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García Márquez y Rodolfo Walsh: de los apremios de un tiempo convulsionado al canon

latinoamericano de la narración

Bryan Andrés Mosquera Romero

En 1960, bajo el entusiasmo de la Revolución Cubana, Fidel Castro dio el mandato de crear
una agencia de prensa latinoamericana que hiciera frente al imperialismo. Existía por aquel
entonces un montón de francotiradores sin bando, cuyas narrativas habían hecho eco en sus
países de origen, pero parecían naufragar en el duro mar del oficialismo dictatorial. Se
llamó Agencia Prensa Latina y se fundó en la Habana con el amparo de Jorge Ricardo
Masetti, un argentino que tuvo la tarea de reclutar, no sin escepticismo, a los galeotes que
andaban desperdigados por el exilio, cuando no andaban cercados en sus propios países.
Entre los caballos de batalla más preciados se encontraban dos nombres que, cinco años
atrás, habían develado con solo veintisiete letras y un riguroso trabajo investigativo,
escándalos que costaron un mal tiempo entre las dictaduras: Rodolfo Walsh, con
Operación Masacre, y Gabriel García Márquez, con Relato de un naufrago. Ambas obras,
encumbradas hoy como ejemplares del Periodismo narrativo, tienen tantas cosas en común,
tanto en su contexto, como en su forma y contenido, que no debe pasarse por alto la
coincidencia, pues ambos no se conocerían hasta encontrarse en los vericuetos de la
revolución y en el malecón habanero, cinco años después de publicadas. Comparten,
entonces, una época y un contexto igual, donde el testimonio, la literatura y la narración
desdibujan sus limites, pues había que recurrir a todas las herramientas necesarias ante el
avance impetuoso del totalitarismo y las consecuencias humanas de la guerra.

Recién terminada la Segunda Guerra Mundial, el hombre se vio tan trastornado, que
empezó a mirar hacia sus adentros y hacia abajo. Las catástrofes del progreso que tanto
había advertido Walter Benjamin empezaban a cumplirse. Nace la confianza por la
memoria y la era del testigo, como lo llamaría Annete Wieviorka. En una de sus Tesis sobre
la historia, Benjamin hace alusión al exceso maquinal del historicismo, gracias al
espaldarazo del progreso, lo cual requiere “un pasado de los vencidos que constituye el
pliegue oculto del presente y que solo puede confiarse a la memoria”. Benjamin siente
pavor por la dictadura del futuro creada por el historicismo. Llama la atención y quiere,
también, asaltar “el tren del progreso”, recuperando lo que él considera “las victimas” de
toda la maquinaria política de su tiempo1. En síntesis, para Benjamin, la “construcción
histórica está consagrada a la memoria de los sin nombre”2. Es entonces cuando el yo
vuelve a aparecer en la esfera social 3, luego de que la Nación colmara los espíritus en
función de la comunidad imaginaria4, y de que se viera los avances de la modernidad, o la
cara más tenaz de la modernidad que se vivió en los campos de concentración nazis y en la
gulag soviética. Y junto con el yo, nace su exteriorización, la materialidad de la
consciencia: el testimonio. Como antagónico a lo social y determinado, el testimonio no
está del lado de la verdad, nos dice Cecilia Vallina, sino del lado de la experiencia, de lo
aún no construido, de lo que falta según Benjamin.

Fruto de las reflexiones benjaminianas, nace una estrategia metodológica que luego
retomarían los apologistas del testimonio, los fanáticos del otro –entre ellos Walsh y García
Márquez-: “cepillar la historia a contra pelo”5, porque, en palabras de Reyes Mata y su
reflexión sobre Benjamin, el historiador “debe convertirse en trapero, es decir, tiene que
escarbar en los desechos que no cuentan para el tiempo lineal, homogéneo y vacío” 6,
tiempo que, por supuesto, es el aliado principal del totalitarismo y los regímenes
dictatoriales. Esta metodología también descansa en estrategias que la literatura, siempre un
paso adelante, ya había enunciado, sobre todo en Dostoievski. La polifonía como ejercicio
de puntos de vista, de poner un micrófono a las múltiples voces que comparten un mismo
escenario, es el aporte que Bajtín hace en su lectura pormenorizada del escritor ruso.
Cuenta Hemingway, en Paris era una fiesta, una escena que puede dilucidar mejor este
recurso de Dostoviesky. En su estilo raso y al punto, sin recovecos superficiales y oraciones
sobrias, Hemingway narra que entra a un bar en París, realmente molesto, porque alguien
ha dicho que el escritor ruso merece un lugar muy elevado en la literatura universal.
1
REYES MATE, Medianoche en la historia. Comentarios a las tesis de Walter Benjamin
“Sobre el concepto de historia”, Editorial Trotta, Madrid, 2006. 338 páginas.
2
Ibíd.
3
Cecilia Vallina. Crítica del testimonio. Beatriz Viterbo Editora. 2009.
4
Benedict Anderson. Comunidades imaginadas. Fondo de Cultura Económica, 1993
5
REYES MATE, Medianoche en la historia. Comentarios a las tesis de Walter Ben- jamin
“Sobre el concepto de historia”, Editorial Trotta, Madrid, 2006. 338 páginas.
6
ibíd.
Hemingway, siempre desafiante, dice que es el peor escritor de todos los tiempos, pero que
no sabe cómo –y expresa su angustia- Raskolnikov y sus personajes logran tener tanta
personalidad si se les narra con tan poca magistralidad. Esto, por su parte, acompaña la tesis
de Bajtín: “el diálogo en sus novelas –las de Dostoievski- se establece entre voces
ideológicas, autónomas, situadas en igualdad de condiciones entre sí y con respecto a la voz
del autor… se produce un plurilingüismo social que aglutina a lenguajes diversos” 7. Es la
polifonía, sin más, la naturaleza polifónica de la vida humana, que luego, cuando sea
legítimo ante los excesos de los discursos homogéneos, cobrará valor y sentido.

