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Sobre dos usos del lenguaje

1.La tesis de Habermas:

- 1.1. Uso comunicativo y uso estratégico del habla

- 1.2. Aspecto ilocucionario y aspecto perlocucionario del acto de habla

2.Un antecedente clásico: dos tipos de retórica:

- 2.1. La retórica psicagógica

- 2.2. La retórica filosófica

3. Una hipótesis de trabajo:

Los estudios sobre la pragmática del lenguaje han enfatizado su uso estratégico, como búsqueda de

efectos perlocucionarios.

1.

1.1. En el desarrollo de su Teoría de la acción comunicativa, el filósofo alemán Jürgen Habermas ha

hecho énfasis en dos usos fundamentales y, en parte, contrapuestos del lenguaje: un uso comunicativo y

un uso no comunicativo (o uso orientado al acuerdo y uso estratégico). El primero es la expresión

lingüística de la acción comunicativa (expresión ella misma de una racionalidad comunicativa) y el

segundo, manifestación de la forma de acción teleológica y estratégica (y de una racionalidad que

también puede llamarse estratégica o racionalidad de medios y fines).

Si bien en la Teoría de la acción comunicativa se tipifican cuatro “tipos sociológicos de acción”

(teleológica –instrumental y estratégica-, regulada por normas, dramatúrgica y comunicativa) para

efectos del análisis pragmático del lenguaje, el filósofo francfurtiano llama la atención sobre los dos

usos mencionados, dado que ellos permiten vislumbrar dos formas de la racionalidad contrapuestas y,

como trataré de defender más adelante, dos enfoques sobre el estudio de las prácticas lingüísticas

humanas.
Ya en un texto de 1988 1, Habermas resume así la contraposición entre la acción comunicativa y la

acción estratégica:

“Hablo de “acción comunicativa” versus “acción estratégica”, según que las acciones de los distintos

actores se coordinen a través del “entendimiento” o del “ejercicio de influencias mutuas”. Desde la

perspectiva de los participantes estos dos mecanismos de interacción y los correspondientes tipos de

acción se excluyen mutuamente. No pueden emprenderse procesos de entendimiento con la intención

de llegar a un acuerdo acerca de algo con un participante en la interacción y simultáneamente con la

intención de obrar causalmente algo en él. Desde la perspectiva de los participantes un acuerdo no

puede imponerse desde fuera, no puede venir impuesto por una de las partes a la otra, bien sea

instrumentalmente mediante una intervención directa en la situación de acción, bien sea

estratégicamente mediante el ejercicio de un influjo indirecto sobre las actitudes proposicionales del

prójimo, que el actor calcula con vistas a su propio éxito. Lo que a todas luces se ha producido por

influencias externas (gratificaciones o amenazas, sugestión, o inducción a engaño) no puede contar

intersubjetivamente como acuerdo; tal intervención pierde su eficacia en punto a coordinar la acción.”

Cuadro 1. “Aspectos de la racionalidad de la acción” (Habermas, 1981/1999, p.428)

Tipo de saber Forma de Tipo de saber


Tipos de materializado argumentación transmitido
acción
Acción Teleológica: Saber utilizable en Discurso Tecnologías y estrategias
Instrumental o técnicas y estrategias teórico
estratégica
Actos de habla Saber teórico- Discurso Teorías
constatativos empírico teórico
(conversación)
Acción regulada Saber práctico- Discurso Representaciones
Por normas moral práctico Morales y jurídicas
Acción dramatúrgica Saber práctico- Crítica terapéutica Obras de arte
estético y crítica estética

1“Crítica de la teoría del significado”, en El pensamiento postmetafísico. Taurus, 1990, p. 131


Aunque en sus primeros escritos sobre el tema Habermas se refería a la acción comunicativa como

“acción orientada al entendimiento”, en escritos posteriores ha hecho la distinción entre “uso del

lenguaje orientado al acuerdo” y “uso del lenguaje orientado al entendimiento”. Es decir, distingue, por

un lado, el hecho de que los participantes en el intercambio lingüístico se entiendan sobre la

caracterización de un hecho o “simplemente se entiendan sobre sobre la seriedad de la intención” de

cada hablante, como acto de entendimiento simple, y, por otro lado, la búsqueda y logro del acuerdo

que, en sentido estricto “sólo se consigue cuando los participantes pueden aceptar una pretensión de

validez por las mismas razones”2. Dicho en breve, se trata de la distinción entre “entender al otro” y

