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21/4/2019 Documento sin título - Documentos de Google

Nora: la nueva Eva 

Toda la educación de las mujeres debe girar en torno a los hombres. 

Gustarles, serles de utilidad, proporcionar que las amen y honren, 

educarlos cuando son jóvenes, cuidarlos de mayores, aconsejarlos, 

consolarlos, hacer que la vida les sea agradable y grata: tales son los 

deberes de las mujeres en todos los tiempos. 

(Rousseau, Jean Jacques, 1982) 

Esta concepción de la mujer, es la que prevalece durante el siglo XIX y por 

lo tanto, la que define al personaje de Nora en Casa de Muñecas (Henrik 

Ibsen, 1879), quien como veremos a continuación, en un principio parece 

adaptarse a este molde predeterminado de la mujer ideal, pero finalmente 

se revela contra él buscando encontrarse consigo misma. 

La existencia del hombre y la mujer como tales no responde simplemente 

a una cuestión biológica, existe también el constructo sociocultural de lo 

masculino y lo femenino. 

A medida que una persona crece, va recibiendo información, ya sea de su 

familia, amigos, la escuela, los medios de comunicación, etc., que 

determinarán su identidad de género. Así cuando una persona actúa se 

espera que siga determinada línea de comportamiento acorde con esa 

identidad, se espera que cumpla su rol, que se guíe por los patrones de lo 

que se debe y no se debe hacer. 

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Es a través de esta construcción llegamos a asociar (desde la concepción 

de la Modernidad) a lo masculino con la fortaleza y la agresividad, y a lo 

femenino con la debilidad y la sumisión. 

Pero desde los comienzos de la humanidad, las sociedades consideran que 

lo intrínseco del género femenino es la inferioridad. 

Según el Antiguo Testamento, Dios consideró que el hombre necesitaba 

“una ayuda apropiada” (Sagrada Biblia, Génesis 2, 18) y creó a Eva a partir 

de una costilla de Adán. Nace así la mujer, como apéndice del hombre. 

En la Grecia Clásica, hombres y mujeres vivían en mundos diferentes. Los 

hombres reconocían como seres válidos solo a otros hombres, y las 

mujeres desarrollaban su existencia entre ellas, en el gineceo, apartadas de 

ellos. 

En la Antigua Roma, las mujeres tienen ya un lugar de cierta importancia, 

pero siempre dentro del ámbito de lo privado o lo familiar. 

En la Edad Media se identifica al universo femenino con lo engañoso, 

misterioso, oscuro, enigmático y hasta lo relacionado con el mal y la 

hechicería. Paralelamente, aparece en la literatura medieval otra visión de 

la mujer que se prolongará durante el Renacimiento, relacionada con la 

belleza y la exaltación de sus virtudes, la mujer se convierte en un objeto 

de adoración. Sin embargo, los rasgos que la definen durante esta época 

siguen siendo la obediencia y la sumisión. 

En el siglo XIX, con la industrialización se genera un gran cambio. 

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Las mujeres descuidan sus hogares y entran a trabajar en las fábricas. Pero 

esto produce horror en la burguesía. Se critica sistemáticamente que las 

mujeres abandonen sus deberes naturales y se las contrata como mano de 

obra barata, relegándolas a un cargo subalterno, sostenido por el concepto 

de que el trabajo femenino, lejos de ser relevante, solo puede significar un 

aporte complementario a la economía familiar, ésta debe ser 

responsabilidad exclusiva del hombre. 

Nace así la cultura de la mujer sacerdotisa del hogar, un ser en función de y 

para los otros. Depende del hombre en lo económico y en lo intelectual. 

Esta situación no es cuestionada por la mujer, quien, por el contrario, 

encuentra en el mundo hogareño, familiar, la razón de su existencia. A 

través de la administración del hogar, de la responsabilidad de la salud y la 

educación de los hijos, adquiere un poder, el del gobierno de lo doméstico, 

y se siente feliz de ejercerlo. 

Con respecto al amor y al matrimonio, la mujer prácticamente no tiene 

poder de decisión, los casamientos se realizaban, en la mayoría de los 

casos, por conveniencia y el amor no era el valor que más se tenía en 

cuenta a la hora de buscar pareja. 

La creencia que persiste es que la mujer no puede estar sola, de este 

modo, una vez que deja de depender del padre, pasa a depender del 

esposo. 

Sin embargo, a mediados del siglo XIX, surge el feminismo, que abre 

espacio a una nueva actitud para con las mujeres. 

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Intentando cambiar el lugar que ocupan en la sociedad, hacen llegar sus 

ideas a través de la prensa. Aparecen periódicos dirigidos por y hacia las 

mujeres, en los que se tratan temas hasta el momento considerados 

masculinos. 

