Está en la página 1de 46

Calando la vida

Ambiente y pesca artesanal


en el Delta Entrerriano

Mauricio Boivin
Ana Rosato
Fernando Alberto Balbi
(compiladores)
Grupo de Investigación en Antropología Política y Económica Regional
ffyl-uba
seanso-ica
Puan 480, 4 o piso, of. 463
(1406) Ciudad Autónoma de Buenos Aires
Argentina
E-mail: grupo.giaper@gmail.com
El GIAPER esta integrado por Mauricio F. Boivin, Ana Rosato, Fernando A. Balbi,
Julieta Gaztañaga, Cecilia Ayerdi, Laura Ferrero, Julia Piñeiro, Adrián Koberwein,
Laura Prol, Ana Ortiz y Samanta Doudtchitzky.
Publicación financiada por la Agencia Nacional de Promoción Científica y Tecnológica
en el marco del PMT III, contrato préstamo BID 1728/OC-AR - 25348
La Serie ‘Antropología Política y Económica’ esta coordinada por Mauricio F. Boivin,
Ana Rosato, y Fernando A. Balbi.

Foto de tapa: Una canoa de pescadores en la zona de islas del Departamento de Victoria,
Entre Ríos (25 de marzo de 1988; foto de Mauricio Boivin).
Corrección: Claudio Biondino
Calando la vida. Ambiente y pesca artesanal en el Delta Entrerriano.
Mauricio Boivin, Ana Rosato y Fernando Alberto Balbi (compiladores)
ISBN: 978-987-1238-49-1
Primera edición Editorial Antropofagia, diciembre de 2008.
www.eantropofagia.com.ar

Calando la vida : ambiente y pesca artesanal en el Delta Entrerriano / compilado


por Fernando Balbi, Mauricio Boivin y Ana Rosato. - 1a ed. - Buenos Aires :
Antropofagia, 2008.
272 p. ; 23x15 cm.
ISBN 978-987-1238-49-1
1. Antropología. I. Balbi, Fernando, comp. II. Boivin, Mauricio, comp.
CDD 306

Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723. No se permite la repro-


ducción total o parcial de este libro ni su almacenamiento ni transmisión
por cualquier medio sin la autorización de los editores.
Índice
Introducción. Pesca comercial y asentamiento humano en el
Departamento de Victoria, Entre Ríos, entre 1986 y 1995 . . . . . . . . . . . . 7
Mauricio F. Boivin, Ana Rosato y Fernando Alberto Balbi

Biodiversidad, uso de los recursos naturales y cambios en las


islas del Delta medio del río Paraná (Dpto. Victoria, Provincia
de Entre Ríos, Rep. Argentina) . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 27
Ana Inés Malvárez, Mauricio F. Boivin y Ana Rosato

Incidencia del evento de inundación de 1982-83 sobre el


asentamiento humano en el área de islas del Departamento de
Victoria, Entre Ríos . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 73
Mauricio F. Boivin, Ana Rosato y Fernando Alberto Balbi

Sobre la presunta ‘lógica interna’ de una forma ‘no capitalista’


de producción: el caso de los pescadores comerciales del Delta
paranaense entrerriano en la década de 1980 . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 95
Fernando Alberto Balbi

El aguinaldo del pescador: Ciclo anual de actividades y


representaciones temporales . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 139
Claudia Fabiana Guebel

La mordida: el intercambio desigual al trasluz . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 157


Fernando Alberto Balbi

Las paradojas de la regularidad. Algunas consideraciones en


torno del papel de los intermediarios en el proceso productivo
pesquero del área del Delta entrerriano . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 193
Fernando Alberto Balbi

Las leyes de caza y pesca y la “constitución” del sistema


cazador-pescador . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 233
Ana Rosato

5
Sobre la presunta ‘lógica interna’
de una forma ‘no capitalista’ de
producción: el caso de los pescadores
comerciales del Delta paranaense
entrerriano en la década de 1980

Fernando Alberto Balbi1


Como es sabido, la forma de organización de las actividades productivas
característica del capitalismo es aquella donde los trabajadores se encuen-
tran despojados de los medios de producción y necesitan, a fin de ganarse
el pan, vender su fuerza de trabajo a empresas que controlan dichos medios
–o, más ampliamente, controlan los recursos necesarios para el desarrollo
efectivo de las actividades productivas, incluyendo tanto los medios que
ellas requieren como el objeto sobre el cual han de desplegarse–. La rela-
ción entre el capital y el trabajo asalariado es, pues, el sello distintivo del
modo de producción capitalista. Sin embargo, es evidente que el hecho
de que el capitalismo conforme, desde hace ya mucho tiempo, un sistema
económico mundial, no ha supuesto que hayan dejado de existir formas
de organización de la producción que se apartan, en mayor o menor me-
dida, de ese patrón característico. Estas otras formas incluyen a diversos
tipos de procesos productivos desarrollados enteramente en condiciones
no empresariales por trabajadores que controlan los medios de produc-
ción que utilizan y que pueden acceder directamente a los objetos que su
trabajo ha de transformar: tales los casos, por ejemplo, de artesanos que
venden su producción directamente a los consumidores o de campesinos
que disponen de tierra y que colocan sus productos entre los consumi-
dores finales en lugar de venderlos a intermediarios. Más comunes, sin
embargo, son aquellos otros tipos de procesos productivos que se carac-
terizan, primero, por estar divididos en fases, algunas de las cuales son
desarrolladas por empresas que contratan trabajadores asalariados mien-
tras que otras asumen formas no empresariales, y, segundo, por el hecho
de que la unidad del proceso productivo se encuentra establecida a través

95
96 Calando la vida

de relaciones de intercambio desigual (esto es, de extracción de plusva-


lor en forma de productos) que establecen un tipo de articulación entre
las unidades empresariales y las no empresariales donde las segundas son
explotadas y mantenidas en condiciones tales que apenas les permiten re-
producirse y que, en consecuencia, se ven forzadas a vender una y otra
vez sus productos a las primeras. 2
A este tipo corresponden aquellos procesos productivos que involucran
el trabajo de unidades productivas independientes, de carácter no empre-
sarial y generalmente basadas en unidades domésticas, las cuales venden
su producción a intermediarios capitalistas que controlan el acceso a los
centros de consumo o que, a su vez, revenden los productos a otros empre-
sarios que detentan ese control. Así, campesinos, pescadores artesanales,
artesanos que no colocan directamente su producción en manos del pú-
blico, etc., suelen ser productores independientes, de pequeña escala y
que recurren a su propio trabajo y el de los miembros de sus unidades
domésticas para concretar una producción que deben vender en condicio-
nes desfavorables a intermediarios que les pagan precios que apenas –y
ni siquiera necesariamente– les permiten reproducir su fuerza de trabajo
y las restantes condiciones de su actividad productiva: en tal condición,
esos productores no empresariales, independientes o artesanales, forman
el primer eslabón de procesos productivos complejos en los cuales a ellos
les toca el rol de trabajadores explotados aún cuando no aparezcan en
condición de asalariados. El capitalismo se muestra aquí vistiendo ropas
que quizás no le sean características pero que, sin embargo, no le son
menos propias: el capital poniendo a su servicio a trabajadores indepen-
dientes a través de relaciones de intercambio desigual, arrebatándoles el
plusvalor creado por su trabajo a través de transacciones comerciales.
Es un supuesto básico de los análisis marxistas el de que las formas de
producción que no revisten la forma ‘típicamente capitalista’ se encuen-
tran, sin embargo, al servicio del proceso de valorización del capital. No
se trata, sin embargo, de un supuesto arbitrario –esto es, de un aserto
que es meramente postulado– sino de uno que ha sido largamente ma-
durado en base a diversas reelaboraciones de las herramientas teóricas
desplegadas por Karl Marx (1985, 1986) para dar cuenta del proceso de
acumulación primitiva del capital, vale decir, de la forma en que el capi-
talismo se desarrolló inicialmente en un contexto económico y social no
capitalista y llegó a conformar una economía y una sociedad capitalistas. 3
Las principales variantes del análisis marxista de la capacidad del capital
Sobre la presunta ‘lógica interna’. . . 97

para poner a su servicio a las formas de producción que no se ajustan a


su forma típica son, por un lado, un conjunto bastante heterogéneo de
enfoques que giran en torno de los conceptos de ‘modo de producción’ y
de ‘formación económica y social’ 4 y, por el otro, una colección, también
bastante variopinta, de análisis que apelan a los conceptos de ‘subsunción
formal’ y ‘subsunción real del trabajo en el capital’. 5

Ambas líneas de ataque –entre las cuales, en lo personal, he tendido a


inclinarme hacia la segunda– comportan desarrollos teóricos y metodoló-
gicos sumamente complejos y arduos en los que no pretendo internarme en
estas páginas. Me interesa, sin embargo, hacer una breve referencia a un
presupuesto teórico que suele subyacer indistintamente a los análisis que
se enrolan en ambas tendencias y que –a diferencia del supuesto, ya men-
cionado, de que las formas de producción atípicas sirven a la acumulación
del capital– resulta arbitrario y surge menos del desarrollo cuidadoso de
una perspectiva analítica que de la lisa y llana omisión del debido trata-
miento de ciertos hechos. Me refiero al presupuesto de que la explotación
de los productores domésticos (o ‘productores independientes con base
doméstica’, según me parece más adecuado denominarlos ya que no nece-
sariamente existe una plena identificación entre sus unidades domésticas
y de producción) a través de intercambios desiguales es posible, en parte,
porque ellos no se proponen obtener ganancias sino reproducir sus unida-
des productivas y domésticas: se trata, para ponerlo en otros términos,
del postulado de que una precondición fundamental de la explotación del
trabajo de los productores domésticos (o de los productores independien-
tes con base doméstica) por el capital es la existencia de una lógica que
sería ‘interna’, ‘inherente’ o ‘inmanente’ a las formas de producción que
ellos protagonizan.
Lejos de ser demostrada, y aún más lejos de ser explicada en lo tocan-
te a cada caso concreto, esta orientación de las unidades productivas de
base doméstica hacia la reproducción ha sido muchas veces meramente
presupuesta, como si se tratara de un hecho que no merece mayor aná-
lisis: en este sentido, puede decirse que se trata de un ‘postulado’ en el
sentido estricto del término. Asumiendo que, de hecho, ese análisis ya ha
sido completado de una vez y para siempre, muchos autores se han limi-
tado a fundamentar sus afirmaciones en tal sentido apelando a los análisis
dedicados por Marx (1986) a la producción artesanal y campesina, que
remiten a los tiempos del proceso de acumulación primitiva del capital y
98 Calando la vida

a los siglos XVIII y XIX. Sin embargo, en lugar de ser traídos a colación
como fuentes de orientación para el análisis, dichos trabajos generalmente
han sido convocados en tanto fetiches cuya mera mención parecería do-
tar de legitimidad a afirmaciones sobre casos que no se contaban entre
aquellos en que, en su momento, Marx basó sus elaboraciones teóricas. 6
Es claro que la omisión a que me refiero es, en muchos casos, un re-
sultado de la orientación de los intereses de quienes incurren en ella: en
efecto, muchos investigadores se han mostrado más preocupados por dar
cuenta del hecho de que, en términos generales, esos ‘modos’ o ‘formas’ de
producción ‘no típicamente capitalistas’ contribuyen al proceso de valori-
zación del capital que por entender sus detalles y las particularidades de su
‘articulación’ con el modo de producción capitalista o de su ‘subsunción’
en el capital. Esto, sin duda, es legítimo pues solamente a cada investiga-
dor corresponde delimitar el campo de sus preocupaciones. Sin embargo,
la omisión anotada se hace menos aceptable cuando se enmarca en un
trabajo centrado en un caso en particular (habitualmente, el campesina-
do de cierto lugar y determinada época, pues la producción campesina
es el ejemplo prototípico y más relevante de modalidad productiva que
no presenta los rasgos típicos del capitalismo), contexto donde sería de
esperar que el autor de turno atendiera a la especificidad del material
que tiene entre manos. La situación se agrava cuando el autor es un an-
tropólogo, pues se supone que en nuestra profesión deberíamos atender
prioritariamente a aquello que, de maneras bastantes equívocas, solemos
llamar ‘el punto de vista de los actores’, ‘la perspectiva del actor’ o ‘la
perspectiva del nativo’, y el hecho es que, contrariando el habitual presu-
puesto marxista, muchas veces los ‘actores’ o ‘nativos’ no sólo manifiestan
sus intensiones de obtener ganancias sino que –lo que es más importante–
desarrollan esfuerzos claramente dirigidos a lograrlo. La sorprendente fa-
cilidad con que los investigadores son capaces de desatender a la evidencia
en este sentido es, de hecho, la más clara prueba de que la lógica orien-
tada a la reproducción que se atribuye a los productores independientes
de base doméstica es, sencillamente, un postulado: el presupuesto teórico,
en efecto, se muestra tan poderoso que llega a obliterar la observación de
hechos que, por así decirlo, piden a gritos ser considerados. 7
Los autores que así proceden olvidan que, a diferencia de los campesinos
y artesanos de que hablaba Marx, los productores no empresariales de que
se ocupan generalmente han vivido todas sus vidas en una economía o,
mejor, en un mundo capitalista, que en muchos casos sus padres y abue-
Sobre la presunta ‘lógica interna’. . . 99

los también lo han hecho, y que la lógica de la acumulación de capital es


omnipresente en esa economía y en ese mundo. En suma, la adopción del
supuesto que estoy examinando no sólo comporta un procedimiento analí-
tico sumamente curioso que supone pensar como si aquellos trabajadores
que teóricamente han ‘pasado’ a ser explotados por el capital a través del
intercambio desigual hubieran vivido hasta entonces en un medio nunca
hollado por el capitalismo sino que, además, implica ignorar que, en mu-
chos casos, las formas de producción no empresariales han sido creadas
como resultado histórico de la expansión del capitalismo. 8
Es este olvido lo que hace realmente inaceptables tanto al postulado
de que las formas contemporáneas de producción basadas en el trabajo
doméstico presentan una lógica que les es ‘interna’ o ‘inmanente’ como
a la subsiguiente conclusión en el sentido de que tal lógica es uno de los
fundamentos de la capacidad del capital para explotar a sus protagonistas.
Nos encontramos aquí ante una curiosa contradicción, en la medida en
que se pretende dar cuenta del carácter capitalista de ciertas actividades
productivas haciendo abstracción, llegado cierto punto del análisis, del
hecho de que las mismas se desarrollan en el marco de una economía y
una sociedad que son –y no precisamente desde hace dos días– capitalistas.

