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1.

Narciso Sancho Aguilar 1 NATURALEZA Y CULTURA

2. El problema que inicialmente se nos plantea en el momento de considerar lo que


es verdaderamente el ser humano, es el saber sobre su propio origen, el
conocimiento sobre el origen de su existencia. En la actualidad, la teoría de la
evolución por selección natural de Darwin es la aceptada como verdadera sobre el
origen del hombre (incluyendo con ello a la Iglesia Católica, la cual acepta esta
hipótesis hoy en día), aunque parece ser que también Wallace, simultáneamente a
Darwin, propuso una teoría con la misma idea; pero al margen de esto último,
cabe decir que esta teoría viene a explicar cómo a partir de una energía inicial la
vida fue evolucionando mediante una serie de procesos, alcanzando una mayor
complejidad, hasta llegar a lo que es el ser humano en la actualidad. Partiendo de
esta idea inicial podemos decir que el hombre es un ser natural, sin embargo, la
naturaleza humana necesita de la cultura y está naturaleza resulta estar
capacitada para ello. El hombre es un ser vivo y, como tal, ya forma una parte
directa de la naturaleza; el hombre es capaz de adaptarse al medio y de este
modo evolucionar biológicamente. Es innegable que la naturaleza resulta ser un
aspecto necesario e inseparable del ser humano, ya que esta influye y determina
el comportamiento natural humano, por tanto este comportamiento esta
genéticamente programado y coloca al ser humano en una clara situación
privilegiada con respecto al resto de seres naturales; el animal no humano está
genéticamente programado para satisfacer sus necesidades mediante conductas
fijas para todos los individuos de una misma especie, esto se denomina instinto,
por ello su naturaleza es cerrada, no admite variaciones y su comportamiento está
regulado genéticamente por esos instintos, sin embargo, el comportamiento del
hombre no está determinado por los instintos y necesidades naturales sino por su
libre voluntad y por tanto la falta de instintos es suplida por la cultura. La cultura
penetra profundamente en la vida humana, y se debe, como se comenta antes, a
la carencia de instinto en el hombre. La cultura es algo necesario para la
supervivencia del ser humano, debido a estas carencias de la naturaleza humana
y a la escasa herencia biológica; podríamos decir entonces que el animal humano
al nacer carece de instintos. E
3. Narciso Sancho Aguilar El comportamiento cultural es socialmente aprendido a lo
largo del tiempo, ya que al nacer el hombre es inmaduro y va alcanzando la
madurez con una cierta lentitud a lo largo del tiempo, desarrollando una serie de
actitudes y capacidades que hace que la cultura sea posible dentro de la
naturaleza humana. El ser humano, podríamos decir entonces, que es un animal
cultural, una especie biológica que se caracteriza por una regulación de su
comportamiento mediante pautas culturales, siendo esta, una característica
diferenciadora con los animales no humanos, regulados, como se viene diciendo,
por instintos y no por cultura. La cultura es exclusiva del hombre, aunque es cierto
que los individuos de especies no humanas adquieren también, lo que podríamos
considerar cultura; aprenden ciertos comportamientos que adoptan después, es
decir, el ejemplo los primates, estos son capaces de inventar algunas conductas
que sus congéneres aprenden por imitación, pudiendo citar la cultura de las
piedras entre los chimpancés en África. Por tanto, claramente existen rasgos
diferenciales entre la cultura humana y lo que podemos considerar cultura del
resto de animales; los rasgos diferenciales más notables que podemos destacar
son, en un primer lugar el método de aprendizaje, los animales no humanos como
los chimpancés o los loros aprenden por imitación y ello limita su capacidad con la
consiguiente limitación en el desarrollo cultural, además carecen de un lenguaje
que facilite la trasmisión ya que se comunican por señales que pertenecen a la
naturaleza y no a la cultura, por otro lado en los animales no humanos solo
aparecen comportamientos culturales ocasionales. Sin embargo el hombre se
