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MOVIMIENTO SOCIAL DE COMUNIDADES NEGRAS EN EL

PACÍFICO COLOMBIANO. LA CONSTRUCCIÓN DE UNA NOCIÓN DE


TERRITORIO Y REGIÓN

William Villa

INTRODUCCIÓN

El Pacífico colombiano desde los años ochentas del presente siglo es


escenario de profundas transformaciones en el ámbito cultural, en la
concepción que del desarrolo configura el estado colombiano y en la
forma como las sociedades negras e indígenas apropian su historia, a la
vez que afirman sus derechos territoriales. Esta dinámica es verdadera
ruptura con respecto al modelo de ordenamiento territorial inaugurado
en el mundo colonial, el cual pervive a lo largo de la República y se
proyecta en el transcurso del siglo XX. Estos cambios desde el análisis
de algunos teóricos son percibidos como procesos de modernización en
el sentido sociológico (Escobar y Pedroza, 1993).

El modelo económico y de control de los territorios del Pacífico,


propiciado por el poder hispano, llevó a que se constituyeran dos
grandes epicentros con preponderancia en el plano demográfico y en el
económico, los cuales no tenían comunicación alguna entre sí y sobre
los que se ejercía control directo desde la región andina. Así, en el Alto
Chocó la triada Tadó-Nóvita-Quibdó (Valencia y Villa, 1991 ) se
constituía en una ínsula o en un epicentro de desarrollo para el tipo de
economía de la época, como lo era hacia el sur Barbacoas, Iscuandé y
Tumaco (Almario y Castillo, 1996). Los procesos que en la búsqueda por
integrar la región se inauguran en el presente siglo alrededor de la
construcción del carreteable, línea férrea y puerto hacia Buenaventura y
Tumaco, lo mismo que el carreteable hacia Quibdó y Turbo, no hacen
sino reforzar ese modelo de poblamiento donde el Pacífico se percibía
como espacio por colonizar, como territorio para integrar a los centros
andinos y como bodega cargada de recursos por extraer.

Así, una noción de región sólo aparece en las construcciones elaboradas


por los geográfos, quienes en el dominio de lo físico y lo biótico
descubren continuidades en diversos lugares1 , en tanto en los aspectos
sociales y económicos se mantiene cierta insularidad derivada de la
forma como los distintos centros de poder andino quieren asegurar su
dominio sobre estos territorios. El Pacífico se define entonces como
colonia interna con relación al Valle o Antioquia, Popayán o Pasto; y el
Estado quiere asegurar que el territorio se integre desde esa definición.

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Es el campesinado negro del Pacífico, quien, a partir de mediados de la
década de los ochenta, comienza a generar un discurso crítico sobre el
tipo de ordenamiento imperante, las políticas de desarrollo y el lugar del
negro en la vida nacional. Este movimiento campesino negro logra
impactar en la Constitución Política de 1991 y a partir de ello generar
una nueva percepción respecto a su propia identidad, lo mismo que al
lugar del negro en la vida de la nación.

EL NACIMIENTO DE UNA NOCIÓN DE TERRITORIO DESDE LA


VISIÓN DE LAS SOCIEDADES NEGRAS

Las tierras bajas del Pacífico son el escenario de gesta donde los grupos
negros desde el siglo XVIII emprenden el viaje por rehacer su cultura.
Desde los centros mineros, localizados hacia las zonas medias y altas de
los ríos, se desgranan los descendientes de los esclavos en busca de las
tierras bajas donde puedan vivir en libertad, en su viaje recorren playas
y firmes que van poblando con los seres imaginarios heredados de sus
ancestros, acontecimientos e historias de ríos y esteros lejanos
comienzan a alimentar la memoria colectiva, en el contacto con el
indígena aprenden los secretos del bosque y en el largo viaje por la
inmensa red de ríos entienden que es ese el territorio para renacer en la
música y la danza, en los ritos alrededor de los muertos, en la red de
parientes que se va dispersando en la orilla del río, en darse su propia
forma de gobierno y en la búsqueda por hacer de nuevo la historia.
Largo es el viaje que emprende el negro para poblar los confines de los
ríos del Pacífico, pero poca es la literatura que documenta esta historia,
quizá porque este poblamiento no se realizó con la racionalidad
destructiva y violenta de las culturas andinas.

