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DE GRAMATOLOGÍA INDÍGENA

Política – Poética – Ciencia


(1999)

Rafael Lara-Martínez
Tecnológico de Nuevo México
rafael.laramartínez@nmt.edu
Desde Comala siempre…

Abstract/Resumen
Key words/Palabras claves
0. Introito
1. Experiencia
2. Teoría iniciática
3. Paradoχa
3. 1. Réplica
4. Tipología I
5. Tipología II
6. Tipología III
7. Tipología IV
8. Tipología V
9. Tipología VI
9. 1. Afinidades
10. Tipología VII
11. Abandonio
12. Bibliografía

Abstract/Resumen

“On Native Grammatology” proposes a typological interpretation of several Middle American


Native Languages. The article discusses various political and philosophical obstacules that make
difficult to study languages foreign to Western thought. The argumentation establishes a
typological classification of Native languages, beyond the classic opposition between accusative
and ergative languages. Following the works of diverse authors — M. Launey, C. Lenkersdorf,
and H. Seiler— Native languages are characterized as “omnipredicative,” “intersubjective,” as
well as “applicative.” In opposition to any Western language, Natives languages offers systems
in which almost all linguistic units function as predicates; these languages prefer the use of
diphrasism or two paratactic constructions instead of a sintactic hierarchy and, finally, Native
languages use predicates with one entry instead of the bivalents terms or transitive verbs of any
Western language. Against the scientific convention of isolating theory from its social setting
(Dasein), the article retraces a geopolitics and poetics of knowledge.

“De gramatología indígena” desarrolla una lectura tipólogica de varias lenguas indígenas de
Mesoamérica. El artículo discute varios obstáculos políticos y filosóficos que dificultan el
estudio de lenguas ajenas al pensamiento occidental. Establece una clasificación tipológica de las
lenguas indígenas que rebasa la reconocida oposición entre lenguas acusativas y lenguas
ergativas. Aplicando las propuestas de autores tan diversos como M. Launey, C. Lenkersdorf y
H. Seiler, el ensayo clasifica las lenguas indígenas como “omnipredicativas”, “intersubjetivas” y
“aplicativas”. En contraposición a cualquier idioma occidental, las lenguas indígenas ofrecen
sistemas en los cuales toda unidad lingüística funciona como predicado; prefieren el uso de
difrasismos o de dos construcciones yuxtapuestas en lugar de una jerarquía sintáctica y, por
último, utilizan predicados univalentes, a una entrada, en vez de usar términos bivalentes y verbos
transitivos. A la convención científica por abstraer la teoría de su contexto social (Dasein), el
articulo contrapone una geopolítica y poética del conocimiento.

Key words/Palabras claves: Politics, philosophy, science, syntax, typology of Western and
Native languages. Política, filosofía, ciencia, sintaxis, tipología de lenguas occidentales e
indígenas

0. Introito
Y mi voz que madura
Y mi voz quemadura
Y mi bosque madura
Y mi voz quema dura
Xavier Villaurrutia

Situamos la poética —la experiencia de la lengua— en los fundamentos de la lingüística


y de todo conocimiento. Afirmamos la literatura latinoamericana como tratado de un saber
irreconocido. Antes de leer el artículo, invitamos al lector a recitar a altavoz los versos del poema
del mexicano Xavier Villaurrutia. Al declamarlo, se dará cuenta que a la singularidad de una
emisión sonora le corresponden cuatro distintas formas de sentido. El poeta hace constar uno de
los principios axiomáticos de todo idioma. Para rescatar su visión teórica, observamos que no
existe una relación directa entre sonido y sentido. En cambio, sólo es posible establecer esta
correlación si el lector visualiza cómo se representa la cadena sonora en escritura. El poema
establece el triángulo semiótico sonido-escritura-sentido, o mejor:

Escritura
/ \
sonido sentido

Existe un mediador necesario entre la clásica dicotomía significante-significado. La


barra tradicional —el enlace entre esos dos polos de la lengua— Villaurrutia la identifica con la
escritura misma (engrammatos). Todo sentido presupone una representación del sonido. El acto
de escribir implica un análisis de la cadena sonora en sus componentes significantes. La
escritura descompone lo dicho en significados por medio de su visualización y los desvincula de
su entorno por un espacio vacío (ø). La marca sensorial —gramma, graphos, letra o traza— es la
condición de posibilidad del habla en cuanto conexión (-) sonido-sentido. Como enlace
primordial de toda palabra, la escritura nos obliga a reconocer la con-ciencia que posee toda
comunidad del hecho que habla. Escribir es una presuposición impensada de la ciencia del
lenguaje.
No hay lengua sin escritura, a menos de demostrar la existencia de sonidos idiomáticos
incoherentes. La idea de pueblos ágrafos —de lenguas que no articulan el sonido con el sentido
o, viceversa, que conectan sonido y sentido de inmediato— es una ilusión eurocéntrica. Imaginar
una lengua sin escritura —una sociedad que no reflexiona sobre su propia condición humana ni
idiomática— significa reducirla a un sistema de voz (phone) animal (zoe) simple sin un neto
contenido cultural (logos) y excluida de toda polis (Aristóteles, Política, 1967: 1413, 1253a-
1253b). En breve, se trata de la bestialización del otro, de toda aquella cultura que no se
corresponda con la nuestra. Quien no escribe ni habla igual que “yo” sólo produce garabatos y
sonidos animales (phone agrammatos). He aquí el presupuesto racista de la escritura alfabética.
La idea de una lengua ágrafa deriva no tanto de una prueba factual ni de una política lingüística;
se trata de una biopolítica moderna que convierte la diferencia en animalidad (véase: Agamben,
1998 y Schmitt, 1976: 54). A esta advertencia la llamamos gramatología, cuyo programa dicta
un tratado de escritura indígena.

[Unos] juzgan que la metafísica [la ciencia] es una rama de la literatura fantástica [cuyo principio
consiste en] la duplicación de objetos perdidos [que] se llaman hrönir [o] ur, [si] el objeto [es]
educido por la esperanza [en la escritura]; otros, que la ficción es el corolario obligatorio de la
ciencia. [Así, mientras la verdad se esconde, en Aztlán] se reúnen poesía y pensamiento, la
esencia pensante de la poesía y la esencia poética del pensamiento.
Ecos del desierto: JLB-FN-MH-GA

1. Experiencia

En la década de los setenta y ochenta, al iniciar y concluir estudios de lingüística


