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Alfredo Torero ha cambiado los nombres de las ramas de la macrolengua en su

último libro: Idiomas de los Andes.

La mayoría de libros y lingüistas usaron las primeras denominaciones de su primer


libro.

Primer libro Este libro

Wampuy Yungay = Quechua Periférico o Q-ll

Yungay Limay = Q-IIA

Las clasificaciones y relaciones genéticas del Quechua:

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Las poblaciones mesoandinas, con tierras de cultivo escasas, pero aptas
para la agricultura intensiva con variadas tecnologías en los valles costeños y
serranos y para el pastoreo en las tierras altas, alcanzaron la autosuficiencia
neolítica local hacia 4 000 a. de J. C. (Arcaico Tardío); y, más de un milenio
después, gracias al crecimiento de los contactos interzonales, emprendieron
un florecimiento civilizatorio. Las relaciones tribales cedieron el paso a las de
vecindad, se desarrolló el comercio a distancia y se constituyeron los gobier­
nos, inicialmente colectivos y ulteriormente elitarios.

Los procesos lingüísticos correspondientes a los Andes Medios los hemos


reseñado en otra parte (Torero, 1974,1990). Hemos señalado cómo por el primer
proceso, el del largo aislamiento de cada grupo humano durante el paleolítico y
el neolítico inicial aldeano (que duró varios milenios), hablas tal vez originaria­
mente homogéneas devinieron en idiomas diversos mutuamente ininteligibles;
y cómo por el segundo, el de la expansión creciente del comercio y de la acción
política, la extensión de unas pocas lenguas acabó desvaneciendo tal diversidad
y simplificó el panorama idiomático, con la absorción o eliminación de muchas
hablas lugareñas. De este modo se perdieron idiomas que eran quizá eslabones
intermedios de las lenguas expansivas -imprescindibles, por lo tanto, para per­
cibir su parentesco- y se iniciaron, en cambio, fenómenos de interpenetración
areal que hoy nos confunden cuando intentamos hacer deslindes genéticos entre
las lenguas sobrevivientes o lingüísticamente testimoniadas.

A la vez, las sociedades mesoandinas fueron aprendiendo, mediante la in-


teración y el trueque crecientes, a ejercitarse en el manejo y la regulación de la
diversidad -la de los recursos naturales y la de las tecnologías aplicadas a
éstos-, y en la complementación solidaria y disciplinada frente a los rigores
del medio ambiente.

El camino recorrido fue, entonces, más lento y difícil, pero llevó más lejos
en complejidad cultural y social. Las expansiones idiomáticas, correlativa­
mente, fueron más tardías, pero ya no dispersivas, sino cohesionadoras y en
vinculación con el establecimiento de sociedades de estado, probablemente
desde mediados del milenio chavínico que precedió a nuestra era.

2.3. La civilización precerámica

2.3.1. La arqueópolis de Caral

En el Perú central, en tiempos aún precerámicos, hacia 3 000-2 500 a. de J.C.,


hubo ya sociedades capaces de efectuar construcciones monumentales -como
las de Áspero en Supe (Lima), Kotosh (Huánuco) o La Galgada (Áncash)-,
misma: agua de río y manantial y tierra-feraz para cultivar algodón y panllevar;
mar abundante en peces, aves y mamíferos marinos; guano de islas; salinas;
amplios humedales para criar totora, camarones y peces y atrapar aves migrato­
rias; monte ribereño y lomas de invierno donde recolectar y cazar; etc. Se van
descubriendo aspectos materiales de su cultura pluriespecializada: muestras de
diversos cultígenos, artes constructivas, grandes redes y otros ingenios de pes­
ca, figurinas de arcilla cruda, instrumentos musicales, bella cestería. Tal vez
nuevas excavaciones den a conocer el tipo de embarcación empleada en la
pesca y el transporte, probablemente fabricada con haces de totora.

Junto a la develación y divulgación de sus secretos, la conservación de


Caral es, ahora, una tarea prioritaria. Las extensas ruinas eran conocidas por
los pobladores de la zona, que las percibían bajo la arena; y tal vez el nombre
de Chupacigarro que se les dio tuvo su origen en alguna forma de ritual reali­
zado por temor o reverencia al pasar cerca de ellas. Las fotos aéreas habían
mostrado años atrás parte de sus estructuras. Se sabía que el sitio era precerá-
mico; probablemente relacionado con las pirámides de Áspero y con una anti­
güedad similar a la reconocida a éstas, -hacia 2 750 a. de J.C-.

Los trabajos efectuados por el equipo de la Universidad de San Marcos, sin


embargo, han venido a dar a esas estructuras un nuevo y gran relieve al descu­
brir que se trata de una ciudad tan antigua, efectivamente, como Áspero, y al
ponemos frente a críticos retos teóricos en la comprensión de la aventura hu­
mana. Confiamos, por esto, en que las excavaciones se harán de manera muy
selectiva y que las ruinas se recubrirán de nuevo, para que duren muchas veces
cinco mil años.

2.3.2. Los valles sagrados

El desierto de arena en que consiste casi toda la costa peruana se ve interrum­


pido, a distancias que varían entre veinte a setenta kilómetros, por medio cen­
tenar de estrechos valles configurados por ríos de curso más o menos regular y
más o menos largo, según inicien o no sus respectivas cuencas colectoras en
las grandes alturas de la Cordillera Occidental o en vertientes más bajas. El
valle de Supe se cuenta entre los menores de la costa central; su río es ‘de
temporada’, corto en longitud y en volumen y fuerza de agua. Por estos facto­
res, por un lado, abrevia la distancia entre las serranías y el mar peruano en su
sector de mayor riqueza; y, por otro, su caudal no violento ha hecho posible
que los cultivadores lo aprovecharan para el riego desde hace milenios, cuan­
do las tecnologías hidráulicas eran aún sencillas y no muy grande el número
de brazos requerido para dominarlo.
Por este motivo, el de Supe es uno délos valles sagrados de la costa central,
al lado de otros de similar tamaño, como los de Chao, Casma, Asia o Pachaca-
mac. En ellos nació la civilización andina.

A tales condicionamientos naturales, la gente de Supe añadió un factor so­


cial fundamental, la disciplina del riego: ajustar una incesante actividad agra­
ria a épocas óptimas para las diferentes faenas; actuar colectivamente en la
apertura y conservación de los canales matrices; establecer el reparto justo de
¿ tierras y las cuotas y tumos de agua y respetarlo rigurosamente; autogene-
rar una jerarquía funcional atenta a la observancia del calendario agncolay
con poder jurisdiccional sobre los labriegos. La disciplina del agricultor deb
ritmar, a la vez, la actividad de los demás oficios, en particular la de los pesca­
dores,hasta entonces espontánea y anárquica.

Integrados con los agricultores bajo un mismo gobierno, los pescadores


por su parte, además de aportar abundantes recursos marinos, contrapesaron
con su movilidad marinera el obligado sedentarismo del agricultor, y conecta­
ron a la comunidad con otros pueblos.

Una vez alcanzado zonalmente el manejo racional de los excedentes en


alimentos, recursos naturales y productos, se ingresó en los Andes a una fase
de fuerte y creciente intercambio, que fue uniendo p o b l a c i o n e s de comarcas
cada vez más lejanas. Ya en Caral, las excavaciones han permitido^detectar la
presencia del achiote, sustancia de teñido y condimento extraída del fruto de
un árbol selvático, la bija orellana, llegada, sin duda, gracias a cadenas
intercambio establecidas entre la selva y la costa del Pacifico.

En costa, sierra y vertientes de selva del Perf central se fue configurando


de esta manera, desde fines del Arcaico, una tradición
mún, que se acentuó en el milenio anterior a nuestra era durante ei floree
miento del centro formativo de Chavín de Huantar, erigido en la sierra del
departamento de Áncash, no lejos de la selva amazónica.

Es probable que, en la época en que florecía Caral, el habla del valle de


Supe y de la región litoral y del interior conectada con esa arqueopolis
fuera una remota antecesora de la actual familia lingüistica quechua pues-
Í r que ^ o m o veremos más adelante- ese valle se halla dentro del area de ma
compleja dialectalización de lo que sería el protoquechua de pnncipios de
nuestra era, y nada hace pensar que alguna vez se hubiera rote»' a
cultural de la zona; sino, mas bien, que se hubiese evolucionado a h, desde la
tradición Kotosh de ese entonces, a la tradición Chavm y a lai del
Rojo en la que se difundió el protoquechua propiamente dicho. A si, cualquier
■t
dialecto quechua contemporáneo procede del protoquechua como éste proce­
dería del paleoquechua del período Caral, tal como el castellano proviene del
latín, que, a la vez, deriva del indoeuropeo.

2.4. Expansión y contacto de lenguas .

2.4.1. Las sociedades clasistas

Los primitivos gobiernos colectivos y jerarquías funcionales comunalmente


elegidas, y los gestores surgidos ‘de modo natural’ de una complejidad social
cualitativamente nueva, como especialistas en el manejo de esa misma com­
plejidad, que reclamaba el poner bajo un mismo mando y concertación los
diferentes tipos de labor, artesanales y extractivas y el creciente comercio,
tendieron a devenir, también ‘naturalmente’, en élites hereditarias, que busca­
ron apropiarse en su propio beneficio de los necesarios mecanismos de coer­
ción social.

Rodeadas por pueblos todavía ‘bárbaros’, estas élites clasistas más tempra­
nas tuvieron, posiblemente una vida precaria y fueron depuestas una y otra vez
por resistencias internas y externas. En el valle de Casma, el muro de piedras
grabadas que rodea el templo cautivo de Cerro Sechín -muro construido hacia
1 500 a. C - representa seguramente la represión violenta de los labradores
por una surgente clase dominante, que, sin embargo, no logró perpetuarse.

Es probable, en todo caso, que la sociedad clasista sólo llegase a afirmarse


de manera sólida y definitiva cuando pudo irrumpir virtualmente al unísono
en diversas regiones de los Andes vinculadas entre sí, tal como en la fase final
del período Chavín, hacia 400 a. C.

Entre 400 y 200 a. C., en efecto, la sociedad Chavín vivió una intensa fase
expansiva de contactos y presencia vigorosa, la fase Janabarriu (Burger, 1992),
que llevó sus expresiones artísticas y cultistas muy lejos de su santuario epóni-
mo, a la costa y la sierra norteñas y a la costa sureña del Perú, poniendo en
movimiento una esfera de intercambio económico y cultural de alcance supra-
rregional hasta entonces no conocido. Sobre la base de sólidas y numerosas
economías lugareñas con nivel de excedentes productivos, el afianzamiento
exitoso de los sistemas políticos complejos se efectúa en íntima vinculación
con un amplio y múltiple desarrollo del comercio lejano. El Estado, como
Dios, está en todas partes, o no existe.

No se ha detectado para el Chavín clásico la extensión de una determinada


lengua que pudiera corresponderse con la difusión tan amplia de un arte y un
culto bastante uniformes en su período final. Sin embargo, puede postularse
que a la época de su desenvolvimiento se remonta la intensa interpenetración
entre los idiomas antecesores de las hoy familias lingüísticas quechua y aru,
familias no obviamente emparentadas, originarias, respectivamente, de a
costa central -área de constitución de culturas proto-Chavín- y de la costa sur
-área de la cultura Paracas-.

Sin duda, tuvieron también participación activa en este intercambio pue­


blos hablantes de lenguas predecesoras del cholón y del mochica, asi como e^
quingnam, el culle y otros idiomas que no han dejado apenas mas huella de si
que una incierta toponimia.

El transporte de artículos diversos y numerosos y la superación de las gran­


des alturas andinas se lograron gracias al empleo de rebaños de llamas, que, al
menos desde el siglo V antes de nuestra era, conectaron de manera continua
los valles serranos con los costeños, como sostiene el arqueólogo norteameri­
cano Richard Burger (1992: 43-45,167-168, 209-211).

Ciertamente, buena parte del éxito de la expansión artística y cultista de


Chavín en esta fase Janabarriu, fase final y de máximo apogeo, se debió a las
redes de comercio lejano que Janabarriu supo establecer o consolidar -comer­
cio esencialmente suntuario y dirigido, por lo tanto, a la complacencia y el
prestigio de los señores y los dioses-. A la vez, la real magnitud de ese comer­
cio -que, en el Perú nuclear, unía a las vertientes de la selva con los valles del
Pacífico y la costa y la sierra norteñas con la costa sur, salvando altas cumbres
v planicies frígidas- pudo hacerse efectivo por la utilización sistemática de
caravanas de llamas. Allí donde de nada habría servido inventar la rueda e
intentar utilizarla -sobre los médanos costeños, entre los pliegues rocosos y
los riscos nevados de la sierra, dentro de las marañas de la jungla-, las llamas
acompañaron y multiplicaron los esfuerzos del hombre.

Se descubre en los sitios Chavín artículos de procedencia externa a su área,


como caparazones o conchas de strombus y spondylus -moluscos propios de
mares tropicales más septentrionales-, que podrían hacer pensar en que hubo
cierto comercio por vía marítima; pero no existen pruebas de un movimiento
sostenido de intercambio hacia el exterior. El Chavín clásico se presenta, mas
bien, como la culminación de un proceso integrador de geografías y produc­
ciones diferentes cumplido al interior de una área nuclear centroandma; en sus
representaciones simbólicas, en sus expresiones artísticas y en la arquitectura
de sus templos, se percibe bien la síntesis de las diversas culturas costeñas y
de la sierra central y norteña -más aportes venidos de la selva adyacente- que
lo generaron.
C a p ítu lo 3

IDIOMAS DE LA REGIÓN CENTRO

3.1. La andinístka en la segunda mitad del siglo XX

Contribuyeron a profundizar el conocimiento de la lingüística andina, en par­


ticular, dos artículos de los primeros años de la década del sesenta que, al
incorporar al estudio comparativo y a la reconstrucción del protoquechua a
hablas quechuas del área norcentral de la sierra peruana, mostraron cuánto
más profunda y antigua de lo hasta entonces pensado era la diversidad al
interior de lo que globalmente se había venido llamando «el quechua»: «La
relación genética de los dialectos quechuas», de Gary Parker (1963), y «Los
dialectos quechuas», de Alfredo Torero (1964).

El nuestro cubrió virtualmente todo el ámbito quechuahablante de Sura-


mérica, clasificándolo y zonificándolo, y, sobre todo, suministró información
básica del área dialectal de la sierra norcentral peruana, la de quechua I (Q.I)
o Wáywash, uno de los dos subgrupos mayores en que hemos dividido la
familia lingüística quechua. Esta área sigue ofreciéndose como una fuente
riquísima de datos para la reconstrucción del protoquechua y, por consiguien­
te, para el deslinde de esta familia respecto de otras de América.

Este y otros dos trabajos nuestros (Torero, 1968,1970) dibujaron, además,


un diferente panorama histórico del Perú central al fijar como zonas de partida
originarias del quechua y del aru las áreas norcentral y surcentral peruanas,
respectivamente, cubriendo de este modo el vacío histórico-lingüístico que
los estudios precedentes habían dejado.

Hasta entonces, en efecto, los libros especializados en lingüística surameri-


cana (como los de Tovar, 1961 y 1966; o el de Loukotka, 1968) habían com­
primido los territorios originarios del quechua, el aru, el puquina y el uruquilla
desde el Cuzco hacia el sureste altiplánico, creando un vacío glotohistórico
en el Perú central, entre el oriente del departamento peruano de Apurímac y
el norte del de Áncash, o llenándolo con imaginarias ‘lenguas inclasifica-
das’ -como en Loukotka, 1968 (272-273), donde sólo se acierta con el aru
cauqui o akaro (jaqaru) de Tupe, al que se califica de ‘lengua no quechua’
vinculada con aymara (ibíd.: 269-270)-. En esa visión, el Perú central resul­
taba un receptor pasivo, y no un activo difusor de ondas lingüísticas.
_. A lfred o T o rero
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Consecuentemente, nuestros artículos dieron su justo relieve al Perú central


como la principal fuente glotogenética andina, transandina incluso, no reconoci­
da hasta entonces. Estos artículos y el libro El quechua y la historia social andi­
na (1974) enderezaron datos e hicieron posible armar el puzzle lingüístico de los
Andes Medios. Fuimos perfeccionando la visión histórica de este panorama en
artículos ulteriores (1983,1984-85,1990,1995,1996,1998).

