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EN TIEMPO DE PANDEMIA

Esta misa se puede celebrar, según las rúbricas de las Misas y Oraciones por diversas necesidades,
todos los días, excepto las solemnidades y los domingos de Adviento, Cuaresma y Pascua, los días
de la octava de Pascua, la Conmemoración de todos los fieles difuntos, el Miércoles de Ceniza y las
ferias de Semana Santa.

RITOS INICIALES

ANTÍFONA DE ENTRADA Is. 53,4


El Señor soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores.

Mientras se ingresa a la celebración, el coro y el pueblo entona el canto.

SALUDO
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
R. Amén.

Que Jesús resucitado y glorificado a la derecha del Padre


interceda por nosotros y permanezca con todos ustedes.
R. Y con tu espíritu.

ACTO PENITENCIAL
El Señor Jesús, que nos invita a la mesa de la Palabra y de la
Eucaristía, nos llama ahora a la conversión. Reconozcamos, pues, que
somos pecadores e invoquemos con esperanza la misericordia de
Dios.
Se hace una breve pausa en silencio.

Después, hacen todos en común la confesión de sus pecados:

Defensor de los pobres: Señor, ten piedad.


R. Señor, ten piedad.

Refugio de los débiles: Cristo, ten piedad.


R. Cristo, ten piedad.

Esperanza de los pecadores: Señor, ten piedad.


R. Señor, ten piedad.
CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA 1
EN TIEMPO DE PANDEMIA

Dios, todopoderoso, tenga misericordia de nosotros perdone nuestros


pecados y nos lleve a la vida eterna.
R. Amén.

ORACIÓN COLECTA

D IOS todopoderoso y eterno,


refugio en toda clase de peligro,
a quien nos dirigimos en nuestra angustia;
te pedimos con fe
que mires compasivamente nuestra aflicción,
concede descanso eterno a los que han muerto,
consuela a los que lloran,
sana a los enfermos,
da paz a los moribundos,
fuerza a los trabajadores sanitarios,
sabiduría a nuestros gobernantes
y valentía para llegar a todos con amor
glorificando juntos tu santo nombre.
Por nuestro Señor Jesucristo.
R. Amén.

LITURGIA DE LA PALABRA
PRIMERA LECTURA

Del libro de Job 38, 1. 8-11

E1 Señor habló a Job desde la tormenta y le dijo:


“Yo le puse límites al mar,
cuando salía impetuoso del seno materno;
yo hice de la niebla sus mantillas y de las nubes sus pañales;
yo le impuse límites con puertas y cerrojos y le dije:
‘Hasta aquí llegarás, no más allá.
Aquí se romperá la arrogancia de tus olas’ ”.
Palabra de Dios.
CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA 2
EN TIEMPO DE PANDEMIA

SALMO RESPONSORIAL DEL SALMO 122

R. En ti, Señor, tengo fijos mis ojos.

En ti, Señor, que habitas en lo alto,


fijos los ojos tengo,
como fijan sus ojos en las manos
de su señor, los siervos. R.

Así como la esclava en su señora


tiene fijos los ojos,
fijos están en el Señor los nuestros
hasta que Dios se apiade de nosotros. R.

ACLAMACIÓN ANTES DEL EVANGELIO JN. 10, 14


R. Aleluya, aleluya.
Yo soy el buen pastor, dice el Señor;
yo conozco a mis ovejas y ellas me conocen a mí.
R. Aleluya.

EVANGELIO
Lectura del santo Evangelio según san Marcos
4, 35-41

Un día, al atardecer, Jesús dijo a sus discípulos: “Vamos a la otra


orilla del lago”. Entonces los discípulos despidieron a la gente y
condujeron a Jesús en la misma barca en que estaba. Iban además
otras barcas. De pronto se desató un fuerte viento y las olas se
estrellaban contra la barca y la iban llenando de agua. Jesús dormía
en la popa, reclinado sobre un cojín. Lo despertaron y le dijeron:
“Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?” El se despertó,
reprendió al viento y dijo al mar: “¡Cállate, enmudece!” Entonces el
viento cesó y sobrevino una gran calma. Jesús les dijo: “¿Por qué
tenían tanto miedo? ¿Aún no tienen fe?” Todos se quedaron
espantados y se decían unos a otros: “¿Quién es éste, a quien hasta el
viento y el mar obedecen?”
Palabra del Señor.
CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA 3
EN TIEMPO DE PANDEMIA

