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LA CASA INHABITADA

(una crónica)

«Y para ti—me dijiste—, permiso para que recuerdes este sueño. Y para que pienses en él.»

Ted Hughes

Mientras la madre de la mujer se estaba muriendo de cáncer al estómago, el hombre yacía


acostado en la cama de ambos con una chica más joven y bella que ella.
La casa quedaba en Maipú y la arrendaban a medias. Nada especial: blanca, de dos pisos,
aunque levantada en un terreno de apenas seis metros cuadrados, con una reja negra pequeña y
delgada, y mucha maleza y mierda de gato en el antejardín. Hacia el costado izquierdo pareada,
daba justo hacia la casa de unos vecinos que solían pelear mucho y gritar y romper cosas; hacia el
otro, un pequeño pasillo que llevaba a un patio también pequeño. Por ahí iban y venían sus
perros, que eran su familia, y ladraban a ratos y lloraban cuando cualquiera de los dos salía y no
los llevaban. Malcriados. La casa que colindaba desde ese sitio, del derecho, era de unos vecinos
que miraban a la pareja con recelo, como si esa normalidad que antes respiraban se hubiese ido
de golpe, o como si los ladridos de los perros fuesen peor que la música fuerte y el olor a
marihuana constantes de los arrendatarios anteriores. Tal vez la complicidad del engaño
significara un peso demasiado importante como para entablar relaciones cordiales y de amistad.
Eso o desde luego la envidia.
Vivían allí desde principios del año pasado. Antes de eso se veían casi todos los días en sus
casas de entonces, que eran las casas de sus padres, aunque preferían la de él, pues la mujer podía
quedarse a dormir sin mayores problemas; en la casa de ella, en cambio, la pieza que ocupaba
debía compartirla con su hermana menor y varias veces fueron sorprendidos con los pantalones
hasta las rodillas. Por otro lado, en esa casa siempre había mucho qué hacer, pues poco antes de
que ella entrara a la universidad, lugar donde conoció al hombre, había muerto su padre de un
ataque al corazón, y por lo tanto ella y sus hermanos y también su madre que en aquel entonces
no había muerto, pero que hace no mucho había vencido un cáncer a las mamas, debían hacerse
cargo del negocio familiar.
Cuando decidieron vivir juntos, la chica más joven y más guapa que la mujer no existía. En
ese tiempo diríase que las cosas estaban bien. Sí, lo estaban. Reían mucho y tenían casa y una
familia compuesta por ellos dos y sus tres perros. La chica apareció de a poco y casi sin
explicación, pero se aferró en la cabeza y el pubis del hombre como no lo había hecho nadie
nunca antes en su vida, ni siquiera la mujer, a quien quería, a quien amaba, pero cuyo lazo era
mucho más filial que amoroso, mucho más cariñoso que sexual (ella, hacia el final de esta
historia le preguntará al hombre si le tiene lástima y él responderá que no, pero una presión
indescriptible invadirá su pecho, esa presión es la verdad y su peso corrosivo). Desde ese
momento en que la chica llegó, empezaron a tirar sin remedio innumerables veces en la cama que
también era de la mujer, pero que mientras aquello ocurría, debía trabajar en una librería de
Providencia en horario mall. El hombre contaba con mucho tiempo, pues sólo trabajaba los días
martes y sábados y en horarios muy cómodos, de media jornada. Suerte. El resto del tiempo,
cocinaba, ordenaba la casa, hacía la cama, paseaba a los perros que eran felices, tiraba con la
chica más joven y volvía a hacer la cama y a ordenarlo todo —con la misma minuciosidad del
cine para que nadie pueda ver incongruencias entre una y otra escena (pero un buen fan siempre
las descubre)—, evitando todo rastro de la visita de la chica, de su permanencia en el lugar.
Los fines de semana, no obstante, eran completamente de ellos dos. Solían los sábados salir a
caminar a algún parque, pasear a los perros juntos, comer comida china o sándwiches de pollo
italiano, de un local de Ciudad Satélite que se llamaba Maskar: ¿Vamos al Madagascar?, decía el
hombre, y la mujer reía y aceptaba e iban juntos de la mano, como si esa felicidad fuera