Desde fines de los años sesenta, numerosos estudios de especialistas pe­


ruanos y no peruanos se han centrado en hablas de Q.I o en dialectos de Q.II en
cierto modo intermedios entre los dos subgrupos mayores. Por su parte, Mar-
tha Hardman hizo en 1963 su primera publicación sobre el jaqaru (cauqui),
una lengua del Perú central emparentada con el aymara, y poco despues em­
prendió y alentó investigaciones sobre esta última lengua, y empezó así a sen­
tar las bases para la definición del aru (su haqi), la otra gran familia lingüistica
andina (véase Hardman et al., 1988).

3.2. La familia lingüística quechua

3.2.1. Bajo el nombre de quechua se comprende hoy a una familia lingüística


americana cuyos representantes se encuentran en cinco países de la mitad occi­
dental de América del Sur: Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia y Argentina. Su
presencia actual en tan extenso territorio, que antes incluía a Chile, y su marcada
diversificación en lo que hoy podemos reconocer como varias lenguas quechuas,
son resultantes de un movimiento expansivo iniciado en los primeros siglos de
nuestra era e íntimamente vinculado con la historia de las sociedades andinas.

Al iniciar los españoles la conquista de los Andes, en 1531, hallaron que


ciertas variedades de quechua, por entonces no muy alejadas lingüísticamen­
te se empleaban desde el Ecuador hasta el norte de Chile y noroeste de la
Argentina, y desde las costas del Océano Pacífico hasta las orillas del no
Amazonas. Al conjunto de estas variedades -de Q.IIB y Q.IIC-, que habían
sido utilizadas por los Incas en la administración de su Imperio, lo designaron
como la «lengua general del Perú», la «lengua del Cuzco» o «del Inga», y se
sirvieron de él para sus fines de conquista del Tahuantmsuyo y de dommacion
sobre las demás nacionalidades nativas.

Sólo años después advirtieron la existencia de otros dialectos quechua re­


gionales muy diferentes de la «lengua general», a los que calificaron a menudo
de «quechua corrupto», en la creencia de que se trataba de deformaciones del
idioma irradiado desde el Cuzco durante la extensión del Imperio Inca.
Esta creencia subsistió casi indiscutida hasta la segunda mitad del siglo XX.
La historia de la expansión territorial de esta familia lingüística ha sido, sin
embargo, bastante más compleja y tiene una antigüedad muchas veces mayor
que la duración de apenas un siglo asignada hoy por la Arqueología y la Etno-
historia al imperio cuzqueño. Las teorías básicas sobre la historia interna y
externa del quechua han sido desarrolladas por el autor en sucesivos trabajos
(Torero, 1964, 1968,1970, 1974, 1983).

El número total de hablantes, monolingües y bilingües, de las diferentes


variedades del quechua en la actualidad no puede establecerse con precisión,
dado que quienes las aprendieron como lengua materna suelen ocultar su uso
ante' los encuestadores cuando logran manejar el idioma castellano; y esto
debido a la situación de hablas rurales, sin prestigio en las ciudades, a que se
han visto reducidos los dialectos quechuas, como también casi todas las len­
guas autóctonas de América. Un cálculo aproximado y prudente de la cifra de
quechuahablantes la situaría en alrededor de diez millones de personas.

El mayor número de usuarios se concentra en el Perú, Ecuador y Bolivia.


En Argentina el total no supera probablemente las cien mil personas, y en
Colombia hay unos pocos miles. Aproximadamente un 60% de la cifra total
maneja también las variedades locales del castellano, con variado grado de
dominio.

3.2.2. Clasificación del quechua

El quechua se presenta hoy como un complejo dialectal plurilingüe, cuyas


hablas se reúnen en dos grupos o conjuntos mayores, quechua I o Wáywash
(Huáyhuash) y quechua II o Yúngay.

Quechua I (Q.I) extiende su área dialectal en la sierra central peruana de


manera virtualmente continua, entre 8o 25’ y 13° 05’ de latitud sur; con una
rama norteña en los departamentos de Áncash y Huánuco y otra sureña en los
departamentos de Pasco, Junín, Lima y las serranías del nordeste y el noroeste,
respectivamente, de los departamentos de lea y Huancavelica.

Quechua II (Q.II) se subdivide en los subconjuntos A, B y C, de acuerdo


con su alejamiento lingüístico de menor a mayor respecto de Q.I. Sus áreas
dialectales se encuentran desde el suroeste de Colombia y el norte del Ecuador
hasta el noroeste argentino, pero con varias interrupciones por interposición
de regiones no quechuas y de la región de Q.I.
OT1A oLímav forma un subconjunto que tiene una rama norteña (dialectos
Ferreflafe o CmarisJucahuasi y C^amarca), en la sie^n o rte peroana; una cen^

uatori^os^peruanos nororientales), y IIC la rama sureña (dialectos


Ay“ o « ñ o , Boliviano y de Santiago de. Estero).

La Figura 2 muestra las subdivisiones del quechua en el oeste de Suramen-


ca del suroeste de Colombia al noroeste argentino.

en diversas dasfficadón interna. A estas cir-

===SS=r.-i=sfia==-
nos y características.

= = = »| S = S
= 2 = = 5= =
de partida: la costa sur peruana.
■ T' rviTA otj pi He rnás difícil definición, por cuanto

cirse de la cantidad relativamente elevada de, lexemas


entre las hablas de esta ruta y las norperuanas^ D e l o s tres R e c to s q^ ^

de Q.n. Es, de algún modo, un Q.I llave deQ.II.


El conjunto Wáywash (Q.l) -
Este conjunto se encuentra muy diversificado internamente, en compleja
red dialectal y con isoglosas en gran parte no coincidentes, de allí que no
pueda efectuarse en él deslindes o, al contrario, agrupaciones dialectales de
contornos nítidos.

Por nuestra parte, hemos seguido el método de reunir las variedades locales
de acuerdo con su mayor semejanza o con el dialecto Huaylas o con el dialecto
Huanca, dialectos con características ‘extremas’ dentro del área, usados, res­
pectivamente, en la cuenca serrana del río Santa (Áncash), al noroeste y en la
cuenca media del río Mantara (Junín), al sureste. Deslindamos, así, un Wáywash
norteño, o Wáylay, y un Wáywash sureño o Wánkay, distinguibles por una
serie de rasgos, pero básicamente por las marcas de pluralización verbal: el
morfema /-ya(:)-/, al Norte, y los morfemas /-pa:ku-/ y /-:ri-/ al Sur. Otro p a ­
ralizador verbal, /-rka(:)-/, tiene una distribución especial: es empleado en el
Wáywash sureño, pero no en toda su área, y, además, penetra en las hablas del
sur de la provincia de Huari, área del Wáywash norteño.

Entre Wáywash norteño y sureño se extiende una zona intermedia, en la


cual se entrecruzan de diferentes manera los rasgos Wáylay y Wánkay, o en
que no aparecen algunos de éstos o se generan ciertos rasgos regionales.

Aparte de la separación en dos subconjuntos, se puede distinguir en Q.l cinco


zonas o sectores en base a la intercomunicación de sus hablantes. No se trata de
zonas homogéneas lingüísticamente, pero sí geográficamente vecinas, que inclu­
yen a variedades con rasgos comunes por la relación que han mantenido sus ha­
blantes a través del comercio u otras formas de acercamiento económico y social.

La primera zona corresponde esencialmente al subconjunto dialectal Wáylay.


Comprende el norte del departamento de Huánuco, provincias de Marafión, Hua-
caybamba y Huamalíes, y casi todo el departamento de Áncash, exceptuadas las
provincias de Santa, Casma y Pallasca, que son hispanohablantes, y la provincia
de Bolognesi (que queda comprendida en la segunda zona). Caracterizan al sec­
tor, además del pluralizador /-y&(:)-/, el sufijo de caso ‘limitativo /-yaq/, los enclí­
ticos /-ku/, marca de interrogación, y /-tsu/, marca de negación (marcas que en los
restantes dialectos están confundidas en una sóla forma que proviene de */-chu/),
y el uso como ‘pasado reciente’ del morfema /-rqu-/, morfema que (con variantes
regionales) ocurre igualmente en el Wáywash sureño, en Q.HA central y sureño y
en IIC, pero con el valor de un aspectivo ‘puntual’ opuesto al ‘durativo’.

La Cordillera Blanca, sección de la Cordillera Occidental peruana, separa a


esta primera zona en dos definidos dialectos, el Conchucos al este y el Huaylas
al oeste. Individualizan al primero el aspectivo ‘puntual’ /-ski-/ ~ /-ska-/ y la
forma de ‘pasado perfecto compuesto’ /-sh(qa) ka-/ (con el auxiliar /ka-/ «ha­
ber»).

Por lo demás, como todo el conjunto Wáywash, esta primera zona está muy
subdialectalizada, especialmente en el aspecto fonético-fonológico. Cabe no­
tar aquí que las hablas de las provincias de Yungay, Huaylas, Corongo y Si-
huas, en el norte del sector, han eliminado *h (pero también la aspiración glo-
tal proveniente de *s) en un fenómeno relacionado al parecer con lo ocurrido
asimismo en el Q.IIA de Cafiaris-Incahuasi y Cajamarca, y en el Q.HB de
Chachapoyas y Lamas.

La segunda zona es el sector intermedio entre Wáylay y Wánkay. Com­


prende la provincia de Bolognesi (Áncash), el norte y el oeste de las de Caja-
tambo y Oyón (Lima), Ámbar: dialectos Bolognesi y Cajatambo; la provincia
de Dos de Mayo (Huánuco): dialecto Alto Marañón; y las provincias de Ambo,
Huánuco y Pachitea (Huánuco): dialecto Huallaga o Chupachu. Pueden ads­
cribirse a esta zona, por ciertas características transicionales, las hablas de la
cuenca del río Chaupihuaranga, provincia de Daniel Camón (Pasco).

En Dos de Mayo se entrecruzan o encuentran los pluralizadores de Wáylay


y Wánkay. El pluralizador /-rka(:)-/ se presenta, dentro de esta segunda zona,
en Dos de. Mayo, el sureste de Bolognesi y en Cajatambo, si bien penetra en
gran parte del Wánkay y en un reducido territorio de Wáylay, tal como se dijo
anteriormente.

En Bolognesi y Dos de Mayo se emplea el morfema de caso /-yaq/, ‘limi­


tativo’, que hallamos en el Wáylay y que en las demás hablas quechuas es
exclusivamente /-kama/. A Bolognesi, el norte de Dos de Mayo y el norte y
el este de Cajatambo alcanza el morfema de interrogación /-ku/ característi­
co del Wáylay. En las hablas más norteñas del Alto Huallaga y del Alto
Marañón, se usa del sufijo aspectivo conchucano /-ski/. La forma conchuca-
na /-sh(qa) ka-/ de ‘pasado compuesto’ ha penetrado igualmente en el Alto
Marañón, parte del Alto Huallaga y en las cuencas de los ríos Chaupihuaran­
ga y Oyón. En el sur del Alto Marañón, en cambio, se manejan, como en el
Wánkay, los pluralizadores /-pa:ku-/ y /-:ri-/ y la marca de interrogación/
negación /-tsu/ (<*-chu).

Un ‘subordinador privativo’ /-nni/ o /-:ni/, desconocido en los demás dia­


lectos quechuas, se emplea en las provincias de Bolognesi, Cajatambo, Oyón,
Huáura y Huaral y parte de Dos de Mayo, así como en las provincias de
Huari y Daniel Carrión, áreas del Wáylay, del Wánkay y del HA Pacaraos;
v. gr.: /punu:ni ka:/ «estoy sin dormir», /aytsanta mikunni punush(qa)/ «sin
comer su carne se durmió».

En las hablas del Alto Huallaga (Chupachu), los protofonemas *ch y *tR
han confluido, realizándose como [ch], tal vez por efecto de contactos con el
dialecto Q.IIB de Lamas, que conoce el mismo fenómeno. Morfológicamente
las caracteriza, en particular, un sufijo inflexivo verbal, /-paq/, que marca fu­
turo de segunda persona actora; v. gr., /mikunki/ «tú comes», /mikunkipaq/ «tú
comerás». Estas hablas, por lo demás, muestran en varios rasgos fónicos, gra­
maticales y léxicos, un comportamiento hasta cierto punto al margen de las
Wáylay y Wánkay.

La tercera zona comprende la provincia de Oyón y las serranías de las


provincias de Huaura y Huaral, del departamento de Lima, la altiplanicie del
departamento de Pasco, y las provincias de Junín, Yauli y Tarma, del departa­
mento de Junín.

En este sector, relativamente homogéneo, empieza definidamente el sub-


conjunto de hablas Wánkay, o Wáywash sureño.

Como a todo el subconjunto, lo caracteriza básicamente el empleo de los


pluralizadores verbales /-pa:ku-/ y /-:ri-/. La distinción de las africadas proto-
quechuas se conserva en gran parte de la zona, aunque el Chaupihuaranga
articula *ch como [ts]. Varias hablas de la cuenca colectora del río Huaura,
provincia de Chancay, han abandonado esta distinción al convertir *ch en /s/.
El habla del distrito de Paccho, provincia de Chancay, y la de algunos distritos
de la provincia de Tarma, han sonorizado bajo ciertas condiciones regulares a
*p y *k en posición intervocálica y después de las semivocales /w/ e /y/ y de
algunas consonantes no nasales, como Ir/, /ll/, /ch/, /s/ y /sh/. Las mismas ha­
blas de Tarma han convertido *q en fricativa glotal o velar.

La cuarta zona comprende las provincias de Jauja, Concepción y Huanca-


yo, departamento de Junín: dialectos Jauja y Huanca.

Los principales rasgos fonético-fonológicos de este sector se indicaron ya


páginas antes. En el dominio gramatical, sus variedades guardan una seme­
janza cercana con las de la tercera, si bien muestran algunos rasgos que las
aproximan a dialectos de Q.II, así como otros que son exclusivos en su sector.
En las hablas huancas (provincias de Concepción y Huancayo) el pronombre
enfático de primera persona singular es /yaa/ o /ya'a/, forma ajena a la proto-
forma */ñuqa/ de la que procede ese pronombre en los demás dialectos que­
chuas; las mismas hablas realizan el aspectivo ‘puntual’ *-rqu- como /:lu-/ o
según los contextos. En el dominio léxico, las variedades Jauja-Huanca
presentan mayor número de vocablos comunes con el subconjunto Chínchay,
particularmente con las hablas Q.IIC que tocan su frontera meridional.

La quinta zona comprende a dialectos hablados sobre las vertientes maríti­


mas de la Cordillera Occidental peruana, en las provincias de Yauyos (Lima),
Chincha (lea) y Castrovirreyna (Huancavelica), dialectos cuyas características
y delimitaciones territoriales todavía no se han deslindado suficientemente.
Por la información reunida hasta el momento, en especial los estudios de Ge-
rald Taylor acerca de las hablas yauyinas, se pueden mencionar los siguientes:

a) el de los distritos de Alis y Vitis, norte de la provincia de Yauyos, de


fonología bastante conservadora en relación con el proto Q.l, si bien aspira *-
s en inicial de palabra, y de morfología cercana a la del tercer sector Wáywash,
aun cuando su vocabulario, de composición algo más próxima al quechua Chín­
chay, lo asemejan en este aspecto al cuarto y quinto sectores Wáywash;

b) el del distrito de Cacras, sureste de la provincia de Yauyos, que convierte


*1x1 en [1], como las hablas Jauja-Huanca, aunque conserva la articulación
uvular de *q y no toma retrofleja a *sh en ningún ambiente;

c) el de Aurahuá y Chupamarca, del oeste de la provincia de Castrovirrey­


na, sobre la cuenca del río Chupamarca, afluente derecho del río San Juan de
Chincha, pese a estar casi cercado por hablas del Q.IIC Ayacuchano, se mues­
tra, fonológica y gramaticalmente, bastante conservador dentro del Wánkay,
es muy probable que forme parte de este mismo dialecto el habla de San Pedro
de Huacarpana, nacientes de la Quebrada de Ayoque, provincia de Chincha;

d) el de los distritos de Huangáscar, Chocos y Azángaro, sur de la provin­


cia de Yauyos, incluida posiblemente el habla de Chavín de Topará, distrito
de la provincia de Chincha, su fonología es muy conservadora en relación con
la asignada al proto-Q.I; la variedad de Huangáscar hace el plural verbal con
/-pa:ku-/, desconoce el ‘subordinador’ /-r/ de los demás dialectos de Q.l y, a
diferencia también de las hablas Wáywash, no emplea como morfemas de
caso los provenientes de las protoformas *-pita o *-piq ‘ablativo’ y *-tRaw
‘locativo’, sino que usa en su lugar /-paq/ y /-pa/, respectivamente;

e) el del distrito de Tantará, este de la provincia de Castrovirreyna, el cual


conserva el manejo fonológico de la cantidad vocálica y su utilización como
marca de primera persona, pero ha adoptado el consonantismo de las hablas
contiguas de IIC Ayacuchano y algunos de sus rasgos gramaticales.
En el terreno del léxico, los dialectos mencionados en c), d) y e) comparten,
en grado mayor que los demás dialectos wáywash, numerosas formas que co­
nocieron los desaparecidos dialectos yúngay de la costa surcentral y sur o que
están en uso en los dialectos IIB y IIC contemporáneos.

