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El exilio de escribir (*)

por Germán García

Por qué no empezar por esa lejanía? La publicación de un poema en el diario Democracia de Junín, después de
otro en una revista de Salta y uno más en un diario de Córdoba. Y aquel poema publicado en un diario agrario de
Ascensión. Paso a paso, sin saberlo, me exiliaba de la vida común de los compañeros de trabajo. Tenía 15 años y
a los 17 me fui a Buenos Aires. En dos años me había quedado sin lugar y corría el peligro de convertirme en loco
del pueblo, en poeta de almacenes y casamientos.

Supongo ahora, por algunos recuerdos, que ser escritor era producir un nombre que separara las palabras de sus
referentes. No pensaba en estos términos. Pero puedo leer cosas de entonces: una voz me hace escribir y al final
queda un espejo donde ese encuentran las mismas cosas que deseaba perder.

La lectura de ciertos libros, en medio del parloteo desolado de aquella ciudad, producía distancias varias con los
semejantes. Entonces tuve que desaparecer, desertar de aquella ciudad que había sido fundada en el desierto
por un decreto relacionado con la línea de avanzada contra los indios.

El colegio nocturno, que había abandonado, prosiguió un tiempo en Buenos Aires. Allí también estaba exiliado
de las contraseñas que los demás intercambiaban: pensiones con personas de diversas provincias, lugares
cercanos a las estaciones donde circulaban prostitutas y desocupados, amistades con algunos que se
encontraban -como yo mismo- al margen de los prestigios de la familia y de la ciudad.

Antes de suponer que alguna vez saldría del país por años, había traducido la palabra Diáspora para designar lo
que hacíamos con algunos amigos en literatura: dispersión, decíamos, para marcar la diferencia con los grandes
de la literatura de Latinoamérica. Una literatura de la dispersión, hecha de restos y abierta a las intrigas que se
estaba gestando.
José Agustín, Reinaldo Arenas (respondía en un reportaje de 1972), pero también Manuel Puig y Witold
Gombrowicz. Queríamos separar lo nuestro del testimonio y de las grandes novelas.

Ni la Antropología de la pobreza de Lewis, ni los Cien años de soledad de García Márquez. Nuestro proyecto
estaba al margen de los compromisos inmediatos y del mandato de los pueblos. Witold Gombrowicz, citado por
nosotros, decía: "Hay que colaborar en la acción clandestina sin revelar que nuestra acción clandestina apunta a
otro objeto." ¿De qué se trataba? De la certeza de que dicho objeto no existía, de que era necesario evitar el
encuentro de la culpa de cada uno con los imperativos generales de la política. En 1973 nuestra revista Literal
titulaba su presentación: No matar la palabra, no dejarse matar por ella.

No queríamos representar ni ser representados, sino mostrar el efecto, el azar y la apariencia, como la verdad
eludida por las fáciles causalidades que se urdían para justificar el movimiento general y su falta de sentido.

En 1977, casi sin poder hablar, elegimos como sentencia de Literal: “Qui de uno dicit, de altero negat”. ¿Qué se
decía allí, que se negaba?

Creo que fue por Fernando De Giovanni que conocí a Luis Gusmán en la época de la publicación de mi primer
libro. Por entonces estaba empeñado en concluir su propio libro y alguna vez leímos unas páginas. Una sintaxis
vacilante multiplicaba el hipérbaton y esto, que hubiera sido criticado de conocer el psicoanálisis, producía
equívocos que eran la fuerza de su estilo.

El frasquito -es el título de ese libro de Luis Gusmán- se publicó y yo le dedique un artículo titulado "Una novela
familiar" que salió en la revista Nuevos Aires (Junio, 1973). La tapa de la revista, por su cuenta y riesgo, decía: El
frasquito y Germán L. García.

¿Qué significaba esta "y"? Por una parte, que la revista no compartía el articulo y por otra, que mi nombre
avalaba el libro. Porque en esa época mi nombre circulaba y con Luis Gusmán y Osvaldo Lamborghini habíamos
publicado Literal - una revista que marcaba mi salida de Los libros- a cuya dirección había pertenecido.

Durante algunos años los tres quisimos imponer una cierta posición contra las variantes locales del compromiso.
Pero nos faltaba autoridad, aunque se nos suponía algún saber. Al poco tiempo los papeles estaban distribuidos:
Osvaldo Lamborghini era el escritor, yo era el teórico y Luis Gusmán llegaría a ser escritor, como Osvaldo
Lamborghini. El lugar de teórico no era un elogio, sino la negación de los dos libros que había publicado. Yo, que
había escrito seiscientas páginas de narrativa y solo algunos artículos, me vi convertido en ideólogo, de otros
que empezaban.

La amistad con Gusmán parecía resistir las insidias del ambiente, no así la de Lamborghini que por entonces se
había convencido de que era el único escritor de su generación. Recuerdo que un día nos encontramos con
Eugenio Trías, que andaba por Buenos Aires. Como solía ser de rigor entre nosotros, yo era quien lo había leído.

Lamborghini, que conocía a Manuel Puig y había enviado su libro a Severo Sarduy, creyó encontrar en Eugenio
Trías un aval y al poco tiempo estaba con el Anti-Edipo, Cobra de Severo Sarduy y las obras de Góngora,
intrigando contra el grupo de Oscar Masotta. ¿Por qué oponía esto al psicoanálisis, si los tres habíamos tramado
- vía Lezama Lima- propagar el barroco y volver a leer la literatura española que suponíamos excluida desde el
Salón Literario de 1837? Creo que alguna vez le escuche comparar El Fiord con La Cautiva de Echeverría, así
como lo escuchaba empeñado en leer la literatura gauchesca como algo diferente de la tradición picaresca.