comunica mediante símbolos y ello le facilita el desarrollo de la cultura; pero los
símbolos hay que aprender a usarlos y aprender su significado ya que no son
naturales, pero la naturaleza humana nos posibilita biológicamente permitiendo
este aprendizaje. Cabe comentar que si miramos desde el final de la evolución la
diferencia entre las culturas de animales no humanos y la humana es cualitativa ya
que los chimpancés, por ejemplo, vienen haciendo lo mismo desde hace miles de
años. Conviene destacar también que dentro de la especie humana existen
diversas culturas que vienen originadas por las distintas lenguas, es decir,
estamos programados para hablar pero no una determinada lengua, por
consiguiente la cultura resulta ser particular pero no hay una solo cultura humana.
4. 3. Narciso Sancho Aguilar 3 Todo lo anterior da pie para hablar de una relación
existente entre naturaleza y cultura, esta relación constituye la singularidad del ser
humano. El hombre como tal, ocupa de manera natural, su lugar especifico en el
ecosistema, realiza acciones que provocan una serie de reacciones en la
naturaleza, pero son asumibles por la naturaleza hasta el momento. Todas las
especies animales tienen su lugar en el ecosistema, entonces ¿Qué lugar
específico ocupa el hombre en el ecosistema?, el lugar viene condicionado por las
facultades, capacidades y potencialidades que el hombre tiene por naturaleza, al
igual que ocurre con el resto de especies animales o seres vivos que ocupan su
lugar en relación a sus características naturales; son las características propias de
cada ser vivo las que determinan su lugar en el ecosistema; las características
propias del ser humano hacen que el hombre sea diferente a cualquier otro ser
vivo y estas son las que determinan su lugar en el ecosistema, un ecosistema en
el que puede vivir y en cierta manera dejar vivir al resto de especies. El modo de
vivir del hombre y la manera tan radical de encontrarse con las cosas en la
naturaleza, ello debido a la propia naturaleza, ha propiciado y a logrado que a
través de su proceso natural evolutivo, el cerebro humano llegue a ser tan
complejo como el que conocemos hoy y este se ha ido perfeccionando a lo largo
del proceso evolutivo, sobreponiéndose a la naturaleza, a las fuerzas naturales.
Corresponde matizar que la diferencia fundamental entre el hombre y el resto de
animales, no se encuentra precisamente en las cualidades físicas, ni en la
existencia o inexistencia de la razón sino en el modo de vida, el vivir de los
animales no humanos y el hombre; la diferencia dialéctica que se establece entre
el cuerpo, el ambiente natural y la razón humana, está resulta ser la diferencia
fundamental. El animal no humano se adapta al ambiente natural pero el hombre
se relaciona con él para conocerlo, entenderlo, comprenderlo. El modo de afrontar
un estimulo, el procesamiento y la capacidad de comunicación es la gran
diferencia del hombre con respecto al resto de animales. El hombre es un ser
natural por la conciencia, el uso de sus facultades, potencialidades y propiedades
siempre vinculadas a procesos naturales, ahora bien, el hombre también es un ser
cultural por su capacidad de pensamiento, recordemos que el hombre creó un
sistema simbólico, un lenguaje mediante símbolos, el cual le permite comunicarse,
debido a la capacidad que tiene para distinguir las cosas, sin dejar atrás lo que
biológicamente le capacita para poder hablar. El hombre resulta ser por tanto una
mezcla de ambos, un ser natural y cultural, ya que la naturaleza humana permite
la
5. 4. Narciso Sancho Aguilar 4 existencia de la cultura debido a la carencia de
instintos, la naturaleza humana necesita de la cultura para que el hombre pueda
sobrevivir; el ser humano es cultural por naturaleza, aunque esta cultura se ha
sobrepuesto a la naturaleza. A pesar de todo ello hay que tener presente la idea
de que el hombre es un ser indeterminado en cualquier aspecto de la vida.
6. Narciso Sancho Aguilar Fuentes consultadas y utilizadas:
7.  http://www.buenastareas.com/ensayos/El-Hombre-Como-Ser-Natural/3346027.

