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“Entre medicina y psicoanálisis.

El deseo en cuestión”
Autor: Danièle Silvestre
Fuente: Revista Quarto Nª 59, Publicación de la ECF en Bélgica, 1996, págs20 -22
(Traducción no autorizada por la autora, realizada por el Lic. Luis Volta, para circulación interna del
equipo interdisciplinario del Centro Provincial de Fibrosis Quística de Adultos - HIGA Rossi. La Plata,
marzo 2011.)

Desde hace cinco años, un pequeño grupo de psicoanalistas y de médicos se ha


reunido regularmente, de manera informal al principio, para debatir cuestiones agudas
donde se cruzan sus prácticas. El punto de partida de estos encuentros fue el SIDA, el
tomar en tratamiento a pacientes seropositivos y/o ya afectados por la enfermedad, las
dificultades para hacerles frente, para asumir en el hospital la angustia que el lugar de
unos y otros conlleva.
Más tarde, el campo se fue extendiendo, los temas se fueron precisando: en
1994-95, fue “la apropiación del cuerpo”, que dio material para un dossier en el Nº 60
de l´Âne, luego de una Jornada “Psicoanálisis y Medicina” que se llevo a cabo en Julio
de 1994, después del Encuentro Internacional del Campo freudiano en París, y del que
algunos de ese grupo tuvieron la responsabilidad.
Este año, el tema elegido está en lo más cercano de la intersección psicoanálisis-
medicina, en el cruce de las preguntas planteadas a los psicoanalistas y a los médicos:
“De los sufrimientos al síntoma”. El punto de partida está estrechamente ligado a
nuestras prácticas en el hospital, y concretamente a la clínica que encontramos allí. La
cuestión del síntoma es evidentemente crucial en nuestros debates desde el comienzo de
nuestros intercambios.
Para los psicoanalistas, sufrir y testimoniar de su sufrimiento no quiere decir que
el síntoma esté constituido, en el sentido que le damos a este término en nuestra
disciplina. Y para que haya chance de un análisis, es necesario que el sujeto acepte
pasar de la queja a la puesta en juego del síntoma, más allá del sufrimiento. Éste se
dirige al médico como una demanda. ¿Pero es una demanda de curación?
El sufrimiento puede perdurar como un resto, a pesar del tratamiento del
síntoma. Freud tuvo que tener en cuenta a esta “resistencia” del síntoma, y reconocer
que el sufrimiento puede ser fuente de una satisfacción paradojal, enigmática. Gozar de
este sufrimiento rubrica, para él, que una pulsión extraña, silenciosa, está trabajando
subterráneamente: la llama pulsión de muerte.
En este trabajo de elucidación de nuestras prácticas (médicas y psicoanalíticas)
que encuentran diversamente al sufrimiento y al síntoma, nuestra brújula sigue siendo
un texto de Lacan de 1966, más actual que nunca1. “Un cuerpo es algo que está hecho
para gozar, gozar de sí mismo. La dimensión del goce está completamente excluida de
lo que llamé la relación epistemo-somática”. Esta relación es lo que resulta del
progreso de la ciencia sobre la relación de la medicina con el cuerpo, dice Lacan. “Ya
que la ciencia no es incapaz de saber lo que puede, pero al igual que el sujeto que ella
engendra, no puede saber lo que quiere.”
La pregunta planteada a los psicoanalistas delante del cuerpo que sufre podría
ser ésta: ¿Cómo hacer llegar al inconsciente, a lo simbólico, eso que está fijado en el
cuerpo bajo esta forma? ¿Cuál es el deseo del sujeto enfermo?
Es un deseo en suspenso, un deseo cautivo, atrapado en la enfermedad. ¿Pero es
justo, riguroso, hablar de un “sujeto” enfermo? Para ser precisos, es el cuerpo el que
está enfermo, el sujeto, él, al menos si es tomado en su acepción psicoanalítica, no es