HOMILIA PROMUNCIADA POR EL PAPA FRANCISCO


EN EL MOMENTO EXTRAORDINARIO DE ORACIÓN EN TIEMPO DE EPIDEMIA

«Al atardecer» (Mc 4,35). Así comienza el Evangelio que hemos escuchado. Desde hace algunas
semanas parece que todo se ha oscurecido. Densas tinieblas han cubierto nuestras plazas, calles
y ciudades; se fueron adueñando de nuestras vidas llenando todo de un silencio que ensordece y
un vacío desolador que paraliza todo a su paso: se palpita en el aire, se siente en los gestos, lo
dicen las miradas. Nos encontramos asustados y perdidos. Al igual que a los discípulos del
Evangelio, nos sorprendió una tormenta inesperada y furiosa. Nos dimos cuenta de que
estábamos en la misma barca, todos frágiles y desorientados; pero, al mismo tiempo, importantes
y necesarios, todos llamados a remar juntos, todos necesitados de confortarnos mutuamente. En
esta barca, estamos todos. Como esos discípulos, que hablan con una única voz y con angustia
dicen: “perecemos” (cf. v. 38), también nosotros descubrimos que no podemos seguir cada uno
por nuestra cuenta, sino sólo juntos.

Es fácil identificarnos con esta historia, lo difícil es entender la actitud de Jesús. Mientras los
discípulos, lógicamente, estaban alarmados y desesperados, Él permanecía en popa, en la parte
de la barca que primero se hunde. Y, ¿qué hace? A pesar del ajetreo y el bullicio, dormía tranquilo,
confiado en el Padre —es la única vez en el Evangelio que Jesús aparece durmiendo—. Después
de que lo despertaran y que calmara el viento y las aguas, se dirigió a los discípulos con un tono
de reproche: «¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?» (v. 40).

Tratemos de entenderlo. ¿En qué consiste la falta de fe de los discípulos que se contrapone a la
confianza de Jesús? Ellos no habían dejado de creer en Él; de hecho, lo invocaron. Pero veamos
cómo lo invocan: «Maestro, ¿no te importa que perezcamos?» (v. 38). No te importa: pensaron
que Jesús se desinteresaba de ellos, que no les prestaba atención. Entre nosotros, en nuestras
familias, lo que más duele es cuando escuchamos decir: “¿Es que no te importo?”. Es una frase
que lastima y desata tormentas en el corazón. También habrá sacudido a Jesús, porque a Él le
importamos más que a nadie. De hecho, una vez invocado, salva a sus discípulos desconfiados.

La tempestad desenmascara nuestra vulnerabilidad y deja al descubierto esas falsas y superfluas


seguridades con las que habíamos construido nuestras agendas, nuestros proyectos, rutinas y
prioridades. Nos muestra cómo habíamos dejado dormido y abandonado lo que alimenta,
sostiene y da fuerza a nuestra vida y a nuestra comunidad. La tempestad pone al descubierto
todos los intentos de encajonar y olvidar lo que nutrió el alma de nuestros pueblos; todas esas
tentativas de anestesiar con aparentes rutinas “salvadoras”, incapaces de apelar a nuestras raíces
y evocar la memoria de nuestros ancianos, privándonos así de la inmunidad necesaria para hacerle
frente a la adversidad.

Con la tempestad, se cayó el maquillaje de esos estereotipos con los que disfrazábamos nuestros
egos siempre pretenciosos de querer aparentar; y dejó al descubierto, una vez más, esa (bendita)
pertenencia común de la que no podemos ni queremos evadirnos; esa pertenencia de hermanos.
CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA 4
EN TIEMPO DE PANDEMIA

«¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». Señor, esta tarde tu Palabra nos interpela se dirige
a todos. En nuestro mundo, que Tú amas más que nosotros, hemos avanzado rápidamente,
sintiéndonos fuertes y capaces de todo. Codiciosos de ganancias, nos hemos dejado absorber por
lo material y trastornar por la prisa. No nos hemos detenido ante tus llamadas, no nos hemos
despertado ante guerras e injusticias del mundo, no hemos escuchado el grito de los pobres y de
nuestro planeta gravemente enfermo. Hemos continuado imperturbables, pensando en
mantenernos siempre sanos en un mundo enfermo. Ahora, mientras estamos en mares agitados,
te suplicamos: “Despierta, Señor”.

«¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». Señor, nos diriges una llamada, una llamada a la fe.
Que no es tanto creer que Tú existes, sino ir hacia ti y confiar en ti. En esta Cuaresma resuena tu
llamada urgente: “Convertíos”, «volved a mí de todo corazón» (Jl 2,12). Nos llamas a tomar este
tiempo de prueba como un momento de elección. No es el momento de tu juicio, sino de nuestro
juicio: el tiempo para elegir entre lo que cuenta verdaderamente y lo que pasa, para separar lo
que es necesario de lo que no lo es. Es el tiempo de restablecer el rumbo de la vida hacia ti, Señor,
y hacia los demás. Y podemos mirar a tantos compañeros de viaje que son ejemplares, pues, ante
el miedo, han reaccionado dando la propia vida. Es la fuerza operante del Espíritu derramada y
plasmada en valientes y generosas entregas. Es la vida del Espíritu capaz de rescatar, valorar y
mostrar cómo nuestras vidas están tejidas y sostenidas por personas comunes —corrientemente
olvidadas— que no aparecen en portadas de diarios y de revistas, ni en las grandes pasarelas del
último show pero, sin lugar a dudas, están escribiendo hoy los acontecimientos decisivos de
nuestra historia: médicos, enfermeros y enfermeras, encargados de reponer los productos en los
supermercados, limpiadoras, cuidadoras, transportistas, fuerzas de seguridad, voluntarios,
sacerdotes, religiosas y tantos pero tantos otros que comprendieron que nadie se salva solo.
Frente al sufrimiento, donde se mide el verdadero desarrollo de nuestros pueblos, descubrimos y
experimentamos la oración sacerdotal de Jesús: «Que todos sean uno» (Jn 17,21). Cuánta gente
cada día demuestra paciencia e infunde esperanza, cuidándose de no sembrar pánico sino
corresponsabilidad. Cuántos padres, madres, abuelos y abuelas, docentes muestran a nuestros
niños, con gestos pequeños y cotidianos, cómo enfrentar y transitar una crisis readaptando
rutinas, levantando miradas e impulsando la oración. Cuántas personas rezan, ofrecen e
interceden por el bien de todos. La oración y el servicio silencioso son nuestras armas vencedoras.

«¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». El comienzo de la fe es saber que necesitamos la
salvación. No somos autosuficientes; solos nos hundimos. Necesitamos al Señor como los antiguos
marineros las estrellas. Invitemos a Jesús a la barca de nuestra vida. Entreguémosle nuestros
temores, para que los venza. Al igual que los discípulos, experimentaremos que, con Él a bordo,
no se naufraga. Porque esta es la fuerza de Dios: convertir en algo bueno todo lo que nos sucede,
incluso lo malo. Él trae serenidad en nuestras tormentas, porque con Dios la vida nunca muere.

El Señor nos interpela y, en medio de nuestra tormenta, nos invita a despertar y a activar esa
solidaridad y esperanza capaz de dar solidez, contención y sentido a estas horas donde todo
parece naufragar. El Señor se despierta para despertar y avivar nuestra fe pascual. Tenemos un
ancla: en su Cruz hemos sido salvados. Tenemos un timón: en su Cruz hemos sido rescatados.
CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA 5
EN TIEMPO DE PANDEMIA

Tenemos una esperanza: en su Cruz hemos sido sanados y abrazados para que nadie ni nada nos
separe de su amor redentor. En medio del aislamiento donde estamos sufriendo la falta de los
afectos y de los encuentros, experimentando la carencia de tantas cosas, escuchemos una vez más
el anuncio que nos salva: ha resucitado y vive a nuestro lado. El Señor nos interpela desde su Cruz
a reencontrar la vida que nos espera, a mirar a aquellos que nos reclaman, a potenciar, reconocer
e incentivar la gracia que nos habita. No apaguemos la llama humeante (cf. Is 42,3), que nunca
enferma, y dejemos que reavive la esperanza.