antropológica en la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH) de México, un debate
dominaba la escena científica: la formalización. Casi todas las teorías descriptivas, surgidas del
estructuralismo, decaían frente a una nueva escuela: la gramática generativa o transformacional.
Iniciada por Noam Chomsky con sus dos libros claves —Estructuras sintácticas (1957) y
Aspectos de una teoría de la sintaxis (1965)— este enfoque nos sugería renovar el estudio
tradicional de los idiomas.
En su versión clásica, la lingüística antropológica mexicana se había concentrado en la
descripción detallada de las lenguas indígenas —ante todo, de su fonología, morfología y a veces
de su sintaxis. El auge del chomskismo nos obligaba a sistematizar de manera rigurosa los datos
de los más diversos idiomas. Esta nueva formalización no era una simple adaptación de hechos
descubiertos de antemano en un nuevo crisol teórico. En cambio, prosiguiendo el dictamen que
derivaba los datos empíricos de un enfoque particular, una postura renovada significaba revelar
hechos experimentales inéditos.
La innovación chomskiana no iba sin más. Las objeciones eran múltiples en una escuela
en la cual —inspirada en el movimiento estudiantil de 1968— ocurrían discusiones acaloradas.
Siendo parcos en la exposición, nos concentramos en la política y en la poética, antes de exponer
minuciosamente un aspecto puramente lingüístico: el de la sintaxis.
Esas dos décadas —ahora lo sabemos— marcaron nuestra violenta entrada en la
posmodernidad. Vivimos el primer once de septiembre, los límites de la democracia
latinoamericana, que al menos desde 1973 quedó regida por la industria mediática y corporativa.
También presenciamos el asesinato de Monseñor Romero y el despegue de la guerra civil
salvadoreña. Como en cualquier mito indígena de creación, percibíamos que al origen se hallaba
siempre una violencia devastadora. En estrictos términos heideggarianos, esta situación política
era el Da-Sein de la época, el estar (Da) de la ciencia. Sólo al aclarar este sitio había “apertura al
Ser” y al pensamiento.
A todo ello, el pensamiento chomskiano respondía con un tajante ataque al imperio del
capital y a su sede en Washington D. C. Pero no estábamos convencidos de que esa crítica a la
regulación suprema del dinero, impuesta por la fuerza militar, se correspondiese con la búsqueda
—también globalizadora— de una gramática universal. Las consecuencias las veremos en
seguida. Esta objeción política era el primer obstáculo a rebasar. Cuestionábamos la
inconsistencia entre un mundo desglobalizado, en lo social, pero unificado por medio de una
gramática universal.
Desde la poética y la filosofía, la réplica a la propuesta chomskiana no era menos grave.
Se le acusaba de reducir las lenguas a una unidad máxima —la oración— cuanto que los idiomas
se componían de amplios discursos complejos impredecibles. Podría ser cierto que la sintaxis
generase un número infinito de oraciones, a partir de un número restringido de reglas. Pero era
incapaz de ordenar esas oraciones en un simple párrafo y dictar las variadas modalidades
discursivas de una lengua. La lingüística no podía orientarnos en los pro-ductos de la lengua. El
laberinto del habla abarcaba desde una conversación cotidiana hasta un elaborado texto literario.
La oración posible —con su subtexto religioso en castellano y jurídico en ingles,
“sentencia”— se erguía como “idealidad amaestrada del fenómeno” lingüístico. El concepto de
oración era un pre-texto para soslayar lo obvio: el discurso como unidad idiomática superior y
único de la lengua. Para lograr su comprensión, había que recurrir a una facultad creativa
superior: la poiesis, la pro-ducción. El quehacer poético —la experiencia misma de la lengua,
más allá de su competencia y formalización matemática— imponía no tanto la aceptación de las
reglas gramaticales sino, en cambio, su violación. Un concepto clave para formalizar la sintaxis
—la gramaticalidad, las oraciones que un hablante nativo reconocía como correctas— señalaba su
asiento social, tal cual operaba la prohibición del incesto.
La idea de una “lengua natural” puntualizaba su inevitable arraigo cultural: su
adquisición y uso en un contexto geopolítico (Da-Sein). Ser buen poeta significaba violar las
reglas sintácticas. Los ejemplos eran múltiples. Ya sea que leyésemos al maestro de Gabriel
García Márquez, William Faulkner, —“ but I could hands see cooling fingers invisible swan-
throat where less than Moses rod the glass touch tentative not to drumming lean cool throat
drumming cooling…”— o al mismo Chomsky —“colorless green ideas sleep furiously /
*furiously sleep ideas green colorless”— la ciencia del lenguaje desbordaba en la experiencia del
lenguaje y su acontecer (Ereignis) en la poética (Kristeva, 1975). Con mayor pasión que la regla,
la excepción agramatical revelaba la norma. Su transgresión rebatía la existencia de una tekhne
sin ars. “Detrás de nosotros estamos ustedes”, según el dicho zapatista.
La técnica lingüística —reducir la naturaleza del lenguaje a principios y parámetros—
impediría expresar lo nunca dicho. Para rebasarla, debíamos ponernos “de camino al habla”:
hacer la experiencia de la lengua en cuanto tal (Heidegger, 1982). La esencia del lenguaje estaba
en la saga —en la luminosa esfera que se abría ante el hecho de decir. Más que su “inventario
técnico”, las operaciones, contaba la expresión. Sin experiencia poética, las lenguas se volvían
cosa, materia prima de reserva para una nueva cibernética imperial.
Más grave, la radical filiación chomskiana con el racionalismo rayaba en la metafísica.
Hablar de una “lingüística cartesiana” —para la cual existía el lenguaje humano como a priori, la
capacidad innata de aprender cualquier lengua en la infancia— era darle cabida al creacionismo
por la retaguardia. La ciencia no rebasaba el Evangelio según San Juan: Logos en Arkhe, al
principio (arkhe) era el verbo (logos). El idioma seguía considerándose la presuposición absoluta
de toda existencia humana: “nada existe sin lenguaje” (I Corintios, 14: 10). Hablar no sería un
predicado; calificaría un trascendente absoluto del Dasein en su condición de apertura al mundo.
Establecíamos tres áreas sin conexión alguna: la filosofía, la reflexión sobre el hecho de
que el lenguaje “es”, su experiencia en la poiesis y, en fin, el análisis formal (Agamben, 1999).
Este “jardín” triangular abría “senderos que se bifurca[ba]n” hacia proyectos paralelos: el
presupuesto metafísico de toda teoría lingüística (logos en arkhe), la vivencia de la lengua como
presencia absoluta y su representación cosificada, enmarcada como objeto.
En la confluencia de esas esferas quedaba una advertencia seria. Si la ciencia absorbía
todo pensamiento de la lengua, se auguraba la pronta destrucción del lenguaje, su reducción a un
conjunto de parámetros técnicos. No habría poética ni reflexión sobre la residencia humana en la
lengua. Existiría un saber de la lengua (glotología) despojado de todo amor por la lengua
(filología) y de su trabajo real (energeia) por acarrear y exhibir lo perdurable: la presencia. La
reducción contemporánea a una sola disciplina —la lingüística— era síntoma de un
empobrecimiento y de un olvido (lethe) original. La “existencia” del habla no es la simple
“ejecución de una esencia”, cuanto que es esa existencia la que “produce y plantea lo esencial”
(Heidegger en Agamben, 2003: 58).
En el abandono del amor habitaba la mentira. La esencia (Wesen) de la lengua no es
lingüística; es poeisis vivida como destino primordial por encaminarse al habla. Su acción lo
esclarece el dictado — das Gedichtete, “lo poematizado”— y el amor, ars inveniendi o razo de
trobar. Al sustentar una labor, el hablante “hace la experiencia de la lengua como evento de un
topos original” y de acceso a la verdad (Agamben, 1999: 79). Su quehacer despeja una “zona
indiferenciada” entre vida (zoe) y dicho (logos).

E io a lui: I’ mi son un, che quando Io veggio ben come le vostre penne
amor mi spira, noto, e a quel modo di retro al dicttator sen vanno strette
ch’e’ ditta dentro vo significando. che delle nostre certo non avvenne.
(Dante, Purgatorio, XXIV: 52-54 y 58-60).

Aún con esas limitantes, mejor todavía, con estos obstáculos míticos al rigor del saber,
suponíamos que hacer ciencia consistía en mantener nuestra modestia como punto de arranque.
Creíamos con firmeza que debíamos formalizar un reducido sector, un área específica. Todo lo
demás quedaba fuera de nuestro objeto de estudio y le correspondía a una metafísica —no a la
ciencia— comprender ese entramado idiomático que resistía toda formalización. Con esta idea en
mente iniciamos los estudios de las lenguas indígenas. Estábamos conscientes de que la ciencia
es el núcleo matemático de la lengua, susceptible de formalizarse. Todo aquello que no se
prestaba a la deducción matemática lo llamábamos metafísica: política, poética, psicoanálisis,
filosofía, etc. Profesábamos no “la religión del arte”, sino la de la ciencia. La ciencia era
metapolítica.

2. Teoría iniciática

El punto de partida era Aspectos (1965) y su definición de lo que aún ahora, en la


posmodernidad acrítica, se considera la oración medular. Este inicio nos recuerda que toda
“descripción sistemática está vacía si no es histórica”, si no implica una “recolección del pasado”
acompañada de “una reflexión sobre el presente” (Heidegger, 1984: 8 y 9).

(1) O -> FN + FV
O -> FN + V + FN -> the cat eats the rat (SVO)

Hacia la caída del muro de Berlín, la teoría ponía esa secuencia al centro del debate (Marácz y
Muysken, 1989). En la actualidad el lector puede encontrarla en
www.nyu.edu/pages/linguistics/ling.html. En la urbe que “se robó la idea de arte moderno” —la
de innovación sin fin— cuarenta años de historia no afectan en absoluto el conocimiento
científico de las lenguas.
Al aplicar ese esquema, nos sentíamos nuevos frailes. En lugar de amoldar las lenguas al
latín —como en la época colonial— en la poscolonialidad las vertíamos al crisol de la lengua
inglesa (Seiler, 2000: 28). Nos resultaba obvio que esa secuencia formal calcaba la oración
canónica del inglés en su orden estricto: sujeto-verbo-objeto (SVO). La teoría formal se revelaba
como acto de habla (speach-act). Poseía condiciones geopolíticas implícitas que “relativizaban”
su opción por los universales: «“lo que una teoría lingüística le atribuye a las lenguas” […]
durante cierto tiempo» (Seiler, 2000: 26-27).
A la supuesta igualdad lógica de las lenguas, se sobreponía el hecho social de que existía
una lengua superior a las demás. A este idioma lo llamamos: lengua materna. La verdadera
nacionalidad —el naturalizarse— la otorgaría no el país sino la lengua nativa. Su estatuto
existencial —académico y lógico-matemático— supera al de las demás lenguas del mundo. En la
etapa inicial de la gramática generativa, el inglés era el idioma casi exclusivo de la ciencia, como
lo es aún de casi todas las editoriales universitarias estadounidenses. English only remeda en
espejeo poscolonial al “sólo el catolicismo” de la España colonial. La formalización era máscara
para disfrazar que el punto de comparación universal lo expresaba un idioma particular.
Llevó unos veinticinco años —K. Hale, hacia 1980-1983— reparar que la mayoría de las
lenguas difería de la materna de los científicos anglos. No obstante, al percatarse de que existían
idiomas distintos al inglés se calificó el fenómeno de manera negativa. Había “lenguas
configuracionales” como la materna, el inglés, —con un orden fijo de palabras y sin posibilidad
de suprimir el sujeto— y su envés, “lenguas no-configuracionales” como el español, sin orden
fijo y con posibilidad de eliminar el sujeto gracias a la concordancia. Siempre sucedía lo mismo,
yo, al derecho, y el otro al revés. Oraciones tan sencillas como las siguientes eran el
rompecabezas de los científicos anglos de la lengua:

(2) llueve (V) – it rains (SV)

(3) como – I eat

En efecto, las oraciones más simples del español —palabra-oración, verbo sin sujeto— la
gramática transformacional las derivaba de las complejas, sujeto-verbo (S-V), frase nominal-
verbo (FN-V). En la ENAH, donde el estudio del nahuatl clásico era requisito, la sencilla
traducción de (3) podía complicar más la teoría.

