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Marginación y canon: hacia una literatura vedada.

por Javier Pérez Driz

Memoria y oralidad.
Vivimos en un mundo globalizado, arrojado a la dinámica audiovisual e inmerso en un
sistema capitalista. ¿Qué significado tiene el concepto de "literatura" en este mundo
inmediato y plural?, ¿qué es la literatura para el mundo de hoy?, ¿qué rol ocupa? Lo que
podemos afirmar es que la literatura ha perdido su potencial socializador; manteniéndose
presente en el ámbito escolar-académico y ciertos círculos institucionales.
Cada cultura (y también cada estrato socio-cultural) supo entender, aceptar y rechazar
concepciones con respecto a lo que consideró "literatura" o "expresiones literarias". No sólo
las formas de producir, circular y leer literatura cambiaron a lo largo del tiempo; cambió
también la forma de definirla, de conceptualizarla, de imponerle roles, usos y normas. Jan
Mukarovsky supo demostrar que, tanto la función estética como el valor estético de una
obra, son variables y dependen del contexto social. El ámbito académico actual considera
que los antiguos cantos funerarios y rituales de las aldeas de oralidad primaria pertenecen al
campo de la literatura; esa integración nos permite estudiar cuestiones relevantes para la
crítica y el análisis histórico (por ejemplo: los rasgos de la narrativa de tradición folclórica).
No hay vestigios de que en esas culturas prehistóricas existiera un concepto (ni siquiera
similar) relacionado con la "literatura"; al menos, tal cual lo conocemos actualmente. Los
roles de lo que consideramos literatura fueron cambiando y siguen cambiando: según la
época y según cada cultura. Esto introduce un matiz antropológico y socio-histórico que
relativiza el concepto de literatura, ampliándolo y complejizándolo. Será propicio hablar
entonces de: expresiones orales, cantos, poemas, libros, recitaciones y discursos.
No hay "una literatura"; hay expresiones culturales, maneras de entender el mundo, de
ignorar, de censurar, de aceptar o de discutir con las concepciones que nos impone la
cultura en que nacemos. La cultura nos forma, nos da la lengua materna, nos trasmite
valores, prejuicios, temores, saberes y odios. Las expresiones literarias parten de una cultura
y son leídas desde ella. Cada cultura lee desde su propia configuración, desde su propia
cosmovisión.
En el siglo XVI de la era cristiana, Martín Lutero escribió sus tratados protestantes, los
cuales fueron recepcionados de diferentes enfoques en un mismo contexto histórico, leídos
con diferentes ojos, bajo diferentes ideologías. Sus tratados fueron, en parte, aceptados y
promulgados; pero también fueron censurados y repudiados por los sectores más ortodoxos
del estrato social. Las mismas palabras, letra por letra, tomaron significaciones dinámicas y
varias: fueron leídas de formas distintas a lo largo de la historia por las diferentes culturas;
pero también en su propio contexto de circulación. Imaginemos entonces la diversidad de
lecturas que pueden multiplicarse infinitamente cuando una obra de este tipo circula más
allá de su época, cuando una obra es leída por otras culturas posteriores, que conviven en
otros territorios y que poseen otras cosmovisiones. Sabemos que el emperador Qin Shi
Huang quemó todo el patrimonio literario e intelectual a su alcance, para unificar el
pensamiento y reescribir a su incumbencia la historia del mundo; sabemos que Augusto
ordenó la escritura de un libro perfecto que edificara un heroico nacimiento de su imperio.
Ambos lograron su empresa, pero sólo en parte; justamente, porque la cultura es mucho

