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Protesta Social y Resistencia o el problema de los límites de la

hegemonía
Mabel Grimberg1

Resumen
Este trabajo reelabora en términos conceptuales resultados de las líneas de
investigación en curso sobre procesos de vulnerabilidad social y politización de la
vida cotidiana de conjuntos subalternos, con especial atención en los procesos de
formación de actores sociales y políticos, las modalidades de acción y construcción
identitaria. Desde un enfoque antropológico político relacional centrado en las
categorías teóricas de construcción social y hegemonía, y conceptos como tradición,
experiencia y transacción, este trabajo discute distintos enfoques de protesta y
resistencia social para proponer que 1) estos enfoques dejan fuera de análisis las
experiencias y las modalidades históricas de organización, al tiempo que descuidan
los procesos de la vida cotidiana y los sentidos que sus protagonistas otorgan a sus
prácticas; 2) los procesos de resistencia y protesta social deben entenderse en su
doble carácter de procesos históricos y experiencias de vida, que involucran a
sujetos y colectivos, el abordaje por tanto debe situarse en las tensiones y
contradicciones de estos entrecruzamientos; 3) estos procesos deben ser resituados
en un proceso de construcción de prácticas y sujetos en los marcos más amplios de
las relaciones de hegemonía.

Introducción
Si bien en Argentina los procesos de desigualdad social han constituido un
dato constante durante el siglo XX, desde mediados de setenta y luego los ochenta
los cambios en el modelo de acumulación de capital y regulación social impulsados
por políticas neoliberales, promovieron procesos de concentración política y
económica que intensificaron la desigualdad social y la precarización de las
condiciones de vida de vastos conjuntos sociales. La profundización, y
consolidación, de estas políticas a partir de los noventa se tradujo en niveles
sorprendentes para nuestro país de desempleo, subempleo y empleo precario, y en
un incremento de la pobreza y la indigencia inédito en nuestra historia. El alcance de
esta situación puede dimensionarse considerando que el desempleo pasó de 13%
en 1998 al 23% en abril del 2002 (con un aumento del 74 %), la pobreza del 31% en
1
Sección de Antropología Social. ICA. Facultad de Filosofía y Letras- UBA-CONICET. FI 041
UBACYT magrim@mail.retina.ar

1
1998 al 49% en abril del 2002 (con un incremento de 59%) mientras que la
indigencia saltó del 8% en 1998 al 18% para abril del 2002 (con un aumento del
128%)2
Al mismo tiempo, la redefinición del papel del estado y las políticas públicas
agudizaron procesos de fragilización diferencial por género y edad, por regiones y
áreas urbanas, por conjuntos sociales específicos, que se manifestaron en una
variedad de problemas de salud y formas de violencia y sufrimiento social 3, así como
en notorios problemas de acceso a la atención médica 4 en el marco de una política
que restringió o eliminó la intervención social del estado en áreas básicas como la
salud, la educación, la vivienda, etc. El crecimiento de la conflictiva social desde la
segunda mitad de los noventa, los hechos del 19 y 20 de diciembre del 2001 y la
continuación de movimientos de demandas de distinto carácter, visibilizaron formas
de protesta, modalidades de organización y estrategias políticas y sociales, cuyo
análisis resulta imprescindible para entender tanto la constitución de actores sociales
y políticos, como procesos de cambio que afectan identidades y prácticas de sujetos
y grupos.
Este trabajo se apoya en los resultados de dos líneas de estudio
desarrolladas en el Area Metropolitana, la primera iniciada en 1995 se centra en el
análisis de los procesos de vulnerabilidad social, con particular atención a los
problemas de desempleo, violencia, uso de drogas y Vih-Sida en el cordón sur de la
ciudad de Buenos Aires (San Telmo, Boca, Barracas, Lugano) y el partido de
Avellaneda en la Pcia de Buenos Aires (Dock Sur y Torres de Wilde). La segunda
iniciada a partir del 2000 en ésta y otras áreas (Matanza) del Conurbano, sigue los
procesos de politizacion de la vida cotidiana, resistencia y protesta social
incorporando progresivamente a agrupamientos de desocupados, y desde el 2002
empresas recuperadas y asambleas. Desde un enfoque antropológico político
relacional centrado en las categorías teóricas de construcción social y hegemonía, y
conceptos como tradición, experiencia y transacción, focalizamos los procesos de
2
Informe CTA, 2002.
3
La mortalidad de menores de un año por causas evitables pasó de 12.120 en 1999 a 17.000 en el
2002), mientras que la mortalidad por desnutrición ascendia a 10.000 en 2002. En el último trimestre
del 2002 en La Matanza (Conurbano Bonaerense) el 70% de los jóvenes menores de 14 años se
ubicaba bajo el nivel de pobreza, y de ellos la mitad bajo el nivel de indigencia (Comisión
Interamericana de Derechos Humanos, 2002).Entre otros emergentes se destacan el aumento de
padecimientos evitables como respiratorios e infecciosos, la baja del rendimiento escolar, el
incremento de embarazos tempranos y otros problemas de salud reproductiva, las muertes y heridos
por violencias de distintos tipos, el Vih-Sida, el uso de drogas etc. (Derechos Humanos en la
Argentina, 2004).
4
Según datos disponibles el porcentaje de población dependiente exclusivamente de la atención
pública pasó del 37,6% en 1997 al 43,2% en el 2001, mientras que los que tenían alguna clase de
cobertura social (para trabajadores activos o pasivos) decrecieron en ese mismo lapso del 50,3% al
46,7%. Siempro, 2002. Para un estudio antropológico sobre accesibilidad ver Margulies, S. 2003.

