categoría “reunificación familiar”, ya que son las ellas las que
tienen más probabilidades que los hombres de migrar para reunirse con sus parejas o familiares o por matri-
monio. Existen evidencias que indican que las mujeres que siguen a sus cónyuges, padres o hermanos en-
cuentran muchas dificultades para encontrar un empleo acorde a su cualificación una vez que han migrado
como “dependientes de” (Piper, 2005). La feminización de las migraciones contemporáneas se ve reflejada
en que muchas mujeres ya viajan solas y en primer lugar, antes que sus familiares hombres, tal y como indica
la mujer aymara entrevistada.
Yo fui la primera de irme de mi casa, soy la mayor pues, entonces yo he sido la primera. Me he venido para trabajar, para man-
tenerme a mi sola, porque quería trabajar. (Mujer aymara)

Por otra parte, la discriminación, las desigualdades de género y las normas de género restrictivas en el seno
familiar y en la sociedad de origen pueden empujar a muchas mujeres a migrar. Poder estudiar, encontrar un
empleo, participar en asambleas donde se toman decisiones que les afectan, elegir a su cónyuge o evitar ser
casadas contra su voluntad, son algunos de los motivos que mueven a las mujeres a migrar a espacios dónde
no existan estas restricciones a su libertad. Además, muchas de ellas tratan con la migración de escapar de la
violencia física y de los abusos sexuales que en muchas ocasiones implica el inicio de las uniones maritales
(Oehmichen, 2000). Algunos ejemplos de estas situaciones se pueden apreciar en las entrevistas con mujeres
náhuatl y aymara.
Pues yo no estudié porque en ese tiempo los papás no querían darnos estudio, y a mi me regañaban porque me mandaba a la
escuela mi mamá pero a escondidas, así que no terminé ni primer año, porque mi papá se dio cuenta de que yo estaba yendo a
la escuela y le pegó a mi mamá y me pegó a mí, ya no seguí estudiando. (Mujer náhuatl)
Me vine porque… en ese tiempo se robaban las chamacas, nomás se las llevaban y ya. (Mujer náhualt).
A veces no hay justicia, entonces me callo, lloro. Una vez que le he ido a denunciar a mi esposo por maltrato hemos ido y ahí
también a él le han dado la razón, me han dicho que qué habré hecho para que me pegue. Desde ese día me he aguantado
todos los maltratos. Me callo y lloro. (Mujer aymara)

Otras huyen del estigma social que supone la viudez, ser madres solteras, el fracaso matrimonial (abandono,
poligamia o el alcoholismo del cónyuge) (Oehmichen, 2000) o su condición homosexual o transgénero, en
búsqueda de un nuevo contexto con leyes más progresistas y con mayor aceptación social que les permita
desarrollarse como seres humanos autónomos, independientes y libres. El siguiente testimonio de una mujer
náhualt pone de relieve el estigma social que muchas mujeres sufren en sus comunidades por ser madres 1986
solteras.
Me vine para acá porque un hombre me embarazó y no quiso mi bebé. Las mujeres de mi pueblo decían que yo era esto o lo
otro. Y me vine con mi mamá y mi hijo. Ahora tengo tres hijos dos hombres y una mujer, el más mayor ya va tener 30, después el
otro tiene 8 y ella 2 años y medio; ya mayor los he tenido a ellos dos. (Mujer náhualt)

Pero los factores explicativos de la feminización no sólo se encuentran en las personas migrantes sino también
en las características de las sociedades de acogida. Así, la oferta de mano de obra de las zonas de acogida
refleja el enfoque de las estructuras patriarcales por parte del mercado global (King y Zontini, 2000). Es decir,
la masiva entrada de las mujeres al mercado laboral “productivo” en las zonas de acogida no ha sido acom-
pañada de una redistribución de las cargas de trabajo “reproductivo”, del que siguen siendo las principales
responsables. Así, el acceso de las mujeres a la fuerza productiva no ha implicado un cambio en la división
sexual del trabajo, lo que supone una doble carga de trabajo para las mujeres que acceden al mercado labo-
ral. Estas tensiones de género no resueltas están siendo abordadas mediante la transferencia de desigual-
dades de género entre mujeres. En el siguiente texto podemos apreciar como la mujer empleadora no permi-
te el acceso a los estudios de sus empleadas, transfiriendo las desigualdades de género.
Entonces, hemos entrado con mi hermana a ese trabajo, junto con mi hermana también. Después de lo que ya estaba aquí 7
años he querido entrar al CEMA (Centro de estudios), he ido unas dos semanas, pero la señora no me quería dar más tiempo
porque teníamos que terminar en la cocina y trabajar. (Mujer aymara)