Estas riñas literarias no hubieran sido suficientes para distanciarnos, pero cierta falta de generosidad y algunas
faltas a la amistad decidieron la ruptura.

Ahora entiendo que el que da, pide. Y que yo le pedía a Lamborghini que respetara la verdad de lo que escribía.

Luis Gusmán, en cambio, fue generoso y siempre reconoció aquello que le había brindado, de la misma manera
que le reconocía lo que más de una vez hizo por mí. Hablo en pasado, no solo por la lejanía en el tiempo y el
espacio, sino porque lo que luego configuramos en el campo del psicoanálisis, terminó por distanciarnos.

Pocas veces he perdido amigos por cuestiones personales - aunque en un primer momento se argumentara así -,
sino que fueron los cambios de discursos - de uno, de ambos - lo que provocó la sustitución de las amistades. Y
digo sustitución, porque me parece que la cantidad de amigos que se puede tener es finita y que cada vez que
encontramos un amigo nuevo estamos, sin saberlo, perdiendo alguno de los que ya teníamos.

Jorge Luis Borges conjetura, para usar esta palabra que casi le pertenece en exclusiva, que el coraje y la amistad
son dos valores argentinos. Yo diría que son dos aspiraciones, porque no son realidades incorporadas como
hábitos. La amistad es trabajosa y la declaración del coraje obliga a conjurar el temor, de lo que resulta la
posibilidad de un acto heroico.

Si la amistad fuese un valor y no un imperativo, la traición no sería aquello que abominan los tangos y que el
sargento Cruz realiza, como también realiza ese personaje de Roberto Arlt estudiado por Oscar Masotta.

Jorge Luis Borges descubre que si el héroe es el traidor es porque el traidor es un héroe. ¿Qué es la traición sino
el drama fraterno por el amor de un padre? No hace falta ir hasta Caín y Abel, basta con La conspiración de Paul
Nizan, donde leemos: "una mañana me despertó un sueño: yo acababa de delatar el retiro de Carré a un
hombre que primero tenia los rasgos de mi padre, y luego mis propios rasgos (...) ¿No nos habíamos reído tanto
del psicoanálisis cuando trabajábamos en Santa Ana, con Dumas...?"

El peronismo, con sus obsesiones paternales, incluía una versión de la historia como conspiración y una
explicación de las derrotas por la traición. Creo que pocos países usan tanto la palabra traición en contextos tan
variados: los hijos traicionan las expectativas de sus padres, los gobernantes la confianza del pueblo, los jóvenes
los valores de la patria, las mujeres el amor de sus hombres, los escritores su misión sagrada, los pintores las
leyes de la perspectiva, los almaceneros la buena fe de sus clientes, etcétera, etcétera.

Acabo de hablar de "falta a la amistad". ¿Por qué no? Si eso falta, se falta a eso. Después de todo la traición
implica un pacto y ocurre que solemos dar por sabido aquello de lo que ni siquiera podemos llegar a decir algo.
Una nota de Primera Plana titulaba "Junín: la traición de Germán García", aludiendo al celebrado libro de
Manuel Puig?

Es que se supone que nacer en un lugar es pactar al propio nacimiento, que soportar un país implica ser el
soporte de lo que le ocurre, que callar las disidencias es estar de acuerdo con lo que se escucha. Si cualquier
cosa es un pacto, cualquier deseo es una traición.

El libro de Luis Gusmán contaba el asesinato fantaseado de un mellizo y la cadena de culpa y expiación que
provocaba. También en lo escrito por Lamborghini aparecía este problema y en particular en un texto llamado
“El niño proletario” (que comente extensamente en el número 2/3 de Literal).
¿Qué era nuestra amistad? Por mi parte y según otras secuencias que no transcribiré, aquella amistad era el
oxímoron fraternal de un cuidado del otro. Yo quería ser amado por la literatura y ser amado como parte de ella.
Supongo que ellos, cada uno a su manera, buscaban lo mismo.

En cuanto al coraje, es difícil saber qué es lo que Jorge Luis Borges supone sobre el mismo. Un tango dice lleno
de ira y coraje, sin compasión la maté. El coraje seria la ausencia de compasión por la propia debilidad y por la
debilidad del prójimo.

Cuando el lazo con los demás se rompe aparece el temor, de manera que el coraje es la certeza de algún lazo, un
dios que aparece incluso cuando el dios de la angustia desaparece (según versión de un protestante).

Para tener valor es necesario tener valores. ¿Cómo se podría realizar una batalla con personas que tuvieran más
compasión por sus cuerpos que amor a la patria y / o, en caso de mercenarios, deseo de lograr algo que los
trascienda en tanto cuerpos? La aspiración al coraje y la amistad conduce al temor y la traición, como abismos
que cada uno debe conjurar. La frase “hay que jugarse” sustituía cualquier argumento. Están los que se juegan y
los que no se juegan y el se tiene un valor imperativo que golpea la frase, la marca de manera inapelable.
Tachemos el se y quedan los que juegan y los que no juegan, introduciendo cierta frivolidad. El coraje es aquí
cierta frivolidad en relación al peligro. El que se juega sin preguntar no teme a nada, está seguro del amor a sus
aspiraciones.

