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SECESIÓN

SECESIÓN
Izquierda radical y nacionalismo durante
la Transición política en Cataluña

Juan Martín Díaz


Nota sobre la portada. La imagen de la portada es una composición fotográfica a
partir de un muñeco del perro Snoopy, convertido en uno de los personajes clave
de la serie de dibujos animados Charlie Brown, muy popular en la década de 1970.
Está sentado sobre una taza metálica de presidiario. Al fondo, la imagen borrosa
de una manifestación celebrada en 1979 en la Rambla barcelonesa.

La composición y las fotos en que se basa, son del autor de estos textos. Su signi-
ficado tiene que ver con varias cuestiones. “Snoopy” fue el apodo cariñoso que me
pusieron unos camaradas durante mi estancia en la cárcel Modelo de Barcelona, a
principios de la década de 1970. Tenía que ver con mi costumbre de ponerme a
leer en lo alto de la litera superior de la celda, con la espalda apoyada en la pared.
La taza metálica, en cambio, se relaciona con el título de un libro autobiográfico
de un miembro de los GRAPO, escrito durante sus años en la cárcel, titulado El
tazón de hierro (Félix Novales, 1989). El tazón, símbolo irrompible de la solidari-
dad ideológica de grupo de la que todos beben. El hecho de que Snoopy tenga
aposentadas sus posaderas sobre tal tazón, lo dejo a la libre interpretación del
lector, por otra parte bastante evidente.
Hay otra posible interpretación, mucho más subjetiva. Durante mis años prepolíti-
cos, es decir, a finales de la década de 1960, me había convertido en un entusiasta
rastreador de la obra de algunos pintores surrealistas, en especial de René Magritte
y de Man Ray. Pronto descubrí que casi todos fueron comunistas.

Copyright © 2020 Juan Martín Díaz


Independently published
ISBN: 9798652885625
Tabla de contenido
Introducción: una visita al pasado 1

1. La democracia y los trabajadores 33

2. Sobre Gramsci, la república democrática y el “eurocomunismo” 39

3. Sobre la crisis capitalista 51

4. Notas sobre la crisis general del capitalismo y los problemas


de la revolución en el Estado español 55

5. Cuestión nacional y secsión 87

6. Un debate para un proyecto de emancipación 109

7. ¿Qué fue del 15M? 133


Introducción: una visita al pa-
sado
Juan Martín Díaz es un seudónimo. Lo he utilizado puntualmente a
lo largo de casi medio siglo en ocasiones en las que por razones di-
versas quería que mi nombre no se relacionara demasiado con algún
escrito. Como ahora, aunque la importancia de que alguien establez-
ca tal relación realmente es bien poca.
Aunque no siempre fue así. En la década de 1970, las circunstan-
cias políticas me obligaron a utilizar diversos alias. Como tantos
otros que se encontraban en circunstancias parecidas. Durante un
tiempo utilicé “Díaz” como nombre de guerra porque “Juan” y
“Martín” ya estaban ocupados. Lo que, por cierto, dio pie a algún
malentendido, como de que se tratara de una suerte de homenaje a
quien fuera secretario general del Partido Comunista de España
(PCE), José Díaz, un personaje que nunca me suscitó mucho entu-
siasmo. No lo desmentí, aunque la realidad era bastante diferente.
En 1972 tuve ocasión de entablar relaciones bastante estrechas
con la policía secreta del régimen franquista, la Brigada de Investi-
gación Social, más conocida por Brigada Político-Social, ciertamen-
te bien a mi pesar. Durante los días en que duró la relación, uno de
los miembros del grupo que me interrogaba, a la vista de mi empeño
en no reconocer nada, comenzó a aplicarme el mote de “el Empeci-
nado”, el más famoso de los guerrilleros de la guerra de la Indepen-
dencia, de orientación política liberal radical y auténtica bestia negra
de Fernando VII. Me quedé con el sobrenombre, literalmente incrus-
tado en la piel, que a lo largo de los años ha ido emergiendo, muy de
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tanto en tanto, cuando la ocasión me ha parecido que lo requería.
A principios de los años Setenta me encontraba políticamente
ubicado en la ultraizquierda catalana de corte maoísta. Unos años
después, en 1977, había pasado dos veces por la cárcel y había efec-
tuado un servicio militar de rasgos hasta cierto punto acordes con mi
postura política, es decir, de dureza más que notable, pero del que
tengo recuerdos interesantes en algunos sentidos. Todo lo cual pro-
bablemente contribuyó a atemperar en algún grado mi ardor militan-
te, que por cierto me creó algunos problemas políticos – y otros de
personales – que en algún caso pudieron haber sido graves.
La cuestión es que después de la muerte del general Franco en
1975 y el inicio de la transición política comencé a replantearme el
muy leninista “¿qué hacer?” y, sobre todo, cómo hacerlo, los crite-
rios a partir de los cuales cabía abordar la intervención política desde
mi personal punto de vista. Durante el servicio militar había leído
detenidamente, medio a escondidas, el libro Los conceptos elementa-
les del materialismo histórico, de la marxista chilena, discípula de
Louis Althusser, Marta Harnecker, publicado inicialmente en 1969 y
que debí leer en la edición de 1971 por Siglo XXI Editores (un au-
téntico best-seller, que en 2005 iba por la edición 65 y a la que creo
ha seguido alguna más). No me gustó demasiado, a pesar de sintoni-
zar bastante con lo que pudiera llamarse mi “perspectiva” maoísta
del marxismo. Por estos años también cayó en mis manos, no re-
cuerdo muy bien cómo, el libro recopilatorio de diversos textos de
Marx y Engels titulado Revolución en España, cuya traducción, pró-
logo y notas eran del filósofo y profesor represaliado de la Universi-
dad de Barcelona, Manuel Sacristán, conocido por su militancia co-
munista en el Partit Socialista Unificat de Catalunya. El libro me
entusiasmó.
El conocimiento que yo tenía sobre Manuel Sacristán en estos
años se limitaba casi exclusivamente a las informaciones que circu-
laban en el ambiente clandestino de la extrema izquierda, críticas en
alto grado con el comunismo de filiación soviética. Por tanto, tam-
bién con Sacristán. Muy a principios de los Setenta tuve ocasión de
tener un primer contacto, visual, con el filósofo. Fue con ocasión de
un mitin, ilegal claro está, que se organizó en el espacio interior del
Hospital de Sant Pau, en Barcelona, donde entonces se ubicaban las
facultades de Medicina y de Ciencias de la Universidad Autónoma

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de Barcelona. En el espacio exterior inmediato a esta última facultad
se celebró el acto, con nutrida participación, donde acudimos a escu-
char a Sacristán numerosos alumnos de Ciencias. Recuerdo que nos
habló sobre los juicios a un grupo de etarras conocido como el “pro-
ceso de Burgos” con el resultado de seis condenas a muerte, luego
conmutadas. Pero lo que me llamó la atención fue su intervención
referente a una desconocida, para mi, militante del Partido Comunis-
ta de los Estados Unidos y próxima a los black panthers, llamada
Angela Davis, entonces en la cárcel. Me impresionó su manera de
hablar, directa, clara y concisa y nada demagógica. La intervención
no duro mucho. Varias furgonetas de la Policía Armada, más cono-
cida como los “grises” por el color de su uniforme, hicieron su en-
trada a toda velocidad y numerosos policías a la carrera la empren-
dieron a porrazos con los que allí estábamos concentrados. Fue la
primera vez que corrí delante de la policía. Luego le siguieron mu-
chas otras. Sacristán escapó, tengo entendido, por los túneles subte-
rráneos del hospital que lo conectan interiormente.
La lectura de los textos de Revolución en España, y de su traduc-
tor y anotador, me llevaron a otros autores, a Gramsci en primer lu-
gar, del que Sacristán fue un decidido difusor, y también a algunos
autores que habían desempeñado un papel relevante durante el pe-
riodo republicano que partían de algunos textos recogidos en Revo-
lución en España para analizar la situación del país. Entre ellos, An-
dreu Nin y, sobre todo, Joaquín Maurín, antiguos sindicalistas que
habían abrazado el leninismo y el marxismo como guía de acción.
A mediados de la década de 1970 me encontré, pues, convertido
en un maoísta más o menos convencido que intentaba entender la
situación política de su país con la ayuda de un filólogo comunista
italiano y de un comunista heterodoxo republicano de origen arago-
nés afincado en Cataluña. De Gramsci era fácil obtener diversos tex-
tos, en espacial una Antología debida al propio Sacristán, pero de
Maurín era más complicado, y tuve que recurrir a la Biblioteca de
Cataluña –hoy Biblioteca nacional de Catalunya– para poder leer sus
libros en la edición original del periodo republicano. Más tarde sus
principales textos fueron reeditados.
¿Qué tenían en común Mao, Gramsci y Maurín? Me parece que
en primer lugar un cierto carácter “generacional”: Mao nació en
1893, Gramsci en 1891 y Maurín en 1896. Sus respectivos periodos

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de intervención política son, además en parte parecidos: el primer
Mao, hasta la proclamación de la República Popular China en 1949;
Gramsci hasta su fallecimiento en las cárceles fascistas en 1937; y
Maurín hasta su detención en 1936, cárcel y exilio en 1946. Me pa-
rece que hay, además, otro punto en común que tiene que ver con
quién fuera el principal teórico bolchevique después de Lenin, Nico-
lás Bujarin, con el que los tres autores mencionados presentaban
puntos en común. Tengo buenas razones para creer que Mao apre-
ciaba la obra de Bujarin, a pesar de algunas descalificaciones en de-
terminados momentos. Gramsci había leído con atención al bolche-
vique, a alguna de cuyas obras dedicaría amplios comentarios críti-
cos; Maurín reconocería que era uno de los autores que más le ha-
bían influido. En realidad, Bujarin, Mao, Gramsci y Maurín repre-
sentaban, probablemente, la continuidad de la mejor tradición del
leninismo, muy alejada de su conversión en doctrina estalinista, de la
que en mayor o menor medida todos fueron víctimas, sobre todo
Bujarin.
Estos autores, y algunos otros de los que luego hablaré, jalonaron
mis lecturas a lo largo de los años Setenta, mientras el país entraba
en una vorágine de acontecimientos políticos de todo tipo que, desde
la perspectiva actual, impresiona. Mejor: casi da miedo. Cuando to-
davía estaba prestando el servicio militar, la organización vasca Eus-
kadi Ta Askatasuna (ETA) hizo, literalmente, volar por los aires al
almirante Carrero Blanco, el hombre fuerte del Régimen y más que
probable sucesor del general Franco. Era el 20 de diciembre de 1973.
Cuatro meses después, el 25 de abril de 1974, estalló el Portugal la
“revolución de los claveles” de la mano de una serie de mandos in-
termedios del ejercito portugués, que pronto tomó un marcado carác-
ter de izquierda. El papel desempeñado por los militares en Portugal
tuvo su eco en nuestro país donde pronto surgió a su imagen la
Unión Militar Demócrata (UMD). Unos años después tuve la opor-
tunidad de conocer a uno de sus miembros, entonces creo que capi-
tán, que unos años después fue mi profesor en la Universidad de
Barcelona. También algunos partidos políticos de la izquierda radi-
cal, como el en que entonces estaba yo militando, decidieron inter-
venir políticamente en los cuarteles, algo sin duda delicado, incluido
acciones de infiltración entre los mandos militares. Ni la UMD ni
mis compañeros de militancia tuvieron demasiado éxito, aunque de
entre estos últimos creo que todavía debe quedar hoy algún rescoldo,
por raro que esto parezca.
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El 27 de septiembre de 1975 fueron fusilados dos miembros de
ETA y tres del Frente Revolucionario Antifascista y Patriota
(FRAP), las últimas ejecuciones perpetradas por el franquismo. Dos
meses después, el 20 de noviembre de 1975, Franco fallecía. En la
cama de un hospital. Entre las gentes de izquierda muchos lo cele-
braron. No recuerdo haber hecho nada parecido. En cambio, tengo
perfectamente presente la enorme preocupación que sentí en relación
con los acontecimientos que pudieran desencadenarse.
Lo que vino después fue lo que se ha venido en llamar la Transi-
ción, en cuya cronología no coinciden todos los autores que la han
estudiado pero que el criterio más generalizado es que abarca desde
1975, con la muerte de Franco, hasta 1982, con el triunfo electoral
de los socialistas del PSOE. Un periodo y un proceso que algún co-
nocido acostumbra a calificar de milagroso, aunque desde luego mu-
cho menos pacifico de lo que tal expresión puede dar a pensar. Pu-
diéramos decir que un milagro bastante sangriento. En efecto, los
muertos en España de forma violenta en estos años se cuentas por
centenares y aunque en esto tampoco hay acuerdo, en cada nuevo
recuento van incrementándose. Uno de los últimos habla de 714
muertes, de las cuales 178 son de autoría “institucional” (policía,
guardia civil, etc.) y 67 debidos a grupos de la extrema derecha. El
resto, el su mayor parte se deben a ETA y los Grupos de Resistencia
Antifascista Primero de Octubre (GRAPO).
Algunas de las primeras víctimas fueron los obreros alaveses. El 3
de marzo de 1976 la policía disolvió a tiros una concentración de
trabajadores en la iglesia de San Francisco de Asís en la ciudad de
Vitoria, en cuyo interior se celebraba una asamblea en la que se dis-
cutían cuestiones laborales. El resultado fueron 5 trabajadores muer-
tos y más de 150 heridos de bala. El ministro del Interior –que en-
tonces se llamaba de Gobernación– era Manuel Fragas Iribarne, que
menos de dos años después será uno de los redactores de la Consti-
tución, formalmente democrática, del Reino de España. Cuando su-
cedió la masacre, Fraga estaba de viaje a Bonn. Le sustituía como
responsable del ministerio de Gobernación un tal Adolfo Suarez, a la
sazón ministro-secretario del Movimiento, es decir, secretario gene-
ral de Falange Española Tradicionalista y de las Juntas de Ofensiva
Nacional Sindicalista, el partido fascista español. Cinco meses des-
pués, en julio, Suárez fue nombrado por el nuevo rey presidente del
gobierno, cargo desde el que se convertiría en uno de los artífices de

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la Transición política española.
Pero los sucesos de Vitoria fueron la continuidad de una serie de
sucesos violentos anteriores al fallecimiento de Franco, que respon-
dían a un variado conjunto de siglas, cuya responsabilidad e inten-
cionalidad política aún en la actualidad dista mucho de estar clara.
Uno de ellos, de los más siniestros y del que se ha hablado muy po-
co, tuvo lugar en el barrio barcelonés de la Verneda, cerca de mi
domicilio.
El día 8 de octubre de 1975, a eso de la una de la madrugada se
desencadenó un fuerte tiroteo frente al cuartel de la Policía Armada
de la Verneda, un enorme complejo que ocupaba toda una manzana
del tamaño de las del cerdaniano Ensanche barcelonés. El resultado:
cinco muertos y dos heridos. Tres de los muertos eran civiles, dos
eran policías y los heridos uno policía y el otro civil. Pero lo que
confiere un carácter especialmente siniestro a la masacre es que to-
dos, los cinco muertos y los dos heridos, lo fueron por disparos del
cuerpo de guardia del cuartel.
Existe una versión oficial de la policía de lo sucedido, que fue la
que difundieron los periódicos. Según la misma, habría sucedido así:
sobre la una de la madrugada un coche disparó una ráfaga de metra-
lleta a la fachada del cuartel. Al repeler los centinelas la agresión, se
habría cruzado otro coche ocupado por cuatro miembros de una fa-
milia que venían de un velatorio, tres de los cuales resultaron muer-
tos y el tercero herido. Así mismo, fueron alcanzados por el “fuego
amigo” tres policías que acudían al oír el tiroteo resultando muertos
dos de ellos y el tercero herido.
Lo que sucedió con seguridad fue muy diferente. Se han maneja-
do varias explicaciones, una de ellas, que circuló en los ambientes de
la oposición, decía que en realidad el origen del tiroteo había sido la
persecución de un vehículo policial a otro ocupado por delincuentes
durante la que se habían realizado algunos disparos que había desen-
cadenado la tragedia. La revista publicada en el exilio Cuadernos de
Ruedo Ibérico se hizo eco del acontecimiento, atribuyéndolo al ner-
viosismo de los centinelas, hubiera o no habido una agresión exte-
rior. La llamada “estrategia de la tensión”, un concepto importado de
la Italia de los años de plomo ya se estaba manifestando claramente
en España durante el tramo final de la vida del dictador.

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Varios amigos y compañeros de organización vivían muy cerca
del cuartel, a menos de cien metros, y pudieron oír y entrever el tiro-
teo, que tuvo varias fases y duró largos minutos. Al día siguiente,
nos reunimos y elaboramos una octavilla, que finalmente redacté yo
mismo y creo que también imprimí en una vieja Gestetner manual de
la que disponíamos, y distribuimos por el barrio hasta donde pudi-
mos. Esta era nuestra versión:
A la clase obrera y el pueblo de La Verneda

A la una de la madrugada del pasado día 8, numerosos


vecinos, fueron despertados por el tableteo de las me-
tralletas y pudieron contemplar el espectáculo dantesco
de sangre y fuego que se estaba desarrollando ante el
cuartel de la Policía Armada de La Verneda. Durante
veinte minutos todo fue confusión, disparos y muerte.
Al final, y según nos enteramos al día siguiente, cinco
personas habían resultado muertas: tres de los pasaje-
ros de un automóvil y dos cabos de la Policía Armada, y
otras dos heridas: un policía y el cuarto pasajero.

La nota que en los periódicos y la televisión dio la


policía de los hechos es una falsedad de arriba a aba-
jo. Los pasajeros del automóvil no fueron muertos por
los disparos cruzados entre los supuestos terroristas y
la policía, sino que ésta disparó contra ellos estando
el coche parado y cuando bajaban con las manos en alto.
Los dos cabos de la policía armada murieron estando de
pie y no al interponerse los coches patrulla en el cru-
ce de disparos. A esto en todas partes se le llama ASE-
SINATO.

Realmente cualquiera que haya vivido los últimos


acontecimientos en el barrio no puede extrañarse por
estos sucesos. Son uno más de la cadena que se está
dando en La Verneda: detenciones, registros, apalea-
mientos, ... Lo de los siete chavales del bar y las dos
mujeres de la peluquería había sido lo más reciente y
sonado hasta ahora. Al final y como culminación, cinco
muertos y dos heridos. La histeria asesina del fascismo
se ha manifestado plenamente en nuestro barrio.

La situación general que vive nuestro país queda re-


flejada perfectamente por estos sucesos: la maniobra
“aperturista” del presidente Arias ha culminado en el
Decreto-Ley antiterrorista, dirigido fundamentalmente

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contra las organizaciones populares y democráticas y
cuya manifestación práctica ha sido la reciente ejecu-
ción de cinco antifascistas. El “espíritu del 12 de
febrero” se ha quitado definitivamente su careta “demo-
cratizante” y ha mostrado su verdadera faz: la del es-
pectro sanguinolento del fascismo.

Concluíamos llamando a la organización de los vecinos y a la


Huelga General Política y firmábamos como “Organización de La
Verneda del Partido del Trabajo de España”.
Años después, un buen conocedor de los barrios populares barce-
loneses y de la Verneda, el periodista Josep M. Huertas Clavería,
comentaba este siniestro acontecimiento en un texto titulado “La
Verneda de Sant Martí, l’horta de la ciutat” y concluía: “El fet es va
incloure dins el clima de tensió que havia seguit l’afusellament de
tres militants del FRAP i dos d’ETA el 27 de setembre, o sia 11 dies
abans. Curiosament, d’aquesta tràgica matinada amb cinc morts
com a balanç, mai més no se’n va tornar a parlar”.
Efectivamente, el supuesto atentado nunca fue reivindicado por
nadie. Se habló algo del FRAP y después del GRAPO, que por aque-
llas fechas empezaba su escalada de violencia armada, secuestros y
sucesivas caídas masivas que le hizo acreedor de no pocas, y en al-
gunos casos acreditadas, sospechas de estar manipulado por alguna
fracción del aparato del Estado, quizás los servicios secretos, intere-
sada en tensionar la situación política y condicionar o hacer fracasar
la Transición. Hay un dato en este sentido que avala esta idea: los
GRAPO fueron el único grupo armado cuyo período de actividad
coincide con la Transición política y que de alguna manera culmina
con los golpes, consumados o no, del coronel Tejero, el general Ar-
mada y el general Milans del Bosch y con bastante probabilidad al-
guien más.
Pero los GRAPO no estaban solos en esta estrategia de la tensión.
La extrema derecha y los grupos fascistas también participaban de la
misma, así como otros grupos de adscripción por lo menos compleja,
entre ellos algunos antiguos compañeros de partido, una fracción
que, con el nombre de PCE (internacional)-línea proletaria, comenzó
a incendiar repetidamente las Ramblas barcelonesas y a colaborar
con el extraño MPAIAC (Movimiento por la Autodeterminación e
Independencia del Archipiélago Canario) de Antonio Cubillo y con

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el Frente Popular para la Liberación de Sakia-el-Hamra y Río de Oro
(FPOLISARIO) del todavía llamado Sahara Español. Alguien apun-
taba insistentemente a la línea de flotación de eso que se ha llamado
la Transición política. Lo sorprendente es que no hundiera el barco,
aunque lo dejó bastante malparado. Recuerdo que a eso se le llamó
“ruptura astillada”, un eufemismo para caracterizar un fracaso. Que
pudo ser peor, desde luego, pero que se dejó por el camino un mon-
tón de cadáveres que durante no no pocas décadas nadie ha querido
ver. Como los de la Verneda, que hacia el año 2000 fueron incluidos
en el catálogo de víctimas del terrorismo –¿de cuál? – y en 2009, 34
años después, le fue concedida al padre de familia muerto en el tiro-
teo la Gran Cruz de la Real Orden de Reconocimiento Civil a las
Víctimas del Terrorismo. Gobernaban los socialistas.
Durante estos años, mi vida política estaba muy centrada en el ba-
rrio, en el que disponíamos de una célula del partido, del que yo era
el responsable, así como un grupo numeroso de jóvenes en los dos
institutos. Inicialmente estuve vinculado a lo que entonces se llama-
ba Centro Social Sindical, un local situado junto a los bloques de las
llamadas viviendas del Textil y que, cuando yo lo conocí, estaba
controlado por un personaje procedente del cincopuntismo cenetista
y que era, o había sido, jurado de empresa –una especie de delegado
de los trabajadores en aquella época– en la Hispano-Olivetti, una de
las empresas grandes de la zona. Allí aprendí algunas cosas relevan-
tes. Por ejemplo, que la mentira y la delación pueden ir perfectamen-
te de la mano de discursos más o menos libertarios cuando de lo que
se trata es del ejercicio del poder, aunque sea a escala de un centro
social. En el momento de eclosión del movimiento neolibertario des-
pués de la muerte de Franco, se convirtió en uno de los Ateneos Li-
bertarios que proliferaron por los barrios barceloneses. Nosotros ya
nos habíamos ido.
Por esta época tuve también una relación puntual con uno de los
ideólogos de la oleada neolibertaria. Se llamaba Félix Carrasquer,
nacido en 1905, de origen aragonés. Ciego desde los tiempos de la
segunda República, había impulsado en diferentes lugares y periodos
experiencias pedagógicas de matriz libertaria, y debió ser esto lo que
a mediados de los años Setenta mi interesó. Un amigo contactó con
él y fuimos a visitarlo a la casita que ocupaba en la zona boscosa de
la parte alta del Tibidabo barcelonés, en un aislado y bucólico rin-
cón. Él y su compañera de toda la vida nos recibieron amablemente

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y después de algunas palabras de presentación me preguntó si era
comunista. Creo que di a entender que sí, y entonces me espetó: “Si
tuviera que escoger entre un comunista y un fascista, me quedaba
con el fascista”. Me quedé helado. Después nos invitaron a cenar –
patatas hervidas–, hablamos un rato y nos despedimos. Al levantar-
nos tomó un libro y me lo obsequió, con la recomendación de que lo
leyera atentamente. Se trataba de Problemas y cintarazos, del anar-
cosindicalista Joan Peiró, un personaje clave de la historia de la
CNT, de la que fue secretario general en la década de 1920 y minis-
tro de Industria del gobierno republicano durante la guerra civil es-
pañola. Lo leí y todavía lo conservo.
Con posterioridad, en el Centro Social Sindical le llamaron para
dar una conferencia. Sus ideas pedagógicas y su forma de entender la
vida y sobre todo las relaciones interpersonales chocaron abierta-
mente con el contraculturalismo de los jóvenes neolibertarios del
Centro Social. En sus memorias, Lo que aprendí de los otros, relata
una serie de estos desencuentros. No lo volví a ver.
El alejamiento del Centro Social coincidió además con la renova-
ción de la Asociación de Vecinos de Sant Martí, en cuyo proceso
entablamos relación con vecinos de diversas fuerzas políticas de iz-
quierda, sobre todo del Partit Socialista Unificat de Catalunya
(PSUC) y de la Organización Comunista de España (Bandera Roja)
(OCE-BR). El hecho de que fueran militantes y vecinos a un tiempo
tuvo no poca importancia, sobre todo por la dosis de realismo que
comportaba la relación, en la que se compartía un elemento tan im-
portante como el espacio vivido, es decir, el barrio entendido como
un elemento material y social. De lo que se desprendía también con-
secuencias políticas.
Además, desde hacía un tiempo había comenzado a tener proble-
mas con el que todavía era mi partido, sobre todo desde que se in-
corporara a la Junta Democrática, lo que implicó, entre otras cosas,
el cambio de nombre de Partido Comunista de España (internacio-
nal) a Partido del Trabajo de España, una clara imposición del PCE
de Santiago Carrillo. Los espectaculares cambios en el análisis y
valoración de la situación política que acompañaron este viaje a la
moderación fueron tantos y tan rápidos que condujeron a un desen-
cuentro claro y decidí irme. Otras cuestiones también pesaron, algu-
nas del ámbito privado que interfirieron con mi actividad política y

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que también conllevaron otro tipo de ruptura. La cosa se zanjó a la
entrada del bar de la Asociación de Vecinos con la aparición del se-
cretario general de Cataluña del partido que me interpeló en un tono
amenazante. Lo conocía desde hacía años y sabía de lo peligrosas
que podían llegar a ser sus amenazas. Pero yo tampoco me andaba
con chiquitas, así que lo mandé, literalmente, a la mierda y allí ter-
minó el debate político. Hoy en días es asesor financiero del Jordi
Pujol, el antiguo presidente de la Generalitat.
Debió ser en otoño de 1975 cuando se inició mi nomadeo político
por varias organizaciones de la izquierda, que incluyeron a Bandera
Roja y al PSUC. Duró algo más de tres años, hasta la primavera de
1979, momento en que, por decirlo de alguna manera, decidí esta-
blecerme por mi cuenta. Lo que no quiere decir que montara mi pro-
pio partido, para lo cual no tenía ni personalidad, ni recursos políti-
cos y materiales, ni, sobre todo, ganas de adentrarme de nuevo en la
acción política organizada, respecto a la cual me sentía cada vez más
desubicado. Pero sí que me bullían en la cabeza bastantes ideas que,
de alguna manera, sentía la necesidad de expresar.
Y así lo hice. Los textos que reproduzco más adelante son el re-
sultado de este proceso, algunos inéditos y otros que vieron la luz en
diferentes revistas, a caballo entre lo clandestino y lo alegal, muy
propio del periodo de la Transición y a los que me iré refiriendo se-
guidamente.
En los tres años subsiguientes a la muerte del general Franco, es
decir, hasta finales de 1978, tuvieron lugar una serie de cambios po-
líticos de profundo calado que transformaron –no lo suficiente, desde
luego, pero que transformaron a fin de cuentas– el panorama político
del país. Primero, la reforma política, aprobada en referéndum el 15
de diciembre de 1976. Después, las elecciones generales del 15 de
junio de 1977, las primeras celebradas en formato democrático des-
pués de la guerra civil de 1936-1939, cuyos diputados fueron los que
redactaron la todavía vigente Constitución política, que prácticamen-
te permanece casi sin modificaciones, probada mediante referéndum
el 6 de diciembre de 1978. Apenas un mes y medio antes, el 25 de
octubre de 1977, se habían firmado los llamados Pactos de la Mon-
cloa que definirían de manera casi definitiva la estructura política de
los años de la Transición y de las décadas que le siguieron.
La izquierda radical tuvo que definirse y adoptar actitudes políti-

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cas claras ante esta rápida sucesión de acontecimientos. O intentarlo,
por lo menos. Lo cierto es que, más allá de las apariencias, no lo
hizo. En parte por sectarismo, pero sobre todo por incapacidad. Un
par de años después, a principios de la década de los Ochenta, prác-
ticamente había desaparecido del mapa político.
El referéndum sobre el proyecto de ley de la Reforma Política de
diciembre de 1976 lo ganaron de manera aplastante los partidarios
del “sí”, que obtuvo el 94 % de los votos emitidos, sobre una amplia
participación del 77,8 %. Un resultad que se explica, al menos en
parte, por la peculiar agrupación de los bloques políticos enfrenta-
dos: la derecha, desde la extrema hasta los liberales, partidaria del
voto afirmativo; la izquierda, desde la radical al partido comunista –
todavía ilegales– y los socialistas, partidarios de la abstención; los
llamados "ultras", es decir, los franquistas recalcitrantes, partidarios
del “no”. La derecha arrasó, los "ultras" quedaron reducidos a una
expresión residual, y la izquierda..., pues la izquierda no se sabe, ya
que el 22 % de abstención es imposible saber a qué respondía. En
realidad, la izquierda al proclamar su voluntad abstencionista lo que
hizo fue bendecir la reforma. Y ahí empezaron los problemas.
Después vinieron las elecciones generales de junio de 1977, que
acabaron siendo constituyentes. Y luego el referéndum sobre la nue-
va Constitución de diciembre de 1978. La participación en las elec-
ciones fue superior a la del referéndum sobre la Reforma política,
con una participación cercana al 80 %, pero los resultados fueron
dispares. Ganó ampliamente la Unión de Centro Democrático, con
un 34,4 % de los votos, el partido de Adolfo Suárez el antiguo secre-
tario general del fascista Movimiento Nacional, ahora reconvertido
en la joven promesa de la recién estrenada democracia, –y Monar-
quía– española. El Partido Socialista quedó en segundo lugar con el
29,3 % y en tercera posición el Partido Comunista con un ya lejano
porcentaje del 9,3 %, aunque en Cataluña el PSUC obtuvo un nada
despreciable 18,3 % de los votos.
La izquierda radical, que tuvo que presentarse bajo nombres di-
versos por no estar legalizada, en ningún caso superó el 1 por ciento
de los votos, con la excepción, nuevamente, de Cataluña, donde mis
antiguos camaradas del PTE se presentaron en coalición con Esque-
rra Republicana de Cataluña (ERC), logrando un 4,7 % de los votos
y 1 diputado. El escaño fue ocupado por Heribert Barrera, secretario

12
general de ERC. No creo equivocarme al afirmar que este resultado
condicionó no pocas de las cosas que, en especial en Cataluña, ocu-
rrirán en las primeras décadas del siglo XXI. Para el PTE, y para los
demás partidos que se reclamaban de la izquierda revolucionaria, los
problemas se convirtieron en el principio del fin.
Con el referéndum sobre la Constitución de diciembre de 1978 los
bloques izquierda-derecha, hasta entonces más o menos perceptibles,
desaparece. La participación fue más baja, del 67,1 % y los partida-
rios favorables, en contra, o que impulsaban la abstención se presen-
taron mezclados. A favor hicieron campaña los grandes partidos,
UCD, PSOE PCE..., una parte de la hasta entonces considerada –
autoconsiderada– izquierda radical (PTE, ORT, ...) y la mayor parte
de partidos de derechas de ámbito estatal. En contra, en cambio vota-
ron la izquierda nacionalista, los grupos trotskistas y los partidos de
la extrema derecha. Se abstuvieron diversos grupos comunistas, en-
tre ellos Bandera Roja y el Movimiento Comunista, algunos naciona-
listas, como el PNV y varios partidos insignificantes.
Los resultados fueron un mayoritario 88,5 % favorable al “sí”,
con una abstención del 32,9 %. De hecho, el voto de oposición se
manifestó, precisamente, en la abstención, importante en el País
Vasco y en Galicia, aunque el significado en uno y otro caso era bien
diferente. Este resultado permite entender, en parte, muchas de las
cosas que luego sucedieron en Euskadi y la deriva nacionalista de
algunos de los restos de la lo que quedó de la izquierda radical. Que
no sobrevivió a las siguientes elecciones de 1979, la cual, hundida en
lo político, en lo electoral e irresponsablemente endeudada, hacia
1980 decidió retirarse y no precisamente a los cuarteles de invierno.
Unos pocos años después, el PCE-PSUC seguiría, en parte, un ca-
mino parecido.
Paralelamente a estos hitos políticos se desarrollaron otros de un
tipo bien diferente, cuyo significado, aun hoy, cuando se han vertido
ríos de tinta al respecto, es difícil desentrañar. Es lo que se caracteri-
zó como “estrategia de la tensión”, es decir, una actuación basada en
el recurso a la violencia que buscaba objetivos políticos específicos,
como puede ser el caso de ETA, que en estos años rediseñó su estra-
tegia, en lo que desempeñó un papel central José Miguel Beñarán
“Argala”, el responsable del comando que en 1973 mató al almirante
Carrero Blanco.

