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¿Educación liberadora, o liberarse de la formación?

Darly y. Martínez
Muchas frases y pensamientos han juntado la idea de libertad con educación; y
otras lo han tratado como una idea emancipadora frente al uniformidad educativa;
ambos conceptos son aceptables hoy en día porque por una parte tenemos
evidencias significativas que apuntan a la educación como un acto liberador y
herramienta de solución a la pobreza y a las desigualdades sociales; en lugares
donde se desea entender las situaciones a veces muy adversas por las que este
mundo se caracteriza mucho, y que la oportunidad más venerable que se le da a
la educación es el poder real que tiene para transformar o cambiar las cosas y/o la
consciencia humana; el Premio del Nobel de paz que a propósito ha sido el más
joven de la historia da cuenta de este hecho puntual y en la de los jóvenes y niños.
Por otra parte, está la idea de libertad cuando por fin se da como resultado de un
mundo en el que la educación se puede reducir a un lugar más que de enseñanza,
de formación. Este hecho es el tema de Frankestein, pues en este ya antiguo
relato, la construcción de un ser a un gusto es la parte más particular y atrayente,
que al mismo tiempo crea la manera equivocada en nosotros de replicarlo hoy en
día tal cual se cuenta en la narración.
Aunque para nosotros, la idea de crear a una persona parece un acto más que
extraño o reservado para el cine, la verdad es que lo hacemos o lo imaginamos
todo el tiempo puesto que tendemos a pensar que la educación es universal y que
por lo tanto persigue el mismo objetivo, esto es ayudar al futuro ser humano a
convertirse en un ciudadano comprometido, capaz de sobrevivir y superarse
laboral y personalmente, muchos son los caminos pero pocos los verdaderos por
los cuales una persona se siente realizada y superada pero habiendo sido ella
misma desde el principio.
Este texto invita a reflexionar el alcance que puede tener la segunda idea cuando
juntamos educación y libertad, debido a que no se puede seguir hablando de una
educación liberadora cuando una vez que se terminar un curso o grado académico
existe la sensación de que se ha salido de un estilo de vida hermético con
esquemas que han cumplido el propósito de quien los creo, o de un grupo con un
modo de educación para ‘fabricar hombres’ a pesar de tener buenos deseos o
aspiraciones. En estas pequeñas actividades somos todos Frankesteins, o más
exactamente todos aquellos que deseamos poner, quitar, agregar o cambiar ‘algo
de alguien’, podemos plantearnos el interrogante hasta este punto de quién es
realmente el monstruo.
En suma este dilema no tiene una respuesta en específico o simplemente algo
que va a funcionar para ser inyectado directamente al menos en nuestro lugar de
permanencia, lo que no significa que no se puedan plantear alternativas para
mejorar, una de ellas puede estar orientada a repensarse la estructura educativa,
social incluso familiar por la que llega la educación o el material enseñado, cosa
que las diferentes corrientes pedagógicas han tratado de hacer durante bastante
tiempo, pero lo más importante es que el conocimiento de antemano que se posee
respecto a la forma en la que se pretende enseñar ‘algo a alguien’ será tanto que
podríamos volver a la primera idea de que la educación si es liberadora.