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Propuesta de Tesis

María Isabel Pachón

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Profesora Sylvia Aguilar, directora

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Profesor José de Piérola, director de
estudios graduados
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Introducción

La ficción es el espacio de la imaginación: tiene el poder de mostrarnos que el mundo no es

como funciona, que hay otras maneras de ser. En mi proyecto de grado voy a valerme de este

poder para hablar sobre la violencia en Colombia. Me voy a enfocar, principalmente, en los

casos de lideres sociales asesinados por parte del Estado. Creo que una de las razones por las

que nos cuesta salir del círculo de violencia en Colombia es la falta de imaginación. Nos falta

imaginarnos de una manera distinta. Nos falta imaginarnos siendo el otro en vez de

eliminarlo. Escogí hablar de la violencia por medio de una novela porque creo, al igual que

Milán Kundera, que la novela es el reino de las posibilidades humanas. En El arte de la

novela, Kundera afirma que la novela se ocupa de la existencia humana y la existencia

humana no está definida por lo que ha ocurrido sino por lo que podría ocurrir.

El espíritu de la novela es el de la complejidad, pues le está constantemente

recordando a los lectores que las cosas no son tan simples como parecen. En mi proyecto

quiero salirme de las narrativas maniqueas con las que tradicionalmente se cuenta el conflicto

colombiano. El ser humano, sostiene Kundera, “desea un mundo en el cual sea posible

distinguir con claridad el bien del mal porque en él existe el deseo, innato e indomable, de y

juzgar antes que de comprender” (3). La novela, por su parte, se resiste el deseo de juzgar

para comprender el mundo como ambigüedad. La novela se opone al universo totalitario,

pues en vez de plantear una única verdad absoluta en esta coexisten un montón de verdades

que se contradicen. Tanto el gobierno colombiano, como los grupos revolucionarios,

sostienen universos totalitarios en los que eliminan completamente al otro. En mi proyecto

me interesa cuestionar estos universos y verdades absolutas. Me interesa entender el conflicto


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armado colombiano en su complejidad y proponer otra manera de hacer revolución, una

manera que esté impulsada por la imaginación y los afectos.

Trama

Emilia y Miguel se hacen amigos en la universidad. Los une el baile y el deseo de transformar

la situación del país. Forman juntos una revista independiente y se hacen miembros de un

grupo estudiantil revolucionario. Sin embargo, después de la graduación se empiezan a

distanciar, pues se dan cuenta de que su manera de entender la revolución es incompatible.

Mientras que Emilia no puede reconciliarse con los problemas estructurales dentro del

movimiento, Miguel justifica estos problemas por la causa mayor de acabar con el gobierno.

Mientras que Emilia se queda en los límites de la academia y el periodismo, Miguel viaja a

los territorios e intenta cambiar las cosas de una manera más práctica.

Un año después de que se distancien por completo, Emilia se entera de que Miguel

fue asesinado y, a petición de la familia de Miguel, viaja a identificar el cuerpo. Durante el

viaje, va a ir recordando los momentos y las luchas compartidas, así como las razones por las

que se separaron.

Modo de narración

La novela va a ser narrada en tercera persona y va a estar, sobre todo, focalizada en Emilia.

Con este tipo narración pretendo poder acceder al mundo interior de la protagonista y, a la

vez, poder alejarme cuando sea necesario.

Como lo dije en un principio, el género de mi proyecto va a ser la novela. Sin

embargo, quisiera poder acercarme a otros géneros. Escribo desde mi posición abiertamente

feminista. Escribo desde el margen, desde lo que las feministas francesas han denominado

escritura femenina. Creo que una escritura femenina/feminista no solo debe cuestionarse los
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roles de género—masculino/femenino— sino también debe reformular, o olvidar por

completo, los géneros literarios que han sido impuestos por una industria editorial

predominantemente masculina. Por la ocupación de la protagonista de mi proyecto, veo la

posibilidad de incluir fácilmente entrevistas, crónicas, artículos y otros documentos

periodísticos. También voy a incluir algunas cartas que me van a permitir experimentar con

un lenguaje poético y el género epistolar.

Tiempo

La novela va a estar dividida en capítulos. El primer capítulo se va a tratar sobre el viaje que

emprende Emilia para identificar el cuerpo. El último capítulo va a narrar el momento en el

que Emilia y Miguel se conocen. De esta manera, la novela va a terminar en la vida y no en

la muerte. En los capítulos del medio, la narración va a ir navegando entre el presente y el

pasado. Con esta estructura temporal pretendo, por un lado, darle un nuevo sentido al pasado,

convertirlo en una actividad vital, y, por otro lado, simular el proceso de memoria. Como el

proceso de memoria no es lineal, la narración tampoco va a ser lineal: la secuencia

cronológica de la historia no va a coincidir con el tiempo narrativo.

Escenario

La novela va a suceder en una Colombia con K: aunque no voy a nombrar directamente el

país, la atmósfera y ciertos eventos históricos van a permitir reconocerlo. Con esto, pretendo

moverme entre la realidad y la ficción. Voy a partir de eventos que han sucedido en Colombia

en los últimos años, como el asesinato de lideres sociales, las ejecuciones extrajudiciales, la

formación de grupos revolucionarios, la censura de medios de comunicación, etc. Estos

eventos van a aparecer descolocados para así a abrir nuevas posibilidades que superen los

límites de la exactitud histórica. Voy a seguir el modo de hacer historia que propone
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Nietzsche en De la utilidad y los perjuicios de la historia para la vida. Nietzsche sostiene

que el hombre moderno pretende tratar la historia como un saber científico, como un ejercicio

matemático que va a tener los mismos resultados sin importar quién lo haga. Sin embargo, el

pasado, dice Nietzsche, no es como las matemáticas, no se puede conocer a distancia, sino

que forma parte de nosotros. Por esto, el filósofo defiende un modo artístico de hacer historia,

uno que reconozca la interpelación y en el que esté en juego una idea de verdad distinta a la

de la fidelidad factual.

