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No es un fantasma.

Jorge Álvarez está vivo y es ese hombre que espera allí,


recostado en la puerta de una casa vieja lejos del centro de Buenos Aires. Es él. Vestido con
pantalón y saco de corderoy marrón, camisa a cuadros al tono y cardigan anaranjado,
bufanda de seda y zapatos brillantes color bordó. Tan dandy como en los años sesenta,
cuando creó la editorial que fue la rosa de los vientos de la vanguardia literaria argentina y
el sello que grabó los primeros discos de lo que todavía se llamaba música beat y más tarde
sería rock nacional.
Más de treinta y cinco años en Madrid, sin que casi nada se supiera aquí de él,
hicieron que muchos creyeran que había muerto. Pero no, Jorge Álvarez está vivo y corrige
sus memorias que serán publicadas a comienzos del verano. Trae el manuscrito con él
cuando se sube al auto, en un morral de lona negra colgado al hombro, del mismo lado en
que un pin de Pluto viaja prendido a su solapa.
–Qué buen día nos ha tocado, niña, para unas fajitas, guacamole y tequila.
Todavía ignora que hoy no tendremos almuerzo mexicano, que buscaremos en vano
un restaurante abierto y María Félix y Cielito Lindo estarán cerrados, que no haber hecho
una reserva ha sido la mejor excusa para recorrer Buenos Aires sin prisa, en un domingo de
calles desiertas, escuchando bajito un disco de bop jazz.
Habla con naturalidad exquisita de los escritores fundamentales que nadie quería
publicar y él publicó en su Editorial Jorge Álvarez, de los músicos creadores del rock
nacional que nadie quería producir y que él grabó en su sello Mandioca y de su librería de
la calle Talcahuano 485 que fue el centro de encuentro de intelectuales y artistas del
movimiento contracultural de los sesenta.
A través de la ventanilla, señala calles y recuerdos. La dictadura y el exilio en
España a partir del año setenta y seis, de cómo pudo reinventarse como productor
discográfico pero nunca más como editor, de su paso por Nueva York, de las grabaciones
con la Orquesta Filarmónica de Londres, de su gusto por México que tantas satisfacciones le
dio, primero con el éxito del grupo pop Olé Olé a mitad de los ochenta, y hace tres años con
un disco de clásicos que produjo para Juan Gabriel, el cantante melódico, dice, que en
México se idolatra casi tanto como en Argentina a Gardel.
Cuando se enciendan las primeras luces de las calles y estemos volviendo a la parte
más sur del barrio de Almagro, a la casa vieja donde un amigo le alquiló un lugar para vivir
estos primeros tiempos, hablará del chalet de dos plantas y mil metros cuadrados que tuvo
en España y que le entregó al banco para cancelar sus deudas antes de volver.
Pero ahora el sol se ha puesto intenso y hay que abrir las ventanillas. Sólo un poco,
para que la voz no se confunda con los ruidos de la calle. Juan Perón, Fidel Castro, Ted
Kennedy.
–El menos inteligente de la familia, obviamente, pero el único vivo. Conocí a todos.
Quiso sentir en un encuentro cara a cara la potencia y el fuego de esos hombres
capaces de cambiar el rumbo de la historia.
–Porque yo puedo ser inteligente, divertido, sagaz. Brillantón, si querés. Pero yo sólo
he cambiado la historia pequeñita. Nada más he cambiado la historia de la literatura y el
rock.

Pidamos peras a Jorge Álvarez. Así se llama la exposición homenaje que


se inaugura en la Biblioteca Nacional cuando comienza el otoño.
Frutas frescas. Peras maduras. Silbatos, matracas. Souvenirs que se reparten en la
entrada a la exposición como hace cuarenta años se entregaban en los happenings con que se
lanzaban los discos de Mandioca. Escritores, músicos y periodistas se reúnen para hablar,

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durante dos tardes completas, del fenómeno Álvarez. Después de un mes en Buenos Aires,
la muestra -curada por Guillermo David- recorrerá las principales ciudades del país.
Las producciones culturales que llevan la marca de Jorge Álvarez: libros, discos,
posters, tapas con diseños pop, fotos, cartas, hojas amarillas: borradores de las letras que
fueron poesía.
Horacio González es el Director de la Biblioteca Nacional y un intelectual destacado
en la escena política y cultural. Con voz apenas perceptible confiesa que no fue parte del
movimiento que giraba en torno a la librería de la calle Talcahuano. Sabía que estaban esos
libros, los leía, pero se le perdía el modo en que libros y discos remitían a una misma
persona, a una misma librería y a una misma editorial.
–Es muy sugestivo conocer a alguien que fue el centro de un vastísimo movimiento
cultural que hoy es imposible reproducir. Álvarez era un juntador de vidas a partir de una
librería y eso le daba un lugar en el cosmos cultural, y hasta místico, de los años sesenta que
hoy no podría tener nadie.
En las vitrinas de la sala de exposición están muchos de los casi trescientos libros
publicados entre los años 1963 y 1969. Y muchos de los discos que se grabaron entre 1968 y
1970 en el sello Mandioca, y más tarde en Talent -nombre con el que las producciones de
Álvarez se integraron al sello Microfón- hasta su exilio en 1976.
Libros de Rodolfo Walsh, Manuel Puig, Juan José Saer, Germán García, David
Viñas, Ricardo Piglia, Germán Rozenmacher, Oscar Masotta, Quino.
Discos de Manal, Alma y Vida, Vox Dei, Moris, Tanguito, Sui Generis: la primera
banda de Charly García, Almendra: la primera banda de Luis Alberto Spinetta.
–Es inquietante ver su figura paseándose con sus jóvenes amigos por la calle
Corrientes-dice Horacio González. Una imagen medio fantasmal que nos recuerda algo que,
en los términos en que él lo hizo hace treinta o cuarenta años, ya no puede ser.
¿Ya no puede ser?
–Ya no puede ser.