Si el coraje remite al corazón, el valor conduce a un yo fuerte. Ese yo no es la forma de cada cuerpo, sino el
cuerpo que forma un ideal común. La pérdida de este cuerpo común introduce la compasión por el propio
cuerpo, el temor frente a cualquier peligro. También la compasión por los cuerpos de los semejantes, por su
precaria consistencia.

¿Acaso alguien compasivo no podría tener coraje? Si uno lee la historia de los mártires, comprobara la absoluta
falta de compasión en sus actos, aunque aparezca la compasión por el mártir de aquel que, justamente, no lo es.

El mártir, el testigo, está seguro de que el objeto de su deseo está marcado por el deseo del Otro. Es el sacrificio,
la frivolidad del peligro del que (se) juega.

El torero juega, el público es el que lo incita y lo sostiene: por eso el torero, en un momento, se juega.
II

En el año 1968 obtuve cierto éxito con Nanina, novela que fue prohibida a los pocos meses de salir a la venta. La
acusación era de obscenidad y el fiscal pedía dos años de prisión para el autor y los responsables de la edición.
Mi editor, Jorge Álvarez, había sido procesado otras veces y por ese motivo compareció uno de sus socios. La
falta de antecedentes convertía la reclusión en prisión en suspenso con el único agravante de que había que
cuidarse de no cometer ningún delito durante ese tiempo y, según creo recordar, tampoco se podía salir del
país.

El abogado de la editorial estaba seguro de ganar el juicio. Había hecho una argumentación exhaustiva sobre la
censura en diferentes momentos de la historia, a la vez que alegaba que el artículo 128 (Código Penal) protegía
la moral de los ciudadanos y que la prensa leída por esos ciudadanos -incluso una revista católica-, no hablaba
de obscenidad en los comentarios del libro.

Llegado el momento, el fiscal hizo algunas alusiones al origen judío del abogado y se ganó, al parecer, a los
demás especialistas. Hubo las apelaciones de rigor y se concluyó en un año de prisión en suspenso.

Juan Carlos Onganía estaba en el poder y era secundado por un comisario que, cada tanto, lanzaba campañas de
moralización. Podía ser contra las minifaldas, contra los hoteles alojamientos, contra unos libros, contra unas
películas.

Con algunos amigos hicimos un libro que recopilaba las críticas, el material del juicio y las respuestas de la
prensa a la prohibición.

Ese libro estuvo, a su vez, a punto de ser secuestrado por usar los nombres de los magistrados que habían
intervenido.
Al parecer eso era algo tan fuera de lugar, que el funcionario que estuvo en la imprenta comentó que yo estaba
dispuesto a ser llevado a prisión para lograr más propaganda. Para no hacerme el juego, según dijo, dejaría
pasar el desacato. Por mi parte, no se me cruzo por la cabeza que estuviera fuera de la ley exponer al público un
juicio que, por supuesto, era público.

Aunque el libro fue retirado de la circulación -creo que los ejemplares que faltaban vender de la cuarta y última
edición fueron a parar a Uruguay-, eran muchos los que decían saber que el juicio había sido una maniobra
publicitaria. Incluso, esto era acompañado de una versión suplementaria: el libro publicado no era el que había
escrito, sino uno que me fue propuesto por el editor por ser de venta segura.

Estos rumores, que al comienzo provocaba en mi las reacciones más contradictorias, me hicieron comprender
que era un hombre público.

Algunos me daban consejos (cuidado con la fama, por ejemplo). Otros simulaban no conocerme más, otros
decían que éramos amigos de toda la vida. Era llamado de revistas para hablar de cualquier cosa - la moda, la
juventud, los problemas del país -; y se me daba un cierto crédito al incluirme entre los narradores de la nueva
generación.

Unos meses antes de la publicación de Nanina había conocido, en una librería donde estaba empleado, a
Bernardo Kordon (quien era, para mí, una versión porteña del admirable Saúl Bellow).

Un día le comente que había escrito un libro, que me gustaría que lo leyera. Por mi parte, me gustaban ciertos
relatos suyos donde un vagabundeo muy particular, narrado de varias formas, hacía que me reconociera en
aspiraciones que eran más literarias que reales.

Kordon volvió un día con la noticia de que había dejado el manuscrito en la Editorial Jorge Álvarez y que me
dirían en poco tiempo si les interesaba publicarlo.

La poca importancia que dio a esto fue para mí la certeza de su generosidad. A partir de ese día le tuve una
simpatía especial, incluso la actitud de Kordon influyo en la que después tendría hacia otros que comenzaban.
Cada vez que me fue posible trate de que se publicaran los manuscritos que llegaban a mi, casi con exclusión de
mi propio gusto. Así promoví la publicación de Siete de Oro de Dal Masetto, Keno de Fernando De Giovanni, A
bailar esta ranchera de Horacio Romeu, El Fiord de Osvaldo Lamborghini, etcétera.
En Literal busque incluir escritores inéditos, entre los que recuerdo textos de Susana Constante, Luis Thonis,
Lorenzo Quinteros, Marcelo Guerra, Ricardo Ortolá, Jorge Quiroga, Antonio Oviedo y Aníbal Goldchluk.

Alguno de estos solía, después de ser publicado, levantar la voz y decía por ahí lo necesario que era para
sostener mi revista. Ellos no sabían, tampoco yo, que estaban pagando aquel gesto de un escritor realizado que
se llama Bernardo Kordon.

Fui citado por la editorial y me recibió Piri Lugones - encargada de la publicidad y asesora en publicaciones -
quien me comunico que Rodolfo Walsh había leído la novela, le había gustado y publicaría algo sobre la misma
en Primera Plana. En efecto, allí salió una nota sobre varios nuevos - entre ellos estaba mi nombre.

