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Roldán y Oliveros: vínculos y diferencias entre estos personajes

Roldán y Oliveros se consideran dos prototipos de caballeros que reúnen las características
de señores feudales siguiendo la línea de los estamentos sociales en la Edad Media. Como
señores feudales también son vasallos de otro señor, en este caso de Carlomagno.
Ambos son nobles, elocuentes, honrados y con grandes destrezas como la fuerza física y la
habilidad guerrera. Son figuras que apoyan las dos grandes empresas del Cristianismo, una
de ellas es la recuperación de territorios y la otra es la conversión de los Sarracenos a la
Cristiandad. Ambos son héroes épicos. Conocemos de sus nombres a través del cantar de
gesta llamado “La Chanson de Roland” que narra las hazañas extraordinarias que
sucedieron siguiendo las órdenes del emperador Carlomagno en lucha contra los infieles.
Son héroes necesarios en el imaginario colectivo que cumplen un rol lúdico aunque también
persiguen fines didácticos según el sistema ético filosófico medieval. Para que los valores
cristianos fueran transmitidos era necesario utilizar la imagen frente a la palabra, ya que la
cantidad de analfabetos hacían necesarios recursos para que reflejen al héroe como el claro
ejemplo a seguir. Las imágenes, los seres, los paisajes hiperbolizados y la aparición de
elementos maravillosos son muestras de la exaltación de los valores, ya que el mensaje que
se desee brindar es lo que realmente toma importancia.
Ernest Curtius escribe: “El héroe es un ideal humano como lo es, el santo y el sabio”. Estas
figuras, sobre todo la del santo es una de las más veneradas en la religión cristiana. Es la
representación de lo bueno, de lo correcto y lo apropiado. Es el modelo del camino hacia la
salvación y la vida eterna. El héroe épico representa estos ideales del hombre. De esta
manera las hazañas que realiza y el honor que brinda a sí mismo y a sus superiores, hace
que se definan a los personajes por sus valores.
En su crítica, Curtius define la grandeza del carácter del héroe a partir de su nobleza. El
héroe debe ser noble de cuerpo y alma. Asimismo, lo son Roldán y Oliveros. Sus espadas
son en forma de cruz en señal de que se lucha por la fe cristiana y cada una lleva su
nombre. La espada de Roldán es Durandarte y su caballo Briador. Mientras que la espada
de Oliveros tiene por nombre Altaclara, que Roldán la describe con “guarnición de oro y
pomo de cristal”. (CVI)
Sin embargo hay una gran diferencia entre ellos que aviva un conflicto mortal.

Roldán aparecen en el texto por primera vez en la serie XII donde Carlomagno solicita que
se reúna el consejo para escuchar a sus guerreros y vasallos. Oliveros solamente es
nombrado aunque no toma la palabra. Es interesante la sensación de que son un par
inseparable. Si está Carlomagno, está Roldán y si está Roldán, está Oliveros.
Martín de Riquer en su crítica a los cantares de gesta franceses informa que se investigaron
a principios del siglo XI, hermanos que llevaban cada uno los nombres de estos guerreros.
De esta manera, da cuenta del vínculo que existe entre ellos dos. No sólo de amistad sino
que también son como hermanos, son familia. En la serie CXXX, Oliveros expresa que Alda
es su hermana, lo que hace de Roldán, su cuñado.
Volviendo al episodio, Roldán se define a partir de su discurso como un gran guerrero y
batallador que arroja experiencia, ya que nombra diferentes ciudades que ha entregado al
Emperador. Es un guerrero implacable con el enemigo. Su odio hacia los infieles es más
profundo que esperar a que le de la palabra su señor. Su alegato peca de orgullo frente a
las autoridades, por ese motivo es que cuando él habla todos se quedan callados. Es
impulsivo, temerario y seguro. Podemos reconocer la dureza en sus palabras, tal vez por
ser joven o por confiar demasiado en su fuerza y su valor. Esta seguridad conlleva además
la fe, ya que si está con Dios, está seguro de que vencerá.
Ganelón, persuasivamente, lo trata de orgulloso y a su entender, un loco. Es aquí cuando
se desarrolla el comienzo del enfrentamiento entre Ganelón y Roldán. Es de gran
importancia la traición, ya que dará paso a la acción que transcurre en Roncesvalles, pero
no es el tema de análisis al momento.
En otros episodios antes de la batalla el juglar, copista o autor (depende de la corriente
crítica individualista o neotradicionalista) lo caracteriza constantemente en una actitud
guerrera por ejemplo, en la serie LV mostrando el gonfalón atado a su lanza para todos los
franceses, quienes al ver el gesto siguen sus órdenes. Esta actitud bélica es su virtud.