8.  Libro: Filosofía culturalista (La cultura como auto creación humana)


http://www.academia.edu/4161580/La_cultura_como_autocreaci%C3%B3n_huma
na _del_libro_Filosof%C3%ADa_culturalista_
9.  Libro: La relación hombre – naturaleza de Brigida Von Mentz. 
http://www.buenastareas.com/ensayos/Porque-El-Hombre-Es-Un-Ser/310059.html
 http://html.rincondelvago.com/cultura-humana-y-animal.html  Libro: El hombre,
un animal singular de Víctor Gómez Pin.

EL HOMBRE COMO SER ESPIRITUAL

El hombre es un ser de la naturaleza pero, al mismo tiempo, la trasciende.


Comparte con los demás seres naturales todo lo que se refiere a su ser
material, pero se distingue de ellos porque posee unas dimensiones
espirituales que le hacen ser una persona.

De acuerdo con la experiencia, la doctrina cristiana afirma que en el hombre


existe una dualidad de dimensiones, las materiales y las espirituales, en una
unidad de ser, porque la persona humana es un único ser compuesto de
cuerpo y alma. Además, afirma que el alma espiritual no muere y que está
destinada a unirse de nuevo con su cuerpo al fin de los tiempos.

Esta doctrina se encuentra en la base de toda la vida cristiana, que quedaría


completamente desfigurada si se negara la espiritualidad humana.

La cumbre de la creación material


A veces se dice que no puede establecerse un orden entre los seres naturales,
como si unos fuesen más perfectos que otros, y se añade que, en el fondo, una
clasificación de este tipo incurriría en el defecto de ser «antropocéntrica»,
porque pretendería colocar al hombre, de manera egoísta, en el primer lugar
de la naturaleza, justificando un uso indiscriminado de los demás seres.

Sin embargo, prescindiendo de detalles que sólo interesan a las ciencias y sin
intentar justificar cualquier uso de la naturaleza, es evidente que la Iglesia
describe una realidad cuando afirma que entre las criaturas existe una
jerarquía que culmina en el hombre. «Lajerarquía de las criaturas está
expresada por el orden de los "seis días", que va de lo menos perfecto a lo
más perfecto. Dios ama todas sus criaturas (cfr. Ps. CXLV, 9), cuida de cada
una, incluso de los pajarillos. Pero Jesús dice: Vosotros valéis más que muchos
pajarillos(Lc. XII, 6-7), o también: ¡Cuánto más vale un hombre que una
oveja! (Matth. XII, 12)» * (1).
La Iglesia enseña que la creación material llega a su punto culminante en el
hombre: «El hombre es la cumbre de la obra de la creación. El relato inspirado
lo expresa distinguiendo netamente la creación del hombre y la de las otras
criaturas (cfr. Gen. I, 26)»* (2).
La creación material encuentra su sentido en el hombre, única criatura natural
que es capaz de conocer y amar a Dios, y, de este modo, conseguir ser feliz. El
mundo material hace posible la vida humana, y sirve de cauce para su
desarrollo. Por eso, la Iglesia afirma que «Dios creó todo para el hombre (cfr.
Conc. Vaticano II, Const. Gaudium et Spes, 12, 1; 24, 3; 39, 1), pero el
hombre fue creado para servir y amar a Dios y para ofrecerle toda la
creación»* (3).
El hombre se encuentra por encima del resto de la naturaleza y puede
dominarla, aunque debe ejercer ese dominio de acuerdo con los planes de
Dios. El Papa Juan Pablo II afirma: «Es algo manifiesto para todos, sin
distinción de ideologías sobre la concepción del mundo, que el hombre, aunque
pertenece al mundo visible, a la naturaleza, se diferencia de algún modo de
esa misma naturaleza. En efecto, el mundo visible existe "para él" y el hombre
"ejerce el dominio" sobre el mundo; aun cuando está "condicionado" de varios
modos por la naturaleza, la "domina", gracias a lo que él es, a sus capacidades
y facultades de orden espiritual, que lo diferencian del mundo natural. Son
precisamente estas facultades las que constituyen al hombre. Sobre este
punto, el libro del Génesis es extraordinariamente preciso: definiendo al
hombre como "imagen de Dios", pone en evidencia aquello por lo que el
hombre es hombre, aquello por lo que es un ser distinto de todas las demás
criaturas del mundo visible»* (4).
Imagen de Dios
Todas las criaturas reflejan, de algún modo, las perfecciones divinas. Pero,
entre los seres naturales, sólo el hombre participa del modo de ser propio de
Dios: es un ser personal, inteligente y libre, capaz de amar. La Sagrada
Escritura, al narrar la creación, lo pone de relieve diciendo que el hombre está
hecho a imagen de Dios: «Dios creó al hombre a su imagen, a imagen de Dios
lo creó, hombre y mujer los creó (Gen. I, 27). El hombre ocupa un lugar único
en la creación: "está hecho a imagen de Dios"»* (5).
La imagen de Dios se da en el hombre independientemente del sexo, tal como
se advierte en el relato inspirado donde se dice que la persona humana fue
creada por Dios como hombre y como mujer.

