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ÍNDICE

1- Como un gran pez


2- Entre rutas
3- Lito
4- Fronteras
5- En el rio
6- Jonathan
7- La Rama caída
8- Turistas y el chino Pablo
9- Como marines
10- Año nuevo
11- El primer viaje
12- Hermosa Rutina
13- Guardavidas
14- Motocross y un partido de fútbol
15- Mochileras
16- Sin luces
17- Peña de domingo
18- Las Azules
19- Al universo a escondidas
20- Sin licencia
21- El rescate
22- Dos buenas hondas
23- Como en familia
24- El hombre de hierro
25- El último empujón…
26- Cinco años después
Dedicado a:
Cristian, Joaquín, Lito, Fernando, Alejandra
Y a todos los aventureros
¿Prólogo?

Ni siquiera soy escritor. ¿O sí? Estoy escribiendo, tal vez lo sea. Pero nunca
estudie ni me perfeccione en literatura, simplemente me divierte y me gusta
escribir. De hecho mi primera pasión es y siempre será la guitarra. Tal vez
viene por ese lado la cosa. Componer, escribir canciones. No sé, es todo un
conjunto de cosas. Pero hay algo que quiero dejar claro: me gusta escribir,
tengo ganas y lo voy a hacer.

Dicen que en esta vida hay que plantar un árbol, tener hijos y escribir un libro.
Ya planté varios árboles y todavía no soy padre pero lo seré algún día.
Entonces me pregunte si para publicar un libro hace falta estudiar o ser
conocido. Si hace falta mucho dinero o mucho prestigio. Y descubrí que no.
Hoy en día, con la tecnología a flor de piel, es más fácil que hace veinte años
atrás. Y no pienso estudiar una carrera de Letras o Literatura o como sea que
se llame, para sacarme las ganas de crear un libro.

Lo bueno es que no nace primero la idea de hacer un libro, sino que nace la
historia y se gana el derecho a ser contada. ¿A quién? Primero a mí mismo.
Después, a quien tenga ganas de leerla.

Elegí “persiguiendo sueños” como título, no solo porque hablo de mi primer


aventura por el mundo, sino también porque la idea de este libro es hacer que
el lector entienda que en esta vida SE PUEDE. Simplemente esas dos
palabras. Quiero animarme a la aventura, llena de peligros y misterios, SE
PUEDE. Quiero sacarme las ganas de escribir un libro, SE PUEDE. Quiero
sentirme vivo haciendo lo que me gusta, lo que me hace bien, SE PUEDE.

Seguramente encontremos errores gramaticales, ortográficos, o en algún


momento se vuelva monótono, pero lo que en realidad me importa, es
compartir como me anime a la vida y como entendí que SE PUEDE….
Como un gran pez…

Siempre quise sentirme un gran pez.


Sentirme demasiado grande para la pecera en que me tocó vivir. Pasaron los
años, y la pecera se fue haciendo más pequeña, o quizá yo más grande. Y llego
el momento. Y cuando llega no lo planeamos, no lo pensamos. Solamente
llega. Y lo entendemos. Lo sentimos.
No todas las personas tienen ese espíritu de libertad tan poderoso, que a veces
le gana a la mente y toma decisiones por su cuenta. No todos vemos el mundo
de la misma forma. Pero los que son parte de eso, saben que cuando llega el
momento de la libertad del alma, no hay forma de decir que no.
Lo más lindo de esas decisiones, es que simplemente surgen, y cobran vida
antes de que podamos si quiera pensarlo. Y así me paso a mí.

Fue en diciembre. No puede ser, no paso ni un año.


Recuerdo que había visitado la ciudad de San Rafael y el Valle Grande en
Noviembre, durante una excursión universitaria. Todos los que fueron,
simplemente seguían el proceso de ser un estudiante y disfrutar de unas
vacaciones y campamentos en otros puntos del país. Pero yo no. Yo iba con
otra idea en la cabeza. Involuntariamente, inconscientemente, sabía que iba en
busca de algo más. Iba en busca de aventura, de señales, pistas, que me
ayudaran a llegar a mi objetivo, de aprender, conocer, explorar, crecer. Y lo
encontré…
Como buen profesor de educación física, siempre ame la naturaleza, los
campamentos, las noches de fogata y juegos nocturnos. Y obviamente, el
deporte aventura.
Era la primera vez que tenía esas experiencias. Caminatas por montañas,
rafting y kayak en el río y en el lago. Rapel desde más de cincuenta metros de
altura en roca viva. Todo en un solo lugar, y en una sola semana. Quería vivir
de eso. Quería vivir ahí. Quería ser parte. Me prometí volver, y les prometí
volver. Si, la gente del valle me ofreció la posibilidad de intentarlo, a mí y a
muchos más. Pero solo yo volví.
Bueno, no tan solo. La idea era cruzar el país de este a oeste en moto. Con tan
solo veintiún años, sin experiencias de la vida. Y había alguien que compartía
ese sueño al igual que yo.
Cristian, es otro profesor de educación física con el cual compartí varias
experiencias, la gran mayoría dentro de ese mismo ambiente. Pero teníamos
algo en común, la locura por las motos y las aventuras. Le conté de mi idea, y
a los pocos días ya era “nuestra” idea.
Desde el momento de la decisión, hasta el momento de la acción, hubo
aproximadamente veinte días de distancia. Fueron más que suficiente para
organizar todo, preparar las motos, comprar los materiales indispensables,
hacer los papeleríos necesarios. Estaba todo listo. Solo tenía que llegar el gran
día.
Entre rutas

Y el día llego.
Nunca me puedo acordar como desperté ese día. Si dormí bien o mal. Si me
acosté tarde o temprano. Si me levante asustado. Si desayuné. La única
imagen presente es la previa a la salida, y también de mí mismo tratando de
convencer a mi madre de que estaría bien, que lo peor que podía pasarme era
pinchar una rueda, cortar el cable de acelerador o embrague y eso tenía
solución. Si bien la idea era salir al mediodía, para llegar antes del anochecer a
mitad de camino, terminamos saliendo a las dos de la tarde.
Llegué a la casa de Cris y comenzamos a preparar los bolsos para cargarlos en
las motos. No era nada fácil, ya que llevábamos ropa para dos meses de
campamento, la carpa, las bolsas de dormir, una mochila llena de herramientas
y repuestos para la moto, una mochila con comida, los elementos necesarios
para el viaje en una mochila a mano, e inclusive una botella de aceite de cinco
litros vacía, para usar como contenedor de combustible por si nos quedábamos
en el medio de la nada.
No podía despegarme de mi vida cotidiana, sabía que estaba a punto de dejar
todo en un giro de muñeca que pondría en marcha el motor que me llevaría a
vivir la primera aventura, la primera locura de mi vida, el primer sueño
cumplido.
Ni lo pensé, fui al baño en la casa de Cris, tome agua, me puse los guantes de
neopreno, y me subí a la moto. Todavía faltaba pasar por la estación de
servicio a llenar el tanque, con lo cual podríamos recorrer una distancia
aproximada de doscientos cincuenta kilómetros sin parar.
El objetivo del día era recorrer la mitad del camino antes de que oscureciera.
Es decir, unos quinientos kilómetros en menos de siete horas. Ya me temblaba
la columna de solo pensarlo.
Lo bueno de Cristian era que tenía una actitud positiva y realista ante las
cosas. Le buscaba la vuelta y la solución a lo que fuera necesario. Y lo bueno
de mí, es que soy líder por naturaleza, me gusta estar bien organizado,
prevenido, seguro, y analizar todas las posibilidades para que todo salga bien.
Por ejemplo, cada vez que parábamos, yo era el que revisaba cada pedacito de
las motos, lubricaba las cadenas, me fijaba que los bolsos estuviesen bien
atados, miraba el mapa en todas las direcciones. Yo era el que insistía en
cargar combustible en cada estación de servicio, aunque sabía que con dos
veces en total ya era suficiente. Creo que en ese momento fuimos un buen
equipo.
Es más que necesario contar que Cris se durmió en un momento y manejo
aproximadamente un kilómetro dormido, solo Dios sabe cómo.
La ruta era un desastre. La primera parte del camino, estaba llena de baches y
pozos del tamaño de un cráter de esos que se ven en la luna. Teníamos que
estar atentos y esquivarlos varios metros antes. A Cristian se le complicaba,
con su pequeño problema de sonambulismo en dos ruedas. Pero sobrevivimos,
y llegamos al siguiente tramo de ruta, ya mucho más prolijo y cuidado.

Ese día fue duro. Empezó a hacer mucho frío y a oscurecer. Si bien estábamos
abrigados, con guantes, camperas y bufandas, el viento que golpea de frente a
los motociclistas en la ruta, siempre es frío, y más de noche. Era insoportable.
Recuerdo tener la cara congelada totalmente.
El tiempo y la luz, no estaban saliendo de acuerdo al plan. La idea era estar
llegando al punto medio alrededor de las siete, pero ya eran las nueve de la
noche y seguíamos en la ruta con algo de ochenta kilómetros por delante.
Y pasó lo que tenía que pasar.
Soy bastante negativo en el sentido de que a veces me gusta pensar la frase
“porque me pasa esto a mí”, o “estas cosas me pasan a mí solo”. Pinche la
rueda de adelante, casi a las diez de la noche, congelado, en el medio del
campo a oscuras por una ruta que no pasaban ni dos autos por hora.
Lo peor de todo es que si se pincha la rueda trasera, te das cuenta enseguida,
porque empieza a vibrar la moto desde atrás y te da tiempo de frenar, pero la
delantera es más traicionera. Apenas pierde un poco de aire te desestabiliza
toda la moto y el andar, es decir que si venís muy rápido te caes seguro. Yo no
me caí porque calculo que no era mi momento de tocar el arpa. Igualmente
seguía sin entender cómo podía pinchar una moto con ruedas todo terreno en
una ruta de asfalto sano.
Paramos al costado de la ruta y Cristian puso su moto de frente a la mía para
iluminar y buscar la pinchadura. Era de película. No había agarrado ningún
clavo ni objeto con punta. El mismo girar de la rueda tanto tiempo seguido,
hizo que se desgaste la válvula de aire y la cámara ya no servía más.
Me vi complicado.
Estaba fresco el aire. Estaba oscura la noche. Estaba lejos el pueblo siguiente.
Intente pensar en positivo y recordé que el mayor objetivo de esta aventura era
aprender y lograr experiencias únicas e irrepetibles, y pensé que superando esa
situación, realmente era un buen comienzo para sumar al cajón de las
experiencias.
Sacamos la mochila de herramientas y repuestos, y buscamos el aerosol
sellador, una especie de cosa milagrosa y mágica que cambio mi vida, ya que
no solo tiene la delicadeza de sellar las pérdidas en la cámara sino también de
inflarla con aire comprimido hasta que queda como nueva. Deben haberlo
inventado los japoneses.
Nos retrasamos casi media hora y ya habían pasado las diez de la noche.
Cargamos la mochila, nos abrigamos bien y seguimos.
Lito

Esta viene a ser la mejor parte del viaje de ida.


En la moto llevaba una carpa y bolsas de dormir por si lo necesitábamos para
acampar en algún lugar de improviso. No lo usamos.
Existe una organización de motociclistas que se encarga de ayudar a los
viajeros en moto que necesitan ayuda, ya sea con hospedaje, emergencias,
mecánica, comida, abrigo, etc.
Tienen un listado donde cualquier voluntario puede anotarse para ayudar a
quien lo necesite. Es increíble que exista gente así en el mundo. Pero más
increíble aún, era el gran Lito.
Buscamos en ese listado, personas pertenecientes a la ciudad que era el punto
medio del viaje.
Había varios, pero los comentarios y la información nos llevaron a él. Si bien
nos comunicamos con varias personas, fue él quien nos siguió todo el camino
por mensajes y llamadas y realmente se mostró preocupado por nuestro
bienestar. Nuestra idea era tener un garaje donde guardar las motos del rocío
y del frío, y desde ya, cuidar nuestras pertenencias. Para dormir no
necesitábamos una cama, simplemente donde poner la carpa. Pero todo se
volvió perfecto.
Llegamos después de tanto frío y cansancio, y paramos en la estación de
servicio del pueblo para ir al baño y descansar mientras esperábamos a Lito.
Comenzó a demorarse, y nos preguntamos si vendría a buscarnos o si tal vez
habría tenido algo más importante que hacer.
Y llegó. En su auto con su novia. Bajo muy preocupado y nos saludó muy
amablemente. Era un tipo sencillo y gentil, de muy buenos modales y muy
simpático. Cuando una persona es de buen corazón, no hace falta conocerla
mucho para descubrirlo, porque se nota a simple vista, con pocas palabras y
gestos.
Yo le había comentado por teléfono que habíamos pinchado la rueda, y no lo
dudó, agarro su auto, cargo herramientas y salió a buscarnos. Así de simple.
Recorrió algo de veinte kilómetros de ruta oscura buscándonos. No podíamos
creerlo. No lo sabíamos. Mi única intención fue avisar que tardaríamos más
por el incidente. Pero él no iba a quedarse sentado mientras dos jóvenes
viajeros estaban en problemas.
Cuando nos contó eso, con Cristian nos miramos como diciendo, que buena
gente hay en el mundo. Los verdaderos héroes no llevan capas ni tienen
poderes, tienen un corazón grande y no buscan cambiar el mundo, pero lo
cambian simplemente con su presencia, y no lo saben.
Lo seguimos hasta su casa. Era una ciudad grande y tranquila. Las calles
estaban bastante desiertas. Y era entendible. Eran las once de la noche y hacia
un frio que congelaba el líquido nasal de cualquiera.
Llegamos a la casa y lo primero que hice fue literalmente saltar sobre la
estufa. Me saque los guantes y estuve aproximadamente toda la noche con las
manos ahí. La novia de Lito, cuyo nombre no recuerdo, fue hasta una rotisería
a comprar algo para comer. Mientras tanto, nosotros tomamos algunos mates
calentitos y charlábamos para conocernos.
Lo que más le sorprendió a Lito, fue nuestra edad. Éramos demasiado jóvenes
para el gran viaje que estábamos haciendo. Cuando se habla de motociclistas
viajeros, uno imagina grandes motos choperas y largas barbas blancas, ropa
negra y ajustada, dibujos de calaveras. Nosotros éramos dos profesores de
educación física, de veintitrés y veintiún años, más bien delgados y no muy
altos. Con poca experiencia de la vida, sin barba ni bigote que ayude a la
causa.
Hablamos un rato largo sobre nuestros trabajos, familias, motos, sueños,
viajes.
Creo que habré comido alrededor de diez empanadas y tres porciones de pizza
si no me falla la memoria. Estaba destruido. Necesitaba dormir.
Guardamos las motos en el fondo de la casa, y me quede muy tranquilo ya que
tenían tres perros dogos, de esos que parecen dinosaurios. Dos estaban sueltos
y eran amigables pero según Lito, muy protectores del hogar. El otro estaba
atado en un rincón muy callado y tranquilo. Por lo que pude suponer, ese era
el verdadero patovica del boliche. Y me lo confirmaron. Por algo estaba atado.
Era un asesino serial. Una bestia insaciable. Según las anécdotas, ese perro
había asesinado a otros perros del barrio que se metían a la casa o que
simplemente pasaban por la vereda y tenían la mala suerte de encontrarse con
Harry desatado. No recuerdo bien el nombre, pero creo que era Harry, y
bueno, si no se llamaba así, igual le queda bien.
Estábamos muy contentos de haber encontrado a Lito, ya que todo parecía
estar muy bien, pero cuando pensamos que estaba todo dicho, escuchamos de
su boca algo así como:
“bueno muchachos, me voy a dormir a la casa de mi novia, usen la
computadora si quieren, esa es mi habitación, tienen más frazadas en el
armario por si les da frío, y en la heladera hay comida y refrescos, siéntanse
como en casa”.
Primero pensé que era un chiste. Y nos miramos con Cris sin saber que decir.
Era majestuosa la confianza que tenía con nosotros, y ni hablar de la
amabilidad y hospitalidad.
Sin poder creerlo, le preguntamos algunas cosas para tener en cuenta, y se
marchó.
No aguantábamos el dolor de espalda y el cansancio así que no tardamos ni
dos minutos en acostarnos. La cama era de dos plazas y las frazadas muy
abrigadas, así que dormimos como reyes prácticamente. Muy cómodos y
felices.
No queríamos abusar de la hospitalidad así que pusimos alarmas para
despertarnos alrededor de las ocho de la mañana. Además teníamos que
continuar viaje.

