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Don Juan

Tenorio
o sea El Disoluto
de
CARLO GOLDONI

Comedia en cinco actos, en verso,


representada por la primera vez en Venecia,
durante el carnaval del año 1736

Versión en endecasílabos blancos


de Jorge Urrutia y Leopoldo de Luis
ción literal de Jorge Urrutia y Lola Luna
sobre una traduc
El autor al que leyere
Hace ahora un siglo que apareció en España El Convi­
dado de Piedra, comedia famosísima de Don Pedro Cal­
derón de la Barca1, la cual, aunque llena de impropiedades
y de inconveniencias como estaba, y debido a que alcanzó
a ser vista aún por algunos cómicos italianos, fue traducida
por Giacinto Andrea Cicognini Florentino y por Onofrio
Giliberto Napoletano, con poquísima diferencias entre
ambas traducciones. Nunca se ha visto en escena una
representación con tan continuado aplauso popular durante
tantos años como ésta, hasta el punto de que hacía
maravillarse a los mismos cómicos. Algunos de ellos, por
simplicidad o por impostura, solían decir que un pacto
tácito con el demonio mantenía el éxito de una comedia
tan tonta. De hecho, ¿podría verse representar algo peor y
alguna otra comedia merecería ser olvidada más que ésta?
Un hombre se introduce por la noche en los apartamen­
tos del rey de Nápoles, es cariñosamente recibido en la
oscuridad por una doncella noble, que lo acoge en sus
brazos confundiéndole con otro para sólo darse cuenta del
engaño cuando se quiere escapar. A las voces de queja de
tan honesta dama comparece el rey de Nápoles con un
candelabro en la mano; Don Juan le apaga la luz con la
espada y su Majestad queda a oscuras. Descubierto, el
Caballero disoluto parte para Castilla; una borrasca lo
lanza al mar y la fortuna le permite saltar a la playa con
la peluca empolvada y sin haberse ni siquiera mojado los
zapatos. No hablo del criado, compañero de naufragio y
fortuna, con quien intercambia graciosos improperios,

1 Obviamente Goldoni se confunde, atribuyendo a Calderón la paternidad


de El burlador de Sevilla y Convidado de piedra, cuya autoría pertenece
a Tirso de Molina.
villanías y puntapiés, pero es digno de admiración la
velocidad con la que pasa el héroe de un reino a otro, para
que pueda actuar en Castilla y, por no perderme inútil­
mente en hacer el análisis de una Comedia que en
cualquier escenario muestra su ración de despropósitos y
de impropiedades, basten como ejemplos de ellos la estatua
de mármol erigida en poco momentos, que habla, camina,
va a cenar, invita a cenar, amenaza, se venga o realiza
prodigios y, como culminación de la obra, que todos los
espectadores marchan vivos y sanos, en compañía del
Protagonista, a casa del diablo donde, mezclándose las
risas con el terror, se entristecen los más devotos y se
burlan los más ateos.
Monsieur de Saint-Euremont toma El Convidado de
Piedra por una tragedia y ridiculiza a los italianos que la
sufrían, pero él resulta más risible pues demuestra que no
ha leído nuestras bellísimas Tragedias y quiere incluir
entre éstas una Tragicomedia tan vulgar, si es que le
gustaba considerarla como algo más que como una simple
Comedia. Al fin y al cabo, se trata tan sólo de un original
español traducido a nuestro idioma, y si pretendemos
examinar los asuntos que en él concurrían, y que todavía
al representarlo concurren, nos convertiremos en el gran
auditorio compuesto por siervos, servidores, niños, gente
baja e ignorantísima, aquellos que se complacen con
tonterías y se contentan con las extravagancias.
Aunque conviene decir que por fuerza hay algo de
bueno en tal incorrecta e irregular Comedia, puesto que se
ha sostenido tantos años y ha proporcionado placer a
tanta gente. Yo lo atribuyo al ejemplo y a la moral: dos
componentes de la buena Comedia que se dan en ésta y
que, aunque interrumpidos por miles de tonterías e im
propiedades, producen algún placer en un siglo imperfecto
y corrompido, en el que pocas obras mejores se represen
taban en nuestro teatro.
El célebre autor francés Molière vio que en dicha
Comedia había algún buen capital y, como había hecho
con parecidas Comedias italianas y españolas, adoptó ésta
como suya, sirviéndose del argumento y variándola en la
conducta. Aquello que, sin embargo, encuentro de conde­
nable en su Festín de piedra es la impiedad excesiva de
Don Juan, expresada con palabras y máximas que no
pueden por menos que escandalizar a los hombres más
incorrectos, así como que ha imitado el original español,
haciendo hablar y caminar a la estatua del Comendador.
También Tommaso Cornelio2 al poner en verso la
misma Comedia que había escrito Molière en prosa,
siguiendo fielmente su esquema, ha mantenido idéntica
impropiedad, como si no se pudiese conducir la fábula sin
una extravagancia similar.
Yo con el ejemplo de Cómicos muy valiosos, me he
complacido en manejar ese mismo argumento, pero lleván­
dolo a mayor propiedad aunque fuese en una sola cosa: el
castigo de Don Juan, para lo que me he servido —prefi­
riendo imitar a Molière mejor que a Calderón— del
prodigio del rayo para castigar las culpas de un disoluto.
Los rayos, por desgracia, caen de forma natural con el
cielo despejado, pero no consigo sin embargo imaginarme
una combinación tan extravagante en virtud de la cual se
diese en el aire el fulgor, explotara en ese momento e
hiriese a Don Juan. Intento, mejor, que ello deba atribuirse
a un prodigio con el cual la justicia divina castiga a un
malvado en el mismo momento en el que sus imprecaciones
la provocan y desprecian. De tales prodigios están llenos
los textos sagrados y nadie se atreverá a ponerlos en duda,

2 Se refiere a Tomás Corneille, hermano de Pierre Corneille y escritor


teatral como él.
salvo que fuese ateo y se atreviese alocadamente a discutir
el poder divino.
O no se debe llevar a escena a un vicioso de tal carácter,
o se le debe ver sancionado, corrigiendo así el escándalo
de sus perversas costumbres con un castigo visible y
rápido, de tal modo que los espectadores que, en algún
momento, pudieran haberse complacido con la mala vida
de Don Juan, se vayan después aterrorizados por su
miserable fin, temiendo siempre la justicia de Dios, que
tolera hasta cierto punto las culpas pero que tiene listo el
rayo para castigarlas. Yo no hubiera elegido por mí mismo
un Protagonista tan impío si otros no lo hubieran hecho
antes que yo, y tengo de ese modo pretexto para complacer
la seductora invasión universal de esta fábula, moderando
su impiedad y mal ejemplo, y limpiándola de aquellas
infinitas tonterías que llevan la vergüenza a nuestros
escenarios. Si antes era una bufonada la muerte de Don
Juan, e incluso hacía reír a los demonios que lo recibían
entre las llamas, ahora es algo serio su castigo, y en tal
punto y de tal modo sucede que puede suscitar el terror y
el arrepentimiento de aquellos que se reconozcan a sí
mismos como copias de Don Juan.
Por esta razón he titulado esta comedia El disoluto; al
carecer yo de habilidad para hacer intervenir a la estatua
en un convite, no podía titularla El Convidado de Piedra.
El protagonistas es Don Juan, sobre el que va a recaer la
peripecia, su carácter es disoluto, sus actos durante toda la
fábula no son sino obras disolutas; razonablemente me
parece por lo tanto que tal título le conviene.
Me gustó escribir dicha Comedia en verso mejor que en
prosa y tal vez Tommaso Cornelio lo hiciera por los
mismo motivos. Los sentimientos poco honestos, las
máximas temerarias y las proposiciones peligrosas hieren
más fácilmente en prosa los oídos de los espectadores y,
por decir la verdad, no pueden sin náusea leerse algunas
escenas del Don Juan del Festín de piedra del mismo
Molière.
En verso las cosas se dicen con alguna mayor moderación.
Si adoptamos frases más cautas, alegorías más discretas, si
puede nombrarse a los Dioses, la Comedia, aún conservando
el mismo carácter, toma un aire menos incorrecto y
resulta menos peligrosa para los ignorantes. Añádese que
en la Comedia en prosa pueden los actores decidir buscar
la gracia de las palabras obscenas, lo que el verso impide.
Con idéntico fin he suprimido las máscaras y espero que
habrá obtenido mi intento, uniéndome al honesto placer
de los espectadores discretos y a las máximas cristianas de
este serenísimo y pío Gobierno, que ninguna obra se
descuide en los escenarios o que, en caso contrario, sea
revisada y sea rigurosamente purgada de todo escándalo y
de cualquier deshonestidad.
Personajes
DON JUAN TENORIO, caballero napolitano.
DON ALFONSO, primer ministro del rey de Castilla.
EL COMENDADOR DE LOYOLA, castellano.
DOÑA ANA, hija del Comendador.
DOÑA ISABEL , napolitana, vestida de hombre.
EL DUQUE OCTAVIO, sobrino del rey de Castilla.
ELISA, pastora castellana.
CARINO, pastor castellano, amante de Elisa.
UN PAJE del Comendador.
Criados del Comendador, que no hablan.
Guardias reales de Don Alfonso, que no hablan.

La Escena se representa en Castilla y en un campo próximo.


Acto Primero
Escena Primera
Aposentos de Don Alfonso.
Personajes: Don Alfonso y Doña Ana
DON ALFONSO Hija mía, me gusta así llamaros
por este tierno amor que a vos me
une.
Vuelve ahora a Castilla vuestro padre
con méritos y honores como nunca,
y seréis en tal día desposada.
El rey, de quien ministro soy, aprecia
a vuestro padre, y a vos misma tiene
igual estimación, igual afecto.
Sabiendo sus designios, sé que anhela
a la hija y al padre ver felices.
Me parece que vuestro corazón
habrá de dividirse y que el cariño
padre y esposo por igual compartan.

DOÑA ANA Señor, tierno cariño por mi padre


siento en mi corazón y a ningún otro
hombre sé amar.

DON ALFONSO Pero, no obstante es tiempo


de distinguir amor de hija y de
esposa.
Son llamas diferentes y ambas pueden
en el pecho anidar. A una le sirve
de alimento el deber, sirve a la
otra de estímulo el deseo. Ambas son
nobles
y de un corazón bello ambas son
dignas.
DOÑA ANA De ese amor oí hablar, y me parece,
si no me opongo, que algún genio sea
quien da a dos corazones dulce
afecto.
Ante un amable rostro, ante un gentil
trato de caballero, oí contar
que una joven sentir puede el amor,
pero no sufre que un desconocido,
quizá odioso sujeto, tenga fuerza
de prender en el pecho amor en
llamas.

DON ALFONSO Amor de almas vulgares hay, en ellas


no cuenta la razón, pero las grandes
aman lo que en el cielo les asignan
y dan por grato el nudo que bien
puede
propiciar su fortuna.

DOÑA ANA ¿Y ese nudo


al que estoy destinada, mi fortuna
traerá, Señor?

DON ALFONSO Incluso os puede alzar


a un rango soberano.

DOÑA ANA (—Aparte— ¡Ay, feliz yo


si enamorado el rey de mí estuviera!)
Haced que ésta a otras gracias
acompañe.
Decidme mi destino, y a mi esposo
no me ocultéis.

DON ALFONSO Deseo a vuestro padre


primero hablar; si él lo consiente,
entonces
os lo desvelaré. Básteos ahora
que es de linaje real.

DOÑA ANA Un rey clemente


puede mi pequeñez alzar, lo mismo
que, humilde y laborioso, un vapor
alza
del suelo el sol prestándole su luz.
De riquezas y méritos soy pobre
pero dos prendas guardo: honor y fe.

DON ALFONSO De un alto estado os considero digna


y feliz será aquél que como esposa
os pueda merecer.

DOÑA ANA (—Aparte— ¡Ah, no me engañes,


ilusión de reinar!)

Escena Segunda
Un paje, don Alfonso y Doña Ana

PAJE Señor, ya llega


el padre de Doña Ana, y antes quiere
de honrar al rey, venir a vuestros
brazos.

DON ALFONSO Pase el Comendador, y vos, Doña


Ana,
permaneced aquí. Yo buen testigo
seré de vuestro agrado.

DOÑA ANA ¿Y a mi padre


el esposo diréis?
DON ALFONSO Sí, va a saberlo
antes de que se aleje. Pero, ¿cómo
solícita os ha vuelto en un instante
ese amor ignorado hasta ahora
mismo?

DOÑA ANA (—Aparte— Ambición y no amor me


ha transformado.)
Deseo es de saber qué pasión sea...

Escena Tercera
El Comendador y Don Alfonso y Doña Ana

DON ALFONSO ¡Venid para alegrar a quien os quiere!

