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Atenea 494

1 II Sem. 2006
Atenea Segundo Semestre
Año 2006 - Nº 494
Fundada en 1924

ISSN 0716-1840 versión papel


ISSN 0718-0462 versión on-line
Publicación semestral
editada por la Universidad de Concepción
Incluida en Hispanic American Periodicals Index (HAPI)
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Red ALyC, Red de Revistas Científicas de América Latina y El Caribe,
España y Portugal, Ciencias Sociales y Humanidades

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Corrección de pruebas
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José Uribe M.
Ilustración portada:
Atenea 494 “Las carreras del 18 de Septiembre”
II Sem. 2006 2 Juan Mauricio Rugendas (1802-1858)

Tiraje: 8.300 ejemplares


IMPRESO EN CHILE / PRINTED IN CHILE
ISSN 0716-1840

Atenea
494

Universidad de ConcepciOn
Chile

Atenea 494
3 II Sem. 2006
494
Atenea

CONTENIDO

Presentación / 6

ARTICULOS
Poesía mapuche: Un discurso no interrumpido
Luisa Eguiluz Baeza / 11
Entre la tradición y la antipoesía: “Defensa de Violeta Parra”
Elvira Santana Dubreuil / 23
Historia y escritura corporal en la poesía chilena y canadiense
contemporánea
Naín Nómez / 47
“Carísimo padre mío y toda mi estimación en nuestro Señor”:
Obstinacion y afecto por el confesor en el epistolario de Josefa
de los Dolores Peñailillo (Chile, s. XVIII)
Bernarda Urrejola / 67
Los “vinos de Dios” (alegato contra la pena de muerte). Mendoza,
Reino de Chile, siglo XVII
Pablo Lacoste / 83
Las “semillas” de la discordia del desarrollo geográfico desigual:
O por qué los incas no conquistaron Europa
Atenea 494 Antonio Bellisario / 111
II Sem. 2006 4
Casa Colorada del Conde de la Conquista (detalle), de Ernesto Charton de Treville (1818-1878) Col. Pinacoteca Univ. de Concepción

El fantasma de Eros: Aura de Carlos Fuentes


María C. Albin / 127
La sutura legible y subalterna de la ficción histórica de la
chilenidad en Durante la Reconquista (1897) de Alberto Blest Gana
Alvaro Kaempfer / 143
Radicales libres, antioxidantes naturales y mecanismos de
protección
Marcia Avello y Mario Suwalsky / 161

ARTE
Escultura pública y la cúpula de la Basílica de Lourdes en Santiago
Enrique Solanich Sotomayor / 175

NOTAS
Edwards multiplicado por Edwards
Grínor Rojo / 189

RESEÑAS
Alejandra Brito. De mujer independiente a madre. De peón a
padre proveedor. La construcción de identidades de género en
la sociedad popular chilena. 1880-1930. Atenea 494
Carlos Vivallos Espinoza / 203 5 II Sem. 2006
PRESENTACIÓN

E STE NUMERO 494 de Atenea gira centralmente en torno a un tema de


gran vigencia en la actualidad: la historia (y su consecuente análisis) de la
vida privada de la nación, preferentemente desde el siglo XVIII adelante.
El artículo de Bernarda Urrejola analiza las cartas autógrafas de sor Josefa
de los Dolores Peñailillo (Chile, s. XVIII), inéditas hasta hoy día, donde se da
cuenta de la especial relación que se produjo entre la religiosa y su director
espiritual, el jesuita Manuel Alvarez. La correspondencia revela el tempera-
mento sensible y complicado de la monja que debe enfrentar las rígidas nor-
mativas conventuales de la época para lograr mantener la comunicación con el
confesor elegido por ella, sin consultar a la priora. Naturalmente que esta ten-
tativa manifiesta un cuadro vívido y atrayente de la vida conventual en el siglo
XVIII.
“Los vinos de Dios” del historiador Pablo Lacoste nos presenta la accidenta-
da vida del capitán Juan de Puebla y Reinoso, encomendero de Mendoza, que
es acusado de estupro y condenado a la horca, logrando huir a Chile gracias a
la intervención de sus amigos. Una historia casi novelesca que nos permite
asomarnos a las relaciones amorosas y las temáticas de la castidad en la Colo-
nia, las primeras reprimidas y las segundas sacralizadas al extremo. La aven-
tura del capitán termina en Chile de un modo asombroso al transformarse en
el empresario más importante del rubro, fundando una tradición familiar cen-
tenaria.
Una significación importante de la historia se relaciona con la pena de
muerte. Al salvarse de la horca don Juan de Puebla, presuntamente por inter-
vención divina, se esboza, dentro de los límites de la época, un alegato implícito
contra la pena de muerte, ya que al ejecutarse la sentencia no se habría produ-
cido esos vinos, que por ello pasaron a llamarse los “vinos de Dios”, es decir, que
contenían la infinita misericordia divina.
La vida cotidiana incluye necesariamente los grupos subalternos, a pesar
del sesgo aristocratizante que pueda incluir su relato. Tal es el caso del artículo

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pp. 6-8
de Alvaro Kaempfer sobre Durante la Reconquista (1897) de Alberto Blest
Gana. El “padre” de la novela chilena, fundamentalmente a través de la figura
de Filiberto Cámara, un “intrépido hijo del pueblo”, introduce el imaginario
popular en una suerte de sutura del discurso hegemónico imperante. El imagi-
nario funda una épica nacional, que por su matriz lingüística y social contras-
ta con una historia de “caballeros” escrita, precisamente, por alguno de ellos,
para reafirmar la superioridad de su clase. Ambigua, o paradojalmente, la his-
toria narrada por el “roto” al mismo tiempo que contrasta la historia oficial
hegemónica la reafirma, al utilizar solamente otra perspectiva, la del discurso
oral y popular, para contar lo mismo. Pero no sólo la “lengua menor” hablada
por Cámara articula al pueblo, sino que remite a esa otredad que precisamen-
te es ese mismo pueblo, cuyo lenguaje “imperfecto” lo ha condenado al mutis-
mo. El problema no es otorgar voz al otro, sino, como establece el artículo, pro-
curarle legibilidad.
En una línea análoga, Luisa Eguiluz postula la continuidad de otro discur-
so subalterno, el de la poesía mapuche, sólo recientemente reconocida en todo
su valor. El atrayente artículo incluye hermosísimos poemas mapuches.
El peso de la historia y la literatura en el relato de la vida cotidiana no es
mayor que el de la ciencia, como lo demuestra el interesante artículo de Marcia
Avello y Mario Suwalsky sobre la importancia de los radicales libres en nuestro portada
equilibrio orgánico. Sin duda el lector se interesará en adquirir un conocimiento
adecuado sobre el tema.
Nos es forzado admitir que algún otro poeta chileno que no sea el gran
Nicanor Parra tenga el mejor derecho a ser considerado el poeta de la vida
cotidiana. Tal vez la única competencia importante provenga de Carlos Pezoa
Véliz. Por ello la inclusión del mejor de los poetas chilenos vivos no es capricho-
sa. Elvira Santana analiza la presencia de la estrofa sáfica adónica en la
antipoesía, específicamente en “Defensa de Violeta Parra”. Sugerente artículo
con el que Atenea aprovecha rendir homenaje al más admirado y querido de
nuestros poetas.

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Travesía de los Andes, s. XIX
El trabajo de Naín Nómez y Fernanda Moraga es de suyo interesante como
recorrido panorámico por las diferentes estrategias textuales utilizadas por la
poesía de mujeres chilenas y canadienses. Es interesantísima la relación escri-
tura-cuerpo que propone el artículo por la iluminadora luz que proyecta sobre
la escritura de mujeres.
El examen que efectúa Antonio Bellisario del argumento presentado por el
reconocido libro de Jared Diamond Guns, Germs, and Steel: The Fates of
Human Societies (1998) es de notable rigor y lucidez. Escrito es un lenguaje
franco y sencillo, el texto de Bellisario es un aporte real al tema.
“El fantasma de Eros: Aura de Carlos Fuentes” es una nueva lectura que
hace María Albin del conocido texto novelesco. La autora demuestra con pro-
piedad que Fuentes recrea el carácter fantasmagórico del amor a través de la
seductora Aura.
Brillante es la nota de Grínor Rojo sobre El inútil de la familia, novela en la
que Jorge Edwards efectúa una maniobra narrativa en que hablando sobre sí
mismo deja hablar al otro.
El número se completa con la sección de Arte a cargo, en este caso, de Enri-
que Solanich, y una reseña de Carlos Vivallos sobre un buen texto de Alejan-
dra Brito acerca de la construcción de identidades de género en la sociedad
popular chilena del siglo XIX y primera mitad del siglo XX.
Así, Atenea se abre y cierra con el gran tema de la vida privada en Chile.

MARIO RODRÍGUEZ F.

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Artículos
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ISSN 0716-1840

POESÍA MAPUCHE:
UN DISCURSO NO
INTERRUMPIDO
LUISA EGUILUZ BAEZA*

RESUMEN

Se postula la línea de continuidad de la poesía mapuche de hoy con la de las literaturas


prehispánicas. Al entregar simultáneamente los textos en mapudungún y en español
como es el caso de la así llamada literatura etnográfica chilena en su rama de autores
que aplican esta disglosia o bilenguajeo se produce, a juicio de los entendidos, un aporte
novedoso a la interculturalidad. Los poemas aquí abordados con relación al tema perte-
necen a Sebastián Queupul y a Elicura Chihuailaf.

Palabras claves: Continuidad, literatura etnográfica, bilenguajeo, interculturalidad, sim-


bología.

ABSTRACT

We affirm that there is a continuous line connecting current Mapuche poetry to Prehis-
panic literatures. The simultaneous inclusion of the texts in both Mapudungun and
Spanish, as is the case in the so called Chilean ethnographic literature in its branch of
writers who apply this diglossia or bilanguaging, constitutes an original contribution to
interculturalism. The poems analyzed here in relation to the theme belong to Sebastián
Queupul and Elicura Chihuailaf.
Keywords: Continuity, ethnographic literature, bilanguaging, interculturalism, symbol-
ism.
Recibido: 30.01.2006. Aceptado: 20.10.2006.

* Escritora. Profesora de la Facultad de Comunicación y Letras, Universidad Diego Portales.


Santiago, Chile. E-mail: .lguiluz@mi.cl , luisa.eguiluz@prof.udp.cl

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pp. 11-21
POESIA MAPUCHE: UN DISCURSO ININTERRUMPIDO

Y es el otoño o el primer día


de octubre
mi madre que me dice: Despierta
hijo, despierta
eres el viejo el niño que escribe
su primer poema
bajo el primer ciruelo plantado
por tu padre.

“Es otro el invierno que en mis ojos


llora”. ELICURA CHIHUAILAF (2000).

H
E ELEGIDO como epígrafe estos versos para significar el encuentro
de los tiempos y las voces en la actual poesía mapuche chilena (es-
crita en mapudungún y en español).
Digo el encuentro de los tiempos, porque las literaturas aborígenes de
períodos posteriores a los prehispánicos, incluidas las actuales que se han
visto marginadas de la historiografía literaria, ahora recobran su valor, en
buena medida por el interés de quienes las estudian.
Aclara Alberto Rodríguez Carucci que a las literaturas aborígenes anti-
guas “... se las ve con criterios pasadistas ‘arqueologizantes’, carentes de con-
tinuidad y aisladas con respecto al conjunto de las experiencias literarias
hispanoamericanas” (Rodríguez, 1998).
Uno de los objetivos que me planteo es desmentir esas características
C. Fuentes atribuidas, a mi juicio, livianamente a este tipo de literaturas a que apunta
Rodríguez y, en este caso, a la chileno-mapuche, afirmando, por contrario,
esa continuidad que se niega. Al mismo tiempo habría que rechazar el aisla-
miento con relación a las otras literaturas. El nexo existente se puede sus-
tentar en los hipotextos que funcionan, como lo indica Rodríguez, en Car-
los Fuentes y en Augusto Roa Bastos, por ejemplo. Puedo aportar el caso de
Jorge Teillier cuyo poema “Pascual Coña recuerda”, incluido en Para un pue-
blo fantasma (Teillier, 1978), se basa en las Memorias de Pascual Coña reco-
piladas por misionario de origen bávaro Wilhelm de Moeshbash (Cit. Teillier,
A. Roa Bastos 1978: 128).
Es precisamente a partir del encuentro en el tiempo de los mitos y la
memoria y en el de las voces que se expresan en el epígrafe de Chihuailaf
donde se halla un hilo conductor de la unidad.
Efectivamente, los versos nos hablan de generaciones, del árbol plantado
por el padre. Los textos de la literatura chileno-mapuche actual nos están
continuamente remitiendo a los antepasados, nos están conectando con las
literaturas aborígenes antiguas de que nos habla Rodríguez.
J. Teillier
Asimismo, aquí se produce la asimilación de las voces de distintos tiem-

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pos en una sola, la voz también se hace continua, por no decir simultánea,
como exigen ahora los ritmos establecidos por el audiovisualismo y la frag-
mentación del sujeto propios de nuestra época.
Porque no nos olvidamos de que al citar a Chihuailaf, poeta de hoy, han
sido muchísimos años, más de quinientos, los que han transcurrido entre la
voz primigenia y la actual. (Ya volveré sobre el tema al que aludo sólo
tangencialmente: el de esos más de quinientos años, a partir de la construc-
ción de los nativos como indígenas, desde el conquistador).
A propósito de mi primer planteamiento quisiera, además, dejar señala-
das ciertas relaciones teóricas que se han ido implicando a través de lo dicho
hasta aquí:

1º Con el concepto de literatura.


2º Con la perspectiva tomada ante lo que se entiende por historiografía y la
necesaria reflexión sobre el canon.
3º Con los problemas suscitados entre literatura escrita y literatura oral.
4º Con las literaturas aborígenes y marginadas, comprendiendo las prehis-
pánicas y las actuales.
5º Con las literaturas escritas en dos lenguas y los problemas de traducción.
6º Con la producción y recepción de las literaturas referidas en los puntos
anteriores.

Trataré de ir satisfaciendo estas implicaciones.


Sobre la primera, la de qué es literatura, revisamos a Todorov (1996: 11-
25). El empieza por aceptar la existencia de una entidad estructural. Los dos
tipos de propuesta al respecto, en el plano histórico, consisten en imitación
a través del lenguaje. Así, la primera definición estructural es la de ficción. E. Chihuilaf
La segunda definición estructural enfoca la literatura como un sistema len-
guaje que pone el acento en sí mismo., “deviene autotélico”, dice Todorov.
Tras analizar ésta y otras definiciones, el autor advierte que siempre una
remite a la otra y propone introducir otra definición genérica: la de discur-
so. Tiene esto la ventaja de situar en un contexto sociocultural, de ser múlti-
ple y “la escogencia realizada por una sociedad, entre todas las codificacio-
nes posibles del discurso, determina lo que llamaremos su ‘sistema de géne-
ros’” (Todorov, 1996: 24).
Dichos géneros dependen tanto de la materia lingüística como de la ideo-
logía históricamente determinada de la sociedad. Si a la proposición fun-
cional corresponde el relato, a la segunda definición de literatura corres-
pondería la estructural, la poesía. Optando por un punto de vista estructu-
ral, cada tipo de discurso considerado literario tiene parientes no literarios.
La oposición ente literatura y no literatura cede su lugar a una tipología de
los discursos. Luego de lo negativo de su búsqueda en el terreno de una

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definición estructural de literatura y de una definición de poesía, Todorov
se declara partidario de una teoría del discurso en lugar de una poética.
Esto viene a solucionar la discusión sobre el valor literario de muchos de
los textos aportados por las literaturas prehispánicas. Al respecto, Sonia
Montecino en Literatura mapuche: oralidad y escritura dice:

En general utilizamos la convención occidental de llamar literatura a los


ordenamientos discursivos mapuches que ellos consideran distintos a la
comunicación cotidiana y que se crean y transmiten con una voluntad
estética. La intencionalidad del mapuche no es la misma que en la litera-
tura europea, es decir, la persecución de lo ‘estético’, pero en el mapuche
hay también una persecución poética aunque no es lo bello desde la pers-
pectiva occidental” (Montecino, 1992: 155-166).
S. Montecino

Desde mi punto de vista, Montecino acierta al señalar la diferencia. Qui-


siera puntualizar en relación a lo dicho por Todorov que la literatura no
coincide solamente con las diferentes tipologías de discurso y que no se puede
centrar en la omnicomprensibilidad lingüística. Al estudiar literaturas abo-
rígenes antiguas o actuales es preciso someter igualmente el objeto de estu-
dio a la exigencia estética, considerando eso sí la diversidad de sus perspec-
tivas.
Sobre la segunda referencia obligada, la de la historiografía, adherimos a
lo señalado por Rodríguez Carucci, al entenderla como la historia o las his-
torias literarias y precisando que al hablar de literaturas ‘prehispánicas’ es
A. Carpentier obvio que no se pueden aplica criterios de una historia literaria a otra, cuyos
géneros no corresponden pues son también otra visión de mundo. En las
culturas prehispánicas, la visión de mundo está más alejada del conocimiento
privilegiadamente racional de la cultura occidental y mucho más cercana al
conocimiento intuitivo, lo que advertimos en las imágenes utilizadas. Tam-
bién hay que tener en cuenta la heteroclicidad, lo heterogéneo que marca
nuestro contexto hispanoamericano e incluso esa heterogeneidad alcanza
lo temporal, lo cronológico, pues en un mismo período se dan distintos
tiempos de la historia en un mismo país. (Para ello quedó el histórico ejem-
plo del relato en Los pasos perdidos de Alejo Carpentier).
Vinculado estrechamente con lo anterior tenemos el problema del ca-
non, que ha sido aludido y estudiado por autores diversos como Walter
Mignolo y también por Iris Zabala. Ella nos explica el canon como uno de
los soportes materiales de las culturas, significando así, al mismo tiempo, la
superposición de un determinado o particular valor simbólico. La literatura
como institución “... aspira a clausurar definitivamente los significados en
potencia” (Zavala, 1998: 33-40). Trasladamos esto también a las literaturas
marginadas actuales que, así como lo fueron las prehispánicas, quedan aho-
gadas, y en lo posible, borradas del circuito de las literaturas institucionales

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de turno. Creo oportuno subrayar aquí que el término ‘prehispánico’ que
utiliza el profesor Rodríguez, aparte del factor temporal, muestra lo hege-
mónico del poder que instala políticamente en y con la lengua.
Zavala cita el canon occidental de Harol Bloom imponiendo sus formas
de comunicación y consumo. Ahora hay nuevas opciones que también ex-
ponen clichés o estereotipos del otro: feminismo, desconstructivismo,
lacanismo, marxismo, semiótica, culturalismo. El canon pone en evidencia
el juicio valorativo y connota un principio de selección. Pero, por otra parte,
lo canónico es un orden pragmático y, por lo tanto, provisorio. Siempre
habrá escrituras en desplazamiento. Y Zavala agrega más adelante: “Sólo la
diversidad metodológica podrá abordar los matices de insubordinación for-
mal, temática, ideológica que esta heterología puede arrastrar consigo”
(Zavala, 1998: 40).
H. Bloom
Enfocando la relación del contexto actual de las literaturas chilena y lati-
noamericana, si consideramos válida una cierta correspondencia entre ciu-
dad y producción literaria, como es costumbre desde la modernidad, vere-
mos un referente postmoderno, lo cual nos lleva a vincular también las for-
mas actuales de producción y recepción de lo literario nuevamente con la
oralidad. Como antes, en las literaturas aborígenes, no hallamos a la vera de
un retorno expresivo de la oralidad: en el cine, el audiovisualismo y su in-
fluencia en la literatura y en su lectura. Aprovechamos para referirnos al
término ‘literatura oral’ que por otra parte, pese a lo fuerte del oxímoron, se
ha impuesto. Mignolo ha abordado en profundidad el entender los textos
orales prehispánicos como literatura, teniendo en cuenta las distintas acep-
ciones de ‘libro’, ‘leer’ y ‘escribir’. El mismo actor se ha referido a nuestra
siguiente relación: la del bilenguajeo, término acuñado a partir de la noción W. Mignolo
de lenguajeo de Humberto Maturana (Mignolo, 1998).
Este bilenguajeo se ofrece en la obra de los autores cuyos poemas se en-
focan aquí.
La última relación por aclarar consiste en la de la traducción y en este
campo específico los problemas se dan en ambos sentidos. Así, por ejemplo,
en el poema de Queupul ciertos términos geométricos no aparecen en su
versión mapudungún: es el caso de ‘simetría’, por no existir en su léxico.
Inversamente ‘voqui’ no aparece traducido al español, seguramente por no
tener un correspondiente exacto.
Estos problemas de traducción en el contexto de las literaturas prehispá-
nicas se daban, al intentar la versión española, especialmente porque en la
comunidad se conservaban con sigilo ciertas palabras, se mantenían en se-
creto, manejadas únicamente por los miembros de esa comunidad.
Retomando el tema de la producción y recepción de las literaturas de
que hablamos, es Angel Rama quien se ocupa con mayor énfasis del público
o del mercado de los libros al estudiar a Darío y el modernismo (Rama, A. Rama

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1987). Ahora, en tiempos en que el mercado es cada vez más arrollador como
concepto y como realidad impuesta también a lo cultural, se ha ampliado
bastante el público dispuesto a recibir estas voces. Y en Chile hay un acento
en la política cultural de Gobierno para destacar las diversidades. Por otra
parte, es una manera o una vía posible de afincar nuestras identidades lati-
noamericanas frente a la globalización.
Estas voces, como lo señala el profesor Rodríguez, vienen amalgamadas,
intertextualizadas, constituyendo hipotextos en las literaturas hispanoame-
ricanas. Angel Rama había utilizado el término ‘transculturación’.
Abordaré ahora un contexto para situar la poesía mapuche, remitiéndo-
me a las palabras de Kuralaf Nawel:

Coincidiendo –más o menos– con el 21 de junio del calendario occiden-


tal se celebró el We Xipantú / Año Nuevo mapuche. El inicio de un nue-
vo ciclo de producción, marcado por el solsticio de invierno. Es la fecha
en que se produce la noche más larga del año y el anuncio de las lluvias
que vendrán a purificar la tierra, preparándola para acoger los nuevos
sembrados y favorecer el maravilloso crecimiento de la nueva vegeta-
ción.
Entonces, decían nuestros antepasados, el sol da ‘kiñe trekan alka’
(un paso de gallo) y las noches empiezan a acortarse lentamente: ‘¡Ya!,
dew mitray ta antü’ (ya ha descansado el sol), decían.
La familia compartió la comida (ial) y el muday, especialmente pre-
parados para la ocasión. Hubo cantos (ül), se dijeron adivinazas (koneu),
cuentos (epeu), y se jugó el juego de las habas (awarkuzen). Al canto –de
medianoche– de los gallos se tocó el kullkull y la trutruka, manifestando
así el regocijo por la llegada del nuevo año.
... A orillas del fogón, en la calidez del leño y de la amistad está can-
tando mi gente, como lo hicieron nuestros abuelos y nuestros padres
(Nawel, 1992: 136).

La literatura mapuche está conformada por la oralidad y la textualidad.


En la primera se contiene la tradición, transmitiendo de generación en ge-
neración, el ethos del pueblo. La oratoria, por otra parte, ha sido muy valo-
rada por la comunidad (ya dio de ello ejemplo el propio Ercilla en La
araucana, poniendo en boca de Colocolo, el viejo cacique, un supuesto dis-
curso.
En la tradición oral podemos hacer mayores distinciones con respecto a
los relatos: los ‘epeu’ son cuentos de situaciones de ficción y los ‘nütram’ son
verídicos o testimoniales. Para los mapuches el universo cósmico y el uni-
verso concreto no están separados, de ahí el carácter continuo de la realidad
presentada; muchas veces se prescinde de las referencias temporales y espa-
ciales o de la causalidad de los fenómenos.

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Con respecto a los cantos, los hay sagrados (tayel) y profanos (ülkatun).
En muchas oportunidades un ülkatun se crea específicamente para una oca-
sión. También hay distinción de género de quien los produce: los llamekan
son cantos exclusivos de mujeres y los ngeeneulún son canciones masculi-
nas (Augusta, 1910).
“Desde sus orígenes la literatura chilena ha tenido una orientación hacia
la pluralidad cultural”, afirma Iván Carrasco en su artículo “Textos chilenos
de doble registro” (Carrasco, 1991). Esto significa que se han usado criterios
abiertos, más bien integradores.
Entre los géneros literarios cultivados en Chile, la poesía es la más sensi-
ble a la problemática intercultural. Ultimamente un grupo significativo de
autores ha formado una tendencia novedosa que Carrasco llama ‘poesía
etnocultural’. Uno de sus sectores está formado por escritores de origen
mapuche, que usan su propia lengua en interacción con el español de Chile.
Entre ellos destacan Sebastián Queupul, Leonel Lienlaf, Elicura Chihuailaf,
Pedro Aguilera Milla, José Ancan, Victotio Pranao, quienes escriben en do-
ble registro lingüístico, es decir, en versiones paralelas bilingües: en mapu-
dungún y en español. Carrasco ve en el doble registro una estrategia de or-
den cultural. Para decodificar estos textos se requiere hacer referencia a las J. Ancan
dos culturas implicadas y ponerlas en contacto, al interpretarlas.
Sebastián Queupul ha vivido en situación intercultural. Nació al sur de
Nueva Imperial, provincia de Cautín. Estudió consecutivamente en una es-
cuela católica de la misión capuchina de Boroa, y en una escuela protestante
de la misión de Pelal; luego, en el Liceo Coeducacional de Nueva Imperial y
en la Escuela Normal Rural Experimental de Victoria, donde se tituló de
profesor normalista rural.
El poema que presentaré se titula “Dimüñ Mamëll” (en idioma mapuche),

EL ARADO DE PALO (en español):

Quiero romper la tierra con mi arado de palo.


Y sembrar en las melgas mis palabras sencillas.
Quiero trazar la recta de mis propios anhelos.
Y buscar simetría en las hojas pasadas.

Quiero tejer las hebras de las blancas espumas.


Y tenderme en la felpa de una alfombra marina.

Mi corazón de choapino está hecho de voqui.


Y mi sangre, en las venas, rompe las compuertas.

El cultrún pesimista, lentamente, se aleja.


Y en sus notas emergen angustias añejas.

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Tengo la certeza de haber visto la luna.
Inhalando el canelo o durmiendo en la ruca.

La trutruca rebelde vierte su quejumbre.


Tatuada de infamia y desprecio sin nombre.

Quiero romper la tierra con mi arado de palo.


Y tenderme en el surco de mis viejos anhelos.

Ya el título de la colección a la que pertenece este texto, Poemas mapuches


en castellano (Carrasco, 1991), se manifiesta como mixto. La palabra poema
no pertenece a la cultura mapuche, en la que se habla de canto. Pasa lo mis-
mo con los títulos mixtos de los propios poemas y con la disposición de los
versos en dísticos. La rima tampoco se corresponde en ambas versiones. Y se
utiliza la anáfora como figura retórica en cuatro de los versos iniciales de las
estrofas en español, en circunstancias que en el idioma mapuche se utiliza
una vez en la segunda estrofa y una vez en los segundos versos.
Se confirma la simbolización propia de los pueblos prehispánicos en
cuanto a los referentes agrarios: arado de palo, melgas, hojas, canelo. El co-
razón, que en la poesía nahuatl aparece con tanta frecuencia en relación al
conocimiento, está unido aquí a la tradición tejedora de la cultura mapuche:
“mi corazón de choapino”. También el tejido aparece en relación al mar, y
este mismo está imaginado como una alfombra. Por supuesto, la naturaleza
ocupa un lugar preponderante y los sonidos del cultrún y la trutruca traen
los ecos del pasado como también reciben La impronta de la infamia y el
desprecio en una abierta denuncia de xenofobia. Hay un fuerte afán
voluntarista y violento en los inicios: “Quiero romper”.
Esta interpretación del poema viene a fundamentar mi supuesto de la
continuidad del discurso y del imaginario mapuches desde los orígenes has-
ta hoy.
Elicura Chihuailaf es un escritor plenamente vigente que nos cuenta:
“Todavía estudiantes de escuela primaria, ya inventábamos recuerdos mi-
rando el cerro Ruka Pillán, e inventábamos títulos de poemas”. Transcribiré
su texto:

ES OTRO EL INVIERNO QUE EN MIS OJOS LLORA

Es azul el cielo Azul aún Azul


y en él estoy
en su vuelo de Luna
Es el viento del Este que ensueña
Y me sume
En la solemnidad tremenda
De la tarde

Atenea 494
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Susurro ¡OO! Y, desde el verdor
Genechen me dice
EN SEMICIRCULO OYE EL HABLAR
DE MIS HIJOS MAYORES
A orillas del fogón
(en su memoria)
los abuelos mueven los tristes
labios del invierno
y nos recuerdan a nuestros
muertos y desaparecidos
y nos enseñan a entender
el lenguaje de los pájaros
Nos dicen: Todos somos hijos
de la misma Tierra
de la misma Agua
Cuerpo y alma el lecho
que cada vez se torna más profundo
y por el que otros pasarán
cuando nosotros en el mar
hayamos subido en la balsa
de la muerte

Llueve, afuera seguramente llueve


pero es otro el invierno que
en mis ojos llora
Hacia los días venideros vuelvo
entonces la mirada
Veo a mis hijas, a mis hijos
que a abrazarme vienen
Y es el otoño o el primer día de octubre
mi madre que me dice: despierta
hijo, despierta
eres el viejo el niño que escribe
su primer poema
bajo el primer ciruelo plantado
por tu padre.

Ya al comienzo esbocé una interpretación sobre este texto, referida fun-


damentalmente a la yuxtaposición temporal, o simultaneidad de los tiem-
pos, porque la visión mapuche no hace distinciones entre ellos como tam-
poco entre el universo cósmico y el cotidiano real. Asimismo, las identida-
des aparecen yuxtapuestas: el viejo, el niño, y viceversa es el sujeto de la
escritura y de la oralidad, porque “digo”, “nos dicen”, “dice mi madre” en esta
escritura porque está hablando dentro de ella, con ella y Genechen “dice” y
lo hace en el contexto y el lugar y la disposición de un público, de una au-

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19 II Sem. 2006
diencia que lo oye: EN SEMICIRCULO OYE EL HABLAR DE MIS HIJOS
MAYORES, a orillas del fogón como nos cuentan de los antepasados. Nos
hablan desde el entonces en el ahora. La continuidad perfecta de una escri-
tura escrita u oral que leemos y escuchamos que se amplía en el poema
hacia los días venideros que se juntan con los del albor y la niñez.
Del mismo autor el texto siguiente, en que se da una intertextualidad
destacada esta vez con la poética del escritor chileno Jorge Teillier, a quien
ya mencionamos:

IÑI RUME ÑAMUM NOEL CHI LLAFE


(La llave que nadie ha perdido)

La poesía no sirve para nada


me dicen
Y en el bosque los árboles
se acarician
con sus raíces azules
y agitan sus ramas al aire
saludando con pájaros
el Rastro del Avestruz
La poesía es el hondo susurro
de los asesinados
el rumor de hojas en el otoño
la tristeza por el muchacho
que conserva la lengua
pero ha perdido el alma
La poesía, la poesía
es un gesto, un sueño, el paisaje
tus ojos y mis ojos muchacha
oídos corazón, la misma música
Y no digo más, porque nadie
encontrará
la llave que nadie ha perdido
Y poesía es el canto de mis
Antepasados
El día de invierno que arde
y apaga
esta melancolía tan personal.

Decía que este poema es intertextual con relación a la poética de Teillier.


Acá es un gesto, allá “palabras, un poco de aire”, pero la misma pregunta, el
tono, la situación acostumbrada por Teillier de hablarle a una muchacha; en
fin, el mismo mensaje, los pájaros que traen los ecos del sur que escuchan
los dos poetas, ecos renovados de lo que dijeron los viejos mapuches el día
de invierno que hace al mismo tiempo arder y apagar esta melancolía tan

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II Sem. 2006 20
personal a ambos. De nuevo los de entonces y los de ahora en comunicación
con los oídos y con el corazón, en esa simbología tan propia de los discursos
y del imaginario prehispánicos.

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ISSN 0716-1840

ENTRE LA TRADICIÓN
Y LA ANTIPOESÍA:
“DEFENSA DE
VIOLETA PARRA”*
ELVIRA SANTANA DUBREUIL**

RESUMEN

Se postula que los modelos de las estructuras clásicas grecolatinas fijaron paradigmas en la
literatura, los que permanecen hasta nuestros días. Improntas posibles de descubrir pese a
las innovaciones que le ha impuesto el artista en su afán de creación y que, a través del
tiempo, constituyen la dinámica cultural. Es el caso de la estrofa sáfica adónica, siglo VI a.C.,
presente en el poema de Nicanor Parra “Defensa de Violeta Parra”, el que se examina en esta
investigación.
Palabras claves: Modelo clásico, tradición, innovación, recreación.

ABSTRACT

This paper proposes that the models of classical Greek and Latin structures are fixed
paradigms in literature that remain up to the present. It is possible to discover these
structures in spite of the innovations that the artist has imposed in the creative process
and which, over time, constitute the dynamics of culture. It is the case of sáfica adónic
verse , VI B.C., mentioned in Nicanor Parra’s poem “Defensa de Violeta Parra”, exam-
ined in this research.
Keywords: Classical model, tradition, innovation, recreation.

Recibido: 05.04.2005. Aprobado: 05.01.2006.

* Bachiller en Literatura Hispana y Profesora de Estado en Castellano por la Universidad de


Chile (1984). Investigadora. E-mail: elvsantana@yahoo.com

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pp. 23-46
1. INTRODUCCION

L
A ABUNDANTE bibliografía existente acerca de la poética de Nicanor
Parra inhibe realizar cualquier intento de agregar algo nuevo sobre la
materia, sometida a gran cantidad de análisis, partiendo sólo de su
denominación antinómica de “antipoesía”. Maximino Fernández (1980: 107-
131; 1984: 141-147 y 1985: 137-161) totaliza la no despreciable suma de
más de mil trescientas fichas bibliográficas sobre la poética de Nicanor Pa-
rra, advirtiendo que no pretende ser exhaustivo en su inventario, pues su-
pone debe existir más información en publicaciones extranjeras, especial-
mente en tesis universitarias y trabajos de investigación de éstas en otros
países. A lo anterior debe sumarse la publicación de libros con acuciosos
estudios sobre la antipoesía parriana publicados con posterioridad a la bi-
bliografía precitada de Fernández, como la de Iván Carrasco: Para leer a
Nicanor Parra (1999) y otros.
No obstante lo anterior, me exigió agregar unas hojas más a la fronda de
estudios parrianos el descubrimiento de identidades textuales entre los dos
primeros versos del poema “Defensa de Violeta Parra” con los dos versos,
también iniciales, de “Oda al céfiro”, del poeta humanista renacentista Este-
ban Manuel de Villegas, 1589-1669 (1913: 349), ya que se observa, además
de esta identidad, la asimilación del modelo métrico y estrófico de la citada
oda, con las modificaciones que se señalarán en el desarrollo de la investiga-
ción.
El teórico y crítico italiano Cesare Segre, en su obra Principios de análisis
del texto literario (1984: 94), denomina intertextualidad a la presencia de
textos anteriores en un texto determinado o la utilización explícita o camu-
flada de fuentes o citas, lo que opone a la plurivocidad, pues mientras la
primera “sólo se restringe al texto poético, la segunda, la plurivocidad, co-
rresponde más a la novela, ya que pertenece al ámbito de la lengua”.
Postulamos que Parra hace uso tanto de intertextualidades como de
plurivocidades, pues la peculiaridad de su poética es justamente la mixtura
del verso propiamente lírico con los lugares comunes del habla coloquial.
El poema “Defensa de Violeta Parra” en su versión original fue publica-
do por la Editorial de la Universidad de Buenos Aires, en una recopilación
hecha por Margarita Aguirre, bajo el título de La cueca larga (1958), cuyo
prólogo compartió con Juan Agustín Palazuela. Este se presenta con 16
estrofas sáficas adónicas, la última de las cuales rompe la estructura señala-
da con una sáfica adónica de mayor cantidad de versos, pero que mantiene
su formalidad versal, aun cuando se encuentran algunas estrofas fragmen-
tadas o diseminadas.

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En cuanto a su mensaje, es claro y directo; como lo señala su título, es
una “defensa” de Violeta por los motivos que todos conocemos: el no tener
ella un reconocimiento oficial ni extraoficial y menos la comprensión ni
ayuda en su afán fundamental de descubrir y difundir las expresiones más
auténticas de nuestra cultura. Además, realza los méritos personales de Vio-
leta, haciendo una enumeración de los muchos oficios que cumple a las
“mil maravillas”.
La segunda versión del poema, objeto de esta investigación, se publica en
Obra gruesa, Editorial Universitaria (1969: 172-7); la “defensa” de Violeta se
ha transformado en una “elegía” ante la trágica muerte de su hermana, el 5
de febrero de 1967. El poema original, de 16 estrofas, se extiende ahora a 31,
todas de estructura sáfica adónica, pero éstas se encuentran en su mayoría
fragmentadas o diseminadas.
La antipoesía se declara rupturista con las poéticas tradicionales, por lo
que me pareció interesante investigar si los elementos trasladados como
intertextualidades se asimilaron para establecer una base métrica tradicio-
nal, de lo que resultaría estar en presencia de un antipoema cuyo modelo
formal se remonta a la antigüedad griega, resucitado en el Renacimiento y
vigente aún en nuestros días.
Para despejar la incógnita del problema planteado se revisarán breve-
mente los siguientes aspectos referidos a la métrica tradicional sáfica adónica
y a la de la antipoesía en estudio:

a) Trayectoria histórica de la estrofa sáfica adónica.


b) El texto del poema frente a la antipoética parriana.
c) Forma de asimilar el modelo métrico sáfico adónico en el antipoema.

En síntesis, se pretende confirmar la tesis del lingüista ruso Ivanov V.V. y


otros, citado por C. Segre (1984: 164), cuando aborda la “Historia y mode-
los”, donde establece lo siguiente:

En la conexión de niveles y subconjuntos diversos en aquel todo semiótico


que es la “cultura”, operan dos mecanismos contrarios entre sí:

a) La tendencia a la variedad, o sea el aumento de los lenguajes semióticos


diferentemente organizados, el “poliglotismo” de la cultura.
b) La tendencia a la uniformidad, o sea la tendencia de la cultura para
interpretarse a sí misma o a las otras culturas como lenguajes unita-
rios, rigurosamente organizados.

De lo anterior resulta una diacronía en una sincronía que promueve la


experiencia de lo “diferente”, cuyo resultado es constitutivo de toda cultura.

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1. BREVE TRAYECTORIA HISTORICA DE LA ESTROFA SAFICA
ADONICA

Las formas líricas tradicionales persisten cual misterioso atavismo a través


de los siglos, aflorando en las generaciones sucesivas como un desafío esté-
tico consistente en superar la impronta de los clásicos. Así ocurre con una
de las formas poéticas más antiguas como es la estrofa sáfico o sáfica adónica,
cuyo origen se remonta a la antigüedad griega, al siglo VI a.C., en la isla de
Lesbos, en donde vivió Safo, la inspirada poeta que le dio su nombre y quien
con uno de los metros líricos más armoniosos enriqueció la poesía griega y,
a través de ella, la latina, la que a su vez la traspasaría a las poéticas de las
lenguas romances.
La obra completa de Safo, desgraciadamente, nunca la conoceremos: el
tiempo, las guerras, la carencia de una percepción futurista frente al patri-
monio cultural, permitieron que, de sus nueve libros de odas, sólo se resca-
taran unos cuantos fragmentos, conocidos gracias a otros grandes de las
letras griegas, quienes incluyeron en sus obras de historia e investigación
literaria las creaciones de esta gran poeta. Así hemos podido conocer frag-
mentos de su poesía por Aristóteles, Plutarco, Ateneo, Hephestión. Longino
Safo
es quien cita extensamente “Oda a una mujer amada” en su Tratado de lo
sublime y Dionisio de Halicarnaso comenta y rescata su “Oda a Afrodita”
que figura en una selección de Poetas líricos griegos (1884: 287).

Oh tú en cien tronos Afrodita reina,


Hija de Zeus, inmortal, dolosa:
No me acongojes con pesar y tedio
Ruégote, Cipria!
(Versión castellana de M. Menéndez Pelayo)

Anacreonte fue el heredero más cercano de Safo en el tiempo y en el


espacio. Nacido en Teos o Teyos, ciudad de Jonia, por los años 560 a.C., su
larga y azarosa vida lo llevó a diferentes lugares, entre éstos a la isla de Sámos,
a donde llegó huyendo de los persas, quienes habían invadido Jonia. Des-
pués de la muerte del príncipe tirano que lo favorecía allí, Anacreonte se
trasladó a Atenas, llamado por Hiparco, hijo del tirano Pisístrato. A Hiparco,
amante de las letras, Anacreonte debió muchos honores y no habría regre-
sado a su patria si el hecho histórico de la conjuración de Armodio y
Aristógiton no le hubiesen privado de su príncipe protector.
Los atenienses conservaron la memoria de Anacreonte en una estatua
cercana a la de Pericles, la que lo representaba en ademán de un beodo can-
tando, ya que siempre consideró al vino como el creador de la alegría; en
estrofas sáficas cantó al amor, a la alegría y a los dioses:

Atenea 494
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Tú, que das caza a los veloces ciervos,
Hija de Jove, de cabello blondo,
Diana, señora de alimañas fieras,
Oye mi ruego.
(Fragmento, versión castellana de F. Baraibar,
directamente del griego (Halicarnaso, 1884)).

Le correspondió al príncipe de los poetas, Horacio, trasladar con éxito la


estrofa griega a la poesía latina. Catulo también ensayó el verso sáfico e imi-
tó el poema de Safo “Oda a la mujer amada”.
En la resurrección de la Antigüedad clásica grecolatina del Renacimien-
to, las formas sáficas tuvieron su lugar, pero no se puede decir que fue una
composición común de los poetas renacentistas. En este período los poetas
españoles le agregaron el adorno de la “asonancia”. El arzobispo de Tarragona
Antonio Agustín, en 1540, fue el primero que empleó en castellano la forma
métrica sáfica al traducir en Italia, hasta donde llegó para estudiar los me-
tros clásicos, su conocida “Oda a la paloma”. Con posterioridad, siempre en
el siglo XVI, otros dos grandes latinistas religiosos: Francisco Sánchez de las
Brozas, conocido como el Brocense, empleó la estrofa sáfica adónica en su
traducción de la oda “Rectius vives” de Horacio y más tarde Jerónimo
Bermúdez intercaló tres composiciones en estrofas sáficas en los coros de
Nise Lastimosa, Actos II y III y en el III Acto de Nise Laureada, aunque con
algunas variantes de acentuación, según lo indica Tomás Navarro en sus E.M. de Villegas
estudios de Métrica española (1956: 192-193).
Las estrofas sáficas adónicas continuaron a través del tiempo. En el siglo
XVI se destaca Baltazar de Alcázar (1530-1606), poseedor de una amplia
cultura, conocía el latín y el italiano, aficionado a la música, sus poemas
tenían la alegría de Sevilla, su tierra natal. Es conocida su humorística sátira
contra el “Amor”, en versos sáficos. Pero, sin duda, el poeta que logró mayor
éxito con la métrica sáfica adónica fue Esteban Manuel de Villegas, nacido
en Matute, cerca de Nájera, en 1589 y fallecido en 1669. Se le llamó “El Cisne
de Najerilla” y “El Anacreonte español”, pues sus traducciones directamente
del griego de la poesía anacreóntica no han sido jamás superadas. Sus estrofas
sáficas adónicas bastarían para darle el calificativo de altísimo poeta, reco-
nocido por el propio Lope de Vega, quien, refiriéndose al incidente que origi-
nó la primera edición del libro de Villegas Eróticas y amatorias, 1617 –cuya
portada rezaba: “me surgente quid istae”, frase que la censura lo obligó a
retirar por estimarla ofensiva para los lectores–, en abierta alusión a la vani-
dad –rasgo que definía el carácter de Villegas–, escribió aludiendo el hecho
en su obra El laurel de Apolo, que se menciona en una nueva edición de
Esteban Manuel de Villegas (1913: 349).

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Aspire luego del Pegaso el monte,
el dulce traductor de Anacreonte,
cuyos estudios con perpetua gloria
librarán del olvido su memoria,
aunque dijo que todos se escondiesen
cuando los rayos de su ingenio viesen.

Villegas tuvo una larga y esmerada formación clásica, traductor del grie-
go y del latín, lo que sumado a su natural talento poético hizo de la estrofa
sáfica adónica una verdadera recreación lírica; conocida es su “Oda al Céfi-
ro”, la que más adelante se va a ver como una intertextualidad en el inicio del
poema de N. Parra, objeto de este estudio.
Con posterioridad a Villegas, en el siglo XVIII, neoclásico de la España
ilustrada, surgen varios cultores de las formas métricas sáficas: José Cadalso,
Nicolás y Leandro Moratín, Juan Meléndez Valdés, Manuel María de Arjona,
Martínez de la Rosa, Arolas, Cobanyes y otros. Se debe mencionar en forma
especial al más importante en este momento: José María Vaca de Guzmán,
quien escribió con estricto apego a las formas clásicas de los sáficos adónicos
en su “Oda a la muerte de Cadalso” (Vaca de Guzmán, 1869: 226). El verso
sáfico transforma en oda lo que correspondería por su contenido a una ele-
Lope de Vega
gía, como una forma de respeto a la idea clásica de la utilización de la estrofa
sáfica siempre en odas. Cadalso ya había escrito una larga elegía de veinti-
séis estrofas sáficas adónicas a la muerte de su amante, la actriz María Ignacia
Ibáñez, que figura en la precitada recopilación de poetas líricos:

De negro luto me vestí llorando


y de cipreses coroné mi frente
Eco doliente me llevó con quejas
Hasta su tumba.

En el Romanticismo la estrofa sáfica mantuvo el apogeo del siglo ante-


J. Cadalso
rior y muchos poetas cultivaron esta métrica. Navarro (1956: 344) cita a
Zorrilla en su poema “Ay de mi Alhama”, a Bermudes de Castro en “Canto
sáfico”, a Avellaneda en “Canto matutino a la Virgen”, a Juan León Mera en
su oda “A la estatua de Bolívar”, a Ventura de la Vega en el “Himno a Luperco
de la muerte del César” y muchos otros largo de enumerar aquí.
Resulta curioso que Navarro (1956: 344) haga especial referencia en sus
estudios de métrica de este período al poeta chileno Salvador Sanfuentes,
quien figura en la Antología general de la poesía chilena (Silva Castro, 1959:
47-61), con la observación de haber introducido “la modificación poco afor-
tunada de dar rima aguda al segundo endecasílabo y al pentasílabo final:
AEBé, en un pasaje de su poema ‘El campanario’”. El extenso poema del
L. de Moratín discípulo de Bello cuenta con ochenta estrofas, de las cuales solamente ocho
son sáficas adónicas:

Atenea 494
II Sem. 2006 28
Safo B. Alcázar

F. Sánchez de las Brozas (El Brocense) E.M. de Villegas

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Corren mis días en perfecta calma:
No halla el camino de mi pecho amor,
y de sus tiros, victoriosa el alma,
burla el rigor.
(“El campanario”, fragmento)

La estrofa sáfica también se cultivó en el Modernismo, aunque en menor


medida que en los períodos anteriores. Tomás Navarro (1956) destaca esta
forma métrica en el poema “Himno de la cigarra”, de Alfonso Reyes, y en la
oda de Marquina “A Espronceda, poeta civil”. Pero quien creó en estrofa
sáfica con mayor prodigalidad fue Miguel de Unamuno, el que le introdujo
varias modificaciones; sus poemas más conocidos de esta métrica son: “La
S. Reyes torre de Monterrey a la luz de la luna”, “La voz de la campana”, “La hora de
Dios” y “Salamanca” (1942: 56).

Alto soto de torres que al ponerse


tras las encinas que el celaje esmaltan
dora a los rayos de su lumbre el padre
Sol de Castilla.
(“Salamanca”)

Unamuno usó con libertad la rima de los endecasílabos, multiplicando


así las variedades de la estrofa sáfica; hizo pentasílabos esdrújulos, enlazó
versos finales con rima asonante en las estrofas y otras variaciones que la
alejan del modelo clásico.
En la poesía contemporánea Tomás Navarro cita dos poemas de Pablo
M. de Unamuno Neruda: “Angela Adónica” y el poema elegíaco “Alberto Rojas Jiménez viene
volando” (1956: 345), pero establece que estas estrofas sáficas están muy
lejos del modelo clásico, si bien su estructura de tres endecasílabos y un
pentasílabo suelto igualmente correspondería a este modelo:

Entre plumas que asustan, entre noches,


entre magnolias, entre telegramas,
entre el viento del sur y el oeste marino
vienes volando.
“Alberto Rojas Jiménez viene volando” (fragmento)

El pentasílabo adónico: “vienes volando” es invariable en las veinte estrofas


sáficas del poema, el que se inserta en Obras completas, Residencia en la Tie-
rra II (Neruda, 1962: 226). Del momento actual, Tomás Navarro rescata tam-
bién el poema “Canción” de Florit, pero, como los poemas de Neruda ya
P. Neruda
mencionados, su estrofa sáfica dista de ser la auténtica, pues no observa el
polirritmo, por lo que sus formas son sólo aparentemente sáficas; en cam-
bio, califica de “auténtica forma de tres endecasílabos y un pentasílabo

Atenea 494
II Sem. 2006 30
polirrítmicos sueltos” el poema de Ignacio Agustí “Cementerio de Soller”
(Navarro, 1956: 466).

2. EL TEXTO DEL POEMA FRENTE A LA ANTIPOETICA PARRIANA

Se transcribe a continuación el texto completo del poema en estudio, copia-


do de Obra gruesa (Parra, 1969: 172-177):

DEFENSA DE VIOLETA PARRA

Dulce vecina de la verde selva


huésped eterna del abril florido
grande enemiga de la zarzamora
Violeta Parra 5

Jardinera
locera
costurera

bailarina del agua transparente


árbol lleno de pájaros cantores
Violeta Parra 10

Has recorrido toda la comarca


desenterrando cántaros de greda
y liberando pájaros cautivos
entre las ramas. 15

Preocupada siempre de los otros


cuando no del sobrino
de la tía
cuándo vas a acordarte de ti misma
Viola piadosa 20

Tu dolor es un círculo infinito


que no comienza ni termina nunca
pero tú te sobrepones a todo
Viola admirable 25

Cuando se trata de bailar la cueca


de tu guitarra no se libra nadie
hasta los muertos salen a bailar
cueca valseada 30

Atenea 494
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Cueca de la batalla de Maipú
cueca del Hundimiento del Angamos
cueca del Terremoto de Chillán
todas las cosas

Ni bandurria
ni tenca
ni zorzal 35

Ni codorniza libre ni cautiva



solamente tú
tres veces tú
Ave del paraíso terrenal 40

Charagüilla
gaviota de agua dulce
todos los adjetivos se hacen pocos
todos los sustantivos se hacen pocos
para nombrarte 45

Poesía
pintura
agricultura
todo lo haces a las mil maravillas
sin el menor esfuerzo 50
como quien bebe una copa de vino

Pero los secretarios no te quieren


y te cierran las puertas de tu casa
y te declaran la guerra a muerte 55
Viola doliente.

Porque tú no te vistes de payaso


porque tú no te compras ni te vendes
porque hablas la lengua de la tierra
Viola chilensis. 60

¡Porque tú los aclaras en el acto!


Cómo van a quererte
me pregunto
cuando son unos tristes funcionarios
grises como las piedras del desierto 65
¿no te parece?

Atenea 494
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En cambio tú
Violeta de los Andes
flor de la cordillera de la costa
eres un manantial inagotable 70
de vida humana.

Tu corazón se abre cuando quiere


tu voluntad se cierra cuando quiere
y tu salud navega cuando quiere
aguas arriba! 75

basta que tú los llames por sus nombres


para que los colores y las formas
se levanten y anden como Lázaro
en cuerpo y alma... 80

¡Nadie puede quejarse cuando tú


cantas a media voz, o cuando gritas
como si te estuvieran degollando
Viola volcánica! 85

Lo que tiene que hacer el auditor


es guardar un silencio religioso
porque tu canto sabe a dónde va
perfectamente. 90

Rayos son los que salen de tu voz


hacia los cuatro puntos cardinales
vendimiadora ardiente de ojo negros N. Parra
Violeta Parra. 95

Se te acusa de esto y de lo otro


yo te conozco y digo quien eres
¡oh corderillo disfrazado de lobo!
Violeta Parra. 100

Yo te conozco bien
hermana vieja
norte y sur del país atormentado.
Valparaíso hundido para arriba
¡Isla de Pascua!

Sacristana, cuyaca de Andacollo


tejedora a bolillo y a palillo
arregladora vieja de angelitos 105
Violeta Parra.

Atenea 494
33 II Sem. 2006
Los veteranos del setenta y nueve
lloran cuando te oyen sollozar
en el abismo de la noche oscura
¿Lámpara a sangre! 110

cocinera
niñera
lavandera
niña de mano
todos los oficios 115
todos los arreboles del crepúsculo
Viola funebris.

Yo no sé qué decir en esta hora


la cabeza me da vueltas y vueltas
como si hubiera bebido cicuta 120
hermana mía.

Dónde voy a encontrar a otra Violeta


aunque recorra campos y ciudades o
me quede sentado en el jardín
como un inválido. 125

Para verte mejor cierro los ojos


y retrocedo a los días felices
¿sabes lo que estoy viendo?
tu delantal estampado de maqui.

Tu delantal estampado de maqui 130


¡Río Cautín!
¡Lautaro!
¡Villa Alegre!
Año mil novecientos veintisiete
Violeta Parra! 135
Pero yo no confío en las palabras
¿por qué no te levantas de la tumba
a cantar
a bailar
a navegar 140
en tu guitarra?

Cántame una canción inolvidable


una canción que no termine nunca
una canción no más
una canción 145
es lo que pido.

