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La revelación de la Iglesia

La Iglesia es un misterio (cfr., p. ej., Rm 16, 25-27), es decir, una realidad en la que entran en contacto y
comunión Dios y los hombres. Iglesia viene del griego “ekklesia”, que significa asamblea de los
convocados. designa especialmente el pueblo que Dios convoca y reúne desde los confines de la tierra
para constituir la asamblea de todos los que, por la fe en su Palabra y el Bautismo, son hijos de Dios,
miembros de Cristo y templo del Espíritu Santo (cfr. Catecismo, 777; Compendio, 147).

La Iglesia es llamada “Esposa de Cristo” (cfr. Ef 5, 26ss) También señala que la Alianza de Dios con los
hombres es definitiva porque Dios es fiel a sus promesas, y que la Iglesia le corresponde asimismo
fielmente siendo Madre fecunda de todos los hijos de Dios.
«La Iglesia tiene su origen y realización en el designio eterno de Dios. Fue preparada en la Antigua
Alianza con la elección de Israel, signo de la reunión futura de todas las naciones. Fundada por las
palabras y las acciones de Jesucristo, fue realizada, sobre todo, mediante su Muerte redentora y su
Resurrección. Más tarde, se manifestó como misterio de salvación mediante la efusión del Espíritu Santo
en Pentecostés. Al final de los tiempos, alcanzará su consumación como asamblea celestial de todos los
redimidos» (Compendio, 149; cfr. Catecismo, 778).

La Iglesia no la han fundado los hombres; ni siquiera es una respuesta humana noble a una experiencia
de salvación realizada por Dios en Cristo. En los misterios de la vida de Cristo, el ungido por el Espíritu,
se han cumplido las promesas anunciadas en la Ley y en los profetas. También se puede decir que la
fundación de la Iglesia coincide con la vida de Jesucristo; la Iglesia va tomando forma en relación a la
misión de Cristo entre los hombres, y para los hombres. No hay un momento único en el que Cristo haya
fundado la Iglesia, sino que la fundó en toda su vida: desde la encarnación hasta su muerte, resurrección,
ascensión y con el envío del Paráclito. A lo largo de su vida, Cristo — en quien habitaba el Espíritu —
fue manifestando cómo debía ser su Iglesia, disponiendo unas cosas y después otras. Después de su
Ascensión, el Espíritu fue enviado a la Iglesia y en ella permanece uniéndola a la misión de Cristo,
recordándole lo que el Señor reveló, y guiándola a lo largo de la historia hacia su plenitud. Él es la causa
de la presencia de Cristo en su Iglesia por los sacramentos y por la Palabra, y la adorna continuamente
con diversos dones jerárquicos y carismáticos 5. Por su presencia se cumple la promesa del Señor de
estar siempre con los suyos hasta el final de los tiempos (cfr. Mt 28, 20).