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más que unas palabras escritas. Hubo, desde los inicios de la humanidad, un medio
comunicativo más poderoso, más persuasivo, dinámico y práctico que la escritura (tanto
para el poder, como para el uso cotidiano); ese medio es la oralidad.
Ambas formas, escritas y orales, se han utilizado como medio retórico y también artístico.
Son sistemas poderosos que pueden utilizarse, tanto para mentirle descaradamente al
pueblo, como para incentivar la imaginación de las mentes ansiosas por explorar mundos
maravillosos y desconocidos. La literatura tiene ese poder; es por ello que no debe perder
nunca su aspecto oral. Es interesante la tensión que se da, actual e históricamente, entre la
literatura, el imaginario social y la retórica (como mecanismo funcional del poder y como
ejercicio de construcción de la verdad). Sabemos que un pueblo sin memoria es más fácil de
convencer, y esa práctica toma forma con el ejercicio de la retórica. No olvidemos nunca el
lema primordial de la sofística, que en la Grecia Ateniense supo estar al servicio del poder:
"la verdad no existe, se argumenta". Uno de los objetivos de los ejes de poder es manejar el
imaginario popular, y eso requiere reescribir la historia: censurar la memoria. ¿Qué rol
ocupa la crítica y la divulgación periodística con respecto a ello? Recordemos que el canon
funciona también como instrumento de poder y constituye, muchas veces, un punto de
partida; tanto para la lectura como para la producción literaria. Ni las lecturas, ni el mercado
son impermeables a las tendencias del canon.
Es con la práctica oral cuando las expresiones literarias resignifican la importancia de la
memoria (individual y colectiva). Recordemos el final de la novela de Bradbury, dónde la
memoria es la única esperanza de la literatura, y quizás su reinicio y su eco:

Mejor guardar los libros en las viejas cabezotas, donde nadie puede verlos
o sospechar de su existencia. Somos trozos de fragmentos de historia y
literatura (...). Les pasaremos los libros a nuestros hijos, de viva voz, y ellos
esperarán a su vez y se los pasarán a otras gentes. (...) Y cuando la guerra haya
terminado, algún día, algún año, podrán escribirse los libros otra vez.
("Fahrenheit 451" de Ray Bradbury).

En definitiva, alguien (el periodismo, la crítica, el ámbito académico) debería producir


textos sobre los discursos que han sido excluidos, olvidados o censurados por los ejes de
poder. La escuela es un medio propicio para ello. ¿Qué prácticas literarias orales llevamos a
cabo?, ¿qué es hoy la literatura oral?, ¿existe?

Canon y publicidad.
En toda sociedad hay discursos culturales que están validados y otros que no lo están;
algunos tienen más exposición y son más publicitados que otros. La publicidad es el medio
por el cual el mercado impone los productos que desea vender. El canon es un sistema
utilizado por las instituciones para articular sus prácticas relacionadas con el universo
literario. Ambos medios, el canon y el mercado, imponen cierta legitimidad cultural
utilizando un mecanismo de visibilización (validación) de los discursos. Como afirma Sarlo y
Altamirano, son "órganos de legitimidad" que ejercen cierto "arbitraje cultural". Esto
significa que su propio sistema involucra también una determinada "invisibilización"; hay
una marginación de ciertos discursos: aquellos que están fuera del canon y fuera del circuito
comercial. Esa invisibilización que se articula ignorando o expulsando discursos fuera del
sistema, puede ser voluntaria y también involuntaria; cuando es voluntaria es porque un
discursos "atenta" contra los discursos que se pretenden validar y/o contra los intereses de
ese ámbito. Si un discurso literario no pertenece al canon ni forma parte del mercado de