La primera vez que pude advertir este equívoco –ocasión en que, para
ser franco, creí haberlo ‘descubierto’– se produjo hacia 1989 o 1990 cuan-
do, siendo becario de la Secretaría de Ciencia y Técnica de la Universidad
de Buenos Aires y trabajando en el marco de un equipo de investigación
financiado por la misma institución y por el CONICET, me encontra-
ba abocado al análisis del proceso productivo pesquero desarrollado en
el área del Delta del río Paraná, particularmente en el Departamento de
Victoria, ubicado al sudoeste de la provincia de Entre Ríos. El proceso
productivo pesquero, tal como se desarrollaba por entonces en el área, se
caracterizaba por una clara división del trabajo entre diferentes unida-
des productivas: por un lado, las de los pescadores, que se abocaban a
la captura del pescado, eran mayoritariamente unidades independientes
de base doméstica que se valían de una tecnología sencilla y barata; por
el otro, unidades de carácter claramente empresarial controlaban el ac-
ceso a los centros de consumo, contando con los medios técnicos, mucho
más costosos, necesarios para el traslado del producto hasta los mismos.
Asimismo, las relaciones entre ambos tipos de unidades se fundaban en
la compra-venta del pescado en condiciones de intercambio desigual, con
100 Calando la vida

el resultado de que la mayoría de las unidades dedicadas a su captura


apenas podían reproducir sus condiciones laborales (lo que, dado que se
trataba de unidades de base doméstica, abarca a la reproducción de las
unidades domésticas de los pescadores en tanto tales) o reproducirlas en
condiciones ligeramente ampliadas.
Hacia 1988, mi trabajo se centraba en el análisis de la estructura de
ese proceso productivo –esto es, del entramado de relaciones sociales en
que se basaban las actividades necesarias para la captura del pescado y su
traslado hasta los centros de consumo– y entendía que el punto de partida
de su análisis debía ser la tarea de explicar por qué la captura del pescado
estaba en manos de unidades no empresariales en lugar de ser desarro-
llada por trabajadores asalariados al servicio de empresarios capitalistas.
Siguiendo las orientaciones establecidas en un trabajo escrito poco antes
por otros miembros de nuestro equipo de investigación (cf. Rosato et al.,
1987), consideraba que la respuesta a esa pregunta era, en lo esencial, que
ese hecho era funcional al proceso de valorización del capital, permitien-
do una extracción de plusvalor mayor que la que hubiera resultado del
asalaramiento de los pescadores. Y, siempre siguiendo el camino abier-
to por mis compañeros, examinaba esos hechos apelando a los conceptos
de ‘subsunción formal’ y ‘subsunción real’, atendiendo particularmente
a la manera en que habían sido formulados por el antropólogo mexica-
no Armando Bartra (1982), quien intentaba dar cuenta de la presencia
generalizada de pequeños y medianos productores en el agro latinoameri-
cano desde una perspectiva que cabría encuadrar dentro de las variantes
‘estructuralistas’ del marxismo. Mi ‘descubrimiento’ del error que vengo
comentando se produjo al contrastar la argumentación de Bartra con he-
chos presenciados por mis compañeros y por mí en la zona de Victoria, y
posteriormente vertidos en nuestros registros de campo.
No es mi intención, en estas páginas, internarme en las fértiles pero
esotéricas y sumamente tediosas consideraciones teóricas de Bartra, cosa
que ya he hecho en el primer artículo que publiqué en mi –por entonces
incipiente– carrera de antropólogo social (cf. Balbi, 1990). Quisiera, en
cambio, hacer referencia al papel jugado por sus ideas en mi trabajo y a
la manera en que mi experiencia de campo me condujo a revisarlas. Este
ejercicio de auto revisionismo adquiere sentido puesto que en aquel texto
(que escribí en el muy característico estilo del estructuralismo marxista y
a tono con las convenciones estilísticas, algo anticuadas, que por entonces
aún predominaban en la antropología argentina: uso de la primera per-
Sobre la presunta ‘lógica interna’. . . 101

sona del plural, limitación a un mínimo imprescindible de las referencias


directas a la experiencia personal del etnógrafo en el campo, exposición
por separado de la discusión teórica y del caso, etc.) no presenté el tema
partiendo de mi experiencia de campo. Por el contrario, mi artículo se
estructuró en torno del análisis crítico de la lógica de la argumentación de
Bartra y de mi propuesta para superar los que, en mi opinión, eran sus
fallos, para pasar luego a exponer brevemente el caso entrerriano como
una mera ilustración de la discusión teórica. Además, la discusión teórica,
que ocupaba la mayor parte del texto, apuntaba a determinar la lógica
de la argumentación de Bartra y a poner de manifiesto algunas contra-
dicciones que me parecían –y aún me parecen– imputables a la misma, en
lugar de centrarse en la demostración de la forma en que ‘mi’ caso sugería
inadecuaciones en ‘su’ teoría.
De tal suerte, el texto resultante transmite la impresión de que mi con-
clusión respecto de las presuntas contradicciones de Bartra era el punto
de partida de la atención brindada, en el marco del análisis del caso, al
hecho de que los pescadores se proponían obtener ganancias, siendo que
lo cierto era estrictamente lo contrario. 9 Así las cosas, creo que bien vale
la pena invertir aquí el orden de prioridades, haciendo una referencia más
explícita a la forma en que mi trabajo de campo me condujo a cuestionar
ciertos aspectos de las ideas de Bartra y remitiendo al lector a mi artícu-
lo inicial (cf. Balbi, 1990) para todo lo concerniente a los detalles de mi
análisis del contenido de sus escritos.

Dos de los puntos capitales del argumento de Bartra (1982:80 y ss.)


en torno de la capacidad del capital para explotar el trabajo campesino a
través del intercambio desigual remiten a las causas por las que, a su juicio,
los campesinos son capaces de vender sus productos en condiciones en que
no pueden obtener la ‘ganancia media’, siendo esta la que representa el
beneficio mínimo que, a largo plazo, resulta tolerable para el capital. La
primera causa que aduce Bartra (ibíd.:85) es que existiría una diferencia
cualitativa entre las mercancías campesina y capitalista que constituye
la condición de posibilidad de un intercambio permanentemente desigual:
en efecto, aunque la lógica que preside la producción de la mercancía
campesina es, afirma Bartra, una lógica ‘no invertida’, donde el valor de
uso aparece como objetivo de la producción, esa mercancía entra a un
mercado capitalista, donde la lógica se encuentra ‘invertida’, apareciendo
el valor de cambio como elemento regulador de la circulación de toda
102 Calando la vida

mercancía (cf. Bartra, 1982:80 y ss.; Balbi, 1990:71-73). El origen de esta


diferencia cualitativa se encuentra, según en el autor, en la distinta índole
de los procesos de producción de donde proviene cada uno de los dos tipos
de mercancías:

. . .el proceso productivo campesino tiene como objetivo inmanen-


te su propia reproducción como unidad inmediata de trabajo y con-
sumo, de modo que aun si produce exclusivamente para vender y todo
lo que consume lo adquiere en el mercado, su objetivo sigue siendo el
valor de uso. El valor de cambio aparece entonces como condición
de posibilidad del intercambio de valores de uso, los cuales desde la
perspectiva inmanente del campesino, constituyen el comienzo, el final
y el objetivo de esta circulación (Bartra, 1982:83; los énfasis son del
original).

El nivel de generalidad en que se coloca Bartra –que en la cita prece-


dente es denotado por el uso de la expresión ‘el campesino’– obedece a
que no quiere introducir el detalle de los múltiples casos posibles para
que su diversidad no le impida extraer conclusiones respecto de la ‘con-
dición de posibilidad universal’ de la existencia del campesinado en el
modo de producción capitalista (cf. ibíd.:31). De manera consistente con
ese objetivo y ese nivel de análisis, la presentación, sumaria y claramente
generalizadora, de lo que Bartra denomina el ‘proceso inmediato de pro-
ducción’ del campesino, se basa explícitamente en la caracterización que
Marx (cf. 1985:65 y ss.) hace de la producción artesanal medieval, que
el autor considera aplicable, “con leves matices”, al “campesino medio”
(Bartra, 1982:81-82). Es en estos términos que, para el autor, el ‘proceso
de producción campesino’ tiene en su ‘reproducción como unidad inme-
diata de trabajo y consumo’ un ‘objetivo inmanente’: en consecuencia, el
campesino puede vender su producción en condiciones en que no es capaz
de acceder a la ‘ganancia media’.
Una segunda causa aducida por Bartra en este sentido se vincula con la
forma de los medios de producción del campesino. Según Bartra, un con-
junto de medios de producción presenta la ‘forma libre del capital’ cuando
los mismos aparecen –tanto en lo que respecta a su forma material co-
mo en lo tocante al volumen de su valor– como cantidades determinadas
de trabajo objetivado, pudiendo, en consecuencia, adoptar la forma de
cualesquiera condiciones de trabajo (cf. ibíd.:81): es decir, cuando su pro-
Sobre la presunta ‘lógica interna’. . . 103

pietario puede transformarlos en dinero y transferir su actividad a otra


rama de la producción. Los medios del campesino no presentan esta ‘for-
ma libre’, lo que implica que su unidad productiva carece de la fluidez
que caracteriza al capital: esto es, que el campesino no puede vender sus
medios de producción y trasladarse a otra rama de la producción en con-
diciones similares a las que enfrenta en tanto campesino. Este hecho actúa
como refuerzo de la incapacidad del campesino para retirarse del mercado
que, como ya vimos, se originaba en el objetivo de su producción: de esta
forma, ambos factores son mutuamente independientes, y el determinante
es el objetivo de reproducción que, de manera ‘inmanente’, rige la econo-
mía campesina. Haciendo una pequeña concesión a la diversidad de los
casos particulares, Bartra admite que “nada obliga a la unidad campesi-
na a rechazar la alternativa de maximizar sus ingresos haciéndolos, por
lo menos, comparables a los de la empresa capitalista” (ibíd.:92); empero,
cualquier atención posible a este particular es inmediatamente abortada
en la medida en que el autor asevera que “esta alternativa de ganancia
media, que siempre está abierta para el capital, proviene de su naturaleza
despersonalizada y fluida, mientras que la economía campesina tiene la
rigidez de una unidad que ante todo necesita garantizar la subsistencia
física de sus miembros” (ibíd.:92-93). 10

Por un tiempo, estuve conforme con el análisis de Bartra, que a grandes


rasgos parecía corresponder adecuadamente a la situación que me parecía
discernir en la pesca del Departamento de Victoria. Era claro que los
pescadores hablaban permanentemente de sus pretensiones de ‘ganar’ 11
más, a fin, según el caso, de mejorar sus condiciones domésticas y/o de
reinvertir en la producción, muchas veces con vistas a dar el salto hacia
el acopio de pescado. Sin embargo, era un hecho que, a la hora de vender
su producción diaria, la mayor parte de ellos no podían evitar que se
les pagara menos de lo que hubieran necesitado para obtener ganancias
–esto es, para acumular una suma apreciable una vez repuestos sus costos
de producción y atendida la reproducción de sus unidades domésticas–.
Asimismo, era claro que la enorme mayoría de los pescadores no podía
liquidar sus medios de producción y transferir su trabajo a otra actividad
conservando su independencia y en condiciones que fueran, cuanto menos,
similares a las que enfrentaban en la pesca, puesto que esos medios (redes,
botes de madera, modestos motores, etc.) eran muy sencillos y de escaso
valor.
104 Calando la vida

Todo esto era, a grandes rasgos, consistente con lo afirmado por Bartra.
Empero, poco a poco advertí que los propios pescadores describían este
hecho como una situación donde los acopiadores a quienes vendían sus
productos los ‘explotaban’, arrebatándoles ‘sus ganancias’, lo que impli-
caba que, aunque apenas consiguieran reponer sus condiciones domésticas
y de producción, e incluso si no lograban siquiera eso, ellos pensaban en
la obtención de ganancias como un objetivo razonable para sus activida-
des. En efecto, aun perdiendo, los pescadores pensaban en ganar: todavía
recuerdo vívidamente cómo, después de haber malvendido su producción
del día, muchos pescadores se quejaban de los acopiadores, a quienes so-
lían tildar de ‘parásitos’ y de ‘explotadores’; y recuerdo, asimismo, las
muestras de frustración y los ocasionales enojos de los pescadores cuando
intentaban regatear con los acopiadores a fin de conseguir un mejor precio
por su producción.
Por otra parte, comencé a apreciar que, lejos de limitarse a hablar, los
pescadores desarrollaban cursos de acción dirigidos a obtener ganancias y
a asegurar las que podían conquistar preservando el poder adquisitivo de
su dinero. Recuerdo, por ejemplo, las múltiples formas en que los pescado-
res intentaban aprovechar el aumento de la demanda de pescado asociado
a la celebración católica de la Semana Santa: rancheando en islas, cerca de
los sitios de pesca, para pescar durante más horas; asociándose unos con
otros para sacar mejor partido de sus respectivas capacidades productivas;
haciendo que sus hijos dejaran temporalmente la escuela para pescar con
ellos; y administrando cuidadosamente su producción para poder acep-
tar las mordidas que les ofrecían los acopiadores (esto es, las ofertas que
hacían de pagar un precio más alto por el pescado que un productor ya
había convenido entregar a otro comprador) sin ofender a sus compra-
dores habituales –los de todo el año– dejándolos con las manos vacías. 12
Recuerdo también –en el extremo del espectro de niveles de reproducción
opuesto al de aquellos pescadores que solamente podían quejarse de los
parásitos que los explotaban– a la esposa de uno de los pescadores más
prósperos comprando diariamente dólares en uno de los bancos ubicados
en el centro de la ciudad, a fin de preservar las ganancias de su marido
durante los días de la hiperinflación, ya cerca del ocaso del gobierno de
Raúl Alfonsín.
Poco a poco, estas observaciones comenzaron a inquietarme, no sólo
en tanto parecían representar un serie de evidencias que contrariaban mi
perspectiva teórica –que por entonces, en rigor de verdad, era simplemente
Sobre la presunta ‘lógica interna’. . . 105

la perspectiva de Bartra directamente transpuesta a la pesca local–, sino, y


quizás de manera más profunda, porque se trataba de evidencias que se me
presentaban en formas a cuál más dramática: se trataba, a fin de cuentas,
de las palabras, los esfuerzos, los enojos, los temores, los proyectos, las
frustraciones y los ocasionales éxitos de hombres a quienes yo conocía y,
en algunos casos, estimaba. ¿Podía, acaso, seguir negando mi atención
analítica a cuestiones que parecían ser tan importantes, tan vitales, para
esos hombres cuyos asuntos yo había hecho objeto de mi trabajo, cuyos
asuntos –de una manera ciertamente distinta pero no menos vital– había
hecho míos?: comenzaba a sospechar que no debía hacerlo y, sobre todo,
a intuir que no podía hacerlo. 13
De esta suerte, comencé a sentirme cada vez más incómodo con mi
propia actitud anterior, consistente en tratar como detalles irrelevantes
aspectos del comportamiento verbal y no verbal de los actores que reve-
laban que ellos pensaban sus actividades productivas como dirigidas, al
menos en parte, a la obtención de ‘ganancias’. Este tipo de cuestión podía
ser ajena a las preocupaciones de Bartra, quien no se ocupaba de un gru-
po determinado de campesinos sino del ‘campesinado’ latinoamericano en
general, y que, además, estaba interesado ante todo por entender lo que
él llamaba la ‘condición de posibilidad universal’ de la subordinación del
trabajo campesino al capital. En cambio, yo sí estaba interesado por lo
que ocurría específicamente a determinados trabajadores independientes
–los pescadores del Departamento de Victoria–, y si lo que les ocurría era
el verse sometidos a un proceso de explotación, esto me interesaba en tan-
to situación particular que involucraba a esos hombres y a sus familias, y
no en cuanto uno de muchos casos cuyas condiciones teóricas de posibili-
dad debían ser examinadas bajo una misma luz. Si bien por entonces yo
mismo no podía entender claramente la razón de mi propio disgusto, hoy
en día me parece que lo que me sucedía es bastante evidente: me sentía in-
cómodo porque lo que venía haciendo hasta entonces al seguir llanamente
el camino trazado por Bartra era ignorar el punto de vista de los actores,
‘su visión de su mundo’, como lo expresara tan bellamente Bronislaw Ma-
linowski. Al sentirme incómodo, según creo, estaba pensando por primera
vez realmente como un etnógrafo.
Mi primera reacción, sin embargo, no fue otra que la de volver mi mi-
rada hacia la teoría, preguntándome cómo y por qué Bartra desestimaba
como irrelevante el hecho de que los campesinos pudieran proponerse la
obtención de ganancias. Así, me embarqué en una relectura detallada del
106 Calando la vida

libro que he estado citando y de algunos otros trabajos del mismo autor
(cf. Bartra, 1979, 1989). Determiné entonces que existían algunas contra-
dicciones en la argumentación bartriana (cf. Balbi, 1990:75-83), entre las
cuales viene al caso mencionar la que comportaba afirmar, por un lado,
que la producción campesina era una forma de producción ‘capitalista’
y sostener, por el otro, que dicho carácter era, en parte, el resultado de
cierta ‘lógica inmanente’ a ella tal que el capital podía ‘subsumirla’: ¿co-
mo podía –objeté entonces– la ‘lógica’ de la producción campesina serle
‘inmanente’ cuando ella ya no era autónoma sino que existía como pro-
ducción de valor para el capital?. Asimismo, encontré contradictoria la
manera en que Bartra trataba a la ‘forma no libre’ de los medios de pro-
ducción de los campesinos, como si también fuera una ‘condición interna’
de su producción a pesar de que el propio autor resaltaba su condición
‘propiamente capitalista’.
Concluí entonces que la ‘lógica’ de las actividades productivas no empre-
sariales en general debía ser entendida como un producto del control del
capital sobre la misma y que era necesario dar cuenta históricamente de
dicho control para cada caso particular. Concluí también que, en los casos
de aquellas ramas de la producción que –como la pesca entrerriana– exis-
tieran en un contexto largamente dominado por el capitalismo, no cabía
simplemente presuponer que los productores de base doméstica no se pro-
ponían obtener ganancias sino que era preciso determinar empíricamente
si lo hacían o no. En cuanto a mi tema de investigación, oponiéndome en-
tonces a la tendencia ahistórica del estructuralismo marxista de Bartra,
consideré necesario dar cuenta de las condiciones sociales que se encontra-
ban por detrás del propósito de obtener ganancias que exhibían muchos
pescadores –si no todos ellos–, así como de las que les impedían concretar
ese anhelo, todo lo cual me parecía imprescindible para explicar histórica-
mente la estructura del proceso productivo y, en particular, su rasgo más
relevante: el hecho de que ella suponía una sistemática transferencia de
plusvalor producido por los pescadores en favor de los acopiadores (y, por
su intermedio, hacia el proceso de valorización del capital en general). 14
Por último, visto que la pesca comercial en el Departamento de Victoria
tal como yo la conocía era una actividad relativamente reciente, entendí
conveniente buscar en su historia temprana la explicación de esa suerte de
‘Trampa 22’ que mantenía a la mayor parte de los pescadores sometidos
al intercambio desigual. En las próximas páginas, presentaré una síntesis
de los resultados de esa exploración.
Sobre la presunta ‘lógica interna’. . . 107

