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Los relatos del presente volumen reflejan el alma abierta del escritor, que
se desnuda ante nuestros ojos a través de una prosa que pone de relieve los
miedos y las ilusiones del ser humano ante el peligro, la muerte y, sobre todo,
la vida. En ellos se refleja su obsesión con actividades tales como el boxeo, la
caza mayor, y la guerra. Ofrecen poderosos retratos de cómo los hombres se
enfrentan al miedo de la muerte, y el vacío de sus vidas.

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Ernest Hemingway

Las nieves del Kilimanjaro y otros


cuentos

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Título original: The snows of Kilimanjaro, and other stories
Ernest Hemingway, 1961
Traducción: Julián Gómez del Castillo

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LAS NIEVES DEL KILIMANJARO
El Kilimanjaro es una montaña cubierta de nieve de 5895 m de altura, y dicen
que es la más alta de África. Su nombre es, en masai, «Ngáje Ngái», «la Casa de
Dios». Cerca de la cima se encuentra el esqueleto seco y helado de un leopardo, y nadie
ha podido explicarse nunca qué estaba buscando el leopardo por aquellas alturas.
—Lo maravilloso es que no huele —dijo—. Así se sabe cuándo empieza.
—¿De veras?
—Absolutamente. Aunque siento mucho lo del olor. No se puede evitar,
y debe molestarte, ¿eh?
—¡No! No digas eso, por favor.
—Míralos. ¿Qué será lo que los atrae? ¿Vendrán por la vista o por el
olfato?
El catre donde yacía el hombre estaba situado a la sombra de una ancha
mimosa. Ahora dirigía su mirada hacia el resplandor de la llanura, mientras
tres de las grandes aves se agazapaban en posición obscena y otras doce
atravesaban el cielo, provocando fugaces sombras al pasar.
—No se han movido de allí desde que nos quedamos sin camión —dijo—
. Hoy por primera vez han bajado al suelo. He observado que al principio
volaban con precaución, como temiendo que quisiera cogerlas para mi
despensa. Esto es muy divertido, ya que ocurrirá todo lo contrario.
—Quisiera que no fuese así.
—Es un decir. Si hablo, me resulta más fácil soportarlo. Pero puedes
creer que no quiero molestarte, por supuesto.
—Bien sabes que no me molesta —contestó ella—. ¡Me pone tan nerviosa
no poder hacer nada! Creo que podríamos aliviar la situación hasta que llegue
el aeroplano.
—O hasta que no venga…
—Dime qué puedo hacer. Te lo ruego. Ha de existir algo que yo sea
capaz de hacer.
—Puedes irte; eso te calmaría. Aunque dudo que puedas hacerlo. Tal vez
será mejor que me mates. Ahora tienes mejor puntería. Yo te enseñé a tirar,
¿no?
—No me hables así, por favor. ¿No podría leerte algo?
—¿Leerme qué?

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—Cualquier libro de los que no hayamos leído. Han quedado algunos.
—No puedo prestar atención. Hablar es más fácil. Así nos peleamos, y no
deja de ser un buen pasatiempo.
—Para mí, no. Nunca quiero pelearme. Y no lo hagamos más. No demos
más importancia a mis nervios, tampoco. Quizá vuelvan hoy mismo con otro
camión. Tal vez venga el avión…
—No quiero moverme —manifestó el hombre—. No vale la pena ahora;
lo haría únicamente si supiera que con ello te encontrarías más cómoda.
—Eso es hablar con cobardía.
—¿No puedes dejar que un hombre muera lo más tranquilamente
posible, sin dirigirle epítetos ofensivos? ¿Qué se gana con insultarme?
—Es que no vas a morir.
—No seas tonta. Ya me estoy muriendo. Mira esos bastardos —y levantó
la vista hacia los enormes y repugnantes pájaros, con las cabezas peladas
hundidas entre las abultadas plumas. En aquel instante bajó otro y, después de
correr con rapidez, se acercó con lentitud hacia el grupo.
—Siempre están cerca de los campamentos. ¿No te habías fijado nunca?
Además, no puedes morir si no te abandonas…
—¿Dónde has leído eso? ¡Maldición! ¡Qué estúpida eres!
—Podrías pensar en otra cosa.
—¡Por el amor de Dios! —exclamó—. Eso es lo que he estado haciendo.
Luego se quedó quieto y callado por un rato y miró a través de la cálida
luz trémula de la llanura, la zona cubierta de arbustos. Por momentos,
aparecían gatos salvajes, y, más lejos, divisó un hato de cebras, blanco contra el
verdor de la maleza. Era un hermoso campamento, sin duda. Estaba situado
debajo de grandes árboles y al pie de una colina. El agua era bastante buena
allí y en las cercanías había un manantial casi seco por donde los guacos de las
arenas volaban por la mañana.
—¿No quieres que lea, entonces? —preguntó la mujer, que estaba
sentada en una silla de lona, junto al catre—. Se está levantando la brisa.
—No, gracias.
—Quizá venga el camión.
—Al diablo con él. No me importa un comino.
—A mí, sí.

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—A ti también te importan un bledo muchas cosas que para mí tienen
valor. —No tantas, Harry.
—¿Qué te parece si bebemos algo?
—Creo que te hará daño. Dijeron que debías evitar todo contacto con el
alcohol. En todo caso, no te conviene beber.
—¡Molo! —gritó él.
—Sí, bwana.
—Trae whisky con soda.
—Sí, bwana.
—¿Por qué bebes? No deberías hacerlo —le reprochó la mujer—. Eso es
lo que entiendo por abandono. Sé que te hará daño.
—No. Me sienta bien.
«Al fin y al cabo, ya ha terminado todo —pensó—. Ahora no tendré
oportunidad de acabar con eso. Y así concluirán para siempre las discusiones
acerca de si la bebida es buena o mala».
Desde que le empezó la gangrena en la pierna derecha no había sentido
ningún dolor, y le desapareció también el miedo, de modo que lo único que
sentía era un gran cansancio y la cólera que le provocaba el que esto fuera el
fin. Tenía muy poca curiosidad por lo que le ocurriría luego. Durante años le
había obsesionado, sí, pero ahora no representaba esencialmente nada. Lo raro
era la facilidad con que se soportaba la situación estando cansado.
Ya no escribiría nunca las cosas que había dejado para cuando tuviera la
experiencia suficiente para escribirlas. Y tampoco vería su fracaso al tratar de
hacerlo. Quizá fuesen cosas que uno nunca puede escribir, y por eso las va
postergando una y otra vez. Pero ahora no podría saberlo, en realidad.
—Quisiera no haber venido a este lugar —dijo la mujer. Le estaba
mirando mientras tenía el vaso en la mano y apretaba los labios—. Nunca te
hubiera ocurrido nada semejante en París. Siempre dijiste que te gustaba París.
Podíamos habernos quedado allí, entonces, o haber ido a otro sitio. Yo hubiera
ido a cualquier otra parte. Dije, por supuesto, que iría adonde tú quisieras.
Pero si tenías ganas de cazar, podíamos ir a Hungría y vivir con más
comodidad y seguridad.
—¡Tu maldito dinero!
—No es justo lo que dices. Bien sabes que siempre ha sido tan tuyo como
mío. Lo abandoné todo, te seguí por todas partes y he hecho todo lo que se te

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ha ocurrido que hiciese. Pero quisiera no haber pisado nunca estas tierras.
—Dijiste que te gustaba mucho.
—Sí, pero cuando tú estabas bien. Ahora lo odio todo. Y no veo por qué
tuvo que sucederte lo de la infección en la pierna. ¿Qué hemos hecho para que
nos ocurra?
—Creo que lo que hice fue olvidarme de ponerle yodo en seguida.
Entonces no le di importancia porque nunca había tenido ninguna infección. Y
después, cuando empeoró la herida y tuvimos que utilizar esa débil solución
fénica, por haberse derramado los otros antisépticos, se paralizaron los vasos
sanguíneos y comenzó la gangrena. —Mirándola, agregó—: ¿Qué otra cosa,
pues?
—No me refiero a eso.
—Si hubiésemos contratado a un buen mecánico en vez de un imbécil
conductor kikuyú, hubiera averiguado si había combustible y no hubiera
dejado que se quemara ese cojinete…
—No me refiero a eso.
—Si no te hubieses separado de tu propia gente, de tu maldita gente de
Old Westbury, Saratoga, Palm Beach, para seguirme…
—¡Caramba! Te amaba. No tienes razón al hablar así. Ahora también te
quiero. Y te querré siempre. ¿Acaso no me quieres tú?
—No —respondió el hombre—. No lo creo. Nunca te he querido.
—¿Qué estás diciendo, Harry? ¿Has perdido el conocimiento?
—No. No tengo ni siquiera conocimiento para perder.
—No bebas eso. No bebas, querido. Te lo ruego. Tenemos que hacer todo
lo que podamos para zafarnos de esta situación.
—Hazlo tú, pues. Yo estoy cansado.
En su imaginación vio una estación de ferrocarril en Karagatch. Estaba de pie
junto a su equipaje. La potente luz delantera del expreso Simplón-Oriente atravesó la
oscuridad, y abandonó Tracia, después de la retirada. Esta era una de las cosas que
había reservado para escribir en otra ocasión, lo mismo que lo ocurrido aquella
mañana, a la hora del desayuno, cuando miraba por la ventana las montañas cubiertas
de nieve de Bulgaria y el secretario de Nansen le preguntó al anciano si era nieve. Este
lo miró y le dijo: «No, no es nieve. Aún no ha llegado el tiempo de las nevadas».
Entonces, el secretario repitió a las otras muchachas: «No. Como ven, no es nieve». Y
todas decían: «No es nieve. Estábamos equivocadas». Pero era nieve, en realidad, y él

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las hacía salir de cualquier modo si se efectuaba algún cambio de poblaciones. Y ese
invierno tuvieron que pasar por la nieve, hasta que murieron…
Y era nieve también lo que cayó durante toda la semana de Navidad, aquel año
en que vivían en la casa del leñador, con el gran horno cuadrado de porcelana que
ocupaba la mitad del cuarto, y dormían sobre colchones rellenos de hojas de haya. Fue
la época en que llegó el desertor con los pies sangrando de frío para decirle que la
Policía estaba siguiendo su rastro. Le dieron medias de lana y entretuvieron con la
charla a los gendarmes hasta que las pisadas hubieron desaparecido.
En Schrunz, el día de Navidad, la nieve brillaba tanto que hacía daño a los ojos
cuando uno miraba desde la taberna y veía a la gente que volvía de la iglesia. Allí fue
donde subieron por la ruta amarillenta como la orina y alisada por los trineos que se
extendían a lo largo del río, con las empinadas colinas cubiertas de pinos, mientras
llevaban los esquíes al hombro. Fue allí donde efectuaron ese desenfrenado descenso por
el glaciar, para ir a la Madlenerhaus. La nieve parecía una torta helada, se
desmenuzaba como el polvo, y recordaba el silencioso ímpetu de la carrera, mientras
caían como pájaros.
La ventisca los hizo permanecer una semana en la Madlenerhaus, jugando a los
naipes y fumando a la luz de un farol. Las apuestas iban en aumento a medida que
Herr Lent perdía. Finalmente, lo perdió todo. Todo: el dinero que obtenía con la escuela
de esquí, las ganancias de la temporada y también su capital. Lo veía ahora con su
nariz larga, mientras recogía las cartas y las descubría, Sans Voir. Siempre jugaban. Si
no había nada de nieve, jugaban; y si había mucha también. Pensó en la gran parte de
su vida que pasaba jugando.
Pero nunca había escrito una línea acerca de ello, ni de aquel claro y frío día de
Navidad, con las montañas a lo lejos, a través de la llanura que había recorrido
Gardner, después de cruzar las líneas, para bombardear el tren que llevaba a los
oficiales austriacos licenciados, ametrallándolos mientras ellos se dispersaban y huían.
Recordó que Gardner se reunió después con ellos y empezó a contar lo sucedido, con
toda tranquilidad, y luego dijo: «¡Tú, maldito! ¡Eres un asesino de porquería!».
Y con los mismos austriacos que habían matado entonces se había deslizado
después en esquíes. No; con los mismos, no. Hans, con quien paseó con esquí durante
todo el año, estaba en los Káiser-Jagers (Cazadores imperiales), y cuando fueron juntos
a cazar liebres al valle pequeño, conversaron encima del aserradero, sobre la batalla de
Pasubio y el ataque a Pertica y Asalone, y jamás escribió una palabra de todo eso. Ni
tampoco de Monte Corno, ni de lo que ocurrió en Siete Commum, ni lo de Arsiero.
¿Cuántos inviernos había pasado en el Vorarlberg y el Arlberg? Fueron cuatro, y
recordó la escena del pie a Bludenz, en la época de los regalos, el gusto a cereza de un

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buen kirsch y el ímpetu de la corrida a través de la blanda nieve, mientras cantaban:
«¡Hi! ¡Ho!, dijo Rolly».
Así recorrieron el último trecho que los separaba del empinado declive, y
siguieron en línea recta, pasando tres veces por el huerto; luego salieron y cruzaron la
zanja, para entrar por último en el camino helado, detrás de la posada. Allí se
desataron los esquíes y los arrojaron contra la pared de madera de la casa. Por la
ventana salía la luz del farol y se oían las notas de un acordeón que alegraba el
ambiente interior, cálido, lleno de humo y de olor a vino fresco.
—¿Dónde nos hospedamos en París? —preguntó a la mujer que estaba
sentada a su lado en una silla de lona, en África.
—En el «Crillon», ya lo sabes.
—¿Por qué he de saberlo?
—Porque allí paramos siempre.
—No. No siempre.
—Allí y en el «Pavillion Henri-Quatre», en St. Germain. Decías que te
gustaba con locura.
—Ese cariño es una porquería —dijo Harry—, y yo soy el animal que se
nutre y engorda con eso.
—Si tienes que desaparecer, ¿es absolutamente preciso destruir todo lo
que dejas atrás? Quiero decir, si tienes que deshacerte de todo: ¿debes matar a
tu caballo y a tu esposa y quemar tu silla y tu armadura?
—Sí. Tu podrido dinero era mi armadura. Mi Corcel y mi Armadura.
—No digas eso…
—Muy bien. Me callaré. No quiero ofenderte.
—Ya es un poco tarde.
—De acuerdo. Entonces seguiré hiriéndote. Es más divertido, ya que
ahora no puedo hacer lo único que realmente me ha gustado hacer contigo.
—No, eso no es verdad. Te gustaban muchas cosas y yo hacía todo lo que
querías. ¡Oh! ¡Por el amor de Dios! Deja ya de fanfarronear, ¿quieres?
—Escucha —dijo—. ¿Crees que es divertido hacer esto? No sé,
francamente, por qué lo hago. Será para tratar de mantenerte viva, me
imagino. Me encontraba muy bien cuando empezamos a charlar. No tenía
intención de llegar a esto, y ahora estoy loco como un zopenco y me porto
cruelmente contigo. Pero no me hagas caso, querida. No des ninguna
importancia a lo que digo. Te quiero. Bien sabes que te quiero. Nunca he

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querido a nadie como te quiero a ti.
Y deslizó la mentira familiar que le había servido muchas veces de
apoyo.
—¡Qué amable eres conmigo!
—Ahora estoy lleno de poesía. Podredumbre y poesía. Poesía podrida…
—Cállate, Harry. ¿Por qué tienes que ser malo ahora? ¿Eh?
—No me gusta dejar nada —contestó el hombre—. No me gusta dejar
nada detrás de mí.
Cuando despertó anochecía. El sol se había ocultado detrás de la colina y
la sombra se extendía por toda la llanura, mientras los animalitos se
alimentaban muy cerca del campamento, con rápidos movimientos de cabeza
y golpes de cola. Observó que sobresalían por completo de la maleza. Los
pájaros, en cambio, ya no esperaban en tierra. Se habían encaramado todos a
un árbol, y eran muchos más que antes. Su criado particular estaba sentado al
lado del catre.
—La memsahib fue a cazar —le dijo—. ¿Quiere algo bwana?
—Nada.
Ella había ido a conseguir un poco de carne buena y, como sabía que a él
le gustaba observar a los animales, se alejó lo bastante para no provocar
disturbios en el espacio de llanura que el hombre abarcaba con su mirada.
«Siempre está pensativa —meditó Harry—. Reflexiona sobre cualquier
cosa que sabe, que ha leído, o que ha oído alguna vez. Y no tiene la culpa de
haberme conocido cuando yo ya estaba acabado. ¿Cómo puede saber una
mujer que uno no quiere decir nada con lo que dice, y que habla solo por
costumbre y para estar cómodo?».
Desde que empezó a expresar lo contrario de lo que sentía, sus mentiras
le procuraron más éxitos con las mujeres que cuando les decía la verdad. Y lo
grave no eran solo las mentiras, sino el hecho de que ya no quedaba ninguna
verdad para contar. Estaba acabando de vivir su vida cuando empezó una
nueva existencia, con gente distinta y de más dinero, en los mejores sitios que
conocía y en otros que constituyeron la novedad.
«Uno deja de pensar y todo es maravilloso. Uno se cuida para que esta
vida no lo arruine como le ocurre a la mayoría y adopta la actitud de
indiferencia hacia el trabajo que solía hacer cuando ya no es posible hacerlo.
Pero, en lo más mínimo de mi espíritu, pensé que podría escribir sobre esa
gente, los millonarios, y diría que yo no era de esa clase, sino un simple espía

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en su país. Pensé en abandonarles y escribir todo eso, para que, aunque solo
fuera una vez, lo escribiese alguien bien compenetrado con el asunto». Pero
luego se dio cuenta de que no podía llevar a cabo tal empresa, pues cada día
que pasaba sin escribir, rodeado de comodidades y siendo lo que despreciaba,
embotaba su habilidad y reblandecía su voluntad de trabajo, de modo que,
finalmente, no hizo absolutamente nada. Y la gente que conocía ahora vivía
mucho más tranquila si él no trabajaba. En África había pasado la temporada
más feliz de su vida y entonces se le ocurrió volver para empezar de nuevo.
Fue así como se realizó la expedición de caza con el mínimo de comodidad. No
pasaban penurias, pero tampoco podían permitirse lujos, y él pensó que
podría volver a vivir así, de algún modo que le permitiese eliminar la grasa de
su espíritu, igual que los boxeadores que van a trabajar y entrenarse a las
montañas para quemar la grasa de su cuerpo.
La mujer, por su parte, se había mostrado complacida. Decía que le
gustaba. Le gustaba todo lo que era atractivo, lo que implicara un cambio de
escenario, donde hubiera gente nueva y las cosas fuesen agradables. Y él sintió
la ilusión de regresar al trabajo con más fuerza de voluntad que perdiera.
«Y ahora que se acerca el fin —pensó—, ya que estoy seguro de que esto
es el fin, no tengo por qué volverme como esas serpientes que se muerden ellas
mismas cuando les quiebran el espinazo. Esta mujer no tiene la culpa, después
de todo. Si no fuese ella, sería otra. Si he vivido de una mentira trataré de
morir de igual modo».
En aquel instante oyó un estampido, más allá de la colina.
«Tiene muy buena puntería esta buena y rica perra, esta amable
guardiana y destructora de mi talento. ¡Tonterías! Yo mismo he destruido mi
talento. ¿Acaso tengo que insultar a esta mujer porque me mantiene? He
destruido mi talento por no usarlo, por traicionarme a mí mismo y olvidar mis
antiguas creencias y mi fe, por beber tanto que he embotado el límite de mis
percepciones, por la pereza y la holgazanería, por las ínfulas, el orgullo y los
prejuicios, y, en fin, por tantas cosas buenas y malas. ¿Qué es esto? ¿Un
catálogo de libros viejos? ¿Qué es mi talento, en fin de cuentas? Era un talento,
bueno, pero, en vez de usarlo, he comerciado con él. Nunca se reflejó en las
obras que hice, sino en ese problemático “lo que podría hacer”. Por otra parte,
he preferido vivir con otra cosa que un lápiz o una pluma. Es raro, ¿no?, pero
cada vez que me he enamorado de una nueva mujer, siempre tenía más dinero
que la anterior… Cuando dejé de enamorarme y solo mentía, como por
ejemplo con esta mujer; con esta, que tiene más dinero que todas las demás,
que tiene todo el dinero que existe, que tuvo marido e hijos, y amantes que no

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la satisficieron, y que me ama tiernamente como hombre, como compañero y
con orgullosa posesión; es raro lo que me ocurre, ya que, a pesar de que no la
amo y estoy mintiendo, sería capaz de darle más por su dinero que cuando
amaba de veras. Todos hemos de estar preparados para lo que hacemos. El
talento consiste en cómo vive uno la vida. Durante toda mi existencia he
regalado vitalidad en una u otra forma, y he aquí que cuando mis afectos no
están comprometidos, como ocurre ahora, uno vale mucho más para el dinero.
He hecho este descubrimiento, pero nunca lo escribiré. No, no puedo escribir
tal cosa, aunque realmente vale la pena».
Entonces apareció ella, caminando hacia el campamento a través de la
llanura. Usaba pantalones de montar y llevaba su rifle. Detrás, venían los dos
criados con un animal muerto cada uno. «Todavía es una mujer atractiva —
pensó Harry—, y tiene un hermoso cuerpo». No era bonita, pero a él le
gustaba su rostro. Leía una enormidad, era aficionada a cabalgar y a cazar y,
sin duda alguna, bebía muchísimo. Su marido había muerto cuando ella era
una mujer relativamente joven, y por un tiempo se dedicó a sus dos hijos, que
no la necesitaban y a quienes molestaban sus cuidados; a sus caballos, a sus
libros y a las bebidas. Le gustaba leer por la noche, antes de cenar, y mientras
tanto, bebía whisky escocés y soda. Al acercarse la hora de la cena ya estaba
embriagada y, después de otra botella de vino con la comida, se encontraba lo
bastante ebria como para dormirse.
Esto ocurrió mientras no tuvo amantes. Luego, cuando los tuvo, no bebió
tanto, porque no precisaba estar ebria para dormir… Pero los amantes la
aburrían. Se había casado con un hombre que nunca la fastidiaba, y los otros
hombres le resultaban extraordinariamente pesados.
Después, uno de sus hijos murió en un accidente de aviación. Cuando
sucedió aquello, no quiso más amantes, y como la bebida no le servía ya de
anestésico, pensó en empezar una nueva vida. De repente, se sintió
aterrorizada por su soledad. Pero necesitaba alguien a quien poder
corresponder.
Empezó del modo más simple. A la mujer le gustaba lo que Harry
escribía y envidiaba la vida que llevaba. Pensaba que él realizaba todo lo que
se proponía. Los medios a través de los cuales trabaron relación y el modo de
enamorarse de ese hombre formaban parte de una constante progresión que se
desarrollaba mientras ella construía su nueva vida y se desprendía de los
residuos de su anterior existencia.
Él sabía que ella tenía mucho dinero, muchísimo, y que la maldita era
una mujer muy atractiva. Entonces se acostó pronto con ella, mejor que con

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cualquier otra, porque era más rica, porque era deliciosa y muy sensible, y
porque nunca metía bulla. Y ahora, esa vida que la mujer se forjara estaba a
punto de terminar por el solo hecho de que él no se puso yodo, dos semanas
antes, cuando una espina le hirió la rodilla, mientras se acercaba a un rebaño
de antílopes con objeto de sacarles una fotografía. Los animales, con la cabeza
erguida, atisbaban y olfateaban sin cesar, y sus orejas estaban tensas, como
para escuchar el más leve ruido que les haría huir hacia la maleza. Y así fue:
huyeron antes de que él pudiera sacar la fotografía.
Y ella ahora estaba aquí.
Harry volvió la cabeza para mirarla.
—¡Hola! —le dijo.
—Cacé un buen morueco —manifestó la mujer—. Te haré un poco de
caldo y les diré que preparen puré de patatas. ¿Cómo te encuentras?
—Mucho mejor.
—¡Maravilloso! Te aseguro que pensaba encontrarte mejor. Estabas
durmiendo cuando me fui.
—Dormí muy bien. ¿Anduviste mucho?
—No. Llegué más allá de la colina. Tuve suerte con la puntería.
—Te aseguro que tiras de un modo extraordinario.
—Es que me gusta. Y África también me gusta. De veras. Si mejorases,
esta sería la mejor época de mi vida. No sabes cuánto me gusta salir de caza
contigo. Me ha gustado mucho más el país.
—A mí también.
—Querido, no sabes qué maravilloso es encontrarte mejor. No podía
soportar lo de antes. No podía verte sufrir. Y no volverás a hablarme otra vez
como hoy, ¿verdad? ¿Me lo prometes?
—No. No recuerdo lo que dije.
—No tienes que destrozarme, ¿sabes? No soy nada más que una mujer
vieja que te ama y quiere que hagas lo que se te antoje. Ya me han destrozado
dos o tres veces. No quieres destrozarme de nuevo, ¿verdad? El aeroplano
estará aquí mañana.
—¿Cómo lo sabes?
—Estoy segura. Se verá obligado a aterrizar. Los criados tienen la leña y
el pasto preparados para hacer la hoguera. Hoy fui a darles un vistazo. Hay
sitio de sobra para aterrizar y tenemos las hogueras preparadas en los dos

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extremos.
—¿Y por qué piensas que vendrá mañana?
—Estoy segura de que vendrá. Hoy se ha retrasado. Luego, cuando
estemos en la ciudad, te curarán la pierna. No ocurrirán esas cosas horribles
que dijiste.
—Vayamos a tomar algo. El sol se ha ocultado ya.
—¿Crees que no te hará daño?
—Voy a beber.
—Beberemos juntos, entonces. ¡Molo, letti dui whiskey-soda! —gritó la
mujer.
—Sería mejor que te pusieras las botas. Hay muchos mosquitos.
—Lo haré después de bañarme…
Bebieron mientras las sombras de la noche lo envolvían todo, pero un
poco antes de que reinase la oscuridad, y cuando no había luz suficiente como
para tirar, una hiena cruzó la llanura y dio la vuelta a la colina.
—Esa porquería cruza por allí todas las noches —dijo el hombre—. Ha
hecho lo mismo durante dos semanas.
—Es la que hace ruido por la noche. No me importa. Aunque son unos
animales asquerosos.
Y mientras bebían juntos, sin que él experimentara ningún dolor, excepto
el malestar de estar siempre postrado en la misma posición, y los criados
encendían el fuego, que proyectaba sus sombras sobre las tiendas, Harry pudo
advertir el retorno de la sumisión en esta vida de agradable entrega. Ella era,
francamente, muy buena con él. Por la tarde había sido demasiado cruel e
injusto. Era una mujer delicada, maravillosa de verdad. Y en aquel preciso
instante se le ocurrió pensar que iba a morir.
Llegó esta idea con ímpetu; no como un torrente o un huracán, sino como
una vaciedad repentinamente repugnante, y lo raro era que la hiena se
deslizaba ligeramente por el borde…
—¿Qué te pasa, Harry?
—Nada. Sería mejor que te colocaras al otro lado. A barlovento.
—¿Te cambió la venda Molo?
—Sí. Ahora llevo la que tiene ácido bórico.
—¿Cómo te encuentras?

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—Un poco mareado.
—Voy a bañarme. En seguida volveré. Comeremos juntos, y después
haré entrar el catre.
«Me parece —se dijo Harry— que hicimos bien dejándonos de pelear».
Nunca se había peleado mucho con esta mujer, y, en cambio, con las que amó
de veras lo hizo siempre, de tal modo que, finalmente, lo corrosivo de las
disputas destruía todos los vínculos de unión. Había amado demasiado,
pedido muchísimo y acabado con todo.
Pensó ahora en aquella ocasión en que se encontró solo en Constantinopla,
después de haber reñido en París antes de irse. Pasaba todo el tiempo con prostitutas y
cuando se dio cuenta de que no podía matar su soledad, sino que cada vez era peor, le
escribió a la primera, a la que abandonó. En la carta le decía que nunca había podido
acostumbrarse a estar solo… Le contó cómo, cuando una vez le pareció verla salir del
«Regence», la siguió ansiosamente, y que siempre hacía lo mismo al ver a cualquier
mujer parecida por el bulevar, temiendo que no fuese ella, temiendo perder esa
esperanza. Le dijo cómo la extrañaba más cada vez que se acostaba con otra; que no
importaba lo que ella hiciera, pues sabía que no podía curarse de su amor. Escribió esta
carta en el club y la mandó a Nueva York, pidiéndole que le contestara a la oficina en
París. Esto le pareció más seguro. Y aquella noche la extrañó tanto que le pareció sentir
un vacío en su interior. Entonces salió a pasear, sin rumbo fijo, y al pasar por
«Maxim’s» recogió una muchacha y la llevó a cenar. Fue a un sitio donde se pudiera
bailar después de la cena, pero la mujer era muy mala bailadora, y entonces la dejó por
una perra armenia, que se restregaba contra él. Se la quitó a un artillero británico
subalterno, después de una disputa. El artillero le pegó en el cuerpo y junto a un ojo.
Él le aplicó un puñetazo con la mano izquierda y el otro se arrojó sobre él y lo cogió por
la chaqueta, arrancándole una manga. Entonces le golpeó en pleno rostro con la
derecha, echándole hacia delante. Al caer el inglés se hirió en la cabeza y Harry salió
corriendo con la mujer porque oyeron que se acercaba la Policía. Tomaron un taxi y
fueron a Rimmily Hissa, a lo largo del Bósforo, y después dieron la vuelta. Era una
noche más bien fresca y se acostaron en seguida. Ella parecía más bien madura, pero
tenía la piel suave y un olor agradable. La abandonó antes de que se despertase, y con
la primera luz del día fue al «Pera Palace». Tenía un ojo negro y llevaba la chaqueta
bajo el brazo, ya que había perdido una manga.
Aquella misma noche partió para Anatolia y, en la última parte del viaje,
mientras cabalgaban por los campos de adormideras que recolectaban para hacer opio, y
las distancias parecían alargarse cada vez más, sin llegar nunca al sitio donde se
efectuó el ataque con los oficiales que marcharon a Constantinopla, recordó que no
sabía nada, ¡maldición!, y luego la artillería acribilló a las tropas, y el observador

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británico gritó como un niño.
Aquella fue la primera vez que vio hombres muertos con faldas blancas de ballet
y zapatos con cintas. Los turcos se hicieron presentes con firmeza y en tropel. Entonces
vio que los hombres de faldón huían, perseguidos por los oficiales que hacían fuego
sobre ellos, y él y el observador británico también tuvieron que escapar. Corrieron
hasta sentir una aguda punzada en los pulmones y tener la boca seca. Se refugiaron
detrás de unas rocas, y los turcos seguían atacando con la misma furia. Luego vio cosas
que ahora le dolía recordar, y después fue mucho peor aún. Así, pues, cuando regresó a
París no quería hablar de aquello ni tan solo oír que lo mencionaran. Al pasar por el
café vio al poeta americano delante de un montón de platillos, con estúpido gesto en el
rostro, mientras hablaba del movimiento «dadá» con un rumano que decía llamarse
Tristán Tzara, y que siempre usaba monóculo y tenía jaqueca. Por último, volvió a su
departamento con su esposa, a la que amaba otra vez. Estaba contento de encontrarse
en su hogar y de que hubieran terminado todas las peleas y todas las locuras. Pero la
administración del hotel empezó a mandarle la correspondencia al departamento, y una
mañana, en una bandeja, recibió una carta en contestación a la suya. Cuando vio la
letra le invadió un sudor frío y trató de ocultar la carta debajo de otro sobre. Pero su
esposa dijo: «¿De quién es esa carta, querido?»; y ese fue el principio del fin. Recordaba
la buena época que pasó con todas ellas, y también las peleas. Siempre elegían los
mejores sitios para pelearse. ¿Y por qué tenían que reñir cuando él se encontraba
mejor? Nunca había escrito nada referente a aquello, pues, al principio, no quiso
ofender a nadie, y después, le pareció que tenía muchas cosas para escribir sin
necesidad de agregar otra. Pero siempre pensaba que al final lo escribiría también. No
era mucho, en realidad. Había visto los cambios que se producían en el mundo; no solo
los acontecimientos, aunque observó con detención gran cantidad de ellos y de gente;
también sabía apreciar ese cambio más sutil que hay en el fondo y podía recordar cómo
era la gente y cómo se comportaba en épocas distintas. Había estado en aquello, lo
observaba de cerca, y tenía el deber de escribirlo. Pero ya no podría hacerlo…
—¿Cómo te encuentras? —preguntó la mujer, que salía de la tienda
después de bañarse.
—Muy bien.
—¿Podrías comer algo, ahora?
Vio a Molo detrás de la mujer, con la mesa plegadiza, mientras el otro
sirviente llevaba los platos.
—Quiero escribir.
—Sería mejor que tomaras un poco de caldo para fortalecerte.
—Si voy a morirme esta noche, ¿para qué quiero fortalecerme?

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—No seas melodramático, Harry; te lo ruego.
—¿Por qué diablos no usas la nariz? ¿No te das cuenta de que estoy
podrido hasta la cintura? ¿Para qué demonios serviría el caldo ahora? Molo,
trae whisky-soda.
—Toma el caldo, por favor —dijo ella suavemente.
—Bueno.
El caldo estaba demasiado caliente. Tuvo que dejarlo enfriar en la taza, y
por último lo tragó sin sentir náuseas.
Ella lo miró con su cara bonita como las que ilustraban Spur y Town and
Country. Y al mirarla y observar su agradable sonrisa, sintió que la muerte se
acercaba de nuevo. Esta vez no fue con ímpetu. Fue una ráfaga, como las que
hacen vacilar la luz de la vela y extienden la llama con su gigantesca sombra
proyectada hasta el techo.
—Después pueden traer mi mosquitero, colgarlo del árbol y encender el
fuego. No voy a entrar en la tienda esta noche. No vale la pena moverse. Es
una noche clara. No lloverá.
«Así es como uno muere, entre susurros que no oye. Pues bien, no habrá
más peleas». Hasta podía prometerlo. No iba a echar a perder la única
experiencia que le faltaba. Aunque probablemente lo haría. «Siempre lo he
estropeado todo». Pero quizá no fuese así en esta ocasión.
—No puedes escribir al dictado, ¿verdad?
—Nunca supe —contestó ella.
—Está bien.
No había tiempo, por supuesto, pero en aquel momento le pareció que
todo se podía poner en un párrafo si se interpretaba bien.
Encima del lago, en una colina, veía una cabaña rústica que tenía las hendiduras
tapadas con mezcla. Junto a la puerta había un palo con una campana, que servía para
llamar a la gente a comer. Detrás de la casa, campos, y más allá de los campos estaba el
monte. Una hilera de álamos se extendía desde la casa hasta el muelle. Un camino
llevaba hasta las colinas por el límite del monte, y a lo largo de ese camino él solía
recoger zarzas. Luego, la cabaña se incendió y todos los fusiles que habían en las
perchas encima del hogar, también se quemaron. Los cañones de las escopetas, fundido
el plomo de las cámaras para cartuchos, y las cajas fueron destruidos lentamente por el
fuego, sobresaliendo del montón de cenizas que fueron usadas para hacer lejía en las
grandes calderas de hierro, y cuando le preguntamos al Abuelo si podíamos utilizarla
para jugar, nos dijo que no. Allí estaban, pues, sus fusiles y nunca volvió a comprar

18
otros. Ni volvió a cazar. La casa fue reconstruida en el mismo sitio, con madera
aserrada. La pintaron de blanco; desde la puerta se veían los álamos y, más allá, el lago;
pero ya no habían fusiles. Los cañones de las escopetas que habían estado en las perchas
de la cabaña yacían ahora afuera, en el montón de cenizas que nadie se atrevió a tocar
jamás.
En la Selva Negra, después de la guerra, alquilamos un río para pescar truchas,
y teníamos dos maneras de llegar hasta aquel sitio. Había que bajar al valle desde
Trisberg, seguir por el camino rodeado de árboles y luego subir por otro que atravesaba
las colinas, pasando por muchas granjas pequeñas, con las grandes casas de
Schwarzwald, hasta que cruzaba el río. La primera vez que pescamos recorrimos todo
ese trayecto.
La otra manera consistía en trepar por una cuesta empinada hasta el límite de los
bosques, atravesando luego las cimas de las colinas por el monte de pinos, y después
bajar hasta una pradera, desde donde se llegaba al puente. Habla abedules a lo largo del
río, que no era grande, sino estrecho, claro y profundo, con pozos provocados por las
raíces de los abedules. El propietario del hotel, en Trisberg, tuvo una buena temporada.
Era muy agradable el lugar y todos eran grandes amigos. Pero el año siguiente se
presentó la inflación, y el dinero que ganó durante la temporada anterior no fue
suficiente para comprar provisiones y abrir el hotel; entonces, se ahorcó.
Aquello era fácil de dictar, pero uno no podía dictar lo de la Plaza Contrescarpe,
donde las floristas teñían sus flores en la calle, y la pintura corría por el empedrado
hasta la parada de los autobuses; y los ancianos y las mujeres, siempre ebrios de vino; y
los niños con las narices goteando por el frío. Ni tampoco lo del olor a sobaco, roña y
borrachera del café «Des Amateurs», y las rameras del «Bal Musette», encima del cuál
vivían. Ni lo de la portera que se divertía en su cuarto con el soldado de la Guardia
Republicana, que había dejado el casco adornado con cerdas de caballo sobre una silla.
Y la inquilina del otro lado del vestíbulo, cuyo marido era ciclista, y que aquella
mañana, en la lechería, sintió una dicha inmensa al abrir L’Auto y ver la fotografía de
la prueba Parls-Tours, la primera carrera importante que disputaba, y en la que se
clasificó tercero. Enrojeció de tanto reír, y después subió al primer piso llorando,
mientras mostraba por todas partes la página de deportes. El marido de la encargada
del «Bal Musette» era conductor de taxi y cuando él, Harry, tenía que tomar un avión
a primera hora, el hombre le golpeaba la puerta para despertarlo y luego bebían un vaso
de vino blanco en el mostrador de la cantina, antes de salir. Conocía a todos los vecinos
de ese barrio, pues todos, sin excepción, eran pobres.
Frecuentaban la Plaza dos clases de personas: los borrachos y los deportistas. Los
borrachos mataban su pobreza de ese modo; los deportistas iban para hacer ejercicio.
Eran descendientes de los comuneros y resultaba fácil describir sus ideas políticas.

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Todos sabían cómo habían muerto sus padres, sus parientes, sus hermanos y sus
amigos cuando las tropas de Versalles se apoderaron de la ciudad, después de la
Comuna, y ejecutaron a toda persona que tuviera las manos callosas, que usara gorra o
que llevara cualquier otro signo que revelase su condición de obrero. Y en aquella
pobreza, en aquel barrio del otro lado de la calle de la «Boucherie Chevaline» y la
cooperativa de vinos, escribió el comienzo de todo lo que iba a hacer. Nunca encontró
una parte de París que le gustase tanto como aquella, con sus enormes árboles, las
viejas casas de argamasa blanca con la parte baja pintada de pardo, los autobuses
verdes que daban vueltas alrededor de la plaza, el color purpúreo de las flores que se
extendían por el empedrado, el repentino declive pronunciado de la calle Cardenal
Lemoine hasta el río y, del otro lado, la apretada muchedumbre de la calle Mouffetard.
La calle que llevaba al Panteón y la otra que él siempre recorría en bicicleta, la única
asfaltada de todo el barrio, suave para los neumáticos, con las altas casas y el hotel
grande y barato donde había muerto Paul Verlaine. Como los departamentos que
alquilaban solo constaban de dos habitaciones, él tenía una habitación aparte en el
último piso, por la cual pagaba sesenta francos mensuales. Desde allí podía ver,
mientras escribía, los techos, las chimeneas y todas las colinas de París.
Desde el departamento solo se veían los grandes árboles y la casa del carbonero,
donde también se vendía vino, pero de mala calidad; la cabeza de caballo de oro que
colgaba frente a la «Boucherie Chevaline», en cuya vidriera se exhibían los dorados
trozos de res muerta, y la cooperativa pintada de verde, donde compraban el vino,
bueno y barato. Lo demás eran paredes de argamasa y ventanas de los vecinos. Los
vecinos que, por la noche, cuando algún borracho se sentaba en el umbral, gimiendo y
gruñendo con la típica ivresse francesa que la propaganda hace creer que no existe,
abrían las ventanas, dejando oír el murmullo de la conversación. «¿Dónde está el
policía? El bribón desaparece siempre que uno lo necesita. Debe de estar acostado con
alguna portera. Que venga el agente». Hasta que alguien arrojaba un balde de agua
desde otra ventana y los gemidos cesaban. «¿Qué es eso? Agua. ¡Ah! ¡Eso se llama
tener inteligencia!». Y entonces se cerraban todas las ventanas.
Marie, su sirvienta, protestaba contra la jornada de ocho horas, diciendo: «Mi
marido trabaja hasta las seis, solo se emborracha un poquito al salir y no derrocha
demasiado. Pero si trabaja nada más que hasta las cinco, está borracho todas las noches
y una se queda sin dinero para la casa. Es la esposa del obrero la que sufre de la
reducción del horario».
—¿Quieres un poco más de caldo? —le preguntaba su mujer.
—No, muchísimas gracias, aunque está muy bueno.
—Toma un poquito más, ¿no?

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—Prefiero un whisky con soda.
—No te sentará bien.
—Ya lo sé. Me hace daño. Cole Porter escribió la letra y la música de eso:
te estás volviendo loca por mí.
—Bien sabes que me gusta que bebas, pero…
—¡Oh! Sí, ya lo sé: solo que me sienta mal.
«Cuando se vaya —pensó—, tendré todo lo que quiera. No todo lo que
quiera, sino todo lo que haya». ¡Ay! Estaba cansado. Demasiado cansado. Iba a
dormir un rato. Estaba tranquilo porque la muerte ya se había ido. Tomaba
otra calle, probablemente. Iba en bicicleta, acompañada, y marchaba en
absoluto silencio por el empedrado…
No, nunca escribió nada sobre París. Nada del París que le interesaba. Pero ¿y
todo lo demás que tampoco había escrito?
¿Y lo del rancho y el gris plateado de los arbustos de aquella región, el agua
rápida y clara de los embalses de riego, y el verde oscuro de la alfalfa? El sendero subía
hasta las colinas. En el verano, el ganado era tan asustadizo como los ciervos. En
otoño, entre gritos y rugidos estrepitosos, lo llevaban lentamente hacia el valle,
levantando una polvareda con sus cascos. Detrás de las montañas se dibujaba el limpio
perfil del pico a la luz del atardecer, y también cuando cabalgaba por el sendero bajo la
luz de la luna. Ahora recordaba la vez que bajó atravesando el monte, en plena
oscuridad, y tuvo que llevar al caballo por las riendas, pues no se veía nada… Y todos
los cuentos y anécdotas, en fin, que había pensado escribir.
¿Y el imbécil peón que dejaron a cargo del rancho en aquella época, con la
consigna de que no dejara tocar el heno a nadie? ¿Y aquel viejo bastardo de los Forks
que castigó al muchacho cuando este se negó a entregarle determinada cantidad de
forraje? El peón tomó entonces el rifle de la cocina y le disparó un tiro cuando el
anciano iba a entrar en el granero. Y cuando volvieron a la granja, hacía una semana
que el viejo había muerto. Su cadáver congelado estaba en el corral y los perros lo
habían devorado en parte. A pesar de todo, envolvieron los restos en una frazada y la
ataron con una cuerda. El mismo peón los ayudó en la tarea. Luego, dos de ellos se
llevaron el cadáver, con esquíes, por el camino, recorriendo las sesenta millas hasta la
ciudad, y regresaron en busca del asesino. El peón no esperaba que se lo llevaran preso.
Creía haber cumplido con su deber, y que yo era su amigo y pensaba recompensar sus
servicios. Por eso, cuando el sheriff le colocó las esposas, se quedó mudo de sorpresa, y
luego se echó a llorar. Esta era una de las anécdotas que dejé para escribirla más
adelante. Conocía por lo menos veinte anécdotas parecidas y buenas y nunca había
escrito ninguna. ¿Por qué?

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—Tú les dirás por qué —dijo.
—¿Por qué qué, querido?
—Nada.
Desde que estaba con él, la mujer no bebía mucho. «Pero si vivo —pensó
Harry—, nunca escribiré nada sobre ella ni sobre los otros». Los ricos eran
perezosos y bebían muchísimo, o jugaban demasiado al backgammon. Eran
perezosos; por eso siempre repetían lo mismo. Recordaba al pobre Julián, que
sentía un respetuoso temor por todos ellos, y que una vez empezó a contar un
cuento que decía: «Los muy ricos son gente distinta. No se parecen ni a usted
ni a mí». Y alguien le interrumpió para manifestar: «Ya lo creo. Tienen más
dinero que nosotros». Pero esto no le causó ninguna gracia a Julián, que
pensaba que los ricos formaban una clase social de singular encanto. Por eso,
cuando descubrió lo contrario, sufrió una decepción totalmente nueva.
Harry despreciaba siempre a los que se desilusionaban, y eso se
comprendía fácilmente. Creía que podía vencerlo todo y a todos, y que nada
podría hacerle daño, ya que nada le importaba.
Muy bien. Pues ahora no le importaba un comino la muerte. El dolor era
una de las pocas cosas que siempre había temido. Podía aguantarlo como
cualquier mortal, mientras no fuese demasiado prolongado y agotador, pero
en esta ocasión había algo que le hería espantosamente, y cuando iba a
abandonarse a su suerte, cesó el dolor.
Recordaba aquella lejana noche en que Williamson, el oficial del cuerpo de
bombarderos, fue herido por una granada lanzada por un patrullero alemán, cuando él
atravesaba las alambradas; y cómo, llorando, nos pidió a todos que lo matásemos. Era
un hombre gordo, muy valiente y buen oficial, aunque demasiado amigo de las
exhibiciones fantásticas. Pero, a pesar de sus alardes, un foco le iluminó aquella noche
entre las alambradas, y sus tripas empezaron a desparramarse por las púas a
consecuencia de la explosión de la granada, de modo que cuando lo trajeron vivo
todavía, tuvieron que matarlo, «¡Mátame, Harry! ¡Mátame, por el amor de Dios!».
Una vez sostuvieron una discusión acerca de que Nuestro Señor nunca nos manda lo
que no podemos aguantar, y alguien exponía la teoría de que, diciendo eso en un
determinado momento, el dolor desaparece automáticamente. Pero nunca se olvidaría
del estado de Williamson aquella noche. No le pasó nada hasta que se terminaron las
tabletas de morfina que Harry no usaba ni para él mismo. Después, matarlo fue la
única solución.
Lo que tenía ahora no era nada en comparación con aquello; y no habría
habido motivo de preocupación, a no ser que empeorara con el tiempo.

22
Aunque tal vez estuviera mejor acompañado.
Entonces pensó un poco en la compañía que le hubiera gustado tener.
«No —reflexionó—, cuando uno hace algo que dura mucho, y ha
empezado demasiado tarde, no puede tener la esperanza de volver a encontrar
a la gente todavía allí. Toda la gente se ha ido. La reunión ha terminado y
ahora has quedado solo con tu patrona. ¡Bah! Este asunto de la muerte me está
fastidiando tanto como las demás cosas».
—Es un fastidio —dijo en voz alta.
—¿Qué, queridito?
—Todo lo que dura mucho.
Harry miró el rostro de la mujer, que estaba entre el fuego y él. Ella se
había recostado en la silla y la luz de la hoguera brillaba sobre su cara de
agradables contornos, y entonces se dio cuenta de que ella tenía sueño. Oyó
también que la hiena hacía ruido algo más allá del límite del fuego.
—He estado escribiendo —dijo—, pero me cansé.
—¿Crees que podrás dormir?
—Casi seguro. ¿Por qué no vas adentro?
—Me gusta quedarme sentada aquí, contigo.
—¿Te encuentras mal? —le preguntó a la mujer.
—No. Tengo un poco de sueño.
—Yo también.
En aquel momento sintió que la muerte se acercaba de nuevo.
—Te aseguro que lo único que no he perdido nunca es la curiosidad —le
dijo más tarde.
—Nunca has perdido nada. Eres el hombre más completo que he
conocido.
—¡Dios mío! ¡Qué poco sabe una mujer! ¿Qué es eso? ¿Tu intuición?
Porque en aquel instante la muerte apoyaba la cabeza sobre los pies del
catre y su aliento llegaba hasta la nariz de Harry.
—Nunca creas eso que dicen de la guadaña y la calavera. Del mismo
modo podrían ser dos policías en bicicleta, o un pájaro, o un hocico ancho
como el de la hiena.
Ahora avanzaba sobre él, pero no tenía forma. Ocupaba espacio,
simplemente.

23
—Dile que se marche.
No se fue, sino que se acercó aún más.
—¡Qué aliento del demonio tienes! —le dijo a la muerte—. ¡Tú, asquerosa
bastarda!
Se acercó otro poco y él ya no podía hablarle, y cuando la muerte lo
advirtió, se aproximó todavía más, mientras Harry trataba de echarla sin
hablar; pero todo su peso estaba sobre su pecho, y mientras se acuclillaba allí y
le impedía moverse o hablar, oyó que su mujer decía:
—Bwana ya se ha dormido. Levanten el catre y llévenlo a la tienda, pero
con cuidado.
No podía decirle que la hiciera marcharse, y allí estaba la muerte,
sentada sobre su pecho, cada vez más pesada, impidiéndole hasta respirar.
Y entonces, mientras levantaban el catre, se encontró repentinamente
bien ya que el peso dejó de oprimirle el pecho.
***
Ya era de día y habían transcurrido varias horas de la mañana cuando
oyó el aeroplano. Parecía muy pequeño. Los criados corrieron a encender las
hogueras, usando kerosene y amontonando la hierba hasta formar dos grandes
humaredas en cada extremo del terreno que ocupaba el campamento. La brisa
matinal llevaba el humo hacia las tiendas. El aeroplano dio dos vueltas más,
esta vez a menor altura, y luego planeó y aterrizó suavemente. Después, Harry
vio que se acercaba el viejo Compton, con pantalones, camisa de color y
sombrero de fieltro oscuro.
—¿Qué te pasa, amigo? —preguntó el aviador.
—La pierna —le respondió Harry—. Anda mal. ¿Quieres comer algo o
has desayunado ya?
—Gracias. Voy a tomar un poco de té. Traje el Puss Moth que ya conoces,
y como hay sitio para uno solo, no podré llevar a la memsahib. Tu camión está
en el camino.
Helen llamó aparte a Compton para decirle algo. Luego, él volvió más
animado que antes.
—Te llevaré en seguida —dijo—. Después volveré a buscar a la mem. Lo
único que temo es tener que detenerme en Arusha para cargar combustible.
Convendría salir ahora mismo.
—¿Y el té?

24
—No importa; no te preocupes.
Los peones levantaron el catre y lo llevaron a través de las verdes tiendas
hasta el avión, pasando entre las hogueras que ardían con todo su resplandor.
La hierba se había consumido por completo y el viento atizaba el fuego hacia
el pequeño aparato. Costó mucho trabajo meter a Harry, pero una vez que
estuvo adentro se acostó en el asiento de cuero, y ataron su pierna a uno de los
brazos del que ocupaba Compton. Saludó con la mano a Helen y a los criados.
El motor rugía con su sonido familiar. Después giraron rápidamente, mientras
Compie vigilaba y esquivaba los pozos hechos por los jabalíes. Así, a
trompicones atravesaron el terreno, entre las fogatas, y alzaron vuelo con el
último choque. Harry vio a los otros abajo, agitando las manos; y el
campamento, junto a la colina, se veía cada vez más pequeño: la amplia
llanura, los bosques y la maleza, y los rastros de los animales que llegaban
hasta los charcos secos, y vio también un nuevo manantial que no conocía. Las
cebras, ahora con su lomo pequeño, y las bestias, con las enormes cabezas
reducidas a puntos, parecían subir mientras el avión avanzaba a grandes
trancos por la llanura, dispersándose cuando la sombra se proyectaba sobre
ellos. Cada vez eran más pequeños, el movimiento no se notaba, y la llanura
parecía estar lejos, muy lejos. Ahora era gris-amarillenta. Estaban encima de
las primeras colinas y las bestias les seguían siempre el rastro. Luego pasaron
sobre unas montañas con profundos valles de selvas verdes y declives
cubiertos de bambúes, y después, de nuevo los bosques tupidos y las colinas
que se veían casi chatas. Después, otra llanura, caliente ahora, morena, y
púrpura por el sol. Compie miraba hacia atrás para ver cómo cabalgaba.
Enfrente, se elevaban otras oscuras montañas.
Por último, en vez de dirigirse a Arusha, dieron la vuelta hacia la
izquierda. Supuso, sin ninguna duda, que al piloto le alcanzaba el
combustible. Al mirar hacia abajo, vio una nube rosada que se movía sobre el
terreno, y en el aire algo semejante a las primeras nieves de una ventisca que
aparecen de improviso, y entonces supo que eran las langostas que venían del
Sur. Luego empezaron a subir. Parecían dirigirse hacia el Este. Después se
oscureció todo y se encontraron en medio de una tormenta en la que la lluvia
torrencial daba la impresión de estar volando a través de una cascada, hasta
que salieron de ella. Compie volvió la cabeza sonriendo y señaló algo. Harry
miró, y todo lo que pudo ver fue la cima cuadrada del Kilimanjaro, ancha
como el mundo entero; gigantesca, alta e increíblemente blanca bajo el sol.
Entonces supo que era allí adonde iba.
En aquel instante, la hiena cambió sus lamentos nocturnos por un sonido

25
raro, casi humano, como un sollozo. La mujer lo oyó y se estremeció de
inquietud. No se despertó, sin embargo. En su sueño, se veía en la casa de
Long Island, la noche antes de la presentación en sociedad de su hija. Por
alguna razón estaba allí su padre, que se portó con mucha descortesía. Pero la
hiena hizo tanto ruido que ella se despertó y, por un momento, llena de temor,
no supo dónde estaba. Luego tomó la linterna portátil e iluminó el catre que le
habían entrado después de dormirse Harry. Vio el bulto bajo el mosquitero,
pero ahora le parecía que él había sacado la pierna, que colgaba a lo largo de la
cama con las vendas sueltas. No aguantó más.
—¡Molo! —llamó—. ¡Molo! ¡Molo!
Y después dijo:
—¡Harry! ¡Harry! —Y levantando la voz—: ¡Harry! ¡Contéstame, te lo
ruego! ¡Oh, Harry!
No hubo respuesta y tampoco le oyó respirar.
Fuera de la tienda, la hiena seguía lanzando el mismo gemido extraño
que la despertó. Pero los latidos del corazón le impedían oírlo.

26
LA VIDA FELIZ DE FRANCIS MACOMBER
Era la hora del almuerzo y los tres estaban sentados, bajo el doble toldo
verde, a la entrada de la tienda que usaban como comedor, intentando simular
que nada había ocurrido.
—¿Van a tomar jugo de lima o limón exprimido? —preguntó Macomber.
—Prefiero un gimlet[1] —respondió Wilson.
—Yo también beberé un gimlet. Necesito tomar algo —dijo la esposa de
Macomber.
—Creo que es lo mejor que podemos hacer —convino su marido—. Dile
que prepare tres.
El sirviente había empezado ya a preparar las bebidas y sacaba las
botellas de las frescas bolsas de lona que rezumaban humedad, expuestas al
viento que soplaba a través de los árboles que daban sombra a las tiendas.
—¿Qué podría darles? —preguntó Macomber.
—Unas pastillas de tabaco de mascar será más que suficiente —declaró
Wilson—; no conviene acostumbrarlos mal.
—¿Las distribuirá el jefe?
—Sin duda alguna.
Media hora antes, el cocinero, los sirvientes, el desollador y los demás
criados habían llevado en hombros, triunfalmente, a Francis Macomber, desde
el límite del campamento hasta su tienda. Los portadores de fusiles no habían
tomado parte en la demostración. Cuando los nativos lo dejaron ante la puerta,
estrechó las manos de todos, recibió sus felicitaciones y luego entró en la
tienda y se sentó en la cama hasta que llegó su mujer. Ella no le dirigió la
palabra y Macomber salió en seguida para lavarse la cara y las manos en un
lavabo portátil que estaba fuera. Luego se dirigió a la tienda-comedor y se
tendió en una cómoda silla de lona colocada a la sombra, cara a la brisa.
—Bien; ya tiene usted su león —le dijo Wilson— y no cabe duda de que
es un magnífico ejemplar.
La señora Macomber dirigió una rápida mirada a Wilson. Era una mujer
hermosísima, muy bien conservada. Cinco años antes, su aspecto y su posición
social le habían permitido disponer de cinco mil dólares por haber garantizado
—con sus fotografías— las excelencias de un producto de belleza que nunca
usó. Hacía once años que estaba casada con Francis Macomber.
—Es un buen animal, ¿no es cierto? —exclamó Macomber.

27
Los ojos de su esposa se volvieron hacia él. Luego miró a los dos
hombres como si jamás los hubiese visto.
Sabía que a uno de ellos, Wilson, el cazador blanco, realmente no lo había
visto nunca. Era un hombre de estatura mediana, cabellos rubios, bigote corto
y rostro muy encarnado. Alrededor de sus fríos ojos azules, unas tenues
arrugas blancas se acanalaban tranquilamente cuando sonreía, como lo hacía
en ese instante. Ella desvió los ojos y empezó a mirar cómo caían sus hombros
bajo la suelta camisa que llevaba, con los cuatro grandes cartuchos sostenidos
por una presilla en el lugar donde debía estar el bolsillo izquierdo. Luego bajó
la vista a las grandes manos morenas, sus viejos pantalones y sus botas muy
sucias, y, de allí, la volvió nuevamente al rostro. Notó que el tinte rojizo de su
cara se detenía en una línea blanca marcada por el círculo dejado por el
sombrero «Stetson», que en aquel momento estaba colgado de una de las
perchas de la tienda.
—Bueno, ¡a la salud del león! —exclamó Robert Wilson.
Sonrió de nuevo a la mujer. Sin responderle, ella miró con curiosidad a
su marido.
Francis Macomber era muy alto y, fuera de este detalle, estaba muy bien
formado. Trigueño, con los cabellos cortos como un remero, tenía los labios
más bien delgados. Se le consideraba guapo. Vestía ropas de safari[2] de la
misma clase que Wilson, pero las suyas eran nuevas. A los treinta y cinco años
se conservaba en buen estado físico, era un notable jugador de tenis, había
logrado varias marcas de pesca mayor y acababa de demostrar, de un modo
bastante público, que era un cobarde.
—¡A la salud del león! —repitió, y dirigiéndose a Wilson dijo—: Nunca
podré agradecerle lo que ha hecho.
Margaret, su esposa, apartó su mirada de él y la volvió a Wilson.
—No hablemos más del león —murmuró.
El cazador la miró sin sonreír. Ella sonrió entonces.
—Ha sido un día muy extraño —dijo—. ¿Por qué no se ha puesto el
sombrero? ¿No hay que llevarlo siempre a mediodía, aun a la sombra? Usted
mismo me aconsejó que lo hiciera.
—Puedo ponérmelo, si usted quiere.
—Tiene usted el rostro muy encarnado, señor Wilson —dijo, sonriéndole
de nuevo.
—La bebida, tal vez —replicó el cazador.

28
—No lo creo. Francis bebe muchísimo, pero no enrojece nunca.
—Pues hoy sí estoy rojo —terció Macomber, pretendiendo bromear.
—No —respondió Margaret—; soy yo quien está colorada hoy. Pero el
señor Wilson siempre tiene la cara así.
—Debe ser un detalle racial —sonrió Wilson—. Pero, perdone usted;
¿tendría algún inconveniente en abandonar el tema de mi belleza?
—Pero si acabamos de empezar.
—Dejémoslo.
—Es que la conversación se hará muy difícil…
—No seas tonta, Margot —exclamó su marido.
—No veo dificultad alguna —declaró Wilson—. Recuerde que hemos
cazado un hermoso león.
Margot miró a ambos y los dos se dieron cuenta de que estaba a punto de
llorar. Hacía mucho rato que Wilson esperaba esas lágrimas y las temía.
Macomber ya había pasado antes por ellas.
—¡Ojalá no hubiese ocurrido! ¡Oh! ¡Ojalá no hubiese ocurrido! —exclamó
y se fue rápidamente en dirección a su tienda. No oyeron ningún sollozo, pero
sus hombros se movían convulsivamente bajo la rosada y fresca blusa que
llevaba puesta.
—Trastornos femeninos —dijo Wilson al hombre alto—. No tiene
importancia. Tensión nerviosa o algo por el estilo.
—No —dijo Macomber—; creo que tendré que soportarlo toda la vida.
—Tonterías. Terminemos con la cuestión del león. Olvídelo todo. Por
otra parte, no vale la pena.
—Trataré de hacerlo —respondió el otro—; aunque, en verdad, nunca
podré olvidar lo que hizo por mí.
—Nada —exclamó Wilson—. ¡Tonterías!
Se sentaron allí, a la sombra de las frondosas acacias.
Detrás del lugar donde habían establecido el campamento se elevaba un
risco sembrado de cantos rodados. Frente a ellos, un trozo de terreno cubierto
de hierba se extendía hasta la ribera del río, cuyo lecho estaba lleno de piedras
redondas. Más allá, del otro lado, comenzaba la selva. Mientras los sirvientes
ponían la mesa para el almuerzo, los dos hombres empezaron a beber,
evitando mirarse a los ojos. Wilson supuso que, para entonces, los criados

29
conocían todos los detalles de lo ocurrido, y cuando vio que el sirviente de
Macomber miraba con curiosidad a su amo mientras colocaba los platos sobre
la mesa, le gritó en swahili. El muchacho se alejó con el rostro muy pálido.
—¿Qué le ha dicho? —interrogó Macomber.
—Nada; que se dé prisa si no quiere que le sacuda quince de los buenos.
—Y, ¿qué es eso? ¿Latigazos?
—Sí —respondió Wilson—. Ya sé que es ilegal. Se supone que tenemos
que multarlos cuando cometen un error.
—¿Y usted continúa haciéndolos azotar?
—Por supuesto. Claro que podrían provocar un gran escándalo si se les
ocurriera quejarse. Pero no lo hacen. Prefieren esto a la multa.
—¡Qué extraño! —exclamó Macomber.
—No es raro, en realidad. ¿Qué preferiría usted? ¿Soportar unos cuantos
latigazos o perder su paga?
De pronto, se sintió molesto por lo que había dicho, y antes de que el otro
pudiera responder, continuó:
—Todos nosotros recibimos todos los días algún castigo de un modo u
otro; bien lo sabe usted.
Aquello no resultaba mejor que lo anterior.
«Dios mío —pensó—. ¡Estoy hecho todo un diplomático!».
—Sí; recibimos nuestro castigo —dijo Macomber, todavía sin mirarlo—.
Lamento mucho lo del león. Pero no hay por qué ir más lejos, ¿no le parece?
Quiero decir que nadie se enterará de este asunto, ¿verdad?
—¿Supone acaso que soy capaz de decirlo en el Club de Mathaiga?
Wilson lo miró fríamente. No había esperado eso. «De modo que el bruto
resultaba un cínico, además de un maldito cobarde. Casi me había empezado a
gustar. Pero ¿cómo es posible conocer a los norteamericanos?».
—No —dijo—. Soy un cazador profesional. Nosotros no hablamos nunca
de nuestros clientes. A este respecto, puede estar tranquilo. Aunque, la verdad,
es de mala educación hacer esta petición.
Había resuelto que sería mucho mejor romper de una vez. Comería solo
y podría leer algún libro entre bocado y bocado. Ellos también comerían solos.
Mientras estuvieran en la safari los trataría con muchas formalidades —«¿cómo
dicen los franceses?»; sí, «con distinguida consideración»—. Eso resultaría

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mucho más soportable que este lío sentimental. Le insultaría y terminaría
definitivamente con él. Luego podría leer durante el almuerzo y seguir
«bebiéndoles el whisky». Esto era lo que se decía cuando una safari iba mal.
Uno se encuentra con otro cazador blanco y le pregunta: «¿Cómo marcha
eso?». Si la respuesta es: «¡Oh! Todavía les estoy bebiendo el whisky», es señal
de que todo se ha ido al mismísimo demonio.
—Lo siento —dijo Macomber, mirándole con aquella cara
norteamericana que seguiría pareciendo la de un adolescente hasta llegar a su
madurez. El cazador observó entonces su cabello corto, sus bellos ojos de
expresión dura, su nariz bien formada, los labios delgados y la hermosa
mandíbula—. Lamento mucho no haberme dado cuenta de eso. Desconozco
muchas cosas.
«Y ahora, ¿qué puedo hacer?», pensaba Wilson. Estaba resuelto a
terminar rápida y limpiamente con él y el miserable aquel le pedía perdón,
después de haber llegado casi a insultarle.
—No se preocupe porque yo pueda hablar —declaró con sequedad—.
Tengo que vivir. Ya sabe usted que en el África ninguna mujer quiere irse sin
su león y ningún hombre blanco huye…
—Escapé como un conejo —murmuró Macomber.
«¡Demonio! ¿Qué hacer con un hombre que habla así?», se preguntó
Wilson. Miró a su interlocutor con sus ojos fríos y azules, de artillero, y el otro
le sonrió. Tenía una agradable sonrisa para aquellos que no sabían cómo
miraban sus ojos cuando se sentía herido.
—Tal vez pueda arreglarme con un búfalo —le dijo—. La próxima vez
podríamos dedicarnos a ellos, ¿qué le parece?
—Mañana por la mañana, si lo prefiere —respondióle Wilson. Tal vez se
había equivocado. Sí; en realidad, esto era lo que debía de haber ocurrido. Lo
más probable era que nunca se pudiera estar seguro de nada con un
norteamericano. Ya estaba de nuevo de parte de Macomber. Si por lo menos
pudiera olvidar lo de la mañana. Pero, por supuesto, no era posible.
—Aquí está la memsahib[3] —indicó el cazador.
La mujer se acercaba a ellos desde la tienda. Parecía animada, alegre y
estaba muy hermosa. El óvalo de su rostro era perfecto. Tan perfecto que uno
pensaba encontrarse con una estúpida. «Pero no lo es —pensó Wilson—; no,
no lo es».
—¿Cómo está el hermoso piel roja Wilson? ¿Te sientes mejor, Francis,

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amor mío?
—¡Oh! Mucho mejor —contestó Macomber.
—Ya he dejado de pensar en aquello —dijo la joven mientras se sentaba a
la mesa—. ¿Qué importancia tiene el hecho de que mi marido no sirva para
cazar leones? Después de todo no es su oficio, sino el del señor Wilson. En
realidad, el señor Wilson resulta impresionante matando cualquier cosa.
Porque usted es capaz de matar cualquier cosa, ¿no es cierto?
—¡Oh!, sí; cualquier cosa —respondió Wilson—, sencillamente, cualquier
cosa.
«Son las mujeres más perversas del mundo; las más perversas, las más
crueles, las más voraces y las más atractivas de las mujeres —pensaba
Wilson—; y sus maridos se ablandan poco a poco o se destrozan los nervios,
mientras ellas se vuelven cada vez más duras. ¿O quizás eligen hombres a
quienes pueden dominar? Aunque, en verdad, no pueden saber tantas cosas a
la edad en que se casan». Y se sintió agradecido por haber conocido de
antemano a las norteamericanas, porque en este caso la mujer era adorable.
—Mañana por la mañana saldremos a cazar búfalos —dijo su marido.
—Yo voy con ustedes.
—No; usted no puede venir.
—¡Oh! Sí; iré —insistió—. ¿Puedo, Francis?
—Pero ¿por qué no te quedas en el campamento?
—¡Por nada del mundo! —exclamó—. Por nada del mundo perdería otra
escena como la de hoy.
«Cuando se fue —estaba pensando Wilson—, cuando salió para no llorar
ante nosotros, la creí una mujer admirable. ¡Demonio! Parecía comprender,
entender, sentirse herida por él y por sí mismo, y saber cuál era realmente la
situación». Pasaron solo veinte minutos y ahora volvía impregnada de esa
crueldad de la hembra norteamericana. «Son las mujeres más detestables.
Realmente, las más perversas y las más detestables del mundo».
—Mañana representaremos otra escena para ti —dijo Macomber.
—Usted no va a venir con nosotros —manifestó por su parte Wilson.
—Está usted muy equivocado —declaró ella—. Porque, además, quiero
verle actuar a usted. Esta mañana se portó maravillosamente. Si se puede
calificar de maravilloso la caza de los animales.
—Aquí traen el almuerzo —advirtió Wilson—. ¿Se divierte usted

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mucho?, ¿eh?
—¿Y por qué no? No he venido aquí para aburrirme.
—Pues hasta ahora no ha tenido mucho tiempo de hacerlo —contestó el
cazador. Desde donde estaba sentado podía ver los cantos rodados del río y la
alta orilla opuesta, cubierta de árboles. Y otra vez recordó lo que había
sucedido por la mañana.
—Claro que no —afirmó la joven—. Ha sido encantador. Y mañana…
¡No puede imaginarse con cuánta ansiedad espero el día de mañana!
—Esto es carne de antílope sudafricano —explicó Wilson indicando el
plato.
—¿Son esos animales grandes como vacas y que saltan como liebres?
—Lo que usted dice podría pasar como una definición —asintió su
interlocutor.
—Su carne es muy buena —opinó Macomber.
—¿Lo has cazado tú, Francis? —preguntó su esposa.
—Sí.
—No son peligrosos, ¿verdad?
—No; si no le caen encima —respondió Wilson.
—¡Estoy tan contenta!
—¿Por qué no te callas y comes un poco, Margot? —dijo Macomber,
mientras cortaba un filete de carne de antílope y ponía sobre el tenedor un
poco de puré de patatas, salsa y zanahoria picada.
—Ya que lo pides con tanta amabilidad —replicó su esposa—, no tengo
inconveniente.
—Esta noche beberemos champaña a la salud del león —dijo Wilson—;
ahora hace demasiado calor para tomarlo.
—¡Oh! El león —dijo Margot—; lo había olvidado.
«De modo que hasta le toma el pelo —pensó Wilson—. O tal vez cree que
de esta manera representa mejor su papel. ¿Cómo reacciona una mujer cuando
descubre que su marido es un cobarde? Es terriblemente cruel, pero todas lo
son. Ellas mandan y, por supuesto, quien manda hay veces que tiene que ser
cruel. De todos modos, ya he visto bastante de este maldito terrorismo».
—¿Un poco más de antílope? —preguntó cortésmente.
Bien entrada la tarde, Wilson y Macomber partieron en el automóvil con

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el conductor nativo y dos portadores de fusiles. La señora Macomber se quedó
en el campamento. Hacía demasiado calor para salir aquella tarde, dijo, pero
pensaba ir con ellos a la mañana siguiente. Mientras se alejaban, Wilson la vio
junto a un árbol enorme, bonita, más que hermosa, con su vestido caqui
tenuemente rosado y sus oscuros cabellos echados hacia atrás, apretados en
moño sobre la nuca. «Tiene la cara tan fresca como si estuviera en Inglaterra»,
pensó. La joven se despedía agitando la mano, mientras el automóvil se alejaba
por el terreno pantanoso cubierto de altos pastos, dando vueltas por entre los
árboles en dirección a las pequeñas colinas pobladas de arbustos.
Allí encontraron un rebaño de impalas [4] y, abandonando el coche, se
acercaron con sigilo a un viejo macho de cuernos enormes y muy abiertos.
Macomber disparó certeramente y derribó de un tiro al animal, a pesar de que
lo separaban de él más de doscientos metros. El resto de la manada emprendió
una fuga desordenada y salvaje, saltando unos sobre otros, con saltos largos,
increíbles y flotantes, como los que damos a veces en los sueños.
—Un buen tiro —sentenció Wilson—. Presentan un blanco muy
pequeño.
—¿Está bien para empezar?
—Excelente —replicó el otro—. Dispare siempre así y no se verá nunca
en apuros.
—¿Cree usted que mañana podremos encontrar algún búfalo?
—Es muy posible. Salen a comer muy temprano y con un poco de suerte
podremos sorprenderlos en un claro.
—Me gustaría redimirme de ese asunto del león —musitó Macomber—.
Verdaderamente, no resulta agradable que la propia esposa sea testigo de
hechos semejantes.
«Yo diría que más desagradable aún es hacerlo, esté o no la esposa
delante, y hablar luego de haberlo hecho», pensó el cazador. Pero, en cambio,
dijo:
—En su lugar, no me ocuparía más de eso. Cualquiera puede sentirse
trastornado ante su primer león. Al fin y al cabo, todo ha terminado.
Pero aquella noche, después de la cena y el whisky con soda tomado junto
al fuego antes de acostarse mientras estaba tendido en su catre bajo el
mosquitero, escuchando los ruidos nocturnos, Macomber pensó que no había
terminado todo. Y no solo que no había terminado sino ni siquiera empezado.
Estaba allí de nuevo, exactamente como había ocurrido y con algunos detalles

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grabados de manera indeleble. Estaba miserablemente avergonzado. Pero más
que vergüenza, tenía miedo; un miedo frío y hueco. Y estaba allí todavía, lo
había esperado en la oscuridad de la tienda. Estaba allí como un frío delgado y
punzante ocupando el vacío dejado por la confianza que lo había abandonado.
El miedo estaba allí, dentro de él, un miedo que le ponía enfermo.
Había empezado la noche anterior, cuando, despierto, oyó el rugido del
león desde algún lugar próximo al río. Era un ruido hondo, prolongado, que
terminaba en una especie de gruñido sofocado, de tal intensidad, que parecía
que estuviera allí mismo fuera de la tienda. Macomber se sintió aterrorizado.
Su esposa dormía profundamente a su lado, con respiración regular. No tenía
a nadie en quien confiar su miedo; nadie que pudiera compartirlo. Estaba solo,
tumbado en la cama. No conocía el proverbio somalí que dice que el león
atemoriza siempre tres veces a un hombre valiente: cuando ve por primera vez
su rastro, cuando oye su rugido y cuando se ve frente a él. Más tarde, cuando
estaba desayunando a la luz de la linterna, antes de la salida del sol, el león
rugió de nuevo y Francis creyó que estaba en el límite mismo del campamento.
—Parece un animal viejo —dijo Wilson, levantando la vista de su plato
de arenque ahumado—. Oiga cómo tose.
—¿Está muy cerca?
—Más o menos a una milla río arriba.
—¿Podremos verlo?
—Echaremos un vistazo.
—¿Y se oye desde tan lejos su rugido? Parece como si estuviera aquí
dentro del campamento.
—Llega a una distancia endemoniada. Es extraño lo lejos que alcanza.
Espero que este valga la pena. Los rastreadores dicen que han visto uno muy
grande por aquí.
—Si puedo tirarle, ¿dónde tengo que apuntar para matarlo? —preguntó
Macomber.
—A las paletas —respondió el cazador—. O al cuello, si es posible. Tire a
los huesos y lo derribará.
—Espero darle en un lugar apropiado.
—Usted dispara muy bien; pero no se apresure. Asegúrese bien. El
primer tiro es el que vale.
—Y ¿a qué distancia?

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—No podría decirlo. El león es el que tiene la palabra en cuanto a eso.
Pero no dispare hasta que se encuentre lo bastante cerca; si no, puede errar.
—¿A unos cien metros?
Wilson lo miró rápidamente.
—Cien es una distancia correcta, pero tal vez sería mejor tomarlo un
poco más cerca. Un tiro más largo podría perderse. Sí; es una distancia
razonable. Desde allí puede hacer blanco en cualquier momento. ¡Hola!, aquí
viene la memsahib.
—Buenos días —dijo la mujer—. ¿Saldremos a cazar ese león?
—Tan pronto como termine el desayuno —replicó Wilson—. ¿Cómo se
encuentra usted?
—Maravillosamente. Estoy muy excitada.
—Voy a ver si todo está preparado —anunció Wilson, y al alejarse, el
león dejó oír nuevamente su rugido.
—¡Maldito alborotador! ¡Ya te haremos callar!
—¿Qué ocurre, Francis? —le preguntó su mujer.
—Nada.
—Sí; te sucede algo. ¿Qué te preocupa?
—Nada —dijo.
—Dímelo —lo miró—. ¿No te encuentras bien?
—Ese maldito rugido. No ha cesado en toda la noche.
—¿Por qué no me despertaste? Me hubiera gustado oírlo.
—Tengo que matar a este maldito león —dijo Macomber
miserablemente.
—Bueno; para eso estás aquí, ¿no es así?
—Sí; pero estoy nervioso. Me irrita oír rugir a ese animal.
—Bueno; como dijo Wilson, mátalo y dejará de hacerlo.
—Sí, querida —dijo su marido—. Dicho así, parece fácil, ¿no es verdad?
—¿Supongo que no tendrás miedo?
—Desde luego, no. Pero me ha puesto nervioso oírle rugir toda la noche.
—Lo matarás de un modo maravilloso. Sé que lo harás. Y estoy
terriblemente ansiosa por verte.
—Termina tu desayuno y nos iremos.

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—Pero no hay luz todavía. Es una hora ridícula.
Justamente en aquel momento el león rugió con un hondo quejido que de
pronto se volvió una vibración gutural y ascendente que parecía sacudir el aire
y terminó en un suspiro y un gruñido pesado y profundo.
—Parece como si estuviera aquí mismo —dijo la esposa de Macomber.
—¡Dios mío! ¡Cómo odio ese maldito rugido!
—Es realmente impresionante.
—¿Impresionante? ¡Es espantoso!
Robert Wilson llegó sonriendo. Llevaba su feo «Gibbs 505», de cañón
corto y sorprendentemente grueso.
—Vamos —dijo—. Su criado lleva el «Springfield» y la escopeta grande.
Todo lo demás está en el coche. ¿Tiene balas?
—Sí.
—Yo estoy lista —dijo la mujer.
—Vamos a terminar con ese alboroto —declaró el cazador—. Usted suba
delante. La memsahib podrá sentarse atrás, conmigo.
Subieron al automóvil y a la luz grisácea del amanecer se dirigieron al río
a través de la arboleda. Macomber abrió la recámara de su fusil y, después de
comprobar que los proyectiles estaban en la recámara, cerró el arma y echó el
seguro. Notó cómo temblaban sus manos. Se palpó los bolsillos para ver si
tenía una buena provisión de cartuchos y luego acarició los que llevaba en las
presillas delanteras de su camisa. Se volvió hacia el asiento trasero del
automóvil, donde estaban sentados Wilson y su mujer. Ambos reían con
excitación, y el cazador se inclinó hacia delante susurrando:
—Mire usted cómo bajan los buitres. Esto significa que el viejo ha
abandonado su presa.
En la ribera opuesta del río, Macomber pudo ver las aves de presa que
describían círculos en el aire, sobre los árboles, lanzándose de pronto hacia la
tierra.
—Lo más probable es que venga a beber aquí antes de retirarse a
descansar —musitó Wilson—. Mantenga los ojos abiertos.
Marchaban lentamente a lo largo de la orilla, que en aquel lugar caía
cortada a pico sobre el lecho cubierto de cantos rodados, hiriendo aquí y allá
los árboles al pasar. Macomber estaba observando la orilla cuando se dio
cuenta de que Wilson le cogía por el brazo. El auto se detuvo.

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—Allí está —le oyó decir—. Frente a usted, a la derecha. Baje y dispárele.
Es un ejemplar maravilloso.
Macomber vio al león. Estaba casi de perfil, con la gran cabeza levantada
y vuelta hacia ellos. La temprana brisa matinal que soplaba en esa dirección
agitaba apenas su oscura melena. Parecía enorme. Su silueta se recortaba sobre
el fondo, con sus pesados omoplatos, bajo los cuales sobresalía un pecho
grande como un barril.
—¿A qué distancia estará? —preguntó Macomber.
—Más o menos, a unos setenta y cinco metros —replicó Wilson—. Baje y
salga a su encuentro.
—¿Por qué no tirar desde aquí?
—No hay que disparar nunca desde el coche —oyó a Wilson murmurar
en su oído—. Salga. No va a estar allí todo el día esperándole.
Macomber salió por la curvada abertura lateral del asiento delantero y
puso los pies en el suelo. El león estaba todavía allí mirando majestuosa y
fríamente hacia el objeto del que solo veía la silueta, y cuyo volumen era como
el de un enorme rinoceronte. El viento no llevaba hasta sus fosas nasales el
olor de hombre y tenía los ojos fijos en aquella forma, moviendo un poco su
enorme cabeza de un lado a otro. Luego, mientras miraba hacia aquel objeto,
sin temor alguno, pero dudando antes de decidirse a bajar a beber a la ribera
con una cosa semejante frente a él, vio destacarse del conjunto la figura de un
hombre, y dando vuelta rápidamente, corrió a acogerse al abrigo de los
árboles. En aquel momento, oyó un estampido seco y sintió el golpe de una
sólida bala 30-36 de 150 gramos, que le mordía el flanco y la ardiente y
repugnante brecha abierta en su estómago. Trotó, sintiendo las patas pesadas,
y con su enorme panza herida, corrió por entre los árboles a buscar refugio en
las altas hierbas. Nuevamente, el estampido volvió a alcanzarlo y pasó a su
lado desgarrando el aire. Luego estalló una vez más y entonces sintió el golpe
en sus costillas inferiores y la boca se le llenó de pronto de sangre caliente y
espumosa. Galopó hacia los altos pastos donde podría ocultarse aplastado
contra el suelo y lograr que esa cosa se acercara para saltarle encima y cazar al
hombre que la llevaba.
Macomber no pensó en lo que podía sentir el león, cuando abandonó el
automóvil. Solo tenía conciencia de que sus manos temblaban y a medida que
se alejaba se le hacía más difícil mover las piernas. Tenía los muslos
endurecidos, rígidos, pero podía notar el movimiento de sus músculos.
Levantó el fusil, apuntó a la unión de la cabeza y los hombros del animal y

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apretó el gatillo. No ocurrió nada, a pesar de que hizo fuerza hasta que
empezó a sentir que se le quebraba el dedo. De pronto recordó que había
colocado el seguro y al bajar el fusil para abrir la llave, dio otro paso helado
hacia delante. El león distinguió entonces su silueta recortada netamente
contra la forma confusa del automóvil; se volvió y empezó a trotar, alejándose.
Al hacer fuego, Macomber oyó un corto gruñido, señal de que la bala había
dado en el blanco; pero el animal siguió. Disparó de nuevo y todos pudieron
ver cómo el proyectil levantaba una nube de polvo más allá del felino que
huía. Hizo fuego otra vez, recordando que tenía que bajar la puntería, y se oyó
el impacto de la bala. El león galopó y llegó a los altos pastos antes de que el
cazador pudiera hacer funcionar nuevamente el percutor.
Macomber permaneció clavado en el mismo sitio con una sensación de
repugnancia en el estómago. Sus manos temblaban aun sosteniendo el
«Springfield» amartillado. Robert Wilson y su mujer estaban a su lado, junto
con los portadores de fusiles, que hablaban animadamente en wacamba.
—Lo alcancé —exclamó—, lo alcancé por lo menos dos veces.
—Le dio en el vientre y en otra parte de los cuartos delanteros —dijo
Wilson sin entusiasmo. Los portadores de fusiles estaban muy graves. Ya no
hablaban.
—Tal vez lo haya matado —continuó Wilson—; tendremos que aguardar
un poco para salir a buscarlo.
—¿Por qué?
—Hay que esperar a que esté moribundo, antes de hacerle frente.
—¡Ah! —exclamó Macomber.
—Es un hermoso ejemplar. Pero ahora se ha metido en un mal refugio —
manifestó Wilson alegremente.
—¿Por qué malo?
—Porque no lo podremos ver hasta que estemos casi encima de él.
—¡Oh! —dijo Macomber.
—Venga —le indicó Wilson—. La memsahib puede quedarse aquí en el
coche. Nosotros seguiremos el rastro que ha dejado la sangre.
—Quédate aquí —dijo el hombre a su esposa. Notaba la boca reseca y le
era difícil hablar.
—¿Por qué? —preguntó ella.
—Porque Wilson dice que debes quedarte.

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—Iremos a echar un vistazo —terció el cazador—. Es mejor que usted se
quede. Podrá ver mejor desde aquí.
—Muy bien; me quedo.
Wilson habló en swahili al conductor. Este asintió y dijo:
—Sí, bwana.
Abandonaron la orilla y cruzaron el lecho seco del río, cubierto de cantos
rodados. Una vez al otro lado treparon ayudándose con algunas raíces que
sobresalían del risco y empezaron a andar a lo largo del cauce hasta llegar al
sitio donde se hallaba el león la primera vez que Macomber hizo fuego. Allí
comenzaba el rastro de sangre oscura sobre los pastos bajos. Los portadores de
fusiles señalaron la sangre que se alejaba más allá de los árboles de la ribera.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Macomber.
—No nos queda mucho para elegir —respondió el cazador blanco—. No
podemos hacer llegar el automóvil hasta aquí. La orilla es demasiado
empinada. Dejaremos que el animal se vaya agotando y luego usted y yo
saldremos en su busca.
—¿No podríamos incendiar el pastizal?
—Está demasiado verde —replicó Wilson.
—¿Y si mandáramos a los batidores?
Wilson le dirigió una mirada despectiva.
—Por supuesto que podríamos —le contestó—, pero ordenar una tarea
semejante tendría algo de asesinato. Sabemos que el león está herido. De no ser
así, resultaría fácil hacerlo salir. Un león ileso se asoma al oír cualquier ruido,
pero herido se lanza al ataque. No nos será posible verlo hasta que casi
estemos encima de él. Es capaz de ocultarse, aplastándose contra el suelo, en
lugares donde se diría que no cabe una liebre. Es imposible mandar a los
criados a cumplir una tarea como esa. Corren peligro de muerte.
—¿Y los portadores de fusiles?
—Ellos vendrán con nosotros, de todos modos. Es su shauri. Así lo
estipula el contrato. Aunque, la verdad es que no parecen estar muy contentos.
—No quiero entrar allí.
Las palabras le habían salido de la boca sin advertirlo casi. Ni siquiera las
había pensado.
—Ni yo tampoco —declaró alegremente Wilson—. Aunque, en realidad,
no queda otra alternativa.

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Luego, tardíamente, le asaltó un pensamiento. Miró a Macomber y
advirtió que el temblor le dominaba. Su rostro tenía una palidez lastimosa.
—Por supuesto, usted no tiene obligación de hacerlo —dijo—. A mí me
pagan para eso, y por eso soy tan caro.
—¿Irá solo entonces? ¿Y por qué no dejarlo allí?
Hasta ese momento la preocupación de Wilson había estado centralizada
en el león y el problema que este presentaba, hechos que le habían impedido
pensar en Macomber, excepto para observar que se hallaba aterrorizado. Pero,
de pronto, tuvo la misma impresión que tendría una persona que, en un hotel,
abre por equivocación la puerta del vecino y sorprende una escena
vergonzosa.
—¿Qué quiere decir? —preguntó.
—Que podríamos dejarlo allí, ¿no le parece?
—Es decir, ¿que hagamos como si no hubiese sido herido?
—No; abandonarlo, simplemente.
—Imposible.
—¿Por qué?
—Primero, porque está sufriendo; y luego porque cualquier otra persona
podría toparse con él, y la mataría.
—Ya veo…
—Pero usted puede dejar de ir, si quiere.
—Me gustaría. Pero estoy un poco atemorizado.
—Yo iré delante, Kongoni seguirá el rastro. Usted vendrá detrás, un poco
hacia un lado. Es probable que lo oigamos gruñir. Si alcanzamos a verle
podremos disparar los dos. No se preocupe; yo estaré a su lado para apoyarlo.
Aunque, en realidad, tal vez sería mejor que no viniese. Mucho mejor. ¿Por
qué no va a reunirse con la memsahib, mientras termino con él?
—No; prefiero ir —dijo Macomber.
—Muy bien; pero no venga si no quiere. Este es mi shauri, ahora.
Sentados bajo un árbol se pusieron a fumar.
—¿Quiere volver a hablar con la memsahib mientras aguardamos?
—Bien; volveré yo a decirle que no se impaciente.
—Buena idea —dijo Macomber. Se quedó allí, sentado, solo. Le sudaban
los sobacos, tenía la boca seca y un vacío en el estómago. Deseaba tener el

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valor suficiente para decir a Wilson que fuera y terminara con el león, sin él.
No sabía que el cazador estaba furioso por no haber advertido antes el estado
en que se encontraba, para enviarlo de nuevo al lado de su mujer. Wilson
regresó.
—Traiga su escopeta grande —le dijo—. Tómela. Creo que ya le hemos
dado bastante tiempo. Vamos.
Macomber tomó el arma y Wilson indicó:
—Manténgase detrás, más o menos a cinco pasos a la derecha y haga
exactamente lo que le indique.
Luego, se dirigió en swahili a los portadores de fusiles que se habían
mantenido apartados, observando.
—Vamos —dijo.
—¿Puedo beber un poco de agua? —preguntó Macomber.
Wilson le dijo unas palabras al más viejo de los sirvientes, que llevaba
una cantimplora en su cinturón. El hombre quitó el pitorro y la alargó a
Macomber. Este la encontró muy pesada y notó en sus manos los largos pelos
y la aspereza de la envoltura. Al levantarla para beber, miró hacia delante, en
dirección a los altos pastos y los árboles achaparrados que se levantaban más
allá. La brisa soplaba hacia ellos y la hierba se inclinaba suavemente ante la
caricia del aire. Miró al indígena y observó que también tenía miedo.
Treinta y cinco metros más allá, el león yacía aplastado contra la tierra.
Tenía las orejas echadas hacia atrás. Solo movía de arriba abajo su larga cola
empenachada de negro. Estaba alerta desde que llegó al refugio y estaba
enfermo y asqueado por la herida que le atravesaba los pulmones y que
llevaba a su boca una fina espuma rojiza cada vez que respiraba. Tenía los
flancos húmedos y ardientes y las moscas se acumulaban en los pequeños
orificios que las balas habían abierto en su tostada piel. Los grandes ojos
amarillentos se entrecerraban de odio. Miraba rectamente hacia delante,
parpadeando solo cuando notaba la punzada violenta que le producía la
respiración. Clavaba profundamente las garras en la tierra blanda. Todo en él:
el dolor, el malestar, su odio y toda la fuerza que le quedaba se endurecían en
una absoluta concentración para la embestida final. Oyó hablar a los hombres,
mientras esperaba preparándose para atacar tan pronto como los hombres
llegaran al límite de los pastos. Al oír sus voces inmovilizó la cola, y al
alcanzar los hombres la frontera que él mismo había delimitado lanzó un
gruñido y embistió.
Kongoni, el viejo portador de fusiles, marchaba delante siguiendo el

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rastro de sangre. Wilson vigilaba buscando un movimiento entre las hierbas,
con su enorme fusil preparado; el segundo portador miraba hacia delante,
escuchando atentamente mientras avanzaba. Macomber oyó el gruñido
quejumbroso y vio el movimiento rápido de la hierba que abría paso. Y de
pronto se encontró corriendo, en plena carrera salvaje, desatinada, llena de
pánico, hacia el claro, hacia el río.
Oyó el ¡ca-ra-wong! del fusil de Wilson y luego, casi en seguida, el
segundo disparo: ¡ca-ra-wong!, y, volviéndose, vio al león; su aspecto era
horrible. La mitad de la cabeza parecía separada del resto del cuerpo y se
arrastraba todavía hacia Wilson, al borde de los pastos. El hombre de cara
rojiza apuntó cuidadosamente, apretó el gatillo de su feo y corto fusil y otro
violento ¡ca-ra-wong! salió de la ancha boca del arma. El pesado bulto amarillo
del león se endureció y la enorme cabeza mutilada se deslizó hacia delante.
Macomber, solo, en medio del claro, con su fusil cargado en las manos,
mientras dos hombres negros y uno blanco le miraban con desprecio, supo que
su enemigo estaba muerto. Se acercó a Wilson humildemente; su gran estatura
parecía un desnudo reproche. El cazador le miró, desde arriba, pese a su
menor estatura.
—¿Quiere tomar fotografías? —preguntó.
—No.
Eso fue todo lo que hablaron hasta llegar al automóvil. Luego Wilson
dijo:
—Un magnífico ejemplar. Los muchachos lo desollarán. Será mejor que
nos quedemos aquí, a la sombra.
La mujer de Macomber no había mirado a su marido, ni él a ella. Se sentó
a su lado en el asiento trasero, mientras el cazador subía delante. Tomó la
mano de su mujer, sin mirarla, pero ella la retiró con brusquedad. Miró por
encima del río, hacia el lugar donde los nativos estaban desollando al león y se
dio cuenta de que lo había visto todo. Su mujer se inclinó hacia delante y puso
una mano sobre el hombro de Wilson. Este se volvió. Ella se echó entonces
sobre el bajo asiento y le dio un beso en la boca.
—¡Oh! ¡Yo…! —dijo el cazador enrojeciendo más allá de su color natural.
—Para el hermoso piel roja Robert Wilson —dijo Margot.
Luego se sentó nuevamente al lado de Macomber y volvió la vista al
lugar donde yacía el animal. Sus patas levantadas dejaban ver los blancos
músculos y los tendones; mientras las negras manos de los nativos separaban
su piel, iba apareciendo el abultado vientre rojo de sangre. Finalmente, cuando

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terminaron su tarea, los indígenas llevaron la piel, húmeda y pesada, y
arrollándola antes de subir, treparon a la parte trasera. El coche se puso en
marcha. Nadie dijo una palabra hasta que llegaron al campamento.
Esta había sido la historia del león. Macomber no supo cómo se
encontraba el animal antes de empezar la embestida final, ni tampoco durante
ella. No supo cuando el increíble impacto del 505, con una velocidad de salida
de dos toneladas, le dio de lleno en la boca. Ni que otro proyectil le aplastó las
paletas traseras mientras se arrastraba hacia ese ruidoso objeto que lo destruía.
Pero Wilson sabía algo de eso y lo expresaba diciendo: «un magnífico animal,
el condenado», aunque Macomber no podía ni imaginar lo que sentía Wilson
en ese momento. Tampoco sabía lo que sentía su esposa, excepto que había
terminado con él.
No era aquella la primera vez, pero nunca había durado. Él era muy rico
y lo sería aún más; estaba seguro de que no le abandonaría. Esa era una de las
pocas cosas que sabía. Sabía eso, y además de motociclismo —conocimiento
muy anterior, con respecto a aquello—, automovilismo, caza de patos, pesca
de truchas y salmones, sabía algo de mar y de mujeres, pero por los libros;
muchos libros, demasiados libros. Conocía también mucho el tenis y de perros,
y un poco de caballos, era hábil para invertir su capital y disponer de todo lo
que concernía a su posición social y sabía que su esposa no le abandonaría.
Ella había sido una belleza deslumbrante y lo era todavía en África, pero no
era tan hermosa como para atreverse a abandonarlo y quedar entregada a sí
misma. Él lo sabía y su mujer también. Ella había perdido la oportunidad de
dejarle, y él lo sabía. Si hubiera tenido más éxito con las mujeres, ella,
probablemente, habría empezado a preocuparse, temiendo que la cambiara
por otra mujer más bella; pero le conocía demasiado. También tenía una gran
tolerancia con ella; tolerancia que parecía su mejor virtud, o, quizá, la más
siniestra.
En general, se les consideraba como un matrimonio feliz. Una de esas
parejas cuya separación se discute a menudo, pero nunca ocurre. Y como
escribió un cronista de temas sociales, estaban simultaneando las «especias» de
la «aventura» a su prolongado y siempre envidiado «romance», con una
«safari» realizada en lo que se llama el África Negra, hasta que los Martin
Johnson la hicieron conocer en muchas películas en las cuales perseguían al
«viejo Simba», el león; el búfalo y a «Tembo» el elefante, mientras
coleccionaban ejemplares para el Museo de Historia Natural. El mismo
cronista había anunciado el divorcio inminente en tres ocasiones, lo cual era
cierto. Pero siempre se habían reconciliado. La base de su unión era sólida.

