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Universidad Nacional de Colombia

Departamento de Filosofía
SFM - Alienación
Trabajo Final
Dafna Saportas Cruz

Introducción

A lo largo del seminario hemos venido explorando el fenómeno de la alienación desde


múltiples perspectivas propias de las propuestas filosóficas de los autores que han sido
tratados a lo largo del semestre. Los enfoques circundan las esferas políticas, económicas,
psíquicas y sociales, donde cada una de ellas trata el fenómeno desde su respectiva disciplina.
La transversalidad del fenómeno nos dicta que es un problema de gran magnitud, y para
poder comprenderlo a profundidad es necesario explorarlo desde todas sus esferas, pues de
esta manera puede enriquecerse una propuesta teórica y metodológica encaminada a la
superación de la alienación. Es por esto que en el presente trabajo pretendo explorar este
concepto como un fenómeno que atraviesa al ser humano tanto en su identidad como en su
funcionalidad para luego exponer un ejemplo de una manera que considero que puede
conducirnos a la vía de la desalienación.

Un abordaje del concepto y las esferas que circunda

El concepto de alienación es un concepto difícilmente demarcable ya que atraviesa esferas


políticas, culturales, económicas y psíquicas. Un primer vistazo del concepto nos remite una
condición de distancia y extrañeza de un individuo para consigo mismo ya que éste no se
reconoce en sus acciones. Podemos ampliar esta idea a partir de Jaeggi, quien hace una
primera aproximación al concepto enunciando que el fenómeno de la alienación trata de un
sujeto incapaz de apropiarse satisfactoriamente de sus relaciones productivas, siendo éstas
últimas aquellas relaciones que integran y transforman un objeto dado. Esto quiere decir que
el sujeto alienado es aquel que no puede concebirse a sí mismo como rector y agente efectivo
de transformación de los objetos del mundo que habita. La insatisfacción proviene de que sus
circunstancias no se corresponden con sus ideales, pues el alienado se siente preso de su
situación particular y asume un rol pasivo ante el mundo y sus objetos, lo que es causa de su
desasosiego y la desrealización con la que afronta cotidianamente el mundo. Bien lo expresa
Jaeggi al decir “Alienation is the inability to establish a relation to other human beings, to
things, to social institutions and thereby also—so the fundamental intuition of the theory of
alienation—to oneself.” (Jaeggi, 2014).

1. La alienación desde Marx

Como se mencionó anteriormente, el fenómeno de la alienación puede ser abordado desde


diferentes ópticas ya que integra múltiples dimensiones de la vida humana. Realizaré en
primer lugar un abordaje más minucioso del concepto a través de la teoría marxista. Este
diagnóstico califica el fenómeno de la alienación como una patología a gran escala, un
síntoma del desequilibrio entre las relaciones económicas de un determinado sistema de
producción que se extiende a todos los ejes que conforman el sistema.

Para entender esto mejor partamos del hecho de que todo organismo vivo vela por su
autoconservación y junto con ello necesita suplir sus necesidades a través del trabajo y el
esfuerzo. Gracias al desarrollo de complejos sistemas de organización a los que nos hemos
conducido a través de la historia y la evolución, las necesidades para una existencia óptima
bajo los determinados parámetros de una época han hecho que los seres humanos no deban
solamente autoconservarse sino que deban también suplir otra serie de necesidades
secundarias para garantizar una existencia digna. Sin embargo, Marx encuentra que en la
actualidad nuestro sistema rector, que es el capitalismo, funciona bajo una lógica que
distribuye inequitativamente la riqueza, de manera que desde cada uno de los sectores
involucrados los individuos experimenten en mayor o menor medida del fenómeno de
alienación. Desde uno de los sectores involucrados, es éste fenómeno una consecuencia de la
inadecuación de los medios disponibles dentro de un sistema económico para suplir con
aquellas necesidades que exige el entorno, en la medida en que el trabajo realizado no es
proporcional a los beneficios adquiridos: el trabajo requiere cada vez de más esfuerzo para la
satisfacción de las necesidades más básicas; es un trabajo apenas suficiente para mantener
vivo a un individuo que se mantiene a sí mismo para continuar en el engranaje de producción
como una simple pieza, despojándolo así de sus particularidades como individuo.