(4) ni-tla-cua – ni-ki-cua yo como algo – yo lo como (literal) (SOV)

Si “comer/eat/cua” es un verbo transitivo, tiene dos posiciones, una para el sujeto, otra
para el objeto. Por tanto, la oposición binaria, según la configuración debía concebirse como una
opción a tres entradas. El nahuatl —no el inglés— ofrecía un principio de proyección exacto
entre la estructura léxica y la de frase; no permitía que ningún argumento estuviera ausente.

(5) español – inglés – nahuatl


øVø SVø SOV

(donde la indefinición o elisión de alguno de esos dos argumentos en la estructura de


frase puede provocar un cambio de voz o diátesis: orientación hacia el paciente en øVO
o voz pasiva, hacia el agente en SVø o voz antipasiva y, acaso, hacia el predicado mismo
øVø o mediapasiva (“aquí se come bien”)).

Existían no dos, sino tres posiciones con respecto a la supresión del pronombre (pro-drop). En
nahuatl no puede eliminarse ni el sujeto ni el objeto de un verbo transitivo. Apelábamos a volcar
los universales de la lingüística chomskiana hacia una tipología. Una teoría de los tipos como la
arriba esbozada serviría de enlace entre los particulares de cada lengua en específico y los
universales que comparten todas las lenguas del mundo 1.

1
Sobre la dificultad de considerar la inclusión obligatoria del objeto en nahuatl a las tipologías en boga, véase:
Burkhart, Steger y Wiegand, 2001: 28. Un simple recurso sintáctico necesario no afecta una tipología cuyo horizonte
3. Paradoχa

La paradoja con la cual se encontraban los lingüistas anglos al encarar un sistema distinto
al de su lengua materna —el orden libre de las palabras en español (“esto lo hice yo” (OVS) y la
eliminación del pronombre de sujeto (“llueve”)— era semejante a la que enfrentó el
descubrimiento del cero (0) en el naciente pensamiento occidental. Todo aquello que es distinto a
nosotros mismos refleja la contradicción y la paradoja.
Sea n el indicativo de un número, se entiende que n = n + 1. De tal suerte se define una
serie interminable de números enteros desde el dos (2) hasta el infinito (∞). Esta definición
griega del número nos presenta dos puntos medulares: el uno y el cero. Según la definición
anterior del número (n = n + 1), uno (1) no es un número. Uno es igual a sí mismo: 1 = 1. Es un
metanúmero; es la condición de posibilidad para que exista la serie infinita de números enteros.
Por ello, está incluido en la fórmula misma del algoritmo numérico. Los números enteros
comienzan con el 2 = 1 + 1.
Dentro de la serie de números enteros infinitos, uno (1) posee igual estatuto lógico que
“ser”. “Ser” no es un verbo. Más bien, es un metaverbo que afirma la existencia de algo: “x es”.
Sólo en seguida, luego de postular la existencia de un ente “x”, es posible predicar, decir algo de
“x”. Todo lo que existe “es”, y sólo se admiten predicaciones de lo existente. Si se afirma algo
de la no-existencia, de antemano, se presupone su existencia. He ahí la paradoja.
El cero (0) representa esta paradoja lógica. Expresa que es posible simbolizar el vacío,
la ausencia, lo que no existe. Lógicamente, significa concederle un valor simbólico a la
inexistencia. La inexistencia “es”. La contradicción no podría ser más flagrante. Al representar
la inexistencia la hacemos existir. Por tanto el cero (0), la existencia de la inexistencia, tampoco
es un número. Este símbolo expresa uno de los límites de la lógica europea original sobre los
números enteros positivos. Predica algo de la inexistencia, aunque esa mínima cosa no sea sino
su propia figura: ø. Este simple trazo hace que la inexistencia sea. Cero es la marca del vacío o,
para algunos, el vacío que presupone toda marca.
Si pensamos que el símbolo del vacío (0, ø) llegó al Occidente primitivo por medio de la
invasión islámica de España y por las recién conquistadas civilizaciones amerindias, resultaría
fácil deducir su verdadero significado. El cero (0) —la paradoja que representa la ausencia— es
la conciencia que desarrolla una cultura, un país, del hecho de que sus valores no son universales.
Es la conciencia de que el otro existe, pero la (re)conquista le niega la palabra. Este miembro —
si bien se halla presente— carece de toda representación que lo incluya en “la metaestructura (el
Estado)” de la teoría (Agamben, 1998: 24). He ahí su estatuto: define una presencia sin
representación. El vacío es el conocimiento científico, que se enfrenta a lo inédito, al otro.
En su época formativa, era Occidente en diálogo de sordo con el Islam y Amerindia. En
la actualidad, es Angloamérica negando a Latinoamérica y, de nuevo, al Islam. El continente
conquistado, “América”, queda asimilado a “un espacio vacío jurídicamente [ø]” “paralelo” al
triunfo de una política secular europea (Agamben, 1998: 36). Acaso porque la epistemología —la
esencia actual de lo falso (fallen, lo vencido, ø)— es un simple corolario de la ley del imperio
(Heidegger, 1998).

de análisis es eurocéntrico: inglés-italiano. La motivación política y tipológica no podría ser más “natural”. La
“enciclopedia internacional” elige las exclusivas lenguas oficiales que representa y escriben (Vorstellung/Darstellung)
la ciencia: inglés, francés y alemán. Acaso esta distinción lingüística aclare la relación entre “localización histórica y
producción de conocimiento”. Hay lenguas hegemónicas destinadas a “ver”, al “tener a su disposición” como objeto
los demás idiomas del mundo. En su rigorosa expresión se resuelve la esencia del saber: la aisthesis, lo que se abre y
entrega a la vista (aletheia) para que el científico se vuelva sujeto y centro relacional de todo lo que es materia de
lenguaje. De ahí que nuestra afición por diluir fronteras —política, poética, ciencia— derive de una inclinación nata.
Por naturaleza, escribimos una lengua destinada a vivir la periferia y ocupar el reverso de la ciencia: la ficción.
El otro — el que se inmiscuye en el perfecto algoritmo de la infinitud numérica— es la
diferencia. Es la presencia de la ausencia, la voz de los sin voz.

3. 1. Réplica

Lo político caracteriza aquí un doble movimiento que “contamina” el espacio autónomo


de la ciencia lingüística. Su exigencia la establece la gramatología misma que no ignora “la
génesis de su propio sentido”. A diferencia de la ciencia lingüística, fundada en la «“fe
perceptiva”» de “un espíritu absoluto frente a un objeto puro”, “el filósofo […] “se pregunta
sobre que fondo” se erige “el espectador” neutro. En todo “cuestionamiento” gramatológico,
“quien cuestiona está implicado en la cuestión” (Dastur, 2001: 112).
Por una parte, se halla la propuesta heideggariana que —al rastrear la historia del
concepto de verdad— postula la conversión de la “política” en imperio, al igual que de la a-
letheia y su antónimo lethe en el verum y lo falsum. Ambos cambios afectan “la realidad de lo
real” y el estatuto de la teoría como campo de “un área-objeto”. Pero, el olvido (lethe) es tal que
no reconocemos en una categoría epistémica —lo falso (fallen, vencido)— un corolario del
régimen imperial, de la conquista de América como fundadora de la modernidad occidental.
Por la otra, se trata de la negación de lo político en el (neo)liberalismo. No pensamos
tanto en lo obvio, i. e., la “neutralidad” de las matemáticas, ciencias y técnica, o del presente
artículo, a unas cuantas millas de Los Alamos y Alamogordo en este “medio siglo” de guerra
“contra el terror”. Pensamos en la diferencia entre “colegas” y “enemigos” a la hora de elegir
paradigmas con axiomas epistemológicas y metodológicas distintos: “nomos y physis”, mejor,
lingüística, prioridad del sistema, y poética, primacía del (acceso al) habla (Ramat, 1987: 71 y
ss.; Agambern, 1999 : 78). Acaso en esta oposición —“colega” – “enemigo”— se juega “la
esencia de lo político” al financiar y desarrollar proyectos científicos (Schmitt, 1976). Ante todo,
se juega el respeto a lo que un paradigma considera como autoridad suprema: la tecnología en su
puro desinterés, para la lingüística actual, o bien en nuestro caso, la política como campo
indeterminado que se alimenta de “las más variadas obras humanas” (Schmitt, 1976: 38).
La selección de axiomas —“opiniones” iniciales— resulta un campo propicio para la
discusión de lo político. El debate se vuelve tanto más agudo si esos axiomas no demuestran su
arraigo ontológico, una concepción del ser implícita en la elección de parámetros universales
(Heidegger, 1984). Durante la caída del muro de Berlín, sorprendía la falta de enlace entre la
discusión técnica sobre la «“ especial relación gramatical de “sujeto”» y la noción filosófica
posmoderna de un sujeto descentrado (Marárcz y Muysken, 1989: 1).
Si los parámetros lingüísticos desembocan siempre en el presupuesto metafísico de “la
existencia pura del habla” y en la de un sujeto emisor sin práctica poética, la ciencia sería una
férrea coraza para aislarse del debate político y filosófico actual (Agamben, 1999: 73). Su
reflexión se halla habitada por el olvido (lethe) de su ordenado marco (Ge-Stell) tecnocrático.
Acaso la discusión portaba sobre un sujeto del enunciado sin lugar para un sujeto de la
enunciación.
Una posición contraria la expresa el mayista alemán Carlos Lenkersdorf (2002: 148 y
153), para quien “hay dos clases de yo” en tojolabal ya que existe una “escisión” del sujeto
gramatical. Así se intuye la consonancia entre pre y posmodernidad en cuanto a la noción de un
sujeto —gramatical y existencial— escindido. Esta correspondencia es tanto más sorprendente
cuanto que las tres instancias psicoanalíticas lacanianas —lo simbólico, lo imaginario y lo real—
las refleja la tripartición azteca en tres centros anímicos: tonalli, yollotl e ihíyotl.
4. Tipología I