1
Lacan, “Psicoanálisis y Medicina”, en “Intervenciones y Textos”, Manantial, Argentina, pág. 92.

1
susceptible de ser calificado así. Como tal, el sujeto no se define sino por su relación
con los significantes, de donde únicamente se deduce, es decir, de lo que se dice.
Pero justamente, no se está completamente equivocado al decir: “el sujeto
enfermo”, en la medida en que constatamos, como analistas, frente a personas que
encontramos en el cuadro del hospital, que la enfermedad grave, en particular aquella
cuyo pronóstico es reservado, tiene repercusiones masivas en el plano psíquico, puede
llegar hasta invadir todo el campo de las representaciones, es decir, la realidad psíquica,
y no dejar más lugar al sujeto. La enfermedad grave pueda estar tan omnipresente que
devenga para alguien aquello a lo que se reduce su identidad: “yo soy seropositivo”, por
ejemplo, puede volverse una identificación masiva, ocupar la vida psíquica a punto de
que nada o casi nada más exista ya.
En este caso, en efecto, puede decirse “el sujeto enfermo”, porque su ser se
volvió la enfermedad de la que está afectado y que su discurso está invadido de ella: no
se interesa en nada más y no habla más que de ella. El sujeto está suspendido, como la
persona, entre la vida y la muerte, y su deseo pende de un hilo único, completamente.
Los otros impulsos, afectivos, intelectuales, han sido puestos entre paréntesis, quizás
aspirados y puestos al servicio de ese único deseo en suspenso.
Freud, en su texto sobre el narcisismo2, en 1915, había dado ya algunas
indicaciones preciosas sobre esta cuestión. Allí él estudiaba la influencia de la
enfermedad orgánica sobre la distribución de la libido, es decir, sobre el deseo y el goce.
“Es universalmente conocido y nos parece que va de suyo que aquel que está afligido de
dolor orgánico y de enfermedades abandone su interés por las cosas del mundo exterior,
por más de que éstas no tengan relación con su sufrimiento. Una observación más
precisa nos enseña que retira también su interés libidinal de sus objetos de amor, que
deja de amar tanto tiempo como sufra.”
Es lo que constatamos en la práctica hospitalaria de manera constante: el
desinterés de los enfermos por las cosas que antes le interesaban, su desinvestidura
afectiva. Sabemos que la desaparición tan frecuente del deseo sexual, en los pacientes
seropositivos, no tiene que ver únicamente con el temor de hacer tomar riesgos al otro,
sino que está ligada a este desinvestimiento libidinal que acompaña a la enfermedad
somática. El aislamiento afectivo en el que se encuentran muchos de estos enfermos
encuentra allí su primera explicación.
Freud continúa: “La banalidad de este hecho no debe impedirnos darle una
traducción en términos de libido. Diríamos entonces: el enfermo retira sus investiduras
de libido sobre el yo, para emitirlas de nuevo después de la curación. (Sigue la cita de
un poeta alemán, a propósito de un dolor de dientes: “su alma entera se estruja en el
estrecho hueco de su muela”). Libido e interés del yo tienen el mismo destino y son
imposibles de distinguir: el egoísmo tan conocido del enfermo recubre a ambos”. Él
compara esto al estado del sueño: “quien, al igual que la enfermedad, representa un
quite narcisista de las posiciones de la libido sobre la persona propia o más
exactamente, sobre el deseo de dormir”.
El repliegue sobre sí de los enfermos internados, su recurso frecuente al sueño,
dependen de esta retirada narcisista más allá de las razones de fatiga evocadas. El deseo
está bien, en efecto, suspendido. Atrapado en el cuerpo enfermo, en el ser que sufre, no
está más disponible para otra cosa. Es probablemente lo que constituya el obstáculo más
difícil al trabajo analítico en el hospital.
Llevado por completo al cuerpo sufriente, al ser enfermo ¿este deseo se reduce
al de curarse? ¿No hay ninguna otra vía para el sujeto que aquella, y ningún otro punto