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Margot era demasiado hermosa para que Macomber se divorciara de ella y
Macomber tenía demasiado dinero para que a Margot se le ocurriera nunca
abandonarle.
Eran las tres de la mañana y Francis Macomber, que se había dormido
poco después de haber dejado de pensar en el león, se despertó y volvió a
dormirse. Luego, repentinamente, se encontró despierto, aterrorizado por un
sueño en el cual el león, con la cabeza sangrante, se hallaba sobre él. Estaba
escuchando sin saber por qué mientras el corazón golpeaba en el pecho hasta
ahogarlo. Miró y advirtió que su esposa no estaba en el catre ni en la tienda.
Estuvo dos horas despierto con esta impresión.
Al cabo de este tiempo su mujer entró en la tienda, alzó el mosquitero y
se deslizó en la cama.
—¿Dónde estuviste? —preguntó Macomber desde la oscuridad.
—¡Oh! —dijo ella—. ¿Estás despierto?
—¿Dónde has estado?
—Salí a tomar un poco de aire.
—¡Demonio! ¡Dos horas tomando el fresco!
—¿Qué otra cosa quieres que te diga, querido?
—¿Dónde has estado?
—Fuera; tomando el fresco.
—¿Le han cambiado el nombre? ¡Eres una cualquiera!
—¡Y tú un cobarde!
—Bien… ¿y qué?
—Nada, por lo que a mí respecta, pero por favor, no hablemos más;
tengo mucho sueño.
—¿Tú crees que he de soportarlo todo?
—Sé que lo harás, tesoro.
—Pues no lo haré.
—Por favor, amor, basta de charla. ¡Estoy tan cansada!
—¡Me prometiste que no volvería a suceder!
—Pues bien, ahora ha sucedido —dijo suavemente la mujer.
—Dijiste que si hacíamos este viaje no habría más líos de este tipo. Me lo
prometiste.

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—Sí, querido, eso es lo que quise hacer. Pero el viaje se estropeó ayer. No
hablemos más, ¿quieres?
—No aguardas mucho cuando se te presenta una oportunidad.
—No hablemos, te lo ruego; tengo mucho sueño.
—¡Hablaré!
—Bueno; no importa. Puedes hacerlo. Yo voy a dormir.
Antes del amanecer, los tres se hallaban sentados ante la mesa del
desayuno y Francis Macomber supo que el odio que sentía por Robert Wilson
superaba al que había sentido por todos los hombres que había odiado en su
vida.
—¿Durmió bien? —preguntó el cazador con su voz gutural, mientras
encendía la pipa.
—¿Y usted?
—Maravillosamente —replicó el cazador blanco.
«Bastardo —pensó Macomber—. ¡Insolente bastardo!».
«Ella lo despertó al entrar —pensó Wilson, mirándoles con sus ojos fríos
y penetrantes—. Y bien; ¿por qué no la cuida? ¿Quién cree que soy? Que la
obligue a quedarse donde le corresponde. ¡La culpa es suya!».
—¿Cree usted que encontraremos un búfalo? —preguntó Margaret,
mientras apartaba un plato con damascos.
—Es probable —respondió el cazador con una sonrisa—. ¿Por qué no se
queda en el campamento?
—Por nada del mundo —respondió ella.
—¿Por qué no le ordena que se quede? —dijo, dirigiéndose a Macomber.
—Ordéneselo usted —replicó este.
—Basta de órdenes —dijo ella, y volviéndose a su marido—: y basta de
tonterías, Francis.
—¿Está preparado para salir? —preguntó Macomber.
—En cualquier momento —replicó Wilson—. ¿Desea usted que vaya la
memsahib?
—¿Acaso tiene importancia que quiera o no?
«¡Al diablo con él! —pensó Wilson—. ¡Al mismísimo diablo! ¿De modo
que hay que tomarlo así? ¡Pues que así sea entonces!».

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—Bien; no tiene importancia —contestó.
—¿Está usted seguro de que no quiere quedarse en el campamento con
ella mientras yo salgo en busca del búfalo? —preguntó Macomber.
—No puedo hacer eso —dijo Wilson duramente—. Y yo en su lugar no
hablaría con ironía.
—No estoy hablando irónicamente. Estoy disgustado.
—Fea palabra, disgustado.
—¿Quieres hablar con cordura? ¡Te lo ruego, Francis! —intervino su
esposa.
—¡Pero si hablo cuerdamente! ¡Maldición! —exclamó—. ¿Has comido
alguna vez una porquería como esta?
—¿No le gusta la comida? —preguntó Wilson con tranquilidad.
—No mucho más que todo lo que me rodea…
—Serénese, hombre —ordenó Wilson sin perder la calma—. Uno de los
criados que atiende la mesa sabe hablar inglés.
—¡Que se vaya al diablo! —gritó Macomber.
Wilson se puso de pie y se alejó fumando su pipa. Habló algunas
palabras en swahili con un portador de fusiles que se hallaba a su lado.
Macomber y su mujer permanecieron sentados a la mesa. Él miraba fijamente
su taza de café.
—Si armas un escándalo, te abandonaré, querido —dijo Margot con
calma.
—No lo harás.
Haz la prueba y lo verás.
—No me dejarás.
—No —dijo la mujer—. No te abandonaré si te comportas como es
debido.
—¡Que me porte como es debido! ¿Cómo te atreves a hablar así?
¡Portarme bien!
—Sí; portarte bien.
—¿Por qué no tratas tú de hacer lo que debes?
—He tratado de hacerlo durante tanto tiempo; ¡tanto!
—¡Odio a ese cerdo colorado! —exclamó Macomber—. Me asquea verlo.

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—En realidad, es muy agradable.
—¡Oh! ¡Cállate, cállate de una vez! —casi gritó Macomber.
En ese preciso instante el automóvil se detuvo frente a la tienda-comedor
y el conductor y los portadores de fusiles bajaron. Wilson se acercó mirándoles
a ambos.
—¿Vamos a cazar? —preguntó.
—Sí —replicó Macomber, poniéndose de pie—. Sí.
—Será mejor que lleve algo de abrigo. En el coche tendrá frío.
—Iré a buscar la chaqueta de cuero —dijo Margot.
—La tiene el criado —dijo Wilson. Subió a la parte delantera, junto al
conductor, y Francis Macomber y su mujer, sin hablar, se sentaron detrás.
«Espero que a ese estúpido no se le haya metido en la cabeza la idea de
saltarme la tapa de los sesos —pensó Wilson para sí—. Las mujeres son
siempre una molestia en el safari».
El vehículo cruzó el río por un vado lleno de guijarros mientras amanecía
y luego ascendió la empinada orilla por un sitio que Wilson había hecho
aplanar con palas el día anterior, con objeto de poder llegar a la región boscosa
del lado opuesto.
Una mañana hermosa, pensó Wilson. Había caído un denso rocío y al
pasar las ruedas sobre la hierba y los arbustos, llegaba hasta él el olor de las
ramas aplastadas. Era un aroma parecido al de la verbena. Le gustaba
extraordinariamente ese olor matinal del rocío, el crujir de las ramas y
helechos aplastados y el aspecto de los árboles que se destacaban oscuros a
través de la niebla del amanecer, a medida que el coche avanzaba por el
terreno sin caminos que parecía un enorme parque. Había puesto a los dos en
el asiento trasero para eliminarlos de su mente y ahora pensaba solo en el
búfalo. El animal que andaban buscando se refugiaba durante el día en un
espeso pantano, por donde era imposible perseguirlo. Pero por la noche salía
en busca de alimento y si lograba colocar el coche entre él y el pantano,
Macomber tendría una buena oportunidad de matarlo en el claro. Por otra
parte, no quería perseguir al búfalo con Macomber dentro de la espesura. En
realidad no quería cazar búfalos ni ningún otro animal en compañía de
Macomber, pero era un profesional y muchas veces le había tocado acompañar
a gente muy rara. «Si hoy logramos un búfalo —pensó—, mañana solo
quedará el rinoceronte, y el pobre hombre habrá terminado con el peligro y
todo volverá a la normalidad». Ya no tendría nada que ver con la mujer y

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Macomber también lo olvidaría. Al parecer, Macomber había tenido que pasar
anteriormente muchas veces por aquello. ¡Pobre hombre!
Había que darle una oportunidad de sobreponerse. Aunque, después de
todo, él mismo era el culpable.
Robert Wilson llevaba un catre de doble tamaño que el corriente cuando
iba en safari para recibir en él las «oportunidades» que se le ofrecían. Había
cazado para cierta clientela, la clase internacional, pródiga y deportiva, cuyas
mujeres no consideraban bien gastado su dinero si no compartían el doble
catre del cazador blanco. Las despreciaba cuando se alejaba de ellas, pero
algunas le habían gustado bastante en sus oportunidades. Vivía de eso y sus
costumbres eran las suyas mientras estaba bajo contrato.
En todo menos en la caza. Tenía sus propias reglas acerca de la forma de
dirigirla y, si no las aceptaban, ya podían buscarse otro cazador. Sabía también
que todos le respetaban por ese motivo. «Aunque ese Macomber era muy raro.
¡Vaya si lo era! Ahora bien; la mujer. Bien, la mujer. Sí, la mujer. ¡Humm…! La
mujer. ¡Bah, dejemos eso!». En aquel momento se le ocurrió mirarlos.
Macomber estaba ceñudo y furioso. Margot le dirigió una sonrisa. Parecía más
joven, más inocente, más fresca que otras veces y su belleza no resultaba tan
profesional. «Solo Dios sabe lo que pasa por su corazón», pensó Wilson. La
noche anterior no había hablado mucho. Aunque había sido un placer verla
entonces.
El auto subió por una pequeña cuesta y después de pasar entre los
árboles salió a una especie de pradera y continuó su marcha al abrigo de los
árboles que la rodeaban. El conductor conducía lentamente y Wilson miraba
con minuciosidad a través de la llanura y hacia el extremo opuesto, donde
también se alzaba una línea de árboles. Hizo detener el coche y examinó el
claro con sus prismáticos. Indicó al conductor que siguiera la marcha y el
vehículo continuó su camino lentamente mientras el chofer trataba de evitar
los pozos dejados por los jabalíes y rodeaba los altos castillos de barro
construidos por las hormigas. De pronto, mientras miraba a través del claro,
Wilson exclamó:
—¡Allí están!
Y mirando hacia el lugar que señalaba el cazador, mientras este hablaba
rápidamente en swahili al conductor, Macomber vio tres enormes animales
negros, casi cilíndricos en su pesadez, como enormes vagones tanques, que
huían a galope por los límites de la ancha pradera. Corrían con el cuello
erguido y el cuerpo casi tieso e incluso pudo distinguir sus negros y anchos

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cuernos, ya que las cabezas parecían inmóviles.
—Son tres búfalos viejos —dijo Wilson—. Los acorralaremos antes de
que puedan llegar al pantano.
El automóvil corría a una velocidad desatinada por el claro y mientras
Macomber observaba la escena, los búfalos aumentaban de tamaño, hasta que
pudo distinguir la costrosa, gris y pelada piel de uno de ellos. Notó cómo el
cuello enorme se confundía con las paletas y observó la brillante negrura de
sus cuernos, pues el animal había quedado rezagado, mientras sus
compañeros proseguían su firme carrera. El auto se inclinó de pronto, como si
hubiera salido fuera del camino, y al acercarse más pudo observar la gran
corpulencia del animal y el polvo que llenaba su cuerpo, de pelo muy poco
abundante, la ancha protuberancia de donde salía el cuerno y su alargado
hocico. Cuando levantaba el fusil para hacer fuego, Wilson gritó:
—¡Desde el coche, no! ¡Torpe!
Macomber no tenía miedo pero odiaba a Wilson. Rechinaron los frenos y
el automóvil patinó, inclinándose sobre un lado antes de detenerse. Wilson
saltó por un lado y Macomber bajó por el suyo, tropezando al descender del
vehículo en movimiento. Empezó a tirar mientras corría y oyó cómo las balas
daban en el blanco. Había casi vaciado el fusil y el búfalo no aminoraba su
carrera. Recordó que tenía que tirarle a las paletas y cuando se preparaba para
cargar de nuevo el arma, vio que el animal caía. El búfalo, de rodillas en el
suelo, agitaba su enorme cabeza. Macomber notó que los otros dos
continuaban galopando y disparó al que iba delante haciendo blanco. Volvió a
disparar y erró; e inmediatamente sonó el ¡ca-ra-wong! del arma de Wilson. El
búfalo que llevaba la delantera cayó de bruces al suelo.
—¡Ocúpese del otro! —gritó Wilson—. ¡Ahora le toca a usted!
El otro animal continuó avanzando velozmente con el mismo galope
firme y Macomber erró el tiro, levantando una nube de polvo. Wilson también
perdió el suyo.
—¡Venga! ¡Está demasiado lejos! —dijo el cazador, y lo tomó por el brazo
arrastrándolo al coche.
Macomber y Wilson se colgaron a ambos lados del vehículo tocando casi
con sus pies al desigual terreno mientras se acercaban al animal que corría
velozmente con el cuello estirado y tieso.
Estaban ya detrás de él, y Macomber, con la precipitación del momento,
dejó caer al suelo algunos cartuchos. Cuando se hallaban casi encima del
animal, Wilson gritó:

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—¡Alto!
El coche, al patinar, estuvo a punto de volcar. Macomber cayó de pie, e
inmediatamente hizo fuego contra el lomo negro que corría. Apuntó de nuevo
y volvió a tirar una y otra vez, y aunque las balas daban en el blanco no
produjeron ningún efecto sobre el búfalo. Entonces disparó Wilson con un
estruendo ensordecedor e hizo vacilar al animal. Macomber apretó otra vez el
gatillo, después de apuntar cuidadosamente, y el búfalo cayó y quedó tendido
en tierra.
—¡Muy bien! —dijo Wilson—. Buen trabajo. Ahí están los tres.
Macomber estaba ebrio de júbilo.
—¿Cuántas veces disparó? —preguntó.
—Tres nada más —replicó el cazador—. Usted dio muerte al primer
búfalo; el más grande. Yo le ayudé a terminar con los otros dos, pues temía
que pudiesen alcanzar su refugio. Usted los habría matado, de cualquier
modo. Yo solo hice un poco de limpieza. Su puntería ha sido excelente.
—Volvamos al coche —dijo Macomber—. Tengo ganas de beber.
—Antes, acabemos con el búfalo —dijo Wilson.
El animal estaba de rodillas y sacudía furiosamente la cabeza, mugiendo
de rabia, mientras se acercaban a él.
—Vigile que no se incorpore —advirtió el cazador—. Vaya un poco hacia
el lado y trate de acertarle en el cuello, detrás de las orejas.
Macomber apuntó con todo cuidado. Su blanco era el centro del enorme
cuello que se erguía y se acudía. Disparó. Al encajar el tiro, la cabeza cayó
hacia delante.
—¡Magnífico! Le acertó en el espinazo. Son animales que valen la pena,
¿no es cierto?
Su mujer estaba sentada en el automóvil con el rostro muy pálido.
—Estuviste maravilloso, querido —exclamó—. ¡Qué carrera!
—¿Fue un buen espectáculo? —preguntó Wilson.
—¡Horroroso! ¡Nunca en mi vida me he asustado tanto! —exclamó ella.
—Vamos a beber —reiteró Macomber.
—¡Cómo no! —replicó Wilson—. Dele usted a la memsahib.
Ella bebió el whisky puro del frasco y se estremeció un poco al tragarlo.
Después lo entregó a Macomber, quien luego de beber lo pasó a Wilson.

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—Fue algo terriblemente excitante —exclamó la muchacha—. Me ha
dejado un terrible dolor de cabeza. Por otra parte, no sabía que estaba
permitido disparar desde un automóvil.
—Nadie ha hecho fuego desde el coche —dijo Wilson con frialdad.
—Quise decir, perseguirles en coche.
—Por lo general no se procede así —manifestó el cazador—. Aunque me
pareció bastante deportivo mientras lo hacía. Resulta más conveniente
atravesar el llano lleno de pozos y otros obstáculos con vehículo, que
perseguirlos a pie. Los búfalos podrían haber cargado contra nosotros cada
vez que hubiéramos tratado de apuntar. En realidad, lo correcto sería darles
todas las oportunidades. De todos modos, es mejor que no lo diga a nadie,
dado que es ilegal, si era esto lo que quería averiguar.
—En realidad, me ha parecido muy injusto cazar a esos animales
indefensos desde un automóvil.
—¿De veras? —preguntó el cazador.
—¿Qué ocurriría si se enteraran en Nairobi?
—Entre otras cosas, perdería mi licencia —tomó otro trago del frasco—;
además de quedar fuera del oficio.
—¿Con seguridad?
—Total.
—Pues bien —dijo Macomber, que sonreía por primera vez en el día—;
con esa confesión, ella lo tiene en sus manos.
—Tienes una manera muy agradable de decir las cosas, Francis —dijo
Margot Macomber.
Wilson les miró. «Si un cínico se casa con una mujer falsa —pensó— ¿qué
clase de hijos pueden tener?». Pero sus palabras fueron, en cambio:
—Hemos perdido un portador de fusiles, ¿lo han notado ustedes?
—¡No, por Dios! —dijo Macomber—, ¿dónde puede estar?
—¡Ah! ¡Aquí viene! —exclamó el cazador—. Debe de haberse caído
cuando dejamos al primer búfalo.
En efecto, en aquel instante se acercaba el portador de más edad. Venía
cojeando, con su gorra de tela, la blusa caqui, los pantalones cortos y las
sandalias de goma. Su rostro tenía una expresión de disgusto. Al acercarse dijo
algo a Wilson y todos advirtieron el cambio que se operó en el rostro del
cazador.

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—¿Qué dice? —preguntó Margot.
—Que el primer búfalo logró levantarse y se escondió en la espesura —la
voz de Wilson denotaba desilusión.
—¡Oh! —exclamó Macomber con desconsuelo.
—Habrá que ir a buscarlo como al león —dijo Margot llena de ansiedad.
—No; no vaya a ocurrir como con ese maldito león —dijo Wilson—.
¿Quiere beber un trago, Macomber?
—Sí; gracias —replicó este.
Estuvo esperando a que volviera el sentimiento que le invadió cuando se
vio obligado a ir a buscar el león, pero no lo notó. Por primera vez en su vida
se sentía completamente libre de miedo. En lugar de ello, sentía una gran
alegría.
—Echemos un vistazo al búfalo —dijo Wilson—. Diré al conductor que
lleve el vehículo a la sombra.
—¿Qué van a hacer? —preguntó Margot.
—Mirar al segundo animal.
—Yo también voy.
—Venga.
Los tres se dirigieron hacia el lugar donde estaba el segundo búfalo,
tendido en el suelo con la cabeza sobre la hierba. Todavía balanceaba sus
enormes cuernos.
—¡Qué hermosa cabeza! —exclamó Wilson—. Tiene por lo menos un
metro veinte de largo.
Macomber lo miraba complacidamente.
—¡Qué horrible! —dijo Margot—. ¿Por qué no vamos a la sombra?
—Tiene razón —convino Wilson—. ¡Mire! —Y señaló mientras hablaba—
. ¿Ve usted esos matorrales?
—Sí.
—Allí entró el otro búfalo. El peón dice que cuando se cayó, el animal
también estaba en el suelo. Se puso a mirar cómo nos alejábamos y cómo huían
los otros dos animales. Cuando levantó la vista, el búfalo se había incorporado,
y lo estaba mirando. Echó a correr como un demonio, mientras el animal
desaparecía lentamente en estos matorrales.
—¿Podemos ir a buscarlo ahora? —preguntó Macomber.

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Wilson lo miró con curiosidad. «¡No es poco extraño ese tipo! ¡Ayer
estaba enfermo de miedo y hoy se ha transformado en un furioso
perdonavidas!».
—No; esperamos un poco.
—Vámonos a la sombra, por favor —pidió Margot. Tenía el rostro muy
pálido y no parecía encontrarse bien.
Se dirigieron al coche, que estaba parado bajo un árbol frondoso, y
subieron a él.
—Lo más probable es que haya muerto allí —observó el cazador—.
Iremos a verle dentro de un rato.
Macomber sentía una salvaje e irrazonada felicidad, como nunca la había
conocido antes.
—¡Por Dios! ¡Qué caza! —dijo—. Nunca me he encontrado así. ¿No te
pareció maravilloso, Margot?
—Odio todo esto —dijo la mujer.
—¿Por qué?
—¡Me asquea —exclamó—; me asquea profundamente!
—No creo que nunca más vuelva a tener miedo —dijo Macomber,
dirigiéndose a Wilson—. Algo me ocurrió cuando vi al búfalo por primera vez
y corrí tras él. Algo parecido al desbordamiento de un dique. Era una
excitación pura, grandiosa.
—Se le habrá limpiado el hígado —comentó Wilson. «¡Demonio —
pensó—, qué raras cosas les ocurre a la gente!».
El rostro de Macomber estaba radiante.
—Algo me ha pasado. Me siento completamente distinto.
Su mujer no dijo nada, pero lo miró de una manera extraña. Estaba
echada en el asiento trasero y Macomber, a su lado, se inclinaba hacia delante
para hablar con Wilson. Este se volvía de vez en cuando, para replicarle, desde
el asiento delantero.
—Me gustaría probar con otro león —dijo Macomber—. Realmente,
ahora no los temo. Después de todo, ¿qué pueden hacerle a uno?
—Eso mismo digo —manifestó Wilson—. Lo peor que puede ocurrirle es
la muerte. ¿Qué le parece? Es una cita de Shakespeare. ¡Magnífico
pensamiento! Voy a ver si lo recuerdo. Solía repetirlo cuando me hallaba solo.
Veamos: «A fe que de mí no me preocupo. El hombre no puede morir más que

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una vez. Debemos a Dios una muerte; dejadla venir como quiera; pues aquel
que muere este año, ya tiene pagada la deuda del próximo». ¡Demonio! Es
magnífico, ¿verdad?
Se sintió turbado. Había hablado de algo que llevaba siempre dentro de
sí. Algo que le había hecho vivir como lo hacía. Antes había visto a muchos
hombres llegar a esa madurez, aquello le había conmovido siempre. Y esa
madurez no era precisamente la que llega a los veintiún años.
Había aprovechado una extraña oportunidad en la caza, una súbita
precipitación en la acción, sin oportunidad de preocuparse de antemano, pero
sin tomarlo en cuenta cómo había ocurrido. Lo cierto era que había sucedido.
«Miren ahora al pobre infeliz —pensó Wilson—. Es de los que siguen siendo
niños, a veces durante toda la vida. Tienen rostros infantiles a los cincuenta
años. Los grandes muchachos-niños norteamericanos. ¡Maldita gente, qué
raros son!». Pero le agradaba ese Macomber. Aunque era difícil comprenderlo.
«Posiblemente dejará incluso de ser cornudo. ¡Y eso sería magnífico! ¡Diantre!
¡Vaya si lo sería! Era muy posible que hubiera estado toda la vida atormentado
por el miedo. No sé cómo pudo haber comenzado esto, pero ahora terminó.
No tuvo tiempo de asustarse con el búfalo. Y no solo era eso, sino que hasta
llegó a mostrarse furioso. Tal vez hubiera sido el automóvil. Le resultan
familiares. ¡Que sea un perdonavidas, si quiere! Había visto comportarse de
este mismo modo durante la guerra. Era más un cambio que una pérdida de
virginidad. El miedo se marcha como por una operación quirúrgica y algo
ocupa su lugar. Eso es lo principal que debe tener un hombre. ¡Las mujeres lo
han sabido siempre! ¡Nada de temor! ¡Maldita sea!».
Desde un rincón del asiento Margot los miraba. No observó ningún
cambio en Wilson. Le veía igual que el día anterior, cuando por primera vez se
dio cuenta de cuál era su fuerte. Pero notó un cambio en Macomber.
—¿Se siente siempre esa felicidad cuando se prevé una acción? —
preguntó Macomber, explorando las profundidades de su nueva riqueza.
—Se supone que hay que callarlo —dijo Wilson mirando al otro
rectamente a los ojos—. Es mejor decir que… se tiene miedo. Y, cuidado,
porque todavía va a sentir el miedo muchas veces.
—Pero ¿siente usted esa gran felicidad?
—Sí —dijo Wilson—. Yo también. Pero nada se gana con hablar de eso.
Debería callarse, porque de lo contrario lo echará a perder.
—Los dos están diciendo tonterías —dijo Margot—. Hablan como héroes,
solo porque han perseguido en automóvil a varios animales indefensos.

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—Lo siento —dijo Wilson—. La hemos molestado con nuestra
conversación.
«Ya le preocupa eso», pensó.
—Si no sabes de lo que hablamos, ¿por qué no te mantienes fuera de la
conversación? —preguntó Macomber.
—Te has hecho terriblemente valiente y de un modo demasiado
repentino —dijo su mujer con desprecio, pero con un desprecio que carecía de
seguridad. Tenía miedo, miedo de algo.
Macomber rio. Fue una risa natural y sincera.
—Te aseguro que ahora lo soy. Realmente.
—¿No es un poco tarde? —preguntó la mujer con amargura. Porque
había hecho todo lo que pudo en el pasado, durante muchos años, y de la
situación en que se encontraban no era culpable ninguno de ellos.
—No para mí —dijo Macomber.
Margot no respondió. Se echó hacia atrás en el asiento.
—¿Le parece que le hemos dado bastante tiempo? —preguntó Macomber
alegremente.
—Podemos echar un vistazo. ¿Le quedan algunas balas?
—El portador tiene.
Wilson llamó en swahili al más viejo de los dos servidores. Este, que
estaba desollando las cabezas, se enderezó, sacó del bolsillo una caja de balas y
la llevó a Macomber, que llenó la recámara. Metió en el bolsillo los proyectiles
restantes.
—Puede disparar también el «Springfield» —dijo Wilson—. Está más
acostumbrado a él. Dejaremos el «Mannlicher» en el coche. Su peón puede
llevar el fusil pesado. Yo tengo este maldito cañón. Ahora, tengo que hacerles
algunas indicaciones acerca de esos animales.
«Cuando el búfalo arremete, lo hace con la cabeza en alto y en línea recta.
Las protuberancias de donde salen los cuernos lo protegen contra cualquier
disparo en el cerebro. Los únicos tiros eficaces son los dirigidos al hocico, al
pecho o, si está un poco de lado, al cuello o las paletas. Cuando está herido le
invade un furioso deseo de matar. No le conviene ensayar ninguna otra
especie de puntería. Dispare donde sea más fácil. Bien; ya han terminado de
desollar las cabezas. Nos pondremos en marcha».
Llamó a los portadores de fusiles, que llegaron secándose las manos.

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Designó al más anciano.
—Solo llevaré a Kongoni —dijo Wilson—. Tú puedes vigilar que no se
acerquen las aves de rapiña.
Mientras el vehículo marchaba lentamente a través del terreno despejado
hacia la isla de arbustos que extendía una lengua de follaje a lo largo del cauce
seco del río, Macomber sintió que el corazón le golpeaba en el pecho y que la
boca se le secaba. Pero era la excitación, no el miedo.
—Por aquí entró —dijo el cazador, y dirigiéndose en swahili al portador
le ordenó—: Siga los rastros de sangre.
El auto estaba colocado paralelamente al terreno cubierto de matorrales.
Los tres hombres bajaron. Macomber se volvió y vio que su mujer, con el fusil
al lado, lo estaba mirando intensamente. La saludó agitando la mano, pero ella
no contestó.
La maleza era muy densa. La tierra estaba seca. El peón sudaba
copiosamente y Wilson llevaba el sombrero hundido hasta los ojos. Su cuello
encarnado estaba más avanzado que el de Macomber. De pronto, el portador
de fusiles dijo algo en swahili y corrió hacia delante.
—Está muerto allí —dijo Wilson—. ¡Menos mal! —Y se volvió para
estrechar la mano de Macomber. El peón lanzó un grito salvaje y lo vieron salir
de la maleza corriendo de lado como un cangrejo.
El búfalo apareció detrás, con la boca apretada y chorreando sangre. Se
lanzó al ataque con la cabeza erguida y los ojos inyectados en sangre, mirando
fijamente a sus enemigos. Wilson, que estaba más cerca, se arrodilló para
apuntar, y Macomber, mientras disparaba sin oír sus tiros por el estruendo del
arma del cazador, vio cómo saltaban de los cuernos del búfalo pequeños
fragmentos que parecían de pizarra. El animal sacudió la cabeza. Volvió a
disparar apuntando al hocico y observó que volaban fragmentos de cuerno.
No volvió a ver a Wilson. Apuntó cuidadosamente, e hizo fuego otra vez
cuando la enorme masa del animal se hallaba casi encima de él y su fusil al
nivel mismo de la cabeza que se acercaba; tanto que podía ver los pequeños
ojos llenos de odio mientras el testuz del animal empezaba a bajarse. En aquel
momento sintió que en su propia cabeza estallaba un fogonazo ardiente y
deslumbrante. Y nada más. Wilson había saltado de lado para tirarle a las
paletas. Macomber, en cambio, no se había movido y apuntaba siempre a la
nariz del animal, pero disparaba alto y daba en los enormes cuernos,
haciéndolos astillas y desmenuzándolos, como si hiciera fuego contra un techo
de pizarras. Y, cuando parecía que el animal iba a herir con sus cuernos a

57
Macomber, su mujer, desde el auto, tiró al búfalo con el «Mannlicher 6’5», pero
alcanzó a su marido, más o menos a cuatro centímetros y un poco hacia un
lado de la base del cráneo.
Francis Macomber yacía boca abajo, a menos de dos metros del sitio
donde había caído el animal. Su mujer estaba arrodillada junto a él. Wilson, a
su lado.
—Yo no lo volvería —dijo Wilson.
La mujer lloraba histéricamente.
—Es mejor que vuelva al coche —declaró el cazador—. ¿Dónde está el
fusil?
Ella sacudió la cabeza, el rostro contorsionado. El peón recogió el fusil.
—Déjalo donde está —ordenó Wilson—. Dile a Abdullah que venga; él
puede ser testigo de cómo ocurrió el accidente.
Se arrodilló, sacó un pañuelo del bolsillo y lo extendió sobre la cabeza de
Francis Macomber. La sangre manaba sobre la tierra seca.
Wilson se incorporó y vio al búfalo, a su lado, con las patas extendidas.
«Un buen búfalo —registró su mente mecánicamente—; una cabeza de un
metro o quizá más. ¡Más!». Llamó al conductor del automóvil y le ordenó que
colocara una manta sobre el cadáver y se quedara a su lado. Luego anduvo
hasta el coche. La mujer lloraba en un rincón del asiento.
—Muy interesante; muy interesante —dijo con voz monótona—. Él
también te hubiera abandonado.
—¡Cállate!
—Por supuesto, fue un accidente —dijo él—. Lo sé.
—¡Cállate!
—No te preocupes. Habrá muchas cosas desagradables, como es lógico,
pero haré tomar algunas fotografías que resultarán útiles en la encuesta.
Además tendremos el testimonio de los peones y del conductor. Puedes estar
tranquila.
—¡Cállate!
—¡Diantre! Todavía queda mucho por hacer. Y tendré que enviar un
camión al lago para que pidan por telégrafo un avión que nos lleve a los tres a
Nairobi. Pero ¿por qué no lo envenenaste? En Inglaterra lo hacen así…
—¡Basta! ¡Basta! —gritó la mujer.

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Wilson la miró con sus claros ojos azules.
—Ya he terminado. Solo quise desahogarme. Había empezado a
gustarme tu marido.
—¡Oh!, por favor, ¡basta! ¡Basta! ¡Te lo ruego! ¡Basta!
—Así es mejor —dijo—. ¡Por favor, ahora resulta mucho mejor! Bien,
callaré.

59
CAMPAMENTO INDIO
Habían preparado otro bote en la orilla del lago y dos indios esperaban a
su lado.
Nick y su padre se colocaron en la popa y los indios pusieron la
embarcación en marcha. Uno de ellos remaba. Tío Jorge se sentó en la popa del
bote del campamento. El indio joven lo alejó un poco de la orilla y después
montó para remar.
Las dos embarcaciones empezaron a navegar en la oscuridad. Nick oyó el
ruido de los remos del otro bote, más delante, ya que la niebla le impedía
verlo. Los nativos remaban con golpes rápidos y violentos. Nick estaba
recostado, y su padre lo rodeaba con el brazo. Hacía frío en el lago. El indio
remaba con todas sus fuerzas, pero el otro bote siempre le llevaba ventaja.
—¿Adónde vamos, papá? —preguntó Nick.
—Al campamento indio. Hay una señora muy enferma.
—¡Ah! —dijo Nick.
El bote de Tío Jorge llegó antes a la otra orilla. Cuando ellos
desembarcaron, ya estaba fumando un cigarro. La oscuridad era completa. El
indio joven empujó el bote hacia la playa y Tío Jorge les dio cigarros a los dos
remeros.
Después atravesaron un prado empapado de rocío. El joven indio iba
delante con el farol. Pasaron por el monte y siguieron un sendero hasta el
camino. Allí había más luz, pues el monte estaba cortado a ambos lados. El
guía se detuvo y apagó el farol de un soplo. Finalmente, avanzaron todos por
el ancho camino.
Doblaron una curva y apareció un perro ladrando. Más allá se veían las
luces de las chozas de los leñadores indios. Unos cuantos perros más salieron
al encuentro de los recién llegados. Los dos indios los hicieron regresar a las
chozas. En la que estaba más cerca del camino, había luz en la ventana, y en la
puerta esperaba una anciana con el farol encendido.
Dentro, una india joven estaba tendida en una litera de madera. Durante
dos días había tratado de dar a luz. Todas las ancianas del campamento la
habían ayudado. Los hombres por su parte, iban a fumar al camino, lejos de
allí, por no oír los lamentos de la mujer. Cuando Nick y los dos indios entraron
detrás de su padre y Tío Jorge, estaba gritando. Estaba acostada en la estera
inferior. Parecía enorme bajo la colcha. La litera superior la ocupaba su
marido, que tres días antes se había cortado un pie con el hacha. Fumaba en

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pipa. La habitación olía que apestaba.
El padre de Nick ordenó que pusieran un poco de agua al fuego, y
mientras se calentaba habló con el muchacho:
—Esta señora va a tener un hijo, Nick.
—Ya lo sé.
—No, no lo sabes —prosiguió su padre—. Escúchame. Está sufriendo los
llamados dolores del parto. La criatura quiere nacer y ella quiere que nazca.
Todos sus músculos están tratando de que salga la criatura. Eso es lo que
ocurre cuando grita.
—Comprendo —asintió Nick.
En ese instante, la mujer lanzó un grito.
—¡Oh! ¿Y no puedes darle algo para calmarla, papá?
—No. No tengo ningún anestésico. Pero sus gritos no tienen importancia.
No los oigo, porque no tienen importancia.
En la litera superior, el marido se volvió hacia la pared.
La mujer que vigilaba el agua indicó al médico que ya estaba caliente. El
padre de Nick fue a la cocina y echó la mitad del líquido de la enorme olla en
una palangana. Después sumergió en el agua que quedaba en la olla varias
cosas que llevaba envueltas en un pañuelo.
—Esto tiene que hervir —dijo mientras empezaba a lavarse las manos en
la palangana con el trozo de jabón que había traído del campamento.
Nick observó atentamente el cuidado con que su padre se frotaba las
manos. En aquel momento volvió a dirigirle la palabra:
—Como verás, Nick, primero tiene que salir la cabeza de la criatura,
aunque a veces no ocurre así. Entonces se producen muchos inconvenientes
para todos. Quizá tengamos que operar a esta mujer. Dentro de un ratito lo
sabremos.
Una vez terminado el minucioso lavado, se dispuso a trabajar.
—¿Quieres retirar esa colcha, Jorge? Prefiero no tocarla, ahora que tengo
las manos limpias.
Luego, cuando empezó a operar, Tío Jorge y tres indios sujetaron a la
mujer, que en una ocasión mordió a Tío Jorge en el brazo, haciéndole
exclamar:
—¡Perra india de porquería!

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Y el indio que había remado en su bote lanzó una carcajada. Nick sostenía
la palangana al lado de su padre, que tardaba mucho. Finalmente, sacó la
criatura, le dio una palmada para hacerla respirar y la entregó a la anciana.
—Mira, es un niño, Nick. ¿Qué opinas como practicante?
—Que está muy bien —dijo Nick, mirando hacia otro lado para no ver lo
que hacía su padre.
—Así. Eso es —dijo este poniendo algo en la palangana.
Nick apartó la mirada de nuevo.
—Ahora hacen falta varias puntadas. Haz lo que te parezca, Nick. Si
quieres mirar, mira, y si no, no. Voy a coser la incisión anterior.
Nick no contempló la operación. Había perdido toda curiosidad…
Su padre terminó, incorporándose. Tío Jorge y los tres indios también se
pusieron de pie. Nick llevó la palangana a la cocina.
Tío Jorge se miró el brazo, y el indio joven sonrió al recordar la escena
del mordisco.
—Te pondré un poco de peróxido, Jorge —le dijo el médico.
Luego se inclinó sobre la mujer, que estaba muy pálida y quieta y con los
ojos cerrados. Había perdido el sentido.
—Volveré por la mañana —explicó el doctor, poniéndose de pie—. La
enfermera de San Ignacio llegará aquí a mediodía con todo lo que necesitamos.
Estaba muy alegre y locuaz, igual que los jugadores de fútbol en los
vestuarios después del partido.
—Esto es como para publicarlo en el boletín médico, Jorge —manifestó—
. ¡Imagínate! ¡Hacer una operación cesárea con una navaja y coser después la
herida con hilo de tripa! ¡Casi nada!
Tío Jorge estaba apoyado contra la pared. Seguía mirándose el brazo.
—¡Oh! No hay duda de que eres un gran hombre —afirmó.
—Ahora hay que echarle un vistazo al orgulloso padre. Generalmente,
son los que más sufren en estas pequeñas tragedias. Aunque hay que
reconocer que se portó bastante bien.
Pero al retirar la colcha que cubría la cabeza del indio, sacó la mano
mojada. Entonces se subió al borde de la litera inferior y miró la otra con la
ayuda del farol. El nativo yacía con la cara hacia la pared. Un tajo, de oreja a
oreja, le atravesaba el cuello. La sangre formaba un charco en la parte del lecho

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hundida por el peso del cuerpo. La cabeza descansaba sobre el brazo
izquierdo, y la navaja abierta estaba encima de las mantas.
—Haz salir a Nick, Jorge —dijo el doctor.
Pero no hubo necesidad de hacerlo, pues Nick, desde la puerta de la
cocina, había visto la litera cuando su padre, farol en mano, echó hacia atrás la
cabeza del indio.
Empezaba a clarear cuando regresaron al lago por el camino de los
leñadores.
—Estoy arrepentidísimo de haberte traído, Nickie —dijo su padre. Ya
había desaparecido la alegría que había sucedido a la operación—. Ha sido
algo espantoso y poco conveniente para ti.
—¿Siempre sufren tanto las mujeres cuando dan a luz? —preguntó Nick.
—No, esto ha sido algo excepcional, muy excepcional.
—¿Y por qué se suicidó él, papá?
—No sé, Nick. No habrá podido aguantar lo que ocurrió, supongo.
—¿Se suicidan muchos hombres en casos como este?
—No muchos, Nick.
—¿Y muchas mujeres?
—Es raro.
—¿No se suicidan nunca?
—¡Oh! Sí. A veces lo hacen.
—Papá…
—¿Qué?
—¿Adónde fue Tío Jorge?
—Volverá en seguida.
—¿Se sufre mucho al morir, papá?
—No, creo que no, Nick. Depende…
Luego se sentaron en el bote; Nick en la popa, y su padre en el centro,
remando. El sol ya se asomaba por las colinas. Un róbalo saltó y formó un
círculo en el agua. Nick introdujo la mano en el agua, que estaba tibia a pesar
del frío matinal.
En el lago, sentado en la popa del bote, en aquella hora temprana,
mientras su padre remaba, Nick tuvo la completa seguridad de que nunca

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moriría…

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EL MÉDICO Y SU MUJER
Dick Boulton llegó del campamento indio con objeto de cortar troncos
para el padre de Nick. Trajo a su hijo Eddy y a otro indio llamado Billy
Tabeshaw. Después de atravesar el monte, entraron por la puerta trasera.
Eddy venía con una larga sierra, que aleteaba sobre el hombro del muchacho y
emitía sonidos musicales mientras él caminaba. Billy Tabeshaw traía dos
grandes palancas con ganchos y Dick llevaba tres hachas bajo el brazo.
Dick se volvió para cerrar la puerta. Los otros continuaron hacia la orilla
del lago. Allí estaban los troncos embarrancados en la arena.
Eran los troncos que se desprendían de las grandes maderadas que el
buque Magic remolcaba por el lago, rumbo al aserradero. La corriente los
arrastraba hasta la playa, y allí, tarde o temprano, los tripulantes del Magic los
veían cuando recorrían la costa en bote. Entonces clavaban un perno de hierro
con argolla en el extremo de cada tronco y luego los arrastraban hacia el lago
para formar una nueva jangada. Aunque a veces los madereros no iban a
recogerlos, pues por unos pocos troncos no valía la pena mandar a la
tripulación. Si nadie los retiraba, quedaban anegados y se pudrían en la playa.
Como el padre de Nick conocía esa circunstancia, contrataba indios del
campamento para cortar los troncos con una sierra y partirlos con la cuña. Así
conseguía leña para la chimenea. Dick Boulton pasó frente al chalet, camino de
la orilla. Había cuatro grandes troncos de haya casi sepultados en la arena.
Eddy levantó la sierra por uno de los mangos y la colocó en la cruz de un
árbol. Dick dejó las tres hachas en el desembarcadero. Boulton era mestizo,
pero muchos de los quinteros de los alrededores del lago lo tomaban por
blanco. Por lo general, aunque era muy holgazán, resultaba sumamente eficaz
una vez que se disponía a trabajar. Sacando del bolsillo un trozo de pastilla de
tabaco, Dick empezó a mascar y habló en ojibway con Eddy y Billy Tabeshaw.
Estos enterraron las puntas de sus ganchos en uno de los troncos y se
apoyaron en la palanca para aflojarlo. Volcaron todo el peso de sus cuerpos,
hasta que el tronco se separó de la arena. Dick Boulton se volvió hacia el padre
de Nick.
—Bueno, Doc[5] —dijo—; alégrese, pues ha robado un hermoso pedazo
de madera.
—No diga eso, Dick —replicó el médico—. Al fin y al cabo, solo es
madera traída por el agua.
Eddy y Billy Tabeshaw levantaron el tronco y lo hicieron rodar hasta el

65
agua.
—¡Métanlo bien! —gritó Boulton.
—¿Para qué hacen eso? —preguntó el doctor.
—Para lavarlo, sacarle la arena y trabajar mejor con la sierra. Quiero ver
de quién es ese tronco —explicó Dick.
El tronco flotaba en el agua. Eddy y Billy Tabeshaw se apoyaron en sus
herramientas. Ambos sudaban. El sol era muy fuerte. Dick se arrodilló en la
arena y miró la marca del martillo del rascador, en un extremo del tronco.
—Es de White y McNally —dijo, poniéndose de pie y sacudiéndose los
pantalones.
El médico mostró cierta contrariedad.
—Entonces será mejor que no lo corten, Dick —dijo en seguida.
—Puede estar tranquilo, Doc —expresó Dick—. No se enfade. No me
interesa saber a quién se lo roba. Ya sabe que no me ocupo de eso.
—Si cree que esos troncos son robados, déjelos allí y vuelva al
campamento con sus herramientas —el rostro del médico se enrojeció.
—No se haga el gallito, Doc —dijo Dick, y lanzó un salivazo mezclado
con tabaco que se deslizó sobre el leño y desapareció en el agua—. Tanto usted
como yo sabemos que son robados. Para mí es lo mismo.
—Muy bien. Si le parece que los troncos son robados, recoja sus
herramientas y hágase trasladar.
—Escuche, Doc…
—Si vuelve a llamarme Doc, le haré saltar los dientes de un golpe.
—¡Oh! ¡No, Doc! ¡No! ¡Tenga cuidado con lo que hace! ¡Se lo advierto!
Dick Boulton miró al médico. Dick era un hombre alto y corpulento, y
conocía bien su propia fuerza. Le gustaban las peleas, ya que allí se encontraba
en su ambiente y era feliz. Eddy y Billy Tabeshaw, apoyados en sus palancas,
observaron al médico, que se mordió el labio inferior, y clavó la mirada en
Dick Boulton. Después dio media vuelta y se fue hacia el chalet, en la colina. A
pesar de que no le vieron la cara, se dieron cuenta de que estaba encolerizado.
Todos le siguieron con la vista hasta que llegó y entró en el chalet.
Dick dijo unas palabras en ojibway. Eddy se echó a reír, pero Billy
Tabeshaw se quedó muy serio.
No entendía nada de inglés, pero sudó durante toda la discusión. Parecía

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un chino, con su gordura y su bigote raleado. Luego recogió las dos palancas,
sin decir nada. Dick tomó las hachas y Eddy sacó la sierra del árbol. Los tres
emprendieron el regreso, pasando frente al chalet, y saliendo por donde
habían entrado. Dick dejó la puerta abierta, y Billy Tabeshaw volvió para
cerrarla cuidadosamente. Después se perdieron en el monte.
En el chalet, el doctor, sentado en la cama, vio un montón de boletines
médicos en el suelo, junto al escritorio. Y le irritó más comprobar que las fajas
estaban todavía intactas.
—¿Vas a volver a trabajar, querido? —le preguntó su mujer, que estaba
acostada en la habitación de al lado, con las persianas cerradas.
—¡No!
—¿Ha ocurrido alguna cosa?
—Tuve una discusión con Dick Boulton.
—¡Oh! —exclamó la mujer—. Supongo que no habrás perdido los
estribos, ¿eh, Henry?
—No —contestó su marido.
—No olvides que «aquel que domina su espíritu vale más que el que
toma una ciudad» —dijo su esposa, que era sectaria del eddysmo. Su Biblia, su
ejemplar de Ciencia y Salud y su Quarterly (publicación trimestral) estaban
sobre la mesa, al lado de la cama.
Él no respondió nada. Estaba sentado en la cama, limpiando la escopeta.
Apretó la recámara, que estaba llena de pesadas cápsulas amarillas, y la sacó
de nuevo. Entonces se desparramaron sobre el lecho.
—Henry —llamó su mujer. Y, después de esperar un momento, repitió—:
¡Henry!
—Sí, oigo.
—No has dicho nada que haya molestado a Boulton, ¿verdad?
—No —contestó él.
—¿Y por qué vino la discusión, querido?
—Por una estupidez.
—Dímelo, Henry. No trates de ocultarme nada. ¿Por qué os peleasteis?
—Pues… Dick me debe una suma de dinero desde que le curé la
pulmonía a su india, y creo que buscó camorra para que yo me viera obligado
a despedirle. Así no me tendrá que pagar la cuenta con su trabajo.

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La mujer se quedó silenciosa. El médico limpió la escopeta frotándola
con un trapo. Después apretó las cápsulas hacia adentro, contra el resorte de la
recámara. Se quedó sentado con el arma en las rodillas. Era su favorita.
Entonces oyó la voz de su esposa, desde la otra habitación:
—Querido; creo, con franqueza, que no lo ha hecho para no tener que
pagarte.
—¿No?
—No. No puedo creer que alguien haga algo semejante voluntariamente.
El médico se puso de pie y colocó la escopeta en el rincón, detrás del
aparador.
—¿Vas a salir, querido?
—Me parece que me voy a pasear un rato.
—Si ves a Nick, querido, ¿quieres decirle que su mamá desea verle?
El médico salió a la galería. La puerta de mampara se cerró
estrepitosamente tras él y oyó que su mujer contuvo una exclamación de
asombro.
—Perdóname —dijo junto a la ventana con las persianas corridas.
—No es nada, querido.
Luego salió y caminó por el sendero, entre los bosques de abetos. Allí
estaba fresco, a pesar de que era un día terriblemente caluroso. Encontró a
Nick leyendo al pie de un árbol.
—Tu madre quiere que vayas a verla —dijo el médico.
—Quiero ir contigo —manifestó Nick.
Su padre lo miró.
—Muy bien. Vamos. Dame el libro. Lo llevaré en el bolsillo.
—Ya sé dónde hay ardillas negras, papá.
—Muy bien. Entonces llévame a verlas.

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EL FIN DE ALGO
Antes, Hortons Bay era un pueblo de madereros y leñadores. Ninguno
de sus habitantes se salvaba del ruido de las grandes máquinas de un
aserradero que había junto al lago. Pero un año se acababan los troncos para
aserrar. Entonces, las goletas de los madereros anclaron en la bahía y cargaron
y se llevaron toda la madera amontonada en el corral. Desmantelaron el gran
aserradero de toda la maquinaria transportable, que los mismos hombres que
habían trabajado allí embarcaron en una de las goletas. La embarcación se alejó
por el lago llevando las dos grandes sierras, el aparato que arrojaba los troncos
contra las sierras circulares giratorias y todas las ruedas, correas y
herramientas que cabían en ese enorme cargamento de madera. La bodega
abierta estaba tapada con lona y de un modo hermético. Una vez henchidas las
velas, el barco empezó a navegar por el lago, llevándose todo lo que había
hecho del aserradero, un aserradero, y de Hortons Bay, un pueblo.
Las casas de un piso, el bodegón, el almacén de la compañía, las oficinas
del aserradero y el mismo aserradero quedaron desiertos en medio de la
pantanosa pradera cubierta de serrín que se extendía a la orilla del lago.
Diez años más tarde no quedaba nada del aserradero, excepto los
cimientos de piedra caliza que Nick y Marjorie vieron a través del bosque
renacido, mientras remaban muy cerca de la costa. Estaban pescando en bote
al borde del banco que se cortaba repentinamente en bajíos arenosos de doce
pies de profundidad. Se dirigían al promontorio, que era el lugar más
apropiado para colocar los sedales nocturnos que atraían a las truchas
californias.
—He aquí nuestras viejas ruinas, Nick —dijo Marjorie.
Mientras remaba, Nick miró hacia las piedras blancas que se veían entre
los árboles verdes.
—Allí está —expresó.
—¿Recuerdas cuando estaba el aserradero? —preguntó Marjorie.
—Sí, recuerdo.
—Parece más bien un castillo —opinó la muchacha.
Él no dijo nada. Remaron hasta perder de vista los restos del aserradero,
siguiendo la costa. Luego, Nick atravesó la bahía.
—¿No pican?
—No —respondió Marjorie, absorta en la caña mientras remaban. No se

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distraía ni siquiera para hablar. Le gustaba ese deporte. Le gustaba mucho
pescar. Le gustaba muchísimo pescar con Nick.
Muy cerca del bote, una trucha enorme sacudió la superficie del agua.
Nick remó con fuerza, haciendo girar el bote para que el anzuelo pasase por
donde estaba la trucha. Cuando asomó su espinazo, los peces que usaba como
cebo saltaron en forma salvaje. Se desparramaron por la superficie como un
puñado de municiones arrojadas al agua. Del otro lado de la embarcación saltó
otra trucha, en busca del preciado alimento.
—Están comiendo —indicó Marjorie.
—Pero no van a morder —dijo Nick.
Volvió a dar la vuelta con el bote pasando entre los hambrientos peces, y
se dirigió a la costa. Marjorie recogió el sedal así que llegaron a la orilla.
Detuvieron la embarcación en la playa y Nick sacó un balde con percas
vivas, que nadaban en el agua del recipiente. Después cogió a tres con las
manos y les cortó la cabeza y las peló, mientras Marjorie introducía las manos
en el balde. Finalmente sacó una perca y empezó a hacer lo mismo que Nick.
—No hace falta arrancarle la aleta ventral —dijo él—. Lo mismo sirve
como cebo, pero es mejor que tenga la aleta ventral.
Enganchó las colas de las percas peladas en los dos anzuelos del sedal de
cada caña. Marjorie, por su parte, remó hacia el banco. Sostenía el hilo entre los
dientes y miraba a Nick, que estaba con la caña en la playa, mientras el sedal
se desenrollaba.
—Ya está bien —gritó.
—¿Lo suelto? —dijo Marjorie, con el sedal en la mano.
—Claro. Suéltalo.
Marjorie dejó caer el hilo y los cebos penetraron en el agua.
Luego volvió con el bote y se llevó el segundo sedal de la misma manera.
A cada oportunidad, Nick colocó una pesada tabla haciendo cruz con el
extremo de la caña para que no se moviera, y un trozo de madera más
pequeño para formar el ángulo. Después devanó el sedal con lentitud hasta
dejarlo tirante y establecer una línea recta desde donde el anzuelo descansaba
sobre el piso arenoso, y por último aseguró el carrete regulador. De este modo
cuando alguna trucha se acercaba a comer, el hilo daba un tirón y el ruido del
trinquete fijo indicaba su presencia.
Al principio, Marjorie avanzó lentamente para no mover el sedal, pero
una vez que estuvo fuera de esa zona, remó con rapidez hasta la playa,

70
acompañada por pequeñas olas. La muchacha salió del bote y Nick lo arrastró
por la arena.
—¿Qué te pasa, Nick?
—No lo sé —contestó este mientras juntaba leña para el fuego.
Encendieron el fuego con la madera que el agua había llevado a la costa.
Marjorie fue al bote en busca de una manta. La brisa nocturna impulsaba el
humo hacia el promontorio, y por eso ella extendió la manta entre el fuego y el
lago.
Después se sentó sobre la manta, de espaldas al fuego, y esperó a Nick.
Este volvió en seguida y se sentó a su lado. Detrás de ellos estaba el bosque
renacido, en el promontorio, y enfrente, la bahía con la desembocadura del
arroyo de Hortons. La oscuridad no era completa. La luz de la fogata
iluminaba el agua. Ambos pudieron ver las dos cañas de pescar de acero,
inclinadas sobre el lago. El fuego provocaba destellos en los carretes.
Marjorie abrió la cesta de la cena.
—No tengo hambre —dijo Nick.
—Vamos, Nick. Come.
—Bueno.
Comieron sin decir nada, observando las dos cañas y el fuego reflejado
en el agua.
—Esta noche ya a haber luna —expresó Nick, que miraba hacia el otro
lado de la bahía. Las colinas se recortaban ya contra el cielo. Y él se dio cuenta
de que la luna estaba ya por asomarse, más allá de las colinas.
—Ya lo sé —dijo Marjorie con alegría.
—Tú lo sabes todo.
—¡Oh! ¡Cállate, Nick! Te lo ruego. ¡No seas así, por favor!
—No puedo evitarlo. Tú tienes la culpa. Lo sabes todo. Eso es lo malo, y
también lo sabes.
La muchacha no dijo nada.
—Te lo he enseñado todo —continuó Nick—. No lo niegues. ¿Qué es lo
que no sabes, entonces?
—¡Oh! ¡Cállate! Ahí sale la luna.
Se quedaron sentados sobre la manta, sin tocarse, observando cómo
aparecía el astro nocturno.

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—No tienes por qué decir tonterías —protestó Marjorie—. ¿Qué te ocurre
en realidad?
—No sé.
—¿Cómo no?
—No, no sé.
—Anda. Dime la verdad.
Nick miró la luna, que se asomaba encima de las colinas.
—Ya no me gusta esto.
Tenía miedo de mirar a la muchacha, pero miró. Marjorie le daba la
espalda. Siguió mirándola:
—Ya no me divierte. Nada. En absoluto.
Ella no dijo nada. Nick continuó:
—Me encuentro como si todo se hubiera ido al demonio en mi alma. No
sé, Marge. No sé qué decir.
Todavía miraba la espalda de la mujer.
—¿Ya no te divierte el amor? —preguntó Marjorie.
—No.
Ella se puso de pie. Nick permaneció sentado, con la cabeza entre las
manos.
—Voy a usar el bote —le gritó Marjorie—. Tú puedes volver a pie por el
promontorio.
—Bueno —dijo Nick—. Espera, que iré a desatracar el bote.
—No hace falta —cuando dijo esto, Marjorie estaba ya dentro de la
embarcación, en el agua, bajo la luz de la luna.
Nick regresó y se acostó boca abajo, sobre la manta, junto al fuego. Oyó
el rítmico movimiento de los remos, mientras Marjorie se alejaba.
Se quedó allí largo rato. Estaba acostado cuando Bill apareció en el claro
después de atravesar el monte. Sintió que el recién llegado se acercaba al
fuego. Pero Bill no lo tocó.
—¿Salió todo bien? —preguntó este.
—Sí —contestó Nick sin abandonar su posición, con la cara pegada a la
cobija.
—¿Hubo escándalo?

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—No, no pasó nada.
—¿Cómo te sientes?
—¡Oh! ¡Vete, Bill! Déjame solo un momento.
Bill eligió un sándwich del canasto y fue a echar un vistazo a las cañas.

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EL VENDAVAL DE TRES DÍAS
Ya no llovía cuando Nick entró en el camino que atravesaba el huerto. La
fruta había sido recolectada y el viento otoñal soplaba entre los árboles
desnudos. Nick se detuvo y cogió una manzana caída a un lado del camino. La
fruta brillaba, mojada por la lluvia, sobre la hierba. Después la guardó en un
bolsillo de la chaqueta.
Al salir del huerto, el camino llevaba a la cima de la colina. Allí estaba el
chalet, con la galería vacía y la chimenea humeante. Detrás se veían el garaje,
el gallinero y el bosque replantado, que parecía un seto al lado de los montes
viejos. Los grandes árboles se inclinaban por la fuerza del viento, en la primera
de las tormentas otoñales.
Cuando Nick estaba cruzando el campo que se extendía entre el huerto y
la casa, apareció Bill en la puerta del chalet. Se quedó observándole desde la
galería.
—¡Hola, Wemedge! —exclamó.
—¡Hola, Bill! —dijo Nick, mientras subía los escalones.
Los dos permanecieron allí. Sus miradas se dirigían más allá del huerto y
del camino. Estaban observando el lago, a través de los campos y los bosques
del promontorio. El viento soplaba con fuerza en el lago. Desde aquel sitio
elevado podían ver la marejada, en la punta de Ten Mile.
—Parece que hay viento —dijo Nick.
—Seguirá soplando así tres días.
—¿Está tu padre?
—No. Salió a cazar. ¿Por qué no entras?
Nick entró en el chalet. El viento hizo crujir el fuego, encendido en el
hogar, y Bill cerró la puerta.
—¿Vamos a tomar algo? —preguntó.
Fue a la cocina y regresó con dos vasos y un jarro de agua. Nick tomó la
botella de whisky que estaba en el estante, encima del hogar.
—¿Qué te parece?
—Muy bien —respondió Bill.
Por último, se sentaron frente al fuego y bebieron el whisky irlandés con
agua.
—Tiene gusto a humo —dijo Nick, y miró el fuego a través del vaso.

74
—Es debido al carbón de turba.
—Pero es imposible mezclar carbón con el licor.
—Eso no quiere decir nada.
—¿Viste alguna vez una turba? —preguntó Nick.
—No.
—Yo tampoco.
Como Nick tenía los pies cerca de la chimenea, empezó a salir vapor de
sus zapatos.
—Será mejor que te quites los zapatos —dijo Bill.
—Es que no llevo calcetines.
—No importa. Quítatelos y déjalos secar, que yo te traeré otros.
Bill se fue en seguida al desván y Nick oyó los pasos por encima de su
cabeza. El piso alto no tenía techo, y allí dormían a veces Bill, su padre y él,
Nick. Detrás estaba el lavabo. Cuando llovía metían los catres en aquella
habitación y los cubrían con mantas de caucho.
Bill volvió con un par de pesados calcetines de lana.
—Ya no es tiempo de andar sin calcetines —dijo.
—Me da rabia tener que usarlos de nuevo.
Nick se los puso y se reclinó en la silla, apoyando los pies en la pantalla
de la chimenea, frente al fuego.
—Vas a abollar la pantalla —observó Bill. Entonces, Nick removió en el
aire sus extremidades, volviendo a apoyarlas junto al hogar.
—¿Tienes algo para leer?
—Solo el periódico.
—¿Cómo salieron los «Cards»?
—Perdieron dos partidos seguidos con los «Giants».
—Se daba por descontado…
—Ha sido un regalo —dijo Bill—. Y no hay nada que hacer mientras
McGraw pueda comprar todos los buenos jugadores de baseball de la liga.
—Puede comprarlos a todos.
—Compra a los que quiere. O los hace pelearse, y así juegan para él.
—Como Heinie Zim, por ejemplo —convino Nick.

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—Ese imbécil le irá muy bien.
Bill se levantó.
—Sabe golpear —dijo Nick. El calor del fuego llegaba hasta sus piernas.
—Y también es un buen fielder[6]. Pero falla cuando entrega la pelota.
—Tal vez sea por eso que le conviene a McGraw —sugirió Nick.
—Quizá.
—Hay muchas cosas que uno no sabe.
—Claro. Pero, a pesar de la distancia, tenemos buenas informaciones y
acertamos pronósticos.
—A veces es más fácil acertar el ganador de una carrera si uno ve los
caballos, ¿no es cierto? Y en este caso ocurre lo mismo.
—Eso es.
Bill cogió la botella de whisky, recubriéndola por completo con su enorme
mano. Después echó el líquido en el vaso que sostenía Nick.
—¿Cuánta agua?
—Igual que antes.
Bill se sentó en el suelo, junto a la silla de su amigo.
—¡Qué bonito es cuando empiezan las tormentas de otoño! ¿Eh? —
preguntó este.
—Es hermoso.
—La mejor época del año.
—Dime, ¿no sería una estupidez vivir en la ciudad?
—Me gustaría ver los noticieros de todo el mundo.
—¡Bah! De cualquier modo, ahora los dan siempre en Nueva York o en
Filadelfia —dijo Bill—. Además, no se pierde nada.
—¿Te parece que los «Cards» podrán ganar alguna vez el campeonato?
—Nos moriremos sin saberlo.
—¡Dios! Se volverían locos, ¿eh?
—¿Recuerdas cuando estuvieron a punto de enloquecer, aquella vez que
descarriló el tren?
—¡Cómo no! —exclamó Nick al acordarse.
Bill fue hasta la ventana en busca del libro que había dejado en la mesa

76
antes de salir. Después permaneció con el vaso en una mano y el libro en la
otra, apoyándose en la silla de Nick.
—¿Qué estás leyendo?
—Richard Feverel.
—Yo no he logrado entenderlo.
—Es muy bueno —manifestó Bill—. No me dirás que se trata de un libro
malo, ¿eh, Wemedge?
—¿Qué otro libro tienes que yo no haya leído? —preguntó Nick.
—¿Leíste Forest Lovers?
—Ajá. Es ese en el que se acuestan todas las noches con la espada
desenvainada al lado.
—Es un libro estupendo, Wemedge.
—Excelente. Lo que nunca he podido comprender es qué utilidad tiene la
espada. Debe estar siempre con el filo hacia arriba, pues si la dejan plana uno
puede muy bien deslizarse encima de ella durante el sueño, y entonces se
perdería mucho tiempo en un caso de apuro.
—Es un símbolo —dijo Bill.
—Seguro; pero nada práctico.
—¿Has leído alguna vez Fortitude?
—Es admirable. Es un libro de verdad. ¿Tienes algún otro de Walpole?
—The Dark Forest —contestó Bill—. Habla de Rusia.
—¿Y qué puede hacer de Rusia?
—No sé. Uno no conoce a esos tipos. Tal vez haya estado allí en su
juventud. Contiene muchas noticias.
—Me gustaría conocerlo.
—A mí me gustaría leer algo de Chesterton.
—Quisiera que estuviese aquí ahora —dijo Nick—. Lo llevaríamos a
pescar al «Voix tomorrow».
—¿Quién sabe si le gusta pescar?
—Claro que le gusta. Debe de ser un tipo estupendo. ¿Recuerdas el verso
de Flying Inn?
Si del cielo baja un ángel
y algo más para beber te ofrece,

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agradécele sus buenas intenciones,
y corre a vaciar tu copa al vertedero.
—Muy bien —dijo Nick—. Creo que es un tipo mejor que Walpole.
—¡Oh! Claro que es mejor. Pero Walpole es mejor escritor.
—¿Quién sabe? Chesterton es un clásico.
—Y Walpole también es un clásico, y de los mejores —insistió Bill.
—Quisiera que estuvieran aquí los dos. Los llevaríamos a pescar al «Voix
tomorrow».
—Emborrachémonos —sugirió Bill.
—Bueno —convino su amigo.
—Mi padre no dirá nada.
—¿Estás seguro?
—Lo sé.
—Ya me siento un poco borracho.
—No, todavía no estás borracho.
Bill se incorporó desde el suelo para recoger la botella de whisky. Nick
alargó su vaso, y no apartó la mirada del mismo hasta que Bill lo llenó más de
la mitad.
—Ponte el agua que quieras —dijo—. Todavía queda whisky para otro
trago.
—¿Hay más? —preguntó Nick.
—De sobra. Pero papá quiere que se beba solamente del que está abierto.
—Claro.
—Dice que el borracho empieza por abrir botellas —explicó Bill.
—¡Qué bien! —dijo Nick. Estaba sorprendido. Nunca había pensado en
aquello. Siempre creyó que los borrachos empezaban bebiendo solos.
—¿Cómo está tu padre? —preguntó respetuosamente.
—Muy bien —contestó Bill—. A veces está un poco cascarrabias.
—Es un tipo estupendo —dijo Nick mientras se servía agua de la jarra.
Después la mezcló lentamente.
—En eso puedes apostar la vida.
—Mi padre es muy bueno, también.

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—¡Diantre! ¡Vaya si lo es!
—Dice que nunca en su vida tomó un trago —dijo Nick como
anunciando un hecho científico.
—Bueno, pero él es médico. Mi viejo, en cambio, es pintor. Es distinto.
—Ha perdido mucho —manifestó Nick con tristeza.
—¿Quién sabe? Todo tiene sus compensaciones.
—Él mismo lo dice.
—Bueno, papá también tuvo una mala época.
—Todo se equilibra.
Ambos estuvieron largo rato mirando la chimenea y pensando en esta
profunda verdad.
—Iré al sótano a buscar un pedazo de leña —dijo Nick después de la
pausa. Al mirar al fuego, observó que se apagaba. Además, quería demostrar
que el licor no le hacía nada y podía mantenerse de pie. Aunque su padre no
hubiese tomado nunca una copa, Bill no iba a emborracharle antes de que lo
estuviese por sus propios medios.
—Trae uno de los leños grandes de haya —le dijo Bill, que también se
esforzaba por conservarse consciente.
Al volver con el leño, Nick golpeó y volcó una cacerola en la cocina.
Entonces dejó su carga en el suelo y recogió el recipiente.
Después echó un poco más de agua con el balde que estaba junto a la
mesa. Se enorgulleció de su fuerza. Había sido concienzudamente eficaz.
Regresó con el leño. Bill se levantó de la silla y le ayudó a echar la leña al
fuego.
—Es un trozo enorme —dijo Nick.
—Lo he estado guardando para los días fríos. Un leño como este dura
toda la noche.
—Y todavía quedarán brasas para encender el fuego por la mañana —
agregó Nick.
—Por descontado —convino su amigo. Estaban llevando la conversación
a un plano elevado.
—Tomemos otra copa —dijo el visitante.
Bill se arrodilló en el rincón, frente al armario, y sacó una botella
cuadrada.

79
—Es escocés.
—Voy a buscar más agua.
Nick volvió a la cocina. Hundiendo el cucharón en el agua fría del balde,
llenó la jarra. Al regresar al living, pasó frente a un espejo que había en el
comedor y se detuvo. Su rostro estaba raro. Sonrió ante la cara reflejada en el
espejo, y esta le devolvió la sonrisa. Después hizo un guiño y siguió su camino.
No era su rostro realmente, pero eso no tenía importancia.
Bill ya había servido el whisky.
—¡Qué manera de beber! Es demasiado —dijo Nick.
—Para nosotros, no, Wemedge.
—Brindaremos por la pesca.
—De acuerdo —dijo Nick—. Por la pesca, señores.
—Por la pesca. Nada más.
—La pesca. Por eso brindamos.
—Es mejor que el baseball.
—No se pueden comparar. ¿Cómo es posible que hayamos hablado de
baseball hace un rato?
—Fue un error. El baseball es un deporte de brutos.
Luego vaciaron sus vasos.
—Ahora bebamos a la salud de Chesterton.
—Y de Walpole —intervino Nick.
Nick sirvió el whisky y Bill el agua. Los dos se miraron. Se encontraban
muy guapos.
—Por Chesterton y Walpole, señores —dijo Bill.
—Eso mismo, señores —brindó su amigo.
Bebieron de nuevo y Bill volvió a llenar los vasos. Estaban sentados
frente al fuego, en las sillas grandes.
—Fuiste muy sensato, Wemedge.
—¿Qué quieres decir?
—Me refiero a ese asunto de Marge.
—Creo que sí —dijo Nick.
—Era lo único que podías hacer. Si no hubieses roto con ella, ahora
estarías en tu casa devanándote los sesos y pensando cómo conseguir dinero

80
suficiente para casarte.
Nick no dijo nada.
—Al casarse, el hombre se convierte en un esclavo —continuó Bill—. Se
queda sin nada. Sin nada, ¡maldición! Está arruinado para el resto de su vida.
Por otra parte, ya has visto esos tipos que se casan, ¿eh?
Nick no dijo nada.
—Al verlos, te das cuenta en seguida. Tienen ese aspecto grosero propio
de los casados. Están acabados. Nunca volverán a ser lo que fueron.
—Claro —asintió Nick.
—Es probable que haya sido desagradable la ruptura, pero ya pasará
cuando te enamores de alguna otra. Enamórate, pero no dejes que te quiten la
personalidad.
—Sí.
—Si te hubieses casado con ella, te hubieras casado con toda la familia.
Acuérdate de su madre y del tipo que se casó con ella.
Nick hizo un gesto afirmativo.
—¿Te gustaría tenerlos siempre en tu casa e ir a cenar a la suya los
domingos? ¿Y que la madre le dijese continuamente a Marge lo que tiene que
hacer y cómo tiene que comportarse?
Nick guardó silencio.
—De buena te libraste, ¡maldición! —prosiguió Bill—. Ahora ella podrá
casarse con cualquiera de su misma clase y ser feliz. No puedes mezclar el
aceite con el agua, ni tampoco estos asuntos. Sería peor que si yo me casase
con Ida, la que trabaja en la casa de Stratton. Aunque es posible que le gustara.
Nick no dijo nada. El efecto del whisky ya había pasado y se quedó solo.
Bill no estaba allí. No estaba sentado frente al fuego, ni iría mañana a pescar
con Bill y su papá. No estaba borracho. Todo había pasado. Lo único que sabía
era que había perdido a Marjorie. Eso era lo que importaba. Solo eso. Tal vez
no la volvería a ver nunca. Nunca, probablemente. Todo había pasado. Todo
había terminado.
—Tomemos otro vaso —dijo Nick.
Bill llenó los vasos y él echó un poco de agua.
—Si no lo hubieras hecho, ahora no estaríamos juntos —manifestó Bill.
Era cierto. Al principio había pensado volver a su casa y conseguir

81
trabajo. Pero después resolvió quedarse en Charlevoix todo el invierno, para
estar cerca de Marge. Ahora no sabía qué iba a hacer.
—Y tampoco podríamos ir a pescar mañana —continuó Bill—. Pero veo
que has seguido el buen camino.
—No pude evitarlo.
—Lo sé. Así se resuelven las cosas.
—Ocurrió todo de un modo repentino. No sé por qué causa. No pude
evitarlo. Fue como esos vendavales de tres días que dejan los árboles sin hojas.
—Bueno, ya pasó. Eso es lo que interesa.
—Yo tuve la culpa.
—No importa de quien sea la culpa.
—Supongo que no.
Lo cierto era que Marjorie se había ido y que quizá no volviera a verla
nunca. Recordó que le había hablado del viaje que harían juntos a Italia y de
cómo se divertirían en todos aquellos sitios. Ya no existía nada de todo
aquello.
—Lo importante es que todo ha terminado. No te imaginas, Wemedge,
cuánto me preocupaste con ese asunto, pero te comportaste bien. Comprendo
que su madre está apenada, ya que había dicho a mucha gente que estabais
comprometidos.
—No estábamos comprometidos.
—En todas partes decían que lo estabais.
—Perdóname, pero te repito que no estábamos comprometidos.
—¿Acaso no ibais a casaros?
—Sí. Pero no estábamos comprometidos.
—¿Y qué diferencia hay? —preguntó Bill con ganas de precisar.
—No sé, pero hay cierta diferencia.
—Pues yo no la veo.
—Es igual —terminó Nick—. Emborrachémonos, entonces.
—Bueno —convino Bill—. Pero una borrachera de verdad.
—Y después iremos a nadar —y Nick vació su vaso. Luego dijo—: Lo
lamento mucho por ella, ¡maldición! Pero ¿qué podía hacer? ¡Bien sabes cómo
era su madre!

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—Era terrible.
—De repente, terminó todo, igual que un vendaval. Aunque no debería
hablar más de este asunto.
—Tú no has sido —explicó Bill—. Yo inicié la conversación, y ahora la he
terminado. No volveremos a hablar de este asunto. Tampoco tienes que pensar
en eso, pues podrías cometer el mismo error.
En realidad, Nick no había pensado en eso. ¡Le pareció todo tan
categórico! Pero esto era solo un pensamiento, y entonces se encontró mejor.
—Claro —dijo—. Siempre existe ese peligro.
Ahora se sentía feliz, puesto que comprendía que no había nada
irrevocable. Podría ir a la ciudad el sábado por la noche. Era jueves.
—Queda siempre una oportunidad.
—Tendrás que cuidarte —le aconsejó Bill.
—Me cuidaré.
Se sentía feliz. No había terminado nada. Nada se había perdido. Iría a la
ciudad el sábado. Estaba más alegre, como antes de que Bill empezara a hablar
de aquel asunto. Todavía era posible una solución.
—¿Qué te parece si sacáramos los fusiles y nos fuésemos al promontorio
a buscar a tu padre?
—Me parece muy bien.
Bill descolgó las dos escopetas de la percha y abrió una caja de cartuchos.
Nick se puso la chaqueta y los zapatos. Estos, de tan secos, estaban duros.
Todavía le duraba la borrachera, pero tenía la cabeza despejada.
—¿Cómo te encuentras? —preguntó Nick.
—A las mil maravillas. Te llevo un poco de ventaja —Bill estaba
abrochándose el jersey.
—No se gana nada con emborracharse.
—No. Salgamos.
Afuera continuaba el vendaval.
—Con esto se caerán todos los pájaros —dijo Nick.
Después se dirigieron al huerto.
—Esta mañana vi una perdiz —expresó Bill.
—Tal vez la encontraremos ahora.

83
—Es que con este viento no se puede tirar.
Allí, al aire libre, el asunto de Marge ya no era tan trágico. Ni siquiera
muy importante. El vendaval se lo llevaba todo.
—Viene directamente del lago —dijo Nick.
Oyeron el sonido de una escopeta.
—Es papá. Debe de estar en el pantano.
—Abreviemos el camino por aquí.
—Vamos por la pradera, a ver si cazamos algo —propuso Bill.
—Bueno —aceptó su amigo.
Ningún detalle tenía ahora importancia. El viento vació la cabeza de
Nick. Además, podría ir a la ciudad el sábado a la noche. Fue un acierto no
haber dicho nada de esto.

EL LUCHADOR
Nick se levantó sin dificultad. Dirigió la mirada a lo largo de la vía, hasta
las luces del vagón del conductor del tren de carga, que se perdía de vista en la
curva. Había agua a ambos lados de los rieles, y después venían los alerces y
los pantanos.
Se palpó la rodilla. Los pantalones estaban rotos y tenía las piernas y las
manos llenas de rasguños, y arena y cenizas bajo las uñas. Llegó hasta el borde
del terraplén y bajó por la corta pendiente hasta el agua para lavarse las
manos. Se las lavó cuidadosamente con agua fría y se limpió las uñas. Después
se agachó e hizo lo mismo con la rodilla.
¡Ese bruto y desgraciado guardafrenos! Pero le conocía bien, y ya le daría
su merecido. ¡Bonita forma de proceder!
—Ven aquí, muchacho —le había dicho—. Tengo algo para ti.
Por eso se cayó. ¡Bonita cosa de chicos había hecho el bruto! ¡Ah! Pero
nunca más volvería a ocurrirle eso.
—¡Ven aquí, muchacho, quiero darte algo! —Y después: ¡bum!, Nick cayó
a un lado de la vía.
Ahora estaba refregándose el ojo. Empezaba a salirle un chichón que ya
le dolía. Tendría un ojo negro, muy bien, pero ya vería ese guardafrenos.
Se tocó el chichón. ¡Oh! Al fin y al cabo, el único rastro del golpe era un
ojo negro. Le había salido barato. Lo que deseaba era encontrar otra vez al
maldito. Aunque no iba a encontrarlo allí, en el agua. Era de noche y estaba

84
muy alejado de todas partes. Se secó las manos en los pantalones y se
incorporó. Después subió de nuevo por el terraplén.
Empezó a caminar por la vía. La arena y las piedras estaban bien prietas
entre las traviesas y se podía andar con facilidad. El terraplén continuaba hacia
los pantanos. Nick siguió caminando. Esperaba llegar a alguna parte.
Había subido al tren de carga cuando este aminoró la marcha en los
tinglados de las afueras de Walton Junction. El tren, con Nick en él, pasó por
Kalkaska al anochecer. Ahora debía de estar cerca de Mancelona, a unas tres o
cuatro millas del terreno pantanoso. Caminaba por la vía con el espectro del
pantano en la niebla naciente. Le dolía el ojo y tenía hambre. Continuó
caminando y dejó tras de sí varias millas de rieles. A ambos lados de los
carriles, la marisma parecía no acabar nunca.
Llegó a un puente y lo cruzó. Las botas producían un ruido hueco contra
el hierro. Entre las aberturas de los pontones se veía el agua oscura que corría
debajo. Dio un puntapié a un perno flojo, que cayó al agua. Más allá del
puente había varias colinas. Ahora estaba más oscuro a los lados de la vía.
Después de otro trecho, Nick divisó una hoguera.
Siguió andando con cautela hacia aquel lugar. La hoguera estaba cerca
del terraplén, a un lado del mismo. Desde donde se encontraba solo veía el
resplandor. Los rieles atravesaban un desmonte y el fuego estaba en un claro
bastante amplio. Nick descendió lentamente por el terraplén y entró en el
monte, dirigiéndose al fuego a través de los árboles. Era un bosque de hayas y
al caminar aplastaba las nueces caídas.
El fuego brillaba más ahora, justo donde terminaban los árboles. Había
un hombre sentado junto a la hoguera. Nick se detuvo detrás del árbol,
observando la escena. Parecía que el hombre estaba solo. Tenía la cabeza
apoyada en las manos y no apartaba la vista del fuego. Nick abandonó su sitio
y se dirigió hacia él.
El hombre continuaba mirando la hoguera. No se movió ni cuando el
muchacho se detuvo a su lado.
—¡Hola! —dijo este.
El hombre alzó la mirada.
—¿Y ese ojo negro? —le preguntó.
—Un guardafrenos me derribó.
—¿El del tren de carga?
—Sí.

85
—Le he visto al maldito —dijo el hombre—. Pasó por aquí hace más o
menos una hora y media. Andaba por el techo de los vagones palmoteando y
cantando.
—¡El hijo de perra!
—Debe de haberle gustado mucho lo que te hizo.
—Ya lo agarraré.
—Tírale una piedra otra vez que pase —le aconsejó el desconocido.
—Ya me las pagará.
—Eres fuerte, ¿verdad?
—No —contestó Nick.
—Todos los muchachos son fuertes a tu edad.
—Usted debe de haber sido fuerte, entonces.
—Claro.
El hombre miró a Nick y sonrió. A la luz de la hoguera, el muchacho
observó que su rostro estaba desfigurado. Tenía la nariz hundida, los labios
eran una masa deforme y los ojos simples hendiduras. Nick no lo vio todo de
golpe. Solo advirtió que el hombre tenía la cara mutilada. Por el color parecía
cal o cemento. Provocaba una impresión horrible a la luz de la hoguera.
—¿No te gusta mi cara? —preguntó su interlocutor.
Nick estaba desconcertado.
—¿Cómo no? —respondió.
—¡Mira esto! —El hombre se sacó la gorra.
Solo tenía una oreja, muy gruesa y aplastada por completo, y un muñón
ocupaba el lugar que le correspondía a la otra.
—¿Viste algo parecido alguna vez?
—No —dijo Nick. Estaba un poco descompuesto.
—Pues yo he tenido que soportarlo. ¿No te parece que lo he soportado,
muchacho?
—¡Ya lo creo!
—Todos se rompían las manos golpeándome —dijo el hombre—. No
podían lastimarme.
Miró a Nick.
—Siéntate. ¿Quieres comer algo?

86
—No se moleste —manifestó el muchacho—. Voy a seguir andando
hasta la ciudad.
—¡Escucha! —dijo el otro—. Llámame Ad.
—¡Estupendo!
—Oye. No estoy muy sano.
—¿Cómo? ¿Qué tiene?
—Estoy loco.
El hombre se puso la gorra. Nick se hubiera reído de buena gana.
—A mí me parece que está usted perfectamente sano.
—No, no lo estoy. Estoy loco. Oye, ¿te has vuelto loco alguna vez?
—No —respondió Nick—. ¿Y cómo le ocurrió eso?
—No sé —dijo Ad—, cuando se vuelve loco, uno no sabe nada. Pero tú
debes conocerme, ¿verdad?
—No.
—Soy Ad Francis.
—¿Se atrevería a jurarlo por Dios?
—¿No lo crees?
—Sí.
Nick se dio cuenta de que debía ser cierto.
—¿Sabes cómo los vencía?
—No —dijo el muchacho.
—Mi corazón atrasa. Solo late cuarenta veces por minuto. ¿Quieres
comprobarlo?
Nick vaciló.
—Vamos —el hombre le tomó la mano—. Apriétame la muñeca. Apoya
los dedos aquí.
La muñeca del hombre era gruesa y los músculos presentaban una
inflexión encima del hueso. Nick sintió el lento pulso bajo sus dedos.
—¿Tienes reloj?
—No.
—Yo tampoco —dijo Ad—. Si no tienes reloj no vale la pena.
Nick dejó caer la mano.

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—Oye —dijo Ad Francis—. Aprieta de nuevo. Cuenta los latidos hasta
que yo llegue a sesenta.
Nick empezó la cuenta, sintiendo por los dedos las lentas pulsaciones.
Oyó que el hombre contaba, despacio: uno, dos, tres, cuatro, cinco, y etc… en
voz alta.
—Sesenta —concluyó Ad—. Un minuto. ¿Hasta cuánto llegaste?
—A cuarenta.
—Perfecto —expresó aquel con alegría—. Nunca adelanta.
En aquel momento, otro hombre bajó del terraplén del ferrocarril y
atravesó el claro rumbo a la hoguera.
—¡Hola, Bugs! —saludó Ad.
—¡Hola! —contestó el recién llegado.
Era la voz de un negro. Nick se dio cuenta de que era un negro, por la
manera de andar. Se agachó junto al fuego, dándoles la espalda. Al cabo de un
instante, se enderezó.
—Este es mi compañero Bugs —dijo Ad—. También está loco.
—Mucho gusto en conocerle —expresó Bugs—. ¿De dónde dijo que
viene?
—De Chicago —respondió Nick.
—Hermosa ciudad —dijo el negro—. Pero todavía no sé cómo se llama
usted.
—Adams. Nick Adams.
—Dice que nunca se ha vuelto loco, Bugs.
—Todavía es muy joven —manifestó el negro mientras desenvolvía un
paquete junto al fuego.
—¿Cuándo vamos a comer? —preguntó el que había sido boxeador
profesional.
—En seguida —contestó Bugs.
—¿Tienes hambre, Nick?
—Un hambre del demonio.
—¿Has oído, Bugs?
—Oigo todo lo que viene después, también.
—Eso no es lo que te pregunté.

88
—Sí. Oí lo que dijo el señor.
Estaba poniendo lonchas de jamón en una sartén. La grasa
chisporroteaba al calentarse, y el negro de largas piernas, arrodillado junto al
fuego, le dio la vuelta al jamón y rompió varios huevos en la vasija,
inclinándola de un lado a otro para pringarlos de grasa caliente.
—¿Quiere cortar un poco de pan, señor Adams? Está dentro de esa bolsa
—dijo Bugs, dándose vuelta.
—Con mucho gusto.
Nick alcanzó la bolsa y sacó una hogaza, cortando seis rebanadas.
Después de observarlo, Ad se inclinó hacia él.
—¿A ver tu cuchillo, Nick? —requirió.
—No, no se lo dé —dijo el negro—. Guarde el cuchillo, señor Adams.
El boxeador volvió a sentarse como antes.
—¿Me da el pan, señor Adams? —preguntó Bugs, y Nick le entregó las
rebanadas.
—¿Le gusta mojar su pan en la grasa del jamón? —preguntó el negro.
—¿Cómo no?
—Tal vez sea mejor esperar hasta más tarde. Al acabar la comida. Vamos
a ver.
Bugs recogió una rebanada de jamón y la colocó sobre uno de los trozos
de pan, luego colocó un huevo encima.
—¿Quiere completar ese sándwich, por favor, y dárselo al señor Francis?
Ad recibió el sándwich y empezó a comer.
—Vigile ese huevo —le advirtió el negro—. Este es para usted, señor
Adams. El que queda es para mí.
Nick mordió el sándwich. Bugs estaba sentado frente a él, al lado de Ad.
Estaban sabrosísimos el jamón frito y los huevos.
—El señor Adams tiene hambre de verdad —dijo el negro.
El individuo por cuyo nombre Nick sabía que era un excampeón del
pugilato, permaneció en silencio. No había dicho nada desde que su
compañero habló del cuchillo.
—¿Aceptaría una rebanada de pan mojada con la grasa caliente? —
ofreció Bugs.
—Muchísimas gracias.