Desarrollo y reproducción de la producción pesquera en el Departamento


de Victoria, Entre Ríos, entre la década de 1960 y los primeros años de
la de 199015
En la presente sección ofreceré una breve aproximación al análisis de la
estructura del proceso productivo pesquero del Departamento de Victoria
según se desarrollaba entre 1986, cuando nuestro equipo de investigación
inició su trabajo en la zona, y 1992, año en que se inició un importante
proceso de transformación de la actividad vinculado con la apertura de
las exportaciones al Brasil. 16
El Departamento de Victoria se encuentra localizado al sudoeste de la
provincia de Entre Ríos. La ganadería y la agricultura –favorecidas por las
características del clima y los suelos, similares a las de la pampa húmeda–
eran las actividades dominantes en su economía durante la década de
1980 y, de hecho, siguen siéndolo actualmente. Las dos terceras partes
de las tierras del departamento consisten de islas y anegadizos sometidos
a las crecidas periódicas del Paraná, siendo dedicadas principalmente al
engorde de ganado, la pesca, la caza y la apicultura. Hacia la época en
que se centra este artículo, el departamento contaba aproximadamente
con 28.164 habitantes, y su cabecera, la ciudad del mismo nombre, con
20.680 (los datos corresponden al Censo Nacional de 1980). La ciudad de
Victoria era por entonces, ante todo, un centro comercial y de servicios
para el Departamento. Los más humildes de entre sus pobladores vivían
del trabajo rural, la construcción, una muy modesta demanda de mano
de obra industrial, la pesca y la caza comerciales, el empleo municipal, el
trabajo doméstico y otras actividades: según la estimación más confiable
(cf. Boivin, 1991), los pescadores que se dedicaban regularmente a la ac-
tividad hacia la segunda mitad de la década de 1980 eran alrededor de
250, y entre la mitad y los dos tercios de ellos habitaban la mayor parte
del tiempo en la ciudad.
El proceso productivo pesquero abarcaba todas aquellas actividades ne-
cesarias para que el producto –pescado fresco, vale decir, conservado en
hielo pero sin congelar– arribara para su consumo final a los mercados
del NOA y, en menor medida, de las provincias de Entre Ríos, Misiones y
Buenos Aires. 17 Entre las especies que eran objeto de pesca comercial en
el área se destacaba netamente el sábalo (prochilodus lineatus), 18 que du-
rante el período aquí considerado representaba un 95% de la producción
del Delta entrerriano (información de la Dirección de Recursos Naturales
108 Calando la vida

de la provincia) y que aún hoy es la especie más relevante desde el pun-


to de vista comercial en la cuenca del Paraná en territorio argentino (cf.
Espinach Ros y Sánchez, 2006). Aunque de menor relevancia comercial
que el sábalo, también eran importantes objetos de explotación el surubí
(pseudoplatystoma coruscans y pseudoplatystoma fasciatum), el dorado
(salminus maxillosus), la boga (leporinos obtusidens) y el patí (luciopi-
melodus pati); de menor importancia eran los bagres comunes (pimelodus
albicans y pimelodus clarias maculatus) y otras especies.
Como ya he señalado, la característica fundamental de este proceso
productivo era que no presentaba la fisonomía del proceso productivo
capitalista ‘típico’ sino que se basaba en una división del trabajo entre
unidades productivas independientes, generalmente basadas en unidades
domésticas, y unidades empresariales basadas en la relación entre capital
y trabajo asalariado (cf. Balbi, 1990:83). Ello significa que la valoriza-
ción del capital no actuaba de forma homogénea a lo largo del proceso
de producción sino que, por el contrario, éste se encontraba dividido en
varios procesos de trabajo que eran controlados de maneras diferentes e
interdependientes por el capital. Estos procesos de trabajo eran, básica-
mente, dos: el proceso de captura, desarrollado generalmente por peque-
ñas unidades productivas ‘independientes’, y el de traslado, realizado por
comerciantes capitalistas conocidos localmente como ‘acopiadores’. En al-
gunos casos era posible contabilizar un tercer proceso ubicado entre los
dos mencionados, allí donde un tercer tipo de actor capitalista (denomi-
nado también ‘acopiador’), organizaba las tareas de captura del pescado
sin intervenir directamente en ellas, limitándose, en cuanto a su partici-
pación directa, a efectuar tareas tendientes a la conservación del pescado:
denominaré a éste conjunto de actividades ‘proceso de conservación’.
Las unidades independientes del tipo ‘no empresarial’, que se encarga-
ban de la mayor parte de las tareas de captura del pescado, 19 presen-
taban distintos niveles de acumulación, incluyendo en algunos casos la
total ausencia de la misma. Puede decirse, por ende, que dichas unidades
exhibían diferentes niveles de reproducción: algunas presentaban una re-
producción deficitaria (esto es, no alcanzaban a reponer sus condiciones
de producción), otras se caracterizaban por alcanzar un nivel de reproduc-
ción simple (lo que significa que reponían más o menos exactamente sus
condiciones de producción) o mínimamente ampliada (entendiendo por
‘reproducción ampliada’ aquella que va más allá de la mera reposición
de las condiciones iniciales en que se basa la actividad laboral), y unas
Sobre la presunta ‘lógica interna’. . . 109

pocas, por último, lograban una reproducción fuertemente ampliada. A


pesar de esa variedad, puede decirse que la mayor parte de las unidades
se encontraban en el grupo cuya reproducción era simple o ligeramen-
te ampliada, aunque es preciso tener en cuenta que, lejos de constituir
un proceso circular, su reproducción oscilaba entre los diversos niveles de
acuerdo con las coyunturas del sistema de actividades productivas y de los
ciclos de desarrollo de cada unidad doméstica (cf. Ayerdi, 1989:27-33). En
lo que sigue, me ocuparé únicamente de estas unidades que presentaban
una reproducción simple o ligeramente ampliada en el mediano y largo
plazo.
Los medios técnicos empleados para la captura del pescado eran rela-
tivamente sencillos: canoas de madera de 5 a 7 metros equipadas con un
motor tipo ‘villa’ de 8 o 12 hp que consumía nafta común; redes de nylon
para la pesca del sábalo y, secundariamente, de especies ‘de línea’ (suru-
bí, dorado, patí, etc.) que quedaban atrapadas al usarlas para la captura
de ejemplares de aquella especie; ‘espinel’ (alambre o línea de nylon que
cruza la corriente, en el cual se coloca una cantidad variable de anzuelos),
usado exclusivamente para la pesca de especies de línea; 20 cuchillo, va-
ras e hilo (que se empleaban para eviscerar el pescado y disponerlo en el
bote de la manera más favorable para su conservación durante el tiempo
que insumía su traslado al punto de descarga). Todos estos medios eran
relativamente baratos y, en lo que se refiere a las redes, los propios pes-
cadores las reparaban y las armaban con paños comprados y adaptados
a tal efecto (en algunos casos, los propios pescadores tejían el paño, lo
encargaban a otro pescador o ex pescador, o compraban redes usadas a
otros pescadores y las reparaban).
La pesca podía ser llevada a cabo por una persona, pero lo más frecuente
era que fuera desarrollada por equipos de dos integrantes. Los pescadores
solían trabajar con alguno de sus hijos o, si no podían recurrir al trabajo
de algún miembro de su grupo doméstico (por ejemplo, cuando los hijos
eran demasiado jóvenes, asistían a la escuela o ya se habían independi-
zado), solían asociarse con uno o dos pescadores más para conformar un
equipo, compartiendo sus ‘herramientas’ (esto es, sus medios de produc-
ción) y dividiendo las tareas y el producto por partes iguales. Finalmente,
un pescador también podía reclutar uno o dos peones –preferiblemente
emparentados con él o con su esposa– a los que pagaba en el momento
de vender el producto; sin embargo, el recurso a la contratación de ma-
no de obra dependía de la carencia de trabajo doméstico disponible y no
110 Calando la vida

constituía el centro de la economía de la mayor parte de los pescadores:


solamente en el caso de aquellas unidades, muy minoritarias, que se encon-
traban embarcadas en procesos de reproducción fuertemente ampliada, la
contratación de peones se tornaba en un elemento clave de su estrategia
económica –uno de esos elementos clave, digo, pues el trabajo personal del
pescador seguía, normalmente, siendo el centro de la organización de las
actividades productivas–. El trabajo de los miembros de la unidad domés-
tica de los pescadores, además, resultaba fundamental para los procesos
de trabajo secundarios que implica la captura: el tejido y la reparación de
redes, la preparación de la canoa, la compra de nafta y de vituallas para
el día de trabajo, etc. (cf. Ayerdi, 1989:21 y ss.).
Los pescadores vendían su producción a los acopiadores, 21 entre los cua-
les era posible encontrar tres tipos principales. El primer tipo de acopia-
dor, al que denominaré ‘extralocal’, era un comerciante capitalista (pro-
veniente, por lo general, de la provincia de Santa Fe) que disponía de los
medios técnicos necesarios para acceder a los mercados del NOA y otras
áreas, así como de los contactos comerciales necesarios para hacer efectivo
ese acceso. Dichos medios técnicos –camiones térmicos, hielo, máquinas
para picarlo, etc.– eran implementos muy costosos por comparación con
los empleados en la captura, por lo que estaban muy lejos del alcance del
pescador medio.
El segundo tipo de acopiador es el que calificaré como ‘local’. Los aco-
piadores locales eran individuos que mediaban entre los pescadores y los
extralocales sin contar con herramientas propias de ninguna clase o que,
en caso de tenerlas, no basaban su posición en ellas sino en otras fuen-
tes de recursos: una presencia constante en el área que les permitía estar
siempre presentes en el puerto o punto de carga de los camiones cuando
había trabajo; una red de relaciones personales (de amistad, parentesco,
vecindad, etc.) con pescadores, casi siempre atravesadas por deudas pen-
dientes concebidas como el resultado de ayudas prestadas con anterioridad
por el acopiador local al pescador; y capacidades personales tales como
una gran capacidad de negociación, el talento necesario para entablar y
mantener relaciones personales y la habilidad de valerse de estas relacio-
nes para fines prácticos. Así, los acopiadores locales no contaban con los
medios técnicos ni con los contactos requeridos para acceder a los centros
de consumo pero disponían, en cambio, de los medios mínimos necesarios
para acopiar una cierta cantidad de pescado, concentrando parte de la
producción local de cara a –y en beneficio de– los acopiadores extraloca-
Sobre la presunta ‘lógica interna’. . . 111

les. De hecho, las actividades de los acopiadores locales virtualmente no


requerían de medios de producción de ninguna clase (a menos que opera-
ran en el campo, caso en el cual necesitaban un vehículo para trasladarse),
bastándoles con disponer de un teléfono que les permitiera mantenerse en
contacto con el acopiador extralocal.
Es más: los acopiadores locales ni siquiera necesitaban de un capital
propio para comprar el pescado, ya que el acopiador extralocal podía fi-
nanciar la operación, opción que, en rigor de verdad, era prácticamente la
regla. Así, los acopiadores locales podrían, en principio, ser considerados
como una especie de empleados de los extralocales. Sin embargo, se trata-
ba de hombres que aportaban capacidades personales e intransferibles, así
como un cierto ‘capital’ –igualmente intransferible– de relaciones persona-
les, hecho que les permitía evitar quedar en una relación de dependencia
estrecha respecto del extralocal en la medida en que les brindaba una gran
movilidad potencial y, consecuentemente, una capacidad de negociación
importante (de allí, quizás, que se los conociera también como ‘acopiado-
res’). De esta suerte, los acopiadores locales aparecían en la práctica más
como socios –informales, minoritarios pero decididamente importantes–
de los extralocales que como meros empleados suyos. Cabe aclarar que el
único acopiador local que operaba regularmente en la ciudad de Victo-
ria durante el período que nos ocupa 22 disponía de un local con cámara
de frío ubicado en el puerto (alquilado a un antiguo acopiador local que
había sido su empleador durante la década anterior), lo que le permitía
conservar el pescado por lapsos moderados, aumentando su independencia
respecto de los extralocales con que trabajaba.
Por último, los acopiadores que denominaré ‘fluviales’ eran hombres
que disponían de embarcaciones de acopio –los barcos– con una consi-
derable capacidad de carga. Estos acopiadores fluviales operaban como
intermediarios en la extensa zona de islas del Departamento, comprando
la producción de los pescadores allí asentados, a quienes podían impo-
ner los precios que les resultaran convenientes sobre la base de una clara
situación de monopsonio fundada en el hecho de que sus barcos hacían
recorridos diferentes. 23 Algunos de estos acopiadores fluviales contaban,
además, con herramientas, y contrataban peones para conformar equi-
pos de pesca propios, los cuales operaban en la zona de islas, siendo su
producción retirada por los barcos durante su recorrido. 24
Como queda dicho, tanto los acopiadores locales como los fluviales ope-
raban en tanto intermediarios, concentrando la producción de un cierto
112 Calando la vida

número de unidades de captura y revendiéndola a los extralocales (o, en


ocasiones, simplemente comprando pescado en nombre de un acopiador
extralocal). Sin embargo, lo que estos tipos de acopiadores hacían era
mucho más que esto: en efecto, ellos se encargaban, en la práctica, de or-
ganizar las tareas de captura del pescado de acuerdo con la demanda de
los extralocales. En efecto, los acopiadores locales y fluviales se ocupaban
de garantizar que los pescadores (fueran estos sus peones o, según era
más habitual, productores independientes) salieran a pescar los días en
que llegarían los camiones de los extralocales y, más específicamente, se
ocupaban de que el número de pescadores que trabajara en cada ocasión
fuera el suficiente como para completar la carga prevista por los extra-
locales. En este sentido, los acopiadores locales y fluviales –junto con la
cooperativa de pescadores existente en la ciudad desde la década de 1970–
proporcionaban la coordinación necesaria para garantizar relativamente
la operación regular de un proceso productivo siempre amenazado por la
autonomía formal mantenida por la mayoría de las unidades dedicadas a
la captura respecto de las dedicadas al acopio y por los riesgos e incerti-
dumbres resultantes de la dependencia respecto de un recurso natural. 25
Los tres tipos de acopiadores mencionados recurrían a trabajadores asa-
lariados. Ello era, como es de esperar, particularmente marcado en el caso
de los extralocales, que empleaban a camioneros y a equipos locales de
estibadores (especialistas en la carga del pescado y en acomodarlo con
el hielo en el interior del camión de la manera más adecuada para su
conservación), y los acopiadores fluviales, que empleaban a tripulaciones
compuestas de un responsable de conducir la embarcación y uno o más
estibadores (siendo que generalmente el piloto se encargaba también de
negociar la compra del pescado). En cuanto al único acopiador local que
operaba continuamente en la ciudad durante la segunda mitad de la dé-
cada de 1980, solía emplear trabajadores asalariados para manipular el
pescado que mantenía en su cámara de frío.
Es de destacar, por lo demás, la importancia que revestía el trabajo
de los propios acopiadores. En los casos de los acopiadores extralocales y
fluviales, era común que ellos negociaran personalmente con los pescado-
res o, en su defecto, que delegaran esta tarea en un familiar cercano; en
otros casos, sin embargo, eran los camioneros o los patrones de los barcos
quienes realizaban las tareas de negociación y de control de la cantidad
y calidad del pescado adquirido, lo que, con todo, suponía que se trata-
ba de empleados de confianza de los acopiadores. No cabe duda, en todo
Sobre la presunta ‘lógica interna’. . . 113

caso, del carácter capitalista de la lógica económica de estos dos tipos de


acopiadores, aunque es imprescindible no desatender a esta particularidad
de su forma de organización del trabajo. En el caso del acopiador local,
claro está, su trabajo personal era insustituible: resulta bastante evidente
que su proceso laboral se hubiera interrumpido sin su intervención directa
puesto que se encontraba casi enteramente basado en sus relaciones per-
sonales con pescadores a quienes no lo unían relaciones de dependencia
laboral formal (es decir, fundadas en el asalaramiento de éstos). 26