El mozo sirve la sopa crema de zukinis, risotto de tomates con chorizo


colorado, jugo de tomates y zanahoria, y vino rosado. Un almuerzo nada mexicano.
–Que te la describa, me pides. Ah….Era muy guapa. Era guapa, era guapa, era
guapa, guapaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa. Meterete, inteligente, charlatana. Peronista. Mi mamá
era pe-ro-nis-ta. Yo medio gorilón y ella peronista.
Jorge Raúl Álvarez Ruiz nació en Buenos Aires el 19 de mayo de 1932 en una
familia con fortuna de origen español. Siempre estuvo enamorado de su madre, Clotilde, una
profesora de piano que no leía y jugaba al pócker todo el día con sus amigas paquetas.
–Aprendí a jugar a los once años. Ella me enseñó. Y qué bien me vino. Varios años
de mi vida, viví del pócker. Tenía dos mesas con escritores, editores y algunos chetos que
conocía por ahí, en fiestas. Ganaba siempre. Desde chico tuve una tremenda intuición.
Siempre sabía lo que iba a venir.
Era el protegido de su madre y el menor de los dos hijos varones; el que escabullía su
cabeza en el hueco tibio que se armaba entre su hombro y el pecho. Hace el gesto y se
acurruca hacia un lado, sobre el recuerdo invisible de Clotilde.
–Para siempre, no sé. Pero quedarse un rato, sí. Estar, ahí. Pasar el tiempo.
Su padre, José Ramón, tenía una de las sastrerías a medida más importantes de la
ciudad y una gran biblioteca sólo de autores españoles. Pero lo que no tenía era el amor de
Clotilde. Fue algo que él intuyó desde chico, una historia oculta que la familia dejó en
España. Decidió no indagar, qué sentido tenía conocer la verdad si no podía cambiarla.
–Mi padre era un santo. Me llevaba a ver fútbol, boxeo, rugby, todo lo que le pedía.
Pero claro, mi papá era mi papá y yo estaba enamorado de mi mamá.

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Su único hermano, Rodolfo Victoriano, le llevaba doce años y era estudiante de
Filosofía. ¿Cómo se llevaban? Frunce la nariz. Se apoya el puño sobre la mejilla.
Conservador, religioso, aburrido. Al final, reconoce que por él descubrió la literatura a los
diez años.
–Con qué libro me inicié, no. Con qué libros, sí. Me encantaba la literatura policial,
la Colección del Séptimo Círculo. Nicholas Blake. James Cain. Leía a Bustos Domecq que
hacían Borges y Bioy Casares. Después, Sartre. Y por supuesto, todas las cosas para chicos,
Julio Verne, El rey Arturo.
Meterete como su madre, peleador, no muy buen alumno, inteligente sí -por eso le
iba bien sin que le gustara la escuela, pedantón. Practicaba rugby, tenis, le gustaba el fútbol
y jugar al ajedrez, al bridge y al pócker, por plata.
Nunca tuvo una alcancía.
El flan de naranjas le gusta con dulce de leche y el agua mineral con mucho hielo.
Empezó sus estudios secundarios en el Colegio Nacional Buenos Aires pero los
terminó en el Carlos Pellegrini porque su madre quería que tuviera una orientación
comercial. Era habitué del Petit Café, el bar al que concurrían los jóvenes antiperonistas y
los pitucos del Barrio Norte. Para tranquilizar a sus padres empezó cuatro carreras
tradicionales, en ninguna duró más de dos meses o dos años. Filosofía, Contabilidad,
Economía, Abogacía. Montaba escenas para que lo dejaran tranquilo mientras se escurría de
su casa para estudiar teatro con Menegazzo Cané.
–A los dieciocho años aprendí a mentir y la relación fue perfecta.
La situación financiera había empeorado. La industria de trajes de confección
desplazaba cada vez más a las sastrerías a medida. Su padre no lo superó, no volvió a hacer
otra cosa en su vida. Murió joven, cuando él tenía veintitrés años. Continuó viviendo con su
madre y su hermano en un departamento alquilado sobre la calle Quintana, en Barrio Norte.
– Ella murió en el ´72. Esos últimos años fueron malos. Dos ataques de apoplegía la
dejaron haciendo la vida que ella quería vivir: de repente me confundía con su marido, con
su otro hijo. No, no llegó a ser consciente de mi lugar.
El lugar: editor famoso y productor discográfico ligado a la cultura y el arte, a las
corrientes políticas y filosóficas de la izquierda parisina y al hippismo que se expandía,
desde la costa oeste de los Estados Unidos, hacia todo el mundo.
El café lo pide con crema.
Siguió viviendo con su hermano hasta que se fue del país. Se vieron dos veces en
Madrid. No lo invitó a viajar más seguido por temor a que quisiera quedarse con él,
atendiéndolo, cuidándolo, haciéndole de mucamo y chófer. Y él no quiso nada así para
ninguno de los dos. A partir de 1983, reinstalada la democracia en el país, Jorge Álvarez
empezó a viajar a Buenos Aires, por pocos días, como un fantasma, invisible. Entonces,
visitaba a su hermano. Hasta que Rodolfo Victoriano murió repentinamente, como su padre.
Fue el fin de sus relaciones familiares. Ni tíos, ni primos, ni sobrinos. Siempre
desacomodado.