13
El modelo etarra diseñado por Argala, influyó, creo, en otras or-
ganizaciones como el Partido Comunista de España (reconstituido)-
GRAPO y en la fracción del PCE(i) llamada “línea proletaria” hasta
1975, momento en el que recuperó su viejo nombre cuando la frac-
ción mayoritaria pasó llamarse Partido del Trabajo de España en el
contexto de su integración en la Junta Democrática.
También influyó en otras organizaciones, de los que me referiré a
alguna más adelante. De momento solo quiero insistir en el papel
desempeñado por el PCE(r) y el continuista PCE(i). El primero con
una práctica de violencia fuera de control, pero con una línea de
tiempo político extremadamente precisa; y el segundo con continua-
dos ejercicios de guerrilla urbana con violencia de menor intensidad.
Dos acontecimientos políticos extrapeninsulares se añadieron a las
repetidas acciones del interior y que tuvieron gran repercusión. Por
un lado, la ocupación de la colonia española del Sahara por Marrue-
cos y el nacimiento del Frente Polisario y, de manera en parte parale-
la, las campañas de los independentistas canarios de Antonio Cubillo
y el MPAIAC, uno y otro con el apoyo, por motivos geoestratégicos,
de la Argelia de Boumedian.
Tanto PCE(r) como PCE(i) participaron en estos acontecimientos,
en parte como corolario de sus líneas políticas y también como orga-
nizaciones manipuladas por agentes infiltrados de la policía y los
servicios secretos, lo que está fuera de toda duda en el caso de los
GRAPO y, quizás, también del PCE(i). La policía, personificada en
este caso por el comisario Conesa, los servicios de inteligencia espa-
ñoles y los servicios secretos argelinos no dudo de que deben saber
mucho de esta historia.
De las acciones de los GRAPO hay que mencionar el secuestro
Antonio María Oriol Urquijo, presidente del Consejo de Estado, el
11 de diciembre de 1976, cuatro días antes del referéndum sobre la
Reforma Política. No solo esto, sino que un mes y medio después, el
24 de enero de 1977, secuestraron también al teniente general Emilio
Villaescusa, presidente del Consejo Supremo de Justicia Militar. El
mismo día, un grupo de pistoleros ultraderechistas ametrallaron el
despacho de abogados laboralistas vinculado al PCE y a Comisiones
Obreras, situado en la madrileña calle Atocha, con el resultado de
cinco muertos y cuatro heridos.
Quién o quiénes movían los hilos de estos acontecimientos toda-

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vía no está del todo claro. Si lo está en cambio, la decisión tomada
por el ministro de Gobernación, Rodolfo Martín Villa, de llamar al
comisario Roberto Conesa, entonces en Valencia, para solucionar el
asunto de los secuestrados. En doce días Conesa los localizó, los
liberó el día 11 de febrero y detuvo a buena parte de la plana mayor
de los GRAPO. Los secuestrados estaban en perfecto estado y rela-
jados, según dijeron. A Conesa se le conocerá a partir de entonces
como el "superagente Conesa", a raíz de una larga serie de artículos
de investigación publicados en Diario 16 por el periodista Gregorio
Morán, en los que se exponía su larga carrera de agente infiltrado y
su familiaridad con las redes de confidentes de los grupos de la ex-
trema izquierda española. Al parecer, los artículos molestaron en alto
grado al comisario Conesa, que denunció judicialmente a Morán y al
periódico. Y lo más grave, cuatro meses después los GRAPO pusie-
ron dos bombas en las instalaciones del diario. Bien se podría pensar
que con Conesa no se bromea.
Conocí al teniente general Villaescusa a finales de 1973 o quizás
principios de 1974, cuando estaba realizando el servicio militar en la
Escuela de Aplicación y Tiro de Infantería, en Toledo. Era un sitio
especial, sobre todo la Compañía Motorizada, de la que formaba
parte. Era una compañía de intervención inmediata, lo que quería
decir muchas prácticas y maniobras. En la fecha antes indicada se
formó en la compañía un grupo integrado por un sargento, dos cabos
–yo uno de ellos– y ocho soldados. Teníamos que ir a Madrid para
hacer una demostración, con fuego real, con un prototipo de blinda-
do, el BMR 600, diseñado por el Ejército de Tierra y la empresa de
automoción ENASA (Pegaso), el más exitoso de los blindados que
luego construyó el Ejército español. La exhibición fue delante del
Estado Mayor del Ejército de Tierra, que entonces presidía el tenien-
te general Villaescusa. La exhibición fue muy bien –pero a punto
estuvo de terminar muy mal– y, al acabar, el general vino a saludar-
nos y estrechó la mano de nuestro sargento, algo que pienso no sería
muy habitual. Creo que el sargento debió estar meses sin lavarse la
mano, de lo impresionado que quedó. Y el general nunca supo que
había estado justo en el punto de mira de un Cetme en posición de
ráfaga empuñado por un radical de izquierda, mientras el sargento
gritaba: “¡¡Fuego, fuego!!”. Para no olvidarlo; pero esta es otra histo-
ria.
El hecho de que mi recuerdo del general Villaescusa vaya asocia-

15
do casi siempre a un rostro sonriente saludando a un pelotón de sol-
dados seguramente tiene que ver con otra cuestión, quizás por una
especie de reflejo freudiano. El día del secuestro del general, el 24 de
enero de 1977, fue también la fecha de mi casamiento con una amiga
del barrio. Su familia había militado en el PSUC durante el período
republicano y, después, en la posguerra, fueron víctimas de las re-
presalias falangistas que combinaban intermitentemente palizas y
cárcel, lo que acabó costándole la vida a una de las tías de Alicia.
Todo lo cual fue un elemento más que me empujó a intentar conver-
tirme en un comunista “de orden”, pero con un historial honorable,
como los del PSUC.
Y el siguiente paso consistió en ingresar, junto con un compañero
de la empresa en la que trabajaba, ubicada también en la Verneda, en
el Partido, como se le conocía entonces. Pero mi matrimonio no duró
mucho, hasta finales de año, aproximadamente; mi relación orgánica
con el PSUC, en cambio, duró algo más, hasta mediados de octubre
de 1978. De lo primero quedó una buena amistad que todavía dura;
de lo segundo una cierta cercanía con una parte del entorno comunis-
ta catalán, que, en cierta forma, también todavía continúa.
Mi entrada en el PSUC fue precedida por un episodio intermedio
relacionado con Bandera Roja. Después de mi alejamiento del PTE
intenté buscar otro encuadre político que, por lo menos, llenara el
vacío sicológico que solía acompañar estos episodios. En el barrio
tenía buenas relaciones con un grupo de personas con las que en par-
te coincidíamos en el mundo asociativo y que eran vecinos que vi-
vían muy cerca de mi casa. Una de ellas, Roser, era además la res-
ponsable de organización de lo que quedaba de Bandera Roja, des-
pués de que a mediados de 1974 una parte importante de la organi-
zación negociara –y lo de “negociar” aquí fue importante– su inte-
gración en el PSUC.
A mí Bandera Roja nunca me había interesado demasiado. A
principios de los Setenta, recuerdo haber leído un artículo titulado
“Sobre el oportunismo en los movimientos de masas” escrito por
Paco Fernández Buey, según supe años más tarde, que me llamó
mucho la atención. De Paco, ya en 1977, también leí “Los comunis-
tas y las democracias (Respuesta a Jordi Borja)”, en Materiales, y en
la misma revista un texto atribuido a Manuel Sacristán sobre la mili-
tancia de cristianos en el Partido que apuntaba también al papel de

16
BR –en este caso a través de la figura de Alfonso Carlos Comín– que
me interesó menos. Creo que estas lecturas condicionaron en medida
relevante mi opinión sobre este grupo. Siempre pensé, y continúo
pensando, que Bandera Roja, la del primer periodo, sobre todo, fue
una excelente escuela de funcionarios del Estado y políticos profe-
sionales. Nada que me atrajera especialmente.
Los que no se integraron en el PSUC, entre los que predominaba
el frente obrero, me parecieron de mayor interés. Además, lo que me
interesaba entonces era encontrar un lugar desde el que intervenir
colectivamente y su presencia en el barrio me ofrecía alguna garantía
para ello, creía entonces. Me integré e intenté contribuir en lo que
pude, pero eso sí, desde mi punto de vista particular, entonces en
plena transformación. Eso sucedió a principios de 1976. Un año des-
pués, en febrero de 1977 les dije cordialmente adiós. Creo recordar
que hacía una breve referencia a cuestiones político-organizativas,
pero al final venía a decir que había optado por priorizar mi perso-
nal, e individual, perspectiva política. Lo cual ahora mismo no re-
cuerdo muy bien lo que quería decir en concreto, posiblemente que
quería continuar pensando por mi cuenta, lo cual tampoco duró mu-
cho. Después vino el PSUC como resultado de la confluencia de una
determinada situación familiar u de una cierta madurez política re-
sultado, a su vez, de las sacudidas políticas que jalonaron el año
1977.
No solo sacudidas políticas sino también sociales. En estos años
se produjo un fuerte movimiento huelguístico que afectó también a
la empresa en la que trabajaba, Enclavamientos y Señales S.A.
(EYSSA), una empresa tecnológicamente avanzada, ubicada en la
Verneda, y en la que encontré trabajo gracias a un compañero de
Bandera, Isidre, y donde disfrutaba de la respetable categoría de
peón especialista. El accionista mayoritario era Carlos Ferrer-Salat,
uno de los impulsores y primer presidente de la Confederación Es-
pañola de Organizaciones Empresariales (CEOE) desde 1977. Aquel
mismo año estalló el conflicto en EYSSA, con una larga huelga de
varios meses que terminó con el cierre de la empresa en la primavera
de 1978. Nunca me ha quedado claro cuáles fueron los motivos
reales del cierre, aunque pienso que hubo causas que se intentó es-
conder lo más efectiva y rápido posible –incluyendo el recurso a un
conato de incendio que los propios trabajadores sofocaron.

17
Durante el conflicto de EYSSA fue cuando ingresamos, Ferran y
yo, en el PSUC. Nos presentamos directamente en el local del Parti-
do que había en la Verneda, y fuimos recibidos por algunos conoci-
dos, viejos militantes a los que nuestra decisión alegró claramente.
De hecho, tardaron bien poco en ir a comunicar la noticia a varios de
los ex PTE del barrio que habían quedado “sueltos” a raíz de mi sa-
lida. Aunque no todo el mundo lo vio así. En la Agrupación de Em-
presas de Pueblo Nuevo de la que pasé a formar parte, en la primera
reunión a la que asistí, la intervención inicial por parte de uno de los
asistentes, al que no conocía de nada, fue para avisar de que era pre-
ciso estar atentos al peligro de infiltración en el Partido por parte de
elementos procedentes de grupos de la extrema izquierda, con la
poco loable intención de prosperar a la sombra del frondoso árbol
del PSUC. Recuerdo que el responsable de la Agrupación, visible-
mente incómodo, se giró hacia mí diciéndome por lo bajo, “¡no ha-
gas caso, no hagas caso!”. Puede que el hombre tuviera razón, pero
yo en aquel momento ya me estaba arrepintiendo de la decisión que
había tomado.
El 15 de octubre de 1978, algo menos de un año y medio después
de mi ingreso a mediados de 1977, envié una crispada y bastante
larga carta de renuncia a la Agrupación de Empresas de Pueblo Nue-
vo del Partido, en el que exponía las razones de mi renuncia y me
explayaba en toda una suerte de consideraciones bastante prolijas
sobre todo relacionadas con la deriva eurocomunista del Partido.
Más tarde me enteré que la carta había sido discutida en la Agrupa-
ción, algo no muy frecuente y que en este caso creo que honra a
quiénes tomaron la decisión. Cuatro años después, en 1982, el PSUC
se partiría en dos como resultado de algunas –aunque no solo– de las
causas que argumentaba en mi carta. En lo que por cierto creo que
también contribuyó, y no en menor medida, el regalo envenenado
que representó, en 1974, el reingreso de una parte importante de
Bandera Roja.
Desde abril de 1978 estaba, además, en paro y en una situación
personal pudiéramos decir que cambiante. Aproveché para poner en
orden mis ideas, en lo político y en lo personal. Leí todo lo que pude
y que me resultaba de interés, en especial a Gramsci y a diversos
autores españoles del periodo republicano, sobre todo a Maurín, co-
mo ya he indicado antes. Y entre los autores contemporáneos de
aquellos años, seguí con toda atención a la revista Materiales, impul-

18
sada por Manuel Sacristán y un grupo de autores intelectualmente
afines. Por aquella época, Sacristán creo que hizo pública su ruptura
con el PSUC –y con el PCE– y hasta donde pude estuve atento al
proceso, asistiendo a todas las conferencias que pude, que no fueron
muchas ciertamente, del filósofo comunista. Todavía no lo conocía
personalmente, lo que sucedió no mucho después, cuando apareció
la revista Mientas tanto, a la que me suscribí de inmediato, y Sacris-
tán y otros miembros del colectivo, como Paco Fernández Buey o
Víctor, se incorporaron al Comité Antinuclear de Cataluña, del que
yo también formaba parte.
Mis lecturas de lo que después se llamó ecología política, un tema
atractivo para un biólogo frustrado más o menos familiarizado con la
tradición marxista y todavía razonablemente adicto al comunismo
maoísta, me condujeron a transitar por otros caminos. Entre los auto-
res que leí con atención por estos años se encontraban el filósofo –
pero ingeniero químico de profesión– André Gorz –que también
firmaba como Michel Bosquet, pero que en realidad se llamaba Gé-
rard Horst– , al filósofo alemán Herbert Marcuse, el biólogo norte-
americano Barry Commoner, el antiguo sindicalista libertario, pre-
cursor de llamada ecología social, Murray Bookchin, o el periodista
alemán Robert Jungk, cuya libro El Estado nuclear constituyó para
mí, durante bastante tiempo, el más fundamental argumentario anti-
nuclear.
La relación con algunos de los vecinos del barrio de Bandera Roja
no se había roto y continuaba manteniendo algunos intercambios de
ideas, por ejemplo en relación al medio ambiente y la energía nu-
clear. De estas discusiones surgió la idea de crear una Comisión de
Ecología en el seno de la organización, a lo que puse algunas condi-
ciones para participar en ella: intervenir solamente en cuestiones
relacionadas con el medio ambiente, no tener ningún cargo, respon-
sabilidad o cosa parecida, y que la Comisión dependiera directamen-
te de la secretaria de organización, de la que era responsable Roser,
vecina y buena amiga. Es decir, un colaborador pero no un militante
de la organización, de cuya estructura me mantenía al margen. De
este grupo, constituido por seis o siete personas, algunas en situación
parecida a la mía, recuerdo que salió un folleto titulado Ecología,
una propuesta comunista para Cataluña, una especie de programa
para la organización que debió ser de las primeras cosas que se pu-
blicaron con esta explícita formulación, es decir, “ecología + comu-

19
nismo”. Tampoco es que fuera original en exceso, pero en aquel
momento todavía era una novedad. En los sucesivos años posterio-
res, se formularán cientos de programas más o menos parecidos,
aunque por lo que recuerdo generalmente sin la menor mención al
comunismo.
Me parece que fue en este contexto, que escribí una especie de in-
forme que titulé Sobre la lucha antinuclear, en el que abordaba una
serie de cuestiones relacionadas con el movimiento de oposición a la
energía nuclear, del que toda la Comisión de Ecología de Bandera
Roja formaba parte a través de su participación en el CANC, no tan-
to desde el punto de vista programático, como en el anterior folleto,
sino desde el punto de vista de las estrategias políticas y en el que
planteaba una serie de líneas de intervención buscando la confluen-
cia entre movimiento antinuclear y ecologista y planteamientos co-
munistas radicales. Creo recordar que lo escribí para discutirlo con
los miembros de la Comisión de Ecología, pero alguien, posiblemen-
te Roser, debió hacerlo llegar a la dirección de Bandera Roja, que en
aquel momento estaba preparando el tercer Congreso de la organiza-
ción. Sin comerlo ni beberlo me encontré mi texto convertido en uno
de los documentos congresuales y como tal incorporado al boletín
que se editaba con los materiales a debatir.
Mucha gracia no creo que me hiciera, porque además en el proce-
so precongresual la organización se había dividido en dos, práctica-
mente al cincuenta por ciento, con documentos de una y otra tenden-
cia y no veía muy claro donde se ubicaba mi texto, que, por otra par-
te, no tenía nada que ver con las divergencias presentes entre los
contendientes. Opté por no decir nada, porque ni era militante ni me
interesaba mucho la polémica en los términos en que se presentaba.
No se llegó al Congreso. La ruptura se dio en una especie de
asamblea general y tampoco fue especialmente violenta, me parece
que hacia junio de 1979. Lo que marcó la línea divisoria entre una y
otra mitad fue el papel de los movimientos sociales, en especial el
nacionalismo, de una parte, y la ortodoxia más o menos marxista-
leninista, de otra. Los miembros de la Comisión de Ecología siguie-
ron en bloque la primera tendencia y con ellos continué la deriva
política que, desde luego, nadie tenía ni idea a donde nos podía lle-
var. Nos juntamos a los pocos días para hablar de ello y acordamos
adoptar un nombre que nos identificara. Acababan de nacer los

20
Col·lectius Comunistes de Catalunya.
El texto en cuestión llevaba la fecha de abril de 1979 y fue escrito
al calor de la gran manifestación convocada por el Comité Antinu-
clear de Catalunya, del que formábamos parte, celebrada en Barce-
lona el 11 de marzo anterior. En julio salió el primer número de
Quaderns de debat, la publicación que editaban los Col·lectius, y de
la que me hice cargo. Los Col·lectius, así en plural, no eran un parti-
do sino una serie de grupos de discusión cuya finalidad inmediata
era evitar una mayor dispersión de los integrantes de la fracción.
Aunque en eso pronto se vio que había puntos de vista diferentes que
convivieron hasta marzo de 1980. Después cada uno tiró por su lado,
que fueron varios.
Las razones que impulsaron a una de las fracciones de Bandera a
optar por la vía nacionalista, tiene que ver con los cambios que se
estaban dando en el panorama político español y los sucesivos fraca-
sos acumulados por la izquierda radical a nivel electoral, y de mane-
ra notable en el referéndum constitucional, respecto al cual solamen-
te en el País Vasco hubo un rechazo importante. Lo que allí se estaba
gestando, que luego se llamó Herri Batasuna, era el modelo al que
este sector de Bandera tomó como referente.
Pero había más cosas. Hacia 1977 o 1978 la dirección de BR
realizó algunos acercamientos a fuerzas políticas que consideraba
más o menos afines en la perspectiva de una posible unificación.
Una de estas organizaciones fue la Organización de Izquierda Co-
munista (OIC), con influencia en algunas zonas del entorno metropo-
litano barcelonés, como en las comarcas del Vallès. La organización
la dirigía un exfocista (de FOC, Front Obrer de Catalunya) de perso-
nalidad bastante peculiar. De hecho, mucha gente lo conocíamos
como el Pájaro Loco y su carrera política posterior hace honor al
sobrenombre, con una fulgurante carrera en el Partido Socialista y
una igualmente fulgurante recorrido por diversos y relevantes cargos
de la administración del Estado. Acabaría abandonando el Partido
Socialista y dedicándose a los negocios postpolíticos hasta aterrizar,
ya en el siglo XXI... en la “lista Falciani”.
Otro de los dirigentes de la OIC en esta época era Carlos Lucio,
nacido gallego pero criado vasco, donde además se inició en la polí-
tica. Creo que debió ser en la primera mitad de los Setenta que vino
a Cataluña, a la comarca del Vallès Occidental, probablemente lla-

21
mado por el Pájaro. De las discusiones para la unificación entre OIC
y BR en resultado fue que Lucio se integró en Bandera, creo que
solo. En cuanto a la unificación, pues nada de nada. Una de las cosas
que caracterizó la mayor parte de la izquierda radical de los años
Setenta fue la voluntad de sus máximos responsables de continuar
siendo cabezas de ratón, como decía Juan García Oliver refiriéndose
a los pequeños partidos de izquierda del periodo republicano.
Creo que coincidí una sola vez con Carlos Lucio en un encuentro
orgánico para discutir no recuerdo cuál tema. No tuvimos oportuni-
dad de hablar puesto que él se fue de la reunión poco antes de finali-
zar. No mucho después, volvió al País Vasco, quizás a propuesta de
la dirección de la organización o por voluntad propia. O ambas co-
sas. La cuestión es que regresó al País Vasco donde se convirtió en
el responsable de la pequeña Organización Comunista de España
(Bandera Rojas) vasca. Cambió la forma de funcionar de la organi-
zación, suprimió la “E” de su nombre, que pasó a llamarse OC(BR),
buscó el acercamiento con el sector radical del nacionalismo vasco e
impulsó la integración de BR en la Mesa de Alsasua, el antecedente
de Herri Batasuna, todo lo cual en Cataluña contribuyó a acentuar el
debate entre las dos tendencias.
Durante este proceso, Carlos Lucio entró a trabajar en la central
nuclear de Lemóniz, todo un símbolo de la lucha antinuclear, no solo
en el País Vasco sino en toda España. Lemóniz, además, se había
convertido en uno de los objetivos de ETA, en la que se había inte-
grado secretamente Lucio, sin que al parecer la dirección de BR tu-
viera noticia de ello. El 13 de junio de 1979 estalló una potente
bomba en el reactor en construcción de la central, en el que produjo
importantes daños. Y matando a un obrero que, quien sabe si se sen-
tía representado por Carlos Lucio, entonces delegado sindical. Ya no
volvió a aparecer por la central, claro. Justo un año después, el 13 de
junio de 1980, Carlos Lucio murió durante una emboscada a un con-
voy de la guardia civil, en el que también murieron otro miembro de
ETA y dos guardias civiles.
Existe un relato de la acción de Carlos Lucio en Lemóniz, más o
menos novelado, escrito por Anjel Rekalde, en el libro Mugalaris.
Memoria del Bidasoa, que dice así:

“En la Central Nuclear de Lemóniz el gallego Carlos Lucio, delegado


sindical y antiguo resistente de OCE-Bandera Roja, apresuró los preparati-

22
vos de un gran sabotaje. La Guardia Civil vigilaba las faenas con una moro-
sidad minuciosa y un recelo irritante que desesperaba a los obreros en sus
quehaceres. Era imposible infiltrarse con aquellas cautelas militares. Re-
chazado el ataque frontal del comando Bizkaia desde el exterior, Carlos de-
cidió trasladar los explosivos hasta el lugar del sabotaje. Pero los perros
adiestrados husmeaban los bultos que atravesaban los controles de seguri-
dad y descubrían la goma dos o la nagolita por el olor a almendras amargas
y a fertilizantes.

Desde la mañana que mataron a Gladis del Estal en Tudela, Carlos Lu-
cio, indignado por aquella brutalidad demencial, atravesó día a día los con-
troles en viajes infinitos y vueltas interminables cargado con pozales de zo-
tal, desinfectante apestoso que repugnaba el olfato de los perros rastreado-
res. Bajo la superficie negra del zotal transportaba pequeñas cantidades de
explosivo demoledor. Cuando acumuló una carga suficiente, una llamada
del exterior advirtió del peligro de explosión inminente y avisó que desalo-
jaran el recinto en obras.

Sin embargo, cuando la bomba estalló en las turbinas del reactor, se lle-
vó por delante a uno de los obreros del tajo, ajeno a la alarma, dormido
dentro de una tubería para aliviar la resaca de la noche precedente.”

En Cataluña, la fracción que impulsó los Col·lectius Comunistes


de Catalunya, entre los que yo mismo me encontraba como compa-
ñero de viaje, se sentía claramente identificada Herri Batasuna (HB),
constituida en 1978, pero que desde el año anterior funcionaba con el
nombre de Mesa de Alsasua. HB, en la que se integró la OC(BR),
era de hecho el brazo político del denominado Movimiento de Libe-
ración Nacional Vasco, cuyo brazo militar era ETA. El programa
que defendía era la llamada Alternativa KAS, en cuya redacción
desempeñaron un papel relevante José Miguel Beñarán “Argala”, el
principal dirigente de ETA hasta 1978, y Santiago Brouard, presi-
dente de HASI, el principal partido que integraba HB.
Los planteamientos de HASI-Brouard y Argala desempeñaron un
papel importante en la crisis de BR, cuyos textos fueron leídos con
atención. Brouard era además amigo de un amigo, por decirlo de
forma simple y rápida. En HASI fue donde fueron a parar la mayor
parte de los militantes vascos de Bandera Roja.
Argala fue quien desempeñó un papel más relevante. Muerto muy
joven, en 1978 cuando contaba 29 años, fue el más destacado de los
militantes abertzales de este periodo. Miembro del comando que
atentó contra Carrero Blanco, tuvo una participación decisiva en la
reorganización de la ETA postfranquista, con la clara separación
23
entre el brazo militar (ETA) y el político (HB) del Movimiento de
Liberación Vasco. De una notable perspicacia política y una orienta-
ción indudablemente de izquierda, su asesinato en 1978 a manos de
mercenarios al servicio del Estado apuntaba claramente al descabe-
zamiento no solo de la estructura de ETA sino sobre todo de su ca-
pacidad como intelectual colectivo, en el sentido gramsciano, que en
cierta forma representaba Argala. Unos años después, en 1982, los
GAL proseguirán la tarea, asesinando a Santiago Brouard, el presi-
dente de HASI y miembro destacado de HB, el brazo político del
Movimiento de Liberación Vasco. La muerte de Argala y de Brouard
fueron una auténtica catástrofe para la resolución civilizada del con-
flicto vasco. Como señalaba Gregorio Morán en su bien documenta-
do libro, Los españoles que dejaron de serlo (1982), los comandos
de la extrema derecha al matar a Argala “terminaban con la vida de
uno de los pocos que podía conseguir la reunificación de ETA y su
integración en la vida política democrática”. Y estoy seguro de que
sus inductores lo sabían perfectamente.
Cuando en julio de 1979, casi sin comerlo ni beberlo, me vi en la
tesitura de impulsar la publicación de los Col·lectius –que en el pri-
mer número constan como “Colectivos Comunistas de Cataluña,
escisión de Bandera Roja”, y la publicación Cuadernos de Debate
hacia la Conferencia Comunista de Cataluña, así, en castellano–
hice dos cosas. La primera, iniciar una serie de artículos sobre la
crisis del capitalismo y la revolución en España, y la segunda publi-
car un texto de Argala que había aparecido como prólogo en la ver-
sión francesa de la tesis de Jokin Apalategui Los vascos de la nación
al estado, que con frecuencia se considera su autobiografía política.
No me pareció un texto propagandístico sino una base interesante
para discutir sobre la relación entre izquierda radical y nacionalismo.
Me lo continúa pareciendo ahora, aunque mi perspectiva ha sufrido,
lógicamente, cambios relevantes.
De entre la gente que había encabezado la fracción –Joan, Pep,
Roser...– Joan será quien marcará la línea, claramente inspirada en el
modelo batasuno, aunque sin plantear en ningún momento el recurso
a la violencia. Este punto de partida se pondrá de manifiesto en el
primer número de los Cuadernos, que constaba de cuatro partes. La
primera era una relativamente breve presentación de los Colectivos y
las zonas donde estaban presentes –Hospitalet, Nou Barris, Verneda,
Terrassa. Gràcia, Rubí, Casc Antic, Vallés, Girona...– y en varias

24
áreas sectoriales en las que intervenían, como Movimiento obrero,
Mujeres, Juventud o Ecología. Se mencionaba también la reincorpo-
ración de “algunos antiguos militantes”, que, quizás, se refería a mí.
El segundo texto se debía a Joan, que era quien había encabezado
la fracción. Se titulaba “Nuestras bases de partida” y era una especie
de informe político sobre las causas y las perspectivas de futuro.
Conceptualmente confuso y políticamente embarullado, consideraba
que “como experiencia política global tan solo KAS-Herri Batasuna
en Euskadi han significado un proceso cualitativo y un caudal de
experiencia para el avance revolucionario”, es decir, eran el modelo
a imitar.
Los otros dos textos fueron cosa mía. El cuarto, que titulé “Habla
Argala”, era el prólogo al libro de Jokin Apalategui que ya he men-
cionado, mientras que el tercero, del que era autor, se titulaba “Notas
sobre la crisis general del capitalismo y los problemas de la revolu-
ción en el Estado español”, que está incluido en los materiales agru-
pados más adelante en este libro y cuya génesis voy a explicar bre-
vemente.
No recuerdo cómo fue que me hice cargo de la publicación del
Quaderns de debat. Dado que no desempeñé ningún papel en la rup-
tura –de hecho, no dije ni una palabra al respecto– imagino que la
idea debió proceder de alguno de los miembros del núcleo duro, con
los que tenía buena relación y, además, con varios de ellos amistad.
En aquel tiempo, además, disponía de bastante tiempo y puede que
esto también fuera un factor que se tuvo en cuenta. La cuestión es
que me hice cargo de la publicación, lo que quería decir el picaje de
los originales, en ocasiones de los clichés, la maquetación y, en va-
rios de ellos, incluso la impresión con una vieja Gestetner, eso sí,
motorizada en este caso. Casi una vuelta a los orígenes.
Aprovechando mi nuevo papel de “editor” decidí publicar lo que
me rondaba por la cabeza como resultado de mi experiencia y, sobre
todo, lecturas, en especial de los últimos años. Las “Notas”, tal como
se publicaron en los Cuadernos de Debate –todavía en castellano–
núm. 1, estaban precedidas por un extenso y detallado esquema de lo
que tenía pensado escribir y publicar. No lo concluí del todo, pero sí
en gran medida. Era mi plan para “establecerme por mi cuenta”, que
mencioné hacia el principio de esta presentación. Una parte de ello
se recoge en los capítulos centrales de este libro.

25
Básicamente se trataba de exponer las ideas que me había forma-
do sobre la supuesta crisis general del capitalismo, nada menos, có-
mo las clases dominantes intentaban superar esta crisis, y sus mani-
festaciones en Europa y en España y sus posibles repercusiones. Las
cuestiones generales ocuparon la primera entrega del trabajo, y el
resto, su concreción en Europa, la segunda, que fue publicada en el
número 2 de Quaderns de debat, ahora sí con el título ya en catalán.
A este texto lo acompañaba otro sobre “La situación internacional y
la política exterior de Albania”, que según el esquema previsto debe-
ría constituir un anexo y al que acompañaba un extracto del informe
presentado por Henver Hoxha al VII Congreso del Partido del Traba-
jo de Albania. Con este texto y el resumen del dirigente albanés des-
de luego no pretendía mostrarme partidario de las posiciones albane-
sas, como hizo el PCE (m-l), ni mucho menos. En realidad, lo que
buscaba con este texto sobre Albania era definir mi postura sobre la
denominada “teoría de los Tres Mundos”, la posición oficial china
en política Exterior que en aquel momento todavía compartían algu-
nos de los grupos prochinos, como Joan y algunos de sus amigos, lo
que, claramente, no era mi punto de vista. Y hasta aquí el número 2
de los Quaderns.
En el número 3 de Quaderns no tuve ninguna intervención más
allá de la ejecución material. Constaba de dos textos, el primero de
los cuales era de Joan y, titulado “Bases para una estrategia revolu-
cionaria”, pretendía tener carácter programático. Tan farragoso como
de costumbre, era un intento de adaptación a Cataluña de los plan-
teamientos batasunos. Organizativamente, insistía en el carácter de
clase de la cuestión nacional, en avanzar en la perspectiva del “KAS
de Catalunya” y en lo que llamaba la “convergencia comunista”. El
segundo texto lo constituía un refrito histórico sobre “La cuestión
nacional catalana” tomada de diversos historiadores, sobre todo de
Pierre Vilar. Lo firmaba Jaume, al que seguramente conocía pero
que ahora mismo no consigo asociar a alguien en concreto.
El número 4 de los Quaderns fue un número monográfico que es-
cribí íntegramente, titulado “Sobre los orígenes históricos del euro-
comunismo” que, teóricamente, se insertaba en un doble proyecto:
por una parte, la continuación del esquema general presentado en el
número 1, pero también el primer capítulo de un proyecto a medias
con Oriol, el amigo de Santiago Brouard, que pretendía ser una críti-
ca a las diversas concepciones presentes en el libro de Santiago Ca-

26
rrillo, Eurocomunismo y Estado. El proyecto con Oriol no fue a más,
pero algunas partes relativas a Gramsci las he incluido en los textos
recopilados en este libro.
El último número de Quaderns en el que participé fue el número
5. Probablemente sea el más interesante, aparte del mejor confeccio-
nado materialmente. En lo que a mí respecta, publiqué un largo tra-
bajo con el poco atractivo título de “La cuestión nacional en la era
atómica”. No recuerdo muy bien porque puse semejante título, puede
que por mi participación en el movimiento antinuclear, aunque creo
recordar vagamente que se trataba de una especie de paráfrasis del
título de un libro del marxista inglés John Eaton que estaba leyendo
entonces. En cualquier caso, el texto, que ahora recojo en este libro
con el título, más ajustado, de “Cuestión nacional y secesión” consti-
tuía el núcleo central de mi reflexión. En este mismo número, incluí
la reproducción a modo de documento histórico, de un texto de Joa-
quín Maurín sobre “La clase trabajadora ante la cuestión nacional”,
que aportaba, por decirlo así, una cierta legitimación histórica de
algunas de las ideas que exponía en el artículo referido.
El resto del número lo constituían tres textos debidos uno a Toni,
el otro a Bruno Raich, que fallecería en accidente poco después, y
tercero a Joan que, siguiendo con sus textos programáticos trataba
sobre lo que titulaba “Per una convergència comunista a Catalunya”.
En el último número de Quaderns, el núm. 6, publicado en septiem-
bre de 1980, ya no tuve nada que ver. Era una continuación de las
aportaciones expuestas de manera confusa y expresión de unos plan-
teamientos políticos para mi incoherentes, en este caso dedicado a
exponer lo que Joan llamaba un “nuevo modelo de socialismo”, ba-
sado supuestamente en la alianza entre nacionalismo independentista
e izquierda radical de cuño comunista.
En los otros tres artículos que constituían el número básicamente
se argumentaba en esta misma línea. Lo que, según se proponía para
Cataluña, esto venía representado por Nacionalistes d’Esquerra, una
coalición constituida en 1979 y que sobrevivió hasta 1984. Formada
por fragmentos procedentes de diversos grupos nacionalistas, entre
los cuales se encontraban los Col·lectius Comunistes de Catalunya,
su presencia más relevante la constituían un nutrido grupo de perso-
nalidades del mundo de la cultura que se movían en unos parámetros
independentistas que podríamos caracterizar con la contradictoria

27
expresión de moderadamente radicales, es decir, radicales en lo na-
cional y moderados en lo social.
Participé en las primeras reuniones entre el grupo impulsor de NE
–recuerdo sobre todo a Jordi Carbonell– y los Col·lectius para acor-
dar su incorporación, que efectivamente tuvo lugar. Sin embargo, me
fui apartando de la estructura orgánica, entre otras razones porque en
aquel momento ya había optado por dedicarme plenamente al movi-
miento antinuclear. Cuando se confeccionaron las listas para las
elecciones al parlamento de Cataluña de 20 de marzo de 1980, tuve
una conversación telefónica con Jordi Carbonell que me propuso
formar parte de la candidatura por Barcelona, en una posición relati-
vamente cercana a la cabeza. Le dije que no. Creo que el puesto que
me tenían reservado lo ocupó un conocido ecologista. No volví a
tener ningún contacto con NE. En las elecciones sacaron un 1,54 %
de los votos en Barcelona y un 1,66 en Cataluña. Lo que quedaba de
la izquierda radical, agrupada en la coalición electoral Unitat pel
Socialisme, (PTE, OCE(BR), MC y LCR), sacó un 1,22 %. Era el
fin.
Cuando a finales de 1979 publiqué en Quaderns “Cuestión nacio-
nal y secesión” intentaba aclararme en relación a este tema, contri-
buir a replantear el debate entre los grupos de izquierda y buscar un
acercamiento al tema que no estuviera condicionado por la inevitabi-
lidad de la violencia, como en el País Vasco, o como ya estaba apun-
tando en Cataluña.
Leí todo lo que encontré, lo que incluía a los marxistas catalanes
del periodo republicano. Me interesó especialmente Joaquín Maurín.
También otros autores de orientación política muy diferente, de ma-
nera destacada el filósofo José Ortega y Gasset, cuyo libro España
invertebrada. Bosquejo de algunos pensamientos históricos, me im-
presionó vivamente. De hecho, en el artículo no se menciona a Orte-
ga, pero uno de los apartados se titula “Marx y la España invertebra-
da”, un claro guiño al filósofo y a una especie de reinterpretación
marxista de Ortega en esta materia. Puede que fuera una pedantería
intentar esto, pero el bosquejo orteguiano sobre las fuerzas disgrega-
doras de España me pareció que podía ser reinterpretado con la ayu-
da de Marx, de Maurín, por supuesto de Gramsci y su concepto de
hegemonía, y de otro autor, el marxista escocés Tom Nairn, vincula-
do a la New Left Review, cuyo libro Los nuevos nacionalismos en

28
Europa. La desintegración de la Gran Bretaña, acababa de traducir-
se en 1979 al castellano.
El libro de Nairn me deparó alguna sorpresa. Cuando publiqué el
artículo sobre la cuestión nacional llevaba un tiempo asistiendo al
seminario que funcionaba en la Facultad de Económicas en torno a
Manuel Sacristán. Mi asistencia a este seminario se debía a que des-
de el momento en que algunos miembros de Mientras tanto se inte-
graron en el Comité Antinuclear de Cataluña nos invitaron a varios
de los que allí actuábamos –a Toni Farrás, a mí y creo que alguien
más– a asistir. Me convertí en un habitual del mismo y supongo que
por esta vía o por otra que no recuerdo, Paco Fernández Buey se
enteró de mi interés por el libro de Nairn y me propuso hacer una
exposición del mismo en el seminario. La propuesta me inquietó un
tanto, claro reflejo de mi sentimiento de inferioridad intelectual ante
tal audiencia, pero acepté. Creo que mi exposición no debió ser muy
sólida, pero intenté resumir las propuestas de Nairn que más me ha-
bían interesado y añadí algunas cosas que trataba en el artículo de
Quaderns que, descubrí, había llegado a las manos de Paco no tengo
del todo claro por qué vía.
Más o menos satisfecho por haber concluido la tarea sin demasia-
dos trompicones, esperé los comentarios. Entonces tomó la palabra
un chico, muy discreto, al que había visto en alguna ocasión en las
reuniones antinucleares, pero del que no sabía apenas nada, que sacó
unas fotocopias de una carpeta y empezó a resumir. Habló mucho
más que yo, prácticamente leyendo todo el rato un artículo de Eric J.
Hobsbawm en la New Left Review y publicado en castellano por la
revista Zona Abierta en 1979, de cuyo consejo editorial formaba
parte Paco. El artículo, titulado “Marxismo, nacionalismo e indepen-
dentismo”, era una dura y extensa crítica al libro de Nairn, lo que me
parece puede interpretarse en el sentido de que Hosbsbawm no lo
consideraba una obra menor. En cualquier caso, a mi Nairn me había
interesado, al igual que Ortega, no tanto desde la perspectiva de his-
toriador académico sino sobre todo desde el punto de vista político,
porque creía que aportaban ideas sobre las que cabía reflexionar.
Pero Paco y los demás miembros del seminario, buena parte de los
cuales debían estar al tanto de la encerrona, no parecían estar nada
interesados en ello, y la muy discreta pero socarrona sonrisa de Paco
mientras su colega iba desgranando el artículo del historiador inglés
lo dejaba meridianamente claro, por lo menos para mí. Pedí me pasa-

29
ran una copia del artículo y allí terminó mi gloriosa intervención en
el seminario. Quince años después, en un contexto muy diferente,
me convertí en un atento lector de Robert K. Merton y la sociología
de la ciencia y entendí algunas cosas del comportamiento de los in-
tegrantes de las comunidades científicas y del mundo académico. Y
de la actitud aquel día de mi amigo y compañero Paco.
Realmente, no estaba totalmente en desacuerdo con alguna de las
críticas de Hobsbawm y, de hecho, en las últimas dos o tres páginas
de mi artículo hacía algunas consideraciones sobre el nacionalismo
que no estaban muy alejadas de lo que decía el historiador inglés.
Pero en otros aspectos pienso, aún hoy, que estaba más acertado
Nairn. Creo que Hobsbawm fue un excelente historiador, pero con
una visión política en ocasiones limitada, lo que suele ser bastante
frecuente entre los intelectuales académicos. También entre los de
aquí, incluso entre los mejores.
Sobre todo estas últimas páginas, que constituían un apartado fi-
nal con el significativo título de “Algunos interrogantes a modo de
conclusión”, no gustaron demasiado y creo recordar que hubo quien
así me lo hizo notar. A partir de este momento algunos, con Joan a la
cabeza, apostaron claramente por NE, como se pone claramente de
manifiesto en el último número de Quaderns, de septiembre de 1980,
con el que ya no tuve nada que ver. Otros, en cambio, optamos por
incorporarnos a los movimientos sociales, en especial al movimiento
antinuclear, entonces en pleno auge.
La divergencia, porque no puede hablarse de ruptura, se materia-
lizó en marzo de 1980, en una reunión del Col·lectiu de Nou Barris,
del que yo formaba parte, en el que presenté un texto razonablemen-
te extenso, titulado Un debate para un proyecto de emancipación,
que fue aceptado en líneas generales. Era una apuesta por los movi-
mientos sociales, en el que era bien clara la influencia de Manuel
Sacristán y el grupo de Mientras tanto, aunque con consideraciones
propias que probablemente no compartían, aunque eso nunca lo supe
dado que del documento solo se hicieron algunas copias para los
integrantes del Col·lectiu de Nou Barris. Pero la influencia es evi-
dente, empezando por el título. También se puede percibir la in-
fluencia de algún autor popularizado aquí por la gente de Mientras
tanto, entre ellos el filósofo de la Alemania entonces llamada Orien-
tal, Wolfgang Harich, un personaje peculiar, vinculado a los verdes

30
alemanes, al que conocí muy brevemente durante una visita que
realizó a Cataluña y del que desde el CANC publicamos su interven-
ción en un debate en nuestro Boletín de Información sobre Energía
Nuclear.
También es perceptible la influencia del primer Rudolf Barho, el
que publicó en 1977 La Alternativa, traducida al castellano en 1979,
aunque no se menciona explícitamente. Y, además, por supuesto
Gramsci y el último Lenin, el Lenin desencantado que proponía co-
menzar de nuevo desde el principio. Pero, además, el texto se distin-
guía de otras cosas que escribí durante este periodo, en que daba un
paso más y se internaba en el análisis político concreto y abordaba la
coyuntura política, sobre todo en la tercera parte en la que trataba del
papel de los Col·lectius Comunistes de Catalunya en el contexto
preelectoral del momento. Al menos en este aspecto puede decirse
que acerté de pleno en lo que se refiere al desastre electoral de NE.
Ahí terminó mi historia filonacionalista, si es que se la puede lla-
mar así. NE perduró hasta 1984, en cuyo seno se habían integrado
los Col·lectius. A partir de ahí los ex CCC se tradujeron en una au-
téntica sopa de letras de rastreo más que complicado, en especial
para el caso de Joan, su confabuladora cabeza, que acabaría de rebo-
te como diputado en el Congreso en la bancada socialista. Un asom-
broso –o quizás no tanto– destino para quien, en su momento, tenía
voluntad de ser el teórico de la “KAS de Catalunya”.
No volví a escribir nada relacionado con la cuestión nacional has-
ta treinta y siete años después. Fue a raíz del 1 de octubre de 2017 y
el autoconvocado referéndum independentista. Entre una y otra fe-
cha me había interesado, y en ocasiones implicado, en otras cuestio-
nes, sobre todo de orden académico, ambiental y, en menor medida,
sindical. Pero no recuerdo haber escrito ni media palabra –y escribí
bastante durante este periodo– sobre el tema del nacionalismo.
Pero en los primeros años de la segunda década del siglo XXI
comenzaron a pasar cosas. Primero fueron los indignados y el 15M
de 2011. Y al año siguiente comenzó a expresarse masivamente lo
que se denominaría el procés, es decir la emergencia de un renovado
independentismo catalán. De hecho, algunas de las cosas que fueron
pasando en años sucesivos bien podrían interpretarse como expre-
sión del análisis que hacía en 1979 en “Cuestión nacional y sece-
sión”. Con una diferencia significativa. La cuestión nacional no ha-

31
bía sido la vía para la conquista de la hegemonía por parte de la clase
obrera y la construcción de una cultura nacional-popular, sino el me-
canismo puesto en pie por parte de una fracción de la clase dominan-
te, la burguesía neoliberal más o menos catalanista, para imponer la
suya y arrastrar tras de sí a buena parte de las clases medias catala-
nas. Paralelamente, otra fracción de la burguesía panespañola –según
la expresión de Maurín– imponía su hegemonía en el resto de Espa-
ña sin que la izquierda diera muestras de enterarse. “¿Qué ha sido
del 15M?” es una breve y amarga reflexión sobre ello.
Acabo. Con una pequeña advertencia sobre los textos que aquí se
recogen. Durante la Transición escribí bastante sobre diversas cues-
tiones, generalmente de cariz político, de los que aquí está presente
una pequeña selección. Sin embargo, no son textos relevantes desde
un punto de vista académico, cuyas normas por lo general no tomé
en cuenta, entre otras razones porque su objetivo era otro. Tampoco
fueron de relevancia desde el punto de vista de la intervención polí-
tica. Fueron escritos por un militante de base, o prácticamente de
base, que intentaba pensar por su cuenta. Forman parte, digámoslo
así, de la historia de la gente sin historia, parafraseando el título de
un conocido libro de un historiador cubano. Puede que por ahí pre-
senten algún interés, en la medida en que reflejan las transformacio-
nes en el pensar de un joven militante que no llegaba a los treinta,
integrado en esta izquierda radical que perdió la batalla durante estos
años políticamente convulsos pero que bien podía haber sido el cata-
lizador de un proceso muy diferente. Que a la postre fue otra oportu-
nidad perdida, pero de la que se han derivado beneficios socialmente
relevantes, aunque eso, solo por excepción lo reconocen aquellos
que hoy en día reescriben el pasado.