Sponsa verbi dom Columba marmion


Pero es en el Evangelio donde la idea de la unión se manifiesta en toda su plenitud, encuentra su
fundamento más seguro y reviste la forma más persuasiva. El Verbo encarnado, Verdad infalible, se nos
da personalmente por esposo (Mt.9, 15; Jn. 3,29); delante de Él van las vírgenes destinadas a formar su
corte de amor (Mt. 25,1-13). Oíd de los labios del Divino Esposo la invitación más tierna y
extraordinaria que pueda hacer estremecer al corazón humano: «Venid a las bodas, porque todo está ya
preparado»(Mt. 22,4).
San Pablo, heraldo por excelencia del misterio de Jesús, nos muestra asimismo a este Esposo
«entregándose a la muerte, en un exceso de amor» para adornar Él mismo a la esposa con las más
hermosas joyas, «hacerla así comparecer en su presencia lavada con su sangre preciosa, llena de gloria,
sin mancha ni arruga ni imperfección alguna, sino santa e inmaculada» (Ef. 5,25-27)*, verdaderamente
digna de las «bodas del Cordero», como cantará San Juan en su Apocalipsis (Ap. 19,7-8;21,2,9).
La santa humanidad es para el Verbo el canal de sus gracias; por ella se manifiesta a los hombres, les
revela sus divinos secretos y derrama en sus almas las palabras de la sabiduría, y por ella manifiesta la
Bondad eterna y el indefectible Amor.
No poseyendo nada que le sea propio, toda la riqueza de la Iglesia consiste en entregarse al Verbo, en
brindarle todo cuanto pueda contribuir a inflamar y atraer los corazones y a conquistar su Reino. Es así
como vive sólo para la gloria del Verbo, que se entrega completamente a Él con dependencia absoluta,
pero llena de amor, hasta la muerte. Pues por ella, sobre todo, posee el Verbo lo que no se encuentra ni
puede encontrarse en su divina opulencia: el poder sufrir, expiar y morir por los hombres.
¡Qué bien pudo decir la Iglesia al Verbo en el instante de unirse a Él: «Tú eres para mí un esposo de
sangre»! (Ex 4,25). Entregada a Él para ejercitar con Él y en Él todo cuanto es voluntad del Padre, no ha
cesado durante toda su existencia en el mundo de tender hacia ese «bautismo de sangre» (Lc 12,50), que
debía consumar la fecundidad maravillosa e inagotable de esta inexplicable y trascendental unión.
De la muerte surgió la vida; del corazón traspasado de Jesús ha brotado el río de agua viva que debe
regocijar la ciudad de las almas después de haberlas engendrado para la gracia.
Fruto de esta unión consumada en el Calvario entre el Verbo y la naturaleza humana, es la Iglesia y la
multitud de los elegidos; multitud que san Juan llama innumerable (Ap 7,9); elegidos que «han sido
rescatados de entre todas las razas, pueblos, lenguas y naciones» (Ap 5,6) por la Sangre divina, para
constituir el reino eterno, glorioso y resplandeciente del Esposo y de la Esposa.
¿Y quién ha sido el autor de esas obras admirables, sino el amor, el amor del Verbo por la humana
naturaleza, el amor de la santa humanidad por el Verbo? La unión entrambos no se realiza sino por la
acción del Espíritu Santo, que es Amor substancial; éste es quien los reúne en el seno de la Virgen que
«concibe del Espíritu Santo». El Amor ha inaugurado esta unión; el Amor la ha consagrado y sellado; el
Amor la conserva; el Amor la realiza aún hoy día. Cristo, declara San Pablo, «se ha ofrecido como
hostia inmaculada por el movimiento del Espíritu...» (Hb. 9,14).
La caridad, el amor es, pues, tan esencial como posible en la Iglesia esposa; este es el lazo de la unión.
Este amor se traduce en los diferentes actos enumerados por San Bernardo: «unirse al Verbo, vivir para
Él, dejarse guiar por Él». Estos son los imperiosos deberes que lleva anejos la excelsa dignidad de
esposa; que representan, también, otros tantos grados de la ascensión que lleva a una unión cada día más
perfecta e incesantemente fecunda.*

¿Qué significa «unirse estrechamente al esposo? Que la esposa debe seguirle en todo y por todo, hacer
propios los pensamientos de Él; favorecer sus intereses, compartir sus trabajos, asociarse a su destino.
Una sola palabra compendia todos estos deberes: la fidelidad.
«Con todas nuestras fuerzas», votis omnibus, debemos, mediante esta fidelidad, robustecer
nuestra «unión con el Verbo», esposo de nuestra alma. Fidelidad que debe ser universal: por parte
del Esposo, debe abrazar todo cuanto afecte a su persona, a sus derechos, a sus intereses, a su
gloria; por parte del alma debe extenderse a todas las facultades, ennoblecer todos los actos,
afirmarse hasta el postrer suspiro. Nada debe omitirse en el empeño de alcanzar esta fidelidad,
nada debe tampoco disminuirla o entibiarla. La constancia y la confianza absoluta han de ser sus
cualidades indispensables: el alma debe permanecer estrechamente unida al Esposo, no sólo
mientras goza de la presencia sensible del Amado, sino en los días obscuros, cuando, creyéndose
abandonada del Esposo, anda desolada por todas partes, «buscando a quien ama y no lo sabe
encontrar» (Ct. 3,1), «lo llama y no le responde»mihi (Ct. 5,6).
Esta fidelidad permanente, firme y constante, de todos los momentos, y en las mínimas cosas, es de
importancia suma; de ella dependen la perfección y la fecundidad de la unión. ¡Oh, cómo agrada al
Verbo esta fidelidad de la esposa al Esposo cuando es observada aun en los más mínimos detalles!
De ella ha dicho Él en el Cantar de los Cantares: «Me has herido el corazón, esposa mía, me lo has
herido con un cabello de tu cuello (Ct. 4,9).
Mostrémonos, pues, inmensamente generosos en guardar nuestra fidelidad. Esta fidelidad puede costar,
y costará a la naturaleza: el Esposo no retrocedió delante de la Cruz, cuando su Padre le señaló la pasión
como el medio de rescatar nuestras almas, y de pagar las joyas con que quería adornarlas por toda la
eternidad. Y ¿podemos unirnos a un Esposo crucificado sin aceptar nuestra parte de renunciamiento e
inmolación? Todo debe ser común entre el Esposo y la esposa, y el alma que quiera gozar de las delicias
de la unión con Cristo sin participar de su vida de abnegación y de sufrimiento, no será digna de tan alta
vocación.