En los últimos años se ha acuñado el término “economía del cuidado” para referirse más específicamente al
espacio de actividades, bienes y servicios necesarios para la reproducción cotidiana de las personas (Rodrí-
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guez, 2005). Y se ha señalado la importancia de este espacio para el desarrollo económico de los países y el
bienestar de sus poblaciones (UNIFEM, 2000). También se ha mostrado que, como el resto de los espacios
sociales, la economía del cuidado presenta una particular configuración de género y el impacto que sobre la
misma tienen las políticas económicas no resulta neutral. Algunos autores como Ehrenreich y Hochoschild
(2003) han acuñado el término “cadenas globales del cuidado”, que se forman a través de la importación de
amor y cuidado de los países o de zonas pobres a las más prósperas, ya que el cuidado de hijos y personas
mayores es un recurso precioso, pues son los grupos más vulnerables, es decir, los niños de las zonas empo-
brecidas y las propias mujeres los que pagan el precio más alto por la transferencia de cuidados (Sorensen,
2004). Así, en un mundo globalizado, la economía de cuidados implica una transferencia de las desigualda-
des de género entre mujeres que convierte a la migración en una solución privada a un problema público
(Ramírez, García y Míguez, 2005).
Las causas de la feminización de la migración interna tienen su raíz en las condiciones económicas, políticas y
sociales de las sociedades de origen y destino que, en muchas ocasiones, suponen una transferencia de des-
igualdades de género entre mujeres. Además, las circunstancias personales de muchas de estas mujeres las
empujan a tomar la decisión de migrar como huída de la comunidad o de la familia de origen que restringe
gravemente sus libertades y derechos y que limita su desarrollo personal, económico y social.
4.2 Consecuencias de la migración interna femenina 
El impacto de la migración en las mujeres dependen de numerosos factores, como el tipo de migración (inter-
nacional o interna; regular o irregular; autónoma o “dependiente de”), la economía, política y cultura de las
zonas de origen y destino y las relaciones de género dentro de la familia y la comunidad. El género afecta a
cómo los migrantes se adaptan a la nueva zona geográfica, el grado y la forma de contacto con la zona de
origen y las posibilidades de retorno y de un reintegración exitosa (Boyd y Grieco, 2003).
Tabla 3. PRINCIPALES CONSECUENCIAS DE LA MIGRACIÓN FEMENINA 
 Durante el viaje migratorio están expuestas a riesgos específicos
 Aumenta su empoderamiento por participar en la fuerza laboral
 Mayor riesgo de ser explotadas en un mercado laboral segregado por sexo
 Triple carga de trabajo
 Vivencian situaciones de ansiedad y estrés
 Mayor confianza en sí mismas y mayor autoestima
 Choque generacional, fracaso escolar etc. si sus hijos viven con ellas
 Satisfacción por poder ofrecer a sus hijos un futuro mejor
 Relaciones abusivas si son mujeres “dependientes de”
 Mayor grado de autonomía, poder de decisión y libertad
 Vivencias negativas sobre la separación familiar
 Mayor probabilidad de regreso a países de origen de forma repentina
 Cambios en las relaciones desiguales de género en países de origen y destino