Ya en los años cincuenta del presente siglo la frontera interna al


Pacífico, que desde el Darién panameño se extiende hasta Esmeraldas
en el Ecuador, comienza a constreñirse, proceso que se inaugura con el
tránsito hacia nuevas formas de poblamiento y que aparece
determinado por la intensificación de la extracción de los recursos del
bosque. Las familias negras que vivían dispersas en playas, firmes y
ríos, y que les caracterizaba la movilidad en extensos territorios,
comienzan a concentrarse en pequeños poblados o aldeas (Aprile, 1991.
Valencia. 1985). Los excedentes demográficos que habían encontrado
siempre un nuevo espacio donde asentarse, ahora fluyen hacia los
centros urbanos en formación como son Quibdó, Tumaco y
Buenaventura, otros deben salir hacia Cali, Medellín, Turbo y hasta
Venezuela.

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La baja disponibilidad de tierras aptas para la agricultura es factor
determinante en la evolución del poblamiento y en los cambios en el
modelo de adaptación desarrollado por los grupos negros en el Pacífico;
la agricultura se desarrolla sobre las pocas tierras altas como los diques
de los ríos, los firmes y las playas. Tierras sometidas a periódicas
inundaciones, pequeñas fajas de terreno rodeadas de planos inundables
cubiertos de bosque, islotes rodeados de ciénagas, firmes adyacentes a
esteros y playas sembradas de coco. Esta característica del paisaje
obliga a la dispersión de los asentamientos, los cuales se forman de
manera lineal y se constituyen parentelas que se distribuyen sobre la
ribera del río formando un segmento, a la vez que apropian un territorio
de forma colectiva. El crecimiento demográfico implica que la tierra para
la agricultura se vaya fragmentando, cada vez la unidad doméstica
dispone de menor área, a la vez que los ciclos de barbecho o descanso
de los terrenos se acortan. La menor disponibilidad de tierras se refleja
en incremento de las tareas extractivas, mayor presión sobre las zonas
de bosque, dedicación a tareas de pesca y en procesos de migración.
Estos cambios, que se vienen experimentando a lo largo de la primera
mitad del siglo XX, se expresan igualmente en la crisis de ciertas pautas
respecto al uso del territorio, como en el manejo del cerdo, que se
realizaba a partir de un acuerdo entre los miembros de la parentela, que
permitía que mientras en una orilla del río el cerdo vagara en busca de
sus alimentos, en la otra orilla se hicieran las rozas de maíz y de este
modo evitar los daños que el animal pudiera ocasionar. El crecimiento
de la población lleva a que los asentamientos se realicen sobre las dos
márgenes, con consecuencias en la seguridad alimentaria de la familia,
que tenía en el cerdo una fuente de abasto importante.

Al entrar en crisis el modelo de asentamiento tradicional, nace el


pequeño poblado, el misionero realiza la más antigua ilusión colonial de
reunir a los negros para facilitar su práctica evangelizadora, el
comerciante de maderas los congrega alrededor del aserrío; nace la
aldea en una pequeña calle que corre paralela al río, donde la escuela y
la iglesia son portadores de su identidad.

La impronta territorial que el negro había hecho con sus santos y sus
muertos, el Estado colombiano la borra de un tajo, la Ley 2a de 1959
constituye a todas las tierras bajas en inmenso baldío, y de este modo,
abre las puertas para que los empresarios de la madera apropien los
territorios, expulsen a sus ancestrales moradores y se inicie la historia
de la destrucción de los bosques inundables. Desde 1950 los aserríos
comienzan a crecer en las orillas de ríos y esteros, una nueva historia se
inicia, son muchas las pequeñas poblaciones que se forman a su
alrededor, es la moderna esclavitud la que allí se instaura (Restrepo,

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1996), y en adelante, el negro oficiará de cortero que provee la gran
empresa destructora.