Temas

• Amor: mi novela va a ser sobre el amor. No sobre el amor romántico, sino sobre el amor

en las amistades, que me parece que muchas veces está infravalorado. Quiero

preguntarme qué es eso que hace que dos personas conecten inmediatamente como lo

hacen Miguel y Emilia. Quiero preguntarme por la naturaleza del vínculo de una amistad:

qué lo hace diferente a otro tipo de vínculos, qué es lo que esperamos de nuestras

amistades, cómo es la compañía de un amigo y cómo es el vacío que deja cuando se va.

• Violencias: no solo voy a explorar la violencia directamente relacionada con el conflicto

armado colombiano, sino que también voy a explorar las microviolencias que suceden en

la cotidianidad.

• Contradicciones dentro de los movimientos revolucionarios de izquierda: quiero mostrar

de qué manera los movimientos de izquierda muchas veces terminan reproduciendo los

mismos mecanismos de opresión del sistema al que se oponen. Aunque puede que

busquen la igualdad de clases, les falta buscar la igualdad de género, les hace falta

entender la relación entre lo personal y lo político. Esto ha hecho que terminen

expulsando a las mujeres del movimiento. Esta experiencia la va a tener Emilia en la


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novela. La figura del macho de izquierda latinoamericano voy a explorarla con otros

personajes.

• Dilemas éticos en el oficio periodístico: Emilia se va a preguntar constantemente de qué

manera ejercer su oficio de periodista: ¿Debe intentar mantener la objetividad? ¿Debe

darle plataforma incluso a las partes que ejercen la violencia? ¿Hasta qué punto debe

sacrificar su propia integridad? ¿Cómo representar la violencia sin reproducirla?

• Cadáver: Emilia viaja para identificar el cuerpo de Miguel. Lo hace porque la familia de

Miguel se lo pide, pero también lo hace por ella misma. La búsqueda por el cadáver es

también una búsqueda por iniciar el duelo. Este duelo, para muchos en Latinoamérica, es

imposible, pues los cuerpos desaparecen.

• Culpa del sobreviviente: Emilia va a sentir durante el viaje culpa por haberse quedado en

el lugar seguro, mientras dejó que su amigo a exponerse a la muerte. Va a sentir que no

hizo lo suficiente.

• Soledad: Voy a explorar de qué manera los puntos medios suelen implicar la soledad.

Emilia viene de una familia de clase media alta. Cuando se vincula con los movimientos

de izquierda traiciona a su clase y, por tanto, queda aislada de todas las personas

pertenecientes a esta clase, incluyendo a los miembros de su familia. Cuando deja el

movimiento y a Miguel queda totalmente sola.

Sobre la bibliografía

Gabriel García Márquez, Andrés Caicedo y Marvel Moreno son los tres autores que me

parecen imprescindibles de la tradición literaria colombiana, en la que quisiera enmarcar mi

proyecto. Aunque creo que mi escritura se ha nutrido —y podría seguir nutriéndose—de

muchos de los de los libros García Márquez, para este proyecto mi principal referencia va a
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ser El otoño del patriarca, una novela que recrea el prototipo de las dictaduras

latinoamericanas del siglo XX.

Leí ¡Que viva la música! de Caicedo por primera vez cuando era adolescente y, desde

entonces, la he vuelto a leer varias veces. No deja de sorprenderme: en cada lectura le saco

algo nuevo. Cuando la vuelva a leer para el proyecto, me voy a fijar sobre todo en la fluidez

de la voz narrativa.

Marvel Moreno es de las pocas autoras mujeres que, con dificultad y después de

muerta, ha logrado entrar al canon literario colombiano. Su novela En diciembre llegaba las

brisas hace parte de mis referencias porque retrata muy bien el clasismo y el machismo de la

sociedad colombiana.

Para la creación del espacio ficticio voy a utilizar como referente El diablo de las

provincias: fábula en miniaturas de Juan Sebastián Cárdenas, Los ejércitos de Evelio Rosero,

Temporada de huracanes de Fernanda Melchor y Érase una vez el amor pero tuve que

matarlo de Efrim Medina. Estas novelas suceden en lugares sin nombre o con nombre

imaginario que, aunque no aparecen en el mapa, podrían ser cualquier pueblo o ciudad

latinoamericana afectada por la violencia.

Incluyo en la bibliografía las novelas Arturo: la estrella más brillante y Otra vez el

mar de Reinaldo Arenas y la colección de crónicas Loco amor de Pedro Lemebel porque

quiero explorar las nociones de masculinidad que han tenido los movimientos

revolucionarios de izquierda. Como también me interesa el papel, y la marginalización, de

las mujeres dentro de estos movimientos incluyo Todos se van de Wendy Guerra, The Golden

Book de Doris Lessing, Las aventuras de China Iron de Gabriela Cabezón y La sangre de la

aurora de Claudia Salazar.


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Estoy convencida de que una escritura desde el margen no solo debe desenmascarar

los mecanismos de opresión en el contenido, sino que también debe transgredir la norma en

la forma. Debido a esto, quiero acercarme a una escritura femenina. Mis dos referentes de

escritura femenina son La pasión según GH de Clarice Lispector y La risa de la medusa de

Hélène Cixous.

En el contexto de la violencia latinoamericana, en el que muchas veces los cuerpos

violentados son también desaparecidos, el tema del cadáver es central. Para explorarlo, voy

a leer La resta de Alia Trabucco. Al igual que en la novela de Trabucco, en mi proyecto la

recuperación del cuerpo va a ser la excusa del viaje.

En su oficio de periodista Emilia va a tener que realizar varias investigaciones. Estas

investigaciones van a ser fuerzas que va a poner en movimiento la acción en la novela. Para

pensar cómo hacer esto de la manera más efectiva, voy a estudiar la forma de la novela

policial con Plata quemada de Ricardo Piglia.