Abrazar su Cruz es animarse a abrazar todas las contrariedades del tiempo presente, abandonando
por un instante nuestro afán de omnipotencia y posesión para darle espacio a la creatividad que
sólo el Espíritu es capaz de suscitar. Es animarse a motivar espacios donde todos puedan sentirse
convocados y permitir nuevas formas de hospitalidad, de fraternidad y de solidaridad. En su Cruz
hemos sido salvados para hospedar la esperanza y dejar que sea ella quien fortalezca y sostenga
todas las medidas y caminos posibles que nos ayuden a cuidarnos y a cuidar. Abrazar al Señor para
abrazar la esperanza. Esta es la fuerza de la fe, que libera del miedo y da esperanza.

«¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». Queridos hermanos y hermanas: Desde este lugar,
que narra la fe pétrea de Pedro, esta tarde me gustaría confiarlos a todos al Señor, a través de la
intercesión de la Virgen, salud de su pueblo, estrella del mar tempestuoso. Desde esta columnata
que abraza a Roma y al mundo, descienda sobre vosotros, como un abrazo consolador, la
bendición de Dios. Señor, bendice al mundo, da salud a los cuerpos y consuela los corazones. Nos
pides que no sintamos temor. Pero nuestra fe es débil y tenemos miedo. Mas tú, Señor, no nos
abandones a merced de la tormenta. Repites de nuevo: «No tengáis miedo» (Mt 28,5). Y nosotros,
junto con Pedro, “descargamos en ti todo nuestro agobio, porque Tú nos cuidas” (cf. 1 P 5,7).

LETANÍAS DE SÚPLICA
Después de la homilía, a manera de oración de los fieles, se realiza la siguiente oración comunitaria:

Creemos en ti, Señor.


Hijo unigénito del Padre, bajado del Cielo por nuestra salvación
R. Creemos en ti, Señor.
Médico celestial, que te inclinas sobre nuestra miseria
R. Creemos en ti, Señor.
Cordero inmolado, que te ofreces para rescatarnos del mal
R. Creemos en ti, Señor.
Buen Pastor, que das la vida por el rebaño que amas
R. Creemos en ti, Señor.
Pan vivo y medicina de inmortalidad, que nos das la Vida
eterna,
R. Creemos en ti, Señor.
CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA 6
EN TIEMPO DE PANDEMIA

Líbranos, oh Señor
Del poder de Satanás y de las seducciones del mundo,
R. Líbranos, Señor.
Del orgullo y de la presunción de poder prescindir de ti
R. Líbranos, Señor.
De los engaños del miedo y de la angustia,
R. Líbranos, Señor.
De la incredulidad y de la desesperación,
R. Líbranos, Señor.
De la dureza de corazón y de la incapacidad de amar,
R. Líbranos, Señor.

Sálvanos, Señor
De todos los males que afligen a la humanidad,
R. Sálvanos, Señor.
Del hambre, de la escasez y del egoísmo,
R. Sálvanos, Señor.
De las enfermedades, de las epidemias y del miedo al hermano
R. Sálvanos, Señor.
Sálvanos, Señor
De la locura devastadora, de los intereses despiadados y de la
violencia
R. Sálvanos, Señor.
De los engaños, de la mala información y de la manipulación de las
conciencias
R. Sálvanos, Señor.

Consuélanos, Señor
Mira a tu Iglesia que atraviesa el desierto
R. Consuélanos, Señor.
Señor Mira a la humanidad, aterrorizada por el miedo y por la
angustia
R. Consuélanos, Señor.
Mira a los enfermos y a los moribundos, oprimidos por la
soledad
R. Consuélanos, Señor.
Mira a los médicos y a los operadores sanitarios, extenuados
por la fatiga
CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA 7
EN TIEMPO DE PANDEMIA

R. Consuélanos, Señor.
Mira a los políticos y a los administradores, que cargan con el peso
de las decisiones
R. Consuélanos, Señor.