Atenea 494
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Qué te cuesta mujer árbol florido
álzate en cuerpo y alma del sepulcro
y haz estallar las piedras con tu voz
Violeta Parra. 150

Esto es lo que quería decirte


continúa tejiendo tus alambres
tus ponchos araucanos
tus cantaritos de Quinchamalí
continúa puliendo noche y día 155
tus toromiros de madera sagrada
sin aflicción
sin lágrimas inútiles
o si quieres con lágrimas ardientes
y recuerda que eres
un corderillo disfrazado de lobo. 160

Es procedente transcribir también el texto completo de la oda de Este-


ban Manuel de Villegas, que aparece en Las eróticas y amatorias, parte se-
gunda (1913: 349), a fin de establecer cómo fue asimilada en el antipoema
de Nicanor Parra. No nos fue posible probar si esta oda corresponde a una
traducción de algún poeta griego o es una creación propia del “Anacreonte
español”, como se le llamaba a Villegas:

ODA AL CÉFIRO

Dulce vecino de la verde selva,


huésped eterno del abril florido,
vital aliento de la madre Venus,
Céfiro blando.

Si de mis ansias el amor supiste,


tú, que las quejas de mi voz llevaste,
oye, no temas y a mi ninfa dile,
dile que muero.

Así los dioses con amor paterno,


así los cielos con amor benigno,
nieguen al tiempo que feliz volares
Nieve a la tierra.

Jamás el peso de la nube parda,


cuando amanece la elevada cumbre,
toques tus hombros, ni su mal granizo
hiera tus alas.

Atenea 494
35 II Sem. 2006
Atenea 494
II Sem. 2006 36
Violeta y Nicanor Parra
Al confrontar los dos primeros versos de ambos poemas veremos que
varía sólo el género: “Céfiro/vecino” con “Violeta/vecina”, el primero referi-
do al viento suave de la primavera, hijo de Eolo y de la Aurora, celebrado
por los poetas griegos y latinos y, el segundo, a Violeta. Resulta una incohe-
rencia el “abril florido” en el poema parriano, opuesto al “abril otoñal” ama-
rillo por las hojas muertas de nuestro hemisferio.
Por menor pecado se acusó de plagio a otros poetas, pero creemos que
aquí no corresponde este recurso descalificatorio, pues estamos ciertos que
sin la intertextualidad anotada carecería del ritmo y la armonía que se apre-
cia en todos los niveles estructurales del poema parriano: estrófico, métrico
y fónico, lo que permite que, independiente de la citada identidad, su valor
estético sea indiscutible; realmente los dos versos iniciales parecen sólo anun-
ciar la métrica clásica que tendrá el antipoema.
El diario La Discusión de Chillán publicó en primera página el texto com-
pleto del poema “Defensa de Violeta Parra”, el 5 de octubre de 1969, con
motivo del Premio Nacional de Literatura obtenido ese año por Nicanor
Parra; posteriormente el poema fue grabado por un sello discográfico, reci-
tándolo el propio poeta, por lo que logró gran difusión; además un frag-
mento de él formaba parte del repertorio de la folclorista argentina Merce-
des Sosa, quien siempre lo incluía en sus recitales, por lo que es conocido a
escala masiva dentro y fuera de Chile. En la obra parriana se encuentra en
Obra gruesa, en el último conjunto de poemas antologados bajo el título
“Otros poemas” (Parra, 1969).
También se incluye en la compilación de la obra de Parra efectuada por
el crítico y escritor peruano Julio Ortega bajo el título Poemas para combatir
la calvicie (Parra, 1993). El poema es inteligible para cualquier receptor, no
tiene imágenes cifradas, ni “alquimia poética”, ni “signos cabalísticos”, con-
secuente con el arte de la antipoética y de acuerdo a su “Manifiesto”; sólo
viola los principios de la antipoesía por encontrarse aferrado en su esquema
métrico y rítmico a una “tabla vieja devuelta por el mar”: la estrofa sáfica
adónica que navega siglos desde una lejana isla del Mar Egeo. Postulamos el
poema como una elegía antipoética enmarcada básicamente en la estructu-
ra tradicional de la estrofa sáfica adónica, cuya métrica ortodoxa se encuen-
tra desplazada, fragmentada y diseminada en algunas de sus estrofas. Se tra-
tará de establecer cuánto tiene el poema en estudio de “antipoesía”, apoyán-
donos en la sistematización de las estructuras formales antipoéticas del pro-
fesor Leonidas Morales, en su estudio La poesía de Nicanor Parra (1972: 45-
56), aun cuando debe tenerse presente las limitaciones que el motivo elegía-
co impone, el que no puede contener el “chiste gozoso” o “el elemento pica-
resco”. El recurso antipoético de apelación al lector como una forma de
retrotraerlo al terreno de lo vulgar y cotidiano se sustituye en el poema por
una acuciante apelación a Violeta y a sí mismo: “Cómo van a quererte / me
pregunto / Cuando son unos tristes funcionarios”. Pero si no existen las pre-

Atenea 494
37 II Sem. 2006
guntas sarcásticas es posible encontrar la otra forma que crea también dis-
tanciamiento y rompe la ilusión estética: la mezcla de lo “grave y lo vulgar”.
Para ejemplificar este rasgo antipoético tomemos la primera estrofa que se
inicia con la intertextualidad altamente lírica de los dos primeros versos
precitados de Villegas de la “Oda al céfiro”: “Dulce vecino(a) de la verde
selva, / Huésped eterno(a) del abril florido”, tensión lírica que se rompe con
los versos siguientes: “Grande enemiga de la zarzamora”, luego la síntesis de
los tres versos anteriores, lo lírico y lo antipoético, lo estético y “el lenguaje
de todos los días” aglutinados en un nombre: “Violeta Parra”, correspon-
diente al verso adónico pentasílabo de la estrofa sáfica. El tercer verso no
encierra una metáfora con todas las connotaciones semánticas que encierra
la palabra “zarzamora”, aunque tampoco pueden ser excluidas, sino, de acuer-
do a lo que supimos, correspondería a un hecho puntual, pues Violeta pidió
a su hermano eliminara las invasoras zarzamoras de su parcela en La Reina.
El recurso anteriormente señalado de ruptura o quiebre lírico está pre-
sente en forma mesurada, es decir, no tan violentamente como en otros
antipoemas, pero, aún así, es posible encontrarlo en más de una estrofa:
“Poesía / pintura / agricultura / Todo lo haces a las mil maravillas”, para a
continuación romper el tono lírico con el cambio a un lenguaje coloquial,
casi vulgar: “sin el menor esfuerzo / Como quien se bebe una copa de vino”.
Siguiendo el ordenamiento de los elementos estructurantes del antipoe-
ma, corresponde abocarse a lo narrativo, lo que radica en un hablante lírico
transfigurado en un narrador, como un personaje activo, dramatizando lo
que cuenta o testimonia, rasgo antipoético que, según Leonidas Morales
(1972: 47), Pedro Lastra fue el primero en advertir. Lo testimonial se pre-
senta como un inventario de todo el ser y el quehacer de Violeta Parra, una
larga lista de oficios, algunos tan insólitos como: “Sacristana cuyaca de
Andacollo / tejedora a palillo y a bolillo / arregladora vieja de angelitos”;
narra los dolores, las frustraciones frente a los burócratas: “Pero los secreta-
rios no te quieren / y te cierran las puertas de tu casa / y te declaran la guerra
a muerte”. El quehacer artístico de su hermana lo testimonia así: “Has reco-
rrido toda la comarca / desenterrando cántaros de greda / y liberando pája-
ros cautivos / entre las ramas”. Narra sencillamente los rasgos solidarios y
humanos de Violeta: “Preocupada siempre de lo otros /cuando no del sobri-
no / de la tía”, para luego coloquialmente apostrofarla “cuándo vas a acor-
darte de ti misma / Viola piadosa”. Los atributos del genio de su hermana
son relatados o testificados con menor distanciamiento síquico que en otros
antipoemas, pues hay un temple anímico emotivo involucrado ante una si-
tuación inmediata y real: “yo no sé qué decir en esta hora / la cabeza me da
vueltas y vueltas”.
Tampoco está ausente la interferencia antipoética, la que Leonidas Mo-
rales denomina “prosaísmo” y que surge como correlato de lo narrativo,

Atenea 494
II Sem. 2006 38
especialmente en los versos que se identifican con lugares comunes, como
por ejemplo: “cuándo vas a acordarte de ti misma”, “Y te declaran la guerra
a muerte”, “Se levante y ande como Lázaro”, “Como si te estuvieran dego-
llando”, “Oh corderillo disfrazado de lobo”, “La cabeza me da vueltas y vuel-
tas”, etc.
La “moraleja”, otra de la formas antipoéticas, no está presente en este
antipoema, tal vez debido a su contenido elegíaco, pero sí el verso final es
una síntesis descriptiva y podría considerarse como tal expresado con un
lugar común: “un corderillo disfrazado de lobo”, resumen del testimonio
del ser humano que fue Violeta.
Es necesario establecer que la “acumulación” como suma de elementos
heterogéneos no es desintegradora, sino que los avecinamientos fónicos o
términos de un mismo campo semántico, presentes por aliteraciones, están
dirigidos al objetivo de testimoniar el ser de Violeta. Por ejemplo, una
homofonía que se expresa en forma anafórica señala algo muy chileno, como
Violeta, la palabra “cueca”: “Cueca de la batalla de Maipú”, “cueca del Hun-
dimiento del Angamos / cueca del Terremoto de Chillán / todas las cosas”.
Existe otra acumulación donde se repelen heterogéneos contendientes que
apuntan al ser y al no ser de Violeta: “Porque tú no te vistes de payaso /
porque tú no te compras ni te vendes / porque hablas la lengua de la tierra / /
Viola chilensis”. Todo el antipoema es una acumulación de oficios y de cua-
lidades que amplifican la descripción y testimonian quién fue realmente
Violeta Parra, tarea que el hablante estima imposible debido a su descon-
fianza en el lenguaje, actitud básica del antipoeta: “Toda comunicación vie-
ne a ser un simulacro en la medida en que nos propone remedos de pala-
bras, significaciones bastardas, pensamientos fariseos” (Morales, 1972: 65).
La realidad ontológica es lo único auténtico: “Pero yo no confío en las pala-
bras / ¿por qué no te levantas de la tumba / a cantar / a bailar / a navegar / en
tu guitarra? / / Cántame una canción inolvidable / una canción que no ter-
mine nunca / una canción no más / una canción / es lo que pido”. El penta-
sílabo adónico final corresponde a una expresión prosaica de plurivocidad,
como la llama Segre (1984), que cumple aquí la función de romper la ten-
sión lírica de los versos anteriores. La “imagen antipoética”, la que, según
Morales (1972: 54), “… se plantea rotunda y escueta delante de él como un
objeto visual de raíz onírica, levemente gris, sin aureolas retóricas, pero ex-
traordinariamente eficaz”, se ajusta con todas estas características en el poe-
ma en estudio, como por ejemplo: “Porque tú no te vistes de payaso”, ima-
gen que nos comunica plásticamente con la representación de una figura
pintarrajeada y vestida extravagantemente; otra imagen visual: “como quien
se bebe una copa de vino”, donde resulta difícil no imaginar el acto de la
mano alzándose con la copa hacia los labios, o bien: “como si te estuvieran
degollando”, lugar común que adquiere en el texto antipoético gran fuerza

Atenea 494
39 II Sem. 2006
expresiva por la dramática imagen plástica que comunica; “Valparaíso hun-
dido para arriba”, metáfora polisemántica que apunta a una visión plástica
de la elevada belleza de los cerros del puerto, los que en su altura están su-
midos o “hundidos” en la pobreza que en alguno de ellos existe. La tremen-
dista representación del acto de cantar de Violeta, visualizado como: “Rayos
son los que salen de tu voz”. A fin de hacer más breve esta revisión de las
imágenes como objeto visual, nos detendremos en el último verso de la es-
trofa número 27: “Para verte mejor cierro los ojos” (versos 126-7), con re-
percusión en el primer verso de la estrofa siguiente en que la remembranza
y que se llena de hondo contenido nostálgico ante la visión de la infancia
campesina, la que se hace presente en una nítida imagen plástica: “¿sabes lo
que estoy viendo? / tu delantal estampado de maqui”, el impulso emocional
queda repercutiendo en el verso que inicia la estrofa siguiente: “Tu delantal
estampado de maqui”, recuerdo que se asocia a los lugares en donde trans-
currió la infancia compartida: “¡ Río Cautín! / ¡Lautaro! / ¡Villa Alegre!”. En
síntesis, las estructuras formales internas de “Defensa de Violeta Parra” se
ciñen a la estética de la antipoesía, si bien no están presentes el humor y la
ironía, debido al tema que la motiva, pero es posible encontrar las otras
formas antipoéticas como: mezcla del lenguaje lírico con el cotidiano, dis-
tanciamiento, limitado por el tema que involucra emocionalmente al ha-
blante; narración o testimonio del ser de Violeta; prosaísmo manifiesto en
algunos casos con giros del habla coloquial o lugares comunes; léxico que
apunta a realidades ontológicas y, finalmente, imágenes escuetas como re-
presentaciones plásticas o hechos puntuales de la realidad carentes de com-
plejidad semántica.

FORMA DE ASIMILAR EL MODELO METRICO SAFICO


ADONICO EN EL ANTIPOEMA

El antipoema que nos ocupa, desde el punto de vista de la conformación


rítmica –lo que involucra el acento, la rima, el cómputo silábico, la pausa y
el tono en los versos–, como ya lo hemos señalado reiteradamente, pertene-
ce al modelo clásico de la estrofa sáfica adónica, según la define Tomás Na-
varro (1956: 192): “consta de cuatro versos sueltos, los tres primeros ende-
casílabos sáficos y el cuarto pentasílabo dactílico, llamado generalmente
adónico”.
Pero donde mejor y más prolijamente se la define es en una nota que
encontramos a pie de página del extenso poema elegíaco de José María Vaca
de Guzmán titulado “A la muerte de José Cadalso”, que figura en una anti-
gua edición de Poetas líricos siglo XVIII, tomo I (Vaca de Guzmán, 1869: 291-
2). El poeta acota:

Atenea 494
II Sem. 2006 40
(Nota 8) Forman estos versos castellanos de artificio latino. Son unos
sáficos, si no común composición de nuestros poetas, no desconocida de
ellos, pero con la novedad del adorno de la asonancia, medio general-
mente preferible a mi oído entre las vehemencias de las consonancias y
disonancias de la soltura (…) y vienen a ser el oído esclavo de la re-
flexión. También prevengo a Ud. no tengo por versos sáficos a todos los
que vea bautizados con este nombre, porque creen muchos y creen mal,
(…) que lo son todos los endecasílabos, necesitan para serlo la buena
disposición de los tiempos de la pronunciación, combinando la natura-
leza de los asuntos con la exigencia del contexto. He procurado cumplir
con estas reglas cuya transgresión es perceptible no sólo al que entiende
su economía y sepa explicarla con términos poéticos, según los princi-
pios, sino al que tenga un oído medianamente arreglado, que segura-
mente distinguirá en el sáfico un sonido del que carecen muchos, aun-
que no todos los endecasílabos castellanos.

Antonio Quilis, en su Métrica española (1969: 97-98) define la estrofa


sáfica en iguales términos que Tomás Navarro (1956: 192), señalando que
trata de imitar los metros clásicos y que aparece en España en el siglo XVI,
de lo que se dio cuenta en el apartado que se refiere a la trayectoria histórica
de esta métrica. Agrega, sí, que sólo a partir del Neoclásico, cuenta con rima
entre el primer y tercer endecasílabo. No podemos detenernos a examinar
todos los cambios que los versos sáficos han experimentado en su largo re-
corrido histórico, pero sí es interesante conocer cómo se presentan estas
innovaciones en el antipoema objeto de este estudio. El texto antipoético
que se analiza consta de treinta y una estrofas, dieciocho de las cuales se N. Parra
ciñen a la métrica clásica, cuya definición se insertó anteriormente, caracte-
rizada en detalle en nota transcrita más arriba del poeta José María Vaca de
Guzmán. Nicanor Parra toma como modelo, reiteramos, al poeta renacentista
Esteban Manuel de Villegas, en su “Oda al Céfiro”, considerado como el epó-
nimo de la métrica sáfica para la poesía hispana. Al esquema que se ciñe es
el siguiente:

_ _´ _ _ _´ _ _ _ _ _ _ Dulce vecino de la verde selva,


´ ´
_ _´ _ _ _´ _ _ _´ _ _´ _ huésped eterno del abril florido,
_ _ _ _´ _ _ _ _´ _ _´ _ vital aliento de la madre Venus,
´
_ _ _ _ _ Céfiro blando
´ ´

A este esquema métrico de versos sueltos se adscribe dieciocho de las


treinta y una estrofas del antipoema en estudio:

Atenea 494
41 II Sem. 2006
Dulce vecina de la verde selva
huésped eterna del abril florido
grande enemiga de la zarzamora
Violeta Parra

La puntuación se ha suprimido totalmente y en trece estrofas, del total


de treinta y una, los endecasílabos sáficos se han fragmentado y diseminado
en diferentes tipos de líneas versales, predominantemente escalonadas:

jardinera 4 sílabas métricas


locera 3 ” ”
costurera 4 ” ”
––––––––––
totalizan 11 sílabas métricas

El endecasílabo se ha fragmentado en tres líneas poéticas de 4-3-4 síla-


bas métricas y el acento se ha desplazado de la tercera, sexta y décima sílaba,
a fin de presentar una aparente heterometría y con una ordenación de evi-
dente efecto visual, pero su lectura nos devuelve el ritmo del endecasílabo
sáfico que subyace.
Otros versos diseminados en diferentes disposiciones dentro de la estro-
fa sáfica, a fin de amortiguar y aflojar la tensión lírica, preocupación de la
estética de la antipoesía parriana.

preocupada siempre de los otros 11 sílabas métricas


cuando no del sobrino 7 ” ”
de la tía 4 ” ”
––––––––––
totalizan 11 sílabas métricas

El endecasílabo se ha dividido en dos fragmentos de 7 y 4 sílabas métricas.

En la siguiente estrofa la diseminación es casi total:

Ni bandurria 4 sílabas métricas


ni tenca 3 ” ”
ni zorzal ( 3+1) 4 ” ”
–––––––––––
totalizan 11 sílabas métricas

Las tres líneas poéticas anteriores corresponden a un endecasílabo sáfico.


El verso siguiente, en cambio, no se ha fragmentado:

Atenea 494
II Sem. 2006 42
Ni codorniza libre ni cautiva 11 sílabas métricas

Pero las siguientes líneas poéticas pueden reunirse en un endecasílabo


sáfico:
tú 1 sílaba métrica
solamente tú 5 ” ”
tres veces tú (4+1) 5 ” ”
–––––––––––
11 sílabas métricas

Al recuento silábico métrico de las tres líneas poéticas anteriores, consi-


derando el acento oxítono, se le ha sumado en cada caso una sílaba métrica,
resultando así un endecasílabo sáfico. El endecasílabo sáfico siguiente se dis-
tribuyó gráficamente escalonado con el fragmento anterior:

tres veces tú. 5 sílabas métricas


Ave del paraíso terrenal 10+1 11 ” ”

Prevalece el acento oxítono sólo en los dos versos finales de los endecasí-
labos, por lo que recobra la métrica sáfica. Algunas estrofas se hallan fundi-
das, pero igualmente conservan su estructura clásica:

Los veteranos del setenta y nueve 11 sílabas métricas


lloran cuando te oyen sollozar (10+1) 11 ” ”
en el abismo de la noche oscura 11 ” ”
¡Lámpara a sangre! 5 ” ”
cocinera 4
niñera 3
lavandera 4 11 ” ”
niña de mano 5
todos los oficios 6 11 ” ”
todos los arreboles del crepúsculo 11 ” ”
Viola funebris 5 ” ”

La estrofa final cuenta con once líneas poéticas de versos heterométricos,


predominando los endecasílabos sáficos, uno de los cuales se presenta frag-
mentado en dos líneas poéticas:

sin aflicción 3 silábas métricas


sin lágrimas inútiles 8 ” ”
––––––––––
11 sílabas métricas

Atenea 494
43 II Sem. 2006
Carece de sentido examinar una a una las estrofas que presentan aparen-
te heterometría, y decimos aparente, porque por debajo subyace la métrica
sáfica adónica, la que al fragmentarse ha roto el sistema convencional de
organizar el endecasílabo sáfico creando un ritmo diferente, el que podría-
mos denominar antimétrico.
La fragmentación del endecasílabo no sólo se expresa en una grafía esca-
lonada o diseminada, acorde a la antipoesía, sino que se manifiesta como
una fuerza expresiva que radica en la ruptura del código métrico clásico,
mediatizada por una nueva sintaxis que tiende a la yuxtaposición, donde la
entonación y las pausas expresan la unidad oracional de sentido:

jardinera 4 sílabas métricas


locera 3 ” ”
costurera 4 ” ”
––––––––––––––
11 ” ”

bailarina del agua transparente 11 ” ”

Se debe dejar claramente establecido que se ha denominado antimetría


por el hecho de romper un esquema métrico clásico, consagrado por la tra-
dición, ya que al fraccionarse el endecasílabo sáfico se altera su sintaxis, fe-
nómeno métrico que no debe confundirse con la “ametría” del verso libre,
pues éste no reconoce una matriz métrica, dejando así en evidencia lo que el
propio poeta proclama en uno de sus Artefactos, ser “el gran desendecasíla-
bador”. Se puede concluir con la paradoja siguiente: el poema del cual nos
ocupamos se estructura sobre la desarticulación de la métrica de un modelo
clásico, de lo que resulta, desde el punto de vista de su estructura métrica,
estar construido con la “demolición” de una larguísima tradición métrica.

CONCLUSION

A través del dilatado recorrido histórico del modelo métrico de la estrofa


sáfica adónica, se estableció que con posterioridad al siglo XVI fue objeto de
varias innovaciones con relación a su ritmo y a su rima, pero siempre se
respetó su estructura versal básica, por lo que el poema de Nicanor Parra
objeto de este estudio introduce una nueva y más audaz innovación que afec-
ta la disposición del verso endecasílabo. De ello se desprende que los modelos
métricos clásicos constituyen códigos irrenunciables como la lengua misma,
que los poetas aceptan como un legado que puede ser sometido a innovacio-
nes o variaciones y cuyos correlatos son sus estéticas y sus estilos.

Atenea 494
II Sem. 2006 44
Concluimos al revisar las estructuras formales del poema “Defensa de
Violeta Parra” que se adscribe a la antipoesía, por contar con un buen nú-
mero de elementos acordes a esta estética, pero se reconoció a la vez que su
mayor innovación rupturista residía en su métrica, resultante de la descom-
posición de un modelo consagrado por la tradición clásica, originando una
nueva estructura versal, la que llamamos antimétrica, por formarse de las
fragmentaciones y diseminaciones del endecasílabo clásico.
El nuevo elemento antipoético que denominamos antimétrica no debe
confundirse con la “ametría” del versolibrismo; en el antipoema estudiado
se han desestructurado los endecasílabos sáficos, creando una nueva estrofa
de raíz sáfica.
De las identidades textuales entre una oda clásica y un antipoema se puede
inferir una decidida voluntad de revelar fuentes para establecer la irrenun-
ciable necesidad de continuar la tradición que ofrece el legado cultural.
En la poesía de Nicanor Parra se ha puesto el énfasis en lo absoluto de lo
“antipoético”, en lo rupturista, sin detenerse a ver cómo y cuáles son los
modelos que el antipoeta devasta. El fenómeno poético es más complejo,
sobre todo en poemas de largo aliento como el estudiado, porque las ruptu-
ras y las discontinuidades deben realizarse, necesariamente, a partir de mo-
delos consagrados que atraviesan el nivel de lo inconsciente colectivo.
En síntesis, se puede concluir que los modelos fijados en determinadas
formas en el funcionamiento de la cultura pueden ser sometidos a diversas
alteraciones, incluso a descomposiciones, pero sin dejar de subyacer en ellos
la diacronía cultural de que son portadores, pese a las mutabilidades que les
impone el dinamismo inherente a la evolución humana en su afán de crea-
ción.

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Atenea 494
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Villegas, Esteban Manuel de. 1913. Las eróticas o amatorias. Madrid: Ed. La Lec-
tura.



Atenea 494
II Sem. 2006 46
ISSN 0716-1840

HISTORIA Y ESCRITURA
CORPORAL EN LA POESÍA CHILENA
Y CANADIENSE CONTEMPORÁNEA*
NAÍN NÓMEZ** Y FERNANDA MORAGA***
RESUMEN

El artículo establece un recorrido panorámico por las diferentes estrategias textuales


que la poesía de mujeres chilena y canadiense ha utilizado desde fines del siglo XIX
hasta fines del siglo XX. En el trabajo se analizan sus contextos específicos y sus diferen-
cias geográficas y culturales, pero también se muestran ciertas bases comunes basadas
en la relación escritura-cuerpo y en la construcción de sujetos que buscan instalar su
historia personal y colectiva a partir de un discurso de ruptura y crítica.
Palabras claves: Poesía chilena, poesía canadiense, escritura, cuerpo, identidad.

ABSTRACT

This paper establishes a panoramic journey through different textual strategies that
Chilean and Canadian women poets have used from the end of the Nineteenth Century
up until the end of the Twentieth Century. Specific contexts and geographic and cul-
tural differences are analysed, but we also show certain common foundations related to
writing-body relationships and subject construction that seek to install a personal and
collective history through a rupturist and critical discourse.
Keywords: Chilean poetry, Canadian poetry, writing, body, identity.
Recibido: 05.05.2006. Aceptado: 27.10.2006.

* Este trabajo se origina en una ponencia presentada en el XXVI Simposio Internacional de


Literatura auspiciado por la Universidad de Los Lagos (2005) y es parte del proyecto Fondecyt
1050321 (2005-2007).
** Profesor Titular del Departamento de Lingüística y Literatura de la Universidad de Santia-
go, Chile. E-mail: nnomez@lauca.usach.cl
*** Profesora de la Universidad Católica Cardenal Silva Henríquez. Estudiante de Doctorado
en Literatura de la Universidad de Chile. Santiago, Chile.

Atenea 494
47 II Sem. 2006
pp. 47-66
INTRODUCCION

¿Qué importa si la canción es condenada


anulada o vaciada
o desmembrada y destruida
miembro por miembro?
Las palabras existen como las semillas
se declaran en el aire
más allá de las murallas, en el oído
escondido bajo las grietas de la puerta.
(DOROTHY LIVESAY)

Nada tengo, nada dejo, nada pido. Desnuda como nací me voy, tan
ignorante de lo que el mundo había. Sufrí y es el único bagaje que
D. Livesay
admite la barca que lleva al olvido.
(TERESA WILMS MONTT)

La mujer yace en el mojado piso de cemento


bajo la luz interminable,
hay marcas de agujas en sus brazos
para matar el cerebro
y se pregunta por qué se está muriendo.
Se está muriendo porque lo dijo.
Se está muriendo en nombre de la palabra.
Es con su cuerpo, silencioso
y sin dedos, que está escribiendo este poema.
(MARGARET ATWOOD)
T. Wilms Montt
Lleno de sangre el hocico y la mirada
y entero el cuerpo destrozado
de la presa en su entraña
regurgitando y expirando
expirando y regurgitando
para que ella muriera
y con ella murieran
los cantos de amor y muerte.
(MARINA ARRATE)

Me ofreciste fuego para encender mi cigarrillo


Pero cuando me incliné a la llama
me chamusqué las cejas y el pelo
Ahora pasa siempre lo mismo – No importa donde
nos juntemos, me quemas.

Atenea 494
II Sem. 2006 48
Siempre tengo que detenerme y frotarme los ojos
y sacudir el fuego que vive en mi pelo.
(GWENDOLYN MACEWEN)

Se me hielan los pies, herma. Todas esas partes perdidas que reviven
mi nostalgia. Me hielo y me deshielo dentro de la última guarida de
mi cuerpo. La piel se me deshace en gelatina. La sangre avanza un
centímetro por segundo. Los dedos congelados no quieren soltar la
fibra roja del tiempo.
me cubre una capa de rocío, me cubre el reboso viejo de la ventisca. Ya
sólo me removerá la guadaña y yo termino en soledad de cubrirme a
mí misma, en esa cama gigantesca de la sábana blanca y helada.
(ELVIRA HERNÁNDEZ)

L
OS FRAGMENTOS anteriores provienen de textos de poetas canadien-
ses y chilenas escritos durante el siglo XX y nos dan el pretexto para
preguntarnos por la premisa básica de estas notas: ¿Qué es lo que une
a estas poetas de los dos extremos del continente? ¿Es posible que la matriz
generadora de estos poemas tenga puntos de encuentro? ¿Existe una sensi-
bilidad común que permita establecer similitudes de culturas tan distintas
como son la canadiense y la chilena?

HISTORIA Y LITERATURA DE MUJERES A COMIENZOS


DEL SIGLO XX

Desde los comienzos del siglo XX, la escritura de mujeres se convirtió en un


signo evidente de los cambios que el proceso de la modernidad capitalista
había cimentado en el mundo occidental en forma desigual entre metrópoli
y periferia. Este proceso se consolida con contradicciones en la globalización
o mundialización económica y cultural y el neoliberalismo de fines de ese
mismo siglo, al mismo tiempo que sustenta la crisis crónica de una moder-
nidad esplendorosa en su universalidad, pero llena de trizaduras en la con-
creción de las políticas nacionales. Como resultado produce la fragmenta-
ción de espacios, hábitat familiar, costumbres e ideas y reproduce también
cambios evidentes en las relaciones de género al instalar un parecido senti-
miento de desgarro en el imaginario y las visiones de mundo de hombres y
mujeres1.

1
Desgarro parecido, pero no similar. En Canadá, las mujeres emigran del campo a la ciudad,
atraídas por las oportunidades de trabajo del capitalismo en expansión y creando organizaciones

Atenea 494
49 II Sem. 2006
El siglo XX es el siglo de la escritura de mujeres, no porque antes las
mujeres no escribieran, sino porque lo hacían desde otras perspectivas, sub-
alternas, menos reconocidas, desde géneros despreciados, sin el cuarto pro-
pio que pedía Virginia Woolf, desprovistas de estatus, rol social y salida al
lugar público. Los textos citados marcan la huella de un recorrido discursi-
vo que pretende convertir la construcción de la interioridad en una re-escri-
tura de la historia alternativa, realizada a partir de una realidad histórica
diferente de la racionalidad ‘objetiva’, que alaban algunos literatos del perío-
do. Al unir la producción poética de los inicios del siglo XX con la de su final
en una vuelta de tuerca, para un proceso que se sigue transformando, trata-
mos de pautear los prolegómenos de una historia discursiva que se teje len-
tamente desde orígenes difusos, represiones oblicuas y carencias inobjetables.
Al comparar a poetas de países tan disímiles como Canadá y Chile (y aquí
sólo nos referimos al Canadá inglés), tratamos de argumentar que es más
importante el gesto de reconstrucción genérico de identidad, que las dife-
rencias linguísticas, geográficas y culturales. Es indudable que existen desa-
rrollos desiguales en los procesos independentistas, los flujos de inmigra-
ción, la exploración de territorios, la simbiosis racial, las influencias de la
metrópoli, el crecimiento demográfico y económico, el desenvolvimiento
V. Woolf político, la ligazón con la religión y otros rasgos que expresan la diferencia.
Hay procesos culturales que se adelantan o se retardan de acuerdo con los
traspasos que provienen desde el centro o con la asunción de nuevas identi-
dades, pero al mismo tiempo la expansión y globalización del sistema capi-
talista, cuando se inicia el siglo XX, hace emerger nuevas capas sociales y
sectores urbanos que masifican la producción cultural en todos lados y le da
cabida a las mujeres como nunca antes.
En los albores del siglo XX, la literatura de mujeres se desarrolla en Chile
a la par del emergente proceso de modernización capitalista que exige tam-
bién una forma de capital en el campo cultural educativo, especialmente
focalizado hacia las capas medias y obreras. Se multiplican las escuelas, las
universidades y los periódicos (en 1914 llegan a 531 en el país). La revista
Zig-Zag vende en 1905 cerca de 100 mil ejemplares. La competitividad del
intercambio productivo en el campo cultural moviliza no sólo a los escrito-
res, sino también a los críticos, los académicos, los editores, los pedagogos,
los antologadores y los jurados. La escritura de mujeres, que durante siglos

que les dan un sentido de identidad. Pero al mismo tiempo, la continuidad de las luchas domésti-
cas, la diferencia de pago con los hombres, las censuras y las restricciones remarcan una crisis en
los roles, que desde el otro sexo, desminuido en su tradicional patriarcalista, también se hizo evi-
dente. En Chile, aunque hubo un desarrollo parecido, las condiciones fueron distintas. Desde el
punto de vista económico, un capitalismo periférico; desde el punto de vista cultural y político, el
ascendiente religioso y la tradición hispánica impedían a las mujeres adoptar un rol público acti-
vo, ya que las exponía a la befa, el sarcasmo, el repudio y al rótulo de ‘mujer de la calle’, el peor
insulto en una cultura históricamente machista.

Atenea 494
II Sem. 2006 50
estuvo constreñida a discursos íntimos y privados como el diario de vida, la
autobiografía, el testimonio, las epístolas y los pensamientos, busca ahora
comunicarse con los otros y especialmente con las otras. Emerge en perió-
dicos y arengas como protesta genérica doble: contra la represión sexual y
económica, pero también como discurso reprimido desde siempre. Dece-
nas de mujeres hacen versos, pero son pocas las que cuestionan el discurso
del poder o del canon patriarcal. Es así como la poesía de mujeres se entro-
niza y difumina en forma residual con el proceso de la modernidad y los
modos discursivos ejemplares de la época. Mientras en el campo cultural se
relevaban las obras de ‘vanguardia’ de un Huidobro, un Neruda o un Pablo
de Rokha, las ‘identidades tránsfugas’ (A. Valdés) de las mujeres se pierden
en el imaginario simbólico dominante y un aparato crítico ultraconservador
y misógino2.
Algo parecido ocurre en este terreno en Canadá, aunque con la diferen-
cia de sus vastos territorios, el predominio de dos lenguas y de dos culturas
dominantes y la cercanía de Estados Unidos. Desde la conformación de la
Confederación en 1867, las mujeres empiezan a ganar espacios en la medida
en que la industrialización capitalista necesita nueva mano de obra y la for-
mación de nuevas profesiones. La población crece de 2,5 millones en 1851 a
9 millones en 1921, expansión que se acelera con la llegada de grandes gru-
pos de inmigrantes, no sólo de habla inglesa sino también de Europa, Asia y
el Caribe. Tal como en Chile, a comienzos del siglo XX se produce una fuer-
I. Valancy Crawford
te migración del campo a la ciudad y las mujeres pasan de trabajar en labo-
res domésticas y cuidar los animales a emplearse en las fábricas, elevar su
educación y trabajar en salud, medios de comunicación, oficinas, colegios y
negocios. Por otro lado, las desigualdades sociales y económicas llevan a las
mujeres a organizarse no sólo para defender sus derechos, sino también para
reflexionar acerca de sus diferencias de género y su sumisión en un mundo
patriarcal3.
Desde la perspectiva de la producción poética, las pioneras canadienses
inglesas hacen del paisaje una expresión de sus sentimientos al mismo tiem-
po que ofrecen retratos melodramáticos de sí mismas con un fuerte resenti-
miento hacia la dominación masculina. Es el caso de Isabella Valancy Crawford
(1850) y Pauline Johnston (1861), poetas descriptivas, impregnadas de un
énfasis animista que integra paisajes y sentimientos, o la curiosa presencia
de Louise Morey Bowman (1882), adelantándose a su tiempo con poemas
coloquiales de cierto vanguardismo que también bucean en las represiones
del género.

2
Adriana Valdés, “Identidades tránsfugas”, en Una palabra cómplice. Encuentro con Gabriela
Mistral (Roma-Santiago: Isis Internacional, 1989), pp. 75-86. L. Morey Bowman
3
En esta sección, seguimos de cerca la obra Canadian Women. A History, de Alison Prentice et
al. (Toronto: Harcourt Brace and Co., 1996), especialmente las secciones 2 y 3.

Atenea 494
51 II Sem. 2006
Recién hacia los años 30 del siglo XX empezarán a aparecer algunas poe-
tas mujeres que se articulan a la poesía moderna con un gesto personal que
integra una visión política con una búsqueda de sí mismas. Es el caso por
ejemplo de Dorothy Roberts (1906), Dorothy Livesay (1909), Anne Wilkinson
(1910), Elizabeth Smart (1913) y Anne Marriot (1913). Ellas, si bien no for-
man un grupo compacto, permiten desarrollar una multiplicidad de ten-
dencias que se desprenden de las fuentes inglesas y norteamericanas, cen-
trándose en las temáticas de la identidad, los conflictos culturales y la rela-
ción con Estados Unidos. En Dorothy Roberts y Anne Marriot, por ejemplo,
se percibe un sujeto que busca restablecer sus ligazones familiares en comu-
nión con un escenario natural empático y una mirada que va creando su
propio mundo interior. El paisaje canadiense es una manera de revelar las
relaciones del trabajo cotidiano con las emociones personales, los amores,
las angustias y las percepciones sobre el hombre. Anne Wilkinson desarrolla
D. Livesay
una mirada crítica, a veces denostando el exterminio de la guerra, la inutili-
dad de la política o el establecimiento de una nueva visión poética desde la
mujer. Pero es probablemente Dorothy Livesay quien más fuertemente bus-
ca ligar la situación de la mujer con la naturaleza violentada por la guerra, la
violencia y la represión. Comprometida políticamente con el Partido Co-
munista, Livesay parte haciendo una crítica de la injusticia para terminar
explorando los diferentes roles que ha asumido la mujer de su tiempo, así
como la necesidad que tiene de controlar su propia vida. Como señala
Rosemary Sullivan4, Livesay modela ya a fines de los veinte ese sentido de
comunidad literaria y vital que se desenvolverá en los distintos bolsones de
la cultura canadiense. En ella se agitan no sólo diversos temas, sino también
diferentes modos de apropiarse del lenguaje que van desde una imaginería
surrealista hasta formas casi narrativas con sus diálogos e intercalaciones.
En textos como “The Notations of Love” (Anotaciones amorosas), la leve-
E. Smart dad del verso sugiere ya la construcción de un sujeto que ha empezado a
cuestionarse desde las raíces su afectividad y su relación con el mundo:

No me dejaste nada, cuando


me desnudaste a la luz
con suavidad me quitaste la piel
me desvestiste hasta el hueso.
No me dejaste nada, pero lentamente me derretí
en la tierra verde
el pasto creció entre mis muslos.
Y cuando una flor salió disparada

4
A. Marriot Rosemary Sullivan en “Introduction”, Poetry by Canadian Women (Toronto: Oxford University
Press, 1989), p. XII.

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desde mis dientes desenganchados
no me dejaste nada sino la lengua para decirlo5.

En otro fragmento, agrega:

Solo los labios permanecen frescos


solo la lengua desenvaina su piel secreta
y pone cerrojo al relámpago6

con lo cual establece para el concepto de ‘lengua’ un campo semántico de


varia riqueza que involucra tanto la producción literaria y la posibilidad de
hablar y expresarse sobre todo a partir de una oralidad siempre censurada
por ser pasajera, como así mismo una simbólica sexual de la mujer que se
opone al falocentrismo expresado en la cultura patriarcal. El texto de esta
poeta aparece ya como un potencial de producción de sentidos abierto a la
lectura múltiple.
En Chile, el proceso de modernización de comienzos de siglo tiene su
caso paradigmático en la figura de Gabriela Mistral (1889). Tal vez la dife-
rencia con el contexto en que se desarrolla la escritura de mujeres en Cana-
dá es que la represión escritural es más directa en Chile e impide un desa-
rrollo propio de las mujeres a no ser que se imite la escritura masculina. Si
Mistral es aceptada, es porque su obra se descodifica a través de una super- G. Mistral
posición biográfica inocua, porque es invitada a México a entregar su expe-
riencia como educadora, porque su falta de encanto corporal la hace aséptica
en su trato con los hombres y porque se le endosa el estereotipo de la maes-
tra sufriente, religiosa, maternal y afectuosa. Una nueva crítica ha logrado
desmenuzar la apariencia mansamente filial de la obra mistraliana, para
mostrarla escribiendo sobre la mujer nueva y establecer a través de su deli-
rio poético el deseo de la mujer que quiere ser, pero que la represión no le
permite. Como se ha señalado, la obra de Mistral se alimenta de un desgarro
esencial que viene de la herida paterna y escribir versos es para ella abrir esa
herida y poner de manifiesto ese desgarro: el de ser una y querer ser la otra,
la loca, la alucinada, la productora de versos, la que desafía la Ley del Padre,
la que anda en la niebla como fantasma, la extranjera que como ella misma
señala: “Vivirá entre nosotros ochenta años, / pero siempre será como si llega,
/ hablando lengua que jadea y gime / y que le entienden solo bestezuelas. / Y
va a morirse en medio de nosotros, / en una noche en la que más padezca, /
con sólo su destino por almohada, / de una muerte callada y extranjera”7.

5
“Anotaciones amorosas” en Un pájaro es un poema, Lake Sagaris, ed. (Santiago: Pehuén Edi-
tores, 1986), p. 129. Traducción de Lake Sagaris.
6
Ibid, p. 131.
7
“La extranjera” en Poesía chilena contemporánea, Naín Nómez, ed. 2ª ed. (Santiago: Fondo de
Cultura Económica, 1998), p. 46.

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53 II Sem. 2006
El proceso modernizador que se instala en Chile en los años veinte in-
corpora otras poetas al sistema cultural, las cuales asumen el proceso social
y personal con variadas visiones que buscan consolidar la mirada de un
sujeto aprisionado en su gestualidad creativa. Teresa Wilms Montt (1893) es
un caso paradigmático de represión y censura. Oveja negra del rebaño de la
elite chilena, su leyenda biográfica supera con creces el conocimiento de sus
escritos, publicados en forma completa sólo en 1994. Enamorada de un
burócrata, se casa a los 17 años contra la voluntad de sus padres, le arreba-
tan a sus hijas, no le conceden el divorcio, la encierran en un convento cuan-
do se enamora de otro hombre, es condenada por confesar sus amores, vive
en el desarraigo permanente durante el resto de su vida por medio de un
periplo que la lleva de Santiago a Buenos Aires, Nueva York, Madrid, París,
Buenos Aires y finalmente a París, donde se suicida, abandonada y sola, a la
edad de 28 años. Enmarcada en el estereotipo de la femme fatale, debe re-
nunciar a todo como castigo por dedicarse a escribir y exteriorizar su inti-
midad. A diferencia de Mistral, que se enmascara como la educadora de los
T. Wilms Montt pueblos y vacía su maternidad en el discurso, Wilms Montt se expone a
todos los amores y señala que “cerca de todos los hombres me siento mater-
nal”. Producto del advenimiento de la modernidad que libera económica-
mente a la mujer a condición de mantener su subalternidad genérica, Teresa
Wilms se descubre a sí misma como sujeto capaz de producir, indignarse o
expresar su solidaridad en forma privada y pública. Como Mistral se refugia
en la Otra, pero esta Otra no es sólo la del discurso, sino también la Loca de
amor apasionado que se desintegra en el espejo vacío de los sueños y culmi-
na en la tragedia: “Como en un abismo sin fin, me hundo en mi pasión...
¿Será la locura el fin de nuestra historia?”. Si bien el imaginario interior es
un refugio contra los males del mundo, también es la representación del
resquebrajamiento de todo proyecto que intente romper el orden erigido
por el mundo patriarcal. A días de su propia muerte, señalará en su “Diario”
con un discurso cada vez más alterado, agitado y fugaz: “extraño mal que
me roe, sin herir el cuerpo va cavando subterráneos en el interior con garra
imperceptible y suave... desnuda como nací me voy”8. Su imaginario alter-
nativo culmina en el fracaso de su proyecto de vida y en la invisibilidad del
texto.
De las otras poetas que empiezan a escribir en los años veinte, tal vez se
salvan parcialmente del ostracismo y la tragedia, Winétt de Rokha (1894) y
Olga Acevedo (1895), en ambos casos porque lucharon denonadamente
(como Dorothy Livesay) por los derechos de las mujeres, la justicia y la soli-
W. de Rokha daridad. Winétt de Rokha, más bien conocida por ser la esposa del poeta

8
En la sección IV de su “Diario” publicado en Obras completas por Ruth González-Vergara
(Santiago de Chile: Editorial Grijalbo, 1994), pp. 169-201.

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II Sem. 2006 54
Pablo de Rokha, debió pagar el precio de la personalidad desbordante de su
marido, dejando una obra casi desconocida para la crítica coetánea y actual,
obra sin embargo de gran interés porque se enquista en la vanguardia sin
dejar de mantener un tono íntimo y austero que se contradice con el de su
esposo. Por su parte, Olga Acevedo debía escribir a escondidas de su mari-
do, lo que la lleva a divorciarse y a volcarse en la lucha social y gremial,
esfuerzo que también opacó su obra fuertemente vanguardista y en la que se
perciben permanentes transformaciones e innovaciones.

SEMEJANZAS Y DIFERENCIAS EN LA SEGUNDA


MITAD DEL SIGLO XX

A diferencia de la poesía canadiense inglesa, las poetas que escriben con


posterioridad no consolidan en Chile una escritura que se amplíe y se pon-
ga a la par con la escrita por hombres. Es posible que un contexto de avances
y retrocesos en la batalla por sus derechos haya influido en este terreno.
Volcadas en la lucha por la reivindicación personal, política y social o refu-
M.I. Peralta
giadas en un intimismo reprimido, las mujeres más liberales –y entre ellas
las poetas– tienen un retroceso enorme cuando en los cincuenta la senadora
María de la Cruz es destituida y su poderoso Partido Feminista deja de exis-
tir. La fuerza telúrica y política de la vanguardia poética con sus experimen-
tos formales, instalada en Chile con nombres como Neruda, Huidobro, De
Rokha, Díaz Casanueva, Rosamel del Valle o el tardío grupo surrealista La
Mandrágora, no deja resquicios a las poetas mujeres, que refugiadas en una
intimidad que las construye y las limita, aparecen en lugares secundarios
bajo el rubro de lo ‘femenino’, es decir lo nimio, banal o simple. En los 30' y
40' y 50', poetas como Chela Reyes, María Tagle, María Isabel Peralta, Gladys
Thein, Mila Oyarzún, Stella Corvalán y otras, hacen aportes diversos que
apenas son considerados en algunas antologías, pero siempre dentro del tono
menor que se le asigna a la escritora mujer. No conforman grupos ni gene-
raciones contestatarias, pero además se trata de un fenómeno que no ha
tenido recepción ni interés para la crítica. A ello se agrega el problema del
mercado de un género sospechoso y difícil en un país tercermundista con
un mercado exiguo y donde lo propio es despreciado. Las novedades siguen
viniendo de Londres, París o Nueva York y en eso no hay diferencia con lo
que ocurre en el mercado literario canadiense de esos años. Los canadien-
ses, como señala Margaret Atwood en Survival 9, se sienten periféricos y vi-
viendo en la colonia cultural y económica. Esta situación solamente empie-
za a cambiar en los sesenta, cuando la audiencia de los poetas se hace tan

9
En Margaret Atwood, Survival (Toronto: McClelland & Steward Inc., 1996), pp. 25-43.

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55 II Sem. 2006
masiva como la estadounidense y en los setenta ocurre lo mismo con los
novelistas. Durante el período que va de los cuarenta a los sesenta, la poesía
de mujeres en Canadá es comparable a la de los hombres, multiplicándose
en nombres y obras que compiten por premios y público. Es el caso de P.K.
Page (1916), Margaret Avison (1918), Elizabeth Brewster (1922), Phillis Webb
(1927), Adele Wiseman (1928) y Pat Lowther (1935), entre otras. Ellas ex-
ploran formas, contenidos, temas metafísicos y experimentos con el lengua-
je, transformando la literatura canadiense en algo propio con una identidad
variada y compleja, que a partir de allí se transforma permanentemente. En
los setenta, esta amplia visión se acentúa con la puesta en escena de poetas
M. Atwood como Margaret Atwood (1939), Gwendolyn Mac Ewen (1941), Daphne
Marlatt (1942), Bronwen Wallace (1945), Susan Musgrave (1951), Lorna
Crozier (1948), Roo Borson (1951) y así al infinito. El proceso de la escritu-
ra de las mujeres en el Canadá inglés es un fenómeno integral que se desa-
rrolla a partir de una tradición propia que se articula y sostiene por sí mis-
mo, pero también en diálogo, integración y discusión con la poesía mascu-
lina.
La situación chilena fue distinta. Como anunciamos antes, ni siquiera la
apertura generosa de los sesenta fue suficiente para liberar la voz de las poe-
tas mujeres. Apenas una o dos poetas alzan su voz en el período y la más
importante –Cecilia Vicuña– se va a vivir a Estados Unidos, donde su liga-
zón con los grupos beat y el hippismo serán claves en la continuidad de una
G. Mac Ewen
obra que se entremezcla con acciones de arte y tradiciones indígenas. Hasta
la ruptura autoritaria del golpe de estado del 73', la poesía masculina había
mostrado un desarrollo incomparable en un juego de rupturas y continui-
dades permanentes. A las voces de los patriarcas que seguían hablando con
voz tonante (Neruda, De Rokha, Díaz Casanueva, Anguita) se agregan aho-
ra las rupturas y críticas de nuevos poetas que rompen con los discursos de
la vanguardia y acercan la poesía a la oralidad, el coloquialismo y la claridad
del hombre común: es el caso de Nicanor Parra (1914), Gonzalo Rojas (1917),
Enrique Lihn (1920) y Jorge Teillier (1935). Otros poetas importantes del
período serán Efraín Barquero, Miguel Arteche y Armando Uribe.
Pero el golpe de estado cambia el escenario. Los poetas emergentes de los
sesenta que se afianzan en un mundo urbano desmantelado o en la nostal-
C. Vicuña gia de un hogar rural utópico y perdido (el caso de Waldo Rojas, Oscar Hahn,
Manuel Silva Acevedo, José Angel Cuevas, Gonzalo Millán, Floridor Pérez,
Jorge Etcheverry y otros), se quedan a medio camino y son escindidos geo-
gráfica y visceralmente. Muchos salen al exilio y van a incorporar las nuevas
geografías en su escritura. Diversas generaciones coexisten con textos que
van desde la denuncia y el testimonio hasta la exploración exhaustiva de los
propios fantasmas y una experimentación medular con el discurso. Las pro-
mociones emergentes que comienzan a escribir en los setenta son censura-
das o autocensuradas y a partir de allí se gesta una matriz literaria de diver-

Atenea 494
II Sem. 2006 56
sas líneas que en forma sibilina y críptica intenta conformar lenguajes de
multívocos sentidos y lecturas secretas. A partir del liderazgo de algunos
poetas neovanguardistas como Juan Luis Martínez, Raúl Zurita, Diego Ma-
quieira o Rodrigo Lira, se genera un discurso que critica la ultramoderni-
dad neoliberal con su fetichismo del mercado, desde un sujeto que se sitúa
en los márgenes de la sociedad, que se autoaniquila y mutila y que habla en
S. Fariña
los vacíos y los intersticios del lenguaje. En esta exploración, que se desarro-
lla como búsqueda de lenguajes nuevos que den cuenta de la situación de
represión que se vive en el país, surge en los últimos veinte años la represen-
tación de la variada gama de voces de poetas mujeres que participan en un
escenario donde todo está por hacer. Es el caso de Soledad Fariña (1943),
Carmen Berenguer (1946), Elvira Hernández (1949), Eugenia Brito (1950), C. Berenguer
Carla Grandi (1947), Verónica Zondek (1953), Teresa Calderón (1955), Paz
Molina (1945) y Marina Arrate (1957), entre otras.