Dispongo ya de los elementos imprescindibles para comenzar a analizar


la forma en que se encontraban articulados entre sí los diversos procesos
de trabajo que conformaban la actividad. Antes de hacerlo, sin embargo,
debo aclarar que me limitaré a examinar las relaciones que se producían
entre, por un lado, la captura, y , por el otro, el traslado y la conservación
considerados conjuntamente: en efecto, a fin de simplificar la exposición,
y considerando que los acopiadores locales y fluviales –al no ser capaces
de acceder directamente al mercado– dependían fuertemente de los extra-
locales y trabajaban esencialmente en función de la demanda que estos
representaban, me permitiré hacer referencia a la relación entre el pesca-
dor y los ‘acopiadores’ en general, ignorando la diversidad, ya mencionada,
que encubre esta categoría. 27
La articulación entre el proceso de captura y los de traslado y conserva-
ción dependía de las transacciones marcadas por el intercambio desigual
–es decir, la extracción de plusvalor en forma de productos– que se en-
tablaban entre pescadores y acopiadores. Basados en su control de los
medios técnicos de la conservación del pescado, los acopiadores imponían
el precio a los pescadores, quienes enfrentaban la disyuntiva de vender o
perder su carga puesto que carecían de medios técnicos que les permitieran
conservarla durante el tiempo necesario para prolongar las negociaciones
con los eventuales compradores –como el lector sin duda recordará, el pro-
ducto en cuestión era pescado fresco, lo que imponía un límite estrecho
para el tiempo que podía mediar entre la pesca y el consumo–. 28 En estas
condiciones, los pescadores no podían evitar que los acopiadores les arre-
bataran las que, según la opinión unánime de cuanto pescador yo haya
conocido, debían ser sus ganancias: porque, como ya he apuntado, los pes-
cadores de Victoria estaban muy lejos de conformarse al estereotipo del
productor doméstico que puede ser explotado porque no se propone otra
cosa que satisfacer las ‘necesidades’ de su unidad doméstica. Sostuve, pá-
114 Calando la vida

ginas atrás, que la ‘lógica’ de las actividades productivas no empresariales


en general debía ser entendida como un producto del control del capital
sobre la misma y que era necesario dar cuenta históricamente de dicho
control para cada caso: en este punto, pues, debo ofrecer una explicación
tanto para las aspiraciones de los pescadores como para el hecho de que
su sistemática frustración no los condujera a abandonar la actividad.
Los pescadores del Departamento de Victoria de la década de 1980 vi-
vían –como habían vivido sus padres y como lo hacen hoy sus hijos– en
un medio en el cual dependían de una economía monetarizada para sub-
sistir. Sus medios de consumo productivo (esto es, sus herramientas y
otros insumos) y no productivo (alimentos, ropas, medicamentos, útiles
escolares, muebles, etc.) eran adquiridos, en proporciones variables pero
siempre importantes, en el mercado capitalista. Sus ingresos casi siem-
pre se complementaban con el trabajo asalariado de uno o varios de los
miembros de su grupo doméstico, y/o él mismo trabajaba como asalaria-
do, ya fuera de manera permanente (tal el caso de muchos habitantes de
las zona de islas que se desempeñaban como puesteros) o tan sólo cuando
había poca demanda en la pesca (trabajando, por ejemplo, como albañi-
les); asimismo, gran parte de los pescadores había migrado alguna vez a
Buenos Aires, Rosario u otra ciudad en busca de empleo. Por si todo esto
no bastara, virtualmente todos los pescadores participaban también de
otras actividades productivas como productores comerciales independien-
tes (tal el caso de la caza de nutria, actividad desarrollada por la mayor
parte de los pescadores), o como medieros (es el caso de quienes, viviendo
en islas o en el campo, cuidaban cajones para los productores apícolas de
la zona). La reproducción de los pescadores y de sus unidades domésticas
y productivas se producía, en definitiva, en un medio donde operaba per-
manentemente la lógica ‘invertida’ del capital, la cual teñía por completo
su vida laboral: no es un dato menor, a este respecto, que los pescadores
pudieran apreciar claramente que los acopiadores obtenían ganancias de
la reventa de su producción.
Por lo demás, esa lógica se extendía más allá del mundo laboral para
atravesar la totalidad de su mundo social y de su experiencia. Así, era
transmitida permanentemente por la radio –cuya inmensa importancia
en una zona rural no puede ser soslayada– y la televisión, así como por la
escuela, a la que muchos pescadores asistieron y a la que concurrían los
hijos de la mayor parte de ellos. Y, claro está, la misma lógica capitalis-
ta empapaba todas las relaciones y actividades sociales, las cuales, como
Sobre la presunta ‘lógica interna’. . . 115

sucede en cualquier medio propiamente capitalista, tienden a ser entendi-


das en términos de ‘ganancias’ y ‘pérdidas’ materiales, o bien –como en
el caso de las relaciones familiares más estrechas– a ser conceptualizadas
como si fueran, o debieran ser, impermeables a tales consideraciones. No
creo que sea necesario decir mucho más a este respecto: sencillamente,
los pescadores victorienses vivían, veinte años atrás, en un mundo que,
desde este punto de vista, no era demasiado diferente del que habitamos
el lector y yo mismo hoy en día. No es extraño, pues, que se propusieran
conseguir que sus duras jornadas de trabajo redundaran en la obtención
de ganancias: lo extraño hubiera sido que no se lo propusieran.
El lector podría objetar que las declaraciones de los pescadores en cuan-
to a su pretensión de obtener ganancias deberían ser entendidas, precisa-
mente, como meras declaraciones, o que lo que estaba en juego en ellas no
era una lógica capitalista porque el término ‘ganancia’ estaría aquí revis-
tiendo sentidos diferentes que lo asociarían a expectativas respecto de los
niveles apropiados de consumo doméstico. A este respecto, ya he señalado
en la sección anterior que la intención de obtener ganancias era el cen-
tro de la planificación de las actividades de los pescadores, que –más allá
incluso de cómo ellos lo expresaran– esa intención no puede sino ser enten-
dida como la de ‘ganar’ dinero, y que objetivos tales como el de reinvertir
ese dinero en incrementos de la capacidad productiva a fin de llegar, a lar-
go plazo, a acopiar pescado, eran más que comunes entre los pescadores.
A fin de reforzar este punto de mi argumentación, expondré brevemente
un ejemplo donde es posible apreciar la presencia de ese objetivo rector
por detrás de las formas de organización del trabajo desplegadas por los
pescadores
El ejemplo en cuestión se relaciona con el hecho de que la reproducción
de las unidades domésticas de los pescadores supusiera generalmente la
combinación de distintas actividades económicas: en particular, quisiera
referirme a una cierta manera de combinar las actividades de caza y pesca
sumamente extendida entre los pescadores. 29 La caza de la nutria era una
actividad susceptible de generar ingresos importantes en un breve lapso,
especialmente cuando el precio del cuero de dicho animal tendía a subir.
En tales ocasiones, muchos pescadores transferían su actividad laboral
personal a la caza de manera inmediata. Ahora bien, ello no implicaba
que sus herramientas de pesca permanecieran inactivas, puesto que las
dejaban en manos de sus hijos o, si ello no era posible, de alguien ajeno a
sus grupos domésticos –preferentemente un pariente– con quien compar-
116 Calando la vida

tían el producto como medieros. Luego, cuando los precios del cuero de
nutria caían o, alternativamente, subían los de los pescados, esos hombres
regresaban con igual presteza a la pesca. Lo significativo aquí es que las
ganancias obtenidas en la caza eran, en general, invertidas en la compra de
nuevos medios de producción para la pesca, ya fuera para reponer herra-
mientas demasiado deterioradas como para repararlas, ya para disponer
de una mayor cantidad de herramientas que posibilitara la conformación
de un nuevo equipo a ser trabajado por peones. Para decirlo en términos
más generales, la organización del trabajo desplegado por los miembros de
la unidad del pescador en diversas actividades era frecuentemente estable-
cida a largo plazo en vistas del logro de una acumulación que permitiera
posteriores expansiones en la actividad central, es decir, en la pesca. Ello
comportaba una evidente y, con suma frecuencia, explícita intención de
obtener ganancias –esto es, ‘ganancias’, en el sentido de una suma que
exceda los gastos productivos y no productivos y que sea susceptible de
ser reinvertida en la producción–. 30
Si, como vemos, los pescadores no se caracterizan por actuar según una
lógica ‘no invertida’, con el objetivo de reproducirse, es menester pregun-
tarnos por qué aceptaban intercambiar en condiciones en que no obtenían
las ganancias a que aspiraban. 31 La pregunta no se refiere, claro está, a
cada transacción particular, sino al conjunto de todas las transacciones o
–para parafrasear a Bartra– a cómo se puede comprender que los pesca-
dores aceptaran seguir produciendo en condiciones que no les permitían,
al concurrir al mercado, obtener aquellas ganancias: en efecto, si consi-
deramos aisladamente una transacción determinada, es fácil comprender
que el pescador, que al momento de encontrarse cara a cara con el poten-
cial comprador ya ha invertido trabajo, desgaste de sus herramientas y
dinero, acepte vender su producción por precios que no le permiten ganar
lo que él quisiera ganar; lo que debe ser explicado, en cambio, es por qué
día tras día, habiendo vendido una y otra vez a precios que le privan de
sus ganancias, ese pescador reanuda su proceso laboral. La respuesta a
esta pregunta debe ser planteada en términos de la movilidad del trabajo
de los miembros de la unidad del pescador: en efecto, debemos pregun-
tamos por qué los pescadores no transferían su actividad como pequeños
productores a otra rama de la producción, alternativa que, teóricamente,
les hubiera permitido dejar de vender en las desfavorables condiciones en
que lo hacían sin, por ello, resignar su independencia.
Sobre la presunta ‘lógica interna’. . . 117

La respuesta es que, en la práctica, la mayor parte de los pescadores no


disponía de esta alternativa porque las características de sus herramientas
–vale decir, de sus medios de producción– no les permitían pasar a otra
rama de la producción conservando su condición de pequeños productores
independientes. En primer lugar, como ya hemos visto, dichas herramien-
tas tenían un valor muy escaso, y tal valor se realizaba en el mercado en
forma de precios realmente bajos. Para retomar los términos discutidos
más arriba, puede decirse que los medios de producción de los pescadores
presentaban, desde un punto de vista cuantitativo, una forma ‘no libre’:
no constituían, pues, un capital en el sentido estricto del término, lo que
significaba que los pescadores no podían obtener de su venta una canti-
dad de dinero que les permitiera ingresar a otra actividad como pequeños
productores. 32 En segundo lugar, esas herramientas tampoco presentaban
una productividad lo bastante elevada como para favorecer una acumula-
ción sostenida que permitiera a los pescadores conformar un capital en el
corto o mediano plazo: en este sentido, la productividad de sus medios de
producción retardaba el proceso de acumulación y, así, posponía –muchas
veces indefinidamente– sus posibilidades de pasar a otra rama de la pro-
ducción. Como veremos en un momento, es significativo, a este respecto,
que las características técnicas de los medios de producción empleados en
el proceso de captura hayan permanecido relativamente invariables desde
la conformación de la rama en el área, en la década de 1960, hasta los
primeros años de la década de 1990, cuando la apertura de las exporta-
ciones al Brasil vino a modificar notablemente el panorama general de la
actividad a nivel local.
Por último, y de manera decisiva, la enorme mayoría de los pescadores
tampoco podía extender su actividad a otros procesos de trabajo dentro
de la pesca –esto es, a la conservación y/o al traslado– a causa de las
diferencias de valor existentes entre los medios requeridos por tales pro-
cesos y los que ellos poseían y empleaban en la captura (además de su
carencia del necesario conocimiento del mercado y de los contactos comer-
ciales imprescindibles para introducirse en el mismo). Para extender –o
transferir– su actividad al resto de la producción pesquera, un pescador
debía atravesar un proceso largo e incierto, comenzando por intensificar el
trabajo de su unidad y por distribuirlo adecuadamente entre la pesca, la
caza y las demás actividades económicas que ella abarcara, a fin de lograr
un nivel mínimo de acumulación que le sirviera como punto de partida
para iniciar un proceso de reproducción ampliada. De esta forma, podían
118 Calando la vida

aspirar a adquirir nuevos medios y contratar trabajadores (pagándoles,


por lo general, a destajo) y, entonces, en base a la combinación del tra-
bajo de los miembros de su unidad doméstica y de sus peones, aumentar
paulatinamente su ritmo de acumulación. 33 Por esta vía podían llegar a
adquirir medios mínimos para el acopio de pescado –una camioneta y un
cajón térmico, por ejemplo– que le permitieran vender su producción en
lugares relativamente cercanos, o bien comprar la producción de pescado-
res independientes y revenderla, junto con lo aportado por sus peones, a
un acopiador extralocal. De esta forma, un pescador independiente podía
llegar a extender su actividad al conjunto del proceso productivo, trans-
formándose en un empresario capaz de seguir, hasta cierto punto, una
lógica más típicamente ‘capitalista’ (hasta cierto punto, digo, porque su
trabajo personal y, probablemente, también el de otros miembros de su
unidad, seguiría siendo insustituible e imprescindible para la continuidad
de su proceso laboral).
Sin embargo, esta posibilidad sólo estaba abierta a unos pocos produc-
tores. Por un lado, porque la posibilidad de intensificar el trabajo y de
distribuirlo convenientemente entre las diferentes actividades dependía de
la composición del grupo doméstico de cada pescador. 34 Además, la ca-
pacidad de reinversión en la producción dependía, para cada pescador, de
los gastos implicados en la reproducción de su grupo doméstico, los cua-
les también variaban con la eventual composición del mismo. 35 Por otra
parte, existían entre los pescadores diferencias en cuanto a su capacita-
ción (en cuanto al conocimiento de las técnicas y los sitios de pesca, por
ejemplo) que incidían directamente en sus posibilidades de acumulación.
Por último, ni siquiera todos los pescadores que alcanzaban un nivel de
acumulación susceptible de permitirles comenzar a acopiar podían efecti-
vamente hacerlo, pues tal paso no sólo requería de la concreción de ciertas
condiciones materiales sino también, al menos en la mayor parte de los
casos, de la posibilidad de movilizar una serie de relaciones personales con
pescadores para asegurar el control del flujo de su producción. 36
Así, las opciones reales de la mayor parte de los pescadores se redu-
cían, por un lado, a la proletarización (alternativa que algunos de ellos
‘escogían’) y, por el otro, a la permanencia en el ámbito de la captura
tratando de aprovechar al máximo su capacidad de acción en éste –es de-
cir, persiguiendo la siempre esquiva obtención de ganancias a través de la
combinación de actividades, de la intensificación del trabajo en vísperas
de la Semana Santa, etc., en la medida en que ello no implicara arries-
Sobre la presunta ‘lógica interna’. . . 119