Danos tu Espíritu, Señor


En la hora de la prueba y de la confusión,
R. Danos tu Espíritu, Señor.
En la tentación y en la fragilidad,
R. Danos tu Espíritu, Señor.
En el combate contra el mal y el pecado
R. Danos tu Espíritu, Señor.
En la búsqueda del verdadero bien y de la verdadera alegría,
R. Danos tu Espíritu, Señor.
En la decisión de permanecer en Ti y en tu amistad,
R. Danos tu Espíritu, Señor.

Dios, bendito a través de todo, nos bendiga por Cristo en todo,


para que todo nos sirva para el bien. R. Amén.

LITURGIA EUCARÍSTICA
Después de la presentación de los dones, el Sacerdote dice:
En el momento de ofrecer el sacrificio de toda la Iglesia,
oremos a Dios, Padre todopoderoso.
R. El Señor reciba de tus manos este sacrificio para alabanza y gloria de su nombre,
para nuestro bien y el de toda su santa Iglesia.

ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS

A CEPTA,
Señor,
los dones que te ofrecemos
en este tiempo de peligro;
y haz que, por tu poder,
se conviertan para nosotros
en fuente de sanación y de paz.
Por Jesucristo, nuestro Señor. R. Amén.
CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA 8
EN TIEMPO DE PANDEMIA

PREFACIO COMÚN VIII


V. El Señor esté con ustedes. R. Y con tu espíritu.
V. Levantemos el corazón. R. Lo tenemos levantado hacia el Señor
V. Demos gracias al Señor, nuestro Dios. R. Es justo y necesario.

E n verdad es justo y necesario,


es nuestro deber y salvación darte gracias
y deber nuestro alabarte, Padre santo,
Dios todopoderoso y eterno,
en todos los momentos y circunstancias de la vida,
en la salud y en la enfermedad,
en el sufrimiento y en el gozo,
por tu siervo Jesús, nuestro Redentor.

Porque él, en su vida terrena, pasó haciendo el bien


y curando a los oprimidos por el mal.

También hoy, como buen samaritano,


se acerca a todo hombre que sufre
en su cuerpo o en su espíritu,
y cura sus heridas con el aceite del consuelo
y el vino de la esperanza.
Por este don de tu gracia,
incluso cuando nos vemos sumergidos
en la noche del dolor,
vislumbramos la luz pascual en tu Hijo,
muerto y resucitado.

Por eso, unidos a los ángeles y a los santos,


cantamos a una voz el himno de tu gloria:

Santo, Santo, Santo


CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA 9
EN TIEMPO DE PANDEMIA

PLEGARIA EUCARÍSTICA III

S anto eres en verdad, Padre,


y con razón te alaban todas tus criaturas,
ya que por Jesucristo, tu Hijo, Señor nuestro,
con la fuerza del Espíritu Santo,
das vida y santificas todo,
y congregas a tu pueblo sin cesar,
para que ofrezca en tu honor
un sacrificio sin mancha
desde donde sale el sol hasta el ocaso.

CC Por eso, Padre, te suplicamos


que santifiques por el mismo Espíritu
estos dones que hemos separado para ti,
de manera que se conviertan para nosotros
en el Cuerpo y  la Sangre de Jesucristo,
Hijo tuyo y Señor nuestro,
que nos mandó celebrar estos misterios.

Porque él mismo, la noche en que iba a ser entregado,


tomó pan, y dando gracias te bendijo,
lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo:

T OMEN Y COMAN TODOS DE ÉL,


PORQUE ESTO ES MI CUERPO,
QUE SERÁ ENTREGADO POR USTEDES.

Del mismo modo, acabada la cena,


tomó el cáliz, dando gracias te bendijo,
y lo pasó a sus discípulos, diciendo:

T OMEN Y BEBAN TODOS DE ÉL,


PORQUE ÉSTE ES EL CÁLIZ DE MI SANGRE,
SANGRE DE LA ALIANZA NUEVA Y ETERNA,
QUE SERÁ DERRAMADA
POR USTEDES Y POR MUCHOS
PARA EL PERDÓN DE LOS PECADOS.

HAGAN ESTO EN CONMEMORACIÓN MÍA.


CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA 10
EN TIEMPO DE PANDEMIA

CP Este es el Misterio de la fe.