Enmarcados en esta crítica podemos ya identificar uno de los vectores por los que el
fenómeno de la alienación ha surgido: la lógica del capitalismo. Bajo esta lógica se requiere
que los ejes por los que circula el sistema de producción se retroalimenten autónomamente,
es decir, que a través del proceso de producción actual se asegure un proceso de producción
futuro. Para que el sistema capitalista no se venga abajo por las fallas que acabamos de
mencionar, ha recurrido a artimañas discursivas que desplazan el problema y perpetúan el
sistema de producción sin que la mayoría percate qué está sucediendo. Es el ideal capitalista
el que mantiene el sistema vigente, pues de otra manera no hallaría otra forma de
reproducirse en cada uno de los individuos que participan de él. En este discurso se establece
que el consumo de objetos (materiales e intelectuales) es el medio necesario para alcanzar la
satisfacción y realización de vida, de manera que la producción desenfrenada de bienes se
sustenta en la idealización de los mismos como un objeto que viene a completar una falta.
Gracias a esta ambición individual los seres humanos direccionan sus esfuerzos y se
organizan en estructuras cada vez más complejas en vistas de adquirir el objeto de su deseo.
Sin embargo, el ideal del discurso comienza a dejar de relucir por varias razones. Acabamos
de ver que desde uno de los bandos del sistema el esfuerzo por suplir las necesidades no es
proporcional a la satisfacción de aquellas necesidades, generando así individuos cuyas vidas
dependen exclusivamente a su mano de obra. Desde el otro lado del bando tenemos a los
consumidores compulsivos, en quienes el objeto del deseo se ha trasladado tantas veces que
parece que ningún bien puede ahora llegar a completar la falta. En ambos extremos los
individuos tienen una relación medioambiental insatisfactoria, causa primordial del
sentimiento de pérdida y pasividad del sujeto alienado.
2. La alienación en Freud y Elías

De la anterior reconstrucción podemos rescatar varias cosas que nos permitirán explorar el
fenómeno desde otros autores. Por un lado, la alienación vista como la apreciación de sí
mismo como un individuo ajeno a su entorno, pasivo y preso de sus circunstancias, nos
remite a Elías en su compilado de ensayos La sociedad de los individuos, en los cuales
examina las condiciones históricas y socioculturales bajo las que aparece el prejuicio de la
incompatibilidad entre el individuo y el mundo. Por otro lado, la identificación del ideal que
motiva la directriz de los deseos de cada persona nos remite a Freud, padre del psicoanálisis,
analista de la cultura y defensor del instinto por sobre la moral. Una aproximación ligera pero
rica de su trabajo la encontramos en el ensayo Consideraciones de actualidad sobre la
guerra y la muerte, texto en el que expone de qué manera las diversas funciones psíquicas del
individuo le permiten ingresar en la cultura pero generan también, paradójicamente, el
sentimiento de extrañeza y distanciamiento de sí y del entorno. Con ambos autores podemos
inmiscuirnos más en el fenómeno de la alienación por un lado desde el punto de vista social
-al examinar las dinámicas propias de cada acontecer histórico- a partir de Elías, y por el otro
desde un punto de vista individual y psíquico, a partir de Freud.

La tesis central que Norbert Elías defiende en su compilado de ensayos sostiene que el
individuo y la sociedad no son entidades separadas, y por sobretodo, que un cúmulo de
individuos no es equivalente a una sociedad -como si se tratara de una suma de particulares-.
La propuesta de Elías tiene sus cimientos en una crítica a las nociones populares de
“individuo” y “sociedad”. Elías toma como punto de partida estos conceptos porque percata
que existe un abismo entre el individuo y sociedad, es decir, da cuenta del fenómeno de la
alienación bajo la irreconciabilidad de estos términos. Popularmente, ambos son concebidos
como entidades aisladas, de donde provienen varios prejuicios a la hora de examinar la
naturaleza de los individuos y la historia de una sociedad. Elías se propone resignificar estos
conceptos debido a las críticas populares que privilegian a una de las dos entidades
implicadas (es decir, o al individuo o a la sociedad). Por un lado, entendiendo al individuo
como una sustancia, es decir, como un particular con determinados atributos constitutivos a
su ser pero inmerso en un mundo con dinámicas establecidas que él no elige ni puede
controlar (y por lo tanto son opuestas a su “verdadero yo”). Por el otro, entendiendo a la
sociedad como el constitutivo de un entramado de dinámicas y reglas ya establecidas que
condicionan todas las formas de ser de los individuos. Bajo ambas posturas se generan las
dicotomías de <cuerpo y alma> o <razón y espíritu>, y se continúa perpetuando el abismo
entre <individuo y sociedad>.