2
vulnerabilidad y politización en la vida cotidiana de conjuntos subalternos, con
especial atención a los procesos de formación de actores sociales y políticos, y a las
modalidades de acción y construcción identitaria. Desde ahí este trabajo discute
distintos enfoques de protesta y resistencia social para proponer que 1) estos
enfoques dejan fuera de análisis las experiencias y las modalidades históricas de
organización, al tiempo que descuidan los procesos de la vida cotidiana y los
sentidos que sus protagonistas otorgan a sus prácticas; 2) los procesos de
resistencia y protesta social deben entenderse en su doble carácter de procesos
históricos y experiencias de vida, que involucran a sujetos y colectivos, el abordaje
por tanto debe situarse en las tensiones y contradicciones de estos
entrecruzamientos; 3) estos procesos deben ser resituados en un proceso de
construcción de prácticas y sujetos en los marcos más amplios de las relaciones de
hegemonía.

Conflictividad y Protesta Social


Durante los noventa, pero sobre todo a partir de mediados de esa década se
desarrollaron de manera creciente acciones de resistencia y protesta social que
involucraron a sectores del estado y áreas regionales afectadas por el
desmantelamiento y la privatización de servicios y empresas (petróleo, carbón, etc.)
En este marco, los trabajadores de hospitales, docentes, municipales, provinciales,
ferroviarios, petroleros, del carbón, etc. se constituyeron en los principales
protagonistas de la demanda social. Progresivamente la movilización de estos
sectores fue acompañada por familias, residentes y vecinos, mientras el corte y
bloqueo de rutas iba configurándose en la medida de fuerza por excelencia. En
efecto entre el 20 al 26 de junio de 1996 residentes de las ciudades de Cutral-Có y
Plaza Huincul, provincia de Neuquén, bloquearon rutas en demanda de “fuentes de
empleo”. En ese año, gremios estatales y otros sectores sociales ocuparon durante
seis meses la plaza principal de la ciudad de Corrientes (Provincia de Corrientes), al
mismo tiempo que organizaban acciones que incluían cortes de rutas y puentes. En
1997 se realizaron bloqueos de rutas en Cutral-Có y en las localidades de General
Mosconi (Provincia de Salta) y Tartagal (Provincia de Jujuy), y, a fines de ese año,
en Florencio Varela, el primer corte de ruta de la Provincia de Buenos Aires. A partir
de ahí, en tres años, los bloqueos de calles y rutas, así como la ocupación de plazas
y otros espacios públicos se extendieron por todo el país, sumándose a partir del
2000, y sobre todo durante el 2001 y el 2002 un número creciente de sectores
sociales. Parte de este proceso fue la aparición y difusión de agrupamientos de

3
desocupados primero en areas del GBA, y luego en la Ciudad de Buenos Aires, asi
como la ocupación y “recuperacion” de empresas y la emergencia de las asambleas.
Ahora, como entender estos procesos? la mayor parte de las lecturas
políticas, sociológicas y tambien antropológicas han tendido a resaltar lo nuevo, la
discontinuidad tanto en términos de formas de lucha como de actores.
Una aproximación puede ser entenderlos como acontecimientos de tipo
contencioso e intencional, de visibilidad pública, de demandas fundamentalmente
dirigidas hacia el estado (Schuster y Pereyra, 2001). Esta lectura hace énfasis en el
carácter segmentario de la acción colectiva y en los sentidos políticos particulares
que puede tener cada protesta o ciclos de protestas. A partir de una serie de
preguntas tales como: quiénes, porqué, cuándo, dónde, cómo y para qué protestan,
se busca identificar cambios en los tipos de conflicto, en los actores, en las
demandas y en los formatos de la protesta, para proponer que se ha desarrollado un
proceso de “mutación de identidades” y nuevas formas de lucha (Schuster y Pereyra
2001; Schuster y Scribano, 2001). Desde una perspectiva antropológica me interesa
señalar que, si bien esta propuesta permite identificar discontinuidades, resulta
insuficiente sin embargo, para abordar la complejidad de articulaciones entre esas
discontinuidades y ciertas continuidades que deberían leerse en términos de
procesos culturales e históricos específicos.
Me detengo brevemente en otra línea (Auyero, 2002) que ha propuesto
“explorar las causas estructurales de la protesta, sus modalidades y las vivencias e
identidades de sus protagonistas” (Auyero, 2002:14). Este autor analiza los cambios
en términos de ruptura sosteniendo que estas nuevas formas de protesta permiten
identificar “identidades insurgentes” construidas en torno a la noción de “pueblo”,
distanciadas del “repertorio clásico” caracterizado por un lenguaje identitario
fuertemente asociado a la clase obrera. Me interesa destacar dos conceptos. El
primero es el concepto de campo de protesta5 planteado como mediador entre
procesos globales y locales (entre “macroestructuras” y “microprocesos” 6), en tanto
contexto de redefinición de “determinantes externos en términos de su propia
lógica”, atendiendo a “los intereses, las oportunidades y la organización de la acción
colectiva”. El segundo, utilizado para analizar los medios y sentidos de la protesta,
es el concepto de “repertorio de acción colectiva” de Tilly (1992) entendido como un
conjunto limitado de rutinas aprendidas, compartidas y ejercidas mediante un