Que el hombre es imagen de Dios significa, ante todo, que es capaz de


relacionarse con Él, que puede conocerle y amarle, que es amado por Dios
como persona. «De todas las criaturas visibles sólo el hombre es "capaz de
conocer y amar a su Creador" (Conc. Vaticano II, Const. Gaudium et Spes, 12,
3); es la "única criatura en la tierra a la que Dios ha amado por sí misma"
(ibid., 24, 3); sólo él está llamado a participar, por el conocimiento y el amor,
en la vida de Dios. Para este fin ha sido creado y ésta es la razón fundamental
de su dignidad»* (6). Cuando se buscan los factores que distinguen al hombre
de los demás seres naturales, éste es el fundamental: el hombre es capaz de
relacionarse con Dios; sin duda, existen otras diferencias importantes, pero
ninguna es tan profunda como ésta.
El hombre es persona, no es simplemente una cosa. La persona tiene una
dignidad única: nadie puede sustituirla en lo que es capaz de hacer como
persona. Y sólo entre personas puede darse la amistad y el amor. «Por haber
sido hecho a imagen de Dios, el ser humano tiene la dignidad de persona; no
es solamente algo, sino alguien. Es capaz de conocerse, de poseerse y de
darse libremente y entrar en comunión con otras personas; y es llamado, por
la gracia, a una alianza con su Creador, a ofrecerle una respuesta de fe y de
amor que ningún otro ser puede dar en su lugar»* (7).
No tendría sentido utilizar la ciencia natural para negar, en nombre del
progreso científico, la diferencia esencial que existe entre el hombre y los
demás seres de la naturaleza, alegando, por ejemplo, que el hombre tiene una
constitución material semejante a otros seres y que las diferencias se deberían
únicamente a la organización de los componentes materiales. Por el contrario,
la ciencia natural proporciona una de las pruebas más convincentes acerca de
las peculiaridades del hombre; en efecto, pone de manifiesto que el hombre, a
diferencia de otros seres, posee unas capacidades creativas y argumentativas
que resultan indispensables para plantear los problemas científicos, buscar
soluciones, y poner a prueba su validez. El gran progreso científico y técnico de
la época moderna ilustra las capacidades únicas de la persona humana, y no
tendría sentido utilizarlo para negar lo que, en último término, hace posible la
existencia de la ciencia.

Unidad y dualidad
Cuando intentamos comprender nuestro ser, tropezamos con una realidad
innegable: que somos un sólo ser, pero poseemos dimensiones diferentes. «El
hombre es una unidad: es alguien que es uno consigo mismo. Pero en
esta unidad se contiene una dualidad. La Sagrada Escritura presenta tanto la
unidad (la persona) como la dualidad (el alma y el cuerpo)»* (8) .
La dualidad es real. No responde a una mentalidad dualista ya superada, de la
cual se podría prescindir en la actualidad. Sin duda, la realidad se puede
conceptualizar desde diferentes perspectivas, y puede suceder que unas
fórmulas representen mejor que otras algunos aspectos. Pero nuestro ser
posee a la vez dimensiones materiales y espirituales, y esta realidad no
depende de las ideas de una época.

En ocasiones, se afirma que el dualismo sería ajeno a la perspectiva de la


Sagrada Escritura, que subraya la unidad de la persona humana. No puede
olvidarse, sin embargo, que la misma Sagrada Escritura contiene claras
afirmaciones acerca de la dualidad constitutiva del hombre. El Papa Juan Pablo
II comenta al respecto: «Frecuentemente se subraya que la tradición
bíblica pone de relieve sobre todo la unidad personal del hombre (...). La
observación es exacta. Pero esto no impide que en la tradición bíblica también
esté presente, a veces de modo muy claro, la dualidad del hombre. Esta
tradición se refleja en las palabras de Cristo: No tengáis miedo de los
que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; temed más bien al que
puede hacer perecer el alma y el cuerpo en la Gehenna(Matth., X, 22). Las
fuentes bíblicas autorizan a ver al hombre como unidad personal y a la vez
como dualidad de alma y cuerpo: y este concepto ha sido expresado en la
entera Tradición y en la enseñanza de la Iglesia»* (9) .
Cualquier explicación fidedigna debe respetar los datos seguros de la
experiencia humana, que se refieren tanto a la unidad de la persona como a la
dualidad de sus dimensiones básicas. Las dificultades para conceptualizar
ambos aspectos a la vez, indican que el hombre es un ser complejo, y nada se
ganaría simplificando arbitrariamente el problema.