POETAS DE VIGENCIA ACTUAL

La inversa situación que se produce en ambos países a partir de los sesenta, T. Calderón
curiosamente produce un fenómeno con ciertas similitudes, aunque proba-
blemente los efectos sobre la publicación, la circulación y la recepción de los
productos literarios sean diametralmente distintos. En Canadá, las lecturas
de café, las pequeñas empresas editoriales, el afianzamiento del nacionalis-
mo cultural, la fundación del Consejo Nacional de las Artes, la CBC, crean
un clima de confianza cultural que incentiva la producción de más de 2 mil
poetas. No es la única causa, por supuesto, pero incide en la amplitud de
E. Brito
una discusión cultural que también se desborda a las revistas y otros medios
de comunicación, creando la sensación del surgimiento de una identidad y
una cultura propia. La poesía se vuelve hacia el mito indígena, la explora-
ción del paisaje y los nuevos descubrimientos de la historia colectiva y per-
sonal. En Chile, por el contrario, a los sesenta apoteósicos y desbordantes en
actividades aunque más mesurados en creatividad, se suceden los setenta
censurados, etapa obscura que con distintos matices se remontará hasta los
noventa. En este contexto es donde podemos percibir ciertas similitudes en
los discursos de las poetas de ambos países, similitudes que se nos aparecen V. Zondek
teniendo en cuenta todas las diferencias de que hemos hablado más arriba,
incluyendo un desarrollo historico evidente, pero geográficamente diverso
en el caso canadiense, en comparación con un discurso que surge de la os-
curidad de un contexto censurador que obliga a inventar lenguajes y códi-
gos nuevos que multiplican sus sentidos al infinito en Chile. No es que no
existan voces testimoniales o de denuncia directa, ni tampoco que no haya
poetas que establezcan una continuidad con la tradición anterior. Pero el
fenómeno más relevante tiene que ver con una escritura que con diversos P. Molina

Atenea 494
57 II Sem. 2006
matices apunta a re-escribir la historia personal y colectiva con el cuerpo,
liberando en la misma búsqueda, cuerpo, lenguaje e historia. Esta poética
femenina que recorre un amplio abanico de posibilidades se muestra como
la búsqueda de una identidad –de texto y de sexo–, a través de un discurso
que inscribe la imagen del cuerpo al mismo tiempo que evoca la imagen de
lo reprimido al hacerse ambivalente, móvil y fragmentario.
En Canadá la figura de Margaret Atwood, prima donna de su literatura,
ha coincidido con una obra que expresa la búsqueda del conocimiento so-
bre el ser mujer, que se origina en el intento de transformación y mutación
del otro. El espíritu mítico que alimenta la obra de Atwood es sólo el puente
que le permite volver a reencarnarse en su ser femenino y un pretexto para
M. Atwood
enunciar temas que la obsesionan: el cambio del mundo de la percepción al
mítico, la necesidad del autoconocimiento, el poder de la naturaleza primi-
tiva o la arquetípica búsqueda del padre, elementos que no están ausentes
en poetas chilenas como Soledad Fariña, Marina Arrate, Eugenia Brito o
Elvira Hernández. Atwood ve al ser moderno como compelido a recibir con-
tinuas invasiones de miedo y paranoia que lo asaltan desde la mente
subliminal, todavía comprometida con creencias anacrónicas en un orden
civilizado, que contradice la barbarie del siglo. Su objetivo es cruzar con la
escritura las convenciones que nos inventamos, saltando al lado salvaje y
primitivo que las expone y reduce. En su libro de poemas Política del poder
(1971) la autora expone las decepciones sadistas implícitas en el mito del
amor romántico. Los enamorados son depredatorios y hasta caníbales. Las
relaciones son una forma sofisticada de consumo y en el amor se establece
una política de poder. Cada individuo busca la seguridad de su rol, refor-
zándose a través del otro y permanece atrapado en un solipsismo esencial,
comprometido sólo con su propio necesario apetito. También Atwood ex-
plora las complejidades de ser canadiense y la división de las dos culturas
dominantes. En su obra el desafío fundamental es hacernos más humanos
por intermedio de una visión redentora y esperanzadora del mundo. Aun-
que el problema de la identidad pone en contacto las temáticas de ambos
países, es indudable que la represión adquiere formas más sutiles en el con-
texto canadiense, donde los miedos, las fobias y las visiones se originan en
mitos culturales y religiosos diferentes. Por otro lado, hay en Atwood una
madurez entrañable sobre los problemas del ser femenino y masculino, que
no son parte de la experiencia que comparten las mujeres poetas chilenas.
Para Atwood, la ligazón colonial con Inglaterra y los Estados Unidos le ha
dado a su país una imagen de víctimas, que se reproduce en las obras con los
temas de la sobrevivencia, la alienación, el enfrentamiento con una natura-
leza hostil y la breve permanencia del amor. Es en este dualismo existencial
donde se afincan el poder y la fuerza de la literatura femenina canadiense.
Como subraya Alice Munro:

Atenea 494
II Sem. 2006 58
Es difícil ser mujer en la casa y escritora, porque tradicionalmente la
mujer abdica. Ve muchas verdades que prefiere no ver si quiere mante-
ner su situación y las escritoras tienen que ser libres de eso. Los hombres
siempre parecen más libres para decir sus verdades... sobre el matrimo-
nio, sobre sus cuerpos, sobre ellos... Muchas escritoras tienen la contra-
dicción interior de ser mujeres ambiciosas y mujeres que quieren ser
dominadas, tener algo entre ellas y el mundo. Y yo también soy las dos
mujeres10.

Esta doble condición va a ser recalcada por Atwood en Survival, espe-


cialmente en la dicotomía Mujer de Hielo versus Madre Tierra o el símbolo
del Angel de Piedra versus La Venus Ausente, dicotomía que también será
incorporada con matices en el contexto de la representación del mundo de
las poetas chilenas. En un mundo con una naturaleza desbordante, la Mujer
se transforma obsesivamente en diversas mutaciones de la Naturaleza con
sus ciclos y fases, de las cuales la figura de Venus es la menos visible y la de la
siniestra Hécate que reina sobre la muerte con poderes oraculares es más
poderosa, sobre todo cuando se le reprime y se le impide potenciar sus po-
sibilidades de ser mujer. En el medio está la visión de la Vieja Mujer Sabia
tan proclive a aparecer en la literatura canadiense. A veces Piedra, a veces
Hielo, la Diosa Naturaleza combina a Diana con Hécate, la diosa virginal
con la muerte. La imposibilidad de unir la apariencia venusina de la mujer
con una interioridad congelada imposible de cambiar, es parte de la temáti-
ca de un número importante de poemas. Hécate se disfraza, apareciendo
como una mujer joven, bella y fogosa, pero en realidad se trata de una mujer
fría y represiva, vieja por dentro. La dualidad entre cuerpo y alma es parte
de una historia represiva de la cual la autenticidad de la mujer no puede
desprenderse. La metáfora de la Mujer-Naturaleza conlleva la figura de una
aparente Mujer Sabia Virgen Anciana y Mortuoria que conserva atrapada J. MacPherson
en su interior las figuras de Venus y Diana que pugnan por liberarse como
en el poema de Jay MacPherson “La mujer encuevada”:

Lo que empaqueta sus huesos de marfil


resulta cruel para el toque maravilloso;
su esqueleto duro circula por las raíces de las piedras
y no puede dar o confortar demasiado.

Su regazo está sellado para los chubascos de verano,


rodeado de hielo y anillado por el acero;
su pecho empuja su amor como las flores
asombradas en las colinas del frío.

10
Alice Munro en Paul Denham, The Evolution of Canadian Literature in English (Ottawa:
Holt, Rinehart and Winston of Canada Limited, 1973), p. 200.

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59 II Sem. 2006
Aquí no está el sol que libera y entibia,
que acaricia entre el fuego y el desborde;
porque lejos están las formas seráficas:
que son flores, fuentes, leche y sangre11.

En Gwendolyn MacEwen, la búsqueda de una identidad reprimida o es-


condida es aún más evidente y se asemeja a ciertos aspectos que en este
sentido se pueden encontrar en la poeta chilena Marina Arrate. La diferen-
cia está en que la lucha entre agua, tierra y fuego como parte de la división
interior es mucho mas clara en la canadiense. La Madre Naturaleza (Madre
Tierra) aparece como el terreno que se quiere reconquistar. En el poema
“Me ofreciste fuego”, el fuego es un elemento masculino que se impone a la
sujeto, que le hace daño, le impide ver la realidad y la inmoviliza: “Me ofre-
ciste fuego... me chamuscó las cejas y el pelo; Ahora es siempre lo mismo...
me quemas... tengo que parar y frotarme los ojos / y sacudir el fuego vivo de
mi pelo”12. Esta imposición altera a la sujeto, la deja fuera de sí misma, la
obliga al movimiento para volver a encontrar el arraigo en su origen o su
propia intimidad. Así en el poema “El porteo”, el cuerpo se transforma en
una canoa que navega por el mar masculino que la asedia y la domina, pero
que le es ajena: “Hemos viajado con nosotros mismos / ... nos hemos lleva-
do en nuestras espaldas, como canoas / ... buscando el límite, el final / los
litorales de esta tierra”. El viaje es un recorrido por la interioridad en busca
del arraigo que tiene que ver con el origen terrestre, el regazo de la Madre
Tierra al que se quiere volver. La sujeto indica que “mensajeros indiscretos
nos traían mensajes crípticos desde la orilla... (y) juramos no navegar más”.
Estos son los mensajeros del origen que a su vez aparecen interferidos por
señales opuestas de la naturaleza. Aquí vemos cómo los distintos aspectos
de la Naturaleza Mujer se contraponen para mantener o transformar la con-
tradicción entre la mujer interior y la exterior. Signo de ello es el “cielo entu-
mecido”, “los cúmulos sombríos que nos pesan”, la miel derretida, la “estre-
pitosa insinuación de truenos” y los “indios (que) están tratando de decir-
nos / por qué hemos venido”. El poema culmina en la imposibilidad, la mis-
ma de la cual escribía Atwood más arriba: “Por ahora tenemos el movi-
miento... (pero) la inmovilidad empavorece... Ya no podemos acarrear /
nuestros barcos nosotros mismos / por estos senderos insinuantes”13. El sen-
tido del viaje en busca del arraigo no se encuentra en ningún centro, sino
que está en los márgenes, en los bordes. La misma conciencia de moverse
también es engañosa, ya que los navegantes siguen en medio del dominio
del mar donde el movimiento equivale a no moverse.

11
En Margaret Atwood, op. cit., p. 198. La traducción es nuestra.
12
“El porteo” de Gwendolyn MacEwen en Lake Sagaris, op. cit., pp. 155-157.
13
Ibid, p. 157.

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II Sem. 2006 60
En el poema “Oscuros pinos bajo el agua”, el tema se reitera. Aquí la tie-
rra y el agua son posibilidades de reconquista del ser femenino. El poema
empieza señalando: “Esta tierra como un espejo te dobla hacia adentro / y te
conviertes en el bosque de un lago furtivo, / los obscuros pinos de tu mente
se extienden hacia abajo”. El contacto con la tierra hace que la sujeto se mire
(la imagen del espejo no es trivial puesto que es, como se sabe, el primer
elemento desde el cual Lacan plantea la reconstrucción del sí mismo para el
sujeto femenino) y pueda verse a sí misma enraizándose en la tierra, al na-
turalizarse en la imagen del bosque que integra la mente a las raíces que se
extienden hacia abajo. Esto indica que la existencia de la sujeto es subterrá-
nea, porque al hundir las raíces en el agua y vincularse a la tierra se está
descubriendo lo que hay en el fondo para contarlo y liberarse: “y te hundes,
te hundes, durmiente / en un mundo elemental: / Hay algo allí abajo y quie-
res que se cuente”14. En esta búsqueda, la sujeto es una durmiente porque la
forma del conocimiento de sí misma evade la racionalidad del mundo cons-
truido por el hombre y se hunde en una forma de conocimiento más ele-
mental y primaria, que le permite sacar la voz del silencio y contar su histo-
ria.
Otros textos de MacEwen, como “Meditaciones de una costurera” o los
poemas dedicados a Lawrence de Arabia, incursionan también en esta bús-
queda desde diferentes voces y estrategias. En “Meditaciones de una costu-
rera 1”, la degradación de la sujeto parte de la necesidad de una reconstruc- G. Mac Ewen
ción del cuerpo que está descosido y roto, lo que es signo de su marginalidad.
Se equipara la necesidad del trabajo de hilar y coser a la de recuperar su
propio cuerpo. La necesidad de coserse a sí misma se desarrolla a través del
trabajo con la ropa y también de la escritura. El espacio en que se habita
tiene fisuras, se vive en la basta del mundo, la tela es delgada y se termina
tapándose con pasto, es decir con una apariencia que alguien le induce a
ponerse: “El crepúsculo, una aguja oscura, apuñala la ciudad / y me da visio-
nes de seguir carretes de hilo / milla tras milla por carreteras y campos /
hasta habitar algún lugar en la basta del mundo”. Todo el poema está marca-
do por el trabajo de hacer y rehacer una tela que quiere hacerse propia y
personal, pero que está marcada por la marginalidad, la fragmentación, las
fisuras y la ausencia, como un símbolo permanente de la situación de la
mujer en el mundo: “y si no termino antes del atardecer / todo se despeda-
zará de nuevo / las plataformas continentales se perderán lentamente en el
mar / y los terremotos rajarán / los parches gastados de Asia... todo calza al
final y alguien ha forrado con pasto / la delgada tela de esta vida que visto”15.
Los complejos poemas dedicados a Lawrence de Arabia (The T.E. Lawrence

14
“Oscuros pinos bajo el agua” de MacEwen en Sagaris, op. cit., pp. 157-159.
15
“Meditaciones de una costurera 1” de MacEwen en Sagaris, op. cit., pp. 159-161.

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61 II Sem. 2006
Poems) tienen el doble carácter de integrarse a la visión de un homosexual
reprimido y violado desde la perspectiva de una sujeto femenino y por lo
tanto situarse en un vórtice que la focaliza desde lo masculino y lo femenino
simultáneamente. Es como si la mirada bizca del espejo se volviera doble
para mostrar la visión femenina de la violación, al mismo tiempo que se
feminiza al hombre para sacarlo del género y expresar el conflicto desde una
perspectiva más amplia y universal. Al revivir la violación desde un Otro
que es él y ella, la poeta convierte el hecho en un símbolo que es capaz de ser
visto desde lo transgenérico: “Lo que pasó obviamente fue que en Deraa fui
violado / golpeado y azotado y reducido a trizas / por turcos con piojos en el
pelo y enfermedades venéreas... Imagínate, yo nunca aguanté que me tocara
nadie: Me consideraba una especie de flamante monje, terriblemente intac-
to, lleno de color / Inviolable es la palabra. / Pero todo es vergüenza, sabes,
tener un cuerpo / es una broma cruel”16.
Sin la dramaticidad exacerbada y contenida a la vez de MacEwen, en la
poeta chilena Marina Arrate ocurre algo similar, aunque en ella la búsqueda
del origen no se arraiga en las raíces como en la poeta canadiense, sino en el
pasado. Mientras la costurera de MacEwen hila su cuerpo en la marginalidad,
la sujeto de Arrate se pone máscaras y tatuajes que la desarticulan del domi-
nio patriarcal voyeurista. En el solipsismo de su propia reconstrucción como
imagen de juego que la hace otra y la misma, que la desdobla y la autocon-
templa, la sujeto también se conoce y re-conoce. Aquí el espejo es el primer
instrumento de este autorreconocimiento, pues a través de él se autoposee y
se reivindica como pura apariencia, pero también como gesto de rebeldía
contra un orden que condena el autoerotismo y que preconiza el reino de
los fines. Expresa en Máscara negra (1990): “La mano entinta el pincel. / La
mano izquierda cruza el rostro, estira el párpado derecho. / Con su pincel
impregnado la pintora / audaz y más confiada tiñe / ahora horizontal pro-
gresiva apegada a la piel / una línea perfilada / sobre las pestañas del párpa-
do superior. / Al igual que con el izquierdo / se desliza algunos milímetros
más / alargando la comisura exterior del ojo / y simulando una extraña obli-
cuidad / penetra en el espejo el símil soñado / de una idea figurada. / La
boca emite guturales sonidos placenteros, / una boca mojada y untuosa /
desde ese ojo y medio semeja”.
La ‘máscara’ del maquillaje y la marca superficial del ‘tatuaje’ (“por me-
dio de cortes profundos / las cicatrices / por medio de heridas / amorosa y
artificialmente abiertas / los queloides / por medio de trasplantes, / de piel
de antílopes y jaguar / las nuestras”) serán los elementos constituyentes de
una rebelión que se instala en el goce del gesto de rehacerse a sí misma como
pura superficie lúdica, pero también como reposesión del discurso y del

16
“Deraa” de MacEwen en Sagaris, op. cit., pp. 165-167.

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II Sem. 2006 62
cuerpo en el acto de enmascararse. En el rito del maquillaje se va descu-
briendo la propia imagen que abre la posibilidad de la otra –la prófuga, la
tránsfuga–, y reivindica la realización de una escritura distinta, también en
perpetua fuga de sí misma. Usando el espejo como herramienta de autoco-
nocimiento, la mirada oblicua, no contaminada, devuelve una imagen que
se está creando recién en el acto de hacerse maquillaje o tatuaje, autocon-
templación y goce, expectación y espectáculo, una sujeto que no se afirma
en la racionalidad patriarcal, sino en su apariencia, en su sensualidad, en la
ritualización de un goce estético que se hace conocimiento en su propio
desgarro: “Se despeja el rostro de las manos / Dos ojos en el espejo / hechi-
zados se contemplan. / Detrás de ese antifaz / de serpiente empalizada/ dos
ojos absortos / embebidos de asombro/ palidecen”. En Arrate, la búsqueda
del espacio original que se quiere constituir de nuevo en fuente de placer se
ritualiza en la imagen de la danzadora y su movimiento vertiginoso, que
como la escritura culmina en el intento de situarse en un espacio y una
producción propias, como se indica en el final de Máscara negra: “Plena,
precisa y pausada / procederé a iniciar / la ceremonia / de mi propia corona-
ción”17. M. Arrate
Entre erotismo y lenguaje, entre signo y cuerpo, Marina Arrate va desco-
rriendo la tela de la escritura, estableciendo un hilo conductor entre memo-
ria, cuerpo, lenguaje y existencia. La diferencia con otras escritoras coetá-
neas es que su escritura-placer rescata el goce de construir la carne frente a
la carne, el placer de hacer(se) a sí misma. Sólo que este acto de signar(se) en
la página con su cuerpo tiene un carácter transitorio, porque es un acto que
se desplaza constantemente entre el destiempo de la memoria y el de su
imaginario. Este desplazamiento tiene como pasadizo la metáfora del espe-
jo que desdobla a la hablante entre la memoria olvidada y primigenia que
busca reconstruirse y el espacio escritural-simbólico desde donde se explo-
ra el deseo. El espejo se constituye en el espacio multidireccional que se
escinde en diversas posibilidades para la protagonista, entre ellas el deseo de
ser la Otra pero desde ella misma, asistiendo a su propia representación y
(auto) develamiento que la “inicia” en el goce de la existencia: “En el espejo la
mujer... / ojo con ojo se miran en profundidad (...) penetra en el espejo / el
símil soñado / de una idea figurada (...) Dos ojos en el espejo / hechizados se
contemplan”18. Así, el gesto de la transformación se produce frente al espejo,
en donde los fragmentos van dibujando la máscara que eligió para sí mis-
ma. En Marina Arrate, por lo tanto, el gesto de reconstrucción corporal y
discursivo se traduce en recuperación de un contacto con la mujer ancestral,
la maga de un ritual original que retiene los secretos de la sabiduría perdida.

17
En Máscara negra de Marina Arrate (Santiago: Libros de Tierra Firme, 1996), pp. 11-22.
18
Ibid, p. 14.

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63 II Sem. 2006
Otra poeta chilena actual que busca la reconstrucción corporal desde la
perspectiva del género es Elvira Hernández, pero en su caso la reconstruc-
ción se hace incorporando la huella de la historia y por lo tanto es una críti-
ca tanto al canon masculino individual como institucional. Su texto La ban-
dera de Chile (1985) es un modo de habla poética que se construye en la
alteración de la sintaxis oficial (en que se une lo patriarcal al pensamiento
militar). A partir de la representación femenina de la bandera chilena se
apropia del emblema-mujer-patria, desplazando el dominio que recae so-
bre esta imagen dictatorial-emblemática y cristalizando una presencia que
se origina en el hablar(se). Se muestra en un cuerpo que comienza a
(re)escribir(se), denunciando la ausencia de la mujer en el pensamiento ofi-
cial: “Nadie ha dicho una palabra sobre la Bandera de Chile / en el porte de
la tela / en todo su desierto cuadrilongo / no la han nombrado / la Bandera
de Chile ausente”19.
Hernández produce una analogía entre el cuerpo de la mujer y el cuerpo
de la bandera: “La Bandera de Chile no dice nada sobre sí misma”, porque le
han arrebatado el lenguaje, “no importa ni madre que la parió”. En este caso,
su espejo está trizado y su imagen fragmentada, amenazada por la figura del
padre que la inhabilita y la hace perder su pulsión anterior. Esto retrotrae el
E. Hernández
cuerpo de la mujer y de su lenguaje al vacío primigenio del desarraigo ante-
rior a la protección maternal. Desde la orfandad del lenguaje, zona del vacío
primigenio, donde parece que el cuerpo va a enmudecer y despojada de su
origen materno, recupera trozos de su lengua aun exiliada y marginada: “La
Bandera de Chile está tendida entre dos edificios / se infla su tela como una
barriga ulcerada –cae como teta vieja– / como una carpa de circo/ con las
piernas al aire tiene una rajita en el medio... / un hoyito para las cenizas del
general O’Higgins / un ojo para la Avenida Bulnes”. Aquí la escritura intenta
recuperar la voz, materializando en el cuerpo lo que se piensa, identificán-
dose con la madre y el cuerpo de la madre en la misma medida en que se
anula la particularidad genérica y sexual de la sujeto y se la hace invisible:
“Nadie la identifica en el charco donde vive / si la han visto no se acuerdan”.
No tiene lengua ni en el cuerpo ni en su discurso. Se desintegra su matriz
genérica: “Banderillada pierde sangre”. Remitida al espacio petrificado y
marginal de lo privado, se dispone sobre ella una máscara-identidad anóni-
ma: “Los museos guardan la historia de la Bandera de Chile / disuelta anó-
nima encubierta... y deshilachada es historia ya muerta”.
Pero en el momento más radical de su encadenamiento, la palabra-mu-
jer inicia el encuentro con su propia marginalidad a partir de su reconstruc-
ción genérica. El discurso pasa de la denuncia a la resistencia, alterando el
dominio a partir del desprendimiento de la lengua del invasor sobre la suya

19
En La bandera de Chile de Elvira Hernández (Santiago: Libros de Tierra Firme, 1991), p. 9.

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II Sem. 2006 64
propia: “De nuevo la saliva atorada de saliva la Bandera de Chile / de nuevo
la boca escupe la chacarilla vomitosa sin especie aunque le cueste los dien-
tes”. Sacudida de la mordaza, al sujeto se arriesga hasta la cicatriz. Busca en
su memoria anterior (inconsciente) para pulsar un gesto de (auto)recu-
peración que rescate la huella de resistencia: “la bandera tiene algo de se-
ñuelo que resiste / no valen las sentencias de los Jueces”. Allí la jerarquía es
invalidada y desalojada. Pero como la sujeto sabe que la resistencia puede
ser espúrea, empieza a construir alternativas de movimiento convirtiendo
su existencia en existencia tránsfuga (“la Bandera de Chile escapa a la ca-
lle”), instalándose en un espacio vacío y (auto)marginal (“el blanco exilio”...
/ donde / la Bandera de Chile declara dos puntos / su silencio” (20). Arraiga-
da en un fibroso y móvil silencio de orfandad, la sujeto del texto inicia la
relectura de su cuerpo y de su lengua por medio de un movimiento de
resignificación genérica.
En su heterogénea construcción corporal y discursiva, las visiones se cru-
zan y dialogan: lengua entrecortada, móvil y multisémica la de Elvira
Hernández, para construir la denuncia y la resistencia; enmascaramiento y
cicatriz en Marina Arrate para evadir el dominio del Otro a través de la
reconstrucción de lo Propio; liberación de la mujer encuevada que pugna
por salir de su prisión de hielo y expresar su pasión reprimida por la socie-
dad en Jay MacPherson; enraizamiento en las profundidades del incons-
ciente para unir cuerpo y escritura en Gwendolyn MacEwen; disolución de
las dualidades represivas encarnadas en los símbolos y mitos del sistema
patriarcal en Margaret Atwood. En todas ellas, la geografía del espacio natu-
ral, las fragmentaciones y grietas de la escritura y las desmembraciones del
cuerpo son parte de un vasto tejido que se hila, descose y recompone inter-
minablemente para percibir y resistir los dominios del poder patriarcal, en
cuyos vacíos e intersticios con diferentes estrategias textuales tejen un len-
guaje común. Es en esa matriz original de simbolismos, temas y representa-
ciones, terrenos a medio mostrar, donde encontramos los recursos que nos
permiten comparar a estas escritoras, ratificando sus rasgos identitarios co-
munes, focalizados en elementos tales como el diálogo propio con la natu-
raleza, el redescubrimiento simbólico y concreto del cuerpo, la fuerza
espasmódica de una oralidad-escritura, la rearticulación de las dicotomías,
las diversas estrategias del delirio poético, las variables de la marginalidad,
el desborde como centro móvil y tránsfuga, los recursos de la pluralidad, el
simultaneísmo, los silencios y las rupturas frente al pensamiento racional.
En las poetas chilenas y canadienses, el mosaico que reproduce el espejo
de experiencias genéricas comunes, represiones históricas similares y recons-
trucciones vitales y escritura que afrontan las mismas pruebas y opciones de

20
Ibid, p. 34.

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65 II Sem. 2006
vida y las mismas estrategias retóricas, todos sus textos son el texto; esa tela
que se urde en el vasto tejido de lo no dicho y de lo no pensado, pero que
sigue esperando en la página en blanco.

BIBLIOGRAFIA

Arrate, Marina. 1996. Máscara negra. Santiago: Libros de Tierra Firme.


Atwood, Margaret. 1996. Survival. Toronto, Canada: McClelland & Steward Inc.
Catalán, Carlos. 1985. Cinco estudios sobre cultura y sociedad. Santiago, Chile:
FLACSO,
Denham, Paul. 1973. The Evolution of Canadian Literature in English. Ottawa,
Canada: Holt, Rinehart and Winston of Canada Limited.
Hernández, Elvira. 1991. La bandera de Chile. Santiago, Chile: Libros de Tierra
Firme.
Labarca, Amanda. 1947. Feminismo contemporáneo. Santiago, Chile: Zig-Zag.
Nómez, Naín. 1998. Poesía chilena contemporánea. Breve antología crítica. San-
tiago, Chile: Fondo de Cultura Económica,
Prentice, Alice et al. 1996. Canadian Women. A History. Toronto, Canada:
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Sagaris, Lake, ed. 1986. Un pájaro es un poema. Santiago, Chile: Pehuén Edito-
res.
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Oxford University Press.
Valdés, Adriana. 1989. “Identidades tránsfugas”, Una palabra cómplice. Encuen-
tro con Gabriela Mistral. Roma-Santiago: Isis Internacional, pp. 75-86.
Varias autoras. 1987. Escribir en los bordes. Santiago, Chile: Cuarto Propio.
Wilms Montt, Teresa. 1994. Obras completas. Ruth González-Vergara, ed. San-
tiago, Chile: Editorial Grijalbo.



Atenea 494
II Sem. 2006 66
ISSN 0716-1840

“Carísimo padre mío y toda mi


estimación en nuestro Señor”:
obstinación y afecto por el confesor
en el epistolario de Josefa de los
Dolores Peñailillo (Chile, s. XVIII)*
BERNARDA URREJOLA*
RESUMEN

Las cartas autógrafas de sor Josefa de los Dolores Peñailillo (Chile, s. XVIII), conserva-
das inéditas hasta el día de hoy en el Monasterio de dominicas de Santa Rosa de Lima de
Santiago de Chile, dan cuenta de la especial relación que se produjo entre la religiosa y
su director espiritual, el jesuita Manuel Alvarez. La distancia, la prohibición de ser diri-
gida oficialmente por el padre que ella había elegido, así como las disposiciones que
marcarían en 1767 la expulsión de la Compañía de Jesús, determinarían el cariz especial
de estas misivas, en que abundan las muestras de afecto hacia el sacerdote, a quien Do-
lores considera el único refugio de su alma.
Palabras claves: Literatura de monjas, época colonial, relación confesor-confesada.

ABSTRACT

The unpublished letters that Sister Josefa de los Dolores Peñailillo, a Chilean Domini-
can nun from the XVIIIth Century, addressed to her father confessor, the Jesuit Manuel
Alvarez, are housed in the Archive of the Dominican Monastery of Santa Rosa of Lima
in Santiago, Chile. These letters show the remarkable relationship between the nun and
the father confessor. The physical distance, the prohibition of being officially guided by
the Father that Sister Josefa had chosen, as well as the dispositions that in 1767 would
mark the expulsion of the Company of Jesus, determine the special tenor of the missives
in which we can see abundant expressions of affection towards the priest who Dolores
considered the only refuge of her soul.
Keywords: Nuns’ literature, colonial period, nun and father confessor relationship.
Recibido: 06.06.2006. Aceptado: 02.11.2006.

* Departamento de Literatura, Facultad de Filosofía y Humanidades Universidad de Chile.


Santiago, Chile. E-mail: bernarda_ urrejola@yahoo.com

Atenea 494
67 II Sem. 2006
pp. 67-82
L
AS 65 cartas que se conservan de la religiosa dominica sor Josefa de
los Dolores Peñailillo (1739-1882)1, escritas de su puño y letra y en-
viadas por ella misma a su director espiritual, el jesuita Manuel Alvarez,
y que se extienden desde una fecha anterior al 15 de marzo de 1763 y poste-
rior al 7 de marzo de 17692 (sólo algunas están fechadas), constituyen una
excepcional muestra de escritura de monjas de la Colonia. La situación que
rodeó la producción de estas cartas fue bastante especial: si usualmente las
religiosas eran obligadas a escribir por mandato de sus confesores, quienes
les exigían hacerlo para poder dirigirlas espiritualmente y someter a juicio
las vivencias extraordinarias que ellas les contaban en el confesionario3, sor
Dolores, en cambio, no solo no fue obligada a escribir, sino que ella misma
decidió hacerlo después de haber elegido sin permiso de la priora al sacer-
dote, que, según ella, debía ser su confesor, decisión relacionada implícita-
mente con un acucioso –y aunque quizá subconsciente, no por eso menos
petulante– proceso de autodescubrimiento de las peculiares características
de su temperamento sensible y complicado, rasgos difícilmente comprensi-
bles, a su juicio, por un confesor común. De este modo, estamos en presen-
cia de una mujer que, por sobre las rígidas normativas conventuales del Chile
de la Colonia, elige a su propio guía espiritual y persiste, contra viento y
marea, como veremos, en mantenerse comunicada con él, pese a que la mis-

1
Este texto forma parte de los estudios que actualmente se realizan en el contexto del proyecto
DI SOC 05/23-2 de la Vicerrectoría de Investigación y Desarrollo de la Universidad de Chile, del
cual soy investigadora responsable. El corpus de misivas de Josefa de los Dolores Peñailillo fue
recopilado y fijado definitivamente el año 2003 por el equipo dirigido por Lucía Invernizzi Santa
Cruz, en el marco del proyecto de investigación Fondecyt 1010998. El Epistolario aún no ha sido
publicado, y continúa siendo estudiado en el proyecto Fondecyt 1040964, que también dirige Lu-
cía Invernizzi y del cual participé como tesista el año 2005. Por esto sólo puedo referirme al núme-
ro de carta (no a números de página) cuando corresponda citar a esta religiosa. Conservo, además,
la ortografía original.
2
Ver, para mayores detalles acerca del proceso de fijación y ordenamiento de las cartas, el texto
de Lucía Invernizzi (2003). Resulta de especial interés la división que se plantea en este artículo
para las cartas de Dolores, dispuestas en tres etapas: la primera, desde que comienza el intercam-
bio epistolar (1763) hasta septiembre de 1765, en que empieza una segunda etapa, determinada
por el traslado del padre Manuel como rector del Colegio jesuita de Concepción, y una tercera
etapa, posterior a 1766, que se relaciona con los dictámenes reales de expulsión de la Compañía de
Jesús, en 1767, y que se extiende, muy esporádicamente (hay poquísimas cartas relativas a este
periodo), hasta aproximadamente 1769 ó 1770.
3
“El género que se adoptaba para este propósito [examinar la experiencia de la religiosa] solía
ser el de la historia de vida que, para los confesores, tenía la ventaja de situar en un contexto estas
oleadas de éxtasis y organizarlas como la historia de una conversión. Estas historias les permitían
a los confesores juzgar si estaban tratando a una mujer que había sido señalada durante mucho
tiempo por Dios para recibir sus favores, o si se trataba de casos aislados de “ilusiones”. Estas
historias de vidas, que con frecuencia la monja mística asentaba por escrito o dictaba con renuen-
cia, utilizaban una serie de metáforas consagradas por la tradición: fuego, sed, herida, sangre. Este
lenguaje muy convencional sólo permite algún acento original cuando se trata de los asuntos
cotidianos de la vida del convento. El lenguaje rústico de la mujer, muy distante del lenguaje de los
letrados, se quedaba sin embargo en manuscrito. En los casos en que se publicaba, el manuscrito
tenía que ser editado y pulido por un sacerdote”. Franco (1993, p. 37).

Atenea 494
II Sem. 2006 68
ma priora del convento ordenara lo contrario y pese también a todos los
obstáculos que habrían de alzarse para continuar comunicándose con él.
Estas mismas dificultades irán promoviendo un clima de complicidad y afecto
entre la religiosa y su confesor que no es comúnmente hallable en textos de
monjas, casi siempre muy controlados y expurgados por varones4. Establez-
camos primero la situación de enunciación o contexto de producción que
rodeó el inicio de este intercambio epistolar, para luego poder observar la
especial relación que se iría produciendo con el tiempo entre los
interlocutores. En sus primeras cartas, Dolores confiesa a su padre Manuel
que, desde el minuto en que lo vio y lo pensó como posible guía para su
alma, nunca más podría imaginar siquiera que otro sacerdote cumpliera
este rol, lo que constituirá la primera y fundamental transgresión a la nor-
ma de obediencia y humildad que presentan estas misivas, puesto que, como
veré, su insistencia en conservarlo como director espiritual irá mucho más
lejos de lo conveniente a su estado. Esta primera transgresión de Dolores se
concretó en un par de cartas anónimas que le hizo llegar al padre antes de
pedirle definitivamente que dirigiera su alma –y pese a tener ya un confesor
designado para ella–, quizá en un secreto intento por comprobar si era tan
buen director espiritual como ella pensaba, pues le consultaba sobre temas
de esa índole. El jesuita, por lo que revelan las cartas de Dolores –no se
cuenta con las que él le enviaba pues ella debió quemarlas–, satisfizo con
creces sus inquietudes espirituales, lo que la impulsó a pedirle al padre que
fuera su director, a lo que el sacerdote accedió de buen grado; sin embargo,
ello habría de llevarse a cabo de manera extraoficial, pues él estaba encarga-
do de las almas de otras hermanas del convento. Así, se inicia un intercam-
bio epistolar secreto, que no responde al tipo de comunicación usualmente
permitida entre un guía espiritual y su dirigida, pues al tratarse de textos
íntimos y secretos –el resto de las religiosas no debía enterarse–, estas cartas
escaparían al dominio oficial:

Lo que me ha movido a no entregar mi alma a otro confesor es que, aun


antes de saber el trato y gobierno de su reverensia, se me deshasía mi
alma por ansias de tratarle y ponerme toda yo en su disposisión, algunos
años ha de esto (…); y teniendo yo mi genio contemplativo, y por esto
opuesto a dar disgustos, me dejé estar con el confesor que tenía (…)
sabiendo yo que ya estaba en la casa su reverensia, pretendí entregarle mi
alma, que quisás tendrá presente su reverensia que luego le escribí una
carta sin nombrarme, tratándole varias cosas y, habiéndome sasiado sus
letras mi alma, asegundé otra por mano de la madre, y, siéndome pre-

4
Recordemos que infinidad de relatos de monjas eran editados por sacerdotes y reutilizados
para construir relatos hagiográficos en los que muchas veces omitían el nombre de su autora,
pues solían estar constituidos por retazos de historias de distintas religiosas probas, jerarquizadas
en torno a una figura central. Ver el tratamiento de un tema similar en De Certeau (1993).

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guntado qué intentaba en esto, le dije a la madre que mi alma clamaba
por su reverensia; y que, por no pareser desagradesida al confesor que
me gobernaba y que porque no fuese medio éste de que perdiese su fama
ni darle que sentir, perseveraba, pero con violensia en mi interior, y que
lo que pretendía era entregarle a su reverensia mi alma y gobernarme
por su disposisión, y que para evitar cuentos y sensuras, proseguiría con-
fesándome con el confesor que tenía, pero que su reverensia había de ser
mi director, a quien le había de dar cuenta de mi consiensia (Carta 3).

Evidentemente, la priora del convento no aprobó la elección voluntario-


sa de Dolores, que implicaba abandonar al confesor encargado de su alma, y
por ello le prohibió ser gobernada por el jesuita, quien, como decía, ya había
sido asignado a otras religiosas. Sin embargo, Dolores insiste, pues está tan
segura de que su opción por el padre Manuel es adecuada (para ambos),
que llega al extremo de pedirle al mismo padre que convenza a la abadesa
para que reconsidere la decisión de no permitirle tenerlo por confesor. Nó-
tese en la siguiente cita cómo le pide primero, y luego casi le exige al padre
que hable con la priora, fingiendo que obedecerá si él, no pudiendo gober-
nar su alma, le aconsejare tomar a otro confesor. Por lo demás, le pide inclu-
so que guarde silencio ante la madre sobre esta misma (atrevida) petición:

Yo le estimaré a su reverensia que hable con la madre sobre el punto ya


espresado, porque me está ejecutando con instansia a que coja confesor,
y sin grandísima violensia no lo puedo haser con tanta prontitud, y tam-
bién hasta saber cuál sea la voluntad de su reverensia en esto, y si no
puede hablar con la madre, escríbale en la determinasión que se halla su
reverensia, que yo todo lo que le escribo en ésta, en orden a esto último
que le trato, todo se lo tengo comunicado y me sierra las puertas del todo
en [lo que respecta a] su reverensia, y pienso que se le ofrese a la madre
que yo pienso quitarles el tiempo a otras almas (…) por esto propongo,
si se puede o no, si puede su reverensia, dígaselo a la madre, y si no pue-
de, también, y le dirá qué confesor puede ser al propósito para el asierto
de mi alma, para que lo pida, y esprésele la suma nesesidad que tengo
desto, y no me dilate mucho la respuesta (…) Si habla con la madre so-
bre lo dicho, no se dé por entendido que yo se lo he pedido; no presuma
que yo quiero ir contra su voluntad, pues no pretendo esto, y el suplicár-
selo acá, es porque no quede de mi parte poner el último medio. Esto le
advierto que lo trate con la madre, si puede (Carta 1).

Digo con seguridad que finge obediencia, pues Dolores no está realmen-
te dispuesta a acatar lo que le manden, prueba de lo cual es que la madre,
convencida de que Dolores debe desistir de su propósito, le propone cuatro
sacerdotes –ninguno de ellos es el padre Manuel– como posibles confesores,
a lo que ella responde diciendo:

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De los 4 padres, a los 3 he tratado menos al padre Cordero, y de todos, a
quien se inclina mi alma, es sólo a mi padre Manuel Alvares, y así se lo
tengo dicho a la madre priora, pero me dise que es un imposible el que
yo pretenda esto; por la cortedad del tiempo que dejan las religiosas que
tiene a su cargo; después, porque me dise que yo nesesito de asistensia en
el confesonario, y que su reverensia no puede por sus sumos embarasos
venir a particular, para mí… (Carta 2).

El desacato de Dolores es claro. No tiene ninguna intención de aceptar a


otro confesor, aun sabiendo que las condiciones no son óptimas para ser
dirigida por el jesuita y debiendo sufrir cada vez que le toca presenciar cómo
el padre Manuel asiste en el confesionario a sus propias hermanas religiosas,
sin poder acercarse. Pese a lo que se pudiera pensar, lejos de ser castigada
por la abadesa, ésta terminó cediendo a regañadientes frente a tanta insis-
tencia, permitiendo provisoriamente el intercambio epistolar entre ambos,
aunque sin dejar nunca de repetir la necesidad de que Dolores regularizara
su situación, puesto que, según la normativa religiosa, no puede haber di-
rección espiritual cabal, ni menos confesión, si no se lleva a cabo –por lo
menos en un porcentaje mayoritario– en presencia tanto del sacerdote como
de la religiosa, e idealmente en el espacio legitimador del confesionario,
puesto que se necesita de ambos participantes para que puedan realizarse
con éxito los enunciados performativos del caso: fundamentalmente decla-
ración de arrepentimiento y otorgamiento de perdón5 . Entra entonces la
priora, casi sin darse cuenta, en un circuito de complicidad basado en el

5
La confesión, doctrinalmente hablando, forma parte de uno de los siete sacramentos de la
Iglesia: el perdón de los pecados. Este sacramento habría sido establecido por Jesucristo al resuci-
tar, y ha sido nombrado de diversas maneras a lo largo de su historia –penitencia, confesión o
reconciliación–, según el énfasis que se le haya dado a alguno de sus componentes. Su sustento
teórico es el siguiente: a causa del pecado mortal los humanos rompen su amistad con Dios y
perjudican al resto de los cristianos, miembros todos del Cuerpo Místico. Para restablecer la ar-
monía, sólo queda recurrir a la “conversión”, que implica volver a Dios con el corazón arrepentido,
detestar el pecado, manifestar firme voluntad de no volver a cometerlo y dar una “satisfacción”
adecuada, destinada a reparar la falta. Es así como se conforma este sacramento, usualmente cono-
cido como “reconciliación”, destinado a la mencionada conversión de los penitentes, y que se com-
pone de tres partes: contrición, confesión y satisfacción, a las que se agrega la absolución sacramental
otorgada por el confesor en nombre de Cristo y de la Iglesia. Con respecto al primer paso, el de la
contrición, que para algunos es simplemente un sinónimo de arrepentimiento sincero, en un prin-
cipio hubo grandes discusiones teológicas respecto de si podía haber contrición sincera o si en
general se trataba de simple “atrición”, más vinculada con el miedo al castigo eterno que con el
verdadero arrepentimiento. Distintas escuelas teóricas han determinado su disimilitud o equiva-
lencia a lo largo de la historia, cuestión de énfasis más que de definición. Después de la prepara-
ción viene la confesión, que equivale a la manifestación verbal de los pecados, sobre todo los
graves y aquellas circunstancias que podrían cambiar su carácter. La satisfacción de las faltas su-
pondrá, de este modo, un cambio profundo en la actitud del sujeto respecto de Dios, consideran-
do una compensación del error por medio de acciones concretas impuestas como pena por el
confesor –penitencia, que es la expresión práctica del arrepentimiento. Es necesario subrayar que
el proceso de la confesión no está completo con las solas palabras del penitente: requiere todavía

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ocultamiento de la verdadera situación frente al resto de las religiosas, para
lo cual tendrá que aceptar un atrevimiento como el que Dolores despliega al
decidir introducir su correspondencia en los sobres de las cartas dirigidas a
la primera autoridad del convento:

Habiéndome puesto la madre los atajos que hay para no conseguir mis
deseos, tropesando yo también en eso, aun antes de que la madre me lo
dijera, le dije que, entre tanto se dolía nuestro Señor de mí, me permitie-
se el gobernarme por escrito con su reverensia para mis dudas y temores;
a esto me respondió que sí, pero que había de ser encubierta a su
reverensia, con que, aunque no venga mi carta en otra cubierta aparte, la
puede su reverensia echar [en] el sobre escrito a la madre, que yo se lo
advertiré que se lo he suplicado así a su reverensia para evitar ese trabajo
y pensión; y, viniendo el sobre escrito para la madre, la puede su reverensia
despachar en cualquier día, para no privarme a mí deste consuelo, que
no tengo otro después de Dios, y así lo espero de la caridad de su reverensia
(Carta 2).

Hay que reiterar que si la priora aceptó este intercambio epistolar secre-
to fue en el convencimiento de que sería temporal, puesto que el jesuita, por
estar impedido de ver a Dolores corrientemente en el confesionario, sólo
podría servirle como un cuasi guía espiritual (la idea de un director de al-
mas era que pudiera asistir con frecuencia a la dirigida), pero en ningún
caso como dispensador del perdón divino, por lo que Dolores se vería obli-
gada a escoger confesores provisorios para poder reconciliarse con alguna
frecuencia y comulgar. El deseo de Dolores de ser dirigida por el padre Ma-
nuel era tan grande, empero, que no lograba entregar su alma con sinceri-
dad a ningún otro confesor, pues consideraba que era una “pérdida de tiem-
po” hablar con personas que la conocían tan poco. Esto no quiere decir que
“su reverencia” la conociera en realidad mejor que los demás; se trata, más
bien, de un empecinamiento basado en la idea de que sólo el jesuita podría

de la absolución que entrega el confesor, quien, en tanto ministro de la Iglesia e intermediario,


debe extender ambas manos –o por lo menos la mano derecha– sobre la cabeza del penitente, y
pronunciar las palabras rituales –esta necesidad de la presencia fue muy recalcada en los manuales
para confesores, según los cuales no se podía dar la absolución por escrito a una religiosa–, dicien-
do: “Dios, Padre misericordioso, que reconcilió consigo al mundo por la muerte y la resurrección
de su Hijo, y derramó el Espíritu Santo para la remisión de los pecados, te conceda, por el minis-
terio de la Iglesia, el perdón y la paz. Y yo te absuelvo de tus pecados, en el nombre del Padre, y del
Hijo, y del Espíritu Santo. Amén” –sólo la parte en cursiva es insoslayable. De esta manera, una vez
que el sacerdote traza la señal de la cruz sobre el penitente, quien responde “amén”, queda sellada
la reconciliación con Dios y con los semejantes en su dimensión individual y también social, la
que no se hará efectiva completamente sino hasta que el penitente cumpla la tarea de satisfacción
encomendada. Mayor información en: Delumeau (1992), Canitano y Gómez de Canitano (1993),
Foucault (2001, 2003).

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llegar a conocerla y entenderla bien. Esta misma insistencia en el padre Ma-
nuel provocará múltiples problemas al interior del claustro, en especial con
los distintos confesores que accederán a tratarla, pues ella declara no tener
ganas de contarle su vida a ningún otro que no sea el jesuita: “ir aonde otro
confesor, no lo pienso ni en tal ánimo estoy” (Carta 19):

… no se inclinaba mi alma a otro confesor más que a su reverensia; y,


habiéndome salido el atajo de que se hiso cargo su reverensia de sor
Nicolasa, no lo puse por obra, aunque con harto dolor de mi corasón, y
habiéndoseme frustrado mi intento en su reverensia, no quise coger ni
entregar mi alma a otro, y así he perseverado con el confesor que tenía 7
años, pasando lo que Dios, nuestro Señor, sólo sabe, porque ni su genio
ni su espíritu han sido conformes con el mío; y así, aunque le he debido
harta caridad en su puntual asistensia y en el deseo de mi mayor bien,
trabajando en mi adelantamiento; pero como yo soy la que soy, ha ido
todo perdido y, llegando esto a estado de no entenderme el padre ni menos
entenderle yo (…) Viendo, pues, el poco adelantamiento que tenía mi
alma en este modo de trato, me resolví a dejarlo (Carta 1).

Esta actitud será interpretada como soberbia por los distintos confeso-
res, quienes muchas veces perderán la paciencia con ella, de lo cual Dolores
se quejará constantemente ante el padre Manuel. Pese a los múltiples pro-
blemas con los sacerdotes, las distintas abadesas y las hermanas religiosas, la
resistencia a hablar de sí con otros confesores se mantendrá hasta el final,
llevándola incluso a hacer confesiones parciales o incompletas:

… y le aviso que, de que le hablé para mi confesor, me hiso haser confe-


sión general de toda mi vida; me asiste con gran frecuensia, tres días a la
semana; me atiende con mucha caridad, así en lo espiritual como en lo
temporal; tres mese[s] ha que me confieso con él y ya me está pregun-
tando de las cosas que pasan a mi alma, y quier[e] que de lo pasado,
presente y por venir, de todo le informe: pero de todo no sabe nada, y le
estoy entreteniendo el tiempo, en lo que acaese de dudas y temores, aun-
que bien me está apurando, diciéndome que así conviene, que no le re-
serve nada, para proceder con asierto, y que bien conosida me tiene en lo
poco que le he tratado; a esto le respondo que si ya me tiene conosida,
para qué quiere más informe, que no soy más de los que ha experimen-
tado y sabe, etcétera (Carta 57).

Con su actitud, Dolores desobedece la estricta norma que mandaba obe-


diencia a los confesores designados para ella, y, más grave aún, no respeta el
sacramento de la confesión, pues no cuenta toda la verdad. Esta resistencia a
entregar su alma a otros sacerdotes, sin embargo, nunca se hará manifiesta
de una manera confrontacional, sino a través de distintos recursos de inge-
nio o de retórica; por ejemplo, aceptando formalmente a algún confesor

Atenea 494
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provisorio, pero asegurándole al padre Manuel, con rebeldía y desolación:
“yo no me [he] de descubrir a ningún confesor, ni hay quién me entienda,
ni hallo sujeto a quien ir” (Carta 62). Esto nos revela a Dolores con una
conciencia de sí en cuanto individuo diferente del resto, que se considera
especial y que por lo mismo está convencida de que no puede ser guiada por
cualquiera. En una oportunidad, uno de sus confesores provisorios llegó a
persuadirse de que sus continuas enfermedades se debían a que estaba en-
demoniada, y ella, considerando que tal opinión era una “bufonada”, se la
explicaba displicentemente diciendo que “es porque no le trato todas mis
cosas, porque, de puntos de confesión no paso ni pasaré, con la grasia de
Dios, aunque más preguntas y repreguntas me ha hecho” (Carta 60).
Todo lo que Dolores ocultaba a los demás confesores se lo confiaba al
padre Manuel. Esta honestidad a la hora de comunicarse con el sacerdote
iría conformando una red afectiva entre ambos que volvería cada vez más
difícil para Dolores la posibilidad de elegir nuevo confesor, y que haría tran-
sitar la relación desde la formalidad de la norma hacia una intimidad que
difícilmente habría sido permitida en un ámbito de mayor regularidad. Si
para Dolores el padre Manuel se transformaba en el único consuelo de su
atribulada alma, la situación del jesuita no era menos apremiante –sobre
todo cuando debe viajar, se enferma o se acerca su expulsión6 –, todo lo cual
comenzaría a dar un matiz muy particular a estas cartas, entre otras cosas
por el hecho de que la debida relación asimétrica que tenía que establecerse
entre un confesor y su confesada, entre un guía espiritual y su dirigida, se
verá tensada por el formato epistolar, puesto que, si se daba por supuesto
que nadie leería lo escrito además de su destinatario directo y si no había
una instancia oficial que vigilara que el trato entre ambos se ajustara a las
normativas, nada impedía que Dolores se dirigiera a su confesor con mues-
tras inequívocas de confianza y afecto.
Señalaba al comienzo que la forma más tradicional de escritura religiosa
es la autobiografía. ¿En qué se diferencian las cartas de la autobiografía?
Asunción Lavrin (1995) divide las cartas conventuales entre aquéllas con-
cernientes a la espiritualidad y las propias de lo cotidiano; entre las prime-
ras, más escasas, se encontrarían las de sor Dolores: “escritos confesionales

6
El 2 de abril de 1767, el rey Carlos III de España mandó la expulsión absoluta y definitiva de
los jesuitas de todo el territorio hispano, tanto peninsular como ultramarino (el mismo día y a la
misma hora bajo amenaza de muerte, con 24 horas de plazo), sin que el Papa Clemente XIII
pudiera evitarlo. Pese a que fueran enviados a Roma, donde supuestamente contaban con el favor
papal, allí tampoco fueron acogidos: “En cuanto sabían que los barcos iban cargados de jesuitas,
nadie los quería recibir” (Torres de Castilla, 1865, p. 127). Sería Clemente XIV, en 1773, quien
finalmente firmaría (en un esfuerzo inútil, puesto que después se restablecería), la disolución de la
Compañía de Jesús, aduciendo, entre otras razones, que en el Concilio de Letrán ya se había esta-
blecido que no debían crearse nuevas órdenes, y que la Compañía se había desviado de sus norma-
tivas originales, entrometiéndose en política.

