Está en la página 1de 338

CARTA-PREFACIO

Como un castillo en la ar**"-» cuando le alcanza la marea, la


sociedad industrial se desmorona ante nuestros ojos.
No creemos ya en una cultura prometeica que pueda ex­
plotar los recursos ilimitados de la naturaleza y construir una
civilización técnica.
Ya no nos admira la imagen de una humanidad que escapa
a la miseria por medio de su trabajo, arrastrada por una
evolución ascendente que lleva hacia la abundancia y la libe­
ración de las necesidades.
No nos preguntamos tampoco por el sentido de la historia,
y nuestra misma moral no está ya regida por el respeto al
padre y por la oposición entre el placer destructor y la espe­
ranza o el ahorro, fuentes de provecho y de alegría.
La religión laica —capitalista o socialista— del progreso no
aparece ya más que como la ideología de la que se sirven
unas clases o unas élites dirigentes para imponer la acumula­
ción de capital.
Henos aquí, por primera vez, en un mundo limitado, en
una sociedad que no está ya al servicio de ninguna trascen­
dencia, ni religiosa, ni política ni económica, y que se revela
como parte de la naturaleza, y a la vez como productora de sí
misma y de su cultura. Esta imagen nueva de la sociedad y
del conocimiento está lo suficientemente desarrollada como
para que sea inútil proseguir por más tiempo la polémica que
combate los restos de un evolucionismo en descomposición.
No ha sido al sociólogo a quien ha correspondido el papel
principal en esta mutación cultural: es obra de todos aque­
llos a quienes puede reunirse bajo el nombre de antropólo­
gos, ya sean biólogos, lingüistas o etnólogos.
Pero empieza ya a configurarse, en el interior de este
nuevo diseño cultural, nuevas formas de organización social
y de poder. La lógica de las grandes empresas, cada vez más
multinacionales, se ha transformado: la capacidad de mane­
jar sistemas complejos, de programar decisiones y produccio­
nes, de preparar la innovación y de asegurar la comunicación
rigs cada vez más ia eficacia y la potencia de las organizacio­
nes y de las burocracias. Estas están cada vez más ligadas al
Estado y su campo de actividad se extiende cada vez más
a los “ servicios” , a la producción, a la utilización y a la
difusión de conocimientos y de otros tipos de información.
Economistas y sociólogos nos dan una orientación menos
torpe que en otros tiempos sobre el funcionamiento de esta
nueva sociedad y sobre las nuevas formas de dominación que
ésta impone al resto del mundo.
Ahora bien: ¿cómo transformamos estas soluciones en
respuestas políticas, en movimientos sociales o institucio­
nes? ; ¿cómo abordamos el tiempo y el espacio transforma­
dos, las nuevas formas de producción y de dominación?;
¿qué actores somos, qué problemas tratamos, qué formas de
vida social generamos a través de nuestros conflictos, nues­
tras discusiones y nuestras negociaciones?
Estas preguntas no pueden responderse del mismo modo
que las que apuntaba al principio. Los actores y los movi­
mientos sociales se configuran lentamente. Al principio de
toda sociedad somos actuados más de lo que actuamos. Somos
gentes del pasado y fabricamos el futuro: estamos presos en
la falsa consciencia y la ilusión. Nos enfrentamos, sobre to­
do, a situaciones que resulta difícil no identificar con el nue­
vo poder social que las domina, de modo que el escenario del
presente parece extrañamente vado, ocupado por aparatos
impersonales, macizos, dinámicos, indiferentes a la agita­
ción, a las quejas, a las invectivas de una multitud confusa o
alocada.
Y en esta confusión vivimos: los llamamientos desespera­
dos al equilibrio en un mundo que es testigo de cambios
acelerados, el rechazo de formas sodales nuevas que parecen
obra diabólica de los que detentan el poder, la proliferadón
de utopías que llevan a la exaltación y a la decepción, o, en
sentido contrario, los apoyos doctrinarios en el lenguaje y las
categorías del pasado, tan codificados que tranquilizan, aun
habiendo perdido su utilidad.
Las utopías son el primer recurso frente a las disyuntivas y
los conflictos sociales en formación, pero no pueden mante­
nerse en pie por mucho tiempo.
En Francia la dirección ha estado en manos de un Estado
con aspiraciones de grandeza, que ha gobernado con palabras,
intei.' \^,ido proféticamente en el escenario mundial y man­
teniendo además los arcaísmos y los privilegios. Era natural
que al monarca se opusiera el filósofo. Ahora que la gestión
de la sociedad francesa es a la vez menos arcaica, menos
vanidosa y más sumisa al dinero, el retroceso del absolutis­
mo debe presuponer el del espíritu doctrinario.
Esa vuelta a la sociedad y a la política fue lo que se intentó
en mayo dd 68. Sin embargo, al poco tiempo, la naturaleza
del régimen y la crisis de la universidad sustituyeron la ima-
ginadón por la ideología y la liberadón por el dogmatismo o
por el rechazo sin sentido. La reorganización política de la
izquierda y la inquietante importancia de los nuevos conflic­
tos sociales nos devuelven a la realidad.
Nuevas fuerzas dirigentes han tomado ya posiciones; ¿no
viene siendo hora ya de que definamos cuáles son sus adversa­
rios y determinemos el terreno de los nuevos conflictos, pa­
sado ya el tiempo de huir hacia visiones tan extremas que
más que encararse a intereses, actores y situaciones social-
mente definidas, lo que hacen es denunciar el Mal?
Veo en muchas actitudes subversivas demasiada afecta­
ción, y mucha indiferencia frente a las relaciones sociales y
políticas en discursos en los que se gusta de invocar una u
otra imagen del marxismo. Es necesario desprenderse del
sosiego relajante que suponen las utopías y las profecías,
—catastróficas o no—, y descender al movimiento, descon­
certante pero real, de las relaciones sociales.
Yo no asisto a la agitación del mundo sentado en la roca
de la ciencia ni subido al árbol de una ideología. Estoy inmer­
so en ella, forcejeo en su interior con esfuerzo y, a menudo,
pierdo la esperanza de orientarme y de encontrar un punto
de apoyo. Francia, que está todavía hundida en un arcaísfno
mantenido por los privilegios y que, sin embargo, experi­
menta voluntariamente mutaciones aceleradas, es uno de los
lugares en los que la confusión y la tensión son mayores
últimamente.
Vivimos divididos entre la tradición y la aventura. La univer­
sidad, lugar de transmisión de la herencia cultural y sede de
la producción de conocimiento, resiste con dificultades las
contradicciones que la desgarran. La sociología se ve someti­
da a la invasión de las ideologías y las utopías, de las doctri­
nas y la demanda del poder.
Así pues, viviendo en Francia, perteneciendo al mundo
universitario y siendo sociólogo de profesión, ¿cómo podría
escribir un tratado de la sociedad del futuro?, ¿no sería como
andar sobre las aguas?
Si te hubiera conocido cinco años antes te hubiera hablado
del nacimiento de la sociedad postindustrial, de las mutacio­
nes culturales, de la transformación de los conflictos de clase.
Son los temas que llenaron los libros que escribí en ese perío­
do. Pero me dirijo a ti en otra situación histórica: he visto
morir en Chile a la Unidad Popular, he puesto mis esperan­
zas en la victoria de las izquierdas en Francia, he creído
posible esa victoria. Conozco la gravedad de nuestros dese­
quilibrios económicos y me invade la fatiga por la descompo­
sición de la universidad.
Pero lo que no te diré, es: seamos “ concretos” , pense­
mos únicamente en ganar las próximas elecciones o en domi­
nar las inflación. Incluso hoy, pasados los años de felicidad
económica e ideológica, hay que reflexionar prioritariamente
sobre cambios más profundos y más duraderos. Pero, en este
momento, más que reflexionar, siento la necesidad de reac­
cionar. Ello es debido, quizás, a que las contradicciones y las
ilusiones del período del que salimos han obligado a la mayo­
ría, y a mí en particular, a acallar y a reprimir muchas ideas
y sentimientos; pero sucede, sobre todo, que no soporto la
disyuntiva entre un “ realismo” a corto plazo y un subjeti­
vismo revolucionario preso en un dogmatismo destructor. He
vivido dos situaciones extremas, mayo del 68 en Francia y
septiembre del 73 en Chile, y su contradicción amenaza con
destruirme: por un lado, el triunfo de la inventiva libertaria;
por otro, el hundimiento, tanto económico como político,
del socialismo en libertad. Algunos piensan que esta contra­
dicción no se resuelve más que creando un movimiento en
revolución permanente. Quizá exista un lugar en el mundo en
el que dicha solución tenga sentido; en Chile no lo tenía, y
seguro que en las naciones más industrializadas tampoco. De
modo que habrá que buscar otras soluciones más allá de las
absolutas, dejar de ignorar la interdependencia de la innova­
ción cultural con los movimientos sociales, la responsabilidad
pclltica y la gestión económica.
No te hablaré de un lugar y de un tiempo indeterminados.
Miraré el objeto de la sociología desde abajo y no desde
arriba; mis experiencias y mis sentimientos me guiarán.
¿Acaso no es necesario que, por lo menos una vez en la
vida, el sociólogo se deshaga de sus intereses profesionales y
dé la cara?
Tengo que moverme a tientas, guiado por la única certi­
dumbre de la gran mutación, impaciente por ver como al
llegar el alba las tropas se ponen en movimiento y los com­
bates se inician; pero, al mismo tiempo, me deshago a cada
paso de un poco de lo que ha sido, hasta ahora, mi manera
de pensar o mi carácter, de modo que, lejos de actuar como
ur observador perentorio e inocente, siento el cambio como
algo tanto más inteligible, cuanto más dolorosamente me
hiere. Cuanto más me arrancan los choques mis viejas defini­
ciones, más siento robustecerse mi proyecto. Preso entre
esta descomposición del pasado, y por consiguiente de mí
mismo, y esta invención del presente, y de lo que será maña-.
na la vida, paso sin cesar de la esperanza al desánimo. Es por
es: por lo que no habría podido recapitular yo solo: ha sido
nuestro encuentro el que me ha estimulado a ese esfuerzo. No
es que tú seas más moderna o más joven que yo y me ense­
ñen el camino, sino que nuestras fuerzas y nuestras debilida­
des son complementarias: desarticulándome, puedo com­
prender el mundo que aparece; tú, en cambio, vives en él
sin esfuerzo pero en él eres prisionera de los discursos y de
las ideologías, ignoras ya la creación del universo en que
respiras.
Lamento que aquí estén sólo escritas mis palabras; las
tuyas las habrían equilibrado, pues traducían mucho más a
menudo la manera de vivir y de estar con los demás, acen­
tuando también los problemas de las sociedades dependien­
tes. De ahí la impresión que tengo, al releerme, de conceder
un lugar excesivo a los problemas políticos de nuestro país.
Pero no lo lamento, puesto que es en el ambiente de la
vida activa donde la preocupación política es, en general,
más viva.
Si viviera en otro lugar quizá hubiera pensado sobre todo
en la transformación de la educación o de las ciudades. Pero
aquí, mi falta de esperanza es demasiado cruel para poder
concentrar mi reflexión en problemas profesionales o poder
imaginar reformas sociales.
En cambio, desde hace más de veinte años, mi existencia
ha estado dominada constantemente por rechazos políticos.
Rechazo activo de las absurdas y horribles guerras colonia­
les, rechazo en el mismo sentido del social-molletismo y de
sus traiciones, pero rechazo también —y cuánto más impor­
tante— del gaullismo y, a la vez, del partido comunista. En
un país en el que Malraux pudo pronunciar la escandalosa
—pero verdadera— frase, “ entre los comunistas y nosotros
no hay nada” , en ese país, no me quedaba otra alternativa,
—si quería subsistir—, más que resistir en ese estrecho reduc­
to en el que meaban los dos grandes de la política francesa.
Hoy, tras una derrota electoral que fue para mí amarga por­
que rompió la esperanza por fin revitalizada, quiero más que
nunca profundizar en mi pregunta y alimentar mi confianza
en el porvenir. Considero útil mi trabajo si puede contribuir,
aunque sólo sea indirecta o débilmente, a la formación de un
nuevo movimiento social y político, portador de las esperan­
zas, de las cóleras y de los intereses del presente y del futuro.
Si yo fuera un animal político mi manera de pensar y de
discutir sería otra, a la vez más limitada y más coherente.
Si me he quedado en el ámbito del análisis no ha sido por
miedo a la discusión, sino porque había una absoluta necesi­
dad de que algunos exploradores, sin el encubrimiento de
nadie, atacados por muchos, aislados y sin embargo cons­
cientes de estar en el meollo del devenir actual, se lanzaran
hacia delante, fueran capaces de rechazar todas las facilidades
de las ideologías, de sacrificar las vanidades y de buscar el
árbol del que otros habían de comer el fruto.
Yo, que dado mi carácter soy incapaz de convertirme en
un hombre de aparato, que no puedo pretender ser un sabio
y que me creo incapaz de hundirme en la rutina o la munda-
neidad, qué otra cosa puedo hacer más que correr hacia
delante, demasiado rápido y rezagado a la vez, desorientado,
agotado, pero —por razones que no entiendo bien—, su­
friendo nuevos arranques de furia, entusiasmo, esperanza,
que me hacen volver al torbellino del movimiento del que
intento captar y unir algunos hilos.
Te digo cómo veo mi esfuerzo; quizá me equivoco. Uno
de mis profesores me decía, en una ocasión solemne, que yo
no conseguía desembarazarme de mi adolescencia. Mi juven­
tud estuvo efectivamente marcada, más que por el placer y la
confianza, por el trabajo, la inquietud y la insatisfacción. A
todas las edades puede uno hacer calaveradas. Pero si hubiera
aceptado ese juicio no habría conservado la copia de mis
cartas.
Creo, por el contrario, que hay que tener una mente siste­
mática, pues la explicación supone coherencia, y, a la vez, el
alma inquieta; aceptar las dudas, las contradicciones y las
vueltas atrás. ¿Cómo llevar las cosas, sino, por un laberinto?
Lo que desconcierta a casi todos los que conocen las posi­
ciones que yo he defendido es que haya tomado partido más
claramente que la mayoría por reivindicaciones y protestas a
veces extremas y que haya defendido, al mismo tiempo, una
actividad profesional exigente. Esa doble actitud, que tan
natural me parece a mí y que lo es también para algunos
otros, me ha puesto en dificultades más de una vez, pues lo
que más a menudo hemos vivido han sido rupturas que han
conducido a huidas, más que conflictos que hayan llevado a
contraproyectos.
Hay que olvidar esas situaciones intolerables porque, a
pesar de todas las escapatorias y de todas las derrotas, llega­
mos a un punto en el que se hace a la vez urgente y posible
comprender la sociedad. La sociología es por naturaleza uno
de los últimos ámbitos del conocimiento en transformarse,
pues para que ella descifre el decorado hace falta que los
actores hayan entrado ya en escena. Hoy nos toca hablar a
nosotros.
No pongo orden, pues, en estas cartas; no considero útil
tampoco recordar las ocasiones o los acontecimientos que me
llevaron ciertos días a hablarte de política, de sociología o de
la condición femenina.
Deseo que encuentres, releyendo estas páginas, más allá
de lo que dicen, el trabajo que las ha producido, y que me ha
permitido producirme a mí mismo.
Chatenay-Malabry, 29 de octubre de 1974.
Vuelta a la política: el necesario salto adelante; cómo
lograr la revolución postindustrial.

Hay que volver de nuevo a la política. Hemos olvidado


casi su existencia. Durante años, los de la reconstrucción y
del desarrollo industrial, la izquierda se vió paralizada por la
guerra fría, por la brecha que separó a socialistas y comunis­
tas. Más recientemente, tras la conmoción del 68, la econo­
mía francesa, cada vez más implicada en los intercambios
internacionales, ha sufrido un rápido desarrollo y ha sido
criticada más moralmente que políticamente. Por todas par­
tes, se oía hablar de necesidades o de deseos, de consumo o de
cultura, en un tono que quizás a veces tenía un deje ultra-
izquierdista, pero que rápidamente caía en temas comer­
ciales. Brillante movimiento de ideas, crítica acerba de las
viejas costumbres, pero siempre cómodamente asentados en
el hueco del poder económico y político existente, aceptado
como un estado de cosas que, aunque enojoso, era inaccesi­
ble a todo ataque. Todo parecía querer evitar el análisis de
nuestra sociedad. Se era más sensible al sacrificio del Che que
a la parte de explotación del tercer mundo que permitía
nuestra propia prosperidad. Se hablaba más a menudo de
discursos o de imágenes que de poder o de producción.
Algunos llegaron incluso a pedir la detención del creci­
miento, al modo del comensal ya harto que aparta los platos
demasiado repletos.
Mundo de ilusiones y de irresponsabilidad, más propia de
los juegos de palabras que de las luchas sociales.
Despertemos. No para olvidar los sueños confusos de no­
ches iluminadas a la luz de miles de hogueras, sino para
intentar comprender el devenir de nuestra sociedad. Sólo a
partir de ahí adquieren sentido e importancia las utopías y las
anticipaciones de años recientes. Lo que sí nos alumbrará
ahora serán sus grandes ideas: el llamamiento a los movi­
mientos sociales de base, la voluntad de cuestionar el modelo
de gestión tecnocrático, ya esté mezclado con el capitalismo o
con el socialismo de Estado, y la crítica del modo de reproduc­
ción del orden tanto como del modo de producción de la
dominación social y económica.
Pero lo que ha fallado en casi todas estas visiones críticas
es la falta de confianza en el porvenir, la falta de perspectiva
de la mutación necesaria. Y quiero convencerte de esta nece­
sidad, y también de la locura que supone hablar de reivindi­
caciones y de luchas sociales sin asociarlas estrechamente a
la difícil creación de un nuevo modelo de producción.
Considero útil la crítica que hace el pensamiento marxista
de las vagas disquisiciones sobre la sociedad de consumo o
sobre la espontaneidad, sobre la crisis de civilización o sobre
la revolución cultural de Occidente. Es cierto que acabamos
de vivir un período de expansión inaudito que ha aumentado
el consumo interior tanto más fácilmente, cuanto que éste se
veía acelerado por los bajos precios impuestos a los suminis­
tradores de materias primas. Algunas de nuestras sociedades
industrializadas corren el riesgo de dejarse llevar por el hedo­
nismo del “ capitalismo maduro” , pero ello las hundiría rá­
pidamente.
Ya es hora de volver a lo esencial: a la aparición de nuevas
formas de producción y de dominación económica, a la in­
clusión de nuevos ámbitos de la vida social en el campo de
las luchas de clase y, aún más urgentemente, a la transfor­
mación de la acción de la sociedad sobre sí misma y de la
imagen que de ella se imprime. Nunca me he acostumbrado
a poner en primer plano los problemas llamados de cultura o
de consumo ni a dar más importancia a la exclusión que a la
dominación.
Nunca he pretendido que se me considerara un marxista,
pero me siento solidario de toda orientación que sitúe la
producción en el centro de la realidad social.
Me doy cuenta que las razones que me mueven a hablar
así no son razones intelectuales. Pero, sea cual sea la moti­
vación que me mueva a desear entender los temas izquierdis­
tas, quiero volver en seguida a lo esencial: a los problemas
de una sociedad que ha multiplicado sus medios de produc­
ción, sus inversiones y sus descubrimientos aumentando con
ello la fuerza del poder o de los poderes centrales. Sí, de ahí
es de donde hay que partir. No de la liberación indetermina­
da de las coerciones, ni de la vuelta a la espontaneidad, a la
fiesta, a la comunidad y al equilibrio, sino del gran salto
adelante, difícil de conseguir, hacia un nuevo tipo de produc­
ción y de organización, que suponga también, y en primer
lugar, un nuevo modo de poder y de luchas sociales. Algu­
nos países conseguirán ese cambio de sociedad sin ruptura.
La industria simple emigrará poco a poco hacia los países en
desarrollo, como el Brasil, México o los países árabes, mien­
tras que los grandes países ya industrializados saldrán de la
era del maqumismo y entrarán en la de la informática. De­
jando atrás el mundo del obrero y del ingeniero, esos países
entrarán en el del gestor y el emisor-receptor. No obstante,
si bien los Estados Unidos y Alemania han adquirido ya una
riqueza y una estabilidad suficientes para transformarse sin
rupturas, ¿puede decirse lo mismo de los demás países indus­
triales? Dejo de lado a la URSS, ligada a modelos sociales
arcaicos pero, por otra parte, con una capacidad excepcional
de movilizarse para el desarrollo científico y técnico.
Fijémonos en la Europa occidental: si no puede construir
su unidad, ¿no es acaso porque sus diferentes países abor­
dan la revolución postindustrial en condiciones casi tan desi­
guales como las de Inglaterra, Francia o Austria en el mo­
mento de la revolución industrial, a principios del siglo XIX?
Italia está desgarrada entre su modernización económica y su
arcaísmo cultural; entre una y otro se descompone y se
corrompe el sistema político. Inglaterra se liberará quizás un
día del peso de su capitalismo financiero y de su obrerismo
defensivo. Francia se ha visto movilizada por su Estado para
conseguir su desarrollo industrial; sin embargo, esa moder­
nización autoritaria se ha apoyado políticamente en los secto­
res más arcaicos de la población, como en Italia. De ahí el
mantenimiento o el reforzamiento de los privilegios y, en el
lado opuesto, una enorme masa de salarios muy bajos y un
conservadurismo social y cultural cada vez más próximo a
una actitud represiva. De ahí también el agotamiento de un
modo de desarrollo tecnoburocrático cuyos errores de inver­
sión son costosos y espectaculares.
¿Cómo pensar que un país así vaya a conseguir esa muta­
ción sin desbarajustes y que ésta vaya a estar protagonizada
por una élite social y política que se modifique poco a poco, sin
ruptura ni crisis grave? Estoy convencido de que Francia,
como, por otras razones, varios de los grandes países de
Europa occidental, va a jugarse todo su futuro en los próxi­
mos años. Francia no va a modernizarse sin sacudidas. Es
preciso que se desprenda del antiguo régimen ya agotado,
que sea arrastrada hacia la modernidad por las luchas popula-
res. Pero en esa aventura tanto puede perderlo todo, descom­
ponerse, hundirse, como conseguirlo todo y asentarse, a la
fuerza, en este nuevo tipo de sociedad que será el de las
naciones ricas y poderosas. Mi preocupación —que querría
hacerte compartir— es ésta: ¿cómo conseguir el salto ade­
lante, cómo lanzarse a la ruptura social y construir una eco­
nomía nueva?; ¿cómo construir una democracia socialista,
es decir, más concretamente, cómo lograr las formas de li­
bertad y de oposición que corresponden a una sociedad domi­
nada por los grandes aparatos burocráticos privados y públi­
cos, de producción, de gestión y de manipulación? La crea­
ción y la gestión de nuevas formas de producción es siempre
obra de una clase dirigente. Por qué proponer una imagen
comunitaria de la sociedad, si tal imagen no corresponde más
que a sociedades sin desarrollo, en equilibrio, lo que no
corresponde a nuestra situación presente, de competencia
internacional, de progreso técnico y de exigencia respecto al
mejoramiento del nivel de vida; sí, la entrada en la sociedad
postindustrial será el triunfo de una élite dirigente tecnocrá-
tica. Pero asistirá también al desencadenamiento de nuevos
movimientos sociales, vueltos tanto contra los antiguos amos
como contra los nuevos. Una nueva burguesía, unos nuevos
sans-culottes.
De esas nuevas clases antagónicas hablaremos más exten­
samente otro día. Prefiero ir directamente a lo esencial, es
decir, encarar los dos problemas que dominan nuestro pre­
sente y nuestro futuro. En primer lugar: ¿cómo se aliarán
esas fuerzas para tomar el poder?; en segundo lugar: ¿qué
relaciones establecerán entre ellas?
La respuesta a la primera pregunta parece fácil de adivi­
nar: dirigentes modemizadores y movimientos de protesta
popular se apoyarán y se apoyan tanto por su común oposi­
ción al arcaísmo de las instituciones y de la organización
social y cultural como por la necesidad de responder al ‘ ‘desa­
fío” impuesto por el resto del mundo, trátese de los países
con los que se compite o de los suministradores de materias
primas y de energía. Francia está todavía agobiada por arcaís­
mos, y la derecha que está en el poder los mantiene, puesto
que sus apoyos políticos se nutren en las categorías arcaicas.
Francia está dominada por el dinero, y no digo sólo por el
capitalismo, sino por los duros: ¿cuántas viviendas se com­
pran para invertir dinero, mientras son patentes las necesida­
des insatisfechas? La especulación, el fraude fiscal y las ren­
tas de situación son fuentes superabundantes de beneficios
ilícitos o excesivos. La diferencia entre ricos y pobres es
inmensa. La opulencia de algunos es ofensiva. Ese viejo mun­
do del dinero, marginal con respecto a la producción, insuita
a los asalariados que se reparten una parte de la renta nacio­
nal menor que en muchos países industrializados. Atrapado
en sus principios y en su burocracia, el Estado protege las
desigualdades. La escuela es ahora objeto de ataques desde
todas partes y ciertas opciones de inversiones del sector pú­
blico han resultado ser catastróficas.
Campesinos acomodados que no pagan impuestos, ricos
comerciantes que se amparan en las desgracias de sus colegas
de las zonas en despoblación, funcionarios demasiado segu­
ros de sus reglas y de sus principios, gentes de negocios y de
dinero de toda calaña, indiferentes a la industrialización;
ésos son los apoyos podridos de un mundo que no puede
engendrar una sociedad postindustrial. La lucha contra el
pasado apunta también, y más profundamente, contra las
injusticias, contra las infernales cadencias que hacen que
sean los trabajadores quienes lleven el peso de una producti­
vidad mejor, contra el autoritarismo de los jefecillos, contra
la patronal de derecho divino y el despido masivo de los
delegados y de los representantes sindicales, contra el mante­
nimiento anormal de salarios bajos, contra la miseria de los
trabajadores y el racismo de que son objeto los inmigrados.
¿No es suficiente todo eso para que se forme una inmensa
corriente a la vez contestataria y modemizadora? De todos
modos, tiene que existir una voluntad de organizar esa co­
rriente, en vez de contentarse con enfrentar los pequeños a
los grandes y de dejarse llevar por un electoraüsmo corto de
vista y además fuera de lugar, puesto que naturalmente las
viejas clases medias se opondrán a una transformación social
que afecta inevitablemente a sus ventajas y privilegios.
Esa coalición ya ha sido intentada por la derecha. ¿No es
ése el espíritu de la nueva sociedad a la que un inteligente
reformador, Jacques Delors, ha unido su nombre? ¿Cómo
ignorar, sin embargo, la impotencia de esa corriente, que
no habría visto hincharse sus fuerzas sin el movimiento de
mayo y que no puede vencer negando la coalición de las
fuerzas conservadoras o reaccionarias, sin las que la derecha
no puede retener el poder?
La derecha ha dirigido la modernización mientras el Esta­
do ha sido su principal agente. Hoy las grandes empresas
hablan de industrialización con más fuerza, pero tienen nece­
sidad de apoyos políticos, y los encuentran en un post-gau-
llismo que, al ceder a las presiones de su clientela arcaica,
perjudica los intereses de la industrialización.
Es posible que el difícil período que se abre ante nosotros
dé nuevas fuerzas a la derecha. A corto plazo, así lo creo.
Los franceses temen sobre todo el paro, y, en medio de una
fuerte inflación, aceptarán durante algunos meses el bloqueo
de su nivel de vida. Pero esa paciencia no sobrevivirá a las
dificultades. Las desigualdades sociales aumentaran y provo­
carán nuevos descontentos. Ignoro el futuro político de Fran­
cia. Ha ganado la derecha. Pero una victoria de la izquierda
no me parece tan lejana y es, sobre todo, necesaria. En todo
caso, ésa es la perspectiva en la que me sitúo, pues sólo la
izquierda puede conseguir el salto adelante. Sin embargo, no
es seguro que pueda.
En primer lugar, es preciso que no ceda ante las facilida­
des de la redistribución simple y de las ideologías inmoviliza-
doras. A continuación, y por encima de todo, es preciso que
sepa conciliar dos órdenes de tareas que manifiestan una ten­
sión recíproca. El desarrollo se basa siempre por un lado en un
progreso de la acumulación y de las inversiones y, por otro,
en un salto que supere la movilización social. Los regímenes
revolucionarios los unen estrechamente, pero esa unión,
que efectivamente asegura el crecimiento, supone el poder
absoluto de un partido, de un jefe, de un aparato de Estado.
Esa situación y esa solución suponen que la transforma­
ción social vaya ligada a una profunda descomposición de las
instituciones: derrota, guerra, crisis económica. Nosotros
estamos lejos de una tal situación histórica, y nada hay más
peligroso que soñar la revolución en una coyuntura que no
es revolucionaria, en el sentido concreto del término.
Tomemos como referencia la existencia de instituciones
libres. Ello descarta la solución revolucionaria, pero no su
antítesis, la absorción de las fuerzas de transformación por
las reivindicaciones y las luchas defensivas. En Francia mu­
chas categorías querrían votar a las izquierdas porque están
descontentas, porque se sienten desfavorecidas. Sólo que un
movimiento de izquierdas se impusiese como finalidad prin­
cipal el satisfacerlas, generaría rápidamente el bloqueo total.
No existe más que una solución, cuyas formas, sin embar­
go, pueden variar; la separación de las fuerzas de oposición
popular y de la élite modemizadora, es decir, de la democra­
cia socialista: movimientos sociales de base que provoquen la
mutación de inmensos sectores de la vida social y cultural
frente a un aparato de gestión ampliamente público. Entre
uno y otros, instituciones representativas tan diversificadas y
descentralizadas como sea posible.
Yo creo en la necesidad de una élite dirigente “ fría” , es
decir, no ideológica, de un aparato estatal de gestión, de
planificación, animado por la convicción de que hay que
derribar a la burguesía del pasado y de que no hay desarrollo
sin un levantamiento masivo de la movilización social.
Frente a esa élite dirigente “ fría” , unos movimientos de
base “ calientes' ’ hasta quemar, que no sean ni las corrientes
de transmisión de fuerzas políticas ni su materia prima, sino
fuerzas sociales capaces de tomar a su cargo ámbitos enteros
de la vida social. Su consigna debe ser la autogestión, admi­
tiendo que ésta no tiene sentido más que si encarna la nueva
forma de reivindicación y de conflicto, si es una fuerza de
oposición general y no de autogobierno corporativo o peque­
ño burgués. He sido acusado simultáneamente de ser un
tecnócrata y de ser un izquierdista. No soy ni una cosa ni
otra pero proclamo abiertamente que en Francia y en otros
países análogos los principales actores del desarrollo serán los
tecnócratas y los izquierdistas. Hay que descartar de una vez
por todas la imagen de la movilización popular bajo la direc­
ción de un gobierno ideólogo. No corresponde más que al
Terror, a la desaparición de las instituciones representativas.
Europa no presenta ningún indicio que anuncie una crisis
suficientemente profunda como para subvertir esas institu­
ciones. Descartar esta imagen implica reconocer también el
papel central de los movimientos sociales de base, de la ini­
ciativa popular. Es proclamar también que el Estado no debe
ya dirigir la sociedad, sino que lo que debe hacer es asegurar
el crecimiento económico y los equilibrios que éste supone.
Esta es la razón por la que realmente separo el Estado y el
sistema político, pues deseo una inmensa ampliación de las
instituciones políticas a nivel local y regional, lo mismo que
a nivel nacional en las empresas, escuelas y ciudades, así
como en el ámbito de la política general. Los movimientos
populares, en cuanto desbordan las facilidades de las utopías,
echan abajo los privilegios y las barreras; el Estado gestor,
por su parte, debe comprender que la condición primordial
para entrar en una economía nueva, basada en todas las
formas de comunicación y no únicamente en las técnicas de
fabricación, es la de una mayor movilización social y cultural.
¡Qué lejos estamos, sin embargo, de tener consciencia de
nuestros problemas y de nuestras posibilidades! El subjeti­
vismo izquierdista despliega sus complacencias; frente a él,
el partido comunista está a la vez atado a una imagen de la
sociedad ya caduca y definitivamente incómodo por la falta
de poder absoluto. Pero me parece que en los medios políti­
cos, sindicales y administrativos se siente la necesidad de
análisis renovados, libres a la vez de las fastidiosas repeticio­
nes y del terrorismo verbal.
Debemos apresurarnos a reflexionar y a hablar. Nosotros,
las gentes de los frágiles países europeos, no tendremos exis­
tencia histórica más que si nos lanzamos a esa marcha hacia
la democracia socialista. Los países del Este han trazado a
menudo el camino, pero están sometidos a una dominación
tanto nacional como extranjera demasiado fuerte como para
poder avanzar por ella, que es la vía que, tanto para ellos
como para nosotros, se impone. Nuestro es, pues, el mo­
mento para lanzamos adelante y progresar, para inventar,
para ser algo distinto de una dependencia del imperio ameri­
cano, como la Grecia del imperio romano.
No soporto quedar encerrado en un papel marginal, verme
privado de nuevas prácticas. Nuestra vida intelectual está ya
marcada por esa marginalidad. Más que prácticas de ... pro­
duce discursos sobre ... De ahí el star-system, el reino de los
filósofos, el menosprecio de que son objeto las ciencias expe­
rimentales, las ciencias sociales. Yo admiro como cualquiera
a los grandes intelectuales de este país cuando inventan nue­
vas prácticas de investigación y descubren aspectos ocultos
de la vida de las sociedades, como lo hacen, en ámbitos
alejados uno de otro, Claude Lévi-Strauss o Michel Foucault.
¿Cómo ignorar, sin embargo, en torno a esos esfuerzos
demasiado solitarios, la desesperación de una actividad inte­
lectual que no se siente ni reconocida ni llamada por la socie­
dad, que ha perdido la esperanza de ir asociada al progreso?
Quizá mi cólera y mi amargura vienen demasiado tarde, y
tenemos que contentarnos con ser brillantes cabezas, con la
demanda que durante algún tiempo podamos aún tener en
los mercados extranjeros. Pero yo no me decido. Si noasumi-
mos otro papel, más nos vale emigrar que hacer de imitado­
res o de exégetas. Pero yo no creo en la fatalidad de esa
opción. Tengo esperanza en los recursos de una sociedad
vigorosa, que va a librarse de las trabas que le han sido
impuestas por el conservadurismo social. Quiero trabajar pa­
ra engendrar la consciencia de que un cambio, un progreso,
la entrada en el futuro, son posibles. Ese trabajo es apre­
miante y debe llevarse en todas direcciones, pues la sociedad
francesa huye de sí misma, se complace demasiado en el
preciosismo, la retórica revolucionaria o la mediocridad de­
fensiva. Las luchas sociales y culturales indican ya la forma­
ción de nuevas imágenes de las relaciones sociales y de las
condiciones de desarrollo. ¿Para qué somos sociólogos, si no
es para ayudar a las sociedades a actuar, a hacer su historia,
en vez de verse arrastradas hacia la alienación, la sumisión o
la inconsciencia?.
Entender el cambio, la urgencia

Hemos llegado a un punto extremo en el que las compo­


nentes de la vida social se disocian. Desde hace diez o quince
años nuestras prácticas económicas y culturales se han ido
descomponiendo. Las ciudades son nuevas, el capitalismo se
ha concentrado, organizado y desarrollado, la juventud ha
introducido nuevas conductas y existen pensadores que em­
piezan a hacernos razonar sobre problemas nuevos y de una
manera imprevista.
En cambio, la organización del Estado y de su administra­
ción, incluidas sus escuelas, y por lo tanto las relaciones de
autoridad, tanto en el sector privado como en el público,
siguen siendo de un raro arcaísmo, y solo pierden rigidez
para descomponerse.
Finalmente, las ideologías y las doctrinas, la consciencia
de los actores, siguen, del modo más extraño, insensibles al
cambio. Parece como si las nociones se resistieran ante el
asalto de la práctica. De ahí la debilidad de las ciencias socia­
les, —que no es una exclusiva de Francia—, y la seguridad
con que los dogmatismos proclaman su coherencia, indiferen­
tes a la observación y a la imaginación.
En la vida intelectual se mezclan lo más viejo y lo más
nuevo, empleando a veces las mismas palabras, multiplican­
do así las confusiones y malentendidos y despistando a la
mayoría, que se deja arrastrar por el torbellino de las pala­
bras y la tentación de los catecismos.
Es normal que así sea, pero extraigamos consecuencias;
tomemos distancia, o, más bien, salgamos de ese mundo
verbal, para aproximamos a la sociedad y a los actores
sociales.
Después de la guerra, los inicios de la sociología vinieron
marcados por el gusto por las encuestas y el trabajo de cam­
po. Pasados unos años, estaba bien hacer un alto y criticar,
pero tenía que haber una voluntad de inventar nuevas prác­
ticas. En las crisis intelectuales hay una riqueza de renova­
ción, pero la falta de dirección intelectual también lleva a
que muchos se pierdan. Abogo, pues, por que los sociólogos
se interesen de nuevo por los “ problemas sociales” , por lo
que una colectividad percibe como significativo en su expe­
riencia: las grandes empresas multinacionales o la política
urbana, los movimientos de mujeres o la situación de los
trabajadores extranjeros. Y lo que produzca ese interés por la
práctica social, ¿qué otra cosa va a ser más que la preocupa­
ción por la acción política, la voluntad de dar por fin forma
política a tantos nuevos temas sociales y culturales apareci­
dos poco a poco, aquí y allí, y que piden convertirse a su vez
en prácticas políticas? Ha pasado ya el momento de rechazar
el orden social en bloque, de denunciarlo como espectáculo o
como ideología y de oponerle utopías y profecías; es preciso
conocer y analizar las relaciones sociales reales, los intereses
que entran en juego, los conflictos y las instituciones y las
transformaciones del poder y de la oposición, y esa labor
debe ir pareja con exigencias teóricas cada vez mayores, sin
las cuales el análisis de la sociedad cae en la ideología. Me
conoces lo suficiente como para saber que para mí eso será
siempre lo esencial.
Hoy ser sociólogo significa reflexionar sobre las condicio­
nes de existencia de una sociedad nueva, sobre el modo como
crisis y ruptura, por un lado, y conflictos sociales, por otro,
pueden ligarse a la construcción de una nueva organización
social y cultural. Soñar con un tipo ideal de sociedad olvidan­
do los desgarrones y desmoronamientos que se avecinan ca­
rece de sentido. Lanzarse por entero a la ruptura y a la
expresión de reivindicaciones nuevas sin plantearse la cons­
trucción de una sociedad que, aunque con diversidades e
inestable, pueda definir las grandes directrices de la vida
social y cultural, ¿qué otra cosa es sino dejarse llevar por el
torrente de los acontecimientos? No te digo que subordines
el análisis sociológico al compromiso político, pero el sentido
de la coyuntura política y la preocupación por el análisis
teórico están ligados y, tanto uno como otro, se oponen
a la ideología que somete el pensamiento a los intereses del
actor o a la doctrina que parece desprenderse de esos intere­
ses para imponer un orden intelectual al servicio de un po­
der. El historiador o el etnólogo entran en su ámbito del
conocimiento alejándose de su propia experiencia. En el
tiempo o en el espacio, viajan y se extranjerizan. Es dudoso
que se liberen completamente de las categorías de su propia
cultura, pero pueden evitar el etnocentrismo o los juicios
anacrónicos. El sociólogo estudia la sociedad en la que vive.
No puede alejarse de ella, en ella está encerrado. Es preciso,
pues, que en vez de distanciarse, se aproxime tanto, que la
unidad aparente, el orden de las prácticas y la expresión de
esa sociedad se quiebren y estallen, hasta que todo parezca
acontecimiento y las orientaciones culturales, al igual que
los conflictos sociales, aparezcan más allá de las institucio­
nes, de las organizaciones y de los mecanismos de reproduc-
rión. Librarse de las interpretaciones y de las categorías de la
práctica social, de todo lo que confunde el análisis de un
conjunto de relaciones sociales con el punto de vista, los
intereses y las opiniones de un actor, sea el que sea, pero
sobre todo si tiene el poder o intenta hacerse con él: ése es el
papel y la utilidad del sociólogo. Por tanto, para despren­
derse de las interpretaciones, de las costumbres y de las
doctrinas y para percibir, en el desorden y la confusión, lo
que entra en juego en las relaciones sociales y la naturaleza
de éstas, es preciso que el sociólogo viva en la angustia del
acontecimiento.
Hoy en día el joven sociólogo puede defenderse con todas
sus fuerzas contra la tempestad, puede refugiarse en un len­
guaje ya hecho o, simplemente, en la tranquilidad de una vida
de estudio mejor o peor protegida de la presión del trabajo de
los demás. Hay que saber que ese rechazo no es posible más
que encerrándose en el artificio y en la descomposición, ya
que las comodidades de un profesionalismo sin perspectiva nos
están vedadas.
Tú empiezas tus estudios o lo que así suele llamarse. An­
tes de terminar el acontecimiento se te habrá impuesto. Vie­
ne la crisis, y ésta significará a la vez levantamiento, libera­
ción, esperanza y descomposición, confusión y miedo. Pre­
párate para pasar del lado de la innovación y de la lucha y no
del lado de la defensiva y de la descomposición.
Lo que infunde hoy ánimo es que se hace posible una
nueva democracia más completa y más directa que aquéllas
por las que han combatido las pasadas generaciones. Durante
mucho tiempo esa palabra no ha designado más que la gene­
ralización de los derechos políticos, la aparición de represen­
tantes de los electores. Los problemas del Estado y de las
instituciones han sido a la vez un camino hacia los problemas
sociales y un obstáculo para su expresión directa. La sociedad
industrial ha añadido al tema de la democracia política el de
la democracia social. El capitalismo ha hecho aparecer, más
que representantes, delegados próximos a su base social y
dispuestos ya a reivindicar para el propio movimiento social
el derecho a intervenir en la gestión de la sociedad. En con­
junto, sin embargo, el movimiento obrero ha permanecido
subordinado a los agentes políticos, reformistas o revolucio­
narios.
Ahora vivimos en una sociedad que ha conquistado tal
poder para transformarse, que socava tan en profundidad su
herencia económica, social y cultural, que se parece a nues­
tras ciudades con el desbarajuste de las obras, despanzurra­
das, modernizadas y a la vez sujetas más completamente a la
lógica del beneficio. A esa acción casi ilimitada de la sociedad
sobre sí misma responde la formación de movimientos socia­
les que ponen en cuestión todos los aspectos de la domina­
ción y del orden social, que militan por una revolución cul­
tural, en todo su sentido, puesto que cuanto más se produce
una sociedad a sí misma, más importancia cobra en los con­
flictos sociales su cultura, su modo de organización y su
experiencia, y no tanto tal o cual sector de la organización
social. Los movimientos de base dejan de ser la materia pri­
ma de los partidos políticos, tienen capacidad política de un
modo cada vez más directo y se proponen la autogestión.
El momento en el que la sociedad se muestra al desnudo,
libre de los grandes principios, de los valores, de los discur­
sos morales y de las filosofías políticas, en el que las luchas
sociales y la creatividad cultural pasan a ser en el escenario
histórico los actores principales, ¿no es también nuestro mo­
mento, el de los sociólogos, a quienes corresponde una im­
portancia y una responsabilidad que no podrá serles negada
por mucho tiempo, ni siquiera en la universidad? El sociólo­
go ni forma parte del establishment universitario ni está en­
tre los consejeros reales; debe poner su libertad y sus impa­
ciencias al servicio de un análisis de la crisis.
Te escribo a ti y no a aquéllos o aquéllas con quienes
hemos pasado esa extraña semana de “ encuentro” en la
que, con motivo de los acontecimientos de Chile y a partir de
ellos, hemos discutido sobre nuestra situación política, sobre
nuestro trabajo de sociólogos, sobre la crisis universitaria y
sobre tantos temas diversos. Es porque en ti he encontrado
una gran fuerza, que te impele a actuar y a definir las metas
y los medios de una sociedad posible y deseable, al mismo
tiempo que una mentalidad abierta, sensible, desconfiada
frente a fórmulas relucientes.
Tuve primero ganas de prolongar estas discusiones escri­
biendo a M., que me impresionaba mucho más que tú, por
su agresiva seguridad, su facilidad para manejarse en discu­
siones doctrinales, en las que yo me siento siempre incómo­
do. Es a ti, sin embargo, a quien siento necesidad de escribir,
porque eres de una juventud más comprometida en el fluir de
la vida. Te escribo porque estás en un punto de equilibrio
inestable, y yo quiero, claramente, inclinarte hacia uno de
los lados.
Los estudiantes que tienen preocupaciones a la vez intelec­
tuales y políticas se ven conducidos, o bien hacia una ideolo­
gía al servicio de las empresas, de los gobiernos, de los parti­
dos o de los sindicatos de izquierda, o bien hacia un trabajo
profesional creador.
Al reaccionar cada día contra la universidad y la mayoría
de estudiantes que encuentras, afirmas violentamente los de*
rechos de la ideología y te niegas a reconocer la autonomía
del conocimiento. Quieres estar al servicio de los movimien­
tos revolucionarios. Mil veces de acuerdo; pero esas palabras
no son suficientemente claras. Pienso en antiguos estudiantes
de Frankfurt a quienes conocí bien; todos habían sido mili- j
tantes políticos. Algunos habían pasado a ser ideólogos mar­
ginales, tanto política como intelectualmente; otros consti­
tuían lo mejor de la nueva sociología alemana, crítica y seria
a la vez.
Lo que hay que evitar por encima de todo es el estilo
revolucionario de los “ jacobinos” de la Comuna. ¡Qué bien
entiendo la cólera y el desprecio de Marx hacia ellos!
Contra mí tú multiplicas las consignas; aparentas ence­
rrarte en un discurso doctrinario. Yo, sin embargo, seguiré
hablando contigo y escribiéndote, porque tengo razón y no
quiero perderte y encontrarme entonces sin defensa ante las
fláccidas tentaciones del liberalismo universitario.
Te escribo también porque eres medio extranjera y puedo
permitirme la sensación de enviar mis cartas a la lejana Sici­
lia, donde naciste, sin estar a la espera de tu respuesta.
Extraña situación la de quien enseña: viviendo entre estu­
diantes e investigadores, se ve por su misma profesión, apar­
tado de ellos. Pasados algunos años siente uno la necesidad
de apartarse de ese ambiente y de su incesante zumbido, para
encontrar de nuevo un intercambio personal, al margen del
trabajo pero alimentado por él. Me horroriza el profesor que
habla con su corrillo de estudiantes, y lo mismo el que hace
el juego de la camaradería para olvidar sus veinte años de
más. Realmente, la enseñanza es lo contrario de la comuni­
cación personal. Y debe ser así, pues enseñar es ser interme­
diario entre el estudiante y el conocimiento, intermediario
unas veces discreto, otras entusiasta y otras autoritario, pero
siempre destinado a desaparecer. Por eso, fuera de la ense­
ñanza, el que es profesor busca una relación personal con
aquel alumno que no es ya un estudiante, sino un continua­
dor y un compañero de trabajo, o la busca con un amigo con
Quien poder hablar de su vida intelectual. Contigo es con
quien yo querría hablar.
La izquierda gubernamental y la oposición de izquierdas;
el lugar del partido socialista. Evitar la desmembración.

Lo que van a ser los movimientos sociales de oposición es


algo que ya empezamos a ver. Desde mayo de 1968 han
entrado en nuestra vida temas y modos de acción que ya no
se perderán. Por primera vez, sabemos que hay movimientos
de base que pueden ser mucho más que materiales para una
acción política, que son capaces de regirse por sí mismos y
de intervenir de forma independiente en la vida política. Ve­
mos también que la movilización social no queda limitada a
un ámbito privilegiado, como en otro tiempo el de los dere­
chos políticos y más recientemente el de las condiciones de
trabajo, sino que todo va quedando marcado por un signo de
clase y pasa con ello a ser posible objeto de conflicto, trátese
de prácticas de la vida cotidiana, de conductos culturales o de
formas de organización económica.
En mayo del 68 el movimiento no tenía salida política. Lo
importante era por tanto reconocer su realidad y su fecundi­
dad. Del mismo modo, hoy, tras el golpe de Estado chileno,
lo esencial es reconocer que la Unidad popular fue deposita­
ría de las esperanzas de la consciencia de clase del pueblo
chileno.
Nada debe imponerse jamás en contra de los movimientos
sociales populares. Pueden enfrentarse en la catástrofe o per­
derse en la mediocridad y pueden renegar de sí mismos en el
autoritarismo. Sin embargo, no hay nada, nunca hay nada
que justifique que se tome el partido de sus adversarios. La
dictadura staliniana fue horrible; ¿a quién se le ocurre, con
todo, añorar el imperio de los zares? Por otro lado, nada
puede justificar que se tome el partido de los carros rusos
contra el de la Primavera de Praga. Como sociólogo, nunca
dejaré de proclamar que los problemas de la sociedad están
por encima de los del Estado.
Por eso, porque lo están, en los países en los que existen
las libertades políticas, la capacidad de movilización de lo que
se ha llamado la nueva izquierda o los izquierdistas pasa a ser
mayor que la de los comunistas.
El papel del partido comunista, cuya representación de la
sociedad y de la acción social no corresponde ya a la organi­
zación social y a las relaciones de clase actuales, es el de dar
una expresión política, una influencia política a la mayoría
de los trabajadores manuales. ¿Cómo no reconocer la necesi-
da de recuperar el retraso que lleva en ese terreno Francia,
en comparación con los países en los que la clase obrera vota
a la socialdemocracia? Pero el partido comunista no es la
socialdemocracia. Está organizado como fuerza revoluciona­
ria. Se ve así inadaptado tanto a sus nuevas tareas de institu-
cionalización del movimiento obrero, como a su vieja finali­
dad de revolución proletaria.
Doble inadaptación, pero también doble base social: el
partido comunista mantiene su fuerza electoral y, sobre to­
do, su potente organización, servida por militantes a la vez
entusiastas y disciplinados. Sin embargo, hay que ver más
allá de su organización, o más bien hay que reconocer que
ésta no es tan sólida sólo porque su función es la de mantener
unidos dos papeles totalmente opuestos: hacer la revolución
y participar en un gobierno de izquierdas.
Siendo como soy partidario de un gobierno de izquierdas,
sé que la alianza con el partido comunista es esencial, y que
aporta a las izquierdas, no sólo una base electoral, sino tam­
bién militantes, sobre todo en el terreno sindical.
No obstante, esos cálculos estratégicos y ese sentido de
común oposición al régimen de la burguesía y de la derecha
no pueden prevalecer contra lo esencial: desarrollar movi­
mientos sociales y análisis que correspondan a la sociedad de
hoy. No se trata solamente de marcar diferencias ideológicas.
Vivimos todos a diario la oposición entre movimientos de
base cuyos efectos propiamente políticos son a menudo in­
ciertos y presiones orientadas estrictamente en el marco de
determinadas estrategias políticas.
Lo que no puede hacerse es, como en los platillos de una
balanza, poner en un lado esos movimientos y en el otro esas
presiones. En la base de todo están la formación y la expre­
sión de oposiciones nuevas. Si no se reconoce una prioridad
absoluta a las reivindicaciones y a las protestas de grupos
sociales reales no hay ni movimiento social ni democracia.
Por esta razón en Francia se refuerza la corriente socialista,
en tanto que el bloque comunista permanece casi inmóvil. La
victoria de la izquierda depende de los progresos del socialis­
mo, y no de un salto adelante, difícilmente posible, del par­
tido comunista. Hay que acabar con la fascinación ejercida
sobre grupos o tendencias débilmente organizadas por la ma­
quinaria del partido comunista, así como por su pasado. La
corriente socialista, es decir, la asociación llena de tensiones
de las libertades políticas y de los movimientos de oposición
de base, corresponde a la vez al estado político de Francia y a
la aparición de las nuevas fuerzas sociales. En la parte del
mundo en la que vivimos ya no podemos admitir que la
conquista del Estado sea meta única de una batalla social con
el movimiento social como infantería. El socialismo ha que­
rido reforzar el Estado en contra del capital privado. El Esta­
do es hoy el agente principal de la clase dirigente. Si se habla
de capitalismo monopolista de Estado o de tecnocracia hay
que tener la voluntad de movilizar las fuerzas sociales contra
el Estado y contra los poderes económicos. Hay que recha­
zar, pues, la imagen de un partido tan disciplinado y autori­
tario como el despótico Estado contra el cual se formó, de un
tipo que no existe en las zonas en que vivimos, alejadas del
despotismo oriental.
Como siempre he dado prioridad a la lucha contra la domi­
nación social, durante mucho tiempo he tenido que refugiar­
me en las formaciones marginales: he estado en la Unión
progresista, luego en el PSA y luego en el PSU, hasta el
momento en que éste se vió desorganizado por su impotencia
para escoger entre sus dos papeles, el de corriente de opinión
y el de partido político. Hoy me sitúo claramente en la co­
rriente socialista, a un tiempo liberal y libertaria, antiautori­
taria y contestataria. Y es que veo por fin la posibilidad de
abrir la sociedad a la vez hacia la democracia y hacia el
futuro.
Pero la situación en que ahora estamos no puede quedar
satisfecha mediante una posición crítica. Esta hay que man­
tenerla'siempre, pero hay que buscar también la necesidad de
un gobierno de izquierdas. Volviendo de Chile, considero
inaceptables las declaraciones de los ultras que critican o
condenan a Allende por no haber armado al pueblo, por no
haber destruido el aparato de Estado y por no haber cubani-
zado a Chile. Cuánto más simple es, en efecto, querer que el
movimiento popular y el gobierno se confundan por entero.
Pero queriendo un poder puramente revolucionario es como
mejor se somete la revolución al poder y se crea un totalita­
rismo. Cuando no están hundidas las instituciones políticas,
no han emigrado los oficiales y la economía no está desinte­
grada hay limitaciones de gobierno que no se identifican con
las exigencias de un movimiento social. El Estado existe y no
se confunde con un movimiento popular.
En un momento en que los países industriales más adelan­
tados están situados al pie de la barrera de la sociedad postin­
dustrial y en el que la sociedad francesa no puede tener la
esperanza de franquear esa barrera más que movilizando sus
fuerzas económicas y planificando sus proyectos de desarro­
llo, olvidar el papel del Estado y las exigencias de la gestión
económica es de una irresponsabilidad irritante. Según los
momentos y los interlocutores, me es preciso moverme entre
dos afirmaciones opuestas pero inseparables: prioridad para
los nuevos movimientos sociales y para su creatividad social
y cultural, por un lado, y necesidad de gestionar un desarro­
llo económico difícil, por otro. Mayo del 68 exigía pensar
solamente en el naciente movimiento social; el golpe de Es­
tado de la junta chilena vuelve a llamar bruscamente la aten­
ción sobre las exigencias de gobierno, pues la izquierda no
sólo ha sido asesinada, sino que se ha visto también debilita­
da por sus disensiones y por el fracaso de su gestión econó­
mica.
Un temperamento revolucionario no se incomoda ante esa
preocupación por lo posible. Un temperamento político des­
confía de la deslumbrante luz de los movimientos sociales.
En los países industrialmente avanzados, enfrentados con
graves problemas pero no trastornados por una crisis total,
sino, a la inversa, enriquecidos, en los que sigue siendo
poderosa la influencia de las fuerzas conservadoras sobre el Es­
tado y la cultura, es imposible ceñirse a una de esas dos posi­
ciones simplistas. Hay que pensar a la vez en la oposición y en
la gestión.
Me parece que hay dos temas que se imponen. Para empe­
zar, el movimiento social y la modernización deben ir uni­
dos. Me pongo a temblar cuando veo las campañas de opi­
nión, tan bien acogidas por la juventud rica, que sólo hablan
de detención del crecimiento, de equilibrio y de armonía. Hoy
como ayer, las transformaciones sociales deben llevar a la
sociedad hacia delante. Hay que hacer saltar los cerrojos
sociales y culturales que nos impiden entrar en la sociedad
postindustrial. Me siento aquí en continuidad directa con
todas las generaciones que asocian oposición social y pro­
greso económico. No es que diga que pido el manteni­
miento de ideas pasadas; estoy convencido, por el contrario,
que salimos de la sociedad industrial, de su insistencia en el
llamado trabajo productivo y de su imagen de un progreso
técnico alimentado por recursos naturales ilimitados. Entra­
mos en una sociedad formada por grandes organizaciones
técnicas y a la vez humanas, y ya no solamente técnicas, en
una sociedad en la que el crecimiento, depende más de la
capacidad de inventar, de innovar, de organizar, de comuni­
car y de prever que únicamente de la acumulación de capital
y de trabajo. Sí, la mutación es completa, y es para lograrla
para lo que nos debe hacer avanzar un movimiento de trans­
formación social y cultural. No se trata de la pausa tras el
esfuerzo; se trata, por el contrario, de reanudar la marcha
tras los excesos y las deformaciones de una civilización domi­
nada por el comercio y la manipulación de la demanda en
provecho de grupos financieros. Me niego a creer que hayan
quedado atrás los tiempos de la producción y que haya que
pasar únicamente al intercambio o al consumo. El movi­
miento social, la creación cultural y económica y la esperan­
za en un porvenir más amplio están indisolublemente liga­
dos. Juntos se han perdido todos en la reciente fase de conso­
lidación de nuevas formas del capitalismo. Recobremos el
espíritu sansimoniano y la fe en la creación colectiva.
Ahora bien, aunque la transformación social y el progreso
económico vayan ligados, la acción política, en las condicio­
nes históricas en que vivimos, debe mantener una separación
bastante grande entre los movimientos sociales y la gestión
gubernamental. Hay que descartar la idea de una dictadura
del proletariado. Se necesitan unos movimientos sociales li­
bres con respecto al poder, unos movimientos de base, de
oposición y de tendencia autogestionaria, y un Estado capaz
de planificar y de mantener la coherencia de la acción econó­
mica. Entre ambos, la representación política debe realizar
las grandes transformaciones económicas y culturales exigi­
das por la presencia de los movimientos sociales, necesarias
para la modernización del país.
Déjame volver sobre esas ideas tan importantes. En térmi­
nos muy simples digo: nada de partido-Estado, sino comple-
mentariedad, difícil por cierto, pero indispensable, entre ac­
ción gubernamental de izquierdas y movimientos sociales de
base. Ese juicio, en un principio, toma constancia de una
situación de hecho, y se apoya además en un doble razona­
miento.
La situación, en verdad, es que la izquierda es doble:
junto a los partidos, instrumentos de intervención en las
relaciones políticas existen movimientos más revolucionarios
y/o con más preocupaciones de expresión que de estrategia.
Tienen expresiones políticas, pero son grupos o conjuntos
ideológicos sin fuerza de intervención en el juego político na­
cional. Día tras día, en las empresas, los liceos y las regiones,
se ve estallar esa separación. El partido comunista a veces
rechaza los movimientos de base y a veces se flexibiliza para
recuperar el control sobre ellos; el partido socialista, mucho
menos integrado, más poroso, se deja penetrar a veces por
fuerzas empeñadas en combatir a la socialdemocracia pero
que ponen sus esperanzas en un partido que les evite un
desastroso frente a frente con los comunistas.
¿Por qué la acción política debe aceptar esa situación de
hecho y considerarla indispensable?
Para empezar, y ante todo, porque no estamos en una
situación revolucionaria. Las instituciones representativas
funcionan, y la organización social y política no se desmoro­
na. Por lo tanto, lo mismo aquí que en Chile, habrán de
separarse fatalmente dos corrientes: la guiada por lo posible y
la que actúe en nombre de lo deseable. El gobierno de iz­
quierdas no puede sacrificar la gestión del Estado y el equili­
brio económico. Se le ha reprochado a Allende que se agota­
ra corriendo tras el voto de las clases medias, que, de hecho,
le combatieron. ¡Qué rápido se dice eso y qué poco sentido
tiene! La Unidad popular nunca contó con el refuerzo de las
profesiones liberales y de los comerciantes, pero para ella era
vital no verse combatida por el aparato de Estado, tener los
votos de una parte de los funcionarios y no estar bajo las
amenazas de los militares.
Los que no quieren verlo ignoran soberanamente la exis­
tencia del Estado y se contentan con decir estúpidamente que
éste no es más que el agente de una clase o de una alianza de
clases. La existencia de instituciones políticas representativas
y de hecho, por tanto, no enteramente controladas, penetra
en la izquierda (lo mismo que en la derecha) como una cuña,
y abre una distancia entre la gestión y la oposición; entre
ellas, sin embargo, es preciso mantener a toda costa una
interdependencia. La segunda razón que justifica la separa­
ción de esos dos planos es que no vivimos en una situación
dominada enteramente por el enfrentamiento de dos clases.
Ese enfrentamiento existe, pero no lo domina todo. Estamos
en mutación: por un lado, el viejo movimiento de clase se
transforma en fuerza de presión política, en programa común
de la izquierda; por otro, nuevos movimientos sociales, to­
davía indiferenciados, mezclados a movimientos moderniza*
dores contrarios a los privilegios, al arcaísmo y al sinsentido,
y con mezcla también de utopía o de nihilismo. Paralelamen­
te, lo que se combate no es sólo el capitalismo; tanto como a
él se ataca al Estado que mantiene las desigualdades, los
privilegios y los arcaísmos. Sería ilusorio, en esas condicio­
nes, imaginar una clase popular que se hiciera con el poder
para instalar en él a las fuerzas que la representan. Lejos
estamos de esa histórica y simplificada visión de la historia.
Aceptar esa división de la izquierda en dos, sin embargo,
¿no es aceptar su debilidad y exponerla a todos los golpes de
sus adversarios? Sí, objetivamente los riesgos son grandes.
No obstante, mis temores serán tanto mayores cuanto que
no se reconozca la realidad política y, mientras en la mayor
confusión, se mezclen discursos ideológicos y práctica polí­
tica.
Reconózcase, por el contrario, la distancia entre aquéllos y
ésta, y pronto madurará la nueva consciencia dé clase. Si no
es así, esa consciencia de clase fallará y ello nos pondrá a la
merced de un Estado autoritario al servicio de una clase
dirigente.
Estamos ante un enigma; si no sabemos resolverlo nos
veremos arrastrados. ¿Gimo gobernar por la izquierda, cómo
no disolver la capacidad de gobernar en la ola de las reivin­
dicaciones? ¿Cómo no reducir al silencio a la oposición para
establecer el poder de una nueva élite dirigente? Ahí queda
Chile, amado y admirado porque vivió y quiso transformar la
sociedad para el pueblo, extendiendo las libertades democrá­
ticas, no solamente para limitar la ofensiva de la derecha,
sino también para respetar los movimientos populares. Ahí
está el país pisoteado, encarcelado y explotado. Ahora les
toca a otros, y algún día a nosotros, espero, con mejor suer­
te, crear eso en lo que tantos pueblos sueñan: la verdadera
democracia, con la eliminación de los beneficios y los privi­
legios y la conquista de nuevas libertades. ¿Puede el soció­
logo ponerse meta más animadora que la de ayudar mediante
su análisis a avanzar por el camino estrecho y resbaladizo
que lleve hacia una sociedad que no sea ni la del dinero ni la
de la dictadura?
Estoy seguro de que ése era el proyecto de Allende, debili
tado por la confusión de una izquierda cada vez más dividida
sor cada nuevo ataque de la burguesía. Debemos saber que
nuestro problema no es más que ése, y que de nosotros
depende resolverlo con éxito o que todo nos lleve a la catás­
trofe. Como en Chile, tampoco aquí habrá que decir: “ basta
de compromisos y lanzaos a una política revolucionaria” ,
ni, a la inversa, “ salid de vuestro subjetivismo irresponsable
y dad prioridad al esfuerzo, para salvar y desarrollar la eco­
nomía” .
Yo me niego a participar en esa mortal disputa. No pode­
mos, en ningún caso, salir de la dualidad de la izquierda.
Hay que aprender a dirigirla y a servirse de ella como ins­
trumento de creación de una democracia socialista.
Cómo distinguir, sin oponerlos, esos dos niveles de trans­
formación de la sociedad, ése es el problema sobre el que
todos los días debieran reflexionar los dirigentes políticos y
sociales. Porque no se trata de principios vagos, sino de
métodos de acción práctica. Por encima de todo, hay que
descartar el doble juego, la demagogia de las fuerzas políticas
que, estando en el gobierno, juegan también a estar en la opo­
sición. El partido socialista de Chile se complació en esa
ambigua y catastrófica actitud. ¿Está seguro el partido socia­
lista francés, frente a un partido comunista más poderoso
que él, de saber resistir la tentación de hacer de portavoz de
los movimientos populares de base mientras sigue participan­
do en las responsabilidades del gobierno? Todo depende de
él. Su papel es difícil, pues los movimientos de base son
fuertes y no se someten a consignas de partido; por su parte,
los comunistas están atados a una visión del hombre, de la
sociedad y de la acción política tan inadaptada, por demasia­
do autoritaria y demasiado indecisa a la vez, que se verán
constantemente desbordados, como ahora ocurre en las ma­
nifestaciones en la calle y en los grandes conflictos sociales.
El partido socialista, el día en que la izquierda llegue al
poder, se encontrará a la vez en el centro de todo y amenaza­
do por las contradictorias exigencias que se le presentarán.
Quisiera no reflexionar sobre tales problemas y fijarme úni­
camente en las transformaciones de la sociedad. Yo no tengo
responsabilidades políticas; sin embargo, no preocuparse por
las posibilidades de gestión de la izquierda, ¿no es encerrarse
en todas las facilidades de una oposición segura de no llegar
nunca al poder?
Imaginemos una victoria de la izquierda. ¿A qué llevaría?
¿Llevaría a un conflicto entre fuerzas revolucionarias disper­
sas y un aparato de gobierno a la vez burocrático y arcaico?
¿Conduciría, por el contrario, a una aproximación entre ac­
tores hoy muy alejados unos de otros y a la renovación del
análisis y de la acción?. La forma y el contenido de la izquier­
da están completamente disociados. De ahí surge la violencia
de un lado, un contenido sin forma, y la retórica del otro, un
discurso repetitivo que cada vez moviliza menos y oprime
más. ¿Qué sentido tiene decir que si uno se viera forzado
optaría por las fuerzas de base, o bien que optaría por el
aparato de gobierno?. Verse reducidos a tal opción sería ha­
berlo perdido ya todo.
No hay que verse obligado a escoger. Estúpida discusión
retrospectiva. Si hubieran movilizado al pueblo... Si hubiéra­
mos podido aplicar nuestro programa... La izquierda no gana­
rá más que si llega a convencer de que sólo ella puede realizar
a la vez el progreso social y el progreso económico, en vez de
dejar que se vuelvan el uno contra el otro destruyéndose
mutuamente. Hay amigos que me dicen: ¡Qué complicado
es todo eso! ¡Qué juego político tan complicado, ése en el
que de hecho la izquierda se ve dividida bajo la amenaza de
una derecha que va en busca de la revancha! ¿No es más
razonable desear un gobierno de derechas pero reformador,
que responda, cierto que de manera lenta y limitada, pero
con seguridad, a las presiones de la extrema izquierda de los
movimientos de base? ¿Acaso la entrada en la sociedad post­
industrial no exige, por una lado, una nueva clase dirigente,
más tecnocrática, y, por otro, nuevos movimientos sociales,
todavía próximos a la utopía y a la revuelta primitiva?
Esa es justamente la objeción que debe hacérseme, la idea
que puede presentar una derecha dinámica e inteligente y
que muchos modemizadores preocupados por los riesgos de
desbordamiento de un gobierno de izquierdas están dispues­
tos a admitir. ¿Cuál es. no obstante, la realidad política de
tal idea? Desde la llegada de Pompidou y de Giscard d’Es-
taing yo no veo más que empirismo a corto plazo y manteni­
miento o agravación de las injusticias y de los privilegios. Si
miro el mundo de la educación, no veo más que esclerosis,
retórica y burocracia al servido de las desigualdades. Es cier­
to que después del 68 se tomaron medidas que han modificado
las relaciones profesionales, han esbozado un new deal francés
y han acelerado el lentísimo movimiento que lleva a las prin­
cipales fuerzas del movimiento obrero a entrar en el sistema
político y aumentar su influencia, por lo menos en ámbitos
limitados. Pero, en conjunto, no observo en la derecha más
que un balanceo entre el liberalismo más crudo e injusto y un
nacionalismo que por sus fracasos económicos y su falta de
contenido político real queda desacreditado.
Mi respuesta a la derecha no es que necesitemos una revo­
lución. No me gusta emplear para todo esa inmensa palabra.
Conozco las debilidades de la izquierda, pero mi opción es ayu­
darla a progresar, pues la esperanza está de su lado. De la dere­
cha yo no espero más que una sumisión reacia pero ineluc­
table a las decisiones del imperio americano y de los grupos
financieros y, por consiguiente, crecientes dificultades para
traspasar la barrera que nos separa de la sociedad postindustrial.
¡Cuál sería mi felicidad viendo en el poder a una izquierda
realista y responsable y en las calles, empresas, ciudades y
escuelas una izquierda apasionada y creadora!; dos izquierdas
que unas veces se enfrentarían y otras se apoyarían, pero
que siempre serían conscientes de estar unidas para lo mejor
y para lo peor, bajo la amenazadora mirada de las fuerzas
de derecha y de la vieja clase dirigente. ¡Cómo presiento
la inmensidad de los riesgos y nuestra inmadurez polí­
tica! ¿Resulta, pues, imposible escapar a la maldición de
1848, al desgarramiento seguido por un régimen autoritario?
El trabajo de cada cual debe tender a imposibilitar la caída, a
contribuir a la mutación social y cultural. Hay que analizar,
comprender y formular; es indispensable todo cuanto nos
aproxime a la consciencia de la sociedad y nos aleje del senti­
miento y de las tradiciones, de los prejuicios y de las doctri­
nas estancadas.
Hace dos o tres años no hubiéramos podido hablar el uno
con el otro. ¿Por qué podemos hacerlo hoy?: porque el par­
tido y el movimiento socialistas se han revitalizado, y porque
tú y yo ya no nos vemos condenados a escoger entre los gru-
púsculos y el PC, o a refugiamos en el bastardo compromiso
de movimiento de ideas y partido político en el que se con­
sume el PSU.
Desde las elecciones, reconócelo, sabes que lo importante
no es ya la acción doctrinal o ejemplar de un grupo revolu­
cionario sino la orientación de toda la izquierda, que estuvo a
punto de llegar al poder y tiene muchas posibilidades de
hacerse pronto con él.
¿Cuántos, en mayo pasado, se atrevieron a pensar eleccio­
nes, trampa para gilipollasl
En estas condiciones, es decir, en una situación en la que
la victoria de las clases populares debe realizarse sin ruptura
de las instituciones, sin guerra y sin crisis general, es absur­
do condenar el espíritu reformista o revisionista en nombre
de un extremismo revolucionario; las afirmaciones y consig­
nas de éste son contradichas por la realidad más evidente
No intento atraerte a una amplia coalición “ republica­
na” , sino, por el contrario, a la acción y a la reflexión para
que la oposición de izquierdas viva y se desarrolle, pero sin
olvidar nunca que la derecha manda o amenaza y que la
gestión de una sociedad no se reduce jamás a la afirmación de
un movimiento o de una doctrina.
La próxima vez votarás, como yo, por el PS; ¿daremos,
no obstante, a nuestros votos significados opuestos? Estás de
acuerdo conmigo en desear un cambio del movimiento socia­
lista, requerido sobre todo por militantes de la CFDT y una
parte del PSU; ¿le damos, sin embargo, el mismo sentido?
Si se trata de imitar al partido socialista chileno, de con­
fundir gobierno y oposición, movimiento de base y estrategia
política, estoy en contra, con todas mis fuerzas. Quiero, por
el contrario, apoyar todos los esfuerzos por reforzar la capa­
cidad de acción y de gestión política del PS que intenta Mite-
rrand, pero que también hacen, me parece, dirigentes como
Rocard. Y no es para caer en la socialdemocracia, siempre
dispuesta, por el contrario, a maquillarse de demagogia, sino
para sostener la tensa relación entre un gobierno de izquier­
das y unos movimientos sociales de base, manteniendo la
unidad de la izquierda contra la derecha, sus intereses y sus
medios de presión. ¿No aceptas este planteamiento? Descon­
fías de este “ realismo” que te parece que entraña todos los
compromisos. Extraño vocabulario. ¿Habrá que acusar de
compromiso a todo aquel que no se suicida?
La democracia en el socialismo; el fin del Estado adminis­
trativo; movimiento social y estrategia política; la izquierda
transformada.