Alma y cuerpo
Para expresar la dualidad constitutiva del ser humano, durante siglos se ha
utilizado una terminología ya clásica, según la cual el hombre está compuesto
de alma y cuerpo. La Iglesia ha utilizado esta terminología en sus
formulaciones, introduciendo a la vez las aclaraciones necesarias: por ejemplo,
que alma y cuerpo no son substancias completas, y que el alma es forma
substancial del cuerpo. Cuando la Iglesia habla de alma y cuerpo, se refiere a
las dimensiones espirituales y materiales de la persona humana, que es un ser
único; pero también subraya que el alma espiritual trasciende las dimensiones
materiales y, por tanto, subsiste después de la muerte, cuando las condiciones
materiales hacen imposible la permanencia de la persona en el estado que le
corresponde en su vida terrena.

Frente a los dualismos exagerados que minusvaloran la dignidad de lo


material, la Iglesia siempre ha enseñado que «El cuerpo del hombre participa
de la dignidad de la "imagen de Dios": es cuerpo humano precisamente porque
está animado por el alma espiritual, y es toda la persona humana la que está
destinada a ser, en el Cuerpo de Cristo, el Templo del Espíritu (cfr. I Cor. VI,
19-20; XV, 44-45)»* (10).
En la Sagrada Escritura, el término alma se utiliza con diferentes significados;
a veces designa la vida humana, o toda la persona. «Pero designa también lo
que hay de más íntimo en el hombre (cfr. Matth. XXVI, 38; Iohan. XII, 27) y
de más valor en él (cfr. Matth. X, 28; II Mac. VI, 30), aquello por lo que es
particularmente imagen de Dios: "alma" significa el principio espiritual en el
hombre»* (11). Éste es el sentido en que se habla del alma cuando se afirma
que la persona humana se compone de alma y cuerpo.
Sin duda, lo más importante es el contenido de la doctrina; las palabras con
que se expresa pueden variar, siempre que se respete el contenido auténtico
de la doctrina. Con respecto al alma humana, entre «lo que, en nombre de
Cristo, enseña la Iglesia», se encuentra lo siguiente: «La Iglesia afirma la
supervivencia y la subsistencia, después de la muerte, de un elemento
espiritual que está dotado de conciencia y de voluntad, de manera que subsiste
el mismo "yo" humano. Para designar este elemento, la Iglesia emplea la
palabra "alma", consagrada por el uso de la Sagrada Escritura y de la
Tradición. Aunque ella no ignora que este término tiene en la Biblia diversas
acepciones, opina, sin embargo, que no se da razón alguna válida para
rechazarlo, y considera al mismo tiempo que un término verbal es
absolutamente indispensable para sostener la fe de los cristianos»* (12).
Unidad de alma y cuerpo
El Concilio Vaticano II expresa la simultánea unidad y dualidad de la persona
humana con una fórmula breve y lapidaria: corpore et anima unus: «Uno en
cuerpo y alma, el hombre, por su misma condición corporal, reúne en sí los
elementos del mundo material, de tal modo que, por medio de él, éstos
alcanzan su cima y elevan la voz para la libre alabanza del Creador»* (13).
La unidad de la persona humana siempre ha sido enunciada por la Iglesia,
frente a los dualismos exagerados. En uno de los Concilios ecuménicos, se
utilizó la terminología aristotélica para subrayar precisamente que alma y
cuerpo forman una única realidad: «La unidad del alma y del cuerpo es tan
profunda que se debe considerar al alma como la "forma" del cuerpo (cfr.
Conc. de Vienne, año 1312: DS 902); es decir, gracias al alma espiritual, la
materia que integra el cuerpo es un cuerpo humano y viviente; en el hombre,
el espíritu y la materia no son dos naturalezas unidas, sino que su unión
constituye una única naturaleza»* (14).
En definitiva, «el hombre creado a imagen de Dios es un ser a la vez corporal y
espiritual, o sea, un ser que por una parte está unido al mundo exterior y por
otra lo trasciende: en cuanto espíritu, además de cuerpo es persona. Esta
verdad sobre el hombre es objeto de nuestra fe, como también lo es la verdad
bíblica sobre su constitución a "imagen y semejanza" de Dios; y es una verdad
constantemente presentada, a lo largo de los siglos, por el Magisterio de la
Iglesia»* (15) .
La persona humana es una síntesis de lo material y lo espiritual: «en su propia
naturaleza une el mundo espiritual y el mundo material»* (16). Una
importante consecuencia de esta doctrina es que las dimensiones materiales
son buenas y queridas por Dios: «La persona humana, creada a imagen de
Dios, es un ser a la vez corporal y espiritual. El relato bíblico expresa esta
realidad con un lenguaje simbólico cuando afirma que Dios formó al hombre
con polvo del suelo e insufló en sus narices aliento de vida y resultó el hombre
un ser viviente (Gen. II, 7). Por tanto, el hombre en su totalidad
es querido por Dios»* (17). El cuerpo es algo bueno, querido por Dios, y
destinado a la vida eterna: «Por consiguiente, no es lícito al hombre despreciar
la vida corporal, sino que, por el contrario, tiene que considerar su cuerpo
bueno y digno de honra, ya que ha sido creado por Dios y que ha de resucitar
en el último día»* (18).
La espiritualidad del alma humana
En algunas épocas, la Iglesia ha debido subrayar la bondad del cuerpo, frente
a quienes proponían un espiritualismo que condenaba como malo todo lo
relacionado con lo material. En la actualidad, con frecuencia se debe hacer
frente al extremo opuesto: un materialismo que desconoce las dimensiones
espirituales y pretende reducir al hombre a las dimensiones materiales que
pueden ser estudiadas mediante los métodos de las ciencias empíricas.