“entenderse con el otro” (llegar a un acuerdo mutuo). Esta distinción le permite ahora al filósofo hablar

de un sentido débil y un sentido fuerte de la acción comunicativa. La acción comunicativa en sentido

débil se logra cuando “el entendimiento se refiere a hechos y razones relativas a cada actor que

sostienen expresiones de voluntad unilaterales”; mientras que la acción comunicativa en sentido fuerte

se da “cuando el entendimiento se extiende a las razones normativas que subyacen a la elección de los

objetivos mismos”. En este último caso los participantes comparten orientaciones de valor que vinculan

sus voluntades con independencia de sus propias preferencias. En la acción comunicativa débil los

actores sólo se guian por las pretensiones de validez llamadas verdad y veracidad, mientras que la

acción comunicativa fuerte exige, además, que se guíen por pretensiones de corrección (rectitud)

reconocidas intersubjetivamente (Habermas, 2002, 117-118). Es decir que en la acción comunicativa

débil sólo se presupone un mundo objetivo (que es el mismo para todos), mientras que en la fuerte los

participantes cuentan, además, con un mundo social compartido intersubjetivamente.

Retornando a la distinción principal que aquí me interesa, Habermas define la acción comunicativa, en

general, como aquella en la que “los actores coordinan sus planes de acción a través del entendimiento

lingüístico; es decir, se coordinan mutuamente de manera que utilizan para ello las fuerzas ilocutivas

2 Habermas, J.: Verdad y justificación, Trotta, Madrid, 2002. p. 112


vinculantes propias del acto de habla”. Por el contrario, en el tipo de acción que llama estratégica “los

participantes coordinan sus planes de acción mediante el ejercicio de influencias recíprocas”; aquí el

lenguaje no se usa comunicativamente, sino de un modo “orientado a las consecuencias”. Veremos

enseguida que estos dos modos de usar el lenguaje pueden ser explicados con las categorías austinianas

de “fuerza ilocutiva” y “propósito perlocutivo”.

1. 2. Siguiendo la interpretación que hace Forguson3 de la teoría de J. L. Austin, diremos que el “acto

de habla total” está compuesto por tres sub-actos denominados: locucionario, ilocucionario y

perlocucionario. Dejaremos de lado el aspecto locucionario (y sus tres componentes: fónico, fático y

rético) para limitarnos a la distinción entre los aspectos ilocucionario y perlocucionario, que le sirve a

Habermas para perfilar mejor su distinción entre el uso comunicativo y el uso estratégico del habla.

Recordemos que en la segunda y definitiva versión de su teoría de los actos de habla, Austin determinó

que el aspecto ilocucionario del acto de habla señala la fuerza y la intención que convencionalmente le

asignamos al acto, independientemente del significado y uso estandarizados de las palabras y

expresiones que usamos (y que constituyen el sentido y la referencia en el aspecto locucionario),

mientras que la parte perlocucionaria alude al efecto que intentamos o logramos conseguir en el oyente,

ya sea de modo voluntario (o directo) o involuntario (o indirecto), efecto que puede escapar a las

intenciones del hablante y que, en principio, no obedece a convenciones estandarizadas.

Ahora bien, en un determinado acto de habla pueden predominar la intención y la fuerza ilocucionaria

o la pretensión de lograr un efecto perlocucionario. Es, por ejemplo, la distinción que ha hecho A. L.

Gómez, cuando nos dice que “argumentar” señala un acto ilocucionario, que puede tener como efecto

perlocucionario el persuadir o convencer a un oyente o auditorio.

Por su parte, Habermas propone llamar “perlocutivos” a “aquellos efectos de los actos de habla que,

dado el caso, podrían ser provocados también causalmente mediante acciones no linguísticas”. Esta

3. L. W. Forguson: Actos locucionario e ilocucionarios, En: Essays on J. L. Austin; Berlin, I. and Others; Oxford
University Press, 1976, Cap. VIII, 160-185.
distinción es importante, pues servirá para enfatizar el hecho que el uso estratégico del lenguaje puede

perseguir efectos que también se lograrían sin el habla, mediante acciones de fuerza (o de seducción)

no linguísticas, pues aquí el lenguaje simplemente se pone al servicio de fines materiales que no

suponen ni buscan el acuerdo entre los actores.