COMENDADOR Regresar a la patria siempre es dulce


y más volver a ver a los amigos. (Se
abrazan.)

DOÑA ANA Dejad, señor, que vuestra mano bese.

COMENDADOR Hija, os abrazo. ¡Cuán feliz me siento


de volveros a ver! Yo vuestro padre
soy ciertamente, pero por cariño
es este amigo fiel como otro padre.
Yo de los sicilianos el orgullo...

DON ALFONSO Lo sé: rendísteis, y a implorar perdón


a Castilla vendrán los promotores
de tan audaz conjura. Mas reposo
ahora necesitáis. Nuestro rey quiere
que procuréis tan sólo protegeros
para seguridad de su corona.
COMENDADOR Es una gran merced. No la merece
quien sirviendo a su rey, su deber
cumple.
DON ALFONSOÉl siempre os estimó y en él aumenta
su amor, igual que aumenta vuestro
mérito
por dar gloria a su nombre. Estatua
ecuestre
hizo erigir por vos, y os representa
en atrio honrado por ilustre mármol.
Rechazasteis el oro y él en esto
no fue muy liberal. Venís a ser
el caballero más glorioso, pero
el menos proveído de fortuna.
COMENDADOR ¡Fortuna! ¿De qué sirve? El hombre
sabio
con poco se contenta. Las riquezas
para todo mortal son un peligro.
DON ALFONSO Si fueseis sólo vos, yo alabaría
vuestra virtud, mas reparad que el
cielo
una hija os ha dado, y es en ella
en quien debéis pensar, si no en vos
mismo.
Tiempo es de darle estado y buena
dote
que a vuestro grado y condición
responda.
COMENDADOR Es su propia virtud la mejor dote
y si ésta no bastare a merecerle
un conveniente esposo, no está ella
tan deseosa de cambiar de estado
ni de envidiar fortuna.
DOÑA ANA (—Aparte— Demasiada
virtud mi padre cree que en mí
alienta)

DON ALFONSO Comendador, el rey en vuestra hija


piensa con más razón: eligió esposo
digno de vos y de ella, y aun la dote
él mismo le dará. Tan sólo os pide
vuestro asentir paterno.

COMENDADOR Es soberano
y árbitro nuestro, y disponer bien
puede
de nuestra sangre y nuestra voluntad.
No rechazo el favor, antes lo aprecio.
Favorece a mi hija y yo la amo
como a mi propia vida. ¿Habéis oído,
Doña Ana? ¿Qué os parece la bondad
del rey? Dadme respuesta.

DOÑA ANA No sabría


al deseo del rey oponer nada.
Estoy contenta con mi suerte. Acepto
el real favor.

DON ALFONSO Pues esperad entonces,


que en un instante llegará el esposo.

DOÑA ANA ¿Cómo?

COMENDADOR ¿Quién se eligió?

DON ALFONSO El Duque Octavio.

DOÑA ANA ¿Esposo real?


DON ALFONSO Sobrino del rey es
vuestro esposo va a ser, y su grandeza
no debe sorprenderos, que el linaje
compensado será por vuestro mérito.
DOÑA ANA (Aparte— ¡Ay, infeliz de mí! Ya me
ha engañado
mi vanidad. El Duque siempre odioso
a mis ojos ha sido.)
DON ALFONSO Ahora regreso
a la estancia real. Vos preparaos
a amar a vuestro esposo, Doña Ana.
DOÑA ANA (—Aparte— ¡Perdidas ya mis
esperanzas quedan!)
DON ALFONSO Pálida y ojos tristes... ¿No os es caro
el ducal nombre?
COMENDADOR Palidez y tímida
mirada propias son del pudor mismo
del sexo. Disimula su placer
y la feliz noticia que a otra fuera
causa de vano orgullo, vuelve en ella
su corazón, por reverencia, humilde.
DON ALFONSO Queda con vos, y su deseo al padre
podrá explicarle sin rubor. Yo espero
que entenderá Doña Ana su fortuna.
(Sale.)

Escena Cuarta
El Comendador y Doña Ana

COMENDADOR Alzad la mente, el corazón alzad,


hija, que el bien de arriba viene, estrella
propicia despertó de nuestro rey
deseos de aliviar ahora en la hija
los trabajos del padre. Os
proporciona
un esposo que puede de este reino
ser heredero, y lo será si el tío
persiste en no querer hablar de bodas.

DOÑA ANA Comprendo mi destino, mas no


esperes
que me sienta feliz.

COMENDADOR ¿Pues qué motiva


vuestro disgusto?

DOÑA ANA No sabré decirlo.

COMENDADOR Abrid el corazón.

DOÑA ANA Acostumbrada


a vivir junto a vos, ¿cómo podría
sin dolor separarme?

COMENDADOR Bien me place


vuestro amor, hija amada. Yo
también
si me privo de vos siento en el pecho
que de mi corazón parte me arrancan,
pero es forzoso superar la pena
y la frente inclinar ante el destino.

DOÑA ANA Del destino seremos forjadores


nosotros, padre. El cielo no es tirano
ni usa violentar a los mortales.
COMENDADOR Dispone, sin embargo, de tal modo
que sus señales ciegamente hemos
de obedecer.

DOÑA ANA ¿Y va a querer el cielo


sacrificar mi paz por un esposo
ya por mi corazón aborrecido?

COMENDADOR Mas hace poco favorable estábais.


Consentimiento a Don Alfonso
disteis.

DOÑA ANA Lo fingí por respeto. Al padre ahora


hablo con libertad. Al duque Octavio
dar mi mano rechaza el corazón.
No comprendo. El destino...

COMENDADOR Basta, basta:


del duque Octavio habéis de ser
esposa,
lo prometisteis y por vos yo mismo
lo prometí también. Si no consiente
el lazo el corazón, es vuestro padre
quien le hará consentir, si en fiera ira
no queréis ver cómo mi amor se
cambia.
(Se va.)

Escena Quinta
Doña Ana, sola.

DOÑA ANA ¡Incauta y necia fui! ¿Cómo tan


pronto
a vana adulación le presté oídos?
Con sus palabras yo creí que Alfonso
un tálamo real me proponía.
¿Puede el Duque reinar? ¿Quién
asegura
que el rey se negará siempre a casarse?
¿Quién, que no tenga hijos? Mas por
hecho
demos que reine el Duque: yo lo
odio.
Incluso lo odiaría con corona.
Gustarme no podrá, que los afectos
del odio y el amor nacen de ocultas
fuentes del corazón. Aunque el rey
mismo
hiciera cuanto puede, no será
que a este odiado himeneo dé mi
mano.
(Se va.)
Acto Segundo
Escena Primera
Campo castellano.
Carino y Elisa.

CARINO Elisa, adiós. (Yéndose)

ELISA Carino ingrato, espera.


¿Me dejas tan de prisa?

CARINO El sol tramonta


y al ocaso se inclina apresurado.
Si me detengo aquí se hará de noche
y de las madrigueras saldrán lobos
y en mi rebaño harán una matanza.

ELISA Más que en Elisa en las ovejas piensas


y yo, en cambio, por ti, todo daría.
Hasta mi mansa cierva tan graciosa
y el amable recreo de las ninfas
diera por el placer de estar contigo.

CARINO Nos veremos de nuevo. En cuanto


tenga
el redil ya seguro y ordeñada
la leche, volveré, Elisa.

ELISA Breve
quiero, querido, que tu ausencia sea;
no tengo paz sin ti. En mi cabaña
pasaremos gran parte de la noche
contando historias. Sabes que a mi
madre
le alegra vernos juntos.
CARINO Nadie puede
ser más feliz: no envidio de los ricos
pastores la fortuna. Pero dime,
Elisa mía ¿este cariño siempre
me guardarás?

ELISA Oféndenme tus dudas.


Antes harán la paz lobo y cordero,
antes la seca espina dará frutos
antes al río bajarán montañas
que yo te sea infiel. Tú eres, Carino,
para mi corazón la calma única.
Por ti vivo y respiro y es contigo
con quien quiero vivir todos mis días.

CARINO Dulces palabras son, querido acento


que de alegría el corazón me llena.
Te idolatro. Dejemos los suspiros.
Ya verás que mi amor es muy sincero.
(Se va.)

Escena Segunda
Elisa, sola.

ELISA Es hora ya de que constante llama


arda en mi pecho, porque amé hasta
ahora
casi por juego. Cambiaré mis hábitos.
De Titiro y Montano y de Licisca,
de Ergasto y Silvo, Megacler, Fileno...
y de tantos que fueron mis amantes,
fingí aceptar por vanidad amores.
Carino tiene un no sé qué distinto,
pues llega al corazón ese modesto
y suave hablar, esa mirada humilde.
Su honestidad y su sincero ser
lo diferencian de los otros, y hacen
que le guarde en mi pecho el primer
puesto.
La gloria de mi amor doy a sus
méritos
que me han movido a ser fiel y
constante.
Mas, ¿qué gritos son ésos?

Escena Tercera
Don Juan y Elisa.

DON JUAN ¡Desalmados!

ELISA ¡Cielos! Y...¿qué será?

DON JUAN La vida al menos


no me quitéis.

ELISA Un hombre corre y


clama.
¿Qué le sucederá?

DON JUAN Pobre de mí,


robados los vestidos y el equipo
¿a dónde puedo ir?

ELISA ¿Qué desventura


os sucede, señor? ¿Puedo ayudaros?

DON JUAN Un impío escuadrón de bandoleros


me despojó, y huyeron mis criados.
Me han robado el caballo y todo
cuanto
tenía lo he perdido.
ELISA (—Aparte— Pobre hombre,
a cuánta piedad mueve.) Yo no puedo
sino ofrecer a vuestro mal alivio
de una cabaña y mi sayal humilde,
pan ahumado, agua fresca, algunas
hierbas.
Eso puedo ofreceros si eso os basta.
Voz juzgaréis.
DON JUAN ¡Ah, claro, hermosa dama,
bien podéis vos aligerar mis males!
No la rechazo. Os quedo agradecido
más de lo que pensáis.
ELISA A vos no ofrezco
a cambio de mercedes esta ayuda.
Un natural instinto de piedad
siempre siento por los necesitados.
Tenéis un noble corazón no oculto
ni en el mismo desastre. Cuanto
puedo
dentro de mi pobreza es lo que os
brindo.

DON JUAN (—Aparte— Ella compensará todas


mis pérdidas,
pues su belleza vale más que todo
lo que aquellos bandidos me
robaron.)

ELISA ¿Qué murmuráis? ¿Acaso no os


agradan
mis pobres dones?
DON JUAN ¡No! Yo los aprecio
como la misma vida. Un mayor bien
quiero alcanzar de vos.

ELISA Si está en mi mano,


negarlo no sabría.

DON JUAN El corazón


vuestro, es el don que pido.

ELISA Mas... ¿Qué haríais


de un pobre corazón?

DON JUAN Lo guardaría,


querida, aquí, en mi pecho.

ELISA Mal está


en noble pecho un corazón tan
rústico.

DON JUAN Vuestro rico tesoro bien compensa


el ultraje sufrido por la suerte.
Sólo al mirarme, en su relampagueo,
herido me han dejado vuestros ojos.
No me apenaron tanto los bandidos
como me dolerá dejar de veros.

ELISA (—Aparte— ¡Si pudiera creerle!) Así


acostumbran
a hablar todos aquellos que pretenden
con vil engaño a una mujer sencilla.
Nerina de Nicandro, Elia de Ergato
de ciudadanos las amantes fueron
y pobres engañadas. Es su ejemplo
lo que cauta me hizo.
DON JUAN (—Aparte— Y sin embargo
debería caer.) Todos no tienen
igual el corazón puesto en el pecho.
El peligro que acabo de pasar
no me deja mentir. La piedad vuestra,
no menos la belleza, me hace amaros.

ELISA (—Aparte— Suerte, no me


traiciones.) Si sintierais
amor por mí... (—Aparte— ¿Qué será
de Carino,
lo olvidaré tan pronto?)
DON JUAN A vos prometo
una fe eterna.
ELISA ¿Y luego impunemente,
no ofenderéis la fe de esta infeliz?

DON JUAN No sabe traicionar quien sangre noble


lleva en sus venas.

ELISA ¿Sois vos caballero?


DON JUAN Tal nací y moriré.

ELISA ¿Cuál vuestra cuna?

DON JUAN De Partenope1 vengo.

ELISA ¿Y vuestros
pasos,
a dónde dirigís?

1 Antiguo nombre de Nápoles.


DON JUAN Hacia Castilla.

ELISA ¿Por qué motivo?

DON JUAN Voy para inclinarme


ante el rey castellano.

