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EL SABIO A TRAVÉS DEL TIEMPO

1. INTRODUCCIÓN
En el libro de la Sabiduría podemos leer que “el gran número de sabios es la
salvación del mundo” (Sb 6,24). Al que conoce la manera de pensar del autor de
Sabiduría no le extraña esta afirmación tan optimista, ya que él identifica al sabio
con el hombre justo (Sb 4,16). El conocimiento de la creación ennoblece al que es
rey de la creación, por lo que el verdadero sabio jamás desdeña ningún conocimiento
sobre el mundo. En este sentido es verdad que los sabios, cuantos más mejor,
ayudan a despejar las oscuridades que pueden conducir al hombre a cometer graves
errores históricos, especialmente los relacionados con la injusticia y la opresión, y
así entonces, como lo dice el libro de la Sabiduría “ellos son la salvación del
mundo”.

La pregunta que ahora nosotros nos hacemos es si nosotros podemos decir de


nuestros sabios que también ellos son la salvación de nuestro mundo. O más aún, si
nosotros somos sabios y, por tanto, en nuestras manos está la salvación del mundo.

2. LO FUNDAMENTAL EN LA ANTIGUA CONCEPCIÓN DEL SABIO


Al finalizar nuestro estudio recordamos algunas de las notas que son
indispensables en la sabiduría antigua y que se nos manifiestan en aquellos que
llamamos sabios.

a) La sabiduría es una cualidad positiva


Hay cosas que son estimadas por sí mismas independientemente de cualquier
circunstancia externa que les pueda afectar. Entre estas cosas valiosas está la
sabiduría. Con ella el hombre está mejor y, sobre todo, es mejor. La sabiduría forma
parte de la escala de valores que el hombre, consciente o inconscientemente, ha
establecido en su conducta; también influye directamente en las actitudes que el
individuo adopta ante la realidad de la vida. En definitiva, la sabiduría es algo
propio de todo ser humano.

b) El sabio es el hombre de experiencia


Lo que para el hombre sabio moderno es el laboratorio, para el antiguo es la
experiencia de cada día y la tradición de los mayores. Por esta razón, antiguamente
se consideraban sensatos y prudentes, es decir, sabios, a las personas mayores o
ancianos por el sólo hecho de serlos: por la experiencia acumulada a lo largo de
tantos años. Los sabios son, por tanto, aquellas personas que son capaces de enseñar
especialmente a los jóvenes a prosperar en la vida, a superar toda clase de
dificultades, basando sus consejos y su conocimiento en la experiencia de vida.
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c) El sabio es el hombre de la destreza
En los hombres y mujeres, algunos poseen cierta habilidad para realizar
determinadas actividades. Es admirable la pericia y destreza que manifiestan
algunos que por su profesión manipulan ciertos materiales, metales o minerales.

Los autores sagrados llaman “sabiduría” hm'k.x' (hokmah) a esta


habilidad de pericia o destreza; y llaman “sabio” ~k'²x' (hakam) a quienes la
poseen: “Y el Señor habló a Moisés, diciendo: Mira, he llamado por nombre a
Bezaleel, hijo de Uri, hijo de Hur, de la tribu de Judá. Y lo he llenado del Espíritu
de Dios en sabiduría, en inteligencia, en conocimiento y en toda clase de arte, para
elaborar diseños, para trabajar en oro, en plata y en bronce, y en el labrado de
piedras para engaste, y en el tallado de madera; a fin de que trabaje en toda clase
de labor. Mira, yo mismo he nombrado con él a Aholiab, hijo de Ahisamac, de la
tribu de Dan; y en el corazón de todos los que son hábiles he puesto habilidad a fin
de que hagan todo lo que te he mandado” (Ex 31,1-6).

Así pues, el significado más cercano de “sabiduría” y “sabio” de acuerdo a


estos textos es el de habilidad o pericia que el hombre desempeña en su trabajo u
oficio cotidiano.

d) El sabio es el hombre prudente, sensato, justo


Entramos ahora en el ámbito estrictamente moral del hombre, pues tanto
“sabiduría” como “sabio” se refieren al hombre en cuanto sujeto moralmente
calificable, responsable y libre. De esta manera, “sabiduría” y “sabio” alcanzan aquí
su significación más noble y elevada en el medio humano: sensatez, prudencia,
justicia.

Los autores sagrados equivalen aquí “sabiduría” y “sabio” con prudencia y


sensatez como virtud o cualidad positiva, enriquecedora del que la posee, y gracias a
la cual orienta su vida ordenadamente y según la voluntad de Dios: “Mirad, yo os he
enseñado estatutos y juicios tal como el Señor mi Dios me ordenó, para que hagáis
así en medio de la tierra en que vais a entrar para poseerla. Así que guardadlos y
ponedlos por obra, porque ésta será vuestra sabiduría y vuestra inteligencia ante
los ojos de los pueblos que al escuchar todos estos estatutos, dirán: "Ciertamente
ésta gran nación es un pueblo sabio e inteligente” (Dt 4,5-6).

En este mismo sentido, el “sabio” es no solamente el hombre prudente, sino


también y sobre todo el hombre justo, es decir, el hombre que procura actuar en su
vida conforme a la voluntad de Dios expresada en la Ley, y con honestidad ante los
demás: “El sabio teme y se aparta del mal, pero el necio es arrogante y
descuidado” (Prov 14,16).

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3. LO COMÚN ENTRE EL SABIO ANTIGUO Y EL SABIO MODERNO
Hay muchas cosas que alejan al sabio moderno del antiguo: por ejemplo, el
modo y el método para acercarse a la naturaleza, la concepción que se tiene del
hombre y de la vida, de Dios y del mundo religioso, etc. Pero también hay muchos
puntos de contacto.

El encuentro principal entre el sabio antiguo y el moderno tiene lugar en la


común concepción humanista de ambos. La visión que uno y otro tienen de la
naturaleza y del mundo, en general, desemboca en un humanismo claro. Para el
sabio antiguo el hombre siempre estará en el culmen de la creación, será quien da
sentido a todo cuanto existe; para el sabio moderno, tanto el orden teórico como
práctico y moral, se orientan también hacia el hombre como centro focal.

En la escala de valores objetivos el hombre, lo humano, ocupa el puesto más


alto. Todo el afán del hombre moderno por hacer avanzar el progreso, la ciencia,
parece que tiene como fin el dominio del hombre sobre la naturaleza para servirse de
ella, y dominarla en beneficio de todos. Aunque en este empeño se reconoce que el
hombre se ha equivocado muchas veces, ya que el conocimiento más profundo de la
naturaleza no siempre se ha utilizado para el bien del hombre sino para su
destrucción. Una llamada de atención, pues, para aquellos que cantan
exclusivamente las excelencias del hombre, olvidándose de que así como el hombre
puede subir, moralmente hablando, hacia lo más alto, también puede caer hacia los
abismos más profundos y oscuros, con su ciencia y su “sabiduría”.

El hombre, por tanto, conoce uno y otro extremo; pero sólo será sabio si sabe
mantenerse en el camino correcto. Así su sabiduría no será instrumento de
destrucción, sino de humanización, y por lo cual también hoy será realidad aquello
que desde antiguo proclamaba el autor del libro de la Sabiduría: “En el gran número
de sabios está la salvación del mundo” (Sb 6,24).

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