32
1. La democracia y los trabaja-
dores
Reconozcámoslo claramente: hoy de democracia habla todo el mun-
do, el obrero, el burgués, el cura, el intelectual, ... los fascistas arre-
pentidos y hasta los que no lo están. Franco mismo tuvo que inven-
tarse su “democracia” y en nombre de comunistas y masones nos
obsequió con 40 años de “democracia orgánica”. Diríase que es un
fenómeno universal ya que a nivel planetario sucede más o menos lo
mismo: los estadounidenses rompen una lanza en favor de los dere-
chos humanos y en defensa de la democracia mientras promueven
levantamientos reaccionarios contra gobiernos considerados demo-
cráticos; los rusos en nombre de una llamada democracia “socialista”
encierran a los disidentes demócratas en centros psiquiátricos, los
chinos..., los franceses..., los italianos...
En España hemos estado luchando durante cuarenta largos años
en contra de “una” democracia para conquistar la democracia para
que al final tirios y troyanos se reconozcan demócratas dispuestos a
levantar la democracia en nuestro país. En la pasada campaña electo-
ral 1 no ha habido partido –desde los fascistas hasta los de la extrema
izquierda– que no se haya presentado como un consecuente defensor
de la democracia.
Sin duda alguna tal avalancha de demócratas y democracias es-
conde en buena parte mucha demagogia y bastante oportunista; si

1 Se trata de las elecciones generales de 15 de junio de 1977, las primeras celebradas desde

la guerra civil.

33
miramos bien, en muchos casos debajo de tal palabra no encontra-
mos nada, está totalmente vacía de contenido y reducida meramente
al papel de efecto propagandístico. Parece, pues, que enfrentarse al
fenómeno “democracia” –porque de un verdadero fenómeno, y más
en nuestro país, se trata– requiere un análisis mínimamente a fondo
del contenido de esta palabra mágica que encandila a unos y otros y
en nombre de la cual en muchas ocasiones se justifica lo injustifica-
ble.
De democracia hablaban ya los griegos de antes de nuestra Era,
que además fueron los primeros en llevar a cabo la aplicación prácti-
ca de la democracia como sistema político. Sin embargo, hasta las
revoluciones burguesas no se hizo de la democracia el principio rec-
tor de la sociedad y la base de todas sus constituciones políticas. Las
formas económicas propias del sistema feudal no le convenían ya a
la burguesía que fue imponiendo su propio sistema económico, es
decir el capitalismo. Pero el desarrollo del capitalismo era incompa-
tible con la existencia de siervos y con la idea de que el poder políti-
co emanaba directamente de Dios y que el Rey era su depositario. La
burguesía venía con las ideas de que los hombres debían ser libres y
que el poder político emanaba de la sociedad. Estas ideas aplicadas a
la práctica configuraron un sistema político democrático cuya expre-
sión más acabada fueron las repúblicas burguesas.
Sin embargo, la consigna de “libertad, igualdad, fraternidad” en
nombre de la cual se realizó la Revolución Francesa –prototipo de
revolución burguesa– la burguesía la entendía muy a su manera. Así,
en lo concerniente a derechos políticos se dividía a la población en
categorías a las cuales a unas se les permitía participar en la vida
política –elegir a sus representantes, ser elegido– y a otras no. Nota-
blemente, todas las mujeres estaban excluidas de tales derechos.
Existía lo que se llamaba el voto censitario. Así, pues, el régimen
político democrático que surgió de las revoluciones burguesas era
marcadamente clasista y, como se vio enseguida, no tenía otro obje-
tivo que garantizar el poderío político y económico de la entonces
joven clase burguesa.
Con la burguesía, el capitalismo y la democracia como régimen
político generalizado, aparece el proletariado como la clase más nu-
merosa del conjunto de la sociedad y factor clave para su posterior
desarrollo. Como clase explotada pronto presentó sus primeras mani-

34
festaciones de resistencia, en un principio de una forma puramente
espontánea e inconexa y, posteriormente, de una manera cada vez
más organizada. En este camino la clase obrera pronto comprendió
que la lucha simplemente económica no le conducía muy lejos y que,
si realmente quería conseguir su emancipación como clase, debía
también actuar en el terreno político que es realmente donde se en-
cuentran los resortes del poder. Así, la clase obrera comenzó a parti-
cipar en la acción política para arrancar a los gobiernos aquellas me-
didas que pudieran favorecer el transcurso de su lucha. Y así fue
como se consiguió ir conquistando derechos políticos para quienes
se encontraban privados de ellos, como se fue eliminando el voto
censitario, como se consiguió el reconocimiento de los derechos po-
líticos de la mujer –ya bien entrado el siglo XX y, en el caso de Es-
paña, durante la Segunda República–. Puede asegurarse que la tota-
lidad de las medidas progresistas adoptadas por las constituciones
burguesas son conquistas directas o indirectas de las clases trabaja-
doras. Evidentemente la burguesía durante este tiempo ha ido gene-
rando otra serie de medios que le permitan ir manteniendo su situa-
ción de privilegio y que contrarreste estas conquistas de los trabaja-
dores, pero lo cierto es que lo positivo que contiene el régimen de-
mocrático capitalista es erróneo achacárselo a la buena voluntad de
la burguesía. La burguesía, como clase, puede sin duda afirmarse
que carece de buena voluntad mirado desde el punto de vista del
trabajador. En el caso de España, es evidente que la lucha por la
conquista de la democracia política ha tenido siempre a la cabeza a
la clase obrera.
Parece, pues, si nos atenemos al breve examen histórico hecho
sobre los orígenes de la democracia, que ésta es una forma política
que se la utiliza con objetivos diferentes –y se la entiende de manera
diferente– según la clase social de que se trate. La democracia es
para el obrero un elemento (uno, no el único) de la lucha por su libe-
ración; para el burgués, en cambio, la democracia debe servir para
garantizar su situación de clase. La democracia se tiñe, así, de un
color de clase, se convierte en democracia burguesa o en democracia
obrera.
La diferencia entre democracia burguesa y democracia obrera no
reside tanto en las formas de representación (soviets, parlamento, ...)
–lo cual no quiere decir que no sean importantes– sino en la igualdad
real de los individuos entre sí a la hora de elegir o ser elegidos. En

35
una sociedad capitalista donde los medios de producción, es decir, el
poder económico, está concentrado en lo fundamental en unas pocas
manos, es evidente que la igualdad de oportunidades es puramente
formal. Quien posee dinero posee la capacidad de crear a través de
los medios de comunicación de masas, de la prensa, de la radio, etc.,
una opinión pública favorable a sus presupuestos políticos, puede
utilizar el soborno, la corrupción, de cara a conseguir el poder políti-
co, prácticas que están a la orden del día en cualquier democracia
capitalista. La democracia burguesa es una democracia formal, don-
de no hay una correspondencia entre lo que dice ser y lo que es, co-
mo consecuencia de las diferencias económicas profundas que exis-
ten en la sociedad. Es una democracia incompleta.
La democracia obrera representa un salto cualitativo respecto a la
democracia burguesa. Presupone, de entrada, la igualdad real de los
distintos individuos a la hora de ejercer sus derechos políticos, lo
cual implica, evidentemente, que haya desaparecido o que al menos
se haya eliminado en lo fundamental, las diferencias económicas.
Esta es la condición básica para que exista una democracia obrera,
para que exista una democracia real.
Es de general consenso que la política consiste en el conjunto de
actividades destinadas a la conquista y ejercicio del poder político.
La cuestión del poder, entendido en el sentido de poder de clase, de
una clase que lo ejerce sobre otra u otras, es el objeto y la razón de
ser de la política. Política, poder de clase y lucha de clases van indi-
soluble e íntimamente unidas; en consecuencia, la desaparición de
las clases y, con ello, de la lucha de clases, conllevaría la desapari-
ción del poder de clase y con ello de la actividad que lo hace posible,
de la política. Y con la desaparición de la política desaparecen tam-
bién todas y cada una de sus formas, entre las cuales se encuentra la
forma “democracia”. Para el proletariado, la desaparición de las dife-
rencias de clase y en consecuencia de las clases mismas, es el objeti-
vo máximo y la razón de ser de su lucha. Pero suprimir las clases
significa eliminar todas las formas políticas que generaba la lucha
entre ellas; la forma democracia es una de ellas, precisamente la más
desarrollada y evolucionada.
Pero la democracia, además del sentido político, puede tomar
otro, el de la participación plena del conjunto de los individuos de la
sociedad en la plural y variada administración de la misma. Y, en

36
este sentido, la democracia no desaparece con las clases, sino que
solamente se manifestará plenamente al desaparecer éstas. La demo-
cracia se convierte de forma de dominación de una clase sobre otras,
en expresión de la libre unión fraternal entre los hombres.

Revisar el marxismo

Revisar el marxismo, en el sentido de replantearse los problemas


fundamentales de la revolución a la luz de las nuevas circunstancias
actuales es cada día una necesidad más acuciante. Seguramente,
además, esta “revisión” va más allá de la pura doctrina teórica y
afecta, quizás de forma fundamental, a la articulación de las fuerzas
motrices del cambio revolucionario y a las mismas formas de lucha
que, de acuerdo con la nueva articulación, deban desarrollarse. Es a
todas luces retrogrado pensar en Marx y Lenin tomados tal cual co-
mo los autores del desarrollo teórico guía de la actividad revolucio-
naria en la actualidad, en el supuesto que alguna vez se les haya po-
dido considerar como tales (en la medida de que la creación teórica
de ambos se desarrolló a lo largo de décadas y en situaciones pro-
fundamente cambiantes: ¿cuál Marx? ¿El del 1848 o el de después
de la Comuna? ¿El Lenin de 1902 o el 1923? Lo cual no quita el
considerar a ambos como la base, los cimientos de los desarrollos
teóricos posteriores.
Adoptar una actitud positiva frente al “revisionismo” debe formar
parte, además, de la tarea de acabar con los mitos y con los fetiches
que en la actualidad contaminan el pensamiento revolucionario (so-
cialmente revolucionario). Estos mitos suelen tomarse como verda-
des disuasorias, como axiomas indemostrables, como puntos de par-
tida absolutos. Estos mitos son numerosos y afectan a la casi totali-
dad del credo marxista, o, si se prefiere, marxista-leninista: proleta-
riado, partido, revolución, revisionismo, masas, dictadura del prole-
tariado, estado, ideología, base económica, militantes/militancia,
socialismo, imperialismo, capitalismo, burguesía, fascismo, fuerzas
productivas, relaciones de producción, etc. etc. La fetichización de
estos conceptos que, en el marxismo, por muy abstractos que sean,
son también realidades que impiden la comprensión de los nuevos
fenómenos y contradicciones que en el capitalismo se dan, algunos
de los cuales tienen una importancia transformadora fundamental de
cara el futuro (la ecocrisis, por ejemplo). Aparece, además, un nue-

37
vo/viejo fetiche: el antidogmatismo, en aras del cual se abren las
puertas de par en par a los conceptos, modos y creencias de la ideo-
logía burguesa (y de la más novísima precisamente) y que pretende
confundir la necesaria puesta en cuestión de los principios con la
inexistencia de ellos
Se hace pues necesario recuperar el antimarxismo de Marx, pero
enmarcándolo dentro de una actividad emancipadora que no acepta
componendas con el sistema dominante (cualquiera que sea el siste-
ma si es que es dominante), en este caso el sistema burgués.
Barcelona, principios de 1978.

38
2. Sobre Gramsci, la república
democrática y el “eurocomu-
nismo”

La república democrática en el pensamiento político de Antonio


Gramsci

El VI Congreso de la Internacional Comunista (IC), de julio-


septiembre de 1923, declaró cerrada la etapa llanada de “frente úni-
co” e inició la etapa conocida como de “clase contra clase”, es decir,
de asalto directo al poder, de imposición inmediata de la dictadura
del proletariado sin fases ni etapas intermedias de transición. Cual-
quier solución al problema de la revolución que no implicara la in-
mediata implantación de la dictadura del proletariado era tachada de
derechista y condenada sin remedio. El Partido Comunista Italiano,
dirigido en aquellos momentos por Togliatti, se apresuró a adoptar
las nuevas tesis de la IC y a proclamar para el caso italiano el paso
directo del fascismo a la dictadura del proletariado: “El proletariado
formula su candidatura a la sucesión del fascismo porque el dilema
histórico ante el cual se encuentra la sociedad italiana no es entre un
capitalismo progresivo (democracia burguesa) y un capitalismo que
retrocede hacia la edad media (fascismo) sino el dilema entre la dic-
tadura del capital y la dictadura del proletariado”, escribió en el ar-
tículo “II pericolo dell’opportunismo nel nostro partito”. En el seno
del PCI se entabló una agria polémica entre los partidarios de una

39
“fase de transición” de carácter democrático-burgués a la dictadura
del proletariado y los partidarios de las tesis de la IC, polémica que
se zanjó con la expulsión de la dirección del partido de Leonetti,
Tresso y Ravazzoli.
Antonio Gramsci, entonces secretario general del partido pero
preso en las cárceles fascistas desde noviembre de 1926 y, en conse-
cuencia, apartado de las tareas de dirección política, no estaba de
acuerdo con las directrices emanadas del VI Congreso de la IC, a
pesar de que se le ha presentado corrientemente como un fiel parti-
dario de su política. Sus escritos de la cárcel y los testimonios de los
camaradas que estuvieron presos con él por aquellos años así lo ates-
tiguan. Además, las declaraciones del hermano mayor de Gramsci,
Gennaro, al periodista G. Fiori en 1965 no dejan lugar a dudas:
cuando se entabló la polémica acerca de las resoluciones del VI
Congreso de la IC en el seno del PCI, Togliatti quiso saber la opi-
nión de Gramsci al respecto. Llamó a Gennaro y le encargó que se
entrevistara en la cárcel con él y le preguntara sobre las últimas
orientaciones de la política de la IC. En esta entrevista, Gramsci de-
claró a su hermano que estaba en la línea de los recientemente expul-
sados Leonetti, Tresso y Ravazzoli y que, en consecuencia, rechaza-
ba los acuerdos de la IC. Gennaro fue a ver a Togliatti y le dijo:
“Nino está totalmente de acuerdo con vosotros”. Las razones de
Gennaro para engañar a Togliatti eran fáciles de comprender si se
tiene en cuenta el clima que se habla creado en el seno de la mayoría
de los partidos comunistas a raíz de las ultimas orientaciones de la
IC: Stato Operaio, por ejemplo, escribía:

“Sin una depuración rigurosa de nuestras filas, sin separar de ellas a los que
expresan la influencia de una ideología que no es la nuestra, a los que tien-
den a llevar en su seno la duda, la vacilación y la confusión, es imposible la
lucha por la conquista de la mayoría [...] la lucha contra el oportunismo de-
be tener en nuestras filas la misma dureza que ha tenido en las filas de los
demás partidos de la Internacional, es decir, debe llevarse a fondo, sin vaci-
laciones”.

Gennaro sospechaba con todo fundamento que en tal situación


declarar que Gramsci se oponía a las directrices de la IC podía llegar
a suponer la expulsión de éste del partido, con lo cual el aislamiento

40
se le haría total y su estancia en la cárcel mucho más insoportable.
En consecuencia, decidió mentirle a Togliatti 2.
Con estas declaraciones del hermano de Gramsci sufre un fuerte
golpe la leyenda alimentada durante años por el PCI, que pretendía
presentar las concepciones políticas de Gramsci y Togliatti como
perfectamente armónicas o, en todo caso, como divergentes en as-
pectos muy secundarios; como los Marx y Engels italianos. No se
trata de hacer aquí un balance de los acuerdos y las divergencias
entre estos dos comunistas italianos; simplemente señalar que éstas
fueron numerosas y profundas y que esto ha sido sistemáticamente
ocultado por el PCI.
Con la derrota política del proletariado italiano que supuso el
aplastamiento del movimiento de los consejos de fábrica de Turín
(1918-1920), se alejaron momentáneamente las esperanzas del esta-
llido de la revolución proletaria en Italia. Además, es sobre la base
de esta derrota que surge el movimiento fascista de Mussolini, que
llega al poder en 1922 e instaura un régimen de terror que solo ten-
drá su fin con la Segunda Guerra Mundial. A nivel internacional, la
situación tampoco es favorable a la revolución socialista y la IC,
consciente de que la situación ha cambiado y que en tales circuns-
tancias el asalto directo al poder burgués se ha hecho inviable, cam-
bió su táctica.
El III Congreso había inaugurado la política llamada de “frente
único” que, en palabras de Gramsci, significaba “el paso de la guerra
de movimiento a la guerra de posición”, es decir, la sustitución del
asalto directo al poder por el asedio al estado burgués. Gramsci, que
por la época del III Congreso de la IC se encontraba en Moscú, se
adhirió inmediatamente a las tesis del III Congreso. El IV Congreso
–en el que participó Gramsci como representante del PCI– y el V
profundizaron la táctica de “frente único” y sus resoluciones fueron
plenamente asumidas por Gramsci. Al llegar el VI Congreso y la
nueva táctica ultraizquierdista de la IC, preso Gramsci en las cárce-
les fascistas, ya hemos visto la situación que se produjo en el partido
italiano. Veámos más en concreto cuál era la postura de Gramsci y
qué táctica y cuál estrategia se marcaba en el camino hacia la revolu-
ción proletaria en la situación concreta de entonces en Italia.

2 G. Fiori: Vida de Antonio Gramsci.

41
A finales de enero de 1926 se celebró en Lyon el III Congreso del
PCI, en donde las tesis presentadas por Gramsci y Togliatti (Tesis de
Lyon) consiguieron una amplia mayoría y fue derrotada la postura
ultraizquierdista de Amadeo Bordiga. Éste recurrió ante la IC por
considerar que en la celebración del Congreso se habían producido
una serie de irregularidades, pero la IC rechazó su recurso.
Las Tesis de Lyon tienen una importancia excepcional por marcar
un nuevo rumbo en la política del PCI –impregnada hasta entonces
del espíritu ultraizquierdista de A. Bordiga– en consonancia con las
directrices de entonces de la IC. Es, además, el penúltimo documen-
to político redactado por A. Gramsci antes de su detención (el último
es la inconclusa Cuestión meridional).
En estas Tesis Gramsci aborda la cuestión de la monarquía y del
fascismo. Dice al respecto:

“La monarquía es uno de los pilares del régimen fascista italiano. La movi-
lización antimonárquica de las masas de la población italiana es uno de los
objetivos que debe proponer el partido comunista. Permitirá desenmascarar
eficazmente a algunos de los titulados grupos antifascistas que se retiraron
al Aventino 3. Pero su realización debe ser siempre paralela a la agitación y
a la lucha contra los otros pilares fundamentales del régimen fascista: la
plutocracia industrial y los terratenientes. En la agitación antimonárquica el
problema de la forma de estado será presentado además por el partido co-
munista en estrecha conexión con el problema del contenido de clase que
los comunistas se proponen dar al estado. En el pasado reciente (junio de
1925), el partido logró conectar estos problemas fundando su acción políti-
ca en las consignas: ’Asamblea republicana basada en los comités obreros y
campesinos: control sobre la industria; la tierra a los campesinos’”.

En su intervención en la reunión del Comité Central de agosto de


1926 planteaba la cuestión de las posibilidades de la conquista di-
recta del poder: “[...] no es cierto ni siquiera probable que el paso del
fascismo a la dictadura del proletariado sea inmediato”, decía 4.

3 El 10 de julio de 1924 fue secuestrado por los fascistas el diputado socialista Matteotti y
posteriormente asesinado. En señal de protesta los grupos parlamentarios no decididamente
fascistas se retiraron del Parlamento y comenzaron a reunirse en el recinto romano conocido
con el nombre de Aventino. Era un conjunto heterogéneo y vacilante de donde fue imposi-
ble sacar nada mínimamente práctico y eficaz. En noviembre de 1924 el grupo parlamenta-
rio comunista abandonó el Aventino y ocupó su lugar en el Parlamento a fin de utilizarlo
como tribuna desde donde combatir al fascismo.
4 G. Fiori: op. cit.

42
Con el viraje del VI Congreso de la IC la postura de Gramsci no
cambió. Dicho Congreso partía del análisis catastrofista del capita-
lismo. Según él, la gran crisis del año 1929 conduciría inevitable-
mente al hundimiento del capitalismo ya que éste no tenía la vitali-
dad suficiente para superarla. Ello conduciría inevitablemente a una
radicalización de la lucha de las masas en un sentido revolucionario:
en consecuencia, la consigna del paso directo a la dictadura del pro-
letariado estaba a la orden del día. En estas condiciones, las fuerzas
democrático-burguesas solo podían jugar un papel reaccionario y, en
la práctica, venían a ser los principales aliados del fascismo; ni si-
quiera los socialistas escapaban a tal conceptualización: eran los
“socialfascistas”. El asalto al poder debía llevarse a cabo al margen
de cualquier sistema de alianzas.
Gramsci, en cambio, continuó manteniendo por esta época su pos-
tura de la “guerra de posición”, que era tal como interpretaba la tác-
tica del “frente único”. Así en 1930, es decir, después de la celebra-
ción del VI Congreso de la IC, escribía en la cárcel:
“La misma reducción –se refiere a la reducción de la guerra de movimiento
a la de posición– debe ser realizada en el arte y la ciencia política, al menos
en lo que respecta a los Estados más avanzados, donde la ’sociedad civil’ 5
se ha convertido en una estructura muy compleja y resistente a las “irrup-
ciones” catastróficas del elemento económico inmediato (crisis, depresio-
nes, etc.): las superestructuras de la sociedad civil son como el sistema de
trincheras en la guerra moderna. Así como en éste ocurría que un encarni-
zado ataque de artillería parecía destruir todo el sistema defensivo adversa-
rio, cuando en realidad solo habla destruido la superficie exterior y en el
momento del ataque y del avance los asaltantes se encontraron frente a una
línea defensiva todavía eficiente, lo mismo ocurre en la política durante las
grandes crisis económicas. Ni las tropas asaltantes, por efecto de la crisis,
se organizan de forma fulminante en el tiempo y en el espacio, ni, tanto
menos, adquieren un espíritu agresivo: recíprocamente, los asaltados no se
desmoralizan ni abandonan la defensa, aun entre los escombros, ni pierden
la confianza en las propias fuerzas ni en su porvenir. Las cosas, por cierto,
no permanecen tal cual eran, pero es verdad que llegan a faltar los elemen-

5 A efectos metodológicos, Gramsci distingue en el Estado entre la “sociedad política” y la


“sociedad civil”. La “sociedad política” viene a corresponder a lo que se conoce corriente-
mente como el “aparato represivo del Estado”, mientras que la “sociedad civil” corresponde
al conjunto de instituciones privadas por medio de las cuales la clase dominante introduce
su ideología en las clases subalternas, es decir, las instituciones por medio de las cuales
consigue su hegemonía en el conjunto de la sociedad. Constituye, pues, lo que también se
ha llamado “aparatos ideológicos del Estado”.

43
tos de rapidez, de ritmo acelerado, de marcha progresiva definitiva que es-
peraban encontrar los estrategas del cadornismo político” 6.

De este análisis del estado capitalista avanzado se desprende de


forma implícita, pero clara, un rechazo total de las tesis de la IC. De
manera más explícita, Gramsci explicaba a sus camaradas de la cár-
cel:

“Las perspectivas revolucionarias en Italia deben ser dos: la perspectiva


más probable y la menos probable. A mi parecer, la más probable es la del
periodo de transición. Por esto la táctica del partido debe elaborarse en fun-
ción de este objetivo, sin temor a parecer poco revolucionaria” 7.

La fundamentación de la necesidad de tal periodo de transición


era que la victoria del fascismo había hecho retroceder al proletaria-
do y a sus aliados hacia posiciones más atrasadas y que, en conse-
cuencia, el desarrollo del proceso revolucionario en Italia pasaría por
la reconquista de las libertades arrebatadas. La presión de las masas
en este sentido “podrá llegar a influir a una parte de los mismos diri-
gentes fascistas que viven más en contacto con los trabajadores” 8. Se
producirá una reactivación de los movimientos democrático burgue-
ses de carácter antifascista que procurarán que tal proceso de recon-
quista de las libertades políticas no sobrepase el marco del estado
burgués. En tales condiciones no es posible hablar del paso directo a
la dictadura del proletariado.
Tales afirmaciones le valieron la animadversión de una parte de
sus camaradas de prisión, que lo acusaban de mantener posturas so-
cialdemócratas. Sin embargo, permaneció firme en su forma de pen-
sar a pesar de saber que con ello se enfrentaba a la IC y a la direc-
ción de entonces del PCI. En el partido, decía,

“se tiene miedo a todas las denominaciones que no entran en la vieja fra-
seología maximalista [...] Toda acción táctica que no corresponda al subje-

6 A. Gramsci: Notas sobre Maquiavelo, cap. 3 “Guerra de movimiento y guerra de posi-


ción”.
7 Informe presentado por Athos Lisa en 1933. Citado por G. Fiori, op. cit.
8 Informe presentado por Giuseppe Ceresa en 1938. Citado por G. Fiori op. cit.

44
tivismo de los soñadores es considerada en general, como una deformación
de la táctica y de la estrategia de la revolución” 9.

Y la táctica y la estrategia revolucionaria en Italia pasaban nece-


sariamente por ganarse la mayor cantidad de aliados posibles. Sin
tales aliados era imposible que el proletariado llevara adelante nin-
gún movimiento revolucionario verdaderamente serio. Y, como Le-
nin en la Rusia zarista, Gramsci veía estos aliados fundamentalmente
en las masas campesinas del Mediodía italiano. Era preciso encontrar
los objetivos parciales y las consignas adecuadas que atrajeran estas
masas para poder dirigirlas políticamente, bajo la hegemonía proleta-
ria, hacia la destrucción del fascismo y del poder burgués:

“Al campesino del sur de Italia –decía– o de cualquier otra región le será
fácil, hoy, comprender la inutilidad social del rey, pero no le será tan fácil
comprender que los trabajadores pueden sustituirlo, del mismo modo que
no cree posible la sustitución del patrono. El pequeño-burgués, el oficial
subalterno del ejército, descontento por no haber ascendido, por las preca-
rias condiciones de vida, etc., estará dispuesto a creer que sus condiciones
de vida podrán mejorar más en un régimen republicano que en uno soviéti-
co. El primer paso que hay que hacer dar a estas capas es que se pronuncien
sobre el problema constitucional. La inutilidad de la corona la comprenden
hoy todos los trabajadores, incluidos los campesinos más atrasados de la
Basilicata o de Cerdeña. En este terreno, el partido puede realizar una ac-
ción en común con los partidos que luchan en Italia contra el fascismo” 10.

Vale la pena detenerse un poco en este párrafo porque en él están


expresadas dos ideas claves del pensamiento político marxista y que
después fueron explicitadas en la práctica de la revolución rusa por
Lenin. Estas dos ideas son las de la alianza obrero-campesina y la
del papel que juega la República democrática. Respecto a la primera,
Gramsci señala, en perfecta coherencia con Lenin, que las condicio-
nes objetivas empujan a las masas pequeño-burguesas del campo y la
ciudad a coincidir en la lucha con el proletariado y que es sobre esta
base que se establece la alianza que, si está hegemonizada por el
proletariado, permite el asalto al estado burgués.
Respecto a la República democrática vale la pena citar a Lenin
para ver claramente la coincidencia de pensamiento. Éste, en El Es-

9 Informe presentado por Athos Lisa. Citado por G. Fiori. op. cit.
10 Informe presentado por Athos Lisa. Citado por G. Fiori. op. cit.

45
tado y la Revolución escribía:

“[…] la república democrática constituye el acceso más próximo a la dicta-


dura del proletariado, pues esta república, que no suprime, ni mucho me-
nos, la dominación del capital, ni, por consiguiente, la opresión de las ma-
sas ni la lucha de clases, lleva inevitablemente a un ensanchamiento, a un
despliegue, a una patentización y a una agudización tales de esta lucha, que,
una vez que surge la posibilidad de satisfacer los intereses vitales de las
masas oprimidas, esta posibilidad se realiza, ineludible y exclusivamente,
en la dictadura del proletariado, en la dirección de estas masas por el prole-
tariado”.

Como puede verse comparando las dos citas, que por otra parte
son de una claridad meridiana, la identidad es total.
La consigna que, según Gramsci, permitiría establecer al proleta-
riado las alianzas necesarias para derrocar al fascismo y avanzar ha-
cia la revolución socialista –y en esto también sigue a Lenin– era la
de “Asamblea Constituyente” y dicha consigna era la que debía ha-
cer suya el Partido Comunista. Asamblea Constituyente, como con-
signa que permitiría agrupar a un amplio espectro de fuerzas políti-
cas en una plataforma republicana, y el frente único del proletariado
eran los elementos tácticos y estratégicos fundamentales con los cua-
les Gramsci creía que se podían abrir las puertas de la revolución en
Italia.
En 1935 se celebró el VII Congreso de la IC. En él, Dimitrov pre-
sentó su famoso informe en el cual se adoptaba una nueva táctica, la
de los Frentes Populares, de carácter eminentemente defensiva y que
venía a ser una especie de “vuelta al calcetín” respecto al VI Congre-
so. Las directrices que allí se marcaban tenían por objeto prioritario
cerrarle el paso al fascismo, que ascendía entonces por medio mun-
do, lo cual se concretaba a nivel internacional por una defensa a toda
costa de la URSS y a nivel nacional en que los partidos comunistas
debían convertirse en los más acérrimos defensores del orden demo-
crático-burgués, procurando –y esto se vio sobre todo en la práctica
de aquellos años– que nunca se sobrepasara dicho orden, ya que tal
cosa podía restringir la amplitud de las alianzas en lo que respecta a
las fuerzas de la derecha más o menos democrática. Togliatti fue
desde un primer momento un fiel defensor de tal táctica.
Gramsci, a pesar de que se le ha pretendido hacer pasar por uno
de los teóricos de los Frentes Populares, no estaba tampoco esta vez

46
de acuerdo con la nueva táctica, que veía como simplemente defen-
siva y propicia a desviaciones derechistas, que ataba de pies y manos
al proletariado dentro del estrecho marco del estado burgués. De
nuevo expuso su idea de la Asamblea Constituyente y de la plata-
forma republicana, mientras los partidos comunistas se embarcaban
por todas partes en la política frentepopulista. Gramsci no pudo ver
sus resultados: murió el 27 de abril de 1937.
Barcelona, principios de 1978.