5
Auyero define el campo de protesta como “ensamble de mecanismos y procesos que se hallan en la
raíz de la formulación de reclamos colectivos” (Auyero, 2002:15)
6
Para este autor tres macroprocesos “simultáneos y mutuamente reforzados” (el hiperdesempleo, la
retirada del estado en su función de “semibienestar”, y la descentralización de los servicios educativos
y de salud) habrían impactado de manera indirecta la acción colectiva. (Auyero, 2002)

4
proceso de selección relativamente deliberado. Para Auyero este concepto ubica a
la cultura en el centro de las formas de acción colectiva al hacer foco en “los hábitos”
de lucha adoptados por los distintos actores y en las formas que cobra la acción
colectiva como resultado de “expectativas compartidas e improvisadas” (Auyero,
2002).
Una primera cuestión a interrogar es por el concepto de “campo de protesta”
cuya formulación como “mediador entre procesos globales y locales” resulta poco
clara, más considerando abordajes como el de “campo de fuerza societal” de E.P.
Thompson o la centralidad teórica del concepto de “campo” en P. Bourdieu. En este
marco la consideración de aspectos tales como los intereses y las oportunidades, al
igual que la aplicación del concepto de repertorio, resulta a mi criterio problemático,
en primer término por una utilización preponderantemente descriptiva que no incluye
el análisis de los procesos sociopolíticos y las trayectorias de colectivos y sujetos. En
segundo término, la centralidad en los “hábitos” y “expectativas compartidas e
improvisadas”, impone una evidente reducción conceptual de la cultura que
imposibilita abordar procesos materiales y simbólicos más complejos en su sentido
productivo y reproductivo, entre los que se destacan los cambios en las lógicas
políticas del estado en su relación con los conjuntos sociales subalternos, y su
articulación en los modos de acción, la organización y las construcciones identitarias
de éstos.
Aún considerando sus diferencias, ambos enfoques dejan fuera de análisis las
experiencias y el peso de modalidades históricas de organización sobre las formas
de la protesta, al tiempo que descuidan los procesos de la vida cotidiana, así como
los sentidos que sus protagonistas otorgan a sus prácticas. Como he propuesto en
trabajos pasados en referencia a los trabajadores gráficos (Grimberg, 1997) y
recientes (Grimberg, 2000; Grimberg, Fernández Alvarez y Manzano, 2004), los
procesos de demanda y acción colectiva, y en particular los procesos de
movilización y las diversas formas de protesta social que nos ocupan, deben
entenderse en su doble carácter de procesos históricos y experiencias de vida, que
involucran a sujetos y colectivos. El abordaje entonces debe situarse en las
tensiones y la conflictiva de estos entrecruzamientos.

Tres cuestiones me interesa entonces señalar:


1.-Este peso en las rupturas suele invisibilizar experiencias organizativas
previas, que pueden retrotraerse a los inicios de la década del ochenta y en algunos
casos a los setenta. En efecto los primeros piquetes en rutas no pueden
desvincularse de tradiciones gremiales tales como las tomas y cortes de finales de

