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VEJEZ CON ÉXITO 0 VEJEZ COMPETENTE: UN RETO PARA TODOS1

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Rocío Fernández-Ballesteros
Universidad Autónoma de Madrid
España

Hace ya más de una década, en distintos foros trataba de poner de manifiesto la importancia de estimular
y promocionar una vejez competente y el desafío que ello suponía para la ciencia y la sociedad
(Fernández-Ballesteros, 1985) (1) (2). Así, sostenía que tras muchos años de visión de la vejez
como sinónimo enfermedad y como déficit comportamental, es decir, como una carga para la familia y la
sociedad, se abría un panorama ante el mundo de la ciencia gerontológica y de la atención y los servicios
sociales sobre cómo lograr una vejez competente para todos y cómo aprovechar ésta como potencial
social.

En las dos últimas décadas, las ciencias implicadas en la gerontología han venido respondiendo a tal reto
mediante la investigación de los predictores de una vejez libre de enfermedad y libre, también, de
incapacidad funcional. Paralelamente a ese importante programa de investigación, ha aparecido un nuevo
concepto de vejez: la «vejez con éxito» -«successfull aging», «healthy aging» o, como he dicho, «vejez
competente»- que está en el candelero de las revistas científicas, mucho menos en las de divulgación, y
que lamentablemente todavía no ha prendido en el sentir de las personas mayores.
Al mismo tiempo, la sociedad o, mejor aún, los agentes sociales , impulsados tanto por organismos
internacionales públicos como la organización Mundial de la Salud, o la Unión Europea (por ej., OMS,
1990) como por organismos no gubernamentales de ciudadanos mayores (en Europa, por ejemplo
«Eurolink Age»), están comenzando a llevar a cabo políticas y programas de actuación con el objetivo de
promocionar una vejez competente, aunque se resalta que estos movimientos sociales, aún no se han
dejado sentir como debieran.

ENVEJECER CON ÉXITO

Distintos autores han establecido tres tipos envejecimiento: «normal», «patológico» y «óptimo» (Abeles,
Gift y Ory, 1994; Baltes y Baltes, 1990; Garfein y Herzog, (1995). Mientras que la vejez normal es aquella
que evoluciona sin patologías inhabilitantes, la vejez patológica se desarrollaría en un organismo
quebrantado por la enfermedad y la inhabilidad. Sin embargo, esta clasificación -en apariencia
dicotómica- es demasiado amplia y requiere de una mayor matización, esencialmente, en aquella
categoría de «normal». Así, en ella podrían situarse aquéllas personas que, a pesar de no padecer
enfermedad inhabilitante alguna, presentan un alto riesgo de padecerla amén de que su funcionamiento
físico y cognitivo pudiera presentar alteraciones (aunque no patológicas), mientras que también existiría
una vejez «normal» (es decir, sin patología) pero no sólo sin riesgo, sino con un máximo funcionamiento
tanto físico, como cognitivo y social. Así, Rowe y Kahn (1.997) han definido la vejez con éxito incluyendo:
«baja probabilidad de enfermedad y de discapacidad asociada, alto funcionamiento cognitivo y capacidad
física funcional y compromiso activo con la vida» (p. 433).

Tras alguna modificación realizada al modelo propuesto por Rowe y Kahn (1997), se expresa
gráficamente la vejez con éxito en el entrecruce de la salud (o ausencia de la enfermedad) y habilidad
funcional (es decir, ausencia de discapacidad), del óptimo funcionamiento cognitivo y físico y de un alto
compromiso con la vida. La pregunta ahora es, ¿de qué forma se consigue envejecer con éxito, con
competencia?.

SALUD Y HABILIDAD

1 Fernández-Ballesteros, R. (1998). "Vejez con éxito o vejez competente: un reto para todos". En Ponencias de las IV Jornadas
de la AMG: Envejecimiento y Prevención. AMG, Barcelona

2 Facultad de Psicología. Universidad Autónoma de Madrid. Ciudad Universitaria de Cantoblanco. Carretera de Colmenares, Km.
15. 28049 Madrid. España. Telf. (34-91) 397 4419. Fax (34-91) 397 5215. E.-Mail: rfballesteros@uam.es
Si atendemos a una concepción muy extendida sobre la vejez, pudiera aseverarse que la enfermedad en
la vejez no se puede prevenir y que el envejecer con o sin patologías inhabilitantes es, más bien, una
cuestión biológica que depende de un inmodificable deterioro de los sistemas biofísicos. Esta visión de la
vejez, heredera de Terencio, equipara vejez a enfermedad.

