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SOBRE  EL  SILENCIO

Horacio  Foladori A.

Escena Nº 1: El hoyo.

Nunca pude saber por qué no podía decir nada.  Era como si me hubiesen comido la lengua los
ratones.  Estábamos varios allí, algunos que yo veía muy lejanos y otros que sencillamente no los
veía.  En realidad me sentía muy solo sin saber qué hacer y menos qué decir.  Había como una
fuerza que me impedía siquiera levantar la vista.  Era aterrorizante porque el asunto se hacía cada
vez más denso y sobre todo más negro.  ¿Alguien vio un silencio negro alguna vez?.  Pues yo les
puedo asegurar que si.  De reojo miraba al centro y había una aparición, alguna forma allí, alguien
majestuoso que incluso yo no podía mirar de frente muy bien, me daba miedo, miedo de que me
hiciera algo.  Cualquier cosa que hiciera o dijera iba a ser acusado de las cosas más horribles.  Yo
tenía la culpa, si y la merecía.  Algo tenía que haber hecho como para tener que ser castigado de
ese modo.  Había que quedarse quieto, lo más quieto posible.  Pasar desapercibido.  Como esa
gente en el campo de concentración que tenía que no existir como para que no la eligieran para el
exterminio, como para que no se fijen en ella de ningún modo.  Ser transparente, no tener siquiera
sombra es la condición para sobrevivir.  Amenazas por doquier,  todo es riesgoso, cualquier hecho,
palabra, gesto, puede desencadenar algo fulminante.  Pero incluso no se puede ni pensar, solo
algunas idea, y lo peor  del mundo es que no se  tiene idea de qué es lo que hay  que hacer para
salir de allí, para poder terminar con esa tortura, ese sufrimiento, esa espada de Democles sobre la
cabeza capaz de.... La panza cruje, se retuerce, se llena de calor y se acalambra, tal vez hasta  no
pueda ni respirar, menos decir algo, pues ya se me secó la boca.  Es como estar en un lugar que
no te pertenece, si no lo llenas con ruido, con palabras, no es tuyo, estás como en un espacio
extraño, ajeno.  Te convertís en un invasor y por eso, si te descubren te pueden expulsar y además
¿quién te va a defender?  Y cada vez  es más pesado y más profundo.  Es el sabor del rojo sangre
en el que el ruido del silencio penetra por los poros de la lengua.  El hoyo que te atrapa cual
remolino que te traga.  O yo o el otro, pero no tengo posibilidades de sobrevivir a esa muerte lenta. 
¿Se puede saber si alguien oyó algo? ¡¡ Por Dios que alguien diga algo!! 

Escena Nº 2:  Se perdió

Cómo es que llegamos a ese momento, puedo saberlo.  Lo cierto es que después de lo que la
Calandria expresó, todos sentimos como un bajón.  No puede decir exactamente de qué se trataba,
pero sentí que de pronto se me hacía un nudo en la garganta y se me nublaba la vista.  Miré como
pidiendo ayuda a alguien y sentí que a los demás les sucedía lo mismo, había que estar allí para
ver eso, nos quedamos con la sensación de que ya no había más nada que se pudiera decir, las
palabras quedaban demasiado chicas para dar cuenta de eso que estábamos sintiendo.  Una
lágrima corrió por la mejilla de Alondra y el Cisne como que carraspeo y se sonó la nariz.  La
tristeza era enorme, algunos recuerdos comenzaron a concurrir a mi mente, pero eso ya no estaba,
y lo peor era que ya no iba a estar más allí con nosotros.  Se había ido.  Me pregunté si
hubiésemos podido evitar eso, de algún modo, porque siempre algo uno puede hacer, no hay que
ser tan pesimista.  Me dio rabia de que nadie se hubiese ocupado responsablemente de cuidarlo y
conservarlo.  Ahora no lo teníamos y no lo íbamos a poder recuperar.  Tampoco lo íbamos a poder
sustituir por nada ni siquiera parecido.  ¡Que lata!  Era desesperante tener que reconocer que a
nadie le había importado; o al menos lo suficiente como para conservarlo.  Los demás estaban ahí
pero parecían sentirse igual que yo.  Claro, algunos estaban peor, lo que en parte me consoló y sin
embargo... mal de muchos, como dice el refrán...  Estábamos juntos pero nada podíamos hacer, y
nosotros que nos habíamos creído tanto, que habíamos confiado que íbamos a llegar tan lejos. 
Todo eso se venía abajo de golpe y el golpe era duro.  No nos quedaba más que aceptar que el
tiempo lamiera las heridas y que poco a poco el olvido hiciera su trabajo, las fuerzas me
abandonaban, me sentía pesado, mi cuerpo era muy pesado, tan difícil para moverme.  Como si
tuviera un sarcófago azul Prusia sobre mis hombros y además ese olor a muerto.  Si me animara a
decir....  algo, era como pinchar un globo lleno de agua, temía que no iba a poder parar  de llorar.

Escena Nº 3: El recuerdo.

Cuando el coordinador mencionó aquello, al instante algo sucedió entre nosotros.  Lo vi en Manuel
y Rupertina, se quedaron como detenidos en el tiempo, pero de inmediato visualice como una luz
en sus ojos y creo que ellos vieron lo mismo en mi.  Todos estábamos en eso, algo había acudido
a nuestras mentes y no importaba tanto qué fuese; no había nada para decir.  Vi cosas nuevas y
sentí como una excitación general que me impulsaba a hacer algo.  Vi claro, la imagen era
perfecta, resulta que ahora entendía muy bien qué me había sucedido y qué nos había sucedido a
todos con eso.  Era trasparente, hasta lindo; bonito verlo así.  El alivió apareció en Rupertina
porque se relajó y escurrió en la silla.  Manuel, por el contrario, estaba con la vista fija no se en
dónde y me hubiese gustado saber qué veía, porque tenía la certeza de que era mucho, de que
estaba como hipnotizado por su propia visión.  Vi que jugaba, lo podía palpar y ello lo
reconfortaba.  Comprendí que nos entendíamos, que habíamos sido comprendidos, que era eso,
tan claro, tan concreto, tan..... tangible.  Era como la verdad, como que había que gritarla pero.....
no aún no era el momento para.... había que disfrutar de eso, de ese descubrimiento, de esa
obviedad. ¡Era tan sencillo y sin embargo nos había costado tanto verlo! Me acordé de que algo me
pasó cuando era chico, mi hermano estaba allí, también mi tío.  ¡No era posible!  Por eso me
pasaba siempre lo mismo.  ¡Pero que imbécil era! ¡Cómo era que no lo había visto antes! Me
hubiese ahorrado muchos sufrimientos. Era difícil detener el torbellino de ideas, como si una
catarata de imágenes esmeralda hubiese aparecido de repente, difícil de detener.  Compartir el
ruido de nuestras ideas dentro de la cabeza.  Un aroma de pino invadía por momentos y el
caleidoscopio daba otra vuelta mágica en ese sin fin de lugares por conquistar. Imágenes,
recuerdos, sensaciones extrañas.... algo se iba armando

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