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Almas de sal

Laura Rodrigo Tenza


Nota de la Autora
Este libro, pretende ser un paseo por un lugar atractivo en
un tiempo difícil.
Jerusalén, a principios del S.XIII, resultaba un escenario
complejo en el que cristianos y musulmanes se disputaban su
hegemonía y control.
No pretendo crear polémica y siento un profundo respeto
por todas las creencias, religiosas o no, pero el libro está
escrito desde el punto de vista de unos personajes ficticios y
sus opiniones les pertenecen, aunque suene extraño, solo a
ellos.
He intentado ser lo más fiel posible a los datos históricos
de los que he dispuesto, así como a algunos de los personajes
históricos que aparecen, aunque he tenido que amoldar la
realidad en ocasiones en virtud de la trama. Pido disculpas por
ello a los más escrupulosos, pero lo he considerado necesario y
espero que sepan entenderlo.
La parte del desierto y la vida nómada de “los hombres
azules”, es la que más me atrae. Sin duda, el pueblo tuareg,
tiene algo romántico que de inmediato te invita a soñar… o
puede que solo sea yo.
He intentado reflejar de la forma más fiel su cultura y
costumbres, aunque también me he permitido algún desliz.
Aun así, espero que sirva para dar a conocer un poco mejor
este pueblo al lector.
He incluido un glosario con los términos que aparecen
durante el relato y que he querido respetar en su lengua, pues
me parecía interesante y servían a mi propósito, trasladar al
lector a un espacio y tiempo distintos.
Sin embargo, no he pretendido hacer una novela histórica,
sino un relato entretenido y de ficción, que espero que les
resulte a veces emocionante y otras conmovedor.
◆◆◆
Glosario
Tahawit: Palanquín de mujer para montar en camello.
Ettebel: Es un gran recipiente de madera de atas (Acacia
albida) o de tuwila (Sclerocarya birrea), cubierto con una piel
de vaca blanca (la piel de una vaca blanca con exclusión de
cualquier otra). El cuerpo está cubierto de inscripciones de
suras del Corán escritas con pluma. En su interior hay
amuletos, textos coránicos escritos en papel y protegidos por
un estuche de cuero y pepitas redondas de oro que hacen ruido
al rodar cuando se mueve o golpea el tambor.
Amenokal: Caudillo guerrero, jefe supremo, elegido dentro
del marco restringido de algunas familias y, en caso de
candidatos con derechos equivalentes, se tienen en cuenta las
cualidades morales que se reconocen a cada uno. Antaño,
el Amenokal detentaba el ettebel, o tambor de guerra, insignia
que materializaba la posesión del poder, el cual se extendía
sobre un conjunto que agrupaba a las tribus puestas bajo su
protección.
Amajegh: Constituyen la nobleza, o más exactamente la
aristocracia guerrera, detentan el poder político y participan en
todas las guerras. La imagen del amajegh es la de un hombre
que no teme a nada y cuyo valor moral debe igualar su coraje
físico.
Imajeghan: Es el plural de Amajegh.
Djinns: Espíritus de fuego que habitan en una especie de
mundo subterráneo, ya que Ibis (también llamado Seitán), un
demonio de la religión islámica, es su padre y Señor. Moraban
perpetuamente en el desierto, y solo se dejaban ver por los
peregrinos extraviados y por los dementes.
Imzad: Vihuela.
Yihad: Guerra Santa.
Ahal: Una especie de corte de amor que se desarrolla en un
lugar definido fuera del campamento o en una tienda erigida
con tal finalidad. En esos encuentros participan las jóvenes a
partir de la edad núbil y sus pretendientes, así como los
hombres divorciados y aquellos cuyas esposas se hallan
ausentes siempre que no sean demasiado viejos. Las mujeres
mayores acuden como espectadoras.
Tassufra: Bolsa de cuero para guardar la ropa.
Zakkat: Especie de adorno de plata que se coloca alrededor
del cuello.
Asad: El león
Tazerwalt: Ojos azules.
Haytam: Joven halcón.
Abaraï Baraï: Sería una especie de hombre del saco. Los
tuaregs cuentan historias sobre él a los más pequeños para que
no se alejen del campamento.
Morabito: Conforman en el mundo tuareg una categoría
social precisa por oposición a las demás. Entre los ellos se
encuentran morabitos particularmente instruidos que imparten
justicia y ante quienes se presentan las diferencias entre
particulares o familias. Uno de sus papeles más importantes en
el seno de las confederaciones es apoyar a los guerreros
confeccionándoles amuletos.
Sloughi: Un lebrel de fina estampa y largas patas, utilizado
en la caza y objeto de una cría esmerada. Es un animal
precioso pero con el que no se comercia. No es capaz de
esfuerzos prolongados y no es adiestrado para guardar el
rebaño. Su única utilización es la caza y cumple de maravilla,
no por su olfato, sino exclusivamente por su gracia y velocidad
Awinagh: Una variedad de camello de pelaje pío agrisado
y cada ojo de un color distinto. Muy apreciado entre el pueblo
tuareg.
Al-Iskandariyya: Antiguo nombre de Alejandría.
Misr: Pueblo a las a fueras de El Cairo.
Dul-hiyya: El tiempo de la peregrinación,
duodécimo del calendario musulmán.
Bakkah: nombre antiguo de La Meca o de la zona donde se
encuentra.
Hajj: Peregrinación a la Meca.
Madinat al-Qahira: Nombre antiguo de El Cairo.
Kaaba: La Kaaba es un lugar de adoración con forma de
cubo, cuya fundación, unos 2000 años antes de nuestra era se
atribuye a Abraham y su hijo Ismael.
Pozo de Zamzam: Es un pozo considerado sagrado
ubicado en La Meca a pocos metros al este de la Kaaba. Todos
los musulmanes que realizan la Gran Peregrinación o Hajj
beben de sus aguas, consideradas medicinales, la recogen en
algún recipiente para llevarla a sus lugares de origen, y
procuran sumergir en sus aguas el sudario con el que serán
amortajados cuando mueran.
Ihrâm: Es el estado de sacralización o consagración ritual
en que debe encontrarse quien realiza los ritos de
peregrinación a La Meca. Simboliza la entrada en el universo
sagrado. El peregrino debe someterse a una purificación física
completa.
Muzdalifa: Lugar destinado a la oración nocturna en el que
los peregrinos, en su viaje a la Meca, buscan las piedras que
más tarde, usarán en lo que se conoce como la “Lapidación del
Diablo”.
◆◆◆
PRÓLOGO
Hacía tiempo que no veía a Ana, aunque sabía que lo
estaba pasando realmente mal. Estaba destrozada.
Miguel, luchaba con todas sus fuerzas, que a estas alturas
no eran demasiadas, ya no por sobrevivir, él sabía que su final
era inminente, esa lucha ya la había librado y el cáncer había
salido victorioso, luchaba, simplemente, para que Ana no
sufriera demasiado. No más de lo que pudiera soportar.
Después de hablar con su médico, vino a verme.
Necesitaba hablar con alguien y sabía que Ana se pondría
hecha una fiera. Había rechazo el nuevo tratamiento propuesto
por el doctor Ibáñez y toda medicación, se vio reducida a
morfina. ¿Qué sentido tenía seguir luchando? ¿Para qué
alargar la agonía? Ya habían hecho todo lo posible; se había
sometido a varios tratamientos e intervenciones con el fin de
reducir primero y limpiar después la parte afectada.
Quimioterapia, radioterapia… Había pasado por un infierno,
arrastrando a Ana con él, sin poder evitarlo.
Lloraba desconsolado, no por miedo a morir ni porque se
lamentara de su mala fortuna, lloraba por Ana. Por el dolor
que sabía que sentía y por el que sabía que aún estaba por
llegar. Me pidió que estuviera a su lado y que no la dejara sola.
Que cuidara de ella.
La muerte, tardó un mes más en hacer su trabajo. No fue
una muerte dulce, pero Miguel la agradeció profundamente.
Por fin un poco de paz. Sin embargo, Ana era testaruda y
jamás aceptaba una derrota. No era capaz de entender las
razones de Miguel y no le perdonó que se rindiera. Casi se
sintió traicionada.
Se conocieron en el instituto. Él acababa de llegar de
Barcelona y el destino les obligó a compartir clase. No
tardaron mucho en decidir que eso no sería lo único que
compartirían. Se compenetraban a la perfección,
entendiéndose como si funcionaran con una sola mente, con la
complicidad de dos hermanos siameses. Formaron un equipo
invencible desde el primer día.
Ana estudió informática y Miguel, periodismo. Ana
encontró trabajo primero y Miguel, consiguió ganarse un
puesto como fotógrafo en un periódico local. No ganaba
mucho, pero junto al sueldo de Ana, se arreglaban bastante
bien. Pronto decidieron casarse. Su vida transcurría acorde a
sus planes, paso a paso. Sin prisa, pero sin pausa. Avanzando
juntos en una misma dirección.
Lo siguiente, según la lógica de Ana, era formar una
familia. Ana quería hijos y Miguel, no era capaz de negarle
nada. En el fondo, él también lo estaba deseando. Justo
después de decidir que había llegado el momento de empezar a
buscar descendencia, llegó la fatal noticia.
Al principio, simplemente lo pospusieron, seguros de que
Miguel saldría de aquel bache pasajero. Solo era un revés.
Evidentemente estaban preocupados, pero la esperanza y la fe
que sentían en la vida, les hacía pensar que tenía que salir
bien. No se merecían aquello, de eso no había ninguna duda,
pero ¿quién había dicho que la vida tuviera que ser justa? No
lo era.
Les golpeó una y otra vez sin piedad. Destrozando cada
uno de sus sueños, consumiendo cada ilusión que surgía de
unas fuerzas que se agotaban hasta que aniquiló toda
esperanza.
Ana, no era la misma. Siempre había sido una persona
vital y positiva, que se enfrentaba a la vida sin ningún temor.
La certeza de la pérdida, la impotencia ante la penitencia con
la que la vida le había sentenciado y el dolor que se había
instalado en cada uno de sus tejidos, eran ahora, lo único que
le hacía saber que estaba viva.
Una sombra en la noche… Invisible.
Un agujero en la nada… Insignificante.
Una bala de fogueo… Inútil.
Una gota en el mar… Perdida.
◆◆◆
Primera Parte: Laila.
El fuego dice:- “Mi poder se extiende sobre cualquier
cosa”
El agua dice:-“¿También sobre mí?
El fuego responde:- “Yo no me refería a ti…”
(Proverbio africano).
1
Un cuaderno en blanco.
― ¿Laila? ¿Quieres decirle a tu padre que la cena está
lista?
― ¡Ya voy, madre!―Le eché un último vistazo al
cuaderno que acababan de regalarme por mi cumpleaños.
Había empezado presentándome. Eso me pareció lo más
correcto. Leí lo que había escrito: “Me llamo Laila, ya sé que
es un nombre poco usual entre los cristianos, pero aunque una
parte de mi familia nació en Occidente y se rige por sus
costumbres, otra parte está completamente ligada a Oriente.
Yo amo las dos.”
― ¡Laila!
― ¡Ya voy! ― No había escrito mucho, pero ya terminaría
luego. Fui a buscar a mi padre que ya estaba sentado a la mesa
y me sonrió. Entonces apareció mi madre… Ella no me sonrió,
simplemente, levantó una ceja para reprocharme que no le
hubiese hecho caso inmediatamente. Nada más terminar de
comer, me levanté y me encerré en mi habitación. Estaba muy
contenta por tener un cuaderno en el que escribir y dibujar.
Continué donde lo había dejado antes de que mi madre se
pusiera hecha un basilisco.
“Nací en Tierra Santa y un hombre llamado Omar, me
puso el nombre. Es una historia complicada y extraña, nunca
he conocido a nadie que fuera criado en las mismas
circunstancias que yo, aunque no dudo de que exista. Así que,
aquí estoy, con una vida en medio de dos mundos y un corazón
dividido entre dos tierras tan distintas como el día y la noche o
el cielo y la tierra. Incompatibles como el agua y el fuego, que
juntos no pueden existir, aunque ambos son necesarios para la
vida. Uno te refresca en los calurosos días de verano, mientras
que el otro te calienta en las frías noches del invierno. Una
extraña mezcla entre dos culturas, dos tierras y dos religiones,
pero con un solo Dios. Eso dice siempre mi madre.
Todo comenzó cuando mi padre, un hombre de origen
noble y soldado de la fe en Cristo, llegó a Oriente para
combatir con los infieles e intentar recuperar Jerusalén. Fue
tras la conquista de la ciudad en el año 1.187 de nuestro señor,
por el gran Al-Nasir Salah al-Din, conocido entre los
occidentales como Saladino. Mil veces me han contado la
historia, la conozco tan bien, como si aquellas batallas las
hubiera librado yo misma…
Mi padre, llegó con la tercera cruzada que lideraba Ricardo
de Inglaterra y Felipe II Augusto de Francia, su primo. En una
de las acometidas cristianas antes de llegar a Jerusalén, mi
padre estuvo a punto de perder la vida bajo una espada
sarracena, la de Omar, que implacable, consiguió desmontarle
de su caballo y se quedó frente a él, examinándole. Mi padre
se encontraba sobre la arena, sabiendo que sus días terminaban
allí, en aquel instante, en aquella tierra, lejos del hogar y de su
familia. Su cuerpo jamás recibiría una sepultura cristiana, su
familia jamás podría llorarle. Esos pensamientos ocupaban su
mente, no el miedo al dolor o la muerte, sino la soledad.
Omar iba a dejar caer su espada cuando vio algo en sus
ojos o eso, es lo que dice él. Le tendió el brazo y lo levantó.
Luego, lo llevó hasta su casa y ordenó a dos mujeres que se
ocuparan de él. Cuando estuvo limpio y a punto, le llevaron a
una gran estancia en la que Omar esperaba sentado, sobre una
gran alfombra llena de almohadas y cerca de él, estaba
dispuesta una pequeña mesa con algunos frutos secos y té. Le
hizo un gesto para que se sentara y comenzó a hablar en
aquella lengua extraña.
Uno de los sirvientes, comenzó a traducir todo lo que
Omar le decía a mi padre.
―Soy Omar, hijo de Yusuf y hombre de confianza del
señor de estas tierras. Tomemos un té y charlemos.― Mi padre
hizo un gesto afirmativo con la cabeza.
― ¿Qué queréis de mí? ¿Por qué no me habéis matado?
―Luego esperó a que el sirviente hiciera la traducción.
―Aún…―Le corrigió Omar, aunque según cuenta mi
padre, no sintió que fuera una amenaza, solo era la
constatación de un hecho. Mi padre supo entonces, que todo lo
que ocurriera a partir de ese momento, dependía de él.
―Espero no tener que hacerlo. Soy un hombre de paz. Nunca
fue mi pretensión arrebatarle la vida a otro hombre, pero estos
tiempos son difíciles, no nos dejáis otra salida. Vuestra gente,
piensa que es la dueña del mundo, que puede llegar a cualquier
parte e imponer sus costumbres, incluso hacer que los fieles
renieguen de su dios, pero esto es Oriente, estáis muy lejos de
casa y nuestro dios, es fuerte. Es el mismo que el vuestro. Si
no me equivoco, procedéis de una familia noble. Lo he
deducido por vuestra armadura y vuestras armas, son distintas
a las del resto. Vuestra montura, sin duda, también era mucho
mejor. Decidme, extranjero, ¿quién sois?
―Me llamo Guillén, pertenezco a una familia noble y soy
un soldado del Señor. Yo dirigía a los hombres contra los que
luchabais. Ya no me queda nada, nadie a quién dirigir. Os
ruego que contestéis a la pregunta que os hice. ¿Qué queréis
de mí?― Omar sonrió, más para sí mismo que para el hombre
que permanecía frente a él.
―Bueno, lo que yo quiero no creo que esté a vuestro
alcance, aun así os lo diré. Quiero que os marchéis y dejéis a
mi gente en paz, quiero que respetéis esta tierra y que no tenga
que morir nadie más, sea cristiano o musulmán. Ningún
hombre merece pagar con su vida por creer en lo que siempre
le han enseñado. ¿Qué importa si yo estoy en lo cierto o lo
estáis vos? Uno de los dos irá al cielo y el otro al infierno. ¿No
es ya bastante castigo descubrir que has vivido toda tu vida
engañado, profesando la fe equivocada? ¿Quién somos
nosotros para decidir cuándo debe ajustar sus cuentas con el
Misericordioso un hombre? Todo esto no nos conduce a
ninguna parte. Estoy cansado de ver morir a mis hombres, de
llorar por mi gente, de perder a los que amo… ¿Vos no?
― ¿Y qué otra cosa podemos hacer?
― ¿Intentar convivir? ¿Y si intentamos entendernos y ver
que los hombres contra los que luchamos no son unas bestias,
que también tienen familia, leyes y un pasado al que se deben?
¿Y si os alojáis en mi casa un tiempo y convivís con mi
familia? Podríais considerar ser mi invitado. Yo os ayudaré a
comprender nuestras costumbres y a conocer mejor a aquel a
quien llamáis enemigo. Luego, podríais volver a vuestro hogar
y contar todo lo que habéis visto. Intentar convencer a vuestra
gente para que deje de venir a aniquilar a la mía.
―Me perdonáis la vida y me convertís en vuestro invitado.
¿Qué clase de hombre sois?
―El trato tiene condiciones. Tendréis que convivir con
unos “bárbaros e infieles” y con sus costumbres. Solo hay una
cosa que nunca os pediré que hagáis…
― ¿Cuál?
―Que os convirtáis a mi fe, pero tendréis que cumplir las
leyes por las que nos regimos y comprometeros conmigo a que
hablaréis con vuestro rey para que acabe con esta locura.
―Omar, sois un hombre extraño. En mi tierra, se os
acusaría de proteger a un infiel, incluso es posible que os
acusaran de herejía o algo peor, pero vos me ofrecéis vuestra
casa y me dais la oportunidad de vivir. Tengo curiosidad por
conoceros mejor y es por eso que acepto vuestra oferta,
además, siento que estoy en deuda con vos.
―Bien. Mi esposa, Fátima, os llevará hasta vuestras
dependencias. Hay algo de ropa y de comida, tengo otras dos
esposas, sé que eso en vuestra tierra no está bien visto, así que
os prevengo, aquí no está bien visto, tocar a la esposa de otro
hombre. También tengo tres hijas y dos hijos, os respetarán, ya
he hablado con ellos. Mañana los conoceréis a todos. Ahora
descansad.
― Me preguntaba…
― ¿Sí?
―Me preguntaba si sería posible enviar un mensaje a mi
familia para decirles que estoy bien y que volveré lo antes
posible.
―Mañana podréis hacerlo.
―Gracias.
Mi padre, se quedó en aquella casa durante años, y aunque
al principio siempre les acompañaba aquel sirviente que hacía
de traductor, pronto empezó a sentir la necesidad de aprender
el idioma de su anfitrión. Pasaba casi todo el día hablando con
Omar, aprendiendo sus costumbres y aprovechando cuando él
se marchaba para estudiar su lengua. Siempre fue un hombre
curioso que intentaba aprender de todo lo que le rodeaba. Así
que, inevitablemente, con el paso del tiempo mi padre y Omar,
se hicieron amigos. Supongo, que la gratitud que mi padre
sentía por el hombre que de un modo u otro le había salvado la
vida, tuvo algo que ver, pero lo cierto es, que encontró un
motivo mucho más poderoso que la amistad o el respeto para
decidir quedarse.
Para entonces, corría el año 1.193 y Saladino, acababa de
firmar un tratado con el Rey Ricardo, en parte aconsejado por
Omar, que le había ido relatando su experimento con el
cristiano. El tratado permitía el paso de cristianos a la ciudad
Santa, siempre en grupos pequeños y completamente
desarmados, por lo que Omar le avisó de que era libre de
marcharse cuando quisiera. Sin embargo, no lo hizo. Algo le
retuvo.
Ese algo, se llamaba Aisha, y era mi madre.
Era la hija menor de Omar y aunque él no estaba del todo
de acuerdo, decidió que la unión entre ambos podría ser el
principio de una alianza. Un puente entre ambos mundos. Y no
se equivocó demasiado porque lo fue, pero no de la forma que
Omar esperaba. Mi padre tenía veinticuatro años y mi madre
catorce, y aunque ya tenía edad para casarla, Omar decidió que
esperasen algún tiempo, así que mi padre decidió esperar
pacientemente, hasta que Omar consintiera. Aisha, llegó a
cumplir los dieciséis años. La última carta que mi padre
mandó, iba dirigida al Rey.
Mi Señor, soy vuestro primo, Guillén. Vine a Tierra Santa
cumpliendo con vuestros deseos, con el servicio y la lealtad
que solo os debo a vos. Pero como ya sabéis, una vez aquí, en
mitad de una batalla contra los sarracenos, ocurrió algo que
cambió mi vida. La historia ya la conocéis, os he hablado de
Omar en otras ocasiones. Creo que esta alianza está siendo
beneficiosa para ambas partes. Ahora empieza a respirarse
algo de paz, pues desde que firmasteis el tratado, se ha
relajado la tensión en las fronteras y eso facilita el comercio.
Omar, me pidió que os convenciera de que paréis esta guerra y
creo que con ayuda de Dios he logrado hacerlo sin traicionar a
mi patria ni a mi Rey.
Debo haceros saber, que jamás me pidió que renunciara a
mi fe y que por supuesto no lo he hecho. Ni mi fe ni mi lealtad
se han visto mermadas, siguen siendo fuertes y pertenecen a
Dios y a Vos.
Quiero que sepáis también, que en mi modesta opinión, la
convivencia de ambas culturas es posible, pero seamos
prudentes y que sea el tiempo el que nos dé la razón.
Esta carta, mi señor, es un juramento de compromiso con
Vos, pero también es una súplica. Necesito Vuestro permiso
para comprometerme con alguien más. Como ya habréis
adivinado, os hablo de contraer matrimonio. La decisión es
delicada ya que se trata de una de las hijas de Omar. Como
hombre, solo podríais entenderlo si la vierais, como Rey, lo
entenderéis porque fortalecerá nuestra alianza con los infieles
y afianzará nuestra posición en Tierra Santa. Hace años que
estoy lejos de mi tierra y de mi gente y añoro la patria cada día
desde que sale el sol hasta que se pone. Bien sabéis que no he
dejado de velar por vuestros intereses, incluso a miles de
millas de distancia y me duele que este compromiso me ate
definitivamente a estas tierras y su gente, apartándome de Vos,
aunque tengo la esperanza de que sea por una buena causa y el
futuro haga que merezca la pena, si eso complace a Dios y a
Vos.
Si tenéis a bien darme Vuestra bendición, el enlace se hará
de aquí a dos años, entonces me mudaré a un palacete que
Omar me ha cedido como regalo de bodas. Como siempre, mi
Señor, mi casa es vuestra y espero que vengáis a visitarme
muy pronto.
Os aseguro que vuestra vida no correrá peligro alguno,
tenéis mi palabra y yo, tengo la del hombre que me salvó la
vida.
Vuestro primo, Guillén.
A los tres meses llegó una misiva real, contestando su carta
que rezaba así:
Querido Guillén, he leído vuestra carta varias veces, sin
dar crédito a cuanto me narráis en ella.
Mi consejo no me permite ir a visitaros, pues no lo
consideran prudente, pero os mando a uno de mis hombres
más leales para que se cerciore de que estáis bien. También os
mando mi bendición, junto con mis mejores deseos, pero lo
hago a escondidas y con la petición de que jamás regreséis a
vuestro hogar y que vuestros hijos sean educados en la fe de
Nuestro Señor.
Os he nombrado embajador en Tierra Santa, ya que creo
que estáis en disposición de llevar a cabo ese papel, dadas
vuestras nuevas alianzas.
Os otorgo junto con vuestro nuevo nombramiento, el poder
de negociar y tomar decisiones en mi nombre, pero tened
cuidado y mantenedme siempre informado de lo que penséis
hacer, este poder es un arma de doble filo, para vos y para mí.
Ya conocéis la política y también a nuestro amigo inglés.
Con mis mejores deseos,
El Rey.
Más o menos, esa es la historia de cómo mi padre se
convirtió en embajador de estas tierras extrañas, de cómo
salvó su vida el que debía ser su enemigo y cuál era la realidad
del mundo en el momento de mi nacimiento.
Mi padre cumplió con todos los preceptos de su religión.
Con todas las condiciones de su rey y lo hizo sin traicionar
jamás al hombre que le salvó la vida; primero su enemigo,
luego su amigo y por último, su suegro.
Su vida está llena de contradicciones y todas ellas, de
algún modo perviven en mí.
No tuvieron mucha suerte con su descendencia, a mi
madre le costaba mucho quedarse embarazada y en las
ocasiones en las que lo conseguía, el bebé no llegaba a nacer o
nacía muerto.
Empezaban a preguntarse si las dos razas eran
incompatibles para engendrar, aunque mi padre sabía que no,
porque conocía a otros que ya habían mezclado su sangre. Él
pensaba simplemente, que Dios le había castigado por casarse
con una infiel. Cuando ya habían perdido por completo la
esperanza, mi madre volvió a quedarse embarazada. Tenía casi
treinta años y estaban desolados esperando el nuevo fracaso,
pero por fin Dios quiso recompensarles y yo llegué a ver la
luz, en el año 1212, aunque no fue la luz del sol, sino la de la
luna. Por eso mi abuelo me llamó Laila, nacida durante la
noche.
Mi padre, siempre me dice que yo soy el puente entre los
dos mundos. De pequeña no lo entendía, pero ahora creo que
sí. Me han educado en la fe cristiana, pero también intento
cumplir con los preceptos del Islam.
Mi abuelo, Omar, dice que no está bien que me pasee por
el jardín a la vista de cualquier hombre sin cubrir mi rostro, así
que me coloco el velo solo cuando voy a verle. No quiero
disgustarle y él lo sabe, siempre dice que soy demasiado
impulsiva para ser musulmana y mi padre, que lo soy porque
tengo el espíritu de mi madre, así que yo he llegado a la
conclusión de que simplemente, soy así.
Mis rasgos son extraños, tengo el color de la piel y del pelo
de mi madre, y los ojos claros de mi padre: ― “El cielo y la
tierra, el agua y el fuego… Tú eres la prueba de que pueden
coexistir.” ― Me dice mi madre cuando me mira de esa forma
extraña, como si contemplase un tapiz o algo parecido.
Solo otra persona me mira así, Arnau.
Hace poco que él llegó con su familia desde el reino de
Aragón. Su familia se dedica al comercio. Importan a
Occidente productos exóticos y han decidido establecer aquí
su residencia, según dijeron, así abarataban costes. El caso es,
que en Tierra Santa empiezan a poder convivir ambas culturas,
gracias en parte, a los tratados que mi padre firma con Omar y
a la alianza entre nuestras familias. Todos los extranjeros que
llegan, deben hacérselo saber a mi padre, junto con el periodo
de duración de la estancia y las intenciones del viaje. La
mayoría, solo está de paso hacia tierras más orientales, pero la
familia de Arnau, quiere quedarse.
Tienen otra hija, una chiquilla pelirroja que tendrá más o
menos mi edad. A mi padre, no le ha pasado inadvertida la
posibilidad de que podría ser una nueva amiga para mí. Una
“compañía apropiada”. Fe cristiana y nacida en Occidente. Le
calé nada más poner un pie en mi casa. Esa chiquilla no me
duraría ni un asalto. Yo no me había ganado mi fama de
rebelde porque sí, había tardado años en forjarla, doce para ser
exactos, y si mi padre pensaba que de pronto iba a empezar a
comportarme como una señorita remilgada, es que se había
vuelto loco.”
2
Estaba en el jardín con Anna, la hija de los comerciantes
aragoneses, intentando dibujarla en el cuaderno que mi padre
me había regalado. Ella posaba junto a la fuente mientras un
pajarillo intentaba robarle el protagonismo a toda costa, y he
de decir, que lo consiguió, aunque ella jamás llegara a
enterarse. Hacía una tarde estupenda, la verdad, y la luz era
perfecta.
Su hermano, nos miraba desde el porche, pero sin hacer el
menor ademán de acercarse. Tenía ocho años más que yo y
siete más que su hermana. Habían tenido otro hermano, que
murió por las fiebres, hacía unos años y era tres años mayor
que Anna y cuatro menos que Arnau. El pobre, no llegó a
cumplir los diez. Su padre le estaba diciendo algo, mientras
señalaba hacia donde estábamos nosotras. Yo desvié la mirada
y empecé a prestarle más atención a Anna que me estaba
contando alguna tontería, aunque me había distraído hacía
algunos minutos y tuve que hacer un esfuerzo para ponerme al
día en la conversación. Entonces, vi que Arnau negaba con la
cabeza y tras algunas palabras más, se fue derechito hacia los
establos. ¿Qué creía que estaba haciendo?
Yo estaba intentando que Anna, la niña pelirroja de
modales occidentales, supuestamente refinados, me dejara en
paz. Tenía cosas más importantes que hacer como averiguar
qué hacía su hermano en mis establos. Entonces lo vi, iba
montado a caballo con aires de suficiencia, ignorándome,
negándose a perder su tiempo conmigo… pero al parecer no le
importaba montar mi caballo. Me daba igual que fuese mayor
y me daba igual que fuese un hombre. Pagaría por su osadía.
― ¡Eh, tú! ¿Por qué has cogido ese caballo? ― Él frenó en
seco y cambió su rumbo, dirigiéndose hacia a mí.
―Porque es el mejor. ¿Es tuyo?―Levanté la barbilla y me
enderecé, intentando parecer tan mayor y digna como él.
―Sí. Me lo regaló mi abuelo.― Dije con determinación y
sin ninguna pretensión de resultar simpática.
―Pues te felicito, es un animal fantástico. Espero que no
te importe.― Lo dijo humildemente, sin ninguna pretensión y
de una forma tan educada, que no pude recriminarle nada.
Cada tarde, doña Genoveva, venía a visitarnos, y sus hijos,
muy a pesar de ellos al parecer, le acompañaban. Yo me veía
obligada a pasear con Anna, como una condena impuesta por
un crimen no cometido que se asume con resignación, aunque
era Arnau quien despertaba mi interés. Él, siempre se quedaba
al margen de nuestros paseos, haciendo notar la diferencia de
sexo y edad, pues se consideraba un hombre a sus veinte años.
De vez en cuando, su hermana se enfadaba conmigo, tras una
provocación deliberada por mi parte, iba en su busca
esperando que le diera la razón tras contarle lo “grosera”, ―y
esas eran sus palabras exactas― que yo había sido con ella.
Pero él nunca lo hacía, siempre le respondía que si su
problema era conmigo, debía resolverlo conmigo, de frente.
Ella le miraba con cara de reproche, como si hubiera sido
víctima de una conspiración que su hermano apoyara y luego,
se iba para buscar el consuelo incondicional que le
proporcionaba su madre.― ¡Corre, señorita!― Pensaba yo.
A su familia, le iba bastante bien en los negocios y al cabo
de un año, lograron conseguir en propiedad unas tierras
cercanas a las nuestras. No fue casualidad. Fue mi madre, su
hija favorita, quién se lo solicitó a Omar, explicándole la
amistad y la compañía que la madre de Arnau le brindaba cada
tarde. A mi abuelo, no le costó demasiado ponerle precio, si
aquello le hacía feliz.
El día de mi catorce cumpleaños, mi padre decidió
organizar una fiesta e invitar a la gente más importante de la
zona, por supuesto, también vendría la familia de mi madre al
completo.
Mi madre mandó hacer un vestido al estilo occidental. Yo,
casi siempre vestía con ropa propia del lugar y aquello,
suponía toda una novedad para mí. Cumplía catorce
prometedores años y cuando mi padre me vio con aquel
vestido, abrió mucho los ojos, como si me viese por primera
vez. Yo le sonreí algo avergonzada. Me sentía de lo más
extraña envuelta en aquellos ropajes. Metros de tela
comprimiendo y ahuecando mi cuerpo y me sentía desnuda.
Yo me encontraba terminando de arreglarme, pues la falta
de costumbre me retrasó un poco. Cuando por fin consideré
que estaba lista y pensé en que tenía que bajar, solo un rostro
me vino a la mente, el de Arnau. ¿Le gustaría?
En ese instante comencé a sentir unos nervios terribles,
seguidos de una ligera irritación. ¿Qué más me daba lo que
pensara ese muchacho? Intenté encontrar un calificativo
despectivo que le definiera correctamente, pero lo cierto, es
que no se me ocurría nada desagradable que decir de él.
Aunque daba igual, en mi opinión, seguía siendo un chiquillo
que intentaba parecer un hombre. Aunque para ser justos,
debería decir que parecía un hombre. Su altura había dejado
atrás a la de su padre hacía ya mucho y su complexión, se
había tornado más fuerte. Como si alguien le hubiese estirado
a lo largo y a lo ancho. Tal vez fuese un hombre, pero a mí no
me impresionaba lo más mínimo, porque según me había
dicho mi padre, yo ya era toda una mujer. Estábamos igual.
Con aquella determinación me dispuse a bajar las escaleras
hacia la estancia en la que esperaban los invitados. Cuando
llegué al rellano de la escalera mi padre hablaba con dos
hombres, el Señor Pons, que llevaba colgado del brazo como
si de un apéndice se tratara a su esposa, doña Genoveva, y otro
al que no reconocí. Junto a ellos, y en un segundo plano, pude
ver a Arnau algo distraído de la conversación en la que le
había sumido otro joven que parecía algo mayor que él,
aunque es posible que fuesen de la misma edad, ya que el otro
chico se había dejado crecer la barba. Cuando se percataron de
mi presencia, mi padre carraspeó e hizo la presentación
oportuna.
―Caballeros, esta es mi hija, Laila. Hoy cumple catorce
prometedores años, la fiesta es en su honor, aunque la conozco
bastante bien para saber que estará agradecida de que su
presencia le robe un poco de ese protagonismo que tanto la
irrita. ¿No es así, pequeña?
―Desde luego…― Dije yo sin poder dirigirme a aquel
hombre, ya que aún no se había presentado.
―Permitid que me presente, soy Felipe Hurepel, Conde de
Clermont, a sus pies, señorita…― Se apresuró a besarme en la
mano, cosa que jamás había hecho nadie. Eso me desconcertó,
pero mantuve la compostura lo mejor que pude.― Permítame
presentarle a mi buen amigo, Simón de Montfort, futuro
Conde de Leicester…― Le ofreció mi mano a aquel joven de
la barba que también se apresuró a besarla, aunque esta vez, yo
estaba preparada. Fue entonces cuando me encontré con su
mirada, era distinta, no sabría decir en qué, pero no la apartaba
de mí, casi lo hacía con descaro, pero había algo más, algo
que intentaba contener y disimular, aunque no supe adivinar de
qué se trataba hasta que fue demasiado tarde.
Durante toda la noche aquel joven extranjero, el futuro
Conde de Leicester, me hizo compañía. Durante la cena se
sentó frente a mí y no dejó de darme conversación,
interesándose por mis gustos y aficiones y haciéndome toda
clase de cumplidos. Cuando la música comenzó a sonar, me
pidió que bailara con él y yo acepté halagada y complacida de
que un caballero de tan noble porte me prestara atención. Era
un tipo agradable, aunque en mi opinión, hablaba demasiado.
Intenté, no parecer descortés, ni grosera en ningún
momento y debo decir, que me costó más de lo que había
previsto, pero creo que lo conseguí.
Decidí salir a tomar el aire al jardín, aprovechando que mi
padre había requerido la presencia de los distinguidos
invitados para tratar algunos asuntos. El cielo se había
oscurecido por completo y parpadeaba tímidamente, mientras
la luna sonreía, como quien sabe un secreto que el resto
ignora. Una figura se apoyaba en la baranda que daba acceso a
la zona de plantas ornamentales. Me acerqué un poco,
intentando vislumbrar de quién se trataba. Era Arnau.
Se volvió al escuchar mis pasos, pero no dijo nada, solo se
giró nuevamente para fijar la vista en el firmamento,
ignorándome como era su costumbre. Fui yo quien habló
primero.
―No esperaba encontraros aquí. ¿No os gusta mi fiesta?
―Necesitaba tomar algo de aire, ahí dentro hay demasiada
gente. En cambio vos, parecéis estar disfrutando mucho. Sobre
todo con el futuro conde…
―Parece un muchacho agradable, aunque si os soy
sincera, habla demasiado.― Le sonreí y él me devolvió la
sonrisa. Fue entonces cuando sentí un calor extraño que
invadía mis mejillas y comencé a ponerme de nuevo nerviosa.
―Así que habla demasiado, ¿eh? Pues no parecía que os
molestara.
― ¿Qué queréis decir?
―Nada. Dejadlo.
―No pienso dejarlo. ¿Estáis enfadado conmigo? ― ¡Ésta
sí que es buena!― ¿A vos qué más os da?
―Tenéis razón, no tengo ningún derecho a enfadarme.
Olvidadlo.
―Pero lo estáis y quiero saber por qué.
―Sois solo una cría, no podríais entenderlo.
― ¿Así que soy solo una cría? ¿Y se supone que vos sois
un hombre? Dejad que os diga algo entonces… Sois un
hombre muy cobarde, incapaz de decir lo que piensa a esta
cría. ―Me di media vuelta y me marché de nuevo al interior
de la casa.
Al día siguiente, vino como cada tarde la doña Genoveva
acompañada de su hija, pero ni rastro de Arnau. Debía de
seguir enfadado, aunque yo seguía sin adivinar el motivo. En
cualquier caso, él había sido bastante grosero conmigo. ¡No
tenía ningún derecho!
El que sí vino, fue su amigo, el joven futuro Conde de
Leicester. La tarde siguiente se repitió la historia, nada de
Arnau, y en su lugar, el persistente conde. Y la siguiente, y
todas las tardes de aquella semana que se me hizo eterna. Yo
sentía una angustia que no había sentido antes, una presión en
el pecho y un desasosiego enorme, unido a la tristeza y la
preocupación por la discusión con Arnau. No podía pensar en
otra cosa. Creo que ya era viernes cuando me dirigí a doña
Genoveva para preguntarle por él. Ella me contó que se había
ido a casa de unos conocidos que vivían en un pueblo de las
afueras. Me confesó que Arnau ya tenía edad para buscar
esposa y que aquellos amigos, tenían una hija muy guapa y
claro, dada la ausencia de jóvenes de fe cristiana y costumbres
occidentales en la zona, pues ella pensaba que Arnau había
sugerido aquella escapada, para conocer mejor a la chica. Yo
la escuché con atención. Todo cuanto salía de su boca me
producía una nueva oleada de calor, pero era un calor muy
distinto.
Estaba indignada, dolida con cada una de las palabras que
aquella mujer había pronunciado, como si fueran dagas contra
mi pecho. Aunque no sabía por qué. En realidad, todo aquello,
tenía mucho sentido, era lógico. El problema era mío. Yo
nunca imaginé a Arnau de esa forma, como un futuro esposo
de nadie. Arnau, era el hijo de la amiga de mi madre. El
muchacho que venía cada tarde y se quedaba mirando como su
hermana paseaba conmigo y se mantenía al margen de cuanto
pasaba a su alrededor. Al menos, hasta la noche de mi
cumpleaños en la que abrió la boca para soltar una serie de
groserías incoherentes hacia mí, que por supuesto, no merecía.
Después de eso, no le había vuelto a ver y la primera noticia
que recibía, era que está buscando esposa.
No fui capaz de seguir con el paseo que estaba dando con
su hermana, me dirigí hacia mi habitación y rompí a llorar. No
era posible. Por primera vez en mi vida, me sentí impotente.
Estaba furiosa, frustrada, triste… Necesitaba hablar con él,
decirle que no podía casarse con alguna desconocida solo
porque se hacía mayor. ¿Y yo qué? ¿No le importaba a nadie
lo que yo quisiera? No soportaba la idea de que encontrase una
esposa y se alejara de mí. No verle mientras paseaba con su
hermana o descubrirle bostezando en una conversación vacía.
No volver a cepillar a mi caballo solo porque sabía que
vendría a montarlo él al día siguiente. No quería que
cambiaran mis tardes de primavera bajo su supervisión, estaba
demasiado acostumbrada a su presencia.
¿Qué me estaba pasando? ¿Por qué me molestaba tanto
que Arnau se casara con otra? Yo no quería casarme con él. Yo
no quería casarme con nadie. Era demasiado joven para
casarme con nadie. ¿O acaso no lo era? La hija de los Ordóñez
ya se había comprometido y tenía mi edad. Jamás me lo había
planteado, yo solo quería… ¿Qué era lo que yo quería? Yo
quería seguir viéndole en el porche mirándome pelear con su
hermana y quería seguir viendo la cara de ella cuando él me
daba la razón. Quería seguir quejándome de que utilizara
siempre mi caballo y cepillarlo cada tarde, segura de que lo
volvería a montar al día siguiente pero, ¿le amaba? Algo me
traspasó el pecho al imaginarle casándose con otra mujer y la
piel se me erizó cuando la sustituí por mi persona.
Definitivamente y sin saber cómo, yo le amaba. Era yo quién
debía casarse con él. De pronto llamaron a mi puerta.
―El joven conde ha venido a verla, señorita. Solicita que
bajéis a recibirle.― Él se había marchado a buscar esposa. Tal
vez, yo también debiera buscar esposo.
―Bajo en seguida.― Me coloqué otro vestido de estilo
occidental con ayuda de Farah. Me habían regalado varios por
mi cumpleaños y me pareció lo más apropiado si quería
parecer digna de un conde occidental. Después de varias
pruebas y experimentos, bajé a recibirle.
―Señorita Laila…― ¿Señorita? Se me escapó una sonrisa
al oír el título que acompañaba a mi nombre, sin duda, no lo
merecía.― Me preguntaba si le apetecería dar un paseo…
―Será un placer, monsieur. Salgamos al jardín, ¿le
parece?
―Señorita Laila, sé que es pronto, pero me gustaría
hacerle saber cuáles son mis intenciones hacia usted. Verá, es
usted la joven más bella que he visto en mi vida y he viajado
por todo el mundo. Me preguntaba si…― Yo le miraba
expectante, intentando adivinar lo que se proponía, pero él
debió confundir la curiosidad de mis ojos con otra cosa,
porque aquel hombre y su barba, se abalanzaron sobre mí. Yo
le aparté de un empujón tan rápido como comprendí la
situación.
―Se ha equivocado usted conmigo, Conde.―Le escupí el
título que aún no poseía a la cara, sin duda, él tampoco lo
merecía.― Yo, soy una dama y a mí me debe respeto. ― Le
dije con toda la determinación que logré reunir, aunque me
temblaban las piernas, mi voz no lo reflejó. Había sido una
estupidez darle pie a aquel hombre, pero qué sabía yo, era solo
una cría, con cuerpo de mujer, sí, pero una niña muy en el
fondo. Una niña enamorada de otro hombre… ― Si estas son
sus intenciones, le ruego que se mantenga alejado de mí.
Fui corriendo hasta los establos, buscando algo que me
recordara a él, que me hiciera sentir segura y a salvo. Ensillé a
Sansón y salí como un rayo hacia la casa de mi abuelo. Llegué
llorando y él, que estaba sentado en el porche comiendo dátiles
y bebiendo té, se puso de pie nada más verme y salió en mi
busca. Yo solo hacía eso, cuando me enfadaba con mis padres,
cuando necesitaba su apoyo. Puso mala cara al verme vestida
con aquellas ropas y sin llevar velo, pero no protestó.
― ¿Qué ha ocurrido, niña? ― Yo le conté todo lo que
había estado pasando desde la fiesta de mi cumpleaños,
incluso que no soportaba que Arnau se casara con otra.
― ¿Entiendes ahora porque las muchachas bellas deben ir
cubiertas? Cualquier hombre que contemple tu belleza, sentirá
el deseo de poseerte.
―Todos no.
― ¿Crees que él no te desea? Eres muy niña aún… Él te
desea más que ningún otro, por eso se enfadó contigo la noche
que te vio bailar con el conde. Estaba celoso, pero no tenía
derecho a reprocharte nada.
―Entonces, ¿creéis que él solo estaba celoso?
― ¿Solo? No subestimes los celos de un hombre. Aquí,
creemos que el hombre que no cela a una mujer, no la ama. A
menudo es cuando se sienten los celos cuando se descubre el
amor. En cuanto al conde… hablaré con tu padre, en otro
tiempo yo mismo le habría colgado por las entrañas, pero
ahora es tiempo de paz. Si tu padre no es capaz de echarle de
estas tierras, lo haré yo.
Nunca volví a ver al conde.
3
Había terminado de comer y me dirigí a los establos para
montar a Sansón, pero ya estaba ensillado, miré a mí alrededor
y de pronto vi Arnau. El corazón me dio un vuelco.
―Me he enterado de que el conde se ha marchado.
―Y yo, de que os fuisteis a buscar esposa. Al parecer,
ninguna muchacha de la zona reúne los requisitos. ¿Habéis
encontrado alguna señorita digna de vuestra persona? ― Una
sonrisa se dibujó en su cara.
―La verdad, es que había muchachas muy hermosas,
occidentales y cristianas, pero ninguna de ellas despertó mi
interés.
―Cuánto lo lamento. ¿Por qué no?
―Creo que es imposible, y ahora sé por qué.
―Siento curiosidad…
―Simplemente, ya amo a alguien.
― ¿Y entonces para qué os marchasteis a buscar esposa?
¿Por qué no se lo pedís a esa mujer?
―No me marché a buscar esposa. Me marché, huyendo de
lo que sentía. Temo que ella sea demasiado joven o que no
sienta lo mismo. Soy un cobarde, tal como dijisteis, y creí que
ella amaba a otro.― Lanzó un suspiro al aire y luego miró al
cielo.― ¿Qué tal os ha ido a vos? El conde parecía muy
interesado…
―Lo estaba. Demasiado, creo yo. Intentó besarme. ―Le
confesé para que viera que otros hombres me consideraban
una mujer.― Fue horrible.― Pude ver como su cuerpo se
tensaba, apretando los puños y las mandíbulas.― Se lo conté a
mi abuelo y creo que por eso se ha marchado.
―Desde luego, conociendo a vuestro abuelo, le habrá
invitado a marcharse. Menos mal que alguien tiene un poco de
cordura.
― ¿Por qué os parece una locura que el conde se interese
por mí?
―Porque sois demasiado joven. Le conozco demasiado
bien para saber que no es el hombre apropiado para alguien
como vos.― ¿Demasiado joven?
―Pues es evidente, que no todos piensan así…
―Será porque no todos os conocen como yo.
― ¿Qué queréis decir?
―Exactamente lo que he dicho.
―Pues si pensáis que soy una cría, ¿qué hacéis aquí
perdiendo vuestro valioso tiempo conmigo?
―No quiero que os caséis con el conde.
― ¿Y a vos que más os da?―Bufó con desesperación.
―Demos un paseo, ¿queréis?
―Este es mi caballo.
―Lo sé. Me lo dejasteis muy claro el día que os
conocí.―Se rio sacudiendo la cabeza.― Yo montaré el de
vuestro padre, si no os importa…
―Está bien.― Subí a mi caballo y no le esperé. ¿Por qué
siempre terminábamos discutiendo? ¿Eso era el amor? Si no
le veía me ponía histérica, me sentía triste y antes de
dormirme siempre pensaba en él. Rezaba para soñar con él,
llorando porque pensaba que la vida en una demostración de
crueldad infinita, había decidido que se casara con otra, pero
cuando lo tenía cerca, no hacíamos otra cosa más que discutir.
Estaba harta de que me tratara como a una niña. ¿Era el único
que no se había dado cuenta de que ya era una mujer? Oí su
caballo acercándose. Me dio alcance enseguida y yo dejé que
lo hiciera.
―Laila, la idea es que paseemos juntos, uno al lado del
otro, no me apetece correr detrás de vuestra montura, solo
quiero que hablemos.― ¡Oh! Aflojé el paso, acompasándolo
al de su caballo.
― ¿De qué queréis hablar conmigo? Os recuerdo que solo
soy una cría… y me habéis estado ignorando todo este tiempo.
― ¿Eso es lo que creéis? Entonces es que no entendéis
nada y que seguís siendo una cría. Si me marché fue porque…
― Se quedó un momento callado escogiendo las palabras ―
Fue porque no soportaba la idea de veros con otro, fuese conde
o califa.
―No os entiendo…
―Yo creo que sí.― Desmonté de mi caballo y lo até a una
palmera. Arnau me siguió.― ¿Me permitís tutearos? ―Asentí.
― Tú eres la razón de que no me interese ninguna otra mujer.
He tardado algún tiempo en comprenderlo, en aceptarlo, pero
ahora estoy seguro de que todo lo que he estado buscando,
eres tú. Dices que te he ignorado, pero sabes que no es cierto.
Siempre estuve pendiente de cada movimiento que hacías, de
cada sonrisa que te arrancaba cuando no le daba la razón a
Anna, aunque reconozco que a veces la tenía. No soy capaz de
imaginar mi vida sin verte paseando por ese jardín, intentando
fastidiar a mi hermana y disfrutando de tu sonrisa por el
triunfo. Sin perderme en tu mirada, desafiándome. Sin ver tu
pelo brillando bajo los rayos del sol al atardecer. Cuando
pienso en una mujer con la quiero envejecer, solo aparece tu
rostro, como ahora, dorado por el sol.
―Es demasiado fácil irritar a tu hermana.
―No estoy hablando de mi hermana, Laila.
―Pero si acabas de decir que…
― ¡Dios, me vas a volver loco! Pero no es culpa tuya y sé
que no debería haberte dicho nada. Eres muy inocente aún y
yo…― ¿Qué pasaba con mi inocencia? ¿Y por qué le suponía
un problema?
―El conde no debía de pensar lo mismo.
―Laila…―Más que mi nombre pareció un gruñido. Era
una clara señal de advertencia, pero decidí ignorarla. Estaba
dispuesta a llegar al fondo de aquella cuestión, costase lo que
costase.
― ¿Qué? Está claro que mi inocencia te resulta problemática y
es un impedimento para que puedas hablar conmigo.
―Protesté. ―Puede que no sea tan inocente como crees. ―Le
provoqué deliberadamente, levantando la barbilla en un
intento por parecer resuelta, aunque no tenía muy claro qué
estaba haciendo. Dio un paso hacia mí con decisión y su
cuerpo apenas quedó separado del mío por unos malditos
centímetros que parecían estar cargados de una corriente
eléctrica. Mi respiración se aceleró al compás de mi pulso y
una ola de calor me invadió desde mi propio centro. Me
intimidaba, pero no de un modo amenazante. Era otra cosa…
Puso una mano sobre mi cara y acarició mi mejilla con su
pulgar, clavando su mirada en mi boca. Yo no sabía qué
esperar, pero mi piel ardía impaciente ansiando algo que no
llegaba.
―No me provoques. Podría demostrarte ahora mismo hasta
qué punto te equivocas, pero… soy un caballero. ―Se apartó
de pronto, dejando un vacío frío e inesperado ante el que mi
cuerpo se rebelaba. ― ¿Cómo es posible que consigas minar
mi determinación con una simple mirada?― Miró al cielo,
buscando la respuesta. No sé si la encontró, pero entonces yo
le miraba prestándole toda mi atención. Él me clavó su mirada
de nuevo y los dos nos echamos a reír.―No tiene gracia.
―Suspiró. ―Eres desafiante y terca.
―Lo heredé de mi abuelo.― Le sonreí.― Arnau, tú…―él
resopló, intentando hacer un esfuerzo por calmarse.
―Dime…
― ¿Tú estás enamorado de mí?― El color subió a mis
mejillas y tuve que desviar la mirada.
―Eso parece.―Guardó silencio durante algunos segundos
que me parecieron una eternidad― Esto es una locura…
― ¿Por qué dices eso?―Ya no lo preguntaba con ira, sino
curiosa.
― ¿No te parece una locura que esté enamorado de ti?―
Me miró esperando ansioso la respuesta.
―En realidad, no.
―Eres solo una… chica demasiado joven. No lo digo para
ofenderte. Es que creo que con catorce años, no estás
preparada.―Su voz era un protesta, contrariado porque
pensaba que aquello no estaba bien. ¿Cómo podía explicarle
que eso no era así, que ya no era una cría, que yo sentía lo
mismo por él?
―Galatea, tiene mi edad y ya está comprometida. El
conde, no me ve de ese modo.―Vi sus puños apretarse hasta
que los nudillos se quedaron blancos, cuando hice referencia a
ese hombre horrible.― Mi padre, dice que ya soy una mujer…
¿Por qué todo el mundo se da cuenta menos tú? Mira, si de
verdad me amas, debes dejar de tratarme así.
―Laila, yo… Si tú me amas, esperaré lo que haga falta. Si
no es así, dímelo y me marcharé a Europa. Aquí me sería
imposible seguir con mi vida, sabiendo que serás de otro.
― ¿Allí no? Puede que no me ames tanto cómo dices.―
Él se rio.
―Allí también, pero aquí sería una tortura. Cada palmera,
lleva tu nombre, cada dátil guarda tu dulzura, cada atardecer
encierra el calor de tu piel y estos cielos despejados, reflejan la
pureza de tus ojos… ¿Cómo podría vivir aquí, sabiéndote tan
cerca en cada rincón y hacer mi vida con alguien que no seas
tú?
―Arnau, yo no sé nada del amor… o eso creía, pero sé
que cada tarde, espero verte mirándome en el porche, y que
cuando te vas, después de soltar un millón de improperios
contra ti por montar a Sansón, lo cepillo cuidadosamente
sabiendo que querrás montarlo al día siguiente. Cuando me
enteré de que te habías ido a buscar esposa, maldije mi suerte
por querer alejarte de mí, robándome todo eso. No sé si es
amor, pero no quiero que desaparezcas, ni soportaría verte con
otra mujer. Cada noche, mi último pensamiento, el último
rostro que aparece en mi mente, es el tuyo y es el primero que
veo cada mañana. Sí, creo que yo también estoy enamorada de
ti. ―Él me miró intentando comprender cada una de las
palabras que yo acababa de pronunciar. Luego me tomó las
manos con cuidado y su mirada se desbordó de ternura. Se
sentó en la arena blanca y me obligó sin soltar mi mano a
hacer lo mismo. No dijo nada, estaba pensando en algo, al
menos eso me parecía, así que decidí esperar, aunque la
paciencia nunca fue una de mis virtudes.
―Te esperaré. Mañana iré a hablar con tu padre y también
hablaré con tu abuelo. Va a matarme, pero el riesgo merece la
pena.―Me miró y me sonrió al tiempo que me guiñaba un
ojo.― No quiero a más condes por aquí, cuanto antes sea
oficial nuestro compromiso, mucho mejor. Con derecho o sin
él, si otro hombre vuelve a acercarse tanto a ti como ese
canalla…―Sus músculos se tensaron y su mandíbula se cerró,
apretando los dientes. No terminó la frase.
―Me pilló desprevenida. Yo no imaginé sus intenciones.
La próxima vez…― No me dejó terminar.
― ¿La próxima vez? ¿Acaso no estabas escuchando? No
habrá una próxima vez, no lo permitiré.
―Arnau, tienes que confiar en mí ¿de acuerdo? No se trata
de la lealtad que a partir de ahora te debo a ti, se trata de la que
me debo a mí misma y a mi corazón. Puedes estar tranquilo.
Ahora sé lo que siento, sé que no quiero a otro hombre, ni
conde, ni príncipe, te quiero a ti.― Volví a sonrojarme.
―No deberías decirme esas cosas.― Ahora acarició mi
cabello y yo me sentí extraña, me faltaba el aire. ― Volvamos.
No está bien que andemos tanto tiempo a solas y lejos de tu
casa. Quiero hacer las cosas bien. Si tu padre está en casa,
hablaré con él hoy mismo.― Luego me levantó aún sin soltar
mis manos y las acarició suavemente. Yo me estremecí por el
cosquilleo y el calor que me invadió de repente. Miró mis
manos, les dio la vuelta y me besó en ambas palmas. Yo le
miré contrariada por la corriente eléctrica que sacudió mi
cuerpo y me lancé contra su pecho para ocultar mi rostro
enrojecido por la vergüenza. Él cerró su abrazo sobre mi
espalda y permitió que me quedara allí tanto tiempo como
quise, hasta que levanté la mirada para ver si le había
molestado que le abrazara. Me miró con ternura y me sonrió,
al tiempo que estrellaba sus labios contra mi pelo.― ¿Estás
lista?― Yo asentí con la cabeza.― Vamos.
Estaba nerviosa, no sabía que era lo que iba a ocurrir de
aquí en adelante o qué esperaba de mí. Había dicho que me
esperaría, ¿pero a qué tenía que esperar? No entendía nada.
Aun así, estaba feliz. Él me amaba. Ahora era un poco más
mío y ya no iba a perderle.
Llegamos a casa y fuimos a guardar a los caballos, ahora
libres de las sillas y nuestros pesos. Yo cogí el cepillo y
empecé a cepillar al mío, él me quitó el cepillo de la mano y
me volteó obligándome a mirarle.
― ¿Eres consciente de lo que esto significa? Si quieres
puedo hablar con tu padre otro día. Si no estás segura, tal
vez…― ¡Eso era lo que le pasaba! Por eso estaba tan callado
durante el camino de regreso. Él pensaba que yo no estaba
segura y era cierto, en parte, no estaba segura, pero la
confusión no tenía que ver con mis sentimientos, si no con lo
que pasaría a partir de ahora. No sabía cómo se suponía que
debía comportarme con él.
―Mis sentimientos están claros como el agua de un
arroyo, no hay nada turbio en ellos. Podría casarme contigo
mañana, si quisieras, pero hay algo que me preocupa…
― ¿Qué es?― Me exigió también con la mirada.
―No sé cómo debo comportarme a partir de ahora. Todo
esto es nuevo para mí. ― Dije sintiendo como la sangre
inundaba mis mejillas de nuevo.
―Entiendo.― Pensó unos segundos y luego me acarició la
cara.― Bueno, no creo que debas preocuparte por eso. Todo
ocurrirá de forma natural, cuando sea el momento. Solo hay
una cosa que espero que me concedas a partir de ahora…― Yo
le miré intrigada, sin adivinar de qué se trataba.
― ¿Y qué es?
―Me gustaría que mañana pasearas conmigo en lugar de
con mi hermana.
―Yo también lo prefiero, me resulta más fácil hablar
contigo que con ella. No te ofendas, pero es demasiado…―
busqué las palabras con cuidado, no quería ofender a su
familia― ¿comedida?― Soltó una carcajada y yo le seguí.
―Sí, es una forma de decirlo, ― me concedió― aunque
yo diría que es una remilgada consentida.― Volvió a reírse.―
Toda una señorita. ¡Sois tan diferentes!
― ¡Eh! ¿Qué quieres decir con eso? ¿Yo no soy una
señorita?― Me miró y volvió a acariciarme la cara.
―Tú eres todo menos eso. Eres mucho más. Eres
inteligente, divertida, noble… y mucho más hermosa que
cualquier señorita que haya conocido, pero serías capaz de
darle una patada al mismísimo diablo si se interpusiera en tu
camino como el más valiente de los soldados. Tienes dos
mundos encerrados ahí dentro, guardando sus misterios. En tus
ojos combaten el agua y el fuego. Eres especial. Nunca
intentes compararte con ninguna otra mujer, porque las
dejarías a la altura de cualquier bestia. ― Me miró con
orgullo, creo, y volvió a besarme en las manos. Luego soltó
una de ellas y agarrándome por la otra se dirigió hacia la casa.
― ¿Está el señor?―Preguntó a uno de los sirvientes.
―Acaba de llegar. ¿Quiere que le avise de que quiere
verle?
―Sí, Mohamed, ve a decirle que quiero hablar con él.
Mi padre apareció en unos minutos, yo me marché, tal
como me había pedido Arnau que hiciera. Se encerraron en su
despacho un largo rato. Yo subí a mi habitación y aproveché
para refrescarme un poco y cambiarme de ropa. Deseché las
ropas occidentales que me acababan de regalar y me puse mi
atuendo habitual, lleno de colores, de los colores de la tierra,
del mundo y de la vida. Cuando salieron del despacho, yo
estaba allí esperándoles y Arnau me miró, creo que
complacido por mi atuendo. Mi padre, me dedicó una sonrisa
llena de ternura y yo supe que todo iba a ir bien.
Él se marchó, me guiñó un ojo cuando mi padre no le
miraba y salió por la puerta. Durante la cena, mi padre me
explicó, lo que habían hablado y me preguntó si yo estaba de
acuerdo. Eso no era lo normal, pero mi padre, nunca fue
demasiado convencional, siempre me permitía expresar mi
opinión. Después me informó de que al día siguiente los dos
irían a ver a mi abuelo. Yo sabía que mi abuelo quería mi
felicidad. Ya le había explicado lo que sentía por Arnau y
sabía que no le parecía mal, además, intuía que Arnau le caía
bien, aunque jamás se había pronunciado en un sentido u otro.
A la mañana siguiente, decidí ir a verle para asegurarme de
que no se opondría. Así que ensillé a mi caballo y me dirigí
hacia su casa, esta vez, vestida como sabía que a él le gustaba,
con mi túnica de seda y el obligado velo. No me molesté en
abrir la puerta, hice que mi caballo la saltara, no era
demasiado alta y ya lo había hecho otras veces.
Mi abuelo estaba hablando con algunos hombres y cuando
me vio, les despidió de inmediato. Ellos se retiraron para
reanudar sus faenas.
― ¡Mi dulce niña! ¿Qué haces aquí tan temprano? Y
entrando como un djinn[1]…―Añadió.
― ¡Hola, abuelo! ―Bajé del caballo y se lo entregué a uno
de los sirvientes. ―Traigo noticias. ¿Recuerdas lo que
hablamos la otra tarde?― Le pregunté sin poder contener la
emoción en mi voz.― Pues Arnau volvió. No encontró
ninguna esposa. Dice que está enamorado de mí y que esperará
a que yo esté lista para casarse conmigo. Ya ha hablado con mi
padre y esta tarde vendrán juntos para hablar contigo. Les
dirás que te parece bien ¿verdad? ¿Harás eso por tu nieta
preferida?
― ¿Estás segura de que es eso lo que quieres? Él solo es el
hijo de un comerciante. Dentro de poco tendrás rendidos a tus
pies a príncipes y reyes. Seguro que podrás optar a un marido
mejor.―Le miré fulminándolo con la mirada. ¿Acaso iba a
oponerse a mi felicidad?
―Yo no quiero a ningún rey, le quiero a él. Abuelo, por
favor…
―Ya sé que le quieres a él. Solo te tanteaba. No me
apetece perderte tan pronto.
― ¿Perderme? No me perderás jamás, siempre seré tu
nieta favorita, tu djinn… y tú, siempre serás el gran Omar, mi
abuelo favorito. ― Me arrojé a él y le di un besó en la mejilla,
sabiendo que me complacería una vez más, dándome lo que yo
más deseaba en el mundo.
― ¿Me lo prometes? Ya soy viejo y ahora es cuando más
me apetece disfrutar de mi familia. No te olvides de este pobre
anciano, ni te vayas lejos de mí. Un favor por otro. ¿Qué me
dices?
―Hecho, pero ya sabes que no te hago ningún favor.
―Bueno, antes tengo que hablar con él. No pienso
entregarle a mi nieta al primero al que se le ocurra pedir su
mano.
―Abuelo…― Le reproché― Yo le quiero.
―Está bien, pero no le digas nada. Deja que le tantee, ¿de
acuerdo? Si no es el adecuado, este viejo lo sabrá.
―Haz lo que quieras, yo sé que no hay nada malo en él,
nada que merezca tu desaprobación.
― ¿Dónde quieres la casa?― Yo le miré sorprendida, no
esperaba esa pregunta.― Necesitarás una casa. Yo la mandaré
construir dónde prefieras.― Lo pensé un momento, no porque
tuviera dudas acerca del lugar, sabía exactamente dónde quería
vivir, pero intentaba encontrar la forma de explicárselo.
―Hay un palmeral entre tu casa y la de mis padres, ¿sabes
a cuál me refiero?
―Claro, niña… estas son mis tierras. Pero allí no hay
agua.―Vio mi cara de decepción y quiso complacerme.―
Construiremos un pozo y desviaremos agua desde mi casa a la
tuya a través de una acequia. ¿Por qué allí?
―Porque siempre me ha gustado ese lugar. Las palmeras
me darán sombra y en todas tus tierras no hay palmeras que
den mejores dátiles que esas.
―Eres mi nieta, no hay ninguna duda.―Me dijo
orgulloso.― Otros habrían elegido un lugar más cercano a la
ciudad, buscando comodidad, pero tú solo quieres sentirte
parte de la tierra y de lo que ella te ofrece, eres parte del
desierto. Parte de mí. Tus ojos, no son occidentales como
muchos piensan, tienen el color de este cielo no del de allí.
―Abuelo…―Protesté.
― ¿No puedo decir lo orgulloso que me siento de mi
nieta?―Me cogió levantando mi barbilla y me miró
directamente a los ojos.― No, el azul de tus ojos no es el de su
cielo… es parte de la piel de mis antepasados que ha
permanecido en mi sangre hasta llegar a ellos.― Le miré
extrañada sin comprender una palabra. ¿Hombres con la piel
azul? Pensé, y él adivinó mi pensamiento, como siempre.―
Sí, mi querida niña, yo provengo de la gente del desierto, no
de este desierto, de otro muy lejano. Tan lejano, como el
tiempo en el que mi familia vivía en él y luchaba en él, a
veces, contra él. Yo provengo del desierto, de los nómadas, de
los hombres del velo. Yo era uno de esos guerreros que visten
el velo azul. Un azul extraño, cargado de misterio, como el
velo que guarda en secreto el rostro de un hombre, sus
emociones, su dolor. Para el pueblo de mi padre, ese era el
color del mundo, al menos el que predomina en él, el color del
techo que nos protege, el color de esos ojos tuyos. Dejé mi
pueblo cuando conocí a Al-Nasir Salah al-Din, en la tierra que
baña el Nilo, tras la muerte de Nur al-Din. Luego, me pidió
que me quedara aquí y ayudara a su hijo. Me dijo que
necesitaría hombres de confianza que fuesen capaces de
mantener el tratado. Poco después, murió. Yo cumplí aquella
promesa y no regresé al desierto como deseaba. Aunque echo
de menos a mi pueblo y también mi velo azul. Fue una alianza
extraña. El destino nos unió y nosotros forjamos la amistad a
golpe de espada.
― ¿Tu padre llevaba velo? ¿Cómo una mujer?
―En el pueblo de mi padre, son los hombres quienes lo
llevan, para protegerse de la arena del desierto y para
salvaguardar sus emociones y que estas no les delaten. Jamás
se lo quitan.
―Nunca me habías contado esas historias.―Le reproché.
―Nunca me habías preguntado por mis orígenes.
― ¿De verdad tenías la piel azul?― Mi abuelo soltó una
fuerte carcajada y yo me sentí estúpida.
―No, pequeña. Mi piel no era de color azul, pero el tinte
de las ropas y del velo desteñía un poco y la piel adquiría ese
tono en mayor o menor medida. Aún tengo algún pariente
entre sus gentes, ¿sabes?
―Me gustaría mucho conocerles. Podrías invitarles para
mi boda…― Sugerí.
―No creo que eso sea posible, es un viaje demasiado
largo, pero ¿quién sabe? Tal vez algún día puedas conocerles.
Ahora debes irte a casa, tu madre estará preocupada.
―Recuerda que esta tarde vendrá mi padre con Arnau y
has prometido portarte bien, ¿de acuerdo?― Mi abuelo hizo
un gesto con la mano para que no me preocupara y yo
confiaba en él, más que en cualquier otra persona del mundo.
Ya había oscurecido cuando vi entrar a mi padre en casa,
busqué a su alrededor pero no encontré a Arnau, tal vez la cosa
no había ido bien. Una oleada de incertidumbre y
preocupación me sacudió de arriba abajo y sentí el temor ¿Qué
ocurriría si mi abuelo había encontrado en Arnau algo que no
aprobaba? Me escaparía con él, de todas formas pensaba
casarme con él y nadie me lo impediría. Yo había escogido.
― ¿Qué tal ha ido?― Pregunté impaciente.
―Pues parece que a Omar le cae bien el muchacho. No se
opondrá.
― ¿Y tú?
―Bueno, no es lo que yo había pensado para ti, hubiese
preferido alguien con cierto linaje, pero ya sabes que ni tu
abuelo ni yo podemos negarte nada.
― ¿Puedo hablar con mamá? Me gustaría contárselo yo
misma.
―Ve y dile que ya he vuelto.―Asentí y fui corriendo a
buscar a mi madre que estaba en la cocina.
― ¡Madre!
― ¿Qué ocurre, Laila?
―Padre ya está en casa y yo quería hablar contigo de algo.
―Ya lo sé…―Puse mala cara, quería que fuera una
sorpresa.―pero prefiero que me lo cuentes tú y quiero todos
los detalles.
―Arnau, ha hablado con padre y con el abuelo. ¡Quiere
casarse conmigo!
―Ha tardado más de lo que yo esperaba…― Yo no
esperaba esa respuesta.
― ¿Ah sí?― Mi madre asintió reprimiendo una sonrisa.
―Ya eres una mujer. Es hora de que te hable como a una
mujer.― Suspiró limpiándose las manos en un paño.―
Siéntate.―Yo obedecí de inmediato.― ¿Acaso crees que soy
ciega? Solo una mujer puede ver esas cosas. Me preguntaba,
cuando te darías cuenta.
― ¿Qué cosas?― No conseguía imaginar que le había
podido llevar a esa conclusión.
―Pues la forma de miraros, de buscaros con la mirada
cuando no os encontráis y la desesperación cuando sabéis que
el otro no estará… o la alegría que reflejan vuestras caras si
llega por fin. Todo eso, hija mía, solo lo pueden ver los ojos de
una mujer. Tenemos tiempo para prepararte, no te preocupes.
Cuando llegue el momento, estarás lista.
― ¿Para qué debo prepararme?
―Tu noche de bodas. Será un momento muy especial y las
mujeres árabes, sabemos cosas que las cristianas no son
capaces ni si quiera de imaginar acerca de cómo contentar a un
hombre. Te enseñaré todos nuestros secretos.―Yo enrojecí por
el descaro con el que me hablaba mi madre, pero decidí que
tendría que enfrentarme a eso y cuanta más información
tuviera, mejor.
―Pero él es cristiano y yo también. Puede que no disfrute
de las mismas cosas. ―Torcí el gesto, dudando.
―Tu padre también es cristiano. Al principio, habrá cosas
que le parecerán extrañas, pero te aseguro, que no protestará.
Eso sí, ni una palabra de esto a tu padre. Será nuestro secreto.
―El abuelo, me ha estado enseñando también las Suras
del Corán. ―Lo dije en voz baja, haciéndole saber que
también era un secreto.
―Ya lo sé. Yo se lo pedí, pero sé que lo habría hecho de
todos modos. Quiero que conozcas ambos mundos, por entero
y por igual y luego, que tú decidas quién quieres ser.
―Pero yo creí que tú… que tú te habías convertido, que
eras cristiana.
―Yo amo a tu padre, Laila, no su religión. Nadie puede
cambiar quién soy. Tu padre lo sabe. Solo me pidió que fuera
discreta contigo y lo he sido. Al menos yo, lo que haga mi
padre es otra historia, pero no debe enterarse ¿de acuerdo? Él
me ama, pero sé que eso le apenaría. Le pondría entre la
espada y la pared y no quiero eso, pero tampoco puedo negarte
que sepas quién eres, porque provienes de mí y yo soy
musulmana, así que tú en parte también lo eres. Yo consiento
que oficialmente seas educada en su fe, pero
extraoficialmente, quiero que no olvides la mía.―Miré a mi
madre como si fuera una completa desconocida. Yo siempre
había pensado que ella era una mujer obediente y dulce,
relegada a las decisiones de un hombre fuerte como mi padre,
pero no sé por qué, en ese momento tuve la sensación de que
era más dueña de su vida de lo que parecía. Una mujer fuerte e
inteligente.
―Gracias… por darme dos mundos en lugar de uno solo,
por dejarme elegir.
―Dile a tu padre que la cena ya está lista ¿quieres?―
Asentí y salí de la cocina en su busca.
4
Me pasé todo el día esperando que llegara la tarde para
poder ver a Arnau. Después de comer me senté en el porche,
impaciente.
Estaba deseando verle atravesar el portón que daba acceso
a los jardines desde el exterior. El día anterior, no pude hablar
con él y ahora, ya era mi prometido. ¿Cómo me sentiría?
¿Cómo se sentiría él? Por fin su silueta apareció en la puerta
de la entrada al jardín. Se acercó sonriendo y sacudiendo la
cabeza, creo que estaba contento.
― ¿Lista para dar un paseo?
―Lista.― Me ofreció su brazo y yo pasé el mío por el
hueco que quedaba libre y comencé a andar.― Parece que ayer
no te fue mal.
―Nunca había hablado con tu abuelo, pero sabía que era
un gran hombre porque aquí todo el mundo le respeta. Debo
decir, que ahora entiendo por qué. Es un hombre inteligente y
sereno, y te quiere más que a nada en el mundo.
―Lo sé. Yo también le quiero muchísimo.― Me reí
divertida.
―Tienes una familia estupenda, está bien que les ames y
seas buena con ellos. Debes escuchar sus consejos y
respetarles.
―La verdad es que siempre me he sentido amada, aunque
yo a veces no esté de acuerdo con ellos, procuro pensar en que
me corrigen por mi bien y créeme, hay mucho que corregir.
―Ya sé que no eres una mujer de carácter dócil ni espero
que me lo pongas fácil. No te preocupes por mí, no necesito
más avisos, pero procura no disgustarles a ellos. Se han
portado muy bien aceptándome como esposo para ti. En
realidad, eres la nieta de uno de los hombres de confianza del
Sultán y la prima segunda del Rey de Francia. Yo no te
merezco. Deberían haberle concedido tu mano al conde, pero
te quieren tanto como para olvidarse de todo eso, sacrifican su
linaje por tu felicidad. Debes entenderlo y valorarlo.
―Tenemos mucha suerte de que mi familia sea así, pero
¿qué me dices de la tuya? ¿Están contentos?
―A mi familia le parece bien, no solo por la dote que tu
padre ha ofrecido, sino porque esta alianza, fortalecerá el
negocio aquí.
―Hablas de nuestra boda como si fuera un buen trato
entre mercaderes.―Le reproché algo molesta.
―Es lo que son. Ellos lo ven así. Pero no es eso para mí, si
es a lo que te refieres. Solo te contaba como lo ven ellos. Hoy
me siento el hombre más feliz de la tierra.
―Yo también soy muy feliz.―Nos quedamos unos
segundos en silencio.― ¿Sabes que mi abuelo va a construir
una casa para nosotros como regalo de bodas?― Arnau me
miró extrañado.― Ya he elegido el sitio, si a ti te parece bien.
Me gustaría que la construyera cerca del palmeral.
― ¿No sería mejor más cerca de la ciudad?
―Me gusta ese sitio. Me gusta el color de su tierra y las
palmeras, dan los mejores dátiles.
― ¿Y el agua? Allí no hay agua.
―Mi abuelo construirá un pozo y desviará el agua del
suyo a través de una acequia ¿Qué opinas?
―Me parece una idea estupenda. Allí serás muy feliz. No
imagino un sitio mejor.―Se rio.
―La casa no es solo para mí, es para los dos. Si no te
gusta, podemos buscar otro lugar.
―Laila, yo no tengo raíces. Siempre he ido de un sitio
para otro. No me importa demasiado el lugar en el que vivir,
siempre que sea contigo. Yo seré feliz en cualquier lugar del
mundo si tú eres feliz.―Me quedé impresionada por aquel
gesto de generosidad y sentí una necesidad de demostrarle
cuánto le admiraba por ello, lo agradecida que le estaba por
tener en cuenta mi felicidad. Puede que fuera joven, pero hasta
yo sabía que rara vez los hombres tenían en cuenta las
preferencias de las mujeres a su cargo. Ellos tomaban las
decisiones y nosotras vivíamos con ellas, así de simple. Sin
embargo, nunca fue mi caso, yo sabía que era tremendamente
afortunada. Le miré y me topé con sus ojos, tenían un brillo
especial.
―Me gustaría compensarte por tu generosidad, pero no sé
cómo.―Admití.
―No es generosidad, Laila, es amor… y el amor, no se
puede compensar.― Yo le abracé tal como había hecho bajo
aquella palmera y él estrechó su abrazo y me besó en el pelo.
Yo sentí como me invadía una ola de calor al sentir su cuerpo
tan cerca del mío, apenas separados por las telas de nuestras
ropas y deseé quedarme allí para siempre, abrazada a él.
― ¿Damos un paseo a caballo?― Le pregunté.― Dejaré
que montes a Sansón.
―Está bien.
Ensillamos a los caballos y fuimos al palmeral, a nuestro
palmeral. Atamos los caballos bajo la misma palmera de unas
tardes atrás y nos sentamos bajo otra palmera cercana con más
sombra.
―Estoy deseando ver nuestra casa terminada.―Le
confesé.
―Yo estoy deseando casarme contigo.
―Yo también. Mi vida ha cambiado por completo en un
par de días. Debería estar aterrada.
― ¿Y no lo estás?
―No, en absoluto. Solo desearía que fuera mañana. Sé que
es por ti, si fuera con cualquier otro hombre, no me sentiría
así, pero tú me das confianza y seguridad y deseo estar cada
día, más cerca de ti.
―Laila, yo… ―Le vi dudar, su rostro parecía reflejar
algún temor que yo no lograba comprender.
― ¿Qué te ocurre?
―Me cuesta estar cerca de ti, a veces.
― ¿Qué quieres decir? ¿Ya no me amas?― Le pregunté
contrariada por aquellas palabras.
―Al contrario, te amo demasiado.― Yo resoplé.
―Eso es una bobada.
―No cuando eres un hombre y tienes delante a la mujer
más hermosa del mundo.―Lo dijo sin mirarme a la cara,
avergonzado por sentirse atraído por mí. Le entendía, a mí me
pasaba lo mismo.
―No tienes nada de lo que avergonzarte, es normal que te
sientas así, si ese no fuera el caso, no estaríamos
comprometidos. Yo me siento igual.―Ahora me miraba
sorprendido ¿Qué había dicho? ¿Estaba mal acaso sentirme
atraída por el hombre que sería mi esposo?
―Eres única, una mujer excepcional. ¿Sabes que no
deberías decirme esas cosas?
― ¿Y por qué no? ¿Qué hay de malo en sentirme atraída
por mi futuro esposo?
―No hay nada de malo, es solo que no está bien que lo
digas. No es propio de una señorita.―Yo sonreí quería quitarle
importancia y no estaba de acuerdo con su teoría de lo que
debía o no hacer o decir una señorita.
―Entonces, no hay problema, yo no soy una señorita. Soy
Laila, la misma Laila de hace tres días. Así que puedo decir
todo lo que quiera, al menos a ti ¿Estás de acuerdo?― Se rio.
―Claro, puedes decirme todo lo que quieras. Además, sé
que lo harás de todos modos. ―Yo decidí tentar la suerte que
hasta ahora me acompañaba a todas partes.
― ¿En serio?―Él asintió.― Me gustaría pedirte algo,
pero me temo que no lo aprobarás.
― ¿Qué es?
―Me gustaría que me besaras.―Nada más decir esto mi
cara se hizo eco de la vergüenza que me producía. Él me miró
intentando digerir aquella petición.
―Laila, ya habrá tiempo para eso. No creo que sea el
momento.― Me estaba rechazando. Yo le había abierto mi
corazón, dejando al descubierto mis más íntimos deseos y
él… me estaba rechazando.
― ¿Por qué no? ¿Acaso no me deseas?
―Claro que te deseo. Besarte, es lo que más deseo en el
mundo, pero no estaría bien.
―No lo entiendo.― Me sentí tan vulnerable, tan frágil…
Una lágrima se derramó por mi cara y yo la cubrí con mis
manos de inmediato.
―No te enfades conmigo. Solo trato de hacer lo
correcto.― Yo me aferré a mis piernas, hundiendo mi cara
entre las rodillas para que no pudiera verme llorar.―Laila, por
favor, trata de comprenderlo. Tenemos toda la vida por
delante…― Yo no le escuchaba, no quería hacerlo, sabía que
probablemente tenía razón, pero me daba igual, yo no quería
sentirme así, sentirme mal por querer besarle. Estaba
avergonzada. Sentí sus manos en las mías.― Laila… mírame,
por favor. No quiero verte triste por esto, es una tontería. ¿No
lo ves? En poco tiempo, seré tu esposo y podrás besarme todo
lo que quieras.
―Puede que entonces yo no quiera besarte.― Le dije con
todo el aplomo que pude reunir. Me sentía humillada. Me
levanté sin mirarle siquiera, subí a mi caballo, al mío, Sansón,
que era mucho más rápido que el de mi padre y salí disparada
hacia mi casa. Él hizo lo mismo. Llegó solo un minuto después
que yo, bajó del caballo, me quitó el cepillo que yo llevaba en
la mano para cepillarle y me dio la vuelta para que le mirase.
Lo que vio en mis ojos no debió gustarle mucho, pero me
besó. Atrapó mis labios con furia al principio, haciéndome
saber su enfado por haberme marchado y haberle dejado allí,
su ansiedad por no haber atendido sus demandas para que
parase, pero luego su beso se volvió más tierno, haciéndome
sentir también su amor. Me separé un poco para mirarle y él
me respondió con una mirada condescendiente.
― ¿Contenta? Siempre te sales con la tuya.
―No, solo cuando tengo razón.―Le dije desafiante.
―Esto va a ser más complicado de lo que creía.
― ¿Complicado?― Le interrogué.
―Complicado. Ahora será cada vez más difícil
permanecer a tu lado de una forma caballerosa. Correcta.―Me
sonrió.
―Yo no soy una señorita, no espero que tú seas un
caballero. Hagamos esa excepción solo entre nosotros. Nadie
tiene porqué saberlo. ¿Qué importan los demás? Lo único que
importa es que nos amamos.― Yo me acerqué un poco a él y
hundí mi cabeza en su pecho, como había hecho otras veces y
él me besó en el pelo, entonces yo le miré y me aparté un poco
para buscar sus labios y él me correspondió.― Ahora si te has
portado como un caballero, dándole a esta señorita, aquello
que te pide y que desea.― Me reí de nuevo, triunfal.
―Te prometí que haríamos las cosas bien. Deja que haga
las cosas bien y ayúdame a portarme como debo, no como
quiero. Te lo compensaré.― Volví a coger el cepillo y
comencé a pasarlo por el lomo de Sansón.
―No te prometo nada.
Al día siguiente, me puse la prenda más bonita que tenía
en el armario, una túnica de color azul claro que resaltaba el
color de mis ojos, al menos eso me parecía a mí. Durante toda
la tarde, no dejó de mirarme de un modo descarado, aunque
desviando la mirada en las ocasiones en las que sentía que le
había descubierto, aunque no dijo nada al respecto. Durante
varios días usé esa misma táctica, vistiendo prendas de telas de
colores vivos, tan finas y vaporosas, que dejaban intuir cada
una de las curvas de mi figura e invitaban a pasear sus manos
sobre ellas. Por fin una tarde en la que le sorprendí mirándome
de ese modo tan suyo, no apartó la mirada. Estábamos bajo la
palmera y sin dejar de mirarme se acercó más y me dijo:
― ¿Esta es tu forma de ayudarme?― Lo dijo cogiendo mi
túnica y arrugándola en su puño.
― ¿No te gusta?―Le sonreí, pero él no dijo nada, se
acercó y estampo sus labios contra los míos.― Esto no está
bien.―Le reproché divertida.― Creí que eras un caballero.
―Lo era, hasta que te besé. Ya te dije que ahora sería más
complicado mantener la compostura y el decoro. Te pedí que
me ayudaras y tú, te pones estos vestidos vaporosos de finas
gasas llenas de colores para llamar más mi atención. Lo estoy
pasando fatal.―Intentó besarme y yo me aparté. Me miró
sorprendido.
―No quiero que lo pases mal por mi culpa―Dije
divertida. Entonces me agarró por las muñecas y me tumbó
sobre la arena sin dejar de mirarme, pidiéndome permiso y yo
se lo di, sin decir nada, le miré y él supo que podía hacer
conmigo lo que quisiera, pero no lo hizo. Me besó con dulzura
y se apartó.―Así que sigues siendo un caballero…
―Intento conservar lo poco que has dejado de él en mí.―
Se rio sacudiendo la cabeza.
―Me gusta que seas un caballero.― Le di un beso en la
cara y subí a mi caballo. Dimos un agradable paseo para
volver a mi casa, sin apresurarnos, charlando tranquilamente.
Le pregunté por cómo era la vida en otros lugares, pues yo
jamás había vivido en ningún lugar que no fuera aquel y él me
complació, contándome su vida en Aragón y en la tierra del
Nilo. Yo le escuché con atención. De cada relato, surgían otro
millón de preguntas que él, intentaba responder y de cada
respuesta, más preguntas, hasta que satisfice mi curiosidad, al
menos por aquella tarde. Quería saberlo todo de él, no quería
dejarme nada en el camino. No quería quedarme al margen de
un solo pensamiento que pudiera tener. Quería sentirme parte
de su vida, incluso de la vida que tuvo antes de conocerme y
de amarme.
Nos pasábamos las tardes enteras así, hablando de todo y
de nada, a veces de cosas importantes; cómo sería nuestra
casa, el nombre de nuestros hijos, nuestra boda, pero otras,
simplemente, nos limitábamos a gastarnos bromas y a
tentarnos. Le encantaba hacerme rabiar, ver como yo me
enfadaba y sacaba mi genio para luego venir a reconciliarse y
tener una excusa para besarme. Yo siempre le reprochaba que
no jugara limpio, pero lo cierto es que me encantaba aquel
juego, porque solo era eso, un juego. Jamás nos enfadábamos
de verdad. Yo me ponía furiosa a veces para darle un poco de
emoción, pero siempre sabía cómo terminaría todo, con besos
y risas y más besos.
5
La casa ya estaba casi acabada. Mi abuelo había mandado
construir un palacete parecido al de mis padres, algo más
pequeño, aunque con más encanto, al menos en mi opinión.
El jardín, evocaba un pequeño oasis, lleno de plantas
alrededor un estanque y una pequeña fuente de la que emanaba
agua todo el día. En el centro de la casa, había un patio interior
con un gran aljibe del que se podía extraer el agua fresca a
cualquier hora. A la derecha de la construcción principal
quedaba el palmeral, y todo el conjunto estaba rodeado por un
bajo muro y una puerta de entrada que siempre permanecería
abierta. Así lo quería yo. No me gustaba sentirme encerrada.
Yo siempre fui libre y me sentía libre. Tanto como la arena del
desierto que viaja a lomos del viento de un lugar a otro, sin
importar dónde, sin fronteras ni muros que la puedan retener.
Faltaba apenas una semana para el gran día y ninguno de
los dos podía esperar más. Durante el año que transcurrió
desde nuestro compromiso hasta el día de nuestra boda, así lo
dispuso mi abuelo, jamás nos separamos ni dejamos de
amarnos, todo lo contrario, ahora siendo conscientes de lo que
cada uno sentía por el otro, nuestro amor se hizo manifiesto y
fuerte. En cada mirada y en cada gesto se reflejaba la
complicidad y la impaciencia por estar unidos para siempre y
de todas las formas posibles.
Mi madre mandó hacer un vestido de novia occidental y
cristiano, pero encargó otro muy distinto para la noche de
bodas. Uno de seda transparente con aberturas laterales que
dejaban mi cuerpo prácticamente al desnudo. Me regaló
también pulseras para mis tobillos y mis manos, incluso para
mis caderas y durante todo el tiempo que tuvimos desde el
compromiso hasta mi boda, cada mañana se propuso
convertirme en la mejor amante del mundo. Me enseñó no solo
a seducir a mi marido, sino el arte de sorprenderlo y colmarlo
de sensaciones nuevas cada noche. La danza del vientre, las
pinturas con gena, lavarme cada día y perfumar mi cuerpo con
aceites… Un millón de formas de saciar su apetito. Muchas de
ellas prohibidas para las cristianas, pero yo no era cristiana, ni
musulmana, era una mezcla de ambas culturas y mi madre
decía que nada puede estar mal a los ojos de ningún Dios, si se
hace de corazón y por amor, así que decidí que mi Dios,
después de conocer la Biblia y el Corán, era el amor.