El conjunto Yúngay (Q.H) .


El grupo Yúngay, o quechua II, se subdivide en A, B y C. En la caracteriza­
ción que sigue de estos subconjuntos y de sus dialectos se tomará, en lo esen­
cial, la información suministrada en un trabajo anterior del autor (Torero, 1974:
29-36).

-Subconjunto Límay (Q.IIA) ^ ,


De este subconjunto subsisten cinco dialectos, con un número muy dismi­
nuido de hablantes y en franca retirada ante el avance del castellano. Si bien
bastante diferenciados entre sí, comparten rasgos que apuntan a un fondo histó­
rico común: o se hablan en el área que va de la cuenca del río Chancay a la del
Cañete, valles en tomo a Lima, o parecen haber procedido de esta área por su
composición gramatical y léxica como por sus índices glotocronológicos. Los
cinco dialectos son los siguientes:

-Pacaraos (Límay central), usado en las nacientes del río Chancay, provin­
cia de Huaral, departamento de Lima. De las hablas Yúngay, es la que más
similitud presenta con Q.l, del que lo separa apenas algo más que el no uso del
alargamiento vocálico para la expresión de la primera persona poseedora y
actora, que el habla pacareña marca indistintamente con el morfema /-y/ pre­
cedido de vocal acentuada; esto es, con una combinación de rasgos Q.l y Q.H.
Tales pecualiaridades podrían ubicar mejor a Pacaraos como un dialecto inter­
medio entre Q.l y Q.H, o más aún, en definitiva, como un tercer conjunto cuyo
único representante actual sería el dialecto pacareño.

Pacaraos conoce las oposiciones de cantidad vocálica. En cuanto a morfo­


logía, tiene en común con Q.l el morfema /-maa-/ de ‘primera persona objeto j
y comparte con variedades de ese grupo los sufijos de caso /-tRaw/ locativo
y /-piq/ ‘ablativo’. Emplea los pluralizadores /-pa:ku-/, /-:ri-/, /-rka:-/ y /-ri-/,
usados los tres primeros en las hablas Wánkay contiguas. Desconoce en cam­
bio, productivamente, el ‘subordinador’ /-r/, casi general en Q.L Posee una
forma especial y propia de marcar la 2.a persona en la ‘transición’ de 1.a a 2.
del no futuro: el sufijo /-mu-/. En el dominio léxico, maneja cierto número de
vocablos comunes con Q.II que lo alejan de las variedades wáywash vecinas.

El dialecto de Pacaraos ha sido estudiado por Willem Adelaar (1982a,


1982b, 1987).
-Ferreñafe o Cañaris-Incahuasi (Límay norteño), hablado en las serranías
de la provincia de Ferreñafe, departamento de Lambayeque, y las provincias
contiguas de Cutervo y Jaén, departamento de Cajamarca. Ha conservado el
consonantismo del protoidioma, con algunas alteraciones: principalmente, eli­
mina *h, suprime *s en inicial de algunas raíces, despalataliza *ñ también en
algunas raíces, convierte *11 en palatal fricativa sonora, y sonoriza las oclusivas
orales tras los fonemas /n/, /r/ e /y/. En emisiones de velocidad normal, las
vocales no acentuadas se ensordecen o caen. Emplea el ‘subordinador’ l-rl y el
morfema /-ma-/ para ‘primera persona objeto’, como las hablas Q.L Sus sufijos
de caso, en cambio, son comunes con Q.IIB y IIC. En las ‘transiciones’, marca
con *-shu- a la 2.a persona objeto de. 1.a o 3.a personas, como Cajamarca y
Santiago del Estero. Hace el plural verbal con /-zhapa/, morfema común única­
mente con el dialecto de Cajamarca. Su composición léxica lo sitúa, dentro de
las hablas yúngay, entre el dialecto de Pacaraos y el de Laraos. Este dialecto ha
sido estudiado por Augusto Escribens (fonología) y por Gerald Taylor, quien lo
ha dado a conocer en varios artículos y libros (cf. Taylor, 1996).

-Cajamarca (Límay norteño), empleado en las provincias de Cajamarca y


Hualgayoc, departamento de Cajamarca. Ha conservado el consonantismo del
protoidioma, con algunas pocas alteraciones: eliminación de *h, conversión
de /ll/ generalmente en palatal fricativa o africada sonora, sonorización de las
oclusivas y africadas del quechua antiguo tras el fonema /n/. Usa /-wa-/ por
marca de ‘primera persona objeto’ y ha reevaluado (del mismo modo que Fe-
rreñafe y Santiago del Estero) a *-shu- para hacerlo índice de ‘segunda perso­
na objeto’ en la transición con 1.a y 3.a personas. Sus morfemas de caso son
comunes con IIB y IIC. Marca el plural verbal con /-zhapa/, como Ferreñafe.
En cuanto a léxico, se ubica entre los dialectos de Laraos y Lincha. Este dia­
lecto ha sido objeto de estudios por el lingüista peruano Félix Quesada (véase
Quesada, 1976).

-Laraos (Límay sureño), sobrevive -en retroceso ante el castellano- en las


nacientes del río Cañete, noreste de la provincia de Yauyos, departamento de
Lima. Su fonología es enteramente conservadora. Presenta aislados casos de
aspiración de *s en posición inicial de palabra. Como morfemas comunes con
hablas Q.l, son de notar el ‘locativo’ /-tRaw/ y los pluralizadores verbales que
maneja el Wánkay. En cambio, como la mayor parte de dialectos Q.II, expresa
el ‘ablativo’ (‘procedencia, materia’) con/-manta/, y la ‘primera persona obje­
to’ con /-wa-/. Léxicamente, se acerca más a las hablas yúngay que el dialecto
de Pacaraos.

-Lincha (Límay sureño), hablado en el sureste de la provincia de Yauyos.


Como la del dialecto de Laraos, su fonología es conservadora; sólo ha modifi-
cado fonéticamente *q, que hace fricativa, y ha aspirado *s en posición inicial
de palabra en algunas raíces. Maneja los pluralizadores /-pa:ku-/ y /-:ri-/. Indica
el ‘ablativo’ con /-paq/, morfema común con el habla Q.l de Huangáscar. En
cambio, marca el ‘locativo’ con /-pi/ y la ‘primera persona objeto’ con /-wa-/
como la mayor parte de las hablas Q.H. Es, entre los dialectos Yúngay, el que
más se aproxima léxicamente a Q.IIB y IIC.

Los rasgos definitorios de los dialectos de Laraos y Lincha, presentados por


nosotros en 1964, han sido objeto de nuevo examen por Gerald Taylor en el
marco de sus trabajos de campo sobre las hablas de la provincia limeña de
Yauyos (Taylor, 1994).

-Subconjuntos Chínchay (IIB-IIC)

-Subconjunto IIB (chínchay norteños)


A este subconjunto pertenecía el habla de la costa central peruana descrita
por Domingo de Santo Tomás en 1560. A juzgar por el Lexicón de este autor,
el dialecto que describe conservaba distintamente el fonema/tR/ (al que anota
<th>, contrastando /t/ de /tR/: <tome> «cuchillo, navaja», y <thome> «lobo
marino»); así como la oposición de velar /k/ a uvular /q/ (que expresa median­
te pares mínimos como <roco> «anciano»/ <rocco> «almeja») (Torero, 1990b).
Dado que el Lexicón es polidialectal, no estimamos enteramente segura la
oposición k/q en el habla de la costa central, pero sí el manejo de /tR/, puesto
que este sonido entraba en el nombre de un animal del litoral, que otras fuen- $
tes tempranas de la misma zona designaron como <tumi>, mientras las fuen­
tes de origen cuzqueño lo llamaban <agoca>.

También en un dialecto IIB hoy extinguido están escritos los textos del
Manuscrito de Huarochirí que hizo recoger el extirpador de idolatrías Fran­
cisco de Ávila a principio del siglo XVII (Arguedas, 1966; Taylor, 1980; Salo-
mon y Urioste, 1992).

Los dialectos IIB modernos (ecuatoriano-colombiano y peruanos de Cha­


chapoyas y Lamas) tienen por característica principal el haber confundido */k/
y *lql, abandonando la articulación uvular. Además, así como el habla antigua
de la costa central peruana, presentan sonorización de oclusiva sorda tras na­
sal en interior de monema, y conservan la oposición *s/*sh, salvo el ingano
(Alto Putumayo, Colombia). La extinguida variedad de Huarochirí tal vez con­
servaba igualmente la oposición. Por su composición léxica, se reubican
dentro de la Zona Continua entre las hablas más sureñas del wáywash y las
más occidentales del chínchay meridional.
Ninguno de los dialectos IIB -incluidos los hoy extintos de la costa central
peruana y de Huarochirí-, sufren el cambio morfológicamente condicionado
de luí en /a/ que ocurre en ciertos gramemas de los restantes dialectos.

Morfológicamente, no posee IIB el aspectivo verbal ‘perfectivo’ */-rqu-/


que conocen las hablas sureñas de Q.l y las de Q.IIC. El número de morfemas
que manejan los IIB norteños en la derivación verbal es bastante inferior al de
las variedades Q.l y Q.IIC. En su composición léxica, se aproximan al IIC de
Ayacucho, pero con un importante número de vocablos compartidos con dia­
lectos Q.L

Las variedades sobrevivientes de IIB pueden caracterizarse como sigue:

-Chachapoyas. Fueron estudiadas por Gerald Taylor; subsisten como relic­


tos en las provincias de Chachapoyas y Luya del departamento de Amazonas.
Es el único dialecto sobreviviente del Chínchay que mantiene la oposición de
los protofonemas africados *ch y *tR. Ha eliminado *h; transforma *11 en
palatal africada o fricativa sonora; ha sonorizado regularmente *t y *k tras Inl
e lyl en interior de monema; presenta un complejo patrón acentual y caída de
vocales inacentuadas o trabadas; este último fenómeno parece haber conduci­
do a la fonologización de la nasal velar en oposición a la nasal alveolar, ambas
meramente alófonos en las demás hablas quechuas. Marca el plural verbal con
el morfema l-saf.

-Lamas. Se habla en las provincias de Lamas, Huallaga y Mariscal Cáceres


del departamento de San Martín. Posiblemente se empleen variedades próxi­
mas a este dialecto también en algunos lugares aislados del departamento de
Loreto, como en las márgenes del río Ucayali y en los cursos bajos de los ríos
Tigre y Ñapo, que desembocan en el río Amazonas. Ha fusionado */ch/ y */tR/
en [ch]. Como el dialecto de Chachapoyas, ha eliminado *h y convertido *11
en africada o fricativa palatal sonora; ha sonorizado generalmente las oclusi­
vas orales tras Inl en interior de monema. Expresa la ‘primera persona posee­
dora’ con l-ynil. Pluraliza la persona verbal con el sufijo /-sapa/.

-Ecuador-Colombia. Se presenta con numerosas variedades que no se


han deslindado aún suficientemente. Ha fusionado */ch/ y */tR/ en [ch]. El
fenómeno de sonorización de las oclusivas se da en grado más avanzado que
en los dialectos de Chachapoyas y Lamas. Las hablas de los valles interandi­
nos centrales de Ecuador muestran, además, casos de oclusivas aspiradas en
posición inicial de palabra e, incluso, en las más septentrionales, la apari­
ción de las fricativas sordas bilabial y velar; han convertido generalmente
*11 en fricativa palatal sonora. Las variedades del oriente ecuatoriano han
avanzado al parecer hasta el curso alto y medio del río Ñapo y quizá a otros
afluentes septentrionales del rfo Amazonas. Las habílas
ñas no hacen el distingo, que si se encuentra en los ‘° s
chuas entre un plural de primera persona ‘exclusivo (esto es, q u e excluye
al o a ios oyentes) y un plural ‘inclusivo' o ‘uni versal ^que mcuye al hablan­
te v oventeís)] Indican el aspecto verbal durativo con /-ku-/ (/ gu , )y
el ‘reflexivo’ con /-ri/. Carecen de sufijos de persona poseedora y del sufijo
tem ronom inal de ‘3.a sujeto>2.* objeto’ (que proviene de */-shu-/ en los
demás dialectos). Hacen el sustantivo verbal ‘infinitivo en /-na/ (no y ),
marcan con /-km/ (no /-pti-/) la oración subordinada de sujeto diferente de la
principal La Z L ‘reflexiva’ /-ri-/ se ha constituido
de uno de los valores de /-ri-/ en otros dialectos de quechua IIB-C la indica
ción de que el acto se realiza «de sí propio», «por sí solo», sm intervención
ajena [cf. Domingo de Santo Tomás (Léxicon, 1560): <cuyun-> «mov
algo», ccuyuchi- «menear algo»].

-Subconjunto IIC (chínchay sureños)


Las hablas del Chínchay sureño se caracterizan por expresar en uso pleno
el aspecto verbal ‘durativo’ con formas derivadas de *-chka- (/-chka/,7-shka /,
7 sha /T s a -/ etc , según los lugares) y por indicar el plural verbal con los
sufijos/-chik/ (Oformas cognadas: /-chis/, /-chiq/, /-chaq/) para la 2. V ^o m y^
/-ku-/ para la 3.a. Casi todas han confundido los protofonemas ch y tR, aban
donandoTa articulación retrofleja, así como *s y *sh, abandonando la a c ­
ción palatal. Los dialectos modernos del chínchay sureño son los siguientes.

-Avacucho. Se habla en los departamentos peruanos de Huancavelica y


Ayacucho y la mitad occidental del departamento de Apunmac con bastan e
homogeneidad. Convierte en fricativa la oclusiva uvular del protoidioma. Las
localidades de Moya y Vilcas, una pequeña zona del norte de este dialecto so
las únicas que en el chínchay sureño conservan las oposiciones protoquechua
entre /ch/ y /tR/, /s/ y /sh/.
-Cuzqueño-bolivianos. Se hablan en el Perú desde la mitad oriental del
departamento de Apurímac, y en Bolivia y Argentina (dialectos de Muñecas
-de tipo cuzqueño-, Cochabamba y Potosí-Chuquisaca, que entra en las pro­
vincias argentinas de Jujuy y Salta). La divergencia entre sus variedades es
probablemente mayor de lo que aparece en los estud.os
hasta el momento, pero ese punto requiere aun de investigaciones mas
profundas. Su principal característica es el presentar una mple; ,d®
oclusivas y africadas en posición inicial de silaba: simples , glotalizada y
‘aspiradas’ Esta innovación respecto de las demás hablas quechuas se debe,
sin duda, al estrecho contacto del cuzqueño-boliviano con otra lengua andina,
la aymara. Ha confundido, además, la oposición *s y *sh, aunque algunas
hablas han ‘readquirido’ /sh/ por debilitámiento de /ch/ en final de sílaba.