Sin embargo, aunque no cabe duda de que la biología es el mayor enemigo del envejecimiento, envejecer
con éxito no sólo depende de los sistema biológicos sino que, puesto que el ser humano es un ser
cultural, factores exógenos intervienen, modulan y, aún, explican cualquier forma (patológica, normal y
óptima) de envejecer.

Así, se supone que tanto la enfermedad como la mayoría de los factores de riesgo precipitantes de ésta
tienen una fuerte base biológica y, por tanto, poco se podría hacer en su tratamiento y prevención y,
menos aún, en la promoción de la salud. Sin embargo, la investigación de los últimos años pone de
relieve que la carga genética de los factores de riesgo (como la presión sanguínea, el comportamiento del
colesterol y los lípidos, etc.) va decreciendo a lo largo de las últimas etapas de la vida de forma tal que,
lógicamente, en lugar de reducir se amplía la posibilidad de intervención de los estilos de vida y otros
factores ambientales protectores de la salud. En definitiva, se puede predecir que la contribución relativa
y diferencial de los factores ambientales relevantes en el enfermar -muy ligados a los estilos de vida- se
incrementa a lo largo del envejecimiento. Por poner un solo ejemplo, una reciente revisión Rowe y Kahn
(1997) puede examinarse cómo el comportamiento de los triglicéridos -de extraordinaria importancia en
patologías ligadas al sistemas cardiovascular, y por tanto en la morbimortalidad por patologías
cardiovasculares- la varianza explicada por los factores genéticos va decreciendo al tiempo que va
aumentándose la explicada por variables ambientales. Este mismo patrón aparece en otros factores
precipitantes de la enfermedad a lo largo de la vejez.

En resumen, todos estos datos empíricos suponen una sólida base para la prevención y promoción de la
salud durante la vejez.
Como ha señalado Fries (1989), repetidamente, entre otros muchos autores: una amplio margen de
modificabilidad del ser humano a todo lo largo de la vida -también en la vejez- que permite predecir que
se puede envejecer «bien» mediante la prevención de la enfermedad y la promoción de la salud y que
ellos es posible a través del aprendizaje de estilos de vida saludables.

De hecho, la propuesta teórica de Fries y Carpo (1981) va en la línea de lograr una curva de mortalidad
«ideal» como resultado de los máximos esfuerzos salutogénicos. En la Figura 3, para datos
norteamericanos, con base en las tasas de mortalidad en distintos años (de 1900 a 1980), podemos
observar como el porcentaje de sobrevivientes a distintas edades va aumentando y proyectando una
hipotética actuación salutogénica en la población envejeciente, cuál sería la curva de mortalidad «ideal»,
teniendo en cuenta el accidente o el azar (el trauma).

En realidad, el planteamiento de Fries es, ciertamente, conservador si tenemos en cuenta que el tope de
la vida humana se sitúa en los 115-120 años y que la esperanza de vida en países europeos (de los más
altos del mundo) se ha incrementado a ritmo constante en los últimos años, pasando, por ejemplo, en
España, de 67.4 y 72.2 (respectivamente en hombres y en mujeres) en 1960 a 73.7 y 81.0 en 1992
(Fernández-Ballesteros, Ruiz Torres y Diez Nicolás, en prensa). En todo caso, cualquiera que sea
nuestro planteamiento, existen datos suficientes como para afirmar que la promoción de la salud y la
prevención de la enfermedad y la discapacidad es uno de los retos de este fin de siglo.