Al norte de las tierras bajas, hacia el Golfo de Urabá, en el inmenso


plano formado por el río Atrato y el León, en los bosques de catival, el
nuevo orden se expresa en su real dimensión. La empresa maderera
avanza, a su paso deja los canales por los cuales ha sacado las trozas,
las tierras bajas se desecan y por allí llegan los campesinos desplazados
de otras regiones del país, florece la ganadería y la plantación de
banano para la exportación (Molano, 1996. Valencia, 1982.). Es esta la
historia que vivencian los grupos negros que habían poblado el Atrato,
en muy pocos años conocen de la degradación de los ecosistemas que
les habían permitido la subsistencia, gentes extrañas apropian sus
tradicionales territorios y una vida de marginalidad y violencia
experimentan al lado de la gran empresa bananera.

Contiguo a la zona del Urabá, en los territorios de la región media del


Atrato, alrededor de las ciénagas y los fértiles diques de los afluentes
principales del gran río, en este paisaje se había estabilizado un
campesinado que focaliza su vida económica en la finca, a la vez que
durante ciertos períodos del año se desempeña como pescador o
minero, en tanto complementa sus ingresos con la cacería y la
extracción de diversos productos del bosque. Es este campesinado,
quien a lo largo de la década de las ochenta gestas una respuesta al tipo
de ordenamiento territorial que la gran empresa maderera imponía y es
allí donde se descubre una nueva visión de apropiación del territorio por
parte de las comunidades negras. Es en la región media del Atrato,

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donde finalmente, se cierra la frontera sin límites que en las tierras
bajas prefiguraron los grupos negros desde el siglo XVIII

Las comunidades del medio Atrato presienten la hecatombe. Todo está


dado para que su existencia física y cultural conozca el final. Para ese
momento la empresa Pizano S. A., una de las depredadoras con más
historia en la destrucción de los bosques de cativo, inicia los inventarios
para solicitar un permiso de explotación para toda la región media del
Atrato. La frontera se cierra para los grupos negros, pero no sólo por la
presión de la gran empresa maderera, los cambios tecnológicos que al
interior de las mismas comunidades vienen sucediendo igual generan
impacto degradante sobre los ecosistemas. Las tecnologías tradicionales
han dejado de ser opción, los ríos conocen la llegada de monitores y
minidragas para la explotación minera, las ciénagas se llenan de, largas
redes de nylón, en los bosques la motosierra aterra con su ruido y los
motores fuera de borda rápido conectan los mercados (Villa, 1989,
1995,1996). Las formas solidarias de trabajo se van llenando de fisuras
y una nueva normatividad regula las relaciones.

Todo parece haberse desbordado y ante ello las comunidades inician el


trabajo de delimitar los territorios. Las ciénagas espacio colectivo por
excelencia, ya no pueden ser el territorio abierto para que pescadores
de muchos lugares lleguen, debe regularse su uso, generarse consensos
respecto a quienes tienen derecho para pescar en ella, cerrar la entrada
a gentes de otras comunidades lejanas que llegan con sus motores y
aparejos de pesca. De igual forma esto comienza a suceder con los
bosques y con las tierras de mina. Hacia el año de 1985, las
comunidades del medio Atrato realizan la tarea de delimitar sus
territorios, de regular al interior de ellos la explotación de los recursos y
de poner diques a la presencia de personas y empresas. La delimitación
territorial es ejercicio que cuenta con la asesoría de los grupos
misioneros y es reflexión que tiene como núcleo el problema del manejo
de los recursos naturales. Este proceso es la afirmación de la propiedad
colectiva, a la vez que, es poner límites, mojones, marcas que no habían
sido necesarias hacia el pasado. Una nueva forma de propiedad se
inaugura en el Pacífico, donde lo colectivo, como territorio sin límite,
transita hacia el territorio que se define en un mapa y en el que se
puede hacer un censo de los propietarios.