Un correcto examen de las dinámicas sociales, dice Elías, no puede ejecutarse a partir de
estas concepciones populares, razón por la que nos invita a reflexionar sobre la manera en la
que abordamos el problema. Dice primeramente que para comprender al individuo es
necesario hacer una reflexión sobre la sociedad y su historia, y que esta reflexión no puede
partir de un rastreo de la misma bajo el prejuicio de que una sociedad surge a partir de una
conglomeración de individuos. Pues, si bien es cierto que para entender las dinámicas de cada
proceso histórico es necesario rastrear cronológicamente su historia, no debe caerse en un
reduccionismo que estipule que las cualidades de una sociedad son propiedades emergentes a
una reunión de individuos, como si la reunión de los mismos le precediera a la conformación
de una sociedad junto con sus dinámicas propias. Para Elías los individuos no le preceden a la
sociedad; el individuo no es causa, la una no le sucede a la otra. Por el contrario, individuo y
sociedad deben considerarse como una pareja que exhibe dos caras de una misma moneda.
Pero siendo así las cosas, ¿por qué el sentimiento de extrañeza del individuo para con la
sociedad? Para Elías, al igual que para Marx, el individuo alienado es producto de las
condiciones de la sociedad misma en la que está inmerso. No se trata de un sentimiento
exclusivo a unos cuantos, sino que nos remite a que las dinámicas sociales modelan
individuos alienados. El quid de esta crítica lo encuentro en que confronta el esencialismo -si
se quiere cartesiano- con que se concibe al sujeto. El primer paso para superar la alienación
es hacerle entender al individuo que no hay un ser oculto, sino que más bien hay un sujeto
desadaptado. Para Elías, el sujeto que se reconoce en la sociedad es un individuo funcional.
El alienado debe encontrar su rol en el sistema para que sus acciones y pensamientos se
emparenten.

Y es gracias a la refutación del prejuicio de una condición esencialista del ser humano (en el
sentido en que se pretendía encontrar un constitutivo que definiera la identidad de los
individuos) que nos aventuramos a la propuesta de Freud. En su ensayo Consideraciones de
actualidad sobre la guerra y la muerte, si bien no trata el fenómeno de la alienación
específicamente, sí nos enseña una situación que va a ser siempre materia para la reflexión: la
guerra. Las guerras de Europa en el siglo XX han dejado en desconcierto al continente y al
mundo entero. Freud se pregunta, ¿cómo es posible que una sociedad que parecía estar en la
cúspide del progreso científico, tecnológico y cultural haya sido víctima de sus propias
invenciones? ¿En qué momento la producción tecnológica e intelectual se ha volcado en
contra del supuesto progreso al que se dirigía Europa demostrando que incluso el fruto mejor
cosechado puede convertirse en instrumento para la destrucción y el caos? Gracias a la guerra
se evidencia la distorsión de los ideales bajo los que se consolida una comunidad o una
nación, mostrando así que el verdadero interés no son los valores de un pueblo, sino la
ambición de poderío de este, pues en la guerra aquellos valores sagrados son perturbados en
favor de ganar la disputa. Es así como la guerra y la muerte dan indicios de una falencia en
los modelos interpretativos hasta entonces vigentes, y dan paso a la exploración de una
naturaleza inadvertida en el hombre que brinda unos indicios muy reveladores acerca del
fenómeno de la alienación.

Se trata de la naturaleza primaria, constitutiva y elemental de las pulsiones anímicas. No


estamos tratando aquí el mismo esencialismo que Elías criticaba, pues éste último lo que
pretendía era buscar una característica elemental que definiera la identidad de cada individuo
en particular. En este caso tratamos el hecho de que las pulsiones y su manifestación se
encuentran eximidas de todo control pretendido por esquemas racionales o idealizaciones de
la naturaleza humana. A ellas se las ha negado -o, en lenguaje más técnico, se las ha
reprimido- con el raciocinio y la moral, como también por el prejuicio siempre vigente en los
círculos cultos e intelectuales de lo escueto y deficiente de los modelos de organización de
vida del pasado. El prejuicio de que el primitivo está atrasado en comparación con el
presente, a partir del que se le tacha de inculto, irracional y salvaje, proviene de una falsa
creencia de superioridad que no advierte en que todo ser humano puede ser presa de sus
pulsiones, pues éstas operan en mayor o menor medida independientemente del contexto o las
condiciones históricas y socioculturales de los seres humanos. Por más calificativos con los
que se les menosprecie, no queda nadie exento de que aquello de lo que se teme y se rechaza
es también una condición humana a la que cada uno de nosotros es susceptible de encarnar.