Hubo reportajes y notas, hubo un anticipo del libro en revistas, hubo hasta una investigación hecha en Junín por
Primera Plana. Los de mi ciudad natal se sentían traicionados por mi libro, incluso alguno mando una carta de
lectores a la revista Gente invitando a los periodistas a conocer la verdad sobre la maravillosa ciudad que yo
pintaba de la peor manera. La periodista que había estado en Junín se llamaba Silvia Rudni y años después
alguien me dijo que había muerto en México. La recuerdo aun, era muy joven.

Junto con el libro llegaron los presagios al estilo de "el primero es fácil porque se pone todo, después se sabe si
alguien es de verdad escritor".

Podría decir que hasta ese momento había trabajado siempre. Hacía tres años que trabajaba en la librería donde
conocí a Bernardo Kordon y también a Carlos Astrada y a Enrique Pichón Riviere. Si fallaba, seguiría trabajando.

Arreglé con Jorge Álvarez cobrar algo por mes - puesto que sabía por otros que me sería difícil cobrar lo que
fuese a los seis meses -, y deje la librería. Cada mes sacaba el equivalente del alquiler del departamento al que
nos habíamos mudado -con mi mujer y con mi primer hijo - después de tres años en la habitación con vitral de la
pensión de Corrientes y Paraná.

Aparte de eso, ganaba algo con notas para diferentes revistas. Durante un año estuve libre del trabajo y de las
preocupaciones perentorias del alquiler: escribí Cancha Rayada. Entonces nada hacía presagiar que alguna vez
tuviera algo que hacer en el psicoanálisis - ni como analizante, ni como analista-.
Nuevos amigos, fiestas hasta la madrugada, proyectos de revistas y ciertas horas por día en la novela que
escribiría. Coche rojo se llamaría, en recuerdo de un relato de ese título con el que había ganado un premio -
que pago un mes de pensión - en mi ciudad natal. Recuerdo el orgullo de entonces al contar que había ganado el
único concurso al que me presente en mi vida. Creo, además, que nunca volví a mandar a ningún concurso por
temor a perder. Al final se llamó Cancha Rayada, paradigma infantil de la derrota de ciertos ideales.

Cuando el primer libro se estaba por publicar, Rodolfo Walsh viajo a Cuba y me pidió el manuscrito para llevarlo.
Al regresar dijo que ese año tenía que ganar un boliviano (creo, pero no estoy seguro, que era esta
nacionalidad), porque los argentinos venían ganando muchos premios. Y no lo dijo de mala leche, puesto que
creía en Casa de las Américas. Con el tiempo me pareció bueno haber sabido esto en ese momento, puesto que
confirmo mis sospechas. ¿Si el Nóbel - me preguntaba un amigo - es político, porque este seria de otra manera?
Allá ellos. A los pocos meses comprendí que las coordenadas de mi vida habían cambiado de un día para otro:
empecé a pasarla mal.

Mientras el libro estaba en la editorial pensaba que le faltaba algo, que me había precipitado. Aquella versión
había sido pasada a máquina por Roberto Quiroga, quien - quizá porque era maestro- corregía y sugería. Antes
de la imprenta cambien otras partes, pero seguía sin concluir.

Un día, estando en la librería, recibí por teléfono la noticia de que mi padre había muerto. Tenía que viajar a
Junín, pero antes de hacerlo pase por la editorial y dije que quería agregar una línea. Entonces, escrito a mano,
puse al final: "18 de agosto de 1967. Antonio, mi padre, se murió". Había subrayado el se para que apareciera en
la itálica, porque leía a Heidegger y estaba convencido de que la muerte de un padre es algo que a uno se le
ocurre - aunque no advertía la anfibología de la frase-.

Según la versión de mi madre, había empezado a escribir cuando tenía nueve años. Escribía poemas a las
mujeres del barrio, en particular a una de la que me había enamorado. Antes, cantaba en las fiestas y también lo
hice algunas veces en el micrófono de un club que había en el barrio. Ella iba más lejos, decía que cuando tenía
tres años me perdieron y que al final me encontraron hablando de Perón con unos viejos en un almacén distante
de nuestra casa. Era conversador y cada mes, en el boletín de la escuela, decía “conversa menos, te ira mejor”.
Una verdadera premonición, un oráculo. ¿Cómo decir lo justo, como callar a tiempo? Me hice escritor para
aprender a regular mis ocurrencias.
En definitiva, algo pasaba con las palabras y por fin esa inquietud provocada por el lenguaje se convertía en una
obra de bien. Claro que, después de todo, ahí estaba el juicio como equivalente de aquellas amonestaciones
escolares. Pero mi madre era entonces viuda y poco le importaba -según su declaración- lo que dijeran los
demás, puesto que estaba orgullosa. Incluso había salido una foto cuyo epígrafe decía: la madre del escritor. En
fin, yo era un Gorki del erotismo y ella estaba dispuesta a soportar como la madre del ruso.

Creo que empecé a escribir por amistad con una adolescente del club Junín. Si no recuerdo mal, le decían Chela.
Ella escribía poemas y era delicada - esto, en ese momento, quería decir que no era bella -. Por mi parte, no
sabía nadar y el hecho de que fuese a un colegio nocturno me dejaba fuera de los circuitos de seducción
constituidos por el colegio secundario. En definitiva, éramos dos excluidos. Me preguntaba, sin haber leído a
Kafka, ¿cómo se puede vivir con un cuerpo así? No era un verdadero adolescente, no tenía la ropa que se usaba,
no conocía lo que después escuche designar como los códigos. Ella, por su parte, era un puente. No sería
agraciada, pero sus padres estaban en buena posición y seguía los ritos.