Las dos películas que incluyo en la bibliografía, La estrategia del caracol y Pájaros

de verano, me parecen buenos ejemplos de cómo el cine colombiano ha aprovechado el

legado del realismo mágico para contar la violencia desde la ficción.

La serie documental Wild Wild Country narra la formación de Rajnishpuram, una

comunidad intencional formada en Oregón en los años ochenta. En esta, me interesa

examinar de qué manera en estos colectivos se pierde la individualidad.

La pregunta por el propósito, o mejor, por lo que puede hacer la literatura es una

pregunta que no quiero perder de vista ni en este proyecto, ni en mi oficio como escritora.

Escogí, en mis referencias teóricas, a tres autores que han sido faroles en el camino hacia mi

propia respuesta: Jaques Rancière, Milán Kundera y Friedrich Nietzsche. De acuerdo con
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Rancière, las formas estéticas tienen el poder de fracturar el orden establecido, acabar con

consensos, crear espacios de cuestionamiento y construir nuevas posibilidades. Quiero lograr

todo esto en mi proyecto. También quiero lograr las dos cosas que según Kundera la novela

puede hacer: revelar una parte desconocida de la existencia humana y mostrar el mundo como

ambigüedad. Por último, para Nietzsche los artistas tienen la fuerza plástica de darle una

unidad estética al pasado y crear algo nuevo. En mi proyecto, el proceso de escritura va a ser

una manera de reimaginar el pasado, de darle forma y convertirlo, como propone Nietzsche,

en una actividad vital.

Referencias literarias

Arenas, Reinaldo. Arturo, la estrella más brillante. Vol. 51. Editorial Montesinos, 1984.

Arenas, Reinaldo. Otra vez el mar. Vol. 463. Tusquets Editor, 2002.

Cárdenas, Juan Sebastián. El diablo de las provincias: fábula en miniaturas. Editorial

Periférica, 2017.

Caicedo, Andrés. ¡Qué viva la música! Alfaguara, 2013.

Cabezón Cámara, Gabriela. "Las aventuras de la China Iron." Ciudad Autónoma de Buenos

Aires: Literatura Random House (2018).

García Márquez, Gabriel. El otoño del patriarca. Plaza Janes, 1975

Guerra, Wendy. Todos se van. Anagrama, 2014.

Lispector, Clarice. La pasión según GH. Siruela, 2016.

Lessing, Doris. The golden notebook. New York: Simon and Schuster, 1962.

Lessing, Doris. The good terrorist. London: Cape, 1985.

Lemebel, Pedro. Loco afán. Barcelona: Anagrama, 2000.


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Medina Reyes, Efraím. Érase una vez el amor pero tuve que matarlo. Bogotá: Planeta,

2001.

Moreno, Marvel. En diciembre llegaban las brisas. Editorial Norma, 2005.

Melchor, Fernanda. Temporada de huracanes. Literatura Random House, 2017.

Piglia, Ricardo. Plata quemada. Debolsillo, 2014.

Rosero, Evelio. Los ejércitos. Grupo Planeta, 2014.

Salazar, Claudia. La sangre de la aurora. Animal de Invierno, 2016.

Sork, Catherine Jane, Breaking the Spell: My life as a Rajneeshee, and the long journey

back to freedom, Macmillan Publishers, 2009

Trabucco Zerán, Alia. La resta Madrid: Demipage, 2014.

Referencias fílmicas

Cabrera, Sergio. La estrategia del caracol. Caracol Televisión, 1993.

Guerra Ciro y Gallego Cristina. Pájaros de Verano. Pimienta Films, 2018

Way Chapman y Way Maclain. Wild Wild Country. Duplass Brothers Productions, 2018.

Referencias teóricas

Bonilla Mora, Alejandra. " Falsos positivos diez años después: discursos antagónicos y

límites teóricos." (2017).

Cixous, Hélène, and Ana María Moix. La risa de la medusa: ensayos sobre la escritura.

Vol. 88. Anthropos Editorial, 1995.

Kundera, Milan, Fernando De Valenzuela, and María Victoria Villaverde. El arte de la

novela. Barcelona: Tusquets, 1987.


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Nietzsche, Friedrich Wilhelm. Segunda consideración intempestiva: Sobre la utilidad y los

inconvenientes de la historia para la vida. Libros del Zorzal, 2006.

Rancière, Jacques. "La división de lo sensible." Estética y Política. Salamanca: Consorcio

Salamanca (2002).

Human Rights Watch. "El rol de los altos mandos en falsos positivos. Evidencias de

responsabilidad de generales y coroneles del Ejército colombiano por ejecuciones de

civiles." (2015).

Calendario Tentativo

Fechas Actividades
Agosto 31 Primera entrega
Septiembre 28 Segunda entrega
Octubre 26 Tercera entrega
Noviembre Trabajar en correcciones
Diciembre 1 Primer borrador completo (para
Profesora Aguilar)
Diciembre1 – enero 20 Trabajar en correcciones
Febrero 10 Segundo borrador completo
Febrero 11 Empezar prefacio
Febrero 28 Terminar prefacio
Marzo 1 Circular Tesis y prefacio entre el comité
Marzo 17 a abril 6 Trabajar en últimas revisiones
Mayo 5 Defensa de Tesis
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Muestra de escritura

Cuando se despierta, la mesa está desplegada; la bandeja de comida, encima de la mesa. Una

azafata parquea el carrito del bar en el pasillo y le ofrece algo de tomar. Emilia pide vino,

blanco y barato, y agua. Le quita el jamón al sándwich con la mano y lo envuelve en la

servilleta. Se come la mitad del pan con queso. En dos tragos se acaba el vino. No puede

volver a dormirse: le duele el cuello por haber dormido con la cabeza inclinada y, en la fila

de atrás, unas pasajeras están haciendo tremendo escándalo. Una de ellas va a casarse y todo

les parece increíble: increíble que sea ella, y no otra, la que va a casarse primero; increíble

que hayan podido reservar el salón del hotel con tan corto aviso; increíble el encaje del

vestido; increíble los azulejos del anillo, e increíble el novio, claro. Emilia predice las

oraciones de todas antes de que las digan. Hace unos años, a ella también todo eso le habría

parecido increíble. Esos años ya parecen ser parte de otra vida, de otra Emilia.