Pero las previsiones sobre la relación entre estilos de vida adecuados y la salud no sólo procede de
supuestos teóricos y datos epidemiológicos. En distintos estudios, tanto longitudinales como
transversales, se ha puesto de relieve que los estilos de vida son excelentes predictores de la salud y la
capacidad funcional durante la vejez (por ejemplo, Heikkinen, et al., 1995)

De todo ello puede deducirse fácilmente que existen una serie de manifestaciones patológicas frecuentes
en la vejez que pueden ser modificadas por medio de adecuados estilos de vida o, en otros términos, con
base de hábitos o comportamientos saludables. En la Tabla 1, se presenta un listado de estas
manifestaciones desde el declive intelectual a los trastornos cardíacos, el cáncer o la artritis. Todo eso
me hacía, también hace ya tiempo, resaltar la importancia de la prevención y promoción de la salud en la
vejez, desgranando la siguiente letanía:

« ... contra desajuste físico, actividad;


contra falta de reserva cardíaca, ejercicio aeróbico;
contra la presión arterial inadecuada, ejercicio físico y dieta»;
contra, declive intelectual, entrenamientos cognitivo;
contra fallos de memoria, usar nuevas estrategias;
contra tiempo de reacción lento, ejercicio;
contra aislamiento, socialización;
contra depresión, búsqueda de actividades agradables;
y un largo etcétera de posibilidades de prevención y compensación» (Fernández-Ballesteros et al., 1992,
p.18).

Pero los factores de riesgo comportamentales no agotan los predictores externos de la enfermedad y la
funcionalidad ¿cúales son los mejores predictores del funcionamiento físico del individuo?. La MacArthur
establece que son las características sociodemográficas del individuo los mejores predictores tanto del
funcionamiento físico como del estado de salud de éste. Como señalan Rowe y Khan (1997) -
resumiendo este aspecto desde sus investigaciones en la McArthur- envejecer y tener una renta baja (en
USA de 10.000 dólares al año, es decir, 1.500.000 pesetas, aproximadamente) incrementa
significativamente la probabilidad de declinar en la ejecución física, y en el declive intelectual así como
incrementar en el índice de masa corporal y en la presión arterial.

TABLA 1. MANIFESTACIONES MODIFICABLES DE LA VEJEZ


(Fernández-Ballesteros et al., 1992)
PROBLEMAS FACTORES DE CAMBIO
DECLIVE INTELECTUAL EJERCICIOS MENTALES
MEMORIA APRENDER NUEVOS TRUCOS
AISLAMIENTO/SOLEDAD HABILIDADES SOCIALES
LENTITUD EJERCICIOS
AGILIDAD ESTIRAMIENTOS
MOVILIDAD EJERCICIO FÍSICO
SUEñO RELAJACIÓN
DEPRESIÓN ACTIVIDADES AGRADABLES
ABURRIMIENTO CREACIÓN
RESERVA CARDÍACA EJERCICIOS AERÓBICOS
TENSIÓN ALTA EJERCICIO FÍSICO, CONTROL DE PESO, DIETA
CORAZÓN/CÁNCER DIETA, EJERCICIO, HÁBITOS SALUDABLES
ARTRITIS EJERCICIO, CONTROL DE PESO

Sin embargo, esto no se verifica en España, al menos en estudios transversales (Fernández-Ballesteros,


Zamarrón y Maciá, (1996). Mientras está muy claro que el nivel de renta (como antes se dijo relativo a la
posición social) es una fuente de variación importante del estado mental, la salud medida tanto a través
de indicadores objetivos (como número de medicamentos ingeridos, número de dolores informados,
número de trastornos crónicos padecidos) o subjetivos (evaluación percibida de la propia salud) no se
encuentran diferencias significativas entre personas que perciben 45.000 pesetas de renta o pensión,
entre 45.000 y 75.000 y más de 75.000. Ello seguramente está poniendo de relieve la calidad y la
extensión de nuestro sistema de salud en comparación con los EEUU. En todo caso, no pensamos que
en España la renta sea un buen predictor de la salud como parece ocurrir en los EEUU. Sin embargo, lo
que ponen de relieve nuestros datos es que es un indicador, sociodemográfico, la educación, lo que
permite diferenciar mejor la salud en todos sus indicadores (salud subjetiva, salud psíquica, número de
medicamentos consumidos, de dolores y problemas crónicos informados).