Pero el medio para llegar a los otros se convirtió en fin. Ella escribía poemas y comencé a escribir. Me bastaron
algunos manuales de autores clásicos para rimar lo que fuese. Y, para mis detractores, diré que podía ejercitar
las métricas más variadas. Aprendía enseguida, me aburría, entonces molestaba a los otros.

Chela pasaba mis poemas a un cuaderno, lo hacía con letra caligráfica y poniendo su encanto a mí servicio. Leí a
Espronceda y comencé a escribir poemas a la muerte, cultivé una prolija desesperación.

La muerte de Eusebio Marcilla, el corredor de automóviles de Junín, me facilito las páginas del diario
Democracia. Desde entonces, con regularidad, publicaba algún poema. Quizás publique unos diez en dos años.
También en diarios de otros pueblos: en Ascensión, por la amistad con Osvaldo Alzari; en Villa Dolores, por uno
que quería convertir la pequeña ciudad en la capital de la poesía y organizaba certámenes entre menesterosos
de todas las provincias argentinas. Era poeta, pero quería ser cuentista. Incluso, pensador. Leía a Federico
Nietzsche, diversos autores que hablaban de filosofía. No sé como, ni de donde, pero leí entonces Hiperión, de
Hölderlin.

III
Cuando tenía 17 años la relación con mi padre llego a un punto imposible: me fui de mi casa y de la ciudad natal.
Por supuesto, a Buenos Aires.

Un pariente lejano de mi madre, que con el tiempo llego a odiarme, firmo en la pensión para que me dejaran
quedar a pesar de ser menor de edad. Era encargado del depósito de la Editorial Aguilar y me regaló la colección
“Iniciación filosófica”.

Tenía el dinero del aguinaldo que invertí en pagar un mes de pensión y en comprar alguna ropa acorde a la
nueva situación. Me inscribí en un colegio nocturno y conseguí trabajo en una tienda vecina a la pensión, lo que
me permitía dormir hasta las nueve menos cinco.

Antes, para ir al taller, me levantaba a las seis de la mañana, y además, tenía que hacer trabajos de fuerza
durante casi nueve horas por día. Había que cubrir las cuarenta y ocho horas semanales, de manera que el
sábado ingles era agregado a cada jornada.

La nueva vida era aliviada. Incluso la suerte me deparo una vecina con la que me encontraba más de una vez por
semana (ascensores, baldíos, pasillos oscuros, entradas de casas abandonadas, servían de cama). Y, más suerte
aun, conocí a Eduardo Sánchez en la pensión: tenía biblioteca, había leído bastante y me explicaba la música
clásica. Me enseñaba maneras de vestir con elegancia, me invitaba al teatro Colon y me explicaba el cine de
vanguardia.

Conocí a Raúl Santana, quien me presento a Edgardo Musso que estudiaba psicología. Ese fue mi primer
contacto con el psicoanálisis, en el que me había interesado por las referencias de los surrealistas, aunque
conocía a Freud porque mi madre leía las versiones del Dr. Gómez Nerea (seudónimo del escritor Alberto
Hidalgo).

Elena Roberto, que después sería mujer de Edgardo Musso y que también estudiaba psicología, me hizo un test.
En el resultado aparecieron problemas sexuales. Como ella, por otra parte, me resultaba amable, aquello fue
una revelación.

Raúl, Edgardo y yo, leíamos Budismo Zen y literatura oriental: el deseo y sus efectos, la maya de la satisfacción,
eran temas de charlas en las horas de café.
Mi padre había muerto y había nacido mi primer hijo: estos dos acontecimientos se anudaban de manera
insistente.

Lo que escribía estaba marcado por esta muerte, de manera que alguno de mis libros podría leerse como las
divagaciones transcurridas en las horas de un velorio. Por entonces leí lo que encontré sobre el padre, sobre la
paternidad, etcétera. En cuanto al hijo que había nacido, su presencia era un enigma. Estaba allí, entre nosotros,
como algo inexorable y divertido. Podría decir que su presencia era lo que ocurría.

Fue entonces que empecé mi análisis. Una amiga, P. W., me dio el teléfono de R. M. Después de las clásicas
entrevistas seguí durante unos cuatro años, de manera regular, sobre aquel diván. Por esa fecha también conocí
a Oscar Masotta. Había leído su libro sobre Roberto Arlt y fui a verlo para estudiar lingüística en uno de los
grupos que organizaba. Por entonces, mediante la revista Los Libros -y, en particular, de Héctor Schmucler- me
entere de la existencia de las corrientes actuales de la crítica literaria y comencé a leer: los formalistas rusos, la
fonología, los del grupo Tel Quel, algo de Lévi-Strauss. Pero me faltaba, como se decía, una base. Con Oscar
Masotta comenzamos por la teoría del signo de Saussure y aunque esto parezca un cuento, salí en pleno estupor
al escuchar aquello de la arbitrariedad del signo. Luego Jakobson, Benveniste, Martinet.