5
los sesenta en Tucumán (en relación a los cierres de ingenios), así como las
ocupaciones y ollas populares tienen extensos antecedentes entre los que puede
mencionarse la toma del Frigorífico Lisandro de la Torre y la resistencia barrial en
Mataderos. El conjunto de estos procesos de ocupación del espacio público y
privado pueden entenderse como la emergencia de procesos organizativos previos
que recuperan tradiciones políticas, sindicales y asociativas. Como señaláramos la
primera fase de la protesta, si es posible identificar de esta manera, fueron los
movimientos en defensa del empleo, contra el cierre, las privatizaciones, las
reducciones en áreas del estado y en empresas medianas del sector privado. Parte
de éstas las he documentado personalmente en la industria gráfica desde 1985 a
1995 (Grimberg, 1997).
2.- Tampoco puede desvincularse estos procesos de reconocibles tradiciones
y prácticas políticas y sociales. En efecto, los primeros agrupamientos “piqueteros”
surgieron en partidos del Gran Buenos Aires (Matanza, zona oeste, y San Francisco
Solano, Quilmes, zona sur) a partir de distintas organizaciones sociales y políticas 7,
cuyos antecedentes más inmediatos fueron los procesos de ocupación de tierras y la
constitución de asentamientos de viviendas, durante los ochenta, y las “ollas
populares” del período de la “hiperinflación” en 1989. En Matanza, a partir de 1996
comenzó a funcionar en una “red de barrios” que coordinó acciones con gremios
estatales, realizó “acampes” en plazas públicas, ollas populares y cortes de rutas en
demandas de subsidios de desempleo y alimentos 8. En San Francisco Solano el
Movimiento de Trabajadores Desocupados (MTD) comenzó en 1997 con asambleas
y marchas al municipio en demanda de “planes” y en noviembre de ese año realizó
el primer corte de ruta. Desde 1999 en adelante se organizaron agrupamientos
similares en distintos partidos de la Provincia de Buenos Aires, la ciudad de Buenos
Aires y el interior del país, formando la Coordinadora Aníbal Verón. A partir del 2002
fueron surgiendo y cobrando visibilidad organizaciones “piqueteras” vinculadas a
diferentes partidos políticos en su mayoría conocidos actores de etapas previas 9.
3.- Tanto la ocupación de empresas por parte de sus trabajadores frente al
peligro de cierre, como el “salvataje” por parte del estado han sido parte de las
“tradiciones” gremiales y las políticas estatales de Argentina. Empresas gráficas,
7
Entre ellas, las Comunidades Eclesiales de Base vinculadas a la Teología de la Liberación,
organizaciones vecinales y grupos políticos de distintas orientaciones.
8
Entre ellas, la Federación de Tierra, Vivienda y Habitat (FTV), adherida a la Central de Trabajadores
Argentinos (C.T.A), fundada en 1998, que reúne organizaciones de asentamientos; casas tomadas,
inquilinatos y pensiones; villas y barrios urbanos; indígenas; campesinos y trabajadores rurales;
adjudicatarios de viviendas sociales;etc; y la Corriente Clasista y Combativa, corriente sindical
vinculada al Partido Comunista Revolucionario.
9
Entre ellos: Movimiento de Trabajadores Desocupados “Teresa Vive”, Movimiento Teresa
Rodríguez, Polo Obrero (PO), Movimiento Territorial de Liberación, Movimiento Barrios de Pie, etc.

6
ingenios azucareros, astilleros y otras empresas fueron en los setenta ejemplos de
estas prácticas. En el marco de los procesos hiperinflacionarios y las quiebras de la
década del ochenta, numerosas empresas fueron ocupadas por sus trabajadores
quienes ensayaron distintas modalidades cooperativas con dispares resultados.
Ahora bien, desde las tradiciones político-gremiales que caracterizaron la
conflictividad social en Argentina, debe reconocerse que los finales de los noventa
mostraron la constitución de un escenario de disputa, de demanda y negociación
descentrado de la empresa (la fábrica), de carácter territorial, referido centralmente
al estado, que articuló distintas modalidades de ocupación del espacio público. Un
rasgo de esta territorialización es la configuración de un espacio de ocupación y
cortes que supone desplazamientos de los actores entre el Gran Buenos Aires y la
Ciudad de Buenos Aires cuyos puntos focales son los puentes de entrada/salida así
como ciertos lugares emblemáticos de la política (la Plaza de Mayo –Casa de
Gobierno, el Congreso, los Tribunales, Ministerios, etc.). El análisis de estos
procesos posibilita efectuar ciertas distinciones respecto de las formas de la protesta
en nuestro país desde mediados de los ochenta 10 en un proceso que va desde la
reorganización o recuperación sindical en algunos casos, con conflictos a nivel de
las distintas ramas de producción del sector industrial privado por recuperación de
condiciones de trabajo y beneficios laborales perdidos con la dictadura, a un
desplazamiento por demandas de salarios adeudados, despidos y cierres que se
inicia durante el gobierno radical y se profundiza con el gobierno menemista sobre
todo a partir del 95 en adelante. Desplazamiento que implicó el aumento del
protagonismo de trabajadores estatales en las provincias y de gremios provinciales y
municipales, la disminución de ciertas medidas de fuerza como el paro y el aumento
de los cortes de ruta y las ollas populares.
La comprensión de estos procesos debería considerar de manera articulada
-procesos económicosociales, en particular los cambios en la estructura social y en
la experiencia de vida cotidiana promovidos por la concentración y
desmantelamiento industrial durante la primera parte de aplicación de las politicas
neoliberales del gobierno menemista, que impactó en los trabajadores del cordón
industrial del GBA, de las pequeñas y medianas industrias y del estado, y que a
partir de 1995 culminó en la recesión, el hiperdesempleo y la masificación del
empleo precario; y -procesos sociopoliticos más amplios relacionados con el rol, las
disputas y realineamientos sindicales; las reestructuraciones en los partidos y las

10
No desconocemos el desarrollo de otros procesos de demanda que fueron simultáneos a la
conflictiva gremial, me refiero a los procesos de demanda por tierras, viviendas y mejoramiento de
infraestructura urbana.

7
alianzas gobernantes y en los “modos de hacer política”; así como los cambios en
los procesos de vida y en las experiencias políticas de los conjuntos subalternos.