Alfredo SAENZ Cristo y las figuras del evangelio

San Pablo en Efesios 5,32, enseña que la unión del hombre y de la mujer es "un gran sacramento"
concerniente a Cristo y a la Iglesia. En este texto se alude a una cita del Génesis: "Maridos, amad a
vuestras mujeres como Cristo amó a su Iglesia [...] Por eso el hombre dejará a su padre y a su madre" Es
el mismo tema del Cantar de los Cantares que expresa la vida de comunidad de Yavé con Israel bajo la
forma simbólica de la unión esponsalicia del hombre y de la mujer. San Pablo muestra cómo la unión de
Cristo y de la Iglesia tiene un carácter nupcial. Bodas divinas que se actualizan en el Bautismo cristiano
y allí manifiestan su fecundidad.
Este tema nupcial, que atraviesa toda la Escritura, tiene su origen remoto en aquella escena del sueño de
Adán. La Iglesia nace del costado abierto de Cristo en la Cruz de donde brotaron el agua y la sangre, así
como Eva nació del costado de su esposo dormido.
"Hay en el sueño de Adán -escribe San Hilario- un misterio escondido".
En su epístola a los efesios, San Pablo nos muestra a Cristo, nuevo Adán, lavando a la Iglesia en las
aguas del Bautismo para hacerla comparecer delante de sí como Esposa inmaculada. Por eso no nos
debe extrañar la preñante afirmación de San Hilario: "En el sueño de Adán, Cristo engendra a la Iglesia".
Ni la de Tertuliano:"Si Adán era una figura de Cristo, el sueno de Adán simbolizaba la muerte de Cristo
dormido en la Cruz; Eva, que sale de la herida del costado de Adán, es una figura de la Iglesia, madre
verdadera de los vivientes"47.
El hombre dejará a su padre para unirse en matrimonio, leíamos en el Génesis. Metodio de Filipos aplica
esa frase a Cristo, quien dejó a su Padre celestial y descendió a la tierra para unirse a su esposa, la
Iglesia 4S. El sueño de Adán, figura de la Pasión, explica el rebrotar perpetuo de la santidad en la
Iglesia: "Así se cumplepropiamente el «Creced y multiplicaos», creciendo la Iglesia de día en día en
estatura, en belleza y en número, por la comunicación del Verbo que aún ahora desciende a nuestras
almas, y prosigue su éxtasis mediante la memoria de su Pasión"
"La Iglesia -continúa Metodio- no podía concebir y regenerar a los creyentes por el agua bautismal de la
regeneración, si Cristo no se hubiese aniquilado por causa de ellos para ser recibido según la
recapitulación de su Pasión, si no muriese de nuevo descendiendo de los cielos y uniéndose a la Iglesia,
su Esposa, ofreciendo su costado para que de él brote un poder gracias al cual todos cuantos han sido
edificados en él, engendrados por el agua bautismal, crezcan a partir de sus huesos y de su carne" 50. Es
admirable la plenitud sacramental de este pasaje. La Eucaristía aparece como una presencia permanente
-en sacramento- del sueño de Adán, de la Pasión de Cristo que permite crecer a los bautizados.
También San Hilario dedica una parte de su Tratado sobre los misterios a explicar el sueño de Adán. "El
texto dice que habiéndose dormido Adán, Eva fue engendrada de su costado y de sus huesos; luego
Adán se despertó y profetizó: Esto es hueso de mis huesos [...] Lo cual más se dijo por Jesús que por