La tapa del catálogo de Pidamos peras…,podría ser la de un disco de


Mandioca. El rostro de Jorge Álvarez a los treinta y pico, en blanco y negro, sobre un fondo
amarillo; en contraste, peras amarillas con bordes rojos sobre un fondo verde brillante. El
mismo rostro de relieves angulosos, la frente amplia con una arruga que brota y la parte en
dos, iguales las ondas del pelo engominado y peinado hacia atrás, nariz ancha, orejas
grandes -una más abierta y alargada que la otra-. Los ojos, que en la foto apenas se dejan ver
por la sombra de las cejas oscuras, ahora, bajo la luz que ilumina el centro de la sala de la
Biblioteca Nacional, se advierten inquietos detrás de los anteojos. Se acerca al micrófono, lo
toma con las dos manos como si estuviera a punto de cantar y dice:

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–Tanto Jorge Álvarez, tanto Jorge Álvarez. Me siento abrumado con tanto Jorge
Álvarez.
Lo dice después de que han hablado Horacio González, el escritor Ricardo Piglia,
Nito Mestre –integrante del grupo Sui Generis junto a Charly García-, el periodista Rogelio
García Lupo que fue parte de la editorial desde el primer día. Y mientras habla, hace un
paneo de la sala, pasa lista, uno por uno, mirando por encima de los anteojos. Cuando algo
le interesa no deja que nada se interponga, ni siquiera el vidrio delgado de una lente.
Así mira cuando se logra captar su atención.
Así miró la foto que quedó sobre la mesa del restaurante mexicano un día de fines de
abril, después de caminar por las calles de su adolescencia en Barrio Norte.
– Una gran botana, y Don Julio dorado con una sangriíta. Así juntamos lo bello con
lo útil.
Charupa, guacamole, fajitas, quesadillas, minitacos, carnecita con frigoles. Pone un
poquito de sal sobre la lengua, bebe el tequila y después chupa un gajo de limón.
–Rico, rico, rico -dice antes que le de un hipo feroz- Es que hace años que no me
tomo un tequilita.
La foto fue tomada en el lanzamiento de Mandioca, en la ciudad de Mar del Plata,
una fiesta con un formato que anticipaba la estética del Café Concert. De perfil, casi en la
misma posición que tenía hace más de un mes cuando esperaba en la puerta de la casa vieja,
en donde vive transitoriamente, hasta que se pueda alquilar algo más en el centro, o en
Palermo. Un poco inclinada la espalda hacia adelante, camisa a rayas, pantalón oscuro y
unos mocasines claros que resplandecen en la foto como un sol de medianoche.
-Gucci, nena, seguro eran Gucci. Los zapatos y las corbatas son mis manías.
Debe ser lo único que Jorge Álvarez colecciona. Manías. Porque libros, discos, fotos,
posters, notas periodísticas, cartas, no tiene. No ha guardado nada. Zapatos, sí. Y corbatas
que estarán en un baúl, porque por estos días no usa ninguna aunque lleve las camisas
abrochadas hasta el último botón.

Amigos jugadores de rugby, chicos ricos caprichosos y familiares


de los dueños de la librería Abeledo -hoy, Abeledo Perrot. Con ellos aprendió a desempacar
y clasificar libros de derecho, a hacer atractivos los estantes y las vidrieras. Era un juego. Un
día, le ofrecieron un trabajo formal en Editorial De Palma, también especializada en derecho
y él aceptó.
Sin que los dueños, sicilianos y conservadores, se dieran demasiada cuenta empezó a
armar secciones de sociología, psicoanálisis, filosofía, literatura. Miraba los catálogos de las
editoriales y elegía: dos libros de un autor, tres ejemplares de la última novedad, un volumen
recién traducido. A los abogados se sumaron otros clientes. Así conoció a David Viñas, el
intelectual que renovó la crítica en el país a partir de los años cincuenta desde la revista
Contorno. Un espadachín de la palabra, como lo define Horacio González, que tendría
enormes coincidencias con Álvarez y sería, casi sin proponérselo, el disparador para la
creación de la editorial. Era el año 1963.
–Un tarde, David me cuenta que estaba escribiendo las memorias de Eva Perón. Las
publico yo, le dije, no se te ocurra ofrecérselas a nadie. Pero el dueño de De Palma era
bastante gorilón y no quiso saber nada. Pedí plata, renuncié y puse mi propia editorial justo
enfrente, en Talcahuano 485.
La editorial también fue librería y “el salón literario” de los años sesenta. Para
algunos, como la periodista María Moreno, fue su universidad. Beatriz Sarlo, crítica y
escritora, también estuvo allí, y no vaciló en llamar a Horacio González para impulsar el
homenaje en la Biblioteca Nacional.