Relaciones de poder, vida cotidiana y resistencia


Como señalara la protesta debe ser relocalizada en procesos más amplios de
resistencia social, cultural y política, y más en particular, ser articulada al entramado
de las experiencias de la vida cotidiana. Tal como se ha propuesto recién a partir de
la década de los setenta la antropología comenzó a reemplazar sus preocupaciones
por el orden y la organización política, para interrogarse por las “relaciones de poder”
y los mecanismos de dominación y resistencia (Pires do Rio Caldeira 1989). En ese
marco, diversas líneas de investigación propusieron abordar de manera histórica y
relacional los procesos de dominación y resistencia haciendo eje en el rol de la
agencia, la cultura y la conciencia. Algunos de esos estudio revisaron el colonialismo
y las relaciones colonialistas, a través de movimientos religiosos (J. and J. Comaroff
1991; Scott11 1976; 1985; 1990), analizaron el campesinado en la India (Guha,
1983), centraron en las modalidades poscoloniales (Said, 1990; Bhabha, 1994;
Spivak, 1999) o en las relaciones capitalistas y la resistencia de los mineros
bolivianos (Nash, 1979; Taussig, 1980).
Me interesa aquí plantear al menos brevemente dos cuestiones teóricas sobre
el problema de la resistencia.
La primera se relaciona con las formas “tradicionales” o “innovadoras” de
ciertos procesos, entre las que se encontrarían ciertos movimientos religiosos o
ciertas ceremonias y rituales. En este sentido, se ha propuesto que los procesos de
resistencia implican la apropiación y reelaboración de los elementos de la
evangelización, retraducidos a los contextos culturales de los dominados. Estas
reelaboraciones forman un collage de elementos precoloniales y coloniales que se
objetivan en categorías opuestas, en visiones en confrontación que permiten
identificar a los dominadores y posicionarse. Estas objetivaciones darían lugar a
formas de resistencia popular codificadas frente a las posibles reacciones represivas
de los regímenes de dominación. (J. and J. Comaroff 1991). Otro tanto ha sido
analizado en relación a los rituales del Diablo en las minas bolivianas (Nash, 1979).
Sin embargo, cabe destacar que no es solo una situación represiva o la
identificación que de ella se haga, la que constituye a estos procesos en resistencia,
sino, sobre todo, los sentidos y los espacios de autonomía que logren sostener.
La segunda remite a las formas encubiertas de resistencia a la dominación
(Scott,1985, 1990) que pueden basarse en pequeños robos, boicots, chismes y
11
Scott proviene de las ciencias políticas.

8
rumores, ausentismo o trabajo a desgano; pequeñas acciones de la vida cotidiana
que no confrontan de manera abierta. La propuesta a mi criterio mas relevante es
que los contextos de no confrontación abierta no significan consenso ideológico a las
relaciones y condiciones de dominación (o falta de conciencia), por lo contrario el
trabajo etnográfico, así como de fuentes documentales no tradicionales (relatos
populares, literatura, etc.) permitiría captar niveles de constante confrontación en
términos de "transcripción oculta", en que los conjuntos subalternos muestran en sus
prácticas y discursos entre pares, su reconocimiento de los agentes y las
modalidades de la dominación.
Sin discutir ciertas afirmaciones de estos autores, como la visión de los
Comaroff de movimientos contrahegemónicos, o de Scott sobre las formas de acción
colectiva directas y abiertas como ocurrentes sólo en raras ocasiones, quisiera
llamar la atención sobre algunos problemas relacionados con las particularidades
observadas desde los datos de campo.
Un problema central refiere a las tensiones entre lo social y lo político, y en
particular a las distinciones realizadas frecuentemente en la bibliografía entre
resistencia y estrategias de vida o de supervivencia (Ortner, 1995). Un punto de
partida conceptual a mi criterio es considerar que la desigualdad y la precarización
social deben ser entendidas al mismo tiempo como un proceso estructural y una
experiencia subjetiva (Turner y Bruner, 1997; Pollak, 1990). En tanto experiencia
subjetiva dichos procesos se expresan simultáneamente en una diversidad de
padecimientos y modos de sufrimiento social, así como en modos de interpretar,
actuar y responder frente a ellos (Farmer, 2003; Grimberg, 2004). Se trata, entonces,
de registrar no sólo la forma en que los sujetos padecen, sino el modo cómo
describen, interpretan, explican y actúan con relación a sus situaciones de vida y sus
padecimientos, así como las vinculaciones que ellos efectúan entre aquello que
viven individualmente y lo que se juega a nivel colectivo.
En términos de proceso estructural, una mirada de largo plazo permite
sostener que desde los setenta se impulsó un proceso de reconfiguración societal
(Villarreal, 1986, Basualdo, 2003), que transformó el modelo de sociedad que con
modificaciones se mantenía desde los cuarenta. Me refiero a un modelo
caracterizado por el peso del trabajo asalariado, legislación de protección social y
laboral, y alto nivel de organización sindical, así como por sectores medios de
significativa importancia en términos comparativos con otros países
latinoamericanos. Me interesa destacar que estos procesos, en particular la
extensión del desempleo y el subempleo, han reestructurado profundamente la vida
cotidiana de los sectores populares, desdibujando las fronteras tradicionales entre