Gramsci y el eurocomunismo

[...] Pero para terminar quisiéramos referirnos a una cuestión de


suma actualidad, a la cuestión de la relación entre Gramsci y lo que
Santiago Carrillo, entre otros, llama eurocomunismo y, más en con-
creto, en la variedad española de éste.
Gramsci se ha convertido, para los eurocomunistas, en motivo de
inspiración, en el gran teórico que, supuestamente, justificaría de
toda clase de cambalaches y maniobras, en el precursor de las vías
supuestamente democráticas al socialismo. Sería la autoridad mar-
xista de prestigio suficiente como para poder contraponerla a Lenin,
autor siempre molesto, por cuanto la rotundidad de sus planteamien-
tos lo hacen sumamente difícil de manipular y se presta poco para
ser manipulado para justificar el abandono de la vía revolucionaria al
socialismo. Al final, el Partido Comunista de España se ha desemba-
razado, pública y estatutariamente, de Lenin, poniendo, en este as-
pecto, acorde la letra y el espíritu de su política. Gramsci o mejor
dicho algunos de sus planteamientos, tomados de forma descontex-
tualizada y convenientemente tergiversados, ha sido lo que ha permi-
tido echar a Lenin al basurero, arrinconarlo en el trastero de la histo-
ria junto con toda una serie de conceptos clave del marxismo, tales
como la concepción del Estado como Estado de clase, la dictadura
del proletariado, la concepción del partido como partido de clase, el
papel del proletariado como fuerza de vanguardia, etc. De algunos se
ha hecho una renuncia explícita y de otros, si bien hay un cierto res-
peto por la forma, implícitamente también se ha renunciado a ellos.
Lo que subyace en el fondo de todo es una renuncia a la revolución y
su sustitución por una concepción evolucionista, gradual, del camino
al socialismo, una concepción lineal de los procesos históricos, obje-
tivamente no marxista, y donde el salto cualitativo, la revolución, es

47
una posibilidad no contemplada o, en el mejor de los casos, un acci-
dente histórico al margen de toda previsibilidad lógica. El comunis-
mo, de movimiento histórico real según la concepción marxiana, se
convierte en un ideal remoto de orden ético concebido como un
premio a los esfuerzos progresistas de la Humanidad que recuerda a
la “Vida Eterna” de la concepción cristiana. El comunismo se con-
vierte, en sus manos, en un utopismo reaccionario.
Mientras la versión estalinista del pensamiento leniniano pudo
imponerse sin ninguna dificultad en el seno del PCE, Lenin fue un
“santo” relativamente útil, pero desde el momento en que el mito
estaliniano empezó desmoronarse, también empezó a resurgir la ver-
dadera imagen del Lenin revolucionario. El descrédito del mito esta-
linista planteó al PCE el enfrentarse al Lenin que emergía desde la
momia embalsamada de la Plaza Roja de Moscú. Era un Lenin que
no tenía nada que ver con los dogmas manipuladores y manipulados
conocidos hasta entonces y que ponía en cuestión buena parte de la
trayectoria histórica del Partido y que, sobre todo, descalificaba de
forma rotunda toda la política del PCE en aquel momento. Lenin
levantaba la cabeza después de lustros y había que hundírsela de
nuevo en la oscuridad de las heladas losas de mármol que la habían
esta do guardando todos estos años o bien plantarla en lo alto de una
pica para que sirviera de icono inofensivo al que adorar y, al mismo
tiempo, servir de ejemplo disuasorio para todos aquellos “dogmáti-
cos izquierdistas” que creían todavía en aquel mito irrealizable lla-
mado revolución con el que electrizaron a un proletariado inculto los
Blanqui y Bakunin, Marx y Engels, Lenin y Rosa Luxemburg.
Lenin fue un pensador en el que lo teórico y lo político fueron
siempre indisolublemente unidos y al que, por tanto, era muy difícil
manipular. Gramsci, en cambio, presentaba dos épocas de su vida
claramente diferenciadas. Mientras el Gramsci de los Consejos de
fábrica y de los primeros años del Partido Comunista Italiano es, al
igual que Lenin, teórico y político a un tiempo, el Gramsci de la cár-
cel, el de los diez últimos años de su vida, es un pensador que, por
razones obvias, solamente pudo dedicarse a la labor teórica, desliga-
da de cualquier actividad práctica. Durante estos años fue cuando
realizó aportaciones más importantes al pensamiento marxista, pero
que, por las condiciones sumamente desfavorables en que se encon-
traba, quedaron reducidas a meros apuntes para su propio estudio y
esclarecimiento, bajo forma de un lenguaje en ocasiones sumamente

48
esotérico y proclive a interpretaciones diversas.
Pues bien, de este periodo y de estas notas –los llamados Cuader-
nos de la cárcel– es de donde el PCE y, en general, el “eurocomu-
nismo” toma su argumentario, una vez que sus razonamientos han
sido adecuadamente manipulados. Gramsci, para el PCE, queda re-
ducido a los últimos diez años de su vida. El Gramsci de los Conse-
jos de fábrica, el Gramsci que forjó el originario PCI, no cuenta. A
Gramsci se le escinde en dos: mientras a uno se le ignora al otro se le
manipula y se le hacen decir cosas que el gran dirigente italiano ni
tan siquiera pudo soñar. Toda la miseria del “eurocomunismo” se
patentiza como en ninguna otra parte en su utilización de Antonio
Gramsci. En su nombre se elimina a Lenin y se resucitan viejas teo-
rías de la socialdemocracia que parecían ya definitivamente enterra-
das por la historia. A Gramsci se le quiere convertir en el hacha con
que cercenar el legado leninista, la más clarividente cabeza del mo-
vimiento comunista internacional.
Sin embargo, no sin razón ciertos autores consideran a Gramsci
como la más alta expresión del leninismo. Sin duda alguna las dos
personalidades más destacadas posteriores a la muerte de Lenin y
que la cultura estalinista no consiguió eclipsar, fueron Gramsci y
Mao Tse-tung. Dos personajes que, a pesar de lo radicalmente dife-
rentes medios en los que tuvieron que desenvolverse, presentan afi-
nidades realmente sorprendentes, afinidades que resultan francamen-
te alentadoras de cara a la capacidad de desarrollo y coherencia del
pensamiento marxista, incluso en las más desfavorables situaciones.
Gramsci se enmarca, pues, dentro de una línea leninista y revolu-
cionaria que intentó desarrollar hasta allí donde pudo, la reflexión
iniciada por Lenin en los últimos años de su vida respecto a la espe-
cificidad de la revolución en los países de capitalismo avanzado.
Gramsci es, con todas sus limitaciones e insuficiencias, a pesar de
todas las manipulaciones de que ha sido y será objeto, un autor tan
imprescindible para el desarrollo de la teoría y la práctica de la revo-
lución en nuestro país como lo puede ser Mao Tse-tung para los paí-
ses tercermundistas. Gramsci y Mao Tse-tung son los dos autores
clave que nos ligan en la actualidad con la tradición leniniana y que
nos permiten, de alguna forma, sortear los tremendos errores come-
tidos en la época estalinista. Pero a condición de no convertirlos en
otros tantos mitos, sino tomándolos necesariamente en su realidad

49
contradictoria, en su condición de hombres reales y, por lo tanto,
expuestos a la limitación y al error.
Otoño-invierno 1978.
[Publicado en Quaderns de debat nº 4, noviembre de 1979, p. 26-31
]

50
3. Sobre la crisis capitalista
Crisis: he aquí la palabra con la que se pretende resumir la situación
general por la que pasa el mundo en estos momentos, por la que pasa
nuestro país. Crisis es la palabra mágica que todo lo explica y que
todo lo justifica... Pero, ¿qué es realmente la crisis?
Explicarlo en términos generales y abstractos no es en principio
demasiado difícil. Crisis es una situación de inestabilidad, de des-
composición de una serie de estructuras, valores, normas, etc., situa-
ción que se prolonga más o menos tiempo y en el transcurso de la
cual afloran una serie de fenómenos, antes más o menos larvados,
expresión de la misma y que condicionan la manera en que va a ser
superada dicha crisis, de la forma en que se va a recrear de nuevo la
estabilidad relativa de la estructura, valor o norma.
Pero cuando en la actualidad se habla de crisis generalmente se
hace refiriéndose a situaciones o fenómenos más concretos. Se acos-
tumbra a hablar de la crisis referida a una determinada estructura
social, al sistema capitalista; es más, por lo general dentro de la crisis
del capitalismo se suele situar el aspecto más central y polémico en
lo que se refiere a la estructura económica.
No vamos ahora a hacer una exposición de cuáles son las caracte-
rísticas del capitalismo, pero sí que, a fin de que mejor se entienda lo
que sigue, vamos a destacar algunos de sus rasgos diferenciadores.
El capitalismo está basado en el carácter privado de la posesión
de los medios de producción, es decir, de las fábricas, materias pri-
mas, maquinaria, ... de las fuentes de la vida. Este carácter privado
de los medios de producción, así como de la apropiación de los pro-

51
ductos resultantes, crea una serie de contradicciones entre las cuales
la más importante es la que se da con el carácter social, colectivo,
cooperativo, que reviste la producción en el seno de cualquier em-
presa. Esta contradicción, la fundamental del sistema capitalista, se
ve acompañada a su vez por otras no menos importantes, tales como
la que existe entre el orden estricto que rige la producción en el seno
de la fábrica y la forma anárquica con que se realiza la distribución
de los productos entre la sociedad, etc.
Regla de oro del capitalista es la ley del máximo beneficio priva-
do: lo enfoca todo desde el punto de vista de que es lo que hay que
producir, cómo y cuánto, para que de ello le resulten los mayores
beneficios particulares, sin tener para nada en cuenta los beneficios
sociales. Es decir, que ve la producción desde una perspectiva estric-
tamente egoísta e individualista, lo que conduce a una nueva contra-
dicción entre sus intereses privados y los de la sociedad. Por otra
parte, de ello se desprende que la competencia es ley de vida para el
capitalista, que está en eterna guerra con los otros capitalistas para el
acaparamiento de mercados para sus productos.
Como consecuencia, a medida que se va desarrollando la produc-
ción capitalista se va agudizando cada vez más en su seno estas y
otra serie de contradicciones que, llegadas a un cierto punto, estallan.
Entonces se dice que se ha abierto un periodo de crisis capitalista, tal
como la que estamos viviendo en estos momentos.
En el capitalismo, debido a sus propias leyes de desarrollo, estas
crisis se dan de una forma periódica, cíclica, que, una vez superadas,
dan lugar a nuevos periodos de auge y acumulación hasta que llega
otra nueva crisis: son las llamadas crisis cíclicas. Sin embargo, den-
tro de éstas hay algunas que revisten una agudeza especial, que no se
limitan a simples depresiones económicas, sino que afectan a los
cimientos, a las estructuras más fundamentales del capitalismo y que
ponen en cuestión a todo el sistema en su conjunto. Son crisis de una
intensidad y profundidad poco habitual y que, por el hecho de afectar
a la estructura del sistema, se las denomina crisis estructurales. La
actual crisis es de este tipo.
Con el desarrollo del capitalismo y la aparición de los monopo-
lios, la situación se hizo considerablemente más compleja. En con-
creto se establecieron unos lazos y unas interdependencias más es-
trechas entre lo económico, lo político y lo ideológico. Con el capital

52
monopolista de Estado se llega a una casi fusión entre el poder eco-
nómico de los monopolios y el poder político del Estado. Dicho lo
cual se comprende porque una crisis económica en tales condiciones
tiene efectos casi inmediatos en el terreno político, en el terreno de la
organización del Estado, así como en el comportamiento de las dis-
tintas fuerzas políticas y sociales de uno u otro signo.
Si concretamos esto en la actual crisis, veremos que la crisis eco-
nómica se ve acompañada por una fuerte inestabilidad en el terreno
político, por una crisis política, que se manifiesta en la creciente in-
capacidad de las clases burguesas de los distintos países de poder
mantener su dominación a través de los mecanismos de la democra-
cia, lo que conduce a dichas clases a un progresivo reforzamiento de
los aparatos coercitivos (ejército, policía, tribunales, etc.) y a resaltar
las medidas legales de tipo autoritario.
Junto a la crisis económica y a la crisis política se manifiesta,
aunque no de forma tan clara, otro tipo de crisis no menos importan-
te, de carácter ideológico, y que afecta a todos los valores que en la
sociedad burguesa son considerados como norma de conducta habi-
tual. La crisis ideológica es especialmente importante porque pone
en cuestión todos los mecanismos a través de los cuales la clase bur-
guesa organiza entre las clases oprimidas el consenso a su propia
dominación (escuela, familia, medios de comunicación, diversiones,
etc.). Es una crisis, por otro lado, que al hacerse patente, al hacerse
consciente entre las masas, da como resultado que casi de inmediato
se tienda a buscarle una solución alternativa, unas nuevas escalas de
valores, otras normas de conducta, otro sistema, otro modelo de civi-
lización.
La conjunción de estos tres tipos de crisis, económica, política e
ideológica, configura una crisis total del sistema, una verdadera cri-
sis de civilización que pone en primer plano no ya buscar unas mejo-
ras o reformas progresivas dentro del marco capitalista, sino senci-
llamente el organizar otro nuevo basado en postulados necesaria-
mente diferentes, tanto en lo que se refiere al régimen económico,
como al político e ideológico. Presupone, al fin y al cabo, el alum-
bramiento de un orden nuevo que, independientemente del nombre
que se le dé, tenga como presupuesto básico el desarrollo progresivo
de la libertad tanto en el terreno colectivo como en el individual, y
como punto orientador el desarrollo integral de la dimensión humana

53
de la persona.
Al hablar de la actual crisis, evidentemente no puede esperarse
que las cosas hayan llegado tan lejos. La crisis económica mundial
va para largo, con reactivaciones parciales y limitadas, con crisis
políticas más o menos agudas según los lugares, con despuntes poco
definidos, pero ciertos, de crisis ideológica en distintos sitios, pero
sin que se haya llegado a una situación límite, ni mucho menos.
Aunque hay factores que inducen a pensar que se puede llegar a tal
situación, en un plazo más o menos largo de tiempo, dentro del mar-
co de la actual crisis. Sin duda al capitalismo puede desarrollar los
mecanismos que le posibiliten sobrepasarla, pero, mientras ello no se
dé, la posibilidad de que se llegue a un colapso total del sistema está
presente.
Vale la pena, de paso, señalar que en España la situación es espe-
cialmente grave por varias razones:
1. La crisis general del capitalismo a nivel mundial ha coincidido en
nuestro país con la crisis específica propia del modelo de desarrollo
que el capitalismo español adoptó en 1959 con el Plan de Estabiliza-
ción. Se superponen, pues, en nuestro caso, dos crisis: la general y la
nuestra particular.
2. Ello ha coincidido asimismo con la muerte política –y física en el
caso de Franco– del régimen que dio soporte al modelo de desarrollo
capitalista español de la década de los 60, y que ha abierto una pro-
fundísima situación de inestabilidad política que, hoy por hoy, no se
ve hasta dónde puede llegar.
3. La ideología franquista no caló demasiado a fondo entre las clases
oprimidas, sin que, por otro lado, hubiera la contrapartida de una
ideología burguesa “democrática”, claramente definida, ya que el
mismo franquismo, con su oposición a las formas democráticas, la
había limitado en buena parte. Ello conlleva que en la situación ac-
tual nos encontremos con un vacío ideológico que tampoco está cla-
ro con que se va a llenar.
El resultado es una situación en la que casi todo es posible y don-
de nada está decidido de forma definitiva. Lo más probable es que la
inestabilidad sea la nota dominante durante bastante tiempo en nues-
tro país.

54
Con un panorama como este es lógico que se estén ya elaborando
posibles salidas a la crisis y, aunque éstas no están nada claras, pare-
ce que las que se están esbozando a nivel mundial son de dos tipos:
1. Una, llamada neoliberal, cuyos exponentes máximos son los
economistas americanos Milton Friedmann (asesor de Pinochet, por
cierto), von Hayek y la llamada Escuela de Chicago, partidarios de
dar plena libertad a los mecanismos de la economía de mercado y
que implicaría, tal como están las cosas, de entrada, la destrucción de
la pequeña y mediana empresa, así como de todas las conquistas
históricas de la clase obrera.
2. La opción en la línea keynesiana que cree que todavía se
puede, a partir de los postulados de Keynes, superar la actual crisis,
pero que supone un largo periodo de inestabilidad económica y so-
cial.
Habría otra opción, la salida revolucionaria, pero ésta hay que re-
conocer simplemente que no existe. No es lugar aquí para analizar el
porqué y el cómo se ha llegado a una tal situación sin que el movi-
miento revolucionario estuviera en condiciones de ofrecer un modelo
alternativo, pero lo cierto es que es así. Sin duda alguna, viejos erro-
res acumulados han pesado mucho en este sentido y posiblemente
por ello la reflexión severamente crítica del pasado sea una tarea
realmente importante para poder hallar esta salida. Reflexión sobre
el pasado y análisis y lucha en el presente pueden llevar a la concre-
ción de esta alternativa que, tal como están las cosas, es la única que
puede evitar que la Humanidad se vaya hundiendo cada vez más en
la basura que ella misma ha ido acumulando durante siglos. Hoy de
nuevo cobra actualidad la vieja consigna de: “Socialismo o Barba-
rie”.
Barcelona, principios de 1978.

55
56
4. Notas sobre la crisis gene-
ral del capitalismo y los prble-
mas de la revolución en el Es-
tado español

A modo de introducción

Es relativamente frecuente que en las organizaciones marxistas-


leninistas “ortodoxas” al producirse en su seno una crisis orgánica,
es decir, una crisis que cuestiona el para qué de tal organización,
crisis que dentro de los cánones dogmáticos al uso solamente acos-
tumbra a reconocerse en el momento del rompimiento organizativo y
raramente en el momento de surgir las contradicciones políticas,
acostumbre la fracción de posiciones menos dogmáticas y mecánicas
a abrirse hacia teóricos marxistas revolucionarios o comunistas que
no sean la consabida letanía de los Marx-Engels-Lenin-Stalin-Mao.
Fundamentalmente estos autores suelen ser dos: Antonio Gramsci y
Rosa Luxemburg, seguidos de otros considerados de menor impor-
tancia (Lukács…)
Seguramente el mero hecho de recurrir a tales autores en la actua-
lidad es ya un síntoma de la profunda crisis política y cultural en la
que están inmersos estos sectores, sin cuestionar en absoluto por ello
lo fundamentalmente positivo que es reconocer la gran importancia

57
del patrimonio político de estos autores.
Y es un síntoma de crisis porque tanto Antonio Gramsci como
Rosa Luxemburg se movieron dentro de esquemas propios del leni-
nismo y del marxismo más ortodoxo, mientras que en la actualidad
tanto a nivel de movimientos sociales como de necesidades políticas
nos movemos en una situación que algunos han calificado acertada-
mente de post-leninista 11. Me explicaré.
R. Luxemburg se movió bajo unos esquemas propios del marxis-
mo que podemos llamar clásico. Desarrolló su actividad fundamen-
talmente en un país de capitalismo desarrollado –Alemania– pero
sólo al final de su vida parecía apuntar decididamente hacia el salto-
ruptura que en lo político representó Lenin, en el sentido de un mar-
xismo actuante en una situación profundamente diferente a la cono-
cida por Marx: el imperialismo pleno. En este sentido, Lenin es un
autor post-marxista y esta es su grandeza y superioridad en relación
a contemporáneos suyos como R. Luxemburg o Trotsky. Cuando
Stalin afirma que “el leninismo es el marxismo de la época del impe-
rialismo” 12 no está diciendo otra cosa que esto. Lo cual no impidió
que el “leninismo estalinista”, en cambio, no fuera otra cosa que un
profundo retroceso hacia formas de pensamiento premarxista.
Al pensamiento de Gramsci se lo ha definido adecuadamente co-
mo la más alta expresión del leninismo 13. Las aportaciones de
Gramsci en diferentes terrenos, especialmente en lo que nace refe-
rencia al análisis del Estado capitalista avanzado son fundamentales.
Pero su elaboración se enmarca claramente dentro de las coordena-
das leninistas y de hecho sus desarrollos teóricos representan una
continuidad con los planteamientos esbozados por el último Lenin,

11 Sobre todo, teóricos de la llamada “área de la autonomía obrera” italiana. Véase, por

ejemplo, la entrevista a G. M. Montesano en El Viejo Topo nº 14 y los textos del debate


sobre la organización publicados en Seis Dedos nº 1.

12 En Los fundamentos del leninismo. Posteriormente en Cuestiones del leninismo, Stalin


añadiría al respecto que tal definición es exacta “porque señala acertadamente la ligazón
orgánica que existe entre el leninismo y la doctrina de Marx, conceptuándolo como mar-
xismo de la época del imperialismo, por oposición a algunos críticos del leninismo, que no
ven en este nuevo desarrollo del marxismo, sino simplemente la restauración del marxismo
y su aplicación a la realidad rusa”.
13 Massimo L. Salvadori, “Gramsci y el PCI: dos concepciones de la hegemonía”, Materia-

les, extra nº 2.

58
lo que se ha venido a llamar su “autocrítica”.
Y lo que se afirma de R. Luxemburg y de A. Gramsci, su contem-
poraneidad política con Lenin –más clara en el caso de Gramsci–
puede extenderse a la mayoría de autores que, en algún momento,
han estado en la base de intentonas políticas de carácter comunista
radical: Lukács, Korsch, Pannekoek, etc. Su carácter inactual no vie-
ne determinado tanto por la distancia temporal que nos separa de
ellos, sino por los cambios operados en la estructura de la sociedad,
por los sucesivos desarrollos que se han operado en el capitalismo,
por el tipo de contradicciones nuevas que han emergido como conse-
cuencia de ello.
Nuestra época es la época del post-leninismo. Ello no implica
ninguna definición “ideológica” a priori, sino que consiste en una
mera constatación de la realidad. El carácter post-marxista de Lenin
no le impidió considerarse permanentemente marxista, sino que, por
el contrario, acentuó tal carácter. Constatar que nos encontramos en
el post-leninismo tampoco implica ninguna consideración negativa
sobre la importancia del legado político de Lenin. Lo que sí cuestio-
na, en cambio, es la postura consistente en afirmar que para com-
prender la realidad actual se precisa fundamentalmente “profundizar
en el marxismo-leninismo”, puesto que por mucho que se profundice
en algo no se puede encontrar más de lo que contiene, y ni el mar-
xismo ni el leninismo analizaron ni por tanto aportaron soluciones a
numerosos problemas claves de la situación actual.
Lo que nos lleva a señalar, a su vez, que no por ello hay que
abandonar el estudio de los clásicos y aquí hay que hacer un inciso
especial en lo que se refiere a Marx. Las aportaciones de éste fueron
mucho más globales que las de cualquier otro de sus seguidores pos-
teriores, Lenin, Gramsci, Mao, etc.) y aún hay muchos de los aspec-
tos de la teoría marxista originaria (de Marx y Engels) que están por
desarrollar. Esto puede ser debido al carácter primordialmente “asiá-
tico” de la ola revolucionaria posterior a Lenin, lo que ha hecho ol-
vidar los desarrollos marxianos pensados para sociedades industrial-
capitalistas (que por cierto fueron la mayoría). Actualmente pueden
encontrarse en la obra de Marx planteamientos utilísimos parara la
problemática de hoy. Lo mismo puede afirmarse de Lenin, cuyo pen-
samiento fue sistemáticamente deformado por el estalinismo.
En resumidas cuentas, la situación actual obliga a valorar de for-

59
ma crítica el legado de los clásicos, así como a reivindicar ciertos
aspectos “olvidados” de sus teorías. Al mismo tiempo, ver la necesi-
dad de incorporar toda una serie de planteamientos nuevos surgidos
de la dinámica social de los países de capitalismo desarrollado que
no por parciales, contradictorios e incluso erróneos son menos im-
portantes. Sin minusvalorar otros, creo que en lo fundamental pue-
den señalarse tres: el movimiento feminista, la problemática surgida
de la crisis ecológica y los planteamientos de la llamada “área de la
autonomía obrera” italiana.
Sin querer exagerar su importancia creo que el futuro de la revo-
lución, más que en un conocimiento libresco de los clásicos, está ahí.
Porque como ya señalara Marx, el comunismo es algo vivo, “un mo-
vimiento histórico real”. La actividad revolucionaria solo puede cen-
trarse en el movimiento vivo y actuante de los hechos y jamás en la
sacralización de los textos y las citas.

El sistema económico mundial

No es en absoluto una cuestión académica, a la hora de intentar


esbozar algunos planteamientos que aporten algo de luz sobre la ac-
tual crisis del capitalismo, el analizar de qué tipo es la estructura
económica a nivel mundial.
Es cosa frecuente al tomar la terminología china sobre la existen-
cia de los dos imperialismos, el americano y el socialimperialismo
soviético, que se afirme la existencia de dos cadenas imperialistas
con un funcionamiento mayormente independiente entre sí. De he-
cho, tal concepción tiene sus orígenes en la teoría de Stalin sobre la
existencia de dos mercados mundiales paralelos, el socialista y el
capitalista. Una vez aceptada, siguiendo a los chinos, la degenera-
ción capitalista de la URSS y su transformación en socialimperialis-
mo, automáticamente se tiene, según esta lógica, la constitución de
dos cadenas imperialistas hegemonizadas respectivamente por USA
y la URSS. Esta concepción que ha sido teorizada implícita o explí-
citamente en la mayoría de las organizaciones pro-chinas, introduce
fuertes elementos de confusión que impiden analizar en profundidad
la actual crisis del capitalismo y las salidas a la misma que éste está
esbozando. Hay que hacer notar que este es un tema sumamente con-
trovertido a nivel de notables teóricos marxistas actuales y que las
posiciones son en todo caso diversas. De hecho, reflejan la flojedad

60
de análisis y la penuria de datos que sobre la cuestión internacional y
de forma especial sobre la crisis existe y que solo últimamente está
comenzando a ser superada.
De entrada, hay que señalar que no hay que confundir cadena im-
perialista con bloques militares o con zonas de influencia (de reparto
del mundo) política y económica de los diferentes países imperialis-
tas. Una cadena imperialista indica la articulación que se establece
entre los distintos Estados o países en función del mercado y de la
división del trabajo a nivel internacional, de la especialización pro-
ductiva. Los aspectos políticos y militares solo son la expresión rela-
tiva y, hasta cierto punto, autónoma de esta división económica, así
como un elemento de fuerza de cara a modificar la posición relativa
de cada Estado o bloque de Estados.
También hay que señalar que una determinada cadena, un sistema
económico global (mundial en este caso) no implica la existencia de
un único modo de producción. De hecho, lo que hay es una articula-
ción de distintos modos de producción, uno de los cuales es el domi-
nante. Considerando la existencia de un único sistema económico
mundial, de una única cadena imperialista, éste estaría formado por
países cuyo modo de producción dominante de forma casi absoluta
es el capitalista (los llamados países centrales, USA, Europa occi-
dental, Japón, etc.), países cuyo modo de producción dominante es el
capitalista de forma solo relativa (los llamados países periféricos o
subdesarrollados), países cuyo modo de producción dominante es
distinto del capitalista (los llamados países “socialistas”), y aún paí-
ses con modo de producción dominante de tipo precapitalista (ciertos
países árabes, etc.). La articulación de todo ello forma un sistema
económico único a nivel mundial, con un modo de producción do-
minante que es el capitalista y en el seno de cuyo sistema se estable-
ce una pugna entre los diferentes Estados o países de cara a encabe-
zar el sistema o a mejorar su posición relativa en el seno del mismo.
La rivalidad USA-URSS hay que verla bajo este punto de vista.
Tal es la conclusión que se desprende de un estudio de la estructu-
ra económica mundial y que de hecho es algo reconocido tanto por
los países capitalistas como los “socialistas”. Así, el “Programa para
la extensión y el desarrollo de la cooperación” (1971) del COME-
CON señalaba que la división internacional del trabajo entre ellos
(COMECON) debía desarrollarse con la debida consideración a la

61
división mundial del trabajo, mientras que el economista húngaro
Bela Csikus-Nagy indica que:

“La conexión entre el mercado internacional dentro del COMECON y el


mercado mundial fuera de él significa que los juicios de valor del mercado
de los países del COMEOON sobre los precios de cada producto y sobre
los precios relativos de los diferentes productos solo pueden formarse to-
mando en consideración las relaciones de precio del mercado capitalista
mundial” 14.

o las palabras del mismo Brezhnev en 1975:

“dados Los amplios lazos económicos entre los países capitalistas y los so-
cialistas, los efectos negativos de la actual crisis económica occidental se
han hecho sentir también en el mundo socialista” 15.

Consiguientemente solo puede existir una cadena imperialista,


Siendo en este punto en buena parte válidas las teorías de Lenin (pe-
ro evitando transposiciones históricas mecánicas) sobre el imperia-
lismo (E1 imperialismo, fase superior del capitalismo). Esta cadena
imperialista, surgida de la II Guerra Mundial, y hegemonizada de
forma clara por los USA impuso un cierto tipo de división interna-
cional del trabajo, introducción de nuevas tecnologías y procesos
productivos que permitieron al mundo capitalista un elevado nivel de
acumulación hasta el año 1967 donde se abre la actual crisis del sis-
tema. Paulatinamente durante todos estos años ha habido una progre-
siva reintegración de los llamados países “socialistas” en la cadena
imperialista y a jugar un papel concreto dentro de la división inter-
nacional del trabajo (excepciones: Albania y, hasta hace poco, Chi-
na).
Los enfrentamientos y contradicciones que pueden observarse en
la actualidad entre algunos países capitalistas europeos, USA, URSS,
China y otros, no son otra cosa que la lucha por mejorar su posición
en la nueva cadena y división internacional del trabajo hoy en remo-
delación. El enfrentamiento USA-URSS actual, en concreto, es ex-
presión de la lucha por encabezar o mejorar su posición en el pinácu-
lo de la cadena entre los dos. Un estudio de la situación política,

14 Citado por André Gunder Frank en “¡Viva la empresa transideológica!” (II), Zona Abier-

ta nº 17.
15 Ídem.

62
económica y militar indica que es altamente improbable que la
URSS pueda ocupar a medio plazo este lugar.
Como veremos más adelante al analizar las posibles salidas a la
crisis, este papel de los países “socialistas” tiene no poca importan-
cia.

La crisis general del capitalismo: características

La crisis actual del capitalismo responde, en principio, a los es-


quemas clásicos de las crisis cíclicas o de sobreproducción, Es decir,
crisis en que se rompe el equilibrio entre producción y necesidades
sociales, lo que da lugar a la exigencia de una serie de reajustes, fun-
damentalmente en el terreno de la producción y del empleo.
Ahora bien, la actual crisis no se limita a esto, sino que tiene unas
causalidades más profundas. Como ya se ha indicado en diversas
ocasiones por algunos autores, el capitalismo es un sistema del que
cabe decir que nace ya con la crisis incorporada, que, como ya seña-
lara y analizara Marx, las propias leyes de funcionamiento del siste-
ma tienen como inevitable consecuencia la existencia de crisis pe-
riódicas. En este sentido cabe afirmar que para el capitalismo las
crisis son una “necesidad”.
De hecho, el equilibrio entre producción y necesidades sociales, a
causa de la ley del máximo beneficio privado y de la necesidad de
acumular inherente a la dinámica del sistema, es en todo momento
sumamente precario y continuamente tiende a romperse. Para que no
sea así y evitar que el sistema se hunda en una crisis permanente,
éste genera unos mecanismos de regulación o contratendencias que
le dotan de una cierta estabilidad. Cuando estos mecanismos, estas
contratendencias, agotan su capacidad de regulación se abre para el
sistema ya no solamente una crisis cíclica sino una crisis general,
estructural, que tiene un alcance muy amplio, abarcando tanto el
sistema económico-monetario, como las bases de acumulación, el
tipo de fuerzas productivas (tecnología...), el sistema de alianzas, la
función del Estado, los mecanismos de mercado, tipo de empresa,
formas de organización del trabajo, ideología, etc., es decir, las bases
estructurales en las que se asienta el sistema y que le permiten la
explotación óptima de la fuerza de trabajo y la reproducción amplia-
da del capital.

63
Si nos centramos a partir de la última gran crisis general del capi-
talismo, la que abarcó desde 1914 hasta acabada la 2ª Guerra Mun-
dial, las contratendencias que generó el sistema y que le permitieron
el amplio periodo de acumulación que va desde aquella hasta 1967
(momento en que se abre la actual crisis) pueden generalizarse en:
• Intervencionismo estatal en la economía y desarrollo del Estado
asistencial (Seguridad social, seguro de desempleo, jubilación, etc.)
según las teorías keynesianas.
• Gran incremento en los ritmos de trabajo según el sistema Taylor y
extensión de la producción en cadena (fordismo)
• Superexplotación por parte de los países capitalistas centrales de la
mano de obra inmigrada sometida a unas condiciones políticas, so-
ciales y laborales sumamente desfavorables, procedente de los países
periféricos, semiperiféricos o de zonas deprimidas de los mismos
estados centrales.
• Explotación acelerada de las materias primas de los países del Ter-
cer Mundo, facilitada por la introducción en estos países de ciertos
avances tecnológicos, pero que no han generado en ningún caso un
desarrollo industrial propio en ellos.
• El expolio sin contemplaciones de la Naturaleza (agua, aire, espa-
cios naturales) que permitieron incorporar un notable grado de valor
a los productos-mercancías a base de desplazar los costes sociales de
tal actividad (contaminación, ...) hacia las clases trabajadoras.
• El desarrollo de una economía “consumista” en base a la creación
de necesidades artificiales en las masas por medio sobre todo de la
propaganda comercial.
Sin embargo, a la larga tales mecanismos han agotado sus capaci-
dades de contrarrestar la tendencia a la crisis inherente al capitalismo
y se han vuelto ineficaces. Las causas de ello hay que buscarlas, en
primer lugar, al hecho de que los mecanismos keynesianos de inter-
vencionismo estatal implican de hecho su puesta en marcha en mar-
cos nacionales o estatales. Ello ha chocado con la tendencia crecien-
te a la internacionalización del capital y el predominio del marco
internacional con la aparición y desarrollo de las empresas transna-
cionales, lo que ha terminado por hacer la política keynesiana inefi-
caz.

64
Por otro lado, el capital transnacional tiende a la regionalización
interestatal de la economía mundial, es decir, a la creación de zonas
económicas internacionales que rompen necesariamente con los
marcos nacionales anteriores. Las empresas transnacionales exigen
también, el fin del intervencionismo estatal en los intercambios in-
ternacionales, especialmente en lo que hace referencia a los inter-
cambios con los países subdesarrollados.
Así mismo aparecen dos factores que generan un tipo de contra-
dicciones j y problemáticas nuevas. Por una parte, la escasez de ma-
terias primas, especialmente en relación con la producción energéti-
ca pero también en otros campos, que pone directamente en cuestión
la utopía capitalista del crecimiento ilimitado, y, por otra, la crisis
ecológica que, en relación con lo anterior, pone acentos apocalípti-
cos a la actual crisis. El expolio de la Naturaleza y el desplazamiento
de los costos sociales hacia las clases trabajadoras está llegando, en
los países capitalistas avanzados, a su límite, hasta el punto de ame-
nazar la viabilidad económica de la misma empresa capitalista. La
mercantilización de la Naturaleza es un hecho, pero la utilización
productiva de tal mercancía está presentando serias limitaciones,
incluso técnicas, lo que cuestiona con intensidad la posibilidad del
beneficio tal como se había dado hasta ahora y, en consecuencia, las
posibilidades de acumulación según el modelo vigente. Por otro la-
do, es causa de crecientes tensiones sociales lo que acentúa la inesta-
bilidad del sistema.
Todo ello limita seriamente las posibilidades de crecimiento, lo
que de entrada tiene otra consecuencia inmediata: la aparición del
paro crónico. Los mismos teóricos del sistema reconocen que con
crecimientos inferiores al 5-6% anual es imposible garantizar la de-
manda creciente de empleo de la población. Pero el mismo PEN ha-
ce unas previsiones para el suministro de energía de un crecimiento
del 1% en 1978 y el 4% entre 1979-1987. En estas condiciones –
semejantes a la de los demás países capitalistas– el paro se convierte
inevitablemente en algo estructural y de grado creciente. Con lo que
esto comporta de inestabilidad a todos los niveles.

La Trilateral y la estrategia capitalista ante la crisis

Teniendo en cuenta esta nueva situación e internacionalización


progresiva del capital con el surgimiento y desarrollo de las empre-

65
sas transnacionales, es comprensible que la estrategia del capital de
cara a superar la crisis tienda hacia soluciones globales, planetarias,
sobrepasando con mucho los estrechos marcos estatales o nacionales
y que sea en tal marco global donde se establezca la nueva división
internacional del trabajo. Es en este sentido precisamente donde se
están dando los principales pasos.
Seguramente el precedente más importante de esta nueva estrate-
gia sea la Conferencia de Bilderberg en 1949 y que fue el principal
antecedente de lo que es hoy la Comisión Trilateral. Esta última, con
ser la expresión más importante y espectacular de esta coordinación
de los intereses del capital, tampoco es la única. El llamado Grupo
de los Diez tenía igualmente esta función y las periódicas cumbres
de jefes de Estado, tal como la realizada en Tokio hace poco, cumple
asimismo esta función.
Con todo, la Comisión Trilateral y las propuestas políticas que de
ella emanan cobran una importancia cada vez mayor. La Trilateral es
tanto un resultado de la aparición del capitalismo transnacional como
de la crisis general del capitalismo, de la necesidad de articular una
estrategia común frente a ella. Porque no hay que olvidar otra de las
características de la citada crisis: esta no ha surgido en un determi-
nado país para luego extenderse a los demás, sino que surgió al
mismo tiempo en el conjunto de países capitalistas, es una crisis ge-
neral y global.
La Comisión Trilateral nació en 1973 a iniciativa de David Ro-
ckefeller, presidente del Chase Manhattan Bank y que ya había esta-
do en el inicio de la Conferencia Bilderberg, porque “según George
Franklin, secretario ejecutivo de la Comisión, a Rockefeller empeza-
ba a preocuparle el deterioro de las relaciones entre Estados Unidos,
Europa y Japón” 16.
Formalmente es una asociación de “ciudadanos privados” pero su
importancia viene determinada por la composición de tales ciudada-
nos. Centrándonos en los intereses económicos que hay detrás de
tales “ciudadanos” podemos encontramos con los principales bancos
y financieras, empresas industriales, periódicos e incluso algunos
16Robert Manning, “A World Safe for Busines”, citado por Jeff Frieden, “La Comisión
Trilateral: economía y política en los años 70”, Revista Mensual/Monthly Review, mayo
1978.