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El esplendor de la periodista Pirí Lugones, el talento del escritor Rodolfo Walsh, la
periodista Chiquita Constenla, el periodista Rogelio García Lupo, todos convergieron para
hacer, alrededor del genio de Jorge Álvarez, una producción de trescientos títulos en seis
años.
Sin haber sido un asiduo visitante a aquella librería, Jorge Lafforgue -periodista
cultural y editor de Alianza- reconoce que Álvarez fue un visionario: “Ricardo Piglia suele
decirles a sus alumnos en la Universidad de Princeton que, en el post-boom de la literatura
latinoamericana, los tres escritores que marcaron la cancha en la narrativa argentina fueron
Puig, Saer y Walsh. Y casualmente -o no casualmente- a los tres los editó Álvarez. En ese
momento, había dos editoriales grandes que apuntaban a la renovación de nuestro campo
intelectual, Sudamericana y Eudeba; también la de Jorge Álvarez que, aún siendo chica,
metió mucha bulla. Sin llegar a tener un catálogo ni excepcional ni demasiado ordenado,
tuvo sí muchos éxitos que fueron el resultado de su olfato e intuición.”
Libros narrados con el habla plebeya de un grupo de escritores ligados más al
periodismo que a las rigideces de las academias y más cerca de los márgenes que del centro
de la elite social. Colecciones de crónicas dirigidas al gran público y dedicadas al amor, el
pasado, la burguesía, a América, la violencia, el sexo, la incomunicación, y en donde se
mezclaban escritores consagrados con otros nuevos que Álvarez descubría con la misma
naturalidad con la que hoy es capaz de tener guardados cien pares de zapatos en una baulera
de Madrid.
Jorge Álvarez pide café con crema, apoya el puño sobre la mejilla y se suena la nariz.
Está resfriado, aún así irá a la inauguración de una librería en San Telmo. Algo le han dicho
los dueños sobre un proyecto editorial. En el Café La Paz, Corrientes y Montevideo, se
encienden las luces. No hay escritores, músicos, políticos, ni artistas. Nada que recuerde a
las vanguardias de izquierda que se reunían aquí entre los años cincuenta y setenta. Sólo
gente común tomando café. Y Jorge Álvarez que se suena la nariz.
Pirí Lugones y Walsh fueron víctimas de la última dictadura militar; Chiquita
Constenla murió en la primavera de 2011. García Lupo sigue siendo uno de sus amigos más
cercanos y será el encargado de escribir el prólogo de las memorias aunque todavía él no lo
sepa.
Si todo era brillo por qué terminó. La editorial: por qué se terminó.
“Porque me aburrí, porque tuve una crisis de identidad, porque era famoso y se
acercaban a mí y yo no sabía por qué me buscaban: ¿me querían a mí o lo que yo
representaba? Puede parecer ingenuo pero ¿está mal ser ingenuo?”
“Porque era exitoso y entonces me apuntaban, me traicionaban, me criticaban
injustamente, porque me harté, joder, ya está bien, cortémosla.”
“Porque las cosas habían cambiado y la mística de las palabras se habían trasformado
en armas y Pirí Lugones y Rodolfo Walsh pasaron a la lucha armada y el equipo se fue
desintegrando y sentí que habíamos llegado a un techo, que lo que habíamos pensado que
podíamos hacer ya era imposible.”
“Porque vino el golpe del pelotudo de Onganía y su ministro de economía cambió
todas las reglas y me quedé sin crédito.”
“¿Si puse mi pasión en otro lado? Eso también es verdad.”
La letra de uno de los primeros discos del sello Mandioca, “Oye Niño”, sonó en la
voz de Miguel Abuelo en algún momento de 1968.
“Oye, niño, no te dejes, haz tu cabeza estallar/ Oye, niño, no seas tonto, haz tu
cabeza estallar/Todo lo que ata es asesino/Todo lo que ata no es la paz/ Oye, niño, ya no
corras, no me quieras ganar/…Haz tu cabeza estallar.”
En el momento en que la cabeza de Álvarez se hizo rock, la editorial empezó a
terminar.

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En el homenaje hay más músicos que escritores, dice un editor, la
devoción que le profesan los rockeros no se compara con ninguna otra.
Jorge Álvarez dirá que es así, que ese editor tiene razón y que si Charly García no
fue a la inauguración de la exposición, es porque él mismo le pidió que se quede en su casa:
“No es momento para te aparezcas en mi homenaje para que toda la prensa te persiga a vos.”
Ricardo Piglia sí está, y cuando se acerca al micrófono hace hablar al joven que
publicó por primera vez con Álvarez: “Mi primer cuento, Las actas de junio, salió en esas
legendarias Crónicas que combinaban a inéditos desconocidos -como era mi caso- con
escritores como García Marquéz o Viñas”. Rondaba los veinte años cuando, además, le
ofreció trabajo. “Estábamos en la izquierda y podíamos ver que no sólo estábamos
imaginando sociedades futuras, sino que construíamos pequeños lugares donde otras
relaciones eran posibles: como un escritor inédito que conocía a un editor y ese editor no
sólo le prometía publicar su primer libro, cosa que sucedió con La Invasión, sino que
además le ofrecía trabajo.”
El editor de Ediciones de la Flor, Daniel Divinsky, para muchos el continuador de
Jorge Álvarez, estaba en París el día de la inauguración, invitado al Salón de Lectura que
este año está dedicado al humor gráfico. “Agradezco no haber estado aquí. Porque no sé
mentir. Cuando nos encontramos hoy, en el almuerzo que tenemos los martes, le dije que
tendría que haber dado el nombre de alguien que pudiera hablar bien de él. Lo mío, no le va
gustar”, dirá al regreso de su viaje, en su estudio, rodeado de incontables pilas de libros,
fotos, premios, dibujos con las dedicatorias de los historietistas argentinos que ha publicado
y que son casi todos, y alguna planta en el alféizar de la ventana. Con la misma pasión con
que es capaz de expresar su agradecimiento a Jorge Álvarez –“no sé si hubiese sido editor si
no fuera por él”-, es capaz de dejar al descubierto el conflictivo final de la editorial.
En la Biblioteca hay más músicos que escritores. Charly García parece haber
accedido al pedido de Álvarez y no está. Nito Mestre, el otro integrante del dúo Sui
Generis, sí. “Llegamos a su oficina con mucho miedo. Nos habían echado de todos lados.
Para dos músicos desconocidos hablar de Jorge Álvarez era algo sublime. Cantamos cuatro
canciones y nos dijo que en una semana empezábamos a grabar. Él supo antes que nadie que
iba a ser un éxito.” En 1972, a poco de comenzar Barock, el Buenos Aires Festival Rock,
Álvarez consiguió que los organizadores agregaran una fecha más. Sui Generis subió al
escenario y tocó “Canción para mi muerte”, y esos dos desconocidos de veinte años
vendieron en pocos días medio millón de discos. Hubo un tiempo que fue hermoso y fui
libre de verdad… Todavía hoy, es una de las primeras canciones que los adolescentes
quieren aprender a tocar en sus guitarras.