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consumo; entonces es invisible para el imaginario popular: está vedado culturalmente. Tanto
el canon como el mercado, son sistemas dinámicos que van cambiando e incorporando
nuevos agentes. Por supuesto, el canon es un sistema más estable y el mercado, más
cambiante. En muchos casos, los contenidos de uno son incorporados por el otro: lo que
está en el mercado pasa al canon, lo que está en el canon vuelve a aparecer en el mercado.
Por ejemplo, en los años '70 y '80 la editorial Sudamenricana convirtió a la obra de Julio
Cortázar en un producto del mercado; hoy su obra forma parte del canon (sin dejar de
circular en el mercado). Pero la cultura es un tejido de voces y discursos, y suceden hechos
sociales que impactan en la configuración o los intereses de estos medios. Por ejemplo, una
declaración política que haga Noam Chomsky en un medio masivo, puede producir la
reedición de alguna de sus obras sobre Lingüística genética: temática de importancia nula
para los intereses de la social actual (pero el libro se edita igual).
Sin embargo, hay un tercer espacio de visivilización (exposición) de los discursos: el
universo audiovisual independiente; el cual aglutina a la televisión y las plataformas web. Lo
que está allí, está en la cultura. Puede suceder también que el mercado recurra al medio
audiovisual; es el caso de las publicidades televisivas, los booktrailers que circulan en la web
y los booktubers vinculados con el negocio editorial. El trabajo de estos youtubers, al estar
relacionado con el mercado, dejan de ser independientes. Por otro lado, ciertos youtubers
independientes que no están financiados, suelen abordar temáticas que están fuera del
canon o el mercado, pero su influencia en la cultura es mínima comparada con el influjo del
mercado global, con su autoridad. De estos tres espacios, el que mayor presencia tiene en el
imaginario popular es la publicidad, le continúa el canon y finalmente el circuito audiovisual
independiente. No hay que olvidar que el mercado de consumo (el más influyente de los
tres) es manejado por los ejes de poder. Esto significa que los sectores de poder de una
sociedad (anquen, en términos actuales hay que hablar de un "poder macro": el mundo) son
los que subordinan las demás prácticas culturales, validándolas o invisibilizándolas.

- Publicidad: es utilizada por el mercado de consumo (negocio editorial).


- Canon: es utilizado por las instituciones (instituciones diversas, ámbito
académico, círculos aficionados y poder político).
- Medio audiovisual independiente: es utilizado por youtubers y periodistas
independientes).

Podríamos decir que el canon es una construcción en parte social y en parte política-
mercantil; recordemos que el mercado de consumo es un importante motor de
desigualdades (lo cual involucra a la marginación). ¿Está la literatura de consumo
impregnada de voces provenientes de los sectores de poder?, ¿son los Best Sellers productos
ensamblados, regulados y vigilados por el mercado de consumo? Quizás sea injusto poner en
una misma línea todas las obras literarias que se han vuelto objetos de consumo; pero
puede ser que muchas de ellas respondan a ese paradigma opresor, a ese "ojo que todo lo
ve" y que regula las voces masivas. Algo similar sucede con el cine. ¿Por qué razón los
medios de comunicación no impulsan el consumo del cine undergraund?, ¿por qué la mayor
parte de la población mundial conoce cualquiera de las producciones cinematográficas de
Hollywood pero desconoce, por ejemplo, el cine de Peter Greenaway o Alejandro
Jodorowsky? ¿No está acaso la TV y los servicios streaming impregnados de un cine violento
que justifica el sentimiento bélico y clasista?, ¿no es esa una forma de naturalizar la
desigualdad?