Nos despertamos y preparamos mate y café para esperar a Lito que venía
temprano a desayunar con nosotros antes de irse a trabajar.
Recordé el problema de la rueda y llamamos a una gomería a domicilio, cosa
que no sabía que existía, pero parecía ser muy común en la zona. No tardo ni
diez minutos en llegar. Fue muy efectivo porque no solo la desarmo en poco
tiempo sino que también tenía cámara nueva del tamaño exacto. La dejó como
nueva. No fue muy barato pero tampoco era caro ya que vino a donde estaba
yo, y lo soluciono en un abrir y cerrar de ojos.
Ya estábamos listos para partir.
Fue difícil la despedida. Le habíamos tomado un cariño especial a este
personaje de historietas. Parecía como si lo hubiésemos conocido de toda la
vida.
Nos dio algunos consejos para el viaje, nos indicó como salir a la ruta, y
finalmente partimos.
Estábamos sin palabras.
Paramos a cargar combustible en la entrada del pueblo antes de agarrar rutas.
Seguíamos sin palabras. No podíamos creer la situación que habíamos vivido.
El haber conocido a alguien con un corazón tan noble y humilde. Alguien con
códigos y amor por los demás.
Si el mundo estuviera formado por personas así, la vida sería mucho más
agradable y feliz para todos. Pero bueno, creo también que el hecho de que
existan pocas personas así, las hace más especiales, únicas e irrepetibles. Y
encontrarlos, equivale al mayor tesoro de la humanidad.
Fronteras

Descubrimos en pocas horas que esta era la parte más aburrida del camino.
Prácticamente no había árboles, ni casas, ni seres vivos que pasearan por ahí.
Rondábamos el mediodía y el calor se ponía pesado. Fueron algo de
trescientos kilómetros de campo y más campo. Sol y más sol. Cerca de la una
de la tarde frenamos al costado de la ruta a descansar un poco el cuerpo y a
comer algunas empanadas que la madre de Cris nos había preparado. Me
acosté en el pasto verde y seco, pero brillante, y me quede mirando el cielo y
sintiendo el viento solar. Había una sola palabra que podía acercarse un poco a
esa sensación que me llenaba. Libertad. En el medio de la nada, quien sabe
dónde, entre mi casa y mi destino, lejos de toda seguridad, lejos de todo
camino fácil. Se sentía muy bien. Aunque había un poco de miedo acechando
por ahí.
Seguimos viaje, pero el calor era insoportable y volvimos a parar más o menos
una hora después. Me baje de la moto, me saque todo el abrigo protector, los
guantes, el pantalón, la remera, agarre la cantimplora y tomé un buen trago de
agua. Me quede en ropa interior a la orilla de una ruta desierta, intentando
refrescarme un poco. Cris no me acompaño en mi locura pero si se sacó la
campera.
Hablamos un poco de la vida, de Lito, del viaje, de las cosas que venían
saliendo bien y las que no.
Continuamos. Al fin después de muchos kilómetros de campo llegamos a un
cruce de dos rutas, en el cual se podía apreciar algo más de movimiento de
vehículos, una estación de servicio, y la entrada a alguna ciudad cuyo nombre
tampoco recuerdo.
Nos miramos y sin dudarlo, frenamos en la estación de servicio, y nos
acercamos a una especie de bar que había a pocos metros. Entramos y sin
dudarlo, pedimos una cerveza bien fría para sofocar el calor interno. No era
una gran idea tomar alcohol, sabiendo que quedaban doscientos kilómetros
aproximadamente por recorrer, pero fue imposible resistirse a el placer de esa
espuma tocando nuestro paladar.
Como todo bar en las afueras de las ciudades, y más en el campo, pudimos
apreciar que nos acompañaba la presencia de algunos personajes de caras
cansadas y arrugas de trabajo al rayo de sol. Gente mayor, pueblerinos,
algunos fumando, otros jugando al truco. Y como era de esperarse, la
presencia de dos jóvenes de tan poca edad, con grandes mochilas colgando y
demasiado abrigo para el calor que hacía, los lleno de misterio, pero la
mayoría se quedó con la duda. Digo la mayoría porque el más cercano,
decidió acercarse a nosotros, preguntarnos de donde éramos y a donde nos
dirigíamos. Charlamos un poco sobre la vida, y resultó que tenía parientes que
eran vecinos de Cristian. Una de las cosas más agradables que te puede pasar
en una aventura, es conocer personas, con otras culturas, con otras ideas, otros
valores y códigos. Te abre la cabeza muchísimo.

No deberíamos haber tomado cerveza. Veníamos deshidratados y acalorados


con el viaje, y el cuerpo no tardó mucho en absorber aquella sustancia
hermosa, y procesarla más rápido de lo normal. Lo que significa que ya estaba
medio mareado. Se me lleno la cabeza de preguntas.
Gracias a Dios, el camino siguiente, también era desierto y tranquilo. No tuve
problemas.
Lo único que me pareció interesante y a la vez tedioso, fueron los relieves que
tenía la ruta. Eran como toboganes. A la distancia se veía como se formaba
una línea vertical y si venían autos, aparecían como mágicamente desde lo
más alto, en el horizonte. Llegabas a tal altura y cuando empezabas a bajar de
nuevo, volvían a aparecer. Ya al cuarto tobogán, mi humor era otro. Nunca
veías el horizonte. Ni una ciudad, ni un árbol.
Lo mágico de ese día fue que en pocas horas habíamos cruzado tres fronteras
provinciales, es decir, cuatro provincias. Buenos Aires, La Pampa, San Luis y
Mendoza.
En cada arco fronterizo, parábamos para realizar el control policial
correspondiente. Siempre con el corazón en la mano. No llevábamos drogas,
ni frutas, ni cosas raras, pero con esa gente uno nunca sabe que sorpresas se
puede llevar. La última frontera fue la más valiosa, ya que representaba la
llegada a la provincia objetivo. Tuvimos que pasar por una especie de rociador
anti plagas que suelen usarlo para limpiar a los autos, para evitar que ingresen
insectos con enfermedades. Lástima que no veníamos en auto y nos comimos
la ducha igual. No salimos mojados, pero si húmedos y con un importante
aroma a sahumerio.

Ahora viene una de las escenas más graciosas del viaje de ida. Tal vez no
tanto para un lector, pero si lo fue para mí.
Ya quedaba poco tiempo de viaje. Hacía realmente mucho calor. Así que
paramos a descansar bajo un árbol que mágicamente estaba ahí. Sin saber
cómo ni porque, estaba ahí.
A pesar de ser un paisaje medio desierto y aburrido, pudimos descubrir que
ambas motos, paradas en la ruta con todo el equipaje y los rayos de sol
colándose entre cada agujero, daban una imagen muy bella, que reflejaba
libertad, paz y energía. Entonces, que mejor idea, que sacar una buena foto.
Siempre usábamos el celular de Cris para sacar fotos, ya que era de esos que
no te entran en el bolsillo, de los que no sabes cómo desbloquearlo y como
usarlo, y si tenes una emergencia, tenes que rezarle a Mahoma que te diga
como marcar 911. Pero en fin, la cámara era terriblemente buena.
Le dije “dejame que voy a acomodar los cascos para que queden prolijos”. Ya
había pasado mucho tiempo sin mandarme una de las mías. Estaba
acomodando el casco de Cris, lleno de tribales y colores, arriba de su moto, y
cuando llego el momento de dar media vuelta y salir caminando, sentí un
sonido de golpe y rebotes que no me alegraron precisamente el día. Gire la
cabeza lentamente, después de haber visto la expresión de Cristian con su
boca abierta y sus ojos de futuro asesino serial. El casco estaba en el asfalto, y
a su lado el acrílico, y un poco más allá, los pedazos que sostenían el acrílico
cuando estaba todo completo.

¡¡¡¡Noooooo!!!! (¡Es carísimo! - pensé primero) no podemos continuar un


viaje así sin casco. Como poder podemos pero es demasiado peligroso.
Me acerque, lo levanté y traté de jugar al ingeniero, revisando cada pedazo,
analizando donde podría conectarse cada uno. Y lo arregle. La suerte estuvo
de nuestro lado. No sé exactamente cómo, pero conecte las piezas y descubrí
que estaba preparado para gente como yo. Estaba pensado para accidentes así.
Me ahorré unos pares de miles.
A todo esto, Cristian no había articulado palabras. Estaba controlándose para
no matarme a golpes, y antes de que saltara arriba de mi cabeza, yo ya lo había
reparado.
“Ángel, sos un animal, tené cuidado” me dijo al rato. Y continuamos viaje.
Ese era un apodo que él me había puesto hace un par de años y aún seguía
usando. Le ponía un toque de gracia que nadie más podría ponerle.
Al fin llegamos al pueblo anterior al de destino final. Ya había ciudad,
semáforos, autos, gente, árboles, despensas, árboles, estaciones de servicio,
árboles, mujeres caminando, y señal de teléfono.
Ah, y árboles.
Ahora si el viaje se hacía menos aburrido ya que no era todo desierto, pero al
mismo tiempo nos consumía la ansiedad por saber que estábamos tan cerca.
Cris pisaba el acelerador con menos miedo que yo, y jugaba a esquivar autos.
Yo más responsable, o tal vez más miedoso, mantenía el ritmo y esperaba el
momento correcto para pasar.