En este contexto, el Papa Juan Pablo II ha subrayado que el hombre se parece


más a Dios que a la naturaleza: «Son conocidas las numerosas tentativas que
la ciencia ha hecho y continúa haciendo en varios ámbitos para demostrar los
lazos del hombre con el mundo natural y su dependencia de él, a fin de
insertarlo en la historia de la evolución de las diversas especies. Respetando
tales investigaciones, no podemos limitarnos a ellas. Si analizamos al hombre
en lo más profundo de su ser, vemos que se diferencia del mundo de la
naturaleza más de cuanto se asemeja a ese mundo. En este sentido proceden
también la antropología y la filosofía cuando intentan analizar y comprender la
inteligencia, la libertad, la conciencia y la espiritualidad del hombre. El libro del
Génesis parece salir al encuentro de todas estas experiencias de la ciencia y,
hablando del hombre como "imagen de Dios", permite comprender que la
respuesta al misterio de su humanidad no se encuentra en el camino de la
semejanza con el mundo de la naturaleza. El hombre se parece más a Dios que
a la naturaleza. En este sentido dice el salmo 82, 6: "Sois dioses", palabras
que más tarde citará Jesús»* (19).
El Concilio Vaticano II enseña: «No se equivoca el hombre al afirmar su
superioridad sobre el universo material y al considerarse algo más que una
simple partícula de la naturaleza (...). En efecto, por su interioridad es superior
al universo entero»* (20). Citando este pasaje del Concilio, Juan Pablo II
comenta: «He aquí cómo la misma verdad sobre la unidad y la dualidad (la
complejidad) de la naturaleza humana puede ser expresada en un lenguaje
más próximo a la mentalidad contemporánea»* (21).
La espiritualidad humana se encuentra ampliamente testimoniada por muchos
e importantes aspectos de nuestra experiencia, a través de capacidades
humanas que trascienden el nivel de la naturaleza material. En el nivel de la
inteligencia, las capacidades de abstraer, de razonar, de argumentar, de
reconocer la verdad y de enunciarla en un lenguaje. En el nivel de la voluntad,
las capacidades de querer, de autodeterminarse libremente, de actuar en
vistas a un fin conocido intelectualmente. Y en ambos niveles, la capacidad de
auto-reflexión, de modo que podemos conocer nuestros propios conocimientos
(conocer que conocemos) y querer nuestros propios actos de querer (querer
querer). Como consecuencia de estas capacidades, nuestro conocimiento se
encuentra abierto hacia toda la realidad, sin límite (aunque los conocimientos
particulares sean siempre limitados); nuestro querer tiende hacia el bien
absoluto, y no se conforma con ningún bien limitado; y podemos descubrir el
sentido de nuestra vida, e incluso darle libremente un sentido, proyectando el
futuro.