Adán [...] No que Dios retirara la realidad del hecho histórico sino que mostraba prefigurado en él lo que
se realizaría en otro hecho. El Verbo se hizo carne, y la Iglesia, nacida por el agua y vivificada por la
sangre brotados de su costado, ha sido hecha miembro de Cristo; y también la carne del Verbo eterno
permanece en nosotros por el sacramento.
Todo esto nos enseña de manera sencilla que en Adán y Eva estaba contenida la figura de Cristo y de su
Iglesia, significando que la Iglesia fue santificada después del sueño de la muerte de Cristo, mediante la
comunión de su carne"51. El agua y la sangre, brotados del costado, figura de los dos sacramentos
fundamentales-Bautismo y Eucaristía-, son los fundamentos sobre los que se edifica la Iglesia.
A esta interpretación sacramental, Hilario agrega una interpretación escatológica merced a la cual la
creación de Eva aparece como una figura de la resurrección final. Después del sueño de su Pasión, el
Adán celestial, al resucitar, reconoce en la Iglesia sus huesos y su carne; entonces la Iglesia -y sus
miembros- ya comienzan a resucitar porque Cristo, "despertado" y glorioso, arrastra tras de Sí a la
Iglesia en su dinamismo resurreccional: "La Iglesia es el Cuerpo de Cristo, y el misterio que esiá en
Adán y Eva es una profecía que concierne a Cristo y a la Iglesia: todo lo que Cristo ha preparado para la
Iglesia en la consumación de los tiempos ha sido ya realizado en Adán y Eva al comienzo del siglo
presente"
Manual de Ott
La Iglesia es el cuerpo místico de Jesucristo (sent. cierta).
El papa Pío XII declaró en su encíclica Mystici Corporis (1943): «Si buscamos una definición de la
esencia de esta verdadera Iglesia de Cristo, que es la santa, católica, apostólica y romana Iglesia, no se
puede hallar nada más excelente y egregio, nada más divino que aquella frase con que se la llama
"Cuerpo místico de Jesucristo" San Pablo enseña que la Iglesia, sociedad de los fieles cristianos, es el
cuerpo de Cristo, y que Cristo es la cabeza de ese cuerpo.
Bajo esta imagen de la cabeza y del cuerpo, nos presenta de forma intuitiva la íntima vinculación
espiritual que existe entre Cristo y su Iglesia, vinculación establecida por la fe, la caridad y la gracia;
Eph 1, 22 s: «A Él [a Cristo] sujetó todas las cosas bajo sus pies; y le puso por cabeza de todas las cosas
en su Iglesia, que es su cuerpo»; Col 1, 18: «Y Él [Cristo] es.la cabeza del cuerpo de la Iglesia»; 1 Cor
12, 27: «Vosotros sois el cuerpo de Cristo, y, considerados como partes, sois sus miembros»; cf. Rom
12,4 s; Col 2,19; Eph 4, 15 s; 5, 23
La Iglesia, considerados su fin y sus medios, es una sociedad sobrenatural y espiritual (sent. cierta).
LEÓN XIII declaró en la encíclica Immortale Dei (1885): «Aunque esta sociedad [la Iglesia] conste
de hombres, lo mismo que la sociedad civil, sin embargo, por su fin y por los medios que posee para
conseguirlo, es sobrenatural y espiritual; y en esto se distingue esencialmente de toda sociedad
civil». Cristo dijo a Pilato: «Mi reino no es de este mundo» (Ioh 18, 36). SAN AGUSTÍN comenta a
este propósito: «Escuchad, judíos y gentiles...escuchad, reinos todos de la tierra,: Yo no estorbaré
vuestro señorío en este mundo» (In Iohan. tr. 115, 2).