Si hablara para los cuadros políticos yo les insistiría todo


cuanto pudiera para convencerles de los cambios de la socie­
dad y de la aparición de nuevos movimientos sociales, para
inculcarles una mayor sensibilidad hacia las nuevas condicio­
nes y los límites de su acción. Pero me dirijo a tí, que
presientes ya esas transformaciones. De modo que deberé
modificar el lenguaje y hablarte un poco menos de la sociedad
y un poco más de la vida política.
La izquierda ha significado siempre para tí la oposición al
poder ; sin embargo, esperas que un día no muy lejano la iz­
quierda llegue a gobernar. ¡Cuántos problemas importantes se
plantean, por la proximidad de esas palabras! ¿Cómo puede
ser que lo que es vehículo de la oposición popular ejerza el
poder? La respuesta esperada es que el nuevo poder se ejerce­
rá en provecho de las masas populares. Pero eso es muy poca
cosa, y lleva rápidamente a adoptar una conformidad de prin­
cipio con todas las decisiones del nuevo poder.
En un tipo de sociedad dominada por el Estado, su con­
quista por la izquierda militante y todopoderosa implica,
ante todo, un cambio de la élite dirigente. Oligarcas o
capitalistas son sustituidos por industrializadores y moder-
nizadores, que actúan en nombre del pueblo y por medio de
un poder absoluto.
En este momento en los países de fuerte industrialización
capitalista es poco probable que se cree una situación seme­
jante, pues esa dictadura del Estado revolucionario supone
una crisis de las instituciones y hasta de la existencia nacio­
nal que en el futuro inmediato no parece que pueda producir­
se.
El poder que puede conquistar la izquierda en Europa occi­
dental o en América del Norte no es un poder absoluto.
Disminuye así el riesgo de que el poder reprima a la oposi­
ción, mientras que crece el peligro inverso, el de que la
oposición desborde al poder. Te he hablado ya de ello. Y tú
me contestas de dos maneras que parecen contradictorias:
unas veces me hablas de autoorganización de las masas, de
autogestión y de movimiento permanente de rebasamiento
del orden establecido; otras veces pones tu confianza en una
extrema integración del movimiento revolucionario y del pro­
pio pueblo movilizado para la defensa de la revolución, en
contra de los enemigos del interior y del exterior. Lo que
define al izquierdismo es la mezcla de esas dos posturas. Los
que recurren a un partido marxista-leninista no gustan de ser
tratados de izquierdistas; quieren que se les llame revolucio­
narios. El izquierdismo existe siempre que la postura liberta­
ria y la de la dictadura del proletariado se superponen y se
mezclan. La existencia del izquierdismo no corresponde a la
misma situación que la del partido revolucionario. Unas ins­
tituciones liberales no son sustituidas por la dictadura más
que cuando hay un movimiento revolucionario sometido a
una extremada represión y su triunfo va ligado a una crisis
total (depresión económica profunda, derrota militar y lucha
en el interior de la élite dirigente). El izquierdismo, por el
contrario, es cosa de las sociedades liberales, de aquéllas
cuyas instituciones políticas “ republicanas” no están des­
moronadas. Es en esas sociedades, y en particular en la Fran­
cia de mañana, como en el Chile de ayer, donde existe un
peligro extremo de confusión entre gobierno y oposición.
Supongamos un gobierno de izquierdas. Imaginemos cien o
mil casos Lip. ¿No es cierto que un gobierno de izquierdas,
con un poder limitado y no dictatorial, corre el riesgo de verse
arrastrado sin defensa hacia el desmembramiento entre una
política económica “ responsable” y el apoyo a los movimien­
tos de oposición? Chile acaba de vivir ese desmembramiento,
esas contradicciones, cada vez más evidentes, entre la política
comunista, realista y limitada, y el progresivo dejarse llevar
del partido socialista por los movimientos de base.
Un gobierno de izquierdas que no pase a ser dictatorial se
ve enfrentado a una opción en la que le va la vida: o permite
la separación entre gobierno y oposición sin por ello desviar a
la derecha el gobierno, o mezcla uno y otra y se hunde en la
descomposición. Si nos atreviéramos a encarar de frente ese
problema, se habría dado un gran paso adelante en su so­
lución.
Estamos acostumbrados a pensar que el poder político y un
movimiento social deben estar estrechamente ligados. ¿No es
ésa la tendencia que, por lo menos durante mucho tiempo,
ha predominado en el movimiento obrero, no sólo entre los
comunistas, sino también entre los socialistas?
Hay que renunciar a esa costumbre y comprender que la
situación presente está más próxima a la de principios de
siglo. La izquierda y el movimiento de oposición ya no están
fundamentalmente ligados. La izquierda tiene que solucionar
viejos conflictos, llevar al poder a nuevas capas medias y
transformar la élite dirigente, sometida a la presión de rei­
vindicaciones bien canalizadas.
Ei movimiento de oposición da forma en la acción a nuevas
fuerzas sociales que pertenecen a una configuración histórica
que no es la que hoy se acerca al poder. Ese movimiento
constituirá la oposición de la izquierda a un gobierno de iz­
quierdas. Admitamos que ese gobierno no esté en condición
de liquidar esa oposición, que es lo que ocurre mientras las
instituciones siguen siendo democráticas, no dictatoriales.
Nos encontramos entonces ante la inmensa esperanza de una
democracia socialista. Es la esperanza que se puso en Chile y
que explica la emoción provocada por el fracaso y la destruc­
ción de la Unidad popular. Cuando hablo de democracia so­
cialista no juego con las palabras. Hablo de democracia en un
régimen socialista, rechazando el malabarismo que consiste
en decir que el socialismo es de por sí realización de la
democracia, cosa que debe encantar a los manes de Stalin y
de sus innumerables rivales. La democracia política no existe
más que si existe la oposición, si está reconocida y puede ex­
presarse y aspirar a vencer en las votaciones. Hasta ahora, en
Occidente, no conocemos más que dos situaciones: la del
régimen capitalista con oposición y la del régimen socialde-
mócrata que respeta la economía capitalista, aún cambiando
el funcionamiento de la sociedad. Este mantiene en su inte­
rior, de modo más o menos acertado la tensión entre el
gobierno y una oposición de izquierda del tipo jusoalemán o
de la izquierda socialista noruega. ¿Puede concebirse una
solución más a la izquierda de ésa, un gobierno que vaya
directamente en contra de la economía capitalista y que aún
así no suprima ni pueda suprimir una oposición de izquierda?
No hay problema político que merezca mayor atención por
parte de la izquierda: ¿cómo combinar gestión de izquierdas
y oposición de izquierdas? La solución supone, en primer
lugar, el fin de la sumisión de la nación al Estado. No la
destrucción del Estado, que sería una consigna vacía, sino la
renuncia a la imagen piramidal y centralizadora de la socie­
dad. Admitido que el Estado sea poder activo, como dice B.
de Jouvenel, un Estado de izquierdas sería más intervencio­
nista que un Estado de derechas. ¿Pero por qué habría de ser
el poder estatal un poder territorial, quiero decir, un aparato
que organiza de arriba abajo la vida social en todos sus as­
pectos? Dese hace tiempo el Estado francés viene conci­
biéndose así, como Estado administrativo. La democracia en
el socialismo no es posible más que si se destruye ese Estado.
No entro aquí en una polémica sobre las regiones y las nacio­
nalidades. Recuerdo solamente el tema, tan viejo como el del
Estado centralizados de las libertades comunales, o si se
prefiere de la libertad en la comuna. Los yugoslavos vieron
ya que frente al Estado organizador de la economía los orga­
nismos autogestionarios de la empresa debían estar ligados a
una unidad local autónoma, a una comuna. Hay que disociar
la organización de la economía de la sociedad, hay que acep­
tar un dualismo y una tensión constante entre esos dos pla­
nos, en vez de mantener, en forma revolucionaria o refor­
mista, la unidad fundamental de economía y sociedad, la que
se nos inculca al hablamos siempre de historia económica y
social como si de dos caras de una misma moneda se tratara.
Quizás en algún momento fue necesario hablar así, pero aho­
ra que el poder estatal y el poder económico están estrecha­
mente unidos ya no lo es. Para establecer la democracia hay
que separarlos.
Yo no puedo trazar de golpe la imagen de lo que es y debe
ser el Estado en una sociedad como la nuestra. El tema es de
tal importancia que constantemente hay que volver so­
bre él y, de entrada, convencerse de su gravedad. Pero sí
quiero poner en claro el sentido de mi reflexión. Me opon­
go al Estado como principio superior de orden, trátese del
Estado absolutista dominado por viejas clases dirigentes o,
por el contrario, del Estado organizado bajo el efecto de
un empuje social o incluso de una ruptura revolucionaria.
Considero que ese Estado, definido más allá de las relaciones
sociales, corresponde, bien a las sociedades concebidas glo­
balmente en sumisión a un orden metasocial (providencia
divina, leyes de la política o de la economía), bien a las que
tienen que liberarse de un atraso y de una dependencia ex­
tremas.
Si se consideran las sociedades industriales “ avanzadas” y
sólo éstas, esa concepción del Estado debe desaparecer, el
Estado debe ser secularizado; la prioridad deben tenerla los
movimientos sociales. La sumisión de las estrategias políticas
a los movimientos sociales debe completarse con el pragmatis­
mo de un Estado calculador, particularmente al nivel de las
relaciones de fuerza en el plano internacional, pero de acuerdo
con los movimientos sociales que las soportan.
Más allá de esa toma de posición, muy general, hay que
introducir las particularidades de la situación francesa, no del
todo igual que la de los países “ avanzados” , en la cual los
elementos de arcaísmo son considerables y el Estado ha juga­
do recientemente en la industrialización el papel principal.
Yo mismo estoy profundamente marcado por el jacobinismo.
Detesto a los notables locales, detesto el espíritu de comu­
nidad —es decir, de segregación— y la buena conciencia de
las asociaciones voluntarias; veo todavía en el Estado un
medio de romper las “ feudalidades” . Pero el Estado, apoya­
do en fuerzas sociales y culturales conservadoras, ha pasado
a ser, más que agente de la integración nacional, protector
de clientelas y defensor de los poderosos.
Es necesario reivindicar, pues, un Estado que anime el
desarrollo económico y reconocer —en un mundo en el que el
Estado se ha convertido en pilar central de la clase diri­
gente—, la prioridad de los movimientos sociales. Me incli­
no a considerar que, para existir, la izquierda debe seguir
los dos caminos: vía social contestataria y vía política planifi­
cadora; eso quiere decir que debe separarlos. La izquierda
debe conjuntar sin posible confusión el empuje de base de los
movimientos sociales y la intervención estatal capaz de modi­
ficar la organización económica y social para lanzar al país a
la sociedad postindustrial. Ese debe ser su programa.
Lo formularé aún más brutalmente: el Estado será necesa­
riamente agente principal de una nueva élite dirigente. Aho­
ra bien, una élite dirigente, es decir, el grupo que dirige el
cambio, lleva también en sí a una clase dirigente que domina
la nueva sociedad. El empuje popular, como tendrá que estar
en contra de esa élite, debe ser independiente de .ella. Pongo
mi esperanza en que esa progresiva separación se realice de
modo que el sistema político quede reforzado y constituya un
conjunto de instituciones representativas por las cuales se
ejerza el poder popular sobre los que tomen las decisiones.
¿No es eso adelantarse a definir lo que será la historia de un
Estado nacido de un movimiento popular expresado a través
de instituciones libres? Se trata de un paso de la izquierda a la
derecha, en el curso del cual los movimientos sociales deberán
hablar cada vez más de independencia, para, a un mismo
tiempo, resistir y negociar. Es una evolución que se opone a la
incorporación cada vez mayor de los movimientos sociales
al aparato de Estado. Esa integración es lo que predomina,
por el contrario, en las sociedades en las cuales lo que se
impone es el proceso voluntario de transformación acelerada,
y no la realidad todavía lejana de la sociedad postindustrial.
En consecuencia, en los países en los que las exigencias de
la nueva sociedad dominan sobre las del cambio acelerado es
preciso que la oposición social posea su propia organización y
no esté controlada por los partidos políticos. El papel de éstos
no debe ser el de dirigir los movimientos populares, sino el
de inventar una estrategia eficaz que parta de ellos y tenga en
cuenta las limitaciones de un sistema de decisión no total­
mente controlado.
Entre los movimientos populares y las estrategias políticas
no debe nunca operarse una síntesis, pero tampoco debe
producirse nunca una ruptura total, pues ésta habría de con­
ducir o a la dictadura o al desmadre, y por lo tanto a una
descomposición de la que sacarían partido las fuerzas sociales
opuestas a las transformaciones en curso.
En esto es ejemplar la posición que ocupa la CFDT. No
me refiero a los méritos que comparativamente tengan las
dos centrales obreras, sino al modo como la CFDT se define
con respecto a los partidos y a los programas políticos. Lo
esencial está en eso. Ese sindicalismo no tiene nada que ver
con las “ unions” a la americana, totalmente volcadas en la
negociación y cada vez más conservadoras. La CFDT lleva
protestas de nuevo tipo y, si bien apoya las fuerzas políticas
de izquierda, mantiene una independencia que se aplica tam­
bién a sus sindicatos frente a la dirección confederal.
La capacidad de negociar y de conquistar mejoras es proba­
blemente mayor en la CGT, primero porque es más numero­
sa y luego porque no tiene los sectores de debilidad que la
CFDT ha heredado de su nacimiento en el mundo de los
empleados cristianos; pero la posición de la CGT con respec­
to a la acción política deriva de una concepción global que no
corresponde ya a la situación presente.
Las confederaciones no son movimientos de base. El papel
de la confederación será, pues, cada vez más, no el de orga­
nismo dirigente de un movimiento social, sino el de punto de
unión entre movimiento social de base y exigencias de una
política de izquierdas. En Francia estamos bastante lejos de
esa solución, lo que da un papel positivo a la dualidad de
confederaciones.
La CGT actuará en un sentido compatible con la estrategia
política de la izquierda y protegerá el régimen contra explo­
siones peligrosas o tentativas aventureras. La CFDT, por el
contrario, representa la oposición y la base concreta de la
democracia en un régimen socialista. Para que se mantenga
la necesaria tensión entre el gobierno y la oposición resulta
conveniente que dos organizaciones que, como éstas, trabajan
sobre el mismo terreno y en parte con los mismos objetivos,
puedan negociar entre sí.
La imagen que en este momento trazo es totalmente
opuesta a la que más gustan de presentar las fuerzas políti­
cas de izquierda. Nos dicen: el socialismo será democrático
en nuestro país porque deberá representar los intereses de la
mayor parte de la población, bajo la dirección de la clase
obrera, naturalmente, pero basándose en una definición muy
amplia de ésta y respetando además los legítimos intereses de
las clases medias que se ven amenazadas como los propios tra­
bajadores por el poder de las compañías multinacionales y por
el capitalismo monopolista de Estado. Más sencillamente,
para obtener mayoría se apela a los votos del centro; así pues,
hay que tranquilizar a una pequeña burguesía que fácilmente
se amedrenta y vota por la derecha. Ese tipo de razonamiento
corresponde al espíritu de la socialdemocracia. Pero la izquier­
da francesa proclama a los cuatro vientos su ruptura con la
socialdemocracia. De ese modo, su estrategia política no pue­
de ser la de su adversario. La experiencia chilena mostró de
sobras cómo la lucha contra la Unidad Popular fue llevada
con toda su energía por las clases medias. En octubre del 72
y en agosto-septiembre del 73 quienes concretamente lleva­
ron la lucha fueron los camioneros, los comerciantes y los
médicos (asalariados, sin embargo, en su mayoría). Fueron
sus asociaciones profesionales, sus gremios, y no los partidos
políticos de derechas los que dieron al golpe de Estado militar
el decisivo apoyo social.
La construcción de una economía socialista, sobre todo en
la situación francesa, afecta directamente a la posición relati­
va de las clases medias. Está muy bien proteger a los peque­
ños comerciantes empobrecidos por la despoblación rural y la
concentración del comercio de alimentos. ¿Existe la certeza
de que los comerciantes sean en su mayoría una categoría
desfavorecida? Si quiere ponerse fin a la escandalosa situa­
ción de los ancianos que mueren de hambre, de los trabaja­
dores inmigrados más excluidos aún fuera del trabajo que en
él y de los jóvenes que no reciben una formación profesional
ni tienen unas posibilidades de trabajo que correspondan a su
esfuerzo, ¿no será preciso que las traídas y llevadas clases
medias pierdan al menos una parte de sus ventajas relativas,
que el impuesto recaiga en mayor proporción sobre sus in­
gresos y que el principal esfuerzo de edificación se dirija a
constituir conjuntos sociales más integrados y que respondan
a las necesidades de alojamiento más apremiantes, etc.?
La estrategia política de un movimiento socialista en régi­
men democrático no puede consistir más que en elevar a la
acción política a todos aquéllos que están hundidos en la
dependencia, el miedo al patrón, el patemalismo y la aliena­
ción. Es más urgente que los pobres voten por la izquier­
da que querer ligar a la izquierda a una parte de las cla­
ses medias. Con esto no cedo a ningún populismo. Por el
contrario, lamento todas las campañas de opinión que hacen
de la izquierda la defensora de los pequeños contra los gran­
des, extrañas nociones que podrían dejar suponer que la pe­
queña burguesía, terreno de elección del fascismo, está dis­
puesta a sostener a una izquierda definida por simples objeti­
vos de redistribución, ¿No estamos con eso en la peor forma
de socialdemocracia? Lenguaje izquierdista y política conser­
vadora, o sea, reaccionaria: me parece estar de nuevo en
tiempos de Guy Mollet. Un cambio de régimen no es un cam-
bío de clientela. No es sólido más que si la eliminación de una
clase dirigente va ligada a una modernización de la sociedad.
Si la existencia política de un régimen socialista depende de
la aportación de una pequeña burguesía radical o simplemen­
te vacilante, ¿qué transformaciones pueden esperarse? ¿Va a
“ salvarse” el pequeño comercio, a mantenerse el corporati-
vismo de los enseñantes y a facilitarse la evasión fiscal de los
agricultores acomodados, de los comerciantes y de las profe­
siones liberales? ¿No sería más lógico hacer las cosas de
modo que las categorías explotadas o subprivilegiadas actua­
ran políticamente de acuerdo con su situación social?
Que no se me entienda mal. Defiendo una separación pro­
funda entre la acción del Estado y los movimientos sociales,
pero no debe entenderse, en absoluto, al modo de la social -
democracia. Esta da prioridad a una fórmula política, y respe­
ta, consecuentemente, las bases del poder económico. El so­
cialismo democrático, por el contrario, las transforma, y es
arrastrado por lo tanto por los movimientos sociales. Pero, no
siendo una dictadura revolucionaria, mantiene el gobierno
dentro de ciertos límites, haciendo de éste un instrumento de
coherencia y, a la vez, de modernización.
Dejemos pues a la socialdemocracia, que no es ya en Fran­
cia una fuerza política importante. El socialismo del que ha­
blo yo compite más, en realidad, con la estrategia del partido
comunista.
En la izquierda actual hay, dentro de los países de capita­
lismo industrial avanzado, dos posturas. La primera quiere
tomar todo el poder para subvertir la sociedad actual, pero,
al reducir la ausencia de crisis el papel de la violencia, se ve
conducida a moderar su actuación y a limitar sus objetivos,
sin renunciar por ello a sus formas de organización política.
De la revolució socialista se pasa a la transición al socialismo.
Frente a esa combinación revolucionario-reformista, mi posi-
tión, a la vez libertaria y democrática, se encuentra social­
mente a la izquierda de la precedente, ya que hace referencia a
movimientos no dependientes ni controlados de oposición
social; pero políticamente se sitúa a su derecha, por cuanto
se opone a todo poder absoluto, habiendo aprendido hace
tiempo que hablar de dictadura del proletariado carece de
sentido y que la dictadura de un partido está al servicio de la
creación de un poder y de una élite dirigente mucho más que
de la liberación del pueblo.
La izquierda francesa no va a escoger entre lo que los
comunistas llaman la democracia avanzada y el socialismo
democrático. Las dos corrientes están presentes y seguirán
estándolo, y la estrategia de la izquierda consiste en hacerlas
compatibles dentro de un programa de acción común. Yo,
desde luego, pertenezco al campo del socialismo democrá­
tico, pero éste no puede aislarse; encuadra al PC porque es a
la vez más liberal y más libertario, pero sin el peso cen­
tral de este partido tendría dificultades para mantener su
unidad.
Por la izquierda, el futuro está, sin embargo, en manos de
la corriente socialista. La existencia de la democracia política
y la rapidez de las transformaciones sociales y culturales dan
y darán la iniciativa cada vez más a los movimientos sociales,
e indirectamente a la subordinación de la estrategia política a
la vez a esos movimientos sociales y al pluralismo democrá­
tico. La fragilidad de la democracia socialista no impide que
sea ella la corriente central de la izquierda. Me dirijo, pues,
sobre todo, a todos aquellos que desde el centro-izquierda
hasta la ultraizquierda apoyan en realidad esa corriente socia­
lista democrática. El éxito depende ante todo de nosotros, de
nuestra capacidad de construir relaciones nuevas y sólidas
entre movimientos sociales y estrategias políticas. Quedando
claras nuestras ideas en ese terreno, el problema de las rela-
dones entre los socialistas de todas las tendencias y los co­
munistas o sus apoyos se resolverá más fádlmente.
El futuro de la izquierda no depende únicamente de los
acuerdos entre comunistas y socialistas, sino, todavía más,
de la construcción de una política socialista que combine la
democracia y las nuevas formas de oposición. No me gusta
hablar de política en términos de tendero, como se hace al
hablar de alianzas. Hay que calcular el peso, dicen algunos.
Pónganse sobre un platillo de la balanza la mayoría de la clase
obrera, una parte de los campesinos, la mayoría de los ense­
ñantes y una parte creciente de los técnicos y cuadros. El
platillo todavía no desciende. Añádanse algunos comercian­
tes y, para que sea verdaderamente el que más pese, pón­
ganse pequeños industriales. Ese tipo de razonamiento gusta
de llamarse análisis en términos de clases. ¡Qué miseria!. Si
hay una parte de la herencia de Marx, que él análisis socioló­
gico deba conservar, es, sin duda alguna, la que sustituye la
noción de categorías sociales por el concepto de relaciones de
clase. Lo digo desde hace tiempo, y me satisface ver cómo
Althusser, en su respuesta a J. Lewis, lo recuerda con mu­
cha vehemencia. Si me refiero al papel central de los nue­
vos movimientos sociales es porque manifiestan relaciones y
luchas de clase, y éstas, por otra parte, son tan diferentes de
las de la época de la industrialización como las de ésta lo
fueron de las de la época comercial o de las de la sociedad
feudal. Las estrategias políticas deben subordinarse al empuje
de los movimientos sociales, pues las relaciones de clase rigen
el sistema político. La acción política no se ha diseñado al
revés, es decir, no ha dado prioridad a la toma del poder y a
la conquista del Estado, más que estando en crisis, en des-
composidón y desmembramiento la organización sodal. En
una situación tal el actor principal no es la clase obrera sino
el partido. El punto de llegada de esa trayectoria es lo que
púdicamente se llama el stalinismo, consecuencia normal de
la situación leninista. Aquí y ahora, por el contrario, y pues­
to que las instituciones no están hundidas, la nación no está
en guerra y la economía no está en la ruina, hay que volver a
poner en primer plano los problemas sociales.
No ser leninista no es, en nuestra situación, ni más ni
menos moderado o reformista que ser leninista. Lo que deter­
mina el futuro de la izquierda occidental es la capacidad de
acción de la corriente no leninista, a la vez contestataria y de­
mocrática, con su desconfianza respecto al Estado y poder
absoluto.
Descartemos para empezar dos posiciones extremas, pre­
sentes hoy como lo han estado casi siempre: economicismo,
por una parte, y blanquismo, por otra, dándoles así su nom­
bre tradicional. Llamamos blanquismo, a toda acción revolu­
cionaria que no se define por su relación con la clase que la
detenta y que le da su base militante, sino con respecto a los
excluidos, a los oprimidos, definidos así por un estado de
privación y no por unas relaciones sociales. El economicis­
mo, a la inversa, defiende la idea de que una clase popular
considerada en su totalidad exige mejoras económicas, y que
de ''ara a 1? defensa de intereses, aunque no directamente eco­
nómicos, debe, pues, remitirse a unos partidos políticos. Un
movimiento social no puede identificarse ni con un grupo de
revolucionarios, pues es ante todo la acción de una clase, ni
con el conjunto de una categoría social, que, tomada, en su
inmediatez, es a la vez clase, grupo de presión, estrato socio­
económico y categoría socioprofesional. Se ve entonces cómo
aparecen problemas muy concretos. El enfoque leninista se
funda, en primer lugar, sobre la terrible presencia de la re­
presión —y, por lo tanto, sobre la prioridad que debe conce­
derse a la organización clandestina de revolucionarios profe­
sionales— y, en segundo lugar, en la mezcla de una clase
obrera todavía embrionaria y del “ pueblo” dominado por
viejas clases dirigentes en retroceso y por el conjunto del
aparato de represión y de integración política e ideológica.
Por el contrario, en una sociedad menos heterogénea, entra­
da más masivamente en la sociedad industrial, en la que la
importancia de los “ marginados” , de los subproletarios y de
las tradiciones sea de mucho menor peso, la acción de los
militantes de base es más central. Esto no excluye en absoluto el
papel de una dirección política ni la intervención de intelectua­
les exteriores a la clase obrera, pero da prioridad a una acción de
base que desborda absolutamente el economicismo o el “ tra-
deunionismo” y es portadora de una voluntad revolucionaria.
En cuanto a Francia, ¿cuál es su situación? Se forman
aquí movimientos sociales que sobrepasan las reivindicacio­
nes cuantitativas y ponen en cuestión el poder económico y
social. ¿Es reformista o revolucionaria la situación en que
actúan? Es una situación intermedia, pues, si bien no existe
una crisis fundamental de la sociedad, el retraso de la organi­
zación social y cultural, la insuficiencia de las instituciones,
el mantenimiento de viejos privilegios, las coerciones policia­
les y los escándalos financieros muestran una extrema fragili­
dad del orden dominante. Esta sociedad se empeña en no
comprender que debe transformar completamente su organi­
zación social y cultural; con que venga un incidente econó­
mico —y la crisis del petróleo puede desencadenarlo muy
rápidamente— las instituciones, en parte o completamente,
pueden desgarrarse. En Francia los movimientos sociales,
como constantemente se ha visto en la universidad, seguirán
pues ligados a reacciones de crisis. Eso presupone por parte
de la izquierda una importante capacidad de acción estatal,
pues en la medida en que debe percibir los efectos de los
movimientos sociales, en esa misma medida debe resistir los
efectos de descomposición de la crisis.
¿Sabrá la izquierda, absorbida por las relaciones entre co­
munistas y socialistas, reforzar los movimientos sociales y, a
un mismo tiempo, prever una gestión politicoeconómica
preocupada a la vez por una transformación de la sociedad y
un fuerte crecimiento?
Posdata a la carta del 22 de junio

Nada más enviada esa carta tuve el deseo de volver sobre


el mismo tema y continuarla. Así que voy a resumir lo que
te dije tan claramente como me sea posible.
1. En Europa occidental la situación no es de descomposición
de la sociedad: los movimientos sociales y la acción política
se sitúan en un marco de democracia política.
2. Ninguna acción política es importante si no está sometida
ala prioridad de los movimientos sociales, o sea, a la acción
de base.
3. Entre una acción política de izquierda y unos movimientos
sociales populares es necesaria una disociación. Así es como
puede y debe constituirse una democracia, es decir, una opo­
sición popular en un régimen socialista.
Lo esencial es el desarrollo de los movimientos sociales, y
estoy en total desacuerdo con los que no ven en ellos más
que una agitación marginal.
Pero esos movimientos no son importantes más que por­
que no han de ser materia prima de un nuevo poder y han de
permanecer como fuerza popular de base. Identificar gestión
y oposición conduce a una falta de capacidad política, lo cual
es absurdo: en Francia, como en Chile, los militares y la
reacción llenarían rápidamente el vacio. Mi posición no es ni
la de los izquierdistas ni la de los comunistas. Pero, por
hablar en términos chilenos, por un lado el MIR y por otro
los comunistas estaban en posiciones que tenían su sentido y
que, como pensaba Allende, oponiéndose, habrían podido
combinarse. Lo que debe recharzarse con el mayor vigor es la
confusión de gobierno y oposición. O se establece la dictadu­
ra leninista del proletariado o se construye la democracia
socialista, pero el mismo hombre y la misma fuerza política
no pueden nunca ser a la vez el gobierno y la oposición, la
base y la cúspide. Yo quiero una democracia socialista, y sé
que en Francia el actor central del que todo depende es el
partido socialista, ahora que existe de nuevo, limpio casi
completamente de las vergüenzas de la época de Mollet-La-
coste-Lejeune. Si ese partido, arrastrado hacia la perezosa
aspiración al número, llegando a desbordar al PC tanto por la
derecha como por la izquierda, pasa a ser a un mismo tiempo
socialdemócrata y espontaneísta, volviendo a los errores del
PS chileno, iremos a la catástrofe, a menos que el temor de
ésta mantenga en el poder una derecha dividida, agotada y
desacreditada. El PS, por el contrario, debe optar por ser el
apoyo político de la izquierda revolucionaria, pero sin ligarse
directamente a ella. Yo puedo gritar “ Viva los Lip” , pero si
puedo hacerlo es porque no soy un hombre de gobierno. La
acción de base no es un programa de gobierno y debe recono­
cer la importancia de las alternativas que se decidan en el
interior de las instituciones políticas. ¿Hay que ver en esa
posición el exceso de complicación que gusta de reprocharse
a los intelectuales sin responsabilidad política?
Mi respuesta es doble. En primer lugar, creo efectivamen­
te que estamos en una situación frágil, que puede fácilmente
desembocar tanto en un magnífico éxito como en una catás­
trofe. En Chile yo no creo que la Unidad Popular estuviera
condenada al fracaso. Durante más de la mitad del tiempo
que estuvo en el poder obtuvo éxitos en varios campos, ga­
nando terreno políticamente, realizando grandes reformas,
haciendo progresar la producción y despertando la simpatía
de muchos países y de todos los pueblos del continente. La
Unidad Popular no fracasó por haber intentado aliarse con
las clases medias, ni tampoco por haberse dejado llevar por
los revolucionarios, sino por haberse dejado desmembrar en­
tre esas dos vías. La dificultad estaba en combinarlas: comu­
nistas en el poder e izquierdistas en una oposición de izquier­
da, gracias a la existencia de libertades democráticas. En
lugar de ello, bastante rápidamente, desde la primavera y el
verano (europeos) del 72, tuvo lugar la ruptura de las dos
alas de la Unidad Popular, ruptura que, por el nefasto papel
de ciertos dirigentes, se convirtió en confusión y degenera­
ción. Allende tuvo clara consciencia, creo, del problema po­
lítico esencial, de la constante hostilidad hacia él por parte de
la dirección socialista. Lamento que el grupo Almeyda-Cal-
derón-Del Canto, convencido de la necesidad de un partido
de gobierno, ligado al PC de manera responsable, no se im­
pusiera dentro del PS.
Trátese de Chile o de Francia, al principio ninguna suerte
está echada, pero al negarse a analizar una situación comple­
ja (además, ¿hay situaciones simples, aparte de las imágenes
de Epinal?) en seguida viene el verse arrastrados por los
acontecimientos.
En mi segunda respuesta es donde pongo más de mí mis­
mo. Mi preocupación central no es la del equilibrio político y
económico. Esa es únicamente mi preocupación más inme­
diata. Lo que hará falta mañana es que un régimen de iz­
quierdas tenga éxito, y no que se hunda en una apocalipsis,
no dejando más que remordimientos y reproches. Lo que
para mí cuenta es el nacimiento de movimientos sociales
populares. Estamos progresando en el crecimiento industrial
y vamos a intentar entrar en la sociedad postindustrial bajo la
dirección de una élite dirigente en la que están mezclados la
clase capitalista y los dirigentes tecnocráticos del Estado. Esa
historia verá la formación de movimientos sociales populares
que lucharán contra esa dominación, elevando el nivel de la
democracia, creando nuevas libertades. Esos movimientos
populares de progreso y de oposición no pueden existir más
que en la democracia política. Eso los izquierdistas deberían
saberlo, puesto que ellos no existen más que en los países
de democracia política, que los maltratan y los persiguen,
pero no los fusilan. No quiero separar los dos objetivos
—movimientos sociales populares y democracia política—,
pero sé también que su coexistencia supone una capacidad de
gestión económica y política. ¿Acaso todo eso es complica­
do? ¿Se prefiere, sin embargo, la simplicidad de la dictadura
staliniana o del golpe de Estado fascista? No sólo no se trata
de complicación y de sutileza, sino también de las condicio­
nes elementales indispensables para la formación de movi­
mientos sociales populares, cuya existencia es el motor del
progreso social en toda sociedad moderna.
Según los días y los momentos, me dices, crees oír hablar
por boca mía a dos personajes diferentes. A veces oyes a un
hombre preocupado por la posible catástrofe, ansioso de rea­
lismo y hasta preocupado ante todo por el progreso econó­
mico, es decir, hablando claro, en pro de la necesaria forma­
ción de una élite, de una clase dirigente capaz de conducir al
país hacia la sociedad postindustrial. A veces, por el contra­
rio, hablas con un rebelde, sensible a todo lo que da vida a la
oposición, a la resistencia al poder, a una liberación nunca
asegurada.
Reconozco las dos voces, mías por igual. Reconozco tam­
bién que pueden gritar una contra otra. Pero repito que esta­
mos viviendo una situación que nos obliga a pensar a la vez
en el proceso económico y en la transformación de la socie­
dad. ¿Es capaz la izquierda de dirigir esas transformaciones,
es decir, de destruir los privilegios, de modernizar la econo­
mía y de aumentar la participación social, luchando contra
las desigualdades? ¿Puede hacer todo eso a la vez?. Quiérase
o no, entre esas orientaciones de su actuación no puede
escoger. No puede únicamente abolir un pasado carcomido
sin saber qué porvenir escoge; no puede ser simplemente
socialdemócrata, reformando la sociedad sin tocar la gestión
económica; tampoco puede imponer una modernización de­
jando para más tarde la reforma de la estructura social.
Yo no me situaré en ninguna de esas tres tendencias;
tampoco condenaré ninguna de ellas. Mi papel es el de inten­
tar decir lo que pasa para poder evitar en lo posible las ilusio­
nes y la retórica, la ceguera ante las necesarias opciones.
Debo decir a los que están en la oposición que no hay socie­
dad en desarrollo sin élite dirigente y sin poder; a los que se
disponen a gobernar les digo que la oposición tiene un per­
manente derecho a la existencia, y que estarían locos si, no
encargados más que del gobierno, se creyeran amos de la
sociedad; a los que se agotan ya en una lucha indeterminada
por la apertura y la igualdad les diré que deben conservar la
esperanza de ser útiles, pues tendrán que imaginar la organi­
zación de la nueva sociedad, de nuevas formas de administra­
ción, de enseñanza, de vida urbana, de lucha contra la enfer­
medad y de empleo de los medios de comunicación de masas.
El tiempo de los sueños, de las protestas y de la imaginación,
que era también el del enriquecimiento, del crecimiento rápi­
do y de la ilusión, toca a su fin.
No olvidemos en ningún momento, en el nudo del aconte­
cimiento y de su agitación, que no estamos viviendo una
simple crisis política, no olvidemos que está ocurriendo una
mutación. Sin embargo, ha llegado el momento en que las'
innovaciones culturales y las transformaciones sociales deben
tomar forma política, deben realizarse convirtiéndose en algo
distinto de ellas mismas, evitando tanto el caos como las
coerciones de un nuevo poder. Han llegado los tiempos de la
duda, de las crisis, las utopías y los profetas. Se piensa en el
espíritu de los tiempos, en el fin de una cultura y los horro­
res de un posible futuro.
Puede que eso sea bueno, y que los que estúpidamente han
vivido en la satisfacción y la ausencia de inquietud tengan
necesidad de verse sacudidos. Yo, sin embargo, desconfío de
todos esos anuncios y vaticinios. ¿Estamos viviendo una cri­
sis de civilización? Esas palabras declamatorias me horrori­
zan. Los que hablan de civilización son quienes ven el mundo
al revés, quienes quieren ignorar el trabajo y las clases socia­
les, los movimientos sociales y las fuerzas políticas. Reducen
la sociedad a un aroma, a un perfume. Visión de estetas. Me
irrita tener que hablar de la crisis de las universidades. Me
gustaría mucho más hablar de la renovación del conocimien­
to y de los descubrimientos polémicos. No hablar más que de
crisis es aferrarse a un orden establecido que por nada mere­
ce, a mi entender, tanta consideración.
No soy tan estúpido como para pensar que mi sociedad
merece ser objeto de grandes iras, cuando el verdadero es­
cándalo está en casi todas partes, en Grecia, en Checoslova­
quia, en España, en Chile, en el Brasil y en tantos otros
países; pero me falta aire.
Estoy enredado desde hace tanto tiempo en instituciones
de plomo, en una política sin inspiración y en reivindicacio­
nes limitadas hasta tal punto que esta crisis que ahora preo­
cupa se me aparece más bien como la prueba de la verdad.
O logramos cambiar, inventar y producir o vendrá el lento
desmoronamiento que nos llevará a la mediocridad, a la de­
pendencia, o quizá, más dramáticamente, al caos. Yo nunca
he aceptado la idea de vivir toda mi vida en un cantón suizo.
No estoy a gusto en una sociedad que parece haber perdido
su capacidad de imaginación y de ira. ¡Qué lejos está mayo
del 68! Y con que rapidez se vió recubierta su protesta social
por una vaga rebelión cultural. Ahora estamos ahogados en
una niebla de místicas artificiales que consumen a bajo precio
y desnaturalizan las culturas pasadas. ¿No habrá que atender
más bien el trabajo que se hace aquí y allí, que engendra la
cultura y la sociedad por las que hay que apostar lo más
rápido posible?
¿Por qué hablar de crisis? Noto por todas partes el pulso
del movimiento, el debilitamiento de las reglas y el llamado a
la invención y a la responsabilidad. La reproducción se está
muriendo; ¡Viva la producción! Que en esta conmoción in­
terminable todos estemos, sin lugar a dudas, perturbados, y
que a menudo busquemos un poco de calma y de seguridad,
lo comprendo muy bien: nada aprecio yo tanto como el
silencio de los grandes monumentos del pasado o de la natu­
raleza. Pero es que yo no hago el elogio de la agitación; lo
que quiero es vivir una historia. Me horrorizan los que no
nos hablan más que de olvidar nuestro pasado para vivir el
presente. Yo, por el contrario, pretendo en el pasado tomar
fuerzas para inventar un futuro, y me desespera pensar que
nuestra educación colectiva parece indiferente a lo que pueda
convertirnos en actores de la historia. Cuando se habla del
pasado no es más que para justificar el presente; cuando se
habla del futuro, no es más que para modelarlo de forma
parecida a lo que ya se conoce.
Así se mezclan en mí, que llevo vivida más de la mitad de
mi vida, la esperanza y la voluntad de actuar con el desen­
canto y a veces la amargura ante la simpleza de nuestra
existencia colectiva. No desprecio en modo alguno los efectos
de las mejoras de la vida material, y no pido ninguna aventu­
ra épica que nuevos aedos pudieran luego cantar ante las
sillas vacías de las casas de la cultura. Pero me impacienta
verme poco a poco devorado por la cotidianeidad, las fraccio­
nes y los porcentajes, la imitación y la insignificancia. Du­
rante mi época de estudiante se me hizo tan agobiante la
tranquilidad universitaria que huí de ella para meterme en
un largo vagabundeo.
¿No tendrán las gentes de tu edad mejor solución que la
de ir un poco más lejos, no ya a la Europa central sino a las
Indias, no ya a una mina francesa sino a un pueblo perua­
no?; ¿no la tendrán, ahora que tantas transformaciones ne­
cesarias nos requieren donde estamos, y que pronto será
demasiado tarde para poner nuestra esperanza en lo que no
sea ya la partida o la huida?
Lo que pienso nunca acabaré de precisarlo, pues de lo que
hemos hablado estas últimas semanas es del futuro de nues­
tra sociedad. Esos problemas no se liquidan de una vez por
todas con unas cuantas fórmulas.
Tu también vives lo que algunos gustan de llamar contra­
dicciones. En ciertos momentos recurres a un movimiento
revolucionario libertario, culturalmente creador, como Lotta
Continua en Italia; otros días hablas de un modo más dog­
mático, como la Liga Comunista o como Vanguardia Opera­
ría, del papel dirigente de un partido, de la necesaria for­
mación ideológica, de las exigencias ineludibles de la es­
trategia.
Tenemos que entendemos en lo que concierne a la distin­
ción de diversas situaciones o diversas etapas. Contra la dere­
cha que está en el poder la izquierda no puede triunfar más
que si es unitaria, si lucha contra las injusticias y los privile­
gios y al mismo tiempo se presenta capacitada para una bue­
na gestión económica. De ahí la absoluta necesidad de un
programa común y, más aún, de una capacidad de gobernar
constantemente reforzada.
El sentimiento que tenemos en común es nuestra descon­
fianza ante el extremismo pasional de sectores de la pequeña
burguesía en crisis.
Pero muy rápidamente esa unidad contra la derecha debe
dejar que se desarrolle la oposición entre el gobierno de iz­
quierda y los movimientos sociales populares. Los que afir­
man la unidad entre el movimiento popular y el gobierno de
izquierda no pueden conducimos más que hacia una de las
dos soluciones siguientes: o al totalitarismo o, mucho más
probable en nuestra situación, al caos en que desembocan
ordinariamente los Frentes Populares.
Jamás, jamás hay que escoger entre movimientos calientes
y un Estado gestor frío. Nuestra supervivencia y nuestro
éxito dependen de nuestra capacidad para reconocer su com-
plementareidad, para rechazar todas las soluciones unifi-
cadoras inadecuadas.
En los meses y años venideros la respuesta que se dé a ese
problema dominará nuestro futuro y esa respuesta la dará el
partido socialista. El PC tiene por función transformar movi­
mientos ya antiguos en acción política y sobre todo en ges­
tión gubernamental.
Los nuevos movimientos sociales se expresarán a través
del PS. O ese partido cede a la excitación verbal y al deseo de
desbordar al PC tanto por la derecha como por la izquierda,
o por el contrario se impone a sí mismo el mantenimiento de
una separación entre los movimientos sociales y el programa
político. Yo tomo partido contra el izquierdismo político,
mientras que reconozco la creatividad del izquierdismo social
y cultural.
Invertir toda la propia fe en una crítica social de base es
reconocer, de hecho, el reino de la actual clase dirigente; no
preocuparse más que de coalición electoral y gubernamental
es exponerse a quedar rápidamente desbordado por la victo­
ria, que haría ascender nuevas fuerzas sociales. Es ilusorio
salir de ese doble peligro mediante una solución simple; hay
que aprender a gestionar la transformación de la sociedad sin
la ruptura de la economía y de las instituciones.
Los obstáculos del desarrollo; la idea de límite; la sociedad
postindustrial.

A veces, es cierto, me desanimo y pienso que no podre­


mos lograr el gran paso hacia la sociedad postindustrial. No
hace mucho ha habido algún barullo en tomo a un libro
salido de la fábrica Hermann Kahn y dedicado a Francia. Ese
libro, creo, fue incluso encargado por el gobierno francés,
que sin embargo encontró al parecer en sus propios servicios
de estudios más información y más inteligencia. Dicho libro
se basaba en una idea muy simple: Francia está atrasada, ha
conservado los rasgos culturales de la época industrial. La
escuc!. j la familia son instituciones sólidas. Es un país en el
que se trabaja duro y donde las nuevas enfermedades de la
juventud, la droga y el retiro comunitario, hacen pocos es­
tragos. Como este país tiene ahora una base industrial sólida,
como su gestión empresarial ha hecho grandes progresos y
su alta administración es de calidad, va a continuar progre­
sando más rápidamente que los otros. Dentro de quince años
Gran Bretaña estará más cerca de Grecia que de Francia...
las miradas se diluyen en el vacío... antes del fin de siglo
Francia pasará a la cabeza del mundo occidental. Sólo el
Japón corre y correrá más rápido, puesto que el razonamien­
to aplicado a Francia se adapta aún mejor a ese país. Admira­
ble cultura japonesa tradicional, cínicamente utilizada por
dirigentes que se aprovechan de ella para acumular e invertir
sin demasiadas preocupaciones por las condiciones de vida, el
hábitat y la destrucción del medio y que se contentan con
dejar que la plebeya muchedumbre se divierta con juegos
mecánicos.
A ese razonamiento, que no se trata de rechazar por ente­
ro, fácilmente puede dársele la vuelta. Francia y Japón, se
nos dice, movilizados por su élite dirigente y contenidos por
una cultura tradicional, continúan su esfuerzo, mientras que
los países anglosajones entran en una cultura de disfrute;
pero los mismos hechos conducen a decir que Francia —por
prudencia, ya no hablo aquí del Japón—, efectivamente
atrasada, puesto que en un principio tuvo que recuperar los
años perdidos, de 1930 a 1945, está conociendo un activo
período de industrialización, pero por eso mismo no aborda
todavía la entrada en la sociedad postindustrial. ¿Es casuali­
dad que todo lo que sean comunicaciones funcione mal, des­
de el teléfono hasta la ORTF y las relaciones de autoridad?
Francia piensa aún en términos de industria, de toneladas y
de KW. No funciona para nada como sociedad postindustrial
que gestione sistemas técnicohumanos. Su extrema resisten­
cia a las ciencias sociales es un indicio inquietante. No siem­
pre bastará contentarse con un lenguaje pétainista que sirva
para oponer el esfuerzo colectivo al disfrute individual. A
fuerza de emplear tales palabras se llega a ser incapaz de ver
las transformaciones culturales que se infiltran. Los franceses
están todavía formados en la creencia de que la decisión y el
cambio les caen del cielo y de que hay que protegerse de ellos
como del rayo. Aunque a sus espaldas le pongan al poder un
palmo de narices, se arrodillan ante él. Por lo demás, “ se
defienden” . De ahí esa brutalidad por parte de una sociedad
en la que la agresividad no deja lugar alguno para las reaccio­
nes amables. La aceleración de los cambios ha hecho que el
funcionamiento de la sociedad sea, —para los que actúan sin
ser ni unos burócratas ni unos avispados—, totalmente ab­
surdo. Yo formulo, pues, una hipótesis inversa a la del libro
del que hablamos, tan optimista: la sociedad francesa corre
un gran riesgo de romperse como la sociedad italiana. En el
Japón también puede ocurrir un choque brutal, que no será
tanto una victoria de la izquierda sobre la derecha como la
mptura de un sistema. La cuerda que une el carricoche social
al turbotrén de la economía, cada vez más tensa, puede rom­
perse. Pero hay que ir más allá de esa primera reacción: el
desarrollo es siempre a la vez concentración de la inversión y
ampliación de formas de participación social, dos factores
que se oponen, que no sp combinan nunca simplemente y
que pueden sucederse, como fue el caso de la industrializa­
ción capitalista de Europa en el siglo XIX, pero que son
ambos indispensables.
Los que han dado una imagen muy optimista del futuro de
Francia han pensado que el único factor positivo del desarro­
llo es la existencia de una clase dirigente competente, resuel­
ta y ambiciosa, que imponga una elevada tasa de inversión.
Condición sin duda fundamental. Pero el error está en creer
que el desarrollo pueda continuar por mucho tiempo si no se
cumple la otra condición, si la participación social no se
extiende, cosa que no puede reducirse al aumento de los
intercambios, sino que implica el impulso a la reapropiación
colectiva de los medios y de los productos del desarrollo,
impulso que entra en combate con los privilegios de la dase
dirigente y con su tendenda a transformarse en oligarquía
dominante, con más preocupadones de reproducdón de sus
ventajas que de producción y de innovadón.
Hoy ya no es necesario hacer la crítica de la ilusión tecno-
crática. En tiempos pasados yo la hice a menudo, y era en-
diablemente necesaria, pero esa etapa ha quedado atrás; el
68 pasó por allí. También he atacado a menudo la utopía
antitecnocrática comunitaria. Hay que rechazar todo aquello
que desarticule el análisis del desarrollo.
Ante esas ideas contrarias, que entrañan todos los temas
del futuro, yo reacciono a modo de discípulo de Marx. No
creo en la catástrofe natural, sino más bien en la aparición de
nuevas fuerzas de producción. No recurro a valores aplasta­
dos por la irracionalidad; busco las luchas de clase y la apro­
piación a la vez creadora y destructora de las nuevas fuerzas
de producción por una nueva clase dirigente. Me has hecho
notar más de una vez que me niego a definirme con respecto
a las corrientes de pensamiento existentes, y en particular
con respecto al marxismo. Es cierto. Ese tipo de definición
me parece, a la vez que oscuro, extremadamente peligroso.
En cambio, frente a problemas sociológicos y, más aún,
frente a situaciones sociales, noto a menudo que reacciono
fuera de toda referencia doctrinal, como el pensamiento mar-
xista. No comprendo como puede uno entretenerse con el
pensamiento utópico, sin prestar atención a la formación de
un nuevo modo de dominación social y de nuevas formas de
producción.
Eso no quiere decir que condene el pensamiento utópico;
al contrario. Viva la utopía que nos limpia de las ideologías,
doctrinarias y retóricas. Pero me creo sociólogo cuando ipe
rigidifico en la desconfianza cada vez que me hablan de lími­
tes naturales, y aún más si de lo que hablan es de valores
fundamentales. Soy también absolutamente insensible al mito
de los orígenes. La idea de que hemos perdido el Uno, la
comunidad, la comunicación interpersonal, el equilibrio na­
tural o la fiesta no provoca en mí más que el mayor fastidio.
Ese evolucionismo al revés, esa imagen de evolución regresi­
va, me atrae menos aún que el spencerianismo triunfante del
siglo XIX. Por todas partes veo la división de amos y escla­
vos, desde la de los hombres y las mujeres hasta la de los
capitalistas y los obreros o los aparatos y los operadores-con-
sumidores. En nuestra sociedad, creo que la idea de límite es
de una novedad y de una importancia extremas, importancia
que resaltan tanto el Club de Roma como Iván lllich. ¿Pero de
dónde procede esa importancia? ¿Hay que decir que nuestro
sistema de producción ha entrado en descomposición, al haber
sobrepasado sus límites? El trabajo parcelario, se dice, pasa a
ser menos eficaz, la circulación se atasca y lleva a la inmobi-
lidad y los equilibrios naturales quedan destruidos y amena­
zan la vida biológica tanto de los hombres como de los demás
especies.
¡Cuántos razonamientos distintos en tan pocas palabras!
Pero no puedo examinarlos aquí.
Lo sólido, lo fundamental, es que el hecho de reconocer los
límites nos libra de la imagen teomórfica del hombre, como
criatura todopoderosa. No se entra en la sociedad postindus­
trial sin desprenderse de una vez por todas de ese recurso
vagamente religioso a una esencia creadora del hombre. Que
el hombre transforma su entorno es una afirmación sólida y
que descarta todo uso demasiado simple de un ecosistema en
el que el hombre estuviera integrado en una red de interrela-
ciones como cualquier otra especie, pero esa creatividad no
manifiesta un “ alma” metasocial, está limitada y determi­
nada, es construcción de un sistema de acción no autosufi-
ciente, que depende de recursos y de relaciones con el exte­
rior. Ahí está una segunda afirmación tan importante como
la primera e inseparable de ella. Hay que rechazar codo con
codo dos errores aparentemente opuestos: el hombre no es
un creador todopoderoso; la naturaleza no es un sistema que
determine las formas de la creatividad humana. El hombre y
la naturaleza no son más que dos hermanastros, bastardos de
Dios. Estamos aprendiendo en este momento a gestionar sis­
temas con fronteras, que actúan sobre su entorno pero que
deben mantener con ese entorno un cierto equilibrio, para
no destruirlo. Decir que hay que salvar especies animales y
vegetales, y por tanto la cadena de las relaciones ecológicas
que las une unas con otras, es una afirmación perfectamente
justificada; concluir por ahí que ello impone a la sociedad un
modelo de equilibrio es absolutamente falso. Una sociedad
humana moderna debe, sólo que más conscientemente que
en otro tiempo, asegurar esas dos funciones, gestionar su
doble relación con su entorno: transformación y control de
los equilibrios.
Vayamos, pues, más allá de la utopía del progreso. Tras­
pasándola nos deshacemos de las imágenes idealistas del
hombre demiurgo. Pero que no sea para caer en una forma
cualquiera de naturalismo. La naturaleza no es solamente el
lugar de la actividad humana o el conjunto del que ésta
forma parte. Es también el recurso que la cultura transforma
y utiliza. Esas dos relaciones están ligadas una con otra. Hay
que defender su interdependencia contra las dos visiones uni­
laterales opuestas que someten completamente la naturaleza
al hombre o el hombre a la naturaleza.
Reconozco que los sociólogos se sienten incomodados por
el prodigioso desarrollo de la etología y por el auge de
explicaciones biológicas allí donde parecían triunfar las expli­
caciones por el entorno y el descubrimiento de los determi­
nantes sociales del comportamiento. Pero ese progreso del
conocimiento no justifica en absoluto el abandono del razo­
namiento sociológico. Las mismas teorías de la biología
tienen el mérito de hacemos reconocer que los sistemas
sociales son un tipo particular de sistemas, que no que­
dan fuera de la naturaleza y que son definibles con respecto a
otros tipos de sistemas. Pero, muy rápidamente, hay que
volver a encontrar la inspiración particular del análisis socio­
lógico, para comprender los sistemas sociales y su capacidad
autogenética.
Nada impone cortar los puentes que unen el mundo hu­
mano y el mundo animal; restablecerlos es en cambio cortar
útilmente los puentes que hay entre el hombre y Dios. Pero
loque sigue siendo lo esencial, lo que cada vez es más esen­
cial, es analizar la acción social, la producción de la histori­
cidad, las luchas sociales por su control y su encamación en
instituciones y en organizaciones.
Así pues, en lugar de detener la reflexión en la crisis del
antiguo sistema de acción histórica, y por tanto en la noción
de límite, es preferible decidirse y situarse en el punto de
vista de la sociedad postindustrial. Los peligros de esa antici­
pación son evidentes. El principal es el de que sea demasiado
tímida. Yo no he salvado ese escollo. Muy a menudo tengo
la impresión de ser como los comunistas de hoy. No hablan
ya de socialismo, sino de democracia avanzada. No se deci­
den a morir y se contentan con hablar de transición. Com­
prendo esa actitud. Cuando se estaba en el meollo del capita­
lismo industrial se soñaba con una sociedad posthistórica,
con el comunismo que pudiera restablecer la esencia huma­
na. Imágenes destructoras de todo análisis sociológico. Hoy,
en el momento en que salimos de esa forma de sociedad,
tenemos necesidad de imágenes sociales y ya no paradisíacas
o infernales, y por lo mismo nuestra imaginación se encuen­
tra atada. Hay que intentar darle más audacia, es decir,
disociar tanto como sea posible la experiencia histórica pre­
sente, dominada por la sociedad industrial, y la aproximación
de la sociedad postindustrial. Lo que cuenta, más allá de las
imprecisiones y de los errores de representación, es concebir
desde ahora esa sociedad. Unos imaginan una organización
tecnológica; otros un sistema de poder. Rechazar ese social
puro o ese tecnológico puro es nuestra única obligación ab­
soluta.
Intentemos desbrozar lo más importante.
Es lo que a menudo he llamado, para explicártelo a ti, la
formación de los sistemas técnicosociales. La eficacia de tales
sistemas depende menos de su capacidad de utilizar y de
transformar recursos naturales y más de la que tengan para
hacer circular informaciones, establecer comunicaciones,
prever y programar su propia transformación, desarrollar su
creatividad y utilizar o producir conocimientos. Si bien algu­
nos continúan pensando contra toda evidencia que las cien­
cias humanas no son más que palabrería inútil, la realidad
observable es que muy rápidamente se desarrollan técnicas
de ellas derivadas. El cálculo económico —trátese de la em­
presa o de la planificación nacional— es la más desarrollada
de esas técnicas. Pero el fracaso de los toscos procedimientos
llamados de relaciones humanas no debe enmascarar el hecho
de que las ciencias sociales permiten más o menos directa­
mente la creación de técnicas de integración que con Illich
pueden designarse con el nombre de educación, para separar
claramente esa noción de la de instrucción, que designa la
adquisición de conocimientos y no de modos de conducta.
Durante largo tiempo los franceses se han resistido a la
educación. La enseñanza ha sido regida por un ministerio de
Instrucción Pública. Ello se ha debido a la influencia del
Estado sobre la enseñanza y al respeto a la sociedad burguesa
por parte de ese Estado. Este abandonaba la educación en
manos de la familia. Con el debilitamiento de la herencia y la
ampliación del control social centralizado esa separación des­
aparece. La educación se extiende por todas partes; tiene que
librar del peso de las prohibiciones viejas, sobre todo cuando
se trata de la educación sexual, que tan fácilmente se cree
liberadora y que según mi parecer es un aspecto importante
del poder tecnocrático que se está imponiendo. El ámbito de
las ciencias sociales se calienta, puesto que ellas alimentan
los modelos y contramodelos de sociedad. Tanto los nuevos
conservadores como los nuevos revolucionarios se inspiran
en ellas, mientras que de ellas desconfían los viejos reaccio­
narios y los viejos liberales. El poder que utiliza de ese modo
la educación se define como un poder político, en el sentido
corriente del término. No es el de una clase capitalista que
obtiene su beneficio del trabajo; es el de una clase tecnocrá-
tica que refuerza su aparato imponiendo sus intereses a las
demandas sociales. Es por eso por lo que es esencial situar el
concepto de organización en el lugar central que ocupaba el
concepto de empresa. A ese poder de gestión, tecnocrático,
se oponen, defensivamente, la necesidad y el disfrute, y con-
traofensivamente, la voluntad de restablecer unas relaciones
sociales que han quedado destruidas por la transformación de
todas las actividades sociales en recursos, en objetos para los
aparatos dominantes.
Vuelvo a esa palabra —cada vez más central— de organi­
zación. ¿No estamos viendo debilitarse poco a poco las cate­
gorías puramente económicas y hasta estrechamente mone­
tarias en provecho de categorías organizativas? El Estado se
preocupaba, hasta hace poco, sólo por redistribuir los recur­
sos ; hoy es preciso evidentemente que se ocupe de los equi­
pamientos colectivos.
Antes había movimientos reivindicativos que protestaban
contra el aumento de los alquileres, y hoy se ve aparecer una
preocupación por la ciudad.
¿No es ése el sentido concreto de las reivindicaciones cua­
litativas de que tanto se habla en la industria? La defensa de
los salarios se integra en la voluntad de controlar el funciona­
miento y la organización económica o las decisiones de la
empresa. La propia vida política está regida menos por la
opinión o los intereses individuales que por la intervención
de grupos de intereses, de organizaciones políticas.
Estas pocas líneas me bastan para indicar que todo un
conjunto de reflexiones y de conceptos que poco a poco se
van organizando para designar un tipo de sociedad tan dife­
rente del tipo industrial, como éste lo era del tipo mercantil o
agrario. Es por eso por lo que encuentro insuficiente la ima­
gen que he dado del modelo cultural de esa sociedad, es
decir, de su imagen de la creatividad. He insistido en el papel
de la ciencia y de la tecnología, lo cual es acertado si se trata
de mostrar que ese modelo cultural está completamente se­
cularizado y no recurre ya a un mundo metasocial como el
sugerido por el tema del progreso que dominó el siglo XIX,
pero es erróneo en el caso de quedarse con la imagen domi­
nante de la ciencia, que es ciencia de la naturaleza. En reali­
dad, en la sociedad postindustrial la imagen de la creatividad
no puede ser más que la creatividad misma, lo que, con un
término no unívoco, he llamado el desarrollo, pues en el
análisis sociológico esa noción tiene que tener otro empleo,
más ligado al estudio del cambio. La creatividad es reconoci­
da como la capacidad de la sociedad para transformarse; su
historicidad pasa a ser historia, lo que señala el fin de la idea
tradicional de la historia, que situaba las sociedades en una
sucesión, una tipología o una evolución.
En muy pocas ocasiones te hablo de tus estudios y tú sabes
bien por qué. Porque lo que carece de sentido desplaza en ellos
necesariamente a aquello que sí lo tiene, como la mala mo­
neda a la buena. Pero si esos estudios pudieran responder a
un proyecto, en vez de estar dominados por comportamien­
tos defensivos de crisis y de descomposición, su objetivo
principal debería ser el de comprender esa sociedad que nace.
Querría que comprendiérais, tú y todos los que son como tú,
que hay que empezar por ahí. Uno no se desprende del sorio-
centrismo, cuando es sociólogo, más que refiriéndose al fu­
turo, puesto que no es posible volverse al pasado ni mirar en
ninguna otra dirección. Ahí está una primera razón para
estudiar ante todo la sociedad postindustrial. La segunda está
en que es la primera vez que aparece un tipo de sociedad que
requiere una teoría propiamente sociológica. Se puede hacer
la sociología de sociedades pasadas, pero nunca es por necesi­
dad, mientras que la sociología es la única vía de acceso a la
sociedad postindustrial. Por fin, la última razón de ese consejo
que te doy es que tendrás tantas más ganas de hacer, de produ­
cir sociología cuanto más te sientas comprometida en respon­
sabilidades claras, y te sientas obligada a escoger, intelectual,
social y políticamente, posiciones que vayan mucho más
allá de la coyuntura. El conocimiento del futuro, la construc­
ción de la teoría y el compromiso personal son inseparables.
Los hechos económicos son hechos sociales y no la expli­
cación de los hechos sociales; la desaparición de los órdenes
melasociales.

Lo que separa las sociedades de hoy —ya sean las más


modernizadas, como las ricas sociedades industriales, o las
más modernizantes, como la China revolucionaria— de las
que las han precedido en la historia es el que las primeras ya
110 sometan los hechos sociales a otra categoría de hechos,
considerada determinante y, por consiguiente, no social, co­
mo si estuviera situada más allá de las relaciones sociales. No
vale la pena evocar la vieja sumisión de los hechos sociales a
los hechos religiosos y políticos. Los que te rodean no pien­
san ya de ese modo. En cambio, todos, unos más y otros
menos, consideramos aún que hay que buscar la explicación
de los hechos sociales en los hechos económicos. ¿Acaso la
industrialización no es el hecho material fundamental, a par­
tir del cual se han transformado las relaciones sociales, las
formas del poder político, el papel de la escuela o los géneros
literarios? Se habla así de sociedad industrial; ¿no es cierto,
sin embargo, que aquéllos que creen útil hablar de sociedad
postindustrial, entre los cuales me cuento, continúan razo­
nando del mismo modo, hablando del ascenso del terciario,
de los servicios, del papel de la información y hasta del de las
grandes organizaciones? Hay que aprender a desprenderse de
ese economicismo, tan incompatible con el análisis sociológi­
co como el recurso a la providencia o a la esencialidad de lo
político. Un amigo te decía el otro día delante mío que ese
economicismo ya no corresponde a nuestra experiencia coti­
diana, y encuentro normal que se empiece por ahí. El siglo
XIX estuvo dominado, no por la industrialización en gene­
ral, sino por una industrialización, la de los países capitalis­
tas, en su mayoría ya muy adentrados en la economía mer­
cantil. Evidentemente, la Alemania de Bismarck no era la
Inglaterra de Disraeli, y, en la primera, el desarrollo capita­
lista iba ya ligado a la voluntad del Estado y de los bancos,
pero el estudio de ambas podía situar en primer plano las
transformaciones económicas, puesto que las diferencias po­
líticas entre los países mencionados no aparecían más que
como variaciones de una común experiencia fundamental.
Hoy, el mundo entero entra en la industrialización, y lo
hace sin volver a las formas de sociedad inventadas por el
capitalismo europeo del siglo XIX. Revoluciones comunis­
tas, regímenes nacionalistas del tercer mundo, sociedades
dependientes o colonizadas, estados fascistas, dictaduras sta-
linistas, son otros tantos tipos diferentes que se subdividen
y combinan casi hasta el infinito y que dificultan material­
mente el hablar de una sociedad industrial, el situar una
sociedad por el estado de sus fuerzas productivas.
Algunos se esfuerzan a veces por salvar el economicismo y
concluyen con Krutchev que los Estados Unidos y la Unión
Soviética se aproximan cada vez más a una coexistencia pací­
fica al final de la cual ganará el mejor, el que obtenga la más
alta productividad y la mayor potencia. Es la idea inversa la
que me parece correcta. Una diferencia en la naturaleza del
Estado lleva consigo consecuencias cada vez más generales y
cada vez más profundas, puesto que la intervención del Esta­
do alcanza a un número cada vez mayor de ámbitos de la
vida social. Es posible que los países de Europa occidental se
americanicen. Ello querría decir que la sociedad “ atlántica”
forma una unidad, dominada por las grandes empresas multi­
nacionales y por la política del Estado americano; pero el
mundo no se limita a las fronteras de la alianza atlántica, y la
diversidad de las sociedades se explica cada vez menos fácil­
mente por su lugar en una pretendida escala del desarrollo.
Eso no impide que se tenga perfecto derecho a definir una
sociedad, en un momento dado y para fines bien delimitados,
por la cantidad de energía por habitante que utiliza o por la
proporción de titulados que hay en su población. Es legítimo
hablar de crecimiento, de división técnica del trabajo o de
volumen de las comunicaciones. Pero hoy no vemos ya por
qué ese tipo de análisis habría de tener preferencia con res­
pecto a otros que consideran más los sistemas políticos, las
relaciones de clase o las orientaciones culturales que las for­
mas de organización de la producción. La expresión “ las
fuerzas de producción” es ambigua. Si designa las técnicas,
los medios de producción, hay que decir que su naturaleza
depende de la de la política que los emplea, de los fines que
requieren esos medios. Lejos de venir en primer lugar en el
análisis de la sociedad, aquéllas vienen en el último. Las
técnicas no son definibles fuera de la cultura, de los regíme­
nes políticos y de los grupos sociales que las desarrollan y las
adaptan a sus necesidades.
Pero la expresión tiene otro sentido: las fuerzas de produc­
ción son también las orientaciones culturales y las formas de
acumulación mediante las cuales una colectividad o una par­
te de sus miembros emprenden un cierto tipo de inversiones
y por lo tanto de producción. En seguida hay quien contesta:
¿de dónde proceden esas orientaciones? ¿Acaso no se sitúan
en la historia por un cierto tipo material de actividad econó­
mica? Garó está que sí. Pero en la misma medida en que el
modo como una sociedad actúa sobre ella misma está deter­
minado por lo que hace, en esa misma medida lo que ella
hace está determinado por su manera de actuar sobre sí mis­
ma, por sus orientaciones culturales y su modo de acumula­
ción y de inversión. Separemos, pues, dos problemas. Hoy,
todavía más que ayer, reconocemos que la naturaleza de una
sociedad es su práctica y no su esencia. Dejemos en su sueño
a las filosofías sociales que se preguntan por las necesidades
fundamentales del hombre, la naturaleza de la democracia u
otras nociones análogas, de las cuales el sociólogo no hace
uso. Pero de ahí a concluir que las conductas sociales se
explican por un orden de hechos fundamentales, situado fue­
ra de la vida social, la distancia es grande. Nuestras socieda­
des, por el contrario, se descubren cada vez más como resul­
tado de la acción que ejercen sobre sí mismas. Yo no creo
que para empezar haya que considerar el tipo de acción que
atraía la atención de tu amigo, la intervención del Estado,
pero su observación nos lleva en la buena dirección: más
vale ese voluntarismo un poco simple que la sumisión de los
hechos sociales a un orden metasocial, ya sea religioso, polí­
tico o económico. Los hechos económicos son hechos socia­
les, y no los que rigen la explicación de los hechos sociales.
Me doy perfecta cuenta, empezando por mí mismo, de lo
que cuesta abandonar esas representaciones arquitectónicas
de la sociedad que afirman, bastante curiosamente por otra
parte, que son los cimientos los que determinan los pisos
superiores. Hay que desechar sobre todo, definitivamente,
las imágenes que sitúan en la base de la sociedad realidades
“ materiales” y en la cúspide, que se supone dependiente de
la base, lo que es intervención voluntaria, organización polí­
tica o formas de la vida cultural.
Adentrar en el terreno vivo de la sociología significa reco­
nocer que no existen para el análisis categorías de hechos
sociales, sino categorías de relaciones sociales. Oponer lo que
pudiera ser realidad material a lo que pudiera ser relación
social carece de sentido. Todo lo más se podría decir que
cuanto más nos alejamos de la actividad de la sociedad para
considerar sus formas de control social y de reproducción,
más encontramos el mundo muerto de los objetos, de las
reglas, de los principios y de los órdenes que enmascaran la
realidad de las relaciones sociales, sean éstas del tipo que sean.
Lo que se presenta como material no es más que el objeto,
aislado de la práctica social que le da sentido y que lo ha
originado. Otro día hablaremos de las relaciones sociales y de
la jerarquía de los sistemas sociales. Pero me importa menos
enseñarte sociología que hacerte reconocer el mundo en que
vives e incitarte a desechar las ideas que no fecundan el análisis.
¿Cómo puede aceptarse una representación de la sociedad
que antepone las fuerzas de producción a la acción social?
Esa imagen impone la inaceptable idea de que el mundo social
está sometido a un mundo superior, portador de sentido:
el de las fuerzas de producción y de su desarrollo, el de
las necesidades. Según eso lo que harían las relaciones so­
ciales sería introducir la contradicción, subvirtiendo el sen­
tido y degradando la satisfacción de la necesidad con mer­
cancías. ¿No es verdad que en el pensamiento económico de
la época industrial domina ampliamente esa separación de lo
económico y lo social, esa oposición de fuerzas de evolución,
de crecimiento o de racionalidad y fuerzas tradicionalistas o
del interés privado? Es hora ya de renunciar a esas represen­
taciones, de reconocer que nuestras sociedades, que en la
época industrial se analizaron gracias a la teoría económica,
deben desembarazarse de ésta y no reconocer más que la
complementareidad de la teoría sociológica y el cálculo eco­
nómico.
Déjate guiar, pues, por dos simples observaciones. Prime­
ro, que no hace mucho en esta parre del mundo en la que
vivimos se moría la gente de miseria, y que el hecho más
visible de la industrialización capitalista fue el pauperismo,
con el cual se impuso la noción de la proletarización, de la
condición no social de una clase obrera que se veía reducida a
un mínimo vital. En nuestro siglo, en Europa, se muere la
gente mucho menos a menudo de miseria y mucho más de
exterminación en campos de concentración. Puede decirse
que el personaje que domina el período de la expansión capi­
talista es el capital, o la banca; cómo no reconocer que en el
último medio siglo han dominado Lenin, Stalin, Hitler y de
Gaulle, por no hablar más que de Europa. Eso no quiere
decir en absoluto que los hechos políticos sean hoy más im­
portantes que los hechos económicos, sino que no es posible
continuar pensando en la existencia de un orden de hechos
que pudiera explicar los fenómenos sociales y que fuera el
orden económico. No tenemos más remedio que entrar en la
sociología de la acción. Dentro de ella pueden dibujarse y
oponerse diversas escuelas. Esas polémicas son útiles. No
tienen, sin embargo, nada que ver con la necesaria ruptura
entre la sociología, estudio de las relaciones sociales a través
de las cuales una sociedad actúa sobre ella misma, y la
presociología, partida en dos por la distinción entre lo objeti­
vo y lo subjetivo, la racionalidad económica y los valores, el
aquí en la Tierra y el más allá.
Una vez reconocida la naturaleza de la sociología, se hace
evidente que no hay que perder tiempo en definir nociones,
en preguntarse por las esencias ni en discutir filosofías socia­
les. Nosotros debemos construir un análisis de los sistemas
de relaciones sociales y de las formas de acción de la sociedad
sobre sí misma. La mejor manera de escapar a las viejas
tradiciones de la filosofía social es situarse de entrada en la
perspectiva del cambio: ¿qué nuevas formas de producción
de la sociedad por ella misma y qué nuevas formas de relacio­
nes de clase aparecen ante nosotros? No hago yo de eso la
definición del trabajo del sociólogo, sino la entrada más nor­
mal de un estudiante en la sociología viva.
Estamos acostumbrados a oponer el sujeto a sus activida­
des, a sus funciones. ¿No tiene cada uno de nosotros su
personalidad, su alma, o más concretamente su vida privada,
sobre todo familiar? Contra las presiones de la acción y del
poder nos vemos protegidos por “ estructuras elementales” .
Y puede decirse a la inversa, oponiendo la acción innovadora
a la tradición inmóvil. En cualquier caso, el ser y la acción
no se imbrican; existe una frontera, la de los sentidos, entre
lo interior y lo exterior, entre la unidad y la multiplicidad.
La desaparición de los garantes metasociales lleva consigo la
del sujeto como actor, como interioridad, alma o tradición.
No somos ya más que el desarreglado conjunto de las
relaciones sociales en las que estamos implicados. Nuestro yo
está segmentado, nuestra vida privada pasa a ser pública, y lo
será del todo cuando el secreto de la vida sexual, no solamente
en sus prácticas sino en su dimensión imaginativa, sea ex­
puesto públicamente.
Hay que renunciar a hablar de inspiración para explicar el
arte, del amor para definir una combinación de deseo y de
comunicación interpersonal, de vocación para comprender la
elección de oficio y de valores para interpretar una sociedad.
Todo se ha convertido en trabajo: el psicoanálisis se ha
unido a la economía y la sociología para dar a esa palabra su
triunfal importancia, y el estudio de las obras de arte se ve
renovado por el estudio del trabajo de la obra (no del artista).
¿Cómo no ser sensible a la vez a esa imagen del hombre
creador y a la imagen inversa del hombre reventado? Porque
el himno a la creatividad puede ser la peor de las regresiones
intelectuales, puede llevarnos de nuevo a una esencia inde­
terminada, a un romanticismo individualista que difícilmente
puede ocultar la ideología de la clase dominante, cuya princi­
pal finalidad está en mantener el silencio respecto a las rela­
ciones sociales.
Yo rechazo toda imagen del hombre-Dios; lucho desde
siempre contra la imagen de la sociedad como alma y volun­
tad. Pero puedo también concebir la sociedad como agente de
su propia transformación, como productora de sí misma a
través de sus conflictos y sus rupturas. Cada individuo busca
y encuentra su identidad, no por la introspección o el distan-
ciamiento, sino reconociendo el conjunto de las relaciones y
de las situaciones históricas en las que está implicado, que se
combinan en él de modo siempre particular. Ya no puede
definirse por una esencia sino por la repulsa del orden que le
impone el poder y que enmascara o destruye la naturaleza de
las relaciones sociales que lo constituyen como actor.
Es por eso por lo que el camino de la sociología pasa por el
rechazo crítico. Te lo repito, y es porque dudo que estés de
acuerdo con ello. Para ti el rechazo crítico no es más que un
primer paso; la acción, el compromiso y la solidaridad deben
llegar lo más rápido posible. Y tienes razón, porque son las
condiciones de la acción. Pero el sociólogo nada a contraco­
rriente. No por eso defiende, sin embargo, las libertades
elitistas de unos cuantos intelectuales. No hay nada que me
enfurezca más que la oposición que a veces se establece entre
las libertadas que se llaman burguesas y las “ verdaderas”
libertades. La crítica del poder no es sólo condición del traba­
jo sociológico; es el principio de toda libertad, principio que,
a medida que se extiende la capacidad de intervención de los
que detentan el poder, es cada vez más indispensable mante­
ner. La acción, la intervención directa tanto en la creación
económica o cultural como en las luchas y las polémicas
políticas y sociales, dan satisfacciones cuya fuerza debe sentir
el sociólogo; pero él tiene que tener ánimo para renunciar a
ellas, pues no debe ser hombre de una organización, un
partido o un poder. Los intelectuales viven en el centro de la
sociedad; en los tiempos en que los garantes metasociales
eran sólidos, estaban al pie del trono o del altar; ahora, si
quieren seguir en su lugar, en el centro, es preciso que
acepten vivir en el vacío, en la distancia abierta entre las
tendencias opuestas de la cultura y entre los intereses de la
sociedad que entran en conflicto. Si ese vacío llega a faltar
la vida se convierte en sufrimiento para la gran mayoría.
El sociólogo es un testimonie de la libertad, por su pen­
samiento y más aún por su existencia. No es más sujeto
histórico que los demás, pero allí donde él está proscrito, la
realidad social está presa en el discurso oficial. Comprendo
que a un régimen totalitario se le reconozcan los mayores
méritos si libera a su pueblo de la miseria, pero el sociólogo
debe tener siempre el valor de rechazar el Uno.
El intelectual es un fracasado; importancia de su papel y
de su lucha contra el poder y las ideologías.