R. Anunciamos tu muerte,
proclamarnos tu resurrección.
!Ven, Señor Jesús!

CC Así, pues, Padre,


al celebrar ahora el memorial
de la pasión salvadora de tu Hijo,
de su admirable resurrección y ascensión al cielo,
mientras esperamos su venida gloriosa,
te ofrecemos, en esta acción de gracias,
el sacrificio vivo y santo.

Dirige tu mirada sobre la ofrenda de tu Iglesia,


y reconoce en ella la Víctima
por cuya inmolación
quisiste devolvernos tu amistad,
para que, fortalecidos
con el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo
y llenos de su Espíritu Santo,
formemos en Cristo
un solo cuerpo y un solo espíritu.
Cl Que él nos transforme en ofrenda permanente,
para que gocemos de tu heredad
junto con tus elegidos:
con María, la Virgen Madre de Dios,
su esposo san José, los apóstoles y los mártires,
y los santos Sebastian, Rosalía, Carlos Borromeo,
Catalina De Siena, Roque, Rita de Cascia, Luis Gonzaga,
Francisco y Jacinta Marto, Damián de Molokai,
Martín de Porres y Rosa de Lima,
y todos los santos, por cuya intercesión
confiamos obtener siempre tu ayuda.
C2 Te pedimos, Padre,
que esta Víctima de reconciliación
traiga la paz y la salvación al mundo entero.
CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA 11
EN TIEMPO DE PANDEMIA

Confirma en la fe y en la caridad
a tu Iglesia, peregrina en la tierra:
a tu servidor, el Papa Francisco,
a nuestro Obispo Rogelio,
a sus obispos auxiliares y el obispo emérito,
al orden episcopal,
a los presbíteros y diáconos,
y a todo el pueblo redimido por ti.
C3 Atiende los deseos y súplicas de esta familia
que has congregado en tu presencia.
(y encomienda la salud de sus enfermos)
Reúne en torno a ti, Padre misericordioso,
a todos tus hijos dispersos por el mundo.

C4 A nuestros hermanos difuntos


(que han fallecido a causa de esta pandemia)
y a cuantos murieron en tu amistad
recíbelos en tu reino,
donde esperamos gozar todos juntos
de la plenitud eterna de tu gloria,
por Cristo, Señor nuestro,
por quien concedes al mundo todos los bienes.
Uno de los diáconos toma del Sacerdote el cáliz y lo eleva juntamente con él.
Y, sosteniendo elevados los dones consagrados, dice:

P or Cristo, con él y en él
a ti, Dios Padre omnipotente,
en la unidad del Espíritu Santo,
todo honor y toda gloria
por los siglos de los siglos.
R. Amén.
CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA 12
EN TIEMPO DE PANDEMIA

RITO DE LA Comunión
PADRE NUESTRO
Antes de participar en el banquete de la Eucaristía,
signo de reconciliación y vínculo de unión fraterna,
oremos juntos como el Señor nos ha enseñado:

P adre nuestro, que estás en el cielo,


santificado sea tu Nombre;
venga a nosotros tu reino;
hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día;
perdona nuestras ofensas,
como también nosotros perdonamos
a los que nos ofenden;
no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal

EMBOLISMO
Líbranos de todos los males, Señor,
y concédenos la paz en nuestros días,
para que, ayudados por tu misericordia,
vivamos siempre libres de pecado
y protegidos de toda perturbación,
mientras esperamos la gloriosa venida
de nuestro Salvador Jesucristo.
R. Tuyo es el reino,
tuyo el poder y la gloria, por siempre, Señor.

RITO DE LA PAZ
Señor Jesucristo, que dijiste a tus apóstoles:
“La paz les dejo, mi paz les doy”,
no tengas en cuenta nuestros pecados,
sino la fe de tu Iglesia y,
conforme a tu palabra,
concédele la paz y la unidad.
Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos.
R. Amén.
CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA 13
EN TIEMPO DE PANDEMIA

La paz del Señor esté siempre con ustedes.


R. Y con tu espíritu.
El diácono dice:
Como hijos de Dios, intercambien ahora un signo de comunión
fraterna.

FRACCIÓN DEL PAN Y CONMIXTION


El Cuerpo y la Sangre de nuestro Señor Jesucristo, unidos en este cáliz, sean para
nosotros alimento de vida eterna.