A esas horas de la noche, no puede distinguir si la mancha negra que ve por la

ventanilla es una sucesión de potreros o es el mar. Hace tiempos que no visita el mar.

Despegan.

Emilia quita el «modo avión» del celular. Tiene una llamada perdida de un número

desconocido. Espera en el asiento a que todos los pasajeros salgan. Las del matrimonio no

sacan ningún equipaje de los compartimientos. Seguro, piensa Emilia, enviaron sus grandes

maletas —Louis Vuitton e idénticas— en la bodega. Emilia saca su mochila y se la echa a

los hombros. Apenas se baja, el viento caliente le golpea las mejillas. Huele a la sal.

La lanzadera la deja en el terminal: una caseta gigante de aluminio. O el aeropuerto

está en ruinas o está sin terminar. Antes del principio y después del final todo se ve igual:

desordenado y vacío, el abismo.


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Emilia sube por unas escaleras eléctricas lentísimas. En el techo, dos letreros reciben

a los visitantes: en uno se les invita a inmiscuirse en el paraíso del realismo mágico; en el

otro se le advierte que la prostitución infantil es un delito. En la entrada, los taxis están

estacionados en fila. Se monta en el primero.

La ciudad no es como la recuerda.


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—O entrábamos los dos, o ninguno entraba: ese era el acuerdo. Y, en esta ocasión, sí lo

íbamos a cumplir, no como cuando prometimos que ninguno de los dos se iba a cuadrar a la

Juliana.

Emilia sacó la grabadora de voz del estuche. La puso en el centro del escritorio,

haciendo que la distancia entre ella y Hernán se extendiera. Oprimió el botón rojo y le pidió

que empezara de nuevo.

—El sábado, después de salir de la plantación, bajamos a la plaza a echar unos tiros.

La noche estaba libre de niebla. Yo las estaba metiendo todas de taquito. —Formó una sonrisa

infantil que contrastaba con su mirada añeja y rota.

—¿Recuerdas la fecha exacta?

—El año pasado, doctora. Estábamos en temporada de siembra, entonces debía ser

marzo o abril —contestó nervioso, apenado, como si estuviera fallando una pregunta de una

evaluación muy fácil. Hizo cálculos con los dedos. —Sí, abril —dijo con más seguridad.

Emilia, con un gesto, le indicó que siguiera. Decidió que lo más efectivo era intentar

interrumpirlo lo menos posible.

—El Yuyo —continuó Hernán mirando directamente a la grabadora— se nos acercó

y nos dijo que un reclutador, un conocido suyo, estaba buscando nuevos talentos pa’ jugar

profesionalmente. No nos dijo para qué equipo ni nada. Yo creía que podía ser el Unión;

Coco que podía ser el Junior. Los dos le íbamos al Junior. «Tu estás volao», le decía yo al

Coco, «no nos van a llevar a un equipo de la primera división: esas mierdas no pasan». Pero

él seguía soñando.

»Las pruebas iban a ser el siguiente domingo en la cancha de Micoahumado, entre las

veredas Guásima y Progreso Alto. Le pregunté al Yuyo que por qué tan lejos. Él me contestó
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que allá iban a llegar todos los candidatos del municipio; que no nos teníamos que preocupar

por nada: una buseta iba estar esperándonos a las tres en la destapada.

»Esa semana, bajábamos todas las tardes a entrenar con los pelados. Yo soy un buen

media punta y Coco era el mejor defensa, pero decidimos irnos turnando las posiciones.

Usted sabe —Hernán se dirigió, por primera vez, a Emilia y no a la grabadora— en caso de

que el reclutador estuviera buscando jugadores polivantes.

Hizo una pausa, esperando a que Emilia le preguntara por el significado de «polivantes»,

Emilia entendió la señal y le hizo la pregunta (aunque no tenía relevancia periodística).

—Jugadores que puedan hacer de todo: defender, tapar, meter goles —contestó él,

satisfecho de poderle enseñar algo a su entrevistadora. Volvió a dirigir la mirada a la

grabadora y siguió con el relato:

—Después de los partidos, Coco y yo caminábamos juntos a nuestra casa echando bareta

y hablando mierda; imaginándonos un futuro en las canchas, por fuera de las plantaciones.

Éramos vecinos.

»El sábado no pegué el ojo. El domingo estaba listo a las diez de la mañana. La buseta

salía a las dos; yo estaba listo a las diez, a las diez. Me puse la camiseta de la selección y los

guayos de mi hermano, que estaban un poco rotos, pero eran mejores que los míos. Antes de

salir, mi mamá me pidió el favor de ir a la tienda por leche y panela ¿Cómo le iba a decir que

no? Me tocó bajar hasta el mercado de la plaza porque la tienda de la esquina estaba cerrada.

Dejé la compra en la puerta y salí pitado hacia la carretera. Llegué a las dos y veinte, y no

estaban: la buseta me había dejado.

»Don Jairo me hizo el favor de acercarme en moto hasta el brazo del río. Alquilé una

Chalupa pa’ mí solo. Me gasté veinte lucas: todo lo que había ganado esa semana. El cielo
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estaba nublado; el agua tranquila: sin olas. Cuando iba llegando a la orilla escuché los tiros

—unos doce o trece —, pero eso es normal en Moralitos.

»Amarré la Chalupa a un tronco. Grité varias veces el nombre de Coco con la esperanza

de que estuvieran cerca: nada. Llamé a Yuyo y tampoco. Entonces subí corriendo por la

trocha. Alcanzaba a ver el filo de la Serranía de San Lucas. El barro se me metía por los

huecos de los guayos. Mi cuello estaba empapado de sudor. Intentaba no detenerme, no

pensar en la oportunidad que estaba perdiendo.