En el universo de la organización social de igual forma suceden cambios,


aparecen los Comités Locales, que integrados en una red a lo largo del
río, se constituyen en la instancia de gobierno propio. Aparece así la
Asociación Campesina Integral del Atrato ACIA, organismo que se define
en función de representar las comunidades para negociar con el Estado.

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La familia y el parentesco dejan de ser el referente determinante en la
interacción. Esta forma de organización, constituida por primera vez en
la región media del Atrato, que integra a treinta y cinco comunidades,
será el modelo privilegiado a emular por los pobladores de otros ríos de
las tierras bajas y hacia finales de la década de los ochenta se verán
nacer organizaciones de este tipo a lo largo del Pacífico (El Atrateño 1 al
18).

La delimitación territorial, los mojones que los grupos negros comienzan


a poner, no son la respuesta necesaria ante la gran empresa
deforestadora o la colonización, también tiene como antecedente
importante la política del Estado colombiano frente a las poblaciones
indígenas. Desde mediados de la década del setenta se constituyen los
primeros Resguardos del Pacífico, posteriormente, en la década de los
ochenta, con el nacimiento de la Organización indígena en el Chocó
OREWA, son muchos los sitios donde se delimitan territorios indígenas y
en donde se accede al reconocimiento de la propiedad colectiva en la
forma del Resguardo. Los grupos negros que habían compartido el
territorio con las poblaciones indígenas, que habían descubierto formas
de interacción no violenta, y que habían trazado fronteras imaginarias y
móviles en el uso del territorio; con el aparecimiento del Resguardo
como nueva forma de propiedad experimentan una nueva dimensión del
conflicto y una amenaza tan real como la de las empresas madereras o
la colonizacion. Los Resguardos se delimitan en ausencia de las
comunidades negras vecinas a los indígenas, al negro se le reduce a la
condición de colono, sus derechos territoriales no tienen reconocimiento
alguno y el negro expectante ve crecer a su alrededor un nuevo orden
excluyente, que le limita en su movilidad hacia territonios donde en el
pasado podía ejercer de minero, de cazador, de recolector, que lo llena
de conflictos con sus vecinos, que en muchos sitios amenaza con
violencia y que lo obliga a preguntarse hasta dónde llegará la expansión
de la frontera indígena. Pregunta que tiene como referente inmediato la
constitución de algunos Resguardos donde poblados enteros de
comunidades negras quedaron englobados en el territorio indígena,
como en los casos del Alto Andágueda o en la parte baja del San Juan
en Pizario.

El campesino negro del medio Atrato mira hacia el norte para descubrir
en las zonas bajas el avance de la colonización, hacia el río Opogadó, en
el poblado de Mesopotamia encuentra la avanzada de campesinos
"Chilapos" provenientes de las llanuras de la costa atlántica; torna su
mirada en dirección sur para mirar como llegan los mineros con sus
dragas desde el bajo Cauca y los comerciantes de madera que desde
Quibdó vienen financiando motosierras; es ese el verdadero paisaje que

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se advierte en los años ochenta, y cuando el negro se detiene a
observar las cabeceras de los ríos que tributan al Atrato se encuentra
con territorios de Resguardo. En ese escenario la Asociación Campesina
Integral del Atrato ACIA inicia la construcción de un concepto de
territorio para las comunidades negras, donde la reflexión se ordena en
torno a la etnicidad y el cuestionamiento al Estado colombiano se
fundamenta en el derecho de los grupos negros a pervivir como cultura.
Desde esta perspectiva ACIA inicia la negociación con el Estado, en un
proceso que siendo local, al cabo de pocos años se convertirá en la
opción política del conjunto de campesinos de las tierras bajas del
Pacífico, y que en la dinámica de la organización campesina del medio
Atrato, tendrá su cristalización en el Acuerdo 88 de la Junta Directiva de
CODECHOCO, del mes de Julio de 1987, por el cual se reservan 600.000
hectáreas en la perspectiva de un Plan de Manejo Integral que además
debe formularse con base en la propia experiencia cultural de las
comunidades 2 . Este Acuerdo, que en la memoria de las gentes del
medio Atrato quedó como el Acuerdo de Buchado, es el inicio de un
nuevo orden territorial para el Pacífico y la constatación de la eficacia de
un discurso político que articula la identidad cultural del negro con
relación a la forma específica de apropiación territorial.