Como expone el papa Pío XII en su encíclica Mystici Corporis, Cristo es el Fundador, la Cabeza, el
Conservador y el Salvador de su Cuerpo místico, que es la Iglesia. Seguimos las ideas de la encíclica. La
razón interna de esa íntima unión de Cristo con su Iglesia, que llega hasta constituir una sola persona
mística, radica, por una parte, en que Cristo transmitió su misión a los apóstoles y a sus sucesores, de
donde se sigue que Él es quien por ellos bautiza, enseña y gobierna, ata y desata, sacrifica y es
inmolado; y radica también, por otra parte, en que Cristo hace partícipe a la Iglesia de su vida
sobrenatural, empapando todo el cuerpo de la Iglesia con su virtud divina y nutriendo y sustentando a
cada uno de los miembros conforme al rango que ocupan en su cuerpo, de la misma manera que la vid
nutre y hace fecundos los sarmientos que están unidos a ella (Ioh 15, 1-8)

El Espíritu Santo es el alma de la Iglesia (sent. común).


LEÓN XIII declaró en su encíclica Divinum illud (1897): «Sea suficiente decir esta sola, frase: Cristo es
la cabeza de la Iglesia y el Espíritu Santo es su alma». Pío xn corroboró esta misma doctrina en la
encíclica Mystici Corporis (Dz 2288). Significa esta sentencia que, así como el alma es en el cuerpo el
principio del ser y de vida, de manera parecida lo es también el Espíritu Santo en la Iglesia. El Espíritu
es quien une entre sí y con Cristo (su cabeza) los miembros de la Iglesia, porque se halla todo Él en la
cabeza y todo Él en los miembros del cuerpo místico. Él es quien asiste a la jerarquía eclesiástica en el
desempeño de su ministerio de enseñar, gobernar y santificar. Él es quien mueve y acompaña con su
gracia toda acción saludable de los miembros del cuerpo místico. Toda la vida y todo el crecimiento del
cuerpo místico parte de ese principio de vida divina que mora en la Iglesia.
La presente tesis tiene fundamento bíblico en las numerosas sentencias de la Escritura sobre la acción
interna y oculta del Espíritu Santo en la Iglesia: Él es el Abogado que permanecerá con sus discípulos
para siempre (Ioh 14, 16); Él habita en ellos como en un templo (1 Cor 3, 16; 6, 19); los une a todos y
forma un cuerpo (1 Cor 12, 13); les enseña y recuerda todo lo que Jesús les había dicho (Ioh 14, 26; 1
Ioh 2, 7); da
Los padres dan testimonio de la íntima unión del Espíritu Santo con la Iglesia. SAN IRENEO dice:
«Donde está la Iglesia, allí está el Espíritu de Dios; y donde está el Espíritu de Dios, allí está la Iglesia y
toda la gracia » (Adv. haer. ni 24,1). SAN AGUSTÍN compara la acción del Espíritu Santo en la Iglesia
con la del alma en el cuerpo: «Lo que es el alma para el cuerpo del hombre, eso mismo es el Espíritu
Santo para el cuerpo de Cristo, es decir, para la Iglesia. El Espíritu Santo obra en toda la Iglesia lo que el
alma obra en todos los miembros del mismo cuerpo». Así como el alma anima a todos los miembros del
cuerpo y le confiere a cada uno una función especial, así también el Espíritu Santo anima con su gracia a
todos los miembros de la Iglesia y les confiere una actividad especifica al servicio de todo el conjunto.
Por unos obra milagros, por otros anuncia la verdad; en unos conserva la virginidad, en otros la castidad
matrimonial; en unos produce estos efectos, en otros aquéllos. Así como el alma no sigue en el miembro
separado del cuerpo, de manera parecida el Espíritu Santo no sigue morando tampoco en el miembro
que se ha separado del cuerpo de la Iglesia (Sermo 267, 4, 4).

Catecismo de la Iglesia Católica


La Iglesia es la Esposa de Cristo
La unidad de Cristo y de la Iglesia, implica también la distinción de ambos en una relación personal.
Este aspecto es expresado con frecuencia mediante la imagen del Esposo y de la Esposa. El tema de
Cristo esposo de la Iglesia fue preparado por los profetas y anunciado por Juan Bautista (Cf. Jn 3, 29). El
Señor se designó a sí mismo como "el Esposo" (Mc 2, 19; Cf. Mt 22, 1-14; 25, 1-13). El apóstol
presenta a la Iglesia y a cada fiel, miembro de su Cuerpo, como una Esposa "desposada" con Cristo
Señor para "no ser con él más que un solo Espíritu" (Cf. 1 Co 6,15-17; 2 Co 11,2). Ella es la Esposa
inmaculada del Cordero inmaculado (Cf. Ap 22,17; Ef 1,4; 5,27), a la que Cristo "amó y por la que se
entregó a fin de santificarla" (Ef 5,26), la que él se asoció mediante una Alianza eterna y de la que no
cesa de cuidar como de su propio Cuerpo (Cf. Ef 5,29): He ahí el Cristo total, cabeza y cuerpo, un solo
formado de muchos... Sea la cabeza la que hable, sean los miembros, es Cristo el que habla. Habla en el
papel de cabeza ["ex persona capitis"] o en el de cuerpo ["ex persona corporis"]. Según lo que está
escrito: "Y los dos se harán una sola carne. Gran misterio es éste, lo digo respecto a Cristo y la
Iglesia."(Ef 5,31- 32) Y el Señor mismo en el evangelio dice: "De manera que ya no son dos sino una
sola carne" (Mt 19,6). Como lo habéis visto bien, hay en efecto dos personas diferentes y, no obstante,
no forman más que una en el abrazo conyugal... Como cabeza él se llama "esposo" y como cuerpo
"esposa" (San Agustín, psalm. 74, 4:PL 36, 948-949).