Al fin llegamos a la inmensa ciudad de San Rafael, vimos los carteles, y


encaramos hacia el centro.
Luego recordé que no íbamos al centro sino al valle, donde está el río, las
montañas y lo más importante, el alojamiento. Le hice señas a Cristian y
frenamos. Tenía que avisarle, ya que él no sabía dónde estábamos parados, era
la primera vez que pisaba ese lugar.
Cargamos combustible, fuimos al baño y regresamos a la rotonda que nos
desviaba hacía el valle.
El camino que une la ciudad de San Rafael, con el Valle Grande, es una de las
cosas más maravillosas que les puede pasar a los viajeros de dos ruedas. Cada
metro y kilómetro recorrido te permite disfrutar de paisajes increíbles, para el
lado que mires, buena vista tendrás. Pero ya hablaré más delante de las
historias que van a contar esos caminos.
Lo recorrimos con el pulso a ciento veinte y las motos a ciento diez. Ya casi
llegamos.
Los últimos quinientos metros son los mejores, ya que empiezan a formarse
curvas entre las montañas y el rio, y la altura nos da la bienvenida.
Y llegamos. Ahí estaba. El camping en el cual había aprendido tantas cosas en
tan pocos días. La familia a la cual le prometí volver. Y si hay algo que me
caracteriza, es que si hago una promesa, la cumplo.
Eran aproximadamente las siete y media de la tarde, y sobre la calle, en la
entrada del lugar, había tres individuos charlando tranquilamente. Uno de ellos
el dueño del lugar, el hijo mayor de la familia, Sharbel. Nombre extraño sí, es
hombre. Junto a él pude distinguir a un chico alto y robusto que fumaba un
cigarrillo. No lo conocía pero supuse que trabajaba ahí. Matías era su nombre,
pero al rato aprendí que su apodo era “Pelu” y no entendía por qué. Todavía.
Y el tercero era Joaquín, otro compañero que había hecho la misma promesa
que yo, pero él vino en micro algunos días antes. No éramos precisamente
amigos, pero si nos conocíamos y hablábamos sin problemas.
Estacionamos las motos en la entrada del camping y nos bajamos a saludar.
“Bienvenidos a convivir con la naturaleza” rezaba un cartel entre dos árboles.
Amo ese cartel. Es muy enérgico y está hecho con troncos y ramas naturales.
Bajamos los bolsos y Sharbel nos guió hacia los dormitorios que íbamos a
utilizar, dentro de lo que ellos llamaban “refugio” pero para mí era una especie
de pensión conformada por una gran sala de estar con cocina, y muchas
habitaciones con muchas más camas.
No recuerdo que comimos esa noche ni que hicimos en esas horas, pero no
pasó nada importante.
Lo único que recuerdo, es cuando llegó el momento más esperado. Dormir.
Nos acomodamos en la habitación y nos desmayamos en la cama. Lo único
que dijo Cris antes de comenzar a roncar fue: “espero que no me caiga una
tarántula en la cabeza mientras duermo”. Me tenté demasiado, pero no tenía
más fuerzas ni energía como para reírme, así que estalle de risa por dentro y
cuando me di cuenta ya estaba en el país de las maravillas contando ovejas.
En el río

Nunca había dormido tan bien. O Nunca había deseado tanto dormir. Mi
columna vertebral tenia forma de espiral y mis piernas estaban duras como
unas rocas. Rocas como las que había en el río. Porque obviamente, me
levante y fui a lavarme la cara al rio con agua natural, pura y fría, directo de la
cordillera de Los Andes. Bueno. Estábamos a unos cuantos kilómetros, más de
cien, pero de todas formas, el agua venía de ahí. Y seguía fría.
El horario de abrir los ojos si no recuerdo mal fue a las seis de la mañana. ¿Por
qué? El día anterior, los dueños del lugar, nos ofrecieron tareas laborales para
realizar, para poder ahorrar algunos pesos, y así pasar los días hasta que la
temporada de turismo estuviese al rojo vivo y pudiéramos explotarla.
Obviamente dijimos que sí. Trabajar siempre es aprendizaje y experiencia.
Además teníamos que comer de alguna forma. Si bien habíamos traído
suficiente dinero como para sostenernos unos diez o quince días, lo ideal era
ganar más y gastar menos. Tal vez sea duro y aburrido levantarse tan
temprano a trabajar, pero esto era diferente. Sé que podían darme cualquier
cosa para hacer, que la iba a hacer con ganas, no sé si bien, pero con ganas y
energía seguro. Amanecer en un hermoso paisaje, rodeado de naturaleza,
montañas, sonidos de aves, río, colores, paz, vida, te daba fuerzas para
sobrevivir a cualquier cosa.
Las tareas eran simples, la temporada estaba a punto de comenzar y el lugar
debía estar arreglado y prolijo, por lo tanto, nos encargamos de cortar algunos
árboles, poner postes y alambrados, pintarlos, acomodar la tierra, remover las
piedras del camino, poner en condiciones las parcelas de tierra destinadas a las
carpas.
El camping no era gigante, pero si grande y completo, tenía espacio para los
amantes de la naturaleza, rodeados de árboles sin muchas opciones, parcelas
para acampar, con sus respectivas parrillas y cestos de basura, refugios de
ladrillos y techo de lona, y finalmente una gran casa tipo pensión que disponía
de muchas habitaciones con muchas camas y una gran sala de estar con cocina
y sillones.

Recuerdo que estaba pintando algunos postes, y aparecieron dos nuevos


personajes, que pronto iban a formar parte del equipo. De hecho, ellos eran
parte desde antes que yo llegara. Martin era un chico delgado y alto, de cara
seria y distraída, pero solo eran las apariencias, ya que su personalidad era un
tanto divertida y amable. Tenía veintiún años y le gustaba usar una musculosa
blanca que decía Guardavidas. Hacía el profesorado de educación física, lo
que me hizo llevarme bien con él desde el principio. Francisco, era un joven
de baja estatura y sonrisa permanente, recién salido de la escuela, pero con
manos de trabajador, de esos chicos que siempre fueron útiles en su familia,
trabajando con sus padres desde muy pequeños, lo que les deja una
experiencia y capacidad increíble. Ambos eran muy católicos, en especial
Fran, con el cual había que tener cuidado a la hora de hacer bromas, en las
cuales no debía ser mencionado el nombre de Dios en vano.

Esa primera mañana trabajamos desde las seis hasta las dos de la tarde sin
parar. Nos moríamos de hambre, y recibimos la sorpresa de que la madre de la
familia, nos había cocinado fideos con salsa. No sé si estaban muy buenos o si
teníamos mucha hambre pero los devoramos como animales, sentados en el
quincho que estaba pegado a la piscina.
Después de comer, descansamos un buen rato y encaramos hacía el río.
Por un lado era agotador, después de semejante viaje, dormir poco, trabajar
mucho, no descansar, y seguir entrenando. Pero por otro lado, era importante
aprender y esforzarse en cada minuto. Sin desperdiciar el tiempo valioso que
teníamos ahí.

Nuestro gran objetivo para la temporada, era convertirnos en buenos guías de


rafting, la excursión más vendida en la zona. Y para dominar una balsa llena
de turistas, debíamos comenzar por conocer el río, aprender a leerlo y saber
movernos. En kayak. Solos.
Sí.
El primer día.
Sharbel nos tenía preparado un ejercicio para empezar a conocer el río y sus
movimientos. El objetivo era cruzar desde un lado al otro, es decir, unos
veinte metros, y volver al mismo lugar. El problema es que el agua corría a
más de 40 km/h. Mientras estas cruzando, de forma lateral, tenés que remar en
contra de la corriente con todas tus fuerzas para mantenerte en la misma línea
de la costa.
Las primeras veces fueron catastróficas. Salíamos a dos cuadras más adelante,
casi al final del camping. Salíamos a duras penas a la costa, llena de piedras
puntiagudas, y veníamos arrastrando el kayak de nuevo hasta la zona de la
cual habíamos partido.
Si alguien me preguntara ¿Qué fue lo que más hiciste allá? Mi respuesta seria
“fuerza”.
Todos los días. En todo momento.
Jonathan

Los primeros días fueron similares entre sí. Mucho trabajo por la mañana y
mucho entrenamiento por la tarde en el rio. Lo bueno es que aparecían los
turistas, y en cada viaje de rafting, nosotros participábamos de forma pasiva,
ya empezando a reconocer los recorridos y secretos del lugar.
Pero lo más interesante de esos primeros días, ocurrió el segundo.
Habíamos terminado de practicar y estábamos descansando, tomando mates.
Ya oscurecía dentro de una o dos horas.
Lo vimos entrar por la puerta del camping, de forma tranquila y un poco
distraído. Era un joven con mucha barba, rastas, ropa gastada, delgado. Traía
una gran mochila, de la cual colgaban ollas y objetos de campamento, y unos
rollers. Lo más original fue que en una mano tenía unos remos de kayak y en
la otra unos Bongoes para hacer percusión. No le sobraba espacio para nada.
Obviamente era un mochilero, y al parecer llevaba tiempo en las rutas.
Se acercó a nosotros y le invitamos un mate. Según él, el famoso mate
argentino, era una maravilla. Su nombre era Jonathan y era colombiano. No
tardamos mucho en pedir que cuente su historia.
Había salido de Colombia hace casi dos años, para recorrer el sur del
continente y conocer Argentina. Lo más gracioso fue que, había estado en la
provincia de Entre Ríos, donde se enamoró, y tuvo una hija con una mujer
argentina. Y aun así, siguió su camino. Les mandaba dinero por correo, a
medida que iba haciendo trabajos en su viaje. Nos miramos de manera
confusa, pensando en lo irresponsable que era, pero a veces, simplemente hay
que entender que hay tantas formas de ver el mundo como personas halla.
Conocemos una mínima parte de su historia, no sabemos todo, no entendemos
lo que él entiende, y no perseguimos ni sabemos los objetivos que el persigue.
Al menos tenía la dignidad de trabajar de lo que encontrara para mandarle el
dinero correspondiente a su hija.
Por supuesto que no dudó en pedir trabajo. Tenía experiencia en río y rafting.
Al parecer en Colombia también se hacía esto. Pero los dueños del lugar no
quisieron aceptarlo, ya que su aspecto desganado y descuidado, con un poco
de aroma a plantas exóticas, no combinaba con la idea de turismo familiar.
Pero si lo dejaron quedarse a dormir por esa noche en el camping.
Ya era tarde y teníamos hambre así que me puse a cocinar, una nutritiva
ensalada de arroz, arvejas, atún y queso. Al verme preparando la mesa en la
sala de estar del refugio, Jonathan se acercó a preguntarme si podía cenar con
nosotros y cuánto dinero debía poner para colaborar. Eso me pareció muy
honesto de su parte, por lo tanto, le dije que no era necesario pagar, que
compartir un plato de comida con un amigo viajero, siempre es un placer. Y
recordé a Lito. Le estaba haciendo honor a su nombre. Así debe ser.
Nunca había visto a ningún ser humano comer de esa forma. Con esa técnica y
velocidad. Realmente debe ser complicado estar viajando por el mundo y
seguramente hubo muchos días en los que Jonathan no comió, o al menos no
más de una vez al día.
Mientras cenábamos, aprendíamos de las historias que nos contaba. Según él,
lo más importante para salir a viajar de mochilero, era tener algo que te
pudiese dar trabajo de último recurso, por ejemplo, una cámara de fotos, una
guitarra, y en su caso un remo y unos tambores.
Nos ayudó a lavar los platos y se fue a dormir a la carpa que le habían
prestado.
La Rama Caída

Nuestra estadía en el camping llegaba a su fin esa misma semana de llegada.


Los turistas empezaban a llegar, y nuestros empleadores querían que podamos
descansar bien y tener nuestro lugar para bajar un cambio de todo el ruido del
valle en época de turismo.

Nos levantamos temprano, nos subimos a la camioneta medio dormidos, y


salimos del valle rumbo a un pueblo cercano, alejado del sonido de la
naturaleza. La casa en la cual íbamos a vivir, le pertenecía a la familia.
Aunque ya no vivían ahí, se encontraba deshabitada desde que los abuelos ya
no estaban presentes.
Llegamos al pequeño pueblo, llamado Rama Caída, lo cual era muy gracioso
porque había estado lloviendo mucho, y las calles estaban llenas de ramas que
caían de los árboles.
A todos nos gustó el pueblo, porque era muy tranquilo y familiar. Los vecinos
ya se conocían todos, y se percataban enseguida, si algún turista o extraño
llegaba al lugar.

Recibimos una especie de paseo visita guiada por el pueblo, y finalmente


llegamos a la casa. Era normal como cualquier otra, con rejas y muchas
plantas y enredaderas que hacían notar lo abandonada que estaba. Tenía
muchas habitaciones, unos tres baños, y un patio realmente enorme lleno de
árboles de frutas como naranjas, mandarinas, limones, higos, pinos y una
huerta abandonada que exhibía muy bien los pequeños canales por donde
pasaba el agua. Lo único que no me gustó fue que en el terreno siguiente,
había un aserradero abandonado que también pertenecía a la familia.
Abandonado significa que había muchas maderas apiladas y podridas, y
mucho pastizal seco y escombros. Eso solo puede significar una cosa. Muchas
patas. Ocho patas. Por todos lados. Muy grandes. Tamaño mano. Inofensivas
pero horribles. Mejor ni recordarlo.
Ese día fue solamente de reconocimiento. Estuvimos pocos minutos y nos
fuimos a hacer compras y seguir con la visita guiada por el centro de San
Rafael, ya alejados de Rama Caída, a unos quince kilómetros más. Pero en los
días siguientes volvimos a visitar la casa ya con el objetivo de ponerla en
condiciones para poder vivir. Arrancamos todo el exceso de vegetación y
plantas enredaderas. Rastrillamos todo el patio. Regamos. Baldeamos cada
rincón más de dos veces. Parece fácil decirlo pero llevo todo un día la
limpieza. Y todo otro día la mudanza de muebles, camas, cocina, heladera,
elementos para la cocina, mesas, sillas. Desarmar y rearmar cada una de todas
las camas, llevo su tiempo.
Fue cansador pero tuvimos suerte. Teníamos una casa grande y abrigada, y no
pagamos alquiler. El comedor era gigante. Tal vez unos siete metros por
cuatro o más. Entraba la mesa y sobraba lugar para estar caminando por ahí y
encima también dejar todos los bolsos tirados en el suelo la primera semana.
Una vez instalados, nos dimos el lujo de festejar con un asado. Como
corresponde. Acompañado de fernet, cerveza y la calma de una hermosa y
silenciosa noche llena de estrellas y aire de montaña.
Turistas y el chino Pablo

Pasa el tiempo y cada vez recuerdo menos. Pero evidentemente, hay


momentos que son eternos y que nunca voy a poder despojar de mis
recuerdos. Tanto los emotivos como los divertidos y los momentos más duros.
Y si hablamos de momentos graciosos, una de las primeras anécdotas vividas
en el río fue realmente graciosa y cada vez que imagino la escena, puedo
mostrar en mi cara una pequeña sonrisa.