Freud propone entonces una categorización que responde a la urgencia por esclarecer el
psiquismo humano. Aparecen las nociones de “ello”, “yo”, y “superyó” como delimitaciones
de las funciones del aparato psíquico. A grandes rasgos, el ello hace referencia a nuestra
naturaleza pulsional, el yo a la conciencia, el autoreconocimiento y la identidad, y el superyó
a los imperativos de la cultura. La respuesta a las exigencias de cada uno de estos aparatos
genera una serie de contradicciones con los que es posible comenzar a abordar el fenómeno
de la alienación a partir de Freud. Veamos esto con un poco más de detalle.

Iniciemos a partir del superyó. Este aparato es el encargado de introducir satisfactoriamente


al individuo a las leyes y preceptos morales de la cultura en la que está inmerso. Es la
instancia autoreguladora del individuo para que éste no sucumba ante sus pulsiones y pueda
procurarse una vida en comunidad. Pero precisamente como entidad reguladora despoja,
expropia al individuo de sus pulsiones elementales. La represión es en la teoría freudiana el
eje sobre el cual gravitan todos los sentires correspondientes al fenómeno alienante. Me
remito a la siguiente explicación para ampliar lo anteriormente dicho: “Freud habla a lo largo
de toda su obra, en su teoría de las neurosis y en su teoría de la cultura, de conceptos que son
intrínsecamente alienación: represión, negación, proyección, desrealización,
despersonalización y extrañamiento. Los seis conceptos apuntan a un común denominador:
algo que forma parte de mi realidad psíquica me es enajenado (frecuentemente
autoenajenado). La palabra evoca un proceso dinámico de alejamiento de dos o más
elementos que de suyo -a pesar de la tensión de los opuestos- están realmente unidos.
Permanezco ajeno, alienado de determinadas realidades internas que de suyo son
constitutivas de mi realidad total” (Páramo, 2004)

¿De qué manera puede entonces el individuo desalienarse? O, al menos, trazar una ruta para
el continuo reconocimiento de sí mismo en sus circunstancias (pues, quizás la pretensión de
desalienación absoluta sea también un ideal fantástico y nos procure más sufrimiento que
sosiego). No tengo una propuesta bien consolidada de la manera en la que esto puede lograrse
en nuestras actuales circunstancias, pero traigo a colación un ejemplo histórico que sirve
como guía para orientarnos en el camino de la desalienación.

La producción artística en la polis griega

Hegel hace mención indirecta al problema de la alienación a lo largo de toda su obra en La


Fenomenología del Espíritu. Explícitamente, lo menciona en los apartados finales del
capítulo del Espíritu, en la figura del espíritu extrañado de sí mismo, el cual no se reconoce
en la cultura y el mundo le aparece como diferente y ajeno. Posteriormente, para que el
espíritu se reconozca como parte del absoluto Hegel presenta, en el capítulo de La Religión,
los estadios por los que el espíritu extrañado de sí mismo puede proyectarse en el mundo.
Hegel describe tres figuras de este movimiento. Me parece pertinente para este escrito señalar
específicamente la figura de La Religión del Arte, específicamente de La obra de Arte
espiritual, en la que los protagonistas son los griegos. En la polis griega las expresiones
literarias y teatrales de la tragedia, la epopeya y la comedia coinciden con la manifestación
de los valores imperantes de la cultura griega, de forma que, en Hegel, la creación y
reproducción de estas expresiones artísticas son formas de representación y reconocimiento
de los valores del pueblo griego. Y es así como se integran en una manifestación artística las
ambiciones, pulsiones y valores de la cultura dando como producto una obra de arte. El arte
es entendido como un proceso sublimatorio.