“Amigo es una palabra sospechosa. Nos llevamos bien. Yo le pido cosas


y me atiende. Él me pide algo -ahora nada- y lo atiendo”, dice Álvarez sobre Divinsky.
“Nunca quise ser claro respecto de si él era o no mi continuidad. Yo me había ido. Estaba
bien que alguien tomara ese lugar”.
Daniel Divinsky pide café y agua a su secretaria.
–Le debo muchísimo. No sé si me hubiese dedicado a la actividad editorial sin su
influencia. Yo era un abogado a disgusto que compraba libros en De Palma, y cuando él
decidió poner su propia librería editorial se convirtió en el caficio de las inquietudes
intelectuales de todos sus amigos. Nos encantaba hacer cosas que tuvieran que ver con los
libros. Yo traduje Reflexiones sobre la Revolución Cubana de Paul Baran, colaboré con la
traducción de Walsh del Diccionario del Diablo de Ambroce Bierce y con el Diccionario de
Lugares Comunes de Flaubert. Aunque él no nos pagara un peso, cosa que ejerció
puntillosamente.

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Cuando en el ´66 Divinsky decidió poner una librería tenía sólo trescientos dólares.
Álvarez se acercó y le propuso hacer una sociedad con el crédito que él sí podía obtener.
– Cada vez que hace falta reitero mi agradecimiento por eso.
La Editorial Jorge Álvarez estaba plenamente vigente cuando se creó Ediciones de
la Flor. Para Álvarez, fue parte de una estrategia: crear su propia competencia. Lo hizo con
la editorial primero y con las bandas que produjo, después.
– Decir que la editorial cerró porque Pirí Lugones y Rodolfo Walsh pasaron a la
lucha armada es hacer poesía. La editorial quiebra porque el dinero lo usó para Mandioca.
Se quedó sin plata y dejó de pagar a los autores. Por eso Quino pasa a Ediciones de la Flor a
partir del tomo seis de Mafalda. A esas alturas, Jorge, ya había vendido su parte de
Ediciones de la Flor a unos familiares míos.
Tan contundente la crítica como el reconocimiento. Lo define como un lúcido
descubridor de talentos y un apostador a la innovación editorial: desde los diseños de tapa
hasta publicar cosas que nadie hubiese publicado, o encargarles a Ricardo Rojo y García
Lupo que escribieran Mi Amigo el Che, y a David Viñas una biografía de Eva Perón que
nunca escribió.
-Pero era sumamente descuidado. Decir inescrupuloso, suena excesivo.
Daniel Divinsky también está preparando sus memorias: un capítulo entero está
dedicado a Jorge Álvarez.
-¿Cumplió años el domingo? ¿Sí? No me dijo nada.

Álvarez es de los señores que se baja del auto para abrirte la puerta, corre tu
silla para que te sientes, te ayuda a quitarte el tapado en un mes de junio que comienza
helado. Es el que te deja mensajes en el contestador telefónico cantados en inglés y dice tu
nombre en francés. Y es el que dice, cuando llega el mozo con la adición, que jamás tuvo
que aceptar que una mujer pague su cuenta.
–No importaba que fueran dos, tres, cinco, diez o veinte. La cuenta, siempre, la
pagué yo ¿Una forma de ejercer el poder? Puede ser, pero yo era así. Joder, lástima no poder
invitarte una botella de Cristal Rose.
Las cosas cambiaron un par de años atrás. Nadie compró más discos. La crisis en
Europa, además, se precipitó y Álvarez fue incapaz de cancelar la tercera hipoteca que
pesaba sobre su chalet de dos plantas y mil metros cuadrados en Puerta de Hierro, Madrid.
– ¿Cómo puedo hacer para que cuando alguien baja un disco por internet pague los
pocos centavos que debería pagar? Porque yo no puedo bajarme las verduritas, el pescado, la
carne y los remedios que necesito para vivir. Pero la ley en España ni se entera, más o
menos como pasa aquí.
Es de los señores que se preocupan en confirmar que te ha quedado bien claro el
camino de regreso. Entonces, recoge su morral negro, desciende del auto y, en lugar de
entrar a la casa vieja, camina hacia la parrillita donde come habitualmente, donde cocinan la
mejor carne del barrio de Almagro.