Tuve una gran boda cristiana a la que asistió todo el
mundo importante de estas tierras, incluso algunos emisarios
del rey de Francia, aunque él no vino en persona. Todos se
quedaron festejando el momento de alegría que provocaba la
unión de dos familias y los más allegados nos acompañaron a
nuestra habitación, en la que se dispuso una gran cama, mucho
más grande que la mía, incluso que la de mis padres. Mi madre
la mandó hacer expresamente para mí. Tras nuestro paso, se
cerraron las puertas y ambos nos asomamos a la terraza a la
que daba nuestra habitación, mirando hacia un horizonte que
se imponía sobre un cielo ya cansado, a punto de desfallecer.
Vimos algunos invitados que aún vagabundeaban por los
jardines, apurando sus copas de vino antes de marcharse,
aunque la música continuó hasta que la luna se alzó en el
firmamento para reinar sobre las estrellas. La gente bailaba y
reía, ebria por el vino y nuestra felicidad. Entonces él me miró
nervioso, impaciente creo, me tomó de la mano y bajó la
mirada, supuse que por los nervios, pero yo no estaba
nerviosa, mi madre me enseñó bien y sabía lo que debía hacer.
Sin soltar su mano, le llevé de nuevo dentro de la habitación y
le pedí que me ayudara a soltar el vestido. Sus manos
temblaban a mi espalda, luchando por desabrochar cada
presilla y desatar cada lazo. Entonces, me volví para mirarle
mientras me quitaba el resto de la ropa que aún cubría mi
cuerpo hasta quedar totalmente desnuda. Sus ojos se abrieron,
estallando en llamas y quiso arrastrarme hasta la cama, pero yo
no había acabado y me resistí. Su cuerpo, se había ido
tensando con cada prenda de ropa que había caído al suelo y
quería comprobar sin restricciones el efecto que había
causado. Sentía curiosidad. Así que me acerqué despacio a él y
le desnudé también. Escuchando su respiración y su pulso
acelerarse de pronto. Me sorprendió su tamaño y no pude
evitar pensar que aquello no podía encajar dentro de mí. No
debí esconder mi recelo con suficiente presteza, porque me
acarició la cara con dulzura y su voz me acarició cerca de la
oreja, como un viento cálido del desierto caldeando mi sangre:
―No te preocupes. Estamos hechos el uno para el otro. Solo te
dolerá una vez. Confía en mí. ― Y lo hice. Me rendí a su voz
y a sus manos. Me llevó hasta la cama y me invitó a tumbarme
junto a él. Entonces, me miró con dulzura y con deseo
también, me acarició en el pelo y yo le besé y ya no hizo falta
nada más que nuestras bocas y nuestras manos cobrándose el
premio que se nos había prometido, sin que fuera suficiente. El
resto de la noche la dedicamos a descubrirnos y a poner en
práctica toda la teoría que había estado aprendiendo durante un
año, bueno, no toda, pero la suficiente para que él cayese
rendido y yo eufórica por la victoria de una noche perfecta.
La luz del amanecer me despertó sin motivo. Yo estaba
tendida sobre su pecho, desnuda, y así me levanté para
asomarme por la ventana y dar gracias al Cielo por aquella
noche y todas las que seguro vendrían después. Unos brazos
me sorprendieron aferrándose a mi cuerpo desde atrás, era
Arnau, rebuscando entre mi cabello y apartándolo con su cara
para encontrar mi cuello y posar sus dulces labios sobre él.
―Vas a coger frío.―Me advirtió. Su voz resonó en todo
mi cuerpo y un espasmo de anticipación lo recorrió de punta a
punta.
―No podía perderme esto.― Le sonreí y él acompaño mi
mirada al cielo que ya amanecía bañándolo todo con miles de
colores.
―Es hermoso.―Convino.
―Sí, lo es. La tierra adquiere tonos especiales que solo se
ven al amanecer.
―No me refería a la tierra, me refería a nosotros. Es
hermoso lo que tenemos.― Me volví para mirarle y él clavó
su mirada en la mía y me dio un beso cargado de intenciones y
determinación. Habían desaparecido los miedos, las dudas, los
nervios… Solo quedábamos él y yo, el deseo y la pasión.
Un año después, llegó nuestro primer hijo. Le llamamos
Arnau, como su padre. Tenía los ojos claros, como yo, pero su
pelo era más claro y sus rasgos, eran los del hombre que
colmaba mis noches y mis días de una felicidad absoluta,
también su piel era tan blanca como la arena. Me pareció el
niño más guapo del mundo cuando le vi nada más nacer. No
lloró, sería un hombre valiente. En lugar del típico llanto, se
escuchó una especie de protesta reclamando su alimento, que
le ofrecí con gusto.
Cuando me recuperé de aquel parto, antes de lo que
esperaba, me encerré en mi habitación una tarde en la que
Arnau, había ido a ayudar a sus padres con uno de los pedidos
procedentes de Damasco, ahora era él quien llevaba
prácticamente el negocio familiar y al parecer, habían tenido
algún problema con unos comerciantes que estaban buscando
mercancías con las que hacer negocio en Francia. Tardaría en
volver, así que decidí dedicar ese tiempo a prepararme tal y
como mi madre me enseñó. Lavé todo mi cuerpo a conciencia
y lo froté con aceites y esencias de flores. Pinté mis manos con
gena y coloqué dátiles y frutos secos en una alfombra en la
que también dispuse varios almohadones. Me coloqué el
vestido que mi madre había mandado hacer para la noche de
bodas y que todavía no había estrenado, y adorné mi cuerpo
con las pulseras en los tobillos y en las manos y también
alrededor de mis caderas, por último me coloqué la fina túnica
que dejaba adivinar con poca dificultad mi figura, desnuda
bajo ella. También decidí pintar mis ojos con carbón. Creí que
ya estaba lista, así que me senté pacientemente a esperar su
llegada. Pronto le oí llamándome desde la entrada. Acababa de
dejarle al ama a mi pequeño para poder estar tranquilos
durante un rato. Ella le informó de que yo estaba en mi
habitación y que había estado aquí buena parte de la tarde. Oí
sus pasos acercándose a la puerta y entonces entró
preguntándome si me encontraba bien, pero entonces me vio y
comprendió que no me pasaba absolutamente nada.
Yo le cogí de las manos y le llevé hasta la pequeña
alfombra en la que había dispuesto los frutos y una jarra con
limonada y él se sentó. Yo no, me alejé un poco y comencé a
bailar al son de una canción tarareada con tanta gracia como
hallé en mí, como me enseñó mi madre, suavemente al
principio y acelerando el ritmo a la vez que su deseo,
provocándole con cada movimiento. No apartó la vista de mí
ni un solo segundo, no podía. No se extrañó de toda aquella
puesta en escena de origen claramente oriental, tampoco me
juzgó. Él me conocía, sabía quién era, cuáles eran mis raíces y
cuánto las amaba. No, nunca me juzgó y ese día
especialmente, disfrutó de ellas. Cuando terminé mi danza, le
pedí que se acercara con un dedo y se levantó obedeciendo,
casi hipnotizado. Yo le desnudé y lavé su cuerpo, cada parte,
sin excepción y fui besando cada una de ellas. Él me liberó de
la única prenda de tela que luchaba por ocultar mi cuerpo sin
conseguirlo y pellizcó mis pechos, brotando de ellos un
pequeño manantial de leche caliente que él se apresuró a
beber. Comió de mí sin agotar aquel recurso, pensando en el
pequeño, primero de un pecho y luego del otro, sin llegar a
saciarse. Luego le sorprendí con posturas diferentes que él ni
si quiera había imaginado, guiándole por los senderos que mi
madre había abierto para mí, para nosotros. Nos disfrutamos
mucho más que la primera vez. Nos conocíamos mejor,
nuestros ritmos, nuestras caricias favoritas…
―Ahora entiendo por qué algunos hombres en mi tierra,
buscan amantes de la tuya. ―Yo le sonreí pícaramente
disfrutando por el placer que nos habíamos entregado. Luego
bajé a buscar a mi hijo y le consolé con el alimento que estaba
reclamando hasta que se quedó dormido de nuevo.
6
Pasó el tiempo, llegaron caballeros cruzados de toda
Europa, nuestro Rey, el de mi padre al menos, estaba
cumpliendo con lo que había prometido, pero nada se había
hablado de otros lugares. Los cruzados habían tomado varias
ciudades cercanas al Nilo y el Sultán, por miedo a perder su
centro de poder, llamó al rey Federico y en Jaffa, le rindió
Jerusalén, Nazaret y Belén.
Hasta donde alcanzaba mi memoria, los cruzados seguían
viniendo a nuestras tierras, pero mi padre les explicaba el
tratado con la firma del Rey y ellos, tenían que acatarlo, les
gustara o no. Muchas familias musulmanas, decidieron
marcharse tras los acuerdos de Jaffa, pero mi abuelo tenía
esperanza en el Sultán, pensaba que no nos abandonaría a
nuestra suerte. Se equivocó. Llegaron muchos soldados de
occidente, ahora armados, paseándose por las calles,
exultantes y provocadores. Uno de ellos, agredió a una joven
de origen musulmán. La sorprendió mientras regresaba a su
casa y la violó brutalmente. Luego, terminó el trabajo con su
espada, cortándole la cabeza mientras le gritaba “¡perra
mora!”. Mi abuelo regresaba a casa cuando escuchó los llantos
y los gritos de su madre y se acercó a ver lo ocurrido. El
soldado seguía allí, contemplando su cadáver sin rastro de
preocupación o arrepentimiento y comprendiendo la situación,
mi abuelo, deslizó su espada de la funda que protegía la hoja y
lanzó un golpe mortal contra el cruzado, que no tardó en caer
al suelo, iban a echarse sobre él, pero la multitud y la familia
de la muchacha, no lo permitieron y le ayudaron a escapar.
Nunca pensó en las consecuencias que traería aquel acto de
justicia.
Estalló una pequeña revuelta. Mi padre intentó calmar las
cosas, pero fue acusado de traición y asesinado junto con mi
madre, una noche mientras dormía. Luego le prendieron fuego
a la casa y culparon a los sirvientes, alegando que se habían
revelado contra su amo por ser cristiano. Yo sabía que eso no
era cierto, conocía a Mohamed desde siempre y sabía que
aquel hombre veneraba a mi padre. Mi abuelo, vino a
buscarme a mi casa y me contó todo aquello, sus esposas e
hijos también habían sido asesinados. Solo quedaba yo. Tierra
Santa, mi hogar, de pronto ya no era un lugar seguro,
debíamos marcharnos.
― ¿A dónde iremos? Yo no conozco otro lugar. No
conozco a nadie fuera de aquí.―Protesté.
―Yo sí. Será un largo viaje, pero necesitamos ayuda de
nuestros hermanos en la fe. Guerreros que vengan a recuperar
lo que es nuestro. Debemos ir hasta la tierra de mis
antepasados. Allí, encontraremos el asilo y la ayuda que
buscamos.― Yo miré a Arnau que estaba entre la espada y la
pared. Él era cristiano, pero nunca estuvo de acuerdo con
aquellas matanzas que se libraban en nombre de Dios, fuera el
que fuera. Él asintió, comprendiendo que nuestra familia no
estaría bien vista por los cristianos y tampoco por los
musulmanes. En tiempos de paz era fácil la convivencia, pero
en tiempos de guerra, todo era muy distinto. ―Coge solo lo
necesario, partiremos al amanecer. Por cierto, Arnau, ahora
eres musulmán. Yo no soy estricto con estas cosas, pero allí
dónde vamos podrías tener problemas. Será más seguro si
finges haber abrazado la verdadera fe. A solas, puedes rezarle
al Dios que quieras, pero en público, te atendrás a las leyes de
mi gente ¿entendido?― Arnau entendió al instante y volvió a
asentir.― Lo mismo para ti, Laila, tú ya conoces nuestras
costumbres aunque jamás has hecho uso de ellas, ahora
tendrás que comportarte como una esposa musulmana, así que
escoge las prendas apropiadas y no te olvides del velo.― Yo
obedecí. Dispuse todo para el viaje mientras Arnau preparaba
los caballos. Luego partimos. No miramos atrás, un único
vistazo al que había sido nuestro hogar con una única promesa,
la de volver tan pronto como fuera posible. Nos dirigimos al
oeste, hasta la tierra del Nilo, el gran río. Allí compramos
algunos camellos; uno para mí y el pequeño Arnau, otro para
cada uno de ellos y otro para nuestras pertenencias. Los
caballos fueron vendidos. Mi abuelo nos anunció, que para
encontrarnos con sus parientes más cercanos, teníamos que
atravesar el desierto. “Nada como una buena camella para
eso”, nos dijo. Cada noche frente al fuego, Arnau y mi abuelo
discutían cual era la ruta más apropiada para la siguiente
jornada y yo, aprendía todo lo que podía de aquellas
conversaciones, a pesar de ser mujer, nunca me gustó
quedarme al margen de las decisiones que se tomaban acerca
de mi vida.
Atravesamos Madinat al-Qahira[2], siempre hacia el oeste,
adentrándonos cada vez más en el inmenso desierto.
Procurábamos no andar demasiado lejos de las ciudades,
incluso compartimos noche con algunas caravanas que
encontramos acampadas entre las dunas y que iban en busca
de sal.
Mi abuelo nos informó de que ya no andábamos muy lejos
y que seguramente la gente azul, ya era consciente de que
estábamos allí, pero yo no conseguí ver a nadie más, a parte de
nosotros. El camino era largo y cada jornada se hacía
interminable. Arena y más arena, y arriba, el cielo azul como
mis ojos y un sol que brillaba imponente, dominando ese
inmenso firmamento.
Parecía ser un camino sin fin ni rumbo, aunque Omar
siempre decía que llegaríamos pronto. Empezaba a escasear el
agua, así que ahora dejamos que las camellas nos guiaran hasta
ella. Su instinto era más fuerte y más fiable que el nuestro. Sí,
ellas encontrarían el líquido elemento que calmaría nuestra
sed, pero ¿cuándo? El tiempo jugaba en nuestra contra.
Teníamos que conseguirlo, no habíamos abandonado nuestros
hogares, nuestra tierra, nuestros amigos, huyendo de la muerte,
para encontrarnos con ella en el desierto. Ese no podía ser
nuestro final, no lo permitiríamos. Arnau, tenía toda una vida
por delante y yo procuraría por todos los medios que siguiera
siendo así. ¿Qué culpa tenía mi hijo de que los hombres
estuvieran completamente locos? Eso me hizo pensar en que
algún día, él también se convertiría en un hombre. ¿Sería
como ellos? ¿Se pasaría la vida buscando teñir su espada con
la sangre de otros? No, yo no quería eso para él. Yo le
enseñaría a ser diferente, a ser un hombre de paz. Unos gritos
me alertaron alejando esos pensamientos en los que me hallaba
sumida, arrullada por el vaivén de mi camella. Caballos al
galope azuzados por sus jinetes venían directos hacia nosotros.
Pude oír como Omar y Arnau desenvainaban sus espadas y me
tensé de inmediato. ¿Nos atacaban? ¿Qué más podía pasar?
Aquellos hombres nos ordenaron detenernos y luego nos
hicieron saber que éramos sus prisioneros. No hubo
enfrentamiento. Nos llevarían a la ciudad para vendernos
como esclavos y se quedarían todas nuestras pertenencias. Eso
no me preocupaba, al menos seguíamos con vida y nos darían
agua. ¿De qué les servíamos muertos?
Muertos no podrían vendernos y aunque Omar, mi abuelo,
ya era mayor y no sacarían mucho por él, Arnau y yo aún
éramos jóvenes y fuertes y podíamos proporcionarles una
pequeña fortuna. Nos mantendrían con vida, seguro. El único
problema es que estábamos volviendo sobre nuestros pasos,
íbamos en dirección contraria.
Esclava. Nunca había imaginado que terminaría siendo una
vulgar esclava. Yo, que tenía desde siempre varias personas a
mi servicio preocupadas por satisfacer cualquiera de mis
deseos de inmediato, ahora sería la que tendría que cumplir las
órdenes y deseos de otro. Qué caprichosa la vida y qué hábil
para hacer cambiar las tornas, pero estaba viva y la gente a la
que más amaba también, eso era lo importante. No todos,
había perdido a mis padres, pero al menos seguía teniendo a
mi abuelo, a mi esposo y a mi hijo. Ellos me ayudarían a
sobrellevar la pérdida. De pronto me di cuenta de que en
cuanto nos vendieran, nos separaríamos y probablemente,
jamás volvería a verlos. No podía permitirlo. Prefería morir a
no vivir junto a los míos, junto a Arnau.
Acampamos en cuanto el sol empezó a descender. Nos
permitieron montar nuestra tienda, pero no nos permitieron
descansar, nos hicieron llamar para que dada nuestra nueva
condición, empezáramos con aquel cometido. Yo ayudé a
preparar la cena, bajo la supervisión de unos hombres que no
dejaban de mirarme de forma descarada. Me sentí muy
incómoda, pero decidí que era mejor no causar problemas y
empeorar aún más las cosas. Obedecí a todas y cada una de las
órdenes recibidas con presteza. Luego, entré en la carpa del
jefe de la caravana para servir los alimentos que había estado
preparando y entonces, me encontré con aquel hombre obeso
que se desparramaba sentado sobre algunos almohadones. Me
sonreía de forma pícara, sin dejar de observar mis pechos,
como un lobo hambriento. Entonces le atravesé con la mirada
y él le susurró algo al hombre que tenía a su derecha, que era
enorme y completamente calvo, con unos zarcillos que
colgaban de sus orejas. Este acarició su espada y me sonrió.
No me gustó su sonrisa, escondía intenciones oscuras. Estaban
tramando algo, estaba segura. El hombre que estaba sentado
me pidió que me acercara, yo miré a Arnau y él se tensó. Omar
le obligó a permanecer donde estaba con un gesto sutil de su
mano y él me miró sin relajarse, como si esperara lo peor.
Entonces, el hombre gordo levantó su vaso, yo le serví
limonada y él, aprovechó para llevar su mano hasta mi pecho.
Arnau se levantó de inmediato, pero antes de que pudiera dar
un solo paso, tenía el filo de una espada delante de su nuez. Yo
le clavé mi mirada cargada de desprecio, directa a sus ojos
llenos de lujuria y él, dejó la limonada sobre la mesa y luego,
agarrándome por la muñeca, jaló de mí para colocarme sobre
él, me mordió en el pezón y yo le arañé la cara. No pensé en lo
que hacía, simplemente intentaba defenderme.
Busqué a mi abuelo con la mirada y vi como negaba con la
cabeza. ¿Debía consentir que aquel hombre me tomara delante
de mi esposo y de mi hijo? ¿Qué clase de persona haría algo
así? Demasiado tarde comprendí, que una persona más
sensata. El orgullo puede repararse, pero una vida perdida, no
se puede recuperar.
El hombre, me dio un bofetón y sentí que el ojo me
explotaba, luego intentó besarme y yo le mordí en el labio, que
comenzó a sangrar de pronto. El hombre que había a su
derecha, me levantó en peso cogiéndome por el pelo y yo le
agarré de uno de los pendientes y se lo arranqué. Otro que
sangraba. Me lanzó en mitad de la tienda y luego acercándose
de nuevo a mí, me cogió del pelo y me arrastró afuera. Arnau
le dio un golpe al hombre que le amenazaba con su espada.
Consiguió arrebatársela y hundirla en su estómago, pero el
grandote me soltó, lanzándome contra mi abuelo y ambos
caímos al suelo. Luego se encaró con Arnau. Entraron dos
hombres más. Vi en la cara de mi abuelo que aquello no podía
terminar bien y me lancé a la espalda del hombre para ayudar
a Arnau. ¿De qué me serviría vivir, si ni él, ni mi hijo, ni mi
abuelo, iban a estar conmigo? ¿Qué vida me esperaba a partir
de entonces sola y esclava? Prefería morir luchando por mi
amor. Eso, me parecía mucho más noble. Omar tendría que
explicárselo a mi pequeño y él tendría que entenderlo.
Le arranqué el pendiente que le quedaba y le arañé en
todos los sitios en los que le alcancé, como si fuera una fiera
enfurecida, hasta que consiguió deshacerse de mí con un brutal
codazo que me propinó en la boca del estómago. Yo me
revolví en el suelo como un pez fuera del agua, boqueando en
busca de aire. Él, ni si quiera se volvió a mirarme, se dirigió a
Arnau y con un gesto de su daga le abrió la garganta. Yo me
sentí morir. Lo único que fui capaz de hacer, fue arrastrarme
intentando salvar la distancia que nos separaba para tenderme
junto a él a esperar mi muerte. Pero no hubo descanso, no me
concedió ni un segundo para llorarle. Volvió a cogerme del
pelo y a arrastrarme fuera de la tienda, esta vez sí consiguió
hacerlo, nadie se lo impidió. Me ató las manos y desgarró mi
ropa, dejando mi cuerpo casi al descubierto. Me agarró los dos
pechos con fuerza, haciéndome daño. Una espada cayó del
cielo, seguida por una sombra azul que envolvía unos ojos
llenos de furia. Luego, todo se fue diluyendo en el espeso
manto de la noche hasta que solo quedaron la oscuridad y el
silencio.
7
Me desperté al alba. Estaba sola en la tienda sobre un
camastro improvisado demasiado incómodo para procurar
descanso. Me dolía todo el cuerpo y estaba llena de
cardenales. ¿Qué había pasado? ¡Arnau! Él intentó protegerme
y ahora estaba… estaba muerto. Arnau había muerto. ¿Y mi
abuelo y mi pequeño? ¿Estarían bien ellos? Miré de nuevo a
mí alrededor, inquieta, y salí de la tienda en busca de mi
familia.
―Estáis a salvo, señora.―Me sorprendió la voz de un
hombre que ocultaba su rostro tras un velo azul. ¿Sería el
hombre que me salvó de aquel bárbaro? Me fijé en lo poco de
su rostro que quedaba a la vista y sus ojos no me parecieron
los mismos, pero no podía estar segura. ― No tenéis nada que
temer.
― ¿Y mi hijo?
―Está con Omar. Os acompañaré.― Yo asentí, aliviada
porque mi familia estuviera bien, impaciente por verlos, pero a
la vez consciente de que mi vida sin Arnau, no tenía sentido,
criaría a mi hijo como era mi deber, pero yo estaba muerta, tan
muerta como mi amor.
Mi abuelo, estaba sentado con el niño en brazos cuando
llegué escoltada por aquel hombre.
―El viaje ha terminado. Hemos encontrado nuestro
destino. Bueno, ― dijo con una mueca que no llegaba ser una
sonrisa― nuestro destino nos ha encontrado a nosotros. Justo
a tiempo.
―No, no llegó a tiempo.―Le respondí con toda la
amargura que sentía en ese momento y que sabía que me
acompañaría durante el resto de mi vida.
―Hassan, es el pariente del que te hablé. Es un pariente
muy lejano, pero es el único que tengo y nos guiará para
encontrar la ayuda de nuestros hermanos en la fe. Los hombres
azules nos protegerán hasta que podamos regresar con un
ejército y acabar de una vez y para siempre con esos infieles.
Con esa manada de bárbaros. Tu hijo está hambriento.―Me
informó acercándome al niño. Yo le cogí entre mis brazos,
sabiendo que era lo único que me quedaba de su padre, con
todo el amor que aún me quedaba y con todo el dolor y el
vacío que dejaba en mí. Le ofrecí primero un pecho y luego el
otro, hasta que quedó satisfecho y cayó rendido entre mis
brazos. Otro hombre vestido de azul y con la cara cubierta, tal
y como mi abuelo me había descrito en sus historias, cruzó la
puerta de la tienda.
―La paz sea contigo.― Saludó a mi abuelo.
―La paz.― Le respondió él.― Hassan, esta es mi nieta,
Laila.―Yo no lo miré, no quería mirar a otro hombre, y menos
a este, no podía. Él tampoco dijo nada, no me saludó.
―Hoy descansaremos aquí, mañana partiremos hacia los
pastos, dónde nos espera mi pueblo, y el tuyo. Habrá que
preparar un tahawit[3] para ella, pero no creo que sea
problema, aunque Samir es herrero, estoy seguro de que con la
madera y las telas que hay aquí podremos improvisar uno
decente.
―Bien. ¿Tu padre sigue guiando a nuestras gentes?
―Mi padre, está con Alá desde hace dos inviernos. Una
gran sequía se llevó a los más ancianos y también a algunos
niños.―Lo dijo con un tono de indiferencia y una voz tan
entera que pensé que aquel hombre, por muy pariente que
fuera de mi abuelo, no se parecía en nada a él. ¿O quizá sí?
Tras la muerte de mi madre y de sus esposas e hijos, él fue
capaz de organizar nuestra huida de inmediato, no se concedió
un solo minuto de duelo y jamás le oí lamentarse o llorar.
¿Cómo lo hacían? ¿Cómo conseguían seguir viviendo sin dejar
que el dolor dominase sus vidas? ¿No sentían la necesidad de
derrumbarse? O tal vez, lo vivían a su manera. Yo tampoco
había sido capaz de llorar, sin embargo estaba destrozada,
hueca por dentro como el tronco de un árbol que ha sido pasto
de las llamas, inservible, muerto…
―Una gran pérdida, sin duda.― Mi abuelo lo dijo al
tiempo que posaba sobre su ancho hombro una de sus manos y
él le devolvió el gesto.― ¿Quién porta ahora el ettebel[4]?
¿Amastan, tal vez?
―No, él también murió. Ahora, les guío yo, pero me
vendrá bien tener a un hombre más sabio a mi lado. Yo, solo
soy un guerrero.
―Yo estoy viejo, Hassan, pero estaré a tu disposición
siempre que me necesites. Estoy en deuda contigo. Anoche,
fuiste muy oportuno. El brazo de Alá te guio hasta mí, no
digas que eres solo un guerrero, eres nuestro guía, nuestro
Amenokal[5].
―No te preocupes Omar, no me debes nada, nos une la
sangre y la fe. ¿Acaso puede haber un lazo más fuerte? A mi
padre le hubiera gustado volver a verte.―Luego me miró.―
¿Es cristiana?― Le preguntó a mi abuelo.
―Es mi nieta.―Mi abuelo dio aquella respuesta como si
lo explicara todo. No hizo falta más. Yo también lo entendí. Ya
no estaba en medio de dos mundos o entre dos dioses, ahora
solo había un mundo, el desierto… y un Dios, el
Misericordioso.
Durante el camino y las jornadas de viaje que nos
separaron de nuestro nuevo destino, me limité a ocuparme de
mi hijo y no hablé con nadie. Mi abuelo, pareció entender que
necesitaba tiempo para asimilar lo que había ocurrido. Lo que
había perdido. Respetó mi duelo y no se atrevió a molestarme.
Por las mañanas, viajaba entre las telas que me protegían
del sol y de las miradas del resto de los hombres, sobre la
camella. Por las noches, no salía de mi tienda. Cuando
llegamos a nuestro destino, la cosa tampoco cambió mucho.
No había casas como yo suponía, aquellas gentes vivían como
parias, en mitad de las dunas. Varias tiendas constituían el
poblado y un grupo de unas treinta personas y algunos
chiquillos, conformaban toda la población, junto con el ganado
y varios perros. El campamento estaba cerca de un pequeño
oasis y una noche, cuando dejé a mi hijo durmiendo, sentí la
profunda necesidad de lavarme todo el cuerpo, de sentir como
el agua purificaba mi piel. Sentía la sangre de Arnau y de
aquellos hombres, adherida a ella. Quería liberarme de aquella
sensación, así que me encaminé hacia el agua, me desnudé y
me sumergí en ella. Las estrellas me observaban desde lo más
alto, como testigos silenciosos de mi desesperación. Me sentí
protegida por ellas, a salvo después de tanto tiempo y por fin,
las lágrimas fueron libres para salir al exterior y lo hicieron
con tanta fuerza, que no pude retenerlas, corrieron por mis
mejillas libres, frenéticas, hasta que ya no hubo más, en aquel
lugar sagrado, me vacié entera.
―No deberías estar aquí tú sola.―Esa voz me sorprendió.
Sabía de quién provenía, pero ¿qué hacía él aquí? ¿Y cuánto
tiempo llevaba mirando? Me quedé inmóvil allí donde me
encontraba y me sumergí un poco más, intentando que el agua
ocultara mi cuerpo desnudo.― Sal y vístete.― ¡Me daba
órdenes cómo si yo fuera uno de sus hombres! ¿Quién
demonios se había creído que era? Me había salvado la vida,
sí, pero había llegado tarde para salvar la de Arnau.
Seguramente, había estado observando todo lo que ocurría,
como ahora, y no hizo nada hasta que ya fue demasiado tarde.
Nunca le perdonaría.
―No te preocupes, estoy bien aquí.― Entonces vi sus
ojos. Por primera vez desde que nos presentara mi abuelo
después de que nos rescataran de la caravana de esclavos, me
atreví a mirarle y me di cuenta de que ya los conocía. Eran los
mismos ojos que brillaron en la oscuridad al asestar el golpe
mortal contra mi verdugo. Fue él, no me cabía ninguna duda,
lo sentía con cada fibra de mi ser. Este era el hombre que me
había condenado a una vida sin amor y le odié por ello. Esos
pozos negros ahora brillaban con esa misma intensidad. Estaba
furioso. ¿Y qué? No me importaba en absoluto aquel hombre y
tampoco su furia. Solo quería que me dejara en paz con mi
dolor.
―Mujer, ¿acaso te atreves a desafiarme? Si no sales por
tus propios medios, entraré a buscarte.― ¿Entraría a
buscarme? No creí que en realidad se atreviera a hacer tal
cosa, nos medimos unos segundos y él dio un paso hacia mí.
Sí, lo haría. Yo hice un gesto con la mano para que se
detuviera y él, comprendiendo que había ganado, se dio la
vuelta para que pudiera salir. Luego me escoltó a cierta
distancia hasta mi tienda, sin decir una sola palabra.
Mi hijo empezaba a dar sus primeros pasos y la vida en el
campamento, cobraba poco a poco la normalidad. Cambiamos
de campamento en varias ocasiones en busca de los pastos y
yo empezaba a familiarizarme con aquella rutina. Al
amanecer, los jóvenes partían con los rebaños y regresaban
con la caída del sol. Luego, junto al fuego, contaban historias
y recitaban poemas para entretenerse. Mi abuelo, a menudo se
quedaba en la tienda de Hassan hablando con él. Yo no
entendía por qué le tenía tanto respeto. Era cierto que
ostentaba el título de Amenokal, lo que le convertía en el jefe
de aquel territorio, no solo de nuestro campamento, también de
otros con los que coincidíamos en algunas épocas cuando no
escaseaba tanto el agua, pero no dejaba de ser un guerrero.
Solo era un soldado, un soldado más que luchaba por ensuciar
su espada con la sangre de algún cristiano. Otro estúpido
guerrero, ávido de poder y de sangre. Un guerrero que había
dejado morir a Arnau, contemplando su muerte como antes
había contemplado la de su padre y otras gentes de su pueblo,
impasible, sin hacer nada para evitarlo. Un hombre sin
sentimientos que hablaba de ello, como si de una carrera de
camellos se tratase. Le detestaba, le odiaba, le despreciaba con
todo mi ser. ¿Cómo había dejado morir a su propio padre? Y al
de mi hijo. Pagaría, yo sabía que no podía vencerle con una
espada, pero ya encontraría el modo de hacérselo pagar.
8
La siguiente primavera, a petición de mi abuelo, Hassan
partió con un grupo pequeño de hombres para organizar una
reunión con los jefes de otros campamentos que dependían de
él y así, reclutar toda la ayuda posible para recuperar Tierra
Santa. Yo me sentí aliviada tras su marcha. Ya no tendría ese
par de ojos clavados en mi nuca cada vez que salía a dar un
paseo o a jugar con mi hijo, que ya andaba perfectamente.
Ahora era un poco más libre, solo me sentía prisionera de una
cosa, mi dolor.
Pasaron varias semanas. Se me hacía extraño no sentirle
vigilándome todo el tiempo y empecé, poco a poco, a sentir su
ausencia de un modo distinto. Le imaginaba en los lugares
donde solía verle, sentado bajo la palmera, en lo alto de la
duna que quedaba al norte del campamento, mirando al
horizonte, vigilando. Siempre vigilando… o paseando con mi
abuelo, charlando tranquilamente, pero siempre con el ceño
fruncido, eternamente preocupado. ¿Ese hombre se habría
reído alguna vez? No lo creía. Esa voz, siempre medida,
calmada y a la vez con tanto aplomo que no admitía réplica.
Daba miedo. ¿Cuántos años tendría? Por su mirada yo diría
que unos treinta, pero por su forma de comportarse, podría
tener setenta. ¿Y a mí qué me importaba todo eso? Ojalá no
regresara. No le necesitaba para nada y mi vida era más
tranquila desde que no estaba él.
Muchas veces se puso el sol desde su marcha y vi en el
rostro de mi abuelo crecer la preocupación. Empezaba a
impacientarse. Hassan tardaba demasiado. Se pasaba el día
hablando de todas las dificultades que él imaginaba que
Hassan había podido encontrar. Yo le escuchaba, a veces
reconozco que con cierta desidia.
Habían pasado al menos dos lunas cuando una noche, soñé
que se acercaba una tormenta de arena y arrasaba el
campamento. Por la mañana le conté a mi abuelo el sueño que
había tenido y él me escuchó con mayor atención de la que yo
misma me hubiera prestado. Luego, me hizo un montón de
preguntas de las cuales algunas no supe responder, pero al
cabo de un rato se dio por satisfecho. Antes de comer, le vi
reforzando las sujeciones de nuestra tienda y también las de la
tienda de Hassan. Yo pensé que no tenía que haberle contado
nada, porque los ancianos suelen ser más supersticiosos. Aún
recuerdo los cuentos sobre los djinn que me contaba de niña.
Aquel recuerdo, me hizo sonreír por primera vez en mucho
tiempo.
Por la tarde, empezó a soplar viento. La fuerza del aire
jugaba con la arena a voluntad, elevándola sobre el suelo firme
haciendo figuras en el aire. Lejos de generar en mí la
preocupación que leía en el rostro de los otros, aquella visión
me traía paz, como ver bailar las lenguas de fuego en una
hoguera o las olas del mar chocando contra las rocas, pueden
parecer gestos violentos de la naturaleza, pero yo veo en ellos
un lenguaje secreto que me seduce y me calma, así que me
permití distraerme un rato en aquella danza mística de los
elementos. Vi como hombres, mujeres y niños imitaban a mi
abuelo reforzando las sujeciones de las tiendas. ¿Qué
significaba todo aquello? No tardó demasiado tiempo en llegar
la respuesta. Mi abuelo me obligó a entrar y me pidió que
amarrase bien la tela que cubría la entrada. La tienda entera
comenzó a zarandearse y el sonido del viento era aterrador,
rugía como el espíritu de un hombre agraviado reclamando su
venganza. Aquella tormenta de arena, la primera que vivía,
sacudió el campamento durante un rato que se me hizo eterno.
Luego se alejó sin más y tras ella, todos salimos a respirar a
cielo abierto. En el horizonte, como si de un espejismo se
tratase, apareció la silueta de una sola montura. El pueblo
entero salió a recibirle, todos, menos yo. Me quedé plantada
delante de la puerta de mi tienda sin acercarme al jinete que
regresaba, aunque reconozco, que algo sacudió mi cuerpo
cuando reconocí su figura. Era normal, supuse, si había
logrado su objetivo, volvería a casa, a mi hogar. A todo lo que
conocía y a la tierra que amaba.
Cayó la noche y los hombres se sentaron alrededor del
fuego para discutir las noticias que traía Hassan. Yo aproveché
para ir a darme un baño, como hacía cada noche desde que él
se había marchado. Ya nadie me importunaba y ese, era mi
único momento de soledad y también de libertad. La noche me
protegía y era completamente libre para llorar. Para llorar por
mi Arnau. El cielo, estaba especialmente tranquilo tras la
tormenta y las estrellas brillaban con fuerza, millones de ellas
lo hacían a la vez, en perfecta armonía.
El agua estaba tibia y quieta, la luna se reflejaba en ella
como lo haría una tímida muchacha en un espejo. Me quedé
pensando en cuánto había cambiado mi vida, en todo lo que
me había pasado desde que llegaron los malditos cruzados, en
lo vieja que me había hecho en tan poco tiempo. Miré mis
manos. No era vieja, al menos, no lo parecía. No había arrugas
en mi piel ni manchas del sol. De pronto, me pareció ver una
sombra moviéndose entre el follaje de los arbustos que
dotaban de cierta intimidad a aquella poza de agua milagrosa.
No tuve que esperar a verle para saber quién era. Hassan. Mi
corazón dio un vuelco, como hacía siempre que pensaba en él
o le tenía cerca. ¿Por qué no me dejaba en paz de una maldita
vez? Ese hombre se había propuesto convertir mi vida en un
infierno. ¡Pues no pensaba salir! Esta vez, si quería hacerme
salir, tendría que entrar a buscarme. Ya me había cansado de
que me tratara como a una niña. Me miró unos segundos, sin
decir nada. Yo no entendía qué estaba haciendo allí parado.
¿Acaso pensaba quedarse mirando cómo me bañaba? Se quitó
el cinto y lo dejó caer con la espada a sus pies. Luego las
botas… Lo hacía sin prisa, tomándose más tiempo del que en
realidad necesitaba. ¡Me estaba dando tiempo para salir antes
de entrar a buscarme! No se atrevería.
―Quédate dónde estás.―Le amenacé.
―No me gusta repetir las cosas.― Siguió quitándose las
botas sin hacerme el menor caso.
―Déjame en paz, ¿quieres? El que tú no sientas dolor, no
quiere decir que los demás no lo sintamos. El que tú no hayas
amado nunca, no quiere decir que los demás no lo hayamos
hecho. Déjame con mi dolor y márchate.―Entró en el agua sin
decir nada más, me cogió de la muñeca y se dio la vuelta en
dirección a la orilla, arrastrándome con él.― ¡He dicho que
me dejes con mi dolor!
―Tu dolor. Mi dolor. Su dolor… ¡Es el mismo! Todos
hemos perdido a alguien. Mi padre… tu padre… sus padres…
Todos sentimos la misma pérdida, pero ellos no volverán. Y
tú te atreves a arrastrarme hasta aquí, consumiendo mi
atención y mi tiempo, porque una cría caprichosa y egoísta,
decide apartarse del campamento en mitad de la noche y me
obliga a ir a buscarla dejándolo desprotegido, mi gente corre
peligro. ¡Les estás poniendo en peligro!― Su voz sonó como
el trueno en mitad de la noche, con tanta fuerza y rabia que me
atravesó entera, de pies a cabeza y me obligó a mirarle. Esos
ojos implacables. ―Nosotros somos pastores. Nunca he
perdido un animal de mi rebaño, porque los vigilo a todos y
los mantengo unidos. El desierto puede ser una trampa si no
sabes leer en la arena el peligro. Vístete y que esto no vuelva a
ocurrir. Estás avisada.― Esa fue la primera vez que le escuché
hablar, le había oído algunas veces cuando hablaba con mi
abuelo, pero jamás le presté la menor atención. Esta vez sí lo
hice, su voz me golpeó con la misma fuerza con la que lo
habrían hecho sus puños de haber tenido ese derecho, y dolió
mucho más. Supe que tenía razón en cada una de las palabras
que me había escupido y yo merecía todas y cada una de ellas.
Mi abuelo y Arnau ya dormían cuando llegué a la tienda.
Yo me acosté y procuré hacer lo mismo, aunque lo cierto es
que no lo conseguí. Por la mañana, me levanté temprano y
preparé el desayuno.
―Hassan no ha conseguido la ayuda que buscábamos, al
menos, no de inmediato. Tendremos que quedarnos aquí más
tiempo del que habíamos previsto.― Yo asentí comprendiendo
lo que me decía.― ¿No te importa?― Me preguntó extrañado.
―Lo entiendo.― Le respondí yo. ― ¿Qué ha ocurrido?
―Después de reunirse con todo el consejo de
imajeghan[6], acordaron ir a ver al sultán de Egipto para que
hiciera un llamamiento a la Yihad[7]. Nosotros no contamos
con suficientes guerreros para luchar contra los cruzados, ni si
quiera tras hacer sonar el ettebel contaríamos con suficientes
imajeghan. Por eso se han vuelto a reunir, para escuchar las
noticias y tomar una decisión. Hassan, intentó hacerle ver que
los cristianos habían roto el tratado, que habían muerto
muchas personas después de que él rindiese Jerusalén, pero el
sultán de Egipto, Al-Kamil, no quiere ayudar. ¿Cómo iba a
hacerlo si fue él quien entregó Jerusalén a los cristianos?
Dijeron que había sido una decisión política, diplomática, pero
solo intentaba proteger Egipto y su palacio, no a su gente.
Piensan que no murió nadie, que fue una rendición
pacífica, tal vez después de todo, la vida de mis hijos no sea
tan importante. El Sah de Persia tampoco puede hacer gran
cosa, tiene suficientes problemas para mantener sus tierras a
salvo de los mongoles, como para intentar ocupar Jerusalén.
Tendremos que esperar nuevos tiempos. Eso es lo que ha
decidido el Consejo. Yo coincido con ellos. Sin la ayuda de
todos nuestros hermanos en la fe, no es posible la victoria. Qué
pobre es la memoria de algunos, cuando les conviene
olvidar… Yo no puedo olvidar las historias que mi abuelo me
contaba de cuando perdimos Jerusalén, ni el respeto que los
musulmanes sentían por sus hermanos en la fe. ¿Dónde
están los hombres valientes, los hombres como Abu-Saad al-
Harawi?―Los ojos de mi abuelo se cerraron unos segundos,
como si buscara aquella información, como si a través de la
oscuridad, pudiera viajar al pasado, a las palabras de sus
antepasados.― Nunca te he contado esa historia, pero *cuando
Tierra Santa fue tomada por primera vez por los cristianos,
Abu-Saad al- Harawi marchó a Bagdad y entró gritando en el
diván del califa al- Mustazhir-Billah. Algunos dignatarios de
la corte intentaron calmarlo, pero él, apartándolos con gesto
desdeñoso, avanzó resueltamente hacia el centro de la sala:
“¿Osáis dormitar a la sombra de una placentera seguridad, en
medio de una vida frívola como la flor del jardín, mientras que
vuestros hermanos de Siria no tienen más morada que la silla
de los camellos o las entrañas de los buitres? ¡Cuánta sangre
vertida! ¡Cuántas hermosas doncellas por vergüenza, han
tenido que ocultar su dulce rostro entre las manos! ¿Acaso los
valerosos árabes se resignan a la ofensa y los ardidos persas
aceptan el deshonor?”. Todos los presentes, se estremecieron
entre gemidos y lamentaciones. Pero al-Harawi no buscaba sus
lágrimas: “La peor arma del hombre ―les gritó― es verter
lágrimas cuando las espadas están atizando el fuego de la
guerra. […] Nunca se han visto los musulmanes humillados de
esa manera; nunca, antes de ahora, han visto sus territorios tan
salvajemente asolados”.[8]
Luego, pidió al califa, que hiciera un llamamiento a la
Yihad, la guerra santa contra los enemigos de Mahoma y del
Islam.―Yo asentí comprendiendo la indignación e impotencia
de mi abuelo y no quise recordarle más ese dolor.
― ¿Murió mucha gente en la sequía?―Mi abuelo me
miró extrañado por el giro que yo le había dado a la
conversación, pero me respondió sin hacerme ninguna
pregunta, al menos sin verbalizarla porque sus ojos intentaban
adelantarse a mis intenciones.
―Eso he oído. Duró demasiado tiempo. Nadie recuerda
otra igual. Murió la gente más anciana y también los más
pequeños. Las desgracias siempre se ceban con los más
débiles. Hassan, ― pronunció su nombre y estudió mi
reacción, dudando si contarme aquella parte de la historia y al
parecer, decidió hacerlo― se llevó posiblemente la peor parte.
Perdió a su padre y eso fue un golpe muy duro, estaban muy
unidos, pero fue un golpe mayor la pérdida de su esposa y su
primogénito recién nacido.― Yo le miré aterrada, odiándome
por cada una de las palabras que le había dicho. Él debía
sentirse igual que yo, desconsolado, perdido… y con toda la
responsabilidad de su pueblo sobre los hombros. Puede que
estuviera equivocada sobre aquel hombre.
Salí de la tienda y encontré a Hassan sentado en su
palmera, rodeado por algunos críos. Me miró desde allí y
siguió hablándoles sin prestarme la menor atención. Me
odiaba, tenía que odiarme, yo me odiaría. Yo le habría molido
a golpes si hubiera sido al revés. ¿Por qué no lo había hecho?
Me acerqué para disculparme. Era lo menos que podía hacer.
Cuando me tuvo delante, les dijo a los críos que le fueran a
buscar un poco de limonada y ellos obedecieron al instante.
Era mi turno, él no parecía tener intención de decir nada.
―Debió de ser horrible.―Fue todo lo que conseguí decir.
Creí que me mandaría con los djinns, pero finalmente habló.
Su mirada me hizo saber que comprendía perfectamente de lo
que le estaba hablando, pero decidió cambiar de tema, quizá le
resultara demasiado doloroso.
―Arnau, ha crecido mucho, pronto podrá jugar con los
otros niños.― Imaginé a mi hijo bajo la palmera, escuchando
las historias que contaba Hassan, siempre protegido bajo su
atenta mirada, y sentí que en ningún lugar estaría más seguro
que en sus brazos. Y me odié al instante por ello. Sentía esos
pensamientos como una traición a la memoria de mi esposo.
Entonces comprendí que eso era lo que en realidad detestaba
de Hassan, que fuera capaz de despertar en mí, algo a lo que
había renunciado cuando Arnau se desangró sobre la alfombra
de aquella tienda perdida entre las dunas. Tuvo que ser
horrible perder a su hijo y a su esposa. De aquello, debían de
haber pasado ya un par de años, pero él no se había vuelto a
casar, que extraño… ¿Por qué Hassan no acudía al ahal[9]?
Los hombres procuraban asegurarse la descendencia, no eran
demasiado exigentes con las mujeres y seguro que algunas de
las muchachas del campamento, estarían dispuestas a contraer
matrimonio con él. Era fuerte y gozaba de una buena posición
entre su pueblo, no sabría decir si era guapo o no, nunca se
quitaba el velo. Ese velo azul que seguro habría desteñido
sobre su piel. Me eché a reír, al pensar en Hassan con toda la
cara de color azul, tenía que ser muy gracioso.― ¿He dicho
algo gracioso, mujer?― Su voz sonó dura como siempre,
implacable, pero sus ojos no, sus ojos tenían un destello
inquieto, casi divertido, como si se hubiera unido a mí risa en
silencio, sin ni siquiera entenderla.
Una mujer se acercó y me cogió del brazo para hablarme
en un tono confidencial. Yo la miré algo molesta por la
interrupción, pero no quería ser grosera y la atendí. Me
preguntó si había soñado algo últimamente. Estaba preocupada
porque su hijo había enfermado. Durante la noche pasada,
había sufrido unas fiebres horribles. Me disculpé y le dije que
no había soñado nada, pero que estaría encantada de ayudarla
con lo que necesitase.
Cuando la mujer se marchó, llegaron los críos con la
limonada que Hassan había pedido y yo decidí que no era buen
momento para mantener una charla, así que me marché. Esa
noche, soñé con un escorpión, un gran escorpión negro que se
escondía en la arena y una lanza que caía con tanta fuerza
sobre la arena que lo partía en dos.
Me levanté temprano, la vida en el campamento resurgía
con la llegada de las primeras luces. Preparé gachas con leche
de cabra y mijo, y tras servir el desayuno a mi abuelo y fui a
buscar a la madre para contarle lo que había soñado. La mujer
buscó al escorpión por toda la tienda, levantando las alfombras
y moviendo todos los enseres. Yo pensaba que no iba a
encontrar nada en absoluto, hasta que vi una cosa negra que se
escondía entre la arena. Entonces soltó un grito, creo que de
alegría por haber encontrado al escorpión y me abrazó para
darme las gracias. Yo no pensé que fuera a haber ningún
escorpión, ni si quiera sé por qué fui a contarle mi sueño. Ella
intentó darle caza, pues el remedio tenía que hacerlo con aquel
bicho repugnante, pero aquel animal ponzoñoso, se resistía.
Salió disparado de la tienda y nosotras corrimos detrás,
entonces una lanza cayó sobre la arena, era la lanza de Hassan
dejando al descubierto al escorpión partido en dos. La mujer
cogió los pedazos del mortífero animal y se los llevó a su
tienda, dispuesta a preparar el remedio para su hijo de
inmediato. Yo me quedé allí, mirando al hombre que había
llegado justo a tiempo y me pregunté, si era posible que en mi
caso, también lo hubiera hecho, si Alá lo habría dispuesto así.
Supe que sí, que jamás se habría quedado al margen
contemplando una injusticia, supe que llegó justo en el
momento en el que el Dios Misericordioso lo había decidido y
le perdoné por las culpas que nunca fueron suyas, sino mías.
Por no haber obedecido, por no haberme sometido tal y como
habría hecho cualquier otra mujer. Él, que todavía seguía allí
también, se dio la vuelta y comenzó a alejarse, pero mi mano
voló rápida para detenerle.
―Hassan… lo siento.― Agaché la cabeza, creo que por
primera vez en toda mi vida. Luego me obligué a levantarla
para mirarle a esos profundos ojos del color del ébano.― Lo
siento de verás. No tenía ningún derecho a decirte las cosas
que te dije. Siento mucho tu pérdida.
―Está bien así. No te preocupes más.―Parecía incómodo,
pero yo necesitaba que comprendiera que era consciente de
que le había juzgado mal. Quería… necesitaba su perdón.
―Fui injusta contigo, no te daré más problemas. A partir
de ahora…
―Ten cuidado con las promesas que hagas, porque podría
obligarte a cumplirlas.― Luego me sonrió, o eso me pareció, y
se fue a su palmera.
A media tarde, la madre del chiquillo vino a contarme que
la fiebre había empezado a bajar y me entregó un plato lleno
de dulces. Vi la cara de mi abuelo, llena de orgullo y sonreí
avergonzada.
―Tienes el don de tu abuela. Ella también tenía sueños y
Alá le revelaba sus misterios en ellos. Su don, el tuyo, es muy
apreciado entre la gente del desierto.
―No sé si se trata de un don.―Le sonreí algo incómoda.
― ¿Qué si no?
―Solo veo cosas malas.― Le advertí.
―Para que podamos poner remedio antes de que sea tarde.
Es un don, no lo dudes. El misericordioso ha puesto en ti su
confianza y nuestro pueblo también. Tú y Hassan sois los
guardianes de nuestro pueblo.― ¿Yo y Hassan en la misma
frase? ¿Unidos por algo?
―Él es más efectivo que yo. Yo solo puedo soñar y no
siempre recuerdo esos sueños.
―Recordarás los importantes. Hassan puede protegernos
del peligro cuando ya ha llegado, pero solo tú puedes
avisarnos de que viene, para que estemos preparados. Juntos
seréis invencibles.―Yo volví a sonreír y el plato que tenía en
mis manos cayó al suelo.― Aún no eres capaz de ver en el
corazón de un hombre, pero ya aprenderás. El corazón está
detrás de los ojos. Mira en sus ojos y encontrarás las
respuestas que buscas.
―Yo no tengo ninguna pregunta para Hassan.―Le
advertí.
―Puede que sí o puede que no, pero ahora ya sabes dónde
buscar la respuesta si algún día te surge la pregunta.― Se rio.
9
Cayó el sol, estrellándose en el horizonte como si una
ciruela madura lo hiciese sobre un manto de lino y le fuera
cediendo, poco a poco, su color. Yo terminaba de acostar a
Arnau y Hassan apareció en la puerta de la tienda.
―La paz sea contigo, Omar.
―La paz, Hassan.
― ¿Hoy no te bañas?―Dijo dirigiéndose a mí.― He ido al
agua, pero no te he encontrado allí, quería asegurarme de que
no te habías ahogado.―Yo levanté la vista y me tropecé con
sus ojos y escuché una risa apagada que traspasaba el velo. ¡Se
estaba riendo!
―Ya te dije que nunca más te daría problemas.
―Te acompañaré, si quieres. Hoy te lo has ganado.― Yo
le miré confundida y luego miré a mi abuelo que asintió de
forma sutil. Hassan abrió la tela para que yo pudiera salir y
luego la dejó caer tras nosotros.
― ¿Cómo lo sabías?
― ¿El qué?
―El escorpión.
―Lo soñé.―Dije algo avergonzada.
― ¿También la tormenta de arena?
―Sí, pero no vi que llegarías tras ella.
― ¿Y qué?
―Nada. Me habría gustado verlo. Cuando soñé con el
escorpión, también vi como una lanza lo partía en dos, pero no
vi de quién era la lanza. Mis sueños me ocultan cosas.―Le
confesé contrariada.
― ¿Qué crees que te ocultan?
―A ti. Siempre estás cuando se hacen realidad, pero en
ellos nunca apareces.
―Bueno, ves lo importante, el peligro. ¿Para qué quieres
soñar conmigo?― Yo me sonrojé al instante.
―Yo no he dicho que quiera soñar contigo.―Le reproché
algo avergonzada.
―Me daré la vuelta para que puedas entrar en el agua.―
Me desvestí deprisa y entré en el agua sumergiéndome hasta
los hombros.
―Ya puedes mirar.― Se dio la vuelta y estuvimos en
silencio durante un tiempo. ―Quiero explicarte porqué te
odiaba.
― ¿Me odiabas?
―Sí, eso creo. ―Le confesé.―Creía que mi esposo murió
porque tú no llegaste a tiempo, que le dejaste morir. Ahora sé,
que solo era la voluntad de Alá, que tú siempre llegas en el
momento oportuno.
―Necesitabas un culpable, es comprensible. Yo no tuve
tanta suerte. La sequía no es cosa de los hombres. Si hubiera
encontrado al culpable, le habría arrastrado por todo el
desierto y mirado, mientras las alimañas, devoraban sus
despojos, pero no hay culpables. Solo nos queda llorar su
pérdida y rezar al Misericordioso, para que nos lleve con ellos.
― ¿Aún te sientes así? ¿Preferirías estar muerto?
―El dolor se calma, su recuerdo permanece y la vida,
sigue… No hay misterio, solo tiempo. He aprendido a vivir
con ello. He comprendido que ya no van a volver. He
aprendido a aceptar la voluntad de Alá y a apreciar la vida y
sus regalos.
―Esta noche sí que es un regalo.―Le confesé yo. Y
realmente lo sentía así. Estaba tranquila, el agua me refrescaba
y la oscuridad, ocultaba mi rostro sonrojado aliándose
conmigo. ― Mira las estrellas, brillan como la plata sobre la
seda.
― ¿Cómo es la vida en una ciudad? ¿No os aburrís? ―Yo
solté una carcajada.
―Yo te hubiera preguntado lo mismo cuando llegué aquí.
Confieso que no entendía cómo podíais vivir así, pero ahora lo
entiendo. Mi casa era grande, tenía un palmeral para mí sola,
unos muros y unas puertas que me protegían. Tenía caballos y
sirvientes y muchos vestidos…
―Debe de estar bien tener tantas cosas, aunque mi padre
siempre decía, que lo que tenemos en las manos puede
desaparecer, pero lo que tenemos en la mente y en el corazón,
no desaparece nunca.
―Ahora sé que vosotros, tenéis mucho más de lo que yo
tendré jamás. Tenéis todo el desierto para vosotros, hasta el
horizonte. Los niños van a jugar por donde quieren y todos
sois una gran familia.
―Somos.―Me corrigió.
―Somos.― Le concedí. ― En mi hogar, jamás vi un cielo
como este. Tu gente es feliz. La mía, está siempre preocupada
de sus grandes negocios o por la guerra.
―Tuvo que ser horrible. Omar me contó lo que le ocurrió
a tu familia.
―Lo fue, pero como tú has dicho, el tiempo suaviza el
dolor. Sé que ahora ya no sufrirán más, ahora están en paz y
creo que yo también empiezo a encontrar un poco de esa
paz.― Empecé a sentir frío de pronto.― ¿Puedes darte la
vuelta? Me gustaría salir.
No dijo nada, simplemente se giró. Yo me dirigí hacia mi
ropa que estaba cerca de él. Iba a recogerla y cuando estaba a
punto de hacerlo, detuvo mi mano.
―Quieta.― Me susurró― No te muevas.― Sacó su
espada lentamente y descargó un golpe contra mi ropa.
Escuché un siseo y vi como mi túnica se cubría de sangre. Me
quedé helada allí donde me encontraba.― ¿Estás bien? ―No
le contesté, el miedo no me dejaba todavía hablar. Entonces se
volvió para comprobarlo y fui consciente de que aún estaba
desnuda.
― ¡No!―Él soltó una carcajada y yo también me reí, más
por los nervios que por que me hubiera hecho gracia en
realidad.― Deja que me vista ¿quieres?
― ¿Puedo elegir?― Esa pregunta me pilló por sorpresa.
No contesté. Aguardé en silencio.―Preferiría que no lo
hicieras…― No dije nada, simplemente le giré hacia mí, sin
pensar muy bien en lo que hacía y él dejó caer su espada sobre
el suelo y se quitó el velo sin dejar de mirarme. Yo sonreí. Era
realmente guapo, no me equivoqué con la edad, debía tener
unos treinta años. Sus ojos se clavaron en los míos con la
misma fuerza que cuando me sacó del agua, ahora sé que no
solo era furia lo que había en ellos, también había deseo.―
¿Qué te hace tanta gracia? ―Dijo acercándome a él.
―Creía que tendrías la cara azul.― Ahora fue él quien rio
y luego me estrechó con fuerza contra él, me acarició el pelo y
me besó al tiempo que me levantaba lo suficiente para que mis
piernas pudiesen rodear su cintura. Pero había demasiada tela
que separaba nuestros cuerpos y yo necesitaba sentirle más
cerca de mí. Necesitaba sentir sus manos y hacer que él
sintiera las mías, necesitaba su piel. Llevé mis piernas hasta el
suelo y le ayudé a quitarse la ropa. Tenía el cuerpo de un
guerrero. Me fijé que tenía varias cicatrices sobre la piel y
quise acariciarlas, como si pudiera aliviar con mis manos el
dolor que un día le ocasionaron y entonces quise que fuera
verdad, quise poder aliviar cualquier dolor o pena que alguna
vez le rozara y ser el bálsamo que necesitara en adelante. Su
piel ardía allí donde la rozaba. Me cogió en brazos, como si
fuese una pluma, se metió en el agua llevándome con él y allí,
en aquel lugar olvidado del mundo, compusimos una sinfonía
que alejaba a fuerza de esperanza, el miedo, el dolor, la
soledad, la amargura… todo despareció bajo nuestras caricias.
Toda incertidumbre fue engullida por nuestras bocas y solo
quedó el deseo, la fuerza y la pasión, y nuestras oraciones
pidiéndole a Alá que aquello no se acabara nunca. Fuimos el
uno para el otro el antídoto al veneno que el destino había
vertido en nuestras vidas. Nos liberamos de todo el
sufrimiento al sentir la posibilidad de encontrar la felicidad de
nuevo.
Estaba a punto de romper el alba cuando empezamos a
vestirnos. Yo fui a coger mi ropa y entonces, la vi sesgada por
el filo de su espada y llena de sangre. La levanté y puse mala
cara.
―Me debes una túnica nueva.― Él me sonrió.
―Y tú, me debes dos veces tu vida.
―Es cierto. Te prometo que te lo compensaré.― Puse las
manos sobre su pecho y le besé.
―Mujer, ya te dije que te obligaría a cumplir las promesas
que me hicieras.
―Y yo estoy dispuesta a cumplir con esta. Te lo
compensaré.
― ¿Ha sido por eso?― Me miró frunciendo el ceño,
preocupado porque me hubiera entregado a él para saldar
alguna deuda. Lo leí en sus ojos tal y como me había dicho mi
abuelo.
―No. Nunca saldaría mi deuda así, lo único que
conseguiría es aumentarla.―Bajé la mirada intimidada por
aquel hombre que acababa de llevarme al mismo paraíso.
―Sabes que no me debes nada.
―Dos veces mi vida y la de mi hijo. Nunca podré saldar
esa deuda. Esto no tiene nada que ver con eso. No es gratitud,
creí que lo sabías…
―Bien.
―Tú sigues endeudado por una túnica.―Me reí para
suavizar un poco la tensión.
Con la tela de su velo me hizo una especie de túnica para
mí. Al menos iría cubierta hasta mi tienda. El campamento
estaba en calma, a él, nadie le vería sin su velo.― Deberías
dedicarte a esto.
― ¿A vestir a mujeres desnudas?
―Ni se te ocurra vestir a una mujer que no sea yo.― Le
advertí divertida.
― ¿Y si volviera a casarme?
―Si te casas, será conmigo.― Soltó una carcajada.
―Te has criado entre cristianos y tu padre era uno de ellos.
Me refería a una segunda esposa.― Nunca había tenido que
pensar en eso. Él podía hacerlo, la ley musulmana permitía
tener varias esposas.
―Estarás en tu derecho.―Dije sin más, sabiendo que era
así e intentando no pensar en el dolor que aquello me
provocaría.
―No creo que lo haga, las mujeres sois demasiado
complicadas. Con una hay bastante dolor de cabeza para todo
el día.― Se rio. Ahora yo estaba molesta
― ¿Eso es lo que voy a ser, un dolor de cabeza?
―No, claro que no, en tu caso sé que será más de
uno.―Dijo divertido. Yo eché a andar sin volver a mirarle,
pero antes de que diera tres pasos me agarró por la muñeca y
me obligó a enfrentarme a él.― No te preocupes, yo también
te daré algún dolor de cabeza, pero el tiempo suavizará el
dolor y Alá nos dará el remedio, mientras permanezcamos
juntos. Te haré una promesa y tú podrás obligarme a
cumplirla: Te prometo que… ―puse un dedo sobre sus labios
para que se guardara su promesa.
―Ya está bien de promesas por hoy. Solo necesito sentirte
cerca. Saber que me amarás como esta noche, cada día. Deja
que yo cumpla primero la mía y luego, si estás satisfecho,
podrás hacerme la tuya.―Él volvió a besarme y yo le respondí
con la misma fuerza.
―Es tarde.
―O pronto…―Le señalé hacia el cielo en el que estaba
despuntando el alba.
―Debemos volver. Luego hablaré con Omar para empezar
a preparar la boda. Aunque si lo prefieres, yo podría esperar un
poco.
― ¿Puedo elegir?―No contestó.― Preferiría que no lo
hicieras. Pronto, mejor que tarde.
―Que decida tu abuelo.
―Le diré, que he soñado que era mañana. ¿Quién puede
discutírmelo? ― Se echó a reír.
―Eres una mujer extraña. Puede que sean más de dos…
― ¿Más de dos?― Le pregunte sin comprender.
―Los dolores de cabeza.―Nos reímos los dos y yo le
empujé. Luego cada uno se fue en silencio a su tienda. Yo me
dispuse a preparar el desayuno, sabiendo que Omar no tardaría
en despertarse.
―No te oí llegar anoche.
―Abuelo…― Las palabras se pegaron a las paredes de mi
garganta y no querían salir.
― ¿Has encontrado las respuestas que buscabas?
― ¿Cómo lo sabías?
―Supongo, que simplemente soy un hombre. Hassan es
bueno y fuerte, él cuidará bien de ti.
―Quiere que nos casemos.
― ¿Y tú?
―También. Creí que jamás sería capaz de mirar a ningún
otro hombre, pero Hassan es distinto, hace que quiera estar
viva de nuevo. Vuelvo a sentirme capaz de amar y de ser feliz.
―Cuanto antes, mejor.
―Eso es lo que queremos.
La siguiente noche, fue la última que dormí en aquella
tienda.
10
Hassan me regaló un zakkat[10], para que lo pudiera lucir
el día de nuestra boda. Era realmente bonito y pesaba menos
de lo que yo imaginaba. Se lo había encargado a Samir, que
había hecho un buen trabajo con la plata. Algunas mujeres del
pueblo me regalaron útiles para la casa fabricados con cuero.
Lo que más me gustó fue el regalo de Fátima, la esposa del
herrero, era una tassufra[11] para la ropa, el tejido tenía
muchos dibujos y colores.
La tienda de Hassan, era mucho más grande que la mía y
su lecho también. Cada día, él se levantaba y yo preparaba el
desayuno. Nada más terminar, se iba a su palmera, llevándose
a mi hijo con él. Los otros niños del campamento también iban
en su busca y a mí, me encantaba verle allí sentado, rodeado
de criaturas expectantes por cada palabra que salía de su boca
y con mi hijo entre sus brazos. Sería un gran padre.
Solo habían pasado tres lunas desde nuestra boda y yo no
había vuelto a sangrar. Estaba segura de que estaba
embarazada, pero había decidido esperar, por miedo a que el
embarazo no fuera bien. Él se pondría triste si yo perdía el
niño, pero esa noche soñé con él. Hassan levantaba al cielo, un
pequeño recién nacido, pero desconocido para mí. Entonces,
supe que el bebé llegaría a nacer y me moría de ganas por
decírselo. Puse el desayuno sobre la mesa y le miré sin poder
ocultar una sonrisa. Él también me miró extrañado, sin
comprender.
― ¿Tengo la cara azul?―Me dijo recordando la noche en
la que le vi la cara por primera vez. De eso no hacía mucho,
pero sentía que aquella época se perdía en mi memoria, como
si no pudiera recordar un tiempo antes de Hassan.
―No, pero pronto tendrás que ir a comprar más tela azul.
―Hace tiempo que no he roto ninguna túnica.―Protestó.
―No es para mí.
― ¿Arnau necesita una nueva? Ese crío crece muy deprisa.
―Sí, pero tampoco será para él.
― ¿Para qué quieres la tela entonces? La mía aún está
nueva…―Se quejó.
―Para tu hijo.―Le dije por fin. Él abrió mucho los ojos
comprendiendo el significado de mis palabras y entonces,
dejando el desayuno sobre la mesa se acercó a mí y me abrazó
por la cintura sin estrecharme demasiado. Luego acarició mi
barriga.
―Alá me sonríe de nuevo. No hay mejor noticia―Se rio
eufórico por la alegría de saber que tendría descendencia,
alguien a quien dejar su legado.― Pronto volveremos a
acampar junto al oasis. Si esperamos demasiado no podrás
hacer el viaje y quiero el agua cerca. El agua, es vida.―Yo
asentí y vi en su rostro la preocupación por el recuerdo de su
esposa y su hijo fallecidos, el miedo a que a mí me pasara lo
mismo. Decidí tranquilizarle.
―No te preocupes, todo irá bien. El bebé nacerá y será un
niño sano y fuerte, como su padre. Lo he visto.―Le clavé la
mirada con toda la fuerza que pude, no quería dejar lugar a
dudas en cuanto a eso.
― ¿Lo has visto?
―Sí, hace tiempo que lo sé, pero estaba esperando a estar
segura de que llegaría a nacer para decírtelo, podría haber
surgido alguna complicación y no quería añadir más tristeza a
tu vida. Pero anoche el cielo me confió la respuesta,
despejando cualquier duda. He soñado contigo, por primera
vez, te he visto en mis sueños.
―Mujer, no quiero que me ocultes nada, aunque creas que
puede producirme dolor. ―Yo bajé la mirada, comprendiendo
su reproche y él me levantó la cara para que pudiera mirarle,
pero yo le había disgustado y no quise abrir los ojos, no quería
enfrentarme a su mirada cuando ésta, seguramente, estaría
cargada de ira o decepción.― Abre los ojos… Mírame.―Su
voz me obligó a obedecer y me encontré con dos hermosos
ojos negros. No había ira en ellos, solo
comprensión.―Cualquier cosa que suceda, la superaremos
juntos.― Yo aparté el velo y busqué sus labios.
―Perdóname.
―No tengo nada que perdonar. Hoy me has hecho el
hombre más feliz de la tierra.
11
El camino fue duro. Mi barriga había crecido suficiente
para que el tahawit, ya no me resultase cómodo y Hassan, que
siempre encabezaba la caravana, desandaba sus pasos para
comprobar que estaba bien con más frecuencia de la necesaria.
No llegábamos a hablar, se limitaba a apartar la tela y mirarme
y yo asentía para hacerle saber que no sentía ninguna molestia.
El viaje se me hizo más largo que otras veces y la misma
noche que llegamos al campamento que había junto al oasis, le
pedí que me acompañara hasta el agua. Aquel era mi lugar
favorito, aunque me había acostumbrado a aquella vida
errante, aquel lugar me hacía sentir mejor que los demás. Allí
encontraba la paz. Él lo sabía. Ya no se quedaba fuera del
agua, se desnudaba para bañarse conmigo y yo, lo agradecía
profundamente.
Se sentó en la orilla. El agua le llegaba a la cintura y yo me
acerqué a él, sentándome sobre sus piernas. Le besé en la cara,
absorbiendo cada una de las gotas de agua que resbalaban por
ella. No tardé en encontrar la respuesta de su cuerpo que
reaccionó con toda eficacia para satisfacer mi deseo y también
el suyo. Nos amamos con la misma intensidad que la primera
vez, siempre era así. Apasionado, fuerte, sabía exactamente
qué era lo que yo quería y me lo daba sin vacilar. No es que
Arnau no fuera un buen amante, simplemente mi cuerpo
reaccionaba de un modo distinto ante él. Cuando Hassan me
tocaba, mi cuerpo estallaba en llamas de inmediato y una
pasión desmedida se apoderaba de mí, recorriendo mi cuerpo
como una ola de calor y electricidad. De pronto, una sonrisa se
asomó a mis labios al recordar la noche que Hassan se metió al
agua a buscarme. Ahora, entendía porque le había retado. Creo
que en lo más profundo de mí ser, yo deseaba que él se metiera
en el agua conmigo y en aquel momento, esa era la única
forma de conseguirlo. Tal vez yo siempre le había deseado,
aunque sin ser consciente de ello.
― ¿Qué te ocurre?― Me preguntó.
―Nada, me acordaba de la noche que me sacaste del agua
por la fuerza.
― ¿Eso te hace gracia? Me provocaste un gran dolor de
cabeza.―Me lo dijo con cierto tono de humor.
―Creo, que aunque en ese momento no lo supiera, te reté
porque quería verte en el agua conmigo. ¡Te provoqué
deliberadamente!― Ahora él también sonreía.
―Reconozco que la primera vez que te descubrí
bañándote, recé para que me obligases a entrar, pero fuiste más
prudente.― Arrugó la nariz como si aquello le hubiese
desagradado y luego se rio.
―Eres un descarado. Mira que entrar en el agua, cuando
se está bañando una mujer desnuda. Una que entonces, no era
tu esposa.
―En el fondo siempre supe que serías mía.
― ¿Ah sí?
― ¡Qué remedio! Los demás te tienen miedo. Dicen que
tienes el espíritu de algún djinn y que mira a través de tus
ojos.―Soltó otra carcajada.
―Me alegro de que todos los demás, sean un atajo de
supersticiosos.―Él me apretó más contra su cuerpo,
complacido por lo que le había dicho.
Descansaba sobre su pecho y él hacía dibujos con las
yemas de sus dedos sobre mi espalda y la piel, se me erizó al
instante. Yo le mostré mi brazo para que él pudiera contemplar
como me hacía sentir
― ¿Tienes frío?
― ¡Mira lo que ocurre cada vez que me tocas! ¿Eso será
normal?―Él sonrió un poco pagado de sí mismo.
―No sé si es normal, pero me gusta saber que te sientes
así.―Luego me besó en el pelo y llevó sus labios hasta mi
pecho y continuó desde allí hasta mi barriga, besando cada
parte de ella. Yo me estremecí y él se apartó de pronto. Yo le
miré para ver porqué se detenía y él me sonrió.― Es tarde y
empieza a hacer frío. Deberíamos volver. ―Yo obedecí,
aunque un poco contrariada porque la noche terminara tan
pronto. Me equivoqué. Nada más llegar a nuestra tienda, me
abrazó pegándose a mi espalda y me quitó la túnica. Apenas
noté su tacto caliente, me estremecí y un suspiro se escapó de
mis labios. Me cogió en brazos y sin dejar de besarme, me
llevó hasta nuestro lecho, terminando allí, lo que había
empezado.
A media mañana, fui a la tienda de mi abuelo para ver qué
tal estaba. Le llevé unos dulces, aunque seguramente Alia, la
sirvienta que tenía Hassan antes de que nos casáramos, ya le
habría hecho el desayuno. Él aún permanecía en la cama. Qué
extraño, ¿Se encontraría mal?
― ¿Y Alia?―Le pregunté. Mi abuelo no tenía buena cara
y Alia le había dejado solo, tendría que hablar con ella.― ¿Te
encuentras bien, abuelo?
―He pasado mala noche. Ya estoy viejo para esta vida.―
Era cierto, ahora que me fijaba parecía haber envejecido de
repente.― Alia ha ido a buscar agua.
―No estás viejo… solo algo cansado.―Traté de
animarle.― Te pondrás bien. Solo necesitas dormir un poco,
luego vendré a verte. ¡Ah! Te he traído dulces de los que te
gustan.―Le sonreí. Él asintió y cerró los ojos intentando
encontrar el descanso que la noche le había negado.
Volví a mi tienda, Hassan ya estaba en su palmera, rodeado
de los más pequeños como siempre y Arnau, con él. A media
mañana, bajó para refrescarse y le serví un poco de limonada.
Leyó en mi rostro la preocupación y su voz me trajo de vuelta.
― ¿Qué te ocurre? ¿Te encuentras mal?―Dijo mientras
me examinaba.
―No. Yo estoy perfectamente. Es mi abuelo quién me
preocupa. Ha envejecido de golpe.
―Sí, yo también lo he notado. No le he visto esta mañana.
―No se ha levantado, dice que ha pasado mala noche.―
Hassan torció el gesto y eso me alertó.― ¿Crees que se
recuperará?―Pregunté temiendo su respuesta.
―Es difícil saberlo. Omar es un hombre fuerte, un hombre
del desierto, pero es muy mayor, luego me pasaré a verle, pero
lo cierto, es…―hizo una pausa midiendo sus palabras para no
herirme― que no creo que aguante mucho más, no con esta
vida. Tampoco aguantaría un viaje a la ciudad.―Esperó mi
reacción, pero no llegó.― Lo siento, Laila.
―Aún no. Aún no…―Apreté los ojos, apartando aquellas
ideas de mi cabeza. No quería pensar en ello. Hassan no
insistió. Miré mi barriga que ya era enorme, mucho más
grande de lo que fue cuando tuve a Arnau.― He engordado
demasiado. Parece que vaya a parir un camello en lugar de un
niño.― Me quejé.
―Es cierto.―Me miró con atención.― Es enorme. ¿No
sientes nada extraño?― Me interrogó.
―Solo es más incómoda que la otra vez, se mueve más
también, pero nada más.
Omar no volvió a levantarse de la cama. Yo fui cada día a
visitarle, le ofrecí que se viniera a nuestra tienda, pero él lo
rechazó, dijo que Alia se ocupaba bien de él.
La oscuridad dominaba el campamento pero no hacía frío,
era una buena noche para dar un paseo y deleitarse con las
figuras que brillaban en el cielo, puede que ajenas a todo
cuanto acontecía en el mundo o puede que todo lo contrario,
tal vez todo estuviera escrito en ellas, como si fueran páginas
de un libro sagrado que guarda los secretos de nuestro destino.
Me dirigía a mi tienda cuando Alia me paró antes llegar y me
pidió que entrara a ver a mi abuelo. Hassan no protestó, me
dijo que dejara a Arnau con él y yo consentí, sabiendo que era
lo mejor.
―Hija…―Me llamó al amanecer.
―Estoy aquí.―Le cogí la mano y él me miró complacido.
―Ha llegado mi hora. ― Dos lágrimas resbalaron por mis
mejillas y miré a Alia para que nos dejase a solas.― Te
prometí que algún día conocerías a mi pueblo y te he traído al
desierto con ellos. He cumplido mi promesa y estoy en paz,
viendo que eres de nuevo feliz.
―Sí, mucho…
―Hassan es un buen hombre, él cuidará de ti y tú, debes
cuidarle a él.
―No te preocupes, abuelo. ―Su pulso que ya era débil, se
detuvo. Sentí como la vida le abandonaba y la temperatura
también. Su cara se relajó y yo comprendí que mi abuelo, ya
no estaba en aquella tienda. Ahora Alá, el Misericordioso,
cuidaba de él. Rompí a llorar y de pronto, sentí como algo más
se rompía dentro de mí y un chorro de agua resbaló entre mis
piernas…― ¡Alia! ― Las piernas me temblaron y un latigazo
recorrió mi espalda. Hassan apareció y miró a mi abuelo,
comprendiendo lo que había pasado, al menos, una parte.
Luego su mirada me buscó y me encontró sentada sobre un
gran almohadón. Vio el charco sobre la alfombra y entonces,
comprendió totalmente.
― ¡Alia! ¡Fátima!― Gritó. Y luego se agachó junto a mí y
me acarició el pelo hasta que llegaron las mujeres. Salió de la
tienda y las mujeres se concentraron en mí. No pudieron
sacarme de la tienda como era costumbre, tuvieron que
asistirme allí mismo. Fue un parto largo, cuando salió la
criatura, las mujeres la examinaron, era un varón. Pero yo, aún
sentía ganas de empujar… y lo hice, Fátima me miró perpleja.
―Viene otro…―Aseguró. Yo no la escuché, solo podía
concentrarme en empujar, y lo hice con todas mis fuerzas, pero
el bebé no quería salir.― No empujes.― Me dijo al examinar
mi barriga― Viene al revés. Hay que darle la vuelta.― ¿Cómo
iba a darle la vuelta? Entonces, salió de la tienda y escuché
cómo hablaba con Hassan, él estaba fuera, no se había ido.
Estaba allí, esperando.
― ¿Hassan?― Le llamé con las pocas fuerzas que me
quedaban. Su figura se abrió paso entre las telas que cubrían la
entrada a la tienda. Yo extendí la mano y él se apresuró a
apretarla entre las suyas.― Hassan, cuida de él.― Él me miró
y vi ese fuego en sus ojos.
―Eres tú quien debe cuidarle. No te vayas. Aguanta un
poco más.―Vi el miedo en sus ojos.― No te atrevas a
dejarme, ¿me oyes?―Me dijo apretando los dientes.―
Laila… ― Lamenté ser la causa del dolor que sabía que le
provocaría, pero no podía hacer nada para evitarlo. Él tendría
que entenderlo. Así que me rendí y me dejé llevar,
hundiéndome en una neblina que iba más allá del mundo real,
un lugar donde no sentía dolor, ni miedo. Donde no sentía
nada. Excepto su voz, lejana y distorsionada, como el eco de
un recuerdo que no acabas de alcanzar. Sus manos golpearon
suavemente mi cara, reclamándome de nuevo a su vida y mi
cuerpo no supo negarse, regresando a la consciencia.― Laila,
aguanta un poco, le sacaremos.― Le oí llamar a un hombre y
discutir con él. Solo escuché que le decía: “cómo si fuera una
cabra, igual. Con ellas ya lo has hecho antes. Te doy permiso
para que lo hagas con mi esposa, pero sálvala.” ―Pero el
hombre no quiso hacerlo. Hassan entró en la tienda y por
primera vez vi el miedo en sus ojos. Le oí murmurar: ―Yo
también fui pastor, he visto un millón de partos.― Él mismo
decidió asistirme. Yo agradecí que fueran sus manos las que
entraran a buscar a la pequeña criatura que no quería salir.
¿Quién mejor que su padre para obligarle a hacerlo? Sentí su
mano abriéndose paso a través de mí y me retorcí de dolor.
Luego noté que empujaba a la criatura desde dentro, mientras
presionaba sobre la barriga desde fuera, pero algo no iba bien
porque le oía murmurar, aunque no entendía el qué. A veces
escuchaba mi nombre. Luego todo se quedó a oscuras y de
pronto también en silencio. Frío. Algo frío sobre la cara y su
voz junto a mi oído, me trajeron de vuelta. Yo habría preferido
que me dejara ir, pero él no parecía estar dispuesto a
consentirlo.―Voy a hacerte daño, pero tienes que aguantar. Si
no lo saco ya, morirá. Prepárate. ―Su mano de nuevo se
introdujo en mí y sentí como algo me desgarraba desde dentro
al pasar a través de mí. Por fin la presión cesó.
12
Caía de nuevo la noche cuando lo consiguió. Yo me sentía
muy débil, pero aliviada de que todo hubiese terminado y la
criatura estuviera con vida. Era una niña.
Hassan, salió con los dos pequeños entre sus brazos y se
los entregó a Fátima. Ella, aún estaba criando y supo entender
lo que Hassan le pedía. Se llevó a mis hijos a su tienda y
alimentó a ambos. Hassan entró de nuevo y se llevó el cuerpo
de Omar, me colocó sobre el camastro, me tapó y me lavó la
cara con mucho cariño. El paño frío me sentó bien. Se quedó
toda la noche velándome, lo sé, porque cuando abrí los ojos a
la mañana siguiente, él estaba ahí, con mi mano entre las
suyas, rezando y llorando, sin el velo.
― ¿Están bien?― Mi voz le sorprendió y limpió sus
lágrimas de inmediato.
―Están sanos y Fátima, se está ocupando de ellos. Tú
debes descansar.
―Quiero a mis hijos conmigo. ―Le discutí encontrando
las fuerzas para hacerlo en alguna parte de mi alma.
―Para poder alimentar, primero debes alimentarte.―
Sentenció. Luego me dedicó una especie de sonrisa y besó
mis manos, se colocó el velo y salió de la tienda. Volvió en
apenas unos minutos con un plato que contenía algo de caldo.
Me ayudó a incorporarme un poco y luego, me ayudó a tomar
la sopa, mirándome con alivio y comprendiendo que me
recuperaría. Cuando acabé con el caldo, me besó en la frente.
Luego volvió a salir de la tienda y en apenas unos minutos, le
oí regresar, pero sus pasos no llegaban solos, dos llantos muy
diferentes le acompañaban.
Me ofreció al varón y yo descubrí uno de mis pechos y se
lo ofrecí. Él acunó a la pequeña hasta que le llegó su turno. Vi
su cara de felicidad mientras la contemplaba absorto, jugando
con su pequeña manita.
― ¿Eres feliz?― Me miró y yo comprendí aquella mirada.
―Has cumplido tu promesa. Me has devuelto, dos veces
mi vida y casi pierdes la tuya al hacerlo. Doy gracias a Alá,
porque aún estés conmigo. Creí que te llevaría con Él, pero en
lugar de eso, me ha bendecido. ¿Puedo hacerte ahora mi
promesa?―Yo asentí. No necesitaba nada, pero leí en sus ojos
que necesitaba hacerlo.― Te prometo, que jamás te dejaré
sola, ni haré nada sabiendo que puede causarte dolor.
Inevitablemente, te daré algún dolor de cabeza, pero te
prometo, que conseguiré hacerte tan feliz como tú me has
hecho a mí.
―No te costará mucho cumplir esa promesa. ―Le sonreí.
Luego pensé un momento, que había algo que quería pedirle,
pero no sabía si sería posible.― Me gustaría pedirte algo…
―Creo que si me pidieras ahora mismo la luna, sería capaz
de subir hasta el firmamento y bajarla solo para ti… ¿Qué es?
―Algo mucho más sencillo. Me gustaría que cuando
estemos solos, te quites el velo. Me gusta ver cómo te ríes y
poder besarte siempre que quiero.―No dijo nada,
simplemente empezó a desenrollar la tela azul que ocultaba su
rostro.―Así está mejor. ―Él sonrió y yo también lo hice.
Luego le pedí que se acercara para poder besarle y añadí entre
sus labios― No puedes hacerme más feliz de lo que ya soy.―
Él volvió a besarme, esta vez con más fuerza.
― ¿Has pensado algún nombre?
―No. La verdad es que no conozco bien las costumbres y
tradiciones de nuestro pueblo.― Admití.
― ¿Qué te parece si le llamamos Omar? Como tu abuelo.
Rezaremos para que haya algo de él en el pequeño.―Yo
asentí. No había tenido tiempo de pensar en mi abuelo. Todo
fue tan rápido, que no había sido consciente de su ausencia
hasta ahora. No me sentía triste, sabía que había muerto junto
a su pueblo, tal como seguramente habría deseado y ahora,
descansaría en el desierto y lo haría en paz.
― ¿Y la niña?
― ¿Qué te parece Aisha? Tu madre se llamaba así.
Siempre me gustó su nombre.
―Me gusta… Omar y Aisha. Son nombres bonitos.
―Aisha tiene tus ojos, tazerwalt, ojos azules.
―Me he fijado. Su piel es como la tuya.
―Omar, tiene los míos.
―Espero que haya mucho más de ti en él. Una mezcla
entre tú y mi abuelo. Será un gran hombre.
― ¿Lo has visto?― Me preguntó curioso.
―Aún no, pero no necesito soñar eso para saberlo. Lo
siento en mi corazón.
Alia entró en la tienda y colocó una daga bajo el
almohadón. Yo la miré extrañada y ella salió sin decir nada.
―Es para alejar a los djinns. Hasta que el morabito no les
ponga el nombre, están indefensos ante ellos. El metal los
mantiene alejados.―Yo asentí sin llegar a saber cuántas de
aquellas palabras Hassan creía firmemente, pero las creyera o
no, su pueblo sí lo hacía, mi pueblo, así que no protesté.
También me informó de que su nombre debía estar compuesto
por uno de origen árabe, Omar en el caso del varón y Aisha en
de la hembra, luego un segundo nombre en el idioma del
pueblo, que sería secreto, Kenan en el caso de Omar y Kella,
en el caso de Aisha, y un tercer nombre que le definiera, y tras
hacer toda la composición de ambos nombres, la cosa quedó
así: Omar Kenan Asad[12] y Aisha Kella Tazerwalt.[13]
Ocho días después el morabito[14] presentó ante el pueblo
a mis dos hijos; “Omar y Aisha” al tiempo que otro hombre
degollaba un cordero en su honor, que todo el pueblo degustó
agradecido. Se les cortó el poco pelo que tenían para cortar su
vínculo con el mundo de los espíritus y luego, se los
entregamos a Alia para que se ocupara de ellos. Ahora que mi
abuelo había muerto, Alia se quedó en su tienda y la compartía
con Arnau y los más pequeños, excepto por las noches que los
acostaba junto a mí, ya que tenía que alimentarles. Todo el
mundo terminaría llamando por sus nombres secretos a mis
dos hijos, gracias a mi persistencia y a que el pueblo de
Hassan, no era demasiado estricto con esa tradición. Kenan y
Kella.
Pronto me encontré totalmente recuperada. Había luna
llena y le pedí a Fátima que se ocupara de los pequeños esa
noche, pues necesitaba estar tranquila con Hassan. Desde el
parto, nos habíamos hecho grandes amigas y nos gustaba
sentarnos por las tardes a hablar y tomar el té. A ella no le
importó. Cuando llegó él, yo ya me había preparado tal como
me enseñó mi madre. También había dispuesto una palangana
con agua y comencé a desvestirle y a lavar su enorme cuerpo.
No solo era más fuerte que Arnau, también era algo más
corpulento. Me dejó acabar de hacerlo, pero leí la impaciencia
en sus ojos. Luego, se sentó sobre los almohadones
llevándome con él.
No quedó un retal de mi piel que no ardiera bajo sus
manos. Se entretuvo en acariciarme hasta que me estremecí
por el éxtasis. Bebió de mis pechos, como en su día lo hiciera
el padre de Arnau, apretándolos suavemente hasta que la leche
salió al exterior y luego recogió el producto con su lengua,
succionando con sus labios el líquido que mis pezones
generosos le ofrecían con presteza. Pasamos la noche entre sus
gemidos y los míos, el éxtasis y la pasión, y todo el deseo
contenido que por fin, corrió libre como el viento por el
desierto, sin encontrar ningún obstáculo en su camino.