ELISA ¿Vuestro nombre?

DON JUAN Jamás lo oculto: soy Don Juan


Tenorio.

ELISA ¡Ay, sois Don Juan!

DON JUAN ¿Y suspiráis? ¿Por qué?

ELISA Sabe el cielo si no os habréis llevado


con vos el corazón.

DON JUAN Conmigo siempre


vino mi corazón, menos ahora
que fue por vos raptado.

ELISA (—Aparte— Bien quisiera


tener fortuna. A mi Carino tengo
dentro del corazón.) Piedad os pido.

DON JUAN ¡De este lugar pretendo yo llevaros


a noble techo donde seáis señora!
La burda lana cambiaréis por oro,
joyas tendréis y todos los placeres
a merced vuestra...

ELISA Si en un desengaño
no temiese caer...
DON JUAN Yo no sabría
mayor firmeza daros que mi mano.

ELISA Es costumbre jurar, y son los dioses


la garantía de los cumplimientos.

DON JUAN (—Aparte— Hay que jurar para


poseer a esta
hermosa joven.) Juro al dios que rige
cielo y tierra que vais a ser mi esposa.

ELISA ¿Y si faltáis?

DON JUAN Que caiga un rayo fiero


y al alma infiel sepulte en los
abismos.

ELISA (—Aparte— Ten de mí compasión,


mi fiel Carino.)
Ah, sí, os creo, os creo. He aquí mi
mano.

DON JUAN Mano gentil que llega al corazón.


(—Aparte— Amor piadoso, cuánto a ti
te debo
cuando hoy entre esta selva me
concedes
una presa tan bella.)

ELISA ¿En qué pensáis?

DON JUAN En mi felicidad medito ahora.

ELISA Si un corazón constante puede


haceros
feliz, con éste lo conseguiréis.
DON JUAN Me basta con tu fe, en la que anhelo
que tú me tengas, diosa mía.

ELISA ¡Cuánto
amo yo de mi esposo el primer gesto!

DON JUAN Pues no esperemos. Vivirás feliz.


(Se va.)

ELISA (—Aparte— Consuélate Carino, te


traiciono
mas no eres el primero. La mujer
más que a su amante a su fortuna
ama.)
(Se va.)

Escena Cuarta
Doña Isabel, vestida de hombre, defendiéndose de unos
bandidos. Después, el Duque Octavio.

DOÑA ISABEL ¡Ayuda, oh cielos!

OCTAVIO ¡Contra un hombre solo


lucháis, indignos! ¡Torpe cobardía!

DOÑA ISABEL Todo a vuestro valor lo debo, amigo.

OCTAVIO ¿Quiénes son éstos que mataros


quieren?

DOÑA ISABEL Bandidos son que el equipaje quitan


a unos, y a otros la vida. Mi caballo
se han llevado. ¿Por qué esta infame
turba
por las armas reales no es deshecha?
¿No la persigue el rey aquí, en
Castilla?

OCTAVIO Cambian los viles de lugar de acción,


mas los alcanzarán.

DOÑA ISABEL Haced, al menos,


que sepa a quién le debo yo la vida
y la ayuda oportuna.

OCTAVIO Soy el Duque


Octavio, y soy de nuestro rey
sobrino.
¿Vos?

DOÑA ISABEL Al liberador desvelar debo,


mi secreto. Mentido sexo cubren
y amparan estas ropas. De Altomonte
Isabel soy, y fue mi nacimiento
en Partenope, de una noble cuna.

OCTAVIO ¿Por qué fingís el sexo? ¿Qué avatares


os arrancaron de la patria y cómo
sola, en tan tierna edad, estáis
errando?

DOÑA ISABEL ¡Difíciles preguntas, oh Dios mío!


Mas todo os contaré con la esperanza
que en favor de mi causa os inclinéis.

OCTAVIO Mi poder, mis consejos y yo mismo


os ofrezco en ayuda a vuestros planes.

DOÑA ISABEL Yo he sido traicionada, y el traidor


que mi honor ofendió, hacia Castilla
enderezó sus pasos. Encontrarlo
es mi deseo.

OCTAVIO Y quién es el indigno,


si es que puede saberse.

DOÑA ISABEL Os lo diré.


Don Juan Tenorio, un fruto ya
postrero
de una ilustre familia. El ha nacido
bajo el cielo que a mí me ha dado
vida.
Destinado me fue como consorte
y en la bella estación en que los
prados
florecen, el amor debió haber hecho
la unión de nuestras manos. Yo lo
amaba
y a mí me pareció que al menos era
correspondida. Así, cada momento
sobre mi corazón se eternizaba.
Toda tardanza da al amor suspiros.
Cuántas veces, ingrato, mi inocente
amor burló jurando arder por mí.
Cuántas veces fingía irse llorando
si me decía adiós. Feliz creía
o ser, mas el traidor, sin causa alguna
furtivo me dejó, con daño hecho,
y llevándose todas las promesas
y mi dolor y mi esperanza y sólo
dejando su traición. ¡Ay, vos, señor,
si es que piedad sentís de traicionada
amante, proteged su causa justa!
Al rey clemente expóngase mi caso
y el traidor, si está aquí, pague su
yerro.
OCTAVIO Doña Isabel, vuestro suceso amargo
compadezco y lamento. Don Juan
debe
ser vuestro esposo, o con la muerte
habrá
de resarcir aquí vuestros ultrajes.

DOÑA ISABEL Vos de mis desventuras buena parte


me aligeráis.

OCTAVIO (—Aparte— Un rostro tan


hermoso
no merecía tan infiel amante.)
Subid a mi caballo, mi escudero
a pocos pasos otro me prepara.
La Corte está muy cerca.

DOÑA ISABEL Que os sea grato


el cielo a vos, pues socorrer desdichas
es virtud que asemeja hombres a
dioses.
(Se van.)

Escena Quinta
Carino, solo

CARINO Gracias al cielo que por fin se han


ido.
No quiero tropezar con estas gentes.
¿Ciudadanos? De lejos. Tienen tanta
orgullosa soberbia que para ellos
el mísero villano es una fiera
salvaje. Con sudor les ofrecemos
el pan, de nuestro esfuerzo sacan ellos
lo que va a convertirse en su riqueza,
pero luego nos tratan aún peor
que a caballos y perros. Es su máxima
que los villanos somos indiscretos.
¡Sí que ellos son discretos! El villano
roba, suelen decir. Y el ciudadano,
¿no roba? Más, sin duda, que
nosotros.
Pero no veo aquí, en la acostumbrada
fuente, a mi bello sol. Elisa ¿dónde
te escondes? Está oculta y así evita
esta presencia de los ciudadanos.
Ven, y no me atormentes, juguetona,
estás tras esta haya, te he
encontrado...
Elisa parecía. Quizá al monte
fue para recoger fruta silvestre.
Al monte iré. Pero ya viene Elisa.
¿Qué veo? ¿Un pastorcillo la
acompaña?
No, no es un pastorcillo. El burdo
traje
le hace parecer tal mas sus cabellos,
su rostro, el altanero caminar
son de ser ciudadano señas ciertas.
¿Quién puede ser? ¿Elisa me traiciona
tan pronto? Me retiro, aquí me
escondo.
Yo veré sin ser visto.

Escena Sexta
Don Juan, Elisa, Carino.

DON JUAN Cortés ninfa,


os agradezco vuestro amor.
ELISA ¿Por qué
nombre de esposa no me dais, tan
bello?

CARINO (Oculto.) Pero, !ay de mí, qué oigo!

DON JUAN Tal no sois.

ELISA ¿Qué falta aún para anudar el lazo?

DON JUAN Lo que mucho conviene a mi nobleza:


la usada ceremonia y las nupciales
pompas...
ELISA Vayamos a cumplir los ritos.

CARINO (Oculto.) ¡Oh, desalmada!

DON JUAN Sí, mas no conviene


que ahora vengáis conmigo. Debo
antes
correr a disponerlo. En pocos días
amada yo os espero en la ciudad.
ELISA ¿Cómo? ¿Engañarme pretendéis
ahora?

DON JUAN Alejad el temor de vuestro pecho.


Yo no podría seros desleal
ni aunque quisiera: lo juré.
ELISA Los mismos
dioses os mandarán castigo a vos
si pensáis traicionarme.

CARINO (Oculto.) (A ti asimismo


castigarán, que a mí traidora eres).
DON JUAN (—Aparte— Seducirla conviene, que
no sufra
el clamor aburrido del lamento.)
Amada yo te dejo el corazón
con lágrimas me aparto de tu lado,
tu amor llevo conmigo, mi fe en
prenda.
Elisa, adiós.
ELISA ¿Puedo esperar, amado,
de vos amor constante?

DON JUAN Nuevamente


juraré si lo quisieres.
ELISA Idos contento,
yo os seguiré.

DON JUAN Mas no tan presto que otro


se percate (—Aparte— Es en vano
que ya esperes
volverme nunca a ver.) Adiós mi
amor.

Escena Séptima
Elisa y Carino.

CARINO (—Aparte— ¡Ojos que visteis!, ¿yo


qué debo hacer?)

ELISA (—Aparte— ¿Y si luego me engaña? A


su Carino
volverá el corazón. En cualquier caso
quiero un amante asegurarme al
menos.)
CARINO (—Aparte— ¡Negra infidelidad!
Quiero a la infiel
reprocharle su acción y abandonarla.)

ELISA (—Aparte— No mentirá porque es un


caballero.)

CARINO ¿Tan tarde vuelves tú?

ELISA Carino, escucha:


sentí cómo la cierva que tanto amo
se quejaba y me vine temerosa
de que algún mal la hubiese
acontecido.

CARINO Dime si no habrá sido quizá un gamo


quien así berreando te llamaba.

ELISA Ningún gamo hubo cerca.

CARINO Parecióme
ver aquí otro animal. Cierva no era.

ELISA Pues te engañaste.

CARINO No, no me he engañado,


era animal como nosotros somos.

ELISA ¿Hombre quieres decir?

CARINO Eso.

ELISA Recuerdo
ahora. De Coridón ha sido el fámulo,
el galán de Nerina, ese pastor
que con bobadas hace reír a todas.
CARINO Entiendo. Y más placer tú hoy has
probado.

ELISA Sí que me hizo reír.

CARINO Quién sabe si


llorar te hará algún día.

ELISA ¿Y por qué causa?

CARINO Basta. ¿Cómo se llama?

ELISA ¡Qué pregunta!


A Pagoro conoces.

CARINO No lo he visto
nunca tan altanero y presuntuoso.

ELISA (—Aparte— ¡Ay, comienzo a temer


ser descubierta!)

CARINO ¿Mas qué te prometió, qué te juraba


hacer por ti?

ELISA Le prometió a mi cierva


encontrar compañero.

CARINO (—Aparte— Pues la cierva


compañero encontró) Pero de esposa
me pareció oír nombre.

ELISA Y bien, la esposa


será entonces la cierva.

CARINO Le he entendido
que tú serás la esposa.
ELISA Es que acostumbran
las ninfas de los necios darles nombre
de esposo y ellos, tontos, se lo creen.

CARINO Y se fue a la ciudad.

ELISA Sí, de Nerina


la flores fue a vender.

CARINO Y se ha llevado
consigo el corazón de Elisa.

ELISA ¿Cómo?

CARINO ¡Cállate, porque todo ya lo he oído!


Falsa e impía en vano ahora lo
ocultas.

ELISA ¡Ay de mí! ¿Mi Carino así me habla?

CARINO Así le habla Carino, el traicionado,


a la perjura. Dime ¿no pensaste
en lo que habías jurado, no supiste
ni mantenerte fiel un solo día?

ELISA No vayas a pensar...

CARINO Calla, no quiero


escuchar tus palabras. Tú pretendes
con halagos urdir un nuevo engaño.
Si yo prestara nuevamente oídos
a tus mentiras, me merecería
ser traicionado.

ELISA (—Aparte— Ya esconder no puedo


mi falta.) Vida mía, por desgracia
es cierto. El que tú viste me halagaba.
La piedad me movió hacia el caballero
que pedía socorro, despojado
por bandidos. Su mano en
recompensa
me ofreció con requiebros y mil artes
de ciudadano astuto, hasta arrastrarme
al desvarío. Mas llegó el recuerdo
tuyo, Carino mío, tú, tan fiel.
Mi corazón lo guardo para ti.

CARINO ¡Pobre de mí! Jamás debí escucharte...


Te dejo, te abandono y aún maldigo
el día aquel en te conocí.

ELISA Detente ¡no me dejes, amor mío!


¿No te acuerdas de aquellos dulces
días
que los dos compartimos?

CARINO Sí, me acuerdo,


para mayor dolor. Mucho te amaba
mas juro aborrecerte.