COMPETENCIA COGNITIVA Y FÍSICA

Entre las manifestaciones señaladas en la Tabla 1 figuran comportamientos cognitivos que se ven
afectados durante la vejez como el declive intelectual, la memoria así como la movilidad o la agilidad.
Estos aspectos tocan de lleno el segundo ámbito relevante para la vejez competente o con éxito: el
funcionamiento cognitivo y físico. Los datos son concluyentes: existe un declive de todos aquellas
funciones que tienen que ver con la inteligencia fluida, así como existe estabilidad en el funcionamiento
cognitivo cristalizado. Así, también, existe una clara disminución del nivel de actividad y de ejercicio físico
que el individuo realiza (ver, por ejemplo, Fernández-Ballesteros, Zamarrón y Maciá, 1996).

La «MacArthur Foundation Research Network» ha desarrollado estudios longitudinales y transversales


con el fin de investigar el «Envejecimiento con éxito» (3) . Veámos cuáles son los predictores más
ajustados de ambos grupos de comportamientos con el fin de avalar, entre otras cosas, los factores de
cambio antes propuestos.

Funcionamiento cognitivo y físico


En principio, conviene resaltar que estamos hablando de envejecimiento «normai» y que, por tanto, no
estamos haciendo referencia a la vejez que cursa con demencia u otras patologías. Así las cosas, los
trabajos de la MacArthur Foundation ponen de relieve que son cuatro los mejores predictores de un
adecuado funcionamiento cognitivo en la vejez: la educación, el nivel de actividad fuera del hogar, la
capacidad vital (medida mediante la tasa de flujo pulmonar) y la aulo-eficacia. Como resaltan ),
sintetizan Rowe y Kahn (1997), estos predictores explicarían, conjuntamente, el 40% de una vejez
competente y con éxito.

Es comunmente aceptado que el nivel educativo predice un adecuado funcionamiento cognitivo durante
la vejez. Que la educación predice la ejecución en tests de estado mental se puede examinar no solo en
estudios longitudinales (para una revisión ver, por ejemplo, Schroots, 1975) sino, también, en estudios
transversales.

Así, por ejemplo, en un reciente estudio sobre calidad de vida en distintos contextos encontramos que los
sujetos pertenecientes a posiciones sociales alta y, media-alta (y, por tanto, con una educación alta)
diferían significativamente de las restantes clases sociales en su rendimiento en el examen del estado
mental SPSMQ (Pfeiffer, 1975, ver Fernández-Ballesteros, Zamarrón y Maciá, 1996). En concreto, ningún
sujeto perteneciente a ambas categorías obtuvo una puntuación por encima del punto de corte (más de 3
puntos) establecido para la sospecha de la existencia de una demencia. En este mismo sentido, en el
estudio dirigido por Diez Nicolás «Los mayores en la Comunidad de Madrid», los sujetos de educación
alta y media presentan unas puntuaciones significativamente más altas que los sujetos con educación
baja en un examen del estado mental (Diez Nicolás, 1996).

Los mecanismos que pueden explicar este hecho (por otra parte bien establecido a través de distintas
poblaciones y distintos diseños y métodos de evaluación) son, esencialmente, dos: la educación (como
cualquier otra estimulación adecuada) produce un efecto directo positivo sobre las estructuras y el
funcionamiento cerebral y, además los hábitos cognitivos que genera influyen en el mantenimiento del
funcionamiento cognitivo a todo lo largo de la vejez.

El segundo predictor de envejecimiento competente es la tasa de flujo respiratorio. La tasa de flujo


respiratorio (medida a través del «pick flow meter») es un excelente predictor de la mortalidad, así como
correlaciona ampliamente con el funcionamiento cognitivo y físico durante la vejez (Cook et al., 1995).
Por otra parte, conviene también poner de relieve que muy lejos de ser una variable inmodificable, este
indicador de la capacidad vital del individuo puede se fácilmente entrenado como así lo han demostrado
recientemente, entre otros, autores como Ainsworth, McMurray y Veazey (1997).