-Santiagueño. Se emplea en la provincia de Santiago del Estero y en las


estribaciones andinas de las provincias de Salta, Tucumán y Catamarca, en
Argentina. Ha eliminado *h, ha dejado caer *w cuando se hallaba entre voca­
les /a/ y ha convertido en prepalatal fricativo sonoro el protofonema lateral
*11. Ha eliminado, aunque no totalmente, *sh en favor de /s/. Emplea /-su-/ <
*-shu- como marca de 2.a persona objeto de 1.a y 3.a personas, de manera
comparable a como lo hacen los dialectos HA de Ferreñafe y Cajamarca.

3.2.9. Las lenguas quechuas

En los años 1973-74 efectuamos estudios de intercomprensión de las hablas


quechuas modernas con vistas a determinar la existencia de ciertas lenguas den­
tro de todo el dominio de la familia lingüística. Se midió la inteligibilidad en
base a la audición, por los usuarios exclusivos de un habla o dialecto dados, de
las emisiones de usuarios de otras hablas u otros dialectos más o menos diferen­
tes del suyo. Las emisiones se registraron en cinta magnetofónica a fin de repro­
ducir las condiciones de la recepción de mensajes radiofónicos unilaterales, sin
diálogo y, por lo tanto, sin posibilidad para el oyente de pedir repetición o preci­
siones acerca de la forma o el contenido de ninguna porción del mensaje.

Por la amplitud de la tarea, nuestra labor directa se concentró en las varieda­


des empleadas en el Perú, país en cuyo territorio, por lo demás, es mayor la
di versificación de esta familia lingüística. Sin embargo, recogimos igualmente
las impresiones de parte de nuestros informantes acerca de su comprensión o
no de emisiones radiales efectuadas desde el Ecuador y Bolivia, en quechua de
esos países, con lo cual creemos poder proponer determinadas agrupaciones
para esas variedades. Únicamente para el dialecto de Santiago del Estero, Ar­
gentina, debimos limitamos al examen de sus características fónicas, gramati­
cales y léxicas a fin de considerar sus posibilidades de ser comprendido, en las
condiciones antedichas, por los hablantes exclusivos de los demás dialectos.

Por los resultados de esos estudios, estimamos que hay en el quechua


siete ‘lenguas’ que pueden permitir en su respectiva área una suficiente inte­
ligibilidad en condiciones de emisión radiofónica: Áncash-Huánuco; Tar-
ma-Huánuco; Jauja-Huanca; Cañaris-Cajamarca; Chachapoyas-Lamas; Ecua-
dor-Colombia; y Ayacucho-Cuzco-Bolivia; ‘lengua’ que quizá alcanzase ade­
más a los hablantes de la quinta zona Wáywash, así como del Límay sureño
del IIC de Santiago del Estero.
3.3.4. El quechua en el Ecuador .

En lo tocante a determinar la antigüedad de la presencia del quechua en el


Ecuador, dos tipos de procedimientos, necesariamente correlacionables, se ofre­
cen a la investigación: el estudio lingüístico de las hablas en sus formas actua­
les o en las atestiguadas desde hace poco más de dos siglos, y el examen de las
informaciones históricas relativas al grado de progresión del quechua en el
siglo XVI y a la naturaleza de los conflictos habidos en el área ecuatoriana
entre pueblos y lenguas oriundos, y pueblos y lenguas introducidos durante la
ocupación incaica.

Lingüísticamente, el complejo dialectal ecuatoriano-colombiano (que se


designará aquí simplemente como ecuatoriano) es una rama del quechua IIB,
cercano a los dialectos del Chachapoyas (Amazonas) y Lamas (San Martín),
del nororiente peruano, y afiliable con el habla costeñocéntral peruana descri­
ta en 1560 por Fray Domingo de Santo Tomás y con la de Huarochirí (serra­
nías del departamento de Lima) recogida en un amplio conjunto de textos en
los primeros años del siglo XVII (véase transcripción paleográfica y versión en
francés de estos textos en Taylor, 1980).

No obstante, el quechua ecuatoriano ha desarrollado importantes caracte­


rísticas propias, particularmente gramaticales, comunes a todas sus hablas actua­
les y ya percibidles desde los primeros documentos que lo atestiguan (véase
Nieto Polo del Águila, [1753] 1964). Esta sustancial identidad de todas las
variedades sobrevivientes, interandinas u orientales, presupone que el ecuato­
riano antiguo poseía características gramaticales definitorias ya hacia fines del
siglo XVI -cuando, a más tardar, se estableció en el Oriente-; esto es, apenas
un siglo después de la conquista inca del Ecuador, lapso que parece demasiado
breve para el desarrollo de sus tantas peculiaridades. Queda entonces, por ab­
solver la interrogante de si estaba ya en el Ecuador cuando llegaron los incas o
si éstos «lo importaron» así constituido desde algún otro lugar.

El cronista Pedro Cieza de León, quien recorrió tempranamente el Ecuador


(en tomo a 1548) hallo el quechua bastante extendido como «lengua general»
en los valles interandinos, desde inmediatamente al sur de Quito hasta traspo­
ner la frontera meridional ecuatoriana. Casi siempre lo menciona en coexisten­
cia con idiomas locales: panzaleo, puruhá, cañar, palta, tal como confirman los
documentos de ¿os decenios posteriores. En un caso -no desmentido por otros
testimonios—hace referencia sólo a la lengua general: el de la provincia de
Chimbo, comarca estratégicamente ubicada en las rutas de intercambio que
llevaban del interior ecuatoriano al río Guayas y de allí por balsas a la costa y a
la isla de Puná, según el propio cronista relieva (Cieza, op. cit.: caps. XLI-XLV).
No establece Cieza una relación entre empleo del quechua y actividad co­
mercial, pero da, precisamente para la provincia de Chimbo, una nota inhabi­
tual: «... a tiempos usan de congregaciones para hallarse en ellas los más prin­
cipales, a donde tratan lo que conviene al beneficio así de sus patrias como de
los particulares provechos dellos» (Cieza, op. cit.: cap. XLV).

En el extremo norte de la sierra ecuatoriana (actuales provincias de Imba-


bura y Carchi) y en la sierra sur de Colombia (actual departamento de Nari-
ño), antiguo territorio, de los pastos -comarcas no tocadas o apenas tocadas
por el Imperio Inca en sus años finales-, el quechua era utilizado casi única­
mente por los mercaderes, a estar por una relación de 1541 según la cual los
nativos de la Doctrina de Pinampiro (hoy en Imbabura) no acudían a la ciu­
dad de Pasto «si no son algunos mercaderes que son ladinos en la lengua
general del Inga, y éstos van a sus rescates y granjerias» (Jiménez, 1965: t. III;
252). Cabe suponer por esta cita que en Pasto mismo se manejaba la ‘lengua
del inga’.

Para el importante territorio de los Quijos, en el área nororiental ecuatoria­


na, de selva alta, las informaciones iniciales referentes al uso del quechua son
escasas e imprecisas. En 1563, un hijo de Atahuallpa, Felipe Inga, y un caci­
que quijo hicieron de intérpretes en la zona ante otros caciques congregados
con ocasión de la fundación de la ciudad de Nuestra Señora, más tarde de
Sevilla del Oro (Jiménez, 1965: t. IV; 181). Se comprende que una de las len­
guas empleadas en la intermediación fue la quechua, dada la presencia de un
hijo de Atahuallpa, indudablemente «ladino» en castellano y quechua general.
Quizá en esas comarcas el conocimiento del quechua estuvo circunscrito al
nivel de los caciques, la gente con poder local. Varios decenios más tarde, en
1608, se lo halla más difundido, al decir del conde de Lemus: «corre en esta
provincia [Quijos] la lengua general del Inga, y hablábanse otras diferentes y
maternas» (Jiménez, 1965:1.1; 78). Han tratado más detenidamente este tema
Udo Oberem en una monografía sobre los Quijos (Oberem, 1971) y Roswith
Hartmann en un estudio referido al problema del quechuismo preincaico en el
Ecuador (Hartmann, 1979).

Ninguna de estas informaciones, sin embargo, da luz acerca del dialecto, o


los dialectos, deLauechua que se manejaban a la sazón en el Ecuador, ni qué
debe entenderse allí por «lengua general del Inga». Cieza de León (op. cit.:
cap. XXXIX) hace un descarte del quechua IIC cuando consigna que, a raíz de
la matanza de los adultos que Huayna Capac realizó entre los otavalos y caran-
gues, éstos eran llamados guamaracona [/wamrakuna/] «muchachos»; la for­
ma IIC correspondiente es /warmakuna/. Desconocemos, no obstante, la fuen­
te lingüística del cronista.
Los españoles capturaron también a los quechuahablantes sobre el mar cer- j
ca de las costas ecuatorianas: de la llamada «balsa de tumbecinos» extrajeron,
en 1527, a tres mercaderes navegantes que hablaban la lengua general. Uno de
éstos, Felipillo, habría de hacerse célebre por su papel de intérprete en la en­
trevista’ de Francisco Pizarro y el Inca Atahuallpa en la plaza de Cajamarca. Se
ha asignado a Felipillo diversas naciones y patrias -cosa nada extraña tratán­
dose de un mercader: tallán de Pohechos (en el río Chira, costa extremo norte |
peruana), punaeño (de la isla Puná) o, genéricamente, huancavilca (de los tér- |
minos de Guayaquil)—. Garcilaso de la Vega lo dice de Puná, mientras que
Guarnan Poma insiste en llamarlo Felipe Guancavilca y lo dibuj a con narigue- i
ra en una de sus láminas (Guarnan Poma, [¿1614?] 1936: 380, 384, 385).

Es justamente a raíz de la intervención de Felipillo en los sucesos de Caja-


marca que se tiene una referencia confiable respecto de las hablas septentriona­
les del Imperio: el cronista Garcilaso de la Vega, a cuyo sentimiento idiomático
se debe otorgar crédito por tratarse de un principe cuzqueño, afirma que en
aquella ocasión Atahuallpa se expresó «en el lenguaje de Chinchaysuyu, el cual
entendía mejor el faraute [intérprete], por ser más común en aquellas provincias
que no el del Cuzco» (Historia General del Perú: Libro primero, cap. XXV).

Ahora bien, aunque queda claro que el mercader «huancavilca» y el Inca


«quiteño» manejaban el lenguaje de Chinchaysuyo (quechua IIB), la expre­
sión «aquellas provincias» es todavía imprecisa.

Débese examinar, por esto, qué habría podido suceder en el escenario lin­
güístico ecuatoriano con la ocupación incaica y si ésta pudo introducir en el
área (en los apenas 50 ó 60 años de su duración) el quechua o, más específica­
mente, el dialecto quechua IIB que, con variaciones locales, se habla actual­
mente en el Ecuador y en el curso alto del río Putumayo, en Colombia.

Paict esto, es preciso, como cuestión previa, determinar qué aportes idiomá-
ticos (quechuas o no) pudieron realizar los incas en las regiones septentriona­
les mediante sus ejércitos y guarniciones o sus mitmas.

Tal diligencia lleva fundamentalmente a mirar el panorama lingüístico pre­


valeciente en los territorios surandinos ganados por el Imperio en la fase de su
primera expansión, dentro de los cuales se mantuvo y consolidó durante los
treinta a cuarenta años iniciales, antes de que Túpac Yupanqui llevara sus ejér­
citos por el Sur hasta Chile y por el Norte hasta Ecuador. Integraban el Imperio
del Cuzco en ese primer período: el Altiplano collavino hacia el sureste, el
Condesuyo hacia el Sur, el Andesuyo (nunca poblacionalmente importante)
hacia el este y el noreste, y las antiguas comarcas de las naciones quechuas,
aymaras, soras, lucanas y chancas (actuales departamentos peruanos de Apu-
rímac y Ayacucho) hacia el Oeste.

Las referencias a idiomas en esa área, contenidas en los documentos del


siglo XVI -tardíos por lo tanto en más o menos un siglo- (véase Torero, 1970:
238-243), muestran un aplastante predominio del ara aymara en las masas de
las poblaciones que, de acuerdo con la racionalidad económica inca, eran sus­
ceptibles de suministrar soldados a los ejércitos y excedentes demográficos
por trasladar; y de cuya lealtad (encuadramiento eficaz) podían estar seguros
los señores del Cuzco. Tal predominio, sin duda, era mucho más acentuado a
mediados del siglo XV.

Según las noticias del siglo XVI, en el Altiplano collavino el aymara conti­
nuaba expandiéndose vigorosamente en desmedro de otros idiomas que lo
habían precedido en la región: el puquina y el uruquilla. En Condesuyo, los
collaguas, que estaban adoptando el quechua pero tenían por lengua propia el
aymara, ocupaban plenamente las vertientes altas de la Cordillera Occidental
y presionaban sobre otros pueblos de idiomas distintos: los de Pinchollo, Calo
y Tapay, donde hablaba «cada pueblo diferente del otro, muy barbara» (posi­
blemente, por la ubicación geográfica, relictos de antiguas hablas aras), y los
cabanaconde, que empleaban «la lengua general del Cuzco corruta y muy avilla­
nada» y además, en algunos sitios de su comarca, «otra lengua incógnita y para
ellos solos» (tal vez igualmente un idioma aru en el último caso y, en el primero,
una habla quechua ‘arrizada’ de modo similar al dialecto cuzquefio actual o una
suerte de ‘entrelenguas’ aru-quechua, comparable a la quechua-puquina de los
herbolarios callahuayas en Bolivia) (véase Jiménez, 1965: t. n; 328-329).

Al occidente de la capital imperial, en las cuencas de los ríos Pampas y


Soras, y sobre las altas cordilleras que bordean por el sur y el sureste el depar­
tamento del Cuzco, el aymara conservaba todavía una fuerte vigencia, si bien
en algunos lugares había cedido el terreno al quechua chínchay (indudable­
mente IIC) o se había establecido una situación de bilingüismo quechua-aymara
en grado y magnitud difícilmente determinables a partir de las afirmaciones
genéricas e imprecisas de las fuentes de información.

En cambio, como se ha visto, por inicial irradiación desde los valles coste­
ños de lea y Nasca, el quechua IIC se hallaba sólidamente implantado sobre
ambas vertientes de la Cordillera Occidental en el suroeste del departamento
de Ayacucho, superpuesto a relictos de aras hahuasimis (lucanas, laramates y
antamarcas), territorial y lingüísticamente fragmentados.

Túpac Yupanqui, por lo tanto, llevó a la conquista y pacificación del Ecua­


dor, como soldados y mitmas, mayoritariámente a aymarahablantes y a que-
chuahablantes de zonas aún incipientemente ganadas al ara, y sólo secunda-
ñámente a usuarios plenos de quechua IIC o de puquina.

En cambio, Huayna Cápac, su sucesor y heredero de un imperio más am- j


püo y con un control ya suficiente de los nuevos pueblos conquistados por
Túpac Yupanqui, movilizó, a la vez, para los mismos fines, no sólo a las gen­
tes surandinas, sino igualmente a poblaciones de la sierra central y norteña
peruana, hablantes de quechua I y HA, culle y otros idiomas. No se tomó a
estos efectos a los productivos pobladores de los valles costeños, pescadores o
agricultores, con excepción probablemente de grupos de artífices en oficios
requeridos por las casas reales.
Al derrumbarse el imperio cuzqueño, permanecieron en el Ecuador no sólo
la mayoría de los muchos grupos de mitmas extranjeros al área, que habían
recibido allí campos de cultivo, sino también un número posiblemente alto de
soldados traídos desde süs lejanas patrias para participar en las campañas con­
tra los pastos que había empezado a desarrollar Huayna Cápac. Destruida la
maquinaria administrativo-militar inca, el camino de retomo era sin duda más
difícil, si no imposible, para aquellos cuyos pueblos de origen se hallaban en
el distante sur.
Dado que los ejércitos incaicos estaban constituidos por «naciones», no es
improbable que las huestes abandonadas a su suerte se agrupasen bajo el mo­
delo de los mitmas, ocupando tierras de cultivo en las zonas conquistadas. De
este modo puede interpretarse un párrafo de Guarnan Poma referido a los «ca­
pitanes» del Collasuyo («de hatuncolla poquinacolla charca cana pomacanchi
quispillacta cauina callahuaya») que estuvieron con Huayna Cápac en las cam­
pañas del Ecuador: «... estos dhos capitanes murieron en ellas algunos bolbie-
ron a sus pueblos y tierras y se murieron alli algunos se quedaron hasta hoy en
tome quito sus bisnietos destos dhos capitanes adonde conquistaron se queda­
ron para memoria y generación los cuales les llaman mitimays estrangeros de
yndios» (Guarnan Poma, op. cit.: 170).
Durante largos decenios después de la conquista española, muchos grupos
mitmas continuaron usando las lenguas de sus patrias originarias en tanto iban
adoptando la «general del Inga». La Relación del pueblo de Sant-Andres Xunxi,
pueblo ubicado al pie del nevado Chimborazo, señala que «los mitimas, que
son de Condesuyo, questá junto al Cuzco, hablan unos con otros su lengua de
aquella su tierra y todos la del Inga» (Jiménez, 1965: t. III; 262).