DE LA NOCIÓN DE TERRITORIO AL CONCEPTO DE REGIÓN

El modelo organizativo asumido por ACIA, lo mismo que el discurso


sobre el derecho al territorio, pronto se torna en experiencia a replicar
por campesinos de otros ríos, las tres grandes cuencas del Chocó se
integran en esta visión de organización campesina, al final de la década
de los ochenta ya se han decantado organizaciones similares en los ríos
Baudó y San Juan, como en la parte baja del Atrato, en tanto en la zona
sur del Pacífico de manera incipiente se comienza a gestar el mismo
proceso (Sánchez, 1993). Característico a este movimiento social es su
esencia campesina, aunque las organizaciones que nacen se nominan
con relación a una cuenca y aparecen como si alrededor de ellas se
agruparan todos los habitantes de un río, la verdad es que estas
organizaciones tienen como núcleo los sectores de río donde hay menor
movilidad de la población y donde la práctica de la agricultura, como la
silvicultura, se erigen en determinantes para la economía de la familia.
Hacia las zonas donde la población se ocupa en la minería, igual que
entre pescadores de la región costera, esta dinámica organizativa no se
asume de modo relevante, cuestión que puede llegar a explicarse en
función de la movilidad propia de esta población, pero también por el
impacto de programas de desarrollo, que desde los años ochenta se
implementaron en algunas zonas campesinas a partir de la cooperación
técnica internacional3 , los cuales como regla promocionaron formas

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asociativas para la gestión de diversos proyectos y tuvieron como foco
las áreas de mayor disponibilidad de tierras para la agricultura.

El nuevo discurso, como inmensa ola, penetra a los confines del Pacífico,
un nuevo orden se anuncia, desde los ríos se aprende a mirar a lo lejos,
hacia los centros de poder, hacia los sitios donde se toman las grandes
decisiones. La convocatoria a una Asamblea Nacional Constituyente que
abre la década de los noventa sorprende a las organizaciones negras del
Pacífico, que para ese momento sin haber podido decantar una red
regional que las integre, no llegan a tener una representación en ese
escenario y en consecuencia no podrán de forma directa asumir el
debate sobre sus derechos. La nueva Constitución Política de 1991 será
precaria respecto al reconocimiento de los derechos de los pueblos
negros, la única huella duradera y con implicaciones para las
poblaciones del Pacífico, será la que se cristaliza en el Artículo
Transitorio 55, donde de modo específico se reconoce el derecho a la
propiedad colectiva para las poblaciones negras que habitan los ríos de
la cuenca del Pacífico y además el derecho a una normatividad especial
que permita el desarrollo de su propia cultura.

El discurso inaugurado en el medio Atrato en la mitad de los ochenta


encuentra su síntesis en el Artículo Transitorio 55, allí se revela la
aspiración del campesinado del Pacífico, de las organizaciones nacidas
en los ríos, de los pobladores que desde los bosques de las tierras bajas
prefiguran un mundo para generaciones futuras. El Artículo Transitorio
no habla para los pobladores urbanos, no dice de los grupos negros que
habitan en las grandes ciudades, tampoco de los que se diseminan a lo
largo de la geografía nacional, no lo puede decir, para ello sería
necesario que la historia fluyera por un camino distinto y los grupos
negros de la nación se descubrieran juntos para trasegar en el intento
de construir otra identidad. Así, la Constitución Política del 91 habla para
un campesinado negro inscrito en un contexto regional.

Descubrir la región es la posibilidad abierta por el Artículo Transitorio


55, durante siglos los negros habían vivido separados, en su historia
ningún proyecto político les había unido, el mundo colonial instituyó
barreras entre ellos y en la insularidad habían permanecido. La noticia
sobre la nueva Constitucion integra a las gentes de ríos diversos, en
adelante se rompe ese mundo que constituía al río como universo y es
la hora del encuentro para conocer sobre los derechos que la
Constitución consagra. Al amparo del A.T. 55 nacen organizaciones en
muchos ríos, se realizan los primeros encuentros de representantes de
toda la región y se congregan en asambleas para debatir el futuro del
Pacífico.