Después de aquella noche, hubo muchas más. Jamás nos
cansábamos de disfrutarnos. Incluso, me atrevería a asegurar
que tras la venida al mundo de mis hijos, nos amábamos con
mayor intensidad. Yo tenía más trabajo, eso era cierto, pero
también tenía a Alia, que me ayudaba con las tareas
domésticas y el cuidado de los más pequeños. La paz, llegaba
con sus caricias a la caída del sol.
13
Arnau ya tenía ocho años cuando Hassan le comunicó que
Abaraï Baraï[15], el animal que acecha a los niños que se alejan
del campamento, no existía. Arnau no le creyó, ― “pregúntale
a tu madre”, ― le dijo. Y él vino corriendo para que yo se lo
explicara.
―Abaraï Baraï, se ha ido al cielo. ―Le conté.― A partir
de ahora, hay que respetar al propio cielo.―Mi hijo asintió
comprendiendo. Entonces, Hassan empezó a enseñarle a
respetar al cielo; a leer en las estrellas y a orientarse con el
viento y las dunas. Le mandó durante un año con otros
muchachos del pueblo mayores que él para que aprendiese el
oficio de pastor y cuando ya contaba los nueve años, fue a
buscar algunas cabras en los campamentos que dependían de
él. Luego se las confió a Arnau.
Cada mañana, después de desayunar, se iba presto con sus
cabras en busca de los pastos y no regresaba hasta la hora de
comer, cuando el sol comenzaba a bajar. Luego, como uno
más, se sentaba junto al fuego y Hassan y otros hombres,
contaban cuentos y recitaban poemas que llamaban su
atención. Hasta que se hacía tarde y cada uno se marchaba a su
tienda. Los más pequeños ya dormían en la tienda bajo los
cuidados de Alia y en la nuestra, estábamos solo nosotros dos.
Era cuando la oscuridad se adueñaba del mundo cuando
Hassan venía a mí para que le atendiera a él. No era ningún
sacrificio, aquel era el premio por el duro día de trabajo. Solo
entonces, era libre para disponer de mi cuerpo y de mis deseos.
Le amaba, no podría describir la forma en la que lo hacía. Era
un amor completamente distinto del que había sentido por mi
anterior esposo. No menos, supongo, pero sin duda, muy
diferente. Arnau fue mi primer amor, un amor tierno y
alocado, lleno de buenas intenciones y recuerdos maravillosos,
si no hubiera muerto, sé que siempre habríamos estado juntos
y habríamos sido muy felices. La vida a su lado era tan fácil y
dulce… Hassan, era un hombre muy distinto y su amor,
también. Era menos expresivo con las palabras y mucho más
con su cuerpo. Él me lo decía todo con sus manos, con sus
labios, con sus ojos… también me hablaba con su carácter. Era
el vigía, siempre estaba alerta, no solo al peligro, sino a todo lo
que yo y nuestros hijos pudiéramos necesitar, incluido Arnau.
Cambiamos muchas veces de lugar, nuestros hijos iban
creciendo y haciéndose mayores. Ahora, era Kenan quién
llevaba el rebaño a pastar y Kella, a sus nueve años, era ya una
belleza y bastante habilidosa cosiendo el cuero. Arnau estaba
aprendiendo el oficio de herrero, pues le aburría llevar el
rebaño en busca de pastos, aunque nunca se quejó de ello. Ya
casi era un hombre cuando el herrero, le pidió ayuda para
transportar el hierro que tenía que trabajar. Era un hombre
fuerte, pero ninguno de sus hijos parecía interesarse por el
negocio familiar, así que decidió que Arnau sería su pupilo. Yo
me sentí orgullosa de cada uno de sus trabajos. Kenan,
también se alegró de la decisión de su hermano. A él, sí le
gustaba trabajar con los animales.
14
El tiempo pasaba por nosotros como el viento lo hace por
el desierto, esculpiéndonos y moldeándonos como si fuéramos
dunas. Siempre cambiantes, pero sin llegar a perder nuestra
verdadera esencia. Lo importante, permanecía intacto.
Una noche me desperté sobresaltada. Había tenido una
horrible pesadilla.
Una batalla.
Veía la espada de Hassan hundiéndose en el cuerpo de
otro hombre, pero como siempre no vi el rostro que la
empuñaba. Solo reconocí el lugar, era el desierto, cerca del
campamento. Veía las siluetas de los hombres a caballo y pude
sentir el olor a sangre, a muerte y a devastación.
Me cubrí el rostro y empecé a llorar. Sus manos aterrizaron
sobre mi pelo mientras lo acariciaba y me pedía que me
calmara y se lo contara todo, pero no podía respirar, el miedo
se había adueñado de todas mis palabras.
―Calma, Laila, calma… Tranquila, no es real, aún no. Yo
estoy aquí, no va a pasar nada malo… tranquila… ssshhh…―
Su voz me calmó como un eficaz bálsamo y empecé a relatarle
todo cuanto había visto. Le hablé de la batalla, pero no quise
decirle que había visto con total claridad su espada en ella.
Durante aquella semana, no bajó de su palmera a almorzar
tal como era su costumbre. Yo le veía otear el horizonte, como
si fuera un halcón buscando alguna presa, atento para caer
sobre ella en el momento preciso. Y un día, hizo sonar el
ettebel. A su señal, dos hombres montaron sobre sus camellas
sin demora y yo supe sin la menor duda, que la batalla le había
encontrado. Eran jinetes a caballo, pero lo sabía por mi sueño,
no porque pudiera verlos. Todo el mundo se puso a cubierto,
excepto los guerreros, los poderosos y temidos imajeghan, que
montando sobre sus bestias, salieron al paso. Unos con lanzas,
otros con su takuba[16] y al frente de todos, Hassan.
No duró mucho tiempo aquella lucha y pronto, el silencio
se adueñó de las dunas, haciendo una única excepción con el
viento. La gente comenzó a salir de las tiendas. Nuestros
hombres regresaban y Hassan volvía con ellos. Algunos les
recibieron con gritos de victoria y otros alababan a Alá, pero
todos miraban agradecidos a Hassan: “¡Qué Alá, el
Misericordioso, te bendiga, Hassan! ¡Qué Alá guíe la fuerza de
tu brazo!”. Yo me limité a esperar en la puerta de mi tienda.
Ató al camello y vino a lavarse. Me miró un segundo y luego
me sonrió.
―Eres bastante precisa…―Me dijo a modo de saludo.
― ¿Estás bien? ¿No te han herido?―Supe que sonreía por
la forma en la que se estrecharon sus ojos y por las pequeñas
arrugas que aparecieron en sus contornos, pero no por sus
labios, aún cubiertos por el velo. Luego su voz sonó seria.
―Eran unos críos que jugaban a ser mayores y han
escogido mal el camino para crecer y la gente a la que atacar.
― ¿Ninguno ha resultado herido?
―Todos han muerto.―Lo dijo con cierto pesar.
―No tenías otra salida.― Intenté aliviar su carga.
―Lo sé, pero no deja de ser triste arrebatarle la vida a un
muchacho. Contra un hombre es distinto, un hombre ya ha
vivido, ha experimentado y es responsable del camino que ha
escogido, pero estos… ―Apoyé la mano sobre su brazo.
―Eran ellos o nosotros. Tú solo has hecho lo que tenías
que hacer, pero el pesar que reflejan tus palabras, no hace más
que enorgullecerme de mi esposo, porque es capaz de sentir
compasión por la vida de sus enemigos. Hassan, ya está
hecho.―Me apretó la mano y yo le encaré, apartando el velo
para buscar sus labios.
Aquella noche, Hassan me pidió que le acompañara al
agua. Yo le seguí, comprendiendo lo que necesitaba. Cuando
la sangre de otro hombre salpica tu piel, no es suficiente con
lavar esa parte, sientes la necesidad de sumergirte en el agua,
para que ella te purifique, para que se lleve el olor de la
sangre, el sabor del óxido, el sonido de la carne al
desprenderse y la mirada de terror del que se va. De la misma
forma que la sangre te une a la muerte, en el desierto, el agua
te une a la vida. Le ayudé a desvestirse y él no me esperó, se
lanzó al agua. Yo no le seguí. Hoy, era para él. Cogí su ropa y
la lavé mientras él se bañaba y cuando salió le ofrecí una
túnica seca que había llevado conmigo. Estaba completamente
desnudo ante mí y a pesar de la edad, su cuerpo aún reflejaba
la misma fuerza que sus ojos y que su espada, pero no era
momento para disfrutar del amor. Hoy me pedía paz, lo leí en
sus ojos. Cogió la túnica de mis manos y me sonrió.
― ¿Hoy no te bañas?
―Quería dejarte a solas un momento, sé que tienes mucho
con lo que lidiar. Además, quería lavar tu ropa, estaba
sucia.―Se colocó la túnica y el velo y me abrazó al tiempo
que se acercaba a mi oreja para susurrarme algo.
― ¿Cómo podría el halcón dejar de surcar los cielos?
―Ese es tu nombre, ¿verdad?―Me miró sorprendido y
luego vi el orgullo en sus ojos.
―Eres muy perspicaz para ser una mujer… Mi nombre
completo es, Hassan Nauzet Haytam, el joven halcón. Aunque
ya no soy tan joven… ―Me sonrió.
―Sigues siendo igual de fuerte, pero el doble de
sabio.―Le guiñé un ojo y se rio. Ya estaba de mejor humor. El
agua le había hecho bien.
―Volvamos, quiero dormir algo antes de volver a
levantarme y aún queda noche.― Me avisó. Cuando por fin
me quedé dormida la imagen que vino a mi mente me
perturbó. Otra vez la lucha, seguía viendo la espada de Hassan
hundiéndose en algún hombre, esta vez tampoco conseguí
verle, pero sí reconocí el lugar con total claridad. Tierra Santa.
Distinguí en el escudo de su adversario una gran cruz. Procuré
no despertarle, me levanté sin hacer ruido y bebí un poco de
agua. Esperé a que mi corazón recuperase el ritmo y luego
intenté dormir de nuevo. ¿Qué significaba aquello? ¿Hassan
tendría que luchar contra los cristianos en Tierra Santa?
¿Acaso la guerra no se detendría hasta encontrarle?
Me desperté temprano y preparé el desayuno. Hassan ya
estaba sentado esperando.
―Anoche volví a soñar con la guerra.
― ¿El mismo sueño?
―No exactamente. El enemigo era cristiano. Vi su escudo.
La lucha, era en Tierra Santa.
―Tierra Santa, está muy lejos. La gente del desierto no
suele participar en las guerras a menos que haya un
llamamiento a la Yihad, cosa que sé, que no va a ocurrir por
desgracia, al menos no en algún tiempo. Nadie quiere luchar
aquí y tampoco creo que nos ataque ninguna otra tribu. El
campamento es grande y contamos con suficientes imajeghan.
Estaremos bien.
―Quiero tu palabra.―Le miré aterrada tenía que obligarle
a hacerme esa promesa― Prométeme que no irás a la guerra
contra los cristianos en Tierra Santa.― Él sopesó lo que le
pedía.
―No puedo hacerte esa promesa. Si el Sultán nos reclama,
tendremos que luchar, pero no creo que eso vaya a pasar. No
ha ocurrido jamás, no desde que yo naciera.― Rompí a llorar,
sabiendo que la guerra le atraparía si no me hacía aquella
promesa. Ella conseguiría llegar hasta él.― Tranquila, te haré
una promesa que pueda cumplir ¿de acuerdo?― Yo lo miré
expectante.― Te prometo, que no iré a ninguna guerra, si
puedo evitarlo. No, si tengo otra salida.― No era lo mismo,
pero sabía que no podía pedirle nada más, así que me
conformé.― Puede, que solo sea una forma de liberar un
temor.― Intentó quitarle importancia. ¿Así que ahora iba a
cuestionar mi don? Ojala tuviera razón y por una vez yo
estuviera equivocada o mi visión no fuera acertada, pero sería
la primera vez. ―Laila, ya te he dicho que eso no va a pasar,
quédate tranquila. No pienso ir a ninguna parte. Si los
cristianos quieren luchar conmigo, tendrán que venir a
buscarme entre las dunas y el desierto, acabará con ellos
mucho antes de que puedan llegar hasta aquí.
―Espero que tengas razón.
Al cabo de unos días, llegó una caravana y pidió hacer
noche junto a nuestro campamento para evitar el ataque de
ladrones, esclavistas o cosas peores. Ninguna mujer salió de su
tienda mientras aquellos extraños permanecieron cerca.
Hassan me contó que se dirigían a Tierra Santa para unirse al
Sah persa y luchar por su fe. Yo miré fijamente a Hassan
mientras me contaba aquello, esperando oír cual había sido su
respuesta. Por fin me confirmó que había rehusado unirse a su
propósito y yo solté el aire que había almacenado en mis
pulmones, dando gracias al Misericordioso por aquella noticia.
Por la mañana, Hassan ya se había marchado para despedir
a la caravana y Arnau, no se sentó a desayunar. Estaba sola
con Alia y los pequeños. A media mañana, me propuse ir a ver
a Arnau y a Samir para llevarles algo de limonada y unos
dulces. Habían empezado temprano y apenas habrían comido
nada.
―La Paz sea contigo, Samir.
―La Paz.
― ¿Y Arnau? Os he traído algo para almorzar. Esta
mañana habéis empezado pronto.― Le dije con una sonrisa.
Pero la cara de aquel hombre, me dijo que algo no andaba
bien.― ¿Qué ocurre?
―Arnau, no está aquí. Se ha ido con la caravana a luchar
en nombre de Alá a Tierra Santa. Yo le vi partir con el grupo
que llegó anoche.― Todo lo que llevaba en las manos cayó al
suelo y salí corriendo en busca de Hassan. Corrí hasta
encontrarle y luego le miré, no hizo falta más. Él ordenó a los
niños que fueran a jugar a otra parte y les dijo que luego les
contaría más cosas acerca de las estrellas.
― ¿Lo sabías?―Le inquirí. Él tenía que saberlo, tenía que
haberle visto marchar. No contestó.― ¿Lo sabías? ¡Contesta,
Hassan! ―No hizo falta que hablara. Él lo sabía. Y sabiendo
el horror que me provocaba la guerra, había dejado que mi hijo
fuera en su busca.― ¿Cómo has podido? Tú sabes…― No
terminé la frase rompí a llorar y luego sequé mis lágrimas,
ellas no me lo traerían de vuelta. No. Ellas no lo harían, pero
yo sí. Me dirigí a la tienda y cogí algunos dulces y un odre con
agua y cuando me disponía a salir, la figura de Hassan me
cortó el paso.― Hazte a un lado.―Le dije con resolución.
― ¿Dónde vas? ¿Acaso crees que alcanzarás a la
caravana? Te llevan casi una jornada de ventaja.
―Al menos, puedo intentarlo.―Le dije decidida.
―Solo conseguirás perderte en el desierto y morir. No
irás.― Decidió.
―Aparta de mi camino.― No hizo caso, se quedó
bloqueando el paso de la tienda con su cuerpo.― ¡Deja que
vaya a buscarle!― Lloré de nuevo, no de tristeza sino de
impotencia, le golpeé con mis puños en el pecho y siguió sin
inmutarse, dejando que le golpeara y descargara mi rabia con
él.― Deja que vaya a buscarle, por favor…― Estaba
desesperada.
―Aunque consiguieras encontrarle, cosa poco probable…
¿Qué harías, mujer? Solo conseguirías avergonzarle. ¿Cómo le
tratarían los demás, si supieran que su madre, ha ido para
hacerle volver?
―Entonces, ve tú… Te lo suplico, Hassan… ve y tráele de
vuelta…
―Laila, esta mañana le sorprendí mientras huía, no se
atrevió a decírtelo porque sabe que no lo habrías permitido y
habríais terminado discutiendo. Me dijo, que si esa era la
última vez que iba a verte, no quería llevarse ese recuerdo, que
le pesaría más que toda la arena del desierto. Yo intenté
persuadirle de que era un error, pero es un buen musulmán.
Me contestó que Alá es asunto de todos y que recuperaría
Tierra Santa solo para que algún día, tú pudieras volver a tu
hogar. No se ha ido solo por Alá, también lo ha hecho por ti.
Sabe utilizar la lanza y la takuba, es un buen cazador, ha
cazado algunas presas grandes. Es un hombre ya, Laila, al
menos, habló como uno. Dentro de poco tiempo, el morabito
le habría puesto el velo y entonces, habrías tenido que acatar
su decisión. Yo solo he adelantado el proceso, no pude
detenerle. Lo único que pude hacer para protegerle, fue darle
mi espada, al menos, tendrá algo con lo que luchar. También le
he dado uno de los caballos que montaban aquellos chiquillos.
Va mejor preparado que muchos de los hermanos que morirán
a su lado. Puede que regrese o puede que no, pero sea lo que
sea, lo hará con honor.― Me quedé allí, llorando
desconsolada, sabiendo que Hassan no me dejaría ir en su
busca. Sabía que tenía razón, pero era solo un crío, por mucho
que sus palabras fueran las de un hombre. ¿De qué le serviría
el honor si acababa muerto?
―Has roto tu promesa…― le dije a Hassan― y la has
roto de tal forma, que nunca podré obligarte a cumplirla. Lo
que has hecho ya no tiene arreglo. Sabías que el dolor que esto
me causaría sería grande y aun así, lo has permitido.―Me
levantó del suelo y me obligó a mirarle.
―Sé lo que he hecho. Solo el tiempo dirá, si el dolor que
ahora sientes se transformará en alegría. Hasta entonces,
mientras el dolor no llegue, no habré incumplido ninguna
promesa.
―Yo ya siento el dolor. Y no se calmará hasta que mi hijo
atraviese de nuevo esa puerta.― Fue todo lo que dije y luego
salí de la tienda para ir a buscar agua para preparar la comida.
Hassan me agarró por el brazo cuando pasé por su lado y me
susurró con ira.
―Esta guerra será como un parto, el dolor es necesario a
veces para que llegue la alegría.
Ahora entendía por qué había visto su espada en la guerra.
No era Hassan quien la empuñaba, sino Arnau. El hijo de un
cristiano, luchando como cualquier otro musulmán. ¡Qué
extraña era la vida!
Ese día la comida transcurrió en silencio y también la
noche. La primera en más de quince años, sin sus caricias,
dejando a un lado el periodo de recuperación después del
parto, claro. ¡Qué larga se me hizo la noche y que largo el día!
Muchos más vinieron como ese, en silencio y se fueron de la
misma manera. Yo había tenido tiempo para pensar, más
tiempo del que había tenido en toda mi vida. Kenan, se iba
temprano con el ganado y Kella, me ayudaba con las tareas
domésticas, así que tenía gran parte del día para mí sola. ¡Qué
harta estaba de aquella soledad! ¡Cuánto echaba de menos a
aquel hombre que me había herido! Sabía que él tenía razón,
Arnau ya era un hombre, era capaz de doblegar el hierro
mucho mejor que su maestro, tenía más fuerza. Sabía cazar,
incluso alguna vez se había tenido que enfrentar a las hienas.
Tal vez sobreviviera…
Yo debía respetar su voluntad. Si hubiera sido más fácil
hablar conmigo, no habría tenido que marcharse como un
vulgar ladrón. Tal vez, yo le habría convencido. Nada de eso
importaba ahora. Él se había marchado a cumplir con su
destino, ojalá el Misericordioso guiará su mano y su espada
fuera presta, lo suficiente para proteger su vida. Sí, eso era lo
único que ahora podía hacer, rezar. Rezar y enmendar mi error.
Cuando Hassan llegó a la tienda, yo le esperaba con
algunos dulces y algo de limonada. También había preparado
una palangana para lavarle y cuando terminó su refrigerio, me
acerqué y comencé a desvestirle. Estaba nerviosa. No sabía si
querría perdonarme después de haberle despreciado durante
tanto tiempo. Cualquier esposo habría obligado a su esposa a
yacer con él, con gusto o sin él, o habría buscado otra mujer
que le contentara, pero Hassan había padecido abnegado mi
desidia, sin reclamar derecho alguno sobre mí. Había
abandonado mi ritual para asearlo desde que Arnau se fuera y
él, no esperaba que lo hiciera. No se apartó como creí que
haría, tampoco me apartó a mí, simplemente, me dejó hacer.
Yo llevé mis labios a cada una de las zonas que iba limpiando
y él se estremeció.
Me entregué a sus manos, sumisa, implorando su perdón.
Él descargó sobre mí toda su furia a través de su pasión. Fue
violento, pero también, de algún modo, liberador. Sentí en sus
caricias el precio de los miedos y la frustración que había
padecido largo tiempo y reclamó con vehemencia lo que se le
había negado por despecho. La noche fue larga e intensa y
ambos caímos igualmente rendidos y agradecidos de volver a
tenernos. Aquella fue la manera que encontramos de sanar las
heridas que nos habíamos causado mutuamente. No sé si fue la
mejor, pero desde luego, fue eficaz.
Al amanecer, yacía pegada a su cuerpo y me despertó
besándome en el cuello.
―Ha salido el sol…―Me informó.
―Iré a preparar el desayuno.―Iba a levantarme pero sus
brazos no me dejaron, me hicieron prisionera y yo me reí.―
¿Estás loco? Todos están a punto de despertar.
― ¿Qué importa? Nadie nos espera.―Kenan y Kella, nos
miraban extrañados.
― ¿Padre está enfermo?
―No estoy enfermo, pequeña.― Le tranquilizó.
― ¿Y por qué no quieres levantarte?― Le preguntó.
Hassan soltó una fuerte carcajada.
―Porque hoy me he despertado “perezoso”.― Dijo, y
luego le sonrió.― Tu madre aún no ha preparado el
desayuno.― Les confesó.― Ella también se ha levantado
perezosa hoy. ―Y luego volvió a reírse. Yo me levanté y
preparé el desayuno. El primero en marcharse, fue Kenan,
seguido por su padre.
A media mañana, vino para tomar algo y refrescarse un
poco.
―Kella, ¿por qué no vas a vigilar desde mi palmera
mientras yo como algo? No me gusta dejarla sola, podría venir
alguien y yo no me enteraría, pero si tú estás vigilando, yo
podré comer mucho más tranquilo.
― ¿En serio? ¿Puedo ir yo a vigilar?
―Eso es lo que he dicho. ¿Quién mejor que mi hija para
hacerlo?― Yo le miré sin entender ni una palabra, pero no me
pareció mal. No tardé mucho en entender las intenciones que
escondían las palabras de mi esposo.
―El sol ha salido pronto hoy, demasiado pronto.―Yo le
interrogué con la mirada.― Es una pena que la noche haya
sido tan corta.―Ahora lo entendí todo.
―Sí, pero, ¿quiénes somos nosotros para decidir eso? Alá
sabe cuándo levantar al sol y cuando hacer brillar a la luna.
Solo Él, rige nuestro tiempo.
―Sí, pero soy yo quién decide como emplearlo.― Me
agarró por la muñeca y me sentó sobre sus piernas.
―Hassan…―Protesté divertida.― Es de día, tienes cosas
que hacer…
―Nadie me acusará de abandonar mi puesto si mi esposa
reclama mi atención. Solo soy un buen esposo que acude
presto a cumplir con su señora.
―Pues esta señora, solo quiere complacer a su señor.
―Descubrí el velo que ocultaba su boca y le besé en los labios
y él me devolvió el beso con ganas. Luego me arrastró hacia el
lecho y se sentó colocándome sobre él. No se entretuvo en
desnudarme, solo apartamos lo imprescindible para apaciguar
nuestro deseo. Yo seguía sentada sobre él, susurrándole cuánto
le había echado de menos, cuando apareció Kella.
― ¡Padre! Se acerca un grupo de camellos.― Hassan
asomó la cabeza por encima de mi hombro.
― ¿Solo camellos? ¿No se ve ningún jinete?
―No, solo camellos.
― ¡Alá es grande!― Dijo y luego añadió.― Dile a los
hombres que yo te mando, que hemos avistado camellos. Yo
iré enseguida.― La niña asintió y salió corriendo de la tienda.
Hassan me dio un beso y yo supe que debía apartarme. Tenía
trabajo que hacer.― Nunca pasa nada y justo hoy, un grupo de
camellos decide aparecer. ¡Qué animales tan inoportunos!―
Se quejó.
―Ya tendrás tiempo de acabar lo que has empezado, no te
preocupes.― Le sonreí.
―Si no fuera así, tendría que despellejarlos.― Me guiñó
un ojo y salió de la tienda.
15
Mis hijos crecían; fuertes, hermosos, felices. Yo había
procurado darles una buena educación, aunque no tan
esmerada como la que recibí yo, pues en el desierto la vida era
muy distinta y no estaba exenta de obligaciones, sin embargo,
no quise negarles el conocimiento de los números y el dominio
de las letras y aunque solo El Misericordioso sabe cuánto me
costó, les enseñé a hacer cálculos matemáticos simples, pero
suficientes para desenvolverse en el mundo y también a leer y
a escribir en árabe y en el idioma de su abuelo, el francés, pues
la vida me había enseñado que todo podía cambiar en un
instante y creí prudente hacerlo. Kella, compartía casi todas las
tareas conmigo y tuvo más oportunidad de practicar, así que su
dominio era mucho mayor que el de su hermano, que se
defendía con bastante dificultad, aunque con perseverancia y
la insistencia de Hassan, Kenan había logrado aprender lo
suficiente para desenvolverse llegado el caso. Llegaban
caravanas de gente que iba o venía de las ciudades, algunas de
Tierra Santa. Yo siempre le preguntaba a Hassan por las
noticias que traían, pero nadie portaba las que yo quería oír,
que la guerra había acabado.
Dos años habían pasado desde que Arnau partiera, con
cada día que pasaba, mis esperanzas de volver a verle se
hacían más pequeñas y de pronto, una noche lo vi.
Le vi caminando por mi casa, en Tierra Santa. No le vi la
cara, pero supe que era él. Estaba recorriendo la casa donde
nació, la casa de su padre. Me desperté llorando.
― ¿Por qué lloras, mujer? ¿Qué es lo que has visto esta vez?
Cuéntame qué has soñado.
―Está vivo. Está en mi casa. Estaba destrozada, pero era
mi casa… y no he visto su cara, pero era él. ¡Está vivo,
Hassan! ― Hundí mi cabeza en su pecho y seguí llorando, sin
poder contener la emoción, la alegría y el alivio, que se
abrieron paso a través de mis ojos. Él me dejó desahogarme y
me estrechó con fuerza entre sus brazos y luego besó mi pelo.
―Si estaba en tu casa, la guerra habrá terminado. No
tardará en regresar. La semana que viene, partiremos hacia los
pastos del este, los que a ti te gustan, están más cerca. Él sabrá
encontrarnos, conoce el desierto. Ya ha pasado todo…
―Gracias, Hassan.
―No digas bobadas. ¿Acaso crees que no le considero hijo
mío? Me dolió verle marchar tanto como a ti y me alegro igual
que tú de su vuelta. Apenas se tenía en pie cuando os encontré.
Yo le he puesto su primer velo.―Le miré sabiendo que eran
ciertas cada una de sus palabras y le besé la cara, los ojos, las
manos y los labios.
―Eres un buen hombre, Hassan. El mejor hombre del
mundo y Alá, en su infinita misericordia, te puso en mi
camino. ¿Qué he hecho yo para tener tanta suerte?
―Algo habrás hecho bien. Yo me pregunto lo mismo cada
día. Sé que soy afortunado de tenerte como esposa y espero
poder enmendar el dolor que te causé.
―Ese dolor, me lo causé yo sola, por no saber escuchar
qué era lo que quería mi hijo. Pero ahora sé que debo escuchar
y confiar más en los demás. En ti.
―Un dolor de cabeza en… ¿casi veinte años? No está tan
mal.― Me miró con dulzura y luego sonrió.
―Tú esperabas más de uno.―Le recordé.
―Más de uno diario…―Me corrigió.
―Si tan mala mujer me considerabas ¿Por qué me elegiste
como esposa?―Le dije peleona, pero con humor.
―Porque sabía que tras tus ojos de hielo, solo podía
esconderse el fuego de mil soles y porque nada más verte,
incluso, mientras mi espada se hundía en aquel hombre, lo
primero que pensé fue “esa mujer, ha de ser mía…” y eso era
lo que pensaba cada día, a pesar de tus desaires, yo te miraba y
me decía “ha de ser mía”. Porque cada noche veía tu rostro en
mis sueños y me peleaba con el sol por perezoso, por no
querer amanecer y ahora que te tengo a mi lado, le acuso de
madrugador e impaciente y de acortar las noches. Eres la sal
de mi vida, a veces escueces, pero siempre curas y has
convertido una vida pobre en otra mucho más rica. Tu abuelo
se equivocó en una cosa, no tienes los ojos del cielo, tus ojos
encierran el gran océano con todos sus misterios y su alma de
sal. Tienes el alma de sal y mientras estés junto a mí, seré
dichoso y fuerte. ― Vi aquel brillo en sus ojos, el mismo que
tenía cuando descargó aquel golpe con su espada, el mismo
que tenía cuando me sacó del agua y el mismo que había
cuando me impidió salir a buscar a mi hijo al desierto. El
mismo que veía cada noche, cuando mis hijos dormían y el
mismo que tenía cuando se sentaba bajo la palmera para cuidar
de su pueblo. No era el brillo de las ocasiones especiales, era
el brillo que hay en los ojos de los hombres como él. Los
hombres que ponen el corazón en todo lo que hacen.
―Te amo, Hassan. Tú también eres la sal de mi vida. Te
amo como nadie ha amado nunca a otro ser.
―Demuéstramelo.―Me susurró.― Ámame.―Le obligué
a tumbarse y amé cada parte de su cuerpo de mil formas
distintas. Con caricias, con besos, con mi pelo, con mi lengua
y con mi corazón. No le dejé hacer a él, esta noche me tocaba
a mí, era mi turno para demostrarle mi amor. Cabalgué sobre
él hasta que se retorció por el éxtasis y luego seguí recorriendo
su cuerpo con mis besos. Se quedó dormido. Yo intenté hacer
lo mismo, pero antes de que saliera el sol, sus manos ya me
buscaban entre las sábanas. Gemí de placer antes de poder
mirarle si quiera y entonces me dio la vuelta, llevando su
lengua hasta mis pechos y jugando con ellos. Me sujetó las
manos por encima de la cabeza y se echó sobre mí. En cada
embestida, yo intenté retener su sexo, a diferencia de las otras
veces, desde que nacieran nuestros hijos. Yo quería que su
esencia se quedara dentro de mí. Aún podíamos engendrar. Sí,
aún éramos fértiles, él se iba a apartar, pero yo le agarré con
fuerza por las nalgas y le apreté contra mí y volvió a gemir,
intentó apartarse de nuevo, pero no se lo permití y por fin sentí
como se derramaba en lo más profundo de mis entrañas,
derrumbándose contra mi pecho y hundiendo su cabeza en
aquel valle cálido y acogedor. La semana siguiente, partimos
hacia el oasis tal como Hassan me había prometido.
Encontramos una sombra y Hassan ordenó que parásemos a
descansar. Los críos jugaban alrededor de la caravana y
Fátima, se sentó a mi lado y me informó de que estaba
embarazada de nuevo. Yo le di mi más sincera enhorabuena y
le hice algún comentario acerca de lo fuerte que era el deseo
en los hombres de aquellas tierras y ella me miró extrañada.
¿Acaso su marido no la deseaba como Hassan a mí?
― ¿Qué ocurre? ¿Acaso Samir no se siente atraído?
―No lo sé. Yo cumplo con todo lo que él me pide. Soy
una buena esposa. ―Leía algo en sus ojos, algo que no me
decía, yo solo quería ayudarla.
― ¿Cuál es el problema, entonces? ¿Él no te satisface a ti?
―No puede. Ni él ni nadie. Yo no siento nada.―Yo le
miré expectante, esperando alguna explicación. ¿Cómo no iba
a sentir nada?― Me mutilaron cuando estaba a punto de
cumplir doce años. Yo no nací aquí y aunque en mi tierra
tampoco era una práctica común, mi primer esposo lo puso
como condición para casarse conmigo y mis padres
accedieron. Éramos cinco hermanas, no podían permitirse
regatear.―Fátima era joven, como yo y también había tenido
otro esposo, pero jamás había sentido placer al amarles. ¡Qué
difícil debía ser amar a un hombre cuando no puedes sentir
placer!
―Entiendo. Lo siento, no lo sabía.
― ¿Cómo es?―Le miré, decidiendo si complacer su
curiosidad, me parecía que solo aumentaría su angustia si le
explicaba en realidad lo que yo sentía cuando Hassan me
tocaba.
―Agradable.― Me pareció que era lo más acertado, no le
mentí, pero tampoco quería hacerle más consciente de su
desgracia.
― ¡Vamos! No seas así… Satisface mi curiosidad… ―Me
dijo en un tono divertido.― Yo no lo sentiré nunca, soy
consciente y no me daña saber que las demás sí podéis
experimentar el éxtasis. No soy boba.
―Está bien.―Le concedí.― ¿Qué quieres saber
exactamente?
― ¡Todo! ¿Cómo es? ¿Tan intenso es el placer como para
que a la gente se le escapen gritos y gemidos o solo son para
darle emoción?―Yo sonreí ante aquellas preguntas y sentí una
inmensa lástima por mi amiga.
―Yo no creo que tenga las respuestas correctas, supongo
que cada persona lo sentirá distinto. Solo puedo contarte cómo
lo siento yo.― Le advertí y ella asintió, animándome a
seguir.― El éxtasis, es algo imposible de describir. Es como si
una burbuja de calor y placer fuera creciendo en tu interior y
sientes que vas a morir, porque ya no eres capaz de soportar
más… y de pronto, la burbuja estalla y sientes el alivio y una
paz indescriptible, como si te acabaras de despertar en el
paraíso. ―Ella me miró intentando imaginar aquello, pero no
podía.― En mi caso, no hay teatro. Te confieso, que intento
contener los gemidos cuanto puedo, porque si no lo hiciera,
levantaría a todo el campamento haciéndoles pensar que nos
están atacando.―Me reí y levanté la mirada un poco
avergonzada.― Algunas veces, Hassan me tapa la boca con su
mano, cuando son demasiado fuertes y otras, me besa, para no
dejarlos salir.
―Debe de ser hermoso que te hagan sentir así. Si yo
sintiera esas cosas, lo buscaría a cada momento, pero no siento
nada cuando me toca, así que ya ni se molesta en hacerlo. Solo
busca su alivio, sabiendo que yo no puedo encontrar el mío,
por mucho que él lo intente. No le culpo, debe de ser
frustrante.―Guardó silencio unos segundos y yo aproveché
ese silencio para buscar la forma de ayudarla. Ella no estaba
muerta, solo había una parte de su cuerpo en la que no sentía.
¿Y el resto de su piel?
―No estás muerta.― Le dije al fin.― ¿No sientes nada
cuando te acaricia los pechos o cuando te besa?
―Ni me acuerdo.―Admitió entre risas.― Se ha cansado
de intentarlo. Se ha dado por vencido. Supongo que no busca
otra esposa porque no podría mantenernos a las dos.― Lo dijo
con indiferencia, encogiéndose de hombros.
―Verás, dentro hay una zona especialmente sensible, creo
que si le ayudaras a encontrarla tal vez tú podrías sentir placer.
Oblígale a regalarte sus caricias donde puedas sentirlas y
luego, haz que encuentre ese lugar.
―No sé… ¿Crees que funcionará?
―No lo sé, pero nunca lo sabrás si no lo intentas.― Le
guiñé un ojo.
― ¿Cómo es Hassan? Parece un hombre fuerte.― Desvió
la mirada temiendo que yo pudiera malinterpretar sus
intenciones, pero yo sabía que no había maldad en aquella
pregunta, solo curiosidad.
―Hassan, es un buen hombre, y fuerte. ¿Ves cómo vigila
que cada uno de nosotros llegue a salvo a su destino? En mi
lecho, es igual. Siempre está atento a lo que yo necesito,
preocupándose de que llegue a ese destino.
―Parece un hombre serio. Creo que jamás le he visto
reír.― Recordé que yo pensaba lo mismo al principio y sonreí.
El velo ocultaba su sonrisa, en realidad sonreía más a menudo
de lo que la gente pensaba, pero había que aprender a leerlo en
sus ojos. En la única parte que podías ver. Allí, estaban las
respuestas.
―Se toma las cosas importantes muy en serio. Pone el
corazón en todo lo que hace. No puedo encontrar un motivo
para quejarme de él.
― ¿Con que frecuencia te busca?
―Cada noche, y si él no lo hiciera, lo haría yo.―Admití.
Aquella conversación me dejó realmente preocupada,
sentía tanta lástima por Fátima… Ojalá, Alá le regalase
muchas noches de placer. Ojalá, yo pudiera ayudarle en algo.
Hassan, se dio cuenta en cuanto entró a la tienda de que algo
me preocupaba.
― ¿Qué es?
―No es nada.
―Vamos, mujer, ¿qué te preocupa?
―Cosas de mujeres.―Le respondí.
― ¿Te encuentras mal? ¿Algo va mal?― Me interrogó
preocupado y con el ceño fruncido.
―No se trata de mí.
― ¿De quién, entonces?
―Fátima. ¿Sabías que la mutilaron siendo una niña?
¿Cómo pudieron hacerle eso?
―Son costumbres.
―Pero ahora, ella tiene dificultades para cumplir con su
esposo. El capricho del primero, lo está pagando el segundo.
¿Cómo pudo ser tan egoísta?
―No he oído a Samir quejarse.
―Se queja ella. Una mujer no es solo una matriz para
engendrar hijos. ¡No ha sentido el placer en su vida!―Le dije
escandalizada, pero ahogando el grito para que nadie pudiera
oírme.
―Fátima, es una buena mujer, pero hay cosas que no se
pueden reparar.
―Me gustaría ayudarla.
― ¿Cómo lo harás? ¿Acaso puedes reconstruir la parte que
le falta?
―Estoy segura de que yo podría sentir placer sin esa
parte…
―Me gusta esa parte.―Hassan me clavó su mirada
esperando que fuera al meollo del asunto.
― ¿Crees que podrías conseguirlo olvidándote de ella?
― ¿Por qué iba a hacer eso? A ti no te falta.
―Vamos, Hassan… es por Fátima, solo intento ayudarla.
Solo por esta vez.
―Me ahorraré un dolor de cabeza.― Yo empecé a
desvestirlo y a lavarle como era mi costumbre, sin dejar de
besarle. Su cuerpo no tardó en reaccionar y antes de que le
cegara la pasión quise recordarle que por una vez, había
restricciones.
―No existe. No puedes acercarte a ella.― Él puso los ojos
en blanco, pero me complació, como siempre. Sus manos
recorrieron mi cuerpo con una única excepción, y para
asegurarme de que no la rozaba mientras empujaba, le ofrecí la
espalda. Probamos algunas posturas, todas desde detrás y
aunque me costó más encontrar el éxtasis, por fin llegó. Yo
sabía que era posible, que él lo conseguiría. Cuando acabamos,
me sonrió, pero al cabo de un rato, me susurró:
―Se acabaron los experimentos. No me gusta sentir que
hay alguna parte de ti a la que no tengo acceso.
―Sabía que lo conseguirías.
―No sin esfuerzo.―Admitió.― Empiezo a hacerme viejo.
―Eres más fuerte que cualquier hombre con la mitad de
edad.― Llevé su mano hasta la parte de mi cuerpo que le
había prohibido durante toda la noche y le sonreí retándole.―
Supongo, que no serás capaz de hacer un esfuerzo más…
―Estoy cansado y algo viejo, pero aún no estoy muerto.
―Y deslizó sus dedos dentro de mí, besándome todavía con
fuerza. Esta vez disfrutó sobre todo de aquella parte, jugando
con ella, con sus dedos y sus labios y su lengua, llevándome al
éxtasis mucho antes de llegar a llenarme.
Emprendimos de nuevo el camino, aún nos separaban
algunas jornadas de nuestro destino y nos habíamos retrasado
debido a una tormenta de arena. Fátima, buscó sentarse a mi
lado cuando hicimos un alto para descansar. Yo sonreía
pensando que había encontrado la solución a su problema.
― ¿Por qué sonríes?― Me preguntó.
―Porque creo que es posible que quedes satisfecha.
― ¿Por qué lo dices?
―Bueno, no estoy segura, pero ayer hice un pequeño
experimento. Le pedí a Hassan que se olvidara de la parte que
a ti te falta.―Me miró sorprendida.― No le hizo mucha
gracia…― admití― pero al final accedió.
― ¿Y?
―No fue como siempre. Lo eché de menos. Me costó más
alcanzar el éxtasis y fue menos intenso, pero fue placentero.
― ¿De veras?
―Tienes que centrarte en lo que sí puedes sentir, en lo que
tienes, no en lo que te falta.
― ¿Crees que yo podría conseguirlo?
―Espero que sí, de todas formas, no lo sabrás hasta que no
lo intentes.―Parecía insegura y decidí animarla un poco
más.― No tienes nada que perder. Eres una mujer completa.
Todo tu cuerpo siente, tu piel está viva. Déjate llevar por sus
caricias donde puedes sentirlas y no pienses en nada más que
no sea tu placer. Pídeselo a él, es tu marido, lo entenderá.―
Por fin asintió.
El resto de la jornada transcurrió sin sobresaltos. Por la
mañana, Fátima me buscó antes de reanudar la marcha. Me
dedicó una sonrisa pícara y me dijo a modo de saludo:
―Samir te da las gracias. Y yo, también.― ¡Había
funcionado!
― ¿Ha funcionado?― Asintió con la cabeza entre risitas
nerviosas.
―Fue mucho mejor. Siempre me enfrentaba a sus manos
con cierta desidia, pero anoche decidí hacerte caso. Me
concentré en sentir sus caricias allí donde mi piel es más
sensible. ¡Qué injusta he sido! Sus manos son cálidas y sus
labios también.
―Me alegro de haberte ayudado.
― ¿Por qué lo hiciste? Quiero decir que… Tú nunca
hablas con las otras mujeres de estas cosas, siempre te quedas
al margen. Muchas te han preguntado cómo era Hassan en el
lecho y jamás les has contestado.
―Porque ellas esconden otras intenciones tras sus
preguntas. Puedo leer la malicia en sus ojos. Tú solo buscabas
ayuda, solucionar el problema que tenías con tu marido, no
crearme problemas con el mío.
―Sin embargo, Hassan se disgustó contigo por mi
culpa.― Yo sonreí.
―No te preocupes, ya se le ha pasado. Le conozco bien y
sé cómo pagarle por los favores que le pido.― Le guiñé un ojo
y ella me miró liberada de su culpa.― Además ¿Por qué no
iba a hacerlo? Tú me ayudaste a mí cuando más lo necesitaba.
Te ocupaste de mis hijos y ahora crecen sanos y fuertes.
―Ya sabes que lo hice porque podía, no supuso ningún
esfuerzo.
―Yo también lo hice porque podía. No te preocupes más.
Cuando Hassan entró en la tienda, yo estaba canturreando
y al verle, corrí hacia él y no esperé a que él se quitara el velo,
lo levanté lo suficiente y le di un beso. Me miró sin
comprender qué era lo que me hacía estar tan feliz y me sonrió
aunque sin comprender el motivo.
― ¿Y ahora qué?― Yo le sonreí, clavándole la mirada y le
guiñé un ojo― ¿No piensas decírmelo?
―Cosas de mujeres.
―Ya veo qué seres tan extraños sois.―Murmuró.
― ¿Decías algo?
―Nada. Sé que me costaría otro dolor de cabeza.
―No te dolerá la cabeza. ¿Por qué dices eso? Solo estoy
feliz por Fátima.― Miró al techo como si acabara de ser
testigo de una revelación.
―Ahora comprendo las miradas de Samir. No dejaba de
mirarme de una forma muy extraña. Sé que es un buen
hombre, pero estuve a punto de sacarle a golpes de la fila.
―Pobre muchacho.
―Es joven, aún tiene mucho que aprender.
―No es más joven de lo que eras tú cuando te conocí y tú
ya parecías saberlo todo.
―No soy ningún experto. Ningún hombre lo es. Todas las
mujeres sois distintas.
― ¿Y has conocido muchas?― Le pregunté curiosa.
Sabía que no podía herirme su respuesta. Él era mío y lo que
hubiera hecho antes de conocerme, no me afectaría.
―Las suficientes para saber eso.―Me cogió por la
muñeca y me sentó sobre sus piernas.
― ¿Tantas?
―No hace falta que sean muchas, con dos, es más que
suficiente.
― ¿Solo tu mujer y yo?―Me sorprendió aquella
respuesta.
― ¿Para qué más? Nunca he echado en falta nada.
―Y si lo haces, solo tienes que decirlo.
―Ahora que lo dices…
― ¿Qué necesita mi señor?―Dudó antes de pedirme lo
que quería.
―Quizá, otro hijo.
― ¿Y a qué estás esperando? Yo nunca te he pedido que te
apartes, eres tú quién ha decidido hacerlo. Creí que estabas
contento.― Lo dije con ternura, no era ningún reproche.
―Después del parto, me pareció lo más prudente. No sabía
si aguantarías otro igual. Yo no quiero verte jamás sufrir de esa
forma. Sentí un gran temor al pensar que podía perderte, pero
el otro día, no dejaste que me apartara. Eso me hizo pensar en
la felicidad que me traería otro hijo.
―No tienes nada que temer. Soy joven aún y fuerte, Alá
proveerá. Ese fue un parto complicado, sabes que es uno de los
peores, si tú no hubieras estado allí, seguramente estaría
muerta.― Sentí como su cuerpo se tensaba y estrechaba su
abrazo alrededor de mí.
―Ni si quiera soy capaz de pensarlo. Prefiero no tener más
hijos antes de que eso ocurra.
―Si esa hubiera sido Su Voluntad, lo habría hecho de
todos modos.― Le sonreí.― No debes preocuparte. Cena algo
y luego, tentaremos a la suerte.
16
Durante todas las noches que estuvimos en el camino y
muchas otras después de llegar a nuestro oasis, no se apartó
de mí y yo procuré retener su esencia dentro, para que diese
fruto. No tardé mucho en concluir que estaba embarazada. La
última semana habíamos estado discutiendo todo el tiempo,
siempre por tonterías y las náuseas que me sacudieron nada
más despertarme, confirmaron lo que yo ya sospechaba. Esta
vez, no tuve que esperar a soñar nada.
― ¿Te sentó mal la cena?
―Eres bobo, Hassan.― Él comprendió de inmediato y vi
el orgullo en sus ojos.
―Parece que no soy tan viejo como creía.―Sonrió para él
mismo.― Aún soy lo suficientemente fuerte para dejarte
preñada.
― ¿Lo dudabas?
―No, simplemente creí que me costaría más, eso es
todo.― Volvió a sonreír.
―Si es varón, me gustaría llamarle Hassan, como su
padre.
―No creo que sea buena idea.
― ¿Por qué no? Es un nombre bonito.
―Es poco original tener dos hijos con el mismo nombre.
―Entiendo, tu hijo se llamaba así.
―No, pero el tuyo necesitaba un nombre musulmán y me
preguntó si podía decir que se llamaba así, Hassan Ibn Hassan.
Me pareció una buena idea, ya que yo utilicé el nombre de su
abuelo para mi hijo.
―No me lo habías dicho.
― ¿Te parece mal?
―No, me sorprende, eso es todo. Habrá que buscar otro
nombre, entonces…
―Mi padre se llamaba Salah.
―Está bien, Salah me gusta.
―Espero que esta vez venga uno solo. ―Posé mi mano
sobre su brazo para tranquilizarle.
―Todo irá bien.
Pasaron las lunas y sentía que a la vez que mi barriga,
crecía su preocupación. Le había dicho un millón de veces que
no se preocupara, pero él no dejaba de darle vueltas, siempre
en silencio, sin compartir su temor, aunque tampoco hacía
falta que lo hiciera, yo sabía que temía por mi vida. ¡Qué
ganas tenía de parir a aquel hijo! Si hubiera sabido la
preocupación que le traería, no le habría permitido dejarme
preñada. Yo quería hacerle feliz, no aumentar el peso sobre sus
hombros, ni las arrugas de su ceño. Esa noche, no dejaba de
mirarme la tripa, el ombligo se me había salido hacia fuera y él
lo acarició con ternura, como si temiera romperlo. Se inclinó
sobre mi barriga y reposó sobre ella la cabeza, besándola con
cariño.
―Hassan…―No levantó la cabeza.― Hassan…―Volví a
llamarle. Me encontré con sus ojos aterrados y no pude
soportarlo más.― ¡Ya está bien!
―No sé de qué me hablas.
―Sí que lo sabes. Un hijo, es motivo de alegría y
felicidad. No puedes pasarte el día preocupado y temeroso de
lo que pueda pasar. Todas las mujeres somos fuertes, estamos
preparadas para parir, Alá nos dio la fuerza para poder hacerlo.
Miles de mujeres paren cada día, algunas mueren, pero no es
lo normal, son muy pocas las que pierden la vida al hacerlo.
―No me importa lo que les pase al resto de mujeres. Yo
estaba allí y te vi retorcerte por el dolor. Me dieron ganas de
azotar a Kella nada más nacer por haberte hecho pasar por
aquello. Tuve que obligarme a pensar que era solo una niña
inocente, que no había sido culpa suya.
―Hassan, te estás comportando como un crío. Sé
razonable.
―Me comporto como un perro que sabe que está tan
acostumbrado a los cuidados de su amo, que si este le faltara,
moriría de tristeza.
―Pero tú no eres un perro, mi señor. Eres un hombre
fuerte, tu pueblo te necesita y yo también, pero entero, no la
sombra triste en la que te estás convirtiendo. Necesitamos tu
fuerza.― Me senté sobre sus piernas y le rodeé con mis
brazos― Mírame. ―Lo hizo, pero no le encontré en sus
ojos― ¿Dónde estás, Hassan? ¿Dónde te has escondido? Te
necesito aquí, conmigo.― Sujeté su cara entre mis manos y le
clavé mi mirada― Hassan, vuelve.―Le besé y él se apartó
con dulzura y temor.― Hassan, tienes que volver.―Le
supliqué y volví a besarle, pero volvió a apartarse demasiado
pronto. Entonces, llevé sus manos hasta mi pecho y le susurré
antes de volver a besarle― Hassan, te necesito.― Ahora sí
le encontré, respondiendo eficaz a mis deseos. El brillo de sus
ojos apareció de la nada y me respondió con un beso cargado
de fuerza mientras me llevaba en brazos hasta la cama. Fue
muy cuidadoso conmigo, pero ya no había miedo en sus ojos,
sino prudencia. Por la mañana, se despertó de mejor humor
del que acostumbraba en los últimos días.
Después de almorzar, oí alboroto. Al parecer llegaba gente
al campamento, otra caravana que quería descansar con
nosotros en busca de protección. Hassan vino a buscarme, yo
ya sabía que cuando había extraños no debía salir de la tienda.
¿A qué tanto alboroto?
―Laila…
― ¿Qué ocurre?―Entonces vi que había alguien más
junto a él. Otro hombre con velo. Me fijé mejor y vi sus ojos
azules. Las lágrimas corrieron libres y no fui capaz de dar un
paso hacia ellos. Caí de rodillas allí donde estaba y extendí
mis manos hacia aquella figura, ahora casi irreconocible.
―Madre…―Se acercó Arnau despacio, besando mis
manos cuando llegó a tocarlas.― Madre, estoy bien. No llores,
por favor. Estoy bien y he vuelto.―Se arrodilló junto a mí y
me abrazó. Ya no era el muchacho delgado que se había
marchado para recuperar Tierra Santa, ahora era un hombre
grande y fuerte, más alto que su padre. Me ayudó a levantarme
y entonces vi que Hassan se tensaba. Busqué la respuesta y la
encontré en mi túnica, empapada. Vi que el miedo estaba a
punto de aparecer, así que no dejé que lo hiciera, le miré con
aplomo, sin apartar de sus ojos los míos, y le pedí a Arnau que
fuera en busca de Fátima.
―Ayúdame a levantarme, ¿quieres?―Le pedí. Tal vez si
él no estaba presente, si simplemente veía al niño ya en mis
brazos, como era normal, no lo pasaría tan mal. ¿Y si salía
mal? Me obligué a no pensar en eso. Él me cogió por debajo
de mis brazos y me iba a dejar sobre la cama, pero le dije que
estaría mejor con las mujeres a la sombra de un gran árbol. Él
obedeció y me acompañó hasta el oasis. Me miró y me
acarició la cara y entonces llegó Fátima y Alia, no eran
mujeres de mi familia, pero era lo más parecido que yo había
encontrado allí. Hassan se quedó allí, inmóvil, me agarró de la
mano y se arrodilló a mi lado. Alia iba a protestar, pero mi
mirada le obligó a guardar silencio sin necesidad de decir ni
una palabra.
―Hassan, no es necesario que te quedes. Todo va a ir bien.
Márchate y tranquiliza a Ibn Hassan.― Besó mi frente y salió
andando en dirección al campamento.
Fue un parto normal y bastante corto, en apenas unas horas
mi hijo estaba en el mundo y Fátima se lo ofreció a su padre
que salió a recibirnos. Luego, con el niño en brazos, lo alzó
hacia el sol para que todo el mundo pudiera verle.
― ¡Alá es grande!―Gritó.
Ocho días después, el morabito le presentó a su pueblo―
¡Idir!― Luego, siguieron todas las tradiciones y tras ellas,
Hassan me lo ofreció para que pudiera alimentarle, y lo hice
con gusto una vez en mi tienda. Necesitaba un poco de paz.
Arnau, entró a buscarme y le pedí que me contara todo
cuanto había vivido lejos del desierto y él me complació.
Cuando el niño se quedó satisfecho y dormido, Hassan puso
una mano sobre su hombro y dijo lleno de orgullo:
―Salgamos hijo, dejemos que descanse un rato.―Ibn
Hassan no discutió, se levantó y salió con él. La vida nos
sonreía y Alá, el Misericordioso, nos había bendecido una vez
más. Dos hijos vinieron a mí ese día, el nuevo y el primero de
todos. Al parecer, yo siempre paría de dos en dos.
Hassan, ayudó a Ibn Hassan a instalarse en la tienda que
un día fuera de Omar. Él ya era mayor para dormir con
nosotros y sus hermanos, prefirieron dormir con él, querían
escuchar sus historias sobre las batallas que había librado. Yo
prefería no saber nada de eso, lo único que me importaba era
que estuviera a salvo. Al anochecer, Hassan entró a la tienda,
yo le daba el pecho al pequeño Idir.
― ¿Por qué le has llamado Idir?― Quise saber.
―Me pareció… apropiado.―Se acercó y me besó en la
frente y también al pequeño.
― ¿Ya estás tranquilo?―Le pregunté mientras se lavaba y
se desvestía para meterse en la cama. No habló en seguida,
terminó su ritual y se echó junto a mí, dejando al pequeño
dormir entre los dos.
―Ya tengo suficientes hijos. No creo que vuelva a tentar a
la suerte.―Me informó
―Alá, proveerá.
―Yo le ayudaré a proveer.
―No seas blasfemo, Hassan.― Le reproché divertida
―No es blasfemia decir, que haré todo lo posible para
controlar mi descendencia. Alá es grande y Misericordioso, Él
me entenderá.
― ¿Y yo?― Me miró comprendiendo que tal vez podría
querer más hijos.
―Tendrás que entenderme y esperar a que yo muera. Si
todavía eres fértil, podrás buscar otro esposo y pedirle todos
los hijos que desees.
―No digas eso ni de broma, Hassan, ¿me oyes?
―Hoy es un día feliz, mujer, deja que lo disfrute. Acabas
de dar a luz y ya estás pensando en más hijos.
―Solo bromeaba, pero no me gusta que pienses en esas
cosas.
―Entonces, ¿para qué me preguntas?― Idir, se revolvió
incómodo y Hassan se lo colocó sobre el pecho, ya no
protestó, se quedó dormido escuchando el corazón de su padre.
Yo me acurruqué junto a él y dormimos así los tres, hasta que
el pequeño reclamó su alimento de nuevo.
Por la mañana, mientras Hassan tomaba el desayuno me
dijo:
―El amigo de Ibn Hassan, mira mucho a Kella.―Mi hija
tenía ya casi diecisiete años, y aunque yo a su edad estaba
casada, me pareció que era aún muy niña.
―Aún es joven.
―A su edad muchas mujeres ya están casadas y tienen
algún hijo.
―No sé… ¿Crees que es un buen muchacho?
―Ya veremos. Había pensado, que esta noche podríamos
cenar todos juntos. También podríamos invitar a Fátima y a
Samir.
―Me parece una gran idea. Luego iré a decirle a Fátima
que me ayude a prepararlo todo.
―Si te sientes débil, podemos dejarlo para más
adelante.― Me ofreció.
―No me siento débil, pero así tendremos una excusa para
hablar como dos cotorras.― Le sonreí.
―Es una buena mujer. Samir, estaba pensando en buscar
otra esposa, pero hace tiempo que ya no habla del tema.
Tienen cinco hijos, mutilada o no, es una mujer fértil.
―Y tiene buen corazón, no te olvides de eso. No tiene
malicia como otras mujeres. Esas, sí que son unas cotorras.
“Hassan parece resistente… Seguro que la tiene tan grande
como un caballo…” ―dije imitando sus voces.― Debería
haberle cortado la lengua a más de una.―Hassan me miró
divertido y soltó una carcajada.― ¿Qué te hace tanta gracia?
Si fuera al revés no te reirías.
―No, yo le habría cortado la lengua y algún pedazo más
con toda seguridad a cualquier hombre que se atreviera a
hablar así de ti, pero ningún hombre, haría ese tipo de
comentario sobre la mujer de otro. Sois unas desvergonzadas.
―No te atrevas a meterme en el mismo saco. Yo jamás he
dicho nada parecido, me limito a escuchar y a procurar no
parecer demasiado grosera, aunque ellas me lo parecen, y
mucho.
―Eso espero, porque si me entero de que se te ocurre
decir algo parecido sobre otro hombre…
―Descuida. ¿Tú les has visto bien?―Soltó una carcajada
y yo le seguí.
― ¿Y tú que les dices? Cuando te dicen esas cosas, ¿qué
les contestas?
―Que el tamaño no es lo que importa, sino lo que uno es
capaz de hacer con él.―Hassan, frunció el ceño.
―Eso no me deja en muy buen lugar.
―Hassan, no tengo ninguna queja de tu “tamaño”, pero no
querrás que encima les anime a desearte más. Yo me habría
apañado con menos, que ellas aprendan a hacer lo mismo. ¡Alá
es grande y muy generoso conmigo, mucho más que con ellas!
― Hassan soltó otra risotada y me sentó sobre sus rodillas.
―Ahora tendré que mostrarme desnudo, para que ellas
puedan juzgar y sacarles del engaño.―Me dijo provocándome.
―Atrévete, y tu “tamaño” quedará reducido al de un
pequeño dátil.
―Bien. Yo no me mostraré, pero tú, no les vendas que soy
eunuco ¿de acuerdo? Además, no engañas a nadie. Mi primera
esposa, me contó que después de la noche de bodas, todas le
preguntaron ese tipo de detalles. Ella, era muy ingenua y no se
percató de esas intenciones que tú me cuentas. Decidió ser
generosa conmigo y alabó mi “tamaño”. Supongo que por eso
sienten tanta curiosidad.―Volvió a reír al mirar mi cara.―
Deben pensar, que realmente la tengo como un
caballo.―Siguió riendo y yo le golpeé bromeando para que
dejara de decir aquellas cosas.― ¿Te has sonrojado?―Me
acarició la cara y yo la hundí en su hombro.
―Todas las mujeres hablan del “tamaño” de mi
esposo.―Protesté.
―Pero solo una sabe la verdad y disfruta de él.―Me cogió
la barbilla y me besó con fuerza.― Olvídate de ellas. ¿Qué
más te da lo que deseen? Sabes que serán deseos frustrados,
deseos que nunca llegarán a hacerse realidad.
―Prométemelo. Di que jamás desearás a ninguna de ellas.
―Te lo prometo.―Dijo sin vacilar.
― ¿De verdad no hay ninguna que te resulte apetecible?
― ¿Tú las has visto bien?―Me sonrió.― Tendrían que
nacer mil veces para igualar tu belleza. Ni si quiera Kella, que
es la muchacha más bonita de aquí, iguala la belleza de su
madre. Solo un loco o un ciego, las desearía a ellas cuando
puede tenerte a ti.― Yo le besé aliviada por sus palabras.
―Llegarás tarde. Anda, ve a tu palmera, pero vuelve para
almorzar.
17
Había tenido un sueño de lo más extraño aquella noche, no
sabría decir si malo o bueno. Vi una pareja joven cerca del
oasis, el sol brillaba furioso y un pájaro oteaba la escena desde
lo alto como si fuera un vigía intentando avistar algún intruso.
Como era habitual, no alcanzaba a distinguir sus rostros y esta
vez, tampoco les reconocía de ninguna otra forma, aunque
pertenecían a nuestro campamento. El muchacho se abalanzó
sobre la muchacha y me pareció que ella se resistía. Luego
veía una boda con gran alegría. No estaba segura de molestar a
Hassan con este asunto, a fin de cuentas, la cosa parecía acabar
bien. Sin embargo, siempre que tenía un sueño, lo compartía
con él y sentía que al no hacerlo, de algún modo le traicionaba.
Decidí hablar con él durante el almuerzo y que fuera él quien
decidiera si era importante o no.
Ibn Hassan, estaba bajo la palmera con su “padre”, como
cuando era un niño, Kenan estaba con el ganado y Kella, se
había marchado a por agua. Padre e hijo vinieron a almorzar
como era su costumbre.
― ¿Dónde está Kella?―Me preguntó Ibn Hassan.
―Ha ido a traer agua.
―Iré a ayudarle, recuerdo bien cuánto pesan esos
odres.―Sonrió.
―Hassan, anoche tuve un sueño. No te lo he contado
porque no estoy segura de si es malo o bueno, ni tampoco de
cómo proceder.
― ¿Qué has visto?
―Había una pareja joven junto al oasis. Me pareció que el
joven intentaba forzar a la muchacha y ella se resistía. Luego
vi una boda con gran alegría. ¿Qué podemos hacer?
―Vigilaré el oasis estos días y avisaré para que las
muchachas no vayan solas a por agua. No se me ocurre nada
más.
Al poco rato, apareció Kella en la tienda, pero venía sin su
hermano.
―Ibn Hassan fue a buscarte. ¿Dónde está?
―Le dije que Tala iba de camino y que me había
encontrado en la fuente con su amigo Jamal. Dijo que iba a
invitar a Jamal a almorzar con nosotros.
―Bien, no creo que tarden mucho.
Oímos a Ibn Hassan discutir con alguien y Hassan salió
para ver lo que ocurría. Yo no tuve que hacerlo, una punzada
atravesó mi pecho y recé para que no fuera mi hijo el joven
que había visto en mi sueño, pero estaba convencida de que
aquel alboroto era de algún modo la manifestación de aquella
revelación tan oportuna.
Jamal había intentado forzar a Tala, la hija de Fátima, y
Arnau se había ofrecido a desposarla. Tal vez si le hubiera
contado antes a Hassan mi sueño, todo aquello podría haberse
evitado. No pude evitar sentirme culpable.
Esa fue la última vez que vimos a Jamal.
Al principio, me resultó extraña la proposición de Arnau
de desposar a Tala, pero solo tuve que fijarme un poco en
cómo la miraba para comprenderlo todo. Puede que no la
amara aún, pero le gustaba, y la amaría con el tiempo. Tala y
yo parecíamos tener vidas paralelas, al menos, en lo
concerniente al amor. Ojalá Ibn Hassan la hiciera tan feliz
como había llegado a serlo yo.
Por la noche hubo una gran fiesta. Ibn Hassan se acercó a
Tala y vi que hablaban, nunca les había visto hablar y la
imagen me provocó cierta ternura. Mi hijo se iba a desposar y
pronto vendrían los nietos. Nietos… ¡Alá era generoso con
nosotros!
Yo me retiré antes que Hassan, pero antes de que me diera
cuenta, cruzó la puerta. Había hablado con Ibn Hassan y sabía
que no le disgustaba el arreglo, pero el sentimiento de
culpabilidad seguía ahí. Puede que Hassan estuviera enfadado
por no habérselo contado a tiempo. Tal vez podría haberlo
evitado y me responsabilizara de lo ocurrido. Había estado
algo distante durante la noche y no sabía cuál era su parecer,
pero me armé de valor y decidí enfrentarme a cualquiera que
fuera su parecer y su castigo. Sin embargo, él estaba
convencido de que era el resultado de la voluntad de Alá y me
liberó de cualquier culpa o responsabilidad sobre aquel asunto,
quitándome un peso de mi mente y mi corazón.
Las siguientes semanas pasaron lentas. Ibn Hassan nos
había dicho que en cuanto se casara, se llevaría a Tala a Tierra
Santa. Había recuperado dos de las tres casas que en realidad
nos pertenecían y para asegurarse de que nadie las ocupara, las
había alquilado con la condición de que cuando él volviera,
tendrían que desalojarlas. Así que en poco tiempo volvería a
perderle, quizá para siempre, pero ahora era muy distinto, no
se iba a la guerra, solo volvía al que fue mi hogar, para crear el
suyo.
―Aún no me has dicho qué piensas de todo esto, madre.
¿Te parece mal? Si no recuerdo mal, siempre has tenido una
opinión acerca de todo.―Me sonrió Ibn Hassan.
―Ahora soy más observadora y antes de hablar, procuro
saber qué es lo que quiere la gente y porqué actúa de la forma
en la que lo hace. Ya te perdí una vez por no querer escuchar
qué era lo que querías, sería una necia si obrara de nuevo de
igual modo, ¿no crees?
―Ahora soy yo quién te pregunta, por favor, dime qué
piensas.
―Creo, que Tala será una buena esposa. Pero no sabía que
a ti te gustaba tanto…―Le clavé la mirada.
―Sí que es cierto que te has vuelto más observadora.―Yo
me reí y asentí.― Nada más llegar, la vi sentada en la puerta
de la tienda estaba trabajando una pieza de cuero y entonces,
escuchó mis pasos y levantó la mirada y yo tropecé, primero
con sus ojos y luego, también con mis pies.― Reconoció algo
avergonzado su torpeza.― Ella se rio, aunque intentó no
hacerlo. Yo me recompuse y pasé por su lado sin decir una
palabra. Y luego, el perro de Jamal… Yo mismo le habría
partido en dos, pero sé que no tengo derecho, así que decidí
que lo mejor sería llevárselo a Samir.
―Hiciste bien. Eres un buen hombre, eres noble y tienes
buen corazón. Tala debe darle gracias a Alá por haber sido tan
generoso con ella.
―Ella dice que me está muy agradecida y que me prefiere
como esposo a Jamal.―Hacía fresco y le hice un gesto a mi
hijo para que entrara conmigo y poder hablar dentro de mi
tienda. Estaríamos más tranquilos también.
―También es lista.―Le concedí.― ¿Cuándo os
desposaréis?
―No lo sé. Por mí, mañana.― Yo solté una carcajada.
―A veces te pareces tanto a Hassan, que tengo que
recordarme que no lleváis la misma sangre.
―Nunca hemos hablado de mi padre. ¿Cómo era?
―Un buen hombre, como tú. Tenía tu piel y el color de tu
pelo.
― ¿Le amabas?
―Mucho. Le amé con toda mi alma hasta que murió y si
Alá no se lo hubiera llevado tan pronto, aún seguiría a su lado.
―Entonces, ¿no amas a Hassan? Bueno, aunque él no sea
mi padre, es el único que conozco.
―Hassan, también es tu padre, aunque de un modo
distinto. No tenéis la misma sangre, pero él te quiere como a
un hijo. Muchos niños crecen sin conocer a su padre, tú tienes
mucha suerte, Alá te bendijo con dos.
―No me has contestado. ¿Le amas?
―Tu padre fue mi primer amor, nos conocimos siendo
unos críos y nos enamoramos con el paso del tiempo.
Supongo, que era inevitable. Aprendimos juntos a amar y fue
un amor sincero y tierno. El amor que siento por Hassan es
muy diferente. Él es parte de mí, como yo lo soy de él. No
creo que pudiera sobrevivirle si a él le pasara algo.
―Entonces, le amas más de lo que amaste a mi
padre.―Concluyó.
―Yo no diría más… ni tampoco menos. No se trata de
cantidad, el amor no se puede pesar, ni medir, se trata de
calidad. Yo diría que le amo mejor, siendo más consciente de
ese amor.
―Entiendo.―No creí que lo hiciera, pero no le contradije.
Ya lo averiguaría el día que amara a Tala de verdad.
― ¿Has amado alguna vez a una mujer?―Me miró
avergonzado y luego sonrió.
―Esa pregunta es muy indiscreta, madre… pero sí, a una
muchacha cristiana que el Sah me entregó. Yo no tenía ningún
interés en ella, la verdad, pero ella parecía tan agradecida de
alejarse de él, que se me entregó en cuanto estuvimos a solas.
―La forma de amar es distinta entre cristianos y
musulmanes, lo sabes ¿verdad?― Vi su expresión y supe que
no sabía de lo que yo le estaba hablando, le sonreí y me
pregunté si esa, era una buena conversación entre una madre y
su hijo.― Puede que sea mejor que Hassan hable contigo.
―Vamos madre, no puede ser tan diferente. Musulmanes o
cristianos, todos tenemos lo mismo.
―Sí, pero no lo usamos igual. Créeme, deberías hablar
con Hassan. Tala, se merece un buen amante.
―De acuerdo, iré a hablar con él, a ver si él quiere
desvelarme el misterio.
Ibn Hassan había recuperado dos de las tres casas que
nuestra familia poseía en Jerusalén antes de su rendición. Le
regalé la casa que un día fue de su padre y él, decidió que yo
me quedara con la de Omar, pues la de mis padres, al ser la
más grande, se la había quedado el Sah. No me importó, yo
prefería la de mi abuelo, siempre me gustó más. Además, yo
no pensaba regresar y el alquiler les ayudaría con los gastos.
Yo era feliz aquí, con Hassan. Entre el desierto y sus dunas.
Ahora me parecía pobre la fuente de mi jardín, cuando tenía
un oasis para bañarme y más pobre aún, el muro que me
protegía, cuando tenía los brazos de Hassan. ¡Qué pocas eran
mis tierras, cuando podía disponer de toda la arena del desierto
que se perdía en el horizonte! No, yo ya no pertenecía a aquel
lugar y aunque tuviera una casa esperándome, sabía que
Hassan jamás abandonaría a su gente y yo, nunca le
abandonaría a él. Mucho antes de que se apagara la hoguera y
los hombres se retiraran a sus tiendas, Hassan apareció en la
mía.
―No me has dicho nada de lo que has hablado con Ibn
Hassan.― Me sorprendió su voz.
―No hay nada que decir. Él se marcha. Yo me quedo.
Cada uno elige su camino y acepta el del otro.
― ¿No preferirías volver a tu hogar?― Me interrogó.
―Mi hogar está donde tú estés, Hassan. Está contigo.
―Tal vez yo quiera ir a Tierra Santa…
― ¿Para qué ibas a querer tú alejarte de la paz del
desierto?
―Eso es cosa mía. Todo buen musulmán debe hacer al
menos una vez en su vida la Hajj[17], hay que ir a Bakkah[18].
―Si puede.―Le recordé yo.
―Yo puedo. Podría descansar en casa de Ibn Hassan y
luego seguir hacia el sur, por la costa. Tú podrías esperarme
allí con los niños. Ibn Hassan cuidará de ti hasta mi regreso.
― ¿Quieres ir a Bakkah? Nunca habías dicho nada.
―Nunca me lo había planteado, me parecía demasiado
camino, pero partiendo el viaje en dos, no será tan pesado.
―Como quieras, pero tendrás que esperar a que el niño
crezca un poco, apenas acaba de nacer y no aguantaría un viaje
hasta Tierra Santa.
― ¿De verdad no quieres volver a tu casa, con tus fuentes
y tus jardines?
―He vivido más tiempo aquí que allí, digamos que tengo
dos hogares, y ahora soy feliz en este. La vida allí es más fácil,
eso es cierto, pero aquí hay más paz. Si te apetece conocer
Tierra Santa, iremos.
―Siempre pensé, que en cuanto tuvieras la oportunidad de
recuperar tu casa, querrías marcharte. Creí que sería entonces
cuando empezarían los dolores de cabeza. También es cierto
que a estas alturas, ya no esperaba una noticia como esta. Aun
así, creí que querrías ir y que intentarías convencerme para que
cambiara de vida.―Yo solté una risotada y luego le miré con
cariño.
― ¡Ay, Hassan…! Sabía con quién me casaba y no me he
arrepentido un solo día de mi vida. Eres quién eres y yo estoy
orgullosa de ti. Nunca desearé que seas distinto. Soy feliz aquí,
contigo, no necesito nada más.
―Tienes un pico de oro y la voz de una sirena.
Convencerías a un djinn para que dejara de hacer sus
travesuras, pero tienes razón, Idir aún es muy pequeño,
esperemos a que crezca y luego ya veremos.
―He pensado, que quien podría acompañarles es Kella.
Ibn Hassan es su hermano y cuidará de ella y Tala también.
Puede que allí, le resulte más fácil encontrar un marido y si lo
encuentra, nuestra casa podría servirle de dote, si nosotros no
decidimos vivir allí.
―Yo también lo he pensado, pero tengo dudas. Ella y
Kenan están muy unidos, es bueno que los lazos de la sangre
sean fuertes, esos lazos en ocasiones evitan guerras. Puede que
sea mejor que los dos empiecen a visitar el ahal. ¿No te
encontrarás muy sola? Aquí te hace compañía.
―No puedo pensar en mí, cuando hablamos de la felicidad
de mi hija.
―Alia, me ha dicho que se marcha, encontró un joven que
vino a nuestro ahal desde los pastos del este y van a casarse.
No es mi hija, pero me gustaría aportar algo a su dote, un par
de cabras, tal vez.
―De acuerdo, pero si Alia se va, Kella debería volver a
nuestra tienda.
―Aún falta tiempo para que Ibn Hassan se marche, que
empiecen a ir al ahal y si no encuentra esposo para entonces,
ya veremos. Si Kenan se compromete a dormir en la tienda
todas las noches, no me parece una locura que duerman allí.
Además, cuando el pequeño deje de mamar, podrán dormir los
tres y Kella, podrá cuidar de su hermano.
―Bien.―Le concedí.―Ya ha pasado tiempo suficiente
desde el parto.―Le informé y antes de que pudiera darme
cuenta ya le tenía a mi espalda. Me reí y él también se rio.
―Con los años, te estás volviendo más impaciente, mi señor.
Deja que le dé de comer antes. Si quieres, puedes ir
desvistiéndote y lavándote.
―Me gusta más cuando lo haces tú.
―Entonces, tendrás que esperar un poco más.
―Me parece que llevo esperando toda la eternidad, un
poco más no importa.―Suspiró.
Empezó a cambiar de posición, a caminar de un lado a otro
de la tienda y me estaba poniendo de los nervios, aunque en el
fondo me resultaba gracioso verle tan impaciente. Él nunca
parecía tener prisa.
― ¿Por qué no sales a tomar el aire un rato? Tanto andar
de un lado a otro me pone nerviosa.―Me miró contrariado,
pero obedeció. Yo acabé de acostar al pequeño y salí a
buscarle. Le encontré en la puerta, sentado sobre la arena.―
Pasa, anda… ya se ha dormido. Le ayudé a desvestirse y le
lavé como a él le gustaba, con mucho cuidado y cariño, como
un infiel limpiaría la estatua de su dios pagano, con fervor. Él
se estremecía al sentir el calor de mis manos sobre su piel y yo
le besaba allí donde su piel se erizaba.
En cuanto yo terminé con él, él empezó conmigo, pero de
pronto se detuvo. Yo le miré sin comprender qué podía ir mal.
―Quiero amarte de la forma cristiana.―Me susurró al
oído y yo le miré sorprendida, pero le complací sabiendo que
no le gustaría mucho. Pensé que se trataría de algún capricho.
Mientras preparaba el desayuno, me miraba con un millón
de preguntas en sus ojos, esta vez no había respuestas.
―Sabía que no te gustaría.―Le dije yo, adivinando lo que
le distraía.
― ¿Por qué me complaciste entonces?
―Pensé que era un capricho, aunque te confieso que
aguantaste más de lo que yo esperaba.―Me reí.
― ¿De verdad aman así?
―Ellos creen que el sexo es pecado. Solo lo usan de esa
forma con sus esposas, casi con el único propósito de
engendrar hijos. El placer lo guardan sus maridos para las
mancebías. Ellas, no creo que lleguen a conocerlo jamás.
― ¿El amor pecado? Nunca se está tan cerca del paraíso
como cuando se ama a una mujer. ¿Para qué quieren esa parte
del cuerpo si no la usan? Estoy seguro de que la pobre Fátima,
retajada, siente más placer que muchas cristianas.
―Ellas no conocen el arte de amar, eso es lo que han
aprendido. Nunca descubren enteramente sus cuerpos, no
conocen el cuerpo del esposo, como él, no conoce el cuerpo de
su mujer. Aceptan que sus maridos vayan a buscar fuera, lo
que a ellas se les ha prohibido en el propio hogar.
― ¿Y tienen el valor de llamarnos bárbaros?―Yo solté
una fuerte carcajada.
―Tienes suerte de profesar la verdadera fe.
―Y tú. Más tú que yo, me atrevería a decir. No entiendo
cómo pueden resistirse a la conversión. Si yo fuera una mujer
cristiana, estaría rezando para que los ejércitos musulmanes
llegaran hasta mi casa.―Se rio.―Me cuesta creer que hayas
amado de ese modo.
―Ya te dije que yo nunca fui lo que se dice, una cristiana
al uso. Mi marido lo sabía y nunca me lo reprochó. Solo le
oculté ciertas cosas que sabía que jamás me permitiría. Puede
que las más placenteras.
―Alá, el Misericordioso, las guardaba para mí.―Me
sonrió.
―Es posible.
―Aunque mi primera esposa no hubiera muerto, si
hubieras llegado hasta aquí, te habría desposado, pero me
pregunto… ¿qué habrías hecho tú en el caso contrario, si
hubieras llegado con Arnau y me hubieras encontrado?―Yo le
miré comprendiendo su pregunta.
―No lo sé.―Reconocí.― Amaba a Arnau con todo mi
corazón, pero mi cuerpo nunca reaccionó ante él como lo hace
ante ti.
―Eso es, porque no erais libres para amaros de una forma
natural.
―No me refería a eso. Es otra cosa.―Hice un esfuerzo
por explicarme.― Solo tengo que mirarte o rozarte sin querer
y mi cuerpo, reacciona de inmediato. Me atraes, como el
hambre de un recién nacido, atrae la leche del cuerpo de su
madre.―Le dije al oír la protesta de Idir. Él sonrió.―
Supongo, que a pesar de estar casada, si me hubieras buscado,
al final habría cedido. Cuando estás cerca, dejo de
pensar.―Reconocí avergonzada.
―Eso no está bien, mujer, pero tampoco está bien que yo
me alegre de oírlo.―Me levantó la barbilla y me besó con
urgencia. Luego tomó al niño en brazos e intentó calmarlo
mientras yo ponía el desayuno en la mesa.
Se acercaba el día de la boda y ambas familias estábamos
inquietas. Por un lado sentíamos una enorme felicidad por la
unión de nuestros hijos, pero por otra, cada vez se hacía más
presente la sutil nostalgia que conllevaba su marcha. Ibn
Hassan tenía que partir, si abandonaba demasiado tiempo sus
posesiones en Tierra Santa, las acabaría perdiendo. Así que,
tras los ocho días que duró el ritual de casamiento, ambos
partieron acompañados por Hassan y Samir. Les acompañaron
hasta que atravesaron el desierto y durante algún tiempo, yo
me quedé sola, con Idir, Kenan y Kella, que finalmente no
quiso ir con ellos. Al parecer, había conocido a un primo
lejano de Hassan del campamento del norte que parecía
interesado en ella y aunque no llegó a cuajar la relación,
ambos hermanos se divertían mucho asistiendo al ahal para
conocer a jóvenes solteros.
Uno opinaba de la elección del otro, casi siempre para
reírse y hacerle enfadar. “Esa está muy flaca, cuando sonríe
solo se le ven los dientes”, le decía Kella en tono jocoso.
“Pues anda que Hussein… tiene una nariz tan grande que
cualquier pájaro podría dormir sobre ella”, se reía Kenan, y así
pasaban las tardes. Tras la incorporación de Kella al ahal,
muchos eran los que venían de otros campamentos para
comprobar su belleza y su gracia al tocar el imzad[19]. Sus ojos
azules y su simpatía, habían corrido de boca en boca con la
rapidez del mismo viento, pero aún no había encontrado
ningún muchacho que despertara su interés. También es cierto
que lo tenía más difícil que su hermano. Siempre se quejaba de
que él, tenía que ser menos exigente. Ella estaba obligada a
escoger entre hombres de la misma condición o superior, ya
que entre el pueblo de Hassan y ahora también el mío, el
linaje, se transmite a través de la mujer. Ella, no solo era la
hija de un amajegh, su padre, era el amenokal. Así que el
número de pretendientes se reducía considerablemente.
Kella, seguía pasando las tardes en el ahal, sopesando las
pretensiones de algunos jóvenes que aspiraban ilusionados a
que mi hija aceptara tener una cita más íntima con ellos, cosa
que de momento, no había ocurrido. Kenan se cansó antes,
decía que aquí no encontraría esposa, que esperaría el retorno
de su padre, para poder visitar el ahal de otro campamento.
¡Les echaba tanto de menos! ¡Qué poco había disfrutado
de Ibn Hassan! Me obligué a sentirme feliz por ellos y a
pensar que Hassan, pronto estaría de vuelta conmigo y el
pequeño.
18
Idir crecía deprisa y veía en él a su hermano mayor. Ahora,
Kenan ocupaba el lugar de su padre como cabeza de
familia hasta que éste regresara. Se parecía mucho a mi
abuelo, no solo físicamente, era un muchacho responsable y
tenía un gran sentido común, demasiado para su edad. Ahora
que faltaba Hassan, él era con quien consultaba las pequeñas
cosas del día a día y siempre aportaba soluciones sencillas,
pero eficaces. Demostraba una gran inteligencia y un sentido
práctico en el que yo aprendí a confiar. Estaba agradecida de
que él siguiera allí. Se había convertido en un buen pastor y
también bastante hábil al trabajar la madera de acacia. Era un
gran muchacho y yo me sentía muy orgullosa de él. No me
preocupaba que aún no hubiera encontrado a nadie para
casarse, era demasiado joven todavía, pero decidí tantearle
para ver si él estaba preocupado, últimamente le notaba algo
decaído.
―Hijo, pronto tendrás edad para casarte.―Me miró
sorprendido por el tema de conversación que había sacado.
― ¿A qué viene eso ahora, madre?
―No es nada, no te preocupes, solo me gustaría saber si
hay alguna muchacha que te interese especialmente.
―Lo cierto es que no. De momento, me contento con la
vida que llevo.
―Puede que todavía sea pronto.―Reflexioné.
―No creo que sea pronto, ni tarde. El amor no entiende
del tiempo, igual que el desierto. Llegará sin más. He visto que
el odre está algo viejo y pierde agua.―Me comentó
cambiando de tema.
―Pensaba intentar repararlo hoy, pero puede que tenga
que hacer uno nuevo.
― ¿Podrías hacerme unas sandalias nuevas también? Estas
se me han quedado pequeñas.―Miré los pies de mi hijo y vi
que tenía razón, los dedos sobresalían de la suela. Suspiré.
¿Cuándo había crecido así?
―Está bien, empezaré con el odre y luego te haré las
sandalias.
―Me llevaré la lanza, puede que vaya a un pequeño pasto
que hay al sur. El otro día vi huellas de gacela en esa
dirección, así tendrás bastante cuero para los próximos
trabajos.
―No te alejes demasiado. Ahora, eres el hombre de la
casa.
―Tres días a lo sumo, si no hay problemas, aunque nunca
se sabe. Volveré lo antes posible.
―Podrías esperar a que regresara tu padre. No me gusta
quedarme sola.
―Kella está contigo.
―Kella, es una mujer, me refiero a quedarme sin un
hombre en el hogar. Tengo suficiente cuero para arreglar el
odre y para tus sandalias. Si me falta, le pediré a Fátima. Ya se
lo devolveré.―Al final asintió. Era un buen hijo y entendió
perfectamente mi temor.
―De acuerdo, entonces volveré para comer.
―Está bien.
Hassan, tardaba más de lo que yo esperaba o tal vez, era
mi impaciencia por verle la que hacía que los días y el tiempo
pasaran con mayor lentitud. ¿Les habría pasado algo? Yo sabía
que no, Hassan era parte del desierto, como el desierto lo era
de él. Lo conocía, lo respetaba y lo amaba y creo que el
desierto agradecido, se mostraba dócil ante él. Además, yo lo
habría soñado, Alá en su infinita misericordia, me lo habría
revelado. Todo iba bien.
Los años me habían aportado sabiduría, pero no paciencia.
Lo consideré un aprendizaje más. ¿Cómo lo harían las demás?
La mayoría de los hombres que viajaban con nosotros eran
pastores. Iban y venían del campamento y pasaban muchas
noches fuera de sus hogares. Solo los imajeghan, el morabito y
Samir, que era herrero, permanecían en él. De pronto, el perro
dejó la leche y sus orejas se tensaron aguzando el oído, volvió
la cabeza en dirección al este y salió corriendo. Mi estómago
se dio la vuelta. Ese, no era un perro guardián, era un
sloughi[20], no se molestaba en avisar de la intrusión de
criaturas o extraños en el campamento. Él solo reaccionaría así
ante una presa de caza o la vuelta de su amo y ahora, no estaba
cazando. Alá había escuchado mis oraciones, el
Misericordioso me había devuelto a Hassan.
Ató el camello al poste, al mismo que ataba Kenan a las
cabras cuando tornaba de los pastos, ya que ahora estaba libre.
Entró en la tienda y sentí que todo volvía a ocupar su lugar.
―El desierto cada vez parece más grande.―Me dijo a
modo de saludo. Me había echado de menos.
― ¿Has tenido problemas?
―Me entretuve visitando a mi primo Abdel. He traído
varias cabras para aumentar la cantidad de leche. Entre el
perro, el caballo y mis hijos, hará falta más. Además, aquella
ya está preñada y no tardará en parir.― Dijo señalando a la
más grande.― Las demás lo harán en la época de lluvias,
luego le diré a Kenan que libere a los machos de las ligaduras.
―Hay que vigilar a la camella, también está a punto de
parir.― Hassan asintió comprendiendo.― ¿Cómo está Abdel?
Hace tiempo que no se une a nuestro campamento.
―El suyo ha crecido bastante, es mejor así. Hay muchos
muchachos en su campamento, son jóvenes, pero carecen del
linaje necesario para Kella, aun así, les he invitado a pasar por
nuestro ahal, Kella no es la única que necesitará esposo. Están
las hijas de Samir y las de Bashir.
― ¿También había muchachas? Kenan, no está interesado
en ninguna de las de por aquí, quería visitar algún otro ahal.
―Que vaya, puede que encuentre alguna de su agrado.
Abdel se casará pronto con la hija del herrero.
―No tardará en volver. Hoy quería ir a los pastos del sur,
pero le dije que esperara a tu regreso para irse él. No quería
que nos dejara solas.
―Es un buen muchacho.
―Es más que eso, Hassan. Te sentirás orgulloso de él. Es
inteligente y responsable, ha sido un buen cabeza de familia en
tu ausencia.―Le sonreí.
― ¿Así que ya puedo marcharme de nuevo?―Me
preguntó con humor.
―Deberías esperar a mañana al menos… Deja que pase
una noche con mi esposo o seré yo quien empiece a ir al
ahal.―Me reí ý él me sentó sobre sus rodillas como era su
costumbre y me susurró al oído.
―Yo también te he echado de menos.