2
Freud, Sigmund “Introducción del Narcisismo”, en Obras Completas, Amorrortu, Vol XIV.

2
al cual dirigirse que el médico? Sin embargo, muy a menudo somos llamados al lado de
aquellos que preocupan a su entorno (familia o médico), por su actitud de retiro, incluso
de repliegue silencioso. A veces nos son señalados como deprimidos: a veces lo están,
por supuesto, pero no siempre: se encorvan en este retiro, y envían todas sus fuerzas
también hacia un objetivo: salir de la enfermedad.
La dificultad para nosotros ese que el Otro de este deseo es evidentemente el
médico – digamos más extensamente – el equipo tratante, y que el dirigirse hacia un
psicoanalista necesita otra puesta en cuestión, una apuesta a la cuestión de su ser. Si
ellos están completamente reducidos a su condición de enfermo, su Otro, aquel del que
esperan la respuesta, es el médico, no el psicoanalista. De allí resultan algunos malos
entendidos en el trabajo cotidiano. Por eso no es sorprendente que nuestro trabajo sea a
menudo desviado de su meta, y, por esto, ingrato.
En efecto, para que un trabajo analítico pueda comenzarse, aquí como en otros
espacios, es necesario que el sujeto transfiera al analista el saber que él supone detrás de
su propia pregunta. Si su pregunta no concierne más que a su enfermedad, sin esbozo de
subjetivación, es decir, sin que intente situarse como sujeto en relación a esta pregunta,
no buscará más que en la medicina y esperará sólo del médico que se la aporte. Además,
vemos la confirmación de eso en el hecho de que es cuando el enfermo pierde la
esperanza en la medicina, y no espera más ser salvado por el médico, que pide para
hablar con alguien más. Frecuentemente es también el momento en que el
desinvestimiento libidinal es tal que con justo título puede calificarse de deprimido. Es,
en el fondo y en sentido propio, en desesperanza que el enfermo se dirige al
psicoanalista; para otra cosa que la cosa médica propiamente dicha.
En todo caso, no habrá verdadero trabajo analítico sino a condición de que esta
transformación – esta transferencia - se produzca: que venga a hablar de él como sujeto
más que como enfermo; es decir, como alguien que tiene un pasado, que no está fijado
en el momento presente, actual, de lo que está en el centro de este encuentro, aquí, en el
hospital. A veces, hay que dirigirlo afuera, fuera de los muros del hospital, para que esta
transformación se opere. Desidentificado de su enfermedad, convocado por fuera, puede
entonces declinar su historia; su vida no se reduce más a algunos meses de recorrido
médico.
Para comprometerse en un análisis, es necesario aquí como en cualquier espacio,
una suposición de que algo se puede encontrar por medio de la palabra, en sí, y ganas de
saber. Venir a depositar en el Otro lo que le hace sufrir puede ciertamente aportarle al
sujeto un alivio pero no implica automáticamente que haga de eso un mensaje o que
reconozca en él – al menos bajo la forma de pregunta- su propia enunciación, más allá
del enunciado que él produce. Así, algunos han podido venir a consultar sin casi
formular su queja, de tanto pensar que el saber estaba enteramente remitido al Otro,
hasta tal punto que parecía bastarles con presentarse delante de un analista para que
entonces no tuvieran más que esperar de él la resolución de un problema que
probablemente no reconocían como propio. No se trata, en este caso, de transferencia de
saber, sino de un “depósito” de saber que concierne al síntoma en general y no al
síntoma en su particularidad. Si este saber ya está remitido al Otro, el síntoma no
conlleva sentido para el sujeto. Esta subjetivación de la queja es un tiempo necesario y
previo para que el paciente pueda volverse analizante. Freud no exigía menos del
paciente: era necesario “que acepte la regla fundamental haciéndosele percibir que sabe
más de lo que dice”3: suposición de saber, entonces.