verdadera, como si aquel chiste aburrido e infantil solamente lo pronunciara para ella y no para la
chica que hace apenas unos días —unas horas o minutos— había estado también en el local.
Los domingos, en cambio, los ocupaban para ir a trotar a Gran Avenida, cerca de la casa de
la madre de la mujer, pues así podían pasar a visitarla y después ir al persa Bio-bio a comer y
comprar libros y videojuegos. En ese tránsito tan rutinario pasaban por afuera de una casona
antigua y vacía y se quedaban siempre, inexcusablemente, contemplándola.
La casa era grande y parecía deshabitada. Se preguntaban si efectivamente lo estaba. Se
inquirían sobre la posibilidad de habitar esa casa juntos; el hombre decía que parecía una casa del
terror; debe estar llena de fantasmas, agregaba ella, mientras imaginaba una vida junto a él y sus
tres perros (el tamaño de esa casa permitiría tener un cuarto y hasta un gato) en la inmensidad de
ese hogar, en los rincones sombríos y a la vez luminosos de esa estructura tan vasta y tan firme,
de otra era, de otro mundo, de aspecto irreal.  
Varias veces se preguntaron si era posible tomarse esa casa. Una vez él tiró una piedra con
fuerza contra la puerta para corroborar su abandono. Nunca, y eso es obvio, se atrevieron a saltar,
mucho menos residirla. Pero lo soñaron, sí, y eso es como vivirlo. Vivirlo un poco.
Entonces la madre enfermó.
Habían pasado un par de meses de rutina y de que vivían alejados de las casas de sus padres.
Un par de meses también habían pasado, de que el hombre había cambiado las conversaciones
amistosas con la chica, por algo más sugerente y verdadero, e incluso habían planeado juntarse y
lo hicieron. La mujer, que en ese momento no sabía nada de la chica, no pudo evitar sentirse
culpable del empeoramiento de su madre, pues creía que de algún modo la había dejado sola, que
al irse con su pareja la había desahuciado.
Los primeros exámenes no arrojaron nada. El deterioro, no obstante, era evidente; cada vez
estaba más delgada y sus ropas, en su mayoría extra largas, dejaban entrever la ausencia de algo
que no volvería jamás. Y desde que la salud de la madre de la mujer comenzó a deteriorarse más
y más, la casa de Maipú se sintió proporcionalmente más y más lejana. Ajena, incluso. La misma
hora y cuarto que gastaba en volver a su casa después del trabajo, pasó a ser horas, días, meses,
perdidos viajando a un sitio que en realidad no era su hogar. En ese ir y venir, la madre la mujer
fingía estar bien para que su hija no se sintiera responsable de su malestar y pudiera pasar tiempo
en su casa con su pareja que en sus palabras era muy dije. La mujer, a su vez, fingía estar bien
para que el hombre no si sintiera responsable u obligado a acompañarla siempre, o no se sintiera
triste o preocupado, o no la amara menos y buscara a otra o quién sabe por qué fingía estar mejor
de lo que estaba, pero el caso es que al hombre no le importó mucho.
A decir verdad él entendía la gravedad del asunto. De veras que la entendía. No era un
insensible. No era un sicópata. No. Pero no pudo, no supo, no quiso; se argumentaba a sí mismo
que una cosa no quitaba la otra, que los seres humanos pueden sentir más de un sentimiento a la
vez, que dividir y separar los momentos son una forma de sabiduría ancestral. El hombre entendía
la gravedad del asunto, claro que la entendía, pero evitaba pensar en ello. Era conveniente
hacerlo.
Un par de meses después, justo cuando él comenzó a tener sexo con la chica, se supo lo que
tenía la madre de la mujer. A nadie le extrañó mucho el diagnóstico real, pero eso no hizo que
doliera menos. Las palabras metástasis, ramificación, cáncer al estómago terminal y no-hay-nada-
que-hacer-solo-resta-esperar, se enquistaron en la pareja como lo hace toda verdad irrefutable e
imbatible.
Sabida la noticia, el hombre abrazó a la mujer. Fue un abrazo intenso y silente. Honesto. Con
culpa también aunque ella eso no lo sintió y él desde luego no lo dijo. Ambos sabían lo que se
vendría. Todos lo sabían.