El concepto de auto-eficacia, en la teoría de Bandura (1995), es definida como «la creencia en las
propias capacidades para organizar y ejecutar cursos de acción implicados en situaciones futuras». La
auto-eficacia se ha mostrado como un excelente predictor de la ejecución en los más diversos tipos de
situaciones. La evidencia sobre la auto-eficacia como predictor de un envejecimiento óptimo no sólo
procede de los estudios de la MacArthur Foundation; en muchos de los estudios longitudinales y
transversales sobre el envejecimiento se han incluido medidas subjetivas de autoinforme para dar cuenta
de hasta qué punto el sujeto cree que va a enfrentarse con éxito a distintas situaciones del próximo futuro,
y/o si considera que va a controlar el medio. En todos esos estudios, se ha puesto de manifiesto la
relación existente entre un buen funcionamiento cognitivo y auto-eficacia y control sobre el medio (ver, por
ejemplo, Rodin y Langer, 1980; Lachman y Leff, 1989; Lehr, 1995. Los mecanismos explicativos de
cómo actúa una variable subjetiva sobre el funcionamiento han sido investigados por Bandura y
colaboradores a través de decenas de investigaciones (para una revisión, ver Bandura 1997, cap. 7) y no
es el momento de profundizar en ello.

Pero ésto no es todo, el funcionamiento cognitivo se ve muy asociado a la capacidad de reserva,


posibilidad de cambio cognitivo o también llamado, el potencial de aprendizaje. El potencia] de
aprendizaje puede ser definido como la capacidad que tiene un sujeto de mejorar su rendimiento cognitivo
cuando se le somete a un entrenamiento (ver, por ejemplo, Fernández-Ballesteros et al, 1992; Fernández-
Ballesteros y Calero, 1995). En otros términos, la variabilidad intraindividual tras una situación de
entrenamiento permite predecir el funcionamiento cognitivo. Incluso, como ha puesto de relieve
recientemente M.Baltes (1995), el potencial o reserva cognitiva del sujeto permite predecir -mejor que
otros instrumentos intelectuales- la aparición de una demencia. En todo caso, existe evidencia empírica
suficiente como para pensar que el potencial de aprendizaje es una medida de la capacidad de reserva
del individuo y como tal un buen indicador de envejecimiento con éxito.

Funcionamiento físico
Existen decenas de investigaciones que en la última década han puesto de relieve la relación entre
actividad física enérgica y regular (tanto en casa como fuera de casa) y el envejecimiento competente,
tanto por lo que se refiere a la salud física como psicológica y al funcionamiento general del individuo.
Existe amplísima evidencia empírica de que el ejercicio físico mejora el funcionamiento cognitivo, retrasa
el declive en la velocidad de procesamiento de la información y mejora el tiempo de reacción. Tan
importante es el ejercicio físico a lo largo del ciclo vital, y especialmente, durante la vejez, que ha sido
creado el «European Group for Research into Elderly and Physical Activity» que colabora directamente
con la Organización Mundial de la Salud (OMS). En esta colaboración, recientemente, se han
desarrollado las «Guidelines For Promoting Physical Activity Among Older Persons», en una reciente
conferencia patrocinada por la OMS (ver Chodzko-Zajko, 1997) y celebrada en Heidelberg. En la Tabla 1,
he tratado de sintetizar los 16 beneficios del ejercicio físico durante la vejez abarcando los aspectos
fisiológicos, psicológicos psicosociales y societales. En todo caso, es importante resaltar que, en un
reanálisis de nuestros propios datos (Fernández-Ballesteros, Zamarrón y Maciá, 1996) queda claro que la
actividad física está relacionada con todos los indicadores de salud tanto mental como psíquica; en otras
palabras los sujetos que llevan una vida sedentaria tienen, significativamente, una peor salud que
aquellos que son más activos.

TABLA 2. VEINTISEIS (26) BENEFICIOS DEL EJERCICIO FÍSICO


(De "Heidelberg Guidelines for promoting {hysical Activity Among Older persons" OMS, 1997)
Adaptación: Prof. R. Fernández-Ballesteros, Laboratorio de Gerontología, Universidad Autónoma de Madrid