Aún no comenzábamos a entrenar como correspondía, para ser buenos guías,


pero si cuando había viajes, los aprendices íbamos en parejas de dos, en cada
balsa con personas, para empezar a conocer el camino que íbamos a recorrer el
resto de la temporada.
Uno de esos viajes, que me toco hacer con Cristian, fue con una familia
numerosa de turistas orientales, valla a saber de donde eran, pero obviamente
para nosotros, argentinos ignorantes e irrespetuosos, eran nada más y nada
menos que chinos. Para nosotros son todos chinos.
La familia era muy educada y agradable, y por lo que recuerdo, estaban
viviendo en Argentina, trabajando en las famosas cadenas de supermercados
que hay por todos lados. No hacían muchas preguntas pero si estaban
maravillados por nuestros hermosos paisajes nacionales.
No recuerdo bien la secuencia de la charla, pero en un momento de silencio,
Cris estallo con una frase irrespetuosamente desubicada y divertida que marcó
un antes y un después en ese viaje. “Yo conozco un chino que se llama
Pablo… y tiene un supermercado”. Se produjo una calma asesina y, tanto yo
como el guía titular de la balsa, argentinos de alma, nos descostillamos de risa
por dentro, y en la cara solo dejamos exhibir una sonrisa respetuosa. No tenía
sentido lo que Cristian decía. ¿Qué posibilidad había de que ellos conocieran a
todos los orientales de Argentina? A los pocos segundos, el padre de la familia
logró soltar un dudoso “ah… no… no lo conozco…y nosotros somos
coreanos… “.
Al finalizar el viaje, no paramos ni un minuto de molestarlo a Cris con esa
situación incómoda que generó su capacidad de intentar charlar sin pensar en
lo que decía. De hecho, lo molestamos toda la temporada.
Como marines

Se terminó la joda. Era momento de entrenar y hacernos amigos del río. La


primera idea era dominar los kayaks, porque así entenderíamos mejor como
movernos sobre la corriente.
Cargamos una balsa y algunos kayaks en el tráiler, y partimos hacia un lugar
más alejado de la zona de campings. No sabíamos que tenía Sharbel en mente.
Arribamos en una pequeña playa escondida, rodeada de naturaleza y
tranquilidad. Había personas descansando y disfrutando de esa paz que ofrecía
el lugar.
Empezamos recorriendo el río a pie, caminando por donde el agua nos llegaba
a las rodillas. En contra de la corriente obvio. Para sacar el miedo y la
inseguridad que nos invadía, principalmente a los que veníamos de Buenos
Aires.
El siguiente nivel era con kayaks nuevamente. Pero esta vez Sharbel tuvo la
gran y peligrosa idea de acercarse a la gente y ofrecerles un paseo por el río.
Esas personas no sabían que éramos aprendices. Y dijeron que sí. Yo pensaba
“acá se nos muere uno o dos”. Su pedagogía era rara pero servía. Apenas
podíamos manejar el kayak individualmente, y Él nos hacía llevar un
compañero de paseo.
Fue divertido, creo que nadie se cayó, ni termino en la siguiente ciudad.
Llevábamos toda la mañana en el lugar y todavía quedaba mucho por hacer.
Llegó el momento de usar la balsa de Rafting. Entre todos la cargamos encima
de las cabezas y la llevamos caminando hacia el río. Y cuando digo
caminando significa, caminar en el agua. Con la corriente en contra y una
balsa enorme y pesada sobre la cabeza. Nos sentíamos marines, como en las
películas de guerra. Fue muy motivador. Y muy cansador también. Después
subimos todos a la banda rápidamente y remamos contra corriente por varios
minutos hasta que la giramos y seguimos la línea del río. Salíamos cien metros
más adelante y volvíamos nuevamente caminando con la balsa sobre la cabeza
para repetir la secuencia.
Tuvimos un pequeño descanso para aflojar un poco las piernas, pero nada
estaba definido aún. Ahora venía la parte de ser uno con el agua, saber leerla y
entenderla. La idea era, en un lugar seguro y profundo, saltar de clavado y
desplazarse nadando hasta que el agua fuera tan baja que hubiese que caminar.
Era bastante dolorosa ya que piedras no faltaban en un río de montaña.
Fue duro pero increíble. Una experiencia inolvidable. Y más para mí, que soy
fanático de la naturaleza y el entrenamiento extremo. Creo que en otra vida fui
militar, o lo seré en la próxima.

Lo peor de ese cansador día fue que almorzamos como a las cuatro de la tarde,
después de toda una mañana de actividad fuerte y agua. Los dos factores que
más hambre dan.
Año nuevo

Ni siquiera llevaba diez días y ya extrañaba la familia. Los amigos. Y me daba


tristeza saber que pasaría las fiestas lejos de ellos. Que empezaría un nuevo
año solo en el medio de la montaña, rodeado de naturaleza y silencios de los
más originales del mundo. Era una locura extraña. Libertad y soledad al
mismo tiempo. Pero me hacía bien saber que eso era crecer. Formar mi
personalidad. De todas formas no estaba tan solo, me acompañaban Cristian y
Joaquín que estaban en la misma situación que yo, aunque a ellos parecía no
importarles tanto.
La noche de Navidad la compartimos con la familia en el camping. Eran
personas muy educadas y amables. Fue lindo. Aunque fue la primera navidad
que me dormí temprano. Alrededor de las dos de la mañana.
Pero esta vez, en año nuevo fue distinto, decidimos quedarnos en la casa de
Rama Caída, solos los tres bonaerenses. Haciendo asado acompañado de
cerveza y Fernet. En una noche fresca y estrellada, silenciosa pero cortada a
veces por el canto de los grillos. Me sentía tan vivo y libre.

Después de cenar y brindar los tres solos por esta aventura y por nuestras
familias, nos bañamos, nos vestimos para salir, y con mucho frío, arrancamos
en las motos hacía el centro de esa enorme ciudad. En busca de festejos y con
ansias de saber que nos esperaba más allá.
Fue más el tiempo que estuvimos sobre dos ruedas, que lo que paseamos, ya
que en San Rafael no hay una sola zona céntrica. Hay varias, y la distancia
entre las mismas es de kilómetros. Al igual que los bares y boliches. Elegimos
uno que parecía interesante, grande y luminoso. Estábamos cansados así que
la idea era tomar algo y ver un poco de gente para cambiar el aire del río un
rato.

El cansancio que tenía ese día no me permite recordar mucho más, pero sin
dudas fue una noche simple sin nada extraño. El momento de la salida, fue a la
vuelta, cuando paramos en un puesto de hamburguesas y panchos a comprar
algo de comida. Dejamos las motos a unas dos cuadras porque había controles
policiales y, a pesar de ninguno estar borracho, alcohol en sangre teníamos
igual.
El error no fue dejarlas a dos cuadras, sino dejar el casco en la moto y sin
candado. Mejor dicho, Cristian fue quien cometió ese error. Aunque la ciudad
es tranquila, sigue siendo Argentina. No volvimos a ver su casco.
Teníamos quince kilómetros de vuelta hasta la casa, de los cuales
aproximadamente diez, los hice riéndome con Joaquín, de los insultos que
largaba Cris hacia sí mismo por ser tan descuidado.

Por suerte, Sharbel consiguió prestarle un casco para que pudiera andar hasta
que comprara otro.

Ese día de año nuevo, el primero de Enero, decidimos tomarlo para descansar.
Llevábamos casi diez días de mucho trabajo, entrenamiento, excursiones,
levantarnos temprano, y el cuerpo pedía dormir bien. Además, era año nuevo.
Nadie trabaja ese día.
No recuerdo bien que hicimos después de dormir hasta las cinco de la tarde.
Creo que volvimos al centro a caminar y conocer, y comprar también comida
para la semana.
Fue un gran año nuevo, que marcó un antes y un después en mi vida.
El primer viaje

Sin duda. El día más significativo. El día del primer viaje. Yo era el más
miedoso de todos, pero no por miedo al río ni a la gente, sino por miedo a no
hacer las cosas bien. Soy una persona que nunca está conforme con el
conocimiento, siempre siento que me falta algo y siempre quiero aprender
más. Claramente no me sentía seguro y capacitado todavía. Llevamos
personas arriba de la balsa. Un mal movimiento, una piedra filosa, un golpe
equivocado, podía complicar las cosas. Pero bueno, dicen que a los golpes se
aprende, y así tuve que aprender. No fue una pregunta fue una orden. Llego
una familia, la cual no recuerdo como eran ni cuantos, pero muchos seguro, y
me mandaron a mí a hacer ese viaje. Diez kilómetros de río con rápidos y
piedras. A poner a prueba mi carácter y capacidad como guía.
No recuerdo el viaje pero sé que fue bastante decente. Me comí algunas
piedras con la balsa, lo que provoco muchas caras de susto en los pasajeros,
pero todo salió bien. Lo difícil fue la llegada, estacionar. Ese fue mi problema
casi toda la temporada. Aprendí a estacionar como un profesional, una semana
antes de irme. Siempre que llegaba al punto de finalización del viaje, me
pasaba o no podíamos frenar y teníamos que salir una cuadra más adelante y
volver por tierra arrastrando la balsa. Lo bueno es que a la gente parecía
divertirle todo este circo. A mí me fastidiaba. Ellos no sabían que si no
frenábamos bien, podíamos terminar en La Pampa, río abajo.
Por suerte no deje morir a nadie.
Lo más horrible y duro de cada uno de los paseos de Rafting, era tener que
llevar la balsa y los remos nuevamente hasta el puesto, el punto de partida. La
idea era pedirle a la misma gente que te ayudara, y muchos accedían sin
problemas, pero a veces los paseos eran con pocas personas, a veces solo
mujeres, y a veces mayores de edad o niños. Ahí sí que se ponía feo y
generalmente pedía ayuda a mis compañeros guías. Lo ideal para llevar la
balsa cómodos sería cuatro personas adultas y en lo posible hombres.
Nunca había tenido tantos músculos. Tanto remar, y levantar balsas y kayaks,
me habían transformado en un flaco de hombros y brazos casi de físico
culturista.
Ok, capaz exagero.
Y así, después de sacarme el miedo del primer viaje, cada día me sentí un
poco más relajado y disfrutaba más del recorrido y de conocer personas de
todo el mundo.

Ya era oficialmente, un guía de Rafting.


Hermosa rutina

Los recuerdos se vuelven lejanos y borrosos, sé que los días pasaban, y mi


nuevo trabajo se transformaba de a poco en rutina. Pero una rutina
espectacular. Era increíble hacer una y otra vez ese recorrido lleno de
montañas, árboles y naturaleza viva. Siendo cada vez más amigo de los
rápidos que con el paso del tiempo se dejaban leer y entender mejor.
Y no solo amigo del río sino de mis compañeros.
Habíamos armado dos puestos. Uno en la entrada del camping, es decir,
teníamos el baño cerca, el almuerzo, agua, etc. El otro estaba unos siete
kilómetros río arriba, sobre la ruta. En realidad había algo de diez kilómetros
yendo por agua, y esos siete yendo por calle.
Ese puesto era algo bueno y malo a la vez. Malo porque me toco estar ahí,
lejos de todo, sin mi moto, sin sombra casi, sin alimentos, sin señal de
teléfono. Había un almacén a unos doscientos metros. Tratábamos de llevar
comida nosotros, porque comprar ahí era bastante caro. Aunque a veces no
quedaba otra porque las provisiones se terminaban rápido. Y era bueno porque
no teníamos la constante presión de los jefes, que exigían que estemos parados
bajo el sol siempre haciendo señas a los autos para ofrecer el servicio de
Rafting. Pensándolo en frío, uno entiende la situación, ya que en los sectores
de turismo del país, la gente se auto explota en temporada alta para poder
sobrevivir durante la temporada baja donde los ingresos son muy bajos. Pero
créanme, que es imposible pensar en frío estando tantas horas bajo el sol de
verano que llego a alcanzar los treinta y seis grados varias veces.
Nuestra jornada laboral, empezaba a las nueve de la mañana, pero como
estábamos a quince kilómetros, nos levantábamos a las ocho a desayunar y
preparar todo. Igual duro poco, porque al tiempo, decidieron que debíamos
empezar a las ocho. Era su estrategia de marketing. Que no sirvió para nada
porque ningún ser humano consciente de sus actos y sano de su psiquis, era
capaz de meterse al rio congelado a las nueve de la mañana o antes. Me
fastidio mucho esa decisión. Y después el horario de finalización de la
actividad era irregular. A veces terminábamos a las siete, y a veces hasta las
ocho y media. Es decir, que llegábamos al pueblo donde vivíamos, cerca de
las diez de la noche cuando ya todo estaba cerrado para comprar comida, y el
cansancio no te prestaba fuerzas para cocinar o bañarte. Solo queríamos
dormir para comenzar de nuevo al otro día.
Hermosa rutina…

Yo creo que debe existir un equilibrio en las acciones del ser humano. Quizá
el ser de diferentes culturas me hacía difícil la tarea de entender sus proyectos
e ideales. Pero es inhumano que alguien trabaje de ocho a ocho parando a
comer solo veinte minutos, algún sándwich de jamón y queso, o con suerte de
milanesa, debajo del sol de verano, cuando además nuestra labor más
importante era remar durante una hora una balsa cargada con hasta diez
personas. Varias veces en el día. Yo quería hacerles entender que no me
molestaba remar, o agarrar la pala y ponerme a construir un edificio al lado
del río, pero que era necesario que estemos bien alimentados e hidratados para
que el trabajo sea óptimo.
Jamás lo entendieron.
Guardavidas

Mi gran sueño desde muy joven, era ser Guardavidas. Es para mí lo más
parecido a un súper héroe de la vida real. Sin menospreciar a los médicos,
policías, bomberos, etc. Lo que tiene un “bañero”, como la gente los llama de
manera errónea, es un conjunto de cosas que no cualquiera puede tener. La
capacidad de atender heridas, traumas, emergencias, liderar una situación llena
de personas asustadas y revueltas, y por supuesto, el estado físico capaz de
correr lo suficientemente rápido y nadar lo suficientemente bien para hacerle
frente al mar mismo en sus peores condiciones, con el solo fin de salvar una
vida. La gente pasa y los mira con admiración y respeto. Y quienes realmente
trabajan de eso por vocación y pasión, se merecen cada pizca de ese respeto.