89
El hombre pequeño y blanco miró a Nick.
—¿Y usted también quiere, señor Adolfo Francis? —Bugs le acercó la
sartén.
Ad no respondió. Estaba mirando a Nick.
—Le he hablado, señor Francis —volvió a decir Bugs con suavidad.
Ad siguió mirando a Nick. Tenía la gorra casi sobre los ojos. El muchacho
se puso nervioso.
—¿Qué diablos te has creído? —dijo brusca y mordazmente, dirigiéndose
a Nick.
Hizo una breve pausa, y prosiguió:
—¿Quién demonios crees que eres? Eres un mocoso hijo de perra. Viniste
aquí sin que nadie te llamara y te has comido la ración de un hombre, y
cuando este te pidió prestado el cuchillo te hiciste el interesante.
Al hablar miraba a Nick con persistencia. La cara del hombre era blanca,
y sus ojos casi no se veían, debajo de la gorra.
—¡Porquería! ¿Quién te dijo que te metieras aquí?
—Nadie.
—Claro que nadie, ¡maldición! Y nadie te ha dicho que te quedes,
tampoco. Vienes y te muestras insolente con mi cara, fumas mis cigarros y te
tomas mi licor, y todavía te haces el interesante. ¿Y sabes cómo diablos vas a
irte?
Nick no dijo nada. Ad se puso de pie.
—Te lo diré, cobarde bastardo de Chicago. Vas a irte con la cara rota.
¿Comprendes?
Nick retrocedió. El hombre avanzó hacia él en forma lenta e inflexible,
adelantando primero el pie izquierdo y arrastrando luego el derecho.
—Pégame —movió la cabeza al decir esto—. Pégame. Pruébalo.
—No quiero pegarle. ¿Por qué?
—No creas que vas a salvarte así. Recibirás una buena paliza, ¿sabes?
Ven. Hazme frente.
—Cállese.
—¿Ajá? Pues mira, hijo de perra.
El hombre miró los pies de Nick, y entonces el negro, que lo había
seguido desde que se apartó del fuego, se acercó más y lo golpeó en la base del

90
cráneo. Ad cayó de bruces y Bugs soltó la cachiporra envuelta en un trapo. El
exboxeador quedó tendido boca abajo en la hierba. Su compañero lo levantó y
lo llevó de nuevo junto al fuego con la cabeza, colgando. La cara tenía un
aspecto feo. Bugs lo acostó con suavidad.
—¿Quiere traerme un balde con agua, señor Adams? —dijo—. Temo
haberle pegado un poco fuerte.
El negro salpicó el rostro del hombre con la mano y le tiró de la oreja de
un modo suave, hasta que los ojos se cerraron.
Bugs se puso de pie.
—Está muy bien. No hay que preocuparse por nada. Y perdóneme, señor
Adams.
—No tiene importancia, hombre —Nick miró al caído. Después vio la
cachiporra sobre la hierba y la recogió. Tenía un mango flexible y le pareció
blanda. Era de cuero negro, y llevaba el extremo más grueso envuelto en un
pañuelo.
—El mango es de ballena —explicó el negro, sonriendo—. Ya no los
hacen así. Le pegué porque no sabía si usted podría defenderse solo y, de
todos modos, no deseaba tampoco que usted lo lastimase o lo marcase más de
lo que está.
El negro volvió a sonreír.
—Usted le hizo daño, sin embargo.
—Sí, pero en este caso es distinto, porque sé cómo hacerlo. Él no
recordará nada de lo ocurrido. Tengo que darle un golpe cada vez que se
comporta así.
Nick continuaba mirando al hombre que yacía junto a la hoguera con los
ojos cerrados. Bugs puso más leña en el fuego.
—No se preocupe más por él, señor Adams. Estoy cansado de verlo así.
—¿Y por qué se volvió loco? —preguntó Nick.
—¡Oh! Por muchas cosas —respondió el negro desde la lumbrada—. ¿No
quiere tomar una taza de café, señor Adams?
Después de darle la taza a Nick, Bugs alisó la chaqueta que había
colocado bajo la cabeza del hombre inconsciente.
—Entre otras cosas, recibió muchas palizas —el negro tragó un sorbo de
café—. Pero esto lo volvió medio bobo, solamente. Además, su hermana era
también su manager y siempre aparecían en los diarios con crónicas sobre

91
hermanos y hermanas, diciendo cómo lo quería ella y cómo la quería él.
Después se casaron en Nueva York, y eso provocó muchas desavenencias.
—Ya recuerdo.
—Claro que de hermanos tenían lo mismo que un perro y un gato, pero,
de cualquier modo, a mucha gente no le gustó nada esa boda, y entonces
empezaron las discordias, hasta que un día ella se fue y no volvió nunca más.
El negro terminó de beber el café y se secó los labios con la rosada palma
de la mano.
—Él se volvió loco. ¿Quiere un poco más de café, señor Adams?
—Gracias.
—A ella la vi un par de veces —prosiguió el negro—. Era una mujer muy
buena moza, y se parecía bastante a él como para que los tomaran por
mellizos. Ad no sería feo si no tuviera toda la cara magullada.
Se detuvo. Parecía que la historia había terminado.
—¿Y dónde lo conoció? —preguntó Nick.
—En la cárcel —contestó Bugs—. Después que ella lo abandonó, Ad
empezó a pelearse y dar golpes por cualquier motivo, y entonces lo
encarcelaron. Yo estaba allí por haber herido a un hombre.
El negro sonrió y continuó, en voz baja:
—Nos hicimos amigos en seguida, y cuando me soltaron fui a buscarle.
Le gusta creer que estoy loco, y a mí no me importa. Me gusta recorrer el país
con él sin tener necesidad de robar. Me encanta vivir como un caballero.
—¿Y qué hacen ustedes?
—¡Oh! Nada. Simplemente, andamos de un lado para otro. Él tiene
dinero.
—Debe de haber ganado mucho.
—Sí, pero lo gastó todo, o mejor dicho, se lo sacaron todo. Ella le manda
dinero.
Bugs atizó el fuego.
—Es una mujer hermosísima —agregó—. Se parece bastante a él como
para ser su hermana gemela.
El negro miró al hombre pequeño, que estaba en el suelo respirando con
lentitud. El pelo rubio le caía sobre la frente, y el rostro mutilado parecía
infantil.

92
—Ya puedo despertarlo, señor Adams. Si no le parece mal, me gustaría
que usted se fuera. Me gusta ser hospitalario, se lo aseguro, pero su presencia
podría perturbarlo de nuevo. No me gusta tener que golpearlo, y es lo único
que se puede hacer para calmarlo. Casi siempre lo mantengo alejado de la
gente. Usted no se ofende por eso, ¿verdad, señor Adams? No, no me dé las
gracias, señor Adams. No le avisé antes porque me pareció que usted le había
resultado simpático a Ad. Creía que no iba a ocurrir nada anormal. Si sigue
caminando por la vía, encontrará un pueblo más o menos a dos millas de aquí.
Mancelona lo llaman. Adiós, señor Adams. De buena gana le diría que se
quedase a pasar la noche con nosotros, pero no es posible ahora. ¿Quiere
llevarse un poco de jamón y un pedazo de pan? ¿No? Tome un sándwich,
mejor —todo dicho en voz baja y con la suavidad y la cortesía proverbiales de
los negros.
—Bueno. Adiós, señor Adams. Adiós, ¡y buena suerte!
Nick se alejó de la hoguera rumbo a la vía del ferrocarril. Cuando estuvo
fuera del alcance del fuego prestó atención. Oyó la voz baja del negro, pero no
pudo entender las palabras. Después oyó que el otro hombre decía:
—Tengo un horrible dolor de cabeza, Bugs.
—Ya se le pasará, señor Francis —le calmó el negro—. Tome esta taza de
café caliente y ya verá como se le pasa, señor Francis.
Nick subió al terraplén y echó a andar. Cuando se dio cuenta de que
tenía un sándwich de jamón en la mano, lo guardó en el bolsillo. Al llegar a la
curva que hacía el terraplén antes de ascender por las colinas, Nick volvió la
cabeza y pudo ver el resplandor en el llano.

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UN RELATO MUY CORTO
En las últimas horas de una tarde calurosa lo llevaron a la azotea y desde
allí podía dominar toda la ciudad de Padua. Las chimeneas se perfilaban sobre
el cielo. La noche tardó poco en llegar y entonces aparecieron los proyectores.
Los otros bajaron al balcón, llevándose las botellas. Hasta donde estaban Luz y
él llegaba el bullicio. Luz se sentó en la cama. Estaba fresca y lozana en la
noche cálida.
Luz cumplió el servicio nocturno durante tres meses y todos estaban
contentos. Ella lo preparó para la operación, y aquel día le dijo en tono de
broma: «Si no se porta bien le pondré un enema». Después vino el anestésico y
él no pudo decir disparates en aquel difícil momento. Cuando empezó a
utilizar las muletas solía tomar las temperaturas para que Luz no tuviera que
levantarse de la cama. Había pocos pacientes y todos estaban enterados. Todos
querían a Luz. Mientras regresaba por los pasillos pensó en Luz, acostada en
su cama.
Antes de que él volviera al frente, los dos fueron a rezar al Duomo.
Estaba oscuro y en silencio, y había otras personas orando. Querían casarse,
pero no había tiempo suficiente para las amonestaciones y ninguno de los dos
tenía la partida de nacimiento. Vivían, en realidad, como marido y mujer, pero
deseaban que todos lo supieran para no correr el riesgo de perder esta
condición.
Luz le escribió muchas cartas que él recibió después del armisticio. Un
día le llegaron quince cartas juntas al frente, y las leyó de cabo a rabo después
de clasificarlas por fechas. Le hablaba del hospital y de cuánto le quería. Le
decía que le era imposible vivir sin él y que lo extrañaba de un modo horrible
por la noche.
Después del armisticio acordaron que él volvería a su patria para
conseguir un empleo que le permitiera casarse. Luz no regresaría hasta que él
tuviera un buen trabajo, y entonces se encontrarían en Nueva York. No iba a
beber más, por supuesto, y no necesitaría ver a sus amigos ni a nadie en los
Estados Unidos. Solamente obtener el empleo y casarse. En el tren que los
condujo de Padua a Milán tuvieron una disputa porque la mujer no estaba
dispuesta a volver en seguida. Se despidieron con un beso, en la estación de
Milán, pero el altercado no había concluido. Para él fue muy desagradable
decirse adiós de esta forma.
Se fue a América en un buque que salió de Génova. Luz regresó a
Pordonone, en donde se inauguraba un nuevo hospital. Era un lugar solitario

94
y lluvioso, y en la ciudad se había acuartelado un batallón de arditi. Aquel
invierno, en medio del fango y de las lluvias, el comandante del batallón
enamoró a Luz. Era el primer italiano que conocía. Al fin, se decidió y escribió
a los Estados Unidos diciéndole que entre ellos solo existió una amistad
infantil. «Perdóname. Es probable que ahora no comprendas, pero quizás
algún día llegues a perdonarme. Entonces me agradecerás esto. Espero
casarme para la primavera, aunque todavía no estoy segura. Te quiero como
siempre, pero me he dado cuenta de que nuestro amor solo ha sido una cosa
de chicos. Espero que progreses, pues creo en ti. Y te aseguro que es mejor que
las cosas hayan terminado de esta manera».
El comandante no se casó con ella en la primavera ni en ninguna otra
estación y Luz no recibió nunca respuesta a la carta que envió a Chicago.

95
EL REGRESO DEL SOLDADO
Antes de ir a la guerra, Krebs estuvo en un colegio metodista de Kansas.
En una fotografía aparece con los miembros de la fraternidad y todos tienen
exactamente el mismo cuello alto característico. Se alistó cuando lo hizo la
segunda división del Rin, en el verano de 1919.
Otra fotografía lo muestra en el Rin, con dos alemanas y un cabo. Los
uniformes les quedan chicos y las mujeres no son hermosas. El río no se ve en
la fotografía.
Cuando Krebs volvió a su ciudad natal, en Oklahoma, ya habían
terminado los «¡vivas!» a los héroes. Regresó demasiado tarde. Los hombres de
la ciudad que habían sido reclutados fueron recibidos con grandes agasajos y
abundantes ataques de histeria. Ahora, en cambio, se operaba una reacción. A
la gente le parecía ridículo que Krebs volviera tan tarde, años después de
concluida la contienda.
Al principio, Krebs no quiso contar nada a pesar de haber estado en el
bosque de Belleau, en Soissons, Champaña, Saint Mihiel y la Argonne.
Después sintió la necesidad de hacerlo, pero nadie sentía demasiado interés en
escucharlo. Su ciudad había oído muchas leyendas atroces. Por último, Krebs
se convenció de que tenía que mentir para despertar la atención, y, después de
hacerlo en dos oportunidades, también él experimentó una reacción contra la
guerra y contra todo lo que a ella se refería. Esos embustes provocaron su
disgusto por todo lo que había ocurrido en el campo de batalla. Siempre se
había mostrado sereno y casi indiferente al pensar en la época en que hizo lo
único que tenía que hacer un hombre de verdad, sin jactancia ni ostentaciones,
a pesar de haber podido tomar otro camino. Pero ya no poseía esa estimable
cualidad. La había perdido por completo.
Sus mentiras no tuvieron ninguna importancia y consistieron en
atribuirse cosas que otros hombres habían hecho, visto u oído, y en afirmar
como realidades ciertos incidentes apócrifos comunes a todos los soldados. Sus
engaños carecieron de trascendencia, incluso en el salón de billares. No
emocionaron a sus amigos, que, por haber oído narraciones según las cuales
habían encadenado las mujeres alemanas a las ametralladoras en la selva de
Argonne, no podían comprender, o se lo impedía su patriotismo interesado,
que hubiese ametralladoras alemanas sin gente encadenada.
La experiencia resultante de la falsedad o la exageración le provocó
repugnancia, y cuando a veces se encontraba con otro legítimo exsoldado y
conversaban unos minutos en algún baile, adoptaba la cómoda actitud del

96
soldado viejo entre colegas, que manifiesta haber tenido siempre un miedo
terrible y nauseabundo. De esta manera lo perdió todo.
Por aquella época, a fines de verano, se acostaba tarde y se levantaba
para ir hasta la biblioteca pública a buscar un libro. Después, almorzaba en su
casa y se sentaba en la galería, leyendo hasta aburrirse. Entonces volvía a salir,
e iba siempre al salón de billares, bajo cuya fresca oscuridad pasaba las horas
más bochornosas del día. Le gustaba con locura jugar al billar.
Al anochecer se entretenía tocando el clarinete, y luego daba una vuelta,
leía otro poco y se acostaba. Todavía era un héroe para sus dos hermanas
menores. Y su madre le hubiese llevado el desayuno a la cama si él se lo
hubiera pedido. Muchas veces entraba cuando su hijo estaba acostado y le
decía que le hablase de la guerra, pero casi siempre terminaba
interrumpiéndolo con frases incoherente. Su padre era neutral.
Antes de ir a la guerra, Krebs no había conseguido nunca la autorización
para manejar el automóvil familiar. Su padre se dedicaba a la compra y venta
de propiedades y siempre necesitaba el coche para llevar algún cliente al
campo y mostrarle una granja u otro terreno. El vehículo estaba siempre
detenido frente al edificio del «First National Bank», donde su padre tenía una
oficina en el segundo piso. Ahora, después del conflicto, conservaba el mismo
coche.
Nada cambió en la ciudad, excepto las muchachas que crecieron
bastante. Pero vivían en un mundo tan complicado de matrimonios
convenidos y enemistades familiares que Krebs no tenía la energía y el coraje
necesarios para intentar algo. Sin embargo, le gustaba mirarlas. Eran
muchachas muy guapas. Casi todas llevaban el pelo corto, cosa que no ocurría
antes, cuando solo las chiquillas o las muchachas muy modernas lo llevaban
de aquel modo. Todas llevaban suéteres y blusas de cuello redondo. Parecían
sacadas del mismo molde. Le gustaba observarlas desde la galería de su casa
mientras ellas pasaban por delante. Le gustaban los cuellos redondos
sobresaliendo por encima de los suéteres, y también las medias de seda, los
zapatos bajos, el cabello corto y su manera de andar.
Cuando estaba en el centro de la ciudad no sentía tanta atracción. No
experimentaba la misma complacencia al verlas en los merenderos. En
realidad, no le hacían falta esas mujeres. Eran demasiado complicadas. Y había
algo más. De un modo vago, deseaba tener una mujer, pero no quería trabajar
mucho para conseguirla. Le hubiera gustado una mujer, sí, pero no estaba
dispuesto a perder mucho tiempo para conquistarla. No quería mezclarse en la
intriga amorosa y en el galanteo. No quería hacerle la corte ni decir mentiras.

97
No valía la pena.
No quería padecer las consecuencias. No deseaba volver a enfrentarse
con ninguna consecuencia. Deseaba vivir sin complicaciones. Además, en
realidad no necesitaba una mujer. Se lo habían enseñado en el Ejército. Era
lógico obrar como si uno la necesitase. Casi todos hacen así. Pero no es verdad.
No hace falta tener una mujer. Eso es lo gracioso. A veces, un tipo se jacta de
que las mujeres no significan nada para él, que nunca ha pensado en ellas y
que no podrán perturbarlo. Otras, declara que no puede vivir sin mujeres, que
las necesita siempre y que no soporta tener que acostarse solo.
Todo es mentira. Las dos posiciones son falsas. Uno siente la necesidad
de mujeres solo si piensa en ellas. Esto lo aprendió en el Ejército. Por otra
parte, tarde o temprano se consigue alguna mujer, cuando uno está preparado
para recibirla. No hace falta pensar en eso. Tarde o temprano, llega. Lo había
aprendido en el Ejército.
Ahora le hubiera gustado una mujer, siempre que no hubiera sido
necesario conquistarla conversando. No quería tomarse ese trabajo. Pero, aquí,
en «casa», era demasiado complicado. Sabía que no podría soportar nunca
esos convencionalismos. No era lo mismo que con las francesas y las alemanas.
Con esas no había que hablar; era más sencillo. Pensó en Francia, y al mismo
tiempo se acordó de Alemania, que, en general, le gustó más. Cuando tuvo
que irse lo hizo de mala gana. No quería regresar y, sin embargo, había vuelto.
Estaba sentado en la galería de su casa.
Le gustaban las mujeres que pasaban por delante. Eran mucho mejores
que las francesas o las alemanas, pero vivían en un mundo que no era el suyo.
Le hubiera gustado tener una. Pero ¿para qué? ¡Estaban hechas con un molde
tan bonito! Le gustaba aquel modelo. Era excitante. Pero no hubiera podido
aguantar las cosas que había que decir. No era imprescindible tener una mujer,
aunque le gustaba mirarlas.
No hacía falta, ahora que las cosas marchaban bien otra vez.
Estaba sentado en la galería, leyendo un libro sobre la guerra, una
historia que contaba todos los combates en los que había intervenido.
Resultaba la lectura más interesante de su vida. Le hubiera gustado solamente
que el libro hubiese tenido mayor número de mapas. Esperaba con ansiedad
leer todas las historias verídicas cuando las publicaran con mapas bien
detallados. En realidad, solo ahora estaba aprendiendo algo de la guerra.
Había sido un buen soldado, y ahí estaba la diferencia.
Una mañana, al cabo, más o menos, de un mes de su regreso, su madre

98
entró en su dormitorio y se sentó en la cama. Sus manos jugueteaban con el
delantal.
—Anoche hemos conversado tu padre y yo, Harold —le dijo—, y está
dispuesto a dejarte salir con el coche por la tarde.
—¿Sí? —exclamó el muchacho, que no estaba despierto del todo—. ¿Usar
el coche? ¿Sí? ¿De veras?
—Sí. Hace tiempo que tu padre resolvió dejarte manejar el coche cuando
se lo pidieras, pero justamente anoche conversamos sobre esto.
—Estoy seguro de que fue por ti.
—No; tu padre sugirió que hablásemos de este asunto.
—¿Sí? Estoy seguro de que fuiste tú.
Krebs se sentó en la cama.
—¿Vas a venir a desayunar, Harold?
—Iré en seguida que me haya vestido.
Su madre salió de la habitación y él oyó que estaba friendo algo abajo,
mientras se lavaba, se afeitaba y se vestía para ir al comedor. Cuando empezó
a desayunar, apareció su hermana Helen con la correspondencia.
—¡Hola, Haré! ¡Dormilón! ¿Para qué te levantaste?
Krebs la miró con simpatía. Era la mejor de sus hermanas.
—¿Tienes el periódico? —le preguntó.
Ella le dio el Kansas City Star y a Krebs le gustó la faja postal y lo abrió
por la página de los deportes. Después de doblarlo, lo apoyó en la jarra del
agua, manteniéndolo sujeto con su plato de cereales. Así podía leer mientras se
desayunaba.
—Harold —dijo la madre desde la puerta de la cocina—, ten cuidado de
no ensuciar el periódico. Mira que tu padre no puede leerlo si lo encuentra
sucio.
—No, no voy a mancharlo —contestó Harold.
Su hermana se sentó allí también. No le quitaba la vista de encima.
—Esta tarde vamos a jugar al baseball en el gimnasio de la escuela —le
dijo—. Yo seré pitcher[7].
—Muy bien —manifestó Krebs—. ¿Y cómo está la campeona?
—Juego mejor que casi todos los muchachos. Les dije que tú me habías
enseñado. Las otras chicas no son muy buenas jugadoras.

99
—¿Sí?
—Les dije a todos que tú eres mi novio. ¿No es cierto que eres mi novio,
Haré?
—¡Ya lo creo!
—¿Acaso el hermano de una no puede ser también el novio? ¿O se lo
impide esa circunstancia?
—No sé.
—Sí que lo sabes. ¿No serías mi novio si yo fuese mayor y tú lo desearas,
Haré?
—¿Cómo no? Ahora eres mi novia.
—¿De veras? ¿Es cierto que soy tu novia?
—¡Claro!
—¿Me quieres, entonces?
—Ajá.
—¿Y me querrás siempre?
—¡Claro!
—¿Entonces irás a verme a jugar al baseball?
—Tal vez.
—¡Oh, Haré! Tú no me quieres. Si me quisieras, irías a verme jugar.
En aquel momento la madre de Krebs entró en el comedor. Traía de la
cocina un plato con dos huevos fritos y un poco de tocino tostado, y otro lleno
de tortas de alforfón.
—Vete, Helen, que tengo que hablar con Harold.
Le puso los huevos y el tocino delante y trajo un jarro de jarabe de arce
para tomar con las tortas. Después se sentó a la mesa, frente a su hijo.
—¿Puedes retirar el periódico un instante, Harold?
Krebs sacó el diario, que les impedía verse, y lo dobló.
—¿No has resuelto todavía qué es lo que vas a hacer, Harold? —dijo la
mujer mientras se sacaba los anteojos.
—No —contestó su hijo.
—¿Y no te parece que ya es hora? —La voz de su madre denotaba más
preocupación que energía.
—No había pensado en eso.

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—Dios ha creado el trabajo para todos. No puede haber haraganes en Su
Reino.
—Yo no vivo en Su Reino.
—Todos estamos en Su Reino.
Krebs estaba molesto y resentido como siempre.
—¡Me he preocupado tanto por tu porvenir, Harold! —continuó su
madre—. Conozco todas las tentaciones a las que has estado expuesto. Sé lo
débiles que son los hombres. Recuerdo lo que dijo tu querido abuelo, mi
propio padre, sobre la Guerra Civil, y por eso he rezado por ti. Rezo por ti
durante todo el día, Harold.
Krebs miró la grasa del tocino que se endurecía en el plato.
—Tu padre también está preocupado. Cree que has perdido toda
ambición, que no tienes un objeto definido en esta vida. Charley Simmons, que
es de tu misma edad, ha conseguido un buen empleo y está a punto de casarse.
Casi todos los muchachos han sentado juicio. Han resuelto ser algo. Hay
muchos, como Charley Simmons, que serán un orgullo para la sociedad.
Krebs no dijo nada.
—No te enfades, Harold. Bien sabes que sentimos un gran cariño por ti, y
si te recuerdo cómo se presentan las circunstancias, es por tu propio bien. Tu
padre no desea poner trabas a tu libertad y por eso ha pensado que es mejor
dejarte salir con el coche. No nos disgustará, ni mucho menos, que salgas a
pasear con alguna muchacha bonita. Tienes derecho a divertirte, pero también
tienes el deber de buscar algún trabajo Harold. A tu padre no le importa qué
clase de trabajo sea. Dice que cualquier tarea es honesta. Pero tienes que hacer
algo, Harold. Él me pidió que hablara contigo, y dijo que puedes ir a verlo a la
oficina, si quieres.
—¿Nada más?
—Eso es todo. ¿Acaso no me quieres, hijo mío?
—No —respondió Krebs.
Ella lo miró a través de la mesa. Las lágrimas hacían brillar sus ojos.
—No quiero a nadie —dijo Krebs.
Era inútil. No debía decírselo, no podía hacérselo comprender. Fue una
estupidez decirlo. Solo había conseguido apenar a su madre. Se le acercó y la
tomó del brazo. La mujer estaba llorando y se tapaba el rostro con las manos.
—No quise decir eso. Estaba enfadado por otra cosa, nada más. No quise

101
decirte que no te quiero.
Ella continuó llorando. Krebs la rodeó con el brazo.
—¿No me crees, mamá?
Ella sacudió la cabeza.
—Te lo ruego, mamá. Créeme, por favor. Créeme. Es cierto.
—Muy bien; te creo —dijo la madre mientras levantaba la mirada—. Te
creo, Harold.
Krebs besó el cabello de su madre.
—Soy tu madre —musitó ella—. Te he tenido junto a mi corazón cuando
eras un crío.
Krebs sintió una especie de molestia que ya conocía.
—Lo sé, mamita —dijo—. De ahora en adelante trataré de ser un buen
hijo.
—¿Quieres arrodillarte y rezar conmigo, Harold? Vamos.
Los dos se arrodillaron junto a la mesa del comedor y la madre de Krebs
empezó a rezar.
—Ahora tienes que rezar tú, Harold.
—No puedo.
—Haz la prueba, hijo. Reza.
—No puedo.
—¿Quieres que lo haga yo por ti?
—Bueno.
Entonces, su madre rezó por él, y cuando se levantaron, Krebs la besó de
nuevo y se fue. Había hecho todo lo posible para evitar complicaciones en su
vida, y hasta ese instante había triunfado. Pero entonces sintió lástima por su
madre y se vio obligado a mentir otra vez.
Resolvió ir a Kansas City para conseguir trabajo, y así ella se
tranquilizaría, aunque quizá tuviera lugar una nueva despedida con lágrimas.
También decidió no bajar a la oficina de su padre. Quería que su vida se
deslizara suavemente, sin complicaciones, como había empezado. «Bueno,
pero ya terminó, de cualquier modo. Esta tarde iré a ver cómo juega Helen al
baseball».

102
EL REVOLUCIONARIO
En 1919 viajaba por los ferrocarriles de Italia. En los cuarteles generales
del partido le entregaron un trozo de hule escrito con lápiz indeleble en donde
se decía que se trataba de un camarada que en Budapest había sido muy
perseguido y castigado por los reaccionarios, y al mismo tiempo se pedía a los
camaradas que lo ayudasen en cualquier forma. Lo usaba en vez de billete. Era
muy tímido y muy joven y los guardafrenos lo pasaban de una línea a otra.
Como no tenía dinero, le daban de comer detrás del mostrador de los
restaurantes de las estaciones.
Le encantaba Italia. Decía que era un país hermoso, de habitantes muy
cordiales. Estuvo en muchas ciudades. Anduvo mucho y vio muchos cuadros.
Compró reproducciones de Giotto, Masaccio y Piero della Francesca, que
llevaba envueltas en un ejemplar de Avanti. Mantegna no le gustaba.
Se me presentó en Bolonia y lo llevé conmigo a la Romana, donde yo
tenía que entrevistar a cierta personalidad. Hicimos un viaje agradable en la
época más propicia: los primeros días de septiembre. El muchacho simpático
era húngaro y era muy tímido. Los hombres de Horthy le habían hecho
algunas cosas desagradables, pero de eso habló poco. A pesar de lo que
sucedía en Hungría, creía con fervor en la revolución mundial.
—¿Y cómo marcha el movimiento en Italia? —me preguntó.
—Muy mal —le contesté.
—Pero mejorará —dijo—. Aquí tienen de todo. Es el único país que
ofrece cierta seguridad. Será el punto de partida de lo que va a venir.
No expresé mi opinión.
En Bolonia nos dijo adiós antes de tomar el tren para Milán y Aosta,
desde donde iba a atravesar solo el paso que lo llevaría a Suiza. Le hablé de los
cuadros de Mantegna que había en Milán.
—No —me respondió con su apocamiento característico—, Mantegna no
me gusta.
En un papel le escribí la dirección de varios camaradas de Milán y la de
un sitio donde podría comer. Me agradeció muchísimo lo que hacía por él,
pero ya estaba pensando en la travesía del paso. Estaba ansioso por llevarla a
cabo mientras duraba el buen tiempo. Adoraba las montañas durante el otoño.
La última noticia que tuve de él fue que los suizos lo encarcelaron cerca de
Sion.

103
EL GATO BAJO LA LLUVIA
Solo dos americanos paraban en el hotel. No conocían a ninguna de las
personas que subían y bajaban por las escaleras hacia y desde sus habitaciones.
La suya estaba en el segundo piso, frente al mar y al monumento de la guerra,
en el jardín público de grandes palmeras y verdes bancos. Cuando hacía buen
tiempo, no faltaba algún pintor con su caballete. A los artistas les gustaban
aquellos árboles y los brillantes colores de los hoteles situados frente al mar.
Los italianos venían de lejos para contemplar el monumento a la guerra, hecho
de bronce, que resplandecía bajo la lluvia. El agua se deslizaba por las
palmeras y formaba charcos en los senderos de piedra. Las olas se rompían en
una larga línea y el mar se retiraba de la playa, para regresar y volver a
romperse bajo la lluvia. Los automóviles se alejaron de la plaza donde estaba
el monumento. Del otro lado, a la entrada de un café, un mozo estaba
contemplando el lugar ahora solitario.
La mujer americana observó todo eso desde la ventana. En el suelo, a la
derecha, un gato se había acurrucado bajo uno de los bancos verdes. Trataba
de achicarse todo lo posible para evitar las gotas de agua que caían a los lados
de su refugio.
—Voy a buscar ese gatito —dijo ella.
—Iré yo, si quieres —se ofreció su marido desde la cama.
—No, voy yo. El pobre minino se ha acurrucado bajo el banco para no
mojarse. ¡Pobrecito!
El hombre continuó leyendo, apoyado en dos almohadas, al pie de la
cama.
—No te mojes —le advirtió.
La mujer bajó y el dueño del hotel se levantó y le hizo una reverencia
cuando ella pasó delante de su oficina, que tenía el escritorio al fondo. El
propietario era un hombre viejo y muy alto.
—II piove —expresó la americana. El dueño del hotel le resultaba
simpático.
—Si, si, signora, brutto tempo. Es un tiempo muy malo.
Se quedó detrás del escritorio, al fondo de la oscura habitación. A la
mujer le gustaba. Le gustaba la seriedad con que recibía cualquier queja. Le
gustaban su dignidad, y su manera de servirla y de desempeñar su papel de
hotelero. Le gustaban su rostro viejo y triste y sus manos grandes.

104
Estaba pensando en aquello cuando abrió la puerta y asomó la cabeza.
Llovía más fuerte. Un hombre con un impermeable cruzó la plaza vacía y
entró en el café. El gato tenía que estar a la derecha. Tal vez pudiese acercarse
protegida por los aleros. Mientras tanto, un paraguas se abrió detrás. Era la
sirvienta encargada de su habitación, mandada, sin duda, por el hotelero.
—No debe mojarse —dijo la muchacha en italiano, sonriendo.
Mientras la criada sostenía el paraguas a su lado, la americana marchó
por el sendero de piedra hasta llegar al sitio indicado, bajo la ventana. El banco
estaba allí, brillando bajo la lluvia, pero el gato se había ido. La mujer se sintió
desilusionada. La criada la miró con curiosidad.
—Ha perduto qualque cosa, signora?
—Había un gato aquí —contestó la americana.
—¿Un gato?
—Si, il gatto.
—¿Un gato? —La sirvienta se echó a reír—. ¿Un gato? ¿Bajo la lluvia?
—Sí; se había refugiado en el banco —y después—: ¡Oh! ¡Me gusta tanto!
Quería tener un gatito.
Cuando habló en inglés, la doncella se puso seria.
—Venga, signora. Tenemos que regresar. Si no, se mojará.
—Me lo imagino —dijo la extranjera.
Volvieron al hotel por el sendero de piedra. La muchacha se detuvo en la
puerta para cerrar el paraguas. Cuando la americana pasó frente a la oficina, il
padrone se inclinó desde su escritorio. Ella experimentó una rara sensación. El
patrón la hacía sentirse muy pequeña y, a la vez, importante. Tuvo la
impresión momentánea de tener una gran importancia. Después de subir por
la escalera, abrió la puerta de su cuarto. George seguía leyendo en la cama.
—¿Y el gato? —preguntó, abandonando la lectura.
—Se fue.
—¿Y dónde puede haberse ido? —expresó él, descansando un poco la
vista.
La mujer se sentó en la cama.
—¡Me gustaba tanto! No sé por qué lo quería tanto. Me gustaba ese pobre
gatito. No debe resultar agradable ser un pobre minino bajo la lluvia.
George se puso a leer de nuevo.

105
Su mujer se sentó frente al espejo del tocador y empezó a mirarse con el
espejo de mano. Se estudió el perfil, primero de un lado y después del otro, y
por último se fijó en la nuca y en el cuello.
—¿No te parece que me convendría dejarme crecer el pelo? —le
preguntó, volviendo a mirarse de perfil.
George levantó la vista y vio la nuca de su mujer, rapada como la de un
muchacho.
—A mí me gusta como está.
—¡Estoy cansada de llevarlo tan corto! Ya estoy harta de parecer siempre
un muchacho.
George cambió de posición en la cama. No le había quitado la mirada de
encima desde que ella empezó a hablar.
—¡Caramba! Si estás muy bonita —dijo.
La mujer dejó el espejo sobre el tocador y se fue a mirar por la ventana.
Anochecía ya.
—Quisiera tener el pelo más largo, para poder hacerme moño. Estoy
cansada de sentir la nuca desnuda cada vez que me la toco. Y también quisiera
tener un gatito que se acostara en mi falda y ronroneara cuando yo lo
acariciara.
—¿Sí? —dijo George.
—Y, además, quiero comer en una mesa con velas y con mi propia vajilla.
Y quiero que sea primavera, y cepillarme el cabello frente al espejo, tener un
gatito y algunos vestidos nuevos. Quisiera todo eso.
—¡Oh! ¿Por qué no te callas la boca y lees algo? —dijo George,
reanudando la lectura.
Su mujer miraba desde la ventana. Ya era de noche y todavía llovía a
través de las palmeras.
—De todos modos, quiero un gato —manifestó—. Quiero un gato.
Quiero un gato. Ahora mismo. Si no puedo tener el pelo largo ni divertirme,
por lo menos necesito un gato.
George no la escuchaba. Estaba leyendo su libro. Desde la ventana, ella
vio que la luz se había encendido en la plaza.
Alguien golpeó.
—Avanti —indicó George, mirando por encima del libro.

106
En la puerta estaba la sirvienta. Traía un gran gato de color de carey que
pugnaba por zafarse de los brazos que lo sujetaban.
—Con permiso —dijo la muchacha—. El padrone me encargó que trajera
esto para la signora.

107
FUERA DE TEMPORADA
Peduzzi se emborrachó con las cuatro liras que había ganado
removiendo el jardín del hotel con la azada. Cuando el hombre joven atravesó
el sendero, le habló en forma misteriosa. Le dijo que todavía no había comido,
pero que estaba dispuesto a ir no bien terminase el almuerzo. Cuarenta
minutos o una hora más tarde.
En la taberna, cerca del puente, le fiaron tres copas porque se mostró
muy confiado y cauteloso respecto al trabajo que haría por la tarde. Era un día
de viento. El sol se asomó detrás de las nubes y desapareció casi en seguida
cuando empezó a lloviznar. Era un día excelente para pescar truchas.
El hombre joven salió del hotel y le preguntó por las cañas.
—¿Mi mujer tiene que seguirnos con las cañas, entonces?
—Sí —contestó Peduzzi—; que ella nos siga.
El turista volvió al hotel y habló con su esposa. Después se reunió con
Peduzzi y ambos empezaron a caminar. El hombre joven llevaba un morral al
hombro. Peduzzi vio que la mujer les seguía. Parecía tan joven como su
marido y usaba botas montañesas y una boina azul. Llevaba una caña de
pescar en cada mano, en piezas separadas. A Peduzzi no le gustó que fuera tan
distanciada.
—¡Signorina! —gritó, guiñando el ojo a su acompañante—. Venga con
nosotros. Venga aquí, signora. Vayamos juntos los tres.
Peduzzi quería que los tres fuesen juntos por la calle de Cortina. La
mujer no se apresuró. Al parecer, los acompañaban de mal humor.
—Signorina —llamó Peduzzi con suavidad—, venga aquí, con nosotros.
El hombre joven se volvió y gritó algo. Entonces, la mujer dejó de
rezagarse y se acercó.
Peduzzi saludaba atentamente a toda la gente que encontraba en la calle
principal del pueblo.
—Buon di, Arturo![8] —dijo, tocándose el sombrero.
El empleado del Banco le miró desde la puerta del café fascista. También
les observaron grupos de tres y cuatro personas, frente a las tiendas. Y los
obreros con las chaquetas cubiertas del polvo que levantaban los cimientos del
nuevo hotel, alzaron la vista a su paso. Nadie les dijo nada ni les hizo ninguna
seña, excepto el mendigo del pueblo, flaco y viejo, con barba tupida, que se
quitó el sombrero al verlos.

108
Peduzzi se detuvo frente a un almacén que tenía el escaparate lleno de
botellas y sacó la suya, vacía, del bolsillo interior, de su vieja y descolorida
guerrera militar.
—Algo de beber. Un poco de marsala para la signora. Algo, algo para
tomar —gesticuló con la botella de grapa. Hacía un día magnífico—. Marsala.
¿Le gusta el marsala, signorina? Un poco de marsala, ¿eh?
La mujer frunció el ceño y habló con su marido:
—Si sabes lo que dice, contéstale tú, pues yo no lo entiendo. Está
borracho, ¿no?
Parecía no oír a Peduzzi. Estaba pensando: «¿Por qué diablos se le ocurre
decir marsala? Eso es lo que tomó siempre Max Beerbohm».
—Geld (dinero) —dijo finalmente Peduzzi, tirando de la manga al
hombre joven—. Liras —sonrió. No le gustaba obligarlo en esa forma, pero era
necesario poner en acción a su acompañante.
Este sacó la cartera y le dio un billete de diez liras. Peduzzi subió hasta la
puerta de la tienda, pero la encontró cerrada. En el cartel decía: «Especialidad
en Vinos del País y Extranjeros».
—Hasta las dos no abren —dijo con desdén alguien que pasaba por la
calle.
Peduzzi bajó. Se sentía ofendido.
—No importa —anunció—. Podemos conseguirlo en la Concordia.
Se dirigieron a la «pastelería Concordia» los tres juntos. Frente a la
entrada, donde estaban amontonados los herrumbrosos trineos, el joven
marido dijo:
—Was wollen Sie? ¿Qué quiere?
Peduzzi le extendió repetidas veces el billete doblado.
—Nada —contestó—; cualquier cosa —estaba desconcertado—. Marsala,
quizá. No sé. Marsala, ¿eh?
La puerta del local se cerró tras el hombre y su mujer.
—Tres marsalas —le dijo a la muchacha que atendía el mostrador.
—Querrá decir dos, ¿verdad? —preguntó ella.
—No; el otro es para un vecchio[9].
—¡Oh! —exclamó la moza—. Un vecchio —y se echó a reír mientras
sacaba la botella.

109
Después llenó tres vasos con un líquido que parecía sucio. La mujer se
sentó a una mesa, bajo la repisa de los periódicos. Su marido le dio uno de los
vasos de marsala.
—Te conviene tomarlo —le dijo—. Tal vez te encuentres mejor.
Ella observó la bebida. Su joven esposo fue hasta la puerta con el vaso
para Peduzzi, pero no lo encontró.
—No sé dónde está —dijo al volver al mostrador.
—Él quería un cuarto —le advirtió su mujer.
—¿Cuánto vale un cuarto de litro? —El marido se dirigió a la muchacha.
—¿El bianco? Una lira.
—No, marsala. Y agregue también estos dos —manifestó, dándole su
propio vaso y el que ella había servido para Peduzzi.
La muchacha llenó la medida de cuarto de litro con el embudo.
—Y una botella para llevarlo —pidió el hombre joven.
Ella fue a buscar una botella. Todo eso la divertía mucho.
—Lamento tu disgusto, Tiny —dijo el marido—. Estoy arrepentido de lo
que dije durante el almuerzo. ¡Y pensar que los dos estábamos yendo al mismo
sitio por distintos caminos!
—No tiene importancia. No te preocupes.
—Hace mucho frío, ¿eh? ¿Por qué no te pusiste otro suéter?
En aquel momento regresó la muchacha trayendo una pequeña botella
oscura. El hombre joven pagó cinco liras más y después salió con su mujer. La
muchacha de la tienda se quedó muy contenta. Peduzzi estaba enfrente,
paseándose de un lado a otro con las cañas. Hacía mucho viento.
—Vamos —les dijo—. Yo llevaré las cañas. ¿Qué importa si alguien las
ve? Nadie nos molestará. Nadie se meterá conmigo en Cortina. Conozco a los
del municipio. He sido soldado y todos me quieren en este pueblo. Vendo
ranas. ¿Qué importa si está prohibido pescar? No interesa a nadie. Nada. No
habrá lío. Y le aseguro que son truchas grandes y que hay muchas.
Se dirigieron al río por la pendiente de la colina. La población quedó
atrás. El sol se había ocultado y estaba lloviznando otra vez.
—Vea —dijo Peduzzi, señalando a una muchacha que estaba de pie junto
a la puerta de una casa frente a la cual pasaron—. Esa es mi hija.
—Su médico —dijo la mujer—, ¿es que tiene que indicarnos cuál es su

110
médico?
—Dijo su hija —replicó el joven.
Mientras Peduzzi la señalaba, la muchacha entró en la casa.
Después de atravesar otro campo se dirigieron directamente a la orilla
del río. Peduzzi mezclaba su rápida charla con muchos guiños e insinuaciones.
En una oportunidad rozó a la mujer con el codo. A veces, hablaba en el
dialecto de Ampezzo, y otras en tirolés. Empleaba dos lenguas porque no
sabía cuál entendían mejor sus acompañantes, pero como el hombre
contestaba siempre: «Ja, ja» (Sí, sí), Peduzzi resolvió expresarse solo en tirolés.
La mujer y su joven marido no entendían ni jota.
—En el pueblo todos nos han visto pasar con estas cañas. Es probable
que ahora nos estén siguiendo los guardas rurales. Ojalá no me hubiera metido
en este maldito asunto. Y lo peor es que este imbécil viejo del demonio está
borracho.
—Pero, por supuesto, tú no eres de los que se echan atrás —dijo su
mujer—. Entonces tienes que seguir, ¿verdad?
—¿Por qué vienes? Vete al hotel, Tiny.
—Me quedaré contigo. Si te llevan preso, será mejor que esté a tu lado.
Bajaron de golpe por una zona empinada de la ribera y Peduzzi empezó
a gesticular frente al agua fangosa y oscura del río. Cerca de allí, a la derecha,
había un montón de basura.
—Hábleme en italiano —dijo el hombre joven.
—Un’ mezzo’ora. Piu d’un mezz’ora.
—Dice que todavía falta por lo menos media hora. Es mejor que te vayas
al hotel, Tiny. El viento es demasiado frío. El día es malísimo y pase lo que
pase no nos vamos a divertir nada.
—Bueno —convino la mujer, y comenzó a subir por la orilla cubierta de
pasto.
Peduzzi, que estaba junto al río, la vio así que llegó arriba.
—Frau! (señora) —gritó—. Frau! ¡Fraulein! No se marche.
Ella continuó su camino por la cresta de la colina.
—¡Se fue! —exclamó Peduzzi, disgustado.
Quitó las tiras de goma que sostenían los segmentos de las cañas y se
puso a articular los correspondientes a una de ellas.

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—¿Pero no dijo que falta media hora?
—¡Oh! Sí. Si uno baja más, tarda media hora. Pero aquí se puede pescar
bien.
—¿De veras?
—¡Claro! Este sitio es tan bueno como el otro.
El hombre joven se sentó en la orilla y montó una caña. Después colocó el
carrete y pasó el sedal por las correderas. Se sentía molesto y temía que de un
momento a otro pudiese llegar algún guardabosque o un grupo de ciudadanos
con el sheriff. Desde el borde de la colina podía ver las casas y el campanario
del pueblo. Cuando abrió la caja de sedales, Peduzzi se agachó e introdujo en
ella su grueso y duro pulgar y el índice, enredando los humedecidos cordeles.
—¿No tiene un poco de plomo?
—No.
—Hace falta un poco de plomo —Peduzzi estaba excitado—. Tiene que
conseguir piombo. Piombo. Un poco de piombo. Para esto. Para poner justo
encima del anzuelo. Así no flotará en el agua. Debe tener un poquito de
piombo.
—¿Y usted no tiene?
—No —Peduzzi buscó en sus bolsillos con desesperación. Hasta registró
el sucio género a través de los forros de su guerrera—. No tengo. Necesitamos
piombo.
—Entonces no podemos pescar —anunció el hombre joven, desarmando
la caña y recogiendo el sedal por las correderas—. Conseguiremos un poco de
piombo y vendremos mañana a pescar.
—Pero escúcheme, caro. Tiene que tener piombo. Si no, el sedal flotará en
el agua —el día de Peduzzi se echaba a perder bajo sus propias narices—.
Tiene que conseguir piombo. Con un poco alcanza. Su equipo es nuevo y está
limpio, pero le falta el plomo. Yo hubiera traído un poco, pero usted dijo que
tenía de todo.
El hombre joven miró el agua descolorida por la nieve que empezaba a
derretirse.
—Tiene razón —dijo—. Pescaremos mañana, cuando hayamos
conseguido un poco de piombo.
—Dígame, ¿a qué hora de la mañana?
—A las siete.

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El tiempo era más bien cálido, ya que había vuelto a salir el sol. El
hombre joven se sintió muy aliviado. Ya no tenía que violar la ley. Sentado en
la orilla, sacó de su bolsillo la botella de marsala y se la dio a Peduzzi. Peduzzi
se la devolvió. El joven tomó un trago y se la entregó de nuevo al guía, que
tampoco la aceptó esta vez y dijo:
—Tome, tome usted. Es su marsala.
Después de unos cuantos sorbos más, el marido de Tiny dejó la botella
definitivamente. Peduzzi le había estado observando muy de cerca Recogió la
botella con prisa y empezó a empinar el codo. Los pelos canosos de las arrugas
de su cuello oscilaban mientras bebía. Tenía la mirada fija en el fondo de la
angosta botella. Bebió hasta la última gota. El sol brillaba mientras bebía. Era
algo maravilloso. Aquel sí que era un gran día, al fin y al cabo. Un día
magnífico.
—Senta, caro! A las siete de la mañana.
Llamó caro a su acompañante en varias ocasiones, pero no sucedió nada
anormal. El marsala era bueno. Sus ojos chispeaban. Y vendrían más días
como ese. Iba a empezar a las siete de la mañana.
Comenzaron a subir por la colina rumbo al pueblo. El hombre joven
marchaba delante. Cuando estaba cerca de la cresta, Peduzzi le dijo:
—Escuche, caro, ¿no puede darme cinco liras?
—¿Por lo de hoy? —preguntó el otro, frunciendo el ceño.
—No; por lo de hoy, no. Démelas hoy por el trabajo de mañana. Así
conseguiré todo lo necesario. Pane, salami, formaggio, lo mejor para nosotros
tres, usted, yo y la signora. Y peces para cebo, no solo gusanos. Tal vez compre
un poco de marsala. Todo por cinco liras. Cinco liras, por favor.
Después de mirar cuánto tenía en la cartera, el hombre joven sacó un
billete de dos liras y dos de una.
—Gracias, caro. Gracias —expresó Peduzzi, igual que un miembro del
«Carleton Club» cuando otro le entrega el Morning Post. Aquello sí que era
vivir. Ya había terminado con el jardín del hotel, donde desmenuzaba el abono
helado con una horca para estiércol. Empezaba una nueva vida.
—Hasta las siete, caro —dijo mientras daba unas palmadas a su
acompañante—. A las siete en punto.
—¿Quién sabe si iré? —dijo el hombre joven, guardándose la cartera en el
bolsillo.
—¿Cómo? —exclamó Peduzzi—. Llevaré peces para cebo, signor. Salami,

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todo. Usted, yo y la signora. Los tres.
—¿Quién sabe si iré? —repitió el otro—. Es muy probable que no. En
todo caso, lo dejaré dicho al padrone del hotel.

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«CROSS COUNTRY» EN LA NIEVE
El funicular se detuvo después de recorrer otro trecho. No podía seguir
más allá, ya que la nieve estaba amontonada sólidamente entre los rieles. El
vendaval barría la superficie abierta de la montaña, dejando cierto espesor de
nieve. Nick, que estaba encerando sus esquíes en el vagón de equipaje, puso
las botas en las puntas de hierro y cerró fuertemente la abrazadera. Luego
saltó a un lado del furgón, se volvió repentinamente y empezó a deslizarse por
la pendiente con mucha rapidez, agachándose y arrastrando sus esquíes.
George se hundió en la capa blanca que se extendía debajo, apareció de
nuevo y volvió a perderse de vista. El ímpetu y el veloz descenso por una
empinada ondulación de la montaña despojaron a Nick de sus pensamientos,
y solo le quedó el efecto del maravilloso vuelo, impidiendo toda otra sensación
en su cuerpo. Después de una leve subida, la nieve pareció abrirse bajo sus
pies, y prosiguió a mayor velocidad, ya en el último declive, largo y empinado.
Se había acuclillado hasta estar casi sentado sobre los esquíes, tratando
de que el centro de gravedad se mantuviese bajo. La nieve daba la impresión
de una tormenta de arena. Se dio cuenta de que se deslizaba demasiado de
prisa, pero continuó así. No iba a aflojar. Fue entonces cuando un espacio de
terreno cubierto de nieve blanda y con una depresión producida por el viento,
le hizo caer. Nick dio varias vueltas en medio del estrépito de los esquíes.
Parecía un conejo herido. Por último, quedó clavado en el suelo, con las
piernas cruzadas y los esquíes encima. Tenía la nariz y las orejas llenas de
nieve.
George se encontraba un poco más abajo. Estaba quitándose la nieve de
la chaqueta con fuertes palmadas.
—¿Cómo está la pendiente? —Nick sacudió los esquíes tendido de
espalda y luego se levantó.
—Te has dado un hermoso porrazo, Mike —gritó a Nick—. La nieve está
demasiado blanda. Yo me caí del mismo modo.
—Tienes que mantenerte hacia la izquierda. La pendiente es pronunciada
pero lisa, con un Christy al fondo, debido a un cerco.
—Espera un segundo e iremos juntos.
—No, ¿por qué no vas tú primero? Me gusta ver lo que haces.
Nick Adams pasó al lado de George con sus anchos hombros y sus
cabellos rubios que presentaban todavía restos de nieve. Sus esquíes
empezaron a deslizarse por el borde y después ascendió rápidamente,

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silbando por la cristalina nieve en polvo. Parecía flotar y sumergirse mientras
subía y bajaba por las onduladas pendientes, apoyándose en la pierna
izquierda. Al final, cuando se acercó con ímpetu a la alambrada, manteniendo
las rodillas bien juntas y forzando el cuerpo como si estuviese apretando un
tornillo, dio una repentina vuelta hacia la derecha, provocando un remolino de
nieve, y continuó con lentitud, paralelo a la ladera y al alambrado.
Luego levantó la vista hasta la cresta de la colina. George estaba bajando
por la pendiente ondulada, arrodillándose, con una pierna doblada hacia
delante y arrastrando la otra. Sus bastones colgaban como las patas delgadas
de ciertos insectos y hacían saltar trozos de nieve al rozar la superficie. Por
último, el cuerpo que parecía arrastrarse de rodillas cogió espléndidamente la
curva y George se acuclilló, movió hacia delante y hacia atrás ambas piernas y
se inclinó en dirección contraria, mientras los esquíes acentuaban la curva
como puntos luminosos, todo en una salvaje nube de nieve.
—Le tenía miedo al Christy —dijo George—; la nieve era muy blanda. Te
diste un hermoso porrazo.
—Tal como tengo la pierna, no puedo hacer el telemark —dijo Nick.
Nick oprimió con su esquí el hilo superior del alambrado y permitió así
que pasase George. Después le siguió rumbo a la meta. Atravesaron el bosque
de pinos conservando la misma postura. Poco a poco, el camino se bruñía de
hielo, tiñéndose de color naranja y amarillo de tabaco a causa de los troncos
que habían llegado hasta allí. Los esquiadores continuaron yendo por el lado
en donde había nieve. El sendero se hundía en un arroyo y luego seguía cuesta
arriba. Desde el bosque, pudieron ver el largo edificio de bajos aleros,
desgastado por la intemperie. A través de los árboles parecía tener un matiz
amarillo descolorido. Los marcos de las ventanas estaban pintados de verde,
aunque la pintura se desconchaba. Nick aflojó las abrazaderas con uno de sus
bastones y se quitó los esquíes agitándolos.
—Será mejor que los dejemos allí —dijo y subió por el empinado sendero
con los esquíes al hombro. De vez en cuando, sacudía los pies para que no se le
helaran. Detrás iba George. Oía su respiración y el ruido que hacía al sacudir
los pies. Amontonaron los esquíes junto a la pared del albergue. Luego
sacudieron los pantalones para quitarse la nieve, agitaron las botas hasta
dejarlas limpias y entraron.
Dentro estaba muy oscuro. En un rincón del salón, la gran cocina de
porcelana atenuaba la penumbra. El cielo raso era bajo. A lo largo de una de
las paredes había pulidos bancos y mesas manchadas de vino. Junto a la

116
cocina, dos suizos fumaban en pipa y bebían sus vasos de vino fresco. Los
muchachos se quitaron las chaquetas y se sentaron junto a la pared, frente al
hornillo. En la sala contigua dejó de cantar la voz femenina y apareció una
mujer con delantal azul para ver qué querían tomar los recién llegados.
—Una botella de Sion —pidió Nick—. ¿Te parece bien, Gidge?
—Muy bien —contestó George—. Tú conoces los vinos mucho más que
yo. Me gustan todos.
La mujer salió.
—No hay nada que se pueda comparar al deporte del esquí, ¿verdad? —
manifestó Nick—. ¡Esa sensación que uno experimenta al bajar a toda
velocidad!
—¡Ah! —dijo George—. No hay palabras para expresarlo.
La mujer volvió trayendo el vino. El corcho de la botella les dio bastante
trabajo, pero Nick logró abrirla. La mujer se fue, y después oyeron que
cantaban en alemán en la otra habitación.
—Se han caído algunos trozos de corcho, pero no importa —dijo Nick.
—¿Tendrá alguna tarta esta mujer?
—Veamos.
La mujer volvió de nuevo y Nick observó entonces que su delantal cubría
el bulto de su preñez. «¿Por qué no debí verlo cuando vino por primera vez?»,
pensó.
—¿Qué estaba cantando? —le preguntó.
—Ópera, ópera alemana —no tenía interés en hablar de aquel tema—. Si
les gusta, todavía hay un poco de tarta de manzanas.
—No es muy cordial, ¿eh? —dijo George.
—¡Oh! Al fin y al cabo no nos conoce, y tal vez haya pensado que íbamos
a hacerle bromas por lo que cantaba. Es de allá, donde hablan alemán, y aquí
no está en su ambiente. Además, va a tener familia sin haberse casado y eso la
hace quizá más susceptible.
—¿Y cómo sabes que no está casada?
—Porque no lleva anillo. ¡Diantre! A casi todas las mujeres de este lugar
les ocurre lo mismo antes de casarse.
En aquel momento se abrió la puerta y entró un grupo de leñadores. Sus
botas promovieron un gran estrépito en el piso del salón. La criada trajo tres

117
litros de vino fresco para la reunión y los leñadores ocuparon las dos mesas. Se
habían quitado los sombreros y fumaban en silencio. Algunos estaban
apoyados contra la pared, y otros echados sobre la mesa. Afuera, los caballos
de los trineos sacudían de vez en cuando la cabeza haciendo sonar los
cencerros.
George y Nick estaban contentos. Eran grandes amigos. Sabían que
tenían por delante el viaje de regreso a través de la nieve.
—¿Cuándo tienes que volver a la escuela? —preguntó Nick.
—Esta noche —respondió su compañero—. Tengo que tomar el tren que
sale de Montreux a las diez cuarenta.
—¡Cómo me gustaría que pudieras quedarte para acompañarme mañana
al Dent du Lys!
—Primero está la educación —expresó George—. ¡Caramba, Mike! ¿Qué
te parece si nos entregáramos a la vagancia? Tomamos el tren y vamos con
nuestros esquíes hasta donde se pueda correr bien. Después seguimos y nos
hospedamos en cualquier cantina. Atravesamos las montañas de Oberland
Bernés, subimos hasta Valais y recorremos la Engadina. Luego renovamos el
equipo, con suéteres y pijamas extras en nuestras mochilas, ¿eh? Sin que nos
importe un comino la escuela ni nada. ¿Qué me dices?
—Sí, y después seguimos hasta la Selva Negra. ¡Vaya! Los mejores sitios.
—Allí fuiste a pescar el verano pasado, ¿no es cierto?
—Sí.
Comieron la tarta de manzanas y bebieron el resto del vino.
George se echó atrás, contra la pared, y cerró los ojos.
—El vino me hace siempre sentirme así —dijo.
—¿Mal, acaso? —preguntó Nick.
—No. Estoy bien, pero me encuentro raro y divertido.
—Lo sé.
—Claro.
—¿Quieres que pida otra botella? —sugirió Nick.
—Por mí, no —contestó George.
Nick estaba apoyado con los codos encima de la mesa, y George
recostado contra la pared.
—¿Así que Helen va a tener un hijo? —dijo George balanceando la silla

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para acercarse de nuevo a la mesa.
—Sí.
—¿Cuándo?
—A fines del verano que viene.
—¿Estás contento?
—Ahora sí.
—¿Volveréis a los Estados Unidos?
—Creo que sí.
—¿Tienes deseos de volver?
—Yo, no.
—¿Y Helen?
—Tampoco.
George guardó silencio. Estaba mirando la botella y las copas vacías.
—Es una porquería, ¿verdad?
—No. Exactamente, no.
—¿Iréis a esquiar juntos alguna vez en los Estados Unidos?
—No sé.
—Las montañas no valen mucho.
—No. Son muy rocosas. Además, hay muchos montes y están demasiado
lejos.
—Sí —dijo George—; en California.
—Sí —convino Nick—; en todas partes en las que estuve vi lo mismo.
—Ajá. Así es.
Después de pagar, los suizos se levantaron y salieron.
—Me gustaría que nosotros también fuésemos suizos —dijo George.
—No te olvides de que los suizos tienen paperas —advirtió Nick.
—No lo creo.
—Yo tampoco.
Nick y George se echaron a reír por la ocurrencia.
—¿Y si es esta la última vez que esquiamos, Nick?
—No es posible. Yo no lo haría si no me acompañases.

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—Bueno, entonces volveremos a esquiar.
—Hemos de hacerlo —agregó Nick.
—Tendríamos que prometerlo.
Nick se puso de pie y se abrochó bien la chaqueta. Se inclinó sobre
George para recoger los dos palos de esquiar que estaban contra la pared y
clavó uno en el suelo.
—No se gana nada con hacer promesas —expresó.
Luego abrieron la puerta y salieron. Hacía mucho frío. La nieve
amontonada estaba dura. El camino subía por la colina hasta el bosque de
pinos.
Los dos amigos fueron a buscar los esquís que habían dejado junto a la
pared del albergue. Nick se puso los guantes. George empezó a subir por el
camino con los esquíes al hombro. Volverían juntos al pueblo.

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EL PADRE
Ahora, al mirarlo, creo que mi padre nació para ser un tipo gordo, uno de
esos gordinflones corrientes que se ven por todos lados. Claro está que nunca
estuvo así, excepto al final, y entonces no tuvo la culpa, pues solo efectuaba
carreras de obstáculos y le convenía pesar más. Recuerdo el tiempo en que se
ponía la chaqueta encima de un par de suéteres, y luego otro enorme suéter,
antes de salir a correr conmigo bajo el fuerte sol de la mañana. A veces, en las
primeras horas del día, ensayaba con uno de los animales de Razzo, después
de llegar de Turín a las cuatro de la madrugada y llevarlo en coche a los
establos. Cuando el rocío lo cubría todo y el sol empezaba a salir, yo le
ayudaba a quitarse las botas y él se ponía un par de zapatos de goma y todos
aquellos suéteres, y entonces nos íbamos.
—Vamos, muchacho —me decía, paseándose de un lado a otro frente al
vestuario de los jockeys—; ya es hora.
Solíamos ir al trote por el terreno cercado hasta la puerta. De allí nos
dirigíamos a uno de esos caminos que salen de San Siro con árboles a los lados.
Yo le pasaba al llegar al camino, pues corría bastante bien. De vez en cuando
miraba hacia atrás y le veía siguiéndome al trote. Después de un rato miraba
otra vez y veía que empezaba a sudar. Sin embargo, el sudor no le impedía
continuar la carrera con los ojos fijos en mi espalda, y cuando yo le miraba
sonreía diciéndome: «¿Mucho sudor?». Mi padre tenía una sonrisa contagiosa.
Corríamos a toda velocidad hacia las montañas, hasta que mi padre gritaba:
«¡Eh, Joe!», y yo le veía sentado bajo un árbol, con la toalla que llevaba en la
cintura atada al cuello.
Entonces retrocedía y me sentaba a su lado. Él sacaba una cuerda de su
bolsillo y comenzaba a saltar con ella, mientras el sudor le llenaba el rostro.
Continuaba saltando con la cuerda entre el polvo y bajo el sol. La soga hacía
«clop, clop, clop», y el sol calentaba cada vez más, y él recorría parte del
camino efectuando sus ejercicios. ¡Ah! Era un placer ver saltar a mi padre con
la cuerda. Podía manejarla con rapidez o con lentitud. ¡Vaya! Y había que ver a
los italianos que nos observaban al pasar rumbo a la ciudad caminando al lado
de los grandes bueyes que arrastraban el carro. No hay duda de que al mirar al
viejo pensaban que estaba chiflado. Saltaba con tanta velocidad que se
detenían a contemplarlo, y después de un instante empujaban a los bueyes con
la garrocha, azuzándolos con gritos, y se ponían de nuevo en marcha.
Le quería aún más cuando me sentaba a contemplar sus ejercicios. Los
llevaba a cabo de un modo rítmico y terminaba con un salto regular que le

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llenaba la cara de sudor como si fuese agua. Después colgaba la cuerda de un
árbol y venía a sentarse conmigo. Se recostaba contra el árbol y se envolvía el
cuello con la toalla y uno de los suéteres.
—Te aseguro que no hay cosa peor que quemar grasas, Joe —decía
mientras cerraba los ojos y respiraba larga y profundamente—; no es lo mismo
hacer estos ejercicios a mi edad que cuando uno es joven.
Luego se levantaba y antes de enfriarse volvíamos al trote a los establos.
De ese modo evitaba la obesidad, que le había preocupado siempre. Era una
obsesión. Casi todos los jockeys pueden montar cualquier caballo. El jockey
pierde más o menos un kilo cada vez que corre, pero eso no le hacía ningún
efecto a mi padre, que para rebajar peso debía realizar muchos más ejercicios.
Recuerdo que una vez, en San Siro, un pequeño italiano llamado Rogeli,
que montaba los caballos de Buzoni, atravesó el paddock rumbo al bar con el
propósito de tomar algo fresco. Al caminar se golpeaba ligeramente las botas
con el látigo. Acababa de pesarse. Mi padre hizo lo mismo y salió tras él con la
silla bajo el brazo. Daba la impresión de estar cansado y que las prendas de
seda le estaban pequeñas. Se detuvo para mirar al joven Rogeli, que estaba
junto al bar al aire libre, fresco y con su cara de inocente. Yo le dije: «¿Qué
pasa, papá?»; porque pensé que, a lo mejor, Rogeli le había golpeado o algo
por el estilo. Sin apartar la vista de Rogeli, él me contestó: «¡Oh! ¡Que se vaya
al diablo!», y continuó su camino hacia el vestuario.
Bueno; quizá todo hubiera ido muy bien si nos hubiésemos quedado en
Milán para correr allí y en Turín, pues aunque no había nunca carreras fáciles,
por lo menos eran dos sitios para tentar suerte.
—Pianola, Joe —dijo mi padre cuando desmontó en el establo del ganado
después de la carrera de obstáculos que, según los italianos, era una carrera
del demonio—. Es una cosa fácil. Lo que hace peligrosas las carreras de
obstáculos, Joe, es el modo de correr. Aquí eso no cuenta y los obstáculos
tampoco son difíciles. Pero el inconveniente reside siempre en el modo de
correr, nada más.
San Siro era el mejor hipódromo que había visto en mi vida, pero mi
padre decía que hacía una vida de perro, yendo y viniendo de Mirafiore a San
Siro y cabalgando casi todos los días de la semana, además del viaje en tren
cada dos noches.
Yo también estaba loco por las carreras. Se experimenta una rara
sensación cuando los caballos aparecen en la pista y se dirigen a la raya de
largada, y los jockeys van bien firmes en sus monturas, a veces soltando un

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poco los frenos para que los animales corran un rato. Después, cuando
llegaban a la barrera, yo me encontraba peor que nunca. De un modo especial
en San Siro, por las características del terreno y el panorama de las montañas
que se levantaba a lo lejos. Además del gordo starter italiano con su enorme
látigo, y los jockeys que buscaban donde colocarse. Y después, al sonar la
campana, la barrera se levantaba de golpe y todos salían en tropel,
distanciándose después poco a poco. Todo el mundo sabe cómo salen los
competidores, ¿verdad? Si uno está arriba, en la tribuna, con un par de
gemelos, lo único que ve son los animales hocicando, hasta que se oye la
campana, que parece sonar por mil años, y en seguida los vuelve a ver
doblando la curva. Para mí no había nada que se pudiese comparar con
aquello.
Pero mi padre dijo un día, en los vestuarios, mientras se ponía su ropa de
calle:
—A esos no se les puede llamar caballos, Joe. En París los liquidarían por
el precio del cuero y sus cascos.
Aquel día fue el día en que ganó el premio «Commercio» con Lontorna,
logrando destacarse del resto en los últimos cien metros igual que si estuviera
sacando el corcho de una botella.
Casi inmediatamente después del premio «Commercio» abandonamos
Italia. Mi padre, Holbrook y un italiano gordo con sombrero de paja, que se
secaba continuamente la cara con el pañuelo, discutían en francés en una mesa
de la Gallería. Ambos protestaban por algo contra mi padre, hasta que, al final,
él se calló la boca y permaneció sentado mirando a Holbrook.
Los otros prosiguieron reclamando. Primero hablaba uno y después el
otro y el italiano gordo interrumpía siempre a Holbrook.
—¿Quieres salir y comprarme el Sportsman, Joe? —dijo mi padre,
dándome un par de soldi sin dejar de mirar a Holbrook.
Entonces salí de la Gallería y compré el periódico frente al Scala. Luego
regresé y me detuve a cierta distancia, porque no quería entrometerme. Mi
padre se encontraba recostado en la silla, mirando la taza de café y
jugueteando con la cuchara. Holbrook y su corpulento acompañante estaban
de pie. El italiano se secaba el rostro y sacudía la cabeza. Yo me acerqué, y mi
padre procedió entonces como si estuviese solo, como si los otros no hubiesen
estado junto a la mesa, preguntándome:
—¿Quieres tomar un helado, Joe?
Holbrook lo miró y pronunció con lentitud y cierto énfasis:

123
—¡Hijo de perra! —Y él y el italiano gordo se alejaron entre las mesas.
Mi padre se quedó sentado y ensayó una sonrisa, pero su cara palideció
con un gesto del demonio. Yo tuve miedo y experimenté una desagradable
situación porque advertí que algo había ocurrido y me resultaba imposible
comprender que alguien llamara hijo de perra a mi padre y se fuera tan
tranquilamente. Mi padre abrió el Sportsman y estudió los handicaps durante un
momento. Finalmente, dijo:
—Hay que aguantar muchas cosas en este mundo, Joe.
Tres días después nos fuimos de Milán para siempre, en el tren de Turín
a París. Con anterioridad, realizamos frente a la caballeriza de Turner el
remate de todo lo que no pudimos llevar en el baúl y en la valija.
Llegamos a París en las primeras horas de la mañana. Entramos en una
estación larga y sucia que era la Gare de Lyon, según me dijo mi padre. París
era una ciudad enorme comparada con Milán. En Milán parecía que todo el
mundo y todos los tranvías llevasen rumbo fijo y que existiese un orden
completo, pero en París era una confusión constante que nunca se solucionaba.
Sin embargo, empezó a gustarme. Sin olvidar que tiene los mejores
hipódromos del mundo. Parece como si esa fuera la razón de todo el
movimiento y toda la agitación, y lo único que uno puede imaginarse es que
no hay día en que los autobuses no vayan a alguno de los hipódromos en
actividad, a veces desde los lugares más distantes. En realidad, nunca llegué a
conocer bien la capital, ya que solo la recorría con mi padre dos o tres veces
por semana, y él se detenía siempre en el «Café de la Paix», al lado de la
Ópera, con el resto de la pandilla de Maisons, y creo que aquel es uno de los
sectores más bulliciosos de París. Pero me pregunto: Es raro que una ciudad
grande como París no tenga una Gallería, ¿verdad?
Fuimos a vivir a la pensión que una tal señora Mayers tenía en Maisons-
Lafitte, donde residían casi todos, excepto la gavilla. Esta prefirió hacerlo en
Chantilly. Maisons es el sitio más agradable para vivir que he visto en mi vida.
La ciudad no vale mucho, pero hay un lago y un hermoso bosque donde
pasaba casi todo el día con otro muchacho. Mi padre fabricó una honda que
nos sirvió para cazar muchas cosas, la mejor de las cuales fue una urraca. Una
vez, el joven Dick Atkinson tuvo buena puntería con un conejo. Lo pusimos
bajo un árbol y nos sentamos junto al animal. Dick había llevado algunos
cigarrillos. Pero, de repente, el conejo dio un salto y se escapó entre la maleza,
y por más que lo buscamos no pudimos encontrarlo. Bueno, nos divertíamos
mucho en Maisons. La señora Meyers me daba de comer por la mañana y yo
permanecía fuera de casa el resto del día. Pronto aprendí a hablar francés. Es

124
un idioma fácil.
Apenas llegamos a Maisons, mi padre escribió a Milán pidiendo su
licencia, y este asunto lo trajo muy preocupado. A menudo se encontraba con
sus amigos en el «Café de París» de Maisons. Iban muchos tipos que conoció
cuando corría en París, antes de la guerra, y que ahora vivían en Maisons.
Además, hay tiempo de sobra para visitar el café, pues el trabajo de una
caballeriza, es decir el de los jockeys, termina por completo a las nueve de la
mañana. Sacan a galopar la primera manada de caballos a las cinco y media y
el segundo grupo a las ocho. Eso significa que tienen que acostarse y
levantarse muy temprano. Y si un jockey está a cargo de los caballos de una
persona determinada, entonces no puede salir a emborracharse, pues el
cuidador lo vigila siempre si es muy joven, y si no es un muchacho él mismo
se fijará en lo que hace. En general, cuando un jockey no tiene que trabajar pasa
el tiempo en el «Café de París» con la otra gente. Se sientan dos o tres horas
frente a algo de beber, como vermut o agua de Seltz, charlando, contando
cuentos y jugando al billar, casi igual que en un club o en la Gallería de Milán.
Solo que, en realidad, no es como en la Gallería, porque allí todos entran y
salen sin cesar y las mesas siempre están ocupadas.
Mi padre consiguió por fin la licencia. Se la mandaron sin decir nada y
pudo correr un par de veces. Fue a Amiens, en el Norte, y a sitios semejantes,
pero no consiguió ningún contrato. Todos le tenían simpatía. Cada vez que yo
entraba en el café por la mañana lo encontraba bebiendo con alguien, pues mi
padre no era tacaño como la mayor parte de jockeys que ganaron el primer
dólar corriendo en la Feria Mundial de Saint-Louis, en 1904. Eso es lo que
decía siempre mi padre cuando bromeaba con George Burns. Pero parecía que
todo el mundo evitaba darle caballos para correr.
Todos los días íbamos con el auto desde Maisons a cualquier parte en
donde hubiese carreras, y eso era lo más divertido. Me gustaba cuando veía los
caballos que regresaban de Deauville, y también en verano. Sin embargo, eso
significó el fin de mis paseos por el bosque, ya que entonces nos dirigíamos a
Enghien, o a Tremblay, o a Saint-Cloud, y los observábamos desde la tribuna
de los cuidadores y jockeys. No hay duda que aprendí mucho de carreras de
tanto salir con esa gente, y cada vez me gustaba más.
Recuerdo lo que ocurrió un día en Saint-Cloud. Iba a efectuarse una
carrera de doscientos mil francos de premio, con siete anotados. Kzar era el
gran favorito. Yo fui al paddock a ver los caballos y nunca me quedé tan
asombrado como en aquella ocasión. Este Kzar era un gran bayo hecho a
medida para correr. Nunca vi un caballo que se le pareciera. Desfilaba por los

125
paddocks con la cabeza gacha, y cuando pasó a mi lado experimenté una
sensación de vacío, de tan hermoso que era. No hubo nunca caballo más
favorecido por la naturaleza. Resultaba el perfecto modelo del caballo de
carreras. Marchaba por el paddock con calma y cuidado y se movía con soltura
como si supiera lo que tenía que hacer, sin saltar ni encabritarse como esos
caballos que van a disputar el premio «drogados» y levantan protestas en los
espectadores. Había tanta gente que solo pude ver de nuevo las patas
amarillentas. Mi padre se abrió camino, y yo tras él, hacia el vestuario de los
jockeys, situado entre los árboles. Allí también había gran cantidad de público,
pero el hombre del sombrero hongo que cuidaba la entrada nos dejó pasar en
seguida.
Dentro todos estaban vistiéndose, unos poniéndose las chaquetillas y
otros las botas, en medio de gran olor a sudor y a embrocación. Afuera, la
muchedumbre seguía observando.
Mi padre fue a sentarse junto a George Gardner, que se estaba poniendo
los pantalones de montar, y le preguntó:
—¿Qué se sabe, George? —empleando un tono de voz normal como si no
hubiera necesidad de hacerlo en secreto y ninguno de los dos poseyera
información alguna.
—No va a ganar —contestó el jockey en voz muy baja al agacharse para
abrochar los breeches.
—¿Quién, entonces? —preguntó mi padre, inclinándose más con objeto
de que nadie le pudiera oír.
—Kiscubbin —respondió George—; y si así ocurre, guárdame un par de
boletos.
Mi padre dijo algo con tono normal y George le contestó:
—Nunca se te ocurra apostar al que yo te aconseje —bromeando.
Después salimos, abriéndonos paso entre la multitud que nos miraba, y
fuimos a la machine mutuel de 100 francos. Pero me di cuenta de que se trataba
de algo importante, pues George era el jockey de Kzar. En el trayecto,
observamos uno de los tableros amarillos con las cotizaciones iniciales. Kzar
pagaba solo 5 por 10; seguía Cefisidote con 3 a 1, y Kircübbin ocupaba el quinto
lugar en la nómina con 8 a 1. Mi padre apostó cinco mil ganadores a favor de
Kircübbin y agregó mil a place. Después nos dirigimos a la tribuna para ver la
carrera desde una buena localidad.
Estábamos apretados entre la muchedumbre. Primero apareció un

126
hombre que vestía levita y sombrero de copa gris, con el látigo doblado en la
mano, y después llegaron, uno tras otro, los caballos, con el jockey encima y un
peón de la caballeriza al lado, llevándolos de la brida. El primero en salir fue el
gran bayo Kzar. A primera vista no parecía tan grande, pero uno se convencía
al observar la longitud de sus patas, el tamaño del cuerpo y el modo de andar.
¡Ah!, nunca vi un caballo semejante. Lo montaba George Gardner y ambos
pasaron lentamente, detrás del tipo viejo de sombrero de copa, remedo del
dueño de un circo que presentaba los números en la pista. Después de Kzar,
que avanzaba con los reflejos del sol en su pelo suave y amarillento, seguía un
animal negro de buen aspecto y cabeza muy bonita, montado por Tommy
Archibald. Después venía un grupo de cinco caballos más, todos en lenta
procesión junto a la tribuna y las básculas. Mi padre dijo que el negro era
Kircúbbin y entonces lo miré con atención. Verdaderamente, era un hermoso
ejemplar, pero no tenía nada que hacer al lado de Kzar.
Todo el mundo aplaudió cuando pasó Kzar. Era, sin duda, un caballo
maravilloso. El desfile continuó hasta el otro lado y pasó por la pelouse,
dirigiéndose luego al extremo más próximo del hipódromo. El dueño del circo
fue soltando en forma sucesiva a los corredores para que pudiesen ir al galope
hasta el poste de llegada y dejaran libre la visual a los espectadores. Pero la
campana sonó antes y vimos que los contrincantes salían en tropel y
alcanzaban en seguida la primera curva como si se tratara de caballitos de
juguete. Yo observaba el desarrollo de la prueba con los gemelos. Kzar corría
atrasado. Uno de los bayos marchaba delante. Dieron la primera vuelta a todo
galope, y cuando pasaron por donde estábamos, Kzar continuaba lejos del
primero, que se imponía con facilidad. Era Kircubbin. ¡Caramba! Es terrible
verlos pasar frente a uno y después observar cómo se alejan y se hacen cada
vez más pequeños, hasta que en la curva se agrupan de nuevo y vuelven a
enfilar la recta. A uno le dan ganas de gritar y maldecir, y el malestar sigue
aumentando. Finalmente, doblaron la última curva y tomaron la recta.
Kircubbin se mantenía bastante distanciado del resto. Todo el mundo estaba
sorprendido y repetía Kzar en voz baja y con disgusto. Los caballos se
acercaban a toda velocidad. Una cabeza amarilla se destacó como un rayo del
pelotón, casi en mis gemelos, y la gente empezó a gritar Kzar como si hubiera
enloquecido. Kzar se acercaba ligerísimo. Nunca vi correr así a ningún caballo.
Kircubbin, por su parte, corría de un modo normal, y su jockey lo castigaba sin
cesar. Por último, quedaron juntos en cabeza, y Kzar pareció duplicar la
velocidad con sus grandes saltos y la cabeza que se estiraba…, pero pasaron
frente al poste de llegada juntos y el primer número que colocaron en el
tablero fue el 2, lo cual significó que Kircubbin había ganado.

127
Un extraño temblor recorrió todo mi cuerpo y al mismo tiempo
experimenté una sensación muy rara. Después nos encontramos apretujados
entre la gente que bajaba para colocarse frente al tablero en donde indicarían
cuánto ganaba Kircubbin. Debo decir con franqueza que durante la carrera me
olvidé de lo que había apostado mi padre a favor de Kircubbin. ¡Maldición!
Quería con todas mis ansias que ganase Kzar. Pero después que hubo pasado
todo me alegré al saber que habíamos acertado.
—Ha sido una carrera magnífica, ¿no es cierto, papá? —le pregunté.
Él me miró con sorpresa. Tenía el sombrero casi en la nuca.
—Este George Gardner es extraordinario —dijo—. Hacía falta un gran
jockey para evitar que ganase Kzar.
Yo sabía, por supuesto, que el resultado había asombrado a toda la
concurrencia. Pero mi padre dijo aquello con placer, aunque yo no le vi la
gracia, ni siquiera cuando colocaron los números en el tablero y sonó la
campana de pago de apuestas. Entonces vimos que Kircübbin daba 67,50 por
10. Por todas partes la gente decía:
—¡Pobre Kzar! ¡Qué lástima! ¡Pobre Kzar!
Y yo pensé: «Me gustaría ser jockey y haberlo montado yo en vez de ese
hijo de perra». Y me causó gracia pensar que George Gardner era un hijo de
perra, porque siempre me había resultado simpático, y, además, nos dijo quién
iba a ganar, pero de cualquier modo creo que era un verdadero hijo de perra.
Mi padre ganó mucho dinero aquel día y empezó a visitar París con más
frecuencia. Cuando había carreras en Tremblay, se hacía dejar en la ciudad al
regresar a Maisons Lafitte, y él y yo nos sentábamos en la terraza del «Café de
la Paix» y observábamos a los transeúntes. Era un lugar delicioso. Pasaba
mucha gente y gran cantidad de vendedores ambulantes nos ofrecían sus
productos. Me gustaba con locura sentarme allí con él. Mi padre bromeaba con
los muchachos que vendían graciosos conejos que saltaban cuando se les
apretaba una protuberancia. Hablaba en francés con la misma facilidad que en
inglés, y todos aquellos individuos lo conocían porque resultaba fácil conocer
a un jockey. Siempre nos sentábamos a la misma mesa y se habían
acostumbrados a vernos. Algunos hombres vendían libretas de matrimonio.
Pasaban mujeres ofreciendo huevos de goma que al apretarlos dejaban salir un
gallo. Un viejo harapiento recorría las mesas mostrando tarjetas postales de
París que nadie le compraba, por supuesto. Entonces volvía a pasar enseñando
el revés de las mismas, con escenas pornográficas, y muchas personas metían
la mano en el bolsillo y reservadamente sacaban dinero para comprarlas.

128
¡Ah! Me acuerdo de la gente rara que solía pasar por allí. Las mujeres que
a la hora de la cena buscaban a alguien que las invitase, hablaban siempre con
mi padre, que les hacía bromas en francés. Después me acariciaban la cabeza y
proseguían su camino. Una vez, una mujer americana se sentó con su hija a la
mesa contigua a la que ocupábamos. Tomaban helados. Yo no aparté la vista
de la chica, que era muy bonita. En una ocasión le sonreí y ella me respondió
del mismo modo, pero no ocurrió nada más. Cada día buscaba a las dos
mujeres, pero no las volví a ver. Quisiera saber si la madre me habría
permitido que llevase a su hija a Auteuil o Tremblay. La verdad es que estaba
decidido a hablar con ella. Aunque, de cualquier manera, creo que no hubiese
valido la pena, pues ahora, al pensar en aquello, recuerdo haber resuelto
hablarle más o menos así: «Perdóneme, pero ¿no le gustaría que yo le
recomendara una apuesta para las carreras de hoy en Enghien?»; y, después de
todo, tal vez me hubiese tomado por un espía de caballeriza en vez de un
admirador con el deseo de ofrecerle un dato valioso.
Nos sentábamos en el «Café de la Paix», mi padre y yo, y casi siempre
discutíamos con el camarero porque mi padre tomaba whisky, que costaba
cinco francos, y aquello significaba una buena propina cuando contaba los
platillos. Mi padre bebía más que nunca, pero había dejado de correr y decía
que el whisky evitaba el aumento de peso. Sin embargo, yo advertía que
engordaba lo mismo. Se alejó de sus viejos amigotes de Maisons y, al parecer,
lo único que le gustaba era sentarse conmigo en el bulevar. Pero todos los días
perdía dinero en el hipódromo. Cuando le iba mal, le invadía cierta tristeza
después de la última carrera, hasta que llegábamos a nuestra mesa y tomaba
su primer whisky. Entonces mejoraba su estado de ánimo.
A veces interrumpía la lectura del Paris-Sport para decirme:
—¿Dónde está tu novia, Joe? —refiriéndose en broma a lo que yo le había
contado acerca de la muchacha que había visto aquel día en la mesa contigua.
Me ruborizaba, pero me gustaban esas bromas. Experimentaba una sensación
agradable al pensar en ella.
—No dejes de estar alerta, Joe —me decía—. Ya volverá.
Me preguntaba cosas y algunas de mis respuestas le hacían reír. Después
empezó a hablarme de cuando corría en Egipto, o en Saint Moritz, en el hielo,
antes de la muerte de mi madre, y de las carreras realizadas en el sur de
Francia durante la guerra, con el solo objeto de conservar la raza, y en las que
no había premios, ni apuestas, ni público, ni nada. Eran carreras como las de
ahora. Podía pasar horas escuchando a mi padre, especialmente cuando él
tomaba un par de copas. Me habló de su infancia, en Kentucky, cuando iba a

129
cazar coatíes, y de la buena época en los Estados Unidos, antes de la crisis y
agregó:
—Joe, cuando ganemos una apuesta más o menos decente volverás a los
Estados Unidos para ir a la escuela.
—¿Y qué necesidad tengo de ir a la escuela allá si hay crisis? —le
pregunté.
—Eso es diferente —concluyó. Después llamó al camarero, pagó el
montón de platillos, tomamos un taxi hasta la Gare St. Lazare y regresamos a
Maisons-Lafitte en tren.
Un día, en Auteuil, después de un steeplechase de venta, mi padre compró
el ganador por 30 000 francos. Tuvo que ofrecer un poco para conseguirlo,
pero al final la caballeriza accedió y mi padre recibió su permiso y sus colores
en una semana. ¡Cáspita! Sentí un gran orgullo cuando mi padre se convirtió
en propietario. Arregló con Charles Drake todo lo referente al establo y dejó de
viajar a París. Empezó a correr y sudar de nuevo. Él y yo constituíamos todo el
personal del stud. Nuestro caballo se llamaba Gilford. Era producto irlandés y
buen saltador. A mi padre le pareció una buena inversión, y él mismo lo
adiestraba y lo montaba. Yo estaba orgulloso de todo y hasta comparé a Gilford
con Kzar, era un fuerte bayo saltador, con mucha velocidad en el llano, si lo
exigían; de excelente aspecto.
¡Ah! ¡Cómo me gustaba verlo! La primera vez que corrió con mi padre,
llegó tercero en una carrera de vallas de 2500 metros, y después que el jockey
hubo desmontado, bañado en sudor y muy contento, y fue a pasearse, yo me
sentí tan orgulloso del animal como si se hubiese tratado de la primera carrera
en que obtenía buena colocación final. En realidad, cuando un tipo deja las
pistas por mucho tiempo, a uno le parece que en su vida ha corrido. Todo era
distinto ahora. En Milán, mi padre no se emocionaba nunca, ni siquiera al
ganar carreras de mucha importancia, pero la situación fue distinta cuando se
convirtió en propietario. La víspera de cada carrera yo no podía dormir y
advertí que él también estaba excitado, aunque no lo demostraba. Hay gran
diferencia entre ser jockey de los caballos que uno mismo posee o de los que
pertenecen a otro. Es tan grande como la que existe entre el día y la noche.
Un lluvioso domingo, Gilford y mi padre actuaron por segunda vez en
Auteuil, en el Prix du Marat, carrera de obstáculos de 4500 metros. Apenas
salió, subí a la tribuna con los gemelos nuevos que él me había comprado con
este fin. Los contrincantes se dirigieron al extremo opuesto del hipódromo. En
la barrera hubo cierta dificultad, ya que un animal provocó un alboroto al

130
encabritarse y embestirla. Sin embargo, distinguí la chaquetilla negra con una
cruz blanca y la gorra oscura de mi padre, sentado sobre Gilford y
acariciándole con la mano. Después salieron en un salto, perdiéndose de vista
entre los árboles. La campana empezó a sonar como loca y los postigos de las
oficinas del pari mutuel se sacudieron igual que matracas. ¡Demonio, qué
excitado estaba! Me dio miedo mirarlos, pero dirigí los gemelos hacia el otro
lado de la arboleda. Salieron por allí, con la vieja chaquetilla negra en tercer
término, y al saltar parecían pájaros flotando en el aire. Volvieron a
desaparecer antes de bajar por la colina, con rapidez y sin esfuerzo aparente, y
pasaron la valla en pelotón, alejándose de nosotros sin perder la unidad. Sus
lomos muy juntos daban la impresión de formar un puente a través de la pista.
Luego saltaron la doble zanja y uno cayó. No vi quién, pero el caballo se
levantó en seguida y siguió galopando solo, mientras el resto, sin deshacer el
pelotón, dobló la larga curva izquierda y entró en la recta. Pasaron la pared de
piedra y continuaron en tropel hacia el enorme charco, justo frente a las
tribunas. Los vi venir y alenté a mi padre cuando pasó llevando casi un largo
de ventaja, ágil como un mono. Al llegar al tupido seto que ocultaba el charco,
se oyó un estrépito. Dos caballos salieron por mi lado y siguieron corriendo.
Otros tres quedaron amontonados allí. Mi padre no apareció por ningún lado.
Uno de los animales se arrodilló, y como no había soltado la brida, el jockey
pudo montar de nuevo y continuar la prueba. El segundo caballo se incorporó
por sus propios medios, sacudiendo la cabeza y galopando con las riendas
sueltas, mientras su jinete se apoyaba en la baranda haciendo eses. En cuanto a
Gilford, se levantó después de zafarse de su jockey y empezó a correr a tres
patas, con la derecha delantera encogida. Mi padre quedó tendido boca arriba
en el césped, con la cabeza cubierta de sangre. Al bajar de la tribuna corriendo
atropellé a un montón de gente. Llegué por fin a la baranda, pero un policía
me impidió seguir. Dos grandes camilleros pasaron en busca de mi padre. Al
otro lado de la pista, vi tres caballos que salían de la arboleda y saltaban la
valla.
Mi padre había muerto cuando lo trajeron. Mientras el médico le
auscultaba el corazón con un aparato colocado en sus oídos, escuché el disparo
del arma de fuego que mató a Gilford en la pista. Cuando llevaron el cadáver
de mi padre a la enfermería me colgué de la camilla y empecé a llorar
desconsoladamente. ¡Estaba tan pálido! ¡Tan muerto! ¡Oh! ¡Qué horrible! Y no
pude dejar de pensar en la inutilidad del sacrificio de Gilford. Tal vez no fuera
grave la herida de la pata. No sé. ¡Quería tanto a mi padre!
Entraron dos tipos. Uno me dio una palmada en el hombro, a modo de

131
pésame, y después fue a ver a mi padre, tapándolo con una de las sábanas de
la camilla. El otro habló por teléfono, en francés, pidiendo una ambulancia
para trasladar el difunto a Maisons. No pude contener las lágrimas y lloré
hasta sofocarme. George Gardner se sentó a mi lado y me abrazó, diciéndome:
—Vamos, Joe, muchacho. Levántate y salgamos a esperar la ambulancia.
Me levanté del suelo y salí con George, tratando de evitar los sollozos. Él
me secó la cara con su pañuelo. Mientras esperábamos que pasase toda la
gente, dos tipos se detuvieron cerca de nosotros. Cuando acabó de contar un
montón de boletos de mutuel, uno de ellos dijo:
—Bueno; le llegó la hora a Butler.
—Me importa un comino —respondió su compañero—. ¡Maldición!
Cayó vencido por sus propias armas, el sinvergüenza.
—Ya lo creo —asintió el primero antes de hacer pedazos los boletos.
George Gardner me miró para saber si yo había oído algo y al
comprobarlo dijo:
—No hagas caso de lo que dicen esos vagos, Joe. Tu padre era un tipo
estupendo.
Pero no sé. Creo que cuando empiezan a hablar no dejan títere con
cabeza.