»Yo había jugado en Micoahumado par veces cuando era niño, pero no me acordaba bien

en dónde quedaba la cancha. Cuando llegué ahí al caserío de Progreso Alto, le pregunté a un

pelado que iba en cicla. Él me dio indicaciones: estaba cerca, muy cerca. Me metí por un

camino lleno de arbustos. Desaceleré el paso, pues vi un letrero que advertía que era una zona

minada. Fui cogiendo las ramas con las manos pa’ evitar los golpes.

Emilia se sabía el final de la historia —el final era lo único que ya sabía—, pero, mientras

escuchaba, sentía en el estómago el vacío propio de la intriga. Deseaba, con fuerza, un final

diferente: heroico, de Hollywood. Se imaginó a Hernán llegando a la segunda mitad del

partido y metiendo un golazo; a Coco, y a otros nueve jugadores, lanzándosele encima para

celebrarlo. Se lo imaginó jugando para las ligas mayores y hablándole a una cámara, con la

misma elocuencia sorprendente con la que en ese momento le hablaba a la grabadora, sobre

los detalles de algún partido importante. Pero en ese país no había lugar para finales felices

ni heroísmos.

—Los arcos estaban hechos de palo —continuó Hernán—. Cuando no vi a Coco ni a

Yuyo ni al reclutador ni nadie me pillé de qué se trataba. Todo era muy bueno pa’ ser verdad.

Yo había escuchado historias similares, pero creía que eran puro chisme: pa’ echar miedo,
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usted sabe. No vi, tampoco, rastros de los cuerpos. Salí a correr. No volví a mirar pa’trás. Me

han llamado y llamado periodistas pa’ dar mi testimonio. Yo ya les he dicho que yo no soy

un sobreviviente; yo perdí por W. Perdí a mi amigo.

Emilia contuvo las lagrimas: ella no tenía derecho a quebrarse, y mucho menos si Hernán

no se había quebrado ni una sola vez mientras relataba los hechos. Además, faltaba la parte

más difícil de la entrevista. Era ineludible. Le pidió que dijera su nombre completo.

Él hizo silencio.

—Tranquilo —dijo ella —, es solo para mis registros. El testimonio va a ser anónimo.

—Hernán David Sanabria.

—¿El de Coco?

—Se llama…se llamaba José, José Quintero.

—¿Y Yuyo?

—No sé, doc. Todos lo conocíamos como Yuyo. Y, desde ese día, no se ha vuelto a

aparecer por Aguachica.

Emilia hizo una pausa.

—Me puedes repetir tu profesión.

—Trabajo en las plantaciones de fríjol. Hay veces en las de cacao.

—¿Y Coco?

—Lo mismo: jornalero.

—¿Y no hacían nada más? —preguntó Emilia dirigiendo su mirada al piso, y odiándose

por igual a sí misma y a todos los manuales de buen periodismo.

—Nada —contestó Hernán un poco impaciente. Ya sabía a dónde iba el cuestionario.


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—Mira, Hernán. Yo entiendo que la situación, la necesidad, los puede llevar a ustedes a

buscar otras… actividades.

—Mire, doctora. Nosotros somos gente humilde, pero de bien: trabajadora. A mí ya ha

venido el ejercito a hacerme la misma pregunta muchas veces. Que por qué usaba esas botas,

y yo la verdad les dije que nosotros en el campo no trabajamos a pie limpio, todos trabajamos

con botas de caucho.

La comparación entre ella y el ejercito le dio a Emilia una punzada en el pecho. Tal

vez sí habría podido eludir esas preguntas, esa sugerencia, tal vez habría podido creerle a

Hernán desde el principio. Decidió detenerse.

A Hernán le esperaba un largo camino de vuelta. Le aceptó a Emilia un vaso de agua,

pero no le aceptó nada de comer (Emilia tampoco tenía mucho que ofrecerle: en la pequeña

nevera de la oficina había solo tres pedazos de pizza de cinco días atrás, un tarro de salsa de

tomate Fruco, un Red Bull y una bolsa abierta de frutos secos). Emilia lo acompañó hasta la

portería. Mientras iban en el ascensor le preguntó, por curiosidad, por qué había decidido

hablar con ella y no con los otros periodistas.

—Porque la busque en Facebook —aceptó él. Se le enrojecieron las mejillas —y la

reconocí del video.

—¿Del video? —preguntó Emilia e inmediatamente supo a cuál video se refería.

—Vea, doc. Yo le voy a decir la verdad: yo siempre he creído que todos ustedes son, y

quieren, lo mismo; que no les importa lo que pase o no pase con nosotros: con el campo. Pero

en el video parecía que a usted, que a usted y a ese otro pelado, el pecoso, sí les importa.

Emilia no dijo nada. Estaba recreando en su mente la escena del video que, hasta ese

momento, había logrado eliminar de su memoria.


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—O si no le importa, usted podría ser actriz —dijo él ante la falta de respuesta. Se le

formó la misma sonrisa de niño que se le había formado al principio de la entrevista.

—No, Hernán —contestó ella en tono serio—, sí nos importa. Claro que nos importa. —

Seguía utilizando plural, aunque sabía que había dejado de ser cierto hace tiempo, que ahora

estaba sola.

—El caso es que ustedes fueron capaces de hablarle así a ese man, que tiene tanto poder,

pensé que tal vez podrían enfrentarlos. No me pueden devolver a Coco, él ya está bien ido,

pero pueden tratar de conseguir justicia o algo.

—Vamos a hacer todo lo posible, Hernán. Te lo prometo.

No era una buena idea, en ese tiempo ni en ningún otro, estar haciendo ese tipo de

promesas en público, en la portería del edificio (esa zona de la ciudad tenía fama de

izquierdosa, pero no se podía saber con certeza a qué orilla pertenecían los vecinos o de qué

eran capaces para salvar su pellejo), así que se estrecharon la mano para despedirse.