Escribía y sin embargo nunca había pensado que hubiese un vacío entre las palabras y las cosas. Era un narrador,
un novelista: las palabras eran eficaces para invocar y presentificar las cosas. Incluso, el primer libro fallaba en la
sintaxis porque lo escribí como si viera lo que se iba configurando. Los amigos estructuralistas me hicieron
perder esta ingenuidad, la desconfianza hacia el lenguaje me llevo a la casi imposibilidad de escribir algo sin
escribir a la vez que lo estaba escribiendo - esto del gerundio estaba mal visto-. Mi segundo libro es el registro
del estupor de ese momento: tema, el padre. Trama: la pérdida de la inocencia lingüística.

En la revista Los Libros publicaba algunas notas (la música beat, Love Story, comentarios de escritores y de libros
diferentes). Andaba por allí uno que hablaba de "la foné" lo que me parecía una frivolidad. ¡Que la foné!

Por el otro lado estaban los políticos y, como era previsible, el de la foné no resistió el embate, pasó de Tel Quel
a la Marcha Peronista, como tantos otros.

(Muchos años después creí entender que el fracaso de la Ilustración convergía en este punto: la generación de
1837, con su Salón Literario, era el inicio de un cuento terminado antes de comenzar)
Aquel rechazo de la política de España, al convertirse en rechazo de su cultura, dejaría a los argentinos solos en
la fascinación de las propuestas modernas. El oro inglés, el libro francés y la constitución norteamericana:. El oro
era de los ingleses, el libro de los franceses y la constitución de los norteamericanos. A los argentinos solo nos
quedaba imitar eso, suponer que éramos europeos. ¿Qué Argentinos?

Eso decíamos con Osvaldo Lamborghini que había escrito El Fiord. Prologué ese texto -mejor dicho lo epilogué- y
busqué su publicación. Cuando Oscar Masotta lo leyó -al texto, al epílogo- me pregunto si conocía a Jacques
Lacan. Le dije que no, entonces me dijo que aquello que decía de la perversión era lo propuesto por Jacques
Lacan. Se refería a una frase conclusiva donde yo afirmaba, no sé por qué, La ontología fálica del padre pasa a la
madre. ¿Ontología fálica? Era, seguramente, una coquetería inspirada en ciertas lecturas de J. P. Sartre. Oscar
Masotta en 1956 había escrito contra Sur y a favor del peronismo, después sobre Roberto Arlt en la perspectiva
de Sartre. Eso le gustó, era un eco de su propia juventud.

Yo había nacido en 1944 y Oscar Masotta en 1930, de manera que cuando nos encontramos en 1969 era un
hermano mayor. Admiraba su estilo personal, esa mezcla de dos culturas que describió en su excelente artículo ”
Roberto Arlt, yo mismo.”

Unos años antes también yo había criticado su relación con el happening, sus incursiones en el mundo de la
historieta, su estilo a la francesa. Entonces no lo conocía.

Después de su muerte, en septiembre de 1979, uno de sus antiguos amigos -Juan José Sebreli- opuso el joven
Masotta al que había encontrado en Jacques Lacan una manera de salir de los circuitos de legitimidad
instituidos. Porque, gracias a Jacques Lacan, Masotta no era un empleado de la universidad, ni del periodismo, ni
de las editoriales. A la inversa, por Jacques Lacan, podía imponer algo a esos reductos. Atópico, sin tener un
lugar determinado, podía fundar su tópica. En efecto, en 1974 hizo una Escuela Freudiana. Yo estaba orgulloso
de ser uno de los que firmó el acta de fundación y tenía la certeza de que llegaríamos a cambiar el rumbo del
psicoanálisis.

Jacques Lacan permitía escapar por igual de ciertos planteos de la izquierda y del psicoanálisis que imperaba en
la APA (luego, los oficiales negociaron con los de la izquierda freudiana puesto que algunos pertenecían a los dos
lugares a la vez)
Con motivo del viaje de Octave y Maud Mannoni publique una crítica a los médicos rebeldes bajo el título “Las
aventuras del bien social”, donde quería demostrar que entre ellos existían más oportunistas que oportunos.
Uno de ellos, de buena fe sin duda, me respondió. Eso hizo posible que explayara mi punto de vista bajo el título
“Respuesta a Gregorio Baremblitt”. Decía allí que la muerte estaba en el horizonte, que el psicoanálisis debía
sostener su lugar en relación a la envolvente espiral de los discursos políticos, y que no había que sucumbir a la
culpa que apresuraba el compromiso. Eso fue en la euforia previa a la dictadura militar

Pensaba en Sigmund Freud y el nazismo, en sus cartas a Arnold Zweig, donde la política del psicoanálisis se
diferencia de lo que se llama política a secas.

¿Qué es lo que suponía? Que si la política era la manera dialéctica de corregir el fracaso de la ilustración (por
ejemplo, en la revolución), el psicoanálisis no hacia más que profundizar ese fracaso, subvertir sus fundamentos,
mostrar que esa “mayoría de edad propuesta por Kant no existe.

A través de Oscar Masotta leí Sigmund Freud, Jacques Lacan y cientos de autores y libros que aparecían como la
condición necesaria para seguir este hilo. Los problemas de dinero los había solucionado mediante mi presencia
en una agencia de publicidad, donde además me había convertido en delegado sindical para evitar que me
echaran por la falta de cumplimiento en mis actividades. En el sindicato me encontré con algunos que conocía
desde las primeras errancias por los ambientes intelectuales, y con ellos hicimos una parte de la campaña
electoral de Cámpora. ¿Por qué me volvía a encontrar con ellos? Porque nunca había sido, nunca fui, un
militante.

Para usar la diferencia hecha por Sartre, en el prólogo a un libro de Nizan, el peronismo permitía ser aventurero.