132
EL RÍO DE LOS DOS CORAZONES
I
El tren se perdió de vista tras una de las colinas. Nick se sentó en la
mochila con la lona y ropa de cama que el encargado del vagón de equipajes
había lanzado por la portezuela. No encontró ni una casa. Nada. Nada más
que los rieles y la comarca arrasada por el fuego. No habían quedado rastros
de las trece cantinas que ocupaban la única calle de Seney. Solo se veían los
cimientos del exhotel, con la piedra desmenuzada en parte por el incendio.
Incluso la superficie estaba devastada.
Paseó sus ojos por la ladera, buscando las dispersas casas del pueblo que
ya no existía, y al comprobarlo bajó por los rieles hasta el puente que cruzaba
el río. Permaneció absorto en la contemplación del agua límpida coloreada por
los guijarros del fondo. Observó los remolinos formados junto a los pilotes de
madera y las truchas que se mantenían firmes en la corriente agitando las
aletas. Cambiaban de posición con bruscos movimientos angulares, para
volver en seguida a su inmovilidad anterior. Se quedó mirándolas largo rato.
Las numerosas truchas que soportaban la presión de la corriente
aparecían algo deformadas a través de la superficie convexa y cristalina
recorrida por las suaves ondulaciones que provocaba la resistencia de los
pilotes del puente. Al principio no las distinguió porque estaban en el fondo,
pero luego pudo divisarlas sobre los guijarros, en la variable niebla de piedras
y arena que los vaivenes de la corriente arrojaban en chorros.
¡Por fin lograba ver truchas después de mucho tiempo! Hacía bastante
calor. Un martín pescador voló muy cerca del agua. Mientras su imagen se
proyectaba sobre la superficie, una trucha enorme saltó describiendo un
amplio ángulo y al acercarse a la superficie perdió la sombra que había
revelado su movimiento. Los rayos del sol la hicieron bajar otra vez; su imagen
pareció sobrenadar por encima del agua sin ofrecer ninguna resistencia hasta
que llegó a su refugio, bajo el puente, y se detuvo firmemente, aguantando los
embates de la corriente.
Frente al panorama de las truchas que se debatían, los bancos de arena y
los grandes cantos rodados que ocupaban el río hasta la profundidad abismal
del pie del peñasco. Nick experimentó de nuevo la vieja sensación de
bienestar.
Regresó donde había dejado la mochila, en un montón de ceniza, junto a
los rieles. Estaba contento. Apretó el bulto con las correas y se lo echó al

133
hombro, pasando los brazos por las cintas delanteras. Agachó la cabeza todo lo
que pudo para aliviar el esfuerzo de los hombros, pero no logró disminuir el
peso. Era demasiado. Tomó por el camino que corría paralelo a las vías del
ferrocarril, llevando la caja de cañas de pescar en una mano. Se inclinó hacia
delante para que el peso de la mochila descansara en la parte superior de su
espalda y se alejó del pueblo incendiado. Hacía mucho calor. Dobló por una
colina rodeada de dos alturas también devastadas y llegó al camino que
conducía al campo, notando más intensamente el calor que le provocaba la
presión de la pesada mochila. El camino ascendía rectamente. Resultaba muy
difícil ir cuesta arriba. Le dolían los músculos. Era un día caluroso, pero Nick
estaba muy contento. Y era que por aquel camino se alejaba de la necesidad de
pensar, de la de escribir y de otras. Todo quedó atrás.
Las cosas habían cambiado mucho desde que el encargado del vagón de
equipajes arrojó el fardo de Nick por la portezuela. Seney era muy distinto,
pero quizá se hubiera salvado algo del incendio. Así lo esperaba.
Siguió caminando bajo un sol que le hacía sudar extraordinariamente
hasta que cruzó el grupo de colinas que separaban el ferrocarril de las llanuras
de pinos.
El camino continuaba ascendiendo, aunque con algunos baches. Al llegar
a la cima de la colina dejaba de ser paralelo con la ladera devastada. Nick se
apoyó en un poste para quitarse la mochila. Frente a él, hasta donde llegaba su
vista, se extendía la llanura de pinos. La comarca incendiada concluía a la
izquierda, en el grupo de cerros. Más allá se encontraban islotes de pinos
oscuros y, en lontananza, el río. Nick recorrió su extensión con la mirada,
recibiendo los destellos que el sol provocaba al reflejarse en el agua.
Solo había pinos y más pinos hasta los terrenos altos del lago Superior,
con sus colinas azules apenas visibles. Si fijaba la vista en ellas, desaparecían,
pero permanecían allí si las miraba solo a medias.
Se sentó junto al poste carbonizado y fumó un cigarrillo. La mochila
descansaba sobre la cepa, y le colgaban las correas. Su espalda había hecho un
hoyo en el bulto. Mientras fumaba y estiraba un poco las piernas, atisbo la
comarca. No tenía necesidad de sacar el mapa, pues se orientaba
suficientemente por la posición del río.
Observó que un saltamontes se había posado en su media de lana. El
insecto era negro. Muchos de ellos habían surgido de la polvareda mientras él
recorría el camino, y todos eran negros. No había encontrado ninguno de esos
grandes saltamontes con alas de color amarillo y negro, o rojo y negro, que

134
zumbaban con sus vainas oscuras al volar. Aquellos eran saltamontes
comunes, pero todos de color negro fuliginoso. A Nick le llamaron la atención,
aunque no pensó realmente en ellos. Al observar el insecto que mordía la lana
de la media con su boca de cuatro antenas, pensó que eran negros por el hecho
de vivir en la región incendiada. También calculó que el incendio debió
producirse el año anterior y que los saltamontes ya eran negros. ¿Por cuánto
tiempo seguirían así?
Alargando la mano con mucho cuidado agarró al insecto por las alas. Lo
volvió para mirarle el abdomen articulado, mientras sus patas se agitaban en
el aire. Sí, también era negro, irisado en el tórax y con la cabeza cubierta de
polvo.
—Vamos, bicho. —Por primera vez Nick habló en voz alta—. A irse de
aquí.
Soltó el insecto en el aire y contempló su vuelo. El saltamontes se detuvo
en un tronco carbonizado, al otro lado del camino.
Nick se levantó y pasó los brazos por las correas, apoyándose con la
espalda en la mochila que descansaba sobre el tronco. Después de mirar el río
lejano a través del campo, bajó la ladera y se alejó del camino. Era fácil ir
cuesta abajo. La comarca devastada terminaba a doscientas yardas de allí.
Después crecían helechos miricáceos hasta la altura de los tobillos. Era una
extensa y ondulada región con grupos de pinos, frecuentes subidas y bajadas y
suelo arenoso, en donde comenzaba de nuevo la vida esplendorosa del
bosque.
Nick se orientaba por el sol. Sabía cuándo tenía que tomar rumbo al río.
Mientras tanto continuó caminando por la llanura, interrumpida a veces por
pequeñas cuestas o una grande y tupida isla de pinos a la derecha o la
izquierda. Arrancó varios vástagos del matoso helecho y los puso bajo las
correas de la mochila para que despidieran su agradable aroma al ser
apretados.
Estaba cansado y sentía mucho el calor en aquella región escabrosa y sin
sombra. Podía ir al río en cualquier momento, con solo doblar a la izquierda.
La distancia no llegaba a ser de una milla, pero siguió marchando hacia el
Norte, ya que quería ganar todo el terreno posible en la caminata de esa
jornada.
Al atravesar el territorio elevado divisó una de las grandes islas de pinos.
Se le ocurrió bajar y luego, al acercarse a lo alto del puente, dio media vuelta y
fue hacia los árboles.

135
No había maleza en el islote de pinos. Los troncos eran rectos o estaban
inclinados en una sola dirección, con las ramas muy altas. Algunas se
entrelazaban formando una compacta sombra en el suelo. Un espacio abierto
rodeaba el bosque. Al mirar, Nick notó que el piso era blando y estaba lleno de
pinochas hasta más allá de la extensión de las ramas. Como los árboles habían
crecido tanto y las ramas estaban tan altas, el sol quedó dueño del espacio que
en otra época había cubierto de sombra. Los helechos empezaban justamente
al borde de la selva.
Después de quitarse la mochila, Nick se acostó a la sombra,
contemplando los altos pinos. Se estiró bien, apoyando nuca y espalda en la
tierra que parecía tan blanda. Observó el cielo por entre las ramas y cerró los
ojos. Luego los abrió para mirar de nuevo. Arriba, el viento agitaba las ramas.
Volvió a cerrarlos y se durmió.
Cuando se despertó estaba yerto y entumecido. Faltaba poco para que el
sol se ocultase.
Al levantar la mochila le pareció más pesada que antes, y las correas le
hacían daño en los hombros. Se agachó para recoger la caja de cuero de las
cañas de pescar y, por último, se dirigió al río por el terreno pantanoso
cubierto de helechos. Sabía que se encontraba a menos de una milla de él.
El río estaba más allá del prado que se extendía desde la ladera llena de
tocones. Se alegró mucho de verlo y siguió caminando río arriba. El rocío que
había sucedido rápidamente al día caluroso, le empapó los pantalones. La
corriente se deslizaba veloz, en medio de un profundo silencio. Cuando llegó
al final de la pradera, antes de ascender a un paraje elevado para acampar,
Nick contempló el río una vez más. Las truchas saltaban con inquietud,
buscando los insectos que provenían de los pantanos de la otra orilla de la que
se marchaban al ponerse el sol. Los peces salían del agua para apoderarse de
su presa. Hicieron eso durante todo el recorrido de Nick a lo largo de la costa.
Pensó que los insectos debían estar en la superficie, pues las truchas cazaban y
comían sin cesar por todas partes, formando pequeños círculos en el agua,
igual que si empezara a llover.
El terreno se elevaba, cubierto de árboles y de arena, hasta dominar la
pradera, el río y el pantano.
Después de soltar la mochila y la caja de las cañas, Nick empezó a buscar
un espacio llano. Tenía mucha hambre y quería montar el campamento antes
de comer. Finalmente encontró un sitio idóneo entre dos pinos. Sacó el hacha
de la mochila y cortó dos raíces que sobresalían. Así niveló un trecho bastante

136
amplio como para dormir. Alisó con la mano el suelo arenoso y arrancó de raíz
todos los arbustos. El agradable aroma del helecho impregnó sus manos. Alisó
el terreno hasta dejarlo bien nivelado, ya que no quería estar incómodo al
acostarse.
Después tendió sus tres mantas, una doblada a modo de colchón, y las
otras encima.
Con la ayuda del hacha cortó un trozo de madera de pino y de él sacó las
estacas para la tienda. Era preciso que fuesen largas y fuertes. La mochila, al
pie de un árbol, sin la tienda dentro, parecía mucho más pequeña. Nick ató la
cuerda en uno de los pinos y la estiró hasta atar el extremo opuesto en otro
tronco. La tienda parecía una manta de lona colgada de la tendera. Hundió en
el suelo la estaca que había preparado bajo el pico trasero de la lona y luego
concluyó la tienda clavando los bordes. Clavó las estacas con toda su fuerza,
golpeándolas con el revés del hacha hasta enterrar las presillas de la soga. La
lona quedó tirante como la piel de un tambor.
En la entrada colocó una tela de algodón para cerrar el paso a los
mosquitos. Después se deslizó bajo el mosquitero llevando varias cosas de la
mochila a la cabecera de la cama. La luz pasaba a través de la lona oscura de
olor agradable. Se advertía en el interior algo misterioso y doméstico. Como
nada le había disgustado en todo el día, Nick se sintió feliz. Aquello era
diferente, ya que tuvo que trabajar y quedó muy cansado. Había levantado su
campamento y se instaló en él. Nada le molestaría. Era un sitio propio para
acampar. Estaba en su hogar —construido por sus propias manos— y tenía
hambre.
Salió arrastrándose, buscó la bolsa de papel llena de clavos y sacó uno
largo del fondo. Lo clavó en el pino, golpeándolo suavemente con el revés del
hacha y colgó la mochila con todas sus provisiones. Allí estarían más seguras
que en el suelo.
Un apetito que nunca había sentido le incitaba sin cesar. Abrió y vació en
la sartén una lata de cerdo y habas, y otra de macarrones.
—Tengo derecho a estos manjares, ya que los llevo —dijo, y como su voz
le parecía extraña en la oscuridad del bosque, no volvió a hablar.
Inició la fogata con varios trozos de pino que había sacado de un tocón,
puso la parrilla de alambre sobre el fuego, clavando las cuatro patas con su
bota, y por último la sartén. Cada vez tenía más hambre. Revolvió las habas y
los macarrones hasta mezclarlos, mientras se calentaban. Pronto empezaron a
hervir con pequeñas burbujas que subían con dificultad a la superficie. El

137
aroma era delicioso. Sacó también una botella de salsa de tomate y cortó cuatro
rebanadas de pan. Las burbujas se producían con más frecuencia. Nick se
sentó junto al fuego y levantó la sartén, volcando en el plato de hojalata más o
menos la mitad del contenido, que se desparramó con lentitud. Estaba muy
caliente. Puso un poco de salsa de tomate, sabiendo que las habas y los
macarrones estaban todavía demasiado calientes. Miró el fuego; después, la
tienda, y pensó que no valía la pena echarlo a perder todo quemándose la
lengua con las prisas. Había pasado muchos años sin saborear las bananas
fritas por no haberse podido acostumbrar a esperar a que se enfriaran. Tenía la
lengua muy sensible.
Estaba hambriento. Vio la niebla que se levantaba del otro lado del río,
en el pantano casi oscuro. Volvió a mirar la tienda. Bueno. Por fin tomó una
cucharada llena.
—¡Dios mío! —exclamó—. ¡Gracias! —dijo con alegría.
Lo acabó todo sin acordarse siquiera del pan. Repitió y al terminar fregó
el plato con el pan hasta dejarlo brillante. La última vez que había comido fue
en el restaurante de la estación de Saint Ignace. Una taza de café y un
sándwich de jamón fueron todo el menú en aquella ocasión. La experiencia le
había salido muy bien. En el trayecto sintió mucho apetito, pero supo
contenerse. Podía haber acampado antes. Había muchos lugares propicios a lo
largo del río. Pero este le gustaba más.
Avivó el fuego con dos grandes astillas de pino. Como se había olvidado
de coger agua para el café, sacó de la mochila un balde plegadizo de lona y fue
hasta el río, bajando por la colina y atravesando el prado. La otra orilla estaba
cubierta por una niebla blanca. Al arrodillarse, sintió la humedad y el frío de la
hierba. El balde se hinchó cuando lo introdujo en el agua para lavarlo. La
corriente parecía de hielo. Por último, lo llenó y regresó al campamento,
notando que el frío disminuía al alejarse del río.
Clavó otro clavo grande y colgó el balde con agua. Después de llenar la
cafetera hasta la mitad la puso a calentar, agregando unos cuantos trozos de
leña en el fuego. Una vez había discutido con Hopkins acerca del mejor modo
de preparar el café, pero no recordaba cuál había sido su punto de vista en
aquella ocasión. Resolvió hacerlo hervir, método que empleaba Hopkins. Otras
veces habían discutido mil cosas juntos. Mientras esperaba que hirviera el café
abrió una latita de damascos. Le gustaba esta tarea. Vació el contenido en una
taza de hojalata y bebió el jugo, al principio con cuidado, para no derramarlo,
y luego meditativamente mientras chupaba la fruta. Estaban mejor que al
natural.

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La tapa se levantó al hervir el líquido, y café y poso se derramaron por el
borde de la cafetera hasta que Nick la sacó de la parrilla. Era un triunfo para
Hopkins. Puso azúcar en la taza vacía y echó un poco de café para enfriarlo.
Estaba tan caliente que tuvo que coger el asa del recipiente con su sombrero.
Dejaría que se hiciese la infusión en la taza, como lo hacía Hopkins. A la
memoria de Hopkins, que era un bebedor de café muy serio. Era el hombre
más serio que Nick había conocido en su vida. No triste, sino serio. Hacía
mucho tiempo. Hopkins hablaba sin mover los labios. Era jugador de polo y
había ganado millones de dólares en Texas. Cuando se disponía a ir a Chicago
en un coche prestado, recibió la noticia del descubrimiento de petróleo en sus
tierras. Podía haber telegrafiado pidiendo dinero, pero hubiera tardado
mucho. A su mujer la llamaban la Venus rubia. A él no le importaba porque no
era, en realidad, su verdadera mujer. A veces decía confidencialmente que
ninguno de ellos podría reírse de su mujer. Tenía razón. Hopkins se fue al
recibir el telegrama, que tardó ocho días en llegar. Estaban en Black River.
Entregó a Nick su pistola automática «Colt», de calibre 22, y la cámara
fotográfica a Bill, para que los conservaran como recuerdos eternos.
Convinieron en ir a pescar juntos el verano siguiente. Hop compraría un yate y
efectuarían un crucero a lo largo de la costa septentrional del lago Superior.
Estaba muy excitado, pero conservó su seriedad. Se despidieron con tristeza y
el viaje quedó en nada, pues nunca volvieron a ver a Hopkins. Eso había
ocurrido hacía mucho tiempo en el Black River.
Nick terminó de tomar el café al estilo de Hopkins. Estaba amargo. Se
echó a reír al pensar en el final del cuento. Su mente empezaba a trabajar.
Estaba terriblemente cansado. Tiró el café y el poso en el fuego. Después
encendió un cigarrillo y entró en la tienda. Se sentó en la cama, quitándose los
zapatos y el pantalón, e hizo con ellos un bulto que le serviría de almohada.
Luego se acostó.
Desde el lecho veía el resplandor del fuego cuando soplaba el viento
nocturno. Era una noche tranquila. En el pantano reinaba una calma perfecta.
Nick se estiró cómodamente, pero un mosquito empezó a zumbar junto a su
oreja. Se sentó, encendiendo un fósforo. El insecto estaba en la lona, sobre su
cabeza. Nick le acercó el fósforo y oyó el silbido expiatorio del mosquito hasta
que la cerilla se apagó. Volvió a acostarse, sintiendo la proximidad del sueño.
Iba a ser un sueño muy profundo. Se acurrucó bajo la manta y se durmió.
II
Cuando se despertó ya había salido el sol y la tienda empezaba a
calentarse. Nick se arrastró bajo el mosquitero desplegado de la entrada y al

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tocar la hierba advirtió que estaba mojada. Llevaba el pantalón y los zapatos
en las manos. Vio el sol que se asomaba sobre la colina, la pradera, el río y los
abedules del pantano de la otra orilla.
Más o menos a doscientas yardas río abajo, había tres troncos
atravesados en la veloz corriente. El agua era mansa en aquel lugar. Un visón
cruzó por el puente de troncos y se introdujo en el pantano. El madrugón y el
río excitaron a Nick. Como tenía mucha prisa para desayunar, encendió una
pequeña fogata y puso la cafetera.
Mientras el agua se calentaba en la vasija tomó una botella y bajó a la
pradera húmeda por el rocío con objeto de conseguir saltamontes para cebo
antes de que el sol secara la hierba. Encontró muchos en los tallos, y a veces
adheridos al pasto, fríos y mojados por el rocío. No podrían moverse hasta que
los rayos solares los desentumecieran. Nick eligió los de tamaño mediano,
poniéndolos en la botella. Al levantar un tronco dejó al descubierto centenares
de saltamontes, puesto que aquel era su nido. Entonces recogió alrededor de
cincuenta. Entretanto, los otros empezaron a saltar, reanimados por el calor del
sol. Al principio efectuaban un corto vuelo y se quedaban tiesos, como
muertos. Después recobraban toda su agilidad.
Sabía que si tomaba primero el desayuno aquello iba a costarle mucho
trabajo. Si no hay rocío, se necesita un día entero para llenar una botella de
saltamontes, y en su mayoría mueren aplastados cuando se los caza con el
sombrero. Se lavó las manos en el río y regresó a la tienda. En la botella
caliente por el sol los saltamontes se agitaban en masa tratando de salir. Usó
como corcho un pedazo de pino que impedía la fuga de los bichos, pero dejaba
pasar el aire suficiente.
Volvió a poner el tronco en su lugar, sabiendo que allí conseguiría
saltamontes todas las mañanas.
Al llegar dejó la botella junto a un pino. Después mezcló una taza de
harina de trigo con otra de agua, echó un puñado de café en la cafetera y puso
un poco de grasa en la sartén caliente y agregó la pasta, que parecía lava al
desparramarse sobre la grasa chisporroteante. La torta de trigo comenzó a
endurecerse en los bordes, hasta que se tostó y la superficie se hizo esponjosa
al hervir. Introdujo una astilla larga bajo la masa y sacudió el recipiente. «Voy
a darle la vuelta», pensó. Deslizó la madera hasta abarcar toda la parte inferior
y la volcó hacia el otro lado de la sartén. La grasa chisporreteó más aún.
Cuando estuvo cocida, Nick echó otro poco de grasa y preparó dos tortas
más con el resto de la pasta, una grande y otra pequeña, comiéndolas con puré

140
de manzanas. Puso puré en la que quedaba, la dobló y la guardó en el bolsillo
de la camisa después de envolverla en papel impermeable. Colocó el tarro de
manzanas en la mochila y cortó pan para dos sándwiches.
Partiéndola en dos y pelando la cebolla grande que había encontrado en
la mochila, dividió en rebanadas una de las mitades e hizo varios sándwiches.
Después de envolverlos en papel impermeable y guardarlos en el otro bolsillo
de su camisa color caqui, colocó la sartén encima de la parrilla, tomó el café
con azúcar, amarillento a causa de la leche condensada, y empezó a limpiar su
bonito campamento.
Sacó de la caja de cuero la caña de pescar con moscas artificiales, la
ensambló y guardó la caja en la tienda. Colocó el carrete y pasó el sedal por las
correderas, sosteniéndolo con las dos manos para que no cayera por su propio
peso, ya que se trataba de la línea doble que Nick había comprado por ocho
dólares mucho tiempo atrás. La habían construido así con objeto de que
atravesase el aire como una plomada. Abrió la caja de aluminio que contenía
los sedales húmedos entre las almohadillas de franela que se le habían mojado
en la cuba de refrigeración del tren, en Saint Ignace. Los sedales de tripa se
habían ablandado. Desenrolló uno y lo ató, haciendo un nudo en la punta de la
pesada línea. En el extremo del sedal enganchó un pequeño anzuelo con
resorte.
Se sentó con la caña entre las rodillas. Probó el nudo y el resorte, tirando
bien del sedal hasta quedar satisfecho. Tuvo cuidado de que el anzuelo no se le
clavara en el dedo. Luego bajó rumbo al río.
La botella llena de saltamontes le colgaba del cuello atada por una correa.
La red estaba cogida al cinturón por medio de un anzuelo. En los hombros
llevaba una larga bolsa de harina cerrada con nudos en forma de orejas que le
golpeaba las piernas al caminar.
Era muy feliz, ya que se sentía todo un profesional con su equipo a
cuestas. La botella oscilaba en su pecho al chocar con los bolsillos abultados
por la comida y los cebos artificiales.
Al entrar en el río notó una sensación de frío. El pantalón se pegaba a sus
piernas y los zapatos tocaron los guijarros del fondo. El agua le provocaba una
creciente sensación de frío.
En aquel sitio le llegaba hasta los tobillos. Vadeó la veloz corriente que
formaba remolinos junto a sus piernas, mientras los zapatos se escurrían en la
grava, e inclinó la botella para sacar uno de los saltamontes.
El primer insecto dio un salto en el cuello de la botella y cayó al agua.

141
Fue absorbido por el remolino que había provocado la pierna derecha de Nick
y reapareció en la superficie un poco más allá, nadando con rapidez, a
pequeños saltos. De repente, desapareció en un tumultuoso círculo. Una
trucha lo había cazado.
Otro saltamontes asomó la cabeza, moviendo las antenas. Trataba de
sacar las patas delanteras para dar el salto. Nick lo cogió por la cabeza y lo
enganchó en el delgado anzuelo, atravesándole el tórax y los últimos anillos
del abdomen. El insecto apretó el anzuelo con las patas delanteras,
escupiéndole jugo de tabaco. El pescador lo arrojó al agua.
Mientras sostenía la caña con la mano derecha, con la izquierda apartó el
carrete y dejó que el sedal se desenrollara libremente. Contempló al
saltamontes entre las pequeñas olas de la corriente hasta que los perdió de
vista.
Sintió un tirón en la línea y la recogió. Era el primer pez que picaba. La
caña se sacudía con violencia. Al agarrar el sedal con la mano izquierda se dio
cuenta de que era una trucha pequeña. Levantó la caña en el aire, arqueándola.
Vio la trucha que agitaba cuerpo y cabeza contra la movediza tangente
que formaba el sedal en el agua.
Nick volvió a tirar de la línea y la trucha hizo sus últimos y cansinos
esfuerzos hasta que llegó a la superficie. Su espinazo estaba jaspeado por el
color de la arenilla del fondo y los costados brillaban por los reflejos solares.
Con la caña bajo el brazo derecho, Nick se agachó y hundió la mano en la
corriente, apoderándose de la trucha y sacando el anzuelo de su boca. Después
volvió a echarla al agua.
El pez fluctuó un instante con poca firmeza y cayó al fondo, junto a la
piedra. Nick introdujo el brazo hasta el codo en el agua y cogió a la trucha, que
finalmente se deslizó bajo la presión de sus dedos y desapareció proyectando
su imagen en el lecho del río.
«No se hizo nada —pensó—. Estaba un poco cansada, no más».
Antes de tocarla se había mojado la mano para no alterar la delicada
mucosidad que las recubre. Si uno toca la trucha con la mano seca, un hongo
blanco ataca en seguida la parte indefensa. Años atrás, cuando pescaba en
sitios frecuentados por muchos pescadores, Nick vio muchas truchas muertas
llenas de un musgo blanco, amontonadas junto a una roca o flotando en algún
charco. Nunca le había gustado pescar con otros hombres en el río. Si no
pertenecían al mismo grupo, estropeaban la jornada.
Siguió vadeando el río con la corriente hasta las rodillas. Recorrió las

142
cincuenta yardas que le separaban del montón de troncos que atravesaban de
una orilla a otra. No volvió a poner cebo en el anzuelo. Estaba seguro de que
en los vados abundaban las truchas pequeñas, pero no tenía ningún interés en
esa clase de pesca. Las grandes no andaban por los bajíos en esa época.
Repentinamente, el agua fría le llegó hasta los muslos. Estaba frente a los
troncos en forma de puente. A la izquierda, vio la parte inferior de la pradera
y, a la derecha, el pantano.
Se agachó sobre la corriente y sacó un saltamontes de la botella,
enganchándolo en el anzuelo. Después le escupió para darse buena suerte.
Recogió varias yardas de sedal y arrojó al insecto en la veloz agua oscura. Este
flotó rumbo a los leños, hasta que el peso de la línea hizo descender el cebo.
Nick sostenía la caña con la mano derecha, mientras el sedal se desenrollaba
entre sus dedos.
Esta vez hubo un tirón más violento. Se agachó mientras la caña daba
peligrosas sacudidas. Se dobló cuando el tirante sedal empezó a salir del agua,
todo en un peligroso estirón. Cuando la corredera amenazó romperse por el
esfuerzo, Nick soltó la línea.
El carrete giró con chillido de frenada brusca, mientras el sedal se
desenrollaba a toda velocidad sin que pudiera detenerlo, y la nota aguda
aumentaba.
Trató de apretarlo con la mano izquierda, pero le costaba mucho trabajo
meter el pulgar en la rueda. Se agachó aún más sobre la corriente que subía
como hielo hasta sus muslos, mientras le parecía que su corazón cesaba de
latir.
Cuando consiguió hacer presión sobre el carrete, la línea se endureció de
golpe y una trucha enorme saltó del agua más allá de los troncos. Al verla,
Nick bajó la caña, pero al mismo tiempo advirtió la tirantez demasiado
violenta. Como era lógico, el sedal se rompió. No le quedó la menor duda al
sentir que la cuerda se aflojaba.
Con la boca seca y el ánimo abatido, Nick empezó a enrollarla. Nunca
había visto una trucha tan grande. Era algo imposible de sujetar, tan grande y
voluminosa como un salmón.
Su mano temblaba y enrollaba el sedal con lentitud. La emoción vencía
su resistencia. Se sintió vagamente indispuesto, con ganas de sentarse.
El sedal se había roto por donde iba cogido el anzuelo. Al examinarlo
pensó que la trucha estaría en algún sitio del fondo, sobre un guijarro, con el
anzuelo en la boca. Calculó que los dientes del animal podían haber cortado el

143
hilo de tripa del anzuelo y este se le clavaría cada vez más. Estaba seguro de
que era una trucha brava como todo pez de ese tamaño. ¡Qué pedazo de
animal! Sólida como una roca. Al moverse, él también se sintió igual que una
roca. ¡Por Dios! ¡Qué grande era! Nunca había visto una trucha semejante.
Subió a la orilla y se detuvo. Se le escurría el agua por el pantalón y los
zapatos. Fue a sentarse en los troncos, ya que no quería precipitar ninguna de
sus sensaciones.
Retorció los dedos de los pies en el agua, con los zapatos puestos, y sacó
un cigarrillo del bolsillo superior de la camisa. Después de encenderlo, tiró el
fósforo debajo de los troncos. Instantáneamente saltó una trucha menuda,
haciéndolo desaparecer en la rápida corriente. Nick se echó a reír.
Siguió fumando sentado en los troncos mientras se secaba al sol. El río de
grandes rocas y agua mansa doblaba entre los árboles. A lo largo de la orilla
había cedros y abedules blancos. Los troncos, calentados por el fuerte sol,
parecían blandos y sin corteza. Poco a poco se alejó de su espíritu la desilusión
producida en forma repentina con el estremecimiento que le hiciera doler los
hombros. Ya se había arreglado todo. La caña estaba allí. Colocó otro anzuelo
en la guía y tiró de la tripa hasta hacer un fuerte nudo.
Puso cebo, levantó la caña y fue al otro extremo del puente natural para
penetrar por un lugar poco profundo. Al lado vio un pozo y lo evitó
caminando por el banco de arena, cerca de la costa pantanosa, hasta que llegó
al vado del lecho.
A la izquierda, en el límite común de la pradera y los bosques, había un
olmo enorme, desarraigado por alguna tormenta, que daba solidez a la orilla.
Las raíces estaban cubiertas de tierra. El río se cortaba al borde del árbol.
Desde su sitio, Nick veía profundos canales como surcos formados por la
corriente en el fondo, sobre los guijarros y los cantos rodados. Al pasar junto al
olmo, el lecho era gredoso y entre los surcos de la corriente se distinguían
verdes matorrales.
Blandió la caña, inclinándola hasta que el saltamontes se introdujo en
uno de los canales y una trucha mordió el anzuelo.
Sostuvo la caña bien cerca del árbol desenraizado, y chapoteando en el
agua luchó con la truena que saltaba sin cesar. La caña era sacudida de un lado
a otro, fuera del peligro de los matorrales del centro del río. Por fin logró
atraer a la trucha. El pez hacía esfuerzos desesperados y el resorte se doblaba a
cada tirón, agitándose bajo la superficie, pero lo mantenía con firmeza. Aguas
abajo, las sacudidas disminuyeron. Condujo al animal hacia la red y levantó la

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caña.
La trucha quedó cogida en la red con sus plateados flancos en las mallas.
Nick le sacó el anzuelo y la dejó caer en la larga bolsa que llevaba al hombro.
Puso la boca de la bolsa bajo la corriente y la llenó de agua. Después la levantó,
con el fondo a la altura de la superficie, y el líquido empezó a escurrirse por
los costados. Dentro, al fondo, estaba la trucha viva.
Anduvo un trecho río abajo. La pesada bolsa se hundía en el agua
tirando de sus hombros.
Hacía calor y los calientes rayos del sol le daban en plena nuca.
Ya tenía una buena trucha. No le importaba la cantidad, sino la calidad
de la pesca. El río se ensanchaba. A lo largo de ambas orillas había muchos
árboles. Los de la margen izquierda proyectaban cortas sombras sobre la
corriente. Sabía que las truchas se agrupaban allí. Por la tarde, cuando el sol
cruzaba hacia las colinas, las truchas estarían en las frescas sombras del otro
lado del río.
Las mayores preferían descansar cerca de la costa. Recordó que siempre
las pescaba así en el Black. Al ponerse el sol, iban todas hacia el centro de la
corriente. Minutos antes de que aquello sucediera, cuando el último
resplandor se reflejaba en el agua, era fácil encontrar grandes truchas en
cualquier parte del río. En aquel momento era imposible pescar, ya que la
superficie cegaba como un espejo bajo el sol. Aguas arriba se podía pescar, por
supuesto, pero en ríos como el Black o como este había que remontar contra la
corriente, y el agua era capaz de cubrirle a uno en cualquier sitio profundo. No
resultaba nada divertido pescar río arriba con semejante corriente.
Nick pasó por allí con cuidado de evitar los pozos. Una haya crecía tan
cerca del río que las ramas tocaban el agua. Siempre había truchas en lugares
como aquel.
Pero no tenía ningún interés en pescar allí, porque estaba seguro de que
iba a engancharse en las ramas.
Sin embargo, el pozo parecía profundo. Arrojó el saltamontes de modo
que la corriente lo llevase bajo la superficie, evitando la rama que colgaba. La
línea se sacudió y Nick dio el tirón. La trucha se agitaba entre hojas y ramas,
medio fuera del agua. El sedal se había enganchado. Tiró fuerte hasta que la
trucha salió. Recogió la cuerda y se alejó de aquel sitio llevando el anzuelo en
la mano.
Más allá, cerca de la orilla izquierda, vio un enorme tronco hueco. La
corriente entraba mansamente por las aberturas, arremolinándose por los

145
lados. Era un lugar más profundo. La parte superior estaba seca, cubierta
parcialmente por la sombra.
Al sacar el corcho de la botella advirtió que un saltamontes se había
adherido al mismo. Entonces lo enganchó en el anzuelo y lo tiró al agua,
extendiendo la caña todo lo que pudo para que el cebo llegara hasta el tronco.
La bajó un poco e hizo que el insecto flotara en el hueco. Al sentir una fuerte
sacudida dobló la caña en dirección contraria. De no ser por los violentos
tirones, se hubiese dicho que el anzuelo se había enganchado en el tronco.
Después de arduos esfuerzos logró sacar la pesada trucha.
Como el sedal se aflojara de golpe, Nick pensó que el pez se habría
escapado. En aquel momento lo vio muy cerca, sacudiendo la cabeza con
desesperación, luchando con el fuerte anzuelo en la veloz corriente.
Sujetando la línea con la mano izquierda, levantó la caña hasta poner
tirante el sedal. Se proponía llevar a la trucha hacia la red, pero el pez se
perdió de vista. Nick luchó también con la corriente, dejándolo removerse
contra el resorte. Después de pasar la caña a la mano izquierda condujo la
trucha río arriba, aguantando su peso, y finalmente la colocó en la red,
mientras el agua se escurría entre las mallas. Por último le sacó el anzuelo y la
guardó en la bolsa.
Contempló un instante las dos truchas vivas en el fondo.
Vadeó la zona profunda y llegó al tronco hueco. Se quitó la bolsa por
encima de la cabeza y las truchas se agitaron hasta que volvió a hundir la bolsa
en el agua. Luego dejó la caña en el tronco y fue al extremo cubierto por la
sombra. Sacó los sándwiches que se había metido en el bolsillo y los sumergió
en el agua fría. La corriente se llevó trozos de miga. Después de comerlos
sintió sed y llenó el sombrero de agua para beber, aunque la mayor parte se le
derramó.
Hacía fresco en aquel sitio. Sacó otro cigarrillo y encendió un fósforo,
haciendo un pequeño surco al raspar la madera gris. Mientras fumaba observó
el río, que más allá se estrechaba y se convertía en una ciénaga sólida por los
cedros de troncos casi pegados y ramas entrelazadas. Era imposible andar por
aquel pantano. Las ramas estaban muy bajas y para moverse había que
acostarse o poco menos. «Debe de ser por eso que los animales que viven en
los pantanos están hechos así», pensó.
Deseaba tener algo para leer, pero no se había llevado nada. Tenía más
ganas de leer que de seguir rumbo a la ciénaga. Vio un gran cedro inclinado
casi hasta la superficie del río. Más allá se extendía la zona pantanosa.

146
Todavía no quería ir. Le disgustaba aquella forma de vadear el río con el
agua hasta las axilas y la pesca de truchas grandes en donde resultaba
imposible sacarlas. Las orillas del cenagal estaban desnudas. Los cedros se
unían por encima y solo en algunos trechos dejaban pasar el sol. La pesca
debía ser trágica allí, a media luz, en el agua veloz y el profundo lecho. Pescar
en el pantano era una aventura terrible que momentáneamente pensaba evitar.
Abrió la navaja y la clavó en el tronco. Sacó una de las truchas
agarrándola de la cola y la golpeó con violencia en la madera. Le costó
sujetarla, porque al agitarse amenazaba escurrírsele de la mano. Al final,
quedó rígida. Nick la puso a la sombra y rompió el cuello del otro pescado en
la misma forma. Eran unas truchas muy buenas.
Las limpió, cortándolas desde el ano hasta la punta de la mandíbula.
Agallas, entrañas y lengua salieron juntas. Las dos eran machos. Arrojó los
despojos hacia la orilla para que sirviesen de alimento a los visones.
Después terminó de limpiarlas en el río. Al ponerlas en el agua le pareció
que revivían, pues todavía conservaban el color. Se lavó las manos y las puso a
secar en el tronco. Guardó los peces en la bolsa, haciendo un paquete y lo
envolvió todo en la red. La navaja estaba clavada en el tronco. Se la puso de
nuevo en el bolsillo, después de limpiarla frotándola en la madera.
Se detuvo un instante con la caña en una mano y la red colgando en la
otra. Por último se introdujo en el agua y chapoteó hacia la costa. Subió a la
orilla y regresó al campamento por el bosque. Al volverse vio el río a través de
los árboles. Faltaban muchos días para que se decidiera a ir a pescar en el
pantano.

147
ERNEST MILLER HEMINGWAY (Oak Park, Illinois, 21 de julio de 1899 -
Ketchum, Idaho, 2 de julio de 1961) fue un escritor estadounidense,
galardonado con el Premio Nobel de Literatura en 1954.
Trabajó como periodista del Star de Kansas City hasta la Primera Guerra
Mundial, en la que participó como conductor de ambulancias, siendo herido
en el frente austroitaliano. En 1924 trabajó de corresponsal del Toronto Star en
París.
Durante la guerra civil española trabajó como corresponsal de guerra en
Madrid y la experiencia inspiró una de sus más grandes obras, Por quién doblan
las campanas, y su única obra teatral, La quinta columna. Al finalizar la Segunda
Guerra Mundial se instaló en Cuba, donde había trabajado, con exilados de la
Guerra Civil Española para el contraespionaje.
En 1960, después que Fidel Castro tomara posesión de su casa La Vigía,
cambió su residencia a Idaho. Sufrió procesos depresivos graves, que le
valieron ser hospitalizado dos veces, y se suicidó un año después,
disparándose un tiro con una escopeta.

148
Notas
[1] Especie de bebida refrescante. <<
[2] Expedición de caza o exploración en el África. <<
[3] Nombre que dan los nativos a la mujer europea. Al hombre le llaman
sahib. <<
[4] Especie de antílope africano. <<
[5] Abreviatura de Doctor. <<
[6] En baseball, jugador situado dentro del field, para interceptar la pelota.
<<
[7] En baseball, el que tira la pelota al batsman. <<
[8] Buen día, Arturo. <<
[9] Un viejo. <<

149
LAS NIEVES DEL KILIMANJARO
LA VIDA FELIZ DE FRANCIS MACOMBER
CAMPAMENTO INDIO
EL MÉDICO Y SU MUJER
EL FIN DE ALGO
EL VENDAVAL DE TRES DÍAS
EL LUCHADOR
UN RELATO MUY CORTO
EL REGRESO DEL SOLDADO
EL REVOLUCIONARIO
EL GATO BAJO LA LLUVIA
FUERA DE TEMPORADA
«CROSS COUNTRY» EN LA NIEVE
EL PADRE
EL RÍO DE LOS DOS CORAZONES
Notas

150
151
Además de uno de los grandes narradores del siglo XX, Hemingway fue
también un extraordinario cronista. Verdes colinas de África es una obra
maestra del reportaje donde Hemingway cuenta la estancia de un
mes?diciembre de 1933? en África, dedicado a una de sus grandes pasiones: la
caza mayor. La luz africana, el paisaje febril, la excitación y la tensión que
produce la cinegética se convierten para Hemingway en motivos de reflexión
que van mucho más allá del safari y la simple narración turística. Como
siempre, Hemingway logra elevar la anécdota a la categoría de mito, explorar
la condición del hombre a través de sus instintos más primarios y, en
definitiva, indagar en torno a la eterna cuestión de la muerte, el deseo y la
supervivencia.

152
ERNEST HEMINGWAY

Las verdes colinas de


África

153
A Phillip Charles Sully

154
PREFACIO

A diferencia de muchas novelas, ninguno de los personajes e incidentes


de este libro son imaginarios. El lector que no encuentre suficiente interés
amoroso en él tiene la libertad de insertar los sentimientos amorosos que él o
ella experimente durante la lectura. El autor ha intentado escribir un libro
absolutamente verídico, para comprobar si el aspecto .de un país y el curso de
los acontecimientos de un mes de actividad, presentados con sinceridad,
pueden competir con una obra de imaginación.

155
PRIMERA PARTE

156
ACECHO Y CONVERSACIÓN

157
CAPÍTULO PRIMERO

ESTÁBAMOS sentados en el puesto de acecho que habían construido los


cazadores wanderobo con troncos y ramas al borde del lamedero cuando
oímos llegar el camión. Al principio estaba lejos y nadie podía decir qué ruido
era aquel. Luego se detuvo y pensamos que no había sido nada, o acaso el
viento. Después comenzó a acercarse lentamente, más alto e inconfundible a
cada momento, en una serie de agónicas e irregulares explosiones, hasta que
pasó muy cerca por detrás de nosotros y siguió carretera arriba. El más teatral
de los dos rastreadores se puso en pie.
—Se acabó —dijo.
Me llevé la mano a la boca y le hice una seña para que se agachara.
—Se acabó —dijo otra vez, y estiró los brazos todo lo que pudo. Nunca
me había gustado y entonces me gustó menos.
—Después —susurré. M’Cola denegó con la cabeza. Contemplé su
cráneo negro y calvo en el momento en que ladeaba un poco la cabeza, y pude
observar los delgados pelos de su bigote chino en los extremos de su boca.
—Es inútil —dijo—. Hapana m’uzuri.
—Espera un poco —le dije. Inclinó de nuevo la cabeza de modo que no
sobresaliera por encima de las ramas secas y permanecimos sentados allí en el
polvo del hoyo hasta que oscureció tanto que no podía ver el punto de mira de
mi rifle; pero no ocurrió nada más. El rastreador teatral estaba impaciente e
inquieto. Un poco antes de que se fuera la última luz susurró a M’Cola que
estaba demasiado oscuro para disparar.
—¡Cállate de una vez! —respondió M’Cola—. El B’wana puede disparar
aunque tú no veas nada.
El otro rastreador, el educado, dio otra muestra de su educación
escribiendo su nombre, Abdullah, en la piel negra de su pierna con una ramita
aguda. Contemplé la escena con admiración y M’Cola observó la palabra sin la
menor expresión en el rostro. Tras unos momentos el rastreador borró el
nombre rascándolo.
Finalmente apunté por última vez contra lo que quedaba de luz y
comprobé que era inútil, a pesar de la gran abertura.
M’Cola me observaba.
—Sí —asintió él en swahili—. ¿Vamos al campamento?

158
—Sí.
Nos levantamos y nos abrimos paso a través del acechadero y los
árboles, andando sobre la arcilla arenosa, tanteando nuestro rumbo entre los
árboles y las ramas hasta llegar a la carretera. A cosa de una milla de allí estaba
el coche. Al llegar junto a él, Kamau, el conductor, encendió los faros.
El camión lo había estropeado todo. Aquella tarde habíamos dejado el
coche en la carretera y nos habíamos dirigido al lamedero con mucho cuidado.
Había llovido un poco el día anterior, aunque no lo suficiente para inundar el
lamedero, que no era más que un claro entre los árboles, un trozo de tierra
abierta y pisoteada, llena de hoyos, donde los animales habían lamido la
superficie sucia en busca de sal. Habíamos visto allí huellas frescas, largas y
acorazonadas, de cuatro kudús de gran tamaño, junto a otras de kudús
menores. También habíamos observado las huellas de un rinoceronte que, a
juzgar por los montones de estiércol seco y pisoteado, iba allí todas las noches.
El puesto de acecho se hallaba a la distancia de un tiro de flecha del lamedero;
sentado en cuclillas, con la cabeza baja en aquel agujero lleno de cenizas y de
polvo, oteando por entre las hojas secas y las delgadas
ramas había visto a un kudú pequeño salir de entre los matorrales del
límite del lamedero y pararse allí, quieto, el cuello poderoso, gris, un hermoso
ejemplar cuyos cuernos se alzaban en espiral contra la luz mientras yo le
apuntaba al pecho para luego negarme a tirar, por temor de asustar a los
kudús de mayor tamaño que sin duda acudirían al lamedero a la puesta del
sol. Pero mucho antes de que nosotros oyéramos el ruido del camión, el kudú
lo había percibido y escapado por entre los árboles, lo que sin duda habrían
hecho también todos los animales que en aquel momento, por entre los
matorrales o por el llano, descendían de las colinas, o atravesaban la llanura en
dirección de la sal. Acudirían luego, por la noche, pero entonces sería
demasiado tarde.
Luego, mientras avanzábamos a lo largo de la arenosa pista de la
carretera, los faros del coche deslumbrando a las aves nocturnas que caían en
la arena hasta que el coche estaba materialmente encima de ellas, para elevarse
luego estremecidas por un suave pánico, pasando junto a los fuegos de los
viajeros que se dirigían hacia el oeste durante el día por aquella misma pista
huyendo del país del hambre que se hallaba ante nosotros, yo, sentado, con la
culata del rifle apoyada en el pie y el cañón reposando contra mi brazo, una
botella de whisky entre las rodillas, sirviéndome un trago en un bote de
hojalata y pasándolo por encima de mi hombro en la oscuridad a M’Cola para
que vertiera agua de la cantimplora en él y después apurándolo, el primero del

159
día, el mejor de todos, y contemplando los oscuros boscajes que pasábamos en
la oscuridad, bajo la fresca brisa de la noche e impregnado del fuerte olor de
África, me sentía completamente feliz.
Pronto vimos delante una gran hoguera y al llegar a su altura y pasarla,
distinguí el camión junto a la pista. Le dije a Kamau que parara y retrocediera
junto al fuego y allí estaba él, un hombre bajo, de piernas arqueadas, con un
sombrero tirolés, pantalones cortos de cuero y una
camisa abierta, de pie ante el capot abierto del camión y rodeado por una
turba de nativos.
—¿Podemos hacer algo? —le pregunté.
—No —repuso—. A menos que sea usted mecánico. El camión me ha
cogido inquina. Todos los motores me tienen inquina.
—¿No cree usted que puede ser el encendido? El ruido que hacía cuando
pasó junto a nosotros parecía un fallo en el encendido.
—Creo que es algo mucho peor. Parece ser algo realmente grave.
—Si puede usted acercarse hasta nuestro campamento tenemos un
mecánico.
—¿A qué distancia está?
—A unos treinta kilómetros.
—Por la mañana lo intentaré. Ahora tengo miedo de ir más lejos con ese
mortal ruido dentro. Quiere morirse porque me tiene inquina. La verdad es
que yo también se la tengo. Pero si yo me muriera a él no le molestaría.
—¿Quiere usted un trago? —Le ofrecí la botella—. Mi nombre es
Hemingway.
—Kandisky —respondió con una breve reverencia—. Hemingway es un
nombre que tengo oído. ¿Dónde? ¿Dónde lo he oído? ¡Ah, sí! El Dichter.
¿Conoce usted a Hemingway, el poeta?
—¿Dónde lo ha leído usted?
—En el Querschnitt.
—Entonces soy yo —respondí muy complacido. El Querschnitt era una
revista alemana en la que yo había publicado unos poemas bastante obscenos
y un cuento largo, años antes de que pudiera vender una línea en América.
—Qué extraño —dijo el tipo del sombrero tirolés—. Dígame, ¿qué piensa
usted de Ringelnatz?

160
—Que es espléndido.
—Vaya. De modo que le gusta Ringelnatz. Perfecto. ¿Y qué piensa usted
de Heinrich Mann?
—Que no vale nada.
—¿Lo cree así?
—Lo que creo es que soy incapaz de leerle.
—No vale nada. Veo que tenemos cosas en común.
¿Qué hace usted por aquí?
—Cazo.
—Supongo que no cazará elefantes por el marfil.
—No, no cazo elefantes. Kudús.
—¿A quién se le ocurre cazar kudús? Usted, un hombre inteligente, un
poeta cazando kudús.
—Por ahora no he cazado ninguno —le respondí—, Pero nos hemos
dedicado a ello con toda el alma desde hace diez días. Hoy hubiéramos
conseguido uno de no ser por su camión.
—¿Mi pobre camión? Pero tendría usted que cazar durante un año. Al
final de este tiempo, habría cazado todo lo cazable y lo lamentaría. Cazar un
animal especial es una tontería. ¿Por qué lo hace?
—Me gusta hacerlo.
—Evidente, si le gusta hacerlo. Dígame, ¿qué piensa usted en serio de
Rilke?
—Sólo he leído una cosa.
—¿Cuál?
—El “Canto del amor y de la muerte del cometa”.
—¿Le gustó?
—Sí.
—Yo no lo soporto. Es presuntuoso. A Valéry, si. Comprendo a Valéry.
Aunque también es presuntuoso. Bueno, por lo menos usted no caza elefantes.
—He matado uno bastante grande.
—¿Cómo de grande?
—Uno de setenta libras. Acaso algo menor.
—Veo que hay cosas en las que no estamos de acuerdo. Pero es un placer

161
encontrarme con uno del estupendo y antiguo grupo Querschnitt. Dígame,
¿cómo es Joyce? No tengo dinero para comprarle. Sinclair Lewis no vale nada.
Le he comprado. No, no. Ya me lo dirá mañana. ¿Le molestará si acampo
cerca? ¿Está con unos amigos? ¿Tiene un cazador blanco?
—Con mi esposa. Estaremos encantados. Sí, un cazador blanco.
—¿Por qué no está con usted?
—Él cree que uno debe cazar el kudú solo.
—Mejor es no cazarlos. ¿Qué es, inglés?
—Si.
—¿Un maldito inglés?
—No. Muy simpático. Le gustará.
—Debe marcharse. No quiero entretenerle. Quizá le vea mañana. Es muy
extraño que nos hayamos encontrado.
—Sí —respondí—. Hágase mirar el camión mañana. Haremos lo que
podamos.
—Buenas noches —respondió—. Y buen viaje.
—Buenas noches —dije. Arrancamos y le vi encaminarse hacia el fuego
haciendo gestos con los brazos a los nativos. No le había preguntado por qué
iba acompañado de veinte nativos de la parte alta del país, ni a dónde se
dirigía. Pensándolo bien, no le había preguntado nada. No me gusta hacer
preguntas, y donde me educaron era considerado de mala educación. Pero
hete aquí que tras no haber visto a un hombre blanco en dos semanas, ninguno
desde que dejamos Babati para encaminamos hacia el sur, ahora me
encontraba con uno en aquella carretera donde sólo de vez en cuando se
encuentra uno con un comerciante indio y la ininterrumpida migración de los
nativos que huyen del país del hambre, precisamente uno que parecía una
caricatura de Benchley vestido a los tirolés, un tipo que conoce tu nombre, que
te llama poeta, que ha leído el Querschnitt, que es un admirador de Joachim
Ringelnatz y que desea hablar de Rilke; vamos, que era una cosa demasiado
fantástica para creerla. Y entonces, para coronar aquella fantasía, las luces del
coche iluminaron tres montones altos, cónicos, de algo humeante
en la carretera ante nosotros. Hice una seña a Kamau para que se
detuviera y de un frenazo resbalamos hasta poca distancia de ellos. Medían de
sesenta a noventa centímetros de alto, y cuando toqué uno de ellos lo noté
caliente.

162
—Tembo —dijo M’Cola.
Era estiércol de elefantes que acababan de cruzar la carretera y en la
frescura del atardecer podía verse cómo humeaba. Poco después estábamos en
el campamento.
A la mañana siguiente estaba levantado y junto a otro lamedero antes de
que amaneciera. Había un macho kudú en el lamedero cuando nos
aproximamos por entre los árboles y lanzó un sonoro alarido, como el de un
perro, aunque más agudo y ronco; después desapareció, sin hacer ruido al
principio, luego aplastando la maleza cuando se hallaba bien lejos. No
volvimos a verlo. Aquel lamedero tenía un acceso casi imposible. Los árboles
crecían alrededor del calvero de modo que era como si la caza estuviera
escondida y uno tuviera que acercarse a ella a descubierto. El único medio de
llegar a él era ir de uno en uno y arrastrarse sin que fuera posible disparar por
entre los espesos árboles hasta que se hallaba uno a veinte metros. Por
supuesto que si uno se hallaba entre los árboles protectores, a cubierto, se
encontraba maravillosamente emplazado, ya que cualquier bicho que acudiera
al lamedero tenía que hacerlo atravesando el calvero, a veinticinco metros de
todo cobijo. Pero aunque estuvimos allí hasta las once no acudió nada.
Extendimos el polvo del lamedero cuidadosamente con nuestros pies a fin de
que cualquier clase de huellas frescas fueran visibles cuando volviéramos, y
luego caminamos los tres kilómetros por la carretera. Sabiéndose acechada, la
caza había aprendido a ir a los lamederos durante la noche y marcharse antes
de que amaneciera. Un macho había permanecido y nuestra presencia haría las
cosas más difíciles ahora.
Era el décimo día que andábamos tras un kudú grande y yo no había
visto aún un macho adulto. Nos quedaban tres días más, porque las lluvias
avanzaban desde Rodesia, y a menos que estuviéramos preparados para
permanecer donde estábamos durante las lluvias tendríamos que estar por lo
menos en Handeni cuando llegaran. Habíamos fijado el diecisiete de febrero
como la fecha tope máxima para marcharnos. Cada mañana el cielo nubloso y
pesado necesitaba una hora o más para clarearse, y se podía presentir la lluvia
que se aproximaba, que avanzaba inexorablemente hacia el norte, con una
precisión tan exacta como si se la viera avanzar sobre un mapa.
Ahora bien, es muy agradable cazar algo que se desea mucho durante
largo tiempo, en el cual se siente uno superado por la presa, vencido y
fracasado cada día, pero siguiendo la caza consciente de que cada vez que se
está tras ella, pronto o tarde, la suerte cambiará y se conseguirá tener la
oportunidad que se busca. Pero no es agradable disponer de un tiempo

163
limitado en el que hay que cazar el kudú que se desea o quizá no conseguirlo
jamás, ni siquiera ver uno. No es ésta la forma en que se debe cazar. Hacerlo
así es parecido a la experiencia que hacen esos muchachos que son enviados a
París con dos años para transformarse en buenos pintores o escritores tras los
cuales, si no lo han conseguido, deben volver a casa y dedicarse al negocio de
la familia. La forma de cazar es hacerlo por tanto tiempo como se viva y
mientras se sepa que existe tal o cual animal; de la misma forma que el pintar
debe hacerse en tanto exista uno y colores y lienzos, y escribir en tanto que uno
exista y disponga de papel y lápiz, o tinta, o una máquina para hacerlo y
cualquier cosa sobre lo que a uno le apetezca escribir; uno se siente imbécil si
lo hace de otro modo, y efectivamente es un imbécil si lo hace de otra forma.
Pero allí estábamos nosotros, presos del tiempo, de la estación y de los gastos,
por lo que aquello que tenía que habernos proporcionado una gran diversión
cada día, tanto si cazábamos algo como si no, se estaba transformando en la
más excitante perversión de la vida: la necesidad de hacer algo en menos
tiempo del que en realidad debiera disponerse para hacerlo. De modo que, al
regresar a mediodía, en pie desde dos horas antes de amanecer, con sólo tres
días por delante, yo empezaba a sentirme nervioso y hete aquí que a la mesa,
bajo la tienda comedor, en amigable charla, estaba Kandisky, el de los
pantalones tiroleses. Me había olvidado completamente de él.
—Hola, hola —dijo—. ¿No hubo suerte? ¿Nada que hacer? ¿Dónde está
el kudú?
—Tosió una vez y se largó —respondí—. Hola, muchacha.
Ella sonrió. También estaba preocupada. Los dos habían estado
escuchando desde el amanecer para ver si oían el disparo. Escuchando todo el
tiempo, incluso a la llegada de nuestro huésped; pendientes del disparo
mientras escribían cartas, escuchando mientras leían, escuchando cuando
Kandisky regresó y comenzó a charlar.
—¿No pudiste dispararle?
—No. Ni siquiera le vimos. —Vi que también Pop estaba preocupado y
un poco nervioso. Evidentemente se hablaba mucho del asunto.
—Tome una cerveza, coronel —me dijo Pop.
—Vimos la sombra de uno —informé yo—, pero ni la menor
oportunidad de dispararle. Hay muchas huellas. Pero no apareció nada.
Soplaba mucho viento. Preguntadles a los muchachos.
—Como le decía al coronel Phillips —empezó Kandisky cambiando de
postura su encuerado trasero para poder cruzar mejor una poderosa, peluda y

164
desnuda pierna sobre la otra—, no deben permanecer aquí mucho más tiempo.
Han de darse cuenta que las lluvias se aproximan. Existe una zona a cosa de
veinte kilómetros de aquí que nunca podrán cruzar si llueve. Es imposible.
—En efecto, eso me estaba diciendo —confirmó Pop—. Y, a propósito,
soy simplemente paisano. Nosotros usamos esos términos militares como
apodos. No pretendo ofenderle si usted es coronel —Luego, volviéndose hacia
mi—. Malditos sean esos lamederos. Si los deja descansar un poco conseguirá
su pieza.
—Están muy movidos —asentí—. Pero es seguro que tarde o temprano
se cobra alguna pieza en ellos.
—Cace en las montañas también.
—Lo haré, Pop.
—Pero, ¿de qué sirve cazar un kudú, en definitiva? —preguntó
Kandisky—. No ha de tomárselo tan a pecho. No significa nada. En un año se
pueden cazar veinte.
—Mejor que no diga eso al departamento de caza —observó Pop.
—No me ha comprendido —replicó Kandisky—. Lo que quiero decir es
que un hombre puede hacerlo. Pero, por supuesto que no hay nadie que desee
hacerlo.
—Por supuesto —respondió Pop—. Si viviera en un terreno de kudús
podría hacerlo. Por lo general son mayores que los antílopes en esta zona. Lo
único que ocurre es que cuando se les quiere ver ellos no se dejan.
—Yo no he cazado nada, comprendan —nos informó Kandisky—. ¿Por
qué no interesarse mejor en los nativos?
—Ya lo estamos —respondió mi mujer.
—Son ciertamente interesantes. Escuchen... —dijo Kandisky, y se puso a
hablar con ella.
—Es indecente —dije yo a Pop—, cuando estoy en las montañas los
condenados están aquí abajo, en los lamederos. Las hembras están en las
montañas, pero no creo que los machos estén con ellas ahora. Para empeorar
las cosas vas allí por la tarde y ves que está lleno de huellas. Han estado en la
piojosa sal. Creo que bajan a cualquier hora.
—Probablemente así es.
—Estoy seguro que por aquí andan machos diferentes.
—Probablemente bajan a la sal cada dos días. Algunos están

165
sobresaltados porque Karl disparó contra uno. ¡Sí por lo menos le hubiera
dejado en el sitio en vez de seguirle por todo el condenado país! ¡Cielos, sí por
lo menos hubiera dejado seco al maldito! Vendrán otros nuevos. Lo único que
hemos de hacer es esperar. Por supuesto que no todos lo sabrán. Pero él
espantó esta zona de arriba a abajo.
—Se excita con facilidad —dijo Pop—. Pero es un buen chico. Hizo un
disparo sensacional contra aquel leopardo«¿recuerda? No puede dejárseles
más en el sitio que como él lo hizo. Esperemos que la caza se serene de nuevo.
—Claro. No quiero decir nada cuando le maldigo.
—¿Qué le parece si se queda en el acecho todo el día?
—El condenado viento empezó a soplar en redondo todo el día. Esparció
nuestro olor a los cuatro vientos. Si este maldito viento cesara. Abdullah llevó
una lata de ceniza hoy.
—Le vi salir con ella.
—No soplaba ni una gota de viento cuando salimos para el lamedero y
teníamos precisamente la luz suficiente para disparar. Espolvoreó el viento
con la ceniza durante todo el camino. Avancé con Abdullah y dejamos a los
otros detrás y proseguimos en silencio. Tenía puestas estas botas de suela de
crepé y el suelo era tan suave como el algodón. El maldito nos presintió a
cincuenta metros.
—¿Llegó a verle las orejas?
—¿Que si le vi las orejas? Si hubiera visto sus malditas orejas el
desollador tendría trabajo a estas horas.
—Son unos condenados —respondió Pop—. Aborrezco la caza en los
lamederos. Son más inteligentes de lo que creemos. La desgracia es que si se
anda tras ellos parecen volverse más avispados. Se ha disparado contra ellos
desde que existe la sal.
—Eso es lo que lo hace divertido —respondí— Me gustaría hacerlo
durante un mes. Me gusta cazar sentado sobre mis posaderas. No se suda. No
se trabaja. Sentado todo el tiempo, cazando moscas y dándoselas a las
hormigas gigantes en el polvo. Me gusta. Pero, ¿y el tiempo?
—Eso es, el maldito tiempo.
—En efecto —decía Kandisky a mi mujer—, así es como debiera usted
verlos. Las grandes gnomas. Las grandes danzas nativas, las verdaderas.
—Escuche —dije a Pop—. El otro lamedero, en el que estuve anoche, es
seguro excepto por estar junto a la maldita carretera.

166
—Los rastreadores dicen que es el lugar habitual de los kudús pequeños.
Además está muy lejos. Son ciento treinta kilómetros entre ida y vuelta.
—Ya lo sé. Pero había cuatro grandes huellas de machos. Seguro. Si no
hubiera sido por el camión anoche. ¿Qué le parece si me instalara allí esta
noche? Así tendría la noche y parte de la mañana y daría a este otro lamedero
un descanso. También hay por allí un gran rinoceronte. Bueno, por lo menos
vimos que las huellas eran grandes.
—Bien —dijo Pop—. Sacúdale también al condenado rinoceronte.
Odiaba cazar cualquier otro animal que no fuera el que perseguíamos,
no le gustaba matar al margen, matar por matar, matar con propósitos
ornamentales, únicamente cuando lo deseaba mucho más que no matar, sólo
cuando hacerlo era necesario para demostrar que seguía el primero en su
oficio, por lo que comprendí que me ofrecía el rinoceronte para complacerme.
—No le mataré a menos que sea un buen ejemplar —le prometí.
—Sacúdale al condenado —dijo Pop, regalándomelo.
—Ah, Pop —dije.
—Sacúdale —insistió Pop—. Gozará lo suyo, por estar solo. Puede
vender el cuerno si no lo quiere. Todavía le queda uno en su licencia.
—¿Qué —dijo Kandisky—, han ultimado su plan de campaña? ¿Han
decidido cómo engañar a los pobres animales?
—Sí —le respondí—. ¿Cómo va el camión?
—Ese camión está acabado —respondió el austríaco—. En cierto modo
me alegro. Era como un símbolo excesivo. Era todo lo que me quedaba de mi
shamba. Ahora todo ha desaparecido, y así es más sencillo.
—¿Qué es una shamba? —preguntó P.O.M., mi mujer—. Vengo oyendo
esa palabra durante meses. Pero me da apuro preguntar por esas palabras que
todo el mundo usa.
—Una plantación —respondió él—. Todo ha desaparecido excepto ese
camión. Con el camión transporto obreros a la shamba de un indio. Es un
indio muy rico que cultiva cáñamo. Soy el capataz de ese indio. Un indio es
capaz de ganar dinero incluso con una shamba dedicada al cáñamo.
—De cualquier cosa —dijo Pop.
—Sí. Donde nosotros fracasamos, donde nos moriríamos de hambre, los
indios hacen dinero. Ese indio es muy inteligente, sin embargo. Me aprecia
mucho. Represento para él el espíritu de organización europeo. Ahora vengo

167
de organizar el reclutamiento de nativos. Lleva tiempo y es impresionante.
Estoy lejos de mi familia desde hace tres meses. Pero la organización ha
quedado ultimada. Puede hacerse en una semana con la misma facilidad, pero
no impresiona tanto.
—¿Y su esposa? —preguntó la mía.
—Espera en mi casa, la casa del encargado, con mi hija.
—¿Le ama a usted mucho? —preguntó mi esposa.
—Supongo que sí, ya que de no hacerlo hace mucho tiempo que me
habría dejado.
—¿Cuántos años tiene su hija?
—Ahora tiene trece.
—Debe ser muy bonito tener una hija.
—No puede imaginárselo. Es como una segunda esposa. Mi esposa sabe
ahora todo lo que yo pienso, lo que digo, lo que creo, todo lo que puedo hacer,
lo que no puedo hacer y lo que no puedo ser. Yo también sé todo sobre mi
esposa... todo en absoluto. Pero ahora tenemos alguien a quien no conocemos,
que no nos conoce, que nos ama en su ignorancia y es extraña para los dos.
Alguien muy atractiva que es nuestra y no es nuestra y que hace nuestras
conversaciones —¿cómo dicen ustedes?—. Sí, en efecto, como ustedes dicen,
exactamente, alguien que está con nosotros dos. Es la salsa de nuestra comida
diaria.
—Excelente —dije yo.
—Tenemos libros —añadió—. No puedo comprarme libros nuevos
ahora, pero siempre podemos hablar. Las ideas y la conversación son muy
interesantes. Discutimos de todas las cosas. Todo. Poseemos una vida mental
muy interesante. Antes, cuando teníamos la shamba disponíamos del
Querschnitt. Esto nos proporcionaba la sensación de pertenecer, de ser parte de
un grupo de gente brillante. La gente que uno vería si pudiera ver a todos
aquellos que uno desea ver. ¿Conocen ustedes a toda esa gente? Sin duda que
deben conocerles.
—Algunos de ellos —respondí— Algunos en París, otros en Berlín.
No quería destruir lo que aquel hombre poseía, por lo que no entré en
detalles sobre esa gente brillante.
—Son maravillosos —dije mintiendo.
—Le envidio por conocerles —dijo él—. Y dígame, ¿quién es el mejor

168
escritor de América?
—Mi marido —respondió mi mujer.
—No, no quiero que usted me hable por orgullo familiar. Lo que quiero
saber es quién es el más grande de verdad. Por supuesto que no es Lipton
Sinclair. Evidentemente tampoco Sinclair Lewis. ¿Quién es su Thomas Mann?
¿Quién es su Valéry?
—No tenemos grandes escritores —respondí yo—. Algo les pasa a
nuestros buenos escritores cuando llegan a cierta edad. Puedo explicarlo, pero
es muy largo y le podría aburrir.
—Por favor, explíquelo —respondió—. Eso es lo que a mí me gusta. Eso
es lo mejor que tiene la vida. La vida de la mente. Eso no es como cazar kudús.
—Aún no lo ha oído —le respondí.
—Ah, pero puedo anticiparlo. Beba más cerveza para soltar la lengua.
—Está suelta —le respondí—. Siempre está demasiado suelta, la maldita.
Pero usted no bebe nada.
—No. Nunca bebo. No es bueno para la mente. Es innecesario. Pero
cuente, por favor, cuente.
—Bien —dije—; tenemos, en América, escritores hábiles. Poe es un
escritor hábil. Es habilidoso, maravillosamente construido, y está muerto...
Hemos tenido escritores retóricos que tuvieron la fortuna de encontrar un
poco, en la crónica de otros y en los viajes, de cómo son las cosas, las cosas
reales, por ejemplo las ballenas y este conocimiento lo han servido envuelto en
retórica como las ciruelas en un pastel. De cuando en cuando se encuentra en
sus libros, solo, y sabe bien. Este es el caso de Melville. Pero la gente que le
ensalza, lo hace por la retórica, que es lo que menos importa. Ven un misterio
donde no existe.
—Sí —me respondió—, comprendo. Pero es el trabajo de la mente, la
habilidad de hacerla trabajar, lo que hace la retórica. La retórica son las chispas
azules de la dinamo.
—Algunas veces. Pero otras son únicamente chispas azules y ¿qué es lo
que mueve la dínamo?
—Vaya. Pero siga.
—Lo he olvidado.
—No, siga usted. No simule ser tonto.
—¿Se ha levantado usted alguna vez antes del amanecer...?

169
—Todos los días —respondió—. Siga.
—De acuerdo. Hubo otros que escribieron como colonialistas ingleses
exilados de una Inglaterra de la que nunca fueron parte a otra Inglaterra nueva
que estaban haciendo. Excelentes tipos con la pequeña, seca y sensacional
sabiduría de los Unitarios; hombres de letras; cuáqueros con sentido del
humor.
—¿Quienes eran?
—Emerson, Hawthorne, Whittier y compañía. Todos nuestros primitivos
clásicos que no sabían que un clásico nuevo no se parece en nada a los que le
han precedido. Puede plagiarse de cualquier cosa que sea mejor, de cualquier
cosa que no sea clásica; todos los clásicos hacen esto. Algunos escritores nacen
para ayudar a que otro escritor escriba una sola frase. Pero no pueden sacarla
de un clásico anterior. Además, todos esos hombres eran excelentes caballeros,
o pretendían serlo. Todos eran muy respetables. No usaban las palabras que la
gente ha usado siempre en su hablar, las palabras que sobreviven en la lengua.
Es difícil imaginar que poseyeran cuerpos como los demás. Tenían mentes, sí.
Bonitas mentes secas y limpias. Pero todo esto es muy aburrido y no lo diría si
usted no me lo hubiera pedido.
—Siga.
—Existió uno en aquel tiempo que se supone era bueno: Thoreau. No
puedo decirle nada sobre él porque hasta ahora no he sido capaz de leerle.
Pero esto no significa nada, porque tampoco puedo leer a otros naturalistas a
menos que sean muy exactos y nada literarios. Los naturalistas deberían
trabajar solos, y otras personas debían encargarse de comparar y contrastar sus
descubrimientos. Los escritores debieran trabajar solos. Debieran verse entre
ellos una vez terminado su trabajo, y no con excesiva frecuencia. De otro modo
les ocurre lo que a los escritores de Nueva York. Son como gusanos encerrados
en una botella, que intentan extraer conocimiento y nutrición de su mutuo
contacto y de la botella. Algunas veces la botella es arte formativo, otras
economía, otras economía y religión. Pero están en la botella y en ella
permanecerán. Se sienten solitarios fuera de ella. No quieren sentirse
solitarios. Tienen miedo de estar solos con sus creencias y ninguna mujer
amaría a ninguno de ellos bastante para permitirles matar su soledad en esa
mujer, o unir la suya a la de ella, o hacer con ella algo que hiciera de todo lo
demás una cosa secundaria.
—Pero, ¿qué me dice de Thoreau?
—Tendrá usted que leerle. Quizás yo también pueda hacerlo más

170
adelante. Puedo hacer prácticamente cualquier cosa más adelante.
—Mejor que tomes más cerveza, Papá.
—Conforme.
—Pero, ¿qué me dice usted de los buenos escritores?
—Los buenos escritores son Henry James, Stephen Crane y Mark Twain.
No es que éste sea el orden jerárquico de su bondad. No hay jerarquías entre
los buenos escritores.
—Mark Twain es un humorista. A los otros no les conozco.
—Toda la literatura moderna americana procede de un libro de Mark
Twain llamado Huckleberry Finn. Si usted lo lee debe detenerse donde el negro
Jim es robado a los muchachos. Este es el verdadero final. El resto es pura paja.
Pero es el mejor libro que tenemos. Todo lo que se ha escrito en América
procede de él. Nada existia antes. Nada tan bueno ha existido desde entonces.
—Pero, ¿qué hay de los otros?
—Crane escribió dos excelentes cuentos. The Open Boat y The Blue Hotel.
El segundo es el mejor.
—¿Y qué le ocurrió?
—Murió. Así de sencillo. Se estaba muriendo desde el principio.
—¿Y los otros dos?
—Los dos vivieron hasta muy avanzada edad, pero no mejoraron con la
edad. No sé exactamente lo que deseaban. Verá usted, transformamos a
nuestros escritores en algo muy extraño.
—No le comprendo.
—Les destruimos de muchas maneras. En primer lugar económicamente.
Ganan dinero. Sólo por casualidad gana dinero un escritor, aunque los buenos
libros terminan siempre por dar dinero. Nuestros escritores, en cuanto han
ganado algún dinero aumentan su nivel de vida y quedan apresados. Tienen
que escribir para mantener su situación, sus esposas y demás, y escriben
vulgaridades. No son vulgaridades hechas a propósito, sino porque están
hechas apresuradamente. Porque escriben cuando no tienen nada que decir,
cuando se les ha secado la fuente. Porque son ambiciosos. Luego, una vez se
han traicionado a sí mismos, lo justifican y escriben más vulgaridades. Eso o
leen a los críticos. Si creen a los críticos cuando éstos dicen que son grandes
han de creerles también cuando afirman que son unos podridos, y entonces
pierden confianza por medio de la lectura de los críticos. Si escribieran,

171
algunas veces sería bueno, otras malo y otras peor, pero lo bueno saldría. Pero
como han leído a los críticos han de escribir obras maestras. Las obras
maestras que los críticos afirman que escribieron. Por supuesto que no eran
obras maestras. Eran, sencillamente, buenos libros. En consecuencia, no
pueden escribir nada. Los críticos les han hecho impotentes.
—¿Quiénes son esos escritores?
—Sus nombres no significarían nada para usted y quizás ahora hayan
escrito, se hayan asustado y quedado impotentes de nuevo.
—Pero ¿qué ocurre con los escritores americanos? Sea concreto.
—Yo no estaba allí en los tiempos de antaño, de modo que no puedo
decirle nada sobre ellos, pero ahora existen varias cosas. A cierta edad los
escritores masculinos
adoptan un aire protector y sapiente. Las escritoras se transforman en
Juanas de Arco sin causa. Se transforman en conductores de hombres. No
importa a quién conduzcan. Si no tienen seguidores se los inventan. Es inútil
que los elegidos como seguidores protesten. Les acusan de deslealtad. Pero,
demonio, son muchas las cosas que les ocurren. Lo que le digo es una. Otros
tratan de salvar sus almas con lo que escriben. Este es el camino más fácil.
Otros quedan destrozados por el primer dinero que ganan, la primera
alabanza, el primer ataque, la primera vez que descubren que no son capaces
de escribir, la primera vez que comprueban que son incapaces de hacer otra
cosa, o cobran miedo y se unen a organizaciones para pensar por cuenta de
ellas. O no saben lo que quieren. Henry James quería hacer dinero.
Naturalmente no lo consiguió.
—¿Y usted?
—Yo estoy interesado en otras cosas. Me doy buena vida, pero he de
escribir, porque si no escribo no puedo gozar de la vida.
—¿Y qué es lo que usted quiere?
—Escribir lo mejor que pueda y aprender en el proceso. Al mismo
tiempo tengo a mi mujer, con la que lo paso muy bien y me doy una buena
vida.
—¿Cazando kudús?
—Sí, cazando kudús y con muchas otras cosas.
—¿Qué otras cosas?
—Muchísimas otras.

172
—¿Y usted sabe lo que quiere?
—Sí.
—¿Realmente le gusta hacer esto, lo que hace ahora, esa idiotez de los
kudús?
—Me gusta tanto como el Prado.
—¿No es lo uno mejor que lo otro?
—Lo uno es tan necesario como lo otro. Además existen otras cosas.
—Naturalmente, deben existir. ¿Pero esto de ahora, realmente significa
algo para usted?
—Sin ninguna duda.
—¿Y usted sabe lo que quiere?
—De forma absoluta, y además lo consigo durante todo el tiempo.
—Pero hace falta dinero.
—Siempre he podido hacer dinero y además he tenido mucha suerte.
—¿Así que usted es feliz?
—Excepto cuando pienso en otras personas.
—¿Así que usted piensa en otras personas?
—Oh. naturalmente.
—¿Pero hace usted algo por ellas?
—No.
—¿Nada?
—Quizás un poco.
—¿Cree usted que dedicarse a escribir merece la pena- como un fin en sí
mismo?
—Oh, claro que sí.
—¿Está usted seguro?
—Muy seguro.
—Debe ser muy agradable.
—Lo es —respondí—. Es la única cosa agradable en ello.
—Esto se está poniendo terriblemente serio —dijo mi mujer.
—Es un tema condenadamente serio.
—Comprenda que se pone serio por algo que merece la pena —dijo

173
Kandisky—. Sabía que sería serio en algo más que la caza del kudú.
—La razón de que todo el mundo intente evitarlo, negar que es
importante, empeñarse en presentarlo como vano el hacerlo es porque es muy
difícil. Intervienen muchos factores para que sea posible.
—¿De qué se trata ahora?
—De la clase de obras que pueden ser escritas. De hasta dónde puede
llevarse la prosa si uno es lo bastante serio y tiene suerte. Existe una cuarta y
quinta dimensión que pueden ser alcanzadas.
—¿Lo cree usted?
—Lo sé.
—¿Y si un escritor lo consigue?
—Entonces todo lo demás no importa nada. Es más importante que
cualquier otra cosa que pueda hacer. Las posibilidades son, naturalmente, que
fracase. Pero existe por lo menos una de que triunfe.
—Pero usted está hablando de la poesía.
—No. Es algo mucho más difícil que la poesía. Es una prosa que no ha
sido escrita nunca. Pero puede ser escrita, sin trucos ni engaños. Sin nada malo
que siga después.
—¿Y por qué no ha sido escrita?
—Porque intervienen muchos factores. Primero, hay que tener talento,
mucho talento. Tanto talento como tuvo Kipling. Luego hay que tener
disciplina. La disciplina de Flaubert. Luego hay que tener un concepto claro de
lo que puede ser y una conciencia tan absoluta e invariable como el metro
patrón de París, para evitar las debilidades. Luego el escritor debe ser
inteligente y desinteresado y sobre todo debe sobrevivir. Intente unir todas
estas cosas en una persona y permítale atravesar todas las influencias que
presionan a un escritor. Lo más difícil, porque el tiempo es tan corto, es que
pueda sobrevivir y ver su obra acabada. Pero a mí me gustaría tener entre
nosotros un escritor así y leer lo que él pudiera escribir. ¿Qué dice usted?
¿Hablaríamos de otra cosa?
—Es interesante lo que usted dice. Naturalmente que no estoy de
acuerdo con todo.
—Naturalmente.
—¿Qué les parece un trago de ginebra? —preguntó Pop—. ¿Creen
ustedes que un trago ayudaría?

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—Dígame primero cuáles son las cosas, las actuales, concretas cosas que
perjudican a un escritor.
Estaba cansado de aquella conversación que se había transformado en
una entrevista. Así que decidí hacerla una entrevista y terminar con ella. La
necesidad de poner mil cosas intangibles en una sola frase en aquellos
momentos, antes de comer, era demasiado para mí.
—La política, las mujeres, la bebida, el dinero, la ambición. Y la ausencia
de la política, las mujeres, la bebida, el dinero y la ambición —dije
profundamente.
—Ahora se está poniendo mucho más fácil —dijo Pop.
—Pero la bebida... No lo entiendo. Eso es lo que siempre me ha parecido
una idiotez. A mi entender es una debilidad.
—Es una forma de terminar la jomada. Tiene sus ventajas. ¿No le gusta
cambiar alguna vez sus ideas?
—Tomemos un trago —dijo Pop—. ¡M’Wendi!
Pop nunca bebía antes de comer si no era por equivocación, y me di
cuenta que trataba de sacarme del apuro.
—Tomemos una ginebra —dije yo.
—Yo nunca bebo —respondió Kandisky—. Me acercaré al camión y
traeré mantequilla fresca para la comida. Recién hecha en Kandoa y sin sal.
Muy buena. Esta noche tendremos un plato especial de postre vienés. Mi
cocinero ha aprendido a hacerlo muy bien.
Se marchó, y mi mujer dijo:
—Te estabas poniendo terriblemente profundo. ¿Qué querías decir con
eso de las mujeres?
—¿Qué mujeres?
—De las que estabas hablando antes.
—Al diablo con ellas —respondí—. Son ésas con las que uno se lía
cuando está borracho.
—¿De modo que eso es lo que tú haces?
—No. Yo no me lío con la gente cuando bebo.
—Vamos, vamos —intervino Pop—. Ninguno de nosotros se ha
emborrachado nunca. ¡Santo Dios, ese hombre habla por los codos!
—No ha tenido ocasión de hablar una vez. B’wana M’Kunba comenzó.

175
—Tengo disentería verbal —dije yo.
—¿Y qué hay del camión? ¿Podremos remolcarle sin hacer polvo el
nuestro?
—Creo que si —dijo Pop—. Cuando el nuestro regrese de Handeni.
Durante la comida bajo el mosquitero verde de la tienda-comedor, en la
sombra de un gran árbol con el viento soplando, la mantequilla fresca muy
admirada, chuletas de gacela de Grant. puré de patatas, legumbres frescas y
macedonia de fruta para postre. Kandisky nos explicó por qué los indios
estaban haciéndose los amos del país.
—Comprendan ustedes. Durante la guerra mandaron tropas indias a
luchar aquí. Para mantenerlas además fuera de la India, porque temían otra
revuelta. Luego prometieron al Aga Khan que puesto que los indios habían
luchado en África, podían venir aquí con toda libertad para establecerse o
dedicarse a los negocios después de la guerra. Ahora no pueden romper la
promesa y los indios han desalojado a los europeos de todo el país. Viven de la
nada y envían todo su dinero a la India. Cuando han ganado bastante para
volverse a casa se largan, pero antes traen a sus parientes pobres para que se
hagan cargo de sus negocios y continúen explotando al país.
Pop mantuvo silencio. No discutiría con un huésped en su mesa.
—Es el Aga Khan —siguió Kandisky—. Usted es americano y no
entiende estas combinaciones.
—¿Estuvo usted con Von Lettow? —preguntó Pop.
—Desde el principio —dijo Kandisky— hasta el final.
—Era un gran luchador —respondió Pop—. Siento gran admiración por
él.
—¿Luchó usted? —preguntó Kandisky.
—Si.
—A mí Lettow no me importa un comino —observó Kandisky—. Es
cierto que luchó, sí. Como ninguno. Cuando queríamos quinina nos ordenaba
que la capturáramos. Hacía lo mismo con toda clase de suministros. Después
de la guerra estuve en Alemania. Fui allí para registrar mis propiedades. “Es
usted austríaco”, me dijeron. “Tendrá que gestionarlo por canales austríacos.”
Así que me fui a Austria. “Pero, ¿por qué luchó usted? —me preguntaron—.
No puede hacernos responsables. Suponga que se le ocurre ir a luchar a China.
Esto sería cosa suya. No podemos hacer nada por usted.”
—Pero fui como patriota —respondí yo como un imbécil—. Luché allí

176
porque soy austríaco y conozco mi deber.
—Sí —me respondieron—. Es admirable, pero no puede hacemos
responsables de sus nobles sentimientos.’ Y así me tuvieron, pasándome de
uno a otro sin nada en concreto. Todavía amo a mi país mucho. He perdido
todo lo que tenía aquí, pero aún conservo mucho más que cualquiera en
Europa. Para mí resulta interesante. Los nativos y el idioma. Tengo muchos
cuadernos de notas sobre ellos. Además aquí, en realidad, soy un rey. Es muy
agradable. Te levantas por la mañana y sacas un pie de la cama y allí está el
chico negro para ponerte el calcetín. Cuando estoy listo extiendo el otro pie y
él se encarga de ponerme el otro calcetín. Salgo de debajo del mosquitero y me
sostienen los calzoncillos para que me los ponga. ¿No creen ustedes que es
maravilloso?
—Es maravilloso.
—Si algún día vuelven por aquí hemos de organizar un safari para
estudiar a los nativos. Nada de caza, o sólo para comer. Miren, les voy a
enseñar un baile y una canción.
Agachado, con los codos arriba y abajo, las piernas moviéndolas a saltos,
giró alrededor de la mesa, cantando. Sin duda era divertido.
—Éste es uno entre miles —dijo—. Ahora voy a marcharme un rato.
Ustedes querrán dormir.
—No hay prisa. Quédese.
—No. Seguro que quieren dormir. Yo también. Me llevaré la mantequilla
para mantenerla al fresco.
—Le veremos a la hora de la cena —dijo Pop.
—Ahora vayan a dormir. Adiós.
Una vez se hubo alejado, Pop dijo:
—Yo no creería toda esa historia del Aga Khan.
—Parecía verdad.
—Por supuesto que él está resentido —respondió Pop—. ¿Quién no lo
estaría? Von Lettow era un hombre endiablado.
—Es muy inteligente —observó mi mujer—. Habla maravillosamente
sobre los nativos. Pero desprecia a las mujeres americanas.
—También yo —respondió Pop—. Es un buen hombre. Mejor que
descabecen un sueñecito. Necesita salir a las tres y media.
—Haga que me despierten.

177
Molo levantó la parte de atrás de la tienda y la sujetó con unos palos de
modo que el viento pasara por ella y yo me tumbé con un libro entre las
manos, mientras percibía la fresca brisa que atravesaba por debajo de la
recalentada lona.
Cuando me desperté era hora de partir. Había nubes cargadas de lluvia
en el cielo y hacía mucho calor. Nos había preparado fruta en conserva, un
excelente trozo de cinco libras de carne asada, pan, té, una tetera, leche
condensada y una caja de whisky con cuatro botellas de cerveza dentro.
También estaba dispuesto un saco de lona para el agua y una manta para
servir de tienda. M’Cola sacaba la escopeta grande del coche.
—No tengan prisa en volver —dijo Pop—. Saldremos a su encuentro
cuando les veamos.
—De acuerdo.
—Enviaremos el camión para que lleve a ese deportista a Hadeni. Ha
enviado a sus hombres por delante, a pie.
—¿Está seguro de que nuestro camión lo resistirá? No lo haga porque sea
amigo mío.
—Hemos de sacarle del atolladero. El camión volverá esta noche.
—La Memsahib sigue durmiendo —dije—. Quizá pueda salir luego a dar
un paseo y cace algunas grullas.
—Estoy aquí —dijo ella—. No te preocupes por nosotros. Espero que te
hagas con ellos.
—No enviéis por nosotros hasta pasado mañana —dije yo—. Si tenemos
suerte nos quedaremos.
—Buena suerte.
—Buena suerte, cariño. Adiós, J. P.

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CAPÍTULO II

ESTÁBAMOS fuera del campamento y avanzábamos a. lo largo del


cauce arenoso de una carretera, dirigiéndonos hacia el oeste. La manigua de
espesos matorrales crecía hasta el borde de la arena, con las pequeñas colinas
elevándose por encima de ella, y, en nuestro trayecto, pasamos delante de
grupos de gentes que se encaminaban hacia el oeste. Algunos iban desnudos,
salvo por una sucia tela anudada a un hombro, y llevaban arcos y carcajes
llenos de flechas. Otros llevaban lanzas. Los más ricos tenían paraguas y ropas
blancas que formaban pliegues artísticos, y sus mujeres marchaban tras ellos,
con las marmitas y los calderos. Bultos y fardos de pieles iban repartidos
delante de ellos, sobre las cabezas de otros nativos. Todos se alejaban del
hambre. Con los pies colocados en los costados del coche para mantenerlos
alejados del calor del motor, el sombrero echado sobre los ojos para
protegerlos del sol y contemplando el camino, la gente y los claros de la
manigua en busca de caza, avanzábamos hacia el oeste.
Una vez vimos tres hembras kudús en un claro de la manigua. Grises, de
vientre hinchado, de cuellos largos, de cabeza pequeña y grandes orejas,
corrían rápidamente a ocultarse entre los árboles y pronto desaparecieron de
nuestra vista. Abandonamos el coche y las rastreamos, pero no encontramos
huellas del macho.
Un poco más allá, una bandada de guineas atravesó corriendo el camino;
movían la tiesa cabeza al estilo de los trotadores. Cuando salté del coche y salí
corriendo tras ellas, echaron a volar como cohetes, con las patas recogidas bajo
sus cuerpos pesados, las alas cortas zum bando y cacareando, y ascendieron
por encima de los árboles. Derribé dos que dieron un golpazo al caer al suelo
y, mientras yacían en él, agitando las alas, Abdullah cortó sus cabezas para
que pudieran servir de alimento. Las metió en el coche donde M’Cola se reía.
Su saludable risa de hombre viejo, su risa divertida y alegre, su risa de perro
de caza, que procedía de un rasgo de ingenio que tuvo una vez en que fallé
una serie de tiros rabiosos. Ahora cuando alcanzaba alguna pieza siempre le
hacía gracia, como ocurrió cuando cazamos una hiena. Aquél fue el chiste más
gracioso de todos. Se reía siempre que veía a las aves abatirse y cuando erraba
el tiro soltaba carcajadas y movía la cabeza una y otra vez.
—Pregúntele de qué diablos se ríe —le dije una vez a Pop.
—De B’wana —comentó M’Cola, y moviendo la cabeza—. De los
pajaritos.

179
—Dice que es gracioso —explicó Pop.
—¡Condenado negro! ¡Que soy gracioso! Que se vaya al diablo.
—Cree que es muy gracioso —dijo Pop—. Pero a partir de ahora, la
Memsahib y yo no nos reiremos nunca.
—Dispáreles usted.
—No, tú eres el gran tirador. El gran cazador eres tú —dijo mi mujer.
Así la caza de las aves se había convertido en este maravilloso chiste. Si
lograba cazar alguna pieza, el chiste procedía de los pájaros y M’Cola movería
la cabeza y reiría y daría vueltas y vueltas con las manos para mostrar cómo el
pájaro había girado en el aire. Y si erraba el disparo, yo era el payaso de la
función y me miraba y se retorcía muerto de risa. Sólo había una cosa que
fuera más divertida para él: las hienas.
Algo sumamente cómico era la hiena con el vientre lleno colgando
obscenamente y arrastrándolo por el suelo, a la luz del día, cuando le
disparábamos por detrás y echaba a correr velozmente para rodar luego por
tierra una y otra vez. La hiena que salía del alcance de tiro junto a un lago de
álcali para mirar hacia atrás y, herida en el pecho, caía de espaldas con sus
cuatro patas en el aire y el vientre lleno provocaba un gran regocijo, y nada
podía ser más divertido que la hiena que surgía de pronto, con la cabeza
alzada y apestando, de unas hierbas altas junto a una donga, y la heríamos a
diez metros, mientras movía la cola formando tres círculos cada vez más
estrechos hasta terminar muriendo.
A M’Cola le divertía mucho ver una hiena herida por un disparo a
bocajarro. Había, primero, aquel golpe cómico de la bala y, luego, la agitada
sorpresa de la hiena al descubrir la muerte dentro de ella. Pero era más
divertido ver una hiena herida a gran distancia, en el trémulo calor de la
llanura; verla caer hacia atrás, comenzar aquel frenético círculo, aquella
velocidad eléctrica que significaba que sentía correr dentro de ella la pequeña
muerte niquelada. Pero el más grande de todos los chistes, la cosa que hacía
que M’Cola se restregara el rostro con las manos, y se volviera hacia otra parte
y moviera la cabeza y se echara a reír, avergonzado incluso de la hiena, el
pináculo del humor hiénico, era la hiena, la clásica hiena, herida en la espalda
mientras corría a gran distancia, que hacía los círculos frenéticamente,
golpeándose y arañándose a sí misma hasta que sacaba sus propios intestinos
y luego permanecía allí, sacudiéndolos fuertemente, y comiéndoselos con
fruición.
—Fisi —decía M’Cola.

180
Y movía la cabeza lamentando encantado que existiera una bestia tan
horrorosa. Fisi, la hiena, hermafrodita. devoradora de las partes muertas de sí
misma, rastreadora de vacas parturientas, desjarretadora de jamones,
potencial mordedora de rostros humanos en la noche mientras se está
durmiendo, lanzadora de tristes aullidos, seguidora de los campamentos,
hedionda, indecente, con quijada que roe los huesos que deja el león, que
arrastra el vientre por el suelo, que descabeza el sueño en la parda llanura, que
vuelve la cabeza continuamente para mirar hacia atrás, con cara de inteligente
perro mestizo; que recibe el golpe del pequeño Mannlicher y luego inicia
instantáneamente el horrible círculo.
—Fisi —decía M’Cola riéndose avergonzado por ella, moviendo su
cabeza negra y calva—. Fisi. Se come a sí misma. Fisi,
La hiena era un chiste sucio, pero la cabeza de las aves era un chiste
limpio. Mi whisky era un chiste limpio. Había muchas variaciones sobre este
chiste. Algunas vendrían más tarde. Los mahometanos y todas las religiones
eran un chiste. Un chiste eran las personas que las practicaban. Charo, el otro
portador de armas, era bajo, muy serio y sumamente religioso. Pasaba todo el
Ramadán sin tragar saliva hasta el anochecer y cuando el sol estaba a punto de
ponerse, le veía mirar nerviosamente en su dirección. Llevaba con él una
botella de té y la señalaba con el dedo y miraba el sol y yo veía a M’Cola
observándole y haciendo que no le veía. Esto no era abiertamente divertido
para él. Era algo de lo que no podía reírse francamente, pero ante lo que se
sentía superior y se preguntaba qué sentido tenía aquella estupidez. La
religión mahometana estaba muy de moda y los boys que tenían grados
sociales más altos eran mahometanos. Era algo que otorgaba casta, algo en lo
que se podía creer, algo que daba cierta dignidad y, a cambio de lo cual, bien
valía la pena sufrir un poco cada año, algo que les hacía superiores frente a
otras personas, algo que les daba costumbres más complicadas para comer,
algo que yo comprendía y que M’Cola no comprendía, que no le preocupaba
ni poco ni mucho, y observaba a Charo vigilar la puesta del sol con esa
expresión vacía de su rostro que ponía para todas las cosas de las que no
formaba parte. Charo estaba muerto de sed y era un hombre devoto y el sol se
ponía muy lentamente. Contemplé el sol, rojo por encima de los árboles, toqué
con el codo a Charo y éste me sonrió. M’Cola me ofreció solemnemente la
botella del agua. Moví la cabeza y Charo volvió a sonreírme. M’Cola miraba
con expresión vacía. Luego, el sol acabó por ponerse y Charo cogió la botella y
comenzó a beber, la nuez de su garganta subía y bajaba ansiosamente y
M’Cola le miraba y luego apartaba la mirada.