Kella y Kenan aparecieron en la puerta. Kenan, llevaba
sobre los hombros una pequeña gacela muerta.
―La paz sea contigo, padre.―Le dijo formalmente,
Kenan.
―La paz sea con vosotros, hijos.
―Te traigo cuero, madre.―Luego miró a su padre.―
Menos mal que has vuelto, la camella está a punto de parir.
―Me lo ha dicho tu madre, luego iré a verla. ¿Dónde la
has encontrado?―Dijo desviando la mirada al pobre animal.
―Debió apartarse de su manada, estaba sola y herida en
una pata. Parecía estar esperando mi lanza.
―No he podido empezar con las sandalias.―Informé a
Kenan.
―Puedo aguantar un poco más, no hay prisa. ¿Conseguiste
reparar el odre?―Yo asentí, mostrándoselo.
―No tendrás que esperar mucho, le pediré a Fátima que
me ayude, ella tiene más maña que yo.
―Parece que os habéis apañado bien…― Constató
Hassan.
―Te hemos echado en falta.
―Es agradable ver como tu hijo se convierte en un
hombre.―Se quedó pensando un momento.― Mañana llegaré
a un acuerdo con Bashir para que se ocupe del rebaño. Su
familia cuidará de él.
―Padre, ¿y qué haré yo entonces?
―Cumplir con tu casta. Kenan, tú no eres un pastor, eso
solo ha sido para ocuparte mientras crecías. Tu sitio está junto
a mí, eres un amajegh. Aprenderás a montar como te
corresponde y a domar a las bestias. También a manejar la
takuba. Mañana, le encargaré a Samir una para ti. Veo que la
lanza ya la dominas, pero seguro que puedo enseñarte algo. Ya
no es momento para poner trampas a las pequeñas aves, hijo,
ni para ocuparte del ganado.―Kenan asintió, creo que
complacido por aquella idea. Puse la comida sobre la estera y
todos comimos del mismo cuenco, con nuestras manos ¡Qué
agradable volver a sentir a mi familia reunida! Solo faltaba Ibn
Hassan, pero él estaba formando la suya. Tal vez, algún día
pudiera conocer a mis nietos.
La camella parió unos días después. Kenan la atendió
siguiendo las indicaciones de Hassan. Ahora, padre e hijo
estaban más unidos que nunca.
Idir cumplía tres años cuando el morabito le colocó el velo
a Kenan. Ya era un hombre y ahora, podría ocupar el lugar que
le correspondía junto a su pueblo. Ahora sería un amajegh
como su padre.
Kella había encontrado un joven que la pretendía. Tras la
visita de los jóvenes del campamento de Abdel a nuestro ahal,
habían llegado otros grupos de otras tribus del norte y fue el
hijo del Amenokal de una de ellas, un amajegh como Hassan,
quien se ganó su corazón. ― “Sabe recitar poemas y me hace
reír, además creo que es bastante guapo, aunque es difícil de
adivinarlo con el velo puesto.” ―Había contado mi hija. Fue
su primo quien vino para hablar con Hassan de la boda y la
dote. Un potro de raza aria y una camella, fue la aportación de
Hassan, que era un hombre generoso. A menudo, los caballos
eran bienes compartidos por la comunidad, pero Hassan, tenía
uno propio y los cuatro caballos que había capturado cuando
nos atacaron, los había cedido para uso común. Una de las
yeguas parió al año siguiente, así que le regaló al potro que ya
contaba con dos años y estaba listo para empezar a trabajar
con la doma. Hamid, el futuro esposo de Kella, estaba
agradecido. No tardaron en llegar sus familiares para la boda.
Las mujeres les recibieron con los tambores y los hombres
empezaron a danzar con los camellos a su alrededor. Los
festejos duraron ocho días, tras los cuales, el morabito, ofició
la breve ceremonia recitando algunos versos del Corán.
Kenan, no tardó en ir a buscar a la prima de Hamid a su
ahal, al parecer los ojos negros de Zaida, habían despertado su
curiosidad y poco después, fuimos nosotros al poblado de
Hamid a festejar la nueva unión, después de que éste negociara
con el padre de Zaida, la dote y pusiera la fecha para la boda.
Ellos no fueron tan generosos como Hassan, pero tampoco
necesitábamos nada, saber que nuestro hijo era feliz, era más
que suficiente.
Ahora tenía a mis tres hijos fuera de casa, ocupando su
lugar en el mundo, solo me quedaba el pequeño Idir, al que
estaban a punto de circuncidar, en cuanto llegaran las lluvias,
cumpliría los siete años de edad.
19
Las lluvias no llegaban. Estábamos a punto de alcanzar la
mitad de la temporada y habían caído apenas unas gotas. Parte
del ganado había muerto y las familias que siempre
permanecíamos juntas, tuvimos que separarnos para no agotar
los pocos recursos que quedaban. Hassan decidió que era hora
de hacer el viaje que habíamos estado posponiendo y ceder el
oasis a Samir. Así que partimos en dirección a Tierra Santa,
delegando la función de Amenokal en Kenan, que ya se había
hecho respetar en los consejos por su sentido común e
inteligencia.
Hassan, nunca se había sentido tan orgulloso, como el día
en el que le entregó a su hijo el ettebel. Así dejamos el
desierto, con la cabeza alta, el orgullo en la mirada y nostalgia
en el corazón.
El viaje fue pesado y duro, sobre todo por la escasez del
agua. Los animales estaban al límite de sus fuerzas y Hassan
lo sabía. Caminábamos durante la noche y buscábamos refugio
durante el día hasta que por fin llegamos a al-Iskandariyya[21].
La cuidad era hermosa y sus calles amplias. Grandes edificios
y mercados tremendamente activos. Todo estaba vivo allí.
Había columnas altísimas que parecían disminuir el espacio
celeste, pero lo que más me gustó, fue el gran faro. Era
hermoso. Hassan decidió entretenerse y echar un vistazo. Era
enorme y aterrador, con sus amplias escaleras, vestíbulos y
numerosas estancias. No debía resultar muy difícil perderse
allí. En la cúspide, había un oratorio y la gente subía para orar
en él.
Caminamos entre las callejuelas atestadas de gente que
exponía sus productos artesanos con orgullo. No faltaban los
charlatanes que salieran al paso para entretenernos con la
esperanza de vendernos esto o aquello; una túnica de seda de
oriente, un cuchillo de acero de Damasco, aceites de colza,
linaza, sésamo o aceituna, de distintas variedades y calidades,
especias exóticas, perfumes de las más extrañas flores, agua de
lavanda o de rosas, esencia de azahar o jazmín… todas ellas
competían por adueñarse del aire y colarse, sin el menor
pudor, por nuestras fosas nasales, evocando tiempos tan
placenteros como lejanos, cuando era una niña y mi padre
agasajaba a mi madre con regalos que a escondidas, a veces,
compartía conmigo. Dimos con la posada donde haríamos
noche, La Fonda del Caldero. Nos habían dicho que estaba
cerca de la jabonería y en el camino, encontramos varias
escuelas de derecho y también algunos albergues para
estudiantes y demás viajeros o peregrinos. Por la noche, la
cuidad no dormía, seguía tan activa como cuando el sol
brillaba con toda su fuerza ¿Acaso aquella gente no
descansaba nunca?
A la mañana siguiente, nos pusimos en marcha temprano.
Las mezquitas estaban por todas partes, debía de ser gente
muy piadosa y devota la que moraba allí. En el desierto, la fe
se profesaba con mayor moderación. Era suficiente con
mostrar gratitud a El Misericordioso y tenerlo presente en el
día a día.
Llegamos a Damanhur y sus murallas nos dieron cobijo
hasta que llegamos a Misr[22], la parte más antigua. Tuvimos
que cruzar el Nilo varias veces en embarcaciones dispuestas a
tal fin. En Misr, buscamos el Callejón de las Lámparas, pues
nos habían hablado de otra fonda que se encontraba allí, junto
a la mezquita. Ante de alcanzar aquel lugar, nos topamos con
el Santuario en el que se guardaba la cabeza de Al Hussayn en
un cofre de plata, sepultado bajo tierra. Había tapices con
distintos brocados y velas por todas partes, la mayoría, sobre
candelabros de plata pura. En el mausoleo, las lámparas de
plata colgaban suspendidas y su parte más alta, estaba rodeada
de una especie de manzanas de oro. Por la noche, Hassan no
dejaba de hablar de todo cuanto habíamos visto. Era normal,
para quienes llegaban del desierto y acostumbraban a no
disponer de refugios de piedra ni a que la comida se preparara
sola y mucho menos, ver plata colgada de los techos como si
fueran árboles dando su fruto. Era sobrecogedor. Yo no dejaba
de preguntarme qué mente brillante había sido capaz de idear
todo aquello, sin duda, la mano de Alá estaba presente en su
obra. ¡Cuánta riqueza!
Aún nos separaban algunas jornadas de viaje para llegar a
nuestro destino, pero ya podíamos caminar durante el día y el
viaje, una vez fuera del desierto, se hizo más llevadero. Idir lo
miraba todo con asombro y admiración y me pareció bien que
mi hijo conociera la amplitud de la creación y sus maravillas,
pues era importante que no pensara que el mundo solo era
arena y viento. Fuimos hacia el norte y nos adentramos más al
este, hasta que por fin pisamos Tierra Santa. Llegamos hasta la
casa de Ibn Hassan, mi antigua casa, sin llegar a entrar en la
ciudad. Todo parecía igual, como si aquel paraíso lo hubiera
protegido el mismo Alá, pero no fue así, y todo era distinto.
Antes yo pertenecía a ese lugar y lo sentía mío, ahora mi lugar
estaba muy lejos, entre las dunas del desierto, y mi hogar, ya
no se erigía en mitad de un jardín, sino que moraba en el
corazón del hombre que me había llevado hasta allí. Me dio
paz sentir que ahora que podía elegir, no escogería nada
diferente a lo que ya tenía.
Una parte del muro había sido reconstruida y mostraba sin
pudor sus cicatrices de guerra como un soldado orgulloso que
ha sobrevivido a la batalla. El jardín que se adivinaba desde la
entrada, me llamaba con voces prestadas de un pasado repleto
de ternura, como un día lo hiciera mi madre. Si cerraba los
ojos, aún podía oír su voz, cálida y a menudo en tono de
reproche. Recordé sus ojos y esa forma tan maravillosa de
mirarme. Una lágrima brotó de mis ojos y me apresuré a
hacerla desaparecer, no quería que Hassan pudiera
malinterpretarme, no era alegría por recuperar nada de aquello,
ni porque la casa fuera importante para mí, pero entre aquellas
paredes se atesoraban retales de mi vida compartidos con
personas a las que echaba de menos y a las que jamás volvería
a ver. Por primera vez desde hacía muchos años, pensé en
Arnau. Di las gracias al Misericordioso por el tiempo que
habíamos compartido y le rogué en silencio que lo acogiera
como a uno más en su paraíso.
Nos recibió mi nuera, la hija de Fátima, con su hijo en
brazos, mi nieto. Al principio me costó reconocerla. Tala,
había cambiado, ya no parecía la chiquilla que hacía unos
cuantos años se había casado con mi hijo, ahora lucía llena y
madura, como una ciruela, y su voz, era igualmente dulce. Sin
embargo, esa chiquilla seguía allí, tras sus ojos afables y su
risa abierta. No era especialmente bella, pero sí hermosa y su
carácter jovial, le confería un atractivo natural. Cuando nos
reconoció, vino corriendo y nos abrazó a ambos y luego se
echó a reír y nos llevó dentro.
La cara de Hassan no tenía precio. Al ver la fuente del
patio interior y a los chiquillos salpicándose con el agua, me
miró incrédulo. Vi sus ojos pelear por retener las lágrimas y le
toqué el brazo para tranquilizarle.
― ¡Niños!― Les llamó Tala con cariño.― Estos son
vuestros abuelos…― Dos críos de apenas cuatro o cinco años
jugaban ajenos a todo.― Samir y Laila… y este pequeño, es
Omar.
― ¿Dos a la vez?
―No, se llevan un año, pero Samir será un hombre grande,
como su padre y su abuelo.
―Seguro que sí. ¿Fueron partos complicados?
―El de Laila fue más largo, pero los tres venían bien. No
fueron como el tuyo. Ibn Hassan me lo contó, yo era muy
pequeña y no recordaba nada. Estoy deseando ver su cara
cuando os vea aquí. Vendrá para la cena.
―Me alegro mucho de veros así de felices y de que todo
os vaya tan bien.
― ¿Y allí como están las cosas?
―Pues hay sequía. Eso fue lo que nos animó a venir. El
grupo tenía que dividirse para poder sobrevivir, así que
decidimos que era el momento de hacer el viaje. Idir ya ha
crecido suficiente y a nosotros todavía nos quedan fuerzas para
aguantarlo, si esperamos un poco más…―Me eché a reír.―
Tus padres no quisieron acompañarnos, dijeron que era un
viaje demasiado largo y que tu nuevo hermano no lo
aguantaría. Hassan les dejó a ellos el oasis, con el recién
nacido, son los que más lo van a necesitar. Te mandan su amor
y sus mejores deseos.
―Otro hijo… Me alegro de que estén bien. Anda, dejemos
a Hassan que se haga con la casa, tú ya la conoces. Podrías
ayudarme a preparar el cordero. Ibn Hassan siempre se queja
de que no me sale como a ti.
―Qué grosero, este hijo mío. No le crie para que fuera así.
―Tala se rio.
―No hace falta que lo diga tampoco, todo el campamento
sabía que nadie prepara el cordero como tú, de eso, sí que me
acuerdo. ¡Hassan!―Le llamó― ¿Por qué no vas a las cuadras
y examinas los caballos? Seguro que uno de los dos te dejará
satisfecho. Puedes montarlo y recorrer estas tierras tranquilo,
no te perderás, además, ellos saben volver.
―No me he perdido en mi vida y vivía en el desierto.
¿Cómo iba a perderme aquí?―Le dijo Hassan orgulloso y
luego se rio.― ¿Dónde está Ibn Hassan?
―Montó una pequeña herrería en la ciudad, sus piezas de
orfebrería en cobre y plata son muy conocidas y apreciadas.
Superó a mi padre hace tiempo.
―Iré a verle. Volveré con él para la cena y así, podréis
cotorrear tranquilas.
― ¿Sabrás llegar?
―He llegado hasta esta casa y estaba mucho más lejos. Iré
a la ciudad y preguntaré allí, no creo que me cueste dar con él.
No te preocupes niña, le encontraré.
Cuando regresaron, los chiquillos salieron a recibir a su
padre, pero no se acercaron a Hassan, le miraban con cierto
recelo. Luego, Tala me contó que le tenían miedo. Nunca
habían visto un hombre con velo. Miré a mi hijo, tenía en sus
brazos a la pequeña y comprendí que quedaba bien poco del
chiquillo que se fue a luchar por su fe y tampoco era ya el que
regresó. Ahora, era un hombre. Debía tener casi la misma edad
que tenía Hassan cuando nos encontró, había formado su
propia familia y levantado su propio negocio. Sí, al verle sentí
nostalgia por el niño que había escapado de mis brazos y
burlado el paso del tiempo, pero también orgullo por el
hombre que tenía ante mis ojos, un hombre que miraba de
frente a la vida y que no sentía temor. Puede que fuera hijo de
Arnau, pero tenía en su mirada la determinación de Hassan.
Cenamos en el jardín. Hacía buen tiempo y la noche,
engalanada con las fragancias propias de las plantas
ornamentales y aromáticas, nos invitaba a alargar la velada
compartiendo los acontecimientos de los últimos tiempos con
el fin de ponernos al día.
El sol me despertó y vi que ya estaba alto. ¿Cuánto había
dormido? Cuando acabé de asearme y vestirme me dispuse a
buscar a Hassan. Él estaba sentado a la mesa terminando el
desayuno que Tala le había preparado. Luego se reunió con los
pequeños, llevándose a Idir con él. Fue agradable verle junto a
la fuente rodeado de pequeños. Con velo o sin él, Hassan
despertaba la curiosidad de los más pequeños allá donde fuera,
tenía ese misterio de los guerreros de su pueblo y mil historias
que contar.
Por las mañanas, se quedaba con los niños bajo la sombra
de una acacia qua había en el jardín, igual que cuando vigilaba
desde su palmera en el campamento del norte. Por las tardes,
ayudaba al mozo en la doma del potro e intercambiaban
conocimientos y formas de tratar a las bestias que eran
diferentes aquí y en desierto. Parecía tranquilo. Ibn Hassan
trabajaba hasta tarde, no llegaba a casa hasta que estaba a
punto de ponerse el sol, no quería retrasar el viaje demasiado,
ya que había decidido acompañar a su padre.
Por fin una noche, durante la cena miró a Hassan de frente,
sonriendo satisfecho.
―He terminado los trabajos de los que te hablé. Podemos
partir cuando quieras.
―Bien, saldremos en un par de días. No falta mucho para
que empiece el Du l-hiyya[23]
―Habrá que preparar el viaje…
― ¿Qué crees que he estado haciendo? Aquí tengo mucho
tiempo libre.―Se rio Hassan.
―Ya veo. Bien, en ese caso lo haremos como lo hayas
dispuesto.
―Deberíamos estar allí antes del octavo día del Du l-
hiyya.
―Sí, lo sé. Creo que llegaremos para entonces. Si no surge
ningún contratiempo, podremos cumplir con la tradición de la
Hajj. Si no es así, Alá lo entenderá.
―Llegaremos a tiempo. Iremos hacia el sur, por la costa,
será más rápido. A la vuelta podríamos pasar a ver la tumba
del Profeta, en la Medina.
―De acuerdo, veo que lo has estado pensando…
―Desde luego. Cuando uno se propone algo, debe
esmerarse en hacerlo lo mejor posible, sino, más vale que se
esté quieto y no pierda el tiempo. La Hajj no debe tomarse a la
ligera, es muy importante para cualquier musulmán.
20
Partieron hacia la ciudad sagrada juntos. Padre e hijo,
acompasando el paso de sus monturas mientras echaban el
último vistazo a su familia. Tala y yo, nos sentimos orgullosas
de ellos y les echamos de menos en cuanto cruzaron el muro.
Los días pasaron lentos, como siempre en su ausencia. Yo
sabía que volvería junto a mí, siempre lo hacía. Había puesto a
prueba mi paciencia muchas veces y ahora menos joven,
entendí que aunque la práctica hace maestros, hay cosas que
algunos espíritus no son capaz de aprender, solo pueden
suavizar.
Nos encontrábamos en el porche, tomando un poco de
limonada y moliendo almendras cuando mi piel se erizó sin
ningún motivo, antes de que mis ojos alcanzaran a distinguir
sus figuras atravesando el bajo muro del jardín, mi corazón ya
le presentía e instintivamente llevé la mirada hacia el camino
de la entrada. Sus hijos corrieron hacia ellos para darles la
bienvenida y ellos lo agradecieron con gran alegría.
Pasamos la noche hablando de todo lo que habían
encontrado durante el viaje y las cosas que habían visto
durante su peregrinación. Nos entregaron los presentes que
habían traído con ellos. Esa noche, todos bebimos un poco del
agua del Pozo de Zamzam[24], incluso los más pequeños.
Hassan, había comprado dos velos del azul índigo tan
característicos de su pueblo, uno para Idir y el otro, se lo dio a
Samir.
―Ahora, cuando vengas a verme al desierto, podrás
ponértelo y ser un amajegh como yo. ―Samir, se había
acostumbrado a su abuelo y lo adoraba. Ya no le asustaba el
velo, ahora quería llevar uno igual.― Bueno, puede que yo no
llegue a verte con él puesto, porque has de ser un hombre para
poder llevarlo, pero seguro que Idir sí. Él me lo contará en sus
oraciones y yo sonreiré allá donde me encuentre.― Todos
reaccionamos de igual modo ante la certeza de aquellas
palabras, luchando por reprimir las lágrimas que
emborronarían un bello recuerdo.
Ya en la intimidad de nuestra habitación, Hassan me miró
de un modo extraño, buscando las palabras para decirme algo.
No encontró las adecuadas al parecer, y entonces buscó en el
cinto que aún llevaba puesto. Sacó su pelo oscuro, trenzado,
aún adornado con aros de plata, y me lo entregó. Yo le miré
extrañada y empecé a quitarle el velo. Cuando hube terminado,
se pasó la mano por su cráneo rasurado y me sonrió algo
avergonzado.
― ¿Por qué lo has hecho?
―Forma parte de la tradición.
―No lo sabía. Me gustaba tu pelo. ―Le sonreí para
restarle importancia.
―Lo sé, a mí también. Es un pequeño sacrificio, pero
volverá a crecer.―Yo asentí.
Esa noche, hicimos el amor con calma, como si el tiempo
fuera nuestro y no fuera a acabarse nunca.
Había pasado algún tiempo desde que Hassan volviera de
hacer la peregrinación con Ibn Hassan, pero él no había
mencionado nada sobre cuando volveríamos junto a nuestro
pueblo. Mi hijo, Tala y los pequeños, ya se habían
acostumbrado a tenernos allí y creo que Hassan también.
Cada mañana, paseaba con sus nietos y les contaba
historias del desierto, por la tarde ayudaba al mozo con los
animales y al caer el sol, se sentaba en el porche para verlo
descender. Tras la cena, salía al patio y contemplaba la fuente
y las estrellas. Una noche le miré allí, con la vista clavada en
el firmamento y me acerqué hasta él para compartir su visión.
Me miró tranquilo, sonriente, pero yo leí en sus ojos algo más.
Era nostalgia…― No puedes encerrar a un halcón― pensé―
se morirá prisionero. Un halcón necesita la libertad, necesita
el cielo abierto, sin muros ni techos que le entorpezcan el
vuelo.
― ¿Cuándo nos vamos?―Me miró sorprendido.
― ¿Lo has visto?
―Te veo a ti. No necesito ver nada más.―Le sonreí.
―Tú eres feliz aquí, este es tu hogar.
―Tú, eres mi hogar. Ya lo hemos hablado. Yo seré feliz
donde tú seas feliz.
―Me estoy haciendo viejo, Laila… Si volvemos, un día te
abandonaré en el desierto, dejándote sola. Puede que sea mejor
quedarnos, así cuando me vaya tú tendrás quien se ocupe de ti.
―Kella está en el desierto y Kenan también, no estaré
sola.
―No sé cómo estarán las cosas allí, puede que la sequía
no haya terminado y que haya muerto gente.
―Esas cosas, también forman parte del desierto y el
desierto forma parte de nosotros. Hassan, falta mucho aún para
que nos vayamos, Idir tiene apenas nueve años. Aún no, aún
no… No te hagas viejo todavía.
―Echo de menos el cielo…y la arena… A mi caballo, a
mi perro, el calor de mi tienda, nuestro oasis…
― ¿Y a qué estamos esperando?―Lo pensó solo un
segundo.
―A nada. Voy a hablar con Ibn Hassan, mañana lo
dispondré todo y saldremos al día siguiente.
―Bien.
Ibn Hassan ayudó a colocar el tahawit en mi camella y los
niños miraban curiosos a los enormes animales, nunca antes a
nuestra visita, habían visto camellos, así que algunas mañanas
Hassan les daba un paseo, pero nunca había montado la
estructura con las telas blancas, que estaba destinada a
protegerme del sol, la arena y las miradas de otros hombres.
Su camello era el que más les llamaba la atención. Tenía un
ojo de cada color y su pelaje era distinto, no tenía el color de la
arena, sino un color grisáceo que convertía al animal en un
ejemplar muy apreciado por nuestra gente, un awinagh[25].
Nada más poner un pie en la arena y ver el desierto ante él,
quise seguir su mirada y me perdí con ella en el infinito.
Hassan luchaba por reprimir un grito, lo leí en sus ojos.
―No te reprimas, sé que sonríes.
― ¡Alá es grande! Compraremos algunas cabras. No sé
cómo estarán en los campamentos del sur, pero espero que
hayan vuelto a crecer los pastos.
―Seguro que todos estarán bien. Kella dijo que se
quedaría con Kenan, así que les buscaremos a ellos.
―Creo que será mejor ir directamente al oasis, no creo que
tarden mucho en llegar.
―Tengo ganas de volver a verles.
―Yo también.
Pasamos por un pueblo que nos venía al paso y Hassan
aprovechó para comprar algunas cabras, cuatro de pelo corto,
una de ellas preñada y otra más de pelo largo. Compró también
“cura salada”, una mezcla de agua, natrón, tierra y plantas
saladas que proporcionaba a los animales un complemento en
el alimento, dotándoles de fuerza y salud tras la época de
sequía en la que la alimentación era muy pobre. Esas cabras no
la necesitaban por el momento, pero nosotros no sabíamos que
nos encontraríamos al llegar al oasis y Hassan creyó, que lo
más prudente era aprovisionarnos lo mejor posible.
Así llegamos por fin a nuestro anhelado oasis. Hassan se
dispuso a construir un cerco espinoso para guardar al rebaño
durante la noche y que no fuera atacado por las fieras. Idir, me
ayudó a mí a montar la tienda que tanto habíamos echado de
menos. Luego, llevamos los animales hasta el oasis para que
calmaran su sed y los tres aprovechamos para refrescarnos.
La cabra no tardaría mucho en parir, así que pronto,
tendríamos leche. Una semana más tarde, llegaron Kenan,
Kella y Fátima. ¡Qué alegría volver a estar todos juntos!
21
Nuestra vida, volvió a la tranquilidad que proporcionaban
la arena y el agua. A la libertad del cielo abierto. Hassan se
hacía viejo, y yo también.
Una noche, sentí su mano sobre la mejilla y abrí los ojos
para contemplar a aquel hombre, que me había colmado de
felicidad. Solo me hizo falta un segundo para comprenderlo.
Había llegado la hora. Se iba. Mi amor se iba, pero no sin
despedirse. Alá, le reclamaba, pero él le hizo esperar un poco
más para decirme adiós y el Misericordioso se lo permitió. Yo
le entendía, a mí también me resultaba difícil negarle cualquier
favor.
No es que fuera pronto, habíamos compartido casi una
vida, pero… ¿cómo tener bastante? La eternidad no sería
suficiente a su lado. Dos lágrimas resbalaron de sus ojos. Me
tensé conmocionada por verle llorar y quise impedirle la
marcha, pero afortunadamente comprendí a tiempo que contra
Alá, no se puede luchar, que su Misericordia es grande y todo
lo puede, así que le pedí en silencio que nos reuniera pronto.
Intenté que se llevara el mejor de los recuerdos, teníamos que
despedirnos, pero era tan difícil… Le besé sin urgencia, no fue
un beso apasionado, sino dulce, pacífico. Las lágrimas
corrieron con más fuerza. Compartí su emoción y me dejé
arrastrar por ella.
―Siempre te amaré, Haytam, siempre serás mi joven
halcón. Rezaré para que Alá en Su infinita misericordia me
lleve pronto a tu lado. No descansaré hasta que vuelva a
reunirme contigo.―Mis lágrimas también brotaron ahora con
fuerza, pero me obligué a mirarle una vez más, quería retener
su rostro en mi memoria. Intenté que mis ojos imprimieran
resolución a mis palabras.― Esa, es la última promesa que te
hago.
―Te estaré esperando, mi pequeña Tazerwalt…―Asentí
dándole permiso para emprender aquel viaje incierto. Aquel
viaje sin retorno. Cerró los ojos y me abrazó con fuerza. Se
quedó dormido tal como estaba, amoldado a mi cuerpo.
No volvió a despertar.
Vivió lo suficiente para ver como el morabito le colocaba
el velo a Idir, pero jamás llegó a ver a Samir con él puesto
sobre un gran camello awinagh, empuñando su takuba y
bailando alrededor de las mujeres en la boda de su tío. Yo se lo
contaba, cada noche iba al oasis y me bañaba para él. Sabiendo
que estaría protestando porque estaba sola, pero ya no había
nadie que se atreviera a interrumpirme. Mi hijo, jamás se
acercaría allí para sacarme del agua. Cada mañana, me
acercaba a la palmera y le dejaba un vaso con agua. Yo sabía
que se evaporaba, pero me gustaba pensar que era Hassan
quien la bebía. Esas pequeñas costumbres, hacían que la
espera fuera más soportable. Recé cada noche para que viniera
a por mí. Le rogué al Misericordioso que no alargara más mi
vida. Ya era vieja, había tenido una buena vida y estaba
orgullosa de todos y cada uno de mis hijos. Los había visto
crecer y convertirse en hombres, ocupando su lugar junto a mi
pueblo. La vida, ya no podía ofrecerme nada más. Por fin, una
noche, el Misericordioso se apiadó de mí.
Vi a Hassan, no llevaba el velo y sus trenzas caían largas y
negras como la noche. Extendí mi mano para agarrar la suya y
una luz cegadora, nos envolvió a los dos.
◆◆◆
Segunda Parte: Ana.
Vemos la luz del atardecer anaranjada y violeta porque
llega demasiado cansada de luchar contra el espacio y el
tiempo.
(Albert Einstein).
1
Ahora, empezarás a despertar lentamente…―Oí que me
decía la voz.― Siente tu respiración, el aire llenando tus
pulmones… Siente los dedos de tus manos y también tus pies.
Cuando cuente hasta tres, abrirás los ojos siendo plenamente
consciente del momento presente, pero sin olvidar el pasado…
Uno… dos… tres…
Abrí los ojos y miré a mí alrededor. Era una habitación
pequeña y estaba escasamente iluminada. El hombre que
estaba frente a mí, me miraba sonriente. Tuve que hacer un
esfuerzo para recordar porqué estaba allí, incluso para recordar
quién era yo. Cuando fui consciente de la realidad que me
envolvía y también de la que acababa de dejar atrás, dos
lágrimas se escaparon de mis ojos.
―Has tenido un buen viaje.―Me dijo mi amigo con su
característica voz, siempre calmada y amable.
―Yo…
―No pienses más en aquello. Tu pasado ya se ha ido y no
volverá, el futuro no te pertenecerá nunca, el “ahora” es lo
único que cuenta.
―Tuve una buena vida. Fui muy feliz.
―Puedes volver a serlo, Ana, eres joven todavía.
―Lo sé, pero la tristeza se ha instalado en mi pecho y me
resisto a creer que todo el sufrimiento, no haya servido para
nada. Ha sido muy duro ver a Miguel enfermo, Carlos. Ser
consciente cada día, de que el cáncer ganaba la batalla a pesar
de los esfuerzos y de la medicación.
―Aprende lo que puedas de la vida que habéis compartido
y deja que el tiempo haga su trabajo. El tiempo lo cura
todo.―Pensé en las palabras de aquel hombre llamado
Hassan, que aún flotaban en mi mente: “El tiempo calmará el
dolor, el recuerdo permanece y la vida, sigue…”
―Eso decía…
―Hassan, me lo has contado. Ha sido interesante seguirte
por tus recuerdos. No todo el mundo tiene recuerdos como los
tuyos.
― ¿De verdad fue real?
― Eso, solo puedes contestarlo tú. ¿Qué crees?
―Creo que no podría imaginar todas esas cosas con ese
lujo de detalles, aunque quisiera. Ningún sueño es tan largo o
explícito. Aunque no acabo de entenderlo. Me quedo con que
tal vez, algún día, en otro espacio y otro tiempo, pueda
reunirme con Miguel. Gracias, Carlos, creo que me has
ayudado mucho.
―Yo solo te he llevado hasta allí, pero los recuerdos, son
tuyos.― Me sonrió quitándole importancia.
―Aun así, gracias.
― ¿Qué harás ahora?
―No lo he pensado. Vivir, supongo. Tengo una amiga que
siempre me dice que tenemos que ir a Marruecos.
―Puede que sea el momento de hacer ese viaje.
―Ya veremos.― Le di dos besos a mi amigo y me despedí
de él.
― ¿Te veré el viernes?
―Quién sabe…―Le sonreí mientras cerraba la puerta.
Aquella noche, los ojos de Hassan me acompañaron en mis
sueños y por primera vez desde que se fuera Miguel, no me
sentí sola.
Yo trabajaba en la Universidad de Alicante, en el
departamento de informática. Mi padre, era uno de los
profesores de historia de la universidad y mi madre, ejercía la
medicina en el Hospital de San Vicente, en la unidad de
neurología. Ellos vivían en el pueblo, cerca del hospital, en
una urbanización de casas bajas adosadas. Mi madre iba a pie
a trabajar y mi padre usaba una vieja bicicleta que se pasaba la
vida reparando, aunque no quería ni oír hablar de comprar una
nueva. No le gustaba reemplazar las cosas. Se acostumbraba a
ellas y procuraba sacarles todo el partido: “La gente tiene
mucha prisa por cambiar de una cosa a otra, no las valora, se
dejan llevar por las modas y procuran estar siempre a la
última…”. Luego, nos soltaba el sermón acerca del
consumismo y el consumo sostenible, pero después de la
décima vez, empezamos a prestarle menos atención.
Yo vivía en un pequeño piso en el corazón de Alicante. La
calle Mayor, era un nido de gente y todo estaba a mano. Me
gustaba aquella zona, llena de edificios antiguos, casi todos
reformados. No había comparación entre aquellos pisos y los
de nueva construcción. Mi piso era antiguo, lo había
reformado, pero respetando sus techos altos y todo el encanto.
Tenía solo un vecino más, en el piso de abajo. Un joven
bohemio que vivía con su hermana. Ambos se dedicaban al
mundo del arte y habían convertido aquel piso en una especie
de taller. Habían respetado dos habitaciones, la cocina y el
baño, pero el resto lo habían dejado libre y las pinturas y
esculturas se apilaban en cada rincón.
Eran buena gente. Algunas veces subían a cenar a casa.
Les gustaba cenar en la terraza y yo lo sabía. Alguna vez me
habían ofrecido cambiar los pisos entre bromas, envidiando
aquella zona de la que el suyo estaba desprovisto.
Me gustaba mi vida, aunque echaba tanto de menos a
Miguel… A veces, iba caminando hasta la playa y me sentaba
en la arena a mirar el mar, sobre todo en invierno, cuando la
playa amanecía desierta y hacía buen día. Veía el agua en
calma, escuchaba el rumor de las olas rompiendo rítmicamente
en la orilla y me invadía una sensación de paz, como si el
mundo estuviera haciendo el trabajo por mí y colocando cada
cosa en su lugar. Esa paz que te da el sentimiento de lo
inexorable, el saber que no puedes eludir algo, que hagas lo
que hagas sucederá igual y que lo único que puedes hacer, es
sentarte y esperar que pase. Así como las olas no pueden evitar
llegar hasta la orilla en su ir y venir, yo no podía hacer que
Miguel volviera, solo podía esperar que mi dolor se calmara o
que la vida, en un alarde de compasión, acabara con el suplicio
llevándome con él. Cómo entendía a Laila… Desde que me
sometiera a la regresión, y aunque pueda parecer estúpido, me
sentía menos sola. Ella me entendía.
Estaba sentada allí, sobre la arena, ahora más que nunca
buscando aquella paz, y empecé a pensar en todo lo que había
visto en aquel extraño viaje a mi pasado. Carlos, siempre me
había hablado de sus vidas pasadas y aunque yo tenía serias
dudas, me convenció para que me sometiera a una regresión.
Mi madre, desde el punto de vista médico, me había hablado
de los estados de la mente y muchas de las cosas que ella me
contaba coincidían con las que contaba Carlos, así que yo me
había decidido a probar. ¿Qué podía perder?
No se lo contaría a ella, eso seguro. Terminaría internada y
sometida a numerosos exámenes para determinar que no había
perdido el juicio. Pero lo cierto, es que había sido una
experiencia interesante. Yo había tenido otra vida, al menos
una más. No tenía ahora ninguna duda acerca de aquella otra
realidad. No había sido un sueño, no. Aquello lo había vivido
realmente, cada detalle aparecía claro en mi mente, el
desierto… el oasis… la espada de Hassan y sus ojos. Esos ojos
negros que me acompañaban desde entonces como mi propia
sombra. El dolor por su muerte también estaba presente, lo
había sentido de un modo distinto a la muerte de Miguel, lo
había afrontado con naturalidad, esperándolo y aceptándolo y
aunque había rezado a Dios para que me llevara con él, lo
hacía cansada de vivir, orgullosa por mi vida, con esperanza.
No había dolor en las oraciones de aquella mujer, en mis
oraciones.
Qué extraño era todo. Carlos me había preguntado qué
pensaba hacer. ¿Qué pensaba hacer? “El tiempo calma el
dolor, el recuerdo permanece y la vida, sigue…” Aquellas
palabras parecían encerrar una profunda sabiduría, pero no
dejaba de preguntarme si serían ciertas. Habían pasado más de
dos años desde que viera apagarse la vida de Miguel y yo, aún
sentía el dolor. Puede que solo necesitara más tiempo.
¿Qué haría ahora? ¿Qué haría con toda aquella
información, que parecía sacada del cuento de las mil y una
noches? Nada, no podía hacer nada. Aprender cuanto pudiera
de ella y seguir adelante con mi vida. Si tuviera hijos, como
Laila, sería más fácil. O tal vez no. Hijos… Yo ya no podría
tenerlos, no con Miguel y yo, no quería compartir algo tan
especial con nadie más. Puede que yo también debiera rezar.
Aunque no sabía cómo hacerlo, yo no era creyente. Un
profesor de historia conocía demasiado bien los escasos
beneficios que había aportado la religión a la humanidad,
cuántos tratados científicos habían sido destruidos por los
ignorantes beatos, que en un alarde de fanatismo los habían
quemado. Cuántas historias perdidas… Cuánta sabiduría había
caído en el olvido y cuántas vidas habían sido masacradas en
nombre de Dios. Mi madre no pensaba muy distinto, una
doctora en medicina que siempre sometía todo a los hechos y
cuya vida estaba regida por un empirismo total y absoluto.
Nadie me había hablado de Dios. ¿Qué voy a hacer con mi
vida? Podría vender el piso y marcharme lejos, pedir una
excedencia. No, eso sería huir. De pronto, me sorprendí
preguntándome qué haría Laila. Ella… Ella se habría dejado
morir si no hubiera tenido a su hijo o si no hubiera aparecido
Hassan. O puede que no, puede que solo hubiera necesitado
más tiempo, como yo.
Yo, yo, yo… ¡Yo! Siempre yo. ¿Acaso no era capaz de
pensar en nadie más? Había mucha gente que moría cada día.
Mucha gente que necesitaba ayuda. Pero ¿qué podía hacer yo?
Mis padres siempre me dijeron que es importante sentirse útil,
sentir que aportas algo a este mundo, que solo el hecho de
querer mejorarlo ya es importante. Me había olvidado de que
formaba parte del mundo, había centrado mi existencia en mi
propia vida y en dolor que sentía por todo lo que había
perdido, al menos desde que Miguel enfermara. Puede que si
conseguía abstraerme de mi dolor y centrarme en el de otros,
lograra mitigar el mío. El mundo era un lugar caótico lleno de
gente que necesitaba ayuda, aunque yo no estaba segura de
poder ser de utilidad para ellos. Mi amigo Daniel, sin ir más
lejos, había pasado la mayor parte de su juventud entre unos
campamentos de refugiados y otros. ¿Qué habría sido de él?
Puede que siguiera trabajando en aquella ONG. Podía
preguntarle si necesitaban ayuda. Sí, buscaría su teléfono y le
llamaría. ¿Dónde estaría ahora? Nunca estaba demasiado
tiempo en un mismo lugar. Puede que ni si quiera tuviera
teléfono o que no fuera el mismo número. Un correo
electrónico, sí… ¡Eso era!
¡Hola Daniel!
Soy Ana, la hermana de Pablo. Verás, ya sé que hace
tiempo que no hablamos, pero me gustaría que te pusieras en
contacto conmigo en cuanto te sea posible. Mi número de
móvil es el de siempre. Por favor, llámame…
Un abrazo.
Ana.
Pasaron los días, las semanas… y de pronto, un martes por
la mañana, sonó el teléfono. Descolgué sin saber quién estaba
al otro lado de la línea, pues no tenía grabado el número, sólo
esperaba que no fuera una de esas llamadas comerciales.
― ¿Ana? Soy Daniel. Recibí tu correo. ¿Qué tal estás?
― ¡Hola Daniel! ¿Por dónde andas ahora? Gracias por
llamar, por cierto.
―Ya sabes que siempre voy como un loco de aquí para
allá, si no estás ocupada, tengo dos horas antes de que salga mi
avión. Perdona que no pueda ofrecerte más tiempo, pero es
que solo estoy haciendo una escala y no he podido ponerme
antes en contacto contigo.
―Lo entiendo, está bien, no te preocupes. ¿Cuándo
vuelves?
―Seis meses, mínimo… pero, podríamos vernos en media
hora en el aeropuerto y tomar un café. ¿Sigues trabajando en la
UA?
― ¡Claro!
―Está a 20 minutos, te espero en la puerta de llegadas.
―De acuerdo, te veo allí.―Colgué. Cogí mi bolso del
perchero y salí corriendo.
― ¿Ana? ¿Adónde vas?―Oí la voz de Sergio mientras
salía.
―Luego te lo cuento. Volveré en dos horas. ¡Solo dos
horas! Cogí mi coche y me dirigí a la salida que daba a la
autovía y la cogí dirección Murcia. Luego desvié de nuevo
dirección “recinto ferial/aeropuerto” y en cinco minutos más,
estaba entrando en el parking. Dejé el coche y me dirigí hacia
la pasarela que unía el parking con la terminal. Daniel estaba
esperándome allí, con una maleta de mano. Llevaba el pelo un
poco más largo y se había dejado crecer un poco la barba, pero
aún conservaba sus gafas, las mismas de siempre, las mismas
desde que estábamos en la Universidad.
― ¡Hola! No estaba seguro de si podrías venir con tanta
precipitación, de verdad que lo siento, pero ¡me alegro mucho
de verte!― Me abrazó.
―Yo también me alegro de verte. ¡Cuánto tiempo!
―Me sorprendió mucho tu mail. ¿Estás bien?
―Lo cierto es que no, pero eso te lo explicaré luego.
¿Sigues trabajando con la ONG?
―Claro, es difícil desvincularse. A mi madre siempre le
digo que es como fumar, un vicio, y por desgracia siempre hay
algún sitio en el que nos necesitan, así que… ¿Qué le voy a
hacer? No sé decir que no.―Nos reímos.―Pero, cuéntame,
¿qué es lo que va mal?
―Por dónde empiezo…
―Normalmente lo mejor, es empezar por el
principio.―Yo asentí, tomé aire y me armé de valor, sabiendo
que todo lo que le tendría que contar me causaría dolor.
― ¿Te acuerdas de Miguel?― Él asintió preocupado.―
Verás, enfermó de cáncer hará dos años y el año pasado…
Bueno, el año pasado su cuerpo ya no aguantó más.
―Lo siento mucho, Ana. No lo sabía.
―No te preocupes, yo lo sabía y tampoco pude hacer
nada. Eso ya no tiene arreglo. Pero hay muchas cosas que sí lo
tienen. Por eso me he puesto en contacto contigo. Estoy
cansada de vivir lamentándome, aquí no soy útil a nadie. Me
gustaría poder ayudar a personas que tienen problemas reales.
― ¡Guau! Dame un minuto para que procese toda esa
información, ¿vale?―Esperé en silencio, dándole el tiempo
que me pedía.― ¿A qué tipo de colaboración te refieres?
¿Económica o efectiva?
―Ambas. Verás, tengo un piso en propiedad, pero ya no
me siento bien allí. Demasiados recuerdos. Así que estoy
pensando en venderlo. Había pensado invertir parte del dinero
en algún proyecto que merezca la pena y además, necesito
cambiar mi realidad, ampliar mi visión del mundo y darle
sentido a todo esto… a mi vida.
―Lo cierto es que necesitamos gente. Ahora estamos
trabajando en un campamento saharaui y necesitamos un
profesor de español. Bueno no harías solo eso, ya sabes cómo
son estas cosas. Necesitamos alguien que documente todo lo
que hacemos y lo ponga por escrito.
―Podría hacerlo.
― ¿Dar clases o redactar el informe?
―Creo que ambas cosas.
― ¡Esa es mi chica!
―Tardaré en vender el piso…―Le avisé.
―No lo vendas. Espera a ver qué tal va todo y luego,
decides. No es que no haga falta dinero, siempre falta dinero,
pero ahora mismo acabamos de recibir varias subvenciones.
Además, creo que esa decisión, debes tomarla cuando hayas
sanado. ¿Cuándo podrías venir?
―No lo sé. Tendría que pedir una excedencia, hacer las
maletas y comprar el billete… ¿Cuánto tiempo sería?
―Al menos nos quedaremos seis meses. Eso seguro,
porque es lo que está pactado, luego si nos renuevan las
subvenciones para aquí… ¿Quién sabe?
―De acuerdo. Creo que tardaré al menos dos semanas en
prepararlo todo.
―No es problema. Yo tengo que salir hoy, pero coge un
vuelo a Orán y de allí otro a Tindouf, necesitarás el visado,
pero de eso ya me ocupo yo. Te esperaré en el aeropuerto.
Mándame un correo electrónico diciéndome la hora y fecha de
tu llegada, me preocuparé de que alguien me haga llegar la
información ¿De acuerdo?
―Está bien. Gracias, Daniel. No te imaginas lo que esto
significa para mí.
―No, pero eso no importa. Lo importante es lo que esto va
a significar para muchas otras personas.
―Espero poder ser de alguna ayuda.
―Estoy convencido de que será así.―Llamaron por
megafonía a los pasajeros del vuelo con destino a Orán ―Es
mi vuelo. Tengo que irme. Recuerda, te espero en el
aeropuerto en dos semanas.
―Allí estaré.
Entré en el despacho de mi jefe esa misma mañana con la
solicitud de mi excedencia. Tras hablar unos minutos con él y
conseguir que me entendiera desoyendo sus consejos,
conseguí que la tramitara. Le convencí para que me concediera
quince días de mis vacaciones y comenzar la excedencia a
continuación. Luego, tras agradecerle su comprensión, me
despedí de él. Ahora tocaba lo más difícil, decírselo a mis
padres.
Mi padre abrió la puerta con ese gesto sereno y amable que
predominaba en su semblante por defecto, pero al
reconocerme, su sonrisa se ensanchó de inmediato y sus
brazos se abrieron para recibirme. Me besó en la sien, siempre
lo hacía, al menos desde que podía recordar.
― ¡Hola, cielo! ¿Un café? Tu madre hoy llegará tarde.
―Claro, solo y con dos de azúcar, aprovechando que no
está. ―Mi padre me sonrió al tiempo que me guiñaba un ojo
comprendiendo mi broma. Mi madre siempre nos estaba
riñendo porque tomábamos mucha azúcar, según ella. Vivir
con una doctora a veces podía ser un pelín difícil, sobre todo,
si hacía de tu dieta su cruzada personal. ― Esperaba poder
hablar con los dos.
―Pues me temo que hoy soy tu única opción, a no ser que
quieras esperarla y quedarte a cenar…―Puse los ojos en
blanco.
―Seguramente debería hacerlo, pero voy a arriesgarme
contándotelo a ti primero y si el plan A no funciona, pasamos
al B.
―Tú dirás. ―Me miraba tras sus gafas con expectación,
escudriñándome con esa carita de profesor sabelotodo
esperando una pregunta que le permitiera dar su clase
magistral. Estaba sentado al otro lado de la isleta de la cocina
esperando. Se quitó las gafas y supe que entendió que la cosa
era seria y había entrado en modo padre teniendo una charla
con su hija adolescente a la que ha pillado fumando. ¿Cómo
podía ser tan difícil? ¡A la mierda! Iba a soltar la bomba y…
luego cuerpo a tierra, a aguantar el chaparrón. Se oyó el ruido
de unas llaves intentando penetrar la cerradura. La puerta se
abrió y mi madre entró refunfuñando cosas inteligibles. A mi
padre se le dibujó una sonrisa y puso los ojos en blanco. ―
¡Ana ha venido a contarnos algo! ¡Estamos en la cocina!
― ¡Hola, cariño! ¿Qué ocurre? ¿Estás bien?
―Sí, mamá. Tranquila, solo he venido a deciros que… me
voy.
― ¿Cómo que te vas? ¿Adónde?
―No puedo seguir así. Desde que murió Miguel mi vida
es un sinsentido. Necesito un propósito, algo que ponga en el
centro de mi vida algo que no sea este dolor que no me deja
respirar… Creo que me vendrá bien sentirme útil y que tal vez
ayudar a otros, sea la mejor forma de ayudarme a mí misma.
He hablado con Daniel, seguro que os acordáis de él… Me he
ofrecido para colaborar como voluntaria en su ONG. ―Mis
padres se miraron cómplices. Ya estaba, solo tenían que
mirarse para unir fuerzas y atacar al unísono como un equipo
de geos bien entrenado, ni mi hermano ni yo supimos jamás
cómo lo hacían, pero su opinión con respecto a cualquier cosa
siempre era firme y unánime. Daban miedo. Vi que ya tenían
el veredicto y me preparé para aguantar lo que fuera que
estaba por venir.
― ¡Eso es fantástico, cariño! No sabes la alegría que nos
das…
―Ya era hora de que reaccionaras, sí… Por fin. ―Juro
que si ene se momento me pinchan, no habría salido una sola
gota de sangre de mi cuerpo.
― ¿Os parece bien?
― ¡Pues claro! ¿Por qué no? Hubiera preferido que te
fueras de viaje con algún amante secreto a una isla paradisiaca,
pero algo es algo. ¿Dónde irás? ¿Y cuándo? ¿Tu hermano lo
sabe?
―Iré a un campamento saharaui. Daré clases a los niños
del campamento y documentaré la labor del equipo. Me voy en
dos semanas y no, Pablo no lo sabe. Aún.
―Bien. El domingo haré paella. Vendréis y lo
celebraremos.
Mis padres me sorprendieron. No pusieron ninguna pega,
tan solo me pidieron que fuera prudente y me desearon mucha
suerte. Sonreían. Cuando les pregunté por qué, me dijeron que
volvía a tener esa chispa en los ojos y que por fin, había vuelto
a la vida.
Llamé a mi hermano y le conté que había visto a Daniel y
que había pedido una excedencia, que me marchaba con él al
Sahara. Él también se alegró. ― “¡Por fin reaccionas,
joder!”― Fueron sus palabras exactas. Luego volví a casa e
hice las maletas y compré el billete por Internet. Aproveché
esa misma conexión para mandarle el correo a Daniel con la
fecha y hora de llegada de mi vuelo, tal como me había
pedido, y abrí una botella de vino para celebrar mi nueva vida.
¡Madre mía! Hace unas horas mi vida estaba resuelta y
ahora estaba patas arriba. Sin embargo, ahora me sentía viva,
eso era cierto. Puede que la razón principal que me había
impulsado, fuera egoísta, pero la repercusión final que tendría,
no lo sería. A fin de cuentas, la ayuda, era ayuda y si yo podía
hacerlo, ¿por qué no?
Yo les ayudaba a ellos y ellos me ayudaban a mí. ¿Estaba
mal eso? Definitivamente estaba huyendo, pero ¿qué otra cosa
podía hacer? ¿Seguir esperando? ¿A qué?
2
Llegué a Orán y cogí un vuelo con destino a Tindouf.
Daniel me esperaba en el aeropuerto, tal como prometió. Esta
vez fui yo quien le abrazó. Estaba tan contenta… Tan
ilusionada…
―Creí que al final, no vendrías.―Reconoció.― No sabes
cuanta gente me dice que quiere venir, pero nunca viene nadie.
―Yo no tenía elección, supongo. Lo necesito, Daniel. Casi
necesito más su ayuda que ellos la mía. Me estaba
asfixiando.― Le confesé.
―Muchos empiezan por esos motivos, aunque no son
capaces de decirlo en voz alta. Eres más valiente que la
mayoría. No creas que tú lo necesitas más que ellos, no sabes
cómo están, las cosas que han pasado.―Asentí
comprendiendo. Daniel me estaba poniendo sobre aviso de que
lo que vería, no sería agradable.
―Solo necesito sentirme útil. Sentir que mi vida no es tan
importante ni mi desgracia tan grande.
―Entonces, estás en el lugar perfecto.―Me sonrió.
El viaje hasta el campamento se me hizo largo. Cuando
llegué, una manada de críos se acercó para recibir a Daniel,
que venía con la nueva profesora. Es decir, yo.
Hablaban en francés, yo lo entendía, pero ¿Sería capaz de
hablarlo? ¿Cuánto tiempo hacía que no lo utilizaba? Ese día lo
empleé en acomodarme en la tienda que me indicaron y en
echar un vistazo al equipo informático con el que tendría que
trabajar para los informes. Aquello era un caos. Ese equipo
parecía sacado de algún museo de tecnología prehistórica.
Tendría que apañarme con aquello, pero que conste que me
entraron ganas de llorar.
― ¿Qué te parece el equipo?―Yo solté una carcajada.
―No es que sea de última generación… ¿Dónde están los
pedales?
―Preferimos utilizar los escasos recursos con prudencia.
El material médico se lleva casi todo el presupuesto.
―No te preocupes. Tiene bastante capacidad y yo, he
traído mi portátil y algunos programas, por si acaso.―Me
miró extrañado.― Informática precavida vale por dos.―Me
reí.
―Eres buena, ¿eh?
―Cuando termine con esta cosa, parecerá un
ordenador.―Ahora se reía él y salió de la tienda sacudiendo la
cabeza.―Manos a la obra.― Pensé yo.
Fui a por mi portátil y saqué de la bolsa varios cedés que
llevaba con algunos programas. Luego, descargué toda la
información que contenía aquella máquina arcaica y que
consideré útil en mi propio PC, y tras volcarlo todo, pasé a
formatearlo. Una vez limpio de polvo y paja, empecé a cargar
los programas que pensaba que podría utilizar, lo cual me
llevó prácticamente, el resto del día.
― ¿No quieres cenar?
― ¿Qué hora es?
―Hora de cenar. ¿Qué más da?―Se rio.―Anda,
vamos.― Me pasó un brazo por los hombros y me empujó
fuera de la tienda. Entramos a otra tienda que parecía de
alguna de las familias que componían el campamento y nos
sentamos alrededor de un montón de cuencos en los que había
comida. No sabría decir qué fue lo que comí, pero lo cierto es,
que me supo a gloria.
El día empezaba pronto en el campamento. Tras desayunar,
pasaba la mañana dando clases, no solo de español, también de
matemáticas, no demasiado complejas, sobre todo cálculo.
Había chiquillos de todas las edades y niveles, así que partí la
clase mentalmente en dos; los que acababan de empezar y
tenían un nivel muy bajo y los que ya habían asistido a clase
antes y tenían un nivel con el que ya se podía empezar a
trabajar algunos conceptos más complejos.
Por las tardes, aprovechaba para meter los datos y elaborar
los informes. Empecé por meter la información que había en el
ordenador antes de que llegara, que era bastante escasa y
pobre, y luego empecé a elaborar una plantilla para mis
propios informes. Para que fuera lo más completa posible, le
propuse a Daniel que después de comer se reuniera conmigo
para explicarme las dificultades y logros que habían
acontecido en otros campos, como el reparto de comida o
medicinas. Me sentía bien allí, aunque la aventura no había
hecho más que empezar.
Entre la gente del campamento se respiraba una
cooperación y armonía poco usual. Surgían pequeños roces a
veces, pero eso era normal. Pasábamos todo el día juntos, y
algunos días, el cansancio mermaba las ganas de hablar o el
humor, pero habíamos llegado a conocernos bastante bien y
sabíamos que la tormenta, jamás llegaría a estallar.
Hacía tres meses desde que yo llegara al campamento.
Aunque al principio me sentí un poco extraña y me preguntaba
varias veces al día qué narices hacía yo allí, poco a poco, la
pregunta fue dejando paso a la rutina y al bienestar. Allí, en
medio de todo ese caos, yo empezaba a encontrar un poco de
paz.
Llegó el reemplazo del equipo médico, yo me despedí de
Desireé con tristeza y la promesa de volver a vernos.
Intercambiamos teléfonos y correos electrónicos. Tenía más o
menos mi misma edad y congeniamos estupendamente desde
el principio. Ella me contaba los detalles del trabajo en el
hospital y lo duro que resultaba a veces que no llegaran las
vacunas o las medicinas a tiempo, pero siempre tenía un
sonrisa para todo el mundo y no dejaba que la desdicha de
otros, le afectara lo más mínimo. Era de esas personas que
siempre ven la botella medio llena.
Durante la cena hubo una pequeña presentación del nuevo
equipo: un médico y cuatro enfermeras, que se organizarían en
turnos. El médico, Omar Kadrahoui, haría un turno partido
entre la mañana y la tarde y dejaría instrucciones en cuanto a
los cuidados y medicación de los pacientes para la enfermera
que hiciese el turno de noche. Las enfermeras, Nicole,
Michelle, Carla y Carol, se repartían las veinticuatro horas del
día en turnos de ocho horas, mientras una de ellas estaba
descansando.
Al día siguiente, me levanté con un horrible dolor de
cabeza y me acerqué al hospital de campaña a por un
analgésico. Entré y vi al doctor atendiendo a un paciente, así
que decidí esperar a que terminara. Acabó con ese paciente y
ni si quiera me miró, se fue directo a por el siguiente.
―Doctor Kadrahoui…
― ¿Ummm?―Dijo sin llegar a mirarme, mientras
examinaba al paciente.
―Necesito un analgésico.
― ¿Está enferma?
―Solo me duele un poco la cabeza.―Levantó la cara para
mirarme. Llevaba la mascarilla reglamentaria puesta y sus dos
ojos negros se clavaron en los míos. ¡Los mismos ojos que me
perseguían desde que hiciera aquel viaje a mi pasado! ¿Cómo
no me había dado cuenta durante la cena? Estaba distraída
hablando con Daniel. Pero era imposible…
―Están en el armario del fondo. Coja lo que necesite, pero
no abuse de los medicamentos, no es que nos sobren.
―De acuerdo, solo necesito un paracetamol.―Siguió
pasando consulta como si yo no estuviera. Yo no pude
ignorarle como era mi intención, quería volver a ver esos ojos.
Me obligué a coger el maldito analgésico y salir de allí.
¿Qué significaba todo esto? ¿Por qué ese hombre tenía
aquellos ojos? Tuve que hacer un esfuerzo para pensar con
claridad. Puede que simplemente, hubiera sido producto de mi
imaginación. ¿Cuánta gente tenía los ojos negros? Solo eran
unos ojos. No quería decir nada. Muchos hombres tenían los
ojos negros. Pero no eran solo los ojos, era lo que había tras
ellos. ¡Qué bobada! Tras los ojos estaba el cerebro. Nada más.
Aun así, me descubrí observándole a la hora de la comida
y también durante la cena. Después de comer, me reuní como
era costumbre con una de las enfermeras, en este caso fue
Carol, no era tan simpática como Desi, pero al menos era
española y eso era agradable, porque en algún sentido me
recordaba a mi casa y eso, me daba confianza. Sabía que en
realidad, era un sentimiento de lo más absurdo, pero yo lo
sentía así. Le pedí que fuera inventariando todo lo que se iba
suministrando con el fin de valorar qué cosas eran más
necesarias y tenían un consumo mayor. Creo que no le hizo
mucha gracia, pero tampoco lo discutió. No hacía falta que me
pasara el inventario de forma diaria, solo que lo fuera
apuntando y al menos una vez a la semana me pasara la ficha
que yo había preparado a tal efecto. Tampoco era tanto pedir,
¿no?
Por la noche, siempre me quedaba hablando con Daniel
nos gustaba fumarnos un cigarrillo antes de dormir y hablar de
cosas, la mayoría de veces, triviales. Éramos los últimos en
irnos a dormir.
Una noche, vimos a Omar que se dirigía con bastante prisa
al hospital y nos acercamos para ver lo que ocurría. Una niña,
estaba en la cama delirando. Empapada en sudor, sus ojos iban
y venían, como su consciencia. Yo me había acercado a su
cama, casi sin darme cuenta de que posiblemente estaba
entorpeciendo la labor del médico.
―Vamos, pequeña… aguanta un poco más… ―De pronto
la niña me miró con sus enormes ojos y me habló en una
lengua que yo no reconocí. Miré a Omar, interrogándole con la
mirada.
―Cree que es su madre. Le pide que no la abandone.―Yo
agarré la mano de la niña para hacerle saber que no la dejaría
sola, fuera su madre o no, no la abandonaría. La niña, estrechó
mi mano con fuerza y volvió a hablar. Esta vez, sí conseguí
aislar una palabra: “Laila.”
― ¿Me ha llamado Laila?
―Debe ser el nombre de su hermana. Si va a quedarse,
debería ponerse esto.―Me ofreció una mascarilla. La cogí y
me la coloqué como pude, sin soltarle la mano.
― ¿Le importaría traducirme lo que ha dicho?
―Ha dicho: “Laila, no olvides quién eres. La señora de las
dunas…” Solo está delirando. Habla de un cuento tuareg, la
señora de las dunas, era una mujer que vino de tierras lejanas y
que tenía el poder de la revelación a través de los sueños. Al
parecer, fue muy venerada y consultada por su pueblo y
gracias a aquellos sueños, les libró de más de una desgracia.
Se llamaba Laila.― No podía ser verdad. ¿Esa niña me había
reconocido en aquel estado de semiinconsciencia, como
reencarnación de una de mis vidas pasadas? Esto es de locos.
Tal vez solo soñara con la historia, pero había dicho que no me
olvidara de quién era…
― ¿Podría decirle algo?― El médico asintió― Dígale,
que no me iré a ninguna parte y que la he visto jugando con
otros niños en mis sueños… que ya no tenía fiebre.―Me miró
extrañado por lo que le había dicho, pero no me hizo ningún
reproche, se limitó a traducir en aquella lengua. La niña sonrió
al escuchar lo que el doctor Kadrahoui le decía y me apretó la
mano con más fuerza, luego suspiró y su rostro se relajó de
pronto. Yo pensé que se había quedado dormida, pero vi en el
rostro de Omar que no era así. Empecé a llorar en silencio al
comprender que la niña había muerto. Era tan pequeña… ¡Era
una tragedia! Fue Omar quien separó mi mano de la niña y me
acompañó fuera del hospital tras dar algunas instrucciones de
lo que debían hacer con el cadáver. Luego, encendió dos
cigarrillos y me pasó uno. Yo lo cogí agradecida.
― ¿Cómo lo aguanta?
― ¿El qué?
―La muerte, ver morir a niños inocentes a diario. A niños
como ella.
―La muerte, forma parte de la vida. No es el final, solo es
un paso más.
― ¿Un paso adónde?
― ¿Adónde cree usted?
―No lo sé. Antes creía que a ningún lugar.
― ¿Y ahora? ¿Qué cree ahora?
―Ahora… Solo tengo más preguntas que antes, pero
ninguna respuesta.
― ¿Por qué le dijo aquellas cosas a la niña?
―Para ella parecía importante y pensé que si ella creía en
aquel cuento y que yo era Laila… Pensé que si le decía que la
había visto jugando, mejoraría. Autosugestión, ya sabe, pero
parece que solo he acelerado su muerte.
―Eso, a veces no es tan malo. No se culpe.―Creí que
buscaba mi nombre y decidí ayudarle.
―Ana.―Le ofrecí la mano y él la estrechó con igual
fuerza y ternura.
―Ana, creo que la ayudó a irse sin temor, creo que le
ayudó no sentirse sola. No ha sido una mala muerte.
― ¿Qué tenía?
―Diarrea. Entre otras cosas.
― ¿Me está diciendo que ha muerto por una simple
diarrea?
―No tan simple. Aquí la calidad del agua es muy mala.
Hace enfermar a la gente, así que procuran no consumir
demasiada, lo cual provoca a su vez que se originen cálculos
en los riñones. El agua, es la causa de muchas muertes aquí.
Primero, porque escasea y luego, porque la que hay está
contaminada o tiene demasiado calcio. ¿Sabe a cuántos niños
he atendido por fracturas? ―Yo negué con la cabeza.― Yo
tampoco. He perdido la cuenta.
― ¿Y no se puede hacer nada?
―Claro que se puede, pero no basta con que exista la
posibilidad, hay que tener la voluntad de hacerlo.
―Entiendo. Algún día, alguien tendrá que explicarme por
qué el mundo funciona así.―Reflexioné.
―Yo he oído muchas teorías, casi todas apuntan a que el
fuerte se aprovecha del más débil, pero la verdad es que no
terminan de satisfacerme. Si algún día soy capaz de
entenderlo, se lo haré saber.―Me sonrió.―Es tarde.
―Anunció su retirada y yo le seguí, desviándome hacia mi
tienda.
―Hasta mañana.―Le dije yo.
No podía dormir. Intenté conciliar el sueño, sin llegar a
lograrlo, cambiando de postura. Me tapé y destapé varias
veces. Al final, decidí salir a tomar un poco el aire. Salí de la
tienda sin alejarme de la entrada y encendí otro cigarrillo. No
podía dejar de darle vueltas. ¡Pobre niña! Qué injusta era la
vida a veces. ¿Cómo podía morir alguien a causa del agua?
Llamaba a su madre.
¡No, me llamaba a mí! Por otro nombre, sí, pero me
llamaba a mí. Me dijo que no olvidara quién era. ¡Me llamó
Laila! ¿Acaso ahora el mundo había empezado a girar en el
sentido contrario? ¿De verdad todo era al revés de como yo
creía? En cuanto regresara, hablaría con Carlos. Tal vez, él
tuviera las respuestas. ¡Todo aquello, era una locura! ¿Me
estaría volviendo loca? No, Omar estaba conmigo, el tradujo
sus palabras, no fui yo. Esa niña había dicho lo que había
dicho, no era ninguna invención mía. ¿Reencarnación? ¿Qué
sería lo próximo? Necesitaba poner las cosas en orden, y con
urgencia.
Repasemos los hechos, dijo mi mente analítica de
informática, cuando un camino no tiene salida, vuelve al
principio. Primero, Carlos me sugiere una regresión y yo la
hago. Segundo, en dicha regresión, me identifico como otra
persona, Laila, que pierde a su marido cristiano, Arnau y
termina viviendo con una tribu tuareg en el desierto. Allí
conoce a Hassan y se casa con él. Tiene varios hijos, Arnau,
del primer matrimonio y Kenan, Kella e Idir, del segundo.
Hassan muere y ella, que se había convertido en una especie
de oráculo para su pueblo, por el don de adivinación a través
de los sueños, no tarda demasiado en seguirle. Tercero, yo,
Ana, acabo en el desierto donde una niña en su lecho de
muerte, me llama, entre delirios, por el nombre que tenía en
aquella antigua vida, Laila, y me dice que no olvide quien soy,
la señora de las dunas. ¿Casualidad? Por mucho que mi mente
racional se empeñara en lo contrario, tenía que aceptar la
evidencia, yo había vivido otra vida y una niña me había
reconocido de alguna forma que yo no alcanzaba a entender.
Nunca podría darle una explicación científica, tuve que
reconocerlo, pero ¿acaso importaba? Para mí era real, no tenía
mucho sentido, pero era real. Yo no necesitaba convencer a
nadie, lo guardaría para mí.
No era cuestión de razonarlo, sino de asumirlo sin más.
¿Eso era la fe?
Ahora lo entendía mejor. Entendía a Carlos, cuando me
decía que la fe, es saber que algo es cierto sin la necesidad de
demostrar que lo es. Lo sientes en tu corazón y es suficiente.
Miré hacia el cielo, instintivamente, no sé muy bien porqué,
pero a partir de ahora creo que me haría mucho menos esa
pregunta, simplemente lo hice. La imagen de aquel cielo no
era comparable a nada que hubiera visto antes…― “como
brillantes sobre la seda…”― Recordé las palabras de Laila la
noche que se unió a Hassan por primera vez. No me extrañó
que el recuerdo de Laila volviera a mi mente, ya no. Sabía que
a partir de ahora, eso me pasaría muy a menudo. Tenía los
recuerdos de dos vidas, en una sola mente. Sonreí. Terminé el
cigarrillo y volví a la cama.
Al día siguiente, esperé a la enfermera después de comer,
pero en su lugar, apareció el Doctor Kadrahoui. Me entregó un
inventario con los medicamentos que habían ido reponiendo y
los que había utilizado.
―No está todo.―Me avisó.― Es difícil controlar todo lo
que se utiliza, pero creo que no dista mucho de la realidad.
―De acuerdo, solo necesito las cantidades a groso modo,
no es necesario precisar demasiado. Así podré justificar en qué
cosas se emplean los fondos y argumentar con cifras, por qué
necesitamos aportaciones mayores. Voy a incluir la necesidad
de construir un pozo o tal vez instalar una especie de
cisterna.―Le anuncié.
―Espero que tenga más suerte que sus predecesores.―
Me sonrió.
― ¿Ya lo han pedido antes?
―Varias veces.
― ¿Han incluido los nombres de toda la gente que ha
fallecido o enfermado a causa del agua, los medicamentos
consumidos durante dicha enfermedad, su coste y el tiempo de
hospitalización de los pacientes?
―No, creo que no.
―Bien, no quiero darles solo cifras, voy a darles historias,
caras a las que puedan decirles, que no es importante disponer
de agua en buen estado. Quiero que sopesen también el gasto
que genera que una persona enferme a causa del agua.
―Es usted muy tenaz.
―Mi padre sustituiría ese adjetivo por el de cabezota.
― ¿Qué quiere decir cabezota?
―Terca, tozuda…―Se rio.
― ¿Y lo es?
―Desde luego.―Admití con una sonrisa.― ¿De dónde
es? Su acento es bastante extraño.
―Soy alemán. Mi padre era iraquí y mi madre, libia. En
casa, siempre hemos hablado árabe, pero me crie en Alemania.
―Una mezcla interesante.―Le dije.
― ¿Qué le hizo venir aquí? La mayoría ya nos conocemos
porque coincidimos y casi siempre venimos en la misma época
cada año, pero a usted no le había visto nunca.
―Es la primera vez que vengo. Me da vergüenza
reconocerlo, pero mis motivos no son tan altruistas como los
suyos.
―Hablas por lo que has deducido. Todos somos egoístas
en algún sentido. ¿Cuál es su caso? Si me permite la
pregunta…
―Sí, no importa. Me cuesta hablar de ello, eso es todo. Mi
marido…
― ¿Daniel?―Le miré divertida. Él creía que Daniel era mi
marido. Me reí. Jamás había mirado a Daniel de ese modo. Él
tenía bastante éxito con las mujeres, pero era algunos años
menor que yo. De hecho, era amigo de mi hermano Pablo.
―Miguel.―Le corregí. Ahora me miraba contrariado,
como si desaprobase mi actitud.― Murió hace algo más de
dos años. Yo no lo estaba llevando muy bien, así que decidí
que había llegado el momento de dejar de pensar en mí. Creí
que si volvía a sentirme útil…―Suspiré. ―Supongo, que
buscaba algo que me distrajera de mi propia tragedia.
―Siento mucho su pérdida. ¿Y esto le ayuda?
―Creo que sí. Desde que llegué, casi no he tenido tiempo
para pensar en ello. Procuro mantenerme ocupada y siempre
hay algo que es más importante que el vacío que siento.
―Si se queda más tiempo, aprenderá muchas cosas. Son
cosas que no se enseñan en ninguna escuela. Su manera de
afrontar la vida es muy diferente a la nuestra. Son seres
extraños, a veces pienso que son ángeles. No tienen nada,
mueren por cosas como el agua y a menudo pasan hambre. No
saben qué es un e-mail y tampoco lo necesitan, pero son
felices. Les ves afrontar las situaciones más difíciles e
impensables en nuestro mundo, con una sonrisa.
―Sé a qué se refiere.―Le miré y él sostuvo mi mirada y
me sonrió.
―Creo que su novio la está buscando.―Vi a Daniel
mirando hacia nosotros.
―Tampoco es mi novio. Le conozco desde hace muchos
años, desde el instituto. Somos buenos amigos, eso es todo.―
Vi un brillo en sus ojos y también, como luchaba por reprimir
una sonrisa.
―Entonces, su amigo le está buscando.―Yo le sonreí y
levanté la mano para que se acercara.
―Doctor…―Le saludó Daniel, luego me miró y sonrió.―
No me has esperado para tomar café.―Me reprochó.
―Aún no me lo he tomado.―Me defendí.
― ¿Y piensas hacerlo?
―Claro, necesito mi dosis.―Nos reímos.― ¿Nos
acompaña?
―No, tengo trabajo.―Dijo mientras se levantaba y se
dirigía al hospital.
Cuando estuvo lo bastante lejos, Daniel me miró con una
sonrisa pícara al tiempo que me sometía al interrogatorio de
rigor.
― ¿Qué está pasando aquí?
―No sé a qué te refieres.―Intenté evadir su pregunta.
―Yo creo que sí. Si llega a enterarse alguna de las
enfermeras, tendrás problemas.
― ¿Por qué dices eso?
―Es el soltero de oro. Además de guapo e inteligente,
también es bastante rico. Herencia familiar.―Dijo
encogiéndose de hombros.― Las enfermeras siempre están
peleándose por hacer el turno con él, pero jamás habla de otra
cosa que no sea medicina y nunca más de lo necesario para no
parecer descortés.
―No te lo vas a creer, pero pensaba que eras mi
marido.―Me reí.
― ¿Y qué le has dicho?
―Que te conozco desde el instituto y que solo somos
buenos amigos. La verdad. ¿Qué querías que le dijera?
―Aún podemos arreglarlo.
― ¿Qué hay que arreglar?
―Tu torpeza. Vamos, está claro… Te estaba tanteando
para ver si te interesaba alguien. Ana, lo que quería saber, es si
estamos juntos.
―No digas bobadas.
―Mira, puede que no sea ningún lumbreras, pero soy un
hombre. Nosotros tenemos nuestro código secreto, nos
entendemos.
― ¿En serio? Un código secreto… No… y según ese
código, el que se haya confundido con respecto a nosotros,
quiere decir que…
―Quiere decir, que está evaluando sus posibilidades.
―Eres imposible.
―Imposible, es que tú tengas casi treinta años y no te
enteres de esas cosas. Escucha, este es el plan: Yo fingiré estar
interesado en ti y tú muéstrate receptiva, pero no demasiado.
¿Me sigues? Pongámosle un poco nervioso.
― ¡Pero qué burro eres!―Le dije mientras me dirigía a la
tienda donde trabajaba con el equipo informático.
― ¡¿Qué pasa con mi café?!
3
Durante la cena, Daniel se sentó a mi lado y se mostró
sumamente solícito, complaciéndome en cualquier cosa que yo
pudiera necesitar. Hacía comentarios que revelaban cierto
grado de complicidad entre nosotros, recordando anécdotas de
nuestro pasado común en las que siempre exageraba mis
virtudes. Me recordó a un vendedor de camellos. De vez en
cuando, me rozaba la mano de forma “accidental” o me
colocaba algún mechón de pelo rebelde detrás de la oreja. Me
resultó gracioso verle en acción, hacía tanto que no le veía
desplegar sus encantos… Yo estaba segura de que Omar no
prestaba la menor atención, pero Daniel, seguía con aquel
juego estúpido, mientras yo me moría de la vergüenza. ¡Ya no
tenía quince años!
Después de cenar, Daniel me buscó para nuestro momento
de “espacio con humo”.
― ¿Qué tal ha ido?―Le pregunté curiosa.
―Es pronto, dejemos que lo piense un poco.
―Lo imaginaba. Intenté decírtelo, pero tú nunca escuchas.
Daniel, ya somos mayorcitos para esto.
―Precisamente, por eso no entiendo tu actitud. ¿A qué
estás esperando?
― ¿Yo? No creo, que sea buena idea. Aún no estoy
preparada.
―Ana, te vas la semana que viene. Es ahora o nunca.
―No es el momento, eso es todo.
―Te atrae. No miras a nadie como le miras a él. No seas
tonta.
― ¿Y quién te dice que la atracción es recíproca? Esto es
cosa de dos ¿sabes?
―Lo sabía. Yo soy quién te dice que le gustas. He
intentado mantener una conversación con él, tantearle, ya
sabes… y no se ha cortado haciéndome preguntas sobre ti,
bueno me incluía a mí, pero en realidad quería saber de ti.
― ¿Qué quería saber?
―Qué le ocurrió a tu marido, qué te había parecido la
experiencia, si pensabas repetirla…
―Es demasiado pronto.―Le vi salir de la tienda y venir
hacia nosotros. Mi estómago se dio la vuelta de inmediato y
apreté el brazo de mi amigo para que no se me fuera a escapar.
―Me han dicho, que este es el lugar adecuado para
fumadores.―Dijo como si quisiera justificar su acercamiento.
―Le han informado bien.―Le sonreí.
―Ana, yo tengo que terminar algunas cosas, si luego te
apetece echar una partidita, estaré en mi tienda. Buenas
noches, Doctor Kadrahoui.―Y soltándose de mi presa, el muy
traicionero de Daniel, se marchó. Luego me pasaría por su
tienda, ya lo creo, pero para asesinarlo.
―Buenas noches.―Contestó él.―Daniel me ha dicho que
se van la semana que viene.―Yo asentí.― ¿Qué harán
entonces?
―No sé lo que hará Daniel. Yo volveré a casa. Tengo
ganas de ver a mi familia, sobre todo a mi hermano.
― ¿Volveré a verla por aquí algún día?
―Bueno, en realidad he pedido una excedencia para dos
años, pero no he pensado qué voy a hacer a partir de ahora.
Supongo que hablaré con Daniel. Tal vez me necesite en otro
sitio.
―Parece un buen muchacho y creo que le gusta. Aún es
usted joven para resignarse a una vida en soledad.
―Doctor Kadrahoui… ―dije con todo el aplomo que
logré reunir.
―Omar, si no le importa.
―Bien, Omar, no soy un mono que salta de una liana a
otra. Mi marido falleció y no por eso necesito otro hombre en
mi vida. Puede que vuelva a tener pareja algún día o puede que
no. Le aseguro que no me preocupa lo más mínimo en estos
momentos. Soy una mujer independiente y mi vida está
completa.
―Entiendo. Dime una cosa, Ana ¿por qué las mujeres no
dejan de repetir, que son fuertes e independientes y que no
necesitan a los hombres para nada?
―Supongo, que porque es cierto y los hombres se
empeñan en hacernos parecer débiles y estúpidas. Creen que
somos incapaces de dar un paso sin su ayuda o su aprobación.
―Yo no creo eso. No me parece un signo de debilidad
reconocer que no somos perfectos y que la compañía de otro,
nos puede dar equilibrio. No dudo que sea capaz de
enfrentarse a la vida en soledad, pero no es cuestión de
demostrar lo bien que caminamos cuando estamos solos, sino
de ser consciente de que ese mismo camino, en la compañía de
la persona adecuada, puede llegar a ser mucho más rico. Creo
que esa es la finalidad de la pareja. Daniel, podría ser un buen
apoyo en tu vida.
―Y lo es, pero no de esa manera.
―Él parece muy interesado.― Si supiera la verdad…
Intenté no reírme.―Puede que me haya excedido en mi
preocupación.
― ¿Por qué te preocupa?
―Porque veo que eres una mujer de gran valía y siento
una gran simpatía por ti. Me gustaría verte feliz. Eso es todo.
Daniel parece hacerte feliz, pero siento haberlo sugerido.―Me
tenía lástima, solo eso.
― ¿Y tú? ¿Acaso tú no estás solo? ¿Qué diferencia hay?
―Me levanté para marcharme. Estaba indignada. ¿Quién
demonios se creía que era?
―No hay diferencia. No me avergüenza reconocer que me
gusta más la vida en pareja. Claro, que eso no quiere decir que
sirva cualquiera.
― ¿Y qué tal le va, Omar? ¿Últimamente ha tenido suerte?
―Pregunté con ironía.
―No sabría decirte.―Parecía dudar si contestar o no, pero
al final se decidió a hablar.― A veces, aparece la persona,
pero no es un buen momento.
―En eso, tengo que darte toda la razón.
―Supongo, que estoy esperando a la persona adecuada.―
Yo le miré sintiéndome despreciada ¿Acaso yo no era
adecuada?
―En ese caso, te deseo suerte. Espero que la encuentres.
―Fue lo último que dije antes de marcharme a mi tienda.
Otra noche en blanco, dando vueltas en la cama buscando
el descanso y sin poder deshacerme de aquellas palabras:
“Daniel podría ser un gran apoyo en tu vida… Eres joven para
resignarte a una vida en soledad… La mujer adecuada…” Los
recuerdos vinieron a mi mente, pero no los de esta vida, sino
los de Laila. Ella le entendía… y yo, terminé por entenderle a
través de ella. Aunque seguía cabreada y puede que también
despechada.
Salí de la tienda con la esperanza de que la visión de las
estrellas, despejaran mi mente. Encendí un cigarrillo y dejé
que mi desánimo se fuera a lomos de aquella nube de humo
que impulsaba con fuerza contra aquel manto negro e infinito
donde todo podía perderse y no ser encontrado jamás. Lo
solté. Dejé que el mal sabor de boca de aquella conversación
infructuosa, se fuera lejos, sin permitir que impactara en mi
vida.
Le evité lo que restó de semana, intentando no empeorar
las cosas. Él tampoco insistió. Dejó que me alejara. La hora de
partir, llegó demasiado pronto, parece que nunca es buen
momento para abandonar un lugar que hace que te sientas de
alguna forma, parte de él. Les echaría de menos, a los
refugiados y a los compañeros, pero sobre todo a él. No
porque estuviera enamorada, no se trataba de amor, sino de la
posibilidad de haber encontrado algo que podría valer la pena
vivir y que habíamos estropeado. Algunos niños vinieron a
despedirse y me obsequiaron con dibujos para que no los
olvidara. Los compañeros con abrazos y por su parte, una
mirada que me siguió hasta que subí al coche. Uno de los
dibujos que me acababan de dar, tenía una chica fumando y un
hombre con bata de médico. La chica tenía el ceño fruncido y
el hombre le pedía, a través de un bocadillo tipo cómic,
perdón. Ese dibujo no lo había hecho ningún niño. Me giré y
allí estaba, con la mirada clavada en el coche. Levantó la mano
despidiéndose y yo pegué la mía al cristal trasero. No sé muy
bien por qué, estaba demasiado lejos para que pudiera verme.
4
El aeropuerto de Alicante me pareció frío. Todo el mundo
iba de un lado a otro, con prisas. Las prisas de nuevo. De
vuelta a la vida real, al ajetreo, a los relojes que no perdonan
un segundo, pero que no dejan de perderlos para no
recuperarlos jamás, al sentimiento de culpa por no
aprovecharlo, al tiempo estrictamente medido para cada cosa y
a la ausencia del mismo para saborearlas. En el campamento
no existía esa clase de tiempo, solo contaba lo que hacías, y
solo llegaba el momento de empezar una cosa, cuando habías
acabado otra.
En casa, todo seguía igual. Esa noche cenamos todos
juntos, incluso vino mi hermano Pablo. Le estuve contando lo
bien que lo había pasado con Daniel y él bromeó diciendo que
la próxima vez, se apuntaría él, en cuanto levantasen el primer
centro comercial.
Daniel me llamó al final de la semana para felicitarme por
mis informes. Dijo que había hecho un gran trabajo y que
estaban considerando la idea de hacer un pozo. Ojalá llegaran
a hacerlo, podía parecer a simple vista algo trivial desde la
comodidad de nuestras casas y solo entiendes su importancia,
cuando ves a la gente enfermar o incluso morir a causa del
agua. Jamás olvidaría a aquella niña, se llamaba Farah,
“Alegría”.
Quedé esa noche con Daniel para tomar unas cervezas y
mi hermano se unió de inmediato. Daniel, me dijo que
descansaríamos todo el mes y que si estaba dispuesta a repetir,
nos habían renovado para otros tres meses. Le dije que sí,
claro. Fuimos a un par de garitos, pero pronto nos retiramos a
mi casa, ya que era la que estaba más cerca de la zona de bares
y así evitábamos tener que coger el coche. Se quedaron a
dormir y Daniel, empezó a contarle a mi hermano lo de Omar.
Maldito vino…
― ¿Sabes que tu hermanita está hecha una
rompecorazones?
―Estás de broma.
―En serio, se ligó al soltero de oro, nada más y nada
menos que el Doctor Omar Kadrahoui.
― ¿Ana?
―Está delirando. Se le ha subido el vino a la cabeza. Ese
hombre me pone enferma. Es paternalista y entrometido.
―Lo que tú digas, pero se le quedó una carita cuando nos
fuimos…
―Supongo que por el alivio, como la mía.
―Eso no te lo crees ni tú.
―Lo que tú digas.―Bufé.
Nos quedamos dormidos, allí mismo, desparramados sobre
el sofá que tuvimos el acierto de convertir en cama, antes de
que la cosa se nos fuera de las manos. Por la mañana, todo era
confuso y un dolor de cabeza incipiente, amenazaba con
convertir lo que restaba de día, en un día perdido.
Pablo y Daniel, se levantaron al mediodía sin el menor
rastro de culpa. Es lo que tenía seguir estando en la decena
guay, la de los veinte. ¡Cuánto iba a echarla de menos!
Esperé a quedarme a solas para intentar poner las cosas en
orden y trazar un nuevo plan para mi vida, pero antes, quería
entender lo que estaba pasando y cómo era posible que aquella
vida anterior lejana y exótica, estuviera interfiriendo en mi
vida actual.
A media tarde, llamé a Carlos para ver si podíamos quedar.
Necesitaba ponerle al día de todas las cosas que estaba
viviendo y que arrojara un poco de luz sobre tanta tiniebla.
Fue inútil. Carlos estaba en la India en un áshram[26],
disfrutando de un retiro espiritual. Estaba claro que mi caos
personal, tendría que esperar para ser ordenado y yo, debía
aprender a vivir con aquella enajenación mental, esperaba que
transitoria.
El mes pasó más rápido de lo que esperaba y la vuelta al
campamento fue increíble. Los niños se acordaban de mí,
aunque eché a algunos en falta. Dos se habían ido a otro de los
campamentos, pero tres de ellos habían enfermado y ahora, sus
nombres figuraban en la considerable lista de fallecidos. Ojalá
en su próxima vida encontrasen todo lo que se les había
negado en esta. Seguí documentando los informes, engrosando
las cifras, desgraciadamente, aquello no parecía remitir por
mucho que trabajáramos o nos esforzáramos. Aquello solo
podía arreglarse cuando occidente tomara consciencia y
decidiera empezar a ser justo y reparar todo el mal que
habíamos causado, porque si bien es cierto, que Marruecos era
la principal responsable de aquella situación en la que el
pueblo saharaui era masacrado, expoliado y confinado lejos de
su hogar viviendo de prestado de la forma más precaria, lo
hacía bajo el amparo de Francia. España se lavaba las manos
diciendo que Sahara se había emancipado y ya no era su
responsabilidad y el resto del mundo “civilizado”, no iba a
generar un conflicto con Francia y Marruecos, por un pueblo
que no le importaba a nadie y al que se expoliaba de forma
continua e impune desde que se descubrieran sus yacimientos
de gas, petróleo, fosfato, circonita, y por si fuera poco, ahora
también habían encontrado uranio. Además, sus aguas dotaban
de toneladas de pesca a sus saqueadores. Los beneficios
obtenidos de las materias primas de Sahara Occidental, eran
repartidos entre Marruecos, el gobierno de Rabat y algunas
compañías extranjeras, escocesas, canadienses, francesas o
rusas. Sahara, era un cuerpo vivo ocupado por parásitos que
extraían de él, de lo más profundo de sus entrañas, toda su
riqueza. Vivían a su costa sin pagar por lo que obtenían y el
resto del mundo, lo consentía. Así de simple.
El tiempo en el campamento se acababa y he de decir, que
me supo a poco. Tres meses, seis meses… no eran suficiente
para arreglar nada. Aun así, me sentía feliz de haber
compartido un tiempo maravilloso con personas
extraordinarias que me habían hecho entender que la vida es
preciosa y que solo tenemos el ahora, sin importar cómo sea,
el presente, es el único tiempo que cuenta.
Regresé a España con un montón de amigos e historias que
no quería olvidar nunca, y le pedí a Daniel, que siguiera
contando conmigo.