Oliveros sin embargo, es un guerrero prudente y moderado. Martín de Riquer explica que no
es un personaje histórico sino que es ficticio. Su nombre (Olivier) proviene de la palabra
oliva, símbolo del árbol de la sabiduría. Sin embargo, en el estudio que realiza Carlos Alvar,
Oliveros es un “héroe ajeno a la tradición épica francesa y propio de la occitana”. Señala
que el origen de su nombre pareciera por la forma de la palabra que es latino y revela la
tesis de Aebischer que desmiente la teoría de que su nombre proviene de la sabiduría y
propone que este proviene del nombre latino femenino Oliva con el sufijo germánico harja,
que los merovingios transcribían charius. De esta manera explica el nombre del personaje
con una raíz latina y un final germánico.
Oliveros emite discurso en las series LXXX, LXXXI y LXXXII que, al estar montado en
alturas visualiza el centellear de cotas y yelmos de Sarracenos y advierte a Roldán sobre la
traición de Ganelón. En este episodio la reacción de Roldán hacia él es de escarmiento por
haber hablado así de su padrastro y no presta atención a sus palabras. Este es el aviso de
Oliveros, quien identifica la amenaza e intenta persuadir a su líder para que no tengan un
final cruel y devastador. Su actitud no es cobarde sino que demuestra valentía y capacidad
para enfrentarse al enemigo si es necesario, pero reconoce las limitación de que son
minoría frente a los infieles que los duplican en número.
Acto seguido, en las series LXXXIII, LXXXIV y LXXXV Oliveros le pide a Roldán que toque
su olifante, así de esta manera lograrán igualarlos en la batalla. Pero Roldán se niega y aquí
surge la cuestión de tocar o no tocar el olifante. Roldán desvirtúa el ideal de honor que debe
mantener. Esta pareja épica que parecía en series anteriores tan vinculada y unida, toman
posturas distintas, muy desiguales. En Roldán permea una excesiva confianza en sí mismo
y una autoafirmación del yo. Hay una conceptualización exacerbada ya que tocar el olifante
lo llevaría no solamente a la pérdida del yo, sino que también al honor de su sangre, su
familia y a su tierra la Dulce Francia. Sin embargo, más allá de su sentimiento de honor
colectivo, en definitiva busca la victoria desde lo personal y no desde la visión colectiva de
Oliveros. Este es el momento del pecado de Roldán, su desmesura.
Oliveros no entiende la decisión que toma su compañero y amigo porque es la figura de la
razón y la prudencia quien toma la palabra. Ellos son menos, él se da cuenta. Sabe que
más allá de que luchan por lo correcto, que Dios está de su lado y las capacidades bélicas
que poseen, es imposible obtener la victoria. He aquí su gran diferencia. En el verso 1093
dice “Roldán es valiente y Oliveros prudente”. Otra interpretación de este mismo verso es
“Rolando es esforzado y Oliveros juicioso”, en ambos casos contraponen a los personajes
generando un conflicto entre ellos. Son veinte mil frente a cien mil, Menéndez Pidal opina
que es “exaltada la proeza de Roldán y prudente la moderación de Oliveros”. Bédier
reconoce a estos personajes como los principales de la historia y núcleo del texto esta
disputa.
Roldán es la acción y Oliveros la razón. Si tuviera que describirlo en imágenes diría que el
cuerpo es Roldán y el cerebro es Oliveros. Roldán sigue las instrucciones de su propio
orgullo, siendo fiel a su señor y aguantar cualquier adversidad que enfrente porque más allá
de tener una noción de la muerte, está convencido que logrará una victoria segura.
Está por comenzar la batalla y la fe es lo que va a mantener la valentía y el coraje para
combatir al enemigo. Para esto el arzobispo Turpín les da a todos la bendición y el perdón
de los pecados. En la serie XCII Oliveros deja de estar callado y confronta las palabras de
Roldán con las suyas, siente que la falta de responsabilidad colectiva es enteramente de
Roldán. No debe culpar ni al Rey, ni a los combatientes que luchan a su lado. Sino que
Roldán carga con esa culpa por no haber tocado el olifante a tiempo.
La batalla comenzó y ambos son muy buenos guerreros, el enojo de la traición y la
blasfema hacia su patria hace renacer en ellos sus mejores movimientos para el combate.