Luego del holocausto, como lo expresa Enzo Traverso 8, empieza el auge de la memoria.
Los excesos por moldear la sociedad con las rotundas armas de la violencia, hicieron mella
y dieron permiso a los no escuchados, los ninguneados diría Galeano. Para Traverso,
existen claves comunes para entender el nazismo y el comunismo en términos totalitarios:
supresión del Estado de derecho fundado en la separación de poderes y la eliminación de la
democracia representativa que reconoce libertades individuales, junto a la censura y un
monopolio estatal sobre los medios de comunicación. En esa medida, nace la “casa de los
muertos” que mencionaba Tony Judt, de donde emerge una sensibilidad hacia las victimas,
y secunda Benjamín cuando dice que la Europa en que le tocó vivir parece “un campo de
ruinas que se amontonan sin pausa hacia el cielo”. Por último, Traverso da una estocada
final cuando alude al ejercicio de orfebre que debe tener el escritor de la Historia. Nos
recuerda a Ginzburg y su reflexión de la escritura influenciada por el derecho, en un
escenario donde se exhiben pruebas y con retórica argumentativa se debe convencer al
publico, sobre la base de los hechos dilucidados y compuestos con la paciencia del oficio.
La escritura, entonces, en tiempos de testigos y testimonios, de la emergencia de los no
escuchados, del yo, de cepillar a contrapelo, debe y puede valerse de persuasiones poéticas,
estrategias narrativas, tenacidad de los hechos, contraste de lo escuchado. Todas las
características que guardan Operación Masacre y Relato de un naufrago.

7
Mijíl Bajtín. Problemas de la poética de Dostoievski, México: FCE, 1986
8
Enzo Traverso. La historia como campo de batalla. Fondo de Cultura Económica: 2012.
Era de esperarse que los ecos del mundo europeo sonaran en Latinoamérica, pero
retumbaban en paredes y texturas tan distintas que requirieron soluciones específicas. Y
mucho más con la presencia del Gran Garrote, tan cercana, que la intervención
norteamericana era una presencia inmediata, nada fugaz, como un patriarca con derecho
natural. Las dictaduras del cono sur, luego del teatro de la segunda guerra mundial, como lo
cataloga Javier Rodríguez9, se daban con el patrocinio de Estados Unidos, con el
comunismo como principal enemigo, y el aforismo de América para los americanos, tan
pernicioso como la igualdad entre iguales. El comunismo, sin embargo, ya tenía trecho en
los países del cono sur, y fue hasta la Revolución Cubana (1959) que se intensificó la
estrategia del norte. No obstante, las dictaduras militares tenían una bitácora construida y
telegrafiada desde Estados Unidos, donde debía frenarse todo intento que fuera en contra de
la democracia, el liberalismo. En este contexto es que cinco años antes del arribo de Fidel y
sus hombres a la Habana, ya existía la censura y el control militar, y toda forma de
violencia que impidiera el avance de ideas lejanas a lo que demandaba el ejecutivo
norteamericano. Colombia y Argentina no eran marginales en su tiempo. Rojas Pinilla, con
su dictadura folklórica como la llama García Márquez10, era un entusiasta de fusilar
estudiantes descorbatados y alborotados, y la Revolución Libertadora, en la Argentina de
Walsh, se cantaba ley marcial con tanta naturaleza como los gallos al amanecer. En este
contexto nace el testimonio latinoamericano, pero con una estrategia propia: la crónica, el
periodismo narrativo, o el reportaje con estrategias de ficción.