Si la simple comparación de dos lenguas occidentales —español e inglés— nos obligaba


a introducir un sistema tipológico, cuanto más no se complicaría la idea de una lingüística
globalizada si incorporásemos las enseñanzas de las lenguas indígenas. Iniciamos la jornada con
el nahuatl clásico:

(6) ni-tlacatl Yo – hombre


ti-tlacatl Tú - hombre
ø-tlacatl El – hombre (hombre)

(7) ni-choca Yo – llorar (lloro; literal: Yo -llor)


ti-choca Tú – llorar (lloras)
ø-choca El(la) llorar (llorar)

Al comparar los dos paradigmas enlistados en (6) y (7), notamos la identidad de


comportamiento de lo que tanto gramática tradicional como universal llaman sustantivo
(tlacatl/hombre) y verbo (choca/llorar). Para dar cuenta de esa semejanza es preferible renunciar
a toda terminología clásica, adoptando una nomenclatura derivada de la lógica formal. Notamos
que un simple sustantivo representa una unidad predicativa, al igual que lo es un verbo. No
existen ni sustantivos simples ni verbos infinitivos. Lo que se presenta en nahuatl son unidades
predicativas complejas. Decir “hombre” significa enunciar los rasgos culturales asociados a este
predicado con un personaje previamente definido, existente: él, Juan, etc.
Mientras buen número de lenguas omiten la cópula sólo en el presente o en el aspecto
incompletivo, y lo incluyen como forma obligatoria en los otros tiempos o aspectos, en nahuatl
sucede algo insospechado. En el pasado o futuro, el sustantivo no pierde su prefijo de argumento;
en cambio, aparecen dos oraciones atributivas yuxtapuestas: “seré doctor” se lee “yo-doctor, yo
seré/estaré, ni-ticitl ni-yez” (Launey, 1994). El sustantivo conserva su función predicativa
original, a pesar de la aparición de una cópula de carácter locativo (“estar”).
Lo universal es aquí la función predicativa misma: Argumento (Arg) – Predicado (Pred).
Esta sustituye las etiquetas gramaticales que la ciencia hereda de la tradición, sin percatarse de su
contenido ontológico a priori: verbo (V), frase nominal (FN), frase verbal (FV), etc. (sustantivo-
sustancia y verbo-acción/acontecimiento). Las categorías iniciales definen un límite; se trata de
la incapacidad del lenguaje por nombrarse a sí mismo consagrado con en “el nombre de la rosa”.
Nombrar es predicar, esto es, atribuirle una serie de características culturalmente
definidas a una cosa o individuo particular, juzgado como preexistente. Se trata de un
procedimiento complejo que explicitamos así: “existe un “x” tal que ese “x” es Irak; en Irak
existe un “y” tal que ese “y” se llama Sadam Hussein; este señor es terrorista (primera
predicación que justifica lo siguiente); por tanto, debo invadir Irak”.
La función predicativa es la función primordial —quizás universal— de todos los
sistemas lingüísticos. Otra lengua sin conexión genética con el nahuatl —el p’urhépecha, lengua
del estado de Michoacán, México — también ofrece la posibilidad de “flexionar verbalmente […]
números, sustantivos y sustantivos con caso” (Monzón, 1997: 54; sobre la “flexión de
tiempo/aspecto con estativos” en algunos idiomas mayas, véase, England, 2001: 119; la
indistinción entre “verbo” y “adjetivo en mixteco la explica Macauley., 1996: 85). Esta
compatibilidad de las frases nominales con el aspecto quiebra “una de las oposiciones más
estables” que distinguen a los predicados verbales, aun si el verbo afija sufijos locativos que lo
distinguen (Launey, 1994: 281). Hay evidencia para confirmar el fuerte carácter omnipredicativo
de varias familias de lenguas.
Nótese que un concepto clave para entender lo que se llama el carácter omnipredicativo
del nahuatl —y tal vez de todas las lenguas amerindias— lo representa el cero (ø), la paradoja
griega (Launey, 1994, todos los ejemplos nahuas provienen de su trabajo). En la lingüística
indígena casi todas las unidades son predicados. El cero marca la tercera (no)persona en una
vasta mayoría de lenguas mesoamericanas. En (6) y (7), la tercera (no)persona la marca el cero
(ø). Toda palabra desnuda —sustantivo, verbo, etc.— presupone esa marcación nula y, por ende,
una predicación primordial ineludible.

5. Tipología II

La complejidad e inversiones posibles en nahuatl son tales que los mayores procesos
sintácticos —focalización, topicalización— son simples reflejos especulares de oraciones
invertidas. Es imposible sostener que una es la base, la oración simple, mientras la otra es
secundaria, derivada por transformación. Ambas oraciones es preferible tomarlas como conjunto
de paráfrasis derivado de un mismo esquema léxico abstracto con múltiples variaciones.

(8) choca in piltontli (He) cries the (one who is a) child llora el niño (VS)

piltontli in choca He is a child the (one who) cries el niño llora (SV)

(Se omite la marca ø en ambas unidades predicativas, por lo que la lectura literal de las
oraciones es la glosa inglesa: “él llora el (que es) niño”, e inversamente, “él (es) niño el
(que) llora”. Para un equivalente quiché, ri, “artículo”, véase: PLFM, 1996: 101, 103,
131, 170, 185 y England, 2001: 149-154. Su empleo es singular: antes de un sustantivo,
con un pronombre independiente (ri in, “yo, soy yo (it’s me)”, al igual que ante un verbo
cuyo objeto se “resalta” y ante una oración relativa. Si la lingüística maya tomara en
cuenta la recomendación de Seiler (2000: 127 y 134) —«“participios relativos”» y
“oraciones enteras nominalizadas”— se resolvería el campo de aplicación del “artículo”
ri. Si se define como “verbo” toda unidad con sufijos de aspecto, el yaqui ofrece un
fenómeno paralelo inverso. “ Se verbalizan frases nominales complejas [y] subordinadas
(Jelinek y Escalante, 1988: 420); paradoja que se resolverá en 10)

Igualmente sucedería para un concepto clave, inicial de la base gramatical generativa. El


término frase verbal (FV) —que se desglosa en verbo (V) + frase nominal (FN)— resulta una
formalización de la supuesta unidad indisoluble del verbo con el objeto (VO). Sin embargo, el
nahuatl exhibe una de los pocos ejemplos de una lengua con un orden verbo-sujeto-objeto (VSO)
o, en términos lógicos, de un predicado bivalente con dos argumentos.

(9) ø-qui-cua in piltontli in nacatl El niño come carne (El lo come, el que es niño, la
que es carne) — The child eats meat (He eats it, the
one who is a child, the thing that is meat)

(donde los clíticos (ø y qui-) funcionan como argumentos obligatorios del predicado
verbal, con marca de caso, y las frases nominales, sin marca de caso, se identifican como
oraciones ecuativas nominalizadas adjuntas. Esta distinción explica la doble secuencia:
SOV para los clíticos pronominales obligatorios y VSO para las frases nominales
facultativas adjuntas)

Desde mediados de los ochenta, bajo la rúbrica de “crisis en el formalismo”, el italiano Paolo
Ramat había cuestionado los presupuestos chomskianos como “actos de fe”. Anteponía “datos
empíricos” tal como el mismo orden de palabras en el árabe clásico que en el nahuatl, al igual que
otros procesos sintácticos (Ramat, 1987: 71 y ss.). Para el nahuatl, al igual que en su pariente
norteño, el cahuilla, “las relaciones sintácticas” ocurren al interior de la palabra verbal y no tanto
entre esta “palabra-oración” y las frases adjuntas por “aposición” o parataxis (Seiler, 2000: 133).
Además, cosa inaudita para el pensamiento occidental, no hay preposiciones. En su
defecto, su función la suplen nombres relacionales. Del nahuatl (10), poco a poco hacemos variar
la discusión hacia otra lengua amerindia, el tojolabal, lengua maya del estado de Chiapas,
México, en la oración (11):

(10) No-pan o timocalaquico Viniste a mi casa (es mi casa, entraste)

(11) s-na’a-ø k-uj-ø E(la) sabe (es su saber), es mi causa (Sabe


por/gracias a mí) = Yo le enseñé

Con los dos ejemplos anteriores, entendemos que las lenguas indígenas nos confrontan con un
sistema de organización oracional, con una lógica radicalmente distinta a la occidental. En
lenguas que carecen de nombres relacionales —el mixteco, lengua del estado de Oaxaca,
México— el uso de partes del cuerpo suplanta el de las preposiciones (Macauley, 1996: 172-187,
ante todo los ejemplos en 175-176 en los cuales se empaña la diferencia entre
prospectividad/estación/retrospectividad, dando pauta a interpretarlas como oraciones ecuativas
en sí). Al no marcar distinciones tales que estación/movimiento, fuente/meta, hay que asumir que
esas rúbricas espaciales son intrínsecas al modelo actancial del verbo. El complemento se halla
no en relación de subordinación sino apuesto en relación paratáctica al verbo. La supuesta
jerarquía sintáctica de los compuestos oracionales debe concebirse como una verdadera
yuxtaposición. La parataxis —la aposición— rige la sintaxis.