La mujer llora y el hombre evita hacerlo y a cambio prefiere decirle unas palabras de aliento.
No estás sola en esto. No creas que lo estás.
El hombre después ve a la madre y se abrazan fuerte.
Una vez más no hay espacio para las palabras.
No existen.
No hay.
La madre y su cáncer le dicen al hombre que cuide de su hija, que ella ya no podrá hacerlo
nunca más.
Que la perdone, agrega.
Se miran a los ojos y el hombre rompe en llanto.
Lloran abrazados.
La mujer los mira y aunque siente pena, y eso es obvio, una calma extraña recorre su piel.
Entonces, con los ojos llenos de lágrimas, sonríe.

El tránsito entre su casa de Maipú y la casa de San Miguel comienza a ser cada vez más habitual.
El paso por la casona abandonada también. Como siempre, se detienen a verla. La recorren con la
mirada: su tamaño imponente, el tejado y sus cornisas ajadas con el tiempo, su pintura amarilla
descascarándose, sus ventanas grandes y sin protecciones, y una torre atemporal con una veleta
de los vientos oxidada en su cúspide. Una de las ventanas está abierta. El interior de madera se ve
desde la calle, al igual que un cuadro ininteligible y mohoso. Con todo, algo nuevo llama la
atención de la pareja: luces navideñas blancas parpadean pausadamente desde el interior de una
de las habitaciones de la casa. Es claro. La casona ya no está vacía, hay okupas en ella.

Cada vez que pasan por ahí, lamentan no ser ellos quienes habitan esa casa tan distinta al resto, y
además tan cercana a la casa de la madre. De veras se imaginan viviendo ahí, aunque no saltando
la reja ni mucho menos una toma. Lamentan no haber tenido la determinación necesaria o los
contactos, y habitarla. Piensan en lo felices que serían. Ven unas cortinas roídas en una de las
ventanas e intuyen en que sus actuales habitantes han descuidado el lugar. Sustentan su tesis en
las innumerables botellas de cerveza que adornan la entrada, justo junto al huerto que plantaron y
del que sacan papas y lechugas para cocinar.
La madre enferma les dice que averiguó y que al parecer el dueño de la casa murió y que sus
familiares no son de Santiago, así que difícilmente alguien eche a los okupas. Agrega que
cagaron y que esos que viven ahí podrían ser perfectamente ellos y ellos le encuentran la razón y
sin embargo saben que nunca hubiesen hecho nada para poder vivir en el lugar. Juntos los tres se
lamentan y prometen estar atentos si es que se van; se prometen ser ellos los próximos
convivientes de los fantasmas que sin lugar a dudas alberga la casona.

La enfermedad avanza rápido y al poco tiempo la madre de la mujer no vuelve a articular


palabras. Los okupas regularmente van al negocio de la familia —en el que el hombre, dada la
gravedad de la situación, ha comenzado a ayudar algunos días a la semana— a comprar cigarros
y cervezas.
Ellos no saben la historia de la muerte ni la historia del anhelo de la casa ni la historia de
adulterio, mentira y traición. Asimismo, ni el hombre ni la mujer saben nada de los okupas que
no sea que consumen Pullman light y Becker o Escudo y hasta Báltica, y que con el vuelto
compran papelillos, y que probablemente la casa no esté muy limpia, basándose en la higiene de
sus habitantes, cuyo hedor se percibe desde una distancia más que considerable. Por último,
también, saben o creen saber, que a pesar de haberles arrebatado un sueño, un anhelo a la pareja,
son buenas personas, porque alimentan a un montón de perros vagos que solían rondar por el
lugar, y hasta le tienen una casa junto al pequeño huerto y las botellas de cervezas que sumaron a
la fachada de la casona. Todo eso mientras, más atrás y en su pieza, la madre agoniza largamente.