Mafalda está en las vitrinas. Libros y discos que se exponen en la muestra


homenaje. En la entrada, una gigantografía exhibe la primera página del volumen 2 de
Mafalda, año 1967. Manolito, el amigo de Mafalda, mira la inscripción que dice “A Jorge
Álvarez – Quino”. Y en el siguiente cuadro se pregunta: “¿Y a mí?”.
¿Quino estará enterado de esto?, se pregunta alguien que lo conoce bien.
Quino se toma un tiempo para pensar. Hace pausas entre frase y frase como si fuera
parte de la reflexión que exige traer aquel pasado hasta el presente.
–No, no sabía y no lo pondría allí. Ese agradecimiento no expresa lo que siento hoy.
Álvarez fue un editor valiosísimo, un innovador. Le agradezco que haya sido el primer

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editor de Mafalda. Nadie quería publicar mis libros, todos me decían que no tenían tiempo,
que tenían las máquinas ocupadas. Pero pasó de crear un catálogo maravilloso a actuar mal.
Fui muy perjudicado por la quiebra de la editorial. Es muy argentino echar a perder algo que
uno hizo bien, ¿no?
Rescata al valioso editor Jorge Álvarez pero, implacable, critica su conducta a partir
de su incursión en la industria del rock.
–No nos volvimos a ver nunca más.
La editorial terminó a fines de los años sesenta.
“El sueño de la editorial independiente duró ocho años, dice Jorge Alvarez. Después,
vino el golpe del pelotudo de Onganía y su ministro de economía, Krieger Vasena. Me
quedé sin crédito, y yo era un capitalista sin capital. Si me piden la quiebra se van a joder,
les dije a mis acreedores, porque no la pienso levantar. Porque quiero dejar señalado que a
un editor independiente se lo llevaron puesto las estructuras de poder… Estuvimos así un
poco más de un año. Hasta que alguno me pidió la quiebra, por uno pesos, por nada. Y no la
levanté.”

Mandioca en ocho capítulos. La historia del sello discográfico se contará


en ocho episodios que serán emitidos por la televisión pública.
–Soy productor y un producto Jorge Álvarez. Tengo cincuenta y tres años y nací en
Avellaneda. Crecí escuchando los discos que producía. Con Jorge empezamos a pensar este
proyecto cuando él todavía estaba en España. En 2010, ganamos el primer concurso que
lanzó el Instituto de Cine para productoras con antecedentes y nos pusimos a trabajar.
Aníbal Esmoris apaga la luz. Envuelto en una leñadora de grandes cuadros azules y
rojos, Jorge Álvarez no se despega de la estufa eléctrica que han puesto a su lado. Sobre
Buenos Aires está cayendo aguanieve. Igual destapa una cerveza.
La serie estará lista para su presentación a fines de junio. La avant première será en
la Biblioteca Nacional. Pero hoy es una gala privada para tres. Testimonios en profundidad,
divertidos, reflexivos, meticulosos, porosos, material de archivo con imágenes de recitales,
plazas, hippies, la ciudad, el Di Tella, los autos Siam, el café La Paz. Una edición exquisita.
Los cofundadores de Mandioca: Javier Arroyuelo, Rafael López Sánchez, Pedro Pujó, y el
colaborador del sello, Mario Rabey. Pipo Lernoud, compositor y periodista, Marta Minujín,
artista plástica. Músicos de Manal y Vox Dei: Javier Martinez, Alejandro Medina, Willy
Quiroga.
Mandioca era parte de un plan descomunal que no se llegó a concretar: recrear el
Village de New York en Buenos Aires, en el barrio de San Telmo. Manu Editora, la
primera imprenta de posters, surge como un emergente de aquel proyecto. Las imágenes del
Che Guevara, Perón, Marylin Monroe, Jean Paul Sartre, The Beatles, Mao, Romeo y Julieta,
se vendían en un local de la Galería del Este, justo al lado del Instituto Di Tella, otra
expresión del movimiento contracultural.
Mandioca, la madre de los chicos se creó dos meses más tarde. Jorge Álvarez se
horrorizó ante el nombre, pero como hacía siempre respetó a los autores intelectuales que
habían pensado en un objeto extremadamente telúrico -mandioca es una raíz comestible en
el norte del país- y en un homenaje a Dorita, la madre de Mario Rabey que les daba comida
y albergue en su departamento de Callao y Lavalle, un punto estratégico de la ciudad.
Álvarez está inusualmente mudo. Como si viera por primera vez, todo junto y de un
tirón lo que fue capaz de provocar. Desastre es una palabra que le gusta usar para calificar su
propio trabajo. Aníbal Esmoris se encarga de mostrarlo con gusto y una meticulosidad sin
reverencias.

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Se molesta con el taxista que quiere llevarlo por un camino más largo. Lo
irrita que lo vean como un extranjero que no conoce la ciudad.
Una noche oscura se cae en la calle al salir de Ediciones de la Flor, se corta la
barbilla, sangra, una sutura de cinco puntos en el hospital, nadie se entera. Daniel Divinsky,
le pregunta al día siguiente, por qué no volvió a buscarlo. “Simple, porque ya le había dado
suficiente lata”, dice.
Se dirige al mozo con tono exigente, que por qué no avisa que la porción es para dos,
que regrese a la mesa el aceite de oliva que se llevó, que traiga la crema de leche que le falta
al café.
Se siente mal en un día pegajoso de mayo, su deficiencia respiratoria crónica se
agudiza con la humedad, va al hospital y esa noche debe quedarse internado. Por la mañana,
se escapa y llega puntual a la primera cita con un escritor.
Es martes, y como casi todos los martes almuerza con “los corresponsales”, un
grupo de editores y periodistas que se reúnen desde hace años en un restaurante tradicional
cercano al histórico Café La Paz. “Hace varios martes que no festejamos ningún
cumpleaños”, dice Divinsky. Álvarez calla sus ochenta años cumplidos dos días atrás.
Su teléfono celular funciona a veces, la batería se descarga, se puede cortar la
comunicación, es difícil dejarle mensajes y más difícil es que él los escuche o los responda.
– ¿Cómo lo pasé? Pues, muy bien, niña. Un periodista que me hizo una nota hace un
tiempo preparó un asado, invitó a unos amigos suyos poetas y a un escritor. Comimos,
tomamos, todo, todo. Un cumpleaños familiar, aunque de familia nada, claro. Los amigos
son la familia, sí, sí…..Pero a estos amigos no los elegí yo. Digamos que ellos me eligieron
a mí.
Muchos de sus amigos están muertos. A los que más extraña son a la escritora
Beatriz Guido y su marido, el director de cine, Leopoldo Torres Nilson. Le encantaba
quedarse con ellos mirando una película y tomando un buen vino. Siempre ha preferido la
intimidad. La vida social, intensísima en su momento, fue para él parte del imprescindible
showbusiness de la literatura y el rock.
A su regreso a Buenos Aires se enteró que había muerto pocos días antes su amigo
David Viñas. Se habían visto en España hacía diez años, allí Álvarez era local.
–En cambio acá, David era una estrella, profesor de la universidad, y yo no estaba
para andar pidiendo citas con su secretaria y esas cosas que me aburren.
De Viñas aprendió a desacralizar los libros. Una máxima que Álvarez aplicó por
demás. Horacio González no se extraña de que no se hayan visto durante los últimos diez
años. Con quién no se peleaba Viñas. Recuerda al escritor como un espadachín, parecido a
Álvarez en su estilo generoso y desordenado. Viñas pasó su vida recomendando libros,
ideando revistas. “Álvarez fue el editor que Viñas hubiera querido ser.”
– ¿De verdad dijo eso? -pregunta Álvarez apoyándose el puño en la mejilla.
Después se encierra en sí mismo.