181
Durante los primeros días, antes de hacernos buenos amigos, no confiaba
en mí. Cuando sucedía algo, se ocultaba tras su inexpresividad. Entonces yo
prefería a Charo. Nos comprendíamos el uno al otro en lo referente a la
religión y Charo admiraba mi habilidad para disparar y siempre me daba la
mano y me sonreía cuando cazábamos algo particularmente bueno. Y aquello
me halagaba y me agradaba. M’Cola contemplaba todas aquellas primeras
cacerías como una serie de accidentes afortunados. Salíamos a cazar. Todavía
no habíamos cazado nada que tuviera algún valor y él no era realmente mi
portador de armas. Era el portador de armas de Mr. Jackson Phillips y éste me
lo había prestado. Yo no significaba nada para él. No sentía simpatía ni
antipatía por mí. Era cortésmente despreciativo con Karl. Por quien sentía
verdadera simpatía era por Mamá.
La tarde que cazamos el primer león era ya de noche cuando llegamos a
las cercanías del campamento. La caza del león había resultado confusa e
insatisfactoria. Habíamos acordado de antemano que P.O.M. hiciera el primer
disparo, pero como se trataba del primer león que cazábamos en nuestra vida,
y era muy avanzado el día. realmente demasiado tarde para estar seguros de
darle, si le heríamos, tendríamos que rastrearle con perros para encontrarlo y
cualquiera podía disparar contra él. Era un buen plan puesto que iba a
anochecer y si el león se guarecía en los árboles, herido, estaría demasiado
oscuro para dar con él sin una trailla de perros. Recuerdo haber visto el
enorme león de aspecto amarillo y cabeza pesada
apoyado contra un árbol desmirriado en un terreno lleno de matorrales y
a P.O.M. arrodillándose para disparar y yo deseaba decirle que se sentara bien
y que asegurara el tiro. Entonces, se oyó la explosión del Mannlicher de cañón
corto y el león se dirigió hacia la izquierda con una carrera extraña, los
hombros caídos, los pies vacilantes, como corren los gatos. Le herí con un
disparo del Springfield y cayó y volvió a ponerse en pie y volví a dispararle,
demasiado rápidamente, y arrojé una nube de polvo sobre él. Pero allí estaba,
estirado, sobre su vientre, y, con el sol asomando por encima de los árboles, y
la hierba muy verde; nos acercamos a él como un pelotón, como una pandilla
de chiquillos que jugaran a Blancos y Negros, con los rifles preparados, sin
saber si estaba herido o muerto. Cuando estuvimos cerca, M’Cola le arrojó una
piedra. Le dio al animal en el costado y, por la forma en que lo hizo, podía
asegurarse que era ya un animal muerto, y estaba seguro de que fue P.O.M.
quien lo hirió, pero sólo había un agujero de bala, en el lomo, justo debajo de la
espina dorsal y un poco corrido hacia adelante hasta llegar a la superficie que
se extendía bajo el pecho, y M’Cola rasgó la piel y la sacó. Era una sólida bala

182
del calibre 220, del Springfield, y le había matado, atravesándole los pulmones
y el corazón.
Yo estaba tan sorprendido por la forma en que había rodado muerto por
el disparo, después de esperar que cargara contra nosotros, preparados para el
heroísmo, para el drama, que me sentía más decaído que contento. Era nuestro
primer león y éramos muy ignorantes, y teníamos la sensación de que
habíamos pagado para algo más apasionante. Charo y M’Cola dieron la mano
a P.O.M. y, luego, Charo se acercó a mí y me dio la mano.
—Buen disparo, B’wana —dijo en swahili—. Piga muzuri.
—¿Disparaste, Karl? —pregunté.
—No. Iba a disparar cuando lo hiciste tú.
—¿No le disparó usted, Pop?
—No. Lo hubiera oído.
Abrió la culata y sacó las dos grandes balas del calibre 45.
—Estoy seguro de que fallé el tiro -dijo P.O.M.
—Yo estoy seguro de que le diste. Creo que le diste —dije.
—Mamá le dio —dijo M’Cola.
—¿Dónde? —preguntó Charo.
—Le dio —dijo M’Cola—. Le dio.
—Usted lo hizo rodar —me dijo Pop—. ¡Diablos! Rodó como un conejo.
—No puedo creerlo.
—Mamá piga —dijo M’Cola—. Piga Simba.
Cuando aquella noche, de regreso, vimos el fuego del campamento en la
oscuridad que se extendía ante nosotros, M’Cola comenzó de pronto a gritar
en wakamba una serie de palabras cantarínas, rápidas y de tono muy alto, que
terminaban con el vocablo Simba. Alguien desde el campamento contestó con
una palabra.
—¡Mamá! —gritó M’Cola.
A lo que siguió otra serie de palabras. Y, finalmente, volvió a gritar:
—¡Mamá! ¡Mamá!
Atravesando la oscuridad llegaron todos los porteadores, el cocinero, el
desollador, los boys y el jefe.
—¡Mamá! —gritó M’Cola—. Mamá piga Simba.

183
Los muchachos se acercaron bailando, amontonándose, y marcando el
ritmo con las manos y cantando algo que surgía de lo profundo de sus pechos
y que comenzaba como una tos y que sonaba más o menos a esto:
—¡Hey la Mama! ¡Hey la Mama! ¡Hey la Mama!
El desollador de ojos saltones izó a P.O.M. en alto, el gran cocinero y los
boys la sostuvieron, y los demás se aprestaron para elevarla, y si no podían
alcanzarla, al menos, para tocarla y agarrarla, mientras cantaban y
bailaban atravesando la oscuridad, alrededor del fuego y de nuestra
tienda.
—¡Hey la Mama! ¡huh! ¡huh! ¡huhl ¡Hey la Mama! ¡huh! ¡huh! ¡huh! —
cantaban la danza del león soltando aquella profunda tos de fiera asmática.
Luego, al llegar a la tienda, la pusieron en el suelo y todos, muy tímidamente,
le dieron la mano, los boys decían "m’uzuri, Memsahib”, y M’Cola y los
porteadores decían “m’uzuri, Mama”, poniendo mucho sentimiento al
pronunciar la palabra “Mama”.
Después, sentados en sillas, delante del fuego, mientras tomábamos unas
copas, Pop dijo:
—Usted le disparó. M’Cola mataría a cualquiera que dijera que no lo
hizo usted.
—¿Saben una cosa? Me siento realmente como si fuera yo quien le mató
—dijo P.O.M.—. Estaría demasiado orgullosa. ¿No es un triunfo maravilloso?
—¡Buena y vieja Mamá! —dijo Karl.
—Yo creo que fuiste tú quien le disparó —dije.
—¡Oh, dejemos eso de una vez! —exclamó P.O.M.—. Me siento
maravillosamente bien sólo con que crean que lo he hecho yo. La gente no
acostumbra llevarme en hombros en mi país.
—Nadie sabe comportarse bien en América —dijo Pop—. Lo hacen de la
forma más incivilizada.
—La llevaremos en hombros en Key West —dijo Karl—. ¡Pobre vieja
Mamá!
—No hablemos de eso —dijo P.O.M.—. Me gusta demasiado. ¿Creen que
debo hacerles regalos?
—No lo hicieron por eso —dijo Pop—. Pero me parece bien que les dé
algo para celebrarlo.
—¡Oh, quiero darles a todos mucho dinero! —dijo P.O.M.—. ¿No es un

184
triunfo sencillamente maravilloso?
—Buena y vieja Mamá —dije—. Tú le mataste.
—No, no lo hice. No me mientas. Tengo bastante con gozar de este
triunfo.
De todas formas, M’Cola no confió en mí durante mucho tiempo. Hasta
que la licencia de P.O.M. no se agotó, ella era su favorita y nosotros éramos
sólo un grupo de gente que se interponía entre Mamá y la caza y que no la
dejaba cazar a gusto. Cuando se acabó su licencia y ya no salía de caza, mi
mujer descendió para él a un estado de no combatiente y, cuando comenzamos
a cazar kudús y Pop permaneció en el campamento y nos envió a nosotros
solos con los rastreadores. Karí con Charo y M’Cola y yo juntos. Pop perdió
visiblemente en la estima de M’Cola. Aquello, desde luego, era sólo temporal.
Yo era el hombre de Pop y creo que las estimaciones profesionales se hacen día
a día y requieren una serie ininterrumpida de acontecimientos para tener
algún significado. Pero algo había sucedido entre nosotros dos.

185
SEGUNDA PARTE

186
ACECHO RECORDADO

187
CAPÍTULO III

AQUELLO databa de la época de Droopy. después de volver del


Sanatorio de Nairobi donde estuve enfermo: habíamos organizado un safari
para cazar rinocerontes. Droopy era un salvaje auténtico con párpados que
casi cubrían sus ojos, guapo, con mucho estilo, buen cazador y maravilloso
rastreador. Yo le hubiera calculado unos treinta y cinco años de edad, y sólo
llevaba una pieza de tela, anudada sobre un hombro, y un fez que algún
cazador le había regalado. Siempre portaba consigo una lanza.
M’Cola tenía una vieja guerrera del Ejército de los Estados Unidos, que
había conseguido originalmente de Droopy, quien había estado fuera, en
alguna parte, y se había olvidado de llevársela. En dos ocasiones. Pop se la
había entregado a Droopy y. finalmente. M’Cola había dicho:
—Démela a mí.
Pop le había dejado que se quedara con ella y. desde entonces, M’Cola
no se la había quitado. La guerrera, un par de shorts, la gorra de lana, y un
jersey de punto del Ejército que se ponía cuando le estaban lavando la
guerrera, eran las únicas prendas de vestir con que vi al anciano hasta que le
di mi chaqueta de caza. Como zapa tos usaba sandalias hechas con viejas
llantas de coche. Tenía piernas delgadas y bien formadas, con tobillos
perfectos al estilo de Babe Ruth y recuerdo la sorpresa que me llevé la primera
vez que le vi sin la guerrera, desnudo, y observé lo vieja que era la parte
superior de su cuerpo. Tenía ese aspecto gastado que se ve en la fotografía de
Jeffries y Sharkey posando treinta años después de su momento de esplendor,
con aquellos bíceps viejos y feos, y los músculos pectorales caídos.
—¿Qué edad tiene M’Cola? —pregunté a Pop.
—Debe de tener más de cincuenta años —contestó Pop—. Tiene una
familia bastante grande y crecida en la reserva de los nativos.
—¿Cómo son sus hijos?
—No valen nada. No puede contar con ellos. Intentamos utilizar a uno
como porteador. Pero no servía.
M’Cola no sentía celos de Droopy. Sabía simplemente que Drop valía
más que él. Era mejor cazador, un rastreador más rápido y más limpio, y un
gran estilista en todo lo que hacía. Admiraba a Droopy igual que nosotros le
admirábamos y, al salir de caza con él, comprendió que llevaba la guerrera de
Droopy y que había sido porteador antes de convertirse en portador de armas

188
y, de pronto, dejó de ser un viejo criticón y cazamos a gusto juntos. Él y yo
cazábamos juntos y Droopy mandaba la expedición.
Fue una buena cacería. La tarde del día que llegamos a la región,
anduvimos unas cuatro millas lejos del campamento siguiendo la pista
profunda de un rinoceronte que atravesaba las colinas llenas de hierba con
árboles perfectamente alineados tan suave y niveladamente plantados como si
se debiera a los planes de un ingeniero agrónomo. El rastro tenía un pie de
profundidad en el terreno y estaba ligeramente gastado, y lo abandonamos
cuando descendía atravesando una vertiente en las colinas como una zanja de
irrigación seca. Ascendimos, sudando, la pequeña y escarpada colina,
torciendo a la derecha, para situarnos a espaldas de la cima y examinar la
región con los gemelos. Era un país verde y agradable, con colinas que se
alzaban más allá de la selva que crecía densa en el costado de una montaña, y
estaba cortada por las cuencas que formaban varias corrientes de agua que
descendían de la parte de la montaña donde crecían los árboles más gruesos.
El bosque se extendía en algunos lugares casi hasta la cima de las colinas y era
allí, en el límite, por donde esperábamos que surgiese el rinoceronte. Si se
miraba más allá de la selva y de la falda de la montaña, podía seguirse el curso
de las aguas y el declive ondulado de la parte inferior del terreno hasta que
éste se hada llano y la hierba era marrón y reseca; lejos, al otro lado de una
larga extensión de terreno, estaba el pardo Rift Valley y se distinguía el
resplandor del lago Manyara.
Permanecimos en la falda de la colina contemplando cuidadosamente la
región, en espera de ver aparecer al rinoceronte. Droopy estaba al otro lado de
la cima de la colina, agachado sobre sus talones, vigilante, y M’Cola se hallaba
situado más abajo de nosotros. Soplaba una fresca brisa procedente del este
que agitaba la hierba formando ondas en las faldas de las colinas. El cielo
estaba en parte cubierto por grandes nubes blancas, y los altos árboles de la
parte de selva que crecía en la ladera de la montaña lo hacían tan
apretadamente y estaban tan llenos de follaje que parecía que se pudiera andar
sobre sus copas. Detrás de esta montaña había una hondonada y. detrás, otra
colina; la montaña más alejada era de color azul oscuro con bosques que se
dibujaban en la distancia.
Hasta las cinco, no vimos nada. Luego, sin los prismáticos, percibí algo
que se movía en uno de los valles, hacia una derivación de los árboles. Al
mirar con los prismáticos, resultó ser un rinoceronte, muy claro y diminuto en
la distancia, de color rojo a la luz del sol, cruzando la colina con un rápido
movimiento como el de una chinche de agua. Luego, surgieron tres más de la

189
selva, oscuros a la sombra, y dos que luchaban, menudos, vistos con los
prismáticos, chocando sus cabezas, peleando delante de un bosquecillo de
arbustos mientras les observábamos y la luz disminuía. Era demasiado oscuro
para descender la colina, atravesar el valle y subir, con tiempo suficiente para
disparar, por la estrecha falda de la montaña hasta donde estaban ellos. Así
que volvimos al campamento, bajamos la colina en la oscuridad, avanzando de
lado apoyados en nuestras botas y después sentimos la suavidad del sendero
bajo nuestros pies, andando por aquel profundo surco que se abría paso a
través de las oscuras colinas, hasta que vimos la luz del fuego entre los árboles.
Aquella noche estábamos excitados, porque habíamos visto a los tres
rinocerontes y, a la mañana siguiente, temprano, mientras desayunábamos,
antes de partir, Droopy se acercó para decirnos que había encontrado un
rebaño de búfalos en el borde de la selva, a dos millas escasas de distancia del
campamento. Fuimos allí, todavía con el gusto del café y del arenque
ahumado en nuestro paladar, y sintiendo el golpear rápido del corazón que
producía la excitación de la aventura a aquellas horas de la mañana. Droopy
les había visto atravesar un barranco profundo y entrar en una extensión
abierta de la selva. Dijo que había dos grandes machos en un rebaño
compuesto por una docena o más. Les seguimos hasta allí, moviéndonos
silenciosamente sobre las huellas de los animales, apartando los arbustos y
descubriendo las huellas y los montones de fresco estiércol dejados por ellos,
pero, aunque entramos en la selva donde la espesura era demasiado
impenetrable para disparar y formamos un ancho círculo, no les vimos ni les
oímos. Una vez oímos a los pájaros-guías y les vimos echar a volar, pero eso
fue todo. Había numerosas huellas de rinocerontes en los bosques y muchos
montones de estiércol seco, pero no advertimos nada, excepto algunas verdes
palomas torcaces y algunos monos, y cuando salimos de allí, el rocío nos había
empapado hasta la cintura y el sol estaba muy alto. Hacía mucho calor, ahora
que el viento había dejado de soplar, y sabíamos que todos los rinocerontes y
búfalos que habían salido de allí habrían vuelto a guarecerse en lo más
recóndito de la selva para descansar del calor.
Los demás se volvieron al campamento con Pop y M’Cola. No teníamos
carne y yo quería cazar de regreso dando un rodeo con Droopy, intentando
cobrar alguna pieza. De nuevo, después del ataque de disentería, comenzaba a
sentirme fuerte y era un placer andar por el suave y ondulado terreno, tan sólo
por el gusto de andar, y poder cazar, sin saber lo que encontraríamos y libres
de disparar para conseguir la carne que necesitábamos. Además de esto, me
atraía Droopy y me gustaba verle andar. Andaba dando grandes zancadas con

190
mucha soltura y con un ligero salto, y me gustaba observarle y sentir la hierba
bajo mis botas de suela suave y el agradable peso del rifle, sosteniéndole
únicamente por la culata, el cañón descansando sobre mi hombro, y el sol
calentando lo bastante para hacerme sudar, al mismo tiempo que evaporaba el
rocío de la hierba. La brisa se levantaba y la región era como un huerto
abandonado de Nueva Inglaterra. Sabía que estaba volviendo a tirar bien y
deseaba hacer un buen disparo para impresionar a Droopy.
Desde la cresta de una elevación del terreno, vimos a dos kongori,
dorados por el sol, sobre la falda de una colina, a una milla de distancia, e hice
una señal a Droopy para acercarnos a ellos. Comenzábamos a descender y en
un barranco topamos con un gamo macho y dos hembras. El gamo era el único
animal que no tenía ningún valor como carne comestible y ya había cazado
una cabeza mejor que aquélla. Apunté al gamo mientras se alejaba, recordé
que su carne no poseía valor alguno y, como ya tenía una cabeza, no disparé.
—¿No dispara, Kuro? —preguntó Droopy en swahili—. Doumi sana. Un
buen macho.
Intenté explicarle que ya tenía uno mejor que aquél y que su carne no era
buena para comer.
Sonrió.
—Piga kongoni m’uzuri.
“Piga” era una palabra bonita. Sonaba exactamente como debía sonar la
orden de disparar o el anuncio de un disparo. “M’uzuri”, que significaba
bueno, bien, mejor, me había recordado al principio del safari el nombre de un
estado de mi país y, mientras andaba, solía hacer frases en swahili con
Arkansas y M’uzuri, pero ahora me parecía natural, sin necesidad de
subrayarla. Lo mismo ocurre con las demás palabras, que con el tiempo llegan
a parecer apropiadas y naturales, como tampoco se encuentra nada extraño o
incorrecto en la dilatación de las orejas, en las cicatrices tribales, o en el hecho
de que un hombre lleve una lanza como arma. Las marcas de tribu y los
tatuajes parecían adornos naturales y hermosos y yo lamentaba no tener, por
mi parte, ninguno de ellos. Mis propias cicatrices no tenían forma, algunas
eran irregulares y desparramadas, otras, simples costurones hinchados. Tenía
una en la frente sobre la que la gente todavía continuaba haciendo
coméntanos, preguntando si había chocado contra algo; pero Droopy tenía
unas muy hermosas al lado de los pómulos y otras, simétricas y decorativas,
en el pecho y en el vientre. Estaba pensando que yo tenía una buena, una
especie de árbol de Navidad repujado, en la parte profunda del pie derecho,

191
que sólo servía para destrozar calcetines, cuando topamos con dos ciervos.
Corrieron al amparo de los árboles y luego se detuvieron a sesenta metros; el
macho, delgado, gracioso, mirando hacia atrás, y le disparé y le alcancé detrás
del hombro. Dio un salto y cayó al suelo rápidamente.
—Piga.
Droopy sonrió. Los dos habíamos oído el sonido de la bala al chocar
contra la carne del animal.
—Kufa —le dije—. Muerto.
Pero cuando llegamos hasta él, tumbado de costado, su corazón todavía
latía con fuerza, aunque, según todas las apariencias, estaba muerto. Droopy
no tenía cuchillo para desollar y yo sólo llevaba un cortaplumas. Busqué con
los dedos su corazón tras la parte delantera del pecho y, al sentirlo latir bajo la
piel, lo atravesé con el cortaplumas, pero el cuchillo era corto y tuve que
empujar el corazón hacia un lado. Podía sentirlo, caliente y elástico al contacto
de mis dedos, y sentir el cuchillo al empujarlo, pero tanteé alrededor y corté la
gran artería y la sangre brotó caliente y empapó mis dedos. Una vez
desangrado, comencé a abrirlo con el pequeño cuchillo, y, vaciándolo
limpiamente para sacarle el hígado, corté la piel, y dejando el hígado sobre un
montoncillo de hierba, coloqué los riñones a su lado.
Droopy me pidió el cuchillo. Ahora iba a enseñarme algo. Hábilmente
abrió el estómago y lo volvió dentro, del lado de las tripas, sacándolo y
limpiándolo con hierba en el suelo; luego, metió el hígado y los riñones y cortó
con el cuchillo una ramita del árbol bajo el que estaba tendido el ciervo y cosió
el estómago con el junco formando con las tripas una bolsa donde llevar los
otros bocados exquisitos. Luego, cortó una vara larga y colocó la bolsa en el
extremo de ella, lo colgó del hombro como los vagabundos llevaban sus
propiedades dentro de un pañuelo al extremo de una vara, en los anuncios de
Blue Jay, cuando éramos chiquillos. Era un buen truco y pensé cuánto me
hubiera gustado enseñárselo a John Staib en Wyoming y él hubiera sonreído
con su sonrisa de sordo (había que tirarle guijarros para que se detuviera
cuando se oía el resoplido de un toro) y sabía lo que habría dicho John. Habría
dicho:
—¡Por todos los santos, Urnust, qué listo eres!
Droopy me entregó la vara, luego se quitó su simple vestido, y se cargó
el ciervo a la espalda. Intenté ayudarle y le sugerí por medio de gestos que
cortáramos una rama de árbol y que colgáramos al animal de ella, llevándole
entre los dos, pero él deseaba llevarlo solo. Así que echamos a andar hacia el

192
campamento, yo llevaba la bolsa de tripas al extremo de una varita que
colgaba de mi hombro, con el rifle en el otro, y Droopy caminaba firmemente
delante, sudando la gota gorda bajo el peso del animal. Intenté convencerle de
que lo dejara colgado de un árbol hasta que pudiéramos enviar en su busca a
dos porteadores, y con ese fin lo colgamos en la cruz de un árbol. Pero cuando
Droopy comprendió que nos marchábamos dejándolo allí, en lugar de
permitirle simplemente que descansara, volvió a colocárselo sobre los
hombros y regresamos al campamento. Al llegar a él, los muchachos que
estaban alrededor del fuego, se echaron a reír al ver la bolsa de tripas que
colgaba de mi hombro.
Ésta era la forma de caza que me gustaba. Sin necesidad de ir en coche,
por una región quebrada en lugar de la llanura, y me sentía completamente
feliz. Había estado muy enfermo y tenía la agradable sensación de que me
recuperaba día a día. Estaba delgado, pesaba menos de lo que en mí era
normal, tenía mucho apetito y podía comer todo lo que quería sin sentirme
nunca harto. Durante el día sudaba todo lo que bebía sentado ante el fuego por
la noche, pero ahora me tumbé a leer a la sombra de un árbol. Una brisa ligera
movía las hojas de los árboles y no sentía ningún apremio de escribir, contento
al saber que a las cuatro volveríamos a salir de nuevo a cazar. Ni siquiera
escribiría una carta. La única persona que realmente me interesaba, excepto los
niños, estaba conmigo y no tenía ningún deseo de compartir esta vida con
nadie que no estuviera allí, sólo deseaba vivirla, sintiéndome completamente
feliz y agotado. Sabía que estaba cazando bien y tenía esa sensación de
bienestar y de confianza en mí mismo que siempre es mucho más agradable
tener que oír hablar de ella.
Salimos del campamento poco después de las tres para estar en la colina
a las cuatro. Pero eran cerca de las cinco cuando vimos aparecer al primer
rinoceronte atravesando con sus patas cortas la loma de la colina, casi en el
mismo lugar en que le habíamos visto la tarde anterior. Vimos cómo entraba
por el borde de la selva cerca de donde habíamos visto a los dos luchando y
luego tomamos la cuenca de un arroyo que nos conduciría al pie de la colina.
Atravesamos el barranco cubierto de matorrales que había en la parte inferior,
y ascendimos la escarpada falda de la montaña donde había un espino con
flores amarillas que indicaba el lugar por donde habíamos visto al rinoceronte
desaparecer en la selva.
Subiendo rectamente la falda de la colina, teniendo como referencia el
espino, con el viento soplando a través de la colina, intenté andar lo más
lentamente posible y coloqué un pañuelo en el interior de la banda de

193
protección del sudor de mi sombrero para que la transpiración no empapara
los cristales de mis gafas. Esperaba disparar en cualquier momento y
procuraba moverme despacio para que, de aquella manera, mi corazón no
palpitara fuertemente. Cuando se dispara contra grandes animales, no hay
razón alguna para fallar si se tiene buena puntería y hay buenas condiciones
para disparar y se sabe dónde hacerlo, a menos que se esté intranquilo,
nervioso, a consecuencia de una carrera, o por haber hecho una subida
escarpada y agotadora, o porque uno tenga las gafas empañadas, en cuyo caso
conviene límpidas con un trapo o un papel para que queden en perfecto
estado de visibilidad. Las gafas eran el inconveniente más grande y yo
acostumbraba llevar cuatro pañuelos y cambiarlos del bolsillo de la izquierda
al de la derecha, cuando estaban húmedos.
Subimos con mucho cuidado hasta el árbol de las flores amarillas, como
gente que ascendiera donde hay una bandada de codornices que los perros
han señalado, y el rinoceronte no estaba por allí. Atravesamos el borde del
bosque que estaba lleno de huellas frescas de rinoceronte, pero allí no había
ninguno. El sol se estaba poniendo y oscurecía demasiado rápidamente para
disparar, pero seguimos la selva dando la vuelta al costado de la montaña,
esperando ver al rinoceronte en los claros de la selva. Cuando había
oscurecido casi demasiada para disparar, vi que Droopy se detenía y se
acurrucaba. Con la cabeza gacha, nos indicó que nos adelantáramos.
Arrastrándonos, vimos un rinoceronte grande y otro pequeño, con el
vientre apoyado sobre la hierba, mirándonos desde el otro lado de un pequeño
valle.
—Es hembra y cría —dijo en tono muy bajo Pop—. No podemos
dispararle. Déjeme que mire su cuerno.
—¿Puede vernos? —preguntó P.O.M.
—No.
—¿A qué distancia están?
—Deben de estar a unos quinientos metros.
—¡Bueno, parece muy grande! —exclamé.
—Es una gran hembra —dijo Pop—. ¿Dónde estará el macho?
Yo me sentía muy contento y excitado ante la posibilidad de cazar algo
importante.
—Está demasiado oscuro, y a menos que nos acerquemos mucho no
podremos disparar con seguridad.

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Los rinocerontes se habían vuelto y estaban paciendo. Nunca se movían
con lentitud. O salían disparados, o permanecían quietos.
—¿Por qué tienen un color tan rojo? —preguntó P.O.M.
—Porque se revuelcan en el barro —respondió Pop—. Mejor será que
volvamos al campamento mientras tengamos luz.
El sol estaba muy bajo cuando salimos de la selva y contemplamos la
ladera y la colina que habíamos observado con los prismáticos desde el otro
lado. Debíamos haber regresado por el mismo camino, descendiendo,
cruzando el barranco y ascendiendo por el sendero que nos había llevado
hasta allí, pero decidimos, como unos idiotas, volver en línea recta, por el lomo
de la colina en el límite de la selva. De este modo, en la oscuridad, siguiendo
aquella línea recta ideal, descendimos a profundas quebradas que parecían
senderos cómodos hasta que te encontrabas en ellos, resbalando, agarrándonos
a los matorrales, cayéndonos y levantándonos, para luego proceder de nuevo a
la escalada, primero siempre hacia abajo, luego realizando el ascenso
imposible, oyendo los rumores de la noche y el ronquido del leopardo que
cazaba mandriles; por mi parte, temeroso de las serpientes y convencido de
que cada rama o raíz que tocaban mis manos era una.
Así estuvimos subiendo y bajando a cuatro pies las quebradas, para
terminar luego en la falda de una empinada montaña bañada por la luz de la
luna, que tuvimos que cruzar paso a paso, o echados hacia delante para vencer
la inclinación de la pendiente, muertos de cansancio y soportando el peso
insufrible de las armas, en fila india bajo la luz de la luna, por el lomo de las
colinas hasta su cima, donde nuestra marcha era más fácil, y luego otra vez
hacia abajo, con el paisaje iluminado a nuestros pies, arriba, abajo, siempre
hacia adelante, cruzando colinas pequeñas, pero por último, ya con los fuegos
del campamento ante nosotros.
Luego llegamos allí y, arropados para combatir la fresca brisa nocturna,
con un whisky en la mano, esperamos el anuncio de que el baño de lona estaba
dispuesto con el agua caliente.
—Bathi, B’wana.
—¡Al diablo con todo! No volveré a cazar en toda mi vida —dije.
—Nunca podría repetirlo —dijo P.O.M.— Habéis acabado conmigo.
—Subías mucho más fácilmente que cualquiera de nosotros.
—¿Cree usted, Pop, que podremos volver a cazar otra vez?
—Eso es lo que yo me pregunto —contestó Pop—. Supongo que es una

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simple condición.
—Lo que nos destruye es viajar en esos condenados automóviles.
—Si diéramos este paseo todos los días, al cabo de tres noches ya no lo
sentiríamos.
—Sí. Pero seguiría teniendo tanto miedo de las serpientes como hoy,
aunque lo hiciéramos todas las noches seguidas durante un año.
—Se acostumbraría y terminaría por no sentir miedo.
—No —contesté— Me producen auténtico horror. ¿Recuerda esa vez que
nos tocamos las manos tras el árbol?
—Sí —contestó Pop—. Dio un salto de dos metros. ¿Tiene miedo de
verdad de esos animales o lo dice por decir?
—Me dan tanto miedo que me ponen enfermo —dije—. Siempre me han
causado miedo y asco.
—¿Qué les pasa a ustedes, los hombres? —preguntó P.O.M.—. ¿Por qué
no he oído hablar de la guerra esta noche?
—Estamos demasiado cansados. ¿Intervino usted en la guerra. Pop?
—Yo no —contestó Pop—. ¿Dónde está ese muchacho con el whisky?
Y, luego, llamó con aquel tono de voz débil y de falsete:
—Kayti... ¡Katy-ay!
—Bathi —volvió a decir Molo, suavemente, pero con insistencia.
—Demasiado cansado.
—Memsahib bathi —dijo Molo, con esperanza.
—Iré —dijo P.O.M.—. Pero ustedes dos, dense prisa con sus bebidas.
Tengo hambre...
—Bathi —dijo severamente Kayti a Pop.
—Bathi tú —dijo Pop—. No me molestes.
Kayti se alejó con una sonrisa sesgada que iluminó el resplandor del
fuego.
—Está bien. Está bien —dijo Pop—. ¿Vamos a tomar uno más? —
preguntó.
—Vamos a tomar otro trago —contesté—. Y, luego, tomaremos un bathi.
—Bathi, B’wana M’Kumba —dijo Molo.
P.O.M. se acercó al fuego con su bata azul y unas botas de piel delgada,

196
—Vamos —dijo—. Pueden tomar otro cuando salgan del baño. El agua
está muy bien, caliente, espumosa.
—Nos molestan —contestó Pop.
—¿Recuerdas aquella vez que estábamos cazando ciervos y tu sombrero
echó a volar y casi cayó sobre d macho? —pregunté a mi mujer, consiguiendo
que d whisky me trajera a la memoria los recuerdos de Wyomtng.
—Vayan a tomar el baño —dijo P.O.M.-. Yo voy a tomar una copa.
A la mañana siguiente estábamos vestidos antes del amanecer, tomamos
el desayuno, y ya estábamos merodeando por los bordes de la selva y por los
hundidos valles donde Droopy había visto al búfalo antes de que saliera el sol.
Pero no había ningún búfalo por allí. Fue una larga cacería, volvimos al
campamento y decidimos enviar a los camiones a buscar porteadores y
organizar un safari a pie y trasladarnos a un arroyo que descendía de la
montaña más allá de donde habíamos visto a los rinocerontes la noche
anterior. Acampados allí, podríamos cazar en aquella región que se extendía a
lo largo del borde de la selva y también estaríamos mucho más cerca de la
montaña.
Iban a traer los camiones de Karl, de su campamento de kudús, donde
parecía que empezaba a sentirse disgustado, o desanimado, o ambas cosas a la
vez, y podía descender hasta el Rift Valley al día siguiente, o consegir alguna
carne como suministro y cazar un órix. Si encontrábamos buenos rinocerontes,
enviaríamos en su busca. No queríamos hacer ningún disparo donde íbamos
excepto a los rinocerontes, para no asustarles, y necesitábamos carne. El
rinoceronte parecía un animal muy tímido y sabíamos por nuestra experiencia
de Wyoming que los animales tímidos si notan algo extraño abandonan una
región de caza, pues una región no era más que un sector, un valle, o una serie
de colinas, donde un hombre podía cazar independientemente. Planeamos
todo esto, Pop consultó con Droopy, y luego envió a los camiones con Dan
para reclutar porteadores.
Avanzada la tarde, volvieron con Karl, sus hombres y pertrechos, y
cuarenta M’Bulus, nativos de buen aspecto mandado por un jefe pomposo que
llevaba el único par de shorts de todos ellos. Karl estaba ahora delgado, la piel
cetrina, sus ojos tenían una expresión de gran cansancio y parecía un poco
desesperado. Había estado ocho días en el campamento de los kudús en las
colinas, cazando duramente, sin nadie con quien hablar inglés, y solamente
había visto dos hembras y habían dado con un macho que se les había
escapado. Los guías aseguraban haber visto otro macho, pero Karl creyó que

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era un kongoni, o que ellos dijeron que era un kongoni, y no disparó. Estaba
amargado por todo aquello y sus rastreadores no eran muy buenos.
—No vi sus cuernos, pero no creo que fuera un macho.
La caza del kudú era ahora un tema lleno de susceptibilidades y no era
conveniente tratarlo con él, por eso no quisimos insistir.
—Cazará un órix ahí abajo y se sentirá mejor —dijo Pop—. Creo que está
un poco nervioso.
Karl aceptó nuestro plan. Nosotros nos trasladaríamos más allá
penetrando en el nuevo país, y él iría en busca de carne.
—Lo que vosotros digáis —dijo—. De acuerdo con lo que vosotros
digáis.
—Le entregaré algo que pueda cazar —explicó Pop—. Entonces, se
sentirá mejor.
—Conseguiremos piezas. Una para cada uno. El que consiga su primer
kudú, puede continuar descendiendo en busca del órix. Probablemente
mañana cazará uno, mientras se dedica a buscar carne comestible.
—Lo que vosotros digáis —dijo Karl.
Su cerebro daba vueltas y vueltas amargamente al recuerdo de ocho días
pasados inútilmente ascendiendo y descendiendo colinas, sudoroso,
acalorado, despertándose antes del amanecer, volviendo cuando ya había
anochecido, cazando un animal cuyo nombre en swahili no podía recordar
bien, acompañado de rastreadores en quienes no confiaba, comiendo solo, sin
nadie con quien hablar, su esposa a nueve mil millas y tres meses de distancia,
preguntándose dónde estaba su perro y dónde estaba su trabajo, y mandando
al diablo dónde estuvieran y no importándole fallar el disparo o no cuando
conseguía tener una pieza a su alcance. Pero no, nunca se falla cuando la pieza
es verdaderamente importante, estaba seguro de eso; aquél era uno de sus
dogmas de fe, pero qué ocurriría si se excitaba y fallaba el tiro, y por qué no
tenía ninguna carta, por qué razón el guía dijo kongoni esa vez; por qué lo
había dicho, él sabía lo que había dicho, pero a nosotros no nos dijo nada, sólo:
“Lo que digáis vosotros”, con cierto tono de desesperación.
—Vamos, alégrate, muchacho —le dije.
—Estoy alegre. ¿Qué te sucede a ti?
—Toma una copa.
—No quiero tomar una copa. Lo que necesito es cazar un buen kudú.

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Más tarde, Pop dijo:
—Pensé que le sentaría bien estar solo sin que nadie le metiera prisas y le
atosigara. Se le pasará. Es un tipo estupendo.
—Necesita que alguien le diga exactamente lo que tiene que hacer y, sin
embargo, le dejé solo y no le atosigué —dije—. Es un infierno para él disparar
delante de alguien. No es un estúpido exhibicionista como yo.
—Hizo un disparo formidable contra aquel leopardo, ¿recuerda? —dijo
Pop.
—Los dos fueron formidables —dije—. El segundo fue tan bueno como
el primero. ¡Diablos, ya lo creo que sabe
disparar! A gran distancia es mucho mejor que ninguno de nosotros.
Pero se pone nervioso y yo le atosigo obligándole a disparar rápidamente.
—Usted es un poco duro con él a veces —dijo Pop.
—Si, pero él me conoce. Sabe lo que pienso de él. No le importa.
—Bueno, continúo creyendo que se encontrará a sí mismo —dijo Pop—.
Sólo es cuestión de que vuelva a encontrar la confianza en sí mismo. En
realidad, es un buen tirador.
—¡Y tanto que es buen tirador! Tiene hasta ahora el mejor búfalo, el
mejor gamo y el mejor león —dije—. No tiene por qué preocuparse.
—La Memsahib tiene el mejor león, hermano. No lo olvide.
—Me alegro. Pero él ha cazado un buen león y un gran leopardo. Todo lo
que ha cazado es bueno. Nos hemos divertido mucho. No tiene por qué
preocuparse por nada. ¿Por qué diablos tiene ese aspecto tan sombrío?
—Saldremos muy temprano por la mañana, para terminar antes de que
haga demasiado calor para la pequeña Memsahib.
—No se preocupe, está más en forma que ninguno de nosotros.
—Es maravillosa. Es como un pequeño terrier.
Salimos aquella tarde y, desde las colinas, examinamos con los
prismáticos de campo la región sin conseguir ver nada. Aquella noche,
después de la cena, mi mujer y yo estábamos en la tienda. A P.O.M. le
disgustaba profundamente que se la comparara con un pequeño terrier. Si
tenía que parecerse a algún perro, y no lo deseaba, hubiese preferido un perro
lobo, algo de raza, delgado y esbelto, de patas largas y muy llamativo. Su
audacia y valor eran tan automáticos y hasta tal punto un simple estado de
ánimo natural que nunca pensaba en el peligro. Pero el peligro estaba en las

199
manos de Pop y por él sentía una
completa, clara y absoluta adoración. Pop era el ideal de lo que un
hombre debía ser para ella: valiente, apacible, cómico, sin perder nunca el
dominio de sí mismo, no haciéndose nunca el fanfarrón, nunca quejándose
excepto mediante algún chiste, tolerante, comprensivo, inteligente, bebiendo
un poco más de la cuenta, como debe hacer un buen hombre y, a sus ojos, muy
guapo.
—¿No crees que Pop es guapo?
—No —contesté—. Droopy es guapo.
—Droopy es hermoso. ¿Pero no crees que realmente pop es guapo?
—No, en absoluto. Me gusta tanto como cualquier otro hombre que haya
conocido en mi vida, pero que me condenen si es guapo.
—Creo que es adorable contemplarle. Pero tú comprendes lo que siento
por él, ¿verdad?
—Naturalmente. Yo mismo estoy muy contento con él.
—¿Pero no crees que es realmente guapo?
—No.
Luego, un poco después, pregunté:
—Bueno, ¿quién es guapo para ti?
—Belmonte y Pop. Y tú.
—No necesitas ser amable —dije—. ¿Quién es una mujer bella?
—La Garbo.
—Ya no lo es. Josie es bella. Margot lo es.
—Sí, lo son. Yo sé que no lo soy.
—Tú eres adorable.
—Hablemos de Mr. J. P. No me gusta que le llames Pop. No es un
nombre digno.
—Él y yo no somos dignos, cuando estamos juntos.
—Sí, pero yo me siento digna a su lado. ¿No crees que es maravilloso?
—Sí, y, además, él no tiene que leer libros escritos por una mujer a la que
ha intentado ayudar a publicar sus cosas diciendo lo loco que está por ella.
—Ella es, precisamente, celosa y maliciosa. Nunca deberías haberla
ayudado. Algunas personas no olvidan estas cosas.

200
—Es una condenada vergüenza, sin embargo, que todo ese talento lo
pierda la malicia, la falta de sentido común y el orgullo. Realmente, es una
condenada vergüenza. Es una vergüenza que no los hayas conocido antes de
que estuviera arruinada. ¿Sabes lo más divertido de todo? Ella no supo nunca
escribir diálogos. Era terrible. Aprendió de mi a hacerlo y lo utilizó en ese
libro. Nunca hasta entonces había escrito de esa manera. Nunca pudo
perdonarme que se lo enseñara y tenía miedo de que la gente se diera cuenta y
comprendiera dónde lo había aprendido, por eso tuvo que atacarme. De
verdad que es una graciosa situación. Estoy dispuesto a jurar ante todo el
mundo que era condenadamente bonita antes de convertirse en una mujer
ambiciosa. Te hubiera gustado mucho entonces, de verdad.
—Tal vez, pero yo no lo creo —dijo P.O.M.—. Sin embargo, nos hemos
divertido mucho, ¿no crees? Sin todas esas personas.
—Naturalmente que nos hemos divertido mucho. Desde que recuerdo,
cada año lo he pasado mejor.
—¿Pero no es maravilloso Mr. J. P.? ¿De verdad?
—Sí. Es maravilloso.
—¡Oh, eres muy bueno diciendo eso! ¡Pobre Karl!
—¿Por qué?
—Porque no tiene a su mujer.
—Sí —dije—. Pobre Karl.

201
CAPÍTULO IV

A la mañana siguiente, de nuevo, echamos a andar delante de los


porteadores y descendimos y atravesamos las colinas y recorrimos un valle
profundamente boscoso y luego subimos y pasamos una larga elevación de
terreno cubierta de alta hierba que hacía difícil nuestro avance. Continuamos
avanzando, subiendo y bajando, descansando a veces a la sombra de un árbol,
para seguir avanzando, subiendo, bajando y atravesando terrenos cubiertos
siempre de hierba alta. Era preciso crear un sendero en aquellas tierras, y el sol
calentaba mucho. íbamos los cinco en fila india, Droopy y M’Cola con un rifle
cada uno, cargados con musettes, botellas de agua y las cámaras, todos
sudando, Pop y yo con nuestros rifles y la Memshaib tratando de andar como
Droopy, con su sombrero Stetson echado hacia un lado, contenta de hacer
aquella excursión, y encantada por lo cómodas que eran sus botas. Finalmente,
llegamos a un bosquecillo de árboles espinosos en un barranco que bajaba
desde la ladera de un cerro hasta el agua, dejamos los rifles apoyados contra
los árboles, nos cobijamos bajo la sombra protectora y nos tumbamos en el
suelo. P.O.M. sacó los libros de una de las musettes y ella y Pop leyeron
mientras yo seguí el barranco hasta el pequeño arroyo que brotaba del costado
de la montaña. Encontramos huellas frescas de león y muchos túneles de
rinoceronte en la alta hierba que se elevaba por encima de mi cabeza. Hacía
mucho calor para volver a subir el arenoso barranco y me contenté con apoyar
mi espalda contra el tronco del árbol y leer Sebastopol de Tolstoi. Era un libro
que había escrito de joven y tenía una bonita descripción de una batalla, en la
que los franceses tomaban el reducto, y pensé en Tolstoi y en la gran ventaja
que proporciona la experiencia guerrera a un escritor. Aquél era uno de los
temas más importantes, y seguramente de los más difíciles, sobre el que se
podía escribir con sinceridad y los escritores que no habían vivido esa
experiencia estaban siempre celosos y trataban de quitarle importancia, o
calificarla de anormal, diciendo que era un mal tema, aunque realmente,
aquello era algo completamente irreemplazable, algo importante de la vida
que se habían perdido. Luego, Sebastopol me hizo pensar en el Boulevard
Sebastopol de París, montando en bicicleta, bajo la lluvia, regresando a casa de
Estrasburgo y lo resbaladizos que eran los raíles del tranvía y la sensación de
conducir sobre asfalto grasiento y resbaladizo y los guijarros del empedrado
en el tráfico bajo la lluvia, y cómo habíamos vivido cerca del Boulevard du
Temple aquella época. Recordé también el aspecto de aquel apartamiento,
cómo estaba arreglado, y los papeles de las paredes y que, en su lugar,

202
habíamos cogido la buhardilla del pabellón de Notre Dame des Champs, con un
patio en el que había un aserradero (y el súbito lamento de la sierra, el olor del
serrín y el castaño que sobresalía del tejado y una mujer loca que vivía debajo) y el año
que pasamos preocupados por el dinero (me devolvían todo lo que escribía en el
correo que llegaba atravesando una hendidura hecha en la puerta del aserradero, con
notas que rechazaban lo que nunca llamarían ellos historias, sino simples anécdotas,
esbozos, cuentos, etc. No las querían, y nosotros vivíamos de comer puerros y beber
cahors y agua), y qué bonitas eran las fuentes de la Place de L’Observatoire
(aguas luminosas cayendo sobre el bronce de las crines de los caballos, sobre los lomos
y los pechos de bronce, verdes bajo el delgado chorro de agua), el día que
descubrieron el busto de Flaubert en el Luxemburgo en la corta avenida que
atravesaba los jardines en dirección a la calle Soufílot (uno en el que creíamos, al
que amábamos sin críticas, pesado ahora en piedra como debía estar un ídolo). No
había visto la guerra, pero había visto una revolución y la Commune, y una
revolución es con mucho la mejor experiencia si uno no se convierte en
fanático e intolerante, porque todos hablan en el mismo lenguaje. Lo mismo
que una guerra civil es la mejor guerra para un escritor, la más completa.
Stendhal había visto una guerra y Napoleón le había enseñado a escribir.
Entonces, les estaba enseñando a todos; pero ningún otro aprendió.
Dostoyevski se realizó gracias a que le enviaron a Siberia. Los escritores se
forjan en la injusticia igual que se forja una espada. Me pregunté si hubiesen
logrado hacer de él un escritor, si algo le hubiera producido el necesario shock
para cortar su diluvio de palabras, dándole un sentido de la proporción, si
hubiesen enviado a Tom Wolfe a Siberia o a las Dry Tortugas. Tal vez lo
hubieran conseguido o tal vez no. Parecía un hombre muy triste, como
Carnera. Tolstoi era un hombre pequeño. Joyce era de mediana estatura y
perdió la vista. Y aquella última noche, borracho, con Joyce y con lo que citaba
de Edgar Quinet: “Fraîche et rose comme au jour de la bataille”. No me
acuerdo muy bien. Y cuando se le veía, proseguía una conversación
interrumpida tres años antes. Era bonito ver a un gran escritor en nuestro
tiempo.
Lo que yo tenía que hacer era trabajar. No me preocupaba de manera
particular cómo iba a manifestar mi obra. Ya no me tomaba mi propia vida
seriamente, la vida de cualquier otra persona sí, pero no la mía. Todos ellos
querían algo que yo no deseaba y lo conseguiría fácilmente, si trabajaba.
Trabajar era lo único importante, era lo único que siempre te hace sentirte bien
y, entre tanto, se trataba de mi propia y condenada vida y la conduciría dónde
y cómo me gustara. Y donde la había conducido ahora me agradaba mucho.
Este era un cielo mejor que el de Italia. Era lo mejor de todo. El mejor cielo

203
estaba en Italia y en España y en el norte de Michigan en el otoño y también en
el otoño en el golfo de Cuba. Se podía vencer a este cielo; pero no al país.
Todo lo que deseaba ahora era volver a África. Todavía no la habíamos
abandonado, pero cuando me despertara durante la noche estaría acostado,
escuchando, nostálgico ya por ella.
Ahora, mirando fuera del túnel de árboles, por encima del barranco, al
cielo con blancas nubes que se movían empujadas por el viento, amaba al país
de tal forma que era feliz como se es feliz después de haber estado con una
mujer a la que verdaderamente se ama, cuando, vacío, se siente brotar de
nuevo el amor y ahí está y nunca puede tenerse todo y, sin embargo, lo que
hay ahora se puede tener, y se quiere más y más, tener, y ser, y vivir en, poseer
ahora de nuevo para siempre, para ese largo y súbitamente acabado siempre;
haciendo que el tiempo se mantenga quieto, parado, a veces tan detenido que,
después, se espera oírle moverse, y es lento en su arranque. Pero no se está
solo, porque si alguna vez uno la ha amado felizmente y sin tragedia, ella
siempre le ama a uno; no importa a quién ame ni dónde esté, ella te ama a ti
más que a nadie. De esta forma, si uno ha amado a alguna mujer y algún país,
uno es muy afortunado y si, después de eso, uno muere, la muerte no tiene
ninguna importancia. Ahora, estando en África, tiene más hambre de ella, de
los cambios de las estaciones, de las lluvias que aparecían sin necesidad de
viajar, de las incomodidades que se pagan para que sean auténticas, de los
nombres de los árboles, de los pequeños animales, y de todos los pájaros, de
conocer el lenguaje y tener tiempo para estar en aquel continente y moverse
sin prisa. Toda mi vida había amado la tierra; la tierra, el campo eran siempre
mejor que la gente. Sólo podía preocuparme de unas pocas personas cada vez.
P.O.M. estaba durmiendo. Siempre era adorable mirarla dormir. Dormía
tranquilamente, enroscada como un animal, sin nada de aquel aspecto de ser
muerto que Karí tenía dormido. Pop dormía también tranquilamente, podía
verse su alma pegada a su cuerpo. Éste ya no le albergaba propiamente
hablando. Había desaparecido y cambiado, engordando acá, perdiendo sus
líneas, hinchándose un poco allá, pero dentro era joven y delgado y alto y
fuerte, como cuando perseguía al león en la llanura debajo de Wami, y las
bolsas de sus ojos estaban fuera, de tal forma, que ahora, dormido, le veía
como P.O.M. le veía siempre. M’Cola, dormido, era un anciano, sin historia y
sin misterio. Droopy no dormía. Estaba sentado sobre sus talones y velaba el
safari.
Les vimos desde una gran distancia. Al principio, los cuerpos
aparecieron sólo un poco por encima de la alta hierba, luego una hilera de

204
cabezas, después se metieron en una concavidad, y sólo se veía la punta de
una lanza que brillaba al sol, luego ascendieron una elevación del terreno y yo
podía ver la estirada fila acercándose a nosotros. Se habían separado un poco
hacia la izquierda y Droopy les hacía señales con los brazos para indicarles
dónde estábamos. Acamparon. Pop les advirtió que estuvieran tranquilos, y
nos sentamos cómodamente bajo la tienda-comedor, en las sillas, y hablamos.
Aquella noche salimos a cazar y no vimos nada. A la mañana siguiente,
salimos también de caza y no vimos nada, y la tarde siguiente ocurrió lo
mismo. Era muy interesante, pero sin resultado. El viento del este sopló fuerte
y el terreno estaba quebrado por lomas y colinas que descendían casi hasta el
borde de la selva, de tal forma que no se podía subir sin que el viento llevara
nuestro olor advirtiendo de nuestra presencia a todos los animales. Por la
tarde no se podía ver en ninguna parte porque el sol nos deslumbraba, ni
tampoco en las pesadas y sombreadas faldas de las colinas que se elevaban al
oeste, más allá de las cuales el sol se ponía en el momento en que el
rinoceronte saldría de la selva; así, por la tarde, toda la parte occidental de la
región estaba perdida para nosotros y en la parte en la que podíamos cazar no
encontramos nada. Varios porteadores, a los que enviamos al campamento de
Karl, nos trajeron carne. Vinieron trayendo pedazos de carne de gacela y ñu,
polvorientos y secos por el sol, y los porteadores estaban contentos, y se
pusieron en cuclillas alrededor de sus fuegos asando carne que habían colgado
en estacas. Pop se preguntaba extrañado por qué razón los rinocerontes habían
desaparecido. Cada día habíamos visto menos y discutimos si podía ser la luna
llena, que se alimentaran por la noche y que volvieran a meterse en la selva
por la mañana antes de amanecer, o que nos hubiesen olfateado, o que
hubieran oído a los hombres, y que simplemente se sintieran atemorizados y
prefirieran estar ocultos en la selva, ¿o qué podía ser? Yo presentaba las teorías
y Pop las examinaba con su característico talento, a veces considerándolas con
cortesía, a veces con interés, como por ejemplo la de la luna.
Nos acostamos temprano y por la noche llovió un poco, no una lluvia
auténtica, sino un chaparrón de las montañas, y por la mañana nos levantamos
antes de amanecer y subimos a la cima de la empinada loma a cuyo pie se
extendía el campamento, y que daba sobre el barranco de donde surgía el río,
y cruzamos a la escarpada orilla opuesta del arroyo y desde allí podíamos ver
las faldas onduladas y el borde de la selva. Todavía no había aparecido la luz
del sol cuando unos gansos volaron por encima de nuestras cabezas y la luz
era todavía demasiado gris para poder ver claramente el borde de la selva con
los prismáticos. Teníamos vigías en tres cimas de diferentes colinas y
esperamos a que hubiese suficiente luz para poder verles si nos hacían señales.

205
Luego, Pop dijo:
—Mire ese hijo de perra.
Y gritó a M’Cola que trajera los rifles. M’Cola se acercó bajando la colina
a grandes saltos, y, al otro lado del
arroyo, directamente frente a nosotros, un rinoceronte corría con un
rápido trote por la parte alta de la orilla. Mientras le contemplábamos, él
aumentaba la velocidad y avanzaba, con un trote rapidísimo, inclinándose al
otro lado de la parte delantera de la orilla. Era de un color encarnado como el
de cierto barro, su cuerpo se distinguía claramente, y no había nada
ponderado en su rápido y voluntarioso movimiento. Yo estaba muy excitado
viéndole.
—Cruzará el arroyo —dijo Pop-. Creo que es fácil acertarle con un
disparo.
M’Cola dejó el Springfíeld en mi mano y lo abrí para asegurarme de que
estaba cargado. El rinoceronte se hallaba oculto por la alta hierba, pero yo
podía ver cómo se movía, qué hacía en ella.
—¿A qué distancia diría que está?
—A unas trescientas yardas.
—Acertaré a ese hijo de perra.
Estaba vigilando, tranquilizándome deliberadamente en mi interior,
deteniendo la excitación como se cierra una válvula, llegando a ese estado
impersonal necesario para disparar bien.
Apareció y, trotando, se metió en el pedregoso arroyo. Pensando en una
sola cosa, que el disparo era perfectamente posible, pero que debía hacerlo con
espacio suficiente, que debía dirigirlo adelantado, le apunté bien, luego un
poco más adelantado y apreté el gatillo. Oí el estallido de la bala y, siguiendo
su rápido trote, el animal pareció estallar. Con un fuerte resoplido cayó hacia
delante, salpicando el agua del arroyo y soltando un fuerte bufido. Volví a
disparar y elevé una pequeña columna de agua tras él, y volví a disparar
cuando se ocultaba en la hierba; otra vez el disparo llegó tarde y dio tras él.
—Piga —dijo M’Cola—. /Piga!
Droopy asintió.
—¿Le dio? —preguntó Pop.
—Seguro —contesté—. Creo que es mío.
Droopy corría ya y yo volvía a cargar y corrí tras él. La mitad de los

206
hombres del campamento se extendía por las colinas próximas agitando los
brazos y gritando. El rinoceronte había aparecido justo debajo de donde ellos
estaban y había subido por el valle hacia la parte en que la selva descendía
aproximándose a la cabecera del valle.
Pop y P.O.M. subieron. Pop con su gran fusil de caza y M’Cola llevaba el
mío.
—Droopy descubrirá las huellas —explicó Pop—. M’Cola jura que le dio.
—/Piga! —exclamó M’Cola.
—Resopló como una máquina de vapor —dijo P.O.M.—. ¿No tenía un
aspecto maravilloso corriendo por allí?
—¿Está usted seguro de que le dio? Porque fue un disparo hecho a una
distancia endiablada.
—Sé que le di. Estoy completamente seguro de que está herido.
—Si es verdad, no se lo diga a nadie —dijo Pop—. Nunca le creerán.
¡Mire! Droopy ha dado con huellas de sangre.
Abajo, en la alta hierba, Droopy nos estaba mostrando una brizna de
hierba manchada de sangre. Luego, agachado, continuó arrastrándose
rápidamente siguiendo el hilillo de sangre.
—Piga —dijo M’Cola—. ¡M'uzuri!
—Nos mantendremos a una prudente distancia desde donde podamos
ver si da con el animal —dijo Pop—. Miren a Droopy.
Droopy se había quitado el fez y lo sostenía en la mano.
—Esas son todas las precauciones que necesita —dijo Pop—. Hemos
traído un par de pesados fusiles de caza y Droopy le persigue quitándose una
sola prenda de vestir.
Debajo de donde nosotros nos hallábamos, Droopy y su camarada se
arrastraban siguiendo la pista del rinoceronte herido, hasta detenerse. Droopy
levantó Va mano.
—Le oyen —dijo Pop—, Vamos.
Echamos a andar hacia ellos. Droopy se acercó a nosotros y habló con
Pop.
—Está ahí —susurró Pop—. Pueden oír los pájaros. Uno de los
muchachos dice que ha oído también al faro. Avanzaremos en contra del
viento. Vaya usted delante con Droopy. Y deje a la Memsahib que se quede
detrás de mí. Coja el gran fusil de caza. ¿Está de acuerdo?

207
El rinoceronte estaba en la alta hierba, en alguna parte detrás de unos
matorrales. Mientras avanzábamos oímos una profunda y plañidera especie de
gruñido. Droopy me buscó con la mirada y sonrió. Volvió a oírse el gruñido,
terminando esta vez con un suspiro ahogado de ira.
Droopy reía alegremente.
—Faro —susurró, y colocó la palma abierta de la mano junto a la cabeza
expresando la idea de acostarse.
Luego, formando una pequeña bandada que volaba con movimientos
espasmódicos, vimos elevarse y alejarse a los pájaros-guías. Así supimos
dónde estaba y. mientras avanzábamos lentamente, separando la alta hierba
para abrirnos camino, le vimos. Estaba tumbado de costado, muerto.
—Es mejor dispararle una vez más para asegurarse —dijo Pop.
M’Cola me entregó el Springfield. Observé que estaba amartillado, miré
a M’Cola, furioso, me arrodillé y disparé al rinoceronte en el lugar donde
había que darle la puntilla. No se movió. Droopy me dio la mano,
felicitándome, y lo mismo hizo M’Cola.
—Tenía amartillado este condenado Springfield —dije a Pop.
Estaba completamente furioso por el asunto del rifle amartillado.
Pero aquello parecía no tener ninguna importancia para M’Cola. Estaba
muy contento, acariciando el cuerno del rinoceronte, midiéndole con los dedos
extendidos, buscando el agujero de la bala.
—Lo tiene en el costado sobre el que está tumbado —dije.
—Debería haberlo visto protegiendo a Mamá —dijo Pop—. Por eso es
por lo que tenía el rifle amartillado.
—¿Sabe disparar?
—No —contestó Pop—. Pero lo hubiera hecho, de ser necesario.
—Sí, me hubiera dado en los pantalones si lo llega a hacer —dije—. Es
un tipo romántico.
Cuando todo el grupo llegó donde estábamos nosotros, empujamos al
rinoceronte colocándole en una especie de posición arrodillada y cortamos la
hierba que crecía a su alrededor para tomar algunas fotografías. El agujero de
la bala estaba perfectamente colocado en el lomo, un poco detrás de los
pulmones.
—¡Fue un disparo extraordinario! —exclamó Pop—. Un disparo
maravilloso. Nunca se le ocurra contar a nadie que hizo ese disparo. No le

208
creerían.
—Tendrá que darme un certificado.
—Es igual. Creerían que los dos mentimos. Son unos animales extraños,
¿verdad?
Allí estaba, de largo casco, pesado, de aspecto prehistórico, de piel
vulcanizada como la goma y casi transparente, con una herida mal cicatrizada
causada por el cuerno de otro animal donde los pájaros le picaban a veces, el
rabo grueso, redondo y puntiagudo, donde también habían picado los pájaros,
con las orejas llenas de pelos, ojos diminutos de cerdo, el musgo creciendo en
la base del cuerpo que surgía de la nariz. M’Cola le miró y meneó la cabeza. Yo
estaba de acuerdo con él. Era un animal impresionante.
—¿Cómo es su cuerno?
—No está mal —contestó Pop—. No es nada extraordinario. Sin
embargo, le hizo usted un disparo verdaderamente increíble, hermano.
—M’Cola está encantado con él —dije.
—Tú también estás muy contento con él —dijo P.O.M.
—Estoy loco con él —dije—. Pero no me dejéis que lo esté. No os
preocupéis de cómo me siento ahora. Estoy seguro de que puedo despertarme
todas las noches y pasármelas pensando en ello.
—Y es usted un buen rastreador, y un endiablado tirador —dijo Pop—.
Cuéntenos el resto de la historia.
—Déjenme. Sólo lo contaré alguna vez que esté borracho.
—Alguna vez —exclamó P.O.M.—. ¿No nos lo dice todas las noches?
—¡Por todos los diablos, soy un buen tirador!
—Asombroso —dijo Pop—. Nunca lo hubiera creído. ¿Qué otra cosa
hace?
—¡Oh, váyase al diablo!
—No deberíamos dejarle que comprendiera qué disparo acaba de hacer
o se convertirá en un ser inaguantable —dijo a Pop a P.O.M.
—M’Cola y yo lo sabemos —contesté.
M’Cola se acercó.
—M’uzuri, B’wana —dijo—. M’uzuri sana.
—Cree que lo hizo intencionadamente —explicó Pop.
—No le diga lo contrario.

209
—Piga m’uzuri —dijo M’Cola—. M’uzuri.
—Creo que se siente tan contento como usted por este extraordinario
disparo —dijo Pop.
—Es mi amigo.
—Creo que lo es —dijo Pop.
De regreso al campamento principal, atravesando la
región, hice un disparo por capricho a un pájaro que se hallaba a
doscientos metros de distancia, sin preparación, de repente, rompiéndole el
cuello donde arranca la cabeza. Este disparo hizo las delicias de M’Cola y de
Droopy.
—Vamos a tener que ponerle un freno —dijo Pop a P.O.M.—. De verdad,
¿a dónde apuntó?
—Al cuello —mentí.
Había apuntado al centro de la espalda.
—Fue terriblemente bonito —dijo P.O.M.
La bala había dejado escapar un chasquido al golpear contra el cuerpo
del ave, como hace un bate de béisbol al golpear una pelota rápida y fuerte, y
el animal se desplomó sin hacer un solo movimiento.
—Creo que es un condenado mentiroso —dijo Pop.
—Ninguno de nosotros, los grandes tiradores, somos apreciados. Espere
a que nos marchemos de aquí.
—Le gustaría que le demostráramos nuestra admiración llevándole en
hombros —dijo Pop—. El disparo del rinoceronte le ha destruido.
—Está bien. A partir de ahora, les recomiendo que observen con
atención. Creo que he disparado bien desde que llegamos aquí.
—Me parece recordar lo de una gacela —dijo Pop, tomándome el pelo.
Me acordé de lo que decía. Había seguido una muy bonita por la región,
fallando disparo tras disparo durante toda la mañana, después de una serie de
acechos al sol; y que luego me arrastré a un montículo para disparar a una que
no era tan buena, descansé un momento en el montículo, fallé el tiro a
cincuenta metros, la vi de pie delante de mí, absolutamente quieta, con la nariz
levantada, y la acerté en el pecho. Retrocedió y, cuando me acercaba a ella, dio
un salto y se alejó tambaleándose. Yo me senté y esperé a que se parara y
cuando lo hizo, evidentemente anclada, permanecí allí, utilizando el portafusil,
y le disparé al cuello, lenta y cuidadosamente, fallando ocho veces seguidas,

210
lleno de rabia, sin hacer ninguna corrección disparando exactamente desde el
mismo lugar y haciéndolo siempre de la misma forma, mientras los
porteadores de armas se echaban a reír, y el camión que se había acercado con
el resto del equipo de hombres del safari traía más negros divertidos, y P.O.M.
y Pop no decían nada, y yo, permanecía allí, invadido por una rabia violenta,
frío, y decidido a romperle el cuello con un disparo en lugar de acercarme a
ella y tal vez dejarla allí sobre aquella llanura comida por el sol, caliente como
un horno, al mediodía. Nadie dijo nada. Levanté la mano hacia M’Cola
pidiéndole más cartuchos, volví a disparar, cuidadosamente, y fallé, y al
décimo disparo rompí su condenado cuello. Me alejé, sin volverme a mirar
hacia atrás.
—¡Pobre Papá! —exclamó P.O.M.
—Es la luz y el viento —dijo Pop.
Entonces no nos conocíamos todavía muy bien.
—Todos ellos han dado en el mismo lugar —prosiguió—. Podía verlos
chocar contra el polvo.
—Fui un condenado y estúpido loco —dije.
De todas formas ahora sabía disparar. Hasta aquí, y ayudado por
auténticos golpes de fortuna, la suerte había vuelto a acompañarme.
Llegamos ante el campamento y gritamos. Nadie salió a recibirnos.
Finalmente, Karl salió de su tienda. Volvió a entrar en cuanto nos vio y luego
salió de nuevo.
—¡Hola, Karl! ^grité.
Saludó con la mano y volvió a meterse en la tienda. Luego se acercó a
nosotros. Estaba temblando de excitación y vi que había estado lavándose la
sangre de sus manos.
—¿Qué sucede?
—Un rinoceronte —contestó.
—¿Tuviste problemas con él?
—No. Lo cazamos.
—Bien. ¿Dónde está?
—Allí. Detrás de ese árbol.
Nos dirigimos donde nos indicó. Allí estaba la cabeza recién cortada de
un rinoceronte, de un auténtico rinoceronte. Era dos veces mayor que el
nuestro. Tenía los ojillos cerrados y un fresco reguero de sangre corría como

211
una lágrima del extremo de uno de ellos. La cabeza era de enorme tamaño y el
cuerno se levantaba y se doblaba formando una bonita curva. La piel tenía una
pulgada de grosor en la parte que colgaba formando una capa tras la cabeza y
en los cortes era tan blanca como un coco recién partido.
—¿Qué mide? ¿Unas treinta pulgadas?
—¡Diablo, no! —exclamó Pop—. No tiene treinta pulgadas.
—Pero es una pieza extraordinaria, Mr. Jackson —dijo Dan.
—Sí. Es un buen ejemplar —asintió Pop.
—¿Dónde lo encontraste?
—Justo fuera del campamento.
—Estaba en algún matorral. Le oímos gruñir y pensamos que estaba
cerca.
—Al principio, creimos que era un búfalo —dijo Karl.
—Es un ejemplar muy bonito —repitió Dan.
—Me alegro mucho de que lo cazaras —dije.
Allí estábamos los tres deseando felicitarle, deseando portarnos como
auténticos deportistas ante aquel rinoceronte cuyo cuerno más pequeño era
más largo que el grande del que nosotros acabábamos de cazar, aquel
rinoceronte enorme, aquella maravilla de animal que tenía lágrimas de sangre
en un ojo, aquel rinoceronte de ensueño, con la cabeza cortada y, en lugar de
hacer lo que deseábamos, todos hablábamos como personas que estuvieran a
punto de marearse en una barca, o como personas que hubieran sufrido
alguna pérdida financiera importante. Estábamos avergonzados y no
podíamos hacer nada en contra. Yo, por ejemplo, quería decir algo agradable y
animoso, en lugar de:
—¿Cuántos disparos le hiciste?
—No lo sé. No los contamos. Supongo que cinco o. seis.
—Creo que cinco —dijo Dan.
El pobre Karl, frente a aquellas tres personas de expresión sombría que
hacían grandes esfuerzos para felicitarle, comenzaba a sentir que se desvanecía
el placer experimentado al cazar el rinoceronte.
—Nosotros también cazamos uno —dijo P.O.M.
—Muy bien —dijo Karl—. ¿Es más grande que éste?
—¡Claro que no! ¡Es un asqueroso renacuajo!

212
—Lo siento —dijo Karl.
Y era sincero.
—¿Por qué diablos tienes que sentir nada después de haber cazado un
rinoceronte como ése? Es una auténtica maravilla. Déjame que tome unas
fotografías.
Fui a buscar la cámara. P.O.M. me cogió del brazo y anduvo a mi lado.
—Papá, trata de comportarte como un ser humano —dijo—. ¡Pobre Karl!
Le estás haciendo sentirse terriblemente mal.
—Lo sé —dije—. Intento no comportarme de esa forma.
Allí teníamos a Pop. Movió la cabeza.
—Nunca en mi vida me he sentido más canalla —dijo—. Pero fue como
si me hubieran dado una patada en el estómago. Naturalmente, eso no quiere
decir que no me alegre de que lo haya cazado.
—Yo también —dije—. Preferiría que me hubiese dado un buen
puñetazo. Ya sabe a qué me refiero. De verdad. Pero ¿por qué no se conforma
con cazar sólo uno bueno, dos o tres pulgadas más grande? ¿Por qué tuvo que
cazar uno junto al cual el mío parece ridículo? Sí, el nuestro a su lado es una
estupidez.
—Bueno, siempre tiene la posibilidad de recordar el disparo que ha
hecho.
—¡Al diablo con ese disparo! No fue más que una sucia chiripa. ¡Pero,
Señor, qué hermoso rinoceronte ha cazado Karl!
—Vamos, pongámonos de acuerdo y tratemos de actuar honestamente
con él.
—Nos hemos portado horriblemente mal —dijo P.O.M
—Lo sé —dije—. Y en todo momento intenté ser jovial. Sabes que, en
realidad, me alegro mucho de que lo haya cazado.
—Si, estuvieron muy joviales. Los dos —aseguró P.O.M.
—Pero, ¿vieron a M’Cola? —preguntó Pop—. M’Cola miró al rinoceronte
con una expresión verdaderamente lúgubre, movió la cabeza y se alejó.
—Es un rinoceronte maravilloso —dijo P.O.M.—. Debemos portarnos
decentemente y conseguir que Karl se sienta bien.
Pero era demasiado tarde. No pudimos animar a Karl y, durante mucho
tiempo, tampoco pudimos animarnos. Los porteadores llegaron al

213
campamento con los fardos y vimos a todos ellos y a nuestros hombres
acercarse al lugar donde estaba tumbada a la sombra la cabeza del rinoceronte.
Todos estaban muy silenciosos. Solamente el desollador se alegraba de ver
semejante cabeza en el campamento.
—M’uzuri sana —me dijo.
Y midió el cuerno moviendo la palma extendida de su mano.
—¡Kubwa sana!
—N’Dio. M’uzuri sana —asentí.
—¿Bwana Kabor le cazó?
—Si.
—M’uzuri sana.
—Sí —asentí—. M’uzuri sana.
El desollador era el único caballero de todo el safari. Habíamos
procurado, desde que comenzó el safari, no actuar con espíritu de
competición. Karl y yo habíamos intentado dar al otro las mejores
oportunidades en todo momento. Éramos muy amigos, sentía un gran aprecio
por él y Karl era un individuo completamente generoso y siempre dispuesto a
sacrificarse por los demás. Sabía que yo era mejor tirador, que podía andar
más, pero era él quien conseguía siempre trofeos que dejaban en ridículo a los
míos. Karl había hecho algunos de los peores disparos que yo había visto en
mi vida y yo sólo había disparado mal dos veces en todo aquel viaje, a aquella
gacela y una vez a una avutarda en la llanura, y, sin embargo, siempre era el
triunfador cuando teníamos que mostrar trofeos a la gente. Durante un cierto
tiempo habíamos bromeado sobre aquel asunto y yo sabía que llegaría un
momento en que todo se nivelaría. Pero no se nivelaba. Y, ahora, desde que
estábamos en la región, era la primera vez que me había ofrecido a mí mismo
una oportunidad. Le habíamos enviado a cazar carne comestible, mientras
nosotros cazábamos en un nuevo sector. No le habíamos tratado mal del todo,
pero tampoco demasiado bien; y, sin embargo, me había derrotado en toda la
línea. No sólo derrotado, esta palabra no da la impresión exacta de lo que hizo
conmigo. Había conseguido que mi rinoceronte pareciese tan pequeño que
nunca podría mostrarlo con el suyo. Lo había borrado. Yo, por mi parte, tenía
en mi haber como recuerdo el magnífico disparo que había hecho y nada podía
borrar aquello, pero era tan increíblemente maravilloso que sabía que, más
pronto o más tarde, me preguntaría si no fue, en realidad, una chiripa, a pesar
de la consabida confianza que tenía en mí mismo. El viejo Karl, sin embargo,
había logrado que todos nosotros nos sintiéramos ridículos cuando

214
pensábamos en aquel rinoceronte. Nuestro afortunado cazador estaba en su
tienda escribiendo una carta.
Bajo el mosquitero que cubría la tienda que servía de comedor del safari,
Pop y yo hablamos sobre el mejor plan a seguir.
—Bueno, sea como sea, él ha cazado su rinoceronte —dijo Pop—. Eso
nos ahorra cierto tiempo. Ahora ya no puede usted quedarse aquí.
—No.
—Este terreno está ya gastado. Algo funciona mal en el. Droopy dice que
conoce una buena región de caza que se encuentra a unas tres horas de aquí
yendo en los camiones y otra hora o así caminando con los porteadores.
Podemos dirigirnos allí esta tarde con un equipo ligero, devolver los camiones,
y Karl y Dan pueden trasladarse entonces a M’uto Umbo a cazar su órix.
—De acuerdo.
—Además, esta tarde o mañana por la mañana, tendrá muchas
posibilidades de cazar un leopardo, gracias a ese rinoceronte muerto que
servirá como reclamo. Dan dijo que había oído a un leopardo por estas tierras.
Nosotros iremos a cazar un rinoceronte en esa región de que habla Droopy.
Luego, nos podemos reunir con ellos para dedicarnos a la caza de los kudús.
Necesitamos dejarles un poco de tiempo.
—Está bien.
—Aunque usted no consiga un órix aquí, cazará uno en cualquier otra
parte.
—Aunque no consiga nada, estoy de acuerdo con usted. Conseguiremos
uno en otro momento. También quiero un kudu.
—Lo tendrá. Esté usted seguro.
—Preferiría cazar uno, uno bueno, mejor que todo el resto. No doy un
centavo por todos esos rinocerontes, aparte del placer de cazarlos. Pero me
gustaría cazar uno que no pareciera ridículo junto a ese fantástico rinoceronte
de Karl.
—Estoy totalmente de acuerdo con usted.
Así se lo explicamos a Karl y éste dijo:
—Lo que digáis. Sí, de acuerdo. Espero que cacen uno que sea el doble
de grande que el mío.
Y lo decía sinceramente. Ahora se sentía mejor y lo mismo nos ocurría a
todos nosotros.

215
CAPÍTULO V

CUANDO llegamos aquella tarde, después de un viaje caluroso


atravesando unas colinas rojizas, llenas de maleza, la región de Droopy parecía
horrible. Estaba al borde de una comarca donde todos los árboles habían sido
desinfectados para matar las moscas tse-tse. Y, al otro lado del campamento,
había un poblado polvoriento y sucio. El suelo era rojo y estaba erosionado y
parecía que los vientos lo iban desnudando cada vez más, y el campamento se
levantaba en un lugar alto donde soplaba un fuerte viento, bajo la escueta
sombra de algunos árboles muertos, en la ladera de una colina que dominaba
un arroyuelo y el poblado nativo, lleno de barro, situado más abajo. Antes del
anochecer, seguimos a Droopy y a dos guías locales más allá del poblado e
iniciamos la subida de una larga ladera que ascendía hasta la cima de un cerro
de rocas cortadas a pico, cima que dominaba un profundo valle que era casi un
cañón. Al otro lado, enfrente, había valles cortados que se deslizaban
escarpadamente por el cañón. Había grupos de árboles que crecían
apretadamente en los valles y laderas cubiertas de hierba en las lomas que se
alzaban entre ellos, y, por encima, crecía la densa selva de bambú de la
montaña. El cañón corría hasta el Rift Valley, pareciendo estrecharse en el
extremo más alejado donde quedaba cortado en la pared del vado. Más allá,
por encima de las lomas cubiertas de hierba, había colinas donde crecía una
selva espesa. Parecía una comarca extraordinaria para la caza.
—Si se ve alguna pieza al otro lado, hay que ir directamente a la parte
inferior del cañón. Luego hay que subir una de esas extensiones arboladas y
cruzar aquellas condenadas barrancas. Es difícil mantener el campo de visión
y es fácil morir despeñado. Es terriblemente escarpado Pertenecen a esa clase
de barrancas de aspecto inocente que atravesamos aquella noche que
regresábamos al campamento.
—Tiene muy mal aspecto, si —asintió Pop.
—He cazado en una comarca precisamente como ésta donde había muy
buenos venados. La falda sur del Timber Creek, en Wyoming. Las laderas son
todas demasiado escarpadas. Es terrible. Están demasiado cortadas. Mañana
nos espera un buen castigo.
P.O.M. no dijo nada. Pop nos había traído aquí y Pop nos sacaría de
aquí. Todo lo que ella tenía que hacer era mirar sus zapatos cuidando de no
hacerse daño en los pies. Ahora, precisamente, le dolían un poco y ésa era su
única preocupación.

216
Continué exagerando las dificultades que la comarca nos presentaría y
volvimos al campamento ya oscurecido, todos con aspecto sombrío y llenos de
prejuicios contra Droopy. El fuego flameaba alegremente, llevado y traído por
el viento, y nos sentamos y vimos ascender la luna y escuchamos a las hienas.
Después de tomar unas copas, no nos sentimos tan mal pensando en la
comarca.
—Droopy jura que es muy buena —dijo Pop—. Dice, sin embargo, que
no es aquí donde quería venir. Había otro lugar más allá. Pero asegura que
éste es bueno.
—Adoro a Droopy —dijo P.O.M.—. Tengo absoluta confianza en él.
Droopy se acercó al fuego con dos nativos armados con lanzas.
—¿Qué le están diciendo? —pregunté.
Hubo un rato de conversación con los nativos y, luego. Pop dijo:
—Uno de estos deportistas asegura que le ha perseguido hoy un enorme
rinoceronte. Naturalmente, es lógico que todo rinoceronte le parezca enorme si
le persigue.
—Pregúntele cómo era el cuerno de largo.
El nativo señaló que el cuerno era tan largo como su brazo. Droopy
sonrió.
—Dile que se marche —dijo Pop.
—¿Dónde sucedió todo esto?
—Oh, por ahí, en alguna parte —contestó Pop—. Ya sabe. Por ahí arriba.
Donde suceden siempre estas cosas.
—Eso es maravilloso. Precisamente, donde queremos nosotros ir.
—Lo bueno del caso es que Droopy no está nada deprimido —dijo Pop—
. Parece tener mucha confianza. Después de todo, ésta es su función.
—Sí, pero somos nosotros los que tenemos que hacer la ascensión.
—Alégrele un poco el ánimo, ¿quiere? —dijo Pop a P.O.M.—. Está
consiguiendo deprimirme.
—¿Le parece bien que hablemos de lo bien que dispara?
—Es demasiado temprano para hacerlo a estas horas de la noche. No
estoy deprimido ni lúgubre. Sólo que ya he visto antes de ahora una región
como ésta. Será estupendo para nosotros, de acuerdo. Pero le recomiendo que
se quite el mayor peso de encima. Gobernador.

217
Al día siguiente, descubrí que me había equivocado completamente
sobre aquella comarca.

Desayunamos antes del amanecer y nos pusimos en marcha antes de que


saliera el sol, ascendiendo en fila india la colina que se levantaba más allá del
poblado. Delante de la fila, iba el guía local con una lanza, luego Droopy con
mi fusil pesado y una botella de agua, después yo con mi “Springfiel”, Pop con
el “Mannlicher". P.O.M. contenta como siempre de no llevar nada, M’Cola con
el fusil pesado de Pop y otra botella de agua, y, finalmente, dos indígenas con
lanzas, bolsas de agua y una cesta con el almuerzo. Planeamos hacer un
descanso cuando el sol calentara más, al mediodía, y no volver al campamento
hasta el anochecer. Era agradable ascender con el frescor de la mañana y muy
diferente a como habíamos subido trabajosamente aquel mismo sendero la
tarde anterior al anochecer con todas las rocas y el polvo que parecían
almacenar el calor del día. El sendero era utilizado regularmente por el ganado
y el polvo estaba seco y, ahora, ligeramente húmedo por el rocío. Había
muchas huellas de hiena y, cuando el sendero llegaba a una loma de roca gris
desde donde podía contemplarse por ambos lados una hondonada escarpada,
que luego continuaba a lo largo del borde del cañón, vimos huellas frescas de
rinoceronte en uno de los terrenos polvorientos que se extendían más abajo de
las rocas.
—Va un poco más adelantado que nosotros —dijo Pop—, Deben vagar
por aquí durante la noche.
Abajo, en las profundidades del cañón, podíamos ver las copas de los
altos árboles y en un claro el brillo del agua. Al otro lado, se elevaba la falda de
la colina escarpada y los barrancos que habíamos examinado la noche anterior.
Droopy y el guía local, a quien había perseguido el rinoceronte, estaban
hablando en voz baja. Luego, comenzaron a bajar un camino escarpado que
descendía formando largas inclinaciones por el costado del cañón.
Nos detuvimos. No había visto que P.O.M. cojeaba, y, como suele ocurrir
en todos los matrimonios, se produjo una disputa en la que ambas partes
tenían razón, disputa relativa a unos zapatos insufribles y a unas botas usadas
en el pasado, y, principalmente, sobre las que llevaba puestas y que le
apretaban. El dolor disminuyó al cortar los dedos de los fuertes y cortos
calcetines de lana que se ponía encima de los calcetines ordinarios. Después, se
quitó completamente los calcetines, y pudo llevar las botas. El descenso de
aquella ladera escarpada de la colina hacia que le apretaran más las botas
españolas de caza, que eran demasiado cortas de puntera, y recordé una vieja

218
discusión sobre el tamaño de este tipo de botas y si el zapatero, cuya defensa
yo había tomado bajo mi responsabilidad, al principio inconscientemente, sólo
como intérprete, y, después, terminé apoyando patrióticamente su teoría en su
totalidad y, por lógica, creía que habíamos triunfado cuando logramos que
añadiera el tacón. Pero ahora las botas le dolían, y ésta era una lógica más
poderosa que todo lo demás, y la situación se hizo todavía más desesperada
cuando afirmé que las botas nuevas de hombre siempre hacen daño durante
algunas semanas, hasta que se adaptan al pie. Ahora, sin los calcetines
gruesos, pisando con cuidado, probando la presión ejercida por el cuero contra
los dedos, olvidada la discusión matrimonial, P.O.M. deseaba no sentir el
dolor, sino mantenerse fírme y proseguir y agradar a Mr. J. P. Por mi parte,
avergonzado por- haberme portado como un cabezón en la cuestión de las
botas, por atreverme a querer tener razón contra el dolor, por haber tenido
razón alguna vez en mi vida, me detuve y susurré algo al oído de mi mujer,
sonriendo ambos por lo que acababa de decir, y ya todo había quedado
arreglado entre los dos. Hasta las botas, sin los pesados calcetines, habían
dejado de dolerle, pero yo odiaba más que nunca a los hijos de mala madre
que se creen justos y que tienen siempre razón, especialmente un amigo
americano ausente, y me retiré a mí mismo de aquella categoría de seres
despreciables, dispuesto a no volver a querer tener razón jamás, y,
contemplando a Droopy que abría camino, descendimos el sendero hasta la
parte más profunda del cañón donde los árboles forman una maraña tupida y
alta, y el suelo del cañón, que desde arriba parecía una estrecha cuchillada, se
abría dando paso a un arroyo de orillas boscosas.
Ahora penetramos a la sombra de un bosquecillo de árboles con grandes
troncos lisos, y cuyas bases estaban rodeadas por las raíces que surgían,
formando costurones redondos como arterías; parecían los árboles de tronco
verde amarillento de un bosque francés en un día de invierno después de la
lluvia. Pero estos árboles tenían ramas muy anchas y estaban cubiertos de
hojas y, más abajo, en el cauce del arroyo, reluciente al sol, cañas, semejantes a
la planta de los papiros, crecían gruesas y enhiestas como el trigo y tenían
unos doce pies de alto. Había huellas de animales sobre la hierba a lo largo del
arroyo y Droopy se inclinó a examinarlas. M’Cola se acercó a él y miró
también y ambos siguieron la pista durante un pequeño trecho, se agacharon
y, luego, regresaron adonde estábamos nosotros.
—Nyati —susurró M’Cola—. Búfalo.
Droopy susurró algo al oído de Pop y entonces éste dijo suavemente, con
su ronquera de bebedor habitual de whisky:

219
—Hay búfalos en la parte baja del río. Droopy dice que hay varios
machos grandes. No han vuelto.
—Sigámosles —dije—. Preferiría cazar otro búfalo en lugar de un
rinoceronte.
—También es una buena ocasión para cazar algún rinoceronte —aseguró
Pop.
—Bueno, señor, ¿no es éste un país con un aspecto extraordinario? —
pregunté.
—Espléndido —contestó Pop—. ¿Quién lo hubiera imaginado?
—Los árboles son como los de los cuadros de André —dijo P.O.M.—.
Son sencillamente hermosos. Mira ese verde. Es Masson. ¿Por qué no podrá
ver esa región un buen pintor?
—¿Qué tal van sus botas?
—Bien.
Mientras rastreábamos la pista de los búfalos, avanzábamos lenta y
silenciosamente. No había viento y sabíamos que, cuando la brisa se levantara,
vendría del este y soplaría a lo largo del cañón en nuestra dirección. Seguimos
la pista de la caza, deslizándonos por la cuenca del
arroyo y, cuanto más avanzábamos, más alta era la hierba. En dos
ocasiones, tuvimos que agachamos para arrastrarnos y las cañas estaban tan
apretadas unas con otras en aquella parte que no se veía a dos pies de
distancia. Droopy encontró también una huella fresca de rinoceronte en el
barro. Comencé a pensar en lo que sucedería si un rinoceronte viniera
galopando a lo largo de aquel túnel y lo que haríamos cada uno. Era
emocionante, pero no me gustaba nada la idea. Era como una trampa y había
que pensar en P.O.M. Luego, donde el arroyo formaba una curva, salimos de
la alta hierba a la orilla y olfateé claramente la caza. Yo no fumo y, cazando en
mi país, varias veces había percibido el olor de los alces en la época de celo
antes de verlos, y puedo oler perfectamente dónde un viejo macho ha estado
tumbado en el bosque. El alce macho tiene un fuerte olor almizcleño. Es un
olor fuerte, aunque agradable, y lo conozco bien, pero este olor era
desconocido para mí.
—Puedo olerlos —susurré a Pop.
Me creyó.
—¿Qué son?
—No lo sé, pero es muy fuerte. ¿Puede usted?

220
—No.
—Pregúntele a Droopy.
Droopy asintió y sonrió.
—Lo olfatean —dijo Pop.
Entramos en otro lecho de cañas que eran más altas que nosotros,
colocando silenciosamente en el suelo cada pie antes de levantar el otro,
andando con tanta lentitud como en un sueño o en una película tomada a
cámara lenta. Ahora podía oler con claridad aunque no sabía muy bien de qué
se trataba, algunas veces más fuertemente que otras. Aquella situación no me
gustaba nada. Estábamos junto a la orilla y, más allá, las huellas dejadas por
los animales iban a un fangal de cañas más altas que todas las que habíamos
atravesado hasta entonces.
—Puedo olerlo muy cerca —susurré a Pop—. No es ninguna broma. En
serio.
—Le creo —afirmó Pop—. ¿No le parece que deberíamos subir a la orilla
y vadear el arroyo? Desde allí tendremos un campo de visión más amplio.
—Bueno.
Luego, cuando subimos a la orilla, dije:
—Estos matorrales altos me oprimen. No me gusta cazar en ellos.
—¿Le gustaría cazar elefantes en un lugar como éste? —preguntó Pop
con un susurro.
—No lo haría por nada del mundo.
—¿Ha cazado de verdad elefantes en terrenos como éste? —preguntó
P.O.M. a Pop.
—Si —contestó Pop—. Había que apoyarse en el hombro de alguien para
disparar.
Pensé que los hombres que eran capaces de hacer aquello eran mejores
que yo. Yo sería incapaz de hacerlo.
Avanzamos a lo largo de la orilla derecha completamente cubierta de
hierba, en una especie de bajío, ahora en campo abierto, vadeando un fangal
de altas y secas cañas. Más allá, en la orilla opuesta, había una densa arboleda
y, por encima de ella, se elevaba la orilla escarpada del cañón. No podía verse
el arroyo. Más arriba, a la derecha, estaban las colinas, donde había grandes
extensiones de matorrales. Delante, al final del fangal de cañas, las orillas se
estrechaban y las ramas de los grandes árboles casi cubrían el arroyo. De

221
pronto, Droopy me agarró fuertemente del brazo y ambos nos arrodillamos.
Colocó el gran fusil en mi mano y cogió el “Springfíeld”. Señaló algo y, a la
vuelta de una curva, en la orilla, vi la cabeza de un rinoceronte con un largo
cuerno y de aspecto maravilloso. La cabeza se balanceaba y podía ver las
orejas adelantadas y retorcidas, y los ojitos de cerdo. Deslicé el pestillo de
seguridad e indiqué a Droopy que se agachara. Luego, oí a M’Cola decir:
—¡Toto! ¡Toto!
Y apretó fuertemente mi brazo. Droopy susurraba:
—¡Manamouki! ¡Manamouki! ¡Manamouki!
Y lo decía muy rápidamente, y él y M’Cola intentaban frenéticamente
que no disparara. Era una hembra con una cría y, al tiempo que bajaba el rifle,
soltó un ronquido, pisoteó las cañas y desapareció. No vi a la cría. Podíamos
ver las cañas agitándose donde los dos animales se movían y, luego, todo
quedó inmóvil y en silencio.
—¡Maldita sea! —susurró Pop—. Tenía un hermoso cuerno.
—Estaba a punto de sacudirle —dije—. En una posición estupenda. No
podría decir si era una hembra.
—M’Cola vio la cría.
M’Cola susurraba algo al oído de Pop mientras movía con énfasis la
cabeza.
—Dice que hay otro rinoceronte por aquí —explicó Pop—. Que le ha
oído roncar.
—Busquemos una posición más alta, desde donde podamos verles
aparecer y apuntarles bien —dije.
—Buena idea —admitió Pop—. Tal vez el macho esté por ahí.
Ascendimos un poco por la orilla, desde donde podíamos dominar el
campo de altas cañas y, con Pop sosteniendo en posición de tiro su gran fusil y
yo con el pestillo de seguridad retirado, M’Cola arrojó un palo a las cañas, en
la parte donde había oído el ronquido. Oímos un ronquido profundo, pero no
se produjo ningún movimiento, ni una sola de las cañas se agitó. Luego, se oyó
un gran peso frotando contra algo un poco más allá y vimos que las cañas se
movían por la carrera de algo que las atravesaba hacia la orilla opuesta, pero
no pudimos distinguir cuál era la causa del movimiento. Entonces, vi la
espalda negra, los cuernos anchos y de puntas elevadas y, luego, a un búfalo
que corría rápidamente y que subía a la otra orilla. Subió, con el cuello alzado,
la cabeza de cuernos pesados, la cruz redonda como un toro de lidia en una

222
ascensión rápida y dando fuertes patadas al suelo. Yo apuntaba donde el
cuello se unía con los hombros, cuando Pop me detuvo.
—No es grande —dijo lentamente—. Yo no lo cazaría a menos que lo
quiera como carne.
Me pareció grande y de lomos anchos, y ahora estaba frente a nosotros,
con la cabeza levantada, mirándonos.
—Tengo todavía tres más en mi licencia y estamos a punto de abandonar
la región.
—Es una carne estupenda —susurró Pop—. Entonces, adelante.
Dispárele. Pero esté dispuesto para el rinoceronte después del disparo.
Me senté, sintiendo el gran fusil pesado y poco familiar sobre el hombro.
Apunté al búfalo, apreté el gatillo y me eché hacia atrás sin disparar. En lugar
de la suave y limpia presión del “Springfield” con la lisa y fírme sacudida al
final, este gatillo, al apretarlo, parecía el choque brusco del metal con el metal.
Era como cuando se dispara en un sueño. Yo no podía apretar y corregía mi
posición. Adelantándome un poquito más, contuve la respiración, y apreté el
gatillo. Dio una fuerte sacudida y el gran fusil soltó una gran explosión. Luego,
corregí mi posición, viendo al búfalo todavía en pie, y desapareciendo de mi
vista por la izquierda en una carrera ascendente, y el segundo disparo no le
tocó y arrojó una explosión de polvo, piedras y suciedad sobre sus cuartos
traseros. Desapareció sin darme tiempo a volver a cargar el doble cañón del
calibre 470 y todos oímos el ronquido y el ruido de las pisadas de otro
rinoceronte que salió del extremo inferior de las cañas y que se ocultó en los
grandes árboles de nuestra orilla, y sólo pudimos echarle un vistazo antes de
ocultarse.
—Era el macho —dijo Pop—. Ha bajado por el arroyo y está oculto muy
abajo.
—N’Dio. ¡Doumi! ¡Doumi!
Droopy insistía en que era un macho.
—He dado al condenado búfalo —aseguré—. Sólo Dios sabe dónde. ¡Y al
diablo con estos fusiles pesados! La explosión me echa para atrás y no puedo
calcular bien el tiro.
—Le hubiera cazado perfectamente con el “Springfield” —dijo Pop.
—De todas formas, sabría dónde le habría dado. Pensé que con el
cuatrocientos setenta le mataría o fallaría el tiro —dije—. Pero, en cambio, lo
único que he conseguido es herirle.