La Iglesia como Esposa de Cristo Laurent Villemin


“la Iglesia como esposa santa e inmaculada de Cristo” en la Carta a los Efesios y más especialmente en
la unidad que constituyen los versículos 5, 21 a 5, 33.Es necesario releer con detenimiento el pasaje de
Efesios 5, 21-33 para extraer su sentido y sus orientaciones teológicas precisas.
21 Sed sumisos los unos a los otros en el temor de Cristo.

22 Las mujeres a sus maridos, como al Señor,

23 porque el marido es cabeza de la mujer, como Cristo es cabeza de la Iglesia, el Salvador del cuerpo.

24 Así como la Iglesia está sumisa a Cristo, así también las mujeres deben estarlo a sus maridos en todo.

25 Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella,

26 para santificarla, purificándola mediante el baño del agua, en virtud de la palabra,

27 y presentársela resplandeciente a sí mismo; sin que tenga mancha ni arruga ni cosa parecida, sino que
sea santa e inmaculada.

28 Así deben amar los maridos a sus mujeres como a sus propios cuerpos. El que ama a su mujer se ama
a sí mismo.

29 Porque nadie aborreció jamás su propia carne; antes bien, la alimenta y la cuida con cariño, lo mismo
que Cristo a la Iglesia,

30 pues somos miembros de su cuerpo.

31 Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos se harán una sola
carne.

32 Gran misterio es éste, lo digo respecto a Cristo y la Iglesia.

33 En todo caso, en cuanto a vosotros, que cada uno ame a su mujer como a sí mismo; y la mujer, que
respete al marido.

En unas pocas palabras, este versículo retoma y aplica a la Iglesia toda una imaginería veterotestamentaria: el
Señor lava a la elegida, la colma con sus dones (Oseas 1-3, pero sobre todo Ezequiel 16, 8-14). La belleza de la
esposa es la evocada en el Cantar de los cantares (4, 7s.): es gloriosa con la misma gloria de Cristo”[11].
Se comprende en estos versículos que si todo es dado en la cruz de Cristo, este don se inscribe en un horizonte
escatológico. La acción está en curso y se desarrolla durante la historia. Todas las tensiones que recorren la Carta
provienen de la condición escatológica de la Iglesia conferida por su autor. El autor se debate con una cuestión
punzante: “¿Cómo una entidad escatológica tendría necesidad de un vínculo o de una memoria histórica, por
consiguiente mundana?”[12].
Esto permite
comprender que la Iglesia no es todavía completamente “sin mancha ni arruga”, pero confiere igualmente una
profunda densidad a la historia que deviene historia de salvación en camino. Es la misma dinámica que actúa en el
interior de las relaciones entre marido y mujer. Lo mismo vale para la santidad. Como escribe Y. Congar: “Existe
por tanto, en la Iglesia, desde el punto de vista de la santidad, cierta dialéctica entre lo dado por Dios y lo recibido
y realizado por los hombres. Podemos ver allí una aplicación de la dialéctica del ya sí y del todavía no, que
constituye la condición misma de la existencia de la Iglesia en su estado itinerante. Esto causa en la Iglesia una
tensión en virtud de la cual ella debe procurar sin cesar adecuarse al don de Dios”[13].
«La prueba del amor de Cristo con respecto a la Iglesia se ha manifestado en que él se entregó a sí mismo por ella.
Él “me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gálatas 2, 20). <Y también>: “Entregó su alma a la muerte” (Isaías
53, 12)»[16].
Y nuestro autor une explícitamente el amor de Cristo y su muerte en la cruz con la santificación de la Iglesia:
«¿Pero con qué propósito? A fin de santificarla (Hebreos 13, 12). <Está escrito en la Carta a los Hebreos: “Jesús,
para santificar al pueblo por su propia sangre, etc.”;<y en el Evangelio de> Juan: “Santifícalos en la verdad” (Juan
17, 17). Tal es el efecto de la muerte de Cristo. Ahora bien, el efecto de la santificación es purificar <a la Iglesia>
de las manchas del pecado»[17].