Antes que nada, ambos eran escritores. Persiguiendo a Faulkner, maestro de todos, no
creían como el creador de Yoknapatawpha en la inspiración, sino en la transpiración.
Fueron cuentistas en su juventud. García Márquez publicó su primer cuento en El
Espectador, alentado por Eduardo Zalamea Borda, quien se hacía llamar Ulises en su
sección dominical, y no por el griego trotamundos, sino por el héroe nostálgico de Joyce.
Walsh, por su parte, tiene una saga entera de cuentos policíacos, alentado por sus
contertulios, y encumbrado por su calidad argumentativa de un género que poco o nada

9
Javier Rodrigo, “Continente cementerio. Fascismo, heterofobia y
violencia en Europa, 1914-1945”, Ayer 74 (2009): 243-261.
10
Gabriel García Márquez, “Relato de un naúfrago”, Penguin Random House Grupo
Editorial (2014)
tenía raíces en los argentinos. Desde ahí se despliega su capacidad de poner, con artilugios
literarios, la realidad inmediata de la cual hacen parte. Ambos, sin saberlo, fundan un
género que hoy día sacude el mundo latinoamericano, y que algunos aventurados llaman el
otro aporte latinoamericano a las letras universales, luego del Boom.

Curiosamente Relato de un naufrago y Operación masacre se tejen luego de que el suceso


se considerara algo refrito. Me explico. El 28 de febrero de 1955 se conoce la noticia de
que los miembros de la tripulación del destructor Caldas, de la marina de guerra de
Colombia, había naufragado a causa de una tormenta en el mar Caribe. Una semana
después, uno de ellos aparece moribundo en una playa desierta del norte de Colombia,
después de permanecer a la deriva en una balsa. García Márquez, entonces reportero de El
Espectador, ve llegar a Luis Alejandro Velasco a las oficinas del periódico, a riesgo propio,
dispuesto a contar lo que ya había contado. Walsh, por su parte, se encontraba jugando al
ajedrez en un bar bonaerense, seis meses después de que, en ese mismo lugar, lo
sorprendiera un tiroteo con que empezó el asalto al comando de la segunda división y al
departamento de la policía, en la fracasada Revolución de Valle, que quería darle fin a al
Revolución liberadora de los militares, que mandó a Juan Domingo Perón, presidente
constitucional, al exilio. Alguien, en una mesa, le dice a Walsh una oración, sin que él la
busque, tal como en García Márquez: “Hay un fusilado que vive”. Ambas historias,
entonces, nacen en contraposición al oficialismo: algo que ya había sido contado desde
arriba, bajo el manto permisivo de la censura, pero que después de retorcerse en el tiempo,
salta a la luz para cuestionar lo establecido.

El reto era contar las cosas como nadie antes las había contado. El testimonio de Alejandro
Velasco y de los fusilados que no tenían nada que ver con la Revolución de Valle, cae en
las manos de estos dos escritores, que ven en la literatura las herramientas para contar algo
que, desde la sequedad, ya todos consideraban como verdad. La memoria prodigiosa de
Alejandro Velasco sorprende a García Márquez; la recolección exhaustiva de los fusilados
y sus familias permite a Walsh recrear la polifonía en un texto donde todos hablan y no
importa la verdad, solo el testimonio. En ambos se ve la intención clara: recrear un suceso
de tal manera que remueva el pliegue que ocultaba a los sin nombre.
El hecho de que ambas historias hayan llegado de forma tan advenediza no es un ministerio
providencial, sino la muestra de los poros que abre el totalitarismo, que entre la guerra y sus
violencias, guarda el germen de su destrucción donde, por supuesto, juega un papel
importante el factor pedagógico, o, en términos humanos, ponerle voz a los ninguneados.
Es allí donde descansa la polifonía que anteriormente nombraba, y aún más, sobre la
evocación del yo, del otro. El ejercicio narrativo de García Márquez y Rodolfo Walsh, muy
en contravía del totalitarismo, y siguiendo –tal vez sin saberlo- la tesis de peinar a contra
pelo de Benjamín, crea disgusto en las dictaduras, y su visión homogénea y desde arriba.
El testimonio cae encima de la verdad; la narrativa remueve el piso de lo oficial; el tren del
progreso queda sin abasto ante la totalidad de las voces que creía llevar a bordo.

Tiempo después, ambas publicaciones traen consecuencias que llevarían a que ambos
escritores se encontraran en Cuba. García Márquez, por su parte, debe abandonar su oficio
de reportero ante la censura de Rojas Pinilla, y Guillermo Cano, entonces jefe de redacción
del diario, lo manda a París bajo la excusa de ser reportero internacional antes de que le
cueste la vida el Relato de un naufrago. Walsh, por su parte, emprende la lucha para que se
reconozca su investigación; molesta a jueces, la emprende contra militares, condena el
olvido, y se ve tan vilipendiado que ve en este nuevo espacio una forma de denunciar, antes
de ser desaparecido casi veinte años después por otra dictadura más sofocante. Los aportes
de ambos escritores, con la ventolera que inspira Cuba, se ve cuando Casa de las Américas,
la encargada de reconocer por medio de premios la labor de las letras americanas, en 1970,
crea la sección de “testimonios”, como una herramienta para conocer la realidad
latinoamericana. Ambos escritores se vuelven a encontrar; incluso, hoy día, figuran juntos
cuando se habla de este género que ambos inauguraron sin saberlo.