Los intelectuales que no son verdaderamente sabios,


que no demuestran proposiciones que otros pueden verificar
o mostrar que eran falsas, cuya obra de conocimiento no
ha alcanzado a liberarse, deberían hablar más de sí mis­
mos, aunque no fuera más que para no tomarse por sabios
y no ceder al inquietante terrorismo que consiste en emi­
tir opiniones cubriéndolas con la sombra protectora de una
ciencia de la que ellos no cumplen todos los requisitos. No
pueden hacer obra útil más que siendo lo bastante cons­
cientes de sus particularidades y de su situación personal
como para eliminar de sus ideas las más visibles huellas de su
experiencia.
A ese juicio de uno mismo que tan necesario creo yo no
llego de un modo natural. En otros tiempos lo habría encon­
trado más peligroso que útil, por abrir el camino de la com­
placencia y mezclar la idea general y la experiencia personal.
Pero hoy creo que ese ejercicio es necesario, pues el silencio
de los intelectuales sobre sí mismos no es a menudo más que
un medio para situarse por encima de los demás, para parti­
cipar indebidamente en la gloria de la ciencia, en el poder del
Estado o en la persuasión de las ideologías.
El conocimiento de la sociedad se ha visto obstaculizado y
a menudo vedado por la pretensión de muchos intelectuales
de imponer sus ideas identificándose con un principio respe­
tado: el recurso a la ortodoxia, al Estado, al pueblo o al
futuro va unido a menudo a la prohibición de ideas distintas
e incluso a la persecución de aquéllos a quienes se acusa de
faltar a su deber.
Yo me pongo a temblar cuando oigo decir a alguien que
tal autor o tal idea han sido liquidados por la crítica de tal
otro autor, porque me parece que a quién pronuncia una
frase así le habita el deseo de liquidar físicamente aquello que
él —¿en nombre de qué?— afirma que ha sido liquidado
intelectualmente. Aparte de la ciencia, nada muere realmen­
te, sino que todo se descompone y se recompone. Lo que
desaparece, lo que se convierte en un acontecimiento del
pasado, es únicamente el esfuerzo totalizador de un indivi­
duo, un grupo o una escuela.
El dogmatismo es más peligroso que nunca, pero puede y
debe ser combatido más directamente que en el pasado. Y es
que hay que acabar de una vez por todas con la imagen del
intelectual ligado a la construcción y a la defensa de un orden
metasocial. Hoy el intelectual no puede ya ser un funciona­
rio, un consejero del príncipe, un intérprete del orden de las
cosas y de la sociedad: o ejerce un pensamiento crítico o es
un policía. ¿Acaso hay que cubrir con un prudente silencio
años recientes y unas experiencias que hoy son realidad en
tantos lugares del mundo? En nombre de una ciencia de uno
u otro tipo —palabra deformada para hablar en nombre del
poder que se tiene o se querría tener— el esfuerzo de refle­
xión, de observación y de análisis es, a menudo, prohibido y
condenado. ¿Puede existir una vida intelectual cuando el que
aprende ya sabe, cuando cada idea nueva es juzgada por su
desviación de un lado o de otro con respecto a otra cosa que
no es ella misma ni es la ciencia, aunque se guste de robar
esa palabra sin pagar su precio?
Los intelectuales han pecado demasiado de intolerancia, de
espíritu de propaganda, de mentiras o silencios piadosos. Es
hoy un derecho, allí donde es posible, el pedirles que hablen
de sí mismos para dar cuenta de que son, no más sólidos y
más listos, sino menos sólidos y menos listos que los demás.
Por eso mismo están más dispuestos a entender.
Me parece insoportable que el intelectual sea un triunfa­
dor. Debe ser una figura más paciente que dominante, pero,
sin poder y sin riqueza, por su misma debilidad debe jugar
un papel importante.
Déjame decirte primero mi opinión sobre los intelectuales,
sin aspirar a un análisis en profundidad.
Los mejores de entre ellos, de entre nosotros, son unos
fracasados, unos sabios fracasados. Sacrificaron una parte de
su vida, su juventud, a la ambición de aportar a la ciencia
una contribución original y de recibir por ella esa gloria que
eleva al sabio más modesto por encima de los hombres ordi­
narios, haciéndole entrar en un mundo de algún modo sa­
grado.
Un profesor universitario de cuarenta años que no sea un
sabio, en el más estricto sentido de la palabra, tiene la posibi­
lidad de escoger entre diversos caminos. Puede contentarse
con ser un profesor y presentar, o bien los trabajos científicos,
o bien los conocimientos y las opiniones de los demás. Puede
también convertirse en vulgarizador y, en lugar de ayudar a
otros a acercarse al conocimiento científico, presentarlo en
términos más adecuados a la vida cotidiana. Pero los más
activos escogen uno de los otros dos caminos posibles. Unos
se convierten en organizadores, en gestores. A falta de la luz
que emite el sol de la ciencia, les alumbra la luna académica.
Los más inteligentes o los más listos vuelven también, poco
a poco, al papel de consejeros del príncipe que ostentaban
sus predecesores. Papel que puede ser de moderación y que
estoy muy lejos de condenar. Conozco a demasiados de
esos grandes notables universitarios que, en una u otra parte
del mundo, han permitido que sabios e intelectuales pudieran
trabajar, o hasta simplemente vivir. Pero ellos no producen
ideas. Los últimos son los fracasados: ésos son únicamente
los intelectuales. Respetan el conocimiento científico en el
cual no han penetrado completamente, y su mismo fracaso
les pone en guardia para luchar contra las ilegítimas preten­
siones que muchos tienen de hablar en nombre de la ciencia.
No tienen ya la confianza de veinte años atrás, y si todavía
tienen —a menudo lo tienen— el ánimo de trabajar en vez
de contentarse con administrar o con hacer comercio con su
inteligencia, resultan ser, de un modo natural, quienes no
soportan los dogmas, las falsas evidencias ni más en general
la seguridad de las ideologías y la palabrería que el poder
impone a la sociedad en que domina.
Admito que esa imagen no puede entusiasmar. ¡Produce
tanto más entusiasmo imponerse como ideólogo! Pero el in­
telectual del que hablo es enemigo acérrimo del ideólogo.
Tiene en cambio simpatía —teñida de desconfianza— por el
utopista, que también revienta el discurso del orden domi­
nante.
Los ideólogos recurren a la juventud, cada vez más frenéti­
camente, y procuran despertar respuestas en las que a menu­
do el gusto por la acción lleva consigo la crispación de la in­
tolerancia. El papel del intelectual es el de la edad madura.
De ningún modo el de la vejez, la moderación o el cansado
escepticismo. El intelectual es aquél que respecto a sus oríge­
nes y al medio en que se formó ha tomado la suficiente
distancia para comprender la diversidad, y que es demasiado
independiente para estar del lado del poder, poseído o deseado.
Yo acepto respecto a él los combates de ideas, las derrotas o
los éxitos; no es un ángel, pero está en contra del poder.
Acepto incluso que sea por razones malas o confusas. El que
se opone al poder en nombre de los derechos del hombre, de
los principios eternos o del sentido común no produce una
expresión muy enérgica, pero toma una posición honrosa
que muchos han defendido con valor.
El intelectual no es un pequeño burgués a la vez des­
confiado y presuntuoso. Su responsabilidad es demasiado
grande: señalar a cada instante las relaciones sociales rea­
les que hay detrás de las expresiones, el orden del poder y la
ideología. Es por eso por lo que no es neutro, pues la expre­
sión triunfal no es exterior a las relaciones sociales; es el
punto de vista del amo sobre su relación con el esclavo, y
más aún el punto de vista del Estado del amo sobre sus
súbditos. El intelectual no es ni un sabio ni un dirigente,
sino un actor que trabaja para el pueblo de los oprimidos y de
los dominados y para hacer posible la ciencia que está en el
extremo opuesto a la ideología. Esa imagen, que es mi ideal,
no es una imagen épica. Me dirás en seguida que no es del
todo limpia, que racionaliza no pocas decepciones y que
el intelectual, de quien hago el retrato, es un hombre de ac­
ción fracasado que tiene miedo a los golpes y un sabio
frustrado que no se ha sometido a los rigores de la formaliza-
ción y de la demostración. Si tú quieres... Pero esas observa­
ciones, verdaderas o falsas, dejan de lado lo esencial, pues yo
no he descrito la “ psicología” del intelectual, sino su papel.
Hay muchos tipos de intelectuales, unos casi sabios, otros
casi dirigentes. Pero lo importante es definir una función y
comprometerse con las consecuencias que implica una defini­
ción tal. En particular en la vida universitaria. Porque una
universidad dominada por la ideología es un escándalo. Re­
cuerdo una viejísima emisión de televisión sobre la Escuela
Nacional de Administración. Aquellos jóvenes, modernos y
relajados, sencillos y abiertos, contentos de sí mismos y con­
fiados en el futuro de su país, desbordaban de la más vani­
dosa y brutal ideología tecnocrática, y sin ni siquiera darse
cuenta, ya que no tenían enfrente a sus “ súbditos” . La peor
de las ideologías es la que sirve al poder del momento. ¿Pero
vale la pena mantener o incluso transformar universidades si
éstas tienen que fabricar tecnócratas o burócratas, aparatchi-
ki o inquisidores? Yo no acepto consagrar horas de mi tiem­
po a reformar o a transformar una institución universitaria
que no se imponga por santos protectores por un lado al sabio,
el que construye una imagen de la naturaleza en la que se
incluyen el hombre y sus sociedades, y por otro al intelec­
tual, crítico y destructor de las ideologías, del lenguaje del
poder y del orden impuesto y liberador de las protestas prohi­
bidas, desviadas o ahogadas. La vida intelectual, aquí y aho­
ra, no tiene razón de ser más que si lucha con todas sus
fuerzas contra las propagandas, el orden y la expresión del
poder, y la universidad no tiene sentido más que si es el lugar
preferente de esa acción intelectual. ¿No hay que decirse, de
tarde en tarde, por qué se acepta ser un frustrado y por qué,
en el mundo de los príncipes y los aparatos, se cree en la
necesidad insustituible de la protesta intelectual?
Los que están ligados a la actuación del poder o de la
acción política pueden despreciar a los demás intelectuales si
éstos no Jiacen más que replegarse sobre su, retórica y la
insulsez de la abstención de compromisos. Pero el intelectual
crítico no vive refugiado en las instituciones y las palabras.
Inventa, hace aparecer lo que no se piensa todavía común­
mente y lo que no puede ser expresado. Es un agente de
cambio contrario al mismo tiempo a la tradición y al dogma.
Su guía es la inquietud.
Podemos ahora volvernos hacia la historia reciente de la
sociología, en Francia y en buen número de otros países.
Conocimos primero un largo período dominado por una ideo­
logía liberal conservadora, que representaba la sociedad como
un padre que fijaba los objetivos del grupo familiar y los
medios para alcanzarlos, mediaba en los conflictos internos e
integraba a todo el mundo en torno a valores comunes; era
una visión guiada también por un positivismo simple, que
desechaba toda pregunta sobre el conocimiento sociológico
para no preocuparse más que de unas técnicas. Vino luego la
época de los conflictos. La mayor parte de los representantes
del orden intelectual dominante desaparecieron; algunos, más
animosos, asumieron valerosamente la virulenta hostilidad
respecto a los movimientos estudiantiles que correspondía a
sus principios. La mayor parte de sociólogos jóvenes, por el
contrario, se lanzaron a un mismo tiempo a una reflexión
crítica y a una participación activa en el levantamiento.
Algunos años más tarde la confusión de análisis e ideología
dejó ver a su vez sus deplorables consecuencias. Las expresio­
nes arrogantes o brillantes se sucedían sin dejar aportación
alguna al conocimiento; el espíritu crítico se había converti­
do en descaro o desinterés. Los viejos demonios de la filosofía
danzaban ferozmente alrededor de una sociología que se veía
escarnecida.
Harta de ideología pero sin deseos de volver al profesiona­
lismo ingenuamente conservador, ¿adonde se dirige esta so­
ciología herida, desorganizada, combatida pero obligada a la
existencia por el mundo en que vivimos? El camino que de
modo más natural se le ofrece es el de la ideología liberal.
Combatamos el orden en nombre de la liberación, los pri­
vilegios en nombre de la igualdad y las barreras en nombre
de la comunicación. De ahí el interés que bruscamente ha
surgido por las “ instituciones totales” , los mundos cerra­
dos de la prisión, el asilo, el hospicio, la escuela, mundos de
exclusión y de represión, que uno puede describir y denun­
ciar, profesional e ideológicamente, sin verse comprometido
en combates propiamente sociales y políticos. No es, pues,
casualidad que la sociología haya revivido descubriendo esas
zonas de oscuridad, denunciando la exclusión y aprovechando
las ventajas de la marginalidad.
Yo apruebo esas investigaciones, y todo lo que recuerde el
peso de las desigualdades, la brutalidad de la represión o la
violencia ejercida en nombre de la regla y de la normalidad;
su liberalismo es fecundo.
Pero uno no puede limitarse a ese volterianismo, que no
aborda los problemas más centrales, más directamente liga­
dos a los actuales cambios de la sociedad: esos combates
liberadores contra los privilegios o la intolerancia no eximen
de preguntarse por las relaciones de clase, la naturaleza del
poder o las nuevas formas de control social. Si no se vuelve
uno hacia esos problemas es cierto que inmediatamente se ve
atrapado en el torbellino de las utopías y las ideologías. A
pesar de todo, hay que atravesarlo sin dejarse desorientar,
pues lo esencial es y seguirá siendo el comprender cómo una
sociedad se produce a sí misma, cómo inventa su cultura y su
organización a través de sus conflictos y sus instituciones.
Avanzar en esa dirección es mucho más difícil. Llueven los
insultos, los ataques y las pullas, y sin embargo es un avance
necesario. Hay que ponerse en camino sin tardanza, si no
seremos en justicia acusados de habernos distraído en el mo­
mento en que se instalaban nuevas formas de dominación, de
control y de alienación.
Por eso es por lo que me irrita la irresponsabilidad o la
inconsciencia de los intelectuales que alientan la invasión del
conocimiento por la ideología.
Hoy como ayer, los intelectuales deben ser agentes de
crítica y de progreso, rompiendo la falsa evidencia del orden
establecido, revelando las relaciones sociales reales y desarro­
llando el conocimiento. Sé muy bien que esa imagen optimis­
ta es insuficiente. El conocimiento, y desde hace diez años
no he dejado de repetirlo, se convierte en fuerza de produc­
ción y por lo tanto en lugar de poder. De ese modo se forman
aparatos tecnocráticos en los que los intelectuales son susti­
tuidos por los expertos.
Sin embargo, si conozco bien ese peligro, si no he dejado
pasar ocasión alguna para denunciarlo, no es ciertamente para
ver cómo desgarran el conocimiento quienes protestan desde
fuera contra la sociedad.
No acepto la complacencia de una actitud que denuncia a la
sociedad en bloque y que se desprende tan fácilmente de las
obligaciones del conocimiento como de las exigencias de la
acción política, y todo ello c u nombre de un absoluto, teñido
de religión sin Dios, de moralismo de pequeña burguesía deca­
dente, de egotismo o de aventurerismo. Sucede que la crisis
y la mutación sociales provocan reacciones de rechazo o de
defensa, mueven al retiro o a la comunidad, y eso es, en defi­
nitiva, lo que importa. ¿Por qué remitir los intereses del cono­
cimiento a aquéllos que se sitúan lo más lejos de él? Yo me
niego absolutamente a cubrir, bajo el engañoso pretexto de
una solidaridad de “ izquierdas” , el apoltronamiento del tra­
bajo universitario. Quienes sustituyen el conocimiento por
una expresión extraña a la investigación y a la comprobación
no hacen más que esterilizar los medios de acción y de pro­
testa, y ello corresponde totalmente a los intereses dominan­
tes y no debilita más que a la izquierda.
Espero que ese envilecimiento del conocimiento sea pronto
rechazado por todos. Mientras Francia vivía en la fantasma­
goría gaullista era inevitable que entre el conocimiento y el
pensamiento crítico hubiera la misma distancia que entre la
realidad francesa y la imagen que de ella daba el régimen.
Pero estamos de nuevo en plena realidad: el bloque de las
grandes empresas y del aparato de Estado detenta el poder; la
izquierda socialista, enriquecida con sus nuevas corrientes,
ha vuelto a tomar fuerza. Es urgente apartarse del preciosis­
mo y la facilidad, y rechazar la descomposición y la arbitra­
riedad para ponerse manos a la obra y comprender la sociedad
en la que queremos actuar.
Por qué escribo estas cartas.

Durante mucho tiempo luché de tal manera contra todo lo


que me parecía caduco, irrisorio y muerto en la sociedad
francesa que me vi arrastrado a una huida hacia delante que
no tuvo necesidad ni quiso quizá saber dónde y cuándo había
de pararse. Ese sentimiento, que pertenece al pasado, debió
ser común entre algunas gentes, por lo menos entre las de
mi edad que por su origen social y sus gustos seguían estu­
dios superiores. No me guiaba una imagen de la moderni­
dad; los Estados Unidos no me atraían, aunque hallara útil
comDletar allí una formación profesional que estaba llena de
lagunas. El mundo comunista era el de Stalin; en Fran­
cia, si bien el partido comunista representaba la única
fuerza en ruptura con un orden odioso, yo estaba demasiado
alejado de su organización y de su modo de pensar; me
definía ya como sociólogo y esa palabra estaba proscrita por
ese partido que nunca he llamado El Partido.
Los sentimientos que me empujaban hacia adelante eran la
vergüenza y la rabia. Había sido educado en un medio en el
cual el trabajo'intelectual y los libros eran valores indiscu-
tidos, el éxito se medía con respecto a los demás y el trabajo
también se justificaba como contribución a la grandeza na­
cional.
Y cuando salí de mis estudios generales y empecé a mirar
a mi alrededor, libre en mis actividades y movimientos, en la
rué d’Ulm, después de un encierro de varios años en el foso
de osos de Louis-le-Grand, sentí violentamente el agotamien­
to y el abandono de la clase dirigente, la decaída intelectual,
la derrota y la vergüenza de mi país y la escandalosa irreali­
dad del gran seminario laico en el que me habían metido.
Tampoco disfruté la libertad que me ofrecía la escuela en la
que había entrado. Me parecía tan vacia y tan coercitiva
como el trabajo forzoso de la escuela. Me alejé por algún
tiempo de ese lugar demasiado apacible, y como el azar hizo
que leyera, lejos de París, en un lugar muy diferente de
aquellos en los que se agitaban los estudiantes, un libro de
Georges Friedmann, empecé a encontrar en la sociología una
actividad para la que no estaba preparado, que no estaba
organizada y que apenas era tolerada en los márgenes de la
universidad. Me atraía porque me conducía hacia un mundo
en el que yo vivía pero del cual estaba separado y, al mismo
tiempo, me parecía que en ella era enteramente libre de
movimientos, pues todavía faltaba construir la casa, antes de
habitarla.
Me doy cuenta ahora del precio que pagué por esa actitud
y esa historia profesional. No sólo soy un autodidacta de
la sociología, sino que mi furia de destrucción y de recons­
trucción me lanzó a buen número de trabajos inútiles, en
los que, por encima de todo, intenté superar mi horror
por el mundo irrisorio que había conocido en la universi­
dad y fuera de ella. En muchas de las páginas aparentemen­
te abstractas e impersonales que escribí, veo la señal de esa
ruptura con la organización social y esa fuerza interior mía
que difícilmente identifico y que me impulsaba a construir,
a querer vivir en un mundo que yo hubiera contribuido a
transformar.
Yo no pertenecía al mundo de los dirigentes y mi protesta
o mi rechazo me conducían, no a la planificación y a la organi­
zación, sino, por el contrario, a la crítica social y a una
confianza, no partidista pero decidida, por una renovación del
poder y una subversión de las relaciones de clase. Yo
no tomo distancia con respecto al que fui y al que, tras
rechazar los placeres que se atribuyen a la juventud, conser­
vó por mucho tiempo (y conserva aún) la alegría de empren­
der y de crear.
Pero la vida intelectual supone un gran desprendimiento
con respecto a uno mismo, sobre todo cuando el objeto de
estudio tiene pocas defensas propias. El sociólogo está menos
apoyado que otros por los apremios de la formalización o la
experimentación; no está alejado de lo que estudia por la
distancia geográfica o histórica, de tal modo que los más
abstractos libros de sociología no son a menudo más que una
mezcla de novela realista mal escrita y de complaciente diario
íntimo.
En ocasiones la reflexión sociológica nace de la decepción
o de la duda política, y quizá sea ese el mejor camino, si no
lo entorpecen la amargura o el resentimiento. El mío fue
opuesto; no me separé de un mundo demasiado lleno sino de
una sociedad demasiado vada... Pero en cualquier caso la
ruptura con uno mismo es necesaria. La primera confluye con
el final de la juventud, biológica y socialmente, es dedr, con
la aparidón de una nueva juventud que no combate o se opone
a los mismos adversarios o a las mismas insuficiencias y que
de repente le separa a uno de sí mismo, arrastrando al pasado
lo que yo todavía creía vuelto hacia el futuro. En mi caso fue
además el choque brutal, a mi juido innecesario, que sentí el
día que presenté ante un tribunal universitario un libro que
me había costado mucho trabajo y respecto al cual Eaque,
Minos y Rhadamante manifestaron su hostilidad y su des­
precio.
Algunos años más tarde el movimiento de mayo me per­
mitiría reflexionar sobre los nuevos movimientos sociales y
mostrar que la investigación más inquieta y más prudente
debe ayudar, cuando el acontecimiento lo requiere, a tomar
partido clara y prácticamente; pero para mi no representaba
sólo eso. Daba a muchos de mis colegas una imagen tan
horrible de mí que mi buena voluntad modemizadora se veía
detenida. Se me daba claramente a entender que donde se
reorganizaba la vida universitaria mi presencia no era desea­
da. En la edad en que es grande la tentación de hacerse
administrador o viajante de comercio a mi se me sugería la
vuelta a mis estudios, aunque sin dramatismos, pues tengo
plena consciencia de vivir en un mundo fácil en el que los
poderes que se ejercen son limitados. Soy consciente también
de que mis títulos universitarios y quizá la actividad de mi
trabajo me han conservado siempre la estimación de muchos
y la amistad de algunos.
Escribo estas cartas porque no soy ni un sabio ni un polí­
tico. Los sociólogos han sustituido a los moralistas: los han
combatido, porque no pueden admitir que se aclaren los he­
chos sociales a la luz de principios morales o de una imagen
del hombre, pero juegan el papel que era el suyo, al menos
cuando eran independientes del poder y permanecían alejados
de las responsabilidades de la acción.
Soy sociólogo porque me atraen los movimientos de la
historia más alejados de la cotidianeidad y el buen orden, y
porque soy incapaz de aceptar las continuidades y los rodeos
de las acciones que transforman las situaciones históricas.
Al igual que otros llaman al orden, mi papel es llamar a la
historicidad, a las acciones mediante las cuales las sociedades
construyen su propio campo de acción. Tarea rara y que
puede parecer irrisoria. No la he abordado y no la continúo
más que porque sufro el vivir alejado de la historia que se
hace. Lo cual podría llevar a soñar lo que otros hacen, a
volverse su turiferario, Pero yo he crecido en una sociedad
demasiado alejada de las insurrecciones colectivas y he senti­
do demasiado cerca el calor abrasador de los creyentes y los
sacerdotes del nazismo y del stalinismo para perderme en
un empleo en el que se reúnen la cobardía, la indecencia y el
fanatismo.
No pudiendo fijarme en lugar alguno, ni en los aparatos de
mando ni en la buena consciencia funcional de la enseñanza
ni en las estrategias políticas, recorro la sociedad en todos los
sentidos, tejiendo con mis movimientos la tela de mi sociolo­
gía.
Pero cuanto más avanza mi trabajo más encerrado me
siento en esta expresión que quiere ser liberadora. El aconte­
cimiento me permite a veces asentarme en la sociedad, para
reconocer, nombrar y analizar lo que a la mayoría se le
presenta como crisis o como ruptura. Si te escribo ahora es
también para verme vivir a mí mismo en la sociedad que
analizo y evitar así la ingenuidad de quien pudiera creerse
mirada desencarnada y consciencia objetiva de la historia.
Envidio a quienes desde muy pronto se han visto dueños
de su pensamiento o de su acción. Yo me voy deshaciendo
lentamente y casi forzosamente de todo lo que me impide
encontrarme. Protegido por la vida universitaria, empujado
por ella al círculo cerrado de los. exámenes, las comisiones y
las conferencias, ¿cómo no habría de ir lentamente hacia lo
que son quizá una reflexión y un tono personales? Creo que
esta conversación contigo es la señal de que puedo descubrir
mi camino. Tengo consciencia de estarme acercando al lugar
en el que tendré que tomar la opción decisiva: comprometer
mís últimas esperanzas en una tentativa intelectual absoluta­
mente personal o borrarme en el silencio y el ronroneo del
funcionariado universitario.
Escribo estas cartas en un momento preciso, que no habría
podido adelantar y que no debo retrasar. Desde 1966 tenía
empezada la preparación de un libro que puede llamarse teó­
rico y que, más sencillamente, pretendía poner orden
en mis ideas. Proseguí ese trabajo sin interrupción duran­
te seis años, redactando al mismo tiempo algunos libros
de menor envergadura. Ese libro acaba de aparecer. Dentro
de poco lo acompañará una recopilación de ensayos teóricos
originales, que ya está en manos del editor. Ahora, antes de
que los demás hayan juzgado ese trabajo de la mitad de mi
vida activa, yo me vuelvo hacia mí mismo, porque me siento
dividido en dos. Siento por fin que mi trabajo intelectual se
separa de mí y, sin adquirir la independencia que únicamente
corresponde a la ciencia, puedo hablar de él como de una
obra y ya no como de mí mismo. Sigo con mis pensamientos,
mis sentimientos y mis reacciones, todo ese fuego que ha
hecho hervir mis ideas y que yo miro con la misma fascina­
ción que un fuego de madera en el que combaten el rojo de
las brasas y el negro de las cenizas. No es para contemplarme
a mi mismo para lo que escribo estas páginas. Soy consciente
de que unas confidencias no son aceptables más que si nos
ofrecen una historia personal o si son trabajo de escritura.
Yo intento, por el contrario, alejarme de mí mismo para
confundir lo menos posible lo que soy y lo que hago.
Detesto el Uno, la unión del pensamiento y de la acción,
de la búsqueda y el descubrimiento, de la vida privada y de la
vida pública, de lo uno y lo otro, de la comunidad. Vivir es
un esfuerzo constante por sobrepasar los papeles y las reglas;
por entrar en el malentendido, la innovación y la crítica que
hacen que el movimiento se libere del orden.
Es imposible llevar una vida intelectual únicamente profe­
sional. Pero en el inmenso espacio que separa la erudición de
la ciencia hay dos maneras de moverse: la ideología y el
pensamiento crítico. Los intelectuales con los que me en­
cuentro, cuando aceptan no tomarse por sabios, parece que
se ven tentados por la imagen del intelectual “ orgánico” ,
ligado a la política de un grupo: son el tecnócrata o el mili­
tante. Siento como cualquier otro la tentación de jugar ese
papel, pero la rechazo completamente y sin sacrificio, pues el
poder, sea cual sea, no puede prescindir de propaganda;
doblega a los intelectuales en aras a sus intereses y desconfía
de las ideas nuevas y de las críticas.
Ya no es posible escapar a esas presiones refugiándose en
un universalismo vago, imaginando una sociedad conducida
por las grandes ideas y por los grandes principios y práctica­
mente vacía de todas sus relaciones sociales reales. Si no se
puede estar por encima de los conflictos, realmente hay que
estar ligado al poder o comprometido en un trabajo crítico.
No veremos ya, creo yo, por lo menos en las sociedades
industrializadas, que grandes intelectuales aconsejen a los
príncipes, canten al espíritu de una sociedad o de un régimen
y exalten sus conquistas. Los partidos y las iglesias gustan de
llevar en su equipaje a algunos intelectuales, pero ese espec­
táculo, incluso para los que se prestan a él, es cada vez
menos tolerable. Lo cual nos obliga a vivir un tipo de vi­
da intelectual diferente del que dominaba todavía en un pa­
sado reciente, cuando el intelectual era un personaje de im­
portancia. Es por eso también por lo que cada uno de noso­
tros debe hacerse preguntas sobre sí mismo y sobre la histo­
ria de su trabajo y de su personalidad, y debe aceptar también
en un momento u otro de su vida activa quedar al margen
porque estorba. Para no convertirse en un ideólogo no es
preciso únicamente un esfuerzo constante, hacen falta tam­
bién apremios concretos. Formarse en la vida intelectual,
tanto o más que aprender un oficio o ser capaz de imagina­
ción y de rigor, es prohibirse las satisfacciones y el entusias­
mo de las ideologías. Es indispensable conocerse a sí mismo,
conservar respecto a las propias conductas y sobre todo res­
pecto a las propias ideas la distancia que naturalmente se
tiene cuando se estudia la manera de actuar o de pensar de
los demás. Cuanto mis se forma cuerpo con uno mismo más
activo se puede ser; más creador, yo no lo creo. No se puede
tomar distancia con respecto a la propia situación y a las
conductas a ella ligadas más que si hay observadores que se
esfuerzan por desgajar todo aquello que nos sitúa, con objeto
de aislar, de despersonalizar nuestra trayectoria intelectual;
ésta no carece de lazos con la situación de su autor, pero
asimila y transforma temas determinados social y cultural­
mente y al mismo tiempo se ve limitada o deformada por
polémicas que no le son esenciales.
Si te escribo es quizá porque quiero a la vez tomar esa
distancia y hacer menos doloroso el esfuerzo, al escoger yo
mismo un juez a quien transformo en confidente. Pero inclu­
so aquel que cree salir de ello sin mucho gasto queda un día
sorprendido de la aventura en la que' se ha metido y del
precio que le cuesta.
Ese precio es alto. Si el actor no se define más que por las
relaciones sociales en las que está situado, si su consciencia
no da nunca el sentido de la acción, ¿cómo puede el soció­
logo, que se sitúa en el punto de vista de los sistemas de
relaciones sociales, ser actor? ¿Quién puede entenderle,
siendo todos nosotros actores y resistiéndonos a la interpreta­
ción de nuestros actos? Tú me lo dijiste ayer, y noté que
percibías la tristeza del sociólogo, probablemente por primera
vez en tu vida. Lo que dice el sociólogo no puede ser enten­
dido directamente. El actor se le resiste siempre. Cuando
precisamente da cuenta, de manera satisfactoria, del pulso de
una sociedad, no encuentra la aprobación de ninguno de los
actores cuya situación y conducta ha analizado. Yo creo ha­
berme aproximado bastante a la Unidad Popular chilena, al
sentido de su existencia y a las causas de su caída. ¿Puedo
esperar, sin embargo, que mi análisis sea probado? Deseo que
los militares y la derecha lo rechacen y me produce incluso,
satisfacción. Pero antes de la caída los dirigentes de la izquier­
da se habrían resistido a mis análisis, que no hablaban la
lengua de sus ideologías.
Cuando el actor está desmontado, en crisis, puede recurrir
al sociólogo. Pidiéndole que le saque de nuevo adelante, que
le ayude a orientarse. Cuando el sociólogo lo ha logrado, el
actor pica de espuelas a su caballo y desaparece por un cami­
no distinto del que le ha sido indicado. Qué simple y agrada­
ble resulta ser ideólogo, tener uno su terreno, los amigos
cuya acción uno interpreta recibiendo posteriormente su
agradecimiento por haber sido comprendidos. El sociólogo
está solo, sobre todo en su universidad. Viví el mayo de
1968 donde había que estar, en el departamento de sociolo­
gía de Nanterre hasta el cierre de la facultad y luego en la
calle Gay-Lussac, la noche del 10 al 11 de mayo. Tuve
siempre la sensación de entender lo que pasaba, por lo menos
hasta el 26 ó el 27. Luego la intervención de las fuerzas
políticas, la salida de De Gaulle y la manifestación del 30 me
hicieron perder la huella, puesto que no tenía ya conoci­
miento real de la situación y no podía por tanto abordar el
análisis. Pero durante toda la fase estudiantil del movimiento
creo haber expuesto unos análisis que por lo menos merecen
ser examinados. Sin embargo fui rechazado no sólo por la
mayoría de los profesores de mi facultad, lo que es muy
natural e incluso una buena señal, sino también por ciertos
estudiantes revolucionarios o rebeldes cuyo vocabulario yo
no hablaba y que “ eran hablados” por la crisis y el conflicto
en el que actuaban. En una situación caliente los actores no
analizan, actúan, o más bien son accionados por el estado de
los sistemas sociales en los que están situados. Es por eso por
lo que unos me tratan de izquierdista delirante y los otros de
tecnócrata. Pobre consuelo el de poder decirse cinco años
después que las declaraciones de mis adversarios de la facul­
tad no podrían leerse sin dudar de su capacidad de análisis y
que los que me daban lecciones desaparecieron en el olvido
tras algunas payasadas lamentables en los meses que siguie­
ron al comienzo del nuevo curso universitario 68-69. Porque
lo que cuenta es que no pudieran entender; lo importante es
que me hirieron, cuando en cambio mi análisis les era útil.
Ni siquiera estoy seguro de tener valor para proseguir esta
reflexión. Pero tú me has ayudado, porque no intentas jugar
sin honradez en los dos tableros.
Tu finalidad es por el momento actuar, tomar partido polí­
ticamente, luchar contra el silencio que oculta la miseria y la
injusticia, establecer con otros ciertos lazos interpersonales.
No intentas todavía ser ideólogo. Es por eso por lo que me
hablas, para escuchar el lenguaje nuevo y diferente que el
sociólogo alienta. No sabes todavía lo que va a significar para
ti, pero escuchas. Sigamos así. Yo no intento aconsejarte;
tampoco me sitúo por encima de los actores, pero te puedo
ayudar a orientarte.
El sociólogo no puede enseñar nada, pero qué alegría para
él si tiene el sentimiento de haber ayudado a los actores a
comprender lo que pasa. Ay de él si cree que puede inspirar
o dirigir. El sociólogo no será nunca en la acción más que un
soldado de segunda clase. Pero es esencial que sea capaz de
serlo. Otra vez te hablaré probablemente con más entusias­
mo, pero ya ves. Tarde o temprano, si quieres hacerte soció­
logo, tendrás que conocer el abandono, la soledad y el re­
chazo que aquí, por suerte, no condena más que al exilio
interior. Es prueba a la que no se escapa y por la que hay que
haber pasado para defenderse contra la serpiente de la ideolo­
gía. Hablarte me ayuda a avanzar por el túnel. Si continúo
andando es porque siento la necesidad de esta prueba. El
sociólogo dene por trabajo el hacer aparecer las relaciones
sociales ocultas por la ideología de los actores y por la falsa
positividad del orden y del poder. ¿Cómo puede descubrir
esas relaciones sociales, y por lo tanto romper el yo de los
actores y de la sociedad, sin romper su propia identidad? Lo
más opuesto que conozco al papel del sociólogo es el del líder
de grupo que intenta integrar a éste, que intenta centrarlo
sobre sí mismo, que cada cual se sienta bien en su piel, si es
preciso frotándose contra la de los demás. A menudo es una
estafa, y es casi siempre una intervención al servicio del
orden establecido y un obstáculo para el conocimiento. Cuán­
do nos veremos liberados de esos maestros cantores, de esas
turbias exhibiciones, de esa irrisoria ilusión de la comunica­
ción por el vacío social. Afortunadamente, psicólogos y so­
ciólogos, cuyas preocupaciones dominantes no son el dinero
ni la vanidad manipuladora, vienen criticando desde hace
tiempo esa forma de propaganda.
El sociólogo debe ponerse por entero, en un primer mo­
mento, al lado opuesto al del orden, para romper su ficticia
positividad y hacer aparecer las relaciones y los conflictos
sociales. Pero que no crea que puede establecerse como ideó­
logo de la oposición. Debe ir hasta el final, hasta el momento
en que, ante su intervención, las identidades se resquebra­
jen, los actores se rompan y su propia identidad también, el
momento en que, tras las ruinas de las ideologías y de la
organización social, aparezcan en su impersonalidad insoste­
nible las relaciones sociales que las necesidades de la acción
recubren inmediatamente de discursos y de reglas. Estamos
lejos todavía del valor y de la lucidez necesarios para asumir
completamente ese papel. En cambio, sólo comprometiéndo­
nos nosotros mismos a no ser más que lo que haga aparecer
la relación podremos ser diabólicos agentes de la liberación.
Salir de la sinrazón; por qué he corrido tanto; pasar el
umbral.

Yo no sueño con una sociedad en orden, integrada; todo


lo contrario. Pero me gustaría que la sociedad se alargara en
el tiempo como una serpiente que uniera con sus anillos el
pasado y el futuro. La sociedad francesa está en algunos mo­
mentos muy cerca de ese ideal; en otros se empeña en des­
truirlo. Está cerca porque ni es una sociedad nueva, que
liquide el pasado en provecho de los ricos y poderosos de
hoy, ni una sociedad hundida en su impotencia para transfor­
marse ni, finalmente, una sociedad rota, quebrada en dos
por la penetración del dominador extranjero. Yo me siento
todavía próximo a un pasado ya lejano e implicado, sin em­
bargo, en un futuro.
Porqué esa continuidad, fuente de vida, va a tener que
deformarse en manos de todos los conservadores, notables y
burócratas, que defienden intereses creados o cuadriculan
con sus reglamentos la sociedad y nos quitan tanto nuestro
pasado como nuestro futuro, para obligamos a vivir al mar­
gen de la historia viva.
Algunos se han creído muy listos tratándome de tecnó-
crata. Frente a burócratas y notables, ¡cuánto me gustaría
sentirme tecnócrata o militante político, constructor de un
nuevo mundo, destructor de los viejos privilegios y rotura­
dor de nuevas tierras! Pero no soy tecnócrata. He llegado a
una edad en la que uno debe ser juzgado por lo que ha hecho
y no por la imagen que de uno se forman algunos.
El mundo de la acartonada pequeña burguesía me resulta
pesado. No siento inclinación alguna por la grandeza gaullis-
ta, pero querría sentir más las fuerzas sociales vivas, en su
antagonismo dinámico, y ellas siguen siendo ocultadas por el
mundo de las garantías y de las mediocridades. El Estado ha
regido el desarrollo económico, sustituyendo a unos grupos
capitalistas que eran demasiado débiles. Pero ha tenido que
apoyarse políticamente en fuerzas arcaicas y le ha sido preci­
so reunir en sí mismo una tecnocracia renovadora y una
burocracia asfixiante y presuntuosa. De ahí que la economía
se haya desarrollado acentuadamente pero la sociedad haya
seguido presa en las reaccionarias condiciones políticas de ese
desarrollo. Horrorosos barrios nuevos, arquitectura de mala
calidad, instituciones envejecidas, injusticias escandalosas,
privilegios ancestrales, todo esto nos muestra una sociedad
sistemáticamente mantenida en el retraso y la mediocridad o
abandonada a las más groseras formas del beneficio.
Más allá de todos los razonamientos y de todos los com­
promisos, lo que me ata al mayo del 68 es lo que tantos otros
consideran ridículo o espantoso: las barricadas. Acción, pen­
samiento, expresión, inventiva. Fugazmente, pero con una
imagen que se hace mayor al haberse construido frente a la
horrible Sorbona, acordonada por la policía.
Mira por dónde, resulta que te divierto. Y sin embargo si
aceptas leerme tan tranquila y seriamente como yo te escribo
podrás ver rápidamente que no me guían sentimientos extre­
mos, recargados por restos de juventud fermentada. Yo creo
que sobre lo que nos afecta de cerca no se puede hablar con
neutralidad. No se declara el amor que uno siente recitando
una ficha antropométrica. Conozco la historia de algunas
universidades lo suficiente como para decir que quienes sub­
virtieron el mundo académico pusieron en ello no poca pa­
sión, a la vez que mucha inteligencia. Hoy el mundo univer­
sitario está exangüe. Lo que me hace sufrir más es ver vivir
mal a tanta gente en una sociedad tan rica, ver morir a los
viejos en la miseria, no ver que la escuela ayude a los niños
desfavorecidos, ver un hiperproletariado extranjero a la vez
explotado y excluido, etc., etc. No olvido ni por un instante
cuánto amo a Francia, cuánto el ardor de la vida intelectual,
la generosidad de los militantes revolucionarios, de los paisa­
jes, y cuantísimo algunas caras que por no perder daría un
mundo. Por un momento, déjame situarme en mi genera­
ción. Soy de los que trabajan como borricos desde siempre,
apenas se divierten, no se dan buena vida, no buscan hono­
res y nunca han pensado en hacerse ricos. Obreros con largas
jornadas de trabajo en malas condiciones materiales y socia­
les, agricultores endeudados para modernizarse y amenaza­
dos por las sociedades capitalistas, planificadores, médicos o
físicos que tuvieron que partir casi de cero: los que han
trabajado muchísimo son numerosos. Llegados a la cincuen­
tena, escuchamos a Reggiani porque hay que tomarse algún
respiro y el cansancio llega pronto, pero yo miro todavía
hacia adelante. Y no para decir a la generación siguiente que
a su vez se apresure, que luche como nosotros. Todo lo
contrario. Lo que pido es para tí y para tus compañeros
durante toda vuestra vida, y para mí al final de la mía, el
derecho a ser feliz. No se es feliz cuando se está inactivo,
cuando le grita a uno el capataz ni cuando se hace o se pone
un examen que cae en el vado. Se es feliz cuando no se está
en el caos, cuando en el paisaje, en las leyes y en las relacio­
nes humanas se ve la señal de una voluntad de ampliar y
hacer la sociedad más creadora y acogedora ¿Por qué he
corrido tanto desde hace un cuarto de siglo? ¿Por el gusto de
correr, para pasar el rato y aturdirme? Una canción de An­
gel Parra nos dice que la cuesta es dura, pero que allá se
agradecerá el reposo. Quiero vivir en una sociedad, y no
entre el beneficio, la estupidez y los reglamentos. La juven­
tud tiene sus cantores, y algunos revelan lo que ella siente,
el mundo que imagina. Yo me cuento entre los que viven en
la sombra, los que no tienen vida colectiva. Como estoy solo,
y no soy ' ‘representativo” ni me veo representado, hablo
solo, en mi coche y en los lugares que amo, en un teatro
griego, una catedral, un rascacielos, un aeropuerto o la últi­
ma colina con árboles del Mediterráneo provenzal. Y te ha­
blo a ti, para comunicarle a alguien mi esperanza de que en
Francia, un día, se pueda hablar, para entenderse, para dis­
cutir o para luchar, pero sin verse atrapado en la sinrazón,
sin tener que interesarse por los importantes hechos de pe­
queños personajes y por pequeños problemas de las grandes
instituciones.
Sería peligroso no decir nada más. Como abogar por la
grandeza contra la mediocridad, por el movimiento contra la
inmovilidad o por la inventiva contra el caos. Admito del
todo que se me diga que los dados están trucados, y que
exactamente igual podrían desearse reacciones opuestas a las
mías, haciendo el elogio de la tolerancia contra el autoritaris­
mo, de las garantías contra las cruzadas o de la diversidad
contra tos monopolios. Pero es que tampoco se trata de opi­
niones o preferencias personales. Si pido una capacidad de
acción y de transformación mayor en la vida social es porque
estamos llegando a un umbral. Hay que construir un nuevo
tipo de sociedad y de cultura. Un nuevo modelo de desarro­
llo, nuevas formas de organización o de jerarquización, una
nueva imagen de las necesidades. Todo eso no es el producto
mecánico de un progreso de las técnicas y del crecimiento
económico, sino que supone una gran capacidad de innova­
ción, y por lo tanto la posibilidad de inventar luchas sociales
nuevas, en lugar de sólo gestionar y negociar cada vez mejor
los viejos conflictos.
Mis iras e inquietudes tienen un objeto preciso. Después
de los esfuerzos y los desgarrones del período que se acaba,
muchos sienten la tentación de hacer el elogio de las virtudes
medias, de la negociación, y piden que se cierre la puerta de
las pasiones para abrir las de las razón, del cálculo, del rea­
lismo.
Seamos pragmáticos, en lugar de consumimos en intermi­
nables guerras de religión: ¡Quién no va a suscribir ese re­
cuerdo del buen rey Enrique y su gallina en la cazuela! Yo,
por el contrario, creo que los grandes problemas nos hemos
visto obligados a ahogarlos y que es ahora urgente volver
sobre ellos. Si no somos capaces de tomar opciones y tener
imaginación perderemos nuestra originalidad, nuestra creati­
vidad y nuestra capacidad de inventar una sociedad nueva.
No siento ningún gusto por la dramatización de la vida coti­
diana. Veo incluso en ella una manifestación de esa medio­
cridad que temo. Cuando no se hace frente modestamente a
grandes problemas se habla enfáticamente de pequeños asun­
tos. No llamo a la crisis y a las reacciones paroxísticas sino,
muy al contrario, a la consciencia de un gran momento
histórico, que requiere largas reflexiones y una acción que
no puede ser más que progresiva. Es peligroso quedar atrapa­
dos en el mundo de la expresión que repite las experiencias
pasadas; a un mismo tiempo hay que percibir las formas
culturales y sociales que nacen, emplear los instrumentos de
análisis social y dar prioridad a todo aquello que da forma a la
sociedad que se inventa, a los descubrimientos, a las innova­
ciones y a los movimientos sociales.
Me veo impulsado a ese esfuerzo, mucho menos por la
imagen atractiva de un mundo nuevo que por el miedo a
la caída.
Noto que nuestra sociedad se divide cada vez más entre un
sector moderno, a la vez animado y dominado por socie­
dades multinacionales, y un sector arcaico y dominado, a
menudo apoyado por el Estado y sostenido por las modernas
formas de dominación colonial —sobre todo la importación
de trabajadores extranjeros—, que dan a la vieja industria
una vida artificial y costosa, asi como en otro tiempo la
economía colonial prolongó peligrosamente la economía
mercantil y opuso resistencia a la industria.
Cada vez más a menudo, tengo la sensación de que la
derecha solo nos deja escoger entre la defensa de la vieja
sociedad nacional y sus debilidades, y la incorporación subor­
dinada a la dominación modernizadora de América. Pero
cuanto más gobierna la derecha más complementarias se ha­
cen esas dos posiciones y al mismo tiempo más perdemos
también la capacidad de actuar como una sociedad creadora
y responsable.
No somos suficientemente poderosos como para que nues­
tro capitalismo, con la ayuda de la socialdemocracia y de la
presión sindical, pueda llevar adelante al conjunto de la so­
ciedad. Sólo una intervención de las fuerzas populares en el
orden económico puede permitir a la vez la modernización
económica, la destrucción de los arcaísmos y de los privile­
gios y la apertura de la sociedad. Yo entiendo porqué la
propia oposición popular parece estallar: los que están situa­
dos en el meollo del aparato económico no piden más que
ventajas salariales o hasta llegan a una transformación de
la gestión.
Los que están en un sector tradicional cada vez más ajeno
a las condiciones de desarrollo de una sociedad moderna no
pueden hacer otra cosa más que combatir la reproducción, la
represión o la burocracia, en nombre de una liberación más
cultural que económica y política.
Muy pronto seremos incapaces de producir movimientos
sociales. Es ese desmembramiento, ese naufragio de la socie­
dad, aquello contra lo que yo protesto.
De la guerra fría y las guerras coloniales a los problemas
sociales; el meollo del análisis sociológico.

Tú casi no te puedes imaginar hasta qué punto, durante


un largo periodo, los problemas sociales han sido enmascara­
dos o deformados. No habió de ideología y de propaganda,
sino de situaciones históricas. Durante quince años las luchas
y las negociaciones sociales estuvieron recubiertas por las
luchas entre los Estados y las luchas nacionales. El mundo
entero estuvo congelado por la guerra fría, pero sobre todo lo
estuvieron Francia e Italia por un lado y las democracias
populares más avanzadas por otro, dejando de lado las dos
Alemanias, sobre las que pesaba la carga del nazismo, de la
guerra y de la derrota. Los movimientos obreros francés e
italiano se vieron divididos y su parte más activa, la comu­
nista, se vio absorbida por la lucha internacional hasta el
punto de dejar de ver las más evidentes transformaciones de
las sociedades occidentales. En el caso francés a la guerra fría
se añadieron las guerras coloniales. Cuando tú participas en
una manifestación es para apoyar una acción social: Lip, el
Joint, los bachilleres. Nosotros, en cambio, durante muchos
años tuvimos que estamos manifestando, primero, contra la
guerra de Indochina y después, sobre todo, contra la guerra
de Argelia, cuyos choques acabaron con la IVa República.
Programa fácil, siendo como eran las fuerzas más arcaicas y
más estúpidas las que sostenían esas guerras escandalosas, de
las que nosotros mismos sufríamos por la putrefacción de la
política francesa. ¿Pero cómo creer que esos problemas colo­
niales, dramáticos para quienes los sufrían, estuvieran en el
núcleo de nuestra sociedad, cuya industrialización no tenía
nada que ver con los mercados coloniales? De ahí la mezcla
de tragedia e irrisión que marcó todas las manifestaciones de
ese periodo, que concluyó en el horror de Charonne, con los
asesinatos de argelinos, cuyos cuerpos se encontraban en el
Sena y en los bosques, y con los atentados de la O AS.
Pocas veces han llegado más lejos la descomposición y la
indecencia. Toda la vida política, social e intelectual estuvo
dominada por esa conjunción de guerra fría y guerra colo*
nial, que nos encerraba en la irracionalidad y apartaba la
vista a casi todos de los cambios que ocurrían en nuestra
sociedad. Era muy difícil entonces ser sociólogo, rechazado
por todos, ya no éramos muchos los que nos salíamos de las
vías habituales para lanzamos por lo que parecía una vía
marginal, cuando en cambio era el gran camino que muchos
habrían tenido que tomar.
Conservo un recuerdo preciso del final de ese período, de
aquellos dias del principio de la primavera del 62 que son
para mí el corte principal de la historia de la Francia contem­
poránea. Paz en Argelia. A pesar de la inmensidad de la
tragedia en Argelia y Oran, en unos días Francia sale de la
pesadilla: de lo que antes llenaba las preocupaciones cotidia­
nas no se habla ya más. Francia descubre de repente su
propia existencia, comprende que desde la Liberación y las
grandes sacudidas del 47-48 se ha enriquecido y ha recorrido
un largo camino. Es también la cúspide de la trayectoria
gaullista, pero es más aún una vuelta sobre sí, que toma a
veces el aspecto del cartierismo racista pero es también un
redescubrimiento de la realidad. Me parece como si en unos
cuantos días o unas cuantas semanas hubieran cambiado las
canciones y hubiera descendido hasta el horizonte el astro
sartriano, mientras se preparaba la subida al firmamento de
Lévi-Strauss. La sociología podía empezar a respirar. Poco a
poco los anatemas y el desprecio se hicieron más discretos,
aunque sin desaparecer completamente.
Temía que no viéramos del mismo modo esa evolución y
que tu evocaras con admiración y envidia la época, lejana
para ti, en la que el partido comunista y la CGT mantenían
una ruptura absoluta con el orden capitalista, en lugar de
contentarse con lo que algunos llaman medias determinacio­
nes y pequeñas audacias del Programa Común. Afortunada­
mente, tú nunca has hablado así, y uno y otro sentimos del
mismo modo la inmensa apertura que representa la reapari­
ción de problemas propiamente sociales. Ahora, desde el
gran renacimiento de mayo del 68, estos últimos son lo que
nos rodea. Se ve cómo renace la combatividad obrera y se
agitan los bachilleres, y hay campañas que condenan la orga­
nización de los hospitales psiquiátricos y de los asilos, escla­
recen la realidad de las prisiones y luchan por la contracep-
ción y el aborto. Las minorías regionales ponen en cuestión
el poder central y obreros argelinos lanzan huelgas por sí
mismos. Sociedad viva y cuya práctica impone nuevos análi­
sis, a escala de las transformaciones que se aceleran. No
estamos viviendo una época “ clásica” ; no estamos en el
centro de un tipo de sociedad, sino en su linde. Acabamos de
vivir también transformaciones culturales de una rapidez ex­
cepcional. No esperemos, por tanto, encontrar en todas par­
tes y fácilmente la huella de un conflicto de clases dominante.
Si es importante que los sociólogos se preocupen ya desde ahora
por la naturaleza de ese conflicto es porque todavía no es visible.
Nuestra historia de los últimos años ha estallado. Trata­
miento de los viejos conflictos propios de la época industrial,
surgimiento en las formas más confusas de los nuevos con­
flictos propios de la era postindustrial; entre unos y otros la
continuidad es débil, y el tiempo presente parece mucho más
ocupado por transformaciones que se sitúan a otros niveles
de la vida social. En Francia, la vida política, antes de ocu­
parse de la sociedad, habla del Estado.
Pero lo que más visiblemente recubre las relaciones de
clase no es el juego político. Es la transformación cultural
ligada a la elevación del nivel de vida medio, al desarrollo de
los medios de comunicación de masas y a la industrialización
del consumo. El cambio es tan rápido que provoca crisis y
rupturas; sobre todo se ha creado una nueva estratificación
social en la que individuos y grupos se sitúan por su relación
con el cambio. El estrato superior lo componen todos aque­
llos que consumen la novedad: jóvenes cuadros que leen Lui
o Playboy, bachilleres adictos al Actuel o jóvenes obreros
que descubren revistas de pop más rudimentarias. ¿Cómo no
creer que prácticamente el único público de todas las noveda­
des es la juventud, y sobre todo los estudiantes, muchos con
tiempo libre y bastantes con un poco de dinero?
El estrato intermedio no recibe las novedades más que por
mediación de los grandes medios de comunicación, y no
participa en su consumo colectivo. Ve la televisión en su
casa, constituye el público de las revistas de vulgarización y
se aferra a veces a un gusto conservador por la historia.
Finalmente el estrato inferior es aquél en que están ence­
rrados todos los que, por falta de recursos materiales y por
alejamiento de los lugares de intercambio social, están con­
denados al silencio, a la soledad e incluso al rechazo: viejos
casi todos pobres, trabajadores agrícolas o industriales mal
pagados, extranjeros trasplantados, habitantes de origen ru­
ral reciente que quedan aislados en el mundo urbano.
Lo que diferencia esos grupos, más que ninguna otra ca­
racterística, es la edad. Donde es más activa la vida social
predominan siempre los jóvenes. Los viejos son relegados a
los márgenes de la sociedad y los especuladores urbanos con­
tribuyen a excluirlos de la vida colectiva. Evidentemente, en
sentido social, un joven obrero, un joven agricultor y un
estudiante son tan diferentes unos de otros como un viejo
jefe de empresa, un empleado retirado y un viejo trabajador
de los de salario mínimo. Y también en sentido social, sus
posiciones en las relaciones de clase son diferentes. Pero si se
deja el ámbito de la producción para mirar el de la participa­
ción en la cultura de masas y en particular en todas las
quimeras que esta crea, ¿cómo no ver lo que aproxima por
un lado a la mayoría de los jóvenes y por otro a la mayoría de
los viejos?
No diré nunca que las relaciones de clase hayan sido susti­
tuidas por los conflictos generacionales. Pero en el período
que acabamos de vivir, en el cual los confitaos de clase,
desorganizados en el momento de la mutación de un tipo de
sociedad a otro, se han visto debilitados, el juego político,
por un lado, y la estratificación cultural, por otro, han ocu­
pado las primeras filas de la ciencia. Soy tanto más sensible a
ello cuanto que intelectual y personalmente me he resistido
siempre —y hasta demasiado— a esas presiones de la época
presente. Siempre he sentido gran desconfianza hacia los jue­
gos políticos, y mi carácter difícilmente me permite meterme
en ellos. Aún más alejado estoy de los consumos alegres. Ya
de estudiante detestaba el boulevard Saint-Michel; he con­
servado esa antipatía, y una opuesta simpatía por la otra
vertiente del barrio Latino, la de la rué Saint-Jacques y la rué
Lhomond, estudiosa y popular, frente al Boulevard chillón
e ignorante.
Estoy convencido de que hemos vivido años locos. Cons­
tantemente he mantenido mi desconfianza y mi hostilidad
hacia una facilidad que no quería saber de sus causas ni de su
sentido: por un lado la miseria de gran parte de la población,
la explotación del tercer mundo y el racismo, y por otro la
no movilización de nuevas fuerzas sociales y la insuficiencia
de los instrumentos de progreso. Pero yo no soy en absoluto
un triste moralista que lamente la decadencia del humanismo
y de las virtudes de antaño. Sé y noto todo cuanto crean esas
transformaciones culturales: en nuestro país las ideas nue­
vas las orientaciones culturales y sociales de la sociedad en la
cual nosotros viviremos el final de nuestras vidas y tú la
mayor pane de la tuya han venido por lo bajo, por la expe­
riencia vivida más que por los sistemas de ideas, y por lo
tanto disociándose también de los movimientos sociales y de
la acción política. Condeno tanto menos ese estallido cuanto
que ha sucedido a las mogigaterías y el obscurantismo de la
postguerra, a la descomposición del socialmolletismo y a la
actividad estalinista del partido comunista. Siento que perte­
nezco a ese mundo liberal en el que no hay ningún poder
central que regule a la vez la economía, la política y la
cultura. Y nada me convencerá jamás de la necesidad aquí de
una dictadura, sea cual sea el nombre con que se cubra.
Pero aunque quiero una sociedad abierta, no quiero una
sociedad al revés. Porque si los conflictos de clase quedan
ocultos por la discusión sobre el Estado y por las moderni­
zación cultural, es que las fuerzas económicas, sociales y
culturales de transformación de la sociedad están olvidadas o
aplastadas. Ahí está lo que me opone a los enamorados de los
años locos. Tendrían razón si no hubiera más que aprovechar
la ventaja tomada con respecto al resto del mundo. Pero es
una locura llevar la inconsciencia a tal extremo. El tercer
mundo, voluntariamente o no, está trastocando en estos mo­
mentos los intercambios desiguales que lo han empobrecido.
Si no queremos convertimos en sociedades dependientes y
colonizadas, es preciso también que tengamos una capacidad
creadora análoga a la de los Estados Unidos. Finalmente, el
mundo soviético, cada vez más encerrado en la tecnocracia
autoritaria y militarizada, nos impone actuar de modo res­
ponsable.
Que la innovación cultural continué subvirtiendo las cos­
tumbres, que los juegos políticos tengan su autonomía, vale;
pero yo querría que la creación de una sociedad nueva, de
nuevos conocimientos, nuevos conflictos sociales y nuevas
formas de organización se convirtiera de nuevo en la gran
tarea de todos, en vez de ser desechada por los bailarines de
la farándula como preocupación entristecedora, al estar ellos
demasiado contentos, con su iluminación de fuegos de artifi­
cio, sin ver como la noche se hace densa a su alrededor y
oculta a quienes quedan fuera de la fiesta. Ya es hora de
volver a los problemas más importantes; no son los del con­
sumo permitido por el reciente enriquecimiento sino los de la
creación de un nuevo mundo. Para nosotros los sociólogos se
trata de buscar, más allá del consumo y de la política, las
nuevas formas de poder y de conflicto que van a dominar el
mundo postindustrial de mañana.
En cada tipo de sociedad hay un movimiento social popular
central. En la fase transitoria de una sociedad industrial a
una sociedad postindustrial en la que lentamente vamos en­
trando, ¿cuál es el movimiento social que nace y da un
sentido superior a reivindicaciones y presiones ejercidas en
muy diversos sectores de la vida social?
Los problemas sociales, dentro de un tipo de sociedad,
giran en torbellino alrededor del ojo de un ciclón. Hay una
alternativa y un conflicto que dominan y orientan a los otros.
La alternativa está en el modelo cultural y con él en todo el
sistema de acción histórica, es decir, el proceso de produc­
ción de la sociedad por sí misma; el conflicto se da en las
clases que luchan por el control de la historicidad.
He prometido no darte clases de sociología general con el
pretexto de las cartas. Cumpliré mi palabra. Pero me veo
obligado a hacerte tocar este centro de todo el análisis socio­
lógico, este lazo indisoluble entre las orientaciones del siste­
ma de acció histórica y el conflicto de las clases. Lo que más
sencillamente define mi trayectoria intelectual es la afirma­
ción de ese lazo y del lugar central ocupado por ese conjunto
que denomino campo de historicidad. ¿Por qué inclinarse de
uno u otro lado, hacia una sociología de los valores de tipo
funcionalista o hacia una sociología de las contradicciones?
Yo no hablo ni de valores ni de contradicciones, sino de
orientaciones y de conflictos. Las orientaciones no son valo­
res, porque no rigen directamente la organización social y
sus normas; entre las orientaciones del sistema de acción
histórica y la organización social se interpone el conflicto de
clases. Los conflictos no son contradicciones, sino que opo­
nen a actores orientados hacia el mismo sistema de acción
histórica. Este no está constituido más por las fuerzas mate­
riales que por los valores; es la acción autoorganizadora que
un sistema social es capaz de ejercer sobre sí mismo. Acción,
la palabra siempre vuelve. Acción y relaciones, inseparables;
situación y representación no están más que en el lenguaje
muerto de la presociología.
Hay que decir al mismo tiempo que la sociedad se produce
a sí misma, es decir, produce sus orientaciones y a través de
ellas sus formas de organización social y cultural, y que está
constantemente dividida por el conflicto de las clases que
luchan por adjudicarse la historicidad. Las clases no se defi­
nen ni a nivel de consumo, ni al de la distribución ni siquie­
ra al de la organización del trabajo o de la producción. Su
raíz no está en el funcionamiento de la sociedad, sino en la
producción de la sociedad por ella misma, en su historicidad,
puesto que la distancia de uno a uno mismo, la acción sobre
uno mismo, es inseparable de la división de la sociedad entre
una clase dirigente que domina el conjunto de la sociedad y
una clase popular que sufre esa dirección y la acumulación
que implica, al mismo tiempo que se esfuerza para apropiarse
de nuevo los instrumentos y los productos de la historicidad.
La sociedad debe entenderse como un mundo autoorgani-
zador, “ autopoiético” . Lo cual nos libra de una vez poi
todas del dualismo entre el mundo social y un mundo tras­
cendente que pudiera determinarlo.
Si hoy es difícil definir el principal campo de los movi­
mientos sociales es porque no corresponde ya a un ámbito
particular de la vida social, como la religión, el poder polí­
tico o la economía. Vemos enfrentarse un poder cada vez
más global, cuya forma extrema y terrible es el Estado totali­
tario, y una defensa no menos global, que por lo tanto movi­
liza, más que grupos funcionales, colectividades: nacionali­
dades, regiones, ciudades o ciudades universitarias, más que
categorías socioprofesionales. Esa defensa se realiza bajo la
directa responsabilidad política y social de los actores popula­
res, en lugar de estar subordinada su acción a la interpreta­
ción que de ella pudieran dar sabios, dirigentes o políticos.
Estoy impaciente por meterme completamente en el estu­
dio de las nuevas formas de poder y de oposición sobre las
que ya he reflexionado. Intelectualmente estoy más cerca del
historiador que del filósofo, y siempre tengo la prisa de llegar
a la descripción y al análisis de un sistema de acción histórica
y conflictos de clases. Pero me apresuro lentamente: porque
lo esencial es comprender el propio proceder sociológico, al
que tantos hábitos intelectuales e intereses creados se resis­
ten. He escrito libros, grandes y pequeños, para definir con
precisión ese proceder. Espero ser capaz en el futuro de com­
pletar ese trabajo, que he realizado en la soledad, integran­
do ese proceder sociológico con el de otras ciencias humanas,
pues entre ellas existen necesariamente fuertes correspon­
dencias. Pero en el punto al que he llegado, y cuando voy a
sumergirme de nuevo por largo tiempo en el estudio de prác­
ticas sociales efectivas, en la historia social de ayer, de hoy
y de mañana, querría que te dieras cuenta de la visión que
soporta todo ese esfuerzo, que hace revivir mi entusiasmo
cuando se ve debilitado por el silencio, la hostilidad o la
futilidad. Entramos en un período que estará dominado por
los movimientos sociales y por el pensamiento que corres­
ponde a su existencia. Tenemos por fin que comprender la
historia, es decir, la producción de las sociedades por la
capacidad de los conjuntos humanos para crear modos de
conocimiento, para acumular e invertir recursos y para darse
orientaciones regidas por una imagen de la creatividad.
No te estoy proponiendo una maquinita intelectual, una
maqueta de aluminio y plexiglás premiada en el concurso
Lépine de ciencias sociales. Sé, por el contrario, qué es lo
que en mi análisis queda todavía demasiado vago, demasiado
intuitivo. Pero lo más importante es sentir en uno mismo la
irreprimible necesidad de una explicación del mundo que se
crea ante nuestros ojos y verse llevado hacia ese mundo por
un romanticismo que no puede hacer sonreír más que a los
burócratas y a los doctrinarios.
El izquierdismo en la crisis actual; sus cuatro compo­
nentes.