Emilia subió por las escaleras. Alcanzó a ver, desde la ventana, a Hernán alejarse. Notó

que sus pasos eran distintos a los otros pasos, a los citadinos: eran más lentos y cautelosos;

mas conscientes del mundo y de sí mismos. Después de luchar unos minutos con el impulso

de desparramarse en el sofá de cuero y hacer una siesta que durara eternidades, abrió la gaveta

con una llave diminuta y sacó el CD. Estaba marcado con un sharpie azul permanente:

«BRIGADA CATORCE». Bajó las persianas, se sentó en el escritorio, se puso los audífonos,

metió el CD en el computador y escuchó, por sexta vez, la conversación:

«Cuénteme, teniente, ¿cuántos van?».

«Mi general, el día de ayer se hicieron dos capturas».


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Por su tono de voz parecía que el teniente tenía la misma edad que Hernán: unos

veinticuatro o veinticinco años.

«No, no, no, hermano. Resultados operacionales».

«Está semana no ha habido bajas, mi general».

«Somos un ejercito de guerra y la guerra se mide por litros de sangre».

«…».

«Son ordenes de los altos mandos».

«Sí, mi general».

«Habrá sanciones, teniente, habrá recompensas».

«Sí, mi general».

«Mínimo tres resultados por semana».

«No pierda la fe, mi general»


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La calle pavimentada se terminó. El taxista bajó los seguros y siguió conduciendo despacio

por un camino de arena y rocas. Miguel iba con la mirada fija en el GPS; Emilia, en la

ventana: en esa ciudad ajena que aparecía detrás de su reflejo. Los cables de los postes de luz

estaban enredados; la mayoría de las bombillas, fundidas.

—¿Y qué es lo que van a hacer ustedes por allá? —les preguntó el taxista por tercera

vez; no estaba acostumbrado a llevar a los muchachos del norte más al sur de la cincuenta y

cuatro.

Emilia se hacía la misma pregunta. Lo que ella iba a hacer por allá era acompañar a

Miguel, que le había rogado y rogado que fuera con él. Lo que Miguel iba a hacer por allá

era acompañar a Joaquín, que le encantaba; y a Joaquín le encantaban ese tipo de eventos. A

Joaquín le encantaba todo lo underground, solo por ser underground, y rechazaba todo lo

mainstream, solo por ser por ser mainstream. Las cosas que a Joaquín rechazaba incluían,

pero no se limitaban a las películas de Hollywood, las películas europeas, cualquier película

que no fuera un documental danés sobre los asesinatos en indonesia, las series gringas

(bueno, todo lo gringo), las camisas con cuello, los calcetines estampados, los cactus, las

guirnaldas de luces amarillas que colgaban en las terrazas, los golden retriever, las canciones

de rock que habían salido entre los setenta y los ochenta, el antibacterial que venía en envases

pequeños, el reguetón, los bares que no olían a pecueca, los cócteles, el vino de botella, las

cervezas que no daban tres días de guayabo, las colonias y el jabón.

—A la derecha —le indicó Miguel al taxista.

—No, hermano —le contestó él al ver la calle angosta y empinada—. Yo por allá no

subo.

Miguel le pasó dos billetes de veinte mil.


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—¿Está seguro?

—Sí. Todo bien.

—Cuidado con la mona —le dijo el taxista mirando a Emilia por el espejo retrovisor.

Le entregó las vueltas.

Se bajaron del taxi y empezaron a subir por el andén agrietado. La noche estaba quieta

y fría como el cuerpo abandonado de un animal muerto en medio de una carretera. Podían

ver y oír su propia respiración. La de los dos era blanca; la de Emilia entraba y salía con

rapidez. Ella iba descalza: con los tacones y el corazón en la mano.

—De verdad, Emi. No sé por qué sigues usándolos.

—Pensé que íbamos de farra, no de montañismo.

—Igual. Yo leí en un estudio que deformaban los pies y que eran malísimos para la

espalda.

—¿Y tú qué haces leyendo esas cosas?

A lado y lado, las fachadas de las casas iban cambiando de color: azul claro, lila,

aguamarina, ocre, salmón. Dos años atrás, la alcaldía había llevado a cabo el proyecto de

embellecimiento de los barrios periféricos, que consistía en pintar las casas de colores para

que, desde la distancia, formaran distintas imágenes. En ese momento, subían por el ala de

una mariposa.

A Emilia le ardían las plantas de los pies.

—¿Vamos bien? —preguntó.

—Sí. Ya estamos cerca —le prometió Miguel mientras sacaba el celular y revisaba el

GPS.

—¡Ojo, Migue! No lo saques por acá.


Pachón 22

Miguel resopló.

Para acelerar el tiempo—y desacelerar la respiración de Emilia—, se le ocurrió

preguntarle a Emilia sobre su país. Era algo que jugaban con frecuencia: cada uno se

inventaba un país ideal, con su propia constitución y sistema de gobierno. El país de Emilia

no tendría fuerzas armadas, y sería regido por un sistema de gobierno parecido a una

aristocracia: para lanzarse a la presidencia las personas tendrían que aprobar una serie de

exámenes de historia y filosofía. En el país de Miguel cualquier ciudadano mayor de edad

podría lanzarse a la presidencia; la educación y la salud serían públicas y gratuitas; el

consumo de azúcar estaría regulado; las drogas, permitidas.

Se dieron cuenta de que habían llegado por el olor a marihuana. Parecía que la casa

pertenecía a otro barrio, a otro país, a otros tiempos. Tenía una forma ovalada y era tres veces

más grande que todas las casas por las que habían pasado. La fachada no estaba pintada de

colores pastel, sino de rojo, de un rojo tan intenso que ni siquiera la oscuridad de la noche

opacarlo. Estaba, además, cubierta por una enredadera en mal estado. Emilia se apoyó en el

hombro de Miguel y se puso los zapatos. Después, golpeó una puerta enorme de madera con

una aldaba de acero oxidado.

Nadie les abrió.

Golpeó de nuevo.

Y nada.

—Llama a Joaquín —le sugirió a Miguel.

—Tiene el celular apagado.

—Raro —dijo Emilia.