ELISA Mira cómo


echada está a tus pies la pobre Elisa.
¿Este inocente error tú no perdonas?
Amor, piedad.

CARINO Ya no la esperes nunca.

ELISA Es que tú eres mi vida y yo no puedo


vivir sin ti.

CARINO Tu vida no me importa.


ELISA A tus pies moriré.

CARINO Veré tu muerte,


yo con indiferencia.

ELISA (—Aparte— Lo veremos)


Con este dardo voy a herir mi pecho.

CARINO Pues adelante, hiere, y el indigno


corazón atraviesa, y así lava
la mancha que en mi fe y mi amor
pusiste.

ELISA No le temo a la muerte, es tu


desprecio
lo que me hace temblar. Quieres que
muera
sin apenas mirarme. Mira al menos
una vez con piedad. Luego me mato.

CARINO ¡No lo esperes!

ELISA Cruel: ni ese pequeño


consuelo me concedes. ¿No te apiadas
de mi llanto? Es bien poco lo que
pido.
Mírame una vez más, y me desangro.

CARINO (—Aparte— Me enternece.) Te miro


¿Qué pretendes
con esto? No me apiado. (—Aparte—
No resisto.)

ELISA (—Aparte— Ya comienza a ceder.)


¡Dioses, no puedo
mantenerme de pie! Dolor tan grande
quita al hierro su fuerza. Caigo.
Muero.
(Finge desmayarse.)

CARINO Elisa, Elisa... ¿Qué te ocurre?


¿Mueres?
No, no está muerta. Voy a traer
agua.
A los que se desmayan, agua fresca
sobre la cara, suele despertarlos.
(Se va.)

Escena Octava
Elisa. Luego Carino que vuelve con el agua.

ELISA El crédulo ha caído. ¡Cuánto sirve


saber fingir a tiempo! Estas son armas
favorables del sexo. Aquí ya vuelve:
sigo disimulando.

CARINO Socorredla,
dioses. ¿Y yo qué haré? Mueve los
labios.
Creo que vuelve en sí. Idolo mío:
mira que tu pastor te ama y socorre.

ELISA Bruto: quieres mi muerte y ahora


intentas
salvarme cuando muero.

CARINO No, tesoro


mío, no quiero verte muerta.
ELISA Mas
si crees que soy infiel, vivir no quiero.

CARINO Constante y fiel te creo vida mía.

ELISA No te burles de mí.

CARINO No, me arrepiento


de haber sido cruel.

ELISA ¿De tu sospecha


me volverás a hablar?

CARINO No, corazón.

ELISA ¿Y tú me serás fiel?

CARINO Hasta la muerte.


Mas no desperdiciemos los preciosos
momentos. Ven conmigo, amada mía.

ELISA Sí, vamos, que seguirte sólo quiero.

CARINO Gracias, dioses del cielo, que a mí


vuelve
la paz perdida. El más feliz amante
creo que soy.
(Se va.)

ELISA ¡Pobre Carino mío!


Así, cuántas mujeres los querrían.
(Se va.)
J!

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Acto Tercero
Escena Primera
Patio en los apartamentos de Don Alfonso.
Don Alfonso y Doña Ana.
DON ALFONSO Estad contenta, Ana, vuestro esposo
ha llegado a Castilla. Ahora lo espero.
DOÑA ANA Señor, a veces, nuestro corazón
al palpitar predice desventuras.
Con el nombre del Duque no me
nacen
alegrías. De oírlo me entristezco.
DON ALFONSO Tus pensamientos cambiarás al verlo.
No siempre es comprensible ese
lenguaje
del corazón: parece que predica
desventuras con sus palpitaciones
mas están anunciando un bien que
sigue.
DOÑA ANA Permitidme primero que lo vea
como duque, mejor que como esposo.
DON ALFONSO No os mostréis descortés. Tengan al
menos
el rey, el padre y el amigo esta
prueba obediente...

Escena Segunda
Entran el Duque y Doña Isabel, vestida de hombre.
OCTAVIO A vos, señor, me guía
la indicación benévola del rey.
DON ALFONSO Es el real deseo. Esta es Doña Ana,
para vos elegida como esposa.

OCTAVIO (—Aparte— ¡Ay de mí! ¿Qué me


pasa? ¿Cómo esposa
voy a a tomar por quién en vez de
amor
mi corazón más bien aversión siente)

DOÑA ANA (—Aparte— No parece sentirse muy


contento)

DON ALFONSO Duque, acercaos y, de vuestros labios,


escuche vuestro amor la dulce esposa.

OCTAVIO Mi señor lo ha dispuesto y yo, Doña


Ana,
venero sus designios, y os ofrezco
mi mano...

DOÑA ANA Rechazar, señor, no puedo


el lazo que prescribe el real designio.

DON ALFONSO (Al Duque.) Más cálidos acentos


amorosos
esperaba escuchar de una doncella.

OCTAVIO En más tiernos sentidos no sabría


hablar la lengua al dulce amor no
usada.

DOÑA ANA Os dispenso, señor, de aquel esfuerzo


que resultar podría más penoso.

DON ALFONSO Duque, ¿qué caballero os acompaña?


OCTAVIO Este... Oh señor... Se debe este
misterio
desvelar y ha de hacerse ante vos
sólo,
aunque yo esté presente. El quiere
hablar.
DOÑA ANA Señor, debo alejarme. Si os agrada
lo haré.

DON ALFONSO Marchad, con vos en un momento


me tendréis.

DOÑA ANA (—Aparte— Me parece que es mujer.


Siento curiosidad.)
(Se retira, pero sin que la vean, sigue
escuchando)
OCTAVIO Bajo este hábito
viril, señor, mujer de ilustre cuna
os presento. Ofendióla un caballero.
Por Castilla lo busca y, de apresarlo,
contra el vil ofensor justicia pide.
DOÑA ISABEL Señor, Doña Isabel, único fruto
del duque de Altomonte, a vos se
inclina.
Vuestro favor en su socorro implora.

DON ALFONSO Haré todo por vos, mas el osado


¿quién es, que así os ofende y
abandona?
DOÑA ISABEL Don Juan Tenorio.

DON ALFONSO Nombre conocido:


la fama habló de sus antepasados.
DOÑA ISABEL De él no podrá narrar sino vilezas,
fuga cobarde y traicionado amor.

OCTAVIO De la dama el dolor piedad merece

DON ALFONSO Si el caballero llega aquí, justicia


del rey imploraré.
DOÑA ANA ¡No! Don Alfonso,
no le deis fe a la mentira ajena.
Esa mujer será del duque Octavio
una amante escondida. Retenerla
consigo, sin disgusto del rey, quiere
por medio de un engaño tan ligero.
Mi corazón fue prevenido, y supe;
apenas me miró, tarde y por fuerza
me ha ofrecido su mano. A tiempo el
cielo
descubre sus engaños. Yo no quiero
forzar al Duque a un lazo que
aborrece.
Ame a su gusto, yo se lo concedo.
DON ALFONSO Con demasiado gusto Doña Ana
a la vana sospecha os entregáis.
Respetad mi presencia es buen
consejo.
OCTAVIO (—Aparte— Sus iras no son hijas del
amor.)

DOÑA ISABEL Erráis, amiga mía, en la sospecha.


Por vez primera a vuestro duque he
visto
hoy. Piedad le movió, me prestó
ayuda,
no amor. Lo juro por el cielo.
DOÑA ANA ¿Cómo
lo creeré de vos si sois su cómplice?
La duda, la sospecha no consiguen
abandonar mi corazón. ¿Qué prueba
de su escaso interés esperar puedo,
incluso de su odio, si mi rostro
aborrece? Descubro la verdad.
¡Gracias, dioses del cielo! (—Aparte—
A tiempo hallo
el pretexto oportuno que buscaba.)
(Se va.)

Escena Tercera
Don Alfonso, el Duque, Doña Isabel

DON ALFONSO Furiosa está Doña Ana, Duque


Octavio.
Espero que sabréis desengañarla.

OCTAVIO ¿Y yo qué puedo hacer, si nunca he


visto
mujer menos prudente y más ligera?

DON ALFONSO De un gran amor amigos son los


celos.

OCTAVIO Con ese amor yo poco me contento.


Si algo os importa, Don Alfonso, os
ruego
que este nudo no atéis.

DON ALFONSO Un nudo atado


por el rey yo no puedo deshacerlo.
Doña Ana es vuestra esposa. Lealtad
de vuestra parte al padre
compromete.

OCTAVIO Mas si no lo consiente el corazón...

DON ALFONSO No puede someterse el corazón


sino al deber, y no al vano deseo.
(Se va.)

Escena Quinta
Doña Isabel. Luego Don Juan.

DOÑA ISABEL ¡Quisiera el cielo que sin mancha o


dolo
para mi honor, cambiar amor pudiese!
Quizás el Duque fuera digna llama
para encender mi corazón... ¡Qué veo!
Aquí viene el traidor. Lo reconozco.
Los dioses me lo traen ante mis ojos.
Me tiembla el corazón. No sé qué
hacer.
Amor e ira me darán consejo.
(Se retira)

DON JUAN Donde vuelvo curiosa la mirada


veo esplendor de majestad ibera.
Mas aún no se ha puesto ante mis
ojos
belleza que encadene mis sentidos.
Las cadenas de amor son como un
juego
para mí, que constancia no
acostumbro.
Amo cuando el deseo me complace
juvenil y no aprecio más belleza
que la que poseer busco y espero.
Un día me gustó doña Isabel
y la amé casi más de lo debido.
Incauta ella creyó en mis sentimientos
pero la libertad es mi amor único.
Así la pastorcilla, y otras muchas
halagadas por mí... Mas, ¿qué figura
ante mis ojos? Me parece que es
Doña Isabel con ropas de varón.
¿Me habrá seguido inoportunamente?
Es ella. Sí. Evitaré el encuentro.
(Intenta irse.)

DOÑA ISABEL Caballero, esperad y detened


el paso. Hablaros quiero.

DON JUAN No os conozco,


quienquiera que seáis, ahora no puedo
detenerme. Guardad para otro
instante
el honor que me hace contemplaros.

DOÑA ISABEL ¿Don Juan, así mi rostro, de igual


modo
que el corazón, habéis ya cancelado
en la memoria? ¿No reconocéis
en mí a aquella infeliz que vos
burlasteis?
¿A la que, traicionada, mudó traje
para seguiros? ¿Ignorarme finges?

DON JUAN ¿Con ropas de varón, siendo mujer?


¿Y soy yo el que engañó? ¿Yo el que
traiciona,
promete y falta? No. No lo recuerdo.
DOÑA ISABEL ¿Vos a Doña Isabel no recordáis?
El llanto y el dolor y los suspiros,
la vigilia, el disgusto, el duro viaje
haber podrán cambiado la faz mía,
mas el nombre debió de vuestro
pecho
remordimiento desatar, ingrato,
despertar la vergüenza y lamentar
el juramento al cielo y dioses hecho.

DON JUAN Sin embargo, tal cosa no recuerdo.

DOÑA ISABEL ¡Pérfido! ¿Vuestra fe no me jurasteis?


¿ No me jurasteis vuestro amor?

DON JUAN Yo nunca


le prometí constancia a una mujer.

DOÑA ISABEL Ya te entiendo, embustero, decir


quieres
que si tu esposa me llamaste un día,
no el corazón, los labios lo dijeron,
que fingiste tu amor y de raptada
por ese incauto amor ahora te burlas.
Sueño no fue mi traicionada fe
ni mi ofendido amor fue sólo sueño.
Vanamente, traidor, negar procuras
mi rostro y nuestro amor, nuestros
ardores
no querer recordar. Aunque lo
escondas,
de sobra te conozco, y si te niegas
a reparar mi traicionado amor
haré con sangre mi venganza al
menos.
Vamos, empuña el arma. Así la vida
quiero perder contigo o resarcirme
del daño que me hiciste.

DON JUAN Yo no suelo


prestar oído a mentecatos, locos...
Vil sería atacaros con mi espada...

DOÑA ISABEL Si loca y mentecata soy, ahora


podemos verlo usando las espadas.
O usas la tuya o te traspaso inerme.

DON JUAN (—Aparte— ¿Qué puedo hacer?)

DOÑA ISABEL Si corazón tuviste


para dejarme, ¿vas a no atreverte
a matarme? ¿Qué digo? Morirás.

DON JUAN (—Aparte— Que muera, inoportuna


turbadora
de mi tranquilidad.) Saco la espada:
vos misma adelantáis la muerte
vuestra.

DOÑA ISABEL La justicia del cielo me dé fuerza.

Escena Sexta
Don Juan, Doña Isabel y el Comendador.

COMENDADOR ¡Deteneos un punto, caballeros!