En nuestra época, el materialismo se presenta frecuentemente con un ropaje


científico. Suele argumentar que todo lo humano se relaciona con lo material, y
que el hombre es tan material como los demás seres naturales; sus
características especiales se explicarían mediante la peculiar organización de
los componentes materiales. Añade que la ciencia ya ha explicado muchos
aspectos de la persona humana, y promete que, en el futuro, cada vez
explicará mejor los restantes. Sin embargo, el materialismo es un
reduccionismo ilegítimo; intenta explicar toda la realidad recurriendo sólo a los
componentes materiales y a su funcionamiento, renunciando a cualquier
pregunta de otro tipo: este reduccionismo carece de base e incluso va contra el
rigor científico, porque no distingue los diferentes niveles de la realidad y las
diferentes perspectivas que deben adoptarse para conocerlos.

En otras ocasiones, las críticas a la espiritualidad humana se basan en la


posibilidad de construir máquinas que igualen, e incluso superen, las
capacidades humanas. Sin duda, las máquinas nos pueden igualar y superar en
muchos aspectos, pero carecen de la interioridad característica de la persona y
de las capacidades relacionadas con esa interioridad (capacidad intelectual y
argumentativa, conciencia personal y moral, capacidad de amar y ser amado,
por ejemplo). Los intentos de equiparar las máquinas con las personas suelen
incurrir en una falacia básica: exigen que se defina la persona humana en
función de unas operaciones concretas que pueden ser imitadas por las
máquinas.

La inmortalidad del alma humana


La Iglesia afirma, junto con la espiritualidad del alma humana, su
inmortalidad: cuando el hombre muere, el alma espiritual continúa su
existencia. La inmortalidad del alma humana ha sido afirmada en diferentes
ocasiones por el Magisterio de la Iglesia* (22) , y el Concilio Vaticano II
enseña: «Al afirmar, por tanto, en sí mismo la espiritualidad y la inmortalidad
de su alma, no es el hombre juguete de un espejismo ilusorio provocado
solamente por las condiciones físicas y sociales exteriores, sino que toca, por el
contrario, la verdad más profunda de la realidad»* (23).

Sin duda, es imposible imaginar el estado del alma humana separada del
cuerpo, porque nuestra imaginación necesita datos sensibles que, en ese caso,
no poseemos. Pero, por el mismo motivo, tampoco podemos imaginar a Dios, y
esto no afecta en absoluto a su realidad: tenemos la capacidad de conocer las
realidades espirituales, remontándonos por encima de las condiciones
materiales.

Aunque la fe cristiana da especial certeza a esta afirmación, podemos conocer


la inmortalidad del alma a través de nuestra razón. Por una parte, porque si el
alma es espiritual, trasciende las condiciones naturales y seguirá existiendo
incluso cuando esas condiciones hagan imposible la vida humana en su estadio
terrestre. Por otra parte, porque en esta vida la trayectoria moral de las
personas no siempre encuentra la recompensa adecuada. Además, porque no
es lógico que Dios ponga en el hombre unas ansias de felicidad e infinitud que
luego no se puedan satisfacer. Y todo ello cobra especial fuerza cuando se
advierte que el alma humana debe ser creada por Dios y que, por
consiguiente, sólo podría dejar de existir si Dios la aniquilase, lo cual parece
incoherente con el plan divino.