gar la reproducción de sus unidades y de las condiciones de sus procesos


laborales–.
Este, y no otro, es el punto clave en función del cual es preciso entender
el sometimiento de los pescadores a las condiciones del intercambio desi-
gual: no se trataba (como yo supuse en su momento, siguiendo a Bartra
y, con él, al punto de vista ‘ortodoxo’ de los teóricos marxistas) de que
los pescadores toleraran el intercambio desigual porque no se propusieran
obtener ganancias, sino de que por más que lo intentaran –y, ciertamente,
lo hacían con ahínco– raramente podían lograrlo, y de que, aunque ello
no los conformaba e, incluso, los desvelaba, la naturaleza ‘no libre’ de sus
medios de producción les impedía pasar a otra esfera de actividades en
condiciones que, cuanto menos, no fueran peores que las que enfrentaban
como pescadores. Así, ellos continuaban pescando para la venta a pesar de
que cotidianamente los acopiadores los explotaban, quedándose con sus
ganancias. No había ninguna ‘lógica interna’ de las unidades productivas
y domésticas de los pescadores (o ‘inmanente’ a ellas) que explicara este
hecho y, por lo demás, tampoco su ‘lógica’ podía ser caracterizada como
‘no invertida’. Es más: en la medida en que, en buena parte de las ocasio-
nes en que vendían sus productos, los pescadores parecían actuar según
una lógica ‘no invertida’, ello solamente podía ser explicado como un efec-
to de las limitaciones que les imponían las características de sus medios
de producción, hecho que venía a impugnar el procedimiento de análisis
seguido por Bartra, quien trataba a los problemas de la ‘lógica’ y de la
naturaleza ‘no libre’ de los medios de producción de los campesinos como
cuestiones independientes y que suponía, además, que la primera era más
relevante que la segunda para dar cuenta de su sumisión al capital.
Como he indicado al comienzo de esta sección, entiendo que la estruc-
tura que caracterizaba al proceso productivo en el período a que me he
estado refiriendo debe ser explicada históricamente: esto es, que es im-
prescindible examinar la forma en que el capital desarrolló esta rama de
actividad y sentó las condiciones de su reproducción. Ahora bien, puesto
que he dicho que el intercambio desigual era el rasgo central de dicha
estructura –en tanto mecanismo que operaba la articulación del proceso
de captura con los procesos de conservación y traslado, asegurando la re-
producción subordinada de las unidades que desarrollaban el primero–, y
que, como acabamos de ver, su continuidad dependía de las característi-
cas de los medios de producción empleados por los distintos actores, se
sigue, entonces, que la explicación histórica de la estructura del proceso
120 Calando la vida

productivo deberá centrarse en la especificación de la forma en que fueron


establecidas esas características. Pasaré, pues, a presentar una aproxima-
ción a esta serie de cuestiones.

El de la pesca en el Departamento de Victoria es un caso de desarrollo


de una nueva rama de la producción a partir de formas anteriores muy
diferentes. Las dos formas de pesca con fines comerciales practicadas en
la región hasta ese momento se caracterizaban por la identificación del
proceso productivo con un único proceso de trabajo: por un lado, se en-
contraban los ‘palanqueros’, productores independientes que pescaban y
vendían sus productos puerta a puerta; por el otro, existían las ‘pesque-
rías’, empresas capitalistas que llevaban a cabo la captura del pescado y
su posterior industrialización para la producción de aceite. 37 Por el con-
trario, como hemos visto, la producción pesquera de la segunda mitad de
la década de 1980 se caracterizaba por estar dividida en varios procesos de
trabajo llevados a cabo por diferentes unidades de producción. El nuevo
‘capital pesquero’ –encarnado, por decirlo de alguna manera, en las figu-
ras de algunos acopiadores santafesinos– refuncionalizó las unidades de
los palanqueros separando las tareas de captura y de venta del pescado,
y absorbió parte de la fuerza de trabajo de las pesquerías, a las que no
podía refuncionalizar debido a las características de sus técnicas de cap-
tura. Pero, como el mercado abierto por los acopiadores era demasiado
grande para que las unidades refuncionalizadas pudieran abastecerlo, el
capital necesitó desarrollar nuevas unidades y emplear fuerza de trabajo
que antes no estuviera dedicada a la pesca. 38 De esta forma, la produc-
ción pesquera comercial dedicada al mercado interno de pescado fresco
que predominara durante las décadas de 1970 y 1980 (y que aún sigue
existiendo, aunque como una variante secundaria respecto de la produc-
ción de pescado congelado para el mercado externo, la cual se desarrolló
sobre la base de aquella durante la última década del siglo pasado) es el
resultado del desarrollo, en condiciones de subordinación, de nuevas uni-
dades de captura y de la refuncionalización de un sector minoritario de
unidades dedicadas anteriormente a otras formas de pesca.
El desarrollo de la producción pesquera de pescado fresco en gran escala
en el área comenzó en la década de 1960, con el inicio de las operacio-
nes en el Departamento de Victoria de varios acopiadores provenientes de
la provincia de Santa Fe. En un comienzo, estos acopiadores entregaban
herramientas a personas que pescaban para ellos en condición de peones.
Sobre la presunta ‘lógica interna’. . . 121

Tales herramientas coincidían parcialmente con las que se empleaban has-


ta entonces en la zona (canoas de madera, espineles, etc.) pero también
presentaban algunas novedades (motores en lugar de velas y remos, redes
de nylon a cambio de las de algodón) que conllevaban aumentos en la
productividad.
La intervención de estos acopiadores abrió nuevos mercados para el
potencial pesquero del área (NOA, Misiones, etc.), atrayendo a la pes-
ca trabajo y capitales. Capitales, porque algunos habitantes de la zona
invirtieron en herramientas y peones, conformando equipos propios para
vender su producción a los acopiadores. Trabajo, porque antiguos palan-
queros y trabajadores de las pesquerías, habitantes de la zona de islas
y otras personas comenzaron a volcarse a la nueva producción pesquera.
Muchos lo hicieron inicialmente como peones de los acopiadores –tanto
de los provenientes de Santa Fe como de los victorienses–, llegando con
el tiempo a independizarse; otros, en cambio se volcaron a la pesca de
manera independiente desde el primer momento. Esta última posibilidad
estaba abierta fundamentalmente a los palanqueros y a otros hombres
que –habitando en las islas, el campo o la ciudad– disponían de las herra-
mientas y de los conocimientos necesarios para la pesca y solían abocarse
a ella ocasionalmente como parte del complejo de actividades en que se
basaba la reproducción de su unidad doméstica.
Es necesario advertir, sin embargo, que al no contar con el control del
precio del pescado –puesto que no disponían de los medios de conservación
y de acceso directo al mercado–, los productores independientes debieron
adaptarse a las condiciones tecnológicas introducidas por los acopiadores
santafesinos con el fin de resistir la competencia de las unidades con-
troladas directamente por ellos y por los acopiadores del Departamento
de Victoria. Esta adaptación se vio favorecida por el valor relativamente
bajo de los nuevos medios y por el carácter parcialmente doméstico de
la fabricación de las redes, es decir, por tratarse de una tecnología re-
lativamente sencilla y barata. Por idénticas razones, a la larga, muchos
peones de los acopiadores pudieron independizarse; esta posibilidad tam-
bién fue favorecida por la acción del Estado municipal y provincial, que
actuó entregando herramientas que los pescadores pagaban vendiendo su
producción al Estado.
Vemos, pues, que el control directo asumido por los primeros acopia-
dores sobre la totalidad del proceso productivo supuso la introducción
de determinados medios de producción que, al cabo, resultaron accesibles
122 Calando la vida

para personas que no contaban con una acumulación previa considerable.


Ello hizo posible la formación de un sector de unidades independientes
dedicadas a la captura del pescado, las cuales, a la larga, debieron adap-
tarse a las condiciones tecnológicas en que se desarrollaban las tareas de
captura que eran controladas directamente por los acopiadores. Por otra
parte, esos mismos medios no permitieron a los nuevos pequeños produc-
tores extender su actividad a los procesos de conservación y traslado –que
quedaron, así, separados de manera tal que los acopiadores se vieron en
condiciones de controlar la captura indirectamente a partir de su control
directo de los restantes procesos–, ni pasar a otras ramas de la producción
conservando su condición de productores independientes.
Posteriormente, los acopiadores retrocedieron en su control directo del
proceso de captura, especialmente en lo que se refiere a la producción ca-
nalizada a través del puerto de la ciudad de Victoria. En efecto, los aco-
piadores santafesinos que abandonaron toda injerencia directa en dicho
proceso, tornándose en lo que más arriba he denominado como ‘acopia-
dores extralocales’, esto es, intermediarios que controlan el acceso a los
centros de consumo y que no intervienen directamente en la captura del
pescado. Por su parte, los acopiadores de la zona que poseían equipos de
pesca propios mantuvieron una presencia importante hasta, por lo menos,
entrada la segunda mitad de la década de 1970, pero luego –aparentemente
por una diversidad de razones particulares– fueron apartándose de la ac-
tividad pesquera: de los acopiadores victorienses que hacia 1975 poseían
equipos propios, quedaba en 1986 solamente uno –a quien ya he hecho
referencia– cuyas actividades se desarrollaban en un caserío cercano a
la ciudad. En cambio, durante el mismo período cobraron importancia
los ‘acopiadores fluviales’, que pasaron a concentrar la producción de los
habitantes de islas, reemplazando a los barcos con que trabajaran ini-
cialmente los acopiadores santafesinos que habían iniciado la actividad.
Asimismo, en ese período florece la actividad del ‘acopiador local’ de la
ciudad, quien –apelando a su red de relaciones personales y a la cámara
de frío que alquilaba a su antiguo patrón– pasó a controlar una porción
importante de la circulación de pescado de los pescadores independientes
a los acopiadores extralocales. 39
De esta forma, quedó establecida la estructura que, como ya vimos, ca-
racterizara al proceso productivo pesquero durante la segunda mitad de
la década de 1980, con su división en tres procesos de trabajo desarrolla-
dos por diversas unidades productivas y enlazados por los intercambios
Sobre la presunta ‘lógica interna’. . . 123

desiguales entablados entre las unidades de base doméstica dedicadas a


la captura y las unidades empresariales que controlaban el traslado y la
conservación, y con los acopiadores fluviales y locales concentrando parte
de la producción local para revenderla a los extralocales. Y, especialmen-
te, quedaron sentadas las condiciones para la reproducción de aquellos
intercambios desiguales, en la medida en que el tipo de tecnología em-
pleada inicialmente por los acopiadores santafesinos para la captura del
pescado, al ser sencilla y económica, hizo posible el ingreso de pescadores
independientes cuyos medios de producción, debido a su escaso valor y
su limitada productividad, habían de condenarlos a someterse una y otra
vez a esos intercambios injustos. 40

A modo de conclusión
Resulta bastante obvio que no hubo, realmente, mayor mérito de mi par-
te cuando, luego de darle algunas vueltas al asunto, decidí que no podía
ya aceptar la idea de que los pescadores eran explotados por el capital
–o, dicho de otra manera, que su trabajo era subsumido en el proceso de
valorización del capital– porque ellos actuaban según una ‘lógica no in-
vertida’ que sería ‘inmanente’ a sus unidades domésticas / de producción.
El pequeño mundo de la pesca victoriense –esas Islas Trobriand poco con-
vencionales donde mis compañeros de equipo y yo mismo habíamos ido
a parar– me indicaba a gritos que lo que importaba a la mayor parte
de sus protagonistas era ‘ganar’. No necesariamente ‘ganar mucho’, y no
siempre –aunque, sin duda, en muchos casos– ‘ganar para luego ganar
más’, pero sí, en todos –o casi todos– los casos, ganar. Ganar lo que era
justo en función de lo que uno había trabajado, aquella plata que debía
ser de uno pero que otros –los acopiadores, esos parásitos, esos explota-
dores– se quedaban día tras día. Ganar lo necesario como para que los
chicos puedan estudiar o para arreglar el rancho. Ganar para comprar
más herramientas y –quién sabe– para algún día comprar un barco para
acopiar. O, simplemente, ganar a lo largo del año lo bastante como para
no tener necesidad de matarse trabajando, casi sin dormir, en vísperas
de Semana Santa, a fin de, aprovechando la suba de precios y la mayor
demanda, juntar el aguinaldo del pescador, haciendo unos ahorritos pa-
ra esos gastos extraordinarios que, inevitablemente, surgen a lo largo del
año. Si acaso existían en algún lugar productores domésticos que no se
124 Calando la vida

propusieran obtener ganancias, sin duda, esos no eran los pescadores del
Departamento de Victoria.
Indiscutiblemente, la tentación de suponer, simplemente, que los pe-
queños productores independientes no se proponen obtener ganancias es
fuerte, puesto que las ventajas analíticas de dicho supuesto son enormes
a la hora de examinar sus actividades productivas en tanto actividades
propiamente ‘capitalistas’ –ya sea que se haga esto apelando a la noción
de ‘subsunción del trabajo en el capital’ o que se lo haga apelando a la
de ‘articulación de modos de producción’–. Sin embargo, no sólo se trata,
como ya vimos, de un postulado abiertamente contrafáctico y que resulta
inaceptable en el marco de un análisis etnográfico sino que, además, com-
porta limitaciones graves para el análisis en tanto y en cuanto introduce
contradicciones lógicas –esas contradicciones lógicas del análisis bartria-
no que atrajeron mi atención dos décadas atrás– que terminan por restar
sustento a ciertos pasajes de los análisis de casos particulares, haciéndolos
inconsistentes.
Personalmente, no abrigo duda alguna en cuanto a que las actividades
productivas de los pescadores que conocí hace más de veinte años eran par-
te de un proceso productivo que no puede ser adecuadamente entendido
si no se lo trata como ‘capitalista’. De hecho, como mostré en su momen-
to –siguiendo, más allá de las críticas que pude apuntar en su momento,
las notables elaboraciones conceptuales de Armando Bartra–, semejante
punto de vista permite dar cuenta incluso de la oculta vinculación entre
dos detalles aparentemente aislados tales como, por un lado, la notable
estabilidad tecnológica que caracterizara a la pesca victoriense entre las
décadas de 1960 y de 1990 y, por el otro, el hecho de que la mayoría
de las unidades productivas de base doméstica de los pescadores lograra
niveles de reproducción simple o ligeramente ampliada en condiciones en
que, claramente, el intercambio desigual hacía posible que recibieran por
sus productos menos de lo consumido por su actividad laboral: en efecto,
esa reproducción ligeramente ampliada puede perfectamente ser entendi-
da como un ejemplo, realmente típico, de ‘acumulación controlada’ por
el capital –esto es, de una acumulación funcional a su valorización–, sien-
do el nivel tecnológico sencillo y de baja productividad el fundamento de
ese control (cf. Balbi, 1990:76; Bartra, 1982:120). Sin embargo, esta clase
de acumulación controlada no se entiende realmente bien si se basa to-
do el razonamiento en el postulado, casi palpablemente irreal, de que los
pescadores actuaban siguiendo una lógica ‘no invertida’ porque eran pro-
Sobre la presunta ‘lógica interna’. . . 125