Pronto será demasiado tardi para reconocer la importancia


de los movimientos de protesta que saltaron a la vida pública
en mayo del 68 y que desde entonces no dejaron de desarro­
llarse y diversificarse. Su importancia histórica consistió en
ser a la vez lucha social y liberación cultural, en unir en la
utopía creadora la demolición de las ramas muertas del pasa­
do y la acción contra las nuevas formas de dominación social.
La revuelta social y cultural se disipó bastante rápidamente,
tanto en Italia como en Francia, aún fecundando la vida
intelectual, mientras que los movimientos más directamente
políticos de quienes expresaban su protesta se endurecían,
también del mismo modo en los dos países, en un obrerismo
arqueobolchevique estrechamente delimitado. Esa mezcla de
acción política, de movimiento social y de revuelta cultural
ya no lo volveremos a vivir. Lo que primero surgió conjunta­
mente reaparecerá durante un tiempo más largo, pero por
separado. La revuelta cultural, tan rápidamente formada y
descompuesta, es sin embargo lo que lleva en sí el sentido
más duradero: reconoce que el desarrollo de la sociedad no
es su sumisión a un mundo superior, sino su capacidad de
actuar sobre sí misma; sustitución del hombre de la piedad,
donante a un tiempo humilde y orgulloso, con la mirada
vuelta hacia su santo patrón y hacia la fortuna, por el hom­
bre de la relación, sumiso o imperativo, pero definido por
las comunicaciones que establece en el interior de una orga­
nización. Nuestro mundo se inclina hacia la sociedad post­
industrial : ¿lo sentiríamos tan vivamente si no hubiera esta­
llado la revuelta de protesta de Berkeley, de Berlín o de
Nanterre? De la explosión del 68, los nuevos movimientos
sociales son hoy los ingredientes menos visibles. ¿Cómo iba a
ser de otro modo? Esos nuevos movimientos no tomarán
forma y fuerza más que cuando haya tenido lugar la transfor­
mación del poder. Hasta entonces lo viejo y lo nuevo se
mezclarán inextricablemente; las reivindicaciones salariales
les ocupan, como siempre, el primer puesto; pero se percibe
una fuerza nueva, mal controlada, que supera los objetivos
de todo movimiento particular, aunque alimenta acciones
que, por muchos otros aspectos, son de tipo tradicional.
Finalmente, la crisis política, casi ajena a la protesta en el
68, cuando Cohn-Bendit juzgaba con razón que el levanta­
miento de principios de mayo no podía dar origen a una
organización política permanente, pasa a ser la actualidad
más apremiante.
Ella es la que me impulsa a hablarte rápidamente, a tratar
una última vez de los movimientos lentos y profundos que,
en este mismo momento, trastornan nuestra sociedad y
nuestra cultura. Mañana estaremos en plena crisis política, y
tendremos que reaccionar ante los requerimientos del mo­
mento. Todo está dominado por la coyuntura, las rivalidades
entre partidos y personajes, las necesidades económicas, las
amenazas de todo tipo, y olvidamos quizá, al enfrentamos a
los ataques o al caos, que lo que se juega en la crisis es la
entrada en un mundo nuevo, no en un paraíso terrestre o en
una nueva abundancia, sino en una nueva cultura y una
nueva sociedad, tan diferente de la sociedad industrial que
hasta ahora hemos vivido como ésta lo fue de las sociedades
mercantiles que la precedieron o de las sociedades del mundo
de los campesinos y los señores de la tierra.
El papel del sociólogo no es el de leer el acontecimiento,
sino el de recordar a todos los actores implicados en la crisis
que el significado de sus actos está determinado, no por el
momento que viven, sino por lo que impersonalmente se
juega uno en sus actos, por la sociedad postindustrial, en la
que podemos no conseguir entrar o no entrar más que en las
maletas de nuestros conquistadores, o a la cual, por el con­
trario, podemos dar nosotros una expresión particular.
Yo no tomo opción por ninguno de estos dos avisos que
te dirijo: ‘ ‘prepárate para la ruptura política y social’ ’ y “ no
olvides que lo que se juega en ella es la creación de una
sociedad nueva y no de una utopía, es decir, la creación de
nuevas formas de poder y de oposición, de nuevas formas de
relaciones sociales y de expresiones culturales” . Efectiva­
mente, han llegado los tiempos en que no se puede ya esco­
ger entre la inspiración y el realismo; para que se realice la
necesaria mutación social y cultural hay que meterse a fondo
en la crisis y el acontecimiento. Lo que vagamente se deno­
mina izquierdismo no es ni una fuerza política ni una ideolo­
gía. Es el conjunto de protestas dirigidas contra la mezcla de
crisis y de conflicto que marca el paso de una sociedad a otra.
Todo el sentido de la situación histórica que estamos vivien­
do se manifestó primero por el izquierdismo. Es vana toda
formulación que lo eluda. La importancia política está en otra
parte. Así mismo, en el paso del siglo XIX al XX la impor­
tancia política correspondió al radicalismo de las clases me­
dias que, al combatir un clericalismo arcaico, se hacía toda­
vía la ilusión de ser un movimiento social. Hoy el movimien­
to obrero se ha convertido en la componente esencial de la
izquierda política, y no carece de argumentos para comba*
tir el poder capitalista. Pero la naturaleza de la crisis y, sobre
todo, la de la sociedad que nace no se dejan captar por sus
análisis. Las prácticas sociales, las sensibilidades culturales y
las reacciones políticas más significativas pertenecen ya a un
nuevo aniversario. Así como del otro lado el pensamiento
de los grandes dirigentes de organizaciones empresariales no
tiene ya mucho que ver con las expresiones de la patronal
de los años 30, es en el espacio izquierdista donde se si­
túan las fuerzas de oposición y, para empezar, de análisis.
Las formas de la vida política no deben confundirnos. Se
oponen los grupúsculos a la masa inmensa de los movi­
mientos comunistas. Es cierto que bastantes de las fuerzas
izquierdistas querrían ellas mismas ser ultrabolcheviques,
volviendo a las fuentes del movimiento obrero revoluciona­
rio. Pero esa consciencia tan extendida no tiene casi ningún
interés. Aún cuando la Liga Comunista, con un cuidado
extremo, cultive el arcaísmo ideológico, no puede evitar que
sus prácticas sean nuevas. Si mayo del 68 hubiera sido lo que
correspondía a su expresión doctrinal, ¡qué poca hubiera sido
su importancia!
Esa importancia histórica impide situar precisamente a los
izquierdistas en un análisis sociológico. Son a la vez destruc­
tores del pasado, animadores del futuro y manifestación de la
crisis presente. Hay que distinguir en su realidad histórica
diversas significaciones, que no corresponden a grupos parti­
culares sino que se mezclan de diversos modos en las distin­
tas corrientes izquierdistas.
Yo veo cuatro componentes principales del izquierdismo:
— En primer lugar, la lucha contra lo que se denominaban
privilegios y hoy se llama reproducción. El salto adelante de la
economía y de la técnica, la rapidez de los cambios, los
trastornos del planeta, la amenaza nuclear, todo lleva a poner
en duda y a romper el orden, sus medios de transmisión y
sus justificaciones. Durante mucho tiempo la acción de pro­
testa se guareció en el bosque del orden. Atacaba las realida­
des más concretas de la dominación social; combatía la mise­
ria, el paro, el trabajo forzoso o la autocracia. Ahora se
derrumba todo el edificio del orden social y cultural, carco­
mido por el cambio y la protesta. Se critica el mundo de los
mantenedores del orden, de los hombres de negro, por ha­
blar como Balzac. Lo que se denominaba instituciones es
tomado por asalto y se convierte en objeto de burla. La tradi­
ción, los principios, Dios y el hombre son enviados todos
revueltos a la chatarra, como instrumentos de mantenimiento
de una continuidad, cada vez más desplazada, entre los nue­
vos amos de la sociedad y las viejas clases dominantes.
Alrededor de esa corriente izquierdista, débilmente orga­
nizada, se aglutinan todos los pensamientos críticos liberales,-
todos los filósofos de las luces que no quieren hablar de
luchas de clase, pero atacan con la mayor virulencia las insti­
tuciones y las costumbres, en nombre de la liberación de la
expresión o del deseo. La crítica izquierdista no destruye
únicamente un mundo lejano, palacios y templos. Hace esta­
llar la vida cotidiana, las categorías de la práctica, el modo de
formación de la personalidad. Los izquierdistas viven, más
intensamente que los demás, la ruina de la antigua sociedad,
la descomposición de la escuela cuya forma es diferente en
los Estados Unidos y en Francia, pero es tan completa y tan
inevitable en un país como en otro. Yo me resistí a la inter­
pretación que dieron Morin, Lefort y Castoriadis de mayo
del 68: la brecha. Pero ese sentido estaba muy presente.
— El izquierdismo es también un nihilismo, y ésa es su
segunda componente. Si se aísla —¿y cómo evitarlo?— pasa
a ser ambigua.
Porque el terrorismo cultural se mezcla constantemente
con un modernismo que regocija a los nuevos capitalistas, y
la crisis de la escuela deja ver un deseo de la “ verdadera
vida” que puede también encantar a quienes cimentan su
beneficio en el consumo de nuevos productos, y alientan esa
liberación como los capitalistas alentaron la supresión de la
esclavitud. Se ha podido demostrar que los nuevos “ radica­
les” y la juventud rebelada contra la herencia familiar son
dos grupos diferenciados. En todo caso, no se los puede con­
fundir. El nihilismo no escapa a esa recuperación comercial o
a su transformación en misticismo vago, sentimentalidad y
repliegue en comunidades que exaltan los valores tradiciona­
les y la autoridad personal, no escapa a eso más que some­
tiéndose a una visión del porvenir, a una nueva profetiza -
ción.
— Esa es la tercera componente del izquierdismo: la uto­
pía, que no es ensoñación, sino consciencia de las nuevas
alternativas sociales y voluntad de lucha contra nuevas ame­
nazas, cuando unas y otras están todavía indiferenciadas en
la lejanía y antes de ser captadas por la práctica deben serlo
por la imaginación. El izquierdismo se opone a una domina­
ción cada vez más generalizada, a un control social que cua-
dricu^ .a sociedad y la cultura cada vez más imperceptible­
mente, y lo hace lanzando la oposición autogestionaria y
atacando las nuevas fuentes de beneficio.
Pero este recurso a una revolución cultural no corresponde
únicamente al movimiento utópico, como si después de esta
exuberancia de juventud los nuevos movimientos sociales
fueran a volver pronto a un terreno sólido, el de las luchas
económicas o propiamente políticas. El izquierdismo no es la
enfermedad infantil de un nuevo movimiento obrero renova­
do. Cuanto más se entra en la sociedad programada más se
ven determinadas las prácticas por decisiones regidas a su vez
por ideologías. Cuanto más rápido es el cambio más debe
guiarse la marcha de las sociedades por una representación
del presente y del futuro, y más completa debe ser la movili­
zación de las fuerzas sociales y culturales. La aceleración de
la historia nos aleja de la situación en que jugaban un papel
central los problemas económicos elementales y los mecanis­
mos de equilibrio de las poblaciones y de las sociedades. El
izquierdismo y el pensamiento social que lo acompaña no se
equivocan al predicar el papel central de la ideología. No es
un hecho pasajero de una época de crisis; es un rasgo que
marcará todo el período en que entramos.
Ninguna organización puede retener en sus filas tantos
sentidos diferentes y sin embargo inseparables unos de otros;
es toda la complejidad del paso de la sociedad capitalista
industrial a una sociedad postindustrial, todavía capitalista y
cada vez más tecnocrática, lo que alimenta la multiplicidad
de corrientes que se combinan, se componen o se oponen.
E)e ahí el desbordamiento de las organizaciones políticas,
incapaces, sean cuales sean, de representar toda la historia,
superadas por cambios que no pueden ser controlados y go­
bernados por ninguna voluntad particular, esto es así por
cuanto esas organizaciones defienden una imagen de la socie­
dad y de la acción social producida por un período cada vez
más hundido en el pasado. De ahí también las ambiguas
relaciones del izquierdismo y la vida intelectual. Las sectas
izquierdistas son más intolerantes que los grandes partidos
tradicionales y rechazan todo análisis, se encierran en su
buena conciencia y en sus expresiones. Pero la corriente
izquierdista ha tocado casi todo cuanto hay de vivo en el
pensamiento contemporáneo, pues la experiencia histórica y
el proceder unificador de las ciencias humanas se requieren
mutuamente, escapando por igual a las limitaciones y a las
obligaciones de las estrategias y de las tácticas políticas.
No te gusta que te llamen izquierdista: tú te defines como
revolucionaria, porque quieres situar tu reflexión y tu acción
dentro de la lucha de clases. Pero a falta de combates sufi­
cientemente claros, esa pertenencia se convierte en adhe­
sión, más que social, doctrinal y organizativa. Te burlas de
mí reprochándome que ponga el progreso de la sociología
como meta final de los movimientos sociales; tú quieres que
la expresión conduzca a la acción. ¿Pero dónde está esa ac­
ción? El hecho de que grupos de estudiantes, en Francia y
más aún en Italia, hayan ejercido una influencia sobre gru­
pos de trabajadores es muy importante y muy positivo. Pero,
sin reconocerlo nunca abiertamente, sabes mejor que yo que
la acción eficaz y responsable queda lejos de ti. ¿Por qué no
entras en el PC, o en Lucha Obrera, dirigida por militantes
obreros? Reconoce más bien que eres izquierdista, lo que no
es ni una doctrina ni una profesión, sino una sensibilidad y
un paso que te conducirá, si aceptas renunciar al orgullo de
la intelectual revolucionaria, hacia una acción responsable,
ya sea política o profesional.
Tú nunca aceptarás estas recomendaciones; de todos mo­
dos, escúchalas.
La situación actual; el orden puesto en cuestión; los mo­
vimientos sociales paralizados; la crisis de la enseñanza.

Los Estados Unidos ven desarrollarse con mucha fuerza los


nuevos movimientos sociales. El movimiento estudiantil em­
pieza en Berkeley en el otoño cíe 1964; está en constante
actividad hasta el otoño de 1970, con un máximo cuando la
revuelta de Columbia en 1968 y sobre todo en el momento
de la invasión de Camboya, en la primavera del 70. ¡Qué
contraste con el movimiento francés, cuya inmensa fuerza y
casi inmediata descomposición derivaron una y otra del es­
trecho ligamen de ese movimiento con la crisis universitaria
y política! Gracias a él obtuvo el movimiento una importan­
cia excepcional, pues sacudió toda la sociedad francesa; pero
el mismo movimiento se vió minado por los efectos de la
crisis, y en particular de la debilidad de las universidades,
tan impotentes para soportar un movimiento social como
para adaptarse a las necesidades del conocimiento y de la
formación. El movimiento negro americano ha conocido ya,
por su parte, una larga historia, desde los movimientos de
reforma, cada vez más radicales, hasta el separatismo impul­
sado por la pequeña burguesía negra y la ruptura a la vez
revolucionaria y utopista de los Panteras Negras y de los
movimientos equivalentes. ¿Habrá que referirse una vez más
al movimiento de liberación de las mujeres, a la sensibilidad
ante la crisis urbana, a la polución y la destrucción del medio
ambiente y a los movimientos de los mexicanos-americanos y
de los indios? Es en los Estados Unidos donde la sociedad
tiembla en su base. En Francia los movimientos sociales están
asfixiados por la crisis de las instituciones, de la burocracia
autoritaria, que no tiene ni las cualidades de un despotismo
ilustrado ni las de la socialdemocracia, y por la sorda resis­
tencia de las personalidades formadas por una educación re­
presiva.
Durante mucho tiempo yo dudé en mi juicio sobre el Estado
en Francia. El hundimiento del gaullismo, que no había previs­
to así de repentino, cortó los titubeos.
Durante el período pompiduliano, ya liberal de espíritu, es
decir, que sacrificaba todo al reforzamiento de los centros del
poder capitalista, el Estado, que no se regía ya por un nacio­
nalismo planificador, se corrompió, se hizo más pesado. Su
impotencia frente a todos los problemas sociales se hizo cada
vez más escandalosa, sobre todo a partir del momento en que
el gobierno fue confiado a un personaje claramente inferior a
su cometido.
Se ha podido hablar de una crisis; se trataba de una muer­
te, la del Estado soberano, a la vez arrogante y burocrático,
pero también a veces modemizador y antiaristocrático. La
sociedad francesa no está ya dominada por la separación,
heredada del siglo pasado o de los siglos anteriores, entre la
sociedad civil y el Estado. Principios, planificación, así como
reglas, tradiciones y nacionalismo desaparecen. Por la misma
razón, la oposición no debe ya apuntar al Estado, sino prime­
ro a la clase dirigente, incluido el Estado que cada vez está
más estrechamente ligado a ella. Es porque los liberales han
sustituido a los gaullistas por lo que la hora de los socialistas
ha llegado antes que la de los comunistas.
No se trata sólo de un cambio de temas y de actores; lo
que se ha modificado es también el tono de la vida política.
Desde hace quince años en Francia estamos viviendo en un
mundo al revés, en el que la ideología rige la política, que
rige a su vez la economía. Yo noto que por toda mi forma­
ción y mi experiencia pertenezco a ese mundo en el que la
Iglesia y el Estado, el Partido y la revolución suscitan las
mayores pasiones, en el que objetivos y leyes son vividos
siempre como exteriores al individuo y al grupo y se descon­
fía de la educación, de la comunicación, de la polémica y de
las reglas del juego.
Pero la grandeza de los enfrentamientos heroicos ha dado
paso desde hace tiempo a la sórdida lucha de los burócratas y
los retóricos. Yo me alegro de la desaparición de los gaullis-
tas, aún cuando sepa no sonreírme a propósito de la grandeza
en que algunos creyeron. Es en términos de fuerzas sociales,
de innovaciones culturales y de métodos institucionales co­
mo deben tratarse los problemas políticos. Vivimos desde
hace tiempo en un mundo de expresión que no corresponde
ya a nuestras prácticas.
La sociedad francesa, políticamente excitada y socialmente
apagada y arcaica, reparte toda su fuerza entre los debates
doctrinarios y el más tosco “ realismo” . Lo cual muestra
muy bien el predominio de la crisis institucional y de organi­
zación sobre las luchas de clase o la crisis del sistema de
producción. Francia está artificialmente dominada por las lu­
chas entre el Estado burocrático, conservador, incapaz de
grandes decisiones y pianes, y una inteligencia excepcional­
mente brillante y fuerte pero con más comentadores que
creadores y todavía apegada a un elitismo que mantiene o
profundiza la separación entre la alta cultura y una cultura
popular viva.
Esa es la situación francesa. No es una situación extrema,
pero uno se siente insatisfecho mucho más a menudo que en
otros lugares.
Una sociedad que sigue siendo, que es cada vez más arcai­
ca. Durante un tiempo la nueva élite dirigente, la del Estado
tecnocrático, fue modernizadora. Fueron los días felices de la
planificación francesa, animada por grandes mentes que no
eran política ni culturalmente conservadoras. Pero cada vez
más la clase dirigente instalada en el poder, contra la lenta
progresión de las fuerzas de oposición, tuvo necesidad de
apoyarse en la pequeña burguesía arcaica. Se pasó de De
Gaulle a Pompidou, de la grandeza a la comilona, de Mal-
raux o Druon. Y vino el cogerse a las faldas de los comer­
ciantes cuya presión produce ventajas a los potentados en
nombre de la dramática situación de una minoría.
El temor que inspira el Estado es tan grande que desde la
izquierda no se osa mirarlo de frente. ¿No es Michel Crozier
quien mejor ha analizado la burocracia francesa?
Qué apasionante sería seguir con mirada fría la descompo­
sición del Estado gaullista. Desde hace ya tiempo no tenemos
un estado sino dos. Por un lado la burocracia, que se desa­
rrolla tanto mejor cuanto que, en los ministerios de tutela,
que son más bien administraciones de clientela, negocia cada
vez más con los notables; por otro el Estado tecnocrático con
interés por la gestión económica, que paga a sus funcionarios
mejor que el otro Estado y forma con las grandes empresas
una élite dirigente en el interior de la cual los hombres circu­
lan bastante fácilmente. Pero cada vez más aparece un tercer
Estado: el que quiere tomar nuevo contacto con la sociedad,
y quiere no ya planificar sino acondicionar, no ya imponer
sino suscitar la oposición. Lo cual es tan necesario social­
mente y tan contradictorio con el resto del aparato de Estado
que la negociación pasa a ser sumisión a las más fugitivas
corrientes de opinión (moderada), y la buena voluntad se
convierte en confusión o en impotencia. Tras las fachadas
sólidas, las reglamentaciones puntillosas y el orgullo de los
altos dignatorios se ha introducido la duda; se quiere hacer
todo a la vez, y pronto los prefectos irán a seguir cursillos de
creatividad, mientras los rectores se iniciarán en la música
pop, lo cual no puede llevar más que a la incoherencia.
Yo creo que la nueva derecha, a la vez liberal y tecnocrá-
tica, tiene capacidad para purgar el Estado, ponerlo de acuer­
do con su papel de dirigente económica y hacerle olvidar los
apolillados encantos de la soberanía y de la grandeza. Toda la
sociedad, y sobre todo sus “ fuerzas vivas” , los movimientos
sociales impulsados por la nueva clase dirigente o por las
fuerzas de oposición y las clases populares, quedará reforzada
por el abandono de la retórica y las presunciones de ese
Estado, que desde hace tiempo ha dejado de ser depositario
de los grandes destinos de la nación.
Es en esa situación, en que la crisis de las superestructuras
se impone aún sobre los conflictos y las tensiones de la base
económica y social, en la que se extiende el espíritu doctrina­
rio que no capta ya la realidad social y sus transformaciones
más que a través de las expresiones interpretativas, que fue­
ron primero ideologías, se transformaron en doctrinas y aca­
ban por no ser más que retóricas. Esos lenguajes, que fueron
los de unos movimientos sociales, se han convertido en la
expresión que unas fuerzas políticas intentan imponer a la
sociedad, y no son más que la racionalización de la crisis
interna de categorías sociales privadas de actividad práctica.
Pues no se puede imaginar que la crisis de la universidad en
Francia, y más en general la de la educación, la inevitable
descomposición de la enseñanza-reproducción, no se traduz­
ca por la putrefacción de ese medio, trátese de tentativas
reformistas o de movimientos intelectuales revolucionarios.
En 1968 yo detesté lo que a la mayoría le encantaba : las
sesiones del Odeón, y hasta las de la Sorbona. ¿Qué sería la
Revolución Francesa reducida a las discusiones del club de
los Cordeliers, si no hubiera habido la revuelta campesina, la
política robespierrista o los soldados del Año II? Creía enton­
ces, y lo creo hoy todavía más, que la importancia de mayo
del 68 estaba en otra cosa, en lo que aparentemente fue lo
más breve y lo menos coronado de éxito: la acción de Cohn-
Bendit en Nanterre, la voluntad política de salir de la univer­
sidad y crear un movimiento popular, la presencia en las
barricadas y los carteles que llamaban a la lucha (más que los
graffki a menudo demasiado afables). El movimiento estudian­
til vivía de ilusión cuando pretendía entregar su bandera a la
clase obrera que no era ya revolucionaria. Entre esa ilusión
política y las desvergüenzas verbales el movimiento de mayo
no tenía salida práctica. Pero esa evidente impotencia política
no debe enmascarar la inmensa importancia de un movi­
miento que anunciaba el nacimiento de nuevos movimientos
sociales.
Yo no me opongo a los ideólogos apelotonados en la uni­
versidad porque sean presuntuosos, obtusos o aburridos, si­
no porque forman parte del inmenso aparato de resistencia de
la vieja sociedad a la renovación para la cual está a punto.
Aquí tenemos lo esencial: el progreso de la economía, la
transformación de las relaciones sociales y la misma acción
de acontecimientos internacionales, todo ha hecho madurar
la sociedad francesa. Francia y el conjunto de países de la
Europa occidental industrializada empiezan a experimentar
cambios tan profundos que pronto será imposible enmascarar
los conflictos ligados a esa mutación. Al mismo tiempo la
crisis institucional parece atenuarse, pues frente a un bloque
de derechas se ha formado un bloque de izquierda. El segun­
do pasa a ser incluso más sólido y dinámico que el primero,
cimentado sobre todo en el miedo.
Al nivel de la organización social la modernización deja
sentir sus efectos sobre la organización de las empresas, la de
los hospitales y en muchos otros sectores de la producción.
Las instancias de educación —la escuela, la familia, la Igle­
sia— están en crisis, pero esa crisis sobrepasa poco a poco el
nivel de la inadaptación al que demasiado a menudo los fran­
ceses gustan relegarla. Se descubre que no se trata de una
crisis de organización, ni siquiera de una crisis política, sino
de una transformación de las orientaciones culturales.
En estas condiciones, ¿no ha llegado el momento en que,
al mismo tiempo que las innovaciones culturales, van a rea­
parecer los movimientos sociales? Yo no elogio las con­
ductas prudentes y calculadas en contra de las conductas
aventureras de simple revuelta, del arte de lo posible en
contra de la violencia y el poder; lo que me parece realista es
lo contrario.
Cuando un enseñante se niega a recibir a un inspector
general, hace discutir por sus alumnos un texto —por lo
demás mediocre— sobre la sexualidad o establece relaciones
insólitas entre sus alumnos y él, o cuando un médico procla­
ma que ha practicado abortos, hay que apoyar sin reservas el
salto fuera del discurso, hacia la práctica, hacia el redescu­
brimiento de las relaciones sociales reales, que esos hechos
representan. En eso estuvo y está la importancia del debate
sobre el aborto, para salir de los malentendidos y los buenos
sentimientos del movimiento por la planificación familiar.
Yo preferiría saber que unos enseñantes y unos estudiantes
han creado una escuela salvaje en la que intentan dar a cono­
cer a los trabajadores inmigrados y a sus hijos su propia
cultura, la del país en el que viven, y las relaciones que
existen entre ese país y Francia, y por lo tanto el sentido de
su situación, preferiría saber eso a recibir un nuevo fajo de
panfletos en los que haya quienes, antes de pasar a compor­
tarse de modo puramente conservador, exijan, no soporten
más, rechacen o transformen los movimientos revoluciona­
rios del pasado en histéricos discursos. Encantadores manda-
rincillos rojos que han sabido utilizar la revuelta estudiantil
para convertir las botas de los patronos de otro tiempo, auto­
ritarios pero trabajadores y creadores, en zapatillas de canó­
nigo, agradables de llevar en las largas sesiones administrati­
vas en el curso de las cuales el rechazo del orden establecido
se pone al servicio de los pequeños privilegios personales y de
la propia irresponsabilidad.
Me encuentras excesivo. Estoy de acuerdo. Esa putrefac­
ción ideológica fue sobre todo la inevitable recaída del movi­
miento de mayo. El otoño del 68 y todo el año 68-69 estu­
vieron dominados por manifestaciones de crisis y descompo­
sición de las más irracionales. Olvidemos ese desastroso pe­
riodo. Pero la crisis intelectual, y para empezar la de la
enseñanza, tiene causas más profundas.
El mundo de la enseñanza ha reunido casi siempre dos
funciones: la de transmisión del orden social y cultural y la
de adaptación, es decir, no sólo de formación para nuevas
profesiones, sino de refuerzo del aparato administrativo en­
cargado de gestionar la sociedad y sus cambios. Dualidad que
explica que la experiencia de la enseñanza sea a menudo
experiencia de una movilidad social ascendente, cuando en
cambio el análisis muestra que las desigualdades sociales no
se han visto reducidas. Esa combinación permite a los ense­
ñantes, categoría poco numerosa hasta un pasado reciente,
ser considerados ya conservadores, ya progresistas, según se
tenga en cuenta su papel de notarios de la herencia cultural o
el hecho que se sitúa del lado del cambio y de la elevación del
nivel general de conocimiento en la sociedad. Pequeños per­
sonajes, a menudo sumisos, pero a menudo también descon­
tentos y apoyados en el Estado como instrumento de moder­
nización y de igualización. La lucha contra las escuelas cató­
licas ha hecho más visible en Francia el papel “ republicano’ ’
de los enseñantes y ha enmascarado su papel conservador.
La coexistencia de esas dos funciones opuestas y cada vez
más difíciles de conciliar ha conducido al progresivo reforza­
miento de una retórica de la enseñanza, encerrada en la
sacrosanta autonomía del mundo escolar. Yo no creo que las
reglas culturales y sociales que estructuran esa autonomía
sean únicamente máscara de una dominación social. Veo en
ellas más bien un mecanismo de defensa contra un desgarra­
miento cada vez más amenazador. El juicio de los estudiantes
de Nanterre sobre esa independencia era en parte correcto
cuando nos reprochaban, a nosotros los enseñantes, no que
estuviéramos al servicio del poder, cosa que sólo unos imbé­
ciles habrían podido decir, sino que les alimentáramos con
las ilusiones y las abstracciones del liberalismo universitario,
cuando en cambio estaban destinados a ponerse al servicio de
las grandes organizaciones. Eso era aclarar toda una faceta de
la realidad; la otra era que esos estudiantes procedían a me­
nudo de la burguesía y bastante a menudo habían de quedar
más cerca de los amos que de los servidores, recordándoles
en cambio los enseñantes la existencia y las exigencias de
categorías sociales menos privilegiadas. Hoy la función con­
servadora de la escuela ha pasado a ser una función reaccio­
naria. No es suficiente decir, como Baudelot y Establet, que
hay dos circuitos escolares distintos, uno para la clase popu­
lar y otro para la burguesía. Si así fuera, si las suertes estu­
vieran del todo echadas desde el principio, los enseñantes
podrían tener buena conciencia, como todavía la tienen al
nivel universitario, declarando con razón que se encuentran
situados ante la desigualdad y que intentan reducirla. En
realidad la instrucción se ha convertido en el principio de la
jerarquía social de una sociedad meritocrática. De ahí la
existencia de una demanda de educación análoga a la exigen­
cia del derecho de voto o del derecho al trabajo. Esa demanda
que se generaliza puede minar los privilegios adquiridos y la
desigualdad social. Corresponde por tanto a la escuela conte­
ner esa demanda, jugar un papel cada vez más activo en la
desigualdad. Muchos que pertenecen al circuito primario pro­
fesional, por seguir con las expresiones de Baudelot y Itablet,
intentan entrar en el circuito secundario superior. Las refor­
mas del sistema solar, y en particular la creación de los CES,
la mezcla en esos centros de los maestros procedentes de la
primaria y de los que proceden de la secundaria, el estallido
de los antiguos filtros de selección de las élites dirigentes,
demasiado restrictivos para las necesidades de una sociedad
industrializada, abren nuevas posibilidades no sólo a la movi­
lidad ascendente de muchos, cosa que es evidente, sino a la
igualización de oportunidades. Cuanto más se debilita el pa­
pel de la familia y la comunidad local más corresponde a la
escuela conducir una activa movilidad ascendente y mante­
ner la desigualdad social, a la que se apega toda clase dirigen­
te. Los enseñantes tienen que contener el ascenso escolar de
las clases populares. Trabajo mucho más penoso en Francia
que en los Estados Unidos, donde las escuelas de base son
muy diferentes según la composición bucial uel barrio o la
ciudad. Lo que se llama la gran crisis de la enseñanza secun­
daria americana puede verse con más exactitud como un
mecanismo de selección social. Los ricos escapan hacia ella
por medio del dinero y de un mejor entorno social y cultural.
Las clases populares, y en particular los negros, después de
unos estudios generales muy malos, han perdido casi toda
oportunidad de entrar en una buena facultad. En Francia la
demanda de educación está lejos de ser tan generalizada, y
por lo tanto la escuela no tiene que operar una contención
tan brutal; en cambio, el sistema centralizado disminuye las
diferencias entre las escuelas, lo que obliga a realizar la selec­
ción, más que al propio sistema escolar, a los enseñantes,
manteniendo el papel central de los ejercicios, para los cuales
los mejor preparados son los hijos de las familias burguesas,
y evitando ligar el estudio a la actividad y a satisfacciones
inmediatas. Durante una reunión de padres de alumnos en el
CES de mis hijos, el director declaró: ¡si quieren que sus
hijos sean más tarde polytechniciens ...! Aún cuando cierta
retórica oficial haga decir a los padres y a los niños que el
técnico es equivalente al secundario largo, y la sección de
letras es igual a la sección de ciencias, nadie se deja engañar
por esas mentiras, y menos los enseñantes.
Pero lo que lo cambia todo para los enseñantes del tipo
francés es que el Estado que era su apoyo, el lugar en el que
conservadurismo social y progreso profesional y político se
asociaban felizmente —puesto que, en un mundo cuya socie­
dad civil estaba dominada por la desigualdad y la tradición el
Estado era un recurso—, les abandona. El Estado se pone al
servicio de una sociedad industrial; favorece a los dirigentes
y a los cuadros de la economía; es también más o menos
sensible a las presiones obreras, y en una economía como la
actual en que los precios aumentan rápidamente los funcio­
narios y enseñantes ven bajar su nivel relativo.
Encargados de tareas cada vez más represivas, mal clasifi­
cados en una sociedad en la que la producción domina sobre
la reproducción, los enseñantes pierden en todos los terre­
nos: el productor les reprocha su retraso, el izquierdista les
reprocha mantener el orden y la injusticia establecidos y su
posición relativa de dase media se debilita. La crisis de la
profesión se manifiesta claramente por su feminización, en
una sociedad en la que la desigualdad de oportunidades entre
hombres y mujeres sigue siendo muy grande. El mundo de la
enseñanza estalla: algunos se encierran en lo que creen que
es su pureza profesional, y cada año lamentan el descenso de
nivel del bachillerato o de las oposiciones. Lo cual, claramen­
te, significa que se consagran a la lucha activa contra la
democratización, manteniendo criterios de enseñanza y de
juicio que corresponden a un reclutamiento social más eleva­
do. Otros, numerosos sobre todo en la secundaria, están
desmoralizados, se ausentan o buscan desesperadamente in­
gresos complementarios que les permitan mantener su lugar
entre los notables de la ciudad. Otros, finalmente, rechazan
su papel de selección social y ponen en cuestión el conjunto
del sistema de enseñanza, su papel social, sus métodos pe­
dagógicos y su organización administrativa. Afortunadamen­
te, otros inventan nuevas relaciones entre sus alumnos, el
conocimiento y ellos mismos.
La buena conciencia de otros tiempos ha desaparecido. De-
da: es cierto que la desigualdad existe, pero procede de las
familias y nosotros nos esforzamos por corregirla; somos
elementos de progreso, en una sociedad de costumbres y de
tradiciones. Esas dos afirmaciones han pasado a ser falsas y
han sido sustituidas por sus contrarias: en lugar de acelerar
la adaptación al cambio, la enseñanza la retrasa; y partidpa
activamente en el mantenimiento de las desigualdades socia­
les. Pero no está en el centro de las nuevas fuerzas y de las
nuevas relaciones de producción, puesto que precisamente se
define por su marginación. De ahí que las conductas de crisis
tengan en ella mucha más fuerza que las conductas de con­
flicto. Los sindicatos de enseñanza atacan el Estado y procu­
ran al mismo tiempo su protección. En el análisis de la crisis
de la enseñanza y en la innovación pedagógica no han jugado
un papel importante. Esa actitud defensiva, retraída, es más
clara en la enseñanza secundaria que en la primaria, y más
en la superior que en la secundaria. La enseñanza no puede
ya vivir de la ilusión de ser un factor de apertura y de progre­
so en un mundo dominado por la herencia y la tradición.
O bien se identifica poco a poco cada vez más con las necesi­
dades “ prácticas” y con la ideología dominante de la socie­
dad, o bien se encierra en una retórica defensiva que le hará
perder la capacidad de comunicar ideas, o bien recurre por el
contrario directamente, en una sociedad que está cambiando,
a la creatividad en contra de las barreras sociales y culturales.
Ese mundo de clases y virtudes medias se ve llevado hacia los
extremos; la demanda de movilidad, de actividad y de res­
ponsabilidad tiene forzosamente que contenerla o asumirla.
Y o quisiera que la enseñanza sirviera, no a los cuadros socia­
les y culturales dominantes, sino a las orientaciones de una so­
ciedad , y en particular a su conocimiento, al mismo tiempo que
mostrara las relaciones sociales y políticas a través de las cuales
esas orientaciones actuales se realizaban. La enseñanza no debe
estar inmersa en la vida social, es decir, de hecho, sometida a la
influencia de los notables. Debe estar al servicio del conoci­
miento y de la creatividad, y revelar las realidades de la vida so­
cial, lo cual supone que posea una cierta independencia, no re­
plegada en una retórica ‘ ‘escolar’ ’ y un corporativismo agota­
dos, sino lanzada hada delante por la innovación y la crítica.
Hoy ya es vano oponer la función adaptadora de la escuela
a su función reproductora. No es que una y otra hayan desa­
parecido, sino que por su importancia la función productora
domina cada vez más sobre las otras dos, y las posiciones
opuestas y los conflictos se sitúan a partir de ese hecho.
Entre los que reconocen el lugar preponderante de esa
función productora de la escuela existen hoy tres posiciones
claramente definidas. Para unos la escuela debe ponerse al
servicio de la jerarquía social: debe intervenir lo antes posi­
ble para reclutar una élite social y contener las demandas
democratizantes.
Un segundo grupo, formado sobre todo por los comunis­
tas., critica la desigualdad social ante la enseñanza, pero opo­
ne a esas injusticias el papel creador de la instrucción consi­
derada como fuerza de producción. Esa oposición de fuerzas
y relaciones sociales de producción gusta a muchos enseñan­
tes, a quienes permite tener una excelente conciencia aún
atacando la “ sociedad” .
La última posición es más radical. Afirma que la entrada
de la escuela en el aparato de producción marca todo su
contenido con un signo de clase. Justa crítica de la posición
intermedia, que establece una frontera absolutamente arbi­
traria entre el respetable contenido de la instrucción y las
condenables formas sociales de la educación. Posición, sin
embargo, excesiva, y que podría llevar a situar la escuela
más enteramente que nunca al servicio, no de los grupos en
rebeldía, evidentemente, sino del poder mismo.
Su propia fuerza debe ayudar, no obstante, a hacer apare­
cer el conocimiento, a librarlo del discurso social en que está
atrapado. Trabajo casi ilimitado, pero en el que no hay que
concederse descanso. La crítica de las obras escritas ha im­
puesto, sobre todo gracias a Roland Barthes, el estudio de la
escritura y del texto, enriquecido con la aportación de todas
las ciencias humanas. Tomando el libro como obra y no
como producto, ¿no ha hecho lo que, según se espera, hará
un día la escuela? Pienso en particular en la enseñanza de la
historia, que no logra desprenderse del sociocentrismo o la
memorización carente de sentido. ¿Pero acaso los historiado­
res no han realizado ya ellos mismos en gran medida la
crítica del historicismo, haciendo estallar la falsa unidad de
los períodos y de los momentos cronológicos, recurriendo
ellos también a todas las ciencias humanas y disociando por
tanto mediante el análisis lo que la ideología presenta como
necesariamente ligado?
Que la escuela sea activa, pero a condición de que su
actividad sea un trabajo de conocimiento y no sirva de pre­
texto para diversiones de club, más selectivas socialmente
que ningún otro tipo de enseñanza. Que mire hacia el exte­
rior, no para ligarse a los notables, sino para enseñar recono­
cer a todos el trabajo del conocimiento y las condiciones
sociales que lo orientan o controlan.
La enseñanza debe producir creatividad, y su democratiza­
ción debe ser por tanto lo contrario de la sumisión a una
ideología, sea cual sea. En la enseñanza la forma principal de
democracia es la búsqueda de los medios de aprendizaje, de
expresión y de comunicación de cada niño considerado en su
personalidad individual, sus relaciones con los demás y su
posición en la sociedad. Si pienso en la enseñanza que recibí,
sobre todo en el liceo, mi insatisfacción está hoy tan viva
como entonces: ¿por qué me dejaron hacer tan poco y por
qué se ocuparon tan poco de mí? El personaje principal de la
escuela es el programa; se “ haga” o no se haga, tanto me
da. Yo guardo el recuerdo de un terrible freno puesto a mi
actividad. Estar sentado en un banco o una silla detrás de una
hilera de mesas siempre me ha parecido insoportable. No
intento sustituir yo las iniciativas de los enseñantes, pero
pido con todas mis fuerzas que las tengan. Mientras los ense­
ñantes no intenten primero actuar sobre la enseñanza, per­
manecerán sumidos en una mezcla de descomposición y re­
vuelta igualmente destructoras.
¿Cuándo los enseñantes se ocuparán, pues, de la escuela,
en lugar de cerrar filas corporativamente para salvaguardar
mejor su dignidad de pequeños notables, que no por eso se
pierde menos? Todo está ligado, la formación de nuevas
polémicas y de nuevos movimientos sociales, la apertura del
ámbito reservado de la enseñanza y el desarrollo de las cien­
cias sociales. Lo cual vuelve a ponerme ante esa idea que
tiene para mí tanta importancia, por haberse alimentado de
tantas experiencias, afortunadas y desafortunadas, alentado­
ras y deprimentes: hay que salir de un estado como éste, en
que la crisis del orden establecido se impone a las fuerzas
sociales y políticas, para poner en pie a la sociedad, y volver
a dar prioridad al desarrollo de nuevas orientaciones sociales
y culturales, a nuevas fuerzas de producción y por lo mismo
a los conflictos de clases definidos por la nueva sociedad y
que la atraviesan toda ella.
Muchos enseñantes sienten el mismo malestar. Se les ha­
bla de reglas administrativas y de intereses profesionales. Se
les encierra así por todos lados en su categoría social, para
exaltarla o para criticarla.
¿Pero quién se preocupa por las prácticas de la enseñanza,
por la libertad que debe corresponder al enseñante que pro­
cura establecer una relación entre él y un grupo y entre cada
uno de los miembros del grupo y unas ideas, unas activida­
des unas situaciones?
Como ocurre a menudo, ciertos incidentes, considerados
por la mayoría escandalosos, han mostrado muy bien la di­
rección de los cambios necesarios: cada enseñante debe po­
der actuar de un modo responsable, tan libre como sea posi­
ble, para entrar verdaderamente en comunicación con su
clase. ¿Comporta riesgos esa libertad? Claro que sí, y yo
considero prudente que se reflexione sobre ellos, pero insen­
sato que de ellos se haga un pretexto para hundirse en un
silencio cargado de contradicciones.
La juventud es más independiente de las normas transmiti­
das: cada cual gusta de proclamar esa independencia. ¿No
tienen los enseñantes, también ellos, derecho a liberarse de
las limitaciones de la reproducción y del aislamiento, para
acompañar y a un tiempo ir delante de los niños y los jóvenes
cuya vida en parte ellos comparten?
¡Qué inmenso lío! Cada vez se extiende más la imagen del
enseñante inadaptado, amedrantado. Imagen que ya les va
bien a quienes no quieren romper el mundo de la enseñanza
más que en provecho de una enseñanza llamada técnica, es
decir, de las necesidades inmediatas de las empresas. ¿Cómo
no ver que millares y millares de enseñantes se desesperan al
perder sus esfuerzos, al no poder ser los grandes innovadores
de una sociedad que tiene necesidad de ellos pero en la cual
todo parece confabularse para privarles de su actividad al
servicio de la creación y de la liberación?
Como los nuevos movimientos sociales están todavía mal
formados y no hacen mella en las instituciones y la organiza­
ción social, el pensamiento de oposición percibe mejor la
exclusión que el conflicto. Acampa ante las altas murallas de
la ciudad y se identifica con todos los forasteros rechazados.
Lo cual conduce a mezclar las reivindicaciones, las inadapta­
ciones y los rechazos moralistas. Era preciso que esa protesta
absoluta viniera a quebrantar la buena conciencia de los que
buscan la abundancia y el progreso. Pero aquélla supone un
cierre y una inmovilidad que no existen.
La sociedad no es obra de un poder omnipotente, que
integre y reprima, imponga un orden y mantenga el pasado.
Se ve arrastrada por la producción y las relaciones de clase.
La escuela no pertenece sólo al mundo de la reproducción;
muestra también la acción de la clase dominante. En el inte­
rior de esas relaciones de clase y de las orientaciones cultura­
les de la sociedad, la escuela está regida por el sistema políti­
co y, según los países considerados, puede ser tanto un ins­
trumento al servicio de las categorías medias socialmente
ascendentes y más o menos ligadas al Estado como un medio
de defensa de las viejas categorías dominantes y de un orden
social agotado. Finalmente, los enseñantes no son tan sólo
expresión concreta del sistema de producción y de la institu*
ción escolar. Tienen casi siempre una gran autonomía de
movimiento, que da importancia a la retórica defensiva que
utilicen, pero también a sus posibles iniciativas. El enseñante
es a la vez un agente de creación de lo “ arbitrario cultural” ,
como dice P. Bourdieu, y uno de los que en la sociedad están
menos directamente ligados al poder de la clase dirigente y
del Estado. Son demasiados los libros actuales que caricaturi­
zan la enseñanza, en nombre de una imagen de la sociedad
concebida como aparato represivo y como creación ideológica.
Yo quiero, por el contrario, recordar siempre las separa­
ciones que existen entre los niveles de la realidad social y
recordar al mismo tiempo, sobre todo, que la sociedad es un
conjunto de sistemas de acción; ningún actor puede ser defi­
nido desde fuera por el papel que se le asigna. Aunque sea
muy indirectamente, participa en la producción de la so­
ciedad por sí misma y en su transformación. Innova y resis­
te, protesta y apoya y vive crisis, conflictos y contradiccio­
nes. Yo me impaciento al ver adoptar con tanto entusiasmo
representaciones de la sociedad tan a menudo desesperantes,
que hacen incomprensibles las mismas protestas. Si los estu­
diantes están modelados por un aparato de mantenimiento de
los privilegios, ¿cómo explicar el movimiento de mayo?
Hemos dejado atrás ya el momento de la ruptura, del recha­
zo y de la representación de la sociedad como aparato de con­
trol y de inculcación. El renacimiento de la izquierda y la
transformación de las reivindicaciones sociales obligan a mirar
de nuevo la sociedad como un teatro en el que sin cesar se in­
ventan nuevos dramas, en el que el actor se revela a sí mismo
interviniendo y las convenciones y las reglas se ven sacudidas
tanto por las fuerzas de progreso como por las de la reacción.
El final de las universidades; maqueta para una nueva
institución.

Tú querrías que habláramos menos de política y más del


cambio de la sociedad y del cambio de la universidad, porque
en ella has entrado para permanecer varios años y, tras el
asombro, la confusión y la decepción del primero, empiezas
a acostumbrarte.
¿Tengo yo ganas de hablarte de la universidad? Nuestras
críticas se nos perdonan tanto mejor cuanto más lejos de
nosotros apuntan: ¿no se me acusará nuevamente de adoptar
posiciones excesivas? Tus amigos prefieren discutir contigo
sobre los movimientos estudiantiles en el mundo, pero el
tema está un poco gastado. Hablemos pues de la universidad.
¿Es preciso hacer la historia de los últimos años? No lo
creo. Yo no critico en modo alguno a quienes desde hace
cinco años consagran inmensos esfuerzos al funcionamiento
de su centro. Según los lugares, los resultados son mejores o
peores. En conjunto los rectores tienen autoridad; y los con­
sejos funcionan. Hay que salir de un tema poco interesante:
la comparación entre antes y después del 68. A mí me sor­
prende más bien la continuidad de la evolución. El verdadero
problema que se le ha planteado al sistema universitario ha
surgido de la transformación de las élites dirigentes. Está
claro desde hace tiempo que la separación entre la pequeña
élite de las escuelas superiores y la masa indiferenciada de las
facultades no corresponde ya a las necesidades de las clases
dirigentes. La sociedad francesa, tal como está, necesita un
número mucho mayor que antes de profesionales que traba­
jen en grandes organizaciones, y en particular en la gestión
económica y la medicina hospitalaria.
De ahí el esfuerzo por profesionalizar ciertos sectores de la
universidad e introducir en ellos lo que en Francia parece ser
la clave de la profesionalización: la selección. En medicina
ha sido introducida abiertamente; en economía se contentan
con una barrera matemática que deben a la mayoría de los
que no tienen el bachillerara científico.
Ahí tenemos hoy el lugar de selección y de formación de
la élite dirigente: la sección científica de los liceos. Los aspi­
rantes al ingreso en la Escuela Politécnica y sus análogos no
constituyen más que una parte de la élite dirigente; el bachi­
llerato científico es el lugar de paso casi obligatorio para
todos aquellos que pretenden entrar en ella, y los buenos
profesores de matemáticas ponen su honestidad y su cons­
ciencia profesional al servicio de esa labor de selección con
tanto celo que hay que pedirles a veces que corten alguna
cabeza menos.
El barón Guichard tuvo la idea de sacar también del loda­
zal universitario la formación de los enseñantes. Chocó con
una viva resistencia, pues no se veía ya cuál sería la clientela
de las facultades de letras si se les quitaban los futuros profe­
sores. M. Fontanet recogió la idea con más habilidad. El
gobierno francés no tiene muchas ideas sobre la educación y,
si las tuviera, serían rechazadas por los mismos que lo eli­
gen. Se contenta así con hacer pequeños favores a la clase
dirigente mejorando la selección de las “ élites” . Por lo de­
más, no se inmuta demasiado viendo que la mitad de estu­
diantes de letras no obtienen título alguno, ni siquiera mo­
desto. Nos dicen por otra parte que muchos de esos estudian­
tes son falsos estudiantes.
¿Qué más podría decirte de los cambios introducidos en la
vida universitaria francesa? Creo haberte dicho lo esencial,
que no es tan importante, puesto que las modificaciones in­
troducidas son titubeantes y limitadas. Había que chapotear
en ese charco, no obstante, para llegar a la única cuestión
que merece una reflexión y una discusión serias: ¿acaso las
universidades no son hoy instituciones caducas y que se hun­
den en una crisis incurable?
No protestemos, no aplaudamos tampoco. No se trata ni de
una paradoja ni de una blasfemia, sino de una hipótesis reflexio­
nada y medida: sí, creo que estamos viviendo el final de las uni­
versidades. De todos modos una fórmula así hay que explicitar-
la y primero ponerse de acuerdo en una definición de las univer­
sidades , para saber qué es lo que está amenazando de muerte.
Llamo universidad a una institución en la que se asocian la
producción, la transmisión y la aplicación profesional del
conocimiento. La producción del conocimiento seguirá ad­
quiriendo durante mucho tiempo una importancia creciente;
es cierto también que las formaciones profesionales superio­
res, ligadas a ámbitos científicos a través de unas tecnolo­
gías, se aplican a un número de individuos cada vez mayor;
también es preciso que los conocimientos producidos ayer o
en otros tiempos sean transmitidos. Yo únicamente digo que
no es probable que esas tres funciones puedan continuar ejer­
ciéndose juntas dentro de una misma organización, como en
principio ocurre actualmente.
Me extraña por otra parte que mi profecía provoque sor­
presa o indignación en Francia, país que no tuvo nunca ver­
daderas universidades, por lo menos en los últimos siglos. La
universidad se ha definido sobre todo por su función de trans­
misión de los conocimientos adquiridos. A cada aparición de
un nuevo orden de conocimientos ha sido preciso crear una
contra o parauniversidad que, en general, ha prosperado,
con lo que hemos llegado a poseer, junto a las universidades,
el Collége de France, procedente del Renacimiento, el Mu­
seo de Historia Natural, fundado con el nacimiento de la
biología, la “ Ecole des Hautes Etudes” , que pretendió in­
troducir las investigaciones científicas según el modelo ale­
mán del siglo XIX, y en nuestro siglo el “ Centre National
de la Recherche Scientifique” , por no citar más que algunos
ejemplos muy importantes. En cuanto a la formación profe­
sional, siempre se ha impartido en gran parte fuera de la
universidad, en las escuelas superiores y en el conjunto de
escuelas de ingeniería, así como en los hospitales para la me­
dicina y en las escuelas normales para la enseñanza. Los fran­
ceses deberían por tanto acoger mi juicio con mucha tranquili­
dad y hasta con cierta satisfacción: ¿no sienten justificados
sus fracasos, si esas universidades que nunca han conseguido
organizar parecen ir hacia una muerte próxima? Buena con­
ciencia sin embargo excesiva, pues desde el gran aumento de
los efectivos estudiantiles, Francia, al igual que otros países,
se ve ante la necesidad de organizar universidades, pues a ellas
asiste la inmensa mayoría de estudiantes, y por consiguiente
de enseñantes. Se ha visto incluso en Francia cómo se consti­
tuía un sector universitario donde menos se esperaba: en la
medicina. Poco a poco, desde la ley Debré y la creación de los
sector universitario donde menos se esperaba: en la medici­
na. Poco a poco, desde la ley Debré y la creación de los
CHU*, investigación, enseñanza y práctica profesional se
han aproximado; los progresos conseguidos me parecen con­
siderables y van más allá de las justificadas críticas que hay
7 N Jt T.) CHU Centra Hospiulim U m vm it»m
que hacer a las recientes medidas de selección. En el ámbito
científico la situación es a veces un poco semejante, aunque
los desechos de la formación profesional alcancen ya un nivel
muy elevado. En el ámbito de las viejas facultades de letras,
es en los sectores más tradicionales y en regresión —como
los estudios clásicos donde parecen haberse ligado investiga­
ción, enseñanza y formación profesional. Pero cuando se trata
del resto de disciplinas literarias, del conjunto de las ciencias
sociales, por una parte de las ciencias de la naturaleza o, por
razones totalmente aparte, de los estudios de derecho, es
imposible hablar de situación universitaria. La investigación
se hace fuera. A veces lo que se impone es únicamente la
formación profesional, a veces es por el contrario la transmi­
sión de los textos y las ideas heredados del pasado. Nadie
puede estar seriamente satisfecho de esa situación. Y todos
los esfuerzos que se han hecho desde hace veinte años van en
la misma dirección, empujan la misma peña de §¿sifo: crear,
crear por fin verdaderas universidades, ligar investigación,
enseñanza y formación profesional en unidades autónomas,
con sus propios órganos de decisión, capaces por tanto de
encontrar, en función de demandas internas y externas, el
mejor modo de unir esas tres componentes de la vida univer­
sitaria.
Siento la mayor admiración por los creadores de universi­
dades, por quienes hicieron de las universidades alemanas, y
en primer lugar de la de Berlín, los mayores centros de
creación intelectual del siglo XIX, y la siento por los gran­
des presidentes —con Eliot a la cabeza— que inventaron a
finales del siglo pasado las mejores universidades americanas
y les dieron una gloria que, un siglo después de la obra de esos
fundadores o renovadores, nadie ha conseguido superar. Y
querría poder expresar mi estima hacia quienes, recogiendo
tras un negro vado de más de medio siglo el esfuerzo de los
reformadores de los años 1880 en Francia, intentan ahora
crear por fin universidades en este país. Pero su trabajo de
recuperación, al que debemos la ruidosa introducción desde
hace algunos años de las formas de organización inventadas
por los alemanes y los americanos hace más de un siglo, va
retrasado con respecto a su época y no hace más oficio que la
carabina de Ambrosio. La existencia de la universidad no ha
sido realidad más que porque se ha basado en la existencia de
un par de papeles específicos: el estudiante y el enseñante. Ese
par se define sobre todo por la transmisión de una herencia
cultural y de los conocimientos profesionales. La investigación
no es una actividad real más que para un pequeño número de
estudiantes. La institución universitaria no existe más que en
la medida en que su función principal es la transmisión de la
cultura. Transmisión tanto más eficaz cuanto más activa, en
la medida en que se alimenta de nuevas interpretaciones y de
análisis críticos, pues el maestro no debe enseñar al escolar a
respetar el pasado sino a alimentar y a prolongar una tradición
que no excluye las rupturas y las invenciones.
La solidez del par maestro-alumno es evidentemente ma­
yor cuando los alumnos son futuros profesores, cuando la
universidad es un gremio cuyos aprendices habrán de con­
vertirse en oficiales o maestros. Transmisión de una cultura
y aprendizaje profesional se apoyan en el interior de una
formación de clase. Cambiemos de vocabulario para expresar
mejor esta idea. Una universidad es lugar de encuentro de
tres órdenes de demandas: los estudiantes piden una cierta
educación, los enseñantes quieren proseguir y dar a conocer
sus trabajos y el medio social requiere la formación de espe­
cialistas o de posesores de ciertas capacidades de análisis y de
comunicación.
Antes del gran aumento de los efectivos estudiantiles, las
universidades francesas eran sobre todo escuelas profesiona­
les; el derecho y la medicina agrupaban antes de 1914 a la
gran mayoría de estudiantes, y las facultades de letras y de
ciencias eran escuelas de profesores de la enseñanza secun­
daria.
La demanda de educación y la oferta de conocimientos se
correspondían, pues, bastante directamente, y la función so­
cial de la universidad se definía ante todo profesionalmente.
La universidad jugaba también un papel bastante simple en la
movilidad social, reservando para los hijos de la burguesía el
acceso a las profesiones liberales y abriendo a los hijos de
categorías más medianas empleos de funcionarios, y en par­
ticular de profesores, de nivel igualmente más mediano. To­
do eso pertenece al pasado. Los tres órdenes de demandas que
antes convergían ahora divergen. Los enseñantes son y quie­
ren ser cada vez más investigadores, productores de conoci­
miento, y no tanto transmisores de él. Huyen de las ense­
ñanzas generales de los primeros cursos para encerrarse en
su seminario, su laboratorio o su trabajo sobre el terreno. A
principios de los años 60 muchos de los profesores america­
nos, los más conocidos científicamente, ya casi no enseña­
ban. En Francia desde hace tiempo los investigadores del
CNRS no tienen asignada labor docente, y los profesores de
los grandes centros de enseñanza superior no tienen más que
muy ligeras obligaciones, que de hecho no son mayores que
las de muchos enseñantes de las universidades parisinas. En
realidad en todas partes se ve cómo la categoría de los ense­
ñantes universitarios se divide en dos grupos. Muchos UER*
funcionan como liceos: se leen clases editadas a multicopis­
ta, se trabaja en grupos de unas pocas decenas de alumnos,
se entregan numerosos ejercicios y deberes y los profesores
tratan cuestiones que les obligan a variar de año en año sus
*(N J* T ) UEH: Unité d’Hnvijjnrmcnt ct Jp Rcchrrchr
centros de interés. Esos profesores preparan sus clases, corri­
gen los ejercicios, ponen exámenes y, cada vez más a menu­
do, dedican muchas horas a contactos personales con estu­
diantes. Las tareas administrativas ocupan el resto de su
tiempo. Un artículo por aquí o por allí, un congreso o una
misión dan de vez en cuando un poco de brillo a una activi­
dad que no tiene ya mucho que ver con la de enseñantes
investigadores muy especializados, mucho más sensibles al
juicio de una pequeña comunidad internacional que al de su
universidad, que no soportan las obligaciones de los progra­
mas y de los exámenes y tienen por otra parte bastante que­
hacer con su investigación y sus estudiantes de doctorado.
Matiza todo lo que quieras esa separación de dos categorías;
es tan profunda que ya es incorrecto hablar de enseñanza
superior. Hay más distaría entre una pequeña facultad y
una de las mejores Gradúate Schools americanas que entre
esa pequeña facultad y una buena escuela secundaria. En
Francia yo veo también más distancia entre el profesor del
Collége de France y el que se consagra a los estudiantes de
licenciatura en una disciplina tradicional que entre este últi­
mo y un profesor de liceo. La creciente importancia de la
investigación produce necesariamente una ruptura entre pro­
fesores y estudiantes, pues muy pocos de éstos tienen la
intención de dedicarse a la investigación. Los intereses de
unos y otros son diferentes. Un investigador puede ser un
excelente enseñante; no es nada frecuente que acepte con
facilidad las cada vez más pesadas tarcas de la enseñanza.
Fijémonos ahora en la formación profesional de la univer­
sidad. Los países industrializados dejan entrar en centros de
tipo universitario del 15 al 45% de sus jóvenes, cuya perma­
nencia allí se alarga cada vez más. No puede habér una
definición profesional unificada para un conjunto tan amplio.
Sabemos incluso que las universidades, por razones sociales
y nc profesionales, se resisten a tomar a su cargo la forma­
ción ce cuadros medios y de técnicos, cuando en cambio ésas
son las únicas categorías que ofrecen salidas acordes con el
número actual de estudiantes. La unidad universitaria es en
gran medida defensiva: es la unidad de un mecanismo de
conservación de la condición burguesa. A veces, se trata de
dejar acceder a algunos a esa condición; otras veces la uni­
versidad protege a los hijos de la burguesía contra el descen­
so social, les impide rebajarse, manteniéndolos en profesio­
nes no manuales. Cuanto más se haga ceder esas defensas,
más desaparecerá la unidad profesional de la universidad. Las
universidades francesas revientan por negar esa diferencia­
ción y permanecer aferradas a categorías profesionales que
son las de la enseñanza secund"''0 y que no pueden propor­
cionar empleo más que a una proporción de estudiantes cada
vez menor. En los Estados Unidos existe por el contrario, y
desde hace tiempo, un sistema universitario que reconoce
que todos los estudiantes no pueden prepararse para los mis­
mos empleos. El hecho de que esa diferenciación vaya estre­
chamente ligada a la estratificación social no impide que haga
vivible el sistema. Es decir, que evita el increíble lio de las
universidades francesas, cuya principal función es producir
no-licenciados y suspendidos de primer ciclo, lo cual es aún
menos democrático y mucho más absurdo.
Pero hay que ir más allá de esas primeras observaciones.
Los conocimientos útiles en una profesión y los conocimien­
tos que obtiene el investigador están organizados de modos
cada vez más distintos. Las sociedades tienen necesidad de
gentes que se ocupen de las ciudades, de la gestión de las
organizaciones, de la venta de los productos, del modo de
tratar a las minorías, etc. Pero no estoy dispuesto a aceptar
que estos temas, por lo demás interdisciplinarios, constituyan
la base para la creación de nuevos conocimientos, y sigo con­
vencido de que la sociología o la economía son conjuntos
reales. No es deformación profesional el haber tomado un
ejemplo del ámbito de las ciencias sociales, ya que es caracte­
rístico de nuestra sociedad interesarse cada vez más por la ges­
tión de conjuntos técnicohumanos. En la sociedad propiamen­
te industrial las categorías de la técnica no eran muy diferentes
en la escuela y en la fábrica. Si hoy hablamos tanto de trabajos
interdisciplinarios es porque las categorías de la producción
de conocimientos y las de la práctica profesional cada vez se
alejan más unas de otras. Su distancia sería mucho más visi­
ble aún si los problemas sociales se trataran más seriamente.
Francia no tendrá nunca necesidad de 50.000 sociólogos,
pero es seguro que sí tiene urgente necesidad de más de
50.000 trabajadores sociales, animadores, educadores y ges­
tores con una seria formación de sociología, al mismo tiempo
que de otras disciplinas, si bien dentro de un orden de pro­
blemas sociales, como los de la educación, la salud, la vida
urbana, el retiro, el trabajo, etc. Se continúa enseñando his­
toria a los estudiantes fingiendo creer que serán profesores de
historia, lo cual no será cierto más que para una pequeña
minoría de entre ellos, y se hace así porque se tiene miedo a
reconocer la separación entre las categorías correspondientes
a la oferta v a la demanda de conocimientos.
Fiiiaunente los estudiantes. Sus problemas han sido anali­
zados lo bastante a menudo y sus combates son lo suficiente­
mente visibles como para que por ese lado la crisis de la
universidad sea bastante evidente. En Occidente, la actividad
universitaria se ha convertido en una época de la vida, que se
sitúa pasada la dependencia con respecto a la familia y con
anterioridad a la dependencia de la vida profesional, y casi
siempre también antes de pasar a depender del nuevo grupo
familiar.
El estudiante tiene inquietudes, que van ligadas a un mismo
tiempo a la formación de su personalidad y a su participación
en los cambios sociales y culturales y desbordan con mucho su
papel de estudiante. Cada vez existe menos un medio univer­
sitario e, incluso en los Estados Unidos, la imagen del campus
es objeto de críticas cada vez mayores (mientras paralelamente
que, en Francia, se fabrican nuevos campus). Sin embargo,
sí existe una cultura estudiantil que es parte de una cultura
de la juventud cuya homogeneidad, no obstante, no habría
que exagerar. Por otra parte, podría volver aquí sobre uno
de mis temas favoritos, de los que tan a menudo hemos
hablado: el estudiante, joven profesional, entra ahora en
conflicto con las grandes organizaciones que refuerzan su
poder utilizando el conocimiento en su propio provecho.
La importancia económica y política de éste introduce las
luchas sociales en la universidad. De la irreversible importan­
cia de esa politización tu estáxí tan convencida como yo. No
señalemos lo que sólo los ciegos no ven.
¿Qué concluir?. Simplemente, que una universidad que se
esfuerce por mantener su antigua unidad, la correspondencia
entre las categorías de la investigación, de la enseñanza y de
la formación profesional, está condenada a muerte. Yo com­
prendo que un rector pueda declarar honestamente que su
universidad funciona bien y que nunca se ha trabajan .„.ito
en ella. Puede que en ese curso las clases casi no se hayan
interrumpido y las elecciones no hayan dado lugar a ningún
incidente. Efectivamente, la cosa no va peor que antes, ¿pero
qué se diría de la Renault o la Citroen si enviaran a la chata­
rra la mitad de los coches que entran en fabricación? ¿Acaso
no es obvio que para la mayoría de estudiantes la universidad
se ha convertido en algo sin sentido, y que muchos profesores
están desmoralizados? La tranquilidad, cuando existe, es la
tranquilidad de los cementerios.
Sin embargo, la situación no es en todas partes tan catas -
trófica. Mientras Europa occidental está sufriendo la crisis
(en los países socialistas la separación entre la investigación,
la enseñanza y la formación profesional está muy acentuada),
el mundo anglosajón y sobre todo los Estados Unidos la
salvan mucho mejor. Ese país ha conocido un movimiento
estudiantil más prolongado y más extendido que en Francia,
pero ha resistido y reaccionado mejor ante la crisis de la
organización universitaria. El éxito americano proviene de la
ya citada razón: la construcción, incesantemente reforzada,
de un sistema universitario diferenciado y jerarquizado.
¿Por qué ese éxito, y por qué el fracaso, por ejemplo, en
Francia? Sucede que en los Estados Unidos la diferenciación
del sistema universitario ha estado ligada siempre a un esfuer­
zo de conjunto para mantener una clase dirigente. Al­
gunos de los mejores observadores de ese sistema que pue­
den clasificarse como liberales moderados han mostrado que
la creación de los júnior colleges, de la enseñanza superior
corta, tenía por función principal desviar la masiva demanda
de educación que podía poner en peligro a la vez la calidad
intelectual y el elitismo social de las universidades de cabeza.
Que las almas buenas no protesten demasiado rápido. En
Francia hay quienes se rasgan las vestiduras nada más se
habla de discriminación social; se prefiere hacerla sin hablar
de ella, se prefiere matar en la oscuridad antes que separar a
la luz del día. Que los que critican en alto la segregación
americana no olviden que es menos brutal que la discrimina­
ción a la francesa, que cierra, no el acceso a ciertos centros,
sino el acceso a los títulos. No pretendo en este momento ni
defender ni atacar la solución americana, solamente digo que
pasada la putrefacción existe una primera salida, la construc­
ción de un sistema universitario diferenciado y jerarquizado,
y que su éxito supone un estrecho ligamen de la universidad
con el orden social. Solución técnicamente eficaz y social­
mente conservadora. ¿Existe alguna otra? ¿Se puede salir de
la crisis por la izquierda y no sólo por la derecha? Querría
convencerte de que sí, y demostrarte al mismo tiempo que
no hablo de la muerte de la universidad haciendo un vatici­
nio irresponsable, sino que lo hago porque la situación actual
puede y debe ser transformada.
Antes de oírme escucha lo que se habla en Francia de la
universidad desde hace cinco años, desde la bajamar de mayo
del 68. ¿Oyes algo? Yo, nada. ¿Quién cree verdaderamente
que en un período como éste, de trastornos acelerados, se
esté yendo al fondo de las cosas sustituyendo el DUEL por e!
DUEG*, o sustituyendo los cursos por unidades de valores?
La falta de toda reflexión sobre la universidad es espectacular
y realmente escandalosa. El esbozo que quiero mostrarte es
imperfecto, es todavía impreciso, pero la exigencia de planes
directamente aplicables es a menudo un modo solapado de
rechazar los grandes problemas, bajo el pretexto de que no se
pueden resolver inmediatamente y en todos sus detalles.
Los elementos que deben utilizarse y combinarse para una
solución útil son aparentemente opuestos entre sí: por un
lado, hay que disociar investigación, enseñanza y formación
profesional, hasta ahora soldadas, y por otro, si no se quiere
una fórmula conservadora, hay que desechar en la mayor
medida posible la diferenciación jerarquizada de los centros.
Consideremos el primer problema, para luego examinar el
segundo.
Yo imagino un nuevo tipo conjunto en el cual los produc­
tores de conocimiento, lo? enseñantes investigadores, aún
controlando libremente su medio de trabajo, no están capaci­
tados para gestionar la institución y no son más que una de
las componentes de ésta. Llamo instituto a esa componente,
*(N. de T ) DUEL, DUEG: dos formas de titulación superior, correspondientes a distintos plsoes de enseñan».
es decir, a un lugar de producción del conocimiento, auto-
gestionado.
Junto a los institutos existen talleres creados por los utili-
zadores de conocimientos que corresponden lo más directa­
mente posible a las categorías de la actividad social, y están
por tanto referidos a grandes conjuntos técnicos y sociales:
la ciudad, la lengua, la sanidad, el trabajo, etc. Finalmente
llamo escuela al conjunto de actividades requeridas por los
estudiantes y que corresponden en parte a la oferta de cono­
cimientos procedentes de los institutos o a la oferta de em­
pleos derivada de los talleres, pero que se refieren también a
la formación política o artística, a la invención de nuevas
prácticas culturales, de las formaciones científicas, etc. Na­
turalmente, las exigencias de esos tres subconjuntos no se
corresponden completamente de uno a otro, y queda fuera de
lugar encontrar un único criterio de valoración de las activi­
dades del estudiante.
Eso si, los investigadores gestionan el instituto, los estu­
diantes gestionan la escuela y las instancias sociales exterio­
res (empresas, sindicatos, municipios, asociaciones, gobier­
no, profesiones, etc.) gestionan los talleres.
Hay que crear por lo tanto un nuevo gobierno universita­
rio cuyo cuerpo legislativo represente en pie de igualdad a
quienes han de tomar decisiones en esos tres órdenes, y que
tenga un ejecutivo lo suficientemente fuerte como para poder
dirigir las tensiones y los conflictos. Se puede dar otra varian­
te de ese plan, distinguiendo tres zonas concéntricas: el ins­
tituto gestionado por los investigadores, la escuela, lugar de
transmisión de conocimiento, en régimen de cogestión por
parte de los investigadores y de los estudiantes, y el taller,
lugar de formación profesional, en régimen de cogestión por
parte de los investigadores, los estudiantes y las instancias
sociales implicadas. Los estudios consistirían en un conjunto
de unidades de valor, si quiere mantenerse ese término, que
se obtendrían bien en un instituto, bien en una escuela, bien
en un taller.
Ese fraccionamiento permite mantener una cierta unidad,
en la medida en que los estudiantes componen su formación
combinando en proporciones variables los tres tipos de trabajos.
En el instituto, más que recibir enseñanzas generales, parti­
ciparían en trabajos de investigación; en el taller analizarían
problemas concretos en su marco social real; en la escuela
adquirirían conocimientos “ académicos” , al mismo tiempo
que participarían en actividades organizadas por ellos mis­
mos. Estoy convencido de que esos tres medios de educación
no están y no deben estar jerarquizados, sino que combinán­
dolos de diferentes maneras se llega a crear una gran diversi­
dad de formaciones, aún evitando crear centros de élite que
dominaran a los otros, orientados hacia conocimientos más
prácticos.
Añado finalmente que ninguna de las componentes de la
nueva universidad debe pertenecerle por entero. Los investi­
gadores de los institutos deben poder pasar largos períodos
fuera de los medios universitarios, del mismo modo que los
que enseñan en los talleres no deben formar un cuerpo profe­
sional cerrado y permanente.
Es preciso por último, para que la transformación de la
universidad sea completa, que ésta no vaya dirigida única­
mente a los jóvenes de la clase medio o alta. Es preciso que, al
mismo tiempo, la universidad esté frecuentada también por
jóvenes apartados de los estudios secundarios normales o por
adultos y gentes de edad. Yo sería incluso partidario de que los
estudiantes arquetípicos tuvieran que dedicar al menos un año
de su períodp de estudios a trabajar fuera de la universidad; en
particular en labores penosas o no cualificadas, de modo que
nadie tuviera que realizarlas durante toda su vida.
Una universidad es una institución manejada por los profe­
sores y, a veces, en parte también por los estudiantes, y fre­
cuentada por los jóvenes. Yo imagino un lugar que no responde
ya a una población concreta y que está regido por una autoridad
propia y no ya por un cuerpo de profesores. Esa imagen trans­
formada de la universidad corresponde a una sociedad en la
que el conocimiento es una fuerza de producción, es decir,
que puede suponerse que el conocimiento conduce a la acti­
vidad profesional sin mediación de opciones sociales y polí­
ticas. Dar, hoy, la responsabilidad de la organización universi­
taria a los enseñantes es hacerles un regalo envenenado y que ni
siquiera es real, pues ellos no son los dueños de las decisiones
principales. Presentando estas imágenes parece que voy a
contracorriente de las tendencias actuales, pero repito que las
medidas que pueda inspirar la mejor voluntad no conducen
más que a echar todos los recursos humanos de la universidad
en un pozo sin fondo: el de la falta de sentido de la institución
actual. Profesores y estudiantes se ven obligados a moverse en
un mundo universitario cada vez más separado, geográfica y
culturalmente, del resto de la sociedad. A lo único que puede
llevar eso, es a destruir la capacidad creadora de los investiga­
dores y a exacerbar el descontento de los estudiantes, encerra­
dos en un vacío de sentido cada vez mejor organizado. Mira si
no a unos y otros. Cada cual a su modo, lo que intenta es
evadirse. El estudiante prefiere una escuela profesional a una
unidad de tipo facultad,y cuando está en ella rara vez aparece.
Los enseñantes se refugian en instituciones parauniversitarias,
pasan temporadas en el extranjero o tampoco aparecen.
¿Por qué no conformamos con que la sociedad francesa,
cuando despierte de su conservadurismo a lo Luis Felipe, se
aproveche de su extremo atraso, de su situación anormal, para
lanzarse con nueva fuerza a la creación de un nuevo tipo de
universidades?
No caigamos en la ingenuidad de creer que basta con inven­
tar una nueva imagen de la universidad. Ese no es más que
uno de los aspectos del cambio necesario. Habrá quienes
tendrán más ganas de hablar de problemas mucho más prácti­
cos: la desorganización de la universidad es enorme, y hace
falta mucha indiferencia o mucha mala fé para contentarse con
la dejadez actual. Negarse a considerar las salidas profesionales
de los estudios es una actitud aristocrática; aceptar todas las
formas de enseñanza y de valoración de los conocimientos
manifiesta mucho más la defensa corporativa de los enseñan­
tes que una acción liberadora. Yo me resisto a soportar que
las desastrosas consecuencias de la crisis actual se eleven al
rango de principios, ya sean humanistas, democráticos o re­
volucionarios.
Pero si yo diera la máxima importancia a esos problemas
de gestión mi pesimismo sería más profundo aún de lo que
es. Y es que me resulta difícil ver cómo saldremos de la
crisis presente.
Hay, sin embargo, razones para mantener la esperanza.
¿No estamos viviendo una mutación del conocimiento? ¿No
es natural, pues, que lo que está todavía mal establecido no se
pueda transmitir? Nosotros estamos viviendo la época de las
iniciativas, de los exámenes críticos y de las aventuras. Luego,
lo que es hoy nuevo pasará a ser clásico y se transmitirá más
fácilmente. La crisis de la educación es provisional, y lo que
debemos hacer en el momento actual es desarrollar nuestra
capacidad de investigación, y también modernizar las menta­
lidades, las costumbres y los métodos de trabajo. La universi­
dad está desbordada por arriba y por abajo, por los inventores
de cultura y por los libros de bolsillo. Sería prematuro quizá
tratar de reformarla. Tiene demasiada fuerza y no suficiente
vitalidad como para ser reformable. Esperemos a entrar en
aguas más tranquilas. Entretanto, pierde el menor tiempo
posible en la universidad. Aprende en los libros, los labora­
torios, las discusiones, y sobre todo mirando fuera de los
campus. ¡Porque ahí está el peligro! Muchos estudiantes se
aferran demasiado a la universidad, se encierran en ella y no
llegan a separarse; sobre todo si son de un nivel social elevado
y esperan de ella una protección contra el amenazador descen­
so social, o también si se ven desarticulados por la crisis y los
indispensables y agotadores replanteamientos críticos. Es ho­
ra ya de aventurarse.
Crítica de la idea de modernización; lo que se llama libe-
ración sexual; deseo y comunicación, qué entra en juego en
los nuevos conflictos de clase.