La casa de Maipú comienza a ser un lugar de paso. Para el hombre, una suerte de motel o de
refugio. Ya pocas veces se quedan allí. Cuando eso pasa, el hombre duerme y ella llora, sola y en
silencio a su lado.
A principios del mes de agosto la madre de la mujer muere.
El hombre debe cancelar una cita con la chica. Le dice que la madre de un amigo ha muerto.
Que era también como su madre. Que tiene mucha pena y ella lo abraza y lo entiende. Y él hasta
suelta unas lágrimas que no son de mentira, pero que sí cargan mucho más de lo que la chica
joven puede dimensionar.
Ocurre todo como debe ocurrir, el velorio, los cortejos fúnebres, las palabras de aliento y de
amor, el vacío póstumo y los recuerdos punzantes. También los trámites para hacer efectiva la
herencia que no es mucha: el nombre del negocio, los fondos de las pensiones que son utilizados
para pagar la deuda de los ritos funerarios, la casa y la patente de la botillería.
Luego de eso una calma rara. Irreal.
Sopor.

6
La situación se sostiene invariable durante un tiempo. En octubre la mujer lo descubre, discuten,
gritan, lloran también y tras una diálogo extenso y errático que incluyó un discurso del hombre
sobre las pulsiones naturales de los seres humanos y la hipocresía cristiana ligada a la
monogamia, llegan a la conclusión de que esa relación paralela era relativamente entendible, pero
que sin lugar a dudas no podía involucrar otro sentimiento que no fuese el deseo, y que
inexcusablemente más allá de fin de año no podía pasar. Luego de eso hacen el amor y al día
siguiente todo parece normal: la casa que arriendan, los perros que son felices, la madre muerta y
sus dispares jornadas de trabajo.
Ese mismo mes les informan, ceñidos a la ley con un mes de anticipación, que deben
abandonar la casa, pues sus dueños pretenden venderla. También se las ofrecen. Cincuenta
millones, por si les interesa. Agrega el arrendador que si gustan y nadie quiere comprarla antes de
eso, podían quedarse un tiempo más, pero si alguna persona quisiera verla necesitarían mostrarla.
La pareja acepta y hasta enero del año siguiente continúan en el lugar.
Pasó ese año y la relación con la chica más joven y más bella que la mujer no terminó ni por
asomo. Por el contrario, los lazos son más fuertes y lo que en principio pudo ser una mera pulsión
carnal, se vuelve otra cosa, otro amor.
Al hombre le duele la mentira, pero eso no importa, porque no está dispuesto a dejarla por
nada; entonces todo ese dolor inenarrable es falso, una mera expresión de la incomodidad que
produce la inminente discusión sobre el tema, el perentorio final.

El hombre la quería. Claro que la quería. Ella era muy importante para él, a tal punto que de
haber sido ese el último día de su vida, él la hubiese escogido a ella para que lo acompañara, para
que acariciara su frente como lo hizo con su madre la noche antes de que esta muriera, pero no
era el caso: él estaba vivo y quería vivir.

Llega el momento de abandonar la casa.


Buscan otro lugar donde vivir, pero no encuentran.
Deciden entonces vivir de allegados en la casa de los padres del hombre.
Además, confían en que será temporal, pues pronto podrían ir a vivirse a la casa de la madre
de la mujer, cuando los hermanos se cambien a otra casa a medio terminar y que arriendan a una
amiga de su madre muerta.
Ya en la casa los padres del hombre, surge un problema evidente: ya no había un lugar
seguro donde serle infiel a la mujer.
Entonces llega la verdad.
Dura.
Innegable.