Pachón 23

Empezaron a rodear la casa y, en uno de los costados, encontraron una ventana rota.

Miguel subió las mejillas, haciendo resaltar sus pecas, y bajó los parpados un poco. Emilia

ya conocía esa expresión.

—Ni se te ocurra —le dijo.

Él alzó los hombros.

—Ya estamos acá ¿No?

Cruzaron la ventana con cuidado y aterrizaron en una cocina de baldosines

amarillentos. En el techo una luz azul palpitaba. La caneca estaba atiborrada de botellas de

cerveza; el fregadero, de platos sucios. Unas piernas delgadas colgaban de la cubierta.

Cuando se acercaron, una muchacha de piel pálida y pelo lacio —a la que le pertenecían las

piernas— levantó la espalda y señaló sin ganas la salida de la cocina. Parecía que había tenido

que hacer la misma señal muchas veces esa noche.

—Gracias —dijeron Miguel y Emilia al mismo tiempo.

Ella volvió a acostarse y a cerrar los ojos.

—¿Estás bien? —le preguntó Emilia.

No contestó nada.

Emilia iba a preguntarle de nuevo, pero Miguel la agarró del brazo y la jaló hacia la

salida.

—¿Por qué siempre tienes que hacer eso? —le preguntó mientras cruzaban el pasillo.

El suelo estaba resbaladizo y las paredes estaban decoradas con mensajes escritos en esfero

o en marcadores: «abajo el patriarcado y el sistema opresor neoliberal», «qué viva la luchⒶ

colectivⒶ», «tombos hijueputas, tombos asesinos», «Juliana, Cristóbal y Samuel por

siempre».
Pachón 24

—¿Hacer qué?

—Tú sabes.

—Es una niña.

—¿Qué? —Miguel no la oyó, pues cada vez se acercaban más a la música.

—¡Qué es una niña! — repitió Emilia gritando.

—Ay ya. Tampoco.

El pasillo los llevó a una antigua sala, transformada en ese momento en pista de baile.

Salvo por un piano antiguo, no había muebles. Al lado del piano, un dj, que parecía sacado

de cualquier fiesta de quince, mezclaba música electrónica y cumbia en un Hewlett-Packard.

Ellos se hicieron en una esquina y siguieron discutiendo.

—¿No la viste?

—No todos queremos ser salvados, Emi —dijo Miguel mientras que, con la mirada,

trataba de llamar la atención de Joaquín; Joaquín estaba bailando en el centro de la pista, en

medio de dos muchachos. Cuando la canción se terminó, se salió del montón y se acercó a

saludarlos:

—¡Qué bueno que vinieron!

Miguel se lanzó a darle un abrazo.

Joaquín estaba orgullosísimo de la fiesta a la que los había llevado.

—Genial ¿No?

—Sí, genial —contestó Miguel.

Emilia asintió con la cabeza e hizo una mueca incomoda que pretendía ser una

sonrisa. No se aguantaba a Joaquín, pero estaba haciendo su mejor esfuerzo por Miguel.
Pachón 25

Miguel no había tenido ninguno de sus ataques desde que empezó a salir con Joaquín, y las

uñas de las manos estaban parejas.

Una nube hecha de humo de marihuana flotaba por encima de la cabeza de los

asistentes.

—¿Dónde puedo comprar algo de tomar? —preguntó Emilia.

Joaquín le dio indicaciones.

—¿Quieres que te acompañe? —le ofreció Miguel.

—No —mintió ella—, está bien.

Planeó el camino antes de emprenderlo; buscó los espacios vacíos en la pista. No

quería interrumpir el acto: cuellos, caderas y hombros que se movían en todas las direcciones,

de manera torpe y violenta; pasos de baile impostados que intentaban imitar, sin éxito, cierta

espontaneidad animal.

Llegó, por fin, a la mesa blanca remax que le había indicado Joaquín. La chica detrás

de la mesa se quedó viendo los tacones de Emilia y Emilia se quedó viendo el pelo de la chica

detrás de la mesa: mitad rapado, mitad azul.

—¿Qué tienes? —le preguntó Emilia.

—Lo que ves —le contestó ella.

Encima de la mesa remax había botellas de cerveza y cajas de aguardiente de una

marca que Emilia nunca había visto antes.

—¿A cuánto la cerveza? —preguntó.

La chica señaló un recipiente de plástico que tenía pegado con cinta un letrero escrito

a mano: «No nos regimos por los precios impuestos por el libre mercado. Se aceptan

donaciones a La Causa».
Pachón 26

Emilia sacó un billete de cincuenta mil pesos.

—¿Tienes cambio? —preguntó.

—No, reina.

—¿Y aceptas tarjeta?

La chica subió las cejas sarcásticamente.

Emilia echó el billete de cincuenta en el recipiente y cogió dos cervezas. Tomó aire

y un sorbo largo antes de entrar a la pista de nuevo. Ya no quedaban espacios vacíos. Oyó un

acento gringo:

—¿Esa pola es para mí?

La pola era para Miguel, pero Miguel no estaba donde lo había dejado ni en ningún

otro lado; así que contestó:

—Pues sí.

El gringo —que se veía como se veían todos los gringos a ese lado del continente:

ojiclaro y larguirucho; vestido de alpargatas y ruana— agarró la cerveza con una mano y con

otra mano la cintura de Emilia. Ella estaba distraída y bailaba sin ganas, pero sus

movimientos tenían mucho más sabor que los del gringo, que estaba dándolo todo. Él le

gritaba al oído: que había encontrado el paraíso; que qué barata era la rumba; que qué rica

era la comida; que qué buenas estaban las mujeres; que qué exóticas y liberales. Ella soltaba,

ocasionalmente, un «ajá» e inclinaba su cabeza hacia los lados para evitar el aliento a tabaco

y a crema de maní. La mano del gringo se fue escurriendo de la cintura al culo de Emilia. Se

lo apretó. Ella, despacio y con cuidado, le movió la mano y le dijo que tenía que ir al baño,

que ya volvía. Los cuerpos y las paredes sudaban. Emilia no encontraba el baño ni el pasillo

que llevaba a la cocina que llevaba a la salida ni a Miguel ni a Joaquín; en cambio, el gringo
Pachón 27

se le aparecía en todos lados o se le aparecían otros gringos, que seguramente olían también

a tabaco y a crema de maní, y agarraban culos ajenos como países ajenos: a la fuerza y sin

consentimiento.