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A su vez, la literatura en sí misma, como ámbito, ocupa un escalón inferior a otras medios
de expresión; entre ellos el cine y las plataformas como Youtube o Netflix. Desde este punto
de vista, la literatura sería entonces, con respecto al universo audiovisual, un territorio
discursivo sumergido en cierta marginación. Actualmente, el único nexo de la literatura con
lo cotidiano y lo popular es la escolarización, además del contacto con el circuito publicitario
de la literatura comercial. Pero la literatura en la escuela ocupa todavía un espacio
demasiado formal e ingenuo. Todos sabemos que la literatura puede funcionar como medio
para incentivar el placer por la lectura y la imaginación; pero también es un poderosísimo
medio para incentivar la reflexión y el debate, para recuperar la memoria y trasmitir la
historia de un pueblo. Esta última empresa no es más que el objetivo que, en muchos casos,
perseguían las tradiciones orales, los cantos, los cuentos y los mitos antiguos que mantenían
viva la memoria de los pueblos. Básicamente, en las sociedades antiguas el objeto de las
prácticas literarias era la socialización y la integración del ciudadano a la dinámica cultural.
En este sentido, el estado (o gobierno) era omnipresente, apoyando la circulación y
producción de un tipo de literatura didactizante.
"Volvió a mirar el retrato del Gran Hermano. ¡Aquel era el coloso que dominaba el mundo!
(...) Se había vencido así mismo definitivamente. Amaba al Gran Hermano". (1984 de George
Orwell). Este es el final de otra premonitoria novela de ciencia-ficción, un final que retrata el
destino de opresión y desigualdad del cual es muy difícil escapar como sociedad. Pero tal
vez, esa opresión siempre será vulnerable ante las impredecibles inquietudes del individuo.
Sabemos que el ejercicio de la desinformación es mucho más poderoso que el de la
información; sus ensordecedores golpes repercuten de una forma más destructiva. Pero sus
voces no destruyen ni enloquece rápidamente a sus receptores; si no que siembran en la
sociedad una pandemia más difícil de erradicar, un germen autodestructivo disfrazado de
comodidad y naturalidad. Esto resulta aterrador, y a su vez esclarecedor, en una época
dónde la información está al alcance de la mano. Nuestro contexto actual forma
generaciones encandiladas por lo audiovisual, sujetos acostumbrados a los incesantes flujos
de información y de universos virtuales, sujetos alejados del ejercicio de la experiencia. Es
necesario recordar que no es lo mismo la información que el conocimiento. Justamente, el
sendero que se debe atravesar desde la información al conocimiento es el de la experiencia.
Hoy y mañana, la filosofía tendrá la responsabilidad de preguntarse qué es la libertad (y
también de impulsarla como inquietud); la filosofía deberá asumir definitivamente su rol
emancipador, activo y cotidiano en la organización de la sociedad.
En este capítulo hemos citado ya dos novelas distópicas que pertenecen al género de
Ciencia-Ficción; un género considerado "menor" y que ha sido marginado en el ámbito
académico. Presenciamos así otro hecho que nos demuestra que el rumbo de las lecturas y
los juicios de valor sobre las obras literarias están configurados (al menos en parte) desde los
sectores de poder. Y eso tiene amplia relación con lo que llamamos canon literario. Sin
embargo, es posible matizar esta mirada.
Se produce una extraña tensión entre canon y consumo; aunque no siempre están
alineados ni responden a los mismos poderes. En muchos casos, la literatura de consumo
tiene estricta relación con el mercado; pero también, el canon retrata los caprichos y las
rancias costumbres de las élites. Las palabras del poder están vulgarmente cinceladas sobre
una fina capa de hielo que rápidamente se derrite al exponerla al sol; pero las palabras de
aquellos que conocen la lengua y se han formado para comprender el mundo que nos rodea,
pueden dolerles tanto que terminarán recurriendo a sus instintos más primitivos. En esos
momentos es cuando el poder evidencia su costado más silencioso y perverso. ¿Qué lugar

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ocupa y ocupó, en cada sociedad, el estado y el circuito del mercado de consumo con
respecto a la literatura?

La cultura en su concepción más liberadora y emancipadora del sujeto y el


libro como agente de transformación social y cultural, se tornaron amenazas
(...). Las temáticas contenidas en los diferentes títulos censurados son
múltiples y variadas.
(Comisión y Archivo Provincial de la Memoria. En: Biblioteca de libros
prohibidos, 2012).

La censura operó en la Argentina para preservar los valores, el status quo,


arraigado en la sociedad o en los grupos dominantes, sean estos económicos,
religiosos o políticos.
La censura y las incineraciones de libros se remontan a lejanos tiempos de
la humanidad.
(Alfredo Guevara y María Molfino en: La censura y la destrucción de libros
en el último gobierno de facto, 2005).

