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En suma, el cuerpo social destacaba tres grupos claramente diferenciados: el de los

esclavos cosificados; el de los libres y, en tercer lugar, el de los “Grandes”,


dueños del
trabajo de los demás y de sus frutos. En cierta forma, podría incluso decirse que
el orden
social en Occidente tuvo dos raíces principales: una estructura agraria romana, muy
marcada por la propiedad del suelo y otra germánica, caracterizada por las
relaciones de
dominio personales.
Los primeros a considerar serán los esclavos. Es necesario distinguir dos formas
muy
diferentes de esclavitud: una de ellas de tipo rural, secuela de la servidumbre de
la
Antigüedad y que se mantendría hasta los siglos X y XI; otra, una esclavitud de
trata, ya
practicada en la Alta Edad Media pero que se desarrollaría con mayor fuerza a
partir del
siglo XIII.
La existencia de la esclavitud resultaba inherente a la idea según la cual, al
menos
hasta el año Mil, Europa sólo conocía, en términos jurídicos, dos tipos de hombres:
los
libres (liberi, ingenui) y los no libres (mancipia, servi, ancillae, entre otras
definiciones diversas).
Los no libres, además de la guerra y la autoentrega a un amo ya mencionadas,
provenían de
la reproducción natural, de los matrimonios entre libres y esclavos (la unión con
esclavos
conducía a la pérdida de la condición de libre de aquel que lo fuera), las condenas
judiciales
(que castigaban con la pérdida de la libertad una serie de delitos cuya gama
variaba de
acuerdo a la región, pero que casi siempre incluían el infanticidio, el aborto, la
violación, la
falsificación de moneda, etc.) y el endeudamiento (temporalmente, hasta saldar la
deuda).
La condición de los esclavos era penosa, considerados como seres infrahumanos, sin
ningún derecho o protección, desocializados del entorno que habitaban, equiparados
al
ganado de su amo. La Iglesia, tan importante en las definiciones sociales del
período,
incluso no condenó o atacó estas prácticas, sino que buscó prohibir (prohibición
que no
fue más respetada que tantas otras) que se redujese a la servidumbre a los
bautizados.
Doctrinalmente, se esforzaría por legitimarla, al sostener que la condición servil
era una
forma de expiar el pecado original y, por tanto, formaba parte del plan divino para
la
redención de la humanidad. Sin embargo, es necesario destacar que, al tiempo que
hacía
esto, la institución eclesiástica no careció de una notable ambigüedad. Por
ejemplo, desde el
momento en que el esclavo fuera admitido en los sacramentos, lo elevaba a la
dignidad de
persona humana, contribuyendo de esta manera, por lo menos a nivel espiritual si no
material, a reducir la brecha que separaba a los esclavos de los libres.
Los hombres libres no se consideraban tales por su independencia personal, sino por
el hecho de pertenecer al “pueblo”, es decir, por depender e integrar las
instituciones