9
ocupación y desocupación, entre espacio público y privado, en un proceso que: a)
ha comprometido la vida (la sobrevivencia) de cada vez más sectores de población
afectando todas las dimensiones de su vida cotidiana; b) ha redefinido las formas y
los sentidos del trabajo, reinsertándolo y entramándolo en otras formas de
organización social de la vida cotidiana, modificando o produciendo nuevas
relaciones entre el espacio laboral y los espacios doméstico-familiares y barriales, y
c) ha extendido e intensificado procesos de explotación y autoexplotación.
Esta reconfiguración, entonces, se constituyó en una vertiginosa experiencia
de pérdida para los miles de desempleados y precarizados, así como para los
empobrecidos de los “sectores medios”. El análisis de narrativas de vida y el
seguimiento de las actividades cotidianas de algunos de los agrupamientos de
desocupados, muestra el ensayo de una variedad de formas individuales y
colectivas desde la venta callejera, las artesanías, las ferias, la participación en
sistemas más o menos formalizados de trueque, el recurso a la asistencia (enviar
niños a comedores comunitarios, ir a buscar la comida y comer en la casa), hasta la
inclusión en alguno de los programas sociales. Parte de estos procesos
comprometen a redes familiares y vecinales e implican el desarrollo de prácticas
diferenciadas y combinadas de formas cooperativas. También son diferenciadas las
instituciones (sociales, religiosas, políticas, etc.) y áreas estatales involucradas.
Ahora, el trabajo etnográfico permitió observar una variedad de modos de
organización, asociaciones vecinales de distinto tipo, algunas de las cuales tenían
más de 20 años, asociaciones mutuales y clubes de barrio de distinta antigüedad,
grupos murgueros, asociaciones de inquilinos, comedores comunitarios,
agrupamientos específicos como la Federación de Tierra y Vivienda, distintos
movimientos de desocupados (Anibal Verón, Teresa Rodríguez, Barrios de Pie),
asambleas. Como señaláramos en un trabajo anterior (Grimberg, 2004), los
procesos de demanda, los cortes y marchas desarrollados por los distintos
agrupamientos sociales, se traman con actividades laborales y sociales que intentan
responder de manera colectiva a necesidades cotidianas de la vida en el barrio.
Como caracterizar estas prácticas? Son estrategias de supervivencia?
Formulado en estos términos, esta enumeración podría ser una respuesta a la
pregunta ¿cómo sobreviven los marginados? (Lomnitz, 1975), formulada en los
setenta desde la teoría de la marginalidad. Pregunta que inauguró una línea de
estudios que puso el énfasis en el desarrollo de estrategias y la existencia de redes
familiares, de vecindad y amistad como parte de las mismas. Mas allá de las críticas
posibles de efectuar a los marcos conceptuales de estos estudios, es evidente que
los conjuntos sociales desarrollan una serie de prácticas y generan y/ o aprovechan

10
una serie variada de recursos que deben ser tenidos en cuenta para el análisis de
estos procesos. En esta perspectiva debe considerarse que estas prácticas
involucran procesos de evaluación y diagnóstico de situaciones de vida, identifican
problemáticas, tipifican modos de resolución y activan mecanismos de
procesamiento colectivo de modos acción y relación con distintos actores sociales.
Una cuestión a considerar en este análisis es la extensa tradición de “lucha
social barrial” que desde los sesenta se manifestó en procesos asociativos y
modalidades de acción política12 en función de la ocupación de tierras y el
asentamiento en el GBA, la ocupación de viviendas en la Ciudad de Buenos Aires,
las demandas de mejoras de infraestructura urbana y servicios tales como los
relacionados con la atención médica (“salitas”) guarderías, saneamiento ambiental,
etc. y más recientemente, a partir de los ochenta, en la participación en procesos de
autoconstrucción y la ejecución de tareas de infraestructura y saneamiento
ambiental. Parte de estas formas asociativas fueron en distintos momentos
históricos las bases de procesos de movilización política de finales de los sesenta y
principios de los setenta, así como foco y espacio de disputa de partidos políticos en
época de campañas electorales.
La significación, entonces, no puede ser planteada en forma aislada, sino
desde el contexto de relaciones de poder y sus expresiones sociales, políticas y
culturales, y más específicamente desde los sentidos que en cada momento
histórico movilicen sus protagonistas. Es ese contexto el que puede permitir indagar
los alcances y los límites de las demandas y las iniciativas de los conjuntos
subalternos. Es también en ese contexto en que puede recuperarse los procesos de
politización o de despolitización de la vida cotidiana, ya que la centralidad analítica
en las relaciones de poder permite cuestionar la consideración de la política como
dominio especializado con lógicas propias, para reintegrarla como dimensión básica
de los modos de vida de los conjuntos sociales.
Relacionado a lo anterior, otro problema reside en el peligro de
homogeneización de los sujetos de la protesta o en la naturalización de sus
diferencias, que en ambos casos dejan fuera de análisis las disputas, tensiones y
contradicciones entre sectores y agrupamientos de los conjuntos subalternos así
como al interior de cada uno de ellos. El correlato, tal como se expresó a
continuación de los hechos del 19 y 20 de diciembre y con mayor o menor
cristalización durante el 2002, resulta en una visión idealizada del “sujeto de la
resistencia” o “la transformación”, que por otra parte no es nueva en términos

12
Entre ellas sociedades de fomento, agrupaciones vecinales, clubes barriales, centros parroquiales,
etc. y según momentos en formas y estructuras partidarias (punteros, centros políticos, etc.)