FISIOLÓGICOS
BENEFICIOS INEDIATOS BENEFICIOS A LARGO PLAZO
1. Ayuda a regular el nivel de glucosa 4. Resistencia aeróbica/cardiovascular. Mejora sustancial
del funcionamiento cardiovascular
2. Nivel de las catecolaminas, estimula la noradrenalina y la 5. Fortalecimiento y resistencia muscular que conlleva un
adrenalina factor protector de la independencia y la autonomía.
3. Mejora el sueño 6. Flexibilidad. Preserva y restaura la flexibilidad corporal.
7. Balance y coordinación. Regula el equilibrio y previene o
postpone las disfunciones asociadas al declive asociado a la
edad de esta función.
8. Velocidad de movimientos. Compensa declives en rapidez
producidos por la edad.
PSICOLÓGICOS
BENEFICIOS INMEDIATOS BENEFICIOS A LARGO PLAZO
9. Relajación 12. Bienestar general
10. Reducción del estrés y la ansiedad 13. Mejora la salud mental
11. Mejora del estado de ánimo 14. Mejora el funcionamiento cognitivo e intelectual
15. Mejora la psicomotricidad
16. Aprendizaje de nuevas habilidades motoras.
PSICOSOCIALES
BENEFICIOS INMEDIATOS BENEFICIOS A LARGO PLAZO
17. Mejora la imagen social de los mayores 19. Mejora la integración
18. Permite la integración social y cultural 20. Favorece las nuevas amistades
21. Amplia redes de apoyo social y cultural
22. Mantenimiento o desarrollo de roles activos
23. Mejora las relaciones intergeneracionales
PARA LA SOCIEDAD
24. Reduce los costos sociales y de salud
25. mejora la productividad de las personas mayores
26. Promueve una imagen positiva de los mayores

La teoría más plausible sobre los efectos benéficos del ejercicio físico sobre la salud postulan que éste
actúa doblemente, tanto sobre la función respiratoria como sobre el sistema nervioso central. Sin
embargo, este supuesto no explica, realmente, a través de qué mecanismos se logra, mediante el
ejercicio físico mejorar el funcionamiento cognitivo y, como señala Tomporowski (1997), los mecanismos
que subyacen a los cambios observados no están ni mucho menos claros.

Los estudios de la Fundación MacArthur, han venido investigando no sólo la actividad física, sino el
funcionamiento físico durante el proceso de envejecimiento, tanto referido a movimiento simples (manual,
del tronco de las extremidades inferiores), como a través de la marcha o de cualquier otro movimiento que
requiere integración y equilibrio lo cual, hasta cierto punto, covaría con el ejercicio físico y con la actividad
física.

COMPROMISO CON LA VIDA


Como se sabe, una de las teorías sociológicas o psicosociales sobre la vejez y el envejecimiento es la de
la desvinculación (Havighurst, Neugarten y Tobin, 1968). Esta teoría, extensamente seguida, postula que
el proceso social de retirada del sujeto mayor de la vida activa, no hace más que prepararle para el
momento ineludible de la muerte, desvinculándole de las distintas estructuras sociales (la pareja, la
familia, el grupo, la sociedad). De entre todos los tipos de desvinculación que han sido descritos como
esenciales, dos son tal vez los más notables: 1) la desvinculación social referida al trabajo y las relaciones
sociales y 2) la desvinculación psicológica que hace que el individuo se retraiga de su implicación
emocional con el otro y la sociedad.

Por lo que se refiere a la primera -la desvinculación social-, los resultados de múltiples investigaciones
ponen de relieve que, en todo el ciclo de la vida, existe una relación importante entre las redes de apoyo
social (tanto por lo que se refiere al tamaño de la red como por lo que se refiere a la satisfacción que
produce) y la morbilidad y la mortalidad. En otras palabras, el aislamiento y la ausencia de relaciones
sociales son predictores de enfermedad y muerte. Incluso, en estudios norteamericanos, esencialmente
en hombres, mantener una amplia red de apoyo social es un buen predictor de longevidad (Rowe y Kahn,
1997). Sin embargo, lo que no está claro es si las redes de apoyo social pueden ser consideradas como
una causa de la morbimortalidad o si, más bien, son una especie de filtro de la aparición de patologías y
de la muerte (ver, por ejemplo, Deari, 1986). La teoría más aceptada concede a las redes de apoyo social
un papel protector contra la enfermedad y no un papel causal (por ejemplo, Lin, 1986).

