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SOFTNESS AND LIGHT

SONG-DRABBLE BRIAN CRAIN


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La mansión parece haber ya cerrado los ojos al fuego del atardecer. Una dama
hecha de hojas doradas respira un segundo y luego se desmorona arrastrada por el
viento, rodeando la fuente de mármol solitaria en el parque abandonado. Remolinos
de hojas cobrizas danzan en la hierba seca, un dulce arrullo de la naturaleza
indicando el tiempo de reposo. Pero no todo está dormido, no. Milady aún está allí,
frente a las familiares teclas del piano, en la única habitación de la morada donde
aún brilla una luz. Un solo dedo se desliza en una tecla, una sola vibración que sale
por la ventana y danza con el viento, un solo sonido que se une a la canción de
cuna que canta el otoño. Y a ese dedo le siguen los demás, tejiendo una historia de
melodías sobre el marfil del piano, liberada desde el alma atormentada de Milady.
Nadie la escucha, en aquella mansión, deshabitada desde hace trece años, cuando
la mujer que allí vivía murió esperando a su prometido, confinado en un campo de
guerra. Siguen los dedos deslizándose sobre las teclas, todas las noches es la
misma melodía, es la que él le enseñó una tarde antes de partir. Un soplo otoñal
agita las cortinas que una vez fueron blancas. La llama de la vela se apaga.
Cuando la luz de la luna recorre la habitación y pinta las ajadas teclas de plateado,
ya no hay nadie.
The mansion looks like it had close its eyes against the fire of the sundown. A lady
made of golden leaves breathes for a second and then collpases dragged by the
wind, surrounding the empty marble fountain on the desolated park. Swirls of copper
leaves dance on the dried grass, a sweet murmur of the nature indicating the resting
time. But not all is sleeping, no. Milady is still there, facing the familiar keys of the
piano, inside the only room of the dwelling in which still shines a light.Only one
finger slides over a key, only one vibration which leaves the window and dances
with the wind, only one sound which joins the lullaby that sings the autumn. And the
rest of the fingers follow the first one, weaving a story of melodies over the piano’s
ivory, liberated from the tormented soul of Milady. Nobody listens to her, in that
mansion, uninhabited since thirteen years, when the woman who lived there died
waiting for her fiancé, confined on a battlefield. The fingers continue sliding over the
keys, all the nights is the same melody, is the one that he taught her one evening
before leaving. An autumnal breeze waves the curtains once white, now yellowish.
The candle’s flame vanishes. When the moonlight looks over the room and paints
the faded keys with silver, there’s nobody.

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