¡Cielos! ¿Qué veo aquí? Don Juan,
amigo,
¿cuándo y cómo llegasteis a Castilla?
¿Por qué ponéis a prueba vuestra
espada?
DON JUAN Digno Comendador, honor del reino,
permitidme que bese vuestra mano
tan generosa como victoriosa.
COMENDADOR No lo consentiré.
DOÑA ISABEL (—Aparte— ¡Qué inoportuna
es esta detención para mi enojo.)
COMENDADOR ¿Tan poco me estimáis que hasta
Castilla
venís y por azar he de enterarme?
¿No os dignáis ser el huésped de mi
casa?
DON JUAN Pocos momentos hace que llegué.
COMENDADOR Y nada más llegar os exponéis
a una aventura...
DOÑA ISABEL Ahora, caballero,
de tan ilustre y respetable aspecto,
no impidáis que prosiga la pelea.
COMENDADOR Por un momento detened vuestra ira
y que al menos os plazca que yo sepa
la causa que promueva tanta cólera.

DOÑA ISABEL No os conviene saber lo que a la


lengua
publicarlo no es lícito. Don Juan
me ha ofendido y tomando yo la
espada
pido razón del recibido ultraje.

DON JUAN Oiréis un caso extraño. Es a mis ojos


desconocido el rostro que ahora
quiere
vengar yo no sé qué. Dice ser hombre
pero su sexo es de mujer. Perjuro
me llama, cuando nada prometí.

DOÑA ISABEL Sí, sois perjuro.

DON JUAN Ya no aguanto más.

COMENDADOR Os suplico un instante. De ser cierto


que os ofendió Don Juan, yo mismo
ahora
justicia haré. Por amistad no suelo
dar a traiciones la razón. Decidme
en qué os faltó.

DOÑA ISABEL La ofensa es tal que ahora


ocultada conviene a mi decoro.

COMENDADOR Pública no será aunque la sepa.

DOÑA ISABEL Yo no consiento que la sepáis vos.

COMENDADOR ¿Vos no os fiáis de mí?

DON JUAN Es que no puede


expresar las razones de su enojo.
Fuera de sí le ha vuelto ese furor.

COMENDADOR No os queráis pelear con quien no


sabe
ni razón ni deber. ¿Prestáis oído
a un necio? ¿Y qué esperáis? Si no
vencieseis
ese daño tendríais, y os dirán
que es muy poco vencer vencer a un
loco.
DOÑA ISABEL No soy un loco y mi venganza
intento.

COMENDADOR En el nombre del rey, yo determino


que desistáis de semejante pugna.
Preveo sobre vos la real cólera
si osáis no obedecer.

DOÑA ISABEL Venero el nombre


real. Ante ese nombre yo depongo
la espada. Tiempo habrá de que el
indigno
me pague con su sangre los errores.
(Se va.)

Escena Séptima
Comendador, Don Juan. Luego Don Alfonso, el duque
Octavio y guardias.

COMENDADOR Sí, sí, tiempo vendrá. Don Juan,


ahora
ya sin tardanzas quiero presentaros
a los reales pies de mi señor,
venid conmigo. Espero seros grato
por este honor.

DON JUAN De vuestra bondad sólo


puedo esperar favores.

COMENDADOR Yo recuerdo
cuánto un tiempo por mí hizo
vuestro padre.
¡Italia perdió mucho con su ausencia!
Aún se acuerdan los moros de su
espada.
Su fama hasta nosotros ha llegado.

DON JUAN Lo sé. Temer y amar a un tiempo se


hizo.
DON ALFONSO Comendador, su Majestad os dispensa
de cumplir los oficios de respeto.

COMENDADOR De su clemencia es una prueba más.


Amigo, a vos presento un caballero
digno de vuestra y de la real estima.
Nacido en Partenope, Juan Tenorio
se llama...
DON ALFONSO Nombre ilustre. Yo recuerdo
la fama de su padre valeroso.
(Al Duque, en voz baja:
Este es el que ultrajó a Doña Isabel.)

OCTAVIO (A Don Alfonso, en voz baja:


Este será sin duda.)
DON JUAN A vos se inclina
quien os respeta y quiere obede
ceros.

DON ALFONSO Vos disponéis de mí. Esta ciudad


no abandonéis muy presto.
(—Aparte— Yo sabré
el asunto aclarar.) Comendador,
conducid a Doña Ana a vuestra casa.
Irse desea. Vuestro amigo puede
quedar aquí conmigo por ahora.
En seguida también os seguirá.
DON JUAN En un instante volveré con vos.
COMENDADOR Así espero, señor. Modesta mesa
pero gran corazón allí os aguarda.
DON ALFONSO Retiraos también, Duque.

OCTAVIO (En voz baja a Don Alfonso.)


Entre tanto
a encontrar a Isabel yo vuelo ahora.

Escena Octava
Don Alfonso, Don Juan y guardias a lo lejos.

DON ALFONSO Don Juan Tenorio, sois ilustre fruto


de señalados y gloriosos héroes.
Degenerar de la virtud pasada
no podéis ni queriendo. No se puede
por ello suponer más que obras
dignas
de vos. Mas las violencias amorosas,
que llegan a vencer hasta a los héroes
e incluso a muchos sabios
desconciertan,
podrían en vos inocular el cruel
veneno que a las mentes más preclaras
les priva de cordura. No sabría
llamar delito a esta desventura.
Débil instinto de naturaleza
flaca. De juvenil edad la bella
flor, halagos, caricias, femeninos
semblantes, cabelleras, manos blancas
llegan a dominar con tanta fuerza
que sólo un corazón que a tiempo
huye
consigue resistir. Don Juan, rubores
no traigáis ahora al rostro. Compadezco
esas locuras amorosas. Pido
de vuestra lealtad sinceras pruebas.
Decidme si es verdad que, adulador,
vos engañasteis a doncella ilustre.

DON JUAN Por desgracia también yo en


desventura
tan común, a Cupido seguí. Amé
y aún amo. Mas mi amor no me hace
reo,
más bien es llama honesta que me
inflama.
Amo a mi esposa, la que el cielo un
día
me destinó, aquella cuya unión
convino a mis parientes y a mi patria
cuanto a mi corazón.

DON ALFONSO ¿Sabré su nombre?

DON JUAN Doña Isabel, la hija de los duques


de Altomonte.

DON ALFONSO ¿Fijáronse las bodas


entre vos?

DON JUAN ¡Bien quisiera el cielo que ahora


no estuviese de mi ídolo tan lejos!

DON ALFONSO Mas, ¿por qué abandonarla?

DON JUAN Fue el destino


cruel al separarnos. Me ofendió
un ministro real, ciego de ira
lo reté con la espada; el vino, el hado,
lo hizo caer bajo mi brazo al suelo.
Disgustó al rey su muerte; yo
evitando
su ira primera, abandoné la patria,
me alejé de mi bien. (—Aparte—
Una mentira
hay que apoyarla usando de otras
muchas.)
DON ALFONSO Doña Isabel os ha seguido y llora
y a un traicionado amor pide
venganza.
DON JUAN O la razón perdió Doña Isabel
o ésta será un fantasma.
DON ALFONSO Soy yo mismo
quien ha hablado con ella.

DON JUAN ¿Y qué verdad


puede ofrecer quien finge nombre y
rango
para que la creáis?

DON ALFONSO Con precisiones


narra lo sucedido.

DON JUAN Es mentiroso


testimonio la lengua femenina.

Escena Novena
El duque Octavio con los anteriores. Después, Doña Isabel.

OCTAVIO Señor, Doña Isabel está aquí cerca,


y quiere hablaros.
DON ALFONSO Viene muy a tiempo.

OCTAVIO (—Aparte— Don Juan está confuso.)

DON JUAN (—Aparte— Ahora es preciso


valor y lengua fácil.)
DOÑA ISABEL ¡Tú, traidor!

DON JUAN ¿Dónde está la mujer que usurpa el


nombre
de la bella Isabel que tanto amaba?
DON ALFONSO Ella ante vos se encuentra.
DOÑA ISABEL Sí, soy yo...

DON JUAN Perdonadme, señor, éste que miro


hombre o mujer, no sé, oculta el
nombre,
historias sueña y disimula el sexo.
Es otro rostro amable, otras pupilas
es otra majestad en la figura
los de doña Isabel. Otras costumbres
su corazón adornan. Los ajenos
halagos no vencían su rigor.
¿Cómo? ¿Doña Isabel en traje de
hombre,
sola y fuera de casa, a un fugitivo
persiguiendo? Jamás doncella ilustre,
de tierna edad, de honesto amor
prendada,
a tanto se atrevió. Si no estuviera
vuestra defensa como mediadora
yo al impostor, al defendido hubiera
rendido en tierra en este mismo
instante.
DOÑA ISABEL ¡Ah cruel y maldito! Estas palabras
de un corazón de piedra son engaños.
Culpar con culpas doblan su traición
y multiplica insultos y a la burla
primera añade esta segunda ahora.
Yo no miento, yo soy Doña Isabel.
A él me asignaron por esposo, pero
juró en falso y después me abandonó.

DON JUAN Es muy fácil decirlo con audacia


mas se debe probar. ¿Qué testimonio
podrías dar que tus palabras prueben?

DOÑA ISABEL Son testigos los dioses de los cielos.

DON JUAN Al desalmado no le importa nunca


invocar a los dioses.

DOÑA ISABEL Desalmado


has sido tú, y los dioses vengarán
la ofensa. Mi burlado amor reclama
justicia.

DON ALFONSO Es necesario para haberla


más que unas quejas. Son las pruebas
claras
las que se exigen, como el sol de
claras.

DON JUAN De justo corazón, justa sentencia.

DOÑA ISABEL Ya por desgracia lo comprendo.


Todos
me abandonan. Ya creo que los dioses
se me han vuelto enemigos...
DON ALFONSO ¿Y qué más
puedo yo hacer? Entre los dos se
niegan
al tiempo y ante mí. ¿A quién de
ambos
debo prestar más fe? Si vos derecho
tenéis sobre el esposo, que él obligue
a la verdad.

DOÑA ISABEL ¿Y yo su ultraje debo


tolerar sin venganza? Duque, vuestros
buenos oficios...

OCTAVIO Tanta desventura


reparar no sabría.

DOÑA ISABEL Si mi vida


destinada está sólo a conservar
la indigna causa de mi daño, ofrezco
también mi vida a mi tirano, estoy
ya dispuesta a morir. No hay en la
tierra
quien te castigue, mas lo harán los
dioses
y tu mismo delito y tu vergüenza.
(Se va.)

Escena Décima
Don Alfonso, Don Juan, el duque Octavio.

DON JUAN ¿Dudaréis todavía que está loco?

DON ALFONSO Yo no sé qué dudar. Seguid, oh


Duque,
a esa infeliz, y sea visto el modo
de que no muera.
OCTAVIO Así lo haré.
DON JUAN La muerte
sería el menor mal de sus desastres.
Vivir desvariando es aún peor.
DON ALFONSO Sí, mas debemos preservar también
la vida de los locos desgraciados.
Yo deseo, Don Juan, por el bien
vuestro,
que loco sea quien traidor os llama.
(Se va.)

Escena Décimo Primera


Don Juan. Luego Elisa.

DON JUAN Loca la hará el dolor igual que loca


un día la volvió el alado arquero.
Pobre de mí de no tener valor
para enredar y sostener engaños.
Mas no me fío de ganar yo siempre
y otro encuentro me temo que es
forzoso.
A otro lugar me iré. No siempre
osada
va a ir siguiendo mis pasos.
ELISA ¡Ah, mi esposo,
por fin te encuentro!

DON JUAN ¡Elisa! ¡Amada mía!


(—Aparte— Que me asistan mis
artes. ¡Otro enredo!)
ELISA Desde que os apartasteis, cuántas
lágrimas
por vos he derramado dolorosas.
El cielo ha secundado mis deseos.
Apenas si llegué, y ya os encuentro
como espero encontrar el mismo
amor
y la misma fe vuestra.

DON JUAN Ah, sí, bien mío,


no os engañáis, que sigo siendo fiel
a vos, amada. (—Aparte— Necia si lo
crees.)

ELISA ¿Qué impide entonces concertar las


bodas?

DON JUAN Respeto honesto demorarlas me hace.

ELISA El verdadero amor vence al respeto.


Mi corazón libera de sospechas.
¿Os agrada mi rostro? ¿Y estos ojos
no se encienden por vos? Os los
ofrezco.
Si no los aceptáis pronto, podría
el cielo disponer otro destino.

DON JUAN Moriría de pena, pero si una


suerte mejor a vos ahora llegase
de vuestros sentimientos sois aún
dueña.

ELISA (—Aparte— ¡Ay, que astuto responde!)