Hacía un par de días que había llegado a casa, pero aún no
me había puesto a deshacer la maleta, en parte por pereza, no
nos vamos a engañar, pero creo que también me daba nostalgia
y cierto temor. Era como asumir que aquella aventura se había
acabado y no estaba lista para enfrentarme de nuevo a mi vida
tal como era antes. Decidí enfrentarme a aquel almacén de
recuerdos y ponerlos en orden. La ropa fue derechita a la
lavadora. El portátil ya descansaba sobre la mesita baja del
salón y los objetos de higiene en el baño, solo me quedaban
los trocitos de aquella tierra y su gente que había conseguido
traerme conmigo: otro montón de dibujos, esta vez todos de
niños, y un collar hecho a mano por una de las mujeres más
ancianas del campamento. Busqué el dibujo de Omar y me
arrepentí de no haber aprovechado mejor mi tiempo con él y
haberme dejado dominar por el orgullo. Hay oportunidades
que solo pasan una vez en la vida y no podemos ir por ahí
despreciándolas.
Quedé para comer con mis padres. Mi madre preparó el
tradicional arroz alicantino, que la gente solía confundir con la
paella, pero que en mi opinión, estaba infinitamente mejor.
― ¡Felicidades!― Gritaron a coro. Era mi cumpleaños.
Treinta primaveras constituían mi haber y mi hermano, en su
infinita generosidad y buen juicio, me regaló un viaje a
Múnich. Nos encantaba viajar juntos, siempre nos habíamos
entendido y apoyado en todo. Más que hermanos, éramos
cómplices de fechorías y aventuras. Jamás juzgábamos al otro.
Aprendimos desde muy pequeños que éramos diferentes y nos
queríamos así, tan distintos como el sol y la luna. Opuestos y a
la vez complementarios.
― ¡Vaya! Gracias. ¿Cuándo nos vamos?
―En tres días. He pensado que cómo ahora no trabajas, no
tenías que pedir permiso.
―Está bien. ¡Es perfecto!―Me reí abiertamente,
haciéndole saber que realmente me encantaba su regalo.
Siempre me resultaba impactante sobrevolar los Pirineos,
cuando el cielo estaba despejado y te permitía disfrutar de
aquella maravilla natural e imponente. Aunque no fuera la
primera vez, no dejaba de sorprenderme cuando aparecían a la
vista con sus cumbres nevadas. Pablo, sabía que me encantaba
mirar por la ventana, así que no tenía problemas en dejarme
ese sitio. Él prefería dormir.
Llegamos a Memmingen a eso de las once de la mañana y
en el mismo aeropuerto, cogimos un autobús hasta Múnich.
No cogimos hotel, mi hermano tenía una amiga allí que se
había ido a París y le dejó el piso. Tuvimos que pedirle las
llaves a su vecina pero no puso objeción alguna. Audrey, que
así se llamaba la chica, ya le había dicho que irían dos amigos
a su casa y que debía entregarles las llaves. Así que no hubo
ningún problema. Bajamos a comer al kebab que había a la
vuelta de la esquina y luego, cogimos el tranvía hasta
Marienplatz. Dimos una vuelta por las galerías Kaufhof y
recorrimos la calle peatonal que llega hasta el Ayuntamiento.
Pronto se hizo de noche y decidimos volver a casa.
Cenamos allí, nos dimos una ducha y salimos un rato. Fuimos
a una discoteca que mi hermano conocía, Ampere, dónde
Audrey había trabajado algún tiempo para poder pagarse la
escuela de arte. La sala ofrecía música rock y la mayoría de la
gente que vimos era bastante mayor que nosotros, pero no nos
importó, siempre habíamos preferido ese tipo de música a otra
más comercial y moderna.
No abusamos demasiado de la noche, habíamos
madrugado bastante para coger el vuelo que salía a eso de las
seis de la mañana y estábamos realmente cansados.
Al día siguiente fuimos a ver Olympiapark. Aquel parque,
había sido en un pasado no tan lejano, sede olímpica y ahora,
ofrecía las instalaciones donde antes competían deportistas de
élite, al gran público. Comimos en el parque unos perritos
calientes y planeamos el día siguiente, aunque los dos
coincidimos en que no podíamos marcharnos de Alemania sin
ver el famoso Castillo de Neuschwanstein. A mi hermano le
encantaba la arquitectura y también los personajes históricos
algo excéntricos. Así que era perfecto, un castillo de cuento de
hadas, construido por un rey loco.
Lo cierto es que era precioso, no solo el castillo, también el
paisaje y las vistas. Desde la habitación del Rey Luis II de
Baviera, se podía ver una gran cascada. Era un lugar de
ensueño, donde era fácil dejarse transportar a un espacio y
tiempo lejanos. Uno en el que tuviera cabida la magia y los
amores románticos, donde todo salía bien y todos podían vivir
felices para siempre. Lástima, que el billete de vuelta me
esperara en la capital alemana con la fecha de regreso impresa.
― ¿Ana?―Me volví intentando reconocer la voz que me
llamaba.― ¡Ana!― Repitió, esta vez con más seguridad. Un
Omar sorprendido me miraba sin dar crédito. Aunque más
sorprendida estaba yo, claro.
―Doctor…―iba a llamarle por su apellido, ya que
estábamos en público y no sabía quién le acompañaba, pero su
cara me dejó claro que las formalidades estaban de más y me
corregí. ―¡Omar!
― ¿Qué haces aquí?
―Lo mismo que tú, supongo.―Bufé e intenté no parecer
grosera.― Es mi regalo de cumpleaños.―Le expliqué.― Este
es mi hermano, Pablo. Pablo, te presento al Doctor Omar
Kadrahoui. ―Ambos alargaron sus manos y las estrecharon,
pero en la cara de mi hermano, se dibujó una sonrisita burlona
que no me gustó nada. Se lo iba a pasar en grande riéndose de
mí lo que restara de viaje.
―Es un placer.―Le dijo Omar a mi hermano.― Me gusta
venir de vez en cuando, es un lugar especial. ¿No te parece?
―Claro, él era alemán, no sabía de qué parte, puede que no
viviera lejos.
―Sí, lo es. ― Convino mi hermano.
― ¿Cuánto tiempo os quedaréis?
―Nuestro avión sale pasado mañana.
―No es mucho tiempo.― Dijo poniendo mala cara, pero
en seguida recobró el control, haciendo gala del aplomo que le
caracterizaba con aquel tono de voz que no permitía replica
alguna. ―Conozco un restaurante bávaro estupendo, apuesto a
que aún no habéis probado nuestra comida.
―Lo cierto es que no.―Le dijo mi hermano. Yo me volví
para fulminarlo con la mirada y Omar le dedicó una amplia
sonrisa, complacido.
―No se hable más, si no tenéis otro compromiso, ―me
miró directamente, asumiendo que aquella decisión, me
concernía exclusivamente a mí― me encantaría enseñaros mi
tierra. ―No pudimos negarnos. La verdad, es que el tono era
mucho más relajado, quizá, menos intenso que en el
campamento, al menos, así lo percibí yo.
Nos acompañó lo que quedaba de visita y amplió con
creces la información acerca del castillo. Sin duda podría
haberse ganado la vida como guía en aquel lugar, pero él era
médico y dedicaba sus vacaciones a viajar a países con pocos
recursos o ninguno, para echar una mano totalmente gratis.
¡Qué ser tan aborrecible! Me reprendí irónicamente. Puede que
le hubiera juzgado mal, sin duda, aquel era un buen hombre. A
Pablo se lo ganó en seguida, sobre todo cuando percibió que
su francés era bastante precario y comenzó a hablarle en
español. Pude escuchar la mente de mi hermano mientras
pensaba…― ¡Gracias al cielo!― ¿Por qué no había hablado
en español conmigo?
― ¿Desde cuándo hablas español?―Le pregunté.
―Desde hace bastante tiempo. Conocí a mi mujer en
Barcelona.― Yo no daba crédito, de pronto estaba ante una
persona totalmente desconocida. ¿Cuántas cosas más iba a
descubrir? Seguro que vivía con doce gatos y había
descuartizado a su vecina.
― ¿Estás casado? No lo habías dicho.
―No lo habías preguntado. Ya no. Nos divorciamos hará
unos tres años. No nos entendíamos muy bien. Así que se
marchó.
― ¡Vaya! Lo siento.
―Es mejor así.
―Fue una buena maestra. Hablas muy bien. ¿Por qué no
me habías hablado en español?
―Gracias. Me gustaba oírte hablar en francés.―Se rio.
―No lo hablo demasiado bien.
―No lo haces mal, me gusta tu acento. ―Luego se quedó
callado un momento― ¿Tenéis que volver?―Yo le miré sin
comprender a qué se refería― Me refiero a si os está
esperando alguien donde quiera que os hospedéis.
―No enseguida, pero deberíamos mirar los horarios de los
trenes. No sé a qué hora sale el último.
―Bueno, si no tenéis que volver, podríais quedaros en mi
casa. Hay espacio de sobra y mañana podríamos visitar
Augsburgo, creo que os gustará.―Miré a mi hermano, para
saber qué le parecía la idea y me hizo un gesto con la cabeza.
―No tenemos nuestras cosas.―Le advertí.
―Podemos comprar lo necesario en el pueblo.―Sugirió
mi hermano.
―Está bien.―Suspiré.
El restaurante era un lugar lleno de encanto. Estaba
ambientado en las raíces de aquel pueblo, de aquella región tan
peculiar y a la vez orgullosa, llamada Bavaria.
Entramos en unos grandes almacenes para comprar las
cosas necesarias para pasar la noche y el día siguiente. Yo
compré un par de conjuntos de lencería, un par de medias, una
camiseta y un jersey. Pablo, se entretuvo hablando con uno de
los dependientes más de la cuenta y me fui a una farmacia que
había justo enfrente a por un cepillo de dientes, no lo podía
evitar, era un Casanova nato.
La casa de Omar no estaba lejos de la zona comercial, era
una casa baja, de dos plantas. Estaba decorada con gusto, pero
sin pretensiones. Muchos libros por todas partes, eso sí. Me
sorprendió la cantidad de objetos étnicos, claramente de origen
africano y árabe. Nos mostró nuestras habitaciones, una para
cada uno y dejamos allí las cosas que habíamos comprado.
Luego fuimos a tomar algo. El ambiente del pub que eligió
Omar, era tranquilo. Buena música a un volumen que te
permitía hablar. Él pidió una copa de vino, pero mi hermano y
yo preferimos cerveza. Mi hermano se había levantado a por
otra ronda y Omar aprovechó que estábamos a solas.
― ¿Sigues enfadada?
―No te entiendo.― Podía haber evadido su pregunta
haciéndole ver que no sabía a qué se refería, pero decidí ser
sincera con él. Siempre he creído en las relaciones cimentadas
en la más estricta sinceridad.― Solo eso, pero no estaba
enfadada. Quizá un poco molesta. ―Puso su mano sobre las
mías que estaban encima de la mesa.
―Siento mucho haberte molestado. No suelo ser tan
entrometido, pero despiertas mi parte más protectora. Dije
muy en serio que me gustaría verte feliz, pero evidentemente,
cada cual debe encontrar la felicidad a su manera. La felicidad,
ha de ser un traje hecho a medida. Intenté vestirte con el mío,
y lo siento.
―Omar, hoy en día, hay muchas mujeres que deciden
vivir sus vidas en solitario. No encuentran al hombre
apropiado y no lo necesitan para ser felices. No es una
tragedia. Se puede disfrutar de una vida plena en soledad.―No
había ninguna nota de reproche en mi voz, solo intentaba
explicarle cual era mi punto de vista.
― ¿Es ese tu caso? ¿Has decidido vivir tu vida sin
compartirla?― Me clavó sus ojos, esos que me perseguían en
mis sueños y de los que yo no podía ni quería escapar.
―En mi caso, la vida decidió por mí.
―No quiero que vuelvas a enfadarte conmigo, pero tengo
que decirte esto y espero que entiendas que no lo digo para
reabrir tu herida ni causarte más dolor, pero… su vida es la
que ha terminado, no la tuya. El mundo seguirá girando, Ana,
contigo o sin ti. No creo que seas de esas personas que se
sientan a mirar como otros disfrutan en el parque de
atracciones, creo que tú eres de las que se suben a todo y si la
dejan, repite. Eres la que saluda desde arriba y grita como una
loca incapaz de reprimir las carcajadas, ¿me equivoco?
―Negué con la cabeza. Esa era yo, o lo había sido hasta hacía
algún tiempo. Un tiempo que ya duraba demasiado. En otra
ocasión, o si aquellas palabras hubieran sido pronunciadas por
otra boca, me habría enfadado muchísimo, pero supe que no
pretendía hacerme daño, solo abrirme los ojos a una realidad
que yo empezaba a estar dispuesta a asumir. No le faltaba
razón.― Tu vida aún no ha decidido nada, Ana.―Me sonrió.
Intentando que aquel comentario no resultase doloroso. Yo le
devolví la sonrisa para hacerle saber que no me había
molestado. Había echado de menos aquellas conversaciones, y
su voz.
Llegó mi hermano con las cervezas y él apartó su mano.
Terminamos la bebida y yo propuse la retirada. Estaba cansada
y quería dormir un poco. Desde que llegamos a Alemania no
habíamos parado.
―Ana, ¿te molestaría volver con Omar? Antes he
conocido a un grupo bastante majo y me apetece quedarme un
rato más.
―No, pero, ¿sabrás encontrar luego la casa?
―Claro, no te preocupes.
―Pablo, te dejaré las llaves en el hueco de la ventana. Así
podrás entrar cuando llegues.
―Estupendo, gracias.
Omar y yo, nos tomamos las bebidas y luego nos
levantamos y salimos del local. Su casa no estaba lejos, fuimos
dando un corto paseo. Llegamos a la casa y Omar colocó las
llaves en la ventana, tal y como le había dicho a mi hermano
que haría y entró después de mí. Yo me dirigía a la habitación
que Omar había preparado para mí.
― ¿Te importa si me doy una ducha antes de dormir?
―Estás en tu casa. Tienes toallas limpias en el armario que
hay bajo el lavabo. Hay gel y champú en la repisa. Puede que
no sean de tu marca favorita, pero cumplirán con su cometido.
―Gracias. ― Cogí mis cosas y me metí en el baño. Me
desnudé y abrí el agua de la ducha que empezó a templarse de
inmediato. Me enjaboné el cuerpo, pero decidí no lavarme el
pelo. Era tarde y no tenía secador. Me sequé con la toalla y me
puse las braguitas. ¡Mierda! No había comprado ningún
pijama o camisón. Enrollé de nuevo la toalla y asomé la
cabeza por la puerta. ― Omar… ―Llamé con la esperanza de
que me oyera y no tener que salir de esa guisa. No tardó en
aparecer. Me miró de un modo que me hizo tragar con fuerza
para dejar espacio a las palabras que se habían quedado
atrapadas en mi garganta.
― ¿Necesitas algo?
―Me he olvidado de comprar un pijama…―Dije
avergonzada. ― ¿Te importaría prestarme una camiseta para
dormir?
―Deja que mire a ver qué encuentro. ―Apareció en unos
segundos con una camiseta de color blanco y un bóxer, no de
esos elásticos, sino de los anchos de tela, tenían un estampado
de rayitas azules, grises y blancas, que no le pegaban nada,
pero servirían. ―Ya veo que desapruebas mi ropa interior.
―Me puso a prueba, pero era más una invitación a hablar de
algo íntimo que un reproche.
―No soy quien para opinar sobre algo tan personal, pero
la verdad es que no te pegan nada… y gracias. ―Susurré de
nuevo. Cerré la puerta y me puse mi salto de cama
improvisado, recogí el baño, metiendo mis cosas en la bolsa
donde antes estaba la lencería, lo dejé todo en mi habitación y
salí a su encuentro. Él me esperaba en el salón con dos copas
de vino y la voz de Nina Simone entonando su famosa
“Feeling good”. Me ofreció una de las copas y yo la acepté
agradecida. Iba descalza, pero no hacía frío, me senté en el
sofá y crucé las piernas, era una costumbre que tenía desde
niña. Él sonrió.
― ¿Qué tal está Daniel?―Me preguntó. Yo no quería
hablar de Daniel. No quería seguir justificando por qué no
quería estar con él, ni con ningún otro. La razón era sencilla,
yo no había sido capaz de mirar a ningún otro hombre tras la
muerte de Miguel, excepto a Omar. Era un pulso absurdo y
constante detrás de mi consciencia que me empujaba a él, algo
visceral. Sus ojos, su olor… Yo necesitaba perderme en ellos,
me llamaban a gritos. Me perseguían en mis sueños. ¿De
verdad él no se daba cuenta? ¿Qué podía hacer? Solo podía
enfrentarlos, así que le miré directamente.
― ¿Qué quieres de mí?―Esperé, pero no me contestó.
Estaba cansada de ese juego.― Creo que es tarde y debería
irme a dormir. Dejé la copa sobre la mesa y fui a levantarme,
cuando su mano agarró mi muñeca con suavidad.
― ¿Puedo elegir?―Yo le miré confusa. No me dio tiempo
a contestar.―Preferiría que no lo hicieras.―Luego, tirando de
la mano me sentó sobre él. Tras sus ojos negros vi una
pequeña explosión, antes de acariciarme la cara y pasear su
pulgar por mi labio inferior. Como si me anunciara sus
intenciones y me diera tiempo para oponerme, pero no me
opuse. Ardí allí mismo en la hoguera de sus ojos. Entonces me
besó. Un solo beso bastó para consumirnos. Para anticipar
todo lo que estaba por llegar. ― Ven conmigo.―Se levantó
cogiéndome de la mano y yo le seguí, caminando entre las
sombras, sin plantearme si quiera si quería hacerlo. Fue una
respuesta refleja a su voz, no podía negarme a nada de lo que
aquella voz me pidiera. Nos detuvimos frente a la puerta de su
habitación. Yo le calvé mi mirada y le acaricié la cara y él
puso su mano sobre la mía y luego me besó en la palma. Una
ola de calor recorrió mi cuerpo y cerré los ojos para
concentrarme en el calor de sus labios sobre mi piel.
― ¿Qué quieres de mí, Omar?
―Nada… y todo.―Me dijo en apenas un susurro que
recorrió mi espina dorsal y me obligó a estremecerme. Su voz
era suave, tranquila, pero firme, y su mirada, estaba cargada de
intenciones y deseo. Luego me acarició la mejilla con su
pulgar mientras enmarcaba el resto de la cara con la palma de
su mano. Le miré y me perdí en su negrura, él respiró
profundamente, despacio, sin apartar su mirada mientras iba
descendiendo con sus labios en busca de los míos. Los
encontró dispuestos, los muy traidores se abrieron y le
recibieron agradecidos. Me besó despacio primero,
reconociéndome, luego con fuerza, con una pasión que no me
había atrevido a imaginar y yo le devolví el beso con la misma
urgencia con la que había necesitado sus ojos. Con la misma
resolución que había sentido en su voz. Cómo si de pronto
hubiera despertado de un largo sueño. Abrió la puerta y fue
empujándome adentro sin dejar de besarme. Se quedó parado
frente a mí, mirándome. Luego, me acercó por la cintura hasta
que nuestros cuerpos estuvieron pegados.
―El tiempo, no ha sabido hacer su trabajo. Ahora, deja
que sea yo quién lo intente.―Me susurró, llevando su boca
hasta mi oreja y paseándose después por mi cuello. Me
estremecí al sentir su cálido aliento y me dejé llevar por el
calor de sus manos, sintiéndolas aún sobre mi ropa, que no
tardó mucho en desaparecer. Sus manos, aterrizaron de forma
eficaz en cada recoveco de mi piel, seguidas de sus labios y
cada célula de mi cuerpo cobró vida de nuevo, sacudida por
una corriente eléctrica.
Aquella noche sobre su pecho, volví a soñar.
Oí cerrarse la puerta, ya de madrugada. Daniel acababa de
llegar y yo me estreché contrariada a su cuerpo, ahora
consciente de que pronto tendríamos que volver a separarnos.
Bueno, había sido una noche maravillosa, pero ahí quedaría
todo. Me obligué a pensar que aquello llegaría a su final en un
par de días, con suerte. Tal vez antes. Puede que no volviera a
repetirse jamás. Me sentí abrumada por aquellos pensamientos
y fui consciente de que yo no quería que acabase. ¿Pero qué
otra cosa podía esperar? Sentí como la tristeza se apoderaba
poco a poco de mí y me obligué a levantarme para volver a mi
habitación. Una mano apresó mi muñeca.
― ¿Dónde crees que vas?
―A mi habitación…―Dije contrariada. En realidad yo no
quería irme, necesitaba sentirle junto a mí, pero no quería
hacer las cosas más difíciles, lo mejor era ir haciéndome a la
idea.
―Aún no he terminado contigo.― Dijo sonriendo y luego,
tiró de mi muñeca obligándome a volver a la cama junto a
él.― Cualquier terapia requiere tiempo.
―Pero no tenemos tiempo.―Le advertí yo.― Solo nos
queda hoy.― Sonrió comprendiendo mi temor, mis dudas.
―Soy tu médico, la terapia no ha terminado, así que
tendremos que encontrar la manera de alargar ese tiempo. Un
día no es suficiente.
―Mi avión sale pasado mañana y tengo que pasar por
Múnich.
―No tienes porqué coger ese vuelo. No tienes que volver
al trabajo todavía. Quédate conmigo un par de semanas.
― ¿Estás loco?
―Puede. Lo bastante loco para correr el riesgo de pedirte
que te quedes. Lo bastante cuerdo, para reconocer que no
quiero que se acabe. Y lo bastante viejo, para entender que si
te dejo marchar, puede que no vuelva a verte.
―Yo tampoco quiero que se acabe.―Le confesé. Me
abracé a él hundiendo la cabeza en su pecho.
―Ana, no hay garantías. Nadie sabe qué pasará mañana,
pero apuesto a que merecerá la pena descubrirlo contigo.
Quédate.
―Bueno, no nos pongamos serios todavía. Veamos qué tal
nos va hoy, para mañana, aún falta tiempo.―Le dije
dedicándole un sonrisa pícara y buscando sus labios. Él se
colocó sobre mí, llevando mis muñecas por encima de mi
cabeza y luego me miró pícaramente.
―Así que estoy a prueba…
―Algo así. ―Le sonreí.
―Eres tú la que está en terapia.―Me recordó.
―Precisamente por eso, soy yo quien debe decidir si
usted, doctor, es el médico apropiado. Si sus métodos, son
efectivos.―Le dije divertida.
―De acuerdo, creo que tendré que aplicar una terapia de
choque.― Me advirtió, compartiendo mi juego.
―Estoy en sus manos, doctor Kadrahoui…―Entonces, se
acercó a mi oreja y empezó a susurrarme algo en árabe al oído.
No entendí lo que me dijo, pero tampoco me hizo falta. Su voz
en aquel idioma, me excitó de una manera que jamás había
experimentado. Tuve que morder la almohada para ahogar un
grito de placer cuando se derrumbó sobre mí. ¿Cuánto tiempo
hacía que no me sentía así? Nunca. Me sorprendió la
respuesta. Recordé cómo se sintió Laila, cómo me sentía yo,
cuando perdí a Arnau y Hassan ocupó su lugar. Cómo
explicaba ella, bueno yo, lo diferentes que eran las formas de
amar. Ahora lo entendía. Yo quería muchísimo a Miguel y era
un buen amante, jamás necesité nada que él no me diera, pero
este hombre al que acababa de conocer, me desbordaba. No es
que cumpliera mis expectativas o no, es que me
complementaba y completaba, es que jamás hubiera
imaginado que pudiera hacerme sentir así el hecho de
compartir el sexo con alguien. Era fuerte, atento, tierno y
eficaz a la hora de complacerme, como si conociera mi cuerpo
desde siempre, no tenía que decirle dónde o cuándo, él
siempre estaba en el lugar y en el momento oportuno, pero
había algo más, una conexión, como si fuéramos dos músicos
de jazz retándose cada cual con su instrumento, pero en la
misma frecuencia, vibración, clave y tempo, había armonía en
la forma que tenían de entenderse nuestros cuerpos. No me
cabía ninguna duda de que se trataba de Hassan. Por fin, Laila
podría cumplir su última promesa. Le había encontrado de
nuevo y volvían a amarse.
― ¿Qué tal va mi periodo de prueba?―Me preguntó.
―Puede que esta terapia funcione.― Le concedí.
― ¿Puede?
―Aún no lo he decidido.
―Creí que te había convencido cuando mordiste la
almohada.―Me sonrió un poco pagado de sí mismo ¿Se había
dado cuenta?
―Solo comprobaba si era de látex.―Le respondí con
dignidad.
― ¿Y bien?
―Parece plumón.―Me reí y él puso los ojos en blanco.
―Deberíamos dormir algo. Yo no tengo veinte años
¿sabes?
― ¿Y cuántos tienes?―Pregunté curiosa, la verdad es que
no sabía su edad.
―Unos cuantos más.
―Venga, no eres tan mayor… ¿Cuántos?
―Cuarenta y dos.
―Tienes bastante aguante para ser… casi un
viejales.―Me reí y él me cogió por las muñecas colocándose
sobre mí.
―Ana, no me provoques, ¿de verdad quieres llevarme al
límite? Podría darme un infarto y morirías con un viejo encima
de ti.
―Tienes razón, necesitas descansar…―Le recordé.
―Soy un hombre, no puedes cuestionar según qué cosas y
esperar que me vaya dormir.
―Yo no estoy cuestionando nada.―Le dije divertida.
―De acuerdo. Tú lo has querido… Deséame suerte.
―No, para, para… está bien así.―Me reí.―Era una
broma…
―De eso nada.
A la mañana siguiente me desperté y él me rodeaba con
sus brazos. Me levanté para darme una ducha intentando no
despertarle.
― ¿Otra vez intentando escapar? Si fueras una ladrona, te
pasarías la vida en la cárcel.―Me sonrió.
―Solo iba a darme una ducha.
―En el baño no hay salida, por allí no podrás
escapar.―Me advirtió.
―De momento, no pretendo hacerlo, quédate tranquilo.
Estaba terminando de enjuagarme cuando oí que la puerta
se cerraba. Me asomé instintivamente para ver quién era,
aunque no podía ser nadie más que Omar y entonces me topé
con su torso desnudo.
― ¿Puedo acompañarte? Yo también necesito una
ducha.―Me aparté para que él pudiera entrar y sentí su
cuerpo, presionando el mío contra la pared. Fui a darme la
vuelta, pero no me lo permitió, volvió a susurrarme en árabe y
yo me rendí a su voluntad. Cómo si con aquel lenguaje pudiera
controlar mi mente. Esta vez fue mucho más violento, más
urgente. Después de arrinconarme y hacer conmigo lo que
quiso, se sentó bajo la ducha en el pequeño asiento que había
para el hidromasaje y conectó los chorros, me atrajo hacia él y
me sentó sobre sus piernas, bebiendo el agua que bajaba por
mis pechos, marcando el ritmo con sus manos. Yo le
necesitaba tanto como él a mí. ¿Acaso no llegaríamos a
saciarnos nunca? Bajamos a desayunar y al poco rato bajó mi
hermano.
―Buenos días.―Saludó Pablo.
―Buenos días.―Le respondió Omar con una
sonrisa.―Hay café recién hecho. ―Pablo cogió una taza
limpia que había encima de la mesa y se proporcionó su dosis
de cafeína― ¿Qué tal anoche?
―Pues lo cierto es que bastante bien. Conocí a un chico de
Barcelona que está estudiando aquí, Marc. Tal vez hoy nos
acompañe.―Me guiñó un ojo.
―Estupendo. ― Dijo Omar todavía sonriendo. Luego
salió de la cocina y subió las escaleras.
― ¿Qué tal tú, hermanita?―Yo puse los ojos en blanco. Si
Daniel, era cotilla, mi hermano lo era el doble.
―Bien.
―Por la sonrisa de Omar, yo diría que fue mejor que bien.
―Pues mejor que bien.―Le concedí intentando no darle
demasiada importancia. Pero se me escapó una sonrisa que me
delató de inmediato.
―Venga, Ana, Daniel tenía razón, le gustas y a ti también
te gusta.― No me gustaba, qué va… esa palabra se quedaba
corta, muy corta. Se me escapó otra sonrisa nerviosa.
―Sí, creo que sí.
―Espera, tú también tienes esa sonrisa de idiota.―Me
reprochó.
―Si solo la tuviera él, no habría sido mejor que bien.―Al
final entré en el juego.
― ¿Qué harás?
― ¿A qué te refieres?
―Vamos, te conozco, sé que cuando encuentras tu presa
no la sueltas. Siempre te acabas llevando el gato al agua.
―No lo sé.―Reconocí.― Él quiere que me quede. Pablo,
tú sabes que esto no puede llegar a ninguna parte, no gano
nada… unos días, unos meses, pero tendré que volver y él no
vendrá conmigo. Me quedaré sola y con el corazón
destrozado.―Le contesté en valenciano, una lengua local de
mi región, para que si Omar estaba escuchando no pudiera
entender lo que decía, necesitaba hablar con alguien de
aquellas dudas que amenazaban mi felicidad como las nubes
presagiaban una tormenta.
―Puede ser, pero nunca conocerás la verdad si no te
quedas. Nadie está esperándote, él está dispuesto, hermanita,
no hay duda. Desde que se dio cuenta en el castillo de que eras
tú, no ha querido alejarse en ningún momento de ti.
―Ya veremos. Me gusta mucho, es cierto, pero sabes que
nunca he creído en las relaciones a distancia.
Omar entró en la cocina en ese momento.
― ¿Listos para salir?
―Listos.― Le respondí yo con una mueca que pretendía
ser una sonrisa.―Cogeré mi bolso.
Mi hermano llamó a Marc y pasamos a recogerlo, vivía
cerca, a un par de calles. El coche de Omar era grande y muy
confortable. Un Mercedes con la tapicería de piel en color
crema. Tardamos un rato en llegar a nuestro destino y luego
pasamos el día de un lado para otro viendo el lugar, tenía
mucho encanto. Omar nos contó las leyendas más importantes
y siempre le daba ese toque mágico y místico que las hacían
seguramente, más interesantes de lo que eran en realidad.
Como la de aquel Robin Hood alemán, Matthäus Klostermayr,
al que todos conocían por otro nombre, “Bayerische Hiasl” y
que tenía su propia exposición en un museo local. Marc y
Pablo habían ido a por bebida y Omar aprovechó aquel
momento a solas.
― ¿Qué harás?―Le miré sin comprender a qué se
refería.― Te marchas, ¿eh? ¿Acaso no he superado el periodo
de prueba?
―Ampliamente superado…―le sonreí― pero la verdad,
es que no sé qué hacer.―Le confesé mis dudas. ― ¿Qué
ocurrirá si me quedo? Pasaremos unos días juntos o unas
semanas, da igual. Lo que es seguro, es que un día tendré que
volver.
―Pero no tiene porqué ser mañana.
―Omar, deja que sea sincera contigo. Me siento muy
atraída por ti, creo que no hace falta decirlo porque es más que
evidente, tenemos una conexión que sé que no es fácil de
encontrar y eso hace que ahora mismo, sea víctima de la
madre de todas las guerras en mi interior, quiero quedarme y
vivir este momento contigo, pero no creo en las relaciones a
distancia. ―Le sonreí.
―Lo entiendo y sé que tienes razón, pero algo dentro de
mí se rebela ante la idea de dejar que te vayas. ¿Volveré a
verte?
―Espero que sí. Tal vez, puedas venir a verme a España…
Vayamos despacio y disfrutemos del camino. Dejemos que las
cosas se vayan asentando por sí solas, ¿de acuerdo?
―Espero que no lo digas por decir, porque podría tomarte
la palabra.
―No lo digo por decir, quiero que lo hagas. Esperaré que
lo hagas.―Me abrazó y me besó en el pelo, con ternura y
cierta tristeza.―Tres meses en un campamento en el desierto y
tiene que ocurrir ahora.
―Las cosas suceden siempre en el momento oportuno. En
el desierto, te gustaba más pelear.
―Vamos, no lo dices en serio. No dejabas de provocarme.
―Lo reconozco, discutir contigo en francés es una de las
cosas más graciosas que he hecho en mi vida.―Se rio.
― ¡No te burles! Me cabreaste de verdad…
―No me burlo, pero es cierto. ¿Por qué te molestó tanto?
―Supongo, que porque en ese momento yo estaba
haciendo el esfuerzo más grande de mi vida por salir adelante
sola y sentí que lo menospreciabas. Llegas con ese aire de
suficiencia y me dices que debería rehacer mi vida, que
debería buscar un hombre… ¡Y pensaste en Daniel! ¿Por qué
Daniel y no tú? ¡Él es un crío! Es amigo de mi hermano, jamás
lo he visto de ese modo. Pero lo que más me molestó es que
pensaras en él y no en ti. Y para colmo, vas y me sueltas que
estás buscando a la persona apropiada, y yo delante de ti
pensando, ¿qué soy yo, un mono?
―De verdad no te diste cuenta… Yo creía que estabas
jugando conmigo, pero tú no te diste cuenta.
― ¿De qué me hablas?
―Cualquier mujer se habría dado cuenta, de hecho, el
resto no hacía más que cotorrear al respecto. No suelo buscar a
ninguna de ellas para fumarme un cigarro en plena noche. De
hecho, no suelo fumar.
―Y eso quiere decir que…
―Ana, no eres una niña.
― ¿Comparada con quién, señor maduro? Pues vaya
forma de hacerme saber que estabas interesado…
―Yo no corro detrás de nadie, Ana, al menos hasta el
momento. Dejo que las cosas fluyan, sin más.
―Demasiado sutil.
―No esta vez.―Me lanzó una mirada cargada de
intenciones.
―No, ―le concedí― esta vez lo he pillado.―Me reí.
―Voy a ponerme serio, pero no quiero que te asustes. No
sabes lo que me costó dejarte marchar. Habría salido corriendo
detrás del maldito camión como un loco, pero me avisaron del
hospital y tuve que atender a tres críos con gastroenteritis. Ya
sabes cómo es aquello. Ahora, te encuentro y tengo que dejarte
ir de nuevo. Me gustaría encontrar la forma de convencerte,
pero creo que empiezo a conocerte y no pienso insistir más. Te
he dicho lo que quiero y he escuchado tu postura al respecto,
que es lo más sensato que he oído en mucho tiempo, aunque
no me guste, no me queda más remedio que admitirlo, pero no
sé qué esperas tú de mí y me gustaría saberlo. ¿Quid pro quo?
―No tengo expectativas. Una vez hice planes, pero ya no
quiero mirar al futuro como si me perteneciera. Ahora solo
vivo en el presente y es de lo único que puedo hablarte. Me
has devuelto a la vida en más sentidos de los que puedes
imaginar. No creas que me tomo esto a la ligera y que voy a
marcharme y a olvidarme de ti. Ojalá… pero sé que eso no va
a pasar. No digo que no me asuste, pero puedo con ello, lo
único que te pido es que no forcemos las cosas y dejemos que
surjan de manera natural, ¿te parece? No le estoy poniendo el
punto final, si es lo que piensas, aunque creo que los dos
sabemos que sería lo más fácil. Estoy dispuesta a darnos una
oportunidad. Te prometo que si tú quieres, volveremos a
vernos.
―Ten cuidado con las promesas que me hagas, porque
podría obligarte a cumplirlas.―Hablaba como Hassan. ¿Acaso
él también recordaba nuestra vida anterior? ¿Era eso posible?
―Puedes obligarme a cumplir esta: Te esperaré en
Alicante.
―De acuerdo. ―Me sonrió.― No nos despidamos aún.
Aún no.
―Aún no.
Pasamos el día de forma más o menos tranquila. Ambos
conscientes de la inminente separación, pero sin querer hablar
de ella. No pude evitar pensar en Laila y en Hassan. Todo
aquello quedaba muy lejano, pero a la vez tan presente… No
sabía lo que pasaba, apenas conocía a aquel hombre pero le
hacía promesas como si fuera un amor de toda la vida. En
realidad, sentía un vínculo muy extraño que me unía a él. Algo
que hacía aquella despedida mucho más dolorosa de lo que
debía ser en realidad. Sentía que dejaba una parte de mí en
aquel lugar.
Le pedí que no me acompañara al aeropuerto a pesar de su
insistencia. Sabía que si le veía allí no subiría al maldito avión
o lo haría llorando y no necesitaba ninguna de esas cosas, o
tal vez sí, pero hui de ellas.
5
Llegamos a Alicante en unas tres horas. Mi madre nos
esperaba en la terminal de llegadas con su sonrisa y los brazos
abiertos. Siempre abiertos y dispuestos para prestártelos para
lo que fuera que los necesitases.
―Hola, mamá.―Le abracé.
―Hola, cariño. ¿Qué tal lo habéis pasado?
―Muy bien.
―Unos, mejor que otros.―Añadió Pablo.
―Cállate.
― ¿Qué os pasa?
―Nada.―Dijimos a la vez. Yo con exasperación y él,
divertido. Inconsciente.
―De acuerdo. Ya me lo explicaréis, supongo.
―Me encontré con un amigo. Un médico del campamento,
y surgió algo.
―Pero…
―Pero él está en Alemania y yo estoy aquí. Eso es todo.
―Entiendo. Vamos a casa, descansa un poco, come algo,
date un buen baño y mañana, todo será diferente.―Sonreí
soltando el aire por la nariz.
―Puede que sea lo mejor.
Llegué a mi casa y dejé la maleta en la entrada, no me
entretuve en deshacerla. Abrí una botella de vino, me serví
una copa y me fui directa a darme un baño. Necesitaba pensar.
Encendí unas cuantas velas y eché sales de baño en la bañera.
Puse el agua un poco más caliente de lo necesario y me
sumergí en ella. Miré la copa atentamente. Como si intentara
descubrir en su interior la respuesta. Solo veía su cara, su
boca, sus ojos… Sentí su mirada clavada en la mía y me
estremecí. Todo mi mundo estaba patas arriba. Cuando Carlos
me hizo la regresión a mi pasado, no habló de las
consecuencias. ¿Cómo era posible que ocurrieran esas cosas?
¿De no haberme sometido a aquella regresión habría pasado?
¿Cómo era posible que dos personas que han compartido ya
una vida vuelvan a coincidir en otra? Nos separaban océanos
de tiempo, unos novecientos años, y nos hemos vuelto a
encontrar. ¿Una segunda oportunidad? ¿Acaso la vida era así
de generosa? “No esperes nada y lo poco que recibas te lo
parecerá todo”, me había dicho siempre mi padre. Yo no
esperaba nada, porque sin Miguel ya no había nada y de
pronto… TODO. De golpe. Sin avisar. ¿Para volver a
perderlo? No, yo no podía permitirlo. Si la vida me daba
aquella oportunidad debía de ser por algo, yo tenía que
aprovecharla, y lo haría.
Laila, a veces pasaba semanas sin Hassan, ¿cómo lo hacía?
¿Cómo podía aguantar? Sentía un vacío en el pecho, una
ansiedad que no me dejaba respirar. Tendría que
acostumbrarme. Aquella noche, soñé con un avión que
despegaba. El sol se reflejaba en algunas de las ventanillas y
luego mi teléfono sonaba, era Omar. Sonó el despertador y yo
me odié por haberlo puesto. ¿Por qué lo había hecho? No tenía
que hacer nada. Costumbre.
― ¿Carlos?
― ¡Hola, Ana! ¿Qué tal en Múnich?
―Carlos, tenemos que hablar. Necesito hablar contigo
antes de que yo misma me ingrese en el psiquiátrico.
―De acuerdo. ¿Estás bien? ¿Qué pasa?
―Que hemos abierto la caja de Pandora. Luego te lo
cuento. ¿Quedamos para comer?
―Claro.
Preparé algo de pasta y una ensalada y cuando sonó el
timbre fui a abrir impaciente y recibí a mi amigo con un
abrazo cargado de desesperación.
― ¡Vaya, chica! Menudo recibimiento… Cuéntame lo que
pasa antes de que explotes. ―Yo asentí agradecida.
―Verás, ¿recuerdas lo que te conté mientras me hacías la
regresión? La historia de Laila…
―También es tu historia.― Me corrigió.
―Sí, mi historia y no sabes hasta qué punto. Le he
encontrado.―Le miré esperando alguna reacción por su parte,
pero no llegó, así que decidí continuar.― A Hassan. Le he
encontrado o él me ha encontrado a mí, no sabría decirte. Se
llama Omar, llegó con el reemplazo de personal sanitario al
campamento. Era el médico. El caso es que me fui a Múnich,
mi hermano siempre me regala un viaje por mi cumpleaños y
bueno, nos fuimos unos días. Pues bien, cuando estaba
visitando un castillo de pronto oí que alguien me llamaba, era
él. Omar es alemán, pero yo no pensé si quiera en esa
posibilidad cuando decidí ir.―Esperé unos segundos.― Di
algo, por favor. Me estoy volviendo loca. ¿He imaginado todo
esto?
―No lo creo. Él sabe…
―Yo no le he dicho nada, pero a veces, siento que sí.
Habla como Hassan, incluso utiliza las mismas frases. Lo más
extraño, es que cuando me habla en árabe…
― ¿Te habla en árabe?
―Solo a veces, cuando no le importa que no le entienda.
Me susurra en árabe al oído y yo pierdo el control sobre mí
misma.
―Es la historia más increíble que he escuchado en mi
vida.
― ¿Qué opinas?
― ¿Sobre qué?
―Sobre lo que sea… ¿Por qué crees que nos hemos vuelto
a encontrar en esta vida?
―Puede que os hayáis estado buscando durante
novecientos años, en algún momento teníais que volver a
coincidir. ―Se rio.
―Pero él era musulmán… ¿No debería estar en un cielo
rodeado de un montón de vírgenes?
―Puede que renunciase a él para volver a encontrarte o
simplemente, puede que no exista. Yo no tengo todas las
respuestas.
― ¿Y ahora qué debo hacer?
― ¿A qué te refieres?
―A Omar…―Bufé.― A mi vida.
―Vivirla. ¿Tú qué quieres hacer? Esta es una vida
diferente. Os habéis encontrado, pero no tenéis porqué repetir
la vida anterior. Esta es una vida nueva y tienes derecho a
hacer con ella lo que quieras. No te debes a él, si es a eso a lo
que te refieres.
―Mira, no sé explicarlo mejor, así que procura echarle
imaginación para seguirme, ¿vale?― Cogí aire.―
Precisamente es eso lo que quiero. No puedo ni quiero escapar
de esta historia. Hay algo que me une a él de un modo
inexorable.
― ¿Y qué haces aquí?
―No lo sé. Este es mi lugar. Mi familia, mi trabajo, mis
amigos. Él quería que me quedara, me dijo que ahora que
había vuelto a encontrarme, no quería perderme otra vez.
―Ana, creo que él lo sabe. Al menos tiene que intuir algo.
―No lo creo, es médico, si es la mitad de escéptico que mi
madre…
―Algunas personas tienen flashes de imágenes,
situaciones, recuerdos de personas… pero no recuerdan haber
vivido esas cosas. Yo solo sé que desde que murió Miguel, no
te he visto feliz, hasta ahora. Hace ya casi tres años. Tienes
que darte permiso para ser feliz de nuevo. Lo que te ha
ocurrido es más difícil que… que te toque la lotería.
Aprovéchalo. Mira, tú mejor que nadie deberías saber que solo
tenemos el “ahora”. Hoy estás aquí, pero nadie te puede
garantizar el mañana. La vida te da lo que quiere y te lo quita
cuando quiere. Por eso siempre tenemos que vivir en el
presente. El pasado ya se ha ido y el futuro aún no ha llegado,
pero este segundo, éste, es nuestro.
―Gracias, Carlos. Siempre sabes qué decir.
― ¿Comemos?―Me sonrió.―Tengo hambre y ya sabes,
que solo puedo pensar en el ahora―Me reí.
―Tallarines al pesto.―Le guiñé un ojo, sabía que le
gustaban.
―Bendita seas, Ana, tú y estos tallarines que me van a
alimentar.
―Bueno, ¿qué tal te fue con el hombre en cuestión? Ya me
has dicho todo lo importante, lo sé, ahora quiero los detalles.
―Es guapo, inteligente… y habla español. Tiene cuarenta
y dos años y es médico.
―Es perfecto. ¿Tiene un hermano?―Nos reímos.
―Pues no lo sé. No sé mucho de él, la verdad.―Sonó el
teléfono y me levanté para contestar. Había dejado el móvil en
la cocina. Era una llamada de whatsapp. ¡Omar!― Perdona un
segundo… ¡Es él! ―Grité eufórica desde la cocina. Carlos se
partía de la risa.
― ¿Ya me echas de menos? ―Le dije a modo de saludo.
―Aún no. Te robé unas bragas y de vez en cuando las
olfateo. ¿Qué tal tú vuelo? ¿Es mal momento? ¿Puedes hablar?
―Claro, estoy comiendo con un amigo, pero es una
persona paciente y no le importará esperar. ―Volví al comedor
para avisar a Carlos de que empezara sin mí, pero no hizo falta
decir nada. Carlos ya había empezado y un tallarín sobresalía
de su boca mientras intentaba engullir los que estaba
triturando, me hizo gracia. ―De hecho, no piensa esperar, por
lo visto. ―Me reí.
― ¡Lo sientooo, pero estoy famélico! ―Gritó Carlos.
―Tal vez podríamos hablar en otro momento, no quiero
molestar. Llámame cuando estés libre, ¿de acuerdo?
―Espera, ya que has llamado, deja que te diga algo…―
Bajé el tono para que Carlos no pudiera oírme.― Me encanta
tu voz y desde que llegué, no dejo de pensar en ti. Yo no fui
tan precavida como tú, se me olvidó robarte tus boxer.
―Me alegra escuchar eso, porque yo tampoco dejo de
pensar en ti, aunque estoy un poco enfadado porque te hayas
ido y me hayas dejado aquí, solo y triste… y porque me hayas
reemplazado por ese amigo famélico. ―Su tono era divertido,
en realidad no estaba enfadado. ―Solo quería saber si habías
llegado bien. Y ya veo que sí. Si esta noche estás en casa, tal
vez podamos hablar un rato por Skype, ¿te parece?
―Me parece perfecto. Carlos te envía un saludo y dice que
quiere conocerte. ―Era cierto. No paraba de hacer todo tipo
de gestos y pronunciar palabras en susurros para que yo se las
dijera, pero hice una breve síntesis de su verborrea.
―Dile que será un placer conocerle en cuanto consiga que
una amiga que tengo en Alicante, me invite a visitarla.
―Ya estás invitado, no te hagas la víctima.
―Vete a comer, anda. Hablamos luego. ―Iba a colgar
cuando oí su voz llamarme. ―Ana…―Me coloqué el teléfono
de nuevo junto a la oreja.
―Dime…
―Sé buena.
―Me llaman Santa Ana, no te preocupes.
―Adiós, Santa Ana.
―Te veo esta noche.―Colgó.
Me senté a la mesa con la cara de boba y sin poder
disimularla. Carlos, seguía devorando su plato de pasta y me
miraba divertido. Yo miré el mío e intenté comer algo, pero no
me entraba la comida, solo quería volver a escuchar su voz,
cálida y segura, proyectando mi nombre como un mantra.
Quería ver esos ojos atrayéndome a sus profundidades como
dos agujeros negros y sentir su calor, su pecho latiendo bajo
mis manos…
― ¿Te lo vas a comer o estás esperando que se te metan
solos en la boca?
―Creo que no tengo hambre.
―Ana, por favor, que no tienes quince años…
― ¿Qué quieres que te diga? Tengo el estómago del revés.
―Lo que tienes es una cara de tonta…―Me reí y él
también.
―No seas malo.
― ¡Ay! Si tu hermano me hubiera mirado alguna vez así…
―Calla, anda… No te merece.
― ¡Pero yo sí me lo merezco a él, leches! ¿Qué le pasa al
Destino? ¿Cuándo se va a dar cuenta de que estamos hechos el
uno para el otro?
― ¿Qué tal con ese hombretón con el quedaste la semana
pasada?
―Pues como todos. Parecía que sí… pero no.
― ¿Qué les pasa a los hombres?
―Anda, anda… tú ni me hables, traidora.
Cuando Carlos se marchó, me eché en el sofá para dormir
un rato la siesta, pero debía estar más cansada de lo que
imaginaba porque se me fue de las manos.
La musiquilla de Skype me avisó de que algo pasaba,
aunque no estaba muy segura de dónde procedía ni de qué se
trataba. Aún con la baba colgando, intenté resolver el misterio
y me costó un poco más de lo previsto. Encontré el portátil en
el despacho, pero la música ya había cesado. ¡Mierda! Era
Omar. ¿Qué hora era? Las siete. ¡Las siete! ¡Joder!
Fui al baño, me lavé los dientes y la cara, y me recogí el
pelo en una coleta. Quería estar presentable. Me senté frente al
portátil y le di a la cámara de vídeo. La música empezó a sonar
y el rostro de Omar no tardó en aparecer en mi pantalla. Estaba
un poco nerviosa, pero contenta también. Tonta. Lo que
estaba, era tonta.
―Hola. ¿Te he pillado en mal momento?
―No. Es que cuando se ha ido Carlos, me he echado un
rato en el sofá y me he quedado dormida.
― Ah… La siesta.
―Eso no ha sido una siesta, creo que he entrado en un
coma profundo. ―Me reí. ―Creo que tu llamada me ha
salvado de quedarme así para siempre.
―La Bella Durmiente… ¿Es tu manera de pedirme que
vaya a rescatarte con un beso?
―Tal vez… ¿Lo harías?
―Se nos han acabado los corceles blancos, pero tengo un
Mercedes negro más veloz que el viento, no tientes tu suerte,
Princesa.―Me reí.
―No serías capaz.
― ¿Me estás retando? Te aviso de que estoy deseando que
me des una excusa, aunque sea pequeñita para no quedar como
un obseso, así que tú misma. Sigue por ese camino y a ver
dónde nos lleva.―No estaba muy segura de si hablaba en serio
o no y me daba igual. Yo solo quería volver a sentirle cerca.
―No me des ideas.
―Ana…―Usó un tono de voz como el de un padre que
advierte a su hijo de que está llegando a su límite.
―Omar…―Imité aquel mismo tono, aunque debo
reconocer que no sonó igual. Se rio.
― ¿Qué tal con tu amigo?
― Estábamos hablando de ti, ¿sabes?
― ¿De qué hablabais?
―Bueno, de las casualidades de la vida…
―Las casualidades no existen, todo pasa por una razón.
― ¿Y cuál es la razón de que nos encontráramos?
―Tal vez, nos hayamos estado buscando…
―Yo no te estaba buscando.―Protesté.
―No importa, yo sí te buscaba a ti, y te he encontrado.
―Me alegro de que me encontraras.
― ¿Has sido buena? ―Dibujé con mi dedo una aureola
imaginaria sobre mi cabeza.
―Santa Ana, ¿recuerdas?
―Y… ¿te apetece ser mala un rato? ―Como informática
he de decir, que no es difícil acceder a las imágenes de la
cámara de un ordenador, pero claro, yo tenía mi ordenador
protegido a prueba de hackers, la cuestión era si lo tenía él.
― ¿Sabes que soy informática?
―Lo sé… ¿Y?
―Lo que me pides es lo mismo que tener sexo sin
protección. Tienes que darme permiso para que acceda a tu
ordenador, lo limpie y lo proteja. Cuando acabe, se te habrán
quitado las ganas. Además, no me conoces de nada, Omar. No
te aconsejo que le des ese acceso a nadie, si no es
absolutamente necesario.
―Créeme, es necesario. Una emergencia. ―Mi gesto le
reprochaba su actitud infantil, pero estaba claro que también
me divertía. ―Ahora voy a tener pesadillas con hackers
mirándome desde la webcam.
― ¿A qué crees que me dedico? Tengo todo el día libre,
¿recuerdas?
―Espero que siempre disfrutes de las vistas, ahora que lo
sé, voy a explotar mi lado más exhibicionista. ―Solté una
carcajada. Era un tipo inteligente y tenía un gran sentido del
humor, a pesar de lo que pudiera parecer en el campamento,
conmigo no se comportaba de aquel modo distante y frío, todo
lo contrario. Era cercano y muy intenso. Era franco y no hay
nada en el mundo más sexi, que un hombre que te mira de
frente y te habla con honestidad. ―Unos pitidos alertaron a
Omar. Miró su móvil o quizá fuera un busca, estaba sobre la
mesa y no lo vi bien. Puso mala cara. ―Ana, disculpa, pero
vamos a tener que dejar esta conversación tan interesante para
otro momento. Me llaman del hospital y he de irme. Te llamo
mañana, ¿de acuerdo?
―Claro. Vete y no te preocupes. Espero que no sea grave.
―Por desgracia, parece que sí lo es. Lástima no poder
darte un beso, pero te lo mando igual.
―Tranquilo. Vete. Adiós. ―Colgó.
Había salido para ver amanecer en la playa. No estaba
lejos de casa y me gustaba sentarme en la arena, fría a esas
horas y mirar el mar mientras el sol asomaba tímido por el
horizonte, como quien asoma la cabeza para ver si hay alguien
mirando. Tenía mucho en lo que pensar. No solo se trataba de
Omar, tenía que retomar las riendas de mi vida. Estaba de
excedencia, pero mis ahorros no eran infinitos y en algún
momento tendría que volver a trabajar. El piso me encantaba,
pero había demasiados recuerdos de Miguel en él y me
recordaba constantemente, que entre aquellas paredes no
estábamos todos, que allí siempre faltaría alguien. A las 8:30
de la mañana, entraba en casa. Encendí la cafetera y me
preparé una taza de café. El ordenador me avisó de que tenía
una llamada de Skype y fui derechita a por él. No me había
mirado en ningún espejo, pero me dio igual. La cara de Omar
aparecía en la pantalla y descolgué.
―Buenos días, Bella Durmiente.
―Buenos días, Príncipe Madrugador. ―Me sonrió. ―
¿Qué tal anoche? Parecías preocupado cuando te fuiste.
―Pues la cosa se torció un poco, pero conseguimos
estabilizar al paciente. Saldrá de esta, pero puede volver a
tener otra crisis en cualquier momento. A veces, simplemente,
no tenemos las respuestas…
― ¿Estás bien? Si necesitas hablar de ello, estoy aquí. Mi
madre también es médico y sé que a veces es difícil
desconectar.
―Tranquila. Estoy bien. Solo estoy un poco cansado…
―Bostezó. ― Ha sido una noche larga.
― ¿Y qué haces aquí hablando conmigo en lugar de estar
en la cama? ―Le di un sorbo al café.
― ¿Eso es café? ― Hizo un puchero. ― Todo lo que
necesito está al otro lado de esta maldita pantalla…―Se quejó
y yo me reí.
―No seas llorica. Si quieres, te preparo uno.
―Por favor, con dos cucharaditas de azúcar. Quería verte
antes de irme a dormir. ¿Qué harás hoy?
―Tengo que ir al banco y a hacer algunas gestiones.
Luego intentaré pensar qué hacer con mi vida.
―Vale, esa conversación requiere de una atención que en
este momento no soy capaz de mantener, pero no me lo quiero
perder. Así que te llamo cuando me levante y si te apetece,
hablamos. ¿Estás bien?
―Estoy bien, vete a dormir y luego hablamos.
―Vale, pero si necesitas algo, me despiertas. Tengo el
sueño ligero, gracias a los años y años de guardias, así que no
te preocupes. Y… Ana, es tu vida y sé que no tengo derecho a
opinar, pero por favor, decidas lo que decidas, tenme presente.
―Me guiñó un ojo y añadió. ―Te veo en un rato… Sé buena.
―Santa Ana.―Me sonrió y colgó.
Me resultaba de lo más extraña su actitud hacia lo que
empezaba a gestarse entre nosotros. Porque estaba claro que
empezábamos a tener algo, pero no habíamos hablado de ello,
y de hecho, solo habíamos tenido sexo una noche. Podría
haberse quedado en eso, pero tenía la sensación de que él daba
por sentado una relación. Me hablaba como si fuéramos una
pareja consolidada y prácticamente, nos acabábamos de
conocer. No era normal, eso estaba claro, pero lo cierto es que
me gustaba, de algún modo llenaba el vacío y hacía que no me
sintiera sola. Volvía a formar parte de algo y eso era realmente
reconfortante.
Pasaron un par de meses más o menos así. Hablábamos
mucho por Skype, de hecho, casi todo el tiempo que
pasábamos en casa, estábamos conectados. Daba igual si
estábamos cocinando o desayunando, hacíamos cosas juntos a
miles de kilómetros de distancia. Yo no creía en las relaciones
a distancia, pero con él era todo tan fácil… Tal vez pudiera
funcionar.
Una noche que había salido con mi hermano y unos
amigos, bebí más de la cuenta y cuando llegué, casi a gatas
hasta el sofá, vi el portátil. No recuerdo haberlo encendido, ni
haber buscado su contacto en Skype, pero… le llamé.
Descolgó al cuarto tono, era verdad que tenía el sueño ligero.
―Ana, ¿Va todo bien? ―Dijo frotándose los ojos. Miró el
reloj. ―Cielo, son las cuatro de la mañana… ¿qué pasa?
―Intenté acariciar su cara a través de la pantalla.
― ¡Omar! ―Grité yo, sin darme cuenta de que había
levantado la voz. En cuanto oyó mi tono se hizo una idea del
contexto. ― Qué guapo eres… ¿Cuándo vas a venir? ¡¿Cómo
lo aguantas?! Yo ya no aguanto más, de verdad que no…
―Ssshhhh, Ana, no grites, cielo, vas a despertar a todos
tus vecinos. Baja la voz para que nadie se enfade contigo.
―Yo hice el gesto de taparme la boca, pero me moría de la
risa. ― Creo que has bebido un poquito más de la cuenta.
Cielo, es tarde y mañana trabajo, así que vamos a hacer una
cosa, ve a la cocina a por un vaso de agua y a por algo de
comer. ―Asentí. Cogí el portátil para ir a la cocina. ―Ana,
tesoro, deja el portátil aquí, no hace falta que te lo lleves, yo te
espero, ¿vale? ―Asentí y dejé el portátil sobre la mesa. Cogí
un vaso de agua y un donut de chocolate. Se lo enseñé y le di
un bocado. ―Muy bien, enseguida vas a encontrarte un poco
mejor, ya verás. Luego, métete en la cama y mañana hablamos
cuando te despiertes, ¿de acuerdo? ―Negué con la cabeza
porque tenía la boca llena de donut. Tragué.
― ¿Cuándo vienes?
―Mañana hablamos y si tú quieres, saco un billete y voy a
verte en cuanto pueda, pero ahora, acábate el donut y ve a
dormir, anda…
―No quiero dormir… quiero que vengas y que te metas en
la cama conmigo. Quiero que me beses y me hagas el amor
como aquella vez en tu casa. Me gustó mucho, quiero que
vengas y que lo hagamos toda la noche.
―Vale, cielo, nada me gustaría más que eso, pero no podrá
ser esta noche. Iré pronto y haremos el amor, pero ahora vete a
dormir, ¿vale?
―Vale, pero tienes que venir pronto y besarme.
―Te lo prometo. Venga, acuéstate, que yo te vea… ―Me
tumbé en el sofá y le miré en la pantalla. Intenté acariciarle de
nuevo en la cara. ―Coge una manta y échatela por encima,
seguro que tienes una cerca, antes creo que la he visto sobre el
respaldo. ―La cogí y se la enseñé antes de extenderla y
ponérmela por encima. ―Ahora estás lista para dormir. Sueña
cosas bonitas.
―Voy a soñar contigo. ―Le dije resuelta y ebria a partes
iguales.
―De acuerdo. Sé buena. ―Dibujé la aureola sobre mi
cabeza con un dedo y cerré los ojos.
―Te quiero… mucho.
Al día siguiente un rayo malévolo de sol se coló por la
ventana y me golpeó directamente en la cara, sin piedad.
¡Joder! ¿Cómo llegué anoche hasta el sofá? Intenté recordar.
¡Oh, oh! Me tapé la cara con las manos y mordí el cojín
mientras gritaba muerta de vergüenza. No me acordaba de
todo, de hecho tenía bastantes lagunas, pero me acordaba de
haber hablado con Omar y que él me ayudara a acostarme
desde Alemania. ¡La madre que me parió! Tendría que
disculparme por eso, pero sería más tarde, cuando me hubiese
dado una ducha y me hubiese tomado un camión cisterna de
café. Miré el reloj: las 11:00. Bien, operación: “AVE FÉNIX”
en marcha.
Tardé una hora larga en reconstruirme, pero no tenía
mucho sentido alargar el momento, así que los malos tragos,
cuanto antes, mejor. Llamé. Un tono, dos tonos… tres tonos…
Nada. Tal vez estuviera enfadado y no quisiera hablar
conmigo. Repasé los fragmentos de la conversación que iban
llegando a mi mente como ráfagas de una película en la que yo
fuera la protagonista. Y el Oscar a la mejor actriz revelación es
para… ¡Ana!
Lo intentaría más tarde. Me sonaba vagamente, que me
dijo que hoy tenía que trabajar. Revisé la hora de la llamada en
Skype. ¡Las 4:00 de la mañana! La conversación duró veinte
minutos ¡Joder, Ana, lo has bordado, hija!
Desayuné, miré el móvil. Tenía varios audios de whatsapp
de mi hermano, diciéndome que había llegado sano y salvo a
casa y que me acordara de beber un vaso de agua antes de
dormir. Vi que tenía otro de Omar. Lo leí:
Espero que la Bella Durmiente haya soñado cosas bonitas
(a poder ser, conmigo), y se haya despertado sin secuelas
graves de lo que parece haber sido una noche apoteósica.
Tengo turno hasta las seis, te llamo cuando llegue a casa. Sé
buena. Yo también te quiero.
Sí, le dije que le quería… Así, a lo loco. Bueno, a lo loco,
no, a lo borracho. ¿Dónde hay un agujero negro cuando lo
necesitas?
Fui a comer a casa de mis padres. Omar no salía hasta las
seis, así que aproveché para ir a verles. Además, quería hablar
con ellos de Omar. No es que tuviéramos una relación formal,
pero había algo que poco a poco iba cogiendo forma y no
quería dejarles al margen de mi vida. Tal vez funcionara o tal
vez no, pero en ambos casos, tenían derecho a saberlo. Cuando
llegué, mi padre estaba en su despacho y mi madre, parecía
preocupada. Le di un beso en la mejilla y le pregunté
directamente.
― ¿Qué te pasa? Pareces preocupada…
―Espero que no sea nada, pero ayer le hicimos unas
pruebas a tu padre y estamos esperando los resultados.
― ¿Para qué eran las pruebas? ¿Qué le pasa?
―Aún no sabemos nada. No te preocupes tú también,
anda, que conmigo ya hay bastante. Ya sabes cómo somos los
médicos, lo exageramos todo. ―Algo iba mal, muy mal.
Porque eso no era cierto y conocía perfectamente a mi madre,
ella no se preocupaba por cualquier cosa, si estaba así, es
porque tenía indicios para pensar que las pruebas podían salir
mal. Pero tenía razón en una cosa, era una tontería preocuparse
cuando aún no sabíamos nada.
―Está bien, pero en cuanto tengáis los resultados,
llámame, por favor.
―Por supuesto, cariño. En cuanto sepa algo te llamaré,
pero ahora, disfruta de este asado de pollo que está para
chuparse los dedos. ― ¡Y qué pinta!
―Mamá, quería hablaros de Omar, el médico del
campamento que me encontré por casualidad cuando fui con
Pablo a Múnich, ¿Te acuerdas?
―Claro, ¿qué tal os va?
―Pues de eso se trata, creo que nos va muy bien. Y mira
que yo no he creído jamás en las relaciones a distancia, pero es
que lo hace todo tan fácil… Hablamos a diario por Skype y
bueno, espero que pueda venir pronto, porque sin que me diera
cuenta, se ha hecho un hueco en mi vida.
―Me alegro de que hayas encontrado a alguien que te
haya devuelto la ilusión. Mereces ser feliz y disfrutar de la
vida. Pero si no sale bien, no será el fin del mundo. Pase lo que
pase, aquí estaremos.
―Lo sé, pero no os pongáis ñoños que hoy tengo el día
sensible y acabamos todos llorando. Y no quiero.
Cuando llegué a casa eran las seis. Omar tardaría aún un
rato en llegar a casa, así que me hice una taza de café y pensé
en la forma más apropiada de entonar el mea culpa.
Eran casi las siete cuando oí la llamada. Descolgué y allí
estaba, con su sonrisa puesta y sus ojos dispuestos a
devorarme.
―Hola.
―Hola… Antes de que digas nada, deja que me disculpe,
por favor. Lo siento muchísimo. De verdad, estoy avergonzada
y eso que no recuerdo toda la conversación, pero espero no
haber dicho nada fuera de lugar. Siento haberte despertado en
mitad de la noche. Salí a tomar algo con mi hermano y… se
nos fue de las manos. ¿Me perdonas? ―Junté las manos en
actitud contrita y él se puso serio.
―Ya veremos… De momento, quiero que cumplas
penitencia.
―Tú dirás cómo puedo enmendar el daño causado.
―A partir de ahora, cada vez que te despidas de mí, tienes
que decirme que me quieres. ―Me tapé la cara con las manos,
avergonzada. No por decirle que le quería, sino porque la
primera vez que lo hacía, fuera estando borracha como una
cuba. ―No te tapes esa cara tan bonita y mírame a los ojos.
―Aparté un dedo para mirarle como quien lo hace a través de
un agujero para que no le vean. ―Fuera manos. ―Obedecí y
le miré, aún con las mejillas encendidas. ―Ahora repite
conmigo: Omar, te quiero.
―Omar… no me toques las narices porque lo siento
mucho, pero te estás pasando de listo. ―Se rio con ganas.
―Diría que fue muy divertido porque realmente estabas
muy graciosa, pero hoy he querido estrangularte un par de
veces. Empiezo a creer que tu hermano es una mala influencia
para ti.
―No sería honesto por mi parte dejarle cargar con toda la
culpa, digamos que solo es un cincuenta por ciento. De verdad
que lo siento. La próxima vez que salga, esconderé el portátil
para evitar posibles llamadas intempestivas.
―Si no hubiera tenido que trabajar hoy… No confirmo ni
desmiento que tal vez me hubiera aprovechado de la situación.
―Eso es rastrero.
―Lo sé, pero necesito verte ya, no soy un hombre paciente
y anoche me lo pusiste muy difícil. Si hubieras ido menos
borracha, tal vez ahora estuviera camino de tu casa. Fuiste tan
tierna…
―No hagas leña del árbol caído, es muy poco elegante.
― ¿Qué tal te has levantado esta mañana? ¿Te dolía la
cabeza?
―No, doctor, me he levantado como una rosa gracias a sus
cuidados nocturnos, y eficaces, debo decir.
―Me alegro. ¿Y has soñado cosas bonitas?
―Omar…
―Ana…―Dijo imitando mi tono. ―Me aseguraste que
ibas a soñar conmigo, solo quiero saber si lo conseguiste, lo
dijiste con tanto aplomo…
―Estoy a punto de colgar.
―Pues acuérdate de decirme que me quieres. No te vayas
a olvidar.
―Te crees muy gracioso, ¿verdad?
―Reconoce que tengo mis días. Bueno y aparte de este
pequeño incidente, ¿qué tal te ha ido el día?
―Pues… no sabría decirte, la verdad. ―Pensé en la
conversación que había tenido con mi madre sobre mi padre y
el tono ya no tenía nada que ver con el anterior. Él lo noto de
inmediato y también se puso más serio. Lo sabía por la forma
de fruncir el ceño, como si se concentrara en una tarea de
suma importancia.
―Cuéntame.
―Hoy he ido a comer con mis padres y cuando he llegado
he notado a mi madre preocupada. Lógicamente le he
preguntado y no me ha convencido su respuesta. Demasiado
vaga. Mis padres suelen ser bastante precisos cuando hablan,
él es profesor de historia y dice que hay que procurar hablar
con propiedad y decir lo que queremos decir, eligiendo
cuidadosamente las palabras, mi madre, es neuróloga, creo que
ya te lo había dicho. El caso es que cuando le he preguntado,
solo me ha contestado que ayer le hicieron unas pruebas a mi
padre y que estaban esperando los resultados.
― ¿Qué pruebas le han hecho? ―Ya no hablaba con el
“Omar pareja”, el cambio era tan evidente… en estos
momentos, hablaba con el Dr. Kadrahoui.
―Esa es la cuestión, no me lo ha querido decir. Ha echado
un montón de balones fuera, diciendo que no me preocupe,
que seguro que está todo bien, pero que los médicos sois así,
que siempre os ponéis en lo peor. Pero no es cierto. La única
vez que he visto a mi madre así antes de hoy, fue cuando le
diagnosticaron el cáncer a Miguel. Cuando operaron a mi
hermano de apendicitis, ni pestañeó. Pasa algo y me temo que
no me va a gustar cuando me entere.
―No sé si hemos hablado de esto alguna vez, pero mi
especialidad es la oncología. Espero que se trate de alguna
prueba rutinaria y que todo quede en un susto, pero en
cualquier caso, si necesitáis algo y está en mi mano, puedes
contar con ello, solo tienes que decirlo.
―Estoy asustada. ―Solo hablar de aquella enfermedad
me hacía temblar de terror. Rompí a llorar. No quería, pero el
miedo empezó a hacerse grande en mi interior y no me dejaba
respirar. No dejaba de pensar en Miguel. En el infierno que
pasó. No me sentía capaz de pasar por aquello una segunda
vez.
―Tranquila…
― ¿Tranquila? No… no puedo estar tranquila. No seré
capaz de pasar por eso otra vez. No soy tan fuerte. Yo, no
podré con esto.
―Mírame, Ana, no estás sola. Voy a coger un vuelo y
vamos a ver qué dicen esos resultados. ¿De acuerdo? ―Solo
pude asentir, porque la voz estaba atascada en algún lugar
entre mi diafragma y mi garganta y pesaba demasiado para
dejarla salir. ― Ahora necesito hacer un par de llamadas para
organizarlo todo. ¿Estarás bien? ―Me obligué a respirar y a
calmarme. Puede que suene estúpido, pero el simple hecho de
saber que la caballería estaba de camino y que no estaría sola
para afrontar lo que fuera a venir, me hizo sentir alivio. Le
miré agradecida, pero en cuanto pude respirar, pensé que no
podía consentir que paralizase su vida por un mal día o una
sospecha, casi un presentimiento.
―Gracias, Omar, pero no quiero ponerte en un
compromiso ni pretendo complicarte la vida. Además, con un
poco de suerte, todo quedará en un susto. Puede que el miedo
me haya hecho exagerar toda esta historia.
―Ana, ayer te lo dije por otras razones, pero te lo repito
ahora, por favor, no me excluyas de tu vida. Si puedo ser de
ayuda, quiero serlo y no es ningún compromiso, sobre todo, si
hablamos de tu familia. Lo de complicarme la vida, igual
llegas un poquito tarde, porque cuando dejamos entrar a
alguien en nuestro mundo, asumimos que la vida se va a
volver más complicada, pero con un poquito de suerte,
también mucho más rica e infinitamente más dulce. Ya no
puedo pensar en no complicarme la vida, de hecho, estoy loco
por complicármela todo lo que pueda contigo, así que… si
prefieres que no vaya por otros motivos, dímelo, de lo
contrario, voy a colgar, a hacer dos llamadas y a comprar un
billete de avión. ¿Hay algo que quieras decirme?
―Te quiero, Omar Kadrahoui.
―Yo también te quiero. Ahora te llamo. Sé buena.
―Colgó.
6
El vuelo de Omar llegaba a las ocho de la tarde del día
siguiente, así que tenía el tiempo justo para prepararlo todo e ir
a recogerlo al aeropuerto. Llamé a mi madre para preguntarle
por los resultados, pero volvió a darme largas y yo no tuve
fuerzas para insistir. Tal vez era una cobarde, pero no estaba
segura de estar lista para una respuesta difícil.
Fui al supermercado y compré provisiones, para los próximos
días. No solía tener la nevera demasiado llena, porque en casa
solo estaba yo, pero ahora con Omar aquí, tendría que llenarla
un poco más. Cambié las sábanas y limpié un poco la casa.
Estaba emocionada por su visita, a pesar de lo que la había
propiciado, como pareja, también nos vendría bien pasar algún
tiempo juntos. Skype está genial, pero hay cosas que no se
pueden sustituir y las ganas, por grandes que sean, no son
capaces de cruzar una pantalla.
Esperé durante toda la tarde y parte de la noche su
llamada. Se suponía que antes de subir al avión me llamaría
para confirmarme la hora de llegada, pero el teléfono no sonó
y al final, Morfeo me sorprendió tirada en el sofá. Eran las seis
cuando sonó el teléfono. Un mensaje:
Siento no haber llegado para la cena. Llegaré sobre las
11:00am
Te lo compensaré.
Puse el despertador a las nueve de la mañana y seguí
durmiendo. Soñé con el desierto, con Laila y Hassan, con la
tormenta de arena y su regreso tras ir a hablar con el consejo y
pedir la ayuda del Sultán. Sentí la emoción de Laila al verle, el
alivio por tenerlo de nuevo con ella y el escalofrío que recorrió
su espalda cuando él le clavó sus ojos negros y le sonrió,
mientras ataba a su camello.
Sonó el despertador. Me levanté y me metí directamente a
la ducha. Luego preparé café. Me puse unos vaqueros algo
desgastados y una camiseta blanca. Cuando terminé de poner
un poco de orden eran las diez y media, y salí de mi casa en
dirección al aeropuerto. Estaría allí en veinte minutos, tenía
tiempo.
No tuve que esperar mucho, aparqué en el parking y crucé
la pasarela para llegar a la terminal y desde ahí, bajé las
escaleras mecánicas hasta la zona de llegadas. En pocos
minutos, le vi aparecer. Llevaba una maleta pequeña, el típico
equipaje de cabina. Él me sonrió contento de verme y yo, fui
derecha hacia él. Le abracé sin contener la alegría que me
producía verle de nuevo y él buscó mis labios con discreción.
―No puedo creer que estés aquí de verdad.― Le dije sin
dejar de sonreír. Fuimos hasta el coche y en cuanto estuvimos
dentro y las puertas se cerraron, Omar buscó mis labios casi
con desesperación. Y qué bien me sentaron aquellos besos. Por
fin logramos separarnos y recordé que debía conducir hasta
casa. Céntrate, Ana…
― ¿Has vuelto a hablar con tu madre del tema?
―La he llamado, pero siempre me dice lo mismo, que no
me preocupe y que aún no sabe nada y que tienen que seguir
haciendo pruebas para que el diagnóstico sea lo más acertado
posible. Me suena a cuento chino, la verdad, y me duele
pensar que me está mintiendo porque es mi madre y se trata de
la salud de mi padre, pero no sé qué más puedo hacer.
―Bueno, vamos a tranquilizarnos y a esperar un par de
días. ¿Tú qué tal lo llevas?
―Como puedo. Intento no angustiarme antes de tiempo,
así que vamos a darles un par de días como propones y luego
ya nos pondremos serios, pero de momento, quiero que
disfrutemos de este tiempo juntos. Nos lo hemos ganado.
―Me alegra oírte decir eso.
― ¿Qué quieres hacer?
―De momento, me gustaría deshacer la maleta…―se rio.
―De acuerdo. A casa, entonces.
Metí el coche en el garaje y subimos a casa. Le enseñé el
piso y ojeó algunos títulos de libros que había en la estantería
y los cedés de música.
― ¿Tienes hambre? Aquí solemos almorzar a media
mañana y tú has madrugado.
―La verdad es que sí.
― ¿Qué te apetece?
― ¿Café y una tostada?
―Yo soy tu genio de la lámpara, tus deseos, son órdenes
para mí.― Le guiñé un ojo y él se acercó mirándome
pícaramente.
―En ese caso, deseo…―me cogió por la cintura y me
miró fijamente, sus labios descendieron un poco para tantear
los míos sin llegar a besarme― te deseo a ti.―Fui yo quien le
besó, pero me aparté antes de lo que me habría gustado,
abrumada por el calor que desprendía su cuerpo o el mío, no
sabría decirlo.
―Deja que prepare el café y luego, ya hablaremos de tus
deseos.―Me reí.
―Puedo esperar.
― ¿En serio? ¿Cuánto?
―Creo, que aguantaré hasta después de almorzar. No
mucho más. Luego, genio, tendrás que cumplir con mis
exigencias.
― Algo me dice que será un placer.
―Desde luego.
― ¿Conoces las reglas? Solo tres deseos.
―Bien, tres serán suficientes, ya no soy un crío.―Se rio.
―Esos son tus deseos, ¿qué pasa con los míos?
―Yo no soy tu genio, no tengo porqué satisfacer los tuyos.
―No, pero lo harás de todos modos.
―Eso espero.
Él terminó de comer antes que yo, pero esperó a que yo
también acabara. Me levanté para recoger la mesa y él alargó
su mano para agarrar mi muñeca y me acercó a él, sentándome
sobre sus rodillas.
― ¿Qué pasa con mis deseos?― Yo le miré divertida.
―Pide y se te dará.
―Deseo que me lleves al éxtasis cada día, empezando hoy
mismo.― Yo le miré y decidí jugar un poco. Me levanté y
seguí recogiendo. Él me seguía con la mirada, confuso porque
no me hubiera puesto de inmediato manos a la obra. ― ¿No
vas a concederme mi deseo?
―Has dicho hoy, aún queda día.― Le saqué la lengua y él
me miró contrariado.
―Tienes razón. Tendré más cuidado la próxima vez.
Puede que yo sí quiera concederte un deseo.
―Pero tú no eres mi genio.―Le recordé.
―Lo que tú deseas no te lo podría dar un genio, ―se rio
para sí mismo― solo te lo puedo dar yo.
―Le veo muy seguro de sí mismo, doctor. ¿Y qué es?
―Ven, acércate, es un secreto. Te lo diré al oído.― Yo me
acerqué y comenzó a susurrarme algo en aquel idioma que me
privaba de mi voluntad. Cerré los ojos para dejar que su voz
inundara mis sentidos y me estremecí al calor de su aliento.
―No sé qué es lo que me has dicho, pero creo que eso es
exactamente lo que deseo.―Soltó una carcajada.
―Lo sabía…―Me dijo en un tono un poco prepotente y
arrugando la nariz. Yo no le contesté, me perdí en su mirada y
luego, le cogí de la camisa y empecé a arrastrarle hacia mi
habitación, mientras iba desabrochando los botones. Paseé mis
manos por su torso, ahora al descubierto y él estalló al
instante, desatando su pasión y también la mía. Buscó mis
labios con urgencia y yo le correspondí impaciente. Me cogió
en brazos y me depositó sobre la cama. Se tendió sobre mí sin
dejar de besarme, casi arrancándome la ropa. Se paseó por mi
cuerpo sin hacer caso de ninguna frontera, tomando cuanto
quiso sin pedir ningún permiso, invadiendo cada lugar sagrado
sin hacer prisioneros, acallando cualquier gemido antes de que
pudiera convertirse en grito. Lo arrasó todo, hasta que ya no
hubo más madera que quemar y entonces, se quedó dormido.
Aquello no era deseo, era necesidad. La cuestión era, si
algún día podríamos aplacarla.
Por la tarde, salimos a dar una vuelta por el centro.
Recorrimos la avenida Maissonave, parándonos en cada
escaparate, pasamos por el paseo de Federico Soto y la zona
de La Explanada, con sus puestos. Ya empezaba a ponerse el
sol cuando llegamos a la playa. Nos quitamos los zapatos y
caminamos por la arena durante un rato. No estaba demasiado
caliente y la sensación al contacto con la piel, resultaba
agradable.
―Había olvidado cómo era la vida en España. El sol, la
playa, las terrazas…
― ¿Te apetece una cerveza?
―Prefiero una copa de vino.
― ¿No te gusta la cerveza?―Le pregunté curiosa.
―No demasiado, la bebo a veces, pero si puedo elegir, me
quedo con el vino. Lo cierto es que no suelo beber mucho.
―Yo tampoco, pero de vez en cuando…
―Ya te vi la otra noche…―se rio.
― ¿Me lo vas a recordar el resto de mi vida?
― ¿Quién sabe? Vamos a ver qué tal nos va estos días y ya
hablaremos del resto de nuestras vidas. Creo que es un poco
pronto para hablar de matrimonio.
―Ya quisieras tú.
―Puede. ¿Te gustaría volver a casarte? Tener hijos, formar
una familia…
―No pienso en esas cosas. Era lo que quería con Miguel,
lo teníamos todo pensado y mira… No miro al futuro a largo
plazo.
―Entiendo. Debe de ser difícil. ¿Qué tipo de cáncer
padecía? Si no te incomoda la pregunta.
―Un gliobastoma multiforme. Nos dijeron que era uno de
los tumores cerebrales más invasivos y que a pesar del
tratamiento, las posibilidades de éxito eran escasas. Al
principio nos dieron ocho meses de vida, máximo un año.
Miguel aguantó tres años. Tres largos años de cirugías,
quimioterapia y radioterapia que le fueron debilitando hasta
convertirlo en una sombra de lo que fue. La última vez que se
le reprodujo, Miguel se negó a someterse a ningún tratamiento.
Estaba cansado y aunque yo le pedí que luchara, al final no me
quedó más remedio que aceptar su decisión. Fue duro. Muy
duro.
―Ese es uno de los peores diagnósticos. El hecho de que
aguantara tanto tiempo, evidencia que tenía mucho por lo que
luchar y que no se quería marchar a ninguna parte. No pienses
que se rindió, a veces, simplemente, no podemos más.
― ¿Te importa si cambiamos de tema? ―Le pedí con una
sonrisa cargada de tristeza.― O mejor aún, volvamos a casa…
Empieza a hacer frío.
―Puedo hacer que entres en calor, si quieres.― Me dijo
divertido.
―Estoy convencida de que podrías.―Me reí yo. ― ¿Qué
te apetece cenar? Podemos pedir algo si quieres o cenar fuera,
lo que prefieras.
― ¿Sabes hacer tortilla de patatas? Es lo que más me
gustaba de la comida española.
―Claro, también puedo preparar algo de pasta o arroz…
― ¿Paella? Mi mujer no sabía hacerla.
―Eso, mañana. Hoy la tortilla y verduras a la plancha…
¿qué te parece?
―Que tu casa está muy lejos…―Nos reímos los dos.
Preparé una tortilla para cuatro y verduras a la plancha;
calabacín, berenjenas, alcachofas, espárragos y champiñones.
Cuando vio la tortilla en la mesa, los ojos se le salieron de las
cuencas y me miró sorprendido, como si hubiera hecho algún
milagro.
―Ya sé cuál va a ser mi próximo deseo.
― ¿Cuál?
―Mañana te lo cuento. Cuando vea si satisfaces el
primero.
―Creí que eso ya lo había hecho antes.
―No. Fui yo quien satisfizo el tuyo.
―Te crees muy listo, ¿verdad?
―Bastante, teniendo en cuenta la media.
―Tendré que bajarte esos humos antes de que sea
demasiado tarde.―Me reí.
―No entiendo qué es “bajarme humos”.― Me reí.
―Es solo una frase hecha. Quiere decir, que tendré que
enseñarte a ser más humilde.
―En España tenéis muchas formas de decir las cosas. Esa
no la conocía.
―Así que no se te dan bien los refranes ¿eh?
―Conozco algunos, pero no todos.
―Creo que voy a divertirme bastante con esto.
―No sería muy justo por tu parte.
― ¿Quién ha dicho que la vida tiene que ser justa?
―Haz lo que quieras, pero piensa que la tortilla siempre
puede darse la vuelta. Excepto esta, que no le va a dar tiempo.
―A ti sí que te voy a dar yo la vuelta.
Terminamos de cenar y empecé a recoger la cocina. Él se
subió las mangas de la camisa y empezó a fregar los platos.
―Deja eso que ahora lo hago yo.
―Tú has cocinado, yo friego. No me importa. Y luego
podemos ver una película en el sofá. ―Le miré extrañada por
aquella petición. No sé por qué, pero no la esperaba. Creí que
querría meterse en la cama cuanto antes, teníamos mucho
tiempo (y amor) que recuperar.
― ¿No prefieres ir a la cama?
―Eso después. No seas impaciente. Empiezo a pensar que
solo me quieres para el sexo. ―Se rio.
―Pronto empezamos con las excusas. Ahora me dirás que
te duele la cabeza. ―Soltó una carcajada.
―A mí nunca me duele la cabeza, tranquila, y si me duele,
me tomo un paracetamol y arreglado. Por eso no te preocupes.
―Se secó las manos en un trapo seco y luego lo devolvió a su
lugar. Me cogió de la mano, tiró de mí y me obligó a sentarme
en el sofá y él se dejó caer a mi lado y me dio un único beso,
cálido, húmedo y breve que me dejó con ganas de más. ―
¿Qué peli te apetece ver?
―Pon la que quieras, yo suelo quedarme dormida.
―Venga no seas así, dame el gusto.
―Eso luego.
―Calla, anda y dime qué pongo. ¿Acción, comedia,
romántica… terror?
―Me han dicho que “Figuras ocultas”, es bastante buena.
―No la encuentro en Netflix.
―Pon otra, la que quieras.
― “Sin límites”. El título es bastante sugerente. ¿Qué me
dices?
―Ponla, si quieres. ―Cogí un cojín y me recosté en su
regazo. Era agradable volver a sentirme así, tranquila y
relajada junto a alguien. La verdad es que estaba realmente a
gusto. Él me pasó un brazo por encima y con el otro me
acarició el pelo. Se acomodó un poco, buscando su sitio. Y yo
quise quedarme así para siempre, sintiendo que nada malo
podía pasar entre sus brazos. Que el mundo, podía girar sin
nosotros, dejándonos al margen de toda su enfermedad, su
dolor y miseria. ―Creo que esta ha sido la mejor idea que has
tenido nunca. ―Reconocí.
―Ni de lejos. La mejor idea que he tenido en mi vida, fue
ir a Neuschwanstein un 7 de diciembre. ―Fue el día que nos
encontramos en Alemania. ―Esa, y no dejar que te fueras a tu
hotel.
―Tal vez. Desde luego, pase lo que pase, me alegro de
que te cruzaras en mi camino. Es extraño.
― ¿El qué?
―Apenas nos conocemos y yo siento como si…
― ¿Tuviéramos una relación de años? ―Asentí sin separar
la cabeza de su estómago. ―Lo sé. Yo también lo he pensado.
No sabemos todo el uno del otro, pero creo que da igual.
Cuando te vi en el aeropuerto y me abrazaste, sentí algo
parecido a cuando regresas a tu hogar después de un largo
viaje. Contigo me siento en casa. Es como caminar descalzo
por la arena.
―Yo no lo habría explicado mejor.
― Sshhh, nos estamos perdiendo la película.
―Creí que la película era una excusa para meterme mano.
―Para eso no necesito poner una película. ―Metió una de
sus manos entre mis piernas y la frotó contra mi sexo. Incluso
a través del vaquero, la presión hizo que me estremeciera y
quisiera más, mucho más. ―Cuando pongo una película es
para verla.
―Eres cruel. Y un rollo, que lo sepas. ―Pero a ese juego,
podían jugar dos. Mi cabeza estaba sobre su regazo y mis
manos aferraban un cojín que hacía de parapeto entre mi cara
y su vientre. Pasé una de mis manos por debajo y froté su
entrepierna, notando un bulto bien firme que saltó de alegría
con el roce. Soltó el aire por la nariz de forma sonora. Busqué
su cinturón y empecé a jugar con él mientras lo desabrochaba.
―Ana…―Puso su tono de advertencia y le imité al
contestarle.
―Omar… Tú a lo tuyo, no te preocupes, creo que ya la he
visto. ―Ya había desabrochado el cinturón y comencé a
separar los botones de sus ojales. Besé la parte baja de su
ombligo y seguí hasta un poco más abajo, donde asomaba su
erección. Lamí la punta despacio.
―No parece tan buena. A la mierda la película. ―Ya no
hubo advertencias, ni protestas. Continué donde estaba y aquel
sofá fue testigo de una sinfonía de gemidos, jadeos y sonidos
de lo más sugerentes que me transportaron, sin darme cuenta,
a otro lugar, pero con él. Siempre él.