Lumen Gentium
«La Iglesia, llamada “Jerusalén de arriba” y “madre nuestra” (Gálatas 4,26; cf. Apocalipsis 12, 17), es también
descrita como esposa inmaculada del Cordero inmaculado (cf. Apocalipsis 19, 7; 21, 2. 9; 22, 17), a la que Cristo
“amó y se entregó por ella para santificarla” (Efesios 5, 25-26), la unió consigo en pacto indisoluble e
incesantemente la “alimenta y cuida” (Efesios 5, 29); a ella, libre de toda mancha, la quiso unida a sí y sumisa por
el amor y la fidelidad (cf. Efesios 5, 24), y, en fin, la enriqueció perpetuamente con bienes celestiales, para que
comprendiéramos la caridad de Dios y de Cristo hacia nosotros, que supera toda ciencia (cf. Efesios 3,19). Sin
embargo, mientras la Iglesia camina en esta tierra lejos del Señor (cf. 2 Corintios 5, 6), se considera como en
destierro, buscando y saboreando las cosas de arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios, donde la
vida de la Iglesia está escondida con Cristo en Dios hasta que aparezca con su esposo en la gloria (cf. Colosenses
3,1-4)»[21].
Esta vida en el amor verdadero dado por Cristo es realmente el primer motivo de la santificación y de la
purificación.
«Mientras la Iglesia ha alcanzado en la santísima Virgen la perfección, en virtud de la cual no tiene mancha ni
arruga (cf. Efesios 5, 27), los fieles luchan todavía por crecer en santidad, venciendo enteramente al pecado, y por
eso levantan sus ojos a María, que resplandece como modelo de virtudes para toda la comunidad de los elegidos.
La Iglesia, meditando piadosamente sobre ella y contemplándola a la luz del Verbo hecho hombre, llena de
reverencia, entra más a fondo en el soberano misterio de la encarnación y se asemeja cada día más a su Esposo»

Antonio Miralles

La dimensión marital del misterio de la unión entre Cristo y su Iglesia pone de manifiesto que se trata de un
enlace anudado por una alianza, por lo tanto, hecho de amor y libertad, y al mismo tiempo radicado en la realidad
de formar un único cuerpo, pues la Iglesia es el cuerpo de Cristo.
La dimensión esponsal del misterio de la Iglesia, en su unión con Cristo, reaparece de un modo u otro en los
sacramentos. En concreto, afirma el Magisterio de la iglesia que hay tres que producen una configuración con
Cristo según esta dimensión el bautismo, el orden y el matrimonio.

El bautismo, misterio nupcial


1617 Toda la vida cristiana está marcada por el amor esponsal de Cristo y de la Iglesia. Ya el Bautismo, entrada
en el Pueblo de Dios, es un misterio nupcial. Es, por así decirlo, como el baño de bodas (Cf. Ef 5,26-27) que
precede al banquete de bodas, la Eucaristía. El Matrimonio cristiano viene a ser por su parte signo eficaz,
sacramento de la alianza de Cristo y de la Iglesia. Puesto que es signo y comunicación de la gracia, el matrimonio
entre bautizados es un verdadero sacramento de la Nueva Alianza (Cf. DS 1800; ? CIC, can. 1055,2).

Audiencia general de San Juan Pablo II del 28 de agosto de 1982


El amor de Cristo a la Iglesia tiene como finalidad esencialmente su santificación: «Cristo amó a la Iglesia y se
entregó por ella... para santificarla» (Ef 5, 25-26). En el principio de esta santificación está el bautismo, fruto
primero y esencial de la entrega de sí que Cristo ha hecho por la Iglesia. En este texto el bautismo no es llamado
por su propio nombre, sino definido como purificación «mediante el lavado del agua, con la palabra» (Ef 5-26).
Este lavado, con la potencia que se deriva de la donación redentora de sí, que Cristo ha hecho por la Iglesia,
realiza la purificación fundamental mediante la cual el amor de Él a la Iglesia adquiere un carácter nupcial a los
ojos del autor de la Carta.
Es sabido que en el sacramento del bautismo participa un sujeto individual en la Iglesia. Sin embargo, el autor de
la Carta, a través de ese sujeto individual del bautismo ve a toda la Iglesia. El amor nupcial de Cristo se refiere a
ella, a la Iglesia, siempre que una persona individual recibe en ella la purificación fundamental por medio del
bautismo. El que recibe el bautismo, en virtud del amor redentor de Cristo, se hace, al mismo tiempo, partícipe de
su amor nupcial a la Iglesia. «El lavado del agua, con la palabra» en nuestro texto es la expresión del amor nupcial
en el sentido de que prepara a la esposa (Iglesia) para el esposo, hace a la Iglesia esposa de Cristo, diría, «in actu
primo». Algunos estudiosos de la Biblia observan aquí que, en el texto que hemos citado, el «lavado del agua»
evoca la ablución ritual que precedía a los desposorios, y que constituía un importante rito religioso incluso entre
los griegos.