Habermas distingue tres tipos de efectos perlocutivos: 1. efectos perlocutivos₁ los que simplemente

resultan, del contenido gramatical de un acto ilocutivo logrado; es decir, cuando los objetivos ilocutivos

rigen a los objetivos perlocutivos (Ej.: A da una orden y B la ejecuta); 2. efectos perlocutivos² que no

están regulados gramaticalmente sino que ocurren sobre la base de un éxito ilocutivo (Ej.: A da una

noticia y B se alegra o se asusta), y 3. efectos perlocutivos³ que sólo pueden obtenerse de manera

subrepticia (respecto al destinatario) y cuya finalidad estratégica permanece latente para la otra parte,

pero cuyo éxito también depende del éxito manifiesto de un acto ilocutivo. Ahora bien, Habermas

distingue aún, como “perlocuciones”, un caso especial de efectos en los que desaparece el objetivo

ilocutivo. Así, por ejemplo, al decirle a alguien “Te comportas como un cerdo” tenemos el objetivo

manifiesto de herir al oyente, pero nuestro acto de habla tiene también el sentido de valer como un

insulto, una burla o una ofensa. Un tipo especial de perlocuciones, en el sentido de habermas, son las

amenazas. En ellas, el acto ilocutivo de anunciar una sanción negativa condicional adquiere el sentido

de una amenaza por la referencia explícita al pretendido efecto efecto perlocutivo² de asustar al

destinatario, “el significado perlocutivo de asustar ensombrece el significado ilocutivo de anunciar”.

Estas consideraciones llevan a Habermas a afirmar que “en los contextos de la acción estratégica el

lenguaje funciona siguiendo el modelo de las perlocuciones”, con lo cual “la comunicación lingüística

queda subordinada a los imperativos de la acción racional orientada a fines” (o acción teleológica-

estratégica). Es decir que en las interacciones estratégicas los actores “se observan mutuamente” y se

comportan como oponentes que buscan ejercer influencia uno sobre el otro; y, desde esta perspectiva,

los objetivos ilocutivos sólo cuentan como condiciones para los éxitos perlocutivos. En síntesis, la
distinción entre los aspectos ilocucionarios y perlocucionarios de los actos de habla le sirven a

Habermas para apuntalar mejor sus distinción entre los usos comunicativo y estratégico del lenguaje,

que pueden resumirse en la distinción entre la búsqueda del efecto ilocutivo de entenderse con el otro

(y, eventualmente, llegar a un acuerdo con él) y la búsqueda del efecto perlocutivo de influir sobre el

otro. Cuando este último objetivo no se hace explícitamente (como en el lenguaje seductor o

intimidante) sino que se busca subrepticiamente (manteniendo oculta la intención) podemos hablar

también de un uso manipulador del lenguaje. Este uso del lenguaje para manipular ya había sido

señalado por Habermas en un texto de los años 70's, que aquí me limito a ilustrar con el siguiente

cuadro:

Tipos de Acción Estratégica (adaptado de Habermas, 1977, p. 386)

Este esquema habermasiano nos permite una tipificación del tipo de acción social (lingüísticamente

mediada) que llamamos ‘manipulación’ como un tipo de acción social, estratégica, encubierta, de

engaño consciente (por parte del hablante u orador). Habermas distingue este tipo de acción del caso

más general de las comunicaciones sistemáticamente distorsionadas:

“En las situaciones de acción estratégica encubierta, a lo menos uno de los participantes se comporta

estratégicamente, es decir, engaña al otro simulando un cumplimiento de las condiciones de la acción

comunicativa. En las comunicaciones sistemáticamente distorsionadas, a lo menos uno de los

participantes se engaña a sí mismo al no ver que está actuando estratégicamente y manteniendo sólo la
apariencia de acción comunicativa.”4

A diferencia de la “comunicación sistemáticamente distorsionada”, que obedece a patologías psico-

sociales de las que el sujeto no es conciente, la manipulación es un engaño realizado conscientemente

por el orador. Aquí cabe todo el espectro de las llamadas ‘falacias’ o ‘sofismas’ y podríamos incluir lo

que Frans van Eemeren llama ‘estrategias retóricas’ en el debate dialéctico.

2. Un antecedente clásico: dos tipos de retórica: retórica psicagógica y retórica filosófica.

2. 1. Retórica psicagógica. Alfonso Reyes nos recuerda que Corax y Tisias definen ya la retórica como

“arte suasoria” u “obrera de la persuasión”, “definición que -agrega Reyes- acomoda bien en la

sofística, la cual enseña a establecer el pro y el contra de las cuestiones, a hacer triunfar una causa, a

hacer creíble lo probable, puesto que lo necesario compete a la filosofía.”5

En Sicilia se desarrolló el tipo de retórica llamada psicagógica o “conductora de almas”. Ésta no

pretendía convencer de que un argumento era verosímil mediante una demostración técnicamente

impecable, sino mediante la atracción que la palabra, sabiamente manipulada, podía ejercer sobre los

espectadores. El efecto que pretendía alcanzar era la reacción emotiva, no la adhesión racional.