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que hacían las monjas a sus confesores de modo periódico, bajo su instancia
y por un periodo considerable de tiempo” (44). Para Lavrin, característico
de este tipo de comunicaciones era el dar cuenta de la “salud del alma” por
orden del confesor, manifestando la emisora una repulsión a escribir en vir-
tud de la autoconsideración de su poca valía y reducido entendimiento.
Además, estas cartas actuarían como una confesión por escrito –rasgo que
comparten con la autobiografía de monjas–, pues en ellas se va contando
con detalle la relación entre el yo enunciante y su espiritualidad, a la espera
de un “juicio” o dictamen que determine la validez de las experiencias o su
grado de peligrosidad, dependiendo del caso. Debemos recordar, empero,
que Dolores no comenzó a escribir por orden de su confesor, de modo que
sólo manifestará rechazo a la escritura cuando se sienta muy enferma y deba
escribir pese a ello, pues la comunicación epistolar es el único medio por el
cual logra obtener alivio a sus penurias espirituales y físicas. Uno de los
aspectos fundamentales en que se diferencian las cartas de Dolores de los
relatos autobiográficos tradicionales es que, a diferencia de éstos, en que la
narración se hace mirando hacia atrás, en un movimiento que va desde la
infancia hasta el momento en que se está contando la historia –con el que en
general se da por cerrado un ciclo–, las cartas corresponden a un día a día;
esto es, son un reflejo bastante más vívido, si bien parcial, de los procesos
experimentados por quien escribe a través del tiempo: las religiosas que hacen
confesión general en formato de relato autobiográfico cuentan su vida si-
tuadas en un momento posterior a los hechos, a diferencia de Dolores, cu-
yas cartas acompañan su devenir existencial situándose en aquel presente
desde el cual ella enuncia y que se deja traslucir a veces en las pocas cartas
que tienen fecha. De esta manera, las cartas no despliegan una comprensión
global de la existencia, pues no se plantean como un relato definitivo acerca
de la propia vida, sino que se disponen a manera de diálogo, en medio del
cual se introducen fragmentos autobiográficos. Esto da una riqueza excep-
cional a las cartas, sumado el hecho de que, generalmente, los relatos
autobiográficos eran intervenidos por los confesores (quienes cambiaban y
mejoraban el estilo, por ejemplo), proceso por el que las cartas de Dolores
no pasaron, pues se trata de los escritos originales.
En cuanto género, la carta tiene una característica especial y es que “tiene
como supuesto una ausencia” (Morales, 2003), esto es, quien escribe se diri-
ge a alguien de quien lo separa “una distancia insalvable” (26), que no es
sólo física. Esta distancia insalvable, en el caso de Dolores, estaba dada por la
obligada lejanía respecto del padre Manuel, a causa de que éste no era su
confesor oficial, por lo tanto rara vez podía encontrarse cara a cara con él en
el confesionario; además, dicha distancia pronto se vería agravada por su
traslado al sur como rector del Colegio jesuita de Concepción, y por las
disposiciones generales que marcarían la expulsión de los jesuitas del reino,

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lo que haría aún más dificultoso el contacto. Ahora bien; si desde el punto
de vista de la teoría literaria, siempre se escribe en ausencia del receptor, al
que se figura como lector posible, ¿cuál sería entonces la especificidad de la
carta en relación con otros géneros escriturales? Lo especial de este tipo de
comunicación es que mediante ella, el sujeto que escribe se representa al
otro ausente como si estuviera frente a sí, y “a la manera de un conjuro”,
como señala Leonidas Morales (2003), pareciera conversar con ese otro en
un diálogo que es –o simula ser, según el caso– muy íntimo. Así, la escritura
epistolar se “construye” sobre la ausencia del otro, al que se le da “un rostro”,
y con el cual se entabla una secreta complicidad. La autobiografía, en cam-
bio, es un relato mucho más ensimismado, centrado más bien en la disposi-
ción lógica y cronológica de los acontecimientos pasados de la vida de un
sujeto que se mira en el espejo de su propia trayectoria, a sabiendas de que
escribe un texto que será sometido a examen, en el caso de las religiosas.
Será precisamente la libertad propiciada por la instancia epistolar la que
permitirá a Dolores ir efectuando una serie de transgresiones a la norma,
que la intimidad e informalidad propia de las cartas admite. Pese a que Do-
lores considere con mucha seriedad las cartas del padre como parte de su
particular y solitario proceso de dirección espiritual (las respuestas del sa-
cerdote podían tardar meses), de todas maneras la situación de comunica-
ción de las cartas promueve en ella una inevitable relajación del discurso,
pues la estructura de este tipo de textos no responde a un orden establecido,
como es el caso de la autobiografía, en que el orden para lo dicho es
cronológico. De esta manera, Dolores podrá referirse con bastante libertad
a lo que quiera, y de ahí que a veces comience hablando de sus malestares
físicos –“díseme su reverensia que le dé informes de mis habituales que-
brantos” (Carta 4)–, o bien decida dar cuenta de lo que él le ha ordenado en
los escasos encuentros en el confesionario –“Paso a obedecer a su reverensia
en lo que me dejó mandado en el corto instante que logré oírle con gran
consuelo de mi alma”(Carta 6), “paso a otro punto por darle respuesta a lo
que me preguntó en el confesionario” (Carta 13)–, en un anhelo de dar co-
herencia a un género que se resiste a un ordenamiento estricto.
A la espera de la normalización de su situación, Dolores comenzaría a
contar al padre Manuel episodios de su vida pasada y presente, dando inicio
a un proceso de dirección espiritual sui generis que se prolongaría por bas-
tante tiempo. Con mucha preocupación porque el padre Manuel no creyera
que a él también le escatimaba información, sor Dolores intentará dejarle
muy en claro la diferencia entre él, su auténtico director espiritual, y el resto
de los sacerdotes, simples confesores circunstanciales, procurando casi con
exageración decir al jesuita toda la verdad de los hechos:

He procurado hablar con claridad, verdad y sinseridad, para que su


reverensia disponga de mí, en cuya disposisión me dejo, y por esto digo

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mis deseos, y lo que se me ha permitido y lo que no, y hasta cuándo, y en
qué tiempos ha sido lo que ha sido pesado, y lo que [he] hecho con
repugnansia, y lo que me ha causado indisposisión, para que así camine-
mos libres de engaños, y se me permita lo que su reverensia hallare con-
veniente delante de Dios (…) He procurado hablarle y tratar mi interior
con la mayor claridad y sinseridad que me ha sido alumbrada, con suma
llanesa y confianza, sin el menor vensimiento, cosa estraña en mí, por-
que por otros confesores he sentido repugnansia, y la fuersa de la rasón
sola me ha obligado, y siempre que le he tratado he sentido esto en mí,
como si hablara o tratara con quien me conose y entiende mi alma, así es
la libertad que tengo en mi interior… (Carta 4).

Esta repugnancia a obedecer los dictámenes de los otros confesores y su


altanería soterrada poco a poco irán haciéndose más conscientes en la mis-
ma Dolores, quien lo confesará al padre en repetidas ocasiones: “me parese
más fácil meterme en una hoguera de fuego que rendirme y sujetar mi jui-
cio y voluntad” (Carta 25), sin que por confesarlo pueda dejar de hacerlo,
pues su inteligencia le entrega mil razones que la convencen de que la auto-
ridad se equivoca:

Padesco, pues, grande oposisión a lo que se me manda, horror a todo lo


que es obedeser; a esto se acompaña proponérseme en el entendimiento
variedad de discursos y rasones, por donde casi creo que aquello no está,
según rasón, bien ordenado; parese que la voluntad abrasa creyendo todo
lo que ocurre a la imaginasión, esto me mueve a faltas de caridad para
con las superioras, y casi me pone esto en términos de crer que operan
por pasión [más] que por rasón, y que todo es nasido de antipatía o poca
cordura (…) De sólo pensar el poner en obra lo que se me ordena, me
tiembla el cuerpo, toda la naturalesa se me conmueve para reprimir esto
en el interior, para que no se conosca en las agsiones que me cuesta lo
que no es desible; al fin, se va reventando contra la corriente con tal te-
dio, repugnansia, odio y aborresimiento, que casi retrocedo; y si lo hago
lo que se me manda es con millares de faltas (…) Déjolo al discurso de su
reverensia, porque yo no le hallo comprensión (Carta 25).

Ya decíamos que la condición íntima y secreta propia de las cartas propi-


ciaba inevitablemente un acercamiento no del todo ortodoxo entre la reli-
giosa y su confesor; cercanía mucho mayor a la que podría alguna vez llegar
a producirse en un relato autobiográfico corriente. Esto no debe llevarnos a
error, pensando, por ejemplo, que en estas cartas habría un despliegue de
amor erótico o de algún tipo de relación pasional; muy de otro modo, si las
cartas de Dolores que tenía en su poder el padre Manuel fueron regresadas
al convento –no todas, pero buena parte–, donde fueron conservadas por
las religiosas hasta el día de hoy, es debido a que en ellas no puede apreciarse
a simple vista ningún contenido transgresor propiamente tal. Las cartas no

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rompen con el límite impuesto para una relación espiritual entre un confe-
sor y su dirigida, pero sí puede verse en ellas un acercamiento poco común
entre ambos, dado por el afecto y por las condiciones difíciles en que se
constituyó el vínculo, situación exacerbada por el necesario secreto que
ambos debían guardar respecto de la comunicación que se había estableci-
do entre ellos.
Así, me interesa destacar cómo, con el correr del tiempo, Dolores co-
menzará a tratar al padre con evidentes muestras de cariño y preocupación:
“Carísimo padre mío y toda mi estimasión en nuestro Señor” (Carta 24),
“Mi muy venerado padre, único consuelo de mi alma” (Carta 37), “por amor
de Dios, quien me lo guarde muchos años en su santo amor” (Carta 53). Por
lo demás, su vínculo con el sacerdote era ideal para ella, pues él no le exigía,
como los otros, que explicara hasta la extenuación sus vivencias, cosa que le
provocaba mucho tedio; muy por el contrario, el jesuita le permitía comu-
nicarse con un lenguaje casi cifrado, que sólo ellos entendían, lleno de im-
plícitos: “por el peligro que pueden correr mis cartas de aquí allá, (…) le
advierto que me esplicaré sólo de modo que su reverensia me entienda”
(Carta 24). Dolores sabe que el padre llenará los “vacíos” de su texto, porque
la conoce y sabe además que la escritura es insuficiente, pues “todo no se
puede remitir a la pluma” (Carta 19): “Mi Señor dará luses abundantes a su
reverensia para que conosca y supla lo que a mí me falta de esplicasión, que
bien sabe mi Señor que no es defecto de mi voluntad, sino de mi incapaci-
dad” (Carta 34). De este modo, teniendo mucho tiempo para estar a solas
con su alma, cuestión que le agradaba mucho, pues solía tener “grande odio
asérrimo a todas las gentes” (Carta 25), Dolores comenzará a reconocer en
el padre Manuel a un interlocutor excepcional, lo que, unido a la separación
cada vez mayor entre ambos, la llevará a olvidarse de las formalidades debi-
das y a expresar sin tapujos su gran afecto, incluso enviándole regalos como
muestra de agradecimiento o para hacerle más liviana su enfermedad, cues-
tión absolutamente prohibida por los manuales de confesores:

Remítole 3 dosenas de bizcochos para el camino: perdone, su reverensia,


la cortedad, que su pobre Dolores pidió lisensia para aviar a su padre de
otro modo, y no sólo me la negaron, sino que me dijo mi buena madre,
como que tan conosida tiene a esta mala hija, que era una soberbia, que
me humillase… (Carta 23).

Remítole un cordobán para que mande haser sapatos; no se los mandé


haser, porque no sé qué punto calsa, y el pañuelo de vicuña que va, déjelo
para su uso o para que se abrigue el estómago con él (Carta 54).

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De su salud no me dise nada ni cómo le va en su curación, ni si le falta
algo que yo le pudiera aliviar. Le remito una fuentesita de peros en almí-
bar, que creo no le harán daño por ser fruta sana (Carta 58).

No sólo manifestará su cariño por el padre a través de regalos, sino me-


diante expresiones de aliento destinadas a apoyarlo frente a la dura noticia
de su cercana expulsión. Sacando fuerzas de flaqueza, pues ella estaba enfer-
ma y además le era muy difícil conformarse con las disposiciones del rey, le
escribe al padre como sigue (nótese cómo ella se traslada de su papel de
dirigida al de confortadora):

En fin, aliente, esfuerse y dilate su corasón en sólo Dios, y en este punto


no me esté pusilánime, que en estas últimas [cartas] suyas noto escaesi-
miento de ánimo, lo que ha contristado mucho mi alma y corasón, y por
esto me ha hecho salir de mis casillas en ésta. Esto no se ha de conseguir
por medios humanos, ni menos por causas naturales, pues si sólo se ha
de esperar en Dios, de quien resulta todo nuestro bien, qué hay que aco-
bardarse por que se vayan ejecutando las órdenes de nuestro rey, a quien,
pido le haga el Señor muy santo, santo, santo (Carta 52).

Si bien en este corto espacio no podemos hacer un análisis más profun-


do, baste lo visto para comprender que las características particulares del
epistolario que sor Dolores escribió a su padre Manuel dejan entrever a una
sujeto-mujer inquieta por su propia alma y por la conformación especial de
su personalidad; distinta, según su propia opinión, del resto, lo que la llevó
a proyectar en aquel “otro” que era el jesuita la imagen de un interlocutor
ideal (el único posible, a su juicio) para encargarse de un alma tan compleja
como la suya. El debido secreto que se alzaba sobre su relación epistolar, así
como las distancias y las dificultades que tuvieron que vivir cada uno en su
respectivo contexto, fueron factores que contribuyeron a fortalecer el vínculo
afectivo entre ambos, pasando por sobre las normativas planteadas, por ejem-
plo, en los múltiples manuales de confesores, que señalaban fehacientemen-
te la prohibición de tal cercanía entre el sacerdote y su dirigida. Quizá textos
como este epistolario debieran hacernos suponer que el mundo colonial –y
específicamente el conventual–, tan rígidamente caracterizado a veces, pre-
sentaba muchas más fisuras a la norma de las que se pueden observar a
simple vista; intersticios en que, como vemos en este caso, los lazos afectivos
entre dos seres humanos y la necesidad de contar con otro que comprenda
los avatares de la propia conciencia superan cualquier prohibición y doctri-
na, llegando incluso a subvertir los roles establecidos. Dolores, en efecto,
lejos de ser dócil y resignada, lucha por su objetivo tenazmente hasta que lo
consigue, olvidando el mandato de obediencia y humildad que rige a toda
buena religiosa.

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81 II Sem. 2006
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II Sem. 2006 82
ISSN 0716-1840

LOS “VINOS DE DIOS”


(ALEGATO CONTRA LA PENA DE MUERTE).
MENDOZA, REINO DE CHILE, SIGLO XVII

PABLO LACOSTE*
RESUMEN

El capitán Juan de Puebla y Reinoso era vecino encomendero y miembro del cabildo de
Mendoza, capital de la provincia de Cuyo del Reino de Chile. Involucrado en una rela-
ción erótica escandalosa, Puebla fue acusado de delito de estupro y condenado a muerte
en la horca. La presunta intervención divina le concedió el perdón. Comenzó entonces
una nueva vida signada por el éxito social, político y económico. Como resultado, don
Juan puso en marcha una familia de empresarios que, con el tiempo, lograría un claro
liderazgo en la industria de la vid y el vino en la región que actualmente ocupa el quinto
lugar del mundo y el primero de América Latina en viticultura. Se trata de una historia
de pasión y escándalo, juntamente con los problemas del rígido sistema legal español y
la puesta en marcha de una industria en la frontera sur de América Latina.
Palabras claves: Vitivinicultura, pena de muerte, estupro.

ABSTRACT

Captain Juan de Puebla y Reinoso was a neighbouring land owner and member of the
town council of Mendoza, capital of the province of Cuyo of the Kingdom de Chile.
After being involved in a scandalous erotic relationship, Puebla was accused of the crime
of rape and condemned to hanging. Presumed divine intervention lead to his pardon
after which a new life began for him, marked by social, political and economic success.
As a result, don Juan initiated a family of entrepreneurs that over time would achieve
clear leadership in the grape and wine industry of the region that currently occupies

* Artículo elaborado en el marco del Proyecto FONDECYT 1051109. El autor desea agradecer
los aportes de Luis César Caballero, investigador genealógico.
** Profesor del Instituto de Estudios Humanísticos “Juan Ignacio Molina”, Universidad de
Talca. Talca, Chile. E-mail: placoste@utalca.cl

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pp. 83-109
fifth place in world production and first place in Latin American production. Don Juan’s
story is one of passion and scandal, together with the problems of a rigid Spanish legal
system and the initiation of an industry on the southern frontier of Latin America.
Keywords: Vinyards, death penalty, rape.
Recibido: 11.04.2006. Aceptado: 27.10.2006.

P
ARA HACER el amor, Juana Bustos y Juan de Puebla y Reinoso eligie-
ron el lugar equivocado y el momento equivocado. Una hacienda de
la frontera sur del imperio español, propiedad de la madre de ella, no
era el sitio más propicio para un encuentro de este tipo. Sobre todo si corría
el año 1632, y el acto de “yacer” con una mujer sin estar casado con ella se
consideraba un delito grave, que podía merecer la pena de muerte. Así lo
entendió la Real Audiencia de Chile y condenó a don Juan a la horca. El
joven cuyano, miembro de una familia destacada por los servicios prestados
al Rey, tuvo que verse cara a cara con la muerte cuando apenas tenía 20 años
de edad.
Muy pequeña era todavía la ciudad de Mendoza cuando dos miembros
de sus familias dirigentes se entregaron a un amor apasionado. Tal vez, Juan
y Juana pensaron que podían tener las mismas libertades que otros grupos
sociales; no advirtieron que estos caminos eran peligrosos para un miem-
bro del cabildo y la hermana de otro capitular. Sobre todo si el amor se
consumaba en forma clandestina, en la casa de una viuda celosa y ambicio-
sa, capaz de recurrir a la Real Audiencia de Chile para castigar al infractor y
despojarlo de sus bienes y su vida.
El amor clandestino de Juan y Juana, por su visibilidad, se enmarcaba en
el caso de un “escándalo”. Este concepto era muy fuerte para una sociedad
tan empapada de la cultura cristiana como las colonias españolas de Améri-
ca. Los curas, vicarios y obispos repetían una y otra vez desde el púlpito las
palabras de Jesús en el evangelio de San Mateo: “quien escandaliza a uno de
estos niños que creen en mí, más le valdría que lo cuelguen con una piedra
enorme y lo arrojen al fondo del mar”1. Los clérigos han sentido la obliga-
ción moral de ajustarse a estas palabras, sobre todo en el plano de las cos-
tumbres sexuales. Esta situación se ha mantenido vigente hasta el siglo XXI,
tal como se reflejó en el conflicto suscitado entre el Vaticano y el gobierno
de la República Argentina2. Con mayor razón, el escándalo era considerado

1
Evangelio según San Mateo, capítulo 18 versículos 6-7.
2
El 17 de febrero de 2005 el obispo castrense de la República Argentina, monseñor Antonio
Baseotto, citó estos versículos del Evangelio como aplicables al ministro de Salud y Ambiente,
Ginés González García, por sus enfoques a favor del uso de anticonceptivos y la despenalización
del aborto. El Presidente de la Nación, Néstor Kirchner, interpretó las palabras del prelado como

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grave en el siglo XVII, cuando los eclesiásticos tenían poder e influencia. Al
no existir una separación entre la Iglesia y el Estado español, el brazo secular
se encargaba de castigar severamente a los responsables de los escándalos.
El encuentro amoroso entre Juan y Juana tuvo connotaciones sumamente
atrayentes. A la elevada posición de sus protagonistas se añadieron las per-
secuciones a través de la cordillera de los Andes, la más alta del mundo fuera
de Asia. Luego sobrevino un intenso pleito judicial, ventilado en los estrados
de la Real Audiencia de Chile, que culminó cuando el pregón anunció pú-
blicamente que el reo estaba condenado a la horca. Las autoridades civiles y
eclesiásticas pudieron darse por satisfechas al haber cumplido correctamente
su tarea de reprimir el escándalo. Pero las circunstancias darían un giro in-
esperado, aparentemente por intervención divina. Una nueva estrella co-
menzaría a brillar para don Juan de Puebla y lo conducía de la mano hacia el
poder político y el éxito económico. Su historia no tardaría en elevarse a la
altura del mito y la leyenda.

EL ESCENARIO Y LOS ACTORES

El escenario de esta historia fue la ciudad de Mendoza. A pesar de ser funda-


da muy tempranamente (1561), muy poco logró prosperar en sus primeros
cien años. A comienzos del siglo XVII, Mendoza era poco más que una pos-
ta en el camino de Buenos Aires a Santiago de Chile. Su significado para el
imperio español era el de un pequeño refugio para las tropas que la Corona
enviaba a la guerra de Arauco. Los tercios españoles desembarcaban en el
Río de la Plata, atravesaban las pampas en carretas y llegaban a Mendoza;
allí debían esperar hasta que el camino estuviese transitable antes de reem-
prender la marcha a través de la Cordillera de los Andes. Mendoza era, por
lo tanto, una posta obligada en este camino. En 1601 llegó un primer ejérci-
to con 500 hombres en 48 carretas y en 1605 llegó otro mayor, esta vez con
1.000 tropas en 113 carretas, que permanecieron en Mendoza durante cinco
meses. En ambas oportunidades, la villa andina debió abastecer de “vino,
pan y carne” a los soldados durante todo el invierno y a la vez, proveer de los
recursos necesarios para atravesar la cordillera. Ello incluía también “todas
las municiones, a saber: arcabuces, mosquetes, picas, palas, azadones y cin-

una reivindicación de la metodología utilizada por los militares argentinos durante la dictadura
de 1976-1983, cuando literalmente se usó este método para hacer desaparecer a los ciudadanos en
ríos y mares mediante los “Vuelos de la Muerte”. Kirchner solicitó al Vaticano la remoción del
obispo castrense. Pero el Vaticano volvió a reivindicar literalmente la cita bíblica y respaldó las
palabras de Baseotto como ajustadas a la doctrina eclesiástica. Como resultado, el presidente
Kirchner destituyó de su cargo a Baseotto (18 de marzo de 2005) y se rehusó a asistir a los funera-
les del Papa Juan Pablo II (8 de abril de 2005).

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co piezas de artillería, pólvora y cuerda, plomo, hierro y acero” (Draghi,
1993: 22-23).
Hacia 1610, Mendoza contaba apenas con 32 casas, de las cuales sólo una
o dos tenían tejas; las demás tenían techos de paja. Lo más relevante era la
presencia religiosa, que contaba con tres conventos, pertenecientes a los do-
minicos, mercedarios y jesuitas, cada uno de ellos con dos religiosos3.
Mendoza era un espacio de frontera abierta con los pueblos indígenas. Nin-
gún fuerte ni fortín defendía a la ciudad de los eventuales malones indíge-
nas (el primero se instaló en San Carlos en 1770). Por lo tanto, los vecinos
tenían que prestar servicios permanentemente en las milicias. Pero el lugar
políticamente más importante era el cabildo; aunque Mendoza era muy
pequeña, al ostentar el título de ciudad contaba con la sala capitular, lugar
donde las élites se reconocían y ejercían el poder local. Sus decisiones eran
prácticamente inapelables dado que la cordillera generaba una situación de
aislamiento y autonomía de hecho con relación a la autoridad del Goberna-
dor y Capitán General de Chile. Por lo tanto, las funciones militares y polí-
ticas eran muy importantes en esta ciudad, casi tanto como las religiosas.
Las familias de la élite ocupaban los cargos del cabildo y los mayores grados
militares, a la vez que aspiraban a contar con un pariente en los conventos.
La familia de doña Juana Bustos ocupaba un lugar central en la política
regional. Su padre era un importante militar, el capitán Agustín de Bustos,
vecino encomendero de Mendoza; su madre, una mujer enérgica y decidi-
da, doña Teodora Castañeda. De esta unión nació don Pedro Bustos, tam-
bién destacado por sus lazos sociales, militares y políticos. Se casó con doña
Francisca Godoy, perteneciente a una familia troncal de Cuyo; en terreno de
la milicia llegó al grado de sargento mayor; fue miembro del cabildo de
Mendoza y, posteriormente, teniente de corregidor y justicia mayor en San
Juan (Morales, 1936: 52).
Don Juan de Puebla y Reinoso pertenecía a una de las más encumbradas
familias de la elite hispano criolla de la provincia de Cuyo. Era hijo del capi-
tán Gregorio de Puebla y de doña Beatriz de Reinoso y Niño de Zepeda. Su
familia gozaba de una posición destacada en la élite local y accedía a los
principales espacios sociales y culturales del Reino. Don Gregorio Puebla
era un oficial español que llegó a Mendoza como capitán del ejército que el
Rey envió a Chile en 1601. Don Gregorio combatió en la Araucanía en la
campaña de 1602; a fines de ese año regresó a Santiago de Chile a curar sus
heridas y luego traspasó la cordillera para avecindarse en Mendoza. Aban-
donó la vida militar para dedicarse a la política y a cuidar de sus intereses
privados. En Mendoza ocupó altos cargos públicos: fue alcalde ordinario de

3
Informe del doctor Gabriel Celada, oidor de la Real Audiencia de Chile, Mendoza, 10 de
enero de 1610. En: Verdaguer, 1932: I, 85.

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primer voto (1603), fiel ejecutor, nuevamente alcalde (1610), teniente de
corregidor (1623) y regidor (1628) (Peña y Lillo, 1997: 38). Entre sus tareas
más difíciles estuvo gestionar el abastecimiento del ejército real que llegó a
Mendoza en 1605. Inquieto, agudo observador y crítico de su época, don
Gregorio redactó un Memorial al Rey, en el cual daba cuenta de la situación
de Mendoza en 1608 y recomendaba medidas para evitar que el cruce de las
tropas del Rey no agotara los recursos económicos de Mendoza4.
En premio por sus servicios en Arauco, en 1606 el Capitán General de
Chile le otorgó una merced real “en que se le concedían 500 cuadras de
tierra en el Valle de Uco” (Morales, 1938: 275-278). Don Gregorio logró
configurar una posición destacada tanto en el plano económico como polí-
tico, militar y social. Su matrimonio con doña Beatriz de Reinoso (1603)
engendró siete hijos, tres mujeres y cuatro varones. Don Gregorio Puebla
falleció en 1630, dejando una familia destacada de la ciudad. Su esposa lo
sobrevivió durante más de dos décadas (falleció en 1651), en las cuales ten-
dría la oportunidad de ver la trayectoria de sus hijos.
Los hijos de Gregorio y Beatriz realizaron carreras expectantes. Por ejem-
plo, una de las mujeres, Beatriz de Puebla y Reinoso o Beatriz de Valverde,
recibió una generosa dote que incluía “una chacra en la ciudad de Mendoza,
media legua al oriente, tasada en $250 y parece tener de cabezadas 50 varas”.
Con estos bienes Beatriz entró al matrimonio con Jacinto de Urquizo, con el
cual puso en marcha un tronco familiar llamado a prosperar con el tiempo.
Una hija de esta pareja fue María Tobar Urquizo, la cual recibió en dote,
además de la mencionada chacra, una propiedad que incluía esclavos, viñas
y 1.000 arrobas de vino por un valor de $1.500; en total, la dote de Beatriz
ascendía a $6.904 con 5 reales5. Los restantes hijos de Gregorio y Beatriz
también gozaron del respaldo económico necesario para alcanzar lugares
elevados en la sociedad de la época. El reverendo padre fray Gregorio Pue-
bla y Reinoso estudió en el convento de Santo Domingo en Santiago de
Chile (1625) (Lira, 1979: 256). Posteriormente regresó a Mendoza donde
ejerció su ministerio y fue el vicario provincial del convento dominico (1634-
1635) (Verdaguer, 1932: I, 245). Más tarde, el padre Gregorio figuraba como
prior del Convento de San Francisco (1648)6.
Además del brillo e influencia de sus padres y hermanos, don Juan de
Puebla y Reinoso estaba emparentado con las figuras más prominentes de la

4
Carta de Gregorio de Puebla a su majestad en que incluye un memorial que trata del estado
en que se encuentran las cosas de la provincia de Cuyo a fin de que sirva poner remedio en muchas
que son en de servicio de Dios y del Rey, Mendoza, 20 de marzo de 1607, Revista de la Junta de
Estudios Históricos de Mendoza, tomo IV, N° 11 y 12 (Mendoza), diciembre de 1936, pp. 131-133.
5
Carta de dote de doña María de Tobar Urquizo, Mendoza, 7 de diciembre de 1741. Reprodu-
cida en: Draghi (1940: 247-249).
6
Carta de imposición de capellanía, Mendoza, 9 de julio de 1648. AHM, Protocolo de Escriba-
nos N° 14, fols. 72.

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sociedad cuyana. En efecto, el teniente de la ciudad de Mendoza Julio
Martínez de Ortubia estaba casado con Ana de Morales, prima hermana de
doña Beatriz de Reinoso, madre de don Juan. Además, “el alguacil mayor de
la ciudad, Pedro Gómez, estaba casado con Mariana de Puebla, hermana
legítima” de Juan. Por otra parte, “el alcalde ordinario de vecinos, capitán
Valentín de Córdoba, es íntimo amigo de dicho (Juan de Puebla)”7. El pres-
tigio de su abolengo le facilitó el camino a la política. Fue miembro del ca-
bildo, donde prestó servicios de regidor de moradores, fiel ejecutor y alcalde
de santa hermandad8.
En el Cabildo de Mendoza, don Juan trabó amistad con otro distinguido
vecino de la ciudad, don Pedro Bustos, el hermano de Juana. Don Pedro se
desempeñó como fiel ejecutor y regidor de vecinos. Además, recibió la vara
de la real justicia. En 1630 don Pedro y don Juan se desempeñaron juntos en
el Cabildo de Mendoza9. Es probable que en este ámbito se haya profundi-
zado la relación entre ellos y sus respectivos amigos y parientes, incluyendo
en este juego a la hermana de Pedro. Ella vivía con su madre, la ya viuda,
doña Teodora de Castañeda. En esta casa se iba a producir el encuentro
amoroso que, posteriormente, terminaría en pena de muerte.

LA PENA DE MUERTE EN LA SOCIEDAD COLONIAL

La pena de muerte era, para la legislación española, un castigo extremo,


orientado a reprimir delitos particularmente graves como homicidio, trai-
ción, falsificación de moneda, hurto por ladrón consuetudinario o en lugar
sagrado, violación o rapto de mujer honesta, bestialidad (zoofilia) y herejía.
Según el penalista español José Luis de Las Heras Santos, en tiempo de la
Casa de Austria, en España “la pena de muerte se imponía para castigar
delitos de lesa majestad o contrarios a la fe, homicidios, homosexualidad,
bestialidad y delitos contra la propiedad (...) La mayor parte de los ejecuta-
dos por la justicia estaban implicados en homicidios y atentados contra el
patrimonio. Mas también otras infracciones, no castigadas habitualmente
con tanto rigor, podían ser objeto de la sanción suprema si el juez de la
causa convenía empeñarlas más gravemente” (de Las Heras, 1991: 317). Es-
tos rigurosos criterios regían en España en los siglos XVI y XVII, y fueron

7
Juicio contra Juan de Puebla Reinoso por estupro, Santiago de Chile, 14 de abril de 1633.
Archivo Nacional de Chile (en adelante AN), Real Audiencia, volumen 3029, fols. 208.
8
Documento de asuntos varios, Mendoza, 5 de octubre de 1631. AHM, Protocolo de Escriba-
nos N° 11, fols. 5 v.
9
La presencia de don Juan de Puebla y don Pedro Bustos en el Cabildo de Mendoza puede
verse en Actas Capitulares de Mendoza, 1628-1644.

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los que se intentaron trasladar a América. De todos modos, en las Indias se
utilizaron criterios más amplios. En el Cono Sur, la pena de muerte se utili-
zó casi exclusivamente para condenar delitos de homicidio. Así se despren-
de de los estudios de Abelardo Levaggi para el espacio pampeano-rioplaten-
se, y de los trabajos de Arancibia, Cornejo y González referidos al Reino de
Chile (Levaggi, 1975: 89-90, Arancibia et al., 2003). Las penas que más se
usaban para reprimir delitos sexuales eran años de presidio. Un panorama
de esta situación puede advertirse, por ejemplo, en el presidio de Valdivia,
plaza fuerte a la cual se remitían reos del Reino de Chile, el Virreinato del
Perú y la Audiencia de Quito. En agosto de 1788 había allí 174 presos, de los
cuales siete (4%) habían cometido delitos contra mujeres o sexuales. Los
crímenes fueron tipificados como estupro (2), agredir a una mujer (1), ma-
tar a una mujer (1), excesos (1), por vicioso (1), o por “crimen bestial”
(zoofilia) (1) (Molina, 2004). Los actores condenados por delitos de tipo
sexual o agresión a mujeres se distinguían por su diferente extracción étnica
y territorial. Los autores de delito de estupro fueron el negro José Hurtado
(Lima) castigado a ocho años; y el zambo Jerónimo Parra (Chile), con pena
de cinco años. El español Juan Atienza (Lima) fue condenado a diez años
“por excesos”; el chino Toribio Zúñiga (Lima) fue condenado a diez años
por matar a una mujer; el mestizo Santiago Chacón (Lima) recibió condena
de siete años por dar heridas a una mujer; el mestizo Mariano Félix (Lima)
fue condenado a diez años por “crimen bestial”. Como se puede ver, la vio-
lencia contra la mujer estaba presente tanto en Chile como en Perú, y se
extendía a las distintas castas: españoles peninsulares, mestizos, zambos,
negros y “chinos” (Molina, 2004).
El estupro fue una figura legal que animó juicios en todo el imperio es-
pañol. Y, por lo general, se castigaba al culpable con el pago de una dote a la
mujer “ultrajada”. En algunos casos se le ordenaba casarse con ella y, en caso
de desacato, el hombre era excomulgado, encarcelado y confiscados sus bie-
nes. Así se desprende de los casos examinados por Langue en la Capitanía
General de Venezuela. En el Reino de Chile, en cambio, se utilizó otro crite-
rio. En algunos casos se condenó al reo a largos años de prisión.

DEL TALAMO A LA HORCA

El encuentro amoroso entre don Juan de Puebla y doña Juana Bustos se


consumó una noche de 1633 en la casa materna de la mujer. Al parecer, los
amantes fueron sorprendidos por doña Teodora, la cual manifestó su severa
reprobación. El hombre huyó y la mujer fue interpelada por su madre. Ate-
rrorizada, doña Juana le dijo que había dado su consentimiento “bajo pala-

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bra de casamiento”. Esta era una práctica relativamente difundida en la épo-
ca. La promesa de matrimonio era “un recurso de los hombres para vencer
la resistencia de las mujeres a tener relaciones carnales” (García, 1999: 134).
O bien una excusa de las mujeres para liberarse de las amenazas paternas.
No se sabe si don Juan de Puebla había asumido ese compromiso con doña
Juana; tampoco se ha comprobado si la madre creyó o no en la palabra de su
hija. Pero lo cierto es que puso en marcha mecanismos tendientes a captu-
rar y castigar a Juan de Puebla.
La noche del incidente sucedieron varios hechos llamativos. Juan de Pue-
bla logró reunir caballos y amigos para cruzar la Cordillera de los Andes y
dirigirse a Chile. Tras una marcha forzada, llegó a la estancia de Chacabuco,
donde se detuvo a descansar. Había ganado bastante tiempo porque en
Mendoza, el hermano de la doncella, Pedro Bustos, vio frustrado su intento
de perseguir a Puebla, pues fue detenido por una extraña orden de las auto-
ridades. De todos modos, la situación cambió y pronto se pusieron en cami-
no los agentes del orden para detener a Puebla. Cuando éste tuvo noticias de
la inminente llegada de sus perseguidores, siguió camino hacia Santiago y
allí se refugió en el Convento de Santo Domingo10.
La huida de don Juan fue posible debido a su red de contactos con los
sectores más influyentes de la élite cuyana. Esta red hizo posible que don
Juan pudiera, sin tiempo de realizar los preparativos más elementales, cru-
zar la Cordillera de los Andes y encontrar refugio en la capital del Reino de
Chile. Así por ejemplo el alcalde ordinario de vecinos, capitán Valentín de
Córdoba, ordenó la detención de Pedro Bustos para facilitarle la fuga a Juan
de Puebla y lograr “que no solicitasemos ni hiciéramos diligencia necesaria
para su prisión la noche que cometió el crimen”, denunció la madre de la
víctima11. Por otra parte, el alguacil mayor de la ciudad, Pedro Gómez, “lo
tuvo oculto después del delito y lo acompañó a esta ciudad (de Santiago)
desde la ciudad de Mendoza”. Ello quedó probado por las declaraciones del
capitán Gonzalo Martínez de Vergara, el cual, cuando estuvo en la estancia
de Chacabuco, “declaró que Juan de Puebla iba acompañado por el alguacil
Pedro Gómez”12.
Las acciones judiciales fueron lideradas por la familia de la “víctima”,
fundamentalmente la madre y el hermano. Por tal motivo iniciaron “quere-
lla criminal contra Juan de Puebla Reinoso”, el cual, “con poco temor de

10
Juicio contra Juan de Puebla Reinoso por estupro, Santiago, 14 de abril de 1633. AN, Real
Audiencia, volumen 3.029, fols. 207-207 v.
11
Juicio contra Juan de Puebla Reinoso por estupro, Santiago, 14 de abril de 1633. AN, Real
Audiencia, volumen 3.029, fols. 207-207 v.
12
Juicio contra Juan de Puebla Reinoso por estupro, Santiago, 14 de abril de 1633. AN, Real
Audiencia, volumen 3.029, fols. 208.

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Dios y en menosprecio y deshonor suyo había quebrantado las paredes de
su morada, entrando por las paredes a deshoras de la noche, había estuprado
debajo de palabra de casamiento a doña Juana Bustos, su hija legítima, don-
cella a quien tenía con todo recogimiento”. Por tal motivo solicitaba “se le
embarguen los bienes y (sea) condenado en pena capital por quebranta-
miento”13.
El marco jurídico de la época establecía penas muy severas para el delito
de estupro. Sobre todo porque era un “pecado contra la castidad”. Según las
Partidas del Rey Alfonso el Sabio, las faltas en esta materia eran muy graves
porque

Castidad es una virtud que ama Dios y deben amar los hombres. Según
dijeron los sabios antiguos, tan noble y tan poderosa es su bondad, que
ella sola cumple para presentar las ánimas de los hombres y de las muje-
res castas ante Dios. Y yerran muy gravemente aquellos que corrompen
a las mujeres (...) siendo vírgenes14.

Sobre la base de concebir la castidad de la mujer como valor absoluto, los


españoles construyeron un edificio jurídico sumamente riguroso para cas-
tigar a aquellos hombres que hacían el amor con mujeres vírgenes sin estar
casados con ellas. No importaba si el acto se consumaba por fuerza o con el
consentimiento de la mujer. El varón tenía prohibido unirse físicamente a
ella. Las Partidas lo manifestaban con claridad:

Hacen gran maldad aquellos que seducen con engaño, halago o de otra
manara, a las mujeres vírgenes o las viudas que son de buena fama y
viven honestamente (...). No se puede excusar el que yaciere con alguna
mujer de éstas, que no cometió una gran falta, aunque diga que lo hizo
con el placer de ella, sin forzarla. Esto, según dicen los sabios antiguos,
como en manera de fuerza es convencer y halagar a las mujeres con pro-
mesas vanas, haciéndoles hacer maldad de sus cuerpos. Y aquellos que lo
hacen de esta manera, más yerran que si lo hiciesen por fuerza15.

La gravedad que se le atribuía al acto de hacer el amor con una mujer


virgen o viuda se fundamentaba en el particular enfoque de la doctrina ca-
tólica sobre el sexo y el cuerpo. Si el cuerpo era el templo del Espíritu Santo,
una profanación de ese cuerpo era un acto cercano a un sacrilegio. Además,
si la gravedad de una ofensa se mide por la dignidad del ofendido, siendo el

13
Juicio contra Juan de Puebla Reinoso por estupro, Santiago, 14 de abril de 1633. AN, Real
Audiencia, volumen 3.031, fols. 37-37 v.
14
Partida VII, título XIX. Los códigos españoles concordados y anotados. Código de las Siete
Partidas (Madrid, Antonio de San Martín editor, 2 edición, 1872): tomo IV, p. 420.
15
Partida VII, título XIX, ley I. Los códigos españoles...: tomo IV, p. 420.

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93 II Sem. 2006
pecado contra la virtud de la pureza un agravio a Dios, cuya dignidad es
infinita, la gravedad de esta falta también lo era. Con más razón si con este
acto el varón arrastraba a pecar a una mujer y la corrompía. Dada la grave-
dad de este delito, las penas eran muy severas. En efecto, las Partidas estable-
cían que

Si aquel que lo hiciere fuese hombre honrado, puede perder la mitad de


todos sus bienes y deben ser de la Cámara del Rey. Y si el hombre fuese
vil debe ser azotado públicamente y desterrado a alguna isla por cinco
años. Pero si fuese siervo o sirviente de la casa, aquel que sedujere o
corrompiere alguna de las mujeres sobredichas, debe ser quemado16.

La aplicación de estos criterios en el caso de Juan de Puebla era muy


clara: por tratarse de un personaje de la elite socioeconómica cuyana, debía
ser castigado con la confiscación de la mitad de sus bienes. En este sentido,
el reclamo de doña Teodora era muy preciso: “pido que entre los bienes
(que se le) demandasen en cargas sean los tributos de los indios de dicho
Juan de Puebla Reinoso y que la persona los pueda sacar de donde quiera
que estén y hacerse cargo para los ir alquilando y para dar con pago cada
cuando se le pida”17. Por pertenecer a una familia de encomenderos, ella
sabía del alto valor que tenía la mano de obra indígena en el mercado. Los
indios eran muy pocos en Mendoza, pues la mayor parte había sido trasla-
dada por la fuerza hacia Santiago de Chile, a las minas de La Serena y otros
puntos para prestar sus servicios. La población huarpe mendocina fue diez-
mada entre las últimas décadas del siglo XVI y las primeras del XVII. En este
contexto, las escasas encomiendas que aún contaban con una dotación de
indios eran bienes muy cotizados. Precisamente en este contexto, doña
Teodora consideró que la “afrenta” que había sufrido su familia tenía en esas
encomiendas la mejor forma de satisfacción.
Además de la pena de carácter económico, doña Teodora solicitó que se
condenara a muerte a don Juan. Este pedido no se encuadraba tan clara-
mente en las Siete Partidas. Pero a la vez, la demandante podía alegar agra-
vantes debido a la proximidad entre el ofensor y la familia de la “víctima”.
Don Juan de Puebla no era sirviente de la casa de doña Teodora Castañeda;
pero había fuertes lazos de confianza entre ambos. Al parecer, la mujer bus-
có argumentos para fundamentar a la vez el reclamo de resarcimiento eco-
nómico y de pena capital.
La justicia falló en todo de acuerdo con lo solicitado por doña Teodora.

16
Partida VII, título XIX, ley II. Los códigos españoles...: tomo IV, p. 421
17
Juicio contra Juan de Puebla Reinoso por estupro, Santiago, 14 de abril de 1633. AN, Real
Audiencia, volumen 3.029, fols. 209.

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La Real Audiencia condenó a Juan de Puebla a efectuar un oneroso pago en
dinero: le ordenó abonar la suma de $10.000, mitad por costos judiciales y
mitad como dote para la mujer ultrajada. Nótese lo elevado que resultaba
esa cifra: un siglo más tarde, el empresario más rico de Mendoza poseía
bienes por $32.00018.
Junto con las compensaciones económicas, doña Teodora logró un cas-
tigo ejemplar para el amante de su hija. La Real Audiencia hizo lugar a sus
demandas y llegó a una sentencia terrible: Juan de Puebla fue condenado a
muerte. En efecto, por Real Provisión del 21 de abril de 1635 se ordenó “que
en el lugar en donde pudiese ser habido, sea preso y llevado a la cárcel de la
dicha ciudad de Mendoza, y de ella sea sacado en forma de justicia por las
calles acostumbradas de dicha ciudad y en la plaza de ella esté puesta una
horca en la cual sea ahorcado hasta que naturalmente muera”19. Para noticia
de todo el pueblo, la orden de detención contra Puebla fue comunicada
públicamente por pregón de tres en tres días.
La decisión de la Real Audiencia tuvo notas de energía. Se ordenó que
“donde quiera que fuese hallado y pudiese ser habido, lo prendiesen con sus
bienes; y con las prisiones y guardas necesarias lo remitiesen a la cárcel de la
Real Audiencia (para) ejecución de la dicha sentencia de muerte”20. El orga-
nismo recomendó “prendan y hagan prender a Juan de Puebla y, preso a
buen recaudo con las provisiones y guardias que convengan, y con sus bie-
nes sean llevados a la cárcel de la Audiencia para que se ejecute la sentencia
de muerte. Y los bienes se pudieran traerlos y vender y rematar en almone-
da, procedido por inventario jurídico”21. La sentencia de muerte debía apli-
carse “sin excusa ni dilación”. Y se responsabilizaba al Justicia Mayor, “so
pena de mil pesos”22. Además, se estableció un incentivo para los que captu-
rasen al reo: “a los guardias que trajeren al dicho Juan de Puebla se les paga-
rán (...) un mil pesos de bueno oro”23.
El medio dispuesto para implementar la pena de muerte también resulta
notable. De acuerdo a los usos y costumbres de la sociedad colonial, al me-
nos en las provincias del Río de la Plata, la forma de matar al culpable varia-

18
Juicio contra Juan de Puebla por estupro. Santiago, 14 de abril de 1633. AN, Real Audiencia,
volumen 3.029, fs 207 ss.
19
Juicio contra Juan de Puebla por estupro. Real Provisión, Santiago, 21 de abril de 1635. AN,
Real Audiencia, volumen 3031, fs 38-38 v. Espejo, o.c., tomo I, pp. 92-93.
20
Sentencia de la Real Audiencia, Santiago de Chile, 21 de abril de 1637. AN, Real Audiencia,
volumen 3.031, fols. 38.
21
Sentencia de la Real Audiencia, Santiago de Chile, 21 de abril de 1637. AN, Real Audiencia,
volumen 3.031, fols. 38-38 v.
22
Juicio contra Juan de Puebla Reinoso por estupro, fecha ilegible. AN, Real Audiencia, volu-
men 3.029, fols. 210 v.
23
Sentencia de la Real Audiencia, Santiago de Chile, 21 de abril de 1637. AN, Real Audiencia,
volumen 3.031, fols. 38-38 v.

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ba según su “calidad social”. Los miembros de las élites recibían un trata-
miento preferencial, en tanto que la “gente vil” era objeto de prácticas con-
sideradas más infamantes. Y una de ellas era, precisamente, la horca. En el
caso estudiado se produjo la paradoja de condena a muerte en la horca a un
miembro de la élite: una persona que pertenecía al cabildo, y que poseía una
de las fortunas más grandes de la región. El motivo de este tratamiento anó-
malo se encuentra en la naturaleza de la falta cometida. Evidentemente, la
sociedad colonial tenía una particular percepción del significado de la vida
sexual y toda desviación de lo que se considerara canales legítimos para esta
dimensión de la vida humana, significaba un escándalo que debía ser repri-
mido con la mayor energía posible.

LA GRACIA DEL PERDON DIVINO

Para asombro de la comunidad mendocina, don Juan de Puebla y Reinoso


obtuvo la gracia del perdón. A pesar de la sentencia de la Real Audiencia de
Chile, el joven capitular no murió en la horca en 1634. Superó este incidente
y vivió casi medio siglo más. Recién falleció en 1678, tras una vida signada
por el éxito económico y una destacada carrera política; también tuvo el
don de gozar de una numerosa familia de nueve hijos que lo acompañó en
sus años otoñales. La pregunta es, ¿cómo hizo don Juan de Puebla y Reinoso
para salvarse de la horca? No huyó a las montañas sino que permaneció en
Mendoza, al alcance de cualquier justicia; tampoco se ocultó hasta que su
pena prescribiera, normativa que no tenía vigencia en ese tiempo en Améri-
ca colonial. Al parecer, tampoco tuvo chances de obtener el indulto del Rey,
única autoridad con atribuciones de revocar la sentencia24. Pero era muy
excepcional el uso de estas facultades. Por ejemplo, el día más propicio para
ello era el Viernes Santo, en el cual, el monarca adhería al ejemplo de infini-
ta misericordia divina para perdonar a algunos reos. Pero esta situación sólo
se daba en contados casos pues “el indulto por Viernes Santo no había de
beneficiar, según Juan II, a más de veinte reos cada año” (Tomás y Valiente,
1969: 402). Si era difícil obtener el indulto real para los reos peninsulares,
para los americanos era casi imposible.
Los condenados a morir en la horca tenían la posibilidad de recibir el
perdón por gracia divina. La situación no era muy cómoda para las autori-
dades pues iba rodeada de un alboroto popular. Según el citado De las Heras
Santos, “ordinariamente el alboroto se provocaba cuando la cuerda fatal se
rompía de una forma más o menos casual, pues existía la creencia popular

24
Partida VII, 32, 1.

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97 II Sem. 2006
de que el instrumento del suplicio se rompía por voluntad de Dios, en cuyo
caso el reo debía ser liberado” (De las Heras, 1991: 321). En efecto, cuando
la cuerda se rompía o el mecanismo, por alguna razón, no funcionaba, se
consideraba que allí había una intervención divina directa. Cuando el reo,
una vez colgado, caía al suelo por rotura de la soga, se producía una reacción
colectiva intensa: al grito de “¡perdón!, ¡perdón!”, el público se abalanzaba
sobre la víctima, le aflojaba el dogal y le ayudaba a reestablecerse. Y las auto-
ridades consentían, pues, ¿quién se atrevería a cuestionar los insondables
designios de la Santísima Providencia? Este fue el caso, por ejemplo, de Fran-
cisco Escobar, el primer reo de los anales de la historia del Reino de Chile. El
conquistador Pedro de Valdivia lo condenó a la horca por delito de conspi-
ración e intento de asesinato. Pero cuando se intentó ejecutar la sentencia,
apareció la mano de Dios, pues “habiéndose cortado la soga de la horca en
el momento de la ejecución, el General, según una costumbre usada en su
tiempo en casos semejantes, perdonó a ese infeliz”(Barros Arana, 2002: 1,
175). Como la intervención divina estaba fuera de duda, el hombre experi-
mentó un vuelco interior y resolvió dedicar sus días a la contemplación di-
vina en un convento franciscano (Barros Arana, 2000: 1, 175; Díaz, 1925:
155-156).
Aunque no se ha hallado evidencia documental que lo pruebe, lo más
probable parece ser que don Juan de Puebla y Reinoso, igual que Francisco
Escobar y tantos otros, salvó su vida a los pies del patíbulo, perdonado por
la Gracia de Dios. A partir de entonces, el curso de su vida cambió. Termina-
ron para siempre las persecuciones judiciales. Sus negocios prosperaron, lo
mismo que su vida social y política. Don Juan quedó habilitado nuevamen-
te para desenvolverse con total tranquilidad en el Corregimiento de Cuyo,
con plenas facultades para la vida económica, social y política.

LA VIDA DESPUES DE LA MUERTE

Después de obtener el perdón, la vida de don Juan de Puebla se encarriló


intensamente hacia los negocios. Durante medio siglo cumplió una activa
tarea en el espacio comercial, transportista e industrial de la provincia de
Cuyo. El perdón le reestableció plenamente su buen nombre y honor.
Un indicador de la recuperación del prestigio de don Juan de Puebla fue
su boda. El perdón alcanzado le permitió contraer matrimonio con una
dama de buena posición. En efecto, don Juan se casó con doña Inés Cortés y
Acevedo, la cual aportó al matrimonio una dote de $1.20025. Ella era una

25
Carta de obligación del capitán Juan de Puebla Reinoso, Mendoza, 16 de diciembre de 1667.
AHM, Epoca Colonial, Testamentaria, Carpeta 265, Documento N° 3, fols. 114 v.

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mujer dinámica y emprendedora. Cuando su marido estaba ausente debido
a sus viajes en las carretas, doña Inés asumió la responsabilidad del hogar y
la libertad que ello implicaba. En este contexto no dudó en tomar medidas
originales para la época. Así por ejemplo, tuvo la iniciativa de abrir su pro-
pia pulpería, lo cual se convirtió en un caso de liderazgo para otras mujeres
(leading case). Su ejemplo fue observado e imitado luego por sus pares y ello
contribuiría, con el tiempo, a hacer de Chile uno de los reinos con mayor
participación femenina en las empresas de este tipo. Así por ejemplo en
México, sobre un total de 221 pulperías registradas en 1781, los mujeres
controlaban 13; en 1804, sobre 285, las mujeres poseían 17 (6%). Ello llevó
a Silva Riquer a concluir que “el comercio de pulpería no era una actividad
en que las mujeres citadinas se interesaran, o no se les permitía su inversión”
(Silva, 2001: 273). En el Reino de Chile, en cambio, sobre un total de 117
pulperías registradas en 1776, las mujeres controlaban 24 (20%) (Andaur,
2005). Todavía no se han estudiado a fondo las causas de esta situación;
pero entre ellas fueron importantes los casos de liderazgo, realizados por
mujeres que abrieron el camino y luego fueron imitadas por las demás. En-
tre estos leading cases se encuentra, precisamente, doña Isabel, la esposa de
don Juan de Puebla.
La confianza que los mendocinos le dispensaron del capitán Juan de
Puebla Reinoso, después de la gracia recibida, fue clara y franca. Tal como
refleja el Cuadro I, don Juan fue recurrentemente elegido como tasador de
bienes, testigo de operaciones comerciales, garante de créditos y como alba-
cea testamentario. Así por ejemplo, en 1666 fue tasador de los bienes del
capitán Alonso Gallardo26. Más tarde, en 1673 se le confió la tasación de los
bienes de doña Angela Videla, cuyas propiedades tenían un valor cercano a
los $3.00027. Muchas veces se le pidió que actuara como testigo: ello sucedió
en el crédito de $468.4 reales que el capitán Juan Moyano de Aguilar se com-
prometió a pagar a Francisco Alvarez de Toledo (1647)28; en el Codicilio del
padre Alonso de Reinoso y Robles (1647)29; en el poder para testar de

26
Inventario de bienes del capitán Alonso Martínez Gallardo, Mendoza, 28 de noviembre de
1666. AHM, Protocolo de Escribanos N° 18, fols. 96.
27
Nombramiento de Juan de Puebla Reinoso como tasador de los bienes de Angela Videla,
Mendoza, 18 de diciembre de 1673. AHM, Protocolo de Escribanos N° 20, fols 49 v. – 51. Inventa-
rio de bienes de Angela Videla, Mendoza, 16 de diciembre de 1673. AHM, Protocolo de Escribanos
N° 20, fols 49-51 v.
28
Carta del capitán Juan Moyano de Aguilar, Mendoza, 18 de junio de 1647. AHM, Protocolo
de Escribanos N° 13, fols 26.
29
Codicilio del padre Alonso de Reinoso y Robles, Mendoza, 6 de noviembre de 1647. AHM,
Protocolo de Escribanos N° 13, fols. 70-71.

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99 II Sem. 2006
Sebastián López de Vargas (1657)30, en la tasación y partición de bienes de
Juan de Roa (1663)31, en el poder dado por Luisa Reinoso (1669)32, y en el
testamento de Juan López de Villarroel (1666)33. En otra oportunidad don
Juan prestó fianza por $700 a Domingo Zapata (1649)34. Paralelamente, el
capitán fue elegido como albacea testamentario de otros vecinos, entre ellos
doña María Magdalena de Videla y Jufré (1647), de doña Juana de Vega Sar-
miento (1669)35. Don Juan de Puebla fue también albacea testamentario de
muchos familiares directos. Entre ellos podemos citar a su hija Beatriz
(1666)36, su hermano Jacinto (1666)37 y su esposa doña María del Castillo y
Figueroa (1669)38. Estos últimos casos demuestran que don Juan de Puebla
y Reinoso logró establecer una familia estable y sostenerla en el tiempo: en
el momento de testar su hija y su mujer, don Juan de Puebla seguía junto a
ellas y merecía toda la confianza como para ser nombrado su albacea testa-
mentario.
El transporte comercial de cargas fue una de las actividades principales
de don Juan de Puebla. En efecto, en la década de 1640 administró una tro-
pa de diez carretas. Esta era la mayor empresa de transporte de Mendoza
donde, en esos años, prestaban servicios entre 45 y 50 carretas39. Para avan-
zar en esta dirección, don Juan estableció una serie de contratos con el sar-
gento mayor don Francisco Alvarez de Toledo, para obtener las carretas. En
1648 don Juan de Puebla adquirió a crédito, a un valor de $330, “seis carre-
tas con cargas de vino con veinte botijas cada una y sus ocho bueyes, los
cuales no se venderán ni pasarán a poderío ajeno si no es para efecto de

30
Poder para testar de Sebastián López de Vargas, Mendoza, 21 de junio de 1657. AHM, Pro-
tocolo de Escribanos N° 17, fols. 46.
31
Petición del tenedor de los bienes de Juan de Roa, Mendoza, 20 de noviembre de 1663.
AHM, Protocolo de Escribanos N° 17, fols. 36.
32
Poder dado por doña Luisa Reinoso, Mendoza, 3 de setiembre de 1669. AHM, Protocolo de
Escribanos N° 19, fols 101 v., 102 v.
33
Testamento de Juan López de Villarroel, Mendoza, 20 de octubre de 1666. AHM, Protocolo
de Escribanos N° 18, fols. 83.
34
Fianza de Juan de Puebla Reinoso, Mendoza, 13 de enero de 1649. AHM, Protocolo de Escri-
banos N° 15, fols. 7.
35
Codicilio de Juana de Vega Sarmiento, 13 de febrero de 1669. AHM, Protocolo de Escriba-
nos N° 19, fols. 128.
36
Inventario de bienes de Beatriz de Puebla Reinoso, Mendoza, 6 de marzo de 1666. AHM,
Protocolo de Escribanos N° 18, fols. 17.
37
Poder para testar del capitán Jacinto de Puebla Reinoso, Mendoza, 18 de marzo de 1666.
AHM, Protocolo de Escribanos N° 18, fols 25.
38
Testamento de María Magdalena de Videla y Jufré, Mendoza, 27 de noviembre de 1647.
AHM, Protocolo de Escribanos N° 13, fols. 81-83. Declaración del alcalde don Francisco Chirinos
de Posada, Mendoza, 13 de febrero de 1669. AHM, Protocolo de Escribanos N° 19, fols. 127; Poder
para testar de doña María del Castillo y Figueroa, Mendoza, 8 de octubre de 1669. AHM, Protoco-
lo de Escribanos N° 19, fols 112-113.
39
AHM, Protocolo de Escribanos N° 16 fols. 15. Luis Coria, Evolución económica de Mendoza
en la época colonial (Mendoza: Universidad Nacional de Cuyo, 1988): 70.