Cuando aparecieron las letras, yo descansaba sobre su
pecho, con mi camiseta destartalada y las braguitas de encaje,
el vaquero debía estar en algún sitio por el suelo. Sus brazos
me rodeaban la espalda, dándome calor. Estaba a punto de
quedarme dormida cuando noté que su cuerpo se movía. Se
puso de pie me cargó en sus brazos y me llevó a la cama. Le oí
entrar al baño, unos minutos más tarde, la sabana se abrió y su
cálido cuerpo se pegó al mío y yo sentí que no podía haber
más paraíso para mí que aquel lugar. Me besó en el pelo, se
abrazó a mí y ya no recuerdo más.
Me desperté antes que él. Seguía profundamente dormido
y no quise despertarle, así que tras mirarle unos segundos, me
levanté, fui al baño y luego empecé a preparar algo para
desayunar. Hice café y calenté un poco de leche también.
Tenía pan en el congelador y lo saqué para tostarlo cuando él
se levantara, si la tostada no está recién hecha, pierde la gracia.
Rallé un poco de tomate con medio diente de ajo y lo puse en
un cuenco. Por último, exprimí unas cuantas naranjas sin
poner en marcha el exprimidor, no quería hacer ruido y
despertarle. De pronto apareció en la cocina, descalzo, con los
bóxer y una camiseta de manga corta de algodón. Me dio un
beso en el pelo, mientras se abrazaba a mi cintura.
― ¿Has preparado el desayuno?
―Café, zumo y tostadas. ¿Qué le apetece al señor?
―Como sigas cuidándome tan bien, igual me quedo hasta
que me eches. ―Se rio.
―Anda, siéntate y sirve el café. Termino de recoger esto y
voy.
― ¿Cómo lo quieres? ¿Solo o con leche?
―Solo y con tres de azúcar.
― ¿Sabes que tomas mucha azúcar?
―No empieces tú también que con mi madre tengo
bastante.
―No he dicho nada. Pero tu madre te quiere y yo también,
igual te lo decimos para que vivas muchos años y los vivas
bien. ―Le di un beso rápido en los labios y le metí una tostada
con tomate, aceite y sal en la boca.
―Come y calla, anda.
Desayunamos en silencio, pero sin dejar de mirarnos y
sonreírnos, como dos bobos. Cuando le dio el último sorbo al
café, se incorporó y me dio un beso que acabó antes de que la
cosa se pusiera seria. Luego se levantó y se metió en el baño.
Oí la ducha y estuve tentada de seguirle y continuar aquel beso
bajo el agua caliente, pero quise recoger la cocina porque
quería llevarle a ver un pueblecito que me encantaba desde
niña. Era uno de esos pueblos de montaña que han preservado
sus orígenes árabes, así que creí que le gustaría a él también.
Estaba estirando un poco las sábanas para hacer la cama,
cuando le vi salir de la ducha con una toalla enrollada a la
cintura. Por el torso aún resbalaban algunas gotas de agua.
Creo que se me cayó hasta la baba, aunque no estoy segura y
prefiero no averiguarlo, la verdad.
― ¿Dónde has puesto mi ropa? No encuentro nada.
―Está colgada en el armario. Si no la sacas, se arruga
enseguida. Aunque ahora no creo que la necesites…―Le dije
yo acercándome despacio. ―Quién a buen árbol se arrima,
buena sombra le cobija.― Dije abrazándome a él.
― ¿Vas a concederme ahora mi deseo?
― ¿Prefieres dejarlo para más tarde?―Me miró de una
forma extraña y sonrió.
―Más vale pájaro en mano, que ciento volando.―Me
susurró y yo le miré sorprendida.
―Ese refrán me gusta, pero vamos a tener que esperar a
esta noche. Tengo planes.
―Que esperen los planes, yo te vi primero. ―Me reí y
sacudí la cabeza.
―Quiero llevarte a un sitio.―Le dije.
―Yo también quiero llevarte a un sitio…―Me susurró
junto a la oreja. ―Está justo detrás de ti. ―Miré y vi mi cama
a medio hacer.
―Omar…
―Ana… Puedo ser muy rápido, lo prometo. ―Eché un
vistazo al reloj.
―Tienes diez minutos. ¿Serás capaz de lograrlo?
―Y me sobran dos. ―Y sí. Creo que tardó
aproximadamente cinco minutos en lograrlo y con los otros
cinco, repitió. ¡La madre que lo parió! Si fuera una atracción
de la feria, tendría el bono de temporada y tendrían que
echarme del parque para poder cerrar.
Me di una ducha rápida, mientras él se vestía y hacía la
cama. Salí con la toalla enrollada para coger la ropa interior.
― Ana, vístete rápido o no nos iremos nunca. ¡Joder!
Quiero quitarte la toalla y… ―Se mordió el labio y respiró
hondo retomando el control.
― ¡Venga ya! ¡Es imposible! ―Se rio.
― ¿Dónde quieres ir? ―Yo le sonreí mientras me ponía
las braguitas.
― Es un pueblecito que hay cerca de la costa. Bueno,
primero iremos a ver las fuentes del Algar, si nos damos prisa,
podríamos pasar la tarde viendo Guadalest, pero donde quiero
ir es a Altea.
―Bien, ahora te toca a ti hacer de guía.
―Te encantará la ruta, ya verás.―Sonreí al tiempo que
me levantaba de la cama. Él se sentó en la cama y me miró
mientras me vestía como si fuera un lobo hambriento y yo un
pequeño corderillo.― Vamos, si no nos ponemos en camino
pronto, no nos dará tiempo.
―Está bien. ¿Estás segura de que no quieres quedarte
aquí?
― ¿Pero es que tú no te cansas nunca?
―Aún no he empezado contigo.
―Empiezas a darme miedo, ¿sabes? ¿De verdad tienes
cuarenta y dos años?
―No sé cómo tomarme eso.
―Es un cumplido, créeme. Lo de antes ha sido
impresionante. Podríamos invitar a Carlos, me gustaría que te
conociera.―Le tanteé.
―Ana, no pienso hacerle a Carlos lo mismo que a ti.
Tengo la mente abierta, pero no me van los hombres.
―Muy gracioso. A la excursión…
―Decide tú, es tu amigo.
― ¿Seguro que no te importa?
―No, está bien. Yo también quiero conocerle, si es tan
especial para ti, debe ser un buen tipo.
―De acuerdo, voy a llamarle.
Marqué su número y tardó en descolgar.
― ¿Carlos? ¡Hola! ¿Qué haces hoy? Voy con Omar a la
fuente del Algar, Guadalest y también queríamos pasar por
Altea. ¿Te apetece venir con nosotros? Te recogeremos en…
¿media hora? Está bien, ahora te veo. Un beso.― Colgué.
― ¿Un beso? ―Me reí, parecía celoso, aunque el tono era
divertido.
―No seas tonto, es un buen amigo, como Daniel. Tengo
suerte de tener buenos amigos.
―La suerte la tienen ellos.
Recogimos a Carlos que ya nos estaba esperando en la
puerta de su casa. Yo conducía, así que las presentaciones las
hicimos en marcha.
―Omar, él es Carlos, Carlos, te presento a Omar.―Omar
le ofreció la mano sin vacilar y Carlos la estrechó con
entusiasmo.
―Por fin te conozco, Ana me ha hablado mucho de ti.
―Es un placer, Carlos. A mí también me ha hablado de ti.
― ¿Qué te parece España?
―Ya había estado antes, pero nunca en Alicante. Debo
decir que me gusta mucho. Sobre todo la playa.
―Todos los extranjeros decís lo mismo.―Se rio.
―Es posible. ―Reconoció. ―Aunque en mi caso es
porque me recuerda a Ana. Piel clara y ojos azules, como la
arena y el mar.
―Nunca lo había visto de ese modo, pero supongo que
tienes razón. Mucha gente cuando busca paz se va a la
montaña, pero Ana prefiere la playa. Puede que tenga algo que
ver.
―Seguro. Ella necesita la arena y el sol. Sería feliz en el
desierto.― Se rio, pero nosotros no le seguimos, nos miramos
a través del espejo retrovisor y fue Carlos quien decidió hablar.
― ¿Has estado en el desierto?
―Muchas veces. Es uno de los lugares en los que yo
encuentro esa paz de la que hablabas. Tengo familia en Libia,
me gusta ir a verles, aunque ahora la cosa se ha puesto muy
fea.
― ¿De dónde eres? Bueno, ya sé que eres alemán, pero me
refiero a tu familia, ¿son todos de Libia?
―No, soy una mezcla extraña. Mi padre y su familia son
de Irak. Mi madre es de Libia, cuando mis padres se casaron,
vivieron un tiempo en Libia, pero mi padre tuvo que ocuparse
del negocio familiar y viajó a Alemania. Al final se
establecieron allí, aunque cuando yo era joven andábamos de
un sitio para otro, sobre todo entre Bagdad y Sabha. Soy
alemán por casualidad, pero jamás me he sentido alemán, debo
reconocerlo, siempre he estado más cerca de Oriente que de
Occidente. ―Le explicó.
― ¿Musulmán?
―No, aunque mi familia lo es y a mí me educaron para
serlo, sin embargo, en cuanto me independicé abandoné el
camino recto de Alá.
―Tengo amigos musulmanes. La gente piensa que todos
son unos fanáticos, pero en el caso de mis amigos, me
atrevería a decir que son mucho más tolerantes que otras
personas.
―El Corán invita a la tolerancia, cualquiera que pretenda
interpretarlo en otro sentido, lo hace sirviendo a sus propios
fines, no a Alá.
―Eso es lo que dicen ellos.―Se sonrieron.
―Deben ser buena gente esos amigos. ¿De dónde son?
―Senegal.
―La guerra civil les ha hecho mucho daño. He estado un
par de veces y no es agradable ver lo que está pasando allí.
―Ellos echan de menos su tierra, son del sur del país y se
quejan de que el gobierno se lo está llevando todo a Dakar, al
norte.
―Es cierto, lo están centralizando todo allí. Como si fuera
el cuartel general del país. Las fábricas importantes, los
mejores especialistas… Es una pena, al final son los civiles los
que terminan enfrentados.
―Háblame de Libia. ¿Cómo era la vida allí? Has dicho
que ahora la cosa se ha puesto fea…
―Libia siempre ha sido un país complicado. Lo componen
más de cien tribus distintas, pero Gadafi supo crear alianzas y
mantener cierta paz, una paz relativa, pero estable. Dotó al
país de un sistema de sanidad y educación gratuitas y era fácil
ganarse la vida. Llegó a través de un golpe de estado y nunca
fue elegido democráticamente, nadie niega que fue un
dictador, pero esto es mucho peor. La OTAN lo ha complicado
todo. Se visten con buenas intenciones, pero no revelan sus
verdaderos intereses, controlar el crudo. Occidente siempre ha
tenido muy claro el papel de África en la ecuación. Es su
almacén de materias primas, pero no quieren pagar el precio
que deberían, así que inventan conflictos armados pactando
con los gobiernos rebeldes, animándoles a levantarse contra el
gobierno opresor, a menudo gobiernos que quieren dejar de ser
expoliados por ellos. Les instruyen y los arman para que le
allanen el camino y le den la excusa para poder intervenir en
nombre de los derechos humanos, así se los quitan del medio.
Lo de Gadafi ha sido un asesinato para evitar llevarle a juicio
y que revelara al mundo todo lo que sabía, que denunciara esta
situación que lleva siendo así desde que Europa descubrió el
continente. Esclavos, diamantes, crudo, uranio, coltán. No
digo que no haya cometido errores, pero no era un genocida
como quisieron hacernos creer. A la OTAN los civiles les traen
sin cuidado. Ahora la situación es muy delicada. Intentan
asentar un gobierno aparentemente legítimo, pero no va a ser
tan fácil. Si conozco un poco a mi pueblo, es solo cuestión de
tiempo que vuelvan a estallar las revueltas. Demasiada gente
desplazada y masacrada. Ha sido una guerra civil, pero no ha
estallado sin más, es una guerra creada con un objetivo
concreto, como un virus de laboratorio, esa guerra enmascara
los intereses de las potencias occidentales, no del pueblo libio.
No va a ser fácil que olviden lo que ha pasado. Aquí, en
España, todavía estáis lidiando con las consecuencias de la
vuestra, más de setenta años después, seguís pidiendo justicia
y desenterrando cuerpos. Supongo que entendéis lo que quiero
decir. Aunque no todo es malo. De vez en cuando tengo que ir
por compromisos familiares y aunque el viaje es pesado y no
está exento de riesgos, siempre merece la pena. En la costa, el
clima es parecido al vuestro, aunque ahora, allí, mejor ni
acercarse, pero más al sur, el desierto se extiende ante ti con
todo su poder. A algunos hombres les devuelve su alma y a
otros sin embargo, se la arrebata y derrota sus cuerpos. El
desierto siempre gana, tiene un propósito para cada una de las
personas que llegan hasta él y te aseguro, amigo, que su
voluntad siempre se cumple. En medio de todo ese caos, es
posible encontrar la paz. Mi familia vive en la zona de Fezzan,
en Sabha, la mayor parte de ella, pero aún queda parte de la
familia en Ghat, entre el pueblo tuareg.
― ¿Lo dices en serio?―Le pregunté al borde del síncope.
Él asintió sonriente, ignorando lo que significaba para mí todo
lo que decía.
―Yo siempre me he sentido más cercano a la familia de
mi madre que a la de mi padre. Me gusta ir a verles, allí me
siento bien, como si volviera a mis orígenes. Es curioso que un
lugar que está tan lejos, me parezca tan cercano. ―Miré a
Carlos que tenía los ojos a punto de salirse de sus órbitas,
intentando encontrar las respuestas que se agolpaban en mi
mente, confundida, delirante, excitada, intentando encajar las
piezas de aquel rompecabezas.
― ¿Cómo era tu madre? Nunca me has hablado de ella.
―Era una gran mujer. Era musulmana, a su manera, a la
de su pueblo. En el desierto todo es distinto. Mi madre era
tuareg, fue a vivir con su familia de Sabha donde la encontró
mi padre. Pero jamás olvidó sus raíces, ni a su pueblo. Ella, en
mitad de Alemania, seguía siendo nómada. Le daba
importancia a todas las cosas pequeñas, jamás derrochaba el
agua, ni permitía que nadie lo hiciera. Me he llevado más de
un cachete por dejar un grifo abierto o por tardar demasiado en
darme una ducha. Ahora la entiendo.―Sonrió con nostalgia al
recordar esos pequeños detalles que hacían de su madre una
persona especial para él.
―Sí, debió de ser una gran mujer. Me habría gustado
conocerla.― Añadí.
―Me recuerda a ti en parte.
― ¿A mí?
―A ti también te gusta reñirme por las cosas pequeñas.
―Solo te riño cuando te portas como un niño y la mayoría
de las veces me provocas deliberadamente, no creas que no me
doy cuenta. ―Protesté a la vez que sonreía.
―Sí, lo reconozco, me encanta cuando me miras
intentando descubrir si hablo en serio o no. Se te frunce el
ceño mientras decides si te enfadas conmigo y casi siempre
decides no hacerlo.
―Es un poco gruñona, pero luego se le pasa, cuando
consigue entenderte.―Dijo Carlos.― Cuando la conocí,
discutíamos todo el tiempo. Ella no compartía mis teorías
acerca de la vida y de la muerte, pero creo que poco a poco,
las ha ido entendiendo mejor y también a mí. Aunque sigue sin
compartirlas enteramente.― Añadió.
― ¿Qué teorías? Me gustaría escuchar alguna.―Le pidió
Omar.
―Pues yo creo en la reencarnación.―Reconoció Carlos
sin dar rodeos.― Creo que al morir, elegimos nuestra próxima
vida y también con quienes la compartiremos.
―Me gusta esa teoría, es interesante. Claro, que eso me
deja sin un cielo lleno de vírgenes…―se rio Omar― pero,
sería estupendo que fuera así. Poder elegir con quién vas a
compartir tu vida. Tener la posibilidad de elegir dónde o
cuándo nacer.
― ¿Y si esta no fuera tu primera vida?―Yo le atravesé
con la mirada. ¿Qué diablos creía que estaba haciendo?― ¿Y
si tú hubieras renunciado a ese paraíso para volver a nacer?
― ¿Por qué iba a hacer eso?
― ¿Por amor? Tal vez, prefirieras encontrarte con una
persona a la que amabas, antes que vivir una eternidad en el
paraíso. Es solo una teoría, claro.―Estaba decidido. Iba a
matar a Carlos.
―Es posible.―Se encogió de hombros como si aquello no
tuviera la menor importancia.― Aunque no hay forma de
saberlo.
―Bueno, hay prácticas que en teoría te permiten recordar
tus vidas pasadas. Se llaman regresiones. ¿Te suena?
―Sí, he oído hablar de ello, pero la verdad es que soy un
poco escéptico con esos temas, lo reconozco.
―A mí me parece más plausible, que un cielo lleno de
vírgenes y más justo también. Porque entonces el de las
mujeres ¿cómo sería? ¿Cielos separados? No sé, tu teoría
tampoco es perfecta.
―Puede que ninguna lo sea.
―Bueno, chicos, basta de teorías por hoy. Primera parada,
La Fuente del Algar.
Bajamos del coche que habíamos aparcado en uno de los
restaurantes de la zona e hicimos la reserva para comer. Luego
nos encaminamos hacia la zona del río. Omar disfrutaba con la
visión de las cascadas y el agua fluyendo por todas partes.
Metió una mano para tocarla, suponiendo que su temperatura
sería similar a la de la playa y me miró sorprendido.
―Está fría.
―Sí, bastante.
―Es muy bonito.
Recorrimos todo el camino de puentes y pasillos de
madera, atravesando las pequeñas y grandes pozas de agua
dulce y cristalina. Subiendo hasta el nacimiento. Después de
deleitarnos con la belleza del lugar, fuimos al restaurante a
comer. Era un lugar al que solía ir de niña con mis padres y
siempre evocaba buenos recuerdos.
También Guadalest. Aquel pueblo, con su castillo y sus
calles imposibles, estrechas y empinadas, guardaba todo el
encanto y la tradición. Las tiendas que venden sus productos
artesanales y souvenirs en cada planta baja y las vistas desde la
muralla, te regalaban un billete de ida y vuelta a otra época.
Allí sentía el aire de una forma diferente, más limpio, al menos
eso me parecía a mí, cuando lo respiraba mirando aquel espejo
de agua turquesa desde lo alto del castillo. Todo de piedra,
como en la época medieval, sillares sobre sillares,
amontonados, luciendo de inmaculado blanco y cobrando
forma. Las ventanas enrejadas repletas de macetas de geranios
enganchadas a ellas, lucían orgullosas. Era una postal preciosa
que Omar también disfrutó.
Estaba a punto de ponerse el sol, cuando decidimos
abandonar el pueblo. Al final optamos por volver a casa en
lugar de ir a Altea. Carlos había quedado para cenar y yo
estaba algo cansada. El único que no mostró signos de
cansancio, fue Omar. Aunque no protestó. Lo cierto es que al
final parecía llevarse estupendamente con mi amigo, no sé si
porque me había dado su palabra o porque en realidad le caía
bien. El caso es que el día fue de lo más fructífero, no solo
porque habíamos disfrutado de los lugares que habíamos ido a
visitar, sino porque yo había descubierto muchas cosas acerca
de Omar y eso, me resultaba fascinante.
Ahora, loca o no, sabía que no había confusión alguna, era
el Hassan de Laila, mi Hassan, y yo agradecí, sin dirigirme a
nadie en especial, el haberle encontrado de nuevo. Lo
increíble, es que él había mantenido prácticamente intactas sus
raíces, seguía teniendo contacto con el pueblo tuareg y seguía
manteniendo sus raíces musulmanas… ¿Por qué yo no?
Bueno, la verdad es que Laila se dejó llevar por la religión que
en cada momento de su vida se le suponía, pero en el fondo,
no llegó a ser devota de ninguna de ellas. Ella amó a Arnau
mientras era cristiana y a Hassan siendo musulmana, era las
dos cosas y ninguna a la vez. Ahora, en esta vida, me había
definido mejor, ninguna. Omar, tampoco parecía muy exigente
con ese tema, así que decidí no darle importancia.
Dejamos a Carlos en su casa y nos quedamos a solas. Nada
más llegar a casa se sentó en el sofá absorto en algo que le
rondaba la cabeza desde que abandonamos el coche.
― ¿Has hablado con tu madre?
―No. He pensado que podíamos ir a comer con ellos
mañana, así os conocéis. ¿Te parece bien?
―Me parece perfecto, además, creo que será más fácil
sacar el tema en persona.
―No sé si será buena idea. Vayamos con cuidado, ¿de
acuerdo?
― ¿Qué te preocupa? ¿Ellos saben que estoy aquí?
―No les he dicho nada. Fue todo tan repentino que no he
encontrado el momento. Saben que existes y que nos estamos
conociendo.
―Algo es algo. Tal vez deberías haberles avisado.
―Tranquilo, por esa parte todo está bien, se alegran de que
haya encontrado a alguien y de que siga adelante con mi vida.
―Como quieras, son tus padres.―Se encogió de hombros
y añadió― Voy a darme una ducha, ¿me acompañas?―Me
dijo en un tono que no dejaba lugar para segundas
interpretaciones.
―Voy a llamar a mis padres antes.
―Entonces, te dejo para que hables tranquila con ellos.
Llamé y mi madre descolgó el teléfono enseguida. Noté
cierta ansiedad en su voz. Tal vez estuviera esperando otra
llamada, una con otra clase de noticias.
―Mamá, soy yo.
―Hola, cariño.
― ¿Qué tal todo? ¿Sabemos ya algo de los resultados de
papá?
―Pues seguimos haciendo pruebas, Ana. Espero que me
digan algo en un rato.
―Omar ha venido a pasar unos días y pensaba llevarle
para que lo conocierais, pero igual no es el mejor momento.
―No digas tonterías. Venid y hago arroz para todos. Os
espero a las dos y media.
―Está bien. Mañana nos vemos. Un beso.
―Otro para ti. Diviértete.
Bueno, por lo menos me había dicho que esperaba los
resultados hoy, aunque no es que quedara mucho día. En
cualquier caso, mañana sabríamos algo y acabaría la
incertidumbre. Lo peor siempre es no saber nada, andar a
ciegas, porque los monstruos son peores cuando estás a
oscuras.
Entré en la ducha y Omar estaba enjuagándose el jabón.
Con su metro ochenta y cinco y un cuerpo que podría haber
esculpido Miguel Ángel, la imagen era imponente.
― ¿Qué tal ha ido? ―Su voz me devolvió a la realidad.
―Bien. Nos esperan mañana para comer. Mi madre va a
hacer arroz.
― ¿Paella? ―Dijo, colocándome bajo el chorro de agua.
―Es parecido, pero no es exactamente igual, aunque no
creo que notes la diferencia y en mi opinión, el arroz
alicantino está infinitamente mejor. Dice mi madre que en un
rato la llamarán para darle los resultados de las pruebas, así
que mañana supongo que me dirán algo. Lo que no entiendo es
por qué no me dice para qué eran las pruebas. ―Él salió de la
ducha y empezó a secarse, pero no salió del baño, esperó a que
yo acabara y me esperó con una toalla en la mano para
cubrirme con ella y frotarme suavemente para secarme
también a mí. Fue un gesto elegante y tierno.
―Bueno, no te preocupes ahora, mañana saldremos de
dudas. Ven, túmbate en la cama bocabajo. ―Obedecí.
―A ver qué se te ha ocurrido ahora.
―Nada, pervertida, solo voy a darte un masaje. Vamos a
aliviar un poquito toda la tensión que vienes acumulando y así
evitamos que mañana estalle. ¿Te parece bien?
―Estoy a punto de empezar a creer en Dios. ¿Pero tú eres
de verdad?
―Y eso que aún no me has visto cocinar. ¿Tienes aceite
corporal?
―En la leja del baño. Si planchas me caso contigo.
―Cállate y relaja los brazos. ―Fue a coger el aceite y
sentí como lo derramaba sobre mi espalda. Luego sus manos,
siempre cálidas, lo extendieron despacio. Empezó a masajear
los hombros y fue bajando por los brazos, luego la espalda y
continuó por los glúteos y las piernas, cuando llegó a los pies,
juro que estaba al borde del éxtasis. ― ¿Qué tal estás?
―En el paraíso. No pares nunca. ―Se rio.
― ¿Te encuentras mejor?
―Si digo que sí, el masaje se acaba, así que no, cada vez
estoy peor. ―Me dio un beso en el hombro y se tumbó sobre
la cama, desnudo como estaba, con una tremenda erección
entre las piernas y sin dejar de mirarme. Yo me puse de
rodillas y fui avanzando hacia él, trepando por sus piernas.
Miré su miembro y luego a él. ― Habrá que hacer algo con
esto, ¿no crees?
―No hay por qué. Todo lo que sube, algún día tiene que
bajar.
― ¿Me la dejas para que juegue con ella un rato?
―Dispón de ella a tu antojo, pero trátala con cariño. ―
Alargó la mano a la mesita de noche y sacó un preservativo.
―Tal vez podríamos pensar en buscar otro método. Podemos
hacernos un reconocimiento y probar con algo menos
engorroso.
―Ahora no…― Lamí, hasta que mi juguete estuvo bien
húmedo y Omar soltó un gruñido, entonces coloqué el
preservativo y me subí a horcajadas sobre él, moviéndome
despacio al principio, adelante y atrás, luego fui rotando mis
caderas en círculos. Omar me dejó hacer. Se limitó a mirarme
y morderse el labio, hasta que decidió que también quería
jugar. Buscó con su mano mi clítoris y fue frotándolo al ritmo
que yo le iba marcando. Empecé a buscar la presión de su
mano con el movimiento y cada vez, nuestra respiración se
aceleraba más, como un huracán que va cogiendo fuerza a
medida que avanza. Él no apartaba la vista de mi cara. Yo
cerraba los ojos, pero cuando los abría, allí estaban los suyos,
esperándome, retándome. Empecé a buscar sus embestidas con
más velocidad y fuerza y él se ayudó de la otra mano para
mantenerme clavada a él, empezó a rotar las caderas con
embestidas profundas, como si buscara el mismo centro de mi
ser, una corriente sacudió mi cuerpo, no lo vi venir. Grité.
Entonces me dio la vuelta y se colocó encima, mordisqueó mi
mandíbula, y cogió una de mis piernas por debajo de la rodilla,
levantándola y colocándola sobre su antebrazo, embistió una
sola vez despacio, con fuerza, atrapó un pezón entre los labios
y tiró de él, luego volvió a embestir, aumentando la velocidad
con cada penetración, una, dos, tres veces, cuatro, cinco,
seis… Volví a estallar y él conmigo. Estaba sudando y yo
también, pero no teníamos fuerzas para ir a la ducha de nuevo,
ya nos ducharíamos por la mañana. Se deshizo del condón y
me abrazó por la espalda. Aspiró el olor de mi cuello y
suspiró.
―El paraíso…
7
Nos levantamos tarde. El sol ya estaba alto y después de
darnos una ducha y desayunar, fuimos a dar un paseo por la
playa antes de ir a casa de mis padres. Omar pasó su brazo por
encima de mis hombros y me besó en el pelo. Sus gestos
empezaban a ser familiares y predecibles, como si aquellos
pequeños rituales, llevaran ocurriendo toda la vida.
Caminamos un rato en silencio, disfrutando de olor del mar, el
sonido de las olas al romper contra las rocas y las gaviotas que
se contaban unas a otras donde encontrar los mejores peces, o
eso me imaginaba yo. Nos sentamos en una terraza y pedimos
algo de beber. Omar me cogió de la mano y entrelazó sus
dedos con los míos.
―Quiero que esto salga bien, pero sé que la distancia
puede ser un problema. Vamos a tener que esforzarnos. Ana,
yo estoy dispuesto a luchar, pero esto es cosa de los dos.
―Yo también lo he estado pensando. Estoy de acuerdo
contigo en que esto no va a ser fácil, pero si hay dos personas
capaces de hacer que funcione, somos nosotros. Somos
maduros, honestos, creativos, tenemos recursos, tiempo y
ganas. Creo que podemos conseguirlo y que merecerá la pena.
―Acerqué nuestras manos entrelazadas hasta mis labios y
besé la suya.
―Menos mal que piensas así, porque he contemplado
seriamente la opción del secuestro. No me veo capaz de
ponerle a esto punto y final, al menos, no aquí y ahora.
―Lo que me faltaba es tener también síndrome de
Estocolmo. ―Nos reímos. ―Vamos a hacer que funcione.
―Le guiñé un ojo y él me besó. Pagamos y nos fuimos a casa
de mis padres.
Debían ser cerca de las dos de la tarde cuando llegamos a
casa de mis padres, justo para sentarnos a la mesa y degustar
su especialidad. Ese arroz alicantino que tanto me gustaba.
Normalmente, lo hacía con carne, pollo y conejo, sobre todo,
pero yo le sugerí que hiciera el típico arroz senyoret, con
sepia, gambas peladas y atún. Tenía una pinta buenísima y su
aroma era lo mejor. Lo había hecho de la forma tradicional, a
la leña, en la barbacoa del jardín y ahora se encontraba
reposando, tal como le había enseñado mi abuela.
― ¡Hola, mamá!―Mi madre se volvió sonriendo e
inmediatamente clavó sus ojos en Omar, como un sargento
pasa revista, ella le miró de arriba abajo con cierto recelo, pero
al final vi cómo se dibujaba una sonrisa en sus labios y me
miró dándome el visto bueno.
― ¿Qué tal cariño? ―Me saludó primero. ―Tú debes de
ser Omar…
―Así es. Me alegro mucho de conocerle.
―La comida estará enseguida, ¿sabes que tu hermano va a
venir?
― ¿Y a qué debemos ese honor?
―Creo, que no quiere perderse el espectáculo.―Se rio mi
madre.― Los dos en casa… Me siento abrumada.―Dijo de
forma algo teatral. Yo me reí.―Me alegro mucho de teneros
aquí. Deberíamos comer todos juntos más a menudo. ―Y no
fue lo que dijo, sino la tristeza con la que lo dijo la que me
puso tensa como la cuerda de un arco.
― ¿Qué tal los resultados?
―Pues podrían haber sido mejores, pero también peores,
así que toca apechugar.
―Mamá, dime qué es lo que le pasa a papá, por favor. Sé
que algo no va bien y ya no soy una niña, necesito saber qué
está pasando.― Mi madre me miró contrariada. Supongo que
se debatía entre lo que ella pensaba que era mejor para mí y lo
que yo le pedía. No podía reprochárselo, ¿qué madre no
querría proteger a sus hijos?
―Hemos detectado un tumor. No te lo he dicho porque no
quería preocuparte y quería estar totalmente segura.
―Marián, supongo que Ana le habrá dicho que también
soy médico, como usted. Mi especialidad es la oncología. Si
me lo permite, estaré encantado de ayudar con cualquier cosa
que necesiten. Tal vez quieran una segunda valoración. Se lo
dije a Ana y ahora se lo digo a usted, cualquier cosa que esté
en mis manos.
―Me suena tu cara. Tú no serás por casualidad el Dr.
Omar Kadrahoui, ¿verdad?
―Estaré encantado de echarles una mano si me lo
permiten.
―He leído varios artículos suyos en la New England
Journal of Medicine. Permíteme decirte que eres brillante.
―Gracias, pero mientras no demos con una cura
absolutamente eficaz, no podemos considerarnos brillantes. El
cáncer siempre parece ir un paso por delante. Ana, te importa
si hablo un minuto con tu madre, vamos a soltar un montón de
terminología médica y suele sonar peor de lo que es en
realidad, no quiero que te asustes.
―Está bien, pero luego me cuentas la versión para tontos.
―No eres tonta, cariño, pero Omar tiene razón en que solo
vamos a ponerte nerviosa. No te ofendas, luego te explicamos
a qué conclusiones hemos llegado. Si alguien puede
aconsejarnos en cuanto a cómo debemos proceder con tu
padre, es Omar. Su fama le precede.
―Está bien, os dejo tranquilos, pero quiero toda la
información con pelos y señales en términos que yo pueda
entender o la próxima vez que os entre un virus en el
ordenador, lo alimento para que se coma todos y cada uno de
vuestros archivos. ―Sonreí y me fui. ―Lo juro por
Macintosh.
Vi entrar a mi hermano y lo agarré de la pechera y me lo
llevé a la cocina para que me ayudara a poner la mesa.
― ¡Hola a todos! Me voy con la loca esta, espero volver a
veros, pero si no vuelvo, ha sido un placer.
―Ayúdame a poner la mesa.
― ¿Cómo dejas a Omar hablando con mamá? ¿Estás loca?
Los dos son médicos, en cuanto toquen el tema de la medicina,
se acabó la comida.
―Calla y escucha. A papá le acaban de detectar un tumor.
No sé cómo de grave es la cosa, por eso Omar está hablando
con mamá, al parecer es un reputado oncólogo y querían
hablar a solas para decidir cómo tratar a papá.
― ¡Joder, Ana!
―Exacto.
― ¿Y papá?
―Creo que está en su despacho. Vamos a verle y a ver qué
nos cuenta él. ―Fuimos a buscar a nuestro padre que
efectivamente estaba en el despacho. Toqué a la puerta y su
voz nos indicó que podíamos pasar. ― Hola, papá. ―Cada
uno le besó una mejilla.
― ¡Uy! Vosotros queréis algo.
―Solo saber qué tal te encuentras. ―Empecé yo.
―Así que ya os habéis enterado.
―Queremos tu versión porque mamá lo adorna todo con
jerga ininteligible y no hay quien se entere.
―Pues no hay mucho que decir. Han detectado un tumor
en el páncreas. Vamos a hacer todo lo posible para plantarle
cara y ganar la batalla y poco más. ― Sonrió.
― ¿Nada más? ¿No sabes qué tipo de tumor es? ¿O en qué
fase está?
― ¿Importa mucho? Van a hacer conmigo lo que les dé la
gana. Yo solo sé contar historias, los tumores se los dejo a tu
madre. Ella sabe a lo que nos enfrentamos y confío en su
criterio en cuanto a cómo proceder. Sé que la cargo con toda la
responsabilidad, pero la terminaría asumiendo de todos modos,
así que…
―Bueno, a ver qué dice Omar.
― ¿Dónde está? Quiero conocerle.
―Está hablando con mamá de tu caso. Resulta que Omar
es oncólogo y por lo visto, bastante bueno.
―Entonces ya no tenemos nada de lo que preocuparnos. Si
no me mata una, lo hará el otro.
― ¡Papá! ―Protesté. ―No digas esas cosas.
―Cielo, lo único que nos queda es el sentido del humor.
Prometedme que no lo perderéis nunca.
―Verás qué risa cuando en tu cumpleaños en vez de
gaitas, contratemos un payaso. Nos vamos a reír un montón.
―Mi padre era gallego y desde que yo tenía memoria, mi
madre contrataba un gaitero para su cumpleaños, preparaba
pote gallego para comer y escanciaba sidra y por la noche…
queimada[27].
―Hay tradiciones que son sagradas y con las que jamás se
juega. Te has pasado. Vamos a buscar a tu madre que me
muero de hambre y como se hayan puesto a hablar en serio,
me da que me suben a la mesa de operaciones y hoy no
comemos. ―Por lo menos se le veía animado. Lo malo es que
yo ya sabía por experiencia que las personas como Miguel o
mi padre, siempre enmascaraban cualquier temor o tristeza con
humor para proteger a los demás. Miguel gozó de buen humor
durante el primer año. Luego la cosa empezó a torcerse.
Llegamos donde se encontraban Omar y mi madre. Ambos
con gesto serio, ceño fruncido y actitud solemne. Omar me
sonrió nada más verme, pero no era su sonrisa habitual, franca
y abierta. Esa sonrisa encerraba muchas cosas, para empezar,
compasión y para acabar, intentaba ocultarme información. Yo
se la devolví.
Mi hermano, levantó a mi madre en peso al tiempo que la
besaba en la mejilla― ¿Cómo está la mejor cocinera del
mundo?
―Eres un pelota.―Le dijo mi madre sin dejar de reírse.―
¿Quieres bajarme a tierra firme, por favor?―Mi hermano la
bajó al tiempo que le ofrecía la mano a Omar.
― ¿Qué tal Omar? Espero que mi hermanita se esté
portando bien contigo.
―No puedo quejarme.
―Así que al final has conseguido convencerla para que te
invitara a su casa, canalla.―Se rio me hermano y Omar se
encogió de hombros.
―Ana, ¿me ayudas a poner la mesa?―Supuse que mi
madre quería hablar de algunas cosas conmigo a solas y la
seguí. Pablo y yo habíamos empezado a ponerla antes de ir a
buscar a mi padre, pero no habíamos acabado el trabajo.
―Omar, te dejo con el angelito un momento. Portaos
bien.―Dije mirando deliberadamente a mi hermano.
―Tranquila, nosotros vigilamos el arroz.
―Sería como decirle a un zorro que guarde un
gallinero.―Me reí― Omar, que no se acerque ¿de acuerdo?
―Lo siento Pablo, ya la has oído.
― ¿Y tú piensas hacerle caso siempre?―Omar se encogió
de hombros.
― ¿Qué quieres que haga? Temo más su ira que la tuya.
―Haces bien.―Le dije entre risas mientras me marchaba.
Cuando nos alejamos lo suficiente para que no pudieran
oírnos, mi madre me miró intentando averiguar algo, aunque
no sabría decir qué.
― ¿De verdad os acabáis de conocer?
―Bueno, hace ya algunos meses.
―Le quieres. Estás enamorada de él y él de ti.
―Eso parece, sí. ¿Qué te parece Omar?
―Me parece un hombre muy guapo, es educado y
correcto. Imponente. Pero…
― ¿Pero?
―No va a ser fácil. ¿Has pensado en aprovechar la
excedencia y marcharte con él un tiempo? Solo para que
tengáis una oportunidad real de conoceros.―Decidió
compartir su preocupación conmigo.
―Es pronto para pensar en eso, apenas hemos empezado a
dar los primeros pasos.
―Pues creo que él lo tiene muy claro. ¿Qué es lo que te
preocupa?
―Me preocupa embarcarme en algo tan serio como
compartir casa con alguien a quien no conozco a fondo. ―Mi
madre se rio.
―Cielo, hoy en día la gente comparte piso continuamente
con desconocidos. No pasa nada. Puedes ir, probar y si no te
gusta lo que encuentras, te das media vuelta y listo.
―No puedo irme ahora. Papá nos necesita.
―Tu padre necesita el mejor equipo médico que podamos
encontrar y que ese equipo dé con el tratamiento adecuado. Y
de eso, se va a encargar Omar.
― ¿Confías en su criterio?
―Cariño, créeme si te digo que no podría estar en mejores
manos. Es como si nos acabase de tocar la lotería.
―Pensaré en lo que me has dicho.
―Piénsalo, sin presiones, tómate tu tiempo, pero no lo
descartes.
―La verdad es que a pesar de que ninguno de los dos cree
en las relaciones a distancia, llevamos meses hablando por
Skype y está resultando relativamente fácil. Él, hace que todo
sea fácil.
―Me alegro de volver a verte feliz, Ana. No renuncies
jamás a tu felicidad por miedo.
―Gracias, mamá. ―Mi padre acababa de dejar la paellera
en la cocina.
―Anda, llámales para que se sienten a comer. Voy a ir
sirviendo los platos.
Pablo, estaba charlando animadamente con Omar. A él se
le veía tranquilo, seguro de sí mismo, como siempre. Miré
aquella estampa intentando retenerla en mi mente. Me hizo
sentir bien, como si cada cosa ocupara el lugar que le
correspondía, ahora todo estaba en su lugar exacto.
―La mesa está puesta, si os quedáis aquí más tiempo
cotilleando, papá se comerá vuestra parte.
―No sé aquí, Pablo, pero en Alemania cuesta bastante
encontrar un lugar donde te sirvan un buen arroz.―Le informó
Omar, sonriendo.
―Aquí tampoco es fácil encontrar un arroz como el de mi
madre. Será mejor que vayamos a ocupar nuestro lugar en la
mesa.
Omar ajustó discretamente su paso al mío y me susurró al
oído un “¿Todo bien?”, que me puso la piel de gallina. Yo le
sonreí para demostrarle que no tenía nada de qué preocuparse.
Alabó la comida de mi madre en varias ocasiones y me
ayudó a recoger la mesa y meter los platos en el lavavajillas.
Pablo, preparó el café y lo tomamos en el jardín. Eran más de
las seis cuando llegamos a casa.
― ¿Qué tal ha ido?―Quiso saber nada más subir al coche.
―Bueno, yo diría que bastante bien. Mi madre, solo quiere
verme feliz.―Le sonreí.―Es mi turno de hacer preguntas.
―Aún tengo que ver los resultados y hacerle un
reconocimiento a tu padre, pero quiero que sepas que vamos a
hacer todo lo posible para que esto acabe bien. Sin garantías,
Ana, no quiero engañarte. Este es un tumor complicado porque
es de los que no da la cara y de pronto, se complica como el
más cabrón de todos y no te da tiempo a verlo venir. Sin
embargo, ahora lo sabemos y la probabilidad de éxito, es
considerable. Vamos a dejarnos la piel para que tu padre salga
adelante, pero tienes que estar preparada para verle luchar. Sé
que para ti no va a ser fácil.
―Mi madre me ha dicho que eres el mejor en tu campo y
que está en buenas manos. ¿Eso quiere decir que el tratamiento
lo vas a llevar tú?
―No te enfades porque me he dejado llevar un poco y le
he propuesto a tu madre que os vengáis a mi casa mientras
dure el tratamiento. Allí dispongo de los recursos, aquí no
podré ayudarle como me gustaría. Este clima es mejor, pero
vigilaremos sus defensas.
― ¿Todos?
―Todos. Si queréis. Mi casa es grande, ya lo has visto,
cabemos de sobra. Así le tendré más controlado y podremos
atajar cualquier contratiempo de forma inmediata.
―No sé, Omar… Te agradezco tu generosidad, pero quizá
es demasiado.
―Ana, es pronto para plantearnos vivir juntos, pero antes
hemos dicho que íbamos a luchar para que lo nuestro funcione,
¿no sería más fácil estando cerca? Sé que es una apuesta alta,
pero creo en nosotros. La otra opción es que venga él cuando
tengamos que tratarle y regresar a España, pero creo que los
viajes le debilitarían y no podemos correr riesgos. Además, tú
tienes una excedencia.
―Buscaremos una casa de alquiler para mis padres. No
creo que jamás pueda pagarte lo que vas a hacer por nosotros.
―Sobra decir que lo hago porque se trata de ti y de tu
familia, pero ten claro que no me debes nada, que esto, no te
vincula a mí de ninguna forma y que nuestra relación puede
fracasar, pero no afectará al compromiso que he adquirido con
tus padres. Este punto quiero que quede claro. Es lo único que
me crea dudas. No quiero que te sientas obligada a estar
conmigo por miedo a que deje el tratamiento de tu padre,
porque eso no pasará de ningún modo. ¿Está claro?
―Eres el mejor hombre del mundo, Omar Kadrahoui. Me
ha quedado claro. ―Le besé en los labios. ― ¿Y mi madre
qué te ha dicho?
―Me ha pedido que hablara contigo y que tú tenías que
estar de acuerdo. Ella hablaría con tu padre.
―Está bien. Hagámoslo.
―Tengo que regresar cuanto antes y empezar a prepararlo
todo, reaccionar a tiempo es importante. ¿Por qué no te vienes
conmigo? Podrías ocuparte de buscar una casa apropiada para
ellos.
―Es un poco precipitado, ¿no crees?
―Quiero empezar cuanto antes y hay mucho que preparar.
Aquí no puedes ayudarle, allí nos ayudarás a los dos.
―Está bien. ¿Cuándo piensas irte?
―Cogeré el avión que sale pasado mañana. Tienes un día
para pensarlo.
― ¿Me ayudas a hacer la maleta? ―Omar se acercó, me
cogió en brazos y me besó con ganas.
―Sé que no debería sentirme feliz en estas circunstancias,
pero me alegra que hayas decidido venir conmigo. Será la
prueba de fuego.― Me quedé pensando un momento, yo no
tenía billete.
―Lo primero es mirar el billete, puede que no haya plazas
disponibles.―Soltó una carcajada.― ¿De qué te ríes?
―Tu billete ya está comprado. ¿Crees que iba a correr ese
riesgo?― Volvió a reír.― He comprado los billetes para los
dos esta tarde.
― ¿Y si hubiera dicho que no?
―Pues quedaría un asiento vacío justo al lado del
mío.―Se encogió de hombros. ¿Vienes a la ducha?
―Esta vez no, tengo que hacer una maleta.― Era cierto,
pero también quería llamar a mis padres y explicarles lo que
había acordado con Omar. Él, se metió en el baño y cerró la
puerta aunque sin pasar el pestillo, por si yo cambiaba de
parecer. Yo saqué el móvil y llamé a mi madre. Sabía que nada
más colgar el teléfono habría ido a contárselo a mi padre,
siempre ocurría igual. Mis padres siempre habían funcionado
como un frente común, un muro de contención contra el que
tanto mi hermano Pablo como yo, chocábamos una y otra vez,
se profesaban una lealtad inquebrantable contra la que no se
podía luchar. Cuando era más joven no lo entendía, sin
embargo ahora, aspiraba a tener algún día ese tipo de relación.
Formar un equipo, un tándem perfecto que pedalease con
fuerza en la misma dirección.
Saqué la maleta de debajo de la cama y empecé a meter
ropa dentro. Metí sobre todo ropa de abrigo. Me faltaba
espacio por todas partes. Nunca había hecho una maleta sin
saber el tiempo exacto que estaría fuera. Decidí que lo mejor
era llevarme lo imprescindible y comprar allí lo que me hiciera
falta. Al final metí cuatro vaqueros, varias camisetas, un par de
camisas, dos jerséis de lana, dos chaquetas y un vestido negro,
elegante y bastante sexy, que siempre era una apuesta segura.
La ropa interior y el neceser. Ojalá todo saliera bien, pero no
quería crearme falsas expectativas. Ni con mi padre ni con
Omar.
Miré la maleta, parecía una planta carnívora con la boca
abierta, esperando a que la alimentase con mi ropa y otros
objetos personales. No podía creerlo, me fui hacia la ventana y
miré al exterior, me costaba respirar. Hacía unos días, Omar
era solo un tipo de esos con los que te cruzas en tu vida,
alguien con quien has compartido una experiencia
enriquecedora y especial, pero a quien no piensas volver a ver.
Ahora, él había dejado su país natal para venir a ayudar a mi
familia en uno de los momentos de mayor incertidumbre y se
había empeñado en llevarnos a todos con él para intentar
salvar la vida de mi padre. De pronto estaba a punto de coger
un avión para irme a vivir a un país extraño con un hombre
extraño. Aire. No había aire… Me había enrolado en una
relación complicada y surrealista, solo porque sus ojos me
traían recuerdos de otra vida. Solo porque a su lado yo me
sentía completa. Solo porque sentía que entre sus brazos, por
fin, había encontrado mi lugar en el mundo y porque cuando
estábamos juntos, todo estaba en el lugar que le correspondía.
¿Cómo podía sentirme así con un extraño? La puerta del baño
se abrió y su cuerpo atravesó el vapor que se había condensado
en el interior. Solo tuve que mirarle una vez a los ojos y todo
el aire que se había extraviado, comenzó a llenar mis
pulmones. No tenía la respuesta, pero tampoco me pareció
importante. Desde que Omar apareció, el mundo había dejado
de girar a mí alrededor y giraba conmigo, integrándome y
llevándome con él y era tan fácil dejarse llevar… Sabía que
corría el riesgo de perderme, pero ese miedo convivía por
igual con la esperanza de encontrarme. Ese era motivo
suficiente para apostar por ello. Además, no era un viaje sin
posibilidad de retorno, salían aviones cada día y podría volver
siempre que quisiera. Solo iba a apoyar a mis padres en un
momento delicado y de paso a darme una oportunidad junto al
hombre que había cruzado océanos en el tiempo para reunirse
conmigo. Yo también lo había hecho y no pensaba renunciar
ahora por prejuicios y miedo. No podía.
― ¿Todo bien?― La voz de Omar, resuelta y
aterciopelada, me acarició como un soplo de viento
devolviéndome a la realidad.
―Sí, solo estaba distraída.
―Parecías estar muy lejos.
―Solo pensaba en nosotros.―Era cierto, aunque creí que
lo más prudente sería no dar más detalles.
― ¿Tienes dudas? No quiero irme sin ti, pero tampoco que
hagas algo si no estás preparada. Puedes venir más tarde con
tus padres, si te resulta más fácil o vivir con ellos en la casa
que alquilemos, si te parece pronto para venir a la mía. No
tengo prisa, Ana. Cuando estés lista. No hay por qué forzar
nada.
―Va todo demasiado deprisa, eso es verdad, pero no tengo
dudas acerca de nosotros. Solo un poco de vértigo. Es extraño
¿verdad? Creo que si no fueras tú, necesitaría mucho más
tiempo para tomar una decisión como esta y sé que parece una
locura, pero siento la necesidad de intentarlo.
―Si no fueras tú, yo no creo que la hubiese tomado jamás.
Eres como un imán atrayendo una barra de hierro. Me atraes a
ti de ese modo.
―Pues ahora estás demasiado lejos.―Bromeé. Él se
acercó despacio, hasta que no quedó espacio alguno entre su
cuerpo y el mío.
―Solo tienes que decir lo que quieres y mi cuerpo te
obedece al instante. Pídeme lo que quieras.
―A mí me ocurre lo mismo. Te propongo un trato:
ninguno de los dos se aprovechará de la ventaja que tiene
sobre el otro ¿de acuerdo?―Le sonreí.
―Ahora me gustaría aprovecharme de esa ventaja.
―Bueno, si nuestros deseos coinciden, no creo que puedan
ser considerados como ventaja.―Lo dije mientras pasaba mis
brazos alrededor de su cuello. Él no me besó, pasó un brazo
por detrás de mis piernas y me levantó en peso, dejándome
sobre la cama.
― Sé que es un momento difícil, pero ¿eres feliz?
―Tú me has ayudado a reencontrarme con mi felicidad y a
hacer las paces. Haces que todo sea mejor, más fácil. A tu lado
me siento más fuerte, como si estando juntos fuéramos
invencibles. Estoy asustada por mi padre, como es lógico, pero
agradezco infinitamente que estés aquí. Si no te hubiera
conocido… No quiero ni pensarlo.―Decidí que ya era hora de
asumir mis sentimientos y hacérselo saber― Desde que murió
Miguel, todo ha sido caótico y estaba patas arriba. Yo,
sencillamente, había perdido mi lugar. Pero, apareciste tú y
todo cambió. Es como si todo hubiera encontrado el lugar que
le correspondía y lo hubiera ocupado de una forma
natural.―Le dije sorprendida y complacida al mismo
tiempo.― Las dudas que puedo tener, son fruto de mis
prejuicios, no de mis sentimientos y ya no podría volver a la
vida que llevaba antes. Al menos, no sin darme la oportunidad
de intentarlo.
―Sé que lo sabes, pero te quiero, Ana… Puede que más
de lo que me conviene y de lo que me atrevo a confesar y
aunque no lo entiendo, tampoco puedo evitarlo. Es demasiado
intenso. Me encuentro en una posición bastante incómoda, así
que no te aproveches demasiado.
―No te aproveches tú. Yo siento exactamente lo mismo.
― ¿Puedes creer que no tengo ninguna duda acerca de que
te vengas a vivir conmigo?― Reflexionó un momento, algo
contrariado.― Soy una persona bastante sensata, aunque ahora
no te lo parezca. Sopeso mis opciones con cuidado antes de
tomar cualquier decisión y no suelo precipitarme. No entiendo
qué me está pasando. Yo no soy así.
―Yo tampoco soy así, jamás me habría ido a vivir con un
tipo con el que acabo de empezar una relación. Pero es que
siento que nuestra relación no acaba de empezar. Puede que
sea una locura, pero ¿sabes qué? Que me alegro. Estoy
mandando al cuerno todos esos prejuicios.
―Me gustaría compartir algo más contigo que la locura.
― ¿Qué más quieres compartir?
―La felicidad. Una vida repleta de felicidad. Empezando
hoy.
8
Nada más bajar del avión, sentí una brisa de aire frío que
arañó mi rostro. Me encogí y busqué el calor y la protección
de su cuerpo. Él me recibió estrechándome contra su pecho y
ofreciéndole su enorme espalda al viento.
Cogimos un taxi hasta su casa y nada más llegar, me
obligó a deshacer las maletas e instalarme en el que sería mi
nuevo hogar durante algún tiempo. No quería que sintiera que
estaba de paso. Ni la tentación de marcharme. Guardó las
maletas en el mismo lugar que las suyas, en un trastero anexo
a la vivienda. Luego hizo sitio en su armario y me ayudó a
colocar mis cosas. No había mucha comida en la nevera y
aunque la hubiera, tampoco nos apetecía ponernos a preparar
nada ni salir fuera, así que decidimos que lo mejor era la
comida a domicilio y pedimos unas pizzas.
Una semana más tarde recibí una llamada de mi madre. Mi
padre había cambiado de idea y prefería llevar a cabo el
tratamiento en España. Así que al final, no vendrían. Me dijo
que ya habían hablado con Omar y que lo habían conseguido
arreglar para que él pudiera hacer el seguimiento desde
Alemania y que Omar y yo, iríamos de vez en cuando para
valorar los progresos.
Me cabreé. Mis padres eran muy libres de elegir cómo
vivir sus vidas, pero no de dirigir la mía. Yo había venido a
Alemania por ellos y ahora me decían que no pensaban venir y
que aprovechara para darme una oportunidad con Omar. Pero
eso, tenía que haberlo decidido yo y no lo habría hecho en
aquel momento. Lo habían precipitado todo y no es que
tuviera ninguna queja, pero sentía que unos y otros habían
jugado conmigo y estaba molesta porque le hubieran podido
ocasionar algún perjuicio a Omar. Era tarde cuando Omar
llegó a casa, pero yo había decidido esperarle. Necesitaba
hablar con él.
―Hola, cielo. ―Me besó. ― ¿Qué haces levantada? Es
tarde.
―Me ha llamado mi madre. Dice que ya han hablado
contigo y que al final llevarás el tratamiento desde aquí. No
van a venir.
―Sí, eso me ha dicho.
―Siento si te hemos ocasionado alguna molestia, Omar.
Mis padres no suelen ser así. No toman decisiones a la ligera y
cuando se comprometen a algo, suelen llevarlo a cabo. No sé
qué ha podido pasar.
―No te preocupes por eso. ¿Quieres decirme algo más?
― ¿Qué más puedo decir? ―Ahora que me fijaba, parecía
tenso y eso no era habitual. ― ¿Por qué pareces tenso? ¿Tú
tienes algo más que decirme a mí?
―No, perdona. Es que al verte esperándome he creído que
ibas a decirme que como tus padres no van a venir, tú te
marchabas a España.
― Pues lo he pensado, la verdad, pero no lo he decidido.
Es tu casa. ¿Qué quieres tú? Es un paso importante y no
tenemos por qué precipitarnos. Si quieres que me vaya y que
sigamos como hasta ahora algún tiempo más, me parecerá
bien.
―Creía que ya había dejado clara mi postura al respecto.
Ana, yo quiero que te quedes, pero solo si te apetece. Creo que
esta semana aquí y la anterior en España, no han podido ser
mejores. Y quiero más de esto.
― ¿Y qué voy a hacer yo aquí? No puedo quedarme en tu
casa todo el día sin hacer nada, esperando a que llegues. Eso,
no va conmigo.
―Tal vez, puedes buscar trabajo. Puedo ayudarte a
preparar un currículo.
―No hablo alemán y el inglés tampoco es que lo domine.
―Omar se sentó en el sillón de cuero que había en el salón y
me cogió de la mano tirando hacia él para que me sentara
sobre sus rodillas. Me miró fijamente a los ojos y me dio un
beso muy dulce. El beso más dulce que me habían dado jamás.
― ¿No te ves viviendo aquí o no te ves viviendo conmigo?
Está claro que estás buscando razones para marcharte. No lo
hagas, no las necesitas. Dime que prefieres volver a España y
ya está. No pasa nada. Volvemos a Skype y yo iré a ver a tu
padre una vez al mes y a ti también, si tú quieres. Te lo he
dicho un millón de veces, no tengo prisa.
―Me asusta quedarme y también irme. No sé qué hacer.
―Creo que no puedo ayudarte esta vez, Ana. Tienes que
descubrirlo tú. Pero no tienes por qué decidirlo ahora. Piénsalo
y haz lo que creas más conveniente. Yo no voy a moverme de
donde estoy a no ser que me lo pidas.
― ¿Tú vendrías a vivir a España por mí?
―En este momento, no. No voy hacerlo. En primer lugar
porque creo que tienes demasiadas dudas y eso me frena,
quiero ser franco contigo. Además, hay algunos negocios
familiares que debo gestionar y desde aquí me resulta más
fácil que desde España porque ya tenemos la infraestructura,
pero podría arreglarlo todo más adelante. Quizá en un año o
dos como mucho. La respuesta es sí, lo haría. Si todo va bien y
prefieres vivir allí, no tengo ningún reparo en mudarme. Me
encanta España, ya lo sabes y yo ya hablo el idioma, soy
consciente de que el cambio es más fácil en ese sentido para
mí.
―Sin embargo, no lo harías ahora.
―Cielo, voy a pedirte que seas honesta, creo que yo lo
estoy siendo contigo y es justo pedirte lo mismo. Desde que
empezó lo nuestro, he procurado demostrarte en todo
momento que lo que siento es firme y auténtico. Creo que no
me has visto dudar, he apostado por nosotros desde el primer
momento y quiero seguir haciéndolo. ¿Estás de acuerdo
conmigo?
―Claro, no puedo reprocharte nada.
―Entonces, ¿a qué vienen tantas dudas? Cada vez que me
doy la vuelta te veo insegura, Ana, y yo no puedo ponértelo
más fácil. A veces siento que te empujo constantemente para
que esto avance, pero no quiero hacerlo. No porque me haya
cansado de empujar, sino porque creo que te estoy presionando
y que no estás lista y eso no es bueno, porque algún día puede
explotarnos en la cara y no quiero que me reproches nada.
Quiero hacer las cosas bien, encontrar un camino que
queramos recorrer los dos. Cariño, te quiero y te lo digo por
última vez, no tengas miedo. Decidas lo que decidas, yo voy a
estar de acuerdo, quiero que encuentres tu manera de estar
conmigo. La mía es esta. No sé quererte de otra forma.
Construye la tuya y muéstramela. Será suficiente siempre que
sea lo que de verdad quieres. No quiero que me quieras como
crees que espero que lo hagas o como se supone que debes
hacerlo. Quiéreme, sin más. A tu manera.
―Te quiero y me apena no ser capaz de demostrarte lo que
siento.
―No es eso, Ana. Sé que me quieres, pero también noto
que libras una batalla cada día contra tus prejuicios y tu idea
de cómo debería construirse una relación. Creo que eres como
esas personas que tienen un boleto de lotería premiado y no lo
cobra porque no se lo cree. ―Lloré. En parte porque me dolía
lo que me decía y en parte, porque sabía que tenía razón. ―
Mírame. Tócame. ―Cogió mi mano y la colocó sobre su
pecho, a la altura del corazón. ―Esto es auténtico. Es de
verdad y puedes apostar a que seguiré aquí cuando despiertes
y espero seguir junto a ti mucho tiempo después. Tranquila, mi
vida, encontrarás la forma. Tu forma. Y yo voy a estar
deseando descubrirla.
Dos días después cogí un avión con destino a Alicante.
Omar tenía razón. Yo tenía que encontrar mi forma de asumir
y gestionar nuestra relación. No era una relación normal.
Como él había dicho en alguna ocasión, era todo demasiado
intenso y sí, tuve miedo. Cuando estaba con él me sentía en
una montaña rusa de esas que van a toda velocidad haciendo
tirabuzones contigo dentro. Adrenalina y vértigo. Y risas y
gritos de euforia y tantas cosas… Era difícil gestionar tanta
emoción.
Mi padre había empezado con el tratamiento y cada día
estaba más débil. Yo iba a verle a diario para distraerle un
poco. Había dejado de trabajar y se pasaba el día sin hacer
nada o pegado al ordenador. Estaba triste, aunque intentaba
que no se notara. Me llevé la Play Station y le enseñé a jugar
al “Tomb Raider”, no era el mejor juego del mundo, pero creí
que le gustaría la temática, y así fue. Al principio se mostraba
un poco torpe e inseguro con los mandos, pero en cuanto le
pilló el truco, empezó a jugar sin mí. El muy traidor.
Con Omar hablaba cada día por Skype y no parecía que
afectara a su determinación que yo no hubiera encontrado el
valor para quedarme y darle una oportunidad a lo nuestro. Se
le veía tranquilo, aunque yo empezaba a reconocer los
pequeños signos que revelaban, más que conformidad,
resignación. Que hubiera aceptado mi decisión no quería decir
que la compartiera, simplemente la respetaba porque no le
quedaba más remedio e intentaba que le afectara lo menos
posible, pero tenía días en los que por mucho que lo intentara,
no conseguía disimular sus ganas y en ocasiones, su
frustración.
Ya había pasado casi un mes desde que me marchara de su
casa y me avisó de que vendría a pasar unos días para hacerle
un chequeo a mi padre. ¡Por fin! Lo cierto es que le echaba
muchísimo de menos y me comprometí conmigo misma a
hacer de aquella estancia, algo especial. Quería demostrarle
que apostaba por lo nuestro tanto como él, aunque lo hiciera
de un modo diferente y necesitase otros tiempos. Quería
compensarle por castigarnos con una separación que no
queríamos ninguno de los dos, pero que yo necesitaba para que
las cosas se fueran asentando y ocupando su lugar. Nunca me
habían gustado los atracones, no sabía gestionarlos y Omar se
había dado cuenta y lo entendía.
Era un jueves lluvioso y sin gracia, de esos que no quieres
salir de casa sin un motivo de peso. Yo lo tenía. Cogí el coche
y conduje, con más prisa de la que me convenía, por la autovía
A-7, cantando a pleno pulmón sin el menor pudor. Llegué al
aeropuerto a eso de las siete y dejé el coche en la cuarta planta
del aparcamiento. Crucé la pasarela que conectaba el parking
con la terminal y bajé las escaleras mecánicas hasta la zona de
llegadas. En cuanto le vi aparecer, salí corriendo hacia él. Él
sonrió y abrió los brazos para recibirme y yo salté dentro de su
abrazo. Luego busqué su boca y me dio igual que hubiera
gente mirando. Le habría devorado enterito allí mismo, pero
no me apetecía pasar la noche en el calabozo por escándalo
público, ya ajustaríamos cuentas después.
―Hola. ―Me dijo cuándo nos separamos.
―Hola. ―Pasó el brazo por encima de mis hombros y
caminamos hasta el coche.
― ¿Me has echado de menos? ―Me preguntó con sorna.
―Tú qué crees.
―Me parece que sí.
― ¿Y tú a mí?
―Muy poco. ―Estábamos metiendo la maleta en el coche
y me fijé en el bulto que se evidenciaba en un punto concreto
de sus pantalones. Lo toqué con un dedo mientras le miraba
directamente a los ojos.
―Mentiroso.
―Entra en el coche y arranca. No estoy seguro de poder
esperar a llegar a tu casa.
― ¿Hoy no vas a pedirme que sea buena?
―Creo que estás más que decidida a portarte mal y eso a
mí, en este momento, me parece muy bien.
Omar vino un fin de semana al mes durante los siguientes
seis meses y yo hacía lo mismo. Ese fue el compromiso que
adquirí con él la primera vez que vino para hacer el chequeo a
mi padre. Él venía uno y yo iba otro, de modo que nos
veíamos un fin de semana sí y otro no. Así era más fácil. Y
más justo, eso también. La relación se iba consolidando poco a
poco. Yo ya no me sentía como una extraña cuando iba a su
casa y cuando Omar me disparaba a bocajarro sus
sentimientos, había dejado de sentirme como cuando me ponía
los zapatos de mi madre siendo niña. A veces, Omar me
quedaba grande, pero últimamente, esa sensación había
desaparecido y yo me sentía capaz de igualarle. Había
encontrado mi forma. Al no tener unas expectativas que
cumplir, podía relajarme y ser yo misma.
Mi padre no estaba respondiendo al tratamiento todo lo
bien que cabría esperar. Yo le notaba cansado y su aspecto
estaba muy desmejorado, como si algo le estuviera devorando
desde dentro. Cada vez más delgado, más pálido.
Omar había venido para el chequeo mensual y le noté algo
taciturno. Tal vez hubiera tenido un mal día o estuviera
preocupado por algo.
― ¿Estás bien? Te noto preocupado. ―Un beso en el pelo
y un suspiro disimulado.
―Son cosas del trabajo. No te preocupes.
―No creo que pueda ayudarte, pero si necesitas hablar, yo
estoy dispuesta a escuchar.
―Se me pasará en cuanto me coma un trozo de la tortilla
de patatas que me has prometido.
―Es que mi tortilla es mágica. Soy como un druida y en
mi tortilla, añado mi pócima secreta contra las cosas
inevitables.
― ¿Por qué piensas que lo que me preocupa es inevitable?
―Porque si no lo fuera, no estarías tan preocupado.
Estarías ocupado evitándolo. Algo me dice que más que
preocupado estás frustrado o decepcionado y siento no saber
ser de más ayuda.
―Dame un rato más contigo y se me habrá pasado. Tu
sola presencia me reconforta. Eres un bálsamo que me calma
las quemaduras.
―Ojalá. Ya me gustaría ser capaz de aliviarte cualquier
dolor.
―Dame mi tortilla y verás.
Al día siguiente, nos levantamos temprano y fuimos a casa
de mis padres para ir al hospital. Nada más llegar y atravesar
el laberinto de pasillos y puertas de acceso restringido, mi
madre nos hizo pasar a su despacho y le mostró a Omar los
resultados de los análisis que le habían hecho a mi padre.
Omar frunció el ceño, mi madre cruzó las manos y a mí, se me
encogió el corazón. Eso era. La tensión se percibía en el
ambiente. Omar seguía mirando los datos, comprobando una y
otra vez las mismas páginas, buscaba algo. Tal vez, un error.
Mi padre quiso hablar a solas con Omar y mi madre y yo
fuimos a tomar un café. Me pareció razonable que mi padre
quisiera hablar con el médico que se ocupaba de su
tratamiento. Tendría un montón de dudas y mi madre no era de
las que daban muchas explicaciones. Estaba acostumbrada a
tomar decisiones y no solía consultarlas con nadie, al menos
las que tenían que ver con asuntos relacionados con la salud.
Cuando llegamos a casa de mis padres, mi padre estaba
agotado y le ayudé a llegar a su habitación y a meterse en la
cama. Necesitaba descansar. Al bajar las escaleras oí a Omar
hablando con mi madre en el despacho. Empezaba a hartarme
de sus charlas técnicas que excluían al resto, pero meterse en
el despacho y hablar en susurros, era pasarse. Me acerqué con
aplomo y entonces Omar levantó la voz, en realidad era un
grito contenido. Estaba enfadado. ¿Por qué Omar le hablaba
así a mi madre? Me puse a la defensiva de inmediato y
entonces le oí:
― ¡Tienes que decírselo! ―Mi madre estaba llorando.
― ¿Qué está pasando aquí? ―Exigí.
―Nada, cielo. Omar me estaba contando que hay un
nuevo tratamiento que podemos probar con papá. Es un buen
candidato y reúne los requisitos, pero es un tratamiento en fase
experimental y puede tener algunos efectos secundarios,
estamos valorando otras opciones porque el tratamiento
convencional no está funcionando bien. Estamos un poco
tensos y frustrados, eso es todo. ―Omar apretó la mandíbula y
tragó despacio. Juraría que ahí había algo más que frustración.
Indignación, tal vez, puede que desesperación. Estaba segura
de que no me decían toda la verdad, pero no tenía forma de
averiguarlo sin dudar abiertamente de ellos y no quería
empezar una guerra con ninguno de los dos. Me conformé con
aquella vaga explicación y la di por buena. Por el momento.
Omar me dijo que tendría que volar al día siguiente con la
excusa de que le habían llamado por una emergencia y tenía
que volver sin dilación. Eso no fue lo que me alertó, lo que
hizo saltar todas mis alarmas fue que aquella noche no quisiera
hacerme el amor. Le busqué y me soltó eso de: “Cielo, mejor
lo dejamos para mañana. Demasiadas emociones para un día.
Estoy agotado”. Beso rápido y una espalda enorme que
admirar toda la noche. OMAR CANSADO PARA EL
SEXO… ¡¿Desde cuándo eso era posible?! Eso no me cabía
en la cabeza por más que intentaran convencerme. Omar había
llegado a casa después de una guardia de veintiséis horas y me
había hecho el amor. Omar, había operado durante seis horas
seguidas y nada más llegar, me había metido a empujones en
la ducha y me había hecho el amor. Omar nunca estaba
cansado para hacerme el amor y no es que no tuviera derecho
a estarlo, que lo tenía, todo el derecho del mundo, pero no era
normal y después de lo que había visto, pues me mosqueé.
― ¿Vas a decirme lo que te pasa en realidad o seguimos
jugando a ver si lo adivino? Si lo conviertes en un reto, tendré
que esforzarme y se me da bien hacerme la tonta, pero espero
que te hayas dado cuenta de que no lo soy.
―Ana, hoy no. Déjalo, por favor.
―Entiendo que puedas tener un mal día, pero yo no soy el
enemigo.
―Nadie dice que lo seas. No te estoy atacando, te estoy
pidiendo paz. Dame un respiro.
―Disculpa, pero creo que lo que necesitas, es espacio. Ahí
lo tienes. Saqué una manta del armario y me fui al sofá.
Omar apareció a los pocos segundos y se plantó delante de
mí.
― ¿Quieres volver a la cama, por favor?
― ¿No querías espacio?
―No, Ana. Lo que quiero es tiempo.
― ¿Y eso qué quiere decir? ¿Quieres que lo dejemos?
― ¿De qué estás hablando? ¿Cuándo he dicho yo que
quiera dejarlo?
―No sé, solo intento adivinar qué narices te pasa porque
tú no quieres decírmelo. Estoy barajando hipótesis así un poco
a lo loco, la verdad… Porque no tengo ni idea de por qué
estamos discutiendo.
―Estamos discutiendo porque no eres capaz de respetar
que hay cosas que prefiero no compartir. Porque has decidido
montarte una película cargada de dramatismo en la que eres la
víctima y yo soy el malvado villano que quiere dejarte. Una
conclusión meditada en profundidad tras haberte dicho que no
quiero echarte un polvo. ¿Así vamos a funcionar? ¿Yo tengo
un mal día y te pido tiempo para procesar lo que sea que me
esté pasando y tú montas un peliculón al más puro estilo
Bollywood? No, Ana. Madura. Así, no. Haz el favor de
meterte en la cama.
―No me apetece. ―No dijo nada más. Se metió en la
habitación y le oí abrir la maleta. Estaba recogiendo sus cosas.
¡Joder! ¡No! Fui a la habitación y le miré unos segundos desde
la puerta. ― ¿Qué estás haciendo? ―Tardó unos segundos en
contestar y cuando lo hizo, dejó lo que estaba haciendo y me
miró de frente. Como siempre. Siempre de frente.
―Me voy. Es tu casa y no pienso consentir que duermas
en el sofá por mi culpa. Faltan unas horas para que salga mi
vuelo, pero no creo que pueda dormir y dado el ambiente que
hemos creado aquí, estaré más cómodo en el aeropuerto.
―No te vayas. Lo siento. Te he visto discutiendo con mi
madre y me he puesto a la defensiva. Odio que me oculten la
verdad y sé que no me lo estáis contando todo. Me tratáis
como si fuera una cría y me estoy cansando de vuestro juego.
La vida con la que jugáis, es la de mi padre y creo que el resto
tenemos derecho a saber lo que está pasando.
―Estamos todos muy tensos y esto acaba de empezar. O
nos relajamos e intentamos hacer las cosas mejor o vamos a
terminar de los nervios.
―Estoy de acuerdo. ¿Cómo lo arreglamos?
―Ven aquí, anda. ―Se sentó en la cama y me ayudó a
sentarme junto a él. ―Te quiero. No puedes pensar que quiero
dejarte porque tenga un mal día o no quiera hacer el amor. Hay
veces que llega algo que nos queda grande. Algo que no
somos capaces de gestionar. Solo necesito tiempo para
averiguar cómo debo proceder y no, no estaba de humor para
hacer el amor. Y tampoco para hablar. Solo quería abrazarme a
ti, quedarme dormido y esperar un nuevo día, a veces, esa es la
medicina. No me des guerra, Ana, no cuando te pida paz.
―Lo he entendido. No voy a presionarte, pero en algún
momento voy a volver a preguntar y cuando lo haga, espero
respuestas. Nada de echar balones fuera. ¿Tú me has entendido
a mí? ―Asintió con cierto pesar, pero no era un hipócrita y
sabía que tenía razón. ― Mañana hay que madrugar. Vamos a
dormir y a ver si con sol, conseguimos ser más positivos.
―Nuestra primera discusión seria en casi un año, no está
tan mal. ―Dijo apartando las sábanas y tumbándose. Yo me
recosté junto a él y apoyé la cabeza en su pecho, él echó las
sábanas por encima y cerró el abrazo.
―No quiero volver a discutir contigo. ―Declaré.
―Pues me temo que de vez en cuando, será inevitable. No
siempre vamos a entendernos, pero no podemos cuestionar el
amor del otro por eso. Me ha dolido que pensaras que quería
dejarte. Creo que no entiendes lo que siento por ti.
― ¿Cómo voy a entenderlo si no entiendo lo que siento
yo? Tenías razón en lo que dijiste sobre que era como esas
personas que tienen el boleto de lotería premiado y no van a
cobrarlo. Me siento justo así la mayor parte del tiempo.
Supongo que temo que en cualquier momento alguien me
diga, perdona pero ha habido un error, esto no era para ti.
―Créetelo de una vez. A mí también me cuesta, pero te
miro y le doy gracias al cielo por haberte puesto en mi camino.
Cobra el puñetero billete de una vez, y vámonos de crucero.
―Está bien. ―Le sonreí y él me besó. Al principio fue
algo inocente, pero Omar, mi Omar, estaba de mejor humor y
no tardó en hacérmelo saber, así que nos fuimos de crucero al
paraíso.
De pronto, mi padre empezó a mejorar. Cogió algo de
peso, volvió el color a sus mejillas y empezó a recuperar el
pelo. Al parecer el nuevo tratamiento le iba mucho mejor.
Estaba más animado y yo también, y más tranquila, sobre
todo, más tranquila. Las cosas entre mi madre y Omar
parecían haberse suavizado, pero la tensión no había
desparecido, quedaba un remanente de lo que fuera que pasara
entre ellos. Supongo que algún desacuerdo sobre el nuevo
tratamiento, sin embargo, estaba funcionando. Tal vez se
tratara de una lucha de egos.
Este fin de semana me tocaba a mí viajar. Omar me
recogió en el aeropuerto y fuimos a comer a un restaurante que
había cerca de su casa. Luego, fuimos al supermercado e
hicimos la compra para el fin de semana.
Cuando llegamos por fin a su casa, colocamos las cosas
que habíamos comprado y deshice la maleta, Omar estaba bajo
el marco de la puerta, como si la sostuviera, me miraba de un
modo extraño y en su cara despuntaba una sonrisa pícara, al
más puro estilo “Mona Lisa”.
― ¿Qué tramas?
― ¿Quién dice que tramo algo?
― Mi sexto sentido. Habla o tendré que torturarte.
―Me muero porque empieces y voy a ponértelo muy fácil.
―Entró y se sentó en la cama. Ahora sonreí yo. Yo no era
muy dada a los juegos sexuales, pero aquella me pareció una
excelente oportunidad para tentarnos.
Me acerqué despacio y me coloqué entre sus piernas. Me
senté a horcajadas sobre él. No tardó en llevar las manos hasta
mi trasero y acomodarme, al tiempo que yo le propinaba un
beso devastador, aunque breve. Quería que se quedara con
ganas de más. Noté que estaba listo cuando me apretó contra
su erección y una carcajada cruzó mi pecho para volverse
sonido al salir al exterior. Me sentía como una diosa
todopoderosa por encenderle con tan poco esfuerzo. Tuve que
obligarme a no arder en su hoguera en aquel momento. Yo
quería el control, aunque sabía que no iba a ser fácil
mantenerlo en mis manos.
La humedad de mi aliento sobre su cuello y mi lengua
jugando con su oreja, le hicieron gruñir. Buscó mi boca de
nuevo, y de nuevo me retiré demasiado pronto. Me levanté
ignorando su intento por retenerme allí, apretada contra él. No
abandoné mi posición entre sus piernas, solo que esta vez, me
situé más abajo. Me coloqué de rodillas y comencé a
desabrochar sus pantalones despacio. Liberé, con su ayuda,
aquel miembro de su cuerpo que me moría por saborear y le
dediqué toda mi atención. Suavemente, generando
expectativas, sin prisa. Él, permanecía de pie y me miraba
impaciente mientras lo acomodaba entre mis labios. Le
mantuve la mirada mientras provocaba sensaciones que
encendían aún más su deseo. Sus dedos se enredaron en mi
pelo, guiando con precisión el movimiento, marcando su
ritmo. Pero ese no era el plan, esta vez no. Cuando le vi
apartar la mirada y echar la cabeza hacia atrás, me retiré
dejándole desahuciado e insatisfecho. Se le escapó un gruñido
como protesta y me miró algo contrariado, pero dejó que me
apartara.
―Te morías por que empezara, pero no has dicho nada de
terminar. Te lo preguntaré otra vez, ¿qué tramas? ―No
contestó. Frunció el ceño, me cogió sin previo aviso y me echó
sobre la cama, bocabajo, luego paso un brazo por debajo de mi
vientre y tiró hacia él, levantando mis caderas. Protesté. ―
¿Qué haces? ―Me reí, desmintiendo mi reproche. Entonces
apartó el vestido para darme un cachete en el culo. ¿Me estaba
“castigando”?
― ¿Disfrutas haciéndome sufrir? A ese juego, podemos
jugar los dos. ―Nunca había jugado así con Miguel, con él,
había probado geles de placer y nos habíamos atado las
muñecas al cabecero o nos habíamos vendado los ojos,
habíamos jugado con comida y con hielo, lo típico, pero jamás
se atrevió a darme un azote y me sorprendió un poco viniendo
de Omar, pero no me molestó y le dejé hacer. Me dio la vuelta
y se apartó, se quitó los zapatos y se desvistió sin dejar de
mirarme. Su mirada estaba cargada de hambre. Un hambre
voraz que no estaba segura de poder satisfacer. Miguel, jamás
me miró así. Con él todo era más tibio, igual de auténtico, pero
menos intenso.
Me quitó los zapatos y las medias, dejándome en el borde
de la cama mientras se inclinaba colocándose entre mis
piernas, retirando la tela que se interponía entre su boca y mi
estómago. Se paseó por mis costados, por mi vientre y se dejó
llevar más abajo. Me probó con su lengua y me tanteó con sus
dedos, presionando, provocando… Cuando sentí que todo
estaba a punto de explotar, me agarré a la colcha con fuerza,
mientras esperaba la ola de calor que concluyese con aquella
dulce tortura, pero me devolvió el favor, apartándose. Luego
me dio la vuelta, dejándome bocabajo de nuevo, levantando
mis caderas para encarar mi humedad y penetrar en ella sin
cuidado. Omar era alto, pero la cama también y así, de pie
como se encontraba, acometió con fuerza, una mano se
aferraba a mi hombro, mientras la otra se ocupaba de controlar
mis caderas. Dejó que la mano se deslizara desde la cadera
hasta mi sexo y jugó con él sin dejar de embestir. De nuevo,
sentí la ola de calor que anunciaba el alivio y su mano voló
para darme otro cachete, esta vez con más fuerza. Se me
escapó un gemido que pretendía ser una queja, aunque no
porque me hubiera hecho daño, sino porque para propinar su
castigo, había infligido uno mayor al apartarla de donde la
tenía.
― ¿Te gusta jugar, Ana?
―Me gusta jugar contigo.―Otro cachete y otra embestida,
y otro gemido que se escapaba de mi garganta sin pedir
permiso.
― ¿Cuánto te gusta jugar?
―Pruébame. ―Le desafié. Y lo hizo. Salió de mí
dejándome de nuevo con impaciencia. Expectante por lo que
haría después. Un mordisco en la nalga. Un jadeo. Aquel juego
lo había empezado yo, pero ahora no tenía tan claro que fuera
a ser yo quien le pusiera el punto y final.
De nuevo, mi espalda aterrizó sobre el colchón y él
aterrizó sobre mí. Bajó el escote de mi vestido, que aún
llevaba puesto, lo justo para devorar mis pechos y mi boca y
mordió mi labio, tirando de él, como si quisiera llevárselo
consigo. Se frotó contra mi entrada traspasando lo justo para
que le notara dentro, pero no lo suficiente como para
satisfacerme. Elevó mis caderas para facilitarse el acceso.
Arañó con sus dientes mi pezón antes darme un pequeño
mordisco en el pecho y hundirse por completo en mi sexo.
Entonces fue mío, por fin, enteramente mío. Rodeé sus caderas
con mis piernas y le dejé hacer. Esta vez yo estaría preparada
para cortarle el paso en su retirada. Me había cansado de jugar
y quería mi premio. Era mi juego al fin y al cabo. Entraba y
salía de mí con maestría y pasión a partes iguales, acelerando
el ritmo, presionando con la palma sobre mi vientre mientras
con el pulgar, presionaba mi centro sin parar. Creí que iba a
morir justo cuando sentí que se preparaba para salir sin
permitirme alcanzar el clímax. Entonces, cerré con fuerza mis
piernas sobre su cintura dejando muy claro no había retirada
posible. Pero se paró y me miró entre divertido, sorprendido y
deseoso de que siguiera retándolo.
― ¿Dónde están tus modales? Pídemelo por favor.―Contraje
los músculos que le cobijaban y él empujó, se le escapó un
gemido por la presión. ―Venga, Ana… Has perdido. Deja a
un lado el orgullo y pídeme lo que quieres con amabilidad.
Sabes que me muero por complacerte…―Embistió una sola
vez lentamente, colándose hasta lo más profundo de mi ser.
Me mordió en el cuello y yo me retorcí de placer. Presioné de
nuevo con mis piernas en sus nalgas para evitar que saliera de
allí, roté despacio mis caderas, estrechándome alrededor de él.
Otro gemido que se le escapaba. Me incorporé y trepé hasta
colocarme sobre él y busqué sus labios, apresando el inferior
con mis dientes.
―No te lo voy a poner tan fácil… ¿A qué venía esa
sonrisa? ―Me deslicé hasta frotarme contra su vientre,
rotando las caderas. Gemido. Bien. Repetí la operación.
―Eres muy impaciente, pero aquí y ahora, el ritmo, lo
marco yo. ―Y para demostrar lo que decía, me tumbó sobre la
cama colocándose encima, embistió varias veces seguidas,
acelerando el movimiento, los suspiros, la pasión…
―Sí, sí…―Salió. ¡No! Me arqueé buscándolo. Otra
embestida. Salió. Me dio la vuelta de nuevo, un cachete, otra
embestida y otra… y otra…. Y otra… y otra… Hasta que los
dos nos sincronizamos y explotamos juntos entrando en el
paraíso por fin. Cuando él quiso. Mierda. Al menos, no se lo
había pedido por favor.
Se echó a mi lado mientras metía su lengua en mi boca en
un beso que más que un beso, recordaba al general de algún
ejército izando su pendón en el castillo conquistado para dejar
muy claro, que había ganado y que ostentaba el poder. Aunque
hubiéramos alcanzado alivio, la intensidad de aquel momento
apasionado seguía flotando entre nosotros.
Se levantó de la cama y recogió sus pantalones que
seguían en el suelo, sacó algo de los bolsillos, me mostró lo
que parecían dos entradas, de nuevo con esa sonrisa que
esconde lo que el otro ignora, y se acercó para que pudiera ver
de qué se trataba. ¡Dos entradas para el concierto de Ara
Malikian! Me dio un beso rápido y yo intenté cogerlas, pero él
las apartó.
―No sé si quiero ir con alguien que ha intentado
torturarme. ―Se dio media vuelta, dejó los pantalones sobre la
butaca que había en la esquina, junto a la ventana y se fue al
baño. Abrió la ducha y yo hice un puchero desde la cama.
Le había dicho que me gustaba cuando vino a España la
primera vez y actuaba esa misma noche. Me sentí afortunada.
Era el hombre más maravilloso y atento del mundo y él había
decidido compartirse conmigo. Me levanté y fui derechita a
buscarle. Le sonreí y él supo que me había encantado su
regalo.
―No te acerques a mí. ¿Pretendes matarme?
― Solo si no me llevas a ese concierto.―Imploré.
―No te lo mereces. ― Me dijo cogiéndome por la cintura
y sentándome sobre sus piernas. No había nada sexual en
aquel gesto, aunque parezca extraño, estando desnudos en una
ducha, solo era complicidad.
― ¿Quieres que te lo pida por favor?― Susurré. Él buscó
mi boca, acomodando mi postura con sus manos, de nuevo
tenso, dispuesto, preparado. Se apartó de mis labios para poder
mirarme directamente a los ojos, generando más tensión solo
con la fuerza de su mirada y su saber esperar. Me costó apartar
mis ojos de los suyos, que eran puro fuego. Desvié mis labios
a su oreja de nuevo, para pedírselo allí, bajito, solo para él.
Íntimo. Como si fuera el mayor de los secretos que nadie
hubiera confesado jamás. ―Por favor… ― Casi exhalé
aquellas palabras que brotaron como un viento cálido. No dijo
nada. Tal como estábamos se introdujo en mí, aferrándose a mi
cuerpo, comiéndose mi boca despacio, provocando a mi
lengua con su pulgar antes de adentrarse en la húmeda cavidad
y hacerla suya. Me ayudaba con sus manos acompañando mis
caderas, respetando esta vez, mi ritmo. No tardé en encontrar
el clímax, esta vez sin nadie que me saboteara y él, no tardó en
seguirme.
Salimos de la ducha con el tiempo justo de arreglarnos y
llegar al concierto, que por cierto, fue increíble, de principio a
fin. Ara Malikan, era un músico de esos que consiguen
proyectar su pasión hacia los demás y contagiar a todo el
mundo con ella. Era mágico e intenso, como nosotros.
Aquella noche, mientras dormía, vi a un hombre que se
acercaba a mí, con un enorme cuchillo en la mano. Yo
tropezaba y caía al suelo y el hombre se acercaba más. Su piel
oscura y el fuego de sus ojos negros, me hicieron temblar. No
era el mismo fuego que veía en los ojos de Hassan o de Omar,
ni mis temblores eran por el mismo motivo. Temblaba de
miedo, de puro terror. Aquél hombre estaba decidido a poner
fin a mi vida, eso era lo que decían sus ojos. El filo de su
cuchillo se apretó contra mi garganta, pero no ejecutó su
intención de inmediato, un siseo le distrajo. Vi cómo se volvía
para localizar su procedencia exacta y tras él, una enorme
serpiente, negra como sus ojos, se alzó para atacar. El hombre
retiró el cuchillo para enfrentarse al animal, pero ella fue mil
veces más rápida que su mano. Ella no dudó. Retrocedí como
pude, sin dejar de mirarla, intentando no hacer ningún
movimiento que llamase su atención, me arrastré por la arena,
solo veía arena y más arena y la serpiente, y el hombre tendido
en el suelo. Una mano morena apareció de la nada, me sujetó
por el brazo y me subió encima de otro animal, un gran
camello que se incorporó de inmediato iniciando la marcha.
Estaba en el desierto, un inmenso desierto dispuesto a
engullirme se abría ante mí.
―Ana… tranquila… solo es una pesadilla, tranquila.― La
voz de Omar me devolvió a la consciencia. Me desperté
sobresaltada.
― ¿Estás bien? Solo era un sueño, pero parecías
angustiada.
―Siento haberte despertado.