El alma humana, creada directamente por Dios


La Iglesia afirma también que el alma humana es creada inmediatamente por
Dios. El Papa Pío XII, a propósito de la aplicación de las teorías evolucionistas
al hombre, advirtió que el cuerpo podía proceder de otros organismos, y señaló
que, en cambio, «la fe católica nos obliga a mantener que las almas son
creadas inmediatamente por Dios»* (24). En el Credo del Pueblo de Dios,
formulado por el Papa Pablo VI, se lee: "Creemos en un solo Dios (...) y
también creador, en cada hombre, del alma espiritual e inmortal"* (25) .
Con esta doctrina, el Magisterio de la Iglesia, a lo largo de los siglos, ha salido
al paso de diferentes errores, como el priscilianismo, el traducianismo y el
emanacionismo. Los priscilianos, siguiendo a Orígenes, afirmaban que las
almas tenían una existencia previa y que, como consecuencia de algún pecado,
habían sido arrojadas a la existencia terrenal* (26). Los traducianistas,
queriendo explicar la transmisión del pecado original, afirmaban que el alma
humana es engendrada por los padres* (27). Según los emanacionistas, el
alma humana es una parte de Dios* (28).
En nuestra época, a veces se habla de una emergencia de las características
humanas, que provendrían, en definitiva, de la materia. Pero las dimensiones
espirituales no se pueden reducir a un resultado de fuerzas y procesos
materiales, porque se encuentran en un nivel superior al material. En esta
línea, el Papa Juan Pablo II, recordando la enseñanza de Pío XII a propósito de
la evolución, afirma: «La doctrina de la fe afirma invariablemente, en cambio,
que el alma espiritual del hombre es creada directamente por Dios (...). El
alma humana, de la cual depende en definitiva la humanidad del hombre,
siendo espiritual, no puede emerger de la materia»* (29).
El Catecismo de la Iglesia Católica enseña: «Con su apertura a la verdad y a la
belleza, con su sentido del bien moral, con su libertad y la voz de su
conciencia, con su aspiración al infinito y a la dicha, el hombre se interroga
sobre la existencia de Dios. En estas aperturas, percibe signos de su alma
espiritual. La "semilla de eternidad que lleva en sí, al ser irreductible a la sola
materia" (Conc. Vaticano II, const. Gaudium et Spes, 18, 1; cfr. 14, 2), su
alma, no puede tener origen más que en Dios»* (30). Y , remitiendo a las
enseñanzas del Concilio Lateranense V, de Pío XII y de Pablo VI, añade: «La
Iglesia enseña que cada alma espiritual es directamente creada por Dios (Cfr.
Pío XII, enc. Humani generis, 1950: DS 3896; Pablo VI, Credo del Pueblo de
Dios, 8) -no es "producida" por los padres-, y que es inmortal (cfr. Conc. V de
Letrán, año 1513: DS 1440): no perece cuando se separa del cuerpo en la
muerte, y se unirá de nuevo al cuerpo en la resurrección final»* (31) .

La creación inmediata del alma humana no significa que otras realidades estén
sustraidas a la acción divina, y tampoco significa un cambio por parte de Dios,
que es inmutable. La acción divina se extiende a todo lo creado, pero en el
caso del alma humana, el efecto de la acción divina posee un modo de ser que
trasciende el ámbito de la naturaleza material. Y ese modo de ser, la
espiritualidad, es lo más característico del hombre: lo que le hace persona,
capaz de amar y de ser feliz, partícipe de la naturaleza divina, sujeto
irrepetible e insustituible que es objeto directo del amor divino.

La espiritualidad humana y la vida cristiana


La doctrina de la Iglesia sobre el alma humana no es algo meramente teórico;
tiene importantes repercusiones en muchos aspectos de la vida cristiana.

Por ejemplo, la vida moral no tendría sentido si no se admitiera la libertad, que


supone la espiritualidad. De hecho, algunas confusiones doctrinales y prácticas
arrancan de esa base: se niega la espiritualidad, se reduce la persona a los
condicionamientos materiales (características genéticas, impulsos instintivos,
condiciones físicas de vida), y se niega que exista auténtica libertad; en
consecuencia, el cristianismo se reduciría a la lucha por unas metas que
pueden ser legítimas, pero que se refieren sólo a la vida terrena. La lucha por
alcanzar la virtud y evitar el pecado no tendría sentido, o en el mejor caso, las
nociones de virtud y pecado deberían reinterpretarse, alterando toda la
enseñanza moral de la Iglesia.

Si no se admitiese la inmortalidad del alma, tampoco tendría sentido la


escatología intermedia, o sea, el estado de las almas después de la muerte y
antes de la resurrección final. Sin embargo, la Iglesia ha definido
solemnemente que el destino del alma queda decidido inmediatamente
después de la muerte, yendo al cielo o al infierno, o en su caso, yendo al cielo
después de la necesaria purificación. Tampoco tendrían sentido las oraciones
de la liturgia de la Iglesia que se refieren a esa escatología intermedia, ni la
intercesión de los santos (ni, por tanto, las beatificaciones y canonizaciones).

Si se altera la doctrina sobre el alma, también se alteraría la doctrina sobre


Jesucristo, que tomó cuerpo y alma, bajó a los infiernos después de su muerte,
resucitó al tercer día, y está realmente presente en la Sagrada Eucaristía
también con su alma humana.

El materialismo, teórico y práctico, es una de las principales fuentes de


confusión en nuestra época. Por este motivo, tiene una especial importancia
profundizar en la doctrina de la Iglesia sobre la espiritualidad humana.

Autor: Mariano Artigas


Publicado en: Texto inédito. Seminario del CRYF
Fecha de publicación: 15 de noviembre de 2005