Apenas había terminado el profesorado de educación física, y mi idea era el


próximo año hacer el curso de Guardavidas. Estaba demasiado ansioso, pero
todavía era enero y debía esperar a regresar a buenos aires para comenzar las
clases en abril. Una eternidad. Pero era tanta la ansiedad que no paraba de
entrenar en cuanto podía y en donde podía. El rio era mi campo de
entrenamiento en las tardes de bajo turismo.

Hasta que un día, escuche entre charlas y comentarios, que las dos hermanas
de saber, ambas muy buenas nadadoras y estudiantes docentes, estaban por
empezar el curso intensivo de Guardavidas en la ciudad de San Rafael. Duraba
dos meses, que era más o menos el tiempo que duraría mi estadía. Enseguida
averigüé todo lo que pude y busque la forma de ser parte de ese latente sueño
que perseguía mi cabeza y mi corazón desde hacía tanto tiempo.

Jamás pensé que eso me fuera a traer tantos problemas.

Me acerque a una de las hermanas, con la mejor simpatía y respeto, y le


pregunte si podía ir en el auto con ellas la primera clase para saber cómo
llegar y así después poder ir en moto. Sheila, siempre tan amable y educada,
me dijo que no habría problema. Yo estaba muy contento porque iba a
adelantarme a los conocimientos que tanto deseaba. Iba a tener un certificado
de Guardavidas y socorrista de río y alta montaña previamente a hacer el curso
completo de guardavidas de mar. Pero esa alegría se transformó al rato en
tristeza y culpa. Shei, había discutido con sus padres, por haberme aceptado en
el viaje hacia la ciudad, a la primera clase. Lo dije antes y lo repito, uno debe
entender que cuando visita otra cultura, otros pueblos, con otras creencias, las
cosas cambian y mucho, y hay que aceptarlo si queres ser parte de esa vida.
Esta familia en particular era muy católica y creyente. Demasiado. Lo cual
respeto mucho aun siendo ateo. Ya que creo en la fe y creo en que cada
persona tiene derecho a elegir sus creencias. Habían entendido la situación de
una manera muy diferente, lo cual me dolió porque jamás di lugar a pensar
algo diferente.
Claro, era muy común recibir jóvenes porteños que intentaban enamorar a las
mujeres mendocinas. Por lo tanto, era entendible que se atajaran previamente
a la situación. Pero bueno, sinceramente, yo no había cruzado el país de este a
oeste para desubicarme o comportarme como un turista cualquiera, con las
hijas de la persona que me dio trabajo. Eso… es otra de las cosas que jamás
entendieron.

Me sentí muy mal y quise pedir disculpas pero no había forma de acercarme a
ella ni a sus padres, ya que cruzarme aunque sea de lejos, era recibir miradas
asesinas y de desconfianza hacia mi persona.
Ya no me sentía tan cómodo. Yo había viajado para trabajar, conocer, hacer
amigos, aprender. No aceptaba que las cosas se pusieran difíciles solo por
malos entendidos.
No pude hacer nada por el momento, entonces decidí ignorar la situación y
arreglármelas solo para seguir mi sueño de ser “salvavidas” como dice la
gente, también de manera errónea.

Averigüe el lugar, la dirección, y me fui en la moto directo después de un


largo día de trabajo.
Era demasiado duro el viaje, casi treinta kilómetros hasta la ciudad y después
otros quince para llegar a la casa donde vivíamos. Todo esto entre las ocho y
once de la noche. Un martes.
Era una mentira. El curso era una gran mentira. Yo sabía lo que era el
entrenamiento y capacitación de verdaderos guardavidas. Y esto no se parecía
en nada. La pileta era de agua fría y se encontraba al aire libre, a las nueve de
la noche, lo cual era totalmente nocivo para los pulmones de cualquiera, ya
que, a pesar de ser verano, por las noches hacía tanto frío como calor hacía por
la tarde. Nos enseñaron en una clase, y en simples palabras, dos tipos de
traslados de victimas en el agua, cuando la mayoría apenas sabía nadar. La
técnica de RCP resumida en palabras y sin práctica eficiente. Estaba
decepcionado. Al final solo asistí dos clases, y al momento de pagar la cuota,
dije NO. Tenía demasiado gasto de viaje, de energía, no aguantaba más el
cansancio físico, y encima estaba desconforme con la didáctica del profesor.

A los pocos días, me canse de los malos tratos por parte de mis empleadores y
me acerque con actitud y seguridad al padre de la familia. Me disculpe,
además asegurando y explicándole que mis únicas intenciones en ese lugar
eran trabajar y aprender. Que no necesitaba ni quería generar problemas. No
parecía muy conforme ni convencido, pero yo me había sacado un peso de
encima y después de eso ya no le di importancia. Que pensaran lo que
quisieran. Yo sabía cuál era mi objetivo ahí.

Esa misma semana todo volvió a la normalidad. Pero algo que nunca supere,
es la culpa de saber que Sheila abandonó su proyecto de hacer el curso, debido
a la pelea con sus padres. Eso ya no era problema mío. Cada familia con su
libro. No podía hacer nada. Deje todo al margen.
Motocross y un partido de futbol

El tiempo pasa, y pasa, como si nada. Desgraciado. Se roba imágenes,


recuerdos.

Era una tarde calurosa de enero, estábamos en el puesto de la curva de la


Virgen, esperando que llegue alguna familia aburrida con ganas de hacer
rafting. Los días de semana, a veces eran muy tranquilos. Si no me equivoco
estaba con el Pelu, Martín y Ale, una de las chicas que se encargaba de
entregar folletos y cobrarle a los pasajeros. Si me olvide de mencionar a Ale y
Camila, dos jóvenes Mendocinas de tonada muy acentuada, algo charlatanas,
pero buena gente.
El tiempo no pasaba más. A veces me tiraba al río a nadar un poco pero
después de unas cuantas zambullidas ya me aburría o cansaba y volvía a
tirarme sobre las balsas a descansar.
De repente escucho el rugido de un motor dos cincuenta de cuatro tiempos.
Inconfundible. Una motocross. Y yo tan fanático de las motos. Era Joni, un
viejo amigo de la familia que también era guía de rafting, y a la vez mecánico.
A veces se aparecía a conversar con nosotros y a cebar mates. Era un tipo
bajito y morrudo, de mandíbula ancha, siempre sonriente y gracioso, con su
tonada mendocina. Tenía una moto, un poco modificada por sí mismo, y llena
de dibujos y calcomanías, preparada para jugar en los médanos del Nihuil y
cualquier terreno que no sea calle.
Después de un rato de charlas, tuvo la excelente ideas de comprar torta fritas,
y por supuesto, me mandaron a mí a caminar esos doscientos metros que nos
separaban de la despensa.
Yo ya tenía una idea en la cabeza, y no tarde mucho en ponerla en acción. Al
volver, me comí dos o tres torta fritas, y le pedí prestada la moto. Obviamente
no tuvo problema, pero me advirtió de las mañas de la moto y los cuidados
que debía tener en esas curvas peligrosas donde los autos pasan como si
estuvieran en una autopista.

Me subí a la moto, confiando en la experiencia que tenía yo para manejar todo


terreno, y me lance a las calles, del hermoso cañón del Atuel.
No fueron muchos kilómetros recorridos, quizá unos cinco o seis en dirección
hacia la represa que separa el Lago Atuel del Río con el mismo nombre.
Es increíble la sensación de libertad que se siente, cuando se es fanático de las
motos enduro, y se dispone de un paisaje tan increíble para respirar aire puro.
Fue bastante rápido el paseo, porque si llegaba a venir gente para hacer un
paseo por el río, yo no iba a estar donde debía.

De todas formas, el puesto seguía igual que como estuvo todo el día.
Continuamos charlando y me entere que habían arreglado un partido de fútbol
para ese fin de semana. En el pueblo donde vivíamos, a unas cuadras de la
casa, había una canchita de césped sintético. Genial. La idea era muy buena
para que los músculos tuvieran oportunidad de hacer algo más que remar y
remar.

Fue un sábado, a las nueve de la noche, eso sí lo recuerdo bien. Ese día nos
escapamos antes del valle, tipo siete, para llegar y preparar todo.
Nos cambiamos, agarramos las motos, y partimos hacia la cancha.

Era cinco versus cinco. Los jugadores, éramos los guías, siete u ocho, mas
Joni, Diego y Tomi. Estos últimos dos, padre e hijo, eran amigos de la familia,
que siempre venían de vacaciones al mismo lugar. Gente muy amable y
simpática, difícil de creer para ser porteños, pero aun así, muy humildes y de
buen corazón. A veces Tomi venía en los viajes de rafting a hacernos
compañía, y tantas otras veces a guiar. Aun con doce años, era un experto en
el tema, de tantas veces que lo había hecho. Yo personalmente había pegado
muy buena onda con Él, y generalmente me acompañaba más a mí que a los
demás. Era un enano muy inteligente y extrovertido.

No sé muy bien como fue el partido, pero sé que me divertí mucho y paso
volando. Hice dos o tres goles, dos por encima del arquero, de sombrerito
como me gusta a mí, y al final de todo, nos sentamos en un enorme tablón a
comer asado y tomar unas cervezas. Creo que existen pocas cosas tan
placenteras para un hombre, como jugar al futbol y terminar comiendo asado.
Me atrevo a decir, uno de los días más divertidos de todo el verano.

Al rato, cuando volvíamos a la casa, empecé a notar que mi cuerpo ya no tenía


energías ni fuerzas para nada. Estaba destruido, de haberme levantado a las
siete, remar varios viajes en el río, y encima jugar al fútbol.

Llegamos y no pasaron ni tres minutos que ya estábamos todos dormidos


como troncos.
Mochileras

Toda historia contada por un hombre, incluye mujeres. Y esta no va a ser la


excepción.

Cada día en el valle, era un nuevo día de experiencias y socialización con


gente de todo el país, familias, parejas, amigos, jóvenes, adultos, ancianos,
todo. No solo por los viajes en el río, sino también porque la gente que se
hospedaba en el camping, siempre se acercaba a charlar con nosotros,
generalmente porque ya habían viajado o solo por buena onda.

Una de las amistadas más interesantes que hicimos, fue con nueve amigas
mochileras, provenientes de buenos aires. Otro gran ejemplo de porteños que
no parecían de la gran ciudad. Gente muy humilde y sencilla, amables y
respetuosas. De entre veinte y veintiséis años aproximadamente. Todas
distintas. Decirlo de forma graciosa seria, de todos tamaños y colores.
Hicieron las actividades dos o tres veces cada una. Tirolesa, kayak, rafting,
trekking, etc.
Compartimos muchos mates y experiencias. Eran nueve guerreras
prácticamente, que habían recorrido casi todo el país y parte de Perú y Bolivia.
Todas estudiantes de carreras importantes como abogacía, contabilidad,
arquitectura, etc.
A veces esta bueno sentarse a escuchar historias de alguien más, porque así se
aprende y se disfruta de lo que el otro transmite.
Es fácil imaginarse cualquier cosa, y sacar cuentas, pero nada salió como una
persona normal lo hubiera esperado.
Aprendí a cocinar diferentes opciones vegetarianas, con sus respectivos
fundamentos de porque era mejor que comer carne. Compartí mates
escuchando de sus travesías por el país y también compartí las mías.
Una de las enseñanzas más importantes que me dejo este viaje, fue el aprender
a valorar a las personas, a entender que las apariencias engañan en la mayoría
de los casos. En este caso, ser estudiante de abogacía o contabilidad, no era un
obstáculo para estas chicas para ser amantes de la naturaleza, viajeras,
vegetarianas, respetuosas y divertidas. Uno imagina esas profesiones como
algo serio que solo se presenta detrás de un escritorio y con traje formal. O tal
vez solo era yo el que pensaba demasiado las cosas.
Sin luces

Debo admitir que desde el principio no le tuve mucha fe a la moto, por no ser
Honda o Yamaha. Muy mal de mi parte. Me banco lo suficiente como para
cruzar el país ida y vuelta. Sin embargo, tuvo sus problemas, normales en una
moto nacional con partes chinas. El peor de todos esos problemas, fue
quedarme sin luces, debido a que la lámpara de gas Halógeno se sobrecalentó
de tanto viaje y derritió el portalámparas. El resultado fue una mutación
mezcla de plásticos, vidrio y metales, y la luz se apagaba y prendía cuando
tenía ganas.

La primera vez que me tocó enfrentar esto, fue la peor de todas.


Eran casi las nueve de la noche, y ya nos volvíamos hacia el pueblo. Algunos
iban en camioneta, y los motociclistas, veníamos atrás, yo último en compañía
de Pelu. El primer tramo del camino de regreso, era el más lindo, de día,
porque de noche se convertía en una trampa mortal sin más luces que las del
cielo estrellado, y lleno de curvas peligrosas que prácticamente no te daban
oportunidad de errar. Si te pasas, te caes rodando entre piedras y plantas con
espinas, hasta llegar al río. Me atrevo a decir que en algunas curvas, la altura
que nos separaba del río, superaba los cuarenta metros. Todo parecía normal
hasta que la oscuridad apareció de repente como una pared, lo que me llevo a
perder el control de la moto sobre el camino. Deje de sentir la seguridad del
asfalto y empecé a sentir como las ruedas patinaban en tierra y piedras. A mi
derecha contemplé el río y el precipicio, y deje de sentir la respiración. Perdí
la noción de tiempo y espacio. Sentí miedo, adrenalina desparramándose por
cada cable de mi sistema nervioso. Sin embargo, vuelvo a repetir, soy muy
bueno manejando motos. Mi cabeza estaba bloqueada, pero mi cuerpo
automáticamente reaccionó y tomo la decisión sin preguntar. Pase a menos de
un metro del borde del acantilado y volví a sentir el asfalto. Forcé la vista y
trate de imaginar la ruta, siguiendo las luces de mis compañeros. Toque bocina
varias veces hasta que Pelu notó mi problema y se quedó a mi lado para
iluminarme el camino. Estuve helado unos minutos y después me di cuenta
que podía poner las balizas, no solo para advertir a quienes pasaran, sino
también para iluminarme un poco, aunque sea de manera intermitente.
Costó pero llegue bien.
Pero el problema no terminó ahí. Se extendió varios días más. Intentamos
arreglarlo varias veces pero no había forma. Tuve que faltar un día a trabajar
para viajar la gran ciudad de San Rafael a buscar una casa de repuestos. Por
dios, que ciudad gigante. Era eterna. Me llevo varias horas recorrer y
preguntar. Encontré varios locales pero como siempre, el repuesto estaba en el
último al que fui. No me salió nada barato, pero ya estaba cansado de andar en
moto.
Ya volviendo al valle, con la cabeza quemada, decidí frenar en una feria
artesanal que estaba en el camino, al lado de un pequeño bosque o parque de
árboles muy altos y troncos caídos. No tarde mucho en recorrer la feria, pero
si me alcanzo el tiempo para comprar algunas golosinas artesanales y después
cruzar hacia el parque a descansar sobre un tronco. Le saque fotos a mi moto y
me quede mirándola un buen rato. Era hermosa. Y más aún en contraste con la
naturaleza.
Peña de domingo

El cansancio de los días y el trabajo casi esclavo, se acumulaban rápidamente,


y la cabeza pedía cable a tierra. Era muy contradictorio decirlo así, ya que el
trabajo del que hablamos, es conocer gente nueva y pasar horas recorriendo
hermosos paisajes. En simples palabras.