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Al principio el encuentro es oportunidad para el reconocimiento de las
diferencias, pero luego sobreviene la pregunta fundamental acerca de la
identidad del negro, interrogante que no sólo está en la mente de los
líderes que se encuentran, también es cuestionamiento necesario para
los funcionarios del Estado encargados de reglamentar el Artículo
Transitorio. Para los representantes de las organizaciones, para las
gentes que llegan desde los ríos, es la hora de apropiar las múltiples
historias nacidas de su experiencia local, de trascender hacia una visión
que les integre más allá de la historia de marginalidad compartida o de
ciertas expresiones culturales fáciles de advertir como la música, la
danza o la religiosidad. En esa búsqueda el imaginario antropológico se
desborda, y de esa discusión emerge como estatuto para pensar las
comunidades negras del Pacífico la sostenibilidad de sus prácticas
culturales en función de unos ecosistemas en extremo frágiles, lo mismo
que su capacidad para reproducir un modelo de adaptación no
destructivo y unas instituciones que se reglamentan a partir de formas
de gobierno autónomas y fundadas en la tradición.

La identidad del negro, como pregunta latente desde la Asamblea


Nacional Constituyente y objeto de discusión en las negociaciones del AT
55, encuentra una respuesta teniendo como referente las prácticas
tradicionales de producción propias al campesinado del Pacífico, como es
claro en el capítulo I de la Ley 70 de 1993 donde se trata del objeto y
definiciones. Esta definición de identidad es restrictiva, no integra a los
negros de Colombia, simplemente se debe ver como la síntesis de un
sector de la población negra, como expresión del movimiento social
negro campesino de la región del Pacífico.

Pero la construcción de identidad era proceso que escapaba a una


definición, los cambios venían ocurriendo de forma acelerada, viejas
instituciones se actualizaban portando nuevos significados, formas de
interacción que recientemente aparecían como funcionales se
derrumbaban y la vida del Pacífico no conocía más que una
documentación fragmentaria. La identidad era ruptura y aparecía de
modo imperceptible, no podía conocer de ella el funcionario del Estado
ni el antropólogo ni quienes llegaban a asesorar porque sólo habían
aprendido a mirar desde el mundo indígena, comunidades y movimiento
social con quienes habían estado en comunicación desde los años
setenta, tampoco era dado racionalizar para los líderes negros que
estaban inmersos en esos cambios. Todo era ebullición, el "alabao"
canto religioso por excelencia, forma que permite el diálogo entre el
negro con Santos y Dioses, encuentra otro sentido, se torna en
enunciacion política explícita, es evocacion de las carencias del negro,

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de sus sueños y fantasías, del orden social al que se aspira y de los
derechos que como etnia se les ha negado.

En los ríos, las gentes con sus cantos, danzas y juegos tienen otros
motivos para reunirse, ya no es sólo el encuentro ritual con los Santos o
con sus muertos, ahora llega a la reunión el decímero para recordar
cómo nació la organización del río, para evocar el viaje que algunos de
la comunidad emprendieron hasta Bogotá con el objetivo de enseñar
sobre el territorio que luchaban y para contar cómo era la vida de las
gentes del Pacífico. Canto y danza se integran en la dimensión del
encuentro político, los viejos cuentan la historia del poblamiento del río,
en el mapa van marcando los sitios donde se asentaron los primeros
mayores, enseñan sobre historias de esclavos y amos, sobre comidas y
fiestas del pasado, sobre indios y negros, sobre la historia que en el
encuentro es portadora de identidad. Pero el viaje por el río no es sólo el
ejercicio oral, es también el viaje real, el que emprenden los pobladores
del río San Juan en 1992 desde el delta hasta Istmina durante varios
días. Son cientos de la Asociacion Campesina del San Juan los que se
embarcan en sus botes, en cada pueblo hacen la parada obligada, bajan
con su chirimía, desde la playa alegran el encuentro con Jotas y
Contradanzas. El viaje es reconocimiento geográfico de un territorio que
ahora aprenden como suyo.