¿Dueña soy
de mí, decís? ¿Qué libertad me queda
desde que vuestra fui y amor ha
unido
nuestras manos y nuestros corazones?

Escena Décimo Segunda


Carino, Don Juan, Elisa.

CARINO (—Aparte— ¡Cielos, qué veo! La


infeliz Elisa
con el amante nuevo. ¡Qué traidora!)

DON JUAN Mas por ahora no es posible, Elisa.

ELISA Todo es posible a quien la viva llama


lleva en el corazón. Si es que me
amaste
tanto como te amé, tenerme cerca
procurarás.

CARINO Escuche, caballero.

DON JUAN ¿Qué me queréis?

CARINO A las mentidas voces


de mujer desleal no les deis fe.
Es Elisa traidora y por costumbre
tiene engañar a todos sus amantes.

DON JUAN ¿Y cómo lo sabéis?

ELISA Haced que calle.

DON JUAN Habla.


CARINO Yo mismo tengo pruebas
ciertas
de su infidelidad. Fe me ha jurado
y ahora de nuevo me abandona.

DON JUAN ¿Oyes


Elisa a este pastor?

ELISA No niego. Lo hice


para a mi madre complacer. A vos
sólo con verdadero amor yo amo.

DON JUAN No está bien deshacer nudos ajenos.


Pastor yo te devuelvo ahora a tu
esposa.
Si conmigo fue infiel, perdona el uso
del sexo que hizo y, comprended, no
menos
inconstantes son todas las mujeres.

ELISA ¡Bárbaro! Así...

DON JUAN ¿Qué quieres? Por un nuevo


deseo pretendías nuevo esposo.
¡Pues bonita sería esa costumbre!
Si eso pudiera hacerse, ¡no sé cuántas
imitadoras ibas a tener!
Con el que madre y cielo te buscaron
debes estar contenta.

ELISA ¿Y aún te burlas?

CARINO No, no, renuncio a mis razones, cedo


a vos. Deshágase aquel nudo que
ahora
aborrezco lo mismo que a la muerte.
Vuestra sea y la fe que me juró
que no os importe a vos.

DON JUAN Yo no sería


caballero de no saber guardar
mis propios sentimientos. Te la doy.
Cógela si te agrada y no te olvides
callar lo que decir no favorece.
(Se va.)

Escena Décimo Tercera


Carino y Elisa.

ELISA (—Aparte— ¡Pobre de mí! Se marcha


y me abandona!)
¡Ah, Carino, Dios mío!

CARINO Sí, sí, invoca


a Carino. Morir te veo y no
te creo.

ELISA ¿Me abandonas también tú?

CARINO Yo me contento al menos con


vengarme.

ELISA No es piadoso ultrajar a una infeliz.

CARINO ¿Y tu infidelidad será virtud?

ELISA De desesperación voy a morirme.

CARINO Ya fingiste querer herirte. Hazlo.


FELISA ¿Y tendrías valor tú para verme?

CARINO Yo mi brazo te presto si no basta


el tuyo.
ELISA Cómo cambias el amor
por la crueldad.
CARINO Lo mismo que tú cambias
el corazón por uno u otro amante.
ELISA Yo no sé lo que hacer.

CARINO Lo que desees.


Haz lo que un corazón desesperado
le puede sugerir a aquél que burla.
Quédate así, con tu remordimiento.
Si un día vuelvo a amarte yo, que el
cielo
destruya de mis campos la mies rubia,
se desplome el aprisco, no haya hierba
que al rebaño alimente, y si la
encuentro
que envenenada esté. Infiel, ingrata,
éste es el fruto de tu vanidad.
¿Que te vuelva a mirar? Si vuelvo a
hacerlo
que al sueño eterno yo mis ojos
cierre.
¿Y que te vuelva a hablar? Si es que
lo hago,
arda mi lengua con eterna sed.
Si vuelvo a amarte o si de amor me
oyes
algún suspiro, Júpiter supremo
con un rayo conviértame en ceniza.
(Se va.)
Escena Décimo Cuarta
Elisa, sola.

zELISA A airado amante Júpiter no escucha


y sus palabras las dispersa el viento.
En mis artes confío. Armas son éstas
que nunca fallan. La naturaleza
en tierra y mar defensas les dio a
todos.
Uñas al tigre dio y al león fuerza,
cuernos al toro y al corredor pies,
dientes al perro, escamas a los peces,
plumas para las aves voladoras.
Le dio al hombre el consejo. A la
mujer
dulces miradas y caricia y lágrimas.
(Se va.)
Acto Cuarto
Escena Primera
Comedor en casa del Comendador. Mesa dispuesta para
comer.
Doña Ana, Comendador, Don Juan, Criados. Luego, un
paje.
(Al abrirse la escena se ven los tres comensales a la mesa.
Los criados, después de quitar los platos, dejan adornos y se
van)
DON JUAN Comendador, de mi cadena el peso
con vuestra cortesía aún más se
agrava.
COMENDADOR Son mayores honores lo que exige
vuestro valor, mas no otra cosa puede
dar quien no acumuló nunca tesoros
DON JUAN: (—Para sí— ¡Qué bello rostro el
suyo! ¿Y esos ojos
que los míos no evitan, qué me
dicen?)
PAJE Señor, aquí, por orden real viene
Don Alfonso. Desea estar a solas
con vos.
COMENDADOR Iré a encontrarlo. La
escaleraque
bajen los criados. Perdonadme
Don Juan, si salir debo.
DON JUAN Id. No os importe.
COMENDADOR Hija, quedad aquí hasta que vuelva.
(Ciñe la espada y sale)

DON JUAN (—Aparte— ¡Qué no regrese ya por


hoy espero!)

Escena Segunda
Don Juan y Doña Ana.

DOÑA ANA (—Aparte— Cómo en el pecho el


corazón me late)

DON JUAN Bellísima Doña Ana, al fin la suerte


me concede estar libre junto a vos.

DOÑA ANA ¿Mi padre tan discreto os impedía


hablarme acaso?
DON JUAN El padre anciano es menos
amable compañía que la hija.
¡Ay, Doña Ana!
DOÑA ANA Señor, esos suspiros...
(—Aparte— ¡Que vuelva ya mi
padre!)

DON JUAN Ah, no creáis


que el vano afán de contemplar
Castilla
me trajo aquí. El corazón tocado
por larga fama de vuestra hermosura
guió mis pasos y marcó mi meta.
Llegué a miraros. De tan bellos ojos
contemplé el esplendor, que no
podría
explicar bien, por muy locuaz, la
lengua.
Fue un solo instante, hermosa,
contemplaros
y suspirar de amor. Una insufrible
llama arde en mí, y a vos piedad
imploro.

DOÑA ANA Vuestras palabras son inesperadas


y quizá no sinceras. Me sorprenden.
Lo confieso. No tengo en mí valores
dignos de tanta fama, ni ambiciosa
soy de tenerlos. La belleza pasa
con los años y estimo mucho más
que la belleza un corazón sincero.

DON JUAN ¡Bella sinceridad, cuán rara eres!


Yo la deseo, en vano muchas veces
encontrarla intenté. Feliz de mí
si ahora esperar pudiera en vos
hallarla.
¡Bella fidelidad desconocida!

DOÑA ANA Un corazón que es fiel, al otro


enseña.

DON JUAN ¿Puede mi corazón esa merced


esperarla de vos?

DOÑA ANA Si es una justa


merced la que sentís pedir, acaso
ingrata yo no sea.

DON JUAN Entiendo que


vos de un casto himeneo estáis
hablando.
Mi pudoroso amor tiene ese fin
y yo aspiro a esta mano.
(Quiere coger la mano de Doña Ana,
pero ésta la retira.)

DOÑA ANA En otro instante


puede hablarse de ello.

DON JUAN Ahora tenemos


el tiempo. ¿A qué esperar?

DOÑA ANA (—Aparte— Ni llega padre


ni se ven los criados.)

DON JUAN Al miraros


siento mi corazón envuelto en fuego.
Pronunciad ese sí que me dé vida
y recibid de mí la mano en prenda.

DOÑA ANA Ha de saberlo el padre. De él


depende
mi voluntad. Del duque Octavio soy
la prometida y deshacer el nudo
por mí misma no puedo.

DON JUAN ¡Ay, que el amor


todo puede en nosotros! Si me
amaras...

DOÑA ANA ¿Qué querríais de mí?

DON JUAN
y luego que lo sepa el padre. Todo
vale para el amor darse contento
y de un vano respeto yo me río.
DOÑA ANA ¿Y osáis hablarme así? Es una afrenta
que provoca mi enojo.

DON JUAN Os aconsejo


que me deis como don lo que robaros
pudiera un corazón más decidido.

DOÑA ANA ¿A tanto llegará vuestra osadía?

DON JUAN Os resistís en vano. Quiero vuestra


mano como presente, o esta hoja
os dará muerte. (Saca un puñal.)

DOÑA ANA ¡Oh, traidor indigno!


Aquí, criados, padres. ¿Quién me oye?

DON JUAN Es inútil llamar: padres, criados...


Aunque llamaseis a los mismos
dioses.
Si no os rendís al fin a mis deseos
este hierro hundiré.

DOÑA ANA Santos del cielo!

DON JUAN ¡Paraos!

DOÑA ANA ¡Desalmado!

DON JUAN ¡Voy a heriros!

DOÑA ANA Miserable. ¿Por qué es esta violencia?

DON JUAN (Viendo que llega el Comendador.)


¡Me han descubierto, con la espada
debo
abrirme paso!
Escena Tercera
Comendador, Doña Ana, Don Juan.

COMENDADOR ¿Dónde vais Don Juan?


¿Qué ha sucedido?

DON JUAN Nada, sólo os ruego


licencia para irme.

DOÑA ANA ¡Ah, padre, es éste


un impío, un traidor! Quiso esta
mano,
para otro destinada, por la fuerza
tomar y amenazóme con su acero.

COMENDADOR Miserable, la ley hospitalaria


osaste traicionar. Tú, mal nacido
caballero. ¿Ultrajáis? Salid, indigno
más allá de este umbral. Tamaña
afrenta
pide venganza y sangre.

DOÑA ANA ¡Aquí criados!

DON JUAN Comendador, los años ya son


muchos;
para esta empresa os hacen poco
apto.
Encontrad quien por vos el duelo
acepte.
Respondo con mi espada y por mi
honor.

COMENDADOR ¿Por qué honor, miserable?


DON JUAN No provoque
vuestra lengua mi enojo y el castigo.

COMENDADOR Fácil de provocar es un villano.

DON JUAN Fácil va a ser entonces mi respuesta.

COMENDADOR No se frena la ira aquí, en mi pecho,


ni me detiene que en mi casa estemos.
Alma indigna, responde con la
espada.

DON JUAN Incauto viejo, vas a arrepentirte


de tu loca osadía.

COMENDADOR Ven aquí.

DON JUAN Aquí vengo.

COMENDADOR Me alcanza, estoy herido.


Vuelve bárbaro, vuelve... Mas ya
caigo.

DON JUAN Su sangre la piedad no me despierta.


Quien procura su mal, no se lamente.
(Sale.)

Escena Cuarta
Comendador, herido. Luego, Doña Ana y los criados.

COMENDADOR Huye el traidor, el vil, mas yo no


puedo
seguirlo con mis pasos inseguros.
Estoy desfallecido. Caigo. Hija
¿dónde estás? ¿No me oyes? ¡Pobre
hija!
¿Quién cuidará de ti? ¡Dioses! Las
fuerzas
me abandonan, me falla el corazón,
las piernas temblorosas no sostienen
el peso de una vida que se apaga.
Todo ya se oscurece ante mis ojos.
Borrosas mis pupilas. Yo ya muero.

DOÑA ANA Aquí estoy, padre. ¡Padre! No respira.


Está muerto. Cruel y despiadado
¿en dónde está el impío que lo hirió?
Padre querido, que mi tierno llanto
sea de mi piedad la acción primera,
mas espera de mí justa venganza.
No podrá el rey negarme la justicia.
Criados, levantad el cuerpo muerto
de aquel que fue vuestro señor.
Llevadlo.

Escena Quinta
Doña Ana, sola.

DOÑA ANA ¿Quién habría temido o sospechado


del pérfido en el pecho un corazón
tan cruel? Las miradas de dulzura,
el rostro amable cubren alma indigna.
Más no pudo intentar. Si menos
fuerte
fuera ¿qué hubiera sido de mí?
Cuántos
enemigos están, Honestidad,
acechándote. Cuántas redes tejen
contra ti. Padre mío, tú ordenaste
que me quedara cerca del traidor.
Fui incauta. A las primeras
desalmadas
palabras del halago debí irme.