Simultáneamente se agrupan en asociaciones por medio de las cuales 

intentan defender sus derechos, buscando la igualdad frente al hombre, 

luchando contra el “rol” que una sociedad machista les ha asignado. 

Es igualmente importante mencionar que durante esta época tuvo lugar el 

movimiento sufragista. Movimiento reformista social, económico y político 

llevado a cabo por las sufragistas, mujeres de todas las clases sociales que 

se unieron para reclamar el derecho a la participación política, el derecho 

al voto, el derecho a la igualdad entre el hombre y la mujer. 

Del tal modo, el siglo XIX engendró una creciente tensión entre lo que la 

sociedad esperaba de las mujeres y lo que ellas querían para su vida, 

abriendo paso a una nueva mujer, una nueva Eva, con nuevos roles e 

ideales. 

Henrik Ibsen y "su" Nora 

Nora, personaje principal en Casa de Muñecas, es fiel producto de esta 

concepción arcaica de lo femenino, que forjó un modelo de mujer débil, 

subordinada, servicial y obediente. 

Al enfrentarse al espejo social, Nora debe reflejarse de determinada 

manera, su imagen debe seguir ciertos patrones predeterminados, debe 

adaptarse al prototipo de mujer ejemplar. 

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Torvaldo, su esposo, la modela con regalos (joyas, perfumes, ropa) y 

cumplidos convirtiéndola en un ente ideal de su posesión, un adorno del 

hogar, una gratificación ante sus ojos. 

Nora es su alondra, apodo que puede inspirar ternura, pero que al fin y al 

cabo alude al ave, que paradójicamente simboliza tanto la libertad como el 

cautiverio. 

Pero Nora no es una alondra libre, debe permanecer en su hogar y 

ocuparse de sus tareas naturales. 

La vida pública de Nora está sujeta a las decisiones de su esposo. Al ir a una 

fiesta, la vestimenta, el baile, el comportamiento y el horario son 

controlados por Torvaldo: 

Nora.–No, no, no, no quiero entrar, quiero subir de nuevo, no quiero 

retirarme tan pronto. 

Torvaldo. –Vamos, querida Nora… Nora. –Sí, te lo ruego, querido Torvaldo, te 

lo suplico… ¡solo una hora más! Torvaldo. –Ni un minuto, Norita mía. Ya 

sabes lo convenido. Vamos, entra, que afuera vas a enfriarte (La hace 

entrar, contra su resistencia) 

La economía del hogar, también depende exclusivamente de Torvaldo. En 

cuestiones de dinero Nora no tiene autoridad alguna y su amiga, la Señora 

Lindie, se lo aclara: 

Señora Lindie. –Pero ¿de dónde lo sacaste entonces? (…) Prestado, de 

ninguna manera. 

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Nora, –¿Y por qué no? Señora Lindie. –Porque una mujer casada no puede 

pedir dinero prestado sin el consentimiento de su marido. 

Esta dependencia intelectual y económica, de la que Nora ocasionalmente 

reniega, es la que otras mujeres anhelan. La Señora Lindie dice encontrarse 

en el vacío por no tener de quien ocuparse, cuando decide unirse a 

Krogstad y sus hijos, exclama: 

Señora Lindie. –¡Cómo han cambiado las cosas! Ya tengo por quién 

trabajar, por quién vivir, un hogar que atender. 

Voy a dedicarme a ello sin tardanza. 

A pesar de todo, Nora es consciente de su situación y del rol de mujer 

perfecta falso que sobrelleva día a día. 

Hacia el final de la obra, decide acabar con toda la farsa y romper con el 

molde que la restringió, no solo durante su relación matrimonial, sino 

durante toda su vida. 

Nora. –Escucha, Torvaldo. Cuando yo estaba en casa de papá él me exponía 

sus ideas y yo las compartía; si tenía otras por mi parte, las ocultaba, pues 

no le habrían gustado. 

Me llamaba su muñequita y jugaba conmigo como yo jugaba con mis 

muñecas. Después vine a tu casa… (…) Quiero decir, que de las manos de 

papá, pasé a las tuyas. 

Se revela ante Torvaldo y por ende, contra la sumisión, la obediencia, la 

dependencia y la debilidad. Decide privilegiar sus necesidades por sobre 

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las de los demás, para dejar de ser un ser “en función de” y “para los otros”, 

para dejar de ser la “alondra” de su esposo: 

Nora. –¿Qué consideras mis deberes sagrados? Torvaldo. –¿Y tengo que 

decírtelo? Son tus deberes para con tu marido y tus hijos. 