Por suerte, tenía un momento a la semana que podría entenderse como cable a
tierra. Nuestro pequeño pueblo, sin bien no era lo más hermoso que alguien
puede ver, tenía ciertas particularidades que lo hacían agradable. Era de esos
lugares donde todos se conocen con todos, donde los mates se toman en la
vereda con el vecino. De hecho, la señora que atendía en el almacén al cual
íbamos siempre, ya se había aprendido nuestros nombres.

Pero lo más lindo que tenía este lugar, era que cada domingo por la tarde y
hasta altas horas de la madrugada, todos los vecinos se reunían en la plaza
principal, armaban puestos de comida y artesanías, y hasta un escenario y
equipos de sonido para cantar desde karaokes hasta shows de bandas locales.
La gente era feliz. No hay otra palabra. Todos conversaban con todos.
Cualquiera se subía a cantar, los turistas eran tratados como vecinos.

Ese era, nuestro cable a tierra.

Probé varias comidas típicas de la zona, como el famoso chivito, y algunas


otras que no recuerdo el nombre. Y por supuesto una buena cerveza fría o un
vaso de fernet artesanal.

Después de un tiempo, deje de ir porque era más fuerte el cansancio y el sueño


que me empujaban a tirarme a dormir, a veces sin cenar ni bañarme. Joaquín y
Cristian asistieron cada domingo sin falta. Y cada tanto llegaban caminando
en zigzag a las tres o cuatro de la madrugada.
Las Azules

Si hay algo que dejan los viajes es amistades, personas que siempre van a estar
en tus recuerdos, por anécdotas compartidas o por el simple hecho de haber
sido parte de tu aventura.

No me alcanzarían las hojas, ni las ganas de escribir, para contar sobre cada
persona con la cual haya charlado o compartido alguna anécdota. Sin
embargo, puedo dedicar algunas palabras a quienes pasaron más de un día con
nosotros, o más de un rato y unos mates.

Dentro de ese grupo de gente están ellas, “Las Azules”. Este adjetivo es por el
simple hecho de que las tres amigas provenían de la ciudad bonaerense de
Azul, claramente. Sus nombres eran Lara, Maru y Majo. Con suerte me
acuerdo los nombres de pila y/o apodos.

Era una tarde muy calurosa, nos encontrábamos con los chicos en el puesto de
rafting más alejado al camping, sentados sobre las balsas hablando de la vida,
esperando la llegada de grupos para llevar a pasear por el río. Era un lindo día
y mucha gente se bañaba en el rio congelado para equilibrar un poco entre el
terrible calor del sol. Fue entonces que lo vimos llegar, y nos levantamos
todos listos para la acción, cual marines en formación. Era el micro que
teníamos para trasladar a los grupos de personas que venían desde el camping
hasta el lugar donde hacíamos las salidas. Venia bastante vacío para ser tan
grande, pero se lograba divisar tres femeninas figuras que ocupaban todos los
asientos del frente, al lado del conductor. Pensamos que iban a hacer la
excursión, por lo tanto empezamos a pelearnos para decidir quién sería el
capitán de la balsa. Pero no fue así. Se bajaron y caminaron derecho al rio, a
mojarse los pies para combatir un poco los casi cuarenta grados de calor de un
enero que ya casi finalizaba.

Volvimos a nuestras charlas, sin darles demasiada importancia a aquellas


futuras nuevas amigas que parecieron ni darse cuenta que estábamos ahí. Eran
tres chicas sencillas, como cualquier otra turista, de unos veinte años
aproximadamente. Lo único que altero un poco el ambiente, fueron los
brillantes ojos verdes de Lara, que puedo jurarlo, a más de veinte metros de
distancia, se apreciaban más que bien.

La tarde paso y las chicas nunca hicieron rafting. Podría decirse que nosotros
tampoco. Para ser una tarde tan soleada, hicimos muy pocos viajes.

Llego el momento de regresar a guardar todo y volver a la casa. Sharbel vino a


buscarnos en la camioneta que usábamos para subir y bajar nosotros por el
valle. Lo que no sabíamos era que las chicas también vendrían con nosotros. A
todo esto, entendí que ellas habían llegado al camping mientras estábamos
arriba en el otro puesto. Fueron llevadas hasta aquella bajada para que
pudieran conocer y disfrutar un poco la playita que ahí se formaba, y a la
vuelta, volvieron con nosotros para ahorrarse unos cuantos kilómetros de
caminata.

Se puede decir que en ese viajecito empezó esa amistad con las azules. Los
chicos no paraban de darle charla. Digo los chicos porque yo estaba tan
cansado que apenas cruce un par de palabras con ellas y después me perdí
mirando por la ventana como los arboles pasaban y el río nos acompañaba y
marcaba el camino.

Los recuerdos ya no son tan claros, pero sé que al día siguiente, las chicas
hicieron rafting con nosotros y después se quedaron un rato cebando mates y
contándonos de sus aventuras por Argentina. Fue tanta la buena onda, que
coordinamos para amasar unas pizzas caseras en la casa en esos días.

Las azules andaban en camioneta, así que nos acompañaron en el viaje de


regreso al pueblito, y luego fuimos juntos a comprar las cosas necesarias en el
supermercado.

Jugamos al truco, al chin-chon, e hicimos varios juegos de cartas para pasar el


rato. Creo que lo único que había para tomar era fernet y agua de la canilla.
También me llegan imágenes donde Lara intentaba enseñarme a jugar a una
nueva versión del solitario con las cartas, y yo no entendía mucho pero le
decía que si y después la deje jugando sola y me fui al patio a conversar con
los chicos y a jugar con Kenai, el perro.
Después de un rato de risas y charlas, decidí irme a dormir, como siempre, el
más flojito, el más serio del grupo. Admito que trabajar con rafting en un
hermoso paraíso de agua y naturaleza es como estar de vacaciones
prácticamente, sin embargo cansa y mucho. Mis hombros y tríceps nunca
habían tenido tanto volumen y fuerza como en ese mes. Remar, remar, remar,
remar…
Al universo a escondidas

Esto tengo que compartirlo sin dudas. Y no solo como experiencia propia sino
también como motivación e incentivo para aquellos viajeros que anden por la
zona.

Dentro de mi filosofía de vida, creo en la existencia de momentos únicos en


que el universo conspira, el tiempo y el espacio se estabilizan, y la energía se
concentra. Esos momentos en que la mente y el cuerpo se fusionan
completamente y llegan a un estado de plenitud y paz ilimitado.

Y en este viaje encontré uno de esos momentos.

Fue de manera ilegal que lo encontramos. Ilegal hablando dentro de reglas


internas que teníamos con nuestros empleadores. Su orden directa era que al
terminar la jornada laboral, nuestro destino obligado sea la casa para poder
descansar y estar en óptimas condiciones al día siguiente. Era entendible la
“preocupación” pero también había que aceptar que más allá del trabajo, yo
estaba ahí para ser feliz, para aprender, disfrutar y divertirme.

Una noche después de terminar nuestra labor, decidimos cambiar de dirección


y en vez de volver a la casa, algunos de nosotros agarramos las motos y
subimos en dirección a la represa que, unos diez kilómetros más arriba,
separaba el lago del río. Compramos una botella de cerveza, un poco de queso
y un salame para acompañar.

Difícil explicar la magnitud del momento, el lugar, el ambiente. Sentados en


algún hueco de tan inmensa represa, rodeados de montañas, con vista al
hermoso Lago Atuel. Cabe aclarar que nunca supimos donde empezaba el
cielo y donde terminaba el agua, porque solo veíamos un manto negro lleno de
estrellas que a la vez se reflejaban en el lago. No sé cuánto duro ese momento
pero fue eterno. Estaba yo y la vida misma.

Estaba yo, sentado en el universo, a escondidas de la rutina.


Sin licencia

No estoy seguro si debería contar esto, pero no me importa. Tal vez no pueda
entrar a Mendoza de nuevo hasta que pague la multa que tengo pendiente.
Pero me fue suficiente para aprender, y para entender que Buenos Aires es la
provincia que hace todo mal, el resto más o menos siguen las reglas mínimas
de seguridad y convivencia social.

Fue un día como cualquier otro, desayunamos en la casa y salimos un poco


tarde. Algunos iban en la camioneta y otros en moto. Estábamos todos.
También pasamos a buscar a las chicas que trabajaban con nosotros, ellas
vendiendo las excursiones, nosotros remando.

El problema eran las leyes. Ahí se respetan.

La camioneta ya iba muy cargada de personas y no se podía llevar a nadie en


la caja de atrás, por lo tanto tuvimos que llevar a nuestras compañeras en las
motos. Ale se subió atrás mío, y partimos. No me había dado cuenta que estar
sentado en una moto en movimiento y sin casco, era una infracción. Yo tenía
casco pero ella no. Es decir, si sabía, pero como en Buenos Aires nadie respeta
las leyes de tránsito, me gano la costumbre y lo pase por alto.

Hasta ese momento, todo marchaba sobre ruedas. Pero en el camino nos
topamos con un móvil policial. Más específicamente un policía motorizado.
En una hermosa BMW cilindrada mil doscientos. Traducción: imposible
escaparle. Ni si quiera me esforcé en acelerar, no tenía sentido, esa cosa vuela.
Sonaron las balizas y tuve que parar. Los papeles estaban al día, pero la
infracción era grave, llevar un acompañante sin casco. La multa rondaba los
dos mil pesos. Pero eso era lo de menos, de hecho sigue sin pagarse, el
problema era que me retuvieron la licencia de conducir, y tenía que ir a la gran
ciudad a hacer los trámites para recuperarlo. Y estaba a cinco días de
volverme a Buenos Aires.

Ya no tenía mucha paciencia. El humor no era el mismo que en diciembre.


Pero no quedaba otra. Tuve que pedirme el día y salir a recorrer la ciudad en
busca de la oficina de tránsito. Como era de esperarse, estaba lleno de gente, y
la organización era malísima. No era Buenos Aires, pero seguía en Argentina.
Sé que estuve varias horas esperando y cuando llego el momento, tuve que
poner cara de pobrecito y explicarle al encargado que debía irme de Mendoza
de regreso a mi ciudad en pocos días. Obviamente no le importó, pero pude
hacer un descargo para prolongar el tiempo de pago y recuperar mi licencia
para volver a las rutas tranquilo.

Es lindo poder describir esto en una sola hoja, porque para mí ese día fue
eterno. Y horrible. Lleno de nervios y miedos.

Pero se pudo. Siempre se puede.


El rescate

El rafting es picante, peligroso, y divertido. A veces te toca golpear contra


piedras filosas, quedar atrapado en remolinos por un buen rato, o caerte de la
balsa y que esta se de vuelta y toda la gente caiga al rio a lastimarse con las
piedras. Bueno, el “cool river” es peor, porque la balsa es uno mismo. En
realidad, esta actividad se hace con aletas en los pies y dispone de un elemento
similar a una cámara de rueda de camión, como se usaba antes en las piletas
de las casas. El objetivo es apoyarte en ella y deslizarte río abajo, con las
piernas triturándose con las piedras que van pasando y acarician tus rodillas
como garras de oso pardo. Cada vez que lo hacía, traía nuevas cicatrices y
hemorragias. Pero a la gente le encanta esto. No sé por qué, pero les gusta
lastimarse y estar al límite de la vida y la muerte.

No era de mis excursiones favoritas, pero si la gente compraba, y justo me


tocaba el turno, yo tenía que guiar. Hoy en día, agradezco esa experiencia
difícil y llena de adrenalina. Nunca estuve tan cerca de la naturaleza, siendo
uno con el río, que me lleno de golpes y aprendizajes pero me cuido siempre y
me permitió inclusive salvar una vida.

Ese día tuvimos unos cuantos turistas decididos a practicar tal actividad. Eran
aproximadamente siete u ocho, por lo tanto tuvimos que salir dos guías, uno
en frente marcando el camino y otro atrás cuidando que nadie se quede. Ese
era yo, el guardaespaldas.

El recorrido comenzó sin problemas, hasta que llegamos a la primera curva.