66
sindicatos de USA, Europa occidental y Japón. Así mismo forman
parte de la Comisión personajes políticos e intelectuales de primera
línea de estos países 17.
En el Estado español, actualmente forman parte de la Trilateral
representantes directos de la gran patronal (Carlos Ferrer Salat), de
las finanzas y el crédito (José Antonio Segurado García), de los me-
dios de información (Luis María Ansón), del sector textil (José Vila
Marsans), del sector automovilístico (Claudio Boada Villalonga), del
capital financiero y las eléctricas (Carlos March Delgado), de la gran
banca y telecomunicación (Jaime Carvajal y Urquijo), del sector
petrolífero (Alfonso Osorio García), el capital americano (Antonio
Garrigues Walker), la abogacía (Antonia Pedrol Rius) y otros.
La lista es suficientemente explícita para que sobren comentarios
sobre la importancia política y económica de los intereses españoles
representados en la Trilateral.
Quizás la expresión más clara de las líneas generales de la estra-
tegia Trilateral sean sus propias palabras de que se “exija controlar la
injerencia de los gobiernos nacionales en los intercambios interna-
cionales de bienes, tanto económicos como no económicos” 18.
Es decir, la Trilateral pretende ser lo que acertadamente se ha
llamado el Comité Ejecutivo del capitalismo transnacional.
A fin de cuentas, de lo que se trata es que USA, a causa de su
progresiva pérdida de posiciones en los últimos años, busca articular
una estrategia conjunta con los demás países capitalistas desarrolla-
dos, Europa occidental y Japón y donde ellos jueguen un papel polí-
ticamente dirigente. En este sentido, la actitud e intereses de las em-
presas transnacionales ha sido clave en dirección al establecimiento
de una progresiva alianza entre los diferentes países capitalistas
desarrollados. El nuevo sistema de alianzas va en el sentido de ir a
crear un bloque de naciones capitalistas con una estrategia común de

17 Para una relación de personalidades, empresas, significado, etc. de la Trilateral, además

del citado artículo de Jeff Frieden, puede verse el apéndice de La democracia en Europa, de
Michel Crozier (con introducción de Ernesto Mendoza); Noam Chomsky, “Carter y la
Trilateral”, Materiales nº 3; Theotonio Dos Santos, “La crisis imperialista y la política
norteamericana”, etc.
18 Comisión Trilateral, “The Reform of International Institutions”, citado por Jeff Frieden,

op. cit.

67
cara a enfrentarse (en el sentido de mejorar los términos de la nego-
ciación) a su principal competidor, la URSS, por un lado, y por otro
poner bajo control y así mantener la explotación de los países subde-
sarrollados, es decir, que el lugar que estos ocupen en la división
internacional del trabajo continué siendo subordinado y dependiente.
O, lo que es lo mismo, garantizar la pervivencia del neocolonialis-
mo.
¿Significa esto negar las contradicciones interimperialistas? En
absoluto. De entrada, la Trilateral es una expresión de estas contra-
dicciones o, más exactamente, el resultado de la necesidad de los
países capitalistas de mantener sus contradicciones a un cierto ni-
vel 19, más allá del cual resultarían perjudiciales para los intereses de
las empresas transnacionales, que incluso podrían resultar suicidas
para el sistema. Surge también como expresión de la lucha entablada
con la URSS para encabezar el sistema y evidentemente para hacer
frente a los movimientos revolucionarios de los países dependientes
y neocolonizados. No solamente la Trilateral es el Comité Ejecutivo
del capitalismo transnacional; es al mismo tiempo la contrarrevolu-
ción en marcha.

La reestructuración de la producción y la nueva división in-


ternacional del trabajo

El capitalismo se encuentra así con la necesidad de introducir una


serie de cambios estructurales en la producción que le permitan, una
vez superada la crisis, un posterior periodo de acumulación.
Para ello precisa, en primer lugar, de una nueva división interna-
cional del trabajo centrada en el control por parte de los países impe-
rialistas que encabezan la cadena de ciertos procesos claves para la
estructura industrial mundial (investigación científica y tecnológica,
procesos de organización industrial y empresarial, etc.), desplazando
hacia los demás países (semiperiféricos, “subimperialistas”) los pro-

19 De hecho, están surgiendo un tipo de contradicciones como resultado de este paso de


economías de base estatal o nacional a una economía de base internacional. Tales contra-
dicciones, de carácter secundario, tienen su expresión en el surgimiento de un “nacionalis-
mo de derechas”, patriotero y chauvinista que se resiste a la disolución de las “fronteras
económicas”. De tal tipo son algunos de los enfrentamientos habidos entre las dictaduras
sudamericanas y USA o ciertas propuestas proteccionistas planteadas por los sectores más
reaccionarios de la derecha europea.

68
cesos industriales más contaminantes y peligrosos y con componen-
tes de tecnología media e incluso avanzada pero dependientes de los
países imperialistas centrales por el papel que la ciencia (controlada
por éstos) juega en los citados procesos. La tecnología nuclear es un
caso típico. Mientras los países periféricos o subdesarrollados conti-
núan jugando fundamentalmente el papel de suministradores de ma-
terias primas junto con la ejecución de ciertos procesos industriales
parciales y producción manufacturera simple. Esta división del tra-
bajo estaría centrada más que en marcos estatales o nacionales –en
función del predominio del capital transnacional– en base a zonas
económicas internacionales. Con lo cual esto representa un choque
con las zonas económicas actuales a las que tenderá a disolver para
generar en el seno de las mismas una redivisión a los diferentes nive-
les (estatales, nacionales, comarcales…) de acuerdo con la división
general. Esto puede observarse ya en determinados lugares como
resultado de la instalación de sectores industriales punta (por ejem-
plo, en ciertas comarcas de Tarragona) lo que está creando una serie
de desequilibrios entre regiones supraestatales, nacionales, comarca-
les, etc. muy agudos.
Así mismo se están introduciendo nuevas tecnologías que permi-
tan dar un salto adelante a las fuerzas productivas y superar así su
actual estancamiento (nuclear, solar, espacial, ingeniería genética,
etc.). Tal tipo de tecnologías, unas por sus características intrínsecas
(nuclear) y otras por su utilización capitalista, conllevarán de forma
casi segura una agudización de la crisis ecológica, aunque probable-
mente bajo formas menos “escandalosas” (en el sentido de menos
evidentes a corto plazo) que las actuales. Por otro lado, son tecnolo-
gías que en su conjunto en los aspectos de investigación científico-
técnica y en otros incluso en sus aspectos de preutilización producti-
va directa (nuclear) están financiados por el Estado, o lo que es lo
mismo, financiadas con el dinero de los contribuyentes. El Estado
capitalista está entrando en una fase de cada vez mayor subordina-
ción al capital transnacional, mientras que se están generando nuevas
formas de explotación indirecta de los trabajadores como la ya citada
o toda la llamada “industria anticontaminante”.
Mantenimiento de la expoliación de los países periféricos, fun-
damentalmente en lo que se refiere a las materias primas y a una
mano de obra superbarata, en base por un lado a su integración plena
en el mercado capitalista, tanto en lo que se refiere a mercancías co-

69
mo a finanzas (reorientación, por ejemplo, del capital acumulado por
los países de la OPEP hacia inversiones productivas en otros) y por
otro a la potenciación de países “subimperialistas“ (Brasil, Sudáfrica,
Irán hasta la revolución chiita, etc.), gendarmes no solo de los intere-
ses americanos sino también transnacionales en sus respectivas zo-
nas. Intento de arrastrar estos países hacia un frente común contra el
bloque político-militar del Pacto de Varsovia, maniobra en la que
cuenta con el apoyo chino.
Aumento de la explotación de las propias clases trabajadoras en
los países capitalistas centrales en base a la restitución plena de los
mecanismos de funcionamiento de la libre empresa, lo cual implica
“fundamentalmente rebajas masivas del poder de compra de los trabajado-
res y aumento sustancial de las tasas de ganancia, destrucción de las con-
quistas obreras que impiden el efecto principal de la crisis que es la desva-
lorización de los salarios debido al aumento del desempleo. Es así como
hay que liquidar la organización sindical independiente de los trabajadores,
única capaz de impedir los efectos del desempleo sobre la oferta de fuerza
de trabajo y su consecuente devaluación, hay que liquidar los seguros de
desempleo y otras conquistas como la definitividad en el empleo, hay que
restringir los mecanismos de seguridad social. En resumen: hay que resta-
blecer el libre juego del mercado de trabajo limitado por la organización
sindical, que establece el monopolio de la oferta de trabajo y derechos eco-
nómicos externos a la relación contractual, En el mercado de capitales hay
que asegurar también la libertad económica, lo que significa inevitablemen-
te el predominio absoluto de las grandes empresas en la captación de recur-
sos financieros y la quiebra de las pequeñas y medianas: se trata j de la im-
posición de las empresas más eficientes sobre las menos eficientes. Hay que
permitir la entrada de las mercancías del exterior que liquiden las empresas
nacionales menos eficientes, etc. Es, pues, evidente que, al contrario de lo
que puedan aparentar sus planteamientos teóricos, el reino del liberalismo
económico monetarista 20 no es el reino de la competencia perfecta, sino de
la competencia monopólica” 21.

Difícilmente al ver estas propuestas no se pensará en la CEOE de


Ferrer Salat. En resumen, y para acabar, un reforzamiento de la con-

20 El monetarismo o neoliberalismo está representado sobre todo por Milton Friedman,

premio Nobel de Economía, que parece ser uno de los inspiradores de las propuestas eco-
nómicas que considera la Trilateral.
21 Theotonio Dos Santos, La crisis imperialista y la política norteamericana, Ed. Cultura

Popular, México.

70
centración monopolista y una mayor interdependencia y subordina-
ción del Estado respecto al capital transnacional.
Un tal tipo de medios precisa de planteamientos y formas de do-
minación políticas diferentes. No es casual que la Trilateral hable de
la “ingobernabilidad de las democracias”, ya que inevitablemente la
crisis, aparte de afectar de forma probablemente determinante la
concepción liberal burguesa de la democracia representativa, implica
la adopción de nuevos métodos que fundamentalmente se pueden
caracterizar como un aumento progresivo del autoritarismo, un fas-
cismo de nuevo tipo, centrado tanto en el aumento de la represión
como en la inculcación ideológica de valores tendentes a la disgre-
gación de la solidaridad humana. El modelo para Europa puede ser
Alemania, para los países subdesarrollados Brasil o Sudáfrica, para
los “socialistas” la URSS.
En líneas generales, los principios orientadores serían la eficien-
cia organizativa, el autoritarismo y la capacidad para controlar los
movimientos sociales. No es pues de extrañar que la Trilateral piense
en el “eurocomunismo” como una posible salida a partir de ciertos
límites de agudización de la crisis:

“Es cierto, sin duda, que hasta que el problema del orden no pase
a ser el principal, los partidos comunistas occidentales están fuera de
juego; pero si tras una depresión económica mayor que la actual se
produce un tiempo de caos suficientemente largo, es posible que
sean ellos los que puedan ofrecer la solución definitiva” 22.

Mención aparte merece el papel de los llamados países “socialis-


tas”, incluido China, a la salida capitalista a la crisis. Como ya se ha
hecho notar en un principio, los efectos de la crisis también afectan a
estos países, pero a causa de la especificidad de su estructura eco-
nómico-social sus efectos son más fáciles de superar. Por otra parte,
esta crisis es una crisis específica del modo de producción capitalista
y hoy es difícil afirmar seriamente desde un punto de vista marxista
que en los llamados países “socialista” lo que existe sea un capita-
lismo al modo occidental pero más concentrado monopolísticamente.
El hecho de que los chinos lo hagan no indica otra cosa que las limi-

22 Michel Crozier, La democracia en Europa (introducción de Ernesto Mendoza), Ed. Nues-

tra Cultura. Texto de la Trilateral dedicado a analizar la situación en Europa.

71
taciones teóricas del marxismo chino y que sus instrumentos teórico-
conceptuales no han superado en muchos aspectos el estalinismo.
Que estas sociedades no sean socialistas no quiere decir que tengan
que ser capitalistas. A la nueva sociedad de clases que existe en los
países “socialistas” y que incluso ha llegado a generar una forma
específica de imperialismo, se le han dado diferentes nombres, pero
aquí debe bastarnos con reconocer su carácter opresor y explotador.
Pero con unas leyes económicas de funcionamiento propias, lo que
les permite, de alguna manera, escapar a los efectos más profundos
de la crisis, que como ya hemos señalado es específica del modo de
producción capitalista.
Tal es lo que posibilita que estos países puedan jugar un papel
importante, aunque es difícil decir en cuál medida, en la salida capi-
talista a la crisis. En todo caso, lo que no hay que esperar es que es-
tos países intenten utilizar ésta en un sentido revolucionario, para
profundizar las grietas surgidas en los países capitalistas y que facili-
te la emergencia de un movimiento revolucionario propio en ello.
Por el contrario, sus deseos van en la dirección de una pronta recupe-
ración capitalista y que esto les libre de ciertas “molestias”, como
queda patente en las siguientes palabras de T. Zivruv, primer secreta-
rio del Partido Comunista y presidente del Consejo de Estado de
Bulgaria: “Esperamos que la crisis en pleno auge en Occidente lle-
gue rápidamente a su fin, ya que afecta y perturba a la economía
búlgara, que en cierta medida depende del comercio con los países
occidentales” 23.
Los países “socialistas” ofrecen en este momento la posibilidad
de un mercado amplio, así como una infraestructura productiva ade-
cuada y, sobre todo, una mano de obra numerosa, barata y especial-
mente disciplinada, lo que les confiere un atractivo especial de cara a
las inversiones industriales de los países capitalistas, proceso este
que se está desarrollando con aceleración progresiva. Así, en la
URSS se pasó de 36 oficinas extranjeras en 1972 a más de 70 en
1974. En este mismo año existían en Rumania 126, y la República
Federal Alemana estaba comprometida en 350 proyectos industriales
en estos países, etc.

23 Citado por André Gunder Frank en “¡Viva la empresa transideológica!” (I), Zona Abierta
nº 16.

72
Además, si nos fijamos en el tipo de intercambios comerciales de
estos países, veremos que indican una situación específica en la divi-
sión internacional del trabajo:
Composición del comercio entre los países “socialistas” - paí-
ses capitalistas
Importaciones Exportaciones
2/3 productos industriales 2/3 materias primas
1/3 materias primas 1/3 productos industriales

Composición del comercio entre los países “socialistas” - paí-


ses subdesarrollados
Importaciones Exportaciones
2/3 materias primas 2/3 productos industriales
1/3 productos manufacturados 1/3 materias primas

Es decir, que ocupan la situación típica de los llamados países


“subimperialistas” (Brasil, Sudáfrica, India, etc.) aunque con la dife-
rencia de poderío militar, político y económico que les permite (a la
URSS) s. pretender disputarles a los países capitalistas avanzados
ciertas posiciones en la cabeza de la cadena imperialista.
De tal posición se derivan, además, consecuencias perjudiciales
para los países subdesarrollados. En tales intercambios los países
“socialistas” son deficitarios respecto a los de capitalismo industria-
lizado y excedentarios respecto a los subdesarrollados. El excedente
que consiguen con estos últimos es utilizado para remediar el déficit
con los capitalistas a través de diversos métodos pero que en todos
los casos redundan en un trasvase de riqueza de los países subdesa-
rrollados a los de capitalismo desarrollado a través de los “socialis-
tas”, lo que da lugar ni más ni menos que a una mayor explotación
de los primeros. Así, capitalistas y “socialistas” colaboran, en un
esfuerzo concertado, a su expolio y a su integración en el sistema
económico mundial bajo la forma de economías “subdesarrolladas”,
condición necesaria bajo el actual orden económico internacional
para la existencia de economías “desarrolladas”.
[Publicado en Cuadernos de debate nº 1, julio de 1979, p. 12-19]

73
La situación en Europa

La década de los años 1970 es sin duda la de la crisis de la hege-


monía norteamericana a nivel mundial. La derrota político-militar
sufrida en el Sudeste asiático, así como otros reveses en diversas
zonas del llamado Tercer Mundo, la aparición de la crisis económica
con la consiguiente devaluación del dólar a causa de la crisis de pro-
ductividad y de competitividad en el mercado mundial y el consi-
guiente shock moral en la sociedad estadounidense que la sumió en
una profunda crisis ideológica; crisis esta última en la que incidieron
notablemente las críticas y luchas desarrolladas por una serie de mo-
vimientos de tipo antirracista, ecologista, antinuclear, estudiantil,
contra la guerra del Vietnam y, en general, todo el complejo entra-
mado de la llamada contracultura. Un momento privilegiado de esta
crisis ideológica fue el caso Watergate y toda la serie de sucesos que
acaecieron a su entorno.
Así, pues, a principios de la década de los 70 el imperialismo nor-
teamericano se halla sumido en una profunda crisis político-militar,
económica, ideológica y moral. En consecuencia, su hegemonía co-
mienza a vacilar frente a los poderosos movimientos de liberación
que se están desarrollando por Asia, África y América Latina y, so-
bre todo, frente a su principal competidor, la URSS. Por otro lado, en
los intercambios internacionales ciertas economías de su propia área
de influencia comienzan a mostrarse como seriamente competidoras
(RFA, Japón). Se impone, pues, una reestructuración completa de la
estrategia imperialista, la necesidad de adecuarla a la nueva realidad,
profundamente diferente a la que emergió de la Segunda Guerra
Mundial. Esta nueva estrategia tiene como inspirador fundamental a
la Comisión Trilateral, un elemento fundamental de la cual es el es-
tablecimiento de un eje político-económico, e incluso puede que
militar, entre Washington-Bonn-Tokio. Dentro de esta estrategia
juega un papel fundamental Europa y, más en concreto, la Comuni-
dad Económica Europea y el proyecto político consiguiente de la
creación de una Europa unida.

Hacia la supranacionalidad europea

Una característica diferenciadora entre el imperialismo estudiado


por Lenin y la actualidad es que se ha pasado de una internacionali-

74
zación del capital, en la época leninista, a una internacionalización
de la producción, en la época actual. Esto implica que en la estrate-
gia trilateral tiende a lo que se puede llamar la regionalización del
mundo, homogeneizando extensas zonas supranacionales en función
de determinadas actividades productivas, como si el planeta fuera un
enorme complejo productivo (una gran fábrica) dividido en sus dife-
rentes secciones especializadas.
Evidentemente en esta perspectiva las contradicciones entre esta
tendencia y los marcos nacional-estatales todavía hoy existentes,
tienden a manifestarse en múltiples sentidos y un ejemplo de ello son
las diferentes apreciaciones que los diferentes estados de la CEE
hacen sobre el proyecto de la Europa unida. Sin embargo, aquí in-
teresa más, por el momento, señalar la tendencia general que no es-
tas contradicciones.
Las elecciones al Parlamento europeo del pasado 10 de junio24
han sido un momento decisivo en esta orientación. Cualquier ilusión
sobre la creación de una Europa federal o confederal deben
desecharse a la vista de los planteamientos y resultados de estas
elecciones. La victoria de la derecha y la hegemonía en el Parlamen-
to europeo de la República Federal Alemana indica a las claras que
se está en la vía de la creación de una entidad supranacional. El me-
canismo electoral por sufragio universal a nivel europeo por el que
se rigieron apunta también en esta dirección, como consecuencia de
lo cual,

“el Parlamento europeo es un instrumento para bloquear la evolución de las


sociedades nacionales [...] Ello significa que los Parlamentos nacionales ya
no pueden autorizar las contribuciones financieras concedidas antes a la
Comunidad por cada Estado; y que funcionarios venidos de Bruselas con-
trolan sectores importantes de la actividad económica en lugar de funciona-
rios nacionales” 25.

Es decir, que los funcionarios de la Comisión de Bruselas están


revestidos de poderes importantes arrancados a los diferentes Esta-

24 Se trata de las elecciones del 10 de junio de 1979, las primeras elecciones celebradas al

Parlamento Europeo entre los 9 estados entonces miembros de la Unión Europea. España
todavía no formaba parte de la misma. (Nota del editor del año 2019).
25 Anne Dalloz, “Una asamblea en el engranaje del poder”, Le Monde Diplomatique, en

español, junio, 1979.

75
dos y que, en palabras del profesor de la Universidad de Manchester,
Ghita Ionescu,

“desde el momento que el Parlamento europeo esté elegido, y aunque sus


poderes estén limitados naturalmente por el poder de los Parlamentos na-
cionales, el proceso de decisión de la Comunidad adquirirá una legitimidad
supranacional que no tenía antes” 26.

Las consecuencias que ello comporta están claras: integración


plena en la estrategia Trilateral, eliminación de la nacionalidad, rees-
tructuración de la producción y creación de nuevos centros de poder
político. Desde la perspectiva de Francia ello significa que:

“sin duda no hay que manipular mitos, ver directores de orquesta clan-
destinos donde no los hay y dar a la Comisión Trilateral una importancia
mayor de la que tiene. No obstante se asiste, con la emergencia de numero-
sos países industrializados en ultramar y la ’limpieza’ de las economías, a
una reestructuración mundial en la que, lo menos que se puede decir es que
Francia no está particularmente favorecida en comparación con los dueños
del juego, Washington, Tokio y Bonn [...], hay que reconocer que el capita-
lismo, apoyado en sus filiales multinacionales, maneja un juego en el que
Francia [...] acepta definitivamente un papel económico de comparsa, y fin-
ge no ver que la deslocalización de las industrias y de las inversiones equi-
vale a la deslocalización del poder. De esto se deriva […] la aceptación im-
plícita de ver Europa definitivamente dominada por EE.UU. y la RFA” 27.

La crisis económica en Europa

Podría suponerse que, en un momento de grave crisis económica,


la tendencia de cada Estado sería a hacer la guerra por su cuenta y,
en consecuencia, a que se agudizaran las contradicciones entre los
diferentes Estados capitalistas, Y así es en principio, pero es que en
este caso actúan condiciones que tienden hacia la cohesión intercapi-
talista, hacia la unificación de los intereses económicos –y políticos–
bajo una estrategia común. Uno de estos factores, y de suma impor-
tancia, es la crisis energética. Frente a la amenaza de que el ejemplo
de los países de la OPEP se extendiera hacia países productores de
otras materias primas, EE. UU. y los países europeos decidieron
adoptar una política dura de cara a los países del Tercer Mundo y

26“The European Alternatives”, citado por Micheline Paunet en “En busca de legitimidad
supranacional”, Le Monde Diplomatique, junio 1979.
27 Pierre Dabezies, “La sumisión, con pies de gato...”, Le Monde Diplomatique, junio 1979.

76
poner en marcha una política energética común, cuya primera mani-
festación fue la puesta en pie, a iniciativa de Kissinger, de la Agen-
cia Internacional de la Energía. Tal iniciativa, deja sin duda en una
mala posición a los países europeos, duramente golpeados por la
subida de los precios del petróleo y que no estaban dotados de ele-
mentos compensatorios, como los EE. UU., al mismo tiempo que
cerraba la posibilidad de una entente entre los países europeos y los
de la OPEP. Pero sin duda responde con exactitud a la política pre-
conizada por la Trilateral de hacer frente a las “veleidades” del Ter-
cer Mundo. En tal dirección apunta también las recomendaciones del
Instituto Atlántico de cara a la pasada cumbre de Jefes de Estado
celebrada en Tokio: “Es una necesidad urgente para los gobiernos de
los países industriales desarrollados una respuesta colectiva para
repeler una amenaza energética colectiva”, así como sus alusiones a
la necesidad de esta estrategia común para “rehuir una de las mayo-
res amenazas a la estabilidad económica y política del mundo” 28.
Así, pues, la crisis ha hecho que frente a la amenaza del Tercer
Mundo y de la inestabilidad política y económica en los propios paí-
ses, Europa cerrara filas junto a EE.UU. y Japón alrededor de pro-
gramas cuya principal característica es la austeridad y en cuya nece-
sidad “casualmente” coinciden con los partidos “eurocomunistas”.
Al mismo tiempo puede observarse una progresiva derechización
en los partidos y gobiernos en el poder en casi todo el continente.
Derechización progresiva en Alemania, retroceso del Partido Comu-
nista Italiano (PCI) –y en consecuencia avance de la Democracia
Cristiana (DC)– en Italia, rompimiento y descalabro de la “Unión de
Izquierdas” en Francia, triunfo conservador en Inglaterra e incluso
en España –fuera aún del marco de la Unión Europea– ventaja de la
Unión de Centro Democrático (UCD). Esto, junto al triunfo de la
derecha en el Parlamento Europeo, ha posibilitado, además, que se
concretara el llamado Sistema Monetario Europeo una vez desvane-
cidas las desconfianzas de la RFA respecto a un posible ascenso de
la izquierda reformista en Europa. Dicho Sistema Monetario solo
podría representar un peligro para el dólar y los EE.UU. si la RFA
estuviera dispuesta a jugar a fondo la partida; sin embargo, ésta utili-
za la potencia económica del marco –única moneda alrededor de la
cual puede levantarse dicho Sistema– solamente con el fin de mejo-

28 Citado por J. Estefanía Moreira en Cinco días.

77
rar su papel en el seno de la estrategia conjunta. Todo queda entre
aliados.
Un ejemplo claro de las nuevas orientaciones que se están impo-
niendo en Europa es el caso de Inglaterra. Después del triunfo del
Partido Conservador encabezado por Margaret Thatcher, las nuevas
directrices de la política inglesa son sustancialmente diferentes a las
preconizadas por sus antecesores del Partido Laborista.
En primer lugar, la lucha contra la inflación se enfoca no desde el
punto de vista del crecimiento económico, sino en base a la reduc-
ción del crecimiento de la masa monetaria y de la deuda pública.
Corno consecuencia, sus efectos se dejarán sentir sobre todo en lo
que hace referencia al carácter asistencial del Estado y parece que ya
están prestos a poner en marcha medidas que tiendan a una mayor
privatización de la medicina y del sistema hospitalario, a privatizar
las viviendas reduciendo el sistema de alquileres, así como a intro-
ducir nuevas formas –y restituir de viejas– de selectividad en la en-
señanza.
Mientras en política exterior aumentan los presupuestos destina-
dos a las Fuerzas Armadas, así como las retribuciones de los milita-
res, para reforzar la presencia británica en la OTAN. Se alinean cla-
ramente con las tendencias político-económicas dominantes en la
CEE –los laboristas siempre se habían mostrado reticentes– y segu-
ramente darán su apoyo al Sistema Monetario Europeo.
Claramente Margaret Thatcher se ha alineado junto a los presu-
puestos económicos de Milton Friedman. Y es que, como éste dice y
aquella gusta citar, “El almuerzo gratis, esto no existe”.
A pesar de esta integración e interpenetración plena de Europa en
la nueva estrategia imperialista propiciada por el capital transnacio-
nal (interpenetración que puede observarse claramente en el caso de
las inversiones: ya no es solamente EE.UU. quien invierte en Euro-
pa, también ésta invierte en EE.UU. a un ritmo acelerado) 29 no por
29 “La vieja tendencia de las inversiones exteriores de los Estados Unidos en vigor hace
algunas decenas de años, se está, en cierta forma, frenando: durante el año 1978, las inver-
siones norteamericanas en el extranjero han aumentado tan solo en un 9%, lo justo para
poder seguir las operaciones corrientes, pero no para ampliarlas. Al mismo tiempo, las
inversiones extranjeras en Estados Unidos han aumentado muchísimo y están creciendo a
un porcentaje cinco veces superior al de los años 60” (Joanne Barkan, “Comprad América,
capitalistas, es más conveniente (y comenzó la invasión europea)”, Transición, nº 9).

78
ello Europa ha dejado de ser una zona conflictiva y con problemas.
Por el contrario, su integración en plenitud de derechos en los nue-
vos planteamientos imperialistas generará, ya está generando, pro-
blemas y contradicciones nuevas y revitalizará otros de viejos.
En principio, Europa se encuentra en la necesidad de reestructurar
su sector industrial en una medida muy amplia como consecuencia,
tanto de la redistribución de recursos que se está operando en lo que
concierne a fuentes de energía y materias primas, que escasean en
Europa, como resultado de la crisis abierta en este campo, como a
causa del proceso de regionalización a la que se ve obligada como
resultado de su integración plena en la estrategia del capital transna-
cional para salir de la crisis.
Esto afecta a sectores clave de la industria europea, como puede
ser la siderurgia, el sector naval, textil, químico, automovilístico, del
papel, etc. Y, a otro nivel, el energético y la industria anticontami-
nante.
El hecho de que en la nueva división internacional del trabajo, in-
dustrias como la textil y, en parte, la siderurgia y la naval sean asu-
midas por países periféricos, conlleva tanto una reducción de la pro-
ducción en estos sectores como la necesidad de introducir nuevas
tecnologías y procesos industriales en Europa que aumenten su pro-
ductividad y competitividad en el mercado mundial, Como conse-
cuencia de tal reestructuración se supone que los puestos de trabajo
en el sector siderúrgico disminuirán en más de 100.000 y de 60.000
en el sector naval. El sector textil debe sufrir una remodelación casi
total y su situación puede indicárnosla –aunque es un caso particular
y fuera aún de la CEE– la industria textil española, en crisis perma-
nente desde hace años.
En cuanto al sector energético, si bien aquí no habrá cambios que
afecten a grandes masas de mano de obra, hay que señalar su total
fragilidad y dependencia tanto a lo que hace referencia al petróleo
como a lo nuclear. Esta última depende casi totalmente de tecnolo-
gías de origen norteamericano (con la excepción parcial de la RFA),
mientras que en el combustible –el uranio– Europa es una zona con
escasas reservas de dicho mineral. En cuanto a la posible alternativa
solar, hay que señalar que la investigación en este campo esta mu-
chísimo más avanzada en EE.UU. que en cualquier lugar de Europa.

79
Mientras, en la industria anticontaminante y, en general, en los
problemas de medio ambiente, poca cosa se ha iniciado seriamente.
La tendencia es a desplazar estos problemas hacia países periféricos
–a través del desplazamiento de las industrias y procesos industria-
les– que los producen o hacia determinadas zonas deprimidas de la
propia Europa. En este sentido, al Estado español le esta tocando el
premio gordo en lo que a problemas medioambientales se refiere.
Sin embargo, Europa arrastra en este campo problemas muy se-
rios como consecuencia de haber sido la cuna del industrialismo ca-
pitalista y el simple desplazamiento de algunos de los elementos
problemáticos no va a solucionar estos, hasta el punto de que pueden
venir a representar –y en parte ya lo son– serios frenos para conse-
guir una productividad óptima.

La estructura política

Políticamente, Europa se presenta dividida en dos bloques, entre


norte y sur, zonas donde ha predominado la socialdemocracia, en un
caso, y predominio de la derecha, en sus diferentes versiones, en el
otro.
Aunque en la actualidad esta diferenciación tiende a romperse,
por cuanto la derecha clásica ha tomado las riendas del gobierno en
una serie de países donde históricamente había dominado la social-
democracia (Suecia, Inglaterra) y en otros ha ganado posiciones
(Alemania), hay que señalar que la prolongada hegemonía de los
partidos de la Internacional Socialista en estos países ha dado lugar a
fenómenos diferenciadores respecto a los del sur de no poca impor-
tancia, fundamentalmente a una integración en el sistema de las cla-
ses trabajadoras, un aburguesamiento del proletariado, gracias a su
política de administración de los intereses capitalistas que, por un
lado, ha dotado de una notable estabilidad a sus sistemas parlamenta-
rios democrático-formales y, consiguientemente, del poder de las
clases dominantes, al mismo tiempo que, por otro, impedían el desa-
rrollo de partidos comunistas clásicos en la línea tercerainter-
nacionalista. En cambio, ha generado otro tipo de movimientos de
índole y contenido diverso, que alguien ha definido como la “nebu-

80
losa ecologista” 30, a los que aludiremos más adelante.
En la Europa del sur, más inestable políticamente y frágil en el
campo económico, si bien las clases dominantes están igualmente
bien instaladas en el poder, el menor peso, sobre todo entre la clase
trabajadora y especialmente entre sus sectores más activos, de la
socialdemocracia, ha posibilitado un mayor desarrollo de los parti-
dos tercerainternacionalistas y una menor integración del proletaria-
do (menor integración que no implica la inexistencia de ésta) como
consecuencia de ser más agudas las contradicciones de clase y haber
mantenido los sindicatos una postura más beligerante. Al mismo
tiempo, ha existido siempre en estos países una cierta corriente, con
flujos y reflujos notables, autoorganizativa al margen del control de
cualquier estructura política o sindical institucionalizada.
Sin embargo, como ya se ha indicado, la socialdemocracia tiende
a perder posiciones en favor de la derecha, la cual tiende mayormen-
te a aplicar los planteamientos de la Trilateral, inspirados en lo eco-
nómico en Milton Friedman y los monetaristas y políticamente ten-
dentes a crear Estados fuertes en la línea de lo propugnado por Brze-
zinski y Hungtington 31 y su “ingobernabilidad de las democracias”.
Y en los sitios donde la socialdemocracia se mantiene en el poder ya
ni tan siquiera su política es la de actuar como gestores del capital,
sino que tiende a aplicar pura y simplemente el programa de la de-
recha, tal como es el caso aventajado de Alemania.
Aparte de estos aspectos más o menos descriptivos de la situación
política europea, hay un aspecto importante que es necesario resaltar
y que es la estructura del poder político en Europa. Si bien en ello
también hay diferencias entre norte y sur, la crisis tiende de alguna
manera a reducir distancias y a reseñar los aspectos comunes.
Esta estructura del poder político en Europa podría caracterizarse
por su gran burocratización y centralismo en lo que concierne a las
esferas políticas de decisión, y la ruptura que existe entre este nivel

30El nombre de “nebulosa ecologista” fue popularizado por Brice Lalonde, uno de los
portavoces de Los Amigos de la Tierra.
31 Destacados miembros de la Trilateral. Brzezinski es, además de secretario de la Trilateral,

presidente del Consejo Nacional de Seguridad norteamericano. Hungtington es catedrático


de la Universidad de Harvard y consejero del Departamento de Estado y de la Secretaría de
Defensa norteamericano.

81
decisorio y los niveles de aplicación práctica, tal como lo señala Mi-
chel Crozier:

“La gobernabilidad de las naciones de la Europa occidental se halla lastrada


por otra serie de problemas que giran en torno a la importancia que se da al
papel de la burocracia [...] puede existir, por lo tanto, un vacío entra la ra-
cionalidad de quienes toman las decisiones y de quienes las ponen en mar-
cha” 32,

y como consecuencia de ello se produce una ruptura del “necesa-


rio” consenso y crece la inestabilidad social.
Así, pues, el fallo de la estructura política reside en este vacío en-
tre la “cúpula” del poder y los ejecutores de ella en la base. Michel
Crozier para quien “los estados nacionales europeos” son “entidades
de algún modo anticuadas”, con “instrumentos institucionales de
naturaleza nacional y burocrática, cada vez más inadecuados”, ve un
ejemplo de funcionamiento óptimo en Suiza, “duradero testimonio
de la rara fortaleza de su sistema descentralizado, capaz de tomar
decisiones a nivel local”.
Es evidente que lo que subyace en tal planteamiento es una pro-
puesta de reforma del Estado centralista y burocrático a través del
desarrollo de todo un sistema de autonomías como se están desarro-
llando en al Estado español, “descentralización” en la que no hay
que ver una pretendida “democratización” del Estado, tal como pre-
tenden los “eurocomunistas”, sino un intento de cohesionar mucho
más los aparatos y la administración del Estado en los diferentes
niveles y, en consecuencia, un refuerzo del mismo, intentando garan-
tizar, a partir de ahí, el consenso. Maniobra, sin embargo, que está
chocando con un nuevo problema, creador igualmente de inestabili-
dad y de ruptura consensual cual es el resurgimiento de los movi-
mientos nacionalistas y “regionales”, esta vez con un contenido cada
vez más netamente revolucionario.