3
Freud, Sigmund, “La iniciación del tratamiento”, 1913, Obras Completas

3
Admitamos que la suposición de saber ya está presente, que el enfermo ve más
allá de su enfermedad, y que se pregunta sobre otra cosa, sobre él; es necesario también
que cierto deseo esté presente, un deseo de saber, de afrontar un saber que se supone
pero que no se conoce. El sujeto se encuentra allí con un segundo obstáculo: como cada
uno de nosotros, se cree inmortal.
Este saberse gravemente enfermo no conlleva siempre esta creencia, quizás
menos que la muerte de un ser querido. En un texto de Freud, contemporáneo de la
guerra 14-18, se encuentra esta consideración: que “cada uno de nosotros tiende con
todas su fuerzas a separar la muerte, a eliminarla de nuestra vida […] Nuestra muerte
nos es irrepresentable y, en su inconsciente, cada uno de nosotros está persuadido de su
propia inmortalidad”4.
Dicho de otro modo, de la muerte, y sobre todo de nuestra propia muerte, no
queremos saber nada; preferimos creer en nuestra inmortalidad.
No querer saber nada es un obstáculo para el psicoanálisis, por supuesto. Es un
obstáculo que cada análisis encuentra, cada analizante y cada analista. Pero, para el
sujeto gravemente enfermo, el obstáculo es doblemente difícil de sobrellevar: lucha
contra la enfermedad con todas sus fuerzas, contra la muerte que siente más próxima y
esta lucha necesita de cierta denegación de la muerte para una mayor eficacia. Además,
el enfermo puede hacer pie en el discurso médico para desconocer la muerte y
denegarla: porque este último afirma y sostiene que, delante de tal o cual complicación,
siempre hay algo para hacer; así, la denegación de la muerte es compartida con el
equipo tratante, al menos durante un tiempo. Es una constatación y no una crítica:
¿cómo podría alguien tratarse, si no desconociera que la enfermedad de la que se está
afectado conduce ineluctablemente a la muerte? ¿Y cómo un médico podría curar si no
la desconociera un poco igualmente?
Freud vivió con un cáncer los últimos quince años de su vida. Le había hecho
prometer a su médico no dejarlo sufrir inútilmente cuando el momento llegara. El Dr.
Schur cuenta que el 21 de septiembre de 1939, Freud le recordó su promesa, hecha 10
años antes. “Ahora, no es más que una tortura, y no tiene más sentido”5. Muere dos días
más tarde, asistido por Schur y su hija Anna. ¿Cuántos enfermos que sabiéndose
aquejados de una enfermedad mortal dirigen una demanda semejante a su médico o a
sus prójimos? Y sobre todo ¿Cuántos entre ellos se lo recuerdan a su médico cuando
llega el momento?
El deseo de saber, el que empuja a hacer un análisis, implica tener en cuenta su
propia muerte, y no hacer de ella un impasse. La tarea analítica, que es la de un sujeto
que quiere elucidar su deseo, o cree quererlo, es una tarea que tiene en cuenta la
dimensión mortal del sujeto. El enfermo está doblemente impedido en su deseo de
saber; como cada uno al principio; y resiste al levantamiento de la represión, se opone
incluso, en un “no querer saber nada” en el proceso analítico, y más particularmente su
denegación de la muerte le impone focalizar todas sus fuerzas psíquicas en la lucha
contra la enfermedad.
La afectación del cuerpo, en la enfermedad, representa el equivalente de una pérdida
de objeto y entonces no es raro constatar los signos, desde la reacción banal de duelo,
hasta la depresión más profunda. Clínicamente, se observa frecuentemente el siguiente
ternario, en algún momento de la evolución:
- un afecto depresivo más o menos marcado con un sentimiento de pérdida,
incluso, el sentimiento de ser abandonado por el Otro;

4
Freud, Sigmund “Consideraciones actuales sobre la guerra y la muerte” (1915), Obras Completas
5
Schurt, M, “La muerte en la vida de Sigmund Freud”, Gallimard, París, 1975

4
-se agregan la angustia y la culpabilidad, poniendo en juego la percepción de una
falta subjetiva, a veces autorreproches;
- finalmente, para salir de esta fase, el esfuerzo de construir un sentido,
susceptible de volver lógico lo insensato del mal que se inscribe en el cuerpo.
Es en este tercer tiempo que el paciente puede dirigirse a un psicoanalista; en este
esfuerzo por dar sentido, hay lugar para una interrogación, para un deseo de saber.
Si es verdad que “el psicoanálisis procede por un regreso al sentido de la acción”,
como lo dice Lacan6, y que “apunta a la relación de la acción con el deseo que la
habita”, entonces, la interrogación que lleva cada individuo - enfermo en su cuerpo o no
- sobre el sentido de sus acciones es un paso hacia el análisis.
Es por eso que yo pienso que es necesario guiarse por esta indicación de Lacan y
considerar que lo que habitualmente se llama “depresión” puede definirse como una
renuncia a interrogar el sentido de la acción y su relación con el deseo. La depresión, en
este sentido, es un obstáculo al deseo de saber. Comprendemos entonces, que el afecto
depresivo que acompaña tan a menudo la enfermedad somática obstaculice que el sujeto
se dirija a un psicoanalista. Es necesario, sin dudas, que el momento sea bien elegido
para que esta dirección sea alcanzada, que no sea sólo porque “necesita hablar”; hay
hablar y hablar. Es necesario que más allá del real de los hechos, de la enfermedad y del
sufrimiento del cuerpo, el sujeto sea llamado a interrogarse. Cuando su médico sabe
detectar ese momento y atrapar la oportunidad, entonces el dirigirse a un psicoanalista
tiene alguna chance de ser exitoso.

6
Lacan, el Seminario, Libro 7 , “La ética del psicoanálisis”, Paidós.