¿No decía Sartre que en el aventurero el yo viene antes, que el militante es aquel que sustituye ese yo por la
acción común? Nunca seria este militante, siempre tendría esa diferencia que tampoco era el yo mentado por
Sartre.

Antes de conocer a Oscar Masotta, antes de la publicación del primer libro, a través de Raúl Santana había
conocido a Luis Luchi, Horacio Pilar, y tantos otros que configuraban cierta zona de lo que entonces era la
literatura. Se leía a Pavese, se escribía una poesía que connotaba la ciudad y mentaba alguna misteriosa
sabiduría: "No la del Zen, sino la de la noche y sus cafés, la del pueblo y sus problemas" – según el reproche de
uno.
Por otro lado, José Peroni, Poni Micharvegas y los que venían del surrealismo argentino. Tambien los de Eco
Contemporáneo que habían descubierto a Witold Gombrowicz, que habían difundido a Henry Miller y que
quisieron configurar una especie de parodia de la beat generation norteamericana. Andaba entre ellos, entre
unos y otros, sin pertenecer a ningún grupo. Alguna vez publique con los de Sunda -los que venían del
surrealismo-, alguna vez con los de Eco Contemporáneo, pero fuera de sus ritos. Solo, en lo opuesto, estaba
Ricardo Zelarayán que se reía de los grupos y de los escritores, de los que andaban con Pavese y de los que
citaban a Breton, de los que admiraban a Kerouac y de los que suspiraban por los franceses. Ricardo Zelarayán
era un solitario, un poco mayor que los de mi edad, que cultivaba su particular manera de existir. Había leído
antes lo que nosotros leíamos.

Lo que me separaba de los diferentes grupos era la relación con la literatura: no era estetizante, tampoco
comprometido. No era de los que cultivaban la experiencia, tampoco de los que amaban la sabiduría.

Había aprendido a escribir cuentos, pero nunca los publique. Si, años después creo haber publicado alguno en
Montevideo, otro en un diario de Buenos Aires.

Esos cuentos estaban inspirados en Jorge Luis Borges y eran imposibles: temas suntuosos con un vocabulario
elemental y una sintaxis para llorar de risa.

Henry Miller me saco de esas pretensiones y provoco la redacción del primer libro. Era una liberación de esos
modelos finos, una liberación que prosiguió con Witold Gombrowicz y Macedonio Fernández. Al fin, la literatura
era algo personal y no tenía nada que ver con la creación de personajes.

Pero el peligro de esto estaba en Rayuela , en esa versión de los argentinos que aman París y encuentran la
magia en lo cotidiano, la profundidad en la rumia y la justificación del fracaso en el tango.

Recuerdo que alguien me ponía entre los hijos de Julio Cortazar y que eso me resultaba insoportable. Cuando la
prohibición del primer libro, Julio Cortazar, en una carta solidaria, me decía Querido cronopio. ¿Yo, yo un
cronopio? Nada de eso, nunca respondí a esa carta. Aunque lo hubiese deseado, aunque me convenía, según
versión de amigos desinteresados. Pero me había ofendido: "No leí su libro, tengo no sé cuantos metros cúbicos
de libro enviados por Cronopios de Latinoamérica".
IV

Oscar Masotta, antes de la fundación de la Escuela Freudiana, había formado un grupo con el que publicaron el
primer número de Cuadernos Sigmund Freud. En el momento de la fundación ese grupo lo había abandonado.
¿Qué hacer entonces? Juntó médicos, psicólogos y también intelectuales. Fundó la escuela en junio de 1974 y en
diciembre del mismo año estaba en viaje hacia Londres.

La primera reunión fue en casa de Evaristo Ramos, un médico que algo había tenido que ver con la APA. Leí un
trabajo sobre la Gradiva y uno de los de la banda médica dijo que había que discutir si mi lugar era fraterno o
paterno. Gracias por el elogio, pero en la diferencia empezaban los problemas.

Un novelista, un hombre de letras...que además estaba dispuesto a ocupar un lugar en el asunto, estaba fuera
de los cálculos. Era un problema de sensibilidad. La verdad es que los gustos, las lecturas, los chistes, nada
concordaba. A pesar de que pasamos algunos momentos graves en común, hice entre ellos pocos amigos.

Se ocultaban los libros, simulaban no leer lo que uno publicaba, se lo pasaban proponiendo asambleas para
apropiarse de lo que inventaban otros.

La palabra exilio fue, en cierto momento, algo que se impuso. ¿Pero de qué exilio se trataba? No era solo de la
Argentina que me exiliaba, sino también de los argentinos que se encontraban en el mismo campo de intereses.
Difícil decir cuáles eran las diferencias, cuales los puntos de encuentro.

Pero la palabra exilio surgió con fuerza renovada cuando algunos que habían llegado a España antes que yo,
retornaron al país.

¿Por qué no volvía con ellos? Algunos me hablaban de lo conveniente del momento, puesto que no se podía
volver después de que pasara todo. ¿Qué era todo? Se referían, sin duda, a la política. Pero mi relación equivoca
con la política, relación a la que me resigno, se debe a que esta palabra tiene para mí un sentido diferente,
lateral y opaco, que se asocia con algo que le pasa a otros. Si he hablado de política del síntoma, era para
problematizar la primera palabra por la segunda. Es decir, desde el supuesto que lo real no es vivido y que en su
lugar se encuentra el síntoma.