–Yo, de Hernán Cortés, nada.


Lo dice porque dejó Buenos Aires sin quemar las naves. Era 1976. Arreciaba feroz la
dictadura militar cuando empezaron a preguntarle, insistentemente, qué hacía él tan
tranquilo paseándose por las calles de la ciudad.
Al preguntarle si recuerda aquel día, responde que no, que no está para hacer cuentos
sobre la quema de las naves a lo Hernán Cortés, ni quedarse atado a las efemérides y la
nostalgia.
– ¿Mi amor de aquellos años? Ya me había abandonado.
Si no se le pregunta nada, mira a través de la ventanilla del auto, señala recuerdos,
escucha las notas graves de un saxo, dice que se fue mal, que llegar a otro país y quedarse

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sin historia ni calles ni lugares en común para decirle al que camina a tu lado “te acuerdas
cuando aquí tal cosa, mira qué lindo que esta esto otro, hace tanto que no pasamos juntos
por aquí”. Dice que el exilio es eso: no tener recuerdos en común.
Subió hacia el norte. Primero, Brasil por poco tiempo, una escala en Colombia, dos
años en New York para producir una banda de rock sinfónico que no llegó a despegar. Sin
dinero, eligió Madrid. Empezar de nuevo en tierra de sus padres, con la lengua que en su
juventud se le mezclaba hasta enloquecerlo, el tú y el vos.
En España se incorporó a la compañía discográfica CBS y tuvo un éxito importante
con el grupo pop Mecano. Más tarde, se declaró productor independiente y viajó por
distintos países, aunque mantenía siempre su residencia en Madrid.
–Salvo cuando gobernaba la derecha, que me aburre. No se puede negar que la
izquierda siempre ha sido más divertida. ¿Qué hacía para evitarlos? Pasaba un tiempo en la
playa de Miami y un tiempo en mi casa de Madrid.
Hizo un disco de música flamenca con el grupo de Paco de Lucía y la Filarmónica de
Londres. El año pasado, el CD fue incluido en la selección que reúne los diez mejores discos
en la historia de la orquesta.
Se reinventó como productor discográfico pero nunca más como editor. Imposible en
España. Hay miles de editoriales locales y fortísimas que no aceptan intromisión extranjera.
–Tenía a México atragantado. Quería triunfar allí.
Dice: Porque son lanzados, audaces, de emociones fuertes, y generosos con sus
ídolos. Si una idea los seduce están listos para poner todo el dinero que haga falta.
El éxito lo consiguió con el grupo pop Olé Olé, a mitad de los ochenta. Viajó por
Guadalajara, Crépito, Monterrey. Hace tres años produjo un disco para Juan Gabriel que ha
vendido millones de copias.
–Yo era amigo del presidente de la compañía donde grababa Juan Gabriel. Tengo
una idea maravillosa, le dije. Necesito cuarenta mil dólares para hacer una muestra; el disco
podrá salir unos cuatrocientos mil dólares, y vas a vender millones de copias.
Obtuvo el dinero, viajó a New York para trabajar en un estudio con las cintas
originales. Descompuso las veinticuatro pistas y utilizó sólo la voz de las viejas grabaciones
de los años sesenta. Hizo un disco nuevo cambiando el criterio que regía en los cincuenta
por las formas estéticas del año dos mil.
–Es un poeta bien popular, gay declarado, que le canta al amor. En México es un
himno. Ese pueblo es así: te lleva al estrellato y te dura toda la vida.

Hombre libre. Moderno. Hippy.


“Puede ser que sea eso. Me gusta lo que decís. Pero creo que también tengo un cierto
espíritu de irresponsabilidad. Yo creo que debería ser un poco menos. ¿De dónde viene? De
mi propia creatividad. Toda mi vida he sido así. Tal vez es una manera de no envejecer. Tal
vez, si lo analizara más, sacaría conclusiones un poco dolorosas. A veces me siento
culpable, un chiquitín. Joder, tengo tantos años, ¿no podría estar más tranquilo? ¿Haber
pensado un poco más en la tranquilidad, como mi mamá que me decía bla bla bla? Espero
morirme rápido, para no pasar vejeces. Como me decía siempre David Viñas, “Ah, Jorge, yo
no quiero ser un viejo pesado, a estos que tienen que llevarle el papagayos y la sillita de
ruedas”. Nadie quiere eso, David, yo tampoco. Creo que a mí se me va la mano, a veces.
Tendría que ponerme más crítico y más serio. Joder, Jorge, está bien ya. Te pasaste 80 años
así, ahora no jodas, ahora que sean cuatro o cinco años tranquilos. O no. ¿Por qué?
Tranquilo ¿por qué? Tranquilo nada. Yo no tengo ganas de estar tranquilo, no ten-go ga-nas
de es-tar tran-qui-lo. Tengo ganas de seguir, de hacer. También es una manera de épaté,
como dicen los franceses. De asustar, una manera de descolocar.”