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II Sem. 2006 100
CUADRO I. Actos jurídicos del capitán Juan de Puebla y Reinoso (Mendoza, 1647-
1673).

Año Testigo de Tasador de Fiador de Albacea


bienes de testamentario de
1647 -Juan de Moyano -María Magdalena
y Aguilar de Videla y Jufré
-Alonso de Reinoso
y Robles
1649 -Domingo
Zapata
1657 -Sebastián López
de Vargas
1663 -Juan de Roa
1666 -Juan López de
Villarroel -Alonso Gallardo -Beatriz de Puebla
-Jacinto de Puebla
y Reinoso
1669 -Luisa Reinoso -Juana de Vega
Sarmiento
-María del Castillo
Figueroa
1673 -Angela de Videla

Fuente: AHM, Protocolo de Escribanos; Alicia Virginia Gabbi y Elvira Martín de Codoni, Mendoza
en sus testamentos, siglos XVI, XVII y XVIII (Mendoza: Facultad de Filosofía y Letras de la Univer-
sidad Nacional de Cuyo, 1996).

dicho pago”40. Don Francisco le otorgó, además, un crédito por $529 con 1
real para sus operaciones comerciales41.
La hacienda de don Juan de Puebla y Reinoso se nutrió del trabajo de
esclavos e indios. Entre ellos estaban “dos indios, uno Lorenzo, natural de
Santiago del Estero, y el otro Pablo, natural de La Rioja”, los cuales “de su
voluntad quieren servir al capitán Juan de Puebla y Reinoso”. En el docu-
mento labrado para formalizar este contrato, se estipuló que “se les ha de
pagar su salario a razón de $4 por mes y cuidarlos de enfermedades”42. Los
esclavos africanos también estaban presentes en las propiedades de don Juan.

40
Carta de Obligación de Juan de Puebla Reinoso, vecino feudatario de Mendoza, Mendoza, 9
de noviembre de 1648. ANM, Protocolo de Escribanos N° 14, fols. 59.
41
Carta de Obligación de Juan de Puebla Reinoso, vecino feudatario de Mendoza, Mendoza, 9
de noviembre de 1648. ANM, Protocolo de Escribanos N° 14, fols. 85.
42
Carta de servicio indígena, Mendoza, 28 de octubre de 1647. AHM, Protocolo de Escribanos
N° 13, fols. 61 v.

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101 II Sem. 2006
Así quedó documentado en la venta de una esclava que se concretó con
motivo de la muerte de su esposa en 1668. La negra fue vendida en $38043.
La prosperidad de los negocios de don Juan de Puebla le permitió ceder
generosas dotes a sus hijas y fortalecer la presencia de su linaje en el centro
del espacio socioeconómico colonial. La dote de María Puebla y Castilla, al
casarse con el sargento mayor Pedro Correas (1679) fue un buen ejemplo
de su prosperidad económica. Según la Carta de Dote, ella recibió cuatro
esclavos, “un negro llamado Pedro, de 24 años de edad, botijero, en $600;
una mulata llamada Leonor, 30 años, en $450; una mulatilla María de 11 a
12 años en $300; un mulatillo de 9 a 10 años, Marcelo, en $300”. En total los
esclavos valían $1.650. Además, la mujer recibió “una casa de vivienda cuya
puerta cae enfrente de la huerta de la Compañía de Jesús por la parte del
poniente con todo el edificio que de el patio principa de allí en las tierras de
norte y oriente del el mismo y mitad de la huerta, en $600”. La dote incluía
también joyas como “trece marcos de plata labrada de una onza a $7 el mar-
co; dos candelabros con 4 marcos de cinco onzas a razón de $9 el marco;
por todo: $133 y 4 reales”. A ello se agregaron “9 cuadras de tierra para
chacra en la que tienen poblada al oriente de esta ciudad en $30; una caja
grande en $30, un pabellón de cordoncillo labrado aquí, en $30; un vestido
en $50, un escritorio en $20” y una bodega en la cual había “200 @ de vino
en $400”; el tercer grupo de bienes representaba $560. El valor total de la
dote ascendía a $2.943 con 4 reales44. Teniendo en cuenta que la beneficiaria
de esta dote fue uno de los nueve hijos legítimos de don Juan de Puebla y
Reinoso, se puede estimar la magnitud de sus bienes: éstos rondarían los
$30.000.
La recuperación económica que logró don Juan fue notable; y no tarda-
ría en alcanzar también el retorno al poder político. En efecto, durante la
gestión de don Juan de Roa al frente de Cuyo (1661-1663), Puebla fue te-
niente de corregidor y Justicia Mayor (Morales, 1936: 63). Después de trein-
ta años, don Juan de Puebla regresaba al Cabildo de Mendoza, revestido con
los cargos de mayor jerarquía y prestigio social.

DON JUAN Y LA INDUSTRIA DEL VINO

Don Juan de Puebla Reinoso se dedicó con éxito al cultivo de la viña y a la


elaboración del vino. Sus bodegas almacenaban al menos 700 @ de vino45,

43
Carta de venta, Mendoza, 9 de enero de 1668. AHM, Protocolo de Escribanos N° 19, fols 1-4.
44
Herederos de don Juan de Puebla Reinoso contra doña María del Castillo sobre la división
de sus bienes, Santiago, 17 de octubre de 1691. AN, Real Audiencia, volumen 1.705, 250-251.
45
La arroba (@) era la unidad empleada como unidad de medida para los líquidos. En Cuyo se
usaba la arroba de 35,55 litros.

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II Sem. 2006 102
lo cual significaba un capital de $1.40046. Este oficio era, en realidad, una
antigua tradición familiar. El abuelo de su madre (doña Beatriz de Reinoso)
fue el maestro de campo don Alonso de Reinoso, el cual, hacia 1580, poseía
una viña de 5.000 plantas y una bodega con capacidad para 155 arrobas de
vino (Lacoste, 2003: 114). No fue casualidad que don Juan recibiera como
herencia una viña en la ciudad, la cual cultivó y mantuvo a lo largo de toda
su vida. Era una viña pequeña, de unas 3.000 plantas47. Los vinos que elabo-
ró adquirieron prestigio y fueron solicitados como medio de pago para sal-
dar deudas. Así se verificó, por ejemplo, en la devolución de la dote de doña
Isabel a su hermano, don Ignacio de Acevedo. En efecto, a mediados de la
década de 1670, don Juan de Puebla Reinoso reconoció que era

deudor de $1.200 en plata corriente al capitán don Ignacio de Acevedo


por razón del dote que se me dio cuando casé con doña Isabel Acevedo,
su hermana, en primer matrimonio, ya difunta, por pertenecerle al di-
cho capitán don Ignacio de Acevedo como legítimo heredero48.

Para saldar esta deuda, don Juan abonó primeramente $112; luego se
comprometió a pagar otros $587.4; los restantes $500 se abonarían directa-
mente en “vino bueno”. Así se acordó en un contrato comercial celebrado el
29 de diciembre de 1673, en el cual don Juan de Puebla se comprometió a
entregar

200 @ de vino bueno en 80 botijas que han de ser bien cocidas y bien
breadas de modo que no tengan merma por mal cocidas y breadas, y que
las ha de entregar por todo el mes de agosto a setiembre del año venidero
de 1674. Si al plazo señalado no hubiere llegado el dicho don Ignacio de
Acevedo, se obliga Juan de Puebla a tenerlo embotijado y tapado con
yeso en su bodega (...). Las dichas 200 @ de vino las ha de recibir don
Ignacio a dos patacones arroba que hacen $400 de a ocho reales y las 80
botijas de a 10 reales que es el corriente de la tierra, que montan $100.

46
Entre los bienes de don Juan de Puebla Reinoso transferidos a sus hijos figuran por un lado
200 @ de vino, y por otro 500 @. Herederos de don Juan de Puebla Reinoso contra doña María del
Castillo sobre la división de sus bienes, Santiago, 17 de octubre de 1691. AN, Real Audiencia,
volumen 1.705, fols 246 y 250-251.
47
Esta viña fue hipotecada “para que en ella se haga la ejecución, venta y remate en caso de que
falta de hacer la paga” de $1.200 que don Juan de Puebla Reinoso tenía que hacer a su ex cuñado
don Ignacio de Acevedo (Contrato de hipoteca de Juan de Puebla Reinoso, Mendoza, 29 de di-
ciembre de 1673. AHM, Epoca Colonial, Testamentaria de Juan de Puebla Reinoso y María del
Castillo, Carpeta 265, Documento 3, fols. 117). Por lo tanto, la viña no podía exceder en mucho
este valor, de lo cual se desprende que no podía tener más de 3.000 plantas.
48
Carta de obligación de Juan de Puebla Reinoso, Mendoza, 16 de diciembre de 1667. AHM,
Epoca Colonial, Testamentaria de Juan de Puebla Reinoso y María del Castillo, Carpeta 265, Do-
cumento 3, fols. 114 v.

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Junto con el valor del vino son $500. Y si las 80 botijas las diere esteradas,
se entiende las ha de llevar por 12 reales la botija49.

El documento es revelador de las técnicas que se usaban para la manipu-


lación de los vinos. Las botijas eran embreadas, tapadas con yeso y luego
esterilladas para evitar que se rompieran en los viajes en carreta a Buenos
Aires. Llama la atención el esmero de los contratantes para cuidar delicada-
mente los mecanismos que aseguraran la calidad de la conservación y tras-
lado de los vinos.
La bodega de don Juan de Puebla Reinoso fue una de las primeras del
Cono Sur que se especializó en elaborar buenos vinos. La pregunta es ¿por
qué? ¿Cuál era el interés del capitán por desarrollar vinos de calidad? Por un
lado, podía haber un móvil económico: el vino bueno tenía mayor valor en
el mercado. Pero también hubo motivos religiosos. En el marco de una so-
ciedad empapada de un intenso espíritu religioso, don Juan quería ganarse
el cielo y la vida eterna. Para ello debía ganarse el favor de la misericordia
divina, lo cual se lograba con la ayuda de los frailes de los conventos, cuyas
oraciones y misas podían tener un efecto altamente grato a los ojos de Dios.
Y el vino era el medio más adecuado para alcanzar estos objetivos.
Había una conexión entre el vino y la vida eterna. En su testamento, don
Juan de Puebla dispuso que se destinaran 50 @ de vino al convento de Santo
Domingo para que, a cambio, los frailes se ocuparan de la salud de su alma.
Con sus misas, rezos y mortificaciones los religiosos podían aliviar los atro-
ces sufrimientos que debían padecer antes de ponerse en condiciones de
presentarse en la presencia de Dios. La utilidad de las oraciones de los vivos
por el alma de los muertos estaba fuera de discusión en la Iglesia Católica a
partir del Concilio de Florencia (1431). Más tarde, el Concilio de Trento
ratificó esta noción (1563). Y los españoles expandieron estas ideas en todos
su imperio, incluyendo el lejano Reino de Chile. En el caso de don Juan de
Puebla, lo relevante es que se intentó alcanzar el favor divino a través del
vino. Y del vino de calidad. Así, por ejemplo, fray Miguel Rodríguez de Luján,
capellán del convento de Santo Domingo, extendió un recibo a nombre del
capitán Juan de Godoy, albacea testamentario de don Juan de Puebla, en el
cual mencionaba el tema de la calidad:

Señor Capitán Juan de Godoy:


El tesorero, don Antonio Peredo, me ha acomodado embotijada canti-
dad de los $37.4 que los herederos del señor capitán Juan de Puebla,

49
Contrato de hipoteca de Juan de Puebla Reinoso, Mendoza, 29 de diciembre de 1673. AHM,
Epoca Colonial, Testamentaria de Juan de Puebla Reinoso y María del Castillo, Carpeta 265, Do-
cumento 3, fols. 115, v. 116.

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difunto, pagara a este convento. Sírvase Vuestra Merced de que se le ha-
gan buenos vinos a dicho tesorero que con su recibo lo haré buenos en el
libro del convento y yo recibiré merced que Dios a Vuestra Merced como
ese este su hermano y capellán.
Fray Miguel Rodríguez de Luján50

El objetivo principal de esta nota era documentar la recepción de las


botijas de vino en la bodega del convento. Pero se aprovecha la oportunidad
para solicitar que se ponga énfasis en la tarea. La redacción no es clara pero
insinúa que el capellán sabrá valorar la calidad del vino, y está dispuesto a
agradecerla con su tarea en el convento. Y la acción del convento era, funda-
mentalmente, atraer la mirada y la misericordia de Dios a través de la ora-
ción y la mortificación. Poco después se produjo otro documento con sen-
tido similar:

Yo, fray Gabriel de Ojeda, Maestro de Santa Teología de la sagrada Orden


de Predicadores, recibí de mano del capitán Juan Godoy del Castillo, ve-
cino de esta ciudad de Mendoza, provincia de Cuyo, 50 @ de vino que
me debía del capitán Juan de Puebla Reinoso, difunto, que Dios tenga en
su santa gloria, como las declaró por una cláusula de su testamento que
hizo en dicha ciudad al tiempo de su fallecimiento51.

El vino se convertía en el puente entre lo temporal y lo eterno. Era el


camino que permitiría al alma de don Juan de Puebla trascender la muerte,
el dolor y las penas del Purgatorio. Era la llave maestra que le abriría las
puertas del paraíso. Si su vida se terminaba, el vino quedaría allí, para resca-
tarlo de la oscuridad y retornarlo a la luz de la vida.

DON JUAN Y SUS DESCENDIENTES

La reivindicación pública lograda con el perdón, y el éxito económico gene-


rado por sus viñas y carretas, abrieron a Juan de Puebla y Reinoso el camino
de retorno al poder social y político. En el plano social, después del falleci-
miento de su primera esposa, don Juan contrajo enlace con María del Casti-
llo, destacada integrante de la élite colonial de la región, hermana de don

50
Recibo del capellán del convento de Santo Domingo, fray Miguel Rodríguez de Luján,
Mendoza, 16 de octubre de 1675. AHM, Epoca Colonial, Testamentaria de Juan de Puebla Reinoso
y María del Castillo, Carpeta 265, Documento 3, fols. 104 v.
51
Recibo de fray Gabriel de Ojeda, Mendoza, 13 de noviembre de 1675. AHM, Epoca Colonial
Testamentaria de Juan de Puebla Reinoso y María del Castillo, Carpeta 265, Documento 3, fols.
107 v.

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105 II Sem. 2006
Juan de Godoy del Castillo. Con ella tuvo nueve hijos, los cuales establecie-
ron enlaces prominentes.
Una hija de don Juan fue Inés de Puebla. Desposó al peninsular Simón
de Lima y Melo, de cuyo tronco surgió una familia de gran trayectoria en el
derecho, la política, las armas y la Iglesia. De esta unión nacieron, por ejem-
plo el presbítero Domingo Lima y Melo y el maestre de campo Eusebio Lima
y Melo, alcalde, escribano del cabildo de Mendoza y corregidor de la pro-
vincia de Cuyo (1752-1756), padre del presbítero Simón Tadeo de Lima y
Melo. El primero de estos religiosos, Domingo de Lima y Melo (1694-1767),
fue un destacado miembro de la Compañía de Jesús; en 1723 ya estaba orde-
nado sacerdote y residía en el colegio jesuita de Mendoza; luego pasó a San
Luis donde fue superior de la residencia jesuita local (1742-1745); luego
regresó a Mendoza donde fue rector del Colegio de la Inmaculada Concep-
ción (1755-1760) (Verdaguer, 1932: I, 267). Su sobrino, Simón Tadeo de
Lima y Melo (1779-1808), fue el párroco de San Luis (1753-1764) y San
Juan (1764-1798); posteriormente regresó a Mendoza a cumplir su oficio y
terminar sus días (Verdaguer, 1932: I, 404 y 463). Además de su aporte al
desarrollo eclesiástico y cultural cuyano, esta familia contribuyó también al
progreso de la industria del vino. Don Simón de Lima y Melo dio un nuevo
impulso a las propiedades familiares, particularmente en la producción
vitivinícola. Durante el tiempo en el cual estuvo como administrador de los
bienes familiares, por minoría de edad de cuatro de sus hermanos, don Simón
construyó una fábrica de botijas y tinajas. El establecimiento se levantó en
las bodegas que habitaba su cuñado Juan de Puebla52.
Otra hija de Juan, Petrona Puebla, se casó con el capitán Miguel Torres,
hijo de un español peninsular, el capitán Miguel Torres Barros Hinojosa,
natural de Jerez de la Frontera; otra hija de don Juan, María Puebla, casó
con el sargento mayor Pedro Correas, alcalde de primer voto, teniente de
gobernador, justicia mayor y escribano del cabildo de Mendoza.
Uno de los hijos varones de don Juan fue Francisco de Puebla. Nacido en
1758, fue el mayor de sus hermanos. Acompañó a su padre en la administra-
ción de la empresa familiar, en los múltiples negocios que se extendían de
Mendoza hacia el resto del reino de Chile, como así también a las provincias
rioplatenses. Tras el fallecimiento de su padre, Francisco era todavía menor
de 25 años de edad, con lo cual no podía, legalmente, asumir la dirección de
los negocios. Por tal motivo, solicitó al alcalde la emancipación y habilita-
ción de edad “para hacer tratos y contratos en esta ciudad como en las pro-

52
Orden del corregidor para que Juan de Puebla y don Simón de Lima y Melo no tengan litis
por la posesión de fábrica de tinajas, Mendoza, 5 de diciembre de 1692. AHM, Carpeta 167 Docu-
mento 16.

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II Sem. 2006 106
vincias de Tucumán, Buenos Aires y Chile, donde estoy en contingencia”53.
El alcalde ordinario de Mendoza, capitán Juan de Avila Sanabria, accedió al
pedido y le dio la autorización en nombre de su majestad. Habilitado por
las autoridades, don Francisco pudo continuar con la tarea encomendada.
Además, obtuvo el grado militar de capitán y fue alcalde de segundo voto de
Mendoza. Don Francisco engendró una familia llamada a destacarse en la
Iglesia y en la industria del vino. En el plano eclesiástico, el aporte se canali-
zó a través de su hija Josefa de Puebla; desposada con Miguel de Allende,
natural de Buenos Aires, engendró a los hermanos Ignacio Antonio (1714-
1794) y Miguel de Allende y Puebla (1716-1794), ambos religiosos de la
Compañía de Jesús. Estudiaron en el Colegio Máximo de San Miguel en
Santiago de Chile. El padre Ignacio fue coadjutor temporal de la Compañía
de Jesús. Su hermano, el padre Miguel, residió en el Colegio de Mendoza
(1746-1754), en el cual llegó al cargo de ministro; posteriormente prestó
servicios en las casas jesuitas de San Luis y San Juan. Continuó su carrera en
Quillota, en el corazón del Valle Central de Chile. Al producirse la expulsión
de los jesuitas en 1767, los dos hermanos fueron trasladados a Imola (Ita-
lia), donde vivieron los últimos años de sus vidas; de gran valor resultaron
los escritos del padre Miguel al Pbro. Ignacio Godoy sobre los principales
cursos de agua de Cuyo y el Valle Central (Verdaguer, 1932: I, 386-387).
El lazo de la familia de don Juan de Puebla y Reinoso con la industria
vitivinícola regional se realizó a través de sus hijos y nietos. Estos profundi-
zaron los impulsos apasionados de su abuelo: creativo, ambicioso, innova-
dor e indisciplinado. Así lo reflejaron Juan, Juan Martín y Santiago de Pue-
bla, nietos de don Juan54. El grado de desarrollo alcanzado por las bodegas y
viñedos de Juan Martín, Santiago y Juan de Puebla quedó documentado en
sus testamentos (1757, 1757 y 1766, respectivamente). A mediados del siglo
XVIII, ellos fueron, después de los jesuitas, los tres mayores viticultores de
Mendoza; Santiago tenía 10.000 cepas y 850 @ de capacidad en su bodega;
Juan poseía 18.000 plantas de vid y 560 @ de vasija; y Juan Martín tenía
17.000 plantas y 400 @ de vasija (Lacoste, 2003: 125).
Los Puebla se vieron envueltos en amores, viajes, proyectos y sueños que
luego se trasladaron a la industria. Un buen ejemplo fue Juan Martín de
Puebla, hijo natural de Juan de Puebla y nieto del protagonista de esta histo-
ria. Juan Martín vivió su infancia en San Juan junto a su madre. Tras la
muerte de ella, su padre lo recibió en su casa de Mendoza, lo crió hasta
llegar a la edad escolar, y posteriormente lo envió a estudiar a Santiago de

53
Emancipación de don Francisco de Puebla Reinoso, Mendoza, 15 de octubre de 1678. AHM,
Carpeta 176, Documento 7, fols. 1 y 1 v.
54
Estos tres nietos de don Juan de Puebla Reinoso eran hijos de Felipe, Juan y Francisco de
Puebla respectivamente.

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107 II Sem. 2006
Chile55. Tras regresar a Mendoza, Juan Martín introdujo nuevos métodos
en la industria del vino, muchos de los cuales compartió con sus primos.
Como resultado, entre los tres consolidaron un lugar de liderazgo en la
vitivinicultura regional.

LOS “VINOS DE DIOS”

La vida de Juan de Puebla y Reinoso transcurrió en un inestable equilibrio


entre el impulso y la planificación reflexiva. En su juventud transgredió las
leyes y fue condenado a la horca. Llegó a mirarse cara a cara con la muerte.
Pero alcanzado el perdón, su alma se reveló capaz de contribuir al desarrollo
social: don Juan generó un aporte decisivo a la puesta en marcha de la in-
dustria de la vid y el vino en una sociedad que, con el tiempo, estaba llama-
da a liderar la viticultura en América Latina. El caso de don Juan puede ser
un buen ejemplo de la capacidad del ser humano para recuperarse y realizar
una acción creativa al servicio de la comunidad. Por eso es un alegato contra
la pena de muerte. Además, por la forma providencial que tuvo Puebla para
salvarse de la pena de muerte, y a la luz del notable resultado que él y sus
descendientes alcanzaron en la industria vitivinícola, se revela otra conclu-
sión: los vinos de esta región se ganaron el título de “los vinos de Dios”.

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55
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ISSN 0716-1840

Las “semillas” de la discordia


del desarrollo geográfico
desigual: O por qué los incas
no conquistaron Europa
ANTONIO BELLISARIO*

RESUMEN

¿Cuáles son las causas de los indiscutibles diferentes niveles de desarrollo observables
entre las diversas culturas y sociedades del mundo? Algunas de las explicaciones tradi-
cionales a este puzzle han invocado diferencias biológicas o raciales cuando otras han
confiado en diferencias culturales o contingencia histórica como las causas del desigual
desarrollo de la historia humana. En este artículo analizamos el argumento presentado
por Jared Diamond en Guns, Germs, and Steel: The Fates of Human Societies, donde él
discute, convincentemente, cómo los factores geográficos y ambientales entre los conti-
nentes fueron los elementos decisivos. El factor más importante para entender la histo-
ria humana es la producción de alimentos, o la domesticación de plantas y animales. Las
sociedades que crearon un sistema eficiente de producción de alimentos se desarrolla-
ron más rápidamente; después produjeron la escritura, la tecnología, el gobierno y la
religión –como también los gérmenes y las armas de guerra– y posteriormente se aven-
turaron hacia los cuatro puntos cardinales de la Tierra para conquistar y destruir las
culturas ágrafas. El nacimiento de la urbanización comenzó en la media luna fértil mu-
cho antes que en otra parte del globo, debido a la presencia de una gran diversidad de
plantas y animales domesticables. Entonces, la desigual distribución geográfica de plan-
tas y animales domesticables (más que cualquier superioridad inherente de sus habitan-
tes) condujo a que el Medio Oriente se transformara en la “cuna de la civilización”. Sin
embargo, otras partes del mundo nunca tuvieron esta oportunidad. Unas no tenían
plantas nativas que pudieran ser domesticadas; otras tenían muy pocas y las comenza-
ron a cultivar muy tarde, de modo que fueron sobrepasadas abrumadoramente por los

* Profesor Asociado Departamento de Geografía, Universidad de Concepción, Concepción,


Chile. Profesor Invitado, Department of Urban and Regional Planning, California State Polythectnic
University, Pomona, EE.UU. E-mail: abellisario@udec.cl; antoniob@csupomona.edu

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111 II Sem. 2006
pp. 111-126
descendientes de los euroasiáticos que ya habían comenzado a urbanizarse hace unos
9.000 años.
Palabras claves: Desarrollo desigual, Eurasia, agricultura, domesticación de animales,
gérmenes de enfermedades.

ABSTRACT

What are the factors for the differing development rates of the world’s societies since the
Neolithic revolution? Many argue for biological, “racial” differences while others stress
cultural differences or historical contingency as leading causes for the uneven develop-
ment of human history. In this article we engage with the argument presented by Jared
Diamond in Guns, Germs, and Steel: The Fates of Human Societies, where he convinc-
ingly argues for ecological and geographical differences between the continents as the
fundamental causes. The central key to understanding human history is food produc-
tion, or the domestication of plants and animals. Those societies that secured food pro-
duction were able to produce reliable food surpluses, which allowed urban and strati-
fied societies to come into existence. And then, they developed culture, technology, gov-
ernment, as well as nasty germs and potent weapons of war –and adventured on sea and
land to conquer and decimate preliterate cultures. The rise of cities and civilization
happened in Eurasia (the Fertile Crescent) long before it happened elsewhere in great
part because of the presence of so many domesticable plants and animals. This, rather
than any innate superiority of its inhabitants, led to its becoming the “cradle of civiliza-
tion”. Other peoples of the world never had a chance. Either they had no suitable plants
at all, or had too few, and began farming too late, and so they were overwhelmed by the
descendants of the Eurasians who had begun to urbanize 9,000 years ago.
Keywords: Unequal development, Eurasia, agriculture, animal domestication, germs and
illness.
Recibido: 03.03.2006. Aceptado: 21.06.2006.

¿P OR QUE fueron los euroasiáticos los que se desarrollaron más tem-


pranamente y terminaron concentrando una gran parte de la ri-
queza y del poder geopolítico mundial? ¿Por qué específicas socie-
dades dominan otras? ¿Por qué fueron los europeos los que conquistaron el
Nuevo Mundo y colonizaron Africa? En resumen, ¿cuáles son las causas de
los indiscutibles diferentes niveles de desarrollo observables entre las diver-
sas culturas y sociedades del mundo? Estas son las preguntas que guían la
investigación del profesor Jared Diamond en el valioso libro, Guns, Germs,
and Steel: The Fates of Human Societies, ganador del premio Pulitzer en el
año 19981. Diamond expresa que la investigación que dio origen al libro fue
gatillada por una pregunta que un político guineano le hizo en 1972, a sa-

1
Jared Diamond es un reputado especialista en las áreas de biología evolutiva y biogeografía.
Fue profesor de fisiología en la Escuela de Medicina de la UCLA. Actualmente es profesor en el
Departamento de Geografía de la misma universidad.

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II Sem. 2006 112
ber: ¿por qué los blancos (europeos y los americanos) desarrollaron tanto
“cargamento” de bienes materiales y lo trajeron a Nueva Guinea, pero los
guineanos tenían tan poco “cargamento”?2 Fue una pregunta que el autor
no pudo responder a pesar de su aparente simplicidad. Y, como él lo dice, se
paso cinco años intentando entender la razón. El autor usa una batería de
argumentos desarrollados en los últimos años por la arqueología, la bioso-
ciología, la biología molecular, la agricultura, la inmunología, y por muchas
otras disciplinas para proponer un sistema explicativo coherente de la evo-
lución histórica de la humanidad como especie civilizada, que abarca unos
13.000 años.
Algunas de las explicaciones tradicionales a este puzzle han invocado
diferencias culturales o contingencia histórica. Otras han confiado en la su-
perioridad racial europea, una noción moralmente repugnante y refutada
científicamente. A pesar de la evidencia científica acumulada en contra de
esta posición (que atribuye los diferentes niveles de éxitos políticos y econó-
micos alcanzados por las diversas culturas y grupos étnicos del mundo a las
diferencias biológico-raciales), muchos persisten en perpetuar esta posición
evolucionista. Además, esta teoría continúa presentando un problema ob-
vio para los científicos que creen en la igualdad racial. ¿Si no hay un grupo
más inteligente que otro, por qué fueron los europeos, en vez de los africa-
nos, los que desarrollaron el capitalismo industrial y fisionaron el átomo?
¿Por qué los australianos no inventaron la aritmética?
El profesor Diamond discute, convincentemente, cómo los factores geo-
gráficos y ambientales fueron los elementos decisivos que explican las dife-
rencias de poder y riqueza entre las culturas del mundo así como el desarro-
llo moderno. El autor sostiene que las sociedades que superaron temprana-
mente la etapa de cazadores-recolectores y crearon un sistema eficiente de
producción de alimentos (la domesticación de plantas y animales), y se de-
sarrollaron más rápidamente, después produjeron la escritura, la tecnolo-
gía, el gobierno y la religión –como también los gérmenes y las armas de
guerra– y posteriormente se aventuraron hacia los cuatro puntos cardinales
de la Tierra para conquistar y destruir las culturas ágrafas. Así, pues, el autor
describe brillantemente cómo una serie de ventajas casuales condujeron al
temprano desarrollo de las civilizaciones euroasiáticas. J. Diamond
El autor no cree que las diferencias de desarrollo entre las culturas, o
entre individuos, son el resultado de diferencias innatas o genéticas. Por el
contrario, Diamond explícitamente intenta probar que los factores raciales
no desempeñaron un papel determinante en el desarrollo. El autor es un
ambientalista en el sentido más terminante. Al contrario de los genetistas o
evolucionistas, que atribuyen típicamente diferencias de grupo a los facto-
2
En Nueva Guinea todos los bienes materiales y adelantos tecnológicos aportados por los
colonizadores europeos recibieron colectivamente el nombre de “cargamento”.

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113 II Sem. 2006
res genéticos, él considera sólo los factores medioambientales –principal-
mente las plantas, fauna y la geografía– como los elementos determinantes
del desarrollo. Para él, los genes no explican ninguna de las variaciones en
tecnología, educación, éxito militar u otros aspectos de las diversas culturas
y grupos étnicos.
Diamond asume, implícitamente, que todos los grupos humanos tienen
una inteligencia media idéntica, pues al momento de realizarse los cambios
fundamentales del neolítico que marcaron el desarrollo sociocultural del
hombre moderno, la evolución genética de éste ya se había completado hace
muchos miles de años. Para Diamond, la trayectoria específica de desarrollo
que cierta cultura o grupo étnico haya llevado a cabo en cualquier parte de
la corteza terrestre estará determinada por la cantidad y la clase de plantas y
de animales susceptibles de ser domesticados, que la región haya tenido ori-
ginalmente. Y, más aun, por la configuración geográfica del territorio: si ésta
permite o no una fácil y rápida difusión y adaptación de los adelantos tec-
nológicos. En particular, para el autor, las ventajas únicas que en dichos tres
aspectos tuvo la famosa media luna fértil después de la última edad de hielo
(hace 13.000 años) fue el accidente decisivo en la historia de la humanidad.
Diamond pone en guardia al lector sobre la manera como la geografía de
Eurasia favoreció el temprano desarrollo de la civilización. Primero, el con-
tinente euroasiático tiene modestas barreras geográficas o un menor aisla-
miento interno que Australasia (con sus miles de islas en el Pacífico sur),
Africa y América, lo que facilitó una rápida migración y difusión de nuevas
tecnologías entre Asia y Europa. Segundo, el eje continental este-oeste de
Eurasia exigió una relativa homogeneidad ecológica, que favoreció la adap-
tación de las fuentes domesticadas de alimentos (las diversas especies de
plantas y animales domesticados) y de las enfermedades (los gérmenes).
Como sabemos, los cultivos y el hábitat de los animales son altamente de-
pendientes del clima. La franja latitudinal subtropical templada de Eurasia
tiene climas más o menos similares en largas distancias, lo que facilitó la
fácil difusión y adaptación de tecnologías inventadas a lo ancho de esta re-
gión. Por ejemplo, un patrón de agricultura desarrollado (digamos) en el
Medio Oriente pudo adaptarse exitosamente a las condiciones ecológicas
del Valle del Indo o en la meseta ibérica. Por el contrario, la orientación
norte-sur de los ejes continentales y las grandes barreras geográficas de
América, Africa y Australasia no permitieron la difusión y adaptación tec-
nológica, o la hicieron mucho más difícil. Por ende, las tecnologías inventa-
das dentro de estos continentes encontraron muchas dificultades para di-
fundirse, traspasando barreras geográficas y ecológicas. Por ejemplo, el maíz
tomó muchos miles de años para difundirse desde México hacia el norte,
hasta el Valle del Mississippi, ya que se tuvo que adaptar a diferentes condi-
ciones ecológicas a medida que avanzaba por diferentes latitudes. El tipo de

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II Sem. 2006 114
Forma de los continentes: El eje continental este-oeste de Eurasia con su homogeneidad ecológica permitió la difusión y adaptación
de los cultivos, los animales, las ideas y la tecnología.

maíz adaptado a las condiciones ecológicas del centro de México germina


muy temprano y, por lo tanto, se demora demasiado en crecer en las plani-
cies del centro de América del Norte. El caso de los auquénidos domestica-
dos por las culturas de los Andes centrales (llamas y alpacas) es paradig-
mático de las dificultades impuestas por la geografía americana al avance
tecnológico, éstos nunca se difundieron desde los Andes centrales hacia el
Valle de México. En el Viejo Mundo, el desierto del Sahara representó una
barrera insoslayable para que los avances agrícolas desarrollados en la me-
dia luna fértil pudieran difundirse en el Africa subsahariana. Pero aun cuando
este patrón agrícola se hubiese podido difundir, éste no se hubiera podido
desarrollar, ya que la agricultura templada no florece en los climas tropica-
les.
Como un ejemplo del contacto entre dos sociedades de desarrollo asi-

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115 II Sem. 2006
Latitud y clima: Nuestro planeta es gobernado por factores tales como la latitud
y el clima, éstos han jugado un importante papel en el desarrollo de los grandes
patrones de la historia. La latitud es significativa porque expresa el cambiante
ángulo del sol con respecto a la tierra: determinando la duración del día, las
estaciones y, en gran parte, el clima (La Esfera azul es la famosa fotografía de la
tierra vista desde la nave espacial Apollo 17, 7 de diciembre de 1972, a una dis-
tancia de 45.000 kilómetros).

métrico, Diamond elige la descripción del encuentro entre Francisco Pizarro


con Atahualpa, el líder de los incas, en Cajamarca en 1531. Pizarro enfrentó
y derrotó al emperador inca a pesar de la desventaja numérica, Pizarro con-
taba con un ejército de 168 españoles (sólo 62 montados a caballo) mien-
tras que Atahualpa tenía un ejército de 80.000 soldados. Para Diamond, la
superioridad tecnológica de los españoles fue la causa inmediata que con-
dujo a la captura de Atahualpa y a la caída de su imperio, especialmente las
armas de acero, los barcos y el caballo; los gérmenes y las enfermedades que
trajeron los españoles al Nuevo Mundo fueron las causas últimas de la de-
rrota de los incas.
La mayoría de la población actual del continente americano desciende –o
son el resultado de un marcado proceso de hibridación– de europeos, afri-
Encuentro entre Pizarro y Atahualpa
canos, asiáticos y de pueblos originarios americanos. Así, pues, no son los

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II Sem. 2006 116
descendientes de las etnias originarias las que dominan el paisaje demográ-
fico americano. Por consiguiente, nos podemos preguntar: ¿por qué la his-
toria ocurrió de esta manera? ¿Por qué no fueron los incas, los aztecas,o los
ashanti los que conquistaron Africa y trajeron a los europeos como esclavos
al Nuevo Mundo? La mayoría de las personas tal vez piense: es porque los
europeos eran más inteligentes y tenían la iniciativa y la motivación para
emprender la conquista del Nuevo Mundo, mientras que las etnias origina-
rias no tenían tal capacidad intelectual o no tenían el empuje. Aunque no
existe ninguna evidencia científica de superioridad intelectual entre los eu-
ropeos y los pueblos originarios, los europeos fueron los que emprendieron
esta empresa y, por lo tanto, debe haber otra explicación.

ORIGEN DE LA AGRICULTURA

Desde que la agricultura fue inventada en la media luna fértil hace aproxi-
madamente unos 12.000 años, durante la revolución del neolítico, se ha de-
sarrollado en por lo menos otros cinco lugares alrededor del globo: China,
Nueva Guinea, América del Norte, México y los Andes Centrales. La media
luna fértil comprende hoy la región del Medio Oriente ocupada por los es-
tados modernos de Irak, Irán y Siria, especialmente la región entre los ríos
Tigris y Eufrates. El comienzo de la agricultura fue un paso importante en el
desarrollo de lo que llamamos civilización. Para un pueblo de cazadores y
recolectores nómadas no tiene ningún sentido desarrollar la escritura, por
decir la escritura cuneiforme. Si estos recolectores se tienen que desplazar
por el territorio cada tres semanas en busca de alimento, ellos ya tienen
bastante trabajo en acarrear sus implementos básicos, por lo tanto no tie-
nen ningún uso para las tabletas de arcilla. Pero una vez que un pueblo se
organiza y asienta en comunidades agrícolas comenzará a desarrollar una
civilización. De esta forma se iniciarán los sistemas de gobierno, los meca-
nismos de producción y de almacenamiento de alimentos, la tecnología apli-
cada al control del medio ambiente, la aparición de las artes, etc. También
aparecerá la necesidad de producir herramientas de metal, se tendrá que
aprender a domar y domesticar los caballos como medio de transporte, etc.
Junto con la domesticación de los animales comenzará la evolución de gér-
menes mortales como la viruela y el sarampión, que desempeñaron un pa-
pel crucial en la conquista europea del Mundo Nuevo. Efectivamente, fue-
ron estos y otros gérmenes los que diezmaron al 95 por ciento de los pue-
blos originarios americanos. Estos gérmenes aparecieron en las sociedades
agrícolas que se desarrollaron en la media luna fértil y en la China hace
11.000 años.
Las culturas que habitaban la media luna fértil fueron privilegiadas. Las

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117 II Sem. 2006
Mapa de la fértil media luna, cuna de la civilización euroasiática.

plantas silvestres de que ellos disponían para domesticar eran fáciles de do-
minar, crecían rápido y tenían las semillas más grandes. De hecho, la agri-
cultura se desarrolló tempranamente en la media luna fértil porque tenía
un clima favorable al crecimiento de las plantas anuales de autopolinización
y porque, especialmente allí, se daban los antepasados silvestres de los ce-
reales ricos en proteínas y las leguminosas adecuadas para la domesticación.
Sin embargo, este tipo de plantas nativas no se encontraba disponible en los
trópicos, en las planicies americanas o en la Patagonia. La media luna fértil
era, según se informa, rica en distintas variedades silvestres de trigo y de
cebada. La mayor densidad de la semilla –la parte que contiene los nutrientes–
es uno de los rasgos que determina la aptitud de una planta silvestre para ser
domesticada. Estudios contemporáneos han confirmado que 32 de las 56
gramíneas que contienen las semillas más densas que hay son nativas de la

Atenea 494
II Sem. 2006 118
Agricultura: La domesticación de plantas comenzó tempra-
namente en Eurasia. Por ejemplo, el trigo tipo Emmer fue uno
de las primeras plantas silvestres domesticadas en el Medio
Oriente durante el Neolítico.

media luna fértil. Solamente cuatro de estas plantas se encuentran en Africa


subsahariana y 11 en América.
El cambio de la caza-acopio al cultivo de la tierra, como el profesor
Diamond discute (de seguro correctamente), no fue la inspiración de un
genio solitario; al contrario, fue un cambio incremental y, en gran parte,
imprevisto. Los cazadores-recolectores primero tomaron nota de las plan-
tas más deseables, después comenzaron a volver a las especies más vigorosas
de esas plantas, entonces se instalaron permanentemente cerca de esas espe-
cies, después comenzaron a cuidarlas, y después conscientemente las sem-
braron para futuras cosechas.
Más eficaces que la caza o la recolección, los cultivos rindieron exceden-
tes de alimento que permitieron claros aumentos en la densidad demográfi-
ca. Por ende, la seguridad alimentaria permitió el surgimiento de centros
urbanos y de clases no agrícolas especializadas, tales como escribanos, artis-
tas, sacerdotes, intelectuales, ingenieros, soldados y, eventualmente, una

Atenea 494
119 II Sem. 2006
burocracia gubernamental. Las sociedades agrícolas sedentarias tendieron
hacia una mayor complejidad social, la producción de nuevas ideas e inven-
ciones, la innovación sinérgica y la dominación militar de sus vecinos. Como
lo han informado una serie de estudios contemporáneos sobre la función
del espacio en la vida social, la aglomeración de la población y de las activi-
dades económicas en ciudades y regiones crea, por sí misma, estímulos
sinérgicos que incentivan la innovación y el desarrollo. El geógrafo ameri-
cano Edward Soja, en su reciente libro Postmetropolis: Critical Studies of Cities
and Regions (2000), denomina synekism a este proceso espacial de estimula-
ción por proximidad territorial. Por otra parte, Diamond discute específi-
camente que el nacimiento de la urbanización comenzó en la media luna
fértil mucho antes que en otra parte del globo debido, como lo hemos dicho
antes, a la presencia de una gran diversidad de plantas y animales domesti-
cables. Entonces, la desigual distribución geográfica de plantas y animales
domesticables (más que cualquier superioridad inherente de sus habitan-
tes) condujo a que el Medio Oriente se transformara en la “cuna de la civili-
zación”. Sin embargo, otras partes del mundo nunca tuvieron esta oportu-
nidad, y la falta de los recursos clave para el desarrollo de una sociedad agrí-
cola sedentaria selló sus destinos. Unas no tenían plantas nativas que pudie-
ran ser domesticadas; otras tenían muy pocas y las comenzaron a cultivar
muy tarde, de modo que fueron sobrepasadas abrumadoramente por los
descendientes de los euroasiáticos que ya habían comenzado a urbanizarse
hace unos 9.000 años3.
Entonces, dicho patrón de agricultura mixta permitió a los euroasiáticos
sostener altas densidades de población en sus asentamientos. El enorme ta-
maño y las altas densidades de población de Eurasia hicieron que concen-
trara la mayor parte de la población mundial, lo que permitió –a su vez–
que dicho continente generara la mayor parte de los inventos y de las inno-
vaciones tecnológicas producidas por estímulos de proximidad territorial.
La facilidad de las comunicaciones y de la difusión a lo largo del territorio
permitió que las invenciones generadas en un lugar se dispersaran con re-
lativa rapidez a otro. La veloz y amplia difusión de los adelantos tecnológi-
cos, a su vez, concedieron a los euroasiáticos la rueda, el caballo, los textiles,
la metalurgia avanzada, la navegación de largo alcance, el Estado, la pólvora
y las armas de hierro.

3
Recientes descubrimientos arqueológicos han señalado que el primer centro urbano del
mundo es la ciudad neolítica de Çatalhöyük, en la planicie de Anatolia, Turquía (7000 a.d.n.e.).
Los resultados de las próximas excavaciones en este sitio aportarán importantes elementos para
avanzar en nuestra comprensión de los orígenes de la agricultura y civilización. Para más infor-
mación de este proyecto arqueológico, véase la página web: <http://catal.arch.cam.ac.uk/catal/
catal.html>.

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II Sem. 2006 120
DOMESTICACION DE ANIMALES

Tan importante como el cultivo de la tierra fue, según el profesor Diamond,


la presencia de grandes animales domesticables que proporcionaban las pro-
teínas, el transporte y la energía de alta calidad para el trabajo. El desarrollo
de los carros de arrastre nunca ocurrió en el Nuevo Mundo: la llama de los
Andes centrales nunca fue enganchada a las ruedas de juguete de los aztecas,
pues se hallaban separadas por la selva tropical del Istmo de Panamá. De
nuevo, Eurasia fue bastante afortunada al tener la mayoría de los grandes
mamíferos herbívoros salvajes que podían ser domesticados: ovejas, cabras,
vacas, cerdos y caballos. Africa tenía el búfalo y la cebra, pero las cebras y los
búfalos africanos son irritables y difíciles de domar, como lo han compro-
bado intentos contemporáneos de domesticación de dichos animales. De
esta forma, podemos adjudicar la subsiguiente dominación de Africa por
Europa como un “accidente biogeográfico.” Los animales y las plantas do-
mesticados confirieron una ventaja final y decisiva a las culturas euroasiáticas,
útiles en la conquista de nuevas tierras.

Importancia del ganado el la agricultura europea. Grabado inglés del siglo XIV del poema God
Spede ye Plough.

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121 II Sem. 2006
Ganadería: El ganado vacuno (ganado tipo Hereford en la foto) es el animal más emblemático de los euroasiá-
ticos, desciende de un antiguo ancestro salvaje nativo que vivió en Eurasia y en el norte de Africa al final de la
última glaciación, fue domesticado en la fértil media luna en el Neolítico (8000 a.d.n.e.).

Ciudades y civilizaciones: los cultivos rindieron excedentes de alimento que Estatua del Faraón Amenhotep III, Templo Luxor,
permitieron claros aumentos en la densidad demográfica y, por ende, una Egipto.
mayor complejidad social. La evidencia más temprana de esto se encuentra
en la media luna fértil. Allí, se desarrollaron las primeras aldeas, y luego, las
primeras ciudades. En la foto, el gran Ziggurat de la antigua Mesopotamia.

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II Sem. 2006 122
No es que los antiguos habitantes de la media luna fértil fueran más
dotados o más inteligentes y vislumbraron primeramente las ventajas de la
agricultura. Ellos no tuvieron ninguna idea de estas necesidades. En su lu-
gar, la supremacía del desarrollo tecnológico de los euroasiáticos fue una
consecuencia involuntaria, sin intencionalidad –una unintended consequence
en el lenguaje de la epistemología de las ciencias sociales anglosajonas.
Eurasia, en general, y la media luna fértil, en particular, contaban con los
antepasados silvestres de las más valiosas especies vegetales y animales sus-
ceptibles de ser domesticadas. El trigo y la cebada, el antepasado de los va-
cunos, las ovejas, las cabras, los cerdos y los caballos, todos eran nativos de
la media luna fértil. Además, la configuración geográfica del continente per-
mitió la rápida difusión de dichas plantas y animales, y de otros adelantos
tecnológicos, gatillando un intensivo desarrollo de las fuerzas productivas,
lo que, unido al temprano desarrollo de las armas (de hierro y biológicas),
les proporcionó a los descendientes de los antiguos euroasiáticos una su-
premacía militar que, últimamente, les otorgó el control geopolítico del
globo.
¿Por qué los aborígenes australianos siguen siendo cazadores-recolectores?
Porque nadie ha podido hoy domesticar los canguros, los únicos grandes
mamíferos salvajes de Australia. La única planta de Australia que se ha do-
mesticado son las nueces de macadamia, pero no se puede alimentar a toda
una civilización sedentaria sólo con nueces de macadamia. Pero sí se puede
hacer con el trigo, la cebada, las arvejas, las lentejas, etc. Esta es la razón por
la que los aborígenes australianos siempre fueron cazadores-recolectores y
los euroasiáticos fueron los primeros cultivadores y ganaderos. Cuando los
europeos construyeron una sociedad industrializada en Australia, tuvieron
que importar todos los elementos claves (tales como los cultivos y la tecno-
logía) desde afuera.

DESARROLLO DE LOS GERMENES

Diamond argumenta que los gérmenes que producen las enfermedades con-
tagiosas más mortales que afectan a los humanos fueron un subproducto
de la domesticación de los animales. En efecto, éste es uno de los descubri-
mientos más sorprendentes al que se ha llegado con el actual desarrollo de
la biología molecular. Ahora sabemos que la viruela, el sarampión y otras
enfermedades epidémicas de los seres humanos se desarrollaron a partir de
enfermedades de nuestros animales domésticos con los cuales entramos en
contacto íntimo cuando comenzamos a domesticarlos hace 11.000 años.
La viruela pudo haberse desarrollado de una enfermedad de nuestros ca-
mellos domésticos. El sarampión se desarrolló ciertamente de una enfer-

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123 II Sem. 2006
medad de nuestros ganados domésticos. Las poblaciones euroasiáticas se
vieron expuestas a estas enfermedades y, gradualmente, desarrollaron resis-
tencias inmunitarias y genéticas contra ellas. Pero las culturas de otras lati-
tudes (como las etnias originarias americanas) sin estos grandes animales
domésticos, con la excepción de las llamas y alpacas, no desarrollaron estos
gérmenes ni la inmunidad a ellos. Cuando llegaron los europeos portando
en su dossier biológico la viruela, el sarampión y otros gérmenes mortales,
los pueblos originarios murieron antes de que pudieran incluso alcanzar el
campo de batalla: los gérmenes de Eurasia los mataron. Esta es la razón
fundamental de cómo la geografía inclinó la balanza en el desarrollo de
ciertas sociedades del mundo.
De esta forma, la domesticación de los animales suministró a los euroa-
siáticos resistencias inmunitarias a dichas enfermedades. Los animales do-
mesticados producen microbios mortales al hombre. Pero con el paso del
tiempo, los portadores humanos desarrollan inmunidades a estos gérmenes
y, al mismo tiempo, estos organismos evolucionaron para no matar dema-
siado rápido a sus hospederos humanos. Sin embargo, los pueblos origina-
rios del Nuevo Mundo, de Africa y de Australasia no domesticaron estos
animales y no estuvieron expuestos a los gérmenes de enfermedades trans-
misibles de los europeos y, por ende, sucumbieron en masse durante la edad
de la exploración europea. El caso más paradigmático de este proceso, por
supuesto, fue la declinación de la población de los incas y de los aztecas por
los gérmenes que acompañaban a los conquistadores españoles. Una vez
más, la audacia y la inteligencia no estuvieron relacionadas con el éxito mi-
litar de los europeos.
En suma, el argumento propuesto por Diamond para explicar por qué
fueron los descendientes de los euroasiáticos los que conquistaron Perú,
México, Australia y gran parte de Africa, es el siguiente: las sociedades de
Eurasia adquirieron ventajas claves al desarrollar las semillas, los animales
domesticados y la resistencia a los gérmenes de enfermedades mortales. La
geografía de Eurasia posibilitó la difusión de la agricultura, lo que facilitó, a
su vez, el desarrollo de la urbanización y la creación de una clase de especia-
listas no agrícolas. Tal temprano desarrollo fue amplificado de manera cada
vez mayor por la innovación tecnológica, especialmente de las armas de
hierro. De esta manera, para 1492, los descendientes de los antiguos euroa-
siáticos habían concentrado extraordinarias ventajas sobre otras culturas.
Más aún, dicho patrón de desarrollo los lanzó hacia una imperativa expan-
sión geográfica en búsqueda de nuevos mercados y recursos. Así, llegaron a
otras tierras para ganar gloria y hacerse ricos; en el proceso, conquistaron y
dominaron a diversos pueblos y etnias con sus armas superiores, principal-
mente con las enfermedades del Viejo Mundo, para las cuales los pueblos
nativos no tenían resistencias inmunitarias.

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II Sem. 2006 124
Gérmenes de enfermedades infecciosas: las armas de acero no pueden explicar, por sí solas, la
rapidez con que las poblaciones nativas del Nuevo Mundo sucumbieron en pocas generaciones.
Fueron las enfermedades tales como la viruela las responsables de tal destrucción. Algunos acadé-
micos estiman que aproximadamente 20 millones de personas pueden haber muerto en los años
que siguieron a la invasión Europea –más del 95% de la población americana (virus de la viruela,
negativo).

Sin embargo, ¿por qué no fue la civilización china, la hindú o la del islam
la que logró expandir su cultura y dominio al resto de Eurasia y del mundo?
Si las invenciones decisivas para el desarrollo de la civilización occidental,
como la agricultura y la urbanización, y muchos otros adelantos tecnológi-
cos (tales como los instrumentos de navegación, la astronomía, la pólvora,
la impresión en bloques, los números, la medicina, la química y la geome-
tría), no se produjeron en Europa sino en otros rincones de Eurasia, ¿por
qué, entonces, fueron los europeos los que últimamente lograron dominar
al resto del mundo? En tal caso es válido preguntar: ¿Por qué Europa? ¿Por
qué no China? ¿Por qué, y cómo, la civilización europea adquirió el domi-
nio decisivo sobre el resto de Eurasia y del mundo partir del siglo XVI?
Diamond no tiene una respuesta para esta pregunta. Guns, Germs, and Steel,
es un libro que explica por qué los euroasiáticos, en general, conquistaron
América, Africa y Australasia a partir del siglo XVI. No es un libro que expli-
que por qué los europeos, en particular, conquistaron Asia y el resto del
mundo en los últimos 500 años.