Un exilio no es el exilio. No puedo hablar de la Argentina, sino de una Argentina. ¿No será el exilio el
descubrimiento de esta imposibilidad de universalizar ciertas cosas? Hace tiempo que para mí no existe la
realidad, sino una suerte -siempre una, en cada caso- como límite de cualquier representación. Hace tiempo que
no represento a nadie, que no soy representado por nadie. Por supuesto que tengo ciertas representaciones.
Ahora mismo busco en Witold Gombrowicz algo, busco en su Diario Argentino y en Transatlántico. Si, encuentro
un exilio que no es el exilio. También leo libros sobre el tema. Pero en cualquier caso, no es mi caso. Incluso
decir mi es excesivo. Porque estando aquí, algo les pasa conmigo a los que están allá. Antes estábamos allá,
ahora eso se reparte en los que se quedaron y los que se fueron, no es lo mismo estar y punto, que ser de los
que se quedaron y / o de los que se fueron.

La inquietud cunde cuando uno descubre que la realidad se convierte en ciertos síntomas corporales que no se
corresponden con algo exterior. El correlato entre los recuerdos y el exterior es ahora el retorno vacío de ciertas
representaciones, el retorno unas veces consolador y otras inquietantes. Se vive entre suerte y muerte.

Este retorno produce síntomas, es de por si un síntoma: se habla para los de allá, contra esa deixis en fantasma.
Algunas veces se piensa en el olvido, se lo practica y se lo simula. Pero no. Es lo que James Joyce escribe en su
Exiliados: es el retorno. Y lo que deberá pagarse por ese retorno. O bien el sujeto retorna a su patria o bien su
patria se convierte en memoria, en retorno de imágenes.

En las notas sobre su obra, Joyce se pregunta: "¿Por qué el título de Exiliados? Una nación impone una pena a
aquellos que se atreven a abandonarla, pagadera al regreso". Abandonar un país no es lo mismo que ser
expulsado. ¿Se diferencia una cosa de otra? Es difícil saber que expulsa al que abandona, que abandona el
expulsado. En los dos casos, ¿Que se pierde al perder ese lugar? Y al retorno ¿Qué se paga? En Exiliados de
Joyce, el personaje paga con la entrega de su mujer al amigo periodista que se encuentra con ella la misma
noche en que escribe el artículo que consagra el retorno del escritor. Una nación no perdona, dice Joyce. ¿Qué
es la nación, ya que no es la mujer que se entrega para retornar a ella?

El retorno es grave porque la ida nunca se realizo. De existir un corte, el retorno seria el suave encuentro con las
imágenes y la serena búsqueda de lo que se perdió. Pero si nada se perdió, aparece la duplicación sin identidad
de las imágenes y las referencias ya no resultan correlativas.
Joyce precipito Exiliados para dedicarse al Ulises, donde el exilio se convierte en la extrañeza de un día
cualquiera. Ulises retorna, el encuentro es irrisorio.

Transatlántico es la novela del exilio de Witold Gombrowicz, la caída en la homonimia y en la homogeneización


(el uso del oxímoron muestra que generaliza las equivalencias). Las representaciones no se sostienen, la entrada
de lo real barre la experiencia, convierte a los sinónimos en homónimos. ¿Cómo se llama, al fin, el que empezó a
escribir para hacerse, como se dice, un nombre? El Innombrable, respondió Samuel Beckett. Cada uno tiene su
respuesta.

Subordiné mi vida a la palabra escritor y el segundo libro, Cancha Rayada, era la euforia producida por la certeza
de esta obediencia, metáfora de una derrota.

El relato que era mi vida, incluía la lectura, la amistad, la diversión y las mujeres. Desprecio por lo que no fuera
escribir, sensación de pertenecer a una comunidad ampliada por la traducción y más allá de la finitud temporal.

Germán García [1]

NOTAS

(*) Agradecemos al autor su generosidad por autorizarnos a publicar el presente texto aparecido originalmente
en la Revista El psicoanálisis en el Siglo, Córdoba 1993.

[1] Germán Leopoldo García nació en Junín (Pcia. De Bs. As.), residió en Barcelona a fines de la década del '70 y
regresó a la Argentina en 1985. Publicó las novelas: Nanina (1968), Cancha Rayada (1970, Vía Regia (1975),
Perdido (1984, España), Parte de la Fuga (2000) y La Fortuna (2004). Se formó en psicoanálisis junto a Oscar
Masotta y participó en la fundación de la Escuela Freudiana de Buenos Aires (1974) y en la Escuela Freudiana de
Córdoba (1978), residiendo en España prosigue su formación con integrantes de la Escuela de la Causa
Freudiana (París, Francia). Analista miembro de la Escuela (AME) de la EOL, perteneció al Consejo de la
Asociación Mundial de Psicoanálisis (AMP), es director de Enseñanzas del Centro Descartes (Asociado al Campo
Freudiano), integra el Comité de iniciativas del IOM (Instituto Oscar Masotta), recibió la Beca Guggenheim en
2003. Entre sus ensayos se pueden mencionar: Macedonio Fernández, la escritura en objeto (1975), Laentrada
del psicoanálisis en la Argentina (1978) Psicoanálisis, política del síntoma (1980), Psicoanálisis dicho de otra
manera (1983) Gombrowicz, el estilo y la heráldica (1993) El psicoanálisis y los debates culturales (2005),
Fundamentos de la clínica analítica (2007) Perteneció a la dirección de Los libros y de Literal, en la actualidad
dirige la revista Descartes y la colección Anáfora de la Editorial Atuel.

Billinghurst 901 (1174) Ciudad de Buenos Aires. Tel.: 4861-6152 / Fax: 48637574 /
descartes@descartes.org.ar

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