223
—No se preocupe —dijo Pop—. Le daremos tiempo para que caiga en
nuestras manos.
—Me temo que le. haya dado en el vientre.
—Eso no puede saberse nunca. Corriendo a esa velocidad, es fácil que
muera al cabo de cien yardas.
—¡Al diablo con esta escopeta del calibre cuatrocientos setenta! —
exclamé—. No sé disparar con ella. El gatillo está tan duro como la última
vuelta de la llave que abre una lata de sardinas.
—Vamos —dijo Pop—. Sólo Dios sabe la cantidad de rinocerontes que
hay paciendo por aquí.
—¿Qué hacemos con el búfalo?
—Después tendremos tiempo para ocupamos de él. Creo que debemos
dejarle que se quede un poco tieso. Déjele que se desangre.
—Imagínese si hubiésemos estado ahí abajo con esos animales surgiendo
de todas partes.
—Sí... —dijo Pop.
Todo esto fue dicho con susurros. Miré a P.O.M. Tenía el aspecto de
alguien que estaba gozando con el espectáculo de una buena comedia musical.
—¿Viste dónde le hirió la bala?
—No podría decirlo —susurró P.O.M.—. ¿Supones que hay más por
aquí?
—Miles —contesté—. ¿Qué hacemos, Pop?
—Ese macho puede estar probablemente en el recodo del arroyo —
aseguró Pop—. Vamos.
Avanzamos a lo largo de la orilla, con los nervios tensos y, cuando
llegábamos al extremo más estrecho de las cañas, se produjo una carrera de
algo pesado que atravesaba las altas cañas. Yo tenía el rifle dispuesto para
disparar por lo que pudiera suceder. Pero sólo pudimos percibir el
movimiento de las cañas. M’Cola indicó con la mano que no disparásemos.
—¡La condenada cría! —exclamó Pop—. Debe hacer dos crías. ¿Dónde
está el macho?
—¿Cómo diablos consigue saber lo que son?
—Por el tamaño.
Entonces nos dedicamos a examinar la cuenca del arroyo, en la sombra,

224
bajo las ramas de los grandes árboles, y también más allá, hacia la parte baja
del arroyo, cuando M’Cola señaló la colina que se elevaba a nuestra derecha.
—Faro —susurró y me alcanzó los prismáticos.
Allí, en la ladera de la colina, con la cabeza levantada, ancho, negro,
mirando directamente hacia nosotros, con las orejas retorcidas y la cabeza
levantada, balanceándose un poco mientras la nariz buscaba algún olor en el
viento, había otro rinoceronte. Contemplado con los prismáticos parecía
enorme. Pop le examinaba con los suyos.
—No es mejor que el que cazó el otro día —dijo en voz baja.
—Puedo darle perfectamente en el lugar adecuado —susurré.
—Pero sólo le serviría para tener uno más —susurró Pop—. Lo que usted
quiere es uno bueno.
Ofrecí los prismáticos a P.O.M.
—Puedo verle sin prismáticos —contestó mi mujer—. Es enorme.
—Puede embestir —informó Pop—. Entonces, tendría que dispararle.
Mientras vigilábamos, surgió otro rinoceronte de detrás de un ancho
árbol cubierto de hojas. Era un poco más pequeño.
—¡Diablos! Es una cría —dijo Pop— Esa era una hembra. Me alegro de
que no disparase. También podría haber embestido contra nosotros.
—¿Es la misma hembra? —susurré.
—No. Aquella otra de antes tenía un cuerno extraordinario.
Todos nosotros sentíamos una alegría y exaltación nerviosas, semejantes
a las que produce la bebida, la exaltación que la súbita superabundancia, una
abundancia absurda de caza, produce siempre en los cazadores. Es una
sensación que suele experimentarse con cualquier clase de caza o pesca raras
cuando inesperadamente se encuentran en una abundancia increíble.
—Mírenla. Sabe que ocurre algo raro. Pero no puede vernos ni olemos.
—Oyó los disparos.
—Sabe que estamos aquí. Pero no sabe dónde.
El rinoceronte tenía un aspecto enorme, tan ridículo, y tan agradable de
ver. Apunté a su pecho.
—Es un bonito disparo —dije.
—Perfecto —dijo Pop.
—¿Qué vamos a hacer? —preguntó P.O.M.

225
Era práctica.
—Vamos a rodearla —dijo Pop.
—Si andamos agachados, no creo que nuestro olor le llegue hasta que
hayamos pasado de largo.
—Eso nunca puede decirse —dijo Pop—, No sería nada agradable que
nos embistiera.
No embistió contra nosotros, pero bajó, finalmente, la cabeza y ascendió
la colina seguida por la cría que estaba casi totalmente desarrollada.
—Ahora —dijo Pop—, dejaremos que Droopy vaya delante para ver si
puede encontrar las huellas del macho.
Nosotros podemos sentarnos y esperar.
Nos sentamos a la sombra y Droopy ascendió por una orilla del arroyo y
el guía local por la otra. Volvieron y dijeron que el macho había bajado por el
arroyo.
—¿Ha visto alguien qué clase de cuerno tenía? —pregunté.
Droopy dijo que era bueno.
M’Cola había ascendido un buen trecho de la colina. Ahora estaba
agachado y hacía señas.
—Nyati —dijo con la mano puesta en el rostro.
—¿Dónde? —preguntó Pop.
Señaló, arrodillado, y cuando nos arrastramos hasta donde él estaba, me
entregó los prismáticos. Estaban muy lejos, en un risco que sobresalía de una
de las laderas de la colina escarpada, en el lado más alejado del cañón, muy
por debajo del arroyo. Pudimos ver seis, luego ocho búfalos, negros, de
gruesos cuellos, de cuernos relucientes, situados en una loma. Algunos
estaban pastando y otros tenían las cabezas levantadas, vigilantes.
—Ese es un macho —dijo Pop, mirando con los prismáticos.
—¿Cuál?
—El segundo de la derecha.
—A mí todos me parecen machos.
—Están a gran distancia. Sin embargo, ése es un buen macho. Ahora
tenemos que cruzar el arroyo, bajar hacia donde están e intentar situarnos
encima de ellos.
—¿Se quedarán allí?

226
—No. Probablemente, bajarán a esa parte del arroyo tan pronto como
haga más calor.
—Vamos.
Cruzamos el arroyo sobre un tronco de árbol, y luego por otro tronco. Al
otro lado, en la mitad de la ladera de la colina, había un sendero hecho por los
animales y profundamente marcado que se dirigía a lo largo de la orilla, bajo
las ramas de los árboles llenas de hojas. Avanzamos a gran velocidad, pero
andando con mucho cuidado. Debajo de nosotros, ahora, las márgenes del rio
estaban cubiertas de hojas. Todavía era temprano, pero la brisa se estaba
levantando y las hojas se agitaban por encima de sus cabezas. Cruzamos una
barranca que descendía hasta el arroyo, metiéndonos en la espesa maleza para
no ser vistos por los búfalos y agachándonos mientras cruzábamos por detrás
de los árboles en el pequeño claro; luego, utilizando la espalda de la barranca
como protección, ascendimos de tal forma que pudiéramos llegar a una parte
superior de la ladera de la colina, a un lugar desde donde dominar el rebaño
de búfalos para luego poder descender hasta donde estaban pastando. Nos
detuvimos al amparo del saliente de la loma, mientras yo sudaba a chorros y
colocaba un pañuelo en el interior de la faja de protección del sudor de mi
Stetson, y enviamos a Droopy a observar. Volvió y nos dijo que se habían
marchado. Desde arriba no podíamos verles, así que acortamos atravesando la
barranca y la ladera de la colina para interceptarles el paso cuando se
dirigieran al cauce del río. La siguiente ladera de la colina estaba quemada y
en su base había un sector de matorrales abrasados. En las cenizas, podían
distinguirse las huellas dejadas por los búfalos cuando descendieron y
penetraron en la espesa jungla del lecho del río. Allí había demasiada
vegetación y demasiadas lianas para seguirles. No había huellas que siguieran
la dirección del río para saber si bajaban por aquella parte del cauce que
habíamos examinado cuando descubrimos antes el sendero animal. Pop dijo
que no había nada que hacer con ellos en aquella parte del lecho del rio. La
vegetación era tan espesa que, aunque nos diéramos de bruces con ellos, no
podríamos acertar un solo disparo. Aseguró que no se podría distinguir a un
macho de una hembra, a un animal adulto de una cría Todo lo que podía verse
era un mancha de color negro. Un macho viejo era gris, pero un buen macho
de manada podía ser tan negro como una hembra. No era nada conveniente
toparse con ellos en aquella situación.
Eran ya las diez y fuera de la protección de la sombra de los árboles
hacía mucho calor; el sol brillaba en todo su esplendor y la brisa levantaba, las
cenizas del terreno calcinado por donde caminábamos. Todos los animales

227
estarían en aquel momento protegidos en la espesura. Decidimos buscar un
lugar sombreado para tendernos a leer al fresco. Almorzaríamos y pasaríamos
allí la parte más calurosa del día.
Una vez atravesada la parte de maleza calcinada, nos dirigimos hacia el
arroyo y nos detuvimos, sudando, a la sombra de varios grandes árboles. Nos
despojamos de las chaquetas de cuero y de los impermeables y los extendimos
en la hierba al pie de los árboles, de tal forma que pudiéramos apoyarnos
contra los troncos. P.O.M. sacó los libros y M’Cola hizo un pequeño fuego y
puso agua a hervir para prepararnos unas tazas de té.
La brisa se estaba levantando y podíamos oír el susurro al mover las
ramas altas. Hacía fresco a la sombra, pero si uno se movía o el sol se
trasladaba mientras uno leía dejando una parte de nuestro cuerpo fuera de la
sombra, el calor era insoportable. Droopy había bajado un poco, siguiendo la
corriente del río, a echar una ojeada. Allí tumbado, leyendo, yo podía sentir
cómo aumentaría el calor a lo largo del día, secando el rocío, pegándose a las
hojas de los árboles, cayendo pesadamente sobre el arroyo. P.O.M. estaba
leyendo Spanish Gold de George A. Bírmingham, y decía que no era bueno. Yo
todavía tenía el libro sobre Sebastopol de Tolstoi y en el mismo volumen
estaba leyendo una buena historia titulada “Los cosacos”. En ella se
encontraban el calor del verano, los mosquitos, la sensación del bosque en las
distintas estaciones, y ese río que cruzaban los tártaros, a caballo, y de nuevo
me parecía volver a vivir en la Rusia del siglo pasado.
Estaba pensando en lo real que era aquella Rusia del tiempo de nuestra
Guerra Civil, tan real como cualquier otro lugar, como Michigan, o el prado
que se extendía al norte de la ciudad y los bosques que rodeaban la finca de
caza de Evans, de cómo, gracias a Turgueniev, yo sabía que había vivido allí,
lo mismo que había pertenecido a la familia Buddenbroks, y había entrado y
salido por una ventana de la casa de ella en Le rouge et le noir, o recordaba
como si lo hubiera vivido la mañana que habíamos entrado en París y
habíamos visto a Salcéde desgarrado por los caballos en la Place de Grève.
Veía todo esto. Y no fui yo a quien destrozaron en el potro de tormento aquella
vez porque había sido cortés y amable con el verdugo cuando iban a matarnos
a Coconas y a mí. Recordaba también la Noche de San Bartolomé, y cómo
cazamos a los hugonotes aquella noche; y cuando me cogieron en la trampa en
su casa para mí no había otra verdad excepto que la puerta del Louvre estaba
cerrada, ni otra sensación más real que contemplar su cuerpo en el agua donde
cayó desde el mástil, y siempre, Italia, mejor que cualquier libro, tumbado en
los castañares, y la niebla del otoño detrás del Duomo cuando atravesaba la

228
ciudad camino del Ospedale Maggiore, los clavos de mis botas sobre los
guijarros, y en la primavera las repentinas lluvias de las montañas y el olor del
regimiento que era como el sabor de una moneda de cobre en la boca. De esta
forma, bajo el calor, el tren se detuvo en Dezenzano y allí estaba el lago de
Garda y aquellas tropas de la Legión Checa, y la próxima vez estaba lloviendo,
y la siguiente vez fue a oscuras, y la otra vez lo pasaste montado en un camión,
y la otra venías de cualquier otra parte, y la última vez te acercaste a ello de
noche desde Sermione. Porque, en realidad, habíamos estado allí en los libros
y fuera de los libros... y donde vamos, si valemos algo, allí pueden ir ustedes lo
mismo que hemos estado nosotros. Un país, finalmente, se desgasta y el polvo
se lo lleva el viento, todas las personas mueren y ninguna de ellas tuvo ningún
valor permanente, excepto los que practicaron las artes, y ahora éstos no
quieren continuar en su empeño porque es un esfuerzo demasiado duro, y,
además, no está de moda. Mil años convierten la economía en una cosa
estúpida y una obra de arte resiste siempre, pero es muy difícil de crear y
ahora no está de moda. Nadie desea ya comprometerse en esa hermosa tarea
porque piensan que estarían pasados de moda y los piojosos que viven de la
literatura no les elogiarían. Además, es algo muy difícil de conseguir. ¿Y ahora
qué? Ahora continuaría leyendo aquella narración sobre el río que los tártaros
cruzaban cabalgando, y viviría con el viejo cazador borracho y la muchacha y
cómo era todo entonces en las diferentes épocas del año.
Pop estaba leyendo Richard Carwell. Habíamos adquirido los libros que
se podían comprar en Nairobi y ya estábamos acabándolos.
—Lo había leído antes —dijo Pop—. Pero es una buena historia.
—La recuerdo efectivamente. Entonces me pareció una buena historia.
—Es una historia divertida, pero desearía no haberla leído antes.
—Es terrible —dijo P.O.M.—. Ahora no podrás leerla.
—¿Quieres ésta?
—No seas tan amable —contestó—. No. Acabaré con este libro.
—Vamos. Cógelo.
—Te lo devolveré en seguida.
—¡Eh, M’Cola! —grité—. Cerveza.
—N’Dio —dijo muy fuerte. Y de una de las cestas del almuerzo que uno
de los nativos había traído sostenida en su cabeza, sacó, con su envoltura de
paja, una botella de cerveza alemana, una de las sesenta y cuatro botellas que
Dan había comprado en el almacén alemán. El gollete estaba envuelto en papel

229
de plata y en su etiqueta de color negro y amarillo había un caballero vestido
con una armadura. Todavía guardaba el frescor de la noche y, al abrirla,
espumeó en tres tazas, formando una abundante espuma que subió hasta el
borde de los recipientes.
—No —dijo Pop—, Es muy mala para el hígado.
—Vamos.
—Está bien.
Bebimos los tres y, cuando M’Cola abrió la segunda botella, Pop rehusó,
con firmeza.
—Vamos. Es mejor que la tomen ustedes. Yo voy a echarme una siesta.
—¿Y la vieja y pobre Mamá?
—Sólo un poco.
—Todo para mí —dije.
M’Cola sonrió y movió la cabeza. Me recosté contra el árbol y contemplé
cómo el viento empujaba las nubes y bebí la cerveza lentamente en la misma
botella. Estaba más fría de esa manera y era una cerveza excelente. Al cabo de
un momento Pop y P.O.M. estaban dormidos y yo volví al libro que trataba de
Sebastopol y entré de nuevo en contacto con los cosacos. Era una buena
historia.
Cuando se despertaron, tomamos un almuerzo de filetes fríos, pan, y
mostaza, y una lata de ciruelas, y bebimos la tercera y última botella de
cerveza. Luego volvimos a nuestras lecturas y todos terminamos por dormir
otra siesta. Me desperté sediento y estaba sacando el corcho de una botella de
agua cuando oí el ronquido de un rinoceronte y el ruido que hacía al pisar la
maleza del lecho del río. Pop estaba despierto y también lo oyó. Cogimos
nuestros rifles, sin hablar, y nos encaminamos hacia el lugar de donde
procedía el ruido. M’Cola encontró las huellas. El rinoceronte había subido por
el arroyo y era evidente que debió olfateamos cuando sólo se encontraba a
treinta metros de distancia de nosotros, y había continuado ascendiendo
contra la corriente del río. No podíamos seguir las huellas debido a la
dirección en que soplaba el viento, así que dimos un rodeo, alejándonos del
arroyo y regresamos al borde de la parte calcinada para situarnos encima de él
y, luego, le rastreamos con mucho cuidado, con el viento en contra, a lo largo
del arroyo, atravesando unos matorrales muy espesos, pero no le
encontramos. Finalmente, Droopy descubrió el lugar por donde había subido,
al otro lado, y luego desaparecido en las colinas. A juzgar por las huellas, no

230
debía ser particularmente grande.
Estábamos a gran distancia del campamento. Por lo menos habíamos
empleado cuatro horas en llegar hasta allí, y ahora casi todo el camino de
regreso era cuesta arriba y no tendríamos más remedio que hacer una larga
ascensión para salir del cañón; habíamos herido a un búfalo y era fácil que nos
embistiera y, cuando salimos de nuevo al borde de la parte quemada, nos
dimos cuenta de que P.O.M. venía con nosotros y que nos convenía emprender
la marcha. Todavía hacía mucho calor, pero el sol estaba poniéndose ya, y
durante un buen trecho tendríamos que recorrer el sendero de animales que se
extendía a la sombra, en la alta orilla que se elevaba por encima del arroyo.
Cuando llegamos hasta donde nos esperaba P.O.M., ésta se presentó ante
nosotros indignada por habernos marchado, dejándola sola, pero, en realidad,
no pretendía otra cosa que fastidiarnos un poco.
Emprendimos el camino de vuelta. Al frente de la expedición iban
Droopy y su lancero, caminando protegidos por la sombra del sendero de
animales que el sol conseguía penetrar a veces, atravesando las hojas de los
árboles. En lugar del fresco olor del bosque a las primeras horas de la mañana,
había un desagradable hedor como el que deja el excremento de los gatos.
—¿Qué produce este hedor? —pregunté a Pop.
—Los mandriles —contestó.
Un grupo de ellos acababa de pasar delante de nosotros y sus
excrementos estaban por todas partes. Llegamos al lugar por donde los
rinocerontes y el búfalo habían aparecido en las cañas y localicé el lugar donde
creía que estaba el búfalo cuando disparé. M’Cola y Droopy rastreaban como
perros de caza y pensé que estaban, por lo menos, cincuenta metros más arriba
que nosotros, cuando Droopy levantó una hoja.
—Tiene huellas de sangre —dijo Pop.
Nos acercamos a ellos. Había una gran cantidad de sangre en las hierbas
de color negro, y el rastro era fácil de seguir. Droopy y M’Cola lo siguieron
uno a cada lado, dejando el rastro entre ellos, señalando cada lugar manchado
de sangre con una larga varita. Siempre había creído que sería mejor que uno
rastreara lentamente y que el otro siguiera adelante, pero aquélla era la forma
en que ellos lo hacían, con las cabezas inclinadas, señalando cada salpicadura
de sangre seca con sus varitas y, de vez en cuando, al descubrir las huellas tras
haberlas perdido, se agachaban para arrancar una muestra de hierba o una
hoja que tuvieran la mancha negra. Yo les seguí con el “Springfield” y detrás
avanzaba Pop, con P.O.M. tras él. Droop llevaba mi gran fusil de caza y Pop el

231
suyo. M’Cola llevaba el “Mannlicher” de P.O.M. colgado del hombro.
Ninguno de nosotros hablaba y cada uno parecía enfrentarse con aquello como
si se tratara de un asunto muy serio. Encontramos sangre en algunas hierbas
altas y en las hojas de hierba que se elevaban a ambos lados del sendero por
donde había pasado el búfalo. Eso quería decir que el disparo le había dado de
pleno. No se podía distinguir ya el color original de la sangre, pero durante un
momento tuve la esperanza de que la bala le hubiera atravesado los pulmones.
Un poco más adelante encontramos en las rocas algunos excrementos
mezclados con sangre y, luego, durante un cierto trecho, había sangre. Ahora
me parecía que el disparo le había atravesado el vientre, o que le había herido
en los intestinos. Cada vez me sentía más avergonzado de mi disparo.
—Si nos topamos con él no se preocupe por Droopy o los demás —
susurró Pop—. Se apartarán fácilmente de su trayectoria. Deténgale.
—Por encima de la nariz —afirmé.
—No intente ningún disparo de exhibición —dijo Pop.
Por el rastro, supimos que el búfalo herido ascendió firmemente, luego
dio dos vueltas sobre sí mismo y, durante un cierto tiempo, pareció vagar, sin
dirección fija, entre algunas rocas. También había ido hacia el arroyo, cruzó un
pequeño afluente de éste y luego volvió a subir a través de los árboles a la
misma orilla.
—Creo que le encontraremos muerto —susurré a Pop.
Aquella forma de dar vueltas y revueltas, sin orientación, hizo que me lo
imaginara, lento y gravemente herido, dispuesto a descender.
—Eso espero —dijo Pop.
Pero el rastro continuaba, donde había ahora poca hierba, y se hacía
mucho más lento y más difícil. Ahora no había huellas que yo pudiera
distinguir, solamente la probable dirección que debía haber tomado,
comprobada por una mancha reluciente y oscura de sangre seca sobre una
piedra. Varias veces perdimos completamente su rastro y cuando uno
encontraba algo, señalaba con la mano y susurraba “Damu”, y proseguíamos
de nuevo la marcha. Finalmente, las huellas conducían en dirección
descendente al cauce del arroyo donde había una extensión larga y ancha
cubierta por las cañas más altas que habíamos visto hasta entonces. Eran más
altas y más gruesas incluso que las del fangal donde habíamos encontrado al
búfalo por la mañana y había varias huellas de animales que iban a parar a
ellas.
—No es nada conveniente llevar a la pequeña Memsahib con nosotros —

232
dijo Pop.
—Que se quede aquí con M’Cola —contesté.
—Tampoco es muy conveniente para la pequeña Memsahib —repitió
Pop—. No comprendo por qué razón le permitimos venir con nosotros.
—Puede esperar aquí. Droop quiere continuar.
—Tiene razón. Echaremos un vistazo.
—Quédate aquí con M’Cola —susurré a P.O.M. por encima del hombro.
Seguimos a Droopy dentro de la espesa y alta hierba que se elevaba cinco
pies por encima de nuestras cabezas, andando con mucho cuidado por el
sendero seguido por el animal, inclinándonos hacia adelante, tratando de no
hacer ningún ruido. Pensaba en los búfalos, cómo les había visto cuando
habíamos cazado a los tres aquella vez, cómo el viejo macho había surgido del
matorral, semiinconsciente, y podía ver los cuernos, la joroba más abajo, con el
morro adelantado, sus ojos diminutos, el bulto de grasa y músculo que
sobresalía del cuello de pelo fino, gris, de piel escamosa, su pesada potencia y
la ira que le consumía, y le admiré y le respeté; pero era lento, y durante todo
el tiempo que le disparamos, sentí que le teníamos a nuestra merced y que era
nuestro. Éste era diferente, no era un animal de acciones rápidas y violentas,
no sería necesario gastar pródigamente los cartuchos cuando apareciera medio
inconsciente en el espacio abierto. Si aparecía ahora, yo debía mantenerme
interiormente tranquilo y apuntarle encima de la nariz cuando adelantara la
cabeza. Tendría que bajar la cabeza para dar la cornada, como cualquier toro, y
esta acción no cubriría el viejo lugar donde los muchachos se humedecen los
puños y yo le dispararía justamente allí y luego me echaría a un lado, dentro
de la hierba, y, a partir de entonces, sería de Pop, a menos que pudiera
mantener preparado el rifle cuando me enfrentara con él. Estaba seguro de que
podría acertarle y disparar bien si podía esperar a ver su cabeza cuando la
agachara. Sabía que podía hacerlo y que el disparo acabaría con él, pero
¿cuánto tiempo duraría aquella prueba? Ese era el problema. ¿Cuánto tiempo
duraría aquel momento? Ahora, avanzando, seguro de que estaba allí, sentía el
júbilo, el mejor júbilo de todos, el que precede a cierta acción futura, acción de
la cual uno forma parte cuando hay algo que hacer, acción en la cual uno
puede matar y salir libre de ella, haciendo algo que uno ignora y, a pesar de
eso, no estar atemorizado, sin preocuparse por nadie y sin sentir ninguna
responsabilidad, sólo pensando en realizar algo que uno se siente seguro de
poder realizar, y yo avanzaba suavemente observando la espalda de Droopy y
recordando que tenía que limpiar el sudor de mis gafas, cuando oí un ruido

233
detrás de nosotros y volví la cabeza. Era F.O.M. acompañada por M’Cola, que
nos seguían.
—¡Por Dios bendito! —exclamó Pop.
Estaba furioso.
Conseguimos que saliera de la hierba, que subiera a la orilla y que
comprendiera que debía permanecer allí. Antes no había entendido que le
habíamos dicho que se quedara detrás. Me había oído susurrar algo, pero
creyó que le decía fuera detrás de M’Cola.
—Estas son cosas que no puedo aguantar —dije a Pop.
—Es como un pequeño terrier —dijo—. Pero no es conveniente que
venga con nosotros.
Estábamos mirando por encima de aquella hierba.
—Droop quiere continuar todavía —dije—. Yo iré hasta donde él quiera.
Cuando diga que se ha acabado, se habrá acabado. Después de todo, creo que
di en el vientre a ese hijo de mala madre.
—Sin embargo, tenga cuidado y no haga nada insensato.
—Puedo acabar perfectamente con ese hijo de perra, en cuanto le eche la
vista encima. Si le encontramos, Pop, voy a hacerle una demostración de cómo
se dispara.
El temor que habíamos sentido por P.O.M., hacía que yo hablara en voz
más alta de lo aconsejable.
—Vamos —dijo Pop.
Seguimos la espalda de Droop por el interior de aquella extensión espesa
y tupida de cañas y cada vez el camino se hacía peor, y no sé lo que hizo Pop,
pero a medio camino yo cambié de fusil, cogiendo el grande, y quité el seguro
y coloqué mi mano en el gatillo y estaba muy nervioso, hasta que, al fin,
Droopy se detuvo y, moviendo la cabeza, dijo:
—Hapana.
Aquel terreno era tan malo para avanzar que no se podía ver un pie más
allá de donde uno estaba y todo eran vueltas y revueltas. Era realmente malo y
ahora el sol sólo daba en la ladera de la colina. Ambos nos sentíamos bien
porque habíamos conseguido que Droopy diera la orden de que se había
acabado el rastreo del búfalo y yo, además, me sentía aliviado. La dificultad
del terreno por el que habíamos atravesado, siguiendo al rastreador, me había
demostrado que mis fantásticos planes de disparar eran completamente

234
estúpidos y con lo único que contábamos en aquella situación era con que Pop
le disparara con el fusil del calibre cuatrocientos cincuenta y dos, después de
que yo fallase seguramente con aquel piojoso rifle del calibre cuatrocientos
setenta. Yo no tenía ninguna confianza en él, excepto en el ruido que hacía.
Regresábamos por dónde habíamos avanzado antes cuando oímos gritar
a los porteadores en la ladera de la colina y echamos a correr, pisoteando la
hierba, intentando alcanzar un lugar lo bastante alto desde el que poder
disparar con facilidad. Movían los brazos y gritaban que el búfalo había salido
de las cañas y que había pasado por delante de ellos y, luego, M’Cola y
Droopy señalaron en una dirección y Pop me tiró de la manga arrastrándome
a un lugar desde donde podía verles y, entonces, a la luz del sol, en la parte
alta de la falda de la colina, pegados a las rocas, vi dos búfalos. Sus pieles
negras brillaban a la luz del sol y uno era mucho más grande que el otro y
pensé que aquél era nuestro macho, que había recogido a una vaca perdida,
que ahora era ella la que le indicaba el camino, haciéndole andar en una
dirección. Droop me había entregado el “Springfield” y deslicé mi brazo a
través del portafusil y mientras apuntaba, viendo ahora a los dos búfalos por
la abertura, dejé que mi cuerpo quedara muerto interiormente, y coloqué la
mira globular en la parte alta de su hombro y, cuando comenzaba a apretar el
gatillo, el macho echó a correr y apunté a su cabeza y disparé. Le vi bajar la
cabeza y saltar como un caballo especializado en pruebas de vallas cuando
arranca de la salida y, arrojando la cápsula, eché hacia delante el cerrojo y
volví a disparar tras él cuando ya desaparecía de mi vista. Entonces, supe que
lo había alcanzado. Droopy y yo echamos a correr y, mientras corríamos, oí un
bramido bajo y profundo. Me detuve y grité a Pop:
—¿Le oye? ¡Le he dado, se lo aseguro!
—Le dio —confirmó Pop—. Sí.
—Condenado, le he cazado. ¿Le oye bramar?
—No.
—¡Escuche!
Permanecimos escuchando y hasta nosotros llegaba, claro, un bramido
claro, doliente, inequívoco.
—¡Dios santo!
Era un sonido muy triste.
M’Cola me dio la mano y Droopy me golpeó en la espalda y, todos
riendo, echamos a correr, alborotando aquel paraje con nuestros gritos,

235
sudando, precipitando el paso, hasta llegar a la pequeña loma que había al
otro lado de los árboles y sobre las rocas. Tuve que detenerme a respirar. Mi
corazón latía precipitadamente, me sequé el sudor de la frente y limpié mis
gafas.
—¡Kufa! —gritó M’Cola, pronunciando la palabra
muerto con una fuerza casi explosiva—, ¡N’Dio! ¡Kufa!
—¡Kufa! —exclamó Droopy, sonriendo.
—¡Kufa! —repitió M’Cola.
Y nos volvimos a dar la mano otra vez antes de continuar la ascensión.
Luego, delante de nosotros, le vimos- caído de espaldas, con la garganta
extendida lo más posible, con el peso del cuerpo sobre los cuernos, apretado
contra un árbol. M’Cola metió el dedo en el agujero de la bala en el centro de la
espalda y movió, contento, la cabeza.
Pop y P.O.M. se acercaron, seguidos por los porteadores.
—Es un macho mejor de lo que habíamos pensado en un principio —
dije.
—No es el mismo macho. Éste es un auténtico macho. El que iba con él
debía ser el que estaba herido.
—Creía que iba con una hembra. Estaba tan lejos, que no podría
asegurarlo.
—Debían estar a cuatrocientos metros. ¡Diablos, creo que sabe disparar
con ese rifle!
—Cuando le vi meter la cabeza entre las piernas y saltar hacia delante,
comprendí que era nuestro. La luz le daba maravillosamente de pleno.
—Sabía que le había dado, y sabía que no era el mismo macho. Por eso,
pensé que teníamos dos búfalos heridos con los que enfrentarnos. No oí el
primer bramido.
—Fue un bramido maravilloso —dijo P.O.M.—. Es un sonido tan triste...
Es como oír un cuerno de caza en el interior de un bosque.
—A mí me sonó terriblemente alegre —dijo Pop—, ¡Diablos! Creo que
nos merecemos un trago por esto. Ese fue un disparo. ¿Por qué no nos dijo
antes que sabía disparar?
—¡Váyase al diablo!
—Ya sabe que, además, es un rastreador condenadamente bueno, ¿y qué
me dice de su habilidad para disparar? —preguntó a P.O.M.

236
—¿No es un animal maravilloso? —dijo ésta.
—Es estupendo. No es viejo, pero tiene una hermosa cabeza.
Intentamos sacar fotografías, pero sólo teníamos la pequeña máquina de
caja cuadrada y el obturador se disparó solo y entonces se produjo una amarga
discusión sobre el obturador mientras la luz disminuía, y ahora yo estaba
nervioso, irritable, sintiéndome dueño de la razón, presuntuoso en lo referente
al obturador y predispuesto a abusar de los demás, porque no podíamos
obtener la fotografía. No puede vivirse en un estado de júbilo como el que yo
había sentido en las cañas y haber cobrado una pieza, aunque sólo se tratara
de un búfalo, sin sentirse completamente tranquilo dentro de sí mismo. Cazar
no es una sensación que se comparte y tomé un vaso de agua y dije a P.O.M.
que sentía mucho que me hubiera portado con ella como un canalla en el caso
de la máquina. Ella contestó que no importaba y de nuevo volvimos a
tranquilizamos contemplando el búfalo y a M’Cola haciendo los cortes para
sacar la piel de la cabeza y permanecimos juntos y sintiéndonos en paz el uno
con el otro y comprendiéndolo todo, lo de la máquina y lo demás. Tomé un
trago de whisky que no dejó ningún sabor en mi boca y no sentí el placer que
siempre me procuraba.
—Déjame tomar otro —dije.
El segundo me sentó muy bien.
Nos dirigíamos hacia el campamento llevando como guía al hombre de
la lanza, al que había perseguido el rinoceronte, y Droopy cortaría la cabeza
del búfalo e iban a hacer pedazos con la carne y ocultarla en árboles para que
las hienas no dieran con ella. Tenían miedo de viajar de noche y dije a Droopy
que podía quedarse con mi gran fusil de caza. Me contestó que no sabía cómo
dispararlo y por eso saqué las cápsulas y puse el seguro y, entregándoselo, le
dije cómo debía dispararlo. Se lo colgó del hombro, cerró el ojo que no debía
cerrar, y tiró con fuerza del gatillo, y volvió a repetir una y otra vez. Luego, le
enseñé lo que tenía que hacer con el seguro y le ayudé a quitarlo y a ponerlo y
a hacer todos los movimientos necesarios para disparar un par de veces.
M’Cola tenía un aire de gran superioridad durante todos aquellos esfuerzos de
Droopy por aprender a disparar con el seguro puesto y Droopy pareció
empequeñecerse un poco ante los ojos de su camarada. Les dejé el fusil y dos
cartuchos y todos se ocuparon airosamente en cortar la carne a la luz del
anochecer. Nosotros seguimos al nativo de la lanza tras las huellas del búfalo
pequeño, que ascendían hacia la cima de la colina, camino del campamento.
Ascendimos las partes superiores de los valles, atravesamos barrancos,
subimos y bajamos quebradas, y, finalmente, llegamos a la loma principal, ya

237
oscurecido y sintiendo el fresco de la tarde; la luna todavía no había aparecido,
y todos avanzábamos cansados. Una vez M’Cola, cargando con el pesado fusil
de Pop, un surtido de botellas de agua, los prismáticos, y una bolsa de cuero
llena de libros, soltó un estribillo que sonaba a insultos y juramentos contra el
guía que dirigía la expedición.
—¿Qué dice? —pregunté a Pop.
—Le dice que no haga demostraciones de velocidad. Que hay un anciano
en el grupo.
—A quién se refiere, ¿a usted o a él?
—A los dos.
Vimos aparecer la luna, arrojando una luz rojiza, como la de un cigarrillo
sobra las colinas parduscas, y descendimos atravesando las luces que se
filtraban a través de las rendijas de las chozas del poblado nativo, con las casas
de barro cerradas, y los olores de las cabras y del ganado, y, después,
atravesamos el arroyo y ascendimos la desnuda ladera donde estaba
encendido el fuego, delante de las tiendas de nuestro campamento. Era una
noche fría y hacía mucho viento.
Por la mañana cazamos, encontramos unas huellas de rinoceronte en la
fuente de un arroyo y le rastreamos por toda la parte alta de la comarca que
había estado cultivada en otro tiempo, antes de descender a un valle que se
dirigía, escarpadamente, hacia el cañón. Hacía mucho calor y las estrechas
botas del día anterior habían irritado y maltratado los pies de P.O.M. No se
quejó en ningún momento, pero yo podía ver que, efectivamente, le hacían
daño. Todos estábamos completamente agotados.
—¡Al diablo con ellos! —dije a Pop—. No quiero cazar otro a menos que
sea realmente grande. Podíamos dedicarnos una semana a cazar uno bueno.
Creo que lo mejor que podemos hacer es quedamos con el que tenemos y
reunimos con Karl. Podemos cazar allí órix y conseguir esas pieles de cebra y
luego dedicamos a la caza del kudú.
Estábamos sentados a la sombra de un árbol, en la cima de una colina y,
desde allí, podíamos contemplar toda la región y el cañón que se deslizaba
hasta el Rift Valley y el lago Manyara.
—Creo que sería muy divertido coger los porteadores, un equipo muy
ligero de hombres, y cazar delante de ellos, atravesando ese maravilloso valle,
hasta salir al lago —explicó Pop.
—Sería estupendo. Podíamos enviar los camiones a que dieran la vuelta

238
para que se encontraran con nosotros en, ¿cuál es el nombre del lugar?
—Maji-Moto.
—¿Y por qué no lo hacemos? —preguntó P.O.M.
—Preguntaremos a Droopy cómo es el valle.
Droopy no lo sabía, pero el guía nativo, que llevaba permanentemente
consigo la lanza, dijo que era un terreno muy agreste y que resultaba difícil
pasar por donde el arroyo descendía atravesando la pared de rocas. No creía
que pudiéramos atravesarlo cargados con todas aquellas cosas necesarias para
levantar el campamento. Renunciamos.
Entonces, Pop dijo:
—Sin embargo, ésta es la clase de excursión que conviene hacer. Porque,
en realidad, los porteadores no cuestan tanto como la gasolina.
—¿No podemos hacer excursiones como éstas cuando volvamos? —
preguntó P.O.M.
—Sí —contestó Pop—. Pero para conseguir un gran rinoceronte
necesitan subir al monte Kenya. Allí es muy fácil conseguir uno que sea
verdaderamente bueno. En cambio, ésta es la región más apropiada para cazar
kudús. Tendrían que subir hasta Kalal para cazar uno en Kenya. Pero si los
conseguimos, tendremos tiempo de continuar bajando a la región de Handeni
en busca de antílopes.
—Marchémonos.
Desde hacía algún tiempo, todos nos sentíamos tranquilos por lo del
rinoceronte que había cazado Karl. Nos alegrábamos de que lo hubiera
conseguido y ya todo aquel asunto lo veíamos desde una perspectiva
diferente. En aquel momento era muy probable que hubiese cazado su órix. Yo
lo esperaba así. Karl era un amigo estupendo, y me alegraba mucho de que
hubiese cazado aquellas piezas extraordinarias.
—¿Cómo se siente mi pobre y vieja Mamá?
—Me encuentro muy bien. Si nos vamos, me gustaría mucho dar un poco
de descanso a mis pies. Pero me apasiona esta clase de caza.
—Volvamos, entonces, comamos, y desmontemos el campamento.
Podemos llegar allí esta noche.
Aquella noche regresamos a nuestro viejo campamento de M’utu-Umbo,
que se levantaba bajo la sombra protectora de los grandes árboles, no muy
lejos de la carretera. Había sido nuestro primer campamento en África y

239
encontramos que los árboles eran tan grandes, tan amplios de ramas y tan
verdes, el arroyo tan claro y de corriente tan rápida, y el campamento tan
bonito como la primera vez que habíamos estado allí. La única diferencia era
que ahora hacía más calor por las noches, que la carretera estaba cubierta de
una espesa capa de polvo, y que habíamos visto una gran parte de toda
aquella región.

240
CAPÍTULO VI

HABÍAMOS descendido al Rift Valley por una carretera de arena rojiza


que atravesaba una alta meseta, luego habíamos bajado y vuelto a subir
atravesando una serie de colinas . cubiertas de matorrales, habíamos rodeado
una vertiente de la selva hasta llegar a la cumbre de la pared rocosa por donde
se entraba en el valle, desde donde podíamos contemplar debajo la llanura, la
espesa selva que se extendía más abajo de la pared y el resplandor del lago
Manyara con sus bordes resecos, con las aguas cubiertas en un extremo por
medio millón de puntos rosados diminutos que resultaron ser flamencos.
Desde allí, el camino descendía escarpado a lo largo de la pared, hasta bordear
la selva, y llegaba a la llanura del valle, atravesando terrenos cultivados
cubiertos de maíz verde, plátanos y árboles cuyos nombres yo desconocía,
todo ello rodeado por la espesa vegetación de la selva. Pasamos por delante de
un almacén indio y de muchas chozas de indígenas, cruzamos dos puentes por
debajo de los cuales corrían arroyos claros y veloces, atravesamos todavía más
extensiones de la selva, que ahora se estrechaban e iban a parar a páramos
abiertos, y dimos con un recodo que conducía a un sendero lleno de profundos
surcos y cubierto totalmente de polvo, que atravesaba una gran extensión de
matorrales hasta llegar a la sombra del campamento de M’utu-Umbo.
Aquella noche, después de la caza, oímos volar a los flamencos en la
oscuridad. Era como el sonido que hacen las alas de los patos cuando echan a
volar antes del amanecer, pero más lentos, con un ritmo firme y seguro, y
multiplicado mil veces. Pop y yo estábamos un poco bebidos y P.O.M. estaba
muy cansada. Karl volvía a
tener un aspecto sombrío. Habíamos conseguido no preocuparnos por su
victoria en la caza del rinoceronte y ahora todo aquello pertenecía por entero
al pasado y su estado de ánimo se debía a que estaba preparándose para una
posible derrota en la caza del órix. Luego, además, habían encontrado no un
leopardo, sino un león maravilloso, un león enorme, de crines negras, que no
quería alejarse de los restos del rinoceronte cuando habían ido a verlo a la
mañana siguiente, y no podían disparar contra él porque se hallaba en una
zona acotada de la selva.
—Es una carroña —dije.
Y traté de sentirme mal por ello, pero todavía me sentía demasiado bien
para apreciar los estados depresivos de otra persona y Pop y yo permanecimos
allí, cansados hasta el fondo de nuestros huesos, tomando whisky con agua y

241
charlando.
Al día siguiente buscamos órix en el polvo reseco del Rift Valley y,
finalmente, encontramos una manada al borde de las colinas boscosas en el
extremo más alejado, encima de un poblado masai. Eran como un hato de
burros masai, pero poseían unos cuernos maravillosos y rectos y todas las
cabezas tenían un aspecto estupendo. Cuando se les miraba de cerca había dos
o tres que, evidentemente, eran mejores que los demás. Sentado en el suelo,
escogí el que me pareció el mejor del grupo y, cuando se extendieron en línea,
le apunté con cuidado. Oí el golpe de la bala al chocar contra un cuerpo y vi al
órix formando círculos, separándose de los demás, y como se hacían los
círculos cada vez más rápidos supe que le había dado. Por esa razón, no volví
a disparar.
Éste era el que Karl había elegido también. Yo no lo sabía, pues había
disparado con todo egoísmo, para asegurarme el mejor esta vez, pero él
también cazó uno bueno y los demás se alejaron formando una nube de polvo
gris que el viento levantaba mientras galopaban. Dejando aparte el milagro de
sus cuernos, no había mayor excitación en cazarlos que si se hubiese tratado de
simples burros y, después de reunirse con nosotros el camión, y de que M’Cola
y Charo prepararan las cabezas y cortaran la carne, volvimos al campamento
bajo el polvo que levantaban las ruedas, con los rostros grises por el polvo del
camino, y el valle transformado en un largo espejismo lleno de sol.
Permanecimos dos días en aquel campamento. Teníamos que conseguir
varias pieles de cebra que habíamos prometido a los amigos y los desolladores
necesitaban algún tiempo para dejarlas a punto. Cazar cebras no era divertido.
Ahora que la hierba estaba seca, la llanura, comparada con las colinas donde
crecía abundante, era un lugar poco grato, lleno de polvo insoportable y de un
no menos insoportable calor, y la imagen que conservo de ella es la de estar
recostado contra un hormiguero con, en la distancia, una manada de cebras
galopando en medio de la reverberación gris y calurosa, levantando una gran
polvareda, y en la llanura amarilla, los pájaros haciendo círculos sobre una
extensión de terreno blanco, otra más allá, luego una tercera y, mirando hacia
atrás, la nube de polvo del camión que llegaba con los desolladores y los
hombres para cortar la carne y llevarla al poblado. Debido al calor, hice
algunos malos disparos a una gacela que los desolladores del poblado me
habían pedido que les cazara para servirles de alimento, hiriéndola después de
fallar tres o cuatro veces. La perseguí luego a través de la llanura hasta casi el
mediodía, bajo aquel terrible calor, hasta que la tuve al alcance y la maté.
Pero aquella tarde recorrimos la carretera que atravesaba el poblado y

242
que pasaba delante de la esquina del almacén general del indio, quien nos
sonrió con su mole aceitosa, de comerciante indio, aunque dando muestras de
fraternal humanidad, y siempre con la esperanza de hacer alguna venta.
Giramos el coche a la izquierda entrando en un sendero que iba a parar las
profundidades de la selva, un estrecho sendero bordeado de matorrales que
atravesaba un bosque espeso, que, luego, cruzaba un arroyo por un puente
hecho de madera y continuaba hasta que los árboles del bosque disminuían y
salimos luego a una llanura llena de hierba que se extendía por delante hasta
llegar al lecho seco del lago bordeado de cañas; más allá, se veía el resplandor
del agua y el color rosado de los flamencos. Había algunas cabañas hechas con
hierba que pertenecían a los pescadores y que se elevaban a la sombra de los
últimos árboles y, más adelante, el viento soplaba cruzando la hierba de la
sabana y el lecho seco del lago aparecía de color blanco-gris con muchos
animales pequeños encorvándose sobre su calcinada superficie cuando
nuestro coche les alarmó. Eran aves de las que se crían en las lagunas y
parecían extrañas y desgarbadas cuando se movían en la distancia, pero
gráciles y acicaladas cuando se las veía paradas de cerca. Giramos el coche
atravesando la hierba espesa y corta y llegamos al suelo seco del lago y en
todas partes, a la izquierda y a la derecha, donde los arroyos iban a
desembocar en el lago y formaban un pantano lleno de cañas y mimbres que
descendía hacia el lago, cortado por canales de aguas, los patos volaban y
podíamos ver grandes bandadas de gansos extendidas sobre los pequeños
promontorios cubiertos de hierba que se elevaban por encima del pantano. El
lecho seco del lago era duro y fírme y condujimos el coche hasta que delante
comenzó a parecer húmedo y blando; luego dejamos allí el automóvil, y Karl,
cogiendo a Charo y yo a M’Cola para llevar municiones y aves, nos pusimos
de acuerdo para batir a un lado y a otro del pantano e intentar disparar a las
aves en movimiento, mientras Pop y P.O.M. se dirigían al borde de las altas
cañas de la playa izquierda del lago donde otro arroyo formaba una densa
marisma hacia la que nosotros pensábamos que volarían los patos.
Les vimos atravesar el claro, una gran figura voluminosa vestida con una
chaqueta de pana y una muy pequeña en pantalones, chaqueta de color caqui,
botas, y un gran sombrero, y luego desaparecer cuando se agacharon en un
lugar donde crecían cañas secas, antes de que nosotros echáramos a andar.
Pero cuando llegamos al borde del arroyo, vimos en seguida que el plan no era
bueno. Incluso buscando cuidadosamente lugares firmes donde poder pisar, se
hundía uno hasta las rodillas en el frío barro y, al mismo tiempo que se hacía
menos fangoso y había más montículos que sobresalían por encima del agua,
algunas veces yo me hundía hasta la cintura. Los patos y gansos volaron fuera

243
del alcance de la escopeta y después de ver a la primera bandada vacilar un
momento y luego dirigirse donde los otros estaban ocultos en las cañas y oír la
aguda y pequeña explosión de la escopeta de doble repetición de P.O.M. y ver
cómo los patos cambiaban de dirección y marchaban hacia el lago, las otras
bandadas extendidas por allí y también las de gansos, todas ellas, se dirigieron
hacia la amplia extensión de agua. Una bandada de ibis, que parecían, con sus
picos inclinados hacia abajo, grandes chorlitos, echó a volar desde el pantano
que había en el lado del arroyo donde estaba Karl, y dio vueltas en las alturas
por encima de nosotros antes de volver a las cañas. Por todo el pantano había
agachadizas y francolines negros y blancos y, finalmente, al no poder
conseguir que los patos se colocaran al alcance de la escopeta, comencé a
disparar a las agachadizas, con gran disgusto de M’Cola. Seguimos
recorriendo el pantano hasta salir de él y luego cruzamos otro arroyo, con los
hombros erguidos mientras yo tenía el fusil preparado siempre en posición de
disparo y los bolsillos llenos de cartuchos, disparando a todo lo que se me
ponía por delante y, finalmente, tratando de dirigirme donde estaban P.O.M. y
Pop, encontré un arroyo de corriente profunda donde había unas cercetas
volando, y cacé tres. Había casi anochecido y encontré a Pop y a P.O.M. en la
orilla extrema de este arroyo, en el borde del lecho seco del lago. Parecía
demasiado profundo para vadearlo y el suelo era suave, pero, finalmente,
encontré las huellas muy marcadas de un hipopótamo que se metían en el
arroyo y pisoteándolas, sintiendo el fondo de las aguas perfectamente firme
bajo mis pies, seguí la dirección del hipopótamo, con el agua llegándome
justamente hasta los hombros. Cuando salí a la hierba y permanecí un
momento chorreando, una bandada de cercetas pasó por encima a gran
velocidad y, agachándome para disparar a la luz del anochecer al mismo
tiempo que Pop, dimos a tres que cayeron con fuerza, haciendo un
movimiento sesgado, más allá en las altas hierbas. Las buscamos
cuidadosamente y las encontramos. Su velocidad las había llevado mucho más
lejos de lo que esperábamos y, luego casi a oscuras, nos dirigimos al automóvil
atravesando el barro seco y gris del lecho del lago, yo completamente
empapado y mis botas escurriendo agua, P.O.M. contenta con los patos, los
primeros que habíamos cazado desde el Serengetti, recordando el gusto
maravilloso que tenía su carne, y, más adelante, podíamos ver el camión que
parecía muy pequeño en la distancia y, más allá, se veía una extensión de
terreno llano, cubierta de barro cocido por el sol y, después, la sabana de
hierba y el bosque.
Al día siguiente, volvimos a cazar cebras, llenos de sudor solidificado
por el polvo que levantaba el camión y que el viento lanzaba sobre nosotros,

244
de regreso al campamento, mientras atravesábamos la llanura. P.O.M. y Pop
no habían salido aquel día, no tenían nada que hacer y no sentían ninguna
necesidad de tragar aquel polvo, y Karl y yo salimos a la llanura que calcinaba
un sol terrible y un polvo no menos terrible, y nos entretuvimos con una de
esas conversaciones que empiezan de esta manera:
—¿Qué sucede?
—Estaban demasiado lejos.
—No al principio.
—Estaban demasiado lejos, te lo aseguro.
—Se ponen muy difíciles si no se les da a la primera.
—Cázalas tú.
—Ya he cazado bastantes. Sólo necesitamos doce pieles en total.
Continúa tú.
Luego, uno de los dos, disparando demasiado rápidamente para
demostrar que le habían pedido que disparara rápidamente, levantándose de
detrás del montículo y apartándose, disgustado, mientras se dirigía donde
estaba su compañero de caza, decía, afectadamente:
—¿Qué sucede?
—Están demasiado lejos, ya te lo dije —decía el otro desesperadamente.
El del tono afectado contestaba, con complacencia:
—Míralas.
La cebra que se había alejado galopando había visto el camión que se
acercaba con los desolladores y había dado un rodeo, y ahora estaba de pie,
ofreciendo todo su cuerpo, al alcance de un disparo.
El primero mira, no dice nada, pues en ese momento está demasiado
enfadado para disparar. Y, por fin, dice:
—Adelante. Dispara.
Pero el que había hablado con tono afectado, dando pruebas de mayor
virtuosismo y honradez, se niega.
—Adelante —dice.
—Estoy agotado —contesta el otro.
Sabe que está demasiado enfurecido para disparar y siente que le han
hecho trampa. Siempre hay algo que le está engañando, la necesidad de hacer
las cosas de otra forma que no sea regular, o mediante una ordenanza inexacta

245
en la que los detalles no están especificados, o el hecho de tener que hacerlo
delante de la gente, o tener prisas para hacerlo.
—Ya tenemos once —dice el de cara afectada, lamentándolo en ese
momento.
Sabe que no debería meterle prisas, que debería dejarle solo, que lo único
que consigue así es ponerle nervioso, haciendo que se precipite, y que de
nuevo se ha portado como un hijo de perra presuntuoso y honorable.
—No podremos cazar ésa en otro momento. Vamos, Bo, vamos a cazarla.
—Bueno, cacémosla. Es mejor que dispares tú.
—No, vamos los dos.
Y cuando el camión se acerca y uno va en él masticando el polvo, la
amargura desaparece y solamente queda de nuevo la sensación de la brevedad
del tiempo.
—¿En qué piensas ahora? —preguntas—¿Continúas pensando en lo hijo
de perra que soy?
—No estoy pensando en esta tarde —contesta y sonríe haciendo un
gesto, formando arrugas en el polvo cocido de su rostro.
—Yo también —dice.
Finalmente, la tarde llega y comienza de nuevo la caza.
Esta vez uno lleva botas altas de lona lo bastante ligeras para poder sacar
los pies cuando se hunden en el cieno del pantano, y uno va de montoncillo de
tierra en montoncillo de tierra, recorriendo un camino que atraviesa el pantano
y vadea y rodea los canales y los patos echan a volar como el día anterior,
dirigiéndose hacia el lago, pero uno da un gran rodeo a la derecha y
desemboca en el lago mismo y encuentra el fondo duro y fírme, y andando,
con el agua hasta las rodillas, haciendo que las grandes bandadas de patos y
gansos echen a volar. Luego, se produce un disparo, y uno y M’Cola se
agachan, con las cabezas inclinadas, y entonces el aire está lleno de patos, y
uno alcanza a dos, después a otros dos más, y luego a uno que vuela alto por
encima de las cabezas de ambos, y fallas uno que vuela rápidamente, recto y
bajo, a la derecha, luego vuelven silbando hacia dónde estás, pasando más
rápidos de lo que es conveniente para que uno pueda cargar la escopeta y
disparar; después, disparar a un grupo para conseguir lisiados como señuelo
y. finalmente, sólo disparar por disparar, porque ahora sabes que puedes
conseguir todos los que quieras o puedas llevarte. Intentas dar al más alto, que
vuela directamente por encima de tu cabeza, y casi inclinándote de espaldas,

246
en la forma del croup de roi, das en el blanco a un gran pato negro que cae al
agua junto a M’Cola. que se echa a reír, lleno de alegría, luego, con los cuatro
patos cojos que has herido como señuelo alejándose nadando, decides que es
mejor matarlos y recojerlos. Entonces, tienes que correr por el agua, que te
llega hasta las rodillas, para que el último cojo quede al alcance de tu escopeta
y resbalas y caes de frente y te sientas en el agua, alegrándote de que, al fin,
estés completamente mojado, con el trasero húmedo y frío, empapado en agua
cenagosa, limpiando las gafas y luego sacando el fusil del agua, preguntándote
si conviene que dispares los cartuchos antes de que se humedezcan con el
agua, y M’Cola contento por el revuelo que acabas de organizar. Él, con el
zurrón de caza lleno de patos, se arrodilla y una bandada de gansos pasa por
encima, al alcance de cualquier escopeta más o menos experta, mientras uno
intenta meter un cartucho mojado en la escopeta. Por fin, consigues meter el
cartucho mojado en la escopeta, disparas, pero es demasiado lejos; o uno está
detrás, y, cuando haces el disparo, ves la nube de flamencos elevarse al sol,
consiguiendo que todo el horizonte del lago se tiña de color de rosa. Luego, los
flamencos se detienen y se posan sobre las aguas. Pero después de cada
disparo, te vuelves a mirar al sol que resplandece sobre el agua y ves aquel
rápido elevarse de la increíble nube y, luego, una vez más, el lento posarse en
las aguas.
—M’Cola —dices y señalas.
—N’Dio —contesta, contemplándoles.
Luego exclama:
—¡M’uzuri!
Y te entrega más cartuchos.
Todos tuvimos buena caza, pero era mejor siempre fuera de los terrenos
pantanosos donde crecían las cañas, en el lago, y durante tres días, viajando,
teníamos para comer cercetas frías, los mejores ejemplares de patos, de carnes
finas, rollizas y tiernas, tomadas frías con pepinillos Pan-Yan y con vino rojo
que compramos en Baba- ti, sentados junto a la carretera, esperando que los
camiones fueran a recogernos, a la sombra del porche del pequeño hotel de
Babati. Luego, avanzada la noche, cuando, finalmente, los camiones llegaron
en nuestra busca, estábamos en casa de un amigo nuestro ausente que se
levantaba en lo alto de las colinas, con el fresco de la noche, vestidos con
chaqueta, sentados a la mesa, después de haber esperado tanto tiempo a que
llegara el maldito camión, cuando ya habíamos bebido mucho, demasiado en
realidad, y estábamos, además, increíblemente hambrientos, P.O.M. bailando

247
con el administrador de la shamba de café, y también con Karl, con la música
del gramófono; yo, por mi parte, completamente lleno de emetina y con un
fuerte dolor de cabeza que procuraba anegar en whisky con soda acompañado
por Pop en el porche de la casa; completamente anochecido ya y el viento
levantando una auténtica galerna, y, después, la llegada de aquellas cercetas a
la mesa del banquete, calientes y humeantes y adornadas con vegetales
frescos. Las gallinas de Guinea estaban estupendas, y ahora yo tenía una en la
cesta de los almuerzos, que iba en la parte trasera del camión, y que me
comería aquella noche. Pero aquellas cercetas eran lo mejor de todo.
Desde Babati habíamos marchado en los camiones atravesando las
colinas hasta llegar al borde de una llanura, cubierta de árboles en una larga
extensión de terreno pantanoso, más allá de un pequeño poblado donde se
levantaba una misión al pie de una montaña. Allí montamos el campamento
para cazar kudús, pues, al parecer, había muchos en las colinas boscosas y en
la selva que se elevaba en las mesetas que se extendían hasta el borde de la
llanura abierta.

248
CAPÍTULO VII

ERA un lugar cálido para acampar, bajo árboles que habían sido
fumigados para alejar de esta manera la mosca tsé-tsé, y en las colinas de los
alrededores resultaba difícil cazar, pues eran colinas escarpadas, llenas de
matorrales, y muy quebradas, con una difícil ascensión antes de llegar hasta
ellas. Donde resultaba fácil cazar, por el contrario, era en las mesetas cubiertas
de árboles, donde se andaba de un lado para otro como en un parque
dedicado a la caza de venados. Pero por todas partes había moscas tsé-tsé,
bullendo alrededor de uno, picándote con fuerza en el cuello, a través de la
camisa, en los brazos y detrás de las orejas. Yo llevaba una rama con hojas y
las fustigaba, golpeando con ella en la parte posterior de mi cuello mientras
anduvimos por allí cazando aquellos cinco días, desde el amanecer hasta el
anochecer, volviendo al campamento después de oscurecido, completamente
agotados, pero contentos de la frescura y de la oscuridad que hacían que las
moscas tsé-tsé dejaran de picar. Cazamos por turno en las colinas y en las
mesetas y llanuras y Karl cada vez parecía más sombrío y triste aunque cazó
un estupendo antílope de color ruano, muy bonito. Había adquirido un
sentimiento depresivo muy complicado y personal mientras estuvo cazando
kudús y, como siempre le sucedía cuando estaba confuso, le echaba la culpa a
alguien, a los guías, a la elección de sector donde merodear, a las colinas, a
todo. Tenía la sensación de que todos ellos le traicionaban. Las colinas le
castigaban y no creía en los lugares llanos. Todos los días yo esperaba que
cazara algo bueno y que se aclarara la atmósfera, pero día tras día sus
sentimientos contra los kudús complicaban la caza. Nunca había sido un
hombre dotado para la caza en las montañas, para ascender por los picos, y las
colinas eran para él algo más que un duro castigo. Yo traté de hacerme cargo
de los puestos más montañosos y difíciles de la comarca para aliviarle un
poco, pero podía comprender que ahora que él estaba cansado, se daba
perfecta cuenta de que probablemente estaban en las colinas y que se le
escapaba su oportunidad.
Durante los cinco días que pasamos allí, vi una docena o más de kudús
hembras y un joven macho con un grupo de hembras. Éstas eran grandes,
grises, de flancos rayados como antílopes, con cabezas ridiculamente
pequeñas, grandes orejas y una forma de andar suave, aunque rápida, cuando
escapaban presas del pánico por entre los árboles. El joven macho tenía unos
cuernos que parecían el comienzo de una espiral, pero eran cortos y regordetes
y cuando pasó corriendo por delante de nosotros, al extremo de un claro del

249
bosque, al anochecer, el tercero en una hilera de seis hembras, no era un
auténtico macho más que lo es el alce canijo comparado con uno grande, viejo,
de cuello grueso, de cola oscura, de cuernos totalmente desarrollados, de piel
morena, con la constitución de caballo percherón de un alce macho.
Otra vez, dirigiéndonos al campamento mientras el sol se ponía en las
colinas detrás de un valle escarpado, los guías señalaron a dos animales grises,
de rayas blancas, que se movían, recortados contra el sol en la cima de la
colina, mostrando únicamente sus flancos a través de los troncos de los
árboles, y dijeron que eran kudús machos. No podíamos ver los cuernos y,
cuando ascendimos a la cumbre de la colina, el sol se había puesto ya, y en el
terreno rocoso no pudimos encontrar sus huellas. Pero, por lo que habíamos
podido ver antes, parecían de patas más altas que las hembras que habíamos
visto acompañadas por el joven macho, y bien podían ser machos. Rastreamos
por los barrancos hasta que oscureció del todo.
Pero no los volvimos a ver ni Karl los encontró al di a siguiente, cuando
le enviamos allí.
Nos encontramos con muchos gamos y una vez cazando a lo largo de un
cerro con una barranca escarpada que se abría debajo de la cumbre, topamos
con un gamo que nos había oído, pero no había podido olfatearnos, y mientras
permanecíamos, perfectamente tranquilos e inmóviles, M’Cola colocando su
mano sobre la mía, le contemplamos, sólo a una docena de pasos de distancia
de nosotros, de pie, hermoso, de largo cuello, con un oscuro collarín alrededor
de su cuello, con los cuernos levantados, todo su cuerpo tembloroso mientras
las aletas de sus narices se ensanchaban buscando el olor. M’Cola sonreía,
hacía muecas en silencio, apretando fuertemente con sus dedos mi muñeca y
nosotros contemplábamos al gran macho temblar ante el peligro que adivinaba
y que no podía localizar. Entonces se oyó la explosión distante y pesada de un
fusil de pólvora de un nativo y el gamo dio un salto y casi nos atropelló al salir
a galope tendido loma arriba.
Otro día, acompañados por P.O.M., habíamos estado cazando y
rastreando por toda la llanura cubierta de árboles y llegamos al borde del llano
donde solamente había bosquecillos de matorrales y sanseviera, cuando oímos
una tos profunda y ronca. Miré a M’Cola.
—Simba —explicó y no parecía muy contento.
—¿Wapi? —susurré—. ¿Dónde?
Señaló con la mano en una dirección.
Susurré a P.O.M.:

250
—Es un león. Probablemente el que oímos a primera hora de esta
mañana. Debes volver a esos árboles.
Habíamos oído rugir a un león un poco antes del amanecer, cuando nos
levantamos.
—Preferiría quedarme contigo.
—No creo que eso le agrade mucho a Pop —dije—. Es mejor que nos
esperes ahí detrás.
—De acuerdo. Pero debes tener cuidado.
—No te preocupes, que no voy a hacer más que un disparo y no
dispararé a menos que esté seguro de alcanzarle.
—De acuerdo.
—Vamos —dije a M’Cola.
Parecía tener una expresión muy grave y no gustarle nada aquel asunto.
—¿Wapi Simba? —susurré.
—Aquí —dijo lúgubremente.
Y señaló las islas quebradas de hierba espesa de espino verde. Hice un
gesto ordenando a uno de los guías que retrocediera con P.O.M y les vimos
alejarse unos doscientos metros hasta el borde del bosque.
—Vamos —dije.
M’Cola meneó la cabeza sin sonreír, pero me siguió. Avanzamos muy
lentamente, mirando y tratando de ver a través de la sanseviera. No podíamos
ver nada. Entonces, volvimos a oír la tos, un poco más adelante y a la derecha.
—¡No! —susurró M’Cola—. ¡Hapana, B’wana!.
—Vamos —dije.
Y señalé con el dedo índice mi cuello y retorcí el pulgar hacia abajo.
—Kufa —susurré.
Y con ello quería decir que daría en el cuello del bastardo y que le dejaría
seco en el sitio. M’Cola movió la cabeza, su rostro tenía una expresión
totalmente grave y estaba sudando la gota gorda.
—¡Hapana! —susurró.
Había un montículo delante y ascendimos la pequeña cuesta y, desde la
cima, echamos una ojeada alrededor. No pudimos distinguir nada entre los
matorrales verdes que parecían cubiertos de cactus. Había creído que
podríamos verle desde el montículo y, después de bajar de éste, continuamos

251
avanzando durante unos doscientos metros.
Metiéndonos en el terreno cubierto de cactus. Una vez más oímos toser
al león delante de nosotros y una vez más un poco más allá, oímos un gruñido.
Era muy profundo y muy impresionante. Hacía mucho tiempo que no sentía
nada parecido. Hasta entonces había creído que podía hacer un buen disparo
desde cerca y sabía que si lograba cazar un león, sin Pop a mi lado, me sentiría
muy bien durante una larga temporada. Me había decidido absolutamente a
no disparar, a menos que supiera que podía alcanzarle con un disparo mortal
(había matado ya tres y sabía en qué consistía), pero sentía más excitación para
cazar éste de lo que había sentido durante todo el viaje. Me daba cuenta de que
era perfectamente honesto con Pop continuar mientras tuviera la posibilidad
de hacer el disparo, pero la situación en que nos encontrábamos ahora era
bastante mala. Continuaba alejándose de nosotros, mientras avanzábamos,
aunque lentamente. Era evidente que no deseaba moverse, pues había comido,
y probablemente lo había hecho cuando le habíamos oído rugir a primera hora
de la mañana, y ahora quería establecerse para pasar el resto del día y toda la
noche. M'Cola odiaba todo aquello. Yo no sabía si se debía a la gran
responsabilidad que sentía por mí ante Pop o se debía, por el contrario, a su
aguda sensación de la miseria que aquella peligrosa fiera podía depararnos. El
caso es que se sentía muy miserable. Finalmente, colocó su mano en mi
hombro, acercó su cara casi hasta rozar la mía y meneó violentamente tres
veces la cabeza.
—¡Hapana! ¡Hapana! ¡Hapana! ¡B’wana! —protestó, se lamentó y rogó.
Después de todo, no tenía ningún sentido que le llevara conmigo,
cuando no estaba seguro de que pudiera tener una buena posibilidad de
dispararle, con temor a fallar, y, además, era un profundo alivio personal
volverse atrás.
—De acuerdo —dije.
Dimos la vuelta y deshicimos el mismo camino que habíamos recorrido,
luego cruzamos la pradera abierta hasta los árboles donde estaba esperando
P.O.M.
—¿Le viste?
—No —contesté—. Le oímos tres o cuatro veces.
—¿No estabas asustado?
—Muchísimo —dije, al final— Pero hubiera preferido dispararle más
que cualquier otra condenada cosa de este mundo.

252
—Yo, en cambio, me alegro de que hayas vuelto —dijo.
Saqué el diccionario de mi bolsillo y pronuncié una frase en swahili.
“Gustar” era la palabra que yo quería utilizar.
—¿A M’Cola gusta Simba?
M’Cola podía sonreír de nuevo, y la sonrisa hizo que los bigotes chinos
que usaba se agitaran en los extremos de la boca.
—Hapana —dijo, y movió la mano delante de su cara—. ¡Hapana!
“Hapana” es una negación, equivalente a “no”.
—¿Cazamos un kudú? —sugerí.
—Bueno —contestó M’Cola alegremente en swahili—. Mejor. Lo mejor.
Tendalla, sí. Tendalla.
Pero no conseguimos ver un kudú macho en los alrededores de aquel
campamento y lo abandonamos dos días después para ir a Babati y, luego,
descender a Kondoa y atravesar la región hacia Handeni y la costa.
No me gustó nunca aquel campamento, ni los guías, ni la región. Daba la
impresión de que allí no se podía hacer otra cosa que fracasar en todo, y era
una sensación bastante profunda. Sabíamos que allí había kudús y que el
Príncipe de Gales había cazado su kudú en aquel campa mentó, pero aquella
temporada habían estado por allí otros tres safaris, y los nativos se dedicaban a
cazar, aparentemente para defender sus cosechas de los mandriles que
poblaban aquellos parajes, pero cuando uno se encontraba a un nativo con un
mosquetón de bronce.
Parecía bastante extraño que siguiera a los mandriles a diez millas de
distancia de su shamba, ascendiendo a las colinas donde se hallaban los kudús
para cazarlos, y yo estaba completamente a favor de levantar el campamento e
intentarlo de nuevo en una comarca que se encontraba hacia la parte de
Handeni, donde nunca había estado ninguno de nosotros.
—Vayamos, entonces —dijo Pop.
Parecía que esta nueva región de caza era un auténtico regalo. Los kudús
salían a los claros y uno no tenía que hacer nada más que sentarse a esperar
que llegaran los más enormes y escoger una cabeza adecuada y luego disparar.
Después, además, había antílopes y acordamos que el primero que cazara un
kudú, se trasladaría a la región de los antílopes. Yo comenzaba a sentirme
terriblemente contento y bien, y Karl estaba muy alegre ante las perspectivas
que ofrecía esta nueva y milagrosa región donde todo estaba tan poco
manchado por la civilización que era realmente una vergüenza echarse encima

253
de sus habitantes.
Salimos, poco después del amanecer, por delante del grupo de hombres
que hacía todo el servicio del safari, que se quedaba para levantar el
campamento y recoger las cosas y que debía seguirnos en los dos camiones.
Nos detuvimos en Babati en el pequeño hotel que daba al lago y compramos
algunos pepinillos Pan-Yan y tomamos unas cervezas frías. Luego, nos
dirigimos hacia el sur por la carretera que conduce desde la ciudad de El Cabo
hasta El Cairo, que en este trecho estaba bien nivelada, lisa, y que se abría
camino cuidadosamente a través de colinas boscosas que daban sobre las
largas y amarillas extensiones de las llanuras de las llamadas Estepas Massai,
bajando y cruzando campos de cultivo, donde las mujeres de pechos resecos y
los ancianos de costados estrechos y de costillas hundidas cavaban en los
campos de maíz, a través de millas y millas polvorientas del mismo paisaje, y
después penetramos en un valle de terrenos recocidos por el sol, erosionados,
donde la arena del suelo se elevaba formando nubes, y luego se contemplaba
la ciudad, sombreada por los árboles, bonita, blanqueada, un modelo de
guarnición alemana, la ciudad de Kandoa-Irangi.
Dejamos a M’Cola en el cruce de carreteras para que detuviera a los
camiones cuando llegaran, dejamos el coche bajo una sombra y visitamos el
cementerio militar. Intentamos llamar al D. O., pero estaban almorzando, y no
deseábamos molestarles. De esa forma, después del cementerio militar, que era
un lugar agradable, limpio, bien cuidado y tan bueno como cualquier otro
para dormir el sueño de los justos, tomamos un poco de cerveza a la sombra
de un árbol que parecía frío liquido después del blanco resplandor de un sol
cuyo peso podía sentirse sobre el cuello y los hombros. Pusimos el coche en
marcha y nos acercamos al cruce de carreteras para recoger los camiones y
dirigirnos hacia el este, penetrando en la nueva comarca.

254
CAPÍTULO VIII

ERA una nueva región para nosotros, pero tenía todas las características
de las regiones donde habíamos estado antes. La carretera era un camino
construido sobre rocas sólidas, gastadas por el paso de innumerables
caravanas y de rebaños de ganado, y se levantaba llena de guijarros, tenía el
aspecto menos definido de carretera que yo había visto en toda mi vida,
atravesando una doble fila de árboles y penetrando en las colinas. Aquella
región se parecía tanto a Aragón que yo no podía creer que no estuviésemos
en España, hasta que, en lugar de muías con alforjas, encontramos a una
docena de nativos con los pies descalzos y la cabeza al descubierto, vestidos
con ropas hechas de sábanas de algodón blanco que llevaban cogidas sobre los
hombros como túnicas romanas; pero, cuando pasaron, el paisaje con los altos
árboles que bordeaban el sendero que se deslizaba por encima de las rocas,
volvió a parecerme España y yo había seguido en otro tiempo esta misma ruta,
obligado a continuar hacia adelante y siguiendo de cerca tras un caballo,
contemplando el horror de las moscas arremolinándose en su grupa. Eran las
mismas moscas que encontrábamos aquí en los leones. En España, si una se
mete dentro de la camisa, es necesario quitarse ésta para matarla. Se metía por
la tirilla de la camisa, se deslizaba por la espalda, alrededor y bajo el brazo, se
abría camino hacia el ombligo y hacia el cinturón, y, si no se la cogía, se movía
de un lado para otro con tal inteligencia y velocidad que, picando una y otra
vez en los lugares más dispares, acababa por obligarte a que te desnudaras
completamente para matarla.
Aquel día en que contemplaba las moscas enormes picando bajo la cola
del caballo, temiendo que también les diera por picarme a mí, me causaron
más horror que todas las cosas juntas que había visto en mi vida, exceptuando
una vez que estuve en el hospital con el brazo derecho roto entre el codo y el
hombro; tenía la parte posterior de la mano pegada contra la espalda, las
puntas del hueso habían levantado la carne de los bíceps hasta que,
finalmente, se pudrió, se inflamó, estalló y dejó escapar el pus. Solo en la
noche, acompañado únicamente por el dolor, después de pasar cinco semanas
sin dormir, pensé de pronto cómo debía sentirse un alce macho si se le parte
un hombro y se escapa, y aquella noche yo yacía sintiéndolo todo, el proceso
completo, como si hubiese sucedido desde el estallido de la bala hasta el final
del asunto, y, faltándome un poco de control de la cabeza, pensaba que tal vez
lo que me sucedía era el castigo que recibían tarde o temprano todos los
cazadores. Luego, al curarme, decidí que era un castigo que había pagado ya y

255
que, al menos, sabía lo que estaba haciendo. No hacía nada que no me hubiera
sido hecho a mí. Me habían disparado y me habían lisiado y había salido de
aquella situación. Siempre esperé morir de una cosa o de otra y, sinceramente,
eso no me preocupaba. Puesto que todavía me gustaba cazar, decidí que sólo
dispararía mientras pudiera matar limpiamente y, tan pronto como perdiera
esa habilidad, lo dejaría.
Si uno se alista con los que luchan por la sociedad, por la democracia y
toda esas cosas cuando es joven y se declina después cualquier otro
alistamiento, y se hace responsable sólo de uno mismo, cambia el hedor
agradable y reconfortante de los camaradas por algo que no puede sentirse
nunca de ninguna otra forma más que consigo mismo. Este algo no puedo
definirlo todavía totalmente, pero la sensación se produce cuando se escribe
bien y con verdad sobre una cosa y se sabe de manera impersonal que se ha
escrito de esa forma y aquellos que cobran para leerlo e informar a los lectores
no les gusta el tema, de tal manera que dicen que todo es falso, pero tú sabes
que su valor es absoluto; o cuando haces algo que la gente no considera una
ocupación seria y, sin embargo, sabes, de verdad, que es tan importante y ha
sido siempre tan importante como todas las cosas que están de moda; o
cuando estás solo en el mar y sabes que este Gulf Stream con el que estás
viviendo, conociendo, aprendiendo de él y amándolo, se ha movido, como se
mueve ahora, desde antes del hombre, y que ha pasado junto a las playas de
esa larga, hermosa, infeliz isla mucho antes de que Colón la avistara, y que las
cosas que averiguas sobre ella y los que siempre han vivido de ella son
permanentes y poseen un valor, porque esa corriente seguirá su curso, como lo
ha seguido siempre después de los indios, después de todos los cubanos y
todos los sistemas de gobierno; o cuando la riqueza, la pobreza, el martirio, el
sacrificio y la venalidad y la crueldad hayan desaparecido como la chalana de
colores brillantes, y resplandeciente de blancura, apilada hasta los topes de
basura, de olor insoportable, que se inclina de un costado, derramando su
carga en el agua azul, volviéndola de un color verde pálido hasta una
profundidad de cuatro o cinco brazas, mientras la carga se extiende por la
superficie, yéndose al fondo lo más pesado y flotando los objetos de hojas de
palmera, corchos, botellas y bombillas eléctricas usadas, sazonado todo ello
con un preservativo de ocasión o un corsé, con las hojas rasgadas del cuaderno
de ejercicios de un estudiante, un perro hinchado, las ratas que hay en todas
partes, el gato que ya no puede distinguirse. Todo esto bien pastoreado por los
barcos recogedores de basura que cogen sus presas con largas pértigas, tan
interesados, tan inteligentes, y tan exactos como historiadores. Ellos poseen el
punto de vista; la corriente, sin que el fluir se haga visible, recoge cinco cargas

256
de todo esto al día cuando las cosas marchan bien en La Habana y, un espacio
que se extiende a lo largo de la costa, está claro y azul, sin que nada se
modifique por ello, como lo estuvo siempre antes de que la corriente se llevara
lo que depositan los lanchones de la basura. Y las hojas de palma de nuestras
victorias, las lámparas de luz gastadas de nuestros descubrimientos y los
preservativos vacíos de nuestros grandes amores flotan sin ningún significado
contra una cosa única y permanente: la corriente.
De esta manera, sentado en el asiento delantero, pensando en el mar y en
la región, pronto salimos de Aragón y bajamos a la orilla de un río de media
milla de ancho, de arena dorada, rodeado de árboles verdes y partido por islas
de arboledas; en ese río el agua está debajo de la arena y los animales salvajes
bajan por las noches y cavan en la arena con pezuñas afiladas y el agua brota
de allí y beben. Cruzamos este río y, dentro de poco, iba a anochecer; pasamos,
en la carretera, junto a mucha gente que abandonaba la comarca que se
extendía por delante de nosotros donde había una epidemia de hambre; había
árboles pequeños, arbustos y matorrales poco crecidos junto a la carretera que
luego comenzaba a ascender; entramos así en unas colinas azules, viejas,
gastadas, cubiertas de vegetación y árboles semejantes a hayas, con grupos de
cabañas y chozas de donde surgían columnas de humo y en donde el ganado,
rebaños de ovejas y cabras, era conducido a las casas, y había terrenos
cultivados de maíz. Dije a P.O.M.:
—Se parece a Galicia.
—Exactamente —contestó—. Hemos atravesado hoy tres regiones de
España.
—¿De veras? —preguntó Pop. —No hay mucha diferencia —dije—. Sólo
cambian los edificios. La región de Droopy también se parecía a Navarra. La
piedra caliza aflorando de la misma manera, la forma en que se extiende el
campo, los árboles a lo largo de las corrientes de agua y los arroyos.
—Es sumamente extraño cómo se puede amar un país —dijo Pop.
—Ustedes dos son dos tipos muy profundos —dijo P.O.M.—. Pero,
¿dónde vamos a levantar el campamento?
—Aquí —contestó Pop—. Es un lugar tan bueno como cualquier otro. En
seguida encontraremos agua.
Acampamos bajo unos árboles cerca de tres grandes pozos donde las
mujeres nativas iban a buscar agua y, después de echar a suertes los lugares
donde íbamos a cazar, Karl y yo salimos al anochecer a cazar en los
alrededores de dos de las colinas, al otro lado de la carretera, encima del

257
poblado nativo.
—Toda esta comarca está llena de kudús —informó Pop—. Es más que
posible que se topen con uno en cualquier parte.
Pero no vimos nada, excepto algunos ganados masai en los bosques y
volvimos al campamento, ya oscurecido, contentos del paseo después de pasar
un día en el coche, para encontrar el campamento montado, a Pop y a P.O.M.
en pijama junto al fuego. Karl todavía no había regresado.
Volvió, al fin, furioso por alguna razón, posiblemente no por los kudús,
con aspecto enflaquecido y sin hablar a nadie.
Luego, sentados junto al fuego, me preguntó dónde habíamos ido y yo le
contesté que habíamos rastreado alrededor de nuestra colina hasta que nuestro
guía les oyó; y que luego subimos a la cima de la colina, volvimos a bajar y
atravesamos la región hasta regresar al campamento.
—¿Qué quieres decir con eso de que nos oyó?
—Dijo que os oyó.. Y lo mismo aseguró M’Cola.
—Creía que habíamos echado a suertes los lugares donde cazaríamos
cada uno.
—Eso hicimos —contesté—. Pero no sabíamos que habíamos llegado a tu
sector hasta que os oímos.
—¿Nos oíste?
—Oí algo —dije—, Y cuando me llevé la mano al oído para escuchar, el
guía dijo algo a M’Cola y éste dijo “B’wana”. Yo pregunté entonces: “¿Qué
B’wana?” y él me respondió: “B’wana Kabor”. Ése eres tú. Así que nos
figuramos que habíamos llegado a nuestro límite y ascendimos hasta la cima
de la colina y volvimos a bajar, regresando aquí.
No dijo nada y pareció muy enfadado.
—No te molestes por eso —dije.
—No me importa. Estoy cansado -contestó.
Yo no podía creerlo, porque todas las personas que conozco, ninguna
puede ser más amable, más comprensiva, más generosa y más sacrificada que
Karl, pero la caza del kudú se había convertido en una obsesión para él y no
era el mismo, no parecía ser la misma persona que yo conocía desde hacía
mucho tiempo.
—Sería mejor que cazara uno lo más pronto posible —dijo P.O.M.
cuando Karl se dirigió a la tienda para tomar un baño.

258
—¿Penetró usted en su sector de caza? —me preguntó Pop.
—Claro que no —contesté.
—Cazará uno cuando nos marchemos —dijo Pop—. Probablemente
conseguirá uno de cincuenta pulgadas.
—Tanto mejor —dije—. Pero por todos los demonios, yo también quiero
cazar uno.
—Lo conseguirá, viejo, no se preocupe —aseguró Pop—. No tengo ni
idea de lo que conseguirá.
—¡Qué diablos! Tenemos diez días para dedicarlos a esta caza.
—También cazaremos antílopes, ya verá. Sólo necesitamos que la suerte
comience a ayudamos un poco.
—¿Cuánto tiempo suele necesitarse para cazarlos en una buena
comarca?
—A veces, he pasado tres semanas intentando cazarlos y nos hemos
marchado sin ver ni uno siquiera. Y otras veces lo hemos conseguido pasando
sólo medio día en la comarca. Es lo que ocurre siempre con la caza, no se sabe
nunca lo que pasará, y sucede lo mismo con cualquier tipo de caza, tanto aquí
como en otras partes.
—Me gusta —dije—. Pero no quiero que ese individuo me gane esta
partida. Pop, él ha conseguido el mejor búfalo, el mejor rinoceronte, el mejor
reno de aguas...
—Pero usted le ganó en los órix —dijo Pop.
—¿Para qué sirve un órix?
—Tendrá un aspecto estupendo, cuando lo coloque en su casa.
—No es más que una broma, un jueguecito.
—Le venció en impalas, en oreas. Usted ha conseguido un gamo de
primera categoría. Su leopardo es tan bueno como el de Karl. Pero él siempre
conseguirá vencerle en todo aquello en lo que intervenga la suerte. Ha tenido
una condenada y maravillosa suerte y, además, es un buen tipo. Creo que está
un poco nervioso y que debería comer un poco más.
—Usted sabe lo amigo que soy de él. Siento tanta simpatía por él como
por cualquier otra persona de este mundo. Pero quiero que se divierta. No es
divertido cazar, si empezamos a tomarnos las cosas así.
—Ya lo verá. Cazará un kudú en este campamento y se pondrá más
contento que unas Pascuas.

259
—Soy un auténtico hijo de perra —dije.
—Claro que lo es —contestó Pop—. Pero ¿qué le parece si tomáramos un
trago?
—Estupendo —dije.
Karl salió de su tienda, tranquilo, amistoso, amable y delicado.
—Creo que lo vamos a pasar muy bien cazando en esta región —dijo.
—Será estupendo —contesté.
—Dígame cómo es, Mr. Phillips —preguntó Pop.
—No lo sé —contestó éste—, Pero dicen que es muy agradable cazar por
aquí. Parece ser que los animales salen a los claros a alimentarse. Ese viejo
holandés ase gura que hay cabezas muy notables.
—Espero que consiga una de sesenta pulgadas, muchacho —me dijo
Karl.
—Tú cazarás una de sesenta pulgadas.
—No —dijo Karl—. No bromees. Me sentiré contento con tal de cazar
cualquier kudú.
—Probablemente, conseguirá uno fuera de serie —dijo Pop.
—No se burle de mí —dijo Karl—. Sé lo afortunado que he sido. Les
aseguro que me contento con cazar cualquier kudú. Con tal de que sea macho.
Era muy amable y era capaz de adivinar lo que pensabas, comprenderlo
y perdonarte por ello.
—El bueno y viejo Karl... —dije, calentado por el whisky, comprensivo y
lleno de buenos sentimientos.
—Nos hemos divertido mucho, ¿no creen? —preguntó Karl—. ¿Dónde
está la vieja Mamá?
—Estoy aquí —dijo P.O.M. desde la sombra—. Soy una de esas personas
tranquilas...
—¡Por todos los cielos, no lo es en absoluto! —exclamó Pop—. Pero
puede acabar con el viejo cuando lo desee.
—A eso se debe que la mujer sea una favorita universal —le contestó
P.O.M. — Hágame otro cumplido Mr. J.
—Diablos, es usted valiente como un pequeño terrier!
Parecía que Pop y yo habíamos estado bebiendo, no cabía duda.