Durante el viaje migratorio las mujeres son más vulnerables que los hombres a sufrir agresiones sexuales (por
parte de transportistas, compañeros de viaje o guardias), abusos económicos (por no conocer las condiciones
de las zonas de destino), manipulación en el acceso a la información, a documentación importante. Las muje-
res, una vez instaladas en una nueva zona, pueden sentirse empoderadas por acceder al mercado laboral y 1987
ganar una independencia económica que les permitirá mantenerse a ellas mismas y enviar remesas económi-
cas a su familia de origen. El siguiente testimonio de una mujer aymara ejemplifica el empoderamiento de las
mujeres por el acceso al empleo.
Siempre eso así, discriminan a las mujeres y valoran más a los hombres. Ahora sí a las mujeres creo que nos están valorando
porque casi igual como los hombres estamos trabajando; antes más validos eran los hombres, el hombre, el hombre nomás de-
cían, pero ya no es así. (Mujer aymara)

Sin embargo, en muchas ocasiones las condiciones y remuneración económica del empleo al que acceden son
precarias, ya que, normalmente, los mercados de trabajo están fuertemente segregados por género e influ-
yen en las oportunidades laborales de las mujeres migrantes. Concretamente, las mujeres migrantes se incor-
poran al sector del trabajo no cualificado e invisible que tiende a aislarlas y a sufrir más riesgos de explota-
ción, tal y como indica la mujer aymara entrevistada.
He trabajado como empleada y en una tienda de abarrotes que tenían ellos. Pero no me pagaban, nunca he visto los 30 pesos,
nunca he visto la plata, me lo compraban polleras4 o mantas; pero nunca me han pagado. (Mujer aymara)

Además, las mujeres migrantes pueden sufrir triple carga de trabajo. Es decir, las mujeres migrantes sufren la
doble presencia que, para la mayor parte de las mujeres en el mundo, implica la carga del trabajo productivo
y el reproductivo, con el agravante de no poseer redes familiares donde transferir algunas de las responsabi-
lidades reproductivas, a las que habría que incluir la carga frecuente de sostener a su familia en el lugar de

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Pollera: Vestimenta típica de la mujer del pueblo de la zona occidental de Bolivia.
FEMINIZACIÓN DE LAS MIGRACIONES INTERNAS EN AMÉRICA LATINA

origen (Ramírez, García y Míguez, 2005).Por este motivo, entre otros, muchas mujeres vivencian la migración
con ansiedad y estrés derivadas del desarraigo personal, familiar y social, del choque cultural, del desconoci-
miento del medio en el que viven y de la escasez de recursos económicos. Sin embargo, muchas de ellas
muestran mayores niveles de autoestima, mayor confianza en sí mismas y aceptación de sus vidas en el nue-
vo contexto de migración, como indica en su respuesta la mujer aymara entrevistada.
En esa parte he mejorado positivamente. Por ejemplo en el colegio era bien callada. Pero yo siento que he mejorado mucho, en
todos los aspectos. En cuánto a mi autoestima estoy bien, me siento bien. (Mujer aymara)

Si las mujeres migrantes viven con hijos/as menores pueden sentirse más satisfechas consigo mismas por el
hecho de poder ofrecer a sus hijos un futuro mejor, aunque también pueden ocurrir situaciones de choque
generacional, dificultades en la escolarización, fracaso escolar, etc. Uno de los asuntos que más importa a las
mujeres migrantes es la separación de sus familias y el miedo a la desintegración de las familias de origen
(Piper, 2005). Por este motivo, la vuelta a casa puede producirse de forma repentina con mayor probabilidad
en las mujeres que de los hombres migrantes para atender necesidades de la familia (crisis familiares por
infidelidad, problemas con los hijos, etc.), lo que afecta a su integración en la sociedad de destino.
Finalmente nos gustaría destacar que, las mujeres migrantes indígenas podrían sufrir en mayor medida que
otras mujeres su desplazamiento a otras zonas geográficas al estar sometidas a cuatro tipos de exclusión
social: de clase, de etnia, como migrantes y a las derivadas de su condición de género (Sánchez y Barceló,
2007). Los indígenas normalmente pertenecen a los estratos sociales más bajos de la sociedad siendo discri-
minados incluso por grupos tan empobrecidos como ellos pero no pertenecientes a etnias indígenas. A estos
dos tipos de exclusión hay que sumarle la discriminación que normalmente sufren las personas por el hecho
de ser migrantes, siendo rechazadas en las sociedades de acogida por miedo, desconocimiento o racismo y
también la exclusión o discriminación por razón de género que sitúa a las mujeres un escalón por debajo de
los hombres en cualquier sociedad y cultura en el mundo. Como podemos apreciar en la respuesta de una
mujer aymara, las mujeres migrantes indígenas se convierten en uno de los grupos más vulnerables ante la
exclusión social dentro los flujos migratorios internos.
No sabía hablar castellano, no conocía las verduras. Como no entendía lo que me decían, no sabía cocinar, ni limpiar, me pega-
ban, con todo, con las ollas y me decían india campesina. La señora también era de pollera, pero así me trataba. Como no sabía
hacer nada, me he aguantado, no conocía la calle, la ciudad, entonces no salía, no me dejaban salir. (Mujer aymara)

