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2/8/2020 El Gobierno francés fija como prioridad recuperar la cohesión de un país fracturado

FRANCIA

El Gobierno francés fija como prioridad


recuperar la cohesión de un país
fracturado
El nuevo primer ministro, Jean Castex, se declara un “gaullista
social”

El primer ministro Jean Castex departiendo con una anciana el


viernes en presencia de otras autoridades durante la visita a un
centro de atención en Bourg-en-Bresse (JEFF PACHOUD / AFP)

EUSEBIO VAL, PARÍS. CORRESPONSAL


02/08/2020 02:43 | Actualizado a 02/08/2020 10:53

Desde su tumba en Collombey-les-Deux-Églises, Charles de


Gaulle, fallecido hace 50 años, debe de estar orgulloso –y a la vez
preocupado– de que su obsesión por cohesionar Francia, por
unir, por rassembler (reagrupar) a ciudadanos de orígenes e
ideologías diversos bajo los valores de la República y del interés
general esté de plena actualidad.

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El nuevo primer ministro, Jean Castex, se ha declarado un


“gaullista social” y ha prometido velar “por los territorios y la
vida cotidiana de la gente”. En su primera declaración ante el
Parlamento, reconoció que Francia es un país dividido y
crispado. “Nuestra primera ambición, inmensa, será reconciliar
esas Francias tan diferentes, soldarlas o resoldarlas, hacer que, de
una parte y de la otra, nos reconozcamos y nos comprendamos”,
dijo.

Que Castex hablara de Francias, en plural, fue significativo. “Hay


muchas Francias que se sienten lejos y dejadas de lado, la Francia
de los suburbios, la Francia rural, la Francia de los valles, la
Francia de ultramar, las Francias llamadas periféricas, la Francia
de aquellos, incluido el corazón de nuestras ciudades, que no
tienen derecho a la palabra”, prosiguió el premier. Para Castex,
“la prioridad de las prioridades” será desarrollar el mundo rural,
que ha perdido población y servicios públicos, mientras que el
empleo y el dinamismo se concentran cada vez más en las
aglomeraciones urbanas. E insistió en que esas Francias
periféricas “son nuestro país, tanto como la Francia del éxito
económico, científico, industrial y cultural de la que estamos
legítimamente orgullosos”.

La creciente fragmentación de la sociedad francesa es un tema


recurrente de los sociólogos y politólogos en los últimos años.
Castex apuntó varias Francias. ¿Cuántas hay? Son diversas las
líneas de fractura que dividen el país –de carácter geográfico,
social, religioso y cultural– y a menudo se solapan.

PROMESA DEL PREMIER


“Nuestra primera ambición, inmensa, será
reconciliar esas Francias tan diferentes”

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Una realidad evidente es la Francia de ultramar, formada por una


docena de departamentos o territorios en los que viven 2,2
millones de personas. Van desde las islas de Martinica y
Guadalupe, en las Antillas, hasta Mayotte y Reunión –en el
Índico–, la Guayana francesa (en Sudamérica) o la Polinesia
francesa y Nueva Caledonia, en el Pacífico. El desfase
económico y social respecto a la metrópoli es muy acusado.
Aunque sus ciudadanos tienen los mismos derechos, el pasado
colonial sigue siendo una hipoteca.

Otra línea divisoria, delicada de admitir y de gestionar, es la


religiosa. Para Francia, un país oficialmente laico, es difícil la
coexistencia con una población musulmana que alberga una
minoría radicalizada. No hay cifras exactas. Según el Pew
Research Center americano, especialista en este tipo de
estudios, los musulmanes –practicantes o no– eran unos 5,7
millones en el 2016, un 8,8% de la población.

El presidente Emmanuel Macron aún tiene pendiente un gran


discurso para abordar la problemática del islam francés y el
encaje de los musulmanes en la Francia laica. El objetivo es que
los valores de la República, como la igualdad entre el hombre y la
mujer y el derecho a la educación, no estén en peligro por la
preeminencia de principios o prácticas religiosas de
comunidades concretas, lo que aquí se denomina
“comunitarismo”.