El adversario más peligroso tanto de los movimientos so­


ciales como del análisis social es el optimismo progresista,
que saluda el avance de la modernización y favorece todo
aquello que es nuevo, en contra de los entorpecedores restos
del pasado. Esa blanda actitud no habla más que de libera­
ción , cuando en cambio se pliega al dominio de los amos del
momento. Destruye en nombre de la modernidad una casa
vieja, cuando en cambio sirve a los estrechos intereses de los
vendedores de coches y gasolina o a los gángsters de la espe­
culación inmobiliaria. Se distancia de lo que llama sus prejui­
cios, cuando en cambio lo que hace es hundirse en el confor­
mismo del pequeñoburgués manipulado por la propaganda y
la publicidad. En Francia conocimos muy bien a esos social -
demócratas de gran corazón, defensores de los derechos del
hombre, del progreso y de la laicidad, que, en nombre de
esos ideales generosos y modemizadores, se lanzaron a la
guerra contra el “ fanatismo musulmán” o contra los “ te­
rroristas viet-minhs” . Me gustó mucho el libro de Edgar
Morin sobre un pueblo de Bretaña. En él los enseñantes y los
jóvenes son modernistas; se alejan de los estrechos límites de
la sociedad tradicional, pero esa bella modernidad conduce a
convertir a los hijos e hijas de los agricultores en marginados
de la sociedad urbana, empleados de correos o maestros de
escuela. Las mujeres que quieren que sus hijos puedan per­
manecer en el pueblo o los curas que defienden la vieja co­
munidad son activos de otro modo, cuando se trata de impul­
sar, no a la emigración, sino a la transformación del pueblo,
a las inversiones nuevas e incluso a la lucha contra las fuer­
zas económicas o administrativas que actúan en el sentido de
la descomposición de esa sociedad bretona. Jacques Berque y
Frantz Fanón han mostrado y sentido como en el mundo
colonizado es de lo más oculto, de lo más lejano, de lo más
despreciado por el colonizador de donde han de surgir las
fuerzas de liberación, mientras que los “ sectores evoluciona­
dos” se apresuran, casi siempre, a echar a los antiguos amos
para hacerse con sus privilegios y ejercerlos de modo aún
más mezquino y autoritario. Ese latir del pasado al futuro
que atraviesa el presente es algo que no puede sentir un
sociólogo bien instalado en sus funciones o cegado por la
confianza en la marcha triunfal de progreso.
Hay que percibir de modo permanente la tensión que opo­
ne el presente a la pareja que forman pasado y futuro; hay
que sentir también aquello que no se transmite de una socie­
dad o cultura a otra, lo que el cambio destruye, los sufri­
mientos que lleva consigo y el infranqueable abismo que
separa una sociedad de otra.
Yo no puedo hablar del nacimiento de la sociedad postin­
dustrial más que porque en relación con ella soy en gran
medida un extraño. Las transformaciones del mundo en que
vivo me obligan a cuestionarme a mí mismo de nuevo, lo
suficiente como para hacerme sensible a la ruptura entre el
mundo del que yo procedo y aquél en el que tú entras, y que
yo amo tanto más cuanto que nunca perteneceré a él comple­
tamente. Esa distancia me ayuda, creo, a definir esa sociedad
nueva de un modo que no es desde fuera, como si se tratara de
un nivel de productividad, un tipo de empresa, un modo de
consumo o una determinada jerarquía social.
La sociedad de hoy nos aparta de ese doble movimiento
hacia el pasado y hacia el futuro. Se presenta como una gran
organización en la que circulamos, producimos y consumi­
mos en el interior de un sistema cerrado. Esa sociedad tan
“ civilizada” , esa red cada vez más densa de reglas, códigos,
prohibiciones y estímulos, me mueve a la desconfianza. Yo
quiero vivir en el futuro y no en el presente, quiero sentirme
responsable del cambio, y no girar en un círculo como el
burro de la noria. Quiero también escapar a la red de la
organización social, hundirme en un mundo salvaje. ¿Acaso
no es para volver a encontrar, no la naturaleza, sino un
espacio menos denso socialmente y menos organizado para el
hombre de paso para lo que tantos viajeros y turistas buscan
la aventura, por lo menos cuando no se precipitan de nuevo
al consumo comercializado de tiempo y espacio? Me gustan
las playas desiertas, los bosques profundos, y no es en abso­
luto para escapar a la acción social, sino por el contrario para
ser más capaz de reflexión y de acción independiente y para
sustraerme a la influencia de las grandes organizaciones-
vampiro.
En el momento en que se impone cada vez más netamente
la evidencia de la mutación social en curso, el pensamiento
espontáneo da, de la nueva sociedad, imágenes de orden.
Abundancia, equilibrio, plan, integración, superación de las
contradicciones, liberación, son otras tantas palabras mar­
cadas en blanco o en rojo que anuncian un mundo uni­
ficado, diversificado y complejo como ningún otro, pero
libre de los antiguos dualismos. La derecha vuelta hacia el
futuro nos invita a ser pragmáticos, a jugar a la oportunidad,
a diversificar nuestras posturas, a sustituir la pasión por el
cálculo, para que la sociedad pueda llegar a ser lisa como
un mercado y la facilidad de las comunicaciones disminuya
las distancias y desgaste los privilegios. La izquierda que
apunta a la utopía nos llama a recuperar el control colectivo
de una máquina que corre a tumba abierta hacia la catástro­
fe. a restablecer o mantener equilibrios naturales, a eliminar
las minorías dominantes y ávidas de poder o de beneficio y a
recrear la comunidad.
Ambas proponen imágenes de una sociedad llana y más
allá de la historia. Pero, en lugar de situar las dos utopías
una junto a otra o de mezclarlas, tú oponías mutuamente tal
como se oponen en la realidad: utopía tecnocrática por un
lado, utopía populista por otro. Lo que da relieve a la socie­
dad deja que ésta aparezca como una bomba de contención y
aspiración. Doble movimiento que se llama desarrollo: acu­
mulación de los recursos en manos de una clase dirigente
innovadora y movimiento popular para recuperar el control
colectivo de las inversiones y de la gestión social.
Cuando hay acumulación y lucha por el poder, cuando la
sociedad está tensa entre su funcionamiento y lo que yo
llamo su historicidad, es decir, su capacidad de producirse a
sí misma, y dividida entre una clase dirigente y el pueblo,
tiene una historia, es un drama y no una máquina. Yo detes­
to toda representación de la sociedad como sistema cerrado,
sin historia. Son imágenes tanto más aborrecibles cuanto que
entramos en una época en que todo es historia, decisión y
proyecto de futuro, al mismo tiempo que movilización del
pasado. Ese mundo llano, que tantos juegos culturales quie­
ren convencemos de que aceptemos, está, como todos los
demás, recorrido por conflictos y contradicciones a través de
los cuales cambia y se transforma. A mí no me gustan los
pensamientos y las sensibilidades decadentes que giran en
círculo, en vez de intentar comprender el nuevo mundo que
nace ante nosotros y en nosotros y las fuerzas que actúan ya
para dirigirlo u oponerse a él. Yo querría ahora profundizar
un poco más en esa sociedad nueva. El tema de la moderni­
zación es peligroso, porque impide ver que el progreso de la
división del trabajo y de la productividad se refracta a través
de las relaciones de clase, de modo que no puede tomarse
partido a favor o en contra de un proceso de modernización
sin distinguir en él lo que es movilización popular o, por el
contrario, extensión del dominio ejercido por la clase diri­
gente. Esta impone una imagen de la modernización que es
imagen de liberación: ¿no es el ascenso al poder de la bur­
guesía lo que acaba con las limitaciones de los gremios y las
cadenas de la esclavitud? Ella asegura la libertad de movi­
miento de los hombres, de las mercancías, de las ideas.
Esa ideología desborda el marco nacional; se sueña con un
planeta unificado, en el que los barcos y los aviones, el cine,
la televisión, el teléfono y el télex pudieran tejer una red
cada vez más densa y uniforme de comunicaciones, incluso
—¿por qué no?— dentro de un respeto cada vez mayor por
la diversidad de culturas. Son los liberales progresistas de las
sociedades dominantes los más entusiastas defensores de esa
apertura del mundo, cuya ideología triunfó durante la era
Kennedy, que es también la época del desembarco en Cuba,
de la implicación masiva de los americanos en la guerra del
Vietnam y de la penetración de los intereses del Norte en
América del Sur. El actual reino de la utopía nos hace soñar
incluso con una sociedad descentralizada, des jerarquizada, y
por lo mismo más eficaz. ¿No es cierto que el análisis de los
sistemas de comunicación muestra que cuanto más complejo
es el sistema más tiene que adaptarse a cambios incesantes y
más débilmente integrado debe estar, y que en cambio las
reglas generales y burocráticas introducen rigidez y disfun­
ciones? Yo me resisto a esas imágenes. No creo que las
técnicas impongan por sí mismas una forma de organización
social. No es que a una misma “ base” técnica se pueda
adaptar cualquier organización social, sino que la organiza­
ción técnica es cada vez más directamente social. La puesta
en actividad de recursos propiamente técnicos es un acto
social, depende de una política y de relaciones de clase.
¿Acaso no sabemos que el trabajo en cadena se inició en una
situación determinada del mundo del trabajo y de la compo­
sición de la población activa? No esperemos de las nuevas
técnicas informáticas la liberación del hombre. Reconozca­
mos más bien que las técnicas transforman a la vez las for­
mas del poder y la naturaleza de la oposición. Tales transfor­
maciones no son naturales. Según la naturaleza y la interven­
ción de las fuerzas sociales enfrentadas, la modernización se
traduce por un incremento de la participación o, al contra­
rio, por su disminución.
La modernización disminuye las distancias sociales, no por
sí misma, sino porque debilita los fundamentos metasociales
del orden social. Sitúa a los dirigentes ya no por encima de la
sociedad sino en su centro. En el mismo sentido se extiende
lo que puede llamarse la segregación, dando a esa palabra el
más amplio sentido posible. Cada elemento de la organiza­
ción social se encuentra situado con relación al centro, y por
tanto en una escala de estratificación; pero, más allá de esa
diferenciación jerárquica, cada uno de esos elementos parti­
cipa en las relaciones de clase, es decir, a la vez en la domi­
nación y en la exclusión. Un elemento cualquiera, situado en
medio de una escala de estratificación, se comporta recha­
zando al elemento inferior, aumentando la distancia que le
separa de él, y aproximándose al elemento superior, por el
cual se ve a su vez rechazado. Tanto, que la integración
dirigida por el centro se traduce por una cadena de rechazos,
defensas y barreras. Cuando los dioses reinan sobre los hom­
bres, éstos están ligados unos a otros por mil lazos transver­
sales u horizontales; cuando los dioses vienen a vivir entre
los hombres, todas las comunicaciones convergen hacia ellos.
Tal es el sentido de esa evolución, que conduce de la
discriminación a la segregación. La modernización lleva con­
sigo también una extensión de la dominación social. La in­
fluencia de la clase dirigente se extiende por sectores cada
vez más amplios del comportamiento social. Antes de aplicar
esa idea general a un tema particular, añadiré que esa trans­
formación da en disolver cada vez más completamente las
clases sociales como unidades concretas, es decir, como ins­
tancias de reproducción social, diluyéndolas en relaciones de
clase más impersonales. Se hace cada vez más difícil atribuir
a una clase social particular ideas, sentimientos o conductas.
Las culturas de clase desaparecen. Pero en su conjunto las
conductas y las relaciones sociales están situadas dentro de
relaciones de clase y están determinadas por ellas.
Esa desconfianza con respecto a la ideología de la moderni­
zación puede ayudar a juzgar los cambios introducidos y
proclamados en un ámbito de conducta aparentemente muy
alejado de las relaciones de clase como es el de la sexualidad.
Resumiendo las discusiones que se vienen produciendo en
Francia desde hace diez años, y en otros países desde hace
mucho más, en torno a la contracepción, a la planificación
familiar y al abono, se obtiene primero la imagen de una
cruzada de la modernización contra la tradición. Esta se en­
cama en un personaje de caricatura, la iglesia católica, que
habla un lenguaje que la mayoría de sus fieles comprende
con dificultad y, más que proponer un modelo de conducta
diferente, frena la adopción de nuevos comportamientos. ¿No
es fácil ver que las categorías sociales más conservadoras son
también las que se resisten más a la transformación de las
costumbres? Aquí, no obstante, dudo: esta última afirmación
me pone la mosca detrás de la oreja. La líberalízación de las cos­
tumbres no es obra de las categorías populares, sino para empe­
zar de las nuevas categorías dirigentes, de las clases medias
ascendentes. Admitamos de momento que cuanto más próxi­
mo se está del centro de la sociedad se tiene una mayor flexibili­
dad estratégica y una mayor agilidad de comportamiento, y por
lo tanto una superior capacidad de innovación y adaptación.
¿Pero podemos contentarnos con tal análisis? Evidente­
mente no. ¿A dónde lleva esa liberación? Lo que de entrada
sorprende en las polémicas sobre ese tema es su extrema
debilidad. Y eso que a mí me interesa sólo la de los argumen­
tos modemizadores, porque la otra resulta demasiado paten­
te. Encuentro, a fin de cuentas, dos argumentos clave. El
primero es la exaltación de la libertad por sí misma, como
bien supremo, como posibilidad de aprovechar todo lo que
puede satisfacer las necesidades individuales, destruyendo las
reglas generales y transmitidas. El segundo es la esperanza de
echar al diablo del cuerpo.
Suprimid las prohibiciones y el sentido del pecado y cons­
truiréis individuos más equilibrados y mejor adaptados. ¿No
es cierto que el público de la pornografía y los swingers salen
sobre todo de una respetable clase media, y que la liberación
de las costumbres hace disminuir los crímenes sexuales? Ple­
nitud de expansión individual y paz social, ésas son las ven­
tajas de la liberación de las costumbres. ¿Acaso todos los
grandes cambios modemizadores no son justificados poco
más o menos del mismo modo por una ideología dominante?
El trabajador debe poder situarse libremente en el mercado
de trabajo para escoger el empleo que corresponde a sus
gustos y a su vocación ; y ese libre movimiento asegura el
equilibrio y la salud social, puesto que quien está clavado a un
empleo que le contraría puede ahora cambiar, en lugar de
hundirse en el odio y el desánimo.
Yo no discuto esa ideología. Me pregunto más bien si tras
un aparente consenso no se ocultan oposiciones o conflictos.
Me guía una duda inicial: ¿cómo creer que los efectos de un
cambio tal de las costumbres están socialmente tan indeter­
minados? Por un lado el individuo, por otro el orden social.
¿Cómo no sentir que una de las funciones de esa interpreta­
ción es evitar todo análisis social? Es para quedar en esas
vaguedades para lo que se descarta todo juicio sobre los nue­
vos modelos de conducta propuestos. ¿Puede la liberación
conducir verdaderamente a la desaparición de las normas en
ese ámbito?; ¿hasta dónde están dispuestos a llegar, hasta
las relaciones sexuales de grupo en público, hasta la necrofi-
lia o hasta la planificación de los nacimientos en la familia
conyugal actualmente dominante? Tengo derecho a hablar
de ideología porque se trata no de definir prácticas, sino de
interpretar un combate con un adversario reducido a la sin­
razón. Tengo que preguntarme qué prácticas se refuerzan o
se introducen a través de ese debate, demasiado oscuro para
no tener un sentido oculto.
En Francia, lo que los últimos años nos han mostrado, es
que el debate ideológico entre tradicionalistas y modernistas
se ha agotado. Se ha roto a partir del momento en que han
hecho irrupción, frente al control de los grupos ideológicos,
combates políticos que han impuesto la toma de posición, no
a favor o en contra de la libertad, sino a favor o en contra de
la transgresión de una ley, una norma, etc.
Esa irrupción no revela el sentido del debate, pero rompe
al menos las defensas ideológicas y revienta las falsas unida­
des. Hoy la oposición más visible no es la que opone a tradi­
cionalistas y modemizadores, sino la que entre los últimos
opone a los agentes de un nuevo control social y los que
representan una oposición. Por un lado el invocar a la libera­
ción se convierte en invocar a las competencias: médicos,
luego psicólogos y por fin sociólogos sustituyen las reglas de
la tradición o del prejuicio. Aconsejan, reforman, velan por
la salud física y moral de sus pacientes o no hablan más que
de destruir barreras. Y así se crea nuevamente la oposición
de lo normal y lo anormal, de la salud y la enfermedad, y
nuevas autoridades velan por el respeto de las normas. Son
ellas las que en nombre de la salud dicen lo que está bien y lo
que está mal, las que tienen por tanto el poder para condenar
y excluir.
Ahí tenemos algo mucho más claro que aquella liberación
abstracta. Los antiguos controles culturales transmitidos por
la familia o la religión han quedado destruidos, pero los sus­
tituyen otros, mediante los cuales las conductas sexuales se
regulan en nombre del interés de la sociedad. Todo un ámbi­
to del comportamiento, hasta entonces encerrado en la som­
bra de la vida privada, pasa a ser público.
Entre ambos sistemas la diferencia es inmensa: el primero
prohíbe; el segundo alienta. El primero dirige el comporta­
miento castigando; el segundo reforzando y justificando. ¿En
qué sentido se ejerce ese control? Este apunta a hacer del
actor un consumidor. ¿Por qué solo consume usted sexo en
forma de relación conyugal? Tómelo en todas sus formas,
masturbación, relaciones homosexuales, relaciones hetero­
sexuales diversificadas, cambios de pareja y todo lo que quie­
ra. ¿Dónde está el limite? Es lo que separa al consumo de las
relaciones interpersonales. Consuma, pero no se pregunte
por el otro, la pareja o la familia; no se pregunte tampoco
por las razones de los fracasos o de los accidentes. Tenga una
sexualidad dichosa y que haga de usted un elemento tranqui­
lo de la sociedad de consumo. Tecnócratas, médicos, psicólo­
gos y sociólogos velan por mantenerle dentro de los límites
de la normalidad.
Por el otro lado, se encuentra primero, en lugar de la
anunciada felicidad, la infelicidad, la mujer embarazada que
intenta que la hagan abortar y da contra las leyes y el dinero.
Pero verdaderamente ése no es un argumento contra el len­
guaje tecnocrático “ liberal” : Este contesta: cambiemos las
leyes, hagámoslas parecidas a lo que ya son en bastantes
países, y la crueldad de las situaciones denunciadas desapare­
cerá en gran parte por sí misma. La educación y los contra­
ceptivos se encargarán del resto. Sin embargo la resistencia
“ del problema social” sigue existiendo. La acción euforizan-
te de los consejeros no es ya más eficaz de lo que era la de los
reclutadores que buscaban brazos para las fábricas. Invocar la
libertad de trabajo o la libertad de costumbres no impide que
el trabajo sea explotador o la sexualidad esté sometida a los
intereses del comercio, dentro del respeto al orden estableci­
do. Las enfermedades que se quiere suprimir están produci­
das también por la misma sociedad a la que los consejeros
intentan preadaptar sus enfermos. De ahí la violencia con
que Eldridge Cleaver reivindicó su derecho a la provocación
sexual.
Contra esas presiones se forman comunidades análogas a
las cooperativas de producción de principios de la era indus­
trial. El trabajo era explotado; se escapó del orden capi­
talista y se fundaron cooperativas de trabajadores, utópicas y
marginales, pero que dan testimonio de un rechazo que difí­
cilmente logra organizarse y más difícilmente aún acabar con
el poder de los amos. Del mismo modo, las comunidades de
vida y más en general la atmósfera comunitaria que alimenta
hoy tantas tentativas utópicas oponen al consumo organizado
y dirigido, un deseo socialmente indeterminado.
Pero lo que se daba como organización de los productores,
solo se ha convertido en agente de la historia al transformar­
se en movimiento obrero, hablando en nombre del trabajo,
al mismo tiempo que en contra de la explotación proletaria.
Lo que va a venir ahora es la construcción de un movimiento
social. Y no existirá más que uniendo dos elementos: la lucha
contra el control social ejercido en provecho del poder de los
aparatos y, por otra parte, el objetivo de un modelo cultural
correspondiente a la sociedad que se está creando y que tor­
pemente puede llamarse la creatividad. ¿Qué quieren decir
estas palabras que no pueden salir de las vaguedades puesto
que no tienen más fundón que la de ayudar a descubrir la for­
mación de movimientos sociales de un nuevo tipo? En una so­
ciedad en que la dominación de clase no está concentrada en
un ámbito predominante de la vida social, correspondiente al
principio que sostiene el orden social, no hay que buscar ya el
conflicto social predominante en uno u otro sector de esa vida
social.
al trabajo de la cultura, la política o la economía donde se
traba el conflicto de las clases. Este está en todas partes, y
por consiguiente debe definirse en los términos más genera­
les, aquellos mediante los cuales la sociología define su pro­
pia misión. Por un lado el mundo de la positividad, de los
objetos, de los niveles y del centro; por otro el de las relacio­
nes sodales libres de su asimetría de clase.
Es muy tentador oponer a una “ liberación” que transfor­
ma todas las relaciones humanas en consumo, y que puede ir
hasta el cinismo reaccionario de la filosofía Playboy, en que
la mujer-objeto está al servicio de la carrera del tecnócrata
glotón, es muy tentador, digo, oponer a eso el tema, lleno de
“ calor humano” , de la comunicación concebida como rela-
dón de persona a persona. Pero ese camino, demasiado corto,
es un camino cerrado. La identidad no es consciencia de sí,
esenda o alma; la comunicación no es identificadón. Es el
lugar que se ocupa en una relación social, en unas parejas de
oposidón. Más profundamente es, tanto para el sociólogo
como para el psicólogo, la influenda de las orientadones de la
acción sobre unos recursos, es decir en este caso sobre un
cuerpo. En vez de que dos personas estén frente a frente y se
comuniquen por pertenecer a una cultura y a un grupo social
comunes, reconocemos que la comunicación es enlace y sepa­
ración entre unos proyectos y unas sexualidades. El encuentro
nunca tiene lugar completamente a los dos niveles a la vez.
El parecido siempre se mezcla con la diferencia.
Lo cual quiere decir más concretamente que la familia y la
sexualidad están siempre por lo menos parcialmente separa­
das, y que no es cierto que la función biológica de reproduc­
ción se vea “ funcionalmente” interpretada por una institu­
ción cultural, el parentesco, que pudiera servir para mante­
ner la colectividad, reproducir la especie, la fuerza de trabajo
y para transmitir la propiedad.
Una sociedad que se defina por su producción más que por
su reproducción no cuenta ya con ningún sistema de paren­
tesco, no cuenta más que con la separación entre el grupo
comunitario y las relaciones sexuales.
Hablar de la mujer y de los problemas femeninos, por
bienintencionado que sea el discurso, me parece, en propie­
dad, reaccionario. Es admitir que la sexualidad, en vez de ser
a la vez relación interpersonal e impulso, se identifica con un
tipo ae personalidad, lo cual justifica la oposición entre el
hombre y la mujer, entre el cuerpo y el alma, entre el bien y
el mal. Habría que luchar sistemáticamente contra todo
aquello que se refiere a una naturaleza o una esencia femeni­
nas. Y, más sencillamente, eliminar toda segregación de los
sexos. Si no se estuviera todavía tan a menudo apegado a
viejas maneras de pensar, se reconocería más fácilmente la ex­
trema importancia de la batalla que ahora está teniendo lugar.
Se bromea sobre la ropa o el peinado unisexo; se quiere tam­
bién menospreciar la importancia de las iniciativas contra la
segregación. Los estudiantes del 68 de Nanterre tenían razón
al suprimir todas las indicaciones de sexo de los lavabos y
vestuarios. Y es que del otro lado yo veo una formidable
campaña a favor de la segregación. Salones de peluquería,
institutos de belleza, revistas femeninas, y por consiguiente
revistas masculinas, son esas otras tantas armas al servicio
de esa creciente separación de los sexos. El movimiento de
liberación de las mujeres tiene razón al denunciar los progre­
sos del sexismo machista que acompañan a los de la cultura
mercantil. La dominación de los hombres fue la de la acumu­
lación, y fue por tanto el dominio de la producción sobre la
reproducción. A medida que el sistema de producción se ha
ido transformando más rápidamente, ha absorbido cada vez
más recursos sociales, lo que ha reducido la natalidad y el
aislamiento de la economía familiar y ha incrementado la
proporción de mujeres en el mercado de trabajo. Pero esa
liberación de la función de reproducción no lleva consigo
necesariamente la liberación de la mujer. Por el contrario, a
medida que los papeles sociales antiguos se descomponen,
ella puede encontrarse más directa y totalmente convertida
en objeto y en signo de consumo, en el mismo momento en
que por el contrario puede liberarse de sí misma, es decir,
dejar de ser una marca genérica puesta en cada hembra.
Si el sostén es objeto de una publicidad tan visible no es
porque su fabricación sea de excepcional importancia econó­
mica, sino porque es indispensable, para los reaccionarios,
mantener ese signo distintivo de la mujer. Hay que luchar
contra esa identificación de una naturaleza biológica y una
particularidad social y cultural.
Lo que se descompone es la mezcla de las categorías natu­
rales y las categorías simbólicas, y por tanto de los mitos que
a la vez las unen y las oponen. Se hablaba del amor, a la vez
fuerza biológica y sentimiento. He aquí que esos dos órdenes
se separan. Hablamos de sexualidad y por otro lado quizá
menos de sentimiento que de compañerismo. Estar juntos,
trabajar, jugar juntos, formar grupo, grupo de iguales o fa­
milia nuclear, padres e hijos. Hay que reconocer para empe­
zar la separación de los dos órdenes. La sexualidad, tal como
hoy se vive, no es reproducción, no es comunicación, es
deseo, y en general deseo más intercambiado que compar­
tido. Es preciso que sea así. Las mujeres, que han estado y
están aún sometidas al hombre, como la vida privada lo está
a la vida pública y la reproducción a la producción, no pue­
den liberarse de una dependencia arcaica más que si su se­
xualidad ya no depende del deseo del macho. Turbada o con
aparente desenfado, tú hablas de tu vida sexual, de tu gusto a
medias por las relaciones homosexuales y de tu gusto pleno
por la masturbación. Con más fuerza afirmas que la sexuali­
dad, sobre todo la de la mujer en este momento, debe afir­
marse fuera de la relación con el otro sexo. Es la masturba­
ción lo que más sencillamente corresponde a esa afirmación,
y no es casualidad que en Francia sea tan grande la separa­
ción entre la práctica de la masturbación femenina y la de la
masturbación masculina.
La homosexualidad femenina es necesaria como ruptura de
la dependencia femenina, y por consiguiente como afirma­
ción por todos, hombres y mujeres, de la independencia de la
sexualidad.
Lo más importante sigue siendo la naturaleza de las rela­
ciones heterosexuales. A mí me choca lo que en general
dicen los educadores y asesores. Piden al hombre que esta­
blezca él la comunicación con la mujer, que le haga disfrutar
mucho. ¿No es evidente en cambio que la mujer debe hacer­
se disfrutar, no tomar su placer sino cultivar su deseo, y que
la relación heterosexual comporta una actividad de masturba­
ción y puede comportar también una relación homosexual?
De ahí la importancia del cuerpo, más aún que del sexo
reducido a la relación genital. Ahí está la más profunda
transformación del comportamiento actual: la sexualidad no
está ya únicamente ligada a la relación sexual, se extiende
por todo el cuerpo, claro está que abriendo todo el cuerpo a
la excitación sexual, pero a una excitación no ligada única­
mente a la relación heterosexual. De ahí la esencial impor­
tancia de la desnudez, y no la de los clubs pequeñoburgue-
ses, en los que la desnudez es un modo de exorcizar la
sexualidad, en nombre de la salud, la vida natural y otras
ridiculeces, sino la desnudez llena de de sexualidad, a la vez
fruición apolínea y diabolismo dionisíaco a lo Rita Renoir.
La sexualidad ya no es relación social o transmisión; no es
ya un medio de hacer lo uno a partir de dos, de reunir dos
seres en la unidad a la vez divina y social del amor. Es, para
el individuo, el equivalente de lo que para la sociedad yo
llamo historicidad. Es a la vez energía o fuerza e invención
de conductas personales. La pornografía, para la que tanta
indulgencia muestran los gobiernos conservadores, reduce la
sexualidad al dinero, la creación al consumo. ¿Acaso no
puede encontrarse de nuevo en la sexualidad, por el contra­
rio, la liberación de una capacidad de relación con otro u otra
que, también, al precio de un distanciamiento de su ser
fabricado, estaría realizando la creación de sí mismo o de sí
misma? La sexualidad no nos conduce hacia el mundo divino
del amor; es apartamiento del mundo muerto de la situación
y de la identidad. Y por tanto invención conjunta de la capa­
cidad de crear. Ni comunicación ni placer, sino deseo, es
decir, superación, apartamiento de los papeles establecidos,
pero también búsqueda de una relación que no absorba nun­
ca completamente la inquietud, la aventura y el descubri­
miento.
Y luego por el otro lado están los intercambios sociales, el
compañerismo que es participación en un proyecto común,
relación de amistad o grupo de defensa. Ligamen social que
es independiente de la sexualidad y que tiene tanta fuerza
como ella. Es el grupo de edad lo más visible hoy, con com­
pañeros, amigos o militantes de la misma causa. Pero el
grupo familiar es igualmente importante. Cuanto más se dis­
loca el parentesco más intensa se hace la relación familiar.
Me sorprende que se hable tan poco de la relación de los
padres y los hijos, cuando la psicología ha hecho aparecer
tan genialmente esa relación, antes oculta por el parentesco.
Socialmente, observo que muchos hombres son como yo:
sus relaciones con sus hijos son un elemento fundamental de
su personalidad. Sin esa relación yo tendría a menudo la
opresiva sensación de estar enteramente manipulado por las
organizaciones a las que pertenezco y que piden de mí, mu­
cho más que trabajo y tiempo, sentimientos, probablemente
análogos a los que impone un vasto sistema de parentesco.
Mi parentela es mi empresa; mi familia se ha convertido en
mi antiparentela: el lugar secreto en que la máscara que cada
vez se pega más a la piel al menos se deforma y a veces cae,
el lugar en el que el hombre serio juega y el jefe de servicio
se convierte en clown, el lugar de la emoción. Es por eso por
lo que la relación con el niño es tan fundamental para el
adulto: nos da, a nosotros los adultos, desgastados por los
convencionalismos y las obligaciones, la participación en la
juventud y la fuerza de la risa, del juego, de los grandes
proyectos, del afecto, de todo lo que desborda el cuadricula -
miento de las reglas y de los programas; nos da, en una
palabra, la virtud suprema: la generosidad. Lo que yo recha­
zo con todas mis fuerzas es la representación de la sociedad
como un yo, como un hogar organizado en tomo a sus
valores y sus normas, con papeles bien distribuidos y meca­
nismos de control eficaces. El triunfo de la buena conciencia
burguesa, que fue también el del imperialismo americano de
los años 50 y principios de los 60, teñido de buenos senti­
mientos y de pragmatismo, no ha sobrevivido a los horrores
de la guerra y al final del gold exchange standard. Yo no
puedo ver la sociedad más que como tensión fundamental
entre la producción de sí misma y los recursos que determi­
nan y limitan esa producción. Del mismo modo, en lugar de
abandonarse al moralismo, a la invocación de la unidad, de
la fusión, habría que desechar completamente el yo como
centro de la personalidad. El yo es para el individuo lo que la
organización social para la sociedad. En ambos casos lo que
está organizado rechaza de modo conservador lo que queda
excluido: en el caso de la sociedad se trata de lo anormal, lo
ilegal, lo desviado, lo criminal, y en el del individuo de la
locura, la huida o la ruptura. Hay que partir, no del orden
establecido del yo, sino de la historicidad y de su influencia
sobre los recursos, es decir, de la influencia que ejerce sobre
el cuerpo una acción social definida a la vez por la creatividad
y por las relaciones sociales y políticas. La relación interper­
sonal es creadora porque la creatividad no radica en nuestro
corazón por la gracia de Dios ni por nuestra esencia humana.
Cada uno de nosotros es creador, no por lo que es, sino por
su capacidad de entrar en relación, de ser también actor, en
lugar de verse degradado a la condición de objeto dentro del
orden manipulado por los aparatos dirigentes.
La comunicación interpersonal no es más que un remon­
tarse desde los papeles definidos por los órganos de control
social hacia el distanciamiento de la sociedad y del hombre
con respecto a ellos mismos, que es la historicidad.
Quizá la razón que me mueve a escribirte y a hablar con­
tigo es lo que sé de tu vida personal, de lo que unos idiotas
llaman tu falta de principios, que es la existencia de una
historia personal. Lo que me sorprende tanto como a ti es la
seguridad con que tanta gente se instala en la “ buena”
conducta, ya se trate de buscar el gran amor o de acostarse
con todos los compañeros. Tú sientes por el compañerismo
el gusto de la mayoría, que a tu edad yo no conocí, pero
tienes una fuerza carnal que nunca queda completamente
presa de quien te dice o te hace el amor. Y sobre todo
mantienes la distancia, el secreto y el sueño que te protege­
rán siempre tanto del moralismo como de la facilidad. Así se
forma tu múltiple historia que, espero, nunca se unificará
completamente, pues la comunicación no es ni fusión ni
simple transmisión, sino a la vez separación y encuentro,
distancia y conocimiento.
Tu detestas tanto como yo esa falsa libertad que habla de
disfrute y de espontaneidad, que es abandono total a la in­
fluencia de las ideologías, de la propaganda y de la publici­
dad. Definirse por la libertad sola equivale a entregarse a toda
las manipulaciones; qué conservadurismo tan reaccionario y
bien inscrito en las necesidades de la clase dirigente: ¡inte­
grémonos, consumamos, seamos concretos, realistas, y
preocupémonos por lo inmediato y lo posible!
Hay que volver a la moral Es quizá mi educación lo que
me obliga a hablar así. ¿Y luego? Yo quiero que cada uno de
nosotros se sienta responsable de la creación del mundo en
que vive, y por lo tanto que tome una distancia crítica con
respecto al orden de las cosas y las gentes, tal como el poder
lo impone. Lo que vale para el orden del trabajo vale también
para el de las relaciones interpersonales. Yo no quiero ni
consumir a los otros ni ser consumido por ellos, sino cabal­
gar llevado por el deseo, correr la aventura, construir y
derribar, inventarme en el encuentro que es a la vez acuerdo
y malententido. La vida sexual debe ser reconocida como
análoga a la vida de trabajo. Es lugar de producción, de
conflicto, de alienación, de liberación.
La distancia entre la vida privada y la vida pública se está
aboliendo. Lo característico de la sociedad postindustrial, y lo
más fundamental en ella, es que el ámbito de los conflictos
sociales es la historicidad misma, el movimiento por el cual
la sociedad se produce y se transforma. Hemos de habituar­
nos a esa imagen, que deja de molestarnos cuando la consi­
deramos en una forma más concreta. Vendrá muy rápido la
época en que lo esencial de la producción no sean ya los
bienes sino lo que se llaman servicios, y que más valdría
llamar informaciones. El ámbito de las luchas sociales es ya
cada vez más concretamente la información. El poder es el
secreto del conocimiento. Los Estados, las grandes empresas,
las profesiones, los partidos, así como los ejércitos, acumu­
lan la información y la mantienen oculta. ¿Es que no vemos
en la enseñanza que los movimientos de protesta se oponen a
la idea misma de transmisión de conocimientos, como si
hubiera un tesoro de la ciencia cuyos guardianes nos dejaran
ver o tocar solamente ciertas joyas? Concepción tecnocrática
a la que se opone la idea de la comunicación, de la prioridad
de la relación de enseñanza sobre la transmisión de conoci­
mientos. En todos los ámbitos de la vida social lo que entra
en juego es de la misma naturaleza: la capacidad de la socie­
dad para producirse a sí misma, la creatividad, tema constan­
temente presente en el trasfondo de los modelos culturales
anteriores y que ahora se libera completamente. ¿Creatividad
detentada por los sacerdotes de la sociedad o, por el contra­
rio, verdad de las relaciones sociales? ¿Orden, jerarquía, obje­
tos o, por el contrario, movimiento, libertad, comunicación?
En el pasado, los conflictos y lo que en ellos entraba en
juego se concentraba en un ámbito de la vida social, y el
análisis podía recurrir directamente a términos que se refirie­
ran específicamente a ese ámbito, y que eran por lo tanto
concretos. Hoy el conflicto y lo que éste pone en juego están
por todas panes. Las prácticas concretas también están divi­
didas, separadas unas de otras, lo que obliga a no ligarlas
más que indirectamente, mediante el análisis. Es así como
nace la sociología. Antes del momento presente se podía
hablar políticamente de la política y económicamente de la
economía, y era suficiente. Ahora a todos los lenguajes liga­
dos a un objeto hay que añadirles el lenguaje general más
abstracto, más alejado de las prácticas sociales, constituido
por la sociología. Es por eso por lo que la sociología no estará
sólidamente construida más que cuando se hayan encendido
movimientos sociales en todas las partes de la sociedad,
cuando sea posible integrar las experiencias y los sentidos
particulares, y por consiguiente captar la sociedad entera, no
como una suma de funciones o como un organismo, sino
como sistema de su propia transformación. Es por eso por lo
que la sociología penetra inevitablemente en ámbitos que
antes no parecían ser los suyos. No hay ya separación entre
lo privado y lo público, todo se convierte en público, en
objeto de intervención, en lugar de conflicto y de movimien­
tos sociales. La reflexión sobre la sexualidad, sobre el movi­
miento de liberación sexual, ayuda a reconocer, al mismo
nivel que puede hacerlo un estudio de las organizaciones o de
la información, cuál es el conflicto principal de la sociedad
nueva y qué es lo que se juega en él.
El movimiento feminista; ¿igualdad o liberación?

En una sociedad no pululan los movimientos sociales, por­


que un movimiento social es, en último análisis, la acción de
una clase; en cada tipo de sociedad dominan, pues, un movi­
miento de clase dirigente y un movimiento de clase popular.
Pero cada sociedad es testigo de la formación de numerosas
conductas colectivas que, al mismo tiempo que la marca de
otros tipos de acción, llevan la de un movimiento social. De
modo que la pretensión de un grupo de ocupar el papel de
movimiento social puede juzgarse negativamente, o, por el
contrario, se puede reconocer en su actividad la participación
en un movimiento social que no aparecía a primera vista.
¿Es el movimiento de liberación de las mujeres un movi­
miento social por sí mismo, pertenece a esas situaciones
intermedias o es algo totalmente distinto de un movimiento
social?
Esa prudencia a ti te sorprende, y te inquietas por ella.
¿No tendría que ser todo tan simple, para ti y para mí? Para
ti, porque el Deuxiéme Sexe es uno de los libros que marca­
ron tu vida de bachiller y porque la campaña por la planifica­
ción familiar y la libertad del aborto te parecen tan eviden­
temente justificadas como la lucha contra la discriminación
profesional y económica de que son víctimas las mujeres.
Igual de justificadas están para mí, porque reacciono del mis­
mo modo y he expresado también la necesidad de una libera­
ción que obligue a echar, abajo algunas de las prohibiciones
todavía más fuertes, y porque la desigualdad entre hombres y
mujeres no puede tener ninguna justificación en nuestra so­
ciedad. Todo esto ya está conseguido y no vamos a dar mar­
cha atrás. Tú no esperas de mí el elogio de las virtudes
domésticas ni largas meditaciones sobre la esencia de la femi­
nidad u otras naderías.
Así que hablemos seriamente. Invocar la igualdad para
poner fin a una vieja y absurda discriminación no es progra­
ma de un movimiento social. El movimiento obrero propone
una sociedad de los trabajadores, socialista, y la subversión
de la sociedad capitalista. Yo no creo que se nos proponga
una sociedad femenina que sustituya la sociedad masculina.
Ese movimiento por la igualdad es un movimiento propia­
mente político, que apunta a obtener la modificación de las
leyes, así como de las costumbres. Acción muy importante,
pero que no puede confundirse con un movimiento social. El
movimiento obrero es una cosa, la acción política por el
sufragio universal en el siglo XLX es otra: que pudieran
aliarse, mezclarse y a veces hasta confundirse no quita que
uno se situara al nivel de las relaciones de clase y el otro al
del sistema político.
Esa acción política debe aniquilar una desigualdad que fue
fundamental y que ya no es nada más que injusta. Se trata de
suprimir los restos de una vieja relación de clases. Sigo aquí
una idea recientemente tratada de nuevo por Serge Mosco­
via, cuyos libros te he dicho a menudo que leyeras. La clase
dirigente es la que maneja en su provecho los medios de
acción de la sociedad sobre sí misma; ahora bien, en las
sociedades menos dotadas de energía y tecnología, esa acción
es la del cazador que modifica su entorno y se identifica por
tanto con la creatividad, mientras que las tareas de reproduc­
ción, desde la educación de los niños hasta el cuidado del
hogar, recaen sobre la mujer. Es una relación de clase, en el
sentido que me parece indispensable dar a esa expresión.
Pero esa relación no es esencial más que en las sociedades
menos diferenciadas. Cuando el agricultor se asienta y apare­
cen los señores de la tierra, cuando luego se forma la econo­
mía mercantil y más tarde aún la economía industrial, las
relaciones de clase se desplazan y las relaciones entre los
sexos se convierten cada vez más en simples relaciones de
desigualdad o de complementareidad. A la sociedad industrial
le cuesta soportar esas desigualdades. Es preciso que las mu­
jeres entren en el mercado del trabajo. Hoy se necesita que
accedan a las profesiones superiores; el lío que representa la
no utilización de la capacidad de la mitad de la población
adulta se hace cada vez menos tolerable. De ahí la campaña
que se lleva a favor de la igualdad: se lucha a muy justo
título contra la segregación de muchachos y muchachas en la
escuela y contra la inculcación desde su más temprana edad a
las muchachas de modelos femeninos, que ponen siempre a
la mujer en situación de inferioridad o de dependencia. Yo
apoyo con entusiasmo esa campaña. Espero que se destruya
completamente la feminidad como status social, y por consi­
guiente que se rompa ese falso respeto por las particularida­
des biológicas de la mujer, que hada de ella un ser “ natu­
ral” , manteniendo así su inferioridad con respecto al hom­
bre, creador de “ cultura” . Si la educación jugara un papel
progresista, debería prestar mucha atención a pequeños pro­
blemas que son grandes: tratar la menstruación como un
proceso biológico cualquiera, suprimir la separación de hom­
bres y mujeres en todos los cuidados del cuerpo, desde el
peinado hasta el vestuario, fomentar la desnudez compartida,
suprimir los códigos distintivos del vestido, la alimentación y
el comportamiento gestual, etc.
Suprimir las huellas aún más profundas de una antigua
dominación de clase, rechazar diferenciaciones que preparan
y mantienen la desigualdad, son objetivos que justifican una
campaña de opinión. El tema de la igualdad tiene todavía
otro sentido, bastante diferente, pero igual de importante,
por lo menos en ciertos países.
Las sociedades más liberales son, a mi juicio, las más
antifeministas. El dinero es masculino, aunque haya razones
jurídicas que, en particular en los Estados Unidos, hagan
poner las fortunas a nombre de las mujeres, que tienen más
años de vida que los hombres. El dinero es macho. El país en
el que el capitalismo industrial es el rey, Inglaterra, es el país
de los clubs de hombres,y en los Estados Unidos de hoy la
separación de los sexos en la vida social y profesional sigue
muy marcada. El hogar doméstico ha sido sustituido o com­
pletado en ese país por la comunidad local: la mujer se ocupa
de la iglesia, de la escuela y de asociaciones voluntarias y de
caridad. El hombre va a trabajar a edificios fálicos, mientras
su mujer permanece encerrada en el hogar uterino. En las
sociedades más liberadas, las más modernizadas, la élite so­
cial deja gustosa a las mujeres en su mundo benévolo y
hablador, mientras los hombres se excitan entre sí, barajan­
do los grandes problemas y bebiendo licores fuertes. Es por
eso por lo que se desarrollan los movimientos feministas en
las sociedades liberales, primero en Inglaterra y más recien­
temente en los Estados Unidos. Y es que efectivamente la
mujer americana, que disfruta de un nivel de instrucción y
movilidad superior al de las otras mujeres, es también muy
acusadamente, víctima de la discriminación. A Rossi, D.
Riesman y otros, han mostrado muy bien la importancia de
esa desigualdad de los sexos ante la educación. El acceso de
las mujeres a las profesiones liberales es más restringido en
los Estados Unidos que en muchos países europeos o latino­
americanos. El movimiento feminista, para poner fin a la
discriminación, sustituye el intervencionismo político más o
menos populista o revolucionario del Estado y actúa sobre el
sistema político, sobre el conjunto de las instituciones.
Partiendo de la evidente observación de que los movimien­
tos feministas se sitúan primero y abiertamente a nivel polí­
tico, esos son, pues, los dos principales sentidos que en esa
perspectiva yo les veo. Pero ese juicio doblemente positivo
lleva consigo al menos una conclusión negativa. La depen­
dencia de las mujeres no es una forma moderna de dependen­
cia de clase. No es la sociedad industrial o postindustrial la
que ha dado lugar a la sumisión de la mujer al hombre, como
a menudo se oye decir. Esa dependencia es, por el contrario,
anterior al capitalismo.
¿Resuelven estas pocas líneas el gran problema de saber si
el movimiento femenino tiene un signo de clase? Evidente­
mente que no. ¿Está hoy determinada la condición femenina,
al menos en parte, por la naturaleza actual de las relaciones
de clase? Yo creo que sí.
Pero puede responderse afirmativamente de dos maneras
difere- ' : Unos dicen: la sociedad capitalista de consumo
crea una imagen de mujer consumidora, reproductora y se­
ductora y por consiguiente sometida al hombre, que es quien
paga la nevera, la canastilla y los perfumes, y abre una libre­
ta de la caja de ahorros o se hace con una tarjeta del Diners
Club. Los otros dicen lo contrario: el sistema tecnocrático es
el reino de los aparatos, y la mujer, estando como ha estado
tradicionalmente marginada del sistema de decisión económi­
ca y siendo como es toda ella afectividad y “ naturaleza” ', se
resiste al reino de los tecnoburócratas machos.
El verdadero problema que hay que plantear a propósito de
las reivindicaciones feministas es el de la relación entre esos
dos tipos de reacciones y de análisis. El primero es el más
frecuente, el más fácil de admitir; el segundo es muy peli­
groso: ¿no es cieno que basta cambiar algunos tonos para
que se confunda con el más extremo tradicionalismo? A
pesar de ello, y midiendo los riesgos, me decido claramente
por la segunda interpretación, no, lo repito, del movimiento
feminista en su conjunto, sino de la significación de clase de
ese movimiento. Precisión necesaria y que subraya la dificul­
tad de mi posición.
Yo no adopto la primera interpretación simplemente por­
que es falsa. ¿Quién me va a demostrar que la publicidad
comercial intenta hundir a una mujer liberada en el tradicio­
nalismo familiar? Esa publicidad, y en general las revistas
femeninas, se adaptan al medio social al que intentan llegar,
y Femmes francatses no es Vogue. No hay imagen general de
la mujer.
No obstante, yo veo que hay dos temas que dominan esa
literatura y esa publicidad femeninas. El primero es el del
nivel social que hay que alcanzar o mantener; el segundo es
el de la personalización. Son complementarios: sea usted
misma en medio de gentes como usted. La mujer es ahí algo
análogo al automóvil: compre un coche que resalte su perso­
nalidad (guiño de ojos mirando el acelerador y la tapicería) al
mismo tiempo que muestra su nivel (mire los cromados o las
letras pequeñas y discretas que recuerdan que no va usted en
un coche de 16.000 F, sino en el que cuesta 25.000, aunque
tenga más o menos la misma carrocería).
Ese tipo de análisis se ha hecho tan a menudo que no me
atrevo ya a poner el disco rayado una vez más. Pero me
contentaré con observar que todo eso habla de estratificación
social o hasta de conformismo, pero para nada de relación de
clases. Que el visón indica mayores ingresos que el conejo,
es una afirmación análoga a la de que el coronel está por
encima del capitán y el director general por encima del jefe
de servicio, o también a la de que Montreuil es menos rica
que Neuilly. ¿Por qué, pues, hablar de relación de clase en
todos los casos? Yo acepto, pues, la primera hipótesis por lo
que es, evitando simplemente los malos entendidos. Pero
para ser honesto añadiré esto: yo no veo que haya tanto de
malo en esa publicidad y en esas imágenes. Yo les reprocha­
ría más bien su lentitud en evolucionar, su falta de audacia,
lo que equivale a subrayar que dan privilegio a los consumos
de las clases medias e incrementan las tendencias a la imita­
ción, y por tanto a la estratificación. Pero puede decirse
igualmente que debilitan la influencia de las tradiciones y
que son “ modemizadoras” más con toda la ambigüedad
que con la malignidad de esa palabra.
Y vuelvo a la interpretación que he escogido. Mi opción se
rige para empezar por un motivo general. La clase dirigente no
puede definirse esencialmente al nivel del consumo. Es apa­
rato de producción y de gestión... es ese mundo tecnocrá-
tico que rechaza... ¿el qué? ¿A las mujeres? No. He dicho
en otra parte que rechaza la relación social, la expresión
personal, los lazos afectivos. ¿Pero por qué hablar de eso a
propósito de las mujeres? Porque las mujeres, como los pue­
blos colonizados, al haber estado encerradas en la “ barba­
rie” , en una naturaleza que se suponía salvaje, son hoy
fuerza social y cultural de oposición. Contra la frialdad tecno-
crática, lo que cuenta no es en absoluto la invocación a la
igualdad. Es el papel de las mujeres como agentes de resis­
tencia al mundo de los aparatos. Ninguna paradoja en todo
eso, sino la definición misma de los movimientos sociales:
toman apoyo en el pasado para construir un futuro liberado
de las cadenas del presente. Los que liberan a un país del
yugo colonial hablan de liberar a su madre. ¿Es eso sólo
vuelta a la tradición? No, es lucha contra una modernización
que lleva consigo la dependencia.
El movimiento feminista es un movimiento social cuando
afirma, no la feminidad, sino la resistencia de la naturaleza,
del cuerpo, de la sexualidad y del sentimiento, tanto en los
hombres como en las mujeres, y a partir de esa resistencia
afirma el esfuerzo por romper el aparato tecnocrático. Lo que
caracteriza a los contestatarios es su feminización: su nega­
tiva a optar por un papel macho rechazando las conductas
que se supone que son las de las mujeres, su rechazo de un
vestido y un peinado masculinos, su invocación a la dulzura,
el apego a los hijos. La supresión de la feminidad, si no lleva
consigo una feminización de toda la sociedad, puede conver­
tirse en un arma al servicio de la tecnocracia. No es eso quizá
lo que desean todos los movimientos feministas, pero pienso
que en ello está la gran importancia de esos movimientos,
mucho más allá de su acción en favor de una igualdad que se
ajusta demasiado fácilmente a la inferioridad.
Nacimiento de los movimientos sociales; fin de la separa­
ción entre la reivindicación social y ¡a acción política, cam­
bio de papel de los intelectuales; fuerza de los movimientos
salvajes; en caso de victoria de la izquierda.
¿Acaso tú no ves lo que la expresión “ movimientos socia­
les” tiene de nuevo e insólito? Los levantamientos populares
se han juzgado siempre como señal de conflictos o de contra­
dicciones, pero se los consideraba incapaces de tener una
significación propia. Como los hechos sociales siempre se
situaban en dependencia con respecto a una categoría supe­
rior de hechos, los movimientos sociales debían subordinarse
a una acción exterior a ellos, cuyo empuje los elevaba al
nivel metasocial. Más concretamente, los movimientos po­
pulares no pasaban de ser lo que acompañaba a la crisis de las
viejas clases dirigentes y el ascenso de las nuevas, y su gran­
deza no prevenía más que de la fuerza de la represión que
constantemente'los aplastaba. A nuestro mismo lado hay
dirigentes que nos explican aún doctamente las leyes de la
economía, mientras parece que los movimientos populares
no pueden pasar nunca de la resistencia al cambio o de la
reivindicación económica sindicalista, lo que es evidente­
mente contrario a la realidad observable.
Ese tipo de razonamientos tienen su justificación. Mien­
tras las sociedades no han podido definir su creatividad, su
acción sobre sí mismas, más que planteando la existencia,
por encima de ellas y de su funcionamiento, de un orden de
la creación, han estado divididas en dos por una barrera que
no era barrera de clase, sino mucho más que eso: era la
separación entre lo sagrado y lo profano, entre la producción
y la reproducción, entre el Estado y la sociedad civil y entre
el carisma y la racionalidad instrumental. Los movimientos
sociales estaban presos en el mundo de abajo y no podían
aparecer a la luz de arriba más que siendo utilizados por un
profeta, un Estado, o un partido.
Las relaciones de clase no se han desvanecido, sino todo lo
contrario. Su ámbito no deja de extenderse, pero la frontera
que separaba el mundo de arriba y el mundo de abajo des­
aparece.
Ahora se forman movimientos sociales que no quedan ya
necesariamente divididos por esa frontera entre la negación y
la afirmación, entre la defensiva y la ofensiva. La distancia
entre la reivindicación y la oposición orientada por el proyec­
to de una sociedad distinta no deja de disminuir. En Francia
se ha mantenido de modo extremo, porque en este país el
Estado, sobre todo en los recientes decenios, a menudo ha
dominado la sociedad. De ahí la dependencia política e ideo­
lógica de los movimientos sociales, la extrema insistencia
sobre el tema del poder que hay que tomar, es decir, del
Estado con el que hay que hacerse, y la desconfianza hacia
acciones que apuntan a transformar las relaciones sociales
mismas. Pero hoy, incluso en Francia, como el poder es ante
todo gestión de organizaciones, es decir, de sistemas a la vez
técnicos y humanos, la oposición planteada por quienes están
sometidos al poder de quienes realizan la gestión pone en
cuestión más directamente las relaciones fundamentales de
dominación. Un movimiento popular no puede ya invocar,
en contra de su adversario, un orden superior. ¿Acaso el
socialismo no ha consistido en la práctica en recurrir al Esta­
do en contra del patrono? Hoy, el Estado es patrono o está
estrechamente ligado a los patronos.
Al mismo tiempo, el conflicto de clases no se localiza ya
en un ámbito de la vida social que se suponga central, como
la ciudadanía o la producción. Está en todas partes, porque el
sistema de dominación marca tanto la información, el consu­
mo, la educación y las relaciones interpersonales como los
ámbitos “ nobles” de la religión, de la política y de la eco­
nomía.
Miremos más lejos. Los conflictos que durante un siglo
conocimos oponían a una burguesía nacional y un proletaria­
do nacional, un pueblo, en el interior de una unidad política,
la del Estado-nación. El orden político estaba así por encima
del orden económico. Hoy nos cuesta lo suyo reconocer la
decadencia del Estado nacional. El poder de decisión econó­
mica pasa por encima de las fronteras, sobre todo a medida
que crece en importancia el papel de los grupos multinacio­
nales.
Lo cual provoca un salto adelante de la oposición social.
Esta desborda la empresa. Se eleva al nivel de la organización
económica. Los obreros de una empresa se sienten amenaza­
dos en su empleo por la estrategia de una firma internacional.
Una región se siente afectada por la concentración de las
riquezas en el centro del espacio económico europeo. No nos
apresuremos a decir que en una sociedad de abundancia co­
mo la nuestra los problemas del trabajo y del empleo han
perdido importancia, y que los conflictos del futuro tendrán
lugar en el ámbito del consumo. Lo que esa idea tiene de
verdad es mucho más limitado que lo que de falso tiene y la
hace inaceptable. No estamos entrando en absoluto en una
sociedad que haya dejado atrás los problemas del crecimiento.
Los estados anímicos de sectores “ opulentos” y jóvenes de
la población no deben engañarnos. Estamos entrando, por el
contrario, en un período en el que los problemas del creci­
miento y del equilibrio económico vuelven a situarse en pri­
mer plano. Pero se han transformado. Se trata ante todo de
saber si nuestra organización económica y social, y no sólo
las relaciones de producción en la empresa, va a aumentar
las desigualdades sociales o, por el contrario, mediante la
intervención de las fuerzas populares en la decisión política,
limitada o generalizada, esas desigualdades van a reducirse.
Los problemas del empleo, de las regiones o de la escuela son
importantes en la medida en que manifiesten el mismo con­
flicto general de intereses. En esas condiciones, la separación
antiguamente establecida entre un movimiento popular pura­
mente económico o ‘ ‘social’ ’ y su forma política e ideológica
no tiene ya sentido, o más bien es sustituida por otra, muy
diferente, que distingue los movimientos sociales de las es­
trategias políticas que dependen de ellos, aún teniendo una
cierta autonomía. La política, efectivamente, se ejerce en
una situación histórica compleja, y no en una sociedad ín­
tegra.
Más tarde nos preguntaremos cuáles son los actores, los
terrenos de lucha y los elementos que entran en juego en
esos nuevos movimientos sociales. Fijémonos primero en lo
esencial. La subordinación de los movimientos populares a
una acción superior que les da sentido, sea la de la élite
dirigente o la del partido revolucionario, no corresponde ya a
la experiencia histórica presente y no puede ser aceptada
como principio de análisis, transformando así el papel de los
intelectuales. Los sabios se han situado en las alturas de la
sociedad, junto al trono, para aconsejar o amonestar al sobe­
rano, o a veces se han puesto a conducir movimientos popu­
lares, pero asociados también en eso al poder, pues han que­
rido tomarlo. Más allá de su sentido histórico preciso, la
noción de intelligentsia designa bien ese papel del intelectual
como mediador político. Si se reconoce en cambio que los
movimientos “ de base” llegan hasta la cúspide de la socie­
dad, el papel del intelectual no es ya el de hacer de modesto o
arrogante mediador entre el levantamiento popular y la ac­
ción política; pierde sus privilegios y le son asignadas de
nuevo tareas propiamente intelectuales, es decir, las de aná­
lisis de la sociedad, de sus orientaciones y de sus conflictos.
El intelectual debe escoger entre la acción política y el trabajo
sociológico, que no puede nunca confundirse con la acción
política, so pena de convertirse en ideología, es decir, de ser
inoperante tanto intelectual como políticamente.
Mira a tu alrededor. ¿Acaso lo más nuevo no es ver surgir
de todas partes, de los lugares en apariencia más alejados del
poder político o económico, oposiciones que desbordan con
mucho las reivindicaciones y las reformas? A partir de la
crisis urbana, de la polución o de los ataques al medio am­
biente, de los modos de consumo influidos por los intereses
de grandes empresas o por los del Estado industrializado^ de
los métodos de educación o también de las intervenciones
que hoy se hacen en las conductas sexuales, a partir de todo
eso se crean movimientos de base, que sin constituir la ma­
teria prima de una acción política, son directamente políti­
cos, aún cuando no puedan sustituir la intervención autóno­
ma de la estrategia de los partidos. ¿Cómo no reconocer la
importancia de esa transformación de la práctica social? Los
movimientos sociales estaban subordinados a la acción polí­
tica y doctrinal; hoy es la estrategia política, institucional, lo
que se presenta como subordinada a movimientos sociales y
culturales que directamente ponen en cuestión la acción de la
clase dirigente y de sus apoyos políticos.
Esa transformación, no da ningún papel particular a los
estudiantes, sin embargo uno de sus signos más interesantes
es la aparición de movimientos estudiantiles en los países
industrializados. Mientras que en el pasado los estudiantes
intervenían sobre todo como jóvenes cuadros o como mili­
tantes de los partidos políticos, hoy intervienen como cate­
goría social particular, porque la educación, más allá de sus
crisis, es también un lugar de conflictos, en los que se juega
la utilización social del conocimiento. ¿No es hora ya de que
los estudiantes se den cuenta del sentido innovador de sus
propias prácticas, en lugar de tener que ingeniárselas para
demostrar su heteronomía, contradicha por los aconteci­
mientos que desde hace diez años han agitado gran número
de sociedades?
Esa desaparición de la frontera que separa los movimientos
populares de una acción verdaderamente política toma for­
mas muy diferentes según el tipo de sociedad considerado y
su modo de desarrollo. En los Estados Unidos se habla más
que nunca de democracia de base, y en ello se mezclan cons­
tantemente movimientos de opinión y movimientos sociales.
En la China popular, la Revolución Cultural no puede sepa­
rarse del poder de Mao y de las luchas entre fracciones de la
élite dirigente, pero en ambos sentidos hay movimientos po­
pulares que pueden atravesar toda la sociedad, sin detenerse
en la frontera de la infraestructura y la superestructura, de la
sociedad civil y el Estado, pues hoy el desarrollo de una
sociedad, sea cual sea, supone una movilización de conjunto
en la que la antigua distinción de una base económica y una
cúspide política o ideológica no tiene ya sentido.
En Francia, hoy, también hay que escoger: o bien mante­
ner el viejo estilo, cuando en cambio están perdiendo conte­
nido las viejas formas de acción social, o bien dar prioridad a
la formación de nuevos movimientos sociales y aceptar que
su estilo sea diferente del pasado y, por consiguiente, que las
interpretaciones doctrinales cedan paso a la capacidad de mo­
vilización efectiva al más alto nivel.
Hablemos en términos tan próximos como sea posible a
nuestra experiencia histórica. Quienes crean que el movi­
miento obrero, formado en su tradición leninista, es el actor
principal de nuestra historia y tiene mucha mayor importan­
cia que las confusas e intermitentes agitaciones de los “ pe-
queñoburgueses” duermen un sueño de niños. Yo soy el
último en negar los aspectos irrisorios, desarticulados o utó­
picos de los nuevos movimientos que se forman en una y
otra parte de nuestra sociedad. Pero, antes de analizarlos y
juzgarlos, pido que se examine una cuestión: ¿es su capa­
cidad de movilización al más alto nivel, es decir, el de la
oposición al sistema de dominación social, débil o marginal,
acaso no es ya mayor que la reserva de la revolución de ayer?
Piénsese lo que se quiera de Piaget y de la CFDT de Lip.
¿Qué capacidad de movilización tuvieron, fue mayor o me­
nor que la de la CGT en Larousse, la de los ferroviarios, la
del sindicato de la enseñanza secundaria o la de los maestros?
Los estudiantes están marcados por la crisis universitaria y
por el alejamiento de la vida profesional en el que viven
durante períodos cada vez más largos. ¿Pero es la moviliza­
ción de los estudiantes, de los bachilleres o de los colegiales
tanto más débil y menos ambiciosa que la de los grandes
batallones del movimiento obrero? ¿Quién se atreve hoy a
aseguramos que esos movimientos de base, revolucionarios o
no, pero que no se consideran ya cimiento de un edificio
desde lo alto del cual domine un agente político, comunista o
socialdemócrata, quién nos asegura que no vayan a des-
bordar, por su mismo dinamismo, las estrategias de aparato,
y en particular las del más potente, las del partido comunista
y de las organizaciones de masas que más o menos directa­
mente controla? Yo no abogo por los izquierdistas contra los
comunistas. Primero porque las organizaciones izquierdistas
pertenecen muy a menudo al mismo conjunto social y cultu­
ral que el partido comunista, y son más “ fundamentalis-
tas” , como dicen los protestantes, que innovadoras; luego
porque emplear un término así es situarse ya al nivel de las
fuerzas políticas organizadas, y por lo tanto de las estrate­
gias, cosa que yo no quiero hacer ahora. Pero pienso que
hoy, en Francia o en situaciones comparables, con la condi­
ción de que exista la democracia, es decir, de que ningún
poder absoluto tenga la posibilidad de reprimir a los izquier­
distas, el auge de las protestas que llevaría consigo un éxito
político de la izquierda no podría ser controlado por los parti­
dos políticos existentes. Que sea eso un bien o un mal no es
lo que me ocupa en este momento. Pido que no se viva ya en
una imagen convencional de nuestra sociedad, y que los doc­
trinarios presten un poco más de atención a la realidad so­
cial, en lugar de discutir sentados en las tablas de la ley. Los
que niegan ese auge de los movimientos salvajes duermen un
sueño dogmático tan profundo que no hay que despertarles.
Yo escucho, en cambio, con mucha atención, la objeción
que constantemente me presentas: ese probable estallido,
¿no es consecuencia casi mecánica del conservadurismo reac­
cionario del régimen actual? Yo lo creo así, efectivamente,
pero la explicación no es suficiente. ¿Pueden explicarse las
utopías obreristas de la primera mitad del siglo XIX por el
conservadurismo o el inmovilismo de los Pompidou, los Gui-
chard y los Messmer de la época? Seguro que no. A través
de esas utopías comenzaba a formarse el movimiento obrero
que durante todo el período de la industrialización capitalista
había de ser el movimiento popular por excelencia. ¿Por qué
no reconocer el mismo papel al comunismo utópico de hoy?
No habla ya de comunidad de trabajo, sino de comunidad de
vida; no se opone ya solamente a la acumulación capitalista,
sino también a la gestión tecnocrática. Pero, como su prede­
cesor, hace entrar en la escena de la historia nuevos actores
y nuevos dramas. Es ya demasiado tarde para desechar con
un adjetivo de desprecio una corriente que afecta en profun­
didad a toda la sociedad. Hoy el Programa Común no contro­
laría los nuevos movimientos sociales más de lo que los par­
tidarios de la "reforma” controlaron en 1848 e! movimien­
to obrero, con su primera explosión de junio.
Vivimos aún en la idea de que el gran problema de la
izquierda es el de saber si el partido comunista pelará la
gallina socialista. La cuestión es efectivamente la única que
cuenta cuando no existe democracia política, y su respuesta
es bien conocida: la gallina siempre se pela, se asa y se
come. Pero cuando la llegada de la izquierda al poder tiene
lugar, queriendo o a la fuerza, dentro del mantenimiento de
las libertades políticas, es el bloque socialista, con reformis­
tas e izquierdistas mezclados, el que desborda la organiza­
ción, el sentido de responsabilidad y el centralismo del parti­
do comunista. Esa es la lección de tres años de Unidad Popu­
lar en Chile. ¿Por qué iba a ser diferente en Francia?
Es poco probable que haya soluciones propiamente políti­
cas que en las condiciones actuales abcOibar. la oposición
social: ésta toma formas nuevas, mientras que lo que se
institucionaliza es el viejo movimiento social, el movimiento
obrero. Un movimiento naciente no puede ser fácilmente
absorbido por las reformas políticas antes de haberse manifes­
tado en enfrentamientos sociales de gran envergadura. Se ve
muy bien en los Estados Unidos, en los que el esfuerzo por
ligar las nuevas oposiciones y el partido demócrata, han de­
sembocado en un grave fracaso y en un doble desencanto.
El predominio de los movimientos sociales sobre las estra­
tegias políticas está relacionado tanto con el momento pre­
sente como con causas más duraderas: con el momento pre­
sente porque el nacimiento de un nuevo tipo de sociedad,
con las riendas en manos de una clase dirigente, provoca
primero, antes de que los movimientos sociales muy organi­
zados tomen una organización política, rupturas y revueltas;
con causas más duraderas porque nada justifica ya el corte
jerárquico entre movimientos sociales encerrados en la de­
pendencia y la vida cotidiana y una acción política que se
pudiera elevar, gracias a los conocimientos que detentara,
hacia el lugar del poder. En la situación francesa movimien­
tos sociales y estrategias políticas van a ir, pues, disociados,
como ocurrió muy a principios de este siglo, en contra de la
imagen leninista, que equivocadamente se ha creído que te­
nía una validez universal.
Esa disociación puede llevar al caos, del mismo modo que
la sumisión de los movimientos sociales a un partido puede
llevar a la dictadura. Hay que reflexionar sobre el medio de
evitar el caos, pero ello no puede hacerse más que después de
haber reconocido el hecho central: los movimientos sociales
pasan a ser los grandes personajes de la historia social. No
hace mucho todavía nuestro pensamiento y nuestro escenario
políticos solo estaban ocupados por el debate de jacobinos y
liberales. Unos hablaban de tomar el poder, y otros de acon­
dicionar las instituciones, de romper el centralismo, para
aproximamos a la agilidad atribuida a las sociedades anglosa­
jonas. Debate sobre el Estado, del que la sociedad estaba
extrañamente ausente. Alegrémonos juntos tú y yo, diferen­
tes y parecidos, de ver cómo los conflictos sociales vuelven a
imponerse por encima de los debates respecto al Estado. Yo
siento de nuevo, como en el momento de los cahiers de
doléances o al principio del movimiento obrero, un inmenso
empuje real del país, de los problemas sociales, particulares o
generales, concretos o teóricos, que va a hacer saltar y que
ya ha roto las retóricas y las doctrinas, los aparatos y las
instituciones. Frente a ese renacimiento de los movimientos
sociales yo no tengo ninguna ingenuidad populista. Pero,
después de inquietarse y preguntarse por los riesgos que
comporta una sacudida así, hay que volver a lo esencial:
sentir en la propia piel el viento que se levanta, en la cabeza
las ideas que se buscan y en la calle los gritos que llaman.
El utópico equilibrio; lo que es y lo que no es la autoges­
tión; los movimientos comunitarios.