La textura social

Europa en general, pero especialmente la Europa meridional, pre-


senta una realidad social sumamente fragmentada, lo cual es, sin

32 La democracia en Europa, texto de la Trilateral.

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duda alguna, un elemento permanente de inestabilidad. Las causas
de ello son evidentemente múltiples y se remontan al papel que ha
jugado en el desarrollo del capitalismo, La tendencia general de la
evolución histórica va en el sentido de un cada vez mayor desarrollo
de las fuerzas productivas a través de los distintos modos de produc-
ción, siendo en Europa donde este proceso se ha dado con mayor
intensidad. Como consecuencia, la textura social en esta zona ha sido
históricamente compleja, fenómeno al que ha venido a sumarse des-
de finales del siglo XIX la desintegración del imperio colonial euro-
peo, lo que ha intensificado esta fragmentación. Además, a lo largo
de este siglo Europa ha estado en permanente readaptación a las
nuevas realidades mundiales, en las cuales ha ido perdiendo posicio-
nes en favor sobre todo de EE.UU. y la URSS, hasta que con la crisis
actual se abre un nuevo periodo de reajuste a nivel mundial, como ya
hemos visto.
En este proceso, además, en Europa y especialmente en la parte
meridional, las clases dominantes no han sido capaces de generar
mecanismos de control social capaces de integrar las distintas clases
y capas de la sociedad y. sobre todo, al proletariado, en el seno del
sistema en la medida en que, por ejemplo, lo han sido en EE. UU. o
Japón, aunque sin subvalorar el papel que en este sentido ha jugado
la socialdemocracia europea; papel, sin embargo, que al abrirse el
periodo de crisis se ha mostrado insuficiente, cosa que no ha pasado,
al menos de momento, con intensidad parecida en EE. UU. Ello con-
duce a que, como señala la Trilateral, Europa sea “las más conflicti-
va y vulnerable de las zonas de la Trilateral”.
A la integración parcial de la clase obrera en Europa –por lo me-
nos si se la compara con EE. UU.– la resistencia y desconfianza,
aunque manifestada a menudo de forma pasiva, a la estructura jerár-
quica del poder y la pervivencia de una cierta combatividad, a veces
notable, de las masas en la lucha político-social, ha venido a sumarse
una serie de fenómenos que, si bien puede decirse tienen su origen
en las luchas desarrolladas en el 1968-1969, son cualitativamente
distintos a aquellos. Estos fenómenos que, por lo general, represen-
tan verdaderos movimientos sociales, están representados por el eco-
logismo en su acepción amplia (lo que hemos llamado la “nebulosa
ecologista”), el feminismo, el resurgir de los nacionalismos, y la
violencia armada revolucionaria, el “terrorismo”.

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Estos movimientos presentan características fundamentalmente
diferentes a los movimientos conocidos y son la expresión de que
“los partidos tradicionales y la burocracia sindical no están en condi-
ciones de canalizar suficientemente los conflictos ni de reducir a
problemas específicos los temas relevantes” 33.
Esto es hasta tal punto así que Habermas opina que dichas co-
rrientes no permiten su expresión bajo forma parlamentaria, “canali-
zada e interpretada por los partidos sin que, con ello, las bases adhe-
rentes se sientan desengañadas”.
Una importancia especial tiene, aparte del movimiento ecologista
y el nuevo nacionalismo de matriz revolucionaria, que veremos en
otro lugar, el movimiento feminista, la expresión más clara de la
impotencia de las instituciones partito-sindicales de canalizar estos
movimientos sin negarse a sí mismos como tales instituciones, pues-
to que,

“el movimiento feminista plantea directamente un problema de hegemonía


sobre todo el cuerpo social, análogo por sus dimensiones y pretensiones a la
hegemonía del obrero-masa. El interés ’particular’ de la mujer no solo hace
saltar la relación de producción familiar sino que plantea el problema de
una forma política autónoma del movimiento feminista, radicalmente sepa-
rada del ‘sistema de los partidos’ y de la representación sindical, de la or-
ganización de los ’grupos’ sobre todo. Con el redescubrimiento del cuerpo,
del deseo, de la subjetividad, comienza una crítica a la militancia alienada
[...] se inicia la temática de las necesidades” 34.

En cuanto a esto que se llama “terrorismo”, a la violencia armada,


y dejando aparte cualquier valoración moral o de su conveniencia
táctica o estratégica, es evidente que su papel no puede cuestionarse
con argumentos simplistas y demagógicos como hace la casi totali-
dad de la izquierda. En el Estado español hay experiencias suficien-
tes para captar su fundamental importancia política a condición de

33 Jürgen Habermas, “Crisis del capitalismo tardío y posibilidades de la democracia”, Mate-


riales nº 11.
34 Sergio Bologna, “La tribu de los topos”, Revista Mensual/Monthly Reviev, noviembre

1978.

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no ponerse unas anteojeras acomodaticias al orden burgués 35. Hoy,
parafraseando a Marx, podría decirse que el “terrorismo” es “un fan-
tasma que recorre Europa” y ante el cual “todas las fuerzas de la
vieja Europa se han unido en santa alianza”.
En resumen, Europa se presenta como una zona política y social-
mente frágil, susceptible de desarrollar potencialidades revoluciona-
rias presentes en su seno y, particularmente su zona sur, como un
eslabón débil de la cadena imperialista. De lo que suceda aquí de-
penderá, en medida creciente, el futuro de la Revolución Mundial y
liberación de la Humanidad.
Septiembre de 1979.
[Publicado en Quaderns de debat n. 2, septiembre 1979, p. 2-11]

35 Los costes en vidas humanas del terrorismo son plenamente rechazables. Otra cosa es su
significado político y su contribución al cambio político en España. Aquí cabría recordar la
muy hegeliana “astucia de la razón” o, si se quiere, su versión clerical: “Dios escribe recto
con líneas torcidas”. Al hilo de lo cual también se podría recordar que, como dice el título
del libro de un importante teólogo español, “el cristianismo no es humanismo”. Ni la prácti-
ca del nacionalismo armado tampoco. (Nota del editor del año 2019)

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86
5. Cuestión nacional y sece-
sión
Del embrollo marxista al dilema nacionalista

Tradicionalmente, en el marxismo se había contemplado la proble-


mática nacional desde un punto de vista que podríamos denominar
“coyunturalista”, en función de la situación política y de la correla-
ción de fuerzas donde se enmarcaba la citada problemática. Solo con
Lenin comienza a contemplarse a ésta desde un punto de vista y
dándole una importancia diferente. Pero Lenin se refirió fundamen-
talmente a la cuestión nacional en las colonias. Luego su pensamien-
to, dogmatizado por el estalinismo, se convirtió en un recetario para
uso de los Movimientos de Liberación Nacional. Tal concepción es
la que, de forma mayoritaria, se ha transmitido en la tradición comu-
nista, agravada, además, por el hecho de que aquellos sectores de la
izquierda comunista que hicieron aportaciones destacables en lo que
hace referencia a determinados aspectos de la praxis marxista o in-
cluso en su concepción global (Rosa Luxemburg, K. Korsch, Pan-
nekoek, Lukacs,...) no aportaron nada nuevo en lo que a la problemá-
tica nacional se refiere, cuando no la negaron simplemente en nom-
bre de un internacionalismo intransigente y, con frecuencia, bastante
abstracto.
El marxismo ha presentado histórica mente un notable déficit a la
hora de analizar los fenómenos de tipo nacionalista. Sin embargo,
este déficit es mucho mayor si nos centramos en los movimientos
nacionalistas que se desarrollan en los países de capitalismo avanza-
do. Incluso podría hablarse de una seria contradicción por cuanto el
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marxismo, especialmente el marxismo dogmático, cae a menudo en
la tentación de negar pura y simplemente la cuestión nacional, a con-
siderarla como algo propio de la época emergente de la burguesía, de
la época de la formación de los Estados burgueses modernos. En esta
consideración, la cuestión nacional se “traslada” a los países menos
desarrollados, en situación colonial o semicolonial, contemplando el
movimiento nacional desde la perspectiva del antiimperialismo y de
las reivindicaciones democráticas únicamente. En países de capita-
lismo avanzado, la problemática nacional no existiría y si a la larga
las realidades se imponen y se reconoce este movimiento solo es a
costa de notables piruetas teóricas (para salvar los dogmas), pero
concediéndole siempre un carácter secundario, democrático, y no
intrínsecamente revolucionario.
Nos encontramos en una situación, pues, que no contempla nin-
gún desarrollo serio de la cuestión nacional desde hace bastantes
décadas en lo que respecta a esta problemática en los países de capi-
talismo avanzado tal como puede ser el caso del Estado español.
Ahora bien, desde hace años, desde los años de la década de 1960
principalmente, han comenzado a surgir por toda Europa nuevos
movimientos de tipo nacional. Despreciados, generalmente, por la
izquierda, que los acusaba de reaccionarios, estos movimientos han
estado inicialmente encabezados de forma confusa por sectores de la
mediana y especialmente de la pequeña burguesía. Como es fácil
suponer, su análisis de esta cuestión es mayormente idealista. En-
frenta el problema desde posiciones de justicia, morales o éticas. La
opresión es injusta, por lo tanto, es de justicia luchar por la libera-
ción de los pueblos. Tiene un contenido romántico bastante fuerte y
encuentra su justificación y razón de ser en motivos de orden su-
puestamente histórico. Se tiende a una mitificación de los propios
contenidos culturales e incluso de “raza”, viendo en la propia nacio-
nalidad las más puras esencias de lo “bueno” y lo “deseable”. En el
centro de su análisis no están las clases y la lucha de clases –que es
lo propio del marxismo– si no la nación, la nacionalidad y el movi-
miento nacional contemplados a menudo desde un punto de vista
ahistórico y mitológico.

El realismo de lo nacional

Sin embargo, los movimientos nacionalistas son en estos momen-


tos una realidad que difícilmente se puede ignorar. Su importancia
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política es tal, especialmente en el Estado español, pero también en
otros, que cualquiera que pretenda una actividad realmente transfor-
madora no tiene más remedio que tenerlos seriamente en cuenta.
Dentro de la tradición revolucionaria el “realismo”, en el sentido de
comprender en profundidad los fenómenos que realmente se dan, es
una necesidad de primer orden. La actividad revolucionaria sólo
puede estar orientada si se responde a esta necesidad. En consecuen-
cia, se impone de forma urgente un análisis marxista de la problemá-
tica nacional que integre a este movimiento dentro de una perspecti-
va emancipatoria general y que señale su lugar e importancia ade-
cuadas. Y esto no es solamente importante para los sectores que des-
de siempre se han reclamado del marxismo, sino para el propio mo-
vimiento nacionalista que, en un proceso de radicalización constante,
ha venido a adoptar paulatinamente posiciones marxistas cada vez
más claras. Sin embargo, si bien el movimiento nacionalista contiene
elementos marxistas cada vez más importantes, creo que, en lo esen-
cial, el eje central de su análisis continúa sin serlo. Es decir, el mo-
vimiento nacionalista todavía no es marxista a la hora de analizar la
cuestión nacional, de la misma manera que tampoco lo son, a la hora
de analizar idéntica problemática, los sectores que tradicionalmente
se han considerado marxistas. Una evidente y seria contradicción
que, de alguna manera, se impone superar.

Cuestiones de método

La virulencia de la problemática nacional y la necesidad de un


análisis en profundidad pueden jugar a los marxistas –especialmente
a los de formación más dogmática– una mala pasada. Puede existir la
tendencia –la tentación– de ver una relación estricta y directamente
determinante entre problemática nacional y base económica, infraes-
tructura. Es decir, que se pretendiera analizar la cuestión únicamente
a partir de las consecuencias del desarrollo desigual del capitalismo.
Como resultado de este desarrollo desigual y los consiguientes des-
equilibrios entre las distintas zonas tendría como consecuencia in-
mediata el surgimiento de movimientos nacionales como respuesta a
esos desequilibrios y a esa explotación diferenciada. Ciertamente
tales causas existen y son de importancia decisiva, pero el análisis de
la problemática nacional no puede ni debe comenzar por aquí. Es,
fundamentalmente, una cuestión de método, pero dando a éste una
importancia que puede ser determinante para los resultados del aná-

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lisis, para evitar caer en posiciones economicistas que, sin duda,
conducirían a resultados erróneos.
En lo que a metodología se refiere, para Marx, si bien “parece lo
correcto comenzar por lo que hay de concreto y real en los datos [...],
bien mirado este método sería falso”. Para él, en el método científi-
camente correcto “lo concreto aparece en el pensamiento como pro-
ceso de síntesis, como resultado y no como punto de partida [...], las
determinaciones abstractas conducen a la reproducción de lo concre-
to por vía del pensamiento” (K. Marx, prólogo a Contribución a la
crítica de la economía política).
Así pues, el método acertado debe consistir en agotar primera-
mente el análisis a nivel superestructural, es decir, a nivel político
ideológico y solamente una vez agotado el análisis en este terreno
recurrir a los factores de orden infraestructural, económicos.

Nacionalismo y Estado

Hay también otro elemento que es preciso señalar a la hora de en-


frentarse a la cuestión nacional desde la óptica marxista. La proble-
mática nacional tiene que hacer referencia directa al Estado, al Poder
político, a la lucha de clases. De hecho y de una forma empírica la
mayoría de los movimientos nacionalistas que operan en los países
de capitalismo avanzado me parece que han llegado a apercibirse de
ello. Y es que, en tales países, vista la extensión mayor que cada vez
va tomando el área de influencia directa del Estado, es difícil, por no
decir imposible, desarrollar alguna actividad política que no tope con
él de forma directa. Sin embargo, a la hora de los análisis de la pro-
blemática nacional por lo general no se sitúa en el centro del mismo
la cuestión del Estado; y ello no lo hacen ni los marxistas ni los na-
cionalistas. Posiblemente esto sea una consecuencia de la situación
secundaria que históricamente ha ocupado la cuestión nacional en
los análisis marxistas. La famosa definición de Stalin sobre la nación
elude totalmente cualquier referencia a este tema y los mismos plan-
teamientos de Lenin tampoco hacen mayor hincapié. Tal déficit po-
dría justificarse por el tipo de Estado que conocían tanto Stalin como
Lenin, casi precapitalista y, en todo caso, profundamente diferente al
que nosotros conocemos actualmente en los países de capitalismo
avanzado. Pero aun hoy lo máximo que se acepta por parte de la ma-
yoría de sectores marxistas es que la cuestión nacional puede afectar

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a la estructuración del Estado, pero no a la misma esencia de éste, al
contenido de clase del Estado, al Poder político.
Plantearse las cosas de este modo implica no aceptar la posibili-
dad de que tal problemática pueda ser un factor de primera magnitud
para la transformación revolucionaria de la presente sociedad, para la
destrucción del Estado, para la Revolución, para el Comunismo; ver
la cuestión nacional meramente como manifestación de contenidos
democráticos tendentes a la reforma, pero no a la destrucción del
Estado capitalista.

El estado capitalista, hoy

Plantear la cuestión en relación directa al Poder político implica


necesariamente tener una correcta visión de cuál es la estructura y
las formas de dominación que se dan en los modernos Estados capi-
talistas. Sin duda ésta es una gran deficiencia presente en la mayoría
de las organizaciones revolucionarias, donde existe la tendencia a
reducir el papel del Estado a su función coercitiva siguiendo el análi-
sis de Lenin esbozado hace medio siglo y para un tipo de sociedad
notablemente diferente a la que nosotros conocemos en la actuali-
dad; a ser, en suma, “más leninistas que Lenin”. Como sea que este
análisis no es capaz de expresar globalmente las formas de domina-
ción burguesa en los Estados de capitalismo avanzado, hay que recu-
rrir a otros análisis que nos den una visión más ajustada a la realidad.
A mí modo de ver, los elementos fundamentales que precisamos
para tal tarea podemos encontrarlos en la obra de Antonio Gramsci,
autor que la izquierda revolucionaria de nuestro país por lo general
ignora de una forma lamentable, dejando su utilización en manos del
revisionismo y de grupos de intelectuales que, por muy meritoria que
sea su tarea, están a menudo apartados de la intervención política
directa.
Sin duda los análisis y terminología gramscianos presentan difi-
cultades de comprensión importantes para quién no esté familiariza-
do con ellos. Esta dificultad de comprensión viene también en buena
parte determinada por el tipo de lenguaje político a que la mayoría
de los miembros de la izquierda revolucionaria están acostumbrados,
de origen leninista estalinista. La adaptación de este léxico a las ne-
cesidades de interpretación de la realidad actual creo que impone
también una desdogmatización en los términos y, a tal fin, familiari-
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zarse con la terminología gramsciana puede ayudar en la tarea. En
todo caso, los términos utilizados por Gramsci sin duda pueden ayu-
dar notablemente más a la comprensión de nuestra realidad que los
fosilizados por el estalinismo.
Sentado esto, vale la pena esbozar algunos de los planteamientos
que pueden ofrecer una comprensión más amplia de la problemática
del Estado moderno y, en consecuencia, nos permita entrar en la vía
del desbroce de las múltiples mistificaciones que la cuestión nacio-
nal presenta en los países de capitalismo avanzado.
Gramsci hizo notar la profunda diferencia que había entre los Es-
tados capitalistas atrasados (con fuertes pervivencias de modos de
producción precapitalistas) tipo Rusia zarista, donde la dominación
se ejercía casi exclusivamente por medio del aparato represivo direc-
tamente, es decir, que el Estado prácticamente se reducía al aparato
burocrático militar, y los Estados en los países capitalistas industria-
lizados donde la dominación de clase, además del aspecto coercitivo
a través del aparato represivo, tenía también un aspecto consensual,
función garantizada por lo que él llamaba “aparato de la hegemonía
política y cultural de las clases gobernantes” y que en la actualidad
es más conocido con el nombre algo restrictivo de “aparatos ideoló-
gicos del Estado”. Estos aparatos de la hegemonía constituyen lo que
llama la “Sociedad Civil”, formada por la ideología (la concepción
del mundo), los organismos privados que crean y difunden la ideolo-
gía tales como el sistema escolar, las creencias religiosas, costum-
bres, estilo de vida, folclore, etc. Es a través de todo ello como las
clases dominantes ejercen no solamente su dominación en sentido
estricto sino también su dirección sobre el conjunto de la sociedad.
El Estado ya no es solamente represión sino también consenso y, en
una situación de democracia burguesa plena y estabilizada, es sobre
todo consenso, consentimiento de las clases trabajadoras a la domi-
nación de la burguesía. Lo cual, sin embargo, no nos debe llevar al
error de suponer que la dominación burguesa en las democracias
parlamentarias es exclusivamente consenso. Para clarificar la cosa
hay que indicar que el aspecto consensual puede ser en ciertos mo-
mentos dominante –momentos por otra parte transitorios– pero que
en cambio el aspecto coercitivo es siempre el determinan te. Es de-
cir, que en última instancia es la fuerza, en el sentido de fuerza ar-
mada, de violencia, la garantía última de la dominación burguesa.

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Para simplificar: Gramsci distingue entre el Estado aparato buro-
crático militar (al que llama “Sociedad Política”) que garantiza la
dominación represiva de las clases dominantes, y la “Sociedad Ci-
vil”, que garantiza la dirección ideológica de las clases dominantes
sobre el conjunto de la sociedad, incluyendo a las clases trabajado-
ras. El Estado moderno burgués es la suma de estas dos instancias,
Estado aparato burocrático militar más Sociedad Civil, dominación
más consenso, lo que Gramsci indica con la formula “hegemonía
acorazada de coerción”. Hay que hacer notar, sin embargo, que en lo
que se refiere al Estado capitalista actual, del último cuarto de siglo,
con su aumento espectacular de medios de control social y métodos
coercitivos, algunos autores han sugerido que tal fórmula quizás de-
biera invertirse, es decir, que el Estado de ahora y de aquí sería más
bien “coerción acolchada de hegemonía”. Pero no vamos ahora a
discutir eso.
Para acabar con esta exposición de cómo entiende Gramsci el Es-
tado moderno, pienso que se impone definir cuidadosamente el tér-
mino “hegemonía”, concepto sumamente utilizado en la actualidad
pero escasamente comprendido. “Hegemonía” índica el conjunto de
funciones de educación y dirección que una clase social ejerce du-
rante un determinado periodo histórico sobre el conjunto de la socie-
dad a través de lo que hemos llamado Sociedad Civil. No debe en-
tenderse, pues, el término en el sentido do en que se utiliza corrien-
temente en los textos de la III Internacional, donde significa más
bien “supremacía”, de forma parecida a como lo utilizan actualmente
los comunistas chinos cuando hablan del “hegemonismo imperialis-
ta”, por ejemplo. La expresión “hegemonía” en Gramsci enlaza más
bien con el sentido original de la palabra en griego, que significa
“ser guía”.

Nacionalismo y sociedad civil

A partir de este análisis del Estado podemos comenzar a com-


prender la problemática suscitada por la cuestión nacional. Las cla-
ses dominantes en los periodos precapitalistas y preburgueses “eran
esencialmente conservadoras en el sentido de que no tendían a elabo-
rar el paso orgánico de las demás clases a las suyas, es decir, a am-
pliar su esfera de clase ’técnica’ e ideológicamente: la concepción de
casta cerrada. La clase burguesa se presenta como un organismo en
continuo movimiento capaz de absorber a toda la sociedad, asimi-
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lándola a su nivel cultural y económico: toda la función del Estado
es transformada, el Estado se convierte en ’educador’, etc.”. El Esta-
do burgués moderno necesita “elevar la gran masa de la población a
un determinado nivel cultural y moral, nivel (o tipo) que corresponde
a la necesidad de desarrollo de las fuerzas productivas y, por consi-
guiente, a los intereses de las clases dominantes” (A. Gramsci, Notas
sobre Maquiavelo, la política y el Estado moderno).
Ahora bien, la revolución burguesa afectó a distintas formaciones
sociales, muchas veces notablemente diferentes. En consecuencia,
sus efectos fueron desiguales según las zonas en donde se desarro-
llaba. La modernización que introducía la burguesía (la industriali-
zación, democracia política, alfabetización, etc.) conducía e implica-
ba necesariamente, para poder desarrollar todas sus potencialidades,
la uniformización y homogenización de las distintas zonas y aspec-
tos de existencia de estas. Estas zonas desiguales, que a menudo eran
verdaderas naciones o presentaban aspectos de nacionalidad muy
acusados, tenían unas Sociedades Civiles propias y especificas que
entraban en contradicción con la necesidad de la burguesía de unifi-
car en una sola Sociedad Civil el conjunto del territorio que diera
lugar a un Estado-nación único. La revolución burguesa unifica el
territorio en el aspecto económico bajo un mercado único, lo que a
nivel superestructural implica la necesidad de la creación de un Es-
tado aparato burocrático militar también único que le garantice la
existencia y permanencia de este mercado unificado y, junto a él, la
correspondiente Sociedad Civil, también única, que le permita acce-
der a su hegemonía ideológico-cultural, dando lugar con ello a la
creación de lo que se ha llamado el Estado-nación. Este es más o
menos el proceso que se ha dado en las revoluciones burguesas típi-
cas (Francia, por ejemplo).
Repitámoslo, porque entender esto es importante: la creación del
Estado-nación burgués moderno (que tiene como soporte infraestruc-
tural la unificación del mercado) implica para su forjamiento no solo
la creación de un único aparato burocrático represivo (el Estado en
sentido estricto, leniniano, diríamos) sino que es totalmente impres-
cindible la creación asimismo de una única Sociedad Civil, es decir,
de una cultura, de una ideología, etc., que garantice la hegemonía de
las clases dominantes en todo el marco determinado por el mercado
unificado.

94
Ahora bien, este proceso típico de creación del Estado-nación se
dio de forma aproximada en aquellos lugares donde la burguesía
como clase tuvo fuerza suficiente como para imponerse de forma
clara a las clases feudales (caso de Francia). Pero allí donde la revo-
lución burguesa se desarrolló de forma anómala, tal como es el caso
de España, entonces este proceso de identificación entre Estado y
Sociedad Civil pudo no darse por mucho que haya tenido lugar la
unificación económica bajo un mercado único.

Marx y la “España invertebrada”

Aclarado esto, vamos a ceñirnos al caso español. Para empezar


puede ser de interés reproducir una cita de Marx y que tanto Joaquín
Maurín como Andreu Nin, ya en los años de 1930, ponían en el cen-
tro de sus análisis sobre la cuestión nacional (aunque sacando conse-
cuencias, uno y otro autor, bastante dispares). Decía Marx:

“Desde el establecimiento de la monarquía absoluta vegetaron las ciudades


en un estado de continua decadencia […] Al declinar la vida comercial e
industrial de las ciudades se hizo cada vez más escaso el tráfico interior y
menos frecuente la mezcla de habitantes de las distintas regiones, se des-
cuidaron los medios de comunicación y se abandonaron los grandes cami-
nos. Así la vida local de España, la independencia de sus regiones y muni-
cipios, la diversidad del estado de la sociedad, fenómenos basados origina-
riamente en la configuración física del país y desarrollados históricamente
por la diversidad de los modos como las distintas regiones se emanciparon
de la dominación mora para formar pequeñas entidades independientes, to-
do eso se vio finalmente reforzado y confirmado por la revolución econó-
mica que agostó las fuentes de la actividad nacional. Y así la monarquía ab-
soluta encontró ya en España una base material que por su propia naturale-
za repelía la centralización, ella misma hizo además cuanto estuvo en su
poder para impedir que se desarrollaran intereses comunes basados en una
división nacional del trabajo y en una multiplicación del tráfico interior –
única y verdadera base sobre la que poder crear un sistema administrativo
uniforme y el dominio de leyes generales. Así, pues, la monarquía absoluta
española, a pesar de su superficial semejanza con las monarquías absolutas
de Europa en general, debe ser más bien catalogada junto con formas asiá-
ticas de gobierno. Como Turquía, España siguió siendo un conglomerado
de repúblicas mal regidas con un soberano nominal al frente. El despotismo
presentaba caracteres diversos en las distintas regiones a causa de la arbitra-
ria interpretación de la ley general por virreyes y gobernadores; pero a pe-
sar de ser despótico, el gobierno no impidió que subsistieran en las regiones
los varios derechos y costumbres, monedas, estandartes o colores militares,
ni siquiera sus respectivos sistemas fiscales. El despotismo oriental no ataca
el autogobierno municipal sino cuando éste se opone directamente a sus in-

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tereses, y permite muy gustosamente a estas instituciones continuar su vida
mientras dispensen a sus delicados hombros de la fatiga de cualquier carga
y le ahorren la molestia de la administración regular” (K. Marx, Revolución
en España).

Es, pues, de gran importancia el hecho de que la península Ibérica


se presente históricamente como sumamente fragmentada y que esto
se haya ido manifestando a través de movimientos políticos de car-
dinal importancia en los momentos de mayor efervescencia revolu-
cionaria: cantonalismos, nacionalismos, “regionalismos” y, en gene-
ral, la tendencia a la individualización por zonas diferenciadas. Pie-
rre Vilar ha hecho notar esto también. Para él la historia de la Penín-
sula “encierra, pues, una lucha incesante entre la voluntad de unifi-
cación, manifestada generalmente a partir del centro, y una tendencia
no menos espontánea –de origen geográfico– a la dispersión” (P.
Vilar, Historia de España).
Por otra parte, el proceso de acumulación capitalista originaria
(base de la revolución burguesa) no se dio a partir de elementos in-
ternos sino dependiendo fundamentalmente del exterior (colonias
americanas en un principio, inversiones extranjeras más adelante,
etc.) y estando dicho proceso hegemonizado a nivel general no por la
burguesía industrial sino por las clases terratenientes convertidas
luego en burguesía agraria. Esto, por un lado, implicó que no se
desarrollaran los elementos intelectuales necesarios para una unifi-
cación de la Sociedad Civil, que de por sí se presentaba, como indica
Marx, muy fragmentada e individualizada y, por otro, que donde la
burguesía industrial tenía un peso específico mayor (Cataluña, Eus-
kadi), se operara un fenómeno de reforzamiento de la Sociedad Civil
específica (la catalana y la vasca).
En consecuencia, puede decirse que la permanencia de la proble-
mática nacional encuentra su causa última en el desarrollo anacróni-
co, desigual y dependiente de factores externos, del capitalismo es-
pañol, que ha permitido la existencia de Sociedades Civiles específi-
cas en las distintas zonas del Estado y en la inexistencia de un ele-
mento intelectual “español” lo suficiente mente fuerte como para dar
lugar a una Sociedad Civil unificada. En resumen, la inexistencia y
la imposibilidad de forjar un Estado-nación burgués moderno.

96
Separatismo y revolución

Como indica J. Maurín en La Revolución Española, la unidad na-


cional realizada antes de que el proceso de integración (a nivel de
Sociedad Civil) hubiera llegado a su madurez mantiene esta continua
diferenciación. Hay una continua contradicción entre el Estado cen-
tralista y la Sociedad Civil de las diversas nacionalidades y es esta
contradicción la que provoca la continua tendencia, a través de las
distintas épocas históricas, a la desintegración. Las reformas a nivel
de Estado, al faltar la unificación de la Sociedad Civil, van de fraca-
so en fracaso y las tendencias a la disgregación se van imponiendo.
El separatismo en España se presenta como una fuerza revoluciona-
ria de primer orden por cuanto tiende a debilitar al Estado y a facili-
tar la intervención revolucionaria. Maurín es lapidario en este aspec-
to: la República se ganó gracias a los movimientos nacionalistas de
Cataluña y, sobre todo, de Marruecos. El alcance del movimiento
nacionalista en España y el consiguiente desarrollo de la revolución
solo tenía, según él, dos perspectivas: o era aplastado por la reacción
(que fue lo que pasó) o “la península Ibérica se transformaría en un
mosaico de pequeñas naciones, en una especie de estados bálticos o
península de los Balkanes” (J. Maurín, La Revolución Española). El
descuartizamiento de España conlleva sus peligros, pero en todo
caso no son otros que los peligros que conlleva toda revolución. En
opinión de Maurín solo el proletariado poniéndose a su cabeza, es
capaz de sortearlos.
La reivindicación “autonomista” hay que verla precisamente en
esta perspectiva, como la expresión de la desconfianza hacia el Esta-
do y de la creciente rebelión de la Sociedad Civil frente a éste. Por
parte de las clases dominantes el problema de los Estatutos de auto-
nomía pretende ser un arma de centralización política vía descentra-
lización administrativa, por contradictorio que pueda parecer a pri-
mera vista.
Y esto es así tanto en el actual Estatuto como en el tan reivindica-
do de tiempos de la República. El agudo análisis de Maurín es toda-
vía plenamente vigente: “La aprobación por las Cortes del Estatuto
de Cataluña no solucionará la cuestión nacional. El problema es mu-
cho más hondo. El Estatuto no será más que una carta autonómica
que confiere a Cataluña una delegación de Poder –pero no el Poder–
en cuestiones administrativas secundarias. Cataluña no recobra su

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personalidad nacional. Queda sujeta a la voluntad de la burguesía
panespañola” (J. M., La Revolución Española).
Pero lo que sí resultará como consecuencia de la aplicación de tal
Estatuto, por exiguos que sean los poderes delegados, será un refor-
zamiento, una reafirmación, de la Sociedad Civil catalana (y de las
demás zonas al aprobarse los correspondientes estatutos). La contra-
dicción entre la Sociedad Civil catalana y el Estado centralista no
podrá hacer más que agudizarse. El movimiento nacionalista, que
surge como expresión de la existencia de esta Sociedad Civil especí-
fica, crecerá en extensión y potencia.

Las clases sociales y la cuestión nacional

Ahora la cuestión que nos interesa dilucidar es cuál va a ser la


orientación clasista de este movimiento. Pueden señalarse, a efectos
de método, tres fases diferenciadas: 1) la problemática nacional es
asumida por una élite intelectual que de alguna manera es capaz de
sintetizar las tendencias que de forma soterrada se van manifestando
en su sociedad específica, 2) los planteamientos de tal élite son asu-
midos por una o varias clases o capas sociales que le confieren su
orientación política y lo dotan de un programa, y 3) las masas popu-
lares sintonizan con la problemática y el movimiento nacionalista se
convierte en un movimiento de masas. Esta es, de forma esquemáti-
ca, la génesis del movimiento nacional.
Históricamente esta problemática ha tenido como elemento direc-
tor a diferentes clases de la sociedad. En el caso catalán, el movi-
miento nacionalista fue, en un primer momento, patrimonio de la alta
burguesía catalana, representada por Cambó y la Lliga. Sin embargo,
ésta, frente al peligro que representaba en su propia casa el proleta-
riado y una vez alcanzados, al menos parcialmente, los objetivos por
los que había alzado la bandera nacional catalana, no dudó en aliarse
con la burguesía española, abandonando en manos de la pequeña
burguesía, representada por Macià, Estat Català y Esquerra, la pro-
blemática nacional. Pero la pequeña burguesía no ha sido histórica-
mente nunca capaz de ofrecer una alternativa global propia; la cues-
tión nacional en sus manos no puede por menos que convertirse a la
larga en un elemento manipulable por las clases dominantes. Maurín
creía que “para evitarlo, el movimiento nacional debe entrar en una
tercera etapa. La clase trabajadora lo ha de hacer suyo y a de resol-

98
verlo de una manera revolucionaria. Ha de romper violentamente la
falsa unidad ibérica, quebrantando así el poder del Estado” (La Re-
volución Española).
Esta tercera etapa del movimiento es en la que se está –o al menos
debería estarse– entrando en estos momentos. La orientación clasista
de la ideología nacionalista está profundamente condicionada por el
marco histórico y por el político y económico en el que surge y los
poderes y estructuras con los que se enfrenta. El nacionalismo fue
burgués frente a las clases feudales o semifeudales; bajo el poder del
imperialismo y la burguesía transnacional solo existe nacionalismo
consecuente y consciente si es de orientación netamente socialista.
Hay, además, una cuestión de máxima importancia para el futuro
de un planteamiento político de base nacional y el consiguiente mo-
vimiento de masas que genera. Si busca sus motivaciones en posi-
ciones de clase burguesa inevitablemente, en la actual situación del
imperialismo, el movimiento nacionalista se convierte en un factor
de presión manipulado por alguna de las diversas fracciones burgue-
sas de cara a mejorar su posición en el bloque en el poder. En conse-
cuencia, el movimiento nacionalista se condena a sí mismo a muerte,
ya que en la actualidad la burguesía y cada una de sus fracciones es
“internacionalista” por esencia y necesidad. La tentación burguesa
del nacionalismo, al entrar en contradicción irresoluble consigo
mismo, fuerza al nacionalismo a tomar la única posición de clase que
el permite avanzar en sus objetivos. Hoy el nacionalismo o es prole-
tario o no es. La condición de su credibilidad política a largo plazo
está ahí.
La confluencia necesaria entre nacionalismo y proletariado tiene
otra causalidad importante. La opción comunista implica que el pro-
letariado sea el elemento hegemónico dentro del bloque social aglu-
tinador de las fuerzas transformadoras de la sociedad. Los instru-
mentos, instituciones y aparatos ideológicos de la burguesía repre-
sentan una barrera hasta hoy insuperable para la conquista de la ne-
cesaria hegemonía proletaria en el seno del bloque social revolucio-
nario. Pero la ideología nacionalista orientada revolucionariamente,
al desarrollarse y ser expresión de una Sociedad Civil especifica que
está en contradicción, además, con el Estado centralista, abre la po-
sibilidad al proletariado de convertirse en el elemento hegemónico
del movimiento. El proletariado aporta al movimiento nacionalista

99
su orientación comunista, mientras que éste aporta a aquel el marco
específico, así como nuevos elementos político-culturales, que le
permiten su hegemonía. Movimiento nacional y movimiento de clase
se convierten así en un único movimiento emancipatorio.

Cuestión nacional e inmigración

Plantearse la cuestión de la inmigración dentro del Estado español


no es una cosa nueva. Es un fenómeno que, en mayor o menor medi-
da, ha existido durante toda la etapa de asentamiento y desarrollo del
capitalismo español (las migraciones anteriores al capitalismo perte-
necen a otro tipo de problemática).
Especialmente en Cataluña, durante todo este siglo se ha dado es-
te fenómeno y –esto es relevante– tarde o temprano ha dado lugar a
fenómenos político-sociales importantes. Y no sólo se trata del
lerrouxismo, que efectivamente sí tuvo importancia, sino que el
mismo anarquismo nutrió sus filas notablemente de este elemento
inmigratorio.
A otro nivel, pero fácilmente relacionable con lo que aquí trata-
mos, en el área internacional también pueden encontrarse ejemplos,
algunos de ellos destacados, de la existencia de minorías nacionales
alejadas de su nacionalidad de origen e inmersas en el seno de otra
nacionalidad, como puede ser notoriamente el caso de los judíos,
especialmente en lo que hace referencia a la Rusia zarista, donde se
llegaron a organizar políticamente de forma independiente –la Unión
General Obrera Hebrea de Lituania, Polonia y Rusia (BUND)– que
jugó un cierto papel en el proceso revolucionario ruso.
Realmente de lo que se trata, pienso, es precisamente de esto: de
minorías nacionales alejadas de su territorio nacional original e in-
sertas en el seno de otra nacionalidad.
Esto es importante. Y lo es en el sentido de que, por lo general,
históricamente se ha tendido a considerar la existencia en el Estado
español de cuatro nacionalidades, tres de las cuales eran las oprimi-
das (Cataluña, Euskadi y Galicia) y otra la opresora, que unas veces
se venía a identificar, de forma restrictiva, con Castilla y asignándole
a lo restante el calificativo de “regiones” o bien con la supuesta exis-
tencia de una “nacionalidad española” que sería todo lo que resta si
quitamos las nacionalidades oprimidas citadas.
100
Bajo este punto de vista, la inmigración o bien era un fenómeno
procedente de “regiones” sin carácter nacional específico y, en con-
secuencia, lo que se planteaba al respecto era más bien una política
asimilacionista hacia ellos, o bien se les consideraba procedentes de
la nacionalidad opresora –la “nacionalidad española”– y entonces
llegaba a plantearse, en algunos casos extremos, su procedencia co-
mo de carácter colonizador –“agentes del imperialismo español” se
les ha llegado a llamar, sobre todo en Euskadi– y a tal situación lo
que se planteaba era ni más ni menos que una política de puro y sim-
ple rechazo.
Me parece que la situación, al menos como se plantea actualmen-
te, es otra. No creo que pueda hablarse de una nacionalidad opresora
sino simplemente de una clase opresora, de una burguesía panespa-
ñola –la expresión es de Maurín– que oprime por igual, aunque de
forma diferenciada, a las clases y nacionalidades. La opresión nacio-
nal se presenta bajo la forma de opresión de clase (y no viceversa
como pudiera ser en una situación colonial).
Lo cual nos lleva de inmediato a considerar el Estado español
como un mosaico de nacionalidades, con conciencia de tal desigual-
mente desarrollada, pero, en todo caso, donde conviene abandonar el
término “región” cuando se utiliza en el sentido político, debido a la
carga ideológica que semejante término arrastra. O por lo menos,
trasladarlo al seno de cada nacionalidad para indicar las diferencias
que también se manifiestan dentro de las mismas.
Volviendo al tema de las migraciones en el Estado español y con-
templado desde la perspectiva de Cataluña (de forma parecida que en
Euskadi, pero completamente diferente para el caso de Galicia), éste
reviste a partir de los años 60, unas características sumamente im-
portantes, hasta el punto que pienso determinan que la problemática
nacional no pueda continuar considerándose tal como había venido
haciéndose históricamente, aunque con algunas excepciones. Quizás
pudiera hablarse de una verdadera ruptura con el nacionalismo clási-
co para dar lugar a algo que, por llamarlo de alguna forma, podemos
seguir denominándolo “nacionalismo” pero que conviene aclarar
enseguida que es bastante más que eso. Vendría a ser lo que Maurín
llamaba “la tercera etapa de la cuestión nacional” y que viene a ser la
forma específica que adopta la revolución proletaria en el Estado
español. Veámoslo más en concreto.