11
políticos y académicos13, y como señaláramos en el punto anterior, mantiene
estrecha vinculación con los énfasis analíticos en la ruptura y la discontinuidad, así
sea planteada con mayor o menor grado de radicalidad. Conectado a esto, a
contracara, debe interpretarse aquellos pasajes a visiones que enfatizan los
procesos de fragmentación y ruptura o los vínculos partidarios y con sectores del
estado.
El análisis por tanto debería considerar que los distintos momentos de
emergencia y las particularidades del proceso de conformación de los
agrupamientos responde a diferentes trayectorias de prácticas y contextos de
relaciones políticas en el escenario territorial, en ese marco debería indagarse el
papel de las organizaciones de base religiosa, el rol de los partidos y grupos
políticos, el papel de sectores ligados a agrupaciones sindicales y otros actores
sociales y políticos.
Tal como han señalado distintos autores (Ortner, 1995; Gledhill, 2000) los
problemas centrales de los estudios sobre resistencia residen en la unilateralización
del análisis en las prácticas y discursos de los conjuntos subalternos, fuera del
marco de las relaciones más generales de poder y los contextos sociohistóricos
específicos. Como he propuesto en trabajos pasados en referencia a los
trabajadores gráficos (Grimberg, 1997) y más recientes (Grimberg, 2000; 2004;
2005), la “protesta” y los procesos de resistencia deben ser situados en el contexto
mayor de las relaciones y procesos de hegemonía.
Utilizo esta categoría para referir a relaciones de poder activamente
construidas, que articulan de manera tensa coerción y consenso. Interesa puntualizar
que este concepto destaca el rol de la agencia y las múltiples acciones e
interacciones entre sectores sociales dominantes y subalternos, en un proceso de
mutuas apropiaciones y resignificaciones. Como tal, esta relación de poder "tan solo
puede ser mantenida por lo gobernantes mediante un constante y diestro ejercicio de
teatro y concesión" (Thompson, 1984:80). Enfocados en su dinámica, estos procesos
se articulan en un campo de fuerza societal de múltiples disputas, en el que los
conjuntos subalternos pueden desarrollar prácticas que simultánea y
contradictoriamente implican cuestionar/impugnar algunos aspectos de las
relaciones de dominación-subordinación, mientras adhieren o reproducen otros;
aceptar, resignar, negociar y resistir de maneras más o menos encubiertas, efectuar
reelaboraciones, desarrollar iniciativas propias o prácticas no necesariamente
funcionales a la reproducción de las relaciones de dominación. En este sentido es un

13
Me refiero a las históricas discusiones en torno a la clase obrera, el campesinado, los “marginados”
urbanos.

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proceso contradictorio, fragmentario, cuyos intersticios dan márgen tanto a la demanda
y la disputa como a la negociación, a la dependencia como o a la autonomía no
funcional.
Desde esta perspectiva una última reflexión sobre los procesos de los
movimientos “piqueteros”. Mirado desde las tensiones y contradicciones de los
procesos de hegemonía debe reconocerse que tanto el desarrollo como el notable
crecimiento como organizaciones de desocupados a partir del 2000, respondió
básicamente a las políticas implementadas por el estado, a través de la demanda de
subsidios de desempleo y fundamentalmente, de la gestión organizada de estos
recursos. La variedad de tensiones y contradicciones, y en este marco las
significaciones políticas que estas prácticas expresan solo pueden entenderse, y
esto me interesa destacarlo, a la luz de un proceso de construcción conjunta de
modalidades de intervención estatal y de actores sociales que deben enmarcarse en
modelos políticos-económicos y simbólicos más amplios.
Cabe recordar que durante la década de los noventa las líneas de créditos
otorgadas por organismos internacionales impusieron, como modalidad de
intervención social del estado, la focalización sobre determinados sectores de la
población. Los fondos podían ser gestionados por programas públicos o
asociaciones no-gubernamentales. Los distintos programas de desempleo han
implicado variados requerimientos, entre ellos el de desarrollar ciertas
contraprestaciones de trabajo o tareas diversas, a la vez que responder a
requisitorias de programación y control. Estas modalidades a su vez, preveen ciertos
dispositivos de control sobre las organizaciones tales como “programas de
capacitación”, mecanismos de tramitación periódica de reasignación de
beneficiarios, etc. Ahora, la modalidades de implementación de estas políticas
afirmaron relaciones clientelares, al mismo tiempo que imponían una dinámica de
demanda de confrontación-negociación configurando un campo transaccional desde
el que se definen y redefinen modos de acción y actores sociales, incluyendo entre
éstos a las políticas estatales.
Es en el marco y la dinámica impuesta por esas políticas cómo se crean y
modelan actores sociales y políticos, y subrayo impuestas porque es el contexto de
deprivación y deestructuración social del conjunto del modelo neoliberal el que da el
carácter de coercitivas y a la vez de condiciones de oportunidad para la demanda.
Visto desde las relaciones de hegemonía, estas políticas redefinen el campo de
fuerza societal, perfilan (en términos de propuesta) los objetos de la demanda y
acotan los caminos; pero al mismo tiempo, como efecto no deseado, la demanda y
gestión de estos “planes” resultan en principal motor de crecimiento de estas