Nuestra sociedad es movimiento y descompone irremedia­


blemente el ser de los individuos, de los grupos y de las
colectividades, así como el mundo de las definiciones, de las
tradiciones y de las esencias. Dentro de esa confusión la
invocación defensiva a la continuidad y al equilibrio se re­
fuerza sin cesar. Desde el nacimiento de las sociedades indus­
triales, la más vigorosa de las utopías es la que proclama la
posibilidad de experimentar el cambio sin perder la propia
identidad. La historia aparece entonces como un mar de tem­
pestades que el navio debe atravesar, antes de llegar de nuevo
a puerto, sano y salvo.
Esa utopía toma vuelos en el momento en que se acelera
un cambio de origen más o menos exterior, de manos de
extranjeros o de una clase dirigente formada al margen de la
vieja organización social. En forma vaga y elemental, habla
del mantenimiento del espíritu nacional o de las tradiciones
locales. Pero la utopía afirma sobre todo que el grupo que la
sostiene posee una organización y unas tradiciones que lo
predisponen a entrar directamente en el paraíso de más allá
del cambio, y a evitar la caída, la ruptura. La sociedad o el
grupo dominante no conocen esa utopía de la continuidad; el
capitalismo proclamó su ruptura con el orden pasado. Pero
las clases populares o los pueblos de tardío acceso a la indus­
trialización proclaman, en cambio, desde el principio, que
no hay que aceptar ese largo y desastroso paréntesis, que el
cambio debe realizarse sin ruptura, y por lo tanto mante­
niendo los caracteres específicos del grupo, tanto más reco­
nocibles cuanto que resisten mejor la penetración extranjera.
Así es el populismo.
Utopía, he dicho, y no movimiento social. Nunca el cam­
bio se realiza en la continuidad, nunca el desarrollo es armof-
nico, nunca lo mismo se convierte en lo otro. No son los
hombres de hoy quienes construyen el mundo de mañana,
pues la sociedad no es ni una herramienta ni un juguete
inventado por un creador que hubiera podido imaginar otros.
El actor se ve transformado por la transformación de sus
condiciones de existencia, de sus relaciones sociales. La uto­
pía que puede llamarse populista es impotente para exorcizar
la necesidad del proverbio: si le grain ne meurt. Sin em­
bargo, toma fuerza, en muchos casos. Cuanto más se acentúa
el origen exterior del cambio, como en la colonización, más
recurre a la salvaguarda del patrimonio cultural y rechaza el
cambio, junto a la dominación extranjera. Es el populismo
integrista que lapida a los comerciantes, destruye las máqui­
nas, exalta la tradición y sostiene el tambaleante poder de las
viejas oligarquías.
Cuando la colectividad se ve arrastrada al cambio, la uto­
pía puede pasar a ser marginal, y no sobrevivir más que en
las declaraciones de los intelectuales; éstos invocan a un
pueblo que no puede movilizarse por sí mismo, porque está
sometido a los viejos amos y al mismo tiempo depende ya de
las nuevas formas de dominación, que, ofreciéndole salarios
o deseables signos de la vida urbana, le atraen. El mesianis-
mo es la forma extrema de ese populismo utópico. Es a la vez
defensa contra la disolución de la comunidad en crisis y mo­
vilización colectiva contra un futuro aún lejano. El mismo
mesías es la personificación de la lucha contra el adversario y
la del esfuerzo de liberación, y no simplemente de restaura­
ción de un pasado amenazado.
Finalmente, el populismo progresista es el que se esfuerza
por restablecer el control de una colectividad transformada
pero no quebrada por el principio de cambio. A veces las
diferentes formas de populismo se mezclan; más a menudo
se combaten. Su historia es la historia del desarrollo, en
todas partes donde es introducido por una élite dirigente
exterior, es decir, sobre todo, en el caso de las sociedades
colonizadas y en el de las sociedades económicamente de­
pendientes.
Esas reacciones defensivas o contraofensivas penetran hoy
en Europa más profundamente que en el pasado, por el he­
cho de que gran parte de la Europa occidental, cuna de la
industria, no es hoy más que una zona relativamente margi­
nal del sistema capitalista mundial. Inglaterra, Italia o Fran­
cia tienen una fuerza económica considerable, e incluso al­
gunas multinacionales llevan sus colores, pero la fuente de
los grandes cambios está del otro lado del Atlántico, donde
Estados Unidos entra más claramente que ningún otro país
en la sociedad postindustrial, mientras Francia está aún exal­
tando los valores de la industrialización e Inglaterra avanza
demasiado lentamente para que su modernidad tenga un
efecto de arrastre. Sólo Alemania parece preparar su muta­
ción sin crisis. De ahí la aparición en Europa de formas de
populismo que era más habitual encontrar en otras partes del
mundo.
El entierro de De Gaulle quedará señalado como una de las
jornadas más extraordinarias de la historia de Francia. O más
bien su doble entierro. En Notre-Dame, habitada por la au­
sencia del muerto y testimonio de su papel histórico, reyes y
presidentes, recuerdos de la guerra, reunión de antiguos
combatientes que reviven su común lucha contra Hitler,
homenajes a un gran hombre de Estado; ceremonia sin tiem­
po ni lugar, sin pueblo. Y, muy lejos, la iglesia y el cemen­
terio de pueblo, el ataúd llevado por los muchachos de Co-
lombey, la multitud y la emoción tanto de los adversarios
como de los fieles. No Francia, que estaba en Notre-Dame,
sino el pueblo francés, se liberaba por un instante de todas
las necesidades agobiantes del movimiento, de la moderniza­
ción, de las divisiones y de las luchas, para vivir, durante
una ceremonia fúnebre, la vida comunitaria. Muertos y vivos
en torno a la misma cruz, que, más que la de Dios, es la del
país. Momentos fugaces, excepcional día de Todos los San­
tos, que une el culto del pasado con el reconocimiento de
un presente en movimiento, sueño populista que no se tra­
duce por ningún movimiento político. Unas horas después
todos se despiertan y alejan de su espíritu al que en el 69 fue
apartado del poder, tras haberse visto desbordado y echado
por los suelos por el movimiento de mayo.
Pero esa jomada excepcional es una señal. Desde hacía
veinte años no nos habíamos tomado el tiempo necesario
para mirar los pueblos vacíos, la vida cambiada y, ahora,
hasta el mismo París revuelto por las nuevas construcciones.
Francia es un país demasiado implicado en la modernización
y el enriquecimiento como para que en él la nostalgia pueda
hacer oír su lamento. Cómo se equivocaban los descreídos a
lo Herbert Luthy que, para mostrar el arcaísmo de Francia y
sus bloqueos, que atraían su pasión necrofílica, se creían
obligados a explicar cuánto la amaban. Este país, al igual que
Italia, se ha lanzado a la transformación económica bajo el
mando de una clase y una élite dirigentes renovadas. Pero es
cuando toda a su fin la industrialización, en el momento en
que son descubiertos sus límites y la élite dirigente está des­
gastada, aburguesada y roída por los escándalos y la medio­
cridad, es entonces cuando aparece de nuevo el populismo,
con la emoción ante la muerte del jefe. Momento confuso,
contradictorio, que hay que comprender en lo que tiene de
banal, pero también en su fuerza. Escucha un momento el
hacerse de la historia.
Un mundo que se transforma tiene necesidad de testigos
que se dejen penetrar por el movimiento, que no teman el
titubeo, la contradicción, el desgarramiento, que hagan al­
ternar en ellos el calor y el frío, la pasión y el análisis. Qué
insoportable es oír a quienes se creen el único punto fijo de
un mundo en transformación. No pierden el equilibrio, pero
se quedan a la orilla y pronto no perciben ya la sociedad, que
se aleja de ellos; se quedan encantados con sus discursos que
nadie contradice, porque nadie está allí para oírlos. Hay que
acabar con el espíritu de ortodoxia. Yo prefiero la idea deli­
rante, inaceptable, pero que hace aparecer, aunque no sea
más que un breve instante, una imagen nueva, una figura
desconocida, prefiero eso a la pesada sabiduría de los maes­
tros que juzgan, dan palmetazos y no se dan cuenta de la
inocentada del mamarracho colgado a su espalda. Hay que
imponerse, claro está, todas las condiciones del análisis y
toda su frialdad. Pero que sea siempre para poner orden a la
masa desordenada de hechos que nos hiere y nos ahoga, a la
vez que nos obliga a desenvolvemos muy rápido, sin esperar
a que todo haya vuelto al orden y se haya convertido en
programa de enseñanza.
Si no sintiera en ti a un mismo tiempo una actitud defen­
siva y doctrinaria y la mayor sensibilidad hacia las nuevas
voces que se hace oír yo no te diría esto. Tú eres hija de
mayo, hija del sol, pero también hija de la luna, y hasta de
las viejas lunas. Recuerdas, a través de lo que te explicaron,
porque tú estabas todavía en el liceo, el final del mes de
mayo. Algunos querían organizar una fuerza política, un
partido revolucionario. En la Sorbona surgió Cohn-Bendit, la
última noche del mes, y combatió esa tendencia que iba a
animar la Liga Comunista. Pasado aquello, Cohn-Bendit no
es ahora más que un recuerdo, y la Liga Comunista se ha
organizado, ha combatido y ha reunido y forma a militantes,
y sin embargo era Cohn-Bendit quien tenía razón, y la he­
rencia de mayo del 68 sería muy poco si no fuera más que
ese fundamentalismo bolchevique que valerosa e inútilmente
intenta recuperar la fuerza inicial del partido leninista. Es
normal que para poner el vino nuevo se empleen primero
viejos odres. Pero sería un completo error creer que esos
grupos políticos, los trotskistas en particular, poseen la clave
del sentido de los acontecimientos. Yo no considero en abso­
luto que su acción sea despreciable o carente de sentido.
Pero el interés de que son objeto es desproporcionado
con respecto a su importancia real. ¿No había que ver a
principios del siglo XIX más que a los seguidores de Babeuf,
los carbonarios o los sansimonianos? La formación del prole­
tariado, la transformación de las ciudades, los motines de la
miseria, las primeras sociedades obreras, los movimientos a
la vez republicanos y proletarios, eran menos fáciles de leer
que unas doctrinas, pero anunciaban la inmensa historia del
capitalismo industrial y del movimiento obrero.
Ahí está el motivo de que hoy no sólo haya que mirar,
sino que antes se tenga que vivir la presencia de lo que es
salvaje y apasionado y oír más los gritos que los discursos, y
haya que sentirse arrastrado por el movimiento. Ese es el
motivo por el que he empleado la palabra populismo, en
apariencia la más vaga que pueda haber. Porque no designa
una doctrina, sino una reacción colectiva a una mutación
social. Nosotros estamos viviendo el momento de la utopía,
pero también ya el de los primeros esfuerzos por dominar las
transformaciones en curso y combatir a la nueva clase domi­
nante.
Esa utopía autogestionaria toma sentido con la decadencia
del Estado como “ tercer hombre” de las relaciones de clase.
Tanto el beneficio patronal como la acción sindical han de­
pendido en gran medida del Estado. Hoy, por el contrario,
las relaciones de clase son más directas, la empresa se basa
más en sí misma y los asalariados se sitúan más directamente
frente a la empresa. El papel del Estado se transforma. Por
una parte, pasa a ser industrializador, tecnócrata, y por tanto
elemento directo de clase dirigente; por otra, es sistema
político, que favorece o no un tratamiento negociado de los
conflictos. Tanto en un caso como en el otro la vieja depen­
dencia de los actores económicos con respecto al Estado des­
aparece o se transforma.
El poder económico no estaba únicamente en manos del
empresario; éste dependía en mucho de su participación en
el aparato de Estado o de la influencia ejercida sobre él:
banqueros que prestaban al Estado, comerciantes que obte­
nían licencias de importación a un tipo de cambio favorable,
industriales que obtenían encargos, un monopolio o subven­
ciones del Estado, compañías coloniales que operaban bajo la
protección de un cuerpo expedicionario, eran otras tantas
formas de acción económica que nos recuerdan que el benefi­
cio se ha cimentado a menudo sobre el apoyo propiamente
político del Estado. La fortuna podría muy bien emplear la
técnica o incrementarse con una mejor organización, pero
era difícilmente separable de la posibilidad de utilizar los
privilegios del Estado. La época de las compañías coloniales
parece lejana, pero los estudios realizados sobre el sindicalis­
mo patronal han mostrado cómo durante todo el período de
la posguerra su función principal fue actuar sobre el Estado.
Recíprocamente, contra la dominación del amo no se podía
invocar más que a los dioses, es decir, prácticamente, al
Estado. Si la coyuntura económica general o el fracaso de la
empresa dan lugar al paro es al Estado al que se pide la
garantía de un mínimo de recursos. Todos los reformistas
piden la intervención del Estado en la vida económica ; los
que van más lejos exigen nacionalizaciones y los socialistas
ponen la dirección de la vida económica en manos del Estado.
La idea de que el sindicalismo no debe hacer más que limitar
la influencia del capitalismo, y de que la subversión de éste
no puede ser obra más que de un partido que se haga con el
Estado, forma parte del mismo modo de pensar y de actuar
reformista.
El Estado, condenado u odiado como salvaguarda de los
privilegios de los ricos, es también el justiciero, el defensor
de los valores superiores. al que se recurre contra el espíritu
de lucro del propietario privado. En ese contexto las tenden­
cias a la autogestión no pueden aparecer más que como ilusi-
nes de juventud. El movimiento obrero pasa por una fase
anarcosindicalista. Incluso la muy moderada American Fede-
ration of Labour, al principio de su historia, se opone a las
leyes sociales, y por lo tanto a la intervención del Estado.
Pero pronto se impone la sensatez. ¿Por qué rechazar el
Estado en las sociedades de democracia política, en las que
con bastante facilidad se forma una mayoría para limitar el
poder de los amos de la economía? En Francia, muy pronto,
incluso antes de la Primera Guerra Mundial, el sindicalismo
tuvo su fuerza principal en el sector público. Hoy, tras medio
siglo de industrialización, los grandes batallones del sindica­
lismo los constituyen todavía los empleados de correos, los
enseñantes, los obreros y empleados del gas, de la electrici­
dad o de las aguas y los mineros, y en la industria automovi­
lística la base de la fuerza sindical está en la Régie Renault,
porque pertenece al sector público.
La oposición al tema de la autogestión procede de otras
partes. Un gran sector de la izquierda política desconfía más
aún hoy que ayer de la extrema izquierda social, viendo en
su posible acción, que tendría cortocircuitos con los partidos
políticos, un juego de aficionados de lo más peligroso.
Hoy la situación ha cambiado: la oposición pasa a ser
directa; a medida que la vida económica y todas las formas
de organización social dejan de estar subordinadas a un mun­
do metasocial, a cuya entrada el Estado ha venido jugando
un papel de intercesor obligatorio, esa oposición pasa a atacar
la dominación social sin pasar por la intervención del sistema
político. En el momento en que los industriales hablan de
gestión los trabajadores hablan de autogestión. A medida que
el éxito económico depende más de la capacidad de llevar a
cabo la gestión de las organizaciones, de crear y utilizar el
progreso técnico, de programar un conjunto de operaciones
para espacios de tiempo cada vez mayores, a medida, pues,
que la actividad económica no se basa ya más que sobre sí
misma para lo esencial y que los beneficios de la guerra o de
la conquista pasan a ser poca cosa al lado de los de la produc­
tividad, la oposición de los trabajadores puede ir hasta su
punto más elevado, hasta la lucha contra el poder económico.
Los tecnócratas y los militantes autogestionarios hablan el
mismo lenguaje, pertenecen a la misma sociedad, aquélla en
la que la producción de la sociedad y la sociedad productora,
tras la destrucción de todos los mundos metasociales cuyos
muros entorpecen aún nuestros paisajes y nuestras mentes,
no son más que una misma cosa.
Pero apenas he recogido el tema de la autogestión y la
metamorfosis de la oposición y ya tengo que inquietarme de
nuevo por la utopía de la identidad. En una sociedad en
movimiento cuyo funcionamiento, y para empezar el de la
economía, constantemente se modifica a través de la inver­
sión y la innovación, ¿cómo no ver que la idea de autoges­
tión puede adelantarse para exorcizar el cambio y mantener
una identidad colectiva contra el cambio y sus inevitables
rupturas? Podemos ir más lejos y sorprendernos irónicamente
de que la única actividad que en parte o completamente se
haya autogestionado tradicionalmente haya sido la universi­
dad, como lugar de reproducción del saber. ¿Por qué no
habría de ser la autogestión el nuevo nombre del corporati-
vismo y de la rutina?
Yo veo funcionar casi cada día instituciones universitarias.
Oigo que se me recusa el ejemplo diciéndoseme que en ese
caso no se trata de autogestión, sino de gobierno de notables.
Es totalmente falso. Yo veo funcionar el CNRS en un ámbito
en el que puedo asegurar que los representantes de los mis­
mos investigadores tienen a menudo más poder que los pa-
trons elegidos o nombrados. Observo allí que ia gestión de la
actividad por la misma profesión es un poderoso agente de
inmovilidad. Comparando las tres fuentes principales de in­
vestigación sociológica que conozco bien en Francia, digo,
sin temor a ser desmentido, que la de gestión más democrá­
tica es la más conservadora y la menos capaz de iniciativa
intrépidas, mientras que las que dependen más directamente
de unos cuantos hombres toman riesgos intelectuales mayo-,
res, están más abiertas a las iniciativas y son políticamente
más liberales.
Recuerdo también el primer estudio de sociología indus­
trial que tuve que hacer, cuando era todavía estudiante: la
cooperativa obrera de producción que estaba estudiando esta­
ba al borde de la ruina; los cooperativos se repartían peque­
ños beneficios, en detrimento de los socios que no tenían
parte en la decisión, que eran sin embargo más numerosos y
contaban entre ellos a la mayor parte de cuadros técnicos
superiores. ¿Están seguros, finalmente, de que la Comedie
Francaise haga avanzar el teatro más que Jouvet, Dullin,
Barrault o Peter Brook? Cada vez pueden discutirse los ejem­
plos. Es difícil, no obstante, salir de la idea que imponen,
Una colectividad no puede gestionar directamente su cambio.
Intenta mantener su identidad, controlar su entorno, dar
garantías a sus miembros, y no lanzarse a la innovación y las
tensiones que ésta impone. El tema de la autogestión va a
parar en este sentido, y a menudo de manera explícita, en la
autopia del equilibrio. Esta dice: ha llegado el momento de
entrar en un mundo más preocupado por su supervivencia
que por su crecimiento; mientras la sociedad se daba una
imagen prometeica de sí misma, se condenaba al reino de los
amos del juego, de los capitalistas clásicos o los dirigentes del
capitalismo o el socialismo de Estado. Hoy es tiempo ya para
la felicidad, y también para la comunicación entre los hom­
bres. La autogestión no va bien quizá para el crecimiento; es
el instrumento de la felicidad.
Ese tipo de discurso me deja incómodo. Lo escucho con
emoción, pero inmediatamente lo rechazo por demasiado fá­
cil y demasiado contrario a las luchas sociales que hay en un
mundo en que es demasiado pronto para hablar de abundan­
cia, de equilibrio y de felicidad, cuando el hambre asóla el
Africa sudsahariana. el Pakistán y Bangla-Desh, Etiopía, y
cuando antes del fin de siglo quizá se extienda de manera
crónica a regiones aún más vastas. A riesgo de ser un poco
injusto, yo rechazo esa utopía, para mí exasperante.
Yo comprendo perfectamente que se hable, con el Club de
Roma, de los límites de la economía industrial. Aún cuando
los técnicos puedan discutir ciertos cálculos y ciertas hipóte­
sis, todos sabemos que la historia no es lineal y que hay
mutaciones profundas que hacen pasar de un tipo de sociedad
a otro. La finalidad del Club de Roma, a mi juicio, es prepa­
rar a la clase dirigente para una inmensa reconversión de las
inversiones, y por tanto para el desarrollo de una sociedad
postindustrial. Al mismo tiempo, intenta dar una imagen
puramente “ natural” de esos cambios necesarios, a fin de
no tener que contar con los problemas sociales y políticos,
quiero decir con los movimientos sociales y políticos. Pero al
mismo Club de Roma, tras su reunión de 1973 cerca de
París, cuidó de subrayar que no tenía nada que ver con los
partidarios del crecimiento cero. Dejemos que unos cuantos
californianos, los ciudadanos más ricos de la tierra, que vi­
ven de lo que adquieren en el resto del mundo, y en un
espacio con baja densidad de población, mediten sobre la
necesidad de detener el crecimiento. Es quizá la mejor defen­
sa contra el tercer mundo famélico, que para empezar puede
pedir que no se le saquee y que se le permita escapar de la
miseria.
Comprendo también que estos temas sean recogidos y cul­
tivados por intelectuales enormemente alejados del mundo de
la producción, para los que los extremos opuestos, la pura
reproducción y la pura creatividad, parece que se tocan. Pero
no se puede tomar una utopía por principio de un movimien­
to social; es, o una forma de descomposición del mismo o un
precursor suyo.
Pero entonces, me dirás tú, ¿qué quieres concluir? Dices
primero que la oposición hoy por hoy puede y debe orientar­
se contra la dominación social misma, y en cuanto se habla
realmente de autogestión multiplicas las objeciones.
Es cierto. La aceptación y el rechazo a que tú te refieres
están ambos presentes en mí. Pero tú piensas que son contra­
dictorios y yo no lo creo así. Al contrario, para poder captar
por fin concretamente el sentido de la autogestión, como
tema de las luchas sociales de hoy, hay que aceptar tanto el
juicio positivo como el juicio negativo que yo he formulado.
Lo que da lugar a la confusión es fácil de localizar. Un movi­
miento social, ya esté llevado por una clase popular, ya por
una clase dirigente, proyecta ante sí la imagen de una socie­
dad reducida a sí misma y libre del adversario. La autogestión
es la imagen que un movimiento social da hoy de sí mismo;
no es la realidad de su práctica, que está dominada por la
existencia del adversario y por su lucha con éste. Si yo me
irrito por las imágenes utópicas de equilibrio y de nueva
comunidad, es porque ese tema va siempre ligado al rechazo
del conflicto de clases. Porque ésta está indisolublemente
ligado a la acumulación. La que invierte no es la sociedad,
sino su clase dirigente, mientras que la clase popular comba­
te por una reapropiación colectiva de la inversión, de la pro­
ducción y de sus frutos. Yo no quiero mirar hacia un futuro
lejano e indiferenciado. Observo que el mundo entero está
implicado en un crecimiento que cambia de naturaleza en los
países más industrializados pero que no irá a dar en el equili­
brio. Nunca las sociedades han sustraído tanto a su consumo
posible para invertir y aumentar en el futuro la cantidad de
bienes consumibles. Y por consiguiente nunca ha sido tan
grande el conflicto de clases. No conozco ninguna sociedad
moderna sin clases y sin conflictos de clases, aún cuando sí
conozco algunas en las que la lucha de clases está casi com­
pletamente reprimida. Unicamente reconozco una gran dife­
rencia entre las sociedades que están regidas sobre todo por
una clase dirigente, definida en el interior de un modo de pro­
ducción, y las que están regidas por una élite dirigente que
asegura el paso de un modo de producción a otro, pero ocu­
pando el lugar de una clase dirigente, es decir, decidiendo so­
bre la formación y el empleo de la inversión y sobre la distri­
bución y el consumo de los bienes y servicios producidos.
Mientras veo que prosigue el crecimiento, se acumulan los
conocimientos científicos y técnicos, continúan las rivalidades
militares, etc., yo no acepto ni por un momento soñar con una
sociedad sin clases. Encuentro lógico que algunos sueñen con
una sociedad equilibrada, que por lo mismo seria una socie­
dad sin clases. Ellos piensan quizá ya ahora lo que el futuro
nos traerá. Yo no excluyo esa hipótesis. Pero no puede rete­
ner al sociólogo, pues lo que él ve es totalmente diferente;
crecimiento, inversión, poder, conflictos de clase, privile­
gios. violencia, guerra. El crecimiento cero, el equilibrio y el
triunfo de las ideologías imaginadas por el Occidente rico a
partir de las religiones orientales no son para mañana.
Con lo cual se concluye el debate en tomo a la autogestión.
Reconozcamos que es un tema de oposición y no un tema de
superación de las oposiciones, una consigna militante y no
una utopía, y entonces r P ern o s reflexionar seriamente.
¿De qué nueva oposición se trata pues?
Lo que lleva consigo la palabra “ autogestión” es la invo­
cación a una acción global. No se trata de pedir el poder
político o la propiedad, aunque todo eso quede de algún
modo incluido en la consigna más general de autogestión. Se
trata, para un grupo o una colectividad, de controlar su
existencia. ¿No es cierto que es lógica respuesta a esa idea a
la que yo vuelvo sin cesar?: a partir del momento en que
nuestra sociedad no se somete ya a un orden metasocial la
dominación social se generaliza, se extiende a todos los ám­
bitos de la vida social. En eso está el sentido real de esa
grandiosa palabra: la autogestión. Cuando un poder general,
global y a veces totalitario, impone al trabajador o al ciuda­
dano su dominación, lo aprisiona en una organización man­
dada desde arriba, la autogestión llama al hombre entero, a
la entera vida del grupo, de la colectividad, a participar en la
organización y en cada sector de la actividad social.
Salimos de un largo período en el que el movimiento social
por excelencia ha sido el movimiento obrero, es decir, un
movimiento definido por el papel central de las relaciones
sociales de producción. Ahora, frente a un poder virtual o
realmente total, la oposición no puede más que ser global y
movilizar a la colectividad misma, a la persona misma, y no
sólo a una función particular. Es por eso por lo que los
grandes movimientos sociales de hoy ponen todos en movi­
miento un conjunto social definido, en su totalidad concreta,
más casi por sus caracteres naturales que por su actividad.
Más precisamente, en nuestras sociedades industrializadas,
el gran recurso de la oposición es la defensa de una colectivi­
dad real, de un conjunto definido por la historia y la geogra­
fía, de una ciudad, de una región, de una nacionalidad, de­
fensa más o menos vuelta, bien Hncia el pasado, bien hacia el
futuro.
Oía decir a un especialista en problemas soviéticos que,
entre las diferentes formas de oposición que salen a la luz
hoy en la URSS, lo que más preocupa a los dueños del poder
no es el liberalismo de una parte de la élite científica e inte­
lectual, ni la reacción religiosa; es la invocación, nacional o
populista, de una colectividad particular y de sus derechos.
Nacionalismo ruso o de las naciones sometidas al imperio
ruso: ahí están los enemigos del Kremlin. ¿Es diferente, en
Occidente? Negros, chicanos, indios, son otras tantas nacio­
nes, o más bien nacionalidades, que se agitan contra la inte­
gración de un sistema unificador al servicio de una clase diri­
gente, de los aparatos y de las organizaciones.
Yo no tengo ansias de agrupar en una sola categoría todos
los movimientos llamados regionales o nacionales. Pero ello
no impide una observación importante: los movimientos que
dan testimonio de la mayor capacidad de movilización y que
hacen penetrar más a fondo la oposición en la sociedad -son
los que se refieren a una comunidad, aun grupo real.
Se habla mucho en Francia, sobre todo en la CFDT, de
reivindicaciones cualitativas. El tema da en lo justo, pero
sigue en su vaguedad. Se dice a veces que a partir de un
cierto nivel de ingresos de reivindicación se diversifica como
el consumo mismo y se hace, pues, más cualitativa. Yo creo
que ese argumento es falso. Si fuera verdadero el sindicalis­
mo americano sería el más sensible a las demandas cualitati­
vas, y en cambio está concentrado en la negociación colecti­
va centrada en la discusión de los salarios y de sus comple­
mentos. ¿No está en otra cosa el sentido de lo que se llama
reivindicaciones cualitativas, no está en la voluntad de un
grupo social de controlar o de dirigir el conjunto de aspectos
de su vida, al ir hoy todo ligado? La defensa del salario y del
empleo conducen inmediatamente a intervenir en la localiza­
ción de las actividades, en la educación y la formación profe­
sionales, en la función de los poderes locales. ¿Hubieran
encontrado los obreros de Lip tantos apoyos y tanta simpatía
si su lucha no hubiera sido la de una colectividad preocupada
por todos los aspectos de su vida? ¿No proviene también la
importancia del movimiento estudiantil de que un grupo so­
cial real se movilice, se sienta afectado, en todos los aspectos
de la vida de sus miembros, por el conflicto sobre la educa­
ción v sobre el papel del conocimiento en la sociedad? Por
todas partes aparecen movimientos contra la polución, en
favor de la defensa del medio. Son muy diferentes de los
antiguos movimientos urbanos, característicos del capitalis­
mo mercantil, que eran movimientos contra los propietarios.
Ni siquiera' tienen su mayor fuerza en la lucha contra la
transformación de las ciudades dirigida por la especulación.
Es la ciudad misma la que actúa contra lo que la destruye.
Nuestras sociedades industrializadas están necesariamente
dominadas por una red cada vez más tupida de centros de
decisión politicoeconómicos. Grandes empresas ligadas al Es­
tado en el caso de los países llamados socialistas, sociedades
multinacionales y políticas económicas de los Estados, con
una ligazón más compleja, en el de los países capitalistas.
Tanto en Francia como fuera de ella la fuerza principal de
resistencia no puede ser ya el trabajo, tiene que ser la colecti­
vidad local, la comuna o todo lo relacionado con ella. El
movimiento Lip no fue una huelga sino una comuna. Vidal-
Naquet habló a propósito de mayo del 68 de comuna estu­
diantil, y esa palabra ya había sido inventada por quienes
fueron los pensadores del movimiento estudiantil, los alema­
nes, y sobre todo los berlineses. Los yugoslavos, aunque no
hayan construido el anunciado sistema autogestionario, han
reconocido por lo menos que, contra el aparato económico-
político que domina el conjunto de aspectos de la organiza­
ción general de la sociedad, el único principio de resistencia,
de oposición y de protesta posible es la Comuna. ¡Qué ridicu­
lez confiar la oposición a fuerzas políticas que de hecho quie­
ren dirigir el Estado! Contra el Estado y su sistema de ges­
tión económica y social la oposición no puede ser más que
una comunidad, a un tiempo asociación voluntaria y grupo
real.
Esta idea suscita sin embargo dos objeciones. La primera
dice: esa oposición partidaria de la comuna no es nueva;
después de todo, la Comuna de París data de principios de la
industrialización parisina. ¿No es cierto que esa invocación a
la comunidad es habitual al principio de un período social,
cuando autopia y enfrentamiento todavía se confunden? Lue­
go se tiene que llegar a un modo de enfrentamiento más
directo, y también más específico.
La segunda dice: esa representación de las luchas de hoy
no se adecúa por igual a todos los tipos de sociedades. Hace
recordar la grass roots democracy —democracia de base—
del Oeste americano, y por tanto una sociedad abierta. En
cambio, cuanto mayor es la intervención del Estado en la
vida económica, más política se vuelve la oposición, pasa por
partidos políticos integrados y apunta al Estado mismo, y no
a la colectividad local, que, de todos modos, está destinada a
desaparecer en la sociedad de masas y en la megalópolis.
Tales objeciones no deben rechazarse; hay que tomarlas
en consideración, para precisar un poco lo que de modo
demasiado general se ha dicho hasta aquí.
La primera obliga a separar los viejos movimientos comu­
nitarios o urbanos de aquéllos a los que yo me refería. Para
mostrar las diferencias que los oponen viene como anillo al
dedo el término de autogestión. La autogestión no habla en
nombre de una comunidad existente antes del conflicto en
que ella se ve implicada. No defiende a los habitantes de
Besancon ni a los negros de Watts o de Oakland. Combate la
exclusión, la marginación, la segregación. Los que se movili­
zan se niegan a quedar negativamente constituidos en gru­
pos, en tanto que regiones subdesarrolladas, categorías sub-
privilegiadas o minorías oprimidas. Es el poder central el que
constituye y suscita la resistencia de lo que se ve definido
como periférico. Así, la Primavera de Praga, si bien fue
animada por la fuerza de la nacionalidad checa que se oponía
a la dominación rusa, representó ante todo una voluntad de
inventar popular y nacionalmente un modo de desarrollo so­
cial y de rechazar la burocracia estatal.
Pero es cierto que todo movimiento social tiene dos caras:
la defensiva, el repliegue sobre la particularidad, y la con­
traofensiva, lanzada para la reapropiación colectiva de la ac­
ción histórica. El movimiento obrero es defensa del trabajo,
de la cualificación, del empleo; es también proyecto socialis­
ta. Hoy la reivindicación comunitaria es la cara defensiva de
movimientos cuya contraofensiva va en contra del poder tec-
nocrático.
La segunda objeción impone límites más estrictos al análi­
sis que yo he presentado. La considero más acertada, pero,
en suma, ¿qué es lo que dice? Que la nueva imagen de los
movimientos sociales a lo que mejor corresponde es al tipo
de sociedades que pueden llamarse liberales, es decir, a las
sociedades que del modo más completo se definen por su
industrialización. Cuanto más se consideran sociedades que
tienen que luchar por el paso, por la mutación de un tipo de
sociedad a otro, más se impone la acción política centralizada
sobre la acción en favor de la comuna. Es verdad.
¿Dónde se vió formarse primero el movimiento sindical?:
en Inglaterra, que era con mucho el país más industrializado.
Ya en Francia el movimiento propiamente obrero se vió re-
cubierto por movimientos políticos, republicanos moderados
o nacionales. Y si se piensa en la Rusia de finales del siglo
XIX el leninismo muestra con evidencia que el papel del
partido político fue allí más fundamental que la acción sindi­
cal. La acción del movimiento obrero chino en los años 20 y
el triunfo del partido y de su ejército popular señalan el
punto extremo de la inversión que se opera cuando los pro­
blemas de desarrollo y de subversión del régimen anterior
tienen la más completa prioridad sobre los de funcionamiento
del capitalismo.
La objeción presentada debe, pues, reformularse así: ¿co­
rresponde ese análisis, realizado en términos de movimientos
sociales, a la situación de tal o cual país actual, y en particu­
lar de Francia? La sensación que yo tengo es de que las
sociedades de Europa occidental y de América del Norte se
han adelantado tanto por su riqueza y poder con respecto a
las naciones que están ahora abordando su industrialización,
y mucho más aún con respecto a las que no conocen más que
una economía mercantil superpuesta a economías locales
agrarias, que deben conocer ya conflictos correspondientes a
su naturaleza, más que a su modo de formación. El poder
dominante ya se ha hecho su sitio: es el de las grandes
empresas multinacionales o nacionales; es sobre todo el de
las grandes organizaciones productoras de servicios, cuya
importancia crece más rápidamente que la de ningún otro
sector de la sociedad. La autogestión combate el nuevo poder
de gestión de la economía y de la sociedad.
Ahora hay que concluir. La oposición autogestionaria en­
frenta a un poder cada vez más centralizado la fuerza de
resistencia y la voluntad de iniciativa de colectividades rea­
les, casi siempre con una base territorial. Puede manifestarse
en el trabajo, pero no puede quedar encerrada en él, pues
para luchar contra la capacidad de integración de la empresa
hay que apoyarse en una fuerza exterior. Mi conclusión pue­
de despistar. ¿No es cierto, sin embargo, que está más próxi­
ma a la práctica de los movimientos populares, para los que
la autogestión no es una utopía comunitaria, sino la fuerza
de oposición que anima la acción reivindicativa y revolucio­
naria?
Contra la antisociología: transformación del movimiento
obrero; discontinuidad y continuidad entre viejos y nuevos
movimientos sociales.