6. Tipología III

Dentro de una tipología lingüística en boga se agrupan las lenguas en ergativas y en


acusativas. En esta clasificación el español y el nahuatl funcionan de igual manera en
contraposición al tojolabal. Comparemos ambas lenguas indígenas para explicar la diferencia:

(12) Lenguas ergativas vs. Lenguas acusativas

winik-on Hombre — Yo ni-tlacatl Yo - hombre

el-y-on Salí/ir — Yo ni-choca Yo - llorar

s-pay-aw-on El/su — llamó/ar — Yo ni-qui-cua Yo lo como/er

En nahuatl, sucede lo que esperaríamos según el español. El sujeto de la oración copulativa


marca también el de la oración intransitiva y el de la transitiva, para no traicionar la terminología
tradicional.
En tojolabal, ocurre algo inédito, el sujeto de la copulativa y el de la intransitiva marcan
no el sujeto sino el objeto de la oración transitiva. En cambio, el sujeto de esta última lo expresa
el adjetivo posesivo (s-). Esta distinción se explica en términos semánticos según la cercana
filiación entre cualidades, estados e intrasitividad, por una parte, así como acción y posesión, por
la otra. En su defecto, se trata de un parámetro aspectual: perfectivo o completivo con la
ergatividad e imperfectivo o incompletivo con la acusatividad. Es común acuerdo reducir todos
los sistemas ergativos a uno acusativo por el carácter de dependencia existencial del objeto. El
sujeto crea el objeto en verbos tales como “escribir”, “construir”, o lo hace desaparecer en
“comer”, “destruir”, etc. De proseguir esta tipología la diferencia entre tojolabal y nahuatl es
puramente superficial.
En otra lengua maya sureña, el itzá, la filiación aspectual la refuerza el empleo del
antipasivo —la elisión del paciente (SVø)— con el perfecto, su reduplicación adjetival, y su
sentido nominal de agente o de participio con verbos de afecto (Hofling, 2000: 242, 277, 357,
393 y 398). Tal vez la oposición de “estatus” —incompletivo e completivo— señalaría la afición
del núcleo ergativo por una nominalización. Mientras el “estatus incompletivo” se caracteriza por
su acusatividad y por las muchas opciones aspectuales y modales, el completivo se distingue por
ser ergativo y exclusivamente perfectivo. Queda abierto a la prueba demostrar si el núcleo
ergativo duro del itzá —completivo, perfectivo, antipasivo— se corresponde con una procedencia
participial cuya relevancia estudiaremos en seguida.

7. Tipología IV

No obstante, dada la identidad entre posesivo y agente o sujeto transitivo, se nos impone
una interpretación alternativa, en términos de Villaurrutia, una escritura distinta. Esta postura
más radical la explicitamos en (13) con ejemplos del tojolabal:

(13) s-naj-ø Es su casa

s-tat/nan-on Yo (soy) su padre/madre (literal: su padre/su madre


= Yo)

s-mak’-on Yo (soy) su golpear = me golpeó

y-uj-on Yo (soy) su causa = es por mí

s-ti7-on Yo (soy) su frente = está frente a mí

Lo que en español se expresa por tres unidades gramaticales disímiles —sustantivo


(casa), verbo (golpear) y preposición/nombre relacional (por/causa)— el tojolabal las identifica
bajo una sola estructura lógica copulativa, a saber: Posesivo-ii (s-/y-)-Predicado – Argumento-i (-
on). Por tanto, tres oraciones que cualquier lengua occidental distingue en la estructura
gramatical de superficie, tales cuales las enumeradas en (14) se resuelven lógicamente según la
glosa en (15).

(14) Yo soy el esposo de María


Yo amo a María
Yo estoy con María

(15) Yo (soy/=) esposo de María


Yo (soy/=) amante/amado de María
Yo (soy/=) la compañía de María

(donde la cópula representa una igualdad lógica (=), o bien un predicado lógico
“¥, se aplica a”, véase: Seiler, 1977)

Si en todas las lenguas occidentales las oraciones en (14) utilizan tres recursos gramaticales
distintos —sustantivo, verbo y preposición— el tojolabal las unifica bajo la rúbrica de una triple
predicación copulativa: (ser/¥) esposo/amar/compañía. Introducimos un predicado lógico, ¥, “ser
o se aplica a”, para dar cuenta de la relación entre el primer argumento (yo) y el predicado
gramatical precedido de una marca posesiva.
En otra lengua mesoamericana, el p’urhépecha, el uso de un mismo caso “acusativo” para
dos secuencias distintas —FN-acusativo + V y FN-acusativo + Posposición (Posp)— apunta tal
vez hacia una equivalencia formal insospechada. La sintaxis identifica dos predicados patentes
—verbo y posposición— por la marca de sus objetos respectivos (Monzón, 1997: 67). Si el
sujeto rige la frase verbal —SOV = FN + FV ( FN-acusativo + V)— una categoría gramatical
semejante debe controlar una cadena sintáctica similar: FN (S (ø)) + FN-acusativo - Posp.

8. Tipología V

Este último enfoque a la gramática del tojolabal presupone que buen número de oraciones
de esta lengua carecen de verbo en el sentido estricto y, por tanto, también la categoría de objeto
se priva de todo fundamento gramatical (para la dificultad de mantener la categoría de “objeto
indirecto” en mixteco, véase: Macauley, 1996: 175. Se marca por una parte del cuerpo poseída,
nuù, “cara, su cara” que no distingue entre prospección (a), estación (en) y retrospección (de); su
glosa omnipredicativa equivaldría a una oración ecuativa en relación paratáctica con el verbo:
“eso es su cara”). Más bien, la oración copulativa parece ser el modelo generalizado de casi toda
la sintaxis de esa lengua maya. A nivel de la gramática profunda, el tojolabal nos obliga a
reconocer la identidad lógica entre dos secuencias: Verbo + Frase Nominal = Cópula + Predicado
Nominal. De tal suerte, obtenemos (16).

(16) El me llama/He calls me = Yo (soy/=) su llamar/I (am/=) his calling

Utilizando el predicado lógico (¥, se aplica) como sustituto de “ser”, obtenemos en cambio (17):

(17) Su llamar (¥, se aplica a) Yo/mí = His calling (¥, applies to) I/me

A este fenómeno de supresión de toda jerarquía sintáctica en el idioma maya se le llama


“lengua intersubjetiva” (Lenkersdorf, 1999, 2001 y 2002). En contraposición a las lenguas
occidentales —“lenguas jerárquicas”— los idiomas mayas prefieren usar una duplicidad de
sujetos ahí donde las europeas optan por establecer una desigualdad de potencial entre el sujeto y
el objeto. Oraciones como (18) dan cuenta del carácter intersubjetivo del tojolabal:

(18) s-lo’ilta k-ab’i Me habló = él habló, yo escuché = his talking (is/applies to) my
listening = su habla (es/se aplica a) mi escucha

La doble glosa castellana reproduce la posibilidad de interpretar la oración anterior en su carácter


verbal, sea en su carácter de gerundio nominalizado que el inglés calca con mayor prudencia.
Dejamos esa duplicidad de escritura abierta a futuras investigaciones y debates. Lo esencial es
recalcar la expresión redoblada: dos sujetos.
El uso de dos verbos o gerundios y de dos sujetos o posesivos explicaría el gusto por el
difrasismo en la poesía nahuatl y la recurrencia de oraciones iterativas en la narrativa ritual (para
una lista de difrasismos maya-yucatecos y quichés, véase Edmunson, 1982: 212-213 y 1971: xii).

(19) cueitl huipilli es falda – es blusa = la mujer


in xochitl in cuicatl es la flor - es el canto = la poesía

(20) ni-pehua ni-tla-cua comienzo a comer = yo comienzo – yo lo como

Hacia la mar del sur, en el pipil de El Salvador, las “frases verbales complejas” se corresponden a
“formas verbales yuxtapuestas” (Campbell, 1985: 140). No existe ni “elisión” ni avance (raising)
de una frase nominal, ni tampoco “construcciones con formas infinitivas”. Los dos ejemplos
siguientes dan cuenta de la parataxis pipil. Se trata de una estrategia que apone verbos
conjugados en serie (Campbell, 1985: 137 y 141).