Sin embargo, mitmas y soldados en perdición tuvieron que emprender, fi­


nalmente, el duro y prolongado proceso de asimilación a las poblaciones natu­
rales del Ecuador.
Ahora bien, de lo dicho hasta aquí queda claro que no se dieron durante la
conquista y la ocupación incaicas del Ecuador (ni tampoco, naturalmente, en
la época hispánica) los factores y condiciones requeridos para la introducción
consistente de un dialecto quechua del tipo IIB -cuyas formas son, sin embar­
go, las que han predominado sustantivamente en la constitución de las hablas
ecuatorianas modernas—.Se deriva de esto que la presencia del proto TTRecua­
toriano en el área septentrional debe fijarse en tiempos preincaicos.

En respaldo de esta conclusión, si fuera necesario, y como de contragolpe,


se hace evidente que sólo con una presencia ya suficientemente avanzada en
tiempos preincaicos pudo este IIB contrarrestar los masivos y múltiples ‘apor­
tes sureños’ llegados con el Imperio y salir finalmente victorioso, aunque no
indemne, de la contienda lingüística.

Por otra parte, la presencia en el nororiente peruano de dialectos igualmen­


te IIB, como los de Lamas (San Martín) y de Chachapoyas (Amazonas), cerca­
nos tanto al de la costa central peruana y al de Huarochirí, hoy extintos, cuanto
a las hablas ecuatorianas, refuerza la hipótesis de que la difusión de los HB
septentrionales de Ecuador y Perú ocurrió como parte de un fenómeno de fuer­
te relación económica interregional que venía desplegándose en los Andes
desde siglos antes de la expansión del imperio cuzqueño. Incluso, la forma de
dispersión de esos IIB diseña bien las direcciones y la amplitud de aquel movi­
miento, que apuntaba, desde la costa centro-sur peruana, hacia la selva alta de
Moyobamba, nororiente peruano, y hacia el Ecuador y el sur de Colombia.

Sobre las actividades comerciales entre las costas central y sur peruanas y
las costas y el interior ecuatorianos se posee ya, como hemos visto, bastante
información correlacionable con la extensión del IIB; pero se carece aún de
datos correspondientes para los departamentos peruanos de Amazonas y San
Martín, y sólo resta al respecto postular como hipótesis de trabajo la existen­
cia de vías comerciales, quizá múltiples, que conectaban el Ecuador y el cen­
tro del Perú con el nororiente peruano. En todo caso, no hay hasta el momento
otra manera de explicar la presencia de hablas IIB en los departamentos de
Amazonas y San Martín y en los cursos bajos de afluentes del río Amazonas,
en el departamento de Loreto.

Por lo demás', para una mejor comprensión de los factores que promovían
la extensión septentrional del quechua, débese necesariamente mirar, al me­
nos, lo que paralelamente acontecía a principios del siglo XVI en los bordes de
su área lingüística: el interior de Colombia y la cuenca amazónica.

En territorio hoy colombiano, diversas naciones guerreaban y, a la vez, co­


merciaban entre sí y con poblaciones del mar Caribe y Centroamérica, pero
manejando, no una lengua general, sino idiomas regionales, como el muisca
del reino de Bogotá.
En la región amazónica y el Orinoco, pueblos de hablas arahuacas, caribes
v tupíes predominaban sobre muchos otros por el número, la actividad econó­
mica y el dominio territorial. Entre ellos, interesa destacar a los omagua-coca-
ma que empleaban una lengua tupí y se extendían desde el curso medio-alto
del Amazonas y el bajo Marañón hasta las estribaciones andinas, en una distri­
bución geográfica que parece haber estado orientada hacia el control de im­
portantes rutas de intercambio. Los omaguas habían ascendido por el alto Ñapo
hasta la región de los quijos, en tanto los cocamas se habían asentado en las
bocas y los cursos bajos de los ríos Ucayali y Huallaga, grandes vías de pene­
tración hacia las sierras peruanas.

Posiblemente desde varios siglos antes de la conquista hispana, gente de


habla quechua había entrado en contacto con los omagua-cocama en elnoro-
riente ecuatoriano y el nororiente peruano y con uno o vanos pueblos de Co­
lombia, cuyas lenguas tomaban el relevo como idiomas de relación para
comercio lejano.
En cuanto al empleo del quechua IIB en el oriente ecuatoriano, resulta na­
tural suponer que era efectivo en época preinca para el enlace economice com­
plementario entre zonas de recursos diferentes: las vertientes de selva y los
valles interandinos del Ecuador y sur de Colombia. Aun si se concede que las
variedades actuales del ecuatoriano oriental (y del alto Putumayo) fueron lle­
vadas a la selva alta únicamente a partir del siglo XVI y por boca de los nume­
rosos indios ‘auxiliares’ que empujaron consigo los
deros y misioneros hispanos, débese aceptar que solo pudieron partir deun
dialecto IIB ya establecido en los valles interandinos y todavía muy poco im­
pregnado por influencias cuzqueñas o, en general, surandinas.

La ‘sureñización’ del quechua interandino ecuatoriano, si bien con sus raí­


ces puestas durante la ocupación incaica -mitmas y ejércitos-, fue uri p r o c e s o
que se cumplió en el período colonial y como consecuencia del trasiego entre
‘naturales’ y ‘trasladados’.

3 3 5 Las condiciones histórico-sociales que coadyuvaron a la conso ída-


ción del quechua en Ecuador en los siglos XV a XVII fueron, pues, resultan­
tes de la conquista y la ocupación incaica, primero, y de la conquis a y
implantación española, después; pero resultantes no precisamente -o no prio­
ritariamente- de medidas y hechos de gobiernos dirigidos a ese efecto, sino
de las hondas y graves perturbaciones ocasionadas en la base popular por las
intervenciones extranjeras sucesivas. Las poblaciones indias vieron en el
vínculo de un idioma común una posibilidad de supervivencia; y adoptaron,
entonces, como solución más viable, la lengua que desde el período preinca
había estado, un poco por todas partes, en uso entre los sectores nativos
económicamente más dinámicos: el quechua IIB, inicialmente idioma de los
reyes y señores que expropiaban y acumulaban los excedentes sociales, y de
los comerciantes, vectores del intercambio lejano. Baste recordar que la bal­
sa de mercaderes «tumbeemos» capturada en 1527 por los españoles perte­
necía, en realidad, al cacique de la isla ecuatoriana de Salango y que sus
tripulantes, al menos Felipillo, ciertamente, hablaban el quechua ‘del Chin-
chaysuyo’.

Con la ocupación española, la masificación de IIB ecuatoriano se aceleró y,


de idioma de una élite nativa que pasaba a hispanizarse, se convirtió en len­
guaje popular. No obstante, el ambiente socialmente compulsivo que presidió
el proceso de quechuización no facilitó la uniformización de la lengua. De allí
que el habla de cada comarca consista hoy en un compromiso subregional
específico del IIB ecuatoriano con el idioma oriundo: barbacoa, puruhá, ca­
ñar, palta-jíbaro, etc., y los idiomas invasores: aymara, quechua cuzqueño
más o menos constituido, otros diversos dialectos y lenguas del Sur, y el cas­
tellano.

3.3.6. Análisis de glotalizadas en dialectos ecuatorianos

Se ha procedido a la comparación de las raíces cognadas que contienen conso­


nante glotalizada o aspirada en el habla cuzqueña y consonante aspirada (o
fricativa correspondiente) en las hablas interandinas del Ecuador. Se tuvo en
cuenta únicamente la posición inicial de palabra porque sólo allí se dan las
aspiradas en Ecuador y porque glotalizadas y aspiradas del cuzqueño son más
productivas en esa posición.

Se utilizó el Diccionario Quechua Cuzco-Collao de Antonio Cusihuamán


(1976) para el dialecto cuzqueño y el Diccionario Español-Quichua, Quichua-
Español de Louisa R. Stark y Pieter C. Muysken (1977) para los subdialectos
interandinos ecuatorianos. De manera complementaria, se recurrió a otros léxi­
cos, en particular para fines de confrontación con el subdialecto ecuatoriano
oriental y los dialectos peruanos no cuzqueños. Las fuentes ecuatorianas, en
todo caso, se muestran bastante menos provistas todavía para un cotejo equi­
tativo y seguro, que requeriría de vocabularios locales más detallados y de
I información fonológica y gramatical suficiente.
Aquí hay que señalar que en todas las lenguas aras el acento de la palabra
incide automáticamente en su penúltima sílaba. Sin embargo, en cauqui, a
juzgar por los datos de que disponemos, pareciera haberse desarrollado un
rasgo de intensidad vocálica que se efectiviza únicamente en la penúltima y la
antepenúltima sílabas de las raíces: si la vocal intensa ocurre en la antepenúl­
tima sílaba, se lleva toda o casi toda la carga acentual hacia su sílaba; si ocurre
en la penúltima sílaba, se realiza como vocal larga acentuada. Es en esta posi­
ción que pueden ocurrir los pares mínimos de oposición breve/larga -contras­
tes que Martha Hardman (1983:45) prefiere denominar de ‘vocales normales’
a ‘vocales [ultra]cortas’ que «se pronuncian rápido»-.

Tomamos ejemplos de N. Belleza, 1995: En la antepenúltima silaba: állaka


«calabaza»; anháriyu «cactus parecido al San Pedro»; qarqáriya «adúltero (entre
comadre y compadre)»; síkipa «voltear la esquina corriendo»; tíwyasha «pája­
ro carpintero»; kúntiri «cóndor»; qúyuma «guayabo, guayaba»; súruma «lade­
ra»; shúkullu «lagartija»; shúruru «árbol alto que da unas bolitas por semilla
[chururo, choloque]»; újara «planta de maíz»; úriqi «suelo, piso, terreno». En
la penúltima sílaba: aats’a «atorar, atascar»; chaaki «seco, secarse»; kaaka
«ala, pluma»; qaaqa «peña, cerro»; ts’aaka «hueso»; uuqu «tragar»; éstos últi­
mos vocablos encuentran sus pares mínimos, sin vocal ‘intensa’ o ‘larga’, en
las siguientes raíces: ats’a «grupo, manada»; chaki «buscar»; kaka «tío mater­
no»; qaqa «perforar»; ts’aka «pecho»; uqu «tos».

3.4.3. El nombre de la familia aru :

A estas alturas de nuestra exposición, nos parece conveniente dedicar unos


párrafos a la cuestión del nombre, o los nombres, por dar a la familia lingüís­
tica que venimos designando como aru.

En primer lugar, estimamos que el nombre más apropiado para las hablas
aras de la provincia de Yauyos es, precisamente, yawyu (en castelllano: yauyo,
plural yauyos). Los yauyos, históricamente la más poderosa etnia de la región,
aunque en buena parte plurilingües, tenían en los siglos XVI y XVII como uno
de sus rasgos distintivos y de unión el manejo de sus idiomas aras, cuyos
remanentes son los usados hoy en el distrito de Tupe; ‘devolverles’ a éstos la
antigua apelación sería un paso efectivo de recuperación étnica.

El uso ha establecido, sin embargo, los nombres de cauqui/kawki o jaca-


ro/jaqaru, si bien todavía en competencia (nosotros hemos observado desde
años atrás que el de cauqui es el más antiguo y aceptado, por lo cual lo
preferimos).
En cuanto a la familia y al área lingüísticas que hoy encierran a yauyos y
aymaras (o aymaraes), convendría reconocerla con un nombre compuesto, ta
como cauqui-aymara o yauyo-aymara, o con la designación abreviada de
yawyumara o, más sucintamente todavía, de yawmara (yaumara en escritura
castellana). Estas últimas formas honrarían la memoria de las dos etnias de la
familia que más presencia histórica poseyeron: los yauyos del Perú central y
los aymaras o aymaraes del sureste peruano, de cerca del Cuzco, que luego se
extendieron por el Altiplano peruano-boliviano.

No obstante, conservamos -por su brevedad, economía y uso ya bastante


generalizado entre los especialistas- el nombre de aru como sinónimo de cau­
qui-aymara o yaumara, particularmente en composiciones del tipo quechua-
aru o quechuaru («la relación quechua-aru», «el área lingüística quechuaru»,
por ejemplo).
Estimamos que el designar a la familia toda con el mero apelativo de una de
sus lenguas, el de aimara, o aymara, como el lingüista Rodolfo Cerrón propuso
hace algunos años (Cerrón, 1993: 41-60), significaría volver al estado de con­
fusión que existía hasta mediados del siglo XX acerca de la complejidad de la
familia, estado cuya superación condujo precisamente a la acunacion de térmi­
nos como jaqi por Martha Hardman y aru por nuestra parte; e implicaría, sobre
todo, el imponer a los hablantes arus de la provincia de Yauyos una denomina­
ción que nadie les asignó en los siglos pasados ni que ellos se dieron nunca a si
mismos; esto es, avasallar el orgullo regional de los tupinos meramente en ra­
zón de que los aymaras bordean hoy los dos millones de hablantes mientras los
yauyos son apenas unos miles. Y porque se puede, por ende, explotar, contante
y sonante, un ‘nacionalismo aymara’ aun a costa de la anexión de un plumazo
de etnias hoy menores, como la de los yauyos tupinos.

Por esto es de lamentar que, en la carátula del diccionario de Neli Belleza


Castro, Cerrón haya introducido abusivamente el subtítulo, entre paréntesis,
de <aimara tupino>; no lo imaginamos subtitulando impunemente un diccio­
nario aymara como ccauqui collavino> o cjacaru altiplánico>. Por lo contra­
rio, la autora, en la página 220 de su obra, incluye como uso normal de su
pueblo de Tupe la entrada cauqui, dándole jaqaru como equivalente; y, en la
página 79, en la subentrada jaqaru, indica, entre otras cosas, que cauqui es
«nombre que los hablantes de jacaru dan a su idioma cuando hablan en caste­
llano». En cambio, aymara (o aimara) no tiene entrada alguna -aparte de su
intromisión por mano ajena en el subtítulo-.

Este mismo prologuista alega en su presentación del Vocabulario, p. 11, en


favor de su pretensión nada feliz de extender la comprehensión del apelativo
de aimara al cauqui (y/o jacarü), que se atiene a cierta ‘tradición terminológi­
ca’, de manera paralela a como -dice- se ha extendido la voz quechua hasta
abarcar a la familia toda y a cualquiera de sus hablas.

Tales argumentos son falsos y antihistóricos: no ha habido ninguna ‘tradi­


ción terminológica’ y nunca ha sido necesario ‘extender’ el alcance del nom­
bre de quechua: por quechua (o quichua y variantes) se ha reconocido a todas
las variedades de esta familia desde al menos los tiempos de fray Domingo de
Santo Tomás (1560), aunque partes de ella recibieran a veces apelativos espe­
cíficos (chinchaysuyo, huanca, yunga, inca, etc.); consúltese, v. gr., el Poliglo­
ta Incaico, de principios del siglo pasado (1905), que recoge, además del ay­
mara, variedades quechuas muy diversas -de Cuzco, Ayacucho, Junín (el dia­
lecto huanca) y Áncash- sin rehusar a ninguna su entidad de quechua. Por
aymara, en cambio, jamás se entendió otra cosa que las hablas consiguientes
del sureste del Perú y el noroeste de Solivia, excepto en etapas incipientes del
conocimiento y la comparación lingüísticas, a fines del siglo XIX y principios
del XX, cuando autores como Johann von Tschudi, Clements Markham, Emst
Middendorf o Paul Rivet empezaron a entrever ‘huellas aymaras’ en el Perú
surcentral y supusieron que estaban ante una sola y misma lengua y no ante
una familia lingüística.