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125 II Sem. 2006
Una de las críticas que ha recibido Guns, Germs, and Steel es que el libro,
a pesar de la intencionalidad explícita de su autor por elaborar una síntesis
global de causalidad histórica del desarrollo de la humanidad –como la de-
sarrollada por el historiador británico Arnold Toynbee en los 12 volúmenes
de su A Study of History (1934-54)– no contempla fenómenos políticos y/o
ideológicos dentro de su aparato explicatorio. Usualmente, cuando un cien-
tífico de las ciencias naturales vuelve su atención académica hacia la historia
y la antropología para invocar causalidades medioambientales en el desa-
rrollo de las civilizaciones, resulta muy fácil acusarlo de determinismo, de
funcionalismo, o de los dos. Sin embargo, en nuestra opinión, Diamond
sale victorioso desde las tortuosas aguas del determinismo ambiental. Para
él, las ideas y la cultura, por supuesto, son importantes en el desarrollo de las
sociedades humanas. No obstante, el autor argumenta que las ideas, la tec-
nología y la cultura sólo pueden desarrollarse allí donde prevalezcan las con-
diciones ambientales adecuadas. Allí donde las culturas se hayan constitui-
do en sociedades organizadas y se hayan asentado en centros urbanos que
dependan (y a la vez que sean el fruto) del desarrollo de la agricultura. Así
pues, para Diamond, en el temprano desarrollo de la humanidad, la geogra-
fía (especialmente la desigual distribución de plantas y animales que pue-
den ser domesticados) y las condiciones ecológicas, fueron los factores deci-
sivos que determinaron el grado de desarrollo alcanzado por las distintas
civilizaciones y, últimamente, fijaron el destino de las sociedades humanas.
El libro es un avance importante en nuestra comprensión del temprano de-
sarrollo del pasado humano; empero, lo más encomiable es que, desde la
perspectiva epistemológica medioambiental, presenta un argumento con-
vincente en contra de las teorías deterministas de superioridad racial. Es un
libro notablemente legible que demuestra cómo la historia y la biología pue-
den enriquecerse mutuamente para producir una comprensión más pro-
funda de la condición humana.

REFERENCIAS

Diamond, Jared. 1998. Guns, Germs, and Steel: The Fates of Human Societies.
New York: w.w. Norton & Company, 1997. Traducción de Fabián Chueca,
Armas, gérmenes y acero: La sociedad humana y sus destinos. Editorial Deba-
te.
Soja, Edward W. 2000. Postmetropolis: Critical Studies of Cities and Regions.
Oxford; Malden, Mass.: Blackwell Publishers.
Toynbee, Arnold Joseph. 1934-1954. A study of History. London: Oxford
University Press, H. Milford (12 vols.).


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ISSN 0716-1840

El fantasma de eros:
Aura de Carlos Fuentes
MARÍA C. ALBIN*
RESUMEN

Este trabajo propone una nueva lectura de la novela Aura de Carlos Fuentes, a partir de
la concepción medieval del amor como una experiencia fantasmática. En la cultura de
la Edad Media, el espectro emerge como origen y objeto de amor mostrando el estrecho
vínculo que existe entre el deseo erótico y el fantasma. El fantasma de Eros se representa
como el objeto inasible e incorpóreo del deseo, pues remite hacia algo que en realidad
nunca se puede poseer. En la novela, Fuentes recrea el carácter fantasmagórico del amor
a través del personaje femenino de Aura. La joven, cuya belleza inasible se constituye en
su fuerza de seducción, encarna el fantasma de Eros. En el transcurso del relato se dan
tres encuentros eróticos en los que se consuma la unión carnal de los amantes: la prime-
ra unión carnal representa el erotismo de los cuerpos, el segundo encuentro se puede
describir como el erotismo de lo sagrado y el tercer y último encuentro se constituye en
la epifanía de lo inasible.
Palabras clave: Carlos Fuentes, Aura, novela mexicana, erotismo, fantasma, Eros, género,
crítica espectral.

ABSTRACT

This work proposes a new reading of the novel Aura by Carlos Fuentes. Such an approach
is based upon the medieval conception of the phantasmatic character of love. In the
culture of the Middle Ages, the phantasm emerges as the origin and object of love.
Therefore, the novelty of the medieval conception of Eros is precisely that it discovers

* Doctora en Literatura por la Universidad de Yale. Profesora del Departamento de Estudios


Latinoamericanos e Ibéricos de la Universidad de Richmond en Virginia, EE.UU. Es autora del
libro Género, poesía y esfera pública. Gertrudis Gómez de Avellaneda y la tradición romántica (Ma-
drid: Trotta, 2002). E-mail: calbin@richmond.edu

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pp. 127-142
the link that exists between desire and the spectre. In his novel, Fuentes depicts the
experience of love as a phantasmatic process through the feminine character of Aura.
The unattainable beauty of the young woman, who represents the phantasm of Eros,
constitutes the source of her seductive power. As the narration unfolds, three erotic
encounters take place between the lovers: the first can be described as the eroticism of
the bodies, the second as the eroticism of the sacred, and the last meeting as the epiphany
of the unattainable.
Keywords: Carlos Fuentes, Aura, mexican novel, erotism, phantasm, Eros, gender, spectral
criticism.

Recibido: 04.04.2006. Aceptado: 11.10.2006.

E
N ESTE trabajo ofrecemos una nueva lectura de la novela Aura, una
de las primeras obras de Carlos Fuentes que por su complejidad y
riqueza ha sido y es producto de múltiples interpretaciones, las cuales
se complementan entre sí 1. La lectura del texto que proponemos se da a
partir de la concepción medieval del amor que se basa en el descubrimiento
de la irrealidad del mismo, es decir, del carácter fantasmático del proceso
amoroso (Agamben, 2001: 148)2. Por otro lado, la concepción del amor como
proceso fantasmático lleva hasta las últimas consecuencias la conexión que
se da entre el deseo y el fantasma, y según aclara Giorgio Agamben es ahí
donde radica la novedad del concepto medieval del eros (Agamben, 2001:
148). El crítico sostiene que sólo en la cultura medieval emerge en primer
plano el espectro como origen y objeto de amor, y concluye que a partir de
ese instante “la situación propia del eros se desplaza de la visión a la fanta-
sía”, la cual imagina los fantasmas en ausencia del objeto del deseo (Agamben,
2001: 148). En la doctrina que hace del fantasma origen de la experiencia
amorosa está implícita la idea de que el espectro como verdadero objeto del
amor habita en la imaginación del individuo que se enamora de una ima-
gen (amar por sombra o por figura quiere decir que toda intención erótica
está dirigida idolátricamente a una ymage) e intenta apropiarse de ella como
si fuera una criatura que pertenece al ámbito de lo real (Agamben, 2001:
151). El gesto de la apropiación de la irrealidad se encuentra íntimamente

1
En su estudio sobre la obra de Fuentes, Julio Ortega llega a la conclusión de que: “Son Aura,
Cumpleaños y Una familia lejana sus novelas más persuasivas porque en ellas, como en una pieza
musical barroca, el artificio y la poesía se funden con la autoridad de una forma compleja, en sí
misma suficiente... Mito, historia, identidad, no son categorías dadas que permitan un mero se-
guimiento de sus variantes en cada novela. Ocurren como una retórica, en primer lugar, donde el
yo basa sus referentes que, en el proceso del relato, son puestos en duda o rehechos” (47).
2
Para un estudio de la tradición medieval del fantasma y la experiencia amorosa véase el
reciente estudio de Ricardo Castells titulado Fernando de Rojas and the Renaissance Vision: Phantasm,
Melancholy, and Didacticism in Celestina (2000).

Atenea 494
II Sem. 2006 128
vinculado a la alternancia y confusión entre sueño y vigilia que puede
permear el proceso de enamoramiento como es el caso de la historia de
amor que se narra en Aura. En otras palabras, el estado onírico altera y ter-
giversa la realidad, ya que el sueño contamina el ámbito de lo real.
En Aura, Fuentes recrea el carácter fantasmático de la experiencia amo-
rosa que vincula con el proceso melancólico que resulta de la pérdida a tra-
vés de la muerte del objeto de amor, el cual culmina en el fantasma del deseo
que encarna el personaje que da nombre a la novela y que desempeña una
función mediadora, pues une a los amantes desafiando el tiempo y la condi-
ción de su propia mortalidad. En esta perspectiva la muerte del ser amado
genera un estado de melancolía que se asocia a un proceso erótico que esta-
blece un comercio ambiguo con los fantasmas del deseo –Aura-Consuelo.
En dicho proceso lo que es real pierde su realidad y es suplantado por lo
irreal que experimenta una transformación hasta ocupar la categoría de lo
real, es decir, ante la pérdida del objeto de amor, el amante o la amante
convertido en sujeto melancólico reacciona negando el mundo externo y se
refugia en una psicosis alucinatoria del deseo. En el texto de Fuentes el espa-
cio exterior está representado por la ciudad y sus ruidos disonantes que in-
sinúan la fragmentación que padece el individuo ante la vida acelerada de la
urbe moderna, ya que el ser íntimo se percata de que afuera todo es desme-
dido y todo se desborda. En el instante de traspasar el umbral de la vieja
casona de Consuelo, ubicada en la parte antigua de la ciudad, el narrador
nos dice que: “La puerta cede al empuje levísimo, de tus dedos, y antes de
entrar miras por última vez sobre tu hombro, frunces el ceño porque la
larga fila detenida de camiones y autos gruñe, pita, suelta el humo insano de
su prisa. Tratas, inútilmente de retener una sola imagen de ese mundo exte-
rior indiferenciado” (13-14). La dialéctica que se establece entre lo de aden-
tro y lo de afuera, entre el espacio interior de la casa y el espacio exterior de
la ciudad, se indica con la puerta que sugiere lo entreabierto y que se con-
vierte en emblema de la vacilación del ser que confronta lo cerrado y lo
abierto. Ante la confrontación de los espacios, Felipe Montero, el joven his-
toriador, opta por la negación del ámbito externo, lo cual a su vez propicia
que se le adjudique al espectro del deseo un principio de realidad que lo
ubica en una dimensión nueva y fundamental (Agamben, 2001: 63)3. Por
otra parte, la naturaleza del fantasma de eros se caracteriza por una doble
polaridad, pues oscila entre un carácter demoníaco-mágico y una identidad
angelical y contemplativa (Agamben, 2001: 61). Esta dualidad o doble natu-
raleza que distingue al espectro del deseo se hace evidente en las palabras

3
Para una explicación de la dialéctica entre lo de adentro y lo de afuera se puede consultar el
ensayo de Gastón Bachelard que lleva el mismo título y que aparece en el libro La poética del
espacio.

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129 II Sem. 2006
con que el General Llorente concluye sus Memorias: “Consuelo, también el
demonio fue un ángel, antes”, las cuales se refieren a la dualidad del tempe-
ramento de su esposa, quien actúa como mujer devota y hechicera al mismo
tiempo (57).
La aparición de Aura en la ventana de la casa desencadena la experiencia
erótica que guía el relato de principio a fin, y de ese modo se da la conver-
gencia entre el fantasma y Eros, en cuanto el deseo tiene como origen y
objeto inmediato la figura fantasmagórica de la joven que contempla Felipe
desde la ventana: “de la cual se retira alguien en cuanto tú la miras”(13).
Esta breve escena que marca el encuentro inicial entre los amantes sugiere la
imposibilidad de cruzarse con la mirada de ese “alguien” que aparece de
repente, y que da la impresión de ser “algo” en huida o fuga que sobrepasa la
percepción visual, y que nos remite a la dimensión errante del fantasma
siguiendo la tradición platónica que presenta las figuras de las almas de los
muertos vagando y persiguiendo a los vivos. Al espectro se le adjudica el
poder incomparable de ver sin ser visto, pues sólo es descubierto por Felipe
en un breve instante y de ahí que entre sus cualidades se encuentren esa
“furtiva visibilidad de lo invisible”, es decir, el no estar al alcance de la vista,
ya que puede ser invisible, inaudible e intangible (Derrida, 1994: 7). Como
se puede apreciar, el relato de amor que se narra comienza con la aparición
de un espectro y prosigue con la inminencia de su regreso, pues Consuelo le
dice al joven historiador que aguarda el retorno de su sobrina y compañera,
quien es descrita en términos fantasmáticos dejando implícito que desem-
peña una función mediadora porque entre “la mujer y tú se extiende otra
mano que toca los dedos de la anciana. Miras a un lado y la muchacha está
allí, esa muchacha que no alcanzas a ver de cuerpo entero porque está tan
cerca de ti y su aparición fue imprevista, sin ningún ruido...” (19).
En el siguiente pasaje, la génesis del amor se describe en términos
fantasmáticos y se destaca que este sentimiento nace de la mirada , es decir,
de la fascinación a través de los ojos verdes de Aura, a los que se les adjudica
un cierto poder de transformación y una fuerza seductora que atrae a quien
los contempla: “Al fin, podrás ver esos ojos de mar que fluyen, se hacen es-
puma, vuelven a la calma verde, vuelven a inflamarse como una ola: tú los
ves y te repites que no es cierto, que son unos hermosos ojos, verdes... Sin
embargo, no te engañas: esos ojos fluyen, se transforman, como si te ofrecie-
ran un paisaje que sólo tú puedes adivinar y desear” (20). Esa mirada del
espectro que lo seduce se convierte en un espíritu sutil que penetra a través
de la visión y le brinda una imagen de la amada, cuyos contornos no se
pueden precisar ni fijar en la memoria. Sin embargo, desata el impulso eró-
tico al estar implícita la pérdida de control hasta el punto de que el enamo-
rado llega a creer que puede apropiarse de la imagen como si fuera una
criatura real: “y tú desvías una y otra vez la mirada para que Aura no te
sorprenda en esa impudicia hipnótica que no puedes controlar. Quieres,

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II Sem. 2006 130
aún entonces, fijar las facciones de la muchacha en tu mente. Cada vez que
desvíes la mirada, las habrás olvidado ya y una urgencia impostergable te
obligará a mirarla de nuevo”, y más adelante se nos dice que Aura “al fin
levanta la mirada y tú vuelves a dudar de tus sentidos, atribuyes al vino el
aturdimiento, el mareo que te producen esos ojos verdes, limpios, brillantes,
y te pones de pie, detrás de Aura, acariciando el respaldo de madera de la
silla gótica, sin atreverte a tocar los hombros desnudos de la muchacha, la
cabeza que se mantiene inmóvil. Haces un esfuerzo para contenerte” (25-
26). Felipe anticipa la liberación de la sensualidad que lo aguarda y la pleni-
tud del disfrute erótico, pues reflexiona ante la influencia que ejercen sobre
él los ojos de la joven, pues confiesa sentirse “invadido por un placer que
jamás has conocido..., pero que sólo ahora experimentas plenamente, libe-
rándolo” (26).
En la escena anterior de marcado acento erótico, la referencia a los hom-
bros desnudos y la cabeza de Aura indica que el fantasma se está formando:
el espectro está cobrando forma, ya que el historiador comienza a percibir
lo invisible en un gesto paradójico de ver sin ver, e incluso piensa en el cuer-
po no corpóreo (sin cuerpo) de esta aparición de “invisible visibilidad”
(Derrida, 1994: 149). El pasaje citado alude a la encarnación o incorpora-
ción del fantasma que se define como el instante de transmutarse en carne,
lo cual implica que el espectro se dota de un cuerpo. Al respecto, Derrida
aclara que no existe un fantasma sin la apariencia de la carne en un espacio C. Fuentes
de una “visibilidad invisible”, porque sólo es posible engendrar un fantasma
dándole un cuerpo. El filósofo reitera que para convertirse en un espectro
debe haber un regreso al cuerpo, pero explica que ese cuerpo prestado en
vez de ser concreto resulta más abstracto que nunca, por lo que describe este
proceso como una incorporación paradójica (126). Más adelante define el
espectro como la aparición carnal del espíritu y alega que la materia feno-
ménica es su cuerpo caído y culpable, el cual se halla vinculado a la espera
impaciente y nostálgica de una redención (136). En el texto de Fuentes, la
resurrección de la carne y la salvación de Aura-Consuelo se cumple a través
de la unión carnal de los amantes, gesto que anula la temporalidad cotidia-
na y desafía la muerte, pues se alcanza un renacimiento o una renovación
continua a partir de la experiencia amorosa.
Por otro lado, la mirada del espectro también se manifiesta en el poder
hipnótico que la anciana Consuelo ejerce a través de sus ojos sobre el histo-
riador: “La señora tratará de retener tu atención: te mirará de frente para
que tú la mires, ... tú debes de hacer un esfuerzo para desprenderte de esa
mirada –otra vez abierta, clara, amarilla, despojada de los velos y arrugas
que normalmente la cubren– y fijar la tuya en Aura, que a su vez mira fija-
mente hacia un punto perdido...” (35). La ley de esta doble mirada que po-
see la capacidad de transformarse es, por un lado, sentir que el fantasma nos
mira y que al cruzarnos con su mirada hay que someterse a su voz: la voz

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aguda y cascada de la anciana que en ocasiones es descrita como un mur-
mullo y la campana de Aura, cuyo sonido no sólo anuncia la comida, sino
que sugiere una convocación ritual (14). Por un lado, la mirada del fantas-
ma nos remite al secreto de su origen, es decir, a la identidad problemática
del espectro, que es ella misma (la tía anciana) y la otra (su sobrina joven), y
por otro, revela que en la mayor parte de los casos no podemos ver al espec-
tro que nos observa, quien detenta el poder de ver sin ser visto o que, como
ocurre con la aparición de Aura, el fantasma tienta a Felipe a seguir su mira-
da, esto es, parece decir que siga la mirada del espectro, pero de inmediato
desaparece suscitando en el individuo un sentimiento de nostalgia que lo
invade y que se asocia a la pérdida del objeto de amor. Felipe se percata de
que la fuerza de atracción que emana la joven, esa pasión de seducción que
permea sus movimientos, hace que él anhele seguir sus pasos, pero al mis-
mo tiempo está consciente de que no la sigue con la vista, “sino con el oído:
sigues el susurro de la falda, el crujido de una tafeta –y estás ansiando ya,
mirar nuevamente esos ojos” (21). Sin embargo, Aura se aleja sin que él
pueda contemplar su rostro una vez más (21). El misterio del rostro de la
joven implica que la seducción adquiere la forma de un enigma, ya que el
secreto no es revelado y de ahí es precisamente que deriva toda su fuerza, su
poder de fascinación y de intercambio alusivo y ritual (Baudrillard, 1977:
77).
El motivo de la vuelta o del regreso del espectro es de suma importancia
en la novela, pues se encuentra vinculado al fantasma de Aura y a la espera
de su aparición. Por primera vez, el vocablo “volverá” se emplea en el texto
para aludir a la ausencia de Saga, la coneja que es la compañía de la viuda,
quien afirma en un diálogo con Felipe que el animal va a regresar; y de
inmediato, el narrador destaca la relevancia del concepto del retorno que
vincula al acto de conjurar, es decir, de hacer aparecer o volver, cuando de-
clara “pero esa palabra –volverá– vuelves a escucharla como si la anciana la
estuviese pronunciando en ese momento” (18). Más adelante, en el pasaje
en que la anciana se dirige al joven historiador para reiterar que, según le
había informado antes, “–Aura. Mi compañera. Mi sobrina.” Había regresa-
do (19), vemos cómo el tema recurrente de la vuelta está vinculado al de la
espera, ya que Consuelo insinúa la inminencia de la reaparición de Aura,
porque tanto ella como Felipe aguardan el regreso del espectro. El retorno
esperado del fantasma se repite una y otra vez en el transcurso del relato e
indica que la reaparición de la joven se convierte en una obsesión para Feli-
pe, quien incluso experimenta una falta de interés paulatina en su trabajo,
ya que deja de prestar atención a la tarea de revisar las memorias del Gene-
ral Llorente: “Allí leerás los nuevos papeles, la continuación, las fechas de un
siglo en agonía... Las hojas amarillas se quiebran bajo tu tacto; ya no las
respetas, ya sólo buscas la nueva aparición de la mujer de ojos verdes:” (56).
Para el historiador el aguardar la reaparición del fantasma se constituye en

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su única motivación, ya que Aura se ha transformado en un espectro de
seducción que lo obsesiona. La seducción es precisamente lo que desvía al
historiador de su deseo de llevar a cabo una obra totalizadora: “podrías pa-
sar cerca de un año dedicado a tu propia obra, aplazada, casi olvidada. Tu
gran obra de conjunto sobre los descubrimientos y conquistas españolas en
América. Una obra que resuma todas las crónicas dispersas, las haga inteli-
gibles, encuentre las correspondencias entre todas las empresas y aventuras
del siglo de oro, entre los prototipos humanos y el hecho mayor del Renaci-
miento” (33). Baudrillard explica que el acto de ser seducido equivale a ser
desviado de su verdad, de ahí que en la novela la seducción del espectro
aparte al otro, es decir, a Felipe de su objetivo inicial de escribir una obra
maestra que finalmente abandona (Baudrillard, 1997: 79).
El historiador está consciente de que no posee el control sobre las idas y
venidas del espectro, ya que la partida y el regreso de Aura es un asunto de la
repetición que sólo Consuelo domina porque es ella quien posee la fuerza
secreta: el poder de traer con la voz o convocar un espíritu. Durante una
conversación entre la viuda y Felipe, previa a una escena de amor, el joven
expresa la esperanza de que el fantasma de Aura regrese: “Ella puede regre-
sar en cualquier momento...” (60). El historiador aguarda el retorno del es-
pectro que Consuelo puede convocar, pero ella misma le confiesa que la
joven no volverá porque: “–Estoy agotada. Ella ya se agotó. Nunca he podi-
do mantenerla a mi lado más de tres días” (61). A través de una especie de
encantamiento mágico, la anciana conjura la presencia de la sobrina y hace
que aparezca en el instante de la evocación aquello que no estaba ahí. El
General cuenta en sus manuscritos que una vez halló a su esposa gritando:
“Sí, sí, sí , he podido: la he encarnado; puedo convocarla, puedo darle vida
con mi vida” (57). Por lo tanto, siguiendo la confesión de la propia Consue-
lo, Aura se constituye en un doble del fantasma de la tía, esto es, la sobrina es
un fantasma del fantasma, lo cual implica que es una encarnación que posee
un cuerpo prestado en un intento de reapropiarse de la vida. Para entender
lo corpóreo del fantasma es necesario tener en cuenta que el espectro tiene
un cuerpo, pero sin propiedad y que el cuerpo fantasmagórico de Aura re-
sulta un simulacro porque es el cuerpo de alguien, es decir, de Consuelo,
como si fuera otro –su joven sobrina que envejece en el transcurso de la
narración pasando por las etapas de niña, mujer madura y anciana, las cua-
les coinciden con los tres encuentros eróticos de los amantes.
Por otro lado, ese “algo” que se hace presente al ser conjurado es difícil de
nombrar, pues no es ni alma ni cuerpo, y al mismo tiempo es una y el otro,
es decir, simultáneamente es ambos. Además el estar ahí del ausente, aquel
que ha partido de esta vida se convierte en “algo” innombrable, ya que Feli-
pe no sabe con certeza si las dos mujeres están vivas o muertas , o si una es el
doble de la otra, lo cual implicaría que la joven y la anciana son la misma
persona. Felipe medita acerca de la relación entre la tía y la sobrina, quienes

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actúan de forma simultánea cuando están juntas porque “hacen exactamente
lo mismo: se abrazan, sonríen, comen, hablan, entran, salen, al mismo tiem-
po, como si una imitara a la otra, como si de la voluntad de una dependiese
la existencia de la otra” (52). El historiador intenta descartar dicha reflexión
murmurando los nombres de los objetos que ve en el botiquín, ya que éstos
representan la realidad de la vida cotidiana que se contrapone a las dos
mujeres que pertenecen a otro mundo: al ámbito de lo sobrenatural o el
mundo de los muertos. Felipe se aferra a los objetos “para olvidar lo otro, lo
otro sin nombre, sin marca, sin consistencia racional” (52). Por otro lado, el
joven historiador es asediado por lo mismo (Aura-Consuelo) y por lo otro
(tía y sobrina), por lo mismo que cada vez es otro, y de ahí que la identidad
del fantasma o el simulacro de su identidad se constituya en uno de los
problemas centrales del texto.
La oposición entre presencia y ausencia –lo que está y lo que no está–
rige la vuelta y reaparición del fantasma asociada al movimiento de su par-
tida y de su llegada, el cual crea el tiempo de su regreso: el eterno retorno.
Esa temporalidad se puede describir como totalizadora, pues comprende el
pasado que se asocia al mundo de los muertos, el presente que se asocia a la
vida y el futuro. Las idas y venidas del espectro se organizan en torno a los
tres niveles temporales: el fantasma viene del pasado, en el momento de su
aparición se ubica en el presente y remite al tiempo futuro con la esperanza
o promesa de que vuelva, pues en palabras de Derrida, el espectro es el futu-
ro porque es lo que va a venir (39).
El fantasma de Aura detenta la fuerza soberana de la seductora, esa fasci-
nación extraña que Felipe experimenta cuando se percata de su aparición.
El secreto y la fuerza de esa seducción fantasmagórica no se basa en la au-
sencia pura, sino en un eclipse de la presencia, cuya estrategia consiste en
estar y no estar ahí. En otras palabras, el secreto del poder de seducción
reside en la estética de la desaparición que nos remite a la intermitencia de
la presencia: no estar allí donde se la cree, donde se la desee (Baudrillard,
1977: 83). Por ejemplo, en el tercer capítulo de la novela, el narrador nos
dice que al escuchar el aviso de la campana que toca Aura para indicarle que
el desayuno está listo, se asoma al corredor y trata de detenerla, pero la joven
desciende por las escaleras por lo que decide seguirla “pero al llegar al vestí-
bulo ya no la encuentras” (31-32).
La “belleza inasible” de Aura se constituye en la fuerza de seducción, ya
que el fantasma de Eros posee una capacidad de embrujo que se manifiesta
como un poder de atracción y de distracción sobre el historiador, quien deja
a un lado sus tareas según él mismo confiesa: “Permaneces allí, olvidado de
los papeles amarillos, de tus propias cuartillas anotadas,” pensando sólo en
la joven (37). El espectro de Aura somete a Felipe a la intensidad del juego y
del reto de la pasión de seducción, la cual se traduce en una fuerza de absor-
ción y fascinación que culmina en un proceso de desafío y de muerte

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(Baudrillard, 1977: 79). El juego de la seductora consiste en decepcionar al
otro al mismo tiempo que exalta el deseo de Felipe por medio de su apari-
ción que va siempre acompañada de la inminencia de su desaparición
(Baudrillard, 1977: 92). Esa característica o rasgo del juego de la seductora,
el aparecer y desaparecer, también se relaciona con el poder que le brinda el
estar ahí como “algo” inasequible. Antes de consumarse el primer encuentro
erótico, el historiador es arrastrado hacia la imagen de la amada –el espectro
de Aura– inscrita en la fantasía que adopta la forma del deseo que permane-
ce fijo en lo que se muestra como “algo” inalcanzable (Agamben, 2001: 47).
De ahí se deriva la contradicción interna que desencadena el impulso eróti-
co como un gesto que quiere abrazar lo inasible y lo incorpóreo: Aura, el
fantasma de eros (Agamben, 2001: 48).
En el transcurso del relato se dan tres encuentros amorosos en los que se
consuma la unión carnal de los amantes, lo cuales coinciden, por un lado,
con los tres folios de los manuscritos del General Llorente que la viuda le
entrega a Felipe para su lectura y revisión y, por otro, con el ciclo de vida de
la sobrina: niña, mujer madura y anciana.
El primer encuentro erótico entre Felipe y Aura se da cuando el historia-
dor despierta de una pesadilla en la que sueña con la figura fantasmagórica
de unas manos descarnadas que avanzan hacia él llevando una campana y
con un “rostro de ojos vaciados” (37). Estas imágenes corporales de unas
manos esqueléticas y de una faz que carece de ojos nos remiten al cadáver en C. Fuentes
descomposición de la anciana, y de ahí que esté implícito que Consuelo está
muerta; incluso el propio Felipe alega que Consuelo “es una mujer vieja,
casi un cadáver” (53). Pero en el acto amoroso, la imagen fantasmal que no
se percibe en la totalidad de su cuerpo se transforma en el espectro de Eros
que adopta la forma del cuerpo desnudo de la niña Aura. La sobrina des-
pierta a Felipe de la pesadilla tomando la iniciativa del juego erótico al reco-
rrer con sus besos el cuerpo entero del amante, quien no alcanza a “verla en
la oscuridad de la noche sin estrellas”, percatándose de su presencia sólo a
través de los sentidos del olfato y del tacto, pues siente “en sus brazos la piel
más suave y ansiosa” (37-38). Esta primera unión carnal representa el ero-
tismo de los cuerpos en el que se destaca la desnudez “que se opone al estado
cerrado, es decir, el estado de existencia discontinua” e intenta sustituir el
aislamiento del ser por “un estado de comunicación que revela la busca de
una continuidad posible del ser más allá del replegamiento sobre sí” (Bataille,
1998: 29, 31). De ahí que cualquier forma de erotismo esté gobernada por la

4
Bataille define el erotismo como una experiencia interior, pues explica que: “El erotismo es
uno de los aspectos de la vida interior del hombre. Nos equivocamos con él porque busca sin cesar
afuera un objeto del deseo. Pero ese objeto responde a la interioridad del deseo”; y más adelante
reitera que el erotismo humano “pone a la vida interior en cuestión”, pues pone al ser en cuestión
(Bataille, 1998: 45).

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nostalgia de la continuidad perdida, y busque la fusión, es decir, la supera-
ción del ser personal y el rebasar todo límite4. El encuentro erótico culmina
en una especie de rito de iniciación que somete al amado a las reglas propias
del juego de la seductora, cuya exigencia ritual sella un pacto entre los aman-
tes. El poder de la seducción, esa fuerza soberana de una fascinación extraña
que ejerce la mujer seductora, se manifiesta en el convenio que se sella entre
los participantes de esta unión carnal, y que se resume en la aseveración de
Aura que clausura la primera experiencia amorosa: “Eres mis esposo”, a lo
cual Felipe asiente (38).
El segundo encuentro amoroso entre Felipe y Aura se puede calificar
como un erotismo de lo sagrado, ya que en la fusión carnal de los amantes
convergen la intimidad sexual y lo religioso, y de esa forma se sacraliza el
acto erótico. Una ceremonia ritual que nos remite a la Pasión de Cristo pre-
side la unión de la pareja y el acto carnal se presenta como una ceremonia de
comunión entre los participantes5. Por otra parte, la concepción del amor
como proceso fantasmático relacionada con el acto de enamorarse por som-
bra, se puede apreciar en el siguiente pasaje que describe la atmósfera
fantasmagórica que sirve de trasfondo a la unión de los amantes: “Sentado
en la cama, tratas de distinguir el origen de esa luz difusa, opalina, que ape-
nas te permite separar los objetos, la presencia de Aura, de la atmósfera do-
rada que los envuelve” (48). En las líneas anteriores se alude a Aura como al
fantasma de Eros, cuya figura al igual que el contorno de los objetos que la
rodean no es posible fijar a través de la percepción visual. Por otro lado, la
luz opaca contribuye a crear el ambiente ambiguo y confuso entre el estado
onírico y el de vigilia que enmarca la escena erótica, y que a la vez le otorga
un sentido de irrealidad que resalta el aspecto fantasmático de la experien-
cia amorosa. Una vez consumado el acto carnal, Felipe advierte la presencia
de la señora Consuelo en la habitación, pues nos dice: “Recostado, sin vo-
luntad, piensas que la vieja ha estado todo el tiempo en la recámara”(50), y
esta aparición de la anciana está relacionada con la identidad problemática
del espectro del deseo, ya que en este punto del relato las figuras de las dos
mujeres, tía y sobrina, comienzan a coincidir en un mismo espacio: la recá-
mara de los amantes.
La imagen de un “gran crucifijo mexicano” que adorna la recámara pre-
side la escena del acto amoroso, en el que Aura experimenta un cambio de la
joven del primer encuentro erótico y se presenta como una mujer madura
de más o menos cuarenta años de edad. Sin embargo, al igual que en el acto
inicial es ella quien toma la iniciativa e impone sobre su amante las reglas

5
Una posible intepretación del segundo encuentro erótico se basa en el ritual de la “Misa
negra” que describe Jules Michelet en La sorciere. Para un análisis de la influencia del historiador
francés en Aura véase el artículo de Ana María Alban de Viqueira: “Estudio sobre las fuentes de
Aura de Carlos Fuentes” (Comunidad, México, II, 8, agosto de 1967).

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del juego erótico, pues le advierte a Felipe: “Vamos a jugar. Tú no hagas
nada. Déjame hacerlo todo a mí” (47). El acto ritual de los amantes comien-
za con un lavatorio o purificación, en el que Aura le lava los pies a Felipe
mientras dirige su mirada al Cristo de madera negra: “Tú sientes el agua
tibia que baña tus plantas, las alivia”, y continúa con una danza, un vals que
bailan al ritmo de una melodía que ella susurra mientras desnuda al amado:
“girando al ritmo lentísimo, solemne, que ella te impone. También tú mur-
muras esa canción sin letra, esa melodía que surge naturalmente de tu gar-
ganta: giran los dos, cada vez más cerca del lecho” (48). La ceremonia eróti-
ca termina con un acto de comunión similar al rito religioso de recibir los
fieles la Eucaristía que se celebra durante la misa cristiana. En este sacra-
mento del altar, mediante las palabras que el sacerdote pronuncia, el pan y el
vino se transforman en el cuerpo y la sangre de Cristo. Aura oficia como
sacerdote y consagra un “trozo de harina delgada” que coloca “contra los
muslos cerrados”, sobre los que quiebra la oblea y en un acto de comunión
le ofrece a Felipe la mitad que “tú tomas, llevas a la boca al mismo tiempo
que ella” (49). En este acto de consagración de la oblea, la mujer es quien se
ofrece como alimento al amado, pues sobre su cuerpo desnudo con los “bra-
zos abiertos, extendidos de un extremo al otro de la cama, igual que el Cris-
to negro” asume una postura de entrega total a Felipe: “Aura se abrirá como
un altar” (49). A través de esta ceremonia, la pareja participa del misterio de
la comunión que supone la unión de los amantes en un solo ser, pero tam-
bién se establece un paralelismo entre el cuerpo de Aura y el de Cristo, ya
que por medio de la consagración de la hostia se transforma en el cuerpo
del Redentor. Por lo tanto, en esta escena convergen el sacrificio de la misa, C. Fuentes

es decir, la muerte de Cristo en la cruz y su resurrección, con el acto de amor


humano, lo cual implica que a través del rito de la comunión los amantes se
redimen. La salvación de ambos es la promesa de amor eterno que logra
vencer la muerte al anular la temporalidad finita del acontecer humano. El
encuentro erótico acaba con un pacto en el que Aura y Felipe se juran amor
eterno: la mujer se dirige a su amante y le pregunta: “¿Aunque muera, Feli-
pe? ¿Me amarás siempre, aunque muera?”, a lo que éste asiente diciendo:
“Siempre, siempre. Te lo juro. Nada puede separarme de ti” (49).
Después del segundo encuentro erótico, Felipe se siente embargado por
una tristeza vaga y profunda que le causa la separación del objeto de amor,
pues confiesa: “Duermes cansado, insatisfecho. Ya en el sueño sentiste esa
vaga melancolía, esa opresión en el diafragma, esa tristeza que no se deja
apresar por tu imaginación. Dueño de la recámara de Aura, duermes en la
soledad, lejos del cuerpo que creerás haber poseído” (51). Con su alusión a
la lejanía de Aura, el historiador expresa la soledad del amante que está des-
unido o separado de la persona amada, lo cual le produce un estado de me-
lancolía que se asocia a la pérdida del objeto de amor. Sin embargo, la me-
lancolía no es tanto una reacción ante la pérdida del objeto erótico, ya que

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escenifica la simulación que consiste en “la capacidad fantasmática de hacer
aparecer como perdido un objeto inapropiable” (Agamben, 2001: 53). El
objeto inasible, este fantasma de Eros que encarna Aura, en cuanto presen-
cia de una ausencia es inmaterial e intangible, pues constantemente remite
más allá de sí mismo hacia algo que en realidad nunca se puede poseer
(Agamben, 2001: 72). Cuando Felipe descubre su verdadera identidad, “su
verdadera faz”, el rostro del General Llorente, también llega a la conclusión
de que ya no le “será posible tomar entre las manos ese polvo sin cuerpo”
(59). Sin embargo, el estado melancólico en que se halla Felipe es lo que
hace posible una apropiación en una circunstancia en la que ninguna pose-
sión es posible en realidad. La melancolía que sufre el historiador le permite
poseer al objeto del deseo –el fantasma de Eros – sólo en la medida en que
afirma su pérdida. La estrategia que adopta, en tanto sujeto melancólico, es
dejar abierto un espacio a la existencia de lo irreal que implica entrar en una
escena en la que el individuo puede establecer una relación con el objeto
inasible, es decir, con el fantasma de Eros, e intentar una apropiación del
espectro (Agamben, 2001: 53-54).
La sacralización del acto amoroso, esto es, la unión sexual en tanto co-
munión, que se da en el segundo encuentro entre los amantes, brinda a
Felipe un conocimiento superior de sí mismo y de la dimensión temporal
de la existencia humana. Dicha comunión tiene el poder de hacer sensible
una identidad profunda que antes del acto erótico se hallaba oculta, pues
Felipe examina unos antiguos retratos y en la tercera foto ve a Aura y al
General sentados juntos en un banco y llega a la conclusión de que “Aura no
se verá tan joven como en la primera fotografía, pero es ella, es él, es... eres
tú” (58). El historiador descubre que él es idéntico al difunto General Llorente,
pues sus facciones son las mismas y que su verdadera identidad pertenece al
otro, y ahora a través de la vía amorosa o la fusión de los amantes, puede
abandonar la máscara y reemplazarla con “tu verdadera faz, tu rostro anti-
guo” (59). Por medio de la unión amorosa, también adquiere un conoci-
miento relacionado con la dimensión temporal de la existencia en que des-
carta el tiempo cronológico y pasa a habitar la temporalidad auténtica, pues
reflexiona en torno a este asunto cuando declara: “No volverás a mirar tu
reloj, ese objeto inservible que mide falsamente un tiempo acordado a la
vanidad humana, esas manecillas que marcan tediosamente las largas horas
inventadas para engañar el verdadero tiempo” (59).
El tercer y último encuentro erótico se constituye en la epifanía de lo
inasible, que se puede definir como la apropiación de lo que debe permane-
cer inapropiable. El gesto de apropiarse de lo que es inasequible, en particu-
lar, nos referimos al intento de asir lo que está muerto, es precisamente lo
que requiere la fuerza más grande, incluso el poder de la magia (Agamben,
2001: 14). En su condición de viuda, la anciana asume la postura del sujeto
melancólico que experimenta una rebeldía ante la pérdida del objeto de amor

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debido a la muerte del General Llorente. Pero su rebeldía llega hasta el pun-
to de esquivar el acontecimiento de la muerte del esposo, aferrándose al
objeto perdido, y de negar la posibilidad de su propia muerte, pues en su
psicosis alucinatoria del deseo la seductora se cree inmortal y eternamente
joven. Las memorias del difunto general revelan el ansia de eterna juventud
de Consuelo y su obsesión con la belleza imperecedera. El general revela que
su esposa poseía un conocimiento oculto al que llegó a través de la magia,
que le permitía reencarnar en su imagen juvenil, pues en los manuscritos
menciona el uso de brebajes y el cultivo de plantas que le daban el dominio
de un poder extraño, y además alude a los sacrificios de animales, víctimas
inmoladas que incitaban al amor (57). Consuelo se vale de la magia para
propiciar sus encuentros eróticos y descubrir a su marido muerto en la reen-
carnación del historiador, a quien atrae con sus poderes de hechicera.
Con el último acto de amor se resuelve el dilema de la pérdida/posesión
que se presenta a lo largo del relato: la unión carnal de los amantes que
clausura el texto es capaz de convertir la separación o privación, es decir, la
ausencia del objeto de amor, en una segunda adquisición, pero ahora esa
posesión es interior y más intensa porque desafía el tiempo cronológico y
logra vencer la muerte. El acto carnal se erige en una aprobación de la vida
hasta en la muerte porque la actividad erótica representa la exuberancia de
la vida, ya que a través de la fusión los cuerpos se abren a un sentimiento de
continuidad profunda (Bataille, 1998: 23, 31). La misma Aura le enseña a
Felipe que la verdad de la vida se revela en la muerte cuando le dice: “Hay
que morir antes de renacer...”, lo cual sugiere que el tiempo cronológico se
anula y en su lugar se instaura la eterna repetición cíclica que permite una
cadena de reencarnaciones en que los amantes se podrán encontrar (53).
Felipe ama a una mujer radicalmente separada de él, al fantasma de Eros
que le precede a la tumba, ya que aunque al principio no lo sabía Aura-
Consuelo ya estaba muerta6. Sin embargo, el espectro del deseo se convierte

6
Al respecto comenta el propio Fuentes:
“En una de mis novelas, Aura, quise hacer explícita esta cadena genésica del mito. La
situación de dos mujeres, una joven y otra anciana, en relación con un joven extranjero,
proviene, próximamente, de un árbol genealógico de la narrativa europea del siglo pasa-
do: Miss Bourderau, Tina y el Narrador en Los papeles de Aspern de James; Miss Havisham,
Stella y Pip en Las grandes esperanzas de Dickens; y la Condesa, la joven Lizveta y Hermann
en Pikova Dama de Pushkin. En Pushkin, Dickens y James, el hombre atrae a la mujer en
contra de la anciana. En mi variación del mito, las dos mujeres se mantienen aliadas con-
tra el hombre. Es más: las dos mujeres son la misma, la vieja capaz de evocar su propia
juventud. Pero esta dimensión del mito proviene, a su vez, del cuento japonés de Akinari,
escrito en el siglo XVIII, La casa entre los juncos, en el que la mujer muerta reaparece con
su voz joven en el cuerpo de una anciana. Pero el cuento de Akinari (y la película de
Mizoguchi, Ugetsu Monogatari, basada en aquél), provienen de los cuentos japoneses del
Togii Boko (1666) y éstos de la colección , antiquísima, de cuentos chinos, Tsien teng sin
boa, que contiene un relato básicamente idéntico al de Aura” (“Juan Rulfo: el tiempo del
mito”, 1990: 153-54).

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en una obsesión para él hasta el punto que ama y sueña a la mujer, quien
finalmente lo invita a reconocerse en la muerte. El tercer encuentro amoro-
so entre los amantes ocurre cuando Felipe se convierte en la reencarnación
del General Llorente, y de esa forma llega a conocer y a amar a Aura-Con-
suelo viviendo la experiencia erótica como una aprobación de la vida hasta
en la muerte (Bataille, 1998: 23). La unión de los amantes hace evidente que
la muerte es signo de vida, pues se muestra como una abertura a lo ilimita-
do y se traduce en la posibilidad de una renovación incesante o de un eterno
retorno.
El acto carnal en tanto comunión entre los participantes sella un pacto
de amor eterno, el cual otorga a los amantes el derecho de regresar vivos
porque la resurrección de la carne, esto es, de los amantes en tanto seres
corporales, implica que los cuerpos resucitados regresarán a las almas en un
ciclo de renovación incesante. En el siguiente pasaje, el retorno de la muerte
se hace posible en el instante del acto erótico, ya que los amantes celebran la
unión inefable entre lo corpóreo y lo incorpóreo, entre el alma y el cuerpo, y
en la experiencia amorosa se anula el devenir temporal para instaurar el
eterno presente: “verás bajo la luz de la luna el cuerpo desnudo de la vieja,
de la señora Consuelo, flojo, rasgado, pequeño y antiguo, temblando ligera-
mente porque tú lo tocas, tú lo amas, tú has regresado también...” (62). El
resultado de esta última experiencia erótica es que quedan abolidos y con-
fundidos las fronteras espaciales entre lo exterior y lo interior; los límites
temporales entre pasado, presente y futuro que se funden en el eterno pre-
sente; lo corpóreo y lo incorpóreo y el deseo y su objeto: el fantasma de
Eros.

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II Sem. 2006 142
ISSN 0716-1840

La sutura legible y subalterna


de la ficción histórica de
la chilenidad en Durante la
Reconquista (1897) de Alberto
Blest Gana
ALVARO KAEMPFER*
RESUMEN

Si el periodo de la Reconquista ha sido visto por la historiografía chilena como un mo-


mento fundacional de una identidad política nacional, la narrativa de Blest Gana arti-
cula su construcción sobre una imagen de lo popular que cohesiona esta visión
hegemónica. Este artículo explora la legibilidad de lo subalterno a partir de la interpre-
tación o invención de una figura popular que ordena el recuento de la Reconquista
hecho por la ficción histórica de Blest Gana.
Palabras clave: Blest Gana, Reconquista, subalternidad, etnicidad, nación.

ABSTRACT

If the Reconquest period has been seen by Chilean historiography as a foundational


moment for a political national identity, Blest Gana’s narrative articulates its construc-
tion over an image of the popular that lends cohesion to this hegemonic vision. This
article explores the legibility of the subaltern through an interpretation or invention of
a popular figure around which Blest Gana organizes an account of the Reconquest in
his historical fiction.
Keywords: Blest Gana, Reconquest, subalternity, ethnicity and nation.
Recibido: 03.05.2006. Aceptado: 07.09.2006.

* Department of Latin Studies University of Richmond, Virginia, EE.UU. E-mail:


akaempfe@richmond.edu

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pp. 143-159
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A. Blest Gana
D
URANTE la Reconquista (1897) de Alberto Blest Gana esboza la for-
mación de una cultura nacional chilena a partir de la reconquista
española de la Capitanía General de Chile tras el desastre de Ran-
cagua en 1814. El triunfo realista pulverizó las fuerzas criollas y anuló la
decisión de autogobierno tomada por el Cabildo de Santiago en septiembre
de 1810. Asimismo, desató un proceso que culminaría con la cohesión de
una comunidad a partir de la resistencia criolla a la restauración colonial y a
la represión realista. Blest Gana sitúa su novela entre la derrota criolla en
octubre de 1814 y la victoria sobre las tropas del rey por parte del Ejército de
los Andes en febrero de 1817. Aferrado a la historiografía del periodo, el
texto sugiere que esa experiencia de resistencia creó un sentido de naciona-
lidad cuya factura permitió consolidar la hegemonía postcolonial de las élites.
Blest Gana revisa la matriz historiográfica e intenta suturar las fisuras de su
armazón narrativo. Bajo esta perspectiva, me permito hurgar en las grietas
del relato hegemónico nacional, al que busca reforzar Blest Gana a partir de
la construcción de lo popular en base al lugar de los grupos subalternos en
su diseño. Con este propósito, echo mano a una serie de reflexiones genera-
das por los estudios post-coloniales y subalternos.
La novela de Blest Gana acusa, según Guillermo Gotschlich, “dos tiem-
pos históricos: el fin de la dependencia colonialista y el tránsito hacia la
libertad institucional y la constitución del sentido de nacionalidad de su
país” (1992: 53). Explora, así, la sociedad chilena “en un momento de tran-
sición entre el coloniaje y la independencia” (Camurati, 1974: 94). La narra-
tiva no parece ajena al debate finisecular sobre la nación, su orden y cultura
hegemónicas que revisa aquel “primer espacio” nacional, como diría Alber-
to Moreiras (1999: 42). Blest Gana retorna al hipotético momento de fun-
dación nacional tras la genealogía de la articulación política y cultural de la
sociedad chilena. Por su novela cruzan pueblo, aristocracia criolla, tipos
arrancados del costumbrismo y personajes que oscilan entre la historia, la
ficción y la historiografía, dando forma a la totalización que llevó a Arturo
Torres Rioseco a sugerir que el modelo era Tosltoy (1962: 504). Esta inter-
pretación histórica, de sello totalizador y enciclopédico de Blest Gana, su-
braya el episodio fundacional de una hipotética nacionalidad chilena y pare-
ce ligado a los debates sobre nación, raza y hegemonía finiseculares. Son,
también secuelas del frágil orden surgido tras la revolución de 1891, el sui-
cidio de Balmaceda y la difusa república parlamentaria que atisba Blest Gana
desde Europa. Como señala Michael Rössner, “[l]a novela histórica tradi-
cional, además de la función didáctica, creadora de identidades nacionales,
tenía siempre también una función actualizante, una relación más o menos
subrayada con el presente” (1999: 73). Estos fenómenos rozan el armazón
general del relato.
En sus primeras páginas, la novela dice dar cuenta del “segundo acto del
luctuoso drama de la reconquista española. El primero acababa de terminar

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145 II Sem. 2006
con la tremenda jornada de Rancagua” (Blest Gana, 1897: 3). La alusión al
lugar de una derrota demarca el sitio de una épica cuya factura narrativa se
ubica, para seguir a Hayden White, entre Scott y Ranke (1975: 163). Bernar-
do O’Higgins y los suyos, tras romper el acoso enemigo y huir a Mendoza,
dejaron “un rastro de fuego en la imaginación de los contemporáneos y una
aureola indeleble en los anales de la causa inspiradora de tan heroica teme-
ridad” (Blest Gana, 1897: 3). Sobre ese rastro y “[d]ándole ya la forma augusta
de una tradición venerada, el pueblo se contaba la reciente hazaña con ad-
miración” (Blest Gana, 1897: 3). La apertura de la novela remite tanto al
episodio histórico de Rancagua como a la oralidad con que la imaginación
popular forjó una épica nacional. En este cruce de relatos sitúa Blest Gana la
narración y protagonismo de grupos subalternos. Por subalterno aludo, ini-
cialmente, a segmentos sociales que se deslizan o huyen de su representa-
ción al interior del discurso que los autoriza (Beverley, 1999:101-102).
En el relato de Blest Gana, la difusa figura de la subalternidad surge a
través de diversos personajes. Uno de ellos es Filiberto Cámara, cuya parti-
cipación en Rancagua lleva a la novela a caracterizarlo como un “intrépido
hijo del pueblo” (Blest Gana, 1897: 117). Cámara escapó a caballo siguiendo
la orden dada por O’Higgins de romper el cerco realista. O’Higgins y su
Durante la Reconquista en tropa cruzaron los Andes, se reunieron con José de San Martín en Mendoza
edición Zig-Zag de los años 50 y volvieron victoriosos casi tres años después. Esa, sin embargo, es otra his-
toria. La de Cámara y Robles sigue a pie en las afueras de Rancagua. El caba-
llo que montaban es alcanzado por las balas y una vez “[m]uerto el alazán
era preciso resignarse a huir a pie” (Blest Gana 116). Luego, “asilándose en
los ranchos, o escondiéndose en los potreros, habían logrado sustraerse a la
vigilancia de los curiosos, o de los que por miedo a los españoles, habrían
podido denunciarlos” (Blest Gana, 1897: 120). Su objetivo, tras haber cam-
biado “el traje militar por los vestidos de paisano, que malamente los cu-
brían a su Mayor y a él”, era llegar a la casa patronal del fundo Los Canelos
(Blest Gana, 1897: 120). Éste es propiedad de los Malsira, viejos patrones de
Cámara, cuyo jefe de familia, Don Alejandro, es en la novela el prototipo del
criollo aristocrático, patriota y heroico.
Camino al fundo, en la posada del Ñato Contreras en Talagante, mate en
mano y a una orden del mayor Robles, Cámara le relata su versión del sitio
de Rancagua a una audiencia de huasos que “de pie o sentados sobre el sue-
lo, escuchaban y bebían” (Blest Gana, 1897: 107). La escena traza un “pacto
de credibilidad” basado en la fiabilidad del testigo para una audiencia que
simpatiza con su lugar en los hechos narrados (Sklodowska, 1996: 95). Aquí,
el narrador novelesco cede su lugar a Cámara quien, como actor y testigo de
lo sucedido, habla, desplazando la novela a la condición de paratexto, a la
Genette, que sitúa y respalda la fuerza ilocucionaria del relato de Cámara
(Genette, 1980: 274). En su testimonio, Cámara da “forma a los vívidos y
frescos recuerdos de las escenas del sitio en que había sido actor” (Blest Gana

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II Sem. 2006 146
110). El sitio aludido ya no es sólo Rancagua sino el lugar bélico, narrativo e
histórico del subalterno protagonismo de Cámara en la novela. Desde allí
surge una subalternidad funcional a la matriz historiográfica y narrativa de
la novela, subrayado a pocas líneas de haber comenzado aquél su relato.
Cámara, advierte la narración, habla “con el lenguaje pintoresco del cam-
pamento y esa singularidad de voces y de pronunciación con que la gente
del pueblo ha formado un idioma peculiar” (Blest Gana, 1897: 110). Cáma-
ra contrasta en una historia, como diría Alfonso Escudero, de caballeros con
“abolengo y distinción, aunque haya pobreza”, escrita por un señor
santiaguino que, según Mariano Latorre, sólo vio rotos de paseo por el cam-
po (Escudero, 1945: XXIX). El testimonio de Cámara no contraviene sino
que reafirma el relato de los hechos que trazan la instalación de la hegemo-
nía de las élites criollas, ante una audiencia que responde a un circuito oral
al margen de la escritura historiográfica. La narrativa toma palco frente al
storyteller que cubre un punto ciego de su relato. Cámara no es integrado
por su rol en la historia sino que su protagonismo deriva de las palabras que
refuerzan el discurso y la visión hegemónica puestos en juego por la novela.
En consecuencia, su testimonio fija tanto los límites de su protagonismo
como su étnica y lingüística otredad en tanto informante. La novela aclara,
puntualmente, que el relato de Cámara, “traducido ortográficamente en la
escritura sería difícil y engorroso de leerse” (Blest Gana, 1897: 110-111).
Ambos deben ser corregidos para que la transcripción de su habla garantice
la legibilidad de su historia y la comprensión general del texto.
Si la novela, como género, “reconoce la existencia de otros discursos y
establece con ellos un diálogo”, ese diálogo responde aquí a un habla cuya
legibilidad, corregida y transcrita, anularía la polifonía bajtiniana (Sklodowska
1992: 93). El discurso de Cámara no triza la factura totalizadora de la novela
sino que surge ligado al relato historiográfico que hace de su performance
oral una matriz interpretativa y un mecanismo de inscripción de la subal-
ternidad. El vínculo genético del testimonio de Cámara con esa oralidad
“explica el proceso que culmina en lo ya sabido”, para decirlo en palabras de
Noé Jitrik (1986: 14). Raúl Silva Castro señaló que el diálogo intertextual de
la novela habría sido con “las narraciones autorizadas por los nombres de
Barros Arana y de Amunátegui, los dos principales historiadores de la Re-
conquista hasta esos días” (1960: 79). La referencia de Silva Castro al volu-
men X de la Historia General de Chile de Diego Barros Arana y a La Recon-
quista Española de Miguel Luis y Gregorio Víctor Amunátegui reafirmaría
su mímica en el relato de Cámara. Esta mímica, en el sentido dado al térmi-
no por Homi Bhabha, subraya los excesos de un habla subalterna que lo
confirma en otros dominios discursivos (1994: 86). La novela le transfiere a
Cámara un relato ligado a la historiografía decimonónica y su contratrans-
ferencia permite recuperar ese relato tras su enunciación popular. Cámara