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Nunca tuvo vocación de escritor. Sin embargo, está corrigiendo sus
memorias que se publicarán a fin de año en Ediciones El Zorzal. Dice que los dueños tienen
swing, que lo buscaron hasta sacarle el original de las manos. Dice que descartó dos
propuestas de editoriales de mayor prestancia -que le ofrecían más dinero- por el modo en
que suelen tratar a los libros.
–Las editoriales han perdido el romanticismo. Ese estado de la ilusión que hace que
las cosas, finalmente, sean posibles.
Empezó a escribir las memorias hace años, pero las dejó cuando algunos amigos le
dijeron que ciertas cosas no se podían contar. Se detuvo a reflexionar, quizás tenían razón.
Pero después de leer ciertos relatos que se publicaron sobre él, sobre Pirí Lugones y otros
amigos muertos, decidió contar su verdad.
Escribe en papel, como habla, sin respetar ninguna cronología, sin voluntad
biográfica. Son historias que quiere contar aunque nunca tuvo vocación de escritor.
–Lo primero que hice cuando llegué a Buenos Aires fue ir a verlo a Divinsky. Quiso
leerlas para ver si le interesaban. Una falta de respeto. Te pueden gustar más o menos, pero
son mis memorias.
Divinsky sostiene que él jamás publicó nada sin antes leerlo.
–La próxima probaremos hormigas fritas. Tenés que comerlas sin mirarlas.
Hoy sólo será panaché de verduras con un poco de aceite de oliva. La vesícula lo
tiene a mal traer. En la bolsa de la farmacia, colgada al lado de su morral, hay no menos de
quince cajas de remedios diferentes. Dice que no está enfermo, que morirá de repente, como
David.

–Juanito ha sido un poco el culpable de que me quedara en Madrid. Lo


encontré apenas llegué. Nunca había conocido a nadie como él. Maravilloso. Un ángel. Con
una bondad inigualable me ayudó a establecerme. Se hizo imprescindible para mí. ¿Cuántos
años? Déjame ver. Él, dieciocho. Yo, treinta y tres. Fue una desgracia. No era gay.
Juanito, que estudiaba medicina cuando lo conoció, se convirtió en baterista de una
banda, y después en su socio.
– Como no pude ser su amante fui una especie de padre. Él vivía su vida de artista,
debía follar bien, era guapísimo. Si ves que hay un hombre rodeado de muchas mujeres es
que folla bien. Las mujeres en eso se pasan la información rápidamente.
Juanito es el amor de su vida. Una relación platónica y maravillosa que lleva casi
cuarenta años.
¿Otras relaciones duraderas? Tuvo, aunque siempre bastante ocultas. Un lord inglés
que no se asumió gay hasta el año sesenta y ocho, cuando fundó Mandioca y su cabeza se
hizo rock.
–Entonces dije: ya está bien, déjenme de joder. No tengo más ganas de ocultarlo. Es
así. Al que no le gusta…
Era bonito. Guapete. Se las sabía todas. Las mujeres lo acosaban. La relación
profesional y de amistad con Pirí Lugones sólo pudo ser después de clarificar que él no se
iría a la cama con ninguna mujer. Una vez aclarado el punto, Álvarez viajaba a París y le
traía de regalo vestidos Christian Dior.
Juanito tiene dos hijos que él llama “mis nietitos”.
–Me hubiese gustado no ser gay y tener hijos.

“– ¿Plancito? Andá a freír patatas, nene. ¿Plancito? Como no sea un


planazo lo vas a hacer vos solito. Aquí hay planazo o no hay nada. Yo soy muy meticuloso
con el uso de las palabras, creo que he aprendido eso de Oscar Masotta o de Lacan, no sé de

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cuál de los dos. Las palabras te dan la pista, siempre, de lo que estás pensando, de lo que no
estás diciendo pero pensás. ¡Las palabras te desnudan! Yo no me pierdo ninguna. Pasan,
pero tac: donde me diste la pista de tus palabras que te dejan al descubierto, lo subrayo.
Entonces puedo mandar yo.”
Lo dice apenas termina de contar el encuentro con uno de los empresarios con los
que ha mantenido contacto desde que llegó al país. Dice que él no piensa hacer nada para
buscar a nadie, que se enteren, que lo vengan a buscar. Dice que él ya no está para dar
examen, que su historia está ahí, que tiene un par de ideas brillantes para ganar millones
pero que se necesita el dinero para crear las condiciones. Dice que al talento hay que
agregarle dinero para que te vean, te crean. Siempre los mecanismos de legitimación
requirieron dinero. Y ahora, más.
– ¿Cómo se enteró éste de que yo estaba acá? Leyó dos o tres notas que publicaron
los diarios y me vinieron a buscar.
Se está haciendo de noche y los carteles de la calle Corrientes se reflejan en las
vidrieras del Café La Paz.
–Claro que sí, niña. No lo dudes. Si hubiesen leído la Gatopardo, ya hubiesen puesto
el cheque.

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