101
En los años 60, a raíz del Plan de Estabilización del 1959, co-
mienza el desarrollo y consolidación de la fase monopolística del
capitalismo español. Se produce una verdadera mutación de las es-
tructuras productivas y España pasa de ser un país básicamente agra-
rio, a desarrollar la industrialización como eje de su economía. Ello
conlleva enormes trasvases de mano de obra desde las zonas rurales
hacia las zonas más industrializadas y hacia Europa. Ahí están las
causas de los fenómenos migratorios, como es sabido.
Pero en estas migraciones se pueden realizar varias distinciones:
hay una migración en el seno de la propia nacionalidad, desde las
zonas rurales hacia los polos industriales, Barcelona, en primer lu-
gar, y luego Tarragona principalmente para el caso de Cataluña, que
conduce a la semidesertización de algunas zonas y a crear fuertes
desequilibrios comarcales, cuyos efectos políticos comienzan a ma-
nifestarse de forma patente en estos momentos; luego hay la emigra-
ción a los diferentes países industrializados de Europa, cuyo papel
económico es de sobras conocido (fue uno de los elementos más
importantes en la acumulación de capital, junto con el turismo y las
inversiones extranjeras) y, en fin, hay la inmigración desde las na-
cionalidades más atrasadas hacia las más desarrolladas desde el pun-
to de vista de la industrialización.
Ahora bien, este último tipo de migraciones se diferencia clara-
mente de la emigración a los países europeos por el hecho de que
mientras en este caso por lo general el objetivo de los emigrantes era
permanecer allí solo el tiempo suficiente para hacerse con una de-
terminada suma de dinero y volver (y por eso en muchos casos la
familia, mujer, hijos, etc., permanecían aquí, en el Estado español),
en el otro la inmigración se daba para quedarse definitivamente en la
mayoría de los casos. En estos momentos pocos son los inmigrantes
procedentes de otras nacionalidades e instalados en Cataluña que
tengan intención de volver a su nacionalidad de origen.
Esto hace que la problemática nacional en Cataluña se plantee de
una forma en muchos aspectos totalmente nueva, sobre todo si se
tiene en cuenta el carácter cuantitativamente importante de esta in-
migración. Veamos algunas cifras al respecto:

102
Lugar de nacimiento de la población de Cataluña en 1970
n.º personas % población
Cataluña 3.181.559 62,3
Andalucía 840.206 16,4
Aragón 175.579 3,4
Castilla 226.031 4,4
Extremadura 145.675 2,8
Resto del Estado 537.193 10,7
TOTAL población inmigrada 1.924.684 37,7
TOTAL población de Cataluña 5.106.243 100

Dos cosas pueden destacarse a primera vista: por un lado que la


población de Cataluña en 1970 estaba compuesta en un 37,7 por
ciento por gente nacida fuera de Cataluña, porcentaje que se eleva
considerablemente, a alrededor del 50 por ciento, si nos ceñimos a la
clase obrera y, por otro, el gran peso representado por la inmigración
de origen andaluz, un 16,4 por ciento de la población total, lo que
viene a representar el 43,5 por ciento del conjunto de la población
inmigrada.
Con estos pocos datos basta para poder afirmar unas cuantas co-
sas. En primer lugar, cualquier proyecto revolucionario que se precie
de tal y que incluya entre sus elementos definitorios la cuestión na-
cional, debe necesariamente tener en cuenta esta realidad. Segundo,
que en esta realidad la problemática andalucista representa, guste o
no, el factor decisivo visto su peso (el 43,5 por ciento).
Esto plantea un conjunto de problemas tan serios como obviados,
al menos de una forma general. Este porcentaje enorme de población
procedente de otras nacionalidades, pero especialmente de la andalu-
za, está aquí sin duda para quedarse, pero es que además lo están con
su propio bagaje cultural e histórico, con sus propias peculiaridades
de pueblo. Un proyecto revolucionario que, por serlo, debe ser nece-
sariamente de masas, debe obligatoriamente integrar esta realidad.
La cuestión nacional como elemento revolucionario está totalmente
condicionada por ello, so pena de la escisión del pueblo catalán y,
especialmente, de la clase obrera de Cataluña.
Esta es una realidad casi olvidada hasta hace poco y si se ha he-

103
cho evidente es por las consecuencias políticas que está comenzando
a representar esta realidad. Los planteamientos sobre la superación
mecánica de la problemática nacional, por un lado, en cuanto a posi-
ble elemento transformador en sentido socialista y, por otro, los na-
cionalismos varios de raíz pequeñoburguesa y purista, han dejado
esta cuestión en manos de demagogos que, no por serlo, dejan de
tener razón en algunos de sus planteamientos.
En concreto, el auge de esto que de una forma bastante simplista
se llama “neolerrouxismo” puede ciertamente basar sus argumenta-
ciones en realidades no por desagradables menos ciertas: la explota-
ción diferenciada que el capitalismo español ha sometido y somete a
los pueblos y naciones del Estado representa un trasvase de plusvalía
de unas a otras nacionalidades, en el cual, observándolo desde el
punto de vista estrictamente económico –economicista sería lo más
indicado– las zonas industrialmente más desarrolladas (Cataluña,
Euskadi, Madrid,...) juegan el papel de zonas o de nacionalidades
“imperialistas”.
Evidentemente ello es así desde una perspectiva economicista y
por lo tanto no marxista y, por supuesto, anticomunista pero es una
realidad, me parece, que el mayor nivel de vida en las nacionalidades
industrializadas se ha dado a causa de –o gracias a– unas mayores
tasas de explotación en las nacionalidades deprimidas (Andalucía,
por ejemplo, pero también Castilla y desde luego Galicia), aunque
hay que añadir que esta explotación mayor también se da en zonas
de la propia nacionalidad (en algunas comarcas, en la llamada “Cata-
luña pobre”).
En consecuencia, aplicar a ciertos demagogos vinculados con el
llamado Partido Socialista de Andalucía el calificativo de “lerrouxis-
tas” sin más como elemento explicativo no resuelve, ni mucho me-
nos, el problema; antes al contrario, tiende a complicarlo, puesto que
la base de maniobra del PSA (y de otros) se apoya en algo cierto: la
explotación diferenciada del capitalismo español sobre las distintas
nacionalidades.

Una realidad a transformar

La cuestión nacional no se puede plantear actualmente tal como


se ha venido manifestando históricamente en la tradición burguesa y

104
pequeño-burguesa nacionalista, cambiándole únicamente ciertos
términos o radicalizando el lenguaje. Incluso pienso que llamarla
“cuestión nacional”, sin más, es una expresión limitada y limitante
como antes ya he dicho.
Pero no voy a entretenerme ahora en esto. Lo que importa es có-
mo esta realidad compleja entronca con un proyecto revolucionario.
De hecho, parece que al menos a medio plazo la idea de la lucha
uniformemente desarrollada por el conjunto del proletariado del Es-
tado español en contra de la burguesía detentadora del poder, que es
una burguesía panespañola, se plantea como una idea ilusoria e in-
cluso desmovilizadora. Frente a esta idea, que ha sido un componen-
te característico de la mayor parte de la tradición socialista y comu-
nista (y anarquista) en el Estado, parece que hay que desarrollar más
bien la idea de Maurín de que toda la historia de España ha sido la
historia de las luchas separatistas y que este debe ser el hilo conduc-
tor, que no el núcleo teórico, que continúa siendo el de la lucha de
clases– que debe seguir el movimiento revolucionario.
Ahora bien, la realidad, desde este punto de vista, que presenta
Cataluña es cualquier cosa menos sencilla. Antes se ha planteado –y
ciertos autores como Maurín, analizaron hace tiempo– que las ten-
dencias separatistas presentes en el desarrollo histórico español tie-
nen su causa en la contradicción existente entre el Estado centralista
opresor –en el sentido de Sociedad Política– levantado por la bur-
guesía panespañola y la existencia de Sociedades Civiles diferencia-
das en las distintas nacionalidades.
Sin embargo, la Sociedad Civil, este complejo entramado cultural
específico presente en las nacionalidades, no es algo dado de una
vez, inmutable e impermeable a la evolución histórica. De hecho, es
todo lo contrario y solo desde posiciones propias de la pequeña bur-
guesía nostálgica se puede defender la existencia de una cultura cata-
lana cuyas esencias están al margen y por encima del desarrollo his-
tórico.
Hay, además, otro problema, derivado de la existencia durante
largos años del franquismo. Este intentó imponer unos patrones cul-
turales que eliminaran precisamente este sentimiento de nación, la
Sociedad Civil específica, diríamos. Ello dio lugar a que en Cataluña
se viviera la propia realidad desglosada, dicotomizada: por un lado,
existía la realidad impuesta por el franquismo y sus elementos cultu-
105
rales (en la medida en que los tenía) y, por otro, la realidad que ten-
día a manifestarse de forma soterrada de los propios patrones cultu-
rales de la nacionalidad. Los catalanes de origen podían resistir este
acoso cultural a través del mantenimiento de la cultura nacional en
los circuitos familiares sobre todo (y a medida que avanzaba la lucha
de otras formas más amplias), pero los sectores inmigrados estaban
completamente alejados de las influencias culturales tradicionales
catalanas (e incluso de las propias) debido, entre otras causas, a las
formas que adoptó el proceso inmigratorio consecuente al desarrollo
industrial: los inmigrantes se concentraron en enormes barrios y ciu-
dades dormitorio totalmente alejados de cualquier influencia cultural
autóctona.
Esta es la realidad que ha salido a la luz con el advenimiento del
régimen político democrático burgués. Una realidad que en Cataluña
se presenta bajo la forma de la existencia de dos culturas diferencia-
das, fundamentalmente la catalana y la andaluza, con muy pocos
contactos entre sí.
Parece claro que el aspecto dominante –que no determinante– de
la lucha de clases en el presente momento se sitúa en el terreno de lo
que Gramsci denominaba “hegemonía intelectual y moral”, es decir,
la lucha por la hegemonía en el terreno de la Sociedad Civil. Y que
el proletariado solo puede alcanzar esta hegemonía –o que al menos
le puede resultar más fácil en la presente situación– en los marcos
concretos nacionales, de nacionalidad, por la contradicción antes
citada (Estado-Sociedad Civil).
Esta hegemonía no puede lograrse a base de eliminar una de las
culturas, una de las tradiciones, presentes en la clase obrera de Cata-
luña de ahora, y no tan solo por una cuestión de principios democrá-
ticos, de ética, sino también por el peso cuantitativo que las otras
tradiciones (sobre todo la andaluza) representa en el seno de la clase
obrera de ahora y de aquí. Olvidarse de esto y plantear, directa o
indirectamente, posturas asimilacionistas es ofrecer en bandeja a las
clases dominantes y sus agentes más o menos disfrazados (de “socia-
listas” o de lo que sea) un terreno muy propicio para potenciar la
división de la clase obrera. Intentos que ya han comenzado y sino
véase, además del citado PSA, a autores tipo Jiménez Losantos y su
Lo que queda de España.
Quizás pueda parecer una herejía desde el punto de vista del cata-

106
lanismo “puro” (¿ha existido alguna vez tal cosa?), pero creo que el
forjamiento de una cultura nacional popular en nuestro medio, im-
prescindible para desarrollar la batalla en el terreno de la hegemonía,
va a tener que contar mucho con las tradiciones culturales de otras
nacionalidades y otros pueblos. Lo contrario, creo, sería entregar
cualquier proyecto revolucionario y las clases que lo han de hacer
realidad, el proletariado y demás capas populares, atados de pies y
manos en las garras de las clases dominantes.

Algunos interrogantes a modo de conclusión

Esta valoración, con pretensiones de análisis, sobre la cuestión


nacional seguramente se la puede acusar como mínimo de optimista.
Esto al margen de los errores teóricos de bulto que posiblemente
contenga. Parafraseando a Gramsci, quizás pudiera decirse que al
“optimismo de la voluntad” seguramente se ha sumado una cierta
frivolidad de la inteligencia. O que, como, él dice, el optimismo en
este caso bien pudiera ser “una manera de defender la pereza pro-
pia”, “una extrema adoración de fetiches”. Por esto es mejor ver lo
expuesto más como un esquema al que hay que llenar de contenido
que como un intento de sistema acabado.
Y es que la cuestión nacional, el nacionalismo, encierra también
peligros considerables que puede resultar sumamente indeseable
ignorar. Volviendo a Maurín, este indicaba que “las masas pequeño-
burguesas, que tanto en el campo como en el terreno de la cuestión
nacional se encuentran actualmente desorientadas y buscan al gran
libertador, si este no aparece, si no surge, caerán en las garras del
fascismo.” (J. Maurín, Hacia la Segunda Revolución).
Las posiciones retrogradas en el movimiento nacional son posi-
bles. Que esto pueda llevar a la misma eliminación del movimiento
no anula tal posibilidad.
Porque el movimiento nacional surge como la resultante de un
complejo sistema de coordenadas donde actúan diversas fuerzas,
diversas ideologías, diversas concepciones del mundo, donde actúan
elementos de diferente signo clasista.
Se ha hablado en cierto momento de la relación existente entre
nacionalismo y Estado. Habría que añadir ahora, además, su relación
con la crisis del Estado burgués moderno. Crisis que no es del Esta-
107
do en general sino de una forma histórica de éste. La cuestión nacio-
nal, su resolución, dependerá mucho, pero también influirá, incluso
de forma decisiva, de cómo se resuelva esta crisis del Estado actual.
Pero no hay que olvidar que no necesariamente esta resolución tiene
que ser de signo positivo. Es perfectamente posible una salida reac-
cionaria. Signos de “atavismo” pueden darse en el movimiento na-
cionalista. Una resurrección del “sabinismo” (de Sabino Arana) no
tiene porqué descartarse. Con todo su racismo, integrismo y antico-
munismo. El nacionalismo burgués tipo Jordi Pujol está obsoleto, sin
duda, pero no tiene porque estarlo algo así como un “nacional nacio-
nal-socialismo”, un nacionalismo con tintes fascistas, que histórica-
mente quizás no tenga ningún futuro pero que en la actual situación
de crisis civilizatoria no se puede descartar. Marx ya indicó en el
Manifiesto Comunista que la lucha de clases “terminó siempre con la
transformación revolucionaria de toda la sociedad o con el hundi-
miento de las clases beligerantes”.
El centralismo, además, no es algo propio del Estado español so-
lamente. El centralismo es algo que el capitalismo ha generado tam-
bién a menor escala, a escala de nacionalidad, por ejemplo. Cataluña,
tal como la conocemos hoy, aunque fuera independiente sería tan
centralista como lo puede ser el Estado español. Un catalanismo cen-
tralista puede ser tan opresor como el españolismo burgués. La des-
trucción del centralismo españolista si no se complemente con la
destrucción de las estructuras centralistas de la nacionalidad no re-
solverá la cuestión social, clasista, subyacente al problema nacional.
Un nacionalismo que sea revolucionario, en la acepción positiva del
término, seguramente necesitará integrar elementos libertarios muy
acentuados. Los que plantea el movimiento ecologista, por ejemplo.
Lo contrario no solo no resolvería la problemática, sino que incluso
puede que la multiplicara.
Cataluña, octubre-diciembre de 1979.
[Publicado con el título de “La cuestión nacional en la era atómica” en Qua-
derns de debat n. 5, enero 1980, p. 3-16]

108
6. Un debate para un proyecto
de emancipación
I
La sociedad española actual (o las sociedades españolas) y especial-
mente la sociedad catalana han entrado en los últimos años, sobre
todo a partir de la eclosión del postfranquismo, de la sociedad demo-
crática en proceso de “normalización”, en una etapa de efervescencia
social, de movilidad; fenómenos acumulados y retenidos durante la
larga noche del franquismo se han precipitado en el curso de unos
pocos años –2 o 3– a la escena político-social 36. Lo que ha existido
desde la muerte del general Franco hasta la actualidad más que un
proceso de “transición” es una verdadera mutación de nuestra socie-
dad, con unos ritmos mucho más rápidos que los europeos (debido al
efecto de retención citado antes), fenómeno que se da, además, en un
marco de aguda crisis económica, en un marco de crisis de los siste-
mas de valores ético-morales impuestos, en principio, por el fran-
quismo pero que en última instancia es la crisis de valores de la civi-
lización burguesa en general.
Nuevos fenómenos políticos están apuntando en esta situación. Y
no se trata aquí del nuevo o viejo nacionalismo, fenómeno que, con
mayor o menor intensidad, ha estado presente de forma permanente
en la vida política del país. No, se trata de otro tipo de fenómenos
específicamente propios de las sociedades capitalistas avanzadas,
reflejo seguramente, además, de la situación de crisis presentes en

36 Texto discutido en el “Col·lectiu de Nou Barris” y aceptado en sus líneas generales como
esquema a partir del cual desarrollar una discusión en profundidad sobre los problemas de
la lucha revolucionaria en la actualidad y en nuestra específica situación.

109
estas sociedades: crisis económica, de civilización, crisis de legiti-
mación del Estado. Estos nuevos fenómenos pugnan ya por expre-
sarse políticamente y, últimamente, se han podido ver algunas mani-
festaciones de ello en la prensa, en la prensa importante, en concreto
en El País. El proyecto que, propiciado desde sectores más o menos
de derecha, se está lanzando a la luz pública, el proyecto de creación
de un Partido Radical apadrinado por los Cebrián, Vidal Beneyto,
etc., dejando aparte el oportunismo político que pueda reflejar, que
pueda esconder una maniobra política de largo alcance y cuyos bene-
ficiarios no serían otros que las estructuras político-sociales domi-
nantes de la actualidad, dejando aparte todo esto, debe ser un motivo
de profunda reflexión. Porque cuando un tema como éste se está
planteando con la amplitud con que se plantea –no son solo los sec-
tores citados quienes lo tienen en mente; desde perspectivas total-
mente diferentes, políticamente hablando, proyectos con cierta seme-
janza están bullendo con creciente intensidad (véase a título de
ejemplo significativo el caso PTE-Eladio García Castro)– intentar
abordar la cuestión de fondo se hace imprescindible.
Algo está cambiando muy en profundidad en la dinámica social
de nuestras sociedades, algo cuya primera manifestación “negativa”,
por decirlo de alguna forma, ha sido la entrada en crisis permanente
de buen número de formaciones políticas de la izquierda revolucio-
naria, que las ha reducido a añicos. Y los aspectos negativos no ter-
minan aquí; podrían citarse muchos más, la despolitización crecien-
te, la disgregación social presente entre todas las capas y clases de la
sociedad, pero especialmente en la clase obrera, el desencanto tradu-
cido en abandono, la llamada, –seguramente mal llamada– “crisis de
la militancia” etc.
Cuando algo cambia lo peor es quedarse quieto. Por esto el tema
de posibles formaciones políticas más o menos sugeridas por el
ejemplo del Partido Radical italiano no puede eliminarse sencilla-
mente de un plumazo, diciendo que es oportunismo electoralista, que
son manifestaciones del nuevo radicalismo pequeñoburgués, que es
tal o que es cual. Por debajo de ello hay toda una dinámica social de
cambio, toda una mutación social que quizás no esté muy claro a
donde lleva, o incluso si lleva a alguna parte. Pero la labor de los
marxistas no es hacer de profetas o adivinos del futuro –aunque al-
gunos lo crean así– sino transformar la realidad a partir de un presen-
te dado.

110
Viejos vicios que cuesta superar

Quizás para nuestra tradición marxista el principal problema y el


principal motivo de incomprensión de las cosas y fenómenos, el
principal freno en su actuación, ha sido la forma en que se ha “vivi-
do” el marxismo. Fundamentalmente ha consistido en verlo como
una ideología –a menudo se la ha llamado “ideología proletaria”–
como un sistema de ideas dado cuyo influjo espiritual bastaba para
originar movimientos revolucionarios; o también como una “cien-
cia” que se podía situar al lado de las matemáticas o la física, como
compendio de un conjunto de leyes y fórmulas con las cuales se po-
dían solucionar todos los problemas de nuestra sociedad. No vale la
pena entretenerse ahora mucho en ello, pero sí señalar que una, entre
otras, de las consecuencias que esto comportaba, –y que comporta
todavía hoy de forma muy aguda– es la necesidad que para aquellos
con voluntad revolucionaria esto les creaba de continua elaboración
–sobre el papel en la mayoría de los casos– de continuas alternativas,
sacadas invariablemente del “recetario” marxista dado ya de una vez
por todas. Durante décadas los “marxistas” han actuado como médi-
cos que recetaban medicinas antes de conocer la enfermedad y que,
cuando estas medicinas no resultaban eficaces o mataban al paciente,
pues entonces se ensayaba con otro preparado –léase alternativa,
programas mínimos y máximos, etc.– a ver si esta vez se acertaba.
Es el puro empirismo en política que lo único que garantiza es el
fracaso.
Las consecuencias de este considerar al marxismo como una ideo-
logía o como una ciencia –o como las dos a un tiempo– son, en pri-
mer lugar, el sectarismo. Al poseer la verdad todo lo demás es sola-
mente digno de rechazo o de compasión paternalista. Pero todavía
hay otra consecuencia quizás más importante, por lo negativo, y es la
concepción politicista de la revolución, de la actividad emancipato-
ria. Este politicismo “leninista”, que prioriza de forma absoluta la
actividad a nivel político, no ha acuñado en su trayectoria histórica
más que fracasos. Lo máximo a que ha conducido es a nuevas for-
mas de dominación y explotación, pero en ningún caso ha dado co-
mo resultado la materialización de los presupuestos comunistas, ni
siquiera en perspectiva.
Este “politicismo”, que todavía podemos vivir por todas partes en
la actividad de la izquierda, ha abandonado completamente los pro-

111
yectos culturales (entendidos en un sentido amplio) que son el fun-
damento último de cualquiera nueva sociedad. La actividad cultural
en la izquierda se ha reducido a meras críticas entre camarillas (a las
que a veces se les llama partidos) que, más que forjar una hueva cul-
tura, una cultura nacional-popular en la expresión de Gramsci, solo
ha servido para canonizar “credos” cuyo parecido con la religión es
más que sospechoso (y la variedad de tales “credos” es, como los
caminos a Roma, infinita).
Pienso que el marxismo debe entenderse de otra forma. Funda-
mentalmente como una tradición emancipatoria –pero no como la
única– dotada de un cuerpo teórico sumamente potente que la sitúa
en una posición privilegiada para comprender nuestra sociedad y
para marcar las pautas de acción para revolucionarla. Pero nunca
como un sistema estanco a otras influencias o a la revisión de sus
propios presupuestos. En este sentido, hoy, para ser marxista, ya no
basta con un conocimiento de los textos clásicos –lo cual por otra
parte sería puro academicismo– sino que hay que procurar que las
grandes líneas de este pensamiento sirvan para interpretar la realidad
de hoy y para transformarla. Y si no sirven pues hay que cambiarlas.
Sería absurdo pensar que los siglos para el marxismo pueden pasar
sin que su efecto se deje notar en él.

¿Crisis estructural del capitalismo, únicamente? La crisis de


civilización

Lo “estructural” es un lugar común a la hora de definir la actual


crisis económica, Pero sospecho que quedarse aquí –y aquí es donde
generalmente se queda la izquierda– es dar una visión sumamente
parcial de la realidad; es en el fondo una visión economicista de la
actual crisis.
La presente crisis capitalista es, además de estructural, fundamen-
talmente una crisis de civilización. Es decir, una crisis donde los
valores dominantes en los diferentes terrenos, la ideología, etc. está
en bancarrota. Ello quiere decir que la salida a esta crisis no puede
ser contemplada únicamente en el terreno económico, sino que su
superación conlleva toda una remodelación del mundo que conoce-
mos, de las escalas de valores, de las relaciones entre las personas,
entre los sexos, de la cultura, de las formas ideológicas predominan-
tes. Es una crisis de civilización, además, porque la base natural so-

112
bre la que se había levantada la sociedad que todos conocemos –la
sociedad industrial– ha entrado también en crisis. Me refiero en con-
creto a la crisis ecológica y a todas sus manifestaciones parciales,
crisis energética, crisis de materias primas, contaminación etc.
Las crisis civilizatorias que se han dado en el transcurso de la his-
toria han coincidido a menudo con crisis parecidas a éstas, funda-
mentalmente en lo que se refiere a la cuestión energética. Una de-
terminada civilización se cimienta siempre sobre una determinada
base natural y en ella tiene primordial importancia las fuentes ener-
géticas que permiten el desarrollo de esta sociedad. Al fallar éstas, al
fallar la base natural toda la estructura civilizatoria de la sociedad se
tambalea.
La crisis ecológica representa en este sentido una cuestión de
primordial importancia. Pretender hoy que la crisis ecológica a lo
que da lugar es solamente a un movimiento sectorial más, a un frente
específico y sectorializado, es no haber entendido absolutamente
nada; incluso podría decirse que es puro oportunismo político La
crisis ecológica lo atraviesa absolutamente todo porque pone de ma-
nifiesto precisamente algo que de ningún modo se puede sectoriali-
zar: el peligro en que se encuentra la Humanidad –al menos la hu-
manidad histórica– de derrumbe.
Tal constatación sin duda puede utilizarse como argumento en fa-
vor de la conciliación entre las clases y de hecho el Poder tiende a
utilizarlo así en su propio provecho. Es la ambivalencia que presen-
tan la mayoría de los fenómenos, pero para los marxistas debe ser un
motivo, posiblemente el más potente de la actualidad, de desarrollo
de la lucha de clases, aunque bajo una perspectiva diferente a la co-
nocida hasta ahora. ¿Por qué diferente? Pues porque esta crisis civi-
lizatoria en la que estamos inmersos y de la cual la crisis ecológica
es una expresión privilegiada presenta también una característica
diferente, nueva y única en toda la historia hasta la actualidad: el
peligro de destrucción de la Humanidad.
¿Es esto catastrofismo? La constatación de la crisis ecológica y de
sus niveles de desarrollo nos dice que es realismo. Por si fuera poco,
el armamento atómico asoma diariamente en los periódicos, sobre
todo en los últimos tiempos, su faz de quinto, sexto o veinteavo jine-
te del Apocalipsis.

113
Crisis de civilización, crisis ecológica; necesidad de una alternati-
va de civilización. ¿Dónde están los elementos que apuntan, aunque
sea muy a largo plazo, hacia esta alternativa? El mito de ave Fénix,
al ave que renacía de sus propias cenizas, puede ser un ejemplo ilus-
trativo de dónde puede estar algo parecido a una alternativa. Del
derrumbe de esta civilización puede salir –pero también puede no ser
así– la alternativa. Hoy los movimientos generados por esta crisis, el
movimiento ecologista, el nuevo movimiento feminista, y otros mo-
vimientos que veremos después, aparte de su aspecto de elementos
críticos del orden capitalista, están aportando ya algo que algún día
pueda ser una alternativa.
El movimiento feminista es quizás el que más puede presentarse
como una esperanza, por ser el más permanente y seguramente tam-
bién el más universalista de todos ellos. Civilizatoriamente hablando,
solo parece que tiene sentido una sociedad en la que los valores fe-
meninos se conviertan en los valores hegemónicos a nivel de socie-
dad.
Pero hay más. En sociedades donde el militarismo ha alcanzado
las más elevadas cotas de toda la historia, donde la destrucción del
planeta es una posibilidad ya excesivamente real, parece que la lucha
por la paz es algo que debería estar en primer plano de cualquier
programa político que pretendiera ir algo más allá de la “politique-
ría”. La lucha por la paz, la lucha contra el militarismo, ha generado
y está generando todo un amplio abanico de movimientos, objetores,
antimilitaristas, etc. cuya importancia sería necio ignorar tal como
están hoy las cosas. En este sentido, posiblemente empiece a ser ya
hora de que los marxistas que lo son algo más que de palabra co-
miencen a replantearse sobre la validez y funcionalidad de otro tipo
de estrategias, históricamente despreciadas por ellos, cual pueden ser
los movimientos pacifistas y, por qué no, el mismo legado político
de Gandhi y de Nehru, por ejemplo. Y el rechinar de dientes sectario
es, en este caso, más muestra de impotencia que de voluntad revolu-
cionaria.

El surgimiento de los particularismos y la crisis de legitima-


ción del Estado

En este contexto están surgiendo a nivel general toda una serie de


fenómenos cuya característica común es la falta de perspectivas glo-

114
bales, la particularidad que presenta cada uno de ellos, la descone-
xión que puede observarse entre los diferentes movimientos, su es-
pecificidad exacerbada y la falta de una perspectiva general común.
La relación que esto presenta con la reacción general frente al nuevo
papel que está jugando el Estado capitalista, cada vez más como pa-
rásito y colonizador de la sociedad, seguramente no es casual. La
crisis de legitimación, de razón de ser, del Estado genera estos parti-
cularismos que, si bien en principio pudieran calificarse como fenó-
menos negativos, al no presentarse como alternativa global al orden
capitalista, en cambio al menos a medio plazo pueden representar un
factor importante de oposición a los planes capitalistas. Y no está de
más plantearse si de estos particularismos pueden emerger nuevas
estrategias revolucionarias.
De entrada, los particularismos pueden considerarse bajo dos pun-
tos de vista: uno, como expresión del último repliegue frente al capi-
talismo y, otro, como despuntes de una nueva estrategia. Seguramen-
te en la práctica son las dos cosas, puesto que lo que se puede obser-
var es que, aunque tales movimientos no son capaces de hacer frente
de forma efectiva al capitalismo, por otra parte son los que, a pesar
de todo, le ponen trabas más serias a éste en lo que a los países de
capitalismo desarrollado hace referencia. Quizás solo sirvan para
“echar arena al engranaje” (P.F.B.), pero esto hoy es francamente
positivo y, por otra parte, nadie hace algo mejor (más bien cierta
izquierda parece interesada en lubricar tales engranajes).

El nacionalismo hoy: lo viejo y lo nuevo en la “cuestión nacio-


nal”

En el Estado español al menos –y posiblemente también de mane-


ra bastante generalizada en otros lugares– la cuestión nacional no
puede considerarse como una expresión de estos particularismos,
aunque algo tenga que ver con ellos también.
La cuestión nacional hoy, presenta características nuevas especí-
ficamente propias de las contradicciones generadas por el capitalis-
mo maduro. Estos nuevos aspectos de la cuestión nacional son sin
duda elementos claves para una estrategia revolucionaria. Pero una
vez dicho esto, conviene hacer varias precisiones al respecto, fun-
damentalmente tres:

115
1) La cuestión nacional representa importancia revolucionaria si se
la liga a un proyecto de destrucción del Estado centralista. Es decir,
la cuestión nacional aislada en un contexto nacional específico, si
pierde su perspectiva internacionalista, presenta todos los inconve-
nientes de los planteamientos estatalistas rígidos.
2) La cuestión nacional hoy, aun siendo manifestación de fenómenos
novedosos, arrastra tras sí toda una herencia del pasado, es decir de
nacionalismo burgués, que actúa a modo de lastre. El nacionalismo
es como el dios Jano, que tenía dos caras: una que miraba hacía el
pasado y otra hacia el futuro.
La ambivalencia del nacionalismo tal como se presenta en la realidad
es algo a tener siempre presente. Precisamente la tarea de los comu-
nistas marxistas es encontrar y desarrollar el núcleo valido del na-
cionalismo.
3) La cuestión nacional como elemento revolucionario en una pers-
pectiva comunista puede presentar –y de hecho presenta– una con-
tradicción incluso en sus términos: el comunismo busca la destruc-
ción del Estado, el nacionalismo la formación de un Estado propio.
Resolver esta contradicción es una tarea fundamental para el comu-
nismo marxista.

¿Están las sociedades industrializadas maduras para el Co-


munismo?

Estas es una cuestión importante que de alguna manera la izquier-


da no acostumbra a plantearse, ya sea porque ha renunciado al co-
munismo, ya sea porque planteársela implica chocar con demasiados
dogmas a los que es incómodo tocar.
Pero sí, sin duda alguna las sociedades industrializadas poseen
una base material no solo madura para el comunismo sino incluso –y
esto es lo peligroso– en plena putrefacción. La crisis ecológica es la
mejor expresión de ello, pero además la mayoría de los movimientos
sociales más o menos “nuevos” plantean cuestiones solamente reso-
lubles en el marco de una sociedad comunista. La teoría de las “dos
fases” tal como nos la ha legado la tradición leninista-estalinista –
socialismo y comunismo– es conveniente, abandonarla y, en cierta
medida y sentido, retornar a la concepción marxiana de comunismo
como proceso único.
116
Me parece que las reivindicaciones que se expresan incluso a ni-
vel de calle –las que no forman parte del sistema y de la lógica del
capital– reclaman una sociedad comunista, libertaria, y un pensa-
miento actuante libertario. A lo que cabría añadir, con Gramsci, que
el auténtico libertarismo es el marxismo. Y, a eso, que un marxismo
auténtico es necesariamente libertario.
II

Revolución político-social y Revolución Cultural

La revolución política, ha sido el lugar común privilegiado a to-


das luces por la tradición de la izquierda marxista actual. Sin duda
alguna tal mitificación tiene su origen no tanto en Marx como en
Lenin y aun mucho más en el estalinismo y en las diferentes corrien-
tes socialdemócratas. Esta priorización casi absoluta de la actividad
en el terreno político es algo que a mi entender no puede ser una
línea estratégica válida para la transformación revolucionaria aquí y
ahora. Gramsci, que seguramente aún hoy es quién más y mejor ha
profundizado en los problemas de la revolución en los países indus-
trializados, ya señaló esto e indicó que en tales lugares la lucha en el
terreno de la hegemonía intelectual y moral, en el terreno de la cultu-
ra en un sentido amplío, la lucha por la creación de una cultura na-
cional-popular alternativa a la de las clases dominantes, era una
cuestión clave.
Lenin mismo tuvo notables intuiciones sobre esto, aunque nos las
llegó a desarrollar ampliamente. En 1920, en El “izquierdismo”,
enfermedad infantil del comunismo afirmaba: “la fuerza de la cos-
tumbre de millones y decenas de millones de personas es la fuerza
más terrible”. La ruptura con la fuerza de la costumbre en un objeti-
vo privilegiado de la revolución: “la revolución comunista es la rup-
tura más radical con las relaciones de propiedad tradicionales; nada
de extraño tiene que en el curso de su desarrollo rompa de la manera
más radical, con las ideas tradicionales” (Marx-Enge1s, Manifiesto
del Partido Comunista).
La Revolución Cultural es una necesidad de primer orden. Lo
cual no quiere decir que la lucha en el terreno político, la cuestión
del Poder en el sentido estrecho de la palabra, no sea fundamental,
pero tal como están las cosas revolución política y revolución cultu-

117
ral deben entenderse como un proceso único y unísono. No se puede
dejar la cuestión de la Revolución Cultural para después de la con-
quista del poder porque posiblemente entonces ya sea demasiado
tarde. La revolución debe entenderse como un proceso de “perma-
nencia de la revolución” “para la supresión de las diferencias de cla-
se en general, para la supresión de todas las relaciones de producción
en que estas descansan, para la supresión de todas las relaciones so-
ciales que corresponden a esas relaciones de producción, para la
subversión de todas las ideas que brotan de estas relaciones sociales”
(Marx, Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850).
La experiencia de la Revolución Cultural china es importante al
respecto. Y lo es tanto por lo que aportó de positivo como por el
tremendo fracaso que representó. Los maoístas de otros tiempos,
maoístas arrepentidos de hoy, hacen mal en ignorar, o en no reconsi-
derar de manera muy crítica, esta experiencia que, de alguna manera,
ha representado el intenta más importante de la tradición marxista de
transitar hacia la sociedad comunista plena. La Revolución Cultural
china es una experiencia que, a pesar de las diferencias históricas
con nuestro medio, es totalmente imprescindible tener en cuenta.
Hoy son estos “nuevos” movimientos de los que hemos hablado
antes, los que están desarrollando una mayor actividad en el terreno
de la crítica cultural, los que de alguna manera están esforzándose en
crear proyectos civilizatorios alternativos, los que están creando jun-
to a una nueva propuesta revolucionaria un primer esboza de nueva
cultura popular.