Lo perturbador de nuestro contexto actual es que los ejes de poder ya no necesitan


censurar la obra de Orwell o de Bradbury (las cuales sabemos que estuvieron prohibidas en
Argentina). No lo necesitan porque estas obras pertenecen a un sistema que a su vez está
marginado ante los soportes audiovisuales: la literatura en sí misma como medio de
expresión. Para los ejes de poder, es mucho más productivo desinformar mediante la
producción de nuevos discursos, que destruir voces que le son incómodas; porque de esta
forma evitan una censura violenta. En resumen: los sistemas de opresión han evolucionado
enormemente, ejercitando la violencia, pero no de forma física; si no, de manera intelectual
y virtual. Internet y los nuevos sistemas de comunicación le dieron al poder los medios para
aplicar su retórica mediante géneros discursivos más persuasivos y soportes más inmediatos,
disfrazando de "conocimiento y comunicación": esa inquietante e hipócrita grieta que se
abre entre la información y la desinformación. De otra forma, un medio tan poco interactivo
y tan unidireccional como es la TV, no tendría lugar en el mundo de hoy. Lo paradójico es
que la TV (un sistema tan caduco) continúa siendo preponderante y persuasiva entre los
principales soportes que utilizan los mass-media. Sabemos que la sociedad consumirá lo que
le vendan, aunque el producto sea mediocre, inservible o incluso amenace su salud.
El teórico Edward Said afirma que: "podremos comprender mejor la persistencia y la
durabilidad de un sistema hegemónico, como la propia cultura, cuando reconozcamos que
las coacciones internas que estos imponen en los escritores y pensadores son productivas y
no unilateralmente inhibidoras."
Uno de los grandes pensadores del siglo veinte, Michael Foucault, propuso un interesante
discurso que nos permite articular los conceptos de censura, poder y exclusión. Foucault
afirma que existen tres grandes sistemas de exclusión que afectan al discurso: la palabra
prohibida, la separación de la locura y la voluntad de verdad.

Existe en nuestra sociedad otro principio de exclusión: no se trata ya de una


prohibición sino de una separación y un rechazo. Pienso en la oposición entre
razón y locura. Desde la más alejada Edad Media, el loco es aquel cuyo
discurso no puede circular como el de los otros: llega a suceder que su palabra
es considerada nula y sin valor, que no contiene ni verdad ni importancia.

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(Michael Foucault en: El orden del discurso, 2005).

Da escalofríos leer este pasaje de Foucault, sobre todo si lo cruzamos con una idea que es
muy convencional y arto reproducida cotidianamente: ¿no está el arte estrechamente
relacionada con la locura? Deberíamos preguntarnos entonces ¿por qué hay obras de arte (o
artistas o medios artísticos) que están legitimadas por los ejes de poder y otras que son
ignoradas por estos?
Analizamos y producimos obras literarias insertas en un contexto socio-político
específico; los procesos de escritura están atravesados por los rasgos característicos del
contexto de producción. ¿Qué tipo de obras analiza la crítica literaria actual? La crítica del
futuro debe abandonar su hipocresía y su dependencia, para dejar de ignorar la desigualdad
y la "marginación discursiva" ejercida por los sectores de poder. Esto mismo podría
fomentarse en otros ámbitos sociales y culturales; entre ellos la ciencia y la técnica.
Recordemos que el sistema capitalista no es un sistema de control; es "el sistema", un
sistema macro: aquel que engloba a todos los sistemas. El sistema capitalista es el mundo
mismo; sus rasgos determinan las características del contexto de producción y circulación
actual. La crítica forma parte de ese contexto de producción, de esas censuras. En nuestro
mundo, los estados que están fuera del sistema capitalista, están fuera del mundo. Es por
eso que en la actualidad, los extremos ya no tienen lugar, es por eso que el liberalismo y el
marxismo ya no pertenecen al mundo de lo concreto. Todo está conectado con el mundo, lo
que está visible en él o lo que ha sido excluido por él.

Existen, evidentemente, otros muchos procedimientos de control y


delimitación del discurso. (...) Creo que se puede también aislar otro grupo.
Procedimientos internos, puesto que son los discursos mismos los que ejercen
su propio control; procedimientos que juegan un tanto en calidad de
principios de clasificación, de ordenación, de distribución (...).
(Michael Foucault en: El orden del discurso, 2005).