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organizaciones y en intensificaciones coyunturales de los procesos de protesta
social. Parte de estas tensiones y contradicciones emergen de las características de
estas prácticas que combinan procesos de movilización con múltiples actividades de
vida cotidiana en áreas como trabajo, salud, educación etc.; y de ciertas
dimensiones de significado de sus discursos, tales como el fundamento en la
“dignidad social” y la vinculación simbólica entre movilización y logro, entre “lucha” y
“conquista” que permite configurar tanto el objeto como el medio de la demanda en
derecho político.
En este campo de disputa y de variadas correlaciones de fuerza, esta
dinámica de demanda y negociación de los “planes” asume funciones de contención
de la conflictiva, de disciplinamiento y control social, de legitimación de políticos y
políticas, y de refuerzo de la enorme red clientelística del gobierno nacional, los
gobiernos provinciales y municipales, los partidos y grupos políticos, entre otras.
Pero, al mismo tiempo, permite el despliegue de una multiplicidad de prácticas tales
como disputar y capturar recursos, apropiar y reelaborar significados frente a las
estrategias políticas gubernamentales, desarrollar ciertas iniciativas propias,
extender la capacidad de gestión de ciertas áreas de la vida cotidiana como es el
trabajo, la formación, la salud, etc. Es en este sentido que puede pensarse a las
políticas en una doble función de sujeción y subjetivación (Schore y Wright, 1997) y
al estado como constructor de actores sociales y políticos. En esta perspectiva, los
“planes”, deben ser vistos como uno de los múltiples dispositivos de un complejo
sistema de gobernancia, en el que debe incluirse tanto el padecimiento, como la
resistencia o las variadas estrategias de “aprovechamiento” de conjuntos y
agrupamientos sociales y políticos, en un proceso de construcción hegemónica que
fuerza los límites y los alcances de las prácticas.

Reflexiones finales
La discusión efectuada permite acercarse a la complejidad de los procesos de
resistencia y protesta social, abordar con mayor sentido crítico sus alcances y
límites, para resituarlos en un proceso de construcción de prácticas y sujetos en los
marcos más amplios de las relaciones y procesos de hegemonía. Esta mirada
destaca la necesidad de un enfoque relacional que recupere y articule en el análisis
las modalidades de prácticas sociales y políticas históricas y las experiencias de vida
cotidiana, de manera de entender procesos sociales y subjetivos, y en particular,
tanto la multiplicidad, como la fragmentación de acciones y sentidos
simultáneamente comprometidos en un campo más amplio de disputa y transacción.

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En esta perspectiva se destacan el trabajo con categorías como las de tradición y
experiencia.
Desde ahí proponemos que es en este marco de relaciones de hegemonía,
cómo deben ser leídos los procesos transaccionales de apropiación y gestión de
recursos materiales y simbólicos en relación a las estrategias políticas
gubernamentales. La significación no puede ser planteada en forma aislada, sino
desde el contexto de relaciones de poder y sus expresiones sociales, políticas y
culturales, y más específicamente desde los sentidos que en cada momento
histórico movilicen sus protagonistas. El objetivo entonces es captar las tensiones y
contradicciones de las prácticas y propuestas, es decir indagar los alcances y los
límites de las demandas y las iniciativas de los conjuntos subalternos. Esto no
significa desconocer que, en el marco de la heterogeneidad de las propuestas de
sus protagonistas, estos procesos fuerzan y expanden las fronteras de la
ciudadanía, en tanto redefinen modos de relación con el estado y legitiman
necesidades y modalidades de acción en términos de derechos.
La discusión planteada refuerza, a su vez, la potencialidad del trabajo
etnográfico para el seguimiento de procesos fuertemente invisibilizados de los
modos de vida de los conjuntos subalternos. Sobre todo dimensiona la vida cotidiana
como espacio en el que se entretejen relaciones sociales y compromisos, se
configuran y confrontan lealtades, se despolitizan y politizan problemas, se separa y
“reunifica” vida y política, en otros términos se traban los procesos de hegemonía y
se despliegan múltiples procesos de resistencia.
Las transformaciones que estos procesos han promovido (y promueven) en la
reconfiguración de las modalidades de relaciones sociales, en las representaciones
y las prácticas de los conjuntos subalternos, en las construcciones identitarias y en
la subjetividad, constituyen los principales interrogantes del momento actual. No esta
demás sostener que del cómo las fuerzas sociales y políticas interpreten, se
posicionen, accionen y capitalicen estos procesos, dependerán las alternativas de la
conflictiva social.

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