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147 II Sem. 2006
es el sitio donde la complicidad entre ficción histórica e historiografía pro-
duce un habla cuya legibilidad hace posible leer una, la misma e inalterable
historia.
El habla de Cámara, sin embargo, es sólo uno de los dos aspectos centra-
les de la construcción de su otredad bajo la figura del roto. Este es un topos
discursivo que, en autores de muy diverso ámbito, caracteriza sectores mar-
ginales al interior de una comunidad cuyo protagonismo, sin embargo, es-
taba lejos de remitir a ellos. Roberto Hernández precisa que para algunos
relatos historiográficos, en el roto sobrevivía “el culto de la patria y de la
libertad, en medio de la poltronería y el servilismo de los ricos” (1929: 34).
El diseño y factura de este mitema tiene diversas aristas. Desde una posición
racista y germanófila, Nicolás Palacios insistió, por otra parte, que la
chilenidad misma estaba definida por el roto y que el término era, además,
sinónimo de mestizo (2). La novela de Blest Gana, a pesar de la lejanía de su
autor, participa de ese debate y contribuye a la hechura de roto como un
sitio donde leer diversos grupos subalternos. Su voz, sin embargo, el habla
de la otredad, inaudible al otro lado de la diferencia, no llega a la escritura
(Spivak, 1999: 309). La otredad de Cámara cobra forma sobre un discurso
que no tolera fisuras socio-dialectales y su acento reafirma el lugar que le
dan la historia y el orden político. Ni paródico ni híbrido, Cámara responde
a la escritura que hace legible la extrañeza de su habla en el relato de la
misma heroicidad criolla que domestica su alteridad a fines del siglo XIX. El
procedimiento permite la traducción de segmentos excluidos mediante su
articulación como minorías funcionales al relato de la nación (Balibar, 1995:
53). En la visión historiográfica de esa comunidad nacional, los orígenes y el
lugar de sus diversas partes remiten a una misma ley narrativa (Balibar, 1997:
128-9).
Cámara, lengua menor y metonímicamente articulada a “la gente del
pueblo”, esboza una otredad que la novela acoge como supletorio de su fic-
ción historiográfica (Blest Gana, 1897: 117). La desfamiliarización que acu-
saba la presencia de lo literario en el formalismo ruso, es aquí la extrañeza
de un habla cuya legibilidad apoya la ficción hegemónica de las élites crio-
llas (Sommer, 1999: 4). El asunto no es la “marcada imperfección” del relato
decimonónico que Flor María Rodríguez-Arenas deriva de la “representa-
ción nacional parcial basada en la expresión de los puntos de vista de una
élite restringida” (1993: 310). De hecho, A. Fuenzalida Grandón asegura que
la inclusión y representatividad de la novela de Blest Gana es “la más com-
pleta que haya escrito, por el vigor, exactitud y colorido en la reproducción
de vida, con que trata el período 1814-1817” (1921: 36). Tampoco se trata de
un asunto de representatividad o inclusión. Cámara invierte la fórmula de
Roberto González Echeverría en tanto el simulacro de su legitimidad no
exige condición literaria representativa alguna sino que reclama la legibili-
dad de su intervención (1990: 8). La difusa presencia y el habla inaudible de

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Cámara responden a una desviación de la lengua y del discurso historiográfico
que aseguran la legibilidad política de una ficción histórica.
Cámara remite al diseño de un relato hegemónico que no admite otras
ni diferentes historias. Es el mutismo que, allá lejos y hace tiempo, le atribu-
yera al subalterno Gayatri Spivak (1994: 80). Pero no se trata de que el sub-
alterno pueda hablar ni, como añade Sommer, de que su contraparte pueda
oírlo (1999: 20). Se trata, como sostiene Judith Butler en relación con el
habla imposible del subalterno al interior de los relatos que lo cooptan, del
problema de su legibilidad (2000: 36). El mutismo de Cámara apunta a una
política de la lengua que subordina su representación, entonces, a su legibi-
lidad en una interpretación de lo popular a fines del siglo XIX. La ilegible
condición del habla de Cámara, extensiva a la gente del pueblo en la ficción
de Blest Gana, define su particularidad y diferencia. Esta va unida a la que
afirma que, “[a] los catorce años, el rotito, con los instintos nómades de su
raza, andaba de pueblo en pueblo, rodando tierras, como él decía, trabajan-
do si le faltaba con qué comer, pero con más frecuencia jugando a las chapitas,
con vagos y rateros” (Blest Gana, 1897: 118). Tales actividades “traen fre-
cuentemente riñas entre la gente del pueblo. En ellas había ejercitado Cá-
mara su natural belicoso” (Blest Gana, 1897: 118). En ese boceto socio-bio-
gráfico, Cámara ejemplifica “[e]sa mezcla de conquistador hispano-arábigo
y de araucano que ha formado el roto chileno” (Blest Gana, 1897: 118). Su
presencia y acción en los hechos narrados responde a una matriz racial. Sin
embargo, aclara la novela, “el vértigo de la sangre” que anima a Cámara y,
por extensión, a “la gente del pueblo” es “un placer endemoniado, que total
y felizmente ignora la clase culta que puebla la tierra conquistada por
Valdivia” (Blest Gana, 1897: 117). El mestizaje explica la belicosidad de Cá-
mara, naturaliza su conducta, le arrebata cualquier lucidez sobre el lugar
que ocuparía en la épica nacional y, por simple oposición, dibuja la limpieza
étnica de la “clase culta”.
La belicosidad de Cámara no remite a fervor patriótico ni a código mili-
tar alguno sino que acusa las causas naturales y raciales de la obsesión po-
pular por la violencia. Ese “placer endemoniado” por la sangre, combustible
bélico de la resistencia criolla y de la épica independentista, es una amenaza
latente para la hegemonía de las élites criollas. La necesidad de precisar la
participación de los diversos actores en la gesta independentista permite
preservar el liderazgo de las élites y asumir la natural peligrosidad de figuras
híbridas que se mueven belicosas e ilegibles en los bordes del texto hegemó-
nico nacional. Lo social está sometido a un paradigma político e histórico
de base racial. Tanto así que al caracterizar a Cámara y su gente, para decirlo
en los términos de Sonia Montecino, “clase y etnia serán categorías inter-
cambiables” (1993: 15). La otredad de Cámara deriva lo social de lo racial y
lo hereditario, ligando sus diferencias al orden natural. El relato no sólo

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A. Blest Gana
presume una diferencia étnica sino que formula la construcción de una di-
ferencia social fundada sobre todo en criterios raciales. Como dice Mónica
Quijada, “el movimiento hacia la homogeneización propio del nacionalis-
mo fue desigualador por antonomasia, porque tendió a traducir en desnive-
les sociales la diversidad cultural y étnica” (2000: 19). Sin embargo, el habla
y la figura de Cámara no remiten a un grupo étnico específico sino a una
hibridez racial que liga lo árabe, lo español y lo mapuche al racializar lo
popular. Es una figura abyecta cuyo placer por la violencia radica en su hi-
bridez.
El principio del placer por la sangre, que la anima, amenaza el orden que
esa misma agresividad habría ayudado a crear. En consecuencia, la natural
belicosidad de Cámara sólo es políticamente funcional e históricamente
productiva bajo la hegemonía de las élites. Cámara, “hijo de español plebe-
yo que le había legado su singular apellido, y de una huasa cuarterona de
Arauco, había sentido desde su primera reyerta seria, jugando a cara o cruz,
un encanto fascinador al dar su primera puñalada” (Blest Gana, 1897: 118).
Cámara, por lengua, raza y origen, es un peligro latente porque “[s]in ser
ingénitamente malo, con grandes dotes de corazón, [y] siendo capaz de no-
bles arranques de abnegación y de cariño, le gustaba la sangre” (Blest Gana,
1897: 117). Al derivar lo social de lo étnico o hacerlos sinónimos, Blest Gana
sigue la noción de “pueblo” o “bajo pueblo” acuñada, según Gabriel Salazar,
por las élites criollas a partir de 1830 (2000: 10). La noción traza su lugar en
un orden hegemónico y fija el origen de sus patologías sociales. A Cámara,
“[e]l huracán revolucionario lo encontró así preparado para empuñar el
fusil y lanzarse a la contienda” y así fue “[a]listado como voluntario en el
ejército que marchó al Sur a detener la invasión de Pareja” (Blest Gana, 1897:
118). Desde el sur, territorio de fronteras para el imaginario santiaguino del
siglo XIX, Cámara retornó a las órdenes de su doble, el entonces capitán
Robles. Este es, en el segmento que analizo, quien le ha ordenado entregar
su testimonio sobre Rancagua en Talagante.
Robles y Cámara parecen unidos por amistad y jerarquía militar. De
Cámara, fue “[s]u temerario arrojo y lo festivo de su carácter [lo que] le
hicieron conquistarse la viva simpatía de aquel oficial fanático por la patria,
para el cual el peligro tenía una fascinación irresistible” (Blest Gana, 1897:
118). Sin embargo, más allá de la atracción del peligro, el oficial tiene un
código de conducta ligado al fetichismo y la iconografía militar (Blest Gana,
1897: 108). Robles es una figura paternal para el guacho vagabundo enrolado
por devoción y placer por la sangre, con la que forja una relación de lealtad
sujeta. Se trata de obediencias y lealtades diferentes a las que tiene Cámara
con lo familiar y cotidiano. Al proponer a Cámara como mensajero entre
Manuel Rodríguez y la familia Malsira, Luisa Bustos, personaje destacado,
lo define como “un hombre enteramente seguro y de un arrojo temerario”,

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151 II Sem. 2006
añadiendo que “[s]e ha criado en nuestra familia y es de una fidelidad a
toda prueba” (Blest Gana, 1897: 90). Sobre ese vínculo familiar y patronal, la
lealtad de Cámara es buscada para encarar desafíos ligados a la hechura de
la nación y la restauración del orden patriarcal de la hacienda. El rotito ha-
bía nacido, precisamente, en el fundo Los Canelos, fruto de “un desliz de ña
Peta” (Blest Gana, 1897: 117).
El lugar de nacimiento era “un fundo de crianza situado cerca de Melipilla”,
donde tempranamente la novela focalizó “[u]n rincón de naturaleza aban-
donado” donde diversos insectos y alimañas “reinaban descuidados y ha-
ciéndose la implacable guerra con que tratan de exterminarse todos los se-
res vivientes, por esa ley inflexible de eterna destrucción, que Darwin ha
venido después a llamar ‘la lucha por la vida’” (Blest Gana, 1897: 37-8). Para
Gotschlich, los dueños del fundo, los Malsira, son “una expresión viva de la
estratificación nuclear de la familia aristocrática, proyectada como concien-
cia del criollo y condensadora de ciertos atributos de nacionalidad” (1992:
48). La lealtad de Cámara a los Malsira media su relación con los eventos
políticos en los que participa y liga su origen a los espacios domésticos del
orden patricio. La singularidad y la diferencia que determinan la otredad de
Cámara permiten subrayar que sus lealtades están sujetas al orden domésti-
co del fundo. Su obediencia, sin embargo, opera bajo mecanismos discipli-
narios diferentes. Es el tránsito y protagonismo que logra Cámara entre am-
bos espacios el que lo dota de un signo transitivo, mediador, conector.
En un episodio donde Cámara, tras una lucha cuerpo a cuerpo, se dispo-
ne a matar a un soldado realista que se ha rendido, Robles lo detiene y le
grita que “¡a enemigo en el suelo se le perdona!” (Blest Gana, 1897: 150).
Luego de escuchar la orden, indica la novela, “Cámara miró al Mayor casi
con odio; vaciló un momento como si allá, en lo recóndito de su cerebro
encendido, se levantara una protesta de rebelión, una queja amarguísima
contra la autoridad del jefe, cuya generosidad no comprendía” (Blest Gana,
1897: 150). Acto seguido y “bajando la frente, [Cámara] se retiró con paso
tardo y con la penosa resignación de un perro, al que el amo impone su
voluntad, arrancándole la presa con que empezaba a saborearse” (Blest Gana,
1897: 150). El principio del placer y el encanto por la sangre es doblegado
por la jerarquía y la sumisión al jefe. La lealtad doméstica es traducida al
ámbito público mediante el disciplinamiento militar y la figura subalterna
es homologada a la sumisión del perro. La analogía se repite, en otro mo-
mento, al precisarse que “Cámara correspondía al afecto paternal de su jefe,
con la abnegación inteligente del perro al que han dado a guardar un niño”
(Blest Gana, 1897: 120). Bajo la paterna conducción de un oficial interme-
dio leal al relato patriótico y a la iconografía militar, la violencia natural de
Cámara se transforma en el combustible popular de la épica nacional.
El sitio que delinea la peligrosidad de un híbrido es tan natural durante
la Reconquista como marginal a fines del siglo XIX. Cámara contribuye a la

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hegemonía de las élites criollas y es un factor decisivo en la factura de un
imaginario popular y bélico tras su domesticación. La novela traslada la
metafórica presencia de Cámara en el eje del discurso sobre la Reconquista
a una metonímica reflexión sobre lo subalterno y popular a fines del siglo
XIX. En un esfuerzo por caracterizar la subalternidad, Horacio Legrás seña-
la que la diferencia ontológica de la otredad no es reductible a la diferencia
relacional del subalterno (2000: 87). Sin embargo, en la novela, la otredad
de Cámara permite cartografiar socialmente su lugar al desplazar lo relacional
a lo ontológico tras su naturalización. Lo social no admite sino una lectura
sujeta a los criterios y sustantividades de la naturaleza. El lugar de Cámara,
de su subalternidad, diagrama el sitio de lo popular en este relato que explo-
ra la emergencia de una nacionalidad. Su traducción a signo de lo popular le
otorga a Cámara el mismo protagonismo que lo saca del panteón fundacional
de la élite criolla. Blest Gana señala que tras el desastre de Rancagua, los jefes
militares derrotados habían sido “agrupados como una aureola de constela-
ciones luminosas en torno del gran nombre de O’Higgins”, donde “habían
llegado a encarnar el culto del pueblo por esa deidad, la Patria, que vive de
sacrificios, como los dioses de la idolatría” (Blest Gana, 1897: 3). Desde su
muda subalternidad, Cámara testimonia ese culto a los jefes de la derrota
pero, asimismo, le permite a la novela esbozar la crisis de liderazgo que ha-
bría hundido la Patria Vieja.
En su testimonio, Cámara indica que habría burlado el cerco de Rancagua
para llevarle a José Miguel Carrera un mensaje de Bernardo O’Higgins y
que habría retornado con una promesa de apoyo (Blest Gana, 1897: 114). El
padre de Cámara había muerto a las órdenes de Carrera cuando se estrelló
contra el sitio de Chillán en 1813 (Blest Gana, 1897: 87). La misión de lle-
varle el mensaje al entonces General en Jefe le había sido encomendada tras
una recomendación hecha por el mayor Robles a O’Higgins. Cámara per-
mite llenar un vacío en el imaginario historiográfico. Cámara no es sólo un
informante estratégico sino que el protagonista de una fisura narrativa so-
bre el texto de lo que Dipesh Chakravarty llamaría un pasado subalterno
(2000: 101). La brecha o crisis al interior del liderazgo criollo halla en la
subalternidad el soporte de su articulación. Desde ese pasado, donde las
élites y los grupos subalternos responden a una misma empresa histórica,
Cámara testimonia el fracaso del liderazgo criollo que hundió la Patria Vie-
ja. Ese fracaso no podría narrarse orgánicamente ligado al relato hegemóni-
co. El habla de Cámara, sin embargo, queda fuera de la escritura y su aporte
a la epopeya fundacional se reduce al escenario bélico. Allí, es el simulacro
de lo popular que articula la ficción histórica de Blest Gana. En tal sentido y
a pesar de la crítica de Carlos Reynoso al término “articulación”, por la im-
precisión y elasticidad del concepto, creo que define el sitio de Cámara en la
novela (2000: 103). Cámara articula ámbitos irreductibles en el relato nove-
lesco que despliega el ejercicio crítico de Blest Gana sobre la historiografía.

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Dicha articulación u operatividad sintáctica al interior del texto nacional
permite una dialéctica de integración, traducción y anulación. No se trata
de una desviación narrativa para contar la misma historia bajo una varia-
ción dialectal sino que de hacer de lo subalterno la sutura de una instalación
hegemónica.
Cámara emerge, por lo tanto, como la fisura que disloca el relato hege-
mónico de una nacionalidad decimonónica en crisis a fines del siglo XIX en
el instante mismo en que testimonia su hegemonía. Esto hace de Cámara un
tropo subalterno, cooptado por el texto y permite alejarse de la lectura
mimética que hace de su singularidad lo popular o lo chileno mismo. Es lo
que llevó a Gotschlich a decir que es el “simbólico representante del roto
chileno” y a Mireya Camurati a indicar que era “el prototipo del roto chile-
no (Gotschlich, 1998: 11; Camurati, 1974: 98). Es, también, el énfasis de
Bélgica Watts por ver en la obra de Blest Gana el realista “perfil del chileno”
(1994: 614). Giuseppe Bellini llega a asegurar, incluso, que con Cámara, “la
historia se nos presenta como a través de una lupa, la visión popular, frente
a un público rural atento, silencioso y de escasas reacciones, más sensible a
la suerte de los caballos que a la de los hombres” (1998: 17). Más allá de esos
códigos miméticos, Cámara testimonia la heroicidad de las élites criollas
mediante su propio, corregido, ficcional y subalterno protagonismo. Ese tes-
timonio ordena la visión de la que hasta hoy sigue considerándose “la prin-
cipal obra de toda esta novelística” histórica en Chile, según Evelio Echevarría
(1992: 647). Esta acota y define la ficción de lo popular al interior de un
relato hegemónico tras su legitimación.
Hay, sin embargo, otro aspecto de esta caracterización de Cámara en la
novela. Cabe recordar que en un diálogo entre Luisa Bustos y Manuel Ro-
dríguez, Cámara es elegido como vínculo entre la familia Malsira, eje de la
ficción histórica de la novela, y Manuel Rodríguez, eje de la narrativa histo-
riográfica del periodo. En otro momento, Cámara surge desde la ficción
para testimoniar el último contacto entre O’Higgins y Carrera antes de la
caída de la Patria Vieja. El protagonismo de las elites criollas hace de Cáma-
ra el sitio donde la visión histórica de Blest Gana articula la totalidad inter-
pretativa de su novela. No sólo las élites y su instalación hegemónica se re-
suelven sobre él sino que también descansa la factura general del relato. La
textura narrativa de la ficción histórica de Blest Gana apela a un afuera que
sutura una fractura narrativa. Alberto Moreiras dice que el género testimo-
nial puso en la escena transnacional una identidad política latinoamericana
ligada a la posibilidad de articular nuevos movimientos sociales (2001: 214).
En un sentido comparable, el testimonio novelesco y la presencia de Cáma-
ra en la ficción histórica de Blest Gana responden a un silencio que sutura la
fragilidad de la hegemonía criolla finisecular en el momento de su desplie-
gue. Dicha hegemonía, no sólo política sino que narrativa e histórica, tiene

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su juntura en un lugar externo a ella; su articulación, a partir de una ventri-
loquia historiográfica, es su prueba. Por otra parte, la escasa legibilidad del
habla de Cámara y su necesaria corrección no sólo coopta ese discurso sino
que alude a una subalterna fuente de legitimidad poco confiable para la
narrativa hegemónica que sostiene la nacionalidad. Advierte, en este caso,
de un peligro, en cuyo caso la novela histórica de Blest Gana no es la lukac-
siana y concreta prehistoria del presente sino la prehistoria del futuro (Lukács,
1983: 296). La sutura que narra, desde la otredad, la semilla episódica de la
nacionalidad responde a un relato que fetichiza cualquiera de sus posibles
gestos disruptivos.
La novela previene o controla la presencia desestabilizadora de Cámara,
su habla y testimonio, de los suyos, mediante su sujeción a un orden discur-
sivo cuya legitimidad no apela a su representatividad sino a su legibilidad.
Esa legibilidad está vinculada a una cartografía política de lo popular capaz
de redefinir su lugar de cara al nuevo siglo. En tal sentido, la novela es tam-
bién una reflexión acerca de la solidez, en un relato de transición, de una
hegemonía que, según afirma Alfredo Jocelyn-Holt, se vio apenas alterada
por la crisis política que habría desembocado en la independencia (1992:
164). Si la Reconquista forjó lo que Salazar ha llamado “una entidad socio-
espiritual congregada por la existencia de un sentimiento de homogeneiza-
ción interna: el de patria”, los nuevos procesos sociales e históricos la esta-
rían mutando a fines del siglo XIX (2000: 11). Según Camurati, la novela
“alude sin mayores detalles a la discordia entre los patriotas, y a las rivalida-
des entre los hermanos Carrera y O’Higgins” (1974: 95). Sin embargo, creo
que no importa que Cámara narre los sucesos de Rancagua “desde su punto
de vista de soldado completamente ignorante de la estructura técnico-mili-
tar” (Camurati, 1974: 95). Lejos de atribuirle una homogénea y transparen-
te conciencia a la élite, la novela de Blest Gana y el testimonio de Cámara
subrayan la persistencia de sus contradictoriedades.
En la novela de Blest Gana, la chilenidad opera entre su condición de
narrativa de emancipación y su concreción como relato de orden. Sin em-
bargo, como precisa Ernesto Laclau, un discurso de emancipación requiere
instalar una otredad frontalmente diferente con cual se propone romper, si
ese discurso es radicalmente diferente al orden dado (1996: 4). En este sen-
tido, los realistas que constituyen la otredad de los patriotas en el contexto
de la Reconquista no son la referencia de la mirada decimonónica finisecular
del episodio. Frente a ésta, el violento placer de Cámara se torna sospecho-
so. Está claro, como dice Epifanio San Juan leyendo a Gramsci, que lo subal-
terno no es un dato empírico sino un dispositivo teórico para abordar la
relación entre orden y cambio en una sociedad (1998: 86-7). Cámara es,
precisamente, un dispositivo que opera, al menos, en dos niveles. Por un
lado, sutura la construcción narrativa de una nacionalidad proyectada como

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Prisión de un patriota durante la Reconquista española

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relato de emancipación que testimonia la hegemonía y liderazgo de las élites
criollas. Por el otro, Cámara es el habla corregida que hace de la subalterni-
dad el signo legible de lo popular en una narrativa de chilenidad postulada
como relato de orden a fines del siglo XIX. Esto permite poner de cabeza la
fórmula de Gareth Williams y señalar que es a través de lo popular que se
torna legible lo subalterno (2002: 11). Esa legibilidad permite diagnosticar
la fragilidad de la hegemonía de las élites criollas a partir del relato episódi-
co que instaló y legitimó su despliegue, no al revés.
El de Cámara es un testimonio ligado tanto a la aurora como al futuro de
un relato hegemónico de nacionalidad. Ernesto Laclau y Chantal Mouffe
señalan que la hegemonía remite a la ausencia de una totalidad y sobre cuyo
vacío operan diversos intentos políticos orientados a superar ese oquerón
original (1985: 7). Sobre ese vacío, Cámara narra la derrota inaugural que
sostiene la nacionalidad y la ficción histórica mismas. Lo hace sin espacio
para las “estrategias de fuga y resistencia” o de “burla y contestación” que
Julio Ramos ve en la lengua del subalterno (1993: 16). Ni siquiera hay lugar
para una identidad estratégica, como la debatida por Spivak, que le permi-
tiera incidir sobre la narrativa que lo coopta (Spivak, 1993: 4). Sobre esa
totalidad narrativa, diría Raúl Silva Castro, la relación blestganiana desplie-
ga un juego de ficción y erudición en diálogo con las narrativas historiográ-
ficas (1934: 79). Esto, sin embargo, hace posible ubicar a Cámara no sólo
como mecanismo de articulación del liderazgo criollo, de sutura de su he-
gemonía y punto de partida de la ficción histórica.
Cámara, cuya historia arranca a pie luego de morir el caballo con el que
había escapado, junto a Robles, de Rancagua, cubre otra ausencia. Como
indica la novela, los “heroicos defensores de la plaza” de Rancagua, no sólo
habían conseguido “con su arrojo convertir una derrota en una de las más
brillantes páginas de la historia chilena” sino que, sobre todo, “habían tra-
montado los Andes, dejando la patria enlutada y los hogares en lágrimas”
(Blest Gana, 1897: 3). Sobre la fuga y el vacío de los héroes militares, del
liderazgo mismo que hacía posible la articulación de una comunidad y de la
Patria Vieja pulverizada, surge la resistencia, la espera y, sobre todo, el dis-
curso del retorno de los salvadores de la patria. La emergencia subalterna de
Cámara no interrumpe sino que media ese proceso, lo suturan sus acciones
y testimonio. La transición entre uno y otro momento remite no sólo a su
relato y su subalterno protagonismo sino que, también, sugiere la necesidad
de su eliminación y disciplinamiento tras el retorno de los héroes.

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ISSN 0716-1840

Radicales libres,
antioxidantes naturales
y mecanismos de protección*
MARCIA AVELLO** Y MARIO SUWALSKY***
RESUMEN

En la última década se han acumulado evidencias que permiten afirmar que los radica-
les libres y el conjunto de especies reactivas que se les asocian juegan un papel central en
nuestro equilibrio homeostático. Las reacciones químicas de los radicales libres se dan
constantemente en las células de nuestro cuerpo y son necesarias para la salud, pero el
proceso debe ser controlado con una adecuada protección antioxidante. Entre los an-
tioxidantes que se ingieren por la dieta destacan las vitaminas y los compuestos fenólicos
que por diversos mecanismos neutralizan especies radicalarias. Estas especies pueden
encontrarse en el plasma sanguíneo, el que puede estabilizar especies reactivas del oxí-
geno, previniendo reacciones que pueden generar especies aún más nocivas. Es de espe-
cial importancia su consumo moderado a través de la dieta y evitar los factores de riesgo
que inducen reacciones oxidativas en nuestro organismo.
Palabras claves: Radicales libres, antioxidantes, polifenoles.

ABSTRACT

Actual evidences affirm that free radicals and the oxygen reactive species involved play a
central role in our homeostatic balance. The chemical reactions of free radicals take

* Este trabajo contó con el apoyo de los proyectos de investigación FONDECYT 1060990 y
DIUC 204.074.037-1.0.
** Magister en Ciencias Farmacéuticas, Universidad de Concepción. Profesora del Departa-
mento de Farmacia, Facultad de Farmacia, Universidad de Concepción, Concepción, Chile. E-
mail: maavello@udec.cl
*** Doctor en Ciencias, Instituto Weizmann, Israel. Profesor del Departamento de Polímeros,
Facultad de Ciencias Químicas, Universidad de Concepción, Concepción, Chile. E-mail:
msuwalsk@udec.cl

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place constantly in the cells and they are necessary for human health, but the process
must be controlled with an adequate antioxidant protection. Among the antioxidants
that are ingested in the diet, vitamins and phenolic compounds are prominent because
they neutralize the radical species through several mechanisms. These species that can
be found in the plasma may stabilize reactive oxygen species, preventing reactions that
can generate more deleterious molecules. Ingestion of antioxidants through the diet is
of special importance, as well as to avoid risk factors that induce oxidative reactions in
our bodies.
Keywords: Free radicals, antioxidants, polyphenols.
Recibido: 02.04.2006. Aceptado: 30.06.2006.

INTRODUCCION

L
OS RADICALES libres son átomos o grupos de átomos que tienen un
electrón desapareado o libre, por lo que son muy reactivos ya que tien-
den a captar un electrón de moléculas estables con el fin de alcanzar
su estabilidad electroquímica. Una vez que el radical libre ha conseguido
sustraer el electrón que necesita, la molécula estable que se lo cede se con-
vierte a su vez en un radical libre por quedar con un electrón desapareado,
iniciándose así una verdadera reacción en cadena que destruye nuestras cé-
lulas. La vida media biológica del radical libre es de microsegundos, pero
tiene la capacidad de reaccionar con todo lo que esté a su alrededor provo-
cando un gran daño a moléculas, membranas celulares y tejidos. Los radica-
les libres no son intrínsecamente deletéreos; de hecho, nuestro propio cuerpo
los produce en cantidades moderadas para luchar contra bacterias y virus.
Estas acciones se dan constantemente en las células de nuestro cuerpo,
proceso que debe ser controlado con una adecuada protección antioxidan-
te. Un antioxidante es una sustancia capaz de neutralizar la acción oxidante
de los radicales libres mediante la liberación de electrones en nuestra san-
gre, los que son captados por los radicales libres. El problema para la salud
se produce cuando nuestro organismo tiene que soportar un exceso de ra-
dicales libres durante años, producidos mayormente por contaminantes ex-
ternos, que provienen principalmente de la contaminación atmosférica y el
humo de cigarrillos, los que producen distintos tipos de radicales libres en
nuestro organismo. El consumo de aceites vegetales hidrogenados tales como
la margarina y el consumo de ácidos grasos trans como los de las grasas de
la carne y de la leche también contribuyen al aumento de los radicales libres
(Finkel y Holbrook, 2000).

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ESTRES OXIDATIVO

Especies reactivas del oxígeno (ERO) es el término que se aplica colectiva-


mente a las moléculas radicales y no radicales que son agentes oxidantes y/o
son fácilmente convertidos a radicales. En la última década se han acumula-
do evidencias que permiten afirmar que los radicales libres y el conjunto de
especies reactivas que se les asocian juegan un papel central en nuestro equi-
librio homeostático, que es el normal funcionamiento de los mecanismos
de regulación que conservan el estado normal fisiológico de los organismos.
En mamíferos son muchos los procesos fisiopatológicos causados por estas
especies tales como los mecanismos patogénicos asociados a virus, bacte-
rias, parásitos y células anormales, constituyendo un mecanismo de defensa
del organismo frente a estos agresores. Cuando el aumento del contenido
intracelular de ERO sobrepasa las defensas antioxidantes de la célula se pro-
duce el estrés oxidativo, a través del cual se induce daño a moléculas bioló-
gicas como lípidos, proteínas y ácidos nucleicos. El estrés oxidativo se pre-
senta en diversos estados patológicos en los cuales se altera la funcionalidad
celular, contribuyendo o retroalimentando el desarrollo de enfermedades
degenerativas como la aterosclerosis, cardiomiopatías, enfermedades neu-
rológicas y cáncer (Gutteridge y Halliwell, 1999).

ERO

El oxígeno es una molécula básicamente oxidante, hasta el punto que en las


células que lo utilizan para su metabolismo es el principal responsable de la
producción de especies reactivas del oxígeno (ERO). Sin embargo, no todas
las especies oxidantes tienen un origen endógeno; la existencia de factores
exógenos, como la radiación solar, toxinas fúngicas, pesticidas o xenobióticos,
pueden incrementar su nivel. En condiciones normales, las células metabo-
lizan la mayor parte del oxígeno (O2) con la formación de agua sin forma-
ción de intermediarios tóxicos, mientras que un pequeño porcentaje (en
torno al 5%) forman tres intermediarios altamente tóxicos, dos de los cua-
les son literalmente radicales libres (el anión superóxido y el hidroxilo). En
situaciones en las que exista una mayor actividad metabólica (etapas del
crecimiento, desarrollos activos o procesos inflamatorios) ocurre una ma-
yor demanda tisular de O2 y parte de él se metaboliza, generándose un alto
número de sustancias oxidantes.
La segunda gran fuente de ERO también es endógena y está constituida
por el metabolismo de las células defensivas tales como los polimorfonu-

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cleares, los monocitos sensibilizados, los macrófagos y los eosinófilos. Para
que éstas puedan cumplir su misión, están dotadas de diversas proteínas así
como de vías metabólicas que generan varias especies químicamente agresi-
vas como peróxido de hidrógeno, radicales superóxido e hidroxilo, cuyo fin
último es lesionar y destruir elementos extraños. En condiciones normales
estas especies reactivas son producidas y utilizadas en compartimentos ce-
lulares como los lisosomas que, aunque en el interior de los fagocitos, no
tienen por qué dañar a las células siempre y cuando los mecanismos an-
tioxidantes de éstas funcionen adecuadamente.
Los oxidantes pueden también proceder del exterior, bien sea directa-
mente o como consecuencia del metabolismo de ciertas sustancias. Algunos
ejemplos lo constituyen la contaminación ambiental, la luz solar, las radia-
ciones ionizantes, una concentración de oxígeno demasiado elevada, los
pesticidas, metales pesados, la acción de ciertos xenobióticos (cloroformo,
paracetamol, etanol, tetracloruro de carbono, violeta de genciana) o el humo
de tabaco. Sin embargo el papel de los radicales libres no ha de ser abordado
sólo desde una perspectiva negativa o patológica. Estos compuestos cum-
plen también una función fisiológica al participar, en condiciones norma-
les, en la defensa frente a las infecciones, en el metabolismo normal, en la
fagocitosis e inflamación.

PEROXIDACION LIPIDICA

Todas las células están rodeadas por una membrana que las separa del me-
dio extracelular. La membrana celular contiene proteínas que juegan pape-
les vitales en la interacción de la célula con otras células, hormonas y agen-
tes reguladores del líquido extracelular. La estructura básica de todas las
membranas biológicas es la bicapa lipídica, la que funciona como una ba-
rrera de permeabilidad selectiva (Goodam, 1998). Éstas son ricas en ácidos
grasos poliinsaturados (PUFAs) y por lo tanto vulnerables al ataque de ra-
dicales libres que traen como consecuencia la peroxidación lipídica. Esta es
generalmente inducida por un radical hidroxilo que sustrae un hidrógeno a
la cadena lateral de un ácido graso formando un radical carbonado, lo que
genera una cadena de reacciones oxidativas. Los antioxidantes, pueden for-
mar complejos estables impidiendo la acción catabólica de los radicales li-
bres en la membrana celular (Halliwell, 1990).
Los mecanismos homeostáticos con que el organismo enfrenta el daño
oxidativo que habitualmente causan estas especies son numerosos y diver-

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II Sem. 2006 164
sos, reflejando la multiplicidad de formas de radicales libres y especies
reactivas, como también los numerosos compartimientos donde actúan en
el organismo y las propiedades físicas de éstos (Kinsella et al., 1993).

SISTEMAS DE DEFENSA ANTIOXIDANTE CELULAR

La capacidad antioxidante celular está dada por mecanismos a través de los


cuales la célula anula la reactividad y/o inhibe la generación de radicales
libres (Thornalley y Vasak, 1985; Greenwald, 1990; Palamanda y Kehrer,
1992). Estos mecanismos son adecuados a la muy corta vida media de los
radicales libres y comprenden moléculas pequeñas, endógenas y exógenas
con capacidad antioxidante. Los antioxidantes exógenos provienen de la
dieta, y dentro de este grupo se incluyen la vitamina E, la vitamina C y los
carotenoides. La vitamina C constituye el antioxidante hidrosoluble más
abundante en la sangre, mientras que la vitamina E es el antioxidante lipo-
fílico mayoritario. El selenio, el más tóxico de los minerales incluidos en
nuestra dieta, actúa junto con la vitamina E como antioxidante (Kinsella et
al., 1993). La vitamina E se encuentra presente en aceites vegetales, aceites
de semilla, germen de trigo, maní, carnes, pollo, pescados y algunas verdu-
ras y frutas, en tanto la vitamina C se puede encontrar en frutas y verduras.
Los carotenoides son compuestos coloreados tales como los betacarotenos,
presentes en verduras y frutas amarillas y anaranjadas, y en verduras verdes
oscuras, los alfacarotenos en la zanahoria, los licopenos en el tomate, las
luteínas y xantinas en verduras de hojas verdes como el brócoli, y las beta
criptoxantinas en frutas cítricas.
Recientemente se han descubierto en algunos alimentos otros antioxidan-
tes no nutrientes, los compuestos fenólicos. Algunas fuentes son los frijoles
(isoflavonas), cítricos (flavonoides), cebolla (quercetina) y polifenoles (acei-
tunas). También se han encontrado algunos antioxidantes fenólicos en el
café, vino tinto y té. Por esta razón, la forma de suplir los antioxidantes para
proteger al organismo del efecto oxidativo producido por los radicales li-
bres es el consumo de alimentos ricos en vitamina E, vitamina C, carotenoides
y otras sustancias que tienen función antioxidante, tales como los compues-
tos fenólicos (Tabla I).

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165 II Sem. 2006
TABLA I. Vitaminas con actividad antioxidante y sus fuentes alimentarias.

VITAMINA FUENTE ALIMENTARIA


Vitamina E Fuentes más importantes
Aceites vegetales, aceites de semillas prensadas
en frío, germen de trigo y de maíz, almendras,
avellanas, girasol, frijol de soya, nuez, maní.
Otras fuentes significativas
Papas frescas, pimentón, palta, apio, repollo,
frutas, pollo, pescado.
Vitamina C Frutas
Limón, lima, naranja, guayaba, mango, kiwi,
fresa, papaya, mora, piña.
Verduras
Tomate, verduras de hojas verdes (espinacas,
perejil, hojas de rábano), repollo, coliflor,
brócoli, pimentón, lechuga.
Carotenoides Betacaroteno
Verduras y frutas amarillas y anaranjadas,
verduras verde oscuro.
Alfacaroteno
Zanahoria
Licopeno
Tomate
Luteína y zexantina
Verduras de hoja verde oscuro, brócoli

COMPUESTOS FENOLICOS
Se trata de un gran grupo de compuestos presentes en verduras y frutas, en los que
ejercen una potente acción antioxidante necesaria para el funcionamiento de las
células vegetales (Tabla II).

TABLA II. Productos alimenticios con alto contenido de antioxidantes fenólicos.

PRODUCTO ANTIOXIDANTE
Frijol de soya Isofavonas, ácidos fenólicos
Té verde, té negro Polifenoles, catequinas
Café Esteres fenólicos
Vino tinto Acidos fenólicos, polifenoles
Romero Acido carnósico, ácido rosmárico
Cítricos y otras frutas Bioflavonoides, chalconas
Cebollas Quercetina, camferol
Aceitunas Polifenoles

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Un producto con contenido importante en polifenoles es el vino, com-
ponente esencial de la dieta mediterránea y que puede ser uno de los facto-
res responsables de la baja incidencia de enfermedad coronaria en las po-
blaciones mediterráneas (Renaud & De Lorgeril, 1992; Renaud & Ruf, 1994).
Varios estudios han analizado las posibles explicaciones de la así llamada
“paradoja francesa” y el efecto de la dieta mediterránea (De Lorgeril & Sa-
len, 1999; Renaud & Ruf, 1994), los que demostraron que la correlación
entre la mortalidad coronaria y el consumo de diferentes alimentos, en un
conjunto de 21 países, es mucho mayor en el vino que para otras fuentes,
como verduras y grasas vegetales. Por otra parte, la correlación positiva para
grasas derivadas de productos lácteos es alta, de modo que estos autores
priorizan el papel del vino sobre el de frutas y verduras (Renaud & Ruf,
1994). La capacidad antioxidante del vino está directamente relacionada
con su contenido en polifenoles. El tipo de polifenoles determina en último
término su capacidad antioxidante y su concentración cambia según su va-
riedad, área de producción, técnicas agrarias, proceso de vinificación, ven-
dimia, año y edad.
La contribución de cada compuesto en particular depende no sólo de su
concentración y de su calidad antioxidante sino que también de su interac-
ción con otros componentes. Estudios in vitro demuestran el efecto protector
del vino sobre la oxidación de las lipoproteínas de baja densidad (LDL), lo
que podría explicar su efecto in vivo. La LDL es un transportador de colesterol
que lo lleva desde el hígado hacia los tejidos, es el llamado colesterol malo.
Los estudios indican que la ingestión de vino tinto está asociada a un au-
mento de la capacidad antioxidante del plasma, vale decir que en algún gra-
do será necesario determinar qué componentes antioxidantes del vino son
absorbidos en el tubo digestivo, alcanzando concentraciones plasmáticas
suficientes para proteger a las LDL de la oxidación, ya que al oxidarse el
organismo las encapsula, depositándose en las arterias, constituyendo la placa
aterosclerótica. Los estudios de intervención a largo plazo demuestran que
el consumo moderado y regular de vino eleva la capacidad antioxidante del
plasma, la resistencia de las LDL a la oxidación y el contenido total de poli-
fenoles plasmáticos. En otros estudios se ha observado que una dieta rica en
grasas induce daño oxidativo en el ADN, mientras que una dieta rica en
frutas y verduras lo protege. Claramente el consumo moderado y regular de
vino tinto previene el daño oxidativo al ADN, inducido por una dieta rica
en grasas, y confiere protección adicional una dieta rica en frutas y verdu-
ras. Estos resultados concuerdan con evidencias epidemiológicas que mues-
tran el rol protector de frutas, verduras y vino en la reducción de ciertos
tipos de cáncer. Se puede agregar, además, que el consumo moderado y re-
gular de vino tinto protege la función endotelial. El endotelio es la capa
celular arterial que está en directo contacto con la sangre. Cada vez hay más
evidencias que asocian la disfunción endotelial con hipercolesterolemia,

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167 II Sem. 2006
hipertensión, tabaquismo, diabetes y otros factores de riesgo de enferme-
dad cardiovascular. Se ha postulado a la disfunción endotelial como el even-
to primordial en la cadena de fenómenos que lleva a la formación de placas
degeneradas presentes en la aterosclerosis. La explicación causal probable-
mente está relacionada con el aporte de antioxidantes que hace el vino tinto,
los que protegerían al oxido nítrico, principal regulador de la función
endotelial y que es producido por las células endoteliales. Los antioxidantes
del vino tinto, compuestos fenólicos, particularmente flavonoides, serían
los responsables de la mantención de la actividad vascular, especialmente en
los individuos que ingieren dieta grasa, la que induce estrés oxidativo.

ANTIOXIDANTES PLASMATICOS

Existen evidencias epidemiológicas que sustentan el papel patogénico de los


radicales libres en procesos biológicos (Maxwell, 1995). Los principales an-
tecedentes surgen de estudios que muestran la correlación entre la inciden-
cia de enfermedades inflamatorias y degenerativas y las bajas concentracio-
nes de antioxidantes en la sangre (Sohal y Weindruch, 1996). La relación
entre la presencia de algunas enfermedades, como las cardiovasculares y
cáncer entre otras, se puede establecer con la elevación de marcadores de
daño oxidativo y disminución de los niveles plasmáticos de antioxidantes,
los que pueden ser modificados al aumentar la ingesta de antioxidantes
(Meydani, 2001; Laurin et al., 2004). El plasma puede estabilizar especies
reactivas del oxígeno de vida media mayor, como el anión superóxido o el
peróxido de hidrógeno, previniendo reacciones con iones metálicos
catalíticos que pueden generar especies aún más nocivas (Halliwell y
Gutteridge, 1989). Debido a esto, el estatus antioxidante del plasma es el
resultado concomitante de muchos compuestos e interacciones metabólicas
sistémicas. La medición de esta capacidad antioxidante combinada puede
ser más relevante que la determinación individual de los antioxidantes pre-
sentes en la sangre. A lo anterior se suma el hecho que la capacidad antioxi-
dante celular está principalmente determinada por sistemas enzimáticos,
mientras que las plasmáticas están asociadas a la concentración de antioxi-
dantes de bajo peso molecular suplementados por la dieta. Estos compues-
tos son rápidamente consumidos y necesitan ser recambiados para mante-
ner el balance frente a las especies oxidantes. Generalmente se investiga su
efecto en el estatus antioxidante plasmático de voluntarios sanos sometidos
a la ingestión de éstos.
Es posible concluir que la complejidad de los productos naturales con
capacidad antioxidante constituye uno de los más grandes desafíos para los
fitoquímicos, tanto en el aislamiento y elucidación estructural de principios

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II Sem. 2006 168
activos como en el estudio de éstos en medios biológicos. En nuestros labo-
ratorios hemos estado estudiando la capacidad antioxidante de una planta
chilena, la Ugni molinae Turcz, conocida como Murtilla, cuyas hojas a la
forma de infusiones eran originalmente utilizadas por pueblos nativos para
tratar la diarrea y disentería (Hoffmann, 1991). Es un arbusto de gran folla-
je que crece en el sur del país, de hojas pecioladas aovado-oblongas con
ápice agudo de 2-2,5 centímetros de longitud; sus frutos, consistentes en
bayas rojizas de sabor dulce y aromático, son comestibles (ver figuras). Es-
tudios sobre la composición química de las hojas señalan la presencia de
polifenoles (Rubilar et al., 2006), compuestos que se caracterizan por tener
propiedades antioxidantes y bajas toxicidades (Devany, et al., 1997). En efecto,
nuestros trabajos experimentales demostraron que los extractos de sus ho-
jas poseen dicha propiedad (Suwalsky et al., 2006a). Cabe también destacar
que los mecanismos moleculares de la acción antioxidante no están del todo
aclarados y aún es materia de debate. Sin embargo, se ha sugerido que las
moléculas con propiedades antioxidantes se ubicarían en las membranas
que rodean las células afectando su fluidez, impidiéndose de este modo la
difusión de los radicales libres al interior de las células (Arora et al., 2000).
Los resultados de nuestros estudios demostraron que, efectivamente, los
extractos de las hojas de Murtilla perturbaban las estructuras de membra-
nas celulares (Suwalsky et al., 2006b). Estos resultados permiten concluir
que dado a que las hojas de Murtilla contienen compuestos con capacidad
antioxidante, podrían utilizarse con fines preventivos frente al estrés
oxidativo.

FIGURA 1. Frutos de Ugni molinae (Murtilla).

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FIGURA 2. Ugni molinae (Murtilla). Fotografía gentileza del Dr. Roberto Rodríguez Ríos.

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REFERENCIAS

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II Sem. 2006 172
Arte
Atenea 494
173 II Sem. 2006
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ISSN 0716-1840

Escultura pública
y la cúpula de la
Basílica de Lourdes
de Santiago
ENRIQUE SOLANICH SOTOMAYOR*

LOS AÑOS CUARENTA DEL SIGLO XX

A fines de la década del treinta el panorama mundial es inquietante. Euro-


pa en guerra y azuzada por la Alemania beligerante, tiñe su desasosiego a
los otros continentes. España, aún desgarrada por una confrontación inter-
na junto a América, son atónitos espectadores del conflicto.
El año 1937 es hito en la historia de las artes visuales contemporáneas.
Dos acontecimientos son claves en la revisión de los hechos. Uno, la expo-
sición de arte degenerado hecha en Munich y organizada por la Nacional
Socialista para desacreditar las vanguardias plásticas y expurgar de ellas las
imágenes díscolas y aberrantes del modernismo de posguerra. Otro, cual
contrapartida, la organización de la Exposición Internacional de París. Dos
artistas exponen obras en el pabellón de España, que reformulan en gran
medida, los procedimientos e imaginerías del arte del momento.
Se tratan de “Guernica” de Pablo Picasso (1881-1973) y “La Monserrat”,
de Julio González (1876-1942). El primero es un grito de indignación pro-
clamado tras el bombardeo del pueblo vasco, el día 26 de abril por la avia-
ción alemana. El descomunal lienzo épico, es resumen, además, de la propia
iconografía llevada a cabo durante cuatro décadas. La escultura “La Mon-
serrat”, hierro batido y soldado, es la figuración de una joven mujer que en
el brazo izquierdo porta a su hijo y, en el derecho, una hoz. De improvisado

* Magíster en Teoría e Historia del Arte y Miembro de la Asociación Internacional de Críticos


de Arte. Profesor de Historia del Arte en Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas de la Univer-
sidad de Chile. E-mail: enriquesolanich@hotmail.com

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realismo, tan rígida y dura como el material en que esta forjada, se presenta
también como clamor y resistencia a los desmanes belicistas.
El rumano Constantino Brancusi (1876-1957), el verdadero primitivo
de lo moderno, retorna ese año a si tierra natal y, en Tirgu Jiu, zona de Los
Cárpatos, alza dos proyectos monumentales que condensan su labor. En “La
puerta del beso” y “La columna sin fin” encarna los ideales temprano de
concebir esculturas que privilegien formas matrices y arcanas universales.
Destierra, así, la anécdota y obviedad del relato escultórico, instalando obras
“Guernica” de gran formato en el espacio abierto. O, si se quiere, al decir de Henry
Moore (1898-1986), que desde el gótico “la escultura europea se había ido
revistiendo de musgo, de maleza, de toda clase de excrecencias superficiales
que habían ocultado completamente la forma. La misión específica de
Brancusi ha sido la de eliminar esa maleza y devolvernos la conciencia de la
forma”1.
Sin embargo, desde 1940 a 1945 la actividad artística europea se apaga y
diluye al fragor de la contienda. No hay diálogo ni convivencia entre los
artistas, por el contrario, permanecen aislados, trabajando en solitario. A
pesar de que algunos emigran a los Estados Unidos la atmósfera de terror y
tinieblas los embarga y, lo único que ansían, es dominar el miedo y esperar
la paz.
En esos años la Universidad de Chile desempeña para la vida intelectual
“Cabeza de La Monserrat...” de la nación una tarea insustituible. Difunde y extiende las actividades cul-
turales de modo sostenido y creciente. Bajo el fecundo rectorado de Juvenal
Hernández Jaque (1899-1979), comprendido entre 1933 y 1953, en el dece-
nio se fundan, acogen y promueven distintas instituciones. En rápida reseña
es fácil citar lo siguiente: el año 1940 se crean la Escuela de Danza y el Insti-
tuto de Extensión Musical; en 1941 se reconoce, oficialmente, el Teatro Es-
tudiantil o cuna del Teatro Experimental, la Orquesta Sinfónica de Chile, el
Ballet Nacional Chileno y el Coro de la Universidad. En 1942 se anexa a la
Facultad de Bellas Artes, una Escuela de Estudios Instrumentales y de Canto
cuya enseñanza es preparatoria para el ingreso al Conservatorio Nacional
de Música.
Al año siguiente, 1943, la casa de estudios recibe como donación un edi-
ficio en la Terraza Hidalgo del Cerro Santa Lucía que se destina como sede
del Museo de Arte Popular Americano. La colección inicial la constituyen
los envíos de los distintos países participantes en la exposición de arte po-
pular y artesanías americanas hecha para conmemorar el centenario de la
institución. En consonancia, se inaugura la Escuela de Canteros Pedro Aguirre
Cerda, bajo la dirección de Samuel Román Rojas (1907-1990). En 1944 se
crean la Facultad de Arquitectura y el Instituto de Investigaciones Folklóricas

1
Citado por Chilvers, Ian: Diccionario de arte, Madrid: Alianza Editorial, 1995, p. 144.

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Musicales, dependiente de la Facultad de Bellas Artes. Durante 1945 se des-
taca la apertura del Departamento de Extensión Popular Universidad
Valentín Letelier. Y, por último, el año 1947 se funda el Museo de Arte Con-
temporáneo, corolario de los afanes de modernidad y transferencias cultu-
rales reseñadas2.
De las obras escultóricas de envergadura asentadas en el espacio urbano
en el transcurso del decenio, cabe hacer mención a las siguientes: de Loren-
zo Domínguez (1901-1963) Monumento al Doctor Luis Calvo Mackenna,
en 1941; de Raúl Vargas Madariaga (1907-1990), el Homenaje a Rubén Darío;
de Samuel Román Rojas el Monumento a las educadoras Isabel Lebrun y
Antonio Tarragó en 1946; de Tótila Albert (1892-1967) la ornamentación
para la tumba del Presidente Pedro Aguirre Cerda, en 1947 y del mismo
Román el monumento al Presidente José Manuel Balmaceda, de 19493.

LA ESCENA CULTURAL

Desde 1945 Europa asiste al retorno, a la escena cultural, de sus grandes


maestros que exiliados o refugiados en provincias, reciben los reconoci-
mientos y homenajes debidos, sus trabajos son difundidos en libros y mues-
tras itinerantes, consolidando definitivamente el arte moderno. A su vez,
los museos se reconstruyen, exhiben sus obras preciadas y comienzan una
sistemática labor de extensión y educación, más cercana al público y estu-
diosos. Algunos ejemplos son notables. En 1946 Henri Matisse (1869-1954)
reanuda su actividad en litografía ilustrando “Cartas portuguesas” de Ma-
ría Alcoferado y “Visages” de Pierre Reverdy; Pablo Picasso reside en el Museo H. Matisse
de Antibes, antiguo Palacio Grimaldi, pintado cuadros que luego dona, en-
tre ellos “La alegría de vivir”, el más elocuente de su estilo nuevo e irrefuta-
ble imagen de los momentos de tranquilidad y libertad alcanzadas. Como
siempre, es él quién mejor espejea los ánimos y sensibilidades de la época4.
Dichas experiencias visuales portadoras de orientaciones estéticas y
estilísticas remozadas, unidas a las apropiaciones de materiales y procesos
que la tecnología del momento suministra, desencadenan acciones simila-
res en los artistas locales, basamento que ayuda comprender el desarrollo y
expansión de las modernidades visuales incubadas en el decenio del cua-
renta en Chile.

