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LECTURA N° 2

Cómo consiguió sus espinas el queshque


Esta historia ocurrió hace mucho tiempo, en la falda de un cerro lleno de piedras, en el que no
se veía ni una brizna de hierba. Allí había crecido una mata de queshque (quisco o cactus) que
no tenía espinas, como las tiene ahora. Aunque no había gota de agua en ese lugar y apenas caía
por ahí la lluvia una que otra vez, la planta se hallaba siempre verdecita y el interior de sus
gruesas ramas estaba constantemente lleno de un liquido blanco y de una pasta muy suave.
Verla adornar los caminos con su imponente y fresca figura era verdaderamente
reconfortante.

Todos los días pasaban junto al cerro rebaños de llamas, vicuñas y alpacas y cuando tenían sed
se acercaban al queshque y lo mordían a sus anchas para refrescarse con su jugo. Claro está
que al pobre le causaban tanto dolor que no paraba de decir:

-¡Ay… si tuviera con qué defenderme de los dientes de estos animales!

El queshque se hallaba una tarde muy tranquilo, cuando de repente oyó un ruido que venia de la
cumbre del cerro. Miró hacia arriba y vio que de lo más alto bajaba corriendo una zorra y
junto a ella iba rodando una gran piedra. Esta llevaba la delantera y el animal iba tras ella,
estirando las piernas lo más que podía.

-¡No me has de ganar! – gritaba la zorra.

-¡Anda, palangana; si ya no puedes más, estás con la lengua afuera! – le contestó la piedra que,
dando vueltas y botes entre las rocas, bajaba a cada instante con mayor rapidez, dejando
atrás a su contrincante.

Sin prestar mayor atención al incidente, el queshque volvió a sus pensamientos, hasta que oyó
una desesperada voz que lo llamaba:

_¡Tío queshque, tío queshque!

Miro a todos lados buscando la voz que lo llamaba.

_¡Tío queshque, tío queshque!

Puso atención y se dio cuenta que la voz era de la zorra.

-¿Qué quieres? –pregunto la planta.

-Tío queshque, ¿podrás hacerme un favor?

-si está en mis manos hacerlo… ¿De qué se trata? – le respondió.

-Por favor, ataja la piedra que me sigue y yo te compensaré por ello.


-¿Y qué me ofreces? Preguntó el queshque con interés.

-Lo que quieras de mí. ¿Que necesitas? El queshque miró al cielo en actitud de reflexionar.

-¿Qué puedo pedir? ¿Qué necesito?- se dijo para si la planta. Hasta que de pronto, como rayo
fugaz, una idea iluminó su cabeza:

-¡Uñas!... ¡Uñas para poder defenderme de las llamas, las vicuñas y las alpacas que me atacan
todo el día sin compasión! -se dijo.

-Necesito tus uñas para poder protegerme. Pero en serio, ¿me las darás?.

_Claro que sí ….. Enseguida te voy a ayudar – le contestó cortésmente la zorra.

La piedra se aproximaba más y más, dando un salto tras otro. La planta esperó que se le
acercara lo suficiente y cuando ya la tenía a corta distancia, estiró cuanto pudo sus largas
ramas, como si fueran brazos y la atajó sujetándola fuertemente.

Mientras tanto la zorra había ido avanzando. Pasó junto a la piedra, la cual estaba prisionera
sin poder moverse, y así llegó al pie del cerro, que era la meta de la carrera. Una vez allí
levantó la cabeza y comenzó a gritar fuertemente:

-¡Piedra, piedrucha, te gané!

La otra hacía esfuerzos por soltarse, pero la planta la sujetaba con firmeza.

-¡Todavía no la dejes libre, tío queshque! -suplicó la zorra-. Espera que me ponga a salvo, pues
como me alcance, en venganza me aplastará y me deja muerta en el acto. ¡Gracias!

Y diciendo estas palabras partió a correr de nuevo, atravesando matorrales y arroyos, hasta
que finalmente logró esconderse en una cueva.   

Pasado un tiempo, cuando el queshque creyó que el animal se encontraba ya a salvo, aflojó los
brazos y soltó la piedra que gritándole mil insultos se fue a perder detrás de unos cerros.

De pronto el queshque comenzó a sentir algo raro. Notó que en cada una de sus ramas le iban
creciendo cientos de espinas parecidas a las uñas de la zorra.

Sintió que una profunda emoción lo embargaba, al tocar cada pequeña púa en su cuerpo. Y
derramó una lágrima pensando que nunca más estaría desprotegido.

Desde ese día la zorra y el queshque se convirtieron en grandes amigos.