(21) na ni-yawi ni-mu-kwepa ni-k-ilpia Voy a volver a amarrarla


yo yo-ir yo-mismo-volver yo-la-amarrar ((soy) Yo, yo voy, yo me
vuelvo, yo la amarro)

(22) ni-k-neki ni-k-kuwa se: tihlan Quiero comprar un pollo


yo-lo-querer yo-lo-comprar un pollo (yo lo quiero, yo lo compro, un(o) (que
es) pollo)

9. Tipología VI

La importancia de las construcciones con gerundio nominalizado operó el cambio de la


gramática a la semántica generativa hacia 1972. La obra clave se intitula “Observaciones sobre la
nominalización” de Noam Chomsky, aparecida en castellano en 1979. En el ensayo, Chomsky
aconseja derivar todos esos “nominales uniformes (gerundive nominals)” de una regla tal como
“[O SN Nominal (Aspecto) SV] O” (Chomsky, 1979: 29 y 31 y Kristeva, 1975) y, por tanto,
interpreta “las categorías primitivas […] como una construcción cópula-predicado” (Chomsky,
lugar citado: 67). La oración inglesa (23) deriva de (24):

(23) John’s criticism of the book = la crítica-del-libro de/por Juan

(24) John criticized the book = Juan criticó el libro

Si reconociéramos una derivación invertida, (23) a la base de (24), pondríamos el sistema


amerindio —Cópula-Predicado— a la base de toda gramática. A lo más, imaginaríamos un
proceso gradual que conduzca de uno a otro polo de la oposición, ordenando los enunciados de
una lengua según su afición verbal o nominal.
Ejemplificamos la centralidad e importancia de este tipo de oraciones con una del
tojolabal:

(25) a. wan-on s-wa-h-el-ø estoy comiéndolo (I am


eating it)
asp-A1s Pos3-comer-pas-nom-A3

b. winik-on soy hombre (hombre = yo)

Comparando (25a) con (25b) anotamos la naturaleza copulativa de la primera secuencia


en (25a). El aspecto (asp) —el gerundio (wan)— se asocia con el sufijo para el absolutivo de la
primera persona (-on, A1s) de igual manera que lo hace con el predicado nominal
“winik/hombre”. Literalmente, wan-on se traduce “gerundio = yo”, o bien “yo (soy/=) el
hacedor, el gerundio se aplica a mí/yo”.
La segunda parte de la oración es más compleja. Volvemos a encontrar el prefijo del
posesivo (s-, Pos3), el cual corresponde ahora al objeto lógico, a lo que como yo: “lo/it”. Pero
nótese que su función superficial es muy distinta de aquella que le atribuyen las lenguas
occidentales, inglés y castellano. En tojolabal, no hay categoría de objeto directo a nivel
gramatical.
“Wa” es la raíz del verbo comer, el castellano “com”. Esta raíz desnuda la
complementan dos sufijos. El primero, -h, es un sufijo pasivo (pas). Aunque las lenguas
occidentales nos obligan a utilizar “ser” para la forma pasiva, esto no es el caso en las lenguas
mayas. El pasivo es una modalidad sin relación alguna con la cópula. El segundo sufijo, -el, es
un nominalizador (nom). Transforma la unidad predicativa, verbal pasiva, en un sustantivo-
participio. Por la ley de la omnipredicatividad, en el participio debemos restituir una marca vacía
(ø) que da cuenta de la relación sintáctica original de toda palabra: “su ser comido es eso/its being
eaten is it (literalmente, con perdón por el neologismo lo glosamos: su comidencia/its eatingness
es/is eso/it)”. Establecemos una doble distinción radical entre tojolabal y castellano: no hay
verbo transitivo conjugado ni tampoco existe la categoría de objeto directo a nivel gramatical.
Haciendo uso del predicado lógico —¥, se aplica a— representamos en su forma arbórea
la oración completa y la glosamos literalmente en (26).

(26) ¥
/ \
\
\
¥ Arg \
/ \ / \ \
Arg Arg Arg Arg \
| | / \ | |
wan on Pred Nom |
/ \ | | |
Raíz pas | | A3
| | | | |
s i wa h el P3s i ø

Yo soy el hacedor o el estar haciendo/gerundio se aplica a mí, su ser comido/su


comidencia es/se aplica a eso (I am gerund (I am the maker, the gerund applies to me), its
being eaten/its eatingness “is/applies to it)

(La misma estructura da cuenta de wan-on s-mil-h-el “estoy matándolo (yo soy gerundio
su matanza (its kilingness) es eso)”, véase, Robertson, 1992: 78, aunque su escritura le
impone al verbo nominalizado una jerarquía sintáctica inexistente en la estructura
superficial. Esta misma nominalización abarca otros marcadores aspectuales tal cual
“och-on + verbo-el”, “entrar-yo, aspecto inceptivo”. Más cercana a nuestro análisis es la
glosa del maya-yucateco con diáfana signatura alemana, “its eating / my doing is the
middle”, Lehmann, Shin y Verhoeven, 2000: 44)

Entre la aspecto progresivo y el participio nominalizado no media una relación de jerarquía


sintáctica, tal como es el caso en las lenguas occidentales que los glosan. En cambio, lo que
expresa el tojolabal es una implicación de consecuencia paratáctica. Un “enlace de aposición” —
sin expresar las “relaciones gramaticales fundamentales de sujeto, objeto directo y objeto
indirecto”— resume la “estrategia” sintáctica maya (Seiler, 2000: 133). El uso de un verbo
intransitivo —juli, “llegar”— verifica la nominalización requerida y la parataxis: wan-on jul-el-ø
se glosaría «“estoy llegando” o, literalmente, “gerundio = yo llegada (arrival) = eso”»
(Lenkersdorf, 2002: 176).
Un último ejemplo del tojolabal recalca el uso reiterativo de oraciones ecuativas en serie:

(27) sh-ø way-ø Juan-ø Juan duerme = lo incompletivo se aplica a eso, el dormir se
aplica a él, Juan se aplica a él

(donde ø marca la tercera (no)persona; el aspecto incompletivo (sh-) actúa como


predicado y la oración entera como argumento de ese predicado inicial. El análisis lo
obtenemos de Furbee-Losee (1976: 205) quien delega toda exégesis)

La compleja glosa literal explicita un intrincado sistema de múltiples predicaciones ecuativas que
presupone cualquier oración simple en tojolabal: incompletivo = eso (ø), dormir = él (ø), Juan =
él (ø). La marca de aspecto incompletivo —el tiempo presente del castellano— actúa como
predicado del cual depende la oración en su conjunto como argumento (way-ø Juan-ø). Luego, el
predicado “dormir” funciona de nuevo según la misma regulación ecuativa con respecto al
nombre propio que, a su vez, presupone una nueva oración copulativa.
Esta afición por el uso de copulativas y de gerundios nominalizados clasifica a los
idiomas indígenas como “lenguas aplicativas” (Seiler, 1977). Mientras los idiomas occidentales
prefieren el uso de predicados bivalentes y el establecimiento de una jerarquía sintáctica —entre
el mayor potencial del sujeto y su falta de capacidad en el objeto— las lenguas mayas optan por
la utilización de igualdades lógicas y por la nominalización en gerundio. Las lenguas europeas
son ”lenguas relacionales”, pero las indígenas favorecen la aplicación directa de un solo
argumento a un predicado (Seiler, 1977).
Bajo esta concepción, los universales no son tanto las características que comparten todas
las lenguas del mundo; los universales son las dos caras de una misma moneda o, en su defecto,
un proceso continuo entre esos dos polos extremos entendido como elección de distintas
estrategias sintácticas. Las lenguas aplicativas seleccionan la secuencia (Cópula/Predicado
lógico/¥) + Gerundio Nominal, ahí donde las aplicativas requieren la estructura Verbo + Frase
Nominal. Lejos de concebir la afición por el participio como “falta” idiomática —una “teoría
nominalista”— la pensamos como «“categoría” gramatical» familiar al eon griego en su
“dualidad de sentido”: “existencial y categorial”, accidental y esencial (Sadock, 1999 y Dastur,
1994: 24). De su doble participación deriva toda la metafísica occidental, y la ciencia como
“forma de existencia”.
Actualmente, el afán globalizador de las gramáticas recientes es tal que olvida (lethe) y
oculta la enseñanza de los clásicos. Según Munro S. Edmonson, en el Popol Vuh y en el Chilam
Balam el uso de gerundios y participios es la regla. Si en el primer libro, el sentido poético lo
capta “la afición por las construcciones pasivas […] estados abstractos [y] el ablativo absoluto
latino”, en el segundo “los verbos […] son la excepción. En su lugar hay una marcada afición por
construcciones sustantivadas y con participios” (Edmonson, 1971: xii y 1982: xv). En el
documento quiché, las nominalizaciones iniciales —u k’utunizaxik, “su desciframiento (su ser
causado a manifestarse, its being caused to be shown)”— establecen una hermenéutica lingüística
que enlaza origen, historia e idioma; “la raíz de la palabra antigua” —la verdad— significa
recolección (logos), revelación (k’utumih), iluminación.