CORDERO DE DIOS
Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo,
ten piedad de nosotros.
Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo,
ten piedad de nosotros.
Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, danos la paz.

Mientras la Asamblea canta el Cordero de Dios,


el Sacerdote con las manos juntas y en secreto dice:
Señor Jesucristo, Hijo de Dios vivo, que por voluntad del Padre, cooperando el
Espíritu Santo, diste con tu muerte la vida al mundo, líbrame, por la recepción de tu
Cuerpo y de tu Sangre, de todas mis culpas y de todo mal. Concédeme cumplir
siempre tus mandamientos y jamás permitas que me separe de ti.
El Sacerdote hace genuflexión, toma el pan consagrado y, sosteniéndolo un poco elevado sobre la patena, lo muestra al pueblo,
diciendo:
Éste es el Cordero de Dios,
que quita el pecado del mundo.
Dichosos los invitados a la cena del Señor.
R. Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará
para sanarme.

El Sacerdote dice en secreto:


El Cuerpo de Cristo me guarde para la vida eterna.
La Sangre de Cristo me guarde para la vida eterna.

ANTÍFONA DE LA COMUNIÓN Mt 11,28


Venid a mi todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré, dice el Señor.
CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA 14
EN TIEMPO DE PANDEMIA

ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN

O H, Dios, de quien hemos recibido


la medicina de la vida eterna,
concédenos que, por medio de este sacramento,
podamos gloriarnos plenamente de los auxilios del cielo.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

ORACIÓN DE LIBERACIÓN DE LA EPIDEMIA A LA VIRGEN DEL DIVINO AMOR

Oh María,
Tú resplandeces siempre en nuestro camino
como signo de salvación y de esperanza.
Nos encomendamos a Ti, salud de los enfermos,
que al pie de la Cruz fuiste asociada al dolor de Jesús
manteniendo firme tu fe.
Tú, Salvación del Pueblo,
sabes de qué tenemos necesidad
y estamos seguros de que proveerás
para que, como en Caná de Galilea,
puedan volver la alegría y la fiesta
después de este momento de prueba.
Ayúdanos, Madre del Divino Amor,
a conformarnos con la voluntad del Padre
y a hacer lo que nos diga Jesús,
que ha tomado sobre sí nuestros sufrimientos
y ha cargado con nuestros dolores
para llevarnos, a través de la Cruz,
al gozo de la Resurrección. Amén.

Bajo tu amparo nos acogemos, santa Madre de Dios;


no deseches las súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades,
antes bien, líbranos de todo peligro, ¡oh siempre
Virgen, gloriosa y bendita!
CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA 15
EN TIEMPO DE PANDEMIA

RITO CONCLUSIVOS

BENDICIÓN FINAL
Entonces, si puede hacerse cómodamente, el diácono, si lo hay, o el mismo celebrante, hace, según las circunstancias, la invitación,
con estas palabras u otras semejantes:
Inclinen su cabeza para recibir la bendición.
Enseguida, el Sacerdote, con las manos extendidas sobre el ordenado y el pueblo. Pronuncia la bendición:

ORACIÓN SOBRE EL PUEBLO

O H,
Dios, protector de los que en ti esperan, bendice
a tu pueblo, sálvalo, defiéndelo, prepáralo con tu
gracia, para que, libre de pecado y protegido contra sus
enemigos, persevere siempre en tu amor.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Y que a todos ustedes, los bendiga Dios todopoderoso,


Padre, Hijo  y Espíritu Santo,
R. Amén.

El diácono despide a la Asamblea:


Continuemos en nuestra vida sirviendo a Dios y a nuestros hermanos.
R. Demos gracias a Dios.

P. VÍCTOR ISAÍ
PARROQUIA SANTA ROSA DE LIMA EN APODACA

Subsidio para la Celebración Litúrgica


basado en los textos litúrgicos
del Misal Romano (3ª edición), Leccionario,
Ed. Fuertes en la trubilación,
Nuevo esquema “En tiempo de pandemia (2020)
y las Ediciones Arquidiocesanas SAPAL

(Para el uso del altar e integrantes de la comisión de liturgia)

Arquidiócesis de Monterrey
APODACA, N.L., MÉXICO