A pesar de las discriminaciones de las mujeres migrantes, el nuevo rol de proveedoras juega un papel funda-
mental en las transferencias de poder en las relaciones desiguales de género y es un factor importante a la
hora de considerar los procesos de cambio social en las relaciones de género en las familias y comunidades,
tanto en origen como en destino. En la siguiente respuesta de una mujer aymara, podemos apreciar la resis-
tencia inicial de su marido a que la mujer trabajara. Ante esta situación,la mujer, empoderada por poder man-
tenerse ella y sus hijos, abandona el hogar. Cuando el hombre vuelve a la convivencia, acepta el nuevo orden
en los roles familiares.
Pero hemos tenido problemas, tanto años que estamos y siempre pasan problemas. Yo tenía una tejedora en mi casa que tra-
bajaba y con esa tejedora se había metido, malas palabras me decía. Así 6 meses me he alejado, me he ido con mis hijos y pa-
rece que él mismo ha reaccionado, ha vuelto y ya no es antes lo que era, mucho ha cambiado. Ya no es lo mismo, a sus hijos los
ayuda, les habla. (Mujer aymara)

Por ejemplo, una de las principales influencias de la migración indígena femenina en las comunidades de ori-
1988
gen ocurre en las prácticas conyugales o las relaciones de género. Las mujeres de algunas comunidades indí-
genas de México han pasado de no poder decidir sobre aspectos tan importantes como la elección de sus
futuros maridos, a escoger a sus parejas con nuevos criterios, como son la atracción física y el amor (Martínez,
2000). Además, estos cambios no sólo afectan a los patrones de relación entre los géneros sino al orden
sentimental de las comunidades de origen. Así, el poder de la comunidad y el familiar que se sustentan en un
orden sentimental, basado en el respeto, amor e ira y que mantiene las desigualdades sociales y especial-
mente las de género (Bessener, 2000), abre nuevos espacios de participación e integración en la esfera
pública de las mujeres indígenas.
4.3 Cambio en las relaciones de género y migración 
Como hemos visto, el acceso de las mujeres que migran al mercado laboral está contribuyendo de forma
decisiva a mejorar la situación económica femenina tanto en las zonas de acogida como en de origen. Esta
circunstancia favorece su mayor independencia económica, pero también la adquisición de nuevas ideas, ima-
ginarios, símbolos, creencias y estructuras, que le han proporcionado más confianza en sí mismas y libertad a
través de la migración. Es lo que se ha definido como “remesas sociales” (Levitt, 1996) y que pueden tener
un impacto profundo en el desarrollo y el fomento de la igualdad, incluida la igualdad de género. Las mujeres
migrantes envían dinero a sus hogares adquiriendo nuevos roles y transmitiendo nuevas imágenes, lo cual
tiene efecto tanto en sus familias como en sus comunidades.
FEMINIZACIÓN DE LAS MIGRACIONES INTERNAS EN AMÉRICA LATINA