260
—Ese cumplido es encantador.
P.O.M. se recostó cómodamente en la silla, colocando las manos
apretadas alrededor de sus ligeras botas de piel. La miré, viendo su bata
acolchada de color azul ahora que le daba la luz del fuego, y los tonos de su
cabello negro donde brillaba la luz.
—Me gusta mucho el momento en que todos vosotros alcanzáis el estado
del pequeño terrier. Entonces sé que la guerra no puede estar muy lejos. ¿Fue
alguno de ustedes caballero en la guerra, por casualidad?
—No lo fuimos —dijo Pop—. No somos más que un par de los hijos de
perra más valientes que hayan existido jamás y su marido tiene, además, una
puntería extraordinaria y es un excelente rastreador.
—Ahora que está borracho, sabremos la verdad —dije.
—Vamos a comer —dijo P.O.M,— Estoy realmente muerta de hambre.
Al amanecer ya estábamos montados en el coche, recorriendo la
carretera; habíamos dejado atrás el poblado y, atravesando una extensión de
espesos matorrales, llegamos al borde de una llanura, todavía nebulosa antes
del amanecer, donde pudimos ver, a una gran distancia de allí, un oreas
pastando, de aspecto enorme y gris a la luz de esas primeras horas de la
mañana. Detuvimos el coche al borde de los matorrales y, apeándonos, nos
sentamos y miramos con los prismáticos. Vimos que había un rebaño de
kongoni que se extendía entre nosotros y el oreas y con los kongoni había un
órix macho, parecido a un burro masai gordo y de color de ciruela, con
cuernos maravillosos, largos, negros, rectos y curvados hacia atrás que
aparecían cada vez que dejaba de comer y levantaba la cabeza.
—¿Quieres ir en su busca? —pregunté a Karl.
—No. Ve tú.
Sabía que odiaba cazar al acecho y disparar delante de la gente y, por lo
tanto, dije:
—Está bien.
Por mi parte, egoístamente, yo tenía ganas de disparar, y Karl no era
nada egoísta. Teníamos una gran necesidad de carne.
Anduve a lo largo de la carretera, sin mirar a la pieza, tratando de
parecer despreocupado y casual, sosteniendo el rifle colgado del hombro
izquierdo y, colocado de tal forma, que el animal no pudiera verlo. Parecía no
prestar atención, comía sin preocuparse por nada. Sabía que si me dirigía hacia
ellos, se alejarían inmediatamente fuera del alcance de mi escopeta, de tal

261
forma que, cuando vi con el rabillo del ojo al órix bajar la cabeza para-
continuar comiendo, y, el disparo me pareció posible, me senté, deslicé el
brazo a través del portafusil y, cuando levantó la cabeza y comenzó a alejarse,
retrocediendo con los cuartos traseros, apunté a la parte superior de la cabeza
y disparé. No se oye el impacto de la bala en la caza pero en aquel caso lo oí en
el mismo momento que echaba a correr hacia el otro lado, a la derecha, y toda
la llanura se llenó de animales que se pusieron en movimiento en dirección
contraria a la salida del sol, y pude ver el medio galope de los grotescos
kongoni de patas largas y duras como rocas, el trote pesado y balanceante del
oreas que se convertía en galope, y otro órix que no había visto antes corriendo
con los kongoni. Esta repentina vida y este súbito terror formaban el fondo del
animal que yo deseaba cazar, y que ahora trotaba, alejándose, con los cuernos
levantados; me levanté dispuesto a disparar mientras corría, apunté de nuevo,
vi la figura del animal miniaturizada en la mira del fusil apuntando encima de
sus hombros, me eché hacia adelante y disparé; cayó, pataleando, antes de que
el impacto de la bala que golpeaba en el hueso llegara hasta mi. Era un disparo
hecho desde tan lejos, que lo más que podía esperar era que le diera en una
pata trasera.
Corrí hacia él, luego me detuve para acercarme con cuidado, y procurar
que no me embistiera en caso de que se pusiera en pie y echara a correr. Pero
estaba derribado para siempre. Había caído tan repentinamente y la bala había
sonado de tal forma, al golpear su cuerpo, que temi haberle herido en los
cuernos, pero cuando llegué hasta él estaba muerto por el primer disparo
recibido en los hombros, en la parte alta de la espalda, y vi que tenía rota la
pata, lo cual le había derribado. Todos se acercaron y Charo lo apuñaló para
convertirlo en carne legal.
—¿Dónde le diste la segunda vez? —preguntó Kark.
—En ninguna parte. No le di, porque apunté un poco más alto y
adelantado, y, además, perdí el equilibrio.
—Fue muy bonito —dijo Dan.
—Cuando llegue la noche —dijo Pop—, nos dirá que le partió la pata
intencionadamente. Ese es uno de sus disparos favoritos, ya saben. ¿No le han
oído nunca explicarlo?
Mientras M’Cola desollaba la cabeza y Charo cortaba y sacaba la carne
comestible, se acerco un masai alto y delgado, con una lanza, saludó dando los
buenos días, y se quedó, apoyado en una sola pierna, observando cómo
desollaban al órix. Me habló durante un buen rato y yo llamé a Pop. El masai

262
repitió a Pop lo que me había dicho.
—Quiere saber si va a cazar algo más —explicó Pop—. Le gustarían
algunas pieles, pero no le interesan las pieles de órix. Dice que casi no tiene
valor. Pregunta si le gustaría cazar un par de kongoni o un oreas. Le gustan los
pieles de estos animales.
—Dígale que lo haremos cuando volvamos.
Pop habló solemnemente con él. El masai estrechó mi mano.
—Dígale que siempre puede encontrarme en el bar de Harry, en Nueva
York —dije.
El masai dijo algo y se frotó una pierna con la otra.
—Pregunta por qué le disparó dos veces —explicó Pop.
—Dígale que en nuestra tribu es costumbre dispararles dos veces por la
mañana. Luego, cuando el día ha avanzado, sólo les disparamos una vez. Por
la noche, a menudo nos disparamos a nosotros mismos. Dígale que puede
encontrarme siempre en el New Stanley y en el Torr’s.
—Pregunta qué hace usted con los cuernos.
—Dígale que en nuestra tribu damos los cuernos a nuestros amigos más
ricos. Dígale que es muy apasionan te, y algunas veces los miembros de la
tribu son perseguí dos a través de vastos espacios de terreno con pistolas
descargadas. Dígale que puede encontrarme en la guía de teléfonos.
Pop le dijo algo al masai y volvimos a estrechamos la mano. Cuando nos
alejamos nos habíamos convertido en excelentes amigos. Mirando al otro lado
de la llanura, a través de la niebla, podíamos ver a algunos otros masai que
avanzaban a lo largo de la carretera; con sus pieles del color pardo de la tierra,
adelantando la rodilla con paso decidido y las lanzas delgadas
resplandecientes a la luz de la mañana.
Volvimos al coche, con la cabeza del órix envuelta en un marco de
arpillera, la carne atada dentro de unos sacos, la sangre secándose, la carne
llenándose de polvo, la carretera que era ahora de arena rojiza, una vez
desaparecida la llanura, con los matorrales de nuevo pegados al borde de la
carretera; subimos varias colinas y atravesamos el pequeño valle de Kibaya
donde había una pequeña casa blanca de reposo y un almacén general y
muchos terrenos cultivados. Era aquí donde Dan había estado una vez sentado
en una niara, esperando que un kudú saliera a comer al borde de un sembrado
de trigo y un león le había asaltado, mientras permanecía sentado allí y a
punto estuvo el animal de darse un buen banquete con él. Aquello nos

263
procuraba una poderosa imagen histórica del poblado de Kibaya y, como
todavía hacía fresco y el sol no había secado el rocío de la hierba, sugerí que
bebiéramos una botella de aquella cerveza alemana, de cuello de papel de
plata, y de membrete de color amarillo y negro con el caballero vestido con
una armadura para que pudiéramos recordar mejor el lugar y hasta apreciarlo
más. Una vez hecho esto, llenos de admiración histórica por Kibaya, nos
enteramos de que la carretera era transitable más adelante, dejamos el aviso a
los camiones para que nos siguieran hacia el este y nos dirigimos hacia la
costa, al país de los kudús.
Durante varias horas, mientras el sol se elevaba y el día se hacía
caluroso, atravesamos lo que Pop había descrito, cuando le pregunté cómo era
el país hacia el sur, diciendo que era como un millón de millas de condenada
África, con los matorrales y la vegetación, una maleza impenetrable, sólida y
de aspecto achaparrado, pegada a la carretera.
—Allí hay elefantes muy grandes —explicó Pop—. Pero es imposible
cazarlos. Esa es la razón por la cual son muy grandes. No hay una explicación
más sencilla.
Después de recorrer una larga parte del país del millón de millas, la
comarca comenzó a abrirse, apareciendo praderas secas, arenosas, bordeadas
de matorrales que terminaban en una típica región desértica con algunas
manchas de arbusto y maleza donde había agua, y Pop dijo que era semejante
a la frontera norte de la región de Kenia. Buscamos con la mirada la existencia
de gerenuks, ese antílope de cuello largo que se parece a la mantis religiosa en
su forma de moverse, y los kudús pequeños que sabíamos que vivían en
aquellos matorrales desérticos, pero el sol estaba en su cénit en aquel momento
y no vimos nada. Finalmente, la carretera comenzó a elevarse de nuevo
gradualmente hacia las colinas, que ahora eran bajas, azules, llenas de árboles,
con millas de vegetación y maleza esparcidas por todos lados, un poco más
espesas que los arbustos de huerto, y el territorio estaba delimitado por dos
colinas, altas, llenas de arbolado, lo bastante grandes para ser montañas. Éstas
se elevaban a cada lado de la carretera y, cuando ascendíamos en el coche,
donde la roja carretera se estrechaba, encontramos un rebaño formado por
cientos de cabezas de ganado que era conducido a la costa por tratantes
somalíes, y el tratante blanco y vestido al estilo de la costa, llevando un
paraguas como símbolo de autoridad. Finalmente, cruzamos el rebaño en el
coche y, cuando salimos, continuamos nuestro camino atravesando un paisaje
de agradable vegetación, ascendiendo y saliendo entre las dos montañas y
seguimos una media milla más, hasta llegar a un poblado lleno de barro y

264
bardado en el claro, sobre una pequeña y baja meseta, que se elevaba más allá
de las dos montañas. Mirando hacia atrás, las montañas presentaban un
aspecto muy bonito con árboles que ascendían por sus laderas, con
formaciones calizas, abiertos espacios y prados que se extendían por encima
de los bosques.
—¿Es éste el lugar?
—Sí —contestó Dan—. Nos será fácil emplazar el campamento.
Un negro, granjero muy viejo, gastado y marchito, con un rastrojo de
barba blanca, vestido con una sucia sábana que en otro tiempo debió ser
blanca, recogida en el hombro a la manera de una túnica romana, salió de
detrás de una de las cabañas hechas con barro, ramas y hojas de árbol, y nos
guió deshaciendo una parte del camino que ya habíamos recorrido y torciendo
a la izquierda, llegamos, al fin, a un lugar muy bueno para montar un
campamento. Era un anciano con aspecto muy desanimado y, después de
hablar con Pop y Dan, se marchó, dando la impresión de estar todavía más
desanimado que antes. Al cabo de un momento, apareció con unos guías
cuyos nombres Dan había escrito en un trozo de papel, y que le había
recomendado un cazador holandés que había estado allí hacia un año y que
era un gran amigo de Dan.
Sacamos los asientos del coche para utilizarlos como mesa y bancos, y
extendimos nuestras chaquetas para sentarnos, almorzamos bajo la profunda
sombra de un gran árbol, tomamos cerveza, y dormimos o leimos mientras
esperábamos que llegaran los camiones. Antes de que éstos llegaran, el
anciano volvió con el wanderobo de aspecto más derrotado, más hambriento y
más flaco que yo había visto y que se apoyaba en una pierna, se rascaba la
parte posterior del cuello, llevaba un arco y un carcaj de flechas y una lanza de
las usadas en el país. Cuando le preguntaron si éste era el guía que nos habían
recomendado, el anciano admitió que no lo era y se marchó más desanimado
que nunca, para buscar a los guías oficiales.
Cuando nos despertamos por segunda vez, el anciano estaba con los dos
guías oficiales, vestidos completamente de caqui, y otros dos, totalmente
desnudos, procedentes del poblado. Hubo una larga discusión y el que llevaba
la voz cantante de los dos guías vestidos de color caqui, mostró sus
credenciales “A quien pudiera interesar”, donde se aseguraba que el
propietario de aquel documento conocía bien el país, era hombre en quien
podía confiarse y un rastreador habilidoso. Esto estaba firmado por un
individuo llamado Fulano de Tal y cazador profesional. El guía vestido de
caqui se refería a este cazador profesional llamándole B’wana Simba, y el

265
nombre nos enfureció a todos.
—Algún individuo que mató una vez a un león —dijo Pop.
—Dígale que yo soy B’wana Fisi, el asesino de hienas —le dije a Dan—.
B’wana Fisi estrangula a las hienas sólo con las manos.
Dan les dijo otra cosa distinta.
—Pregúnteles si les gustaría conocer a B’wana Sapo- Saltarín, el inventor
de los sapos-saltarines, y a Mama Tziggi, que es la dueña de todas esas
langostas.
Dan no hizo caso de lo que dije. Parecía que estaban discutiendo de
dinero. Después de ponerse de acuerdo sobre los sueldos diarios, Pop les dijo
que si alguno de nosotros cazaba un kudú, el guía recibiría quince chelines.
—Quiere decir una libra —dijo el guía que llevaba la voz cantante.
—Parece saber lo que se trae entre manos —dijo Pop—.
Debo decir que no me interesa nada este caballero, a pesar de lo que diga
B’wana Simba.
Averiguamos después que B’wana Simba era un excelente cazador y que
gozaba de una maravillosa reputación en la costa.
—Haremos con ellos dos lotes y los echarán a suertes —sugirió Pop—,
contando con uno desnudo y otro vestido en cada lote. Yo, por mi parte,
preferiría quedarme con los salvajes desnudos.
Al sugerir a los dos guías vestidos de caqui y poseedores de documentos
que acreditaban sus conocimientos de la región que escogieran cada uno un
camarada desnudo, comprendimos que aquello no iba a marchar bien. Boca
Larga, el genio de finanzas, y en este momento del teatro, que estaba haciendo
una representación gesto por gesto de cómo B’wana Simba cazó su último
kudú, le interrumpió al cabo de bastante tiempo para afirmar que sólo estaba
dispuesto a cazar con Abdullah. Éste, el más bajo, el de nariz gruesa, el culto,
era su rastreador. Siempre cazaban juntos. Él no rastreaba. Acabó luego con la
pantomima de B’wana Simba y otro personaje como B’wana Doktor y los
animales cornudos.
—Bueno, entonces, hacemos un lote con estos de salvajes y otro con esos
dos alumnos de Oxford —dijo Pop.
—Odio a ese hijo de perra con vocación teatral —aseguré.
—Puede ser maravilloso —dijo Pop, vacilante—. Además, usted es un
rastreador, ya sabe. El anciano dice que los otros dos son buenos.

266
—Gracias. Que se vayan todos al diablo. ¿Quiere usted coger las pajas?
Pop colocó dos briznas de hierba en su puño.
—El que saque la larga se queda con David Garrick y su camarada —
explicó—. El que saque la corta se queda con los dos caballeros desnudistas.
—¿Quieres sacar primero?
—Hazlo tú —dijo Karl.
Saqué a David Garrick y Abdullah.
—Me llevo a ese condenado trágico.
—Debe ser muy bueno —dijo Karl.
—¿Quieres que cambiemos?
—No. Debe ser una maravilla.
—Ahora echaremos a suertes para elegir los terrenos de caza. El que
saque la brizna larga, elige primero —explicó Pop.
—Adelante y saca.
Karl sacó la más corta.
—¿Cuáles son los terrenos? —preguntó a Pop.
Hubo una larga discusión en la cual nuestro David Garrick simuló la
muerte de media docena de kudús desde diferentes tipos de emboscada,
sorpresa, acechos en los claros del bosque, y asaltos desde detrás de los
matorrales. Finalmente, Pop dijo:
—Parece ser que hay un lamedero que suelen frecuentar los animales y
donde es fácil encontrar miles. Además, a veces, sólo es necesario darse una
vuelta alrededor de esa colina y disparar a los pobres infelices en los claros del
bosque. Y si lo prefieres, no tienes más que subir a las alturas y dispararles
cuando se disponen a comer. —Cogeré el lamedero.
—Creo que debe disparar sólo a los más grandes —dijo Pop.
—¿Cuándo comenzamos? —preguntó Karl.
—El lamedero parece ser un lugar que frecuentan a primeras horas de la
mañana —nos explicó Pop—. Pero pueden echarle una ojeada esta misma
noche. Está a unos diez kilómetros cruzando la carretera, luego hay que ir
andando hasta él. El echará a andar primero y llevará el coche. Pueden volver
de las colinas un poco antes de que el sol se ponga.
—¿Qué hacemos con la Memsahib? —pregunté—. ¿Puede venir
conmigo?

267
—No creo que sea aconsejable —dijo Pop seriamente—. Cuanto menos
gente vaya con uno cuando se está cazando kudús, mejor que mejor.
M’Cola, el Hombre de Negocios Teatrales, Abdullh y yo regresamos
avanzada la tarde, cuando ya se había levantado el fresco de la noche y llenos
de excitación al acercarnos al fuego. El polvo del lamedero estaba lleno de
huellas profundas y frescas de kudús y, entre todas ellas, había varias de
grandes machos. El puesto de caza era un maravilloso lugar para preparar una
emboscada y yo estaba tan confiado y tan seguro de que dispararía a un kudú
a la mañana siguiente como hubiera estado seguro de cazar patos desde un
buen pasto de caza en el lugar adecuado, con una buena muestra de reclamos
dispuestos apropiadamente, tiempo frío, y la seguridad de que allí había una
bandada.
—Está herméticamente cerrado. Está lleno de huellas recientes. Es hasta
una vergüenza cazarlos allí. Cómo se llama, Booth, Barrett, McCollough... ya
sabe lo que quiero decir...
—Charles Laughton —dijo Pop, dando una chupada a la pipa.
—Eso es. Fred Astaire. Benefactor de la sociedad y del mundo. Es un as.
Encontró el puesto de caza y todo lo demás. Sabía dónde estaba el lamedero.
Puede decir de qué parte sopla el viento, y sólo necesita para ello echar al aire
la arena o el polvo. Es una maravilla. B’wana Simba les adiestró y les entrenó
mucho, muchacho. Pop, ya los tenemos en el bolsillo. Sólo es cuestión de no
estropear la suerte y escoger los ejemplares más robustos. Cazaré dos
ejemplares mañana mismo en ese lamedero. Ciudadanos, me siento muy bien.
—¿Qué has estado bebiendo?
—En realidad nada. Llame a Garrick. Dígale que voy a darle una
oportunidad como actor cinematográfico. Tengo un papel para él. Una cosita
que he pensado mientras regresaba al campamento. Puede ser que no resulte,
pero me gusta la trama. Otelo o El Moro de Venecia. ¿Le gusta? Ha sido una
maravillosa idea. Se ve a este individuo que llamamos Otelo enamorarse de
esa muchacha que nunca ha estado presente y a la que llamamos Desdémona.
¿Le gusta? Han intentado durante años que lo escribiera, pero yo siempre me
he negado, hablando del problema del color. Déjeles que salgan y que
consigan una reputación. Harry Wills, diablos. Paulino le venció. Sharkey le
venció. Dempsey venció a Sharkey. Camera le noqueó. ¿Qué importancia tiene
que nadie viera el golpe? ¿Dónde diablos estábamos, Pop? Ya sabe que Harry
Greb ha muerto.
—Acabábamos de entrar en la ciudad —dijo Pop—. La gente le arrojaba

268
cosas, y no pudimos averiguar por qué.
—Recuerdo —dijo P.O.M.—. ¿Por qué no le obliga a que acabe con la
frontera de color, Mr. J. P.?
—Estaba terriblemente cansado —contestó Pop.
—Sin embargo, usted tiene un aspecto muy distinguido —dijo P.O.M.—.
¿Qué vamos a hacer con este presuntuoso?
—Servirle un trago para que lo tome y ver si se tranquiliza.
—Ya estoy tranquilo —dije—. Pero, por todos los diablos, me siento
terriblemente bien, debido a la caza que voy a tener mañana por la mañana.
Fue entonces, precisamente, cuando apareció en el campamento el viejo
Karl con sus dos salvajes desnudos y su portador de armas, Charo, de mediana
estatura, y muy devoto de la religión mahometana. A la luz del fuego del
campamento, la cara del viejo Karl parecía grisácea y amarillenta. Y se quitó el
“Stetson”.
—Bueno, ¿has cazado alguno? —preguntó.
—No. Pero hay muchos. ¿Qué has hecho?
—Andar a lo largo de una condenada carretera. ¿Cómo esperar
encontrar kudús recorriendo una carretera que está llena de toda clase de
ganado y chozas de nativos y gente?
No parecía él y pensé que debía encontrarse mal. Pero su aparición en el
campamento, con una expresión que parecía la de un muerto, cuando nosotros
habíamos esta do bromeando alegremente, hizo que volviera a sentirme otra
vez terriblemente culpable de algo. Y dije:
—Lo echamos a suertes, ya lo sabes.
—Desde luego —contestó con amargura—. Cazamos a lo largo de una
carretera. ¿Qué esperan encontrar en una carretera? ¿Les parece que es ésa la
forma de cazar kudús?
—Pero cazarás uno en el lamed ero mañana por la mañana —dijo
alegremente P.O.M.
Me bebí de un solo trago mi vaso de whisky con agua y oí que mi voz
decía alegremente:
—Puedes estar seguro de que conseguirás un kudú mañana por la
mañana en el lamedero.
—Pero eres tú quien va a cazar por la mañana allí —dijo Karl.

269
—No. Eres tú quien va a cazar en él por la mañana. Yo lo he hecho esta
noche. Lo que haremos es cambiar. Creo que quedó sobreentendido. ¿No es
eso. Pop?
—Naturalmente —contestó Pop.
Ninguno de nosotros tres se atrevía a mirar a los demás.
—¿Quieres tomar un whisky con agua, Karl? —preguntó P.O.M.
—Está bien —contestó Karl.
Tuvimos una de esas cenas tranquilas. Una vez en la cama, en la tienda,
dije:
—¿Por qué diablos dijiste que él iba a cazar por la mañana en el
lamedero?
—No lo sé. No creo que fuera eso lo que yo quería decir. Me confundí.
No hablemos más de ese asunto. —Gané ese puesto de caza echándolo a
suertes. No se puede ir contra la suerte. Esa es la única forma de que la suerte
favorezca a uno, sólo ésta.
—No hablemos más de eso.
—Creo que ahora no se encuentra bien y que no se siente él mismo. La
condenada suerte le ha estropeado el safari y es muy capaz de acabar con las
posibilidades de ese lamedero en el estado en que se halla actualmente. —Por
favor, deja de hablar de ese asunto.
—Lo haré.
—Bueno.
—Al menos, conseguiremos que vuelva a sentirse bien. —No creo que lo
hayamos conseguido. Pero, por favor, deja de hablar de eso.
—Lo intentaré.
—Bueno.
—Buenas noches —dijo.
—¡Al diablo con todo! —exclamé—. Buenas noches. —Buenas noches.

270
CAPÍTULO IX

A la mañana siguiente, Karl y sus hombres se dirigieron al lamedero,


mientras Garrick, Abdullah. M’Cola v yo cruzamos' la carretera, rodeamos el
poblado nativo hasta llegar al cauce de un río seco y comenzamos a subir las
montañas, envueltos por la niebla. Ascendimos siguiendo el cauce seco de un
arroyo, lleno de guijarros, cubierto totalmente por arbustos y matorrales que
crecían en las orillas de tal forma que, subiendo, había que avanzar con la
cabeza y el cuerpo un poco inclinados hacia adelante por un túnel vegetal. Yo
sudaba tanto que llevaba completamente empapadas la camisa y las prendas
interiores y cuando salimos de aquel túnel a espaldas de la montaña y
contemplamos a nuestros pies el banco de nubes que cubría todo el valle, la
brisa de la mañana me hizo temblar de frío y tuve que ponerme el
impermeable, mientras observábamos la región con los prismáticos. Estaba
demasiado empapado en sudor para sentarme e indiqué a Garrick con gestos
que prosiguiéramos nuestro camino. Rodeamos un lado de la montaña, dimos
la vuelta a un declive más alto y cruzamos, lejos del sol que estaba secando mi
mojada camisa, la parte superior de una serie de valles cubiertos de hierba,
deteniéndonos para examinar cada uno de ellos de cabo a rabo con los
prismáticos de campaña. Finalmente, llegamos a una especie de anfiteatro, un
valle en forma de cuenco, cubierto de una hierba muy verde y con un
arroyuelo que lo cruzaba por el centro y una parte de bosque que cubría la
parte más extrema y todo el borde inferior. Nos sentamos a la sombra,
recostándonos en algunas rocas, sin que ninguna brisa nos molestara,
observando los alrededores con los prismáticos, mientras el sol ascendía e
iluminaba las laderas opuestas, viendo dos kudús hembras y una cría que
salían de los árboles a comer hierba, moviéndose con aquel rápido ramoneo
característico, luego con la cabeza levantada, y la vigilancia sostenida y fija que
siempre tienen todos los animales que ramonean en los bosques. Los animales
de las llanuras pueden ver desde tan lejos que tienen confianza en sí mismos y
pacen la hierba de manera muy diferente a los animales del bosque. Podíamos
ver las rayas blancas verticales en sus costados grises y era muy agradable
observarles y estar encima de la montaña, a aquella hora tan temprana de la
mañana. Luego, mientras vigilábamos, se oyó una explosión, como si una roca
se hubiera deslizado de las cumbres de las montañas. Al principio, pensé que
se trataba, efectivamente, de la caída de una roca, pero M’Cola susurró:
—¡B’wana Kibor! ¡Piga!
Escuchamos, esperando oír otro disparo, pero no oímos ninguno y yo

271
estaba seguro de que Karl había cazado su kudú. Las hembras que
observábamos antes habían oído también el disparo y permanecieron un
momento escuchando, luego continuaron triscando la hierba. Pero ahora lo
hacían en el bosque. Recordé el viejo dicho del indio en el campamento: “Un
disparo, carne. Dos disparos, tal vez. Tres disparos, un montón de porquería”,
y saqué el diccionario para traducírselo a M’Cola. Sin embargo, lo que salió
con mi traducción pareció divertirle y se echó a reír, moviendo la cabeza.
Contemplamos con los prismáticos aquel valle hasta que el sol nos iluminó a
nosotros también, luego rastreamos por la otra parte de la montaña y en otro
valle vimos el lugar donde el otro B’wana Doktor parecía ser el sonido de su
nombre, había cazado un bonito kudú macho, pero un masai bajaba andando
por el centro del valle, mientras le contemplábamos con nuestros prismáticos,
y, cuando dije que iba a dispararle, Garrick se puso muy dramático,
insistiendo en que era un hombre, un hombre, ¡un hombre!
—¿No se dispara a los hombres? —pregunté.
—¡No! ¡No! ¡No! —exclamó, llevándose la mano a la cabeza.
Bajé la escopeta con gran desgana, haciendo la grada para M’Cola que
sonreía. Ahora hacía mucho calor. Atravesamos un prado donde la hierba
llegaba hasta la altura de la rodilla y allí se. arremolinaban las langostas
grandes y largas, con sus alas de gasa y sus colores rosáceos, elevándose y
formando nubes a nuestro alrededor, produciendo un zumbido parecido al de
una segadora mecánica y, subiendo pequeñas colinas y descendiendo un largo
declive escarpado, nos abrimos camino hacia el campamento para encontrar el
aire del valle lleno de langostas que revoloteaban y a Karl de regreso en el
campamento con su kudú.
Al pasar por delante de la tienda del desollador, me mostró la cabeza
que parecía, sin cuerpo y sin cuello, la capa de piel colgando suelta, húmeda y
pesada donde la base del cráneo había sido cortada de la columna vertebral,
un kudú muy extraño y poco agraciado. Solamente la piel que iba desde los
ojos a las ventanas de la nariz, de color gris liso y delicadamente manchada de
blanco, y las grandes y graciosas orejas, eran hermosas. Los ojos ya estaban
polvorientos y había moscas a su alrededor y los cuernos eran pesados, bastos
y ordinarios y en lugar de formar una espiral alta, daban una pesada vuelta
hacia atrás y se inclinaban rectamente hacia los lados. Era una cabeza
monstruosa, pesada y fea.
Pop estaba sentado bajo la tienda que servía de comedor, fumando y
leyendo.

272
—¿Dónde está Karl? —pregunté.
—Creo que en su tienda. ¿Qué hizo usted?
—Nada, di un paseo alrededor de la colina. No vi más que un par de
hembras.
—Estoy terriblemente contento de que lo hayas cazado —dije a Karl,
desde la puerta de su tienda—. ¿Cómo ocurrió?
—Estábamos en el puesto de caza y me indicaron que agachara la cabeza
y, entonces, cuando la levanté, estaba ahí, justo a nuestro lado. Parecía enorme.
—Te oímos disparar. ¿Dónde le heriste?
—Creo que primero le di en la pata. Luego lo perseguimos y, finalmente,
le herí otro par de veces más, hasta que le maté.
—Yo solamente oí un disparo.
—Pues hice tres o cuatro —dijo Karl.
—Supongo que la montaña se tragó los otros disparos si fuisteis
persiguiéndole por el otro lado. Creo que es una cabeza extraordinaria y de
dimensiones enormes.
—Gracias —dijo Karl—. Espero que consigas uno mejor que éste. Decían
que había otro, pero yo no lo vi.
Volví a la tienda que servía de comedor en el campamento donde
estaban Pop y P.O.M. No parecían muy contentos ni entusiasmados con el
kudú.
—¿Qué os pasa? —pregunté.
¿Has visto la cabeza? —preguntó P.O.M. a su vez.
—Claro.
—Tiene un aspecto horrible —dijo.
—Es un kudú. Todavía puede conseguir otro antes de marcharse de
aquí.
—Charo y los rastreadores dijeron que había otro macho como éste. Un
gran macho con una cabeza maravillosa.
—Muy bien. Yo lo cazaré.
—Sí, si vuelve alguna vez al lamedero.
—Es estupendo que haya cazado uno —dijo P.O.M.
—Estoy dispuesto a apostar cualquier cosa a que conseguirá el más

273
grande que se haya visto nunca —dije.
—Voy a enviarle con Dan a la parte baja de la región, donde viven los
antílopes —dijo Pop—. Ese fue el acuerdo. El primero que cazara el kudú,
saldría hacia la comarca de los antílopes.

—Así que, en cuanto cace usted su kudú, nos trasladaremos allí nosotros
también.
—Bueno.

274
TERCERA PARTE

275
ACECHO Y FRACASO

276
CAPÍTULO X

TODO aquello parecía haber sucedido un año antes. Ahora, aquella


tarde, en el coche, camino del lamedero que se hallaba a cuarenta y cinco
kilómetros de distancia, con el sol dándonos en la cara, en nuestro haber sólo
la caza del ave de Guinea, después de haber fracasado en los últimos cinco
días en el lamadero donde Karl había cazado su macho, después de haber
fracasado en las colinas, en las grandes y en las pequeñas, después de haber
fracasado en los llanos, después de perder la posibilidad de un disparo la
noche anterior en este lamedero por el ruido producido por el camión del
austríaco al pasar por la carretera, pensé que tenía sólo dos días para cazar
antes de marchamos de allí. M’Cola también lo sabía, y estábamos cazando
juntos ahora, sin ningún sentimiento de superioridad por ambas partes, sólo la
sensación de la brevedad del tiempo y nuestro disgusto porque no conocíamos
la región y teníamos de guías a aquellos farsantes hijos .de perra.
Kamau, el conductor, era un kikuyu tranquilo de unos treinta y cinco
años que, con una vieja chaqueta marrón de tweed que algún cazador le había
regalado, con los pantalones remendados en las rodillas y vueltos a rasgar una
vez más, y una camisa muy raída, se las arreglaba siempre para dar una
impresión de gran elegancia. Kamau era un hombre muy modesto, tranquilo,
y un excelente conductor y ahora, cuando salíamos de la comarca de los
arbustos, y entrábamos en una extensión de terreno abierta, con algunos
matorrales achaparrados y de aspecto desértico distribuidos aquí y allí, le
observé: admiraba ahora tanto su elegancia, acabada con una vieja chaqueta y
un alfiler, su modestia, su agrado y su habilidad, y pensé en cómo, al salir la
primera vez, estuvo muy cerca de morir de fiebre, y, que si entonces hubiese
muerto, su muerte no hubiese significado nada para mí, excepto el problema
de encontrar otro conductor. Mientras que ahora, dondequiera y cuando
quiera que muriese, yo lo sentiría. Después, abandonando el amargo
sentimiento de la distante e improbable muerte de Kamau, pensé qué placer
sería disparar a David Garrick en la espalda, sólo para ver la expresión de su
rostro, alguna vez que representara una escena de caza, y, precisamente
entonces, nos encontramos con otra bandada de aves de Guinea. M’Cola me
entregó el fusil y yo moví la cabeza. Asintió violentamente con la cabeza y
dijo:
—Bueno. Muy bueno.
Y yo le dije a Kamau que continuara. Entonces, el confuso Garrick

277
comenzó a recitar una oración. ¿No queríamos guineas? Aquéllas eran
guineas. De las mejores. Había visto por el cuentakilómetros que sólo
estábamos a unos cinco kilómetros del lamedero y no tenía deseos de espantar
a ningún kudú con un disparo, como habíamos visto al kudú menor
abandonar el lamedero cuando oyó el ruido que hacía el camión el día anterior
cuando estábamos en el puesto de acecho.
Dejamos el camión bajo unos árboles achaparrados a unos tres
kilómetros de distancia del lamedero y anduvimos a lo largo de la carretera de
arena hacia el primer lugar salitroso que estaba en el claro, a la izquierda del
sendero. Habíamos recorrido alrededor de un kilómetro manteniéndonos
absolutamente en silencio y andando en fila india, con Abdullah, el rastreador
culto, abriendo camino, luego yo, M’Cola y Garrick, cuando vimos que la parte
de la carretera que se extendía por delante de nosotros estaba mojada. Donde
la arena formaba una capa delgada sobre la arcilla había un charco de agua y
podía verse perfectamente que una lluvia intensa había caído sobre aquellas
tierras, seguramente aquella misma noche. No sabía lo que aquello significaba,
pero David Garrick extendió los brazos, miró al cielo y enseñó sus dientes con
expresión de rabia contra los elementos.
—No es bueno —susurró M’Cola.
Garrick comenzó a hablar en alta voz.
—¡Cállate, hijo de perra! —grité, y me llevé la mano a la boca.
Continuó hablando con tono de voz más alto que lo normal y miré cómo
se decía “cállate” en el diccionario, mientras el guía señalaba al cielo y la
carretera empapada por la lluvia. No pude encontrar la traducción de
“cállate”, así que puse la parte posterior de mi mano contra su boca con cierta
firmeza y él la cerró, sorprendido.
—M’Cola —dije.
—Sí —contestó M’Cola.
—¿Qué sucede?
—El lamedero no bueno.
—¡Ah!
Así que era eso. Había pensado en la lluvia sólo como algo que facilitaba
el rastreo de la pieza.
—¿Cuándo la lluvia? —pregunté.
—Anoche —contestó M’Cola.

278
Garrick comenzó a hablar y coloqué la parte posterior de mi mano sobre
su boca.
—M’Cola.
—Sí.
—Otro lamedero —dije.
Y señalé en la dirección del gran lamedero que se abría entre los árboles.
Sabía que estaba un poco más alto, porque ascendimos ligeramente la falda de
la montaña, atravesando los matorrales, para llegar a él.
—¿Es bueno el otro lamedero?
—Quizá.
M’Cola dijo algo en voz muy baja a Garrick, que parecía profundamente
herido en su orgullo, pero mantenía cerrada la boca y continuamos bajando
por la carretera.
rodeando los lugares mojados, dirigiéndonos allí donde, lo que era
bastante probable, la gran depresión del lamedero estaría llena de agua.
Garrick comenzó a susurrar entonces un discurso, pero M’Cola le hizo callar
de nuevo.
—Vamos —dije.
Y con M’Cola abriendo camino, comenzamos a seguir el húmedo,
arenoso y normalmente seco cauce del arroyo que conducía a través de los
árboles hasta el lamedero superior.
M’Cola se detuvo de pronto en seco, se inclinó para mirar la arena
mojada y susurró:
—Hombre.
Allí estaba la huella.
—Shenzi —dijo, y aquello significaba hombre salvaje.
Seguimos las huellas del hombre, moviéndonos lentamente a través de
los árboles y acechando cuidadosamente el lamedero, hasta llegar al puesto de
caza. M’Cola movió la cabeza.
—No bueno —dijo—. Vamos.
Nos acercamos al lamedero. Allí todo estaba perfectamente escrito.
Había las huellas de tres grandes kudús machos en el borde húmedo, más allá
del lamedero, por donde habían entrado en el claro. Luego se veían las huellas
súbitas, profundas, cortadas a cuchillo, donde se habían detenido un

279
momento, y las huellas claramente dibujadas de sus pezuñas cuando subieron
a la orilla y se dirigían a los matorrales. Rastreamos las tres, pero ninguna
huella de pisadas humanas se unía a ellas. El hombre los había perdido.
M’Cola dijo:
—Shenzi.
Y el tono con que había pronunciado aquella palabra era de gran odio.
Encontramos las huellas del shenzi y vimos que había regresado a la carretera.
Nos colocamos en el puesto de caza y esperamos allí hasta que oscureció y una
ligera lluvia comenzó a caer. Nada se acercó al
lamedero. Bajo la lluvia deshicimos el camino recorrido antes hasta el
camión. Algún salvaje había disparado contra nuestro kudú y había hecho
huir a los demás del lamedero y ahora aquel lugar no nos servía
absolutamente para nada.
Kamau había preparado una tienda con una gran lona, con una red
interior para combatir a los mosquitos. M’Cola llevó la comida dentro de esta
tienda de protección.
Garrick y Abdullah prepararon un fuego y Kamau y M’Cola hicieron en
él la comida. Iban a dormir en el camión. Llovía ininterrumpidamente y me
desnudé, me puse unas botas de piel fina y un grueso pijama y me senté en la
tienda, comí una pechuga de ave de Guinea asada y me bebí un par de
pequeñas copas de whisky con agua.
M’Cola entró en la tienda grave, solicito, y muy embarazado. Cogió mi
ropa de donde yo la había dejado recogida para servir de almohada y la volvió
a plegar de nuevo, sin mucho cuidado, y la puso debajo de las mantas. Llevó
tres latas por si quería abrirlas.
—No.
—Chai? —preguntó.
—Al diablo con eso.
—¿No chai?
—Whisky mejor.
—Sí —dijo expresivamente—. Sí.
—Chai por la mañana. Antes de salir el sol.
—Sí, B‘wana M’Kumba.
—Tú duermes aquí. Protegido de la lluvia.

280
Y señalé a la lona donde la lluvia hacia el ruido más bonito que nosotros,
que vivíamos una gran parte del tiempo fuera de las casas, habíamos oído
nunca. Era un sonido encantador, aunque nos estuviera llamando toda clase
de cosas.
—Sí.
—Vamos. Come.
—Sí. ¿No chai?
—Al diablo con el té.
—¿Whisky? —preguntó esperanzadamente.
—El whisky se ha acabado.
—Whisky —dijo con confianza.
—Está bien —dije—. Vamos a comer.
Y sirviendo la taza a medias de whisky y de agua, entré dentro de la
mosquitera, busqué mis ropas y de nuevo formé con ellas una almohada y,
tumbándome de costado, me bebí el whisky muy lentamente, descansando
sobre un codo, luego dejé la taza en el suelo, busqué a tientas el “Springfield”
debajo de la cama, coloqué la linterna junto a mí, bajo la manta, y me acosté,
escuchando el ruido hecho por la lluvia. Me desperté al oír entrar a M’Cola
que hizo su cama y se acostó, y me desperté otra vez en la noche y le oí dormir
junto a mí; pero a la mañana siguiente, ya estaba levantado y había preparado
el té cuando yo me desperté.
—Chai —dijo, tirando de la manta.
—Condenado té... —exclamé yo, sentándome en la cama, todavía
adormecido.
Era una mañana gris y húmeda. La lluvia había cesado, pero la niebla
colgaba sobre la tierra y encontramos el lamedero lleno de agua y ni una sola
huella cerca de él. Luego, rastreamos por los terrenos mojados de los
alrededores, esperando encontrar una pista en la tierra empapada y dar con
alguna huella de kudú, siguiéndola hasta encontrarle. Pero no había ninguna
pista. Cruzamos la carretera y seguimos el borde de los matorrales, dando la
vuelta a una extensión abierta que tenía aspecto de páramo. Yo esperaba
encontramos con el rinoceronte, pero, a pesar de que hallamos mucha
porquería fresca de rinoceronte, no había huellas de ninguna clase, después de
la lluvia. Una vez oímos a los pájaros-guías y, levantando la cabeza, les vimos
haciendo movimientos espasmódicos por encima de nosotros y de los arbustos
y dirigiéndose hacia el norte.

281
Recorrimos un largo círculo, por allí, pero no encontramos nada, excepto
una huella reciente de hiena y también las huellas de un kudú hembra. En un
árbol, M’Cola señaló un cráneo de un kudú pequeño con un largo, hermoso y
retorcido cuerno. Encontramos el otro cuerno en la hierba y lo atornillé a la
base del hueso.
—Shenzi —dijo M’Cola, e imitó a un hombre disparando un arco.
El cráneo estaba completamente limpio, pero los huecos de los cuernos
tenían algunos residuos húmedos, olían insoportablemente mal y, no dando
señales de haber percibido el hedor que despedían, se los entregué a Garrick,
quien, rápidamente, sin demostrar repugnancia, se los entregó a Abdullah.
Éste arrugó el borde de su gruesa nariz y movió la cabeza. Realmente, tenían
un olor abominable. M’Cola y yo sonreímos y Garrick asumió una expresión
virtuosa.
Decidí que sería una buena idea recorrer la carretera en el camión,
buscando kudús, y rastrear en los claros donde nos pareciese que era probable
encontrarlos. Volvimos al coche e hicimos esto, buscando en varios claros sin
fortuna. Para entonces el sol había surgido y la carretera comenzaba a llenarse
de viajeros, unos vestidos de blanco y otros desnudos, y decidimos dirigimos
al campamento. De regreso, nos detuvimos y echamos una ojeada al otro
lamedero. Había en él una impala, con un color muy rojo donde el sol le daba,
en las partes que quedaban sin cubrir por los árboles grises, y había muchas
huellas de kudús. Las alisamos y nos dirigimos al campamento. El horizonte
estaba cubierto de langostas, que se dirigían hacia el oeste, haciendo que el sol,
cuando se miraba hacia arriba, pareciera un velo rosa, temblando como una
vieja película cinematográfica, pero rosa en lugar de gris. P.O.M. y Pop
salieron y estaban muy desanimados. No había llovido en el campamento y
estaban seguros de que, cuando volviéramos, habríamos conseguido algo.
—¿Se ha marchado mi amigo literato?
—Sí —dijo Pop—. Se ha ido a Handeni.
—Dijo todo lo que puede decirse de las mujeres americanas —dijo
P.O.M.—. Pobre viejo Poppa, estaba segura de que lo habrías conseguido.
¡Condenada lluvia!
—¿Cómo son las mujeres americanas?
—Cree que son terribles.
—Buen tipo —dijo Pop—. Dígame exactamente lo que ha sucedido hoy.
Nos sentamos a la sombra de la tienda que servía de comedor y les

282
explique.
—Un wanderobo —dijo Pop—. Son unos tiradores terribles. Mala suerte.
—Pensé que podría ser uno de esos caballeros que se ven a lo largo de la
carretera caminando con los arcos colgados. Vio el lamedero junto a la
carretera y se dirigió al otro.
—No es muy probable. Llevan los arcos y las flechas para protegerse. No
son cazadores.
—Bueno, fuera quien fuera, el caso es que se nos anticipó.
—Mala suerte. Eso y, además, la lluvia. He enviado exploradores a estas
dos colinas de aquí, pero no han visto nada.
—Bueno, no hay por qué desesperar hasta mañana por la noche.
¿Cuando tenemos que marcharnos?
—Pasado mañana.
—¡Ese condenado salvaje...!
—Supongo que Karl estará pasándolo muy bien en la región de los
antílopes.
—No podremos entrar en el campamento en busca de los cuernos. ¿Ha
oído usted algo?
—Na
—Voy a dejar de fumar como sacrificio durante seis meses para que
consigas uno —dijo P.O.M.—. Ya he comenzado.
Almorzamos y, después, entré en la tienda y me eché a leer. Sabía que
teníamos todavía una posibilidad en el lamedero al día siguiente por la
mañana y no iba a preocuparme por ello. Pero estaba preocupado y no quería
acostarme y despertarme sintiéndome fracasado o anonadado por mis propios
problemas, así que salí y me senté en una de las sillas de lona bajo la tienda
abierta que servía de comedor y leí la vida de Carlos II escrita por alguien y,
de vez en cuando, levanté la vista para observar las langostas. Era
desagradable ver a las langostas y me resultaba difícil aguantarlas.
Finalmente, me acosté en la silla con los pies puestos encima de una cesta
de la merienda y cuando me desperté allí estaba Garrick, el bastardo, con un
sombrero amplio, de grandes alas, de plumas de avestruz blancas y negras.
—Márchate —dije en inglés.
Permaneció sonriendo orgullosamente, luego se volvió para que pudiera
ver el sombrero de lado.

283
Vi a Pop saliendo de su tienda con una pipa en la boca.
—Mire lo que tenemos —grité.
Miró y exclamó:
—¡Señor!
Y volvió a meterse en la tienda.
—Vamos —dije—. Creo que lo mejor es no hacerle caso. Finalmente, Pop
salió, con un libro en la mano, y no hicimos ningún caso del sombrero de
Garrick, hablando entre nosotros, mientras él posaba con el sombrero.
—También el hijo de perra ha estado bebiendo —expliqué.
—Probablemente.
—Puedo olerlo.
Pop, sin mirarle, dijo unas pocas palabras a Garrick con un tono de voz
muy suave.
—¿Qué le ha dicho?
—Que fuera a vestirse adecuadamente y que estuviera preparado para
partir.
Garrick se alejó, agitando las plumas.
—No es el momento para que lleve puestas esas condenadas plumas de
avestruz —dijo Pop.
—A algunas personas probablemente les gustan.
—Eso es. Les gusta fotografiarles con esos atavíos.
—¡Horrible! —exclamé.
—Espantoso —admitió Pop.
—Si el último día no hemos conseguido nada, voy a pegar a Garrick un
tiro en el trasero. ¿Qué puede costar- me eso?
—Puede crearle muchos problemas. Si dispara contra uno,, tendrá que
hacerlo también contra el otro.
—Sólo a Garrick.
—Entonces, es mejor que no dispare contra él. Recuerde que también a
mí me crearía problemas.
—Era una broma, Pop.
Garrick, sin el sombrero, acompañado por Abdullah, se acercó a nosotros
y Pop habló con ellos.

284
—Quieren cazar otra vez por la colina de una forma distinta.
—¡Espléndido! ¿Cuándo?
—Ahora mismo, cuando quiera usted. Parece que va a llover. Podrían
salir en seguida.
Envié a Molo en busca de mis botas y de mi impermeable. M’Cola me
trajo el “Springfield” y nos dirigimos al coche. El cielo había estado
completamente cubierto de nubes durante todo el día, aunque el sol había
atravesado las nubes en algún momento, antes del mediodía, y de nuevo había
salido al mediodía. Las lluvias se estaban acercando a nosotros. Ahora estaba
comenzando a llover y las langostas habían dejado de volar.
—Estoy amodorrado por el sueño —dije a Pop—. Voy a tomar un trago.
Estábamos de pie bajo el gran árbol, junto al fuego que servía de cocina,
con la ligera lluvia golpeando sobre las hojas de los árboles. M’Cola trajo la
botella de whisky y me la entregó con gran solemnidad.
—¿Toma una copa?
—No veo qué mal puede hacerme.
Bebimos los dos y Pop dijo:
—¡Al diablo con ellos!
—¡Al diablo con ellos!
—Puede encontrar algunas condenadas huellas.
—Las seguiremos hasta donde nos conduzcan.
Torcimos con el coche a la derecha de la carretera, pasamos por el
poblado y nos alejamos de la carretera a la izquierda por un sendero rojo,
duro, de arcilla, que rodeaba el borde de las colinas y cuyos lados estaban
bordeados estrechamente de árboles. Ahora llovía mucho y conducíamos el
coche lentamente. Parecía haber bastante arena en la arcilla para que el coche
no resbalara. De pronto, desde el asiento trasero, Abdullah, muy excitado, dijo
a Kamau que se detuviera. Nos paramos con un patinazo, nos apeamos todos,
y retrocedimos. Había huellas recientes de kudú en la arcilla mojada. No
podían haber sido hechas más que cinco minutos antes, pues sus bordes
estaban perfectamente señalados y la porquería, que había sido recogida por la
parte interior de la pezuña, todavía no estaba suavizada por la lluvia.
—Doumi —dijo Garrick.
Y echó hacia atrás la cabeza y extendió los brazos para indicar unos
cuernos que eran más anchos y más largos que sus dos brazos completamente

285
extendidos.
—¡Kubwa Sana!
Abdullah admitió también que era un macho; un macho enorme.
—Vamos —dije.
Era muy fácil de rastrear y sabíamos que estábamos muy cerca del
animal. Cuando llueve o nieva es mucho más fácil acercarse a los animales y
yo estaba seguro de que íbamos a conseguir dar con él y dispararle. Seguimos
las huellas a través de una vegetación espesa y, luego, salimos a una extensión
de terreno abierta. Me detuve para secar la lluvia de mis gafas y soplé en la
abertura del punto de mira del “Springfield”. Ahora llovía con fuerza, y ladeé
un poco el sombrero sobre los ojos para que las gafas se mantuvieran secas.
Bordeamos el claro y luego delante, se oyó un ruido y vi un animal gris, de
rayas blancas, alejándose a través de los matorrales. Levanté el fusil y M’Cola
me agarró del brazo.
—¡Manamouki! —susurró.
Era una hembra. Pero cuando nos acercamos por donde había aparecido,
no había otras huellas. Las huellas que habíamos seguido conducían,
lógicamente, desde la carretera hasta aquella hembra.
—¡Doumi Kubwa Sana! —dije lleno de sarcasmo y malhumor contra
Garrick, e hice un gesto para indicar unos cuernos gigantes que salían de
detrás de las orejas.
—Manamouki Kubwa Sana —dijo con mucho pesar y gran paciencia—.
¡Qué vaca tan enorme!
—¡Piojosa prostituta de plumas de avestruz! —le dije—. ¡Manamouki!
¡Manamouki! ¡Manamouki!
Saqué el diccionario, no pude encontrar las palabras, y expliqué con
gestos, lo más claramente que pude, a M’Cola, que daríamos un gran rodeo
volviendo a la carretera para ver si podíamos encontrar otras huellas. Dimos el
rodeo bajo la lluvia, mojándonos hasta los huesos, no vimos nada,
encontramos el coche, y, como la lluvia disminuyó y la carretera todavía
parecía firme, decidimos continuar hasta que hubiese oscurecido. Jirones de
nubes colgaban de la ladera de la colina, después de la lluvia, y los árboles
goteaban, pero no vimos nada. Nada en los claros, nada en los campos donde
la vegetación se hacía menos espesa, nada en las verdes laderas de las colinas.
Finalmente, oscureció y regresamos al campamento. El “Springfield” estaba
muy mojado cuando nos apeamos del coche y dije a M’Cola que lo limpiara

286
con cuidado y que lo engrasara bien. Me contestó que lo haría y yo entré en la
tienda donde estaba encendida una linterna, me desnudé, tomé un baño en la
cuba de lona y salí acercándome al fuego, sintiéndome cómodo y relajado
dentro del pijama, con una bata encima y botas de piel fina.
P.O.M. y Pop estaban sentados en sus sillas junto al fuego y P.O.M. se
levantó para prepararme un whisky con soda.
—M’Cola me lo contó —dijo Pop, desde su silla que estaba junto al
fuego.
—Una gran hembra, la condenada —dije—. Estuve a punto de pegarle
un tiro. ¿Qué opina sobre mañana?
—Supongo que lo mejor es que vaya al lamedero. Hemos enviado
exploradores para que examinaran estas dos colinas. ¿Se acuerda de ese
anciano del poblado? Están buscando con todo interés en alguna parte, al otro
lado de las colinas. Él y el wanderobo. Hace tres días que están allí.
—No hay ninguna razón para que no consigamos cazar uno en el
lamedero donde Karl cazó el suyo. Un día es tan bueno como otro.
—De acuerdo.
—Es el último día, sin embargo, y el lamedero puede estar lleno de agua.
En cuanto esté mojado, no habrá sal. Sólo barro.
—Eso es.
—Me gustaría ver uno.
—Cuando lo haga, tómeselo con calma y asegúrese del tiro. Sin
nerviosismo. Tómese el tiempo que haga falta y apúntele bien.
—Eso no me preocupa.
—Hablemos de cualquier cosa —dijo P.O.M.—. Este asunto me pone
demasiado nerviosa.
—Me gustaría que tuviéramos a ese viejo Pantalones de Cuero —dijo
Pop—. Bueno, era un charlatán. Hizo que este viejo hablara también lo suyo.
Denos otra vez esa charla sobre los escritores modernos.
—¡Váyase al diablo!
—¿Por qué no podemos tener un poco de vida intelectual? —preguntó
P.O.M.—. ¿Por qué no se dedican ustedes a distinguir los problemas del
mundo? ¿Por qué tengo que ignorar todo lo que sucede?
—El mundo está cada vez más complicado —aseguró Pop.

287
—¡Horrible!
—¿Qué sucede en América?
—¡Que me condenen si lo sé! Algunas representaciones de la Y.M.C.A.
Algunos hijos de perra inteligentes que están gastando el dinero que alguien
tendrá que pagar. Todo el mundo en nuestra ciudad abandona el trabajo para
tomarse un descanso. Todos los pescadores se han metido a carpinteros. El
reverso de la Biblia.
—¿Cómo están las cosas en Turquía?
—Espantosas. Les han hecho quitarse los feces. Han ahorcado a una gran
cantidad de viejos. Ismet todavía continúa allí.
—¿Ha estado en Francia últimamente?
—No me gustó. Está más sombría que nunca. Ahora mismo deben de
andar las cosas muy mal.
—¡Por todos los diablos! —exclamó Pop—. Debe de ser así a juzgar por
los periódicos.
—Cuando se pelean se pelean de verdad. Bueno, al fin y al cabo, tienen
una antigua y buena tradición en ese sentido.
—¿Estaba usted cuando ocurrió la revolución?
—Llegué después. Luego, esperamos dos que no ocurrieron. Y, después,
nos perdimos otra.
—¿Vio usted lo de Cuba?
—Desde el principio.
—¿Cómo fue?
—Hermosa. Luego, muy piojosa. No puede imaginarse lo piojosa que
era.
—Cállate —dijo P.O.M.—. Yo conozco un poco esas cosas. Estuve
arrodillada tras una mesa de mármol mientras disparaban en La Habana.
Llegaron montados en camiones disparando contra todos los que veían. Cogí
la copa que estaba bebiendo y me sentí muy orgullosa de no haberla
derramado o haberla olvidado. Los niños me preguntaron: “Madre,
¿podremos salir esta tarde para ver los disparos?” Estaban tan inquietos por la
revolución que tuvimos que dejar de hablar de ella. Bumby se hizo tan
sanguinario en lo referente a Mr. M. que tenía sueños terribles.
—Extraordinario —exclamó P.O.M.

288
—No se ría de mí. No me gusta oír hablar de revoluciones. Todo lo que
vemos o todo lo que oímos trata sobre revoluciones. Estoy harta de ellas.
—¿Saben una cosa? Yo no he visto ninguna en toda mi vida —dijo Pop.
—Son hermosas. De verdad. Durante cierto tiempo. Luego son horribles.
—Son muy apasionantes —dijo P.O.M.—. Tengo que admitirlo. Pero
estoy más que harta de ellas. Realmente, no me interesan nada.
—Yo las he estudiado un poco.
—¿Y qué es lo que averiguó? —preguntó Pop.
—Todas ellas eran muy diferentes entre si, pero pueden sacarse algunas
consecuencias. Voy a intentar escribir un estudio sobre ellas.
—Sería extraordinariamente interesante.
—Sí, si se tiene bastante material. Se necesita recoger- una enorme
cantidad de hechos pasados. Es muy difícil conseguir algo verdadero sobre lo
que no se ha visto, porque los que fracasan siempre tienen mala prensa y los
vencedores siempre mienten mucho. Además, sólo pueden seguirse realmente
en los países donde se habla el idioma. Lo que, naturalmente, limita mucho la
experiencia. Esa es la razón por la cual nunca he ido a Rusia. Cuando no puede
entenderse lo que se dice, no está bien. Todo lo que se consigue así es material
de segunda mano o la posibilidad de visitar los lugares donde ocurrieron los
acontecimientos, pero nada más. Cualquiera que sepa un idioma extranjero en
cualquier país es alguien que puede fácilmente mentirle. Siempre se consigue
lo bueno de la gente común y cuando no se puede hablar con ella y no puede
entendérsela, no se obtiene nada que valga la pena, excepto si lo que se busca
es algo que tenga algún valor periodístico.
—Entonces, eso quiere decir que usted piensa aprender bien el swahili.
—Eso intento.
—Incluso en ese caso no puede entenderles, porque siempre están
hablando en su dialecto.
—Pero si alguna vez escribo algo sobre todo esto, sólo serán
descripciones de paisajes hasta que sepa algo de verdad sobre el asunto. La
primera vez que se ve un país, es algo muy valioso. Probablemente, más
valioso para uno mismo que para nadie, es lo malo. Pero, sin embargo, uno
debe escribirlo para intentar que quede expresado. No importa nada lo que se
haga con el material.
—La mayoría de los libros que tratan sobre safaris son espantosamente
aburridos.

289
—Son horribles.
—El único que me ha gustado de todos lo que he leído es el de Streeter.
¿Cómo lo llamaba? Desnaturalizada África. Le hacía sentir a uno como era. Y
eso es lo mejor.
—Me gustó el de Charlie Curtís. Era muy honrado y hacia un retrato
muy bonito.
—Además, Streeter era un tipo muy divertido. ¿Recuerda cuando cazó
los kongonis?
—Era muy gracioso.
—Sin embargo, nunca he leído nada que me hiciera sentir estas regiones
de la forma en que nosotros las sentimos ahora. Todos hablan de esa
condenada vida precipitada de Nairobi o cualquier otra estupidez sobre la
caza de las bestias con cuernos que siempre eran media pulgada más largos
que los que hubiera cazado cualquiera antes que ellos. O, si no, hablan
demasiado del peligro.
—Me gustaría escribir algo sobre el país y los animales y cómo son para
alguien que no está muy enterado de estas cosas.
—Inténtelo. No puede hacer ningún mal. ¿Sabe que yo escribí un diario
de aquel viaje que hice a Alaska?
—Me gustaría mucho leerlo —dijo P.O.M.—. No sabía que usted fuera
escritor, Mr. J. P.
—No teman —dijo Pop—. Sin embargo, si quiere leerlo, enviaré a
buscarlo. Sólo hablo de lo que hacíamos todos los días y de lo que le pareció
Alaska a un inglés de África. Pero me temo mucho que le aburriría.
—No, si usted lo ha escrito —aseguró P.O.M.
—La mujercita que nos hace sus cumplidos —dijo Pop.
—No soy yo esa mujer. Es usted.
—He leído cosas escritas por él —dijo P.O.M.—. Quiero leer lo que
escribe Mr. J. P.
—¿Es el viejo un auténtico escritor? —preguntó Pop a P.O.M^. No he
visto nada que lo demuestre. ¿Está usted segura de que no la alimenta con lo
que consigue rastreando y cazando?
—¡Oh, sí! Escribe. Cuando las cosas le van bien, es terriblemente fácil
vivir a su lado. Pero un poco antes de que las cosas le vayan bien, está
asustado. Para poder escribir, necesita que su estado de ánimo sea malo.

290
Cuando habla sobre algo, nunca vuelve a escribirlo. Ahora, por ejemplo, sé
que está a punto de comenzar a escribir.
—Deberíamos conseguir que nos hablara más sobre temas literarios —
dijo Pop—. Pantalones de Cuero era el compañero ideal para hacerle hablar.
Nos contó algunas anécdotas literarias.
—Bueno, le contaré algo de la última noche que pasamos en París. Había
estado cazando en la finca de Ben Gallagher en la Sologne el día antes y tenía
una fermée. Ya sabe a lo que me refiero, levantan una valla baja mientras están
dándoles de comer, y cazábamos conejos por la mañana y por la tarde
hacíamos viajes con los coches y cazábamos faisanes y yo cacé un corzo.
—Eso no es literario.
—Espere. La última noche, vinieron a cenar Joyce y su mujer y comimos
un faisán y un cuarto trasero del corzo, y Joyce y yo nos emborrachamos
porque P.O.M. y yo nos íbamos a África al día siguiente. Bueno, aquélla fue
una noche estupenda.
—Ésa es una condenada anécdota literaria —dijo Pop—.
—¿Quien es Joyce?
—Un tipo maravilloso —contesté—. Escribió Ulysses.
—Homero escribió Ulises —dijo Pop.
—¿Quién escribió Echylus?
—Homero —contestó Pop—. No intente hacerme caer en la trampa.
¿Sabe usted más anécdotas literarias*?
—¿Ha oído hablar de Pound?
—No —contestó Pop—. Seguro que no.
—Sé algunas anécdotas de Pound.
—Supongo que usted y él se comieron algún curioso animal y luego se
emborracharon.
—Varias veces —dije.
—La vida literaria debe ser terriblemente alegre. ¿Cree que yo podría ser
escritor?
—Es posible.
—Vamos a hablar de todo esto —dijo Pop a P.O.M.—, y ambos vamos a
ser escritores. Cuéntenos otra anécdota.
—¿Ha oído hablar de George Moore?

291
—¿Es un individuo que escribió “Pero antes de marcharme, George
Moore, aquí hay un último y largo saludo para ti”?
—Sí, es él.
—¿Qué sucede con él?
—Ha muerto.
—Ésa es una anécdota condenadamente decepcionante y triste. Puede
hacer cosas mejores que ésa.
—Le vi una vez en una librería.
—Eso es mejor. ¿Ve lo vivas que puede describir las cosas?
—Fui una vez a visitarle a Dublín —dijo P.O.M.—. Con Clara Dunn.
—¿Qué sucedió?
—No estaba en casa.
—¡Señor! Les aseguro que la vida literaria es lo más importante de todo
—dijo Pop—. Y les aconsejo que no apuesten en contra.
—Odio a Clara Dunn —dije.
~-Lo mismo que yo —dijo Pop—. ¿Qué ha escrito?
—Cartas —contesté—. ¿Conoce a Dos Passos? ¿f-Nunca oí hablar de él.
—Él y yo solíamos beber kirsh caliente en el invierno.
—¿Qué sucedía entonces?
—La gente se metía con nosotros, al final.
—El único escritor que he conocido en toda mi vida era Steward Edward
White —dijo Pop—. Yo sentía una gran admiración por lo que escribía. Era
muy bueno, de verdad. Por eso quise conocerle. Pero no me gustó.
—¿Por qué no le gustó? —preguntó P.O.M.
—¿Tengo que contarlo? ¿No está completa la anécdota? Es exactamente
como el viejo las cuenta.
—Adelante y cuéntenos.
—Tenía todos los rasgos característicos del antiguo residente en estas
tierras. Los ojos acostumbrados a los vastos espacios y a las grandes distancias,
y ese tipo de
cosas. Había cazado demasiados condenados leones. No tenía autoridad
para matar tantos leones. No podía cazar tantos. El condenado león le caza a
uno más bien. Escribió algunas cosas verdaderamente bonitas en The Saturday

292
Evening Post sobre, ¿cómo se llamaba aquel pájaro?, Andy Burnett. ¡Oh, muy
bonitas! Sin embargo, me desagradó terriblemente cuando le conocí. Le vi en
Nairobi con sus ojos acostumbrados a los vastos espacios y las grandes
distancias. Cuando estaba en la ciudad, llevaba sus ropas más viejas. Pero todo
el mundo decía que era un tirador excepcional.
—Bueno, es usted un hijo de perra con talento literario —dije—.
Observen qué anécdota nos ha contado.
—Es maravilloso —exclamó ¿Es que nunca vamos a comer?
—Creía que ya habíamos comido —dijo Pop—. Una vez que se empieza
a contar estas anécdotas, no parece llegado el momento de acabarlas.
Después de la cena, estuvimos un rato sentados junto al fuego y luego
nos acostamos. Una cosa parecía dar vueltas en la cabeza de Pop y, antes de
entrar en mi tienda, me dijo:
—Después de haber esperado tanto tiempo, cuando tenga la posibilidad
de hacer un disparo, tómeselo con calma. Es usted un hombre bastante rápido,
así que puede tomarse el tiempo que quiera, recuerde. Tómeselo con calma.
—Está bien.
—Haré que le despierten temprano.
—Está bien. Estoy muerto de sueño.
—Buenas noches, Mr. J. P, —dijo P.O.M. desde la tienda.
—Buenas noches —dijo Pop.
Se dirigió hacia su tienda, avanzando con una tiesura cómica, andando
en la oscuridad con tanto cuidado como si fuera una botella abierta.

293
CAPÍTULO XI

MOLO me despertó tirando de la manta por la mañana y me vestí, y salí


a lavarme y acabar así con el sueño que cerraba mis ojos, antes de despertarme
realmente. Todavía estaba muy oscuro y podía ver la sombra de la espalda de
Pop contra el fuego. Me acerqué a él, llevando en la mano la temprana taza de
té con leche y esperando que se enfriara un poco para bebería.
—Buenos días —dije.
—Buenos días —contestó, con aquel tono de voz que era un susurro y
que parecía venir desde lo profundo de la garganta.
—¿Ha dormido bien?
—Muy bien. ¿Se siente en perfectas condiciones físicas?
—Dormido todavía, eso es todo.
Bebí el té de la taza y escupí las briznas al fuego.
—Dígales la buena ventura a ésos —dijo Pop.
—No tema.
Desayunamos en la oscuridad, a la luz de una linterna, albaricoques en
almíbar, fríos y en su jugo, picadillos calentados recientemente y cubiertos con
salsa de tomate, dos huevos fritos y café, que prometía calentar el cuerpo.
A la tercera taza, Pop, que me observaba fumando su pipa, dijo:
—Demasiado temprano todavía para enfrentarme con eso.
—¿Le preocupa?
—Un poco.
—Me estoy ejercitando —dije—. A mí no me preocupa.
—¡Estúpidas anécdotas! —exclamó Pop—. La Memsahib debe pensar
que somos unos imbéciles integrales.
—Pensaré algunas más.
—No hay nada mejor que la bebida. No sé por qué le hace a uno sentirse
mal.
—¿Está usted mal?
—Todavía no.
—¿Por qué no toma un poco de Eno?
—Es por este condenado viajar en coche.

294
—Bueno, hoy es el día.
—Recuerde que debe tomárselo con mucha calma.
—No está preocupado por eso, ¿verdad?
—Sólo un poco.
—No lo piense. No me preocupa nada. De verdad.
—Bueno. Lo mejor es partir cuanto antes.
—Primero hay que hacer un viajecito en el coche.
De pie frente al círculo de lona de la letrina, miré, como hacía todas las
mañanas, aquella borrosa mancha de estrellas que los románticos de los
astrónomos llamaban la Cruz del Sur. Todas las mañanas a aquella hora,
observaba, como una ceremonia solemne, la Cruz del Sur.
Pop estaba en el camión. M’Cola me entregó el “Springfield” y me
coloqué en el asiento delantero. El trágico y su rastreador iban detrás. M’Cola
subió con ellos.
—Buena suerte —dijo Pop.
Alguien venía de las tiendas. Era P.O.M. con su vestido azul y sus botas
de piel fina.
—¡Oh, buena suerte! —exclamó—. Por favor, buena suerte.
Hice un gesto con la mano y partimos, los faros del coche iluminaban el
camino que conducía a la carretera.
No había nada en el lamedero cuando llegamos a él, después de dejar el
camión a unos cinco kilómetros de distancia y recorrer con cuidado el camino
que conducía hasta él. Nada apareció por allí durante toda la mañana.
Permanecimos sentados en el puesto de acecho con las cabezas agachadas,
cada uno cubriendo una diferente dirección a través de los claros en los juncos
bardados, y yo siempre esperaba que ocurriera el milagro de que un kudú
macho apareciera majestuoso y hermoso, atravesando la vegetación, en el claro
gris y polvoriento que se abría entre los árboles donde estaba el lamedero
gastado, lleno de pisadas de animales. Había muchas huellas que conducían al
lamedero atravesando los árboles y por cualquiera de ellas podía aparecer
silenciosamente un macho en cualquier momento. Pero nada sucedió. Cuando
el sol llegó a su cénit y hacía mucho calor, después de haber sentido la fresca
niebla de la mañana, coloqué mi trasero en el polvo y me apoyé contra la
pared del agujero, descansando recostado contra mi espalda y mis hombros, y
todavía continuaba vigilando a través del resquicio del puesto de caza.
Colocando el “Springfield” en las rodillas, observé que había moho en el

295
cañón. Lentamente lo estiré y miré la boca del arma. Estaba llena de
herrumbre.
“El hijo de perra no lo limpió la noche anterior con la lluvia que cayó”,
pensé.
Y, lleno de furia, levanté el asa y deslicé el cerrojo. M’Cola me estaba
observando con la cabeza agachada. Los otros miraban fuera del puesto de
caza. Sostuve el rifle con una mano para que él mirara a través de la recámara
y luego volví a poner otra vez el cerrojo y lo empujé suavemente hacia
adelante, bajándolo con el dedo puesto en el gatillo, para que de esa manera
estuviera preparado para amartillarlo, más que para mantenerlo asegurado.
M’Cola había visto que el arma estaba sucia. Su rostro permaneció
inmutable y yo no había dicho nada, pero estaba lleno de desprecio y en todo
aquello, sin pronunciar una sola palabra, hubo una acusación, la prueba y la
condena. Permanecimos allí sentados, él con la cabeza inclinada sólo lo
suficiente para mostrarme la parte superior, calva, yo, por mi parte, recostado
y mirando a través de la hendidura del puesto de acecho, y ya habíamos
dejado de ser camaradas, ya no éramos buenos amigos; y, además, nada venía
al lamedero.
A las diez, la brisa, que se había levantado por el este, comenzó a
agitarse por todos lados y entonces comprendimos que era inútil continuar
allí. Había extendido nuestro olor en todas direcciones alrededor del puesto de
acecho y era tan seguro que los animales se asustarían ante nuestra presencia
como si estuvieran dando vueltas a un faro en la oscuridad. Salimos del puesto
y nos fuimos a buscar las huellas en el polvo del lamedero. La lluvia lo había
humedecido, pero no estaba empapado y vimos varias huellas de kudús,
probablemente hechas a primeras horas de la noche y una huella de un gran
macho, larga, estrecha, que tenía forma de corazón, clara y profundamente
marcada.
Rastreamos la pista y la seguimos por la húmeda tierra rojiza durante
dos horas, atravesando una espesa vegetación, que equivalía al segundo
crecimiento en nuestro país. Finalmente, tuvimos que abandonar la pista,
porque no podíamos atravesarla. Durante todo este tiempo, yo estaba furioso
porque M’Cola no había limpiado el rifle y, sin embargo, contento y anhelante
por un presentimiento de que podíamos toparnos con el kudú y hacerle un
disparo en medio de la vegetación. Pero no lo encontramos y, ahora, bajo el
gran calor del mediodía, dimos tres grandes paseos alrededor de algunas
colinas y, finalmente, salimos a un prado lleno de ganado pequeño y giboso de
los masai y, dejando tras nosotros todas las sombras protectoras posibles,

296
atravesamos los terrenos abiertos, bajo el fuerte sol del mediodía, hasta llegar
al camión.
Kamau, sentado en el coche, había visto pasar a un kudú macho a unos
cien metros de distancia. Se dirigía al lamedero a eso de las nueve de la
mañana, cuando el viento comenzó a agitarse en todas direcciones y era
evidente que había olfateado y se había vuelto a las colinas. Cansado, sudando
y sintiéndome ahora más abatido que furioso, me coloqué junto a Kamau y nos
dirigimos al campamento. Ahora ya sólo nos quedaba una tarde, y no había
ninguna razón para esperar que tuviéramos más suerte de la que habíamos
tenido hasta entonces. Mientras llegábamos al campamento, y la sombra de los
grandes árboles nos refrescaba como un buen baño, quité el cerrojo del
“Springfield” y entregué el rifle, sin poner el seguro, a M’Cola y no le dije nada
ni le miré. Eché el seguro a la entrada de mi tienda.
Pop y P.O.M. estaban sentados bajo la tienda que servía de comedor.
—¿Tampoco ha tenido suerte? —preguntó Pop. —Ninguna. Un kudú
pasó junto al camión en dirección al lamedero. Pero debió olfatearnos y
esconderse. Buscamos por todas partes sin resultado.
—¿No habéis visto nada? —preguntó P.O.M.—. Una vez nos pareció
oírte disparar.
—Debió ser Garrick al cerrar la boca. ¿Han conseguido algo los
exploradores?
—Nada. Han estado examinando las dos colinas. —¿Se sabe alguna
noticia de Karl?
—Ni una palabra.
—Me hubiera gustado ver uno —dije.
Estaba cansado y me deslizaba rápidamente hacia el resentimiento y la
amargura.
—¡Al diablo con esos condenados animales! ¿Por qué diablos tuvo él que
disparar en ese lamedero la primera mañana que llegamos aquí y, encima,
cazar un kudú piojoso y, por si fuera poco, perseguirle por toda esta región
que es una hija de perra, consiguiendo así que todos los kudús que había por
aquí se escondieran en el mismo infierno?
—¡Bastardos! —dijo P.O.M., poniéndose de mi parte, a pesar de mi falta
de razón—. ¡Hijos de perra!
—Eres una buena muchacha —dije—. Estoy bien. O lo estaré pronto.
—Ha sido horrible —dijo ella—. Pobre y viejo Poppa.

297
—Creo que debe tomar una copa —dijo Pop—. Eso es lo que usted
necesita.
—He puesto todo de mi parte para cazarlos, Pop. Juro ante Dios que he
puesto todo de mi parte. Me he divertido con todas estas peripecias y no me he
preocupado hasta hoy. Estaba completamente seguro de que cazaría uno. Y,
además, viendo esas condenadas huellas continuamente... ¿qué culpa tengo yo
de no haber visto ninguno? ¿Cómo diablos voy a saber si podremos volver
aquí alguna vez?
—Volverán —dijo Pop—. No tiene que preocuparse por eso. Adelante.
Tome un trago.
—Yo no soy más que un piojoso bastardo al que le duele el vientre, pero
juro por lo que más quiero que no me han puesto nervioso hasta hoy.
—Dolor de estómago, ¿eh? —dijo Pop—. Es mejor acabar con eso.
—¿Qué les parece si comemos? —preguntó P.O.M.—. ¿No están
terriblemente hambrientos?
—¡Al diablo con la comida! El caso es, Pop, que nunca les hemos visto en
el lamedero por la tarde y que no hemos visto un solo macho en las colinas.
Sólo me queda como posibilidad esta noche. Creo que todo está acabado. En
tres ocasiones los he tenido a mi disposición, y Karl, el austríaco, y el
wanderobo nos han hecho fracasar.
—Todo no ha fracasado aún —dijo Pop—. Tome otra copa.
Comimos, fue un buen almuerzo, y estaba a punto de terminar cuando
Kati llegó y dijo que había alguien que quería ver a Pop. Podíamos distinguir
sus sombras en la lona de la tienda, luego dieron la vuelta hasta colocarse
delante de ella. Era el anciano del primer día, el viejo campesino, pero ahora
iba vestido como un cazador y llevaba un arco muy largo y un carcaj de
flechas.
Parecía más viejo, más miserable y más cansado que nunca y su manera
de vestir era evidentemente un disfraz. Con él estaba el delgado y sucio
wanderobo con los pendientes enroscados, que se apoyaba en una pierna y se
rascaba la parte posterior de la rodilla con los pies. Tenía la cabeza ladeada y
un rostro estrecho, estúpido, de aspecto depravado.
El anciano estaba hablando seriamente con Pop, mirándole a los ojos y
hablando lentamente, sin gestos ni ademanes.
—¿Qué ha hecho? ¿Se ha disfrazado así para conseguir algo del dinero
de los exploradores? —pregunté.

298
—Espere —contestó Pop.
—Mire a esa pareja —dije—. Ese miserable wanderobo y ese viejo
piojoso y falso. ¿Qué dice?
—No ha terminado aún —explicó Pop.
Finalmente, el anciano terminó de hablar y permaneció allí, recostado en
su arco. Ambos tenían aspecto de estar muy cansados, pero me acordé de que
parecían un par de desagradables embaucadores.
—Dice —comenzó a explicar Pop— que han encontrado una región
donde hay kudús y antílopes. Ha estado allí tres días. Saben dónde hay un
gran kudú macho y han dejado a un hombre vigilándole.
—¿Cree en lo que dice ese viejo?
Podía sentir que el licor y la fatiga desaparecían de mi cuerpo y que la
excitación volvía a él.
—Sólo Dios lo sabe —contestó Pop.
—¿A qué distancia está esa región?
—A un día de marcha. Supongo que serán tres o cuatro horas en el
coche, si puede llegar hasta allí.
—¿Cree que el coche puede entrar?
—Ningún coche ha entrado allí jamás, pero cree que usted puede
conseguirlo.
—¿Cuándo dejaron al hombre vigilando al kudú?
—Esta mañana.
—¿Dónde están los antílopes?
—En las colinas.
—¿Cómo llegaremos hasta allí?
—No lo sé, supongo que cruzando la llanura, rodeando esa montaña y
luego dirigiéndonos hacia el sur. Dice que nadie ha cazado nunca allí. Pero
que él cazó en esa parte de la región hace tiempo, cuando era joven.
—¿Lo cree?
—Desde luego los nativos mienten más que hablan, pero lo ha dicho de
una manera que es posible que sea verdad.
—Vamos.
—Es mejor que salgan cuanto antes. Vayan lo más lejos posible con el

299
coche y luego utilicen el lugar donde lo dejen como base de operaciones y
empiecen a cazar desde allí mismo. La Memsahib y yo levantaremos el
campamento por la mañana, trasladaremos el equipo e iremos donde están
Dan y Mr. T. Una vez que nos encontremos en esa extensión de terreno donde
se cultiva el algodón, no importará que la lluvia nos alcance. Luego, usted se
reúne con nosotros. Pero si las lluvias le impiden seguir, siempre podremos
enviar el coche en su busca por Kandoa si sucede lo peor, y los camiones
pueden bajar también a Tanga y dar la vuelta por allí.
—¿No quiere usted venir?
—No. Es mejor que usted esté solo en un caso como éste. Cuanta más
gente, menos posibilidades de dar con la pieza. Conviene que cace usted solo
los kudús. Yo trasladaré todo el campamento y me cuidaré de la pequeña
Memsahib.
—Está bien —contesté—. ¿Y no tengo que llevar conmigo a Garrick y a
Abdullah, verdad?
—Naturalmente que no. Llévese a M’Cola, a Kamau y a esos dos.
Ordenaré a Molo que empaquete sus cosas. Márchese lo antes posible.
—¡AI diablo con todo, Pop! ¿Cree que puede ser verdad?
—Quizá —contestó Pop—. Pero no tenemos más remedio que intentarlo.
—¿Cómo se dice antílopes en swahili?
—Tarahalla.
—Valhalla, puedo recordarlo. ¿Tienen cuernos las hembras?
—Claro, pero no puede equivocarse. El macho es negro y las hembras de
color pardo. No puede equivocarse nunca con ellos.
—¿Ha visto M’Cola alguna vez uno?
—No lo creo. Su licencia de caza le autoriza a cazar cuatro ejemplares.
Cada vez que pueda disparar a uno. no se detenga, adelante.
—¿Son difíciles de cazar?
—Sí, son difíciles. No son como los kudús. Si encuentra alguno, tenga
cuidado al acercarse a él.
—¿Con qué tiempo cuento?
—Tenemos que salir de aquí. Usted puede volver mañana por la noche,
si le es posible. Eso es cosa suya. Creo que ése es el punto decisivo. No se
preocupe, cazará un kudú.

300
—¿Sabe usted a qué se parece esto? —pregunté—. Es exactamente como
cuando éramos chiquillos y oímos hablar de un río en el que nadie había
pescado nunca en las llanuras de las gayubas más allá del Sturgeon y el
Pigeon.
—¿Cómo resultó ser el río?
—Escuche. Nos costó mucho tiempo llegar hasta él y la noche que
llegamos allí, un poco antes del anochecer, y lo vimos, era una especie de gran
charca profunda con una larga extensión de agua en línea recta y el agua
estaba tan fría que no se podía mantener la mano en ella y yo eché la colilla de
un cigarrillo y una gran trucha lo mordió y durante un momento golpearon la
colilla y la mordieron, mientras flotaba, hasta que se deshizo completamente.
—¿Una gran trucha?
—De las más grandes que recuerdo.
—Que el Señor tenga compasión de nosotros —exclamó Pop—. ¿Qué
hicieron ustedes entonces?
—Preparé mi caña de pescar y la arrojé al agua, y había anochecido ya y
un chotacabras merodeaba por allí y hacía un frío terrible y, después, en un
momento agarré tres peces tan pronto como el cebo tocó en el agua.
—¿Los pescó?
—A los tres.
—Es usted un condenado mentiroso.
—Se lo juro por lo que más quiero.
—Le creo. Cuénteme el resto de la historia cuando vuelva. ¿Eran, de
verdad, grandes truchas?
—De las más grandes que he visto en mi vida.
—Que el Señor tenga compasión de nosotros —exclamó Pop—. Estoy
seguro de que va a conseguir cazar un kudú. Póngase ahora mismo en
movimiento.
Encontré a P.O.M. en la tienda y hablé con ella.
—¿No será de verdad?
—Sí.
—Date prisa —dijo—. No hables. Márchate ahora mismo.
Encontré un impermeable, unas botas especiales, calcetines, una bata de
baño, un frasco de tabletas de quinina, limonada, un cuaderno de notas, un

301
lapicero, los cartuchos, las cámaras, la caja de herramientas para casos de
emergencia, un cuchillo, cerillas, una camisa extra y una muda extra también,
un libro, dos velas, dinero, la botella del whisky...
—¿Qué más?
—¿Has cogido jabón? Llévate también un peine y una toalla. ¿Llevas
pañuelos?
—Está bien.
Molo tenía todo preparado en una bolsa arrugada y
encontré mis prismáticos de campaña. M’Cola cogió los grandes
prismáticos de campaña de Pop, una cantimplora con agua y Katy había
preparado una gran cesta con comida.
—Llévense mucha cerveza —dijo Pop—. Puede dejarla en el coche.
Andamos muy escasos de whisky, pero todavía queda una botella.
—¿Qué le parece si dejamos ésa para ustedes?
—De acuerdo. Hay más en el otro campamento. Enviamos dos botellas
con Mr. K.
—Yo sólo necesito el frasco —dije—. Nos repartiremos la botella.
—Entonces, llévese mucha cerveza, tenemos una gran cantidad de
botellas.
—¿Qué está haciendo ese hijo de perra? —pregunté, señalando a Garrick
que montaba en el coche.
—Dice que usted y M’Cola no podrán hablar con los nativos que viven
en esa parte del país. Que necesitarán alguien que les sirva de intérprete.
—Es puro veneno.
—Necesitará alguien que le sirva de intérprete siempre que hablen en
swahili.
—De acuerdo. Pero dígale que no es él quien dirige la función y que no
se le ocurra en ningún momento abrir la boca para hablar sin mi
consentimiento.
—Subiremos a la cima de la colina con ustedes —dijo Pop.
Y nos alejamos, con el wanderobo colgando en el costado del coche.
—Vamos a recoger al anciano en el poblado.
Todos los hombres que pertenecían a nuestro campamento
contemplaban la partida.

302
—¿Tenemos mucha sal?
—Sí.
Ahora estábamos de pie junto al coche, detenido en el camino que
entraba en el poblado, esperando que el
anciano y Garrick regresaran de sus cabañas. Eran las primeras horas de
la tarde y el cielo se estaba cubriendo de nubes y yo contemplaba a P.O.M.,
que en ese momento me parecía muy deseable, fresca, y con su aspecto
característico de gran limpieza, vestida con falda y la blusa de color caqui y las
botas, con su sombrero Stetson echado a un lado de la cabeza, y a Pop, grande,
fornido, grueso, con la chaqueta de pana descolorida, sin mangas, que ahora
ya había perdido todo su color y era casi blanca, de tanto lavarla y de tanto
darle el sol.
—Sé buena chica.
—No te preocupes. Me hubiera gustado mucho ir contigo esta vez.
—Es la obra de un solo actor —dijo Pop—. Es necesario que la acción
comience lo antes posible, y es lo que hay que hacer, y cuanto antes se acabe
mejor. No crea que estas cosas son muy fáciles.
El anciano apareció y subió a la parte posterior del coche con M’Cola,
que llevaba puesta mi vieja chaqueta de casa sin mangas.
—M’Cola se ha puesto la chaqueta del viejo —dijo Pop.
—Le gusta llevar toda clase de cosas en los bolsillos —expliqué.
M’Cola vio que estábamos hablando de él. Me había olvidado ya de que
no había limpiado el rifle, y entonces me acordé. Dije a Pop:
—Pregúntele dónde ha conseguido la nueva chaqueta.
M’Cola sonrió y dijo algo.
—Dice que es de su propiedad.
Le sonreí y movió su vieja cabeza calva y quedó perfectamente claro
entre los dos que yo no había dicho nada sobre el rifle.
—¿Dónde está ese hijo de perra de Garrick? —pregunté.
Finalmente, llegó con su manta y subió a la parte posterior con M’Cola y
el anciano. El wanderobo se sentó conmigo en la parte delantera junto a
Kamau.
—Tu amigo tiene un aspecto verdaderamente adorable —dijo P.O.M.—.
Que seas tú también bueno.

303
Me despedí de ella besándola y nos dijimos algo al oído, susurrando.
—Los enamorados —dijo Pop—. Desagradable.
—Adiós, viejo bastardo.
—Adiós, condenado torero.
—Adiós, cariño.
—Adiós y buena suerte.
—Llevan mucha gasolina y, además, dejaremos algo aquí —gritó Pop.
Agité la mano como despedida y comenzamos a descender la colina,
atravesando el poblado por un camino estrecho que conducía a la llanura seca
y llena de vegetación que se extendía por debajo de las dos grandes colinas
azules.
Me volví a mirar hacia atrás, mientras bajábamos la colina, y vi las dos
figuras en el camino, la alta y gruesa y la pequeña y limpia, cada una con
grandes sombreros Stetson, silueteados, mientras se dirigían de vuelta al
campamento. Luego miré hacia delante, a la seca llanura cubierta de maleza.

304
CUARTA PARTE

305
EL ACECHO COMO FELICIDAD

306
CAPÍTULO XII

LA carretera era apenas un sendero y resultaba muy deprimente


contemplar la llanura. Mientras avanzábamos, vimos unas gacelas delgadas,
resaltando su blancura contra el amarillo quemado de la hierba y de los
árboles grises. Mi entusiasmo desaparecía a medida que aquella llanura iba
extendiéndose y extendiéndose, y me daba la impresión de ser el típico país
pobre en caza, y todo comenzó a parecer imposible y romántico y
completamente incierto. El wanderobo tenía un olor muy fuerte y contemplé la
forma en que se extendían los lóbulos de sus orejas que, luego, limpiamente, se
volvían hacia sí mismos, y observé aquel rostro nada negroide, de labios finos.
Cuando se dio cuenta de que le estaba observando, sonrió complacido y se
rascó el pecho. Volví a mirar hacia la parte trasera del coche. M’Cola estaba
adormecido. Garrick estaba sentado, recto, dramatizando el hecho de estar
despierto, y el anciano intentaba ver la carretera.
Ahora, en realidad, la carretera había acabado, y sólo era un camino de
ganado, pero estábamos llegando al borde de la llanura. Luego, la llanura
quedó tras nosotros y, delante, se elevaban grandes arboledas y estábamos
entrando en la región más bonita que yo había visto en África. La hierba era
verde y lisa, corta como un prado que hubiera sido segado y recientemente
cultivado, y los árboles eran grandes, de troncos altos, y viejos, sin malezas
inútiles, sólo el verde liso del césped como un parque de venados; nos
abríamos paso con el coche atravesando grandes espacios bajo la sombra y
otros iluminados por el sol, siguiendo un débil sendero que el wanderobo
había indicado. No podía creer que, de pronto, hubiéramos llegado a un país
tan maravilloso. Era una región para despertarse súbitamente en ella,
contentos por haber soñado y, contemplándola como si de pronto fuera a
desaparecer, me incorporé y toqué la oreja del wanderobo. Éste dio un brinco
y Kamau soltó una carcajada. M’Cola me dio con el codo desde el asiento
trasero y señaló hacia un punto, y allí erguido en un espacio abierto entre los
árboles, con la cabeza levantada, mirándonos fijamente, las cerdas de su
espalda erectas, los colmillos largos, gruesos y blancos y curvados hacia arriba,
los ojos resplandecientes, había un jabalí que nos contemplaba desde una
distancia inferior a veinte metros. Indiqué a Kamau que detuviera el coche y
permanecimos un momento mirándole y él a nosotros. Levanté el rifle y
apunté a su pecho. El jabalí miraba, pero no se movió. Luego indiqué a Kamau
que pusiera el embrague y avanzamos y torcimos hacia la derecha y dejamos
al jabalí, que no se movió ni mostró ninguna clase de temor al vernos.

307
Podía darme cuenta de que Kamau estaba excitado y, mirando hacia
atrás, M’Cola movía la cabeza de arriba abajo para demostrar que estaba de
acuerdo. Ninguno de nosotros había visto nunca un jabalí que no hubiera
salido disparado en una ocasión como aquélla, con un trote rapidísimo, y el
rabo al aire. Ésta era una región virgen, una parte del millón de millas de
extensión de la condenada África donde nadie había cazado. Estaba dispuesto
a detenerme y a acampar en cualquier parte.
Era el país más bonito que yo había visto, pero continuamos avanzando,
dando vueltas y más vueltas entre los grandes árboles, sobre la hierba que se
mecía suavemente. Luego, delante y a la derecha, vimos la alta empalizada de
un poblado masai. Era un poblado muy grande y de él salieron corriendo unos
hombres de piel parda y largas piernas, que se movían con suavidad. Todos
ellos parecían tener la misma edad y llevaban el pelo formando una pesada
cola, en forma de porra o bastón que golpeaba contra sus espaldas al correr. Se
acercaron al coche y nos rodearon, riendo y hablando alborozados. Todos ellos
eran altos, sus dientes eran blancos y sanos, y su cabello estaba teñido de un
pardo rojizo y peinado con un flequillo en forma de orla que caía sobre sus
frentes. Llevaban lanzas, eran muy hermosos, sumamente alegres y joviales,
nada hoscos ni despectivos como los masai del norte, y deseaban saber lo que
íbamos a hacer. El wanderobo debió explicar que cazábamos kudús y que
teníamos mucha prisa. Habían rodeado el coche de tal manera que no
podíamos movernos. Uno dijo algo y tres o cuatro se unieron a él, y Kamau me
explicó que habían visto pasar por el sendero aquella tarde dos kudús machos.
“No puede ser verdad —me dije a mí mismo—. No puede ser verdad.”
Dije a Kamau que pusiera en marcha el coche y lentamente conseguimos
atravesar el círculo que lo rodeaba, y todos ellos se reían y trataban de detener
el coche, lo que hacía más difícil nuestra marcha. Eran la gente más alta, de
mejor constitución y más hermosa que había visto en toda mi vida y las
primeras personas verdaderamente felices y alegres que había conocido en
África. Finalmente, cuando comenzamos a alejamos, echaron a correr junto al
coche, sonriendo unos, riendo otros y todos ellos mostrando con qué facilidad
podían correr, y, luego, cuando el coche comenzó a aumentar de velocidad,
subiendo el suave declive de un arroyo, se convirtió en una prueba deportiva
y uno tras otro abandonaron la carrera, agitando los brazos y sonriendo
cuando dejaban de correr, hasta que sólo quedaron dos, los mejores corredores
del grupo, que continuaron corriendo todavía junto a nosotros, manteniendo
fácilmente la marcha del coche mientras avanzaban a grandes zancadas,
suavemente, con soltura y con orgullo. Además de correr a una velocidad

308
bastante extraordinaria, llevaban en la mano sus lanzas. Luego tuvimos que
torcer a la derecha y dejar a un lado la suavidad verde de la cuenca del arroyo
y penetrar en un prado ondulado y, al tiempo que disminuíamos la velocidad,
subiendo en primera, el grupo completo volvió a acercarse, riendo y tratando
de parecer sin resuello. Atravesamos un grupito de matorrales y un conejo
salió de entre los arbustos, zigzagueando salvajemente y todos los masai
corrían ahora detrás de nosotros en un sprint enloquecido. Atraparon el conejo
y el corredor más alto se acercó con él al coche y me lo entregó. Lo sostuve y
podía oír los fuertes latidos de su corazón a través de su suave, caliente y
peludo cuerpo, y, mientras le acariciaba, el masai me dio un golpecito en el
brazo. Cogiendo el conejo por las orejas, se lo devolví. No, no, era mío. Era un
regalo. Se lo entregué a M’Cola. Este no lo tomó en serio y se lo entregó a uno
de los masai. Aumentábamos de velocidad y de nuevo ellos corrían tras
nosotros. El masai se agachó y dejó el conejo en el suelo y cuando el animal se
liberó corriendo, todos ellos se echaron a reír. M’Cola movió la cabeza.
Estábamos muy impresionados por aquellos masai.
—Buenos masai —dijo M’Cola, muy emocionado—. Los masai tienen
mucho ganado. Los masai no cazan para comer. Los masai cazan hombres.
El wanderobo le dio un golpecito en el pecho.
—Wanderobo... masai —dijo muy orgulloso, reclamando el parentesco.
Tenía las orejas retorcidas lo mismo que los masai. Viéndoles correr, tan
hermosos y contentos, hacían que nos sintiéramos felices. Nunca había visto
una amistad tan rápida y desinteresada, ni gente que tuviera un aspecto tan
estupendo.
—Buenos masai —repitió M’Cola, haciendo un movimiento de énfasis
con la cabeza—. Buenos, buenos masai.
Solamente Garrick parecía impresionado de manera distinta. A pesar de
sus ropas de color caqui y su carta del B’wana Simba, creo que estos masai le
asustaban bastante. Eran nuestros amigos, no los suyos. Desde luego, no cabía
duda de que eran amigos nuestros. Tenían esa actitud que hace que las
personas se sientan hermanas, la seguridad inexpresada, pero instantánea y
completa, de que se puede ser masai se proceda de donde se proceda. Esa
actitud sólo la tienen los mejores ingleses, los mejores húngaros y los mejores
españoles; era lo que significaba la distinción más clara de la nobleza cuando
ésta existía. Es una actitud ignorante y las personas que la tienen no
sobreviven, pero conozco pocas cosas más agradables en el mundo que el
encuentro con gente así.