Ahí suelen ponerse difíciles las cosas, entre piedras y olas, remolinos y plantas
caídas hacia el lecho del río. Era un señor pelado, de unos cincuenta años,
bajito y encorvado que había venido con su esposa. Apenas íbamos un cuarto
del recorrido, o tal vez menos, cuando decidió entrar en pánico y arruinar
todo. Se tiró a un costado e intento agarrarse de las plantas para interrumpir la
correntada que nos llevaba, pensando que así podría frenar, salir caminando y
volver al hotel a darse una ducha caliente. Pero no era tan fácil, la corriente se
llevó su elemento de flotación y él quedo abrazado a una rama mientras el
agua pasaba golpeándolo en todo el cuerpo. No es difícil de imaginar la
situación. Pero pasó todo tan rápido, que terminó quedando atrás, ya que los
demás seguíamos en movimiento. Algo tenía que hacer, aunque saliera
lastimado, no podía dejar a un turista atrás y menos aún, con un ataque de
pánico. Era una pérdida segura. Le hice señas a Cristian que siguiera con los
demás que yo me quedaba con el señor. Rescate su “cool” (así le decíamos a
la goma) que flotaba solo cerca de mí, lo tire hacia un costado del camino y
enseguida salí trepando por las piedras hasta llegar a la calle que bordeaba el
río a unos cinco o seis metros más arriba. Una vez en el asfalto, corrí en
sentido opuesto a la dirección que llevábamos, gritando su nombre una y otra
vez, debido a que la vegetación y las piedras no permitían una buena visión.
Luego de correr unos doscientos metros, lo pude escuchar pidiendo ayuda y
no dude en meterme entre las plantas y rocas hasta alcanzarlo. Lo tranquilicé y
lo agarre tan fuerte del brazo que seguro hoy lleva mis marcas todavía.
Trepamos nuevamente hasta la calle y empezamos la verdadera aventura, que
era caminar unos cuantos kilómetros por asfalto caliente en cuero y con patas
de rana en los pies. La imagen es graciosa sí, pero no podíamos ir descalzos
porque rondaban los cuarenta grados y la ruta era lava ardiente.

En el camino, no nos quedó otra que hablar y resulta que este pequeño
hombrecito de poco valor, había estado en el ejército y también había nadado
algunas carreras de aguas abiertas, lo cual me llevo a cuestionar porque se
había asustado tanto si ya tenía experiencia en el tema. Es más, había sido
participe en esa famosa tragedia que ocurrió, si no me equivoco, en el rio
Paraná, donde varios nadadores murieron absorbidos por un barco enorme que
pasaba. Se ve que le gustaba la acción. O tenía un dios aparte.

Faltando menos de quinientos metros para llegar al camping, se acercaron mis


compañeros en la camioneta a buscarnos. Mi humor era el de una hiena, hacía
varias horas que caminábamos, y Cristian sabía muy bien que yo me había
quedado con una persona atrapada, por lo tanto la ayuda debería haber llegado
antes. Y como frutilla del postre, una abeja decidió picarme en el pie cuando
iba sentado en la caja de la camioneta.

El señor me agradeció y partió con su esposa en su auto rumbo a la ciudad,


ahora si, por una ducha renovadora y una siesta seguramente muy larga. Ya no
remé más ese día, para la actividad salimos de tarde y llegamos de noche. Era
tiempo de descanso.
Unos versos

Crece el río en primavera,

En verano se abren las compuertas,

Saltan peces en el aire,

En Atuel de valle grande.

Los colores del cañón,

Son igual al Colorado,

No por el rojo en sí,

Sino porque iguales se formaron.

Las arañas son enormes,

Las corrientes congeladas,

Las personas que visitan,

Quedan siempre enamoradas.


Dos buenas Hondas

El cansancio ya era demasiado. Ahora también era dolor, tenía una tendinitis
en el hombro de tanto remar siempre con el brazo derecho. Tuve que auto
medicarme para poder resistir unos días más, pero la idea era segura, la
aventura había concluido, ya no tenía dinero ni fuerza en el cuerpo para
seguir, además se acercaba mi cumpleaños y quería pasarlo con mi familia, la
de verdad.

No tenía decidido el día ni el horario, pero sabía dos cosas: que sería en los
próximos días, y que viajaría solo porque los chicos se querían quedar un mes
más.

Si algo aprendí en este viaje es que el universo, la vida, la naturaleza, el


tiempo siempre conspiran entre si y las cosas pasan cuando, como y donde
tienen que pasar.

Eran como las once de la mañana y estaba sentado en la balsa, ya sin ganas de
vivir, esperando que pasara alguna familia y que no tuviera ganas de viajar
conmigo. Cada día, cientos de turistas pasaban, en autos, camionetas,
cuatriciclos, motos, bicicletas. Sin embargo, mis ojos solo se iban con las
motos, desde la más sencilla hasta las más caras y robustas. Fue entonces, que
una vez más volví a quedarme mirando un par de motos marca Honda de tipo
enduro (todo terreno) que pasaron cerca mío y sin dudarlo frenaron para entrar
al camping. Mi capacidad de socializar estaba en su momento más óptimo, por
eso me dije a mi mismo que en el horario de almuerzo me acercaría a hablar
con ellos para saber de dónde venían y compartir algunos mates hablando
sobre el amor que sentíamos por las motos.

Pasada la una de la tarde, aun sin viajes encima, me fui a comer algo, a una
velocidad similar a la de la luz, y me encamine por el camping en busca de mi
objetivo. No tuve que recorrer mucho para encontrar su pequeña carpa, si no
mal recuerdo de color celeste o azul. Apenas me acerque y salude, me
invitaron un mate y facturas. Era una pareja de entre treinta y cuarenta años
aproximadamente, Fernando y Alejandra. Al igual que dije antes con Lito,
personas de esas que encontras una en un millón y siempre llevas en tus
recuerdos. La Honda de Fer era de cilindrada 250, y la de Ale era un poco más
chica, de 125. También habían estado recorriendo parte de Argentina en moto,
y estaban a punto de volverse a Buenos Aires, más precisamente a la ciudad
de Azul. Ahí fue donde se conectaron mis neuronas y pensé “ya sé cómo no
viajar tan solo”.

Charlamos un buen rato y coordinamos para partir los tres juntos de vuelta a
nuestra provincia dos o tres días después.

Todavía me quedaban algunos trámites que hacer en la ciudad, cosas que


ordenar, ponerle aceite a la moto, preparar los bolsos, así que aproveche mis
últimos días para descansar un poco y ponerme a punto para el viaje.

La realidad es que no descanse tanto porque anduve de acá para allá, y aun
habiendo avisado que ya no trabajaría más, volví a bajar por el río un par de
veces con gente en mi balsa. La última excursión fue en “Cool River” y esa sí
que me mato a palos, como si el agua supiera que me estaba despidiendo.
Como en familia

Y un día llegó el día.

Recibí la llamada de Fer para avisarme que ya estaban llegando al punto de


encuentro. Yo estaba en el camping despidiéndome de todos y por supuesto,
esperando el pago de los días trabajados que aún no había cobrado. Admito
que todo eso me llevo un poco más de tiempo del que esperaba, y encima tenía
unos quince kilómetros hasta llegar al lugar. Era sabido que mis futuros
compañeros de ruta iban a tener que esperarme un poco, pero bueno, hice todo
lo más rápido que se pudo.

Me atrevo a declarar como una hazaña muy difícil la acción de dejar atrás lo
que había sido mi casa, mi lugar de trabajo durante casi dos meses. Volver a
rodar sabiendo que me esperaban largas horas de ruta, mirar atrás como se
alejaba el valle, las curvas, los cientos de colores, el agua que ya era parte de
mí.

Llegue un poco demorado a la estación de servicios que habíamos elegido


como punto de encuentro. Llenamos los tanques, y partimos.

Creo que no llegamos a hacer ni veinte kilómetros que nos paró un control
policial. Por suerte teníamos todo impecable y a los minutos volvimos a rodar.

El primer tramo de Mendoza a La Pampa fue horrible. Parecía el doble de


desierto que en el viaje de ida, más abandonado y triste. Recuerdo que
paramos bajo unos árboles a descansar, cerca de donde sucedió aquella
anécdota del casco roto. Las hierbas estaban secas y amarillas, la tierra áspera
y sin color. Tomamos agua y seguimos. Fernando no quería que paremos
demasiado tiempo, de hecho a veces notábamos que su moto le pedía más y
aceleraba un poco hasta alejarse unos quinientos metros y volvía a bajar para
esperarnos. Era entendible. La diferencia entre potencia y calidad de las motos
era abismal. Las nuestras iban enroscadas y a toda máquina, mientras la suya
gritaba por un poco más de poder, porque iba demasiado relajada.
Fue largo pero llegamos. Ingresamos en el pequeño pueblo de Realico, en La
Pampa, paramos en un almacén a comprar algo de comida y le preguntamos a
la gente del lugar donde podíamos acampar. Por suerte, existía en ese lugar, un
camping municipal de libre acceso, lo que no me sonaba muy seguro. Sin
embargo, era un pueblo muy chico y bastante desierto, sin edificios ni mucha
iluminación, más parecido al lejano oeste que a una ciudad cualquiera.

Preparamos algunos sándwiches y nos sentamos a comer bajo los árboles y las
estrellas que sobrevolaban esa maravillosa paz que había en ese lugar. Y por
supuesto, yo con mi amada ansiedad, mientras masticaba, analizaba el terreno
para poner la carpa.

Caminamos hacia un enorme galpón que parecía ser una cancha deportiva
donde jugaban básquet y vóley. Mis compañeros ya habían estado ahí en su
viaje de ida, donde conocieron a un señor que cuidaba el lugar o trabajaba ahí.
Lo buscamos pero no estaba. Entonces, Entre tanto recorrer el lugar,
descubrimos un pequeño espacio que según mis recuerdos, tenía forma de
cantina o barra donde podría venderse comida. De hecho había una parrilla así
que es lo más probable que funcionara para eso. Ahí armaríamos la carpa.
Hacía un poco de frio y era mejor estar bien refugiados para dormir bien y
manejar aún mejor al otro día. Una mala noche no es una buena idea previa a
un viaje en moto.

Metimos las motos y armamos campamento. Entraba todo justo. Inflamos un


colchón simple y el doble de Fer y Ale. Y cuando digo inflamos literalmente
fuimos los tres porque quien haya hecho tal cosa, sabe lo aburrido, cansador y
eterno que se pone el tiempo cuando le hechas aire a esos colchones que puede
ser que sean uno de los mejores inventos de la humanidad.

Soñé un montón de cosas, de eso estoy seguro. Obviamente no recordaría ni


aunque me analizaran el cerebro con alguna computado soviética.

Desperté y me descubrí solo en la carpa. Mis nuevos amigos estaban tomando


mates afuera así que acomode mis cosas y salí a desayunar con ellos. Había
dormido bastante bien y ya tenía las pilas recargadas para continuar viaje.

No tardamos mucho en ordenar todo para partir, pero antes de volver al asfalto
le pedí a Alejandra que me permitiera dar una vuelta en su moto, debido a que
ese era el próximo modelo que quería comprarme cuando cambiara la mía. La
ilusión duró poco. No es que la moto sea mala en sí, Honda hace todo bien,
pero al ser de motor más chico se notaba demasiado la diferencia y no quería
bajar mi nivel de potencia sino subirlo.

Ya habrá tiempo para ver que moto seguirá después de la negrita.


El Hombre de Hierro

Estábamos cerca de ingresar a la provincia buenos aires, es decir, a unas dos


horas de viaje. No recuerdo donde exactamente pero paramos en una estación
de servicios a descansar y tomar un café con medialunas que nos salió más
barato porque Ale tenía como un millón de puntos en la tarjeta de YPF. Saque
el mapa que había comprado antes de empezar la aventura, lo desplegué sobre
la mesa y empezó la charla. Esa charla que me hizo caer en la realidad de que
nuestros caminos se tenían que bifurcar. Sin embargo, analizando la situación
descubrimos que me encontraba en una especie de triangulo. Tenía dos
caminos por elegir y ambos me llevaban a casa. El más corto me llevaría ese
mismo día, después de muchas horas de viaje en solitario. El más largo sería
en compañía pero me obligaría a hacer una parada más para descansar. Ale me
insistió en que tenían una habitación libre donde podía dormir si quería. No
fue fácil, no soy alguien a quien le guste entrometerse en la vida privada de las
personas. Pero la aventura me puede, y si ya estaba casi terminando esta
locura, obviamente iba a elegir el camino largo y desconocido.

Lo bueno de ese último tramo de viaje en manada era que conseguimos llegar
a zona de autovía, por lo tanto manejar era mucho más fácil y se podía ir más
tranquilo sin pensar en chocar con nadie de frente.

Al fin estaba en ese lugar que tanto había sido mencionado el último tiempo.
Azul. No tenía nada de especial, era una ciudad muy grande con un arroyo que
cruzaba por el medio y formaba un pequeño lago en el centro de la ciudad. La
gente jugaba en los parques que rodeaban el agua, tomaban mates y
entrenaban deportes, en su mayoría kayak y running. Esta bien, si era especial.

Llegamos a la casa de mis compañeros de ruta, entramos las motos al garaje y


nos recibió muy cariñosamente su perro, una bestia gigante y peluda tamaño
león. Los recuerdos son borrosos lo admito, pero de lo que estoy seguro es que
no pasaron ni dos horas y ya teníamos visitas de algunos amigos o familiares
de los chicos, que por lo visto los habían extrañado. Fuimos a comprar
comida, recorrimos el centro de la ciudad, y encontramos un lugar donde
vendían pollo con papas fritas. Sin palabras. Tan solo cincuenta días atrás
aproximadamente me encontraba saliendo en moto de mi ciudad, con miedo y
adrenalina, y ahora estaba en una ciudad que no conocía, con gente que no
conocía, comprando comida para compartir una cena llena de anécdotas y
risas.