Sintió alivio cuando se topó con la mesa remax y con la chica de pelo azul. Sin decirle

nada, ni echar nada en el recipiente, cogió otra cerveza (en el mundo de afuera de la casa

ovalada, la donación de cincuenta mil pesos le habría alcanzado para nueve o diez cervezas).

Vio una cara conocida: un compañero con el que había visto clase dos semestres atrás. No le

sorprendió verlo allá. A diferencia de ella, se movía con naturalidad en el ambiente:

pertenecía. Lo siguió hasta unas escaleras y subió detrás de él.

El segundo piso parecía un invernadero: lleno de plantas, cerrado y estático. Emilia

reconoció más caras: otros compañeros con los que había visto clases. Estaban sentados sobre

unos cojines de colores que formaban una media luna. Todas las miradas se dirigían al centro

de la media luna: Simón. Simon, en ese momento —como en casi todos—, tenía la palabra.

Una luz tenue iluminaba su tez morena y perfecta. Emilia, con solo verlo, adivinó su

personalidad: gafas circulares, pelo desordenado de querubín, camisa de flores y pantalones

negros entubados. Simón también adivino (o creyó adivinar) la personalidad de Emilia al

verla: tacones altos, pelo con rayos rubios, cejas y manicura de peluquería.

En contra de lo que le rogaban los píes, Emilia no se sentó, sino que se quedó parada

al lado de una de las puntas de la media luna. Simón estaba hablando sobre el conflicto entre

Palestina e Israel. Hacía pausas breves después de cada oración, como si acabara de inventar

en ese mismo momento todas las palabras y categorías y estuviera esperando la celebración

del público, que recibía con las miradas de admiración. Se levantó la manga derecha de la
Pachón 28

camisa y mostró el mapamundi que tenía tatuado en el brazo para explicar la situación

geopolítica. Luego, empezó lo que parecía, por fin, el cierre de su discurso:

—Ahora, es muy importante que tengamos en cuenta que, como dice la teoría

marxista-hegeliana…

Emilia había volteado los ojos varias veces y resoplando hacia sus adentros, pero, en

ese momento, el «Pff» le salió hacia afuera y con fuerza; no pasó desapercibido. Se quedó

esperando a que las miradas volvieran a Simón y él terminara su discurso, pero no sucedió:

Simón y sus discípulos exigían una explicación.

—Hegel se debe estar revolcando en la tumba —dijo Emilia muy rápido, como

esperando que no la entendieran.

Silencio absoluto: la explicación no había sido suficiente.

—La teoría de Marx es una interpretación equivocada de la dialéctica de Hegel —

siguió Emilia.

Simón se acomodo las gafas, frunció un poco el ceño, con una curiosidad fingida,

como si estuviera intentando leer un libro con una letra demasiado pequeña.

—Ah, ¿eres de la privada? —dijo en el mismo tono solemne y tranquilo con el que

había explicado el conflicto en el medio oriente. Parecía más una confirmación que una

pregunta.

Todos, incluyendo los ex compañeros de clase de Emilia, soltaron una risa nerviosa

y homogénea.

—¿Y tú dónde estudias? —le preguntó Emilia intentando, sin éxito, imitar el tono de

Simón, intentando ocultar su rabia.

—Yo no necesito de una institución ni de un diploma para validar mi conocimiento.


Pachón 29

La mirada de Simón estaba fija en Emilia; la de Emilia en Simón; la del público

alternaba entre los dos. Emilia sostuvo la mirada, pero no dijo nada más. Todas las respuestas

que se le ocurrían podían ser acusadas de reaccionarias, el peor insulto que se podía recibir

en la casa ovalada. El silencio incomodo fue interrumpido por unos pasos que subían las

escaleras. El muchacho, que no había visto el espectáculo, llegó a la media luna y se sentó

en uno de los cojines. Le ofreció una cerveza a Simón. Él rechazó la cerveza y, sin que nadie

le preguntara, empezó contar una anécdota que explicaba por qué había decidido dejar de

tomar alcohol: hace dos fines de semana había consumido yagé y el yagé le había hablado y

le había dicho que parara. La atención y las miradas volvieron a fijarse solo en Simón.

Los siguientes encuentros entre Emilia y Simón iban a ser variaciones de ese primer

encuentro. Estarían marcados por la desconfianza mutua, por la competencia y el

revanchismo. El desafío de esa noche había dado inicio al duelo (aunque los duelos, como

todo el mundo saben, suelen ser entre caballeros).

Emilia sabía que en el piso de abajo la iba a estar esperando el gringo, pero prefería

aliento a crema de maní y a tabaco que seguir escuchando la historia sobre el despertar

espiritual de Simón. Así que decidió bajar. En efecto, ahí estaba el gringo: más borracho, y

más intenso que antes. La agarró y la arrastró a la pista. Habían desterrado al dj de su puesto

y en Hewlett-Packard sonaba, por fin, reguetón. Mientras Emilia buscaba la forma de

zafársele al gringo, apareció Miguel para salvarla.

—¡Emi, nuestra canción! —gritó mientras la jalaba hacia él y le daba una vuelta.

Ninguno de los dos había escuchado antes la canción que estaba sonando, pero desde ese día

se volvió su canción.

—¿Y Joaquín?
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—No sé. No importa.

La mayoría de gente se había ido; la pista recuperaba su forma original de salón de

estar. Emilia se quitó los zapatos y bailaron hasta la madrugada. Cuando salieron, la niña de

pelo lacio seguía acostada en la cubierta de la cocina.

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