Me parece tan natural hablar de movimientos sociales y


estoy tan convencido de que este concepto llena un varío
hasta ahora sólo salvable mediante difíciles rodeos, que aún
no me he tomado el trabajo de explicártelo. Sé, no obstante,
que hay resistencias no explícitas, y en ocasiones apenas
conscientes, que se oponen a su empleo. Y esas resistencias
están justificadas, pues hablar de movimientos sociales com­
promete y no puede inscribirse en un análisis cualquiera.
Dejemos de lado por un instante la palabra. ¿Cómo vamos
a poder hablar del movimiento obrero, de las agitaciones
campesinas, de los mesianismos, de los populismos, de los
nacionalismos y de muchas otras actuaciones colectivas orga­
nizadas que se enfrentan de un modo u otro a una domina­
ción social? ¿Hay que hablar de reivindicaciones? La palabra
es demasiado débil, pues más que el poder social mismo pone
en cuestión las condiciones de la actividad o el reparto de los
bienes. Motín, levantamiento, insurrección, no designan
más que formas particulares de ruptura del sistema político.
La revolución es a la vez un movimiento social y una ruptura
general de las instituciones y de la organización, es más un
fenómeno histórico global que un concepto que defina un
orden particular de actuaciones. Todas las palabras a las que
acabo de referirme tienen en común el designar una crisis del
sistema de decisión y una crisis de la autoridad. Adoptan el
punto de vista del orden social, y observan la presencia de
trastornos, agitaciones y rupturas. ¿Cómo contentarse con
un vocabulario así, producido por una ciencia política espon­
tánea que se identifica con las instituciones, cómo aceptar
esas palabras, que ciertamente podrían esperarse del juez que
condena a quienes han perturbado el orden público, pero no
del sociólogo que quiere captar la naturaleza de las relaciones
sociales, y por lo tanto comprender el sentido de la acción
colectiva que intenta modificarlas? Ese vocabulario ob jet ¡vis­
ta no es neutral; de hecho condena los movimientos socia­
les, considerándolos tan solo como expresión de crisis.
Hay otra manera de rechazar el concepto de movimiento
social que se refiere más directamente a los sociólogos. To­
dos a coro, tanto yo como los demás, repetimos que el senti­
do de la acción no es nunca reductible a la consciencia del
actor. Explicar obliga a salir de esa consciencia y a conside­
rar las relaciones sociales mismas. Lo cual lleva a algunos a
separar dos órdenes de realidades sociales: el orden de las
estructuras y el orden de los comportamientos. Se nos incita
por ejemplo a comprender las leyes y las contradicciones de
la economía capitalista, que habrían de dar la explicación, y
a separar ese trabajo del estudio psicosociológico de los acto­
res y de sus comportamientos.
Esa separación de situación y actor no define a una escuela
frente a otra: es la negación de la sociología. Con ese modo
de pensar, totalmente estéril y hasta peligroso, yo no quiero
convivencia alguna.
Todo análisis sociológico, sea el que sea, considera que
actor y sociedad son las dos caras de una misma moneda.
¿En qué consiste, si no, el análisis del actor? ¿Debe conten­
tarse con hacer intervenir en el estudio de la sociedad la
biología y la psicología, o debe reducirse a enunciar las in­
tenciones del actor? Hay que distinguir diversos niveles del
análisis social. Describir un sistema de normas y de posicio­
nes es un análisis de la situación que requiere un análisis del
actor en términos de funciones. Posiciones y funciones son
conceptos inseparables. Puede discutirse la validez de ese tipo
de análisis, y yo he luchado desde siempre contra la sociolo­
gía que da preferencia y prioridad a ese nivel, pero su punto
más fuerte está en establecer tan sólidamente la correspon­
dencia entre situación y actor. Es también mérito de la socio­
logía política el estudiar, no ya la esencia o la naturaleza de
las instituciones, sino las decisiones y las influencias. Situa­
ción y actor están en ese caso aún más inmediatamente liga­
dos que al nivel anterior, pues un proceso político produce
una situación, una decisión. Finalmente, situándose al nivel
de la fuerzas y de las relaciones de producción, y no ya al de
las instituciones políticas o al de la organización social, lo?
dos conceptos de sistema de acción histórica y de clase social
están asimismo tan indisolublemente ligados como los adver­
sarios del conflicto y lo que en él entra en juego.
Yo entiendo que se discuta la coherencia o el interés de
cada una de esas construcciones conceptuales y de sus rela­
ciones ; no entiendo que se quiera dar preferencia, o bien al
estudio de la situación, o bien al estudio de los actores.
¿No va a admitirse de una vez por todas que la sociología
existe, es decir, que existe un orden particular de hechos, los
hechos sociales, que no son ni objetivos ni subjetivos, que
son las relaciones sociales? En lugar .de oponer situación y
actores de modo artificial, hay que reconocer en cada uno de
esos sistemas unas oposiciones entre los actores y la común
referencia de éstos a un principio unificador del campo de su
relación. En la organización social los actores están ligados
por el par función-expectativa de función: el padre se com­
porta de un determinado modo y espera del hijo un determi­
nado comportamiento que responda al suyo, y reciprocamen­
te. La unidad de ese par es la norma de autoridad paterna.
Los actores políticos ejercen unos sobre otros una influen­
cia, se ven modificados por el comportamiento ajeno, que a su
vez, más o menos, ellos modifican. La unidad de su campo
de relación es la de una deliberación, es decir, de un proble­
ma que se ha planteado y hay que resolver en un marco
institucional dado. Finalmente, el conflicto de la clase diri­
gente y la clase popular no se comprende más que porque
ambas luchas por la apropiación de la historicidad, de los
medios de acción de la sociedad sobre sí misma.
Todo sistema social puede descomponerse por una crisis.
Los actores y lo que entra en juego en sus relaciones pueden
separarse. Si la norma se separa de las relaciones de función
se reduce ya únicamente a una regla, o incluso a un conven­
cionalismo. Los actores, en lugar de orientarse uno hacia
otro, tienen que inventar tácticas de defensa contra esa re­
gla, que no corresponde ya a las relaciones sociales en las
que están implicados. Esa es la situación burocrática.
El proceder antisociológico que separa situación y actores
es, pues, expresión de una crisis. O más bien es un instru­
mento al servicio de los dos grandes adversarios de la sociolo­
gía. Para empezar lo veo ligado al pensamiento presociológi-
co, que somete el orden social a un orden metasocial. Los
comportamientos humanos están sometidos a los designios
de la divina providencia, a la naturaleza de los regímenes
políticos o a las leyes de la economía. E incluso lo veo ligado
a la consecuencia más habitual de ese tipo de representación.
El sentido se degrada y se convierte en contradicción; los
comportamientos humanos están presos en el mundo del pe­
cado, del que habrán de salir mediante una superación de las
contradicciones que tendrá que ser a un tiempo milagrosa y
natural. Pero me asusta más un segundo sentido de ese pro­
ceder.
Si el orden de las situaciones y el de las conductas están
separados, y nosotros no nos resignamos a vivir en un mun­
do absurdo, tiene que haber una fuerza que haga juntarse
los dos mundos divorciados, y esa unión no puede ser obra
más que de una voluntad absoluta al servicio de una necesi­
dad natural indiferente a las acciones humanas. Decid que la
consciencia obrera y la situación del capitalismo son dos ór­
denes separados y tendréis que recurrir, para unirlos, a un
deus ex machina, a un partido todopoderoso que conozca las
leyes de la naturaleza social y dé sentido a unos movimientos
que por sí mismos no pueden tenerlo.
Esa filosofía social es el pedestal de las dictaduras, y éstas
recompensan a esos filósofos prohibiendo y reprimiendo los
movimientos sociales, imponiendo un orden que aplasta el
relieve de las relaciones sociales.
Combato la antisociología dirigiéndome a ti que, casi natu­
ralmente, has entrado ya en el mundo al que pertenece la
sociología. No obstante, para ser del todo claro, debo preci­
sar que las formas de pensamiento a las que me opongo no
son en absoluto las más primitivas, las más alejadas de la
sociología. Estas me irritan porque se adelantan hasta el um­
bral de la sociología, pero sin reconocer su existencia. ¿No
tendría yo que enfurecerme, sin embargo, con otras formas
de pensamiento que a la sociología le hacen mucho más
daño, que le han cortado el camino? Yo he conocido efecti­
vamente, en la universidad francesa y fuera de ella, innume­
rables personas que negaban la existencia de la sociología o la
consideraban con ostensible menosprecio. A decir verdad, yo
mismo preveía que la pluma había de llevarme bastante pron­
to por este lado, en el que estaba seguro de despertar viejas
iras. Sin embargo, con gran sorpresa por mi parte, no tengo
ya ningunas ganas de referirme a esas fuerzas de resistencia,
tanto más poderosas y nefastas, no obstante, que la paraso-
ciología que yo rechazo. Es en parte porque esas resistencias
no son de orden intelectual. Pero yo soy demasiado bueno.
La sociología ha sido combatida. ¿Debería ser yo capaz de
decir por quién y para qué? Pues resulta que ya no lo sé, y
que el tema me molesta. Tengo una perfecta buena concien­
cia profesional, aún cuando casi siempre me sienta decepcio­
nado por mi trabajo. Dudo de mí mucho más a menudo que
de la sociología. Un solo punto me retiene. Lo que me parece
que es lo contrario de la sociología, el enemigo del pensa­
miento sociológico, es el análisis de los personajes, es la
novela.
A todos nos sucede escuchar conversaciones que se refie­
ren a la historia social y política reciente. Tratan de persona­
jes implicados en problemas importantes. Quienes participan
en ellas empiezan por preguntarse si de Gaulle quería o no
una Europa dominada por Francia o si Séguy está de acuerdo
con Marchais; al final de una buena comida se puede llegar a
hablar de las leyes de la política, que explican el genio de
Napoleón, de Mao o de Roosevelt. A decir verdad, apenas
oigo esas conversaciones mi reacción respecto a ellas depende
más bien de lo que tengo en el plato o en el vaso, y que me
mueve al buen humor o al mar humor. Yo no puedo estar
serio para hablar de ese tipo de gente, que, sin embargo, casi
siempre lo está. Para ti o para mí, como para Marx o para
Durkheim, es evidente que el ABC de la sociología está en
no buscar el sentido de la acción en la conciencia del actor.
No escuchemos cierta palabrería, sería perder nuestro tiem­
po y nuestra indignación. Volvamos ahora a las cosas serías,
sabiendo que hay que descartar por igual la reducción de los
hechos sociales a los actores y el recurso a una situación
definida fuera de las relaciones entre los actores.
Ves mejor ahora la importancia de esa expresión casi ano­
dina: los movimientos sociales. Nos obliga a estudiar los
actores sociales, sus relaciones, sus conflictos y lo que en
ellos entra en juego, en lugar de interpretarlo todo ello desde
arriba, desde un orden metasocial o un poder totalitario.
Hablar de los movimientos sociales es construir la sociología
y defender a los pueblos contra los dioses y los príncipes.
Pasemos el umbral y cerremos la puerta detrás de nosotros,
para no oír más los cotorreos de los antisociólogos. Pensabas
quizá que quedaríamos deslumbrados por la luz, por los des­
tellos de las armaduras al sol de la historicidad. Y resulta que
estamos en la penumbra, en medio de sordos fragores, de
crujidos, y que a veces nos tira al suelo una explosión brutal
más parecida a un temblor de tierra que a un levantamiento
social.
Quiero hacerte entender y ver los movimientos sociales a
través de los cuales se constituye el mundo en el que vas a
vivir. A principios de siglo te hubiera dicho que miraras las
grandes batallas obreras contra el capitalismo industrial en
plena expansión. Espero que un día no lejano puedas mostrar
a gentes más jóvenes que tú una lucha de gigantes tan paté­
tica como aquella.
Hoy, en el despertar de una nueva sociedad, todo está aún
confuso. Es por eso por lo que sufrimos tan gran desacuerdo
entre lo que hay que nombrar y el lenguaje de que dispone­
mos. Ese lenguaje nos viene de una época anterior. ¿Cómo
iba a ser de otro modo? Nosotros hablamos el lenguaje del
movimiento obrero y de la revolución soviética, como hace
un siglo se hablaba el lenguaje de la revolución francesa y
como ésta utilizó palabras de los Graco o de Cicerón. Ese
desfase hace brotar doctrinas en el vago y cada vez más vasto
terreno que separa la experiencia y la expresión que da cuen­
ta de ella y la orienta. A lo largo de todas estas cartas yo te
digo lo que son los movimientos sociales que se están for­
mando. Desde 1968 sabes muy bien que esa búsqueda está
constantemente en el centro de mi trabajo. Hoy me propon­
go una tarea más temible, y hasta peligrosa, pues puede
llevar al error y la injusticia. Pero es realmente preciso mar­
car la frontera que separa esos nuevos movimientos, por
confusos y débiles que sean, del movimiento obrero, que los
ha precedido y tiene todavía una fuerza a menudo impresio­
nante.
Hablaré sin ligereza y sobre todo sin falta de respeto, pues
un movimiento social, independientemente de que esté na­
ciendo o, por el contrario, se esté convirtiendo en una sim­
ple fuerza de presión política, es por naturaleza uno de los
grandes personajes de la historia del mundo. Digo, porque
tenemos que ir directos a lo esencial, que estamos viviendo
el final del movimiento obrero en las sociedades industriali­
zadas.
No pienso en modo alguno que los obreros estén aburgue­
sados, que se hagan conservadores. ¿Es verdaderamente útil,
sin embargo, discutir ideas tan superficiales y tan confusas?
No se trata de saber si los obreros —inmensa masa que
agrupa a más del 40% de la población activa— están más o
menos insatisfechos de su situación que antes. Añadiré que
el peso de la acción sindical aumenta. Pero el verdadero
problema es el de la acción de clase.
La acción y la situación de la clase obrera se han transfor­
mado profundamente y de diversos modos a la vez. En lugar
de insistir sobre tal o cual aspecto de esas transformaciones,
hay que extraer la significación de conjunto.
La consciencia obrera responde siempre a la doble situa­
ción del obrero: trabajador o productor por un lado, asalaria -
do dependiente de patrono por otro. El obrero se opone siem­
pre a la dirección patronal de la sociedad en nombre de su
papel de productor. Pero a lo largo de la evolución del trabajo
se asiste a una inversión de las relaciones entre esas dos
componentes. Hay que distinguir tres sistemas de trabajo
que se suceden: he denominado los dos primeros sistemas
profesional y sistema técnico; el tercero lo denominaré siste­
ma programado.
—En el primero el obrero se apoya en su oficio y en su
autonomía profesional, al mismo tiempo que está directa­
mente sometido al mercado del trabajo. Esa doble preocupa­
ción, el oficio y el empleo, nos sitúa en realidad dentro de un
capitalismo más comercial que verdaderamente industrial;
cosa que se ve muy bien cuando se consideran con Bernard
Mottez los viejos sistemas de remuneración, el pago a tanto
alzado o el sueldo a destajo que evoca Germinal.
El punto fuerte de esta consciencia obrera es el apego al
oficio; porque éste es una realidad social, y no sólo profesio­
nal. Define las relaciones en el grupo de trabajo, unos hábi­
tos corporales, modos de vestirse y de hablar, y por lo tanto
unos elementos importantes de determinada cultura.
Por el contrario, la preocupación del empleo se vive como
dependencia de un mercado o de la arbitrariedad de un indi­
viduo, más que de una organización social.
—En el sistema técnico de trabajo, el de la producción en
masa y en particular de las cadenas de fabricación y de mon­
taje-ensamblaje, la consciencia obrera no se apoya ya en un
oficio. O bien no tiene ya componente profesional positivo y
se degrada en pura defensa económica, que fue el caso mayo-
ritario entre los OS*, o bien opone a la organización del
trabajo la cualificación.
7TV. df T ) OS: obrrtTK nn rvprvr.iJíMíVH
La cualificación es una situación menos rica socialmente
que el oficio, pero se opone a una red de coerciones sociales
determinada por la intervención del poder económico en la
organización del trabajo. Estamos así en el meollo del capita­
lismo industrial, puesto que el capital interviene en la pro­
ducción, transformando la organización y la fabricación, en
lugar de limitarse, como en el capitalismo comercial, a con­
trolar el suministro y la comercialización. Es también el ám­
bito principal de una consciencia de clase centrada en el
trabajo.
—Pero nosotros hemos entrado ya en el sistema progra­
mado de trabajo, en el reino de las grandes organizaciones.
El oficio y la cualificación quedan sustituidos en él por la
función profesional, cada vez más determinada por la organi­
zación misma. El obrero se encuentra menos enfrentado a la
organización del trabajo que a una organización de la produc­
ción mucho más amplia, que afecta a la naturaleza de las
fabricaciones, al control del mercado, a una estrategia global
de localización de los centros y de cambios de la producción,
etc. La defensa profesional se hace cada vez más pobre, pues­
to que el trabajador, obrero o no, están inmerso en la empre­
sa y no tiene ya autonomía profesional. Cada cual intenta
tener garantías y una carrera, y protegerse de la arbitrariedad
y el cambio. En contrapartida, la lucha contra la organiza­
ción y la producción se hace cada vez más rica socialmente.
Estamos muy lejos de la simple defensa contra los azares del
mercado del trabajo; vemos desarrollarse una voluntad de
control democrático del conjunto del sistema de producción.
Con el tránsito de un sistema a otro se pasa, pues, de una
acción centrada en el actor a una acción centrada en el siste­
ma económico, de la afirmación del papel productor del obre­
ro a una política de desarrollo económico.
En el primer sistema la acción está centrada en el trabajo,
en el segundo en la empresa, en el tercero en la economía.
Cuanto más nos aproximamos a esa última etapa más vemos
que toman autonomía los niveles del trabajo y de la empresa,
al mismo tiempo que se subordinan a la acción económica.
Se ve también progresar a nivel de la empresa la negociación
colectiva, fuerza principal de la institucionalización de los
conflictos del trabajo. Es tan falso concluir de ello que los
trabajadores no están ya implicados en conflictos sociales
como creer en el mantenimiento de las viejas formas de lu­
cha obrera. En realidad el ámbito de los conflictos fundamen­
tales se desplaza hacia arriba, lo cual permite reconocer al
nivel de la organización del trabajo en la empresa la existen­
cia de problemas limitados y negociables. ¿Acaso no vemos,
por otra parte, cómo las condiciones de trabajo aparecen en
modo cada vez más próximo a una categoría de problemas
relativamente autónoma? Pasada la fase postayloriana, aqué­
lla en la que el poder patronal se manifiesta ante todo por la
organización represiva del trabajo, sin tener en cuenta para
nada el comportamiento humano, se ve reconocer a las em­
presas, por lo menos en ciertas condiciones económicas, 1?
posibilidad de modificar mediante negociación el reparto de
tareas, las cadencias de trabajo, las formas de división del
trabajo o el papel del capataz.
Se puede decir que pasan a ser negociables ámbitos cada
vez mayores y más diversos. Algunos sacarán de ello la con­
clusión de que se atenúan los conflictos.
Pero de igual modo puede también darse preferencia a la
otra cara de la evolución, y puede mostrarse cómo se ha
pasado de una pura defensa contra el mercado de trabajo, en
particular mediante el trabajo lento y ciertas prácticas sindi­
cales que en el pasado los ingleses llevaron muy lejos, a
reivindicaciones mucho más activas contra la organización
del trabajo, las cadencias infernales y la superexplotación
de la mano de obra, hasta poner en cuestión la política eco­
nómica de las empresas en su conjunto y el propio sistema
económico.
Dejemos esas falsas polémicas, pues esas dos líneas de
evolución son inseparables una de otra.
En cambio, hay que reconocer que el actor colectivo im­
plicado en esa acción ha cambiado de naturaleza. En el pri­
mer sistema es un grupo concreto: un oficio, una corpora­
ción. En el segundo es el conjunto de los implicados en la
organización industrial, lo que se aproxima mucho a la clase
obrera misma. En el último se trata de los trabajadores,
noción más amplia y todavía insuficiente, pues hay que con­
siderar todos los papeles económicos: productos, consumido­
res, habitantes de una ciudad o de una región.
La reivindicación no ha dejado de elevarse. Mientras se si­
tuaba dentro de la empresa engendraba un movimiento pro­
piamente obrero. Ahora ataca cada vez más directamente el
poder económico, que se encuentra muy por encima de la
empresa, al nivel del “ capitalismo monopolista de Estado” ,
del ligamen tecnocrático de los aparatos de gestión privados y
públicos. Paralelamente, la resistencia popular no alcanza su
mayor fuerza más que fuera de la empresa, o por lo menos
en la defensa de una colectividad definida más ampliamente
que por el trabajo, en contra de cambios dirigidos de modo
cada vez más lejano.
Los nuevos movimientos sociales —defensa territorial, ba­
sada en la comuna, contra la gestión del sistema económi­
co—, no son ajenos a los problemas y a las situaciones de
trabajo, Pero mientras que en otro tiempo era la participa­
ción de los problemas de la vida local en los del trabajo lo que
daba mayor importancia a los primeros, hoy es la proyección
de problemas más generales en el lugar y en el medio de
trabajo lo que hace que éstos participen en movimientos de
importancia histórica. Transformación fundamental. Los
obreros seguirán siendo a menudo actores de los nuevos mo­
vimientos sociales, pero éstos no pueden ya denominarse
movimiento obrero. Pero sería peligroso, sin embargo, creer
que se asiste a un debilitamiento de los conflictos de clase;
su naturaleza se transforma pero su fuerza no disminuye;
incluso ponen en cuestión más directamente la dominación
social de su conjunto. Pero no se puede ya identificar lucha
de clases y acción propiamente obrera. Es en ese sentido, y
en ese sentido solamente, en el que puede decirse que la
clase obrera, la de los trabajadores ‘'productivos” , deja de
ser cada vez más el personaje principal de las luchas sociales,
y el movimiento obrero, que en la sociedad de capitalismo
industrial era el movimiento social por excelencia, a medida
que se adentra en el capitalismo postindustrial, se reduce
para convertirse en base social de una estrategia política, en
tanto que se forman otros movimientos sociales. Esa evolu­
ción supone ante todo el reforzamiento de la capacidad sindi­
cal de negociación. Cuanto más fuertes son los sindicatos
más queda fuera de la empresa el ámbito del conflicto prin­
cipal.
En Francia la evolución es mucho más lenta. La penetra­
ción sindical en la pequeñas empresas es difícil y los despidos
de delegados son numerosos. El poder patronal a menudo es
todavía absoluto, los salarios de miseria son muy frecuentes
y las malas condiciones materiales de trabajo y la brutalidad
del mando se extienden por todas partes. Se ve incluso cómo
en algunas grandes empresas se abren camino sindicatos
amarillos, pagados por la patronal según la peor tradición de
los años 20.
El ascenso de la combatividad está, pues, lejos de haber
alcanzado su cúspide. Durante mucho tiempo será preciso
que nuevos sectores de la vida económica o del territorio
sean conquistados por la acción sindical, no sólo en indus­
trias arcaicas, sino también en los almacenes, los bancos y
las compañías de seguros, donde la mano de obra femenina
joven es abundante.
Pero, una vez más, no confundamos la descripción históri­
ca de la sociedad francesa de hoy y el reconocimiento de ¡as
fuerzas que dominan la evolución económica y social. Histó­
ricamente, Francia está todavía en pleno período de indus­
trialización: desde hace una generación la proporción de
obreros, cuya disminución algunos se habían apresurado
demasiado en anunciar, ha aumentado claramente. Pero hay
que salir del presente y ver las tendencias de futuro. Los
grandes conflictos del trabajo están perdiendo, a mi juicio,
su papel central en la sociedad. El hecho de que en los Esta­
dos Unidos hayan huelgas largas y brutales no es suficiente
para decir que la vida social de ese país esté orientada por la
consciencia de clase obrera.
Un nuevo tipo de sistema económico se está aposentando:
no suprime las relaciones de clase, pero las transforma.
El beneficio patronal ha dependido en muy gran medida, al
mismo tiempo que del éxito de las operaciones financieras,
de la presión ejercida sobre los salarios. Hoy el progreso
técnico, la capacidad de utilizarlo, todos los aspeaos de la
gestión y la capacidad de prever y de organizar juegan en el
éxito o el fracaso de las empresas un papel lo bastante funda­
mental como para que se haya impuesto el concepto de orga­
nización.
El gran conflicto es, por consiguiente, el que opone el
aparato organizativo al resto del ámbito de la vida social en
que actúa, es decir, a los consumidores en general.
El asalariado de la organización tiene reivindicaciones en
contra de ella, y para poder negociar sus condiciones de
trabajo ejerce una presión sindical, pero veo menos que esté
implicado en contra de ella en un conflicto de clases funda­
mental, estando dentro y no fuera.
En las grandes organizaciones modernas, industriales o
no, yo veo una buena organización sindical y mucho espíritu
reivindicativo; raramente veo en ellas que el movimiento
obrero ponga en cuestión la dominación social de los apara­
tos, que en cierta medida protege a los asalariados de esas
grandes organizaciones.
En formas muy diversas y, casi por todas partes se vé
cómo los sindicatos intervienen más directamente en la vida
de las empresas, conquistan garantías cada vez mayores para
los asalariados y limitan las arbitrariedades. ¿Existe, sin em­
bargo, una frontera infranqueable entre ese progreso de la
democracia industrial y el reforzamiento del poder de las
grandes organizaciones? ¿Acaso en la industria alemana la
cogestión no fue desde el principio, como muy bien lo han
dicho los sociólogos ligados a los sindicatos, un instrumento
de modernización de la gestión, el paso de una gestión finan­
ciera a una gestión más integrada, más “ organizativa” ?
¿Quién cree que la nueva ley sobre autogestión, que real­
mente asusta al capitalismo clásico, va a debilitar el poder de
los gigantes de la química o de la electricidad? En un contex­
to muy diferente, la admnistración francesa, y en particular
en la enseñanza, nos da ejemplo de una cogestión que en ese
caso refuerza, más que la tecnocracia, la burocracia, y se
incorpora al aparato para acto seguido ofrecer resistencia a
los nuevos movimientos sociales.
¿En qué caso la participación en la gestión puede implicar
una oposición al sistema económico? En el caso italiano, casi
exclusivamente. Y es que ese país está tan desarticulado,
entre una economía y unos girones de sociedad arrastrados a
una industrialización de lo más rápido y el conjunto de apa­
ratos de control político e ideológico, arcaicos, represivos y
descompuestos, pero apoyados en todas las fuerzas amenaza­
das por la concentración del poder económico en el Norte,
que tanto las organizaciones sindicales como los dirigentes de
la Fiat o del IRI se sienten corresponsables del triunfo de la
Italia moderna en contra de las amenazas autoritarias repre­
sentadas por los sectores descompuestos de la sociedad. Hay
que detenerse un momento en el sindicalismo italiano, más
importante para esta discusión que su vecino francés. En
Italia, después del 68, y sobre todo después del otoño calien­
te del 69, una generación obrera y sindical es sustituida por
otra; por primera vez son los OS quienes dirigen la acción.
Las reivindicaciones se hacen más igualitarias y ponen cada
vez más en cuestión las cadencias y las condiciones de traba­
jo. La misma tendencia, sólo que menos poderosamente ex­
presada, se manifiesta en Francia. La explotación afecta cada
vez más masivamente a los OS; éstos se resisten, y reaccio­
nan esforzándose por controlar sus condiciones de trabajo;
su acción se ve reforzada por la lucha contra el aumento de
los precios. ¿Se trata de un movimiento social? No. Un movi­
miento social no es solamente respuesta a la dominación o a la
explotación; es oposición a un modo de gestión de la propiedad,
en nombre de los derechos del trabajo o de aquello que participa
directamente en el modelo cultural de una sociedad.
Francia está a medio camino entre Italia y Alemania. De
ahí la importancia de la corriente autogestionaria en la em­
presa. Ni cogestión integradora ni política de desarrollo na­
cional, sino un ataque contra el poder patronal en el que las
formas antiguas del movimiento obrero y sus formas nuevas
se mezclan y a menudo se refunden. Pero la corriente no
puede entenderse más que como contrapartida minoritaria de
la principal fuerza sindical, la CGT, y del partido comunista,
que desarrollan las luchas obreras y las otras dentro de una
estrategia de acceso al poder político.
El PC es políticamente agresivo y socialmente moderado.
Políticamente agresivo porque se enfrenta a mayorías hosti­
les, a la alianza del gran capitalismo, de las viejas clases
medias y de trabajadores sometidos a un poder local represivo
o paternalista o a personalidades conservadoras. Socialmente
moderado porque yo no veo, sobre todo en Francia, que
invoque un conflicto de clases fundamentales. Veo, por el
contrario, que la acción obrera es empleada como presión para
obtener transformaciones políticas y a través de ellas refor­
mas, para obtener una “ democracia avanzada” . Un movi­
miento que reacciona contra la explotación puede crear una
subjetividad de clase o reforzarla; puede llevar también a un
progreso en el tratamiento negociado de los conflictos. Si
comparo al OS en la fábrica con el detenido en la celda
fácilmente puedo imaginar las dos direcciones del movimiento
de oposición, en los respectivos casos: consciencia de sí hecha
de rechazo y de revuelta; presión en favor de reformas. Pero
nadie dirá que los detenidos constituyan una clase, ni siquiera
que estén en el meollo de las luchas de clase. Por consiguien­
te, no puede haber movimiento social de los detenidos, en el
estricto sentido de la palabra. No es polémica de vocabulario.
Los movimientos de OS son muy importantes; no pueden
constituir, sin embargo, el núcleo de una acción de clase. Es
por eso por lo que dependen tan profundamente de las condi­
ciones económicas y políticas generales de la sociedad en la
que se sitúa. El movimiento obrero propiamente dicho ha
dependido también, claro está, de las situaciones nacionales,
pero se ha basado en una consciencia de clase cuya estructura
era en todas partes la misma y estaba ligada a la situación del
trabajo. Los movimientos masivos de OS, por el contrario,
son tanto más fuertes cuanto más limitada es la penetración de
los sindicatos en las empresas y, por lo tanto, cuanto más
débil es el control organizado de las condiciones de trabajo por
los mismos obreros. La agitación de los OS es la respuesta a un
atraso social, ligado a su vez a las condiciones de desarrollo
económico, el neobismarckismo que triunfó en Francia y en
Italia, oponiendo el papel motor del Estado a un extremo
conservadurismo social y cultura.
Intelectualmente se entiende mejor esa agitación si se anali­
za en términos de relaciones industriales que si se habla de
consciencia de clase. Movimiento a la vez modemizador y
defensivo, pero que no puede ofrecer un contraproyecto de
sociedad.
Al hablar así no pretendo quitarle importancia; la tiene, y
considerable, pero sostengo que no hay que buscar por ese
lado el nacimiento de lo que será el movimiento social especí­
fico del tipo de sociedad en el que entramos, que tendrá la
misma importancia que el movimiento obrero frente al capita­
lismo industrial o que el movimiento en favor de los derechos
cívicos frente al capitalismo comercial y su Estado.
¿No quedan caducas estas observaciones por el actual re­
surgir de las luchas obreras? En lo esencial, no. Una viva
actividad económica, una fuerte inflación y los efectos de las
grandes crisis políticas recientes han incrementado mucho la
combatividad obrera. Aumentos salariales superiores a los de
producción y productividad se obtienen a menudo y en mu­
chos países. La condición obrera mejora, al mismo tiempo que
los oficios más duros y peor pagados se dejan a un proletariado
extranjero, casi siempre al margen de la acción sindical y
siempre fuera de la acción política. El hecho es revelador. El
movimiento obrero siempre ha sido animado por obreros cua­
lificados. No porque estén más instruidos, sino porque están
dotados de cierta autonomía profesional, y por tanto de traba­
jo. Están implicados así más directamente en un conflicto con
el capital. La consciencia de clase debe apoyarse en el trabajo
cualificativo, creador, para oponerse a la apropiación del tema
del progreso por los capitalistas. Ahora bien, el desarrollo de
la acción obrera viene ligado casi siempre en estos últimos
años a la entrada en escena de los OS, en general en regiones
poco industrializadas o con dificultades. Esos OS son frecuen­
temente obreros de la primera generación, o incluso trabaja­
dores de origen agrícola. Mantenidos en una situación mate­
rial muy desfavorable, sometidos más que los demás a los
azares de la coyuntura, se revuelven tanto más vigorosamente
cuanto que se saben marginados por las grandes empresas,
que instalan en su región parte de sus fabricaciones para pagar
salarios más bajos. La intervención de mujeres no cualificadas
en movimientos huelguísticos tiene el mismo sentido: a falta
de una presión sindical suficiente, dada la resistencia patro­
nal, las categorías peor pagadas se lanzan a una lucha que
tiene que llevar a Francia a una situación comparable a la de
Alemania o los Estados Unidos, es decir, a una situación de
mayor homogeneidad de los salarios.
En 1968, con la mayor espectacularidad, la mayor huelga
de la historia no alimentó ningún movimiento revolucionario
en el conjunto de la clase obrera, sino que acompañó prudente­
mente una presión política, siendo los grandes batallones de la
CGT los más disciplinados y los más desconfiados respecto a
las consignas revolucionarias.
Hoy las huelgas animadas por movimientos de base pue­
den ser en algún que otro lugar violentas, con ocupaciones
de fábricas o hasta con secuestro de cuadros. Yo no creo que
pueda hablarse de un amplio resurgir de la lucha de clases de
tipo clásico. La lucha de clases está en otra parte o tiene otros
motivos. Veo una prueba de ello en el hecho de que esas
consignas de clase sean hoy definidas por grupos “ funda­
mentales” , que quieren volver a la fuerza y a la pureza
revolucionarias de los principios, pero que son bastante mar­
ginales con respecto a la clase obrera. Sean sus miembros
estudiantes, estudiantes convertidos en obreros o trabajado­
res industriales, chocan con la importancia que tienen en las
grandes empresas los representantes del personal, que D.
Mothé ha mostrado como parte integrante también del sis­
tema local de decisión, y chocan con la estrategia nacional de
las grandes organizaciones sindicales. Estas defienden efecti­
vamente al mundo obrero; los partidos de izquierda, tras la
liquidación del gaullismo, obtienen la gran mayoría de vo­
tos obreros, y no veo a título de qué podría negarse al par­
tido comunista el derecho a llamarse partido de la clase
obrera. Hablar de traición de los jefes es un modo dema­
siado rápido e injusto de liquidar un problema que merece
clase obrera no está siendo traicionada; no tiene ya el papel
histórico que fue el suyo, no puede ya aspirar a la hegemonía en
el seno de un movimiento social.
¿Qué intentan conseguir los obreros en la empresa? Ante
todo garantías y seguridad. Garantías contra el paro y el
despido, contra la arbitrariedad, y garantía de recursos, in­
compatible con la remuneración por empleo, que condena al
obrero de más edad o peor visto a ver disminuir su salario.
Yo no veo que se extienda mucho el objetivo de la fábrica
para los obreros, la voluntad revolucionaria de subvertir el
poder económico, más bien veo que uno y otra están en
regresión y en muchos países desaparecen.
A esas ideas pareció responder y oponerse el tema de la
nueva clase obrera. No conozco ningún sociólogo ni ninguna
organización sindical que lo acepte en su forma primitiva, y
mis últimas conversaciones con mi amigo Serge Mallet, que
fue el más conocido expositor de esa tesis, me han convenci­
do de que ni siquiera él era prisionero de algo que a veces
había pasado a ser más un slogan que un análisis. No obstan­
te, la idea que se planteó no debe abandonarse. Aporta ver­
dades importantes.
En su forma más simple, afirma que en las industrias de
alta tecnología el papel de los obreros cualificados pasa a los
técnicos o a los cuadros. La idea parece sensata,y no puede
chocar más que a quienes establecen una metafísica frontera
entre productivos y no productivos o manuales y no manua­
les.
No obstante, por poco sorprendente que sea esa tesis, la
realidad no da demasiadas pruebas de ella, pues los técnicos
se muestran muy activos y reivindicativos en lo que se refie­
re a los problemas internos de la organización, pero no pasan
en modo alguno de ahí a la consciencia de clase.
En una fábrica arcaica, al igual que en unr mina o en una
obra de la construcción, el mundo obrero no está separado
del mundo patronal más que por un pequeño círculo de em­
pleados, técnicos y cuadros. Esas categorías se han extendido
mucho; progresan más rápidamente que ninguna otra gran
categoría socioprofesional, y tienden a reaccionar, más que
por intereses de clase, por lo que se relaciona con su nivel
relativo en la organización.
Lo cual lleva a buscar otro sentido a la noción de nueva
clase obrera. Se ve cómo hay cuadros, y yo diría más bien
especialistas y profesionales, que se oponen al poder de los
aparatos. Así ocurre sobre todo en las grandes organizaciones
terciarias, en los servicios de estudios, los centros de investi­
gación, las universidades, los hospitales y las actividades in­
dustriales de investigación y desarrollo.
¿Qué significa ese movimiento, limitado pero real, que no
tiene nada que ver con el malestar de los cuadros, ya que
más bien responde a lo contrario? El malestar de los cuadros,
más aún que las reivindicaciones de los técnicos, es una
enfermedad interna de las organizaciones. La concentración
del poder de decisión y la multiplicación de los cuadros ha
alejado a éstos del poder. El sentimiento de descenso y de
inseguridad lleva a reivindicaciones que en 1968 se vió que
no pasaban de ser particulares, categoriales, y que no llega­
ban a alimentar el movimiento de oposición. La oposición de
los especialistas, por el contrario, pone en cuestión el poder.
Es de la misma naturaleza que la aristocracia obrera que
fundó el movimiento obrero en tiempos de la Ia Internacio­
nal: pone en cuestión lo esencial, pero es frágil, pues la
categoría en la que se forma disfruta de evidentes privilegios
con respecto a los demás trabajadores.
¿Pero por qué hablar en ese caso de nueva clase obrera?
No se trata evidentemente de obreros o de categorías próxi­
mas. Torpemente, esa noción intenta establecer una conti­
nuidad en algo cuya discontinuidad es evidente. Porque los
especialistas, no se oponen al capital, sino a la organización
y a su aparato. Se resisten a una determinada utilización
social del conocimiento. La forma extrema de esa oposición
es la de los científicos que ponen en cuestión el discurso
científico mismo. En 1968 se pudo observar que el movi­
miento penetraba sobre todo entre los especialistas más pró­
ximos por su formación o experiencia al mundo universitario.
Oposición cuya importancia es para mí considerable, por
cuanto intervienen en ella buena parte de los sociólogos o
especialistas de otras ciencias sociales, pero que no corres­
ponde al mismo período histórico que el movimiento obrero.
¿Hay que concluir, pues, que se ha acabado el movimien­
to obrero? Sí, pero siguiendo las prolongaciones de su papel.
El movimiento obrero ha pasado a ser la fuerza política a
partir de la cual se sitúan los nuevos movimientos sociales,
al igual que el movimiento republicano recogió a nivel polí­
tico los temas revolucionarios plebeyos y pasó a ser la fuerza
a partir de la cual intervino políticamente el movimiento
obrero. La oposición de los contestatarios de hoy al Progra­
ma Común es análoga a la desconfianza del movimiento
obrero con respecto a los dreyfusarás a finales del siglo pa­
sado. Es inevitable que hoy vivan en contacto quienes pien­
san en lo que es políticamente posible y quienes quieren
aquello que es socialmente exigible. Como es poco probable
un hundimiento de las instituciones y de la organización
económica y social, la izquierda francesa debe aprender a
vivir las relaciones entre esa fuerza política y un movimiento
social.
Lo que complica mucho la situación es que el partido co­
munista, que en lo esencial dirige la transformación del mo­
vimiento obrero en fuerza política, siga organizado como un
partido revolucionario y produzca análisis y suscite una mili-
tancia que corresponde más a un movimiento social que a
una fuerza propiamente política. Organización autoritaria y
espíritu doctrinario van ligados a una avasalladora importan­
cia de los problemas tácticos, mientras en segundo plano, en
ciertos ámbitos, sobre todo de la metalurgia, hay una cons­
ciencia de clase obrera que mantiene su fuerza, que ha perdi­
do menos fuerza que capacidad política.
Hay que reconocer la mutación histórica que está teniendo
lugar. La CGT, hoy como ayer, moviliza la más fuerte cons­
ciencia de clase obrera. Habla en nombre del trabajo contra
el capital, en favor de un desarrollo económico y social de­
mocrático. Esas no son palabras varías. El partido comunista
es y sigue siendo profundamente obrero, por su ligamen con
el trabajo productivo, y también por su apego a la integra­
ción social y a la disciplina. Hay una cultura industrial que es
visible tanto en el Ruhr o la Lorena como en los
industriales soviéticos o americanos. Pero esa
obrera no puede ya transformarse en movimiento social.
Francia la acción sindical va a remolque de una
política que ya no puede poner en cuestión el poder
A la inversa, un poco por todas partes y sobre te
CFDT, se ve aparecer una nueva acción de clase, que ataca a
los nuevos adversarios de las clases populares y revela nuevos
campos y nuevos elementos de las luchas sociales, pero sin
que la consciencia de sí de la nueva clase popular y su misma
definición estén todavía claramente formadas, de suerte que
la acción es vigorosa pero casi siempre parece cimentada en
una base mal definida y más próxima a las heterogéneas
fuerzas de un populismo revolucionario que a la homogenei
dad de una clase propiamente dicha.
Esa oposición de las dos confederaciones —que no es una
descripción de sus actividades, sino un juicio sobre el sentido
de su acción histórica— recuerda que un movimiento social
no se forma únicamente desde abajo, por un lento aumento
de nivel de unas reivindicaciones limitadas en dirección a la
política general. Desde el primer momento está todo dado,
pero mal integrado: reivindicaciones defensivas, prácticas de
lucha, ideas sobre la sociedad. La robusta fortaleza, a menu­
do impresionante, de la consciencia de clase obrera moviliza­
da por la CGT ya no debe engañarnos. Sigue viva en la
empresa, pero no se transforma ya en acciones capaces de
orientar a la sociedad entera, cuando en cambio los movi­
mientos confusos, mal coordinados, de los grupos de base,
casi siempre ligados a la CFDT, llegan a la opinión pública e
mventan la historia social de mañana.
Nada nuevo en apariencia en el caso de la Lip; unos obre-
ros que defienden su puesto de trabajo, que suscitan una
empatia local y nacional y provocan la intervención de unos
mediadores. ¡Qué falsa es, sin embargo, esa descripción rápi-
>y qué poco puede explicar el inmenso eco de una huelga
<^Ue tuvo una duración y una fuerza excepcionales! Lo impor­
tante en ese caso no es la naturaleza de las reivindicaciones;
^ mucho más el modo de actuar. Movimiento de base que se
la de medios materiales para resistir, y se apoya en una
opinión de oposición no sólo obrera o local. ¡Qué camino
recorrido desde los movimientos de masas estrechamente en­
cuadrados en una estrategia política! No todo es nuevo en el
movimiento de los Lip, pero éste muestra de modo espec­
tacular la reaparición en escena de los movimientos sociales
populares, inventores de prácticas y expresiones nuevas, ani­
mados por líderes de base y dirigidos al pueblo, por encima
de las fronteras de los aparatos.
Es demasiado pronto todavía para percibir claramente la
naturaleza de los nuevos movimientos sociales. Vemos por
un lado los restos del viejo movimiento obrero, cada vez más
dependiente de una estrategia política limitada, tanto en
Gran Bretaña como en Francia, y por otro una confusa mez­
cla de utopías y populismo, [ero también de nuevas motiva­
ciones y formas de acción.
Hay que afirmar, no obstante, la mutación, la discontinui­
dad entre uno y otro tipo de sociedad. Dentro de un momen­
to limitaré esta afirmación recordando los elementos de con­
tinuidad en el comportamiento colectivo. Pero ante todo hay
que estar atento a lo que es nuevo y diferente.
Hay un hecho que se impone: se ven movimientos de
base, locales, particularmente en la industrial pero también
en otras partes, que atacan directamente una política econó­
mica y social, en vez de plantear únicamente los problemas
de la empresa. El trabajo no es ya el ámbito que mejor define
la oposición; lo que se ataca es la gestión, y sobre todo, en
nuestro sistema económico, la gestión centralizada, la de
los grandes grupos nacionales y multinacionales y la del
Estado.
La acción sindical, es decir, la acción en las empresas, solo
lleva consigo una oposición radical si apunta, más allá de la
empresa, a las formas generales de gestión de la sociedad. De
ahí el papel de nuevo muy importante de la ideología, e
incluso de una intelligentsia revolucionaria, que tiene nue­
vos ámbitos de intervención.
Para que haya lucha de clases, es preciso que haya una
categoría popular que pueda oponerse a la gestión de la clase
dirigente en nombre de la “ fuerza de producción” que re­
presenta, al mismo tiempo que de la explotación que sufre.
Cuanto mayor es la sumisión de los trabajadores a la organi­
zación, más desaparece la autonomía profesional y más se
debilita la consciencia de clase propiamente obrera, tras ha­
ber alcanzado su más alta cota entre los obreros de utillaje y
mantenimiento de la metalurgia, con su resistencia a la orga­
nización patronal basada en su cualificación.
Contra la organización de la producción, contra el sistema
económico integrado, cuyo símbolo ha pasado a ser el tendi­
do de cables de informática, ¿en qué puede apoyarse la palan­
ca del movimiento de clase? En la colectividad misma, tanto
dentro del trabajo como fuera de él, en su lucha por la
continuidad de su existencia y por el control de los cambios
que le afectan.
Entre una acción realizada estrictamente dentro de la em­
presa, animada por la vieja consciencia de clase pero política­
mente limitada por una estrategia de acceso al poder, y unos
movimientos de base alejados de toda influencia directa sobre
el juego político pero que desbordan el marco de la empresa y
ponen directamente sobre el tapete nuevos conflictos y nue­
vas contradicciones sociales, hay una distancia que sólo pue­
de aumentar.
No quiero ya ir más lejos. Porque cuanto más avanzo en el
reconocimiento del futuro que toma forma ante nuestros ojos
más aumentan los riesgos de malos entendidos y de desfase
entre mi análisis y la observación directa de la coyuntura
presente.
Se me ha reprochado que hablara de una lejana sociedad
postindustrial, en vez de mirar la situación actual, dominada
por la industrialización, por la creciente masa de obreros
industriales y por la lógica de un capitalismo industrial y
financiero. Tú no eres de los que hacen ese tipo de objecio­
nes. Entiendes muy bien que, en lugar de encerrarse en la
coyuntura presente, uno tenga derecho a construir un esque­
ma y examinar sus características. Pero los sabios por un
lado y quienes tienen responsabilidades políticas por otro —y
a veces son los mismos— no quieren hablar más que del
presente, ya que hablan en términos de decisiones a tomar.
Yo reivindico abiertamente mi derecho a rechazar el terre­
no que pretende imponérseme. Veo en esa invocación de lo
“ concreto” , de la “ situación real” , una actitud defensiva,
que se explica en algunos por la impotencia o la pereza de
captar las grandes transformaciones del mundo actual y en
otros por la voluntad de no situar su análisis a un nivel
superior a aquél en el que intervienen, cosa que les mostraría
los límites de su acción.
Todo el mundo encuentra admirable la obra de los grandes
economistas británicos, desde Adam Smith hasta Ricardo, y
más aún la obra de Marx. Preguntad a los historiadores cuál
era el grado de industrialización del Reino Unido en 1820 y
de Francia veinte años más tarde. ¿No había que hablar por
consiguiente en 1848 tan solo de los campesinos y de los
comerciantes? ¿No fueron obra, las jornadas de junio de
1848 más que de unos cuantos exaltados marginales, acaso
son algo más que un accidente marginal en la historia de ese
período?
¿No es verdad que desde hace tiempo estamos acostum­
brados a un desfase entre las categorías de la sociología y las
de la historia, o entre modos de producción y formación
social?
Muro tras muro, el espíritu y la organización industriales
se desmoronan ante nuestros ojos. ¿No es extraño que el
análisis de los movimientos sociales siga siendo uno de los
ámbitos más conservadores del pensamiento social? En el
fondo no puede sorprendernos. Los movimientos sociales no
toman toda su fuerza en el amanecer de una sociedad, sino
en su cénit. Durante un período que puede ser largo, la
escena queda ocupada por los representantes de los viejos
movimientos sociales, y lo único que pasa es que quedan
cada vez más alejados de la práctica y confinados a la ideolo­
gía. ¿Avanzaremos por ese camino mucho más lejos de lo
que hemos ido ya? ¿Durante cuanto tiempo se aclararán
todavía los problemas de hoy únicamente a la luz de los de
otro tiempo?
Por el contrario, los militantes de base, más o menos
integrados en una organización sindical, aseguran, al precio
de una gran confusión y de dolorosos reveses, la única conti­
nuidad que puede tener sentido: la de la militancia, y no la
de la ideología.
Es por eso por lo que la tensión entre la base y la cúspide de
las organizaciones sindicales es a menudo tan viva, sobre
todo allí donde los nuevos problemas son apremiantes y el
sindicalismo es defensivo, como entre los enseñantes. Luchas
tradicionales, utopías, nuevos combates, todo se mezcla en
la agotadora experiencia de los militantes de base, que provo­
ca un rechazo casi general y sin embargo, junto a la conti­
nuidad de la acción de dase, representa las posibilidades del
análisis sociológico.
La revolución; los procesos de transformación social; la
situación francesa; contra los petimetres.
Se habla con facilidad de revolución, para manifestar el
deseo de un cambio general de la sociedad. Se establece así la
existencia de un principio central del orden social, en torno
al cual se organiza todo. Si se subvierte, la sociedad se trans­
forma, o más bien se libera. Ambas ideas van ligadas, y
unidas forman la consciencia revolucionaria. Pero si en ge-
reral ya es cierto que el sentido de la acción no puede nunca
reducirse a la consciencia del actor, cuando se trata de acon­
tecimientos tan considerables la distancia entre la conscien­
cia y el sentido del proceso revolucionario es particularmente
grande. Porque la consciencia revolucionaria asocia de hecho
dos elementos muy diferentes. Uno nos anuncia el final de
un orden y el principio, no de un nuevo orden, sino de un
puro movimiento, de una liberación. El otro anuncia, por el
contrario, una sociedad nueva. Y los revolucionarios se divi­
den según su inclinación por uno u otro tipo de expectativas;
por un lado los edificadores, por el otro los críticos. Unos
tienen a veces una imagen enormemente precisa de las insti­
tuciones y de la organización que cree edificar; los otros no
son únicamente destructores, sino que siempre empujan ha­
cia delante el movimiento revolucionario, para mantener su
fuerza y retrasar el momento de detención de la carrera hacia
delante, en el que haya que reconocer de nuevo unos límites.
¿De dónde proviene esa permanente dualidad? Del hecho
de que las complejas y cambiantes relaciones que casi siem­
pre unen el nivel de la historicidad, el de las instituciones
políticas y el de la organización social se encuentren rotas
No hay ya más soluciones que las extremas: o la historicidad
y más precisamente una acción de clase rigen directamente
las instituciones y la organización social o, si no, aquéUas
tratan de liberarse, para convertirse en historicidad pura o
fuerza que desborda los límites de las instituciones y de las
organizaciones.
Esa segunda tendencia es la que triunfa al principio, en el
momento de la ruptura. Salen del silencio de las prisiones y
de las normas tantas fuerzas contenidas, tantas iras acumula­
das y tantos sufrimientos no vengados que el viejo orden
estalla, y tanto más violentamente cuanto que las institucio­
nes están podridas, bloqueadas o encerradas en su conserva­
durismo y las organizaciones están desgastadas o en descom­
posición.
Pero la sociedad en revolución no es puro movimiento. No
sólo J-.Le ser dirigida, sino que la ruptura revolucionaria, al
desbordar los viejos mecanismos políticos y abordar una lu­
cha total, multiplica sus enemigos, en el interior y en el
exterior. Tras la fiesta liberadora viene la seguridad pública.
A menudo la patria están en peligro ya desde el principio, y
ya entonces debe constituirse la fuerza revolucionaria y debe
organizarse militarmente.
Así se opera el cambio; en vez de que el movimiento
desborde todas las formas de orden, impone un orden y se
convierte en lo contrario de sí mismo: un Estado, un ejérci­
to y un aparato de integración y de represión. Y como el
movimiento no se deja encerrar en el nuevo orden estallan
los conflictos, a través de los cuales la revolución se devora a
si misma o se llega a un nuevo orden, tanto más total o
totalitario cuanto más completa ha sido la ruptura y más
dura la lucha.
Todos los izquierdistas de hoy son revolucionarios, y su
voluntad de ruptura hace de ellos, a ojos de los moderados o
de los conservadores, un solo grupo, el de las gentes peligro­
sas. En realidad, aunque estén todos sometidos a la represión
policial, están divididos. No forzosamente en dos grupos: esa
separación no se impone más que en el curso del mismo
proceso revolucionario. Pero sí en dos tendencias, que pue­
den coexistir en los mismos individuos. La figura del revolu­
cionario toma incluso su grandeza de su ambigüedad. El Che
Guevara, combatiente de la Sierra Maestra, propagador del
espíritu revolucionario en el continente, creador del foco
revolucionario de Bolivia, es quien lleva siempre más allá las
tareas de la revolución, pero es también el ministro de Indus­
tria cubano, partidario de una gestión centralizada y autori­
taria, que lleva a la creación de una partido de tipo leninista.
Trotsky mismo es el paladín de la revolución permanente,
pero también el creador del Ejército rojo, hombre de partido
que sabe dirigir la represión de Cronstadt.
Nadie controla completamente una situación revoluciona­
ria, salvo si desde el principio el instrumento políticomilitar
de transformación social está constituido, en condiciones que
no permitan ningún desbordamiento por fuerzas populares.
Por consiguiente, es vano pedir a los revolucionarios que
dominen las tensiones inherentes a su movimiento. En cam­
bio es esencial preguntarse si la situación en que se está es
una situación revolucionaria y, por lo tanto, si hay que dejar
que cada cual lleve hasta el extremo su papel histórico, hasta
la muerte o hasta el poder absoluto.
Ahora bien, no todas las situaciones son revolucionarias.
Lo son cuando movimientos sociales viejos y nuevos se de­
sencadenan en una sociedad en grave crisis organizativa y sin
medios institucionales para tomar decisiones adecuadas a la
crisis y a los conflictos.
Una situación revolucionaria es una coyuntura histórica.
Supone que, en la mentalidad de la clase dominante, la re­
producción de los privilegios pase por encima de la dirección
del desarrollo económico. El sistema político y la organiza­
ción cultural son otro tantos obstáculos para el cambio. Las
nuevas formas de vida económica y social no sustituyen las
formas viejas, sino que las mantienen.
Una situación revolucionaria no es el paroxismo de un
movimiento social. Al contrario. Implica casi siempre una
debilidad bastante grande del movimiento social que juega el
papel central en el desencadenamiento de la revolución. Es la
superposición de diversos conflictos y de diversas crisis. Es
por eso por lo que su desarrollo no está nunca enteramente
controlado, la violencia juega un papel tan importante y la
unidad restablecida no puede ser la de un movimiento social
triunfante, sino la de un Estado y un aparato politicomilitar.
Las situaciones revolucionarias, cuando han engendrado a
movimientos revolucionarios victoriosos, han tenido conse­
cuencias tan importantes para la totalidad del mundo que
uno se siente tentado a olvidar sus características y pensar, o
bien que son accidentes excepcionales, o bien que son la
verdad última de toda situación social.
Acabo de decir, en cambio, que se definen por un extremo
desfase entre las fuerzas de transformación económica y los
modelos de orden. Allí donde el desarrollo económico es
introducido por una burguesía extranjera que se instala en la
periferia de la sociedad pero acelera el hundimiento de un
viejo orden, incapaz tanto de resistirse a la presión extranjera
como de tomar la iniciativa de la modernización, allí encuen­
tra la revolución un terreno favorable. Ese fue el caso tanto
de China como de Rusia.
No era el caso de Chile, donde el sistema institucional no
se había hundido, y en 1970 no había ni crisis internacional,
ni crisis económica que amenazara de muerte la existencia
nacional ni descomposición de las instituciones. No se puede
calificar a la ligera cualquier situación de revolucionaria sin
comprometerse en comportamientos políticos irresponsables.
Hago míos, y lo digo claramente, los juicios negativos apli­
cados por los partidos comunistas chileno o francés a la irres­
ponsabilidad de un análisis “ revolucionarista” de la situa­
ción chilena.
Pero es de Francia y de la zona en que se encuentra de lo
que yo quiero hablarte, pues es ei problema que nos afecta
directamente y ante el cual, por modesto que sea nuestro
papel, tenemos que asumir responsabilidades.
Algunos tendrán tentaciones de sacar rápidas conclusiones
de los que acabo de decir: Francia está muy lejos de una
situación revolucionaria, y por lo tanto los cambios pueden
lograrse por los medios institucionales normales. Los que son
más optimistas dirán incluso que lo que sobre todo hay que
cambiar es el espíritu de la sociedad, es decir, sus formas de
organización, sus modelos de relaciones humanas y de auto­
ridad. Descentralicemos, bajemos las barreras creadas por
principios y tradiciones, aprendamos a ser pragmáticos y a
negociar, y Francia entrará en la sinuosa pero rápida vía de
los cambios progresivos.
Sabes que estoy lejos de esa posición como de la atolondrada
afirmación de que Francia está en situación revolucionaria.
Pero aprovechemos de que acabo de ir rápidamente de un
extremo al otro para describir todas las posibles políticas de
transformación social.
Creo que se puede dar cuenta de ellas de modo muy simple
combinando únicamente dos dimensiones de análisis. En pri­
mer lugar, el nivel de la realidad social, considerado estratégi­
camente como nivel central. Así es como opongo a quienes
sitúan la acción decisiva al nivel de la organización social, a
quienes son reformistas y quieren actuar sobre todo al nivel
délas instituciones políticas y quienes, finalmente, creen que
el papel principal corresponde a los movimientos sociales.
En segundo lugar, el grado de interdependencia de esos
niveles. Efectivamente, tras haber dicho que lo esencial era
modificar el modo de funcionamiento de la organización so­
cial, se puede, o bien añadir que esa transformación debe
regir directamente la de las instituciones y las fuerzas socia­
les, posición que es la del despotismo ilustrado, o bien admi­
tir que existe una gran autonomía de cada uno de los niveles,
y que la reforma de la organización social no puede tener
lugar más que aislada de los demás o con autonomía respecto
a la transformación de los otros niveles de la sociedad. Al
despotismo ilustrado se opone un liberalismo modernizador
que piensa a un mismo tiempo que hay que reformar la
organización social, que los movimientos sociales seguirán
en estado de conflicto activo y que el sistema político debe
ampliarse, pero afirmando que lo esencial es la moderniza­
ción, y que la ampliación del sistema político va en segundo
plano y las luchas de clase no son más que un residuo.
Tenemos, pues, dos tendencias muy diferentes, dentro de
la derecha (prioridad a la modernización), el centro (priori­
dad a los mecanismos políticos) y la izquierda (prioridad a las
relaciones de clases).
La primera afirma que el factor prioritario rige directamen­
te los demás y, en último extremo, es el único importante;
la segunda reconoce una amplía autonomía a los factores no
prioritarios.
La oposición entre derecha e izquierda resulta insuficiente,
si no se perfila con la que separa a monistas y pluralistas, es
decir, a quienes creen en la necesidad de una transformación
global, en bloque, y quienes afirman la relativa autonomía
de los cambios particulares.
Los tipos así contituídos ayudan a poner en orden las ob­
servaciones que pueden hacerse. Por un lado veo que me he
referido al despotismo ilustrado, del que en Francia hemos
tenido durante la era gaullista algunas breves manifestacio­
nes. Tanto el gobierno de Debré como el de Chaban-Delmas
pusieron su empeño en transformar ciertos aspectos de las
relaciones sociales a partir de un punto de vista que, en el
caso de Debré, no implicaba ni liberalización de las institu­
ciones ni simpatía hacia los movimientos populares. Michel
Debré es hoy muy impopular, en tanto que rezagado defen­
sor del autoritarismo gaullista; yo creo ser lo bastante opues­
to a su postura política como para poder pedir que se le
juzgue con más equidad, pues quizá fue el único verdadero
hombre de Estado del régimen gaullista.
A ese despotismo ilustrado se opone, aunque del mismo
lado sociopolítico que él, lo que podría denominarse un mo­
vimiento de modernización cultural; éste ya no habla para
nada del Estado, sino de la organización social misma, de su
espíritu. Ese liberalismo pide que se bajen las barreras y se
reduzcan las prohibiciones, y que se deje vía libre a las ini­
ciativas no peligrosas para el bien común. Exalta el papel de
la educación y del aprendizaje de las relaciones sociales en
grupos restringidos.
Miro ahora hacia el centro, es decir, hacia quienes creen
en el papel central de las reformas institucionales. Lo que
primero se ve es un movimiento en favor de la contractuali-
zación de las relaciones sociales. Ese reformismo pluralista
no puede tener concepción de conjunto alguna de la socie­
dad; quiere que en cada actividad todo el mundo pueda parti­
cipar en la decisión. El éxito de los convenios colectivos de la
industria debe llevar muy pronto en todas partes a la puesta
en marcha de procedimientos de consulta y deliberación, en
la enseñanza, en los barrios o las ciudades y en relación con
los medios de comunicación de masas. Actitud que hay que
diferenciar de la acción en favor de la democracia social, que
construye una imagen general de la sociedad en tomo a la
negociación política. Esta reconoce la existencia de conflictos
sociales, pero piensa que las instituciones representativas de­
ben asegurar la compatibilidad de esos movimientos y el or­
den o la continuidad de la organización social. Visión más
estricta que la precedente, menos libertaría y más comunita­
ria y al mismo tiempo institucionalistas, y basada en la fuer­
za de un movimiento popular, alimentado incluso a veces
por tradiciones revolucionarias. Tal es el espíritu del socialis­
mo escandinavo, y sobre todo del noruego.
Finalmente miro hacia la izquierda, hacia quienes dan
prioridad a los conflictos de clase. También ahí veo dos posi­
ciones. La del gobierno revolucionario, que reconstruye en
bloque las instituciones y la organización social a partir de
una transformación del poder de clase, y la de la izquierda
socialista. Esta se diferencia de la socialdemocracia, que da
prioridad a los mecanismos institucionales de cambio social,
pero mantiene como ella una gran autonomía de los tres
niveles de la realidad social, admitiendo así que haya meca­
nismos distintos de cambio que se ejerzan simultáneamente
al nivel de las relaciones de clase, al de las instituciones
políticas y al de la organización social.
La mía es la última de esas seis posiciones políticas. Pien­
so, efectivamente, que es la que requiere la situación france­
sa, pues necesita una transformación de las relaciones de
clase y de poder, pero sin ruptura de las instituciones y
dentro de una economía y una sociedad que, a pesar de los
bloqueos, van cambiando.
Esa opción por una solución flexible explica también que
mis propias actitudes sean distintas y a menudo desborden la
posición escogida por mí. Me gusta también no tener que
tratar con individuos monolíticos, y no serlo yo mismo.
Estoy convencido de que las transformaciones de la socie­
dad francesa, como las de otras análogas a ella, deben hacer­
se a la vez pero por separado en cada uno de los tres niveles
que tantas veces he distinguido, aún manteniendo su jerar­
quía. Lo esencial es la formación de nuevos movimientos
sociales y la capacidad de dar forma a un nuevo tipo de
sociedad, de entrar en la sociedad postindustrial y de vivir
sus conflictos.
Viene luego la necesidad de una política de izquierdas que
amplíe el campo de las negociaciones sociales, redistribuya
los ingresos y la influencia y manifieste la existencia de los
movimientos sociales, pero qu^ no esté totalmente ligada a
ellos. Finalmente, hay que dar una gran libertad de adapta­
ción a las organizaciones sociales y culturales. Impulso so­
cial, intervención política y descentralización y fomento de
las iniciativas, ésos son los tres niveles cuya combinación
dará lugar al proceso de cambio social.
Que una evolución así es más frágil, más inestable que
otras, es algo que desde luego reconozco, pero mi respuesta
es que las soluciones consideradas simples y claras se caracte­
rizan en general por acabar en el extremo opuesto del punto
al que se dirigían, o por no pasar nunca de la fase de las
posiciones de principio.
Yo me esfuerzo, en cambio, por estar cerca de los hechos
observables. Hay movimientos revolucionarios, o simplemen­
te movimientos sociales; conocemos la naturaleza de la fuer­
za política de izquierdas que se ha constituido; finalmente,
sabemos que hay que recrear o crear algunos elementos de la
sociedad francesa, destruidos o asfixiados por la tradicional
alianza de la burocracia y los notables. Toda solución que
sacrifique uno de esos objetivos es inadecuada. Pero reconoz­
co que ese proceso de cambio es el más abierto de todos, es
decir, el que corre más el riesgo de desarticularse y de verse
amenazado por un ataque brutal del adversario. El gobierno
revolucionario funde todos los metales en el mismo crisol;
eso es también lo que hace el despotismo ilustrado. Sus ries­
gos de fracaso proceden de ese exceso de unificación. En la
solución a la que yo me refiero, que corresponde a una co­
rriente de opinión que es importante pero ha sufrido mucho
más de lo que ha triunfado, socialismo de izquierda, es preci­
so que aparezca un principio unificador de tantas acciones
inconexas. Es preciso localizar también ese principio; si el
conflicto de clases no se traduce por una ruptura política y
organizativa total es que él mismo queda limitado por los
organismos que inventan las grandes orientaciones culturales
de la sociedad. El proceso de cambio debe respetar la existen­
cia de centros de innovación autónomos, como las universi­
dades y las escuelas, los medios de información y los servi­
cios técnicos de organización y de análisis de los sistemas. El
conflicto de clases no puede quedar abierto, y por lo tanto
dejar una cierta autonomía al sistema político que está por
debajo de él, más que si lo que entra en juego en ese conflic­
to de clases, el sistema de acción histórica, que define por
ejemplo una sociedad industrial o postindustrial, tiene tam­
bién una expresión autónoma. Todas mis actitudes políticas
pueden resumirse así: las orientaciones culturales, por una
lado, y el sistema político, por otro deben ser lo bastante
independientes como para garantizar la apertura de las rela­
ciones de clase. A la inversa, quienes creen que la sociedad
está dividida de arriba abajo por la lucha de clases, y que
existe incluso una ciencia proletaria opuesta a una ciencia
burguesa, no son actores de un movimiento revolucionario,
sino agentes de un poder totalitario.
No se trata de escoger entre un proceso revolucionario y
un proceso reformista, palabra que yo rechazo, si engloba
todo aquello que no es revolucionario. Se trata de saber si la
crisis general de la sociedad impone la violencia revoluciona­
ria y su inevitable consecuencia, la dictadura, o si permite
una transformación no unificada, aquí violenta y allí contro­
lada.
Se puede preferir la solución revolucionaria, soñar con ella
tanto más intensamente cuanto que no se está en una situa­
ción revolucionaria, y se piensa poder conocer la exaltación
del levantamiento sin pasar las ansias de la crisis, el hambre
y la guerra civil. Pero no se trata de darse gusto. Hay que
ofrecer un análisis que corresponda a políticas verosímiles y
de las que se encuentren ya manifestaciones claras. El con­
flicto de clases, fuera de una situación revolucionaria, está
siempre limitado por el reconocimiento de las orientaciones
principales de la sociedad. Cada una de esas orientaciones
lleva siempre un signo de clase en la práctica social, pero no
se reduce nunca a una ideología de clase. Por eso es posible
la existencia de organismos de planificación y, también, de
producción de esas grandes orientaciones sociales y cultura­
les. Pero ese centro de la vida social está separado del sistema
político por un conflicto de clases abierto, que nunca es en­
teramente negociable.
En realidad la defensa de esta idea habría podido ser más
sencilla que la que yo he hecho: la desaparición de esos
centros de historicidad autónomos, ligados al Estado, no sig­
nifica nunca nada más que la fusión del Estado y de la clase
dirigente en una clase hegemónica. ¿Es eso lo que se quiere?
Sé muy bien que la situación impone a menudo una única
opción: crear un poder revolucionario absoluto o caer en la
servidumbre y el caos. Pero no es ésa la opción que se impo­
ne a los países cuyo desarrollo choca con obstáculos que son
de lo menos temible.
¿Me entiendes mejor ahora? El liberalismo modernizador
provoca mi hostilidad porque está marcado por su carácter de
clase; el reformismo político me irrita a menudo por su
pretensión de controlar todo el ámbito social; la seguridad
pública revolucionaria impone tras de ella una dictadura, que
es un precio demasiado elevado cuando no se está obligado a
pagarlo a causa de la crisis general de la sociedad.
Yo no me protejo contra posiciones demasiado extremas
pidiendo un poco de moderación. Pero no quiero dejarme
engañar por la exaltación verbal, pues en lugar de ayudar a
que se formen los nuevos movimientos sociales los devora en
el infierno grupuscular. Me acuerdo del FER-AJS de mayo
del 68, que la noche de las barricadas se fue a dormir a su
casa, en nombre del movimiento obrero revolucionario. He
sufrido al ver, tras el levantamiento estudiantil, cómo se
instalaban en la universidad viejecitos de profesión teológica
encargados de algunas tareas de enseñanza y dispuestos a
mandar en todo y lanzar toda clase de invectivas.
El análisis sociológico se ve estorbado a menudo por esos
doctrinarios arrogantes. Yo me aparto de ellos, no para ir
junto a los sensatos conservadores, sino para buscar lazos
más directos entre el análisis y las prácticas observables.
Ahora sé demasiado bien a qué puede llevar el irresponsable
discurso de aquellos individuos que por el medio en que
viven se convierten en defensores de retóricas confusas y
arrogantes, aunque yo pueda sentirlos próximos y ellos sean
inteligentes. A pesar de ellos hay que descubrir lo que es
oposición real, invención intelectual y creación cultural, y
ello no se reconoce ni en las tentativas de revivir las revolu-
dones pasadas ni en la sustitución del movimiento social por
una estrategia política.
Que ese mal humor, que es profundo, no te impresione
demasiado. Hay que dedicar más tiempo a entender la natu­
raleza de la nueva clase dirigente y de los nuevos movimien­
tos populares que a reconocerse en el laberinto de las doctri­
nas. ¿Pero no resulta difícil ese trabajo de análisis en el
presente período, que es en el que es más urgente, a causa de
tanto verbalismo dogmático? Si la acción de Foucault en
Francia o de Laing en Gran Bretaña, por tomar dos figuras
muy diferentes, ha tenido tanto eco, ¿no es acaso porque
aplican su inteligencia a criticar prácticas represivas y aclarar
sus causas? Es ese trabajo creador lo esencial, y la única
meta que merece que nosotros los intelectuales le dedique­
mos toda nuestra vida. Que el ser estudiante signifique para
tí buscar el medio de entender el mundo, y no de encerrarte
en el universo de los dogmas y de la retórica.
Tras haber criticado a los doctrinarios tengo que oponer­
me del mismo modo a los sentimentales, a quienes creen
superar los problemas demasiado particulares denunciando la
alineación que hay en todas partes y predicando la liberación
del hombre.
Primero porque tales declaraciones, que pueden tener su
estilo, no tienen sentido. Se emplean palabras que se ha
tenido cuidado en no definir; ¿a qué se opone la sociedad
presente?: al hombre. Ahora bien, aunque yo admita que un
biólogo hable así, no puedo aceptar que se traten problemas
económicos y sociales recurriendo a nociones tan ajenas al
conocimiento positivo. ¿No será un lenguaje así señal de la
decadencia de ciertas categorías sociales o muestra de nostal­
gias individuales? Lo acepto, pues, como expresión literaria,
aunque de género menor, pero no como análisis.
La cuestión tiene su importancia. Denunciando desordena­
damente la ciudad tentacular, el consumo manipulado o la
información teledirigida uno se imposibilita para toda apre­
hensión de los mecanismos sociales reales de dominación.
No se ven ya enfrentadas más que la naturaleza y la cultura,
suponiéndose ésta corrompida, fruto del pecado y de la caída
en el Mal. Esa desviación es característica del tiempo presen­
te, pero en cuanto se sale de la denuncia verbal, en cuanto
las luchas políticas se hacen importantes, en el momento de
una elección decisiva, y más aún tras un cambio de mayoría,
la ilusión se rompe y las grandes palabras revientan. Yo
combato tanto más esos discursos grandilocuentes y ese hu­
manismo, sea de derechas o de izquierdas, cuanto que ali­
menta un irracionalismo demagógico desastroso para el estu­
dio de la sociedad, cuyos estragos me asustan.
¿No hay más opción que entre doctrinarios y sentimenta­
les, entre escoliastas y demagogos?
El día en que esté tristemente convencido de que no la hay
cambiaré de oficio. ¿Por qué desesperar, sin embargo, y de­
jarse impresionar demasiado por unas voces que si se oyen
tanto, no es más que porque desde hace algún tiempo nues­
tra historia parece detenida? Detenida desde que la sociedad
ha sido dada de baja por las ambiciones de los tecnócratas, la
avidez de los especuladores y el enriqucumicuco de los ven­
dedores. Es demasiado tarde para dejarse confundir por esos
discursos hechiceros. Yo pido a quienes hablan de la sociedad
más atención, más modestia y más novedad.
Los efectos de estas cartas sobre mí; el Estado nacional,
los movimientos regionales.
Me gusta bastante nuestra manera de comunicamos. Ten­
go necesidad de escribir, de no ceder a las incitaciones de la
conversación, de seguir una idea, pero me gusta que prefie­
ras contestarme de viva voz. Pudiendo yo luego contestarte
por escrito, si tus argumentos me hacen modificar mi juicio
o me descubren nuevos problemas. Hay, sin duda, quienes
son más categóricos que yo. Siguen derecha una idea. A mí
me guían a la vez ideas y aversiones. Pero ignoro qué imagen
componen en conjunto mis opiniones y mis reacciones, que
no se cierran dentro de ningún límite, pues no hablo en
nombre de ninguna escuela ni de ningún partido.
Si te escribo es parí descubrir una imagen que no puede
coincidir simplemente con el conjunto de mis ideas. Alguien
con quien me crucé en el metro el otro día me espetó: es
cierto que es usted imprevisible. No lo dijo con condescen­
dencia; me dejó confuso. Yo no sigo ninguna “ línea” , y
no me gustan las adhesiones. ¿Estoy, no obstante, condenado
a guardar siempre distancias, a desconcertar o a desmontar
lo que otros hacen? Quiero estar seguro de que no, y hacer
yo mismo la ronda de las posiciones que ocupo y el terreno
que recorro, tanto en lo que tienen de firme como en la
indecisión de algunos de sus límites. Pero una duda o una
ruptura pueden definir con tanta precisión como una afirma­
ción o una elección.
Escribo para que se reúnan poco a poco mi pensamiento y
mi personaje, aquél o aquéllos que soy para mí y la imagen o
las imágenes que hago que los otros se formen de mí. Quiero
ser entendido y conocerme mejor a mí mismo. Pero, aunque
sin quererlo, tengo que dar rodeos, pues no puedo ver con
mayor claridad más que interrogándome constantemente y
definiéndome, con dificultades, en relación con mi medio
profesional y social. Pertenezco a una determinada fracción
de la opinión, la que podríamos Itamar de los intelectuales de
izquierda, que es a un tiempo cambiante y diversa, pero casi
siempre categórica en sus juicios. Estoy totalmente solo y no
tengo bastante confianza en mí mismo o, simplemente, bas­
tante originalidad para lanzarme con todas mis fuerzas y sin
dudar de mí a una acción pública. Pero no siento una confor­
midad directa, práctica, con ningún movimiento de la histo­
ria. Lo que me marca más profundamente es quizá la doloro-
sa sensación de estar fuera de la historia; en un país que ha
perdido su importancia histórica, en una universidad que no
es instrumento de ninguna gran aventura intelectual o so­
cial, en un medio social que es el meollo de las clases me­
dias, el mundo de las doctrinas y de las retóricas, muy aleja­
do de claras posiciones de clase y al margen incluso del
sistema político. Mundo de ideas, pero también de palabras,
mundo de convicciones, pero también de falsas apariencias.
Tengo todavía la esperanza, o más bien, después de mu­
cho tiempo, por primera vez vuelvo a tener la esperanza de
vivir en una sociedad, de que lo que yo detesto en los intelec­
tuales, su inclinación doctrinaria, se va a fundir al fuego de
la innovación y de las luchas sociales, y mi sociedad va a
volver a ser inventiva, es decir, va a volver a buscar las
nuevas formas de democracia. De ahí mi esfuerzo, al escri­
birte, por desprenderme de los convencionalismos y afirmar
mi posición, mi modo de pensar y de reaccionar, sin preocu­
parme por saber a quién gusto o con quién choco.
Pero sé muy bien que lo que hago no es lo mismo que lo
que creo hacer. La imagen que me atribuyo no es la de un
actor. No estoy definiendo, letra por letra, un programa
político o intelectual. Sé que las fuerzas políticas reales, que
no pueden existir sin ideología, no van a situarse milagrosa­
mente en el lugar que mi modo de pensar parece asignarles.
Ignoro todavía el efecto que esas luchas tendrán en mí. Pero
creo que, más que hacer entrar mi pensamiento en un marco
político, me ayudarán a identificarme con un pensamiento.
Yo no puedo ser un político, en el sentido más general del
término. Pero querría que la vida política fuera tal que per­
mitiera que un análisis como el mío se ejerciera, precisamen­
te porque ese análisis no es directamente político. No es
indiferente respecto a la política, tampoco es neutral. No
creo que nunca se me haya hecho el reproche de quedar
entre dos aguas, de no tomar claramente posición cuando
hay que elegir. Pero mi reflexión quiere poder existir libre­
mente, aparte de las ideologías, quiere ir totalmente ligada a
la democracia, a la defensa contra el poder, al ataque contra
la dominación y los privilegios. En otras partes del mundo
entiendo que un intelectual no se sienta útil y activo más que
si se integra en un aparato de gobierno o de oposición. Yo,
por el momento y en el lugar en que vivo, defiendo una
imagen exactamente opuesta, que además me hace sentir
solidario con las mejores tradiciones universitarias. Conside­
ro indispensable que haya intelectuales que hablen a la socie­
dad, pero no en nombre del poder. Así pues, el intentar yo
definir mis ideas no es para entrar en la acción, como curio-
sámente se dice, sino para establecer con más fuerza y más
confianza mi posición de esperanza y de crítica.
Estoy convencido de que una sociedad no puede ser útil­
mente transformada más que por fuerzas sociales y métodos
políticos que dejen la posibilidad e incluso planteen la necesi­
dad de una posición así, a la vez independiente y militante.
Yo no estoy solo, aunque esté aislado. Desde los límites
del centro hasta las más extremas fronteras de la ultraiz-
quierda encuentro liberales libertarios como yo. Saben que
toda acción liberadora cubre o lleva inherentes nuevos pode­
res y nuevas coerciones, que hay que desconfiar de toda
imagen de orden establecido y que la creación y la libertad
son siempre un esfuerzo de superación y no un esquema de
sociedad perfecta.
Es por eso por lo que soy sociólogo, pues el actor organi­
zado lleva siempre dentro una ideología, y por lo tanto se
oculta u oculta a los demás la realidad de las relaciones socia­
les, y por lo tanto de la sociedad. Nosotros los sociólogos
vencemos la noche de las reglas, las prohibiciones y las expli­
caciones que imponen los actores en nombre del poder que
tienen o esperan conquistar. Una sociedad que no tolera, que
no escucha a los sociólogos, no da pruebas de liberación y
creación. Puede recuperar su atraso, destruir a enemigos
condenables, aumentar su potencial o alimentar a los ham­
brientos. La historia puede y a menudo debe juzgarla favora­
blemente. No por ello está menos alejada de ser lo que dice
ser, y toda su vida queda dominada por el artificio y por la
fuerza. Querría ahora volver sobre tus reacciones a algunos
pasajes de mis cartas referentes al Estado y a la nación. Tú
no entiendes por qué me preocupan tanto esos temas. Lo que
en ti despierta ecos es mi deseo de encontrar, tras el discurso
del Estado y las complicaciones del juego político, la socie­
dad, los problemas sociales. Para mí también es lo esencial,
sobre todo en este momento. Pero cuidado con no caer en un
error que nos llevaría muy lejos de donde queremos ir. Hay
un modo de criticar el Estado, y sobre todo el Estado a la
francesa, dictado por la voluntad de dejar despejado un espacio
para el aposentamiento de una nueva clase dirigente. Cuando
se vive en un país privilegiado el liberalismo puede seducir.
Echemos abajo las barreras, ampliemos el horizonte y des­
prendámonos de las burocracias y los particularismos... y nos
habremos sometido al reinado de las grandes empresas multi­
nacionales y al orden atlántico, conformándonos con quedar
a los bordes del imperio americano y aprovecharnos de su
alto nivel de vida, como los canadienses, paralizados por la
riqueza y la dependencia. A mí me guían dos ideas, que no
son contradictorias pero no siempre se combinan fácilmente:
soy enemigo enconado del Estado dominante, represivo o
integrador, burocrático o mantenedor de privilegios. Detesto
todo cuanto cimenta la comunidad, todo cuanto establece en
la vida social una unidad, una continuidad y una homogenei­
dad que en realidad no existen y no son más que armas del
poder absoluto.
Pero tengo necesidad de una existencia nacional responsa­
ble. No creo que puedan formarse movimientos sociales en
un vacío nacional. Si los movimientos sociales no van ligados
a la presión política y a las reivindicaciones concretas, y por
lo tanto a un orden social y cultural particular, echan a
volar, se pierden en las nieblas doctrinales, mientras por el
otro lado se desarrolla un juego político lleno de compromi­
sos y de reivindicaciones de demasiado corto alcance, que
fácilmente conducen a las más turbias combinaciones.
La debilidad que los movimientos sociales tuvieron duran­
te mucho tiempo en los Estados Unidos procedía de que ese
país, trasladando su frontera hacia el oeste, lejos de Europa y
sin ser protagonista de la política internacional, aún cuando
su clase dirigente industrial y financiera era omnipotente, no
era un Estado nacional. Lo que no me gusta en la Francia
actual me parece inseparable de la desorganización del Estado
y de la nación. Tú ya me has reprochado lo que llamas mi
nacionalismo. Yo no rechazo la palabra. No me identifico
con lo que es francés; no me defino por la oposición entre la
nación a la que pertenezco y alguna otra; no tengo la sensa­
ción de que hoy se pueda hablar de una cultura nacional. Me
siento, pues, todo lo lejos posible de la habitual imagen del
nacionalismo en Europa. Pero esa respuesta no es suficiente.
Las naciones de Europa occidental, tras la liquidación de sus
imperios coloniales, durante mucho tiempo se han adaptado
a la comodidad del imperio americano, tanto más fácilmente,
además, cuanto que el imperio soviético, tan cercano, ejercía
un efecto repulsivo, mantenido por el aplastamiento regular
de insurrecciones populares, en Alemania, Polonia, Hungría
y Checoslovaquia. Apertura de los mercados, prosperidad
económica, ampliación de los horizontes culturales, todo eso
tiene la mayor importancia, pero ha ido ligado a la acepta­
ción de una hegemonía extranjera, a la falta de política na­
cional (salvo en el caso personal de De Gaulle), a la indife­
rencia respecto a los países dependientes y también al siste­
mático mantenimiento de un atraso de la vida social y cultu­
ral con respecto a la evolución económica, pues la clase
dirigente internacional se ha apoyado en las pequeñas bur­
guesías nacionales.
Quizá nos quedaremos ahí. Espero que no. O los países de
Europa occidental se integran completamente en el imperio
americano y se convierten en la Grecia de Roma, o tienen
que adquirir conjuntamente independencia y responsabilidad.
La crisis del petróleo, que señala la primera intervención de
los países del tercer mundo en la vida de los países dominan­
tes, puede ser el principio de una evolución forzada de la
Europa occidental hacia su unidad, o el final de su sumisión.
Mucho más amenazada económicamente que los Estados
Unidos, ¿no es cierto que tendrá que crear, al mismo tiem­
po que una solidaridad económica interna, una política inter­
nacional?
La gran cuestión para nosotros está en saber si vamos a
entrar en la sociedad postindustrial o vamos a pasar a depen­
der de sociedades más avanzadas. Ahora bien, esa entrada se
rige por la capacidad de lanzar grandes programas de inver­
sión a muy largo plazo, para desarrollar nuevas fuentes de
energía, para cimentar en la ciencia los grandes sectores del
terciario en expansión —medicina, información, educa­
ción—. Tales inversiones, al mismo tiempo que un producto
nacional suficiente, suponen una unidad de decisión política.
Ningún país europeo tiene talla suficiente para lanzarse solo
a tales inversiones. Hay que hacerlas conjuntamente, o acep­
tar la provincialización. Yo me niego a contentarme con una
vida nacional pequeñoburguesa y con verme siempre obliga­
do a atravesar el Atlántico para estimular mi reflexión a
través de una experiencia social nueva y una actividad cientí­
fica creadora. Lo que deseo es un Estado que sea a la vez
agente de desarrollo y punto de apoyo de las fuerzas de trans­
formación social. Lo que en cambio conocemos, sobre todo
en Francia, es un Estado cuya misión de reconstrucción eco­
nómica está agotada, que sirve sobre todo para proteger a la
pequeña burguesía tradicional o para lanzar programas aven­
turados, que no ejerce acción positiva alguna en la evolución
de la economía y de la ciencia, un Estado de principios y de
leyes, de monumentos y de discursos, que no es de hecho
más que un triste concubinato de notables y burócratas. El
Estado absolutista, amo de la sociedad, garantía del orden y
de la herencia pero también expresión organizada y militante
de la comunidad y de sus valores, no puede ya ser hoy más
que la caricatura de sí mismo; su grandeza y su salvajismo
los ha perdido ya. Pero nuestra sociedad está embrollada con
el estorbo de sus restos. Reconozcamos de una vez por todas
que el Estado no coincide con la sociedad, que no es sagrado,
que es un instrumento que debe llevar a cabo las transforma­
ciones sociales y culturales e intervenir en las relaciones de
clase, sin imponer nunca su propia ley.
¿Cómo no saltar ahora a otro nivel más limitado de la
organización territorial? Acabo de decir que debe haber una
voluntad política que pueda combatir la integración subordi­
nada a la economía capitalista internacional. ¿Pueden traspo­
nerse esas ideas al análisis de las relaciones de la economía
nacional con la región? Problema importante, pues el resur­
gir o la aparición de movimientos regionales, que a menudo
son incluso movimientos de minorías nacionales, es uno de
los más nuevos elementos de la escena social. Por ese can­
dente terreno debemos avanzar lentamente. En primer lugar,
muchos de los movimientos que por comodidad llamaré re­
gionales son, a mi juicio, de igual naturaleza que el decaden­
te Estado nacional. Y como están aún más lejos que él de los
centros de decisión económica y de las grandes fuerzas socia­
les no se contentan con ser institucionalmente conservado­
res, sino que son culturalmente integristas. Yo no creo que
esos movimientos regionales sean populares. Creo, por el
contrario, que quienes los sustentan son élites regionales
decadentes, y, más precisamente aún, notables ligados al
Estado. Gremion y Worms han mostrado que el centralismo
prefectoral no se oponía para nada al poder de los notables,
sino que por el contrario se conjuntaba con él, lo que corres­
pondía a una sociedad rural tradicional. Esa sociedad se des­
morona, entra en crisis y, a medida que el Estado deja de ser
un redistribuidor de privilegios, de garantías y de subvencio­
nes, y se convierte en eje de la nueva élite dirigente, los
notables sostenidos por el Estado y apoyados en él pierden su
importancia. Todo movimiento regional se ve incluso ame­
nazado por lo que es ahora la tentación del partido de Quebec
o de su grupo dirigente: ganrantizar el poder de las empresas
extranjeras mediante el mantenimiento de los particularis­
mos locales, es decir, de los privilegios de la pequeña bur­
guesía nacional.
Lo que se ve es, pues, por un lado, una operación defensi­
va de personalidades locales amenazadas por la caída del viejo
tipo de Estado, y, por otro, una acción modemizadora que se
inscribe sin dificultades en la superación de las economías
nacionales por una economía dominada por los grupos multi­
nacionales. Ninguna de esas dos tendencias es desdeñable,
pero ni una ni otra pueden confundirse con un movimiento
de oposición popular. Todo tiene lugar al nivel de las élites
dirigentes.
Para que los movimientos regionales tengan un papel deci­
sivo y no se contenten con acompañar la decadencia de las
culturas regionales, es preciso que no hablen en nombre de
naciones sino en nombre de colectividades reales de trabaja­
dores opuestas a un poder estatal ligado a las clases dirigen­
tes, y sobre todo a la más modemizadora. El regionalismo
de clase dirigente del tipo Servan-Schreiber manifiesta la ten­
dencia a constituir un núcleo central de desarrollo europeo.
El este de Francia se queja de verse sacrificado al centralismo
parisino, cuando en cambio le beneficiaría más un centralis­
mo lotaringio. El regionalismo de clase popular puede en
cambio maridarse con el pasado cultural y social de cada
región para imponer una redistribución democrática de las
actividades por el espacio europeo. En ese caso el regionalis­
mo, en vez de ser defensivo y conservador, aspira a ser
instrumento de equilibrio y de redistribución, lo cual sigue
siendo un papel limitado. Los movimientos regionales tienen
también otra realidad popular, sobre todo en Occitania, y
más precisamente en el Midi rojo, tantas veces recorrido por
revueltas sociales campesinas y cada vez más apoyado en un
movimiento ideológico y cultural. El interés que desde hace
muchos años siento por América latina me hace reconocer
en el Midi de Francia los rasgos de una sociedad, no sólo
subdesarrollada, sino dependiente: superdesarrollo de las
ciudades y del terciario, debilidad de la industrialización,
exportación de capitales y de hombres y progresiva desapari­
ción de los centros locales de decisión. Es natural que algu­
nos, y en particular Robert Lafont, hayan hablado en este
caso de colonialismo interno, como respecto a Méjico lo
hicieron unos buenos sociólogos. ¿Qué ocurre en una situa­
ción así? Un movimiento de oposición popular, que combata
una dominación presente y la disgregación de la organización
social y cultural anterior, está presente por su lucha en el
mundo de mañana y a la vez encerrado en el pasado por sus
objetivos.
Lucha de clases en un sector económico dominado, que no
puede hacerse cargo del conjunto de la sociedad. Ese hacerse
cargo no puede situarse más que en el sector económico
dominante, como lo demuestran las más innovadoras reivin­
dicaciones planteadas en las empresas modernas del Ouest o
del Midi. Los movimientos regionales populares son, por el
contrario, populismos. Luchan contra un enemigo moderno,
pero no pueden oponerle más que una comunidad marcada
precisamente por su dependencia, y por lo tanto por su ar­
caísmo y sus contradicciones. La gravedad de las crisis y la
violencia de los enfrentamientos manifiestan la fuerza de un
movimiento que no puede encontrar salida política autó­
noma.
¿Quiere eso decir que un movimiento así no tiene impor­
tancia general? No, en absoluto. Es importante porque con­
tribuye a romper la alianza pseudodemocrática entre el Esta­
do republicano y los notables locales. Hay que deshacer a los
mediocres, a los protectores que en realidad son instrumen­
tos de represión social y cultural, agentes del aparato admi­
nistrativo. Bretones y occitanos no luchan sobre todo para
ellos, sino contra el pseudoprogresismo del Estado, que pudo
tener una realidad en el tiempo en que la burguesía luchaba
contra los propietarios de tierras y sus aliados clericales, pero
que ahora se ha convertido en un obstáculo tanto para el
desarrollo del capitalismo moderno, según justamente se lo
reprocha Michel Crozier, como para la formación de movi­
mientos populares.
Muchas de las fuerzas implicadas en esos movimientos se
descompondrán en violencia e incluso servirán para formar
nuevas élites dirigentes. Lo que se juega en las luchas que se
multiplican no es la recreación de comunidades locales o
regionales apoyadas en sus tradiciones culturales. Su impor­
tancia no puede pasar de ser subordinada, como lo es la
economía a la que responden; es, no obstante, grande, pues
la lucha contra el aparato administrativo e ideológico del
Estado es hoy condición de la modernización, sea cual sea su
signo de clase. Pero su orientación seguirá siempre indeter­
minada.
En el Midi vinícola entran en lucha una comunidad —el
viñedo— y el Estado, que protege o favorece las operaciones
de los grandes comerciantes de vinos o de otros productores.
De ahí esa mezcla explosiva de defensa de una región y de
acción directamente política. Lo cual enmaraña también las
líneas de clase y permite los frecuentes cambios de chaqueta
de dirigentes que pasan al campo del gobierno y de los nota­
bles. Cuando las formas capitalistas han penetrado más pro­
fundamente en la producción, y no sólo en la comercializa­
ción, como en el oeste bretón, los conflictos socioeconómi-
eos resultan más avanzados; se desarrolla una consciencia de
clase que, más aún que al Estado, ataca al sistema capitalis­
ta, pero se separa de la consciencia regional.
Las formas de lucha que entonces se desarrollan, o las que
se encuentran en las fábricas del Ouest o del Midi, no se
interesan por motivos regionales más que secundariamente;
ponen por delante la defensa del empleo, la acción contra los
salarios bajos y contra la descualificación, etc. Ni siquiera en
el caso del Larzac, en el que hay una agricultura moderniza­
da amenazada de liquidación por la ampliación del terreno
militar, juega un papel central el tema nacional occitano,
aún estando presente. En ciertos casos, en centros industria­
les de importancia nacional, como en la Pechiney y de No-
guéres, aparecen nuevos temas de organización del espacio
económico que reúnen las reivindicaciones que aparecen
cada vez más en los centros industriales avanzados y la de­
fensa de la economía regional.
No olvidemos que los movimientos más importantes y con
más futuro no se forman en las regiones dependientes, sino
en los sectores económicos y geográficos centrales. Solamen­
te en ellos puede la defensa de la colectividad, de la empresa,
de la ciudad o de la región orientarse por entero o casi por
entero dentro de una lucha moderna contra la estrategia de
los centros de poder económico.
En estos tiempos en que el poder no se ejerce solamente al
nivel de la empresa, sino del conjunto del sistema económico
y de su utilización del espacio y del tiempo, un movimiento
regional o de minoría nacional no es progresista más que si
reconoce en su colectividad regional o nacional una nueva
imagen de la clase popular, del pueblo de los dominados.
Pero no habría que oponer totalmente lo que ocurre en los
sectores “ modernos” y en los sectores “ arcaicos” ; las dife­
rencias no impiden las alianzas. La lucha contra la nueva
clase dirigente no puede ir separada del combate contra las
fuerzas arcaicas de dominación política y cultural a las que se
asocia esa clase dirigente.
De la región vuelvo a la realidad nacional. Estamos cada
vez más en situación de dependencia. Es vano responder a
ella con una emocionada invocación de los valores y los par­
ticularismos sociales. Yo me niego a esa deshonesta opera­
ción, y me acuerdo por ejemplo de la habilidad con que la
burguesía canadiensa francesa, para mantener unos valores
culturales, es decir, la dominación de su propia mediocridad,
vendió a su pueblo en el siglo XIX al capitalismo anglosajón.
Pero la nación y el Estado pueden y deben comprometerse en
un esfuerzo de liberación, mediante la planificación por un
lado, y por otro a través de la capacidad de contribuir a una
renovación de la sociedad y a la supresión de los privilegios.
¿Quién cree no encontrar en el nacionalismo del tercer
mundo más que arcaísmo y egoísmo? En cualquier parte
donde existe la dominación de una burguesía o de un poder
extranjeros el nacionalismo es fuerza de creación y de libera­
ción. ¿Acaso no ha llegado el momento de redescubrir en
nosotros el nacionalismo responsable?
Yo no tengo ningunas ganas de ser hombre de ninguna
parte, animal de simposiums internacionales. Tan sólo los
reyes del espíritu, los sabios y artistas, tienen derecho a no
ser de ninguna parte, si quieren, porque crean un lenguaje,
y por lo tanto una cultura.
Por las mismas razones me gusta también la historia. No
me gustan quienes no son de ningún tiempo; yo me siento
ligado al mundo de hoy, a su pasado y a su futuro... Sé,
mucho mejor que tú, que todo lo que escribo en este mo­
mento es peligroso. En los ojos del antigaullista que durante
once años he sido tú crees ver extraños brillos gaullistas. No
te equivoques. Al diablo con el espíritu nacional, las tradi-
dones del pensamiento francés, la búsqueda de antecedentes
y la cantinela de los franceses que tienen sentido de la histo­
ria y los americanos que no lo tienen. Con esas sandeces no
voy a ser en el futuro más blando de lo que he sido hasta
ahora. Pero, en definitiva, la invocación de la nación no es
necesariamente reaccionaria. Deshagámonos de ese falso
modernismo, propio de toda pseudoélite social en los países
colonizados. ¡Ay, cuánto me gustaría vivir en una arquitec­
tura, en una universidad y en una ciudad tan llenas de inven­
tiva que pudieran situarse y fecharse sin vacilación!
Esa realidad nacional no puede estar viva más que si movi­
miento popular y presión política rompen la identificación de
una civilización y un poder de clase. No revivirá más que
con la victoria de la izquierda socialista. El propio Estado es a
menudo vector de tales presiones, cuando no es, por el con­
trario, agente de conservación de los privilegios y de los
intereses del pasado. Ahí está el por qué de que, tras haber
afirmado que la nación no debe tener hoy ninguna realidad
que no sea una realidad democrática, hay que saber recono­
cerle también una cierta autonomía a la acción “ nacional”
del Estado. Es lo que no puede olvidarse de la herencia gau-
llista. Afirmación más convincente si se completa con un
juicio muy negativo con respecto a la política nacional de las
socialdemocracias: ¿en qué ha tenido el imperio americano
en Europa sus más fieles aliados, si no en los partidos social-
demócratas? De igual modo, en América latina sus preferen­
cias han recaído siempre en los regímenes “ reformadores” ,
de Frei, de Figueres y de Betancourt.
No podemos olvidar que los países de Europa occidental
son las principales zonas de inversión de los grandes grupos
industriales y financieros americanos. Hay, pues, dentro del
mundo capitalista, conflictos nacionales; una política popu­
lar, en las circunstancias actuales, debe apoyarse también en
ese nacionalismo activo, sin lo cual una política de grandes
sentimientos corre el riesgo de degradarse muy rápidamente
en vasallaje temeroso.
Escribo estas líneas con vacilaciones, pero debo ir hasta el
final del razonamiento hasta aquí seguido; la política france­
sa o de cualquier otro país análogo no puede menos que
mantener una cierta autonomía de sus diferentes componen­
tes; del mismo modo que los movimientos sociales y las
estrategias políticas deben tener autonomía, de ese mismo
modo las fuerzas sociales no pueden hacer desaparecer com­
pletamente los intereses del Estado definido por sus relacio­
nes con otros Estados. Yo no puedo olvidar el eco de la
actuación gaullista en las democracias populares, el mundo
árabe y el tercer mundo en general. Pero esa actuación no
pasó de ser en gran medida artificial, pues se apoyaba en una
sociedad que no se dotaba de las condiciones de la indepen­
dencia, es decir, ante todo, del acceso de las fuerzas popula­
res a las decisiones de política general. Esa grandiosa fachada
no puede ya ocultar hoy el mediocre estado de la obra.
Lo que puede asegurar la independencia es la transforma­
ción de la sociedad, no la iniciativa de un hombre de
Estado.
Quiero ir aún más lejos. La transformación social no ase­
gura de por sí una buena orientación de la actuación del
Estado. Movimientos sociales, por un lado, y Estado dirigen­
te pero guiado por la presión popular, por otro, ésos son los
personajes principales de la vida política francesa. Lo cual
deja un papel importante, aunque no primordial, al sistema
político, y más precisamente a los partidos.
Una vez más me vuelve a la cabeza la imagen de Chile. La
Unidad Popular no fue por mucho tiempo una unidad real de
decisión, y, desde el principio hasta el final del régimen, lo
que rigió su actuación fue la multiplicidad de partidos, y
sobre todo la dualidad del partido comunista y el partido
socialista. Si mañana Francia, tras una victoria de la izquier­
da, es gobernada por una coalición más o menos laxa de
partidos, que pueden entenderse sobre un programa pero que
se separarán en las respuestas que den a los movimientos no
controlados de la base, está perdida.
Es por eso por lo que la actuación de la izquierda deberá
reforzar y no disminuir la capacidad de acción del Estado. No
de cualquier Estado. Este no está por encima de las clases;
pero la ilusión de una sociedad sin Estado lleva a la catástro­
fe, es decir, a la desorganización de la izquierda. Esta tiene
necesidad tanto de un Estado como de una unidad de deci­
sión política. Pero ninguna medida será eficaz si el Estado y
esa unidad de decisión no son más poderosos que los parti­
dos. El desarrollo de una sociedad moderna supone un cálcu­
lo económico coherente, una capacidad de opciones globales
a corto plazo, la posibilidad de responder a acontecimientos
bruscos: nosotros no queremos que esa unidad sea la de la
clase dirigente; en una situación políticamente democrática,
en la que además la izquierda está dividida entre dos parti­
dos, no puede ser la de la dictadura del proletariado; es
preciso, pues, que sea la del Estado, aupado al principio por
los movimientos sociales, pero sin reducirse a ellos.
Tú me dices que ese Estado será de hecho la base de un
nuevo poder tecnocrático. Efectivamente, estoy convencido
de ello. No conozco sociedad alguna sin clase o sin élite
dirigente. Lo que me importa es, en primer lugar, que se
cree un poder dirigente, que logre abolir el pasado, crear una
sociedad nueva, hacer progresar la participación popular y
asegurar la independencia, y, en segundo lugar, que se orga­
nice sin ruptura la tensión entre ese Estado progresista, a
partir del cual se habrá de formar la nueva clase dirigente, y
los movimientos sociales de base, cuya oposición y crítica es
condición de existencia de una democracia social. Es absurdo
soñar con una sociedad sin clase dirigente y sin Estado, salvo
que se acepte la idea de la vuelta a un equilibrio general. Más
peligroso que nada es creer en un Estado propiamente popu­
lar, ogro que devore a sus hijos e instaure su dictadura.
Como el Estado no habrá sido reducido a los movimientos
sociales, éstos no se habrán reducido al Estado, y serán la
realidad de la oposición democrática frente a un Estado naci­
do de un movimiento socialista pero forzosamente tecnocrá-
tico. Se resistirán al poder de ese Estado, apoyándose en
instituciones representativas.
Me doy cuenta de que mis expresiones te chocan, simple­
mente porque las palabras socialista y dirigente te parecen
incompatibles. A mí también, pero la conclusión que saco es
que un Estado nunca puede definirse como socialista. Esa
palabra no puede indicar más que la actuación de un movi­
miento social popular en lucha contra una clase dirigente.
Socialismo o autogestión designan la voluntad de un movi­
miento popular, y por tanto de una fuerza de oposición, y no
un modo de gestión. No existe la sociedad democrática o
socialista; hay fuerzas democráticas y movimientos más o
menos eficaces, frente a una dominación social y una hege­
monía política.
El fin de las ciudades; el acondicionamiento del espacio;
sociedad y naturaleza; el ocio.
Nunca hubiera creído que pudiera tener ganas de irme de
París. Y no obstante, si la vida universitaria francesa no
estuviera tan absurdamente concentrada en la capital, si pu­
diera crearse en otra parte un nuevo centro igual a aquél en
que yo trabajo, ¡qué gusto me daría irme! Primero intento
apartar esa sensación: ¿no vendrá mi desencanto, no de la
ciudad, sino de la universidad? Si ésta fuera un lugar vivo,
un medio real, ¿no sería diferente mi sensación? Pero el
argumento ya no se tiene en pie. Por primera vez en mi vida,
desde Vyr'"- algunos años, mis condiciones de trabajo son
buenas y estoy muy ligado a la institución a la que pertenez­
co. Es realmente la ciudad lo que está enfermo. Estamos lejos
aún de la situación americana, de la huida hacia las afueras
de todos lo que tienen dinero, mientras los centros se dete­
rioran y pasan a ser refugio de las categorías más pobres que,
multiplicando su densidad, ocupan las viviendas evacuadas
por las clases medias. Pero poco a poco se va hacia una
situación análoga, y pronto se podrá decir que para vivir en
París hay que ser o muy rico o muy pobre. Cada vez son
objeto de mayores denuncias los largos trayectos para ir al
trabajo, la polución y el ruido, y pronto lo serán la criminali­
dad y la segregación. Pero todos esos problemas sociales si­
guen quedando mal definidos. Si hay crisis urbana, ¿en qué
consiste? Para empezar: ¿es una crisis urbana, o es la crisis
del sistema económico?
Se trata realmente de una crisis urbana, o, mejor, de una
crisis metropolitana. En el mundo mercantil la ciudad era el
mercado, contrapuesto a la dependencia respecto al señor
local, el movimiento y el intercambio, contrapuestos al aisla­
miento y la libertad contrapuesta a las limitaciones de la
familia y de la comunidad local.
La ciudad se definió durante mucho tiempo por contraposi­
ción al campo, como la civilización frente al “ paganismo” .
Era el personaje central de la historia. Los movimientos so­
ciales populares eran plebeyos, urbanos. La clase dominante
era la de los propietarios y comerciantes cuyas casas definían
la ciudad. La industrialización indica ya la decadencia de la
ciudad; centros mineros y metalúrgicos aislados, arrabales
claramente a extramuros, fábricas al borde del agua: la in­
dustria construye mucho, pero su lugar destacado no es ya la
plaza central, es la fábrica en torno a la cual se apiñan las
casas de los asalariados. Ahora, nuevo cambio. Cuanto más
se configura una sociedad basada en las comunicaciones y la
información, menos es una función social central el inter­
cambio de bienes en un mercado. La concentración geográfi­
ca no es ya condición del intercambio de bienes y servicios.
El coche, la televisión, el telex, el teléfono y los terminales
de ordenador permiten hacer gestiones a distancia y hacen
que no sea ya indispensable el intercambio directo y el con­
tacto personal frecuente. Se dice, es cierto, que la sociedad
de masas es una sociedad de consumo, y que la reunión de
gran número de consumidores en un espacio limitado atrae a
los productores y estimula la adopción de nuevos productos o
servicios. El argumento no vale para lo que tratamos. Nadie
niega la utilidad de lugares de confluencia, pero por todas
partes estamos viendo cómo se crean grandes centros comer­
ciales fuera de las ciudades y cómo al mismo tiempo los
grandes almacenes de Manhattan o del centro de París tienen
las mayores dificultades para subsistir. Las grandes empresas
pueden también instalarse fuera de los centros, y los elemen­
tos más característicos de las sociedades muy industrializadas
pueden situarse fuera de las ciudades, como de hecho ocurre
a menudo (centros de investigación y aparatos cientificomili-
tares, universidades, etc.). La gran fuerza de la ciudad me­
tropolitana que nosotros conocemos está en que es el lugar
de defensa de las viejas categorías dirigentes, convertidas en
clases medias defensoras de sus privilegios. París está gober­
nada por comerciantes que se empeñan en atascarla y se
niegan a ver que su ciudad no es más que una parte de un
conjunto en el que representa menos de un tercio. Ha sido
preciso que interviniera un dirigente de Estado, con grandes
cualidades de gobierno, para que por fin se haya podido hablar
de la Región parisina, y dejar de no hablar más que de las
hectáreas del centro defendidas por el comercio de ricos.
Hoy la ciudad pierde su papel tanto de instrumento de
formación de una clase dirigente como de modernización.
Pasa a ser lugar de segregación y de descomposición, de
reproducción y no de producción. Pierde su creatividad; es
vivida cada vez más como un conjunto de coerciones. Y éstas
no son impuestas por la clase dirigente. Son más bien obra de
una coalición de fuerzas arcaicas que se amparan en el poder
y lo inclinan a la inadaptación. A medida que las ciudades,
cada vez más, van entrando en crisis, los problemas urbanos
vuelven a tomar importancia. Es hora de abandonar la idea
de que la ciudad es apertura y libertad, puesto que lo que la
define es la densidad y la concentración.
Lo que hay que poner de nuevo en cuestión, lo que hay
que suprimir, es el centro, la idea de que un conjunto tiene
que tener un centro. ¿Qué es un centro si no la presencia
material, aparentemente en medio de la sociedad, pero de
hecho por encima de ella, del orden al que esa sociedad está
sometida?. Es la catedral, el palacio de gobierno, la bolsa y
los bancos, Dios, el Estado o las finanzas. En una sociedad
postindustrial esos mundos trascendentes no existen ya, y el
centro debe desaparecer. Si se mantiene es porque hay un
poder que no es en absoluto moderno, sino por el contrario
heredero de las clases dominantes anteriores, porque hay un
Estado absolutista que juega al mismo tiempo un papel tec-
nocrático, y domina la sociedad. Me harás observar quizá
que hace pocos días defendía la necesidad de un Estado capaz
de tomar decisiones globales a largo plazo. Idea que no es en
absoluto contradictoria con mi crítica de hoy. Aprendamos a
romper la vieja noción de Estado, para rechazar todo lo que
es encuadramiento y centralización, pero al mismo tiempo
para reconocer la importancia de la capacidad de gestionar
los cambios. Hay que romper el ligamen administrativo de la
sociedad y el Estado: se necesita una sociedad descentraliza­
da, pero un Estado planificador. Y eso es tanto menos con:
tradictorio cuanto que el ejemplo francés ha mostrado que la
centralización administrativa hacía difícil, si no imposible,
una planificación adecuada a las necesidades de una sociedad
industrial avanzada.
La ciudad, con su centro, se ha convertido en lugar de
dominación, y no ya de apertura de oportunidades o de inno­
vaciones. No es ya más que la reunión de todo cuanto es
dependiente: la gente como consumidora o en situación de
desempleo, las viejas potencias económicas y su clientela y
aquéllos que viven de la redistribución realizada por las cla­
ses ricas.
La única actitud sensata consiste en combatir la ciudad,
esforzándose para empezar en inventar una organización del
espacio que sea la opuesta, ya no dominada por la dualidad
centro-periferia, sino por la coordinación de áreas o de regio­
nes. ¿Cuáles son los elementos fundamentales de una tal
unidad espacial? Para empezar, unas actividades de punta
que hagan de cada unidad espacial un polo de desarrollo. No
puedo imaginarme que se hable de una región en cuyas ma­
nos esté la informática y de otra que tenga las conserverías.
Una región no tiene una existencia real más que si participa
en el nivel creador de la economía. Empiezo por ese factor,
tan frecuente y espontáneamente ligado a la idea de centro,
para separarlo de ella completamente. Un segundo elemento
es el conjunto de actividades inducidas o requeridas por esas
actividades de punta, y por tanto todo un entramado de acti­
vidades por definición poco concentrado. Pasando de la pro­
ducción al consumo encuentro un nuevo elemento dinámi­
co : la existencia de lugares e incluso de nudos de intercam­
bios, de información, de compras, de expresión, lo cual no
implica la existencia de un centro general. Finalmente, un
conjunto de viviendas que se referirá tanto menos a un cen­
tro cuanto que será más igualitario o, simplemente, estará
menos jerarquizado. La combinación de esos cuatro factores
en maquetas de planificación del espacio depende de muchos
determinantes, y en particular de las relaciones de clase y del
estado del sistema político. Pero de este modo, partiendo de
elementos de utilización del espacio, dejo de lado la noción
de centro, para pensar simplemente en términos de sociedad.
Lo que yo pido, y hoy junto a muchos ciudadanos, es la
posibilidad de vivir en varios espacios a la vez, unidos pero
separados.
Ahora bien, no podemos optar más que entre dos situacio­
nes: o bien la superposición de los diversos espacios (de
trabajo, de vivienda, de comercio, etc.), lo que nos encierra
en una comunidad restringida, o bien una disociación total
que nos hace pasar largas horas en transportes colectivos
absolutamente insuficientes o en carreteras atascadas. Quie­
nes viven en las afueras están en conjunto en condiciones
mucho mejores que los de la ciudad, víctimas de una organiza­
ción urbana arcaica y que forzosamente se deteriora hasta verse
arrastrada a la espiral de la crisis urbana. Lo cual explica que
los de París quieran ir a las afueras mucho más a menudo
que los de las afueras a París.
¿Qué requisitos impone una solución así, con esa disyun­
ción de los espacios? Para empezar su coordinación, es decir,
el acercamiento, no absoluto, pero sí mucho mayor que el de
hoy, del lugar de trabajo, el lugar de residencia y los lugares
de intercambios sociales y de creación cultural. Lo que supo­
ne a su vez, dada la necesaria movilidad profesional, una
extrema movilidad de las personas. Es dudoso que la política
de acceso a la propiedad inmobiliaria vaya en el sentido de­
seado. Finalmente, se hace necesario un desarrollo de todos
los medios de comunicación y de información tanto colecti­
vos como individuales. Por esa razón dudo en seguir la cam­
paña contra el automóvil, tan de moda ahora. Luchar contra
el automóvil es forzosamente volver a ciudades centradas.
Prioridad para los transportes en común: mil veces de acuer­
do, pero que no sea un pretexto para restaurar una vieja
imagen de la ciudad. Lo absurdo del automóvil es para empe­
zar que esté ligado a una estructura urbana que no le corres­
ponde; yo no veo ninguna blasfemia en decir que es más
normal adaptar la ciudad al coche que lo contrario. Lo absur­
do no empieza más que si se echan abajo ciudades viejas para
hacer entrar en ellas demasiados coches, y acabar con un
doble fracaso. Arrasad Notre-Dame para hacer un aparca­
miento de dieciocho pisos y lo único que hacéis será producir
más embotellamientos. Adaptar las ciudades no quiere decir
destruirlas, sino transformar la organización del espacio en­
tero, sobre todo fuera de las ciudades actuales. En éstas (que
totalizan bien pocas hectáreas) hay que imponer una protec­
ción extrema contra el automóvil, pues determinadas formas
preferentes de intercambio deben salvaguardarse, y además
es fácil emplear otros medios de comunicación menos primi­
tivos. Lo importante, si algún lema quiero escoger, es que
todo el mundo pueda utilizar en la misma semana el ir a
pie, la bicicleta, los transportes en común y el coche indivi­
dual. Lo que supone que se combinen circuitos de comunica­
ción relativamente separados, simple idea que contribuirá a
destruir la persistente imagen del centro.
¿Por qué tanta prudencia por mi parte, con lo tentador
que es unirse al bando de los críticos del automóvil? Porque
esas campañas me parecen mal concebidas. Si se critica una
economía que se hace esclava de las grandes empresas hasta
el punto de no tener en cuenta todas las significaciones socia­
les de un tipo de productos, yo lo aplaudo. Si se quiere una
organización del espacio y de los recursos que dé prioridad a
otras demandas y a otras fabricaciones, confirmo mi pleno
acuerdo.
Pero si veo aparecer la vaga idea de una vida más reposa­
da, más comunitaria, yo me irrito, porque nunca podré juz­
gar los hechos sociales según normas morales o valores, lo
cual ha sido siempre para mí definición de un pensamiento
contrario a todo análisis positivo de la sociedad y que no
puede tener una importancia duradera más que cuando es
francamente conservador. Yo quiero, por el contrario, que,
en lugar de hablar del paraíso, lo que se haga sea analizar los
intereses en juego, la transformación del trabajo, de la eco­
nomía y de las costumbres y, en suma, situarse en la historia
y no por encima de ella. Una vez más, lanzo mi llamamien*
to: más allá de las profecías y de las autopias, cuya aporta­
ción al descubrimiento del nuevo mundo en el que entramos
yo no rechazo en absoluto, es hora, ya es hora de volver al
conocimiento teórico y práctico de la sociedad, de sus formas
de acción sobre sí misma, de las orientaciones de su cultura
y de su organización, de sus relaciones de clase, del papel del
Estado y de la educación, etc. ¡No sigamos anunciando auro­
ras cuando está cerca ya el mediodía! No convirtamos los
problemas sociales en problemas técnicos o morales. Maña­
na, es decir, al final del siglo, los hombres corren el riesgo
de quedar cada vez más concentrados en inmensas zonas
urbanas, en megalópolis. ¿Acaso no es ya el momento de
organizar esa realidad, más que de continuar hablando de
ciudades, “ calientes” , vivas? El empleo del espacio mani­
fiesta las relaciones sociales. ¿No es lo más importante,
construyendo ciudades, aprender a elegir una sociedad?
Yo querría poder vivir fuera de París, porque mi ciudad se
deshace, se convierte en una ciudad salvaje. No pido la vuel­
ta a la tranquilidad, sino un acondicionamiento del espacio
nacional. Querría vivir a la vez en un paisaje y con monu­
mentos cerca. Lo que más me faltaba en Los Angeles, donde
yo viví, era la presencia de la historia, esa unión de la histo­
ria y de la geografía a la que querría que todos fueran sensi­
bles y que va ligada a mi más feliz recuerdo de estudiante: la
clase de geografía que nos daba Roger Dion. Lo que hace a
Francia es esa unión de paisajes y monumentos; ¿por qué no
es posible reunir esos conjuntos creados por el pasado o el
presente y un acondicionamiento del espacio que organice y
controle el futuro? Elegir una sociedad es movilizar un pasa­
do para un futuro, un paisaje para un proyecto. Es además
conformar unos recursos.
El punto de llegada de todas esas observaciones y de todas
esas insatisfacciones es que no podemos ya vivir en una so-
dedad que se defina como la antinaturaleza. Desde que las
ciudades no son más que sembrados de luz en la oscuridad,
pero se convierten en zonas inmensas de las que no se puede
ya salir y que descomponen su entorno, nos encontramos
situados ante opciones extremas. ¿Hay que crear un entorno
urbano total y controlado, bajo una cúpula de Buckminster
Fuller? ¿Hay que hacer que se pare la ciudad para salvar el
entorno? Más que dedicarse al culto de la ciudad o al de la
naturaleza, ¿no habrá que aprender a manejar la ambigua
posición del hombre en esa naturaleza, a la vez como pane y
como transformador de ella? Lo cual impone superar comple­
tamente la oposición de ciudad y campo y acondicionar áreas
regionales, capaces de luchar contra el centralismo domina­
dor. Tenemos que hacer también que la ciudad no sea sola­
mente un sistema de producción, que sea, tanto como eso, el
lugar del tiempo y del espacio libre, el lugar de lo imagina­
rio. Y yo me reprocho el encerrarme demasiado en los pro­
blemas de la organización social.
El poder social impone sus categorías y sus reglas en todas
partes, tanto en la información, el consumo y la formación
como en la producción. Si prohíbe las reivindicaciones, diri­
ge el sistema político e identifica su ideología con la cultura
la sociedad cae bajo el dominio del totalitarismo. Pero noso­
tros no vivimos bajo un régimen así; poder económico, po­
der político y poder ideológico no coinciden, y tanto su des­
fase como la falta de unidad de la élite dirigente a cada uno
de esos niveles aseguran el mantenimiento de algo que se
designa con una palabra muy determinada: las libertades.
Cuando la sociedad no se reduce a la oposición del día y de
la noche, de la obligación y de la prohibición, vemos cómo,
fuera del reino de las organizaciones del beneficio y del po­
der, vive el ámbito de los imaginario.
Los sociólogos, cuando quieren hablar del ocio, siempre se
embarullan. ¿Cómo prescindir de esa palabra en una sociedad
en la que el trabajo y el no trabajo se yuxtaponen en vez de
mezclarse? Pero qué hacer con ella, si no parece poder defi­
nirse más que negativamente, y conduce a confundir la vida
familiar y el deporte, el cine y la religión, las asociaciones
voluntarias y el bricolage individual. Edgar Morin lo vió
mejor, y muy rápidamente, nombrando el ocio por su verda­
dero nombre: lo imaginario. Nuestra sociedad modela nues­
tras actividades y nuestras relaciones en nombre de objetivos
prácticos, y se define así por su capacidad de actuar sobre sí
misma, de crear creatividad, de transformarse. Define, pues,
con precisión cada vez mayor, las vías y los medios por los
que pueden alcanzarse esos objetivos prácticos. Los detento-
res del poder se convierten así en “ realistas” , pragmáticos,
organizadores, preocupados por la decisión, la eficacia y el
progreso. Pero esos medios, a nosotros que no tenemos el
poder, nos encierran en las reglas de su funcionamiento.
Perdemos contacto con lo que da sentido a nuestra sociedad:
se nos habla de creatividad y se nos enseña a someternos a
los grupos o a los tecnócratas.
De ahí que se hinche lo imaginario, lo que no está reteni­
do por el lenguaje de la religión ni de ninguna otra trascen­
dencia. Compensamos nuestra sumisión a las reglas tecno-
burocráticas mediante la participación inmediata en la aper­
tura y la creatividad de una sociedad que cambia. Lo imagi­
nario ha pasado a ser el ámbito de la moral, puesto que la
vida “ activa” no se rige ya más que por la racionalización y
sus reglas, consideradas positivas. A través del sueño, el cine
o el teatro, mediante el viaje o la expresión corporal, nos con­
vertimos en creadores, escapamos a las determinaciones del
orden social y a las limitaciones del hábito y de la sumisión.
No todo lo que es no trabajo es ocio. Si me atreviera,
sustituiría directamente la palabra por otra más clara, la pa­
labra moral. A través de lo imaginario, junto con el ejerci­
do, nos reapropiamos el espacio y el tiempo, la invención y
la decisión, la fuerza y el riesgo; comunicamos corporalmen­
te con el otro, aprendemos de nuevo el grito, el dolor y la
alegría,la apertura o la ternura. Nos convertimos en Dios.
Cada vez más, la oposición social y política se apoyará en
eso, lo imaginario, y sacará su fuerza de la voluntad de inven­
tar una moral. Luchar por los derechos del trabajo puede ser
hoy el más conformista de los programas, el que más conviene
a los tecnócratas. Hay que defender, por el contrario, la crea­
tividad de cada cual tal como la recupera a través de lo ima­
ginario y en contra de las reglas y la organización del poder.
La muerte, ausente; los derechos del sentimiento,
Me he refugiado durante algunos días en una casa inmensa
y llena de pasado, en medio de un paisaje perfecto. Trabajo
con tranquilidad, rodeado por una docena de personas, de
diversas nacionalidades. Ayer uno de nosotros, un pintor,
volviendo de una colina a donde había ido a mirar colores, se
mató; su automóvil debió resbalar: cayó en un riachuelo.
Nos enteramos de la noticia por la noche. Su mujer está en la
casa, en alguna parte. No la hemos visto. Yo estoy impresio­
nado; ¿no lo están los demás? En la mesa se habla del viaje
de uno, de un libro leído por otro, y algunos desacostumbra­
dos silencios abren su vacío en el intercambio de palabras y
miradas. El cadáver está en un pueblo vecino; mañana, un
avión lo devolverá a su lejano país. El grupo se cerrará, las
sillas se acercarán, borrando el vacío. ¿No existe ya la muer­
te? ¿No hay ya más que accidentes y enfermedades? Quiero
hacer el elogio de esa mujer, tan bruscamente afectada: sigue
sosegada, quizá no se da cuenta todavía de esa muerte. Den­
tro de unas horas o unos días una ropa que coja o un gesto
habitual que pida una respuesta ya imposible la harán quizá
desesperarse. Pero esta tranquilidad, que quizá no entiendo,
me hiere. Yo no puedo acostumbrarme a esta aceptación de
la muerte, a estos cementerios-césped, a la ausencia física del
muerto. Sé muy bien que estoy todavía marcado por un pa­
sado ya transformado, por la cultura de las viejas familias
desparramadas o de las comunidades locales a los que yo no
pertenezco. Pero esos discursos sobre la modernidad y la
tradición no me interesan. Hoy echo en falta algo, eso es
todo, y me dejo llevar por ese sentimiento, y por lo que en
mí despierta: la añoranza de ese vacío de iglesia en el que el
canto terrible vibra y la ausencia es presencia.
¿Por qué renunciar a esos momentos, felices o tristes, en
que nos dejamos llevar por el rio, por la corriente del amor,
del vino, del combate, de la muerte? ¿Tiene todo que con­
vertirse en vida social, regla, intercambio, orden, interven­
ción o mercado? Nada me da tanto miedo como un mundo
cerrado, sin recursos, en el que lo absoluto pueda estar en el
edificio de enfrente o el cartel pegado a los muros.
El amor no es un personaje que tome en sus brazos a dos
seres, el sufrimiento no es una prueba, la muerte no es un
tránsito, ya lo sé, pero hay que conservar todas las formas de
nuestra consciencia de ser más de lo que somos, de participar
en lo que crea nuestra existencia, y yo no tengo ya ningunas
ganas de buscarlo en el cielo o en el reino de las ideas. Llorad
cuando está ahí la muerte, llorad cuando llega el amor, y
cuando crece el niño. ¿Está prohibido conmoverse? No me
gustan quienes tienen sentimientos, sino quienes se dejan
llevar por ellos. El sentimiento es como la gracia, nos liga al
mundo de la creación. Quizá habría que escoger otra palabra,
¿pero para qué? Los tecnócratas de todas partes niegan la
existencia de los sentimientos; todo lo más provocan el mie­
do, el entusiasmo o la solidaridad. Cuando hablo de senti­
miento o de emoción no quiero referirme a un modo de
comportarse respecto a los demás, sino al verse arrastrado
por lo que nos supera. Y la muerte provoca la más profunda
emoción, pues el sentimiento queda suspendido, como lla­
mada sin posible espera ni cálculo, que además no es ya
pertenencia a la tribu, a la sangre ni a la historia.
Miro esta mañana la gente que cruzo en mi camino. Veo
en su cara las lágrimas que caerán a su muerte y sus ojos me
parecen llenos de las lágrimas que han derramado y derrama­
rán los días de las separaciones.
Me gustan las grandes iglesias silenciosas. Para hablamos
no tienen necesidad de Dios. Pero si les quitáis el amor y la
muerte, la amistad y la solidaridad, las secularizáis; no son
ya más que museos desmadejados de los que se detallan los
hallazgos arquitectónicos.
La muerte tiende a desaparecer de la vida cotidiana. Los
progresos de la medicina y su creciente coste obligan a la
sociedad a escoger a quiénes va a hacer vivir y a quiénes va a
dejar morir. Nos deshacemos de todas las formas de vitalis­
mo. La lucha por la libertad de aborto obliga a romper con
una filosofía de la vida más o menos religiosa. Se empieza a
absolver la eutanasia. A partir del momento en que el cono­
cimiento médico nos permite intervenir en los ámbitos de la
salud y de la muerte no hay ya límites infranqueables. Se
intenta controlar tanto los nacimientos como las muertes. Y
todo cuanto se interpone en el camino de ese gran cambio es
absurdo. Yo no tengo ningunas ganas de hablar de la Vida,
de la Familia o de los lazos de Sangre. Pero la desaparición de
esas mayúsculas nos sitúa ante nuevos problemas: ¿debemos
subordinarlo todo a la racionalidad, y por tanto al poder
—por naturaleza siempre irracional— que la rige, o podemos
pasar a ser dueños de nuestras opciones? ¿Quién nos prote­
gerá de los peligros de esa intervención? ¿Quién apartará de
nosotros el espectro de las soluciones finales y de las inter­
venciones autoritarias de un poder absoluto en el ámbito
biológico? Nada más que una sociedad que cuente las lágri­
mas a precio de diamantes. Si la emoción queda proscrita, si
el nacimiento y la muerte no son más que ceremonias socia­
les e inscripciones en el registro civil, si la distancia, las
ocupaciones y las distracciones hacen indiferente a todos la
vida de los demás, ¿quién se opondrá a la racionalización
invasora, a la vida encadenada que sucederá al trabajo enca­
denado?
Las grandes corrientes de la historia, los movimientos so­
ciales, las esperanzas y las iras no pueden existir sin esa
distancia concreta respecto a la organización social y sus
reglas, que sólo el respeto de las emociones garantiza.
Nos vemos arrastrados por el torbellino de las campañas
publicitarias y lo que significan, la entrada en el consumo,
en la información y en la movilidad de las grandes masas de
la población. Yo me guardo muy mucho de sumarias conde­
nas de la modernidad en nombre de las virtudes comunitarias
del pasado, y soy el primero en desear que éstas vuelen por
los aires. Pero no juguemos con las palabras, porque es peli­
groso. Inicio de movimiento y liberación, de acuerdo, pero la
vida visible de la sociedad, la del dinero, da privilegios a los
ricos y condena a los demás a imitarlos o a desaparecer.
¿Quién de nosotros vive solamente de consumo, de bienes
comprados y consumidos por derroche? Queda enmascarado
todo el papel de la sombra, del sufrimiento y de la muerte.
Pero también todo el papel de la acción. Aquí estamos redu­
cidos a no ser más que productores-consumidores, ardientes
en el trabajo y el gasto, apiñados en los metros y los trenes,
distribuidos por los suburbios-dormitorio en los que pasa a
encargarse de nosotros la televisión. Con la multiplicación de
los intercambios a larga distancia la vieja vida comunitaria
queda muerta, pero, invadiendo su terreno, el Centro quiere
dominar el devenir de todos y de cada uno. ¿No queda, en el
momento de un nacimiento o de una muerte, junto a quien
llega o desaparece, más que el reducido grupo de la familia
próxima? ¿No ha tenido ningún sentido, ninguna importan­
cia colectiva, la vida de cada uno, para que su muerte sea
solitaria, en un hospital anónimo y un monótono cemente­
rio? Qué felices han debido vivir aquéllos a quienes acompa­
ñan a la tierra el canto de sus amigos y la ternura de las
flores cogidas en los setos, aquéllos que han podido ser más
que números de registro, que han tomado parte en un es­
fuerzo colectivo por dominar un desuno que hoy representan
las luces hipnóticas de la televisión.
Nunca se separará la acción de la muerte. Los que se
apartan de ésta traicionan también a la primera. El consumo
se opone a la actividad. Qué mundo de cotidiana destrucción,
qué despreciable cuando se lo mira adosado a la muerte o
arrastrado por la acción. Nada rompe tan bien las mentiras
del orden y la obediencia como la sangre derramada en una
manifestación. ¿Quién olvidará la subida de Pierre Ovemey
al Pére-Lachaise, y la emoción de los estudiantes de los liceos
ante el maltratado Guiot? No preguntes en momentos así
quién moviliza o quién utiliza. Con todos los que se rebelan,
hay que romper la bolsa de plástico en que estamos encerra­
dos, y gritar, llorar, maldecir y esperar.
Yo entiendo el placer de liberarse de las sociedades cerra­
das, de sus reglas y de sus códigos. No renunciaría a nuestro
mundo excitante, tornasolado, diverso. Pero no acepto ni
una pizca más que ayer esas liberaciones teledirigidas, tan de
acuerdo con los intereses de los comerciantes. Todo se ven­
de: la arena de las playas, el cuerpo de las mujeres o el
pensamiento apenas expresado. La iluminación brutal e inin­
terrumpida de la escena se hace enceguecedora, nos quema
los ojos y no nos deja ya ver la parte de sombra que queda en
nosotros y a nuestro alrededor. Cuánto me gustan quienes se
niegan a dejarse envolver por la ola del placer, del consumo
y de la exhibición, quienes tratan de encontrar, lejos de toda
esa agitación interesada, a la vez el sufrimiento y la injusti­
cia, el esfuerzo del descubrimiento y el de la relación con el
otro. Las fotos de los periódicos no muestran más que hom­
bres risueños, y uno puede ser PDG de una empresa de
pompas fúnebres y otro ministro de la falta de teléfono. ¿No
estamos tristes nunca, gastados, nunca somos amargos o
mediocres, ni nos sentimos conmovidos, inquietos o frági­
les? Sobre nosotros se vierten las propagandas más confusas
y engañadoras: la exaltación del grupo que significa campaña
por la destrucción de las relaciones sociales, el atractivo de la
modernidad que tapa la imitación conformista de los compor­
tamientos de la clase superior, y el gusto por el turismo que
enmascara la desposesión cultural de los pueblos pobres y la
eliminación de la aventura. ¡Cómo liberarse de esas manipu­
laciones, si no es rompiendo esas imágenes espectaculares de
nuestra cultura y dejando que lo imaginario se multiplique,
como en el mercado de les Halles cuando estaba condenado,
y cubra con su red el desecado paisaje del consumo!
El sentimiento religioso; contra la esperanza, por la cari­
dad; contra la comunidad.
Lo que se llama experiencia religiosa es para mí incom­
prensible e incluso, en nuestro mundo, carece de sentido.
Veo a veces cómo los restos de un viejo orden metasocial se
unen a esa forma degenerada de religión con la que constitu­
yen la superstición ritualista. Veo también el esfuerzo mora-
lizador por buscar un consenso social en torno a las traídas y
llevadas clases medias, pues lo que era ya característico de
muchas iglesias protestantes muy secularizadas empieza a
extenderse por el mundo católico. Todo eso me parece im­
portante y por lo general odioso, pero no me parece que
pueda llenar la inmensa palabra de religión.
Si fuera religioso, la religión no sería para mí una regla
moral, un medio de reunir a la comunidad en tomo a buenos
sentimientos, ideas caritativas y una honesta satisfacción de
uno mismo; no sería ni siquiera una forma de utopía, sueño
de una comunidad erguida frente al poder, los poderosos y
los ricos. Sería la patética consciencia de estar separado del
sentido de la historicidad, de la creatividad de la sociedad,
por el orden, por todos los órdenes. Lo cual a mí me lleva de
nuevo a la revuelta y no a la comunidad.
Te conté mi discusión, hace un año o dos, con un teólogo
protestante alemán que desarrolló una teología de la esperan­
za. Reaccioné ante su discurso con más fuerza de la que
habría podido esperar. Yo no acepto ninguna forma de opti­
mismo evolucionista, y la religión la respeto porque va más
allá del mundo y de la organización social. Rechazo tanto la
utopía de las clases medias, cargada de beatería y de integra­
ción segregadora, como las utopías revolucionarias cristia­
nas, que nos anuncian nuevas sectas y nuevas intolerancias.
Que haya sacerdotes que, hastiados por el vacío de su iglesia,
se conviertan en militantes obreros, es algo que da testimo­
nio de su calidad personal. Pero encuentro que se dedica
demasiado interés a los sacerdotes y no el suficiente a la
religión, a un sentimiento religioso que se expresa y se co­
munica cada vez menos a través del aparato eclesiástico. Para
una clase media maltratada, para las gentecillas frustradas en
su esperanza de ascenso y que, a falta de dinero, se distin­
guen por su moralidad, para aquellos cuyos valores cultura­
les son alcanzados con el apoyo de un grupo próximo o por lo
menos se ligan a él, ese sentimiento religioso puede ser un
arma defensiva.
Pero a menudo puede llevar una fuerza mayor. Lleva en­
tonces la caridad, el movimiento que deja de lado el orden y
el privilegio, el poder y su propaganda, para volver a la
relación con quien se ve privado de expresión y de libertad,
explotado, excluido, deportado y colonizado, sabiendo que
todas las formas de poder, incluso las más liberadoras, cons­
truyen un nuevo orden y nuevas exclusiones. Lo que el senti­
miento religioso vuelve a encontrar es la consciencia de la
distancia y de la contradicción que existirán siempre entre la
acción v el orden, entre la participación social y el poder.
La sociología es el más absoluto adversario de toda reli­
gión. Su análisis destruye toda posibilidad de recurrir a un
orden metasocial, directa o indirectamente religioso. Pero
pobre de ella si no le roba el corazón a su adversario, si cree
posible explicar la sociedad por los cálculos o las pasiones.
La historicidad es lo contrario de la religión, tal como la
definía Durkheim —sacralización por la comunidad del liga-
men social—. Pero es, en la propia realidad social, en la
propia naturaleza, esa grande y constante vuelta de la sociedad
hacia sí misma, que en cierto momento tomó nombre reli­
gioso.
El trabajo sociológico, en su cotidianidad, está muy lejos
de la comunicación con lo sagrado. Pero la sociología tiene
en cada instante la necesidad de ir guiada por el sentimiento
de distancia de la sociedad con respecto a sí misma. Lo que
en cambio me aleja a mí de la religión es su otra vertiente, la
de la comunidad. A veces me siento lleno de amistad para el
catolicismo, porque fue verdaderamente religión de la comu­
nidad. Católicos que veo felices de vivir, de comer, de orar y
esperar conjuntamente. Esa imagen que yo me hago del cato­
licismo indica solamente todo cuanto ha pasado a ser imposi­
ble para nosotros, desde el gran desencanto del mundo del
que Weber habló. Y respecto a las nuevas comunidades, que
tan rápidamente se convirtieron en refugios, sectas o grupos
totalitarios, me ha entrado una desconfianza y una hostilidad
de las que ya no me desharé. ¿De qué viene que me encuen­
tre tan alejado de tentativas que a menudo son valientes? Es
que quienes tras una larga permanencia salen de las comuni­
dades, por razones personales o por haberse disuelto su co­
munidad, están gastados. Toda su actividad se ha visto ab­
sorbida por la reducción de las tensiones que se acumulan en
un medio cerrado. Pues ahí está el origen de mi anticlerica­
lismo: ese tono suave, esos labios mojados, esos párpados
pesados y esas manos blandas son cosa de todos los defenso­
res del orden, estalinistas o santurrones, acostumbrados a
ponerse por encima de otros hombres y mirarlos con condes­
cendencia hasta el momento de castigarlos. A esos hombres
de Iglesia les opongo los hombres de religión y todos aquellos
que hacen la historia o participan en ella. Detesto que se
sacrifiquen al mantenimiento de la comunidad las fuerzas de
transformación. Restricción de la restricción, que además
en vez de crear desgasta y en vez de producir absorbe. El
espíritu religioso fuera de toda Iglesia salva su naturaleza
profunda si es desconfianza del orden, si es una verdadera
militancia, es decir, una superación del aparato, si es recurso
a la creatividad y a las condiciones sociales de comunicación
entre los hombres e ira contra todo lo que les pone obstácu­
los. La existencia del sentimiento religioso nos recuerda a
todos que contra el orden, la ley y el poder tiene siempre que
éxistir un recurso. Aunque tan sólo se defendiera por sí
mismo, ese recurso sería el más precioso de los bienes.
Yo me formé en un mundo marcado por el catolicismo,
pero de lo que me siento más próximo es de la actuación de
los protestantes de oposición. Desconfío de los sueños neoco-
munitarios de los católicos revolucionarios, y en cambio es­
toy junto a los protestantes que han superado un vago libera­
lismo para luchar política y culturalmente contra las dictadu­
ras, las torturas y las deportaciones, que interpelan al orden
social, no en nombre de un orden superior, sino en nombre
de la liberación. Estamos viviendo de nuevo una gran época
religiosa. Atrapados cada vez más estrechamente entre las
imposiciones del dinero, los jóvenes, más libres de movi­
mientos, hacen oír a un tiempo la llamada a la liberación
interior, aunque sea mediante la huida o la droga, y la ira
colectiva que recupera la amistad al mismo tiempo que com­
bate el amo. El alba es el instante religioso del día. Todo
permanece todavía indiferenciado: los objetos no se separan
de la noche, y sólo la blancura de la luz anuncia el día.
Estamos viviendo esa hora. El ayer se durmió, pesado, iner­
te. Se anuncia un nuevo día, vivo, tumultuoso. En el mo­
mento en que la noche acaba, los primeros en despertar se
agitan y se mueven a tientas en la penumbra, se llaman a
distancia, se reconocen y quieren hacer algo, sin poder dis­
tinguir su dirección de marcha y los obstáculos que van a
encontrar.
Que una parte de esos movimientos se pierda en falsos
retiros, en la alienación o en la gesticulación no debe hacer
olvidar la grandeza de ese trajín. Los primitivos de la revuelta
no son ciegos que tengan que esperar las luces de la razón,
de un sacerdote o de una Iglesia. Llevan el llamado a la
liberación, en un momento en que precisamente los riesgos
de movilización, de manipulación y de servidumbre todavía
van a aumentar. Los que rigen su violencia serán pronto
instrumentos activos o pasivos de una violencia mayor y más
institucionalizada. Hay que escuchar las llamadas confusas o
estridentes que llegan de Woodstock o de Taizé, de las barri­
cadas de mayo o de los viajeros remotos. ¡Que la política
haga de gobierno razonable y no de construcción de un nue­
vo orden y de nuevas leyes! Pero sobre todo que dure todo lo
posible este zafarrancho del alba, que trae la caridad y el
recazo a io jumisión.
No caeré en la paradoja: en mi combate contra lo Uno no
llamaré en mi ayuda al espíritu religioso. Pero tampoco pue­
do dormirme en un liberalismo amablemente reformador,
ahogado por las grandes olas de la historia. Todo cuanto se
opone a la unidad del orden está en mi lado, y meto en el
mismo cajón a libertarios y liberales, religiosos e intelectua­
les críticos.
No es que dramatice nuestra situación: mientras no este­
mos sometidos a un poder totalitario, mientras las élites diri­
gentes, la económica, la política y la cultural, no estén orgá*
nicamente integradas, lo esencial queda a salvo. Pero tene­
mos que luchar por el control social de las fuerzas de trans­
formación económica y cultural, tenemos que evitar la de­
pendencia con respecto a los mecanismos que producen el
beneficio y el poderío de los aparatos. ¿Cómo hacerlo si no es
apoyándose en todo cuanto rompe el círculo de la gestión, en
todo cuanto se apoya en el exterior y limita la integración y
la manipulación sociales?
Poder y mayoría; las minorías naturales; viejos y enfer­
mos.