Que la mujer migrante pase a ser proveedora hace que mejore su estatus y aumente su poder de negocia-
ción en el núcleo familiar. Este nuevo rol altera las relaciones de género a nivel económico y simbólico.
Además, el acceso de la mujer a la esfera productiva le otorga ciertos privilegios sociales que el rol reproducti-
vo no conlleva (Ramírez et al., 2005).
Aquí en el Centro nomás estoy, el año pasado me han nombrado de la Directiva, soy Presidenta y como presidenta yo digo
“haremos reunión”, tengo que ir abajo a la Fundación La Paz. En la semana me tocaba, no teníamos cocinera, entonces yo tengo
que cocinar toda la semana y atenderme para los niños y si yo no estoy aquí atendiendo, contrato a mi cuñada para que me lo
atienda, para que me ayude. Ya no quiere mi cuñada tampoco, mi hijo me ayudaba, cuando hay reunión yo vengo. Me ayudan,
me apoyan. (Mujer aymara)

Como esta mujer aymara, muchas de las mujeres que realizan actividades productivas asumen la jefatura del
hogar y amplían su participación social en los espacios públicos. Es decir, se adentran en ámbitos sociales
proscritos por la división sexual del trabajo con anterioridad a la migración. Las mujeres que migran comienzan
a transitar por nuevos entornos, a acudir solas a la compra o a desplazarse por la ciudad, administrar el dine-
ro y participar más activamente en actos sociales y asambleas religiosas. Sin embargo, no podemos olvidar
que este hecho no implica el abandono de los trabajos reproductivos. Bien directamente, bien por medio de
redes femeninas de apoyo o empleo de otras mujeres, las mujeres migrantes deben tratar de conciliar la vida
laboral, familiar y personal en destino y en origen.
Otro de los cambios fundamentales de la migración de la mujer alcanza a los hombres y su implicación en las
tareas reproductivas. Así, algunos estudios sugieren que cuando la migración es femenina, algunos hombres
pueden verse obligados -si no existen redes femeninas de apoyo- a hacerse cargo de las tareas reproducti-
vas que hasta ese momento no asumían, alterándose las relaciones de género desiguales y que se produc-
ían antes de la migración de la mujer (Curran, 2003).
Él me ayuda mucho en casa también a lavar mis trastes, a preparar pues para vender todo eso, a limpiar la casa, todo eso, o
sea, tengo mucho apoyo de esa forma de él. (Mujer náhuatl)

5. CONCLUSIONES 
A pesar de que la migración femenina puede fomentar un cambio en las relaciones desiguales de género,
también puede afianzar los roles de género tradicionales ya que los procesos de renegociación de las relacio-
nes y roles de género albergan una gran diversidad de realidades y posibilidades. Por un lado, la fuerte
segmentación de género de los mercados de trabajo de las zonas receptoras implica una doble discriminación
sobre las migrantes. Se insertan en sectores precarios y mal remunerados y este hecho refuerza los roles
tradicionales de género, puesto que realizan trabajos precarios, que las mujeres autóctonas no quieren, mal
remunerados y aislados de la esfera pública, en lo que se ha denominado transferencia de cuidados.
Por otro lado, las habilidades que las mujeres adquieren al incorporarse al mercado laboral les posibilitan
asumir nuevos roles en sus hogares, convirtiéndose en muchas ocasiones en las principales proveedoras de
ingresos y los hombres pueden reaccionar a estos cambios con depresión, alcoholismo, aumento de abando-
nos de la familia o de violencia de género en público o en privado (Jolly y Reeves, 2005). Pero también, mu-
chos hombres pueden reaccionar ante esta nueva realidad asumiendo una corresponsabilidad real en el tra-
bajo reproductivo y de cuidados (Curran, 2003).
En resumen, podemos decir que, como consecuencia de la migración interna; algunas mujeres representan
1989
nuevos roles de género ante sus familias y comunidades, ganan mayor autonomía, autoestima, poder de
decisión, libertad y un mayor equilibrio en las relaciones de género; otras mujeres, durante la migración afian-
zan las desigualdades de género y sufren sobrecarga de trabajo, desintegración de las familias en origen,
aislamiento o violencia física y sexual; y la mayor parte de ellas sufren pérdidas en algunos aspectos mientras
que el ejercicio de nuevos roles les ofrece ganancias en muchos otros.

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