309
De esta forma ahora sólo quedaban ya los dos que más corrían, y verlos
correr resultaba duro, pues la máquina les estaba venciendo. Todavía corrían
bien y todavía lo hacían con soltura y dando grandes zancadas, pero la
máquina marcaba el ritmo de la carrera con una crueldad inhumana. Le dije a
Kamau que aumentara la velocidad para acabar con aquella carrera, porque un
súbito aumento de velocidad no era ninguna forma de humillación. Los
perseguidores apretaron el paso, quedaron derrotados, se echaron a reír, y
entonces sacamos nuestros cuerpos por las ventanillas, saludándoles con las
manos, y ellos se quedaron apoyados en sus lanzas y nos devolvieron el
saludo. Todavía continuábamos siendo grandes amigos, pero ahora volvíamos
a estar solos y no había camino para el coche, sólo quedaba seguir la dirección
general, bordeando los bosquecillos de árboles y la corriente de aquel cauce
verde.
Al cabo de cierto tiempo, los bosques fueron haciéndose más espesos y
seguidos; dejamos la idílica región detrás de nosotros y ahora nos abríamos
paso a lo largo de un débil sendero que atravesaba una espesa vegetación. A
veces llegábamos a un lugar por donde no se podía continuar y teníamos que
bajamos del coche y apartar algún madero del camino o cortar un árbol que
bloqueaba el paso del coche. Otras veces teníamos que volver atrás y buscar
una forma de dar un rodeo y volver de nuevo al sendero, tajando nuestro
camino con los largos cuchillos que se llaman pangas. El wanderobo era un
lamentable tajador y Garrick no era mucho mejor. M’Cola hacía bien todo
aquello en que se necesitara utilizar un cuchillo y accionaba la panga con un
movimiento rápido, aunque pesado y vindicativo. Yo lo usaba mal. Había que
hacer demasiado juego de muñeca para aprenderlo rápidamente; la muñeca se
cansaba y la hoja parecía tener un peso cada vez mayor. Hubiera deseado
tener, en lugar de aquella especie de cuchillo hecho con madera, una hacha de
doble filo de Michigan, con la cuchilla afilada como una hoja de afeitar, para
tajar las enramadas.
Tajando la vegetación cuando estábamos obligados a detenernos,
evitándolo siempre que podíamos, Kamau conduciendo con inteligencia y un
gran sentido de lo que era aquella región, continuamos avanzando
difícilmente hasta que llegamos a otra extensión de terreno abierto, cubierta de
hierba como un prado; a nuestra derecha, a lo lejos, se elevaba una pequeña
cadena de colinas. Pero aquí había llovido recientemente y necesitábamos
tener mucho cuidado en las partes bajas del prado, donde las ruedas se
hundían atravesando la hierba en el barro y giraban en aquella suciedad
resbaladiza. Cortamos los matorrales y en dos ocasiones necesitamos quitar el

310
barro con una pala y, después, desconfiando de todas las partes bajas,
rodeamos el borde alto del prado y de nuevo volvimos a entrar en los bosques.
Cuando salimos, después de dar varios rodeos largos en los bosques para
encontrar lugares por los que atravesar con el coche, llegamos al cauce de un
arroyo, donde había una especie de puente hecho de maderas que cruzaba el
río, construido como un pequeño dique y, evidentemente, dispuesto para
contener el agua. Al otro lado había un campo de maíz, rodeado por una cerca
hecha de matorrales espinosos, una orilla escarpada, con campos de trigo a lo
largo de ella, algunos corrales con aspecto de estar abandonados y recintos
bordeados de matorrales de espino con edificios de adobe y, a la derecha,
había chozas construidas con hierbas en forma de conos, proyectándose por
encima de una valla de espino. Todos nos bajamos del coche, porque aquel
arroyo era un problema y, al otro lado, el único lugar por donde podíamos
subir a la orilla atravesaba el campo de maíz cubierto de estacas.
El anciano dijo que las lluvias llegarían allí aquel mismo día. Cuando
habían pasado por allí aquella mañana, no había agua en el dique formado por
hojas y ramas. Yo me sentía completamente deprimido. Habíamos atravesado
un hermoso país de arboledas vírgenes, donde los masai habían visto a los
kudús andando a lo largo del sendero, para acabar en la orilla de un riachuelo
con unos terrenos cultivados de maíz. No había esperado encontrar campos
cultivados y lo sentía. Pensaba que debíamos obtener permiso para atravesar
el maizal con el coche, contando con que pudiéramos cruzar el arroyo y subir a
la otra orilla, y me quité los zapatos y vadeé el arroyo atravesándolo para
probar el fondo de la corriente. La maleza que crecía en el fondo era fuerte y
fírme, y estaba seguro de que podíamos atravesarlo, si lo hacíamos a gran
velocidad. M’Cola y Kamau estaban de acuerdo conmigo y subimos a la orilla
para ver cómo podía hacerse. El barro de la orilla era bastante movedizo, pero
debajo había tierra seca y pensé que podíamos abrirnos camino, quitando el
barro con una pala, si podíamos atravesar las estacas. Pero, antes de intentarlo,
necesitábamos descargar el coche.
Dos hombres y un niño se acercaron a nosotros, procedentes de las
chozas. Dije:
—Jambo.
Y ellos contestaron:
—Jambo.
Y entonces el anciano del poblado junto al que habíamos levantado el
último campamento y el wanderobo hablaron con ellos. M’Cola movió la

311
cabeza, indicando con aquel gesto que no comprendía una sola palabra. Pensé
que estaban pidiendo permiso para atravesar el maizal. Cuando el anciano
acabó de hablar, los dos hombres se acercaron y nos saludamos dándonos la
mano.
Parecían negros muy diferentes a los que yo había visto hasta entonces.
Sus rostros eran de un color pardo gris, el más viejo parecía tener unos
cincuenta años, de labios delgados y una nariz casi de corte griego, con
pómulos más bien altos, y ojos grandes e inteligentes. Tenía una gran apostura
y dignidad y parecía ser muy inteligente. El más joven tenía los mismos rasgos
y le tomé por un hermano menor del más viejo. Parecía tener unos treinta y
cinco años. El muchacho era tan guapo como una chica y parecía más bien
tímido y estúpido. Durante un momento creí que era una muchacha, al ver su
cara cuando se acercaron al principio, pues los tres llevaban una especie de
túnica romana de muselina bastante brillante, recogida en el hombro, que no
revelaba las formas de sus cuerpos.
Estaban hablando con el anciano, quien, ahora, al contemplarle junto a
ellos, parecía tener cierta semejanza arrugada y degenerada con el propietario
de la shamba de rasgos más clásicos; lo mismo que el wanderobo-masai era
una caricatura marchita y arrugada de los bellos masais que habíamos
encontrado en el bosque.
Después, todos bajamos al arroyo y Kamau y yo atamos cuerdas
alrededor de los neumáticos para que actuaran como cadenas, mientras el
viejo romano y el resto descargaban el coche y llevaban las cosas más pesadas
a la orilla escarpada. Luego cruzamos empujando fuertemente el coche,
haciendo que el agua salpicara en todas direcciones y subimos la mitad de la
cuesta antes de quedarnos clavados en el suelo. Cavamos el terreno sobre el
que se sostenían las ruedas y, finalmente, conseguimos subir el automóvil
hasta la parte superior de la orilla, pero delante se extendía el campo de maíz y
yo no podía imaginar dónde íbamos a ir desde allí.
No comprendieron la traducción que hizo Garrick de mi pregunta y el
anciano la aclaró.
El romano señaló hacia la pesada cerca de espino, a la izquierda, al borde
de los bosques.
—No podemos atravesar por ahí con el coche.
—Campi —dijo M’Cola, queriendo decir que íbamos a acampar allí.
—¡Es un lugar asqueroso! —exclamé.
—Campi -^dijo M’Cola con firmeza y asintiendo con la cabeza.

312
—¡Campi! ¡Campi! —exclamó el anciano.
—Allí acampamos —anunció Garrick, con petulancia.
—¡Vete al diablo! —le dije.
Me dirigí al lugar donde iba a establecerse el campamento acompañado
por el romano que me hablaba rápidamente en un lenguaje del que yo no
podía comprender una palabra. M’Cola iba conmigo y los otros estaban
cargando el coche para seguir con él. Recordé que había leído en alguna parte
que no debe acamparse nunca en los lugares abandonados por los nativos,
debido a los insectos y otros avatares y estaba dispuesto a ordenar que el
campamento no se levantara allí. Penetramos por una abertura hecha en la
cerca de espino y, dentro, había un edificio construido con maderos y hojas de
árbol y de maleza, plantado en el suelo y cruzado con ramas. Parecía un gran
gallinero. El romano nos ofreció aquello y el cercado con un movimiento de la
mano y continuó hablando.
—Chinches —dije a M’Cola en swahili, dando a comprender mi enérgica
desaprobación.
—No —dijo, desechando la idea—. No chinches.
—Malos chinches. Muchos insectos. Enfermedad.
—No insectos —dijo con firmeza.
El no-insectos dio por terminada la discusión y, mientras el romano
continuaba hablando sin descanso, yo esperaba que sobre algún tema muy
interesante para ellos, el coche llegó, se detuvo bajo un árbol enorme, a unos
cincuenta metros de la cerca de espino y todos comenzaron a bajar las cosas
necesarias para levantar el campamento. Prepararon mi tienda entre un árbol y
un lado del gallinero, y yo me senté en un bidón de gasolina a discutir el plan
de caza con el romano, el anciano y Garrick, mientras Kamau y M’Cola
levantaban el campamento y el wanderobo-masai se sostenía sobre una pierna
y permanecía con la boca abierta.
—¿Dónde estaban los kudús?
—Allí atrás —contestó, señalando con la mano. —¿Grandes?
Extendió los brazos para indicar la enormidad de los cuernos y de la
boca del romano salió un torrente de palabras.
Yo dije entonces, utilizando el diccionario:
—¿Dónde estaba el que vigilaban los hombres?
No pude conseguir una respuesta inmediata y concisa a aquella

313
pregunta, sino un largo discurso del romano, que yo interpreté que quería
decir que lo estaban vigilando.
Era a última hora de la tarde y el cielo estaba cubierto de nubes. Yo
estaba mojado hasta la cintura y mis calcetines estaban llenos de barro.
También sudaba de empujar el coche y de retirar el barro con la pala.
—¿Cuándo partimos? —pregunté.
—Mañana —contestó Garrick, sin molestarse en preguntar al romano.
—No —dije—. Esta noche.
—Mañana —dijo Garrick—. Ahora, tarde. Una hora de luz.
Señaló la hora en mi reloj.
Busqué en el diccionario.
—Caza esta noche. La última hora, la mejor hora.
Garrick explicó que el kudú estaba demasiado lejos de allí. Que era
imposible cazarlo y regresar, y todo esto lo explicó con gestos.
—Cazar mañana.
—¡Hijo de perra! —dije en inglés.
Durante todo este tiempo, el romano y el anciano habían permanecido
de pie sin decir nada. Temblé. A pesar de la pesadez del aire después de la
lluvia, hacía frío, pues el sol estaba cubierto por las nubes.
—Anciano —dije.
—Sí, amo —contestó el anciano.
Consultando con cuidado el diccionario, dije:
—Cazar kudú esta noche. La última hora, es la mejor hora. ¿Cerca kudú?
—Quizá.
—¿Cazar ahora?
Hablaron entre ellos.
—Cazar mañana —afirmó Garrick.
—¡Cállate, actor! -exclamé^-. Viejo. ¿Un poco de caza ahora?
—Sí —dijo el anciano y el romano asintió—. Un poco cazar.
—Bueno —dije.
Y me fui a buscar una camisa y una camiseta y un par de calcetines
limpios.

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—Cazar ahora —dije a M’Cola.
—Bueno —dijo—. M’uzuri.
Con la sensación de limpieza que me preocupaban la camisa seca, los
calcetines nuevos y el cambio de las botas, me senté en la lata de gasolina y me
tomé un whisky con agua, mientras esperaba que volviera el romano. Estaba
seguro de que iba a disparar contra el kudú y deseaba tomármelo con calma,
para no sentirme después excitado. Además, deseaba no coger un resfriado.
También deseaba el whisky por sí mismo, porque me gustaba el sabor que
tenía y porque, siendo todo lo feliz que podía ser en aquel momento, la bebida
me hacía sentir mejor.
Vi venir al romano y me até los cordones de las botas, revisé los
cartuchos en la recámara del “Springfield”, retiré el protector del seguro y
soplé a través de la abertura posterior. Luego me bebí lo que quedaba en la
taza de hojalata, que había dejado en el suelo junto a la caja, y me levanté,
comprobando si tenía un par de pañuelos limpios en los bolsillos de la camisa.
M’Cola se acercó llevando su cuchillo y los grandes prismáticos de Pop.
—Quédate aquí —le dije a Garrick.
No le importó. Pensaba que éramos imbéciles por salir tan tarde y estaba
contento de poder demostrar que nos equivocábamos. El wanderobo quería
acompañarnos.
—Somos muchos —dije.
E indiqué al anciano que se quedara allí y salimos del corral, con el
romano cargado con su lanza a la cabeza, luego yo, después M’Cola con los
prismáticos y el “Mannlicher”, lleno de cartuchos, y el último de todos el
wanderobo-masai con su lanza.
Eran más de las cinco cuando atravesamos el maizal y bajamos al arroyo,
cruzándolo por donde se estrechaba y crecía una hierba alta, a cien metros de
distancia del dique y, luego, andando lenta y cuidadosamente, ascendimos a la
orilla cubierta de hierba en el lado más alejado, mojándonos hasta la cintura, al
agachamos y atravesar la hierba y los heléchos. No habíamos andado diez
minutos, y avanzábamos con cuidado por la parte alta de la orilla del arroyo,
cuando, sin previo aviso, el romano me agarró del brazo y me arrastró
pesadamente al suelo al tiempo que él se arrodillaba. Quité el seguro del rifle a
la vez que me arrodillaba. Conteniendo la respiración, me señaló con la mano
hacia un punto y, al otro lado del arroyo, en la orilla opuesta, al borde de los
árboles, había un animal grande y gris, con rayas blancas en sus costados y
enormes cuernos retorcidos hacia atrás, que permanecía de costado, con la

315
cabeza levantada, dando la impresión de que escuchaba. Levanté el rifle, pero
se interponía un arbusto en el camino del disparo. No podía disparar por
encima de él sin ponerme en pie.
—Piga —susurró M’Cola.
Con el dedo puesto en el gatillo, comencé a arrastrarme hacia adelante
para poder disparar sin que me molestara el arbusto, temiendo que el animal
arremetiera contra mí mientras trataba de asegurar el disparo, pero
recordando el consejo de Pop: “Tómese el tiempo que necesite”. Cuando vi
que el arbusto no me molestaba, me puse de rodillas, vi al animal a través de la
abertura, maravillándome de lo grande que parecía, y, luego, recordando que
no debía darle ninguna importancia, que era igual que cualquier otro disparo,
vi el punto de mira centrado exactamente donde debía estar, justo debajo de la
parte superior del hombro, y apreté el gatillo. Al oír la explosión echó a correr
y se metió entre la maleza, pero yo sabía que le había dado bien. Disparé a un
punto gris que se movía entre los árboles, al desaparecer entre la maleza, y
M’Cola gritaba:
—¡Piga! ¡Piga!
Queriendo decir con ello: “¡Está herido! ¡Está herido!”, y el romano me
golpeaba en la espalda, luego levantó la túnica, rodeando su cuello con
ella«echó a correr desnudo y los cuatro le seguimos corriendo, a toda
velocidad, como perros de caza, levantando el agua del arroyo a nuestro paso,
subiendo a la orilla, con el romano a la cabeza de los cuatro atravesando
desnudo la maleza, luego inclinándose y recogiendo una hoja manchada de
sangre brillante, golpeándome en la espalda, mientras M’Cola decía:
—¡Damu! ¡Damu!
—Sangre, sangre.
Luego, las profundas huellas se alejaban hacia la derecha, yo volvía a
cargar, todos corriendo a la máxima velocidad que nos permitían nuestras
fuerzas y el terreno, casi a oscuras en el bosque. El romano confundido un
momento por el rastro, se dirigió hacia la derecha, luego, encontrando sangre
una vez más, me arrastró de nuevo al suelo tirándome bruscamente del brazo
y todos contuvimos la respiración cuando vimos al kudú de pie, en un claro
entre los bosques, cien metros más allá. Me daba la impresión de que estaba
malherido y con la cabeza vuelta mirando hacia atrás, con las anchas orejas
extendidas, grande, gris, con rayas blancas, con unos cuernos maravillosos,
mientras miraba directamente hacia nosotros por encima del hombro. Pensé
que esta vez debía asegurar totalmente el tiro, ahora que la oscuridad

316
avanzaba, y contuve la respiración y le disparé un poco detrás del
antehombro. Oímos el ruido que hizo la bala al golpear contra la piel del
animal y penetrar en sus tejidos y le vimos dar un salto hacia adelante al
recibir el tiro. M’Cola gritó:
—¡Pigal ¡Pigal ¡Pigal
Cuando el animal desapareció de nuestra vista y cuando echamos a
correr de nuevo tras él, como perros de caza, casi caímos encima de algo. Era
un kudú macho enorme y hermoso, esta vez más muerto que una piedra,
caído de costado, con los cuernos formando grandes espirales oscuras, ancho e
increíble, mientras yacía muerto a cinco metros de distancia de donde yo acaba
de hacer aquel disparo instantáneo. Le contemplé, grande, de patas largas, de
un gris liso y suave con las rayas blancas y los grandes y retorcidos cuernos,
marrones como la madera del nogal, y punteados de marfil, sus grandes orejas
y el grande y sólido cuello, la mancha blanca que tenía entre los ojos y el
blanco de su morro y me incliné y le toqué para creer que era verdad. Estaba
tumbado de costado por donde había penetrado la bala y no había ninguna
marca en él y tenía un olor dulce y agradable como el del ganado y el del
tomillo después de la lluvia.
Luego, el romano me rodeó el cuello con sus brazos y M’Cola gritaba en
un extraño tono de voz alto, canturreante, y el wanderobo-masai me golpeaba
en el hombro y saltaba una y otra vez y, después, uno tras otro, todos me
dieron la mano en una forma extraña como nunca hasta entonces lo había
visto, cogiendo mi dedo pulgar en su puño, y lo sostenían y lo movían y
tiraban de él y lo volvían a sostener de nuevo, mientras me miraban a los ojos,
con orgullo.
Todos le miramos y M’Cola se arrodilló y trajo la curva de sus cuernos
con el dedo y midió la anchura con los brazos y exclamaba: “¡Ooo-oo-eee-
eee!”, haciendo pequeños ruidos de tono vibrante que expresaban su éxtasis,
mientras acariciaba una y otra vez el morro y la crin del kudú.
Di un golpecito en la espalda del romano y volvimos otra vez a darnos la
mano en la forma que he explicado antes, tirando de mi dedo pulgar; luego, yo
también tiré de su dedo pulgar. Abracé el wanderobo-masai y éste, después de
tirar de mi dedo pulgar con fuerza y sentimiento, se golpeó en el pecho y dijo
con mucho orgullo:
—Wanderobo-masai, maravilloso guía.
—Wanderobo-masai, maravilloso guía —repetí.
M’Cola movía la cabeza, asintiendo, mientras contemplaba al kudú y

317
haciendo los extraños y débiles ruidos con la boca. Luego dijo:
—¡Doumi, Doumi, Doumi! B’wana Kabor Kidogo, Kidogo.
Con lo que quería decir que aquél era un macho extraordinario. Que el
de Karl era insignificante a su lado.
Todos sabíamos que habíamos herido al otro kudú que había confundido
con éste, mientras este primero cayó al suelo muerto al primer disparo, pero
aquello parecía no tener entonces ninguna importancia, contando con este
kudú maravilloso. Pero, a pesar de eso, yo quería ver el otro.
—Vamos, kudú —dije.
—Está muerto —contestó M’Cola—. ¡Kufa!
—Vamos.
—Éste mejor.
—Vamos.
—Medir —rogó M’Cola.
Pasé el metro alrededor de la curva de un cuerno. M’Cola lo sostenía por
el otro extremo. Medía más de cuatro metros. M’Cola me miraba con ansiedad.
—¡Grande! ¡Grande! —exclamé—. Dos veces más grande que el de
B’wana Kabor.
—Eee-eee —canturreó.
—Vamos —dije.
El romano ya se había alejado.
Acortamos por donde vimos al kudú cuando disparé y allí encontramos
las manchas de sangre en lo alto de las hojas de la maleza, al comienzo de su
carrera. Cuando recorrimos unos cíen metros llegamos hasta él, y estaba
completamente muerto. No era tan grande como el primero. Los cuernos eran
igual de largos, aunque más estrechos, pero era hermoso como el otro, y estaba
igualmente tumbado de costado, aplastando el matorral sobre el que había
caído.
Todos volvimos a darnos la mano de nuevo, utilizando el dedo pulgar lo
que, evidentemente, denotaba suma emoción.
—Éste askari —explicó M’Cola.
Este macho era el policía o el guardaespaldas del más grande.
Evidentemente, se hallaba en el bosque, y, cuando vimos al primer macho,
había corrido con él, y se había detenido para ver por qué el gran macho no le

318
seguía.
Quería tomar unas fotografías y dije a M’Cola que volviera al
campamento con el romano y que trajera las máquinas, la Graflex, o la cámara
cinematográfica, y la linterna. Sabía que estábamos en la misma orilla del
arroyo y por encima del campamento y esperaba que el romano pudiera
acortar algo el camino y volviera antes de que se pusiera el sol.
Se marcharon y ahora, al final del día, el sol surgió resplandeciente por
entre las nubes y el wanderobo-masai y yo contemplamos el kudú, medimos
sus cuernos, olimos el buen olor que desprendía, más dulce incluso que el de
un oreas, acariciamos su cuello, su nariz y su espalda, maravillándonos de sus
grandes orejas, y de la suavidad y limpieza de su piel, examinamos sus
pezuñas, que tenían una constitución larga, estrecha y elástica, de tal forma
que parecía andar de puntillas, buscamos bajo el hombro el agujero que había
hecho la bala y luego volvimos a darnos la mano, mientras el wanderobo-
masai decía qué hombre era él y yo le dije que era mi amigo y le regalé mi
mejor navaja de cuatro hojas.
—Vamos a examinar el primero, wanderobo-masai —dije en inglés.
El wanderobo-masai asintió con la cabeza, comprendiendo
perfectamente lo que decía, y regresamos donde el grande yacía al borde del
pequeño claro del bosque, le rodeamos, contemplándole y, entonces, el
wanderobo- masai, buscando debajo mientras yo sostenía sus hombros
levantados, encontró el agujero de la bala y metió el dedo dentro. Luego se
tocó la frente con el dedo manchado de sangre e hizo el consabido discurso
sobre “¡Wanderobo-masai, guía maravilloso!”
—Wanderobo-masai, rey de los guías —dije—. Wanderobo-masai, mi
amigo.
Yo estaba empapado de sudor y me puse mi impermeable que M’Cola
había llevado consigo y que había dejado allí, y levanté el cuello. Contemplé el
sol y estaba preocupado de que se ocultara antes de que trajeran las cámaras.
Al cabo de un rato, les oímos venir, atravesando
la maleza, y grité para indicarles dónde estábamos. M’Cola contestó, y
volvimos a gritar una y -otra vez y podía oírles hablar y golpear la maleza,
mientras yo gritaba y contemplaba el sol que ya casi se había puesto.
Finalmente, les vi y grité a M’Cola:
—Corred, corred.
Y señalaba el sol, pero no les quedaban fuerzas suficientes para correr.
Habían subido la colina a buen paso, atravesando un terreno de vegetación

319
muy espesa, y cuando tuve la cámara, abrí el objetivo hasta el máximo y
encuadré al kudú, pero el sol ya sólo iluminaba las copas de los árboles. Hice
media docena de tomas y utilicé la cámara cinematográfica, mientras
arrastraban al kudú donde parecía haber un poco más de luz, luego se puso el
sol y como había cumplido con la obligación de hacer una fotografía del
animal, metí la cámara en su cubierta y, finalmente, gocé en la oscuridad de la
irresponsabilidad de la victoria; sólo emergía de vez en cuando de aquel
estado especial de felicidad para dirigir a M’Cola en la operación de desollar la
piel de la cabeza del kudú. M’Cola utilizaba extraordinariamente bien los
cuchillos y me gustaba contemplar cómo desollaba las piezas cazadas, pero,
aquella noche, después de indicarle dónde debía hacer el primer corte, debajo
de las patas, alrededor del pecho inferior, donde se unía con el vientre y sobre
la cruz, no le observaba porque quería recordar al kudú como le había visto
por primera vez, por eso me dirigí en la oscuridad del anochecer adonde yacía
el segundo kudú y esperé allí hasta que vinieron con la linterna y, entonces,
recordando que había desollado o visto desollar a todos los animales que
había cazado, y que todavía los recordaba a todos exactamente como eran
vivos, que un recuerdo no destruye al siguiente, y que el deseo de no
contemplarles desollados no era más que pereza, como dejar los cacharros
sucios para lavarlos a la mañana siguiente, sostuve la linterna para que M’Cola
pudiera trabajar la pieza con mayor facilidad. Me sorprendí, como siempre, de
su forma de desollar con el cuchillo, rápida, limpia y delicada, hasta que, con
la piel clara y extendida del revés, cortó por la conexión del cráneo y de la
espina dorsal y, luego, retorciendo los cuernos, la cabeza colgó suelta y la
levantó, piel y todo, libre del cuello, con la piel colgando pesada y húmeda a la
luz de la lámpara eléctrica que brillaba en sus manos enrojecidas por la sangre
y en el sucio color caqui de su guerrera. Dejamos al wanderobo-masai, a
Garrick, al romano y a su hermano con la linterna para que terminaran de
desollar toda la piel y empaquetaran la carne y M’Cola con una cabeza, el
anciano con la otra, y yo con la linterna y los dos fusiles, echamos a andar de
regreso al campamento.
En la oscuridad, el anciano se cayó al suelo y M’Cola se echó a reír.
Entonces, la piel se desenrolló y cayó encima de su cara y casi se ahogó y tanto
M’Cola como yo reímos, divertidos. El anciano se echó a reír después, al
vernos a nosotros. Luego, M’Cola se cayó en la oscuridad y el anciano y yo
volvimos a echarnos a reír. Un poco más adelante, tropecé con las ramas y
hojas que cubrían una especie de trampa de caza y caí de pleno contra el suelo
y me levanté, oyendo a M’Cola ahogado por la risa que mi traspiés le había
ocasionado y al anciano soltar una risita tímida.

320
—¿Qué diablos es esto? ¿Una comedia de Chaplin? —les pregunté en
inglés.
Ambos reían, divertidos, bajo las cabezas de los dos kudús. Finalmente,
llegamos a la cerca de espino, después de una marcha de pesadilla a través de
la vegetación, y vimos el fuego del campamento y M’Cola pareció volverse
loco de contento, cuando el anciano cayó sobre los espinos y se levantó
soltando una retahila de juramentos, y parecía absolutamente incapaz de
levantar la cabeza, mientras yo le alumbraba con la linterna delante para
mostrarle el lugar por donde se podía entrar en el espacio cercado.
Nos acercamos al fuego y pude ver la cara del anciano sangrando, al
dejar la cabeza apoyada contra la choza de adobes y estacas. M’Cola dejó en el
suelo la cabeza del kudú, señaló la cara del anciano y se echó a reír, moviendo
la cabeza. Miré al viejo. Estaba completamente destrozado, con la cara llena de
profundos arañazos, cubierta de barro y de sangre, y, a pesar de todo aquello,
reía, contento.
—B’wana cayó —dijo M’Cola e imitió la forma en que lo había hecho.
Ambos reían, contentos.
Hice como si fuera a darle un puñetazo y dije:
—¡Shenzi!
Volvió a hacer una imitación de cómo me había caído y, luego, Kamau se
acercó a darme la mano, con gran amabilidad y respeto, diciendo:
—¡Bien, B’wana! ¡Muy bien, B’wana!
Y, después, se dirigió donde estaban las cabezas de los dos kudús, de
ojos relucientes y, poniéndose de rodillas, acarició los cuernos y tocó las orejas
y repitió los mismos sonidos cantarines de “Ooo-ooo! ¡Eee-eee!” que M’Cola
había hecho antes.
Entré en la oscuridad de la tienda, pues habíamos dejado la linterna a los
portadores de la carne, y me lavé, me quité las ropas, encontré un pijama y una
bata de baño. Salí, acércandome al fuego, con aquellas ropas puestas y unas
botas de piel fina. Llevé las ropas mojadas y mis botas de caza al fuego y
Kamau tendió aquéllas sobre unos palos y colocó las botas, cada una colgando
de una estaca, lo suficientemente apartadas de la hoguera para que el fuego no
pudiera chamuscarlas.
A la luz del fuego, me senté en una lata de gasolina, con la espalda
apoyada en un árbol y Kamau me trajo el frasco del whisky y me sirvió un
poco en una taza de lata y yo añadí agua de la cantimplora, y permanecí un

321
rato bebiendo y mirando al fuego, sin pensar, completamente feliz,
sintiendo que el whisky me calentaba y me suavizaba interiormente, como se
estira la sábana arrugada en una cama, mientras Kamau traía latas de
provisiones para elegir lo que íbamos a tomar como cena. Había tres latas de
carne picada especial para Navidad, tres latas de salmón, y tres de frutas
mezcladas, había también una buena cantidad de pasteles de chocolate y una
lata de pudding de ciruela especial para Navidad. Las devolví, preguntándome
qué había pensado Kati que sería la carne picada. Habíamos estado buscando
aquel pudding de ciruela durante dos meses.
Carne? —pregunté.
Kamau trajo un pedazo grueso y largo de carne asada de gacela de una
de las piezas que habíamos cobrado en la llanura mientras estuvimos cazando
en el lamedero, y también un poco de pan.
—¿Cerveza?
Trajo una de las grandes botellas alemanas envueltas en paja y la abrió.
Pareció demasiado complicado estar sentado en la lata de gasolina y
extendí mi impermeable en el suelo, delante del fuego, en la parte del terreno
que el calor había secado y extendí mis piernas, apoyando mi espalda contra la
caja de madera. El anciano estaba asando carne sobre una estaca. Era un trozo
escogido que había traído con él envuelto en su túnica. Pronto, los demás
comenzaron a llegar trayendo la carne y las pieles y yo estaba tendido,
bebiendo cerveza y contemplando el fuego y, a mi alrededor, todos hablaban y
asaban carne en estacas. Hada frío y la noche era clara y todo estaba envuelto
por el olor de la carne asada, por el olor del humo del fuego, por el olor de mis
botas que se estaban calentando, y, en cuclillas junto a mí, tenía el olor del
buen y viejo wanderobo-masai. Pero, aun allí, podía recordar el olor del kudú
tumbado en el bosque.
Cada hombre tenía su carne o su ración de pedazos de carne colgando de
estacas colocadas alrededor del fuego les daban la vuelta y las cuidaban, y las
conversaciones eran alegres y animadas. Otros dos que yo no había visto antes
se habían acercado procedentes de las chozas y el muchacho que habíamos
visto por la tarde les acompañaba. Yo estaba comiendo un pedazo de hígado
caliente que había cogido de una de las estacas del wanderobo-masai y me
preguntaba dónde estaban los riñones. El hígado estaba delicioso. Me
preguntaba si merecía la pena levantarse para coger el diccionario y pedir los
riñones, cuando M’Cola dijo:
—¿Cerveza?

322
—Está bien.
Trajo la botella, la abrió, y yo la levanté y me bebí la mitad de su
contenido para hacer pasar aquel hígado.
—¡Qué vida más endiablada! —le dije en inglés.
Sonrió y dijo en swahili:
—¿Más cerveza?
El hecho de que le hablara en inglés, era una broma aceptada.
—Mira —dije.
Y levanté la botella tapando la salida con un dedo y dejé que el resto de
su contenido se deslizase dentro de mí. Era un viejo truco que aprendimos en
España bebiendo con las botas de vino, sin respirar. Esto impresionó mucho al
romano. Se acercó, se arrodilló junto al impermeable y comenzó a hablar.
Habló un buen rato.
—Absolutamente de acuerdo —contesté en inglés—. Y, además, puede
tomar el trineo.
—¿Más cerveza? —preguntó M’Cola.
—¿Supongo que lo que queréis es ver al Viejo borracho como una cuba?
—N’Dio —dijo—. Sí.
Pretendía comprender el inglés.
—Observa esto, romano.
Y comencé a dejar caer la cerveza en mi boca, vi al romano seguir el
movimiento con su propia garganta, comencé a ahogarme, me recuperé un
poco y bajé la botella.
—Eso es todo. No puedo hacerlo más de dos veces en una velada. Es
malo para el hígado.
El romano continuó hablando en su lenguaje. Le oí decir Simba dos
veces.
—¿Simba aquí?
—No —contestó—. Allí.
Y señaló a la oscuridad, y yo no pude comprender la historia. Pero
sonaba muy bien.
—Yo, muchos Simba —dije—. Soy un hombre terrible con los Simba.
Pregunta a M’Cola.

323
Podía darme cuenta de que empezaba a sentirme un poco fanfarrón
como todas las noches, pero Pop y P.O.M. no estaban allí para escucharme. No
era ningún placer fanfarronear cuando no podían comprenderte, pero aquello
era mejor que nada. A pesar de todo, la cerveza me hacía sentir fanfarrón.
—Asombroso —dije al romano.
Él continuó contándome su propia historia. Había un poco de cerveza en
el fondo de la botella.
—Viejo —dije— Mzee.
—Sí, B’wana —dijo el anciano.
—Aquí hay un poco de cerveza para ti. Eres bastante viejo para que
pueda hacerte daño.
Había visto los ojos del anciano, contemplándome beber, y comprendí
que era otro aficionado a la bebida. Cogió la botella, vació hasta la última gota
y se arrodilló junto a las estacas donde se asaba la carne, sosteniendo
amorosamente la botella.
—¿Más cerveza? —preguntó M’Cola.
—Sí —contesté—. Y mis cartuchos.
El romano no había dejado de hablar, incansable. Podía contar una
historia más larga que las que contaba Carlos en Cuba.
—Eso es muy interesante —dije—. Eres un gran tipo, tú también. Los dos
somos buenos. Escucha.
M’Cola había traído la cerveza y mi chaqueta de color caqui en uno de
cuyos bolsillos estaban los cartuchos. Bebí un poco de cerveza, observé que el
anciano me estaba mirando y saqué seis cartuchos.
—Me siento fanfarrón —dije—. Van a oír esto. ¡Escuchen!
Toqué cada uno de los cartuchos por turno, mientras iba diciendo:
—Simba, Simba, Faro, Nyati, Tendalla, Tendalla. ¿Qué piensan de esto?
No tienen por qué creerlo. ¡Mira, M’Cola! —Y nombré de nuevo los seis
cartuchos—: León, león, rinoceronte, búfalo, kudú, kudú.
—¡Ayee! —exclamó el romano, con excitación.
—N’Dio —dijo M’Cola solemnemente—. Sí, es verdad.
—¡Ayee! —exclamó otra vez el romano, y me agarró por el dedo pulgar.
—Es verdad —dije—. Sumamente improbable, ¿verdad?
—N’Dio —dijo M’Cola, contándolos por sí mismo—. ¡Simba, Simba,

324
Faro, Nyati, Tendalla, Tendalla!
—Puede contárselo a los otros —dije en inglés—. Es una buena
fanfarronada. Creo que con esta ración ya tengo bastante por hoy.
El romano continuó hablándome de nuevo y yo escuché con atención y
comí otro pedazo del hígado asado. M’Cola estaba ahora limpiando las
cabezas, desollando uno de los cráneos y enseñando a Kamau cómo desollar la
parte fácil de la otra. Era un gran trabajo para los dos, pues había que limpiar
cuidadosamente alrededor de los ojos y el morro y el cartílago de las orejas y,
después, sacar toda la carne de las pieles de la cabeza para que no se
estropearan, y estaban trabajando en ello con mucho cuidado, muy
delicadamente, a la luz del fuego. No recuerdo haberme dormido aquella
noche, ni siquiera si nos acostamos.
Recuerdo haber consultado el diccionario y pedir a M’Cola que
preguntara al muchacho si tenía una hermana y M’Cola me dijo firmemente y
con solemnidad:
—No, no.
—No es nada deshonesto. Es simple curiosidad.
M’Cola era firme.
—No —dijo, y movió la cabeza—, Hapana.
Pronunció esta palabra con el mismo tono que utilizó cuando seguimos
aquella vez al león hasta la sanseviera.
Era una aclaración de las leyes que regían la vida social y busqué con
cuidado los riñones, hasta que el hermano del romano sacó algunos de su
ración, y coloqué un pedazo entre dos trozos de hígado en una estaca y
comencé a asarlo.
—Es un admirable desayuno —dije en voz alta—. Mucho mejor que la
carne picada.
Entonces, tuvimos una larga conversación sobre los antílopes. El romano
no les llamaba Tarahalla, y este nombre no significaba nada para él. Se produjo
alguna confusión sobre el búfalo, porque el romano decía “nya- ti”, pero se
refería a que eran negros como los búfalos. Entonces hicimos unos dibujos en
las cenizas del fuego y de lo que él hablaba era realmente de antílopes. Los
cuernos curvados hacia atrás como alfanjes.
—¿Machos? —pregunté.
—Machos y hembras.

325
Con la ayuda del anciano y de Garrick sirviéndome de intérpretes, creí
comprender que se trataba de dos manadas.
—Mañana.
—Sí —dijo el romano—. Mañana.
—M’Cola —dije—. Hoy, kudú. Mañana, antílope, búfalos, Simba.
—¡Hapana, búfalo! —dijo, y movió la cabeza—. ¡Hapana, Simba!
—Yo y el wanderobo-masai, búfalo —dije.
—Si —dijo el wanderobo-masai con excitación—. Sí. —Hay elefantes
muy grandes también cerca de aquí —explicó Garríck.
—Mañana elefantes —dije, burlándome de M’Cola.
—¡Hapana elefantes!
Sabía que me estaba burlando de él, que sólo quería molestarle, pero ni
siquiera quería oír hablar de eso.
—Elefantes —dije—. Y búfalos, leopardos, Simba.
El wanderobo-masai asentía, excitado.
—Rinocerontes —dijo.
—¡Hapana! —exclamó M’Cola, moviendo la cabeza. Estaba comenzando
a sufrir.
—En esas colinas hay muchos búfalos.
El anciano traducía al romano que ahora estaba muy excitado y se había
puesto en pie, señalando más allá de donde estaban las chozas.
—¡Hapana! ¡Hapana! ¡Hapana! —dijo M’Cola definitiva y finalmente—.
¿Más cerveza? —preguntó bajando el cuchillo.
—Está bien —dije—. Sólo estaba bromeando.
M’Cola estaba en cuclillas hablando, dando una explicación. Oí el
nombre de Pop y pensé que quería decir que a Pop no le gustaría. Que Pop no
quería que lo hiciésemos.
—Sólo estaba bromeando —dije en inglés.
Luego, pregunté en swahili:
—¿Mañana, antílopes?
—Sí —contestó expresivamente—. Sí.
Después de aquello, el romano y yo tuvimos una larga conversación en
la que yo hablé en español y él hablaba en su idioma, fuera el que fuera, y creo

326
que así planeamos toda la campaña para el día siguiente.

327
CAPÍTULO XIII

NO recuerdo haberme acostado ni haberme levantado, sólo me acuerdo


que estaba sentado junto al fuego antes del amanecer con una taza de té
caliente en la mano y el desayuno colgando de la estaca, y que había dejado de
tener un aspecto tan admirable como el de la noche anterior, pues estaba lleno
de cenizas. El romano estaba de pie, haciendo un discurso y gestos en la
dirección por donde la luz comenzaba a aparecer y recuerdo haberme
preguntado si el bastardo se habría pasado toda la noche hablando.
Las pieles de las cabezas estaban completamente extendidas y saladas y
los cráneos de donde surgían los cuernos se apoyaban contra las paredes de la
casa de leños. M’Cola enrollaba las pieles de las cabezas. Kamau me trajo las
latas de conserva y le dije que abriera una de frutas. Hacía frío debido a la
proximidad de la noche y las frutas mezcladas y el frío jugo almibarado se
deslizaron suavemente en mi interior. Bebí otra taza de té, entré en la tienda,
me vestí, me puse las botas secas y ya estábamos todos dispuestos para partir.
El romano había dicho que estaríamos de regreso antes de la hora de la
comida.
Llevábamos como guía al hermano del romano. Según había podido
comprender con grandes dificultades, éste iba a espiar uno de los rebaños de
antílopes, mientras nosotros localizaríamos al otro. Partimos conducidos por el
hermano, que iba vestido con una túnica y llevaba una lanza en la mano, luego
yo con el “Springfield” colgado del hombro y llevaba los pequeños prismáticos
Zeiss en el bolsillo, después M’Cola con los prismáticos de Pop colgados de un
hombro, una cantimplora de agua en el otro el cuchillo de desollar, una piedra
de afilar, una caja extra de cartuchos, y pasteles y chocolatinas en los bolsillos,
y el gran fusil sobre los hombros: más allá, el anciano con la Graflex, Garrick
con la cámara cinematográfica, y el wanderobo-masai con una lanza, un arco y
un carcaj de flechas.
Nos despedimos del romano y nos pusimos en marcha atravesando la
cerca de espino, justo en el momento en que el sol daba en la hondonada que
se abría entre las dos colinas y resplandecía en el campo de maíz y sobre las
chozas y las colinas azules que se elevaban más allá. Prometía ser un día claro
y hermoso.
El hermano del romano dirigía la expedición atravesando una espesa
vegetación que nos empapó a todos; después de cruzar el bosque abierto,
ascendimos escarpadamente la falda de la colina hasta que nos encontramos

328
en lo alto de la ladera que se elevaba tras el borde del terreno donde habíamos
acampado. Luego, llegamos a un buen sendero liso, que volvía a ascender
hacia aquellas colinas por encima de las cuales el sol todavía no había
aparecido. Yo estaba gozando de la temprana mañana, todavía medio
adormecido, avanzando un poco mecánicamente y comenzando a pensar que
éramos demasiados para cazar en silencio, aunque todos parecían moverse lo
más silenciosamente posible, cuando vimos dos personas que avanzaban hacia
nosotros.
Era un hombre alto, de buen aspecto, con rasgos parecidos a los del
romano, pero ligeramente menos nobles, que llevaba una túnica y un arco con
un carcaj de flechas, y tras él, su esposa, muy bonita, muy modesta, con
aspecto perfectamente hogareño, ataviada con un vestido de pieles curtidas y
un adorno en el cuello hecho con anillos de hilo de cobre y muchos brazaletes
en las muñecas y en los tobillos. Nos detuvimos, dijimos “Jambo”, y el
hermano del romano habló con aquel individuo que parecía un compañero de
tribu y que tenía el aspecto de un hombre de negocios que se dirigiera a su
oficina y. mientras se hacían rápidas preguntas y se daban no menos rápidas
contestaciones, yo contemplaba a la esposa que tenía todo el aire de una recién
casada, permaneciendo un poco de perfil, de tal forma que podía distinguir
sus senos en forma de pera y largas y limpias piernas de mujer negra y
examinaba su agradable silueta con auténtico deleite hasta que su marido le
habló de pronto y con tono cortante de voz, luego le explicó algo, lo que era,
en realidad, una orden tranquila, y se movió a nuestro alrededor, con los ojos
bajos, y continuó avanzando por el sendero por el que habíamos venido, sola,
mientras todos nosotros la contemplábamos. Parecía que el marido iba a venir
con nosotros. Había visto aquella mañana a los antílopes y, ligeramente
suspicaz, era evidente que le disgustaba tener que abandonar a aquella reina
de las esposas, que ya había desaparecido de nuestra vista, a quien todos
nosotros habíamos poseído de alguna manera con la mirada. Nos condujo a la
derecha, por otro sendero, perfectamente marcado y liso, atravesando bosques
que me recordaban el otoño de mi país y donde podía esperarse que un guaco
echase a volar súbitamente y se alejara aleteando a la otra colina o descendiera
hasta el valle.
De esta manera, sintiéndonos bastante seguros, nos encontramos con
perdices que echaron a volar al vemos y, viéndolas volar, pensaba que todas
las regiones del mundo son la misma región y que todos los cazadores del
mundo son el mismo cazador. Luego, encontramos uña huella reciente de
kudú junto al sendero y después, mientras atravesábamos los bosques a

329
primera hora de la mañana, la vegetación había desaparecido ya. y los
primeros rayos del sol se filtraban por las copas de los árboles, llegamos a un
punto donde encontramos las huellas siempre milagrosas de los elefantes,
cada una tan grande como el círculo que puede hacerse con los brazos
extendidos uniendo las manos, hundimos profundamente nuestros pies en el
suelo de marga del bosque. Observando la forma en que las huellas
descendían a través del agradable bosque, pensé que también nosotros, hacía
mucho tiempo, teníamos los mamuths, y cuando atravesaban las colinas en el
sur de Illinois, dejaban marcadas estas mismas huellas. Lo que ocurría era que
América era un continente más viejo y había casi desaparecido de él la caza
mayor.
Seguimos la parte delantera de aquella colina hasta llegar a una especie
de meseta salediza y luego salimos al borde de la colina donde se abría la
cuenca de un río y un prado largo y abierto con bosquecillos en la parte más
extrema y un círculo de colinas en su parte más elevada, donde, a la izquierda,
se abría otra cañada. Permanecimos al borde del bosque, frente a aquella
colina, mirando al otro lado del valle cubierto por el prado que se extendía
hasta la abertura que daba a una especie de cañada escarpada, cubierta de
hierba, en el extremo superior, respaldada por las colinas. A nuestra izquierda
se elevaban colinas escarpadas, redondas y cubiertas de árboles, con
floraciones de rocas de piedra caliza que se extendían desde donde nosotros
estábamos hasta la verdadera cabecera del valle y allí formaban parte de la
otra cadena de colinas que lo encabezaban. Debajo de nosotros, a la derecha, la
comarca era áspera, cortada por colinas y extensiones de terreno cubiertas por
prados y luego por una abrupta extensión de bosques que llegaba hasta las
colinas azules, donde vivían el romano y su familia. Pensé que debíamos
levantar el campamento debajo de donde estábamos nosotros y unas cinco
millas hacia el noroeste, atravesando la selva.
El marido de la hermosa nativa estaba de pie, hablando con el hermano
del romano y haciendo gestos y señalando dónde había visto pastar a los
antílopes en el lado opuesto del valle cubierto de prado y que en aquel
momento debían estar haciéndolo en la parte superior o inferior del
valle. Nos sentamos bajo la protección de los árboles y enviamos al
wanderobo-masai en busca de huellas al valle. Volvió al cabo de un momento
y nos informó que no había encontrado huellas que condujeran hasta el valle
que se extendía debajo de donde nosotros nos encontrábamos. De esa forma,
supimos que habían estado pastando en la parte cubierta por el prado.
Ahora el problema consistía en cubrir el terreno de tal forma que

330
pudiéramos localizarles, y acercarnos a ellos sin que nos vieran. El sol estaba
apareciendo por encima de las colinas, y daba en la parte donde estábamos
nosotros, mientras la cabecera del valle se hallaba completamente en la
sombra. Ordené a los que me acompañaban que permanecieran donde
estaban, protegidos por los bosques, exceptuando a M’Cola y el marido que
irían conmigo, manteniéndonos bajo la protección de los árboles y
ascendiendo por aquella parte hasta que estuviéramos encima y pudiéramos
mirar con los prismáticos, desde el interior de la curva al extremo superior, en
busca de los antílopes.
Si me preguntan cómo se discutió aquello, cómo se planeó, y cómo fue
comprendido por todos, teniendo en cuenta la barrera del idioma, yo
contestaría que fue discutido con tanta libertad y comprendido tan claramente
como si hubiésemos sido una patrulla de caballería que hablara el mismo
idioma. Todos los que estábamos allí éramos cazadores, excepto Garrick, y el
asunto pudo planearse, y ponernos de acuerdo, sin utilizar otra cosa que el
dedo índice para señalar y una mano para advertir. Les dejamos y avanzamos
con mucho cuidado, siempre bajo la protección de los árboles. Luego, cuando
estuvimos a suficiente altura y nos habíamos alejado bastante, nos arrastramos
hasta llegar a un lugar rocoso y, allí, tras las rocas, protegiendo los prismáticos
con mi sombrero para que no se reflejara en ellos el sol, M’Cola asintiendo y
gruñendo al ver lo práctico que era, examinamos la parte opuesta del
prado, que bordeaba el bosque, y se dirigía hacia arriba, hasta la cabecera del
valle. Y allí estaban los antílopes que andábamos buscando. M’Cola les vio
antes que yo y tiró de la manga de mi chaqueta.
—N’Dio —dije.
Luego contuve la respiración para observarles. Todos parecían muy
negros, de grandes cuellos y muy pesados. Todos tenían los cuernos curvados
hacia atrás. Se hallaban a una gran distancia de nosotros. Algunos estaban
tumbados y uno de pie. Desde allí, podíamos ver siete.
—¿Dónde está el macho? —susurré.
M’Cola hizo un movimiento con su mano izquierda y contó cuatro
dedos. Era uno de aquellos que estaba tumbado en la alta hierba y el animal no
parecía mucho mayor que los demás y los cuernos no eran mucho más
amplios. Pero les contemplábamos a la luz del sol de la mañana y resultaba
difícil verles bien. Tras ellos corría una especie de hondonada ascendiendo la
colina que bloqueaba el extremo del valle.
Ahora sabíamos lo que teníamos que hacer. Debíamos volver, cruzar el

331
prado lo bastante lejos por la parte de abajo para mantenernos fuera de su
campo de visión, llegar al bosque que se extendía en el lado más lejano y
avanzar a lo largo de los árboles para colocamos por encima de los antílopes.
Lo primero que debíamos hacer era tratar de asegurarnos de que no había más
en los bosques o en el prado que necesitábamos atravesar antes de llegar a la
posición desde donde podríamos atacarlos.
Humedecí mi dedo con saliva y lo levanté. A juzgar por el lado que
quedó fresco, parecía que la brisa venía de la parte baja del valle. M’Cola cogió
varias hojas secas y las apretujó en la mano y las echó al aire. Cayeron un poco
hacia donde nosotros estábamos. El viento nos favorecía y ahora debíamos
contemplar con los prismáticos el borde del bosque y buscar si había alguna
pieza.
—Hapana —dijo M’Cola finalmente.
Yo no había visto nada y me dolían los ojos por el esfuerzo realizado con
los prismáticos de ocho aumentos. Podíamos arriesgarnos a penetrar en el
bosque. Podía ocurrir que nos topáramos con algo y espantar así a los
antílopes, pero teníamos que arriesgamos para rodearles y situarnos por
encima de ellos.
Retrocedimos, descendimos y hablamos con los otros. Podíamos cruzar
el valle, sin que nos vieran desde el extremo superior, e inclinándonos, yo con
el sombrero quitado, bajamos hasta las altas hierbas del prado y cruzamos el
profundo tajo del río que corría por el centro del prado; ascendimos luego a la
orilla cubierta de hierba que había al otro lado, manteniéndonos bajo el borde
de un repliegue del valle, penetrando bajo la protección de los árboles.
Después, ascendimos atravesando el bosque, inclinados, en fila india, para
situamos encima de donde estaban los antílopes.
Avanzamos lo más rápidamente posible y nos movimos en silencio,
tranquilamente. Había cazado demasiadas veces grandes animales cornudos y,
siempre que lo había intentado, había descubierto al final que se habían
alejado del lugar primitivo y estaban fuera del campo de visión, cuando se da
la vuelta a la montaña, para confiar en que aquellos antílopes permanecieran
donde estaban y, puesto que una vez que estuviéramos en el bosque ya no
podríamos verles, pensé que era importante que subiéramos cuanto antes a un
lugar más alto que ellos, desde donde dominarles fácilmente, sin que, a pesar
de todo, me cansara. Temblaba demasiado para disparar.
La botella de agua que llevaba M’Cola hacía ruido al chocar contra los
cartuchos que guardaba en el bolsillo y me detuve para entregársela al

332
wanderobo-masai. Me parecía que éramos demasiados para ir de caza, pero
todos se movían en silencio, como serpientes, y yo, de todas formas, me sentía
lleno de confianza. Estaba seguro de que los antílopes no podían vernos en la
selva ni tampoco olfatearnos.
Finalmente, estaba seguro de que nos hallábamos por encima de ellos y
que debían estar delante de nosotros, más allá de donde daba el sol, en un
lugar en el que el bosque se estrechaba bajo el borde de la colina encima de la
cual estábamos nosotros. Examiné la abertura y el punto de mira para ver si
estaban limpios, limpié las gafas y sequé el sudor de mi frente, poniendo el
pañuelo utilizado en el bolsillo izquierdo, para que no se nublaran las gafas
volviéndolas a secar con él. M’Cola, el marido y yo comenzamos a abrirnos
paso hacia el bosque; finalmente, llegamos casi arrastrándonos hasta el borde
de la colina. Todavía había algunos árboles entre nosotros y el prado abierto
que se extendía por debajo; estábamos detrás de unos pequeños arbustos y un
árbol caído, cuando, alzando las cabezas, pudimos verles en la parte de terreno
cubierto por la hierba, a unos trescientos metros de distancia, y a la sombra
parecían grandes y oscuros. Entre ellos y nosotros se extendía una arboleda
poco densa iluminada por el sol y la abertura de la quebrada. Mientras les
observábamos, dos se pusieron en pie y permanecieron un momentos
mirándonos. Me era fácil disparar, pero estaban demasiado lejos para estar
seguro de que podía hacer blanco y, mientras permanecía tumbado, vigilando,
sentí que alguien me tocaba en el brazo y Garrick, que se había arrastrado
hasta nosotros, susurró roncamente:
—¡Piga! ¡Piga, B’wana! ¡Doumi! ¡Doumi!
Con lo que quería decir que disparara, que había un macho. Me volví a
mirar hacia atrás y allí estaban todos mis hombres tumbados boca abajo, o
apoyados en las manos y en las rodillas, el wanderobo-masai temblando como
un perro de caza. Yo estaba furioso y les ordené con la mano que se agacharan.
Así que había un macho, un macho mucho más grande que el que
M’Cola y yo habíamos visto antes tumbado.
Los dos antílopes nos miraban y agaché la cabeza, pues pensé que
podían ver algún reflejo del sol en mis gafas. Cuando volví a levantar la
cabeza para mirar, con mucha lentitud, hice pantalla con mis manos ocultando
los ojos. Los dos antílopes habían dejado de mirar en nuestra dirección y
estaban pastando. Pero uno volvió a levantar la cabeza nerviosamente y vi al
antílope oscuro, de fuerte constitución, con cuernos que parecían alfanjes,
vueltos hacia atrás, mirándonos fijamente.

333
Nunca hasta entonces había visto un antílope. No sabía nada de ellos, si
su vista era potente, como ocurre con los carneros que pueden verte desde la
distancia aunque tú no les veas, o, por el contrario, como un ante macho que
no puede verte a doscientos metros de distancia, a menos que te muevas.
Tampoco estaba seguro de su tamaño, pero lo calculé teniendo en cuenta los
trescientos metros de distancia más o menos a que nos encontrábamos de él.
Sabía que podía dar a uno si disparaba sentado o postrado, pero no sabía
dónde le daría.
Luego, oí de nuevo a Garrick decir:
—¡Piga, Bwana, piga!
Me volví como si fuera a golpearle en la boca. Me hubiera resultado muy
agradable hacerlo. Verdaderamente, cuando vi por primera vez al antílope, no
estaba nervioso, pero Garrick estaba consiguiendo ponerme.
—Lejos —susurré a M’Cola, que se había arrastrado y estaba junto a mí.
—Sí.
—¿Disparo?
—No. Prismáticos.
Ambos les observamos, utilizando con mucho cuidado los prismáticos.
Sólo podía ver a cuatro. Antes eran siete. Si el que había señalado Garrick era
un macho, entonces los cuatro eran machos. A la sombra todos parecían tener
el mismo color. Sus cuernos me parecían grandes. Sabía que entre las cabras
existía la costumbre de que los machos vivieran juntos formando rebaños
hasta muy avanzado el invierno, cuando se reunían con las hembras; que a
finales del verano se encontraba también a los antes machos en rebaños, antes
de la época de celo, y que más tarde volvían a reunirse formando rebaños los
machos con las hembras. Habíamos visto juntos por lo menos a veinte impalas
machos en la Serenea. De acuerdo, todos podían ser machos, pero yo quería
uno realmente bueno, el mejor, e intenté recordar algo que había leído sobre
ellos, pero todo lo que podía recordar era una estúpida historia de un hombre
que veía al mismo macho todas las mañanas en el mismo lugar y nunca se
había espantado ni había echado a correr por su culpa. Lo único que podía
recordar con certeza era el maravilloso par de cuernos que habíamos visto en
la oficina del guardabosques en Arusha. Y ahora ahí tenía a los antílopes
delante de mí, y debía actuar inmediatamente y conseguir el mejor. En ningún
momento se me ocurrió pensar que Garrick no hubiese visto nunca un antílope
y que no supiera más sobre ellos de lo que sabíamos M’Cola o yo.
—Demasiado lejos —dije a M’Cola.

334
—Sí.
—Vamos.
E indiqué a los demás que continuaran tumbados en el suelo, y nosotros
comenzamos a arrastramos hasta alcanzar el borde de la colina.
Finalmente, nos tumbamos tras un árbol y miré desde detrás de él.
Ahora, con ayuda de los prismáticos, podíamos también ver claramente los
cuernos de los otros tres. Uno que estaba tumbado, era ciertamente el mayor y
los cuernos, al captar su silueta, parecieron curvarse a mucha más altura y
mucho más hacia atrás. Los examinaba con excesiva excitación para sentirme
contento y, mientras les observaba, oí a M’Cola susurrar:
—B’wana.
Bajé los prismáticos y miré y allí estaba Garrick, sin aprovecharse del
abrigo que ofrecían los arbustos, arrastrándose a gatas para unirse a nosotros.
Saqué la mano, con la palma hacia él, y le hice señas para que se tumbara, pero
no me hizo caso y continuó avanzando a rastras, tan visible como un hombre
que descendiera por la calle principal de una ciudad, andando a cuatro patas.
Vi que un antílope miraba en nuestra dirección, aunque mejor sería decir que
hacia aquel maldito guía. Entonces, los otros tres se pusieron en pie. Después,
el grande se levantó y permaneció de costado con la cabeza vuelta hacia
nosotros, mientras Garrick se acercaba susurrando:
—¡Piga B’wana! ¡Pigal ¡Doumi! ¡Doumi! ¡Kubwa Sana!
Ahora no había ninguna posibilidad de elección. Estaban
definitivamente advertidos y me tumbé boca abajo, pasé el brazo alrededor del
portafusil, apoyé firmemente los codos, extendí el pie derecho y apunté en el
centro de los hombros del macho. Pero al oír el estadillo, supe que el tiro era
malo. Estaba encima de él. Todos dieron un salto y permanecieron mirando,
sin saber de dónde venía el ruido. Volví a disparar al macho y le salpiqué de
tierra y todos echaron a correr. Me puse en pie, y mientras corría, le di y cayó.
Luego se levantó y lo volví a herir, pero continuó junto al rebaño. Los otros le
dejaron atrás y disparé y di tras él. Luego volví a herirle y el animal se arrastró
lentamente y supe que le había alcanzado. M’Cola me entregaba cartuchos y
yo los metía en la condenada, piojosa, tambaleante recámara del “Springfield”,
observando al antílope que cruzaba pesadamente el arroyo. Era nuestro, desde
luego. Era fácil ver que estaba malherido. Los otros corrían a ocultarse entre
los árboles. A la luz del sol que daba al otro lado, parecían mucho menos
grandes y el que había herido también parecía mucho más pequeño. Tenían un
color castaño oscuro y el herido era casi negro. Pero no era negro del todo y

335
sentí que algo había fallado. Metí el último cartucho en la recámara y Garrick
trataba de agarrar mi mano para felicitare cuando, debajo de donde nosotros
estábamos, al otro lado del espacio abierto, donde se hallaba la quebrada que
nosotros no podíamos ver y que se abría dando a la cabecera del valle, unos
antílopes echaron a correr como una exhalación.
—¡Santo Cielo! —exclamé para mí.
Todos se asemejaban al que había herido y yo intentaba coger uno
grande. Todos parecían tener el mismo tamaño y ser el mismo corriendo en
grupo y, luego, apareció el macho. A pesar de la sombra era completamente
negro y reluciente al sol y sus cuernos se elevaban muy altos, luego, volvían a
caer hacia atrás, enormes y oscuros, formando dos grandes curvas, casi
tocando el centro de su espalda. Era un macho, no cabía duda. ¡Y, Señor, qué
macho!
—¡Doumi! —dijo M’Cola en mi oído—. ¡Doumi!
Acerté con el disparo y, al sonar el estampido, cayó al suelo. Le vi
ponerse en pie, los otros pasaron a su lado, dispersándose en todas direcciones
y volvían a agruparse después. Y fallé otro tiro. Después, se dirigió casi
directamente hacia el valle donde crecía la alta hierba y le volví a dar otra vez,
pero desapareció. Los antílopes ascendían ahora la colina que se elevaba a
nuestra derecha en la cabecera del valle, luego la otra colina cubierta del
bosque y que se extendía al otro lado del valle, corriendo a gran velocidad y en
todas direcciones. Ahora que había visto un macho, sabía que todos los demás
eran hembras, incluido el primero al que había herido. No volvimos a ver al
macho y yo estaba absolutamente seguro de que le encontraríamos donde le
había visto caer, en la parte donde crecía la hierba alta.
Todos los hombres que me acompañaban se habían puesto en pie y no
hice caso de las manos extendidas que querían felicitarme antes de comenzar a
bajar atravesando por entre los árboles: llegamos al borde de la quebrada
y al prado corriendo como locos. Mis ojos, mi cerebro, y todo el interior
de mi cuerpo estaban llenos de la hermosura de aquel antílope macho y del
gran tamaño de aquellos cuernos y daba gracias a Dios por tener el rifle
cargado antes de salir el animal. Pero, después de todo, había disparado
estando muy excitado, y no me sentía orgulloso de mí mismo. Me había
puesto muy nervioso y había disparado al bulto del animal, en vez de hacerlo
en el lugar adecuado, y estaba avergonzado; pero ahora los hombres que me
acompañaban estaban todavía más excitados que yo. Me hubiese gustado ir
andando tranquilamente hasta donde se hallaba la pieza cazada, pero no era

336
posible manejarlos. Eran cómo una trailla de perros que corriera tras la presa.
Cuando comenzamos a cruzar el prado abierto donde habíamos visto por
primera vez a los siete antílopes y llegamos más allá del lugar por donde el
macho había desaparecido de nuestra vista, de pronto, la hierba se hizo alta y
sobresalía por encima de nuestras cabezas; todos disminuimos la velocidad de
la carrera. Había dos barrancas de aluvión cubiertas de maleza de diez o doce
pies de profundidad que corrían en la misma dirección del arroyo y lo que, en
un principio, nos había parecido la suave cuenca de un río cubierta de hierba,
era, en realidad, un territorio quebrado cubierto de vegetación que llegaba
desde la altura de nuestra cintura hasta más arriba de nuestras cabezas. En
seguida encontramos manchas de sangre que conducían hacia la izquierda, al
otro lado del arroyo, y que ascendían la ladera de la colina, hacia la cabecera
del valle. Yo pensé que aquella sangre era del primer antílope, pero parecía
haber hecho un recorrido más amplio del que hubiéramos supuesto cuando le
contemplamos desde arriba darse a la fuga y penetrar en el bosque. Di un
rodeo buscando al gran macho, pero no pude encontrar su pista entre la gran
cantidad de huellas que había allí y era difícil calcular exactamente dónde
había ido.
Todos buscábamos las huellas de sangre y era como intentar que unos
perros mal entrenados cazaran un pájaro muerto cuando están locos por
perseguir al resto de la bandada.
—¡Doumi! ¡Doumi! —exclamé—. ¡Kubwa Sana! El macho. El gran
macho.
—Sí —contestó todo el mundo—. ¡Aquí! ¡Aquí!
Y señalaban la pista de sangre que atravesaba el arroyo.
Finalmente, me decidí por aquel rastro, pensando que daríamos con cada
uno a su debido tiempo, y sabiendo que éste estaba malherido y el otro podía
mantenerse quizás de pie. Luego, además, podía estar equivocado y este rastro
pertenecer al gran macho, quien era probable que hubiese torcido en la alta
hierba y cruzado por aquí, mientras nosotros bajábamos corriendo. Recordé
que antes me había equivocado.
Seguimos la pista rápidamente, ascendiendo la ladera de la colina,
metiéndonos dentro del bosque, y los rastros de sangre eran ahora cada vez
más grandes; torcimos hacia la derecha, ascendiendo abruptamente y, en la
cabecera del valle, en varias rocas grandes, vimos saltar a un antílope. Trepaba
y se alejaba atravesando las rocas. Vi en seguida que no estaba herido y supe
que, a pesar de los cuernos oscuros, altos y echados hacia atrás, era una

337
hembra, por su color castaño oscuro. Pero lo vi con tiempo suficiente para no
disparar. Había empezado a apretar el gatillo, cuando bajé el rifle.
—Manamouki —dije—. Es una hembra.
M’Cola y los dos guías vestidos de romanos asintieron. Yo había estado a
punto de disparar. Avanzamos quizás otros cinco metros y saltó otro antílope.
Pero éste movía la cabeza salvajemente y no podía saltar las rocas. Estaba
malherido y me tomé el tiempo necesario, disparé cuidadosamente y el tiro
partió su cuello.
Nos acercamos a él. Estaba tumbado en las rocas, y era un ejemplar
grande, de marcado color marrón castaño, con los cuernos negros y bellamente
curvados hacia atrás, con una mancha blanca en el morro que se extendía hasta
sus ojos. Su vientre era también de color blanco; pero no era macho.
M’Cola, todavía dubitativo, lo comprobó y al ver las cortas y
rudimentarias ubres, dijo:
—Manamouki.
Y movió tristemente la cabeza.
Era el primer macho que había señalado Garrick.
—El macho está ahí abajo —señalé.
—Sí —contestó M’Cola.
Suponía que ya le habíamos concedido el tiempo suficiente para que
empeorara su estado, aunque sólo estuviese herido, y que era el momento de
bajar a buscarle. Ordené a M’Cola que hiciera los cortes para quitar la piel de
la cabeza de la hembra y dejamos allí al anciano desollando la cabeza, mientras
nosotros bajábamos en busca del macho.
Bebí agua de la cantimplora. Estaba sediento a consecuencia de la carrera
y la subida de la colina y ahora el sol había ascendido y comenzaba a hacer
mucho calor. Entonces, descendimos a la parte opuesta del valle de donde
acabábamos de subir rastreando a la hembra herida, y abajo, en la alta hierba,
formando círculos, comenzamos a buscar los rastros del macho. No pudimos
encontrarlos.
Los antílopes habían corrido formando un rebaño cuando se dieron a la
fuga y todas las huellas individuales estaban confundidas o borradas unas con
otras. Encontramos sangre en los tallos de la hierba donde le había herido por
primera vez, luego perdimos el rastro, y volvimos a encontrarlo de nuevo
donde se alejaban las otras huellas de sangre. Después, todas las huellas
estaban confundidas y mezcladas cuando habían echado a correr, atravesando

338
el valle y subiendo a las colinas, y no pudimos encontrarlas de nuevo.
Finalmente, encontré sangre en unos tallos de hierba, a unos cincuenta metros
ascendiendo el valle, los corté y se los mostré. Fue una equivocación. Debería
haberles llevado hasta el lugar donde había encontrado las hierbas manchadas
de sangre. Ya todos, excepto M’Cola, estaban perdiendo la fe en el macho.
No estaba allí. Había desaparecido. Se había desvanecido. Quizás nunca
había existido. ¿Quién podía decir que se trataba de un verdadero macho? Si
no hubiera cortado los tallos de hierba habría podido convencerles. Ver la
hierba manchada de sangre era una prueba. Pero cortada, no significaba nada,
excepto para mí y para M’Cola. Ya no volví a encontrar más sangre y ahora
todos continuaban buscando la pista del antílope sin mucho convencimiento,
desanimados. La única forma de éxito era registrar cada palmo de terreno
cubierto por la alta hierba y buscar minuciosamente por todas las quebradas.
Comenzaba a hacer mucho calor ya y, en realidad, lo que hacían no era más
que una imitación del rastro de una pieza herida.
Garrick se acercó.
—Todas son hembras —dijo—. Ningún macho. Sólo grandes hembras.
Hirió a la hembra más grande. La encontramos. La hembra más pequeña se
marchó.
—¡Hijo de perra...! —exclamé, luego, utilizando los dedos, continué—:
Escucha. Siete hembras. Luego quince hembras y un macho. El macho herido.
Aquí.
—Todas hembras —dijo Garrick.
—Una gran hembra herida. Un macho herido.
Dije aquello con un tono de seguridad tal que asintieron y buscaron
durante un rato, pero podía darme cuenta de que estaban perdiendo la fe en la
existencia del macho.
—Si tuviera un buen perro —pensé—. Solamente un buen perro.
Entonces, se acercó a mí Garrick.
—Todas hembras —explicó—. Hembras muy grandes.
—Tú sí que eres una hembra —dije—. Una hembra muy grande.
Esta frase hizo que el wanderobo-masai soltara una carcajada. Sin
embargo, parecía tener un aspecto más miserable cada vez. Podía darme
cuenta de que el hermano del romano creía a medias en el macho. En aquel
momento, el esposo de la hermosa nativa no creía en ninguno de nosotros.
Creo que ni siquiera creía en el kudú que habíamos cazado la noche anterior.

339
Bueno, pensando en cómo había disparado yo aquel día, no le criticaba mucho
por su falta de fe en nosotros.
M’Cola se acercó.
—Hapana —dijo sombríamente.
Y después:
—B’wana, ¿heriste a ese macho?
—Sí —contesté.
Por un momento, yo mismo comencé a dudar si había existido, en
realidad, aquel macho. Luego, volví a ver en mi imaginación su negrura
resplandeciente, y la gran elevación de sus cuernos antes de caer hacia atrás,
corriendo con el rebaño, con los hombros más altos que todos los demás y tan
negro como el carbón y mientras lo veía en mi imaginación, M’Cola volvió a
verlo también a través de la creciente niebla de la falta de fe del salvaje, en la
que ya no podía creer.
—Sí —admitió M’Cola—. Le vi. Y usted le hirió.
Volví a dar la misma explicación que había dado a Garrick.
—Siete hembras. Herí a la más grande. Quince hembras y un macho.
Herí a ese macho.
Ahora, durante un momento, creyeron mi explicación y buscaron
formando círculos, pero la fe murió en seguida, bajo el terrible calor del sol y
del ligero viento que agitaba la alta hierba.
—Todas hembras —volvió a decir Garrick.
El wanderobo-masai asintió, con la boca abierta. Yo podía sentir la
reconfortante falta de fe apoderándose también de mí. Era mucho más fácil y
agradable abandonar la búsqueda de todos los rastros del mundo, bajo aquel
calor, en aquel callejón sin salida en el que no había una sola sombra y bajo el
sol que daba de pleno sobre la ladera escarpada de la colina. Dije a M’Cola que
registraríamos el valle por ambas partes, que acabaríamos de desollar la
cabeza, y él y yo bajaríamos solos y encontraríamos el macho. No se puede
buscar una pieza cuando no se cree en su existencia. No tenía posibilidades de
entrenarles ni ningún poder para imponerles disciplina. Si no hubiera habido
leyes, habría disparado contra Garrick y todos ellos hubiesen rastreado y
buscado el antílope herido. Desde luego, lo hubieran hecho. Garrick no les era
simpático a ninguno. Era puro veneno.
M’Cola y yo bajamos al valle, lo registramos como perros de caza, dimos
vueltas y más vueltas y seguimos buscando las huellas. Yo tenía mucho calor y

340
estaba sediento. En aquel momento, el sol era una cosa muy seria.
—Hapana —dijo M’Cola.
No podíamos encontrarle. Se ocultara donde se ocultara, le habíamos
perdido.
—Tal vez era una hembra. Tal vez no fuera más que un fantasma —
pensé, dejando que la falta de fe me penetrara como un líquido reconfortante.
Íbamos a registrar la ladera de la colina que se elevaba a la derecha y,
luego, buscaríamos por todas partes y llevaríamos la cabeza al campamento y
veríamos sí el romano había localizado algo. Yo estaba completamente
sediento y la cantimplora estaba vacía. Conseguiríamos más agua en el
campamento.
Comenzamos a subir la colina y me encontré, de pronto, con un antílope
en un arbusto. Estuve a punto de dísparar contra él, pero en seguida me di
cuenta de que se trataba de una hembra. Aquello demostraba cómo podían
ocultarse los animales. Deberíamos recoger a los hombres y volver a dar un
repaso buscando por todas partes. Y, en ese momento, hasta mí llegó el grito
del anciano.
—¡Doumi! ¡Doumi! —gritaba fuertemente.
—¿Dónde? —grité a mi vez, atravesando a grandes zancadas la colina
hacia él.
—¡Allí! ¡Allí! —gritó, señalando el bosque, que había al otro lado de la
cabecera del valle—. ¡Allí! ¡Allí! ¡Allí va! ¡Allí!
Iniciamos una carrera muy rápida, pero no alcanzamos a ver al macho en
el bosque que se extendía en la ladera de la colina. El anciano dijo que era
enorme, negro que tenía dos grandes cuernos, y que había pasado a su lado, a
diez metros de distancia, herido en dos lugares, en el vientre, y en la parte alta
de la anca, pero a pesar de hallarse malherido andaba rápidamente, cruzando
el valle, atravesando las rocas y ascendiendo la ladera de la colina.
Sabía que le había herido en el vientre. Luego, cuando se alejaba, le había
dado un tiro en la parte trasera. Había caído al suelo y estaba malherido, pero
le habíamos perdido finalmente. Luego, después de pasar junto a él, se había
puesto en pie.
—Vamos —dije.
Ahora todos estaban excitados y dispuestos a acompañarnos, y el
anciano nos estaba hablando del macho, mientras plegaba la piel de la cabeza
y colocaba ésta encima de la suya, y nosotros echamos a andar atravesando las

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rocas y ascendimos, registrando cada palmo de terreno de la ladera de la
colina. Allí, donde había señalado el anciano, había rastros de un gran antílope
macho, con las anchas huellas de las pezuñas que se dirigían hacia el bosque y
había sangre, mucha sangre.
Le rastreamos rápidamente, esperando dar con él y hacerle un nuevo
disparo, y ahora resultaba fácil perseguirle a la sombra de los árboles pues se
vería mucha sangre. Pero continuaba ascendiendo, dando vueltas y revueltas
alrededor de la colina, y andaba rápidamente. La sangre no se había secado
todavía y brillaba mucho, pero no podíamos alcanzarle. Yo no rastreaba en
realidad, sino que miraba hacia adelante, pensando que podía verle cuando se
volviera a mirar hacia atrás, o que le vería tumbado en el suelo, o atravesando
el bosque, y M’Cola y Garrick rastreaban el animal, ayudados por todos,
excepto por el anciano que avanzaba penosamente con el cráneo y la piel de la
cabeza de la hembra colocados encima de su cabeza. M’Cola llevaba colgada
de su hombro la botella de agua vacía, y Garrick iba cargado con la cámara de
cine. Para el anciano, aquello era un gran esfuerzo y avanzaba penosamente.
Llegamos a un lugar donde al antílope había descansado y observamos
las huellas dejadas al rozar con su espalda, había un charquito de sangre en
una roca donde permaneció un momento, tras unos arbustos, y yo lancé varios
juramentos contra el viento que soplaba nuestro olor por delante de nosotros.
Ahora se había levantado una buena brisa y yo estaba seguro de que no
teníamos posibilidades de sorprenderle, pues nuestro olor haría que todos los
animales que estuvieran delante de nosotros se apartaran de nuestro camino lo
antes posible. Pensé en dar un rodeo acompañado por M’Cola, para cogerle
por delante, y dejar a los demás que siguieran su rastro, pero avanzábamos
rápidamente, la sangre era todavía brillante en las piedras, en las hojas caídas
y en la hierba, y las colinas eran demasiado abruptas para que nosotros
pudiéramos dar aquel rodeo. Yo no comprendía cómo podíamos perder su
pista.
Luego, llegamos a una parte de terreno rocoso, formado por quebradas
muy cortadas, donde el rastreo se hacía lento y la ascensión difícil. Pensé que
aquí podríamos dar con él en una hondonada, pero las manchas de sangre,
que ahora ya no eran tan brillantes, daban vueltas alrededor de las rocas, sobre
las peñas, y subían y subían y nos conducían a una cadena de rocas. Debía
haber descendido por allí. La cima de la colina era demasiado escarpada para
pasar por ella. No había otra posibilidad de continuar, excepto bajando, ¿pero
por dónde había ido, y a qué quebrada había bajado? Envié a los hombres a
que miraran en tres posibles direcciones y me coloqué en el borde de las rocas

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para intentar verle desde allí: podían no encontrar ningún rastro y el
wanderobo-masai gritó entonces desde abajo, a la derecha, que había
encontrado huellas de sangre y, descendiendo, vimos una en una roca y luego
seguimos la sangre formando algunas manchas secas que encontrábamos de
vez en cuando atravesando un descenso abrupto que llevaba hasta el prado
que se extendía debajo. Me sentí animado al ver que descendía la colina
pensando que de nuevo sería fácil seguirle en la hierba que llegaba allí a la
altura de las rodillas, porque la hierba rozaría su vientre y, aunque no se podía
ver claramente las huellas de sus pisadas sin apartar la hierba para examinar el
suelo, sin embargo, el rastro de sangre quedaría perfectamente visible en los
tallos de la hierba. Pero ahora la sangre estaba seca y muy reluciente, y yo
sabía que habíamos perdido mucho tiempo buscándole en la colina.
Finalmente, su rastro cruzaba el arroyo seco, más o menos donde
habíamos visto el prado por primera vez aquella mañana y se alejaba por las
tierras onduladas, donde de vez en cuando se elevaban bosquecillos, en la
parte más alejada. No había nubes en el cielo y yo podía ahora sentir la fuerza
del sol, no sólo por su calor, sino como un peso muerto que caía sobre mi
cabeza, y tenía mucha sed. Hacía mucho calor, pero no era el calor lo que
molestaba. Era el peso del sol.
Garrick había dejado de rastrear seriamente y sólo contribuía con su
éxito teatral al descubrimiento de la sangre, mientras M’Cola y yo buscábamos
por todas partes. El guía ya no se dedicaba ni siquiera a la rutina de buscar
huellas, sino que pasaba la mayor parte del tiempo descansando. De vez en
cuando buscaba sin entusiasmo alguna huella de sangre. El wanderobo-masai
no sabía rastrear, y yo había dicho a M’Cola que le entregara el gran rifle y que
lo llevara él para que de esa manera nos fuera de alguna utilidad. Era evidente
que el hermano del romano no era cazador y el marido de la hermosa nativa
no tenía mucho interés en el éxito de nuestra expedición. Tampoco parecía ser
cazador. Mientras rastreábamos lentamente el terreno, difícil ahora que el sol
lo había calentado y recocido, la sangre había terminado por convertirse en
pequeñas manchas negras sobre las cortas hierbas, uno tras otro, el hermano,
Garrick y el wanderobo-masai dejaron de perseguir a la pieza y se sentaron a
la sombra de los escasos árboles que había por allí.
El sol era algo terrible y como era necesario rastrear con la cabeza
agachada y el cuerpo inclinado, sentía, a pesar de que llevaba un pañuelo
extendido sobre el cuello, un fuerte dolor de cabeza.
M’Cola rastreaba lentamente, con firmeza, y absolutamente absorto en el
asunto. Su cabeza desnuda y calva brillaba de sudor y cuando éste se deslizaba

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hasta sus ojos, cogía un manojo de hierba, lo sostenía con ambas manos y
limpiaba el sudor de su frente y lo mismo hacía con la cabeza.
Continuamos avanzando lentamente. Siempre había jurado a Pop que yo
podía confundir de pista a M’Cola, pero ahora comprendía que anteriormente
no había hecho más que una especie de representación a lo Garrick al recoger
las pistas cuando estaban perdidas y que en el rastrear directo, fírme y
continuado, ahora bajo el calor terrible, con el sol pegando realmente fuerte,
muy fuerte, tanto que podía sentirse el efecto que producía en la cabeza,
haciéndola hervir como una olla de agua en un fogón, rastreando en la corta
hierba sobre un terreno duro y difícil donde una mancha de sangre no era más
que una ampolla seca y negra, difícil de ver; que podía encontrarse la siguiente
manchita negra quizás a veinte metros de distancia, uno quedándose junto a la
última mancha de sangre, mientras el otro encontraba la siguiente, luego
prosiguiendo, cada uno a un lado de la pista: señalando con un tallo de hierba
en los lugares donde había manchas para no hablar, luego se continuaba
avanzando de nuevo y se indicaba la última mancha de sangre con la mirada y
ambos continuabais buscando, señalando con una mano levantada, por mi
parte, con la boca demasiado seca para hablar, y por todo aquel terreno se
extendía como una hoguera de calor, cuando me estiré para acabar con el
dolor del cuello y miré hacia adelante, supe que M’Cola era con mucho el
mejor hombre y el mejor rastreador de todos nosotros. Pensé que debía
decírselo a Pop.
En este momento, M’Cola hizo un chiste. Mi boca estaba tan seca, que me
resultaba muy difícil hablar.
—B’wana —dijo M’Cola, mirándome cuando me había estirado y
apoyaba mi cuello hacia atrás para hacer desaparecer el dolor.
—¿Sí?
—¿Whisky?
—¡Bastardo, hijo de perra! —dije en inglés, y él se echó a reír entre
dientes y movió la cabeza.
—¿Hapana whisky?
—Salvaje —dije en swahili.
De nuevo, volvimos a nuestra tarea de rastrear el antílope, M’Cola movía
la cabeza y parecía muy divertido, y, al cabo de un momento, la hierba era más
alta y otras veces resultaba más fácil rastrear. Cruzamos todo aquel terreno
abierto y semicircular que habíamos visto por la mañana desde la ladera de la
colina y descendimos una cuesta, pues las huellas volvían a conducir otra vez

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a la alta hierba. En esta hierba más alta, descubrí que, cerrando un poco los
ojos, podía ver el rastro por donde había pasado atravesando la hierba y
avancé rápidamente sin rastrear junto a la sangre, ante el asombro de M’Cola,
pero entonces salimos a un terreno cubierto de hierba muy corta y donde, de
vez en cuando, se elevaban de nuevo algunas rocas, y ahora el rastreo
resultaba verdaderamente difícil y árido.
Ya el animal no sangraba mucho; el sol y el calor debían haber secado las
heridas y nosotros sólo encontramos de vez en cuando alguna mancha en el
suelo rocoso.
Garrick se acercó e hizo un par de brillantes descubrimientos de
manchas de sangre, luego se sentó a la sombra de un árbol. Bajo otro árbol,
pude ver al pobre y viejo wanderobo-masai haciendo su primer y último
trabajo como portador de armas. A la sombra de otro estaba el anciano, con la
cabeza del antílope junto a él como un símbolo de alguna misa negra, con el
equipo colgando de sus hombros. M’Cola y yo continuamos rastreando con
mucha lentitud y laboriosidad, cruzando la larga cuesta de piedras y de nuevo
ascendimos a otro prado en el que crecían algunos árboles, y, atravesándolo,
penetramos en un largo terreno lleno de rocas que se elevaban al final. En el
centro de este campo, perdimos la pista completamente y formamos círculos
buscando durante casi dos horas antes de volver otra vez a encontrar huellas
de sangre.
El anciano las encontró bajo las rocas y a la derecha, a media milla de
distancia. Había rastreado bajando por allí, forjándose una idea de lo que él
hubiese hecho en lugar del animal. El anciano era un cazador.
Luego le seguimos con mucha lentitud, llegando a un terreno de piedra
dura, que había a una milla de distancia. Pero no podíamos rastrear desde allí.
El terreno era demasiado duro para dejar cualquier rastro y ya no volvimos a
encontrar más huellas de sangre. Entonces, buscamos en las diversas
direcciones que el animal podía haber seguido, pero el terreno era demasiado
grande y no tuvimos ninguna suerte.
—Inútil —dijo M’Cola.
Me estiré y me dirigí a la sombra de un gran árbol. Allí hacía fresco,
como si me hubiera metido de pronto en el agua, y la brisa refrescó mi piel,
atravesando mi camisa húmeda. Pensaba en el antílope y en ese momento
hubiera deseado por lo que más quería en este mundo no haberle herido. Pero
ahora sabía que estaba herido y que le había perdido. Creo que había
continuado avanzando y había salido de aquel terreno. En ningún momento

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había mostrado tendencia a dar rodeos y volver hacia atrás. Esta noche moriría
y las hienas se lo comerían, o, peor que eso, se apoderarían de él antes de
morir, atacándole a las patas y arrancándole las tripas, mientras todavía estaba
vivo. La primera hiena que diera con aquel rastro de sangre, le seguiría hasta
encontrarle. Luego, llamaría a las demás. Me sentía un ser despreciable, un
hijo de perra, por haberle herido y por no haberle matado. No me importaba
nada matar cualquier animal, con tal de hacerlo limpiamente, todos tenían que
morir y mi interferencia con la muerte ancestral, provocada por el ciclo de las
estaciones, que no se interrumpía nunca, era muy minuciosa y no me causaba
sensación alguna de culpabilidad. Nos comíamos la carne y guardábamos las
pieles y los cuernos. Pero en el caso de este antílope macho me sentía
completamente destrozado interiormente. Además, yo deseaba apoderarme de
él. Lo deseaba con todas mis fuerzas, lo deseaba mucho más de lo que estaba
dispuesto a admitir. Bueno, ya habíamos jugado nuestra baza. Nuestra
oportunidad estuvo al comienzo cuando cayó al suelo y había fallado el tiro
definitivo. Habíamos perdido. No, nuestra mejor oportunidad, la única
oportunidad de un tirador, siempre se presenta, y fue cuando tuve el animal a
mi disposición y disparé al bulto, en lugar de hacerlo preparando
cuidadosamente el tiro. La culpa era sólo mía. Era un hijo de perra por haberle
dado en el vientre. Aquello había sucedido por tener una confianza excesiva
en saber hacer una cosa y, luego, omitir uno de los pasos en la realización
definitiva. Bueno, lo habíamos perdido. Dudaba incluso que hubiera un perro
en el mundo capaz de rastrearle ahora, teniendo en cuenta aquel calor. Sin
embargo, aquélla era la única oportunidad que nos quedaba. Saqué el
diccionario y pregunté al anciano si había perros en la hacienda del romano.
—No —contestó el anciano—. Hapana.
Recorrimos un círculo muy amplio y envié al hermano y al marido a que
recorrieran otro. No encontramos nada, ninguna huella, ninguna pista, ningún
rastro de sangre, y dije a M’Cola que podíamos iniciar la retirada hacia el
campamento. El hermano del romano y el marido de la hermosa y joven nativa
ascendieron el valle para recoger la carne del antílope que habíamos cazado.
Estábamos derrotados.
Con M’Cola y yo a la cabeza, los otros siguiéndonos, atravesamos la
bruma de calor del campo abierto, descendimos y cruzamos el arroyo seco, y
volvimos a subir para encontrar después la grata sombra del sendero que
atravesaba los bosques. Mientras avanzábamos por aquel espacio en que se
mezclaba la luz del sol y la sombra, con el suelo del bosque suave y poroso por
donde cruzábamos para acortar distancias, vimos en el bosque, a menos de

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cien metros de distancia, un rebaño de antílopes que nos miraba con las
cabezas levantadas. Tiré del cerrojo del rifle y miré en busca del mejor par de
cuernos.
—Doumi —susurró M’Cola—. ¡Doumi kubwa sana!
Miré hacia donde él señaló. Era un gran hembra de antílope, de color
castaño oscuro, con manchas blancas en el rostro, el vientre blanco, de pesada
constitución y con un hermoso par de cuernos que se curvaban hacía atrás.
Estaba de pie, de costado, con la cabeza vuelta hacia nosotros, mirándonos.
Observé cuidadosamente, el grupo. Todas eran hembras; evidentemente se
trataba del rebaño cuyo macho yo había herido y perdido, y habían ascendido
a la colina y habían vuelto a agruparse aquí.
—Vamos al campamento —dije a M’Cola.
Cuando echamos a andar hacia adelante, los antílopes echaron a correr y
pasaron a nuestro lado, cruzando el sendero que volvía a aparecer más allá.
Ante todo buen par de cuernos de hembra, Garrick exclamaba:
—Macho, B’wana. Gran, gran macho. Dispara. B'wana. ¡Dispara, oh,
dispara!
—Todas son hembras —dije a M’Cola cuando desaparecieron, corriendo
despavoridas, atravesando el bosque, sólo a veces manchado por los rayos del
sol.
—Sí —admitió.
—Anciano —dije.
El anciano se acercó.
—Que el guía lleve esto —dije.
El anciano bajó la cabeza del antílope hembra.
—No —contestó Garrick.
—Sí —dije—. Claro que sí.
Continuamos atravesando el bosque hacia el campa- mentó. Empezaba a
sentirme mejor, mucho mejor. Durante todo el día no había pensado una sola
vez en el kudú. Ahora regresábamos al campamento, donde nos esperaba.
Sin embargo, el regreso parecía mucho más largo, a pesar de que,
normalmente, cuando se vuelve por un camino nuevo, las distancias se hacen
siempre más cortas. Durante todo aquel trayecto, me sentía cansado hasta los
huesos, la cabeza me pesaba como si hubiera estado hirviendo al fuego varias
horas, y tenía más sed que en toda mi vida. Pero, de pronto, atravesando el

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bosque, hacia mucho más fresco. El sol estaba cubierto por una nube.
Salimos al bosque y descendimos a la llanura y llegamos a las cercanías
de la valla de espinos. El sol estaba detrás de un banco de nubes en aquel
momento y, luego, durante un rato, el cielo se cubrió completamente y las
nubes tomaron un aspecto denso y amenazador. Pensé que tal vez aquél fuera
el último día claro y caluroso; un calor poco corriente antes de las lluvias.
Primero, pensé: si hubiera llovido lo bastante para mantenerse una pista en el
terreno, podíamos haber permanecido buscando aquel macho durante todo el
día; luego, mirando las nubes pesadas y algodonosas, que con tanta rapidez
habían cubierto el cielo, pensé que si íbamos a reunimos con todo el safari, y
teníamos que cruzar con el coche aquellas diez millas del camino de algodón
negro, de regreso a Handeni, era preferible que nos marcháramos cuanto
antes. Señalé el cielo.
—Malo — admitió M’Cola.
—¿Ir al campamento del B’wana M’Kuba?
—Mejor.
Luego, con firmeza, aceptando la decisión:
—N’Dio. N’Dio.
—Vamos —dije.
Llegados a la cerca de espino y a la choza, levantamos rápidamente el
campamento. Allí nos esperaba un recadero que habían enviado de nuestro
último campamento trayéndonos una nota, escrita antes de que P.O.M. y Pop
se marcharan, y también había traído mi red mosquitera. La nota no decía
nada, sólo nos deseaba suerte y me decían que se iban de allí. Bebí un poco de
agua de una bolsita de lona, me senté en una lata de gasolina y contemplé el
cielo. No podía, a conciencia, permitirme el lujo de quedarme. Si llovía por allí,
ni siquiera podríamos llegar a la carretera. Si llovía fuertemente en la carretera,
tampoco podríamos llegar a la costa aquella temporada. Tanto el austríaco
como Pop me lo habían asegurado. Tenía que marcharme.
Aquello estaba decidido,