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Luna de cumpleaños

Era el siglo pasado, para ser más exacta, 1969. Mucho se había hablado tanto
en la radio como en la televisión de la proeza que se haría realidad en breve: el
hombre llegaría a la luna. Se decía que gracias a la misión espacial se podría saber
cómo era su superficie, si había vida en ella y el éxito de la expedición daría comienzo
a otras para ir a otros planetas del universo.
Los ojos de lo que yo pensaba eran todos los habitantes del planeta estaban
allí, junto al Apolo 11 y sus tres tripulantes, los astronautas Armstrong, Aldrin y Collins.
Todo parecía mágico, como de película. Los preparativos de la nave los días previos
al despegue, las detalladas explicaciones de todos los pasos a tomar por los
especialistas estadounidenses de Cabo Kennedy en Florida.
Era tan lejano y tan emocionante. Las descripciones de las partes de la nave,
la carga de combustible, los ajustes de último momento, las maquinarias de última
tecnología tan distintas de todo lo conocido. Al lado del Apolo 11 un auto y un avión
eran cosas del pasado.
Ya había habido otras expediciones pero no se había alunizado y esta vez
había una gran seguridad del gran logro de poder caminar sobre el suelo lunar. Los
astronautas tomarían muestras del suelo, harían mediciones varias, instalarían
instrumental científico para detección de sismos, partículas solares y un reflector láser.
Los traductores decían muchas palabras raras: plataforma de lanzamiento,
trayectoria, órbita, control remoto, desacoplamiento, alunizaje, cohete impulsor,
módulos, propulsores, etc. Las palabras me maravillaban y escuchar un idioma
diferente y a otra persona contarlo en castellano era emocionante.
Nos habíamos levantado más tarde que de costumbre un poco por ser domingo
y otro por ser vacaciones de invierno, habíamos almorzado pollo al horno con papas y
batatas, no habíamos ido a la plaza porque hacía frío y mamá ya estaba preparando
mi torta de cumpleaños, decorada con payasos de chupetines.
Sacamos tres sillas de la mesa de comedor y los tres nos sentamos frente al
televisor de tubo con imágenes en blanco y negro, en fila como si estuviésemos en el
cine, mamá a la derecha y papá a la izquierda. Los tres con los ojos fijos en el
monitor, siguiendo con gran emoción cada paso, cada comentario, cada avance.
No sé cuánto entendería yo en esa época, lo que sí sabía es que se esperaba
llegar a la luna el día de mi séptimo cumpleaños. En casa me parecía que mi papá y
mi mamá sentían que, de algún modo, tal hazaña era en mi honor, un festejo de
cumpleaños mundial, un regalo para mí, para eternizar ese día y que se les oyera
decir: “los astronautas llegaron a la luna el día del cumpleaños de nuestra hija”.
Las etapas del viaje a la luna iban muy bien: el despegue, los desacoples, las
propulsiones, las comunicaciones entre los astronautas y el centro de control. Todo
muy cronometrado, excepto la emoción. Al llegar a la órbita lunar los astronautas se
morían de ganas de pisar la luna y pidieron autorización para anticipar esa etapa de su
misión. Lo lograron y la llegada se anticipó al 20. Esa noche me fui a dormir muy feliz.
La humanidad ya habìa llegado a la luna y al día siguiente me esperaba mi
cumpleaños.
© Edith Fiamingo 2020