La veleidad terminológica del prologuista crea, en realidad, más problemas


en este terreno del que pretende resolver; v. gr., si acuerda denominar «proto-
aymara» (y no proto-aru o proto-jaqi) al nivel más antiguo de la proto-lengua,
del cual derivan las modernas hablas cauquis y aymaras y los extintos hahuasi-
mis, tendrá que buscar un nuevo nombre para lo que hoy conocemos precisa­
mente como proto-aymara, el segundo o tercer nodo de proto-lengua, precursor
únicamente del aymara y de sus hablas -las usadas actualmente en el Altiplano
peruano-boliviano y sus flancos o atestiguadas en documentos-, y un nuevo
nombre, naturalmente, para la lengua aymara, etcétera (ya Rodolfo Cerrón ha
sugerido los de ‘aimara sureño’ y ‘aimara collavino’, mas no imaginamos a
ningún poblador de Puno, La Paz u Oruro definirse como un «aimara-collavi-
no-hablante» ni «sureño-hablante»). No creemos que convenga llamar ‘caste­
llano’ al latín (que tiene un grado de diversificación similar al del quechua y al
del aru), ni llamar ‘latín’ al tan trabajosamente acuñado indo-europeo de los
especialistas; como tampoco, a la inversa, abandonar el nombre de castellano
por el de ‘indo-europeo peninsular’.

En su artículo consagrado a la cuestión de la existencia de un fonema nasal


velar en proto-aru, W. Adelaar acoge la propuesta de R. Cerrón en base a la
idea de que «el uso de los términosjaqi (Hardman, 1978) y aru (Torero, 1970)
sugiere que la diferenciación interna del grupo que engloba el aymara, el cau-
qui y el jaqaru fuese mayor de la que se halla-en la familia quechua, cuyas
distintas ramas están agrupadas bajo la denominación única de ‘quechua »
(Adelaar, 1996:7, nota 1). Tal idea es errada: por un lado, como dijimos antes,
ha solido designarse ‘de por sí’ al huanca, al chinchaysuyo, al lamista, al inga-
no y a otros grupos, aunque reconociéndolos como quechua', y los lingüistas,
por su parte, ya han dado nombres a grupos y subgrupos de esta familia; por
otro lado, pretender arreglar las cosas extendiendo a toda una familia (la jaqi o
aru) el nombre de una de sus lenguas componentes (la aymara) «para que no
haya equívoco acerca de su grado de divergencia interna», es hacerle un servi­
cio al revés: lo que se lograría es hacer pensar en que es poca tal divergencia,
no más allá que la de una lengua única.

El lingüista norteamericano Lyle Campbell aparenta también asumir la pro­


puesta; pero, en realidad, la descarta y pasa a acuñar un nuevo término para
nombrar a la familia: el de -en inglés- aymaran, esto es, aymarano, al que da
como sinónimo do jaqi o de aru, y deja la designación de aymara para la len­
gua específica; así, habla de la familia aymarana integrada por las lenguas
aymara y jaqaru-kawki (Campbell, 1995: 157-158 y nota 1; 1995: 188, 189,
273-283). Esto es, que Campbell se cuida bien de no confundir niveles genea­
lógicos ni de enredar al lector.

Ahora bien, el uso, para significar familias lingüísticas, del sufijo inglés -an
(equivalente de los diversos gentilicios del castellano) está efectivamente den­
tro de ‘cierta tradición terminológica’... pero norteamericana. De esta manera,
hallamos que lo que para un lingüista o un filólogo de idioma castellano son las
familias mctya, paño, jíbaro, etc., suelen ser para un lingüista estadounidense o
anglicista las familias moyana, panoanajibaroana, etc. No hay que olvidar al
respecto que, en la tradición castellana, los sufijos gentilicios se emplean más
bien para dar nombre a idiomas específicos o a dialectos de éstos: castellano o
español, italiano, rumano, francés, portugués, catalán, provenzal, dentro de la
familia románica o latina, ayacuchano, ancashino, ingano, cuzqueño, santia-
gueño, en la familia quechua-, cauqui tupino y cauqui cachuino en la rama yau-
yo de la familia aru. '

En cuanto al compuesto quechumara(n), que desde hace algunos decenios


circula como nombre para un supuesto agrupamiento genético de las familias
quechua y aru, es fonológicamente un evidente engendro anglicista o hispa­
nista, que viola el patrón silábico del quechua: en esta familia lingüística, la
voz quechua (muy probablemente *qitRwa, con palatal retrofleja, en su pro-
toforma) se segmenta como qich-wa (o qitR-wa), nunca qi-chua ni tampoco
qi-chu-a, por lo que componer quechumaran (quechumara en la versión del
profesor Cerrón, 1994) es caer en una deformación translingüística similar a
conjunto dialectal que los españoles habían encontrado y reconocido como la
«lengua general del Perú» desde el momento de la conquista hispana.

Sin embargo, redactada en 1586, más de medio siglo después de aquel hecho,
en la época en que el Tercer Concilio Límense acababa de formular objeciones
contra ese IIB y el año mismo en que el Vocabulario Anónimo denunciaba
explícitamente las voces «del Chinchaysuyo» y se empezaba a loar ‘las formas
cortesanas del quechua cuzqueño’ (y escrita, por añadidura, en una zona vecina
del propio Cuzco), la relación de los Collaguas y Cavanaconde sentenciaba con
dureza- «Los de la provincia de Cavana hablan la lengua general del Cuzco
corruta y muy avillanada» (Jiménez, 1965: vol. I; 329). Es bastante probable que
se tratara de la primera ‘lengua general del Perú’ traída a menos.

En realidad, es casi inexistente el material que hoy podemos reunir acerca


del quechua costeño meridional, sus variedades y los territorios que eventual­
mente ocupó. Puesto que sí hubo un costeño meridional, que fue virtualmente
borrado de la escena por la violenta despoblación indígena de la costa, la tempra­
na castellanización de los sobrevivientes, y la expansión del quechua IIC im­
pulsada por la explotación minera de Potosí y Huancavelica. Aparte de las
obras pioneras de Domingo de Santo Tomás (con cuyo Lexicón hay que ser
cautos por su inspiración pluridialectal), nos quedan algunos datos en relacio­
nes’, como la de Chincha de Castro y Ortega y Morejón y las editadas por
Jiménez de la Espada -que venimos comentando- o en informaciones sueltas
de cronistas más o menos tempranos. Pasemos a ello.

La Relación de Chincha, redactada en 1558, nos ofrece ciertos lexemas y


rasgos fonéticos generalmente ya consignados por Domingo de Santo Tomas,
pero que, en este caso, podemos situar de manera segura: se trata del pueblo y
valle de Chincha, en la costa surcentral. El fonetismo que descubrimos es simi­
lar al que ha caracterizado a la toponimia del valle de Lima y al nombre mismo
de esta ciudad (lima y no rimaq): lateralización de *r inicial de lexema: ¡una
«gente», lorin «bajo», loco «anciano»; eliminación de *h inicial: atuntuna
«tributario», y de *-q final en los nombres: ochacamayo «el que castiga los
pecados», Capaocha (<qapaq-hocha) «delito contra el rey» (‘cuestión de esta­
do’); sonorización automática de oclusiva tras nasal: Ynga Yupangui. Formas
léxicas ‘norteñas’ ocurren en lugar de las IIC ‘sureñas’: guamara (wamra)
«muchacho», agra (akra) «escogida», y no warma y aklla; la forma ununo
significa «agua» como en el quechua cuzqueño, sino «señor de un valle» (Tnm-
bom, 1936; Torero, 1974: 223).

Páginas atrás habíamos visto que la «lengua quichua general del Inga» era el
vehículo de comunicación entre todos los pueblos del sector de la cordillera
andina colindante con los valles costeños de Nasca y Acarí, específicamente en
los repartimientos de Atunrucana y Laramati y de Rucanas Antamarcas,
compartiendo honores con el aymara como ‘lenguas generales’ en el reparti­
miento de Atunsora. Mas ¿de qué quechua [quichua] se trataba? Las ‘relaciones’
de estos repartimientos nos dan una respuesta bastante sorprendente cuando nos
suministran el significado en castellano de algunos nombres quechuas -toponi­
mia, onomástica, flora y fauna locales; pocos en número, pero relevantes- cuya
presencia no se esperaría ‘tan al sur’. Incluso, «hahuasimi» y quechua lugareño
pueden compartir ciertos términos; v. gr.: marca «pueblo»; pero en tanto la ocu­
rrencia de éste en un «hahuasimi» era previsible porque aparece en todas las
hablas aras conocidas, en la familia quechua, en cambio, sólo lo hallamos atesti­
guado hoy en dialectos Q.l y Q.IIA; esto es, norcentrales.

En los documentos citados, los vocablos de la ‘nueva’ lengua no se confun­


den con los «hahuasimis»: en este último caso la traducción pertinente suele
acompañarse con la indicación de que los pobladores ‘no dan otra razón’ para
explicar el significado, o de que esa voz pertenece ‘a la lengua antigua particu­
lar’. De todos modos, los no explicados quedan, naturalmente, sin filiación
idiomática segura.

Tenemos, entonces, que, al lado de vocablos comunes a todos los dialectos


quechuas -como guayra «viento»; puna o xaka «tierra fría»; paco «camero
de la tierra pequeño y de mucha lana» (alpaca); tambo «mesón»; quero «ma­
dero»; guaylla «yerba que parece avena»; pampa o bamba «llano»; anta
«cobre»; etcétera-, en las tres relaciones, todas del ano 1586, el corregidor
Luis de Monzón nos suministra voces quechuas que antes habríamos tildado
de ‘norteñismos’. Así, en la de Atunrucana y Laramati explica que «el pueblo
del Nombre de Jesús de Caxamalca se llamó así porque hay en la redonda dél
muchos cardones grandes, y a las espinas dellos en lengua de los indios lla­
man caxa, y al distrito de la tierra marca, de suerte que por esta razón se
llamó Caxamalca, que quiere decir tierra de donde crían espinas» (Jiménez,
1965: vol. I; 230).

En la relación del repartimiento vecino de Rucanas Antamarcas, nos dice


que el pueblo de Apeará está «en la falda de un cerro de media legua de alto,
que el cerro le llaman Guachuacirca, que es nombre de un pájaro como ganso
que anda en la puna»; sobre lo último reitera: «hay en las lagunas y arroyos de
la puna unos pájaros de la hechura, color y tamaño de los gansos, que los
indios los llaman guachuas». En esta misma relación y en la contemporánea
del repartimiento de Atunsora se hace mención de un alto nevado que se nom­
bra Caruaraso o Caruarazo «que quiere decir nieve amarilla» (Jiménez, 1965:
vol. I; 222,244, 246). ,
Sabemos que a caxa [kasha] corresponde kichka o variantes en Q.nC;a
guachua [wachwa], huallata [wallata] en Q.IIC y en aymara; a r a » >(>QI
rahu) riti o rit’i en Q.IIC y lit’i en aymara (Bertomo); a circa (sirka>Q.I
hirka), urqu o variaciones en IIB y IIC; a marca [marica], llaqta o vanantes en
IIB y n c . Los arus cauquis de Tupe y Cachuy tienen también la forma wachwa.

Por estos rasgos léxicos, el quechua de los lucanas y soras resultana mas
cercano de lo que quizá fue el viejo lenguaje de Pachacámac que del quechua
Chínchay IIB.
Los rasgos fonéticos que se advierten en el quechua de estos textos -y que
alcanzan a los «hahuasimis» respectivos- son la ausencia de aspiración inicia
(v. gr.: atún «grande») y las tendencias asistemáticas a lateralizar rim cia
(lorin o lurin, lucana/rucana), a eliminar *-q final en los nombres (Topa o
Tupa/lbpac) y a sonorizar oclusivas tras nasal (tambo, bamba/pampa).

Se producen, asimismo, como era de esperar, formas simbióticas: en Atun­


rucana y Laramati hubo un cacique famoso «que se llamo Caxa Angasi, que
quiere decir espina azul» (Jiménez, 1965:231), donde [kasha] es voz quechua
‘norteña’ y [angasi] es raíz compartida por quechua y aru, pero sujeta a 1
norma aru de no dar fin en consonante a los lexemas aislados.

En el corregimiento de los Condesuyos y Chumbivilcas, la lengua ‘nueva’


era «la general del inga», mucho más extendida en Condesuyos que en Chum­
bivilcas frente al idioma aru respectivo. La ‘relación’ del corregimien o no
suficientes indicios para determinar sus rasf ° ^ d; a¿e^ ^ ^
referencia a que «en los altos de las sierras» de Cotahuaci «hay gansos que en
su lengua se dicen guallatas», vocablo común al aymara y al quechua IIC,
inclina a pensar que las formas quechuas imperantes por aquella época corres-
pondían (ya) a este último dialecto.

No obstante, por la información contenida en la relación del vecino corre­


gimiento de los Collaguas y Cavanaconde, no parece haberse empleado
cualquiera de sus provincias alguna variedad ‘cortesana^ tipo IIC y no hay
más alusión a la «lengua general del Cuzco» que la mención de la vilipendiada
parla quechua de Cavana «corruta y muy avillanada». Si, por ^ marginalidad
espacial de Cavana respecto del Cuzco -se ubica semiaislada hacia la mitad
del río Colea-Majes, en tierras más cálidas que las de ios Collaguas y m
cercanas de la costa-, suponemos que su habla se conservaba hacia fines del
siglo XVI menos tocada por la vorágine de cambios habidos en las tierras altas
durante la centuria y media precedente -desde la constitución del Impeno In­
caico hasta el establecimiento de la administración colonial hispana-, podre-
mos calificarla de arcaizante y conjeturar que a principios del siglo XV el habla
quechua cuzqueña se le parecía mucho más.

3.6.7. Las lenguas del Cuzco

El estrato lingüístico más antiguo asignable al área cuzqueña y al linaje de los


incas es, sin duda, el aru ‘quichua’ (o ‘quechua’), para el cual estamos acuñan­
do el apelativo de ‘cundi’ a fin de evitar la confusión que ha existido práctica­
mente desde el momento de la conquista española (hasta hoy incluso) entre
dos idiomas de familias distintas empleadas por un mismo grupo étnico a los
que prestó su nombre. La misma confusión, y por motivos similares, ha oca­
sionado el uso de las expresiones «el idioma de los incas», «el lenguaje de
Pacarictambo» u otras semejantes. Sólo el hecho de que una de ellas fuese
minoritaria por irse extinguiendo, mientras la otra se hallase en plena expan­
sión, ha permitido distinguirlas como el idioma ‘particular’ versus el ‘general’
de los incas.

Debemos al cronista temprano Juan de Betanzos el haber rescatado para la


historia una breve muestra de ese idioma ‘particular’ bajo la forma de un can­
tar de la realeza cuzqueña en una ceremonia de triunfo (Betanzos, [1551] 1987:
93). El cantar, que hemos analizado en otro artículo (Torero, 1994), dice: Ynga
Yupangue/yndin yoca/solaymalca/chmboíey/solaymalca/axcoley («Inca
Yupanqui/hijo del sol/a los soras/puso de borlas [venció y humilló]/...») Se
trata evidentemente de un habla aru, como el aymara, pero no de aymara —del
cual la distinguen rasgos fonéticos y gramaticales. Entre los rasgos fonéticos
destacan: la sonorización de oclusivas tras nasal, el uso de laterales donde el
aymara emplearía vibrantes simples y el manejo de la sibilante palatal <x>=[sh];
entre los morfofonémicos, se advierte que el sufijo de 3.a persona actora no
hace caer la vocal precedente y ocurre como margen y no como centro silábi­
co: */-ra-y/>[-le-y], no [-11]; entre los morfosintácticos, en fin, la estructura de
posesión reclama que, como en cauqui-aymara, el determinante preceda al
núcleo y lleve sufijo de genitivo, pero no exige, a diferencia en esto del cau-
qui-aymara, que el núcleo poseído porte marca de persona posesora: <Yndi-n
y°ca> «Hijo del Sol»; cf. <Colca-m.pata> «Terraza del granero», <Oma-
n.amaru> «Serpiente del agua», etc. (Cerrón, 1998:436), y <Villca-n.uta> «Casa
del Sol» (Bertonio, 1612: II; 386).