ductores domésticos. Por el contrario –y esto es lo que me interesa en este


punto–, la acumulación controlada se explica mucho mejor si se atiende
al hecho de que los pescadores sí se proponían obtener ciertos beneficios
susceptibles de ser reinvertidos y de incrementarse a lo largo del tiempo,
que ellos denominaban ‘ganancias’. En efecto, estas intenciones eran las
que informaban diversas prácticas de los pescadores que se desarrollaban
generalmente con un definido destino de fracaso pero que, puesto que ellos
no podían sino emprenderlas, contribuían decisivamente a dar impulso al
movimiento general del proceso productivo pesquero. Esto es, en suma: la
acumulación controlada por el capital que cabía advertir en la pesca victo-
riense dependía claramente de la tensión que se producía entre las justas
pretensiones que mostraban los pescadores en cuanto a obtener ganancias
(fundadas, como vimos, en la ‘omnipresencia’, en ese medio social, de la
‘lógica invertida’ del capitalismo) y su incapacidad estructural de concre-
tarlas sistemáticamente (basada en el intercambio desigual, que a su vez
se fundaba en las características contrastantes de los medios de produc-
ción controlados por ellos y por los acopiadores, las cuales los forzaban
a actuar en cada transacción como si efectivamente fueran portadores de
una lógica ‘no invertida’).
En definitiva, lo cierto es que la lógica de los pescadores no estaba menos
‘invertida’ que la del lector, la mía o la de cualquier empresario capitalista
(y presumo que lo mismo puede decirse de la de gran parte de los produc-
tores de base doméstica). Mi ‘hallazgo’ etnográfico de veinte años atrás
–una de esas obviedades que jalonan el trabajo del etnógrafo y que hacen
fruncir el ceño a nuestros colegas de otras disciplinas mientras se pregun-
tan qué nos hace pensar que realmente estamos haciendo ciencia– no fue
más que mi descubrimiento personal de la complejidad de un pequeño y
aparentemente sencillo mundo social que, sin embargo, resultó ser mucho
más complejo que lo previsto por la que, según creo todavía hoy, sigue
siendo la mejor perspectiva teórica de que disponemos para explicarlo: me
refiero, respectivamente, al mundo de la producción pesquera entrerriana
(pero puede el lector, si quiere, extender esta afirmación a la economía
humana en general) y la notable teoría creada por Karl Marx y, casi siem-
pre, empobrecida por quienes tratamos –nosotros también, parásitos– de
aprovecharnos de su genio.
126 Calando la vida

Notas
1 Investigador Adjunto, CONICET; Profesor Adjunto, Departamento de Ciencias Antropoló-
gicas, FFyL-UBA.
2 Huelga decir que estos diversos tipos de procesos productivos suelen encontrarse interrelacio-
nados, como cuando los pequeños campesinos parcelarios vuelcan su producción al mercado
a través de intermediarios y/o se desempeñan también como trabajadores asalariados en
empleos estacionales, participando así de procesos de producción típicamente capitalistas.
3 Entre los aportes clave a este respecto se cuentan los trabajos de Immanuel Wallerstein (1974)
y de André Gunder Frank (1966, 1978), quienes contribuyeron decisivamente a develar los
mecanismos a través de los cuales el capitalismo se expandió hasta conformar un sistema de
alcance mundial.
4 Los autores enrolados en este tipo de perspectiva generalmente destacan la enorme capa-
cidad del ‘modo de producción’ capitalista para subordinar a otros modos de producción,
poniéndolos a su servicio y controlando sus condiciones de reproducción, las cuales dejan de
ser autónomas para pasar a ser función del proceso de valorización del capital. Esta articu-
lación entre un capitalismo dominante y otros modos de producción subordinados resulta en
la conformación histórica de diversas ‘formaciones económicas y sociales’. En el campo de la
antropología social, diversas variantes de este tipo de perspectiva son presentadas por Eric
Wolf (1993), Pierre Philippe Rey (1980) y Ángel Palerm (1981).
5 Se trata de un tipo de enfoque, menos extendido, que tiende a recuperar herramientas des-
arrolladas por Marx en el notable Capítulo VI (inédito) de El Capital (cf. Marx, 1985). Esta
opción analítica supone –si se me perdona el presentar una cuestión compleja de manera muy
simplificada– entender que aquellas actividades productivas que no revisten la forma capita-
lista típica se encuentran, sin embargo, al servicio del capital porque han sido ‘subsumidas’ de
manera ‘real’ (esto es, refuncionalizadas técnicamente según las condiciones más favorables a
la valorización del capital) aunque no se haya producido su subsunción ‘formal’ (vale decir, a
pesar de que no se haya impuesto en ellas la organización de la producción basada en la opo-
sición entre capital y trabajo asalariado) o de que la misma solamente se presente de manera
‘restringida’. Este tipo de razonamiento –que aquí presento de una manera muy general y,
en la práctica, contempla un importante espectro de variantes– conduce a concluir que esas
actividades han sido incorporadas al modo de producción capitalista y no que se encuentran
‘articuladas’ al mismo, razón por la cual suele denominárselas mediante la expresión ‘formas
de producción’ en lugar de tratarlas analíticamente como si fueran un ‘modo de producción’
que ha perdido su autonomía. En el campo, una vez más, de la antropología social, cabe
mencionar los trabajos de Armando Bartra (1979, 1982, 1989), Hamza Alavi (1982) y Ann
Stoler (1987). En la antropología argentina, los conceptos de ‘subsunción formal’ y ‘real’ han
sido examinados críticamente y utilizados para dar cuenta de casos situados en nuestro país
por Gastón Gordillo (1992), Ricardo Abduca (1992) y por mí (cf. Balbi, 1990).
6 Se trata de un procedimiento –no del todo inhabitual en las ciencias sociales y humanidades–
consistente en apelar tácitamente y sin mayor justificación a la legitimidad de ciertos textos,
algunos de cuyos contenidos son arrancados del contexto que representan los hechos a que
los mismos remiten para pasar a fundamentar afirmaciones referidas a otros hechos distin-
tos y, frecuentemente, marcadamente discordantes. En este caso, la autoridad canónica de
los escritos de Marx –el fetiche asociado a ellos, por así decirlo– viene a consagrar ciertos
usos des-historizados, francamente anacrónicos de las ideas contenidas en los textos mismos.
Replicando acríticamente para contextos históricos diferentes el análisis de Marx –tamizado,
claro está, por mil y una interpretaciones diferentes–, los investigadores han tendido con fre-
cuencia a asumir sencillamente que el capital sigue apropiándose de actividades productivas
no empresariales preexistentes que entran súbitamente en el cuadro como si nunca antes sus
protagonistas se hubiesen topado con la economía capitalista, a pesar de que hace siglos que
el capitalismo existe y que se ha extendido por todo el mundo. Sin embargo, es claro que
Sobre la presunta ‘lógica interna’. . . 127

Marx hablaba de un mundo precapitalista que asistía al nacimiento y ascenso del capitalismo.
Cabe agregar que los análisis dedicados por A.V. Chayanov (1985, 1987) a los campesinos
rusos de las primeras décadas del siglo XX han sido empleados de una manera similar dentro
de algunas variantes del marxismo.
7 La principal fuente de este poderoso presupuesto parece ser la unilinealidad de la concepción
de la historia que caracteriza a buena parte del marxismo y que es herencia del esquema he-
geliano y del evolucionismo decimonónico que marcaron el pensamiento de Marx. En efecto,
para muchos autores marxistas ha sido natural pasar de pensar que el capitalismo vino, en
su momento, a superar a modos de producción ‘pre’-capitalistas, a postular que si el capita-
lismo contemporáneo coexiste con modalidades productivas que parecen ser precapitalistas
es porque efectivamente lo son –esto es, que ya existían antes de que el capitalismo pasara
a controlarlas–, y a concluir que la imposición del control del capital sobre las mismas ha
debido producirse más o menos a través de los mismos mecanismos mediante los cuales el
capitalismo naciente se impuso inicialmente sobre formas preexistentes para tornarse, por vez
primera, en el modo de producción dominante.
8 Cabe señalar que, desde el propio marxismo, Eric Wolf (1993) ha demostrado que las eco-
nomías y formas de vida que los europeos fueron sometiendo a lo largo del proceso de su
expansión imperial y que habitualmente han sido tratadas como ‘precapitalistas’ son, en
realidad, productos históricos del encuentro del mercado capitalista en expansión con las
poblaciones locales del resto del mundo, lo que en última instancia supone que su propia
existencia es resultado del curso de la historia del capitalismo.
9 La única indicación en tal sentido que ofrecía en el texto era la afirmación, hecha al pasar en
la introducción del artículo, de que el análisis del caso de la pesca entrerriana había ‘servido
de base’ a las reflexiones teóricas que presentaba (cf. Balbi, 1990:67).
10 Respecto de este aspecto del análisis del autor, véase: Bartra (1982:92 y ss.). Mi propia
revisión crítica del mismo se encuentra en: Balbi (1990:73 y ss.)
11 A lo largo de todo el texto, me valgo de las itálicas para denotar la terminología empleada
por los actores.
12 Subyacente en todas estas prácticas se encontraba la conciencia de que en esa época del
año el precio era más ‘justo’, en el sentido de que el margen de ganancia del pescador era
mayor. Sobre las alteraciones en la demanda asociadas con la Semana Santa, las estrategias
desarrolladas por los pescadores para aprovecharla y las subsecuentes mordidas, véase: Balbi
(2008b).
13 El lector ya habrá advertido que en este pasaje hago referencia a la concepción nativa de
‘ganancias’ propia de los pescadores de la zona, mientras que en los párrafos inmediatamente
anteriores aludí a la presencia o ausencia del objetivo de obtener una ‘ganancia media’ por
parte de los ‘productores independientes’ y, en particular, de los campesinos. Como resulta
evidente, el concepto de ‘ganancia media’ de la teoría marxista y la categoría ‘ganancias’ de
los pescadores victorienses no son lo mismo: sin embargo, el hecho de advertir en mi trabajo
de campo la importancia de las ganancias fue lo que me condujo a revisar mi posición
inicial sobre el problema de la presunta ‘lógica no invertida’ –esto es, no orientada hacia la
obtención de la ‘ganancia media’– de los productores independientes. Más adelante volveré
sobre las diferencias entre las dos nociones y sobre las relaciones analíticas que, a mi juicio,
cabe establecer entre ambas (cf. nota 31).
14 Desde el punto de vista teórico, mi trabajo tendió a introducir una dimensión diacrónica
en el marco conceptual, más bien sincrónico, del estructuralismo marxista con que venía
trabajando. Así, simplemente, intenté dar cuenta históricamente de la vigencia en la pesca
de ciertas formas de ‘subsunción’. Cf. Balbi (1990).
15 A fin de simplificar la lectura, omito en esta presentación la complejidad conceptual asociada
con la teorización marxista de la ‘subsunción’ y, más específicamente, con mi uso de la
misma para el análisis del caso que es objeto de estas páginas. El lector podrá encontrar
tales particulares en el trabajo de mi autoría antes citado (cf. Balbi, 1990). Sin embargo,
128 Calando la vida

introduciré algunas referencias al respecto en forma de notas toda vez que lo considere
necesario.
16 La eliminación de las barreras arancelarias para la exportación de pescado al Brasil, produ-
cida durante 1992 en el marco del proceso de conformación del MERCOSUR, dio lugar a una
reorganización general de las actividades que fue protagonizada por empresas exportadoras
conformadas por capitales brasileños y argentinos que, en general, no guardaban relación
alguna con los empresarios que controlaban la producción pesquera destinada al consumo
interno en el período analizado en este trabajo. Véase: Boivin, Rosato y Balbi (2008 [1997]),
en este mismo volumen.
17 Esta definición, que considera a todas las actividades centradas en las piezas de pescado
extraídas en la zona como parte de un mismo proceso productivo (y no como una sucesión
de procesos diferentes relativos uno a su captura, uno a su conservación y, por último,
uno a su traslado hasta los centros de consumo) atiende a que todas esas actividades se
encontraban interrelacionadas de forma tal que, en su conjunto, contribuían de una cierta
manera al proceso de valorización del capital en general. Para decirlo de una manera más
llana, esta definición supone tratar a las distintas actividades vinculadas con la pesca local
desde la óptica de su contribución al movimiento general de la economía. Para un examen
detallado de este particular, véase: Balbi (1990). Cabe aclarar que, además de la producción
de pescado fresco para consumo interno, se encontraban en el área procesos de producción
de pescado congelado y salado (dirigidos generalmente a la exportación), así como de filetes
de pescado (orientado a la venta al público local); estos procesos, que se diferenciaban del
aquí analizado por incluir algún tipo de industrialización del producto, no serán tratados
aquí en virtud de su carácter claramente minoritario.
18 Todas las denominaciones científicas han sido extraídas de Espinach Ros y Delfino (1993).
Por mayor información respecto de los recursos pesqueros del Delta del Paraná durante el
período aquí analizado, véanse, además del texto mencionado: Malvárez, Boivin y Rosato
(2008 [1999]) y Boivin (1991). En lo tocante a la situación actual del recurso sábalo en el
Paraná en general y en la zona en particular, véase Espinach Ros y Sánchez (2006).
19 En el Departamento de Victoria, el acceso del pescador a los sitios de pesca (ubicados en
riachos, arroyos y lagunas) era, en general, libre. Por un lado, de acuerdo a las leyes vigentes,
no existía propiedad privada del mismo. Por el otro, a diferencia de lo que ocurría en otras
áreas, como el norte entrerriano y la provincia de Santa Fe, no existían en Victoria ‘canchas’,
es decir, áreas de pesca controladas de hecho por determinados productores. En este sentido,
el acceso al objeto de trabajo era, para el pescador, relativamente libre.
20 Las técnicas susceptibles de ser utilizadas para la captura de las principales especies –las
cuales no se han modificado sensiblemente desde el período aquí analizado– se diferencian
en función de sus formas de alimentación. El dorado, el surubí, el patí y la boga pueden
ser capturados con diversas técnicas que involucran la utilización de anzuelos y carnadas,
mientras que el sábalo debe necesariamente ser capturado mediante el empleo de redes
ya que, al ser iliófago –se alimenta de sedimentos finos con altos contenidos de materia
orgánica–, no pica (Espinach Ros y Delfino 1993:11). Existen dos tipos de redes, que se
corresponden con dos técnicas de pesca diferentes. La técnica del lanceado, que supone
encerrar al pescado contra las márgenes de los cursos de agua mediante movimientos de la
canoa, requiere del uso de redes de un sólo paño, conocidas como ‘trasmallos simples’. Por
el contrario, la técnica del calado, que consiste en fijar las mallas (generalmente durante las
horas de la noche) para levantarlas posteriormente, requiere del uso de redes de ‘tres telas’,
que forman una especie de trampa de la que los peces no pueden salir.
21 Los actores del proceso productivo pesquero denominaban indistintamente ‘acopiadores’
tanto a los individuos que participaban del mismo desarrollando actividades de carácter
comercial, como a aquellos propietarios a gran escala de equipos de pesca que no participaban
directamente de las actividades de captura del pescado –esto es, que controlaban unidades
de captura de carácter ‘empresarial’, basadas en el trabajo asalariado–. En lo que sigue, me
Sobre la presunta ‘lógica interna’. . . 129