Aquí Foucault va más allá y se adentra en el corazón mismo del discurso, en el germen de
control inmanente, en su principio constructivo y su propia arquitectura. Entonces, la
censura no sería sólo una fuerza exógena que arremete contra los discursos; si no que, los
discursos mismo están constituidos por principios de exclusión. Este punto resulta aun más
interesante al cruzarlo con el universo de la literatura y preguntarnos: ¿cuáles serían
aquellos "discursos literarios" que podríamos reconocer como productos del "control"?,
¿qué rasgos estructurales y de estilo dan cuenta de los mecanismos de exclusión que han
participado durante el proceso de producción de la obra?, ¿cómo ejercemos los docente las
prácticas de exclusión y censuras desde nuestro propio ejercicio de "selección de obras y
contenidos escolares"?
Estas preguntas deben conformar (y de manera urgente) un nuevo paradigma que
configure los futuros análisis críticos, los enfoques de enseñanza y el abordaje de las
Prácticas del Lenguaje como asignatura escolar.

Escalas de visibilización del capital cultural: hacia una socialización controlada.


La literatura es parte de la cultura, sus discursos pertenecen al patrimonio cultural. Todo
estado posmoderno está inserto en la dinámica del mercado global, subordinada por el
sistema capitalista. Sabemos que el estado intervendrá institucionalmente, en mayor o
menor medida, para imponer sus propios intereses; sin importar bajo qué indeologías

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específicas, pero siempre intentará intervenir la conciencia popular (manejo del capital
cultural y la opinión pública). Sin embargo, su influjo posee un estrato de impacto menor
que las prácticas abordadas por el sector privado (nos referimos al manejo de la opinión
pública y el consumo global, mediante el marketing y la construcción de "una verdad" a
través del sistema retórico de los medios masivos de comunicación). En algunos casos, los
intereses del estado entran en simbiosis con los del sector privado; en otros casos, se
oponen o se ignoran. Lo cierto es que el capital cultural y el imaginario popular se ven
atravesado por invisibilizaciones de ciertos discursos culturales, lo que involucra un tipo de
violencia simbólica.
Claramente, en nuestro mundo atravesado por la dinámica de las redes sociales y los
dispositivos móviles, la literatura ya no es el ámbito primordial desde el cual se articulan los
procesos de socialización. Eso no significa que el mercado no intente imponer un tipo
particular de literatura; después de todo, una novela continúa siendo un interesante medio
de persuasión. Sería importante que la escuela reformule esta realidad, repensando el
corpus literario y los contenidos curriculares "más relevantes", para "impedir" que los
procesos de socialización dependan sólo de los intereses del poder político-mercantil. Todos
sabemos que hay en la literatura un universo propicio para la construcción de una
socialización menos dependiente, más filosófica y reflexiva. Lo que no debería existir, al
menos desde lo curricular, es un "canon de obras emancipadoras"; porque justamente, ese
mecanismo recaería también en la determinación política, encadenando la reflexión y las
libertades a las imposiciones de "una ideología" de estado (el control mudaría del mercado
al estado). Hacer una lista negra de obras literarias es censura; hacer una lista blanca es
demagogia (aunque esté disfrazada de socialismo).
Ya hemos dicho que hay discursos literarios más visible que otros, y que éstos está
regulado por intereses que perforan a la cultura; y por lo tanto, al universo literario (a los
procesos de lectura, consumo y producción literaria). Podríamos ensayar una suerte de
esquema que nos muestre el lugar que ocupa cada tipo de discurso, en relación a esa escala
de visibilidad y validación cultural que el estado y el mercado regulan. Proponemos a
continuación una escala que "determine el nivel de exposición y circulación de una obra
literaria", en un determinado contexto de circulación y recepción. El cuadro que
presentamos abordará tres contextos de recepción diferentes.