P. Picasso
2
Panorama cultural de la década del cuarenta se halla en Godoy Urzúa, Hernán: La cultura
chilena. Santiago: Editorial Andrés Bello, 1982.
3
Secuencia cronológica de instalación de escultura urbanas se enumeran en Solanich
Sotomayor, Enrique: Escultura chilena: otra mirada para su estudio. Santiago: Ediciones Amigos
del Arte, 2000.
4
Véase de Jaffe, Hans: El arte del siglo XX. EDAF, Ediciones y Distribuciones S.A.,

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Varios factores políticos y sociales convergen. Catorce años de gobiernos
radicales, entre 1938 y 1952, singularizan un período de tolerancia y estabi-
lidad política basados en distintas alianzas de gobierno que permiten la in-
tegración participativa de amplios sectores e ideologías de la sociedad chi-
lena. Un afán de progreso y crecimiento marca a todo el país. La creación de
la Corporación de Fomento de 1939 incentiva el desarrollo económico e
industrial con un plan ambicioso de electrificación y habilitación de cen-
trales. Ello, a pareja de la apertura de escuelas industriales, técnicas y mine-
ras.

LA CUPULA DE LA BASILICA DE LOURDES

Antaño, en la Roma Imperial, basílica es el espacio civil que funciona como


tribunal de justicia, derivando su nombre de basilieos, rey en griego. Se usa-
ba como recinto de reuniones o asambleas varias o lonja de contrataciones
y comercio. De estructura rectangular más una exedra semicircular en el
testero, es adaptada por los cristianos para sus primeros templos desde el
siglo IV. Generalmente de tres naves, separadas entre sí por hileras de co-
lumnas son cubiertas con techumbres de madera a dos vertientes. La altura
mayor de la nave central posibilita la apertura de ventanas en sus muros
que iluminan el interior y en la cabecera el ábside acoge el presbiterio o
lugar donde se halla en altar mayor, en sobre nivel de la planta y separada de
la nave por una cancela o balaustrada. Algunas, ostentan en su entrada un
atrio, por cierto descubierto.
Vale tener presente que hoy basílica es el nombre que concede la Iglesia
a templos singulares y de gravitación, sea por su tamaño, calidad material
de la fábrica o por significación de a quién o quiénes estén destinado.
Por otro lado, la cúpula en la arquitectura es la bóveda semiesférica a la
que también se la llama, por su forma, media naranja, pero las hay también
de planta elíptica y poligonal regular. Domo o duomo son sinónimos en el
léxico de la arquitectura y procedimientos constructivos, impuestos para la
historia del arte por el idioma italiano, denotando el segundo vocablo por
extensión, catedral.
La Congregación de los Religiosos Agustinos de la Asunción, encarga-
dos de las peregrinaciones en Francia, pasan a Chile en 1890 para divulgar y
administrar la parroquia de Yungay, llamada Nuestra Señora de Lourdes,
en plena Quinta Normal. En los años treinta del siglo pasado se decide la
erección de un segundo templo, de mayor envergadura y capacidad para
atender a los feligreses. El proyecto lo asumen los arquitectos Eduardo
Costabal y Andrés Garafulic, convirtiéndose en la tentativa arquitectónica
sacra más contundente y sólida del período. De estilo bizantino, con planta
cruciforme, de amplia nave central y dos laterales, es construida en albañi-

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lería de ladrillo y hormigón. Ostenta en sus vanos vitrales encargados a Fran-
cia, al taller de Gabriel Loire en Chartres, desplegados en 650 metros cua-
drados que le imprimen al interior una atmósfera policroma y evanescente5.
Las figuras de los dieciséis profetas que circundan la cúpula de la Basílica
de Lourdes, es encargada a Lily Garafulic Yankovic. Rostros de artistas, inte-
lectuales o políticos que estima o conoce, sirven de bocetos para delinear las
fisonomías definitivas de los personajes bíblicos. Así, lo llamados mayores,
Isaías, Jeremías, Ezequiel y Daniel y los menores Oseas, Joel, Amós, Abdías,
Miqueas, Jonás, Nahum. Habacuc, Sofonías, Ageo, Zacarías y Malaquías
podrían ser reconocidos por su semejanza con los que delinea al asumir el
proyecto6.
En la iconografía sacra los profetas del Antiguo Testamento se los repre-
senta en figuras masculinas convencionales. Durante la época medieval se
colocan en sus manos unas filacterias o cintas con los nombres y aureolas
poligonales en sus cabezas. Pero, como fuese en el pasado, no se olvide que
la exhibición de sus cuerpos importa metáforas llenas de significados y ne-
cesarias de descifrar para su correcta apreciación.
La titánica faena es emprendida en 1946 y dura parte de 1947, cerrando
–según propias confesiones de la escultora–, un ciclo inicial de su promisoria
labor como escultora. A la vez, no existe obra alguna en la historia de la
escultura local que conceda de inmediato tanto reconocimiento y aprecio a
su autor.
Su formación, conseguida en la Escuela de Bellas Artes de la Universidad
de Chile, en la década del treinta, se moldea en una didáctica artística
remozada, que asume las orientaciones plásticas provenientes de los círcu-
los de avanzada de Europa y que en Chile pregonan, entre otros, Tótila Albert
y Lorenzo Domínguez los más incisivos por asentar una parte de la moder-
nidad artística y cuyos influjos de purismos morfológicos clarifican los
idearios de la moza escultora.
Su trabajo anterior, comenzado con retratos y estudios de figuras, lo rea-
liza en metales y piedras. Temprano queda marcado por afanes de depura-
ción formal y concisión material, correspondiendo al consular proceso de
aprendizaje y apropiación juveniles de procedimientos y métodos de hacer,
escatimando las afinidades visuales derivadas de la inmersión en maestros y
escuelas en boga.
El conjunto que se refiere son efigies de anatomías completas y ascético
realismo. Frontales y cercanas a los tres metros y medio de altura cada una
de ellas, adosadas a los muros curvados externos y elevadas a más de cin-

5
Véase Laborde, Miguel: Templos históricos de Santiago, Santiago, El Mercurio S.A.P., 1987.
6
Se cita un manuscrito del diario de viaje de la artista que anota catorce rostros, precedidos
del título Apóstoles, en Cruz de Aménabar, Isabel: Lily Garafulic. Forma y signo en la escultura
chilena contemporánea. Santiago: Ediciones de la Universidad Católica de Chile, 2003, p. 245.

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cuenta metros del suelo, cumplen solo con los ornamentos debidos en una
descomunal construcción y, si se trata de buscar afinidades de estilo, habrá
que mirar al románico renovado. A la vista de los espectadores asoman como
altorrelieves, tan hieráticos y adustos que desafían el paso del tiempo, per-
petuados en su inconmovible solemnidad, majestuoso porte y rango estéti-
co sin par al momento de ser ejecutadas.
La utilización del hormigón armado –mezcla de cemento, arena y gra-
va–, que por medio de encofrados y armazones de hierro permiten la forma
deseada- y la voluntad tenaz de situar la escultura en la mirada pública, son
hitos que cambian el curso de las artes plásticas locales. Se conjugan técni-
cas constructivas incipientes con audacias formales, paso seguro que afian-
za la escultura moderna y, por obvia consecuencia, el momento preciso en
que comienza un inédito arte público urbano. O, lo que es afirmar, la conso-
lidación de la modernidad visual.
Yendo más allá, Lily Garafulic propicia, sin sospecharlo, una fresca poé-
tica del espacio urbano y colectivo como soporte de arte, retomada luego
por algunos continuadores al comprobar que la homogeneidad y fácil ma-
nejo, convierten al hormigón armado en una material adecuado a las nece-
sidades plásticas circunstanciales, pues se amolda a la arquitectura, adecua a
proyectos plásticos de morfologías y diseños complejos, resiste tensiones y
vence la fuerza de la gravedad. En breve, ella y esa realización de casi sesenta
años atrás, vaticinan la renovación en lo atinente de la escultura de gran
formato en la ciudad, al inaugurar una alternativa citadina de imaginarios
encantados, místicos y religiosos que concurren a la educación estética de la
urbe. Mérito más que superior e inigualado.



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Lorenzo Domínguez Villar: Monumento al Doctor Luis Calvo Mackenna, piedra azul, 235 x 107 x 112 cm.
Parque Balmaceda, comuna de Providencia, 1941.
Lorenzo Domínguez Villar: Homenaje a Juan Sebastián Bach, piedra amarilla, Parque Forestal, comuna de Santiago, 1931.

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Lily Garafulic en su taller. Santiago de Chile, 1960.


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Lily Garafulic en la cúpula concluida de la Basílica de Lourdes, comuna de Quinta Normal, 1946.
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Vista de los profetas en la Cúpula de la Basílica de Lourdes, hormigón armado, comuna de Quinta Normal,
1946. Proyecto arquitectónico de Andrés Garafulic y Eduardo Costabal.
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Notas
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ISSN 0716-1840

Edwards
multiplicado
por Edwards*
GRÍNOR ROJO**

E
STA NOVELA de Jorge Edwards sobre Joaquín Edwards Bello no es
propiamente una novela sobre Joaquín Edwards Bello sino una nove-
la acerca de la relación (del relevo, en cierto sentido pero sólo en cier-
to sentido) de Jorge Edwards con respecto a Joaquín Edwards Bello. Esto es
algo que yo tengo que aclarar aquí de entrada, que ése, y no cabe confundir-
se, es el núcleo semántico a partir del cual se movilizan la mayoría de las
acciones del relato. Más aún: teniendo en consideración el hecho de que
Jorge Edwards tuvo un contacto directo mínimo o nulo con Joaquín Edwards
Bello, a quien según él mismo dice solía divisar desde lejos en las librerías o
caminando por las calles del centro de Santiago (un poco después, va a con-
fesar que no se cruzaron “casi nunca”, 9)1, uno puede concluir confiadamen-
te que El inútil de la familia es la novela de la relación inventada de Jorge
Edwards con Joaquín Edwards Bello. En segundo lugar, me interesa que el
lector de este artículo se percate de que El inútil de la familia es además una
novela acerca de Chile, acerca de la relación (de una debatible continuidad
así como también de un debatible relevo) entre el presente de Chile y el

* Sobre Jorge Edwards. El inútil de la familia. Santiago de Chile. Aguilar, 2004. En las citas que
haga a continuación daré sólo el número de página entre paréntesis.
** Ensayista. Profesor de la Universidad de Chile. Santiago, Chile. E-mail: grojo@usach.cl
1
En otra parte: “Mi trato con él se redujo a una caminata por el centro de Santiago en compa-
ñía de nuestro amigo común Arturo Soria y Espinosa. Esto debe de haber ocurrido a mediados de
la década de los cincuenta. El, Joaquín, mi tío ausente de la familia, monologaba, mientras Arturo
y yo, a ambos costados suyos, acólitos admirativos, escuchábamos y nos reíamos con ganas” (147).

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pp. 189-199
pasado de Chile, al menos en el lapso que cubren los últimos ciento y tantos
años de nuestra trayectoria republicana, mirados ellos, y ni siquiera hace
falta insistir mucho en esto, desde el punto de vista de la historiografía tra-
dicional. En términos cronológicos: desde la contrarrevolución del 91 hasta
la contrarrevolución del 73 y sus secuelas en el período de la postdictadura.
De lo que se sigue que el protagonista principal de El inútil de la familia
no es el que el novelista y la novela nos sugieren que es2 y que tampoco es el
suyo el espacio-tiempo principal de las acciones, aunque sí sea el más visi-
ble. Esto explica que sucesos de cierto relieve, que yo me imagino que no
habrán dejado de tener un impacto sobre Joaquín Edwards Bello, como sus
premios nacionales de literatura y periodismo por ejemplo, se mencionen
sólo de paso en el cuento o en alguna página de la introducción. Porque el
protagonista de El inútil de la familia no es el conocido y hasta el día de hoy
bastante popular autor de El roto y La chica del Crillón, sino muy concebi-
blemente el no menos conocido y aún más popular (o así me lo parece a mí)
escritor de El peso de la noche, Los convidados de piedra y El sueño de la histo-
ria. El marco espacio-temporal de mayor peso en el mundo de la novela de
Jorge Edwards no sería, tampoco y por consiguiente (aunque sea igualmen-
te el más visible y el más sabroso, y ya desarrollaré este punto con algún
detalle), el Chile de la primera década del siglo XX, el de la vida y milagros
de Joaquín Edwards Bello, sino el de la segunda, el de la vida y milagros de
Jorge Edwards, este último un miembro conspicuo de la generación de es-
critores chilenos de 1950, Premio Nacional de Literatura de 1994 y Premio
Cervantes de 1999. Parece que lo que debiera importarle más al lector de su
nueva novela es entonces la latencia o la semilatencia del material implícito
(o semiimplícito) que la patencia del explícito. Tanto es así que en los capí-
tulos finales, después de la muerte del tío, que teóricamente debería poner
fin al relato si es que el protagonista del mismo fuera el que se nos ha asegu-
rado que es, es el sobrino el que avanza hasta apoderarse del centro del pros-
cenio, cubriendo de este modo el espectro completo de la significación de la
obra.
El procedimiento, en sí mismo, no es demasiado novedoso, reconozcá-
moslo (¿cuál lo es?). En principio, ése es el trámite que favorecen las novelas
más conocidas del realismo clásico, perfeccionado hasta el hartazgo a lo lar-
go del gran siglo de la novela, el XIX, en las obras de Dickens, Balzac, Ma-
chado de Assis o Pérez Galdós. Es un procedimiento que obedece a una
conciencia historicista, desde luego, y que consiste en ir a buscar en las figu-
ras y acaeceres del pasado las claves que se presume que develan las particu-
laridades del presente: “Chile estaba fuera del mundo. Nunca pasaba nada, y
sin embargo pasaba, y pasaría. Había procesos sordos, ajustes geológicos,
2
Leo: “Joaquín Edwards Bello, el personaje principal de este libro, no es ningún invento mío”,
etc. (7).

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II Sem. 2006 190
ruidos y temblores de toda especie, y no se encontraba demasiado lejos la
era de los grandes cataclismos” (11).
Pero se me replicará que lo que interesa más aquí no es tanto la dimen-
sión histórica en un sentido amplio como la relación del escritor chileno de
hoy con el escritor chileno de ayer. Respondo que aun si eso fuera cierto, ese
tipo de propuesta tampoco es por completo inusual. Podría aducir a propó-
sito de su empleo exitoso una media docena de ejemplos, pero por ahora
me contentaré con mencionar uno solo, que pertenece a una tradición dis-
tinta a la de Jorge Edwards pero al que la misma intención es la que le está
sirviendo de base. Pienso en El año de la muerte de Ricardo Reis de José Sara-
mago. Se recordará que en aquella novela estupenda, Saramago cuenta los
días póstumos del alter ego de Fernando Pessoa, reconstruyendo a partir de
ahí (a partir de una serie de acontecimientos ficticios que bucean en el tiem-
po desde el día mismo en que Ricardo Reis regresa desde Brasil a Lisboa y lo
visita el anuncio de su muerte próxima) la existencia efectiva del poeta y
cotejándola simultáneamente (no encuentro otra palabra mejor, es algo así
como lo que los policías llaman un careo) con la suya.
Jorge Edwards ejecuta en El inútil de la familia una maniobra narrativa
semejante, que consiste en hablar acerca de sí mismo en tanto que habla de
o deja hablar al otro (“Es, en alguna medida, mi propia historia…”, 9) y que
también es triangular con mucha frecuencia, como en el juego de las caram-
bolas, cuando con el narrador transfigurado en una suerte de hermeneuta
de aficiones psicologistas vemos que Edwards el sobrino retoma y recicla los
personajes de Edwards el tío y hace que sean ellos los que medien a este
último, los que lo representen en la escena de este otro relato, desempeñán-
dose en él en calidad de sus propios alter egos: Eduardo Briset Lacerda, Pe-
dro Plaza, Pedro Wallace, Curriquiqui o Esmeraldo, incluso la Teresa Iturri-
gorriaga de La chica del Crillón. Jorge Edwards, que en ningún momento
oculta los resortes de su métier, no tiene inconveniente para justificar esta
táctica en particular en los términos que siguen: “Hay que partir de una
premisa, de una base fundamental. Como ya lo he dicho de diversas mane-
ras, todos los primeros textos narrativos de Joaquín Edwards Bello son
autorretratos parciales, aparentes biografías: si se escarba un poco, si se des-
cartan detalles, son, en verdad, autobiografías más o menos alteradas. Po-
dríamos añadir: confesiones disimuladas” (101).
Ahora bien, para el desarrollo de la parte biografística de su trabajo, el
sobrino abre con lo que explícitamente debiera ser el primer acto de la pro-
longada muerte del tío (“el texto funciona como un vasto paréntesis: se abre
con una mañana desgraciada en el Hipódromo Chile, anuncio del fin…”,
10), cuando en el segundo lustro de los años cincuenta y picado como siem-
pre por los aguijones de su ludopatía éste le apuesta a un caballo equivocado
en la última carrera del Hipódromo de marras, pierde y se gana con ello no
los gruesos fajos de billetes que estaba esperando que irían a parar a sus

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bolsillos sino un ataque de hemiplejia del que no vuelve a salir. En el último
acto, a fines de los sesenta, hemipléjico para ese entonces sin remedio, don
Joaquín se pega un tiro, como bien sabemos, y lo hace con una Colt que le
regalara su padre más de medio siglo antes, la que como en una buena pieza
de Chejov habrá aflorado en el curso del relato del sobrino en por lo menos
media docena de oportunidades y que será también la que lo selle, pero
interesantemente no en el marco de su propia novela, esto es, de la novela de
Joaquín, sino en el marco de la novela de Jorge, que es la que prolonga la
narración en su conjunto al modo de una “cola” o “cauda” de la primera
(Ibid.), configurándose con ello, una vez más, el esquema de la carrera de
postas. Con todo, la diferencia entre los dos finales es ostensible y podemos
reducirla aquí a un par de detalles: que el tío consigue el arma sin buscarla y
con la fuerza de un mandato (“para que resguardaras tu honra”, le espeta a
Joaquín su padre al entregarle la pistola en su lecho de muerte, 103) y el
sobrino tiene que pagar por ella una suma cuantiosa y sin ninguna convic-
ción en cuanto a sus posibilidades de uso (“No era necesario repetir lo que
ya le había dicho el otro día: que no me interesaba, que no coleccionaba, que
no tenía el menor propósito de coleccionar objetos de esa especie”. Y des-
pués: “no tenía, desde luego, la menor intención de suicidarme: soy la per-
sona menos suicida de este mundo”, 353 y 357). Como vemos, las insinua-
ciones de relevo se prestan blandamente a una segunda lectura.
El hecho es que, a continuación del comienzo de la muerte de Joaquín, se
desencadena en la novela de Jorge una larga pesquisa retrospectiva y que la
verdad es que es mucho más que eso, que es una comparación inestable de
aquellos discursos antiguos de su pariente con los suyos actuales: “El sacri-
ficio de Joaquín contribuyó de alguna manera, en forma indirecta, en cierto
modo misteriosa, a facilitar el camino mío” (9). Pero lo extraordinario en su
caso a este respecto es otra cosa: es el desenfado, es la puesta en descubierto,
voluntaria y descaradamente, de la máquina del relato y ello por el solo
hecho de colocarla sin falsos remilgos frente a los ojos del lector y exagerán-
dola además hasta el delirio. Estamos hablando de la conversión del nivel
del discurso en un espacio estético primordial, probadísimo sin duda y tan
consistente que se transforma a poco andar, al menos para el lector cómpli-
ce, como hubiese querido Cortázar, en uno de los focos de atracción mayo-
res que tiene la lectura del texto.
Me explico: el narrador básico de El inútil de la familia es el propio Jorge
Edwards personalizado en el discurso hasta el límite y de adrede, un narra-
dor respecto de cuya identidad nosotros recibimos un acopio enorme de
informaciones, tantas en efecto que nos permiten, que deberían permitir-
nos, incluidos en el grupo aquellos que no conocen al escritor personal-
mente, enterarnos al dedillo de quién es este simpático fulano que nos está
disparando sus frases desde las páginas del libro. Nos informamos de ese
modo de una ristra de datos concernientes a su linajuda familia, padres,

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II Sem. 2006 192
abuelos, tíos, primos, etc., a su historia personal (infancia, adolescencia, edad
adulta), a su matrimonio (mujer, años de casado, temperatura más bien
tibiona del vínculo conyugal), a sus antiguas amantes (Viviane), a su difícil
paternidad (una hija severa y regañona), a sus amigos y colegas (Donoso,
Lihn, Laso, Giaconi, Waldo Rojas), a los vecinos fascistas de su barrio (Mi-
guel Serrano), a sus discípulos (un escritor de la novísima generación que
va a conversar con él, a perdirle consejos y que encantadoramente le confie-
sa ser un admirador de la obra de su tío) y hasta se nos entregan a propósito
de esa misma visita la calle y ubicación exacta de su domicilio real en Santia-
go de Chile: Santa Lucía, “frente al cerro del mismo nombre” (146), para los
que tengan ganas de ir a verlo.
No nos estamos refiriendo por lo tanto a un narrador en primera perso-
na y nada más. El narrador de El inútil de la familia puede ser en primera
persona, o sea que puede ser Jorge Edwards hablando de sí mismo o Joaquín
Edwards Bello hablando de sí mismo, o en segunda o tercera, Jorge Edwards
hablando de su tío en un estilo que con el empleo del “tú” subraya el vínculo
familiar y que con la práctica del “él” se aleja con pudor, aunque ninguna de
tales posturas sea al fin de cuentas más que una máscara cuya fragilidad se
pone de manifiesto con la misma presteza con que en el desenvolvimiento
de la narración se meten los cambios, es decir, sobre la marcha, sin anuncio
previo, evitándose así cualquier sugerencia de discordia entre los diferentes
aspectos de la diégesis. La construcción de el-narrador-como-el autor en El
inútil de la familia es lo que copa entonces nuestra aptitud crítica, porque
esa construcción es un truco artístico de gran eficacia: un truco sostenido y
potente, deliberado y diestro. Es notorio que Jorge Edwards quiso ensayar
en esta novela una retórica de la narración que insistiera en el nexo proble-
mático entre los dos hombres y en el nexo problemático entre los dos espa-
cios y los dos tiempos, y la verdad es que lo logra por demás. No sólo eso,
sino que lo hace con un poder persuasivo que se parece al que podría ex-
traerse, por ejemplo, de los cuadros de los hiperrealistas contemporáneos.
Pero los cuadros de los hiperrealistas contemporáneos, como pudieran
ser los de un Claudio Bravo o los de un Antonio López García, son, como
quiera que sea, cuadros, esto es, son re-toques y (en definitiva) re-presenta-
ciones de lo real, en los que el efecto estético, que es, que no puede ser sino
un efecto de distanciamiento de todas maneras, adviene en la forma de una
paradoja. La imagen de lo real convocado sobre la tela del cuadro hiperrealista
es tan minuciosa, tan puntillosa en su despliegue de lo que existe ahí de
suyo, que no es, que es imposible que sea real. Y Jorge Edwards lo sabe muy
bien. En el capítulo XVI de su libro se permite por eso este coqueteo de
teoría: “la no ficción es caótica y superabundante, excesiva. Todo crece en
ella como la mala hierba. La imaginación creadora, por el contrario, limpia,
diseña, desmaleza. Su papel no consiste en competir con el registro civil,
como se dice a menudo a propósito de Honorato de Balzac, ni con dicciona-

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193 II Sem. 2006
rios, archivos e inventarios, sino en limpiarlos, en reducirlos a línea y es-
tructura: en lugar de inventarios, inventos”. Y un poco más abajo, a primera
vista refutando los procedimientos egocéntricos de su tío pero en el fondo
apuntando hacia los suyos en forma oblicua: “El escritor confesional, el
autorreferente, abunda en preámbulos, en notas al margen, en explicacio-
nes de sí mismo, como Stendhal, como Montaigne, como tantos autores de
parecida familia, salvando, claro está, todas las distancias” (101. Repite estas
mismas consideraciones en 275).
La realidad es pues más descuidada, más sucia, menos memorable desde
luego, y el artista no está, no puede estar, en el negocio de reproducirla tal
como es. Con lo que se produce en la novela de Jorge Edwards algo así como
el cierre de un círculo o, como observaba y practicaba Borges (en “Funes el
J.L. Borges memorioso” de manera ejemplar), una extremación paródica de los meca-
nismos verosimilistas de la narración personal decimonónica hasta el pun-
to en que éstos se salen de madre, en que acaban revolviéndose contra sí
mismos, “desconstruyéndose”, como dice la siutiquería crítica post, y pro-
vocando, tanto en el caso de Borges (y yo sigo pensando en “Funes…”, en
ese “Funes…” respecto de cuyo también tramposo personaje principal al
narrador se le pide que ofrezca un testimonio, “Más de tres veces no lo vi
[…] mi testimonio será acaso el más breve y sin duda el más pobre, pero no
el menos imparcial del volumen”….3 como en el de Edwards, no un efecto
de realidad sino un efecto de irrealidad. Porque el discurso de Jorge Edwards
es biográfico, es autobiográfico, es memorialístico, es histórico, es crítico-
literario y quién sabe cuántos modelos genéricos más de este mismo regis-
tro, afectadamente fehacientes todos ellos, propelidos por el mismo prurito
de decir “cómo en realidad ocurrieron las cosas”, según la frase famosa de
Ranke, productores presumibles, cada uno a su manera, del efecto de reali-
dad. Pero resulta que, de vuelta de todo eso y en virtud de la multiplicación
y el empleo ad absurdum de los recursos testimoniales, acabará siendo un
discurso de ficción: una novela, tal vez la mejor de todas cuantas él lleva
escritas hasta la fecha4.
El presupuesto sobre el que se ha montado esa novela es, como hemos
dicho, el de la similitud y continuidad de condición y situación entre sus
dos personajes centrales: Joaquín Edwards Bello y Jorge Edwards. Tío y so-
brino (“tío en segundo grado”, precisa Jorge), escritores ambos, narradores
ambos, novelistas y cronistas chilenos y latinoamericanos de primera línea
y, lo que a no dudarlo es el puente mayor de acercamiento entre ellos,

3
Jorge Luis Borges. “Funes el memorioso”. “Artificios” de Ficciones en Obras completas. Buenos
Aires. Emecé, 1974, p. 485.
4
Aunque en alguna parte diga dubitativamente que “esta novela, si es que se trata de una
novela, viene a transcurrir en el interior de un paréntesis…”, etc. (317).

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alienados los dos (en el caso de Joquín Edwards Bello hasta el punto de
haberse tornado durante buena parte de su vida en una especie de paria
social) de su familia y de su clase. Todo eso como consecuencia de la que el
relato designa en forma expresa como su “desviación”, del no haber elegido
ninguno de los dos el camino correcto para un buen desempeño en la vida,
el camino del honor, la productividad y la figuración política u otra similar,
y que era el que en virtud de la cuna y el medio les estaba destinado desde
antes de su nacimiento, metiéndose en cambio por unos vericuetos geográ-
ficos y no sólo geográficos que eran indignos de sus aristocráticas personas:
garitos, tabernas, prostíbulos, borracherías de varia lección. En una sola fra-
se: el decorado que desde el siglo XIX acompaña y sirve de telón de fondo a
las actuaciones del artista que se sale del juego, el renegado, el réprobo, el
bohemio (los buenos espectadores y escuchadores de Puccini lo saben me-
jor que yo). Mi abuelo paterno, cuenta Edwards en el capítulo XVIII, man-
tenía sobre los veladores y las mesas de su casa dos libros, ambos de Samuel
Smiles: uno se titulaba El carácter y el otro El ahorro. Y agrega, con un nada
candoroso desliz en el verso aliterante y paranomásico, que esos dos libros J. Edwards Bello
“estaban editados en ediciones de tapa dura, es decir, para que duraran y
enseñaran a las generaciones futuras” (180). Y claro está: duro con aquel
que se quiere que dure en el tiempo futuro. Duro con los hijos, con los nie-
tos y con la descendencia completa que está por venir. Frente a eso, la voca-
ción del escritor, la vocación del artista, era, y todavía es para ciertas perso-
nas (los neoliberales contemporáneos, sin ir más lejos), la vocación del in-
útil, que es el título desafiante de la primera novela del tío y de esta última
del sobrino, un quehacer que demás está decir que no tiene perdón de Dios,
que es una pérdida de tiempo inadmisible y otras cosas aún más indignas
(producción escrita de “toda clase de cochinadas”, según la definición
lapidaria de la tía Elisa en el capítulo II, 29).
O sea que los dos Edwards se habrían negado a jugar el juego familiar y
social, y habrían pagado el precio correspondiente por tamaño desacato, el
primero más que el segundo da la impresión. Pero en este instante es cuan-
do nosotros nos vamos a ver en la necesidad de aquilatar mejor dicho suce-
so, introduciendo en nuestras consideraciones acerca del mismo unos cuan-
tos matices, cuando tendremos que adentrarnos en las aguas oscuras que
más allá de su compartida condición y situación de outsiders sociales son las
que conectan a estos dos personajes. Porque en una nueva vuelta de tuerca
lo cierto es que ninguno de los dos abandona por completo el locus del ori-
gen, manteniendo ambos, contra viento y marea y a todo lo largo de sus
vidas, una suerte de apego contradictorio por lo que pudo ser y no fue o fue
sólo en contadas oportunidades y nunca más que a medias. Es la de ellos
una rebeldía convencida de sí misma en mayor o menor grado y en más de

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195 II Sem. 2006
una ocasión golpeando la mesa5, convencida de su legitimidad, pero aferra-
da al mismo tiempo y no obstante todo ese convencimiento a aquello res-
pecto de lo cual se ha rebelado. Un camino alternativo, contrapuntístico
casi al de Joaquín Edwards Bello, es el que en la novela ofrece la impondera-
ble figura de uno de sus amigos de juventud, el futuro marqués de Cuevas,
Jorge Cuevas Bartholin, Cuevitas, al que él convirtió en personaje literario
rebautizándolo Dueñitas, hijo de buena familia como él (o eso parece), pero
tristemente pobre (“Entendemos que su padre, hidalgo honesto y sin fortu-
na, murio joven”, 56) y quien asimismo renuncia a los condicionamientos
del origen, pero esta vez para triunfar en las grandes ligas, en los salones de
París y Nueva York, casado nada menos que con doña Margaret Strong
Rockefeller, metido no en los garitos y los bares que según se nos informa
constituyeron la reprobable debilidad de su amigo escritor sino entre las
faldas de princesas, marquesas y condesas del más colorido plumaje. Cuevas
hace así lo que ninguno de los Edwards podría haber hecho jamás. Postmo-
derno avant la lettre, se fabrica una identidad a su medida, se la “construye”
él a sí mismo a despecho de los convencionalismos de clase y hasta de los
J. Edwards
convencionalismos de sexo.
Paralelamente, la asunción de lo otro de verdad, la asunción de la antíte-
sis revolucionaria del status quo, por así decirlo, con la que coquetean los
dos Edwards de vez en cuando, tampoco les resulta muy fácil. Eduardo Briset
Lacerda, el protagonista de El inútil, puede ser presa del deseo de sumergirse
entre la muchedumbre de los adherentes a una manifestación obrera en al-
gún momento de su juventud, durante la primera década del siglo XX, “pero
ocurre, y era difícil que ocurriera de otro modo, que llegaste vestido de im-
pecable chaqueta inglesa, de pantalón a rayas, de alba camisa de cuello re-
dondo y de corbatín azul oscuro” (111), por lo que terminará no sólo re-
nunciando a esa sensiblería suya inicial sino asesinando metonímicamente
a uno de los manifestantes y muriendo él mismo en la refriega, convertido
en un mártir irónico de la reacción conservadora. Por su parte, el mismo
don Joaquín, “alessandrista exaltado” en los años veinte (205) y más que
probable ibañista en los cincuenta, se siente halagado de que en esa misma
década los trabajadores de una mutual de Valparaíso lo inviten a que les
propine una conferencia, y hasta hace gala durante esa conferencia de su
aprecio por Baldomero Lillo y la literatura social, aquella que habló
críticamente sobre “las condiciones de trabajo de los mineros de Lota a co-
mienzos de siglo” (294), pero sin que eso le impida darse cuenta de que en
su caro Valparaíso, a esas alturas, “Todo son boliches. Hasta los lugares ele-

5
Como cuando Joaquín Edwards Bello escribe (y la cita, de una crónica, es textual) que: “Cam-
bié de barrio, de clase social, de familia. Cambié de sangre. Cambié de pasado. Soy feliz. Este otro
mundo me admira. En la clase alta yo no pude ser algo. En esta otra clase, descubierta por mí, he
vuelto a ser un hombre con esperanza” (298).

Atenea 494
II Sem. 2006 196
gantes de mi época: el Bar Inglés, donde Stepton sorbía sus martinis secos,
no es ahora más que un boliche rasca, como dice la cabrería, un tugurio
meado por los gatos” (297). El sobrino, por su lado, apoya la causa socialista
en los prehistóricos días del gobierno de Salvador Allende, pero cuando asiste
a las violaciones de los protocolos de buena conducta en medio del socialis-
mo real, en Cuba, a principios de los setenta, le sobrevienen las reticencias
que todos conocemos y que son aquellas con las que él llena las páginas de
Persona non grata.
Ergo: no pareciera haber un lugar en el mundo para ninguno de los dos
Edwards, ni para el escritor de El inútil ni para el escritor de El inútil de la
familia, novela esta que queda muy claro ahora que interpreta y completa
(releva otra vez, pero… ¿se trata de un relevo en realidad?) a la otra6. Al
despecho de la mayor lucidez del sobrino para sopesar la complejidad de las
diversas circunstancias en que su tío y él mismo se ven involucrados, de su
más grande flema también, une a ambos escritores la alienación, por una
parte, y la nostalgia y el deseo, por la otra. Nostalgia de lo propio que se
perdió y ya no es recuperable; deseo de lo otro que se quiere y no se puede
alcanzar o concretar o que al concretarse se degrada.
Pero Jorge Edwards piensa que su tío consiguió cambiar de pellejo en los
últimos días de su vida a pesar de todo, que logró ahuyentar a sus fantasmas
atávicos (véase la nota 6 más arriba), aunque yo no estoy tan seguro de ello
y, en cuanto al propio Jorge Edwards, él admite que “yo, en todo caso, no
cambié tanto como tú” (299). Curioso resabio de determinismo, en reali-
dad. En El inútil de la familia se habla muchas veces de Zola (Naná fue una
de las novelas favoritas de don Joaquín como de muchos otros latinoameri-
canos de su generación, encandilados todos ellos con los atrevimientos de
los naturalistas, que imitaron, especialmente los atrevimientos de Naná, y
de preferencia a través de las que yo he llamado en otro sitio sus hijas lati-
noamericanas en el universo de la literatura prostibularia: me refiero a las
protagonistas de Juana Lucero, Santa y Beba, entre otras novelas parecidas)
y me pregunto si sus convicciones sobre la herencia no andarán sobrevolando
también en el subconsciente del sobrino, quien por otra parte tanto le debe,
como bien lo hemos visto, a su frecuentación de los novelistas mayores del
siglo XIX.
Y la puerta de salida de esta danza de afirmaciones, contraafirmaciones y
reafirmaciones resulta ser la misma que la puerta de entrada: la práctica
artística, proveeedora como ninguna otra de panoramas externos e inter-
nos alternativos: “La literatura parecía un destino negro, una forma de per-
derse, de autodestruirse, pero parecía que al final te había salvado” (273). Ya
sabemos nosotros cuál es el argumento que se esconde por detrás de este
6
No debe descartarse tampoco la cita del título de uno de los últimos libros de Sartre, su
biografía de Flaubert: l’Idiot de la famille.

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dictamen: el hábito de ficcionalizar habría sido el que le concedió al escritor
Joaquín Edwards Bello la competencia que le haría falta para proceder a
fortiori a una ficcionalización de su propia persona y a su subsecuente
reposicionamiento en el mundo. Son los poderes demiúrgicos del oficio,
como hubiese dicho su contemporáneo y colega el poeta Huidobro. Yo ten-
go mis dudas sobre la validez de este planteo, ya lo dije, pero concuerdo sí
que es la literatura, que es la práctica de la literatura, la que a la larga redime
lo mismo al viejo que al no tan viejo de los dos Edwards, tanto de sus
desenganches de familia y de clase como de los desaires sufridos presunta-
mente a causa de ello. Incluso es la que los hará respetables a los ojos de los
mismos que alguna vez los excecraron. La literatura los convierte al cabo en
blancos de admiración y, ¡horror de horrores!, también, eventualmente, en
monumentos. Casi, casi, como ocurriera con el más institucional y distin-
guido de los antepasados de Joaquín, con don Andrés Bello, el “abuelo de
piedra”.
¿Qué ha ocurrido entre tanto con la historia de Chile? Yo siento que es en
A. Bello este filón de su novela donde Jorge Edwards nos entrega lo mejor de sí o, en
todo caso, este es el filón del que yo obtengo un disfrute mayor. Se trata en
principio, y ya lo anuncié al dar inicio a estas notas, de una variación suya y
fabuladora de la que bien pudiera ser la historia de los historiadores chile-
nos de la oligarquía, pero que sin embargo no es, no tiene por qué ser del
todo falsa. Parcial solamente. Es la historia de cien años de república y que
no son precisamente cien años de soledad, transcurridos en el circuito ínti-
mo de la pitucancia chilena y sus numerosos adláteres.
En el relato de las anécdotas vistas y oídas sobre esos cien años, el sobri-
no de Joaquín Edwards Bello se encuentra en su salsa. Cuenta o recuenta
con genuino deleite, y produciendo al mismo tiempo el deleite del lector.
Personajes espectaculares, como el ya mencionado Cuevitas, el que habién-
dose criado en “un segundo piso del barrio bajo de Santiago, en las cerca-
nías de la calle Santo Domingo” (56), se elevó después hasta las nubes y
acabó transformándose en el patrón del más bullado de los bailes del siglo
XX, el de Biarritz, “en el Gran Hotel del final de la playa, el que Napoleón III
había mandado construir para la emperatriz Eugenia” (285) y donde reci-
bió a los invitados con un disfraz de Louis XVI; vividores entre divertidos y
patéticos, como el morfinómano Perico Vergara, heredero parece de la Quinta
Vergara de Viña, o los varios del Casino de Vichy y el Hotel du Rhul, la
pequeña Chiffon, el falso marqués de Montemar, y los posteriores y más
provincianos excéntricos de El Naturista (el retrato de José Santos González
Vera repartiendo pastillas de menta a diestra y siniestra es una delicia), para
no decir nada del hermano de Joaquín, Luis Emilio, embajador en La Haba-
na hasta el advenimiento de la Revolución y sucedido inmediatamente des-
pués (y no es un chiste) por Jorge Edwards himself; los propios personajes
de Edwards Bello, como hemos dicho resucitados y retrabajados por el so-

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II Sem. 2006 198
brino sacándoles algo más de brillo que el que ellos tenían en sus versiones
primigenias; la galería de los trasplantados parisinos, descendientes de los
de Blest Gana y que caminan como en un desfile de momias detrás de la
carroza de don Joaquín Edwards Garriga, “el cónsul Azunátegui, misiá Ma-
ría Menchaca Gana y familia, aparte de don Federico Santa María, el solte-
rón millonario” (47), o la de los demás medallones de la parentela, a medias
cómicos y a medias ridículos. Hay riqueza y vitalidad en todo eso, y hay
también una gracia irónica y tierna al mismo tiempo. Irónica, porque Jorge
Edwards se ríe de ellos, pero siempre o casi siempre benignamente (una de
las escasas excepciones podría ser su pintura amarga, “naturalista”, del Aza-
frán en las páginas de cierre). Hasta en su descripción del funeral del para
entonces ya célebre tío no podemos contener la carcajada. El discurso del
tremendo Pancho Coloane, vociferando y moquilleando su pena mientras
convierte a Joaquín Edwards Bello en uno de sus propios personajes de fic-
ción, es tragicómico sin duda, pero una vez más con una tragicomicidad
bondadosa, sin filo, sin sarcasmo, sin rencores.
En la realización de su faena, Jorge Edwards no ha sido mezquino. No ha
escatimado detalles en ningún momento. Es obvio que no les teme a las
digresiones y hasta se advierte que incurre en ellas con una dosis no menor
de premeditación y alevosía. En una cuantas oportunidades se disculpa por
no contar o por no acabar de contar algunas historias, como la de su amigo
Jaime Laso Jarpa, que se le queda definitivamente guardada para un próxi-
mo libro. La suya es una magnífica caja de titiritero, una caja de la que salen
y salen muñecos y a la que no logra uno adivinarle el fondo. En estos tiem-
pos de narraciones escuálidas, carentes de mundo y de ingenio, de ejercicios
de estilo desvitalizados y fomes, El inútil de la familia nos recuerda que la
novela actual no tiene la obligación de ser nada de eso, que como ocurre en
las obras de los grandes maestros del siglo XIX el género puede y debe trans-
formarse una vez más en una fuente de placer. El inútil de la familia nos da
pues pábulo para pensar que no todo está perdido, que existen esperanzas
sólidas y aducibles de que las buenas novelas no van a desaparecer de nues-
tro horizonte de lectores tan luego, desplazadas y sustituidas, para mal de
nuestros pesares, por las infinitas leseras de la televisión.

REFERENCIAS

Edwards, Jorge. 2004. El inútil de la familia. Santiago de Chile: Aguilar.


Borges, Jorge Luis. 1974. “Funes el memorioso”. “Artificios” de Ficciones en Obras
completas. Buenos Aires: Emecé.
Sartre, Jean Paul. 1971-1972. L’Idiot de la Famille. Gustave Flaubert de 1821 a
1857. París: Gallimard. 3 vols.


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Reseñas
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Alejandra Brito Peña, De mujer independiente a madre. De peón
a padre proveedor. La construcción de identidades de género en la
sociedad popular chilena. 1880-1930.
Ediciones Escaparate, Colección Historia Vital, Concepción, 2005, 168 pp.

CARLOS VIVALLOS ESPINOZA*

D
URANTE las últimas décadas del siglo XIX la oligarquía nacional
consolidó el proceso de modernización capitalista, que vino a sus-
tituir por completo el modo de producción colonial. Este proceso,
que no estuvo exento de dificultades, produjo una mayor inversión en la
producción industrial, a la vez que una ampliación territorial hacia el norte
salitrero y hacia las tierras agrícolas del sur. Esta situación que cimentó la
urbanización, el desarrollo agrícola, los transportes y la infraestructura en
general, necesitó de una mano de obra nueva, ya no con las características
que el modo de producción colonial había instaurado, sino con característi-
cas propias de la proletarización capitalista. En esta situación, comprender
“cómo fueron surgiendo formas concretas que determinaron los compor-
tamientos esperados para los sujetos populares” (p. 13), es el objetivo del
texto que comentamos.
Bajo un análisis con perspectiva de género, el texto nos habla de la cons-
trucción de estereotipos acerca de los roles que debían cumplir hombres y
mujeres populares, basados en una división sexual del trabajo, en donde
espacios público y privado encontraron una estricta separación, asignando
“naturalmente” el primero a los varones y el mundo doméstico a las muje-
res como construcciones ahistóricas.
La autora, que forma parte de las nuevas generaciones de historiadores
nacionales, ha desarrollado su labor historiográfica centrada en las identi-
dades de género de los sujetos populares, en un primer momento analizan-
do la historicidad de las mujeres populares. Aunque con este texto busca

* Programa de Magíster en Antropología y Desarrollo de la Universidad de Chile. Becario


Conicyt. Correo electrónico: E-mail: carlosvivallos@yahoo.com

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pp. 203-207
integrar su labor intelectual dando una mirada al desarrollo de la sociedad
popular chilena de fines del siglo XIX y comienzos del XX, desde la cons-
trucción identitaria/genérica tanto de mujeres como de hombres.
El texto se encuentra dividido en cuatro capítulos, entregándonos el pri-
mero una breve síntesis de los conceptos teóricos que fundamentan su re-
flexión historiográfica. Parte con el concepto de “identidad”, ya que la
historiografía social lo ha utilizado “tratando de explicar a través de él, la
constitución de los sujetos sociales y su accionar concreto en el devenir his-
tórico” (p. 21). Para su definición recoge los aportes de distintas disciplinas
sociales, con el objetivo de lograr un concepto útil a la comprensión de los
fenómenos socio-históricos que estudia. Parte con la constatación, desde
los planteamientos de Berger y Luckmann (entre otros autores) que la iden-
tidad no es un proceso individual, sino que más bien es una construcción
compleja que surge desde la experiencia colectiva. En un doble sentido (se-
gún Pedro Morandé) en la identidad está la idea de “otredad”, o sea, en el
definirse identitariamente a partir de los otros, aunque también debe en-
tenderse en un sentido de pertenencia o de participación que permite la
perspectiva histórica, posición desde donde Morandé se sitúa. Para Jorge
Larraín tres son los elementos que constituyen la identidad, el primero es la
identificación que de sí mismos hacen los sujetos de acuerdo al contexto
social en que se desenvuelven, además de elementos materiales que le entre-
gan al sujeto mecanismos vitales de autorreconocimiento y finalmente, la
existencia de otros, de sus opiniones, expectativas o actitudes acerca de los
sujetos, terminan por definir su identidad.
La historiadora parte de la idea de concebir la identidad de los sujetos
sociales como una construcción social en un contexto y con una experien-
cia histórica determinada, “ello implica que al modificar los entornos
socioculturales, se impulsa también un proceso de transformación de las
identidades” (p. 25), de ahí la importancia de relacionar las propias expe-
riencias de los sujetos populares con los procesos y estímulos externos, que
en nuestro caso la oligarquía nacional propició.
La segunda parte de este capítulo nos habla del aporte conceptual del
“género” como herramienta de análisis en la labor historiográfica, permi-
tiendo reconocer la forma (temporal y espacial) como se construyen las re-
laciones entre los sexos y como se constituyen desde allí los sujetos. En un
primer momento enfrentar la historia de las mujeres era ir en contra de una
visión tradicional que privilegiaba en las mujeres su condición biológica
(pre-social), situándolas en el ámbito de lo doméstico, la familia y la repro-
ducción. Hoy el desafío se plasma en investigar cómo se relacionan y cons-
truyen las identidades de género, sus modificaciones y continuidades en el
tiempo. Incorporar al género en el análisis y en especial a las mujeres como
sujetos con una historicidad propia, ha significado reescribir la historia, cues-

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II Sem. 2006 204
tionando “verdades” inmutables, reconstruyendo el pasado y modificando
el ejercicio historiográfico al dar nuevas lecturas a las fuentes con que se
trabaja. Para esta investigación, releer las relaciones entre hombres y muje-
res populares implica reconocer también su devenir histórico y las prácticas
de resistencia a los modelos sociales y culturales que “permiten la
institucionalización de ciertas formas de dominación social que involucra a
las personas desde su condición genérica” (p. 33).
En el caso de América Latina las identidades de género se relacionan
partiendo de la base de considerar el choque cultural que produjo la con-
quista y colonización, como origen de donde nace el mestizaje como proce-
so sociocultural fundante del nuevo orden social. Las indígenas convertidas
en objetos, dan paso a la mujer-madre-sola y al desarrollo del huacho, vícti-
ma del padre ausente. El mito mariano redime la violación inicial caracteri-
zando a las mujeres en la abnegación y la sumisión. Los hombres latinoa-
mericanos, en tanto, se construyen en la ausencia de patrones masculinos,
víctimas de un padre ausente y de la imagen de una madre fuerte y siempre
presente.
Al abordar el contexto histórico por donde transitaron los sujetos popu-
lares, vemos que hasta mediados del siglo XIX habían gestado un proceso de
campesinización (según lo planteado por Gabriel Salazar), por lo cual “mu-
chos campesinos con sus familias lograron convertirse en propietarios de
tierra de mediana y pequeña extensión, fueron labradores y como tales de-
sarrollaron empresas productivas” (p. 39), ocuparon tierras, las arrendaron
al Fisco o a los hacendados. Quienes no se desarrollaron como labradores o
inquilinos se constituyeron en una masa peonal flotante trabajando de for-
ma temporal. Pero el proceso de modernización capitalista necesitaba de
una nueva mano de obra, más afín con la sujeción a la faena, el cumpli-
miento de jornadas laborales y el abandono de proyectos de autonomía
empresarial. La elite capitalista persiguió desde entonces la proletarización
de las masas populares.
La característica principal de la proletarización consistió básicamente en
el disciplinamiento de la mano de obra, confrontándose la experiencia his-
tórica de los sujetos populares con las nuevas formas serviles de relacionar-
se con el capital. Se recurrió entonces a limitar el libre tránsito, a la utiliza-
ción de papeletas de enganche, a los azotes y “a la obligatoriedad de dormir
con vigilancia constante en las mismas faenas” (p. 47). Frente a la evidente
represión el peón se hizo rebelde y el alcohol, la prostitución, el robo y el
crimen fueron parte de sus características.
En un análisis particular, mujeres y hombres populares vivieron este pro-
ceso diferenciadamente. Las mujeres populares, luego del proceso de cam-
pesinización, se instalan en ranchos en los bordes de las ciudades, realizan-
do labores de subsistencia, cultivando huertos y desarrollando trabajos

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artesanales. Cuando, apelando a su calidad de madres solas con varios hijos,
lograron que las autoridades le entregaran un sitio dentro de la ciudad, se
dedican a una gran diversidad de oficios: son cigarreras, sombrereras, cos-
tureras, lavanderas, comerciantes callejeras, etc. Siendo la calle un lugar fre-
cuentado con naturalidad por las mujeres populares. Los varones, en tanto,
desarrollaron como constante un proceso de trashumancia, que representa-
ba espacios de autonomía e independencia fundamentales en la constitu-
ción de su identidad. El llamado “vagabundo mal entretenido”, que se iden-
tificó histórica y simbólicamente con el “huacho”, fue el centro de la identi-
dad masculina, dispuestos a realizar cualquier oficio eran calificados senci-
llamente como “peones-gañanes”. En la vida cotidiana no establecían rela-
ciones familiares permanentes, ni se sujetaban a espacios sociolaborales de-
terminados. ¿Cómo se relacionaron entonces mujeres y hombres popula-
res? Teniendo por una parte que la estructura socioeconómica no facilitaba
las uniones permanentes e identitariamente ambos sujetos están marcados
por su autonomía, lógicamente no desarrollan pautas de comportamiento
de una familia tradicional, sino más bien, poseen relaciones de pareja en
donde la flexibilidad y la libertad son una condición fundante.
Sobre las consecuencias de esta dicotomía (modernización capitalista vs.
historicidad de los sujetos populares) surge a fines del siglo XIX y comien-
zos del XX lo que se denominó la “cuestión social”, al hacerse evidente el
hacinamiento, la insalubridad, la mortalidad infantil o la delincuencia en
que vivía el pueblo. La principal característica de esta situación eran los
“conventillos”, que eran pésimas construcciones destinadas a la habitación
popular, con problemas constantes para la provisión de agua y la extracción
de basuras, en donde se vivía en condiciones de hacinamiento. Ante esta
situación la elite (recordando la huelga de trabajadores de 1890) se preocu-
pó en buscar soluciones a los problemas más concretos, para mantener “el
sistema social que había logrado estabilizar durante el siglo XIX” (p. 87).
Esta crisis generalizada se explicaba debido a la conducta de las clases popu-
lares, por su ignorancia, corrupción y vicios. Volviéndose esta situación pro-
picia para la introducción “de ideologías extranjeras, las cuales pretendían
socavar los pilares de la sociedad chilena” (p. 93). La respuesta de la elite se
focalizó desde la caridad cristiana y la filantropía, preocupados de contener
la conciencia obrera que ya se gestaba desde el socialismo y el anarquismo.
La principal explicación de la “cuestión social” se concentró particular-
mente en la “ausencia de modelos familiares que sustentaran prácticas coti-
dianas moralizadoras y reproductoras de un cierto orden social” (p. 109) y
en ella la familia tradicional tenía un papel fundamental. Caracterizada por
ser patriarcal, a cargo del padre como jefe de familia, siendo subordinados a
él la esposa-madre (vista como mujer virtuosa) y los hijos e hijas. A pesar
que en la práctica haya sido de difícil imposición, discursivamente se man-

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tuvo como modelo para la “regeneración del pueblo”. La familia popular,
incapaz de mantenerse con las condiciones materiales que la relación con el
capital les entregaba, no había desarrollado vínculos familiares estables, sien-
do la regla general la existencia de familias compuestas de mujeres y niños/as,
esposos alcohólicos o ausentes, amantes inestables y la llegada de hijos e
hijas indiscriminadamente.
La forma de disciplinar estas relaciones fue construyendo el discurso sobre
la familia obrera, en donde las mujeres populares asumirían el rol de ma-
dres/dueñas de casa, opacando su independencia y exaltando la domestici-
dad, encerrándolas en lo privado. Bajo este discurso en los inicios del siglo
XX se desarrollaron diversas políticas educativas y en los centros producti-
vos se coercionó su imposición. A los hombres populares se les impuso, en
cambio, la sedentarización como condición básica del control social y el
acatamiento del modelo de padre-proveedor al mando de una familia.
En síntesis, obligando a hombres y mujeres populares al cumplimiento
de roles de género ajenos a su experiencia histórica, se tensionaron al máxi-
mo las relaciones sociales y comenzó el desgarramiento paulatino de la his-
toricidad de los sujetos populares.



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Libro: Apellido de cada autor, nombre o nombres, año de publicación,
título del libro (en itálicas o subrayado), edición, volumen, capítulo
y/o páginas, ciudad y país donde fue publicado, y nombre de la edi-
torial.
Ej.: González, Manuel. 2001. Teoría del signo, 2da edic., vol. II, Concepción,
Chile: Editorial Universidad de Concepción.

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tradictorias, se recurre a los miembros del Comité Consultivo para dilucidar el
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