Escena Sexta
Don Alfonso, Octavio, Doña Ana, Criados.

DON ALFONSO Doña Ana, ¿quién a vos de un padre


privó, y a mí privóme de un amigo?

DOÑA ANA Un bárbaro lo hirió. Mirad el suelo


regado aún con su sangre. La
venganza
pedid por mí, señor...

DON ALFONSO ¿Quién fue el impío


que al infeliz asesinó?

DOÑA ANA Don Juan.

OCTAVIO ¿No os dije que era indigno y


miserable?

DOÑA ANA Huésped en nuestra casa...

DON ALFONSO A vos encargo,


Duque, el arresto del felón. Y caiga
en manos reales vivo o muerto.

OCTAVIO Vuestro
mandato cumpliré inmediatamente.
(Se va.)
Escena Séptima
Don Alfonso, Doña Ana, criados.

DON ALFONSO Todo mi duelo a vos puedo


mostraros,
Doña Ana. Sin embargo a vuestra
inmensa
desazón es preciso poner freno.
La muerte es un destino para todos.
Feliz el que glorioso muere y hubo
vivido justamente. Habéis perdido
un padre. En mí podéis tenerlo,
pruebas
siempre os di de mi amor.

DOÑA ANA Primer presente


es de vuestra piedad el que ahora os
pido:
deshaced una boda que me apena.
No ha de faltar esposa al duque
Octavio.

DON ALFONSO Lo haré, pero ¿queréis ya para


siempre
vivir sin compañero?

DOÑA ANA Ahora no entiendo


bien los deseos de mi corazón.

DON ALFONSO Os compadezco. Cuando cese el


llanto
ya en vuestro estado pensaréis mejor.
Escena Octava
Duque Octavio y los anteriores.

OCTAVIO En vano esperaremos el arresto


de Don Juan.

DOÑA ANA ¿Ha escapado el miserable?

OCTAVIO No, pero se ha acogido al amplio


atrio
de los sagrados muros que no puede
violar la ley real.

DON ALFONSO Que el mausoleo


sea bien por los guardias custodiado
para que nunca de él logre evadirse.
Sepa el rey su delito. Y vos, Doña
Ana,
cesad en vuestro llanto. Las paternas
empresas recordad y sus virtudes
sirvan de ejemplo y vuestra pena
alivien.
(Se va, con el Duque)

Escena Novena
Doña Ana, sola.

DOÑA ANA Qué fácil a es quien dolor no siente


aconsejarle paz al afligido.
Nadie mejor que yo comprender
puede
cuánto pierdo al haber muerto mi
padre.
Ningún amor igual puedo esperar.
Pobres, si lo esperamos de un amante.
No ama el amante más que su
contento.
Si el placer disminuye, disminuye
igualmente el amor. Piadosos dioses,
por la virtud del alma de mi padre,
salvad mi corazón de la desdicha.
(Se va.)
Acto Quinto
Escena Primera
Atrio con varios mausoleos, entre los que está la estatua del
Comendador Don Juan, luego Elisa.
DON JUAN ¡Ah, destino cruel! ¿A qué peligro
me has conducido? ¿A qué lúgubre
frío?
¡Oh, mujeres! Funestas son al hombre
por su hermosura. ¿Qué cruel estrella
esclavo me hizo de pasión rebelde?
No sé mirar mujer que no me
encienda,
llama encender no sé que no se
apague.
¡Ah, cruel Doña Ana! O no debiste
permitir mis miradas o más dulce
debiste estar al ofrecer rechazo.
Sois soberbias, mujeres, pues queréis
poner una cadena a los amantes,
reiros de su llanto, impunemente
negar piedad a quien su corazón
quiere acercar al vuestro. ¡Hábito
injusto
y cruel vanidad! ¿Qué será ahora
de mí? Se agrava mucho más mi culpa
por el rango del muerto. La venganza
exigirá su hija y, de su parte,
todos querrán mi muerte. Este lugar
de momento me valga como asilo.
Luego, la salvación de alguna forma
abrirán bien el oro o el engaño.

ELISA Aquí estoy yo, Don Juan. Aún


ultrajada
por vuestra negación, fiel y constante.
No os abandona en vuestra adversidad
mi verdadero amor.

DON JUAN No me faltaba


más que el ardor de una mujer en
medio
de mi presente mal.

ELISA Mas es posible


que yo os facilitara la salida.

DON JUAN ¿Cómo? (—Aparte— Cielos, la suerte


de mi parte.)

ELISA Dos guardianes del atrio son


parientes
míos de sangre y su favor podría
facilitar la huida.

DON JUAN ¡Quiera el cielo!


(—Aparte— Me conviene halagarla.)
Amada esposa
de la fidelidad y amor ejemplo,
yo vuestro soy, vuestro me quiere el
hado
que para mí dos veces ha elegido,
vigilante de mí, liberadora:
me arrepiento si acaso he sido
ingrato.
Diga el loco pastor lo que quisiere,
lo dice el cielo: Elisa es de don Juan.
Escena Segunda
Doña Isabel, aparte, y los anteriores.

ELISA Vamos, la mano dadme vos de


esposo.

DON JUAN No perdamos el tiempo, idolatrada:


solicitad la salvación. Yo vuestro
seré cuando ya libres nos hallemos.

DOÑA ISABEL (¡Traidor!)

ELISA Quiero creer vuestras


palabras
aun traicionada. Sí, venid conmigo
mis dos parientes saben el atajo
subterráneo que va tras las murallas.

DON JUAN (—Aparte— Si de ti también logro


ahora escaparme
no nos veremos más.)

DOÑA ISABEL (—Aparte— No logrará


el malvado de nuevo su propósito.)
Don Juan, el cielo paz os
proporcione.

ELISA ¿Quién tan inoportuno nos detiene?

DON JUAN (—Aparte— ¡Pobre de mí!) Es un


hombre enloquecido.
Sueños cuenta a quien le oye y causa
risa,
mas también causa enojo.
DOÑA ISABEL Soy mujer,
si es que os importa a vos saber mi
estado;
traicionada mujer y aquí presente
está quien la engañó.

DON JUAN ¿No os dije? ¡Un loco!


DOÑA ISABEL Amor, fidelidad, me juró en vano.

DON JUAN ¡Y qué locura extraña!

DONA ISABEL Enorgullécete


de burlar a una simple mujer. Justo
es el cielo, venganza me dará.
ELISA No parecen de un loco estas palabras.
DON JUAN Habla a su modo, pero un loco es.
Vayámonos, amada, y encontremos
a los amigos que el camino abran
de nuestra salvación.
DONA ISABEL ¡Detente, indigno!
No te engañes pensando que te
escapas.
ELISA Aumentan mis sospechas.
DON JUAN ¡Qué fatales
inconvenientes! ¡Vámonos, Elisa!
(A Doña Isabel:) O te apartas de mí o
aquí te mato.
DOÑA ISABEL Moriré antes que irme. No me
asustas.
(Saca la espada para defenderse y se
pone en guardia.)
Escena Tercera
Don Alfonso, con guardias, y los anteriores.

DON ALFONSO ¡Alto todos! Cercado por reales


guardias, ¿aún crece vuestro
atrevimiento?
¡Arrancadle esa espada!

DON JUAN ¡Estoy perdido!

DOÑA ISABEL (—Aparte— ¡Cuándo se cambiará la


adversa suerte!)
Señores, escuchadme...

DON ALFONSO En otro instante.

DOÑA ISABEL (—Aparte— Al menos el impío no


huye ahora.)
(Se va.)

Escena Cuarta
Don Alfonso, Don Juan y guardias.

DON JUAN (—Aparte— Ahora sí que de ingenio


necesito.)

DON ALFONSO Vos sois ese señor que mal lleváis


de caballero el honorable título.
El rey os quiere muerto a toda costa.
El hambre os matará, si no mi espada.
Nadie os socorrerá; reo de muerte
sería el que lo hiciera.
DON JUAN Yo confieso
que el decreto es muy justo. Dos
delitos
cometí, y ambos piden la venganza.
Mas si os dignáis oirme, en mis
palabras
veréis que son mis culpas menos
graves.

DON ALFONSO Defendeos, si os quedan todavía


razones para hacerlo. ¿Qué decir
podéis después de confesar los
hechos?

DON JUAN Diré, señor, que de Doña Ana el


rostro
me cegó, me sedujo, me inflamaron
sus ojos. Con el fuego del amor
se unieron de la mesa los licores
locamente libados. Fue pasión
indigna de alma noble. Una pareja
de dos pérfidos dioses: Baco, Amor.
Me avergüenza decirlo, pero debo
desvelar la verdad. En el momento
aquel, perdí el sentido y la razón.
Ceguéme y una estrella adversa quiso
que el huésped de la mesa se
ausentara
quedando ciego yo ante la belleza.
El torpe instinto interpretó el suceso
a su favor, mas la belleza aislada
con desprecio y ultraje respondía,
provocando el furor llama tercera.
Si la razón perdí, a la amenaza
la ira me llevó. Y en mal momento
el padre armado vino, y sin oír
disculpa alguna a aquel duelo me
indujo.
Yo provocado, golpes no regidos
por voluntad lanzaba con mi espada
que el destino cruel hundió en su
pecho.
Ved, señor, que mis culpas confesé.
Recordad, sin embargo, que guiado
por dos pérfidos ciegos me
encontraba.
Si mis palabras desatar pudieran
de tan ilustre mármol al caído
héroe, sin duda fuera él mismo quien
piedad por mí pidiese. Quizá ahora
se arrepiente de no frenar su ira
y en mí el exceso juvenil perdona.
¿A él le sirve mi muerte? ¿De qué vale
mi sangre a su hija triste y dolorida?
Por resarcir sus daños, algo mío
pedir debiera y yo en justicia no
lo sabría negar, dando mi mano
de esposo a ella. Por mi culpa llora.
Muerto Don Juan, ¿recobrará Doña
Ana
su honor? ¿Dejará el mundo de dudar
si defendió su honor del torpe
amante?
¡Pobre Doña Ana! Ciégala el dolor
y el mayor de sus daños no descubre.
Sé que soy atrevido. El delincuente
fijar no debe de su error la pena,
mas a todos es lícito pedir
piedad y aun ofrecerse a compensar
el daño, sin que corra nueva sangre.
Ah, Don Alfonso, hablad por mí os
suplico.
Implorad por mí al rey clemencia y
halle
Doña Ana así el alivio de su pena.
Un amigo perdisteis vos, ahora
otro podéis ganar, menos valioso
mas nunca menos fiel. Sed protector
mío, señor. No es sólo ansia de vida
lo que me incita a desear piedad
mas el cuidado es de mi linaje.
Del gran rey de Castilla se conocen
la piedad y la justicia por el mundo.
Ejemplo digno de él bello daría,
mayor que con la justa pena al reo
de muerte, si otorgara la clemencia
que admire el mundo. Está la tierra
llena
de reyes miserables, de piadosos
y magnánimos reyes, está falta.
DON ALFONSO Nunca se invoca la piedad en vano.
No me niego a pedirla al rey por vos.
Lo haré, si el corazón de Doña Ana
apaciguado está, pero calmarlo
fácil no es. Creéis en vano que ella
acepte mano todavía tibia
con la sangre de aquel que tanto
amaba.
¿Y acaso podéis vos a ella ofrecerle
mano que a otras esposas no
otorgasteis?
DON JUAN Una promesa puede deshacerse
por reparar honor de una doncella.
DON ALFONSO Aquella que Isabel dice nombrarse
induce a sospechar de vos engaño.
¿Sabéis, Don Juan?
DON JUAN Mi fe de caballero
yo comprometo: no miente mi
lengua.

DON ALFONSO Quiero creer que no osáis profanar


la fe de caballero. Y voy a darles
crédito a las palabras, mas si fueran
falaces otra excusa ya no habría
para evitar vuestro ejemplar castigo.

DON JUAN (—Aparte— Espero que la fuga me


permita
escapar de tan fieras amenazas.)

Escena Quinta
Doña Ana, de luto, y los anteriores.

DOÑA ANA Señor, si de la vista y a la fuerza


muerto a mi amado padre se han
llevado
hasta el sepulcro, no se me prohíba
lágrimas derramar sobre esta ilustre
y venerada tumba que cobija
la sombra de mi padre. Mas... ¿qué
veo?
¿Aquí Don Juan? ¡Ah, Don Alfonso!
Oíd:
en nombre de mi padre traicionado
os pido por piedad que el ser indigno
en mi presencia a proclamar no venga
su culpa sin castigo o, llena de ira,
haré que estos criados con la lanza
atraviesen el pecho del impío.
DON JUAN (—Aparte— Nada puedo esperar de
su piedad.)