Como informan Rowe y Kahn (1997), en las tres comunidades estudiadas en la investigación propiciada
por la Fundación MacArthur, se estudió el apoyo social tanto instrumental como emocional como predictor
de la función neuroendocrina y de la ejecución física. A lo largo de tres años, el estado civil (casado) fue
un buen predictor de la actividad física productiva para ambos sexos y, concretamente, los hombres con
mayor apoyo social aparecían con más bajos niveles de función neuroendocrina. Finalmente, los
resultados de estos estudios ponen de manifiesto que el apoyo emocional es significativamente un mejor
predictor que el apoyo instrumental. La conclusión de estos autores es que la vinculación social aporta
los siguientes resultados: 1) el aislamiento es un factor de riesgo para la salud, 2) el apoyo social produce
efectos positivos sobre la salud, y 3) no puede hablarse de un tipo de apoyo más efectivo que otro ya que
la efectividad del apoyo aparece modulada por la situación y la persona.

Estudios transversales realizados en España ponen de manifiesto que existen escasas diferencias en
cuanto al tamaño de la red y a la satisfacción sobre las relaciones interpersonales y la edad (ver, por
ejemplo, Fernández-Ballesteros, 1992). En otras palabras, las relaciones interpersonales no parecen
disminuir a lo largo de la vida y hemos de esperar al rango de edad de más de 80 años para encontrar
diferencias significativas con grupos de edad más jóvenes (ver, por ejemplo, Fernández-Ballesteros
1992). Por otra parte, hay que tener en cuenta el concepto de familia en España. En la actualidad puede
afirmarse que cuatro de cada cinco personas mayores viven con otras personas (su esposa/o, y/o con sus
hijos, y/ o con sus nietos; ver, por ejemplo, Díez Nicolás, 1995; Fernández-Ballesteros, Zamarrón y Maciá,
1996). En otras palabras, la persona mayor en España, en una gran proporción, vive vinculada
fuertemente con su familia y sus amigos, lo cual determina un importante factor protector de vinculación
social que, en mi opinión, debe ser protegido y -de ser posible- extendido.

Si nos preguntásemos ahora, cómo influyen las redes de apoyo social en la salud, tanto física como
mental -tras re-análisis de datos previos (Fernández-Ballesteros, Zamarrón y Maciá, 1996)- podríamos
decir que la frecuencia de relaciones permite diferenciar significativamente la salud psíquica (es decir, el
número de problemas sobre depresión, ansiedad, desorientación, etc.) y el número de dolores
informados, pero no parece estar asociada ni con el estado mental del individuo ni con la mayor parte de
indicadores de salud.

Ser «mayor» y estar «jubilado» o «retirado del trabajo» son conceptos que se sobreponen, ello no es una
consideración popular sino que parece estar presente en las características que distinguen a un adulto de
un viejo (ver por ejemplo, Fernández-Ballesteros, 1992). Por ello, la actividad productiva parece ser una
condición que devuelve al mayor la condición de «no jubilado» o, en otros términos, que expresa la
implicación personal de] individuo aunque tal implicación no tenga por qué conllevar repercusiones
económicas.

Por supuesto, existen amplias diferencias en cuanto a la viabilidad del trabajo remunerado en distintos
países. No obstante, teniendo en cuenta que la forma de operacionalizar la actividad productiva estriba
en sumar las horas que el sujeto invierte en una actividad tanto económicamente productiva como,
formalmente, no productiva (incluyendo cualquier trabajo en organizaciones no gubernamentales), aunque
la actividad productiva de los mayores en España no esté contemplada, si existen formas de implicación
no remunerada cuyos efectos deberías ser estudiados.

Resulta curioso que el concepto de «compromiso con la vida» no haya sido mucho antes investigado por
cuanto en estudios longitudinales ya antiguos (por ejemplo, ver Lehr, 1993) se ha puesto de relieve su
importancia, como predictor de longevidad. La cuestión es que, con los datos con los que contamos, en
términos generales, sí parece que pudiéramos decir que el implicarse en el trabajo y en la vida social sí
podría ser un indicador de envejecimiento con éxito.

De ello se derivan dos aspectos fundamentales, uno de ellos individual, en el sentido que las personas
mayores deben conocer que llevar una vida activa, más allá del ocio y de llenar el tiempo libre mediante la
recreación y la actividad, pudiera ser una estrategia preventiva para el envejecimiento competente. De
otro lado, los responsables de las políticas de ocupación y empleo deberían conocer que mantener a los
mayores en su ocupación -desde luego a aquellos que lo deseen con jornadas de tiempo parcial,
beneficiaría el funcionamiento de la salud, mental y física y, seguramente, ahorraría, gastos sanitarios y
sociales.