apropiaré de los términos usados por los actores para, restringiendo sus significados mediante
el uso de adjetivos, establecer una clasificación de los distintos tipos de intermediarios que
operaban en el proceso productivo pesquero. Así, distinguiré tres tipos de acopiadores según
su pertenencia o no a la localidad, el tipo de tareas que desarrollan y los recursos de que se
valen, a los que denominaré respectivamente ‘extralocales’, ‘locales’ y ‘fluviales’. Mi propio
uso de los términos será denotado mediante el empleo del tipo de letra normal; por otro
lado, toda vez que haga referencia al uso de los mismos términos por parte de los actores,
seguiré el criterio establecido más arriba, apelando a las itálicas para denotarlo. El empleo
del plural ‘acopiadores’ en letra normal y sin el acompañamiento de uno de los adjetivos
mencionados supondrá la referencia conjunta a la totalidad de los intermediarios; asimismo,
en aras de la brevedad, emplearé ocasionalmente el término ‘extralocal’ como sustantivo,
a fin de sintetizar la expresión compuesta ‘acopiador extralocal’. Respecto de los distintos
tipos de acopiadores, sus respectivos papeles en el proceso productivo y sus relaciones con
los pescadores, véanse los siguientes textos, que se incluyen en el presente volumen: Balbi
(2008a [1995]) y Balbi (2008b).
22 Otros intermediarios de similares características lo hacían de manera ocasional, particular-
mente durante los períodos de mayor demanda de pescado. Hacia la segunda mitad de la
década de 1970, sin embargo, operaban en la ciudad varios acopiadores locales que luego
abandonaron la actividad.
23 Véase: Balbi (2008a [1995]) en este mismo volumen.
24 Esto implica que, junto con las unidades independientes a las que he hecho referencia, se
encontraban en el proceso de captura unidades de tipo empresarial que representaban, en su
conjunto, solamente una parte minoritaria del total de las unidades dedicadas a esas tareas.
Asimismo, en el período aquí considerado existía un acopiador que contaba con herramientas
y contrataba alrededor de treinta y cinco peones para formar sus propios equipos de pesca,
particularidad que lo coloca por fuera de la tipología que acabo de esbozar. Este hombre,
que operaba desde la localidad de Puerto Esquina (caserío cercano a la ciudad de Victoria
y ubicado sobre la ribera del riacho del mismo nombre) era el único propietario de equipos
de pesca de la zona que operaba en semejante escala.
25 Así como los acopiadores locales y fluviales contribuían a coordinar las actividades producti-
vas apelando a una serie de relaciones personales con pescadores, a su control monopsónico
de ciertas zonas de islas y/o a equipos de pesca propios, la cooperativa de pescadores lo
hacía mediante la ‘libre’ asociación de un cierto número de pescadores independientes que
concentraban su producción para la reventa a los extralocales (a lo que sumaba, además, la
compra de la producción de pescadores no socios). En este sentido –que no agota, ciertamen-
te, la cuestión–, la cooperativa ocupaba, en la estructura del proceso productivo pesquero,
un lugar análogo al de los acopiadores locales y fluviales. He examinado en detalle el papel de
los intermediarios a este respecto en: Balbi (2008a [1995]), incluido en este mismo volumen.
26 En este sentido, si bien el acopiador local que operaba regularmente en la ciudad se com-
portaba en términos generales como un pequeño empresario capitalista, no dejaba de ser un
tipo especial de capitalista, puesto que, al ser la auténtica base de su posición en el proceso
productivo, su ‘capital’ en términos de relaciones sociales era, de hecho, más importante
para él que su capital económico. Lo mismo puede decirse, con más razón aún, para los
casos de los acopiadores locales que operaban solamente de manera ocasional, cuyas posibi-
lidades de volver a actuar como intermediarios luego de un lapso más o menos prolongado
dependían enteramente de su capacidad para reclutar pescadores dispuestos a comprome-
terse a entregarles su producción. Estos pequeños intermediarios, por lo general, acopiaban
en zonas relativamente alejadas de la ciudad, siendo sus proveedores hombres que pescaban
solamente de manera ocasional (mayoritariamente puesteros que encontraban conveniente
complementar sus ingresos mediante la pesca comercial).
27 Por un análisis detallado de las relaciones de los pescadores con los distintos tipos de aco-
piadores, véanse: Balbi (2008a [1995] y 2008b), en este mismo volumen. Véase, asimismo,
130 Calando la vida

Balbi (2008a [1995]) en lo tocante a las relaciones que se daban entre los distintos tipos de
acopiadores.
28 Durante la década de 1980, la conservación del pescado por el pescador hasta su venta se
hacía apelando a recursos artesanales. El procedimiento ideal –que, por cierto, no todos los
pescadores seguían estrictamente– consistía en eviscerar las piezas capturadas (vale decir,
abrirlas por la parte ventral para extraerles las vísceras), lavarlas, atarlas por pares y colgar-
las de varas (hechas por el propio pescador en base a ramas más o menos rectas) colocadas
transversalmente sobre la canoa para mantenerlas adecuadamente ventiladas, cubriéndolas
luego con hojas arrancadas de la vegetación de la ribera a fin de evitar que los rayos del
sol cayeran directamente sobre ellos; el procedimiento se completaba con la extracción del
agua y la sangre acumuladas en el fondo del bote como resultado de los procedimientos de
captura, eviscerado y lavado del pescado, la cual era realizada mediante el empleo de tarros
o de las bases de botellas o bidones de plástico mutilados a tal efecto. Este procedimiento
permitía conservar el pescado durante una cantidad de horas variable en función del estado
del tiempo. Puesto que parte del tiempo se insumía en las propias tareas de captura y en
los viajes hacia el punto de descarga (de duración variable, claro esta, en función de la dis-
tancia a que se ubicara el sitio de pesca escogido por cada pescador), el lapso restante para
concretar la venta del producto era siempre corto y, muchas veces, perentorio: el lector que
quiera formarse una idea al respecto puede pensar en el caso extremo de un pescador que,
habiendo pescado a dos o tres horas de viaje del puerto, llegara allí con sus productos en
una húmeda y calurosa tarde de enero.
29 Las actividades combinadas por estas unidades domésticas comprendían a la pesca y la
caza comerciales, el trabajo asalariado temporal y/o permanente de diversos miembros en
actividades tales como la ganadería, la construcción, el servicio doméstico y el trabajo no
calificado en el estado municipal, la apicultura por cuenta propia o de terceros, etc. Estas
diversas ocupaciones, claro está, podían ser combinadas de múltiples formas por las unida-
des domésticas. En este sentido, debo aclarar que las unidades a que me refiero en estas
páginas son aquellas que organizaban el conjunto de sus actividades productivas y repro-
ductivas en torno de la pesca, independientemente del hecho de que, en ciertos momentos,
ésta no constituyera su mayor fuente de ingresos: de esta forma, podríamos calificar como
‘pescadoras’ a aquellas unidades domésticas que hacían de la pesca el centro de su econo-
mía, la actividad que organizaba el conjunto de sus actividades a largo plazo. Estas unidades
propiamente ‘pescadoras’ representaban la abrumadora mayoría del conjunto de unidades
productivas que intervenían en el ámbito de la captura del pescado y constituían la base
permanente del proceso productivo pesquero, en el sentido de que el aporte de aquellas uni-
dades que no hacían de la pesca el centro de sus economías era inconstante y, por lo general,
cuantitativamente inferior.
30 Este tipo de estrategia fue el punto de partida de algunos pescadores que, hacia la segunda
mitad de la década de 1980, llegaron a contar con dos o tres equipos completos (canoa,
motor, redes, espineles, dos hombres), lo que representa una acumulación considerable. En
los hechos, por cierto, sólo unos pocos grupos domésticos lograban recorrer este camino,
según veremos más adelante.
31 En términos de la teoría marxista, claro está, la pregunta correcta sería por qué los pesca-
dores aceptaban intercambiar en condiciones donde no podrían obtener la ‘ganancia media’
que, en teoría, es el mínimo aceptable para cualquier capital individual (cf. Bartra, 1982).
Si bien en mi anterior trabajo sobre la estructura del proceso productivo pesquero me ocupé
en detalle de este particular (cf. Balbi, 1990), hoy en día me parece claro que se trata de una
pregunta algo equívoca para quien, como es mi caso, pretende dar cuenta del comportamien-
to efectivo de determinados actores. En efecto, aunque su formulación resulta imprescindible
a la hora de analizar un proceso productivo desde el punto de vista sumamente abstracto
en que se coloca la teoría marxista (donde tiene pleno sentido hablar del ‘proceso de va-
lorización del capital’, del ‘capital en general’ y de ‘fracciones de capital’), ella se torna
Sobre la presunta ‘lógica interna’. . . 131

más bien absurda cuando se trata de dar cuenta del comportamiento de actores determi-
nados, de personas reales que actúan en un medio social en particular al que solamente
son capaces de entender desde puntos de vista socialmente situados (esto es, allí donde lo
que tiene sentido es hablar de los pescadores, los miembros de sus unidades domésticas, los
acopiadores, los peones, etc.). Así, al emprender un análisis etnográfico, la pregunta por las
condiciones en que un productor independiente acepta intercambiar sin obtener la ‘ganancia
media’ debe ser reformulada, pues difícilmente ese productor independiente –un pescador,
pongamos por caso– puede saber cuál es esa ‘ganancia media’ o, siquiera, imaginar que tal
cosa exista (de hecho, podríamos decir lo mismo de la mayor parte de los empresarios capi-
talistas que, como el propio Bartra señala, son algo bien distinto de una ‘fracción de capital’
o un ‘capital individual’). Lo que cabe preguntar en este tipo de análisis es, en cambio, por
qué los productores intercambian en condiciones en que les resulta imposible obtener por
sus productos el tipo de retribución que, desde su punto de vista, sería adecuado. Según
yo lo entiendo, ambas preguntas –la pregunta teórica respecto de la búsqueda o no de la
ganancia media y la pregunta etnográfica acerca de la retribución esperada por los produc-
tores independientes– deberían ser siempre integradas en el marco de dos niveles de análisis
diferentes pero complementarios.
Si lo que ciertos productores consideran como la ‘retribución adecuada’ para sus productos
es un monto susceptible de permitir no sólo una reposición de sus condiciones de produc-
ción sino una mejora sistemática de las mismas –esto es, un incremento, no ocasional o
extraordinario sino regular, de sus niveles de consumo no productivo y productivo–, enton-
ces podemos, a todos los fines prácticos, considerar que, en lo que se refiere a la racionalidad
de las actividades de esos productores, dicho monto es el equivalente práctico de lo que
representa la ‘ganancia media’ en el nivel de análisis más abstracto. Ciertamente, todo esto
sería poco significativo si esos productores se limitaran a hablar del tema. En cambio, si
encontramos que sus actividades económicas se encuentran efectivamente orientadas a ge-
nerar ese monto ‘adecuado’ –o, lo que es aún más relevante, a ir más allá del mismo– y que
se registra entre ellos una tendencia significativa a reinvertir parte de sus ingresos en la am-
pliación de sus unidades productivas y/o en una mejora gradual de sus niveles de consumo
doméstico, resulta bastante claro que estaremos justificados para dar por sentado que tales
productores no se proponen una mera reproducción de sus unidades domésticas y producti-
vas sino la concreción de un cierto tipo de acumulación y que, por ende, su comportamiento
en el mercado no puede ser entendido como el producto de una ‘lógica no invertida’ que
les sería propia. Este es el caso de lo que los pescadores consideraban que deberían ser ‘sus
ganancias’, aquellos ingresos que, según ellos, los acopiadores les arrebataban, explotándo-
los, pero que deberían quedar en sus manos para ser destinados a usos tales como la mejora
de sus viviendas, la educación de sus hijos y/o la compra de herramientas para, tal vez,
aumentar los ingresos futuros y evitar que esos hijos necesitaran el día de mañana dedicarse
al duro oficio que es la pesca. Así, a mi juicio, la categoría ‘ganancias’ de los pescadores
victorienses puede ser considerada, a los fines del análisis, como un equivalente práctico de
la noción teórica de ‘ganancia media’, en el sentido de que, si en el nivel de la teoría puede
suponerse que ésta orienta el comportamiento de quienes intercambian en un mercado ca-
pitalista operando según una ‘lógica invertida’, del mismo modo en el nivel de la etnografía
se puede afirmar que la intención de ganar orienta el comportamiento de los pescadores en
tanto productores independientes que venden sus productos en un mercado capitalista que
es parte de una sociedad capitalista.
32 Cabe preguntar, sin embargo, por qué los pescadores no se dedicaban exclusivamente a
la caza, teniendo en cuenta que generalmente ya disponían de los medios necesarios para
hacerlo y que el valor de sus herramientas de pesca podría haberles permitido multiplicarlos.
El hecho es que, siendo muchas veces más rentable a corto plazo, la caza tendía, sin embargo,
a ser demasiado insegura como para tornarse en el centro de la economía de las unidades
domésticas de quienes la practicaban porque se veía afectada por períodos de veda y porque
132 Calando la vida

la demanda era sumamente inestable. Respecto de la caza comercial en el Departamento


de Victoria, véanse: Rosato (1990, 1998 y 2008, en este mismo volumen). Respecto del
ciclo anual de actividades en la pesca, véanse Guebel (2008 [2000]) y Balbi (2008b), ambos
incluidos en esta compilación. Véase, asimismo, Malvárez, Boivin y Rosato (2008 [1999], en
este mismo volumen) en lo tocante a las relaciones entre las actividades de pesca y caza.
33 Es preciso recordar aquí que la productividad de la tecnología empleada para la captura era
escasa y que no había otras tecnologías más productivas que estuvieran disponibles (en el
sentido de que fueran efectivamente empleadas en el área) para que los pescadores recurrieran
a ellas. De esta forma, ellos solamente podían emprender procesos de reproducción ampliada
apelando a una sobreexplotación de su propia fuerza de trabajo y de la de los miembros de
su unidad doméstica, para luego verse restringidos al recurso de incorporar nuevas unidades
de tecnología (esto es, más herramientas) y recurrir a la contratación de peones. Así, las
condiciones tecnológicas limitaban los incrementos de la productividad que cada unidad
podía generar en un momento dado, imprimiendo un ritmo característicamente lento a
los procesos de reproducción ampliada de las unidades domésticas y productivas de los
pescadores.
34 En efecto, las condiciones coyunturales de las unidades domésticas de los pescadores (re-
lacionadas, fundamentalmente, con el curso del ciclo de desarrollo propio de ese tipo de
unidades) afectaban a su capacidad para distribuir el trabajo de sus integrantes entre la
caza y la pesca de la manera potencialmente más ventajosa. Por ejemplo, un pescador que
quisiera dedicarse temporalmente a la caza para aprovechar una temporada de precios altos
podía verse forzado a dejar sus herramientas de pesca en manos de un peón por no tener
sus hijos la edad suficiente como para pescar sin su compañía.
35 No es casual, en este sentido, que el caso más notable de acumulación ampliada que pudimos
registrar en la época correspondiera a un joven pescador que no tenía hijos (aparentemente,
por ser, él mismo o su mujer, incapaces de concebirlos). Junto con su esposa, este hombre
había adoptado explícitamente la decisión de no invertir sus ingresos en mejoras de su
vivienda u otras formas de consumo doméstico, volcando todas las ganancias resultantes
de su trabajo –que, como parte de la misma estrategia, exhibía una amplia medida de
autoexplotación– a la reinversión en su unidad de producción. Esta estrategia le permitió,
en pocos años, disponer de varios equipos e iniciar actividades de acopio (incidentalmente,
la pareja de este pescador era la mujer a quien solíamos ver comprando dólares en el centro
de la ciudad durante la ‘crisis hiperinflacionaria’ de 1989). Este caso constituye una clara
muestra de la dependencia de carreras de acumulación semejantes respecto de las condiciones
domésticas de los pescadores e ilustra, además, la debilidad que les es endémica: en efecto,
este pescador perdió todo cuando se divorció de su esposa y debió afrontar una división de
sus bienes gananciales.
36 Para desempeñarse como acopiador local –revendiendo el producto a los extralocales– un
hombre debía ser capaz de asegurar a sus clientes un volumen mínimo de pescado en forma
estable. Ahora bien, a menos que pudiera hacerlo en base a la producción de sus propios
equipos, el incipiente acopiador local debía adquirir también los productos de pescadores
independientes, lo que, como ya hemos visto, exigía la movilización de una serie de relaciones
personales a fin de garantizar su disponibilidad continua.
37 Los ‘palanqueros’ empleaban canoas similares a las utilizadas durante el período que hemos
examinado, pero impulsadas por velas y remos. Sus redes eran de algodón, menos resistentes
y de vida útil más breve que las de nylon. El mercado que abastecían era, evidentemente,
restringido al nivel local, por lo que la actividad ocupaba un número de personas muy in-
ferior al que había de desempeñarse en la producción pesquera posterior. Por su parte, las
‘pesquerías’ ponían en práctica una técnica de captura –el ‘atajado’ del cauce del río desde
una margen a la opuesta– que actualmente se encuentra prohibida en el área a causa de sus
desastrosos efectos sobre el recurso. Este tipo de unidad productiva no podía ser puesta al
servicio de la nueva producción pesquera puesto que presentaba características técnicas in-
Sobre la presunta ‘lógica interna’. . . 133