9. 1. Afinidades

La vasta extensión de este sistema de nominalización a todas las lenguas mayas, la


confirma el lingüista estadounidense John S. Robertson (1992: 77 y ss.). La secuencia “verbo-el”
la identifica a una voz “nominativa”, a pesar de anotar el carácter nominal del argumento.
Acertadamente, los conceptos de “voz” y “transitividad” también los aplica a los sustantivos, los
que se caracterizan por un paralelismo formal insospechado con el verbo. Esta voz nominativa
equivaldría al concepto “derrelacionalizador” de Seiler (2000: 123).
La clásica oposición verbal —intransitivo y transitivo— se corresponde con la bipartición
de los sustantivos según impliquen uno o dos argumentos. El segundo argumento lo marca la
posesión que regula también la rúbrica del ergativo e implica una relación. Una forma nominal
absoluta —no poseída, “mano”— equivale a un verbo en voz pasiva sin agente (øVO) ni
poseedor (øSustantivo-Abs). Ahí se anula toda relación entre términos contenida en el genitivo o
“estado construido (construct state, “mi mano, es mi mano”)”.
La identidad formal “verbo-sustantivo-estativo” obliga a que Robertson reconozca la
simetría entre un predicado “posicional”, el aspecto progresivo, y un verbo intransitivo en Chuj.
Van-ø in-way-i-ø “continúo (estoy) durmiendo (continuar-ø mi dormir-ø)” «es sintácticamente
análoga a una oración con un núcleo intransitivo […] “duerme mi perro” [dormir-ø mi perro-ø]»
(Robertson, 1992: 81). El enlace entre la marca vacía del absolutivo, –ø, y el predicado lo
escribimos como una igualdad lógica que traducimos por “ser o se aplica a, ¥”.
En tojolabal, esta misma nominalización se utiliza en “oraciones subordinadas”
complejas.

(28) a-kolt-ay-on y-ahna-h-el-ø


E2s-ayudar-tema-A1s E3-cur(ar)-pas-nom-A3

(28) se glosaría “me ayudaste a curarlo”, literalmente “tu ayuda = yo/ me ayudaste/ ayudaste = yo
su curación (his/her/its (being) healed) = eso”». La única jerarquía sintáctica es la que le atribuye
la interpretación de Robertson. Su razonamiento sintáctico presupone la escritura de una
secuencia oral —sin segmentación morfológica patente— y su traducción a una lengua académica
occidental. Si la nominalización “especializa o reduce el significado […] en un sentido
aspectual”, el carácter omnipredicativo debe aplicarse también a este participio (Seiler, 2000:
127). La glosa exacta la leemos como una secuencia de dos oraciones ecuativas en serie
paratáctica: “tu ayuda = yo/me ayudaste/ ayudaste = yo su curación = ø (eso)”, restituyendo un
absolutivo vacío (A3) para la segunda ecuación.
La estructura relacional “posesivo/ergativo-raíz nominal/verbal-absolutivo” (véase (15),
más arriba) resuelve la paradoja por expresar los tres términos de una construcción transitiva.
Robertson desea reducirla a un orden que califica de diádico, el de una posesión. Así, deja sin
considerar la relación aplicativa entre ambos términos, el poseedor y el poseído. “X (es) de Y (la
esposa (es) de Juan)” implica tres términos: el referente (Juan), el relator (esposo) y el relatum
(ella) (el ser esposa de Juan se aplica a ella)”. La cuestión esencial es recordar que el absolutivo
de la tercera (no)persona lo marca el cero (ø). Toda secuencia “posesivo-raíz” presupone esa
marca vacía que la notación de Robertson olvida considerar. La conversión del sustantivo
(“perro”, “mi perro”) en predicado (“es perro”, “es mi perro”), la justifica la filiación
omnipredicativa de las lenguas indígenas expuesta en 4. En breve, se trata de restituir el vacío (ø)
que la mayoría de las gramáticas mayences omiten anotar . 2

Hay excepciones a la reticencia por reconocer el contraste entre idiomas. Una de ellas la
ofrece la lingüística alemana reciente. La lengua “estándar promedio europea (Standard Average
European, SAE)” y la prototípica indígena se sitúan en dos polos tipológicos opuestos (Lehmann,
Shin y Verhoeven, 2000). El occidente prefiere un sistema de relieve personal (person
prominence), donde el amerindio adopta uno de relieve relacional (relation prominence). Este
último procedimiento presupone la nominalización de una oración entera. El verbo y sus
argumentos funcionan como sujeto de un predicado monovalente de carácter
temporal/aspectual/modal. Mientras en inglés y alemán los “operadores modales” reciben
“sujetos individuales (yo, tú, etc.)”, el maya-yucateco sólo acepta “sujetos oracionales”. “I have
to eat” se traduce por “el que yo lo coma es obligatorio”; “comienzo a comer”, por “el que yo lo
coma comienza”; “iré/voy a ir”, “el que yo vaya es futuro/ir”. etc. En maya yucateco, la
destitución de la persona implica la nominalización de la oración completa, la cual ocupa la
posición de sujeto de un predicado aspectual.

10. Tipología VII

Para demostrar cuan generalizado es el sistema aplicativo de lenguas mayas, pasamos a


las lenguas yuto-aztecas, familia a la cual pertenece el pipil de El Salvador. Del sur de México
viajamos hacia el norte. Ejemplificamos el uso de gerundios nominales con el yaqui, idioma que
se habla en el estado de Sonora, México, y Arizona, EEUU. Para hablar en términos de la
gramática latina, encontramos una lengua que identifica el genitivo, el posesivo, con el acusativo,
con la marca para el objeto directo en ciertas condiciones: alienable y singular, respectivamente.

(29) Juan-ta juub-i (Es) la esposa de Juan


Juan-dep esposa (el ser esposa de Juan se
aplica a ella)

Examinamos el sufijo –ta, sufijo de dependencia, en la oración (29). Notamos su función genitiva
no muy distinta de la que se le atribuye al -‘s en inglés. La conversión de esa aparente frase en
oración la justificamos por la presencia de un ø que marca la tercera (no)persona, semejante a la
ausencia de un pronombre de sujeto en castellano (llovió/ yuku-k).
Este mismo sufijo aparece en todo sustantivo objeto de una preposición o nombre
relacional.

2
Otras posibles tipologías inéditas pueden construirse al tomar en cuenta “sistemas [espaciales] de orientación
absolutos”, más allá del egocéntrico que prevalece en las lenguas occidentales, así como por la preeminencia del
aspecto y del modo sobre el tiempo gramatical (tense) (P. Mühlhäusler en Burkhart, Steger y Wiegand, 2001: 570). La
oposición entre concepción relativa y absoluta del espacio se presta a una seria discusión sobre los universales (Brown
y Levinson, 1993). Nótese por ejemplo que (23) y (29) expresan un gerundio o aspecto progresivo sin la referencia
temporal que cualquier glosa occidental nos obliga a imponerles. De ser necesario, el tiempo lo especifican adverbios
tal cuales “ayer”, “hoy”, “mañana. Queda abierto a la discusión demostrar si “la falta de jerarquía estructural” que
hemos expuesto guarda una estrecha correlación con una tipología característica de ”lenguas no-configuracionales”
(Marácz y Muysken, 1989: 15).
(30) piino-ta betuk (Está/=) abajo del árbol
árbol-dep abajo el estar abajo del árbol se
aplica a eso/él/ella

La identidad con una construcción castellana que utiliza preposiciones complejas con el
posesivo “de” resalta la expresión del yaqui. Con los ejemplos anteriores, la lengua indígena no
ofrece ninguna novedad. Se usa el genitivo tanto para expresar posesión, al igual que para el
objeto de una preposición o nombre relacional. La interpretación se complica al asentar que ese
mismo sufijo posesivo de dependencia —el genitivo latino— sirve para marcar el objeto directo,
el acusativo latino.

(31) nabó-ta bwá’ee come tuna


tuna-dep comer el comer de tuna se
aplica a él

Al reparar en la identidad entre genitivo y acusativo nos sentimos obligados a unificar la