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Básicamente, lo que está en la cima del esquema está validado y legitimado; lo que está
en la base está marginado y excluido. ¿Qué hacemos entonces con aquello qué está
marginado?, ¿quién o qué determina una mayor o menor exposición y circulación de una
obra en determinada sociedad?
Los contextos culturales e históricos pueden resultar extremadamente dinámicos y
antagónicos; por eso mismo, cuanto más nos distanciamos entre los contextos históricos,
más necesario será modificar la columna (izquierda) que determina los tipos de obras y
ámbitos literarios. Alguien podría no coincidir con la ubicación de cierto autor en cierto tipo
de ámbito; lo cual es irrelevante. Lo que pretendemos realizar es un ejercicio que nos
permita sistematizar el proceso piramidal y escalonado de valores y legitimaciones de los
discursos literarios (que se da en una determinada cultura). Además, esta disposición no está
determinada específicamente por los números de ventas, lo cual depende de situaciones
relacionadas con procesos del mercado y que, en ciertos contexto históricos, sería imposible
de determinar. Este gráfico no es un simple cuadro de "las obras más vendidas"; es una
organización de los propósitos de visibilización ejercidos por los ejes de poder y los intereses
del mercado, una tentativa de ello.
Resulta interesante analizar lo dinámico y cambiante que puede resultar este sistema de
valores, según cada sociedad y cada contexto. Para ilustrar un ejemplo: en el Barroco

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español, la poesía de Góngora estaría en la cúspide de nuestro gráfico; el Lazarillo de
Tormes, en la base. Esta "organización" de las obras literarias en un contexto determinado,
depende ampliamente de los ejercicios del poder (que es lo mismo que decir: de las
características socioculturales de ese contexto de circulación). La forma de leer de una
época, es la forma en que los sistemas de poder atravesaron a esa cultura. ¿Cuál es el
germen de los ejes de poder?, ¿quiénes tiene el poder para imponer, modificar o configurar
la y exposición de una obra literaria? La respuesta es muy sencilla: aquellos que controlan la
maquinaria estatal y (en mayor medida) aquellos que controlan la maquinaria del mercado.
¿Cuáles son los límites del poder en relación a la circulación y exposición del patrimonio
estético? Esta respuesta también es muy sencilla: no los hay.

Un importante legado que nos dejó Hans-Robert Jauss fue concebir a la historia de la
literatura como una "historia de las lecturas". ¿Cómo lee una sociedad y por qué? ¿Cómo
leemos hoy?, ¿qué leen los más jóvenes? Si analizamos las novelas más comercializadas de la
literatura juvenil actual, encontraremos ciertos rasgos en común y verdaderamente
significativos. Son características que pueden traducirse como normas, esas normas están
reguladas por el mercado editorial; entre ellas: la presencia de una aventura y un amor
adolescente, algún tipo de distopía o realismo escolar, la presencia de personajes
estereotipados que simulan odiar los estereotipos, la búsqueda de una identificación directa
con las emociones del lector juvenil, y finalmente (la presencia de este rasgos es lo más
alienante para la "calidad" discursiva, el manejo de la lengua y la búsqueda de un lenguaje
propio) la imposición de lo argumental sobre la posibilidad de un tratamiento discursivo
diferente o experimental. Hablamos entonces de productos, de un tipo particular de discurso
que simula ser sólo entretenimiento pero que siempre es más que eso. Entonces, si es más
que entretenimiento, ¿qué es? ¿Una de las tantas herramientas discursivas utilizadas por el
mercado, para imponer un tipo de sujeto social, un tipo de ciudadano, un tipo de
consumidor?
Imponiendo la reflexión ética a la práctica educativa, nos preguntamos todo esto que
hemos abordado ¿involucra verdaderamente a ciertas intervenciones docentes? Si fuera así,
¿cómo intervienen los docentes frente a esta realidad, en la cual los procesos de
socialización se ven subordinados al poder y el consumo?, ¿qué responsabilidad debe asumir
el estado con respecto a las currícula?, ¿qué intervenciones docentes realizamos para
subvertir esa realidad?, ¿lo hacemos?, ¿forma parte de nuestro rol docente hacerlo?

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