En el momento bélico es que la unión surge nuevamente en ellos, Roldán habla con
Oliveros y le dice: “Oliveros, mi compañero y hermano, Ganelón, el villano, ha jurado
nuestra muerte. No ha de quedar oculta su traición; tomará el emperador ejemplar
venganza. Vamos a entablar una batalla áspera y violenta; jamás habrá visto hombre
alguno encuentro semejante. Blandiré a Durandarte, mi espada, y vos, compañero, heriréis
con Altaclara. ¡Por cuántas tierras las hemos llevado! ¡Cuántas batallas nos fueron por ellas
favorables! ¡No habrán de cantarlas en afrentosa canción!” (CXII ). La trascendencia es
clara en estos pasajes, y estas palabras toman valor cuando reconocemos en los
personajes las características de héroes que inscribía al principio de manera introductoria. A
propósito del trabajo de Curtius nos instruye que “la virtud heroica es el dominio de sí
mismo pero la voluntad del héroe ansía ir más allá” . La conducta de “ir más allá” es algo
que comparten ambos personajes, desean que sus nombres sean nombrados a través de
los años y que no olviden sus hazañas, ni queden perdidos sus recuerdos al morir una
generación. Lo que no comparten es el medio o el proceso de cada uno para el fin deseado.
A partir de la serie CXVI, se manifiesta la muerte de varios franceses y el lamento por haber
perdido cada uno de ellos. Ya en la serie CXXVIII, Roldán despierta de su trance soberbio y
se derrumba la idea de omnipotencia que habitaba en él. Exclama un lamento y reconoce
que la derrota es inminente. Pareciese que adquiere culpa por no haber tomado las
decisiones correctas a tiempo. Al hacer consciente que se ha equivocado surge una
inseguridad en él y es la primera vez que se lo nota indeciso. Esperanzado por poder salvar
parte de la tropa que queda viva y en lucha, desea tocar el olifante para que las tropas de
Carlos escuchen y puedan auxiliarlos. Pero, nuevamente, la voz de la razón interviene.
Oliveros reconoce que es el final y que hoy van a morir. La discusión entre ambos siempre
pende no por el miedo a la muerte o al fracaso, sino por el miedo a la pérdida de la honra.
Lo hace responsable de la muerte de todos los franceses que lucharon junto con ellos y
dice la siguiente frase que resume todo su pensamiento: “Compañero, vuestra es la culpa,
pues valor sensato y locura son dos cosas distintas, y más vale mesura que soberbia.”
(CXXXI).
Oliveros pareciera que de alguna manera deja de creer en la fortaleza de Roldán y al mismo
tiempo se apropia de una actitud que Roldán es el que está más acostumbrado a
frecuentar. De esta manera y dando un giro inesperado, se intercambian los roles.
La muerte llega pronto luego de que Carlomagno escuchó el olifante de Roldán. En la serie
CXLV Oliveros es herido de muerte y con la muerte llega la despedida de los héroes, sus
momentos culminantes. Oliveros muere acompañado por Roldán, a quién pide perdón y
éste es perdonado. Hay un lamento entre ambos muy afectuoso, desde el amor fraternal y
el dolor de la pérdida de su amigo. Más allá de sus diferencias, la unión es más fuerte que
cualquier altercado que sucediera. El morir acompañado es también un simbolismo del
pensamiento colectivo de Oliveros frente a la muerte solitaria de Roldán y su individualismo.
Existe una evolución en la muerte de Roldán a partir de la serie CLXVII. El texto intenta
mantener la tensión y generar el climax para el momento ideal de la muerte.
La soledad de su muerte la engrandece. Es el último en morir, la hiperbolización y la
aparición de elementos fantásticos ayudan a poetizar la imagen del héroe. Es un
espectáculo verlo morir y que los ángeles vengan a buscarlo. Sin embargo, antes de morir,
Roldán exclama su discurso de arrepentimiento:: “—¡Dios, por tu gracia, mea culpa por
todos los pecados, grandes y leves, que cometí desde el día de mi nacimiento hasta éste,
en que me ves aquí postrado!“. (CLXXV).
Las similitudes de la muerte de ambos es notoria. Al actuar de manera soberbia, el castigo
divino es la muerte, aunque antes deben expiarse de todas las culpas. Su valor es
redimirse. El héroe se define por lo que hace, por sus conductas. Al pecar de soberbia y
orgullo, al intentar sobrepasar los límites religiosos cristianos desafiando a Dios, la sociedad
y la naturaleza, el héroe debe recibir un castigo y éste es la muerte. Pero, en la muerte
también se celebra la apoteósis del mismo. Es el renacer del héroe, su reintegro a los
valores cristianos nuevamente y de esta manera ambos son recibidos por el mismo Padre
en los Cielos.

Bibliografía