EPÍLOGO: PROMOCIÓN DE LA VEJEZ CON ÉXITO

Hasta aquí, una de las conceptualizaciones sobre la vejez con éxito o competente. La cuestión es cómo
promocionar este tipo de vejez. Las estrategias propuestas más abarcadoras se engloban dentro del
modelo de la selección, optimización y compensación, formulado por Paul y Margaret Baltes (Baltes, y
Baltes, 1980; 1990; y Baltes, 1997). Por selección se entiende el mecanismo evolutivo por el que «es
adaptativo concentrarse en aquellos aspectos que tienen alta prioridad e implican las demandas
convergentes sociales y las motivaciones, habilidades y capacidades biológicas individuales» (Baltes y
Baltes, 1990, p.21-22). La optimización lleva consigo la implicación del individuo en aquellos
comportamientos y actividades que maximicen sus recursos. Finalmente, por compensación se
entienden aquellos recursos protésicos, tanto psicológicos (por ejemplo, nuevas estrategias mnésicas)
como físicos (por ejemplo, un audífono o una barandilla), que permiten al individuo superar un déficit o
declive en su aparato psíquico o físico. No es el momento de profundizar en estas tres estrategias
propuestas, así como sobre su papel en la vejez patológica, normal u óptima. Mi objetivo ahora se reduce
a poner de relieve qué estamos haciendo (desde el Laboratorio de Gerontología de la Universidad
Autónoma de Madrid y desde los Programas de formación en Gerontología) para colaborar a una vejez
con éxito.

Puesto que cualquier programa de actuación requiere unas bases sólidas de investigación, con el fin de
conocer cúales son los patrones de envejecimiento de distintos países europeos, coordino el Programa de
investigación EXCELSA (financiado por la Unión Europea UE) en el que se trata de investigar, en 11
países europeos, las relaciones entre envejecimiento, salud y competericia con el fin de -desde una
perspectiva salutogénica examinar cuáles son los mejores predictores de envejecimiento óptimo en
Europa (ver Schroots, Fernández-Ballesteros y Rudinger, en prensa).

Por otra parte, con base, esencialmente, en la estrategia de optimización (y, en menor medida, la de
selección guiada y, en el caso necesario, la de compensación) y muy ligado al programa de Eurolink Age
«Aging Well», estamos llevando a cabo una serie de cursos con el títuto de Vivir con Vitalidad. Estos
cursos -organizados desde el Vice-rectorado de Cultura de la Universidad Autónoma de Madrid UAM-
están dirigidos a personas de más de 60 años y tienen por objetivo difundir conocimientos para lograr un
envejecimiento óptimo así como -y esta es su característica diferenciadora esencial- entrenar habilidades
que permitan potenciar -mediante estrategias optimizadoras- todos aquellos comportamientos
salutogénicos (tanto psicológica como físicamente hablando). Dado que evaluamos cada programa y que
existe seguimiento de los sujetos que pasan por los cursos, hasta ahora, tenemos datos que permiten
contemplar con optimismo este programa. La idea es generalizarlo en el futuro para dar opción a que
todas las personas mayores puedan optimizar sus capacidades.

En resumidas cuentas, envejecer con éxito no es una cuestión de azar. Las organizaciones de personas
mayores, los responsables de las políticas públicas hacia los mayores, así como las instituciones
formativas han de comprometerse en la tarea de lograr un envejecimiento competente.

REFERENCIAS
Ainsworth, B.E.; McMurray, R.G. y Veazey, S.K. (1997). Prediction of the Peak Oxygen Update From Bubmaximal Exercise Tests in Older Men
and Women. Journal of Aging and Physical Activity, 51, 27-38

Baltes, P.B. (1987). Theoretical propositions of life-span development psychology: On the dynamics between growth and decline. Developmental
Psychology, 23, 611-626

Baltes, P.B. (1997). On the Incomplete Arquitecture of Human Ontogeny. American Psychologists, 52, 366-380

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