compatibles con ésta. Sin embargo, muchos antiguos trabajadores de las pesquerías, así como
hijos de esos trabajadores, se dedicaron posteriormente a la modalidad de pesca comercial
que he descrito.
38 Empleo la expresión ‘refuncionalización de unidades preexistentes’ para referirme al proceso
por el cual el capital subordina a una unidad que, antes de ser subordinada, centraba su
economía en torno a la producción pesquera tal como ella se practicaba hasta ese momento:
éste es el caso de los palanqueros que pasaron a pescar para vender su producción a los
acopiadores. Por el contrario, hablo del ‘desarrollo de nuevas unidades’ para denotar el
ingreso a la actividad de productores que hasta ese entonces basaban la reproducción de
sus grupos domésticos en otras actividades: tal es el caso de quienes, contando con las
herramientas necesarias para la pesca, la practicaban sólo ocasionalmente o como actividad
complementaria.
39 No puedo extenderme aquí respecto de las razones por las cuales la producción pesquera
fue derivando desde su modalidad inicial hacia otra caracterizada por el predominio del
control indirecto de los acopiadores extralocales sobre las unidades ‘independientes’ abo-
cadas a la captura del pescado. Diré simplemente que la pesca, al basarse en un recurso
natural, presenta variaciones en la productividad que se encuentran fuera del control de los
productores: en este sentido, al dejar la captura en manos de pescadores independientes,
los acopiadores pudieron trasferirles las pérdidas que, de tanto en tanto, resultaban de esas
caídas de la productividad. Asimismo, la independencia de las unidades de captura suponía
que las mismas debieran financiar sus propias actividades y, lo que resulta fundamental,
que tuvieran que afrontar por sí mismas los largos meses de verano, cuando la demanda
de pescado prácticamente se extinguía. Por un mayor desarrollo de este punto, véase: Balbi
(2008b), incluido en este mismo volumen. Por un tratamiento del tema en términos de la
funcionalidad de esta modalidad del proceso de captura para el proceso de valorización del
capital, véase: Balbi (1990).
40 Si bien el objetivo de este trabajo no es el de examinar la estructura del proceso productivo
en el período considerado en términos de la teoría marxista de la ‘subsunción’, cabe al
menos hacer una breve referencia al respecto, sintetizando las consideraciones expuestas en
mi trabajo previo al respecto (cf. Balbi, 1990).
En el libro a que ya me he referido, Bartra (1982:59 y ss.) sugiere que para dar cuenta
de la enorme variedad de modalidades de organización de la producción que se encuentran
en las economías dominadas por el capital, es necesario reformular los términos propuestos
originalmente por Marx (cf. 1985), distinguiendo analíticamente entre la subsunción formal
y real del trabajo en el capital como ‘forma general’ –esto es, en lo que refiere a la manera
en que el conjunto de la economía es puesta al servicio de la valorización del capital global–
y como ‘formas particulares’ –es decir, en lo que hace a las características específicas que
asumen las distintas ramas de la producción y cada unidad productiva–. La subsunción real
del trabajo en el capital global significa que en una sociedad capitalista el capital ocupa el
papel dirigente, que todo proceso de trabajo es también un proceso de explotación y que
todo excedente es expropiado y transformado en capital, con lo que se cumplen las condi-
ciones formales de la subsunción general. Ello sucede toda vez que “el capital se apodera –o
desarrolla– las ramas claves de la industria apropiándose del segmento decisivo de los me-
dios de producción y proletarizando al sector fundamental de la fuerza de trabajo” (Bartra,
1982:60). Lo dicho no implica, sin embargo, que sea necesario que la subsunción formal se
haya desarrollado en todas las ramas y unidades de producción, lo que equivaldría a afirmar
que el modo de producción capitalista sólo se impone cuando todos los medios de produc-
ción son capital y toda la fuerza de trabajo es asalariada: si así fuera, podríamos afirmar
que no existe, ni ha existido, ninguna formación social capitalista. Por el contrario, según
Bartra, la dominación del modo de producción capitalista no impide que en ciertas ramas o
en ciertas unidades de producción se encuentren, como ‘formas particulares’, la subsunción
formal sin subsunción real, la ausencia total de ambas y, por último, la adecuación técnica
134 Calando la vida

de los procesos de trabajo a la máxima valorización del capital en ausencia de subsunción


formal. Para esta última variante –que sería la correspondiente a la economía campesina–
Bartra acuñaría, en un trabajo posterior, la expresión “subsunción material” (1989:5).
Dando por sentado el hecho –que juzgo evidente– de que la subsunción formal y real del
trabajo en el capital se habían producido ya en tanto ‘formas generales’ en la economía
argentina mucho antes la década de 1960, esbozaré las distintas ‘formas particulares’ de
dicha subsunción que se desarrollaron en la pesca victoriense a partir de ese momento. La
modalidad inicial del proceso productivo pesquero, en la cual los acopiadores provenientes
de Santa Fe controlaban la totalidad del mismo –y no sólo las actividades vinculadas al
traslado del producto a los centros de consumo–, corresponde claramente a un caso de plena
subsunción formal. Y, puesto que los acopiadores introdujeron algunas innovaciones técnicas
que permitieron aumentar la productividad del trabajo de captura del pescado (redes de
nylon, motores, etc.), puede decirse que esa subsunción formal estuvo acompañada de una
subsunción real.
En cuanto a la modalidad dominante durante el período 1986 – 1992, las formas particulares
de la subsunción deben ser consideradas como diferentes para cada uno de los tres procesos
de trabajo en que se dividía por entonces el proceso productivo. En los procesos de traslado
y de conservación se encontraba una subsunción formal plena, o virtualmente plena (y, por
ende, también existía subsunción real), en la medida en que todas las unidades productivas
eran del tipo capitalista o se aproximaban a su forma típica. En cambio, como sabemos,
solamente una minoría de las unidades de producción dedicadas a la captura eran del tipo
capitalista, mientras que la mayor parte de las unidades eran ‘independientes’ en el sentido
de que eran propietarias de sus medios de producción y estaban basadas en el trabajo del
propio pescador y de los miembros de su unidad doméstica: en consecuencia, cabría afirmar
que el proceso de captura estaba caracterizado más bien por el predominio de la ausencia
de subsunción formal en tanto forma particular. Por otra parte, el proceso de captura de la
época corresponde claramente a lo que Bartra denominaba como ‘subsunción material’, en
el sentido de que las unidades productivas no subsumidas formalmente que predominaban
entonces operaban en condiciones técnicas que, habiendo sido establecidas anteriormente
bajo el régimen de subsunción formal plena, hacían posible una productividad adecuada
a las necesidades de los acopiadores extralocales y –por lo que realmente viene al caso en
este contexto– a las condiciones de la valorización del capital. De hecho, la existencia de
una minoría de unidades de captura subsumidas formalmente puede ser entendida como
un mecanismo a través del cual el capital continuaba fijando las condiciones técnicas más
adecuadas para su valorización: desde este punto de vista, más que hablar del predominio en
el proceso de captura de condiciones en las cuales estaba ausente la subsunción formal, cabría
decir que ese proceso de trabajo se caracterizaba por una modalidad de ‘subsunción formal
restringida’, en el sentido de un umbral mínimo de control directo de unidades productivas
por el capital tal que facilitaba la imposición de ciertas condiciones técnicas a la mayoría
de unidades productivas formalmente ‘independientes’. Resulta significativo, a este respecto,
que las innovaciones técnicas más notables del período considerado (el uso de botes metálicos
de mayor eslora y dotados de cajones térmicos que permitían conservar el pescado en hielo
una vez eviscerado y lavado) fueran implementadas, precisamente, por aquellos pescadores
que intentaban dar el salto hacia el papel de acopiadores locales, quienes debían competir
directamente con los acopiadores fluviales y locales en lo tocante a la capacidad de concentrar
un volumen de producción importante. No puedo extenderme aquí sobre estas cuestiones
en la medida en que sería necesario para saldarlas; el lector encontrará mayores precisiones
conceptuales en los trabajos de Bartra (cf. 1982, 1989) y en mi propia relectura crítica de
los mismos (cf. Balbi, 1990).
Sobre la presunta ‘lógica interna’. . . 135

Bibliografía
Abduca, R. (1992). Procesos de transición. Acerca de la especificidad de cier-
tas vías de formación de relaciones capitalistas en la periferia. En H. Trinchero
(comp.), Antropología Económica II. Conceptos fundamentales. Buenos Aires:
Centro Editor de América Latina. 69-127.
Alavi, H. (1982). The structure of peripheral capitalism. En H. Alavi y T. Sha-
nin (Eds.), Introduction to the sociology of ‘Developing Societies’. New York:
Monthly Review Press. 172-192.
Ayerdi, C. (1989). Producción y reproducción en la actividad pesquera. Un aná-
lisis de los grupos domésticos. Informe de avance no publicado, Beca de iniciación,
CONICET, Buenos Aires, Argentina.
Balbi, F. A. (1990). Desarrollo y reproducción de una forma de producción no
empresarial: el caso de los pescadores del área del Paraná entrerriano. Cuadernos
de Antropología Social. 2, 2. 66-94.
Balbi, F. A. (2008a [1995]). Las paradojas de la regularidad. Algunas considera-
ciones en torno del papel de los intermediarios en el proceso productivo pesquero
del área del Delta entrerriano. En M. Boivin, A. Rosato y F. A. Balbi (Eds.), Ca-
lando la vida. Ambiente y pesca artesanal en el Delta entrerriano. Buenos Aires:
Editorial Antropofagia, Serie ‘Antropología Política y Económica’ – GIAPER.
Balbi, F. A. (2008b). La mordida: el intercambio desigual al trasluz. En M.
Boivin, A. Rosato y F. A. Balbi (Eds.), Calando la vida. Ambiente y pesca
artesanal en el Delta entrerriano. Buenos Aires: Editorial Antropofagia, Serie
‘Antropología Política y Económica’ – GIAPER.
Bartra, A. (1979). La renta capitalista de la tierra. Cuadernos Agrarios. 4, 7-8.
Bartra, A. (1982). La explotación del trabajo campesino por el capital. México:
Ed. Macehual – C.P.A de ENAH.
Bartra, A. (1989). Campesinado: base económica y carácter de clase. Cuadernos
de Antropología Social. 2, 1.
Boivin, M. (1991). Estudio integral sobre las características y el aprovechamiento
de la fauna ictícola en la zona de islas del Departamento de Victoria, Entre
Ríos, Argentina. Informe técnico no publicado, presentado al Consejo Federal de
Inversiones, Argentina.
Boivin, M., Rosato, A. y Balbi, F. A. (2008 [1997]). Integración regional y
reorganización espacial de las actividades productivas: el caso de la producción
pesquera en el área del Delta entrerriano. En M. Boivin, A. Rosato y F. A. Balbi
(Eds.), Calando la vida. Ambiente y pesca artesanal en el Delta entrerriano.
136 Calando la vida

Buenos Aires: Editorial Antropofagia, Serie ‘Antropología Política y Económica’


– GIAPER.
Chayanov, A. V. (1985). La organización de la unidad económica campesina.
Buenos Aires: Nueva Visión.
Chayanov. A. V. (1987). Sobre la teoría de los sistemas económicos no capita-
listas. En A. V. Chayanov et al. Chayanov y la teoría de la economía campesina.
México: Siglo XXI. 49-79.
Espinach Ros, A. y Delfino, R. (1993). Las pesquerías de la cuenca del plata en
Bolivia, Paraguay, Argentina y Uruguay. Documento presentado al Taller sobre
las Pesquerías de la Cuenca del Plata de la COPESCAL, Montevideo, Uruguay.
Espinach Ros, A. y Sánchez, R. P. (2006). Proyecto Evaluación del Recurso Sá-
balo en el Paraná. Informe final de los resultados de la primera etapa 2005-2006 y
medidas de manejo recomendadas. Buenos Aires: SAGPyA-INIDEP-INALI-UNL.
Guebel, C. (2008 [2000]). El aguinaldo del pescador. Ciclo anual de actividades
y representaciones temporales. En M. Boivin, A. Rosato y F. A. Balbi (Eds.), Ca-
lando la vida. Ambiente y pesca artesanal en el Delta entrerriano. Buenos Aires:
Editorial Antropofagia, Serie ‘Antropología Política y Económica’ – GIAPER.
Gordillo, G. (1992). Procesos de subsunción del trabajo al capital en el capita-
lismo periférico. En H. Trinchero (comp.), Antropología Económica II. Conceptos
fundamentales. Buenos Aires: Centro Editor de América Latina. 45-67.
Malvárez, A. I., Boivin, M., Rosato, A. (2008 [1999]): Biodiversidad, uso de
los recursos naturales y cambios en las islas del Delta Medio del río Paraná. (Dto.
Victoria, provincia de Entre Ríos, Rep. Argentina). En M. Boivin, A. Rosato y
F. A. Balbi (Eds.), Calando la vida. Ambiente y pesca artesanal en el Delta
entrerriano. Buenos Aires: Editorial Antropofagia, Serie ‘Antropología Política y
Económica’ – GIAPER.
Marx, K. (1985). El Capital, Libro I, Cap. VI (inédito). México: Siglo XXI.
Marx, K. (1987). Introducción general a la crítica de la economía política. Mé-
xico: Siglo XXI.
Palerm, A. (1981). Antropología y marxismo. México: Editorial Nueva Imagen.
Philippe Rey, P. (1980). El proceso de proletarización de los campesinos. Mé-
xico: Arte, Sociedad e Ideología Editores.
Rosato, A. (1990). Producción y reproducción en el sistema de actividades
cazador-pescador. Tesis de Maestría no publicada, FLACSO, Buenos Aires, Ar-
gentina.
Sobre la presunta ‘lógica interna’. . . 137

Rosato, A. (1998). Estructura económica y estructura jurídica. Tesis doctoral


no publicada, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires, Ar-
gentina.
Rosato, A. (2008). Las leyes de caza y pesca y la “constitución” del sistema
cazador-pescador. En M. Boivin, A. Rosato y F. A. Balbi (Eds.), Calando la
vida. Ambiente y pesca artesanal en el Delta entrerriano. Buenos Aires: Editorial
Antropofagia, Serie ‘Antropología Política y Económica’ – GIAPER.
Rosato, A. et al. (1987). Proceso productivo y procesos de trabajo en la activi-
dad pesquera: el caso de los pescadores ribereños del Paraná entrerriano. Informe
de avance no publicado, PIA 1049, CONICET, Buenos Aires, Argentina.
Stoler, A. (1987). Transiciones en Sumatra. El capitalismo colonial y las teorías
de la subsunción. Revista Internacional de Ciencias Sociales: Los procesos de
transición. UNESCO, 114. 103-125.
Wolf, E. (1993). Europa y la gente sin historia. Buenos Aires: FCE.