gramática del yaqui, tratando de igual manera las oraciones (29), (30) y (31). Aun si las lenguas
occidentales nos obligarían a distinguir entre una construcción copulativa y otra de carácter
transitivo, el idioma indígena las identifica bajo una rúbrica de carácter copulativo. El sufijo –ta
—pariente cercano del nahuatl –tl y de la terminación –t en pipil salvadoreño— tiene una función
singular (Seiler, 2000: 126). Transforma una oración completa en argumento, esto es, convierte
una oración relacional, transitiva tal cual “como tuna” o “the cat eats the rat” en una oración
aplicativa, copulativa, sin objeto, tal cual, “el comer de tuna (se aplica a/=) mí/yo” o “the eating
of the rat (applies to/=) the cat”. Como en el yucateco, en el yaqui hay evidencia de que la
mayoría de los marcadores temporales/aspectuales/modales son predicados monovalentes que
toman la oración entera como sujeto.
El uso de esta forma verbal “absoluta” —“derrelacionalizada”, según Seiler (2000:
123)— es tal que resolvería un “problema” complementario: considerar que “se verbalizan […]
frases nominales [y] subordinadas” (Jelinek y Escalante, 1988: 420). La identidad genitivo-
acusativo explica la existencia de un proceso opuesto. No se trata de la verbalización de frases
nominales; en cambio, en yaqui se presenta la nominalización de predicados verbales. Al igual
que en cahuilla, los interpretamos en su función de participio, de gerundio “absoluto”. He aquí la
contraprueba a la escritura anterior. Al evadir la lectura participial del verbo, se debe aceptar la
verbalización de nominales con referencia. La sugerencia de Seiler rige la gramática del yaqui:
“la nominalización puede aplicarse a formas verbales finitas completas con todos sus prefijos y
sufijos […] a oraciones enteras” (Seiler, 2000: 127 y 134).
Esta hipótesis —que la teoría “generativa” evade comprobar— la verifican también
diversas variedades del mixteco (Macauley, 1996: 16). El “nominalizador” xa “el/la/lo que, lo +
adjetivo” convierte adjetivos en sustantivos especializando su sentido: xa-bishí, “lo dulce, fruta”
(Macauley, 1996: 66). Los sustantivos serían verdaderas oraciones nominalizadas: “lo (que es)
dulce, la fruta”. Este procedimiento es tanto más vasto cuanto que los nombres de animales y
plantas se inician con una sílaba fosilizada de un clasificador —ti, para los animales y nù para las
plantas—, de suerte que se interpretan como relación predicativa entre dos sustantivos. La misma
partícula xa introduce oraciones subordinadas y relativas enteras “nominalizadas”, tal cual las
estudia Seiler en sus trabajos clásicos. Se le llama “partícula de complementación con propósitos
múltiples (multiporpose complementizer)” (Macauley, 1996: 154). “Sus usos diversos” —
nominalizar, subordinar y formar relativas— se unifican por el contenido nominal patente de esas
tres construcciones (para la identidad entre “artículo” y “pronombre relativo” en pipil —ne,
“el/la/lo”— véase: Campbell, 1985: 57 y 128-129; una oración relativa equivaldría a un nominal)
.
* *
Concluimos que resulta sumamente productivo formalizar las lenguas indígenas gracias a
la utilización de la lógica formal. Esta rama del saber favorece el uso de la secuencia “predicado
– argumento(s)” o el de un predicado lógico, ¥, por encima de las categorías gramaticales
tradicionales: sustantivo, verbo, preposición, etc. No pretendemos con ello invalidar la oposición
ontológica verbo-sustantivo. Más bien, la contribución es modesta. En ciertas lenguas, hay un
núcleo nominal duro que muchas tipologías contemporáneas se niegan a reconocer.
Existe una honda reticencia por aceptar una serie de estrategias sintácticas que distinguen
las lenguas indígenas de las occidentales. Entre ellas examinamos la omnipredicatividad, el
reemplazo de las preposiciones por nombres relacionales o, en su defecto, por partes del cuerpo,
el empleo de la parataxis o aposición en vez de la jerarquía sintáctica, las expresiones difrásicas y,
por último, el vasto núcleo de nominalización verbal.
Es posible que tradiciones nacionales irreconocidas se hallen a la base de varias tentativas
por establecer una gramática universal. Al recelo de la lingüística angloamericana por discutir las
estrategias mencionadas se opone su abierto carácter central en las tipologías europeas. En su
silencio, lengua materna y nacionalidad son parámetros que determinan opciones axiomáticas en
el estudio de las lenguas.
Admitir la presencia del otro —vimos, según los griegos— consiste en rastrear no sólo lo
que los emparienta con nosotros, sino también lo que marca la diferencia, los límites paradójicos
de nuestra propia con-ciencia. Quizás la problemática más profunda del imperio actual sea la
arrogancia de un saber totalitario: postular una sola teoría como matriz sin fisuras de la cual se
entiende el infinito, el lenguaje y todas las lenguas humanas posibles. El imperio se resuelve en
la soberanía del Logos, en las sentencias absolutas que dictamina la escritura del mundo y de lo
posible.

11. Abandono

Esta investigación la juzgamos complementaria a la que resume el lingüista francés


Gilbert Lazard sobre la actancia verbal: “la relación entre el predicado y las frases nominales
principales en las oraciones verbales” (Lazard, 1995: 168-169). Su opción tipológica metódica
—“las oraciones nominales están, por el momento, fuera del ámbito de nuestro trabajo”— deja en
el silencio lo que nuestro trabajo desarrolla. Se trata de un ejemplo llano de las diversas
“ambiciones de descripción lingüística más que de diferencias al entender los datos” (Vonen,
2000: 479). De la realidad idiomática polifacética e infinita, cada teoría selecciona un número
restringido de problemas para examinar su precisión (véase: Launey, 1994: 18, quien se ve
obligado a excluir la poesía nahuatl de su corpus, o bien el silencio de los universalistas sobre los
sistemas deícticos absolutos).
Así, se engendran mundos (Dasein) paralelos que no se extrañan. Su coexistencia
irreconocida responde a la más aguda posmodernidad. Como otros “senderos que se bifurcan”,
ejemplifican la falta de diálogo entre temporalidades contemporáneas que jamás se identifican
como tales. Que “se cortan o que secularmente se ignoran” al vivir diversos espacio-lenguas tan
férreos e impermeables como el tiempo lineal. Si una enciclopedia recopilara el conjunto de
hipótesis en boga, “abarcar[ía] todas las posibilidades” de representación idiomática: “2 – 1
6

partes del habla”, en remedo al ajedrez y al I-Ching, según la tipología holandesa (Anward, 2000:
7).
Acaso las sesenta y tres posibilidades teóricas no manifiestan sino eso: una realidad
“plástica” y “dócil” al punto de mira. Reflejan el modo de la historia, cuyo relato narra un pasado
tan maleable como los “varios porvenires” que imagina la esperanza. En Aztlán, las filosofías
“existen en casi innumerable número [en] juego dialéctico [sin] busca[r] la verdad ni siquiera la
verosimilitud [sino] el asombro. [Porque todos los habitantes del desierto] saben que un sistema
no es otra cosa que la subordinación de todos los aspectos del universo a uno cualquiera de ellos”.
El destino hermenéutico de la filosofía —“todo sistema es una visión parcial de la verdad”— la
anticipa la ficción borgeana (Gadamer, 1998:25).
Sea lo anterior un modo singular de “testimoniar” el “inconmovible” paso por “el
tiempo” y la lengua, al advertir el severo juicio de un lector incrédulo. En el otoño raso, “hay que
desconfiar de la serenidad con que estas hojas esperan su inevitable caída, su vocación de polvo y
nada” (Mutis, 1990: 130). En el páramo infinito, entre el rumor de los nopales y sus escuetas
raíces, sólo una añoranza dariana dicta el diálogo ciencia-poesía: “el pesar de no ser lo que
hubiera sido”.
Su voz se arraiga en un pretérito posible. Cuentan que en un pueblo vecino, Comala, sus
habitantes se rebelaron —abatidos en el silencio— al percatarse que una teoría había predicho
con exactitud todo enunciado potencial. Su mudez expresaba la desazón; ya no había lugar para
expresar la libertad humana. Todo acto idiomático sería potencia realizada en el sistema. Como
la Torah y el Corán, sus sentencias poéticas estaban prescritas en el Logos que habitaba el
empíreo desde el principio de los tiempos, a la diestra del Creador. Todo decir se tradujo en
letanía, en repetición intermitente según lo dictaban (Dichtung) las estaciones. En ese pueblo
fantasma, dicen que las almas se encorvan aún en la afonía. Sólo una arqueología de los
escombros le haría justicia a su mudez. A una lengua que ya no comunica nada, si no es su
propio carácter intransitivo, su vestigio creador.
Fragmentos dispersos de esa rancia presunción azotan de continuo el desierto de Aztlán.
Los acarrean los vientos huracanados de la primavera, entre el polvo mustio y la arena amarga.
Reconstruimos algunas de esas páginas y transcribimos el eco de sus voces roncas. Todo error u
omisión es nuestro. No incurrimos en él adrede. Más bien, como otra voz que clama solitaria en
un alejado desierto, “la métrica del persa”, la equivocación y el descuido testimonian de la frágil
condición humana. “El arduo monumento que erige la soberbia es como el viento, que pasa” y
lleva consigo la única teoría de lo que “Perdura”. Al principio de toda tipología y gramática
universal se halla inscrita una sentencia —una analítica del Dasein— en espera de falsificación y
comentario: Logos en Arkhe. En la ciencia actual, el silencio fundador no difiere del que profesan
nuestros vecinos de Comala. Acallados vivimos.
**
Añadimos dos ejemplos adicionales obtenidos del kanjobal, lengua maya de los altos
cuchumatanes en Guatemala, los cuales ilustran el uso de nominales y del gerundio.

(32) lanan-ø ø-k-il ø-ku-p’a nos estamos viendo (el


asp-A3 A3-E1p-ver A3-E1p-mismo gerundio se aplica a eso;
nuestra vista se aplica a
nosotros mismos)

¥
/ \
Arg Arg
| |
lanan ¥
/ \
Arg Arg
| |
k-il ku-p’a

(33) ø-ku-kaxat ø-ku-p’a somos enemigos (nuestra


A3-E1p-enemigo A3-E1p-mismo enemistad se aplica a
nosotros mismos o eso = nuestra
enemistad, eso = nuestra
mismidad (self))

¥
/ \
Arg Arg
| |
ku-kaxat ku-p’a

(donde A = absolutivo, E = ergativo/posesivo, p = plural, 1 = primera persona, 3 = tercera).

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