La tesis del doble carácter de la retórica es claramente expresada por E. Damblon al inicio de su ensayo

“Argumenter en démocratie” 6:

“Como la democracia, la retórica tiene una doble cara. Tiene una cara clara, luminosa, garante de la

libertad ciudadana, signo de la posibilidad que se le ha dado al hombre, gracias al lenguaje, de actuar

en las instituciones que él ha decidido darse a sí mismo. Pero ella tiene también una cara de sombra,

peligrosa, en la que la libertad de palabra se vuelve contra sí misma, mediante la seducción, la

manipulación, la presión”.

4Habermas, 1977, p. 386

5Alfonso Reyes: La crítica en la Edad Ateniense, F. C. E. , 1961, p. 57

6E. Damblon, Argumenter en démocratie, Éditions Labor, Bruxelles, 2004, p. 7.


Y más adelante: “la retórica es el lugar paradójico de la posibilidad de la democracia, a la vez que

representa una amenaza para ella. Bien entendidos, el lenguaje y la argumentación constituyen para el

hombre la alternativa a la fuerza brutal. Pero, el talento oratorio puede también ser una presión, una

violencia ejercida sobre el más débil, violencia tanto más perniciosa porque se ejerce sobre los marcos

de la civilización...”

Perelman, por su parte, ha recordado que la retórica Antigua, la de autores como Aristóteles, Cicerón y

Quintiliano, buscaba simultáneamente persuadir y convencer 7. Se dirigía simultáneamente al

entendimiento y a la voluntad. Sus vínculos con la dialéctica (y con la lógica) muestran que no se la

pensaba como una disciplina limitada al estudio del uso adornado y sugestivo del discurso.

2.2. Se sabe que Aristóteles intentó desarrollar una retórica que superara el enfoque sofístico y

psicagógico, y tuviera un alcance filosófico (al considerarla como homóloga o como esqueje de la

dialéctica). De hecho Perelman enfatiza que los ‘razonamientos dialécticos’ de Aristóteles son comunes

a la retórica y a la dialéctica. Así, ambos se caracterizan por el intento de persuadir o convencer, no

mediante “inferencias válidas y constrictivas”, sino mediante “argumentos más o menos fuertes, más o

menos convincentes” y que “jamás son puramente formales”8. Pero decir que no son meramente

formales, no implica que deban ser inválidos formalmente, y un estudio detenido de la Retórica

aristotélica ha permitido señalar que para el filósofo griego los razonamientos demostrativos, definidos

en la dialéctica (Tópicos y Refutaciones sofísticas) y desarrollados en los Analíticos, no eran ajenos al

ejercicio de la retórica.

Es sabido que la recuperación de la retórica en el siglo XX se opuso a la limitación del campo de

estudio de la retórica clásica a las figuras de estilo que hizo P. Ramus. En la idea perelmaniana de

“convencer” (como opuesta al mero “persuadir”) hay todavía un eco del afán aristotélico de hacer de la

7“... la retórica, el antiguo arte de persuadir y convencer” Dice Perelman en El Imperio Retórico, (1977), Norma, 1997, p.
12

8 El Imperio Retórico. p.p. 20-21


retórica un instrumento filosófico; así, a mi modo de ver, la expulsión perelmaniana del componente

lógico de la retórica (y la dialéctica) le haya impedido dar una idea clara de lo que debe entenderse por

“convencer” (pues el conocido recurso de perelman a la distinción entre auditorios universal y

particular solo consigue desplazar más que resuelver el problema).

3. Una hipótesis de trabajo: Los estudios sobre el aspecto pragmático del lenguaje han enfatizado

su uso estratégico, como búsqueda de efectos perlocucionarios, descuidando su uso

comunicativo.

Entre la segunda mitad del s. XIX y la primera del s. XX surgieron paralelamente los estudios

sistemáticos del lenguaje (lingüística estructural, semiótica) y las diferentes corrientes de la

hermenéutica filosófica (de W. von Humboldt a H. G. Gadamer, pasando por Nietzsche y Heidegger).