― ¿Quieres contármelo?
―No tiene importancia.
―Cuéntamelo. Ya me he desvelado, ―me animó― y
quizá te ayude a volver a dormir.
―Estaba en el desierto. Un hombre de piel oscura me
amenazaba con un cuchillo y entonces aparecía una enorme
serpiente que se abalanzaba sobre él. Luego aparecía otro
hombre y me subía en su camello, adentrándose entre las
dunas.
―Es un sueño extraño para alguien que jamás ha estado en
el desierto, pero duerme tranquila, te prometo que nadie se
acercará a ti para hacerte daño. Yo no lo permitiría.
― ¿Por qué iba a querer nadie hacerme daño?
―Eso digo yo. ¿Quién se atrevería a dañar a mi dulce
Ana? ― Me acariciaba el pelo intentando tranquilizarme. Lo
extraño es que yo no estaba asustada, pero él sí. Vi el temor en
sus ojos, la preocupación. Como si temiera que aquel sueño se
hiciera realidad. Entonces recordé que posiblemente aquel
sueño no fuera mío, sino de Laila. Algún episodio de mi vida
junto a Hassan. Repasé mentalmente lo que recordaba de
aquella vida, pero ninguna de las imágenes que venían a mi
mente se ajustaba a aquel sueño. No era de mi vida pasada.
Laila, tenía el don de la revelación a través de los sueños,
¿acaso se trataba de algo que iba a pasar? ¿Era posible que en
esta vida yo también tuviera aquel don? ¿Por qué Omar estaba
preocupado? ¿Acaso él sabía de todo aquello y me lo
ocultaba?
―Omar… ¿Hay algo que quieras decirme?
― ¿A qué te refieres?
―Solo es un sueño, pero tú pareces realmente preocupado.
¿Por qué?
―Aunque solo sea un sueño, el hecho de pensar que
alguien quiera hacerte daño y de verte sufrir, me pone
nervioso.
― ¿Nada más?
―Ni nada menos. No quiero que sufras, ni si quiera en
sueños.― Me acurruqué entre sus brazos y me quedé dormida
de nuevo.
En mi siguiente visita, Omar regresó del trabajo, aunque
no lo hacía solo. Le acompañaba un hombre de piel oscura,
más oscura que la suya y de ojos negros, más negros que los
suyos, aunque no tenían su intensidad. Era su primo, Hamid.
Aquel hombre no me gustaba. Había algo en él que me
animaba a alejarme tanto como pudiera. Solo se quedó un día.
Uno de los días más largos de mi vida.
Hamid, le informó de la situación de su familia en Libia.
Su tío ya era mayor y quería verle antes de morir. Omar le
prometió ir a verle tan pronto como le fuera posible.
Un par de semanas más tarde, Omar vino para el
seguimiento de mi padre. Había vuelto a empeorar y con su
recaída, regresaron las tensiones entre él y mi madre. La noche
antes de que se fuera de nuevo a Alemania, me anunció que en
dos semanas tenía que salir de viaje para ocuparse de unos
asuntos familiares en Libia por lo que estaríamos un tiempo
sin poder vernos.
―He pensado aprovechar el viaje e ir a ver a mi tío.
Supongo que preferirás quedarte y pasar algún tiempo con tu
padre. Cuando concluya mis asuntos en Libia, regresaré a
España y si quieres, me quedo toda la semana. ―Era un buen
plan, pero me habría gustado que me pidiera que le
acompañara. Supongo que se me notó en la cara.
― ¿Te parece mal?
―No me parece mal, tranquilo, es solo que me habría
gustado acompañarte, en realidad, me habría gustado que lo
hubieras hablado conmigo antes de tomar la decisión. Una
parte importante de una relación, es tomar decisiones, juntos.
―Perdona, pero es que la situación en Libia no es la mejor
en estos momentos y prefiero que no vengas si no es
necesario. Podemos esperar a que las cosas se calmen, algún
día. Aunque me gustaría que conocieras a mi familia, espero
que puedas hacerlo más adelante, bueno, quizá no a todos, mi
tío está muy mayor, pero aun así, prefiero no ponerte en
peligro.
― ¿Y si yo quisiera ir? ―Puso mala cara.
―Preferiría que no lo hicieras.
―Podría ir por mi cuenta. Siempre he querido ver el
desierto.
―No es momento para hacer turismo, créeme. Iremos más
adelante si la situación mejora. Yo no tengo más remedio que
ir, pero tú no tienes por qué hacerlo y no quiero que corras
riesgos por un capricho. La situación es muy inestable.
Prácticamente, hablamos de zona de guerra.
―Si tú puedes ir, yo también. Déjame acompañarte. Me
gustaría conocer al resto de tu familia y sobre todo a tu tío. Me
has hablado mucho de él y sé lo importante que es para ti, tal
vez sea la última oportunidad de conocerle y de que me
conozca.
―Ana, en otras circunstancia me encantaría que me
acompañaras, pero no puede ser. Además, si te quedas, podrás
pasar más tiempo con tu padre. Últimamente, no le ves a
penas. ¿Cuántas veces me lo has dicho? Quédate. Lo de mi tío
es una pena, pero le hablaré de ti y le enseñaré fotos, te
prometo que sabrá que existes y lo importante que eres para
mí.
―Sigo queriendo ir.
―Y yo sigo pensando que no quiero que vengas. Lo
siento. ―Bufé.
Aquella noche tuve un sueño estupendo. Soñé con Hassan.
Estábamos en el desierto y yo iba a su palmera a llevarle un
vaso de limonada. Él me miró y me dijo que prefería tomarlo
dentro de la tienda. Nada más entrar, me susurró unas palabras
en árabe al oído y todo mi mundo despareció. No entendí una
sola de esas palabras, pero la vibración de su voz, recorrió
todo mi cuerpo empujando la sangre que se interponía a su
avance. Me estremecí. Sus labios recorrieron mi cuello. Al
tiempo que sus brazos me hacían prisionera dentro de su
espacio, encerrándome en una cárcel de telas, carne y hueso.
Una cárcel de la que ningún ser querría escapar. Me desperté
agitada y comprendí que era un sueño de inmediato. Omar
estaba sentado en la cama, clavándome su mirada, no había
preocupación en ella, sino fuego.
― ¿Un buen sueño?―Preguntó en un tono de voz que
reflejaba ira y dolor, aunque contenidos, resultaban evidentes.
― ¿Qué?
― Parecía un gran sueño, ¿quién es Hassan?― Madre mía,
no podía creer que hubiera pronunciado su nombre y no se me
ocurría nada que lo explicara.―Es una pregunta sencilla.
¿Quién es Hassan? Que yo sepa no conoces a muchos árabes.
Yo diría que tu círculo se reduce a mí y a mi primo Hamid, así
que me gustaría saber quién es Hassan. ¿Es alguien que
conociste en el campamento? Puedes contármelo, no pasa
nada. Todos tenemos un pasado.
―Solo era un sueño.―Me excusé.
―Parecía un sueño muy bueno por la forma en la que le
llamabas. Nadie inventa un nombre en sueños.― Sus ojos se
apartaron de los míos y se cerraron con fuerza. Solo era un
sueño, pero claro, él pensaba que había algún hombre llamado
Hassan que me hacía sentir de ese modo. ¿Cómo explicarle
que se trataba de él mismo? ¿Cómo decirle que nadie, nunca,
podría hacerme sentir como me hacía sentir él? Qué se trataba
de un recuerdo de otra vida. ¿Cómo explicar aquello sin
parecer una loca?
―Hassan, no es nadie. No existe.
―Ana, leo en tu cara igual que tú lo haces en la mía. Sé
que hay algo más. ― Yo resoplé, podría inventar una
explicación razonable, una buena excusa, pero no quería
mentirle. Puede que hubiera llegado el momento de contarle la
verdad.
―Podría decirse que es un antiguo amor.
―Entiendo. Parece que sigues pensando mucho en él.
―No es lo que tú piensas.
― ¿Cómo lo sabes? ¿En qué crees que estoy pensando?
―Te lo explicaré si dejas de prejuzgarme. Tendrás que
abrir también un poco la mente. Esto no va a ser fácil de
explicar.
―Ana, no puede ser tan complicado. Hassan es un hombre
con el que tuviste una relación en el pasado. Bien, eso puedo
asumirlo. ¿Sigues pensando en él? Solo quiero la verdad.
Dímelo. Cuanto más me esquivas, más significado le otorgas.
―Bueno, cuando escuches lo que tengo que decir, creerás
que estoy loca.― Tomé aire, intentando acompañarlo de un
poco de valor y toda la elocuencia que fui capaz de encontrar.
―Cuéntame lo que sea, siempre que sea la verdad.
―Te acuerdas de la conversación que mantuviste con
Carlos el día que fuimos a Guadalest?―Asintió.―Pues tenla
presente, ¿vale? Te va hacer falta para comprender esto. Hace
algún tiempo, Carlos me convenció para que me sometiera a
una regresión.―Esperé para observar su reacción, de
momento no daba señales de asombro, no me miraba como si
estuviera loca ni nada parecido, así que decidí continuar.― En
esa regresión, reviví una de mis vidas pasadas. Fue muy
extraño, los recuerdos venían a mi mente y yo lo veía todo tan
claro como si lo estuviera viviendo en aquel momento.―Hice
una pausa, para volver a evaluar su reacción. Todavía nada.
Continué.― Hassan, era mi esposo. Lo que viví con él fue tan
intenso, tan grande y tan fuerte, que ha atravesado océanos de
tiempo para volver a encontrarme.―Ahora sí reaccionó. Sus
ojos estallaron en llamas. Sus puños arrugaron las sábanas,
estrangulándolas entre sus dedos.
―Así que un hombre con el que viviste en otra vida, ha
vuelto para encontrarte.―Se levantó de la cama sin mirarme.
Sus puños estaban apretados, blancos, los cerraba con tanta
fuerza que ni su propia sangre era capaz de circular por ellos.
Se dirigió a la puerta para abandonar la habitación, pero
entonces se detuvo un momento. ― ¿Y hace mucho que te
encontró?
―Un año, aproximadamente.―Esperé a que hiciera los
cálculos. Tenía que darse cuenta.
―Estábamos en el Sahara.
― Exacto.
― ¿Qué quieres decir?
―Tú mismo me lo has confesado en varias ocasiones, lo
que sientes por mí, no es normal. Como si ya me conocieras,
como si ya existiera un vínculo increíblemente fuerte entre
nosotros, como si me hubieras estado buscando. Lo que
intento decir, es que me has encontrado. ―Se volvió con el
rostro distorsionado por el dolor.
―No te burles de mí. Es la mejor historia que me han
contado jamás, pero ya es suficiente. Si no vas a decirme la
verdad, será mejor que no digas nada.
―Omar, sé que es increíble. Jamás te hubiera contado
nada y no tenías porqué saberlo, pero no quiero perderte por
soñar contigo en otra vida, no te he sido infiel de ningún
modo, a no ser que te haya traicionado contigo mismo, en otro
tiempo, pero eras tú. Yo era Laila…― rompí a llorar, me oía
hablar y me deba vergüenza continuar, estaba desesperada. Si
alguien me contara algo parecido me reiría y luego me iría lo
más lejos posible de una persona capaz de inventar algo así.
No tenía sentido y yo lo sabía, pero ya no había vuelta atrás.
No me creería, aun así decidí terminar de contar mi historia,
nuestra historia.― ¿Recuerdas la primera noche que hablamos,
en el hospital de campaña? ¿Recuerdas lo que dijo la niña?
―Estaba delirando, por favor no te sirvas de algo así.
―No me aprovecharía jamás de los delirios de una niña
moribunda. Recuerda lo que dijo: “Laila, no olvides quién
eres. La señora de las dunas.” Fue entonces cuando comprendí
que todo era real. Hasta ese momento, yo pensaba que todo
eran fantasías, sueños… coincidencias. No le di la menor
importancia, hasta que vi tus ojos. Hasta que oí tu voz. Hasta
que escuché a aquella niña.
―Ana, por favor… Para. ¿Tú te estás oyendo?
―Tú sabes que es verdad. Sabes que hay algo irracional en
todo esto, algo más fuerte que el amor que sentimos hoy, algo
que nos une. ¿De verdad crees que sería capaz de amar a
alguien como te amo a ti?
―Yo sé cómo te amo yo y no, no sería capaz. Pero, parece
que tú sí.―Salió de la habitación sin decir ni una palabra más.
Quise ir tras él, pero había aprendido por las malas que a veces
necesitaba tiempo para procesar las cosas y era mejor dejarle
hasta que él encontrara el camino de vuelta, así que me
obligué a quedarme en la habitación. Pasé toda la noche
intentando buscar la manera de hacerle entender, pero no veía
la forma de conseguir que me creyera. ¡Maldita sea! Ni si
quiera yo me lo creía. Me levanté temprano y salí al salón,
necesitaba verle. Puede que se le hubiera pasado o puede que
solo hubiera sido un mal sueño. Cualquiera de las dos me
valía.
― ¿Omar?―Le llamé. Nadie contestó. La luz empezaba a
colarse a través de las cortinas. Me froté los ojos antes de
intentar abrirlos. Me dolía todo el cuerpo, no me sentaba bien
no dormir y más cuando arrastraba tanta tensión. Miré a mí
alrededor y le vi sentado en uno de los sillones, clavándome
sus enormes ojos negros. Ya no había fuego en ellos, solo
rescoldos de la incertidumbre y el miedo.
―Estás aquí.―Le saludé aliviada.
―Tenía que hacer mi maleta, pero no quería despertarte.
―No he dormido. Siento lo que pasó anoche, pero no tiene
sentido continuar con esto si no puedes creerme, porque
siempre pensarás que te he engañado.
―No entiendo tu historia y no puedo creerla, pero
tampoco creo que me hayas engañado. La verdad es, que no sé
qué pensar. ―Así que aún había esperanza. Si existía una
posibilidad de que él me creyera, entonces…
―He estado pensando en cómo demostrar que no miento.
Solo se me ha ocurrido una cosa, pero es otra locura. Tendrás
que seguirme el juego en esto, aunque creas que estoy loca.
Luego, si no estás satisfecho, puedes dejarme, incluso dejaré
que me internes en un psiquiátrico.―Me miraba de un modo
extraño, sin comprender a dónde quería llegar.― Lo único que
puede convencerte de que no miento y de que te he contado
toda la verdad, es que tú también lo veas. Si a mí me hubieran
contado lo que yo te conté a ti, habría reaccionado igual,
incluso mucho peor.
― ¿Qué es lo que me estás pidiendo exactamente, Ana?
―Que te sometas a una regresión.―Le vi encerrar la cara
entre sus manos y ladear la cabeza de un lado a otro. No podía
aceptar una negativa, así que solo me quedaba suplicar. Me
arrojé al suelo, de rodillas frente a él. Tomé sus manos y las
besé desesperada, llorando…
―Por favor, no pierdes nada. ¡Inténtalo!
―Ana, yo… no sé qué decirte. Esto es demasiado para mí.
― ¿Crees en un cielo repleto de vírgenes y no eres capaz
de creerme a mí, a la persona a la que amas? Creo que nunca
te he dado motivos para que pienses que no soy una persona
razonable. Sé que es difícil de creer. Solo te pido que me
concedas el beneficio de la duda. No tienes nada que perder.
¿Acaso no merezco eso? ¿No merezco un último esfuerzo por
tu parte?
―Eso, no es justo.
―No, no lo es. Pero tampoco es justo que alguien destroce
tu vida por un maldito sueño. No es justo que la persona que
supuestamente te ama, te juzgue y condene sin hacer todo lo
posible para saber la verdad, no es justo que…―rompí a
llorar más desesperada aún y ya no pude continuar.
―De acuerdo. ―Dijo en un susurro. Yo le miré incrédula,
lo había conseguido. Lo haría por mí. Solo esperaba que
funcionara.
―Gracias.―Dije besando de nuevo sus manos.
―Por favor, levántate, no quiero volver a verte así.
―Y yo no quiero perderte. No me importa nada más.
―Te amo, Ana, eso no lo dudes, pero…
―Shhh…―puse un dedo sobre sus labios―Todo saldrá
bien. Ya lo verás, solo te pido un poco de fe. Confía en mí.
―No creo que nadie pueda llevar una mentira tan lejos, al
menos, tú no.―Suspiró.― Aunque yo no vea lo mismo que tú,
ahora sé que tú lo crees realmente y que lo soñaste porque lo
creías. De algún modo, para ti sí es real. No creo que hayas
conocido a ningún Hassan últimamente.
―No sabes hasta qué punto ha llegado a ser real para mí.
A veces, utilizas las mismas frases que él… que tú, en aquella
vida y entonces, viene a mi mente el recuerdo. No dejo de
sorprenderme nunca de que sigas siendo la misma persona, de
que siga habiendo tanto de él en ti.
― ¿Así que pienso como una persona de hace siglos?
―Sonrió. Estaba intentando bromear y quitarle hierro al
asunto.
―Solo a veces.―Intenté seguir con su broma. Secó mis
lágrimas con su mano, acariciándome la cara.
―No quiero volver a verte llorar. Siento mucho todo esto.
―Debería habértelo contado antes, pero nunca encontré el
momento o las palabras.
―No. Si me lo hubieras contado antes, cuando apenas te
conocía, entonces sí que habría pensado que estabas
completamente loca.― Se rio.
―Supongo que tienes razón.―Admití avergonzada.
―No creo que estés loca. Yo no creo en esas cosas, pero tú
no crees en mi cielo repleto de vírgenes y no piensas que yo
esté loco, así que… que cada uno crea en lo que quiera.
―Me gustaría tanto que vieras aquella vida…
― ¿Quieres hablarme de ella? No te juzgaré. Escucharé e
intentaré imaginar lo que me cuentes. Será como si me
contaras una película que aún no he visto.
― ¿De verdad quieres que te hable de ello?
―Luego, si quieres, yo te contaré mejor lo de mi cielo.
―Está bien.―Tomé aire, sabiendo que sería un relato más
o menos largo, intentando decidir qué era lo más importante.
Ahora podía contarlo mejor, estaba preparada y él estaba
preparado.― Te sorprenderá saber que entonces, ya
pertenecías a una de esas tribus del desierto, los hombres del
velo los llamaban.
― ¿Era un tuareg?
―Ajá… el jefe de la tribu. Hassan Nauzet Haytam, el
joven halcón.
― ¿Cómo sabes tú eso?―Me preguntó sorprendido. Yo le
miré sabiendo que ahora sí me creería.
― ¿Vas a interrumpirme o quieres escuchar la historia?―
Cerró la boca de golpe al tiempo que hacía un gesto
invitándome a seguir.― Bien, pues como ves, tú has
continuado sin despegarte de aquellas lejanas y profundas
raíces, así que supongo que para ti será más fácil comprender
todo lo que voy a contarte o lo que verás si al final decides
someterte a la regresión. Yo no pertenecía al desierto, mi padre
era cristiano, pero se casó con mi madre que era musulmana.
Mi abuelo, que curiosamente se llamaba Omar, sí que procedía
del desierto, aunque se instaló en Jerusalén cuando fue
conquistada por Saladino, allí fue donde yo nací y crecí. Al
menos, hasta que volvió a manos del Rey Federico, entonces
asesinaron a mis padres y mi abuelo, creyó prudente volver al
desierto. Durante el viaje, nos atacaron y yo estuve a punto de
morir. Mataron a mi marido y cuando iban a hacer lo mismo
conmigo, apareció una espada y me libró de aquel destino. La
mano que empuñaba aquella espada, era la tuya, la de Hassan.
Así, nuestros destinos se unieron para siempre. Hassan, o sea
tú, nos llevó a su campamento, que curiosamente era justo el
lugar al que mi abuelo pertenecía y nos quedamos allí.
Tardamos bastante en darnos cuenta de que estábamos hechos
el uno para el otro, mi marido había sido asesinado y yo no
soportaba mirar a ningún otro hombre, además eras
insufrible…―Me reí al recordar lo que pensaba Laila.― Frío,
distante, casi arrogante, con esa seguridad en ti mismo y
acostumbrado a tener a todo el mundo a tus pies. A mí me
ponías de los nervios, te dio por seguirme a todas partes y todo
lo que yo hacía, te parecía mal, pero estaba equivocada en tus
intenciones, te juzgué mal. Eras el hombre más maravilloso
que ha pisado jamás la tierra. Cuando lo comprendí, ya no fui
capaz de escapar de tu mirada, la misma mirada que tienes
hoy.
―Parece una buena historia, la verdad es que me
encantaría que todo lo que cuentas fuera real.―Se quedó
callado un segundo, intentando decidir algo y de pronto lo
hizo.― Quiero someterme a la regresión, si esa es la historia
que voy a ver, merece la pena intentarlo, si no, como tú dijiste,
no pierdo nada.
―Me alegro mucho de oírte decir eso.
―Aún queda tiempo. ¿Te importa contarme un poco más?
― ¿Qué es lo que más te interesa saber?
―Creo que el tipo de hombre que era.
―El mejor. Eras distante y seguro de ti mismo, porque era
así como tenías que ser, tú eras un guerrero. Conmigo no,
conmigo siempre fuiste más cálido que el sol. Me decías que
era la sal de tu vida, que a veces escocía, pero que siempre
curaba. Entre nosotros siempre hubo un fuego intenso que no
se apagó jamás, ni si quiera cuando la muerte vino a buscarte
fue capaz de conseguir que se extinguiera. Yo le pedía a Alá
cada día que viniera a buscarme y que me llevara contigo.
Cada día iba a tu palmera y dejaba junto al tronco desnudo, un
vaso con agua. Sabía que se evaporaba, pero me gustaba
pensar que eras tú quien la bebía.― Mis ojos, se llenaron de
lágrimas al revivir aquel dolor, que aunque se había cebado
con Laila, también era mío. Omar me miró, vi en sus ojos que
me creía, que sabía la verdad, aunque no lo viese, supe, que en
lo más profundo de su ser, su alma se estremecía con su propia
historia gritándole desde dentro que todo era cierto.
Envolvió mi rostro entre sus manos y mis labios con los
suyos, absorbiendo el dolor y la angustia. No el dolor de Laila
por perder a Hassan, sino el mío, por perderle a él. Sus labios,
calmaban el dolor y encendían mi pasión al mismo tiempo. Se
apartó un poco para susurrarme al oído.
―Así que tú eres Laila, la señora de las dunas.
―Para ti no, tú me llamabas Tazerwalt.―Dije sin separar
mis labios de su boca.
―Tazerwalt…Ojos azules.
―Susúrrame en árabe.―Le pedí casi en un jadeo.
―No lo entiendes.―Protestó sin dejar de besarme.
―No importa, me gusta cómo suena tu voz en ese idioma.
―Tazerwalt…―Luego, siguió susurrándome cosas al
oído, pero yo ya no intentaba aislar las palabras, solo el sonido
de su voz en aquella lengua extraña para mí, hacía que me
estremeciera de pies a cabeza, como si aquel idioma me
devolviera a la vida. Sus ojos más negros que nunca, más
encendidos que nunca, pero contenidos. Jamás había sentido la
necesidad de entregarme a alguien, yo siempre me había
compartido, pero jamás me había entregado. Lo hice,
necesitaba hacerlo, mi cuerpo me pedía que me entregase, que
me sometiera a su voluntad, a sus deseos, a sus manos. Solo
existía él. Lo único que yo deseaba, era complacerle a él.
―Haz conmigo lo que quieras.― Le dije en un susurro. Él
no dijo nada, apenas una especie de gruñido, una chispa más
en sus ojos y de pronto, todo se volvió más violento, más
salvaje. No hubo cuidado alguno, ni contención. Todo quedó
liberado, la pasión, el fuego… Sin llegar a consumirnos.
Aquello no acababa nunca, no tenía que acabar nunca, no
quería que acabase nunca. Siempre así, siempre juntos.
Sudorosos aún, nos miramos como si nos viésemos por
primera vez. Omar, estrelló sus labios contra los míos.
―Deberíamos darnos una ducha. Tengo que coger un
avión y tú tienes que llevarme al aeropuerto.― Me sonrió. Yo
me levanté, completamente desnuda y me dirigí hacia el baño.
Me volví para ver por qué no me seguía y le vi clavándome
aquellos ojos que me hacían enloquecer.
― ¿Tú, no vienes?―Se mordió el labio.
―Si me ducho, tendré que vestirme y coger el maldito
avión, cuando lo que me apetece es no moverme de aquí, ni
dejar que te muevas…―Yo me reí divertida.
―Anda, no seas bobo y ven a vestirte o llegaremos
tarde.―Suspiró teatralmente y se levantó, también desnudo.
Yo lo miré y me mordí el labio inferior, imitando su
gesto.―Umm…
―Será mejor que entres tú primero. Hoy, no respondo.
―De acuerdo, tal vez podrías cambiar el billete y cogerlo
más tarde, había quedado con Carlos para comer, puede que
puedas ver todas esas cosas hoy mismo.
―No me importa si es real o no, o si yo puedo verlo, pero
supongo que daño tampoco me va hacer y has despertado mi
curiosidad. Habla con Carlos y yo voy a retrasar mi vuelo.
―Di unas palmaditas loca de contenta y le oí reír mientras me
metía en la ducha y sabía, aunque no podía verle, que en ese
momento sacudía la cabeza. Todo volvía a estar en su lugar.
9
―Así que al final se lo has contado…
―Qué remedio… Al principio pensó que estaba loca y que
todo era mentira, pero ahora me cree. Si fuera al revés, yo creo
que jamás me hubiera tragado algo así.
―Al final lo habrías hecho. El alma reconoce la verdad
mucho antes que el sentido común. En lo más profundo y
escondido de tu ser, habrías sabido que él no te engañaba.
―Prefiero no ponerme prueba.
―Bien, pues comemos y lo intentamos. Sin garantías,
Ana. Esto no es una ciencia exacta.
―Se lo diré a Omar.
―Entonces, luego nos vemos.
―Sí, hasta luego… y gracias, Carlos, por todo.
―Ya sabes que me lo cobraré en cerveza, ―dijo entre
risas―así que no me des las gracias. Una cita con tu hermano,
también me vale.
―Luego nos vemos.
―Adiós.
Omar estaba sentado escuchando la conversación
atentamente. Luego le vi perderse en sus propios
pensamientos.
― ¿Crees que funcionará?―Preguntó al fin.― Ya sabes
que no me importa si no consigo verlo, no cambiará nada, pero
me gustaría ver todas las cosas que me has contado. Siento
curiosidad.
―Yo también estoy impaciente porque veas todo lo que yo
he visto, me gustaría compartirlo contigo, pero Carlos me ha
pedido que te avise de que no es una ciencia exacta. Aunque
espero que funcione.
Fuimos a casa de Carlos. Él nos estaba esperando.
―Bueno, Omar, al final Ana te ha contado la verdad, ¿eh?
Me preguntaba cuánto tiempo tardaría.―Sonrió.
―No el suficiente, reconozco que ahora me alegro de que
me lo haya contado, pero no ha sido fácil para mí abrir tanto la
mente. Si no fuera Ana, jamás estaría aquí, haciendo esto.
―Lo comprendo. En cualquier caso siempre es mejor
saber la verdad. Conocer la historia y más, cuando es una
historia como esta.―Volvió a sonreír.― ¿Vamos allá?― Omar
asintió.
◆◆◆
Tercera Parte: Hassan.
Si la luna te ama, ¿qué te importa que las estrellas se
eclipsen?
(Proverbio árabe).
1
El sol me cegó al reflejarse en el metal. Intenté esquivarlo,
pero venía derecho hacia a mí y no veía nada. Me tiré al suelo
y rodé. El hombre que empuñaba el arma no me daba tregua.
Seguí rodando hasta que conseguí ponerme en pie, solo para
tropezar con una daga que se apretaba contra mi cuello.
―No ha estado mal.
―Si no fueras mi padre, a estas alturas estaría muerto.
― ¿Qué es lo que ha hecho que te venciera?
― Qué eres mejor que yo.
―Ser mejor o peor, solo depende de lo que cada
contendiente haya aprendido. No soy mejor que tú, Hassan,
simplemente he aprendido más cosas, tengo más experiencia.
Cuando seas tan viejo como yo, serás también mucho mejor.
―Lo dudo, padre. Nadie te ha vencido con la takuba
jamás.
―Ahora, sin tener en cuenta mi experiencia, quiero que
repases nuestros movimientos y me digas qué es lo que me dio
la ventaja. ―Medité la respuesta brevemente.
―El sol. Se reflejó sobre tu arma y me cegó. No fui capaz
de esquivar el golpe porque no podía verlo.―Mi padre asintió.
―Primera lección: escoge siempre con cuidado tu posición
en la lucha y procura mantenerla. Has de tener en cuenta el
sol, la elevación del terreno, los posibles obstáculos… Todo lo
que te rodea puede ser una ventaja, si lo sabes aprovechar, o tu
desgracia.
―Lo tendré en cuenta, padre.
Mi instrucción como amajegh acababa de comenzar. Mi
padre era el amenokal de mi tribu y había decidido ocuparse el
mismo de ello. Yo era el único varón entre las cuatro criaturas
que alumbró mi madre. Dos de mis hermanas se habían casado
y se habían marchado del desierto. Solo quedaba Adira, que
era menor que yo. Mi madre, Karima, era una mujer dulce y
atenta, aunque siempre se quejaba de que mi hermana y yo,
éramos como los djinns y le provocábamos dolores de cabeza
y mi padre, Salah, solía decirle que no se preocupara tanto,
que necesitábamos hacer travesuras y que el desierto nos
hiciera fuertes.
Ambos acudíamos al ahal cada tarde para encontrar pareja.
Yo lo tenía más fácil que mi hermana, pero aun así, no
encontraba ninguna mujer que me conmoviera lo más mínimo,
me servían todas por igual, o ninguna.
Una tarde, volvía de cazar y me topé con los ojos de una
chiquilla. Se llamaba Nadia y me miraba con curiosidad. Tenía
la edad de mi hermana, pero aún no había empezado a visitar
el ahal. Le sonreí y ella apartó la mirada y sus mejillas
adquirieron otro color. Antes de entrar a la tienda, eché un
último vistazo. Me estaba mirando.
Dejé de visitar el ahal. ¿Para qué iba a perder el tiempo?
Yo ya sabía a quién quería, solo tenía que esperar a que
estuviera lista.
Mi instrucción cada vez fue más dura. Trabajé cada día a
las órdenes de mi padre y al caer el sol, me sentaba exhausto
junto al fuego para escuchar las historias. Aprendí a dominar
la takuba, la lanza y la daga, y también a domar a las bestias.
No tarde mucho tiempo en convertirme en amajegh y cabalgar
junto a él.
Una tarde, Adira me contó que Nadia había ido al ahal.
¡Por fin! Al día siguiente me presenté allí y sin mirar a nadie
más, fui directamente a por ella.
La boda se celebró en dos semanas.
Aquella noche estaba nervioso. Mi padre me había hablado
alguna vez del amor. Siempre decía que la mayoría de los
hombres eran torpes con sus mujeres, rudos, y que luego se
quejaban de que ellas les evitaban. Él decía, que incluso a las
fieras, se las atraía con miel.
Por fin nos quedamos a solas en nuestra tienda. Yo estaba
impaciente, pero sabía que la primera vez no sería fácil para
ninguno de los dos, aunque había soñado con aquel momento
muchas veces y quería que fuera placentero para ambos. Yo no
quería hacerle daño a Nadia y que ella me evitara el resto de
nuestras vidas. Yo estaba decidido a ser un buen amante para
que ella viniera siempre a nuestro lecho de buena gana, pero
también porque quería hacerla feliz. El amor era entrega, y al
casarme con aquella dulce mujer yo me había comprometido a
entregarle todo lo que era.
Estaba para frente a mí, esperando. Había llegado el
momento de demostrarle el tipo de hombre que era. Muchos
buscaban aliviar su placer y se olvidaban del de sus mujeres,
yo buscaría su placer, ya tendría tiempo de ocuparme del mío
después. Ella tenía que saber que siempre la antepondría a mi
persona. Me acerqué a ella despacio, acaricié su cara y le
sonreí antes de besarla. No era la primera vez que lo hacía,
pero en aquella ocasión, ambos sabíamos que los besos solo
eran el preámbulo de algo más grande y significativo. Nada
más sentir sus labios recibiendo a los míos se encendió mi
pasión, pero Nadia era dulce e inocente y me obligué a no
sucumbir a ella tan pronto. Ella empezó a desvestirme, pero
sus manos temblaban sobre mi túnica. Las cogí y besé sus
palmas.
―No debes temerme, Nadia. Yo jamás te haré daño. ―No
quise mentirle y todos decían que la primera vez podía ser
doloroso para la mujer.―Puede que hoy te duela al principio y
ojalá pudiera ahorrártelo, pero me temo que te haré sufrir, pero
te prometo que luego todo irá mejor. Confía en mí. Déjame a
mí. ― Me desvestí sin prisa, dándome tiempo para calmarme
y cuando hube acabado conmigo, empecé con ella. Era
hermosa. Su piel morena, enmarcada por unos rizos que le
llegaban hasta la cintura. Sus curvas generosas y suaves, como
ella. Ardí de deseo al contemplar a aquella mujer que había
sido creada para mí y di las gracias a Alá por ello. Me acerqué
para besarla de nuevo, los dos desnudos, la tomé en brazos y la
llevé hasta nuestro lecho nupcial. Recorrí su cuerpo con mis
manos y mi boca hasta que estuvo preparada para mí. Luego la
miré avisándole de que había llegado el momento, pidiéndole
perdón y rogándole en silencio que soportara aquel sacrificio
que yo le exigía por amor. La besé y luego la miré
intensamente, ella cerró los párpados, rindiéndose y yo
acometí. Me introduje en ella despacio al principio, dejando
que se fuera acostumbrando a mi tamaño y cuando noté
resistencia, empujé más fuerte hasta que rompí aquella
frontera que nos separaba del paraíso. Se le escapó un grito,
pero se recompuso mordiéndose el labio. Volví a besarla sin
moverme aún, hasta que ella respondió a mi beso. ― ¿Te
duele mucho? ―Negó con la cabeza sin articular palabra.
Empecé a moverme despacio al principio, pero pronto ella
empezó a seguirme con los movimientos propios de sus
caderas. Mi pasión fue creciendo con su placer, pero no quise
liberarla por completo, ya habría tiempo para eso cuando nos
hubiéramos acostumbrado a la rutina del amor. Seguí
empujando acariciando y besando hasta que ya no pude
aguantar el placer por más tiempo y me derramé. Ella no creo
que lo hiciera, pero aún quedaba noche y pasado el amargo
trago inicial, todo iría mejor. Ahora los dos sabíamos qué
esperar. ―Siento haberte hecho daño. ―Me disculpé.
―No importa, también me ha gustado. ―Conseguí que se
derramase antes de que despuntara el alba y no fue hasta
entonces que me di por satisfecho.
Nadia era estupenda, dulce y cariñosa. Atenta a lo que yo
pudiera necesitar. Yo procuré siempre hacerla feliz y que no
tuviera jamás motivo de queja. A veces, tenía que sujetar mi
carácter y mi pasión, porque ella era dócil y frágil. Su cuerpo
era pequeño, su piel suave y su temperamento afable. Tenía
miedo de abrazarla demasiado fuerte y que se rompiera en mil
pedazos. Yo jamás le haría daño.
Habían pasado varios años desde la boda y no venían los
niños. Yo empezaba a estar impaciente. No preocupado,
siempre podría buscar una segunda esposa, pero me gustaría
hacerla feliz y sabía que le haría ilusión llenar la tienda de
críos. A ella le encantaban. Una noche la encontré llorando,
desesperada. Se agarró a mi túnica y me suplicó que buscara
otra mujer, una que fuera capaz de engendrar niños. Le ayudé
a levantarse, sequé sus lágrimas con mis manos y la miré a
esos ojos oscuros que habían llegado a lo más profundo de mi
corazón.
―Tranquila, mi vida, ya vendrán. Aún somos jóvenes.―
Esperaría algún tiempo más, no me apetecía buscar una
segunda esposa por el momento, aunque tampoco quería
parecer el abuelo de mis hijos. Pasó el tiempo y Nadia seguía
sin quedarse preñada. Había vuelto a sugerir en un par de
ocasiones que tomara una segunda esposa, pero yo no había
perdido la esperanza e intentaba hacerle el amor tanto como
era posible. Al final llegarían.
Pero no llegaban.
Fui a visitar a mi primo que en ese momento se encontraba
en un campamento al sur. Me invitó a entrar en su ahal y por
una vez, estuve tentado de hacerlo. Esperaría hasta la
primavera siguiente. Si no venían antes de entonces,
empezaría a buscar otra esposa.
Regresé al campamento y Nadia me esperaba en la puerta
de la tienda con una sonrisa que le llegaba hasta las orejas.
¡Qué hermosa estaba allí de pie! Parecía brillar. Le sonreí y
ella espero a que atase a la camella para arrojarse a mis brazos.
Me pareció extraño, ella no solía ser tan expresiva. ¿Habría
ocurrido algo en mi ausencia?
―Parece que estás de buen humor.― Me aparté un poco
para mirarla e intentar descubrir el motivo de su alegría.
Estaba distinta, pero no sabría decir por qué.
―Lo hemos conseguido, Hassan. Estoy esperando un hijo
tuyo. ―La estreché entre mis brazos y la besé allí mismo.
―Alá el Misericordioso no se ha olvidado de mí y me
sonríe. No hay mejor noticia.― Le sonreí.
Hacía un par de semanas que ya no se levantaba de la
cama. No tardaría mucho en parir y había decidido mudarse a
la tienda de su madre para estar cerca de las mujeres cuando
llegara el parto. Era lo normal y no me opuse. Aunque algo
dentro de mí me decía que la retuviera. Me gustaba dormir
junto a su pequeño cuerpo, ahora deformado por mi hijo.
Aunque yo sabía que no era solo eso lo que me inquietaba. Las
lluvias deberían haber llegado hacía bastante tiempo y no caía
ni una sola gota. Los animales empezaron a enfermar y
también los más débiles; los ancianos y algún crío. Uno ya
había muerto en el campamento del norte y dos más en el del
sur, si la cosa seguía así… Prefería no pensarlo.
Yo sabía que no era el mejor momento para nacer, pero Alá
decidía esas cosas, no yo.
Mi padre también había caído enfermo y me mandó llamar.
Llegué hasta su tienda y le encontré tumbado en la cama.
Tenía algunos almohadones bajo la cabeza que le ayudaban a
respirar mejor. Parecía mucho más viejo y estaba muy pálido y
débil. Jamás pensé que lo vería así, vencido.
―La paz sea contigo, padre.
―La paz, Hassan. Ven, siéntate.―Obedecí al instante y
tomé asiento junto a su lecho.
― ¿Qué tal te encuentras hoy?―Negó con la cabeza y yo
comprendí de inmediato que se estaba despidiendo. No había
temor en su rostro, solo fatiga y preocupación.
―Debemos convocar al consejo y elegir al nuevo
amenokal, debes darte prisa, yo no creo que aguante mucho
más.
―Te pondrás bien.
―No, Hassan, los dos sabemos que mi final se acerca y
debemos prepararnos. De nada sirve negarse a Su voluntad.
― ¿Te rindes sin luchar, viejo? No es propio de ti. Solo
tienes que aguantar un poco más. La sequía ya no puede durar
mucho. Tienes que conocer a tu nieto.
―Tienes razón, pero aunque sobreviva, estoy demasiado
viejo para hacer sonar el ettebel. Haz lo que te digo. ―Yo
asentí y me dispuse a salir de inmediato.― Hassan… ―le
miré― una cosa más, si la sequía persiste, debéis separaros. Es
más fácil que sobreviváis si os dividís.
―Comprendo. Así se lo diré al consejo. Descansa. Volveré
lo antes posible.
Cabalgué dos días y dos noches para convocar a todos los
miembros del Consejo, pero cuando regresé, mi padre ya no
estaba. Me obligué a pensar que era la voluntad de Alá. Ahora
ya no sufriría más. Era mejor así. Le echaría de menos, amaría
su recuerdo y le pondría su nombre a mi hijo. Era todo cuanto
podía hacer por él.
Fui a la tienda de Nadia, seguía acostada y me miró con
tristeza.
―Nos despertamos hace dos días y mi madre fue a llevarle
el desayuno, pero ya se había ido.―Me explicó. Dos lágrimas
brotaron de sus ojos. Eso me gustó. Estaba bien que alguien
llorase por él. Yo no podía.
―Estaba muy débil.― Igual que ella. Reconocí los
síntomas de la deshidratación en su rostro. Ella era más joven,
aguantaría. ¿Y mi hijo?― ¿Qué tal tú?
―Esperando que tu hijo se digne a nacer.―Me sonrió.
―Ya debería haber nacido, aunque no es el mejor
momento.― Compartí mi temor con ella, quería que estuviera
preparada para lo peor.― Puede que sea más listo que el resto
y decida quedarse ahí dentro hasta que pase la
sequía.―Intenté sonreír, aunque el velo lo ocultaría de todas
formas.― ¿Has comido algo?―Vi que había un cuenco con
avena prácticamente lleno.
―No tengo hambre.―Eso no estaba bien. Tenía que
mantenerse fuerte. El parto la debilitaría, si ya estaba débil,
podía ser fatal.
―Tienes que comer. Debes estar fuerte para el
parto.―Cogí el cuenco y me acerqué para darle el alimento.
Ella no protestó. Yo sabía que no lo haría. Siempre me
obedecía. Se limitó a abrir la boca y yo empecé a darle de
comer. No llevaba ni la mitad cuando se volvió sacando la
cabeza fuera del lecho para vomitar. Estaba peor de lo que yo
suponía. ¿Y si no aguantaba el parto?
Con las primeras luces del alba, me avisaron de que había
llegado el momento. ¡Por fin! Embarazada no tenía ninguna
posibilidad, el niño la debilitaba. Por separado, tal vez, ambos
sobrevivieran.
Fue un parto rápido, el bebé no tardó en llegar, solo que no
respiraba. Levanté la vista al cielo intentando comprender la
voluntad del Misericordioso, pero no lo logré. Tanto tiempo
esperando, orando para que me concediera Su gracia y… No
lo entendía. No tenía más remedio que plegarme a sus
decisiones, pero ¿cómo podía entender aquello?
Nadia, también estaba débil. Lloraba desconsolada
consumiendo las pocas fuerzas que le quedaban. Una semana
más tarde, Alá se la llevó también.
Mi padre, mi hijo y ahora mi esposa. ¡¿Qué quieres de
mí?! Esas palabras no salieron de mi garganta, se quedaron allí
pegadas, pero tras darle sepultura al último ser que quedaba en
la tierra que me importara algo, cogí mi camella y me adentré
en la arena. Me alejé sin rumbo. No cogí alimento alguno, ni
abrigo. Cuando mi cuerpo se hubo hartado de la bestia, salté a
la arena y allí me derrumbé. Grité tan alto que Alá no pudiera
ignorar mi dolor y recé. Recé como no había rezado nunca
para que me llevara con ellos.
Le di un golpe a la camella para que se alejara y me dejara
allí con mi pena, pero no fue hasta que los depredadores
empezaron a acechar, que decidió alejarse en busca de la
seguridad del campamento. El frío se alojó en todas las fibras
de mi cuerpo. ¿Qué más me daba una muerte que otra? Frío,
hambre o sed. Mi cuerpo terminaría por sucumbir al desierto y
los carroñeros darían buena cuenta de él. No sería una muerte
apacible, ni digna de un amajegh, pero no quedaba nadie a
quién quisiera impresionar y ya había visto suficiente de la
vida como para no querer seguir su juego.
El cansancio me venció y mi padre vino a buscarme.
Estaría enfadado. ¿Lo comprendería?
―Hassan, ¿qué estás haciendo?
―Nada. Lo mismo que he hecho por ti, por mi esposa y
por mi hijo. Nada.
―Ninguna culpa debes sentir. Esto no ha sido por tu
voluntad sino por la Suya. Nada debes reprocharte.
― ¿Esto es la vida, padre? ¿Perder todo aquello que se
ama y quedarse para sufrir su pérdida?
―A veces. Pero la vida es suficientemente larga en cada
caso para encontrar lo que el Misericordioso ha dispuesto para
cada uno de nosotros. ¿No quieres descubrir lo que ha
reservado para ti?
―Se ha llevado todo cuanto quería.
―Debes confiar en Él, Hassan. No pierdas la fe y el
Misericordioso te recompensará. No es momento para pensar
en tu dolor, hijo, tu gente te necesita. ¿Acaso piensas volverle
la espalda? Tienes un deber con tu pueblo y mientras Alá no te
reclame, te debes a él. Debes regresar y ocupar tu lugar.
― ¿Para qué, padre? Si no llegan las lluvias, poco puedo
hacer yo. Él ya nos ha condenado.
―Tú cumple con tu deber, que Él jamás olvida el suyo.
Alá proveerá. Ahora, ve.
Abrí los ojos y el sol ya brillaba en lo alto. Las aves de
carroña volaban sobre mí, esperando para descender y darse el
festín. Aún no, tendrían que esperar un poco más, tanto como
Alá me lo permitiera.
No sé de dónde saqué las fuerzas para regresar al
campamento, pero lo hice. Mi padre estuvo conmigo todo el
camino y nada más llegar, el cielo se cubrió y comenzó a caer
el precioso líquido. La esencia de la vida. Entonces,
comprendí que el desierto podía ser cruel, pero Alá era grande
y más fuerte que él.
Cuando el consejo se reunió unos días después, echamos
de menos a varios hombres, pero la vida seguía su curso y no
se detenía por las ausencias. Había mucho que hacer. Lo
primero era elegir al nuevo Amenokal. Yo propuse a Hamid,
que era algo mayor que yo, pero los demás dijeron que no
tenía ni mi sentido común ni mi fuerza. Querían que fuese yo.
Ya lo tenían decidido. Querían que ocupara el lugar de mi
padre. Yo que acababa de perderlo todo y no había sido capaz
de hacer nada. ¿Cómo iba a responsabilizarme de tanta gente
si no había sido capaz de mantener a salvo a mi familia?
―Está decidido.―Dijo Hamid.― Hassan, guiará a nuestra
gente desde ahora.
De nada servía protestar. Asumí mi nueva responsabilidad
y recé para que mi padre guiara mis pasos al hacer sonar el
ettebel.
2
Hacía un par de días que seguíamos a los extraños. Eran
como niños, torpes e ingenuos. ¿Cuándo se darían cuenta de
que estaban en el lugar equivocado? El viejo parecía saber lo
que hacía. ¿Por qué se habría internado en el desierto en esta
época del año y con una mujer y una criatura? Sus ropas eran
musulmanas, aunque más delicadas que las que usaba mi
pueblo, pero yo intuía que eran cristianos, excepto él. Puede
que le hubieran contratado como guía. Pero, ¿qué podían
querer encontrar unos cristianos en el desierto? Aquí no hay
nada. Nada que a ellos les pueda interesar. Si no caían en
manos de las caravanas de esclavos, el desierto acabaría con
ellos. Apenas les quedaba agua. Insensatos. ¿Acaso creían que
podían desafiar al sol y a la arena y salir indemnes? Miré la
estampa que tenía frente a mis ojos. Aquella joven con su
hijo… el marido nada podría hacer por ellos, iban al encuentro
de su propia muerte. Esa familia perecería como antes lo
hiciera la mía, la diferencia entre aquel hombre y yo, era que
él lo desconocía y cada vez se acercaba más a su desgracia en
lugar de evitarla, en mi caso, yo era completamente consciente
de que cada segundo que pasaba, les arrebataba un latido. La
coincidencia entre nosotros, era que ninguno de los dos podía
evitarlo. Él por pura ignorancia, y yo, por no poder vencer al
desierto.
― ¡Hassan!―Me volví para mirar a mi primo. ¿Por qué
tenía que gritar siempre? No me preocupaban los cristianos,
ellos eran ciegos, sordos y estúpidos, no sabían escuchar ni ver
las cosas importantes. Le hice una seña para que no se
acercara y fui a ver qué ocurría.
― ¿Qué has visto?
―Una caravana. Van directos hacia ella. ― Sabía que no
debía interferir entre el desierto y Su voluntad, pero aquel crío
era tan inocente como lo fue el mío. Quizá salvándole a él,
salvase también el alma de mi hijo, pero estábamos solos
Abdel y yo, no llegaríamos hasta ellos antes que la caravana y
sacrificarnos por unos extraños, era una irresponsabilidad que
pagaría mi pueblo. A mí tanto me daba, mi vida ya no tenía
ningún valor para mí, pero era demasiado pronto para que mi
primo hiciera ese viaje y no cargaría con la pérdida de Abdel
también, pues sobre mi conciencia ya pesaban demasiadas
muertes. Tal vez la caravana pasase de largo o puede que ellos
la vieran a tiempo. Si no era la caravana, sería el desierto.
Estaban condenados si no hacíamos algo.― ¿Qué hacemos?
¿Vamos a dejar que los capturen? La chica, tiene el porte de
una reina.
―La chica, tiene marido y no es asunto tuyo, sino suyo, y
desde luego, ninguno de ellos es asunto nuestro.
― ¿Así que nos vamos sin más?
―Eso deberíamos hacer. Ellos se deben a su destino como
nosotros nos debemos al nuestro, pero me intriga el viejo. Se
dirige hacia nuestro campamento, no llegarán, pero sus pasos
se encaminan hacia allí. Me preguntó qué están buscando.
―Salgamos a su encuentro.
―Demasiado tarde, no llegaremos antes que la caravana.
Puede que sea lo mejor, al menos vivirán.
―El viejo no es cristiano, sabe manejarse. Mira su forma
de tratar al camello, sabe manejarlo y se mueve bien entre las
dunas, casi tan bien como nosotros. Me pregunto quién será…
―Si sabe lo que hace, debería saber ya que están todos
muertos. ―Aunque esperaba poder hacer algo para remediarlo
y llegar a tiempo. ―Ve a buscar a los demás. Yo me quedaré
vigilando.―Le vi sonreír por haberse salido con la suya.― No
tardes, van hacia el este. Acamparán cuando caiga el sol. Yo te
esperaré cerca del campamento.
―De acuerdo, me daré prisa.
Llegó la caravana y les hizo prisioneros. No hubo
resistencia. Si solo se trataba de eso, era mejor que enfrentarse
al desierto sin agua. ¿Por qué seguía allí? ¿Por qué no me
había marchado cuando estaba a tiempo, cuando no sabía ni
me importaba lo que habían venido a buscar? Ahora ya no
podía hacerlo.
Les estuve siguiendo durante algunas horas, el sol
empezaba a ponerse y buscaban un lugar apropiado para
montar las tiendas. En seguida vi a una mujer que llevaba un
gran cuenco con la cena. Debía de ser la cristiana. ¿Dónde se
había metido Abdel?
Esperé un largo rato, escondido entre las dunas. La
oscuridad se aliaba conmigo, permitiendo que pudiera
acercarme un poco más, pero no lo suficiente para poder ver lo
que ocurría.
El viejo y el crío, no tenían ningún valor. Solo obtendrían
un buen beneficio por la pareja joven. Si no eran demasiado
estúpidos y se sometían, no les harían ningún daño, pero mi
instinto me decía que eso no iba a ser así.
¿Dónde se había metido mi primo? Oí alboroto. No me
hacía falta verlo para saber lo que ocurría, la joven se estaba
resistiendo y probablemente, el marido intentaba salir en su
defensa. Las mujeres solían ser una fuente de problemas, todas
excepto la mía, pero ella ya no estaba. Aparté el dolor y
concentré mis sentidos en aquella tienda. Al parecer, la
muchacha estaba presentando batalla a aquellos hombres.
¡Qué insensata! ¿Acaso no pensaba en la vida de su esposo y
de su hijo? ¿Qué loca se enfrentaría a un ejército de hombres
para preservar su honor? ¡Qué valor! ― ¡Abdel, ven ya! ―
Entonces, salió de la tienda uno de los hombres llevando a
rastras a la mujer. Vi cómo el hombre desgarraba la ropa de la
chica. Iba a forzarla. Ella ya no luchaba, creo que por fin había
comprendido que no podía ganar. Nadie merecía que lo
sometieran de ese modo. No podía esperar más, si lo hacía, ya
no habría nada por lo que esperar. Aproveché la distracción del
hombre y esquivé a otros dos que se dirigían al interior. El
desgraciado se relamía como una fiera que está a punto de
probar la carne de su presa. Descargué mi espada contra él. La
muchacha, levantó la cara cuando vio la espada caer,
sorprendida de que el golpe no fuera para ella, entonces vi sus
ojos… tazerwalt. Tras el hielo de aquellos ojos ardía el fuego
de mil soles. ¿Cómo Alá permitía que alguien tuviera aquella
mirada? Por primera vez desde que mi esposa me abandonara,
fui capaz de mirar a otra mujer. Los gritos de los imajeghan,
me libraron del hechizo de aquellos pozos de agua clara. Los
hombres salieron de la tienda, pero tampoco hubo lucha, mi
primo ni si quiera bajó de su caballo. Miré a la muchacha,
yacía en el suelo, inconsciente. La cargué sobre mis brazos
como a un niño y la dejé en la otra tienda. La examiné sin
detenerme demasiado, solo para comprobar que no tenía
herida alguna. Afortunadamente, la sangre que teñía su ropa,
parecía no ser suya. Su piel, mucho más clara que la de
cualquier mujer que hubiera visto y no tanto como la de los
cristianos, revelaba que al menos en parte, pertenecía a otro
pueblo, parecía un lienzo purificado, listo para recibir las
aleyas del Corán. Era suave como la seda y me invitaba a
pasear mis manos por ella. Por primera vez en mi vida, desee
algo que no me pertenecía. ¡Maldita sea! ¡No! Ella estaba
bien. Me obligué a cubrirla y salí de la tienda.
―Nada se ha podido hacer por el esposo, pero el resto
parece que están bien. ¿Qué tal la muchacha?―Me preguntó
mi primo.
―Necesita descansar. Mañana será peor, pero aquí no
hacemos nada. Al alba regresaremos, tú, a tu campamento y
yo, al mío.
― ¿Tan pronto? ¿No quieres ir al ahal? Hay una
muchacha nueva, la hija de Yusuf.
―No me interesa.
―Venga, Hassan, ya has sufrido bastante, ¿no te parece?
Necesitas una mujer que te cuide y que te procure
descendencia.― Sus palabras se me clavaron en el corazón
destrozado que luchaba por cada latido contra mi voluntad. No
lo pensé, le cogí del cuello y apreté con fuerza. Alá el
Misericordioso intervino a tiempo y fui consciente de lo que
estaba a punto de hacer, así que aflojé la presión.
―He dicho que no me interesa.― ¿Por qué todo el mundo
había decidido qué era lo que yo necesitaba? Jamás había
necesitado que nadie me dijera lo que tenía que hacer y ahora,
ya era demasiado viejo para que un crío empezara a darme
órdenes. Estaba harto. Harto del dolor, harto de la gente que
me miraba con lástima, harto del desierto que se había llevado
mi vida, pero se había olvidado de llevarme a mí. Vi el rostro
de mi esposa y mi hijo, demacrados por la sed. No pude evitar
que mi estómago se encogiera por el dolor. ¿Cuánto más sería
capaz de soportar?
―El viejo, quiere hablar contigo.― Me dijo mi primo
cuando pudo respirar. Asentí y me dispuse a entrar en la
tienda. Puede que le debiera una disculpa a Abdel, pero
primero necesitaba enfriarme.
―La Paz sea contigo.―Saludé.
―La Paz. ―Me respondió el viejo― ¿Eres Hassan, el hijo
de Salah? ― Yo asentí ¿Aquel viejo conocía a mi padre? Me
sonaba su cara, pero no conseguía recordar quién era.― Soy
Omar. Eras un crío cuando me marché a las tierras que baña el
Nilo, no te acuerdas de mí, pero soy primo de tu padre.― ¡Sí!
Ahora le recordaba con mayor claridad, aún no me habían
circuncidado cuando él se marchó, pero le recordaba. Siempre
sobre su caballo… Aquel caballo del color de la noche, que
cedió a mi padre antes de marcharse.
―Ahora te recuerdo. Gracias por el caballo, era un animal
magnífico. Los llevabas a nuestro campamento, ¿verdad?
―Omar asintió― ¿Por qué?―Quise saber.
― ¿No te has enterado? Han rendido Jerusalén, en teoría
una rendición pacífica. Es curiosa la idea que tienen los
cristianos acerca de la paz. Mi hija y su marido fueron
asesinados. He salvado a la familia que me queda.
Necesitamos un lugar en el que podamos vivir tranquilos, lejos
de la guerra y lejos de la muerte. ¿Se te ocurre algún lugar
mejor que el desierto?
―Ibais derechitos hacia esa muerte de la que pretendías
protegerlos.
―Tengo los sentidos algo embotados. Hace demasiado
tiempo que estoy lejos del desierto. Gracias por intervenir.
―Eres bienvenido, Omar. Tú y tu familia. ¿El muchacho
era su marido?
―Así es.
―Una mujer sola y con una criatura, necesitará alguien
que cuide de ella.―Pensé en la nieta de Omar, pero no tardaría
mucho en encontrar quién le hiciera una proposición, era
hermosa y joven y sin duda fértil, y su piel… Se la iban a rifar
en el ahal. Mi cuerpo se tensó al imaginarla en manos de
cualquier hombre. Ninguno era merecedor de tal belleza.
Además, ella era nieta de Omar y aunque sin duda su sangre
no era limpia, ella conservaba su linaje, no encontraría muchos
que estuvieran a su altura. Tal vez, mi primo Abdel. Él parecía
interesado. No. Abdel era un crío y ella… ¡basta de excusas!
Ella también era una cría. Sería una unión provechosa, me
obligué a pensar.―Es joven. Pronto encontrará algún hombre
que quiera ocuparse de ella, no te preocupes.― Le aseguré al
viejo.
―No me preocupa. Creo que tu primo parece
interesado.―Sentí como se tensaban todos los músculos de mi
cuerpo, negándose a aquella posibilidad, que sin duda, mi
razón sabía que era la más acertada. Sin embargo, mientras no
hubiera un compromiso, debía asegurarme de que no les
faltara de nada. Era lo mínimo que podía hacer. Eso es lo que
me hubiera gustado que alguien hubiera hecho por mi mujer y
mi hijo de haber corrido yo aquella suerte. Me cambiaría por
aquel joven sin dudarlo ni un segundo. Ser yo el que se
hubiera ido con Alá y dejar a mi familia en manos de mi
pueblo. Alguien cuidaría de ellos, seguro.
―Ya veremos. Mientras tanto, estaréis bajo mi protección.
―Laila, es una criatura compleja. La conozco bien, será
una buena esposa para aquel que consiga comprender su
naturaleza, pues solo así podrá doblegarla.―El viejo, soltó una
carcajada ¿Eso le divertía?― Y te aseguro, que no será nada
fácil. Abdel, es un buen muchacho, pero dudo que lo consiga.
Ella no es una mujer al uso, Hassan. No tiene ese sentido
práctico que caracteriza a su género. Solo se entregará a
alguien que sea capaz de igualar su fuerza y despertar su
pasión.
―Hay buenos hombres. Alguno servirá. Será mejor que
durmamos algo.
―Tienes razón. Ya habrá tiempo para hablar.
Salió el sol y fui a relevar a mi primo que había hecho la
guardia durante la noche.
―La Paz sea contigo.
―La Paz sea contigo, Hassan.
―Anda ve a lavarte y a descansar un poco. Yo haré el
siguiente turno.
― ¿Qué tal la muchacha?―Yo sonreí. Desde luego, mi
primo estaba interesado en ella. No tardaría mucho en
desposarla. Bien, así debía ser.
―Aún duerme. Ve a ponerte guapo para cuando
despierte.―Me reí ahora de forma sonora y él me acompañó
sacudiendo la cabeza.
― ¿Es hermosa? Aún no he podido verla de cerca. Te la
llevaste a la tienda demasiado pronto.―Protestó.
―No sabría decirte.―Mentí.― Es extraña. Quizá
demasiado flaca, pero creo que te gustará. De todos modos no
hay muchos hombres que puedan cortejarla, es nieta de Omar.
Solo tú, Bashir y algunos hombres de otros campamentos.
―Y tú.―Me recordó.
―Ya te dije que no me interesa.― Le miré intentando
imprimir determinación a mi mirada, no quería que hubiese
ninguna duda al respecto.
― ¿Así que me la cedes?
―Es toda tuya.―Le dije con un gesto displicente.
Bajó corriendo y entró en la tienda, supuse que a asearse
un poco, comer algo y dormir, pero me equivoqué. No tardó
mucho en salir. Probablemente se habría lavado y habría
comido algo, pero no se acostó. Le vi hablando con el viejo
animadamente. Intentaba ganárselo pensando que si le gustaba
a él, le sería más fácil acercarse a ella. Yo sabía que se
equivocaba, su mirada, que no duró más que unos segundos,
fue suficiente para saber que no solo reflejaba derrota, aunque
también. Tenía una fuerza incontenible. Tal como me acababa
de confirmar Omar, la chica tenía el espíritu de un guerrero, no
se plegaría a la voluntad de su abuelo ni tampoco a la de
ningún otro hombre. Esa muchacha, estaba acostumbrada a
tomar sus propias decisiones y a salirse con la suya. Algo muy
peligroso en una mujer. Abdel tendría que hacerlo mucho
mejor si quería conseguir algo de ella.
La vi salir de la tienda. Parecía confusa y preocupada,
miraba a todas partes buscando algo, buscando a alguien,
supuse que a su familia.
Abdel, tardó apenas unos segundos en ir a su encuentro.
Intentó tranquilizarla y la llevó junto al viejo y a su hijo. Ella
ni si quiera le miró. Ahora, con el niño en brazos, le miraba
complacida y absorta en su rostro y sus gestos, aunque supe
que no era a él a quien buscaba, intentaba descubrir en el
pequeño, algún resto de su marido difunto. Abdel no
conseguiría nada. Yo lo sabía bien. Lo que ella necesitaba no
era un hombre, era tiempo. Le hice un gesto a mi primo en
cuanto ellos se perdieron en el interior de la tienda para hablar
con él.
― ¿Qué tal ha ido?―Le pregunté con una sonrisa que no
pude evitar. No sé si complacido porque ella no fuera capaz de
prestarle la menor atención o porque realmente me divertía
verle en acción.
―Sus
ojos… Es extrañamente preciosa. ―Volví a sonreír.― ¿Por
qué no me dijiste nada? ¿De verdad no te perece una belleza?
―Quería ver tu cara cuando lo descubrieras, pero no creo
que sea el momento, Abdel. Ella no está preparada para pensar
en otro hombre. El cuerpo de su marido aún está enfriándose.
―Tú déjame a mí. Se rendirá a mis encantos antes de que
acabe el día.―Soltó optimista entre risas. Yo sabía que eso no
pasaría. Ella había arriesgado su vida, la de su abuelo y la de
su hijo, aunque fuera inconscientemente, para salvar a su
esposo. Eso dejaba claro que le amaba y una devoción como
aquella, no desaparecía de la noche a la mañana, bien lo sabía
yo por propia experiencia. Hay cosas que para poder sanar,
necesitan tiempo, pero Abdel, era demasiado inmaduro para
verlo.
―Tú mismo, pero te aconsejo que te armes de paciencia,
si es que realmente pretendes algo con ella.
Al día siguiente, nos pusimos en marcha. Durante el
camino, la observé con mayor atención. Mi primo intentaba
acercarse a ella, pero ella jamás mostró el menor interés. Se
limitó a ocuparse de su hijo, sin hablar con nadie, salvo con su
abuelo, aunque tampoco lo buscaba con frecuencia, necesitaba
estar sola y Omar supo verlo, igual que yo. El único que
parecía ajeno a algo que resultaba evidente, era mi primo.
¡Qué torpe se mostraba con ella! ¿Acaso no se daba cuenta?
Durante el día viajaba entre las telas que la protegían del
sol y de las miradas del resto de los hombres, en el tahawit, y
por las noches, no salía de la tienda. Necesitaba tiempo.
Tiempo para asumir la pérdida y luego, más tiempo para que
se calmara el dolor. Aunque en mi caso, el tiempo no había
sido suficiente.
Cuando llegamos a nuestro destino, la cosa tampoco
cambió mucho. Observaba su tienda desde la solitaria palmera
que coronaba una de las dunas y me proporcionaba sombra
durante mi vigía, pero jamás la vi salir si no era para buscar
agua. Tampoco se acercaba al resto de la gente con la que
compartíamos campamento. Yo entendía cómo se sentía.
Perdida y fuera de lugar.
Mi primo, no dejaba de visitar nuestro ahal con la
esperanza de que un día, ella apareciera. Aquello significaría
que ya estaba preparada, dispuesta para rehacer su vida. Pero
aquello no ocurrió. Él empezó a perder la esperanza y al cabo
de un tiempo, dejó de venir. No sin antes pedirme, que en
cuanto estuviera disponible, le avisara.
3
El campamento estaba cerca de un pequeño oasis y aquella
noche la luna brillaba con debilidad, dejando que las estrellas
hicieran su trabajo. El cielo estaba en calma y se respiraba
cierta paz. Caminé alrededor de las tiendas para asegurarme de
que todo estaba bien antes de irme a descansar. Entonces la vi.
Salió de su tienda en dirección al oasis ¿Dónde creía que iba a
esas horas y completamente sola? Esa mujer era más insensata
de lo que yo imaginaba. Decidí seguirla, probablemente, iría a
buscar agua para el pequeño, puede que tuviera que lavarlo y
no tuviera suficiente agua en la tienda. Tal vez, necesitara
ayuda.
Llegó hasta su destino y dejó algo en el suelo, el odre,
supuse yo. Me equivocaba. Se quitó la túnica, quedándose
completamente desnuda. Debería haberme dado la vuelta, pero
algo se me agarró por dentro impidiéndome apartar los ojos de
aquella visión. Por fin se metió en el agua, sumergiéndose
hasta el pecho. Solo estaba dándose un baño. Rompió a llorar.
Nadie podía imaginar la forma en la que yo era capaz de
entenderla. Necesitaba desprenderse del olor a sangre y a
muerte. Necesitaba que el agua limpiara su piel, llevándose la
suciedad, los recuerdos y también la culpa. Eso le vendría
bien. La dejaría unos minutos, pero después, ella tenía que
empezar a comprender las reglas. El desierto no era el jardín
de su casa en la ciudad. El desierto, no perdonaba el menor
descuido. Había animales que acechaban en busca de una
presa fácil, y la tranquilidad de la noche, les animaba a bajar
hasta el agua. No, ella tenía que entender que no podía alejarse
del campamento durante la noche y sin protección. Cuando
consideré que ya se había lavado y llorado suficiente, me hice
notar.
―No deberías estar aquí tú sola.―Le dije, avisándole de
mi presencia.― Sal y vístete.―Sus ojos me buscaron entre la
oscuridad, ardían con un fuego intenso, no por la sorpresa, esa
no era la causa, estaba molesta porque la hubiera interrumpido.
Tampoco mostró pudor, más bien, cierta desidia.
―No te preocupes, estoy bien aquí.― Entonces me miró,
por segunda vez. Sus ojos se me clavaron en lo más profundo
del alma y deseé colarme tras ellos y descifrar todos y cada
uno de sus misterios. Deseé que fuera mía. Pero no fue deseo
lo que vi en los suyos, sino resentimiento. ¿Por qué me miraba
así? ¿Y por qué no salía del agua? ¿Acaso era sorda? ¿Acaso
no entendía lo que le acababa de decir? Sí, claro que me
entendía, pero me estaba desafiando.
― ¿Mujer, acaso te atreves a desafiarme? Si no sales por
tus propios medios, entraré a buscarte.―No salió enseguida,
esperó unos segundos sin apartar su mirada de mí. Evaluando
mi amenaza. Di un paso, dejando clara mi postura. Ella tenía
que saber que yo no hablaba en vano, que estaba dispuesto a
llevar a cabo lo que acababa de decirle. Hizo un gesto con la
mano para que me detuviera. Ella había medido nuestras
fuerzas y esta vez, yo había ganado. ¡Lástima! Me hubiera
encantado meterme en el agua para sacarla de allí, pero ella no
era estúpida y supo retirarse a tiempo. Me di la vuelta para que
pudiera salir. Luego la acompañé hasta su tienda. No hablamos
más. La vi entrar y sabía que aquella noche no volvería a
intentarlo, así que yo también me fui a dormir.
Todo el tiempo que permanecimos junto al oasis y también
mucho tiempo después, en otros campamentos, lo dediqué a
estudiarla. Aquella cría se colaba en mis sueños y ocupaba la
mayor parte de mis pensamientos, pero yo sabía que aún era
pronto, que aún no estaba preparada para enfrentarse de nuevo
a la vida. Intenté adivinar si le interesaba algún otro hombre,
pero ella no parecía mostrar especial predilección por ninguno.
De vez en cuando, intentaba sacar el tema con Omar, siempre
de forma casual, pero el anciano no parecía preocupado por
aquello, él como yo, sabía que necesitaba tiempo. Solo había
algo que no entendía, su forma de mirarme. El resto de
hombres parecían no existir para ella, a mí al menos me
miraba, pero la forma que tenía de hacerlo me decía que no era
por nada bueno. Cada vez que nuestras miradas se cruzaban,
sentía como si intentara atravesarme con esos enormes ojos
azules. Normalmente aparecían apagados, sin vida, pero en
cuanto yo la miraba, aparecía una pequeña explosión tras ellos,
sutil, contenida, yo sabía que me despreciaba, aunque no
entendía la razón. Puede que todo fueran imaginaciones mías,
puede que ni si quiera me mirara. ¿Por qué iba a hacerlo? Me
estaba volviendo loco. ¡Maldita cría! De día la buscaba,
pendiente de que no se le ocurriera hacer ninguna estupidez.
Siempre desde cierta distancia intentaba ponerme donde ella
pudiera verme, sabía que me intuiría, como la presa al cazador,
ella me presentía e instintivamente se volvía hacia mí para
torturarme con ese fuego. No me importaba, yo dejaba que el
fuego me consumiera, que se cebara conmigo, no me hacía
daño como claramente era su intención, sino que me hacía
arder de un modo bien distinto. Estaba dispuesto a que me
abrasara, cada vez, el dolor era menos intenso y el deseo, más
urgente. Me acostumbré de tal forma a aquel fuego, que rezaba
para que se acortaran las noches y poder someterme a él
durante el resto del día. Al cabo de un tiempo, descubrí algo
más tras aquel fuego, seguía habiendo desprecio, yo lo sabía,
pero también había algo más. Recé para que fuera deseo.
Entonces comprendí, que el trabajo del tiempo empezaba a dar
sus frutos, con los dos.
Omar, estaba preocupado por la situación en Tierra Santa.
Creo que era el orgullo el que le impedía aceptar la derrota.
Pero entendía su dolor. Si los cristianos hubieran asesinado a
mi familia, yo también querría devolverles el golpe. Por
desgracia, yo no podía culpar a nadie de la suerte de la mía, no
tenía nadie contra quien descargar mi ira.
En primavera convoqué al consejo, decidí hacer la reunión
cerca de la tierra del gran río, pues seguramente habría que ir a
hablar con el Sultán. Nosotros no éramos quienes para
empezar una guerra y desde luego, no éramos suficientes para
ganarla.
Tras los saludos y bienvenida a los nuevos miembros, pues
siempre había alguna baja que lamentar y alguna
incorporación que celebrar, nos sentamos junto al fuego. Mis
primas, Zaida y Halima, hermanas de Abdel, se ocuparon de
preparar la cena para todos y un poco de té y dulces para
después.
― ¿Qué tal está Omar? ―Me preguntó Hamid, uno de los
más ancianos. ―Me sorprende que aún esté con vida. Es
mayor que yo y yo siento que ya tengo un pie en la tumba.
―Se rio.
―Te aseguro que está mejor que tú. ―Bromeé. ―La vida
en la ciudad le ha tratado bien, aunque él asegura que siempre
quiso volver al desierto. Dice que jamás se sintió tan libre
como cuando vestía el velo. Después de tantos años, teníais
que haberle visto moverse entre las dunas. Parece que algunas
cosas no se olvidan nunca, deben de estar impresas en nuestra
sangre.
―Salúdale cuando le veas y dile que le recuerdo.
―Así lo haré.
― ¿Y su nieta? ―Preguntó Mohamed, curioso. ― ¿Es tan
hermosa como cuentan? Dicen que tiene los ojos de agua y
que un djinn mira a través de ellos.― Casi suelto una
carcajada al oírle hablar así de ella. ¿Acaso había sido víctima
de sus miradas de hielo? ¿Qué sabía él de sus ojos de agua y
de lo que era capaz de hacer con ellos? ¿Acaso ella le había
sometido a su fuego? Ellos no eran más que una panda de
supersticiosos y ella, se había convertido en un trofeo.
―Su nieta es una mujer hermosa, joven y fértil. ―Arisca,
altiva, fría y rebelde, también vinieron a mi mente, pero preferí
guardármelo para mí. Si quieres vender un burro, mejor hablar
de sus virtudes y no de sus faltas.
―Pues debe tener a los hombres haciendo cola en el ahal.
―Me tensé al pensar en Laila en el ahal. En cuanto lo visitara,
no le iban a faltar pretendientes, eso estaba claro, la cuestión
es, si lo haría algún día. Algo dentro de mí se rebeló.
―La muchacha aún no visita el ahal. Es nieta de Omar, no
son muchos los que pueden cortejarla y además, aún llora por
su marido.
―Tonterías. Una mujer joven con una criatura debe estar
al cuidado de un esposo. Es una insensata, si no lo hace por
ella, debería pensar en la criatura. ¿Qué vida le espera si no?
―Muchos estuvieron de acuerdo, pero a mí me pareció que la
juzgaban a la ligera. Ellos no podían comprenderla. Yo sí. Y la
respetaba más si cabía por aquella declaración de principios.
Solo era leal a su difunto esposo y a su corazón. ¿Qué había de
malo en eso?
―Ella es joven aún y a Omar no parece preocuparle el
asunto. ―Intenté justificarla, aunque no sé por qué. A mí,
tanto me daba.
―Pues debería preocuparse. Si ella no tiene sentido
común, alguien debería tomar la decisión. Está a su cargo. Si
dependiera de mí, ya la habría casado. Deberías hablar con
Omar y hacerle entrar en razón. ―No sabía quién de los dos
podía resultar más terco. Omar no consentiría que nadie le
dijera lo que tenía que hacer y me atrevería a aventurar que
Laila, mucho menos. Que lo intentasen ellos, si querían.
Aquella batalla sí que estaba perdida y no la de Tierra Santa.
Nadie que la conociera, se atrevería a pensar si quiera tal cosa.
Con cualquier otra mujer, habría sido algo natural, pero con
ella no. No sabría decir por qué, pero poseía una autoridad
natural. Ella era dueña de su destino, le pesase a quien le
pesase y compadecía a aquel que tratara de imponérsele por la
fuerza, pues se estaría condenando al peor de los infiernos.
Ella era muy capaz de hacérselo pagar, de eso estaba seguro.
Yo sentí una punzada de orgullo al reconocer en ella, fuerza y
determinación. Omar la conocía bien. Laila, no era una mujer
corriente. Fue entonces cuando reconocí, con cierto alivio, que
la quería para mí. Desde que me dejara mi esposa, era la única
mujer que había despertado en mí nuevamente el deseo y la
pasión, aunque también despertaba muchas otras cosas;
curiosidad, admiración, un instinto protector incontrolable,
ganas de verla feliz, esperanza para los dos. Sabía que estaba
a punto de embarcarme en algo que sería más parecido a una
batalla que a un cortejo. No sería fácil, pero estaba seguro de
que si lograba mi objetivo, merecería la pena.
―Dejemos este asunto a quien le concierne, ―dije dando
por zanjado el tema― y centrémonos en lo que nos ha traído
aquí. Ya sabéis que Omar tuvo que huir de Tierra Santa porque
su familia fue masacrada y el tratado de paz, se ha convertido
en una pantomima.
―El Sultán se la ha cedido a los cristianos, ¿qué
podríamos hacer nosotros? ―Cuestionó Mohamed.
―El Sultán negoció una rendición pacífica con los
cristianos a cambio de que pusieran fin a sus ansias de
conquista y dejaran el resto de territorios en paz. Pero no creo
que su concepto de paz y el de los lugareños, se parezcan en
nada.
―Omar debe de estar muy apenado por lo ocurrido, pero
no estoy seguro de que aquello sea asunto nuestro. Tierra
Santa está muy lejos. A nosotros, no nos afecta.―Intervino
Alí. Yo le miré comprendiendo su dilema, pero tenía un
propósito y pensaba llevarlo a cabo y para eso, ellos debían
conocer la verdad.
―Aún. Omar sigue siendo el hombre que algunos
conocisteis. Igual de fuerte, pero más sabio. No es un loco que
desvaría por el dolor. Está dolido, desde luego, más que
apenado, y no le faltan motivos. Vio arder a su familia, su
hogar, toda su vida… Vio a hombres extraños pisando sus
tierras como si fueran una estampida de elefantes,
destrozándolo todo a su paso. Avergonzaron a nuestras
mujeres y golpearon a nuestros hijos. Porque aunque no les
conozcamos, somos hermanos en la fe y su dolor, debe ser
nuestro dolor. Omar se mantiene fuerte porque es fuerte, pero
tiene motivos para exigir justicia al sultán y espero que el
Misericordioso tenga a bien restaurarle todo lo que le ha sido
arrebatado sin miramientos.
―Ya que estamos aquí no perdemos nada por ir a hablar
con él. Puede que no sepa de lo acontecido en Tierra Santa y
que nuestras noticias le alerten para futuras negociaciones. Los
cristianos no son de fiar. Ha de saberlo para poder obrar en
consecuencia. ―Agradecí con un gesto el apoyo de Hamid. Y
tras un largo debate con opiniones a favor y en contra,
llegamos a un consenso. Iríamos a hablar con el Sultán,
aunque ninguno tenía muchas esperanzas puestas en él y
menos en que hiciera un llamamiento a la yihad.
El palacio era ridículamente ostentoso. Una muestra de
poder y riqueza, sin duda, pero de nada servía un edificio
glorioso cuando el líder del pueblo que representaba se
escondía tras sus muros, mientras en sus fronteras, la gente
moría aniquilada. Intenté convencer al Sultán de que los
cristianos habían roto el tratado, que habían asesinado a
muchas personas, después de que él rindiese Jerusalén, pero el
sultán de Egipto, Al-Kamil, no quiso escucharme. ¿Cómo iba
a hacerlo si fue él quien entregó Jerusalén a los cristianos?
Dijo que había sido una decisión política y diplomática, pero
solo intentaba proteger Egipto y su palacio, no a su gente.
Detestaba a ese hombre, no solo era un cobarde, sino que
además, era obvio que su pueblo le traía sin cuidado. Intentó
convencerme de que las bajas no habían sido tantas, solo
algunos buenos musulmanes que habrían ido directos al
paraíso y ahora, compartían morada con Alá. El muy cínico.
El sah de Persia tampoco podía hacer gran cosa, tenía
suficientes problemas para mantener sus dominios alejados de
los mongoles, como para intentar ocupar Jerusalén. No era el
momento. Tendríamos que esperar nuevos tiempos. Eso fue lo
que decidió el Consejo. Yo coincidí con ellos, sin la ayuda de
todos nuestros hermanos en la fe, no era posible recuperar
Tierra Santa.
Bien, la decisión estaba tomada. A Omar no le gustaría,
pero no tenía más remedio que acatarla. No era un loco. Él lo
entendería e impondría nuestra razón a su orgullo.
Me separaban algunas jornadas de viaje del oasis y durante
el camino de regreso, la imagen de Laila, no me abandonó ni
un solo momento. Estaba impaciente por volver a verla. Sabía
que me había marchado en el peor momento, si es que yo
pretendía algo con ella, pero el mejor para mi pueblo. Por
mucho que deseara quedarme para dejar que me abrasara con
su mirada de hielo, era consciente de que tenía que hacer aquel
viaje. Tenía una responsabilidad con mi pueblo, y Omar, se
había ganado mi respeto.
Era bueno tener cerca, a un hombre como él. Se parecía
tanto a mi padre… La misma fuerza, la misma convicción y el
mismo sentido de la justicia y del honor. Había más nobleza en
un solo gesto suyo, que en toda la vida de aquel sultán, sin
importar cuánto tiempo durara esta. Pero ahora ya había
cumplido con mi deber. Ahora, ya podía volver junto a mi
pueblo y junto a aquel djinn de ojos azules que me esperaba
para seguir desafiando mi paciencia y mi deseo. No me
preocupaba. Si había algo que los hombres del desierto
sabíamos hacer, era esperar. La impaciencia nunca fue uno de
mis defectos. El desierto me había enseñado que todo llegaba
cuando Alá lo disponía, cada cosa, terminaba siempre por
encontrar su lugar. Solo había que darles tiempo y allí, entre la
arena y el sol, solo había eso, tiempo.
Apenas ya me separaba una jornada de viaje del
campamento, cuando la oí venir. Llegaba cargada de malas
intenciones, de voces del pasado y de tristeza. Llegó rauda y
mortífera, como la picadura de una serpiente para llevarme
con los míos tal y como le había suplicado a Alá en tantas
ocasiones, para sepultarme con su violento manto de polvo y
arena, en una tumba de culpa y remordimientos. Estuve
tentado de dejarme hacer, de rendirme ante ella. Nadie me
tacharía de cobarde por no sobrevivir a la cólera del desierto.
Era una tormenta como pocas se habían visto y era toda para
mí. Moriría solo y sin nadie que me llorara.
Solo su rostro me hizo pensar en algo que no fuera mi
muerte. Sus labios provocándome, sus ojos desafiantes
prohibiéndome abandonarme y anclándome a la vida. Y por
primera vez desde que perdiera a mi familia, quise vivir. Quise
luchar y resistir para volver junto a aquel ser extraño con ojos
de agua.
Busqué el punto más elevado que pude encontrar, aunque
no era gran cosa, serviría para aliviar la carga del aire, obligué
a tumbarse a mi camello, me pegué a su cuerpo para que me
sirviera de refugio contra la tormenta y rogué al
Misericordioso para que me bendijera con una nueva
oportunidad, mientras esperaba pacientemente que su furia
pasara de largo. Tal vez le había ofendido al despreciar el
regalo de la vida en tantas ocasiones o por no aceptar que sus
designios, iban más allá de mi entendimiento.
Pensé en el campamento, pues su rumbo la llevaría hacia
allí y no pude evitar preocuparme, aunque sabía que no podía
correr más que la tormenta y mi pueblo, estaba preparado para
enfrentarse a ella. Posiblemente, mi tienda sería la que sufriera
los mayores destrozos, pues no sabía si Alia podría ocuparse
de reforzarla a tiempo, aunque tenía la esperanza de que fuera
así.
Fue Omar quien se ocupó de mi tienda, siempre atento. No
había duda de quién habría ocupado el puesto de mi padre si
no se hubiera marchado del desierto. Busqué a Laila entre
todos los que salieron a darme la bienvenida, pero no la
encontré. Puede que todo hubiera vuelto al principio. Tal vez,
no fue deseo lo que reflejaban sus ojos después de todo. Ignoré
aquellos pensamientos y me senté junto a mi pueblo a la hora
de cenar para informarles de las decisiones que el Consejo
había tomado. Busqué la mirada de Omar, intentando medir
cuánto dolor y decepción le provocaban mis palabras, pero
solo encontré comprensión. Le vi asentir, creo que agradecido.
Era mucho más noble de lo que yo imaginaba.
Le acompañé a su tienda antes de retirarme a la mía y la
encontré vacía, el niño dormía plácidamente, pero ni rastro de
ella. Miré a Omar, interrogándole con la mirada y él me
contestó con un gesto. Estaba en el oasis. ¿Acaso no le había
dejado claro que no podía ir allí sola? No a escondidas, sin
protección y durante la noche.
Llegué hasta allí y la vi disfrutando tranquilamente de su
baño. Ajena al peligro que podía acecharle. Estaba claro que
tenía un problema de comprensión con el lenguaje verbal, así
que decidí que no valía la pena desperdiciar más palabras. Me
hice notar, quería darle tiempo a salir, aunque recé para que
me ignorara. Lo hizo, se quedó en el agua, mirándome,
desafiando mi paciencia como sabía que haría. Me quité el
cinto y lo dejé caer. Luego, una bota. ¿Cuánto tardaría en
comprender que no tenía más remedio que salir? ¿Hasta dónde
estaba dispuesta a poner a prueba mi determinación? Le di
tiempo más que suficiente para que saliera y no lo hizo, así
que no me quedó más remedio que entrar a buscarla. Cuando
comprendió que había perdido, empezó a escupirme todo su
veneno. Aquella mujer era arrogante y mezquina, pero yo le
enseñaría a respetarme, aunque tuviera que domarla como a
una camella rebelde y obstinada.
Era un hombre paciente, pero incluso la paciencia forjada
por la dura vida del desierto, tenía un límite y yo, había
llegado al mío.
Busqué dentro de mí, algo que ayudara a contener la ira
que se agolpaba en cada poro de mi piel, luchando por salir y
hacérselo entender, aunque fuera a golpes. Ahora me miraba.
Yo no desvié mis ojos de los suyos, necesitaba que entendiera
que por mucho que me despreciara, tenía que cumplir con
ciertas reglas. Reglas que podían parecer más o menos justas,
pero que era a mí a quién le correspondía imponerlas y nunca
eran por nada ¿Acaso yo era un tirano? ¿Es que no tenía
sentido lo que le pedía? Le acompañé hasta su tienda,
asegurándome de que entraba en ella y me fui a dormir,
aunque sabiendo que me costaría hacerlo, eso, si es que lo
conseguía.
Por la mañana, estaba de mal humor. La muchacha, con su
desafío, había encendido mi deseo, pero sin la intención de
aplacarlo y para colmo, había logrado enojarme como pocas
veces lo había hecho nadie en mi vida. Tras el desayuno que
me había preparado Alia, fui a ocupar mi lugar bajo la
palmera. Era el mejor sitio para otear el horizonte, ya que era
el más elevado y además, la planta daba una sombra suficiente
para protegerme del sol. Desde allí, no solo conseguía ver todo
el campamento, también veía alrededor de él una buena
distancia. Siempre había tenido buena vista. Mi nombre fue un
acierto de mis padres, Haytam, el joven halcón.
Fue entonces, cuando vi a la mujer de Samir salir de la
tienda algo alterada, parecía estar persiguiendo algo. Bajé
curioso para ver de qué se trataba. Lo vi, estaba a punto de
enterrarse y descargué mi lanza para detenerlo, partiéndolo en
dos. La mujer me miró agradecida y cuando le devolví la
mirada, me encontré con otra mucho más intensa, Laila estaba
con ella, pero su forma de mirarme esta vez era diferente, no
había resentimiento alguno, me pareció ver dulzura y tal vez,
admiración. ¿A qué venía aquella mirada? No me quedé para
averiguarlo, ya había tenido bastante de aquella mujer por
algún tiempo. Me di la vuelta y empecé a alejarme, pero una
mano me detuvo, la suya. Me volví para enfrentarme a ella
¿Qué diablos querría ahora de mí?
―Hassan, yo… Lo siento.― Se disculpó.― No tenía
ningún derecho a decirte las cosas que te dije. Siento mucho tu
pérdida.― Omar, le habría contado lo que ocurrió en la sequía.
¿Qué sentido tenía darle más vueltas? Ella estaba arrepentida,
parecía sincera. Y no conocía mi pasado cuando me escupió su
veneno. Mejor no pensar más en ello.
―Está bien así. No te preocupes más.
Me sorprendió que estuviera con Fátima. ¿Qué haría allí?
Ella nunca salía de su tienda ni hablaba con nadie si no era
imprescindible. Me pareció extraño. Pronto descubrí el
motivo.
Por la tarde, cuando nos sentamos junto al fuego para
contar historias como cada noche, nadie me pidió que contara
alguna de las veces que me había enfrentado a algún enemigo.
En lugar de eso, todo el mundo le preguntaba a Samir por la
historia del escorpión. Al parecer, Laila había soñado con él y
había ido a la tienda de Fátima para contárselo. Y no era la
primera vez. Según contó su abuelo, también soñó con la
tormenta de arena.