La imagen del poder ha sido siempre imagen de un mundo


estrecho y secreto, de corte y de gobierno. La dominación
social es ejercida por una minoría, sobre la mayoría. Los
amos son menos numerosos que los esclavos y para mantener
su poder se apoyan en la represión y la propaganda. Cuanto
más avanzamos en el crecimiento económico más se refuerza
esa concentración del poder. Cuando se habla de los Grandes
no se ven países sino individuos. La URSS eran Stalin y es
Brejnev, China es Mao, y aunque los Estados Unidos no
sean ya Roosevelt o Kennedy, todavía son Nixon. En el
orden económico, a veces las sociedades multinacionales es­
tán dirigidas por un pequeño grupo, y a menudo por un solo
hombre. Cuando el Time se refiere tras el inicio de la crisis
del petróleo al porvenir de la industria automovilística no
pone en su portada autopistas o fábricas, sino el perfil de
grandes dirigentes de empresas cuya actividad se extiende a
gran parte del mundo. Antes de la guerra se hablaba en
Francia de las doscientas familias; hoy probablemente todo el
mundo capitalista tiene que hablar de los cincuenta grupos
que dominan y dominarán cada vez más su actividad. Imáge-
nes bien conocidas, tendencias evidentes y sin embargo en­
gañosas.
El poder es ejercido cada vez más por la mayoría. No veas
en esas palabras una ingenua creencia en la democracia poli-
tica. El pueblo decide, el pueblo elige... bonitas expresiones
cuya oquedad es demasiado fácil de hacer resonar. La demo­
cracia política y las libertades “ burguesas” deben ser defen­
didas, y su carácter burgués no puede criticarse más que si se
demuestra ser capaz de defender realmente libertades más
amplias, que comprendan la libertad de expresión, de reu­
nión y de organización. Pero el progreso de la democracia
política y de las medidas de protección y de defensa social no
impiden el reforzamiento del Estado central y de la concen­
tración del poder económico. Digo que el poder está del lado
de la mayoría porque tiene objetivos demasiado amplios para
poder apoyarse en la coerción. Es necesario que persuada,
que convierta. Las grandes sociedades capitalistas venden sus
productos al mayor número de gente, los Estados desencade­
nan sentimientos nacionalistas y los partidos organizan reu­
niones de masas, sobre todo si están en el poder. Atraída por
ventajas de carrera, engolosinada por la publicidad o arras­
trada por la invocación a la identidad colectiva, la mayoría
sigue las incitaciones que proceden de los grupos dominantes
y de los detentores del poder. ¡Con cuánta razón se habla de
la mayoría silenciosa! ¡En qué sepulcral silencio protestan en
Rusia Soljenitzyn o Sajarov, y qué inmenso movimiento si­
lencioso llevó a la gran mayoría de americanos, inquietos por
los problemas universitarios y del movimiento negro, hacia
Nixon y hacia Wallace! Qué cobarde silencio protege en
Europa el renaciente racismo en contra de los argelinos, los
turcos o los jamaicanos. Las imágenes que servían para des­
cribir un pueblo o un barrio pueden aplicarse ahora a impe­
rios o a inmensas sociedades. Lo medios de comunicación de
masas vierten, junto a las informaciones, un raro somnífero:
el mundo es un inmenso teatro con sombras que se agitan.
Seamos objetivos, guardemos las distancias; si nos metemos
vamos a perder la tranquilidad y a introducir entre nosotros
tantas fuentes de división que se hará imposible la vida. An­
tes había disputas por una pared medianera o una herencia
que duraban generaciones. Ahora estamos inmersos en las
agitaciones del mundo entero, hay que tomar partido sobre
el Oriente Medio, el Vietnam, el alza de precios, la huelga
de ferrocarriles, el desnudismo en las playas, los trabajadores
inmigrados y el golpe de Estado chileno: ¿cómo podemos
evitar liarnos con todos nuestros vecinos? Desbordados por
indispensables informaciones y necesarias opciones, conver­
tidos en espectadores a la vez excitados e inmóviles, somos
una masa de maniobra cuyas conductas reflejan el estado de
funcionamiento del sistema del que formamos parte. Cree­
mos ser jueces, cuando no somos más que figurantes.
Si difícil es admitir que el poder es ejercido por la mayoría,
más difícil es aún reconocer que hoy los movimientos socia­
les son protagonizados por minorías. Estamos todavía llenos
de las imágenes que muestran lo contrario: guerras de libe­
ración contra el imperialismo, o movimiento obrero que eri­
ge a los trabajadores —a la gran mayoría de trabajadores—
contra los feudalismos económicos. Y sin embargo hay que
admitir esa idea, sin lo cual no se reconocerán los movimien­
tos sociales allí donde existen y habrá que contentarse con
agitar las marchitas banderas de las manifestaciones de an­
taño. No es que las fuerzas de oposición hayan pasado a ser
minoritarias, sino que se han convertido en una constelación
de minorías. El poder integra y controla. Pero más allá de los
aparatos, de la inmensa clase de servicio y de los “ peones”
que sirven a la máquina, aún dependiendo para su supervi­
vencia de la prosperidad y de la fuerza de los aparatos, el
orden social relega a la periferia a los grupos que no son
integrables.
Los nuevos poderes se justifican, no por su origen, sino
por sus objetivos, no por la tradición, sino por el desarrollo;
se ve pues que a su influencia se resisten grupos definidos,
no ya por su trabajo, sino por su naturaleza: jóvenes, muje­
res, negros, trabajadores inmigrados, viejos trabajadores de
las regiones marginales o subdesarrolladas o habitantes de
ciudades que son víctimas de la fatiga o de la polución. Todas
esas categorías se definen por una naturaleza, por una reali­
dad a la vez biológica y social. ¡Qué cambio!. Los movimien­
tos populares hablaban en nombre del trabajo y contra la
ociosidad, en nombre del negotium y contra el otium. Hoy
es al revés. Cuando se habla de un jefe político o económico
lo primero que se nos dice es que trabaja quince horas al día,
y si se hace referencia a sus distracciones, éstas son las de un
buen escolar: no se trata más que de recuperar fuerzas para
trabajar mejor. ¿Vive en el lujo?: en absoluto. Vestido con
una chaqueta gris o azul o de traje riguroso, no parece dife­
rente de aquéllos a quienes gobierna. Su pasión es el creci­
miento, o quizá también la estrategia internacional. Sabe que
no transmitirá a sus hijos su poder, ni siquiera sus riquezas.
Sus hijos no tendrán al principio más ventajas que las debidas
a un medio y a una educación. Incluso es posible que no se
hable de ellos para nada y que se hundan en el anonimato.
Los dirigentes trabajan, se preocupan por la producción, son
austeros e indiferentes a su origen. En cambio los nudos de
resistencia a partir de los cuales pueden formarse fuerzas de
oposición son cada vez más esas colectividades reales, forma­
das en torno a un elemento que los sociólogos llaman situa­
ción transmitida y no adquirida. El joven no reacciona en
tanto que joven obrero o joven estudiante, sea cual sea la
importancia de los problemas de esas categorías, sino, para
empezar, como joven. Nos es difícil aceptar esa idea. A. M.
Guillemard, por ejemplo, tiene razón al recordar que un
jubilado es para empezar un viejo cuadro o un viejo obrero,
y que su comportamiento en la jubilación depende de su
desgaste profesional y de la educación que haya podido recibir
y cultivar. Ese tipo de análisis protege de sospechosos senti­
mentalismos. Pero pronto llegará el momento en que haya
que reconocer la existencia de la vejez como categoría social,
relegada, excluida, despreciada por una sociedad de la pro­
ductividad, que, como muy bien dijo S. de Beauvoir, niega a
los viejos casi todas las actividades y placeres, porque no son
ya productivos. ¡Qué escándalo, qué ridiculez si se canta, se
baila, se hace el amor o se habla en público cuando ya no se
trabaja! Estoy seguro de que pronto los viejos se organizarán
y formarán un movimiento reivindicativo, porque querrán
existir de otro modo que no sea por la privación de las ven­
tajas y la falta de trabajo por la que, tras apariencias paterna­
listas, se les avergüenza.
Desde luego, esos nudos de resistencia no se transforman
fácilmente en fuerzas de oposición. Es preciso que el atributo
natural, de fuerza de defensa, se asocie a una fuerza contra­
ofensiva, a una lucha contra el acaparamiento del sentido por
parte de los aparatos. Yo espero con interés la revuelta de los
enfermos, revuelta del enfermo contra la subordinación de
todo el sistema de cuidados al hospital y contra la organiza­
ción del hospital para tratar la enfermedad y no al *.nfermo.
Estoy muy lejos de caer aquí en un discurso contra los médi­
cos, que me parece confuso y de muy mala fe, pues los
médicos hospitalarios no ocupan una posición simple: son
hombres de aparato, pero también profesionales que defien­
den el trabajo médico contra el aparato administrativo. Am­
bigüedad análoga a la de todos los profesionales. Pero los
enfermos, en el hospital o no, e incluso sobre todo fuera de
él, se ven atrapados por el aparato hospitalario, y más en
general por la medicalización. Dejan de vivir problemas so­
ciales, para no ser más que casos médicos y administrativos.
Ahí están los fragores que los jóvenes sociólogos deberían
escuchar desde tan cerca como fuera posible, en lugar de
quedar encerrados en sus libros didácticos y sus polémicas
doctrinales. En la sanidad, la educación, el hábitat, la infor­
mación, en todas partes, la influencia de los aparatos dirigen­
tes provoca la resistencia de núcleos “ naturales” y la forma­
ción de movimientos de oposición. Difícil formación, puesto
que cada uno de los núcleos a la defensiva es diferente de los
demás, y más que el trabajo, el pueblo o la nación, defiende
su naturaleza. Lo cual impone la disyunción, tan defendida
por mí, entre movimientos sociales y fuerzas políticas. No
volverá a haber ya un movimiento obrero con expresiones
sindicales y políticas que, aún estando separadas, manifiesten
todas ellas la misma realidad fundamental. Habrá movimien­
tos sociales poco unificados y fuerzas políticas que se defini­
rán sobre todo por una lucha democrática contra el poder de
los aparatos.
El problema, los objetos, las prácticas de la sociología.

Constantemente, al mostrarte mis actitudes con respecto a


la situación política y los problemas sociales, he ido descri­
biendo al mismo tiempo el proceder del sociólogo. Ahora hay
que intentar definirlo. Cosa que no puede resumirse compo­
niendo una lista de los temas que trata la sociología y sobre los
que puedan preguntarte en el examen. Se trata de saber lo que
hace el sociólogo. Lo que me lleva a plantear tres preguntas:
1. ¿Qué campo de trabajo construye?
2. ¿Cómo organiza los hechos sociales, es decir, qué ima­
gen tiene del funcionamiento de la sociedad?
3. ¿Cuál es su práctica, su aprehensión del objeto?
La primera pregunta es la más importante y la más difícil.
No se puede definir la sociología por los hechos sociales,
cuya propietaria pudiera ser ella. También el historiador, el
geógrafo y el economista, por no citarlos más que a ellos, se
interesan por los hechos sociales. La sociología debe definir
por tanto su labor personal, su “ problema” . Así que tengo
ahora que comprometerme en una definición de esa labor. La
sociología es el estudio de los sistemas de relaciones sociales
que realizan las diferentes formas de intervención de una
sociedad sobre sí misma, así como de los cambios producidos
en cada uno de esos sistemas y en sus relaciones.
Se entra en sociología a partir del momento en que se
reconoce que el sentido de la acción no viene dado por la
consciencia del actor, ni tampoco por su situación, sino por
las relaciones sociales de las que el actor es uno de los tér­
minos. Constantemente la sociología corre el riesgo de incli­
narse o bien del lado del “ sentido” de la acción colectiva o
bien del lado de la “ situación social” . Efectivamente, todo
comportamiento social es una actuación orientada normati­
vamente, de acuerdo o no con unos valores, unas leyes, unas
reglas y unas costumbres, y es esencial entender la cultura y
las categorías de la práctica social que orientan los comporta­
mientos; al mismo tiempo, si el actor debe situarse en un
sistema de relaciones sociales, sus comportamientos deben
situarse en una forma de organización social, trátese de una
fase de la división del trabajo, de un mecanismo de domina­
ción económica o de formas de transmisión de la información
o de reparto de la población en el espacio.
Del mismo modo el historiador está siempre en equilibrio
entre una historia de las mentalidades o de la cultura y una
historia geográfica o económica, que puede ir hasta el estudio
de los equilibrios demográficos o del clima. La sociología no
existe como práctica intelectual más que superando el cultu-
ralismo y el economicismo y afirmando que, si bien el actor
se explica por el sistema social del que forma parte, hay que
añadir que ese sistema está constituido por relaciones socia­
les. Sentido y situación, actor y sistema, son inseparables,
pues esos sistemas de relaciones sociales suponen a la vez
una diferenciación de los actores y la unidad de un campo
social que los sitúa. El campo lo constituye siempre una
intervención de la sociedad sobre sí misma. He llamado his­
toricidad a la más fundamental de esas intervenciones, la
producción de la sociedad por ella misma. Pero hay otras
formas de intervención. Para empezar están las instituciones
políticas, es decir, los mecanismos de elaboración de las de­
cisiones legítimas; luego está la autoridad organizativa, que
define e impone normas y reglas, tanto en el orden del traba*
jo productivo como en el de la socialización.
A cada uno de esos niveles de intervención corresponde
un sistema de relaciones sociales, y cada uno de ellos es lo
que entra en juego en el sistema en que incide. La historici­
dad, es decir, la creación del significado de la situación histó­
rica a través de un modo de conocimiento, una forma de
acumulación y una representación de la creatividad, que yo
llamo modelo cultural, es lo que entra en juego en las rela­
ciones de clase. Las fuerzas políticas se definen por su in­
fluencia en las decisiones políticas. Los papeles sociales los
constituyen las normas que se aplican en una organización.
Cada una de esas frases requeriría un libro de explicaciones
y aplicaciones. Yo las escribo a palo seco, pues lo importan­
te es mostrar dónde radica la especificidad del análisis socio­
lógico. Un solo comentario: ese análisis no trata nunca de
hechos sociales cómodamente agrupados en categorías como
la religión, la economía, la política, la educación, la familia,
etc. No conoce más que categorías de relaciones sociales, y
por lo tanto modos de intervención de la sociedad sobre sí
misma. Cualquier discusión sobre la importancia relativa de
los hechos económicos y los hechos políticos o religiosos le
es totalmente ajena.
Esos principios de partida no bastan, sin embargo, para
localizar los distintos ámbitos del trabajo del sociólogo. EnTe
el análisis y la actividad profesional hay un necesario desfase,
pues esa actividad se refiere obligadamente a objetos defini­
dos por la práctica social, y no por el propio análisis.
Lo cual conduce a distinguir en la práctica algunos grandes
ámbitos de trabajo. El escoger uno u otro no implica ninguna
opción teórica, pues la teoría sociológica sólo puede ser unifi-
cadora, sino que responde a tipos de preocupaciones y de
sensibilidad. La coyuntura histórica lleva también a dar pre­
ferencia a tal o cual enfoque.
El objeto central de la actividad sociólogica es naturalmen­
te el estudio de las relaciones sociales, y en particular de los
conflictos, los movimientos sociales y las negociaciones que
aparecen en un campo social.
Pero esa lectura de la sociedad debe ir constantemente
recubierta por otra opuesta. Esta última no parte de las rela­
ciones sociales sino del orden impuesto por la clase dirigente,
el poder político y la autoridad de las organizaciones. El
conflicto del por y del contra queda enmascarado por la opo­
sición de lo de dentro y lo de fuera, lo legal y lo ilegal, lo
normal y lo desviado. El conflicto del capitalista y del asala­
riado no puede aislarse de la imposición1 de un orden por
parte del patrono y de la exclusión social, no puede aislarse
de la proletarización del trabajador. Finalmente, la acción
social, a la vez situada dentro de unas relaciones y sometida
al orden responde a esa situación doble y contradictoria, que
es realmente alienante, a través de comportamientos muy
alejados de la acción social y que van desde el hiperconfor-
mismo hasta la huida, desde la violencia hasta el retiro y
desde la ruptura hasta la autorrepresión.
Pueden imaginarse sociedades enteramente abiertas, socie­
dades liberales, de competencia, en las que los conflictos
pudieran estar también muy sólidamente institucionalizados.
Y, a la inversa, sociedades cerradas, que no se producirían,
que sólo se reproducirían y serían orden y no acción. En esos
dos casos extremos y opuestos es inútil preguntarse por el
cambio social. Una sociedad enteramente abierta no es más
que cambio; una sociedad enteramente cerrada no puede
conocer más cambios que los procedentes de fuera, impues­
tos por la guerra y la conquista política o económica. Pero la
mayoría de sociedades que estudiamos no son tan simples.
Acción social y orden establecido están en mutua tensión. Y
por lo tanto el campo de la historicidad, el campo político y
el funcionamiento de las organizaciones no coinciden por
completo. Toda unidad observable tiene una realidad históri­
ca, al mismo tiempo que uno o varios sentidos sociológicos.
Lo cual abre el camino a una sociología del cambio, que no
sería posible si los “ niveles” de la realidad social no estuvie­
ran desfasados unos con respecto a otros, si una sociedad no
cambiara más que en bloque.
Hoy, en el momento en que nace una nueva sociedad,
más imaginada que vivida, los sociólogos, como muchos
otros, viven de utopías: rompen con el viejo orden, pero no
analizan todavía las nuevas formas de poder y de conflicto. La
sociología de la exclusión, de la represión y de la desviación
es, por lo tanto, la más viva, y la sociología del orden, del
control social y de la reproducción se impone más fácilmente
que una sociología de la acción. Mañana será distinto. Nin­
guna configuración de la actividad sociológica es buena o
mala en sí, en tanto que no rompa la unidad de la sociología
y la formación de una teoría integrada.
Las diferencias entre los tipos de actividad sociológica son
grandes, lo bastante como para que demasiado a menudo
hagan hablar de disensiones o rivalidades dentro de la profe­
sión. Mayores son aún las diferencias entre las prácticas de
los sociólogos.
El estudio del orden social es lo más simple de definir.
Porque se trata de analizar un reparto “ objetivo” de los
costes y los beneficios, de describir y explicar la desigualdad
y de revelar también las formas de control social, las mani­
festaciones de la ideología dominante no formuladas.
El estudio de la exclusión es quizá el más difícil, pues en
ese caso las relaciones sociales y la acción social únicamente
se manifiestan disfrazadas. De ahí la riqueza de los estudios
que se esfuerzan por echar abajo la barrera de defensa del
orden establecido. Pero lo más importante para la sociología
es imaginar las prácticas que permitan captar directamente
su objeto principal: las relaciones sociales.
Describimos situaciones, recogemos opiniones, pero muy
raramente aún aislamos relaciones sociales.
Ahora bien, ¿cómo dar un sentido concreto al principio de
partida?; ¿diciendo que el sentido del comportamiento está
en la relación, en la que el actor es uno de los términos, pero
sin tomar directamente esa relación?
¿Por qué ese retraso de la sociología en inventar prácticas
que parecen evidentemente necesarias?
Porque el actor social se resiste a un análisis así. Todo
actor es un ideólogo, es decir, interpreta la relación en que
está implicado desde su punto de vista. Le resulta realmente
insoportable verse confrontado con un sentido que no puede
ser el que él define. El sociólogo está en parte en la misma
situación. Le satisface proteger su identidad, cosa que le per­
mite actuar como animador de grupo, pero se siente afectado
por ia aparición de un sentido de la relación que pone en
cuestión las relaciones establecidas por él mismo con los
actores presentes y las representaciones que de ellos se hace.
La primera labor del sociólogo, y la más difícil, es, pues,
romper su propia identidad y la de los actores, sirviendo de
instrumento a la sustitución de los actores por la relación
social. Debe remitir la respuesta del adversario al actor, mos­
trar los desfases entre la afirmación primera del actor y su
respuesta a la otra afirmación, situar a los individuos y los
grupos fuera de su papel habitual, exigir una explicación tan
completa como sea posible del discurso sostenido, etc. Su
papel no termina más que cuando la identidad de los actores
y del sociólogo está rota, cuando la relación y su campo se
imponen al actor y a su consciencia.
De esas primeras indicaciones no retengo más que una
idea: cuando estudia el orden social, el sociólogo puede si­
tuarse frente a su objeto; cuando hay que llegar a las relacio*
nes sociales, tiene que intervenir directamente, al mismo
tiempo que desaparece ¿No es eso análogo a la práctica del
psicoanalista? En los próximos años yo querría dedicar mi
trabajo más personal a la invención de ese tipo de prácticas
sociológicas. Durante mucho tiempo sentí la necesidad de
responder en primer lugar a la pregunta: ¿qué debe pensar el
sociólogo? Ahora, tras haber aportado elementos de respues­
ta a ese problema, provisionales, incompletos, pero suficien­
tes para mí durante algún tiempo, me absorbe este otro inte­
rrogante: ¿qué debe hacer el sociólogo?
¿A quién hablar, para qué servir?

¿Por qué le es tan difiV;1 a la sociología hacerse oír? A


menudo se llama, pero apenas empieza a hablar se cierran los
oídos y se manifiestan las resistencias. Y es que rompe las
identidades, las representaciones y las ideologías. Cuanto
más se aleja uno de la descripción ingenua que acepta sin
rubor las categorías de la práctica social, y por lo tanto del
poder y de las fuerzas de control social, más se despierta
desconfianza, turbación u hostilidad.
Si permanezco en la superficie de las cosas, si acepto las
ideologías de la práctica social y el discurso de los propios
actores, puedo dedicar todos mis esfuerzos a exponer y calcu­
lar. La comunicación de mi trabajo se verá con ello doble­
mente facilitada: podré presentar resultados que el común de
los mortales no posee y éstos, sin embargo, los encontrarán
comprensibles. Milagro: gente seria, científica y que no ha­
bla ninguna jerga, sino el lenguaje de la gente honrada. Su
papel, efectivamente, está en subrayar, en aclarar la “ reali­
dad” . Cuanto más amplio es entre el público el consenso,
más se extiende el ámbito de esos artistas de la sabiduría que
se dedican a representar las ideas y conductas que en la
escena de la sociedad otros presentan. Yo no puedo esconder
mi antipatía hacia esa gente. Pero siento verme privado de
las satisfacciones de la conversación que tan bien practican
élites, hablen con imágenes o con porcentajes. Pienso en mu­
chos libros: qué placer ver reconstruir el espíritu de un sis­
tema político, de una constitución, de una empresa o de un
movimiento de ideas, y saber lo que piensa la gente. ¡Qué
bien está eso!. Se ve vivir a los individuos, las instituciones y
las ideas de que ellos hablan. En la sala o el anfiteatro hormi­
guean de repente pequeños personajes salidos de los bolsillos
y las mangas del conferenciante. Yo no digo que se trate de
una sociología mundana o conservadora. Esta se encuentra
en todos los campos y puede tomar tanto el tono de la epope­
ya como el de la novela de costumbres.
El tono cambia completamente cuando se entra en la so­
ciología política, en sentido muy amplio. Ya no recorre
nuestra mirada un paisaje suave, nos encontramos entre
abruptas montañas. En determinado momento el camino
queda cerrado; un momento después la mirada se extiende
hasta un lejano horizonte. Detrás de las suavidades de la
llanura aparecen realidades más contrastadas, que no pueden
verse más que desde lejos y desde arriba.
Los personajes se alejan o empequeñecen y se perciben
sobre todo grandes movimientos, ondulaciones del terreno,
tormentas y climas. El intelectual ya no demuestra, sino que
revela lo oculto; él está en el secreto. Su trabajo se ve enri­
quecido por su continuo intercambio con los mismos que
deciden.
Al sociólogo de la política le sostiene la idea de la utilidad
de su trabajo. No toma él mismo decisiones, pero sabe de
qué se trata, qué es lo central o lo secundario y qué es lo que
verdaderamente entra en juego en un combate que aparente­
mente resulta confuso.
Mientras que el primero de esos sociólogos se dirige a un
público, el de las escuelas o el de las conferencias, el segundo
se dirige a aquéllos a quienes estudia, y los demás le escu­
chan o le leen para utilizarlo como guía en el conocimiento
de los sistemas de decisión y de poder. Uno y otro saben para
qué y para quién trabajan. Conocen a su público. Pueden
llegar a él y retenerle con habilidad mayor o menor, pero su
situación está clara. Se sabe para qué sirven: los unos para
representar, los otros para revelar.
¿Y yo?, ¿a quién se dirige mi trabajo y para qué sirve? Lo
que a mi juicio es la verdadera sociología consiste en romper
con el punto de vista de los actores, para considerar unas
relaciones sociales. Así pues, a los actores los tomo a contra­
pelo. Todo ocurre como sí yo quisiera impedir la comunica­
ción con ellos, pues les privo de su lenguaje.
Inútil es detenerse en sus respuestas, muy cómodas pero
falsas. ¿Habré de decir que me dirijo a los movimientos so­
ciales, a las fuerzas de oposición o de cambio o a las mismas
clases sociales? Pero cuanto más se acerca uno a esos perso­
najes, construidos y reconocidos por el análisis sociológico,
más se aleja de los actores reales, de carne y hueso, más se
aleja de quienes escuchan y leen. Y, sobre todo, los movi­
mientos sociales definen una ideología propia, y por lo tanto
se resisten a la sociología.
No es por torpeza que la sociología se comunica con difi­
cultad, que se la acusa de utilizar una jerga impenetrable y
que hay quien se apresura a identificarla con el adversario.
Todo actor social se resiste a la sociología, que descompone
la imagen que él tiene de sus propios comportamientos y se
sitúa en el punto de vista de las relaciones sociales y no de la
consciencia de los actores.
¿Para quién, pues, escribir y hablar? ¿Para los desventu­
rados y sus iras? ¿Para el movimiento social que se debate
entre el pasado y el futuro, el creyente que pierde la fe o que
no tiene ya sacerdote, el militante sin organización, el polí­
tico decepcionado, el inmigrante rechazado o el trabajador
rebelado? No para cualquier desventurado. Para aquél que va
guiado por la voluntad de gobernar los acontecimientos en
que está inmerso y que dentro de ellos no tiene el poder. Si
hay una gente que se dirige a todo el mundo y otra que se
dirige a los dirigentes, ¿por qué otros, los que a mi modo de
ver están más cerca de los mayores problemas, no habrían de
hablar a los mutilados de la historicidad, a quienes no están
protegidos por los valores y las normas, que no se agarran al
timón, sino que están metidos en los conflictos, las tensiones
y las mutaciones? Siento, es cierto, fatiga, a veces siento
decepciones e incluso de cuando en cuando humillaciones,
pero también me arrastran la ira, el desprecio y la esperanza.
Hay que dejar, sin embargo, que suba del todo hasta uno
mismo este interrogante y esta inquietud: ¿para quién y para
qué tanto trabajo, esa mitad de mi vida que me he quitado
para darla al trabajo, de modo realmente insensato, cuando
no me ha sostenido la seguridad de construir ciencia, la sed
del ascenso o la riqueza ni la certeza de ser oído? Yo no
puedo echar al fuego los años que me quedan sin saber para
quién hablo. La crisis de las universidades me ha hecho reco­
nocer la oquedad de la respuesta del profesor: “ para los
estudiantes” . En el fondo la mayor parte de éstos son de los
menos interesados por lo que pueda decir la sociología, por­
que son superactores, rebosantes de ideología y de problemas
personales. Entre aquéllos a quienes tengo que hablar hay
estudiantes, claro está, pero no porque sean estudiantes. Es
más bien porque han intentado o quieren intentar participar
en un movimiento, sea el que sea.
¿Es, pues, contradictorio que te escriba a ti, estudiante, y
además estudiante de sociología? No, porque a partir del
momento en que yo te escribo tú dejas de ser estudiante y yo
dejo de ser profesor. Un profesor habla con los estudiantes de
vez en cuando, Ies impresiona o les es indiferente, gusta o
seduce, es despreciado o se ve rechazado, pero cuando habla
cara a cara con alguno, largamente, él deja de ser profesor y
el estudiante deja de ser estudiante. Entre nosotros no hay
relación, salvo el correo que marca nuestro alejamiento. Yo
no soy tu profesor, tu amante ni tu compañero. Podemos
olvidar y olvidamos que uno y otro estamos dentro de la
universidad. Que yo esté en un centro y tú en otro no es más
importante que el hecho de que yo salga del metro en Sevres-
Babylone y tu en Nanterre.
Hoy no basta con ese paso adelante. Fabricar sociología no
es un puro ejercicio intelectual. Es una actuación, una inter­
vención que se dirige a una gente determinada. Si se concibe
la sociedad como acción de uno sobre uno mismo, acción a la
vez creadora y desgarrada, no se puede fabricar una sociolo­
gía-espectáculo o un boletín confidencial para cuadros diri­
gentes. Es preciso que el análisis ayude a la sociedad a actuar
lo menos lejos posible de su realidad, de sus relaciones socia­
les y de lo que en ellas entra en juego.
Lo logra tanto mejor cuanto menor es la distancia entre las
situaciones y la representación que de ellas se forman los
actores. Ahora bien, hoy, en el meollo de una gran mutación
social, esa distancia es inmensa. Las informaciones sobre la
vida social se acumulan pero parecen perder todo sentido. Se
mide cada vez mejor y cada vez más rápido, pero se desco­
noce cada vez más lo que se mide.
Paralelamente, el pensamiento social no apunta ya al aná­
lisis de la sociedad y de sus cambios. Paralizado en Francia
durante mucho tiempo por el dogmatismo, por fin se ha
liberado, y ha sido para lanzarse de golpe a la utopía. Incapaz
aún de encontrar el sentido de prácticas que son nuevas,
opone a los trastornos presentes la claridad más cegadora que
clarificadora de principios, valores y esperanzas.
No podía ser de otro modo. Tenemos que recorrer de nuevo
las etapas por las que pasó el pensamiento social al principio
de la sociedad industrial: la consciencia de la crisis, a veces
el rechazo de la novedad y más a menudo el esfuerzo por con­
trolar el acontecimiento mediante la fe y por combatir una mal
identificada dominación, más en nombre de un absoluto que
de una clase. El ámbito en que tienen lugar los grandes pro­
gresos queda muy lejos de la sociología. Ya se ha transforma­
do nuestra imagen de la naturaleza y del lugar que en ella
ocupa nuestra cultura, y aparecen nuevos modelos de conoci­
miento. La práctica intelectual, cultural y social los renueva.
Tendido en la penumbra, el sociólogo sabe que se acerca el
momento en que será escuchado. Poco importa que sea
entonces tal o cual voz la que se haga oír mejor. Lo que
cuenta es que desde hace tantos años no hemos trabajado
más que con el fin de preparamos para ese momento en que se
hará imposible prescindir de una nueva representación de la
sociedad y la acción social. Olvidemos ya el desprecio con que
nos agobian aún los doctrinales y policías de todos los bandos.
Esperemos únicamente vivir en sociedades lo bastante respon­
sables de sí mismas como para no renunciar a conocerse.
No quedar a la defensiva; irse; la esperanza.

Vivimos a la defensiva. Un eminente intelectual que no


era partidario del aumento del número de profesores de una
nueva disciplina explicaba así su posición: si aumentamos en
número no seremos más que una universidad americana de
segundo orden; tal como estamos representamos una forma
de pensamiento original. Yo no desprecio esa defensa, ese
apego a una cultura, a una lengua, a unas categorías de
organización, pero me opongo a ella con todas mis fuerzas,
pues no conduce más que a mantener viejas formas de pensa­
miento y de acción. La vida intelectual, privada de medios
adecuados, se repliega al comentario, la exégesis y la crítica,
con una calidad al principio muy alta, pero que a medida que
pasan los años únicamente puede disminuir. La vida intelec­
tual francesa pasa a ser en ese sentido cada vez más aristocrá­
tica. Yo no formulo ninguna condena de conjunto, para em­
pezar porque esa intelligentsia es todavía potente, y sobre
todo porque no puedo contentarme con condenar esa actitud
defensiva en nombre de una modernización que no podría ser
más que dependencia. Porque si bien me siento alejado de esa
vida intelectual, demasiado apartada de la invención, poco fa­
vorable a las ciencias experimentales o a las ciencias sociales
y demasiado exclusivamente dominada por la preocupación
formalizadora, no tengo ningunas ganas de caer en una educa­
ción que fabrique buenos ciudadanos, buenos vecinos y bue­
nos técnicos. ¿Por qué, no obstante, sentirse encerrado en
tal dilema, como si no tuviéramos que escoger más que entre
el arcaísmo y la dependencia? Las batallas defensivas son
agotadoras, y todos acabamos percibiendo que entramos en
nuestro futuro andando hacia atrás, como cangrejos; actua­
mos como los demás, sólo que un poco más tarde, un poco
más coartados y un poco peor preparados. Cuanto más avan­
zamos más nos damos cuenta de que nuestra sociedad se
resquebraja. Lancémonos hacia delante, inventemos un mo­
do de luchar, de negociar y de decidir. No me llena a mí un
entusiasmo juvenil, sé muy bien cuánto pesan sobre mí mi
formación y mi experiencia, que me hunden hasta la cintura
en una cultura caduca, y siento también el cansancio que me
ha dejado tanto trabajo llevado acabo. Y luego mi carácter no
me lleva a las grandes comuniones, a los entusiasmos colec­
tivos. Voy siempre solo. Prefiero ser explorador o crítico que
polo de atracción o administrador. Pero no puedo soportar la
descomposición, aunque se cubra de grandes principios y de
sutilezas doctrinales. Yo no puedo sentirme implicado en las
polémicas y los combates de una sociedad más que si,
más allá de mis análisis, tengo razones personales para no
soportar la situación presente. Lo que para mí ha llegado a
un grado inaceptable es la falta de influencia de la vida inte­
lectual sobre las prácticas sociales. La situación de docente,
donde yo la conozco, me parece carente de sentido. Sufro
incluso por no ver ninguna película francesa que se refiera a
esa experiencia de vida que es la nuestra, y me siento decep­
cionado por el único intento de cierta importancia, el de
Godard, que me parece encerrado en una visión muy elitista.
Yo no pido películas “ sociales” , aunque me guste la presen­
cia de la sociedad contemporánea en las películas italianas o
americanas, pero querría que no se me encerrara en decora­
dos de convencionalismo. Somos todos como una tierra re­
seca que espera la lluvia; prefiero el barro de la tierra mojada
y fertilizada que la pulcritud demasiado dura de la sequía. No
me atrevería a hablar así a los de mi edad, pues mirándoles
dudaría de mi capacidad de continuar, de tener suficiente
esperanza y amplitud de perspectiva. Pero querría que tú
rompieras con la falta de futuro. Tú no puedes contentarte
con recibir una herencia, pues ya la bisutería sustituye a los
diamantes robados o perdidos. Queremos que nos guíe la
confianza, el sentimiento de vivir en una sociedad capaz de
inventar una nueva imagen de la felicidad. Ser profesor, si no
hay que preparar a los jóvenes más que para escoger entre la
tradición y la imitación, para separar cada vez más las ideas y
la práctica y para encerrarse en una oposición al orden esta­
blecido puramente ideológica, es el peor de los oficios.
Hablo de la vida intelectual no porque pudiera ser más
importante que las demás, sino porque quiero comunicar las
razones de mi recelo. Pienso en el conjunto de nuestra socie­
dad. Querría que la luz de las luchas sociales le mostrara el
camino de su futuro y de su transformación. Pero siento la
fragilidad de esas luchas creadoras, ahora que los viejos mo­
vimientos sociales se han convertido en estrategias políticas y
que los nuevos están todavía mezclados con las utopías, las
revueltas y los comportamientos de crisis. Tengo miedo de
que nuestra sociedad, no soportando más la férula del amo,
sea incapaz de llegar al conflicto, no haga más que jaleo, no
dé más que un estallido, que nos pueda luego someter a un
régimen autoritario o nos hunda en la mediocridad, la depen­
dencia y el subdesarrollo relativo. Si no he escrito un libro
sobre la sociedad francesa, si he hablado contigo de mi reac­
ción ante las crisis y los conflictos, de mis esperanzas y de
mis temores, sin tratar de esbozar una imagen de conjunto,
como dice el vocabulario escolar, es porque para comprender
la vacilación, la confusión y los desgarrones que definen
nuestra situación de hoy no hay que usar géneros nobles. Lo
más útil que puede hacer un sociólogo es romper los esque­
mas prefabricados, la campana de vidrio de ideologías, doc­
trinas y retóricas en que la sociedad está encerrada.
Ya hoy los discursos y las prácticas de nuestra sociedad
están desacompasados, y mañana aún lo estaran más. Hay
que partir de la aparente confusión, meterse sin miedo a
ensuciarse, a ser acusado de contradicción o incoherencia
por críticos demasiado precipitados o demasiado seguros de
su saber. Es así como volveremos a encontrar la realidad
social. Los actores de mayo del 68, al hundirse en la crisis y
las contradicciones, descubrieron y revelaron las nuevas lí­
neas de fuerza de la sociedad. Nadie, ni en la práctica social
ni en el análisis sociológico, puede orientarse e innovar si no
se expone a la confusión de los hechos y las ideas, en la
desnudez de una huida que es además búsqueda.
Sería feliz si te lanzaras a la aventura.
Si tuviera que hacer, pasado el bachiller superior, seis
años de estudios, y pudiera olvidar por un momento ciertas
limitaciones, yo haría dos años de estudios generales serios,
luego estaría dos años rodando por el mundo, para conocer
medios sociales distintos, y finalmente frecuentaría durante
dos años más unas universidades extranjeras, pues mi trabajo
debería vivificarse a través del conocimiento de la actividad y
el pensamiento de otros países. De vuelta de esas largas pere­
grinaciones, si fuera absolutamente necesario, querría que
me dejaran tres meses para hacer todos los exámenes de una
vez. Entonces ya podría ocuparme de un trabajo profesional.
Quizá no soy yo ajeno a la decisión que tú has tomado. A
tu vuelta aprenderé de ti y quizá trabajemos juntos. Ya no te
escribiré más, porque tú tienes muchas formalidades que
cumplir: vacunas, exámenes y, sobre todo, aprender un po­
co de portugués y leer lo que los sociólogos, economistas y
antropólogos brasileños han entendido de su país. Me gustan
esos intelectuales porque se sienten responsables de todo un
continente, en ebullición por su vida y sus transformaciones.
Ofréceles mi amistad. A la vuelta trae contigo motivos para
trabajar.. Ya nos veremos.
Yo me quedo. Algunos no hablan más que de crisis econó­
mica, y yo siento desde hace tiempo la realidad de esa ame­
naza. Pero, por primera vez en mi vida, siento que se confi­
gura una cultura, se organizan fuerzas políticas y se dibujan
alternativas sociales que no me empujan a la huida, el retiro
o la inútil ira. Quizá demos de cabeza contra el muro, pero,
por encima del obstáculo, veo las tierras de nuestro futuro.
¡Cuánto me gustaría ser más nuevo para vivir las nuevas
posibilidades! La confianza vuelve, a medida que sube en
Francia la izquierda socialista, y también el sentido de nues­
tra responsabilidad: porque, si no es aquí, ¿dónde va a ser
inventado el socialismo, y quién va a vengar a los fusilados
de Santiago?
Veré quizá cómo el pueblo recupera voz y cara, como la
nación se libera de su dependencia y el conocimiento es im­
pulsado hacia delante por las demandas de una sociedad que
estará forjando su futuro. En el momento en que me abando­
nan los últimos jirones de mi juventud, entramos todos jun­
tos en la esperanza.

También podría gustarte