Boletas de motel, avistamientos de amigos, marcas en el cuerpo, mensajes de whatsapp, fotos en


Instagram y Tumblr. El hombre no puede decir nada, sus sofismas solo agravan la falta. El
descaro.
La pelea incluye llantos, gritos, ademanes violentos, incluso amenazas de funas. Eso último,
por suerte para el hombre, no ocurre. Te voy a destruir, me cagaste la vida, dijo la mujer, pero la
decencia y el decoro se imponen soberanamente.
La mujer deja la casa y vuelve junto a sus hermanos.
En el tránsito se percata que la casa de los okupas ya no está habitada, que las botellas de
cerveza no han sido renovadas y que las plantaciones están secas y desatendidas.

10

El hombre, como es evidente, no puede seguir viviendo en casa de sus padres, quienes no se
hicieron ajenos a la situación entre la pareja. Busca donde vivir. La suerte está echada.

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La mujer siente odio y también pena y se siente estúpida porque a pesar de todo, sigue teniendo
una pulsión fuerte en el corazón, una punzada que no puede si no leer como amor. Por lo mismo,
pasadas las semanas, le escribe al hombre lo siguiente:

Antes tenía a la Popy, después de que murió la Popy te tenía a ti; ahora no tengo nada.

El hombre, que siente un dolor en el pecho, un nudo en la garganta enorme y también un


poco de amor, le dice que lo siente mucho, que sabe que no hay nada que hacer, pero que la
quiere, que siempre la ha querido, y es sincero y su pena es real, tan real como su hipocresía.
Te amo. No quería que esto fuese así. Se escapó de mi control.

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Al poco tiempo la mujer ve que la casona ya no sólo está deshabitada, sino que también alguien
intentó quemarla; tiene rastros de fuego en sus paredes en lugares distintos, como si hubiese sido
impactada por llamaradas o explosiones de bombas molotov. Eso lo corroboran también los
vecinos, quienes agregan que eran terroristas.
A los días, el segundo piso de la casona ya no está. Lo derrumbaron.
Ella sube fotos a sus redes sociales de la casa con un dejo claro de nostalgia y dolor.
El hombre, en tanto, busca casa y le cuesta. Están caras y está solo y con los perros que ya no
lucen tan felices, aunque sabe que es indudable que lo son.
Al tiempo encuentra una. No es una casa ni tampoco un departamento. Es algo así como una
casa/departamento de un ambiente, tipo cité, aunque con patio de interior, en Departamental. Es
barata. Le parece suficiente, aunque no puede dejar de pensar en la decadencia al repasar su
historia.
Entonces ella lo llama.
¿Cómo estás?, dice él.
Quiero que te vaya mal. Me gustaría que te vaya pésimo, que sintai como siento yo, que te
duela cada día levantarte como a mí.
Tras unos segundos él responde:
Pensé que querías que termináramos.
13

A los días, unos hombres comienzan a trabajar en la otrora casa fantasma, la  casa de los okupa.
El aspecto es disonante con lo que fue. La mujer vuelve a fotografiarla y las sube. Ya no dan
ganas de habitarla. Es una pena.
El hombre se muda y solo entonces siente el verdadero peso de su soledad.
Pero su soledad no es real.
Él no sabe lo que es realmente estar solo.
Y eso le duele. Aunque siempre es preferible ese dolor.

14

La mujer le dice al hombre que quiere a uno de los perros. El hombre lo entiende y acepta. Luego
hay un silencio. El silencio lo rompe una frase de la mujer. Todavía te quiero. El hombre siente
ganas de decir que él también aunque no sabe si es honesto o simplemente una muestra de
desesperación; un impulso. Lo reprime. Entonces no dice nada. Ambos piensan en su vida juntos
y en la muerte que hasta este punto no ha dejado de estar patente como una carga que cansa y
aliena.

15

El hombre duerme solo con dos de sus perros en una cama matrimonial.
La casa okupa es fea, se han ido los fantasmas, fueron exorcizados.
La mujer duerme sola, en la que antes era la pieza de su madre muerta. Su fantasma la mira
cada noche desde la puerta, se le acerca y le acaricia la cabeza; le dice con un tono de muerto
inaudible, Pobre, mi niña, pobre, no mereces esto, nada de esto debió ocurrir.