Me acuerdo claramente, estar sentado en el sillón del living cuando Fer se dio
cuenta que yo tenía una remera de los “Guns n Roses”. Eran fanáticos y me
mostraron videos de una banda que tocaba tributo a los mismos, lo que me
abrió las puertas para que les contara un poco de mi vida musical, siendo
también fanático y guitarrista de corazón. También vimos videos sobre el
historial deportivo de Fer, quien llevaba varios años corriendo triatlón,
inclusive habiendo participado más de una vez en la famosa carrera del Iron
Man (hombre de hierro) que combina casi cuatro kilómetros de natación,
ciento ochenta de ciclismo y cuarenta y dos de maratón a pie. No es algo fácil
que cualquiera pueda hacer, no es solo entrenar, es nacer para superarlo todo,
vivir para ganarse día a día a uno mismo.

Después se vino a mi mente otra pequeña locura de las mías. Mande mensajes
a mis nuevas amigas azuleñas contándoles que estaba en su pueblo y
decidimos vernos un rato. Pasaron a saludar por la vereda de la casa. Estaban
muy bien vestidas y perfumadas, claro, era viernes o sábado. Creo que viernes,
entonces iban a salir a bailar o a tomar algo. Por un momento lo pensé, y
después lo volví a pensar, pero la realidad es que me importaba más dormir y
poder viajar descansado ya que iría solo.

Al rato de comer, el sueño me gano de repente y no pude evitar poner en


evidencia mis ganas de dormir. Me mostraron la habitación que todavía
guardo en mi memoria como la habitación de los trofeos. Al lado de la cama
descansaba la increíble bici con la que había competido, en las paredes
colgaban medallas, y encima de los muebles se apreciaban hermosos trofeos
de muchas otras carreras. Si estar durmiendo en la habitación de trofeos de un
verdadero Iron Man argentino, no era algo original para estar cerrando mi
aventura, entonces nada lo era.
El último empujón

Creo que pocas veces en mi vida dormí tan bien y tan profundamente.
Generalmente cuando nos toca dormir en cualquier lugar que no sea nuestra
cama, es bastante difícil poder descansar bien, pero este no fue el caso. Cada
segundo fue completamente aprovechado desde que toque el colchón.

En algún momento y sin alarma, desperté. No me quede mucho tiempo dando


vueltas en la cama. Escuche voces y sonido de mate en la cocina y creí
prudente levantarme a participar. Ale había comprado unas facturas y apenas
me vio venir me pregunto que tenía ganas de desayunar. No estoy seguro pero
creo que me tomé un té y después compartí algunos mates mientras seguimos
hablando de la vida. Les conté que me quedaba un examen para recibirme de
Profesor de educación física y que mi próximo sueño era ser Guardavidas. Ya
les había tomado cariño y los sentía como si fueran tíos, pero la aventura debía
continuar y ahora el viaje era en solitario así que tenía que aprovechar la luz
del sol.

Alrededor de las diez de la mañana decidí partir. En ese momento no era muy
común tener GPS en los celulares, por eso usaba un mapa, y además, los
chicos me explicaron cómo salir del pueblo y cuál era la ruta que debía tomar.
Los abracé fuerte, agradecí por todo y puse en marcha la moto.

Al final de cuentas, entendí lo que era el amor, mirando hacia abajo y


sintiendo ese ruido de pistones que de alguna forma iba a ritmo con mis signos
vitales. Era ella, la que siempre estaba conmigo, la que me llevó a conocer el
mundo, la que no estaba a la altura de ninguna, por no ser una marca conocida,
por ser de cilindrada mediana, pero que a la vez estaba más arriba que todas
justamente por eso, por haber sido fiel e incondicional sin haber nacido para
ello.

Ahora si la ruta era un poco más triste y solitaria. Estaba viajando solo los
últimos trescientos kilómetros. Era yo contra el mundo. O mejor dicho, yo
contra los camiones porque estaba infestada la ruta y se hacía todo más lento.
Lo bueno es que con la moto podes hacer un par de excepciones y pasarlos por
la banquina o hacer maniobras evasivas un poco más arriesgadas. ¿Y que dice
una de las leyes de Murphy? “Si algo puede fallar, fallará”. Así fue. La mitad
del camino ya estaba hecho, pero no podía faltar el picante o la frutilla del
postre. Hagamos uso de la imaginación, adelante iba un camión, atrás de ese
camión iba yo, y atrás mío un micro larga distancia. De frente no venían
vehículos, entonces decido pasar ese camión, y el chofer del micro que venía
atrás me sigue. Reacomodando la escena, estaba yo en el carril izquierdo, el
camión a mi derecha y el micro atrás también en el carril izquierdo. Se corta el
cable de acelerador de mi moto, por lo tanto la moto empieza a perder
velocidad y lo obvio era terminar abajo del micro. Fueron milésimas de
segundo, de pura reacción, cuando decidí tirarme hacia la banquina izquierda
y de ahí al césped, que por cierto no estaba muy llano que digamos, sino que
se formaba una especie de zanja hacia los costados de la ruta. Me vi a mí
mismo rodando por el campo, haciendo pedazos la moto y fracturándome todo
el cuerpo. Pero solo lo vi en mi cabeza, porque no pasó. Logre controlar la
moto y no me caí. Frené, me bajé, y me quede unos minutos en silencio
evaluando si estaba realmente vivo.

Aparte de las leyes de Murphy, también puse en juego la ley de atracción


universal, recordándome dos meses atrás diciéndole a mi vieja “¿Qué es lo
peor que me puede pasar? ¿Pinchar una rueda, cortar el acelerador?”. Ambas
cosas pasaron, una en el camino de ida y otra en el camino de vuelta.

Quería llorar, quería pedir ayuda, quería tirarme al pasto y esperar que se
solucionara. Ya no había energías, ni ganas, quería estar en casa con mi
familia y descansar. Entonces lo vi, un joven delgado con brazos musculosos
de tanto remar, con pelo largo y piel bronceada. Se acercó y me dijo con una
sonrisa: “¿vos no querías una aventura? ¿No querías aprender del camino?
¿Acaso no tomaste todas las precauciones necesarias? ¿Acaso no tenes las
herramientas para enfrentar lo que se presente? La vida no te está dando las
soluciones, te está dando las oportunidades para que vos aprendas a
solucionar… esta aventura fue rica en todo sentido, ahora queda el último
empujón, demostrarte a vos mismo que se puede…siempre se puede”

Me olvidé del tiempo, me relaje y empecé a desarmar el equipaje, ya que la


mochila con herramientas estaba debajo de todo lo demás. Tenía un cable de
acelerador de repuesto, también un cable de embrague, bujías, y demás cosas
básicas necesarias. No era fácil cambiarlo, había que desarmar el carburador,
tratar de no perder el resorte y la aguja que tiene adentro, conectarlo con el
manillar del manubrio y probar que funcionara bien. Me habrá llevado media
hora porque lo hice sin apuro, y me tome el tiempo necesario para volver a
organizar los bolsos en la parte de atrás de la moto. Estaba hecho. Y estaba
hambriento también. Había pasado el mediodía y créanme que manejar
muchas horas te abre el apetito.

Faltaban menos de veinte kilómetros para llegar a la Laguna de San miguel


del Monte, paisaje bien conocido por mí. Por lo tanto decidí hacer una parada
técnica. Era un hermoso día y la gente disfrutaba a la orilla del agua. Mi
cabeza solo pensaba en comer así que detuve la moto cerca de un puesto de
hamburguesas y pedí la más completa que había. Me senté a almorzar y me
quede mirando el color plateado de la laguna pensando en lo rápido que todo
había pasado, la aventura llegaba a su fin.

Quedaban cincuenta kilómetros pero yo ya estaba en casa, esos paisajes


simples, esas rutas, ese peaje, todo ya era familiar. Estaba cansado pero las
pilas se habían recargado para ese último envión.

Entre a mi ciudad, alrededor de las cinco de la tarde. Pase por el taller


mecánico de Augusto, quién me había preparado la moto con sus manos llenas
de experiencias de viajes en moto. Estaba afuera y me saludó al verme,
haciéndome un gesto con el brazo a modo de felicitaciones. Él entendía todo.
Sabía que había vuelto de recorrer un largo camino. Seguí rodando por mis
calles, mi barrio, por las plazas que estaban repletas de gente.

Al fin doblé en la última esquina que me quedaba y ahí estaba. Mi casa. Si


bien había avisado que volvería esa semana, nunca aclaré el día y la hora. En
realidad porque no sabía, honestamente.

Estacioné la moto en la vereda y me senté en la puerta donde estuve cinco


minutos recuperando aire y fuerzas. Todo pasó tan rápido, hace dos días era el
rey del río, y ahora volvía a ser un pibe normal con una rutina normal. Me
paré, toque tres timbres y sin saber quién estaba del otro lado, mi vieja abrió la
puerta, sonrió y me abrazó fuerte, dándole fin a esta primer aventura…
Cinco años después…

¿Por qué sigo escribiendo? No sé, era una cuenta pendiente y no podía dejarlo
en la nada. Existieron muchas aventuras después de esa. Ninguna tan original
y rica en experiencias. Tampoco voy a estar escribiendo un libro por cada
viaje o locura que haga. Algunas están guardadas en mi cabeza y suelen
revivir cada tanto cuando me encuentro o me pongo en contacto con gente que
fue parte de ellas.

Hay algunas cosas curiosas, como por ejemplo, la constante costumbre de


cruzarme con Joaquín en todos lados. Ese año, pocos días después de haber
terminado mi viaje, me decidí a hacer el tan esperado curso de Guardavidas.
Al año siguiente lo hizo Él, y terminamos trabajando juntos en el mismo lugar,
tirándonos cada fin de semana a la pileta para evitar que las personas se
ahoguen, o simplemente discutiendo con borrachos o gente irrespetuosa para
tratar de mantener el orden y la paz en el hermoso predio que cumple la
función de oficina para nosotros. Ya llevamos tres temporadas trabajando
juntos, y cada año estamos un poco más experimentados en nuestra labor y a
la vez en el trabajo en equipo.

A Cristian lo vi un par de veces, y cuando digo un par me refiero a dos veces


literalmente en estos últimos años. Cada tanto hablamos pero se hace difícil
coordinar el asado que tanto planeamos, debido a que no vivimos en la misma
ciudad y cada uno está metido hasta el cuello en su trabajo.

Alejandra y Fernando dejaron por un tiempo las rutas y se dedicaron a la


aventura más hermosa que es la de ser padres. A veces hablamos y tengo
entendido que el pequeño va por el mismo camino a convertirse en un Iron
Man, super amante de los deportes y la aventura. Ese reencuentro es algo
inevitable, no sé cómo ni cuándo pero algún día se dará.

De Lito, el ángel de las rutas, no tengo muchos datos. Lo tengo en redes


sociales y generalmente lo saludo para su cumpleaños. Siempre se acuerda de
estos jóvenes viajeros. También es un reencuentro que tiene que darse.
¿Y qué decir de mí? Extraño los viajes y las anécdotas en moto, la cual ya no
tengo porque me la robaron. Fue un golpe demasiado duro. Fue una pérdida
más que un robo. No me importó el valor material sino el valor sentimental y
las anécdotas que arrastraban esas ruedas. Simplemente desapareció de la
puerta de casa. Apareció casi un año después, pero resulta que los ladrones la
habían usado dos meses nada más, el problema fue que luego de eso estuvo
tirada más de ocho meses a la intemperie en un depósito policial, recibiendo
golpes de otras motos que le apoyaban encima, muriendo lentamente con la
lluvia, el viento, la helada. Sinceramente hubiese preferido que alguien más le
diera un uso digno, y envejeciera como a ella le gustaba, rodando por rutas de
todo tipo de terreno. Pero bueno, elijo creer que mi etapa de motociclista había
terminado (por ahora), y tuve que hacerme amigo de las cuatro ruedas y cada
tanto cuando se puede, de la bici. Las cosas no salen siempre como uno
quiere, pero ahí está el secreto, de eso se tratan las aventuras, de caminar hacia
adelante sin saber que nos espera y enfrentarlo de la mejor manera posible
para transformar cada momento en una anécdota y en experiencias que nos
cambien como persona. Seguir día a día sabiendo que se puede… siempre se
puede.
Algunos consejos para viajeros:

1 – Tener siempre bajo la manga, alguna habilidad que te permita sacar


ventaja o que te abra puertas y posibilidades para ganar unos pesos extras o
comer. Por ejemplo; una guitarra y saber canciones conocidas, una cámara de
fotos y saber sacar buenas fotos, un parlante portátil y saber bailar o cantar,
herramientas y saber de mecánica, etc.

2 – tratar de ser sociable en todo lugar, aunque pasemos solo un rato, ya sea
una estación de servicio, un bar, un hotel, un camping, un supermercado, etc.
La gente de los pueblos adora a los viajeros y siempre están interesados en
ayudarlos, además hacer contactos por todas partes nunca está de más.
Siempre se puede volver, o simplemente pueden surgir nuevos planes, nuevos
rumbos, solo por haber cruzado palabras con la persona indicada en el
momento indicado.

3 – Comunicación, principalmente con nuestros seres queridos, familiares,


amigos, avisando por donde andamos o andaremos. Y también generar
contacto con personas conocidas en el camino, que pueden ser de ayuda ante
un evento imprevisto.

4 – las experiencias más hermosas e increíbles son gratis. Guardar el dinero


para últimos recursos o imprevistos.

Consejos para viajeros en moto:

1- Conocer tu moto. En todo sentido. Haber hecho viajes cortos antes.


Saber lo básico de mecánica para solucionar los problemas más
comunes.
2- Contar con los repuestos básicos y herramientas necesarias.
3- Conocer la autonomía del tanque y cargar en cada estación de servicio
aunque todavía tengamos medio tanque.
4- Hacer pequeñas paradas y estirar los músculos para relajar la postura y
manejar más cómodo.
5- Mantenerse hidratado y comer algo de a ratos para mantener la
concentración y posponer el cansancio.
6- Invertir en buena protección, casco, campera, calzado, guantes. La vida
no tiene precio.

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