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Introducción

José Miguel Pereira G. y Amparo Cadavid B.

Investigadores latinoamericanos consideran que la comunicación es un campo de


conocimiento interdisciplinario y un lugar

estratégico desde dónde pensar la sociedad, sus procesos, conflictos, contradicciones y crisis;
así como, también, un campo

para indagar sobre el papel que desempeña la comunicación

en las maneras como se tramitan los acuerdos colectivos y los

proyectos que buscan resolver problemas económicos, sociales y políticos relacionados con la
pobreza, inequidad, exclusión, deterioro ambiental, desempleo, guerras y violencias que

cotidianamente vivimos en nuestros países (Martín-Barbero,

2003 y 2009).

Uno de los ámbitos de reflexión e investigación, con más

de cincuenta años de historia (Beltrán, 2005), es la comunicación en relación con los procesos
de desarrollo y cambio social,

que, necesariamente, debe comprenderse en el marco de los

procesos de modernización de América Latina.

Si se hace una reconstrucción histórica del pensamiento comunicacional ligada con los
procesos de desarrollo y modernización, encontramos que está relacionado con: la integración

nacional y la creación de infraestructura física de comunicaciones; la difusión y extensión de


valores modernos; el acceso a

la información y a sus tecnologías; la libertad de expresión, la

ampliación de la democracia, el fortalecimiento de lo público

y de la ciudadanía; las culturas populares y los movimientos y

luchas sociales; los procesos de recepción, el consumo cultural

y la globalización; además, ha estado articulada a la construcción de las políticas de


comunicación y cultura en América

Latina (Bonilla, Benavides y Pereira, 1998).

La comunicación como campo intelectual y como proyecto

estratégico social, en el contexto de la modernización latinoamericana, ha estado ligada con


los modelos de desarrollo, entendidos como “un proyecto político, económico y social que se
tra-

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duce en la ideología de la que es portador el líder o actor-guía que arrastra,


a la fuerza o voluntariamente, a toda una nación” (Bajoit, 2008).

Se podrían identificar cuatro modelos aplicados en América Latina:

el modelo modernizador, el modelo revolucionario, el modelo neoliberal, el modelo


socialdemócrata y el modelo de la identidad cultural,

que fueron “el resultado de la combinación a dosis variables —y por lo

tanto, a los menos puros— de cuatro grandes modelos típicos, inventados y aplicados por los
países industrializados de Europa y América

del Norte, donde sirvieron para promover el desarrollo industrial y

exportarlos después hacia los países del Sur durante el proceso de descolonización” (Bajoit,
Houtart y Duterme, 2009).

Sin embargo, estas aproximaciones han sido no solamente criticadas

(Escobar, 1998, 1999, 2005, 2010), porque nunca llevaron al tan anhelado desarrollo, sino que
en el presente han sido superadas ampliamente.

Han dado lugar y han asimilado comprensiones que rompen estructuralmente con estos
modelos, buscando en la historia y la experiencia propia

de esta región mayores entendimientos del desarrollo más acordes con

sus propias necesidades (Alfaro, 1993, 2008; Asociación de Comunicadores Sociales Calandria,
2007). Actualmente, se plantea que en:

[…] las concepciones del desarrollo, con énfasis en la sostenibilidad y la reducción de la


pobreza, tienen un lugar central la equidad, la justicia e igualdad; es una propuesta holística,
integral e

interdisciplinaria, donde la información, la cultura, las políticas

sociales, el capital humano y la generación de capital social se

convierten en ejes clave del desarrollo. Estos modelos y conceptos diversos de desarrollo han
incidido en los modos de entender

y gestionar la política social especialmente en sectores como la

salud, la educación, medio ambiente, género, comunicación en el

marco de los derechos humanos. (Pereira y Cardozo, 2004)

Los debates en América Latina se centran en cuestionar la “perspectiva neoliberal” que hace
énfasis en el mercado, ya que esta corriente plantea que la tarea del desarrollo consiste en
realizar ajuste con crecimiento

económico para reducir la pobreza, constituye la apertura completa de

las economías a los mercados de capital, recorta el gasto público, elimina los subsidios
sociales, privatiza las empresas estatales y establece un

clima propicio para la inversión extranjera (Van der Borg, 1996). Pero,
también, asistimos a una serie de propuestas, de otras alternativas al desarrollismo, centradas
más en la perspectiva de los “nuevos” movimientos sociales latinoamericanos (Bajoit, Houtart
y Duterme, 2009), artiJosé Miguel Pereira G. - Amparo Cadavid B.

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Introducción

culados más con las cuestiones de la identidad cultural, la construcción

de alianzas estratégicas, la preferencia por la acción directa y las formas

de organización más participativas, entre las que se destacan: los movimientos indígenas
(CONAIE, en Ecuador; los Zapatistas, en México), la

movilización de los excluidos (los Sin Tierra, en Brasil; los Sin Empleo,

en Argentina), entre otros.

Derivado de esta realidad, en el 2000 surgió un nuevo concepto que

busca denominar este campo de la comunicación que se asocia con el

desarrollo y la transformación de una sociedad, hacia estadios de mayor

justicia, equidad y democracia: la comunicación y el cambio social. No es una

nueva manera de llamar un concepto antiguo, sino un nombre nuevo

para una nueva comprensión de la fuerza y la capacidad que tiene lo comunicativo; capacidad
que ya se visibiliza plenamente en la sociedad.

Comunicación para el desarrollo denomina el campo de la comunicación

en función de un modelo de desarrollo y ubica la comunicación como un

instrumento al servicio del modelo. Comunicación y cambio social señala la

capacidad propia que surge de la comunicación como campo de construcción social y cultural
para transformar esa sociedad en su conjunto.

Tiene, entonces, una serie de características: es participativa, surge de la

sociedad; se basa en la propia cultura, por ello se respetan las lenguas y la

historia; usa las tecnologías disponibles; busca alianzas y establece redes;

y es democrática: crea espacio para la expresión y visibilidad de todos.

“La comunicación para el cambio social es una comunicación ética, es

decir de la identidad y de la afirmación de valores; amplifica las voces

ocultas o negadas, y busca potenciar su presencia en la esfera pública.

Recupera el diálogo y la participación como ejes centrales de los procesos

sociales” (Gumucio, 2002).

Este libro recoge y desarrolla una tensión que ya se había planteado


en algunos estudios anteriores, en los que se sostenía:

[…] lo que se suele denominar comunicación para el desarrollo

es el mapa de un doble recorrido. En primer lugar, apunta a la

acción modernizadora, emprendida por los Estados latinoamericanos para integrar y


cohesionar a los diversos sectores de la sociedad en los grandes cambios que produce el
desarrollo industrial y

tecnológico […] en segundo lugar, señala una serie de luchas sociales, políticas y culturales que
han demarcado el itinerario de lo

que somos y deseamos ser […] luchas que tienen como propósito

democratizar el sistema comunicativo que se erige como hegemónico en estos países […].
(Bonilla, Benavides y Pereira 1998)

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Esa tensión “acción modernizadora”-“acción transformadora de luchas sociales, políticas y


culturales” es lo que en este libro identificamos

como comunicación-desarrollo/comunicación-cambio social, y con ella se ha venido


construyendo el campo intelectual de la comunicación en relación

con procesos de desarrollo y cambio social, en el contexto de la globalización y de las crisis de


las sociedades contemporáneas (Stiglitz, 2010;

Judt, 2011).