Creo que el enfoque nietzscheano se convirtió en paradigmático para muchos estudiosos del lenguaje

como fenómeno del orden social. Su influencia, paralela a la de Marx y Freud (los tres “maestros de la

sospecha” según los llamó P. Ricoeur) puso de relieve el uso del lenguaje como herramienta para el

ejercicio del poder (imposición de la ideología, en Marx, y mecanismo de “racionalización” en Freud).

Tal influencia es detectable en los fundadores de la Escuela de Francfurt, y, más recientemente, en los

pensadores franceses de corte neo-nietzscheano (post-estructutalistas y posmodernos).

De allí que no sólo en las recuperaciones de la dialéctica, la retórica y la sofística antiguas, sino

también en los analístas del discurso (psico-linguístas, socio-linguísticas, etc.) se tienda a privilegiar el

análisis de los usos estratégicos y manipulativos del lenguaje.

Veamos algunos ejemplos:

– En su artículo “Argumentación retórica y argumentación linguística” O. Ducrot define la

argumentación retórica como “la práctica verbal que tiene por objetivo el hacer creer algo a

alguien”, y luego continúa su análisis para mostrar que, desde su punto de vista lingüístico, la

presencia de conectores lógicos en la argumentación cotidiana no debe interpretarse como una

presencia del logos aristotélico pues: “ese logos, que se manifiesta por medio de cadenas
argumentativas, precisaría, dada su insuficiente eficacia, del concurso de factores irracionales,

el ethos y el pathos.” Valga recordar aquí que Perelman había caracterizado la eficacia del

discurso argumentativo en una mezcla de “validez” y “eficacia”, aunque él no lograra dar una

definición clara de lo que enttendía por validez. Lo que queda claro en la cita de Ducrot, es la

primacía de la eficacia en detrimento de la validez. Eficacia que se sigue entendiendo al modo

de un efecto perlocucionario.

– En su libro Discurso y poder, T. A. van Dijk aclara que el ACD (análisis drítico del discurso)

parte del hecho que “... aquellos grupos que controlan los discursos más influyentes tienen

también más posibilidades de controlar las mentes y las acciones de los otros” y agrega que “El

ACD se centra en la explotación (sic.) de tal poder, y en particular en el dominio, esto es, en los

modos en que se abusa del control sobre el discurso para controlar las creencias y las acciones

de la gente en interés de los grupos dominantes.” (p. 157) Creo que es evidente aquí la doble

influencia de las ideas marxistas y nietzschenas sobre el lenguaje y el discurso.

– Pierre Bourdieu (Ce que parler veut dire, 1982; sigo el resúmen de R. Amossy en su libro:

Images de soi dans le discours) considera que el principio de eficacia de la palabra no está tanto

en la “sustancia propiamente linguística”, pues el poder de las palabras deriva de la adecuación

entre la función social del locutor y su discurso. Así, un discurso no puede tener autoridad si el

no es pronunciado por la persona legítimada para pronunciarlo en una situación legítima y ante

los receptores legítimos. En últimas, la eficacia del lenguaje no depende de lo que él enuncia

sino de aquel que lo enuncia y del poder del que está investido ante su público. Lo cual parece

muy bien si se trata de analizar cómo funciona el discurso al interior de una institución

jerarquizada, pero que me resulta exagerado para explicar todo intercambio lingüístico en la

vida cotidiana.

En conclusión, Habermas ha llamado la atención sobre las diferencias entre el uso comunicativo y el

uso estratégico del lenguaje. Tal distinción parece tener un paralelismo con la distinción griega entre
una retórica psicagógica y otra filosófica. Y en la actualidad, parece permitir una distinción entre los

estudios del lenguaje centrados en su función “manipuladora” (en los que el hablante busca “hacer

creer” o “hacer hacer” algo al oyente) y en sus efectos perlocucionarios y estratégicos, y otro que

trataría de explicar los modos como los hablantes pueden entenderse entre sí, llegar a acuerdos, y

coordinar sus descripciones de la situación y sus planes de acción. No se trata de que los primeros

enfoques sean inadecuados, sino de que no deben llevar a perder de vista que al lado de los usos

agonísticos y competitivos del discurso, existe un uso cooperativo del mismo, que es tan legítimo como

el primero, sobre todo cuando pasamos del análisis de la realidad a la postulación de ideales de vida y

convivencia.

Pedro Posada Gómez

Profesor asociado

Dpto de filosofía. Univalle.

Febrero 17 de 2012.

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