DON ALFONSO Doña Ana, moderaos. Al rey toca


al reo castigar, mas para hacerlo
suele en justicia y antes escucharlo.
Don Juan pide piedad: de vos
depende.
Podéis oírlo, y si lo que propone
en vos el desagrado no desata,
la clemencia del rey faltar no puede.

DONA ANA ¿Pues qué puede decir el que asesina,


qué puede proponer que no sea fruto
de su culpable corazón?

DON JUAN Doña Ana,


heme aquí a vuestros pies, de vos
depende
la vida mía y no menos mi honor.
¿Me queréis muerto? He aquí mi
pecho:
que lo traspase vuestra misma mano.
Mejor así podréis saciar la ira
y moriré sin la deshonra, al menos,
de una pública pena. Recordad
que amor ciego me hizo y que la
llama
en vuestros bellos ojos fue encendida
y el corazón ardió y, así, al miraros
y estar cerca de vos y no anhelar
merced es imposible. Desoído,
rechazado por vos... ¿cómo podría
contenerme? En tal punto vino el
padre...
Una excusa propongo a mi delito.
Lo confieso y la muerte me merezco.
No me postro ante vos para salvar
mi odiosa vida, sí el honor, al menos,
de un pobre amante tan
desventurado.

DONA ANA ¿Cómo podéis pedir por vuestro


honor
si antes el mío vos habéis manchado?
¿Quién lo va a defender de indigna
sombra?

DON JUAN Repararlo podría... ¡Yo estoy loco!


Lo imposible imagino. A vuestra ira
añado más motivos...

DOÑA ANA Continuad


¿Cuál es vuestro designio?

DON JUAN A vos la mano


de esposo dar.

DOÑA ANA A tanto, desalmado,


os atrevéis conmigo! ¿Cómo os sufro?
y vos, señor, ¿palabras tan falaces
me obligáis a escuchar?

DON ALFONSO El fin pretendo


de vuestros contenciosos.

DON JUAN Generosa,


piadosa Doña Ana, a vuestro padre
ofreced vuestra ira, no la sangre
de un reo que piedad está
implorando.
Mis lágrimas son fruto del dolor
de veros por mi culpa entristecida,
de mi arrepentimiento os darán fe.
¡Tan cruel no seáis!

DOÑA ANA Es ante el rey


y es a sus pies postrado donde vos
debéis estar, no ante una mujer débil.

DON JUAN No me alzaré del suelo sin que


vuestros
labios pronuncien mi última la
sentencia.
Si vos me condenáis, seré contento.

DOÑA ANA Alzaos, digo (—Aparte— ¿Qué cruel


encanto
traen a mi corazón estas palabras?)

DON JUAN (—Aparte— Algo se apiada ya.)


Vamos, quitad
al corazón la duda de la pena.
Aquí está Don Alfonso: a él
explicadle
vuestra crueldad. A muerte me
dispongo.
Y sea como os plazca. Calma, al
menos
a vuestro corazón lleve mi sangre.
Un solo don os pido, así contento
pienso morir, volved a mí los ojos,
un instante sufrid las tristes lucesd
e quien muere por vos. ¿O pide
mucho
un desgraciado de vuestra piedad?
DOÑA ANA ¿Vos me pedís que os mire? ¿Para
qué?
Quizá esperando seducirme a fuerza
de mentidos suspiros. (—Aparte— Al
mirarlo,
tan humilde, con llanto por sus ojos
disminuye mi ira.)

DON ALFONSO ¿Y dónde nace,


Doña Ana, el nuevo cambio que, de
súbito,
creo yo percibir en vuestro rostro?
¿Es piedad o rubor, desdén o afecto?
Decidme la verdad.

DOÑA ANA Es el horror...


Si pudiera... Mas, no...

DON ALFONSO Basta. Os entiendo.


Combatidas pasiones os conturban.
Don Juan, vuestro destino es aún
confuso.
No aceleréis lo que en el tiempo
acaso
pudiera mejorar.

DON JUAN Sois bondadoso


(—Aparte— Vendrá la noche, Elisa
volverá
y espero liberarme del peligro.)

DOÑA ANA (—Aparte— Ah, sombra de mi padre


aquí presente,
mi flaqueza perdona... ¡Al fin mujer!)
Escena Sexta
Un paje y los personajes anteriores.

PAJE Señor, un mensajero este billete,


trae para vos.

DON ALFONSO Despide al mensajero.

DON JUAN (A Doña Ana:) Os daré tales pruebas


de mi fe
que quitarán el peso a mis errores.

DON ALFONSO ¡Qué leo aquí!

DON JUAN (—Aparte— Alfonso se ha turbado.)

DON ALFONSO ¡Qué pérfidos engaños!

DON JUAN ¿Qué será?

DON ALFONSO Escuchadme, Don Juan, es un


mensaje
de vuestro rey, del propio secretario
dirigido por orden real...

DON JUAN ¡Cielos!

DON ALFONSO: (Lee.) Don Juan Tenorio, cuyo


desenfreno
ha cometido numerosas culpas,
escapó de la patria y la promesa
a una ilustre doncella se llevó,
Doña Isabel, amada única hija
del muy glorioso duque de
Altomonte,
La desdichada de hombre disfrazada,
sigue a su burlador, que fue a Castilla
sin duda por hallar en ella asilo.
Si ambos se encuentran en poder real
protección ofreced a la ofendida.
Luego al traidor, guardado como os
plazca,
lo enviaréis para ejemplar castigo.

DOÑA ANA ¿Cielos, qué oí?

DON JUAN (—Aparte— Me pierde ese mensaje.)

DON ALFONSO ¿Qué me decís, Don Juan?

DON JUAN Que será falso.

DON ALFONSO No miente el pliego; vos el


mentiroso,
vos el indigno caballero sois
y habéis multiplicado los engaños.
Os sigue una inocente y vos en loco
queréis cambiarla. No era quién decía
y en ello vuestro honor vos
empeñabais.
¿De qué honor, miserable caballero,
habláis? Ya todo se descubre y Doña
Isabel es la joven engañada.
Desordenado amor os empujaba
a Doña Ana ofender. Coraje insano
contra el Comendador vos
promovisteis.
No iréis preso a la patria, es aquí
mismo
donde debéis morir. En torno al atrio
sagrado doblaré la vigilancia
y yo mismo, sin duda de un
momento,
solicitaré del rey vuestra condena...
(Se va.)

Escena Séptima
Don Juan, doña Ana y guardias.

DON JUAN ¡Ah, Doña Ana, piedad!

DOÑA ANA Piedad me pide


quien piedad no conoce. Ya bastante
me he dejado halagar por los engaños.
¡Pobre de mí, si secundado hubiese
vuestro cruel designio! ¿A qué
tormento
me expuse? A tiempo fue el clemente
cielo
a socorrerme. Alzad ahora los ojos
a esa gloriosa imagen: vos le abristeis
cruel llaga en el pecho y la venganza
invoca al poder alto de los dioses.
(Se va.)

Escena Octava
Don Juan, guardias, luego, Carino.

DON JUAN Pues morir debo. ¡Pérfidas estrellas!


Cesó toda esperanza. Si una espada
la vida me quitara y me evitase
la vergüenza, el dolor. Carino, amigo,
ven, pastor, y socórreme en el que es
mi último y fatal día.
CARINO ¿Os daré ayuda
por haberme devuelto esposa infiel?

DON JUAN Venga tu daño. No te pido vida


ni libertad. Te pido sólo muerte.
Mátame, por piedad. Estoy cansado
de esperar el final ya de mi vida.

CARINO ¿Estáis desesperado?

DON JUAN Sí, lo estoy.


No tengo salvación. Piedad no existe.
Son crueles los dioses, si es que hay
dioses.

CARINO No habléis así. Los dioses sí que


existen
y no son crueles. A ellos es preciso
humildemente dirigir plegarias,
hacer los votos y esperar la ayuda.

DON JUAN ¿Qué dioses? ¿Qué plegarias y qué


votos?
¿Qué puedo yo esperar del sordo
cielo?
Hace tiempo que yo ya no
acostumbro
a confiar en dioses.

CARINO (—Aparte— ¡Qué arrebato!)


Que vuestra situación os haga, al
menos,
que os volváis a vos mismo. ¿Quién
podría
ayudaros sino creen en dioses?
Arrepentios de verdad, Don Juan,
no despreciéis, si sois un caballero,
este consejo que un pastor os brinda.
Quizá por mí una vez última os habla
la piedad de los cielos.

DON JUAN Yo al averno


antes invocaré y que sus furias
vengan a desgarrarme las entrañas.
Para quien desespera, la piedad
de nada sirve, inútil el consejo.
Si he de morir, que caiga ya la muerte
como un inicuo hado. ¡Cruel madre
que a luz me diste, impía ama
que no quebraste dentro de la cuna
esta pérfida vida! ¡Qué maldito
día nací! ¡Pasiones desalmadas
que el corazón alimentasteis! Todas:
Doña Isabel, Elisa, Doña Ana,
¿cuál de vosotras es la que me mata?
¡Mátame tú, pastor!

CARINO (—Aparte— Yo me horrorizo.)


Calmad ese furor que os tiene ciego,
volved a vos...

DON JUAN Aquí me encuentro al fin,


desarmado, encerrado, solo,
hambriento,
atormentado por mi propia cólera.
Comendador ¿qué haces que no
vienes
a vengarte tú mismo? De ese mármol
¿por qué no bajas al abismo y luego
me arrastras a las sombras de
ultratumba?
¡Ah, si pudiera antes de morir
matarte a ti otra vez! Falsas deidades,
vuestra ciega venganza desafío.
Si es verdad que en el cielo, sobre el
hombre
mortal, poderes hay, justicia última,
baje un rayo, me mate y me sepulte
en el infierno ahora y para siempre.

(Cae un rayo sobre Don Juan. La tierra se abre y se lo


traga. Carino huye asustado y luego vuelve.)

Escena Última
Carino, Don Alfonso, Doña Ana, Doña Isabel, Elisa, el
duque Octavio.
DOÑA ISABEL El mismo cielo a fulminar nos llama
al indigno impostor.
DOÑA ANA ¿Quizás el cielo
cual víctima lo toma entre sus brazos?
DON ALFONSO ¿En dónde está Don Juan?

CARINO Ya está muy lejos.

DON ALFON
SO ¿Acaso huyó?
CARINO Se lo llevó el Demonio.

DON ALFONSO ¿Qué dices?

CARINO ¡Ay de mí! Del miedo apenas


si puedo hablar. Lanzó tantas
blasfemias
contra los dioses que un rápido rayo
lo hirió, se abrió la tierra y no lo he
vuelto
a ver. Ha desaparecido.

DON ALFONSO El cielo


hizo justicia ante el tardío paso
de la justicia humana. Ya podéis,
Doña Isabel, volver a vuestra patria.
La promesa incumplida el cielo
cumple
y el vil delito reparado fue.

DOÑA ISABEL Poco es aún para mi desventura


este alivio.

OCTAVIO No sé explicaros todos


los sentimientos de mi corazón,
Doña Isabel, acaso con el tiempo
pueda darles salida...

DOÑA ISABEL Y consolarme


puede vuestra piedad que mi dolor
aminora.

ELISA Que nueva pena caiga


contra este desalmado que también
a mí me traicionó. (A Carino:)
Véngame tú.

CARINO Por todos su venganza el cielo ha


hecho.

ELISA ¿Seguirás siempre siendo cruel


conmigo?
CARINO Aléjate de mí, pon la distancia
que una fiera recorre perseguida.
Dos veces me engañaste y la tercera
no lo conseguirás...

ELISA Juro...

CARINO No jures.
Tu fe conozco bien. Eso es bastante.

DON ALFONSO No te quejes de él, mas de ti misma


que por infiel tu corazón manchaste.

ELISA Morir quiero no sólo por la pena


sino porque, si falta la hermosura,
faltarán los amantes.

DON ALFONSO Vuelve ahora


a la selva y no vengas presuntuosa
para extender entre los ciudadanos
tus ardores.

ELISA Pues sí que son honestos


y son discretos vuestros ciudadanos.
Regresaré a mis selvas para huir
de gentes tan perversas, porque nunca
un pastor me sedujo como hizo
un ciudadano ruin. De los pastores
el corazón conozco y bien lo altero
a mi gusto. Maestra soy del arte
de cautivarlos. Mas en la ciudad
todo es engaño. Una mujer astuta
debe en su beneficio usar mentira.

DON ALFONSO ¿Quién podrían creer que tan artera


habilidad como serpiente repta
por el campo? Señores, del difunto
el ejemplo fatal nos aleccione.
El hombre muere como vive: el cielo
castiga siempre al que ha vivido impío
y por siempre aborrece al disoluto.

FIN