Las clases sociales en la perspectiva de la revolución comunis-


ta

La disgregación social es una característica acusada de las actua-


les sociedades industrializadas en crisis. Una consecuencia inmediata
de ello es que los límites entre las clases son en la actualidad mucho
más difíciles de definir que de costumbre. El mismo desarrollo del
capitalismo ha complicado grandemente la diferenciación clasista y
con la crisis ésta se ha multiplicado. Nada tiene de extraño, pues, que
los movimientos que ha generado el capitalismo en estos últimos
tiempos presenten un aspecto sumamente heterogéneo que a menudo
se suele clasificar, en mi opinión de forma seguramente precipitada,
como de interclasistas. Cuando los límites entre las clases no están

118
claros, cuando existe una notable movilidad social, el interclasismo,
aplicado como expresión generalizadora, más que explicar las cosas
lo que hace es complicarlas. Por otro lado, si es cierto que la revolu-
ción a plantearse es la revolución comunista, con lo que esto implica
de entrar en un proceso de desaparición de las clases, es fácil com-
prender que la situación previa de la que se parte de alguna manera
tiene ya que presentar síntomas de esta disolución.
De todas formas, reconozco mí incompetencia en lo que a este
tema se refiere. La situación es sumamente compleja y solamente a
partir de un detallado y documentado análisis puede esclarecerse.
Pero aun así hay varias cosas que sí me parece pueden afirmarse con
una cierta certeza.
1) No se puede continuar presentando la estructura clasista de la
sociedad actual, incluyendo aquí también a la nuestra, al modo clási-
co, variando solo cuantitativamente los resultados.
2) Con todo, la polarización de la sociedad de la que hablaba
Marx me parece que sí se está dando, aunque seguramente de forma
diferente a la prevista por él. En este sentido, cabe hablar de una
gran masa oprimida por una minoría explotadora (acompañada ésta
por su cohorte de intelectuales orgánicos, beneficiarios indirectos de
la explotación).
3) Las diferenciaciones intermedias deberían analizarse cuidado-
samente ya que es aquí donde la difuminación de los límites es más
patente. En todo caso, no hay que hacer definiciones de interclasis-
mos a la ligera en relación a ciertos movimientos.
Un caso especialmente importante al respecto es el de la clase
obrera en la acepción tradicional del término. Dentro de la izquierda
por lo general se ha considerado a ésta de una forma mítica, se ha
hecho de ella una utilización teórico-política grosera y fetichista,
presentándola de tal forma que recuerda más a la clase obrera del
siglo XIX que a la que realmente existe hoy. En general, creo que
puede afirmarse con fundamento que una de las grandes deficiencias
de la izquierda ha consistido en su incapacidad para captar las trans-
formaciones que se ha operado en el seno de la clase obrera en el
transcurso de este siglo, especialmente en las últimas décadas. En
este sentido, ciertas indicaciones de Lenin nos pueden ser todavía de
utilidad en la actualidad, en concreto la noción de “aristocracia obre-

119
ra”.
La “aristocracia obrera”, esta parte de la clase obrera corrompida
material y espiritualmente por las clases dominantes, por la burgue-
sía, y que, según Lenin, en su época representaba una pequeña parte
de la clase, en la actualidad ha pasado de ser una parte poco signifi-
cativa a cobrar una importancia considerable.
La “aristocracia obrera” actual es resultado, según Harich, princi-
palmente de los siguientes factores: 1) de las migajas sobrantes de la
superexplotación del Tercer Mundo, 2) de la superexplotación de los
trabajadores inmigrantes, 3) de la superexplotación de la Naturaleza,
4) del miedo de las burguesías occidentales a la competitividad de
los países, según él socialistas, del Este.
El cuadro “aristocrático” en el proletariado occidental y especial-
mente en sus zonas más desarrolladas –como Cataluña– es, pues,
considerablemente amplio. Ello da lugar a que pueda ponerse seria-
mente en duda el carácter revolucionario de sectores importantes de
esta clase, al menos en su papel de vanguardia, y pueda asimilarse su
actitud más bien a la de la pequeña burguesía, lo cual evidentemente
no quiere decir que deba considerarse al conjunto de la clase como
tal.
El problema que se plantea entonces es quién representa en la ac-
tualidad eso que suele llamarse el “sujeto revolucionario”, el elemen-
to social portador de la “utopía comunista”. A nivel global, planeta-
rio, seguramente se puede afirmar que, en primer lugar, los pueblos
oprimidos del Tercer Mundo, seguido de sectores de la clase obrera
en los países industrializados y, luego, toda esa “nebulosa” de nue-
vos movimientos representados por el movimiento ecologista, femi-
nista, no-violentos, antimilitaristas, etc., etc. La heterodoxia aquí es
evidente, pero no se me ocurre otra cosa (que, por otra parte, ya han
dicho antes otros) a la vista de la situación actual en el mundo y en
concreto en el mundo capitalista industrializado.

¿Qué hacer? 1980

Sin duda alguna esta es la pregunta que explícita o implícitamente


está presente de forma más insistente en las preocupaciones de aque-
llos que tienen hoy voluntad revolucionaria. La célebre cuestión que

120
se planteaba Lenin en 1902 vuelve a estar hoy –de hecho, siempre lo
ha estado– de actualidad.
Conocida es la respuesta que Lenin dio en aquella época. En tal
respuesta estaban contenidos los principales presupuestos ideológi-
cos en los que se basó el partido bolchevique; y hoy, 78 años des-
pués, todavía hay quien, frente a tal pregunta, te ofrece como res-
puesta el texto de Lenin, ¿Qué hacer?, inevitablemente editado por
la editorial Progreso de Moscú o por las Ediciones en Lenguas Ex-
tranjeras de Pekín. Y, además, con frecuencia acompañado con con-
denas leninistas a la “libertad de crítica” y una tétrica sentencia: “el
Partido se fortalece depurándose”. El ¿Qué hacer? es, sin duda, el
arma favorita de los epígonos de Lenin –por lo general malos epígo-
nos– con la que pretenden cerrar la boca a quienes hoy hacen pre-
guntas molestas.
Sin embargo, Lenin no sólo en 1902 se preguntó ¿qué hacer? Más
bien esta fue una cuestión continuamente presente en su pensamien-
to, especialmente en los momentos históricos claves.
Cinco años después de la revolución de octubre, en noviembre de
1922, Lenin se volvía a hacer la misma pregunta. La ola revolucio-
naria que se había levantado por toda Europa a partir de 1917 estaba
declinando y Lenin era consciente de ello. El ¿Qué hacer? de 1902
ya no servía, “no hemos comprendido como se debe llevar nuestra
experiencia rusa a los extranjeros. […] Considero que lo más impor-
tante para todos nosotros, tanto para los rusos como para los camara-
das extranjeros, consiste en que, después de cinco años de revolución
rusa, debemos estudiar. […] cada minuto libre de la actividad mili-
tar, de la guerra, debemos aprovecharlo para estudiar, comenzando,
además, desde el principio” (Lenin, “Cinco años de la revolución
rusa y perspectivas de la revolución mundial”).
Esta recomendación del Lenin maduro pienso que en la actualidad
está plenamente vigente’: “estudiar, comenzando, además, desde el
principio. No creo que haya otra manera de orientarse en el laberinto
de la sociedad actual.
Los viejos partidos, viejos tanto por su historia como por los pre-
supuestos en los que pretenden basarse, no sirven. Y no afirmo esto
por una cuestión de gustos sino porque es algo que la práctica está
poniendo en evidencia día tras día.

121
Los “viejos” partidos surgidos a raíz del movimiento de Mayo del
68 no se han mostrado más eficaces que los otros partidos, los real-
mente viejos, y a la postre quizás incluso pueda decirse que su fraca-
so ha sido mayor. Hoy, unos y otros son incapaces de aportar res-
puestas a los más acuciantes problemas de actualidad. No es que su
tarea haya sido inútil, es simplemente que ha resultado un fracaso.

La necesidad de una nueva fuerza transformadora

¿De dónde puede surgir esta necesaria fuerza transformadora? En


mi opinión algunos de los elementos susceptibles de conformarla ya
se han citado antes, de aquellos movimientos sociales que realmente
se mueven, que se oponen a la lógica del capital, que ya hoy son su-
jetos activos de lucha. No se me ocurre que pueda surgir de alguna
categoría mitificada –y por lo tanto irreal– como puede ser este abs-
tracto “proletariado” del que está repleto la prensa de la izquierda
revolucionaria. Ni del influjo espiritual de aguerridas vanguardias
poseedoras de la “ciencia de la revolución”. La cosa es bastante más
compleja y me parece que aceptar esto es, ya de entrada, un paso
adelante.
Un paso adelante sí, pero previo al cual es preciso dar un paso al
lado, cambiar de perspectiva y aceptar que en otras tradiciones que
no sean la nuestra también hay elementos positivos para la tarea que
importa, es decir, para revolucionar la presente sociedad, para entrar
en la vía del comunismo.
¿Cuáles son estas tradiciones, cuáles estos elementos susceptibles
de configurar una fuerza transformadora de orientación comunista?
Esto también requiere un análisis muy detallado y que en cada lugar
depende mucho de la propia historia, del pasado y de la presente
realidad. Pero a nivel general, y sin tomarlos de forma muy estricta,
pueden esbozarse ya algunos elementos tales como los planteados
por J. Friedmann. Según éste, tales tradiciones incluirían:

• experiencias comunalistas sobre un modelo anarquista de transfor-


mación revolucionaria.
• la huelga, incluyendo la huelga general, ideada por el sindicalismo.

122
• resistencia no-violenta según el modelo de la práctica de liberación
nacional de Mahadma Gandí.
• el método de aprendizaje crítico de Paulo Freire
• la lucha política e ideológica al estilo Gramsci.
• la práctica política de la línea de masas enseñada por Mao Tse-
tung.
• la dirección centralizada ejercida por un partido de vanguardia re-
volucionaria (Lenin).
(J. Friedmann, “Bases para una sociedad comunalista”, El Ecologista
nº 4)

Tal planteamiento puede poner los pelos de punta a más de uno,


especialmente a quienes hacen de la estrechez de pensamiento una
virtud, pero seguramente también a gentes con mentalidad más am-
plia y voluntad verdaderamente revolucionaria. Pero, como decía
Gramsci, frente a tal “pesimismo de la inteligencia” lo único efectivo
es el “optimismo de la voluntad”.
Hay otro elemento en toda esta cuestión que no conviene olvidar,
que incluso puede considerarse la piedra de toque para cualquier
consideración sobre una alternativa revolucionaria. Este elemento es,
a mi entender, el internacionalismo, cuestión sumamente olvidada en
nuestros días cuando precisamente más falta hace. Un internaciona-
lismo actuante, que seguramente no tendrá mucho que ver con el
conocido –en la medida en que lo ha habido– hasta ahora, una inter-
nacional en la cual, como dice Robert Jung, “llegaran a entender sin
necesidad de una dirección centralizada, sin programa formal incluso
sin necesidad de estructuras organizativas fijas”. ¿Utopía? Quizás,
pero ¿acaso no es hoy el comunismo la utopía necesaria?
Y para terminar con este punto, algo sobre la llamada crisis de la
militancia. No entraré aquí en absoluto a discutir sobre la realidad o
no de tal crisis, por otro lado patente. Simplemente indicar que tal
fenómeno no es solo una crisis de militancia sino también el aban-
dono de un determinado tipo de militancia, para pasar a otro que
seguramente responde más a las necesidades tanto del individuo co-
mo de transformación de la sociedad. El abandonismo existe, sin

123
duda, y es importante, pero, por otro lado, muchos de los ex militan-
tes de las organizaciones de izquierda están nutriendo desde hace un
cierto tiempo a los nuevos movimientos, donde han conseguido en-
contrar de nuevo una motivación a su actividad. En este sentido la
llamada crisis de militancia no debe contemplarse solamente como
un fenómeno negativo sino también positivamente, como expresión
de la recuperación de la dimensión humana de la entrega revolucio-
naría, a menudo largamente perdida entre los entresijos e intrigas de
los aparatos burocráticos partidistas.
III

Los Col·lectius Comunistes de Catalunya ante la realidad de


hoy

Saber lo que uno es realmente puede ser un camino hacía algún


sitio, representa al menos un primer contacto con la realidad próxi-
ma, lo cual no cabe duda es importante cuando se parte de una tradi-
ción acostumbrada a contemplar la realidad casi exclusivamente
desde las nebulosas alturas de la “ideología” y de los “credos”.
A mi modo de ver los Col·lectius Comunistes de Catalunya
(CCC) son una expresión más de un fracaso histórico que tuvo su
origen en la onda de optimismo revolucionario que se generó en el
mundo capitalista a raíz del Mayo del 68 francés. Doce años des-
pués, nos encontramos, a pesar de la distancia histórica y temporal,
en una situación en ciertos aspectos parecida, especialmente en lo
que a dispersión orgánica de la izquierda revolucionaria se refiere.
Empieza a ser, quizás, el momento de empezar de nuevo.
Los CCC no son todavía un comienzo. En realidad, en lo que a
concepción política general se refiere, no ha habido ningún cambio
cualitativo colectivamente asumido, o al menos asumido de forma
significativa. De hecho, la pregunta que cabe plantearse es si un
“error” como son los Colectivos –más concretamente, el resultado de
un error político como lo fue la línea estratégica adoptada por los
grupos motivados por Mayo del 68–, puede dar lugar, aunque sea
remotamente, a una alternativa revolucionaria.
La cuestión es compleja, pero de entrada implica aclarar lo que
hace referencia a la tan reivindicada cuestión en estos grupos de ser
“el partido del proletariado” o, como en el caso de la Organización
124
Comunista de España (Bandera Roja), el “embrión fundamental” de
dicho partido. Esta es una línea de pensamiento que hay que abando-
nar radicalmente si es que se quiere ir a alguna parte y hacer algo
que realmente importe. Hoy, por ejemplo, sería un error mayúsculo
el pensar –y aún peor el actuar políticamente– que los CCC son la
pieza fundamental, el eje o como se lo quiera llamar, para la articu-
lación de esto que se ha llamado “convergencia comunista”. Y sería
un error incluso en el caso –muy hipotético y optimista– en que esto
fuera cierto. Porque el corolario inmediato de tal considerarse a sí
mismo es, ni más ni menos, que el sectarismo estrecho y su conse-
cuencia: considerar en la práctica a los CCC como un fin en sí mis-
mo, consideración esta vez vergonzante y no explícita, pero en todo
caso con parentesco evidente con la concepción que todos los proce-
dentes de BR conocen. El sectarismo siempre conduce al mismo
sitio.
Sería, además, huir de la realidad, que en este caso al estar suma-
mente fragmentada es también sumamente diversa. Hoy más que
nunca intentar abarcar la realidad en su globalidad representa un
enorme esfuerzo, debido al fenómeno señalado de los particularis-
mos. Los interrogantes que nos estamos planteando en el seno de los
CCC se los están planteando igualmente numerosos grupos, colecti-
vos o personas, cada uno de los cuales tiene un papel importante a
jugar en el necesario forjamiento de una alternativa revolucionaria.
Por esto el sectarismo sería nefasto y por esto también se impone una
actitud de humildad frente a los demás, humildad que en estos mo-
mentos es una necesidad revolucionaria.
¿Puede un error ser, pues, una alternativa? Por sí mismo, eviden-
temente que no, pero en la medida en que al mismo tiempo represen-
ta una experiencia acumulada sin duda alguna puede representar una
aportación más o menos relevante según los casos. Empezar de nue-
vo no quiere decir hoy partir de cero; quiere decir únicamente huir
de posturas concluyentes y cerradas.
El tema de la convergencia comunista es algo en este sentido a
clarificar, a desarrollar y a dotar de contenido. La expresión en sí
mismo no dice gran cosa ya que ha sido un lugar común de la totali-
dad de las organizaciones que precisamente ahora están en bancarro-
ta: “unidad de los marxistas-leninistas”, “unidad de los revoluciona-
rios”, etc. es algo que inevitablemente está en todas las resoluciones

125
de todos estos partidos desde hace diez años para acá.
Más que una llamada “politicista” a la convergencia o a la unión
con aquellos que se supone existe una cierta afinidad superestructu-
ral, me parece que lo que se impone en la actualidad es una conver-
gencia social, una convergencia de objetivos civilizatorios, lo cual
quiere decir de entrada sacar el tema de la convergencia de los estre-
chos marcos de las opciones políticas concretas y a menudo coyuntu-
rales (léase en este caso Nacionalistes d’Esquerra), y no porque haya
que despreciar tales marcos sino porque me parece que el plantea-
miento debe ser mucho más amplio. Dicho de otro modo, lo que se
plantea en la actualidad más que una convergencia comunista es, a
mi modo de ver, una convergencia por el comunismo, la convergen-
cia de todos aquellos que se plantean la consecución real del comu-
nismo en un sentido amplio, sea cual sea el nombre que den a tal tipo
de sociedad.
Es decir, que el tema de la convergencia se plantea en los térmi-
nos de convergencia para qué, y, en tal sentido, lo fundamental son
los objetivos finales, evidentemente entendidos no de forma “ideoló-
gica” sino como necesidad práctica y actuante.
En esta perspectiva toma especial relevancia la forma en que se
entienda el hacer político, la política. Personalmente opino que no
sirve la concepción “politicista” superestructural que ha sido la prác-
tica habitual de la izquierda, especialmente en los últimos años. Más
bien pienso que hay que entender la actividad política como organi-
zarse socialmente para la acción, reconocer de hecho, y no solo en
teoría, la importancia fundamental de los movimientos sociales y de
la actividad en el terreno cultural (en la acepción globalizadora del
término), de la actividad política como instrumento para la emanci-
pación social (y en consecuencia destinada a desaparecer con las
instituciones políticas, Estado, partidos, etc.).
Y dentro de esta actividad político-cultural continúa ocupando un
lugar relevante la cuestión del Partido, la cuestión de la organización
específicamente revolucionaria (o de los revolucionarios, o del sec-
tor más activo de estos). Hoy, en pleno auge de las tendencias anti-
partido, es preciso indicar que esta cuestión, la cuestión del partido,
o de la fuerza transformadora, es algo que no está ni mucho menos
obsoleta, superada. Seguramente sí lo están buena parte de las for-
mas históricas que ha adoptado, pero no el tema en sí. No creo que

126
un tema tan complejo como éste pueda resolverse por la vía rápida,
por medio de cambios formales o a partir de una mera reflexión inte-
lectual. Su resolución va sin duda ligada al desarrollo de la lucha de
clases, a los nuevos fermentos revolucionarios que van apareciendo
en nuestras sociedades industrializadas y al desarrollo de la teoría
revolucionaria. Pero, una vez sentado todo esto, sí que puede ser útil
recordar algunos presupuestos que están en la base del pensamiento
de Marx sobre la organización política, sobre el partido político.
En primer lugar, una distinción fundamental: Marx distinguía en-
tre partido formal y partido histórico. El primero venía representado
por las distintas formas orgánicas que el movimiento emancipatorio
iba adoptando en el transcurso de su actividad, formas inevitable-
mente perecederas (por ejemplo, la Liga de los Comunistas, la AIT,
etc.). Estos partidos formales no son, en opinión de Marx, “más que
un episodio en la historia del partido que crece de forma natural del
seno de la sociedad moderna” (“Carta de Marx a Ferdinand Freili-
grath”, 29 de febrero 1860). Este partido histórico, el que nace de
forma natural de la sociedad moderna, es el que debe estar en todo
momento presente en el pensamiento de los revolucionarios y solo
de forma secundaria sus expresiones episódicas (las organizaciones
conocidas por todos nosotros). Es por ello que Marx prefería hablar
no del “partido de la clase obrera” sino de “la clase obrera constitui-
da como partido”. Dicho de otro modo, el proceso de constitución de
la fuerza transformadora, del partido político revolucionario, es el
proceso de toma de conciencia de la clase obrera, de su participación
masiva y consciente de sus objetivos históricos en la actividad políti-
ca revolucionaria y, en consecuencia, de su constitución en partido,
independientemente de las expresiones organizativas formales.
Sería ilusorio pensar que el mero recurso a estos planteamientos
de Marx nos va a resolver nuestros problemas de hoy en lo que con-
cierne a la organización revolucionaria. El tiempo histórico y el
tiempo real es demasiado grande como para que sea así, pero con
todo son planteamientos que no conviene olvidar, especialmente por
dos razones: 1) para no confundir las expresiones orgánicas de un
movimiento (que son episódicas) con el movimiento emancipatorio
en sí, y 2) que el problema de la constitución de la fuerza emancipa-
toria es bastante más complejo de lo que ciertas opciones organizati-
vistas se resisten a aceptar.

127
Si volvemos a nuestra realidad de hoy, en los CCC es de interés
plantearse si el nacionalismo es el lugar específico de “convergencia
comunista” (o mejor “para el comunismo”). Yo diría que no, que no
lo es, y mucho menos aún expresiones coyunturales del mismo, co-
mo Nacionalistes d’Esquerra (NE), aunque los dos, nacionalismo y
NE, pueden ser un factor positivo en este proceso convergente. Pero
a mí me parece que el “lugar” especifico de la convergencia para el
comunismo no puede ser otro que el conjunto de la sociedad, más en
concreto el conjunto de fuerzas de orientación comunista que operan
en tal sociedad, tengan o no una comprensión del problema nacional.
La convergencia es, pues, mucho más amplia que el nacional-
comunismo.
La cuestión nacional es sumamente importante, repitámoslo una
vez más, y en nuestro caso puede ser corolario de toda una línea es-
tratégica de destrucción del Estado. Pero la cuestión nacional presen-
ta sus problemas, precisa de matizaciones, como ya hemos indicado
antes, y desde la perspectiva del comunismo marxista la actuación en
tal terreno debería ser sumamente cauta.
La forma como desde los CCC se ha abordado la actuación, de-
jando aparte los aspectos positivos que tal asunción representa, sobre
los que no se va a entrar ahora por suponerlos conocidos, presenta,
por otro lado, manifestaciones preocupantes. Pues parece como si en
un corto espacio de tiempo se haya pasado del internacionalismo
abstracto –como característica destacada de la tradición de la que
venimos–, a un nacionalismo empírico resultado de la constatación
de que la cuestión nacional es de las pocas cosas que se “mueven” en
un sentido más o menos revolucionario en este país. En principio
esto es positivo, pero sería sumamente peligroso quedarse ahí. Pasar
del “marxismo-leninismo” al “marxismo-nacionalismo” no es nece-
sariamente un progreso. El comunismo marxista es internacionalista
por definición y lo debe ser también por práctica; la cuestión nacio-
nal cobra su importancia precisamente dentro de una concepción
realmente internacionalista; si se pierde tal perspectiva –y tal peligro
es real– lo más probable es que se caiga en el chovinismo pequeño-
burgués (o gran burgués). En cualquier caso, se abandona la perspec-
tiva comunista como movimiento histórico real de emancipación de
la Humanidad.
Porque ¿dónde están los comunistas? Algunos en el área naciona-

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lista, es evidente, pero la mayoría no están ahí. La convergencia debe
ser, pues, multifacética y desde nuestra posición actual (desde los
CCC) lo que debe plantearse es tanto intentar dotar a la cuestión na-
cional de la perspectiva internacionalista como procurar introducir la
problemática nacional en aquellos sectores de orientación comunista
que por múltiples razones no han alcanzado a comprender su signifi-
cado. En todo caso, huir de posturas excluyentes.

Algunas notas sobre la actualidad

La opción política representada por NE está aún por expresar su


potencialidad. Seguramente las próximas elecciones al Parlament de
Cataluña dirán algo sobre sus posibilidades. En principio representa
algo interesante (sin triunfalismos ni optimismos fuera de lugar),
pero por otro lado también manifiesta limitaciones preocupantes.
Veamos algunas.
En primer lugar, su incapacidad manifiesta, hoy por hoy, de ser
consecuente con sus presupuestos iniciales de movimiento social
actuante, reducido prácticamente a una opción electoral e incluso
electoralista. Con las tendencias a la burocratización que pueden
incluso impedir la eclosión de un verdadero movimiento social a
nivel de calle más adelante. Seguramente esto va ligado, o incluso
puede tener su causa, en la manifiesta incapacidad política que está
presentando y el personalismo –voluntario o no, esta no es la cues-
tión– con que se está presentando a la luz pública. Junto con la tibie-
za de planteamientos y la falta de decisión para abordar problemáti-
cas espinosas (inmigración, definición clasista práctica, etc.) presen-
ta un panorama poco susceptible de entusiasmar precisamente cuan-
do más necesario es el entusiasmo.
En segundo lugar, la poca flexibilidad en la negociación. El error
de no haber sabido –¿o querido? – llegar a una entente con el Bloc
d’Esquerra d’Alliberament Nacional es algo que seguramente se
pagará caro. Otros que lo han vivido más de cerca deberían valorar
en profundidad por qué no se ha llegado a un acuerdo, aunque sólo
fuera de listas, pero la cuestión de fondo es que, tal como está la si-
tuación en Cataluña, que se presenten dos listas electorales para un
mismo espacio político es sencillamente suicida. La intransigencia,
aún en el mejor de los casos, es decir con buena voluntad, puede ser,
en determinadas situaciones, la peor de las opciones a escoger.

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El futuro dirá que puede dar de sí, pero, en mi opinión, no es esta
la línea que puede aportar algo útil a la situación política catalana.
Esto, visto desde fuera, es lo que se puede observar al menos, pero
no hay que olvidar que la imagen que da algo que pretende ser un
movimiento, puede incluso determinar el futuro de éste.
Otro motivo de reflexión debería ser los resultados a las eleccio-
nes al Parlamento vasco, así como el referéndum andaluz. Centrán-
donos únicamente en las primeras, me parece que hay que huir de
optimismos precipitados resultado de observar únicamente los resul-
tados obtenidos por el nacionalismo radical (Herri Batasuna, Euska-
diko Ezquerra). Más bien debería hacerse un esfuerzo por contem-
plar los resultados en su globalidad, y estos indican que la sociedad
vasca ha girado hacia la derecha, al estilo de lo que está sucediendo
en la mayoría de países industrializados, aunque con características
específicas. Los resultados me parece que indican la vitalidad de la
cuestión nacional, pero por otro lado también la progresión de las
tendencias derechistas de éste, cierto estancamiento relativo de la
opción más radical (Herri Batasuna), la creciente influencia dentro
del sector radical de la tendencia con propensiones reformistas (Eus-
kadiko Ezquerra); así como de los sectores fascistas de corte españo-
lista (Alianza Popular), factor este último que no había aparecido
hasta ahora en Euskadi. Esto, junto al creciente abstencionismo, me
parece que hace necesario con la mayor urgencia que comience a
analizarse seriamente esta experiencia, sin duda alguna la más avan-
zada de Europa, y sacar las consecuencias pertinentes.
Sin pretender sacar una conclusión previa al necesario análisis, a
mí me parece que la situación en Euskadi, y en general en el conjun-
to del Estado, está comenzando a presentar alarmantes síntomas de
pudrimiento, cultivo ideal, como se sabe, para el renacer del fascis-
mo.

El pesimismo también puede ser revolucionario

El gran escritor chino Lu Sun escribió hace tiempo un artículo


significativamente titulado “La contrarrevolucionaria prisa por hacer
la revolución”. La impaciencia revolucionaria, el optimismo injusti-
ficado o utilizado a modo de coartada no han cosechado en el trans-
curso de la historia más que fracasos. Hoy conviene tener esto pre-
sente; sólo una sana dosis de pesimismo puede impedirnos caer en el

130
abandono, aunque esto pueda parecer contradictorio. La impaciencia
disfrazada de optimismo no favorece en absoluto la reflexión, impide
el lento trabajo de forjamiento de unas bases sólidas a partir de las
cuales poder construir una alternativa que nos lleve hacia una nueva
sociedad. Y, desde luego, pesimismo no quiere decir en absoluto
inactividad sino al contrario, acción firmemente fundamentada y,
sobre todo, el imprescindible antídoto de esto que hemos llamado el
empirismo en política, el andar por el mundo dando palos a ciegas a
ver si por casualidad acertamos y rompemos la olla de la revolución.
Cataluña, marzo de 1980

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7. ¿Qué ha sido del 15M?
“Los testigos han podido ver a varios manifestantes ensangrentados
y con porrazos marcados en la espalda y las piernas. También hay
sangre en los escudos de los agentes. Fuentes del Servicios de
Emergencias Médicas de Barcelona han confirmado que más de 66
personas han resultado heridas.”

La frase no está tomada de ninguna crónica periodística de los


acontecimientos acaecidos durante el referéndum del 1 de octubre.
Corresponde a la información publicada en 20 minutos el día 27 de
mayo de 2011 relativa a la actuación de los mossos d’esquadra du-
rante el desalojo a primera hora de la mañana de la barcelonesa plaza
Catalunya, ocupada desde el día 15 por los indignados. Se informa
de que los heridos llegaron a sumar unos 120, lo que teniendo en
cuenta que a aquellas horas había poco más de un millar de ocupan-
tes, da una idea de la violencia empleada. El conseller de Interior era
Felip Puig, Artur Mas era president de la Generalitat i los mossos un
cuerpo policial conocido por la dureza represiva de sus intervencio-
nes.
Unos días después el Parlament de Cataluña se verá sitiado por
los indignados que, al grito de “¡No nos representan!”, obligarán a
una parte de la élite política a buscar refugio y a que el propio presi-
dent Mas tuviera que entrar en el Parlament en helicóptero.
De eso hace poco más de seis años. Estos días la plaza Catalunya
se ha visto nuevamente ocupada, pero los micrófonos estaban en
manos de otros, en gran medida de la élite política, o de algunos de
sus renovados representantes, convertidos en heroicos defensores de
la democracia y los mossos en la policía del pueblo catalán.
Una situación que, vista desde esta perspectiva aparece, en un
primer momento, más que sorprendente, como extraña. En seis años
se ha pasado de las reivindicaciones de la “democracia real” de los
indignados a la “democracia” a secas de los independentistas. Una
autentica regresión se mire como se mire, que bien podría calificarse
de contrarrevolución, si no fuera porque la palabra “revolución” les
iba grande también a los indignados.

133
Otros contrastes son fácilmente perceptibles. La plaza Catalunya
de los indignados era un espacio cosmopolita y en buena parte apá-
trida, donde el idioma relacional era en gran medida el castellano.
Era un espacio de los ciudadanos, incluso pudiera decirse de los ciu-
dadanos del mundo, mientras que la plaza Catalunya independentista
es un espacio de los patriotas y la relacionalidad, cuando existe y no
es mera unidireccionalidad, se manifiesta casi exclusivamente en
catalán.
La manipulación, frecuentemente oportunista, de los conceptos
tiene no poca importancia en este contexto. La idea de “república”
que manejan los independentistas es meramente instrumental puesto
que se trata de una república de patriotas (que igual podría ser una
monarquía o una dictadura patriótica). Pero la república y el republi-
canismo se basan en el concepto político de ciudadano y, sobre todo,
en la práctica del ciudadanismo. Como entre los griegos, el estado
republicano es un estado de ciudadanos.
Creo que los indignados tenían esto perfectamente claro. Una par-
te del grupo impulsor inicial del 15M, que intentó después dar el
salto a la acción política, adoptó precisamente el nombre de Red
Ciudadana, nombre que se prolongaba con el de Partido X, supongo
que como tributo a los Partidos Piratas que se estaban desarrollando
en algunos países europeos. La idea de red que acompañaba a la de
ciudadana era importante porque intentaba situar la acción política
en la realidad del mundo digital. De hecho, entendían (creo que to-
davía entienden), por analogía, la organización política como un au-
téntico Sistema Operativo informático: kernel, matriz, desarrollado-
res, nodos territoriales etc. Su intento de entender la acción política
como una actividad racional les hacen postular a la lógica y el méto-
do científico como la “ideología” colectivamente compartida.
Los resultados obtenidos en las primeras, y únicas de momento,
elecciones en las que han participado (las europeas de 2014) fueron
un verdadero jarro de agua fría para ellos. Sus 100.000 votos se que-
daron muy lejos de las expectativas, que, en cambio, capitalizaron
unos recién llegados a los que el 15M pilló de copas en el bar de
Políticas de la Complutense y que pronto se les conocerá con el
nombre de Podemos. Pero tenían experiencia política y, sobre todo,
mediática. Y la aprovecharon. Tomaron prestadas no pocas cosas del
Partido X, cuya colaboración recabaron inicialmente (y obtuvieron)

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para hacerse un hueco en las redes sociales y en el mundo digital que
tan bien manejaban los chicos del Partido X. Copiaron no poco de su
programa y se mostraron hábiles en su divulgación, sobre todo gra-
cias a la colaboración de alguna(s) cadena de televisión, que ya in-
tervenía también en la partida, y no solo por los índices de audiencia.
Y triunfaron, por lo menos al principio; luego, vinieron los proble-
mas.
Pero Podemos no basaba su modelo de organización política en la
esfera cibernética sino en la mediática, sobre todo en las interven-
ciones televisivas y en los debates de tertulianos. Casi podría decirse
que en el espíritu del reality show. Con insistencia se les ha califica-
do de populistas. En sentido preciso toda actividad política que bus-
ca el apoyo de la población es populista, de modo que todos los par-
tidos que participan en procesos electorales lo son. Ahora bien, otra
cosa es buscar en la idea de “pueblo”, o de “gente”, el elemento fun-
damental para la consecución de la hegemonía político-social. En-
tonces enseñan sus orejas otras cuestiones; por ejemplo, los rescol-
dos peronistas presentes en Laclau, un autor apreciado entre la gente
de Podemos.
Y por ahí se cuela de nuevo la noción de “pueblo”, eje central de
la propuesta independentista. Es el pueblo herderiano, la concepción
esencialista que busca el “espíritu del pueblo” –Volksgeist en ale-
mán-- también traducido en ocasiones como “espíritu nacional”. Este
“pueblo” poco tiene que ver con los procesos de toma de decisiones
bajo criterios democráticos, puesto que las esencias no se votan. En
el mejor de los casos se aclaman. Ni hay mayorías ni minorías: se es
o no se es. Para la mirada excluyente del nacionalismo independen-
tista, o se forma parte del alma colectiva del pueblo o lo eres de la de
sus enemigos.
Ciertas formas del pensamiento postmoderno han venido a refor-
zar los motivos identitarios presentes en el independentismo. La re-
valorización del pensamiento irracionalista, el recurso a las emocio-
nes como alternativa a la racionalidad política, sistemáticamente
bombardeada con toda una batería de posverdades, una vieja táctica
de la propaganda política de cuño goebbeliano, augura un panorama
más que preocupante. Estamos asistiendo a los frutos del “oasis cata-
lán”, precisamente en el momento en que se ha puesto en evidencia
su carácter de auténtico erial. Tanto en lo que se refiere a la corrup-

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ción (ahí quedan algunos nombres para desmemoriados, freudianos o
no: Banca Catalana, Planadesmunt, CARIC, Estevill, Turisme, Palle-
rols, Adigsa, ITV, Palau, Pretòria, Mercuri, Associació Catalana de
Municipis, la mafia rusa, Hacienda... como recordaba hace un tiem-
po un conocido periodista), como la gestión de la crisis económica,
la más dura de las realizadas en España en contra de los más pobres
y desfavorecidos. Todo ello en nombre de Cataluña.
¿Qué queda, pues, del 15M? Algunas cosas, pero no mucho de lo
esencial. La crisis que inicialmente había inducido en el sistema de
partidos, especialmente en su expresión bipartidista, está recompo-
niéndose en estos momentos, con alguna variante no fundamental.
Podemos está integrándose en el sistema –en la casta, por utilizar
una de sus expresiones favoritas, ya abandonada— en medio de con-
tradicciones sin fin que no le auguran un futuro muy brillante. La
deslegitimación de la clase política como resultado de la corrupción
todo parece indicar que va camino al olvido más o menos discreto,
gracias, de una parte, al renacer del españolismo castizo, y al nacio-
nalismo independentista catalán, de otra. Mientras, en la calle masas
de patriotas, de uno u otro color, arrasan en las plazas antaño indig-
nadas.
J. M. D.
Cataluña, 1 a 12 de octubre de 2017

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