Tuvo razón Murúa cuando dijo que «la lengua del Ynga, que era la particu­
lar que éste hablaba, [era] diferente de la quichua y de la aymara, que son las
dos lenguas generales de este reino» (Murúa, 1987: 377). En realidad, el ay­
mara y el quechua del Pampas (que seguramente prefiguraba formas IIC) fue­
ron probablemente utilizados como vehículos de comunicación y comercio
entre Chincha-Ica y el Cuzco hasta que se constituyo el imperio, pero el ayma-
ra como idioma nunca fue señalado para el valle del Cuzco, y, dentro de este
departamento, sólo lo fue para los territorios de Canchis y Canas, lindantes
con El Collao. »
El cronista temprano Pedro Pizarra, que vivió el Cuzco de los decenios
inmediatos a la conquista, afirma que, al lado de la lengua g ^ ralq u ic h u a,
«cada provincia tenía lengua por sí, diferentes unas de otras Y^ de los seno-
res y orejones era la más oscura de todas» (Pizarra, 1968: t.I; 479). Es seguro
que Pizarra, quien participó en la captura de Atahuallpa en Cajamarca, alcan­
zó a escuchar todavía formas de origen cundi en el habla señorial y guerrera
del Cuzco.
Medio siglo después de la conquista, la Doctrina Christiana surgida del
Tercer Concilio Límense advertía aún que los cuzqueños emplean «vocablos y
modos de dezir tan exquisitos, y obscuros, que salen de los limites del lengua­
je que propiamente se llama Quichua, introduziendo vocablos que por ventu-
ia 's ’e v sU n antiquamente, y agora no, y aprovechándose de los que v u »
los Ingas, y señores, o tomando de otras naciones con quien tratan» {Tercer
Concilio, 1984: fol. 74r.)

Bernabé Cobo, un cronista tardío, pero ecuánime y versado, refiere en 1653,


después de una diligente averiguación: «... fuera de la lengua del Cuzco que
introdujeran los Incas en todo su imperio y era la que hablaban con sus vasa­
llos sabían ellos otra distinta, de que usaban solamente entre si cuando trata
ban y conservaban con los de su linaje; y esta lengua propia de los Incas me
certificó Alonso Topa Atau, nieto de Guayna Cápac, ser la mismaquehabla­
ban los indios del valle de Tambu [Pacarictambo, siete leguas al sur del Cuz­
co]- y que con la mudanza que han tenido las cosas de este remo con el nuevo
mando de los españoles, la han ya olvidado los descendientes de os Inca ,
aunque todavía se acordaba él de algunos vocablos della...» (Cobo, 1964. vol.
II; L. XII; cap. III; p. 64).
De todos modos, el ‘idioma particular’ de los incas sería básicamente una
de tantas variedades del aru cundi, la correspondiente a Pacarictambo, su valle
de origen, y más o menos distinta de las de Apurímac, Cotahuaci y otros sitios.
En la Descripción de la tierra del corregimiento de Abancay, «provincia que
se dice Quichua por una generación que se nombró deste nombre», según
indica en 1586 su corregidor Niculoso de Fomee, los habitantes de los pueb °s
de Anta Puquiura, Guarocóndor y Zurite, situados a pocas leguas de la ciudad
del Cuzco, «todos o la mayor parte tienen diferentes lenguas, pero la que ha-
blan es la general» (Jiménez, 1965: vol. II; 1.6-30). El entonces corregimiento
de Abancay comprendía las actuales provincias de Anta, departamento del
Cuzco, y Abancay, departamento de Apurímac.

Tras el análisis del cantar transcrito antes (que se pudo conocer gracias a la
primera edición completa de la obra de Betanzos, Suma y Narración de los
Incas, preparada -infelizmente, con numerosas fallas- por la historiadora es­
pañola María del Carmen Martín Rubio en 1987), se vuelven transparentes
otros fragmentos sueltos del cundi incaico; en especial, el nombre de un per­
sonaje de gran importancia en la jerarquía del imperio -«la segunda persona
del Inga», según el cronista Cristóbal de Molina (Molina, 1968: 75-76)-, el
sumo sacerdote Vila Orna [wila urna]: se trata de la traducción del nombre
quechua Viracocha <*/wira qutRa/, «lago o mar de Wari» (wari, o su metáte­
sis wira -wila en la fonética cundi-, es una designación antiquísima del sol;
cf. Torero, 1990). Se torna claro que */qutRa/ es raíz quechua y */uma/ su
correspondiente aru. /qutRa/ y /urna/ se convierten en componentes del apela­
tivo de un alto dignatario -como, en Chincha, /unu/ es no sólo ‘el valle’, sino
‘el señor del valle’-. La traducción puede darse también como conjunto en
yuxtaposición: «sol (y) mar», los dos lados del mundo.

[Molina escribe: «[...] en el tiempo que los cristianos entraron en el Cuzco,


era como Papa o gran sacerdote de esta casa [la del Sol del Cuzco] y de todas
las demás de estos reinos, un Inga, gran señor, que se llamaba Vilaoma; éste
sólo se intitulaba en la lengua de los indios Indiuianan [Inti-p yana-n], que
quiere decir «Siervo o esclavo del Sol». Era ésta la segunda persona del Inga,
porque el Inga se llamaba hijo del Sol, y éste esclavo del Sol, a los cuales todos
éstos obedecían: al Inga como sólo señor e hijo del Sol, y a éste Vilaoma como
solo siervo o esclavo del Sol». Nótese en el título asignado al Vila Orna en la
cita de Molina las sonorizaciones que, como veremos, han de caracterizar al
quechua IIB regional].

[Es plausible la hipótesis de que el Vila Orna fuese antes la autoridad supre­
ma en un régimen teocrático, desprovista de poder por un movimiento milita­
rista, como Viracocha fue efectivamente depuesto por Pachacuti. Según dice
la Relación del Jesuita Anónimo -a quien los historiadores González de la
Rosa y Porras Barrenechea identifican con el cronista mestizo Blas Valera-, el
‘gran Vilahoma’ «en los tiempos antiguos tenía jurisdicción sobre los reyes».
Acerca del estatuto superior del Vila Oma y de los ‘Hatun Villca’ (tal vez sus
pares en otras comarcas o sus subalternos inmediatos), así como sobre los
motivos de su venida a menos, la Relación precisa: «Fueron en los tiempos
antiguos todos estos ministros de grande autoridad y reverencia entre los pi-
ruanos, así porque eran ricos y poderosos, como porque eran nobles y muy
emparentados; mas, en tiempos de Viracocha Inca, fueron muchos de estos
ministros causa principal para que se amotinase y rebelase el pueblo, y parti­
cularmente Hanta Huaylla [Andahuaylas] con los Chinchas, de donde resulta­
ron grandes guerras y casi perderse el reino; por lo cual Titu Yupanqui, hijo
heredero del rey, tomó la demanda y venció a sus enemigos, y prendió grande
suma de sacerdotes de ídolos y los trajo al Cuzco, y triunfando dellos, los
privó de sus oficios para siempre. Y después que vino a ser rey absoluto, hizo
nuevo modo de sacerdotes y ministros [...]»(Jesuita Anónimo, [¿1594?] 1968:
167). Es interesante notar aquí la relación que se establece entre Andahuaylas
y Chincha].

En las crónicas tempranas se encuentran desperdigados otros nombres cun­


dís de festividades y dignidades, calendárteos y de personajes específicos.
Betanzos mismo nos suministra un apelativo cundi contenido en la salutación
a la Coya, esposa del Inca: Paxxa Yndi Usus [paqsha indi ushush], que tradu­
ce por «luna e hija del sol», donde el nombre para «luna» es ajeno al quechua
y propio del aru: phaxsi en aymara y pajshi en cauqui. González Holguín
llega a recoger pacsa «claridad de la luna ñublada», y varias otras entradas a
base .de esta raíz, en la sección quechua-castellano de su Vocabulario, pero
ninguna mención al término bajo la entrada luna ni otra alguna en la sección
castellano-quechua. El vocablo no está en uso en el cuzqueño moderno.

El proto-IIB, e incluso algunas formas quechuas más antiguas, deben haber


penetrado en la región de lucanas, cundís y chumbivilcas hacia el año mil,
como el idioma del comercio, la religión y la política, que conectaba la costa
centro-sur peruana con El Collao y el área meridional andina en general, tal
vez incluso el norte de Chile y el noroeste argentino. (Al respecto, obsérvese
que la extensión de *-shu- a la ‘transición’ de l.a>2.a se encuentra en puntos
tan lejanos como Santiago del Estero y en el Límay norteño de Ferreñafe y
Cajamarca).

De este modo, la región de los cundís, aunque conservando en muchos


sitios su habla regional, se habría quechuizado tan temprana y extensamente
que, cuando se constituyó el imperio cuzqueño, pudo ‘transferir’ su propio
apelativo (‘quichua’ o ‘quechua’) a la que en adelante sería la ‘lengua general’
del Tahuantinsuyo. Por ello, cuando Huayna Cápac, por razones de estado,
proclamó al quechua de Chincha, según Murúa (1987: 136), como el idioma
de su reino, no tuvo que hacer cambiar de lengua a los cuzquefios ni a su linaje
mismo.

Es un tema por dilucidar hasta qué punto se debe a las conquistas cuzque-
ñas y al implante de su administración la presencia de variedades IIB en Cha­
chapoyas e, incluso, en Cochabamba y Tucumán —regiones estas últimas que
más tarde, ya en época colonial, serían alteradas por oleadas de Q.IIC. En un
estudio sobre el quechua de Santiago del Estero, Argentina, y del sur de Soli­
via, Willem Adelaar plantea cuestiones similares (Adelaar, 1994: 45-47).

Algo más tarde, por las grandes conmociones sociales que'había iniciado la
propia maquinaria imperial, con sus trasiegos de población en forma de miti­
maes o de ejércitos de diversas procedencias e idiomas, empezó a trastornarse
el habla de la región cuzqueña misma, dirigiéndose hacia pautas de tipo IIC;
las formas IIB, más conservadoras, fueron deviniendo en dialecto social, en
marca de élite. Seguimos suscribiendo lo que escribimos hace años: «[...] pa­
rece haber sido la variedad yunga, y no la cuzqueña, la más estimada por la
propia nobleza imperial; esto se desprende de ciertas formas consignadas por
los primeros cronistas (incluidos Betanzos, Sarmiento de Ganiboa y Titu Cus-
si Yupanqui) que de ningún modo deben achacarse a «deformaciones» en boca
de los españoles, como, por ejemplo: tambo, Túmbez, cumbe, ande, indi,
cóndor, mango, inga, yunga, etc., con sonorización de oclusiva tras nasal...
Tal vez eran también chinchas las formas que rechazaban la oclusiva uvular en
final de palabra, como Capa,... Topa,... Pachacama... etc.» (Torero, 1974:
132-133).

César Itier observa la ocurrencia -si bien asistemática- de estos rasgos en


los vocablos quechuas escritos hacia 1600 por el cronista indígena Pachacuti
Yamqui Salcamaygua, natural de Canas y Canchis, esto es, de una región
originariamente aymara pero por entonces en proceso de quechuización; y se­
ñala la pervivencia actual del fenómeno de sonorización de oclusivas tras na­
sal en el quechua de esa zona, según comunicación personal de la lingüista
peruana Emérita Escobar (Itier, 1993: 132). El mismo fenómeno, igualmente
asistemático, se advierte en los topónimos que en 1586 anota la relación del
corregimiento de Abancay recién citada: pueblos de Cotabambas, Guarocóndor,
Pampacunga, laguna de Mandorcocha... Sin duda, el IIB regional estaba sien­
do trastornado.

Con las violentas perturbaciones provocadas por la conquista hispana y la


explotación minera, que convirtieron en un crisol lingüístico el sur peruano y
el Altiplano collavino, se aceleró el proceso, hasta extinguir -cual con la eje­
cución de Topa Amaru, el último inga de Vilcabamba- a este IIB de élite, tal
como Topa Atau cuenta que sucedió con el cundi de Tambu.

Todavía Garcilaso de la Vega, a su vejez en la lejana España, hablando del


polvo de cinabrio -substancia usada en pintura facial y llamada ichma en IIB
y Mimpi en IIC- escribe que el ichma estaba reservado para las mujeres de
sangre real, quedando tal vez el llimpi para las que no lo eran (Garcilaso,
1963: vol. II; 330). El inca cronista, exiliado del Perú desde su adolescencia,
en 1560, nos ofrece, asimismo, una breve canción amorosa quechua que acude
a su memoria, y que traduce al castellano: Cayllallapi/ puñunqui/ Chaupitu-
ta/samusac («Al cántico/Dormirás/Medianoche/ Yo vendré»; Garcilaso, 1963:
vol. II; 79-80), donde la raíz del verbo «venir» tiene ‘todavía’ la forma same-,
ajena a la típica IIC hamu- que en el propio Cuzco recogía ya por entonces
Diego González Holguín.

Algunas notas de relaciones, crónicas y vocabularios tempranos permiten


reconocer otros rasgos del IIB cuzqueño. Una Relación de Damián de la Ban­
dera, fechada en 1557, afirma que «el origen de los señores ingas que conquis­
taron y señorearon este reino, fue de Caxatambo, siete leguas del Cuzco, al
cual los indios llaman Pacaritambo» (Medina, 1904:193); parecida versión es
consignada hacia 1563 por Hernando de Santillán: «... los primeros ingas fue­
ron naturales de dicho Pacaritambo..., a que también los indios llaman Caxa­
tambo» (Santillán, 1968:1Q3). Si bien no se da el significado de caxa=[kasha]
en ninguna de las dos fuentes, casi seguramente es el de «espina». Por otro
lado, la mayor parte de los nombres locales de los meses aparecen escritos en
diversas crónicas (véase, en especial, Betanzos, [1551] 1987: 71-74) con la
final -quis o -quiz (y no -quilla «luna y mes»), sin explicación alguna, y sólo
el Lexicón de Domingo de San Tomás nos ayuda a resolver el enigma: quiz se
registra allí como «luna» (ff. 71v, 169v).

Lo más cierto ha de ser que no hubo suplantación de ‘un IIB’ por ‘un IIC’,
sino configuración de nuevas características en el habla cuzqueña-pérdida de
ciertos rasgos y adquisición de otros- sobre la antigua base del cundi y del IIB
locales; se forjó así la nueva faz del IIC regional con elementos que procedían
del habla de los estratos populares y provinciales, del dialecto quechua que
venía desde Andahuaylas y de los dialectos aymaras que cercaban la región
del Cuzco.

No es improbable que el IIB cuzqueño hubiese adquirido ya del sustrato


cundi los fonemas glotálicos; el tiempo de convivencia había sido lo sufi­
cientemente largo como para que se transmitieran los más complejos rasgos
de un lenguaje a otro. Infelizmente, sólo conocemos suficientemente de un
quechua cuzqueño cuando es ya definidamente IIC y se consagra con el
Vocabulario de Diego González Holguín en 1608.

En todo caso, IIB o IIC, el habla quechua del Cuzco reevaluó, por diversos
motivos y procesos, las marcas de glotalización y aspiración provenientes de
dialectos aras, tal como lo ha venido estudiando muy acertadamente Bruce
Mannheim (1991: 177-217). Tal vez, ‘escindió’ el antiguo recurso ‘tensivo’
en esos rasgos para significar polarmente, por un lado, lo instantáneo, brusco,
estrecho, breve, rápido, etc., con la glotalización, y, por otro, lo dilatado, sua­
ve, amplio, duradero, lento, etc., con la aspiración.