Los ríos que en el Pacífico corren paralelos, en el encuentro de las


organizaciones se juntan, la oralidad rasgo propio a la cultura del negro
se exacerba y de modo reiterativo se cuentan las historias de los ríos.
De grandes dragas que a su paso todo lo destruyeron, de franceses y
norteamericanos que impusieron su ley para extraer todo el oro, de
aserríos y grandes empresas que acabaron los bosques y de
retroexcavadoras que dejan sin trabajo al pequeño minero. La historia
ignominiosa de la extracción de los recursos del Pacífico es tejida en el
encuentro, los del norte conocen que su experiencia no es diferente de
los del sur, en ese momento se forja la identidad en las penurias del
pasado y en la certeza de un destino común. Es allí donde un concepto
de región aparece manifiesto y aprendido de forma vivencial.

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El movimiento campesino negro del Pacífico accede por esa vía a
apropiar una noción de región no sólo por la opción de integrarse a
través de la organización y la negociación con el Estado, también y
especialmente, porque el Pacífico como región había comenzado a existir
en el dominio nacional. Desde el gobierno de Virgilio Barco se convertía
en región geoestratégica en función de los mercados internacionales y el
desarrollo interno del país. Este nuevo estatuto para pensar el Pacífico
se expresaba en la construcción de una política, global y de largo plazo,
que se ordenaba con relación a la ampliación de la infraestructura de
puertos, red vial e hidroeléctricas (Tirado, 1990). Política que
igualmente se hace manifiesta en planes para la región como el de
Conservación de la Biodiversidad -Biopacífico- y el Plan Pacífico
orientado a la adecuación de infraestructura y servicios basicos.

AUTORIDAD Y GOBIERNO EN LOS TERRITORIOS COLECTIVOS DE


COMUNIDADES NEGRAS

En ausencia de una documentación significativa sobre la cultura de los


pueblos negros, la literatura antropológica sobre indígenas y la
experiencia del movimiento indígena en la titulación de Resguardos

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comienza a llenar ese vacío en las negociaciones del AT 55. Al negro se
le figura aislado, en comunidades armónicas, con formas de gobierno e
instrumentos para el ejercicio de la autoridad claramente reglamentados
desde la tradición, a la vez que, realizando un domimo colectivo sobre
un territorio. Forma de definir al negro que olvida la historia, que
desconoce los cambios ocurridos una vez las familias dispersas se
integran en poblados, visión estereotipada que impide ver la negociación
como resultado del conflicto que experimentan las comunidades
campesinas ante los cambios donde las instituciones propias han dejado
de tener eficacia.

El nacimiento del poblado en el Pacífico es el tránsito hacia la abolición


del segmento o familia que apropiaba de forma colectiva un sector del
río, forma de poblamiento que fue característica al proceso expansivo
del negro a lo largo del Pacífico, y que necesariamente, permitió
decantar una serie de instituciones propias y formas de interacción
contextualizadas desde su historia particular. En este nuevo espacio la
familia negra deja de ser el segmento que se regula en función del
parentesco, aparece la estratificación social propiciada por la escuela, el
comercio o la intermediación con el Estado; las formas de autoridad
tradicional ceden ante los poderes económicos que encarnan
funcionarios y comerciantes; al dominio de un territorio colectivo se
superponen los controles ejercidos por aserríos, permisos otorgados por
el Estado y poderes locales ligados al gran capital. El desconocimiento
de estas realidades culturales conduce a que en la Ley 70 el poblado se
figure como simple extensión de la vida rural y como espacio donde
idealmente reside la autoridad tradicional, sociologismo ilusorio que no
puede entender que esos poblados son los núcleos donde el negro se
integra a valores extraños propiciados por las escuelas, a relaciones
sociales inscritas en una economía de mercado y a sistemas de control
social propios de las culturas andinas.