8. Como sacramento del bautismo el «lavado del agua con la palabra» (Ef 5, 26) convierte a la Iglesia en esposa
no sólo «in actu primo», sino también en la perspectiva más lejana, o sea, en la perspectiva escatológica. Esta se
abre ante nosotros cuando, en la Carta a los Efesios, leemos que «el lavado del agua» sirve, por parte del esposo,
«a fin de presentársela así gloriosa, sin mancha o arruga o cosa semejante, sino santa e inmaculada» (Ef 5, 27). La
expresión «presentársela» parece indicar el momento del desposorio, cuando la esposa es llevada al esposo,
vestida ya con el traje nupcial, y adornada para la boda. El texto citado pone de relieve que el mismo Cristo-
Esposo se preocupa de adornar a la Esposa-Iglesia, procura que esté hermosa con la belleza de la gracia, hermosa
gracias al don de la salvación en su plenitud, concedido ya desde el sacramento del bautismo. Pero el bautismo es
sólo el comienzo, del que deberá surgir la figura de la Iglesia gloriosa, cual fruto definitivo del amor redentor y
nupcial, solamente en la última venida de Cristo (parusía).
San Ambrosio presenta a la Iglesia como esposa de Cristo identificada con el alma del bautizado que se levanta
resplandeciente del lavado bautismal, recibe las vestiduras blancas y escucha las palabras de Cristo esposo, que la
atrae a la unión consumada de la comunión eucarística y lo hace aplicando a Cristo y al alma bautizada el diálogo
entre los esposos del Cantar de los Cantares.
Pero en el misterio esponsal de la Iglesia con Cristo, el bautizado toma el papel tanto de alma esposa de Cristo,
como de esposo de la Iglesia, participando del amor nupcial de Cristo hacia ella.
Y esa doble participación en ese amor nos hace ver que el cristiano, al mismo tiempo que se inserta en la
comunidad y recibe la salvación a través de ella, se sitúa también frente a la comunidad con la responsabilidad de
cuidar la salvación de sus hermanos en la fe, de entregar por ellos su existencia mediante la caridad, así como
Jesucristo se ha entregado por la Iglesia en la Cruz.
Y esto no como imperativo moral que le venga de fuera, sino como una exigencia de su mismo ser cristiano
recibido en el bautismo.

Configuración con Cristo esposo por medio del sacramento del Orden
El sacerdote está llamado a ser imagen viva de Jesucristo esposo de la Iglesia, por su configuración con Cristo se
encuentra en una posición esponsal frente a la comunidad, por lo tanto está llamado a revivir en s vida espiritula
esa unión de Cristo con la Iglesia, su Esposa. Esta dimensión esponsal es la que debe inspirar especialmente el
ejercicio de la caridad pastoral.

El matrimonio, signo y participación del misterio de unidad y amor fecundo


entre Cristo y la Iglesia
Los cónyuges cristianos por el sacramento del matrimonio significan y participa el misterio de unidad y amor
fecundo entre Cristo y la Iglesia. Lumen Gentium
Esto es así porque por el bautismo ya esaban insertos en la Alianza de Cristo y la Iglesia, y debido a esta inserción
indestructible la comunidad íntima de vida y amor conyugal, fundada por el Creador, es elevada y asumida en la
caridad esponsal de Cristo, sostenida y enriquecida por su fuerza redentora Los esposos son, por tanto, el recuerdo
permanente, para la Iglesia de lo que pasó en la Cruz. El misterio de la unión entre Cristo y la Iglesia tiene una
estructura conyugal porque es un misterio de unión corporal y de unión de alianza.
Los esposos, que ya por su bautismo pertenecían al misterio, participando cada uno por su cuenta, sin embargo, al
casarse y establecer entre ellos una unión conyugal, se configuran en cuanto pareja conyugal a Cristo y su Iglesia
enlazados como Esposo y m, .