Un ejemplo de una sociedad donde sí existe esta identidad entre individuo y sociedad ocurre
en la antigüedad clásica. Como bien expresa Elías, “en la praxis social de la antigüedad
clásica estaba aún fuera de los límites de lo imaginable la concepción de un individuo sin
grupo, de un ser humano tal como es cuando se le despoja de toda referencia al nosotros,
cuando se concede al individuo, a la persona aislada, un valor tan elevado que a su lado toda
referencia al nosotros, toda pertenencia a clases, tribus o estados, parece menos importante.”
(Elías, 1990, pág 181). Encuentro, pues, que las expresiones artísticas clásicas más
reconocidas son producto de un reconocimiento del individuo en la polis, por lo que analizar
estas expresiones puede servir como puente por el que los individuos pueden reconocerse
dentro de la sociedad y la cultura. Para comprender esto mejor veamos primero las
características de las tres expresiones teatrales.

La epopeya: Es la primera figura que Hegel menciona en el capítulo, y versa sobre los
héroes que ejecutan grandes hazañas en nombre del pueblo al que pertenecen. No son
únicamente los personajes interpretando los valores y sentires individuales sino también éstos
valores en relación con las instituciones éticas y las dinámicas del pueblo. Ellos están
condicionados por ciertos atributos morales propios a su personaje heroico, y lo
particularmente importante es que encarnan en la causa que defienden sus sentires
particulares.

La tragedia: Posteriormente aparece la tragedia como el momento en que los personajes son
autoconscientes de su determinabilidad y se relegan al pathos al que pertenecen; este mismo
pathos aparece ahora en identidad con el pueblo porque es entendido como un sentir en
función de las dinámicas de la polis. Se entregan desesperanzadamente al personaje
entendiéndolo como su propia identidad, siguen las potencias éticas y se reconocen como
formas necesarias y predecibles de la sociedad.

La comedia: Por último, aparece la comedia como la superación de la tragedia bajo la forma
de la ironía, la cual termina siendo la autoconsciencia de la divergencia entre el destino de los
personajes y los sentimientos trágicos que contiene aquella determinación necesaria. Dice
Hegel, “el sujeto se haya pues, singular y, revestido de esta máscara, expresa la ironía de
dicha propiedad, que quiere ser algo para sí” (Hegel, 2009, pág 831). El actor es
autoconsciente de su personaje y se burla de la pretensión trágica que reniega sobre su
destino. En la comedia se reconoce que no hay diferencia entre actor y espectador, es decir,
somos todos la encarnación de diferentes personajes correspondientes al pueblo ético al que
pertenecemos, en el que nuestro devenir es necesario y predecible, por lo que nuestro
personaje se nos aparece en identidad con nosotros mismos, pero con la conciencia de tener
una continua máscara.

Ahora bien, aunque Hegel ya se da cuenta de que la cosmovisión griega es determinista (tema
que en esta exposición no nos interesa debatir) lo verdaderamente importante de estas
expresiones artísticas es ver cómo a través de la participación en ellas el individuo, siendo
espectador o intérprete, transita por diferentes momentos de autoconsciencia que lo llevan a
percatarse de su función en la sociedad. El individuo sintiente logra, a través de la obra de
arte, reconocerse paulatinamente como un individuo funcional dentro de la sociedad porque
se da cuenta de que sus sentimientos son ya un perfil determinado y modelado por y para la
sociedad. A partir de esto es que el individuo puede encaminarse a explotar aquellos sentires
que antes creía exclusivos a su ser, reprimidos y censurados, pero dentro de un grupo que los
reconozca como similares y a partir de ahí participar activamente en la sociedad que antes
sentía discordante.

Bibliografía

Elías, N. (1990). La sociedad de los individuos. Barcelona: Ediciones


Freud, S. (1915). Consideraciones de guerra y muerte. Santiago, Chile: Escuela de Filosofía
Universidad ARCIS. .
G.W.F. Hegel (2009) Fenomenología del Espíritu. Valencia; Edición y traducción por
Manuel Jiménez Redondo. Pre-Textos
Jaeggi, R. (2014). Alienation . New York, USA: Columbia University.
Marx, K. Manuscritos de economía y filosofía, traducción, introducción y notas de: Francisco
Rubio Llorente. Alianza editorial, Madrid. 2016
Ortega, R. P. (2004). Alienación y psicoanálisis: un acercamiento a partir de Freud y Marx.
Subjetividad y Cultura , 2-10.