La imposibilidad de ver al campesino negro desde su propia experiencia


cultural conlleva a que el lenguaje construido desde el Estado, tanto en
el desarrollo de políticas como en la definición de aquello que le otorga
identidad, conduzca a nuevas formas de invisivilización y de
reproducción de la marginalidad. De este modo una visión de desarrollo
de las comunidades negras en los territorios colectivos, en el marco de
la Ley 70, tiende a idealizar el valor de las prácticas tradicionales de
producción y a constituirlas en base para un modelo autosostenible (Del
Valle, 1996), sobrevaloración que deriva del desconocimiento de la crisis
ambiental generalizada en la región que lleva a que en algunos
contextos ya no sean viables estas prácticas por la degradación de los
ecosistemas que les servían de soporte, o por la adopción de nuevas

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prácticas culturales que imponen ritmos de producción intensos
determinados por el incremento en el espectro de necesidades a
satisfacer.

EL CONFLICTO ITRAÉTNICO

La identidad del negro, desde la definición apropiada por las


organizaciones de los ríos del Pacífico y manifiesta en la esencia de la
Ley 70, no crea adhesión unánime entre el conjunto de pobladores de la
región. Al contrario, para algunos intelectuales negros y para amplios
sectores de las zonas urbanas, esta nueva forma de concebir el territorio
no es más que expresión de una política discriminatoria, donde el negro
es reducido a la condición de indígena, se le segrega en la tarea de
guardabosque y se le impide el desarrollo al limitarle en las
oportunidades de participar del mercado de tierras. Para los negros de
las ciudades del Pacífico, en su gran mayoría, el camino recorrido por el
movimiento campesino es fuente de conflictos, es obstáculo para el
despliegue de sus expectativas, como es evidente para algunos sectores
negros urbanos que ofician como intermediarios de maderas o mineros
propietarios de retroexcavadoras.

El conflicto que la Ley 70 ha desencadenado al interior de la misma


población negra del Pacífico enseña sobre la real dimensión de este
proceso. Aunque desde los años noventa se revela una identidad negra
a los ojos de la nación colombiana, sin embargo ésta todavía es
fragmentaria porque no llega a ser síntesis de las múltiples expresiones
negras que subsisten, y porque por su origen, se debe entender como el
largo viaje que los negros del Pacífico emprendieron por los ríos,
primero para poblarlos a lo largo de tres siglos y luego para desde ellos
retornar y hablar a la nación sobre su vida en esas tierras lluviosas,
pobladas de bosques y de gentes que guardan memoria de otra historia.

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Intercambio 2.

358

1995 "Territorio y territorialidad en el Pacífico colombiano" En:
Comunidades negras. Territorio, desarrollo e identidad Bogotá: ICAN.

1996 "Ecosistema, territorio y desarrollo" En: Villa, W. (Editor)


Comunidades negras. Territorio y desarrollo Medellín: Editorial
Endymion.

1. En 1958 "El Simposio de Tierras Húmedas" se constituye en la


primera aproximación al Pacífico desde una visión regional, allí prima la
mirada del geógrafo que se hace manifiesta en las investigaciones de
West, R. y de Guhl, E.; en tanto una aproximación cultural es todavía
limitada.

2. Antecedente organizativo y de lucha por el territorio en el Pacífico es


el que en la década de los setenta emprende la Asociación Nacional de
Usuarios Campesinos ANUC, la ANUC de Buenaventura logra que se le
entregue en Concesión un área de bosque para el aprovechamiento
entre los ríos Dagua y Anchicayá. Esta reivindicación territorial se realiza
en la misma lógica extractiva de las grandes empresas madereras no se
apela a elementos étnicos ni de racionalización sobre el uso del bosque.

3. Desde inicios de los años ochenta en el Pacífico se implementan


algunos planes de desarrollo con el objeto de modernizar la agricultura,
estos planes se realizan en convenio con la Comunidad Económica
Europea y con Holanda, en su lógica tienen como componente esencial
la promoción de asociaciones de campesinos o formas cooperativas, las
cuales han de facilitar la transferencia de tecnología y la apropiación
final de los procesos.

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