Así que, Laila tenía el don. Recuerdo que su abuela
también lo tenía. Cada cosa que iba descubriendo de ella,
hacían que me resultara más interesante.
Era una criatura de belleza excepcional, puede que un poco
flaca, entre mi pueblo se valoraba a las mujeres con curvas,
cuanto más gruesas, mejor, aunque reconozco que a mí nunca
me pareció bella ninguna, en cambio ella… Su mirada no solo
era distinta, sino que denotaba cierta inteligencia y por su
forma de hablar, obviamente había tenido una educación
esmerada. Tenía carácter, sí, demasiado genio, pero yo había
visto que tras todo ese fuego que explotaba arrasándolo todo a
su paso, también había dulzura y comprensión. Era extraña,
única, misteriosa en cierto sentido y el Misericordioso, la
había puesto en mi camino. Mi primo Abdel tendría que
perdonarme por arrebatársela, pero aquella mujer, capaz de
contener el fuego y el hielo en la mirada, tenía que ser mía.
Omar se acababa de marchar y yo decidí no demorarme
más. Abandoné el fuego más pronto de lo habitual y fui a su
tienda. No tuve que inventar ninguna excusa porque todo el
mundo estaba absorto escuchando la historia de Samir. Esta
vez, no tenía nada que decirle a Omar, fui directamente a
hablar con ella. No sabía qué le iba a decir, pero ya se me
ocurriría algo.
Me ofrecí para acompañarla hasta el oasis a darse un baño.
Sabía que le encantaba hacerlo y que solo se privaba porque
yo se lo había prohibido. Temí que si era demasiado directo
me rechazase, pero estaba seguro, de que a eso, no me diría
que no. No había prisa. Quería acercarme a ella poco a poco y
que se fuera acostumbrando a mí. Que me conociera. Sin duda
no habíamos empezado con buen pie. Tal vez, así tuviera
alguna posibilidad más adelante.
Caminamos en silencio al principio y luego, le pedí que me
hablara de su don. Ella decía que Alá le ocultaba mi presencia
en esos sueños. Le pregunté que para qué quería verme en
ellos y me pareció que se sonrojaba. Esta era la Laila que yo
sabía que estaba escondida tras el hielo. La Laila que había
estado buscando, aunque reconozco, que cuando explotaba en
llamas, la deseaba más aún. Aunque también la odiara.
Llegamos hasta el agua y me di la vuelta para que pudiera
entrar en ella.
Hablamos de cosas importantes y de otras más livianas. De
su tierra y de la mía, de la guerra, del dolor y la pérdida, y de
cómo el tiempo, a veces, podía ser el mejor de los bálsamos
para calmar algunas heridas. Me sorprendieron su sentido del
humor y sus chanzas. Viéndola así, relajada y sonriente, pude
adivinar a una Laila muy distinta a la que me había mostrado
hasta ahora y quise que esa Laila, se quedara conmigo para
siempre.
Cuando empezó a sentir frío, me pidió que me volviera
para salir del agua. Eché mano de todo el control que encontré
en lo más profundo de mi ser para no cometer ninguna
estupidez y me obligué a esperar el momento apropiado para
liberar mi pasión. Ella me lo haría saber cuándo estuviera
preparada. Oí sus pasos acercándose a mí y luché contra el
deseo de volverme. Entonces escuché un suave siseo justo
dónde ella se encontraba. Detuve su mano intentando no
volverme, pues sabía que ella seguía desnuda y esta vez, no
había nada que la ocultara.
―Quieta. No te muevas.― Le avisé. Saqué mi espada
lentamente y esperé el nuevo aviso de la alimaña, en cuanto
llegó revelándome su posición, descargué un golpe contra el
siseo. Sentí como su cuerpo se tensaba, pegándose al mío.―
¿Estás bien?―No me contestó y entonces sí que me volví para
comprobarlo. Estaba pálida y aterrorizada, pero estaba bien, no
le había mordido. Era preciosa… No pude evitar detenerme a
mirarla. Entonces, ella fue consciente de que estaba
completamente desnuda y de que yo, en un gesto muy poco
noble por mi parte, la estaba mirando. Me armé de valor. Al
cuerno con la paciencia. Ella estaba allí, desnuda y yo, estaba
allí, dispuesto. ¿Por qué no? Estaba imponente, allí, parada
sobre la tierra, con sus pies descalzos, su piel desnuda,
arrancándole destellos a la luna y atravesándome con dos
estrellas donde debiera tener los ojos. Solté mi espada y sin
dejar de mirarla, empecé a quitarme el velo. Ella tampoco
apartó los ojos de mí, me dejó hacerlo, vi como crecía el deseo
en sus ojos, como su cuerpo me esperaba impaciente. Mi
deseo también crecía con el suyo. Sus pechos erizados, me
provocaban deliberadamente.
El hielo y el fuego…
Su piel, su boca y su corazón, me necesitaban tanto como
yo a ella. Cuando se fueron las dudas, solo quedaron sus
jadeos sobre mi oído y mi aliento sobre su hombro,
consumiéndonos por entero en una pira de deseo, carne, alma
y corazón.
Ella no era el veneno, sino el antídoto. Sentí como el fuego
me consumía. Esta vez, no el de sus ojos, sino el de mi propio
deseo llevado a término. Sentí el alivio. El dolor, la soledad, la
amargura… Todo despareció.
Aquella, fue la primera vez que nos amamos y ya no
volvimos a separarnos. Nos hicimos promesas a la luz del alba
y acordamos casarnos lo antes posible. Ninguno de los dos
quería perder más tiempo. La vida, ya nos había mostrado su
lado más amargo y cruel y los dos necesitábamos,
desesperadamente, descubrir otra cara más amable y sentir que
existía una posibilidad de volver a ser felices.
Esa misma mañana, fui a la tienda de Omar. Él me ofreció
té. No había una forma mejor para empezar a hablar, que
hacerlo con una taza de té en las manos. Yo iba a darle la
noticia. No estaba nervioso, el anciano era un hombre
realmente sensato y yo gozaba del respeto de mi pueblo y del
linaje necesario para desposar a su nieta. Incluso le
complacería que fuese yo. Omar me apreciaba, tanto como yo
a él y no puso pegas.
Salí de la tienda y fui derecho a la tienda de Samir. Quería
hacerle un regalo a Laila y Samir, era un artista haciendo el
zakkat, así que le encargué uno muy especial y le pedí que lo
tuviera listo para mi regreso. Afortunadamente, él disponía de
la plata suficiente y me dijo que no habría ningún problema.
Me hubiera gustado hablar con Laila antes de marcharme, pero
si me entretenía más, no llegaría a tiempo para mi propia boda
y eso, lo pagaría muy caro. Ella me lo haría pagar. Sonreí al
pensar en ella y más cuando la imaginé enfadada. No sé por
qué, pero me resultaba gracioso imaginarla con el ceño
fruncido, reprendiéndome. Tal vez fuera, porque era una cría
con el genio de un djinn y la cara de una virgen inocente.
Omar se lo explicaría. Preparé mi caballo y salí al galope.
Llegué a mi destino cuando el sol empezaba a retirarse.
― ¡Abdel! ―Le llamé sin llegar a bajar de mi montura.
― ¡Hassan! ¿Qué ocurre?
―Todo va bien, tranquilo, pero tienes que venir conmigo,
no tenemos mucho tiempo.
― ¿Ya está disponible?― Él pensó que se trataba de eso.
No sería fácil decirle la verdad. Yo creía que él ya se habría
olvidado de ella. Si hubiera sido otro hombre el que me
hubiera hecho esa pregunta, le habría molido a palos, pero era
mi primo y no podía imaginar lo que yo estaba a punto de
contarle. Bajé del caballo y le encaré para darle la nueva.
―En realidad, no. Se trata justo de lo contrario.
― ¿Le ha ocurrido algo a la muchacha? ¿Ella está bien?
―Lo que quiero decir, es que ya no estará disponible.
―Entiendo.―Admitió comprendiendo mis palabras.
― ¿Quién es el afortunado?
―Lo tienes delante.―Esperé su reacción para evaluar el
disgusto, pero no vi que se disgustara.― Todo ha ocurrido
muy deprisa y no he tenido tiempo de avisarte.
―Sabía que serías tú.―Me dijo complacido.
― ¿No te disgusta?
―Si fuera otro, me habría molestado, pero no puedo
competir contigo.―Me palmeó en el hombro y me
sonrió.―Enhorabuena. ¿Cuándo os casáis?
―Mañana. Llevo cabalgando todo el día para llegar a
tiempo y tendremos que cabalgar durante toda la noche.―Le
advertí.
―Comamos algo primero, así descansarás de la montura.
Puedes dejar aquí tu caballo para que descanse y coger uno de
los que hay aquí, ya vendrás a por el tuyo si es que quieres
recuperarlo, luego partiremos sin demora.― Se rio.
―Gracias, Abdel. Eres un buen hombre.
―Parece que tú eres mejor hombre que yo…―Reconoció
con una sonrisa.
―Solo estaba más cerca.―Admití yo.
―Eso es cierto.―Bromeó y nos reímos los dos.
La boda no fue demasiado ceremoniosa, en realidad, se
trataba más de celebrarlo y hacerlo público que de otra cosa.
Mi compromiso era con ella y yo no necesitaba que nadie me
diera su bendición, pero como amenokal, no me quedaba otra
que dar ejemplo y cumplir con las costumbres de mi pueblo.
Estaba cansado tras el viaje al poblado de mi primo y tenía
ganas de que la fiesta acabara pronto, miré a Laila, ya mi
esposa y leí en sus ojos que ella se sentía igual. Sería una
buena esposa. Sabía que era una mujer complicada, pero fuerte
y valiente, dulce y sincera. Mientras todo el mundo danzaba,
ella me buscaba de vez en cuando con la mirada y se topaba
con la mía, sin el menor esfuerzo. ¿Dónde iba a mirar si no?
Era lo más hermoso que yo había visto en mi vida. Mi anterior
esposa, fue una buena mujer y yo la amé por ello cada día de
su vida. Dulce y atenta, pero desde luego, no poseía la belleza
ni otras virtudes que encontraba en Laila. Ella era tranquila,
sumisa y obediente, jamás me dio el más mínimo problema.
Laila, me desafiaría todos los días de mi vida, pero eso ya lo
sabía cuándo decidí hacerla mía, ya lo hacía de todos modos
sin serlo, así que… Jamás ninguna mujer, me había encendido
de la forma en la que ella lo hacía, solo con su presencia. Cada
vez que nuestros ojos se cruzaban, estallaba en llamas y yo,
tenía que luchar para controlar mi deseo con todas mis fuerzas
para no tomarla en aquel preciso instante y lugar. Me
desbordaba.
Entonces la vi entrar en la tienda, seguramente a dejar
algún regalo. No pude reprimirme y entré tras ella
discretamente. No le dije nada. La sorprendí por detrás y le
tapé la boca con la mano para que no gritara, aunque luego
comprendí que no iba a hacerlo. Le di la vuelta para encararla
y la besé ardientemente. Ella me devolvió el beso con la
misma pasión. Luego se apartó y salió de la tienda. Yo no
tardé demasiado en salir. En cuanto me hube calmado lo
suficiente para poder hablar y no ponerme a gritar para que
todo el mundo se fuera a su tienda y poder llevarme a Laila a
la mía.
Ahora, era mía, la tendría para mí solo durante el resto de
nuestra vida y podría amarla siempre que quisiera. ¡Qué lento
pasaba ahora el tiempo!
4
Cada mañana, cogía al pequeño Arnau y me lo llevaba a la
palmera conmigo, así ella estaba más tranquila para hacer sus
cosas. No era un chiquillo especialmente inquieto. Siempre me
miraba con sus ojos atentos, los mismos ojos de su madre,
llenos de curiosidad.
Era pequeño, aunque fuerte para su edad. Le gustaba
corretear con los demás críos y aunque era más joven, nunca le
vi plegarse a su desventaja y se esforzaba por estar a la altura
de los otros. A veces se caía, cuando intentaba correr
demasiado, pero nunca le vi llorar, se levantaba de inmediato y
seguía corriendo con más ganas. Sería un hombre fuerte. Sus
ojos y su piel le delataban, pero su carácter aún estaba por
definir y yo, le enseñaría a ser el hombre que debía ser.
Al cabo de poco tiempo, Alá volvió a sonreírme. Laila me
anunció que estaba preñada y yo quise salir de la tienda y
ponerme a gritar eufórico. La vida a su lado no era dulce, yo
había sido comedido en mis aspiraciones, con Laila, la vida
era extraordinaria.
Habíamos esperado un poco más de lo previsto para
emprender el viaje al campamento del este. Laila, había
engordado bastante y yo sabía que el tahawit ya no le resultaba
cómodo. Sin duda, era mejor que ir a pie, pero no lo suficiente
para una mujer en su estado. De vez en cuando, desandaba mis
pasos para acercarme a comprobar que todo iba bien. Aquella
mujer, era capaz de parir allí mismo sin decir una sola palabra
para no alterar mi paz. Era fuerte, mucho más fuerte que
cualquier otra mujer.
La misma noche que llegamos al oasis, ella me pidió que
la acompañara hasta el agua y yo no pude negárselo. Me
desnudé y me metí en el agua con ella. Luego salí sin esperar a
que ella lo hiciera y me senté en la orilla contemplando su
belleza. Creo que necesitaba estar un rato a solas, pero no sin
mí. Entonces me miró de un modo extraño y se acercó
despacio, sin dejar de mirarme. Se sentó sobre mis piernas y
me besó en la cara, absorbiendo las gotas que aún resbalaban
por ella. Mi cuerpo reaccionó a sus besos y caricias de
inmediato, aunque ahora yo era mucho más cauteloso, seguía
amándola cada noche.
Los días pasaban tranquilos y las noches ahora, solo las
empleábamos en dormir. El embarazo ya estaba demasiado
avanzado para arriesgarnos a nada más.
Últimamente, Laila estaba preocupada por Omar. El viejo,
no se encontraba bien y hacía varios días que no había sido
capaz de abandonar el lecho. Yo acompañé a Laila cada día a
visitarle, le ofrecí que se viniera a nuestra tienda, pero él lo
rechazó, dijo que Alia se ocupaba bien de él. Yo sabía que era
verdad, antes se había ocupado de mí y era una buena mujer,
eficiente en sus cuidados.
Una noche, Omar le pidió a Laila que se quedara con él.
Ella me miró para saber si yo estaba de acuerdo. No protesté,
me quedé con Arnau para que ellos pudieran estar tranquilos y
ella pudiera ocuparse mejor. Sabía que no les quedaba mucho
tiempo que compartir, era evidente, y ella necesitaba
enfrentarse a la muerte de su abuelo de un modo diferente a
todas las demás. Necesitaba despedirse y ver que la muerte no
tenía por qué ser un tránsito violento, que podía ser dulce y
apacible. Yo estaba a punto de entrar en mi tienda cuando un
grito recorrió mi cuerpo sacudiéndolo de arriba abajo. ¡Laila!
Estaba llamando a Alia, supuse que los días de Omar habían
acabado. Ahora tendría que enfrentarse al dolor de la pérdida,
pero no estaba sola. Yo la sostendría durante ese camino hasta
que se fuera volviendo menos tortuoso. Si estábamos juntos,
todo iría mejor. Para mí también sería duro, realmente
apreciaba a Omar en muchos más sentidos de los que llegaba a
imaginar.
Llegué hasta la entrada y lo vi, ya no había vida en aquel
cuerpo. Entonces, la miré para que comprendiera que no
estaba sola, que yo cuidaba de ella, pero sus ojos no reflejaban
tristeza, había algo más en ellos. La examiné mejor y entonces
lo vi, había un charco junto a ella. ¡Estaba de parto!
Llamé a Fátima y a Alia, que no se hicieron esperar, y salí
de la tienda para que ellas pudieran ayudar a Laila a alumbrar
a la criatura.
Estaba resultando un parto largo. Yo esperaba impaciente
para ver a mi hijo, pero debía de haber alguna complicación
porque llevaba demasiado tiempo con dolores. Recé a Alá para
que no se llevara a Laila. Sabía que eso, no lo soportaría.
Entonces, oí el llanto, por fin. Alia salió de la tienda con el
niño en brazos y me lo entregó, era un varón. ¡Qué orgulloso
me sentía! Fui a entrar a la tienda para ver cómo se encontraba
Laila, pero Alia me lo impidió. Yo la miré contrariado.
Supliqué al Misericordioso que se apiadara de mí. No podía
llevarse a Laila. ¡A mi Laila, no! Entonces salió Fátima,
mirándome de un modo extraño, buscando las palabras
adecuadas.
―Viene otro.
― Explícate.
―Que tiene otra criatura dentro, pero no puede salir. Viene
al revés.― ¿Cómo que tenía otro bebé? Sabía que eso era
posible, pero no lo había visto nunca, al menos en una mujer.
― ¿Hassan?― La oí llamarme con apenas un hilo de voz.
Alia, intentó impedirme el paso, pero ni si quiera me molesté
en pedirle que se apartara, la hice a un lado de un empujón y
entré en la tienda. Extendió la mano y yo me apresuré a
estrecharla entre las mías.― Hassan, cuida de él.― ¡¿Qué?!
¿Qué estaba diciendo? ¿Se estaba despidiendo? ¡No! No podía
permitir que eso pasara, ella tenía que luchar.
―Eres tú quien debe cuidarle. Aguanta un poco más.―Le
supliqué aterrado.― No te atrevas a dejarme, ¿me oyes?
Laila… ― Vi como sus ojos se rendían y se sumía en la
inconsciencia y todo mi cuerpo se estremeció por el miedo y la
desesperación. Le golpeé en la mejilla suavemente para que
despertara.― Laila, aguanta un poco más, le sacaremos.― Fui
a buscar a Abdel, uno de los pastores que compartían
campamento con nosotros. Algunas veces esto mismo ocurría
con las bestias y aunque Laila no fuera una de ellas, no podía
ser muy diferente el proceso. Yo le había visto hacerlo con las
cabras, pero el muy imbécil, no quiso hacerlo. Me dijo, que
ese era trabajo de Alá, que él proveería. Eso estaba claro, pero
yo iba a ayudarle a proveer. No estaba dispuesto a dejarla
morir sin hacer nada. Decidí asistirla yo mismo. Primero
intenté reconocerla con cierto temor. Tal vez me estuviera
equivocando, pero ¿qué otra cosa podía hacer? Introduje una
mano hasta que toqué a la criatura Había que sacarla de allí
como fuera, no solo por Laila, sin el agua de la bolsa,
terminaría por asfixiarse, pero mi mayor preocupación, era
ella. Intenté concentrarme en adivinar que parte del cuerpo era
la que tocaba. Un pie, sin duda. ¿Debía intentar darle la vuelta
o podría nacer en aquella posición? Decidí que podía intentar
darle la vuelta. No conseguía hacerlo. El bebé ya no tenía una
bolsa llena de líquido dentro por la que desplazarse a su
antojo. Observé el rostro de Laila, descompuesto por el dolor.
Estaba cansada y las fuerzas ya no le acompañaban. Tenía que
hacer algo y pronto. No tenía más tiempo. Recé para que
saliera bien y para que ella me perdonara si no era así. Yo no
podría perdonarme jamás si la perdía. Le pedí a Alá que guiara
mi mano con el mismo acierto que el día que empuñé mi
espada contra su verdugo y no lo pensé más, cogí el pie de la
criatura y tiré hacia mí. Estaba saliendo bien. Laila, se retorcía
de dolor, pero tendría que aguantar un poco más. Ya no
quedaba mucho. Conseguí que salieran los hombros y supe
que lo peor ya había pasado. Apareció entonces su cabecita
ensangrentada y suspiré aliviado. Estaba fuera por fin y todo
había acabado. Era una niña. Me dieron ganas de azotarla por
el sufrimiento que le había causado a su madre, pero entonces
la vi patalear entre mis manos y su llanto, me recordó que no
era más que un bebé. Una criatura preciosa. Se la di a Fátima
para que la examinara y dejé que ella terminara de atender a
Laila. Luego, se llevó a los dos pequeños a su tienda para
ocuparse de ellos aquella noche. Ella también estaba criando y
podía alimentarlos, eso ya se había hecho otras veces. Fátima,
se llevó a los dos pequeños sin protestar, compadeciéndose de
mi esposa que aquella noche, sería incapaz de hacer nada más.
Me lavé los brazos y miré a Laila, estaba profundamente
dormida, pero creía que bien, agotada, exhausta, dolorida…
pero viva al fin y al cabo. Y yo no pude sentirme más
agradecido por ello.
Me llevé a Omar de la tienda y di las órdenes oportunas
para honrar su cuerpo.
Luego volví con Laila, la tapé con una tela y le lavé un
poco la cara, intentando no despertarla. El paño húmedo le
sentó bien, estaba sudando y noté que la calmaba. Estaba
preciosa. Su rostro reflejaba el cansancio, pero también
brillaba de satisfacción. Estaba tranquila y en paz. Quise
besarla, pero me contuve, no quería despertarla, tenía que
descansar. Ya habría tiempo para nuevos besos y caricias. Me
quedé allí toda la noche. Intenté dormir, pero me daba miedo
dejar de mirarla y que le ocurriera algo. Le besé en la frente
despacio y la vi sonreír al sentir mis labios. No se despertó. ¿Y
si algo salía mal? ¿Y si ella no estaba bien como yo pensaba?
¿Y si no despertaba jamás? Aquella posibilidad me golpeó de
pronto con una brutalidad que yo no esperaba. Intenté alejar
aquellos pensamientos, pero volvían a mí una y otra vez,
decididos a instalarse en mi corazón. Cuando ya no fui capaz
de contenerlos, rompí a llorar. Las lágrimas se derramaron de
mis ojos y yo no intenté impedirlo. Yo tampoco tenía fuerzas
para nada más. Las dejé correr libres y no me importó. Solo
me quedaba una cosa por hacer, rezar.
Y lo hice. Recé y lloré con el alba, desesperado.
― ¿Están bien?― Ya brillaba el sol, imponiendo su poder
con fuerza, cuando su voz me interrumpió. Limpié mis
lágrimas, no por vergüenza, sino porque ya no eran
necesarias, y la miré aliviado.
―Están sanos y Fátima se está ocupando de ellos. Tú
debes descansar.―La tranquilicé.
―Quiero a mis hijos conmigo. ―Qué protestara y me
plantara cara, era buena señal, volvía a ser mi Laila, pero aún
no estaba recuperada ni tenía fuerzas para alimentar a nadie y
mucho menos a dos niños ávidos del alimento de su madre.
―Para poder alimentar, primero debes alimentarte.―Le
dije en tono tajante y dejando claro que no estaba dispuesto a
someter aquel asunto a ningún tipo de discusión. Sin embargo,
una sonrisa se escapó de mis labios o de mi corazón. Me
levanté para colocarme de nuevo el velo antes de salir de la
tienda para buscar algo de comida que Alia había preparado
para mí. Le ayudé a incorporarse para que pudiera tragar el
caldo. No protestó y acabó con el cuenco impaciente. Entonces
comprendí que se recuperaría. Le besé en la frente, agradecido
y aliviado, antes de ir en busca de los pequeños, al fin y al
cabo, era su madre y necesitaba verlos. Le ofrecí primero al
varón y ella se descubrió uno de sus pechos para ofrecérselo.
Sus pechos, ahora eran mucho más voluminosos y al pequeño
no le costó ningún esfuerzo conseguir su alimento. Yo me
ocupé de la pequeña hasta que le llegó su turno. Era preciosa,
conseguí que se calmara ofreciéndole mi dedo para que se
entretuviera hasta que su madre pudiera darle algo mejor. Ella
lo chupaba con fuerza, si heredaba algo de la belleza de su
madre, por poco que fuera, sería la muchacha más bonita de
todo el desierto.
Durante las primeras semanas, Laila no daba abasto con
los pequeños. Si atender a una criatura recién nacida era
fatigoso, ocuparse de dos a la vez, era una locura. Estaba
cansada y dormía poco. Alia, le echaba una mano durante el
día, pero por la noche, era agotador. Yo procuraba entretener a
uno, mientras ella se ocupaba del otro, pero no era suficiente.
Sin embargo, no quedaba más remedio que aguantar. Aquello
no duraría mucho más.
Una noche al llegar a la tienda, vi que mis hijos no estaban
allí, solo estaba ella, mi Laila, vestida con una túnica que
dejaba adivinar su figura con bastante facilidad. No solo se
había recuperado ella tras el parto, también lo había hecho su
cuerpo y aunque había tardado más que su ánimo, lo había
hecho con toda eficacia. Qué hermosa era. Comprendí de
inmediato sus intenciones y suspiré aliviado e impaciente. Se
había decorado las manos con alheña y había dispuesto una
palangana con agua. Entonces me acerqué y ella empezó a
desvestirme con delicadeza, sin prisa, al menos eso me parecía
a mí, puede que yo tuviera demasiada, pero no le interrumpí,
la dejé hacer su trabajo y no luché por reprimir mi deseo, que
crecía imparable, al amparo de la certeza de que pronto sería
satisfecho. Se entretuvo más de la cuenta lavando cada palmo
de piel, deleitándose en el proceso. Yo sabía que le gustaba mi
cuerpo, tanto como a mí me gustaba el suyo. Eso nunca lo
llegaría a comprender. Cuando terminó, me senté sobre los
almohadones que había dispuesto en el suelo, llevándomela
conmigo. Me deleité con el olor de su pelo; tara, tidikt,
aambar, garanful… Con la suavidad de su piel y con el fuego
de sus ojos, que ahora, con la ayuda del carbón, parecían aún
mayores y más intensos. Dejé que aquellas sensaciones se
apoderaran de mí, embriagándome con ellas y solo cuando la
deseé más de lo que mis pulmones deseaban el aire, la besé
con fuerza. Sus labios agradecidos, se movían entre los míos
devolviéndome la misma pasión que yo sentía. Recorrí cada
centímetro de su piel con mis manos y cuando ya no quedó
más piel, volví a empezar. Mucho antes que mis gemidos,
llegaron los suyos, y yo me estremecí, no por mi placer, sino
orgulloso de mi victoria. Bebí de sus pechos generosos, Fátima
se habría ocupado de mis pequeños y no tenía por qué perderse
aquel exquisito alimento. No era exquisito por su sabor, o su
textura, sino por su procedencia. Era la esencia del ser que yo
más amaba en la tierra. Cada parte de aquella mujer, tenía para
mí un valor incalculable ¿Acaso podía dejar que una parte de
ella se derramara echándose a perder? ¿Quién mejor que yo a
falta de sus hijos para beber de ella? Para consumirla.
Pasamos toda la noche, sin dejar de acariciarnos y
atacarnos al menor signo de debilidad. Como coyotes
hambrientos, que han encontrado la presa más exquisita al
paladar y no pueden dejar de devorarla. Recé para que el sol
no se alzara nunca más y aquella noche, se prolongara en la
eternidad.
Fue una de las noches más maravillosas que había vivido
hasta aquel momento de mi vida, pero Alá era grande y
generoso, y no quiso que fuera la última.
5
Los días pasaban con el acostumbrado ajetreo del
campamento. El sol salía temprano, siempre demasiado
temprano, pero abrir los ojos merecía la pena cuando era el
rostro de Laila lo primero que veía. Solía dormir plácidamente
cuando no soñaba y a menudo, sonreía. Verla así, tan feliz, tan
en paz y tan mía, me hacía sentir el hombre más afortunado de
la tierra. El mundo había recuperado su orden natural y yo
disfrutaba sus días y sus noches como si fueran regalos. Los
días eran una bendición a su lado, pero las noches… por las
noches, ella me llevaba de la mano hasta las puertas del cielo y
luego, las cruzaba todas. Yo pensaba que con los niños, las
cosas se calmarían un poco, no estaba preocupado por ello, me
parecía lo más natural, pero no contaba con que Laila no era
una mujer común. Ella era excepcional y ocurrió todo lo
contrario. Ahora, nos necesitábamos más que nunca y nos
buscábamos con mayor urgencia.
Ella, me esperaba cada noche impaciente por comenzar
con su ritual. Me lavaba el cuerpo y toda mi piel respondía
bajo sus manos tiernas y precisas. Laila, no era solo el antídoto
al dolor, era la garantía de una felicidad completa e infinita.
Era mi paraíso en vida. ¿Qué más podía desear yo? No se me
ocurría nada que pedirle al Misericordioso, así que todas mis
oraciones iban destinadas a darle las gracias por su
generosidad.
Una mañana en la que me encontraba en mi puesto
habitual, vigilando el campamento y rodeado de críos, me fijé
en que Arnau destacaba sobre los demás por su estatura. No
me equivoqué con él, sería un hombre fuerte y más grande que
los otros, algunos mayores que él, pero todos más bajos.
Arnau, debía tener al menos ocho años. Decidí que ya era hora
de empezar a educarlo como a un hombre. Empecé por acabar
con Abaraï Baraï. Le conté que solo era una historia para
mantener a los niños pequeños cerca del campamento, pero
que él ya era mayor y aunque, no debía de contarle a los otros
niños aquello que le estaba confiando, él tenía derecho a saber
la verdad, puesto que era más inteligente y fuerte que los
demás. El pobre, me miró intentando decidir si lo que le
contaba era cierto.
― ¿Puedo preguntarle a mi madre?―Me pidió permiso.
¿Acaso no le bastaba con mi palabra? No me molestó. Buscar
una segunda opinión denotaba inteligencia y buen juicio.
―Pregúntale a ella. Ella te contará la verdad. Las madres,
no saben mentir.―Le animé.
Cuando satisfizo su curiosidad y decidió que ninguno de
los dos le engañaba, empezó a preguntar por temas más
prácticos y yo pude empezar a instruirle en los misterios del
desierto. Arnau era un hijo más para mí, cuando encontré a su
madre, él apenas se mantenía erguido sobre sus pequeños pies.
Era mi hijo y como tal, estaba condenado a entenderse con el
desierto.
Le enseñé a leer en el cielo y en las dunas, en el viento. Le
enseñé a poner trampas para los animales y cuando ya se
desenvolvía con soltura, le mandé durante un año como
aprendiz con los hijos de Abdel, que ya se ocupaban del
ganado.
Cuando ya estuvo preparado, fui a los demás campamentos
a buscar algunas cabras para que él las gobernara.
Cada mañana, después de desayunar, se iba presto con sus
cabras en busca de los pastos y no regresaba hasta la hora de
comer, si encontraba alimento cerca. Algunas veces, tardaba
varios días en volver y aunque no podía dejar de sentir cierta
preocupación, sabía que le había enseñado todo lo necesario y
estaría bien. Era fuerte. Luego, como uno más, se sentaba
junto al fuego y escuchaba atento las historias que
contábamos, riéndose con algunas y conmoviéndose con otras.
Lo que más le gustaba, eran los poemas.
Los más pequeños, ya no dormían en nuestra tienda, sino
que lo hacían en la de Omar desde que dejaron de mamar.
Alia, los tenía a su cuidado por las noches y bajo su atenta
mirada, los tres crecían sin dar demasiada guerra.
Laila y yo, teníamos la tienda para nosotros solos y cada
noche, cuando todo el mundo se retiraba a descansar, yo
entraba en mi hogar y ella, me esperaba para lavarme y
llevarme al paraíso.
Nunca le vi quejarse, ni tampoco me dio jamás la
impresión de que no quisiera hacerlo. Ella me hacía pensar que
disfrutaba con ello y lo hacía entregándose a aquel acto como
si fuera el ritual más sagrado del mundo. Como si lavar mi
cuerpo le purificase también a ella. Yo esperaba paciente, casi
siempre, mi turno. Le demostraba mi devoción de la forma en
la que mejor sabía hacerlo, amándola, no solo con mi cuerpo,
yo la amaba con todo mi corazón, con mi alma… y se la
entregaba en cada caricia y en cada beso. La entrega y la
pasión, habían derretido el hielo de sus ojos, hasta que no
quedó ningún vestigio en ellos. También ella había conseguido
con sus manos suaves y prestas a calmarme, lo que ninguna
espada o látigo habría logrado jamás, doblegarme. El amor,
había vencido a la desconfianza y al dolor, el calor había
derretido al hielo, y la dulzura, había domado al león. A fuerza
de tratarme como a su amo, me había convertido en su
esclavo, y lo sabía. Yo sé que ella lo sabía. Yo era suyo,
completamente suyo, le pertenecía como ningún ser debe
pertenecer jamás a otro. Y jamás se aprovechó de eso.
Una noche, me pidió que le contara un cuento. ¿Cómo iba
a negarle un capricho tan insignificante? Yo solo quería
complacerla. Empecé a recitar un poema que había oído
cientos de veces de labios de mi padre.
―Este poema se llama “El destino”. Es un canto de
despedida.
“El amor de una mujer es la sombra de una palma sobre la
arena. El amor del hombre es el único simún que puede
romper esa palma y fijar, así, su sombra…
¡Messaudá!
¡En la noche de tu tumba recuerda el jardín solitario
adonde te conduje un día!
Era un jardín engarzado entre murallas tan altas que las
cimas de los árboles no las alcanzaban.
Era un jardín engarzado entre murallas blancas, como una
esmeralda escondida en una flor de magnolia…
¡Messoudá, Messoudá! ¡Recuerda aquella mañana en que
te doblegaste bajo mi amor, como una palma bajo el simún!
Pero a fuerza de soplar, el simún cubre ahora la rama que
rompiera…
¡Oh, mi larga palma, que la arena sea ligera y no pese ya
sobre tu tumba…!”*[28]
―Es un poema muy bonito, pero triste. ¿Sabes alguno más
alegre?― Pensé en uno que siempre hacía reír a mi primo.
―Ya sé, este te va a gustar. Trata sobre una serpiente:
“Se había sentado sobre mis rodillas…―Entonces, la cogí
a ella por la cintura y la senté sobre las mías.
Yo había deslizado mi mano bajo su túnica, ―lo hice
también y fue divertido ver su cara de reproche, aunque sabía
que no le molestaba― y con voz indiferente hablaba de los
rebaños, de la agilidad de los perros, de la hierba que crece…
Sus piernas eran lisas y firmes. ―Le apreté la carne de los
muslos, aunque sin hacer demasiada fuerza, mientras iba
ascendiendo hasta su unión.―Al fin me pareció advertir que la
acariciaba…― Deslicé mi mano hasta su sexo y ella se
estremeció.
― ¡Hay una serpiente bajo mi vestido! ―Dije divertido
por su cara de desaprobación.
―Justamente, ―le contesté―, la estoy buscando…”*―
Yo retiré la mano y ella, mitad divertida y contrariada, me
besó en los labios.
― ¿Esos son los poemas que le enseñas a nuestro hijo? A
saber cuántas veces has usado ese truco…― Sabía que estaba
bromeando, pero decidí tentar la suerte. A estas alturas, ya no
podía tener dudas acerca de mis sentimientos.
―La verdad es que nunca lo había usado, pero parece que
funciona. Tal vez debería hacerlo más a menudo.―Me
encantaba verla celosa. Aún recordaba la noche que le
comenté la posibilidad de buscar una segunda esposa y aunque
luego me arrepentí de inmediato porque aquello le había
herido, en ese momento me pareció tan dulce que quise volver
a ver aquel despunte de celos en su mirada.
―Estás en tu derecho.― Yo sabía que esa sería su
respuesta, y mi capricho tenía un precio, pero merecía la pena
tener que jurarle mi amor, a cambio de ese destello en sus ojos.
Me limité a recordarle mi promesa y todo lo que conllevaba,
pues cuando la hice, era perfectamente consciente de todas y
cada una de sus consecuencias.
―Nunca haré nada a sabiendas de que puede causarte
dolor. ―Ahora entendió mi promesa completamente.
― ¿Y Alia? ¿Nunca has…?― Yo pensé en Alia, al
principio, cuando la acogí en mi tienda, ella intentó
agradecérmelo, pero por gratitud, yo entendía otra cosa y la
rechacé, no se lo tomó muy bien, pero con el tiempo, entendió
que era lo mejor.― No deberías haberme hecho aquella
promesa. Puede que algún día…―Decidí quitarle importancia
y empecé a bromear. Ahora lo que más deseaba era verla
sonreír, segura de mi amor y de que el suyo, no representaba
carga alguna para mí. No era capaz de imaginar la forma en la
que yo le amaba. ¿Alia? ¿Esa era la fuente de sus celos?
¿Quién era Alia? ¿Acaso existía?
― ¿Crees que podría con más? Me temo que no soy tan
fuerte como crees.― Le dije para que supiera que estaba
completamente satisfecho. Mi respuesta no pareció
convencerle. ―Alia, siempre me ha servido bien, pero a pesar
de que muchos no lo entienden, nunca he permitido que lo
hiciera de esa forma, no quiero que el amor sea un acto de
servicio. Ella tiene un trabajo y aunque al principio mi actitud
le confundía, ahora, es consciente de lo que yo espero de
ella.―La miré de frente, sin prisa, para que pudiera leer en
mis ojos la verdad.― No necesito más. ¿Dónde encontraría
yo, otros ojos como los tuyos?― Los besé.― ¿Otras manos
que me calmaran con tanta eficacia?― También las besé.―
¿Y una mujer que me ame de verdad, como todo hombre
sueña ser amado? El Corán permite al hombre desposar a
varias mujeres, pero hay condiciones.―Levanté una ceja para
llamar su atención.― Debes poder mantenerlas a todas por
igual y no solo me refiero a comida o agua, sino que debes
tratarlas por igual en todo lo demás, amarlas por igual, con el
cuerpo y el corazón. Tal vez, mi cuerpo podría contentar a otra
mujer, pero mi corazón, no puede amar a nadie más, al menos
no de la misma forma.― Por fin apareció la sonrisa que
buscaba. La besé con fuerza, intentando absorber cualquier
duda que tuviera acerca de lo que le había dicho. Y ella
reaccionó al instante, como siempre, perdonándome por el
arañazo, que yo deliberadamente, había lanzado contra su
corazón. Esta vez, me comprometí conmigo mismo a no
volver a hacerlo. Y le pedí perdón de todas las formas que
conocía, aunque sabía que ya me había perdonado, sentía la
necesidad de compensárselo. Primero con mi cuerpo y luego
con mis labios, esta vez los usé de un modo más recatado. Me
disculpé. Errar es humano, pero no disculparse cuando uno se
equivoca, sabiéndolo, es mezquino.
Mis hijos crecían y se iban definiendo poco a poco. Arnau
había empezado a trabajar como aprendiz del herrero y le
encantaba doblegar el hierro. Samir, alababa su fuerza y su
destreza y yo, sentía orgullo de padre cada vez que me
enumeraba sus cualidades y su predilección por él. Decía que
el alumno, no tardaría en aventajar al maestro. Ahora, era
Kenan quién llevaba el rebaño a pastar y Kella, que a sus doce
años era ya una belleza, ayudaba en los quehaceres a su madre
y demostraba talento con el cuero.
Una noche, Laila se removía agitada por algún sueño. No
tenía pinta de que fueran buenas noticias. Esperé a que el
sueño terminara y entonces despertó. Vi como encerraba el
rostro entre sus manos y empezó a llorar. Yo intenté
consolarla, pero no había manera. No sabía de qué se trataba,
pero fuera lo que fuera lo que había visto, aún no era real.
Cuando se hubo calmado un poco, me contó que en su sueño
veía con total claridad que unos hombres a caballo atacaban el
campamento.
La vida en el campamento era sencilla. Pasaba las mañanas
como vigía, luego, solía trabajar con los animales si había
algún potro que domar y si no, practicaba con el resto de
imajeghan con la lanza y la takuba. Casi siempre había algún
joven que se unía a la casta de guerreros de la tribu y había
que instruirle. Normalmente solía hacerlo algún familiar, pero
todos colaborábamos orgullosos de la nueva incorporación.
Tener una casta guerrera fuerte, significaba más seguridad y
menos conflictos para la tribu. Eran pocas las que podían
enfrentarse a mi tribu y tener alguna posibilidad de ganar la
contienda si hacía sonar el ettebel. Puede que una o dos, pero
estaban lo suficientemente lejos para que mi territorio les
resultara atractivo. ¿Quién querría atacar el campamento?
Pasé varios días más alerta que nunca, no bajé de mi
puesto en ningún momento hasta que llegaba mi relevo, aun
así, no estaba tranquilo, si Laila lo había visto, aquellos
hombres tenían que llegar de un momento a otro. Oteaba el
horizonte, esperando que aparecieran sus figuras, atento para
caer sobre ellas antes de que pudieran acercarse si quiera.
Había apostado hombres a una distancia prudencial del
campamento y en todas direcciones. Por fin los vi, intentaban
ocultarse, moviéndose torpemente entre las dunas. Cogí el
ettebel y lo hice sonar.
Eran jinetes a caballo, tal como había predicho Laila, todo
el mundo se puso a cubierto excepto los imajeghan. Montamos
sobre los camellos y salimos a su encuentro, unos con lanzas,
otros con la takuba. Yo iba el primero, no porque fuera más
valiente que mis hermanos, es que mi camello, era el más
veloz. Iban cubiertos como nosotros, pero yo sabía que no
pertenecían a mi pueblo. El que parecía el jefe, daba las
órdenes en una lengua muy distinta. Le arrojé mi lanza en
cuanto lo tuve a tiro y fue el primero en caer. Al impactar en
su pecho, el caballo se encabritó y el hombre cayó al suelo, ya
sin vida. A partir de ahí, fue una masacre. Le abrí el cuello a
otro con la takuba y vi a Bashir atravesar a otro más con la
suya. No tuvieron ninguna oportunidad, no tardé mucho en
averiguar por qué. Eran unos críos. Enterramos sus cuerpos.
No porque lo merecieran, sino porque era mejor no atraer a las
alimañas cerca del campamento y aunque había una distancia
suficiente, preferimos pecar por exceso de prudencia que por
defecto.
A nuestro regreso, la gente comenzó a salir de sus tiendas
y el campamento reanudó su vida. La pobre Laila se había
preocupado por nada. Nos recibieron con gritos de victoria y
alabanzas, pero yo no me sentía con ánimo de celebrar nada,
más bien todo lo contrario, sentí que alegrarse de arrebatarle la
vida a unos muchachos, estaba fuera de lugar, pero era el jefe
y mi pueblo necesitaba festejar. La vida en el desierto es dura,
por eso cualquier victoria, es motivo de alegría y celebración,
no podía negárselo.
Busqué con la mirada a Laila, que esperaba mi regreso en
la puerta de la tienda. Ella no salió a celebrar la victoria con el
resto. Até el camello al poste y fui a lavarme. No dijo nada, no
hacía falta, su cara reflejaba el alivio por verme regresar.
Uno de los hombres degolló un carnero, sonó la música y
comenzaron las danzas. Luego, junto al fuego, cada guerrero
contaba la historia a su manera, el más apreciado para esos
menesteres era Bashir, que siempre adornaba sus cuentos,
exagerándolo todo. Comparada con la suya, mi versión, era
menos emocionante y la gente volvió a pedir la de Bashir.
A la mañana siguiente, Laila me confesó que había soñado
de nuevo con la guerra. Aunque se trataba de una guerra muy
distinta, una guerra en Tierra Santa. En su hogar. Estaba muy
afectada y me obligó a prometerle que no iría a luchar, no si
podía evitarlo. Ella quería que mi promesa fuera más allá, pero
si había un llamamiento a la Yihad, no tendría más remedio
que acudir y no pensaba hacer una promesa que no pudiera
cumplir.
Hasta ahora no había fallado nunca, pero yo sabía que a
veces, la mente nos jugaba malas pasadas. Ella había estado
sometida a una gran presión con el ataque que predijo al
poblado. Puede que simplemente, fuera una forma de
enfrentarse al terror de la violencia. Además, en Tierra Santa
fue donde conoció el horror por primera vez, cuando sus
padres fueron asesinados. Todo aquello le habría afectado, sin
duda. Tal vez, solo fuera una forma de liberar un temor.
El sol estaba a punto de esconderse, tal vez, quedaran un
par de horas de luz, cuando avisté una caravana que se
acercaba al campamento y busqué al resto de imajeghan para
que me acompañaran a ver qué intenciones tenían. Solo
buscaban un poco de hospitalidad durante una noche. Los
examiné detenidamente y hablé durante un rato con el que
parecía el jefe. No me pareció que tuvieran otras intenciones
más allá de lo que ya habían expuesto y además, conocían a mi
primo, Abdel. Aun así, decidí ser cauteloso y no quitarles el
ojo de encima. Ninguna mujer salió de su tienda mientras
aquellos extraños permanecieron al amparo de nuestro
campamento. Explicaron que iban a unirse al sah persa. Se
dirigían a Tierra Santa, a luchar por la fe y a su paso, iban
reclutando tantos hombres como querían unirse a la causa.
Por la noche le conté a Laila lo que aquel hombre me
había contado a mí. Sin duda guardaba cierta relación con el
sueño, aunque no era la yihad y por supuesto, no tenía la
intención de unirme a ellos.
Antes de que despuntara el alba, oí ruidos en la tienda. Me
levanté sin hacer ruido y vi la figura de un hombre. Estaba
cogiendo algo. ¿Cómo era posible que aquellos extranjeros se
atrevieran a robarme en mi propia casa y más aún, después de
darles protección y cobijo? Desagradecido. Le agarré por
detrás, tapándole la boca para que no gritara, no porque fuera a
alertar a los otros, sino porque no quería despertar a Laila y
asustarla. Antes de hundir mi cuchillo en su carne, sus ojos
buscaron los míos y los reconocí en el acto. Le solté aterrado
por lo que había estado a punto de hacer, pues no se trataba de
ningún extraño, sino de mi hijo, Arnau. Lo saqué de la tienda
de un empujón para que se explicara. Si su madre se enteraba
de esto, se llevaría un gran disgusto.
―Explícate. Y elige tus palabras con cuidado.
―Me marcho a Tierra Santa. Solo necesitaba una
espada.―Me confesó con dolor y gravemente avergonzado.―
Si te la hubiera pedido se lo habrías contado a mi madre y ya
sabes cómo piensa acerca de la guerra.
―Es una mujer sensata, puede que debas escuchar lo que
dice.
―Padre, sé que no he hecho esto de la forma apropiada.
Debería haberos pedido permiso, pero sé que lo único que
habría logrado es disgustarla. Jamás aceptará que yo parta a
luchar por nuestra fe. Pero ya soy un hombre. Quiero decidir
qué hacer con mi vida y creo tener derecho a arriesgarla, si
creo que algo lo merece.
―No creo que esto sea asunto tuyo, hijo. Aquí le eres útil
a tu gente y Tierra Santa, está muy lejos.
―Alá, es asunto de todos.―Me corrigió y yo, no pude
reprenderle por hacerlo. Seguramente, si yo no tuviera a Laila,
también me habría marchado con ellos.― Me iré de todos
modos, pero no quería dejarla después de haber discutido. No
lo soportaría. Cuéntaselo cuando la caravana ya esté lejos. Dile
que volverá a pasear por sus jardines, que voy a luchar para
devolverle su hogar y que los que la obligaron a marcharse, los
que asesinaron a mis abuelos, pagarán por lo que
hicieron.―Tenía tanta convicción en su mirada… Era un
hombre, joven, pero un hombre al fin y al cabo y comprendí
que era algo que necesitaba hacer. Algunas tribus obligan a sus
jóvenes a enfrentarse a algún peligro para que puedan ser
considerados como hombres. Él, había decidido que este era el
desafío que le daría un lugar en el mundo adulto. Lo había
escogido voluntariamente, con valor y decisión. ¿Qué mejor
motivo que Alá para luchar o morir por algo? Yo mismo le di
mi takuba, y le ayudé a ensillar uno de los caballos que hacía
unos días, se había quedado sin su jinete. Imploré a Alá, que
Arnau no terminara sus días como aquellos muchachos
insensatos. Sabía que Laila se enfadaría, pero con ese
problema lidiaría después. Si yo lo había entendido, ella
también conseguiría hacerlo. Antes de que el sol despuntara
con sus primeras luces, ya estábamos en camino. Avise a
Bashir de que me marchaba con la caravana y que volvería a
media mañana para que los imajeghan estuvieran más atentos
en mi ausencia. Me alejé tanto como pude sin que supusiera un
peligro para mi gente, pero necesitaba acompañar a mi hijo
para aprovechar esos momentos y despedirme. No me
engañaba, cabía la posibilidad de que fueran los últimos.
Aunque no fuera así, en cualquier caso, tardaría mucho en
regresar.
Acompasamos las monturas y caminamos en silencio
durante un rato. Arnau tenía mucho en lo que pensar y yo
también, pero no podía alejarme mucho más y no quería
despedirme sin decirle algunas cosas. Cosas importantes que
un hijo debe oír de su padre.
―Padre, ―empezó adelantándose― necesito un nombre
musulmán. Puede que mi aspecto lleve a engaño, pero me
gustaría que mi nombre fuera mi carta de presentación y no
diera lugar a dudas. ¿Puedo decir que me llamo Ibn Hassan?
―Le miré sorprendido por aquella petición que no esperaba y
no pude evitar sentir una punzada de orgullo.
―Claro, hijo. Será un honor que lleves mi nombre.
― ¿Crees que me perdonará algún día? ―Le preocupaba
más la furia de su madre que un ejército de hombres
dispuestos a acabar con su vida. Era una insensatez, pero que
me destriparan una manada de hienas si no le entendía.
―No hay nada que perdonar, hijo. Tu madre es una mujer
sabia y precisamente porque lo es y ha vivido los horrores de
la guerra, la teme y procura evitarla. Le costará aceptarlo
porque se preocupa por ti y quiere que siempre estés a salvo,
es normal, pero acabará por entenderlo, no te preocupes.
―Temo que serás tú quien sufra su ira.
―No te preocupes de tu madre más, que para eso estoy yo.
Arnau, si vas a enfrentarte a un ejército, debes dejar aquí
cualquier remordimiento, culpa o temor. Deja que se pierda
entre las dunas y no cargues con más peso que el de tus armas
y tu valor. No olvides tu objetivo. En la batalla no hay espacio
ni tiempo para las dudas. El hombre que duda ante otro
dispuesto a matarle, es hombre muerto. ¿Me has entendido?
―Sí, padre.
―Eres fuerte e inteligente, si creyera que no puedes
hacerlo, no te permitiría ir, pero conozco al muchacho que
tengo ante mí, le he visto trabajar sin descanso y esforzarse
para conseguir el mejor resultado en todo lo que hace. Cuando
luches, hazlo concentrado en tu objetivo y no dejes que nada te
distraiga, lucha con plena consciencia, usando todo lo que
tienes a tu alcance y lo que eres; mente, cuerpo y corazón. Yo
rezaré para que sea suficiente.
―Así lo haré, padre. No tengo prisa en reunirme con El
Profeta.
―Qué Alá te proteja, Arnau, pero si no es así, nos veremos en
el paraíso de nuevo, hijo. Confío en ti y en tu buen juicio, no
hagas que me arrepienta y vuelve a casa sano y salvo. ―Nos
estrechamos los brazos sin llegar a bajar ninguno de la
montura y así nos despedimos.
Llegó corriendo hasta mí como una tormenta de arena y
recé para que su ira pasase igual de rápido. Me clavó su
mirada imprimiendo en ella su amenaza. Ya se había enterado.
Ahora, desataría su furia sobre mí, me golpearía con la fuerza
de un rayo. Yo esperaba que fuera así, pero sabía que tras ella,
llegaría la calma, cuando lo entendiese. Ordené a los chiquillos
que fueran a jugar a otra parte y les dije que si se portaban
bien, luego les contaría más cosas acerca de las estrellas.
Mientras esperaba a que los críos se alejaran, vi prenderse la
primera chispa en sus ojos.
― ¿Lo sabías?― No contesté. Ella sabía que sí― ¿Lo
sabías? ¡Contesta, Hassan!―Dejé que descargara su ira
conmigo, cualquier cosa que dijera, la usaría contra mí. Era
mejor dejar que se desahogara y cuando ya no le quedara
veneno que escupir, entonces estaría preparada para
escuchar― ¿Cómo has podido? Tú sabes…― Rompió a
llorar, pero se recompuso mucho antes de lo que yo esperaba y
se marchó a la tienda. Eso no lo esperaba ¿Ya había acabado?
No, aquello era solo el principio, quedaba más, yo sabía que
faltaba lo peor, eso lo reservaba para el final. Fui tras ella,
prefería enfrentarme de una vez a lo que fuera y acabar con
ello cuanto antes.
Cuando llegué a la tienda, la vi coger un pequeño hatillo.
¡Pensaba marcharse! ¿Adónde creía que iba? ¿De verdad
pensaba que la dejaría marchar sin más? ¿Sin que me dejara
explicarle la verdad? Bloqueé la salida con mi cuerpo. No se
iría así a ninguna parte. Si luego quería marcharse, yo mismo
la llevaría donde me pidiese, pero no sin escuchar lo que yo
tenía que decir. ¿A qué venía tanta prisa? Entonces lo vi claro.
La caravana. Sabía que estaba desesperada, pero adentrarse en
el desierto de esa forma, no salvaría a su hijo, solo la
condenaba a ella y eso, no podía permitirlo, aunque me odiara
por ello. Tendría que perdonarme, pero no estaba dispuesto a
perderlos a los dos. No cuando estaba en mi mano evitarlo.
Lloró de nuevo, no de tristeza sino de impotencia. Me
quebraron primero sus lágrimas y luego sus puños sobre mi
pecho, pero no cedí. Le permití hacerlo, sabía que necesitaba
hacerlo. Me había convertido en el culpable que necesitaba
una vez más. Ya lo había soportado antes y podría hacerlo de
nuevo, aunque ahora me resultaría mucho más duro volver a la
mirada de hielo y los desaires. Ahora yo conocía la Laila dulce
y atenta, la amante y la esposa. Aguanté mi posición hasta que
terminó de golpear, comprendiendo que no le serviría de nada.
Me suplicó desesperada, derrotada, que la dejara ir en su
busca. Intenté explicarle por qué no podía dejarle marchar.
Cuando comprendió que no cambiaría de opinión, me pidió
que fuese yo a por él. Me odiaría también por ello, pero eso
tampoco estaba dispuesto a hacerlo. ¿Por qué le costaba tanto
entender que a veces un hombre tiene que dar un paso al frente
para defender sus ideas, sus raíces y sus convicciones?
Aunque arriesgara su vida al hacerlo, a veces, Alá nos medía
con pruebas que ayudaban a definirnos. Arnau se estaba
definiendo, tomando decisiones como el hombre que era y yo
me sentía orgulloso de su arrojo y su devoción. Era un buen
musulmán y algún día sería también un gran hombre. Al
menos, yo rezaría para que llegara a convertirse en uno.
Ella seguía allí, llorando desconsolada. Entonces vi algo en
sus ojos que no había visto nunca y por primera vez, sentí
miedo. Sus ojos estaban vacíos. Ni hielo, ni fuego… ni ira, ni
dolor, era otra cosa, y aunque no supe de qué se trataba, sabía
que era mucho peor que sus golpes. Me acusó de faltar a mi
palabra y romper mi promesa. Y cada una de sus palabras se
clavó como un cuchillo dentro de mi corazón. Me aparté de la
entrada de la tienda, dejándole el paso libre. Ahora yo también
estaba enfadado con ella. Yo sabía que tenía razón, sabía que
había hecho lo correcto y aunque esperaba que algún día se
tragara cada una de aquellas palabras que me había escupido
sin compasión, no pude evitar odiarla, a pesar de amarla y
comprenderla, la odié por aquello.
No sabría decir que me impulsó a volver a la tienda aquel
día. No fue por la comida, pues me sentía incapaz de comer
nada, supongo, que fue por costumbre. No hubo bromas, ni
risas, ni riñas, ni juegos, y Kenan y Kella, adivinando que algo
pasaba, prudentemente guardaron silencio.
La noche transcurrió de la misma forma. Yo no entré a la
tienda hasta que ella no se quedó dormida. No era capaz de
soportar más hielo aquel día. La primera pelea seria desde que
nos casamos y aunque seguía enfadado con ella, también la
echaba de menos. ¡Qué lento pasaba el tiempo sin sus manos!
Varios días, o siglos enteros, pasaron igual. Yo la echaba
de menos y la odiaba por ello con la misma intensidad. La
amaba más que a nada en el mundo, eso no era cuestionable,
pero tampoco lo era mi palabra y ella la había despreciado con
total ligereza. Me había acusado de romper mi promesa.
¿Acaso no iba a reconocer nunca que el dolor no era por mi
causa? ¿Qué el arma que la había destrozado, no la empuñaba
yo? Era su hijo el que se había marchado a luchar y lo había
hecho de forma coherente con sus ideas y principios. ¡Era ella
la que estaba equivocada! Pero claro, tenía que darse cuenta.
No era un hombre que peleara por causas perdidas o sin
sentido. Yo solo luchaba cuando tenía algo que ganar, pero con
ella, estaba condenado a perder.
No sabía si sus ojos seguían vacíos, pues ya no la miraba.
Al menos no directamente, cada mirada de indiferencia o
desprecio, era como un latigazo. No lo soportaba. El espacio
entre nosotros era un abismo insalvable. Sin sus caricias, sin
sus besos y su alegría, estaba perdido como un perro sin amo,
pero esta vez, no podía ceder. ¡No quería! Decidí que solo
podía esperar y me resigné a hacerlo.
Convoqué al consejo para ponernos al día de lo que
acontecía en cada campamento y repartir equitativamente el
ganado y otras provisiones con las que pudieran mercadear en
función de las nuevas necesidades. Al menos, estaría algún
tiempo lejos de ella. Lejos de aquel infierno helado al que nos
había condenado a los dos, donde podía fantasear con que se
hubiera derretido el hielo. No verla, me daba esperanza.
Cuando regresábamos, Bashir acompasó su montura a la
mía. Parecía preocupado por algo y esperé a que empezara a
hablar.
―Antes de partir, Farah me dijo que hace tiempo que nota
rara a tu mujer. Nunca ha sido especialmente habladora, pero
dice que la encuentra alicaída e intranquila y también triste.
Dice que siempre tiene mala cara y teme por su salud. Puede
que solo esté cansada. ―Se aventuró. ― Con los dos críos y
ahora sin la ayuda del mayor… Tal vez deberías buscar una
segunda esposa, seguro que Laila lo agradece. ― ¿Laila?
¿Quién se creía que era para pronunciar su nombre? Nuestras
monturas iban parejas y tal como avanzábamos, alargué la
mano y le así por la túnica para no errar en mi empeño y le
asesté un puñetazo que lo hizo caer al otro lado.
―Cuando quiera tu opinión sobre mi esposa o mi
matrimonio, la buscaré. Laila, es una mujer excepcional que
no merece estar en boca de tu esposa, y mucho menos en la
tuya. ¿Queda claro?
―Eso no era necesario. Ni mi mujer ni yo pretendíamos
ofenderte.
―Hablando de Laila, ninguna mujer puede ofenderme, en
cuanto a ti, quedas advertido. Que no vuelva a oír su nombre
saliendo de tu boca.
―Mi mujer es una chismosa. No he dicho nada, olvídalo,
hombre.
―Está olvidado. ―Seguí avanzando sin esperarle. No
pensaba darle más importancia. Había sido un malentendido y
estaba resuelto, pero tampoco me apetecía compartir con
Bashir el resto del camino y él supo entender que debía
dejarme solo.
Llegué de mal humor y aquella noche no probé bocado. La
observé con atención y disimulo mientras trajinaba y recogía
los útiles de la cena. Bashir tenía razón, se la veía triste y
cansada. Había perdido peso y estaba algo demacrada. Ya no
tenía ese brillo que siempre la rodeaba como un halo de alegría
y satisfacción. ¿Cómo podía ser tan terca? Me eché en la
cama, frustrado y lleno de preocupación. Puede que esto
estuviera llegando demasiado lejos. La observé mientras
volvía a guardar mi parte de la cena, siempre en el más
absoluto silencio. Luego se tumbó a mi lado, con cuidado de
no rozarme si quiera. ¡Maldita fuera! Me estaba volviendo
loco. Sentía el calor que desprendía su cuerpo y quise pegarme
a ella, pero me sujeté los brazos y me di la vuelta, dejando
nuestras espaldas enfrentadas, como nuestro orgullo, pero
jamás nuestros corazones.
Una noche, cuando entré en la tienda, más tarde como
ahora era mi costumbre, ella me esperaba despierta y me
pareció que estaba nerviosa y algo tensa. ¿Para qué me
esperaba? Tal vez le ocurriera algo. Si caía enferma a causa de
la pena, no me lo perdonaría. Me decidí a encontrar la forma
de poner remedio a este sinsentido que no nos conducía a otra
parte que al sufrimiento y la desesperación. ¿De qué me servía
el orgullo si me enfrentaba con mi corazón? ¡Qué hermosa era!
Me enfrenté a sus ojos, no porque ya no temiera su desprecio,
simplemente, víctima de mi curiosidad, se me olvidó apartar la
mirada. Sus ojos ya no estaban vacíos. Tampoco había hielo en
ellos, puede que cierto temor, pero no supe adivinar a qué.
Había preparado algunos dulces y limonada, era algo habitual
y no me extrañó. También vi la palangana con la que solía
lavarme, preparada, no fui capaz de evitar que se rasgara la
máscara de indiferencia que me había autoimpuesto y sin
quererlo, surgió una brizna de esperanza. No dije nada. Comí
un poco y bebí el refresco. Ella seguía esperando
pacientemente a que yo terminara. Entonces se acercó con
cierta cautela y comenzó a desvestirme. Sentí el temor en sus
manos temblorosas. ¿Acaso temía que yo me apartara? ¡Yo
estaba enfadado y herido, pero no estaba loco! No me había
ayudado a asearme desde que se marchara Arnau y yo,
agradecí cada roce de su piel sobre la mía.
La dejé hacer, comprendiendo que lo peor ya había pasado y
agradecí al cielo que fuera así. Sus labios besaban cada parte
que sus manos limpiaban y mi cuerpo se estremeció por la
victoria. No por haber ganado aquella batalla, sino por lo que
significaba. Si habíamos conseguido superar aquello, ahora
seríamos invencibles. Nunca volveríamos a separarnos de
aquella forma. ¡Jamás! El deseo se fue apoderando de mí al
saber que podía volver a tenerla, que no encontraría el
desprecio tras sus ojos.
― ¿Me has perdonado?― Yo sabía que sí, pero necesitaba
verlo en su mirada.
―Eres tú quien tiene que perdonarme a mí.― ¿Cuánto
tiempo llevaba castigado sin escuchar su voz? Me pareció
música celestial y mi corazón dio un brinco. Los dos nos
habíamos equivocado y los dos habíamos pagado las
consecuencias de nuestro error.― Siento mucho lo que te dije.
Debería controlar mi lengua… y también mis
manos.―Reconoció avergonzada. Ya era mi dulce Laila de
nuevo. Intenté que se olvidara de la culpa, pues de nada servía
ya.
―Solo estabas asustada por lo que pudiera pasarle a tu
hijo. Yo, tampoco supe hacerlo mejor. ―Reconocí.
―Ninguna mujer habría golpeado y gritado a su esposo.―
En eso tenía razón, pero ¿cuándo había sido ella como
cualquier otra mujer?
―Tú no eres cualquier mujer y yo, no quiero a cualquier
mujer.― La abracé con fuerza, deleitándome de nuevo con el
calor de su cuerpo junto al mío. Le acaricié la cara y me
deleité en aquel rostro divino que volvía a ser la luz de mi
vida. ¡Cuánto la había echado de menos! Vi en sus ojos el
mismo alivio que yo sabía que ella leía en los míos y la besé
con urgencia. Ella, me fue conduciendo con dulzura hasta que
quedé tumbado sobre el lecho. Solo quería resarcirse y
compensarme por la condena que nos había impuesto a los
dos. Se mostraba complaciente, sumisa y entregada. Besó cada
parte de mi cuerpo, sin excepción. Sentía su lengua, cálida y
húmeda recorriendo mi pecho, besando mi cuello,
mordisqueando mi oreja… Su aliento sobre mi piel. De pronto,
un susurro hizo que estallara en llamas.―Haz conmigo lo que
quieras. ― Yo no necesitaba su permiso, pero saberla así,
rendida, esperando el castigo que la redimiera y me aplacara,
hizo que me volviera loco de pasión. Ella me había castigado
con su frío e indiferencia más tiempo del que sabía que podía
soportar y ahora, era mi turno. Porque aunque mi cuerpo
necesitaba amarla con desesperación y vibraba de felicidad por
el reencuentro y lo que significaba, mi corazón también exigía
venganza por cada arañazo sufrido, por cada deseo frustrado,
por cada viento helado que apagaba la llama de la esperanza
de anhelar un indulto que no llegaba. Tal vez, imprimí a mis
manos y a mi boca, más violencia de la que jamás le había
mostrado, pero el amante herido que habitaba en mí, quiso
hacerle pagar por tanta frustración. Ella no protestó. Aceptó de
buena gana todo cuanto yo quise darle y aunque en parte, era
un castigo, sabía que incluso de aquella forma, ruda y salvaje,
ella no quería que dejara de amarla.
Tuve que taparle la boca para que no despertara a todo el
campamento con sus gemidos. Adoraba esos sonidos
involuntarios que burlaban su autoridad y se escapaban para
confesarme sus más íntimos secretos. Yo entendía aquel
lenguaje a la perfección y lejos de apaciguarme o instarme a
sujetar mi pasión, me encendían más, si es que eso era posible.
Y así fuimos creciendo los dos, hasta horizontes que no
imaginaba que podían existir en la vida terrenal. ¿Para qué iba
a querer yo un cielo lleno de vírgenes en un paraíso celestial?
Yo la quería a ella, así, de carne y hueso, siempre.
No dormimos a penas, pero ¿quién quería dormir? Ya
había dormido bastante durante mi condena. A pesar de pasar
la noche en vela, mi cuerpo estaba descansado. Sus caricias
habían apaciguado cualquier intención de más guerra. Ahora,
reposaba completamente satisfecho.
Al amanecer, la luz que se colaba le hacía brillar
suavemente. Estaba dormida, había amoldado su cuerpo al mío
y yo no podía escapar de su olor. Empecé acercándome más
para degustar mejor aquel aroma que provenía de su cabello;
tara, aambar… y entonces vi su cuello y también quise olerlo,
mi boca, estaba pegada a él y se abrió para percibirlo mejor,
sentir el sabor de su piel en mi lengua, era tentar demasiado la
suerte. Yo sabía que ya no podría parar, que tendría que
devorarla. Ella se despertó y entornó los ojos sonriendo,
triunfal por nuestra reconciliación.
6
Llegaban caravanas de gente que iba o venía de las
ciudades, algunas a Tierra Santa, otras, de buscar la sal. En el
desierto el agua es la vida, pero la sal la hace mejor y nos
ayuda a soportar la dureza de estas tierras.
Laila, siempre me preguntaba por las noticias que traían
aquellos extraños que estaban de paso. Yo veía en sus ojos la
resignación al escuchar siempre la misma respuesta. Nadie nos
traía la noticia que esperábamos, que la guerra había acabado.
Dos años habían pasado desde que Arnau partiera y
ninguno había sido capaz de dejar de esperar su regreso.
Reconozco que en lo que a mí se refiere, también me
atormentaba aquel momento, pues ningún hombre volvía de la
guerra siendo el mismo que era al partir. Sabía que si volvía, lo
haría un hombre distinto, la cuestión era, si ese hombre sería
mejor o peor que el que se fue. Muchos se hacían huraños,
toscos o insensibles, otros vivían el resto de sus vidas
atormentados por sus horrores, y los había que encontraban
entre esos horrores su lugar y buscaban una tras otra, batallas
en las que pelear, algunos por su naturaleza inquieta o
belicosa, otros, porque habían perdido lo que tenían y ya no
tenían hogar al que regresar. De cualquier manera, todas las
opciones eran buenas comparadas con la peor, que no
regresara jamás. O quizá no. Morir, si se hacía con honor, no
era el peor final. Ninguno de esos pensamientos me consolaba,
pero intentaba que tampoco dominaran mis días y me robaran
la tregua que por fin había firmado con Laila, sin embargo, ahí
estaban, acechando en la oscuridad como un vulgar ladrón
para robarme la paz. Yo, rezaba cada noche al Misericordioso
para que nos lo devolviera pronto y no hubiera nada que
lamentar, no porque pensara que Laila podría volver a
castigarme de no ser así, sino porque su dolor también sería el
mío y no estaba preparado para desprenderme de otro hijo
más.
No hacía mucho que nos había vencido el sueño, cuando
Laila empezó a agitarse por alguna visión. Se despertó entre
sollozos que intentaba amortiguar para no despertarme.
Demasiado tarde. Cuando vio que ya estaba despierto dejó que
las lágrimas corrieran libres. Había visto a Arnau caminando
entre los muros de su casa en Tierra Santa. Estaba vivo. Si
Arnau había sobrevivido, volvería en cuanto le fuera posible.
Yo sabía que se sentía culpable y querría resarcirse ante su
madre, pedirle perdón y contarle orgulloso sus logros. Le dije
que partiríamos hacia los pastos que estaban más al este, para
que le resultara más fácil encontrarnos. Nos amamos durante
el resto de la noche hasta que quedamos completamente
satisfechos. Luego me quedé dormido. Antes de que saliera el
sol, mis manos ya la buscaban entre las sábanas. Gimió de
placer antes de poder abrir los ojos si quiera y entonces, se dio
la vuelta para encararme mientras yo llevaba mi lengua hasta
sus pechos para jugar con ellos. Le sujeté las manos por
encima de la cabeza y me eché sobre ella. Cuando el placer fue
incontenible, fui a apartarme de ella para que mi amor no diera
fruto. Ya tenía suficientes hijos y jamás quería volver a ver a
Laila al borde de la muerte. Sus manos me agarraron con
fuerza apretándome contra su cuerpo. Luché al principio, pero
ella mantuvo su agarre y al final, me rendí, derrumbándome
contra su pecho y hundiendo la cabeza entre ellos.
Desde ese día, ya no me apartaba, mi placer concluía, en el
lugar que Alá había destinado para ello. Solo Él sabía lo
agradecido que le estaba por haberlo escogido tan bien para
mí. Laila era, sin ninguna duda, el mayor de mis aciertos.
Últimamente estaba de peor humor, provocaba una
discusión por cualquier tontería. No me molestaba, sabía que
era cruel por mi parte, pero me encantaba verla furiosa. Su
ceño se fruncía de una forma graciosa y su pequeño cuerpo,
dejaba salir la fuerza de un ejército de mil hombres. Pronto me
confirmó que estaba preñada de nuevo. Yo sabía que pasaría,
pero no tan pronto y entonces, comenzó mi agonía.
Al tiempo que su barriga crecía, la hora del parto se
acercaba. Yo ya no estaba preocupado, ahora estaba
completamente aterrado. Intentaba que ella no lo notara, pero
era inevitable pensar en ello. Había estado tan cerca de
perderla… ¿Qué ocurriría si el parto venía igual? ¿Podría
soportarlo de nuevo? Por muy fuerte que fuese, yo sabía que
no. ¿Y si la perdía? ¿Cómo se me había ocurrido? ¿Cómo
había sido tan egoísta? ¿Cómo había podido arriesgar su vida
de aquella manera? Podía vivir sin otro hijo, pero sin ella no.
No podía. Ella era valiente, pero yo era un temerario. Yo era
quien había decidido jugarme su vida y por consiguiente la
mía. La mía, ningún valor tenía sin la suya, no era por mí por
quien estaba preocupado. Sin embargo, ella no estaba
preocupada, se pasaba el día canturreando mientras yo la
miraba perplejo, intentando atesorar cada sonido de su voz,
cada gesto, cada curva de su cara, temiendo que algún día tal
vez me faltaran. Todo era por mi culpa. La había sacrificado
como al ganado, solo por orgullo y vanidad. Yo siempre había
sido un hombre cabal, responsable de cada uno de mis actos.
Siempre había afrontado sus consecuencias sin temor, pero la
condena a la que me enfrentaría si las cosas salían mal, aquella
condena, no sería capaz de cumplirla. ¿Y ella? ¿Qué culpa
tenía ella? Iba a morir por amarme demasiado para decirme
que no. Tanto, que no fue capaz de negarse a uno de mis
caprichos, aunque perdiera la vida al satisfacerlo. Qué
generosidad… Qué maravillosa era. ¡Extraordinaria! No solo
por lo que había en sus ojos, era extraordinaria en sí misma.
Derrochaba dulzura, comprensión y nobleza, en cada uno de
sus gestos. Ternura, eficacia y paz, en cada una de sus
caricias. Honestidad, fuerza y generosidad, en cada uno de sus
besos. Amor. ¿Cómo no iba a temer perderla? La amaba más
que a mi propia vida.
Estaba sentado, esperando que terminara de preparar la
cena. Su barriga sobresalía notablemente de su figura. Me fijé
en que no era tan grande como la otra vez, al menos no me lo
parecía. Me acerqué y vi un bultito que destacaba en su
enorme vientre, era el ombligo. Lo acaricié, no lo presioné,
aunque deseé que volviera a su lugar con todas mis fuerzas.
No quería que nada cambiara en ella. Era perfecta. Cualquier
cambio, tenía que ser un error. Un error del que yo era
responsable. Si algo le ocurría, yo no podría perdonármelo
jamás. Me obligué a pensar de otro modo, a intentar ver su
barriga como el milagro que sabía que era. El misterio de la
vida. Todo aquello tenía un sentido, un objetivo muy concreto,
crear la vida de un niño y ese niño, era mi hijo. Estaba allí
dentro, en alguna parte, protegido por su madre. Algún día, le
contaría a aquel pequeño, lo valiente que era. Apoyé la cabeza
sobre aquel vientre que cobijaba a mi pequeño y lo besé. Le
rogué en silencio que se portara bien al nacer y que no dañara
a su madre. Que ella era buena y valiente y que no se merecía
sufrir. Luego, me comprometí a cuidarle pasase lo que pasase.
Laila, no daría su vida en vano, eso jamás. Ella era una mujer
perspicaz y no le había pasado desapercibida mi desazón. No
puedo decir que no fuera paciente, porque lo fue, pero una
noche me enfrentó y me obligó a reaccionar. Solo ella podía
hacerlo y lo hizo. La miré a los ojos y encontré en sus pupilas
el mapa para volver a casa, como una estrella que guía a los
barcos en mitad de la noche.
Me desperté algo tarde y Laila, ya se afanaba preparando
el desayuno. Me acerqué y la abracé, pegando mi cuerpo a su
espalda. Su aroma inundó mis sentidos y busqué su cuello.
Ella me necesitaba fuerte y yo sería fuerte por ella. Quería que
lo supiera. No quería que se preocupara más por mí.
―Voy a portarme bien…―Le prometí.
―Calla…―Ella ya lo sabía. No pude evitar sonreír al ver
lo bien que me conocía ― Desayuna y vete a tu palmera, pero
regresa para almorzar.―Me advirtió.
―Me haré viejo, pero el apetito no lo he perdido. Me
alimento cómo si tuviera veinte años.―Me reí. Ella me miró
complacida.
―Pues a ver si es verdad…―Me retó con un desayuno del
que podrían comer perfectamente dos hombres. Iba a protestar,
pero su mirada me dejó claro que sería en vano, así que me
resigné y comí.
Pasaba el mediodía cuando vi unos jinetes que iban
derechos hacia nuestro campamento. Laila, no me había
comentado nada. No debían de suponer ningún peligro. Aun
así, decidí ser precavido. No estaba de más salir a su encuentro
y comprobar qué querían. Llamé a Bashir y a Hussein , al
principio me dio la impresión de que venían más, pero ahora
estaban más cerca y comprobé que solo había dos monturas,
así que si buscaban problemas, podríamos arreglárnoslas bien.
Me acerqué a ellos y observé al que iba delante. ¡Alá es
grande! Solté una carcajada y bajé del camello, igual que el
hombre que tenía ante mí.
― ¡Dichosos los ojos! ¡Alá es grande!―Él me ofreció su
brazo, pero era mi hijo y tantas veces había considerado la
posibilidad de perderle que… No quería pensar más en eso.
¡Estaba vivo! Sano y salvo. Le abracé con fuerza.
―La paz sea contigo, padre.
―La paz sea contigo, hijo. ¡Qué alegría va a llevarse tu
madre!
― ¿Ella está bien?
―Es más fuerte que los dos juntos. Ya la conoces.
―Demasiado bien. ¿Te ha dado algún dolor de cabeza?―
Yo pensé irremediablemente en el día que él se marchó, pero
para qué decirle nada. No quería que se sintiera culpable y
además, eso quedaba tan lejos…
―Ninguno que recuerde ya.― No podía dejar de mirar el
hombre en el que se había convertido. Había crecido aún más
y ensanchado mucho. Era tan grande como yo.― Estás
enorme.― Él se rio y yo también.
― ¿Kenan y Kella?― Yo puse los ojos en blanco y él
volvió a reír.―No puede ser tan malo. Solo son unos críos.
―Tú eras un crío cuando te marchaste a la guerra y ahora,
mírate. ¿Qué tal fue todo? ¿Te hirieron?
―Varias veces, pero ninguna de gravedad. El Sah, tiene
buenos médicos y yo le caía bien.
― ¿En serio?― ¿Ahora se codeaba con el Sah? Sonreí
para mí mismo.
―Incluso, me ha devuelto nuestras tierras. Bueno, lo que
queda de ellas.
―Eso es estupendo. Tu madre se alegrará mucho y tu
abuelo, allá donde se encuentre, se sentirá muy orgulloso de
ti.―Laila se alegraría. La forma en que hablaba de su hogar…
Tal vez, quisiera regresar allí. Ya pensaríamos en todo aquello
más tarde.― Anda, vayamos a darle la noticia.
―De algún modo le sentí conmigo, siempre estuvo
presente en mi mente y en mi corazón y me atrevería a decir
que guio mis pasos en más de una ocasión, pero eso, no se lo
digas a mi madre. ―Bromeó. No sabría decir porqué, pero le
creía. Omar no se habría perdido aquella batalla por nada del
mundo y menos, si uno de los contendientes era su nieto. Sí,
estuviera donde estuviera, debía estar orgulloso y feliz. Por fin
se había hecho justicia y había sido su nieto quien había
logrado que así fuera.
Sabía que Laila estaría en la tienda. Asomé la cabeza. Me
miró y luego echó un vistazo a la figura que había tras de mí.
Al principio no le reconoció con el velo, hasta que miró sus
ojos. Luego todo pasó muy rápido. Las lágrimas, la emoción
por el reencuentro y su túnica empapada anunciando la llegada
de otro hijo al mundo.
Con más terror que un reo espera su sentencia de muerte,
temía yo aquel momento. Me miró con aplomo, sin apartar sus
ojos de los míos y le pidió a Arnau que fuera en busca de
Fátima. Luego me pidió que la acompañara con las mujeres
hasta la sombra de un gran árbol. Obedecí y la llevé al oasis.
Fátima y Alia no se hicieron esperar. Cogí su mano entre las
mías y me arrodillé a su lado. Hasta que me echó de allí. Me
obligué a pensar que todo iba a salir bien, aunque no quise
alejarme demasiado.
El parto no fue largo, aunque a mí se me hizo eterno. En
apenas unas horas mi hijo estaba en el mundo y Fátima me lo
ofreció. Eché un vistazo, buscando a Laila, necesitaba ver que
ella también estaba bien. Ahora la veía, venía sonriendo,
apoyándose en Fátima. Cogí al niño en brazos y lo levanté
hacia el sol para que todo el mundo pudiera verle.
― ¡Alá es grande!―Grité, eufórico por la alegría de un
nuevo hijo, pero sobre todo, agradecido porque Laila, siguiera
conmigo.
7
Una mañana, mientras tomaba el desayuno me fijé en
Kella. Ya era una mujer. El amigo de Ibn Hassan también lo
había notado. Yo veía que la miraba con interés, a veces
demasiado.
Acordamos comer ese día todos juntos e invitar a la
familia de Fátima también. Ibn Hassan, me acompañaba
aquella mañana. Estábamos bajo la palmera, como cuando era
un niño y los críos, que andaban revueltos por su presencia, le
pedían que contase historias de su tiempo combatiendo en
aquel lugar remoto y exótico que tan poco tenía que ver con el
nuestro. Cuando el sol estuvo en su cénit, nos tomamos un
descanso para refrescarnos un poco y almorzar. Ibn Hassan fue
a buscar a su hermana a la fuente y Laila me habló de un
extraño sueño que había tenido durante la noche. Alguien se
aprovechaba de una joven y luego todo acababa en una gran
celebración. Estaría atento por si acaso y le diría a las familias
que tenían hijas que no se alejaran del campamento solas.
Poco más podía hacer. Llegó Kella y lo hizo sin su hermano.
Al parecer, Jamal se había quedado en el oasis con Tala e Ibn
Hassan fue a buscarles para invitarles a almorzar. Laila y yo
nos miramos con la misma idea inquietante planeando en
nuestras cabezas. Entonces escuchamos un gran alboroto fuera
de la tienda. Salí para constatar nuestro temor. Primero vi a
Tala, la hija de Samir. Llevaba la túnica destrozada y la cara
enrojecida por el llanto. Ibn Hassan, traía a Jamal a rastras con
una mano, con la otra empuñaba mi espada. Se paró frente a la
tienda de Samir y le llamó.
― ¡Samir!
La muchacha se abrazó a su madre llorando. Tenía la
túnica destrozada y su padre le ordenó entrar. Yo miré a mi
hijo, interrogándole con la mirada. Pero él se volvió hacia
Samir para contestar a mi pregunta.
―Samir, Jamal te ha ofendido. Se ha aprovechado de tu
hija y ha manchado tu honor. Te lo traigo para que tú puedas
disponer de él.―Samir golpeó en la cara a Jamal. Si se hubiera
tratado de Kella, yo no le habría golpeado, no habría acercado
mi piel a la suya corrupta. Le habría atado a un poste en mitad
de la nada y me habría sentado bajo mi palmera a mirar
mientras el desierto acababa con él. No merecía una muerte
rápida.
―Si tanto le gusta mi hija, debería desposarla. ¿Dónde
está el morabito? Que decida él.
―El morabito, se marchó esta mañana al campamento del
norte.―Le informé yo.
―Bien, entonces Hassan, debes decidirlo tú.― Ibn
Hassan, arrojó al muchacho hacia mi posición, yo sabía que
intentaría escapar, sudaba cobardía por todos los poros de su
piel y antes de que pudiera intentarlo me tuvo delante, intentó
esquivarme, pero mi mano ya agarraba su pescuezo con
fuerza. Un hombre podía cometer un error como ese, lo había
visto más de una vez, pero un buen hombre habría enfrentado
las consecuencias de sus actos de un modo distinto, no se
habría echado a temblar, habría sido él mismo el que se
ofreciera para desposarla. Él no era un buen hombre. Ibn
Hassan lo miró esperando alguna reacción por su parte, pero
obviamente no llegó nunca. Luego me miró de un modo
extraño, como si intentara avisarme de algo, pedirme permiso
o perdón. Luego se volvió hacia Samir.
―Padre, Jamal me salvó la vida en el campo de batalla, así
que te pido que perdones la suya, sin embargo, el honor de
Samir ha de ser reparado y por eso, yo me casaré con su hija.
Samir, he trabajado contigo en la herrería, me conoces y sabes
que soy un buen hombre, seré capaz de alargar el negocio
familiar. Además, yo traje aquí a este perro. Me siento
responsable. Si no te parece mal, seré yo quien se case con
ella.― Le miré con orgullo, sin comprender del todo su
decisión, pero respetándola, igual que cuando me dijo que se
marchaba para luchar.
―No se hable más, esta noche durante la cena, lo
celebraremos.― Samir me miró aliviado, sin duda prefería que
fuese Ibn Hassan quien desposara a su hija.
―En cuanto a ese, ―señaló a Jamal― confío en que
sabrás qué hacer con él. Yo no quiero verle más, cerca de mi
familia.― Asentí comprendiendo lo que me pedía y lo hice
con gusto. Yo tampoco quería verlo cerca de la mía.
Me lo llevé a rastras hasta su camello y le di un odre con
agua, que sin duda, no merecía. Ibn Hassan se acercó hasta él
y me pareció razonable dejar que estuviera presente cuando le
impusiera su castigo.
―Márchate de aquí, muchacho, y jamás regreses.
―Señor, por favor… perdonadme, no volveré a hacerlo.―
Miró al desierto que se extendía ante él― ¿Dónde queréis que
vaya? Ahí solo está el desierto…―Protestó. ¿Cómo se
atrevía? Ibn Hassan le golpeó en la boca del estómago sin
mediar palabra. Su amigo cayó al suelo, luchando para que el
aire volviera a entrar en su cuerpo. A él, le sentó bien
descargar su ira y a mí, me alivió un poco el mal humor. Ibn
Hassan le miraba con desprecio y decepción. Él le había
abierto a un amigo las puertas de su hogar y este le había
traicionado, deshonrando su amistad.
―Si ahí solo está el desierto, Jamal, recuerda que aquí
solo están mis puños. Tú eliges. Así pago mi deuda. Ya no te
debo nada.― No le costó mucho decidir, subió a su camello y
se marchó hacia el este.
La fiesta aún estaba animada, pero algunos ya empezaban
a retirarse para descansar. Todo el mundo parecía satisfecho
con la unión, pero Laila parecía inquieta, algo rondaba por
aquella cabeza y yo quería saber de qué se trataba. La vi
despedirse de Tala, de Fátima y de su hijo, y quise unirme a
ella. Puede que Laila estuviera disgustada con la decisión de
su hijo, pero no me lo había parecido, así que debía de ser otra
cosa. Entré tras ella y la tanteé.
―Has estado muy callada esta noche. ¿Qué te preocupa?
¿Hay algo que no me hayas contado? ― Solo Alá sabía que
aquella mujer dejaría que la preocupación le devorase las
entrañas si pensara que al compartirla conmigo, podía añadir
algún peso sobre mis hombros.
―No he soñado nada más, pero tal vez, de habértelo
contado antes, podría haberse evitado. Me siento responsable.
―Tal vez fuera este precisamente el plan de Alá…
―Siempre que me revela un acontecimiento, es porque
puede evitarse. Al menos, eso creía hasta ahora.
― ¿Quién sabe? No me atrevo a aventurar Sus
intenciones, pero parece que todo ha acabado bien. Ibn Hassan
está contento y Tala también. Creo que esta boda habría
acabado por celebrarse de todos modos y puede que esto solo
lo haya adelantado. En cualquier caso, lo hecho, hecho está y
no hay nada que lamentar. Quédate tranquila.
―Creí que estarías enfadado por no habértelo contado a
tiempo.
―Así que, eso es lo que te preocupa. Mujer, ¿tan exigente
me crees? ― La tomé con ternura por la barbilla para que me
mirase y viera que en mis ojos no había decepción en absoluto.
― Hasta el mejor de los guerreros puede dudar en el fragor de
una batalla. No pensaste que fuera importante porque no viste
ningún peligro en tu sueño. Nunca me has dado motivos para
desconfiar de tu buen juicio, pero me parece muy dulce que a
estas alturas aún temas decepcionarme. ¿No ves que eso es
imposible? Aunque hayas cometido errores, nunca he visto
maldad tras ellos. Siempre has sido mi mayor motivo de
orgullo, Tazerwalt, y te amo, incluso si yerras. No te preocupes
más.―No quería que nada empañase una noche de júbilo
como debía ser aquella. La abracé pegándola más a mi cuerpo
y le susurré al oído. ―Aún recuerdo el día de nuestro
casamiento y mucho mejor la noche…―Olí el perfume de su
pelo y recordé cuando entré tras ella en la tienda mientras
todos festejaban afuera, solo para poder besarla. Le di la vuelta
para abrazarla desde atrás como hiciera entonces y mi boca
buscó hambrienta la piel erizada de su cuello. Mis manos
volaron precisas a las zonas de su cuerpo que exigían
revoltosas su atención.
―Es demasiado pronto, mi señor…―Un gruñido en señal
de protesta se escapó de mis labios, pero tenía razón. El parto
estaba muy reciente. Sin embargo, yo necesitaba demostrarle
mi amor, aunqu