Hablas arus y hablas quechuas, tras intensa y prolongada convivencia -la


de hace más de dos milenios y la que se perpetúa hasta hoy-, aunque de estir­
pes lingüísticas distintas, ya no serían más históricamente ajerias.
t
Como lo anotó el jesuíta José de Acosta hacia 1577: «Por lo que toca a la
lengua, la dificultad está en gran parte aligerada en este espaéioso reino del
Perú, por ser la lengua general del Inga, que llaman quichua, de; uso universal
en todas partes, y no ser ella difícil de aprender... Y aunque en las provincias
altas del Perú está en uso otra lengua llamada aymará, tampoco es muy difícil
ni difiere mucho de la general del Inga» (Acosta, 1954: 415).

3.6.8. Más acerca del ‘idiomaparticular de los incas’

La caracterización que en 1994 hicimos del «idioma particular de los Incas»


como de una habla aru, en base al análisis del cantar transmitido por el cronis­
ta temprano Juan de Betanzos, suscitó dos reacciones, de signos opuestos, y
ambas en un mismo lingüista, el peruano Rodolfo Cerrón. ’

La primera, de desacuerdo, apareció en uno de sus habituales comentarios


a nuestros trabajos, en forma de una nota (1995: xii) según la cual «por muy
convincentes» que pudieran parecer los argumentos que esgrimimos, nuestra
tesis va contra la aseveración de Murua de que tal idioma no era quechua ni
aymara y, además, «resulta poco realista», puesto que, de haber sido aymara,
«habría dejado de ser secreta». Cerrón -quien, un tiempo antes, se había adhe­
rido con excesiva premura a la tesis de Jan Szeminski (1990) de que el cantar
estaba escrito en puquina- no reparó entonces en varios puntos:

a) si hubiese sido en puquina, que era en la época la ‘tercera lengua general


del Perú’ y tocaba las puertas del Cuzco, tampoco habría sido secreta;

b) la observación de Murúa, si la damos por bien cimentada, es una garan­


tía para descartar al puquina, puesto que el fraile mercedario doctrinaba en el
Altiplano y al pie de poblaciones puquinas, cuya habla habría reconocido;

c) en el cantar, nosotros habíamos detectado «una lengua aru» o una varie­


dad aymara «con rasgos divergentes», no -digamos- el aymara lupaca de Ber-
tonio. Ahora la situación es más clara: la divergencia de este ‘idioma particu­
lar inga’ respecto del aymara había alcanzado un grado similar al de las len­
guas cauquis usadas actualmente en Tupe y en Cachuy, Yauyos, y antes en
Huarochirí, o al de las «hahuasimis» de Lucanas o de la «lengua chumbivilca»
del siglo XVI, a ninguna de las cuales se llegó a reconocer ni siquiera como
semejantes al aymara, pese a pertenecer a la misma familia.

Tras estas réplicas y otras argumentaciones nuestras a propósito de la rela­


ción quechua-aru que vertimos en un trabajo de 1998, Rodolfo Cerrón, en un
giro casi completo, asumió meses después nuestra tesis, mas envolviéndose
-como es habitual en é l- en un una cortina de humo en forma de ‘críticas’ a
las interpretaciones nuestras y de Szeminski, ‘críticas’ tan desubicadas y tan
fácilmente refutables, que parecieran movidas por profundas ignorancias y
fobias (Cerrón, 1998).
En un nuevo artículo, «Tras las huellas del aimara cuzqueño» (1999), nues­
tro ex discípulo se limita a reiterar sus argumentos de un año antes, por lo que
nuestras observaciones se referirán a su primer artículo.

Para medir (si cabe) la magnitud de los traspiés que da, reproducimos aquí
el análisis que hicimos del cantar en 1994, y algunas notas con que sustenta­
mos, entonces y ahora, nuestro convencimiento de estar ante una muestra de
un idioma aru, y no de uno puquina.
Según la versión de Betanzos, el cantar fue compuesto por Ynga Yupangue
y entonado por «las mujeres señoras de los señores de la ciudad del Cuzco»
como parte de una ceremonia de triunfo sobre caciques soras que él había
vencido. Para dicha ocasión, dispuso que esos caciques se vistieran con unas
camisetas coloradas largas hasta los pies y cubiértas de borlas también colora­
das, y que se les echara chicha y migas de maíz sobre la cabeza, todo eso en
señal de que «ansí aprehendía posesión de los tales señores e pueblos e provin­
cias a ellos sujetos» (Betanzos, 1987: 93-95).
Presentamos a continuación nuestra segmentación del texto (Torero, 1994:
232), que respeta la escritura de Betanzos y se acompaña de una traducción
verso por verso, buscando captar el sentido del cantar a través de la versión del
cronista:

1 Ynga Yupangue Inca Yupanqui,


2 yndi-n yoca hijo del sol,
3 solay-malca a los soras
4 chinbo-le-i puso de borlas,
5 solay-malca a los soras
6 axco-le-y ... .
7 haguaya guaya (sonsonete)
8 haguaya guaya (sonsonete)

Los versos 1 y 2 contienen el sujeto de la oración transitiva, que en aru no


requiere de marca, tal como aquí aparece; en tanto que, si fuese puquina, ha­
bría necesitado de un sufijo ‘ergativo’ -s cerrando los dos versos o, al menos,
el segundo. En un cauqui-aymara ortodoxo, el segundo verso habría reclama­
do, además, el procedimiento estructural ya indicado en su momento -doble
marcación de la posesión, con sufijo de persona posesora en el núcleo (head
marking)-: [inti-n] yuqa-pa; pero en aru cundi bastaba la puesta del elemento
determinante en genitivo (dependent marking) mediante el sufijo -n(a): <yndi-
n yoca> «hijo del sol»; sin proponérselo, nuestro comentarista refuerza este
aserto de aru local aportando varios nombres de raigambre aru ajustados al
mismo esquema y relativos a los ceques —líneas sagradas imaginarias que irra­
diaban desde el Cuzco (Cerrón, 1998: 436)-.

Como se mostrará de modo más amplio en el capítulo correspondiente a la


lengua puquina^ la posesión atributiva se marcaba en ésta, o por una simple
yuxtaposición (procedimiento apositivo que existe también en quechua y en
cauqui-aymara) o por prefijación de una marca de persona posesora al núcleo
determinado (head marking): Dios chu-umi «madre de Dios» [‘(de) Dios su-
madre’]; en ausencia de tal prefijo se entendería ‘Diosa Madre’.

Por ignorar estos mecanismos puquinas de posesión atributiva y por tener


en mente sólo la calzatura del cauqui-aymara, Cerrón afirma que el sintagma
genitivo <indin yoca> «puede ser, con legitimo derecho, puquina,... un sintag­
ma puquina estereotipado, indicador de un uso privativo arcaico de la lengua
transplantada» (!?) (1998:442-443). Por lo que hemos visto en los dos últimos
párrafos, lo evidente, al contrario, es que, si algún sustrato intervino para el
comportamiento estructural del cundi cuzqueño en el sintagma en cuestión, tal
intrusión no tuvo nada que ver con el puquina.

Respecto de los versos 3 y 5, «a los soras», no cuestiona nuestra interpreta­


ción; como tampoco, en el verso 4, la del lexema quechua y aru <chinbo->, de
clase ambivalente (nominal o verbal), pero aquí en función verbal y con el
significado de «echar o poner señales de lana o hilo» según González Holeuín
(1952: 110). 5

Admite también nuestro análisis de la serie sufijal <-le-i>, que se repite


como <-le-y> en el verso 6, y que descompusimos en los gramemas cauqui-
aymaras ‘serial’ /-la-/<*-ra- «uno por uno» y «3.a persona del no-futuro» /-i/;
pero propone introducir entre ellos el ‘causativo’ -ya- «hacer» -cosa que con­
sideramos pragmáticamente innecesaria en este caso y que, además, habría
producido como secuencia gráfica algo parecido a <la.yey>, <la.yi> o <la.i>,
con dos sílabas y conservación de *a>[a], y no la sílaba final única <ley>, con
subimiento de *a>[e], que el cronista registra.

(En una nota anterior puesta en un trabajo sobre distinto tema, el propio
comentarista había asimilado el fonetismo de este final en [ley] al de la pala­
bra aymara bimorfemática <hiley>, de /hila/ «hermano mayor» e /-y/ ‘vocati­
vo’, ejemplificado en la Doctrina Christiana del Tercer Concilio Límense
(1583-1584,1.° Parte, folio 79r.)

A la vista de la traducción de Szemisnki y la ausencia de traducción por


Torero del segmento <axco->, del 6.° verso, Cerrón los apostrofa por no haber
sabido leer a Betanzos con espíritu amplio y perspicaz y se extraña de que
Torero no haya tenido suficiente ‘olfato lingüístico’ para descubrir que, cuan­
do Betanzos habla de largas camisetas coloradas ‘que diesen hasta los pies’,
no podía menos que referirse a prendas femeninas (ultraje que merecían los
vencidos...), y que el lexema <axco-> es, sencillamente, metatizado o escrito
defectuosamente, la forma verbal ‘del ambivalente’ <acsu>, «saya de india»
según González Holguín (1952:17,666); esto es, «una prenda de uso exclusi­
vamente femenino» (Cerrón, 1998:438-439).

Para mal de nuestro comentarista, el propio Betanzos, en el capítulo XV de


su obra, menciona el uso señorial de esas camisetas largas y rojas en una de las
varias fiestas solemnes que Ynga Yupangue estableció en el Cuzco, la que
llamó Yaguayracha aymoray «la cual fiesta mandó que se hiciese en la plaza
do agora es el espital en la ciudad del Cuzco que es a la salida desta ciudad do
llaman Rimacpampa a la cual fiesta habían de salir vestidos los señores de la
ciudad de unas camisetas coloradas que les daban hasta en pies en la cual
fiesta mandó que se hiciesen grandes sacrificios a los ídolos do se les quemase
e sacrificase mucho ganado e comida e ropa» (Betanzos, 1987: 72). Con la
palabra «camiseta», el cronista no alude, pues, en ningún momento, a ropa de
mujer (ni recurre, por lo tanto, a un piadoso eufemismo léxico para aminorar
la humillación de los vencidos), sino a una vestidura talar ceremonial, cuyos
talle y color rojo eran -tal parece- distintivos de los señores (puesto que no
hay que olvidar que, en la ceremonia de triunfo sobre los caciques soras, Ynga
Yupangue tomaba posesión de señores).

Para contrariar el argumento, o la argucia, de Cerrón, sucede también que


el lexema <acso> (‘como todo el mundo lo sabe’) no era categorialmente am­
bivalente, como sí lo era <chinbo(-)>, sino únicamente nombre sustantivo;
para decir «vestirse la saya» había que verbalizarlo mediante el sufijo <-lli->:
<acsu-lli-cu-> (González Holguín, 1952: 17). El caso era el mismo en aymara
(cf. Bertonio, 1612:1; 426: «saya de india» <vrco>; «ponérsela» <vrco-tta-si->).
En la forma verbal <axcoley> testimoniada por Betanzos no ocurren <-lli-> ni
<-tta->, ni otro verbalizador equivalente.

Nuestro ex discípulo continúa desgranando sus errores respecto de <acsu>


y a propósito de <axco->; en pp. 438-439 y nota a pie de esas páginas afirma:
«lo interesante es que Bertonio recoge la palabra como un temprano peruanis­
mo, al definir el vocablo <phitu>: “el topo conque las indias prenden su acxo,
o saya en la abertura de los hombros” (Bertonio, 1612: II; 271)»; y a continua­
ción, en su nota 22, dice: «Curioso resulta notar que en este punto Torero haya
sido víctima de sus propios prejuicios respecto al empleo de la grafía <x> en
los textos andinos del siglo XVI... para él, dicha grafía, en la segunda mitad del
siglo mencionado, sólo podía representar a la velar fricativa /x/. Naturalmen­
te, una interpretación como */axqu/, con una velar inusitada en el quechua,
acabó por desorientarlo, imposibilitándolo para que pusiera asociarla con
<acsu>».

Hemos reproducido ampliamente las frases precedentes con el fin de mos­


trar hasta qué punto la pasión (usemos una voz piadosa) enceguece. Vamos a
ver de qué lado están los prejuicios:

Io Bertonio no escribe acxo, sino axso. Hablamos de ceguera, porque no


queremos creer que Cerrón haya manipulado a Bertonio intencionalmente,
en la esperanza de que el lector no acuda a la fuente; en todo caso, hemos
rectificado el número de la página citada, que estaba equivocado, a fin de
que el interesado pueda verificar el dato con facilidad. Para Bertonio, enton­
ces, <axso> = /aqhsu/ o /axsu/, con ‘jota’ uvular. Nada que ver con <axco->
de Betanzos.

2o Hemos expuesto en varios artículos (cf. Torero, 1990 [correcciones a


Cerrón, no polémica], 1994,1995) el proceso de conversión de <a > desde [sh]
a mediados del siglo XVI hasta ‘jota’ (velar o uvular) a finales de ese siglo y/o
principios del siglo XVII; y referido las tradiciones gráficas que se fueron esta­
bleciendo al respecto para la notación de idiomas indígenas: en la tradición del
norte peruano (mochica, por ejemplo) se mantuvo por largo tiempo el empleo
de <x> como [sh] pese a la mutación fónica castellana; pero en la tradición del
sur peruano (quechua, aymara, puquina) se pasó a usar hacia fines del s. XVI
<s, ss> por [sh] y <x, j> por ‘jota’ velar o uvular. La cuestión, sin embargo, no
se planteaba todavía tan agudamente para Betanzos ni para Domingo de Santo
Tomás, sencillamente porque éstos escribieron a mediados no a fines del si­
glo. Para ellos, <x> o era [sh] o era [ks] bifonemática, o, a lo sumo, una frica­
tiva dorsovelar aún no definidamente ‘jota’; y <s, ss> empezaba a Usarse por
[sh] como grafía alternativa; así se explica que DST anote: «saya de muger»
<anaco, o acsso, o axo> y que Betanzos (como en su momento vimos) designe
a la coya, esposa del inca, como <paxxa yndi vssus> [paqsha indi ushush]
«luna, hija del sol».

Por otra parte, Cerrón objeta nuestra hipótesis de que la palabra inka pudie­
ra ser metátesis de yamki o yanki, nombre venerado aplicado entre los Colla-
huas a los caciques principales, según consignó en 1586 Ulloa Mogollón (cf.
Jiménez de la Espada, 1965:1; 329). Esa hipótesis, dice, «resulta inmotivada»
porque «las metátesis en quechua y aimara no alteran la naturaleza fónica de
los segmentos trastocados ni los reducen: lo esperado aquí habría sido *kiyan
o *kiyam» (!?). Es habitual en Cerrón inventar ‘universales (muy) particula­
res’ cuando los argumentos le faltan. Olvida tantas metátesis del tipo
taw rixtarw i «altramuz», no *ritaw ni *witar [antes había jugado con una
hipótesis semejante: acsuxaxco «saya de india»]; o del tipo qitRu-xqutRi-
«quitar» en jauja-huanca (qichu-xquchi- en ancashino). En nuestra hipótesis,
la metátesis habría sido yanki>(y)inka (donde y se funde con i por homofonía).
No hay que olvidar que, como lo señala Martín Rubio en el estudio preliminar
a la edición de 1987 de la Suma y Narración, en la «Tabla de los Yngas» con
que Betanzos inicia su crónica, el lugar que ocupa Yamke Yupangue, entre
Pachacuti y Topa Ynga Yupangue, es el mismo que da Garcilaso de la Vega al
supuesto monarca Inca Yupanqui.

En fin, si bien el lingüista peruano acaba su extenso alegato suponiendo


que los antepasados de los incas hablaron alguna vez puquina (la tesis que
formulamos en los años sesenta) y conjeturando que quizá su lengua verdade­
ramente secreta -casi in pectore- en el siglo XVI era el puquina (lo cual no hay
manera de demostrar), lo esencial de su discurso consiste en afirmar (1998:
443) que, aparte del verso portador del ‘estereotipado’ sintagma genitivo, el
resto del cantar en estudio «ilustra ciertamente estructuras de perfecto cuño
aimara»; esto es, de un idioma aru.

Tanto para batirse en retirada como para apropiarse de lo ajeno, Cerrón


emplea la táctica del calamar: poniendo mucha tinta de por medio.

3.7. Las diligencias de Büttner

A pesar de los avances logrados en la dialectología de las familias quechua y


aru desde la primera mitad de la década del sesenta, continuaron apareciendo