Lo que Castex tenía en mente en su discurso, sin embargo, no


eran tanto las fracturas étnico-religiosas como las económicas y
sociales, si bien suelen estar vinculadas. Su intervención parecía
influida por un ensayo que tuvo mucho impacto hace unos años
La France périphérique , del geógrafo social Chistophe Guilluy.
Este libro fue profético sobre fenómenos como la revuelta de los
chalecos amarillos. Guilluy analizó la lenta pero inexorable
implosión de la clase media y el caldo de cultivo para los

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radicalismos políticos y el auge de la ultraderecha de Le Pen en


zonas suburbiales populares, periurbanas y rurales
empobrecidas. “Es en estos territorios, desde la base, donde la
contrasociedad se estructura y rompe poco a poco con las
representaciones políticas y culturales de la Francia de ayer”,
escribió Guilluy. Según el ensayista, se ha ido formando un
espacio sociocultural formado por jóvenes precarios, empleados
modestos, pensionistas y pequeños agricultores que aún no
tienen conciencia de clase pero “comparten la misma percepción
de los efectos negativos de la globalización”.

Desfases crecientes
Las líneas de fractura son múltiples y se
solapan: geográficas, sociales y culturales

El año pasado se publicó otro libro que tuvo mucha repercusión,


L’archipel français, de Jérôme Fourquet. Según este sociólogo
del instituto demoscópico Ifop, Francia se ha convertido en un
archipiélago de islas socioculturales cada vez menos conectadas
entre sí. A los factores económicos disgregadores se añaden otros
cambios menos evidentes, como la desaparición del servicio
militar obligatorio, la drástica caída en la participación en
colonias juveniles de vacaciones o el hundimiento de los partidos
políticos tradicionales, como el comunista –le llama “iglesia
roja”– en los que convivía gente de extracto social e intelectual
muy diverso. Eran lugares de cohesión nacional, aglutinadores
de sentimiento colectivo.

Una de las fracturas hoy más decisivas es la educativa, la que


separa a las personas con estudios superiores de las que no los
tienen. Las primeras resisten y prosperan en los sectores ligados
a la internacionalización de la economía. Las segundas sufren y
ven erosionarse su nivel de vida. Eso agudiza el resentimiento,
por ejemplo, entre las élites parisinas y la población periférica.

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La crisis de la Covid-19 y el confinamiento han puesto aún más


en evidencia estos desequilibrios. La Francia privilegiada, en
educación y en empleos, ha podido, en general, seguir
teletrabajando. La otra Francia ha perdido su trabajo, ha quedado
en paro temporal o no tenía otra alternativa que seguir
trabajando de modo presencial, arriesgando su salud con
desplazamientos en transporte público y mucho más contacto
social.

Castex es consciente de que esa grave dislocación del país debe


corregirse con urgencia, o al menos convencer a la ciudadanía de
que el poder la toma en serio. El gaullismo social puede servirle
de guía ante este fenomenal desafío.

Gana terreno la mascarilla

El uso de la mascarilla en los espacios al aire libre aún no es


obligatorio con carácter general en Francia, aunque los prefectos
están facultados para decretar la medida si en sus territorios la
pandemia muestra signos de acelerarse. Es lo que ha ocurrido en
parte de la ciudad norteña de Lille, en Le Touquet (Paso de
Calais) –donde Macron posee una casa–, o en 69 municipios del
departamento de Mayenne, en el País del Loira. Las autoridades
francesas han pasado de desaconsejar la mascarilla, al inicio de la
pandemia, con el argumento de que no era fácil llevarla
correctamente y que podía ser contraproducente, a decretar su
obligatoriedad en espacios cerrados y aconsejar llevarla al aire
libre cuando hay acumulación de gente. En Francia han muerto
30.265 personas de la Covid-19. El viernes se contabilizaban 258
focos activos.

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