Nora. –Tengo otros no menos sagrados. 

Torvaldo. –Nos los tienes. ¿Cuáles son esos deberes? Nora. –Mis deberes 

para conmigo misma. 

De este modo Nora decide finalmente abandonar su hogar, la jaula en la 

que se encontraba presa; para convertirse en una nueva mujer, una nueva 

Eva, una nueva Nora. 

Diseño de la puesta en escena de Casa de Muñecas 

Esta propuesta está basada en resaltar y destacar el concepto de mujer 

que Ibsen plantea en su obra. Una mujer que debe dedicarse a su hogar y 

a su familia. Que se encuentra limitada en sus pensamientos y en sus actos 

por la figura de la mujer idealizada que la sociedad le impone. 

En la obra aparece como símbolo de esta mujer perfecta, un pájaro, la 

alondra, así es llamada Nora por su esposo. El diseño de la puesta en 

escena esta anclado en esta simbología y gira en torno a ella. 

La mujer ideal / Nora será una mujer pájaro, tendrá una máscara que la 

caracterice como tal. Ser una de ellas es la mayor ambición del mundo 

femenino, es su meta en la vida. La que no cumpla con el rol de mujer 

servicial, obediente y fiel no llevará máscara y quedará completamente 

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expuesta al prejuicio social. La mujer pájaro es el orgullo de su esposo, y lo 

es gracias a él, ya que a él sirve y obedece. 

Su hogar, en el que desarrolla sus tareas correspondientes, será una 

mixtura entre una vivienda corriente y una jaula, símbolo del encierro 

doméstico y de la privación de la libertad ideológica que marca a la mujer 

pájaro. 

De este modo, la propuesta escenográfica consiste básicamente en 

convertir el espacio escénico en una jaula. 

Se trata de un living decorado acorde al estilo europeo del siglo XIX, 

madera oscura y maciza en pisos, sillones, puertas y zócalos, géneros 

pesados de colores oscuros y apagados en los tapizados, empapelados con 

diseños en colores también oscuros en las paredes y marcos dorados y 

bien barrocos. En el lateral izquierdo del escenario habrá dos sillones 

pequeños y una mesa ratona, un poco más atrás, una puerta. En el lateral 

derecho, un sillón doble, haciendo juego con los pequeños, y atrás, otra 

puerta. Entre las dos puertas estará el piano y en el medio del living, una 

alfombra. Las paredes tendrán un metro y medio de altura, a partir de allí 

surgirán los barrotes de lo que simulará ser la jaula, se extenderán 

aproximadamente hasta los cuatro metros uniéndose todos en una 

terminación. 

Colgadas en los barrotes, habrá una gran cantidad de fotografías, 

enmarcadas en distintos tamaños y formas. Éstas serán de hombres junto 

a sus “mujeres pájaro”, parejas pertenecientes a la familia, a modo de árbol 

genealógico. Exhiben con orgullo generaciones enteras de mujeres ideales. 

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La paleta de colores oscilará entre marrones oscuros, verdes oliva y 

apagados, y metalizados, dorados en los marcos de las fotografías, y 

bronce en los barrotes de la jaula. Estos colores generarán un clima sobrio 

y oscuro, y al mismo tiempo elegante y de buen gusto. 

En cuanto al vestuario, Nora llevará un vestido elegante, de mangas largas 

y amplias, un escote discreto con volados y una falda voluminosa hasta los 

pies. Será de un color neutro y sobrio. Tendrá el cabello recogido y llevará la 

máscara o antifaz de la “mujer pájaro”, tendrá plumas y los rasgos 

característicos se asemejarán a los de la alondra. En el momento en el que 

Nora decide abandonar el hogar, se quitará la máscara y se la arrojará a su 

esposo, rompiendo con el molde de mujer impuesto por él y sus 

congéneres. 

Torvaldo, esposo de Nora, vestirá un traje color marrón oscuro. 

El pantalón holgado y el saco largo hasta las rodillas. 

Una camisa blanca y un pañuelo al cuello. Estará prolijamente peinado y 

tendrá un bigote espeso. 

El objetivo principal de esta puesta en escena es recalcar esa visión de la 

“mujer pájaro” que Ibsen expone y problematiza en Casa de Muñecas. A 

pesar de que es un tema con fuerte carga social, la intención es hacerlo, no 

de manera realista y apelando a lo dramático, sino a través del simbolismo, 

acudiendo a recursos estéticos fantásticos en la escenografía y el vestuario 

que ilustren la situación y permitan al espectador pensar y establecer 

analogías para interpretar el conflicto. 

 
 

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